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SALUDOS TIERRA

Manuel Fernรกndez Saavedra


A ellos, A los primeros en enterrar a sus muertos, A los primeros en creer, A los Neandertales


La tierra habla.

Ahora se sentía feliz observando su creación, dando... Había elegido bien los colores, en esta ocasión había puesto sus preferidos: azul mayoritariamente, verde, extensamente, y toda la gama restante esparcida, repartida arbitrariamente por todas partes, sin olvidar ninguno; no quería que faltara ni un solo color a la vista de todos. Con los sonidos no fue egoísta, introdujo todos los buenos para que cada cual se parase donde mejor le pareciera, que cada uno escuchase el que más le agradara. Ella, naturalmente, tenía sus preferencias, por eso hizo grandes ríos con enormes corrientes. Pero le pareció poco, hizo de ingeniero y les añadió cascadas, para que los ruidos se tornasen más intensos, más claros al oído de todos. —¿Que no te gusta?, pues vete más arriba, donde las aguas son más tranquilas y suaves, eres libre para elegir tu sitio, tu melodía. También le pareció agradable el sonido del viento sobre los árboles, sobre las montañas, por eso lo introdujo por todos sitios, que nadie se privara de escucharlo, de sentirlo. Pero quedaba lo mejor: el aroma que desprendía el planeta. El intenso colorido ya creado irradiaba bálsamos que eran esparcidos por los cuatro costados por medio del viento ya existente. Esto sería necesario que lo olieran todos, por eso hizo obligatorio el respirar, así los seres que la habitaban probarían los perfumes, llenarían su interior de ellos y estos formarían parte de todos, así la cuidarían y respetarían. No se cometerían los mismos errores, no se aplastarían a las especies, al contrario, formarían parte de uno mismo. ¡Qué sensación!, esa mezcla de todas las fragancias del planeta flotando, inundándolo todo, llenando los interiores, dando vida a cada uno de sus habitantes. Los acontecimientos se sucedían rápidamente, solo habían sido completados varios millones de giros alrededor del sol desde el último reajuste. Entonces soportó una gran carga debido al enorme peso y tamaño de los seres vivos que la poblaban, no se podía permitir flaquezas, era su madre y tenía que darlo todo por ellos; abundancia y fertilidad, con unas condiciones inmejorables. Pagaba un alto precio pero no importaba, lo seguiría intentando con todas sus fuerzas, se mantendría firme. Sería capaz de soportarlos a todos, les seguiría dando sus mejores condiciones para que continuaran reproduciéndose y creciendo, reproduciéndose y creciendo, amamantándolos para que cada vez sus hijos fuesen más y más grandes; como cualquier madre hubiera hecho. Todo sucedió sin traumas, de forma natural y progresiva, lo había intentado con todo su poder, con todas sus fuerzas, hasta que, exhausta, no pudo más. Sus hijos eran múltiples y ella se agotaba, no permitiría una destrucción total, ¡eso nunca! Sería, por lo tanto, necesaria una selección: los más grandes, cuyo número se había multiplicado con enorme fuerza habían conseguido poder suficiente para arrasar bosques enteros en una sola jornada alimentaria, esos morirían; por


destructores y exterminadores. Los más pequeños vivirían. Todos nacemos y morimos, pero el día de la madre todavía no había llegado, al contrario, comenzaba en esos tiempos. Tiempos de engendrar, de nacer, de desarrollar, siempre amamantando, siempre eligiendo lo mejor, siempre dando. No serían los seres creados, formados por ella misma, quienes provocaran la destrucción total, ¡eso jamás sucedería! De eso se encargaría ella, siempre dando, siempre vigilando. Ahora lo intentaría de nuevo, ya regenerada, recuperada y con nuevos bríos, sería capaz de darlo todo, como siempre, pero con nuevas técnicas. El pasado enseña, no se cometerían los mismos fallos, no se permitiría a los seres vivos crecer tanto físicamente, el crecimiento se dirigiría hacia un nuevo camino, una nueva idea: la evolución del pensamiento, del raciocinio; algo que daría resultados prontamente. Desde luego aseguraría el proyecto, no jugaría con una sola baza, habría que asegurar esa nueva creación, ese nuevo crecimiento no corporal. Ahora estaba orgullosa, disfrutaba viendo cómo los seres creados saboreaban la vida, probaban a su madre saciándose; había tanto que dar, había tanto para todos ¡Cómo sentían! Era perfecto, armonioso, era la vida en eclosión. «¡Ahora sí lo he dado todo! ¿Lo he dado todo? ¡Una madre siempre quiere dar más a sus hijos! Más, más...». Su preferencia, su debilidad era los conciertos, solo tenía que desearlo para crear gargantas que sonaran melodiosamente a los oídos de todos. Probó y gustó mucho, por eso no escatimó en especies, se dijo: «Lo mejor es que existan cientos, miles, de especies distintas con plumas, esas sí entienden de música». Y como la tierra no conocía mucho de números, introdujo millares de ellos, todos distintos; eligió el número más alto que conocía. ¡Qué sonidos! Cantando todos juntos, ¡qué conciertos! Realmente esto tuvo mucho éxito. Pero se puso a observar lo creado y se dio cuenta de que nada había cambiado desde el comienzo. Anteriormente también lo había hecho así, únicamente habían sido cambiados esos reptiles tan enormes, tan destructores, por frágiles aves; tan delicadas, tan melodiosas. Al mundo animal no le había dado nada nuevo, solo un intercambio de especies; con la experiencia pasada quizá fuese suficiente. —¡No! Había que dotar a alguna especie de algo más, algo más que no fuese fuerza bruta, algo más que grandeza y fuertes colmillos. Dentelladas ya habían tenido bastantes. Se fijó entonces en una nueva especie, algo distinto a todo lo que había existido hasta entonces, se fijó en unos pequeños animalitos, unos animalitos que mamaban directamente de la madre, unos animalitos que continuamente se rozaban y acariciaban con sus progenitores, con sus mismos hermanos; que irradiaban amor y ternura, contacto tras contacto con sus semejantes. Pensó: «Estos animales no pueden fallar, son cariñosos, aman desde que nacen, son mamíferos, se alimentan de la madre como las flores y las plantas se nutren de mí, no se puede temer nada de ellos». Se fijó en las ratas, ellas evolucionarían, llevarían la grandeza, dominarían el mundo; ellas no utilizarían la fuerza bruta.


Sudoeste de la península ibérica 35.000 años a.C.

Esa mañana, Dar se levantó con nuevos bríos, lleno de energía. En el ambiente se podía olfatear el polvo que levantaban las enormes masas de animales que se desplazaban hacia el valle en busca del agua, del alimento del espíritu que escasea fuera de la hondonada en esta época seca. No pudo contener su deseo de contemplarlos y decidió ascender al monte más alto. Desde allí confirmaría visualmente lo que su olfato ya le pronosticaba: desde arriba podría ver la llegada de todos los animales de la tierra para beber en los ríos que bañan su valle. Comenzó a ascender en solitario ya que ninguno de los cazadores quiso acompañarlo. Ellos, también activos por los mismos motivos, habían decidido ir en busca de los herbívoros para intentar contactar con ellos de forma física, no visual a grandes distancias; ellos intentarían dar caza a los primeros animales en llegar, a los primeros en cruzar el río. Dar comenzó la ascensión de forma tranquila, pues el monte al que quería subir era el más alto de la zona, el de mayor pendiente, por esto lo haría con paso firme y seguro, sin correr, sin detenerse, paso a paso; su conciencia de predominio sobre el resto de las especies lo hizo ascender con total seguridad. Primero tuvo que atravesar la zona del bosque, con sus árboles imponentes, poderosos, los que les procuraban herramientas, alimento para ellos y para su fuego, con esos troncos tan duros y anchos que solo un rayo era capaz de partir. ¿Solo el rayo? Los Seres también lo podían hacer, los seres vivos más poderosos de la tierra habían adquirido ese conocimiento. Después, al salir del bosque, se encontró con la zona rocosa; a esas piedras ni el rayo las puede romper, ¿ni el rayo? Los Seres habían adquirido el conocimiento necesario, no solo para partirlas sino para moldearlas a su antojo; construyendo herramientas profundamente conocidas, controladas. Casi en lo más alto recordó el poder del rayo, los Seres también podían crear fuego. Este pensamiento le hizo crecer interiormente, le hizo hinchar al máximo su pecho; habían cambiado el fuego abrasador, el destructor, por un fuego aliado, beneficioso. Con estos sentimientos llegó a la cima del monte y pudo contemplar los ríos que bañan el valle, las zonas verdes que se interponían entre ellos y los animales que lo habitaban. Allí también estaba el desfiladero, donde se hundían en la tierra dos de los ríos al unirse para, juntos, introducir sus aguas repletas de espíritus en las profundidades. A lo lejos pudo ver la nube de polvo que levantaban las manadas de animales al retornar al valle para saciarse. El conjunto de estas sensaciones le hizo pensar en su grandeza, en la grandeza de los Seres, en su predominio sobre el resto de las especies; le hizo pensar en los enormes conocimientos de que eran portadores. A su mente se asomó una imagen, la imagen del equilibrio natural, de la abundancia, de la belleza, de la seguridad; esta idea le hizo dar un fuerte grito, quizá el más fuerte de todos los


que había dado hasta entonces. Dar, con voz muy alta, dijo: —¡Gracias, tierra por elegirnos, gracias, tierra por hacernos los primeros, gracias por darnos la memoria, el raciocinio! —a la vez que golpeaba con los puños su pecho, un golpe por cada vez que daba gracias. Después de experimentar estos sentimientos, Dar regresó al campamento. Allí vio que no había mucha actividad, solo jóvenes y ancianos. Pap, que era el Ser más viejo del clan, en cuclillas sobre la hierba percutía en los cantos rodados, era el mejor conocedor del arte de fabricar herramientas y útiles. Se encontraba rodeado de los pequeños, siempre tenía alguna historia para contarles, alguna enseñanza que transmitirles. Dar se acercó y le preguntó por el resto de los componentes del grupo, por los cazadores. Pap le contestó: —Dijeron que primero cruzarían un río, después el otro, y que esperarían en el siguiente la llegada de los nuevos animales para cazarlos. Dar comprendió que se encontrarían muy lejos y que él no podría darles alcance, por lo que decidió quedarse allí junto a los demás Seres del clan. A Dar también le gustaba hablar, contar historias, como a casi todos. En las miradas de los niños advirtió un brillo de admiración, también interrogantes, esto le hizo comprender el motivo de la conversación que mantenían hasta su llegada. Una sonrisa interior le obligó a decir: —Hace mucho calor, mejor será que deje mi piel de oso, pues de lo contrario desperdiciaré mi sudor —por lo que arrojó en un rincón del refugio la piel que lo vestía. Esto causó el efecto deseado, todos los jóvenes se volvieron hacia él, todos miraban asombrados las enormes cicatrices que marcaban su espalda, todos a la vez pensaron: «Si pudiera contarlo, seguro que es la historia más emocionante y valiente que hemos escuchado nunca». Dar también lo pensó: «Si pudiera contarlo, verían estos pequeños lo que es una caza de verdad». Pero todos sabían que la historia de la primera caza es en solitario y no se puede contar, se quedarían con las ganas de saber cómo se produjo esas enormes cicatrices en la espalda, no sabrían como él solo pudo acabar con aquel enorme oso consiguiendo, a la vez, abrir la gran tumba. Absorto, Dar comenzó a recordar, casi recreándose, en el momento más digno de su vida; sin embargo debía mantenerlo en secreto, esto lo engrandecía y mitificaba, era su secreto individual, el secreto de la primera caza, el secreto que lo acompañaría durante toda su vida diurna. Pensó: «Es lo único que no puedo compartir con mis semejantes y... ¡qué trabajo me cuesta hacerlo! Lo reviviré una vez más en mi interior, es lo único que puedo hacer», y dejó que fluyeran libres sus recuerdos. Mientras Dar permanecía ensimismado en sus reflexiones, los jóvenes, que se encontraban a mitad de crecimiento pero que tenían el suficiente raciocinio para entender cualquier historia bien narrada, dejaron de prestar atención al viejo Pap y pasaron a observar las cicatrices de Dar. solo había que mirarlas ligeramente para entender que un día fueron muy profundas, sangrantes y dolorosas, surcos que dibujaban las zarpas de un gran oso a lo largo de toda su espalda, heridas que en su día hicieron temer por la vida del bueno de Dar. Afortunadamente, hoy las podía exhibir como un trofeo, el mejor trofeo que un Ser podía mostrar; él lo hacía con orgullo. Con deleite se imaginaba narrándoles la historia a los jóvenes,


enseñándoles. Ellos sí prestarían atención, ya los veía babeando, concentrados en la narración. Ellos sí, no los adultos que nunca escuchan nada. Los jóvenes se preguntaban cómo lo habría hecho, las técnicas de caza eran todas conocidas, y si alguno descubría algo nuevo enseguida hacía partícipes a los demás del nuevo descubrimiento. El misterio era cómo utilizar las técnicas de caza colectiva en una acción individual, máxime tratándose del animal más poderoso, el más temido y respetado: ¡la bestia del día y de la noche! Para el bautizo de la primera caza se podía elegir la especie que cada individuo quisiera, eran libres, pero dependiendo de esa elección –agilidad, velocidad, agresividad, fortaleza e inteligencia del animal–, así sería el resultante del poder del cazador y así se mediría su opinión dentro del seno del grupo. Dar, con su pensamiento, recordó los días en que consiguió el máximo desarrollo y fuerza física, cuando todos pensaban que era un Ser tozudo. En esto él no estaba de acuerdo, pensaba que no lo era más que cualquier otro. Un día cambió de parecer. Hacía varias generaciones que la gran tumba no se abría y Dar se dijo así mismo que él lo haría. Se vio frente a la entrada de lo que, seguramente, sería una cueva muy profunda. Sus ojos fijos en la oscuridad, sus pies fuertemente clavados al suelo, sus manos aferradas a una lanza, la más robusta y afilada que jamas se hubiera construido; sin intención de retroceder, sin ningún tipo de temor o duda en su espíritu, sin temblores en su cuerpo y con la misma idea repetitiva: «¡Sal ya, sal ya! Aparece antes de que la oscuridad de la caverna me haga cambiar de opinión». Se llevó un sobresalto al sorprenderse a sí mismo gritando con fuerza en dirección a la entrada de la cueva: —¡Sal ya, sal ya, bestia de la oscuridad! Inmediatamente, desde el interior de las tinieblas, apareció el gran oso que, molesto por haber sido perturbada la tranquilidad de su refugio, se dispuso a espantar a aquel osado Ser; no solamente osado, también suicida, ya que después de haber rugido, enseñado sus fauces, y haber doblado su tamaño al ponerse erguido sobre sus patas traseras, el intruso permanecía allí, quieto, impasible... Nunca antes, en su larga vida de oso, le había ocurrido algo semejante: «¡Alguien retándolo!» Confiado y en la posición erguida en la que se encontraba, pasó al ataque. Dar permaneció inmóvil aferrando fuertemente con ambas manos su lanza. El animal, a grandes zancadas, se le vino encima. A medida que se aproximaba, y su tamaño se iba haciendo más real, las dudas comenzaron a asomar por la mente de Dar. Con el grito de ataque que salió de su garganta, se dio cuenta de que su voz superaba en volumen al rugido producido por el oso. Esto hizo vacilar al animal, aminorar su empuje. Ese fue el momento. Dar soltó sus pies y se abalanzó con toda su fuerza, con todo su peso sobre el animal. Con su lanza por delante, el empuje, la potencia que traía el animal hizo que la lanza se clavara completamente en el pecho del oso; ambos quedaron parados frente a frente, sus alientos se mezclaron. Los ojos de la bestia, por mucho que los tuviera abiertos, no llegaban a comprender la situación; su idea era rajar con sus garras a ese atrevido Ser, sin embargo se había quedado parado en seco, no podía llegar, no obstante lo tenía muy, muy cerca... solo un paso más y lo conseguiría. Dar


adoptó la misma actitud que al inicio del encuentro: pies clavados en el suelo y manos sosteniendo fuertemente la lanza clavada en el pecho del animal. El oso quiso conseguir su objetivo, por lo que dio un paso más haciendo que la lanza le atravesara por completo el cuerpo. Sus ojos querían cerrarse pero podía aguantar un poco más, ahora sí podía hacer lo que pretendía desde el principio, ahora podía dejar caer su zarpa sobre aquel Ser insignificante. Los dos cayeron al suelo fundidos en un abrazo mortal. Cuando encontraron los dos cuerpos Dar yacía inmóvil sobre el gran oso, no había esperanzas de que estuviese vivo, parecía tener la espalda seccionada en dos. Fue portado hasta el campamento, allí se advirtió en él un aliento de vida. Fue cubierto su cuerpo con barro y alimentado su espíritu; le dieron a beber sangre, después, poco a poco, le hicieron comer las partes más nutrientes de las piezas de caza cobradas –hígados, riñones y corazón–, de esta forma se pudo ir recuperando hasta que llegó a pronunciar sus primeras palabras: —Sí, es verdad, soy un tozudo, soy un terco, ¡pero lo conseguí! Dar pareció despertar de un sueño cuando los jóvenes le requirieron, gritando: —¡Háblanos! Cuenta alguna historia de caza en grupo. Volvió a la realidad y dejó los viejos recuerdos, eran memorias del pasado. Los jóvenes querían entretenimiento, juego. Dar sabía tratarlos, les propuso, con una sonrisa interior, hacer una exploración, visitar una cueva, una caverna profunda y oscura en la que vivía un oso, un oso grandísimo; por lo que sería una excursión muy peligrosa. Nada que ver con la realidad, pretendía emocionar a los jóvenes, hacer que se divirtieran, llevarlos por un sendero conocido a visitar una cueva por la que los adultos pasaban casi a diario. Todos, jubilosos, aceptaron, solo quedaron los más pequeños, los que no entienden las explicaciones al hablarles; Air, Fer y Carlt protegidos por Mar que había elegido no ser cazador. Voluntariamente también quedó Per, era ya adulto y no quiso mezclarse en excursiones de pequeños, pues sabía que era un paseo, una broma. Per había alcanzado la plenitud física en la pasada época seca, sin embargo no había practicado su bautizo de caza. Jam, que había alcanzado en esta estación su plenitud física y que tampoco había realizado su primera caza, sí tuvo interés en acompañar a los jóvenes, en mezclarse con los pequeños Fan, Gar, Map y Zor. Este grupo se encaminó por el sendero que bordea el bosque, pronto Dar se paró y miró hacia atrás para decirles: —Ahí queda nuestro refugio, nuestro campamento con la seguridad del fuego, ahí queda el río que alimenta nuestro espíritu y nos proporciona cantos ideales para construir herramientas, ahí quedan nuestros Seres queridos; desde ahora nos internamos en los peligros de la naturaleza inexplorada —esta frase actuó en los jóvenes como Dar esperaba, en ellos apareció la emoción por la aventura. La excursión empezaba a ponerse interesante. Los jóvenes pensaron: «Dar sí confía en nosotros, nos va a enseñar una cueva con un oso». Al pasar junto al río, que pronto dejarían atrás, Dar les habló de nuevo: —Bebed mucha agua, contemplad bien vuestro espíritu que habita dentro de ella, ¡reforzadlo! Hoy será un gran día para todos. Pap y Mar, que los contemplaban desde el campamento, se dijeron:


—Dar no cambiará nunca, ¡pero los pequeños se lo pasan tan bien con él! El grupo comenzó a alejarse. Zor, uno de los jóvenes, buscó con la mirada al ya adulto Per que se quedaba en el refugio. Con la vista le rogó que se uniera a ellos, que la jornada prometía ser interesante, pero Per desvió la suya y eligió quedarse con el viejo Pap percutiendo piedras; las chispas que los cantos soltaban se veían desde la distancia. Por el sendero los jóvenes hacían múltiples preguntas a Dar. Este las contestó con entusiasmo, hasta que Map le hizo una pregunta de las que a él le encantaba responder: —¿Por qué el sol no es encendido debajo de las nubes? De esa forma nos calentaríamos mejor en la época fría. El adulto le contestó: —El sol es encendido sobre las nubes porque de esa forma nos calienta a todos, incluso a los que viven fuera del valle, si estuviera aquí abajo solo nos calentaría a nosotros. La tierra es sabia, poderosa, el fuego del sol es encendido diariamente en el mar por la fuerza de todos los espíritus que este encierra, a medida que se eleva se va avivando, calentando, alumbrando; cuando comienza a caer, atraído por las fuerzas de las profundidades de la oscuridad de la tierra, el sol empieza a apagarse, a extinguirse. Él se resiste, pero nunca hemos visto que haya podido continuar encendido, hay veces que su resistencia es tal que forma grandes incendios en el lugar donde es engullido por el horizonte, desde aquí algunos días podemos ver el color rojo, el resplandor del enorme incendio que crea en su resistencia por seguir ardiendo. Después sigue la oscuridad y los rescoldos que deja llenan el firmamento. Pero Map seguía con sus preguntas: —Y, entonces, ¿la noche? —La noche es la oscuridad, ése no es nuestro medio, nuestro medio es el día, de todas formas todo es necesario. La oscuridad nosotros también podemos aliviarla con nuestro fuego, la utilizamos, nos aprovechamos de ella para descansar, mejor no sentir curiosidad por la oscuridad, nosotros no necesitamos saber mucho de ella. Map insistió: —Pues me parece mal que la tierra permita que las profundidades oscuras apaguen el sol, nosotros siempre avivamos nuestro fuego. Dar se agachó hasta ponerse a la altura de la joven Map, le puso las manos en sus hombros y le habló suavemente: —Olvídate del sol y de la luna, pon tus pies en la madre tierra. Ni el más hábil de los pájaros es capaz de llegar hasta ellos, y eso que están dotados de alas, alas que les permiten elevarse hasta perderse, desaparecer de la vista. Nosotros somos los afortunados, nuestras dotes son distintas a las de cualquier animal, por eso damos gracias a la tierra; ningún animal puede hacer las preguntas que tú haces. Tú eres inteligente, más inteligente que los lobos que conocen los secretos de la caza en grupo. Razonas mejor, siendo un joven, que la más sensata de las cabecillas de los mamuts, te comunicas mejor que cualquier pájaro de los que se pasan el día cantando, entonces, ¿cómo puedes dudar de la tierra con todo lo que te ha dado?


—No dudo de la tierra —contestó Map—, la respeto, la respeto tanto como a cualquiera de las especies que en ella habitan, desde el animal más pequeño hasta el gran oso que domina las cavernas. —¡Por fin se habla de osos! —exclamó Jam—, pensé que seguiríamos hablando de cosas lejanas, objetos que nunca podremos llegar a alcanzar. Dar respiró aliviado, comenzaba a temer la siguiente pregunta de Map. De esta forma el camino se hizo más corto y pronto estuvieron frente al llano verde que dejaba ver la oscura entrada de una caverna. —¡Ahí la tenemos! —dijo Dar—, nos acercaremos con sumo cuidado, despacio, no podemos ser sorprendidos por el oso —reía para sus adentros. Todos los jóvenes, entusiasmados y nerviosos, comenzaron la aproximación, lo único que les permitía hacerlo era la seguridad que les infundía el Ser que los conducía, pensaban que él solo pudo hacerlo, en esa situación y todos juntos no tenían de que temer. En ese momento salió la sorpresa, lo inesperado. Del interior de la cueva apareció, con paso lento, un oso enorme, el mayor oso que Dar hubiera visto nunca. —¡Al suelo! —gritó en voz baja Dar—. Todos los corazones comenzaron a latir con fuerza, solo la mente del guía era la que maquinaba a gran velocidad. Pensaba en la distancia que les separaba del oso, pensaba en la rapidez de movimientos de ese animal, pensaba en la lentitud de la carrera de los pequeños, en el llano, y no encontró respuesta alguna. Los jóvenes fueron sensatos y ninguno asomó su cabeza fuera de la hierba, solo Dar lo hacía, solo él pudo ver cómo el oso, confiado, lentamente se alejaba de su refugio en dirección opuesta a la situación del grupo. Dar fue el primero en respirar aliviado, él fue el primero en dar la orden: —¡Corred hasta el refugio sin parar! —él fue el último en llegar al campamento.


El regreso al campamento fue con mayor rapidez y silencio, no hubo ninguna pregunta. A la llegada todos los jóvenes comentaban y narraban lo sucedido. Allí se encontraban la totalidad de los componentes del clan. Los jóvenes aventureros no cesaban de hablar de la increíble historia que les acababa de suceder. Ahora admiraban más a Dar y lo repetían una y otra vez: —Él ha confiado en nosotros y nos ha enseñado el mayor oso que haya existido. El único que no mostraba alegría era Dar, con el rostro desencajado se acercó al grupo de cazadores que acababa de regresar de la jornada cinegética; habían traído descuartizado un hermoso ejemplar de caballo. Ese día habría carne de sobra para todos. Dar habló a los cazadores: —Impresionante, hermanos, voy a dar un paseo con los pequeños hasta la entrada de la cueva, la que está al final del sendero que bordea el bosque y... —continuó narrando lo acontecido—. ¡Era el oso más grande que he visto nunca! ¡Más grande incluso que el de mi primera caza! —esta afirmación fue a la única que prestaron alguna atención los cazadores—. Vengo derrotado. ¡Qué día llevo! Un descuido y les podría haber pasado algo desagradable a los jóvenes, me he quedado sin aliento y sin sudor, tengo débil el espíritu y siento que me fallan las piernas. Necesito reponerme. ¿Me cederíais las partes más nutrientes del caballo? –hígado, riñones, corazón–. ¡Las necesito! Los cazadores se miraron con seriedad, todos enmudecieron; luego An esbozó media sonrisa que contagió a todos, incluso a Dar, que ya estaba pensando en alargar la mano para recoger el alimento solicitado. Entonces habló An: —¡Sí!, ya te escuchamos esta mañana desde el valle, gritabas algo desde la cima del monte, ¿qué hacías allí? —Nada —respondió Dar—, solo subí para apreciar mejor la llegada de todos los animales al valle. —Pues desde allí arriba es difícil tenderles trampas, mucho menos cazarlos —replicó Alf. El único que permaneció serio fue Dar, el resto del grupo sonrió burlonamente. An concluyó con el tema de conversación: —El próximo día, en lugar de ir a dar gritos al monte como un lobo o hacer que pasen un mal rato los pequeños, te vienes con nosotros, verás qué bien lo pasas, ¡como siempre! Y tu espíritu quedará reforzado, ¡como siempre! Tu exposición de motivos no nos convence, las partes tiernas serán para nosotros o para otro que exponga mayores motivos que los tuyos. Pero no temas, tendrás tu parte de carne magra —todos rieron y estuvieron de acuerdo, hasta Dar. Los jóvenes, mientras duró el fuego del sol, no dejaron de hablar de la misma historia, Mar ya no sabía qué nuevas respuestas emotivas darles o qué signos de admiración expresarles, la acosaban por todas partes, a ella, que los escuchaba pacientemente como la que más. Después del ocaso, cuando todos descansaban junto al calor protector de su fuego, los ojos de los pequeños fueron los últimos en cerrarse. Map, sin embargo,


no se hacía ninguna pregunta. Fan, Gar y Zor no soñaron despiertos con escenas de caza en grupo, con grandes trampas. Esa noche, incluido Jam, pensaron en un gran animal: ¡el oso de la caverna! Hasta que por fin los venció el sueño.

El nuevo día prometía ser muy caluroso, el fuego del sol había sido encendido y alimentado con mucha fuerza. Los cazadores que en la jornada anterior abatieron el caballo: An, Alf, Fel, Pich, Kik, Jos, Jor, Iva y Mor, hoy no saldrían a cazar, ni probablemente en algunas jornadas más; tenían todos los frutos de la tierra a su disposición, además de la recolección animal –huevos y crías tiernas de muchas de las especies diurnas– y de la pesca. Hoy se hallaban en su mayoría disfrutando de las frescas sombras bajo los árboles. Los jóvenes, como siempre más activos, jugaban a cazar un gran oso. Dar, más al corriente del estado de ánimo de todos debido a la jornada del día anterior, los observaba. Miraba principalmente a Jam que permanecía en cuclillas con la mirada perdida. Se veía reflejado en él en aquellos días anteriores a la locura de su primera caza. Observaba a Zor que, aunque jugando con los demás jóvenes, no parecía estar concentrado en la diversión. También vio a Per que se alejaba solo una vez más del campamento, estudió su seriedad, su fuerza, su edad y pensó: «¿Por qué no ha efectuado su primera caza? Tendría que haberla realizado en la estación seca pasada. Marcha solo, él siempre lo hace, seguro que no es para cazar». Per dejó la seguridad del refugio para adentrarse un tanto en el bosque. Por alguna extraña sensación miró hacia atrás y vio a Zor con su mirada puesta en él, ajeno al juego en el que todos los pequeños estaban inmersos. Con la mirada le suplicó unirse a él, que le permitiera acompañarlo. Con un giro de cabeza, Per afirmó. Zor dejó el juego y a la carrera se dirigió al encuentro de su admirado amigo. Mar, que también estaba al corriente del sentir de cada individuo del clan, sintió temor. El inicio de las temporadas cálidas a ella le producía frío, sus presentimientos para esta temporada no auguraban nada bueno. Pensó en voz alta: —A ver qué sorpresa me traen estos dos hoy.

Zor interrogó a Per con ansiedad: —¿Hacia dónde vas? ¿Qué harás hoy? —la respuesta fue cariñosa. Poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo: —Sígueme y verás —la sonrisa se mostró franca y agradecida en el rostro del joven. Pronto detuvieron su marcha junto a un árbol, era un árbol especial, un ejemplar que parecía tener agujeros no naturales en su tronco. Per trepó por él con agilidad, de entre sus ramas extrajo objetos, objetos que a Zor le eran


conocidos. —¡Lanzas! —gritó. Eran lanzas de madera, sus puntas habían sido afiladas con raspador, tenía una para cada mano y aún le sobraba otra. Per se las dejó tocar, que las contemplase con detenimiento. Le explicó que eran de la madera más dura y fuerte. Que habían sido construidas de las ramas de esos árboles gruesos y grandes que se ven en las partes altas de las montañas. Después le indicó que se situara tras él. Dejó dos en el suelo y agarró la otra fuertemente con su mano derecha. Con enérgicos movimientos de su brazo la hizo girar. Por fin quedó inmóvil, parado todo su cuerpo. Con su mirada fija, parecía haber detectado una pieza de caza; serio, concentrado, armó el brazo en lo alto. Zor buscó con su mirada alguna pieza de caza, algún animal peligroso para ellos, no vio ninguno, ¡nada! Per soltó su brazo. La lanza, a velocidad imposible de seguir con la mirada, fue a clavarse en el tronco de un árbol de tamaño mediano, que no se encontraba precisamente cerca; quedó incrustada, vibrante. Zor no había perdido detalle, había mirado todo con sus ojos muy abiertos. Per le ofreció otra lanza, le indicó que podía tirarla, que lo hiciera sobre ese otro árbol, aquel que se encontraba tan cerca. El joven se hallaba entusiasmado. «¿Cuánto le habría llevado construirla?» —era consciente de que una lanza de esas características solo podía ser utilizada una vez sobre el tronco de un árbol, después quedaría inservible; esto le hizo sertirse agradecido. Per hubo de repetir lo mismo: —¡Lánzala sobre ese árbol! La gratitud, emoción y sus pocas fuerzas solo lograron que el arma diera contra el tronco y, rebotando, cayera al suelo despuntada. El instructor, serio, se acercó para recogerla y analizar su punta. A Zor le cambió el semblante, quedó preocupado pensando en lo que había hecho, no había conseguido ni clavarla y, para colmo, la había despuntado. Aguantó la respiración y esperó la reprimenda de su amigo. Este miró serio al joven. Con un movimiento fugaz lanzó el arma fuertemente para que fuera a clavarse junto a la lanza anterior. Quedó incrustada de la misma forma, segura, vibrante. Miró nuevamente a Zor, esta vez lo hizo con una amplia sonrisa. Zor no pudo responderle con otra, simplemente abrió los ojos y la boca al máximo, llegó a babear; miró, escrutó a Per de arriba abajo, contempló su fuerza, su grandeza. Le vino a la mente el llano, la caverna, el oso. «¡Qué fácil lo podría hacer Per! Sin riesgo, sin peligro», sintió alegría, sintió tristeza, sintió frustración. Esa noche Zor también tardó en conciliar el sueño, todo eran interrogantes: «¿Cuándo seré lo suficientemente fuerte, grande, valiente, para cazar el oso? Per está preparado, ¿por qué no lo hace? Jam también es adulto, fornido, noté en su mirada la misma fascinación que existe en mí ¿decidirá él capturar al oso?». Después soñó despierto: soñó que él era el mayor, el mejor cazador, que era Dar y Per a la vez, que daba muerte al más poderoso de los animales. Comenzó a


disfrutar, lo vio caer a sus pies de varias maneras. No puso límites a su imaginación y siguió disfrutando, pensó que lo cazaba siendo un inmaduro, un pequeño, tenía más mérito; disfrutó más, siguió soñando, gozando. No podía dormir, para colmo el suave viento existente empujaba el poco humo que desprendía el fuego del hogar en su dirección, los ojos se le pusieron llorosos, la garganta áspera, hubo un momento en que sintió angustia. Decidió cambiar su sitio de descanso junto a Mar para ir a situarse junto al fornido Dar. A su abrigo concilió el sueño. Por la mañana, todos se habían levantado, solo Zor continuaba dormido profundamente. Mar, preocupada, intentó despertarlo dulcemente. No obtuvo respuesta, impaciente sacudió su cuerpo con vigor hasta que logró espabilarlo. —Zor, ¿qué te pasa? Me tenías preocupada con tu profundo sueño. —Nada, Mar, anoche no podía dormir. Pensaba en mi primera caza, en que daba muerte al gran oso que vimos con Dar. ¡Cuánto disfruté! Por eso tardé en conciliar el sueño. Mar abrazó al pequeño con dulzura al tiempo que le aconsejaba: —No debes caminar con adultos, ellos tienen otro sentir distinto al tuyo. Antes de lo que imaginas se habrán cumplido tus deseos, ahora debes calmarte, ya llegará tu momento —lo siguió abrazando al tiempo que pensó con cierto temor: «Muy pronto será un adulto, pero hasta entonces es un soñador, un pequeño con mucha imaginación, una imaginación que puede poner en peligro su joven vida».


Pocas hogueras solares después.

Esa mañana Per salió en solitario del refugio. Aunque estaba seguro de que Zor lo observaba, no miró atrás. En efecto. Zor, al ver que su amigo se adentraba en el bosque sin volver la vista, tuvo un presentimiento, su sentido común le decía que hoy Per realizaría su primera caza. No temió por él, estaba convencido de que sería una hazaña. La impaciencia y la alegría lo abrumaron, esperaría su regreso con ansiedad. Per se dirigió al interior del bosque, a su árbol, trepó por las ramas hasta cerca de la copa. Allí tenía escondida una lanza, estaba cuidadosamente elaborada, a la medida justa, su punta afilada al máximo y endurecida al fuego; además portaba una cortante hoja de silex. Se encaminó en dirección a la salida del bosque, su intención: Dirigirse a los altos pastizales del valle. Allá abajo podía contemplar las hierbas preferidas de los mayores herbívoros. Se situó en la loma adecuada, la elegida tiempo atrás. Se ubicó en cuclillas, la cabeza alta, con todos los sentidos alerta. Con suaves giros de cabeza escrutó el llano con la vista a la vez que su olfato identificaba todos los olores. Sus oídos no dejaban escapar el mínimo sonido. No tuvo prisas, esperó con calma hasta comprender que había llegado el momento de ponerse en marcha. La dirección del viento era la esperada, la idónea. Se aproximó a los grandes devoradores de pastos como lo hubiera hecho cualquier depredador, sin darles opción. Se detuvo en el lugar donde los animales habían estado comiendo momentos antes, allí aparecían sus excrementos. Buscó el montón más grande y cercano, se bañó en él; con las manos manchó las partes de su cuerpo que pudieran haber quedado limpias. Se situó en cuclillas bajo las altas hierbas, en la retaguardia de los ciervos, su flanco más vulnerable; allí no veía su entorno. Se puso en tensión. Ahora sus oídos y olfato eran los únicos sentidos que podrían dar la alarma. La sabana, ajena a lo que acontecía, permanecía tranquila. La espera se hizo larga y tensa, la inquietud comenzó a hacer aparición en su cuerpo. Sin quererlo, su vista se asomó sobre los pastos. La inquietud que portaba, de repente, se transformó en nerviosismo: cerca de él, las partes altas de la hierba se agitaban, parecía como si en esa zona concreta hubiera aumentado el viento considerablemente. El movimiento de hierbas se acercaba a su situación justo de frente. No eran esos sus planes. Se agachó todo lo que pudo, sería solo un instante, el instante más delicado de su vida. Calculó el espacio, ¡tenía que estar muy cerca! Se levantó tan rápido como sus piernas se lo permitieron, con toda su energía; su brazo armado levantado agarraba fuertemente su lanza. Con la vista buscó desesperadamente el objetivo. La estampida de los herbívoros fue inevitable. ¡Allí estaba!, frente a él, agazapado, reptando en dirección a los ciervos. ¡Era el tigre de dientes de sable! De haber tenido su lanza


el doble de tamaño lo podría haber tocado. El tigre quedó sorprendido mirándolo, no esperaba esa especie en la zona, no era ese el rastro que estaba siguiendo, «¡¿Cómo podía retarlo tan descaradamente?! ¡Ha osado interponerse en mi camino, anular mi caza!» Fijó su mirada en él, enseñó todos sus dientes, los colmillos mostraban su grandeza, indicaban el porqué de su nombre; la afilada punta final se perdía entre la maleza. Per comprendió la fascinación que siempre sintió por ese animal, comprendió por qué llevaba tanto tiempo planeando este momento en secreto. Lo tenía de frente, como había soñado tantas veces, sus planes habían salido a la perfección. Tantos días de observación, analizando y memorizando todos sus movimientos, idas y venidas, lugares de entrada, elección de especies, territorios, dominios, formas de caza, agilidad en el salto, potencia. Todo estaba calculado, se enfrentarían dos de los más poderosos cazadores de la tierra, solos, frente a frente. Él tenía un arma, pero ninguna caza realizada, la bestia llevaba varios ciclos cazando. Él tenía la inteligencia, la bestia la fuerza. Él tendría una sola oportunidad, la bestia todas las restantes. ¡El momento había llegado! El cambio de brillo en los ojos del animal le indicó que era el momento de lanzar su arma, sin embargo el brazo no se movió. Un ligero temblor comenzó a recorrer sus piernas, la inseguridad se lo provocó. El estremecimiento se extendió a todo su cuerpo; se encontró paralizado. Pensó en el poder de la tierra, su aliada, que hace crecer los árboles, robustos, inamovibles. Pensó en que parte de ese poder lo tenía en su mano. El animal se dispuso a saltar, fue entonces cuando notó la liberación. Descargó el brazo con toda su alma, con toda su potencia. La lanza entró por el costado de la bestia atravesándola por completo. Sorprendido por el dolor, el salto que el animal tenía en mente dar se transformó en un bote vertical que sobrepasó con creces la estatura de Per, que tuvo que mirar al cielo para no perder detalle de la acción de la bestia. Asustado, paralizado ante los acontecimientos y la inesperada reacción del animal, temió que le cayera encima para que las dos vidas se extinguieran a la vez. No fue así, cayó a sus pies, enorme, retorciéndose patas arriba con la lanza atravesada en su cuerpo. Expulsó un fuerte y agónico rugido, el último aliento, las últimas fuerzas de su alma; el alma que se le escapaba por la sangre que perdía a raudales. Con una de sus patas se aferró dolorosamente el extremo del palo que sobresalía firme. No consiguió moverlo, solo más dolor. Comprendió su situación: «¡Vencido, derrotado!» Se puso en pie costosamente, miró a Per cabizbajo «¡Jamás había mirado así!». Con andar vacilante intentó la retirada, la salvación. Herido de muerte, a los pocos pasos cayó. El ahora adulto, el ahora cazador, temblaba ostensiblemente. Rompió a llorar de emoción, de miedo, de alegría. Se abalanzó sobre el cuerpo inerte del animal para abrazarlo, para tocar su pelo, sentir su calor y olor corporal. Notó que lo quería y por un momento sintió pesar. Rápidamente cambió su ser, su mente pareció abrirse, dentro cupo toda la tierra, todo su conocimiento, todo su poder. Con energía se puso en pie sobre el animal, balanceándose sobre su cuerpo para mantener el equilibrio, extendió los brazos al cielo azul y gritó de satisfacción. Gritó con intención de romper su garganta, hasta sentir dolor. Con ese grito se


fueron todos sus temores, ahora era el amo del mundo, había conseguido su primera victoria, su última victoria, ya no tendría más batallas, solo tendría caza en grupo, en equipo, sin riesgos, sin peligro. De ahora en adelante la sangre que produjera no sería derramada inútilmente, las almas no se desperdiciarían mezclándose con la tierra, serían aprovechadas como alimento, alimento de carne, alimento de espíritu. La totalidad de los animales del valle miraban indiferentes, desde la seguridad de la distancia, el desarrollo de los acontecimientos sin comprender nada. Al contemplarlos Per tuvo más constancia de su predominio, respiró profundo varías veces y se tranquilizó, su mente pensó fríamente, como él acostumbraba. Consideró su regreso al campamento y una enorme alegría recorrió su cuerpo. Se puso manos a la obra, extrajo la lanza del cuerpo del tigre, de rodillas sobre él comenzó a seccionar su cabeza; hecho que le costó enorme esfuerzo. Una vez la hubo separado del cuerpo la elevó para situarla frente a sí, chorreaba sangre. ¡Qué enorme era! Los ojos abiertos, fijos, vacíos de vida, no expresaban nada. Continuó examinándolo, se detuvo en los grandes orificios de la nariz, en sus largos bigotes, en los imponentes colmillos... Restregó el cuello cortado por todo su cuerpo para embadurnarlo de nuevo, esta vez de rojo, de vida. El cuerpo sin cabeza quedó para ser comido por los animales carroñeros del cielo y de la tierra, para que así pudieran proclamar, cada uno en su medio, la grandeza de los Seres. Con la cabeza como trofeo, con su espíritu lleno de satisfacción y su cuerpo sin una sola magulladura, se encaminó hacia el refugio. Pensó en su llegada y la sonrisa se mantuvo en su semblante; entraría por el bosque, por el mismo lugar de donde salió. ¡Lo había conseguido solo! Bueno, con su astucia, imaginación y paciencia. El camino de regreso se hizo corto. Con dos pasos salió del bosque para quedar a la vista de todos, los pies clavados en el suelo, el pecho agitado, los dos brazos en alto; en una mano la cabeza, en la otra una lanza ensangrentada, el cuerpo teñido de rojo. Al tiempo un grito: —¡Eeeeeehhhhhhh! El silencio se hizo absoluto en el campamento, todas las miradas quedaron clavadas en él. Los rostros, estupefactos, se mostraron boquiabiertos de forma general. Per no esperaba menos. Adelantó dos pasos más, de puntillas se estiró al máximo. Parecía tocar el cielo. Al pronto otro grito: —¡Eeeeeehhhhhhh! Mor fue el primero en reaccionar, en ponerse de pie, en gritar. Seguidamente, Iva, Jos, Pel, Pich, Kik, Ale..., todos corrieron hacia él vociferando, gimiendo de alegría. Per permaneció en la posición que se encontraba y esperó la avalancha que se le venía encima. Mar no gritó, tampoco corrió, con las dos manos se sujetó el corazón que quería


saltar de su pecho. Le invadieron sus dudas. «Toda la sangre que cubre su cuerpo ¿será del ritual con el animal? ¿Habrá mezclada alguna suya?». Los cazadores fueron los primeros en abalanzarse por los cuatro costados sobre Per; no fue hasta la llegada del robusto Dar que cayeron al suelo desequilibrados por su peso. Ahora todos gritaban: —¡Montaña, montaña! —al tiempo que se amontonaban embrutecidos unos sobre otros—. ¡Montaña, montaña! —el que podía salía del montón para volver a lanzar su cuerpo encima de todos. Al pobre Per era al único que no le permitían salir del montón, estrujado, aplastado. Montaña era el grito, era lo más grande, era el significado más parecido al poder de los Seres. Los jóvenes llegaron después, ellos no podían lanzarse, hubieran quedado aplastados. Gar y Map retozaron de alegría alrededor de la montaña de Seres que gritaban sin cesar. Fan se tiró una y otra vez sobre la hierba con unas ganas contenidas enormes de meterse en el montón. solo Zor permaneció en la distancia, parecía ajeno a la alegría general, parecía triste. Observando, quieto, pensó: «¡Qué gran momento! ¡Qué gran cazador! ¡Qué gran amigo he perdido! ¿Se dignará a compartir periodos conmigo?», pensaba que no. Ahora Per era un adulto, ahora era un cazador. Por fin la montaña se fue deshaciendo, en el suelo quedó solo Per abrazado a su trofeo, sin aliento, aplastado pero con una sonrisa de oreja a oreja. Mar continuaba con el corazón encogido, pensó en la brutalidad de todos, pensó que el joven podía estar herido. Esperaba con un recipiente de madera lleno de agua en las manos, por fin podría bañar su cuerpo, arrojarle el líquido. De golpe vació sobre Per toda el agua. Rápidamente, con desesperación, con las manos lavó su cuerpo; parecía buscar una herida que nunca quisiera encontrar. ¡Nada! Ahora al ver creyó, ahora sintió la tranquilidad, el orgullo. Per, ya libre, pudo sentarse, todos lo rodeaban. La sonrisa desapareció de sus mejillas. Pap le tendió una afilada hacha de mano, la cogió ceremoniosamente. Se hizo el silencio. Colocó la cabeza del tigre en la posición adecuada, de un solo golpe rompió la mandíbula superior; el grupo estalló en júbilo. Después, haciendo palanca, fue fácil desprender el primer colmillo. ¡Qué gran cuchillo! Lo colocó entre sus dientes. Con otro golpe, de la misma forma procedió con el segundo. Nuevos gritos de alegría. Manteniendo su semblante serio, miró a todos que lo cercaban sonrientes. Uno a uno los volvió a mirar. Se incorporó dejando la cabeza del tigre en el suelo. Con uno de los colmillos en su boca y el otro en la mano, abrió el círculo. Allí estaba Zor, serio, boquiabierto, babeando. Le tendió su mano, la que portaba el trofeo. El pequeño no se inmutó, permaneció inmóvil. Per siguió con su brazo extendido, ofreciendo. Hubo de ser Fan el que golpease con fuerza la espalda de su amigo Zor, así reaccionó. Primero Zor no cogió el regalo, se abrazó a Per llorando.


Esa noche Zor durmió como lo que era, un pequeño abrazado a su regalo. Para él era como abrazar a su amigo Per. Esa noche consiguió olvidarse del oso, esa noche pensó en el feroz tigre de dientes de sable, intentó reconstruir la escena de caza, pronto le venció el sueño.

La llegada y el transcurso del nuevo día le otorgaron tranquilidad y confianza. Nadie había salido a cazar. Per estuvo todo el día por el refugio, parecía el mismo de siempre, nada había cambiado en él. Con esa calma llegó la noche, el sueño no. Zor daba vueltas, giraba sobre sí mismo en su lecho. Esa noche no pensó en el tigre, esa noche de nuevo llenó su mente con el oso. Apenas si pudo dormir, soñó despierto, la misma idea le rebotó en la mente: ¡La caza del oso! A la primera.

Con la llegada de la nueva mañana se puso en pie el primero. Lo tenía decidido: Iría a por él. ¡Lo cazaría! Salió por donde nadie pudiera sospechar. Lo hizo por el bosque, en solitario, pocos fueron los que se percataron de este hecho, ni tan siquiera Mar. El que lo vio no le dio importancia. Una vez en el interior del bosque, cambió la dirección de sus pasos, se encaminó hacia el sendero que bordea el límite de los árboles; solo era un pequeño rodeo para despistar, para mantener el secreto, la incógnita de la primera caza. Entre la espesura de la vegetación, en solitario, los sonidos le parecieron distintos, más amenazadores; nunca antes se había encontrado en esta situación. Sintió miedo y unas ganas enormes de regresar. Apretó sus nalgas y comenzó a correr manteniendo la dirección que llevaba hacia el sendero. —¡Tendría que haber llegado ya! —se dijo—, ¡estoy perdido en el interior del bosque! Perdido para siempre, para ser comido por alimañas, ni tan siquiera por el oso. Los rayos del sol apenas llegaban al suelo, la espesura de la vegetación lo impedía. Le pareció más oscuro que nunca, tenebroso; jamás lo había visto así. La impaciencia comenzó a hacer aparición en su espíritu. Poco a poco los rayos del sol fueron apareciendo hasta darle con fuerza en la cara. Se hizo la luz, llegó la claridad; suspiró aliviado. Allí estaba el sendero, había adelantado más terreno del esperado, se encontraba muy cerca de la caverna del oso; respiró lleno de satisfacción. Entonces se sorprendió así mismo pensando. Su proximidad a la cueva le infundía calma, la posibilidad de tener al oso de frente lo llenó de satisfacción. Al poco volvió a la realidad, recordó el poder del rival con el que se enfrentaría y sintió miedo de nuevo. Allí estaba el llano, frente a él. Buscó la ubicación más idónea, se ocultaría tras el tronco de uno de los últimos árboles del bosque; desde allí observaría,


controlaría la salida de la cueva. No se atrevió a abandonar esa protección, veía claramente el llano, la caverna. Se dijo así mismo: «Debería salir, husmear, oler el ambiente, reconocer el terreno. No parece el día más adecuado. Me mantendré en esta posición, en cualquier momento aparecerá el oso y podré observarlo, así comprobaré sus movimientos. El día que vine con Dar salió enseguida, no creo que tarde en aparecer, hoy me conformaré con verlo». El día pasaba y el oso seguía sin aparecer. Se mantuvo en su posición sin moverse, después anduvo un poco, siempre entre árboles, para recoger algunos frutos secos del suelo y comer algo; de todas formas no sentía hambre. El fuego del sol comenzó a hacer ascuas, a tornarse rojo, debía regresar, el día se apagaría pronto. Lo hizo por el sendero hasta que su figura pudiera ser vista desde el campamento, entonces se introdujo de nuevo en el bosque; esta vez no se internó tanto. Cuando apareció desde los árboles para quedar a la vista del clan, Mar se encontraba en pie mirando hacia todos lados. Al verlo suspiró aliviada, con la mirada le echó una fuerte reprimenda. La tranquilidad se mantenía en el valle. A la segunda.

El día siguiente efectuó la misma operación, esta vez, antes de abandonar el territorio del refugio, antes de introducirse en el bosque, miró atrás. Allí estaba Mar pendiente de él. Las miradas se cruzaron. Zor comprendió: «Con mi marcha me llevo su espíritu, le hago daño». Por primera vez esto no le importó, no se sentiría presionado, él sabía lo que tenía que hacer, él conocía la importancia de su misión. Mar comentó a todos: —Tengo la seguridad de que Zor está obsesionado con el hecho de la primera caza, temo por su vida, ¡es tan pequeño! —No temas, Mar —comentaron los que más cerca de ella se encontraban—. Es un pequeño, sueña despierto, está jugando, se divierte. ¡Déjalo!, no puedes retenerlo, no puedes obligarlo. Es un Ser. ¡Es libre! Zor sabía cuánto debía adentrarse en el bosque, no se perdió, conocía el camino. Pronto estuvo en su sitio, tras los últimos árboles frente al llano que dejaba ver la cueva. No sintió miedo, repasó mentalmente sus planes. No podían fallar. Cuando sintió que comenzaba a entumecerse su mitad inferior como consecuencia de la posición en la que se encontraba, despertó de sus pensamientos: «No estoy haciendo nada, solo repasar planes». El oso seguía sin aparecer. Se asomó al valle tímidamente, inseguro olfateó el ambiente, no parecía el día más apropiado. Se introdujo de nuevo en el mismo lugar, parecía tener un nido hecho en la hierba a la sombra de aquel árbol. —Seguiré esperando —se dijo—. En algún momento tendrá que aparecer. El día pasó, tendría que regresar sin nada. De vuelta por el camino se dio cuenta de que no había sentido miedo, no había sentido hambre; se dio cuenta de que no había comido. Hizo su aparición por el lugar de siempre, desde el bosque. Allí estaba Mar,


pendiente de esos árboles, de esa entrada. Zor vio cómo respiró aliviada, cómo, con expresión preocupada, se acercó para decirle: —¿Qué haces, Zor? ¿Hacia dónde te diriges todos los días? ¿Qué pensamientos tienes? La respuesta salió rápida, segura: —No tienes derecho a realizar esas preguntas. ¡Soy un aspirante a cazador! Al concluir, Zor se dio cuenta de lo que había hecho, con sus palabras le había roto el pecho a Mar; el dolor le salía por sus ojos, por cada una de sus facciones. No le importó, se hizo el duro, pensó: «Ella nunca lo entenderá, ella es de los pocos que ha elegido no ser cazador». Para Mar esas palabras solo hicieron que confirmar todos sus temores, Zor había captado a la perfección sus sentimientos, su sufrimiento. Todo el grupo se encontraba reunido, todo el grupo se disponía a dormir, todos miraron al joven con ojos que él no reconoció, todos le reprocharon con la mirada su actitud. Hubo una mirada que sí identificó. solo uno lo escuchó, solo uno se puso a su lado. Sus ojos eran los mismos de siempre, los reconoció, en ellos no había reproche. Esa noche Zor durmió al lado de Per. A la siguiente.

Esa mañana Zor se levantó el primero. Había dormido poco pero debió de ser suficiente, se sentía más fuerte que nunca. Pensó: «Hoy será el gran día». Se introdujo en el bosque sin mirar atrás, sabía de sobra que todos lo observaban. No le importó. Cuando estuvo situado en su nido bajo el árbol no podía hacer otra cosa que pensar, pensar y mirar la oscuridad de la entrada a la cueva. Rió con ganas. —Ya sé —se dijo—, el oso no sale porque sabe que estoy aquí. ¡Tiene miedo! ¡Teme al gran Zor! Siguió riendo con ganas, con despreocupación, repasando planes, riendo. El día pasó muy pronto. El oso no salió. Sin embargo el regreso sería el más triste, él lo sabía. Esta vez, al hacer su aparición, todos estaban pendientes, todos miraban hacia aquellos árboles del bosque. Zor no se amedrentó: —Conozco vuestras miradas de reproche —se dijo—. ¡No conseguiréis hacerme cambiar de opinión! —miró a todos, uno a uno, desafiante, crecido. Sin embargo en esta ocasión no vio ni un atisbo de reproche en los ojos que lo contemplaban. Esas miradas tampoco las reconoció. En los ojos de todos había miedo, desconfianza, preocupación, temor. Esas miradas lo cogieron desprevenido, no las esperaba, lo hirieron, le hicieron llorar. Ubicado en su lugar para pernoctar recordó los ojos de todos, no pudo remediarlo y volvió a llorar. —¡Por mi culpa todos sufren! ¡Oh!, cuánto me quieren. Me quieren tanto como yo a ellos —no lo defraudaban, tragó saliva, se hizo el fuerte—, ellos no saben, no conocen mi idea, mi proyecto, no corro peligro. ¡No pasa nada! Dejó al lado estos pensamientos tristes, siguió con su actitud egoísta, regresó a sus planes. Recordó al oso muerto de miedo escondido tras la oscuridad de su


escondrijo esperando la marcha del gran Zor para salir de la cueva. No pudo contener su risa. Junto a la seguridad del fuego, con el único sonido del chasquido de las llamas, sus risas y llanto sonaron claras a los oídos de todos. Este comportamiento solo hizo que empeorar las cosas, preocupar más a todos. A la otra.

Cuando el sol fue encendido, antes incluso de que apareciera a la vista de todos, a pesar de haber dormido poco, Zor se incorporó enérgicamente. Pensó: «De hoy no pasa». Se encaminó hacia el bosque con el peso de todas las miradas cargado a su espalda. Se dijo: —¡Estoy harto! Hoy descubriré mis planes. Cambió el sentido de su marcha y cogió directamente, sin tapujos, el sendero que bordea el bosque. Se detuvo, giró sobre sí mismo. Allí estaban todos con sus miradas temerosas. Se fijó especialmente en Dar. Él comprendería, él había cazado un gran oso. No lo reconoció, sus ojos estaban a punto de romper a llorar, de tristeza, de preocupación, por temor. Zor sintió pena, no quiso seguir mirando. Reanudó su marcha. Dar comprendió, supo las intenciones imposibles de Zor, supo de su locura; supo que había perdido a un Ser querido para siempre. Comprendió porque ya no lo tenía a la vista, porque se alejaba, seguramente, para siempre; también supo que ahora podía llorar abiertamente.

Pronto Zor estuvo situado en su nido tras los árboles, en esta ocasión no se quedaría allí esperando como los días anteriores. Cogió dos palos grandes y dos pequeños, también dos piedras menudas; llevaban varios días escondidas entre la maleza, cerca de su árbol, esperando ese momento. Salió de entre los árboles, ahí estaba el llano, enorme, interminable. De frente: la caverna. Con los objetos que recogió emprendió la marcha sin titubear. El peso le permitía hacer el trayecto a media carrera, pero no fue necesario. Se tendió en el suelo, boca abajo, las hierbas lo cubrían por completo, para el ojo oscuro de la caverna sería invisible. Afrontaría el tramo reptando, tardaría más pero no le importó, el día no había hecho mas que comenzar. Entre tramo y tramo sintió dudas, temores. Paró para descansar un rato y asomó la cabeza levemente. Ahí estaba la caverna esperándole, tranquila, ajena a lo que acontecía. Pronto se encontró muy cerca, donde concluían los pastos por el pisoteo de la bestia. De esa zona partía un sendero, el sendero del feroz animal. Él tomaría el sentido contrario, el sentido que nunca elegiría el habitante de la oscuridad. Llegó el primer momento crítico, su corazón latió fuerte. Se incorporó con rapidez y quedó al descubierto. Con su carga y tan rápido como pudo, se


encaminó en la dirección planeada. Entre las piedras, las que permitían abrir la boca que deja ver el interior de la tierra, el dominio de la oscuridad, de nuevo se ocultó. Se paró un rato que le pareció interminable. Allí se recuperó de su agitada respiración, se tranquilizó, todo estaba saliendo a la perfección. Comenzaría a actuar. Colocó los dos palos largos en el suelo, uno frente a otro; su forma le recordó el sendero. Después colocó los otros dos en sentido opuesto cerrando la figura, de esa manera un animal pequeño y torpe hubiera quedado atrapado en su interior; parecía una pequeña trampa, pero no lo era, solo era una base. Sobre esa forma de dos y dos lados encendería el fuego. Llenó la base de pasto seco, pasto que había sido secado por la acción diaria del sol. La emprendió a golpes con las dos piedras, las hizo rozar con todas sus fuerzas, continuadamente. Las piedras y la técnica habían sido enseñadas por el viejo Pap. Cuando adquirió ese conocimiento, hacía ya muchas lunas, nadie, ni él mismo, imaginaba la aplicación que le daría en el momento actual. En esto no fallaría, el fuego era conocido hacía mucho tiempo, lo podían encender hasta los más pequeños. Pronto el pasto ardió. El fuego estaba encendido, ahora tendría que consolidarlo. Lo aumentó con ramas secas de tamaño pequeño, luego otras más grandes para que durara todo el día. El momento había llegado. Hubo de sacar medio cuerpo fuera de las piedras para ver de perfil la entrada a la caverna. —¡Nada! Estaba seguro, el feroz animal no saldría. Esbozó media sonrisa, no era tiempo de bromear consigo mismo, era un momento muy delicado. Había que actuar. Comenzó a arrastrar la base con el fuego encima, el terreno era llano, la distancia corta. Para ello empujó uno de los palos grandes con las manos, el que tenía frente a él, el que daba al suelo. El cuerpo inclinado, realmente la fuerza la ejercía con las piernas, lo movió con facilidad. En breves momentos había colocado el fuego dentro de la oscuridad, bajo la boca de la caverna. De forma brusca allí se hizo la luz. Corrió a esconderse tras las piedras en la claridad de su nueva posición. En su carrera daba saltos de alegría, sabía que una vez puesto el fuego en la entrada la bestia no querría salir. Esperó unos momentos para contener su emoción, luego prosiguió con el plan de trabajo. Ahora alimentaría el fuego con otras leñas. Ahora echaría ramas y hojas verdes, aquellas que un Ser nunca introduciría en su fuego, aquellas que provocan demasiado humo. Así lo hizo y así siguió durante todo el día. La situación del fuego y la leve brisa hacían que todo el humo fuese tragado con ansiedad por la boca de la cueva, esto lo animó mucho. Siguió arrojando leña al fuego durante todo el día, más y más, pero toda era verde. De entre todas eligió las más malolientes, de entre todas: las más asfixiantes. El sol todavía no había adoptado el rojo color de la sangre. Pensó: «Lleva todo el día entrando humo tóxico, es una bestia, no ha podido aguantar tanto». Había llegado el momento de entrar, de recoger el fruto, la prueba. Pero la oscuridad no era su medio, en la oscuridad los Seres duermen. ¡Lo desconocido! Zor sintió un escalofrió pero entró. Para ello cogió uno de los palos de la hoguera,


uno de los que tenían llama en la punta, así podría ver algo. Se internó pocos pasos, la oscuridad se hizo inmensa. Paró sus pies de golpe, se fijó en las sombras que producía la pequeña llama del palo. ¡Se movían!, a pesar de estar parado, su sombra se movía, de una pared a la otra, a sus pies, a su espalda, sin cesar... Hizo una comprobación, acercó el palo a la pared y la sombra desapareció. Se sintió fuerte, se sintió armado, invencible. Dio unos pocos pasos más y la llama se apagó. Lo hizo mucho más rápido de lo que hubiera deseado, se detuvo en seco. Dudó durante un rato. Miró en rededor, no veía nada; la oscuridad allí dentro era total. Recordó el fuego de la entrada, miró atrás y comprobó que en la luz, al final de la oscuridad, su fuego todavía ardía. Tuvo ganas de correr a su abrigo. Enseguida rechazó esa idea, no sería prudente darle la espalda a la boca hambrienta de la noche. ¡Seguiría de frente! Pero no caminaba, continuaba parado, parecía estar completamente perdido, era lógico, estaba dentro de lo previsto. No sintió demasiado miedo, solo escalofríos. Olfateó el medio, apestaba a humo, al más asfixiante, al más maloliente. Sintió dudas: «¿A qué huele una caverna?» nadie nunca se lo había explicado, a ningún Ser le interesa la oscuridad. Este olor lo tranquilizó, era el previsto, lo había introducido él, predominaba sobre todos los demás; sintió seguridad, pero seguía parado, bloqueado. Se fijó en su arma, el palo que portaba en la mano, ahora lo vio incandescente. Lo acercó a la pared. Sorprendido se dio cuenta de que esa pequeña luz alumbraba la roca, también hacía desaparecer las sombras, las hacía huir. Alumbraba poco pero parecía suficiente, esto lo armó de valor para seguir. Continuó la marcha, despacio, con pasos seguros. El suelo que pisaba podía iluminarlo levemente. Aunque fuese escasamente pero lo veía, alumbraba las paredes y las formas se volvían claras. Iluminó el techo y no consiguió ver nada. Quisieron aparecer las dudas, se detuvo de nuevo. El techo no existía, parecía una noche cerrada, oscura, sin estrellas; ni el lucero más osado se atrevería a salir en aquel lugar. —¡No importa! —se dijo enseguida—. ¡Es una bestia, anda por el suelo, por la tierra! ¡Eso sí lo puedo alumbrar! Ahora, con paso más decidido, continuó su marcha. Fue entonces cuando tropezó, cuando su paso era el más decidido, el más rápido, cayó. La caída fue inevitable, al igual que la pérdida de la pequeña luz. Fue a caer demasiado lejos para alumbrar su posición. La sorpresa del tropiezo y la sucesión de los acontecimientos no le dejaron espacio para pensar. No se había hecho daño, fue a caer sobre una superficie blanda, cálida. Parecía un mar de pelo, inmenso, acogedor. Estiró sus brazos al máximo buscando el fin, ¡nada! También lo buscaron sus pies, ¡nada! Parecía no tener final. Sintió felicidad, sintió mucho miedo, se meó encima del oso. En esa posición desesperada volvió la mirada hacia la entrada de la cueva, allí estaba, al fondo, a la vista de la bestia, su fuego. Rió, rió a carcajada limpia. Se habían cumplido todos sus planes, ¡todos! La bestia lo había estado observando todo el rato, durante todo el día; quizá también los anteriores, eso no lo sabía. Sabía algo, lo tenía muy claro: Hoy la bestia había localizado a su enemigo desde primeras horas de la mañana, hoy la bestia había elegido reventar dentro de su madriguera antes que salir, antes que enfrentarse cara a cara con el terrible, con el


implacable Zor, ¡con Zor el cazador!

Salió fuera de la cueva para recoger una piedra, una piedra cortante, lo más parecido a un hacha de mano que pudo encontrar, rechazó algunas que habrían parecido idóneas, se quedó con la más grande que pudo manejar. Esta acción le sirvió para respirar aire fresco, para reponerse. Con la seguridad que da el saber, con la certeza de que la bestia estaba muerta, se internó de nuevo en la caverna. En la oscuridad se dijo:

«¡Será la última vez!» Ahora, en el fondo de la oscuridad, brillaba una pequeña luz, sería su guía. Cogió todos los palos incandescentes del fuego que pudo transportar; aunque carecían de llama su incandescencia sería suficiente para alumbrar aquella espesa negrura. Situó los palos alrededor de la bestia, cuando estuvo de nuevo acostumbrado a la oscuridad pudo ver lo necesario para realizar la operación. Con su cuchillo de colmillo de tigre de dientes de sable pudo comenzar a cortar, primero la piel, luego la carne, no era tarea fácil, pero con su trabajo podría conseguirlo. Cuando clavó por primera vez el cuchillo la sangre brotó con fuerza del animal, en grandes cantidades, era su cuello. La sangre se derramó a raudales buscando el suelo. El suelo de la oscuridad perpetua, sediento, lo engulló con ansiedad tragándolo todo. No tardó más de lo previsto en sesgar el cuello de la bestia, ahora se enfrentaría a lo más difícil: su columna vertebral. Para ello había hecho los primeros cortes en la parte superior del cuello, lo más cerca posible de la cabeza. Desde ahí siguió ensanchando el corte todo lo que pudo en dirección al cuerpo. Ahora tenía a la vista la única conexión que unía la cabeza con el tronco. Tomó la piedra recogida en última instancia, esa sería el arma definitiva, esa terminaría el trabajo. Agarrándola con las dos manos la elevó al máximo, respiró para tomar fuerzas, para tomar aire, un aire que no era fresco; ahora comenzó a distinguir el verdadero olor de la oscuridad, a sentir el hedor que desprendía la bestia. No le gustó. Esto hizo que el primer golpe fuese el más fuer te, el más poderoso. Escuchó el chasquido, el sonido le pareció el más idóneo, iba encaminado. Repitió este acto hasta que le pareció que le fallaban las fuerzas, hasta que apreció que el sonido de los golpes cambiaba. ¡Probaría por primera vez! Sentado sobre el animal, con sus piernas empapadas en sangre, lo abrazó por el cuello, extendió las manos para coger el morro, para tirar de la cabeza hacia arriba; su intención: partir, desprender lo que quedaba de unión en la columna vertebral. Al extender las manos en dirección al morro para hacer palanca, debido a la poca luz las introdujo en la boca del animal; tocó los poderosos colmillos, notó sus babas. Las retiró de inmediato asustado, fue instintivo. Rápidamente pensó que la bestia había muerto por asfixia, que en su agonía dejó la boca abierta en una inútil búsqueda de un soplo de vida. Lo intentó de nuevo, esta vez no le daría miedo, no se asustaría.


Tiró de ella con todas sus fuerzas hacia sí. No consiguió ni moverla, el peso y la unión de la columna que permanecía sin desprenderse se lo impidieron. Machacaría esa unión todo lo que fuese necesario, utilizaría de nuevo la última piedra recogida, el arma más pesada que jamás hubo utilizado. Golpeó unas cuantas veces más hasta que el sonido de los impactos le indicó que ese hueso estaba totalmente machacado. Cambió de postura, ahora lo intentaría con las piernas, eran más fuertes y las tenía descansadas. Se situó frente al cadáver, puso la planta de los pies bajo el hocico y empujó con toda su alma. La cabeza salió rodando con fuerza, la perdió de vista; había conseguido desprenderla del cuerpo. Pronto la encontró, no intentó ni tan siquiera levantarla, la sacaría rodando por el suelo sin mirar atrás. Dejó allí el cuerpo, como era costumbre en la primera caza, además esa tierra necesitaba saciarse, recoger toda la sangre derramada. Al salir de la caverna paró su marcha, dejó la cabeza donde estaba, en el suelo; se puso erguido. De pie miró al cielo, se había hecho totalmente de noche, había tardado demasiado en separar cuerpo y cabeza, en destrozar a la bestia. No le importó. Al pensar en el regreso, en la vereda, no sintió miedo. La noche era estrellada, todas las luces del cielo estaban encendidas, hasta la luna alumbraba al máximo. Acostumbrado a la oscuridad de la que él retornaba y que tenía a su espalda, la tierra apareció alumbrada como el día más luminoso y cálido de la estación en la que se encontraba, la seca. Pronto esta estación se marcharía, pronto llegaría la húmeda y brotaría de nuevo la hierba fresca. Con este pensamiento afrontó el camino de regreso.

Un golpe seco en el centro del hogar, cerca del fuego, despertó a todos. A todos los que dormían, el resto fue rescatado del dolor, de las lágrimas, del sufrimiento y la desesperación ante la convicción de que un Ser querido, un pequeño, había desaparecido. Dar acababa de dormirse, al ver la cabeza del oso pensó: «Me vuelven las pesadillas». La mayoría, asustados, encogió los pies; las miradas se cruzaron buscando alguna explicación. ¡Nada! Todos los ojos mantenían la misma expresión. Un grito muy fino se clavó en los oídos de todos, el grito se escuchó desde la oscuridad, parecía el de un joven, un joven al que le estaban haciendo daño. Algunos de los cazadores más protectores intentaron buscar con la mano su arma de caza. «¡Qué extraño!, un grito de miedo que perturba la paz de la noche, la paz de la oscuridad». Pero todos seguían con sus cuerpos en el suelo deslumbrados por la cer canía de la luz de su fuego. Los ojos parpadeaban repetidamente intentando adaptar su visión, ver fuera del refugio, escrutar la noche. El grito parecía encontrarse muy cerca, cerca también estaría el peligro. La silueta de un pequeño cuerpo apareció, con dos pasos, desde la oscuridad; esa silueta se llevó todas las miradas. ¡Era la silueta del joven Zor! Fue como despertar de un mal sueño, de una pesadilla. Ahora todos los ojos se abrieron al máximo, de golpe dejaron de mirar a Zor y todos miraron al suelo. A


la luz clara de su fuego se encontraba la cabeza de la bestia mayor que habían visto nunca. Con la boca tan abierta como los ojos, de nuevo todos elevaron la mirada hacia el pequeño. Con la luz de su fuego lo vieron claramente, lo reconocieron, allí estaba, con el cuerpo lleno de sangre, ¡era Zor!, lo reconocieron y creyeron en él, era: ¡¡¡Zor el cazador!!!

Todos a la vez se pusieron en pie gritando, abrazando a Zor, pasándoselo de unos a otros, parecía volar por encima de todas las cabezas. Si uno quería abrazarlo demasiado tiempo otro se lo arrebataba desesperadamente para abrazarlo él; de forma egoísta, con el máximo amor que cada uno le podía dar.

Hasta que le llegó el turno a Dar. Él, abusando por ser el más fuerte, lo estrujó largo rato contra su pecho. ¡Qué peso se quitaba de encima con aquel pequeño entre sus brazos! Él se sentía responsable por varias razones, culpable por haber sido la admiración del joven, por haberle inculcado, enseñado la caverna, la oscuridad. Zor, al sentir este abrazo, dejó que su cabeza, que sus brazos abiertos, que todo su cuerpo relajado cayera hacia atrás; disfrutó sintiendo el cuerpo protector de Dar. Dar no lo dejaría caer, parecía el pecho del oso, pero no se dejaría engañar, ese pecho era mucho más poderoso, más fuerte, ya lo había demostrado anteriormente también él. Esa noche todos gritaron, avivaron el fuego para que no faltase de nada; esa noche quedó rota. Rompieron todos juntos la noche, el silencio. Su fuego y sus gritos fueron oídos, vistos por todas las criaturas del valle. Ellos, con la fuerza que gritaron, con las llamas que desprendió su hogar, pensaron que habían sido vistos, escuchados en toda la tierra. Aunque era de noche no sintieron miedo, aunque todavía no se había encendido un nuevo gran fuego, el fuego más poderoso, el total, el del sol, sintieron felicidad.

Con la llegada del nuevo sol la mayoría de los componentes del clan no había dormido. Ese día realizarían el ritual más importante para un Ser: abrir la gran tumba. Ese día, inesperadamente, abrirían la tumba del recuerdo a los antepasados más poderosos, la de los mayores cazadores que han existido a lo largo de toda la existencia de la tierra. Ese cráneo no iría al basurero de los desperdicios, a la montaña de los huesos que marcaba con su nivel el tiempo de existencia de los Seres en el valle, ese cráneo iría a la gran tumba de los osos. Hasta allí se desplazaron todos sin excepción, hasta los más pequeños fueron portados, nadie podía perderse ese momento. Dar se sentía feliz, sería recordado en vida. En otros tiempos muchos fueron los que murieron sin ver cumplida la ilusión de contemplar la tumba de todas las fieras juntas. Allí estaba la gran losa, era más grande, más imponente que la losa de cualquier tumba de un Ser, era la losa que mostraba la grandeza de los mayores cazadores, de todos los Seres juntos. Una muestra de sus hazañas, de lo que cada uno individualmente era capaz de hacer, una muestra de lo que los Seres podrían haber hecho juntos.


La losa, accionada por palancas, comenzó a rodar; el sonido que produjo al rozar contra las piedras que la sujetaban puso el vello de punta a muchos. La emoción embargó a todos los Seres, el ambiente se hizo tenso. Todos los cráneos y grandes huesos de las bestias más terribles y temibles que habían existido a lo largo de la existencia de la tierra quedaron al descubierto. Dar miró su cráneo, el cráneo del oso al que dio muerte en su día. Sintió tristeza, aquel recuerdo no era grato, pudo haberle costado la vida. Pap no pudo contener sus lágrimas, allí se contaban hazañas, grandes batallas de Seres que él había conocido. Dramas, recuerdos tristes. Nadie preguntó nada. El silencio, el respeto era total. La nueva cabeza que iba a ser enterrada había sido portada por Per, quizá por agradecimiento, quizá porque era una carga muy pesada para el joven Zor. Nadie dejó de contemplarla durante el trayecto. Ahora Per, con los brazos extendidos, la ofreció a su dueño. Zor, junto a la pared de la tumba, era el centro de las miradas. La recogió lenta y ceremoniosamente. Tendría que introducirse él solo en el interior de la fosa y colocarla en el lugar que quisiese. Por su estatura apenas si podía asomarse. Allí vio grandes cráneos, se preguntó a sí mismo: «¿Cuál de ellos será el de Dar?». Le gustaría colocar el suyo junto al de su gran amigo. No haría esa pregunta, era un cazador, un adulto. El acto era solemne. Zor comenzó a titubear, comprendió que con su tamaño y fuerza no podría entrar en la tumba sin que la cabeza del oso se le cayera al suelo. Eso no pasaría. Rompió la ceremonia, se giró, dio la espalda a la tumba y la cara a su familia. Allí estaban, en la primera fila junto a él, sus amigos los jóvenes. Fan lo contemplaba con admiración. Hacia él extendió las manos ofreciéndole la cabeza. Su colega la recogió con suma rapidez, con la fuerza que lo caracterizaba, pareció pesar menos de lo que en realidad pesaba. Fan la volvió hacia él, la contempló emocionado, se la puso debajo del brazo, parecía que esa extremidad la tuviera extendida. Zor, con una sonrisa en los labios, lo contempló con asombro. Ahora todos sonreían y miraban a Fan, parecía más grande, parecía tener el pecho más hinchado que nunca, ahora era el único que estaba serio, el único que no parecía lo que era, un joven. Hasta el propio Pap sonrió. Él, que había presenciado varias aperturas de ese tipo, no recordaba ninguna semejante; parecían habérsele ido de su espíritu todos los recuerdos tristes, la memoria de los antepasados. Zor elevó al máximo una de sus piernas, tuvo que trepar para acceder al interior de la tumba. Cuando estuvo dentro supo de la importancia de la ceremonia. Todos los ojos vacíos de las bestias parecían mirarlo con reproche. Se paró a observarlos uno a uno, a juzgarlos, no había ninguna duda: todas, absolutamente todas, habían sido unas bestias terribles, implacables. Al observar los restos lo comprendió todo. Estaban clasificados por orden: Al fondo el más antiguo. No había duda, el orden y la putrefacción los delataba. El de Dar era el primero que aparecía, todavía tenía algunos restos en descomposición; después había un espacio vacío, parecía reservado para su trofeo. Con la mirada le hizo un gesto a Fan. Este se acercó y, lenta, ceremo-


niosamente, le tendió la cabeza. Se agachó para ubicarla. En el orden siguiente colocó la suya. Todos lo pudieron ver, era la bestia más terrible que había existido jamás. Con el saber que le dieron esos conocimientos salió de la tumba, aunque el entrar en contacto con tantas fieras juntas le produjera náuseas, lo hizo lleno de satisfacción, de confianza. Ahora el valle era seguro, limpio. La gran losa fue colocada de nuevo en su posición, la gran losa que enterraba a las bestias más temibles para siempre.


Los días que siguieron fueron los más felices para Zor. Podía acompañar al grupo de cazadores, estar con Per, participar en la actividad que le viniera en gana, hacer lo que siempre quiso. Ahora ya era un cazador. En las jornadas de caza Zor no participaba en los momentos delicados, siempre era situado donde no corriera peligro alguno, siempre acompañado. Cuando terminaba la jornada le hacían sentir que su colaboración había sido inestimable. Esto, aunque él no lo veía muy claro, lo estimulaba a seguir, aguantar momentos de espera, vigilancias sin sentido, todavía no había desarrollado por completo su cuerpo y tardaría en hacerlo. Para Pap era un alivio. Aunque fuese un joven ahora podía explicarle, contestar a todas sus preguntas; su mentalidad y la hazaña realizada le daban derecho a ello, sus actos indicaban la necesidad de advertirle de todos los peligros. Pap, por fin, le explicó el signo:

que tanta curiosidad levantó en él un día que lo vio marcado en la blanda tierra. Había sido hecho por Kik con su lanza momentos antes de efectuar la caza. —Es simple —le comentó el viejo—. El centro, el final, es el animal a cazar. El inicio es por donde van entrando los cazadores, por donde se van quedando en los distintos estratos, por donde se va cercando a la víctima hasta cerrarle todas las salidas, ocultos. Hasta que por fin el animal descubre, por cualquier medio, a los batidores. Da igual por donde salga la presa, siempre, y a distintas distancias, existirán varias posibilidades de abatirlo. Zor escuchó la explicación un tanto decepcionado, siempre pensó que su significado era más misterioso. Pap se dio cuenta y aprovechó para explicarle otras cosas, temas que le hicieran comprender los peligros de la tierra, para que tuviese cuidado. El joven Zor parecía ahora más lanzado que nunca, daba miedo. —Y sobre la oscuridad, ¿no te interesa saber nada? —¿Sobre la oscuridad? —preguntó Zor extrañado—. ¿Qué me puede interesar de la oscuridad? No es nuestro medio —contestó. —En la oscuridad —insistió Pap—, existen muchos peligros que tú no conoces, que no has tenido en cuenta. Por ejemplo el día de tu famosa caza. Ese día todos nos convencimos de que no volveríamos a verte, utilizaste las sombras para cazar. ¡Eso no lo hace ningún Ser! —No tienes derecho a reprocharme nada sobre ese día. Tú mismo, viejo Pap, me has dicho en múltiples ocasiones que sobre ese día no se puede preguntar. —Y así es —le contestó la experiencia con voz serena—. No te voy a preguntar, te voy a explicar, a enseñar; es mi deber. Sobre la oscuridad a los pequeños no se les cuenta nada para no asustarlos, para que no sientan temor en el momento de dormir, para que puedan conciliar el sueño con tranquilidad. ¿De qué serviría hacerlo? ¿Sois vosotros acaso los responsables de la protección del refugio? ¡Los


jóvenes no precisan el conocimiento del peligro! Por lo que veo, tú sí. Has cazado de noche Zor. ¿Has visto a alguien cazar alguna vez en las sombras? Seguro que no. Durante el día las sombras están controladas bajo nuestros pies, en especial cuando el sol está en su máximo esplendor, en lo más alto. Después, a medida que el sol va bajando, las sombras se van alargando, se van haciendo cada vez más fuertes, más grandes, hasta que consiguen desprenderse de nosotros; en esos momentos perdemos el control sobre ellas, se hacen independientes, se ocultan en su medio. —¿Qué podemos temer de una sombra? —preguntó Zor—. Son inofensivas, las pisas y no pasa nada. —Eso es durante el día. Con la luz una sombra pierde su poder, sin embargo en la noche los ruidos son extraños, los animales son distintos, existen otras especies: las especies de la oscuridad. Conoces nuestro espíritu puro, el transparente, lo puedes ver cada vez que quieras en las aguas claras; pero solo puedes verlo durante el día. Sin embargo, al igual que tenemos una parte limpia, tenemos otra parte oscura, todos tenemos algo de ellas dentro, debemos temerla. —Pero... ¿qué podemos temer de nosotros mismos? —preguntó Zor más calmado e interesado en la conversación. —Solo tienes que mirar lo que hiciste con tu oso, acciones desesperadas como esas son las que debemos temer de nosotros mismos. Nuestras acciones contrarias nos introducen en el mundo oscuro. Nos hacen perder la felicidad, el amor que sentimos por los demás, nos encierra en nosotros mismos asfixiándonos, haciéndonos egoístas, nos impiden dar y por lo tanto recibir; no te dejan mirar a los demás a los ojos, pues no puedes reflejar tu espíritu puro, solo miras por ti mismo. Por supuesto, ese mundo nosotros no lo aceptamos, prescin dimos de él, lo utilizamos para dormir, ¡nada más! Zor expresó con su mirada la opinión que le merecían las palabras de Pap, pensó: «No conoce mi sistema de caza, por eso su preocupación; solo yo lo conozco, siguen sin entenderme, piensa que por eso me volveré oscuro». Pap captó en la cara del joven que no lo había convencido y prosiguió con la explicación: —A la tierra, de una forma o de otra, van todos los espíritus. Si el espíritu es puro, transparente, será recogido por el agua, devuelto al mar por medio de los ríos, o de nuevo a la tierra por los manantiales para seguir viviendo. El mar es el almacén de vida, los ríos la sangre. Por eso el mar sube o baja su nivel continuamente marcando la cantidad de espíritus puros que lo albergan, señalando cuándo y dónde la tierra absorbe el líquido necesario para completar el ciclo del agua, el ciclo de la vida. Sin embargo —continuó diciendo—, las sombras, la parte oscura de nosotros y de todos los habitantes, quedan eternamente en el fondo de la tierra, en el sitio más oscuro. ¡Ellas deben permanecer allí! Las cuevas son su entrada y salida, su comunicación con el mundo exterior; por esto las cavernas no son visitadas por los Seres, son la continua morada de las sombras. Por esto nosotros preferimos la luz. Zor quedó pensativo, meditando sobre las cuevas. Quizá corrió demasiados riesgos entrando, probablemente tuvo suerte de salir vivo. —De cualquier forma no pienso volver a entrar en ellas —recapacitó. Sintió un


cierto temor de sí mismo, pensó: «Ciertamente, cuando salí de la cueva con la cabeza del oso bajo mis pies creí ser el Ser más poderoso de la tierra. Pocas estaciones han pasado sobre mí y ya veo de lo que soy capaz, cuando sea mayor, ¿qué seré capaz de hacer?» Esta duda le hizo estremecer, recapacitó y pensó lo mismo pero de otra forma: «¡Ahora estoy seguro! Cuando salí de la cueva comprendí mi poder: ¡Soy un Ser, y el Ser es lo más poderoso de la tierra! Cuando sea mayor sé lo que puedo hacer: ser un habitante de la luz, de la transparencia, mi espíritu no quedará como mi cuerpo bajo tierra». Tumbado boca arriba sobre la hierba miró al cielo, era azul. Con dulzura, con tranquilidad, totalmente relajado le dijo al viejo Pap: —Háblame de los ríos, háblame del mar, de la tierra, de la luz. ¡Enséñame! El viejo miró a Zor, con una sonrisa interior pensó que ahora el joven estaba preparado para aprender, ahora tenía su mente abierta, ahora lo escucharía. Comenzó su relato: —La tierra es nuestra madre, pues, como ella, nos lo da todo; nosotros solo tenemos que cogerlo. Existen en ella alimentos de sobra para todos, ella nos da la abundancia, en ella se refleja la luz, el calor. El agua riega y alimenta nuestro espíritu, es su sangre, su líquido maravilloso, sacia nuestra sed, también el de las plantas y animales, los hace nacer y crecer; solo tienes que mirar el valle después de las primeras lluvias para comprobarlo. Al llegar la época fría el verdor se hace general, la vida vuelve, el ciclo se inicia de nuevo, con más fuerza, con nuevos bríos. Por esto hacemos nuestro ritual el día de las primeras lluvias, el día en que se inicia la época fría; ese ritual que tanto te divierte. Te lo voy a explicar. A partir de ahora, además de parecerte un juego, comprenderás su significado, ahora lo entenderás. La razón por la que el primer día de lluvia corremos, saltamos de alegría, hacemos sudar nuestros cuerpos, nos revolcamos en el bosque, nos empujamos y abrazamos para después introducirnos en el río más claro, en el lugar donde el agua es tragada por la boca de la tierra, por la boca en la que se escucha el sonido del mar, la verdadera boca, la reguladora de los niveles, la que lleva la transparencia... —¡Para un momento, Pap! —exclamó Zor—. ¿Me vas hablar de una boca en la tierra, de una caverna? —Esa boca —continuó el adulto—, se distingue muy claramente de la otra boca, de la boca de la oscuridad; es todo lo contrario: ruidosa, transparente, llena de vida. También es el oído, pues dentro parecen existir varias manadas de mamuts juntas en estampida por el desfiladero, manadas mucho más grandes que la de nuestro valle, y… ¡mira que aquí son numerosos! Corremos, saltamos, nos abrazamos, porque estamos contentos, pero no solamente por esto, también para hacer sudar nuestros cuerpos haciendo que salga parte de nuestro espíritu con el sudor. Una vez conseguido nos revolcamos por el suelo para que se adhieran a nuestra piel las hojas secas de los árboles, esas que sueltan ya muertas para que se mezclen con tierra y puedan volver a la tierra. Restregamos con las manos las hojas por el cuerpo para hacerlas polvo, para que se mezclen con nuestro sudor; de esta forma conseguimos mezclar nuestro espíritu con el de los árboles, con el de la tierra. Después, nos introducimos en el agua para que ella haga la mezcla


final, para que se lo lleve todo; se lleva hasta los espíritus de nuestros antepasados enterrados. Se los lleva recordados, honrados con nuestro sudor y lágrimas; limpia, filtra toda la tierra y se lo lleva al mar. No importa si los ancianos no pueden sudar, por eso los ves llorar. Lloran de alegría porque sus recuerdos, sus Seres queridos, están siendo portados hacia la tranquilidad, hacia el infinito mar. Por eso, Zor, por eso el agua del mar es salada, porque está llena de espíritus, llena de sudor y lágrimas; ese sabor también nos indica cuál es nuestro medio. Por eso, Zor, enterramos a nuestros muertos, por eso los enterramos con flores, para que sus cuerpos se descompongan en armo nía con lo mejor, lo más aromático que la tierra nos da. La tierra toma del mar el agua que necesita, las existencias son muchas, infinitas, por eso podemos ser más individuos cada día. Con su poder la devuelve pura, para demostrar su fuerza la escupe por los manantiales que sitúa en las montañas más altas, para que, desde allí, desde lo más alto, pueda limpiar, regar, dar la vida a su paso. Ya te expliqué antes lo del nivel del mar marcado en las playas, cambiante... Cuando bebas agua limpia, Zor, recuerda que en ella están tus antepasados depurados, cuando bebas agua limpia, entiende que estás bebiendo el espíritu de tus padres; podrás decir: ¡Gracias, antepasados!, me disteis cuidados y protección, ahora me das alimento con tu espíritu, me das tu fuerza, ahora tú estás en mí y yo en ti, por eso te quiero, porque yo soy tú y tú eres yo. —Y... Entonces, ¿el agua de lluvia? —preguntó Zor—, ¿creí que esa era la realmente importante? —No, Zor, del cielo no se puede esperar nada, solo la esperanza de que llueva; pero si te das cuenta, el agua del cielo se filtra, se marcha, ¿qué sería de nosotros sin el agua que existe fija en la tierra? ¿Qué sería de tu cuerpo sin el almacén de sangre que recibe y guarda la sangre que bebes de otros animales? Morirías, Zor, morirías. Por esto, Zor, solo por esto, si no existieran los ríos, si no existieran las lagunas que recogen el agua de la lluvia, nosotros no podríamos vivir, nosotros moriríamos.

El pequeño Zor ahora lo entendía todo, ahora sabía cuál era su destino, cuál el sendero. ¡solo quería luz!, la oscuridad le daba miedo. Zor ahora comprendía la razón de la existencia, tenía su tranquilidad, sus ganas de vivir, por ese motivo siempre trataba de convencer a alguien para que lo siguiera. —Per, podríamos ir a cazar o hacer alguna otra cosa, estoy aburrido de estar en el entorno del refugio. —No creo que hoy tenga alguien interés por ejercer caza alguna, mira qué a gusto están todos por ahí tumbados, disfrutan del sol, de la luz —contestó su amigo. —Bueno, podríamos al menos intentarlo, preguntemos a todos. Te pido, Per, que lo hagas tú por mí, yo estoy cansado de repetir lo mismo. ¡No me hacen caso! Per, siempre dispuesto y con energías, preguntó uno a uno; solo Pich accedió a ir de pesca al río. —Bueno —pensó Zor—, al menos nos divertiremos, se pasa bien cogiendo


peces con las manos en los charcos, ¡se escapan casi todos! Emprendieron la marcha río arriba, pronto se dieron cuenta de que esa estación no había sido lo suficientemente seca como para pescar cerca. Tendrían que andar menos de media jomada para llegar al sitio adecuado, donde el caudal es pequeño, el sitio en que deja de correr el agua, allí donde los peces se quedan aislados, atrapados en charcos, esperando la muerte. El camino se hizo corto, ameno. Pich era un cazador experimentado a la par que gracioso, siempre estaba gastando bromas y riendo, especialmente con los pequeños, aunque con los mayores tampoco sentía reparos. Allí el agua dejaba de correr y comenzaban los charcos, el cauce se hacía más pequeño; primero encontraron charcos demasiado grandes para atrapar a mano pez alguno, después otros más pequeños. Pronto se dieron cuenta de que aquel charco era el apropiado. Los peces que se pararon y no siguieron el cauce del río se encontraban amontonados unos sobre otros. Algunos parecían estar ya muertos, engañaban. Pronto el agua se secaría completamente, en ese momento morirían todos. Dentro del agua, en el extremo del charco donde la profundidad era mayor, se pusieron en fila; el agua les llegaba a la cintura. Comenzaron a caminar a la par. Con los brazos sumergidos y extendidos dentro del agua empujaron a los peces hacia el otro lado, el menos profundo. Cuando llegaron a la mitad del charco los peces parecían no caber dentro del agua; muchos escapaban entre los huecos que dejaban, otros muchos, temiéndolos, huían hacía ninguna parte. De cualquier forma estaban todos condenados a morir. Todos parecían divertirse, Zor el que más. A la vez que empujaba intentaba coger alguno con las manos, sabía que ese no era el sistema, solo lo hacía para divertirse. Era muy difícil, se escurrían entre sus dedos. En uno de los muchos intentos atrapó uno bastante grande. Se paró para observarlo, miró su cara, sus ojos, también su boca que se abría y cerraba queriendo suplicar algo. Zor siguió riendo, pensó que ese no era el sistema, que ese no era el momento, lo lanzó tras su espalda sin ver dónde caía, sin importarle que la muerte fuese más lenta, mucho más dolorosa. Los elegidos para ser salvados de una muerte lenta por asfixia, los que formarían parte de su Ser, ya que serían por ellos engullidos, serían escogidos al final del charco, cuando estuviesen todos amontonados. Allí podrían elegir los mejores ejemplares sin dejarse llevar por las apariencias. Siguió riendo, disfrutando, sin importarle nada el dolor que le había causado al ejemplar que acababa de liberar. —No daba la talla —pensó con ironía. A pesar de la lentitud con la que avanzaban, vio que el cazador más experimentado de los que allí se encontraban no seguía bien el ritmo, iba más lento que ninguno. Miró a sus ojos para echarle una reprimenda cual cazador experimentado, pero con la misma sonrisa irónica. ¡No conoció a Pich! Estaba serio, parado. Qué extraño comportamiento para el momento tan divertido que estaban pasando. Zor quedó también serio. Miró a Per para comprobar su estado de ánimo, evidentemente él también se divertía. Habló con voz alta: —¿Qué pasa, Pich? ¡Estás dejando que escapen los peces! —¡Silencio! ¡Quietos! —fue la respuesta.


Todos quedaron en silencio y parados. Evidentemente Pich rastreaba con su olfato el aire que acompañaba al río, con la vista elevada a las montañas parecía buscar algo con desesperación, los oídos estaban bien atentos. Era la postura de un buen batidor, pero no era el momento, no cazaban. —¿Qué pasa? preguntó Per con su tono tranquilizador. Pich contestó con otra pregunta: —¿No percibís un olor extraño en el ambiente? —¡No! —contestaron ambos a la vez. —Es un olor muy fuerte —insistió el más adulto, el más experimentado. Todos quedaron quietos, en silencio. Ahora los dos más jóvenes intentaron percibir el olor al que hacía referencia su amigo. Eran varios los olores que no identificaba Per, muchos los que no identificaba Zor. —¡Fuera del agua! —gritó en voz baja Pich a la vez que salía del charco con sigilosa rapidez. Lo siguieron hasta quedar dentro de la espesura del bosque. Pich observó el río, los dos más jóvenes lo miraban extrañados y expectantes. Zor comenzó a dudar: «¡Será una broma de las suyas, seguro!» Pich continuaba muy serio, las facciones de la cara mostraban aumentada su preocupación. Les dijo: —Regresad al campamento lo más rápido que podáis, hacedlo por el interior del bosque, sin salir al descubierto, sin salir al río, yo os seguiré después. Los dos jóvenes quedaron quietos, la incertidumbre y la curiosidad no los dejó marchar. Pich les hizo un gesto enfadado con el brazo indicándoles que se internaran en el bosque, que se marcharan. Así lo hicieron, esos gestos no daban opción a otra cosa. Pich quedó escondido entre los últimos árboles del bosque, los que dejaban paso a las aguas.

No tardaron en aparecer con ese extravagante aspecto. No esperó a que se acercaran más, no esperó para verlos de cerca. Corrió, corrió tan rápido como pudo. Llegó al refugio extenuado, no había cesado de correr en todo el trayecto. Detuvo su marcha en seco delante de todos, intentó hablar pero no pudo; hubo de inclinar su cuerpo hacia delante y apoyar sus manos en las rodillas para tomar aliento. Al poco rato, aunque asfixiado, pudo articular las primeras palabras. —¡Vienen!, llegan río abajo. ¡Seres! Nunca he visto nada parecido, nunca he visto un Ser semejante. —Tranquilo, Pich —comentó Pel con la amabilidad que le caracterizaba a pesar de no poder controlar su risa al ver los apuros injustificados de su amigo—. Por el valle siempre han pasado, han venido Seres. ¡Tenemos el mejor valle de la tierra! —siguió riendo—. ¡Aquí siempre hemos sido amables con nuestros vecinos! Pich siempre reía las gracias de Pel, pues en realidad era un Ser gracioso, amable; en esta ocasión no lo haría, debía comentar a todo el grupo algo muy importante. Con el rostro desencajado, jadeante, continuó hablando: —Son Seres extraños, parecen Seres pero no lo son... ¡Son oscuros! De todas las caras desaparecieron las sonrisas. Pich había conseguido el


silencio y la atención del grupo. Pap fue el primero en hablar, en preguntar: —¿Qué quieres decir con "son oscuros"? Descríbelos, solo lo que viste, ¿cómo son físicamente? —Pues eso, que su piel es oscura, y su cabeza es... —no podía describirla. Hizo otro intento, fue y cogió con mucha fuerza una de las lanzas. Todas estaban guardadas en lo más hondo del refugio para que nadie se hiciera daño, era lo más lógico. Todos lo miraron extrañados, parecía que iba a cazar, sin embargo sabían que no era así. Continuó con la explicación—. Su cabeza es así —hizo el signo de una de las técnicas de caza—:

Bueno, en realidad, más simple, más perdido en el pasado, como el primer cerco solamente. —¡Cabezas redondas y oscuras! —exclamó Pap. Todos, sin saber por qué, pensaron en el joven Zor; incluso Pich. Su rostro se puso todavía más serio al comprobar que los dos jóvenes que lo habían acompañado a pescar no habían regresado. Pich explicó con detalle y prontitud lo sucedido, todos estuvieron de acuerdo, todos hubieran hecho lo mismo. Sobre los Cabezas Redonda no quiso hablar más, mejor sería que los viesen ellos mismos. Dar fue el primero en hablar, lo hizo con seriedad, con responsabilidad, como solía hacer cuando de algo importante se trataba; la ocasión lo merecía. —Comprendo vuestra curiosidad, pero solo deben venir dos conmigo; seremos suficientes. solo queremos conocerlos, ver cómo son, observarlos sin ser vistos; acompañar a nuestros jóvenes perdidos hasta la seguridad del refugio. ¡Parecen peligrosos! Todos estuvieron de acuerdo. Los dos primeros en hablar, los dos más fuertes, más decididos, fueron los elegidos: Iva y Jam. Se disponían a recorrer el margen del río cuando Pich les gritó con fuerza. —¡Mejor será que os llevéis esto! —al tiempo que le tiraba a Dar la lanza que aún agarraba su mano. La arrojó con fuerza, pero sin peligro para su amigo, para su hermano; la intención era que la recogiera por el mango, si fallaban sus reflejos no le haría daño. Dar no falló, la cogió con fuerza, con seguridad. Iva y Jam lo pensaron un momento y fueron a coger otras. Se adentraron en el bosque, anduvieron por zonas que antes no habían pisado, escondidos en su propio valle, portando armas sin ir de caza. «¡Extraña situación para un Ser!» pensaron. Donde el río dejaba de correr, cuando vieron el primer charco, agudizaron al máximo sus sentidos. El del olfato no fue necesario. Un fuerte olor, claro, extraño, llegó a sus sentidos con nitidez. Se agacharon para quedar ocultos, pues se hallaban muy cerca del río. Por él bajaban, ¡eran muy extraños!, exactamente como Pich contó, marchaban de forma rara. Dar, Iva y Jam quedaron con la boca abierta, babeantes. No sin cierto temor, así los vieron:


Avanzaban en formación rígida, sin desviarse, sin mezclarse. Los cuerpos formaban una figura parecida a la estrategia de caza:

Bajo un riguroso orden, los niños y los más débiles en el centro ocupaban la posición de la pieza a batir, después otros menos débiles, después los fuertes, al final, cercando a todos, los más poderosos. También se dividían y diferenciaban por sexos, pues ninguna hembra se encontraba fuera con los fuertes. Eso no era lo más extraño, lo incomprensible, lo impresionante era que los débiles, incluso los niños, eran los que cargaban con todo el peso. Iban cargados de fardos, de objetos innecesarios. En algunos casos la carga parecía extrema, pues apenas si podían andar retrasando el avance de todos. Sin embargo los más fuertes, los más poderosos, marchaban sin peso, es más, no llevaban carga alguna; solo portaban armas. Armas y objetos pequeños sin peso alguno, colgados de sus cuellos y brazos, principalmente colmillos de fieras. Los más poderosos, los más fuertes, daban la espalda a su gente, apuntaban con sus armas al medio. ¡Allí no había peligro alguno! ¡Nada a que temer!

«¡Nos han visto!» —pensó Dar. Con su mirada examinó a los que portaban el peligro, las armas, los únicos que parecían temibles, terribles. Sus miradas no se fijaban en ningún punto en concreto, parecían perdidas en la búsqueda de un objetivo, algo a lo que atacar. Dar comprendió: —No nos han descubierto, amenazan con sus armas a los árboles, al río —Dar quedó tranquilo por el momento. Lenta, muy lentamente, como era de esperar, aquellos Seres continuaron su avance. Seguían río abajo, en dirección a su refugio, esto hizo poner los pelos de punta a los cazadores que los observaban. En realidad Pich tenía razón, como siempre. Eran peligrosos, ¡muy peligrosos! Dar, mientras los observaba, se fijó en el que parecía más fuerte. Naturalmente iba en el círculo exterior, a pesar de su fornido aspecto, lo hacía en retaguardia; parecía querer protegerse de ningún peligro. Comparó sus músculos, su potencial, con su oso. Dijo con voz suficientemente alta para que lo escucharan sus dos compañeros: —A pesar de sus armas yo puedo atravesar con mi lanza a dos como ese a la vez —No le habían gustado nada. Para ellos había pasado el peligro, no obstante aquel extraño olor permanecía en el medio. Recordaron a los dos jóvenes que habían venido a buscar y sintieron temor por ellos; no podían llamarlos, no podían gritar ni seguir su rastro, tendrían que esconderse. Sin embargo, se encontraban en su valle.

Per y Zor hicieron caso a la primera insinuación de Pich, adentrarse en el bosque hacia arriba, lejos del río. Allí quedaron escondidos esperando sin saber qué. No tenían intención de abandonar a Pich, él había detectado algo, algo peligroso, se notaba en su cara, en su mirada. Aguardarían un poco para ver qué pasaba. Desde la espesura de la vegetación en la que se encontraban no divisaban el río.

—Buscaremos un sitio desde donde podamos ver mejor —dijo Per.


Anduvieron un poco, sin subir demasiado, tampoco querían alejarse del río; desde allí parecía provenir el peligro. Vieron un árbol de gran tamaño, había sido abierto por la mitad como consecuencia del impacto de un poderoso rayo. —Aquí nos esconderemos —comentó Per—. Los viejos dicen que donde cae un rayo no vuelve a caer otro. Zor sonrío, no era la estación de lluvias, quizá tampoco el momento de hacer bromas, de cualquier forma Per le alegraba el espíritu. Su espíritu lo agradeció, ya que estaba mucho más intranquilo que en alguno de los momentos de su caza en la caverna; al menos allí conocía cuál era el peligro. Así lo hicieron, el árbol estaba negro, quemado. El hueco que se abría era lo suficientemente grande como para albergar en su interior al menos a un Ser. Pasó el tiempo suficiente como para que el nerviosismo y la incertidumbre creciera en ellos. Per estaba pensando ya en bajar al río, pues el silencio era total, excesivo. Pocos pájaros querían cantar ese día, eso también alteraba su serenidad. De repente, el sonido que producen las hojas secas al ser pisadas llegó claro a sus oídos, también un extraño olor; ahora Per comprendió la preocupación de Pich. Per cogió con ambas manos a Zor y lo lanzó hacia arriba. El pequeño comprendió rápidamente lo que tenía que hacer: ponerse de pie sobre los hombros de su amigo, lo habían hecho en multitud de ocasiones, solo que en esta no sería para saltar o correr, tampoco para revolcarse en la hierba. En esta posición sí cupieron los dos en el hueco del árbol. solo Zor podía ver algo, por encontrarse en la parte superior. Per, con cabeza y cuerpo arrimado al máximo al negro tronco, no podía ver otra cosa que oscuridad. Le ofreció su espalda indefensa a un peligro desconocido, comenzaron los temblores por todo su cuerpo, rápidamente se extendieron hasta el de Zor. Los pasos se detuvieron en el pequeño llano que había provocado el incendio del rayo. Zor no quiso asomar la cabeza para no ser visto. Pocos pasos más tendría que dar lo desconocido para descubrirlos. Los temblores se hicieron intensos, totalmente descontrolados, temieron caer al suelo. Se escuchó un grito, una voz muy fina, desconocida; también su significado. Se encontraban al otro lado del tronco. A continuación otro más corto y, seguidamente, carreras, pisadas muy veloces que se alejaban. Con la misma rapidez Zor asomó la cabeza para ver. Lo que vio era muy extraño, no le gustó. ¡Parecían sombras! Sus temblores aumentaron de intensidad, ahora no podía hablar. Per, que no los vio, no sufrió cambio alguno, tampoco preguntó. En la mente de Zor se introdujeron todas las dudas. Pensó: «Mi oso no era normal, era demasiado grande. En todo momento creí que era maligno, un habitante de la oscuridad. Ahora lo entiendo todo: era el guardián, el que impedía la salida de las sombras del interior de la tierra, el que las devoraba si lo intentaban. Era un aliado. Pap tiene toda la razón. ¡Qué hice!». Los temblores producidos por el miedo inmovilizaron a los dos amigos, el silencio perduró entre ellos. La llegada de aquellos que parecían Seres hizo dudar a Zor de quién era la auténtica bestia cuando la oscuridad de la noche más larga se posó sobre ellos.


Dar se incorporó del lugar donde se ocultaba diciendo: —Movilicémonos, buscaremos, rastrearemos hasta quedar agotados; no pararemos hasta encontrar a los Seres que hemos venido a buscar. Iva se levantó con lentitud, con apariencia de cansado. Jam, con voz insegura y sin incorporarse, dijo: —Seguramente habrán regresado ya al refugio. —No lo creo —contestó Dar—. ¡Hemos venido a buscarlos, no regresaré sin ellos! No pido a nadie que venga conmigo. Jam se dejó llevar por su miedo, quería tomar el mismo camino que aquellos extraños Seres, quería regresar al refugio. Dijo: —Yo regreso, así comprobaré si han retornado o no. ¿Tú que haces, Iva? Este, sin dudar, dijo: —Me quedaré, Dar necesitará ayuda. Jam emprendió una marcha rápida, sin precauciones, sin mirar a los lados, sin mirar hacia atrás, pues quería ponerse a salvo pronto. Desde el lugar que ocupaban no tardó en escucharse un grito de pánico, luego otro de dolor, después otro de desesperación, otro de agonía... Dar e Iva se miraron impotentes sin saber qué hacer. Recordaron el terreno donde se encontraban: ¡Era su valle! Dar supo, al reconstruir de memoria la zona, que cerca había un montículo, el que nacía en la ladera donde se encontraban, cerca del río. —Hacia allí nos dirigiremos —dijo señalando con su lanza—, desde allí divisaremos el entorno. Quizá veamos algo. Situados entre la baja vegetación de ese monte, ocultos entre el follaje y los matojos, asomaron las cabezas para divisar el entorno. La vista no llegaba lejos, pues el cielo, donde la tierra es capaz de apagar al sol, se había puesto rojo, muy rojo; bañaba, impregnaba toda la tierra de ese color, el color del ocaso, el de la sangre. La noche más larga y oscura avanzaba sobre ellos. Y la noche llegó. La oscuridad era total. En la noche los fuegos móviles se divisaban con mucha claridad. Parecían tener vida propia, caminaban solos por el río. Hacia allí se dirigieron, sin temor, decididos, pues ya conocían el peligro. Poco tardaron en situarse cerca, ocultos en la noche era muy fácil. Desde allí pudieron contemplarlos con claridad, pues ellos eran los que portaban la luz. Así los vieron: varios llevaban palos con fuego en la punta, las llamas eran sólidas ya que alumbraban su entorno y parecían no quererse apagar nunca. Ese palo lo portaban con una mano en alto, en la otra, baja, portaban otro. Este otro palo era más pesado y no producía llama. Con esa carga hubieran podido correr con paso largo, liviano, sin embargo andaban muy despacio. Había varios más sin luz, portaban morrales como los de introducir útiles, eran grandes. Iva pensó que era lógico pues se trasladaban.


Andaban despacio y miraban hacia el suelo, eso era lo que alumbraban. Dar pensó que sería para no tropezar con las piedras. Cada poco se paraban, ya los veían con claridad. Se detenían, bajaban un brazo, el de la luz para alumbrar el suelo, entonces subían el otro, el del palo apagado y con fuerza lo dejaban caer para golpear a la tierra; luego avanzaban otro poco y volvían a golpearla. Así avanzaban despacio. —Extraño comportamiento —se dijeron—, arrancar palos de la tierra para emprenderla a golpes con ella —seguían sin entender el comportamiento de aquellos Seres. Cuando los tuvieron cerca lo comprendieron todo. Con la luz de los palos descubrían y deslumbraban a Seres de la noche: ¡Ranas! Estas, encandiladas por la luz se dejaban matar, después eran recogidas e introducidas en el morral de piel por los portadores. Iva dijo con voz un tanto elevada: —¡Cazan de noche! Matan Seres de la oscuridad, Seres inmundos. ¡Los guardan! Estas gentes les parecieron, además de extrañas, hediondas. Cuando se hubieron alejado algo, Dar dijo: —Los seguiremos desde la distancia, será fácil, alumbran su rastro. Seguirlos era fácil y lento. Poco a poco un fuego fijo y grande comenzó a vislumbrarse en la oscuridad. Los Cabezas Redonda dejaron de golpear a la tierra y aceleraron su paso. Comenzaron a escucharse voces, eran finas y seguidas, se superponían unas a las otras, hablaban todos a la vez. El olor a carne se hizo intenso, fuerte. Las antorchas móviles comenzaron a correr. Pronto estuvieron situados junto al fuego, allí había más sombras, comían en la noche, a escondidas. Al encontrarse los dos grupos las voces sonaron más fuertes, se escucharon gritos; gritaban varios a la vez, ¡era imposible que se entendieran! Algunos de los que estaban situados junto al fuego y la carne se apartaron. Ocuparon su puesto los que tenían el fuego andante que todavía permanecía encendido. Comieron carne con desesperación. Los portadores, los que llevaban los morrales, de pie contemplaban la escena. Cuando hubieron terminado de comer dejaron las sobras para los demás, para los que hacían el mayor trabajo, el más monótono y aburrido. Estos se abalanzaron con desesperación sobre los restos, parecían hambrientos. Con los despojos no se saciarían. Las sobras fueron apuradas, los huesos repelados al máximo. Uno de ellos tomó una de las partes, también cogió una piedra; estaba junto al fuego, pudo verse con claridad. Era un cráneo, ¡indiscutible!, pues cráneos de Seres inteligentes solo había de un tipo. El pánico se apoderó de Dar e Iva. Pronto los Cabezas Redonda de nuevo se separaron, lo hicieron en dos grupos; cada uno en un sentido distinto, siempre acompañando al río. Dar lo supo, los que regresaban sobre sus propios pasos pasarían muy cerca de la posición en la que se hallaban. —Debemos tener cuidado, permaneceremos ocultos aquí, entre los juncos estaremos seguros; aquí no se ve la tierra, aquí no podrán golpearla. Iva también lo supo. Serían devorados como animales. Su sangre, su carne, no sería mezclada con la tierra como un Ser merece. Su carne, su sangre, sería


mezclada con la tierra en forma de excrementos de Seres de la oscuridad. Los temblores surgieron en él de forma espontánea, bruscos, incontrolables. Las sombras, con sus fuegos, pasaron de largo ajenas a los ojos que los observaban. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos Dar se incorporó. Lo hizo como lo que era, como lo hace un cazador. Habló: —Vayamos tras ellos, esta es la zona, aquí está el peligro, por aquí han de estar los Seres que vinimos a buscar. Iva no respondió, seguía tiritando. Dar intentó levantarlo tirando de su brazo. Iva no quería levantarse, aferrado a los juncos hizo fuerza para impedirlo. Entre el castañeo de sus dientes se le pudo entender: —¡No puedo! No puedo andar, no puedo mover mi cuerpo, no puedo hacer nada. Quiero quedarme aquí. ¡Tengo miedo! Dar soltó el brazo de su amigo y con voz tranquila le dijo: —Está bien, quédate. No te muevas de donde estás, cuando llegue el día lo veras todo más claro, escabúllete hasta el refugio, da el aviso a los demás; no temas, aquí no te pasará nada. Dar emprendió la marcha en solitario. Siguió los fuegos móviles a mayor distancia, por seguridad, por precaución; con todos los sentidos alerta, con los ojos bien abiertos. A pesar de ello no veía los obstáculos y tropezaba. En esta ocasión los Cabezas Redonda caminaban más rápido. De esta forma llegó pronto al campamento que habían montado aquellos Seres. Allí estaban todos, allí estaba su gran fuego. Junto a este se encontraban los más poderosos y fuertes. Ahora por la noche el signo

se invertía: Cuanto más débiles más alejados del calor del hogar. Dar se preguntó por qué no encendían otro fuego si ese no era suficiente. Varios de ellos aparecieron desde la espesura del bosque, venían corriendo ladera abajo. Uno, el primero en llegar, el primero en acercarse al fuego, habló con desesperación al más fuerte, al que portaba en su cuello más dientes de fiera. Este, al escucharle, se levantó con rapidez, empujó con fuerza al mensajero y lo hizo caer, gritó. «Malas noticias trae», supuso Dar. Los recién llegados, a pesar de estar cansados, volvieron sobre sus pasos a la carrera; el poderoso los siguió, a este, otros más. Todos corrían, todos portaban armas, todos se internaron en la oscuridad del bosque sin fuegos andantes. Dar pensó que de esa forma estarían en igualdad de condiciones. Los siguió, atrás quedaron aquellos infelices. Los débiles ahora se amontonaron en derredor del montón de ranas, habían sido apiladas sobre el suelo cerca del fuego. Supuso que las devorarían con ansiedad. Zor y Per mantenían su posición, la noche había llegado, los sonidos del bosque eran distintos, los temblores no habían cesado. Per agudizó el oído, le había parecido escuchar un ruido; los temblores por un momento le


desaparecieron. Ahora lo escuchó con más claridad, parecían hojas secas pisadas. Sí, lo eran, y se hacía con sigilo. De repente, como desdobladas de la oscuridad del bosque, varias sombras aparecieron. Per se incorporó. Sin espacio para reaccionar, se abalanzaron sobre él, inmovilizado, lo hicieron caer al suelo. Varias lanzas con puta de piedra le herían el cuerpo impidiendo que se moviera. Con Zor no fue necesario, el joven permaneció en el suelo tiritando de miedo. Los que lo rodeaban reían con fuerza, le dio la sensación de que era sin ganas. Sus sonrisas le parecieron muy raras. Desde la lóbrega vegetación apareció una figura, todos se apartaron, las risas callaron, su aspecto era imponente. Portaba las armas más poderosas, de su cuello colgaban huesos, huesos que brillaban sobre su oscuro cuerpo. Miró a Zor fijamente, sus ojos desprendían un odio que no entendió. Ame nazante, levantó su brazo armado. Zor se orinó. Los Seres de la oscuridad rieron de nuevo, ahora con más fuerza que antes. De improviso se hizo el silencio, por la espalda de Zor, de frente al portador de los huesos colgantes, apareció Dar. Al verle algunos de aquellos Seres huyeron espantados, su cabecilla no; tenso, como su brazo armado que permanecía en alto, encaró a Dar con la intención de arrojarle su afilada lanza. Dar no lo dudó, con ambas manos aferradas a la suya, se abalanzó con fuerza sobre lo que creyó una sombra. La gruesa lanza atravesó aquel cuerpo con facilidad. Dar miró a los ojos al extraño Ser mientras, empalado en su arma, lo levantaba a pulso del suelo. Suspendido en el aire terminó de observarlo. Al pronto lo arrojó a tierra, pareció que escupido por la vara. Los que allí quedaron lo vieron; Dar permanecía firme con la lanza bien agarrada en sus manos. Dos quisieron reaccionar, con un grito largo emprendieron su intento de ataque conjunto. Dar, tan brusco como rápido, lanzó su arma. El primero quedó atravesado. El segundo, que seguía muy de cerca a su compañero, fue a clavarse en la afilada punta de piedra que, sangrante, sobresalía por una espalda que creyó protectora, aliada; ambos, unidos en un mismo palo, cayeron a tierra abatidos cual pieza de caza sin serlo. Los pocos que quedaron reaccionaron huyendo cada uno en una dirección distinta. Zor se incorporó de un salto, Per ya lo había hecho. Los dos se abrazaron a su salvador, este los retiró de sí prontamente, había que salir de ese claro. Por decisión de Dar el camino de regreso se hizo por el río, haciéndolo así nadie les saldría furtivamente, cobardemente, desde la espesura. Andarían por zona abierta. ¡Ese era su valle! Todos los esperaban con ansiedad, los recibieron con los brazos abiertos, con el corazón en un puño. Respiraron, pero sus rostros reflejaban dudas, tenían muchas preguntas que hacerles. Dar, conocedor del estado en que se hallaban, quería responder, satisfacer todas las curiosidades. Sus noticias, sin embargo, no eran agradables, no harían felices a sus amigos, no les haría reír, como tantas veces hizo, como él siempre deseó.


Él también respiró, hizo otra pausa, no se atrevía a comenzar la narración, se paró de nuevo. Pensó en los Seres que acababa de matar y sintió asco, estaban dispuestos a machacar a un Ser indefenso, entrañable; estaban dispuestos a terminar con la vida, con la esperanza del mejor cazador, del más grande que había existido nunca. Apretó los dientes y se dispuso a hablar. ¡Él no era un cobarde! Narró la historia de forma entrecortada por los gritos de protesta y las voces de asombro de todos; estos aumentaron al ser descritos los Cabezas Redonda. Dar no quiso mentir, insinuó la muerte de Jam; los detalles y la forma los guardó para sí. No quería hacer partícipes a sus hermanos del dolor que él sentía. Quiso evitarlo y para ello les propuso rápidamente: —¡Subamos a las montañas! Allí estaremos más seguros, lejos de aquellos Seres que andan por el río en la oscuridad, lejos de aquellos que cargan con su peso a los más débiles, muy lejos de los que amenazan con sus armas al medio, a los árboles, a la tierra —él era Dar, le harían caso. Algunas voces se elevaron, pues todos se encontraban muy bien en las frescas orillas del río, en la abundancia; era la época seca. Dar no quería lo mejor para ellos, era injusto. ¡Quería que pasaran calamidades en la montaña! Nunca Zor había presenciado escena semejante entre los Seres del valle. Rompió a llorar. Con desesperación, pensó: «Yo, Zor, el gran cazador, ¡el culpable! Callado, muerto de miedo, escondido como una rata en la oscuridad del fondo de nuestro refugio». Se dispuso para hablar, tragó saliva. Una voz más rápida y fuerte que la suya sonó. —¡Es Iva, mirad cómo viene! Todos los ojos se volvieron hacia él, especialmente los de Dar, quería escrutar su interior, ver cómo se encontraba. Sus andares vacilantes, temblorosos, casi lo hacían caer una y otra vez. Su rostro lo decía todo. Había pasado una noche de pánico. ¡No podía ni hablar! El silencio solo dejó escuchar la respiración jadeante de Iva, intentaba hablar, estaba claro que no podía; aguardaron su recuperación. La espera se hizo larga. Por fin, con el semblante totalmente pálido, consiguió articular palabra: —¡Comen, comen carne...! Dar lo interrumpió con su grito más fuerte, con el de mayor potencia, con el que jamás habría dado. Iva enmudeció de inmediato. Los gritos de protesta contra Dar sonaron unánimes, todos querían saber, todos estaban de acuerdo. Dar hubo de callar, pues todos tenían razón. Se dijo a sí mismo: «Yo no diré nada, yo no infligiré dolor a mis semejantes, ¡que lo haga otro si quiere!». Mientras se acaloraba la discusión Iva tomó aire, se tranquilizó; allí estaban, juntos, todos los Seres del valle. Ahora podría hablar. Iva no pudo dar su explicación. Un venado muerto y diestramente descuartizado cayó desde lo alto junto al fuego, violentamente. Jos, el más sabio y experto de los cazadores, acababa de abatirlo en solitario, al acecho. Serio, desde la entrada del refugio, observaba la vergonzosa escena. Cuando Jos hablaba todos escuchaban. En aquel momento lo hizo fuerte y claro. —¡¿Qué pasa?! —dijo entrando al refugio a la vez que se agachaba sobre la


pieza abatida para arrancarle con las manos las mejores partes, las más nutrientes. Todos callaron. Ahora prestarían atención, sus gritos, sus voces no se superponían, escucharían—. ¡Parece que Dar quiere fastidiarnos!, ¡quiere hastiarnos! —lo dijo fuerte para que todos se enterasen bien. Dar lo escuchó mejor que nadie, pues se miraban fijamente a los ojos; se encontraban frente a frente, muy cerca, dándose la cara. A Dar no se le reconocía en la mirada. De sus ojos salía fuego, lágrimas, la situación se hizo tensa. Dos, el número más alto, la pareja más escuchada y respetada de Seres, se enfrentaba. Jos no sería injusto con Dar, hizo una pausa para ofrecer la mejor comida a los más débiles. Primero a Zor, que temblaba en un rincón atemorizado condenándose a sí mismo. Después a Per, también lo necesitaba. Comieron con desesperación, pues era el segundo día sin probar alimento perdidos en el bosque, asustados. Esta razón produjo el efecto deseado, el silencio se hizo mayor que el existente en el interior de la gran tumba: ¡la tumba de las bestias! Jos siguió hablando con voz fuerte, ahora no miró a Dar, ahora miró a todos, uno a uno, ¡a la cara! —Parece que hemos olvidado... ¡Primero tenemos que dar alimento a los nuestros! Parece que hemos olvidado... ¡Primero tenemos que proteger y calentar a los nuestros! Entiendo que el más necesitado es el pequeño Zor, un Ser débil. ¡Que se fastidie! —mientras pronunciaba estas palabras miró a todos a la cara, desde muy cerca, clavándoles todo su poder, toda su verdad. Miró a los adultos, excepto a Dar. Los ojos, según les llegaba el turno, se caían al suelo de vergüenza, pues la verdad es muy fuerte. Pero Jos no había terminado, ahora los tenía a su merced. Dar también lo dejaría hablar—. ¡Entiendo!, primero está discutir entre nosotros, amargar la vida del gran cazador, el que tanto alimento os proporcionó, al que tan bien os guió cuando hubo que trasladarse. Ahora lo entiendo. Lo mejor, lo primero, es hastiar a vuestro mejor y más amado compañero. Eso está antes que satisfacer las necesidades de un pequeño asustado, de un necesitado, de un hijo hambriento. ¡Vosotros! No me contéis nada de los Cabezas Redonda, no quiero saber nada de ellos, ¡puede ser contagioso! Ahora todos bajaban su cabeza, estaba preparado para machacarlos por completo. —Dar, ¡no te calles!, no guardes tu dolor para ti, compártelo, ¡compártelo todo con ellos! ¡Se lo merecen! Son tus compañeros... —una extraña sonrisa salió de sus labios. Dar ahora sí tenía fuerza, lo contaría con pelos y señales, sus colegas se merecían esa explicación, ¡se lo merecían todo! En cuanto hubo terminado todos corrieron a coger un arma, una piel y algo de comida, pues en la montaña hacía frío, la abundancia era menor. Desde lo alto de las montañas, ocultos, sin encender fuego, observaron la marcha de los recién llegados. Seguían guardando su formación, avanzaban de la misma manera. A distancia, una manada de perros los seguía. Pronto se dispusieron a cruzar el río, pues esa orilla terminaba, llegaba el precipicio. Pasaron a la zona de entre ríos, allí se extendían los llanos, en aquel


lugar abundaban los pastos, abundaba la vida y dos cauces se unían para hundirse en la tierra. Al cruzar por la zona más ancha, allí donde el agua no cubre y la corriente es lenta, varios de ellos orinaron en el fluido de vida, sus desperdicios se mezclaron con los espíritus de los Seres del valle y, contaminados, fueron arrastrados al interior de la tierra. Se detuvieron en la otra orilla, a la vista de todos se dispusieron para acampar, para prender su fuego. ¡Ahora parecía su valle! En la montaña, en el frío de la noche, desde la oscuridad el fuego se divisaba con claridad. Los comentarios se hicieron intensos, algunos reclamaron el calor de su fuego. Dar opinó, pues él conocía los actos de los cabezas redonda. —Esperaremos, parece que están de paso, mañana se marcharán y podremos regresar a nuestro refugio. La segunda noche fue más tensa, pues los extraños no continuaban su marcha. Ahora la preocupación era mayor... ¿querrían quedarse? El silencio se hizo más penetrante; solo se escuchaba el chasquido nervioso de los dientes afilando las herramientas de piedra para darles más punta. La siguiente noche fue de nuevo intensa, más voces reclamaron el fuego, más voces demandaban su valle. ¡Ellos darían la cara! Dar estuvo de acuerdo, no se opondría de nuevo a la mayoría. Encendieron su fuego. Lo hicieron grande para que alumbrara, para que su luz se viera en todo el valle, para descubrir su posición. Cuando estuvo encendido las sombras se alargaron en la pendiente de la montaña. El otro fuego, el del fondo del valle, parecía no alumbrar nada. Momentos después se extinguió. Todos comprendieron que los Cabezas Redonda, al notar su presencia, habían sentido miedo y habían decidido ocultarse. El día llegó, el nuevo campamento del valle había sido levantado, no se veía ni rastro de los Cabezas Redonda, ¡ha bían desaparecido! Cuando la mañana se hubo levantado comenzó a apreciarse la columna de humo. Los Seres se alzaron del suelo agitados. Rápidamente se montó la expedición, bajarían unos cuantos para observar lo que pasaba. La imagen era dantesca: entre varios de esas gentes habían producido un cerco de fuego que separaba en dos el valle; una lengua de fuego unía los dos ríos aislando contra el desfiladero una gran franja de terreno. Los mamuts se encontraban en un lado, el resto del valle en el otro. La suave brisa hacía que el fuego avanzase con más rapidez hacia un extremo que hacia el otro. Los animales que allí se encontraban quedaron atrapados entre el fuego y el precipicio, la enorme caída que permitía que los ríos se hundieran en la tierra. Pronto los mamuts se vieron atrapados en el borde del despeñadero, el fuego los empujaba; los más débiles fueron los primeros en caer, luego todos los demás. Las últimas en hacerlo fueron las hembras más adultas, las responsables de la manada. Estas lucharon con desesperación, inútilmente, contra el fuego. Sus patas delanteras se tornaron oscuras de patear las llamas sin resultado hasta que no pudieron más, hasta que prefirieron despeñarse a soportar aquel dolor.


La escena fue contemplada con pasmo por los Seres. Se mantuvieron quietos, observando. Nada podían hacer. Los Cabezas Redonda, dando un rodeo, bajaron al fondo del precipicio; allí estaba la masacre. Dos de ellos se pelearon para decidir quién comía los sesos del ejemplar más grande, del último en caer. Después de la comilona dejaron toda la carne para que se pudriera en la tierra. El valle se quedó sin mamuts. ¡Ellos, que también rinden culto a sus antepasados! Después los Cabezas Redonda se marcharon prosiguiendo la misma dirección que traían. Los Seres que observaron lo sucedido subieron al monte para narrar los hechos a todos. Desde allí vieron cómo el fuego se extendía por el valle, cómo ardían los pastos del llano. Esa noche fue larga. Un gran fuego, el fuego más grande que hubieran visto jamás, iluminó todo el valle. El aire aumentó su fuerza, el fuego se propagó a los árboles del bosque. Con la llegada del nuevo día pudieron ver como el bosque ardía, principalmente las copas de los árboles; las llamas se propagaron de unas a otras con rapidez. El viento se mantenía. En dos días había ardido todo el valle, el color oscuro predominaba extensamente. El fuego se marchó por la lejanía, por la ladera del bosque, por la orilla del río, por el lugar por donde aparecieron aquellos extraños Seres. Lo peor llegó al día siguiente: un fuerte viento sopló de repente en dirección contraria al avance del fuego, en dirección al valle. «Al menos son aires nuevos», pensaron. Pero esta fuerza hizo retornar a las llamas para quemar toda la vegetación que se había salvado, para envolver y carbonizar los troncos de los árboles que tantos frutos frescos les habían dado. Pocos días más duró, no quedaba nada más que quemar. El fuego pasó varias veces por el mismo sitio. El paisaje era desolador. A pesar de ser de día la oscuridad era total, el olor: a muerte. Allí solo quedó la nada, la no vida. La decisión era fácil, para subsistir había que abandonar el valle. Por un lado habían llegado los Cabezas Redonda, por el otro se habían marchado; a su espalda, no muy lejos, sabían que estaba el mar. De frente, el lugar por donde día a día se extingue el sol; esa era la dirección que había que tomar. Para ello debían atravesar el bosque, había que atravesar la nada. Poco tardaron en emprender la marcha, ligeros de carga, bien compartida. Armas llevaron todos. Alimentos, los necesarios para cruzar el valle de la muerte, de la desolación. La amargura y la tristeza embargaron a todos. Sus caras lo reflejaban. Allí quedaba la evocación de su existencia: la gran montaña de huesos marcaría el nivel de su existir, pues en ella arrojaban los desperdicios, los restos de tantos alimentos consumidos durante el paso de muchas vidas; su nivel lo indicaría, ¡parecía una montaña! Con su valle quedaba atrás su pasado, sus recuerdos, sus tumbas... Para algunos esta marcha sería muy dura, para otros, imposible. Las nuevas montañas se veían muy pequeñas, a lo lejos; sin embargo sabían que eran muy


grandes. El interrogante: ¿qué hallarían después? El andar levantaba un oscuro polvo que impregnaba toda su piel, que se introducía por la nariz impidiéndoles respirar. Pap se encontraba mal, también era el más afectado, el más viejo, no lo pudo resistir. Murió. Allí no lo enterrarían, no en el interior de la oscuridad. Él siempre supo que aquel era su lugar. Esta circunstancia entristeció a todos. Dos días anduvieron, cargando el cuerpo envuelto en pieles, atado; el cansancio de sus portadores los hacía cambiar de postura: primero le hicieron mirar al suelo, después al cielo, luego a los lados; tenía que despedirse del lugar que lo vio nacer, el que habitó. Casi al final del valle, cerca ya de las nuevas montañas, encontraron un recodo; allí terminaba la oscuridad, allí existía la hierba, las amapolas. Les pareció el lugar idóneo, pues era verde y todavía estaba dentro del llano donde siempre vivieron. Se pusieron manos a la obra. En un día tuvieron excavado el hoyo, cortadas las piedras laterales, también las superiores. En otro momento lo habrían hecho con más calma, con más detenimiento; esto no era lo más importante, ni tampoco era el momento. Su recuerdo perduraría siempre. Tras cubrir el fondo de la tumba con flores y hojas frescas, colocaron el cuerpo del viejo Pap. Zor no pudo continuar mirando. Para no infligirse más castigo se alejó y lloró, lloró con desesperación. ¡Seguiría sintiéndose responsable siempre! El viejo Pap conocía el peligro, él mismo se lo contó. Dar lo miró y comprendió su amargura, se acercó y le dijo: —No trates de contener tu dolor, tus lágrimas. Sabes que es bueno llorar, así liberas tu espíritu. Mira dónde van a caer, junto a la tumba de Pap. Vuestros espíritus se mezclarán con la tierra, junto con el agua de lluvia regarán las flores que crecerán para desprender aromas en los que se recordará nuestro espíritu. Mientras exista la tierra, mientras existan las flores y los árboles, seremos recordados, Zor. El joven continuó llorando con fuerza, sin desesperación, con desahogo, ¡quería que los recordasen siempre! El cuerpo fue cubierto de nuevas flores, de hojas verdes. De entre todas eligieron las más olorosas, las mejores; también introdujeron amapolas con el color intenso de la sangre, de la vida, también del ocaso. Ese último color fue el de la dirección que tomaron, los acompañaría durante el corto espacio de tiempo que restaba a su existir.

SALUDOS TIERRA  

Los hallazgos arqueológicos y paleontológicos demuestran que los neandertales eran una especie tan capaz como la nuestra. Esta novela corta...

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