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En una pequeña finca de Guanacaste donde el calor abundaba y el viento no se hallaba, vivía un hombre de alrededor de unos 30 años que trabajaba duro sembrando café. Por años este había sido su trabajo y no le había brindado sustento suficiente para vivir una vida promedio, pues en vez de darle dinero a cambio, nada más le daban una casa y el mínimo de comida, sin embargo, amaba lo que hacía. El hombre se levantaba todas las mañanas a las 5 de la madrugada para irse a bañar, desayunar saludablemente, a hacer todos sus deberes, caminar hasta la finca donde

trabajaba y luego ir a sembrar café o a recogerlo dependiendo de la época del año. El hombre era muy humilde y hacía su trabajo con un amor indescriptible, sin embargo las cosas no siempre le salían bien, pues, no siempre le daban los materiales necesarios para


hacer su trabajo como unos guantes o una correa para amarrar la canasta y llevar el café, además, como todo ser humano, el comete errores, a pesar de esto, él nunca se rindió. Incluso cuando se dio cuenta de que su jefe que recibía el café para exportarlo era muy grosero con él y despreciaba su trabajo, siempre mantuvo la frente en alto y hacia su trabajo con todo el amor y dedicación que se desprendía de su alma. Desde pequeño su desempeño era de esta manera, él iba a la escuela mientras su papa se dedicaba a lo que él se dedica ahora y siempre ponía atención en clase, terminaba todos los trabajos y estudiaba con el corazón para los exámenes, aunque le costó tener notas altas lo que más cuenta es la intensión que tenía hacia el estudio. Desde niño siguió el ejemplo de excelencia de su padre y se volvió mejor que el con los años.


Por supuesto, Alejandro no trabajaba solo, él debía compartir sus victorias con sus compañeros recolectores de café Josué y Claudio que lo acompañaban todos los días en sus largas e injustas jornadas de trabajo. Desgraciadamente a uno de sus compañeros no le habían enseñado el valor de la humildad cuando estaba chiquitito y eso le había traído varias consecuencias ahora que era adulto, como por ejemplo, el piensa que es mejor que los demás y no cree posible

que

él

pueda

aprender

algo

nuevo

de

sus

compañeros. Además da a notar que siente una gran superioridad ante los demás recolectores de café. A muchos de los otros recolectores les molestaba mucho su actitud, sin embargo algo dentro de ellos les decía que no debían molestarse tanto con él pues como lo conocían desde pequeño, sabían que su historia era muy dura y por razones parentales muchas de las cosas que se aprenden a través de los padres, como la humildad, no las había podido interiorizar por esa falta de un papa.


La vida que llevaban todos estos hombres era muy cansada, sobre todo la de Alejandro, que tenía el puesto más alto entre todos los recolectores de café y además de tener que sembrar y recoger, también tenía que supervisar que todos los demás hicieran bien su trabajo, esto implicaba que su trabajo fuera más largo y de más horas, pues tenía que revisar que todo lo que fuera enviado donde el jefe mayor estuviera perfecto. Trabajar como recolector es difícil, constantemente había lidiar con ciertas molestias, gajes del oficio, estas podían ser las quemaduras por estar tanto tiempo bajo el sol, el calor, las picaduras de serpientes, ortiga de gusanos, cayos en las manos por recoger y sembrar, el dolor de espalda que se genera tras años de trabajo y darse cuenta con el tiempo de lo explotadas que son la personas en este trabajo ya que las jornadas son exageradamente largas. A Alejandro siempre le habían dicho que el trabajo que iba a hacer por el resto de su vida no era el mejor debido a todas estas circunstancias, sin embargo el amor que le tenía a recoger café era invaluable. El


siempre mantuvo una actitud positiva ante el trabajo, a pesar de que su cuerpo le empezaba a fallar, el calor era insoportable y algunas veces solo querĂ­a parar e irse, nunca eso lo detuvo pues cuando uno tiene amor al trabajo es mĂĄs difĂ­cil rendirse que simplemente irse.


Alejandro lo tenía casi todo, esposa, cuatro hijos y una casa, trabajo y buena reputación, sin embargo, esta suerte no duro para siempre pues alrededor de los años treinta, cuando apenas estaba floreciendo la Segunda Guerra Mundial, el mundo de este hombre dio un gran vuelco y todo se hecho a pender. Un día, Alejandro se levantó muy animado, sus hijos ya estaban listos para caminar hasta el otro lado del pueblo a la escuela y su esposa ya le tenía un delicioso desayuno. Esa mañana el solo se fue de la casa ignorando lo que le esperaba al llegar al trabajo. Una vez allí se dio cuenta de que inesperadamente el hombre que se llevaba el café para exportarlo estaba completamente angustiado, se veía abatido y parecía que traía malas noticias. Alejandro se acercó más rápidamente, algo le dijo que seguramente uno de sus compañeros había muerto por insolación, una enfermedad muy común en recolectores de café, uno de sus compañeros padecía esta enfermedad. Cuando llego le dijo al hombre que le dijera sus malas noticias. El jefe no se lo guardo por más tiempo, le dijo completamente

angustiado

que

el

café

que

habían

recolectado no se había vendido en más de tres meses ya que otras industrias compraron máquinas debido a que ya este modelo de trabajo no era sustentable y los efectos de las guerras mundiales habían afectado, ya no necesitaban tanto


personal para que les hiciera el trabajo, por lo tanto se iba a desperdiciar todo el café, además, por a las cantidades si no se vendía de inmediato se iba a malear y desperdiciar. Donde Alejandro escucho estas palabras su mundo se desborono pues si el café no se vendía, no había dinero para procesar los futuros granos de café y además eso significaba que no habría dinero para que le dieran comida en los próximos meses.

De esta manera le estaba sucediendo a la mayoría de las fincas, fue así como comenzó la crisis económica que creo miles problemas en todo el país y en los otros países pues costa rica y todas estas fincas dejaron de poder gozar de todo el dinero que les traía vender café. Alejandro no pudo soportar esta situación, él tenía cuatro hijos y una esposa que alimentar, no se podía dar el lujo de


simplemente no trabajar, porque además de todo esto, si no trabajaba para el jefe, su casa le sería arrebata y eso no podía pasar pues desgraciadamente uno de sus hijos estaba en cama realmente enfermo por las consecuencias de esta situación. Por lo tanto, después de varias semanas de ir a vender café procesado a las calles para intentar recuperar un poco de dinero, vio a una niña comiendo arroz y frijoles con una tajada de queso muy cómoda en su casa. En ese momento Alejandro tuvo de las mejores ideas de su vida. Él le iría a decir a su jefe que para no morirse de hambre y empezar a exportar de nuevo debían empezar a sembrar frijoles. Al principio el jefe no estaba de acuerdo, pero dadas las circunstancias no había otra opción, por lo tanto, empezaron a sembrar frijoles, que quedaban deliciosos por ser naturales. Por desgracia, estas ideas duraron mucho en salir y varios de los recolectores de café ya habían migrado a la capital del país para buscar otro trabajo, así que la explotación del trabajador se volvió aún más grande.


Al principio los frijoles no pegaron en la terra pero con el tiempo empezaron a crecer, después mucho trabajo y dedicación bajo el sol se empezó a exportar frijoles costarricenses a diferentes países con podo de dificultad, de todas formas se hacía dinero para poder sostener la familia de Alejandro y dar de comer a los pocos trabajadores que quedaban en las fincas de Guanacaste.

Ahora quedaba una nueva tarea que actualmente no ha mejorado mucho, esta era que se consiguiera que la gente le diera un pago justo a las personas que hacen este y otros trabajos y además se diera una jornada de trabajo mas corta para poder disfutar de la vida y sus experiencias.



Modelo de sustitucion de Importaciones