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Estractos de mi Libro Atentado Contra el licenciado

ABRAHAM FION LIZAMA


Atentado Contra el licenciado

ABRAHAM FION LIZAMA


Fe y esperanza para todos…

Han sido tiempos complejos de mayúsculos obstáculos, de crisis, dificultades y momentos de intrincados desafíos, pero también he tenido un período de grandes logros y triunfos, por medio los cuales descubrí talentos ocultos en mi persona. La vida me llevó a enfrentar duras adversidades, pero nunca abandoné los principios de la firmeza y la valentía, valores que deben estar inmersos en toda odisea o escenario que el destino me ha ofrecido en los últimos meses. Hoy quiero decirles que, a pesar de lo bueno, malo o difícil que haya sido mi recorrido para llegar hasta aquí, «¡AQUI ESTOY!». Lleno de esperanzas, lo cual supera aún mis propios límites. Me he convencido que los seres que me estiman


esperan que yo logre una conquista exitosa en lo familiar, laboral, profesional, social, sentimental y espiritual. Para que obtenga esos éxitos se que Dios bondadosamente me dará todo su respaldo para eliminar los obstáculos que me impidan llegar a una vida de paz y llena de felicidad. Mi existencia ha iniciado una nueva etapa la que por lógica deseo que sea próspera en salud, que mi alma encuentre la tranquilidad posible siempre en apego a la voluntad de Dios. Este deseo lo extiendo a toda la humanidad para que el Ser Supremo le otorgue paz y múltiples bendiciones. Lo pasado quedó atrás porque hoy tengo un nuevo día para proponerme nuevas metas aunque parezcan imposibles. Tengo la certeza de que la fe perseverante y el esfuerzo me darán las llaves para llegar a lo propuesto. Que así como la fresca lluvia de bendición de Dios se derramó sobre mí, así también pueda salpicar a otros, con gozo, amor, bondad, mansedumbre, y más con la esperanza y la exhortación de que a aunque tengamos pruebas duras: ¡SI SE PUEDE!


Pido al Creador que tengan un comienzo como nunca antes lo habĂ­an tenido, que las debilidades se conviertan en fortalezas, que los temores se conviertan en valentĂ­a, que las dudas e incertidumbres se conviertan en sabias decisiones a fin de que en recorrido de los largos caminos de la vida tengamos los pensamientos apegados en Dios todo el tiempo. Recuerden que si desean ver cosas nunca antes vistas, es tiempo de hacer cosas nunca antes hechas. Este es el tiempo de tu nuevo amanecer. Que Dios les bendiga y les guarde haciendo resplandecer su vida dentro de un contexto de paz incomparable. Dios te bendiga. Abraham FiĂłn Lizama


Álvaro Gálvez Mis

—Relato de un atentado—

A simple vista es difícil explicarse cómo el abogado Abraham Fión Lizama logró sobrevivir del ataque a balazos de que fue víctima. Catorce plomazos le perforaron el cuerpo, per ninguno de ellos hizo blanco en partes vitales. ¿Sería esto un milagro?


Publicado por: © 2012 Ediciones Gálvez Petén, Guatemala, C.A. Derechos reservados. Primera edición 2012

El atentado contra el Abogado Abraham Fión Lizama Ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, ni procesada en sistema alguno sin el permiso previo de los editores. Escrito por: Álvaro Gálvez Mis Primer borrador por: Periodista Ramón Aguilar Matta Colaboración especial de: Nancy Cabrera Edición: Mismar, Agencia Publicitaria (502) 7926-1467 Diseño de la cubierta: Franklin Marroquín Impreso en Guatemala por Mismar www.mismargt.com


EL ATENTADO Contra el Abogado ABRAHAM FIÓN LIZAMA


INDICE

Fe y esperanza para todos…..........................5 INDICE..................................................................i PRÓLOGO..........................................................iv CAPÍTULO UNO................................................1 Los días de gobernador..................................1 CAPITULO DOS...............................................12 Preparado para la batalla.............................12 CAPITULO TRES..............................................31 Asesino implacable.......................................31 CAPITULO CUATRO......................................45 Momento de la agonía..................................45 CAPITULO CINCO..........................................59 i


Un ángel salvador.........................................59 CAPITULO SEIS................................................75 Noticia de impacto........................................75 CAPITULO SIETE.............................................87 Angustia de la familia..................................87 CAPITULO OCHO.........................................100 Muestras de solidaridad.............................100 CAPITULO NUEVE.......................................112 Túnel de la muerte......................................112 CAPITULO DIEZ............................................126 El drama continúa.......................................126 CAPITULO DOCE..........................................140 Temor a un contraataque...........................140 CAPITULO TRECE.........................................161 Un viaje diferente........................................161 CAPITULO CATORCE..................................169 Seguridad y cautela....................................169 Estas razones fueron las que llevaron al ingeniero Fión Morales a tomar la decisión de internar a su primo en el CMM. En teoría las extremas medidas de seguridad.....................174 Evitarían que un sicario entrara al edificio para atentar de nuevo contra el experimentado

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abogado, que para ese entonces, estaba en v铆as de franca recuperaci贸n.....................................174 CAPITULO QUINCE.....................................180 Momento de la expiaci贸n...........................180

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PRÓLOGO

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uando ingresó al restaurante jamás imaginó que la muerte lo estaba esperando. Tomó asiento para ordenar su desayuno, pero en vez de alimentos lo que recibió fue una sorpresiva lluvia de balas. El ex gobernador de Petén, abogado Abraham Fión Lizama, al instante pensó que se trataba de una horrible pesadilla. En realidad aún no entendía lo que estaba sucediendo. El plomo caliente de las balas, sin embargo, le obligó a reaccionar con brusquedad para darse cuenta que su agonía apenas había empezado. En ese preciso momento el litigante empezó a sentir que su sangre emanaba profusamente y iv


que enrojecía el piso del lugar. No era para menos, pues catorce ojivas habían perforado uno de sus pulmones, su estómago y sus piernas, mientras que el asesino, apenas a tres metros de distancia, seguía disparando con el propósito de acabarlo de una vez por todas, pues para eso había sido contratado. El atentado ocurrió el 30 de abril del 2010, cuando el ex funcionario y su chofer, el que también resultó gravemente herido, llegaron a desayunar a un céntrico restaurante de la población de Santa Elena de La Cruz, jurisdicción de la isla de Flores, en el norteño departamento de Petén. Nunca se supo acerca de la procedencia de este hecho de sangre, pero lo cierto es que el abogado, ahora ya con sus heridas restañadas, intenta olvidar la pesadilla que lo obligó a librar una dura batalla contra la muerte. Lo que ocurrió al destacado hombre de leyes llama la atención porque resulta casi imposible creer que haya resistido a tantas perforaciones de bala. Fión Lizama se convirtió en el segundo hombre que en el mundo sobrevive a tantas heriv


das juntas. El primer caso tuvo lugar en Nueva York, en donde un latino inmigrante sobrevivió a 23 heridas tras enfrentarse a tiros con la policía, según los servicios de Internet. Cuando los expertos de la Policía Nacional Civil (PNC) analizaron el caso, no dejaron de expresar su sorpresa porque las catorce heridas no tocaron órganos internos importantes. El criminal tuvo a la víctima a unos tres metros, una distancia de la cual era casi imposible de fallar, pero el ex funcionario afirma ahora que «solo la poderosa mano de Dios lo salvó de lo que parecía una muerte segura». La sobrevivencia de Fión Lizama no tiene explicaciones lógicas. Los analistas se preguntan ¿por qué falló el asesino? La respuesta solo se deduce después de una profunda reflexión teológica y de aquel dicho popular de que «nadie muere en vísperas». Es decir, en un caso como éste se manifiesta con total claridad de que Dios vive y que solo Él puede disponer de las vidas de los seres humanos. Actualmente, en su cómoda oficina de la calle límite entre Santa Elena y San Benito, Fión Livi


zama no quisiera recordar la angustiosa experiencia que le tocó vivir. No se ha recuperado del todo, porque un mayúsculo trauma como el que experimentó deja cicatrices que marcan para siempre. Sin embargo, trata de reencontrarse con su fe y su credo de amor a Dios. Está convencido que si aún respira es porque el Todopoderoso le acompañó en este episodio de sangre y dolor. El conocido penalista siempre ha contado con numerosos amigos a quienes él ha otorgado su confianza y respeto, pero detrás del escenario de la amistad, según lo intuye, también hay enemigos cercanos que habrían pagado fuerte suma de dinero para que lo acribillaran a balazos tal como ocurrió en aquella negra mañana de abril. En todo el departamento petenero Abraham goza del aprecio y simpatía de diferentes sectores, no solo por su nobleza sino también por su proyección social que siempre le han caracterizado. Primero lo hizo como dirigente deportivo, más tarde como funcionario público y en su calidad de abogado se ha esforzado por la libertad de coterráneos que no cuentan con recursos para

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costear los servicios de un profesional del Derecho. Fión Lizama ha sido religioso y hoy más que nunca reconoce que el final de la vida puede llegar en el momento menos esperado. Busca la reconciliación con el Cristo del Calvario e imita las palabras del Maestro al momento de su agonía cuando expresó: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Para él ha empezado el proceso de su acercamiento al Señor a quien le debe la vida y todo lo que tiene. Por pura casualidad, el autor de este prólogo pasaba por el citado restaurante cuando ocurrieron los hechos. Había vehículos y gente que impedían el paso frente al escenario del crimen. Salí de mi automóvil y corrí para observar lo que pasaba. Varios curiosos gritaban: —¡Lo mataron, lo mataron! ¡Es el licenciado Abraham Fión, es Abraham Fión!—, gritaba la gente una y otra vez. Cuando llegué al lugar alguien trataba de subirlo a una camilla de metal. Me apresuré para auxiliarlo y vaya sorpresa tan triste. El herido que se estaba desangrando era mi apreciado y especial amigo, el abogado Fión Lizama, con quien viii


siempre nos ha unido un sólido lazo de amistad y respeto. Ayudé a subirlo a la ambulancia, pero me llamó la atención de que, pese a las múltiples heridas, no tenía cara de agonía. Noté en él amplios deseos de vivir y me dio la impresión de que iba a salir bien de la difícil prueba. —¡Abraham, Abraham, hermano mío, vas a vivir, vas a vivir!— Levantó la cabeza y trató de reconocerme. Le manifesté que Dios estaba con él, que lo iba a salvar de su dolor. La ambulancia partió del lugar apresuradamente. Yo no podía hacer nada por él, más que orar para suplicarle al Señor que sanara sus heridas. En efecto, el litigante salió airoso de las múltiples intervenciones médicas y ahora que ha retornado a su trabajo trata de plasmar en este libro un verdadero mensaje testimonial, porque fue en estos momentos complejos cuando observó con nitidez la presencia del Creador. Pormenoriza paso a paso la dolorosa tragedia que casi lo llevó a la tumba y puntualiza con énfasis cómo fueron apareciendo todas aquellas personas que Dios envió para que le salvaran la vida. ix


El mensaje va dirigido a las personas que hoy se deleitan de su existencia y que aún no tienen pruebas angustiosas. Según el abogado, hay seres humanos que destruyen su vida en caminos equivocados y que nunca se acuerdan del Señor. También hay personas que consideran a Dios como un ser ficticio e irreal, gravísimo error porque «yo que volví del más allá puedo dar fe de que el Ser Supremo es un Dios vivo que nos ama y que está presente cuando uno más lo necesita», reitera Fión al recordar su agonía. El protagonista relata su singular historia y considera que podría servir de ejemplo para las personas que aún dudan de la existencia divina. Nadie puede sobrevivir tras catorce heridas de bala, pero en este caso, se observa que para Dios nada es imposible. «Hay que confiar en el Creador y desconfiar del hombre», subraya el ex gobernador petenero.

Álvaro Gálvez Mis. Ciudad Flores, Petén, diciembre del 2010.

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Momento de la expiación

CAPÍTULO UNO

Los días de gobernador

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as sombras de la noche envuelven la pequeña isla de Ciudad Flores y mientras turistas y locales deambulan en las calles en busca de diversión y placer, en esos mismos momentos del 29 de abril «un día antes del atentado», el ex gobernador Fión Lizama trata de conciliar el sueño en sus aposentos. Siente un poco de calor y enciende el aire acondicionado. Observa un rato

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las noticias por la televisión, pero presiente como si un peñasco estuviera por caerle encima. Las horas pasan y el abogado sigue despierto. Le llega la media noche, está como inquieto, desesperado. Ingiere una gaseosa y remonta vuelo a sus recuerdos como queriendo introducirse a las preteridas etapas de su vida. La isla de Flores, expone en sus adentros, ya no es la misma de antes. Con frecuencia ocurren asaltos, robos y chantajes a propietarios de pequeñas empresas, por lo cual hay que permanecer en constante vigilia. La ciudad de Flores, fundada por los españoles en 1697, ya no es aquel fragmento geográfico cuando sus playas eran visitadas por personajes de misterio y de leyenda, como el Ixtabay y la Llorona que recorrían los litorales después de la media noche en busca de hombres pervertidos. La concentración del turismo ha dado lugar a la existencia de negocios que atraen a gentes de todas partes, con lo cual se ha destruido la tranquilidad y la paz de otros tiempos. Flores, una tropical y encantadora isla, se convirtió de pronto en una pequeña península 2


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debido al enlace con la población de Santa Elena por medio de un relleno asfaltado. Ahora la isla se está convirtiendo en un destino turístico y que en breve podría alcanzar la importancia como lo es el balneario de Cancún y Cozumel, en el vecino estado de Quintana Roo, México. El paso de vehículos que para los años cincuenta era sólo un mito, se hizo realidad en febrero de 1966 cuando el recordado coronel Oliverio Casasola y Casasola, promotor de la entonces empresa de Fomento y Desarrollo Económico de Petén (FYDEP), inauguró el puente relleno sobre una plataforma base que habían dejado los antiguos itzáes. Al abogado Fión Lizama le preocupaba el surgimiento de esa simbiosis que el turismo genera dentro de la sociedad petenera. Los bruscos cambios, aunque naturales y lógicos, traen consigo una serie de perturbaciones que a la larga provocan una metamorfosis quizás positiva dentro de los rubros económicos, pero no se puede negar que las consecuencias dentro de la juventud, sedienta de experiencias, son funestas y

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complejas. El proceso de la transculturación causa problemas en toda sociedad. ¿Pero quién detiene esos cambios? ¿Qué sociedad puede quedarse estática y paralizada ante un mundo cada vez más convulsionado? Esa noche, previo al atentado, Abraham se hacía esas preguntas y llegó a la conclusión que Petén había cambiado. Comprendió que la cultura petenera debería asociarse hacia corrientes de otras culturas que tenían que llegar tarde o temprano. Este departamento pensó, ya no es aquel inmenso manto verde. Ya no es la región montañosa poblada por chicleros legendarios. Ya no es aquella selva repleta de animales salvajes y de ciudades precolombinas. Ya no es la mansión del pájaro serpiente como lo describe el escritor Virgilio Rodríguez Macal. Petén se ha convertido en un departamento boyante y dinámico, cuyo desarrollo estuvo marginado por muchas décadas. Cuando estuvo al frente de la Gobernación Departamental, se preocupó por acelerar el desarrollo de la aislada y marginada comunidad petenera. La región necesitaba con urgencia una carretera que comunicará al departamento con la 4


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ciudad de Guatemala. Era urgente la construcción de escuelas, la creación de fuentes de empleo y principalmente realizar el diseño de un proyecto que sacara a la región del abandono en que había permanecido. El Gobierno había enfocado su plan de trabajo en la solución a los diversos problemas derivados del enfrentamiento armado como parte de una estrategia para consolidar la incipiente democracia. El pueblo exigía cambios urgentes y miraba las intenciones oficiales como una gran esperanza para concluir con la guerra interna que desangraba al país y que obstaculizaba al desarrollo nacional. La nueva administración necesitaba de gobernadores que contribuyeran con ideas y proyectos en pro de la reactivación de la economía. Guatemala atravesaba un período de crisis no solo por el golpe de estado que el 23 de marzo de 1982 derrocó al gobierno del general Romeo Lucas García sino también por las décadas de constante derramamiento de sangre. Antes de la asonada, las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR), uno de los poderosos brazos de 5


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la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), había concentrado su frente de lucha en el montañoso departamento petenero y su proyecto era el de declarar a esta región como «territorio liberado». Si eso hubiese ocurrido, la guerrilla habría dado paso a la organización de un ejército declarado e incluso habría contado con el apoyo de la comunidad internacional para continuar con el enfrentamiento. La URNG se apoyaba en la tesis de que en Guatemala se carecía de un sistema democrático y que el gobierno lo sustentaba un grupo de dictadores militares que convertían las elecciones en burdos procesos fraudulentos para favorecer a un pequeño grupo de millonarios. Esta situación dio paso a la idea de derrocar al gobierno del general Lucas para evitar la llegada al poder del general Ángel Aníbal Guevara, militar que recién había ganado las elecciones, las cuales fueron declaradas de viciadas por los partidos políticos organizados. El golpe de Estado, propiciado por un grupo de militares jóvenes, eliminó algunas de las razones de la guerrilla para apoderarse de Petén, con 6


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lo cual a la comandancia de la URNG no le quedó otra alternativa. Empezó a presionar con cruentos enfrentamientos armados en la selva petenera, pero el retorno a la constitucionalidad y con el apoyo de países amigos, la guerrilla se vio obligada a participar en las llamadas pláticas por la paz. Durante esa época toda la administración gubernamental estaba bajo la dirección de la empresa Fomento y Desarrollo Económico de Petén (FYDEP), cuyos promotores eran nombrados por el jefe del Ejecutivo para impulsar políticas progresistas. Por lo general, estos promotores actuaban de acuerdo a sus intereses personales. Se criticaba a esa entidad porque en realidad se constituía como “un pequeño estado dentro de otro estado”. Los promotores tenían un amplio poder para laborar como se les diera la gana y basaban el financiamiento de la empresa en la tala excesiva de los bosques y en la explotación del chicle. Cuando Fión llegó a la Gobernación lo primero que hizo fue llevar a la práctica un proyecto que acelerara la creación de fuentes de 7


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trabajo, como medida primordial que impidiera reclutamientos masivos en las filas de las agrupaciones rebeldes. La guerra continuaba y no había esperanzas para un cambio de paz y de concordia. El gobierno entendió la iniciativa de Fión y ordenó la inmediata liquidación del FYDEP, lo que dio lugar a la contratación de numerosas personas que pasaron a laborar en las diversas oficinas estatales. El FYDEP pasó a formar parte de la historia petenera. La gente admiraba al abogado porque llegó a ese puesto tan importante tras una deslumbrante jugada de ajedrez político. Para ser gobernador se necesita, por ejemplo, haber aportado una millonaria suma de dinero al partido, ser dirigente del grupo triunfador y contar con el apoyo de por lo menos diez miembros de la cúpula de la entidad política. Además, hay que contar con numerosas firmas de los diversos sectores de la población, así como gozar de la confianza del presidente electo. Cuando representó al ejecutivo en Petén, el Presidente de la República era el licenciado 8


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Marco Vinicio Cerezo Arévalo, principal líder de la Democracia Cristiana Guatemalteca (DCG). Fión Lizama jamás había pertenecido a esa entidad política, pero se las ingenió para contar con el apoyo necesario y el mandatario del país lo nombró gobernador del departamento petenero. En este episodio de su vida, Fión también considera que nadie llega a esos puestos sino es con la ayuda del Creador. Muchos políticos se quedan esperando que se les llame para ocupar un puesto público e invierten cantidades significativas de dinero, pero nunca se les concede la oportunidad para llegar a la alta burocracia. La política es una vana ilusión, aunque los filósofos aducen que se trata de la ciencia de gobernar, de administrar un estado, Fión subraya que no todos tienen la misma suerte, pues mientras algunos logran alcanzar los puestos más apetecibles de la burocracia, otros mueren en su lucha por esos anhelos. Esto fue el caso del licenciado Jorge Carpio Nicolle, líder de la Unión del Centro Nacional (UCN), quien luego de dos fallidos intentos por 9


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llegar a la Presidencia de la República, encontró la muerte en una aislada carretera del altiplano occidental. Carpio fue acribillado a tiros cuando regresaba a la capital luego de una reunión política en la región de Sololá. Otro de los mártires de la política fue el recordado y afamado líder petenero Francisco Sagastume Ortiz, hombre de principios democráticos, de acentuada carisma y apreciado por la comunidad regional. Ganó dos veces la diputación por este departamento, pero las fuerzas obscurantistas le impidieron su llegada al Congreso de la República. Finalmente pereció ametrallado en un sector de la calzada San Juan, zona 7 de la ciudad de Guatemala. Para el general José Efraín Ríos Montt, líder del partido Frente Republicano Guatemalteco (FRG), sin embargo, todo fue color de rosas. Tenía varios años de permanecer retirado de las filas del Ejército, pero en marzo de 1982 cuando ya nadie se acordaba de él, fue llamado para gobernar al país tras el golpe de Estado que derrocó al Gobierno del general Romeo Lucas García. El mismo general Ríos declaró después, que su 10


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llegada a la Jefatura de Estado había sido un verdadero milagro celestial. Tiempo atrás, Abraham había sido candidato a diputado por el Partido Nacional Renovador (PNR) para la Asamblea Nacional Constituyente y después volvió a participar con la misma agrupación política, su participación en política ha sido muy activa.

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CAPITULO DOS

Preparado para la batalla

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os gallos anuncian la llegada del nuevo día y por fin, el licenciado logra dormir por largo rato. Despierta a eso de las seis de la mañana, pero empieza a sentir una extraña sensación. Le invade una especie de prognosis como si un sexto sentido le estuviera avisando que se preparara para un encuentro con la muerte. No quiere levantarse. Se envuelve una y otra vez con la sábana de seda y trata de sosegar el sueño. Se percata, sin embargo, que su sacrificio de dieta le empieza a dar resultados exitosos, que 12


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su abdomen casi ha desaparecido con el descenso de su peso en más de 100 libras y un tanto animoso por esos resultados, se introduce a la ducha para comenzar el nuevo día. El abogado había llegado a pesar 280 libras y se sentía incomodo angustiado. Sus amistades le decían a diario que se sometiera a un riguroso programa dietético, pues la gordura lo podía llevar a una severa enfermedad del corazón o bien a una diabetes letal. Tiempo atrás, una caminata de trescientos o cuatrocientos metros le era casi imposible, porque el fuerte calor petenero le sofocaba. Le animaba el deseo de bajar de peso, pero una dieta con el menú de sus acostumbrados alimentos lo consideraba prácticamente imposible. En mayo del 2009, precisamente un día sábado, que no fue casualidad, pasó en su vehículo frente a una clínica para tratamiento de diabéticos. Alrededor de las 13 horas, Leyó el anuncio relacionado con expertos que proponían dietas para bajar de peso y cuando se dio cuenta ya estaba en el interior de la clínica, en donde los médicos empezaron a diagnosticarlo. 13


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Cuando terminaron con el análisis, una joven facultativa que atendió al abogado y notoriamente preocupada le explica: “Mire Licenciado, usted está en una situación delicada. La sangre la tiene atiborrada de colesterol y de triglicéridos, la hipertensión y el exceso de grasa puede ser fatal en cualquier momento. Tiene que ponerse a dieta antes que sea demasiado tarde”. El colesterol es una substancia que el hígado produce para que funcione como combustible y elaboración de vitamina. Cuando el cuerpo no puede eliminar toda esta substancia se da una enfermedad conocida como hipocolesterolemia familiar. Según los médicos, en estos casos el 85 por ciento de los hombres sufre paro cardíaco antes de los 60 años. Además, se dan otros problemas de salud como la arteriosclerosis cuando se forman coágulos que obstruyen el fluido de la sangre que a la postre provocan los infartos o apoplejía. El cuerpo tolera un porcentaje menos de 200 miligramos por decalitro, pero cuando se llega a 240 mg/dl ocurren situaciones verdaderamente

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alarmantes e incluso puede ocurrir una muerte sorpresiva. Abraham también tenía un porcentaje elevado de triglicéridos, lo cual da lugar a una enfermedad conocida como hipertrigliceridemia. Esto se nota cuando el paciente tiene excesiva grasa en el abdomen y padece apnea del sueño o ronquidos. Por ello fue que los médicos se preocuparon cuando analizaron los resultados de los exámenes. Diagnosticaron que Fión estaba al máximo de los porcentajes tolerables y que si quería vivir otros años tenía que someterse a un tratamiento intensivo, principalmente en el cambio de comidas grasosas por alimentos naturales como vegetales y frutas. Muchas veces Abraham había escuchado esas expresiones: “que estás muy gordo, que te vas a morir, etcétera.” Nunca hacía caso, pero esta vez sintió un extraño temor. Por ello, desde ese instante empezó una dieta rigurosa y poco después comenzó a ver los resultados positivos. Para acelerar el proceso de adelgazamiento, compró equipos para gimnasia y también empezó 15


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a ejercitarse en su domicilio. Con el cambio de alimentación, los ejercicios diarios en la mañana y el tratamiento médico, “seguramente dentro de poco lograre mis objetivos de rebajar de peso”, dijo a uno de sus amigos. Inició a perder peso. Su imagen cambió radicalmente. Su dieta la centralizó en alimentos de frutas y vegetales cocidos. Seis meses después volvió a la clínica para un chequeo general y fue cuando la doctora le dijo que “que estaba en buenas condiciones, al extremo que podía participar en competencias deportivas de extremo en son de broma”. Había perdido exactamente cien libras. Y había bajado ya nueve tallas en su pantalón, anteriormente utilizaba talla 44 y ahora estaba en talla 36 Tiempo después, Abraham comprendió que lo expresado por la doctora de que estaba listo para un campeonato de deportivo tenía un mensaje de clarividencia. Sin imaginarse lo que le esperaba, se había preparado con acentuada disciplina para un enfrentamiento; estaba muy cerca para una dura batalla contra un contrincante que muy

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raras veces fracasa en llevar a sus víctimas a la tumba. La muerte estaba a la vuelta de la esquina. El sexto sentido lo orientaba a que continuara con el entrenamiento. La preparación física y mental eran poderosos factores para contrarrestar el ataque del ser de ultratumba. Así las cosas, Abraham continuó con la parca alimentación de frutas y verduras con lo cual la grasa que se le había formado en la cintura casi desapareció por completo. La preparación física fue del todo sorprendente. Parecía a los jóvenes atletas que se preparan para las olimpiadas. Al extremo que muchos creían que se había realizado una liposupupcion abdominal. A su mente llegaron las viejas escenas de televisión de los combates del boxeador Cassius Clay, pugilista que por razones religiosas cambió su nombre por el de Muhammad Alí, quien siempre entrenó con vehemencia para ganar tres veces el campeonato del mundo de los pesos pesados. Abraham había admirado a este legendario boxeador porque en 1967 tomó la decisión de ir a 17


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la cárcel para no viajar a la guerra de Vietnam. En ese entonces se le despojó de su título de campeón de los pesos pesados, pero después lo recuperó. Muhammad Ali, sin embargo, siempre se enfrentó contra adversarios comunes a quienes podía vencer sin tantos esfuerzos. Abraham tenía que enfrentarse a la muerte, un ser invencible, un ser que no perdona, un personaje que está ligado al final del destino de los hombres y que para vencerla habría que contar con el apoyo del Padre Celestial. Fión se pregunta ahora, que habría pasado si cuando se produjo el atentado hubiese estado gordo y adiposo, con porcentajes exagerados de colesterol y triglicéridos. Los médicos le afirman que en una emergencia como la que le ocurrió, con catorce balazos en el cuerpo, dos en el mero centro del pulmón derecho, no habría soportado una hemorragia tan fuerte porque la falta de oxígeno y los bloqueos en las arterias lo hubiesen matado al instante, la dieta fue básica para que su cuerpo estuviera en condiciones de soportar

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todas la operaciones que le realizaron el día 30 de abril del 2010 Ahora está convencido que al pasar por aquella clínica en donde observó la propaganda para bajar de peso, no fue una mera casualidad. Dios empezó su trabajo, Aquí fue donde empezó a prepararse para la horrible pesadilla que le tocaría vivir. Los exámenes de laboratorio revelaron que su sangre estaba limpia de grasa, que la corriente en las arterias se había despejado, un hombre prácticamente rejuvenecido. Nunca antes había tenido experiencias tan amargas. La vida lo había tratado bien. En su calidad de abogado tenía todo un futuro por delante y la verdad que nunca se imaginó que la dura prueba estaba por llegar. Cuando el atentado se produjo se enfrentó a la muerte pero con un cuerpo prácticamente nuevo, libre de enfermedades que agravaran las múltiples heridas. Por todo ello es que sus desayunos siempre los hacía en el Mijaro II, un restaurante ubicado en la calle principal de Santa Elena. Aquí sabían de

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su dieta. La comida se la servían como él quería y en realidad estaba satisfecho del servicio. Aquella mañana del atentado, la isla de Flores parecía desolada. El paisaje era embriagante. Desde la casa del abogado se observa toda la parte saliente del lago Petén Itzá, en donde el sol empieza a ganar altura con su majestuosidad total. La belleza natural impacta a cualquiera. —¡Qué bella mañana!— expresó. Se detuvo un momento, observó el paisaje y luego se dirigió a su garaje para abordar su automóvil, en donde lo esperaba su chofer. ¡Qué extraño me siento Dios mío! ¡Siento el cuerpo muy pesado! Ni modo, tengo que ir a la oficina porque si no la cosa se detiene y hoy es fin de mes hay que pagar los sueldos a los empleados. Hay varios casos que necesitan ser atendidos personalmente. Tal vez por la tarde vaya con algún doctor y a ver qué me dicen. No creo que sea nada malo, de todos modos un buen desayuno me calma esta sensación y mejor si es platicando con algún buen cuate—, pensó en su interior.

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Salió a la calle con paso ágil. Sintió el calor propio de las mañanas peteneras. Una tibia brisa llena de vida se dejaba llegar desde el bello lago Petén Itzá. Miró a ambos lados de la calle. Saludó a un par de vecinos que caminaban presurosos rumbo al trabajo. Subió a su carro. —Licenciado, buenos días—, dijo el chofer. —¿Qué tal Luis?—, respondió. Hizo una mueca de dolor, seguía sintiendo esa extraña sensación en el cuerpo, pero no atinaba a determinar qué le ocurría. Cerró los ojos por unos instantes y luego expresó: —Vamos a desayunar en el restaurante de siempre—. Su voz sonó lenta. Sí, definitivamente algo no estaba bien. El vehículo enfiló hacia abajo, buscando el litoral que circula la isla para luego tomar la vía adecuada y salir de las estrechas arterias de la ciudad. Ya no habló más. Algo inusual en Abraham, pues siempre fue un excelente conversador. Acostumbraba a hacer bromas casi por cualquier cosa. Hablaba de lo que se le

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ocurriera. Le gustaba transmitir sencillez y amabilidad con los demás. Su rutina era de la siempre. Le pide al conductor que lo lleve al restaurante de Santa Elena, a unos diez minutos, si mucho, de su residencia. El chofer, para esos momentos, se ha convertido en uno de sus hombres de confianza. Es un joven atlético que en sus mejores años fue un excelente jugador de futbol. En el trayecto que une a la isla de Flores con Santa Elena, Fión centró su pensamiento en aquellos días de estudiante universitario y rememoró que su graduación como abogado en la Universidad Mariano Gálvez no fue nada fácil. Se graduó con una rapidez increíble para convertir su titulación como un verdadero hecho histórico, pues sin proponérselo es el primer abogado que egresa de las aulas universitarias peteneras. Como todo un buen profesional, en poco tiempo Fión Lizama se abrió un espacio en el campo del Derecho y hoy por hoy es uno de los mejores abogados del departamento. Edificó laudable cartera de clientes con el singular apoyo

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de sus guapas hijas que también son profesionales de la abogacía. Por la propia naturaleza del trabajo, todo litigante en un momento dado se hace acreedor de la admiración de los distintos sectores de la población, pero también recibe la animadversión de otros. Los que conocen la difícil labor de los abogados subrayan que no se puede quedar bien con todos, pues se defiende a muchos y a otros se les envía a la cárcel e incluso se les puede llevar a enfrentar la inyección letal. En la ciudad de Guatemala y en varias poblaciones del país, numerosos abogados han sido asesinados precisamente por su controversial labor de litigantes. Pero estos casos ocurren con frecuencia, pues los expertos en Derecho tienen que exponerse a riesgos para defender o para acusar a justos y agresores de la ley. Fión ama su carrera, le gusta la pugna judicial y cuando tiene a su cargo un caso por más complejo que sea, busca pruebas, investiga, llega al lugar de los hechos, profundiza en las

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pesquisas y eso le ha creado la admiración de muchos y la animadversión de otros. Al momento en que se dirigía al restaurante, Abraham trató de expresar su buen ánimo, pero se sentía mal. Siempre era difícil observarlo de mal humor. Siempre estaba dispuesto a la sonrisa fácil, al saludo afable, a la charla agradable, a la broma perenne a flor de labios. Por eso, como era rutina diaria, ninguno de los dos imaginó que algo fatídico se cruzaría en sus vidas pocos minutos después. —Voy a llamar a Amílcar Alonzo «un viejo amigo»—, enfatizó. —Aquel está enterado de las últimas noticias de la política y vamos a conversar sobre el futuro partidista del país—. Recordó que con Amílcar le unía franca amistad, ya que « cuando fui Gobernador Departamental del Peten, Presidente del Consejo de Desarrollo Urbano y Rural Región VIII Peten y Presidente de la Comisión Liquidadora del Fydep, siempre estuvo conmigo», argumentó.

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—Lo voy a llamar a ver que dice, tal vez quiere echarse un desayuno conmigo. Siempre está dispuesto—. Amílcar, para esa fecha, era representante del Ministerio de Gobernación en la región petenera y su plática, por lo general, es amena y divertida. Con facilidad expone anécdotas humorísticas de lo que ocurre en el departamento y eso permite que la reunión sea verdaderamente agradable. Mecánicamente sacó el celular y empezó a buscar en su agenda el número de Amílcar. A marcar iba cuando entró una llamada y respondió. Era algo relacionado a un caso que llevaba de no mucha importancia, pero que requería cierta atención de su parte. Habló largo rato. —Ya es tarde—, dijo, por lo que desistió de llamar a su viejo amigo. —Seguro no va a tener tiempo—, agregó y guardó el celular. En pocos minutos llegaron al restaurante, estacionaron a un costado. Aún con la sensación de pesadez en el cuerpo, Abraham dijo: —Bueno, vamos a echar un taco, pues—. —Está bien, licenciado—, respondió el chofer. 25


Testimonio del poder de Dios

Ambos descendieron del vehículo. Cerraron las puertas. Ninguno notó algo extraño en la calle. De hecho no había motivo para pensar que se había planeado un atentado contra Fión Lizama, ya que nunca había sido amenazado. Ningún familiar recibió llamadas sospechosas a no ser un par de intentos de extorsión que no pasaron a más. Por supuesto que el sicario contratado estaba muy cerca del lugar. Esperaba a su víctima como aquel cazador que en medio de la montaña espera a su presa para darle muerte. El ya sabía de la rutina del abogado, pues durante varios días tuvo que seguirlo muy de cerca para cerciorarse de sus movimientos y sobre todo de las áreas en donde Abraham se detenía para ingerir sus alimentos y establecer, principalmente, quién o quiénes le acompañaban. El matador llegó a la conclusión que el mejor lugar para acribillar a su víctima era en el interior del restaurante. No solo porque en las primeras horas de la mañana el negocio estaba casi vacío sino también porque en las calles adyacentes casi no hay gente. El asesino tuvo que planificar el 26


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hecho de sangre. Pensó en el tiempo que necesitaría para lograr su objetivo y la ruta que tenía que seguir para escapar del lugar sin que fuera reconocido. Abraham siempre ha sido enemigo de las armas y a pesar que ha ocupado puestos públicos de singular importancia, nunca ha querido usar pistolas, porque según su propio código personal: ¨no soy asesino y no quiero mancharme las manos con sangre de mi prójimo¨. De manera que al momento del ataque ni él ni su chofer portaban arma de fuego. Probablemente eso también lo sabía el homicida y por eso esperaba con confianza la llegada de su víctima. Es casi seguro que tampoco estaba solo y que a pocos metros del lugar permanecían los asesinos intelectuales para auxiliar al sicario en el caso que fuese necesario. Mientras tanto, Abraham continuaba inquieto, pues una extraña premonición le avisaba que no entrara a ese restaurante. Aunque al momento no lo identificó, reconoció después que sintió temor por una aparente y desconocida amenaza. Cuando entraba al negocio su subconsciente le 27


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hizo una nueva advertencia. Es decir, si en ese momento le hubiera hecho caso a su sexto sentido y desistir del desayuno, el atentado no habría ocurrido. Los nigromantes aseguran que cuando se hace caso a las corazonadas o a los presentimientos, la balanza del destino puede inclinarse hacia el lado positivo. Hay un momento en la vida, aseguran, que las desgracias pueden evitarse, pero a veces hacemos caso omiso de esos avisos que nos llegan por medio de una voz espiritual y ocurre lo que tiene que ocurrir. Uno de los hechos más famosos relacionados con las premoniciones es el de la vidente Jeanne Dixon, de los Estados Unidos, la que once años de que se produjeran los hechos, informó acerca de su visión sobre el asesinato del presidente norteamericano John F. Kennedy. El joven mandatario norteamericano pereció asesinado el 22 de noviembre de 1963, por el ex soldado Lee Harvey Oswald, en Dallas, Texas. Nadie hizo caso de las advertencias de la vidente Dixon. Tiempo después, la misma arúspice pronosticó el asesinato del hermano del 28


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presidente mencionado, el senador Robert Kennedy, así como el trágico deceso del precursor de los derechos humanos, el reverendo Martin Luther King. Las premoniciones de Dixon pasaron desapercibidas. Si alguna persona allegada a las eminencias mencionadas hubiera puesto atención a los avisos metafísicos, quizás se habrían evitado los hechos de sangre. Otro caso es el del escritor Morgan Robertson, el que publicó una novela en 1898 con respecto al hundimiento de un barco de nombre Titán, desastre que según la novela, había dejado un saldo de 2,500 muertos por falta de botes salvavidas. En 1912 se produjo el hundimiento del Titanic, en donde por falta de lanchas perecieron 1,513 personas. Como se puede ver, el escritor Robertson había predicho el desastre con 14 años de anticipación. En esa misma época el periodista inglés Wot Stead hizo una publicación en un diario londinense, en la que se refería al posible desastre de un barco que transportaría hacia América más de dos mil pasajeros. Explicó que numerosas personas iban a perecer por la falta de botes 29


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salvavidas. Uno de los pasajeros que murió en el desastre fue precisamente el periodista Stead, quien no hizo caso a su propia premonición. Hace algunos meses, un joven estudiante de San Benito soñó que era perseguido por una calavera y que al principio sintió temor, mucho temor, pero que después, al ver a su esposa embarazada, el miedo desapareció. En el sueño, se llenó de valor y expresó: “bueno ahora que mi esposa está embarazada no me importa morir, que así sea”. Tiempo después murió de una enfermedad en el hígado, precisamente cuando su esposa tenía tres meses de embarazo.

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CAPITULO TRES

Asesino implacable

A

l llegar al restaurante, Abraham y su chofer caminaron hacia al interior, buscaron una mesa diferente a la que usualmente utilizaban y se sentaron en otra que estaba cercana a la puerta. Esa decisión fue sin lugar a dudas la segunda protección divina de la voz espiritual. La primero voz divina fue la dieta comenzada un año antes de atentado, el sábado 29 de mayo del 2009, Siempre pedía que se le sirviera en una mesa que está ubicada al fondo del negocio, en donde casi seguro el criminal lo habría asesinado sin 31


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obstáculos, era el lugar propicio y perfecto para poderle dar muerte segura y de manera certera. La distancia del fondo hacia la salida del negocio es de unos 15 metros, cerca de sanitario, en un lugar casi escondido, en tanto que la mesa que esta vez había escogido estaba a cinco metros de la puerta de entrada. Ya no era necesario que les llevaran la carta o que les preguntaran lo que iban a comer. En ese negocio todos conocían que el licenciado estaba en un régimen alimenticio austero y sus alimentos habían sido previamente elaborados. El restaurante, a saber por qué razones, se sentía más silencioso que nunca. El radio del negocio, que siempre por las mañanas estaba a todo volumen transmitiendo canciones rancheras, ahora estaba apagado. Incluso los meseros no permanecían alegres y juguetones como en ocasiones anteriores. Eso llamó la atención al abogado y empezó a descifrar que ese día iba a ocurrir algo fuera de lo normal.

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Aunque no tuvo la clarividencia para identificar lo que le pasaba, en su interior empezó a sentir un dejo de tristeza. Algo así como aquellos hombres que son llevados al patíbulo, el mismo sentimiento que invadió a los judíos cuando se les llevaba a los gigantescos crematorios en la Alemania de la segunda guerra mundial. El abogado ignoraba lo que iba a ocurrirle. Jamás pensó en un sorpresivo ataque a balazos. Era de la convicción que no debía nada, que nunca hizo mal a nadie y no había razón para atacarlo. Sin embargo, por primera vez sintió una extraña soledad y no era para menos, pues la brutal agresión estaba en proceso. Ese mismo sentimiento fue lo que ocurrió a Isaac, el hijo del patriarca, cuando su padre Abraham le pidió que le acompañara para realizar un sacrificio. —Padre—, le dijo, ¿dónde está la oveja para el sacrificio? Con profunda tristeza le contesto: —Hijo, la ofrenda eres tú—. De manera inocente habría dicho ¿y por qué yo?, pero se dejó llevar al matadero sin resistencia y sin pronunciar una sola palabra. Todo terminó cuando Dios le 33


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dijo al patriarca que no matara a su hijo, pues solo quería probarlo para saber si de verdad lo amaba. Es demasiado complejo interpretar lo que siente la víctima minutos antes de su enfrentamiento con la muerte. A veces las premoniciones son demasiado fuertes, pero lo que está escrito, escrito está. Se hace caso omiso de los avisos paranormales y se sufre lo que se tiene que sufrir. Esa mañana, Abraham se acomodó para observar hacia la calle y Luis a la par de él. Colocó sus lentes oscuros a un lado, la bolsa de cuero sobre la mesa y se puso a esperar que le sirvieran. Aún era muy temprano. El reloj marcaba las siete y media de la mañana, así que ningún cliente, aparte de ellos, estaba en el lugar. En la calle se dejaba escuchar el alboroto de la natural dinámica de una ciudad en donde la gente empieza a aglomerarse. Bocinas de carros, música en negocios cercanos, risas de jóvenes que se dirigen a sus centros de estudio, pláticas que llegan en tropel y palabras perdidas en el ambiente caluroso de ese día viernes.

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Cuando todo parecía tranquilo, un tipo de unos 35 ó 40 años entró al lugar. Era notorio que no quería llamar mucho la atención. Nada sospechoso a primera vista. Abraham lo vio. Tenía por costumbre ser muy observador de las personas que le rodeaban, pero en ese momento nunca imaginó que ese sujeto llevaba un cargamento de muerte. Llevaba la consigna de asesinarlo. El maleante miró para todos lados como buscando una mesa para ubicarse. Fingió como que iba a requerir los servicios. Dejó entrever que no estaba conforme y luego salió. Llevaba una gorra que le cubría hasta el límite de la frente, mochila al hombro con el logotipo de una empresa de teléfonos, pantalón de lona. Hizo exactamente la entrada del zorro. Entró para verificar si con el abogado había hombres armados, si tendrían la capacidad para una rápida respuesta de contraataque. Entró para medir la posibilidad de un peligro para él y para ultimar detalles de última hora. Salió del

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restaurante y luego regreso para perpetrar el hecho de sangre. El criminal era de mediana estatura, delgado, moreno, Los rasgos típicos de un campesino guatemalteco. Utilizaba gorra, la camisa la llevaba de dentro del plantón, se alcanzaba a ver una evilla con cincho de cuero, estilo militar y una bolsa de una empresa Telefónica puesta al pecho Seguramente dentro ella escondía el arma que escupiría más de treinta balazos en contra de Abraham y de su conductor. El abogado observó cuando el sujeto salió y prácticamente lo olvidó. No le dio mayor importancia Ensimismado en sus pensamientos, mecánicamente sacó un cigarrillo y lo encendió. Luego, como era su actitud particular, lo dejó en el cenicero. Habló algunas cosas con Luis. Hizo un comentario respecto al clima. No habían pasado ni cinco minutos, cuando el asesino, el mismo tipo que acababa de salir, irrumpió en el lugar y desde la puerta gritó: ¡Esto es un asalto! El arma, una pistola nueve milímetros relucía terrorífica en las manos del criminal. 36


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Abraham levantó la vista. Vio con claridad al tipo y calculó la distancia que los separaba. Un disparo casi a quemarropa era difícil de fallar. Midió todas sus posibilidades de salvar su vida en cuestión de segundos. Con pasmosa tranquilidad le dijo: ¡Tranquilo mano, si pisto querés ahí está! ¡Llévate todo, llévatelo! El perverso atacante no quería dinero. Quería fulminar al abogado. Le habían encargado una misión y tenía que cumplirla. Le habían dicho que matara a Fión Lizama y a eso había llegado. La macabra pesadilla para Abraham y su familia había empezado. Abraham presintió que algo malo pasaría y se puso en alerta. En milésimas de segundos se percató que aquel desconocido no quería robar. Quería matar. Abraham acostumbraba a seguir fielmente sus impulsos y sus corazonadas. En la vida, eso le ha dado buenos resultados, tanto en su trabajo como abogado como en sus pasadas 37


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actividades de dirigente político y funcionario de gobierno. En el restaurante se empezó a sentir un ambiente sepulcral y un raro silencio el cual era interrumpido por sonidos de vehículos y algunas voces de empleados en el restaurante. Todo se llenó de un extraño olor. La parca, tenebrosa y cruel, se había posesionado de ese espacio vital que ocupaban tres personas en ese momento: Abraham, su chofer y el matón. Las lenguas de fuego salieron del arma criminal y los estampidos fueron secos y ruidosos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis, Siete… Con rapidez increíble, Fión se lanzó al suelo en un desesperado afán de proteger su vida. Intentó salvarse detrás de una mesa, pero los muebles volaron por el aire a causa de los disparos. Todo fue un desorden, un caos. La vorágine de muerte empezó a girar peligrosamente. El abogado pensó que no había escape. Las balas estaban perforando su cuerpo. La hemorragia era cada vez más intensa, pensó en su familia, pensó en sus tres hijas, tenia muy 38


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presente a Evelin Anaite, A Ana margarita, a Glenda Verónica, a Eduardo, a Anavaleria, pensó en su papa, pensó en sus hermanos, pensó en sus amigos, pensó mucho en Dios y en Adelita y empezó a orar de manera sorprendentemente, debajo de la mesa, protegiéndose de manera poniendo toda su fe en DIOS Nada se puede hacer cuando se está desarmado, cuando se está frente a un despiadado criminal. No hay forma de cómo defenderse. Abraham se sintió acorralado y vio a la muerte cuando se acercaba más y más. Había empezado la agonía. Había llegado el momento de pedir perdón al Creador. El asesino no articuló palabra. Disparó una y otra vez, hasta contar más de 35 balazos. El asesino disparaba fríamente. Su propósito era el de alcanzar las partes vitales del abogado como las de su acompañante. — ¡Qué te pasa¡—. — ¡Tranquilo!—, alcanzó a gritar Fión Lizama, mientras sentía como las balas perforaban en su cuerpo.

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De pronto una situación inesperada. Una increíble paz empezó a envolver su cuerpo. Jamás había experimentado en su vida aquella sensación. Se sintió inundado por espasmos de calma y así, de manera férrea toma la decisión de de enfrentar a la muerte. En pocos segundos Abraham se vio de frente a sus peores pesadillas. En pocos segundos viajó al interior de sí mismo, presintiendo que todo terminaría en ese preciso momento, en el suelo de aquel restaurante, lejos de todo y de todos, en ausencia total, en vacío de soledad. En la tortura despiadada de saberse vulnerable, de sentirse frágil y no poder actuar, sus tres hijas estaban muy presentares en su mente, Evelin Anaité, Evelin Anaité, Evelin Anaité, estaba fija en su mente, veía el rostro limpio de Tete, su hija Ana Margarita, fija en su mente, y podía ver el rostro inocente de Glenda Verónica, ella fija, las tres le pasaban por la mente como película viéndolas en secuencia continua imploraba por ellas y le pedía a DIOS que se enterarán muy rápido porque ellas si harían hasta lo imposible para salvarle la vida

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miraba a Edu, miraba a Anavaleria, miraba a Adelita. Claramente pudo escuchar el sonido cuando el delincuente cambió de tolva y siguió disparando. Sus tres hijas seguían en su mente en secuencia de cuadros continuos, el orando y pidiéndole a DIOS su protección, Escuchó con claridad todo lo que acontecía en su entorno. Y aquello transcurrió en segundos. Abraham sentía desfallecer. El plomo asesino invadía su cuerpo, pero su entereza, deseos de vivir, aunados a la mano protectora de Dios, evitaron que cayera desmayado. Intentaba cubrirse tras una mesa para impedir que las balas lo siguieran perforando. Luis, el chofer, intentó protegerse alejándose de la mesa, en donde segundos antes esperaban que se les atendiera. El asesino lo vio y le asestó cuatro disparos. El mensajero del diablo siguió en busca del abogado, pues su sed de muerte seguía completa, total, como cuando las aves de rapiña salen de cacería y siguen a su presa hasta que la devoran.

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Mientras tanto, los empleados del local se escondían rápidamente aún sin atinar lo que pasaba exactamente. Sin comprender las razones de esa balacera que había interrumpido la rutina de aquella mañana de sangre y dolor. Las balas perforaban las mesas y rebotaban contra la pared. Los cristales rotos volaban por el aire, los tiros nueve milímetros seguían como lluvia mortal. Abraham sintió que la vida se le iba de las manos. El plomo caliente horadaba su piel. La sangre empapaba sus ropas. La respiración se hacía más dificultosa a cada instante. Cada disparo que se metía en su epidermis el ardor violento del plomo corría por su cuerpo. La pólvora invadía envenenando sus arterias, sus venas, sus músculos. La sangre escapaba a borbotones como queriendo ahogar la vida de Fión Lizama. ¡Dios mío, Dios mío¡ ¿ Qué pasa? ¡En donde vino a terminar mi vida! ¡Es terrible! ¡En dónde vine a morir! 42


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¿Por qué está pasando esto? —¡No entiendo qué sucede!— ¡Estoy herido, Dios mío! ¡Siento como queman las balas en mis piernas, en el pecho, en la espalda! Mis hijas Dios mio porque no aparecen, Dios mio envíame a mis tres hijas, Dios mio donde esta Evelin Anaité, Dios mio donde esta Tete, Dios mio y Glenda Verónica que pasa Dios mio, porque tardan en venir, donde esta Eduardo mi nieto, y anavaleria mi nieta, cuídalos señor, Dios cuida a mi familia, Dios mio no me abandones te lo imploró Los pensamientos chocaban en su cerebro. Su cabeza era un mar de ideas, de preguntas, de dudas, de temores, de frustración, de ira, de impotencia por no tener como defenderse en aquel momento decisivo que marcaría para siempre a él y a toda su familia. Fueron minutos eternos los que transcurrieron durante el letal ataque.

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CAPITULO CUATRO

Momento de la agonía

E

n la calle, los transeúntes, estudiantes en su mayoría, escuchaban el concierto de muerte. Los salvajes estampidos salían interminablemente del restaurante, normalmente un lugar tranquilo y en pleno corazón de Santa Elena. Muchos corrieron a esconderse. Buscaban alejarse del local donde, en su interior, se estaba librando una batalla feroz entre el bien y el mal. Sin duda, el bien logró destrozar sin atenuantes las iniquidades del demonio. Abraham respiraba tratando de mantener la calma. Sabía que si no perdía el conocimiento 45


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tenía oportunidad de salvar la vida. Debía mantenerse sereno. Si los nervios lo traicionaban las consecuencias serían terribles. Sus años de experiencia en política, en la abogacía, en el deporte y en fin, en la vida misma, le habían enseñado a mantener la tranquilidad aún en los momentos más difíciles. Así que malherido trataba de mantener la mente lúcida para detectar cualquier posibilidad de auxilio. Cualquier atisbo de esperanza que lo viniera a sacar de aquel infierno. Nunca hubiera imaginado que se vería cara a cara con la muerte. Así que, rápidamente buscó con la mirada, pero no encontró a nadie. Todos, lógicamente, buscaban protección para no ser alcanzados por las balas. Se escuchaban sollozos, gemidos, lamentos. Intentó moverse, pero no logró más que percibir un terrible dolor en las piernas, en el pecho, en la espalda. Aún no lo sabía, pero en su cuerpo había catorce heridas de bala. Notó el silencio sepulcral que rodeaba el ambiente y que de pronto había anegado el lugar. Casi podía escuchar el sonido de su respiración 46


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que se hacía poco a poco más fuerte, más intenso. Como si la vida buscara escaparse lentamente de su cuerpo. Estaba mojado, pero no precisamente de sudor. Tenía todo el cuerpo lleno de sangre. La camisa, el pantalón, los zapatos. Todo manchado con el color rojo, inconfundiblemente rojo sangriento. De nuevo las imágenes familiares volvieron a su cabeza. Su mente voló y percibió claramente el rostro de sus amadas hijas Ana Margarita, Evelin Anaité, Glenda Verónica. El rostro Adelita. La tierna mirada de sus nietecitos y sintió furia. Una furia intensa por no poder hacer nada. Miró en todas direcciones. Quiso ponerse de pie y no pudo. Su corazón latía rápidamente. Y eso le dio más fuerza, más energía, más deseos de vivir. Para ese momento el cobarde asesino había escapado. Recordó que segundos antes alcanzó a escuchar el característico sonido de las armas que se quedan sin municiones, y en efecto, en sus oídos resonaron trepidantes las pisadas del cobarde criminal que huía del lugar. Y pensó que aún estaba vivo.

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Mientras siguiera despierto, sin perder el conocimiento, había una posibilidad. Sabía en su interior que estaba malherido, pero también comprendía que era el momento preciso de buscar ayuda para no desangrarse en el lugar. Hizo un nuevo intento por mover las piernas pero no pudo. Tenía destrozado el fémur de la pierna izquierda. Avanzó despacio, arrastrándose sobre el piso, dejando tras de sí amplia huella de su sangre. Sus manos se aferraban fuertemente al suelo. Afuera, la luz del sol brillaba extendiendo su mensaje vital hacia el interior. Parecía que la luz del astro rey le mandaba un mensaje de confianza, de esperanza, de ilusión por continuar viviendo. Mientras avanzaba, Luis se puso a su lado. Abraham no lo había visto. —Licenciado, estamos heridos— dijo. En sus ropas podía distinguirse claramente también las señales de los cuatro balazos que el criminal logró encajarle. Caminaba dificultosamente y buscó la puerta del local junto a Fión Lizama.

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—Tranquilo, no pasa nada. Cálmate—, le atinó a responder Abraham entre muecas de dolor y palabras surgidas con dificultad. Poco a poco empezaba a sentir el dolor por las múltiples heridas. Su mente estaba trabajando. Buscaba respuestas rápidas que pudieran salvarle la vida. A medida que avanzaba, perdía más sangre, sus fuerzas disminuían tremendamente, y el espacio que lo separaba de la calle parecía hacerse más largo e interminable. La puerta se hacía más ancha a cada instante. el avance era lento por dos razones: una, por las heridas recibidas y dos, por las precauciones que debían tomar si el sicario resolvía regresar a terminar su obra macabra. Así las cosas, ambos lograron llegar a la puerta y empezaron a salir a la calle. Muchas personas se aglomeraron frente al lugar, preguntándose qué había pasado. Todos se sorprendieron al ver quien era la víctima. Fión se quedó estático, tirado en la calle recibiendo los rayos del sol sin atinar a comprender todo lo que acababa de vivir. 49


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Esperaba recibir ayuda de alguien, pero nadie se acercaba, solo lo miraban asustados. Temerosos, unos prefirieron caminar más de prisa como si no les importara que un prójimo estuviera agonizando. Esperaba la llegada de un buen samaritano, pero nadie, nadie quería acercarse para auxiliarlo. ¿Por qué no nos ayudan? ¿Qué pasaba con el amor al prójimo? Las palabras bíblicas se cumplían. El caso de aquel hombre que fue asaltado y herido. Nadie le ayudaba porque era sábado, hasta que pasó un buen samaritano que lo recogió y lo llevó a su casa para salvarle vida. ¡Es Abraham Fión y su chofer! ¡Llamen a los bomberos! ¡Una ambulancia, rápido! Alguien gritó: ¡Miren, ahí hay tirado un dedo! ¡Mataron a Fión Lizama! ¡Dios mío, Dios mío! La sangre seguía emanando en abundancia. Abraham sabía que si perdía el 60 por ciento del vital líquido era ya un hombre muerto. Además, 50


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una bala le había perforado el pulmón derecho y la hemorragia interna empezaba a complicarse. La sangre se podía regar por otros conductos y llegaría inevitablemente la asfixia. La respiración estaba bloqueada parcialmente por la herida y eso constituía un paso más hacia la muerte. Dentro de los curiosos se acercó al lugar el periodista Álvaro Gálvez Mis, amigo de muchos años de Fión y compañero de campañas políticas. Al verlo sintió cómo el corazón le daba vueltas en el pecho y corrió presuroso hacia Abraham. Lo tomó del brazo y lo acompañó en lo que sería el primer milagro. Pero cuando Dios está presente la muerte se aleja y da paso a la mano bendita del Creador. Precisamente en esos momentos pasaba una ambulancia del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS), la que circulaba sobre la calle principal. Sin imaginarse que el destino le tenía deparada una sorpresa, el chofer salió más temprano de su casa para cumplir con su objetivo y seguir con la rutina diaria. Cuando iba a la altura de la plaza Karossi, en pleno centro de 51


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Santa Elena, alcanzó a escuchar los últimos disparos del criminal. Con rapidez pensó que se trataba de una balacera y por lógica podrían haber personas heridas. Aceleró la marcha para poder atender a las víctimas. Al pasar por el lugar del atentado, varias personas le hicieron señas para que se detuviera. Presuroso lo hizo, vio a los heridos y se alarmó al darse cuenta de la copiosa sangre que emanaba del cuerpo del abogado y de su chofer. Las condiciones eran deplorables. Saltó de la cabina. Corrió y ayudó a subir a los heridos a la ambulancia. Gálvez, que aún estaba en el lugar, pidió a los curiosos que ayudaran a subir a la ambulancia abogado que se estaba desangrando. El chofer se movilizaba sin ayuda, aunque dos balas lo habían alcanzado en el abdomen. El periodista Gálvez no podía hacer nada más por su amigo de siempre. Recordó que cuando había tenido problemas por diversas circunstancias, la mano del abogado siempre había estado calurosa y franca para ayudarlo. Lo 52


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único que podía hacer en ese momento era pedir a Dios para que lo salvara. Se acercó a la ambulancia y le dijo: —Tranquilo Abraham, tranquilo, Dios está contigo. —Te vas a salvar, amigo. No te pasará nada—. El abogado, ya en el interior de la ambulancia, levantó la cabeza y casi se sentó. Vio a Gálvez y volvió a recostarse. En ese momento su cuerpo fue envuelto por una tibia serenidad, la angustia y desesperación habían decrecido. Sintió apacible tranquilidad, una paz interior que nunca antes había experimentado. --Dios está contigo hermano. Fe en Dios, mucha fe. Vas a sobrevivir hermano—, reiteró el periodista visiblemente impactado por lo ocurrido. La sirena de la ambulancia empezó a sonar y el vehículo se alejó con rapidez del lugar de los hechos. Esas palabras le sirvieron de mucho al abogado. No podía dejarse vencer sin antes haber dado batalla. Toda su vida fue de retos diarios y siempre los había enfrentado sin temor. En la

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mayoría de ellos salió vencedor y ahora no podía ser diferente. Aún la mente inquieta de Abraham estaba tratando de ordenar todo lo que había transcurrido en pocos minutos, desde que salió de su casa hasta el momento en que les dispararon. Todavía estaba consciente. Habló con el conductor de la ambulancia y le indicó por donde debía dirigirse para ir más rápido y llegar cuanto antes al hospital, en donde, para ese momento, se estaba realizando el cambio de turno entre médicos y enfermeras. Todos eran un manojo de nervios. No era para menos. Dos vidas estaban en juego. Acababa de ocurrir un terrible atentado en contra de una de las figuras públicas más emblemáticas y controversiales de la vida política de Petén. Decenas de curiosos que llegaron a la escena del criminal atentado, nunca se imaginaron que las víctimas hubiesen sido ya trasladadas a un centro asistencial. Muchos, casi todos, pensaron

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que los cuerpos sin vida del ex gobernador y su chofer estaban en el interior del negocio. —Muchá—, decía alguien. —Adentro están los cuerpos. —¿Quiénes son? —Abraham Fión y su chofer. Los plomearon, parecía guerra—, dijo uno de los curiosos. —Sí, se oyeron un montón de disparos—, manifestó una asustada señora. —Sí, desde aquí se pueden ver los cuerpos. Miren, miren, repetían los aglomerados en la calle. —¡Puta, que peligroso está ya! —Ni siquiera respetan la llegada de la luz del día. Los matones se despiertan pensando en quien van a joder—, comentaban los mirones que seguían presentes en el lugar. —¿Por qué sería? Sí, la pregunta inevitable. Todos especularon sobre las razones; todos tenían diferentes hipótesis sobre lo ocurrido. Mientras tanto en el restaurante, nadie se atrevía a entrar. Los empleados del local tenían temor de salir. Todo era un mar de confusiones, 55


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comentarios sin sentido, habladurías en voz baja. El imaginario colectivo del pueblo se daba un festín morboso con aquel trágico atentado. Todo se aclaró cuando alguien dijo que a los dos heridos se los acababan de llevar en una ambulancia. Pero regresemos por unos segundos antes de que Abraham decidiera buscar auxilio, y ubiquémonos junto al mensajero de la muerte, quien sudando copiosamente, acezando como animal que ha cumplido su tarea al ir en pos de una presa, sintió cuando terminó la segunda tolva y así, cual sombra tenebrosa buscó escurrirse hacia la calle escapando del lugar. De un brinco alcanzó la calle, pero tropezó ligeramente y casi cae de bruces sobre el piso. Miró a ambos lados. Los que lo vieron dicen que iba nervioso, intranquilo y que caminó hacia la calle frente al negocio, adentrándose al mercado central de Santa Elena, confundiéndose entre la gente. Todavía tuvo tiempo de detenerse en una venta de discos compactos e hizo como que le interesaba comprar uno, pero fue solo para 56


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observar qué ocurría a sus espaldas. Se fue muy pegado a la pared de los negocios que ahí están instalados. Aparentemente sentía que lo estaban persiguiendo, pues dos tipos altos, delgados, iban caminando tras él con el aparente interés de alcanzarlo. ¿Serían los autores intelectuales? ¿Buscaban capturarlo? Eso nunca lo sabremos, pues el maleante siguió tranquilamente perdiéndose para siempre y dejando tras de sí una estela de muerte.

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CAPITULO CINCO

Un ángel salvador

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n su calidad de socorrista, siempre había participado en diferentes emergencias por lo que estaba estrechamente familiarizado con rápidas acciones para salvar la vida de personas que estuviesen en peligro. Marco Antonio Gómez Rodas, de 39 años, originario de Mazatenango, Suchitepéquez, vivió algunos años en Retalhuleu, pero desde hacía 21 había emigrado al departamento petenero con el propósito de mejorar las condiciones de vida de su familia. Gómez Rodas, que entregó su vida a las manos del Señor Jesucristo desde que era 59


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pequeño, jamás pensó que el Creador lo iba a poner al servicio de una emergencia singular, en la cual estaba en peligro la vida del abogado Fión Lizama. Labora para el IGSS desde hace año y medio, en donde se le ha encomendado la conducción de la ambulancia 111. Una noche antes de los hechos, Marco Antonio había retornado de la ciudad de Guatemala a donde había viajado para trasladar a un paciente al hospital general de accidentes del la entidad aludida. Casi nunca se queda con la ambulancia, pero esa vez tuvo que hacerlo debido a que regresó de noche a la zona central petenera. Al amanecer al siguiente día, Gómez se alistó para llevar la ambulancia hasta una gasolinera, en donde la lavaría con cuidado para que luciera impecable en el caso que tuviera que atender emergencias que siempre ocurren en la población. Así las cosas, la mañana del 30 de abril Maco se levantó muy temprano, comió algo liviano y degustó una taza de café. Luego abandonó su residencia y se aprestó para salir al trabajo. —Bueno mi amor, me tengo que ir—, dijo a su esposa. —Voy a lavar la unidad, pero no sé si 60


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hacerlo en la delegación o llevarla a la gasolinera —, agregó. —Mejor llévala a que la laven, se te nota cansado por el viaje—, le sugirió su cónyuge. —Si creo que eso haré—, respondió. —No te preocupes, ándate tranquilo que ya es un poco tarde—, expresó la señora. Salió apresuradamente, se subió a la unidad y manejando tranquilamente, fiel a su costumbre de tomar todas las precauciones posibles, se dirigió al centro de San Benito. Desde hacía algunos años vivía con su familia en el Barrio la Paz de aquel municipio, en donde ya había logrado establecer múltiples amistades. Esa mañana y percatándose que si él sólo lavaba la unidad le tomaría mucho tiempo, decidió desplazarse a una gasolinera de Santa Elena, cosa que casi nunca o mejor dicho, nunca hacía. Normalmente, cuando retornaba de la capital por algún traslado, él mismo limpiaba el vehículo muy temprano en los patios de la delegación del IGSS, o en algunos casos lo hacía en su casa cuando, como en esta ocasión, tuvo que quedarse con el automotor. 61


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Por eso, sin mucho pensar en lo que hacía, Marco Antonio enfiló por la calle principal de San Benito. Quería salir sobre la séptima avenida y dirigirse siempre por toda la principal de Santa Elena, una ruta que usualmente no transitaba. Desde hacía tiempo cuando tenía que llegar al centro o bien salir hacia la capital, normalmente enfilaba con la ambulancia por toda la parte de atrás; es decir, tomaba la calle frente al cementerio y así evitaba el tránsito vehicular que se torna pesado en otras arterias principales de la zona central de Petén. Mentalmente iba repasando las tareas pendientes del día. Tenía que presentar un informe con relación al viaje que había realizado a la capital. También debía revisar el buen funcionamiento de la ambulancia. Otras de sus obligaciones era la de estar pendiente de lo que pasara en la delegación y colaborar en todo lo que fuera necesario. Por ahora, darle una buena limpiada a su unidad, ya que le gustaba mantenerla impecable, higiénica y lista para prestar cualquier servicio. 62


Momento de la expiación

Sin imaginar siquiera lo que la vida le había preparado para esa calurosa mañana, Marco Antonio llegó a la calle límite con Santa Elena, sin muchas prisas. Notó que el reloj marcaba alrededor de las siete de la mañana con treinta minutos y pensó que todavía le quedaba suficiente tiempo para llegar a buena hora a las oficinas del IGSS. A la altura de plaza Karossi, frente al mercado de Santa Elena, sufrió un sobresalto. Escuchó disparos que sin lugar a dudas constituían el presagio de noticias nefastas, noticias de muerte y dolor. Cuando eso ocurrió, el socorrista aceleró la marcha del vehículo para llegar con prontitud al lugar en donde se produjo la balacera. En pocos segundos estuvo frente al restaurante, a un costado de Farmacia Calín. Notó la aglomeración de las personas. —¡Dios mío!—, dijo en voz alta. — Aquí pasó algo y no han llegado los bomberos todavía. Voy a tener que hacer algo—, pensó. Muchas personas corrían en el lugar. Se escuchaban gritos llenos de incertidumbre. 63


Testimonio del poder de Dios

Curiosos que se cruzaban imprudentemente frente a la ambulancia, lo cual le obligó a bocinar varias veces. Estudiantes que buscaban alejarse de la escena unos, y de acercarse otros para enterarse que había pasado. Parqueó la unidad frente al restaurante. De un saltó salió de la cabina. Sacó la camilla sólo. Nadie se acercó a ayudarlo. Todos lo miraban y eso lo puso muy nervioso... Nunca, en el año y medio de trabajar en el IGSS había tenido que atender él mismo, una emergencia como aquella. Observó el cuadro y sintió temor. Una persona estaba herida, tirada en las afueras del restaurante, mientras su acompañante, también baleado, estaba parado a su lado haciendo esfuerzos por mantenerse en pie. Las voces le llegaban como encajonadas... —¡Es Abraham Fión y su chofer! —¡Mataron al licenciado Fión!—, gritaba la gente. 64


Momento de la expiación

No conocía personalmente al licenciado Fión, pero sí había escuchado referencias de él e incluso en un par de ocasiones lo vio por televisión dando declaraciones sobre temas de la vida política y social de nuestro departamento. Rápidamente miró a todos lados. —¡Alguien, ayúdeme a subirlo a la camilla, rápido, rápido!—, se le escuchó decir casi a gritos, buscando sobreponer su voz al murmullo que iba creciendo poco a poco a medida que más personas se aglomeraban al lugar del cobarde atentado. —Yo ayudo—, dijo alguien. —Yo también—, se escuchó otra voz. En milésimas de segundo Abraham estaba en la camilla. Iba gravemente herido. Se iba desangrando. Todos los presentes tenían cara de asombro debido a la cantidad de sangre que se veía por todos lados. Era realmente impresionante que Abraham aún estuviera consciente y en el uso de sus cinco sentidos. El chofer de la ambulancia pensó que sólo un milagro podría salvar la vida del abogado. 65


Testimonio del poder de Dios

Mientras lo subía a la camilla notó que una persona habló con la víctima y le dio palabras de aliento. Escuchó cuando Abraham le dijo a su piloto que se subiera a la ambulancia. Marco Antonio cerró la puerta y subió a la cabina. Iba solo. Ya en el interior de la ambulancia y cuando Gálvez le gritó que «Dios te salvará», Abraham recuerda que esas palabras le inyectaron una sobredosis de confianza y de fe. En ese momento sintió que viviría, que su muerte no era para ese rato porque el Creador lo estaba acompañando en el inicio de su viacrucis. Completamente seguro de que Dios existía de verdad y que era su padre, le dijo a Marco Antonio: —Vos, no vayas a encender la sirena. Maneja en silencio, cruzá por la calle de la Selecta «un almacén cercano al lugar del atentado», luego te vas hacia arriba enfilando por todas las calles de la orilla hasta salir por el cementerio. Después dobla hacia el hospital. Andate rápido, pero sin llamar mucho la atención—, explicó. 66


Momento de la expiación

El socorrista lo miró entre sorprendido y asustado, pues no atinaba a comprender cómo un hombre, gravemente herido, hablaba con tanta coherencia y lucidez. Rápidamente y atendiendo una voz que escuchaba claramente, Marco Antonio enfiló hacia donde se ubica la abarrotería la Selecta y dobló hacia su derecha. Debía llegar cuanto antes al hospital de San Benito y evitar problemas con el tránsito. Así que el chofer miró al cielo y elevó mentalmente una plegaria a Dios para que lo ayudara a salir de aquel momento tan difícil. Maco es una persona de mucha fe y tiene una confianza ciega en el poder del Supremo Creador. Así que muy en el fondo de su corazón estaba convencido que todo lo que pasara en aquel momento estaría conducido por los designios emanados de las alturas. Abraham parecía tranquilo. La otra víctima y Fión Lizama estaban pálidos. Rápidamente puso toda su atención en su trabajo y tomó con determinación el volante.

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Testimonio del poder de Dios

—Tranquilos que vamos a llegar rápido—, fue lo único que atinó a balbucear. Marco Antonio recordó las enseñanzas en los cursos preparatorios del IGSS y le pareció escuchar la voz del maestro cuando le insistía que una vez que los heridos ya estaban en la ambulancia, el conductor se convertía en el capitán del barco. Tenía que luchar hasta el último momento para salvar la vida de los heridos. Había que correr con prudencia, pero a velocidad total. El éxito de un buen conductor de ambulancia se basa en la velocidad inteligente. Hay que llegar lo más pronto posible a un centro asistencial para que los heridos sean puestos a disposición de los médicos. Hay una meta rigurosa por cumplir. Ninguno de los heridos debe morir en el vehículo y por ello, el tiempo y la velocidad juega un papel determinante. El buen conductor, le repetía el maestro, tiene que adherirse al dolor de las víctimas. Se le recuerda que la sangre es sinónimo de muerte y que por ello, debe llegar al hospital en cuestión de minutos. Siempre había laborado bajo estas 68


Momento de la expiación

consignas y en estos momentos se encomendó a Dios porque sabía que el buen capitán queda satisfecho hasta que sus pasajeros llegan a puerto seguro. Empezó a orar. Siempre le había funcionado en los momentos difíciles de su vida. Ponerse en comunión directa con Dios. En aquel preciso instante le era muy necesario saberse protegido por la sangre divina de Cristo. Tenía la certeza de que Dios iba a salvar la vida de Fión y la de su acompañante. La ambulancia que se abría paso hacia el hospital de San Benito, «Dr. Antonio Penados del Barrio», no causó alarma entre las personas que la veían pasar. En el interior del vehículo, que es sinónimo de tragedia, de sufrimiento, de sangre y de muerte, Abraham hablaba fiel a su idea de mantenerse despierto el mayor tiempo posible. A lado de Abraham iba Sebastián, un muchacho residente en San Miguel, quien se había subido al vehículo y acompañó al abogado hasta que llegaron al centro asistencial. Fión iba nervioso por algunos ratos mientras sostenía el

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Testimonio del poder de Dios

dedo anular de la mano derecha, prácticamente destrozado por un balazo. Durante el trayecto hacia el hospital, Maco se fue orando. Iba alerta, pero siempre llevaba una oración en los labios. Se fue esquivando vehículos, motocicletas cuyos conductores se arriesgaban a cruzarse frente a la ambulancia; mototaxistas imprudentes que temerariamente conducían sin control. Sin embargo, poco a poco el camino se fue haciendo más expedito, a medida que iban tomando calles alejadas del centro y donde disminuía sensiblemente el paso de automotores. Podía escuchar el sonido de su corazón latiendo rápidamente. Podía sentir como la sangre corría por sus venas ante la responsabilidad que llevaba sobre sus hombros. Los dos heridos no podían morirse. No debían morir en la unidad. Dios estaba de su lado y eso era más que suficiente. Sin duda era una prueba divina que le encomendó salvar dos vidas y ante ello debía afrontar la situación con entereza y fe, mucha fe.

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Momento de la expiación

Con los pensamientos fluyendo en su cerebro, el conductor sentía pasar los minutos con extrema lentitud. El hospital parecía cada vez más lejos, por lo que hubo momentos en que se desesperó. Aún así expresaba palabras de aliento a los heridos para infundirles confianza. Por fin llegaron al hospital y ya en las afueras de la emergencia encontró mucho movimiento. Detuvo el vehículo bruscamente, bajó y empezó a maniobrar para poder sacar la camilla en la que iba Abraham. Era evidente que el abogado presentaba un cuadro clínico grave. La cantidad de sangre era mucha. —Muchá, avisen que traigo heridos graves—, dijo sin saber exactamente a quién se dirigía. De los presentes un enfermero salió corriendo por la puerta de emergencia y visiblemente agitado. —Vamos compañero, vamos rápido—, oyó que le dijo como buscando darle fuerzas. Alcanzó a ver entre los rostros conocidos el del doctor Melvin Vásquez, yerno del abogado herido, quien presuroso corrió a socorrer a los

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Testimonio del poder de Dios

heridos y daba instrucciones para que fueran atendidos lo más rápidamente posible. Marco Antonio pensó que su presencia ya no era necesaria. Dejaba en buenas manos a Abraham y a su conductor, así que hasta allí llegó. Ya poco a poco se fueron acercando más personas entre doctores y enfermeras del nosocomio. Maco comprendió que su participación había terminado en aquel momento. Se quedó parado unos momentos a un costado de la unidad. Se sentó al borde de la puerta del carro. Se tomó las manos con la cabeza y dio gracias a Dios por haberle ayudado a salvar dos vidas. Luego, lentamente subió a la cabina. Encendió el motor. Metió retroceso y se fue retirando. Iba muy nervioso. Así las cosas, nuevamente agradeció al cielo elevando una plegaria. Podía manejar contento por la carretera. Su trato estaba hecho, su misión había sido cumplida. El abogado Fión Lizama jamás olvidará que la presencia oportuna del socorrista fue de vital 72


Momento de la expiación

importancia para que tanto él como su chofer pudieran recibir pronta atención médica. Está seguro que la llegada de Marco Antonio no fue casual sino que su paso por el restaurante precisamente en la ambulancia, era el evidente auxilio del Creador que no iba a dejar morir a sus queridos hijos. ¿Por qué pasó esto? Veamos, Marco Antonio tuvo la unidad 111 ese día en su poder, porque una noche antes había retornado de la capital. Por lo general, siempre acostumbra a lavar la ambulancia en las instalaciones del IGSS, en San Benito, pero ese día, como si hubiese recibido una orden divina, tomó la decisión de lavar la unidad en Santa Elena. Además de ello, el empleado del IGSS jamás utilizaba la calle central para trasladarse de San Benito a Santa Elena, pues en horas de mucho tránsito siempre lo hacía por las calles aledañas. Al momento de la embestida criminal se desplazó sin que se diera cuenta por la arteria principal, por lo que obligadamente tenía que pasar por el escenario del atentado.

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Testimonio del poder de Dios

Tiempo después Fión Lizama llegó a la conclusión que los hilos del destino de los seres vivos son manejados desde el cielo. Marco Antonio llegó al lugar exactamente cuando el abogado y su chofer lo necesitaban. Fue como un ángel enviado por el ser supremo. Si Abraham hubiese esperado la llegada de otras entidades de socorro, posiblemente habría agonizado por la hemorragia.

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Momento de la expiación

CAPITULO SEIS

Noticia de impacto

L

a noticia del atentado se extendió entre la población como un reguero de pólvora. Nadie creía lo que en realidad había ocurrido. Por ejemplo, el periodista Ramón Aguilar, reportero de radio y televisión, despertó como todos los días. Un tanto cansado, somnoliento, haciéndose preguntas que llegaban a su mente. Despertó maquinalmente. Se llevó las manos a la cara y se la frotó con fuerza buscando asustar a los dioses del sueño. Tenía frío. «Que raro», pensó, —si hace un calor de los mil diablos. Este Petén ya no se 75


Testimonio del poder de Dios

aguanta, de todo pasa. Violencia, corrupción, calor infame como debe ser el del infierno—. Sonrió y de un brinco salió de la cama. Así lo hacía siempre. Se metió directamente al baño. Salió sin imaginar nada; esperaba que al llegar al trabajo, en una radio en Santa Elena, podría revisar si había aceptado Abraham su solicitud y poder hablar con él. Tenía ya varios meses que no lo visitaba y sentía la necesidad de saber cómo andaba aquel hombre que en sus años mozos había sido gobernador de Petén. Bajó las gradas porque vivía en un segundo nivel, amontonado en un cuarto de segunda categoría. Revisaba sus bolsillos para ver si llevaba todo en orden, llaves, celular, billetera sin pisto, peine. Si, todo en orden, no faltaba nada. De pronto el celular, «el maldito celular». Lo sacó del bolsillo delantero de su pantalón. Era un amigo que muy rara vez lo llamaba y eso lo inquietó un poco. —Aló, que hay de bueno—, respondió. Fue interrumpido bruscamente. —De bueno nada mano; acaban de matar a Abraham Fión. Tiene la primicia. 76


Momento de la expiación

—¡Qué!—, alcanzó a decir. —Ahorita, en la calle principal en el restaurante frente al mercado. A él y a su chofer, Luis Luna. Se los acaban de tronar. —¡Puta no me asuste mano! Esas bromas no se hacen. —No es broma, investigue porque es cierto. Yo acabo de pasar por allí y alcancé a oír los pepitazos. —Bueno, bueno. Déjeme averiguar, gracias por avisarme—. Se queda frío, siente que algo extraño recorre su cuerpo y llega hasta su cerebro, provocando un dolor de cabeza que le hace cerrar los ojos por un momento. Siente que se va a desmayar, voltea a ver, están ya junto a él varios miembros de su familia, quienes lo miran asustados y lo interrogan con la mirada. —Dicen que balearon a Abraham Fión ahorita —, alcanza a decir con la angustia reflejada en sus ojos. Aguilar está a punto de llorar, se sienta en una silla de plástico, mira al cielo. No puede creerlo, no quiere creerlo. —Será cierto—, oye que le dice alguien, pero no atina quién es. 77


Testimonio del poder de Dios

—Llámale a su celular—, llega la voz de otra persona. —Pregunta a la policía—, le dice otra voz. —Los bomberos deben saber del hecho. —Llamá a la morgue a ver si es cierto. —¡Averigua qué pasó! Empieza a llamar, aún con un nudo metido en el pescuezo que se agiganta de a poco. Marca el número de Abraham, nada. «Deje su nombre y un mensaje». Llama a bomberos, pero no saben nada. Llama a la policía y no responde nadie como siempre. Marca varios números de colegas y tampoco saben nada. Al fin, un policía responde. —Buen día, soy de la Prensa. Necesito saber si es verdad que acaban de matar al licenciado Abraham Fión. Dicen que lo ametrallaron junto a su chofer hace unos minutos—, pregunta. —Sí, es cierto que les dispararon—, dice fríamente la voz del otro lado de la línea. —Pero

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no están muertos, están muy graves, están vivos —, agrega. —¿A dónde los llevaron, disculpe? —Tengo entendido que al hospital de San Benito. —Gracias, muy amable. El reportero Aguilar se derrumba, siente un cosquilleo en las piernas, las manos le sudan, no soporta la presión en los ojos y abre las puertas de su corazón. Llora como un niño. —¡Hijos de puta, hijos de puta! —¿Es cierto?—, le pregunta alguien. —Sí es cierto, pero está grave, no está muerto. —Pobrecito el licenciado—, dice sollozando. Se agarra la cabeza y mira sin ver nada hacia el vacío. Su mirada está perdida, siente que lo estrechan, que le hablan, que lo tratan de reconfortar, de darle ánimos, pero nada. La frustración por el hecho lo tiene ofuscado, no se siente bien, cree otra vez que se va a desmayar. Respira profundo, trata de buscar un asidero mental a aquella noticia de un hecho tan estúpido. Trata de alcanzar una explicación de esa vorágine de violencia que se vive en Petén y 79


Testimonio del poder de Dios

en toda Guatemala, pero la mente no lo deja. Su cerebro es un hervidero de ideas y así, a pausas, como negándose a entender la realidad, poco a poco empieza a reaccionar tratando de atinar qué hacer y el periodista que hay en él se adueña de la situación. Así, entrando de nuevo en el contexto del momento, sin prisas, vuelve a ser aquel tipo frío que sabe buscar respuestas a las notas importantes. Empieza de nuevo a hacer llamadas, al hospital en primer lugar. —Sí, están acá Abraham y su chofer. Tienen varios balazos y la situación es de pronóstico reservado. Creemos en un desenlace fatal. Abraham está malherido, tiene muchos balazos en el cuerpo y su chofer también. Ahorita los están estabilizando—, le dice un médico amigo a quien logra contactar. No quiere oír más, su corazón está latiendo a un ritmo acelerado, se pone alerta e inmediatamente decide qué hacer. Debe dejar de lado su espíritu periodístico e ir a buscar al amigo. La víctima es aquel que lo ayudó cuando un año antes se había visto al borde de la muerte. 80


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Lo menos que puede hacer en estos momentos fatales es preguntar por él, a hacer presencia en el hospital para que las buenas vibras ayuden a Abraham y a Luis a salir de esta situación difícil. Salió así sin pensarlo mucho, fiel a su costumbre de tomar decisiones rápidas y actuar impulsivamente. Alguien lo lleva en una moto, no recuerda bien, solamente va lamentando el hecho. —Pero por qué el licenciado estaba sin seguridad. Siempre se lo dije que se cuidara, que anduviera con alguien armado, que no se confiara ni siquiera se su propia sombra. Dios quiera que salga bien de todo esto. Maldita muerte, tenemos que espantarla a como dé lugar—, escucha decir mientras va atrás, en la motocicleta, rumbo al hospital de San Benito. «Qué raro está el aire. Como que es más caliente y más espeso. Ya hasta siento que me cuesta respirar. Voy a tener que bajarme. Le diré a aquel que pare la moto. No, mejor que siga derecho al hospital porque me urge saber cómo está el licenciado. Ojalá que salga bien de todo este asunto tan difícil», piensa el reportero.

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«Pobre, su familia debe estar destrozada. Sus hijas y Adelita saber en qué condiciones estarán. Quien imaginaría que hoy, tan temprano, trataran de matar al licenciado. Que jodida está la cosa, nadie se salva, pero por qué sería». «¿Qué hay detrás de todo esto? Ahora es muy prematuro decir cualquier cosa, pero de todos modos la gente siempre habla cualquier cantidad de babosadas; peor aquí en Petén en donde chucho no come chucho, pero petenero se harta a su compañero. ¿Se habrá metido en algún clavo el licenciado? ¿Llevaría algún caso grueso?» La moto se detiene, el periodista agradece el jalón y con paso decidido y respirando ruidosamente camina hacia la entrada de emergencia del hospital para preguntar cómo está el licenciado. —¿Qué desea mano?—. Es el policía, escopeta en mano, quien le habla. —Soy periodista. Vengo a ver el caso del licenciado Fión. El policía da la impresión de estar enterado de todo, de absolutamente todo. Con aire de perdonavidas mira al comunicador de pies a 82


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cabeza y lentamente, dice, como escupiendo cada una de sus palabras: —Sí, periodistas pueden pasar. —Gracias agente—. El reportero Aguilar entra caminando despacio como queriendo retrasar su encuentro con la realidad y, en efecto, es una realidad fuerte, fría, nauseabunda, que de golpe violentamente lo sacude en la cara, en la mente. Gente, mucha gente. Familiares de Abraham, con caras inundadas de incertidumbre lo ven llegar. Periodistas, grabadora en mano. Cámara en ristre, listos para la acción. Algunos filman todo y obstaculizan el paso de médicos y enfermeras, el paso de amigos y familiares que siguen llegando en busca de noticias en torno al estado de salud del abogado. En aquella sala hay políticos, el alcalde de San Benito, Javier López Marroquín, empleados de Abraham, todos haciéndose preguntas entre sí. Ahí está el diputado Carlos Fión, Bobby Fión, Oscar Fión. Toda la familia prácticamente reunida inquiriendo por el estado de salud del licenciado. —¿Qué pasó? 83


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—¿Cómo está aquel? —¿Y el chofer? —Dicen que fueron ocho balazos y cuatro a Luis. Están graves los dos, a saber si van a salvarse. —Los doctores no dicen mucho, pero se miran preocupados. Un periodista corre. —¿Me da una entrevista?—. Se dirige a un importante funcionario del Congreso que está recostado contra la pared, justamente frente a la sala de cuidados intensivos. —Doctor, disculpe, ¿cuál es la situación del licenciado? —Mire, la verdad es que su estado es de gravedad, pero ya lo estamos estabilizando. Creo que podría salvarse, aunque en estos casos es muy difícil hacer un pronóstico. Todavía es muy prematuro. —Gracias, doctor. Imagino que lo van a trasladar a la capital. —Pues lo que se puede hacer por ellos, lo haremos acá. Más adelante posiblemente la familia decida trasladarlo a la capital. 84


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El doctor mira al periodista con ojos esperanzadores y agrega: —Es duro sobrevivir a tantos balazos. Es una pelea muy fuerte la que tiene en este momento el licenciado Fión y su chofer. Están librando una dura lucha con la muerte. Haremos lo necesario y lo que esté en nuestras manos, pero necesitamos también ayuda del Todopoderoso. El periodista se queda pensando y atina a decir únicamente un «gracias doctor». Con voz ahogada empieza a transitar por la incertidumbre de saber a Abraham Fión y a su conductor tendidos en una camilla del hospital, con varias perforaciones de bala, provocadas por un asesino cobarde que seguramente en esos momentos debe estar escondido en cualquier parte, esperando enterarse de todo lo que rodea el hecho que acaba de perpetrar.

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CAPITULO SIETE

Angustia de la familia

A

na Margarita, segunda de tres hijas de Abraham, también es abogada como su padre. Labora en el mismo bufete en donde con luz propia ha logrado destacarse como profesional del Derecho. Minutos después del atentado, recibió una llamada telefónica de su hermana Glenda Verónica, la que además de ser profesional del Derecho posee un título de contadora pública y Auditora, en grado de licenciada

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—Mi papá sufrió un accidente—, escuchó que le decía la voz al otro lado de la línea, un tanto agitada. —¡En serio, no le creo! Ahora averiguo; no sabe nada más. —No mucho, solo así me avisaron hace un ratito—. —Bueno, tranquilícese voy a confirmarlo y le aviso—, manifestó Glenda Verónica. —Espero su llamada, yo voy a llamar también. Creo que voy salir a ver qué pasó; dicen que fue por el mercado. Ya le llamé a su número y no me contesta—, expresó Ana Margarita. Eran alrededor de las siete y cuarenta minutos de la mañana. Muy en el interior de su corazón esperaba que no fuera nada grave. Observó su buzón y se percató de que tenía varias llamadas perdidas. El timbre del auricular volvió a sonar de nuevo. —Licenciada le saluda el diputado Manuel Barquín Durán. Mire, llamo para decirle que cuenta con todo mi apoyo. Pongo a sus órdenes lo que sea necesario, ambulancias y lo que se necesite para que Abraham se recupere pronto. 88


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Ana Margarita agradeció el gesto, pero aún ignoraba que su padre había sufrido un atentado criminal. Todo lo asociaba a un accidente. Pensó que el caso no era de mucha gravedad. Barquín Durán fue muy reservado al momento de hablar por teléfono. Y otra llamada. Era Glenda Verónica. —A mi papá le dispararon, está herido gravemente—. Las palabras con aquella noticia le llegaron a Ana Margarita a lo más profundo de su alma. Sintió como que si le habían dado un golpe en el corazón y empezó a sentir un fuerte dolor. Pero no dolor físico. Más bien dolor mezclado con impotencia. Todo se nubla. Todo cobra otra dimensión. Era como si se estuviera viviendo en una pesadilla y quisiera despertar de ella lo antes posible. No era un sueño. Era la brutal realidad que llenaba de pesadumbre y angustia a una familia petenera. Mientras se dirigía al hospital, Ana Margarita recordó que días antes la había seguido un vehículo en un sector periférico de Santa Elena; un carro moderno, blanco, con vidrios oscuros,

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estuvo detrás de ella mientras conducía hacia su casa. Cuando notó los movimientos sospechosos aceleró la marcha y logró perderlos. Luego olvidó el asunto sin darle mucha importancia. Pero ahora todo recobraba valor en cuanto a los últimos acontecimientos. Habían intentado matar a su papá y la pregunta razonable era «¿por qué, por qué?» En otro lugar, Evelin Anaité, también abogada, había intentado comunicarse con Abraham justo cuando era trasladado en la ambulancia. Tenía que consultarle algunas cosas referentes a un asunto que atendían en su bufete, así que muy temprano tomó el celular y marcó el número. —Deje su nombre y un mensaje—, dijo la voz grabada del teléfono. ¡Qué raro?, pensó Intentó comunicarse de nuevo, pero otra vez escuchó la voz de la operadora. No sospechó nada. Nunca imaginó el terrible infierno que le tocaría vivir junto a su familia a partir de aquel día. 90


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Su teléfono sonó. Creyó que era su papá devolviendo la llamada. A veces ocurría que Abraham dejaba el celular en el vehículo o bien estaba atendiendo otra llamada y no contestaba por esas razones. Así que respondió. —Evelin Anaité, su papá tuvo un accidente—. No lo creyó. Su instinto femenino le indicaba otra cosa. No era un accidente. No había tales. Estaba segura, totalmente segura, que a su papá o lo habían matado o lo habían herido a balazos. Dentro de su interior escuchaba una voz repitiendo que a su padre le habían hecho daño, mucho daño. Se puso nerviosa. Evelin Anaité es poseedora de un carácter muy fuerte, pero esas noticias doblegan a cualquier persona. Trató de mantener la calma, pero los nervios empezaban a traicionarla. A bordo de su vehículo se dirigió al hospital. Las prisas del momento junto a los nervios exaltados provocaron que tuviera un accidente menor. En otras circunstancias hubiera descendido del carro a ver qué pasaba, pero en ese momento no, no podía.

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Su papá estaba en peligro de muerte y ella tenía que estar con él. —¡Dios mío!—, no podía ser cierto. Sin embargo, estaba convencida que lo ocurrido a su padre era grave. Sentía que la distancia hacia el hospital era mayor que la normal. Hubiera querido tener poderes mágicos para llegar cuanto antes y ver qué pasaba realmente. Recordó que una semana antes había tenido un sueño feo, muy feo. Soñó que a su papá lo habían matado; lo vio manchado de sangre, lastimado, inerte. Sin duda era una señal aquel sueño, pero los seres humanos aún no hemos terminado de comprender esos mensajes que nos llegan desde una dimensión desconocida. Evelin Anaité tenía sospechas desde hacía semanas que algo se estaba fraguando. Su papá había recibido una llamada un mes antes de lo ocurrido, la cual los había dejado inquietos. Sin embargo, nunca imaginaron que fuera a llegar a tanto, que fuera a alcanzar ese terrible momento

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que estaban viviendo todos los integrantes de la familia Fión-Zetina. Por fin llegó al hospital y ahí el caos total. Se derrumbó al ver a sus familiares, al enterarse de la infausta noticia. Sintió un fuerte emotivo dolor y al mismo tiempo le dio cólera que su padre hubiese sido atacado a traición. Numerosas personas estaban llamando a las hijas del abogado. Políticos, empresarios, periodistas, familiares, amigos, clientes de sus empresas. Todos querían solidarizarse con ellas por lo acontecido. Recuerdan cada una de las llamadas y las agradecen de corazón. Entre esas llamadas estaba la del gobernador departamental, Rudel Mauricio Álvarez, quien les ofreció todo el apoyo necesario en aquellos momentos de emergencia e incertidumbre. —Su papá se pondrá bien. Eso se los aseguro —, les había dicho entre cosas el funcionario. Álvarez llegó hasta el hospital a enterarse personalmente de la situación.

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Eso les daba esperanza. Era impresionante ver la cantidad de gente en la emergencia. En los patios del hospital, los empleados de la oficina OFASCO-Fión Lizama y Asociados estaban allí reunidos, con caras tristes, reflejando en sus ojos el momento por el que estaban pasando. En el interior, el alcalde San Benito, Javier López, acompañado de su hijo del mismo nombre. Junto a ellos, el diputado al Congreso y primo de Abraham, Carlos Fión. Recostados contra la pared, Belisario Zetina, Manuel Cano, Amílcar Alonzo y una lista interminable de personas que se lograron meter hasta la puerta de la sala de emergencias y de cuidados intensivos. Periodistas, camarógrafos, fotógrafos trataban de obtener los primeros planos de lo que acontecía. Sin duda era la noticia más importante de los últimos años en el departamento. Y frente a la sala de cuidados intensivos dos de sus hijas, Ana Margarita y Evelin Anaité, sentadas en el piso, con la mirada perdida, buscando un asidero en el infinito. Sin dudas sus cabezas permanecían convertidas en un mar de incertidumbre y de preguntas sin respuestas. 94


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Glenda Verónica, por su parte, al lado de su mamá, Adelita, en un apartado de la sala, donde era atendida para evitar que los nervios hicieran presa de ella. Si, el océano de la desolación invadía el entorno. El agresivo poder de la muerte rondaba. El espíritu maligno se podía sentir. Se podía respirar. Las paredes del hospital servían de cobijo a todos los presentes. Cada uno buscaba ese apoyo material, quizás sin darse cuenta. Mientras tanto, Ana Margarita, Evelin Anaité, Glenda Verónica y Adelita, recordaban los últimos momentos pasados con Abraham. Todos tenían un momento que mencionar. Se abrazaron ya en el hospital ante la miraba de otros familiares, se dijeron palabras de consuelo, procurando darse fortaleza unas a otras. Adelita, mama de las tres hijas de Abraham estaba muy mal. Sufrió un terrible impacto cuando supo de la noticia y tuvo que ser atendida para evitar que fuera a sufrir algún colapso 95


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nervioso. Sus familiares más cercanos la arroparon y le daban ánimos encomendando la vida de Abraham a Jesucristo. Ana Margarita recordó que un día antes estuvieron platicando y trabajando hasta tarde en el bufete. Eran alrededor de las siete de la noche, cuando se despidieron luego de revisar un caso judicial. Ella no percibió nada raro en Abraham; lo vio normal, tranquilo, sin imaginar siquiera lo que unas horas después le tocaría vivir. Compartieron puntos de vista. Hablaron más que todo de trabajo, de la profesión que a los dos apasiona. Ella se despidió como de costumbre esperando verlo al día siguiente. Evelin Anaité es quizás la que más tiempo pasa con Abraham en su bufete. Ella está más cerca de él en todo momento, debido a que Glenda Verónica y Adelita tienen a su cargo la dirección de otra de sus oficinas ubicada en Ciudad Flores. Ana Margarita debe cumplir con otros compromisos laborales como asesora jurídica fuera de la oficina.

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Evelin Anaité tampoco percibió nada. Solo el sueño, la odiosa pesadilla de unos días antes donde a su papá lo habían matado. Eso la mantenía intranquila e incluso en aquel espejismo mientras dormía pudo ver claramente como era el velatorio de Abraham. Sin embargo, buscando alejar los temores, trató de olvidar y seguir con su rutina diaria de trabajo, atendiendo su responsabilidad como brazo derecho de Abraham. En fin, todos los que rodeaban la vida del abogado tenían una historia que referir en torno a lo acontecido. Cada uno percibió a su manera los momentos previos al atentado. Las cuatro mujeres en la vida de Fión Lizama estaban juntas en el hospital de San Benito, mientras el personal médico empezaba a atender a los heridos, que entre gritos, empujones, carreras nerviosas y órdenes a voz en cuello, fueron ingresados en una camilla a la sala de emergencias. Todos estaban listos cuando llegaron al nosocomio, gracias a la llamada que se hiciera desde farmacia Calín avisando sobre el atentado. 97


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CAPITULO OCHO

Muestras de solidaridad

G

lenda, la hija menor, junto a su mamá, iban en un vehículo convertidas en un puñado de nervios. El conductor trataba de darles alivio con palabras tranquilizadoras, pero las dos estaban inconsolables. Adelita, es una mujer de carácter, amigable, de gran sentido humano. Cuando recibió la noticia no tuvo reacción. Fue un shock instantáneo. Sólo miró a Glenda Verónica como tratando de decirle que todo eso era una vil mentira, que estaban soñando, que nada de eso podía estar pasando. No a ellos, a ellos no, a su familia no. 100


Momento de la expiación

—¡No, no, no! Glenda Verónica le decía al chofer que avanzara más rápido, que tenían que llegar al hospital. Madre e hija lloraban desconsoladamente. No terminaban de entender la cruel situación a la cual el destino las había enfrentado. En el camino fueron atendiendo llamadas, de familiares, de amigos. Recordaron que la primera llamada la recibió Glenda Verónica de un primo suyo, quien le dijo que su padre había sufrido un accidente. Se lo dijo a su mamá y al instante, una segunda llamada donde ya les informaron que no era accidente como tal, sino que un atentado que por poco le cuesta la vida al abogado. Así fue como empezó para la familia Fión Zetina el peor día de su vida. Un día que jamás pensaron que pudiera llegar para ellos. Un día que quedó marcado con sangre y fuego en sus corazones y en su mente. La distancia se hacía más larga. Los vehículos frente al de ellos parecían ir más despacio. Todo transcurría como en cámara lenta. 101


Testimonio del poder de Dios

Como si una película pasara frente a sus ojos y se negara a avanzar hasta el final. —Apúrate dale más rápido—, exclamaba Glenda Verónica. Estaba desesperada ante lo desconocido, ante el temor de no saber a qué tendría que enfrentarse, es decir, la posible muerte de su progenitor, pues él estaba lastimado, lacerado, parcialmente destruido por las balas asesinas de un cobarde criminal. Adelita iba en silencio, no porque así lo hubiera dispuesto, sino porque la impresión le había causado un shock terrible. A causa de lo estremecedor de la noticia, su cerebro reaccionó bloqueando todo, como suele ocurrir en la mayoría de estos casos. Ella no lo creía, pero muy en el fondo de su corazón deseaba que todo eso no fuera cierto. Iba en silencio, con la mirada fija, pidiendo a todos los santos del cielo que se unieran para salvar la vida de Abraham. Cuando llegaron tuvieron que enfrentar la verdad descarnada de encontrar a su ser más querido gravemente herido. Abraham sabía el 102


Momento de la expiación

sufrimiento de sus seres queridos y se percató que en estos momentos de dolor más amaba a sus hijas y a su familia. Quería tenerlas cerca, muy cerca, para abrazarlas y pedirles perdón. Abraham casi agonizaba, pero ese amor por su familia le hacía sacar fuerzas de la nada para luchar contra la muerte. Los amigos de verdad siempre se apoyan, tanto en las buenas como en los momentos difíciles de la vida. En este caso, Abraham contó en todo momento con el apoyo del profesor Manuel Cano, conocido como el Itzalano; Amílcar Alonzo, empresario de éxito; abogado Manuel Barquín Durán, diputado por el departamento de Petén; Rudel Álvarez, gobernador de la región, y Javier López, reelecto alcalde de San Benito. Precisamente en sus años de estudiantes de la carrera de Derecho, Abraham y Javier habían sido compañeros, pero siempre mantuvieron disputas por liderazgos propios dentro de la extensión de la Universidad Mariano Gálvez.. Luego, cuando el alcalde López no pudo continuar con los estudios por los quehaceres propios de la política, el abogado Fión enderezó 103


Testimonio del poder de Dios

algunos procesos en contra de la comuna sambenitense, lo que hizo pensar al jefe del ayuntamiento que “se trataba de un caso personal”. Javier, sin embargo, comprendió que como profesional del Derecho, Abraham tenía que cumplir con su trabajo en atención a quienes requerían de sus servicios. Javier recuerda cuando fue objeto de una demanda judicial ante los tribunales de justicia, el profesor Cano le dijo que el mejor abogado en Petén era Fión y que si quería salir triunfante de aquella batalla jurídica lo mejor era contar con el equipo de Abraham. —Ni lo dudes Javier, ni lo dudes. Te aseguro que Abraham es bueno en su trabajo; eso lo vas a ver, yo te lo contacto, es un gran amigo desde hace años—, argumentó el Itzalano. —Bueno, pues, háblale a ver que te dice—, respondió el jefe edilicio. Así y todo, Cano llamó al licenciado y concertaron una cita para tratar el tema. Así, de la manera menos esperada, nació una gran amistad entre quienes en su época de estudiantes de

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Momento de la expiación

abogacía fueron rivales disputando el liderazgo en la universidad. Por eso, cuando Cano comunicó por teléfono a Javier lo que había ocurrido a Abraham, el alcalde guardó silencio por algunos momentos. Pensó que se trataba de una broma de mal gusto, pero luego reaccionó al escuchar los sollozos del profesor. —¡No te creo! ¿Dónde está? ¿Qué pasó?— Cano no podía expresarse, pues estaba totalmente conmocionado. Con voz entrecortada respondió: —Mirá vos, lo balearon en un comedor de Santa Elena y ahorita está en el hospital de San Benito, yo voy en camino en mi carro. —En estos momentos salgo para allá—, respondió Javier y sin pensarlo dos veces se dirigió al centro hospitalario, pensando en cómo era posible todo aquello, en cómo era posible que vidas provechosas para el departamento petenero fuera objetivo cruel de los criminales, de los despiadados sicarios que por una paga son capaces de cualquier cosa.

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Testimonio del poder de Dios

Javier llegó, descendió del vehículo, entró y se encontró con familiares, conocidos y curiosos, así como periodistas. Recuerda que habló con las hijas del abogado, quienes le manifestaron su preocupación por lo ocurrido y el lógico temor de que hubiera un segundo ataque, aún en el propio interior del nosocomio. El alcalde recuerda que le dijo una de ellas, “nos han informado que unos desconocidos llegaron hasta la entrada del hospital en un pick up beige, preguntando si aquí está internado mi papá. Ya han venido dos veces, tenemos miedo que puedan intentar rematarlo”. —¿Cuando vinieron a preguntar?—, interrogó el alcalde. —Hace ratitos nos avisaron; preguntaron si lo íbamos a llevar a Guatemala y si estaba vivo, todo querían saber. —No tengan pena, ahorita solucionamos eso —, dijo en tono sereno el jefe de la comuna sambenitense. Sacó el celular. Marcó un número y habló con uno de los jefes militares de la región, a quien le expuso 106


Momento de la expiación

detalladamente el problema y el momento difícil por el cual se estaba atravesando. A los pocos minutos de aquella llamada, varios elementos del Ejército llegaron al hospital y acordonaron al área. Lo mismo pasó con agentes de la Policía Nacional Civil, quienes atendiendo órdenes expresas del gobernador Álvarez, brindaron protección inmediata a los heridos. De esa manera pudo haberse abortado un segundo intento de asesinato, debido a la rápida reacción de las hijas de Abraham y a la respuesta espontánea de López Marroquín y del representante del Ejecutivo. Ese 30 de abril se llevaría a cabo una importante reunión de autoridades de Gobierno y diputados en Santa Elena. Muy temprano, Barquín Durán, líder de la Gran Alianza Nacional (GANA) y diputado al Congreso, se dirigía a abordar una avioneta en la ciudad de Guatemala para trasladarse a Petén y participar en la reunión. Recibió una llamada. Era su compadre, el empresario petenero Emilio Dángel. 107


Testimonio del poder de Dios

—Compadre, acaban de balear a Abraham Fión. El atentado fue en el restaurante que está frente a mi negocio. —¿A quién, a Abraham?—, dijo el parlamentario. —Sí, le dispararon hace un ratito. Fijate vos que yo estaba casi enfrente cuando pasó todo. —Gracias compadre, ahorita me comunico con la familia a ver qué podemos hacer. Te encargo si podes apoyar en algo, aquel es un buen amigo, vos lo sabés. Barquín Durán rememoró los años de juventud, cuando él y Fión armaron equipos de fútbol en la escuela normal. Fión destacó como arquero y en realidad fue un buen jugador, fiel a la herencia de su familia, entre ellos el destacado futbolista Marco Antonio Fión, capitán de la Selección Nacional e integrante del Club Municipal. Recuerda las luchas políticas, los años de militancia en la Democracia Cristiana, en donde Abraham se destacaba siempre. Habían sido amigos de toda la vida. Los unía una relación especial, con sus altas y bajas, como todo en la 108


Momento de la expiación

vida, pero indudablemente Barquín le tenía mucho respeto y cariño, pues fue por eso que le impactó la noticia. El diputado Barquín reiteró su admiración por el abogado Fión, quien en sus años de estudiante se caracterizó como gran amigo e inteligente. Agregó que muchas veces “los había sacado de aprietos debido a su inteligencia y capacidad de discernimiento”. Barquín Durán ha sido un exitoso dirigente político, pues primero fue alcalde de La Libertad, su pueblo natal, después pasó a ocupar un importante puesto en la desaparecida empresa FYDEP. Más tarde fue Procurador de los Derechos Humanos en Petén, fiscal de Ministerio Público y Gobernador Departamental. En calidad de suplente fue llamado para sustituir al congresista Efraín Oliva y al inicio de la campaña electoral del 2007 el presidente de Guatemala de ese entonces, Oscar Berger, lo incluyó en la lista de su posible sucesor. Barquín se salvó de morir ametrallado en la ruta al Atlántico cuando de Izabal de dirigía a la ciudad de Guatemala. Para entonces investigaba 109


Testimonio del poder de Dios

el asesinato de un joven periodista de Puerto Barrios en su calidad de fiscal. Ahora estaba seguro que Abraham sabría burlar a la muerte. El diputado recuerda que Fión siempre fue un tipo de mente muy hábil, con una rapidez de reacción increíble, lo cual explica cómo fue que logró mantenerse siempre alerta aún cuando estaba siendo tiroteado por el delincuente.

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Momento de la expiaci贸n

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Testimonio del poder de Dios

CAPITULO NUEVE

Túnel de la muerte

C

ontiguo al restaurante Mijaro II está la farmacia Calín, propiedad del empresario sambenitense Carlos Vásquez Kilkán, quien coíncidentemente es consuegro del abogado Fión Lizama. Desde este lugar, instantes después del ataque, una joven empleada llamó de inmediato al hospital regional para alertar a los médicos de guardia, a fin de que hiciesen los preparativos para atender con prontitud a los heridos.

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Momento de la expiación

A esa hora, siete y media de la mañana, aún se está realizando el cambio de turno en el centro asistencial. Una enfermera alerta al personal: «muchachos, acaban de llamar que balearon gravemente a dos personas, una de ellas es el licenciado Fión, así que pónganse las pilas». —No sabemos qué va a pasar ni cuál es su estado, pero vamos a estar listos para cuando lleguen y atenderlos lo mejor posible—, advirtió uno de los facultativos. La tranquilidad de aquel día fue interrumpida por la infausta noticia del atentado contra Abraham. Había incertidumbre en el ambiente. A todos había sorprendido el sangriento ataque. El atentado iba dirigido contra el ex gobernador petenero y experimentado penalista ampliamente conocido en el departamento. Ello obligada a una serie de interrogantes. Hasta en estos casos también se necesita de la buena suerte. En aquellos instantes cuando la vida se escapa, el paciente necesita un médico de confianza, un médico amigo que al menos lo atienda de inmediato para frenar el dolor intenso. 113


Testimonio del poder de Dios

Cuando esto ocurre el estado mental del herido empieza a tranquilizarse porque reconoce que su vida es encomendada a médicos expertos y amigos. Precisamente eso fue lo que ocurrió a Fión Lizama. En la emergencia lo estaba esperando el joven traumatólogo petenero Melvin Vásquez Pinelo, esposo de su hija Evelin Anaité, quien en ese momento no estaba de turno, pero había llegado al hospital para operar a una paciente. Con el apoyo del anestesiólogo René Calderón, Vásquez se disponía a intervenir al paciente, cuando de pronto lo conturbaron los gritos de una enfermera visiblemente alterada. —¡Doctor Vásquez, doctor Vásquez!—, le gritó, mientras le entregaba un teléfono celular. —Sí, ¿dígame qué pasa? —Lo llaman. Dicen que acaban de dispararle a su suegro, al licenciado Fión. Aún sin terminar de creer lo que escuchaba, Melvin toma el aparato. —Aló, quién habla. —Doctor, dijo la voz de una mujer. Le hablo de aquí de la farmacia Calín. Ahorita le 114


Momento de la expiación

dispararon a su suegro en el restaurante de al lado. Está bien grave. Se lo acaba de llevar una ambulancia. La que hablaba era la contadora de la farmacia, propiedad del papá de Melvin, el empresario Vásquez Kilkán. El médico se quedó de una pieza. No lo creía. Se negaba a aceptar la realidad. Noticias como esa son difíciles de asimilar, pero a medida que escuchaba todo notó que seguían entrando insistentemente más llamadas de numerosos familiares y amigos. —Gracias por avisarme. Ahorita vamos a ver qué hacemos—, respondió. Vásquez, de inmediato, le informó a sus compañeros de trabajo acerca de lo ocurrido. Todo el personal, reunido para la operación de un hombre accidentado, en un acto de innata solidaridad, se puso a las órdenes para atender a los heridos cuando llegaran al centro asistencia. El doctor Vásquez tenía todo listo para operar a un paciente que había sufrido un accidente de tránsito. La intervención era para introducirle un clavo en el fémur izquierdo, pero hubo problemas 115


Testimonio del poder de Dios

al anestesiarlo, circunstancia que obligó a los médicos a postergar la operación para otro día. Los familiares del paciente lamentaron lo ocurrido, pues en Petén no había el tipo de clavo que se necesitaba para la intervención y tuvieron que viajar a la capital para conseguirlo. Vásquez reflexionó un rato y pensó que había llegado al hospital para operar al paciente accidentado, pero ésta fue suspendida. Por una casualidad inexplicable se preparaba para abandonar el centro asistencial, cuando le llegó la llamada con relación al atentado de su suegro. En su interior se hizo mil veces la pregunta. No le tocaba turno y si estaba en el hospital era por una razón totalmente ajena a su familia. Sin embargo, allí permanecía acompañado de colegas y de personal paramédico, todo un equipo de profesionales expertos como si el destino los hubiese reunido para salvar la vida del abogado. —Increíble. Esto es increíble—, comentó a los colegas el traumatólogo. —Como si una poderosa fuerza del más allá nos reunió aquí para esperar la llegada de Abraham que viene gravemente baleado— manifestó. 116


Momento de la expiación

Los enfermeros prepararon camillas y salieron a los patios de emergencia para esperar la llegada de la ambulancia que trasladaba a los heridos. No tuvieron que esperar mucho. El vehículo llegó al hospital y el alterado chofer se bajó de la unidad para pedir ayuda. —Traigo dos heridos de bala, están muy graves, ayúdenme por favor—, dijo a los presentes. Un enfermero corrió. Bajaron a las víctimas, las colocaron en una camilla y los ingresaron con rapidez por los pasillos de la sala de emergencias. Melvin también corrió para ver a su suegro. Notó que la sangre emanaba profusamente. Puso en alerta a sus compañeros a fin de detenerle la hemorragia lo más pronto posible, pues de lo contrario la muerte parecía inminente. Abraham, a pesar de las múltiples heridas, iba consciente. —¡Melvin, me dispararon, me balearon, estoy grave!—, fueron las exclamaciones del abogado al darse cuenta que uno de los médicos era precisamente su yerno.

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Testimonio del poder de Dios

—¡Por favor, sálveme!— El tono de su voz era tranquilo, muy tranquilo, reconoció el doctor Vásquez. —Numerosos balazos y mi suegro está consciente. Esto es verdaderamente increíble—, dijo Vásquez al darse cuenta que el hombre de leyes daba la sensación de que no estaba grave. Abraham todavía hizo un esfuerzo impresionante. El dolor por las heridas se intensificaba. Su camisa y su pantalón estaban enchumbados de sangre, pero aún así levantó la cabeza y volvió a llamar a Vásquez. —Mire doctor, aquí le entrego mis dos celulares, mis anillos y mis pulseras. Quiero que usted me entregue estas cosas cuando salga. Usted es el responsable—, le enfatizó. El galeno quedó perplejo. No sabía de dónde su suegro sacaba tanta energía en esos momentos de agonía. Su experiencia, sin embargo, le permitió intuir que su suegro iba a sobrevivir porque las balas no le habían tocado órganos internos importantes. El joven médico sonrió.

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Momento de la expiación

«El hombre está herido y se mantiene tranquilo», pensó. El equilibrio emocional y mental demostrado por Abraham iba a serle de mucha ayuda para reponerse y estabilizarse inmediatamente. —Bueno, bueno, vamos al quirófano—, ordenó Vásquez a los enfermeros. Se pusieron manos a la obra e iniciaron la evaluación corporal de Fión. Estaban allí el doctor Vladimir Mijangos, excelente cirujano; la doctora Alexandra Domíngo, también experta cirujana; el Doctor René Calderón, anestesiólogo, así como el doctor Jacinto Castellanos y Vásquez, ambos traumatólogos. Todos ellos con muchas horas de trabajo, lo cual garantizaría el éxito de su labor en ese momento tan difícil. Un equipo completo de asistentes estaba listo para auxiliarlos en lo que fuera necesario para atender a los heridos, Abraham y a su chofer. Todos los presentes en el quirófano estaban concentrados. su profesionalismo les exigía hacer un buen trabajo y salvar dos vidas en aquellos

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Testimonio del poder de Dios

momentos. La tensión podía casi palparse en el ambiente. Para ese instante, desde que se produjo el atentado, Abraham habría perdido por lo menos cinco litros de sangre. las heridas eran múltiples, pero solo una laparotomía exploratoria podría constatar la gravedad de las perforaciones. una de las balas le había pasado a un centímetro del corazón. Los facultativos observaban tres heridas de peligro mortal. Dos de ellas eran las del pulmón derecho, pues las balas que le había penetrado permanecían alojadas en esa sección vital. La otra herida de preocupación era la que estaba en la pierna izquierda, la que según las primeras hipótesis, habría lesionado la arteria femoral. En el caso del pulmón, según el doctor Mijangos, se llegó a la conclusión de que había que introducirle un tubo de expansión. Tenía que hacerse de inmediato para librar a ese órgano de la presión y que el oxígeno encontrara su paso sin dificultad. —Doctor Vásquez, manos a la obra antes que sea más tarde— dijo Mijangos. 120


Momento de la expiación

En ese instante, Fión se colocó la mano derecha en el tórax y lanzó un quejido de dolor. —¡Me duele, me duele!—, gritó en forma reiterada. Mijangos se percató que el herido se agravaba a causa de la presión por falta de oxígeno y antes que se produjera un desenlace fatal, tomó la decisión de practicarle una toracostomía. —Tranquilo mi lic, tranquilo mi lic—, dijo el doctor Mijangos. Agarró el tubo que se utiliza para drenar las heridas y en cuestión de segundos y sin anestesia se lo introdujo al abogado exactamente en donde estaba el orificio de una de las balas que permanecía alojada en el pulmón derecho. —No Dios mío. ¡me muero, me muero!— gritó el litigante. El grito de angustia se escuchó en casi todo el hospital. Había llegado el segundo vía crucis. Fión no soportó el fuerte dolor. Gritó y gritó, pero luego se quedó en la oscuridad. Allí las tinieblas llegaron. El abogado sintió una convulsión violenta que cimbró todo su cuerpo. Era como una cruel sacudida del destino 121


Testimonio del poder de Dios

que lo llevaba a una prueba cruel y salvaje. Aquí observó a la muerte cuando se reía casi a la par suya. Era como si un ferrocarril se lo pasara llevando o como si gigantescos garfios de acero le estuvieran extrayendo el corazón. El paciente perdió el conocimiento. Por supuesto, el dolor era extremado. Esto hizo recordar aquellas películas del oeste, cuando a los heridos se les extraía la bala con la punta de un cuchillo. La diferencia radica en que aquí la escena era real y el dolor es tan intenso que solo una persona que haya tenido una experiencia similar podría describirlo. Abraham permanecía sumido en un profundo letargo. Sintió que se hundía en un mar tenebroso y negro. Parecían aquellas noches de tormenta, truenos y relámpagos. No existía absolutamente nada. Son aquellos precipicios que no tienen final, un espacio sin límites en donde vagan las almas en pena sin un destino preconcebido. Era el área de la vida y de la muerte. Era el instante del adiós definitivo o del renacimiento. Aquella etapa en que se podría ir, pero también se podría quedar. Notó que su cuerpo flotaba en 122


Momento de la expiación

un lugar remoto y oscuro. Quizás un túnel en donde solo él caminaba en busca de un auxilio. Sus pasos en esa oscuridad eran acelerados. Corría a veces y luego lo hacía a pausas. Buscaba desesperadamente un lugar en donde pudiera respirar con libertad. La asfixia lo ahogaba por instantes, pero no dejaba de caminar. Continuaba avanzando en el túnel y por fin, ya extenuado se dejó caer sobre el piso. Pidió auxilio para levantarse, pero nadie lo escuchaba. La respiración era cada vez más difícil. ¡Estoy cansado, Señor ayúdame! Era como aquellos hombres que caen en violentas correntadas y que ya impotentes para salir a flote, se dejan llevar por las turbulentas aguas para entregar su vida sin oposición alguna. La caminata se había terminado, no había fuerzas para seguir avanzando. Era contra toda esperanza. De pronto dos poderosas manos lo tomaron de los hombros y lo pusieron de pie sin dificultad. Se dio cuenta que no todo estaba perdido, que sí había una esperanza y reinició la caminata. Se volvió a frustrar al notar que no llegaba a la salida. Volvió a caer sin fuerzas, pero esta vez lo 123


Testimonio del poder de Dios

hacía con la franca convicción de que no iba a levantarse jamás. El último aliento de vida se había terminado. Otra vez las dos poderosas manos lo pusieron de pie y empezó a comprender que la luz estaba cerca, muy cerca. En su yo interno se percató que no estaba solo. Que un ser omnipotente lo acompañaba en aquel largo vía crucis y desde ese momento ya no le importó nada. Caminó y caminó pasara lo que pasara. Poco a poco observó el fulgor de la luz. Sus ojos volvieron a ver con claridad y al volver a su estado consciente notó que hombres vestidos de blanco lo rescataban de aquel abismo profundo y negro.

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Momento de la expiaci贸n

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Testimonio del poder de Dios

CAPITULO DIEZ

El drama continúa

E

l vía crucis de Fión no había terminado. Su cuerpo había sufrido catorce balazos, con lo cual lo convierte en uno de los dos hombres que en el mundo sobreviven a tantas heridas juntas, tal como lo aseguran los servicios informativos del internet. El último caso ocurrió en Nueva York, en donde un dominicano sobrevivió tras 23 perforaciones de bala que les disparó la policía. El doctor Vásquez hizo una minuciosa observación de la herida que el abogado tenía en la pierna izquierda. Se percata que la sangre sigue

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Momento de la expiación

saliendo con anormalidad. Está preocupado y se lo explica a su colega Mijangos. —Mire compañero, sale mucha sangre de la herida de la pierna. Eso me angustia porque puede que esté dañada la arteria femoral. Según exponen los propios médicos, la femoral es una de las arterias más importantes del cuerpo humano. Por ella recorren 10 litros de sangre por minuto y cualquier obstáculo podría dar lugar a que la sangre se desvíe y deje de llegar al corazón. Abraham había perdido ya el 60 por ciento de su sangre. Si la femoral está dañada, definitivamente hay problemas. La sangre ha dejado de circular y de un momento a otro puede venir el colapso arterial, un paro cardíaco, un golpe al corazón y la muerte inmediata, opinó uno de los galenos. Hubo momentos en que el doctor Vásquez se quedó en un impasse. Estaba alterado porque el paciente era nada menos que su suegro. Su esposa, Evelin Anaité, estaba plenamente segura que su padre estaba en buenas manos, que Vásquez no podía fallarle y que todo lo que hiciera por salvarlo, iba a tener el éxito deseado. 127


Testimonio del poder de Dios

En cierta forma era una presión lógica porque todos confiaban en que «no podía dejar morir a su suegro». Sabía que el paciente tenía que ser operado de inmediato. No había tiempo que perder. La operación quirúrgica no podía quedarse para otro día. Otros médicos le sugirieron que «dejara tranquilo al abogado» y que preparara la operación para el siguiente día. —¡No, de ninguna manera! Yo conozco a mi suegro y se que mañana no va a querer que se le opere. Ya consciente es un hombre miedoso. Tiene temor hasta de las inyecciones. Cuando sepa que se le abrirá la herida es capaz que se muera del susto—, manifestó el traumatólogo. La expresión un tanto coloquial de Vásquez era como una especie de muerte anunciada, como una sabia premonición. Lo dijo porque presentía que, en casos tan delicados como estos, cualquier resultado puede ser funesto aunque se hagan todos los esfuerzos posibles por salvar la vida de los pacientes. Sin saberlo en el intensivo del centro asistencial permanecían cuatro pacientes en 128


Momento de la expiación

estado agónico que habían sido preparados para operarlos al día siguiente. Si Abraham no se intervenía al momento, al otro día habría de ser el número cinco y por la gravedad de las heridas iba a necesitar de respiración artificial como estaban los otros cuatro. Cuando un paciente ya perdió el 60 por ciento de su sangre, prácticamente es un hombre muerto. Solo puede sobrevivir como resultado de un milagro y si de ajuste tiene lesiones en la femoral, ¿qué se puede esperar? Vásquez no quería decirle la verdad a su esposa Evelin Anaité, pero todos los médicos sabían que la muerte ya estaba presente en el quirófano. Una serie de ideas se cruzaban por la mente del traumatólogo. Para él había llegado el momento de tomar decisiones. Es aquí cuando, sin quererlo, el médico se convierte en una especie de tahúr profesional. Las cartas están sobre la mesa y si no se retira del juego, tiene que contar con una dosis de suerte para apostar con las cartas acertadas. Sabe que en estos casos, el tahúr se juega la vida, pero también podría ganarlo todo. 129


Testimonio del poder de Dios

Sabe del peligro en que se encuentra su paciente y también reconoce que el factor tiempo juega un papel determinante. Por fin se arma de valor. Su suegro es su suegro. Es el padre de la mujer que ama y por ello debe poner en juego todo su talento y toda su experiencia. Vásquez se pone de pie. Lanza una mirada hacia el fondo de la sala y luego se dirige al doctor Mijangos. —Mire compañero, vamos a operar en este momento. No podemos dejar para mañana a mi suegro. Que los paramédicos preparen, vamos a operar pase lo que pase. La decisión fue acertada. Las finas cisuras, los cortes especificados permitieron verificar que la bala, nueve milímetros, en cierta forma había dañado de manera leve la arteria femoral. Los médicos empiezan a remover los tejidos lesionados, revisan la trayectoria de la vena y una hora después, todo está bajo control. La femoral no ofrece mayor peligro. Pero el vía crucis seguía vigente. Mijangos revisa cuidadosamente el fémur izquierdo y lleva 130


Momento de la expiación

una desagradable sorpresa al darse cuenta que el material óseo que une a la pierna con el resto del cuerpo estaba casi desecho. Una de las balas impactó en los huesos que unen al fémur y no había más remedio que insertar un clavo se inmediato. ¡Dios mío, de dónde sacamos ese clavo! Esa era la pregunta que todos se hacían. Si la operación se dejaba para los días subsiguientes, el abogado iba a perder la pierna de manera inexorable. ¿Qué hacemos?, ¿en dónde vamos a conseguir el clavo? Para Vásquez el momento era crucial. Aparentemente su suegro estaba fuera de peligro, pero cómo salvarle la pierna. Todo el equipo de profesionales daba por hecho que sin el clavo, la pérdida de la pierna venía de inmediato. Trataban de buscar una aguja en un pajar. No había solución rápida, hasta que Vásquez gritó de manera sorpresiva. ¡Ya lo tengo, lo tengo! El clavo que ellos necesitaban estaba sobre la mesa de la otra sala de operaciones. Allí estaba el metal que se iba a usar para el paciente accidentado, cuya intervención fue 131


Testimonio del poder de Dios

suspendida. El traumatólogo inclinó la cabeza y expresó «¡gracias Dios mío por este milagro!» Todo el personal reunido se dio cuenta de que los milagros existen y que cuando Dios está presente los problemas, por más difíciles que sean se resuelven en dos por tres. Poco después se habló con la familia del paciente accidentado y tras un acuerdo se colocó a Fión el clavo en mención. Su pierda quedó fuera de peligro. Fueron momentos de trabajo intenso en el quirófano. La tensión era extremada. Muchas oraciones al cielo para que todo saliera bien. Muchas plegarias mentales para que la divinidad los acompañara en este trance de salvar la vida del profesional. Muchos deseos internos de éxito. Infinidad de peticiones por un milagro. Todo fue escuchado. Brotaba de los cielos, invisible, la decisión del Todopoderoso para realizar un milagro más de los muchos que ese 30 de abril del 2010 ocurrieron en la vida de Fión Lizama. 132


Momento de la expiación

Vásquez sale del quirófano todo exhausto, sudoroso, pero con una franca sonrisa. Se dirige a donde está Evelin Anaité, la abrasa con fuerza y la levanta del piso. Ella toda sorprendida le hace la pregunta obligada. —¿Bueno, qué le pasa? —¡Gracias a Dios tu padre está fuera de peligro!—, fue su rápida respuesta y la sonrisa de satisfacción confirmaba la certeza de que todo había salido bien.

CAPITULO ONCE MUERTE EN EL HOSPITAL Todo cristiano cree que la hora de la muerte es decidida por el Redentor. El destino de los hombres está supeditado a la decisión divina y que, aun cuando hagamos sobrehumanos esfuerzos por alargar nuestra existencia, la vida se escapa cuando llegó el momento de partir. En este mismo hospital y al tiempo en el abogado era declarado fuera de peligro, otros pacientes calificados de graves, permanecían en la sala de intensivos en espera de ser operados 133


Testimonio del poder de Dios

para rescatarlos de lo que parecía una muerte segura. En una de las salas del intensivo y en esos mismos momentos, esperaban que se les llevara al laboratorio cuatro personas, una mujer y tres hombres. Dos de estas personas habían sufrido heridas de bala, mientras que la mujer y el tercer varón estaban politraumatizados a causa de distintos accidentes. Las coincidencias no terminan. La joven señora fue identificada como Elvia Torres, de 20 años, quien tiempo atrás había laborado en tareas de limpieza en el bufete de abogados Fión Lizama-Fión Zetina. De manera que el abogado la conocía muy de cerca, pero nunca imaginó que, a lo mismo que él, permanecieran en estado agónico en el hospital estatal de San Benito en aquella fecha. Lo que pasó el primero de mayo, un día después del ataque a Fión, causa tristeza y nefasta impresión. Era el Día del Trabajo, fecha durante la cual los sindicatos organizados realizan concentraciones para protestar contra el sistema. En el intensivo, cuatro seres humanos esperaban 134


Momento de la expiación

que se les llevara al quirófano para salvar sus vidas. La señora Torres tenía fracturas en el cráneo y diversos golpes internos. Sentía amor por la vida y quería sobrevivir. Iba en una motocicleta cuando un camión se la pasó llevando en una de las calles de la localidad. Sus familiares rogaban a Dios para que se le sometiera a la operación, como única opción para salvarle la vida. Los médicos esperaban la hora programada para realizar las intervenciones. El quirófano estaba listo. El personal paramédico había efectuado los preparativos para ingresar a Torres, en primer lugar. Faltaban unos cuantos minutos cuando de pronto los gritos de la enfermera sorprendieron a los facultativos. —¡Se apagó la luz, se apagó la luz!— Todos corrían en distintas direcciones. Las enfermeras se cruzaban de sala en sala. —¡Traigan oxígeno, traigan oxígeno! ¡Rápido, rápido, rápido, corran a las bodegas! ¡Qué pasa que no viene el oxígeno!

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Los segundos pasan. Los minutos se alargan. El nerviosismo de los médicos es intenso. La respiración artificial es de vida o muerte. La luz no llega. Los médicos se desesperan. La tensión sube y sube como en aquellas películas de terror. Los cuatro pacientes permanecían con respiración artificial y si no llegaba la energía había que buscar con rapidez los tanques de oxígeno. El tiempo se les acababa. Los cuatro pacientes empezaron a dar muestras de desesperación. La falta de aire los asfixiaba. Torres levantó los brazos en aquellos últimos momentos de la vida. Quiso gritar y solo dejó escapar un quejido. —¡Se mueren, se mueren!—, gritaban las impotentes enfermeras y doctores. Nadie podía hacer nada porque en ese hospital estatal no había ni un solo cilindro de oxígeno en aquel instante de la muerte.

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Momento de la expiación

La señora Torres volvió a levantar los brazos y luego se quedó exánime. Las enfermeras se le acercaron. Una de ellas le coloca la mano en el lado del corazón y grita —¡Se está muriendo, muere, muere, muere! Aquella joven señora que por casi un año laboró para el abogado Fión, murió sin que nadie pudiera hacer algo para salvarla a causa de las pobrezas del citado centro asistencial. Por un azar del destino perdió la vida en la misma sala de intensivos en donde el abogado ya se recuperaba. El paciente número dos, un joven de 25 años aproximadamente, inició con fuertes quejidos. Se agarró con fuerzas en una de las orillas de la cama, trató de levantarse, intentó gritar, pero todo fue en vano. Una de las jóvenes y experimentadas enfermeras empezó a darle masajes en el tórax, pero el paciente la empujó con su cuerpo y ella cayó de espaldas sobre una de las mesas de utensilios. ¡No quiero morir! ¡Sáquenme de aquí!

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Testimonio del poder de Dios

Así repitió durante tres o cuatro veces, hasta que cayó para siempre. Lo mismo pasó con los otros dos pacientes. Murieron irremisiblemente a falta de oxígeno. La energía no llegó y la muerte les sobrevino de inmediato. Abraham no creía lo que después le contaron. A pocos metros de donde él estaba, cuatro pacientes habían expirado a causa del sorpresivo apagón y debido al pésimo servicio del sistema de electricidad. Por eso la sabia decisión de Vásquez de operar a Fión el día anterior fue el momento de la salvación. Si Abraham se hubiese dejado para después, su destino se habría truncado. Habría sido el muerto número cinco, porque para permanecer vivo tenía que contar con respiración artificial, debido a la cantidad de sangre que Habíaperdido.

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Testimonio del poder de Dios

CAPITULO DOCE

Temor a un contraataque

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engan ya, entren. La voz ronca, inconfundible, pareció surgir del aparato telefónico como una luz diáfana, blanca, clara, precisa y motivadora. Ana Margarita miró a Evelin Anaité y una sonrisa se dibujo en sus labios. —Es mi papá—, le dijo, con los ojos llenos de lágrimas. Cuando sonó el celular, Ana Margarita pensó en no responder porque desconocía el número que repiqueteaba insistente en la pantalla. Estaba cansada. Las dos no se habían sentado ni un 140


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momento. Su sistema nervioso estaba a punto de estallar debido a la tensión acumulada y a los angustiosos instantes que habían vivido. No obstante, decidió contestar. En la sala de cuidados intensivos, Abraham ya tenía rato que había despertado. Un enfermero lo cuidaba con esmero y atendía todo lo que le pedía, que un vaso con agua, que esto, que lo otro. En una de tantas Fión le pidió el teléfono celular, pero debido a que no contaba con su móvil personal, no recordaba los números de familiares, solo el de Ana Margarita, así que a ella llamó. Eran alrededor de las doce de la noche, casi 18 horas después del atentado. Abraham empezaba a salir triunfante de su lucha con la muerte. Así que entraron, intranquilas, pero con la certeza de saber que encontrarían vivo a su padre. Lo vieron acostado. El les devolvió la mirada con tristeza. Llena de dudas. Su rostro reflejaba el cansancio característico de quienes han vencido a la muerte.

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Había sido intervenido en cuatro ocasiones. Tenía 190 puntos quirúrgicos en todo el cuerpo, pero estaba vivo y eso era lo más importante. —¿Cómo te sentís? —Pues muy mal. —¿Qué dicen los doctores? —Que estás mejor, que ya estás en franca mejoría, pero creo que tenemos que trasladarte a la capital. —Bueno, ustedes digan qué tenemos que hacer y lo hacemos. Abraham siempre confiaba en las decisiones de sus hijas. Sabía que siempre hacían lo más sensato, aunque muchas veces no estuviera de acuerdo con ellas. Eran la luz de sus ojos y como tal confiaba ciegamente en el camino que ellas tuvieran que escoger. Luego de platicar un poco, tuvieron que salir debido a recomendaciones de los médicos de no hablar más de lo necesario con el paciente. Las operaciones tan delicadas a las que acababa de ser sometido ameritaba reposo total. Empezaron las llamadas y las preocupaciones y los miedos al traslado. Pensaban como sacar 142


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del hospital al abogado con las suficientes medidas de seguridad, a fin de evitar lo que todos creían que podía ocurrir: un segundo ataque. Y es que esto suele ocurrir. Cuando los criminales no ven concluida su misión, buscan a toda costa asegurarse de ello. Abraham había visto al sicario y eso tendría asustado al criminal . Estuvieran donde estuvieran, los autores intelectuales tratarían terminar con la vida de Fión Lizama. En el hospital de San Benito había antecedentes. Años atrás, un joven fue baleado en las calles de ese municipio. Luego de ser atendido inició su recuperación, pero en la noche un solitario pistolero saltó la malla metálica que circunda el lugar y llegó a la cama del herido a darle el tiro fatídico. Además, cabe recordar que en varias ocasiones sujetos desconocidos llegaron hasta el ingreso del nosocomio a preguntar por la salud de Fión y sobre si sería trasladado o no a la ciudad capital. Es decir, muchas situaciones sospechosas se movían alrededor del caso. 143


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Unas horas antes, notando la falta de varias lámparas en los alrededores de la emergencia, el alcalde López Marroquín había ordenado su inmediata reparación para prevenir que alguien pudiera aprovecharse de la oscuridad para acabar con la vida del abogado. Por ello y tomando en cuenta todas y cada una de las situaciones, Ana Margarita, Evelin Anaité y Glenda Verónica tomaron el control de la situación. Nadie, absolutamente nadie, fuera de las personas necesarias y de extrema confianza, tendrían que enterarse del momento cuándo lo iban a sacar del hospital para su traslado. Cualquier error, cualquier filtración habría dado lugar a consecuencias letales. —¿Qué hacemos, le decimos todo a mamá? —Mejor esperemos, se nos puede poner mal, mejor que siga así. Dejemos que esté tranquila. —¿Con quién hablamos? —Bueno, tengo el ofrecimiento del licenciado Barquín Durán de contar con su apoyo y también del gobernador—, dijo Ana Margarita. También está don Javier, el alcalde. El gobernador dijo que la Sandra Torres, la primera dama de la Nación, 144


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había ofrecido una avioneta para trasladarlo cuando quisiéramos. —Bien, entonces hablemos con ellos. Así, aquellas tres mujeres de apariencia frágil, demostraron ser poseedoras de una voluntad de acero, de un inquebrantable carácter, de una firmeza increíble. En el momento justo, cuando más se requería de ellas, estuvieron dispuestas a todo con tal de rescatar a su querido padre. Eran tres guerreras que habían decidido enfrentar lo que viniera. Fue así como por medio de llamadas telefónicas, consultas a los médicos que atendieron a Abraham, reuniones familiares e intercambio de opiniones, obtuvieron el apoyo de un militar ya retirado, pero con gran experiencia en el manejo de temas de seguridad. Se trata de un general del Ejército, con vasta experiencia y entrenamiento en varias áreas de seguridad. Con honores había egresado de la escuela kaibil, en la que se forman los mejores soldados del mundo.

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El militar diseñó la estrategia adecuada, el montaje de acciones determinadas que garantizaran que Fión Lizama llegaría al aeropuerto internacional de Santa Elena, sin que ninguno lo notara, rodeado de la gente de su entera confianza y ya preparado para volar hacia la capital del país, en donde debería continuar con su tratamiento médico. Para ese momento y gracias a las atenciones recibidas en el hospital local, el abogado se encontraba fuera de peligro, pero se hacía necesaria la intervención de especialistas para lograr su plena recuperación. Desde unas horas antes, ellas habían tomado la decisión de contratar una empresa especializada en traslados de pacientes en estado grave. Se adquirieron los servicios de la empresa idónea la que incluso proporcionó personal médico para atender cualquier emergencia que ocurriera en las alturas y que pusiera en mayor peligro la existencia del licenciado. El general analizó todas las situaciones posibles, pues su misión era la de neutralizar

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cualquier ataque se produjera entre el hospital y el aeropuerto de Santa Elena. El kaibil recordaba con precisión que hacía tres años, un grupo de hombres armados habían atacado a balazos a personas que deseaban comprar una finca en la región norte del departamento. Dos de ellos sobrevivieron, pero cuando del aeropuerto La Aurora (en la capital) eran llevados por los bomberos a un hospital los ametrallaron de nuevo hasta darles muerte. Entre el trayecto del hospital al aeropuerto petenero había puntos vulnerables en donde los criminales podían perpetrar el contrataque. Eso era lo que preocupaba al militar y por ello su plan tenía que ser matemáticamente diseñado para responder con fuego si fuese necesario y evitar que Abraham fuese agredido otra vez. Uno de esos puntos lo era la salida del centro asistencial. Por lógica, esa área estaría rodeada de familiares, amigos y uno que otro curioso que como siempre buscan enterarse de lo que ocurre. Por lo tanto debían llamar la atención lo menos posible.

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Había otros sectores que los homicidas podrían utilizar para lograr su propósito. Entre esos puntos estaba la entrada al mercado de Santa Elena, que por lo general se mantiene abarrotado de personas, vendedores y vehículos. Todo era temor en esos momentos, porque era lógico pensar en el contraataque. De cierto no se sabía de dónde había provenido el atentado y por tal razón, un hombre experto como el general jamás iba a descuidar detalles que pusieran otra vez en peligro la vida del abogado. Analizó que, sin duda, todos esperarían el traslado del herido en una ambulancia, con el consiguiente aparato de seguridad, con sirenas abiertas y todo lo que envolvía una situación de estas. Así que tendrían que utilizar varios vehículos, varias ambulancias para confundir a los que trataran de asestar otro golpe fatal. Se consiguieron tres. Dos de ellas muy nuevas, modernas, las cuales llevarían en su interior a los agentes de seguridad, entre soldados y policías. Serían visibles para atraer la atención hacia ellos 148


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en un momento dado. En la tercer ambulancia, ya desgastada por el uso y por la falta de mantenimiento, la menos llamativa, sería la utilizada para llevar lo más importante, al licenciado Fión Lizama... Gracias a sus contactos en el Ejército, el general logró contar con apoyo de varios elementos castrenses, por lo que rápidamente dio sus instrucciones sobre la forma en que se desarrollaría el traslado. Sería a temprana hora, sin mucho ruido, sin anuncios a nadie, sin comentarlo con familiares, ni siquiera con algunos familiares. Las únicas enteradas eran Evelin Anaité, Ana Margarita y Glenda Verónica Ninguna persona más. Por eso, cuando los médicos del hospital se enteraron del traslado, rápidamente acondicionaron a Abraham para que todo fuera seguro y que contara con los cuidados adecuados. Revisaron las notas de los medicamentos suministrados en las últimas horas, compararon cuadros clínicos, cambiaron opiniones, hicieron las últimas revisiones a las cuatro cirugías realizadas apenas unas horas antes y 149


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comprobaron el buen estado de ánimo del herido, lo cual, sin duda, era lo que más impresionó a todos los que pudieron observarlo. Sus tres hijas sin haber dormido una gota, comiendo casi nada fuera de lo necesario, con los ojos mostrando las murallas infranqueables del agotamiento, estaban allí, dispuestas y listas para la movilización. Desde que se enteraron del atentado, poco más de 24 horas antes, no se habían querido mover del hospital; habían estado al pie, enterándose de todo, elevando plegarias, enviando buenas vibras, reconfortándose unas a otras, atendiendo a su adorada madrecita, esperando otro milagro más de los muchos ocurridos ese día. Durmieron en las afueras de la emergencia, a la intemperie, recibiendo la frialdad cálida de la noche, acostadas en un pequeño llano ubicado justo al terminar las gradas que llevan hacia la entrada del edificio en donde, tras sus paredes, se esconden muchas historias de dolor y de muerte. Y una de esas historias era la de ellas.

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—Muy bien, es la hora—, dijo el militar a cargo de la operación. —Todos saben que es lo que deben hacer si llega a pasar algo. Tranquilas que su papá va a llegar entero al aeropuerto— Momentos antes el general había hablado con el piloto de la aeronave y le había indicado que debía aterrizar el la pista del aeropuerto internacional La Aurora. Esto sería cambiado momentos antes del aterrizaje. —Ok, general, confiamos en usted. Empezó el movimiento. El doctor Melvin Vásquez estuvo en todo momento al lado de Fión Lizama. Jugó un importante papel en la operación del fémur y se había ofrecido a viajar con él si era necesario para garantizar su estabilidad médica. Con sumo cuidado el herido fue subido a una camilla. Revisaron por última vez los preparativos, las heridas, las operaciones, todo normal. Caminaron por el pasillo, los pacientes se sorprendieron al ver aquel movimiento, las carreras de última hora. Las risas nerviosas al notar que Abraham mostraba buen estado dentro de lo posible, los comentarios en voz baja, las 151


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llamadas telefónicas, las miradas de esperanza y los rezos al cielo buscando la comprensión y la ayuda divina. Salen hasta donde están las ambulancias, rodeadas de amigos que nadie sabe como, pero se enteraron del traslado. Hay policías y soldados por todas lados. El movimiento es incontrolable. Todos quieren acercarse y ver de cerca el portentoso milagro que ha ocurrido, ya que a pesar de las 14 heridas de bala que sufrió, Abraham va consciente en una camilla y sonriendo a todos los que logran acercarse. Se escucha una voz... —¡Tienen que dejar que me despida de Abraham!— Es el profesor Cano, el Itzalano, que se abre paso a codazo limpio y logra llegar hasta donde está el herido. —Hermanito querido, te vas a poner bien, oíste. Te vas a poner bien, que Dios vaya contigo —, y se le escapan unas lágrimas. Lágrimas sinceras de hombre que ve sufrir al amigo. Evelin Anaité está cerca. Junto a Amílcar, médicos y enfermeras ayudan al traslado sosteniendo sueros, el sello de agua que es 152


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imprescindible para la correcta vigilancia de la herida en el pulmón, así como otros utensilios médicos de importancia vital en aquellos críticos momentos. Al fin, tras mucho batallar, logran colocarse a un lado de la ambulancia y subir a Fión, que observa entre sorprendido y consternado, toda la escena a su alrededor. Es increíble como muchos amigos están allí, tan cerca y al mismo tiempo tan lejos. Gente que nunca imaginó ver le brindaban palabras de aliento y también gente que pensó encontrar brillaron por su ausencia en el momento decisivo. Subieron con él sus hijas inseparables, el doctor Vásquez, el conductor y un soldado que a fuerza de jalones fue subido a la ambulancia tomando en cuenta que no había tiempo que perder y todo debía realizarse con la mayor celeridad posible. El movimiento de gente ponía en riesgo el operativo. Pero no había manera de retroceder. Debían seguir adelante pasara lo que pasara. De todas formas, el militar ya había tomado ciertas precauciones en algunas calles que podrían 153


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representar suficiente grado de riesgo. Todos los elementos involucrados en el operativo iban fuertemente armados y estaban adiestrados para enfrentar un tiroteo llegado el momento. En instantes como éste, el factor sorpresa es importante. Por ello, era necesario llevar los sentidos despiertos, pendientes de cualquier movimiento sospechoso. De cualquier vehículo que se pegara mucho a la caravana o de algunos motociclistas con casco y vestidos con camisas largas, chumpas o chalecos. —Vamos, en nombre de Dios— dijo alguien. Empezaron a salir. La caravana de carros fue larga. Por toda la calle principal de San Benito. Bajaron hasta cruzar sobre la séptima avenida y entrar a Santa Elena. Había patrullas cuyos conductores miraban insistentemente por los espejos retrovisores. Llevaban montadas las modernas pistolas Glock, 9 milímetros, solo para soltar el seguro y empezar a disparar si fuera necesario. Así, sin muchas prisas, tomando todas las medidas de seguridad acordes al momento que se vivía, los vehículos fueron llegando al aeropuerto 154


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internacional mundo maya. Previamente se coordinó el ingreso hasta la pista de aterrizaje, ingresando por la puerta que da hacia las oficinas de aeronáutica civil. Llegaron hasta el pie de la avioneta presurizada, en donde esperaban tres médicos y el piloto, además de dos elementos de seguridad que harían el viaje. Los médicos del taxi aéreo, expertos en su labor y sabedores de la responsabilidad de transportar a heridos, revisaron uno a uno los aparatos que mantenían conectados al cuerpo y ahí surgió la alarma. —¡A la gran... Miren se rompió el sello de agua!— dijo uno de ellos visiblemente contrariado y molesto. —Así no lo podemos trasladar. Dios guarde le pasa algo en el aire. Tienen que buscar un sello nuevo o no lo podemos llevar. Ana Margarita y Evelin Anaité se miraron sorprendidas. Ninguna imaginó que eso pudiera pasar.

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—¿Qué hacer? ¡Dios mío, más dificultades ya no, ya no! Suficientes problemas hasta ahora—. Pero herederas de la agilidad mental de Abraham, rápidamente Evelin Anaité tomó el teléfono y llamó a Amílcar Alonzo explicándole la situación. —Don Amílcar hable con los doctores, consiga un sello de agua rápido. Este que tenemos se rompió. —No tenga pena, hija, no se qué es eso, pero ahorita se lo consigo. —Gracias, apúrese por favor. —Le dijiste que se apurara. Esto es urgente... —Ya, ya, ya, tranquila, ya viene, ya le dieron uno nuevo y viene volando para acá. Voy a ir a buscar el sello de agua a la puerta; Me dijo que lo iba a llevar porque de plano que no lo van a dejar entrar hasta aquí—, subrayó Evelin Anaité. —Vamos, rapidito a la puerta de aeronáutica — dijo al sorprendido agente de seguridad que estaba al volante. El picop rechinó cuando las llantas sintieron el empuje y el cambio de velocidades. 156


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En la puerta, en cuestión de minutos, estaba ya Amílcar Alonzo. Había llegado a bordo de su picop rojo, acompañado de Leticia Fión, sobrina de Abraham. Durante todo el camino del hospital al aeropuerto estuvo recibiendo llamadas constantes de Evelin Anaité, urgiéndolo para que llegara cuanto antes. Le entregó la preciosa carga a la joven abogada que agradeció con la mirada y una sonrisa al amigo fiel de toda la vida de su padre. Cuando iba de regreso a la avioneta, notó que ésta se estaba poniendo en marcha y la desesperación hizo presa de ella. ¡Apúrese, no ve que se va la avioneta!— dijo al conductor. Las hélices del aparato empezaron a girar como gigantescas cruces que atrapaban el aire buscando destruirlo. El vehículo donde iba Evelin Aniaté se enfiló peligrosamente frente a la avioneta y se cruzó frente a ella de forma violenta, decidida, abrupta. De un salto, ella salió del carro y corrió a la escalinata de la avioneta que estaba a punto de ser elevada para iniciar el recorrido previo al 157


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despegue. Sin pensarlo dos veces, de ágiles movimientos logró subir y entregó el sello de agua, tan importante para salvar la vida de su padre. Ya adentro, todos la miraron sorprendidos. Ella intentó sonreír. No pudo. Intentó decir algo. No pudo. Intentó respirar. No pudo. Empezó a sentir que todo giraba a su alrededor. La presión. La tensión. El dolor. El desvelo. Los nervios. El susto. El temor. Todo estalló dentro de su cuerpo en ese momento. Los médicos acudieron presurosos a Evelin Anaité y lograron estabilizarla. 158


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Le colocaron oxígeno y así, ya más tranquila, supo que la tercera batalla contra la muerte la habían ganado. Abraham, en silencio, observaba todo. Sonreía. Incluso se permitió bromear con sus hijas, haciendo la característica señal de quien tiene miedo cuando está en alguna situación difícil, la mano hacia arriba y los dedos unidos, abriéndolos de a poco. Su sentido del humor estaba intacto...

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CAPITULO TRECE

Un viaje diferente

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esde el aire se observa con toda su plenitud la encantadora isla de Flores y mientras la aeronave se aleja, la silueta se hace cada vez más difusa. En otros tiempos y cuando Fión estuvo al frente de la gobernación, siempre le gustaba ver desde el avión el paisaje del majestuoso lago Petén Itzá y en una ocasión compró una cámara con lente de largo alcance para tomar fotografías. Esta vez, las circunstancias eran diferentes. Abraham no pudo ver aquel paisaje que lo ponía triste cuando se alejaba de Flores en sus tiempos de estudiante en la capital guatemalteca. Como 161


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gobernador petenero varias veces viajó a la ciudad para cumplir con reuniones palaciegas con el entonces presidente Cerezo Arévalo y ministros de Estado. Aquellos tiempos para Abraham eran ya historia, pero permanecían inherentes a su realidad actual y principalmente ahora cuando la vida parecía escaparse. Cuando la muerte estaba muy de cerca y cuando un sólo milagro podía salvarlo. Iba en el avión acompañado de sus amadas hijas, las abogadas Evelin Anaité y Ana Margarita, quienes se harían cargo de todos los preparativos para su tratamiento en uno de los sanatorios capitalinos. Glenda Verónica, su tercer hija, se quedó en Flores para estar a la par de su madre, Adelita, una abnegada mujer que había laborado de sol a sol en una oficina para servicios de contabilidad. ¡Qué buena mujer, de verdad! ¡Qué apoyo tan extraordinario le ha dado a sus hijas! Adelita siempre laboró con esmero para coadyuvar a resolver las necesidades básicas de la familia. En su obligado viaje a la ciudad de Guatemala, Fión Lizama empezó a reflexionar 162


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sobre los diferentes episodios de su vida. Hubo momentos de alegría, momentos de amplia diversión, tristeza, soledad, y ahora la vida le daba una dura lección como una especie de aviso para que modificara su conducta. En los 45 minutos de vuelo, tuvo tiempo suficiente para pensar en su futuro. Entendió que la vida tiene límites, que en cualquier momento los seres humanos pueden morir y que en los postreros días casi nadie se acordará de uno, solo los seres queridos lo continuarán amando en el recuerdo. Comprendió del todo que la vida, hasta poco antes del atentado, siempre lo trató con benevolencia, la suerte estuvo de su parte y no había casi nada que reclamar a la existencia. En su entorno más sagrado, su familia; el abogado se convenció que Dios lo había bendecido en grandeza, pues sus tres hijas, además de su guapura, fueron dotadas de inteligencia, creatividad, responsabilidad, honestidad, etcétera. Dos de ellas, Evelin Anaité y Ana Margarita, las dos profesionales del Derecho, habían 163


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integrado un bufete que hoy goza de credibilidad y prestigio. Glenda Verónica, por su parte, contadora pública y también abogada, apoyaba a su madre en los diferentes compromisos de la exitosa oficina que mantienen en la isla de Flores. En cierta forma, Abraham estaba muy orgulloso de sus hijas porque soñó para ellas un futuro de prosperidad y, como padre, lo había logrado. No necesitaba una fortuna de oro y dinero para sentirse satisfecho, no necesitaba bienes materiales para estar agradecido de la vida. Sus tres hijas constituyen el mejor tesoro. Cada una de ellas tiene un precio de incalculable valor. En primer lugar, gozan de un raciocino excelente, de singular inteligencia, de gracia y belleza, y de ajuste, son admiradas profesionales. ¡Qué más se puede pedir a la vida! Nada, absolutamente nada. Como padre Abraham cumplió a cabalidad con la sagrada misión que le fue encomendada. Algunos amigos de Abraham, sin embargo, han sufrido con dureza el flagelo de la vida, y aunque cuentan con necesarios recursos 164


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económicos, lo han perdido todo porque sus hijos ya no están con ellos. Sus verdaderos tesoros, sus amados hijos se perdieron en el camino o partieron a la presencia del Señor y aquellos sueños que abrigaron durante mucho tiempo se desplomaron como castillos de arena. Está el caso de aquel padre que perdió a su hijo más cariñoso, de 16 años, cuando estudiaba bachillerato en computación. La cisticercosis lo atacó en el cerebro y luego de tres operaciones agonizó inexorablemente en un centro asistencial. Después de dos años y cuando el dolor había apaciguado, su primogénito, de 27 años, próximo a su ascenso como capitán del Ejército, fue secuestrado, torturado y asesinado. Su cadáver lo encontraron cuando lo iban a sepultar como «xx» en un hospital del Progreso, Guastatoya. Los días pasaron y el dolor iba decreciendo poco a poco. Este padre creía que la maldición contra su familia había terminado y renovó sus principios de fe en la vida y cuando esto pasaba le sobrevino el tercer golpe mortal. Su hijo más pequeño, su brazo derecho en un proyecto 165


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empresarial y que estaba por cerrar la carrera de abogado, falleció víctima de apendicitis. Los grandes tesoros que Dios le había dado, le fueron arrebatados de la noche a la mañana. Otro padre envió con ilusión a su único hijo a estudiar a la ciudad de Guatemala. Confió en él y le dio todo el apoyo para avanzar en la carrera de Derecho en la Universidad de San Carlos. Los malos amigos lo desviaron del camino correcto y lo enviaron al submundo de las drogas. Este angustiado progenitor, maldecía el momento en que envió a su hijo a Guatemala y seguidamente pedía a Dios que lo recogiera, lo que ocurrió tiempo después. Estos extremos de la vida, son totalmente adversos a lo que ocurre en la existencia de Fión Lizama. En estos momentos de dura prueba, ellas lo acompañan, están a su lado, en silente oración y dispuestas a realizar todo lo posible para que su padre se recupere de la brutal agresión. —Señores, señores, estamos a cinco minutos del aeropuerto La Aurora— exclama el piloto de la avioneta. Abróchense el cinturón por favor porque vamos a aterrizar en breve. 166


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El volcán de agua de divisa a corta distancia. Los edificios citadinos se ven por todos lados, el puente de El Incienso se observa lleno de vehículos. No hay ningún problema en el aterrizaje.

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CAPITULO CATORCE

Seguridad y cautela

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l aeropuerto La Aurora cuenta con dos áreas para el arribo de las aeronaves. La más importante es la zona internacional, en donde operan las distintas compañías que tienen a su cargo el negocio de pasajeros que llegan y que parten al extranjero. La segunda es la que está ubicada en la avenida Hincapié, zona 13, en donde permanecen los aviones de la Fuerza Aérea Guatemalteca (FAG) y los hangares de las empresas que efectúan vuelos domésticos. Por razones de

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seguridad, en este caso, los pilotos prefieren utilizar la pista de la Hincapié. Al momento del aterrizaje del bimotor que transportaba al abogado y sus hijas, una lluvia intermitente caía sobre el valle de la capital. El ingeniero César Augusto Fión Morales, ex viceministro de Agricultura, primo hermano de Abraham, esperaba al paciente para llevarlo al Centro Médico Militar (CMM), en donde iba a ser diagnosticado por expertos. Fión Morales confiesa que estaba un tanto nervioso. Su querido primo había sufrido un atentado a balazos y por ello solicitó el apoyo de dos autopatrullas de la policía para que les dieran seguridad en todo el trayecto, desde la avenida hincapié, zona 13, hasta el barrio Acatán, zona 17, en donde está el centro asistencial militar. Horas antes, el Ingeniero se había enterado de que su primo estaba grave y que sus hijas querían trasladarlo a la capital. Por su mente aparecieron varias situaciones un tanto complejas y una de ellas tenía que ver con la altura en que se desplazan los aviones, áreas en las cuales se

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carece de oxígeno, principalmente para un paciente que está gravemente herido. Por lo general estas aeronaves vuelan a 12 mil pies, lo cual representa para el herido un alto riesgo, principalmente cuando se ha derramado mucha sangre a causa de las múltiples heridas de bala. Aunque en el avión venía un médico para atender cualquier emergencia, la preocupación era la altura en donde la falta de oxígeno o la hipertensión podrían causar un desenlace fatal. César Augusto pensó en que sus sobrinas estaban por tomar un camino peligroso porque una hora de vuelo para alguien que recién había estado en agonía era como exponerlo a la muerte. Pero también intuyó que dejarlo internado en un hospital en el cual se carece de vigilancia, constituía de hecho un blanco fácil para que llegaran a rematarlo. Había planificado viajar a Petén para estar en con primo en estos momentos difíciles, pero luego optó por quedarse a fin de preparar todo lo referente al sanatorio. Pero César Augusto es un hombre de fe, un católico rematado, un creyente en el Cristo, y tras una breve oración llegó a la 171


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conclusión de que era mejor trasladarlo a la capital. En ese momento llamó a su esposa para pedirle que le apoyara en el desarrollo de una cadena de oración. No ignoraba que su primo estaba a un paso de la muerte, pero para Cristo no hay nada imposible. De manera que en pocos minutos varios amigos se entrelazaron mentalmente para rogar al Creador que salvara la vida del abogado Fión Lizama. Los efectos de las plegarias no se hicieron esperar porque cuando Abraham fue bajado del avión parecía un hombre fortalecido. Las muestras de la agonía parecían haberse alejado. —En realidad me sorprendió porque no estaba abatido, había muchos deseos de vivir en su corazón—, destacó el ex viceministro de agricultura. La ambulancia, protegida de los dos autopatrullas, partió hacia el hospital castrense sin que se produjeran incidentes. Fión Morales tenía cierto temor, pero no hubo problemas en el camino.

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César Augusto es hermano del diputado Carlos Fión Morales, ambos hijos del recordado profesor de matemáticas Héctor Fión Garma, líder regional del Partido Revolucionario (PR), el que también fue diputado durante el régimen del coronel Jacobo Arbenz Guzmán. Fión Garma murió asesinado cuando en la ciudad de Zacapa laboraba como catedrático de un instituto estatal. Noches de pesadilla El CMM está ubicado en las inmediaciones de la Brigada Mariscal Zavala, zona 17, en donde también existen varias colonias residenciales, especialmente para oficiales de las fuerzas armadas. Por ello las medidas de seguridad son permanentes y el propio hospital cuenta con personal para protección de los pacientes.

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Estas razones fueron las que llevaron al ingeniero Fión Morales a tomar la decisión de internar a su primo en el CMM. En teoría las extremas medidas de seguridad

Evitarían que un sicario entrara al edificio para atentar de nuevo contra el experimentado abogado, que para ese entonces, estaba en vías de franca recuperación.

Cuando los médicos lo empezaron a observar, les llamó la atención el hecho que, a un paciente con múltiples perforaciones de bala, se le hubiese permitido viajar a una altura de 12 mil pies. –Esto es increíble. —¿Quién lo autorizó? ¡Esto no es juguete!— Los médicos declararon que el traslado había sido una nefasta imprudencia. Sin embargo, Abraham se sentía tranquilo, mejorado y con deseos de vivir. Sus hijas, Ana Margarita y Evelin Anaité, aunque sintieron un 174


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poco de responsabilidad en el traslado, estaban satisfechas porque su padre estaba ya en un hospital con especialistas y con diversos equipos tecnológicos de los que se carece en la región petenera. Además, a ellas les tranquilizaba que el abogado permaneciera en un lugar seguro, a varios kilómetros del área en donde se produjo el atentado. Desapareció el temor de que matones a sueldo intentaran un nuevo ataque y eso para ellas era lo más importante porque Abraham podía recuperarse sin angustia de ninguna índole. Pero estaban equivocadas porque el asesino permanecía exactamente a la par de la cama del profesional herido. Abraham se sentía perseguido. En las noches de pesadilla volvía de nuevo al recinto del Mijaro II y miraba al matador cuando se le acercaba. Los momentos de terror le asediaban. El hombre de la gorra se iba y de pronto regresaba. Vio de nuevo cuando el criminal sacó el arma y empezó a dispararle.

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—¡No amigo, no amigo, no me mate!— Las balas penetraban en su humanidad y la sangre emanaba a borbollones. Las noches se convirtieron para Abraham en su segunda prueba de fuego. Las pesadillas eran continuas y de verdad llegó a creer que el asesino iba a llegar de un momento a otro para rematarlo. Miraba que su sangre regaba el piso del restaurante. Luis, su chofer, también estaba herido a la par suya. Nadie los auxiliaba. El asesino agotó las balas y volvió a colocar otra tolva con municiones. Los disparos continuaron. Las heridas en las piernas le hicieron caer de bruces en tanto que el asesino se dio la media vuelta y salió tras cumplir con su misión diabólica. Su estado psicológico no estaba bien. Los psiquiatras detectaron delirio de persecución y empezaron a controlarlo. Las heridas estaban cicatrizando, pero su estado emocional permanecía afectado. Tal extremo preocupaba a sus hijas. El abogado seguía sin dormir y cuando algunas noches el sueño lo vencía, el asesino regresaba para dispararle de nuevo.

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Una noche de tantas cuando dormía, se percató que la pesadilla continuaba. Se sintió sólo y triste. Nadie le acompañaba. Miraba a la muerte en sus alrededores. Era una soledad tan grande que había en su interior, la cual le hizo comprender los momentos del vía crucis de Jesús de Nazareth. Era el momento de la muerte del Hijo del Hombre cuando ya clavado en la cruz, notó que solo su madre, María, María Magdalena y uno de sus discípulos queridos estaban en el Gólgota. Sus apóstoles no le acompañaban en aquellos momentos del final. Pedro, su discípulo más querido, lo había negado tres veces. Abraham sintió que un fuerte sentimiento invadía su alma en aquel instante de intensa soledad y de pesadilla. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas y rememoró los días en que sirvió de acólito en la Catedral de Flores. En esas fechas de antaño miraba al Cristo crucificado y no comprendía todavía del por qué se le había asesinado de manera brutal, al hombre

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perfecto, al Hijo de Dios, que llegó al mundo para salvar a la humanidad. El abogado lloraba y de pronto despertó. —¡Tranquilo, tranquilo!—, le dijo una voz suave de mujer. Era la enfermera del intensivo. Una creyente y entregada al Señor. Al ver que el litigante lloraba y suspiraba en el sueño, le tomó la mano derecha y empezó a orar por su recuperación. —Ore conmigo, ore conmigo. Va a ver que el Señor lo va a librar de su tormento—. El abogado se había olvidado de aquellas oraciones que siempre practicó en sus tiempos de acólito. Se reencontró con el Señor. Renació en él aquella fe perdida. Las pesadillas diabólicas existen hasta que uno quiere. «Tenemos quien nos defienda, tenemos a un Cristo Poderoso que nunca nos abandona», explica Abraham ahora en su oficina de Santa Elena. Dos días después, los médicos llegaron a verlo a la sala de intensivos. La decisión era unánime. No había más que hacer en aquel centro asistencial.

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—Bueno don Abraham, bueno, bueno, bueno. Usted está notoriamente recuperado. Las heridas están ya cicatrizando y su estado emocional va en mejoría. Puede egresar del hospital desde este momento y, si lo quiere, trasladarse a la isla de Flores.

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CAPITULO QUINCE

Momento de la expiación

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a de retorno a su residencia, el hombre de leyes pensaba en lo que sería su futuro. Su propósito era el de volver al trabajo lo más pronto posible, reintegrarse a la práctica del Derecho. Pensaba que todo era de un borrón y cuenta nueva, pero la realidad le preparaba otra sorpresa desagradable. En una ocasión trató de levantarse por sus propios medios y cayó de bruces. Las múltiples heridas y principalmente la que le perforó el fémur izquierdo impedían su movilización. Trató varias veces de ponerse de pie y no pudo ni con el apoyo de otras personas. 180


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—Abraham, mi querido Abraham. Definitivamente tiene que entrar en una etapa de recuperación y de terapia. Por lo pronto, debe movilizarse con una silla de ruedas—, le explicó uno de los médicos del hospital petenero. El abogado empezó a enfrentar otro problema psicológico. En sus años de estudiante jugó como portero de un equipo de fútbol y durante toda su vida se había desempeñado como un hombre de acción. Era poco de quedarse en su casa para ver televisión o para descansar. En realidad se había considerado un deportista, un hombre de vigorosa dinámica. Siempre había sentido fobia por la silla de ruedas. Sentía mucha lástima por las personas que se desplazaban con esa clase vehículos. Con frecuencia decía que los hombres que habían caído en esta desgracia, eran «personas muertas en vida». Mantuvo la idea de que su recuperación iba a ser en cuestión de días. Trató de mantener una mente positiva en el sentido de su pronto retorno a su trabajo de abogacía. Nunca imaginó, ni si181


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quiera por un momento, que después del atentado, venía el momento de la humillación total. Se había salvado de la muerte de manera prodigiosa, pero de utilizar la silla de ruedas, no, definitivamente no. Era como una especie de castigo. Era el momento de la reflexión, de pensar en Dios y del cambio de conducta. Le había costado mucho llegar a la cúspide de su carrera como abogado y eso de andar en una silla de ruedas, era difícil de aceptarlo. Como litigante había ganado fama y prestigio en poco tiempo y por ello, la silla de ruedas era para él como «un segundo atentado». —¡No puedo creerlo, no lo haré!— Llegó a la conclusión que todo su prestigio que tanto le había costado ahora se convertiría en nada. No aceptaba el hecho de que de aquí en adelante tenía que llegar a los tribunales con el apoyo de la silla en mención. La resistencia obnubilaba su mente. Se aferraba a la idea de que una persona como él, no podía exponerse a que la gente se burlara de su desgracia. Muchas personas se conmovían y con sinceridad esperaban a que se recuperara pronto, 182


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pero otras quizás se alegraban de lo que le estaba ocurriendo. La depresión se acentuaba. Creía que la silla de ruedas era un severo castigo. Durante toda su vida le había gustado que la gente lo buscara, que le pidieran cualquier tipo de ayuda. Se sentía realizado cuando servía a los demás y lo hacía con voluntad y esmero. Durante varios años fue dirigente deportista y en algunas ocasiones representó en Petén a la Confederación Deportiva Autónoma de Guatemala (CDAG). Por ello, numerosos jóvenes de equipos deportivos lo buscaban desde las primeras horas de la mañana y siempre los atendió con respeto y gentileza. Cuando fue gobernador actuó de la misma manera. A muchas personas benefició con empleo y se preocupó con servir a la gente necesitada. Le gustaba la constante actividad, la comunicación con los demás. Había permanecido en cama durante varios días y no se hacía a la idea de continuar encerrado y peor en silla de ruedas. Era su castigo. El abogado tenía que sufrir su propio karma para dar paso a la pureza del co183


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razón y del espíritu. La doctrina de los hindúes subraya que cuando una persona muere sin pagar todo el daño que causó, tiene que reencarnarse para volver a la vida y afrontar el castigo. Por eso es que hay hombres buenos que le suceden desgracias inesperadas y hombres malos que gozan de beneficios y fortunas. Así es el karma, tal como lo cree la comunidad hindú. Los cristianos, por su parte, enfatizan que todo ser humano tiene que sufrir su momento de humillación ante el Dios viviente. Para recibir el perdón de Jesucristo, debe confirmar su fe, inclinar su rostro con un espíritu quebrantado y un corazón contrito. El perdón les llega y la prosperidad se avecina, porque Dios ama a los que se humillan. La Biblia hace una serie de relatos sobre los hombres poderosos que traicionaron al Creador y que fueron severamente castigados. Uno de ellos fue el rey de Babilonia, Nabucodonosor, quien llegó a tener un poder inconmensurable. Conquistó reinados y construyó ciudades impresionantes.

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Una vez lleno de soberbia se vanaglorió y manifestó que todo su poder y toda su gloria era producto de sus esfuerzos. Dios le envió a uno de sus profetas para recordarle que el poder El se lo había dado, pero a causa de engreimiento lo iba a enviar a un marco de locura. Durante siete años Nabucodonosor estuvo a la par de las bestias comiendo hierba. Al fenecer el período del castigo, el rey de Babilonia recobró la lucidez de su mente y clamó a Dios para pedirle perdón. La Biblia relata que, al humillarse, el Creador le retornó todo su poder. A pesar de que no era miembro del pueblo de Israel, gozó de las bendiciones del Altísimo. Otro de los arrepentidos fue el rey David, el que dio muerte a Goliat, un gigante que atemorizaba e insultaba al pueblo israelí. Cometió adulterio con Betzabé y a Urías, esposo de ella, lo mandó a matar. El profeta de Dios le avisó de su castigo con falta de lluvias para que hubiese hambre y miseria en Jerusalén y que Betzabé, la mujer adúltera, debería ser lapidada de acuerdo con la ley de Moisés.

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El rey David, al empezar a sentir la dureza del castigo, se ubicó en el santo tabernáculo durante varios días para rogarle al Creador que lo perdonara. Dios escuchó su plegaria y a los pocos días empezó a llover y el profeta Natán le comunicó que el Altísimo lo había perdonado. Manasés, otro de los reyes de Jerusalén, empezó a gobernar desde los doce años, pero luego se olvidó de Jehová y empezó a adorar dioses falsos. Los ejércitos asirios lo capturaron y atado lo llevaron prisionero a Babilonia. Cuando fue puesto en angustia imploró a Jehová y se humilló grandemente, explica el libro sagrado. Jehová lo perdonó, lo dejaron en libertad y se le devolvió su reino. Manasés tuvo que reconocer que Jehová era su Dios. También se menciona el caso de Roboam, Otro rey de Jerusalén, un monarca que al verse fortalecido abandonó su pacto con Jehová. El rey de Egipto, Sisac, conquistó la ciudad y se robó todo el oro del templo construido por el rey Salomón. Roboam y los príncipes de Judá tuvieron que humillarse para que Dios no los destruyera.

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El Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, también se sometió a un proceso de expiación para pagar con su divina sangre los pecados de su pueblo amado. El sabía que tras la ruptura del convenio con el pueblo escogido todas las esperanzas del plan de salvación se habían perdido. Llegó a la tierra en calidad de hombre y cuando fue capturado por los romanos lo torturaron e incluso los sacerdotes del templo le escupieron la cara. Más tarde le obligaron a cargar una pesada cruz para luego crucificarlo en una montaña a la par de dos ladrones. Cristo sufrió la triste humillación a pesar de que era el divino Hijo de Dios. Nunca creyeron que el era el Mesías de quien hablaban las sagradas escrituras. Los judíos pidieron que se dejara en libertad a Barrabás, un guerrillero que Combatía a los romanos, pero que a Cristo, el que había venido para salvar al pueblo de Israel se le enviara al patíbulo. Para Abraham, sin embargo, la depresión continuaba y había tenido un avance. Creyó que no valía nada y que la vida, en esa escala, no tenía ningún sentido. Acababa de salir de un martirio y 187


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cuando pensó que el drama terminaba, venía una prueba más y esta era la humillación para un profesional de éxito y fama. Una noche cuando se preparaba para dormir escuchó las notas de un himno cristiano que provenía de la capilla que está detrás de su casa. «Hijo mío si estás cansado y abatido, si crees que tu vida no tiene sentido, si tu carga es pesada, ora, ora, ora y pide apoyo al Señor». Nunca acostumbraba a escuchar cánticos religiosos, pero esta vez guardó silencio y oyó la alabanza. Unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Al momento lo invadió una tristeza profunda y lloró en silencio. Se sintió solo, muy solo. Volvió a recordar sus días de acólito en la parroquia de Flores, cuando de niño lloró al ver a Cristo crucificado. Solo en su habitación se arrodilló. Empezó a orar, lo que tenía años de no practicar. Su espíritu contrito y su corazón adolorido le permitieron pedir al Creador que lo perdonara y que pusiera fin a su calvario. Fue una oración, si mucho de 20 minutos. Luego le entró el sueño y despertó al amanecer. 188


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Para ese momento Abraham era otro. Aquella pesadilla y la depresión habían terminado. Estaba decidido a iniciar las sesiones de terapia y tenía la seguridad de que pronto volvería a su trabajo, aún en silla de ruedas. Cuando empezó con el deseo de bajar de peso, antes del atentado, compró una bicicleta estacionaria, un monstruo y una faja deslizadora. Este equipo que lo había adquirido para mejorar de imagen, como una acción de pura voluntad, ahora le servirían para la terapia y para volver a caminar. Como si la divina providencia lo hubiese inducido a que comprara ese equipo porque le iba a ser de mucha utilidad. El abogado volvió a su trabajo con el apoyo de la silla de ruedas. No le importaba lo que la gente dijera. A los dos meses abandonó la silla y lo hizo con el apoyo de un andador. Al poco tiempo caminaba apoyado con un bastón. Hoy en día, las heridas cicatrizaron. Abraham llenó su corazón de paz y regocijo. El bastón también es parte de la historia porque ahora sube las gradas de los tribunales sin ningún problema. En él no hay resentimiento, no 189


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hay odio para nadie. El se humilló y sabe que Dios lo ha perdonado. Tiempo después, el ex gobernador sufrió una recaída cuando al subir precipitadamente unas gradas se le quebró el clavo que se le había colocado en la pierna izquierda. La emergencia le obligó a retornar a un centro hospitalario de la ciudad de Guatemala en donde tuvo que ser intervenido nuevamente. Esta vez, aunque sentía dolores intensos, no le invadía ninguna preocupación porque estaba seguro de que la mano de Dios continuaba protegiéndole.. En efecto, a los pocos días el abogado regresó a su oficina para reconcentrarse de nuevo en sus actividades rutinarias. Su triste experiencia, según lo afirma, «debe servir de ejemplo a los demás porque nadie está escape de una desgracia» como a él le toco sufrir. El llamado es para aquellas personas que aún no confían en el Señor y que creen que todo lo que tienen es por esfuerzo propio. Es urgente y necesario, dice el ex funcionario, que cambien de estilo de vida y que, a medida de sus posibilidades se acerquen más al Creador. 190


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El hombre sabio busca a Dios antes que sea demasiado tarde. «No tiene que esperar que les ocurra una desgracia como a la que a mí me tocó sufrir. La vida es corta y hay que vivirla con apego a las leyes divinas», subraya Fión Lizama al recordar los tristes momentos cuando tuvo que enfrentarse a la muerte y que por poco no vive para contarla.

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El Atentado