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Sobredosis de Introspecci贸n Cristian Manrique

Cristian Manrique

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Sobredosis de Introspección

“ Merodeando decide vivir, Sin pensar a donde ir,

Amigándose con su más intimo Enemigo decide seguir, Ahora en mano del destino, Se encuentra con su Sentir

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El amanecer de aquel día, fue sorprendido por aquel “ser” solitario, que creyendo saber jugar a la escondida, desafiaba hasta al propio sol a que no lo iba a encontrar en ese campo, campo soñado, campo vacío, completamente vacío de todo tipo vida hasta mas allá de sus rodillas. Corriendo y saltando, pretendía ser uno menos, o aquel que simplemente se quedaba sentado mientras el resto se movía alrededor de él; no era por miedo, no era por temor, no era por odio, simplemente observaba y creía aprender, gustándole sólo aprehender de esa manera por aquellos entonces. Le gustaba la suave brisa del invierno por las mañanas sobre su rostro, era de aquellos que suelen sugerir la compañía de la lluvia para caminar y poder tener un motivo para sentirse calentado aunque sea por el calor de la toalla que lo estaría esperando dentro de aquel suvenir de paredes denominado hogar. Dicen que su vida no era fácil, lo que se sabía de él no era lo que el había dicho, todos supuestos sobrellevaban la imagen de aquel joven que siempre había querido dormir solo. Fuego en su mirada, de ojos de por si grandes, pero fuego en su mirada, de mirada ardiente lucia, joven de mirada ardiente que sin miedo alguno la acompañaba con su sonrisa, no de las comunes, sino de esas que asfaltan cualquier tipo de conversación, sonrisas que desnudan, sonrisas atrevidas, sonrisas sin escrúpulos cargaban el rostro de aquel soñador que recién conociendo el amor jugaba juegos de azar con la tentación, pasando así a compartir noches enteras con la desilusión. No le era molesto llevar esos rasgos que parecían desde lejos muy pesados, simplemente era lo único que a él le salía, rostro ya marcado, que bajo los rayos del sol había sido quemado, intrépidos rasgos que buscaban diversión sin clase alguna de compasión para su corazón, ya que al tiempo desafiaba, siendo con este con quién jugaba, aquel solitario ser que desde el comienzo buscaba, ganar aquellas batallas que de imposible eran que se bañaban; siendo precisamente eso lo que él buscaba, siendo eso precisamente lo que a él no le importaba. Situado en el oeste de sus estrellas es que vivía, una vida dentro de su caparazón que con algunos agujeros lucía, esa pícara cobardía de buscar esconderse enseguida, dentro de su caparazón, esconderse enseguida, detrás de esos agujeros, esconderse enseguida, agujeros por los cuales ese ser sin darse cuenta respira, agujeros que lo hacen directamente vivir a él en su día a día, pero de agujeros que su corazón era que poseía. Pero por más sencilla que parecía, ardua tarea era la de describir la vida que a ese Cristian Manrique

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ser acontecía, no porque mentía, no, esa ya había sido una responsabilidad regalada que ahora la nada poseía, pesada mochila que aquel ser ya no cargaba, no porque le dolía, eso a él le gustaba, sino porque eran exclusivos los aconteceres que a su vida marcaban; aconteceres que en definitiva, hicieron del pasar de los años un claro ejemplo nomás, de que el tiempo en realidad no existía. Todo comenzó a acontecer desde muy temprano, ni el primer gallo había cantado para cuando sus padres habían decidido entregar su tan preciado tesoro en manos de aquellos dos que desde un principio tuvieron problemas para fecundar su propio amor, en manos de aquellos dos que creyendo saber enseñar a crecer, formaron a aquel ser en el cual una vida ya resignada sólo se regia por el propio derecho de la soledad y la propia compañía de su alma. Buscando vivía, por los rincones también se escondía, aislado respiraba, aisladas soñaban las venas que por su cuerpo corrían. Con el atardecer no dormía, ni sentado descansaba, con la lluvia gemía, y por las noches cantaba. Miradas cruzaba, con la gente que lo rodeaba, sólo mirando ojos veía, lo que ellos poseían, sin rencor ni compasión caminaba, mientras más miradas cruzaba, viendo así como esas miradas lo encontraban en vísperas de un futuro, en vísperas de un mañana; mañana que muy lejos de él vivía, de un mañana que desde lejos lo miraba. Solitario era el ser que perseguía, sin cansancio y nunca sin ganas, era como siempre respuestas hallaba, a esos millones de porque que en su frente sudaban, pequeñas gotas que su frente marchitaban. Corazón sí que poseía, era exclusiva la poesía que lo marcaba; flechado desde aquel día en el cuál vio en otros ojos, reflejada su mirada. De misma edad construían amor sin penas ni agonías; sin saber lo que causaban, a cada minuto más pasión los encontraba, sin saber lo que causaban, de lujuria vivían, sin saber lo que causaban, dentro de ellos el amor crecía. De los más errantes de los pasajeros, surgieron posibles supuestos en conceptos, fue regalando nada con el todo que su capa cargaba, visitaban urgencias, acariciaban llamas y desnudaban deseos, eso sí, les gustaba exponer a sus deseos, jóvenes de alma y de sangre; juventud, si, era juventud el más temprano de sus excesos. Caminaban, corrían, saltaban, gritaban y saltaban y corrían mientras sus manos muy Cristian Manrique

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fuertemente agarradas se encontraban, aquellos dos capitulados como inseparables, su mayor fuerza, su peor resaca. Pero corriendo se hallaban, rodeados de miradas, muchos mundos abundaban dentro de lo que ellos dos gestaban, dentro de lo que ellos cenaban, por la senda que ellos dos corrían. Sin embargo, mucho sufrían, muchos los lastimaban, muchos no los compartían, pero dentro de ellos el amor latía, dentro de ellos el amor soñaba, siendo sueños lo que perseguían, siendo ahí donde el amor no se hallaba. Maniobras desesperadas intentaban superar a la vida de aquel joven en el cual una vida se regia solo por el derecho de la soledad y la propia compañía de su alma. Olvidándose de lo que soñaban, es como ahora sus almas se perdían, olvidándose de lo que soñaba es que su corazón se reprimía, sangraba y bombardeaba y sufría y lloraba, perdonaba, tampoco se rendía, solo latía, solo lo esperaba, porque él sabia lo que venía, sabía como lo esperaba, sabía donde yacía el amor que a él no lo lastimara. Pero como los sueños no vivían, de sus sueños solo hablaban incluso cuando dormían, incluso cuando se miraban, en el medio siempre se hallaban, las voces de los demás que a ella asustaban, que a ella socorrían y asfixiaba, que a él no lo respetaban, que a él no lo perdonaban, y menos consentían. Simpatía no compartían, desgarradoras eran las miradas que a su ser poco a poco destruía y ella no reconocía. Capitulados como inseparables, es que se mordían, perdiéndose en lujuria era como respiraban y la transpiración pasaba a ser ahora la que los unía y a su vez no los soltaba. Vírgenes de alma. Creyéndose vencedores en las batallas, eran ellos quienes mas perdían, creyéndose vencedores en las batallas, rodeados de desertores se escondían y esta vez en la adultez se disfrazaban, adultez que en su afán de buscar mañanas, les impedía ver el hoy que en su realidad los sofocaba y acechaba. Y como el clima pronosticaba, fue la primer tormenta del otoño la encargada, de separar a aquellas llamadas gemelas almas, de las más claras de las caras de lo efímero pendían ahora, ese par rotos de alas, que con sus pocas plumas vestían a quienes ahora una nada formaban. Cristian Manrique

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Y dentro de su corazón él escribía, dentro de su corazón el sangraba, dentro de su corazón no dormía, y con su corazón no respiraba, pero era él el que escribía, línea tras línea lo que dictaba, lo que sin rencores sentía, todo aquello que a su alma pesaba. Ahogándose en su propio llanto esta vez merodeaba, discutiendo noches enteras pasaba, siendo por dentro de su cabeza esta vez, por donde su solitario ser nuevamente lo llamaba. Mientras de la humanidad preguntaba, su alma sólo respuestas formaba, irónicas las mismas, de risa se vestían, al duelo lo evitaban, sólo jugando con aquella canasta, que con frutas irradiaba el sabor que en aquel momento sentía, ese pudor que él tanto rechazaba, el encanto que sólo asco le producía, aquel que sólo reflejado en espejos se veía. Evitadas eran las miradas que cruzaba, y aun así dentro de su almohada él se agitaba, dentro de su almohada él dormía y era de allí de donde muchas veces no salía, ni con el pasar de los días muchas veces no salía, mas allá del cansancio, de sueños su alma carecía, leves palpitaciones golpeaban ese corazón que de piedra se teñía, mientras eran recuerdos los que asomaban de frente por sus pupilas, maldito gota a gota que ya se encontraba en cuenta regresiva, gota a gota que esta vez no dolía, confortable sensación que de pasado se revestía, ¡Atrevido que se animaba a jugar hasta con las sonrisas!; extraña salida que de aceptación a su ser sorprendía, ya que esta vez era la resignación la que no intervenía.

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“ Ceguera que esta vez muerta perecía,

Tenue claridad que con su suave calidez ilumina, aquel dulce resplandor que atraviesa cualquier clase de cortina

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Pestañeaba frente al espejo en este momento, no lo sentía, sólo se veía, esta vez reflejado en su mirada. Fueron esos rasgos los que le remarcaron a lo que él hoy dentro suyo llevaba, aquello con lo que tanto cargaba, aquello en lo cual ahora logró encontrar el verdadero significado de sus lágrimas. Lágrimas, si lágrimas, y muchas de ellas eran lo que desde adentro el mismo se generaba, aquello que la luz no conocía, siendo luz lo que le faltaba, aquello que frio generaba, de esos fríos que congelan el alma con solo una ardiente mirada. Nunca tímido, ahora si, no eran las sonrisas las que lo guiaban, no era el fin de una simple batalla lo que avecinaba, principios de guerra eran lo que se escuchaba dentro de su mirada, lo que la mantenía cargada, nunca tímido, impulsivo, hasta sarcásticamente impulsivo, amante del dolor y digno rival del mismo se consideraba cuando le dejaba al azar la responsabilidad de marcar cada momento en su preciso instante.

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Irritado, estoy perdido,

me escucho pero no se que digo, persigo sueños, muchos caminos, infiltrado en mi corazón se halla tu olvido, dentro de mi corazón ahí muchos sueños perdidos, dentro de mi corazón todavía sintiendote en mi camino.

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Dejar sueños era su destino, perderlo todo parecía ser para lo que había nacido, humano de carne y hueso sufrido, uno más dentro de ese juego de lo prohibido, uno de los más atrevidos, pensador en furtivo ¿Fruto maligno o sagrado? Pasajero de largos sueños siempre lo había sido; inmunda realidad afirmaba, mientras incineraba en miradas y sin piedad apuñalaba a aquellos rasgos cuyo propio porque ahora no habían más que pasado a ser su posible, futura o casi-inmediata crucifixión, en uno de esos montes oscuros y alejados, donde la historia generalmente no suele repercutir o pasa a ser el epicentro de toda una revolución. Ironía abundaba por las calles de su ahora desolada alma, a desconsuelo olían las paredes que cegaron nuevamente su visión a lo que comúnmente se llama tiempo. Tiempo, tiempo era lo que buscaba y era así como no lo encontraba, tampoco lo lamentaba, sólo lo sentía, sólo lo acariciaba, muchas veces lo despreciaba y otras tantas fomentaba, pero eso si, orgullosos de alma se acompañaban y se lastimaban; siempre a las agarradas terminaban, ya que ninguno de los dos se aceptaba y menos compartía, siendo sólo eso lo que necesitaban, siendo sólo eso lo que los dos pedían, lo que los dos deseaban, pero ninguno se animaba, causando sólo penurias ahora rondaban, aquellos dos que incondicionalmente separados se encontraban, distancia que inevitablemente los unía, distancia por la cuál los dos peleaban. Imposiciones de ningún cargo era las que tenía, ya que con ellas muy bien no se llevaba, tampoco reía, rencor les tenía y sin miedo las miraba, siempre desafiaba, generalmente eludía, pero siempre, como pocos hubo, siempre las vencía. De vivencias no vivía, sólo su cuerpo era lo que le dolía, pesaba, paseaba, desnudaba, entregaba y regalaba, entregaba y sufría, y en cada entrega constante que se hacía, era él el único que perdía, ya que dejándose de lado yacía aquel ser que ahora de mujeres vivía, ser cuya felicidad ya había dejado de ser inofensiva, cuya impulsividad carecía de fuerza, cuyo verdadero valor aún no había sido concebido, ni frustrado y hasta muchas veces nunca querido. Largas noches lo seguían, mientras los días no pasaban, largas noches eran ahora las dueñas del castigo de su alma.

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“ Por haber soñado y no dormido, por haber llorado y no perdido, por haber peleado y ganado, por haber gritado y no sentirlo, por haber muerto en aquel rito, donde el amor es el dueño mientras nosotros, pobres esclavitos, humillados nos sentimos en el encuentro casual con aquel amor aturdido, amor selectivo, de los amores mas rígidos.

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Fuente de fantasías, destierro de la poesía, candente sinfonía, gradual se componía y en ráfagas era que vivía, deslumbrado y enamorado sonreía pero tristemente aun así, simples guantes poseía, guantes con los que temía pintar, no dibujar, ni cantar, costándole menos aun bailar, guantes sedientos, guantes ajenos, guantes sin dueños, sólo guantes que no abrigaban, guantes que al frío patrocinaban, guantes que hacer contacto con su propia alma no se animaban, de esos guantes que la paz no era lo que simbolizaban. Rígida y altanera, solitaria y social, social y anti social, ya sin protección humana, protección rechazada, negada, y hasta manchada, protección sucia, protección que lastimaba, protección que no cubría ni atacaba, protección de nombre y de renombre era la que él negaba y rechazaba porque lo ensuciaba y lastimaba, porque manchada ya se encontraba aquella toalla que la lluvia ya no secaba; toalla que de heridas no sabía nada, toalla que la mismísima crucifixión era lo que simbolizaba y que calor era lo que añoraba. Siempre manchada, nunca mojada y ahora sucia y tirada, encerrada en aquel baño se encontraba, junto a sus pies, que estáticos y expectantes idealizaban y así erguían aquella mirada que él mismo perseguía, y que ahora frente al espejo reflejado la veía; aquella que su ser añoraba y siempre era reprochada, porque se decía que lastimaba, y era eso lo que miedo le causaba, y pesaba, mientras sonreía y caminaba. Siempre en movimiento era que se encontraba aquel solitario ser, que de viajes hablaba, y en distancias no se encontraba, pero volando bien alto estaba, siendo allí donde se encontraba el eterno el resplandor que lo iluminaba, aquel solitario ser que alegaba que los verdaderos viajes son esos que no tienen distancia. Pero viajar le gustaba, conocer nuevos destinos era una de las cosas que más lo apasionaba, que más lo sorprendía y muchas veces en donde encontraba vida o se tranquilizaba, eso no se sabía, pero tranquilo era como volvía, cada vez metiendo más líneas, en eso con lo que su alma todavía sufría, pero no lloraba, ahora cantaba, ahora tímido se escuchaba y de a poco se reía, aunque explotar era lo que le faltaba, con su propio ritmo era ahora como dentro suyo se buscaba, pero en viajes no se encontraba. De virtudes su alma digna no se sentía, ya que con hostilidad a su ser siempre trataba, no por disgusto, ni por temor, ni por penas, menos aún honor, sólo era aceptación lo que este alma aullaba sin perdón, y sí era el alcohol el encargado de acariciar aquel bandoneón que con su triste melodía, resignaba toda la posible alegría floreciente del desgarro de su propia voz. Cristian Manrique

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Cansancio era lo que poseía, en aquellas libertades que lo perseguían, esas libertades que lo reprimían y no vivía, libertades que paciencia no le tenían, intensas libertades que lo sofocaban y aturdían, intensas libertades que no eran explotadas, menos veces aún deseadas, intensas libertades que sólo calor mostraban y que de mano de la comodidad la mayoría de las veces no llegaban, siendo esta la que prometían, siendo así como se preguntaba, si realmente era eso todo lo que él realmente añoraba. Sin responder se escondía, entre insomnios y agonías, tabaco era lo que gemía y lamentablemente su más leal compañía, porque de tabaco vivía y era este el que también lo vestía, de tinte ceniza es que se definía, ante olfato del mundo que inmundamente lo olía, mundo que no sabía interpretar su propia inmundicia, realidad que lo asfixiaba mientras su mente quemaba, incineraba, padecía misteriosa ruina que de a poco lo exprimía, desanimaba, aturdía, a medida que cada vez mas se iba adentrando dentro los confines de la humanidad en sí misma.

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“ Por haber soñado y no dormido, por haber llorado y no perdido, por haber peleado y ganado, por haber gritado y no sentirlo, por haber muerto en aquel rito, donde el amor es el dueño mientras nosotros, pobres esclavitos, humillados nos sentimos en el encuentro casual con aquel amor aturdido, amor selectivo, de los amores mas rígidos.

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A este momento lo acompañaron cataratas de su despreciable pasado, atemorizante pasado sin remedios, pasado sin hoy, un pasado que nunca murió, que dentro de sus lagrimas siempre habito, pasado que su estomago más de una vez revolvió y que era hora de que entrara a formar parte del telón, en el cual cumpliría el rol de conocer el hoy que arando firme no deja de sembrar, ese mañana que a diario nos cosecha sin pedir perdón, terrible maldición que nos envuelve en la triste compasión, de no querer acompañar aquel dolor, que sólo es generado por la ausencia del amor. Dolido, de la cama no ya no queres partir, vació, de aquel que con las sábanas calor ya no conseguís, nostalgia, pena, frías brisas de invierno, brisas que nunca conocieron el sol, brisas tajantes, que a humedad vivía y con está misma cubría, aquellas pálidas pupilas que a través de recuerdos latían.

Brisa del ayer, fina brisa de invierno, ¿Por qué no puedes remontar vuelo? ¿Acaso no fuiste tan fuerte como creías serlo?

Recuerdos que esta vez revolcándote te encuentran, y acurrucándote en aquellas sábanas donde calor ya no te entregan, te revuelcas, y acurrucado de lado a lado te retuerces y revuelcas, haciendo así vivir al vacío que desgarrando su boca penetra, aquellos silencios que gracias a la vida se complementan.

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Gritos de furía,

gritos sin compasión,

gritos que sanan a todo rencor.

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Y ahora sí, bailo en palabras, me desnudo ante ellas, sus conceptos me aterran, y es en ellos donde vivo, intento sacrificarme hacía sus propios dioses, hasta incluso me lastimo y ahora sí, sí puedo decir, nada me ha servido, ahora sí, sí puedo decir que me encuentro conmigo mismo. En sentimientos estaba bañada ahora, el alma de aquel “ser” solitario, aquel que siempre había odiado decir adiós, es ahora cuando se dio cuenta cuanto peor era la ausencia del mismo; ya que ausencia era lo que él no quería, la ausencia fue algo que a su ser siempre atacaba, ya que fue la ausencia en sí, en su vida, uno de sus más grandes karmas. Pero no sólo la ausencia era lo que su miedo alentaba, sino que a este en su inconsciente afán de asustar por asustar, era el lastimar lo que él realmente no quería causar, era el poder lastimar a quienes él había dedicado desde sus mas tempranos rezos, hasta en sus más inmaduras poesías, aquel temor que siempre lo acompañaba, que de sombra se vestía, usando generalmente gafas, aquel sencillo lugar donde habían ido a parar todas aquellas horas perdidas, donde generalmente había sol en sus sonrisas, donde cada palabra emitida, cada palabra transmitida, no fueron más que la simple caída de una esas tantas hojas secas que al congelado frío de invierno afirman. Asustarse él no quería, porque de esa manera asustar sería lo que transmitiría, mientras asustado en su pequeña silla es que se mecía, llevando el compas de una letal melodía, melodía que él no quería, melodías que a él solo le salían, de esas tristes melodías que sólo la misma vida componía. ¿Melodías de tristeza o solo tristes melodías componían? Y preguntándoselo al amor, quien nunca respondía es que veía, miradas de ternura que corrían, detrás de su tan poco tímida cordura, detrás de aquel asustado que asustar no quería, detrás de aquel asustado que de seguridad seguramente premios no conseguiría, pero fiel al amor era que servía, siempre fiel a su felicidad es porque él sentía, lastimándose o no él simplemente sentía, y era esto lo que se veía, era esto lo que él transmitía, siendo esto lo que a él lo hacía, siendo esto lo que desde su alma salía y lo que él ocultaba debajo de esas sonrisas, debajo de esa vida, detrás de su espalda, siendo ese sentir lo que su mirada dictaba.

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“ Merodeando decide vivir, sin pensar a donde ir,

amigándose con su mas intimo enemigo decide seguir, ahora en manos del destino, se encuentra con su sentir.

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Su musa era lo que había perdido, su musa era lo que él había llorado, su gran valorado amor ya había callado. En su interior solo rumores de temor, asfixiante era el dolor, aquel al cual ya no puede ayudar ningún doctor, aquel que de a latigazos se formó, dejando cicatrices hasta dentro de su propio corazón; desgarrante locura que huellas dejó, huellas de un actual pasado que en su presente con mañanas nunca soñó, un pasado que de lágrimas bañaba a cada presente que lo acompaña, a cada presente que inconsciente lo guiaba; cicatrices que en su cuerpo ya cargaba, extrañas cicatrices con las que él amanecía cada mañana, cicatrices talladas, que de naturalidad rebosaban, ya que su propia alma era la que las formaba, marcas duras de sudor, sudor sufrido por el corazón, sudor que surcos marcó, ya que ahora se encontraba seco el río que en algún momento por allí pasó. En sahumerios de sabiduría es que se bañaba por las mañanas, desde ahora, ya con las lágrimas apagadas y caminando lentamente era como él se dirigía, a su principal fuente de energía y dentro de su cabeza es que él ahora veía, diferentes realidades que a su día a día acontecían, diferentes realidades que el azar le permitía y sin saber mirar, él solo las sentía y encontrando sus propios tiempos recorría y así compartía encuentros casuales con la sinceridad que de él salía y recorría puros alrededores de dicha, sin agonía, sin ironía, simplemente humanidad era lo que él no quería. Sin darse cuenta, el pulso poco a poco perdía y así cada vez mas su cabeza mas lo mordía, habiendo dentro de ella millones de voces escurridizas, que iban de oreja a oreja, y sin parar iban y venían. Perturbadora mente él tenía, pero sin darse cuenta, dejándose llevar es que vivía. Impulsivo compulsivo, que renegar ya no quería, que millones de vueltas ya había tenido con la vida, antigua cabeza que con su pasado era que reñía, larga fatiga que cansado lo tenía, fatiga con la cuál muchas veces no aprendía, porque hasta enceguecido muchas veces decía que sentía; simplemente decía y era así como él mismo se perdía. Aprehender que esta vez asumía; sufrir que latente hervía, dulce contraste que a su vida desde ahora regía, y que sin darse cuenta, él solo seguía. Y era la vida en la muerte, lo que le faltaba observar, a este joven en exceso, culpable de cualquier libertad, condenado justamente a su soledad, exiliado y no exclusivamente más allá del bien y del mal.

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Eterno guía de lo desconcertante. Pero más allá de su soledad, muchas amistades había sabido forjar, muchas fueron las manos que acompañaban su pesado caminar, su ya pesado andar, aunque no era ciego, pero no veía y sin saber escuchar lo que le decían es como conoció el rostro de la ironía, con la cuál sosteniéndola como vela por sus sueños aparecía. Consciente de las manos que lo acogían él no las sentía, ¿miedo? decía. Caricias prometidas era lo que su corazón veía, sólo prometidas, pero no las sentía, ¿Por qué no las sentía? si bien sabía que las tenía. Pero ¿por qué no las sentía? sí en esas caricias él dormía.. pero ¿Por qué no las sentía? si eran estas las que le daban vida. El dolor siempre lo perseguía. Aprendiendo a hablar. Cuando triste se encontraba era cuando más lastimaba, pero matando es que se muere aquel alma que en su muerte no descansa, que en su muerte no perece siendo esa muerte aún lo que a su día a día lo acompaña. Aprendiendo hablar, y ya sin palabras se encontraba aquel alma de infinitos trabalenguas que su voz todavía no pronunciaba, que dentro de su cabeza se hallaban, dentro de su cabeza vivían y al parecer cada vez más se encerraban y al parecer cada vez más se sentían y era en forma de voz que gemían, dentro de su cabeza gemían, revistiendo de respuestas a esos porque que en su cabeza vivían, respuestas que saboreaba, degustaba y les sonreía, sonreía y pensaba, pensaba y respondía, pensaba y veía, que todas sus palabras no fueron hasta ahora emitidas, todos aquellos pensamientos que dentro de su cabeza gemían, pensamientos con los que ahora guardaba especial simpatía, singular acecho que aguardaba con peculiar alegría, palabras que desnudas esta vez iban a poder ser dichas. Exigía para exigirse, se presionaba, alegaba que las palabras le pertenecían cuando las decía, pero no quería abandonarlas una vez cayadas, buscaba cargarlas y en cargas se hundía, buscaba, y no paraba de buscar, de aquellos pocos que hasta con protección dormían. Desamores hasta con su propia mente sufría, aquel a quien su propia cabeza ya no quería y esta vez la infidelidad no era lo que le dolía, esta vez, sólo con su presencia ya se sentía, aquellas frías tormentas que dentro de él surgían.

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“ He estado callado de muchas maneras, y es ahora cuando mis voces se escuchan. ”

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Aprendiendo a olvidar, aprendió que había olvidado aquello que a él vida le había dado, todo aquello que ahora y siempre lo había estado lastimando, y de cierto modo formando. Su principal latencia era aquello que ahora lo había alcanzado, conocer a aquel vientre que a luz lo había dado. Aquel gran sueño, que en pesadilla se había transformado, durante su no tan largo camino que descalzo se le fue asignado, nombrado como destino, por sus más allegados, que con lágrimas copas llenaron, sólo festejando aquel tan inesperado suceso de por fin haberse rencontrado. Y era ahora cuando todo tenía sentido, cuando callarse se había transformado en su verdadero enemigo, que a toda costa quería hacer conocido, aquello que fuera de sí mismo, a su ser había oprimido, comprimido, habiéndolo dejado desahuciado y oprimido, comprimido, intoxicado y hasta perdido, aquella larga almohada que de manchas de café se había vestido. Almohada con la cuál batallas ya había tenido, llenas de discusiones y mordiscos, aquella almohada que a su rostro había fundido, hundido y hasta envejecido, inclusive fortalecido, ya que de soledad se había vestido durante aquellas horas que a la par habían tenido. “Ser” solitario, aquel que en su origen no estaba su principio, principio que final todavía no había tenido, finales que sólo eran principios, finales de simple y libre albedrió, que origen habían tenido en su tan inesperado principio, que al no tener origen, no se sabía de donde habían salido, que al no tener origen, nunca habían desaparecido, que siempre en cuenta habían sido tenidos, y no solo en cuenta, habían sido tenidos. Pero ahora sí, teñida de respuestas se encontraba ese alma, que aquel “ser” solitario llevaba. Sobrevolando horas sobrevivía, perdiendo nada es así como sentía, que las cosas simplemente pasaban, siendo la cuestión vivirlas, siendo esa cuestión reírlas, siendo esa cuestión sentirlas, mientras vivía. Ardua tarea cumplía, o al menos intentaba cumplirla, ya que ahora origen tenía, y las respuestas ante él solas aparecían y en pensamientos se consumía, cual tabaco se consumía, aquella dulce y solitaria compañía, con la que saciaba y regocijaba, aquella sed que su cabeza le exigía. Alma que reposo no tenía, pero era la felicidad la que ahora invadía repleta de una alegría jamás conocida, alegría nueva, aquella que felicidad sólo compartía, que como plenitud se sentía, acariciando así, todas aquellas heridas que su alma a causa del abandono sufría; marcas que a dentro de su corazón ardían, siempre latían: Cristian Manrique

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rastros constantes que marcaron a su simpatía, si es que la tenía, cuando la tenía, y era así como por aquel entonces vivía, aquel ser que el abandono lo perseguía, que a el abandono le daba vida, aquel abandono gracias al cual pudo recibir caricias, caricias y más que caricias, abandono gracias al cuál pudo recibir toda una familia, familia que amor era lo que tenía, que amor era lo que impartía siendo así como ese “ser” solitario, dentro del amor sus primeros pasos hacía, amor que desde su más temprano principio siempre agradecía, amor que de alguna manera le dio trayecto al recorrido de su vida. Abandono que esta vez de rencuentro se vestía, vacío que sólo en recuerdos aparecía, ¡reflejos de su origen y esta vez en carne viva! era lo que por los pasillos de su alma se decía, nada se creía, todo ahora se sentía, plenitud y en demasía que por saber aceptar es que se sentía, esa aceptación que sólo gracias al poder del amor es aprehendida.

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“ Aceptación que no perdona, Aceptación que no olvida,

Aceptación en el día de hoy Sólo ve la rosa y no las espinas

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Dejando rastros. Caminos errados eran los que había dejado, ahora sólo soñaba y era eso por donde se paseaba, donde él siempre de alguna u otra manera había dejado su marca, muchas veces disfrazada hasta con máscaras se ilusionaba aquella cuestión de pensar en un mañana, en el cuál no se suele saber que es aquello que el futuro desengaña, y nos ata a redimirnos y hasta fruncidos nos ataca, dejando su rastro con cada instante de este momento ya pasado. Engañosa aquella figura que se reviste de arrugas, que era dentro de cada luna donde se escondía, y era dentro de cada luna, donde con más fuerza latía, ese pudor de no dejarnos ver nuestro día a día, aquella muerte que de largos sueños se vestía, aquella cruel muerte que nos crucifica, entre sábanas nos crucifica, y nosotros fieles mártires de las mismas, por muchas veces no saber ver toda aquella vida que no estamos dando en nuestro día a día, siendo ahí donde la naturaleza del perdón habita, maldita debilidad que carece de propia voluntad y valentía, de asumir nuestro propio rol en este gran océano de vida, que de “ahora” se denomina, fuego candente que dentro de los corazones habita, motivo por el cuál el mismo palpita, dándole sensaciones sentidas, inevitables huellas en la cuál el tiempo no es más que una espina, lastimando a todas aquellas sorpresas desaparecidas, ya perdidas, ya rendidas por el simple hecho de decirse haberlas vividas. Hurgando muecas perdidas, jamás existidas, es que su mirada de forma ferviente erigía, siendo así como su propio corazón se ahogaba, dura y fría imagen plasmada contra las rejas de su propia ventana, ventana lagrimeada, ventana golpeada, ventana que no existía, pero ¿de donde surgían esos miedos que las traían? preguntas de respuestas ya no incomprendidas, simple pregunta de respuesta claramente respondida, respuesta que se hallaba en su propio andar de cada día, en ese día a día, era él donde limites no tenía, y donde límites tampoco quería, ni permitía, maldito que se atrevía y sin escrúpulos decía, que obligaciones él no tenía, siendo sus sentimientos lo único que él seguía. Pero diferenciarlos él todavía no podía; caratularlos de buenos o malos, era su alma la que no se lo permitía, sin embargo los seguía, sin importar las consecuencias, lo seguía, sin importar las consecuencias, él mismo también se mordía. Pero cambiarlos no le salía, por más que de llanto interno muchas veces vestía, y con tristes tardes dormía, albergando así pura y exclusiva agonía, a la cuál ya se había acostumbrado y por eso se resignaba y repetía, y le dolía, y sufría, cada vez menos comía, cada vez menos reía y encerrado así recorría, aquel largo callejón de la agonía, ese callejón que él decía que lo perseguía. Cristian Manrique

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Desconcertado. Muero en mi mismo. Ahora muerto, ya no resucito, sólo respiro y no suspiro, ahora ya muerto, en un cadáver me he convertido ya que por mis venas sólo corre el frío, ese seco frio que hasta por los ojos es transmitido, porque no era más que una mirada perdida la que deslumbraba aquel cadáver no exquisito, sólo frio, sólo frío humedecido por haber infringido esa ley de no saber mirar lo que su sentir le había dicho, era lo que ese ser respiraba por haber muerto en sí mismo. De muerte cerebral vestido, su fuerza existencial había perecido, en aquel duro cielo que en su prófuga espera de infierno se había vestido, haciéndolo quemar en cada suspiro, suspiros que su cadáver no exquisito ya había conocido. Agonía y más agonía era las que recorrían aquellas vacías calle de orgullo por haber perdido, en afán a lo desconocido, a todos aquellos infortunios que buscados fueron encontrados, porque sin disfraces caminaban y se los veía claramente desnudos cuando se los cruzaba, y ellos sí que no se sonrojaban, ni se irritaban, sólo lastimaban, porque la aceptación no los acompañaba, no por culpa, sino por lástima propia que contra su ser generaba, esa inevitable lástima que a su ser cargaba, a causa de aquel reflejo humano que sin miedo alguno, como perdón había sido denominado. Arrepentido no andaba, con cruces ya no cargaba aunque muchas veces rabia todavía le brotaba, rencoroso un poco quizás, por aquellas duras batallas, es que respiraba. En este momento eran de otros los actos que su ser rechazaba, lo único que a su ser molestaba, que su ser no soportaba, generándole sólo a sus momentos no más que rabia, rabia propia que de las venas le brotaba, no por envidia, ni mucho menos por nada, rabia simplemente causada por la falta de presencia del sentir en esta maldita realidad que nos ata. Rabia exclusivamente adquirida, desde niño adquirida que en forma de crecimiento era que crecía y aprehendiendo por aquel entonces así de la vida, era que vivía, rastros arrastrados por la constante creciente y creciente del tiempo que marcaba un compás más en su constante melodía, de pesado andar y dulces pesadillas, siendo así como su sangre por las venas le corría y hasta con fuerza latía. Descorazonadas páginas de tintas vacías. La lluvia caía por aquellos días, la ciudad, que no estaba vacía, lucia sin vida, haciéndole así frente en su cada día. Dulce melancolía acariciaba mi rostro y Cristian Manrique

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Sobredosis de Introspección

gobernaba mi sonrisa, mientras en miradas esta vez no me perdía, haciéndole frente a la vida, era así como sufría. Vamos a ver cuanto nos sale despertarnos mañana, por las calles se decía. El orden ya fue establecido y es el caos; aquello ya no se reprimía, ni se suponía, era todo lo que generaba su apatía, era eso simple que el espejo le devolvía. Debía hacerlo, y se sabía, que ya no había retorno para volver a refugiarse en ninguna más de esas penas sumisas, ya vividas, donde habita esa falta de candidez que congela, pero no enfría, porque era frío lo que ese ser innatamente poseía, como también poseía poesía, su más grande maestra de la vida y a pesar de que ya la conocía, era recién ahora que la elegía, para entregarle su más ardiente sentir de la vida, para liberarse sólo en palabras escritas, pero sentidas. Ardiente llama que al frío ya no lo quería, que al frío no lo permitía, pero era su cabeza con la que controlaba aquellas peleas que con su razón siempre tenía, y muchas veces con más de un abrigo era que dormía, sólo intentando calentar sueños que con frío no salían, buscando apagar ese frío seco, que gracias a su razón era que existía, maldita razón que lo hacía olvidar que sentía, maldita razón que sigilosamente lo vigilaba y no socorría, cuando por esas desgracias en él mismo se hundía, dentro de su cabeza, se hundía. Alma en reposo que recorría, aquellos apagados callejones creados por su solitaria y triste melodía, pequeña vida que auto flagelada dormía, que en crecientes lunas se escondía, siendo detrás de sus propias nubes de donde salía, esta vez mostrándose tímida, pero con su típica sonrisa simplemente salía, esta vez habían sido sus propios cráteres los que avergonzados salían, pero con su típica sonrisa, todavía se sentía digna de iluminar a quienes por las noches, como ella, no dormían, a quienes por las noches de la compañía de la soledad, no dormían, sólo dedicándose a escuchar esos oscuros gritos que a la solitaria noche caracterizan, pesados gritos que ya no aturdían, que sólo hallaban descanso en el correr de esa luz que entre cráteres surgía.

Cristian Manrique

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Sobredosis de Introspección

“ Literales suertes eran las que recorrían,

ese pesado andar, de tristes penas y agonías, de literales suertes se vestía, suertes que su ser no reconocía, ya que ahogado era como no sobrevivía,

siendo su propia pesadez donde se escondía, ¿siendo su pesadez la que su suerte le traía?

Cristian Manrique

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Sobredosis de Introspección

Pregunta todavía no respondida, pregunta que miedo sostenía, ya que en su propia verdad, también vivió la mentira.” Me acusan de sinceridad. Sin oídos ajenos y con las manos atadas era como se dirigía, hacia su propio abismal acantilado por donde sólo caían, aquellos cielos donde su propio sol no es el que ilumina, de esos cielos que en su más celeste seguridad, esconden su más profunda oscuridad, aquella falsa seguridad que sin miedo alguno lo depositaba en la soledad, de esas soledades sin suelos donde uno sólo no puede llegar a pisar. Pero como hasta en su propio ahogamiento era donde no se rendía, hasta dentro de su propio ahogamiento era ahora donde más se hundía, detrás de su propia humillación fue que enfrento aquel día, martes trece, que ya de a poco se sentía, que dentro de sus venas latía, esta vez la muerte en carne propia y plena agonía, redención de porqués adulterados por el propio llanto, falsa seguridad que sólo la muerte traía y en carne propia esta vez la sufría, esta vez ardía en su propia herida, hecha por preguntas que amargos sabores eran que respondían, y él, siempre dispuesto se mostraba a probarlos dentro de su verde alma; seguridad se decía que no le faltaba, y hasta dentro de su propia virilidad, se decía que no le faltaba, sensible parte del ser que en placeres se alimenta en nuestro entierro a diario, que camina con despecho mientras tropieza con su niñez, intrépida creencia del saber que dentro de su fuerza acaba con la adultez, aquella carnívora esencia heredada de nuestra propia naturaleza, arma de las más antiguas para poder escapar y quedarnos atrapados; tristes humanos, que de carne y hueso han sido designados y hasta dentro de su propia naturaleza, sepultados, individuos desalmados aquellos que desde el vientre fueron desgarrados, penumbras de la vida, que aún estando quietas es que no filtran, aquella tenue luz que de descendencia es revestida, tenue y constante luz, que nos lleva a dar vida, tenue y cruel luz que de esperanza es como es vista, que redime y es así también como lástima, pero sobre todo es puro calor lo que en ella habita, como el de esas lágrimas que salen por si mismas, orgullosas de haber sido caídas, siempre siguiendo esa muecas de muchas veces, tristes sonrisas, pero por sobre todo, orgullosas de haber sido caídas. Mañanas de un ayer que quieren desaparecer, mañanas de un ayer que desesperan, mañanas que desayunando no se alimentan, mañanas de colores que hoy nos muestran, toda la imposibilidad de volver a vivir algo pasado, angustiado en recuerdos y sin descifrarlos, vive el olvido, haciendo revivir mi pasado. Sentimientos ya sufridos, Cristian Manrique

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Sobredosis de Introspección

sentimientos ya pactados, que de a poco se mecen en mi sentir diario, esta vez no era por falta de olvido, el porqué de que ellos todavía estaban vivos, él simplemente se los alegaba al destino, juego atrevido que él en su deseada inocencia lo considerada divertido y dándole la mano, siempre bien dispuesto a recibirlo, dejaba al azar jugar mano a mano con su destino. Azar que al querer acompañarlo, lo dejaba de lado, azar con el que él orgulloso decía caminar de la mano; tonto iluso del pasado reflejo mismo de lo devastado, maldita memoria que nos persigue a todos lados, hasta cuando inconscientes estamos; uno más en el montón de los llamados, tristes humanos. Propia ganancia de su voluntad, esencia pura del sin necesidad, crudo pensar necesitado en su realidad, no era azar, no, ni siquiera propio amor, sadomasoquista de corazón, solemne mártir de mentira, que sólo se escondía mostrándose ante la resignación de poder ser lastimado, de algún u otro modo, lastimado, dándose por sí mismo entregado; dura estrategia de ganar amor, sin motivo alguno dado, resentida estrategia de los más desalmados, tristes poetas que fieles reinan su propio reinado, que de espinas es como son coronados, hijos del hoy, pertenecientes del mañana, que sufren a causa de su pasado. Piedad y silencio era lo que se palpitaba, piedad y silencio era lo último que necesitaba, aquello que no sólo faltaba, sino también que sobraba, manto de humanidad que lo tapaba, y también con el que el mismo se humillaba, ese pijama a rayas con el que pasaba, noches enteras esperando alguna llegada, dura sensación que lo avasallaba, frente a frente con sus rayas, lo avasallaba, siendo así como temblaba, durante aquellas lunas llenas que asomaban a su ventana y sin embargo dulces aparecían los amaneceres que acechaban y él simplemente los miraba, escondido detrás de su ventana, rayos de luz sin sol eran los que lo acariciaban, principiante de la vida, que creyendo ser era que soñaba, siendo así como sólo se dignaba a encontrarse en un mañana, mañana al cuál todavía no esta ni siquiera dispuesto a abrirle la ventana. Palpitaciones propias que desangran, triste velo de ignorancia con el cuál nos tapamos, condescendientes únicos de nuestro pasado, fugaces recuerdos, productos de la no aceptación del sentir diario, propia escondite de los más necesitados, aquellos que sin saberlo se bastan en sus propios pecados. Ligeras heridas que atentan al verdadero sentir que posa en nuestros labios, candente fuego fundidor de grandes lazos, falta de confianza debida a su pasado, Cristian Manrique

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Sobredosis de Introspección

pero esta vez ya pasado, esta vez ya madurado, comestible durazno, de carozo ya forjado, dispuesto a ser pelado, dispuesto a abrirse paso, a destrozar aquello que a su ser había compactado. Aprehendiendo a respirar y con los pulmones agitados, gritaba todo a lo que su acontecer pasaba y escuchado por sí mismo se proclamaba, hablador de verdades por contar ciertas jugadas, ya que con la experiencia sobraba, pero a él no le bastaba, digna juventud que se ve plasmada en su alma, dulce exceso aquel que él casi nunca despreciaba y hasta lo regalaba.

Cristian Manrique

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Sobredosis de Introspección

“ Entre suspiros y suspiros

esta vez el aire no se estancaba, corría y corría por sus pulmones y sin embargo no se cansaba, palpitar ajeno con el que su alma jugaba, rara sensación de tranquilidad que a su ser asomaba, confianza en su ahora era que encontraba, en aquella simpleza a la cuál su pensar no acostumbraba, simpleza simple que a su vida alegraba

Cristian Manrique

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Sobredosis de Introspección

De ojos grises lucía su desnuda mirada, que mirándome me quemaba, siendo así como sin darme cuenta se derretía mi alma, dulces brazos que acapararon a mi locura, tiernas manos que supieron acariciar a esta pobre criatura, incomparable hermosura, condensación de amor pura, inquieta sensación firme y segura, felicidad que esta vez no era oscura, radiante felicidad que se componía sin amarguras, dos dulces perdidas almas que el destino sin querer hizo que se encontraran. Aquella tranquilidad nunca jamás encontrada, era la que a su ser esta vez a su puerta golpeaba, literal suerte esta vez reconocida, literal suerte esta vez elegida, pesadez ya desaparecida que a sus pasos no seguía, pesadez que no lo perseguía y sin ataduras era ahora como recorría aquel camino verdaderamente sentido, sigilosamente alumbrado por un destino, destino que en su propio ahora se mantenía vivo. Sentido del olfato, que hasta ahora no había probado, delicioso aroma que acompañaba su encanto, dulce amor que sin declararse ya estaba formado, hermosos momentos que acontecían esta vez en su sentir diario. Altiva melodía que nuevos caminos recorría, que de musa era como se vestía, permitiéndole a él, poder vivir en su más dulce poesía, de a poco escrita, pero a cada instante vivida, a cada instante latida, ya que sangre caliente ahora poseía, aquel “ser” alguna vez solitario, que de duras penas era que vestía, siendo ahí donde él mismo se escondía, de darse amor se escondía, excusándose en que no se quería, pero que sin darse cuenta que su vida todavía vivía. Respirando profundo era esta vez como este “ser” sentía, permitiéndose dar cada paso con total empatía, iluminado y no por lágrimas, a cada paso el veía, hasta que punto era innecesaria esa realidad en la cuál él sentía, llamada irrealidad ante la normal carencia de poesía, irrealidad donde simplemente el amor era quien regía, siendo por el, por lo único que vivían, ya que sólo a través de él sentían, dejándose “ser”, ellos dos solo sentían, y era así como se dirigían, hacia aquella felicidad, única, que sólo “es” compartida. Constante y cálida sinfonía, que de compartir es revestida, en un ahora sentida, y que desde el amor es de donde sale ese sonido que baila entre las brisas, ahora siempre constante, ahora siempre sentida, aquella real razón de ser que nos da fuerza a lo largo de los días, inclusive durante aquellos que no tiene vida, por el simple hecho de negarnos a la misma.

Cristian Manrique

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Sobredosis de Introspección

“ Sentir que siente,

sentir que enseña,

sentir que nace, en nuestra presencia

Cristian Manrique

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Sobredosis de Introspección

Despertares que demuestran conciencia despierta, despertares que inevitablemente alimentan y así engendran, ese lejano miedo que nos atormenta, sin siquiera abrir los ojos nos atormenta, aquella superior presencia que nos carga de fuerza, ese claro despertar entre tinieblas que nos acecha, mas aún cuando la ventana esta abierta, esa luz que hasta para los ojos es molesta, y que sin nosotros saber ver nos enseña, ese atrevido milagro que se anima a pasar por nuestra existencia, pasando así a formar parte de nuestra experiencia, de esos colores que llenan nuestra presencia, luego de esas largas noches que al otro día despiertan, dentro de sueños despiertan, con esa realidad que nos golpea la puerta, y así irremediablemente nos deja, con aquella plena presencia de ese llamado mañana, que deslumbra en apariencia, que ilumina y así calienta, ese siempre fiel milagro del ser, que despacio, nos despierta.

Cristian Manrique

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Cristian Manrique

36 EDICIONES CRAC! MAGAZINE, 2013

SOBREDOSIS DE INTROSPECCIÓN  

"Realidades que de a momentos se viven, sentires que apasionadamente nos desvisten, al serles fieles, quedando así desnudos, frente a frente...

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