El Salvador en la Segunda Guerra Mundial.

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CMYK EL MUNDO 12 MIÉRCOLES 07/12/2011

GRANDESSERIES 70 aniversario

El general Maximiliano Hernández Martínez gobernaba el país al inicio de la II Guerra Mundial. Dos imágenes del dictador: en un jeep y su foto de uniforme militar.

Un 8 de diciembre de 1941:

El Salvador ingresa en la Segunda Guerra Mundial CARLOS CAÑAS DINARTE / PRIMERA PARTE

Hace 70 años, el imperio japonés lanzó un contundente ataque aeronaval contra la base estadounidense de Pearl Harbor, en Hawaii. Más de 2,400 norteamericanos murieron en el ataque. Al día siguiente, El Salvador entraría en la II Guerra Mundial del lado de Estados Unidos y el resto de aliados contra las potencias del Eje.

DIARIO EL MUNDO

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omo era su costumbre, aquella mañana el presidente de El Salvador, general Maximiliano Hernández Martínez, se levantó temprano. Un pensamiento se había posesionado de su mente desde el día anterior y debía tomar una decisión trascendental al respecto. Por ello, la primera cita de trabajo la tuvo con su inseparable péndulo del bien y del mal, que lo ayudaba no solo a decidir si los alimentos que iba a ingerir le eran propicios o no, sino que también contribuía para que su espíritu supiera los de-

signios que le deparaban las fuerzas del Universo a él, un ferviente creyente de la teosofía y la masonería. Cuando el péndulo terminó de oscilar entre sus manos, la decisión estaba tomada. Era poco antes del mediodía del lunes 8 de diciembre de 1941. Veinticuatro horas antes, la aviación japonesa había atacado la base hawaiana de Pearl Harbor y había obligado a los Estados Unidos a entrar de lleno en la Segunda Guerra Mundial. El Salvador también le declararía la guerra al Mikado japonés y, con ello, casi de forma automática a las otras dos potencias del Eje BerlínRoma-Tokio: la Alemania nazi del Führer Adolf Hitler y la Italia fascista de Il Duce Benito Mussolini.


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70 aniversario

LOS ANTECEDENTES Hasta ese día, el régimen y pueblo salvadoreños eran simpatizantes de las potencias del Eje. Admiraban la enorme capacidad tecnológica militar de los alemanes –manifiestas en los automóviles Volkswagen, las pistolas Luger y los bigotes “estilo mosca”, copiados del de Hitler-, la fastuosidad milenaria de la corte imperial japonesa, la oratoria vibrante del caudillo germano y la presencia pública de Mussolini. Además de ello, ya antes se había dado otro tipo de contactos con esas potencias. De hecho, en 1928, Japón le había propuesto a El Salvador la fundación de una base para naves comerciales y de guerra, en el estratégico Golfo de Fonseca. Pero el proyecto de ese tratado se quedó en letras y papeles, por lo que su original redactado en lengua castellana pasó a estar guardado por las siguientes décadas en una carpeta polvorienta dentro del archivo de la Cancillería salvadoreña. Con Japón y China se había protagonizado un episodio de gran importancia para la historia diplomática salvadoreña, cuando, el 3 de marzo de 1934, se reconoció al imperio de Manchukuo (1931-1945), creado por las tropas japonesas de invasión en Manchuria, región continental de China ahora llamada Tung-mei, "el Noroeste". El episodio de Manchukuo representó una honda conmoción y censura mundiales para El Salvador, aparte de un artículo en el diario japonés “The Asahi”, un sesudo estudio (1935) del abogado salvadoreño doctor Ramón López Jiménez y una fugaz cita en la premiada película de Bernardo Bertoluc-

Poco antes del mediodía del lunes 8 de diciembre de 1941 , El Salvador le declararía la guerra al Mikado japonés y, con ello, casi de forma automática a las otras dos potencias del Eje Berlín-Roma-Tokio: la Alemania nazi del Führer Adolf Hitler y la Italia fascista de Il Duce Benito Mussolini. ci, “El último emperador” (1987). Por su parte, tal situación diplomática permitió que, en agosto de 1938, el emperador Henry Pu Yi les otorgara sendas medallas de reconocimiento al general Hernández Martínez, al periodista y fabulista León Sigüenza –entonces cónsul general en Tokioy a los doctores Miguel Ángel Araujo y Arturo Ramón Ávila, quienes por esas fechas fungían como ministro y subsecretario de Relaciones Exteriores de El Salvador. En cuanto a Alemania e Italia, baste decir que muchos asesores militares y financieros del régimen martinista procedían de ambos países. Il Duce Mussolini hasta había llegado a designar a El Salvador como la base de dis-

tribución latinoamericana de aviones Caproni, a cambio de envíos periódicos de café. El encargado de esta operación sería el mayor salvadoreño Julio Sosa, a quien Hernández Martínez se encargaría de enviar al paredón de fusilamiento tras la frustrada intentona golpista del 2 de abril de 1944. Tampoco la ideología antisemita de los nazis era desconocida en El Salvador. No solo se leía “Mein Kampf” (“Mi lucha”), el libro contra los judíos redactado por el fogoso Hitler mientras estuvo en prisión, sino que también, en diciembre de 1938, los periódicos alertaban a la población acerca de que entre cuatro mil y cincuenta mil judíos pretendían viajar a Centro América, para establecerse con mi-

llones de dólares en Honduras. Por si esto no fuera suficiente, algunos periodistas daban el grito al cielo por el problema judío que se había desatado ya en Costa Rica. Como resultado, en agosto de 1939 se le impidió desembarcar en La Libertad a un grupo de 17 israelitas y en enero de 1940 solo se les extendía permisos temporales de tránsito por el territorio nacional. En el ámbito internacional, en 1938 el régimen salvadoreño prohibió que las embajadas y consulados en Europa extendieran documentación diplomática alguna a personas o familias judías. Nada de eso era extraño, sino que todo era muy acorde con la política migratoria de un pequeño país que había sido capaz de escribir, en un acápite de su Ley de Extranjería vigente, que había restricciones para el ingreso de chinos, negros, árabes y personas de otras nacionalidades, algunas consideradas perniciosas, en momentos en los cuales las propias mujeres salvadoreñas carecían de nacionalidad y de derechos ciudadanos.


EL MUNDO 12 JUEVES 08/12/2011

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Un 8 de diciembre de 1941:

La locura bestial CARLOS CAÑAS DINARTE / SEGUNDA PARTE

Hace 70 años, el imperio japonés lanzó un contundente ataque aeronaval contra la base estadounidense de Pearl Harbor, en Hawaii. Más de 2,400 norteamericanos murieron en el ataque. Al día siguiente, El Salvador entraría en la II Guerra Mundial del lado de Estados Unidos y el resto de aliados contra las potencias del Eje. DIARIO EL MUNDO

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ara cuando las primeras bombas y metrallas de la Lutwaffe (fuerza aérea alemana) hicieron blanco en las fábricas portuarias de Polonia, en aquella madrugada funesta del primer día de septiembre de 1939, El Salvador ya había empezado a avizorar la inminencia de un nuevo conflicto bélico mundial.

A fines de agosto de 1939, Hitler ordenó la reconcentración inmediata de todas las naves civiles y militares de bandera alemana. Un barco de pasajeros que se encontraba atracado en el puerto de La Libertad abandonó allí a su carga humana: más de 40 personas tuvieron que ser alojadas, protegidas y repatriadas por el régimen martinista. Algo grande se avecinaba en el mundo y, después de ello, el planeta jamás volvería a ser el de antes. Mientras tanto, el presidente Martínez se apuntaba un tanto más

El ataque a Pearl Harbor fue una noticia que impactó no solo a Estados Unidos sino a todo el continente americano.

a favor de su política expectante cuando, el 25 de junio de 1940, emitía el acuerdo ejecutivo que prohibía la permanencia en puertos y aguas territoriales de El Salvador de cualquier nave o tripulación de las “naciones beligerantes”. La nueva gran guerra, esa “locura bestial” como la denominara el sabio renacentista Leonardo Da Vinci, estaba en marcha y las páginas de los principales periódicos salvadoreños le daban amplia cobertura, de datos locales, sometidos a la severa censura policial de los esbirros del general Hernández Martínez. De vez en cuando, alguna nota relacionaba al país con los sucesos mundiales, como cuando se alertaba a los residentes en la zona costera acerca de la posible presencia de submarinos alemanes “U”, manifiestos luego en el hundimiento de varios barcos mercantes en Puerto Limón (Costa Rica), Mar Caribe y Océano Atlántico, hechos en los que perdería la vida una decena de marinos salvadoreños. Entre junio y julio de 1940, las notas periodísticas llamaban la atención sobre la suerte del doctor José Gustavo Guerrero, abogado nacional de proyección mundial que entonces fungía como magistrado presidente del Tribunal Internacional de La Haya (Holanda). Pero aquel soñador del fin de todas las guerras, aquel creyente en el ar-

bitraje y en el Derecho Internacional estaba a salvo en Suiza, adonde llegó el 16 de julio de 1940, a bordo de un tren especial cedido por los nazis y en compañía de todo el personal del tribunal a su cargo. Pocos meses más tarde, en noviembre de 1940, Richard von Heynitz, encargado de negocios de Alemania en el país, es encontrado muerto por su propia mano en su despacho. El crimen, cometido en un país con una alta tasa de población de origen germánico e italiano, nunca fue aclarado. Para ese momento, la Alemania nazi, con su aviación, sus divisiones Panzer (artillería motorizada), su marina y su infantería habían doblegado militarmente a muchos pueblos europeos y africanos, por lo que ya amenazaban la seguridad de los expectantes Gran Bretaña y Estados Unidos. Entre sus garras de águila vencedora, los miembros de la Gestapo (policía judicial alemana) también habían tenido ocasión de detener e interrogar a algunos salvadoreños, como fue el caso de los hermanos Salvador y Paulino Cañas, intérpretes de la marimba “Azul y Blanco”, que se encontraban de gira europea. A otros, como a los hermanos Michel Martínez, Armando Torres, los hermanos Aguilar Trigueros, José Rodríguez, Rafael, Odette y Rubén Calderón h., Andrés Cañas y al resto de marimbistas de la “Atlacatl” los habían remitido a


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70 aniversario campos de concentración. Para darle una mayor atención mediática a la guerra desde el ámbito nacional, el poeta y periodista Serafín Quiteño fundó el semanario capitalino El mundo libre, aparecido en marzo de 1941, en cuya plana de redacción incorporó al poeta y periodista sonsonateco Alfonso Morales Morales (1919-2004) y a los intelectuales hondureños Julio Connor y Medardo Mejía. En mayo de 1941, con la salida de Quiteño de la jefatura editorial, Morales Morales asumió el cargo y, a partir de ese momento, mantuvo a Connor y Mejía en sus empleos, contrató como corredactor al salvadoreño Alirio García Flamenco. Bajo su estímulo directo, el 20 de mayo de 1942, en el local de ese periódico surgiría el capítulo salvadoreño del Congreso Centroamericano de Intelectuales Antitotalitarios, en el que militaron Matilde Elena López, Claudia Lars, Pilar Bolaños, Alberto Quinteros h., Luis “Tito” Mejía Vides, el Dr. Salvador Ricardo Merlos, José Anastasio Miranda, Jacinto Castellanos Rivas, Alirio García Flamenco, Julio Connor, Víctor Manuel Alemán, Juan Francisco Ulloa, José Quetglas y otros hombres y mujeres más. La guerra comenzaba a tener entonces un matiz de horror más cercano. Y fue en-

La Gestapo también había tenido ocasión de detener e interrogar a algunos salvadoreños, como fue el caso de los hermanos Salvador y Paulino Cañas, intérpretes de la marimba “Azul y Blanco”, que se encontraban de gira europea.

tonces cuando se comenzó a escuchar en varios puntos de América Latina acerca de la “humanización del conflicto”. Mientras esto no llegara, las legaciones o representaciones diplomáticas centroamericanas y el Comité Internacional de la Cruz Roja abogaban por los prisioneros de guerra y procuraban su liberación y repatriación, vía Lisboa y Nueva York. De Polonia a París, de Dunkerque a Moscú, de Normandía a Tokio, las noticias y fotografías de todos sucesos bélicos estremecían a la población salvadoreña y hacían ver que, pese a todo, la guerra tenía entonces un lado ganador. Al menos, así aparecía en las lecturas personales del péndulo martinista.

¡EXTRA, EXTRA, ESTAMOS EN GUERRA! Pero aquel 8 de diciembre de 1941 todo cambió. El péndulo osciló de forma violenta. A las 12: 55 de la tarde, Hernández Martínez dio su discurso ante la Asamblea Nacional Legislativa, en el Palacio Nacional. Con sus palabras, el mandatario instó a los diputados a que le declararan la guerra al imperio japonés, lo cual quedó consignado en el decreto legislativo número 90, a la vez que decretaban el estado de sitio en todo el territorio nacional, con las consecuentes alteraciones a las garantías ciudadanas consignadas en la Carta Magna vigente desde 1886 y con reformas hechas durante ese gobierno. Esas declaratorias las solicitó el presidente salvadoreño en concordancia con los designios de la Carta del Atlántico y la Declaración de las Naciones Aliadas, encabezadas por el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt y el primer ministro británico Winston Churchill, documentos de intenciones globales emitidos el 14 de agosto de 1941y el 1 de enero de 1942. La guerra ya no era un asunto del Eje contra Inglaterra y Estados Unidos. Ahora era una verdadera contienda mundial. Por ello, la población de San Salvador salió a marchar a las calles el día 10, en solidaridad con el pueblo de los Estados Unidos. Roosevelt comenzaba a ser mostrado y visto como un héroe de la Libertad global, cuyo nombre quedaría perpetuado en una calzada principal de la capital salvadoreña. Quizá sin adivinar los alcances de su adhesión a los principios libertarios de la Carta del Atlántico, Hernández Martínez aceptaba el principio de que “todos los pueblos han de tener el derecho de elegir al régimen de gobierno bajo el cual han de vivir; y que se restituyan los derechos soberanos y la independencia a los pueblos que han sido despojados de ellos por la fuerza.” Ante dichos principios, las personas y grupos que constituían la oposición antimartinista, acallados a fuerza de sangre, fuego y exilio, vieron llegar hasta ellos una bocanada de aire nuevo, un aliento político que recorría el mundo. Había que reorganizarse y comenzar a luchar de nuevo, porque las tiranías y dictaduras latinoamericanas debían caer y desaparecer. Mientras tanto, el péndulo permanecía inmóvil, ajeno a estas acciones de la sociedad salvadoreña, dentro y fuera del país.


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Un 8 de diciembre de 1941:

Con Dios y el Diablo DIARIO EL MUNDO

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ntre las primeras acciones emprendidas en su bisoño papel como aliado de las nuevas potencias beligerantes, Hernández Martínez emitió los acuerdos ejecutivos que bloqueaban los fondos y valores de los ciudadanos del Eje residentes en El Salvador, además de que declaraban extintos los acuerdos de comercio y navegación vigentes con Alemania e Italia, países con los que la Asamblea Legislativa de El Salvador había entrado en guerra desde el 12 de diciembre de 1941. En San Salvador y en otros lugares del mundo, aún puede escucharse la broma de que el Führer Hitler buscaba enfurecido en un mapamundi a ese El Salvador que le declaraba la guerra, sin poder encontrarlo. La revelación vino hasta que a uno de sus lugartenientes se le ocurrió remover la ceniza del puro del dirigente alemán... Al menos, el buen humor no se perdía en momentos de tanta crudeza, a lo cual se sumaba el intento de las vendedoras de los mercados capitalinos porque se le cambiara el nombre a ciertas frutas... ¡de marañones japoneses a marañones de Oriente! Para demostrar su apoyo, el 28 de diciembre de 1941 hubo manifestaciones masivas a favor del gobierno y de los aliados. Marcharon caravanas de automóviles con pancartas de apoyo a la guerra, estudiantes universitarios y una multitud se reunió delante del Palacio Nacional, en la plaza Barrios, para escuchar las palabras del ge-

CARLOS CAÑAS DINARTE / ÚLTIMA PARTE

Hace 70 años, el imperio japonés lanzó un contundente ataque aeronaval contra la base estadounidense de Pearl Harbor, en Hawaii. Más de 2,400 norteamericanos murieron en el ataque. Al día siguiente, El Salvador entraría en la II Guerra Mundial del lado de Estados Unidos y el resto de aliados contra las potencias del Eje.

neral, convertido en ese momento en analista militar de la contienda y cuyas opiniones aparecían publicadas en los medios de prensa. Pronto vendría también la intervención de los bienes de los ciudadanos del Eje residentes en territorio salvadoreño, permitido gracias a un decreto legislativo del 7 de marzo de 1942, al igual que mediante la llamada “Lista Negra”, emitida en todo el mundo por el gobierno de los Estados Unidos y vigente en El Salvador hasta el 16 de agosto de 1948. Según ese documento aliado, las naciones en guerra contra el Eje Berlín-Roma-Tokio debían bloquear todos los recursos de capital y propiedades de los oriundos de estos países, quienes debían ser capturados y remitidos a campos de control militar establecidos al sur de los Estados Unidos. Estas disposiciones dieron pie a la intervención, nacionalización y enriquecimiento desmedido de muchos de los gobernantes latinoamericanos. Sin embargo, como otra de las vueltas de su política y de su péndulo, Hernández Martínez no hizo tal cosa. Si bien es cierto que la Oficina de Investigaciones Especiales de la ahora extinta Policía Nacional censó, capturó, encarceló y deportó a los italianos, alemanes y japoneses de varias poblaciones salvadoreñas, también es verdad que el gobierno salvadoreño creó sendas oficinas para el control y manejo productivo de las propiedades y bienes incautados, al igual que para regular los precios de las mercancías y frenar el acapara-


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miento y la especulación. De esta forma, muchos ciudadanos de apellidos tales como Kuny, Stübig, Bruch, Deininger y otros fueron enviados a esos campos de reclusión en California, Nuevo México, Colorado y otros estados sureños más, junto con otros miles de eje-latinoamericanos, cuyo único crimen quizá había sido ostentar una nacionalidad a la que se consideraba peligrosa para la estabilidad mundial. Allá nacerían algunos descendientes de esas comunidades, como fue el caso de Conchita Kuny Mena, llamada a ser, en su vida adulta, una destacada pintora dentro de la historia de las artes plásticas salvadoreñas. Cuando algunos de ellos volvieron a El Salvador, el gobierno les devolvió sus propiedades incautadas, junto con el valor de sus remates o las ganancias que las mismas habían producido durante sus años de encierro estadounidense. De esta forma, ganara quien ganara la guerra, Hernández Martínez, seguro de permanecer en el poder muchos años más allá del fin de la misma, había cumplido con los designios aliados sin dañar a los hijos e hijas de las potencias del Eje, en una hábil maniobra diplomática que le permitía quedar bien con Dios y con el Diablo. Por otra parte, el supremo gobernante salvadoreño autorizó a otros tantos alemanes e italianos para que adquirieran la nacionalidad salvadoreña, por lo que entre el 20 de noviembre de 1939 y el 12 de julio de 1944 asumieron tal condición jurídica Augusto César Baratta del Vecchio, Kurt Lauffer, Hedda Hedwis Rennke de Kauders, Marcelo Heymans, Juan Centell y Centell, Clotilde Weig de Deininger, Francisca Weig y muchos más, incluidos españoles descontentos con el régimen de Francisco Franco. Aunque las personas deportadas no sufrieron vejámenes y torturas como las inflingidas por los nazis contra judíos y gitanos, desde fines del siglo XX se llevan a cabo una serie de acciones en los Estados Uni-

La Oficina de Investigaciones Especiales de la ahora extinta Policía Nacional censó, capturó, encarceló y deportó a los italianos, alemanes y japoneses de varias poblaciones salvadoreñas.

dos para que las familias de estos deportados salvadoreños sean indemnizadas por esta acción de guerra. Sin embargo, en la Italia fascista sí hubo alguna pequeña reacción en contra de las deportaciones de sus ciudadanos, cuando se retuvo en su territorio a tres sacerdotes salvadoreños, que realizaban sus estudios en el Colegio Pío Latinoamericano desde 1934 y 1937. Afortunadamente, fueron repatriados en los primeros días de enero de 1944, sin haber sufrido vejamen alguno. Se llamaban Rafael Valladares, Mauro Yanes y Oscar Arnulfo Romero.

HACIA EL FIN Si la correspondencia privada y las notas locales de los periódicos estaban sometidas a los designios de las tijeras policiales martinistas, los cables internacionales y la radiodifusión mundial representaban un marco de acción mucho más libre para los salvadoreños y extranjeros residentes, interesados en el curso de la guerra. Ya con muchos de sus nacionales gue-

rreando en África del Norte, Europa y el Océano Pacífico, El Salvador martinista comenzó a revisar algunas de sus primeras actuaciones y declaró la nulidad del reconocimiento a Manchukuo, emitida el 27 de enero de 1943. El presidente de la República China, general Chiang Kaik-Shek, recibió la noticia con beneplácito. Una nueva vuelta del péndulo se avecinaba. Las doctrinas de la libertad promulgadas por la Carta del Atlántico habían calado y se fundieron con los afanes propios de muchos patriotas salvadoreños, civiles y militares, hombres y mujeres. Ellos y ellas lucharon en las calles y radios, hicieron huelgas y entregaron su sangre hasta lograr que, el 9 de mayo de 1944, Hernández Martínez abandonara al país y a su péndulo del bien y del mal. Tras su caída, los sucesivos regímenes de los generales Menéndez, Aguirre y Salinas y Castaneda Castro confirmaron y legalizaron la acción de salvamento de más de 50 mil judíos húngaros y rumanos, encabezada y materializada desde 1942 en el consulado salvadoreño en Ginebra (Suiza) por el coronel José Arturo Castellanos Contreras y por su secretario, el millonario judío y transilvano George Mandel-Mantello. Gracias a esta operación gratuita, que no solo otorgó pasaportes sino también nacionalidad salvadoreña a todas esas víctimas del nazismo, El Salvador logró un amplio reconocimiento posterior por parte de la comunidad judía internacional. Tras una investigación desarrollada por una comisión nombrada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de El Salvador, se le solicitó al Tribunal del Museo del Holocausto, en Jerusalén, que el coronel Castellanos fuera reconocido como Justo entre las Naciones, el máximo reconocimiento alcanzado por alguien que salvó vidas durante la Shoah o persecución judía en el Holocausto. Aunque los ejércitos de Alemania y Japón fueron derrotados en mayo y agosto de 1945, el estado de guerra de El Salvador contra ellos no concluyó sino mediante un decreto ejecutivo de julio de 1951, al igual que con el Tratado de Paz firmado en marzo de 1952. El péndulo habría tenido que dar otro giro, pero la victoria aliada era más que evidente, manifiesta en sus bombas atómicas, en la constitución de la Organización de las Naciones Unidas y en el nuevo orden mundial. ¿Y la declaración bélica de El Salvador contra Italia? Ese capítulo de la historia sigue abierto. La paz con Italia la iban a suscribir todos los países aliados al unísono, el 20 de octubre de 1944. Pero ese día hubo golpe de estado en San Salvador. Nunca se suscribió. Décadas más tarde, entre los años 2000 y 2001, la Asamblea Legislativa no quiso complicarse ante la solicitud ciudadana hecha para que reconociera ese estado bélico vigente y alegó que aquellos hechos eran lejanos en el tiempo, que la Asamblea Legislativa del siglo XXI no podía tratar temas del pasado –aunque el órgano estatal es el mismo- y que la derogatoria se había dado de manera tácita, por cuanto Italia y El Salvador formaban parte de la Organización de las Naciones Unidas.


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