Texto recuperado
Principios básicos del documental por John Grierson
E
l término documental es torpe descriptivamente, pero dejémoslo así. Los franceses que lo utilizaron por primera vez sólo lo hicieron para referirse a un diario de viaje, pues este término les ofrecía una excusa sólida y altisonante para el bamboleante exotismo (divagador, por lo demás) del Vieux Colombier1. Mientras tanto, el documental ha seguido su propio camino y ha pasado del exotismo bamboleante a incluir películas dramáticas como Moana (Robert Flaherty, 1926), La tierra (Zemliá, Aleksándr Dovzhenko, 1930) y Turksib (Víktor Turin, 1929). Con el tiempo incluirá ejemplos tan distintos a Moana, en su forma e intención, como Moana lo fue de Viaje al Congo (Voyage au Congo, Marc Allégret, 1927). Hasta ahora hemos considerado que todas las películas hechas a partir de material natural entran dentro de esta categoría. La distinción fundamental ha sido el uso de material natural. Cuando la cámara grababa in situ (ya fueran piezas noticiosas, erráticas revistas “de asuntos de interés”, películas educativas, películas propiamente científicas, u otras como Chang [Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1927] o Rango [Schoedsack, 1931]) se les consideraba, por ese hecho, como documentales. Está claro que tal gama de categorías resulta inmanejable para la crítica y es necesario hacer algo al respecto, pues se representan distintas calidades e intenciones de observación, así como grados muy variables en cuanto el poder, la ambición y la forma en que el material se organiza. Por lo tanto propongo, tras discutir brevemente las formas más bajas, utilizar la descripción de documental exclusivamente para las categorías de mayor nivel. En tiempos de paz los cortos noticiosos son tan sólo ediciones rápidas de ceremonias profundamente irrelevantes y su única habilidad radica en la velocidad con la que el balbuceo de un político (quien mira con severidad hacia la cámara) es transferido, en tan sólo unos días, hasta cincuenta millones de oídos relativamente reticentes. Los cortometrajes de revista (uno por semana) han adoptado la forma de observación original de las revistas para caballeros y la habilidad representada en ellos es puramente periodística, pues describen novedades de una forma innovadora. Con la visión enfocada en ganar dinero (casi la única visión que tienen) y dirigida, al igual que los cortos
noticiosos, a públicos muy amplios y necesitados de velocidad, por un lado evitan considerar materiales sólidos y, por el otro, escapan a una consideración sólida de cualquier tipo de material. Dentro de estas limitaciones, las revistas cinematográficas a menudo son realizadas de una forma brillante. Pero ver, una tras otra, diez de estas revistas aburriría hasta la muerte al ser humano promedio. Su búsqueda de lo superficial y del toque popular llega tan lejos que algo se disloca; probablemente sea el buen gusto o, quizá, el sentido común. En esos pequeños cines en los que se presenta una invitación a vagabundear por el mundo durante cincuenta minutos uno puede escoger libremente y, en estos días de grandes invenciones, para verlo casi todo tan sólo se necesita esa cantidad de tiempo. Los “asuntos de interés” mismos se incrementan poderosamente semana tras semana, aunque sólo Dios sepa por qué es así. El mercado (y en particular el mercado británico) se une en contra de esto. Siendo la norma que se programen dos largometrajes no hay espacio para un corto, una película de Disney y además una revista fílmica, ni tampoco queda dinero para pagar por el corto. Pero, afortunadamente, algunos distribuidores pasan el corto como un extra que va con el largometraje. Y, por lo tanto, esta considerable ramificación de la iluminación cinematográfica tiende a ser el pilón que se otorga como regalo al comprar una libra de té y, como ocurre con todos los gestos de aquellos que piensan con mentalidad de mercaderes, es poco probable que sea algo costoso. De ahí viene mi sorpresa ante la mejoría en sus cualidades. Consideren la muy frecuente belleza y la muy hábil manera en que se exponen algunos cortos de la UFA, como es el caso de Turbulent Timber2, 1
El Théâtre du Vieux-Colombier, abierto por Jacques Copeau en 1913 en París, fue
bautizado así por la calle en la que se inauguró este recinto dedicado a un teatro que rompía con los cánones de fines del siglo XIX e inicios del XX. [Nota del traductor.] 2
La base de datos en línea del Instituto Británico de Cine (BFI), la única fuente
autorizada donde encontramos información sobre este cortometraje, marca el título original como Turbulent Timbers, el año de producción como 1931 e indica que se trata de un documental sobre los bosques rumanos. Al parecer la UFA produjo esta película con créditos e intertítulos en inglés. [Nota de la redacción.]
En 1946, los textos donde Grierson teorizó acerca del documental (incluyendo Principios básicos del documental) fueron reunidos en el libro Grierson on Documentary, editado por el periodista, investigador e impulsor del cine escocés Forsyth Hardy. En la imagen, Grierson y Hardy en el Primer Festival de Cine de Edimburgo, Escocia.
Icónica / 31