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créditos

Prólogo y selección: Mariana Serrano Zalamea Cronistas: Maria Paula Martínez, Juan Sebastián Torres, Diego Reina, Patricia Arango, Miguel Ángel Cañas, Oscar Durán Ibatá, Alejandro Gómez Dugand Portada: Alejandro Gómez Dugand Diseño y diagramación: cerosetenta.uniandes.edu.co Bogotá: Diciembre, 2011


Siete cr贸nicas de viaje


contenido La crónica, viaje, memoria y piel de América Latina por

Pág. 8

Sobre la edición

Pág. 11

La 26, la polisombra y el viaje que nunca acaba por María Paula

Pág. 13

Vida por Diego Reina

Pág. 15

Primer fruto en El Viento por

Pág. 17

Mi nuevo vecindario por Miguel

Pag. 19

Mariana Serrano Zalamea

Martínez

Oscar Durán Ibata

Ángel Cañas

Postales de viaje por Alejandro Gómez Pag. 21 Dugand “Ya vamos llegando, me estoy acercando” por Patricia Arango

Pag. 24

Una siesta en Brooklyn

Pag. 27

por Juan Sebastián Torres


La crónica, viaje, memoria y piel de América Latina Por Mariana Serrano Zalamea*

La crónica es sustantivo de “dos géneros”: la crónica en femenino, relación ordenada de los hechos; y en masculino, lo crónico, como enfermedad larga y habitual, se instaura hoy como forma de relato para contar aquello que no se deja encerrar en los marcos asépticos de un género. La crónica es incomodidad, abandono, narración del desconsuelo, testimonio, dolor y ridiculez, observación y sorpresa, es movimiento, flujo y destino, es espacio y rincón, migración constante del sentido; es historia y novedad; orden y conflicto. Es capacidad de recuperar el habla de muchos y de jugar con la experiencia…Es ante todo: fractura. (Reguillo en Karam)

L

a tradición cronística latinoamericana se parece a un caleidoscopio que cambia de forma: recoge los fragmentos en imágenes de los lenguajes periodístico y literario, de los cuadros de costumbres y relatos de viaje, de las visiones encantadas y desencantadas sobre la trizada modernidad de nuestras naciones, de las ciudades y sus identidades mutantes y anfibias, y de las estéticas con sus auges y sustitutos. Es un género camaleónico, que ha recibido el apelativo de la forma sin forma que a veces se mimetiza con el relato, la prosa poética, o incluso con pequeños ensayos críticos.

las estampas propias de la modernidad. También es depositaria de los múltiples relatos de viajes reales o imaginados. Bebe de los relatos de viajeros y cronistas de Indias a nuestras ignotas tierras americanas, de la novela de viajes y de aventuras del siglo XIX, del exotismo de los viajes reales o imaginados a Oriente efectuados por los modernistas (Tablada).

Y se traslada al escenario de las urbes cambiantes, y allí también se convierte en recipiente de los viajes y visiones encantados y desencantados por los espacios urbanos Entonces, ¿cómo caracterizar un género tan latinoamericanos, recogiendo andares, escurridizo para las clasificaciones como este? atmósferas, eventos, personajes (Caballero). Comúnmente, ha sido visto como “menor” Imaginarios como la ciudad posapocalíptica y de ahí su paradójica proximidad con los de Carlos Monsiváis o el vértigo horizontal de lectores, pues pulsa la sensibilidad cotidiana, Juan Villoro sobre ese conjunto de pueblos de todos los días: su lenguaje es más natural, y que conforman la desbordada Ciudad en su ausencia de pretensión camina “a ras del de México, ciudad de papel para Gonzalo suelo” (Candido), pegada de la piel. Celorio, o la Santiago travestida a los ojos y La crónica latinoamericana oscila como un las percepciones del ciudad-ano que plasma péndulo entre la ciudad letrada (Rama) y la Pedro Lemebel, o la ciudad desierto y a la vez ciudad sumergida (Spitta). Durante la primera puerto y compuerta de la modernidad que mitad del siglo XX, en Colombia y en las es la Buenos Aires de Roberto Arlt, y la naciones latinoamericanas, prevalecieron los ciudad vibrante e idealizada que es Rio de cronistas que escribieron dentro y desde la Janeiro para Rubem Braga. Incluso, algunas esfera de la ciudad letrada. Luego han ido crónicas permiten que nos topemos con la apareciendo otras voces desde los márgenes, retahíla de un niño vendedor ambulante las transgresiones y los subterfugios. de semáforo del DF a través de la brillante pluma de Elena Poniatowska; o la escritura Se acerca a la experiencia de la modernidad móvil de Alma Guillermoprieto quien debido a su carácter fugaz y efímero, y a la con su potente capacidad para capturar sensación de instantaneidad casi fotográfica personajes y oralidades describe a cabalidad presente en muchos de los textos escritos por la zozobrante cultura popular mexicana o la los cronistas latinoamericanos. Sobresalen las mitología urbana de las ratas gigantes de una de José Martí por su amalgama polifacética de las cloacas más grandes del mundo…Son y por brillantes interpretaciones que las han textos que nos hablan de imaginarios fluidos iluminado (Ramos, Rotker). Como lo plantean e identidades cambiantes, o de conflictos algunos análisis, este género permitía ponerle sufridos por las transformaciones aceleradas y un cierto orden al caos urbano de las ciudades agresivas que también experimentan nuestras latinoamericanas que se debatían entre dos ciudades. aguas: seguir siendo aldeas o representarse en

En Colombia, la crónica literaria moderna ha sido un género poco estudiado. Existen, no obstante, cuatro antecedentes que me parecen relevantes. La crónica en Colombia: medio siglo de oro trabajo de edición de Maryluz Vallejo Mejía, cuya introducción es uno de los contados textos sistemáticos de aproximación al género en el país, pues propone una tipología de las crónicas literarias que presenta y su trabajo le da cita a cronistas bogotanos, antioqueños, vallunos, costeños, entre otros. La Antología de grandes crónicas colombianas preparada por Daniel Samper Pizano donde deliberadamente se hacen a un lado los textos de carácter más literario para privilegiar los de carácter histórico. De reciente aparición está la Antología de notas ligeras colombianas cuya selección y prólogo están a cargo de Maryluz Vallejo y Daniel Samper Pizano. Estos dos apasionados del género, no han cejado en su tarea; esta vez bajo el mote de notas ligeras agrupan textos que tienen más de crónicas que de otra cosa. Allí encontramos piezas desde José Asunción Silva, pasando por Eduardo Zalamea, hasta autores más recientes como Rafael Chaparro, Laura Restrepo, Óscar Collazos, entre otros muchos. Y por último la reveladora Guía literaria de Bogotá, trabajo de Antonio Caballero que no sólo contiene crónicas, sino fragmentos de novelas, cuentos y otras narraciones bogotanas. *Profesora de la cátedra “Historias de la crónica en América Latina”, CEPER, Universidad de Los Andes. Politóloga (Universidad de Los Andes), Maestra en Historia y Filosofía de la Educación (Universidad de Campinas, Brasil), Candidata a Doctora en Estudios Latinoamericanos (Universidad Nacional Autónoma de México). Correos electrónicos: marianaserranoz@ hotmail.com, m.serrano142@uniandes.edu. co.


textos citados

ARLT, Roberto, “El subsuelo del diablo” y “Demoliciones en el centro”, en El paisaje en las nubes. Crónicas en El Mundo 1937 – 1942, (Prólogo de Ricardo Piglia, Edición e introducción de Rose Corral), Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2009. BRAGA, Rubem, “Os embrulhos do Rio”, en A traição das elegantes, Rio de Janeiro, Editora Récord, 1990. Texto traducido por Mariana Serrano Zalamea al español. CABALLERO, Antonio, Guía literaria de Bogotá, Bogotá, Aguilar, 2007. CELORIO, Gonzalo, México, ciudad de papel, México, Tusquets, 3ª edición, 2004. GUILLERMOPRIETO, Alma, Al pie de un volcán te escribo. Crónicas latinoamericanas, Bogotá, Norma, 1995. KARAM, Tanius, “Representaciones de la Ciudad de México en la crónica”, en Andamios. Revista de investigación social, otoño – invierno, número 001, México D.F., Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2004, págs. 51 a 76. En línea: http//redalyc.unaemex.mx/pdf/628/62800101.pdf LEMEBEL, Pedro, “Homoeróticas urbanas”. Disponible en línea: http://www.elortiba.org/lemebel.html#HOMOERÓTICAS_URBANAS__ MARTÍN-BARBERO, Jesús, Conferencia en el marco de la Celebración de los 25 años del IEPRI, Mesa sobre Cultura e instituciones, Bogotá, Biblioteca Luis Ángel Arango, 11 de noviembre de 2011. MONSIVÁIS, Carlos, “La hora de la identidad acumulativa. ¿Qué fotos tomaría usted en la ciudad interminable?”, en Los rituales del caos, México, Era, 3ª reimpresión. PONIATOWSKA, Elena, “Le muevo la panza”, en A ustedes les consta. Antología de la crónica en México, México, Ediciones Era, 6° reimpresión, 1992. RAMA, Ángel, La ciudad letrada, Santiago de Chile, Tajamar Editores, 2004. RAMOS, Julio, Desencuentros de la modernidad, México, Fondo de Cultura Económica, 1989. ROTKER, Susana, La invención de la crónica, México, Fondo de Cultura Económica, 2005. SAMPER PIZANO, Daniel (Selección y prólogo), Antología de grandes crónicas colombianas. Tomo I – 1529-1948, Bogotá, Aguilar, 2003. TABLADA, José Juan, “Liminar”, extraido de "Hacia el país del sol. Sitios, impresiones, episodios", en Revista Moderna, México, 1a. quincena de julio de 1900, año III, núm. 12. VALLEJO MEJÍA, Maryluz, La crónica en Colombia: medio siglo de oro, Bogotá, Biblioteca Familiar Presidencia de la República, 1997. VALLEJO, Maryluz y SAMPER PIZANO, Daniel (Selección y prólogo), Antología de notas ligeras colombianas, Bogotá, Aguilar, 2011. VILLORO, Juan, “El vértigo horizontal”, en MUÑOZ Boris y SPITTA, Silvia, Editores, Más allá de la ciudad letrada: crónicas y espacios urbanos, Pittsburgh, Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 2003.


Foto: Liz Salda単a @ Flickr


sobre la edición Esta Bogotá de nuestros amores y odios, ha sido transeúnte y testigo de múltiples escrituras. Y una muestra de ellas son las que han surgido del curso Historias del Periodismo impartido durante el segundo semestre de este año 2011. A las frías siete de la mañana, los viernes nos hemos citado en un edificio de concreto también muy frío: Aulas, salón 306, Universidad de Los Andes... Y la cita ha sido para hablar de historias de la crónica en América Latina y en Colombia. Por fortuna y pese a que veces persiste la atmósfera helada, entramos en calor cuando leemos y discutimos los textos de reveladoras plumas latinoamericanas y colombianas. Las crónicas, a veces miradas de soslayo desde los lenguajes consagratorios de las letras, o solo enfocadas desde sus expresiones más referenciales y apegadas a los hechos noticiosos, tienen una riqueza expresiva y plástica que no deja de sorprender.

Las crónicas, a veces miradas de soslayo desde los lenguajes consagratorios de las letras, o solo enfocadas desde sus expresiones más referenciales y apegadas a los hechos noticiosos, tienen una riqueza expresiva y plástica que no deja de sorprender.

Uno de esos viernes circulamos las escritas por los estudiantes. El tema sugerido era una crónica de viaje. Aclaro, viajes urbanos no sólo reales sino emotivos, sensoriales, recreados y reconfigurados. Y salieron los temas que presento en seguida. Un trayecto en transporte urbano por la calle 26 o Avenida El Dorado de Bogotá de María Paula Martínez. Un angustioso viaje en ambulancia atendiendo una emergencia médica de Diego Reina. Unas “postales de viajes” por ciudades y aviones de Alejandro Gómez. Un viaje a los recuerdos de infancia del periodista Juan Gossaín de Óscar Durán. Una estadía transitoria por el barrio de la Candelaria de Bogotá de Miguel Ángel Cañas. Un regreso al Valle del Cauca desde el hoy y el recuerdo de Patricia Arango. Y un largo día hasta la madrugada siguiente en la ciudad que “nunca duerme”, la Nueva York de Juan Sebastián Torres. Estos siete textos nos pasean por nuevas escrituras de esta tradición cronística latinoamericana tan variada y multiforme. Se pronuncian sobre la ciudad actual que es el territorio de la memoria, de los flujos de las conexiones y de las redes (BARBERO). Estas crónicas sobre viajes, espacios y ciudades, plantan, desde distintas miradas, nuevas sensibilidades y perspectivas que dan dimensión y sentido a la memoria urbana, barrial y local. Son dispositivos para que la gente pueda sentir que pertenece a un lugar, y en esa medida contribuyen a la construcción colectiva de los sentidos de la vida desde las experiencias cotidianas y locales. A renglón seguido las presento brevemente. “La 26, la polisombra y el viaje que no acaba” que escribió María Paula Martínez, es una buena muestra de un trayecto interurbano circular, y que deja la sensación de nunca terminar como la siempre inacabada modernización que experimenta Bogotá desde los albores del siglo pasado. Esta urbe derruida, habitada a medias y atestada a la vez, es profunda en sus paradojas como lo plasma la contundente imagen de su “insípido tráfico”, captada por este texto. Es una crónica que nos pasea por una ciudad viva, moribunda y suspendida al unísono y así lo logran los contornos expresivos impresos en sus líneas. Diego Reina captura el tiempo de un viaje preñado de angustia y desazón, eterno por sus connotaciones emocionales. “Vida” es el título de esta crónica que relata el trayecto recorrido en ambulancia desde el lugar del asalto violento a su padre hasta el hospital. El texto hace un movimiento continuo del interior al exterior del narrador, logrando un contrapunto entre las reflexiones afectivas y emocionales y el entorno de un viaje de semáforos, luces de ambulancia y paranoias…Recuerdos fugaces de la infancia y el gran y sobrecogedor temor que sentimos frente a la inminencia de la posibilidad de la muerte de nuestros seres más amados. Es una entrada a las violencias urbanas que agreden todos los días a los bogotanos, y que sentimos ajenas hasta que nos tocan la propia vida. Las “Postales de viaje” descritas por Alejandro Gómez Dugand, son eso: imágenes recortadas por efímeros trasegares en distintas ciudades, aviones, textos, lecturas. En los fragmentos que recoge el cronista sentimos en la piel el calor del verano romano, el cansancio de museo…, oímos las resonancias de los turistas por las Ramblas, y pasean nuestros ojos por las páginas suicidas de Camus. Además “una música llorosa, solitaria…” de la “zambra prima árabe y hermosa del flamenco” nos llega como un eco borroso del Albayzín granadino. Es un texto que reflexiona sobre la propia identidad disfrazada de turista, sobre las imágenes de postales que quedan en la memoria después de los viajes, sobre la transitoriedad y superficialidad del viajero. Óscar Durán prefiere relatar un viaje por la infancia de Juan Gossaín. “Primer fruto en El Viento” título de la crónica que escribe captura los años iniciales de este periodista en su pueblo natal, y reconstruye episodios de su vida de la mano de varios de sus seres más cercanos. Mediante la descripción detallada del pueblo, el texto encierra la atmósfera de la región de la costa norte, de la tierra caliente, y recupera la riqueza de su oralidad y mirada desenfadada a la vida de todos los días. A modo de semblanza, es un viaje gozoso por la memoria, por los recuerdos y por referencias identitarias como el rumor y el chisme tan propios de nuestra idiosincrasia. “Mi nuevo vecindario” del pasajero en tránsito Miguel Ángel Cañas, recrea su estadía “obligada” en La Candelaria. Y hago la referencia barrial, porque además de ser un viaje ocasional es una crónica de ese sector de la entraña bogotana. El texto introspectivo se entrevera con las referencias a habitantes, turistas, restaurantes, calles y tiendas del sector; la mirada a las opciones vitales y circunstanciales se salpica de anécdotas que plasman a Bogotá con los ojos del que está de paso. En últimas es una reflexión sobre la propia identidad, el desarraigo de los lugares del afecto, la adaptación inteligente a las experiencias cotidianas que cargan de sentidos a la vida. El viaje de Patricia Arango comienza con un epígrafe de una canción del grupo Niche y que bien resume el tono de la crónica: “ya vamos llegando, me estoy acercando…No puedo evitar que los ojos se me agüen”. El texto es un viaje real y por el recuerdo al Valle del Cauca de donde es oriunda la autora. Ese departamento que hasta hace pocas décadas todavía asombraba por un paisaje frutal y floral variado, diverso, y que hoy está inundado en casi todos sus confines por el monocultivo del paso agresivo de un modelo de explotación arrasador y acumulador para unos pocos. La mirada crítica y a la vez nostálgica de otros destinos posibles llama a la reflexión sobre la lógica extractiva y poco humana que se explaya por nuestro país. Y por último, pero no por ello menos rica en exploraciones, está la crónica de Juan Sebastián Torres, “Siesta en Brooklyn”. Las líneas una tras otra nos llevan a un recorrido intenso, vibrante, crítico, asombrado, y por último agotador por ciertas calles y lugares de Manhattan y Brooklyn. Es una mirada lúcida salpicada de mucho humor sobre las sensaciones que despierta una nueva ciudad, y una urbe tan avasalladora como Nueva York. Para la muestra el siguiente botón: “estaba conociendo una ciudad interesante, no muy agradable -a lo largo de mi estadía me encontré con cuatro ratas (grandes, muy grandes, y pequeñas) y tres personas vomitando en la calle (niñas elegantes y gordos asiáticos)-, pero definitivamente interesante”.


La 26, la polisombra y el viaje que no acaba Por MarĂ­a Paula MartĂ­nez


U

na calle desierta de la ciudad de Bogotá. No tiene casas en sus bordes, todas fueron demolidas. Los andenes maltrechos que sobrevivieron más de 50 años ya no están. El puente de la Caracas se desmorona con el pasar de los días. A los pocos árboles que hay, no les queda una hoja verde. La arena y la polución han manchado todo. La polisombra, esa lona verde que recubre todas las construcciones de Bogotá, todo lo esconde. Ya nadie aguanta más. La calle 26 necesita de vida. Necesita sentir el caucho de las llantas de los carros rechinar contra su pavimento, sentir el calor que sale por el mofle. Escuchar los pitos, ver las luces del semáforo pasar de rojo a verde, de verde a rojo. Sentir la adrenalina de un carro que a media noche se apresura por la vía o a los transeúntes que afanados pisan la cebra toda el día de un lado a otro. Sentir la presencia de los vendedores ambulantes que hicieron de la calle su oficina y venden mecato colgado de una tabla. De los mimos, las estatuas humanas, el tira fuego o los acróbatas que a cambio de unas pocas monedas hacen un espectáculo fugaz mientras la luz está en rojo. Oír los gritos de los vendedores de cerezas (que en realidad son ciruelas), los vendedores de mangostinos y otras frutas tropicales, que jornalean en el pavimento. Los que venden el almanaque Bristol en el mes de agosto, libros para colorear o ediciones piratas de las novelas mas populares del momento. Hoy no se parece a una calle de una ciudad capital. Desde el puente de la carrera séptima puedo ver el desastre. ¿Hubo allí alguna vez una vía? Ahora solo es barro. Sé que arriba, en el oriente, no hay más que un gran hoyo. Lo he visto varias veces de camino al trabajo. Lo podría ver, si quisiera, desde un piso alto de los edificios del centro, pero prefiero evitar la frustración y la nostalgia. Es una excavación inmensa de donde las máquinas ya cansadas siguen sacando arena. Hay un puente a medio hacer de donde se escurren varillas de alambres que buscan una conexión. Removedores de cemento que parecen esperar su momento de acción. Muchos obreros con uniforme naranja y casco, que luego de ocho horas se van y al día siguiente regresan con sus mismas botas empantanadas. A la altura de la carrera décima, la calle 26 va tomando un carácter menos barrial. Hay pedazos pavimentados, otros no. Hay alcantarillas todavía sin tapa, hay soportes de puentes sostenidos por andamios. No hay señalización, no hay carriles, no hay cebras, no hay flechas. Es una calle de una ciudad latinoamericana, pero mucho peor. Hay polisombra y conos que la sostienen. Hay basura y hay barro. Hay obreros que como hormigas llevan y traen cosas. Salen, saltan entre los escombros. Con su aviso de pare y siga controlan el insípido tráfico que está permitido en algunos tramos. Mientras veo la fila de luces de los carros estancados en los laberintos de polisombra, trato de imaginar esta parte de la ciudad en los años cuarenta. Cuando no era vía, sino un campo verde y virgen que circundaba a la Bogotá de traje de corbatín y vestido largo. Recuerdo unas fotografías que hay del Panóptico, hoy Museo Nacional, en la cumbre de una pequeña montaña y otras de la Plaza De Bolívar con jardines ¿Qué pasó?, ¿Cuándo cambiamos el pasto y los árboles por los bolardos y el cemento? Tal vez fue en aquellos años cincuenta que modernizaron la ciudad. Cuando el gobierno militar del general Gustavo Rojas Pinilla regó asfalto y ladrillos por todo el país. Un aeropuerto internacional, El CAN, el Club Militar, el Hospital Militar, el SENA y la mismísima calle 26 hoy destruida y desbaratada por su nieto. Sería por esa época

que se ganó el apelativo de la “Atenas Suramericana”, una ciudad en ruinas que trataba de levantarse de la mano del poder. Y que ahora, en pleno siglo XXI, como dijo Eduardo Arias, pasó a ser la “Tenaz Suramericana”. Una ciudad cuyo Alcalde electo está en la cárcel, que tiene líos en el campo de la salud, de la educación, del trasporte. Una ciudad que es testigo del desfile de funcionarios públicos desde la oficina hacia la cárcel La Picota. En la carrera 20, frente al Cementerio Central, no puedo evitar pensar en el General Rojas Pinilla que allí descansa y la paradójica coincidencia familiar. Sus nietos –delfines– hicieron su vida en la política hasta hace tan solo unos meses. Cuando tras destruir la obra de su abuelo y destaparse un escándalo por robos de dineros, Samuel, ex alcalde e Iván, ex senador, terminaron en la cárcel. Es una tarde fría en Bogotá. El cielo está gris y el viento levanta todo el polvo del suelo. Pronto empezará la hora pico de retorno a casa. Las máquinas dejarán de trabajar, los obreros se irán a descansar. No hay nadie en los andenes al lado de la polisombra. Hasta los transeúntes parecen haber sido forzados a salir. No hay por dónde caminar en línea recta. No hay borde, no hay paso, no hay gente. No hay quien compre pan en la panadería, gaseosa en la tienda. No hay turistas para los hoteles, no hay amantes para los tradicionales moteles de la Avenida el Dorado o, por lo menos, así lo denunció la administradora de uno de ellos quien dijo, al canal de televisión RCN, haber perdido el cincuenta por ciento de su clientela a causa de los trancones y los problemas de acceso vehicular. En el paradero de buses solo hay mujeres. Una señora, su hija de diez años y yo. Nos resguardamos en una carpa que hace las veces de parador y esperamos en silencio la llegada de un bus público que nos saque de allí. CanAvenida el Dorado, ese es el indicado. Extendemos el brazo las tres, casi en perfecta sincronía, y antes de que pasemos la registradora, el conductor arranca. El bus tiene una tapicería vieja y manchada. Cortinas y muchos letreros pegados en la cabina del conductor. Tiene un aspecto sucio que a nadie le importa. Tiene un precio exagerado y nadie se queja. En México o Argentina, el transporte, vale lo mismo que un chicle o una unidad de cigarrillo, 2 máximo 4 pesos, o sea unos 500 pesos colombianos. En Bogotá vale tres veces ese valor: 1400 pesos. Pienso que el servicio es caro y es malo, que ir de pie es un verdadero riesgo, que los hombres en Colombia son poco caballerosos y que la hija de la señora debería sentarse en el puesto de alguno de los cómodos viajeros. Estando de pie puedo ver por fin, por encima de la polisombra, las estaciones del Transmilenio que algún día funcionarán. Están desoladas y parecen viejas. Los vidrios están sucios, sus barandas aún incompletas. No tienen acceso. No hay puente peatonal de entrada. Están allí, en el separador, suspendidas, aisladas, esperando que llegue el momento de ser útiles. ¿Cuando volverán a ser parte de la ciudad y su locura? Las estaciones necesitan oír el eco de los pasos que retumban contra el metal. La marcha incesante de personas que entran y salen. Ver las registradoras dar vueltas y vueltas. Las tarjetas de viaje pitar. Pi, pi, pi. La calle necesita sentirse calle. Calle pisada, maltrecha y mal tratada. El lugar donde la gente escupe chicles para que otros los pisen. Tira basura para que nadie la recoja. Sentirse morada de todos y al tiempo de nadie. Sentirse corredor de paso. Sentirse usada en el día y olvidada en la noche.

Necesita sentir que pertenece a esa urbe moderna de viajeros anónimos. Sentir a una Bogotá caótica y excitante. Sentir que Bogotá las necesita. Que desde finales del 2008, cuando empezó la obra, los bogotanos no quieren ir al centro, tampoco al aeropuerto. Que todas las mañanas la gente maldice el tráfico por culpa de su no operación. Al otro lado de la estación puedo ver algunos pedazos de calle y de andenes nuevos. Andenes que se ganaron el lugar de antiguas casas. Donde se levantan hoy bolardos, había hace meses casas, panaderías, lavanderías, ferreterías y otros locales. ¿Ahora donde estarán?, ¿qué será de los vecinos que fueron obligados a vender su vivienda? De una u otra forma estaban destinados a salir, bien porque su casa debía ser destruida o porque después de tres años de obra se habrían quedado sin clientes, que espantados por el barro y la polisombra, no habrían vuelto a caminar por allí. El bus casi no se mueve. Vamos en una fila de carros. Un callejón sin salida… uno detrás de otro. Por lo menos voy sentada. Frente al CAN se bajaron gran parte de los viajeros y la niña, la señora y yo, pudimos finalmente acomodarnos en las sillas. Son las 6 y suena en la radio el Himno Nacional de Colombia. Nadie lo canta, nadie lo nota. Estamos frente a la enorme bandera que se iza sobre la carrera 50 con 26 y parece que nadie la ve o nadie la quiere ver. Pasamos frente al futuro portal de Transmilenio de El Dorado. Me emociono cuando veo que ya parece estar listo. Hay puentes peatonales que dan ganas de caminarlos. Esas estructuras de hierro, que siempre catalogué como espanto-futuristas y que hoy me despiertan gran simpatía. Llego finalmente a mi destino: el monumento de la reina Isabel y Cristóbal Colón. Es el final de mi viaje que también es el principio de la historia. Una hora de ruta en la 26 es como viajar en el tiempo. Calles de ciudad con aire de pueblo, llenas de tierra y sin pavimento. Torres altas y casas antiguas. Mausoleos de principio de siglo XX y extravagantes estructuras de metal. Un portal de transporte masivo junto a las estatuas de quienes un día decidieron que nosotros debíamos parecernos a ellos y no sabían que 200 años después seguiríamos intentándolo, aún sin éxito.


Vida Por Diego Reina


Foto: Laura Lineros

T

odo el mundo decía que lo debería acompañar el hijo mayor. “Sí”, exclamó mi tía. Esa que siempre opina y que, a pesar de solo aparecer dos veces al año, es la que siempre toma la palabra para de decir cosas que otros ya han dicho. Todo sea con tal de decir cualquier cosa y hacerse notar. No importa si no tiene nada qué ver con la situación. Siendo las 8:55 p.m., ocho personas, reunidas frente a una pequeña puerta de rejas que limitaba con una diminuta sala de espera con solo cuatro sillas, aguardábamos la respuesta del estado de salud de mi padre, que había sido víctima de un atraco que le dejó tres puñaladas en su pectoral izquierdo. Lo más probable era que fuera trasladado a un hospital porque ahí no había forma de ver si su pulmón se encontraba perforado y lleno de la sangre. Estabamos en un pequeño Centro de Atención Medico Integral CAMI, en frente de un colegio y en medio de una noche fría. Gracias al tenue alumbrado público se podía apreciar algunas tiendas de barrio que iban cerrando las rejas. Era inevitable observar la rampa que estaba directamente enfrente de nosotros, diseñada estratégicamente para la llegada de las ambulancias. Esa rampa me miraba constantemente, como avisándome, haciendome sentir miedo, tristeza y cobardía al saber la pronta llegada de uno de estos vehículos. Mi madre, quien se había separado de mi papá ya años atrás, lloraba. La tristeza permeaba a todos los presentes. Aunque no sé si era exactamente este sentimiento, pero el rostro pálido de todos, los ojos rojos e hinchados, los rastros de lágrimas que algunos minutos atrás habían caído por las mejillas dejaban esa lectura en mi mente. De repente, sin que me diera cuenta, se escuchó el sonido de la Lambada, ese típico ritmo pegachento proveniente del Brasil que muchos vehículos bogotanos tienen instalado y que se activa cuando dan reversa. Era la ambulancia que venía por mi padre y por un acompañante para que lo asistiera en el viaje. No pasaron más de cinco minutos cuando ya el vehículo estaba parqueado. No se hizo esperar la llegada de mi viejo, pálido, acostado en una camilla con una bolsa de suero conectada a su brazo derecho, un montón de aparatos que no paraban de sonar y una cobija que abrigaba su desnudo y maltratado cuerpo de guerra. Todos se abalanzaron a recibir y verlo para un encuentro de no más de sesenta segundos, creo. A todos les brotó una sonrisa de felicidad y esperanza al ver que se encontraba vivo. De la nada, salió una enfermera y el ayudante del conductor de ceño fruncido, quienes abrieron las puertas de la ambulancia de franja azul y sirena en el techo que reposaba en la rampa. Cada uno cogió de un lado la camilla. En su interior, la ambulancia se veía más que estrecha, fría e incómoda. No recomendable para claustrofóbicos. Mi padre estuvo a bordo en menos de nada. La enfermera y el ayudante parecían robots programados para actuar sin cuidado e incapaces de darle un trato más humano a quien podría ser su familiar. Sin tener tiempo para pensar, llegó la hora de acompañar a mi progenitor en un viaje que, a mi modo de ver, fue el más importante de mi vida. Sin pensarlo dos veces me subí en aquella ambulancia. Una vez adentro, el señor del ceño fruncido cerró con cierta fuerza y brusquedad las puertas destartaladas.

De inmediato mi sentido del olfato y visión se agudizaron. Por un lado, no dejaba de ver a mi padre al tiempo que descubría el sinnúmero de cosas que me rodeaban (botiquines, cables, aparatos extraños que no paraban de sonar, un extintor, un radio teléfono, bolsas de suero). Era una atmósfera indescriptible, sus ojos con lágrimas saliendo paulatinamente me veían fijamente mientras yo, temblando de miedo, no hacía más que apretar cautelosamente su gran mano, tratando de expresarle que estaba ahí, que podía contar conmigo, que lo amaba. De inmediato se activó la sirena, el motor se encendió, la ambulancia empezó a descender por la rampa y una voz proveniente de la cabina dijo algo como: “el viaje demora aproximadamente veinte minutos”. Mi padre, con una máscara de oxígeno en la cara, cerraba los ojos de vez en cuando, lo que me asustaba pues, al no poder hablar, no sabía si se encontraba bien. Cada parpadeo se me hacia eterno. Le pedía a Dios que volviera a abrir los ojos, no era capaz de mirar su pecho o tocar su cuello para hacer el intento de ver si tenía pulso, a pasear de no tener idea de cómo hacerlo. Tal vez, al bajar la rampa y al tomar curvas, se estaba maltratando la herida que tenía tan próxima a su corazón. Solo imaginarlo me daba pánico.

Reaccioné y me di cuenta que estaba cayendo en un estado de paranoia sin motivo alguno. El vehículo se detuvo. A través de la pequeña ventana esforcé mi visión lo más que pude y vi una luz roja que luego fue amarilla. Sí, era un semáforo. Detrás, un letrero decía Hospital del Tunal. No sabía si habíamos llegado, pero respiré profundo y di gracias a Dios por la vida de mi padre y por esta oportunidad que me daba tenerlo con vida. Recordé que si estábamos en el Tunal, este era uno de los lugares preferidos de Don Alfonso para decirme, alrededor de 10 años atrás, “hijo, vamos a jugar baloncesto y el que pierda gasta la gaseosa y lava el carro”. Sin necesidad de ver las calles, sentía que ya conocía cómo eran los movimientos de un vehículo al pasar cerca al parque que casi siempre frecuentábamos y que estaba al lado de dicho hospital.

Fue en un parpadeo que mi mente revivió esos momentos, en donde mi padre me proponía jugar a veintiún puntos, y en muchas de las ocasiones se dejaba ganar con el fin de robarme una sonrisa. Finalmente íbamos a tomar la gaseosa y a lavar el carro juntos. El verde color del pasto y la refrescante sensación de tomar agua después de compartir con mi padre esos momentos me hacen caer en cuenta de lo grandiosa y perfecta que es la A través de una pequeña ventana, por donde se veían las vida al saber que tus seres queridos se encuentran bien. luces de las avenidas, me pareció ver la figura de una estación de Transmilenio y me tranquilizó saber que ibamos por vías Nos detuvimos. Mi padre me apretó fuerte la mano. El motor conocidas. Eran más o menos las 11:50 p.m. No se sentía se apagó, la sirena dejó de sonar. Se escucharon las puertas de mucha congestión vehicular, la ambulancia no paraba de andar. adelante abrirse, voces, gente, perros ladrando, el olor a hospital Pensaba: ¿por qué camino vamos?, ¿será que la estación de no se iba. Habíamos llegado. ¿A dónde?, no sé, pero habíamos Transmilenio fue una ilusión?, ¿será que vi mal?, ¿será que no llegado. Las puertas del cubículo donde íbamos fueron abiertas hay semáforos? Solo tenía una pequeña ventana que más que por el señor del ceño fruncido, que ya no lo tenía tanto. polarizada, estaba totalmente oscura. El olor a medicamentos, a hospital, era intermitente. El sonido de los aparatos médicos que El conductor me extendió la mano para bajar. Con la mayor me rodeaban cada vez más se convertían en una sola frecuencia precaución ayudaron a sacar la camilla en la que estaba Don con mi respiración. No hallaba la hora de llegar al hospital para Alfonso. No me dejaron entrar. Creo que me demoré más tiempo que mi padre fuera examinado. detallando en dónde me encontraba, y viendo a quién le podía preguntar algo, cuando mi padre ya estaba de regreso con un De repente, una maniobra un poco abrupta por parte del sobre en el pecho que contenía los resultados. Nos subieron otra conductor hizo que se moviera la camilla de mi papá que iba vez a la ambulancia. Sin pensarlo dos veces le pregunte al señor casi pegada al piso. Don Alfonso, como siempre un hombre del ceño, “Disculpe, ¿me puede decir cómo le fue a mi padre?” fuerte, me apretaba mi mano y solo con su mirada me decía que Él con una aire de tranquilidad me dijo: “el médico y el examen, no importaban los movimientos, que gracias por estar con él en si no estoy mal, dicen que tiene en el pulmón algo de sangre, esos momentos. va tocar drenarlo, pero tranquilo, todo va a salir bien porque al parecer su padre tiene unos pulmones de joven”. Y cómo no, si En ese momento me puse a pensar en la gente que manejaba la jugábamos baloncesto todos los domingos. ambulancia: ¿será que el señor del ceño fruncido y el conductor –quien nunca vi–, eran más que simples empleados de un Tomé su mano, y, a lo largo de todo el trayecto, no dejé de verlo hospital? De inmediato mi mente empezó a volar, sin dejar de ni un momento, respirando profundo y diciéndole lo orgulloso ver a mi padre y su lento parpadeo. Pensaba cuáles habrían que me sentía de él y de lo fuerte que era. Su respuesta era sido las razones por las cuales atacaron a mi padre: ¿será que lo apenas una mirada que expresaba amor de padre. querían matar?, ¿será que estos dos hombres no eran camilleros o conductores de un reconocido hospital sino que eran criminales Sentí como la ambulancia volvía a subir una rampa, cuya textura a sangre fría y que venían en busca de mi padre? ¡Claro! de ya era familiar. Habíamos llegado. Siete personas nos estaban pronto por eso nunca se dejó ver el conductor. ¡No había tomado esperando. Con ayuda de varias enfermeras bajamos a mi las placas! Esperaba que mi madre lo hubiera hecho. No sabía padre, quien ingresó nuevamente más allá de la pequeña puerta por dónde iba, ni el lugar exacto a donde nos llevaban, no sabía de reja que nos separaba de la sala de esperas. Él estaba vivo, y si nos iban a robar, a matar, o secuestrar. Estaba empezando a a pesar de que la información que tenía no venía de una fuente enloquecer y no veía la hora de llegar. Deseaba que las puertas fidedigna, la expresión y seguridad con la que fue transmitida la se abrieran y estuviera rodeado de médicos, personas normales, noticia, así como los resultados del examen, indicaban que todo celadores y enfermeras. Pensé en llamar pero, no tenía minutos. iba a salir bien. Entonces la ambulancia se sacudió luego de coger un hueco.


Primer fruto en El Viento Por Oscar Durรกn Ibatรก


Uno de los bernardinos que abría primero los ojos era un niño inquieto, con aires de travesura, que se escabullía entre los controles de su familia para ir a los campos abiertos en procura de un juego de bola de trapo o a los matorrales de la espesura cordobesa para una cacería de pájaros o a las orillas del río Sinú en una aventura de pesca. Sus amigos y vecinos lo llamaban Juancho. Era un niño de baja estatura, de contextura gruesa, a quien sus próximos recuerdan con camiseta blanca y ancha y pantalón corto y envuelto siempre en alguna mocedad. “En alguna ocasión –cuenta José Francisco Ramírez- jugábamos a la compra y venta de ganado. Nosotros éramos las vacas y él, por supuesto, el ganadero. La cosa iba bien hasta cuando a Juancho se le ocurrió la idea de marcar el ganado. Pues con un sello en caliente grabó la J de Juan y la G de Gossaín en la barriga a uno de nuestros amigos”. “Le decíamos El Iguano o El Cotorro, y se ponía calvo de la piedra, porque se calentaba fácilmente”, cuenta Orlando González, amigo de pillerías. Era tramposo, siempre quería ganar, y cuando no lo podía a hacer se ponía rojo de la piedra”, acota Juan Carlos Luna, otro amigo de infancia. “Era lo que en la Costa llamamos un niño tremendo”, admite Bertha Gossaín, su hermana.

me llamaba. Era un muchacho de chaquetilla roja muy corta y un corbatín y cojo. Me dio un gran abrazo y me dijo que ahora era mesero de un restaurante de allí. Mi mujer me preguntó, asombrada que cómo un muchacho que fue compañero mío de colegio era cojo y mesero. Yo dije, ‘pues eso es San Bernardo del Viento: allí todos éramos iguales’.

por Dios. La señora no podía de la risa, dice María. Pero al señor Juan no le causó ninguna gracia la ocurrencia de su hijo y “le pegó su limpia”.

Pero no tardó mucho en reponerse y seguir con su rutina. “Con mi papá, a quien también le gustaban muchos los deportes, oía por la radiola las transmisiones del béisbol de grandes ligas, y Pues lo que Juan vio desde niño fue una especie de “crisol, de después del partido armaba equipos imaginarios con nosotros calderos revueltos…”, lo mismo en la casa que en el parque, y narraba desde la cama o una hamaca, como si estuviera en la orilla del río y el aula de clases del único colegio y el mismo verdad en el estadio”. Ese sería su primer proyecto periodístico profesor. imaginario, pues uno real lo embelezaba por esos días. Se llamaba La Herradura, que vendría a ser su primer periódico. Se llamaba Manual Joaquín Paut. Dictaba las clases de 7 de la mañana a la una de la tarde. Allí no había primero o Era un ejemplar que el niño redactaba en la máquina de segundo año: más que una escuela era un aula comunitaria. escribir de su papá cuando este no lo veía y se lo daba a leer El salón realmente era un rancho con piso de la misma tierra a cada miembro de la familia que encontrara desocupado o que acicalaban de mañana las señoras en la calle. “Lo primero a los transeúntes que lo reconocían, a cambio de 5 centavos. que nosotros hacíamos al llegar al colegio era echarle agua María Abdalah, la tía-madrina, era la tesorera y Bertha, la a aquella superficie polvorienta para que no se levantara su mamá, la alcahueta. “Coge la máquina, que tu papá no está carcoma”, dice Gossaín. A la una, cuando terminaban las por aquí”, le decía, pues al señor Juan le molestaba encontrar clases, el profesor se ponía la ropa de monte y salía a cuidar su las teclas desprendidas y la cinta en desorden. Al principio se huerta. “Dictaba clases por la mañana y tiraba machete por las sentaba a hacer ejercicios de los que recomendaban a las niñas tardes”. Aquello fue el rompimiento de la formalidad: “yo no de secretariado comercial: Tur-tur-tur, tar-tar-tar. Pero cuando vi una sola clase con uniforme, ni tenía unos libros dentro de aprendió, y lo hizo definitivamente cuando tenía 5 años, un maletín”. Un día, Paut supo que los estudiantes no querían cuadraba la hoja con milimetría para que salieran columnas, recibir clases sino leer al Donald, al ratón Mickey y los cuentos como las del periódico de verdad, y escribía sobre la cinta de Disney. “¿Sabe lo que hizo? Nos puso de libro de texto al templada y el rodillo negro. Las noticias, que tenían un tono de Pato Donald. Yo aprendí a leer con los cuentos de Disney. Se chisme o de rumor sin confirmar, eran recogidas por un amigo dio cuenta de que la educación se infunde a partir de lo que le de la misma edad, que las llevaba, como parte del juego, hasta guste a los muchachos, de manera que yo nunca hice tarea de la casa del periodista en formación. Pero Juan le ponía seriedad aritmética o una tarea de geografía, pero aprendí de aritmética al asunto. y de geografía. Dígame si esto no es un genio de la educación”. “Yo averiguaba los chismes y él los escribía. Como resultado, Y así, según dice, era todas las cosas en San Bernardo. Un salían 3 hojas que vendíamos muchas veces. Todo el pueblo pueblo absolutamente distinto a todos: la familia, el pueblo, el se enteraba de lo que pasaba en todas partes”, relata Orlando maestro… “Y cuando uno tiene la fortuna de nacer y vivir en González, a la sazón reportero de La Herradura. un pueblo así, tiene que ser parte y objeto de su magia”, afirma. “Él mismo salía por el pueblo a venderlo a 5 chivos, la gente En esa localidad mágica, todos tienen a la vista a Juan como un se reía mucho de las ocurrencias, pero pagaban por leer, y yo niño de temperamento fuerte, que combinaba una naciente, le guardaba la plata. Era su tesorera”, asienta su tía María pero desde ya esplendida imaginación, con peleas callejeras Abdalah. y discusiones por juegos infantiles. Los relatos reconstruidos en San Bernardo del Viento, a instancias de su tía María Por lo que recuerda Berthica, la redacción era un ejercicio Abdalah, hablan de un niño de 8 años acosado por Antonio intimista y apasionado, que Juan normalmente ejercía, con dos María Zapata Olivilla, un profesor malencarado que pretendía dedos, en los rincones de la casa o debajo del palo de guayaba reprenderlo por una diablura. En su persecución el docente que el señor Juan había plantado en el patio de la casa. “Después pisó sus gafas pero acusó al menor de haberlo hecho. En medio lo veía llegar con su hojita y me decía, lee esto para ver qué de la sindicación una voz menor intentaba decir: “yo no fuído, te parece”. Berthica, que desde entonces fue una especie de yo no fuído” (sic). Alguien que presenció la escena le dijo al lectora crítica, tenía siempre la última palabra. padre de Juan: “el niño tiene razón, el profesor pisó sus propias gafas”. La voz perdida remontó, entonces, su tono, para decir: “¿te das cuenta que yo nunca digo mentiras?”.

Pero su hermana justifica aquella inquietud en un contraste, que hoy juzga afortunado: Juan desde pequeño fue un volcán en permanente erupción, y San Bernardo, un pueblo tranquilo y casi idílico. “De hecho, cuando salimos del pueblo y nos fuimos a Barranquilla mis hermanos y yo, descubrimos que el mundo La misma María Abdalah, hermana era diferente y que había dificultades en la vida”, sentencia de la mamá de Juan, recuerda el Bertha. día en que llegó el obispo a San Bernardo. Una señora, que solía Juan lo admite cuando aviva el recuerdo de aquellos días: “Lo pedir agua fría constantemente en que hace la diferencia es el lugar al que uno llega o donde la casa materna de Juan (porque, a nace”. Y el San Bernardo que aún hoy tiene en la cabeza es un diferencia de la mayoría de gente lugar del Caribe donde no había diferencias sociales. “Ahora en el pueblo, la familia disponía de que lo pienso, en mi casa almorzábamos, juntos todos los que nevera), le preguntó al muchachito estábamos jugando en ese momento en el patio. Y en el colegio qué había dicho Monseñor. Y Juan, estudiábamos en un mismo salón los blancos y los negros, las de escasos 8 años, le respondió que personas más pudientes y las más pobres, muchachos de diez el obispo le había pedido a todos años y adultos de treinta”. en el pueblo que compraran su neverita, porque eso de andar “El otro día mi mujer y yo íbamos caminando por la Bóvedas, pidiendo agua fría todo el día en Cartagena,” recuerda Gossaín, “cuando oímos a alguien que donde los vecinos no era bien visto

Ilustración: Alejandro Gómez Dugand

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an Bernardo era, por entonces, una pequeña población cordobesa con costas ribereñas y marinas, a dos horas de Cartagena tomando el río Sinú y luego el mar abierto. El día, en el pueblo, empezaba generalmente con el canto sinfónico de los gallos, que despuntaba el amanecer tal como lo hacía con la jornada de los bernardinos. Como si se hubieran puesto de acuerdo la noche anterior, las mujeres mayores salían a la misma hora al frente de sus casas y en fila iban barriendo las miserias de la noche. El ballet de las escobas terminaba unos minutos después con las pizcas de agua que cada una regaba en su parte de calle polvorienta, antes de volver a la morada a medio ordenar y gritar a voz en cuello a los otros habitantes que era hora de despertar. Los que habían estado hasta las cinco de la mañana en la gallera, atinarían apenas a pedir algo para el dolor de cabeza. Los que no, confirmarían el anuncio con el ruido de los comerciantes que muy temprano empezaban a llegar. De todas las veredas aparecían los campesinos con sus cargamentos de viandas, que vendían al mejor postor en las subastas de las esquinas o en los desventajosos regateos con los turcos que había en el pueblo. De regreso llevaban materiales de construcción o las pintas para los domingos. Por eso, San Bernardo, que según los nacidos era una población ―con más comerciantes que gente―, despertaba temprano cuando el resto del mundo estaba en su quinto sueño.


Mi nuevo vecindario Por Miguel テ]gel Caテアas


ahora intento conseguir un restaurante de estos una vez por semana. Es cierto que siempre hay tiempo para comer, pero cuando visito un restaurante de este tipo me gusta probar una entrada, un plato fuerte, un postre y, por lo menos, un par de cervezas; lo que me toma aproximadamente 2 horas.

Foto: szeke @ Flickr

Mientras solucionaba mi problema alimenticio, empecé a notar que había otros detalles que hacían difícil que me acostumbrara a Bogotá. Uno de ellos es que, a diferencia de Medellín, no siempre el servicio es bueno. No siempre atienden con una sonrisa, o no siempre escuchan con atención. Además en la calle todo el mundo camina rápido y las probabilidades de ser atropellado por otro peatón son altas. En mi nueva vida de caminante, esto me impactó un poco. La Candelaria es bonita, hay qué ver. Sin embargo, es una ciudad en la que se vive a mil y luego de pasar muchas veces por un lugar, este deja de ser paisaje.

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oy boyacense y por azar ingeniero. A medida que pasa el tiempo y los años, que me otorgan lo que mi tío abuelo llamaba “sabiduría”, me doy de que cuenta que quizá es momento de cambiar de carrera. Sin embargo, la idea solo me ataca durante pocas horas a la semana y en las otras, por el afán de ser un mejor ingeniero, me convencí de estudiar una maestría. El problema no fue decidirme, ni tampoco escoger la universidad, todo se dio casi milagrosamente y terminé en una de las universidades más prestigiosas de Colombia, pero que desafortunadamente queda en Bogotá. Jamás me imaginé que salir de Medellín, que me acogió durante 6 años me, diera tan duro.

señora de la tienda me conoce, todo lo necesario para vivir lo tengo a unas cuantas calles, no necesito tomar un bus o taxi, pues ya no tengo carro, algo que para mí era inimaginable hace un año. Si quiero hacer mercado el Ley de la carrera séptima (sí señores, todavía se llama Ley) es suficiente para mis días finales de soltería: la cocina de mi apartamento está sin estrenar. Si necesito un banco, los tengo todos a unos 10 minutos a pie. Si necesito restaurantes, hay cualquier cantidad, de diferentes precios y sabores. Sin embargo, debo agregar que mi favorito es Café Capital, en la calle 10 con 3. Es una decisión sencilla: el dueño es excelente cocinero y además me atiende de maravilla: sabe mi nombre y me vende cerveza hasta tarde sin importar el día. Hasta aquí todo va bien. El problema no fue llegar a Bogotá (45 minutos de Envigado a Rionegro + Vuelo Medellín-Bogotá de 30 minutos + 30 minutos más del aeropuerto El Dorado a La Candelaria), lo duro fue acostumbrarme a vivir en Bogotá, de nuevo.

Primero un poco de historia: soy boyacense desde hace 34 años, estudié en una de las pocas universidades públicas que todavía quedan –la Universidad Indistrial de Santander, en Bocaramanga– durante 8 años. Sí señor: durante 8 años hice mi carrera de 5. Después de finalmente graduarme me trasladé a Bogotá y por cosas del despecho, acepté la sugerencia de A mi llegada no lo noté pero a medida que pasaba el tiempo una gran amiga de trabajar en Medellín y apliqué para una me di cuenta de lo duro que es acostumbrarse a una ciudad, convocatoria en esa ciudad. no importa cual, si es capital o no. Sin embargo, sí hay detalles que a veces dificultan aún más retornar al punto de equilibrio Dejando de lado mí experiencia en Bucaramanga, debo decir que ya se tiene. Después de conseguir un apartamento de unos que 6 de los años más felices de mi vida los he pasado en 40 metros cuadrados (no señores, no es un loft, pero si corrí con Medellín. Pero no tiene nada de divertido contar mi vivencia en suerte y es casi nuevo: solo tiene 35 años), lo más importante esta ciudad, hablar de los nuevos amigos, de la buena comida, era encontrar dónde alimentarme. Como ya lo mencioné de la gente querida, de mi futura esposa (paisa de pura cepa) o antes, mis habilidades culinarias son nulas así que tenía que de mi madre que vive conmigo en esa ciudad (¿o más bien yo encontrar un par de lugares en donde almorzar y de vez en vivo con ella?). vez comer. El desayuno no es problema gracias a los productos de Kellogg’s. Intenté varios acercamientos para conseguir en Volvamos a mi feliz regreso a la Universidad y al triste retorno dónde almorzar: el primero fue pegarme a cuanto restaurante a la capital: Bogotá, la ciudad de las oportunidades. A mi de cadena encontrara cerca: Crepes, Kokorico, El Corral, Pizza regreso a la capital y al mundo académico por consejo de uno 1969. Aunque suena divertido, después de un par de semanas se de mis mejores amigos y después de un análisis costo-beneficio, vuelve un poco monótona la cosa, así que me aventuré a buscar seleccioné como barrio de residencia la tradicional Candelaria. otros restaurantes de menos nombre. Finalmente, encontré mi Con solo decir el nombre, mucha gente piensa en bohemia, bares favorito: Café Capital. También me hice cliente de otro par y restaurantes, lo cual no está mal si mi jefe y mis compañeros para rotar con los de “marca”. El otro acercamiento fue el de de trabajo no se imaginaran a veces que estoy es de “paseo” buscar en internet (éste sí fue divertido para mi, aunque no y no estudiando. El lugar de residencia es mi mejor opción, tanto para mi bolsillo). En esta travesía me encontré con comida es como vivir en un pequeño pueblo dentro de la ciudad. La mexicana, española, argentina, italiana y algunas mezclas. Aun

Con el pasar de los días, noté que existía otro problema adicional que no me dejaba adaptarme a mi nuevo vecindario, al pueblito de la Candelaria. No me acostumbraba a los contrastes: estilos de vida estrato 6 contra estilos estrato 1. Aquellos que parecen vivir en la Candelaria porque les toca y otros porque les encanta. Los que caminan o usan bicicleta como su único medio de transporte contrastado con la camioneta Volvo o el Auidi A4 que estacionan en uno de los edificios más bonitos de la Candelaria y que solía ser un monasterio y sitio de torturas. Los extranjeros haciendo ciclo-paseos mientras se cruzan con el mensajero de la tienda que usa una bicicleta para ganarse la vida. El almuerzo de $6.400 en el restaurante de la esquina comparado con el plato de $32.000 + IVA en el restaurante de media cuadra más abajo. La zorra parqueada al lado de la Toyota blindada con matrícula oficial que parece ser de alguno de los padres de la patria que está tomando su almuerzo. La familia retirando productos del mercado para que la cuenta esté acorde con el presupuesto mientras en el carrito de atrás el siguiente cliente trae 2 botellas de whiskey y unos pasantes. El jíbaro al lado del policía. Estos contrastes son al principio graciosos, luego tristes y finalmente incomodan. Después de superar todo esto, me di cuenta de que algo todavía me atormentaba, me molestaba, no me dejaba vivir tranquilo. Era la envidia. La envida de los extranjeros que viven una vida bohemia de lunes a domingo, del extranjero cuya única preocupación es lograr un mejor encuadre de la iglesia de la Candelaria mientras yo voy a tomar mi almuerzo. Del extranjero que está tomando cerveza mientras yo me desplazo para mi clase del martes a las 11.30 de la mañana. Del extranjero que disfruta del clima veraniego de Bogotá en chanclas, bermuda y camiseta mientras yo paso por su lado con chaqueta, buzo y guantes. Del extranjero que después de vacacionar en Colombia, por un año, la conoce mejor que yo. Del extranjero que termina queriendo más Colombia que yo. Y a este, además de tenerle envidia, sinceramente no lo entiendo. Del extranjero políglota que aprendió español viajando. Después de 8 meses largos, debo confesar que me acostumbré a la Candelaria, que aprendí a vivir con mi envidia, pero todavía no me acostumbro a correr todo el tiempo. Todo es un acelere, ni siquiera después del almuerzo se camina despacio. Es más: ¡es común no almorzar! Eso es un crimen, el almuerzo es sagrado y debe ser a las 12 del mediodía. Después de 8 meses largos en la capital, ya no me siento incómodo, me gusta. Me gusta la Candelaria, me gustan los que se preocupan por ser de Bogotá, me gustan los “candelareños”, me gusta conversar con los extranjeros que están más felices de estar en Colombia que los colombianos, pero debo confesar que espero con ansias el día que consiga mi título y retorne a Medellín, la ciudad en la que tengo mi casa y mi familia.


Postales de viaje Por Alejandro G贸mez Dugand


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artagena, 24 de Junio de 2009 “The trick to forgetting the big picture is to look at everything close up” (Palahniuk: Lullaby, 34).

Barcelona, mayo de 2009 La gente en Barcelona camina con miedo, la crisis se ha hecho de ellos y en los restaurantes los meseros no paran de decirme que si no estoy usando mi cámara es mejor que la guarde. En mi guía de la ciudad de Lonely Planet, creo entender que La Rambla era antes un torrente de agua que hacía el papel de acueducto, dirigiendo las aguas negras al mar. Hoy La Rambla es un rio de cabezas que hablan en mil idiomas, de hígados sobrecargados de tinto de verano, de restaurantes malos y caros, de gallinas en jaulas rojas y de pakistaníes que ofrecen “cerveza, beer, amiko” en cada esquina. La Rambla es plan obligatorio de todos los que visitan Barcelona. Uno camina y oye un “do you have paella”, uno para y alguien te quiere vender un souvenir, uno se sienta y te cobran una millonada por una cerveza. Este exacueducto, hoy convertido en una de las calles peatonales más transitadas del mundo, evacua hacia la playa a alemanes disfrazados de vikingos que celebran una despedida de soltero, gringos solitarios en busca de una prostituta senegalesa, a gente pretenciosa que, libreta en mano, escribe sus pataletas intelectuales… La Rambla de Barcelona es la prueba de que la mierda siempre encuentra alguna manera de llegar al mar.

Se ve como la mas cansada, la mas arrugada, la mas Nota: Camus empezó su diario de viaje por Latinoamérica asoleada y las arrugas bultosas de su frente hacen una fecha como hoy: 30 de junio. pensar que está terriblemente enojada. Tal vez tiene un problema con el vermú, tal vez tenga problemas para “Parece que tan solo los negros le dan vida a este país pagar la cuenta de la tv por cable. que ellos colonizan a su manera” (Camus, 29). …Tal vez tenga que usar el mismo vestido verde Nota: Camus estaba muy enfermo o era muy esmeralda mañana, en otro show donde baila las mismas hipocondriaco. Para su defensa, ya por los días en los que canciones en frente de otros turistas; tal vez la zambra le escribió estos diarios de viaje aparecía su tuberculosis. duele en el alma; tal vez su esposo no le presta suficiente atención desde que empezó el mundial de fútbol. “Chamfort tenía razón, cuando uno quiere ser agradable debe resolverse a dejarse enseñar cosas que conoce por ¡Que raras estas gitanas del siglo XXI! ¿Tendrán un Roma, (Palatino) 22 de junio de 2010 iPod repleto de flamencos? Mi guía habla de inodoros romanos y de cómo del personas que las ignoran” (59). Palacio Real romano queda hoy muy poco. Este palacio, dice mi guía, desapareció en su mayoría en 7:10 am: Me aburre, y decepciona un poco, el incesante …El show fue maravilloso: la zambra es la prima árabe y aquel famoso terremoto, pero lo curioso es que todas las coqueteo de Camus con la idea de querer estar muerto. hermosa del flamenco. Es una música llorosa, solitaria… ruinas aparecieron en las paredes del Vaticano. Pienso: O era muy emo o en efecto cargaba con una enfermedad que lo consumía. Pero es raro. Cuando salimos, esquivando japoneses y sus cámaras de tal vez sea una cosa de karma. tres pisos, veo a la bailarina del vestido verde esmeralda. Habla por teléfono con afán. Con un cariño seco y con Mi guía (half-scottish, nice looking, well articulated italian) Un suicida no pudo haber escrito La Peste. algo de afán dice “ponme a tu papá, hijo”. dice, mientras todos y cada uno de nosotros hace una visera con la mano para bloquear el sol, que los romanos Granada, 27 de junio de 2010 se inventaron muchas de las cosas que plagan nuestra En las montañas de Granada hay unas cuevas naturales París, 18 de julio de 2011 cotidianidad. “Why do we shake hands?”, pregunta y recibe en las que los gitanos armaron sus casas. Eran perfectas 11:57 am: En el Louvre con muy poco tiempo y sin como respuesta unas caras bañadas en sudor, “because the para el inclemente clima andaluz: calientes en invierno audioguía porque se agotaron. romans did”. Un grupo de alemanes buscan sombra y una y frías en verano. Hoy en estas cuevas hay tablaos flamencos y de zambra, que no es otra cosa que la Recupera el Aliento. Corre. Sal por Sully. Deja atrás la turista española saca un abanico. prima árabe del flamenco. Para entrar en estos lugares escultura medieval, el renacimiento, el trabajo de genios hay que pagar una boleta que incluye trasporte en Van, anónimos y de famosos con suerte. Deja atrás a las monjas El matrimonio, un walking tour nocturno por el Albayzín, la entrada al y las tumbas. Deja las vírgenes y los cristos. Entra por La metrosexualidad, tablao y un bono para una bebida alcohólica. Sully de nuevo. Sube por las escaleras. Date cuenta de El shopping, que no son tres pisos. Son muchos. Date cuenta de que Los inodoros. Confío en mi mesero del almuerzo y voy a una cueva las escaleras están gastadas en el lado derecho, donde Todos inventos romanos. que se llama La venta el gallo. todo el mundo apoya el pie y gira sobre su propio eje, y empieza a subir haciendo fricción con cada paso. Sube. Dice que eran unos grandes de la mercadotecnia: descubrieron que los hombres se ejercitaban más cuando Las bailarinas de este lugar no son las más bonitas que Sube. Sube. Maravíllate con algo, olvídalo al instante. veían una mujer bella y que las mujeres compraban más he visto, pero tal vez sí las más reales. Sin duda es el Camina. Camina. Camina. Mira lo bello, detente en lo cuando veían a un hombre atractivo. Entonces pusieron último show de la noche, se nota por la forma en el que feo. Trata de hacerte un espacio para ver la Venus de los gimnasios (sin ventanas ni puertas) enfrente de los las bailarinas colapsan sobre las cuatros sillas que están Milo. Ríndete al instante. Sigue caminando. Deja atrás a Alejandro Magno y a Marco Aurelio. Fantasea con la shoppings. Yo miro al piso, juro que acabo de recibir en el fondo de la cueva gitana. idea de que algo se te quedará por ósmosis. Siéntate. una ráfaga de viento caliente que emergió de la tierra. Mientras el guitarrista afina –con afinador digital- Mira el mapa. Vuelve a caminar. Párate enfrente de la actitud de las mujeres es como la de un grupo de La Victoria de Samothrace. Siente un pequeño momento Vuelo AV14, 30 de junio de 2011 “Terrible sensación de abandono. Aunque apretara jovencitas rusas dejando Moskú en un vagón de tren de paz. Respira. Date cuenta de que estás sudando. Respira una vez más. Sigue caminando. Estás cerca a contra mi todos los seres humanos del mundo, ello no para ir a trabajar como prostitutas en París. la pintura española, pero primero tienes que sobrevivir me protegería contra nada” (Camus: Diarios de viaje, Hay una de ellas que carga encima una vejez precoz. a la italiana. Camina. Detente en el San Sebastían de 37).


Mantegna. Detente en las pieles de Bergognone: gris, plateado, azul. Camina. Descarta a Da Vinci, Dan Brown le aseguró una horda de personas encima todo el tiempo. Descarta la Mona Lisa.

Porque sí, por amargado. Uno deja de ver el big picture y se dedica a ver los detalles; si uno lo hace… si uno deja de ser parte de esa cultura del viajero en la que uno se zambulle cuando llega a un lugar como Venecia… ¡Puff ! Uno puede empezar a hablar por horas del calor pegachento, de la cantidad de gente, de los gringos atestando las tiendas de souvenirs, de los orientales y sus cámaras fotográficas que parecen traídas del futuro, de los latinos que viajan en familias de a nueve (mamá, papá, tres hijos, abuela y tía ambiguamente soltera). Uno puede conectarse con su amargado interno, con su inner-Emile Cioran.

Para. Respira. Cambia de ritmo completamente. Date un momento personal: estás enfrente del San Miguel de Rafael, en el que el arcángel Gabriel le pisa la cabeza al diablo mientras lo amenaza con una lanza. Es el mismo que tu abuela pintó en su taller hace 20 años, y que tú, con cinco, copiaste armado de vinilos y un cartón. Acuérdate de cómo cada pierna del ángel era una pincelada, de cómo aunque no lo recuerdes estás seguro que alguien te TUVO que haber ayudado con Pero para qué, si mi gondolero acaba de empezar a cantar las alas. Siente un calorcito en el corazón y no olvides Granada porque se dio cuenta de que hablo español. No comprarle un regalo a tu abuela. se si este tipo de amarguras quepan en un lugar tan, pero tan turístico como Venecia. ¡Para! Sigue caminando. Descubre a un tal Caracci, olvídalo al instante. Corre. Estás en los Españoles. Le ¿Se queja alguien en Disneyland de que aunque Tribilín pied-bot de Ribera: los dientes son todo. Le Jeune mendiant. y Pluto sean ambos perros uno hable y el otro no? Ser Todo Goya, todo Velázquez. Las pieles pintadas por parte de una cultura turística es un poco hacerse el idiota; Ribera casi parece que pudieran hacer ruido. es gastarse la vida viendo el big picture para olvidarse de los detalles. Es hacerle MUTE a la banda sonora pero Sal de ahí. Pintura francesa. Recuerda a Gericault y La subirle el contraste a la imagen. balsa de la medusa, todo el trabajo de campo, todas las investigaciones que hizo. Corre. ¿Cuándo ser amargado y cuándo no? Por ahora solo se que nunca cuestionaré a un gondolero ni a un personaje Escultura italiana. Los esclavos de Miguel Ángel parece de Disney. que se quisieran escapar de la piedra. Madrid/Bogotá, 3 de Julio de 2010 5:30 pm. El museo lo cierran a las 6 pm, y los guardias Nota: Queda claro que lo mío no es escribir diarios con de sala empiezan a pedirle a todos que se vayan. Respira, juicio. (¿O de golpe lo que no es mío es la perseverancia?) descansa. Resígnate a que nunca vas a ver el Louvre en paz. Nota: Hace un rato, mientras veía Diarios de Motocicleta y me metía a la boca reseca una bolsa de achiras marca Granada, 29 de junio de 2010 Avianca, Ernesto “Fuser” Guevara decía lo siguiente: Ocho mil personas van a entrar hoy a la Alhambra. Dos “No es este el relato de hazañas impresionantes. Es un de esas personas somos mi hermano y yo. trozo de dos vidas que atravesaron juntos un mismo trecho. (…) ¿Fue nuestra mirada demasiado estrecha, Nota: Andalucía es un gran palimpsesto cultural. La demasiado parcial, demasiado apresurada? ¿Fueron Mezquita de Córdoba, por ejemplo, fue construida con nuestras conclusiones demasiado rígidas?” ruinas romanas y hoy es una catedral católica. Andalucía cuenta unas mil historias al mismo tiempo. Roma, 22 de junio de 2010 Hoy, luego de 38 días de viaje, me dieron ganas de volver El problema de quien visita Andalucía es que no sabe a por primera vez. cual de todas esas historias aferrarse. Y es que hoy estoy cansado, el clima está realmente Venecia, 27 de julio de 2010 insufrible y en Roma uno camina y camina y camina entre “This is how culture works: You allow yourself to be convinced tesoros invaluables de la humanidad que uno empieza a you’re sharing a reality that doesn’t exist” (Klusterman: Killing ignorar después de un rato. Es horrible cargar con esa yourself to live, 61). presión del viajero de tener que ir llenando la maleta de momentos, de lugares, de olores y sabores. Un turista es Venecia es el claro ejemplo de que una cultura es algo la persona más egoísta del mundo porque quiere todo que decidimos creer. Venecia está hecha de eso, de una para él en un instante. Por eso llena la maleta de meseros realidad que no existe. Una realidad en la que andar en amables, de pinturas hermosas, de cervezas frías en góndola es normal. Es más, es una realidad en la que momentos oportunos, de lugares que quedan tatuados andar en góndola es necesario. en el pecho, de recuerdos, de perdidas, de mapas que ni el campeón mundial de origami puede volver a doblar En esa realidad, cada puente tiene una historia, cada de la manera original… ¿cuántas comidas nuevas he calle su nombre, cada ventana su anécdota de dudosa probado, cuántas calles tuve que buscar, cuántos ojos veracidad histórica. ¿Por qué preguntarse como vivían me vieron, en cuántos andenes quedó un pedazo de la los locales de Venecia si cada gondolero está dispuesto, suela de mis zapatos? Uno llena maleta y llena maleta. en cambio, a cantar O Sole mio? ¿Por qué acabar con esta A mi la verdad ya me está doliendo la espalda de cargar felicidad de celofán? tanta cosa.


“Ya vamos llegando, me estoy acercando� Por Patricia Arango


Esta es mi tierra bonita mi tierra preciosa, mi Valle del Cauca, al centro Tulúa, Buga que es miel, al norte Cartago y Obando… Buenaventura ruta en el mar cerca a Palmira. Y entrando al sur por Jamundí: Valle del Lilí dominando el plan, ay mi Cali. Mi valle del Cauca, Grupo Niche

Esta es la crónica de un viaje de regreso al Valle del Cauca, después de muchos años de no residir allí ni disfrutar de la sombra de los grandes samanes, jacarandas y el soplo del viento de mi comarca natal. La sensación de la brisa del Valle del Cauca es un recuerdo perceptible y consciente por vez primera en mi infancia, en la paz y el silencio del entorno de una hacienda de trapiche en Pradera. El olor intenso a frutas y melcocha, una zona natural y extensamente abierta donde, paradójicamente, sobraría en cualquier connotación la exigencia de un “ despeje de territorio”. Sobre esta fértil tierra, solían caer estruendosamente las frutas maduras de árboles de guanábana, mango y granados. Para el tiempo de este viaje, en el siglo nuevo, percibí distinto el horizonte del Valle: un paisaje monótono, monocromático, sin ofrendas frutales espontáneas, con otros olores, con tufillo a esclavitud silenciosa, a Fondo Monetario Internacional, a progreso impuesto. Recordé que hacia los años setenta, en el Valle del Cauca, se consolidó el primer ingenio azucarero, El Manuelita. La maquinaria fue enviada desde Europa hasta el Puerto de Buenaventura donde la desembarcaron, y fue cargada a pie por hombres, durante meses, hasta ubicarla donde se encuentra actualmente; en tierras que pertenecían a la colectividad afro descendiente. Observé al llegar a Florida, Valle y Pradera, un grupo diverso de negros, indígenas, mestizos, mulatos y pastusos, con el fin de consolidar la cuadrilla del grupo de corteros de caña, quienes hoy planean y esperan que sus hijos puedan salir del señorío de los ingenios azucareros y de los mega-proyectos con biocombustibles. Los semblantes de los jóvenes corteros reflejan una cierta amargura mezclada con incertidumbre. Se trabaja diariamente un promedio de doce horas en los ingenios del entorno rural del norte del Valle. Las máquinas realizan la mitad de la tarea del corte de la caña en el monocultivo, pero aun así los corteros son todavía los protagonistas marginados de esta economía. En las últimas huelgas lograron interrumpir cargas de cuatro mil millones de pesos diarios en azúcar y etano como protesta por sus condiciones laborales.


Foto: Andres Garzon@ Flickr


Siesta en Brooklyn Por Juan Sebastiรกn Torres


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Foto: ShedBOy^ @ Flickr

Vuelve otra brisa helada que me pone la piel de gallina. Me arropo con esa excusa de cobija –la pequeña toalla-, trato de cerrar los ojos y dejarme llevar por el ruido de los pájaros mañaneros. Esos chillidos que molestan tanto cuando estamos en la cama arropados, ahora me dan la esperanza de que amanezca rápidamente. Mi mente y mi ánimo están confundidos; quiero dormir tanto que me despierte dentro de tres meses pero quiero despertarme ya para poder volver al pequeño apartaestudio de mi hermano en Boston. Falta mucho y no veo cómo soportaré todo, pero sigo con una pequeña sonrisa, una sonrisa llena de historias, de caras e imágenes que solo vi por un descuido. Estamos allí acostados con las piernas colgando de las bancas porque mi hermano se rehusa a volver a la casa de Natalie Sandoval. Aún no quiere volver, por vergüenza, y tiene razón. Después de la hospitalidad que nos brindó, lo último que él quiere hacer es despertarla a las 5 de la mañana un domingo. Entre los trinos de los pájaros me reacomodo, trato de estirar un centímetro más la pequeñísima cobija y vuelvo a ese estado incómodo entre el sueño y la vigilia.

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Me pesa todo. Me pesan los párpados, los brazos, los pies, me pesa el alma. No es para confundirse, ni estoy sufriendo ni me han roto el corazón. Me mata un cansancio que me llena de excitación. Con medio cuerpo sobre una banca, trato de descansar. Con ansias trato de escuchar las primeras caminatas en el parque. Son alrededor de las cinco de la mañana y estoy semi acostado en una de las bancas de un parque, tratando de cubrir mis brazos con una pequeña toalla color beige. No me muero de hambre ni necesito ayuda. Lo único que necesito es pasar el tiempo hasta poder volver al apartamento de Natalie Sandoval. Nunca había estado en esta situación: aguantando frío en un parque de Brooklyn, después de haber caminado dieciocho horas seguidas en la ciudad que nunca duerme, Nueva York. Sin duda es algo especial; un especial extraño, doloroso y triunfante. Por más que me moleste con mi hermano por hacerme caminar cinco o trescientas cuadras más -ya ni sé-, no podré olvidar este momento por mucho tiempo. El frío callejero y las ganas de llorar de desesperación llegan con entusiasmo al cajón de recuerdos. Tampoco puedo olvidar como llegué aquí. El inicio del viaje no fue muy prometedor. Me gusta la regularidad y el orden. Este viaje no tiene nada de eso. Un pequeño detalle como el que tuviéramos que partir a las 8 de la estación de buses, por tarde, y que sólo hayamos alcanzado a tomar el bus de las 11 ya condiciona mi humor. Estoy fastidiado, pero sé que este es el viaje para romper con algunas de las restricciones de mi razón. Tengo sueño porque me había despertado para salir a las 7. Sé que es un problema trivial, pero se agiganta cuando no hay donde recostarse. Así, lo único que quería hacer era subir al bus y dormir. Acomodarme como lo suelo hacer en los buses de Bogotá, olvidar los ojos que me rodean y descansar mi cabeza. Aunque tardé en ponerme en una posición que sería inmediatamente prohibida por cualquier quiropráctico, nada importa y, a la larga, pude dormir.

Sé que es importante aprovechar los viajes como si fueran únicos, o al menos eso nos enseña el sentido común de las películas. Pero no me quitó el sueño no hacerlo. No hay nada de qué arrepentirme. Los paisajes de las carreteras norteamericanas se repiten como el fondo de Los Picapiedra; una serie de árboles, puentes, camiones, árboles, puentes y camiones; hasta que todo se vuelve una amalgama de verde, gris y azul. Este sueño incompleto, como todas las siestas de bus, no fue del todo reconfortante pero sí suficiente.

Estuvimos sentados en el parque por unos 20 minutos, tal vez más, hasta que ella llegó. Una niña –tenía unos 25 años, pero no sé bien qué etiqueta darle a las mujeres entre 18 y 30 años, por eso la llamo niña-, con una actitud amable, se introdujo con prisa, nos dio todo lo necesario y más -una tarjeta para entrar gratis al Museo Metropolitano de Arte, adónde iríamos enseguida-. Ella se despidió de mi hermano – ella y yo nunca intercambiaríamos palabras-, caminó rápidamente hacia el Metro, dejándome ver que en Finalmente, llegamos, después de varios trancones y Nueva York, así sea un viernes por la tarde, no hay algunas quejas de pasajeros fastidiosos e impacientes. tiempo que perder. Por alguna razón existe este tipo de viajeros, los que se quejan abiertamente y atraen las miradas chismosas. Con un ambicioso plan en mente, como cualquier Yo sólo me quejo conmigo mismo esperando que en turista, salimos del parque y cogimos el Metro hacia algún momento se me devuelva el tiempo que he Central Park, para atravesarlo y llegar al Museo pasado dentro de un bus. Al llegar, bajamos en una Metropolitano. Es cierto que este parque es enorme y esquina en el barrio chino, que, casualmente, estaba hasta un punto icónico, pero no sentí que lo fuera. El atiborrado de gente y de locales con patos colgantes. afán, el cansancio, la irregularidad y la imposibilidad de recostarme no me lo permitieron. Puede que Allí empezamos nuestro trayecto por la calles de también haya sido el clima o mi dolor de cabeza por Nueva York, en esa manzana en la que confluye el desastre de las calles neoyorkinas, pero lo único un parque, tiendas sanvictorinescas, carnicerías y memorable fue ver a la gente trotar intentando bajar trancones. Tras haber caminado cerca de una hora y el peso del invierno. Caminatas típicas de Hollywood haber comido tres cuartos de un sanduche, paramos que muestran la mitad no obesa de Estados Unidos. en un parque en el que nos encontraríamos con quien Cuando llegamos al museo aún tenía el cuarto de nos hospedaría. No puedo evitar describir el caos que sanduche apretujado en mi mochila, deseando para mí nació en esas calles, que asumo resulta del que alguien terminara con su agonía y lo comiera, calor del verano, la sobrepoblación y un extraño aire pero en este punto era casi como un compañero de afán comunal. Mientras nos adentrábamos más de viaje. Quisimos pasear con él en el museo, pero, y más en la imagen más tradicional de Nueva York, lamentablemente, no estaba admitido. Puede que sentía cómo me sofocaba y me apartaba de quienes esté antropomorfizando algunos recuerdos porque mi realmente son neoyorkinos. Después de una sola memoria no quiere dejarlos ir, y es más difícil olvidar caminata, no dudo que se tiene que ser un cierto tipo una persona que un pedazo de pan. de persona para sobrevivir en las entrañas de Nueva York, un tipo citadino hiperbolizado. Hay quienes se Después de pasar un rato pensando qué hacer con él, sienten orgullosos de serlo, yo prefiero aceptar que lo dejamos escondido detrás de una de las enormes columnas en la entrada, esperando que, con suerte, nunca lo seré. pudiéramos recogerlo después. Sin duda, teníamos que


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Picasso parece tan lejano e irrelevante cuando trato de conciliar el sueño en cuatro tablas para nada ergonómicas. Me vuelve loco debatirme entre el estado del sueño y la vigilia como si estuviera en una clase de yoga nidra –en la búsqueda del sueño lúcido-. No entiendo cómo pueden querer buscar ese estado entre la rica suavidad del ronquido y la torpeza de la recién levantada. En cualquier momento parece que mi cuerpo decidirá que no merece estar en este estado y sufrirá un apagón. Sé que dije que esto valía la pena, que es un cansancio triunfante, pero, por momentos, lo olvido. “Reseteo” mis pensamientos y me retuerzo en el poco calor que me da mi diminuta toalla. El sueño ya no se siente reconfortante.

Creo que no hay lugar más norteamericano e inútil que Times Square; el punto de ir allá es ver luces, vallas, tiendas de comida rápida y contemplar todo como si fuera un plan -creo que se asimila a la “ida a la playa”, como un equivalente plástico a un plan barato que pasa como elegante-. Mientras estábamos sentados en ese plan –puede que sea muy banal, pero igual lo hicimos- pasó la chiva que mencioné antes; ahora estaba llena de “colombianos”, aunque puede que fueran de esos latinos americanizados, tomando y haciendo bulla, como un buen estereotipo latino. Sentado en las escaleras iluminadas sentí más intensamente la inutilidad de la cultura norteamericana; no hay nada qué decir, simplemente lo es. Ya bien entrada la noche o la madrugada, eran alrededor de las 2 de la mañana, coincidimos en que estábamos más que cansados, así que fuimos a la casa de Natalie Sandoval –la niña que esperamos en el parque muchas horas antes-. Tomamos el Metro, exhaustos, y mientras mi hermano trataba de acomodarse para dormir, yo me puse a ver a las personas que nos acompañaban. Muchas personas para creer que eran casi las 3 de la mañana. Algunos salían del trabajo y conversaban como si nada, como si fuera el medio día. Otros, un poco más normales, cabeceaban y dormitaban entre paradas. Llegamos a Brooklyn, aún oscuro, como el azul oscuro que veo casi todas las mañanas en el paradero del bus.

Al salir del museo descansamos un rato en las escaleras, hasta ahora había sido un día largo y extenuante y apenas alcanzaban a ser las 9. Teníamos por delante calles que caminar y lugares típicos que visitar. Así, el propósito de la noche era caminar y conocer, preferiblemente al mismo tiempo, pero no exclusivamente. Con algo de terquedad nos pusimos de pie y nos sacudimos algo del cansancio. No estoy seguro si desde el principio acordamos ir a Times Square, pero, como todo turista, allí iríamos a parar. Y, aunque el vecindario se veía algo sospechoso, muy latino -no sé si sea raro que me parezca sospechoso Caminamos alrededor de Central Park, lo cruzamos un barrio latino- y negro, nos esperaba una cómoda y paramos en una tienda de Apple. Al vernos atraídos cama para recostarnos y no mover ningún músculo por las cosas brillantes, entramos, sólo por eso, por hasta el día siguiente. Mientras caminábamos hacia todos los aparatejos y aplicaciones bonitas que el apartamento de Natalie Sandoval se hizo notoria emboban. Allí estuvimos un rato, yo diría unos 45 la influencia latina: a las 4 o 5 de la madrugada pasa

Foto:flickr4jazz @ Flickr

Cuando tuvimos que salir del Met por órdenes de los hombres de blazer y la mujer de los parlantes, puedo decir que me sentí bien. Pese a que no vi muchas cosas, o mejor dicho, nada, afuera había un sanduche esperándome –ya empezaría a tener tendencias caníbales con nuestro compañero de viajey sentí que estaba conociendo una ciudad interesante. Una ciudad dicotómica: turística y citadina, trivial y educada, elegante y desagradable. Y, confirmando mis sospechas, una ciudad sucia: a lo largo de mi estadía me encontré con cuatro ratas –grandes, muy grandes y pequeñas- y tres personas vomitando en la calle – niñas elegantes, gordos asiáticos, y universitarios-. Pero, a pesar de todo, interesante.

minutos, mientras cacharreamos con lo que fuera que un carro con reggaetón a todo volumen. Es algo hubiera, hasta que mi hermano terminó de cargar su decadente la imagen del latino en Estados Unidos, tal celular y yo me cansé de perder el tiempo. vez sea culpa de Telemundo y Sábado Gigante, pero, ¿qué hacemos? El hambre empezaba a molestar, así que desenvolvimos nuestros cuartos de sanduche, sacamos algunos Apenas entramos nos recibieron dos perros muy dólares, compramos unas gaseosas y nos sentamos chiquitos -creo que la obesidad de mi perro Rocko ha a comer entre la tienda transparente con forma de predispuesto mi percepción del tamaño de los perros-, cubo y un carrito de comida rápida. Sentados en la Max y Pita. Se formó un pequeñísimo desorden con calle, disfrutando la comida que no se suele disfrutar, nuestra llegada, los ladridos de Max y Pita, y el sueño miramos cómo algunos caminaban sin cesar y interrumpido de Natalie Sandoval. Así, entre todo, lo otros, más notorios por su pasividad, fotografiaban único que hicimos fue saludar, tratar de callar a los cualquier cosa que brillara. Al rato, acabamos nuestra perritos, acostarnos y asimilar el hecho que finalmente pequeña cena al pie de la calle y, como no había otra pudiéramos dormir. Me quité mis gafas y las dejé alternativa, nos obligamos a seguir caminando. Ahora sobre lo que en la oscuridad percibí como una mesa. sí, en rumbo a Times Square. En el trayecto vimos Mi última imagen de este primer día fue la borrosa una que otra cosa; echamos una ojeada al letrero de luz roja del reloj despertador en la mesa. Descansé, neón del Radio City Music Hall, tratamos de subir pero sabía que todavía quedaban un poco más de 24 a la azotea del Rockefeller Center, sin éxito, y vimos horas en Nueva York. una chiva parqueada -sería su primera aparición y menos ruidosa-. Finalmente, nos acercamos a esas calles más transitadas, aún más llenas de transeúntes y ventas ambulantes extravagantes –buy your Obama Condoms!-.

Foto: maureen lunn @ Flickr

aprovechar lo poco de comida que podíamos costear. Adentro del museo todo era grandioso e intimidante. Basta con recorrer dos secciones, como hice yo, para reconocer que el tamaño, la fuerza y la personalidad del lugar son suficientes para impresionar. Esta es el epítome de museo, y deja en ridículo, aunque suene antipatriótico, a los museos de Bogotá. Sin embargo, no lo aproveché. Siempre caminé con algo de prisa y, sinceramente, no estaba en disposición para tener un momento de tranquilidad. Como dije, la ciudad, para mí, es más que agobiante. Y tal vez el arte de Picasso no sea el más apropiado para contemplar detenidamente. Es raro ver cómo hizo cuadros tan disímiles; hay algunos en los que, al menos para mí, su estilo no se podría identificar a primera vista. Tal vez por eso es tan reconocido, por su versatilidad.



Siete crónicas de viaje para leer en vacaiciones