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First Class & Politic´s 111

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dos después de batallas contra los Persas, donde perdió a varios hombres que jalaron de sus barbas para bajarlos de sus caballos. Benjamin Huntsman, relojero inglés e inventor del acero de crisol, el mejor acero para las espadas, fue también el inventor de la navaja libre que en los siglos XVIII y XIX cambió la forma de cuidado del hombre, hasta la invención del rastrillo desechable, en 1904. Durante la Primera Guerra Mundial, el gobierno de Estados Unidos compró tres millones y medio de rastrillos y 36 millones de hojas de rasurar, para evitar que la barba impidiera el uso adecuado de las máscaras antigás. Y el teniente coronel del ejército estadunidense Jacob Shick inventó la máquina de afeitar, utilizada por primera vez por los propios soldados. Arturo afila con piedra su navaja libre, de esas que están prohibidas por el Reglamento de Control Sanitario de Productos y Servicios para utilizar en establecimientos, pero que él prefiere por su efectividad. La afila con esmero, aunque la utilice sólo para uso personal. Afuera del local, asoma el caramelo tradicional de las barberías con los colores blanco, azul y rojo y, entre la entrada y el espacio donde Arturo atiende, se aloja un pequeño museo que mezcla productos antiguos -rastrillos y morteros- con productos para peinar la barba, tónicos para su crecimiento, pomadas para acomodar el cabello y mascarillas de barro negro. La guerra y a la invención de las máquinas automáticas, que le han dado las bases a cada vez más peluqueros para arreglar la cabeza y rostro de las

personas con cortes militares como el “casquete corto” y que derivó después en otros moldes que piden los clientes, significó también la precarización de los barberos de vieja escuela, que él considera, hacen arte. “En la peluquería, tú antes no pedías; el barbero te analizaba y, de acuerdo a su criterio, hacía algo favorable completamente a tus necesidades”, menciona El Perro, como le llaman a Arturo sus amigos motociclistas, con quienes comparte la afición por la velocidad, que no se compara con su pasión por el oficio de barbero. “Don Chulo Barbería. SOLICITO URGENTE, barbero/barbera con experiencia mínima de 3 años, para trabajar en San Ángel, Mercado del Carmen. Sueldo base $2,000.00 semana+ comisiones”. “Cadena: The Barber´s Spa Lomas de Chapultepec. $12,000 - $17,000 al mes. Únicamente cortes de caballero. Conocimiento y facilidad de venta de productos para cabello y barba. Tratamientos capilares. Tintes de cabello y barba”. Los anuncios en internet buscando barberos abundan en un mercado que ha ido creciendo en la capital y que alberga poco más de 17 mil negocios relacionados con salones de belleza, peluquerías, spa, barberías y tatuadoras. Los negocios que implican cortar el pelo, relajar músculos o pintar de manera permanente la piel representan el segundo giro comercial con más sucursales en la capital del país, después de las tiendas de abarrotes. Hasta el censo económico nacional del 2014, cuando este rubro no alcanzaba los 16 mil establecimientos, empleaba a 28 mil 475 personas, 7 mil hombres y más de 21 mil mujeres, y las ventas promedio por negocio anualmente alcanzaba los 187 mil pesos. Hoy, un sólo barbero puede llevarse más de esa cantidad en un año. Algunas estéticas tradicionales han mutado en barberías equipadas con sillas antiguas, paquetes de corte de barba y cabello que oscilan entre los 350 y 400 pesos, y donde son igual de importantes los tragos de cortesía que las toallas calientes en la cara. Hay otras barberías que han fusionado los servicios y lo mismo hacen un tratamiento facial, un tatuaje, un corte de barba, que la venta de un accesorio de motocicleta. Negocios de este tipo proliferan, desde hace un lustro, en las colonias Roma, Condesa, Del Valle, Nápoles, Escandón, Pedregal de San Ángel, e incluso dentro de plazas comerciales en Santa Fe, Polanco, Las Lomas y Coyoacán. De la mano de la cultura hipster, las barberías que tratan de recrear los antiguos locales de mediados del siglo XX viven un boom. A los 14 años, subido en dos cajas de madera en los que se transportaban refrescos no retornables, Arturo Carreón comenzó a cortar el cabello en las peluquerías y estéticas unisex de su abuelo y sus padres, que también heredaron el oficio. Su abuelo no le permitió utilizar unas tijeras hasta después de nueve años de usar la navaja, filtro necesario para acreditar su talento. Muchas de las actuales colonias de la Ciudad gentrificadas -donde la transformación urbana ha desplazado a la población originaria por otra de un mayor nivel adquisitivo, y que albergan la mayor parte de las barberías-, no estaban entonces tan desarrolladas, y San Ángel era uno de los bastiones de barberos de reconocimiento. Ahí llegó Carreón para aprender de históricos como Pietro Morittu, aquel que delineaba el bigote de Gabriel García Márquez; pero también aprendió de mexicanos como Javier y Juan Moreno, Javier Leyva y Rafael Tornero, los más reconocidos entonces. Un joven Arturo llevó la tijera al bigote del escritor Carlos Fuentes, del pintor José Luis Cuevas, del director de cine Emilio el Indio Fernández y de los actores Pedro Armendáriz Jr y Cantinflas; puso la navaja al cuello de Raúl Salinas de Gortari, el “hermano incómodo” y, un sexenio antes, asistió a Los Pinos como peluquero del Cuerpo de Guardias Presidenciales del

Estado Mayor, para rasurar al entonces presidente de la república, Miguel de la Madrid. De paso, hizo ahí mismo decenas de casquetes cortos -que hoy le chocan- a altos mandos de la infantería mexicana. Con muchos de estos personajes no usó máquina ni para el cabello ni para la barba. Carreón es capaz de arreglar cualquier tipo de barba y cabello sólo con navaja, como aquellos “Tonsores” griegos que en la antigua Roma utilizaban sus cuchillos de bronce, antes de la invención de las tijeras. Algunos de sus utensilios más viejos los afila con piedra, primer instrumento utilizado para rasurar por los sacerdotes egipcios desde hace 6 mil años, época en la que el barbero ya era respetado. Carreón agudiza todos sus sentidos para deslizar su navaja por el mentón. Cuando ya no ve ni siente vello entre la espuma de afeitar que él mismo hace en su mortero, escucha el sonido de la navaja sobre los poros para detectar si la piel está lisa o hay algún folículo con exceso de testosterona. “Antes, para el barbero la barba larga era sinónimo de descuido. Se veía la línea y la estética, te hacía bien desde cualquier ángulo donde se te viera”, menciona el barbero, quien no para de platicar con sus clientes, siempre nostálgico por las cosas que se van perdiendo. “Ahora, son cuates vendiendo un sistema de mercado, ya no son artistas como antes. Yo puedo entrar a cincuenta, ochenta barberías en el país que digan que tienen el prestigio, y no lo hay. Esto se gana con los años”. Christian Arroyo, dueño de la barbería de la Roma donde Arturo trabajó hace unas semanas, buscó salir de la categoría que disgusta al hombre que le dobla la edad. Junto con otros jóvenes buscó ser aprendiz de la navaja de Arturo en la academia de barbería que abrió en el mismo local. “Hay mucha competencia. Nosotros somos relativamente nuevos; entonces, tenemos competencia de quienes llevan muchos años”, menciona el empresario. Igual que otras barberías de la Roma y alrededores, la Viejos Amigos no escapa de las citas programadas, los tragos de cortesía y las mascarillas para sacar los puntos negros. Tan sólo en avenida Monterrey, donde se encuentra su negocio, hay otras cuatro barberías, y más de 20 en la Roma Norte. Fuera de la Colonia porfiriana, la revista The Barber Magazine anuncia en su directorio de barber shops y venta de productos de barba, 51 negocios más, que rebasan las 28 que hasta este año contemplaba el Directorio Estadístico Nacional de Unidades Económicas del INEGI en la Ciudad de México. Un catálogo que no alcanza a contener el boom de estos giros en la capital. Las pomadas para barba o cabello o tratamientos para crecimiento de barba, en venta en las barberías, pueden llegar a costar cada uno más que el servicio completo de corte. En 2016, el negocio de las barberías alcanzó un valor de 326.3 millones de dólares en México, 7.6 por ciento más que en 2015. Franquicias como The Barber´s Spa crecen con más de 25 sucursales en el país y las barberías se vuelven negocios propios lo mismo de actuales futbolistas como Jair Pereira de Chivas, que de diputados constituyentes como el perredista Roberto López. Más de 316 mil personas se ocupan como peluqueros, barberos o estilistas en el país, con un promedio de escolaridad de primer año de la preparatoria. Sin embargo, Carreón refiere que barberos hechos a la antigua quedan ya muy pocos. Menos, incluso, que los 385 barberos que había en toda la Nueva España en 1790. Nómada por naturaleza, Arturo Carreón dejó la Roma y a sus aprendices a pocos días de la primera entrevista realizada para este reportaje. Se llevó su moto a un club de bikers, que también es barbería, al poniente de la Ciudad. Ahora, comparte sus dos pasiones en un mismo espacio, y de vez en cuando se echa un palomazo con su banda de rock en el lugar. octubre 2017

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