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Trompas de Falopio

Novela Gabriel CaldĂŠs & Omar PĂŠrez Santiago

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Trompas de Falopio ©Gabriel Caldés & Omar Pérez Santiago Primera edición 2002 Foro Nórdico de Aura Latina Segunda edición 2007 Editorial Universidad Bolivariana Inscripción en el Registro de Propiedad Intelectual N° 129.735 ISBN: 956-8251-00-6

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In memoriam A Jaime Caldés A Mario Canales A José Bomcompte A Cristóbal Tomic

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e repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a preguntarse por qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente por qué acepta una invitación a cenar (ahora pasa una paloma, y me parece que es un gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, enseguida empieza como una cosquillita en el estómago y no se está tranquilo hasta entrar en la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién entonces uno está bien, está contento y puede volverse a su trabajo. Que yo sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y contar”. Las babas del diablo Julio Cortázar

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Sol de Medianoche

-¡Condeminas, Julián Condeminas! Jorge Castell me recibe efusivamente en el aeropuerto Kastrup de Copenhague. Había un sol tibio de mañana estival. -Putas, huevón, ¡cuántos años! -29 años. -¿No huevís, huevón? -No hueveo, huevón, 29 años. Se notaba, por la cantidad de huevones, que éramos dos chilenos. -La última vez te ibas arrancando a la Argentina, cuando cayó Salvador Allende, le digo. -Claro, el 73, Allende. ¿Te acordaí, huevón? -Si me acuerdo, huevón, Allende. -Putas, qué hueviamos, huevón. -Si, huevón. -Yo después me fui a la Argentina. Pero allí muy pronto se le ocurrió morirse a Perón. ¡Ya!, dijo el viejo, me muero no más. Y, tan, se murió, el viejo. Paró las chalupas. Y, empezó a quedar la escoba en Argentina... -Con las tres A... -Y los milicos también se empezaron a ponerse huevones, muy huevones. -Y te fuiste a Rumania. -Sí, en Argentina los milicos chilenos mataron al general Carlos Prat y a su señora, era increíble, huevón, a cinco cuadras de donde yo vivía... Le pusieron una bomba en el auto. ¡Booom! Volaron por todas partes. Los pedazos del general estaban en los árboles, en la calle. Muy cerdos, los milicos. Además, en Buenos Aires había mucha gente de la DINA. Los 9


chilenos no teníamos donde apretar cachete, huevón. Claro, en el comisionado de refugiados de la ONU dijeron ¿quién quiere irse a Rumania? Y fuimos varios los que levantamos la mano. ¿Dónde fuimos a parar?: Rumania comunista. Oye, la Rumania de Ceausesco, huevón. Con decirte que nos tenían en unas barracas y nos mandaban a trabajar a una fábrica de salchichas. Era puro hueveo, huevón. Ya habíamos echado mis maletas en el auto e íbamos hacia Copenhague, por un campo limpio, agradable, aunque helado. En el auto Jorge continuó sus anécdotas: -De Rumania arranqué de nuevo, pero ahora de Ceausesco. Un día visita Rumania el Presidente de Estados Unidos, Gerald Ford. Pasaría justo por donde estaban las barracas que llamaban departamentos. Nos acordamos lo que los yanquis le hicieron a Allende y pintamos un letrero que decía Yanki go home. Justo cuando Ford pasa por allí, lo descolgamos. Plaff. Se veía linda la cuestión: Yanki go home. Quedó la cagá, huevón. Llegó la Securitate a interrogarnos. -La Securitate, ¿la policía política? -Claro. ¿Quién puso el letrero Yanki go home? Putas, el país rasca. Huí a París. Pero, primero había que hablar con los comunistas chilenos, los perlas, los lindos eran jerarcas en esa dictadura, ellos daban la visa, los lindos. Había que hablarles a los lindos: compañero, tengo que ir a París, tareas urgentes, de unos compañeros que necesitan contactarse desde el frente y bla, bla, bla. Puras chivas. Los comunachos me dijeron, vaya no más compañero y vuelva lo antes posible. Claro, lo antes posible, compañero. ¡Tapa! ¡Estaí más huevón! -Con razón al Ceausesco, se lo cocinaron en cuanto pudieron. -Era un calavera, Condeminas. Bueno, en París me agarró la cosa romántica y después de un tiempo me clavé de una danesa loca y cuando quedó embarazada me dijo, mijito lindo nos vamos a 10


Copenhague, que allá tengo mi rancho. Y aquí estoy pues, compadre. Así Jorge me había resumido su vistosa vida antes de entrar a Copenhague. En algunos años había aprendido tres idiomas, el perla. -Y tú, ¿Qué contaí, Condeminas? Me dio unos palmetazos en la espalda. -Mi viejo se murió hace un tiempo y me dejó una pequeña herencia. Entonces decidí venir a Europa. Le dije a mi mujer: sabe mi amorcito, ya es hora, que vaya a Europa. Y mi mujer, buena onda, me dijo, vaya no más mi amor. -Vaya no más mi amor... je, je, je, ¿te dijo: vaya no más mi amor? -Sí, vaya no más mi amor, je, je, je. -Je, je, je. No cambias, no cambias, huevón. -Y aquí estoy, pos, huevón. -Putas, huevón, cuánto tiempo... -29 años... -Claro, 29 años, huevón. -Nos conocimos el año 1971, cuando yo llegué a Santiago a estudiar Ciencias Políticas en la Universidad de Chile. -Venías de Antofagasta. -Estaba ufano. Me acuerdo que en el liceo de hombres de Antofagasta, en marzo-abril de 1969 –no recuerdo bien-, fue invitado el escritor Antonio Skármeta. Estaba jovencito tenía 28 o 29 años y era la gran promesa de las letras. -King of the Beats, el perla. -El croata también había estudiado en el Liceo en los años 50 y el rector lo había invitado pues recién se había ganado el premio Casa de las Américas por su libro de cuentos Desnudo en el Tejado. El rector quería mandarse las partes con la promesa, el orgullo de los croatas, el orgullo del Liceo de Antofagasta. Lo presentó en el patio, donde estábamos todos los lolitos formados en silencio, peinados a la gomina o con jugo de limón. Sentados mirándonos a nosotros estaba el 11


inspector, autoridades municipales y de bomberos. Presentó al triunfador, un winner, Antonio Skármeta. -Aún tenía pelo en la cabeza, el perla. -Claro, y en los sobacos, je, je, je. Se paró frente al micrófono y al estilo beatnik, On the road, tal como un Jack Keruoac, una mente lúcida, comentó: “Cabros, yo no sé que hacen aquí. Yo que ustedes agarraba una mochila y me iba a hacer dedo en la gasolinera que está en la carretera.” -Ja, ja, ja. Parece que la educación lo había convertido en un caradura. -Fue como si nos hubiesen lijado el cerebro por dentro. Fue una bomba de racimo. Aplaudimos dislocados. Los profes no lo podían creer. Yo tenía 16 años y creo que fue entonces cuando me puse inquieto, nerviosillo. Algo estaba pasando fuera de Antofagasta, pensé, algo grande, y yo, agilado, recién venía a enterarme. Algo grande estaba pasando y mi sueño era sujetar una mochila y huir de Antofagasta, del desierto y el mar, hacer auto-stop y conocer a los tipos y a las tipas más locas y desesperadas bajo el sol. ¿Qué cresta hacemos aquí, cabros? Les decía a mis compañeros. -Quería conocer el mundo, el perla. -Obvio, salir de la provincia. Escribir poesía y tomar vino. Vivir en hoteles destartalados. -O sea, tener locas melenas, como Skármeta, el perla. -Ser un beat, como Skármeta. -Como un Skármeta, je, je, je... -Ahora, de algún modo, lo había hecho: había dejado el desierto, el desierto y el mar para irme a estudiar a Santiago. -Pero, además en esa época llegar a la Universidad de Chile era la raja, pos, Condeminas. -Imagínate para mi familia provinciana, era la raja. Así lo sentía yo. La raja. Y así lo sentían mis viejos, de los cuales yo era, en ese entonces, su orgullo. -Imagínate, yo vivía en San Miguel. -Allí pusieron una estatua del Ché Guevara. 12


-Los Palestro. -Ahora pusieron una estatua de Condorito. -No huevís. -Sí, unos huevones de San Miguel. -Los sanmiguelinos. -Condeminas, ¿te acordaí? parece hueveo, pero sentíamos que vivíamos históricamente, que hacíamos historia y después nos veíamos en las películas de Fellini o Bergman... La fantasía la hacíamos de verdad. Eramos muy... -...beatos, creyentes de algo que no tenía referente en la historia del mundo: llegar al socialismo partiendo de la estructura democrática. -Putas, vivíamos una revolución, una huevá lúdica. Me cargaban los huevones serios. Esos que venían con la huevadita de: compañero, hay que mantener la disciplina. -Siguen en la misma, -¿No huevís, Condeminas? -Sí. -¿No huevís? -Si, tú les preguntas y te dicen: no, no me acuerdo, fíjate tú. -¿No huevís? -Uno les dice: oye ¿Te acordaí que tú y la revolución...? ¿Yo? ¿La revolución? No, no me acuerdo. Hay que mirar al futuro... -Mirar el futuro… je, je, je. -Y en esa frasecita, lo meten todo en un saco. La vida apareció cuando ellos se ubicaron y ta-ta-ta-tán, se olvidaron, se olvidaron de esa época. Pero el mundo no ha olvidado, incluso atesora esa época. -Oye huevón. Vos ibas a escribir todo eso, tú ibas a ser nuestro ghost writer. Te las dabas de Hernández Parker. -Sí, andaba con apuntes. Era un CDR, cronista de la revolución, je, je, je… -¿Y qué hiciste todo eso? -En Antofagasta, en alguna parte. 13


-Tienes que escribir, Condeminas, de cuando vagamos por los jardines de la escuela, tomar café en el casino, o las caminatas por Santiago, almorzar en el edificio de la UNTACD en la Alameda, hojear autores de moda y las largas conversas en boliches tomando cerveza Escudo. -Y fumando Liberty y Lucky Strike sin filtro. -O el “cara pálida” que hicimos en la mesa de ping-pong. Nos sacamos una foto con los pantalones abajo e hicimos un concurso para que adivinaran quienes éramos. ¡Media cagada que quedó! -En realidad, Jorge, leíamos poco, se leía poco. -No, Condeminas, leíamos harto, lo suficiente para trenzarnos en largas y borrachas discusiones con las que engrupíamos a las minas y apocábamos a los huevones. -Jorge, qué íbamos a leer, estábamos más ocupados en ir a una marcha, a una jarana, al cine, a los trabajos voluntarios o beber cervezas Escudo. Éramos intelectualmente vagos. Acuérdate, Jorge. -Y las mujeres, la otra gran obsesión. -Tema aparte: las mujeres... y las faldas, las blusas. Los senos, los grandes senos, duros y jóvenes y no tan jóvenes. Son tan impredecibles las mujeres, tan gustosas. -La facilidad para enamorarnos continuamente, tontamente. Incluso cuando nos calentábamos con una mina...igual nos enamorábamos. Éramos muy huevones, Condeminas. -En esa época, Jorge, no había riesgos de embarazo... -Estaba la píldora, huevón... -Ni de infección mortal, Jorge, pues no existía el Sida. JORGE CASTELL vive en un departamento de la calle Kopmagerde, del centro de Copenhague. Estaciona su automóvil en el subterráneo y subimos por 14


un ascensor al cuarto piso. Abre la puerta y aparece una rubia de ojos azules: -Det här är det jävel som jag har talat om, le dice Jorge -Hej... La esposa danesa me extiende la mano y yo me acerco a darle un beso. -¡Välkommen! -Gracias, le dije. También apareció Annika, su hija de 19 años. Vestida de telas negras, pálida por el escaso sol, media esquiva y reservada. Parecía una musa nórdica para poetas apesadumbrados. Labios y uñas negras, ojeras y coliguijes con aspecto de amuletos. -Esta es mi hija gótica. Le gusta la literatura vampírica. Conoce todas las versiones de Drácula, y lee a Poe, Hoffmann y cuentos de ruinas y cementerios. Ahora está pegada con Tolkien. -Se parece a la chica Nilz, le dije. -¿La chica Nilz, la melancólica compañera de la universidad que siempre vestía de negro, hacía comentarios mordaces y vivía el amor por dentro, nunca por fuera? -Sí, ja, ja, ja. Almorzamos salmón con ensaladas y papas, acompañados con un vino blanco de La Rioja. Como ocurre en estos casos, la conversación derivó a la gastronomía. -Jorge, te has convertido en gourmet. -Huevón, todos estos kilos que tengo de más, me han costado mucho sacrificio. Luego nos sentamos solos a beber un licor italiano en una sala muy cómoda. Por la tarde salimos a flanear por la Stroget, un paseo peatonal en donde las tiendas de Gucci y Chanel alternan con cafés de moda. En las callecitas adyacentes se encuentran varios de los restaurantes más vistosos de la ciudad y, al final, desde el Hotel Anglaterre, se divisa el Nyhavn, una rambla repleta de bares alrededor de un canal donde estacionan 15


coloridas barcazas y terrazas. Los daneses se ven relajados, deleitándose con cervezas frías. Nos sentamos en una terraza de un barcillo a beber una cerveza Tuborg. Jorge Castell hacía clases en la universidad Aarhus, sobre Cultura Latinoamericana y preparaba un libro de traducciones de nueva narrativa nórdica. Me habló de la edad de oro de la literatura escandinava: Ibsen, Hamsun, Undset, Strinberg, Lagerlöf, Lagerkvist, Laxness. -Putas, los nombres raros, Jorge. -Impactaron a Juan Rulfo, a María Luisa Bombal. Y ellos ayudaron a asentar el realismo mágico latinoamericano. La literatura clásica nórdica son las sagas medievales. Borges sostenía que la novela nació en Escandinavia, antes que Cervantes y Flaubert. Pero, huevón, el esfuerzo de Borges no fue meritorio para los Escandinavos: los huevones nunca le otorgaron el Premio Nobel. -Lo obviaron. -Por razones políticas, huevón. Hablamos durante horas seguidas. -Condeminas, mañana iremos a Islandia. -¿A Islandia? -Claro, allí tengo que ver a Gudbergur Bergsson -¿A quién? -El más grande escritor escandinavo vivo, Condeminas. ****** DESDE EL AVIÓN se ve un enorme peñasco en forma de meseta entre el Atlántico Norte y el Océano Ártico. Una cordillera cruza la isla y crea una extensa región de hielo. El avión hace un planeo en la costa sur donde está la capital. El litoral es un paisaje de fiordos y una costa espumosa. La última Thule: de todos los 16


países ¿porqué yo tendría que visitar Islandia, un frigorífico de volcanes y glaciares, de desiertos de lava y hielo, oteros de marjales? ¿Qué cresta hacía aquí? ¿Encontrarme con, según Jorge, el escritor más grande de Escandinavia? ¿Había Jorge enloquecido? No. Siempre fue así, aventurero. Su entusiasmo alimenta este viaje inútil, inútil pero, claro, preferible a una vida anodina y mediocre. -Jorge, yo pensé que ya habíamos superado la edad de las locuras juveniles y las excitaciones frívolas. A Islandia vienen sólo los enfermos de asma. -No, que después me vas a agradecer cuando cuentes en Antofagasta que estuviste con Bergsson, huevón. -Pero, Jorge, si en Sudamérica, te lo aseguro, no lo conocen. Oye, Chile es un país enclaustrado entre el desierto, el estrecho de Magallanes, la cordillera de Los Andes y el Océano Pacífico, somos un islote, dime ¿por dónde quieres que entre Bergsson? -Pero, lee Tomas Jonso, un best seller. Es la biblia. El huevas rayó la papa mucho antes que Cortázar escribiera Rayuela, antes de que García Márquez escribiera Cien años de soledad, huevón. -¿Y qué?, ¿Me quieres cagar al Cortázar y al García Márquez? No huevón, ni cagando. Cortázar construyó un mundo con personajes que nunca habían tenido espacio ni protagonismo en nuestra literatura. García Márquez con su realismo fantástico le puso color, olor, romanticismo a las penas y depresiones de los sudacas, le puso fantasía a un mundo que siempre lo mostraban en blanco y negro. Ellos globalizaron las penas y dolores. Yo me había puesto de pronto patriota. -Oye cálmate, cálmate: Mira, los vikingos decían que no hay mejor equipaje que la mente clara. -Las huevas compadre, eso de la mente clara, eso la mente clara es para los nórdicos, no para nosotros. El motor de la vida, de la poesía es justamente lo contrario. No te acuerdas cuando te gustaba una mina 17


¿tenías la mente clarita? Al contrario, compadre, nosotros vivimos con tormentos, trabajamos los tormentos. -Putas, compadre... entonces, vivíamos los ritos de pasaje, salíamos de la adolescencia para ir a la adultez... ****** REYKIAVIK, “la bahía humeante”. Las casas están pintadas de colores claros, que le da un aire juguetón. La ciudad está atravesada por un río salmonero. El clima no es tan drástico como me lo imaginé. Es verano. Se ve poca gente circulando por las aceras. Sin embargo, hay una increíble variedad de aves y patos que circulan alrededor de una laguna. Cisnes y patos empenachados, de ojos dorados, nadaban en pequeños grupos. Ánades y patos marinos, gansos silvestres anidaban en sus orillas. Unos cardenales volaban desde el este y unas golondrinas de mar volaban junto al agua. El mar es frío y gris. En los muelles todo está impregnado con olor a arenque. Desde el pequeño hotel se ve la Hallgrimskirkja, una alta iglesia que domina la ciudad. Hay un grato calor en las piezas, la ducha tiene un olor sulfúreo. La energía de los volcanes es explotada para producir luz y calor. La calefacción es captada del subsuelo, un milagroso recurso, el vapor subterráneo. Vamos caminando a visitar el Instituto Arni Magnusson, detrás del Museo Nacional. -Aquí están recopiladas las sagas nórdicas. Aquí está la base de todo, -Putas, te pones solemne, Jorge. ******

AL SALIR corría un viento helado. Veo un letrero que dice Björk algo. Entiendo que es un concierto de la cantante Björk. -Sí, me confirma Jorge, eso es 18


-Vamos a verla, le digo. -¿Qué? ¿Ver a Björk? ¿Te has vuelto loco, huevón? ¿Un par de viejos en un concierto de una cabra pop? -Oye, La Björk hizo la música de Lars Von Trier, Bailando en la oscuridad. Además, es una mina que sabe de sagas, y poesías anarquistas, punks y surrealistas. Por lo demás mi hija no me perdonaría si llego a Antofagasta y le digo que no fui a ver a su ídola pop. Tú no puedes irte sin ver las famosas Sagas, yo no puedo irme ahora sin ver a Björk en vivo. No fuimos a escuchar a Björk, pero compré su último CD para mi hija. Finalmente, Jorge localizó por teléfono a Bergsson y nos encontramos con él en una de las tabernas donde libaban unos pescadores islandeses con sus coloridos chalecos de lana. Allí estaba sentado Gudbergur Bergsson. -Putas, que se ve joven, le murmuro. -Es la dieta de pescado, huevón, me contesta Jorge. Nos sirvieron unos testículos de cordero. Las criadillas eran amargas y los tuve que pasar con aguardiente, “brännivin” y cerveza. Bergsson habló -en un perfecto castellano- de literatura: -Cuando yo era joven la cultura española era una desconocida aquí. He creado el interés por la literatura española y latinoamericana, pero fue difícil. Ahora ya hay algunos traductores del español. Nos trajeron el plato de fondo: carne de tiburón. Fue lo peor. Me vino un vahído. Me dieron ganas de vomitar. Un olor tóxico insoportable. Bergsson lo comía con un placer distante. ¿Cuántos kilos de tiburón se había comido Bergsson en su vida? Jorge, como si fuera uno de ellos, como si fuera islandés, tampoco se inmutó. Yo, mientras tanto, logré hacer pasar sólo dos pedazos de tiburón con un poco más de brännivin. 19


Era la una de la noche cuando dejamos a Bergsson y salimos a caminar. Todo estaba claro, con un colorido naranja, era una inmensa y frágil escena, el sol de medianoche que se multiplicaba en el océano. Nos detuvimos en la estatua de Leif Eriksson, el hijo de Erik el Rojo, el "descubridor de Vinland", el descubridor de América. Nos quedamos curiosos mirando el universo, la Terra Mater, el inconmensurable ojo ártico, la noche tan irreal como la muerte, como la muerte de la que nadie regresa. La curiosidad se transforma de pronto en hilaridad nerviosa. -Huevón, efectivamente no se oscurece. -Sí, huevón. La dulce y pesada soñolencia y sopor de la medianoche llama a la melancolía y a la nostalgia. Pesa la claridad. Nos ponemos introvertidos. Es una especie de broma. Nos reímos con frecuencia, como taraditos, como si nos hubiésemos fumado un pito de marihuana, y entonces, nos vienen, como una advertencia, los recuerdos. Era un regressus ad uterum, un intento de abolir el tiempo transcurrido, volver a la matriz. Y entonces, caemos en una conversación sobre personas a las que echamos de menos. ¡Oh, qué raro es todo! ¿De dónde venimos? ¿De qué puerto? De ningún puerto. Esta es la luz, la luz de la ficción. Es raro esto. Es difícil de explicar. Es una especie de hipnosis. Entonces, por evocación llegamos a hablar de los muertos, de nuestros muertos. Desde épocas ancestrales, los ritos de iniciación llevan una marca corporal, un corte en la piel, un tatuaje. La muerte era una marca en la piel. Habíamos tenido que subir al Ártico, el reino de los páramos y de los fantasmas, para hablar, de la desaparición del hermano de Jorge, Vicente Castell: 20


-Muchas veces siento carga de culpa por la desaparición de mi hermano en Chile, dijo Jorge. -No entiendo por qué. -Mira, cuando se lo llevan los milicos y él desaparece, yo no pude hacer nada para buscarlo. -Obvio, si te estaban buscando a ti también. -Pero, igual, sabes, debí quizás salir a buscarlo. -Te habrían matado a ti también, Jorge. -No sé. -Jorge, lo peor que nos pudo hacer la dictadura, es darnos remordimiento. Pero, ¿qué hacemos con nuestros muertos? ¿Cómo los justificamos? ¿Qué sentido le damos a la maldita muerte...? -No sé. El enterrarlo sería darle un sentido, pero tampoco lo pudimos hacer. -Jorge ¿tu hermano habrá pensado en nosotros cuando estaba muriendo? ¿Se habrá despedido de nosotros? -No sé. Pero, recuerdo bien el día que se llevaron a Vicente. En una atmósfera casi religiosa, en el vértice del mundo, no pudimos evitar, finalmente, soltar un par de lágrimas. Como dos niñitos que al despertar lloran sin saber por qué. La muerte, como un tatuaje, viviendo con nosotros: acompañándonos siempre. -Sabes, -dijo Jorge- aquí en Islandia costó que entrara el cristianismo, los huevones son muy paganos. -Y ¿qué tiene que ver? -Los islandeses no podían creer que Lázaro hubiese sido resucitado por Jesús. -Y ¿por qué? -Por qué el cuerpo de Lázaro estaría descompuesto, pus huevón. -Ja, ja, ja. -Ja, ja, ja. ******

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CUANDO VOLVIMOS a Copenhague Jorge me organizó un tour, el típico tour de turista: El Tívoli by night, un famoso parque de entretenciones; el Museo Erótica, de arte amoroso; la Sirenita, una pequeña pero conocida escultura al borde del mar; la casa de Hans Christian Andersen, el autor del Patito Feo; y el Castillo Real, donde vi desfilar a la Guardia Real -Ya, me dijo, ahora puedes contar que estuviste en Copenhague. Mientras caminábamos cagados de frío por la calle, Jorge me dijo: -Tienes que escribir, huevón. Mientras nos dábamos un abrazo de despedida lo repitió, me insistía en el aeropuerto Kastrup: -Escribe, huevón. -Sí, huevón. -Escribe sobre tu vida, huevón, no te hagas problemas. -Sí, huevón -Y lee a Gudbergur Bergsson, huevón. ****** EN ANTOFAGASTA le mentí a mi hija y le dije que había ido a ver a Björk. -Y ¿Por qué no le pediste que te autografiara el CD? -No pidas tanto... Un viejo como yo pidiéndole un autógrafo a una cabra pop... Unos días después busqué las fotos en blanco y negro sobre esa época risueña y tensa. Las desplegué encima de la mesa y me puse a mirarlas mientras

escuchaba en los discos de vinilo, canciones muy de moda entonces. Y también apareció un viejo afiche, hermoso de ingenuo, que decía: “Hoy es el primer día del resto de tu 22


vida”. Entonces apareció una voz, confusa, paradojal, que me decía que me dejara de pudores y contara. No había vuelta atrás. Había que contar, como decía Jorge, esos Ritos de Pasaje que definen tu rol, tu identidad y tus sentimientos de pertenencia. Las pruebas de admisión al mundo adulto.

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Angel platónico “Prendi questa mano Zingara dimmi pure che destino avró parla del mio amore io non ho paura perché io so che ormai mi appartiene.” Zingara Nicola Di Bari

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unca olvidé, y creo ya no olvidaré, ese día, ese fascinado día. Un sábado. Por fin, por fin. Un platonismo, un “angelismo” que me perseguía, que me hostigaba. Ella se llamaba. ... Se llamaba Marcela… Marcela Ramírez. Ese sábado, por fin, nos fuimos al departamento del venezolano Mariano, en la calle Mac Iver, a la entrada de la Alameda. El negro Mariano había venido desde Caracas a estudiar a la Universidad de Chile. Habíamos dado una prueba, un duro examen de Administración Pública I con el profe Alvaro Drapkin. Llegamos dicharacheros al piso. Era un día soleado y complaciente de primavera, propio para un día de verbena. Ya era mediodía. Pasamos a comprar empanadas y unas botellas de vino tinto Santa Rita, en el boliche del turco de la esquina de Mac Iver con la Alameda. La Alameda era un socavón, una larga grieta, donde se construía la línea del Metro. Los departamentos de Mac Iver eran enanos, apenas cabíamos los seis alumnos de Ciencias Políticas. Charlamos sobre música y canciones. La Lilita, sonrisa amplia, siempre regalona, andaba con su guitarra. Cantó 25


primero “Y Magdalena vendrá caminado del cerro hasta el mar”, una sentida canción de Julio Zegers, un joven antiídolo de bajo perfil que había ganado el festival de Viña del Mar. Luego la Lilí aperró con una canción de Nicola di Bari: “parla del mio amore” Estábamos Marcela y yo sentados en el suelo con las piernas cruzadas como los indios, o como los gitanos, o como los giles de los chinos. La Marcela con su pelo rizado, sus jeans azules pata elefante y una solera bordada y tornasol. Y allí, cara a cara, Marcela Ramírez y yo, nos pusimos sensibleros, deep sentimentales. ¡Qué cototo fue ponerse así de patéticos y tiernos! ¡Qué potente es ponerse melancólico y turbado escuchando una canción de Nicola di Bari! Nos miramos y nuestros ojos se pusieron brillantes. Nos abrazamos, y luego lloramos, gimoteamos desencajados, anulados de tanta lástima. Nos habíamos amados tanto, nosotros que nos quisimos tanto. Cómo pudimos ser tan... tan... huevones. Eso siseó ella: -Cómo pudimos ser tan huevones, Julián, tan huevones, cómo pudimos… Parecíamos argentinos llorando a Gardel, o españoles llorando la muerte de un torero. Nos habíamos amado tanto y nunca nos hablamos de amor. -Cómo pudimos ser tan huevones, Juco. Ella me había puesto Juco, por Julián Condeminas, Juco. Amar platónicamente. Hasta entonces nunca nos habíamos hablado de amor. Never. ramos espirituales. Éramos ángeles. Orgullosos y pollitos. Fatuos y pubescentes. Pero, éramos pareja. Andábamos. Esa palabra tan arrinconada, tan intimidada. Andar. 26


Un día fuimos todos a ver una exposición de pintura en la sala de arte El Alhambra en Compañía 1340. Miramos unos óleos que nos parecieron cursis, definitivamente maracos. Nos reímos como unos diletantes, de un arte que nos parecía pueril como la ausencia. Pero llegado el momento del cóctel éramos los primeros en estirar las manos. Alabábamos a los cuadros. «¡Qué tersura, qué profundidad de colores!» Cínicos. Fuimos los últimos en irnos. Nos tomamos los cócteles y nos comimos los petites bouchées. Marcela era jaranera y cómica, porosa y asequible. Era regalona e ingeniosa. Devolvía la broma siempre con un silencio previo y una mirada después. Era rápida. Y a mí siempre me han gustado las minocas imaginativas y cómicas. Hay algunos que las prefieren tranquilas, tejiendo baberitos y gorritos, cosiendo calcetas en silencio. No es mi caso. La sentía libre, hechicera y coqueta con sus jeans pata elefante. Ese crepúsculo pasó algo esplendoroso. Sentía que quería estar sólo con ella. Tenía muy claro que mis jóvenes amigos deseaban a todas las mujeres que pasaban por delante de sus ojos. No quería que mis compañeros de cursos, lachos y entradores, tomaran mucho contacto con ella. Sobre todo y por ejemplo, Jorge Castell, el nieto de catalanes, que en cuanto veía una falda le crecían los colmillos. Jorge había recién estado en Checoslovaquia en el Congreso de la Juventud Socialista Checa. Aprovechó de ir París y visitar a Pablo Neruda, embajador en París. El Poeta le colgó una medalla llamada Trébol de 4 hojas. La razón nunca quedó clara: mejor allendista, mejor hijo de vecino. Juro por mi madre que no recuerdo. (¿Por qué Neruda te dio el Trébol de 4 hojas, Jorge?) 27


Jorge andaba siempre con el galardón. En ese momento ninguno de nosotros nos preguntábamos que significaba realmente la medalla Trébol de 4 hojas, que Pablo Neruda le regaló en París. Pero para nosotros, simples estudiantes santiaguinos, la distinción Trébol de 4 hojas de Neruda en París era mucho y era grande. Y con esa medallita y su blá-blá, Jorge era azaroso con las mujeres. Lo mantuve lejos. ****** ASÍ EMPECÉ a padecer esa patología adictiva que se llama enamoramiento. Dejé que todos se fueran y nos quedamos conversando los dos solos en la calle Compañía entre el antiguo Parlamento Nacional y los Tribunales de Justicia, a los pies del monumento a Manuel Montt Ya era tarde. No teníamos más plata que para la micro, pobres estudiantes becados. Y allí estábamos en la calle Compañía, entre el Palacio de los Tribunales y la Cámara de Diputados, sin un peso en los bolsillos más que para el escolar de la micro, los dos iluminados, los dos pajaritos, los dos angelitos, los dos ingenuos, los dos necios, los dos inmensamente huevones, apoyados en el monumento a Manuel Montt. Tenía muchas ganas de besarla. Hum. Su boca, su boca de clavel estaba hecha para besarla, un beso largo, un beso con lengua. Hum. La naturaleza le había dado la boca más sabrosa que había conocido. Besarla, besarla, besarla. Pero no se me daba: estaba enamorado, ella era un ideal y a los ideales uno no los puede besar. Allí en la estatua de Don Manuel Montt empezamos a andar. 28


Al otro día temprano esperé a Mi Ideal sentado en las escaleras del hall de nuestra escuela. No llegó. Entré a clases de Administración Pública I con el profe Alvaro Drapkin. Pero yo siempre oteaba hacia atrás, hacia la entrada. Por si aparecía, por si venía Mi Ideal. Fue casi a mitad de clases que se dejó ver con su sonrisa de candelilla, con su rostro transparente de recién salida de la ducha. Mi cuore empezó a triscar: plat, plat, plat. Quería que me viera. Había un banco vacío a mi lado. Quería que me viera. Tenía que sentarse a mi lado. (Siéntate a mi lado, por favor, Marcelita, siéntate.) El profe Drapkin, que se creía dueño de la escuela, no dejaba pasar un atraso. En realidad, era el dueño de la escuela. Hoy incluso pegan los alumnos a los maestros. En esa época los profes eran respetados. No dejaba entrar a los que se habían ido de puñetes con la almohada. Le pidió explicaciones a la señorita Ramírez con su estilo franco y levemente amanerado. -¿Por qué llegó a esta hora a clases, señorita Ramírez? -No vengo a clases, señor Drapkin. -Ah, no, ¿y a qué viene, señorita Ramírez? -Vengo a buscar a Julián Condeminas, señor Drapkin. ¡Tum! Me morí. No podía ser, no podía ser. Me venía a buscar a mí. A mí, el libro con más páginas. Me puse bermellón, sonrojado como cuando era niño. Mi coure: plat, plat, plat. Todo el curso me miraba a mí. Observé al profe. 29


El profe me ojeó, ojeó a la señorita Ramírez y volvió a ojearme. -Señor Condeminas, dijo el profe Drapkin, lo buscan. Eso dijo: señor Condeminas lo buscan. Estaba enconado, erizado, el profe Drapkin Me levanté. Salí. Estaba desbordado como un tazón de leche en las manos de un escolar. Ella me fulminaba. -¿Qué pasa? Le dije a la Marcela. -No podía dejar que el profe Drapkin me abochornara porque llegué tarde, le metí la chiva de que te buscaba a ti. Vamos, me dijo, vamos al casino. Eras muy desenfrenada, Marcela Ramírez. Y me eras tan dulce que nada de lo que hicieras hubiese podido provocar algún tipo de reproche. Uno es tan gil cuando está enamorado. Es lo más cerca de lo que en España se llama un gilipollas. ¡Gilipollas! O de lo que los argentinos llaman un boludo. ¡Boludo! Desde ese día, anduvimos. Pero nunca hablamos de amor. Andábamos. Los compañeros se acostumbraron a vernos juntos, a deambular al mismo tranco. Fuimos a una marcha de la Unidad Popular, pues la Marcela era socialista. Justo en esos días, el Senado y la Cámara de Diputados, reunidos en Congreso Pleno aprobaron la nacionalización del cobre. Alegres en la plaza, mientras Allende se agitaba en el escenario con un discurso bravo: “compañeras y compañeros, en este histórico momento, el Día de la Dignidad Nacional, en que Chile rompe con el pasado, se yergue con fe en el futuro...” En ese histórico momento, el Día de la Dignidad Nacional, nosotros -mira lo que son las cosas, Marcelita- nos quedamos sentados en una cuneta de La 30


Alameda comiendo mani tostado. Yo los pelaba y te los ofrecía en tu mano. -«Me haces cosquillas», me dijiste. En ese histórico momento en que Chile rompe con el pasado, el cielo estaba limpio, estaba estrellado, mientras Allende, mientras los manís, mientras las cosquillas en la mano de Marcelita. Entonces me pareció que ese día, el día de la Dignidad Nacional, sí era el momento para besarla. Besarla, besarla, besarla. Pero, cresta, no, no se me daba. Era mi ideal y a los ideales no se los puede besuquear. ****** LO MÁS CERCA que estuve de ella fue en los trabajos voluntarios. El día miércoles 8 de Julio de 1971 estaba en la pensión viendo en un Westinghouse blanco y negro el programa del canal 9, La Manivela, con un irónico sketch de Patricio Contreras, Julio Jung y Nissim Sharim sobre tres tipos medios locos que esperaban en el consultorio médico. Eran las once de la noche con 4 minutos. -Cresta, parece que está temblando, parece que está temblando. Por la cresta. ¡Está temblando! Estuvimos de un salto en la calle República. Fue largo y terrible. Grado 7,5 en escala Richter. Se cortó la luz. El presidente Allende, que se encontraba en La Moneda trabajando, habló por radio para calmarnos. “Calma, chilenos”. Era un terremoto, el temible terremoto del año 1971. Derribó varias ciudades en Illapel, Los Vilos y La Ligua. Hubo 85 muertos y centenares de heridos. Al día siguiente, el Goyo Navarrete, del Centro de Alumnos, organizó rápidamente el viaje junto con la Federación de Estudiantes que presidía Alejandro Rojas, a ayudar a la gente de Petorca, y a un pueblucho, Hierro Viejo, 31


antigua zona minera, a levantar casitas, a organizar la solidaridad de los chilenos. Por Cabildo subimos y pasamos de noche por un macabro túnel de piedra. Era muy tarde y el caserío, que no alcanzaba ni para villorrio, parecía un barrio bombardeado. Nunca había visto un barrio bombardeado. Sólo en películas de guerra. Pero allí estaba Petorca en el suelo. El cuadro no podía ser más desgarrador. De las 400 casas, solo 10 casas de madera estaban en pie. A esa hora no pudimos levantar las carpas que llevaba nuestra escuela y tuvimos que dormir en la carpa de circo que la Federación de Estudiantes, la FECH que dirigía Alejandro Rojas, había levantado en las afueras de Hierro Viejo. Había cientos de voluntarios tirados en sacos de dormir bajo una carpa de circo. Cientos de estudiantes parranderos metidos en sacos de dormir bajo una carpa de circo. Fue un circo. Alguien gritó: apaguen la luz, y porque no te apagái tú más mejor, ja, ja, ja. Ven a apagarme vos po, No mándame a tu hermana, ja, ja, ja, ja. Un circo, un enloquecedor coliseo. Entre medio de todos estaba yo riéndome metido en mi saco de dormir. La Ramírez se me había perdido entre tantos giles. De pronto escuché a mis espaldas, alguien que siseaba: -Juco, Juco. Era ella metida en su saco de dormir. Se había arrastrado en su saco de dormir como una lombriz hasta ubicarme. La masa seguía el tandeo: y quién se tiró el peo, ja, ja, ja. Parece que fue con caldo. Ja, ja, ja. 32


Yo y la Marcela nos reíamos mirándonos a los ojos. - Tengo frío, le dije. - Yo también. Nos ovillamos cada uno en su saco de dormir. Creo que nos dormimos juntos como dos lombrices, riéndonos, de tanta broma en la carpa de circo. Fue lo más cerca que estuve de ella. Su cuerpo y mi cuerpo. Cada uno en su saco de dormir. Pero, te lo juro, te lo juro por mi padre que ahora debe estar mirándome desde el cielo, Marcelita, fue una de las noches más radiantes de mi vida. ****** EN ESOS DÍAS Jorge apareció con una perfecta joven holandesa en el campamento de la Escuela, Saskia, que había venido a hacer su memoria de título con los subdesarrollados. Saskia era una guapa castaña que hablaba español andaluz, y que antes había sido pareja con un chico que era fotógrafo de la revista Ramona. Con la medallita del Trébol de 4 hojas, que le había regalado Neruda en París, Jorge había atraído a la belleza holandesa. Saskia entró con Jorge a una pequeña carpa con piso. La carpa se comenzó a mover rítmicamente. Nosotros estábamos afuera alrededor de una fogata, cantando un corrido de la revolución mexicana: Si Adelita se fuese con otro Le seguiría la huella sin cesar En aeroplanos y buques de guerra Y si se quiere en tren militar... Pero, la holandesa no sació su apetito sexual y no se detuvo. En su deseo sincero de conocer y acercarse lo más posible a la realidad chilena, luego, se tiró a su hermano, Vicente. Ahora, Vicente y Jorge fueron hermanos de guata. Otros compañeros, como los 33


perros del barrio con la perrita, empezaron a andar tras de Saskia, para enseñarle cosas a la holandesa. Pero yo, no. No. Yo buscaba a mi Marcelita Ramírez. Yo, el melón con más pepas, estaba platónicamente enamorado. Con toda la afectación del amor platónico. ¡Y, qué gilipolla, qué boludo es uno cuando está enamorado! ****** NOS DISTANCIAMOS con las vacaciones de invierno. La Marcela Ramírez es de Calama, de arena y sal. Pasó sus vacaciones allá con su familia. Nuestra relación se enfrió. Dejamos de andar. Pero luego, ese sábado, ese sábado de primavera, cuando sentados como indios, como gitanos o como los giles de los chinos, tomamos unos vinachos que nos compramos en el boliche del turco de la esquina de Mac Iver y nos comimos unas empanadas y la Lili cantó Zingara la canción de Nicola de Bari, nos fragmentamos en pedazos, como un espejo que cae al suelo. Paff. Nos habíamos amado tanto. “Ma se é escrito che la perderó” Pero nunca nos habíamos hablado de amor. «¿Por qué fuimos tan huevones? ¿Por qué? Juco ¿Por qué?» ¡Nunca nos hablamos de amor! Hasta ese sábado, ese soleado y complaciente sábado de primavera que ya nunca olvidé, en que lloramos con la canción de Nicola di Bari que cantaba la Lili con su voz de canario. Ya era tarde. Too late. «¿Por qué fuimos tan huevones? ¿Por qué? Juco ¿Por qué?»

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Angeles Revolucionarios “Tu silueta va caminado con el alma triste y dormida Ya la aurora no es nada nuevo Pa´tus ojos grandes y pa´ tu frente Ya el cielo y sus estrellas Se quedaron mudos, lejanos y muertos Pa´ tu mente ajena” Los Momentos Los Blops 1971

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unca había visto nieve en Santiago como esa mañana del día 20 Junio de 1971. La nieve tapó las calles. Aquella mañana exótica no hubo clases en Santiago y los estudiantes salimos a jugar y la guerra con bolas de nieve que iniciamos en la calle frente a la escuela de Ciencias Políticas, duró largas horas de dicha e infantilismo. Habíamos pisoteado, amontonado y arrancado del suelo toda la nieve. Al final, sólo quedaba nieve en los escalones y las marquesinas de los edificios. Obviamente, no estábamos acostumbrados a la nieve. Pasado el jolgorio de la batalla neval volvemos a la realidad y la realidad eran esos días fríos y húmedos, la tempestad y la nevada, que cubrieron los predios durante días, quemaron las hortalizas y el forraje. Se cayeron árboles, techos, bodegas, gallineros. Murieron 5 personas y gran número de animales. Las lluvias y el viento inundaron casas, debiendo evacuar a sus moradores. -En la población Los Nogales, detrás de la Estación Central, 30 familias están anegadas. Vicente Castell, nuestro líder natural, con un bigotito ni crecido ni motudo, un abrigo crema largo y unas botas a media pierna, nos llevó a Los Nogales esa misma tarde. Llevaba tomada de la mano a Hilda, su edecana, una dulce compañera con rostro ingenuo y 37


aspecto de muñeca, o de colegiala precoz, inocente pero tentadora, que usaba una minifalda plisada y una chomba a rayas de colores. (¿Te acuerdas Hildita? ¿Te acuerdas que hablabas en voz baja, con voz de canario, quizás deseando pasar desapercibida, aunque siempre decías cosas sutiles?). -Chiquillos, hay que apechugar, dijiste. Fuimos varios: Los brothers Vicente y Jorge Castell, el Cote Larraín, Pedro Solar, un peruano que tenía un gran e inexplicable parche en la nariz. También llegaron estudiantes de ingeniería, entre ellos el Chico Pérez y unos estudiantes secundarios del liceo Número 1: la Presidenta de Alumnos era la potente Lucía Luz Navarrete, la Lulú, (grande, poderosa, rica), también llegaron otros amigos, alumnos del Saint George. 30 familias sobrevivían en el canto del basural. Sus habitaciones hechas de cartones y basuras, ahora, además, estaban anegadas. -Hay que evacuar inmediatamente, dijo Vicente. Trasladamos a las mujeres y niños a la escuela de Los Nogales, que se convirtió en un improvisado cuartel. Allí recibían ropa seca y algo de comida caliente. El Guatón Arnoldo, uno de los vecinos, metro cincuenta, un gordo de 140 kilos casado con una mujer de 50 kilos, feriante, nos dijo: -Por favor, cabros, vayan a ver al Tata. -¿Dónde? -Allá debajo de esas latas cubiertas de nieve y apoyadas contra un muro. Despejamos los latones, hasta que vimos a cuatro perros piojentos, sarnosos, ovillados junto al bulto de algo que debería ser El Tata. Efectivamente. La visión lamentable de la miseria, la miseria tirada debajo de unas latas oxidadas, la miseria de cuatro tristes perros que cubren al Tata, la miseria cuyo olor nos golpea en la nariz. La miseria, la 38


verdadera miseria, ¿Cómo decirlo de modo enfático, de modo certero? Ay, la miseria de nuestros compatriotas. Tuvimos un gesto automático de echarnos hacia atrás. Hilda, la muñeca-edecana, tuvo un vahído, se puso pálida y se desmayó en brazos de Vicente. Nosotros intentamos revivir al Tata que estaba allí muriéndose de frío acompañado de sus perros. El Tata estaba congelado bajo una grave hipotermia. Con el Cote Larraín lo envolvimos en unas frazadas y entre varios lo subimos en un carretón de mano. Lo llevamos a la escuela, donde un chico que estudiaba medicina, lo revisó y lo medicinó, le dieron ropas limpias, para luego dejarlo en una cama seca. ****** AL OTRO DÍA, Vicente, la edecana y yo, caminábamos por la Plaza de Armas en dirección a la Municipalidad de Santiago. Subimos al gabinete del Alcalde y, sin ningún intermediario ni cita previa, solicitamos hablar con el Alcalde. Esperamos varias horas. A mediodía la secretaria nos hizo pasar. -Qué se les ofrece, jóvenes, dijo el alcalde, Ignacio Lagno, y se rascó la cabeza. -Alcalde -dijo Vicente, nuestro el líder naturalen la población Los Nogales hay 30 familias en el barro y nosotros veníamos a pedirle a usted si nos puede regalar 30 mediaguas para esas 30 familias. Se lo dijo tan de sopetón y con tanta gracia que el Alcalde Lagno no alcanzó a rascarse la nuca. Sus lentes resbalaron sobre su nariz. -¿30 mediaguas? -Sí, Alcalde, 30. El Alcalde ahora sí se rascó la cabeza, se subió los lentes, nos miró uno a uno, se dio una vuelta de cuello como para arreglarse el nudo de la corbata y dijo: -Bien, pero con una condición... -¿Cuál, Alcalde? 39


-Que le coloquen a la población campamento Ignacio Lagno. Ahora el Alcalde nos sorprendía a nosotros. En esa época habían varias poblaciones o campamentos con nombres de grandes revolucionarios ilustres: campamento Ho Chi Min, campamento Ché Guevara, campamento Camilo Torres, campamento Elmo Catalán. ¿Pero, bautizar a un campamento con el nombre del Alcalde, Ignacio Lagno? ¿No era, quizás, un poco ridículo? Nos miramos con Vicente unos segundos, luego Vicente se animó y le dijo: -Bien, Alcalde, pero con otra condición. -¿Cuál? -Qué nos preste las máquinas aplanadoras para arreglar el terreno y además nos regale 2 mediaguas más para hacer un centro social. -¡Hecho! ****** -JOTA-ERRE-ERRE... -Erre! -Jota –erre- erre -erre! -¡Juventud Radical Reeevoolucionariaaa! Eran unos jóvenes arriba de dos camiones municipales blandiendo banderas del Partido Radical, el partido del Alcalde. Debajo de ellos venían 30 mediaguas y una sede social, donde Mauricio Carpo, otro compañero de la escuela, empezó a dar clases de alfabetización y de educación política. Con los pobladores de Los Nogales bajamos las mediaguas de los camiones y de pronto aparecieron las máquinas aplanadoras. Trazamos con tiza –loteamos- rifamos los diferentes lugares a las diferentes familias y nos pusimos a construirlas.

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De los camiones un joven bajó también un letrero que insertó a la entrada del campamento. Decía: Campamento Ignacio Lagno. Sobre el letrero el joven puso una bandera de la juventud radical revolucionaria, jota erre, erre. Esa noche hicimos una fogata. Llegó el cura de Los Nogales y bendijo el campamento. Éramos un grupo grande: las treinta familias, los estudiantes de Ciencias Políticas, de ingeniería, del Liceo Uno de niñas, del Saint George, los jota-erre-erre y todos los perros del barrio. La Lilita con su guitarra empezó a cantar con su voz de canario, una chacarera: “Aquí donde usted nos ve, para no morirnos de pobre, pasamos la vida en guerras. Somos pobres, somos ricos, que me siento libertario, adeeentro”. ****** OTRO DÍA VOLVIMOS al despacho del Alcalde. Esta vez Ignacio Lagno se rascó la cabeza y se le resbalaron los lentes sobre la nariz, antes de que habláramos. -En qué puedo servirles, jóvenes... -Alcalde, un gran amigo nuestro, un compañero de universidad, Mauricio Carpo, que nos ha acompañado en el campamento dirigiendo una escuela de adultos, ha muerto. -¿Y cómo? -En un accidente, se cayó de un bus Pegaso en la Gran Avenida. -Lástima... -Alcalde, le veníamos a solicitar unos buses para trasladar a los vecinos del campamento Ignacio Lagno, al cementerio. -No faltaba más. ****** 41


LA POBLADA del campamento se bajó de los buses Pegaso en el Cementerio General de Santiago, con unas coronas. Se acercaron resueltamente a los familiares de Mauricio Carpo, a nuestros compañeros de la universidad. En medio de todo ese gentío, el guatón Arnoldo, el líder de los pobladores, sacó un vozarrón de guatón y gritó: -Compañero Mauricio Carpo… -Presente, ahora y siempre. Nuestro líder natural, Vicente Castell, se alzó sobre otra tumba, y desde allí comenzó a hablar: -Mauricio Carpo... compañero... amigo... estamos aquí para... Hablaba de corrido, pero mantenía los ritmos, parecía levemente arrogante con su bigotito menudo, su abrigo crema largo y sus botas a media pierna. A su lado, su leal polola con un abrigo marrón tres cuarto, parecía ingenua, una muñeca-edecana, pero que era, además, perspicaz y asertiva. -Estamos aquí para despedir a un compañero, a un amigo... Y todo era trágico y auténtico, irremediablemente auténtico.

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Angel Rosa “Oh mamy...oh mamy, mamy blue Oh mamy blue... I may be your forgotten som (oh mamy) who wondered off at twenty one it's sad to find myself at home oh ma.” Mamy Blue Pop Tops

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uego de una exhaustiva encuesta realizada entre los varones de la escuela durante la fiesta mechona, María Isabel obtuvo con honores y fanfarria el diploma de la dueña del traste más primoroso de la escuela. Sus glúteos eran redondos, insertos en unos lindos Hot Pants, bien formados y apoyados en unas piernas largas y fuertes, calzadas en unas botas Cleopatra. Todo eso lo acompañaba con un modo cadencioso de moverlo. Por unanimidad se convirtió en algo más que una simple reina mechona: fue coronada Emperatriz. Con el tiempo, la Emperatriz demostraría que era algo más que un lindo caminar. Era, además, cinéfila. Visitaba el cine-arte en el centro de extensión de la Universidad Católica y hablaba con gran fluidez sobre Ingmar Bergman y en especial de la película del sueco llamada La fuente de la Doncella. Era un moderno espíritu cultural. No fue del todo extraño que la Emperatriz empezara a pololear con José María Alcántara, un espíritu intelectual. José María venía recién llegando de Europa, donde sus padres eran diplomáticos. Había estudiado filosofía y fácilmente citaba a Zarathustra de Friedrick Nietzsche. Usaba un beatles negro y un abrigo largo, unos grandes lentes ópticos que le ampliaban sus 43


ojos de búho. El Búho era más ilustrado, más errabundo, más multiforme y más refinado que la mayoría de nosotros. Era la imagen perfecta que nosotros, provincianos, teníamos de un intelectual francés. Por lo demás, todo le salía fácil y parecía más feliz. Alcántara propugnó un movimiento esotérico que bautizó como “Legión de las 7 puntas”. Inspirado en movimientos masónicos europeos promovía la alquimia y el conocimiento interior mediante ritos iniciáticos y algo satánicos. Obviamente, produjo una cierta conmoción cuando comenzó a hablar de filosofía existencialista, que él había leído, según creíamos, en francés. Un interés cierto por leer a Sartre y a Nietzche se extendió como una moda por la escuela. Su influencia fue tan extensa que el curso de Historia de la Ideas de la escuela, empezó a valer callampa. El profe era radical y masón, bonachón y cordial, pero el vejete nunca había estado en Francia, ni nunca había leído a Sartre en Francés. El espíritu optimista de José María se notaba en todo. Encontraba razones para estar contento y agradecido. No fue raro que, por ejemplo, de entrada, se pusiera a pololear con María Isabel, la Emperatriz. Todo le salía fácil. En el casino, ella hablaba de Bergman y él de Nietzche. El Búho propuso que realizáramos una revista donde íbamos a exponer nuestros sobresalientes pensamientos sobre el mundo. La bautizó como Opus Nigrum, inspirado en la novela homónima de Margarite Yourcenar. Tuvimos una serie de reuniones secretas, muy clandestinas, en el pasto del jardín de la escuela. Era una capilla tan oculta que medio curso participó alguna vez de nuestras tertulias. Diseñamos un número de la revista: sería muy elegante, muy mona, con viñetas realizadas por el Cote Larraín, que tenía habilidades para la caricatura. Todos nosotros escribimos artículos, poemas, epigramas. Creíamos que Opus Nigrum era hermosa, interesante, profunda. Opus Nigrum era tan bonita e interesante que nunca la publicamos. Tampoco lo intentamos. La verdad, ahora que lo pienso, no 44


buscábamos colaboradores, ni lectores. En el fondo, lo hacíamos para nosotros mismos. Queríamos fundar una cofradía, una Sociedad Secreta, para epatar, para asombrar, para sorprender: Créannos, estamos aquí para mejorar el mundo, créannos, seremos leyenda. Aunque grandezas no, no soñábamos grandezas. La revista era un simple Acta Urbis, una comunicación de hechos para mostrárselo a los amigos, a ver si alguno de ellos nos tomara en serio. Créannos, así, de ese modo, queríamos mejorar el mundo. (El Opus Nigrum, el manuscrito, está aquí en una carpeta, que aún conservo, como reliquia. Fetiche. Un testigo mudo del paso del tiempo, una elusión.) Un día, un día muy personal, José María me invitó a almorzar a su departamento en Eliodoro Yañez. Su madre estaba ocasionalmente de visita en Santiago. Era una señora de 45 años y rasgos delicados, vestida de un elegante negro y un collar de perlas en su cuello largo. Era fría como un témpano. Era un glaciar islandés: imponente, respetable, pero fría. Creo que no hablamos mucho. De hecho, durante el almuerzo apenas se dirigió a mí y a su hijo lo intimidó con una pachotada: -José María, anoche cené con Salvador Allende y te envió un recado. Dile a ese muchacho, me dijo, que no se dedique tanto a la política y que se dedique a estudiar, por que el deber de un estudiante es estudiar. Me conmoví. La frase “el deber de un estudiante es estudiar”, no podía venir de Allende, pensé inmediatamente. ¿O sí? ¿Habrá dicho Salvador Allende alguna vez en su vida: “el deber de un estudiante es estudiar”? ¿O todo era una simple manipulación infantil del tipo: cómete la comida o vendrá el cuco? -El deber del estudiante es estudiar, repitió ella. José María no dijo nada. Bajó la cabeza y escondió la cola como un cachorro. 45


Una de esas noches estuvimos un grupo estudiando en su departamento hasta muy tarde. Al otro día muy temprano teníamos un duro examen. Serían ya las 4 o 5 de la mañana, cuando decidimos descansar. Algunos se quedaron en el living entre los sofás y las alfombras. Yo me tiré en una de las dos camas que tenía en su pieza. Empecé a dormitar cuando escuché muy cerca su voz trémula: -Julián ¿qué pasaría si yo te diera un beso? ¡Chúan! Un resorte interior me levantó y me sentó en la cama. Creo que se me cayó el pelo. -¿Quéééé? -¿Qué pasaría si te doy un beso? -José María, pero huevón, no huevées... José María se desinfló como un globo de cumpleaños. El Búho se quedó mudo, se sentó sobre un pequeño escritorio, se sacó sus grandes lentes, se puso a escribir y empezó a lagrimear en silencio. Se cubrió con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Había develado su sexualidad ambivalente. Yo quedé un par de horas en vela, como una luciérnaga. ****** A LAS 10 DE LA MAÑANA ya habíamos salidos todos del examen. Nos juntamos en grupo. -Vamos a tomar café, dijo Hilda. Yo aún amurrado, sorprendido, me negué. Deseaba estar solo. No quería estar con el José María. -No, vayan ustedes no más. ¿Qué hacía? ¿Con quién hablaba? ¿Debía contarle a mis compañeros?. ¿Debía contarle a su polola María Isabel, el potito más dotado de hermosura de la escuela? 46


¿Qué hace un muchacho cuando descubre que su amigo es maricón? Finalmente mi instinto me llevó a quedarme callado. Lo cierto es que temía, temía que mis compañeros no me entendieran y me fueran a asociar con la homosexualidad. Le tomé distancia, lo evité. De pronto, José María dejó de venir a la escuela. ****** UN LUNES el rumor se espació por todos los rincones de la escuela. El chisme corrió por los patios, entró a los pasillos, las salas, el casino, subió al segundo piso, visitó las oficinas, las sala de profesores y llegó a los oídos de nuestro director, Alias El Reycito, que como único comentario dijo: “yo ya lo sabía”. Entonces el rumor hizo el camino contrario: volvió a las secretarias, la sala de profesores, bajó al primer piso, se fue por los pasillos al casino, a las salas de clases y a los patios. En todo ese viaje de ida y vuelta, todo no tomó más que 10 minutos. La que llegó con el rumor el día lunes, fue la Luti, la más flaca de todas las delgadas del país. Flaca, larga y chupada, las mejillas hondas, seguía la estética Twiggy, la modelo británica huesuda que estaba de moda en Londres. Las dimensiones de la Luti eran 7050-70. (Eso yo lo sé, Luti, pues yo mismo te medí con un huincha de costurero, para hacer un ranking entre las compañeras.) La Luti llevaba su flacura con glamour. Era una huesuda fashion. Ese día lunes La Luti usaba unos pantalones que antes fueron unos sacos de harina que decían: Alianza para el Progreso, Donado por Estados Unidos, Prohibida su Venta. Cuesta creerlo, pero esos pantalones eran la última moda en Santiago, y en las boutiques de Providencia costaban arriba de 200 47


Escudos. La Luti era liviana, simpática y tenía amistades en todos los corrillos, en todas la fracciones de la escuela. (Aún te quiero, Luti, a pesar de que después te portaste como el forro, flaquita, pero, aún te quiero...) La Luti llevaba y traía con estupenda facilidad las últimas noticias. Tenía redes extensas. La Luti Fashion se encontró con el José María en la playa de Reñaca un día sábado por la mañana. -Hola ¿cómo estás? -Bien ¿y tú? -Aquí bien, y ¿qué vas a hacer esta noche? -No sé. -Vente a una fiesta. -Ah ¿sí? -Claro. -Y ¿dónde? ****** ESA NOCHE la Luti entró, en Reñaca Alto, a una cabaña bungalow de madera, piedra y vidrio en la empinada ladera de una colina. Lo que vio la Luti esa noche no es para contarlo: la fiesta de Reñaca era un desorbitado Pink Party. Estaban los más relacionados gays chilenos. La aristocracia del mariconeo nacional, activos miembros de la farándula: El peluquero del Presidente Allende, el modisto de Raúl Matas, el decorador de canal siete, un bailarín del Teatro Nacional, el abogado del Ministerio del Interior, etc, etc. Es decir, el consorcio más puro y selecto del barrio, con las trenzas muy sueltas. Se notaba que lo estaban pasando chancho. Bailaban entre ellos bajo luces sicodélicas y la música de Pop Tops: Oh mamy.. oh mamy, mamy blue... Y allí, cuenta la Luti, pudo focalizar a nuestro buen amigo esotérico, filósofo francés, el paladín de nuestra Sociedad Secreta, el director de nuestro Opus Nigrum, el pololo del mejor culo de la escuela: El José 48


María Alcántara, alias El Búho. Según La Luti, el José María bailaba chic to chic con otro gay de aspecto demoníaco. oh mamy, oh mamy, mamy blue Cuenta la Luti que cuando vio que José María besaba en la boca a su pareja le vino un vahído y un sopor. ¡Oh mamy...oh mamy, mammy blue, oh mamy blue! Definitivamente el Alcántara se había asumido como lo que realmente era y se había entregado a un período bacante y homosexual. Y, por lo que contaba La Luti, había aprendido muy rápido y parecía muy feliz. Lo estaba pasando bomba. ****** JOSÉ MARÍA ya no volvería a la escuela. Pero su opción sexual removió los cimientos de nuestro mundo estudiantil. (¿Quieren que sea específico, quieren cifras? El mundo estudiantil: 611 estudiantes de Ciencias Políticas). El Gay Party de Reñaca se convirtió en eso que a los periodistas le gusta llamar una leyenda, un mito, transmitido de boca en boca. Hubo quienes, con una moral de taxista, no perdonaron. Recuerdo que alguien, alguien de cuyo nombre recordar no quiero, estúpidamente preguntó: -¿Se puede ser revolucionario y maricón? Pero la mayoría lo asimiló y lo incorporó como una anécdota. No nos sacábamos un ojo por haber visto lo que escandalizaba. Hubo una excepción: la María Isabel, su ex polola, el trasero más lindo de la escuela La Emperatriz estaba muy descontenta y confusa. Por razones obvias, es cierto. Ella lo había querido como hombre; pero él deseaba otros frutos, distintos a los que producía su jardín.

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-Es un desperdicio, fue casi lo único que dijo María Isabel, con orgullo, cuando bebíamos café en el casino con La Luti Fashion. (Aún te quiero Luti, a pesar que después te portaste como el forro. Te fuiste de lengua, contaste cosas que no debías. Pero aún te quiero, Luti, flaquita.)

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Angel Momio “Sé que te pones llorosa cuando te acuerdas de mí Mira lo que son las cosas Ya ni me acuerdo de ti” Mira lo que son las cosas Yaco Monti

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l Foro Griego de la Universidad Técnica estaba repleto, en los escaños de piedra, en los jardines, de pie en los pasillos y plataformas, arriba de los árboles. Más de 2.000 estudiantes. Primero cantó Pedro Yánez. Luego el Inti Illimani: “La mujer que yo más quiero. El río que yo más quiero. El cielo que yo más quiero”. Van a iniciar la segunda canción “Simón Bolívar, Simón, caraqueño americano y el suelo venezolano le dio la fuerza a tu voz“ cuando, ojo, apareció un rumor, un murmullo que crece poco a poco. Finalmente estalla en aplausos y gritos. Había llegado la negra Angela Davis, sonriente, una melena oscura, peinado rizado fachendoso. Se detiene al borde del estrado y saluda con el brazo en alto. Aplaudimos (clap, clap, clap). Deliciosa, la negra. Un metro ochenta, pantalón y chaqueta corta ceñida de gamuza color chocolate. Una revolucionara americana, condenada a muerte por un crimen que no cometió. Recién liberada. Se nos pone la piel de gallina. Inti Illimani canta Venceremos, el himno de la Unidad Popular: “Desde el hondo crisol de la patria, se levanta el clamor popular...” Angela Davis nos observa desde atrás, con el rostro ladeado, coqueta, mujer al fin. Habló Alberto Ríos, un cabecilla estudiantil. Habló Enrique Kirberg, el rector de la UTE. Entonces habla Angela Davis. Con seguridad, sin titubeos, mientras mueve sus largas y flacas manos 51


con plasticidad y fuerza. Era entretenida, era místico verla. Su melena que gira y vuelve. Una leyenda, un gran mito gesticulando en vivo y en directo en el Foro griego de la Universidad Técnica. Pero, ya comenzamos con problemas. El ambiente ceremonioso, místico, potente y revolucionario se pudrió por un simple detalle: la traductora. La intérprete, una compañera estudiante, estaba nerviosilla y comete todos los errores de novata. Titubea, se mete a destiempo, se tropieza o traduce inexpresivamente. Era un descalabro. Los estudiantes nos miramos, nos empezamos a poner inquietos, cundió el desasosiego. Primero aparecieron las risas, esas risillas tan típicas de los estudiantes, primero, hacia adentro, ji, ji, ji, como en buena onda, ji, ji, ji. Pero, luego hacia afuera ja, ja, ja, fuerte y sarcástica, ja, ja, ja. Luego risotadas, juuaa, juuaa, juuaa. Luego gritos y pifias. ******

ENTRÉ A MI ESCUELA todavía riéndome de la compañera traductora. Con la primera que me crucé fue con Maribel, mi notable Maribel Larraguibel. Por favor, observen y saboreen esa mirada, ese rostro. Era mi obsesión desde hacía meses. Estaba abismalmente enamorado de ella. Pero, la Mari era momia. De la derecha reaccionaria y vende patria, chupa sangre y entreguista. Familia de derecha, amigos de derecha, empleada de derecha, todo de derecha. Inicialmente, mi problema no era su familia de derecha, los Montescos. Eran mis amigos de izquierda, los Capuletos 52


Qué difícil reconocer frente a mi pandilla de amigos (marxistas, socialistas, trotskistas, leninistas, guevaristas, camilotorreistas, castristas, maoístas, foquistas, angeladavidistas, cristianosizquierdistas, anarquistas revolucionarios, anarquistas-anarquistas) que estaba enamorado de una momia, miembro de “la clase dominante”. ¿Yo? ¿Un pobre estudiante becado, simpatizante de Allende? ¡Hum! Yo era Romeo y ella Julieta. Éramos una Love Story, la película que estaba taquilla entonces con Ryan O´Neal y Ali MacGrau: dos jóvenes de clases sociales distintas sufren la incomprensión del mundo. Llevaba 30 semanas de exhibición en Chile. Eso éramos nosotros: una verdadera Love Story. (Jorge, tu sospechabas algo, pero te callabas. Huevón, te guardabas el secreto de mi “delito”: dependencia ideológica de la clase dominante.) Ese día en que yo venía aún riéndome de la traductora de Angela Davis, se me acercó caminando con esas piernas, mamacita, esas piernas moviéndose, mamacita, como exponiéndolas, a la vista del perraje. Su rostro siempre sonriente y levemente maquillada. ¡Sabías que todos te miraban, Maribel! Esas hermosas piernas de derecha, con una generosa y fina minifalda de derecha, con un cinturón ancho de charol negro con hebilla plateada suelto a la altura de las caderas. -Quiero conversar contigo, Juco, porfa, ayúdame. Su rostro de derecha era de desvelo. Caminamos hacia el parquecito que estaba lleno de la propaganda de Felipe Herrera, nuestro candidato a rector y Ricardo Lagos, nuestro candidato a Secretario General, que habíamos colgado la tarde anterior. Allí estábamos solos. 53


Nos sentamos a conversar. -Estoy enamorada y no aguanto más- me dijo mientras bajaba su mirada al pasto seco. De pronto, un ave, bella e insólita, canta dulcemente en la copa del árbol. Mi corazón y mis músculos se paralizaron. Traté de mirar a un lado para que no se notara el color rojo intenso en mi rostro, que siempre me traiciona en los momentos precisos. Qué situación difícil. Mas, decidí enfrentar mi destino. -Bueno, pero ¿cuál es el problema, Mari?... por el contrario, deberías estar feliz. ¿Cuál es el problema? Respiraba profundo para controlar mi taquicardia. Traté de prepararme a la gran revelación. -El es de la Unidad Popular, es un loco y mi familia no me permitiría tener una relación con él. Ella ya no miraba al piso, sino directamente a mis ojos. Até cabos. El gorrión del árbol volvió a cantar. (Pensé: Qué tiene de raro, mi amorcito, yo también pienso que es una barrera, pero yo estoy dispuesto a derribarla, Mari, como los enamorados de Verona, Mari.) Era una auténtica Love Story. Imagínense: la lucha de clases, cruenta e infeliz, y en medio de la batalla nuestro más grande amor. Una guapa “burguesa explotadora”, se estaba dando cuenta del conflicto social a través de nuestra pasión. Entré a argumentar nuestro futuro y le dije: -Bueno, Mari, es parte del romanticismo pelear por el amor, tienes una razón para amarlo y además luchar contra las barreras sociales que hay que derribar. Tienes una razón para vivir. Claro, todo eso era requete cursi y ordinario – tipo Corín Tellado- pero muy sincero de mi parte. Me aprestaba, por fin, a besarla, tocarla, estrechar su cuerpo y apretar el mío sobre sus senos preciosos, pequeños, juveniles y momios. 54


(Me tenías loco, Mari, quería acabar contigo, la clase dominante. Ganar la Batalla de la Producción.) -Tampoco él se anima a decirme nada – dijo como lamentándose que yo no tomara la iniciativa. Me sentí como un nerd. La burguesía me estaba retando. Estaba reclamando. (Juégatela, Julián) Entonces, el tercer trinar del pájaro fue nítido. Conversamos sobre cómo darle futuro a esta relación, que en cualquier minuto se iría a concretar. Hasta que por fin llegó el momento. Entramos al área chica, la pelota quedó dando botes. Ella, muy valiente, se decidió echarla adentro del arco, con una media chilena. - Bueno si él no me dice nada, yo lo haré – me dijo con entusiasmo. -Bien, hazlo. La reforcé, para que las cosas salieran más fáciles, para no correr ningún riesgo. -Bien, iré a decírselo. -¡Como!¿Adónde vas? – pregunté sorprendido -¡Lo voy a buscar y decirle que lo amo! – me contestó extrañada de mi idiota pregunta, como si no supiera de lo que estábamos hablando. -¿A quién? -¡Al Cote Larraín!..., estoy enamorada de él ¡Tum! El Cote Larraín. ¡No podía ser! ¡No podía ser! El Cote Larraín era un compañero de curso, un buen burgués del MAPU, el Movimiento de Acción Popular. Era corpulento, parecido a Pedro Picapiedra, melena larga y pantalones de felpa amarillos. En realidad, era, como todos nosotros, medio loco, rayado. Era recolector de dos cosas inútiles: en libretas juntaba graffittis de los baños como: “La Pata no es mala, lo que pasa es que está desprestigiada”, “No haga pichí en los ceniceros”, “Batman es virgen- firmado: Robín” o “¡Coma Mierda! Diez millones de moscas no pueden 55


estar equivocadas” y los acompañaba de pequeños dibujitos, como de cómics. También juntaba políndromas, frases que pueden ser leídas de adelante hacia atrás o de atrás para adelante como: “Y tápate tu teta, Paty!” – “Amigo, no gima” – “Anita lava la tina” – “Rata, morir o matar”. Era bien ocioso y cuático, el Cote Larraín. Traté de reaccionar rápidamente para que el mundo no se detuviera y terminara en desventura. Lo único que se me ocurrió fue reírme, ja, ja, ja, ja, sólo reírme con esa risa estúpida que solo muestra los dientes. Estaba cagado. Ella no entendía nada. Ya no me importaba. Pero yo sólo me reía, ja, ja, ja. Cuando me levanté, el imbécil del pájaro seguía trinando tontamente arriba del árbol. ****** ENTRÉ A CLASES de relaciones internacionales con el profe Clodomiro Almeyda, para, de algún modo, darle un sentido a mí acongojada vida. Don Cloro hablaba de los organismos internacionales surgidos después del Segunda Guerra Mundial, La ONU, la OEA, la OTI, la OMS. Las siglas, laonu-laoealaoti-laoms, me entraban por las narices y salían por las orejas, volaban por la sala y salían por la ventana. No logré concentrarme en la clase de don Cloro. No me atreví a contarle a ninguno de mis amigos. A la barrera ideológica que existía en esa relación virtual, ahora se sumaba la del despecho. Me la comí solo. Orgulloso, me gustaba sufrir solo. A las horas después, al subirme a la micro número 382, Ñuñoa-Catedral, para irme a la pensión en la calle República, en un acto suicida, me peleé con el chofer. -Carné. -¿Cómo que carné? -Carné, po.

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-¿Cómo que carné, no veís que soy estudiante, o creís que ando con los cuadernos por puro hueviar? ¿Ah? -Igual tenís que mostrarme el carné. -Otra vez, la misma..., acaso tengo cara de oficinista, ¿Ah? -Ya, ya, el carné. -Eres bien frustrado, micrero... Le mostré el carné y me corrí por el pasillo. Al bajarme hacia mi pensión, me dio un ahogo. Me costaba respirar. Era el corazón. Me dolía. ¡Cómo me dolía!

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Ángeles de Bellas Artes “Cómeme perro, me decía.” Los Patricios

-Julián, ¿lo has hecho alguna vez con dos mujeres? Eran María Gracia y María Soledad, dos Marías muy artísticas. In fact, estudiaban en la escuela de Bellas Artes de la Chile, en la calle José Miguel de la Barra. Las conocimos con Jorge a la salida de la Untacd. Nos fuimos caminando hacia el centro por La Alameda de Las Delicias, pero de pronto Jorge desertó del carrete. -Tengo una reunión en la Juventud de la Unidad Popular. -Pero, no te puedes ir ahora, le dije. -Es que viene la Gladys Marín. Nos fuimos los tres caminado por la Alameda de Las Delicias, frente al cerro Santa Lucia, doblamos por la angosta calle Carmen hasta el número 340, estampado sobre una pequeña placa de metal. Era la Peña de los Parra, el criadero de la Nueva Canción Chilena. Hicimos una cola bastante larga, pero conversadora. La entrada costaba 30 escudos con derecho a un vaso de vino. Le pedimos al boletero, la típica solicitud de estudiantes: -Hazte un precio por 3. Respondió con la inconfundible del boletero: -Ya, pónganse con 70 luquitas, pero para callado. El criadero era un corral chico y ya estaba pasado de tufo y de humo. Las murallas pintadas con blanco cal con graffitis, afiches y saludos repetidos de “yo estuve aquí”. Nos sentamos los tres en un rincón atrás en un balcón hechizo de madera o segundo piso, en unas sillitas de paja alrededor de una mesita baja, en cuyo centro había una vela inserta en una botella de 59


vino Santa Rita. El espacio era rorro, el ambiente era amigable y saleroso y los tres acodados en la mesita con los rostros muy unidos. Adelante nuestro estaba sentado un subsecretario del gobierno de Allende, gordo, grande como un cerro, con un gringo que decía llamarse Regis Debray y dos mujeres, con aspecto frágil pero definido. El escenario abajo era una tarima, un piso y un micrófono, con un póster de fondo donde resalta la imagen del Ché. Hicimos una vaca y fui a comprar al patio interior las empanadas y una jarra de greda con vino tinto navegado (vino caliente con torrejas de naranja, canela y clavos de olor). María Soledad tomó una servilleta y se puso a dibujar una caricatura del guatón del subsecretario con un bigotón sin cuidar. Sobre la tarima apareció Payo Grondona y cantó varias canciones propias. Luego apareció el Gitano Rodríguez con el pelo revuelto y el Tito Fernández con sus canciones sobre la Casa Nueva: “hoy tenemos casa nueva, y hay que celebrarlo como Dios manda” Amenizaba sus canciones con cuentos y anécdotas y chistes al público. Luego hubo un intermedio en que aprovechamos de ir al baño, realizar otra vaca y comprarnos otra jarra de navegado. La María Soledad echó a correr su caricatura del guatón subsecretario con sus bigotones y comiendo una empanada jugosa. La caricatura corrió entre el público que al verla, levantaba la cabeza, ojeaba al subsecretario chorreándole la empanada, y se echaban a reír. Finalmente, cayó sobre la mesita del subsecretario. El gordo lanzó una risotada cuando vio su caricatura. Tenía humor el guatón allendista. Luego apareció en la tarima Víctor Jara. Tomó la guitarra y nos cantó algunas de sus canciones picarescas que levantó al público: “Estaba la beata un día, enferma de mal de amor, y el que tenía la culpa, era el cura confesor”. 60


Cerraron el show los hermanos Parra, Ángel e Isabel. Yo ya le había colocado el brazo sobre el hombro a María Gracia mientras se apoyaba sobre el muro de graffittis. También le pasé la mano por la cintura a María Soledad. Nos besamos, mientras yo le acariciaba un muslo. La reunión estaba hot y divertida. Había una sensualidad muy picante. Fue entonces que la María Gracia preguntó. -Julián, ¿lo has hecho alguna vez con dos? -No, dije y me sonreí. -Y ¿te gustaría? -Bueno... -Sí, sí que te gustaría. ¿Verdad? María Soledad le preguntó a María Gracia: -¿Cómo besa? -Pruébalo tú misma. María Soledad no dudó y riéndose me besó también. Fue un Atraque a Trois, mientras nos reíamos y gozábamos de una manera relajada, y bebíamos vino sin marca. Fue una noche esplendorosa y maravillosa y encantadora. Ustedes ya se habrán dado cuenta: esta famosa anécdota cierta es para iluminar mejor la embriaguez colectiva de alegría, de fervor sexual, de rito y de juego y de cortejo trasgresor que nos imponía el medio, refractaria a la solemnidad y a la ingenuidad. La mucha picaresca que en Santiago había. Escribí “famosa anécdota”, porque realmente lo fue para mí. Y ahora, ahora que las nombro con nombre y apellido: María Soledad Urrutia y María Gracia Pérez, ustedes serán leyenda, serán recordadas por el pueblo chileno como las artistas calientes de la Unidad Popular. (Y la pregunta sale de cajón: María Soledad Urrutia y María Gracia Pérez, amigas mías, Marías mías, calientes mías, ¿cómo pueden estar posando ahora de señoritas, como funcionarias del SERNAM, el Servicio Nacional de la Mujer, de un gobierno medio 61


cursi? ¿Han mandado todo a la concha de la lora? No lo puedo creer, María Soledad Urrutia y María Gracia Pérez, si ustedes estaban para cosas grandes en el arte nacional, ustedes sí que irían a ser leyenda.) María Soledad Urrutia y María Gracia Pérez recuerden: fuimos un menage a trois, un Triunvirato en el vivero mismo de la Nueva Canción Chilena, la Peña de los Parra. Recuerden: éramos felices. Más tarde, (¿te acuerdas Jorge, que te conté?), nos fuimos a la pensión de las chiquillas, me fui al baño y cuando volví vi como María Gracia y María Soledad se comían las orejas como putillas tortilleras, mientras escuchaban la canción cómeme perro, me decía. ¿Se acuerdan cochinillas, amorosas? Mientras tu Jorge, tu Jorge, te habías ido a una reunión de las juventudes de la Unidad Popular, con la Gladys Marín. ¿Te acuerdas, Jorge? ¿Do you remember, Jorge?

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Ángel locutor “Y Magdalena vendrá caminado del cielo hacia el mar mientras su cuerpo dormido sueña volverlo a encontrar” Y Magdalena vendrá Julio Zegers

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reo que soy promotor de que el talentoso animador Enrique Maluenda, terminara sus días en televisión con el estigma de ser un acartonado. La historia es muy sencilla. Un día quedé con sangre en el ojo. Llegué un poco tarde. El estadio Chile de la Estación Central estaba atiborrado de estudiantes que inauguraban la semana mechona de la Universidad de Chile, abril del año 1972. Todos gritaban sus chillidos de guerra. Los que más se oían eran los chiflados de la escuela de ingeniería: Son más, se oyen más. Nosotros de la Escuela de Ciencias Política estábamos frente de ellos, al otro lado de la cancha. Cuando llegué, Vicente, me dijo: -Compadre, teníamos que preparar número artístico, pero no hicimos nada. -No importa, dije, yo puedo contar un chiste. -¡Verdad? -La firme. Me arrepentiré toda mi vida. Cada vez que me recuerdo aún me ruborizo. Debí haberme quedado callado. Yo era bueno para contar chistes. Sin duda. Pero en las peñas chicas, para entretener a los amigos, para agradar jóvenes chicas. Ese era todo mi currículum como humorista. O sea, era un cualquiera. Y, ¿cómo me iría a desenvolver ante cinco mil estudiantes furibundos?

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Si me los echaba al bolsillo, conquistaría la gloria, pensé. Subí al escenario. Hum. El horizonte se ve más grande cuando uno está arriba, todo es gigante. El animador estrella era Enrique Maluenda. Vivía su Golden Age. Llevaba una chaqueta cruzada y engolosinó la voz cuando me presentó: -Y ahora presentamos a Julián Condeminas de la Escuela de Ciencia Políticas... Se veía grande la cuestión. Creo que en ese segundo pensé que me iría mal. De partida los descalabrados de la escuela de ingeniería eran más y se oían más. Cubrían buena parte de la galería. Los pelotudos comenzaron a pifiarme antes que empezara. Antes que empezara. Las otras escuelas los imitaron y empecé a contar un chiste con una brutal rechifla de cinco mil histéricos. En los anales del espectáculo ningún humorista había comenzado con una rechifla de cinco mil pailones. Yo fui el primero. Pero, no me amilano fácil. La cuestión se veía grande y la rechifla era estruendosa. Me los voy a echar al bolsillo, conquistaré la gloria, así pensé en mi ingenuidad… Comencé un chiste largo, largo, largo. Y ahora creo que era fome. La rechifla ahora no era sólo abucheo, los coléricos de la escuela de ingeniería zapateaban en el piso. Los demás como monos empezaron a hacer lo mismo. El estadio se venía abajo. Yo aún pensaba que me los podría echar al bolsillo. Entonces ocurrió lo más amargo. El locutor Enrique Maluenda se colocó detrás de mí y comenzó a decirme al oído: -Termina, termina, por favor, termina. (¿Te acuerdas, Maluenda, Enriquito Maluenda?)

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¡Tenía a cinco mil pelotas echando abajo el estadio y a un animador en la oreja diciéndome termina, por favor, termina! ¡Cómo quiere que termine si el chiste aún no remata! ¡Cree que es llegar y terminar el chiste! En verdad, el chiste era largo y, claro, algo fome. -Termina, termina, me dijo de nuevo Enrique Maluenda y comenzó a tirarme la chaqueta, el infausto. -Termina, termina, me tiraba la chaqueta, el público pifiaba y entonces pensé que ya no me echaría al público al bolsillo. Creo que en algún momento pensó quitarme el micrófono. Yo me corrí. Pónganse en la situación. ¿Qué habrían hecho ustedes? ¡Qué cosa más maldita! Finalmente, el chiste largo y tedioso, terminó. Curiosamente, sólo allí, los cinco mil infelices se pusieron a reír. Obviamente no se reían del chiste. Se reían de mí, los desgraciados. Se reían de mí. Yo he visto después a humoristas ser pifiados en el Festival de Viña. Es algo que no soporto ver. Les juro que me dan ganas de llorar. Cuando bajé del escenario y me fui a reencontrar con mis compañeros, Vicente me miró con pena y me dijo algo así, como que no fue mi culpa. Palmazos en la espalda a un derrotado. Creo que yo inculpé a los de ingeniería, -Los... giles... de... ingeniería, algo así balbuceé apuntado a los de ingeniería. -No importa, me dijo de nuevo el Vicente, no importa compadre. También quedé con sangre en el ojo con Enrique Maluenda. Fue ese día que inicié la campaña: eché a correr la bola de que Enrique Maluenda era un 65


acartonado. Me costó mucho trabajo. Pero fui persistente. Escribí cartas a los diarios, llamé a periodistas de espectáculos, llamaba al canal y les pedía que sacaran al acartonado. -¡Saquen al acartonado! Al final la gente empezó a agarrar papa. Fue un lugar común considerar a Enrique Maluenda como un animador acartonado. Enrique Maluenda se jubiló y nunca se sacó el mote de tieso. Lo que puede hacer una persona con sangre en el ojo.

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Ángel terapeuta “Cuando muera la flor de tu encanto cuando rinda la vida tu orgullo cuando pruebes la sal de tu llanto sólo yo seguiré siendo tuyo. Sólo yo seguiré siendo tuyo (Nano Vicencio y Héctor Gagliradi)

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icimos la cola para almorzar en el casino del centro Gabriela Mistral. En Abril de 1972 se desarrolló la tercera Conferencia de la Naciones Unidas sobre el Comercio y Desarrollo, la UNCTAD. El edificio en Alameda al llegar a Plaza Italia, especialmente construido para la ocasión, se había convertido en un coloso centro cultural, con actividades desde la 9 de la mañana hasta la noche. Allí sí pasaban cosas. La cola era larga –estudiantes de todo Santiago, funcionarios del Hospital San Borja, de la CORMU, de la ENAFRI- pero avanzaba rápido. La colación eran dos platos, postre y café con autoservicio. A la módica suma de 25 escudos. Con carné escolar: 17,50. Después del café subimos al 18vo piso. Subimos un ascensor y de pronto el Vicente se pone a jugar infantilmente con el ascensor. Lo detenía a medio camino y lo hacía subir. Me puse a gritar como un bellaco histérico. -Nooo, huevón, nooo, El Jorge me miró -¿Qué te pasa? -No hagas nunca eso conmigo, nunca. -Pero, ¿qué onda? Ya habíamos salido del ascensor. Me calmé un poco. -Pero ¿Qué onda, compadre?

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-Mi primo cuando yo era chico, jugando me encerró en un baúl, yo grité y grité, pero él se había sentado sobre la tapa. Desde entonces que tengo miedo a los espacios cerrados. -Sabes, Julián, que esto no es normal, ¿por qué no te haces ver por un sicólogo? -Y ¿dónde? -Con el sicólogo del departamento de bienestar estudiantil de la FECH ****** LA SIQUIATRA era menuda, rubia, huesuda, descalza, con una túnica de colores que llegaba hasta el piso. 40 años. Algo me incomodó, pero no lo suficiente como para que me diera media vuelta y me fuera a casa. -Hola, me llamo Concepción – me dijo, mirando mi rostro extrañado -Hola. -Siéntate tranquilo, parece que estás sorprendido – me dijo cálidamente. Me presenté, respondí algunas preguntas clínicas, pero muy pronto estábamos hablando de lo que estaba de moda en esos días, sí, la revolución, la política, la Unidad Popular y Fidel y el Ché. Fue sólo conversación: No sé que imagen tenía yo de una sesión terapéutica entonces, pero no era ésta, tan suelta, tan relajada. Es el inicio, pensé. Pero, las citas siguientes no fueron muy distintas. Las terapias eran unas gratas conversaciones de bar, pero en vez de cerveza y vino, eran con cigarrillos y en un sofá. Pero. El giro se dio un viernes, a la última hora del día, y la última cita de la semana. Llegué puntualmente, pero fui tramitado en forma persistente. Compartí la sala con un deprimido, un neurótico, una lesbiana y un tipo con tics. Me fui quedando solo. Miré la hora. Las 9 de la noche y aún me encontraba en la sala de espera. 68


Serían las 9:30 cuando pasé a su consulta. Le hice ver mi malestar, aunque creo que con algo de presunción. -Estuve apunto de irme, creo que me hiciste esperar demasiado – le dije sin mirar su rostro. -Espera, es una forma de dedicarme con más tiempo y tranquilidad a ti – me contestó cargada de coquetería. Hum. Efectivamente, nuestra conversación fue más íntima. Conversamos de su marido, de su hija, de mi familia, de la forma de ver nuestras vidas. La charla se transformó en verdaderas declaraciones personales, con miradas y tonos de voz que hacían un ambiente grato y de confianza. No podía ser de otro modo: en mi disco duro se activó mi password erótico. Enter. Mi posición de paciente y su edad jugaban en mi contra, pero había algo en el ecosistema que me decía: Julián, puede ser, por qué no, vamos, muchacho, traspasa la delgada línea roja. De pronto, la conversación cayó en un punto muerto. Terminamos una idea y ninguno de los dos tiene una nueva para continuar la conversación. Silencio. Se incorporó el silencio, el silencio se apoderó del ambiente, de las mentes. Creo que para romper el mutismo, ella se paró en medio de la habitación y me dijo: -Julián, haremos una terapia para continuar con el tratamiento: toquémonos uno al otro sin levantar las manos del cuerpo, sólo déjate llevar por los sentidos. Me estiró sus manos. Fue un pasaje de ida, sin retorno. Imagínense la terapia. Era la ceremonia, la danza de la seducción. Face to face, cerré los ojos. -Déjate llevar. Pasar sobre sus pechos era mi primera intención, pero se infringía la regla Number One: ”No 69


suspender el contacto de las manos con el cuerpo ajeno”. No era posible cumplir esta norma sin caer en lo sexual. Tocar los pechos de la mujer y no sentir el flujo sexual, a mi edad... Era una terapia espectacular, muy moderna. Pronto toco su pecho no más. Ya. Nos acariciamos. Nos revolcamos en el sofá. Algo, algo había hecho mal, pensé. Había perdido el control terapéutico. Una vez terminados los juegos amorosos, ella me dijo: -Te amo. Silencio. Me fui para dentro. - .......¿Qué? No estaba preparado para hacerme cargo de este amor de 40 años. -No tienes que quererme, soy yo quién desea decirte que te amo – dijo, mientras se levantaba del sofá y se arreglaba la ropa. Yo continuaba en silencio. ¡Yo sólo había venido por que temía a los espacios cerrados! Pasé rápidamente de la emoción a la razón. “Piensa, Julián, piensa, en que lío te estás metiendo”, me dije. Qué está pasando, qué debía hacer, qué debía decir. Una mujer de 40 años -casi la edad de mi madre, a quien yo, por lo demás, hijo único, amaba mucho-, me decía: te amo. No era trivial. Me asusté. Sinceramente, yo era un principiante, entre otras cosas, en el arte del amor, y no podía ocultar mi timidez de provinciano. En la confusión, y por ese mal hábito de ver la vida como si fuera una película, se me vino encima un film de taquilla, francés: Morir de amor con Annie Girardot. Una historia verdadera en plena revolución de mayo del 68, de una profesora francesa de 31 años 70


enamorada de un estudiante de 17 años. Los padres del joven se oponen. Finalmente, ella se suicida. ****** EL TIEMPO se encargó de hacerme viajar desde el susto a otros estados como complacencia, ansiedad, confianza, aprendizaje, tranquilidad, cariño, afectuosidad. Pero, ¿amor? No, creo que nunca llegó al amor. Traté, pero jamás llegó al amor. La terapia pasó a ser indispensable en mi curriculum estudiantil, asistía religiosamente a mis sesiones con mi siquiatra. Y así mi mundo empezó a incorporarse a su vida. -Me separé de mi marido, me dijo un día. Al poco tiempo me encontré instalado a tiempo parcial viviendo en su casa en Vitacura. Mi vida cambió. Con mis amigos nos íbamos a la playa los fines de semana en su Fiat 600. También ella salía conmigo por las noches a rayar las calles con consignas políticas, o me iba a buscar a mis fiestas y a mi pensión. Todo esto duró largos meses, largos meses de jugar al papá y la mamá. Un juego muy en serio, de verdad, con una hija en el colegio, levantándome temprano para salir a la universidad, asistiendo a obras de teatro, a comidas y a reuniones sociales de médicos donde yo opinaba sobre lo que se me venía en la cabeza y era escuchado, si, claro, tú tienes razón, Julián, mira qué y bla- bla- bla. Y sobretodo una vida sexual intensa, explorar sin pérdida de tiempo todas las delicias del cuerpo femenino, aprender a hacer el amor según técnicas pulidas. Es curioso que los pasajes más emotivos, más tristes, y más melancólicos y, por otro, de un humor hilarante, que más hondo han calado en este servidor, los viví con Conchita, esta mujer valiente, 22 años 71


mayor, a la que he dicho que nunca amé. Digo «valiente» porque Conchita siempre me pareció el paradigma de mujer maldita que tantos y tantos hombres repudian, por perjuicios morales. Una mujer provocativa, descarnada, lejos de los que aspiran a una existencia ordenada. Pujó con una pasión desaforada, volcánica, para alcanzar situaciones extremas. Escritura nocturna, música clásica, la compañía de una botella de vino, un amante joven. No aspiraba a la vida ordenada, limpiar los platos, ni a los beneplácitos de su entorno, de los burócratas, de las buenas maneras, de una vida burguesa y acomodada. No necesito defenderla, -aunque, una vez repasado lo leído y sin que fuera mi intención, parece ser el objetivo de estas palabras ****** UN DÍA -ya casi no sé exactamente por qué, o tal vez explicarlo me tomaría más tiempo del necesario- decidí dejar todo esto, sólo eso: dejar todo... Todo se agotó como un candil, pero, obviamente, nunca volví a ser el mismo, nada volvió a ser lo mismo. Después de Conchita todo cambió para siempre. Yo había venido por que tenía miedo a los espacios abiertos y ella fue mis ojos, mi respiración, mi leña y mi hogar. Me miré en el espejo y descubrí que era otro. (Conchita, tienes ahora setenta años, un amigo ayer me mandó un e-mail y me decía que te había visto. Igual de flaca, pero con setenta años. Has escrito un libro maravilloso, sobre como sobrevivir a las relaciones de parejas. Es el mejor vendido esta semana, un Best Sellers, según Artes y Letras de El Mercurio, que, entenderás, diario momio, no dice nada para mí, pero igual es un antecedente. Conchita. Siente como se emociona mi corazón. Tengo un motivo. Tengo una razón. Has ganado. Has triunfado. Al fin. Conchita. Al 72


fin. A tu manera, como diría Frank Sinatra. Frank Siniestro, como decías. Me gustaría ahora preguntarte, ahora que eres sabia, maga, Conchita, con todo respeto, me gustaría preguntarte, ahora que has ganado, que has triunfado, no creas que es un chiste, estoy conmocionado, deseo preguntarte, ahora, sabia, maga, hermosa, si hay una manera de superar las fobias a los espacios cerrados. No te imaginas lo que siento por ti. Ocuparás el primer lugar. (Esto tú lo sabes, tú me lo enseñaste: somos muchos personajes en una sola persona)

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Ángeles Prometen “Bronca cuando ríen satisfechos De haber comprado sus derechos. Bronca cuando se hacen moralistas Y entran a correr a los artistas. Bronca cuando a plena luz del día. Sacan a pasear su hipocresía. Bronca de la brava, de la mía.” La marcha de la Bronca Cantilo Pedro y Pablo

minas de economía están mirando desde allá -¡Lasarriba!, gritó Joaquín Morandé con su voz cavernosa. Estábamos 30 estudiantes de la Universidad de Chile empelotas en una ribera de un riachuelo de Linares. -Guay, mijitas, bajen nomás, chungueó Vicente. Las minas de la escuela de economía estaban escondidas detrás de los zarzales y al grito de Joaquín salieron huyendo, como ratitas. -Es la Marisa Brito, grito el Joaquín Morandé. Es la Marisa Brito. Estábamos en un fundo de Linares en un curso de formación política de la Izquierda Cristiana de la Universidad de Chile. De madrugada hacíamos gimnasia. De mala gana trotábamos por un pastizal y luego alguien nos enseñaba defensa personal. Después del desayuno -leche con pan amasado- teníamos cursos de educación política. Nos sentamos debajo de un árbol como si fuera una abadía, y tomábamos apuntes. En la mañana había llegado el diputado Luis Maira y habló de economía socialista, planificación centralizada, como la que propuso el Ché Guevara en 75


Cuba. Era un asunto enrevesado. La cuestión no era así no más de expropiar y repartir. Había una economía socialista. Nosotros igual tomábamos apuntes. Algunos, como la Marisa Brito, hacían preguntas, pero ella lo hacía con picardía y suavidad. A veces, creo, lo hacía por hueviar. Eras muy teatrera, Marisa. Eso se notaba. Alberto Arias, un chico serio, amable y sencillo que estudiaba economía, había desplegado todo su encanto y ya casi tenía seducida a la teatrera de la Marisa. Eso estaba avanzado. Pero esa noche, en la fogata, perdió. Sonó como guatapique, se fue a pique. El culpable fue Joaquín Morandé, también de economía. El Joaco no tenía la simpatía y la bonhomía de Alberto. Al contrario, tenía un humor sardónico, rápido, egocéntrico y agresivo, acompañado de una risita despectiva. Pero, esa noche tomó la guitarra y abrió un concierto con un amplio repertorio. Cantaba con verdadero afecto y con un tono whiskoso. Allí Marisa quedó encantada y se le cayeron los churrines. No dudó más. -Me tocó con su canto, con su voz, decía Marisa. Cayó al amor de Joaquín. Alberto intentó protestar, realizó gestos de protesta, pero, al final, tuvo que hacer mutis por el foro. Cogote. Joaco y Marisa ya estaban enamorados y andaban abrazados cuando al otro día el diputado Bosco Parra habló de la moral socialista, también como la del Ché Guevara. Bosco Parra era más fatigoso de seguir, más dialéctico, más insondable. Difícil. Pero era emotivo. En alguna parte uno sentía que lo que él hablaba era algo significativo. Pero en eso de hablar agraciado le ganaba Luis Badilla, un joven, flaco y huesudo como un suspiro, ese sí que comunicaba bonito: el cristianismo y el socialismo, el cristianismo y la justicia social, el cristianismo y los pobres. Era como 76


ver a Cristo, o al Ché Guevara, que ya me iba pareciendo como lo mismo. (No era nada raro. En aquella época de revolución, casi todo el mundo admiraba al Ché Guevara. Por ejemplo, había leído en la revista Ritmo, que artistas pop tan ajenos a la política como el Pollo Fuentes y Cesar Antonio Santis, también admiraban al Ché Guevara.) Un día Vicente e Hilda me llevaron a una reunión sagrada. Ernesto Cardenal oficia misa en la población La Victoria. A la gente de la población nadie le dijo que el curita que oficiaba la misa era un famoso y controvertido poeta nicaragüense de visita en Chile. En esa misa, donde no había ni periodistas ni políticos, sólo los amigos de La Victoria, subió al pulpito y dijo: -Dios es amor y Dios es Revolución y todo cristiano debe luchar por la revolución para ayudar a instalar el reino de Dios aquí en la tierra. Sí, el deber de todo cristiano es hacer que la revolución sea una realidad, y de eso ya habló la Virgen María en el Magnificat, y Jeremías y todos los profetas lo han venido diciendo, que el reino es y será para todos los desposeídos, para los pobres.) Después de las profundas charlas de educación política en Linares venía el almuerzo y luego la gloriosa hora del chapuzón. Joaquín Morandé –que ya se veía que era un chico con futuro- nos propuso a los hombres ir a bañarnos en bolas al riachuelo. Buscamos una playita adecuada. Y entonces, todas las tardes la Izquierda Cristiana se empelotaba y se metía al agua. Y algunas minas, dirigidas por la Marisa, les gustaba espiar desde algún matorral. Así fue el curso de formación política del movimiento de Izquierda Cristiana. Movimiento. Por que a algunos desquiciados querían llamarlo Partido de la Izquierda Cristiana y la sigla habría sido PIC, prestándose para que los otros partidos nos agarraran para el hueveo y nos llamaran: PICO. 77


Nuestra líder era la Javiera Ossa. De todos los líderes femeninos de la Unidad Popular de la Universidad de Chile, la Javi tenía uno de los tres cuerpos más espectaculares. (No digamos cuales eran las otras dos). Nuestra líder tenía, además, unos verdes ojos dulces. Había estudiado en un colegio de monjas y aún le quedaba un cándido aire de beata. La combinación era perfecta. Había que ser ciego para no darse cuenta. Era sabia, aplicada, ordenada y responsable, una chica feliz y de la cual estábamos todos flechados. Además, estudiaba sociología, que era una moda capital, pues entonces habían movimientos sociales: habían obreros, campesinos, estudiantes. A la Javiera se le ocurrió que debíamos hacer un juramento. Nuestra líder de ojos verdes propugnó que frente al monolito de Hernán Mery juráramos defender el pueblo, Il Popolo. Hernán Mery fue funcionario de la Corporación de la Reforma Agraria, la CORA, y muerto en un confuso incidente por un latifundista. Ahora el fundo en Linares era un asentamiento de campesinos. Allí en el monolito juraríamos -en el lugar de esos luctuosos hechos de la lucha por la tierra- que siempre defenderíamos al pueblo como Hernán Mery, hasta la muerte. Puede hoy parecer un desatino y una broma. Pero todo era muy, muy serio. Efectivamente era un ritual de iniciación, especie de ordenación sacerdotal, armarse de caballero, frente a los “compañeros” campesinos. Pero, en política las cosas nunca son tan limpias y directas como en un regimiento, o en un convento, o un colegio. Siempre hay cahuín. El ceremonial se retrasó por una discusión muy atrayente. Joaquín Morandé –tomado de la mano con Marisa, que fue tocada por su voz baja- dijo irónicamente, que jurar no quería. Qué quizás prometer, sí. 78


-Jurar no quiero, prometer, sí. Se jura frente a Dios. Se promete frente a un emblema. La primera inusitada controversia. Jurar o prometer. En ese momento saltó Alberto Arias. Todos sabíamos que aún tenía sangre en el ojo con el Joaco. Pero también Alberto Arias parecía que ya conocía, tempranamente, la conocida fórmula de entender la política como creación de enemigos; exagerando debates, articulando tesis alternativas, y sus procedimientos complementarios de invención de aliados. -Hay que jurar, mojarse el potito. Así dijo: hay que mojarse el potito. -No somos un partido confesional, no somos una iglesia, dijo Joaquín. -No somos partido, sino movimiento revolucionario, respondió Alberto. -Movimiento o partido, igual no somos confesionales, no somos parroquia, ni capilla. -Que no se trata de eso, que hay que mojarse el potito, hay que ser consecuente, defender el pueblo y no comportarse como un pequeño burgués, dijo Alberto. Se notaba que estaba picado y, conceptualmente, se había ido al chancho. Se había ido a las patadas, había pasado la raya. Parece broma, pero “Pequeño Burgués” era lo más duro que podía escucharse allí, era entonces, un grave insulto. La organizadora del acto, nuestra líder suprema, la exquisita de la Javi, una de las tres líderes más sabrosas de la izquierda, estaba confusa por el nivel de virulencia. En realidad, estábamos todos muy sorprendidos. Peor aún. El Jorge estaba a mi lado y no sé que chuchas le pasó y levantó inútilmente la espuria corriente del tercerismo, la más amarilla de todas: -Yo no sé si jurar o prometer. -¿Cómo? 79


-Es que es mucha responsabilidad, la cuestión es una cosa personal, yo no sé si podré mantener mi juramento o promesa. Es mucho para mí. Creo que esto debe ser una tema individual. Confusión intensa. Todos hablaban. ¡Qué tenía que meterse el Jorge en la pelea entre el Joaco y Alberto! pensé Finalmente, yo solidaricé con Jorge, por razones igual de espurias y banales: éramos de la misma escuela, éramos amigos y había que tener posición de grupo. Aunque igual me parecía una posición amarillenta. La Javi, nuestra conductora de la cual estábamos todos enamorados, trataba de avenir a las tres fracciones. Los juramentados, los prometidos y los amarillentos. -Hay que mojarse el potito, hay que apechugar, no hay que ser amarillos. -No somos amarillos. -Sí. -No. Al fin, la Javi, nuestra líder, uno de los tres cuerpos más espectaculares de los líderes femeninos de la izquierda, levantó la voz de canario y zanjó la trifulca politiquera: -Bueno, el que quiera jurar, que jure, y el que quiera prometer, que prometa -¿Y el que no quiera jurar ni prometer? -Que no jure ni prometa, dijo resueltamente La Javiera Salomón. Por eso era nuestra líder. Rica y sabia. La cuadrilla que juró se puso al lado izquierda, con Alberto. El clan que prometió se ubicó a la derecha, con Joaco y Marisa. Nosotros, los amarillentos, nos pusimos al frente, detrás de Jorge. Éramos mayoría, la mayoría silenciosa. 80


Jurar o prometer morir por Il popolo, era harto. Esta pelea conceptual, aparentemente inútil, entre Joaco Morandé y Alberto Arias volvería a repetirse después, ya casi como un ritual. (Es cosa de leer los diarios. Han seguido peleando aparentemente por política esos dos, se tienen bronca, desde entonces, cuando estudiaban Economía en la Chile y militaban en la Izquierda Cristiana. Dicen que pelean por política. Eso dicen. Joaco se casó después con la Marisa, tuvieron un hijo, se fueron a Boston. En fin.)

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Ángel de Esmeralda “Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así porque nadie me ha tratado con amor porque nadie me querido nunca oír”

Jeannette José de La Maza- estudiante de -¡Aaaaaaah! Medicina Veterinaria, gritaba mientras cruzaba el patio de le escuela de Ingeniería de la Chile. Los de Patria y Libertad -que se habían tomado el laboratorio del Departamento de Química- le tiraron en la espalda unas botellas con ácido. Le sacamos la camisa y los pantalones, lo tiramos sobre el pasto y trajimos agua para bañarlo. Después se lo llevaron a la posta para que le curaran las quemaduras. Luego de la retoma nos fuimos Jorge, Vicente, Renato y yo a la pensión de mujeres de la calle República, al lado del Departamento de Estudios Humanísticos. En el camino el Renato sacó un pito y nos volamos. Esa noche leería poesía acompañado de la música de la Lilita. “Lectura poética” decía el letrero en la pensión: el Renato y el venezolano Mariano declamarían. Poesía de Neruda. Poesía de Rubén Darío. Nicanor Parra. Música de Lilita. El público, mayoritariamente femenino de la pensión. El Renatillo le pone ritmo y efectivismo teatral a la lectura. Tenía gracia el hippie. Como un pre rap. Yo estaba sentado con los hermanos Castell, Jorge y Vicente, en una mesita observando la performance, rodeado de minas, estudiantes provincianas, huasas que habían venido a estudiar a Santiago, ricos huevitos de provincia, panes amasados de Talca, tortitas de Curicó. Pero, estaba también Lenny, una azabache ecuatoriana, Lenny Morante, con 83


un porte, un culo de Ecuatoriana de Esmeralda, la zona que mejor produce glúteos en América. Estudiaba obstetricia. La lectura continuaba mientras Lenny, la productora del evento, se cruzaba frente al tablado, de un lado a otro. Más o menos así era el programa: Neruda: Si solamente me tocaras el corazón, si solamente pusieras tu boca en mi corazón, tu fina boca, tus dientes. Lenny de Esmeralda. Nicanor Parra: Juro que no recuerdo ni su nombre, más moriré llamándola María. Música de Lili. Ernesto Cardenal: Te doy, Claudia, estos versos, porque tú eres su dueña. Los he escrito sencillos para que tú los entiendas. Lenny de Esmeralda Luego vinieron las empanadas con mucha cebolla, sin aceituna. Lo noté de inmediato. -Sin aceituna pero mucha cebolla, le dije al Renatillo. Pero el vino cundió. Al segundo vaso yo estaba cufifo y volado. Lenny, negra rica, qué culazo, Díos Mío, qué culo. Lenny ecuatoriana iba y venía en sus jeans ajustados. La danza femenina. Más vino. Estaba pasado. Se nos sentaron dos huasas simpáticas, caritas de lechonas, alegres, pero la Lenny, la Lenny, qué culo más pecaminoso... La empanada y el vino. Mucha cebolla y ninguna aceituna. La aceituna era la Lenny, aceituna sabrosa, jugosa, durita, Lenny, la única aceituna de la fiesta poética en la pensión de mujeres de la calle República. Estoy seguro, Lenny Morante: si Neruda hubiese estado aquí, Lenny, si Neruda hubiese estado aquí con nosotros en la fiesta de la calle República, te habría escrito versos: tócame el corazón, Lenny, pon tu fina boca, tus dientes. Y Ernesto Cardenal te habría dado, Lenny, unos versos, porque tú eres su dueña. Los 84


habría escrito sencillos para que tú los entiendas. Para ti solamente, Lenny, pero si a ti no te interesan, un día se divulgarían tal vez por toda Hispanoamérica. Neruda y Cardenal te habrían hecho famosa en toda Hispanoamérica, Lenny. Te habrían escrito versos, versos que, alguna vez, alguien leería para otra morena que no serías tú, Lenny. Y si tú los hubieses despreciado, Lenny, otras soñarían con este amor que no fue para ellas. Pero Neruda estaba en Francia como embajador y el poeta trapense Ernesto Cardenal en la comunidad Solentiname de Nicaragua. Sólo yo estaba aquí, yo, en tu pensión Lenny, para admirarte a mi manera, con la seguridad de que Neruda y Cardenal te habrían convertido en una famosa, otra leyenda. Versos a la Aceituna. La empanada y el vino. Necesito ir al baño, debo pasar entre unas mesitas llenas de huasas de Rancagua, estudiantes de la Chile, que hablaban alto. Crucé. Y ahí estaba el culón de la Lenny, parado, levemente inclinado hacia atrás, mientras conversaba con una huasa de Talca. Entonces, de pasada, furtivo y ladrón, furtivo y cerdo, le pego la pasadita al culo de la Lenny. Se los juro, le metí la mano en la raja, como cualquier barriobajero, como cualquier granuja. Le hice una pasadita profunda, seguí de largo y me metí al baño. Estuve un rato. La cabeza me daba vueltas. Volví y me senté en la mesa con Vicente y Jorge, que también estaban un tanto cufifos. Entonces vino la Diosa Lenny y me habló casi al oído, casi suave, pero decidida. -¿Por qué usted me tocó el poto? Lo dijo suave pero firme: ¿Por-qué-us-ted-meto-có-el-po-to? Le miré su rostro negro, sus labios azules, titubié como un burro y le contesté, también sin tutearla. -Perdóneme, pero estaba usted tan bien colocada que...se me fueron las manos. Disculpe, usted tiene un poto tan lindo...se me fueron las manos. 85


Paralelamente le había cogido las dos manos negras de palma blanca, como pidiendo disculpa... Era un insecto. -Discúlpeme... -Está bien, pero que no se vuelva a repetir... -Cómo se le ocurre... Entonces recuperé el aire y me animé. Yo creo que era el vino y el pito, demasiado vino, que me puso patudo y sobrado y le dije: -Usted es muy linda. Como ven nunca la tutié. Ustedes no me van creer, a la Lenny le gustó el piropo y se sonrió, suave, leve, imperceptible, pero sonreíste, ¿Verdad, Lenny? Sonrió, sí, yo lo noté, y allí fue cuando le pregunté sobre la marcha: -¿De dónde viene usted? Tratarla de usted me gustó mucho más. Había mucho en eso de Usted, Lenny, Usted. -De Ecuador, de Esmeralda... -Claro, no podía ser de otro modo, Esmeralda, esa tierra produce grandes rubíes y ricuritas, como usted Lenny, usted... -Ya, córtela... -Siéntese, Lenny Le acerqué una silla. Ahora sí que no me van a creer: se sentó. -¿Y qué estudia, Usted? -Obstetricia -Puja, puja Patricia, escuela de Obstetricia... Ahora se rió de verdad. Le serví vino y bebimos y quedamos enganchados. Luego ella volvió al tema. -Es bien lanzado, usted ¿ah? -Es que su culo es demasiado para mí. No me aguanté. -Ja, ja, ja. Ahora se carcajeaba, la muy picarona. Le había gustado, Lenny, lo sabía ahora, le había gustado que fuera tan rebruto de agarrarle su culo sin conocerle, 86


de haberle pasado la mano bien abajo, hasta su concha noche, Lenny, su concha negra. Lenny, sinvergüenza, Lenny bribona, cochinona, usted. Usted. Son impredecibles las mujeres. Cualquiera de esas huasitas chilenas que estaban allí me habría dado un cachetazo, me habría dicho: y vos que te creís, huevón, conchetumadre, agarrándome el poto, querís que llame a los pacos, huevón culiado. Pero, Usted no, Lenny. Usted. Usted quiere y quiere, que le entren como un verdulero, un feriante, un carnicero, como un hijo de puta. Qué impredecibles que son las mujeres, Lenny, pillina, dama con alma de carretonera. Estaba envalentonado y nunca le solté las manos donde llevaba un anillo muy bonito. Usé una técnica antigua. -Qué lindo su anillo... -Es un regalo. -¿Es una Esmeralda, Lenny de Esmeralda? Se rió. -¿Te lo regaló tu pololo? -Mi ex, de Ecuador. -¿Y cuántos ex tiene en Ecuador? -Tres. -Y a los tres los amó... ? -Sólo a uno. -Con amor... amor. -¿Cómo? -¿Estuvo realmente enamorada? -Creo que sí, aunque ahora que lo pienso... -Es romántica ¿eh? Otra finta técnica: ¿eres romántica? Todas, hasta la última hija de puta se cree romántica. La respuesta es muy predecible. -Sí, muy romántica. 87


-Ah, yo también... yo también soy romántico... Cínico, es cierto; desfachatado, es cierto. No lo niego. La tenía. La tenía, Lenny. Mas, todo habría ido bien si no hubiese sido por la empanada. De pronto se me subió todo a la cabeza, lo vi venir, apenas me alcancé a levantar para llegar a un patio interior. Se me dio vuelta la vianda. Y allí creo que todo fue confuso. -Denle café, creo que dijo alguien. No recuerdo más. ****** DESPERTÉ AL AMANECER. Estaba echado sobre un sofá, tapado con una manta de castilla, de alguna de las huasas, supongo. Estaba solo. Ya todos se habían ido a dormir. Duele despertar en ese estado: la cabeza, los ojos, el cuerpo. Duele y huele. Me estiré. La calle República estaba vacía. Orillando llegué a mi pensión.

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Ángel y Perro Muerto “Pasarán los días, pasaran los años nuevas ilusiones otras despedidas Pero olvidarte nunca Si juré contigo olvidarte nunca” Los Golpes

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lla llevaba siempre una cartera de cuero, donde, al parecer, cabía de todo. Usaba unos jeans azules con pata de elefante y usaba unos lentes de contacto que hacían brillar sus ojos negros. Hablaba, creo, con una voz que, entonces, me pareció de seda. Nunca supe bien por que me enamoré de ella. Admiración y encanto, como sólo puede uno tenerlo a los 18 años. Quería llevarme al mundo tras de mí. Pero, el mundo me llevaba a mí. Yo era apenas un pasajero convencido que viviría solamente una vez. Lo único que contaba. Debo reconocer que aún me asimila hablar de ella y me vuelve su olor a perfume, como si estuviera presente, como si aún tuviera 18 años, cuando el mundo me llevaba a mí, aunque yo creía que yo llevaba al mundo. Como ya ven, esta es una historia de amor. Para aclarar el relato la llamaré, Carina, Carina Salinas. Ya dije que la amaba. (Tengo que decirte, Carina, tengo que decirte, que no imaginas lo que siento yo por ti, cuando recuerdo que me venías a buscar con tus libros y cuadernos. ¿Ridículo, verdad? ¿Redicho, verdad? Esa muchacha que venía con los libros sobre un brazo apoyándolos sobre el pecho y yo me quedaba, como dice el tópico romántico, mudo y pálido. Eres un tópico: el amor en un jardín de universidad, donde todo es tersura, juventud. A eso le hablo, Cari: a la metáfora, a la aventura analógica, de imaginar que alguna vez 89


estuve preso en un poema lírico, y de la sensación de vacío, el vértigo que da el recuerdo.) Un atardecer andaba yo con una cajita de Artefactos, la última producción poética de Nicanor Parra, que me había robado con Jorge de la librería “Letras” en Moneda con San Antonio. Habíamos ido con Carina a ver la película Metello y luego ella me invitó a comer un completo y a libar una cerveza en la terraza del boliche que daba a la calle, frente a la iglesia de La Providencia. Comimos y evocamos cosas insustanciales que entonces eran toda la vida. -Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, dijo. Ella tenía un futuro brillante. Había sacado 794,5 puntos en la Prueba Aptitud. Estaba entre los 10 mejores puntajes y ya estaba en primero de Derecho de la Universidad de Chile. Era inteligente, era estudiosa, tenía buenas notas y le gustaba, además, hablar de los franceses, del feminismo, del segundo sexo, del amor libre, y no derrames la cerveza, Julián, yo creo que Julio Cortázar está loco. ¿Por qué, Cari? Mira la micro, Cari, van colgado de las ventanas, es como un chiste de la Mafalda, ¿cuál chiste?, ese de la revolución que va en una micro, y dame un beso, con lengua. No seas cochinillo. Así, mientras hablábamos, llegó el momento de pagar y ocurrió lo extravagante Ella se levantó, cogió su cartera de cuero y pum, se echó a correr por Providencia hacia abajo. Corría con ganas, con energía, como una atleta olímpica. Yo quedé paralizado, sorprendido, embobado. En la esquina vi desaparecer a los jeans y la cartera de cuero. Yo no tenía ni un cobre. Sentado allí como un signo de interrogación. Miré hacia adentro, el mozo atendía una mesa. Miré hacia la calle. Volví a mirar el mozo. Tomé mi Artefactos de Nicanor Parra y corrí tras ella. Llegué a la esquina, ella ya estaba a mitad de 90


cuadra. En la esquina de la Costanera, miré hacia atrás, el mozo venía corriendo. -Deténganse, deténganse. Nosotros seguimos acelerando por la Costanera hacia arriba, doblamos por Los Leones y entramos al edificio de departamentos donde ella vivía en el cuarto piso. -¿Por qué lo hiciste? -No sé. Quizás por que siempre deseé hacer perro muerto, me dijo. -Pero, no seas bacalao, debiste haberme avisado. -¿Para qué? -Para que no me pillaran a mí. -En eso consiste hacer perro muerto, la sorpresa. Me dio una risa catatónica –ja, ja, ja-, como si nunca hubiese hecho perro muerto. -No me hagas reír, Julián, que me salen arrugas. En su departamento no había nadie. Nos sentamos en la pieza de la televisión. Nos reímos. Nos besamos. Nos acariciamos. Se bajó sus jeans pata elefante y cuando uno tiene 18 años, una polola con los jeans abajo, te llena de alegría. Hicimos el tiqui-tiqui-tín aferrándonos a la nada, al vacío de su olor a perfume. Luego, mientras se volvía a colocar sus jeans, antes que entrara su papá -un señor masón, serio como una papa, un tubérculo insondable - se reía de nuevo y yo no podía dejar de reírme con ella. ****** CREO QUE YA DIJE que ella tenía un futuro brillante. Efectivamente, lo noté el primer día, tenía en su rostro toda la inteligencia y también unas inmensas ganas de amar verdaderamente a alguien. Fue en el cumpleaños del chico Pato. Jorge Castell, muy bromista, nos llevó a la feria libre que estaba en Pedro de 91


Valdivia, a la vuelta de nuestra escuela. Pedimos unas cajas vacías las llenamos de cáscaras de choclos que estaban tiradas en el suelo. La metimos en otra caja de cartón, aún más grande, compramos un papel de regalo, la envolvimos y por la tarde, nos fuimos con la caja de regalo caminando por la calle Diego de Almagro hasta la casa del chico Pato. Colocamos la caja de regalo en medio del living de la casa del Pato. El chicoco estaba excitado. La comenzó a abrir, se encontró con la primera caja, la abrió, se encontró con la segunda caja, la abrió. Aparecieron las hojas de choclos. -Güena la talla, ¿ah? El chico Pato hizo como que no le importó. -Güena la talla, ¿ah?, repetía. Los choclos quedaron tirados en el antejardín, la prueba de nuestro cariño infantil. Al entrar a la sala me tropecé y llegué a los brazos de Carina, que también estaba en la fiesta, perdón, disculpa, no fue mi intención. No te preocupes, no es nada, bailemos, sí. Fue agradable caer en esos brazos, que se transformarían desde entonces en mi mundo. Era el año 1972 y ya era costumbre en el año 1972 bailar abrazados, pegados al momento. El muslo rozando el mullido de la entrepierna y unos labios entreabiertos, como un señuelo, un anzuelo que me decían ven, Julián, ven. Bailamos y muy pronto estábamos besándonos en el antejardín entre medio de las hojas de choclo. Entonces creí que tenía la voz de seda, los ojos negros brillosos, aunque aún no sabía que usaba lentes de contacto. (Cari, Cari, yo sé, por algo, que tú ya estabas decidida, estabas entregada, por cosas, por historias, que a mi edad, yo ya había escuchado sobre ti, Carina.) Esa noche apareció Concepción de improviso, venía con una túnica blanca que le llegaba a las patas descalzas. Mi flaca terapeuta hippie cuarentona, en medio de una fiesta de infantes de dieciocho. Me sentí incómodo. La miré desde el antejardín. Sentí, es verdad, 92


un poco de pesar. Sabía que venía algo descorazonada, derrotada. Nuestra relación ya había terminado. Por lo menos para mí. O sea, ella estaba dando la hora. Observé que Jorge la abrazó, y la levantó en andas le dio una vuelta por el aire. La animó y se pusieron a conversar. Yo me quedé afuera con Carina, hablándonos, besándonos. Finalmente, Jorge salió al antejardín con Conchita e Hilda y se sentaron a nuestro lado. Esa noche Conchita algo habló conmigo, me abrazó y lloró en mis brazos, me agradeció todo lo que yo había significado para ella. Carina miraba desconcertada. Esa noche lúbrica y llorosa, tragicómica, transcurrió rápida, el mundo iba rápido entonces. Amaneció y aún estábamos charlando los cinco entre cáscaras de choclos. Conchita se había calmado y dormitaba. Cuando se despertó, Conchita nos invitó a tomar desayuno. En su Fiat 600, subimos los cinco -Carina, Concepción, Jorge, Hilda y yo- por Apoquindo hasta el club del Colegio Médico de Chile. Nos sentamos en la terraza que daba a una piscina, los mozos –con guantes blancos- nos sirvieron café. Era una mañana calurosa. La piscina llamaba. -Metámonos a la piscina, dijo Jorge. -No tenemos trajes de baño. -En calzoncillos no más. El club estaba vacío, salvo los mozos de guante blanco. Nos sacamos la ropa y nos metimos a la piscina en calzoncillos. Concepción se sacó su túnica y saltó al agua. Carina se sacó sus jeans y su pollera y se tiró. Chapoteamos un largo rato en el club del Colegio Médico. Bajamos a Santiago en el Fiat 600 con los calzoncillos y los calzones mojados. ****** 93


ASÍ FUE como comencé a perderme en Carina, haciendo burradas, tantas leseras. Recuerdo ahora que esa tarde, mientras corría detrás de Carina por la Costanera, haciendo perro muerto, estaba convencido que teníamos un porvenir. Hacíamos una hermosa pareja, se los aseguro, con nuestra juventud y nuestra alegría. Pero, ya ven, algo falló entonces. Un día, un solo día, todo hizo catapún. Yo sé lo que ocurrió, lo sé, lo sé.

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Ángeles en la trinchera “No, no, no nos moverán, No, no no nos moverán Y el que no crea que haga La prueba No, no nos moverán” No nos moverán Quilapayún

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a situación política era cada día más tensa. Intuía que esto terminaría en algo violento, pero entonces, qué inocencia, la violencia la imaginaba más romántica que con odio, más imaginaria que real. Un día de Octubre de 1972, Vicente llegó a la escuela con el dato de un golpe de estado: -Muchachos, las fuerzas de la derecha y el ejército esta noche quieren derribar al gobierno de la Unidad Popular y necesitamos organizar grupos de resistencia popular. Esperaríamos los “combates” en el campamento Ignacio Lagno. -Allí ya nos conocen los pobladores y nosotros conocemos el lugar- dijo Vicente. La fecha exacta no estaba clara, no teníamos toda la información pero los antecedentes indicaban que sería algún día de esos. Esto nos obligó a quedarnos a alojar y hacer guardia de manera permanente, y a vivir entre el campamento, la guardia y los estudios en la escuela. Un día el Cote Larraín llegó con la confirmación. Esa noche sería el inicio de la guerra civil. Por primera vez me invadió el miedo y la ansiedad.

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-Llegó el momento que probemos nuestro compromiso – dijo el Cote. Nadie preguntó quién va y quién no. Se dio por hecho que todos estábamos dispuesto a dar nuestras vidas. Pero estábamos todos con miedo. -¿Avisarás a tu casa? - le pregunté a Vicente. -¡Estás más huevón, esto hay que mantenerlo en secreto! - me dijo Mi preocupación era dar aviso en la pensión que esa noche probablemente no llegaría y probablemente en mucho tiempo, porque esa noche empezaría la guerra civil. Nos juntamos en la sede del campamento a las 9 de la noche y empezamos a juntar botellas con bencina y piedras, como si nos hubiesen servido de alguna cosa. La sede estaba en un pasaje, de modo que desde allí se podría ver cuando los “enemigos” entraran a la población. Iniciamos la noche haciendo una fogata para calentarnos y preparar comida, nos distribuimos los turnos para la guardia y enfrentar la larga y pesada noche. Sólo el peruano trajo una pistola que estaba oxidada y tenía tres balas. Allí estuvimos sin dormir, venciendo el cansancio físico, dando muestras de voluntad. La noche pasaba lentamente y todo estaba extraordinariamente tranquilo, las micros ya no pasaban y escuchábamos las noticias. Parecía todo normal. Estábamos haciendo guardia, sentados alrededor de una pequeña fogata, la Luti, Renatillo y yo, envueltos en frazadas. -¿Quieres un Hilton? me dijo la Luti Fashion. -Gracias. -La noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos, dijo Renatillo remedando un poema del Premio Nóbel. Nos sonreímos. Efectivamente, esa noche estaba estrellada y tiritaban azules los astros a lo lejos. 96


Cuando amaneció vimos los primeros obreros que salían a la calle para tomar la micro y dirigirse a sus trabajos. -Parece que la revolución no viene esta noche y mañana en la mañana tengo una prueba- me dijo el chico Pérez. No sabíamos exactamente cual de los dos mundos era el real, el de la revolución que estábamos esperando o el de las pruebas que teníamos que dar, pero allí estábamos tratando de hacer lo que considerábamos que teníamos que hacer. El sol ya se había apoderado de la población y la vida urbana se había reiniciado. -¿Qué hacemos?- volvió a preguntar el chico Pérez. Vicente dijo: –Yo me voy a clases Yo también – dije mientras me incorporaba para prepararme a partir. Salimos en silencio. Caminamos por el pasaje. Tomamos una micro. Pagamos pasaje escolar. Me senté al lado de una madre que llevaba a su niño dormido, sobre la falda. ****** EN EL CASINO de la escuela doña Rosita me hizo unos huevos revueltos y me los comí con pan y café, mientras doña Rosita, sencilla y amable, me contaba de sus penas y alegrías. Tuve que hacer esfuerzos para reintegrarme a la vida cotidiana de estudiante Éramos un grupo de jóvenes cargados de fe y de fe y de fe, convencidos que esa noche nuestras vidas jugarían un rol esencial en la historia del país: Defender la tradición republicana. Seríamos leyenda. No pasó más allá de ser solo una noche común y corriente. Pronto, muy pronto todo eso sería una brutal realidad. 97


Ángel volador “Hace mucho tiempo que yo vivo preguntándome ¿para qué la tierra es tan grande y una sola no más, si vivimos separados?” Los Jaivas

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l día 22 de diciembre de 1972 supe que tenía que dejar la escuela. Mis días de estudiante habían terminado. Había reprobado el curso de Estadística II, dos veces. Chao, chao bambino. Estaba esperando en la sala de clases. Necesitaba tener clara la nota de Estadística II. Leía en el diario El Clarín la noticia sobre los 16 uruguayos que habían sido rescatados de la cordillera de Los Andes. El avión de la Fuerza Aérea uruguaya se había extraviado con 45 integrantes del equipo de rugby Old Christian. Estuvieron meses en la nieve y tuvieron que comerse los cadáveres de sus compañeros para no morir ellos también. -Ya llegó el profesillo- nos adelantó Renatillo. Renatillo, el líder hippie y poeta, tenía el pelo largo y morral indio con la mejor marihuana de Los Andes. Llevaba el mismo tipo de polera que Joe Cocker usó en Woodstock cuando cantó “Whit a little help from my friends”. Se llamaba Renato, pero le decíamos Renatillo, pues siempre le incorporaba el “illo”, a las palabras, “profesillo”, “compadrillo”. Renatillo recitaba a Neruda a su manera: “Amo el amor de los marihuaneros, que vuelan y se van”. Creativo poeta del movimiento de liberación interior, el Silo: “Papi, no me gusta tu mundo”. Un pacífico palabrero, amigo de Los Jaivas y Los Blops. Era un gentil sendero. La poesía era su instrumento. Era ingrávido. Vivía en el mundo de los acontecimientos incorpóreos. Era el modelo de 98


muchacho que las chicas encontraban amoroso. “Es tan amoroso”. Todos nos incorporamos a la sala y en un silencio perverso el profe empezó a dar las notas. Era el temible ramo de Estadística II, el cementerio de la carrera, una explanada cubierta de cruces y lápidas, el curso donde rodaban más cabezas. Era segunda vez que hacía el ramo. Si salía mal, chao, debía despedirme de la universidad. Estaba en juego mi futuro, o lo que yo en ese momento creía que era mi futuro. Pensé en el pulento, para que me diera un ayudita y cambiara mi destino. Pensé en el pulento, en ese dios que sé que no existe, y, sin embargo, creo. Nombre del profe: Horacio Dottone, alías Robespierre, el dueño de la guillotina. Seudónimo: Donato Toreccio, el personaje que realizaba el puzzle de la Revista del Domingo del diario El Mercurio. Sacar su puzzle el domingo era un rito nacional. Esto lo hacía muchas veces odiado como amado, tanto por sus lectores como por sus alumnos de estadística. Robespierre había ya entregado la mitad de las pruebas. Aún no aparecía mi nombre. Iban cayendo una a una las caras largas. Estaba aterrado. -Condeminas- escuché. Rápidamente caminé donde él y estiré la mano. Él sin mirarme estira su brazo y me pasa la prueba. Me senté y sólo en ese momento la abrí lentamente. Necesitaba un 3,7 para aprobar el ramo. Al abrirla veo un 3,4 de color rojo intenso. Chuata. 3,4. Reviso el puntaje, sumo. No da. Vuelvo a sumar. Tampoco da. Leo las respuestas, controlo, comparo, reviso cada anotación. Nada. 99


Nada para contraatacar e iniciar una campaña que me llevara a torcerle la mano a mi destino. Nada. Cayó la guillotina. Vi rodar mi cabeza. Estaba fuera de la universidad. Era un perdido. Un derrotado. Mi cabeza degollada estaba en un canasto inmundo, ¿qué hago, qué voy hacer? Mis planes originales eran recibir la nota y prepararme para viajar en donde me esperaban mis amigos para pasar las fiestas de fin de año y el verano. Ahora todo estaba nublado. Todo se veía negro. -Profe ¿hará una prueba para poder recuperarnos? La pregunta salió de un compañero desubicado y torpe, cuyo nombre recordar no quiero, que se expuso a la mirada de desagrado y sarcasmo de Robespierre. Era un primerizo en repetir el ramo. Todos los demás sabíamos la respuesta, incluso la forma en que Robespierre respondería... - ¡NO! Al salir de la sala de clases observé atentamente que el hippie Renatillo conversaba con el profe y éste lo escuchaba con dedicada atención. Entré al casino con la vista nublada. Había tres lotes políticos. Primero los demócratas cristianos: Jorge Pizarro, rugbista corpulento y grandulón y Gustavo Rayo que hablaban con las Tres Marías, tres chicas muy bellas y simpáticas que se llamaban María. En otra mesa, el lote comunacho con Lautaro Carmona y Jesús Goya. Más allá estaba la desordenada trupp socialista: el sociable Raúl chico Díaz, Marcelo Schilling, la Cheché y la enigmática chica Nilz, totalmente vestida de negro. Me senté con ellos, pero decidí no contar los desgraciados acontecimientos que enlutaban mi mente. No quería que supieran aún de mi fracaso y mi partida de la escuela. Sufriría solo, como un perrito, un quiltro abandonado. Momentos después 100


se incorpora Renatillo. Le pregunté con dolido resentimiento: -¿Cómo te fue con el viejo? Como si no le afectara la situación, el Hippie me dijo: – Compadrillo, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”, creo que le encontré un patillo al viejillo en la corrección de un ejercicio. Si logro que me la revise de nuevo, alcanzo el 3,1 que necesito. Me dijo que fuera mañana a las 10 de la mañana a su oficina en la calle Ejército y que conversáramos: me corregirá la pruebilla de nuevo. “Se hace camino al andar”, compadrillo. Ni siquiera me despedí del poeta hippie, ni de mis amigos socialistas. Sentí que ya no había nada que hacer. Yo ya no era de allí. ¿Cómo enfrentaría mi vida de allí en adelante? No le conté a nadie aún, ni a Vicente, ni a Hilda, ni Jorge. Orgulloso, me gustaba sufrir solo, los evité todo el día. Esa noche no pude conciliar el sueño. En esas horas de desconcierto y vigilia, de pronto, el ángel optimista que yo llevo dentro me decía: -Acércate al profe para conversar con él. ¡Si sólo pudieras explicarle, él podrá entender! Entonces aparecía mi ángel pesimista: -Pero ¿entender qué? No hay nada que entender, estas son las reglas del juego, Julián. Hay cientos de ex estudiantes que pasan por esto y han sabido enfrentar la situación. Sé hombrecito, Julián. Y mi ángel optimista contraatacaba: -Pero, si le revisa la prueba a Renatillo ¿por qué no a ti, Julián? Esa idea de mi ángel optimista golpeó fuerte en mi cabeza. ¿Por qué no a mí? ¿Se hace camino al andar? ****** 101


A LAS 10 DE LA MAÑANA estaba en la calle Ejército. Renatillo aún no aparecía. Me puse a leer el diario Tribuna que estaba en una silla. “Canibalismo en Los Andes”. El tema de los uruguayos que habían caído en Los Andes, había encendido el debate sobre el canibalismo. ¿Se puede comer carne humana para salvar la vida? –Hola, compadrillo ¿qué estás haciendo aquí?me preguntó Renatillo un tanto extrañado, pero sin rollo. -Lo mismo que tú. Le conté mi estrategia. -Buena onda, compadrillo, “hoy es el primer día del resto de tu vida”, compadrillo, ojalá se lo engrupa, compadrillo. Salió el profe de su oficina y lo llamó -Renato, pasa. Me quedé tratando de leer el artículo de los uruguayos y el canibalismo. Pero no me podía concentrar. Leí varias veces la bajada de título de diario. Estaba nervioso. Después de aproximadamente una hora sale Renato, cierra la puerta y me dice: -Compadrillo, estoy al otro lado, ya no soy de aquí sino que soy de allá. El viejillo se había equivocado y reconoció su error. Tengo un cuatrillo. Se movía, como bailando y en un tonito de canción de Los Jaivas. Me dio ánimo y algunas explicaciones. Me dio su “bendición”. “Se hace camino al andar,” compradillo. – Se lo dejo en sus manos, compadrillo. Ahora voy a ir tranquilo al recital de Los Blops y Los Jaivas en el estadio municipal de La Reina, compadrillo. Y no se olvide, compadrillo, “hoy es el primer día del resto de tu vida”. Se abre la puerta y el profe me pregunta

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-¿Condeminas, usted quiere hablar conmigo?se sentía apurado como si no tuviera deseos de hablar con nadie, me hizo la pregunta por cortesía. -Sí, profesor. -Adelante. -Lo que sucede, profe, es que quiero que me revise la prueba y bla, bla, bla, bla... Miré su cara de palo. Estaba condenado. Sabía que estaba condenado. Parecía que se había agotado con Renato. No estaría dispuesto a reconocer más de un error ese día. Aún cuando fuera cierto, no daría su brazo a torcer. Estaba frito. Tomó la prueba. No la leyó. Sólo la miró, la recorrió en silencio. Se tomó su tiempo. No decía nada. Al final, me enterró el cuchillazo: – Julián, lo siento. Incluso creo que en algunos casos te di puntos de más. Te recomiendo que no te arriesgues a que la revisemos. Dejemos esto como está y enfrentemos en lo que estamos. -Pero, profesor, si usted me reprueba ahora, no podré seguir estudiando, en el resto de los ramos tengo buenas notas- le dije como encarándolo, como si él fuera culpable. La verdad es que se notaba que yo estaba aguantando las lágrimas. - Lo siento, no tengo nada que hacer. ****** ESTUVE EL RESTO del día en la escuela dando vueltas con la cabeza gacha, como el peor y el más miserable perro vago de Santiago. De nuevo me sentía un quiltro abandonado. Me quedé a almorzar. No tenía ganas de dejar la escuela, los últimos tiempos de mi vida se habían desarrollado en ese edificio, en esos jardines. Este era mi mundo. Por la tarde, el centro de alumnos había organizado una muestra de la obra Educación Seximental del grupo de mimos de Enrique Noisvander, en el hall de la escuela. Los compañeros se 103


destornillaban de la risa. Ja, ja, ja. La obra de nuestro compañero Luis Alberto Cornejo eran situaciones muy cómicas, sobre incomprensiones de parejas. Pero, yo apenas podía concentrarme. Nada me hacía gracia. Nada me hacia reír. Mis amigotes se fueron luego a beber cerveza con los actores. Yo me fui a mi pensión. Al otro día volví. Estaba sentado en el pasto del pequeño parque de la escuela. En eso pasó Hilda, tomada de la mano con Vicente. -Te buscan en la secretaría. Estaba tan rendido que subí las escalas mirando mis zapatos. No me di cuenta que venía mi ex profe, Donato Toreccio, Robespierre, el dueño de la guillotina. Él me saludó y me dijo de inmediato: – Julián, después que te fuiste, volví a revisar la prueba de Renato. Me di cuenta que no me había equivocado. Pero no creí adecuado volver a decirle a Renato que nuevamente estaba reprobado. Lo he aprobando sabiendo que su prueba no le dio para el puntaje. Yo lo escuchaba atentamente, y continuó -Pero, si me equivoqué con Renato..., también es justo que me equivoque contigo. Acabo de dejar las notas finales de ustedes dos. Ambos están aprobados con un cuatro. Hasta luego. Me dieron ganas de abrazarlo, de besarlo, de levantarlo en andas. De gritar tres irrás por Horacio Dottone. Pero, no esperó una respuesta mía, sólo dijo un frío hasta luego. -Hasta luego. ¿Estaba molesto, el profe? ¿Estaba satisfecho, el profe? Nunca pude saberlo. Quizás, era un justo. Me quedé parado en la escala, como iluminado por haz de luz. No sabía que pensar. No es posible. Tal vez era de origen divino. Alguien me oía allá arriba. Efectivamente, me pareció que la vida era un acto de fe. A lo mejor el bueno de Renatillo, el poeta 104


hippie que no le hacía daño a nadie, era mi ángel de la guarda... ¡Gracias, Renato: Se hace camino al andar! Ahora podía irme de vacaciones tranquilo, ir a los trabajos voluntarios de la FECH, para volver en marzo. Acto seguido salí a la calle y me puse en una cola que tenía media cuadra de largo para comprar cigarrillos. Necesitaba fumarme un Hilton, un exquisito Hiltonillo.

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Ángel de La Serena “Vamos mujer, partamos a la ciudad. Todo será distinto, No hay que dudar, No hay que dudar, confía Ya vas a ver” Cantata de Santa María Quilapayún

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n La Serena, ciudad de iglesias y esculturas, de excepcional tradición católica, hay una calle donde se ubicaban los prostíbulos. Aquí los mejores puteros de la ciudad caían con facilidad en las garras del amor alquilado y realizaban sus diabluras coitales. Un lupanar, donde se comerciaba con las mujeres bajo la pragmática mirada de una Madam. Eran las 11,30 de la mañana, y en el lupanar nos abrió la puerta una señorita ojerosa. Nos hizo pasar. La sala de juerga estaba oscura, había un fuerte olor a humo y a alcohol posado en los muebles. -Venimos a hablar con la Madam, dijo Oriana. La ojerosa nos hizo entrar, nos ofreció asiento y desapareció cruzando un amplio patio. Oriana era en ese momento candidata a diputada de la Izquierda Cristiana y yo oficiaba de secretario, secretario político. Estábamos cerca de las elecciones de marzo de 1973 y yo había venido a La Serena, aprovechando mis vacaciones de verano, a apoyar a nuestra candidata a diputado. Oriana venía al prostíbulo a escuchar las demandas y problemas de las compañeras putas. La ojerosa nos ofreció un café. Poco a poco fueron apareciendo las regentas del burdel, envueltas en batas cortas y de seda. Entonces 107


asomó Marlene, la joven de 14 años y sentó en un sillón morado, mirándonos con una sonrisa amable. Cuando apareció la Madam, Oriana se levantó y la saludó muy cordialmente. -Hola. -Hola, ¿cómo está señora? -Aquí estamos, luchando. -Le agradezco que hayan venido. -Aquí estamos para servirle, dígame usted. -Bueno, el principal problema que tenemos aquí son los controles sanitarios. Oriana me hizo un gesto, yo saqué una libreta y un lápiz y anoté: controles sanitarios. Miré a la niña con una sonrisa. Ella me la devolvió de inmediato con una risita, como si fuera un punto de tenis. Su sonrisa fue como una saeta que cayó en el blanco de mi juvenil centro sicológico. Pinggg. Lo supe de inmediato. Esa sonrisa me haría ruborizar. Por unos segundos traté de pensar en otra cosa. Luchaba hidalgamente. Miré hacia otro lado. Pero, ya era tarde. Sentí con angustia la sangre que me subía al rostro poco a poco. El rostro empezaba a arder. Estaba perdido. Ya estaba con el rostro encendido, como un farol. Marlene era adolescente y me pareció angelical. Era joven, muy joven como una Lolita de Nabokov. Mostraba una pierna descubierta hasta la ingle que despertó ahora en mí una potente atracción sexual y erótica. Erección incluida. Tampoco lo pude evitar. La muchacha con su encanto de luz y pecado, con su glamour agresivo y rústico, me produjo una actitud ambivalente: removió en mí un temor, asociado a la animalidad y la perversión. “Controles sanitarios”, anoté -¿Tienen servicio de salud? -preguntó Oriana. -Teníamos, pero el último tiempo, por razones que desconocemos, no nos quieren atender más. -¿Por qué? -Eso es lo que no sabemos. A ver, mijita tráigame los carnés que tengo en la cómoda, le dijo a 108


Mariana. Ella se levantó salió de la sala y volvió con unos carnés arrugados. La Madam se los pasó a Oriana. La candidata me los pasó. Yo anoté: Servicio de Salud, La Serena, 1972. Número 345. Se los devolví. -Veré lo que puedo hacer, dijo mi candidata. -Se lo agradecería mucho. -¿Qué otro problema tiene? -Bueno, desde hace un tiempo no me dejan poner la luz roja en la puerta. -¿Por qué? -No sé, disposiciones municipales, dicen que quieren sanear el barrio. -Veré también que puedo hacer, Madam. El secretario político, o sea yo, anoto: luz roja en la puerta. -Ah, otra cosa también. -Dígame. -Estamos construyendo un nuevo baño, más amplio y nuevo, pero no tenemos el permiso municipal, nos han tramitado mucho. El otro día vino un funcionario municipal, dijo que el permiso costaría mucha plata, aunque yo sé que el trámite es gratis. -Quiere cobrarse, ¿ah? -Usted sabe como son, pero yo no le pienso pagar. -Hace bien. -Mire, le mostraré el baño, para que usted vea. Ambas se levantaron, salieron y cruzaron el patio. Yo me quedé con la menuda joven puta. La vi bella, diáfana y delicada, suave e inmaterial. Me fascinaba y me intimidaba. La ausencia de maquillaje la hacia verse transparente, etérea, perteneciente al aire, no a la tierra. -¿Usted no es de aquí, verdad? me preguntó. -Soy de Santiago. -Bonito Santiago, verdad. -Bueno, no más lindo que La Serena, tienen lindas playas aquí. 109


-Es que yo no estado nunca en Santiago, me gustaría conocerlo, tengo ganas de salir de aquí. -¿Por qué? -No sé, ¿usted qué cree? Pensé preguntarle: ¿No está a gusto aquí? Felizmente retuve mi estúpida pregunta. -Hay alguien que me quiere matar. Me quedé de una pieza. -¿Quién? -Un viejo que se enamoró de mí. Necesito salir de aquí. Me persigue, viene aquí por las noches y sólo quiere estar conmigo. Sólo se acuesta a mi lado y quiere que yo me acueste desnuda a su lado. Quiere que me vaya con él. -Y la Madam, ¿qué dice? -La señora no dice nada, él tiene mucha plata y es el regalón de la señora. -¿Y tu familia? -Soy huérfana, fui adoptada por la Madam, siendo niña como sirvienta. Titubeé. Miré hacia todos lados. Me bajó súbitamente el deseo de ser salvador, el Robin Hood de las meretrices. En eso volvía Oriana con la Madam. Hablaron algunas cosas más y nos retiramos mientras la muchacha me miraba desde lejos. Cuando salimos, la calle estaba llena de gente que transitaba. -Oriana, le dije, usted que es candidata a diputado, ¿no le molesta que la gente de La Serena piense de usted que viene saliendo de un prostíbulo? -Julián, mijito, aquí por las noches entran los señores burgueses más importantes de La Serena a buscar sexo y alcohol. Que yo venga plena luz del día a intentar ayudar a estas mujeres, es de una total inocencia. Su respuesta me gustó. ¡Esa era mi candidata! Pero, no fui capaz de contarle a Oriana la corta conversación que había tenido con la joven meretriz. No 110


hice de esto una “cuestión de gabinete”. Me sentía culpable, quizás ella lo podría tomar a mal. Yo, el secretario político, enamorado de una joven puta. Por lo demás, teníamos mucho trabajo, la Izquierda Cristiana era un pequeño partido y prácticamente lo hacíamos todo: organizar reuniones en juntas de vecinos, visitar las ferias, salir a pegar carteles y rayar murallas por la noche. El trabajo era harto y grande. En esos días hicimos un viaje a Vicuña, Peralillo, Paihuano, al interior de La Serena a visitar pequeños pueblos, a conversar con la gente, a organizar pequeños comités en comunidades cristianas de base. ****** YO YA ME HABÍA olvidado de la niña esclava sexual. Cuando volvimos a La Serena ya debía volver a Santiago. Oriana me fue a dejar al Terminal de buses. Me despedí deseándole suerte. Compré el diario El Clarín. Me subí al bus, me acomodé, me puse a leer el diario. Cuando llegué a leer las páginas policiales ya estaba cerca de Los Vilos. Entonces me encontré con una estremecedora noticia. Contaba de una terrible muerte. Una joven, una niña adolescente había sido encontrada tirada en la playa. Le extrajeron un pie, después la dentadura y un ojo. La descripción era muy similar a las mutilaciones de los homosexuales. Miré una foto del cadáver. Lo que quedó fue un ojo y una cuenca vacía, que miraba fijamente: un agujero oscuro por boca, muñones al final de las piernas. Y la sangre que había formado una faja negra en la cintura al fluir a ambos lados del ombligo No me quedó duda. Era Marlene, la joven prostituta que me había hablado en el lupanar. Tuve el impulso de detener el bus, (chofer, deténgase), de bajarme, de volver a La Serena. Pronto me retuve. Me empecé a comer las uñas. Curiosamente, mi joven 111


amiga habĂ­a tenido el destino habitual de las niĂąas de novelas: muriĂł violentamente.

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Ángeles, Ángeles “La mujer que yo más quiero en la sangre tiene hiel me deja sin su plumaje sabiendo que va llover” Violeta Parra

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n día me fui a Cuba. Una delegación de la Izquierda Cristina es invitada a visitar la revolución. Javiera Ossa, nuestra hermosa líder de ojos verdes, me propone a mí como parte de la delegación de turismo político. ¿Quién era yo en ese momento de revolución? Apenas un joven dirigente estudiantil de la Izquierda Cristiana de pelo excesivamente largo (mi mamá: ¿Cuándo te vas a cortar ese pelo, Julián? ¿Cuándo?). Mi currículum político era haber sido elegido como vocal de la Federación de Estudiantes de Chile con los votos de mis amigos. O sea, un bizantino. Pero, en ese tiempo, las cosas ocurrían por que tenían que ocurrir. Estuve con Carina en su departamento. Nos pusimos a escuchar el último LP de Víctor Jara “La Población”. Cuando escuchamos Te recuerdo Amanda, lloramos como nenes. Éramos unos sentimentales. Nuestra separación nos parecía dolorosa, estaría meses lejos de ella, y cuando uno tiene 18 años, los meses son siglos, eternidades. Los aviones de Cubana de aviación eran cacharros soviéticos de Aeroflot dados de baja. Subirse era ya una aventura. Pero cuando uno tiene 18 años la aventura debe ser una obligación. La isla de Fidel era un espectáculo desde el aeropuerto José Martí. Yo participaba del entusiasmo de la izquierda liberal latinoamericana y europea -esa nueva izquierda que cultivaba la ilusión que la revolución cubana tenía 113


vocación renovadora y que, según Julio Cortázar, era el auténtico socialismo. Obviamente era parte de mí reírme ja, ja, ja, de la izquierda dura del dogma. No es raro, entonces que los letreros de Bienvenidos a la Revolución me produjeran una leal alegría. Llegamos a un departamento de Miramar y salí al balcón y observé la oscuridad de La Habana, sin letreros de neón. El programa incluía visitas a lugares de trabajo, en la ciudad y en el campo. Mas, lo verdaderamente importante se podría concentrar a una noche. Estábamos en un tercer piso de edificio de Miramar. Vecinas nuestras, en una casa de un piso, vivían dos mujeres. Las observé al otro día desde el balcón. Eran revolucionarias costarricenses. No nos demoramos mucho en estar hablando con ellas y haciendo una amistad con las revolucionarias. Recuerdo bien, que el flaco Jorge Rojas, estudiante de periodismo de la Universidad de Chile, comenzó rápidamente un pololeo con Blanca, una de las costarricenses. Un atardecer cubano se armó una improvisada fiesta en esa casa. Primero hablamos de algo que ardía como una piedra volcánica, El Caso Padilla. El libro de Padilla Fuera de Juego, mereció en 1968 el primer lugar en el Premio Nacional de Poesía. "Protégete de los vacilantes, porque un día sabrán lo que no quieren.” Pero el fidelismo calificó la obra de contrarrevolucionaria. Padilla fue encarcelado en 1971 en el siniestro Villa Marista. Entonces todo estalló. Vargas Llosa, Paz, Cortázar, de Beauvoir, Sartre, Duras, Gil de Biedma, Moravia, Passolini, Resnais y Rulfo, entre muchos otros, firmaron una carta en la que pedían explicaciones a La Habana y denunciaban unos modos de actuación que les recordaban a los de los procesos de Moscú. Fidel Castro sutilmente los llamó “ratas intelectuales”. Tras su detención y un 114


confinamiento de 38 días, Padilla pronunció un discurso ejemplar, brillante, (es decir, un estupendo modo de mamársela a Fidel), llamado La Autocrítica, en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Otro antecedente: En 1971, nuestro embajador, el escritor Jorge Edwards, amigo de Padilla, salió de Cuba luego de una larga discusión con Fidel Castro. Castro lo consideró "Persona non grata", experiencia que dará lugar a su sabroso libro Persona Non Grata. El caso Padilla era una papa caliente. La conversación no era un snobismo o una postura intelectual. Eran temas heavys, muy ligados a la política latinoamericana. En Santiago yo había escuchado opiniones de escritores como Enrique Lihn, Jorge Edwards, Carlos Hunneus y Antonio Avaria. También se oía el silencio culposo, quizás pusilánime, de los dirigentes de la Unidad Popular. Con el affaire culminaba, de modo preciso, la era del boom de la literatura latinoamericana. La explosión había comenzado el año 1962, cuando la novela La ciudad y los perros de Vargas Llosa ganó el premio Seix Barral en España. El caso Padilla fue su Warterloo. Los novelistas patrones del boom –Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, y Carlos Fuentes- habían tenido una adhesión apasionada con Cuba, ahora venía la desilusión y la dispersión. Se deshicieron amistades, especialmente, la amistad entre Vargas Llosa y García Márquez. De pronto apareció en la casa un moreno que era guardaespaldas del líder máximo. -El es guardaespaldas de Fidel, dijo la nicaragüense, como alabándolo. Es el guardaespaldas de Fidel. En realidad, no estaba alabándolo, estaba avisándonos. Actuamos con moderación y despacio cambiamos de tema, para no herir al body guard. Felizmente el guardaespaldas no era abstemio y traía 115


una botella de ron y nos pusimos a cantar acompañados de guitarra canciones revolucionarias. Pronto pasamos a los tangos y boleros. Entonces apareció ella, Romina. Una hembra que ostentaba la edad y la hermosura, tendría quizás mi edad. Parecía seria, no se reía nada. Se sentó en el piso en cuclillas frente a mí. Parecía seria y se notaba que se había depilado completamente las piernas. De pronto nos pusimos a bailar. Rico bailar con Romina, depilada, suave como la seda, un contacto inmediato que apapachó sin dificultad. Yo era joven y, claro, glotón. Estaba cómodo bailando con ella un bolero. Recuerdo que ella movía las ancas como si cribara el trigo. Reconozco que me entusiasmé en el baile y reconozco que la abracé más de la cuenta, aunque ella lo permitía. Sólo tú, Romina, ocupando toda mi concentración, mi esfuerzo. Fue entonces cuando desperté de ese ensueño. Una mano me golpeaba el hombro. Al principio, no le di importancia. Lo sentí de nuevo con gran energía. Volteé mi rostro y vi al body guard de Fidel, muy serio que me dijo: -Chico, eso no se hace aquí en Cuba. Se notaba que el guardaespaldas estaba enfadado. Solté a Romina, me di vuelta y lo enfrenté tratando de pedir explicaciones. Creo que dije una cosa así como: -¿Qué onda, viejo? El me repitió: -Chico, eso no se hace aquí en Cuba. Marcaba mucho la palabra Cuba. “Eso no se hace aquí en Cuba”. Me di vueltas para observar a Romina, mi amor, y me di cuenta que ella ya no estaba. Se había desaparecido en el baño. Era como si le quitaran la presa de la boca del león hambriento. Me volví al moreno guardaespaldas. -Yo soy su marido, dijo. Yo creo que dije algo así como que yo no sabía. 116


-Es que yo no sabía... Entonces la fiesta se empañó. (Dilo más claramente Julián: la fiesta se fue a la cresta). En realidad, a la cresta. Mis compañeros de la Izquierda Cristiana consideraron que era hora de retirarse. -Nos vamos chiquillos. Nos retiramos. En el camino hacia nuestro departamento uno de mis compañeros, muy pudoroso, me increpó por mi impudicia. Me consideró un cuervo. Yo me sentía una paloma. -¿Qué es lo malo? le pregunté. -¿Es que tú no te diste cuenta? -No. -¿Cómo qué no? La conversación me dio risa. –Entonces eres muy tonto, me dijo como si él fuera la virtud. Me dormí con una sensación extraña, estaba entre tonto y caliente. ****** PASÓ UNA SEMANA. Yo había dado por zanjado el incidente. No bajamos más a la casa de al lado, el sector prohibido de La Habana. Un día recibí un llamado telefónico. Era Romina, la que movía la cadera como si fuera mecida por el viento. Fue muy parca, directa como un cartero. -Te quiero invitar a cenar el sábado, si tú aceptas. -Sí, acepto. -Bueno, me dijo, yo iré con una amiga, si tú quieres invita a alguno de tus compañeros. -Bien. El sábado llegó ella a buscarme con su amiga. Yo había invitado al Jorge Rojas, el periodista. 117


La cena transcurrió en uno de los lugares más exquisitos de La Habana, en el restaurante La Torre del edificio Foxa, el más alto de Cuba, a dos cuadras del Malecón, en el piso superior desde donde se podía ver toda la bahía y la ciudad. No recuerdo ahora que comimos. Pero puedo asegurar que me alegró el paladar el arte gastronómico cubano. Por lo demás, con ese escenario y en esa compañía femenina ningún manjar se vuelve rancio. A la hora de los postres, nos tomamos de la mano y muy pronto nos besamos. Al bajar del restaurante nos desentendimos de Jorge y de su amiga y nos fuimos caminando por el Malecón. Ella se apoyó sobre la baranda del muro. Entonces ella me confesó: -La verdad es que tú nunca me interesaste mucho, dijo, pero que mi ex marido, un machista como marcando su rebaño, me ofendió. Yo estoy separada de él, no tengo nada que ver con él. No es mi dueño. No podía aceptar que él actuara así conmigo. ¿Qué podía yo decir? Díganme. ¿Ah? Nada. O más bien creo que balbuceé unas palabras ridículas que querían decir que me alegraba de su decisión. -Bueno, qué bueno... Mejor opté por besarla. Esa relación no terminó allí. Nos enamoramos. Paseábamos todas las tardes, bebíamos Mojito en La Bodeguita del Medio, y Daiquiri en El Floridita, visitábamos clubes de jazz y vistas hermosas. Recuerdo ahora que volvía de madrugada al departamento de Miramar, tenía que entrar por una puerta de servicio que el Jorge me dejaba abierta. Por la mañana dormitaba en las reuniones y visitas de la revolución. Muchos encendidos discursos revolucionarios los escuché a cabezazos. El día 29 de junio hubo un intentó de Golpe de Estado en Santiago de Chile. Se levantó el regimiento Blindado número 2 de tanques, al mando del Coronel Roberto Souper. Lo recuerdo bien pues yo estaba tomando sol en los roqueríos de Miramar con Romina. 118


Cuando llegamos a su casa en el barrio habanero de El Vedado, su abuela estaba muy alterada. -¡Ha habido un tanquetazo en contra de Allende en Chile, chica, que la cosa está muy grave! ¡Han estado transmitiendo por televisión, chica! Me fui al departamento donde todos ya habían escuchado las malas. Teníamos que volver de urgencia a Santiago. Esa noche pasé largo rato con Romina. Me regaló un soporta libros con motivos negros (que aún conservo, soportando libros de poesía, como testigo real, de que todo fue cierto, como fetiche, efigie, certificado de que existes, en alguna parte, Romina) -Pase lo que pase, siempre te amaré. Entonces, créanme, lloré. Créanme, aún no se secaban mis sentidas lágrimas cuando muy pronto estaba en el aeropuerto de La Habana. Volvía a Santiago de Chile. ****** EL AVION DE AEROFLOT, se demoró las 10 horas, que me parecieron cortas. Desembarcamos en un Santiago tenso y de noche. Al otro día me encontré de nuevo con Carina en la escuela de Ciencias Políticas. Mi Carina Salinas. Recuerdo que caminamos por un Santiago nervioso, nos fuimos al Drugstore de Providencia, nos tomamos un helado en el Coppelia y luego nos fuimos a su departamento. Admito que ese día infausto, digo infausto y lo subrayo, hablé sólo yo. Eso creo. Hablé de La Habana, de la revolución, del Ché, del futuro latinoamericano. Consignas y eslóganes. Admito que hablé sólo yo, como Fidel. Un monólogo. Admito que ya estaba confundido. Estábamos sentados en la pieza de televisión de su departamento y, en mi verborrea, en mi charlatanería fidelista, hablo de lo único y verdaderamente importante que me había pasado en Cuba: Romina. 119


-Sucede que conocí a una chica, Romina... Entonces su rostro cambió. Primero se puso pálida, luego amarilla y finalmente roja. (¿Cómo pudiste, Julián, Julián Condeminas, cómo pudiste ser tan... tan...?) Sí, huevón. Compréndame: yo era joven. Compréndanme: creíamos en el amor libre, en la libertad total. Compréndanme: yo estaba realmente eufórico, no sabía lo que hacía, no sabía lo que decía. Cuando terminé, la miré como un imbécil, como un perfecto inútil e ignorante de la cultura amorosa. Un analfabeto sentimental había cometido un grave error: me había ido de lengua sin que me torturaran. Permítanme decirlo de este modo: me cagué solo. Ella, en cambio, fue muy digna. E inteligente. (Ya saben: había sacado 794 puntos en la Prueba de Aptitud Académica, estudiaba Leyes y llegaría muy lejos) Me dejó hablar cuanta idiotez se me vino a la cabeza para decirme al fin, muy simplemente, muy directamente: -Allí está la puerta. -Entonces todo se acabó, dije yo como un tarado. -Sí. (Carina Salinas, la vida es tan cerda, Carina.) Dijo sí y no dijo nada más. La noche del 27 de julio de 1971 bajé aniquilado los cuatro pisos, salí, llegué a la calle Providencia con Los Leones, escuché en la esquina a un grupo de personas que comentaban que recién habían matado al edecán naval de Salvador Allende, el comandante Arturo Araya Peteers, unas cuadras más allá, por un comando de ultraderecha. Las balizas de los 120


autos de policías se escuchaban en todo el sector. Entonces intuí que todo el país estaba a punto de irse a la misma mierda, si se me permite decirlo así. El desastre era inminente, la derrota era inminente. Nos acercábamos al “escrache” total. Qué desgracia. Me eché andar Providencia abajo y cínicamente me dije a mí mismo en voz alta: “He perdido a dos grandes mujeres en menos de 48 horas”. Tarado. Desquiciado. Ellas se desvanecían, dolorosa y velozmente en mi story. Había hecho una cosa terrible. Había destruido el amor ideal. Podría recordar algunas cosas más. Pero, siento que me podría hacer mal si sigo acordándome. Lo más lamentable de todo es que mi intuición fue correcta: todo el país se fue a la mismísima mierda. A los días Pinochet, el rey de los bárbaros, derrocó a Allende. El resto es historia, Carina, Carina Salinas.

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Ángeles putamadres “Cómo

deseo ser tu amor Para poder vibrar Así con cada espacio De tu cuerpo. Como deseo ser la luz de la mañana Y junto a mí Sentir el aliento de tu boca” Cómo

deseo ser tu amor El sonido de Los galos

C

anal 9 de televisión de la Universidad de Chile, Inés Matte Urrejola, Barrio Bellavista: Después de clases me fui al canal a hacer guardia para evitar que los fachos de Patria y Libertad se tomaran el canal. Había estudiantes, obreros, empleados, profesionales, hombres y mujeres. Esa noche el par de carabineros que estaban de guardia en el canal durante el día, entraron y se sentaron con nosotros a comer pan con chancho chino, y después jugamos al Poto Sucio mientras mirábamos tele, en una salita donde no molestábamos a las transmisiones habituales. Tarde ya dormité un rato en una esquina. Eran las 8 de la mañana del lunes 10 de Septiembre, (un lunes cortante como una daga), yo estaba realmente cansado, llevaba todo el fin de semana en las guardias. De pronto aparece el Vicente Castello gritando:

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-¿Quién continúa esta noche? necesitamos gente. Nos miramos con Jorge y le dije: -Tengo exámen el miércoles y es la tercera vez que se intentará hacer, tengo que estudiar, no puedo quedarme. Entregaba mi puesto y me replegaba a mi escuela y mi pensión. ****** EL DÍA DOMINGO estuve en una reunión en la sede de la Izquierda Cristiana. El ministro Sergio Bitar, informó a los militantes universitarios sobre un conclave del Comité de la Unidad Popular. -El golpe está dado, sólo falta la movilización de tropas, dijo el turco Bitar. -Y entonces ¿qué hacemos? preguntó Javiera Ossa. Sergio Bitar levantó los hombros. Los medios prácticamente lo anunciaban. La noche anterior vi el programa A esta hora se improvisa y por lo que allí se decía, sabía que las posibilidades de un coup eran muy altas. También habíamos recibido varias falsas alarmas de golpe, de manera que vivíamos permanentemente con la idea de que sucedería tarde o temprano. Ese lunes me fui a la escuela, me encontré con Jorge. -Julián, cuídate, la situación es muy caraja- me conversó con preocupación. Estuvimos todo el día en la escuela recibiendo y esperando noticias, conversando entre clase y clase, hasta que llegó la noche. ****** A LAS 7 DE LA MAÑANA del martes 11 de septiembre, me despierto por unos ruidos en el patio. Allí estaba Manuel, el dueño de la pensión, quemando 124


una gran cantidad de libros, me levanté rápidamente, y, al ponerme el pantalón pata elefante, el cierre se echa a perder y tuve que sujetarlo con un alfiler de gancho. -¿Manuel, qué estás haciendo? ¿Cómo se te ocurre quemar a esta hora esos libros? -Los militares se están tomando el gobierno, lo acabo de escuchar por la radio- me contesta mirándome con un rostro de miedo – y cuando lleguen aquí no quiero que estén estos libros y afiches. -Pero, si ustedes han estado siempre en contra del gobierno, ¿De qué te preocupas? Le dije mientras me tapaba entre los sobacos las manos por el frío. -Sí, nosotros sí, pero tú no. Allí estaba. El miedo. La primera actitud de miedo que vi como consecuencia del Golpe de Estado. El miedo que pronto sería muy común. El miedo que se instalaría por años. Salí con la extraña convicción de transformarme en un guerrero. Pienso en el coraje. Tengo miedo, es cierto, pero estoy resuelto. A esto viniste, Julián Condeminas. Ya no pensaba si sería leyenda o no. Era un deber. Salí de la pensión y me dirigí a la escuela. Escuchamos en silencio en la radio de la micro parte del discurso de Allende: “Llamo sobre todo a los trabajadores, que ocupen sus puestos de trabajo”. Muy tempranamente habían en mi escuela unos 40 o 50 resueltos. En Santiago hay centenares de estudiantes de la Universidad de Chile que se juntan para resistir. Los estudiantes de Medicina y Bellas Artes se juntaron en el hospital J. J. Aguirre; Los de ingeniería en la Escuela de Bucheaff; Pedagogía, Filosofía y Periodismo en el Pedagógico de Macul. Sé que también están con miedo. Pero resueltos. Sé que no es épico. Sé que no es heroico. Sé que no seremos leyenda. Pero es la verdad y debo decirlo: 125


Un día en la historia de un país llamado Chile, digamos un once de septiembre, fuimos centenares de estudiantes de la Universidad de Chile dispuestos, resueltos a luchar por Allende, el compañero Allende. Allende habla por última vez por radio Magallanes: “El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse.” Nos preparamos los 40 o 50 para defendernos, desarmados. Alguien dijo que era inútil y sería una masacre. Detrás de la escuela estaba la Escuela de Carabineros. Decidí irme al local de la Izquierda Cristiana, en Cienfuegos 15, en el centro de Santiago. La micro no pasó de Miraflores. Ya empezaban a escasear las micros y los medios de transportes. Me fui casi trotando por la calle Moneda. Los tanques y las patrullas de militares se tomaban las calles alrededor de La Moneda, la gente corría de un lugar a otro, más hirvientes que riachuelos impetuosos. Llegué a la Plaza de Constitución. En ese preciso momento, unas tanquetas se retiran de la Plaza y los carabineros dejan la Plaza de la Constitución. La plaza vacía tenía un olor a precipicio, a abismo, a aliento fatal. Un país detenido, y toda la historia de Chile concentrada, por un momento, en una plaza. Se siente que aquí en esta plaza, por un momento, se condensa de pronto el pasado y el porvenir de un pueblo. ¿Qué sucederá? ¿Qué ocurrirá en esta plaza? Entonces. Un fotógrafo corre hacia un balcón de la Moneda. Raja el paño del silencio gritando: “Allende, Allende”. Detrás corría un camarógrafo exclamando: “Señor Presidente, señor Presidente”. Yo justo iba cruzando y sucedió lo increíble: El Presidente Allende estaba en un balcón del segundo piso, mirando como se retiran las tanquetas. Corro y ante los gritos de los fotógrafos aparecen otros jóvenes. Uno de los muchachos le grita: 126


-Deles duro, compañero Presidente. Allende levanta la mano izquierda y nos saluda. Lo recuerdo tranquilo, diría sonriente. Yo, en cambio, estoy conmovido, profundamente emocionado. Casi me voy de espaldas el loro. Ya les dije que creíamos que vivíamos un momento histórico, único y que no seríamos leyenda. Allí estaba en el balcón de La Moneda, Salvador Allende, el dueño de mis sueños y mis pesadillas, el sol de la revolución que amábamos y que ahora terminaba, dando la bendición de los ancestros. Y allí estoy yo, con mi pelo largo, mis pantalones pata elefante con el cierre malo prendido con un alfiler de gancho, mirando un ícono desde abajo, confundido, sorprendido, insignificante. La plaza, exterior, día. Como un guión de cine para mejor dar la ilusión de eficacia de un relato que está en el subconsciente colectivo. Plano general de la plaza. Zoom in. Allende. Ya, en ese momento Allende era un ícono. Se presentía ícono, un logo. Desde el fondo de mí, no puedo dejar de gritarle también al ícono, mientras el ícono ya se daba vuelta, para ingresar a La Moneda: -Firme compañero Presidente. Los fotógrafos toman sus fotos. Es la última foto del ícono vivo. Allí estoy yo: ese era yo, jovencito, pelo largo, flaco, pantalón pata elefante con un alfiler de gancho en el marrueco, emocionado, sorprendido, gritando: firme compañero Presidente, firme compañero Presidente. Llegué en unos minutos a Cienfuegos 15, vi a algunos de los líderes mayores en Cienfuegos nerviosos darse vueltas por allí: Bosco Parra, Pedro Felipe Ramírez, Luis Maira, Alberto Jerez. Todo era un tenso desorden. Un grupo de universitarios, junto a Javiera Ossa, nos organizamos y nos retiramos a un departamento en la cercanía, Agustinas con Cienfuegos. Esperamos órdenes. 127


A mediodía los insurrectos lanzan un brusco ataque, resuena la guerra. Aparecen dos Hawker Hunter de la Fuerza Area. Hacen tres pasadas y lanzan 18 proyectiles sobre La Moneda. Boom, booom, booom. Lo increíble ocurrió. Estaba ardiendo La Moneda. Otro ícono nacía. Un edificio ardiente. La Moneda será ahora una tumba. Una hora después el Presidente Allende ya está muerto. Ahora surgen pesares, actos de espanto, que dividirán definitivamente a Chile. El toque de queda ya había sido anunciado para las primeras horas de la tarde. Entonces nos hablaron nuestros líderes por teléfono. (No todos los recuerdos pueden ser agradables. No todas las evocaciones son políticamente correctas. Hacer política en literatura puede ser, además, desconcertante. Pero, bueno, después de casi treinta años que ha ocurrido esto, no estoy desesperado por sorprender) Nos habían asegurados que lucharían hasta el fin, que resistirían hasta el fin. Ahora ordenaban replegarse. No había nada. Ni una salida creativa, poética o ingeniosa. Nada. Es un recuerdo ingrato y clave, a la vez. Nuestros líderes eran una sombra. Cientos de jóvenes habíamos creído en una sombra. Y acoger imágenes falsas de las cosas, por necedad o incultura, lo convierte a uno, de pronto, en un alienado, o por lo menos, en un ridículo. Estábamos en la edad en que buscábamos conocer el mundo y sus límites, descubrirlo como un modo de entrar al espacio adulto; y su descubrimiento no fue amable. Así terminaban nuestros ritos de pasaje. Nos hicimos viejos un once de septiembre. Lucha, entonces, no habría, mayormente. En el centro de Santiago hubo varios que no escucharon la orden. Cayeron hombres valientes, se desempeñaron dignos en la batalla. 128


Por la tarde, hicimos unos ingenuos panfletos que decían Allende vive. El país se desangraba en el salvajismo del poderío militar y nosotros hacíamos inocentes volantes que decían Allende vive. Parece, parece que estábamos desfasados. Llegaron los militares. Rodearon el edificio con tropas. De pronto subieron a nuestro edificio. Venían por nosotros. Un vecino nos denunció. Rápidamente, tiramos los panfletos por el excusado, lanzamos un juego de cartas sobre la alfombra y colocamos un inocente disco de Palito Ortega. Los militares no golpearon en la puerta del departamento, prácticamente la echaron a patadas abajo. Yo abrí. No vi a nadie. Una voz gruñó: -Todos afuera. Salimos con los brazos en altos, nos pusieron contra la muralla y nos registraron. Estaban entrando a explorar el departamento cuando desde el edificio del enfrente un francotirador comenzó a dispararles. El oficial, nervioso, ordenó responder. -Y ustedes, todos adentro y cuidado con lo que hacen. Entramos gateando, tirados en el suelo. Mientras la balacera continuó un largo rato. Esa noche, estuvimos tirados en el suelo, sin dormir, simbólicamente muertos, mientras el fuego se escuchaba en todo el centro. En medio de la noche de pronto de un viejo edificio de enfrente sacaron a patadas a una pareja de brasileños. Sus gritos quebraron la noche. El jueves, en cuanto se levantó el toque de queda, a las 11 de la mañana, salimos despavoridos, cada uno en dirección distinta. ****** ESA NOCHE, me quedé escondido en una casa de una pareja mayor, en Ñuñoa. Estaba allí también 129


un viejo dirigente socialista y amigo-enemigo de Allende de toda la vida. Recuerdo, como si fuera hoy, sus palabras esa noche durante la cena, una sopa con pan tostado: -Salvador, me dijo el otro día que de La Moneda solo lo sacarían con las patas para delante. Yo no le creí. Salvador amaba la vida, la buena mesa, los trajes, las mujeres. No le creí. Pero, hoy..., hoy Salvador está entre los grandes: digamos O´Higgins..., digamos San Martín..., Bolívar..., el Ché Guevara. Salvador Allende entró a ese panteón. El veterano socialista creía, hasta entonces, que su compañero Allende era un frívolo. Mas, Allende había demostrado, en un solo día, en un solo chispazo, que era el menos baladí de todos.

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Epílogo “Hijo de la rebeldía Lo siguen veinte más veinte Porque regala su vida Ellos le quieren dar muerte” Inti Illimani

E

ste es el final de la novela, un final inadmisible para una novela. Lo reconozco. Un final confuso, poco claro. Lo sé. No me sale escribir algo notable y espectacular. ¿No se llevaron a cabo nuestros ideales? Esa es una pregunta capciosa. La escuela de Ciencias Políticas, Cipol, en Pedro de Valdivia con Diego de Almagro se desvaneció. Los Carabineros de Chile, lo que nosotros llamamos pacos, pacos culiados, ocuparon militarmente para siempre la escuela. El pueblo la llamó: La casa del paco Mendozita. Para siempre. Hasta el día de hoy hay torreones y guardias permanentes. Mis compañeros latinoamericanos, la liga extranjera, el venezolano Mariano, Pedro, el peruano del parche en la nariz, huyeron desesperadamente, buscaron embajadas. Nuestro líder, Vicente Castell, en ese tiempo de opresión, padeció rigores. Lo detuvieron en el Estadio Nacional, lo torturaron y luego Vicente supo del destierro, el destierro frío como el hielo. Muchacho de una sola pieza arrastró aventuras y desventuras. Un joven de su linaje no descansa. No conozco joven tan altivo, tan generoso y tan confiado, tan resuelto en sus actos. No arrugaría, ni se jactaría de su arrojo. Sólo le importa, entonces, la rebeldía. Nació chicharra, muere 131


cantando. Vuelve clandestinamente a Chile. Nuestro héroe, mejor dicho nuestro antihéroe, con toda su verdad y consecuencia, tuvo el coraje de resistirse a una patrulla militar. No quiso someterse a la humillación de la tortura. Fue herido en un confuso incidente en el centro de Santiago y llevado al Hospital Militar, de allí nunca más supimos de él. Tenemos el testimonio de un médico que dice que allí entró y salió con vida. Vicente está desaparecido. Jorge Castell, cuando supo de la desaparición de su hermano Vicente, se fue a Argentina, con la intención de llegar a España, la patria de sus abuelos. Finalmente se fue a Rumania, y a París y allí se enamoró de la danesa. El Chico Pérez muere acribillado en una fría y húmeda calle de Valdivia. Los verdugos entregan el cadáver en una urna sellada. Hilda, la edecana de Vicente, se fue a Venezuela. Los demás nos escabullimos como pudimos de la temible niebla militarista. Mucho, mucho después, la escuela se abrió, ahora en un local provisional en la calle Triana con Eliodoro Yánez en Providencia, con nuevas autoridades, pequeños opresores locales, nombrados por los militares. Varios compañeros estábamos en una lista negra. Una subterránea y cálida corriente de solidaridad se manifestó de parte de la mayoría de nuestros compañeros y profesores, inclusive los de derecha. Firmaron una carta de apoyo. Certificaban que éramos buenas personas. ¿Y yo? Finalmente, cuando terminé ya no quedaba casi nadie en Santiago, vagaba envuelto en el desconcierto. Entonces decidí inxiliarme y me volví a Antofagasta. Antofagasta, como todo el país, ya no era más el Lar que yo había dejado hace sólo unos años atrás. Era una ciudad que parecía no haber existido jamás. Los tótems de la tribu, las instituciones más antiguas, todo 132


estaba desecho. Yo mismo era un ajeno y un solitario. El sentido de comunidad y vida social ya no existía. Los vecinos de mi calle, por ejemplo, que llevábamos años allí, ya no nos conocíamos. Era el exilio interior. Antes, bastaba una mirada, un encuentro o tener algo en común para hacer amigos. Ahora todo era distinto. Ten cuidado con lo qué dices. Ten cuidado de quién eres amigo. ¿Dónde habías estudiado? ¿Dónde vives? Todo era peligroso, todo era sospechoso. Yo, de algún modo, también era un dudoso. Habían pasado tantas cosas terribles, que nadie tenía confianza. Mis amigos del liceo ya no estaban. Cuando la cesantía llegó al veinte por ciento, mis familiares y amigos emigraron. Fue poco a poco que me reintegré al grupo de derechos humanos de Antofagasta. Así ocurrió. A pesar de todo, me gustó vivir esos momentos de entusiasmo romántico con esos amigos y amigas tan sensibles a su honor. Ya les avisé. Yo sé que ustedes esperaban otro final de la novela. Lo sé. Pero no me sale escribir algo notable y espectacular.

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Trompas de falopio 2013