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Campos de fresas Campos de fresas

Jordi Sierra i Fabra

C�RCULO DE LECTORES


Dise�o: Eva Mutter Foto de solapa cedida por Qu� leer

C�rculo de Lectores, S.A. (Sociedad Unipersonal) Valencia. 344, 08009 Barcelona 1 3 5 7 9 8 9 0 2 8 6 4 2

Licencia editorial para C�rculo de Lectores por cortes�a de Ediciones SM. Est� prohibida la venta de este libro a personas que no pertenezcan a C�rculo de Lectores

� Jordi Sierra i Fabra, 1997 � Ediciones SM, 1997

Dep�sito legal. B 499761997 Fotocomposici�n: Fort. S.A.. Barcelona Impresi�n y encuadernaci�n: Novoprint, S.A N. II. km 593. Sant Andreu de la Barca Barcelona, 1998. Impreso en Espa�a ISBN 8422668467 N.� 21196


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A Montserrat Sendil, compa�era esencial y m�gica de tantas historias y aventuras literarias


�Nada es real, no hay nada por lo que preocuparse. Campos de fresas para siempre.� Strawberry fields forever John Lennon


1 (Blancas: e4) Abri� los ojos cuando el primer zumbido del tel�fono a�n no hab�a muerto y lo primero que encontr� fueron los d�gitos verdes de su radioreloj en la oscuridad de la noche. Por ello supo que la llamada no pod�a ser buena. Ninguna llamada telef�nica lo es en la madrugada. Alarg� el brazo en el preciso momento en que sobreven�a el silencio entre el primer y el segundo zumbido, y tropez� con el vaso de agua depositado en la mesita de noche. Lo derrib�. A su lado, su mujer tambi�n se agit� por el brusco despertar. Fue ella la que encendi� la luz de su propia mesita. La mano del hombre se aferr� al auricular del tel�fono. Lo descolg� mientras se incorporaba un poco para hablar, y se lo llev� al o�do. Su pregunta fue r�pida, alarmada. --�S�? Escuch� una voz neutra, opaca. Una voz desconocida. --�El se�or Salas? --Soy yo. --Ver�, se�or --la voz, de mujer, se tom� una especie de respiro. O m�s bien fue como si se dispusiera a tomar carrerilla--. Le llamo desde el Cl�nico. Me temo que ha sucedido algo delicado y necesitamos... --�Es mi hija? --pregunt� autom�ticamente �l. Sinti� c�mo su mujer se aferraba a su brazo. --S�, se�or Salas --continu� la voz, abierta y directamente--. Nos la han tra�do en bastante mal estado y... bueno, a�n es pronto para decir nada, �entiende? Ser�a necesario que se pasara por aqu� cuanto antes. --Pero... �est� bien? --la tensi�n le hizo atropellarse, la presi�n de la mano de su esposa le hizo da�o, su cabeza entr� en una espiral de miedos y angustias--. Quiero decir... --Su hija ha tomado alg�n tipo de sustancia peligrosa, se�or Salas. La han tra�do sus amigos y estamos haciendo todo lo posible por ella. Es cuanto puedo decirle. Conf�o en que cuando lleguen aqu� tengamos mejores noticias que darle. --Vamos inmediatamente. --Hospital Cl�nico. Entren por urgencias. --Gracias... s�, claro, gracias... Se qued� con el tel�fono en la mano, sin darse cuenta de que su mujer ya estaba en pie. Despu�s la mir�. --�Un accidente de coche? --apenas si consigui� articular palabra ella. --No, dicen que se ha... tomado algo --exhal� �l. La confusi�n se empezaba a reflejar en sus rostros. --�Qu�? --fue lo �nico que logr� decir su esposa entre las brumas de su nueva realidad.

2 (Negras: c6)


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas Cinta, Santi y M�ximo no se mov�an desde hac�a ya unos minutos. Era como si no se atrevieran. S�lo de vez en cuando los ojos de alguno de ellos se dirig�an hacia la puerta, por la que hab�a desaparecido el �ltimo de los m�dicos, o buscaban el apoyo de los dem�s, apoyo que era hurtado al instante, como si por alguna extra�a raz�n no quisieran verse ni reconocerse. --�Por qu� a m� no me ha pasado nada? Hab�a formulado la pregunta media docena de veces, y como las anteriores, Cinta no tuvo respuesta. --Yo tambi�n estoy bien --dijo M�ximo. --Dejadlo, �vale? --pidi� Santi. --�Qu� vamos a...? La pregunta de Cinta muri� antes de formularla. Desde que hab�a empezado todo, los nervios se manten�an a flor de piel, pero a�n adormecidos, o mejor dicho atontados, a causa del estallido de la situaci�n. Ahora empezaban a aflorar plenamente. Fue Santi el primero en reaccionar, y lo hizo para sentarse al lado de ella. La rode� con un brazo y la atrajo suavemente hacia s�. Despu�s la bes� en la frente. Cinta se dej� arrastrar y apoy� la cabeza en �l. Luego cerr� los ojos. Comenz� a llorar suavemente. --Ha sido un accidente --suspir� Santi con un hilo de voz. M�ximo hundi� su cabeza entre sus manos. Cinta se desahog� s�lo unos segundos. Acab� mordi�ndose el labio inferior. Sin desprenderse del amparo protector de Santi, pronunci� el nombre que todos ten�an en ese mismo instante en la mente. --Deber�amos llamar a Eloy. Se produjo un silencio expectante. Nadie se movi�. --Y tambi�n a Loreto --termin� diciendo Cinta. Santi suspir�. Pero fue M�ximo el que resumi� la situaci�n con un rotundo y expresivo: --�Joder!

3 (Blancas: d4) Lo despert� el timbre del tel�fono y al levantar la cabeza de la mesa, el cuello le envi� una punzada de dolor al cerebro. La brusquedad del despertar fue paralela a ese dolor. --�Ay, ay! --se quej� tratando de flexionar el cuello para liberarse del anquilosamiento. Casi no lo logr�, as� que se levant� y fue hacia el tel�fono, movi�ndose lo mismo que un mu�eco articulado que iniciase su andadura. No s�lo era el cuello, a causa de haberse quedado dormido sobre la mesa, sino los m�sculos, agarrotados, y la sensaci�n de mareo producto del s�bito despertar, unido a la larga noche de estudio a base de caf�s y colas. En quien primero pens� fue en Luciana, Cinta, Santi y M�ximo. Sus padres no pod�an ser. Nunca llamaban, y mucho menos a una hora como aquella. �Para qu�? As� que s�lo pod�an ser ellos. Los muy... Levant� el auricular, pero antes de poder decir nada escuch� el zumbido de la l�nea al cortarse. Encima. Volvi� a dejar el tel�fono sobre la mesa y buf� lleno de cansancio. Esper� un par de segundos, luego se desperez�. Ten�a la boca pastosa, los ojos espesos y la lengua pegada al paladar. Deb�a haberse quedado dormido aproximadamente hac�a tres horas. Las primeras luces del amanecer asomaban ya al otro lado de la ventana. Mir� los libros. �l estudiando y los dem�s de marcha. Genial. Claro que a M�ximo le importaban un pito los estudios, y Santi ya hab�a dejado de darle al callo. Pero en cambio, Luciana y Cinta...

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El tel�fono no volv�a a sonar, as� que se apart� de �l y fue al cuarto de ba�o, para lavarse la cara. Todav�a ten�a todo el s�bado y todo el domingo por delante antes del dichoso examen del lunes. Sus padres hab�an hecho bien y�ndose de fin de semana. Y �l hab�a hecho bien neg�ndose a escuchar los cantos de sirenas de los otros para que al menos saliera el viernes por la noche. A pesar de lo mucho que deseaba estar con Luciana. La llamada se repiti� cuando se echaba agua a la cara por segunda vez. �Por qu� sus padres no compraban un maldito inal�mbrico? Cogi� la toalla y se sec� mientras se dirig�a hacia el tel�fono. En esta ocasi�n se dej� caer en una butaca antes de levantar el auricular. S�, ten�an que ser ellos. �Qui�n si no? --Secci�n de Voluntarios Estudiosos y Futuros Empresarios --anunci�--. �Qu� clase de z�ngano y par�sito nocturno osa? Nadie le ri� la broma al otro lado. --Eloy --escuch� la voz de M�ximo. Una voz nada alegre. --�Qu� pasa? --frunci� el ce�o instintivamente. --Oye, antes de que esto pueda cortarse de nuevo... Estamos en... bueno... Es que... --�D�selo! --escuch� claramente la voz de Cinta por el hilo telef�nico. --M�ximo, �qu� ha ocurrido? --grit� alarmado Eloy. --Luci se tom� una pastilla, y le ha sentado mal. --�Una...? --se despej� de golpe--. �Mierda! �Qu� clase de pastilla? La pausa fue muy breve. --�xtasis. Fue un mazazo. Una conmoci�n. �Luciana? �Un �xtasis? Aquello no ten�a sentido. Estaba en medio de una pesadilla. --�Qu� le ha pasado? �D�nde est�is? --En el Cl�nico. La hemos tra�do porque... bueno, no sabemos qu� le ha pasado, pero se ha puesto muy mal de pronto y... --Deber�as venir, Eloy --escuch� de nuevo la voz de la mejor amiga de Luciana por el auricular. --Los m�dicos est�n con ella --continu� M�ximo--. Pensamos que deber�as saberlo y estar aqu�. Se puso en pie. --Salgo ahora mismo --fue lo �ltimo que dijo antes de colgar.

4 (Negras: d5) A pesar de que el sol acababa de despuntar m�s all� de la ciudad, la mujer ya estaba en pie, como cada ma�ana, por costumbre. Estaba cerca del tel�fono, en la cocina, prepar�ndose su primer caf�. Debido a ello pudo coger el auricular antes de que su zumbido despertara a todos los dem�s. No le gustaban las llamadas intempestivas. La �ltima hab�a sido para decirle lo de su madre. --�S�? --contuvo la respiraci�n. --�Se�ora Sanz? --�Qui�n llama? --Soy Cinta, la amiga de Loreto. --�Cinta? Pero hija, �sabes qu� hora es? --Es que ha pasado algo y creo que Loreto deber�a saberlo. --Est� dormida. --Es algo... importante, se�ora. --Ser� todo lo importante que t� quieras, pero en su estado no pienso robarle ni un minuto de sue�o. Dime lo que sea y cuando se despierte se lo digo. Hubo una pausa al otro lado del hilo telef�nico. --Es que... --vacil� Cinta.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas --�Qu� ha sucedido? --Se trata de Luciana --suspir� finalmente Cinta--. Estamos en el hospital, en el Cl�nico. --�Dios m�o! �Un accidente? --No, no se�ora. Que le ha sentado mal algo. --�Y quieres que Loreto vaya ah� tal y como est� ella? --Yo s�lo he pensado que ten�a que saberlo. --�Qu� es lo que ha tomado? --Una... pastilla. --�Drogas? --No exactamente, bueno... no sabr�a decirle --se le notaba nerviosa y con ganas de terminar cuanto antes--. �Le dir� lo que ha sucedido cuando despierte? --S�, claro --la mujer cerr� los ojos. --�C�mo est� ella? --Lleva un par de d�as mejor. --�Come? --Lo intenta. --Est� bien. Gracias, se�ora Sanz --se despidi� Cinta. Colg� dejando a la madre de Loreto todav�a con el auricular en la mano.

5 (Blancas: Caballo e2) La primera en entrar en la sala de espera fue Norma, la hermana peque�a de Luciana. Despu�s lo hicieron ellos, los padres. El padre sujetaba a la madre, que apenas si se sosten�a en sus brazos. Las miradas de los reci�n llegados convergieron en las de los amigos de su hija y hermana. Cinta se puso en pie. Santi y M�ximo no. Los ojos del hombre ten�an un halo de marcada dureza. Los de su esposa, en cambio, naufragaban en la impotencia y el desconcierto. La cara de Norma era una m�scara inexpresiva. --�C�mo est�? --quiso saber Cinta. El padre de Luciana se detuvo en medio de la sala, abarc�ndolos totalmente con su mirada llena de aristas. Vieron en ella muchas preguntas, y leyeron a�n m�s sentimientos, de ira, rabia, frustraci�n, dolor. Cinta tuvo un estremecimiento. --�Qu� ha pasado? --la voz de Luis Salas son� como un flagelo. --Nada, est�bamos... --�Qu� ha pasado? --repiti� la pregunta con mayor dureza. Santi se puso en pie para coger a Cinta. --Tomamos pastillas y a ella le han sentado mal, eso es todo --tuvo el valor de decir. --�Qu� clase de pastillas? --Bueno, ya se lo hemos dicho al m�dico... --�Mierda!, �est�is locos o qu�? La madre de Luciana rompi� a llorar m�s desconsoladamente a�n por la explosi�n de furia de su marido. Incluso Norma pareci� despertar con ella. Se acerc� a su madre buscando su protecci�n. Sin dejar de llorar, la mujer abandon� el regazo protector de su marido para abrazar a su hija peque�a. Luis Salas se qued� solo frente a ellos tres. Cinta ten�a los ojos desorbitados. --�C�mo... est�? --pregunt� por segunda vez. La respuesta les alcanz� de lleno, hiri�ndolos en lo m�s profundo. --Est� en coma --dijo el hombre, primero despacio, para agregar despu�s con mayor desesperaci�n, con los pu�os apretados--: �Est� en coma!, �sab�is? �Luciana est� en coma!

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6 (Negras: de4) El exterior del after hour era un hervidero de chicos y chicas no precisamente dispuestos a disfrutar de los primeros rayos del reci�n nacido sol de la ma�ana. Unos hablaban, excitados, tom�ndose un respiro para seguir bailando. Otros descansaban, agotados aunque no rendidos. Algunos segu�an bebiendo de sus botellas, b�sicamente agua. Y los menos echaban una cabezada en los coches ubicados en el amplio aparcamiento. Pero la mayor�a re�an y planeaban la continuidad de la fiesta, all� o en cualquier otra parte. Cerca de la puerta del local, la m�sica atronaba el espacio con su machacona insistencia, puro ritmo, sin melod�as ni suavidades que nadie quer�a. El �nico que parec�a no participar de la esencia de todo aquello era �l. Se mov�a por entre los chicos y las chicas, la mayor�a muy j�venes, casi adolescentes. Y lo hac�a con meticulosa cautela, igual que un pescador entre un banco de peces, s�lo que �l no ten�a que extender la mano para atrapar a ninguno. Eran los peces los que le buscaban si quer�an. Como aquella mu�eca pelirroja. --�Eh!, t� eres Poli, �verdad? --Podr�a ser. --�A�n te queda algo? --El almac�n de Poli siempre est� lleno. --�Cu�nto? --Dos mil quinientas. --�Joder! �No eran dos mil? --�Quieres algo bueno o simplemente una aspirina? La pelirroja sac� el dinero del bolsillo de su pantal�n verde, chill�n. Parec�a imposible que all� dentro cupiera algo m�s, por lo ajustado que le quedaba. Poli la contempl�. Diecisiete, tal vez dieciocho a�os, aunque con lo que se maquillaban y lo bien alimentadas que estaban, igual pod�a tener diecis�is. Era atractiva y exuberante. --Con esto te mantienes en pie veinticuatro horas m�s, ya ver�s. No hace falta que te tomes dos o tres. Le tendi� una pastilla, blanca, redonda, con una media luna dibujada en su superficie. Ella la cogi� y �l recibi� su dinero. Ya no hablaron m�s. La vio alejarse en direcci�n a ninguna parte, porque pronto la perdi� de vista por entre la marea humana. Sigui� su camino. Apenas una decena de metros. --�Poli! Gir� la cabeza y le reconoci�. Se llamaba N�stor y no era un cliente, sino un ex camello. Se hab�a ligado a una cuarentona con pasta. Suerte. Dej� que se le acercara, curioso. --N�stor, �c�mo te va? --Bien. Oye, �el Pandora's sigue siendo zona tuya? --S�. --�Estuviste anoche vendiendo all�? --S�. --Pues alguien tuvo una subida de calor, yo me andar�a con ojo. --�Qu�? --Mario vio la movida. Una cr�a. Se la llevaron en una ambulancia. Poli frunci� el ce�o. --Vaya --suspir�. --Ya sabes c�mo son estas cosas. Como pase algo, habr� un buen marr�n. �Qu� vend�as? --Lo de siempre. --Ya, pero �era �xtasis...? --Oye, yo vendo, no fabrico. Hay lo que hay y punto. Por m�, como si se llama Margarita. --Bueno --N�stor se encogi� de hombros--. Yo te he avisado y ya est�. Ahora all� t�. --Te lo agradezco, en serio.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas --Chao, t�o. Se alej� de �l dej�ndole solo. Realmente solo por primera vez en toda la noche.

7 (Blancas: Caballo x e4) Norma vio c�mo sus padres sal�an de la habitaci�n en la que acababan de instalar a Luciana, reclamados de nuevo por los m�dicos que la atend�an, y se qued� sola con ella. Entonces casi le dio miedo mirarla. Ten�a agujas clavadas en un brazo, por las que recib�a probablemente el suero, un peque�o artilugio fijado en un hombro y conectado a sondas y aparatos que desconoc�a; un tubo enorme, de unos tres cent�metros de di�metro, de color blanco y amarillo, parec�a ser el nuevo cord�n umbilical de su vida. De �l part�a un derivado que entraba en su boca, abierta. Otro, sellado con cinta a su nariz, se incrustaba en el orificio de la derecha. Por la parte de abajo de la cama asomaba una bolsa de pl�stico a la que ir�an los orines cuando se produjeran. Y desde luego no parec�a dormir. Con la boca abierta y los ojos cerrados, embutida en aquella parafernalia de aparatos, m�s bien se le antoj� un conejillo de indias, o alguien a las puertas de la muerte. Y era aterrador. Tuvo una extra�a sensaci�n, ajena a la realidad primordial. Una sensaci�n ego�sta, propia, mezcla de rabia y desesperaci�n. Lo que ten�a ante sus ojos, adem�s de una hermana en coma y, por tanto, moribunda, era el fin de muchos de sus sue�os, y especialmente de sus ansias de libertad. Ahora, a ella, ya no la dejar�an salir, ni de noche ni tal vez de d�a. Y si Luciana mor�a tanto como si segu�a en coma mucho tiempo, sus padres se convertir�an en la imagen de la ansiedad, convertir�an su casa en una c�rcel. Siempre hab�a ido a remolque de Luciana. Total, por tres a�os de diferencia... Ella a�n ten�a que volver a casa a unas horas concretas, y no pod�a salir de noche, y mucho menos regresar al amanecer y pasar la noche fuera de casa aunque se tratara de algo especial, como una verbena. Ella a�n estaba atada a la maldita adolescencia. Tambi�n Luciana, pero su hermana mayor se hab�a ganado finalmente sus primeras y decisivas cotas de libertad. Luciana ya estaba dejando atr�s la adolescencia. Era una mujer. �Por qu� hab�a tenido que pasar aquello? Los padres de Ernesto, un compa�ero del colegio, hab�an perdido a un hijo en un accidente, y se volcaron tanto en su otro hijo que lo ten�an amargado. Eso era lo que le esperaba a ella si... De pronto sinti� verg�enza. Su mente se qued� en blanco. Baj� la cabeza. �Qu� estaba pasando? �Era posible que con su hermana all�, en coma, ella pensara tan s�lo en s� misma y en sus ansias de vivir y de ser libre para abrir las alas? �Era posible que a�n no hubiera derramado una sola l�grima por Luciana? Se sinti� tan culpable que entonces s�, algo se rompi� en su interior. Y empez� a llorar. Luciana pod�a morir, �sa era la realidad. O permanecer en aquel estado el resto de su vida, y tambi�n era la misma realidad. Un coma era como la muerte, aunque con una posibilidad de despertar, en unas horas o unos d�as. Una posibilidad. Ni siquiera sab�a si su hermana era consciente de algo, de su estado, de su simple presencia all�. Le cogi� una mano, instintivamente. --Luciana... --musit�.

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8 (Negras: Alfil f5 Blancas: Caballo g3) No llores, Norma. No llores, por favor. Ay�dame. Os necesito fuertes, a todos, as� que no llores. Puedo verte, �sabes, Norma? No s� c�mo, porque s� que tengo los ojos cerrados, pero puedo verte. S� que est�s ah�, a mi lado, y que llevas tu blusa amarilla y los vaqueros nuevos, �verdad? �Lo ves? Y, sin embargo, aqu� dentro est� tan oscuro... Es una extra�a sensaci�n, hermana. Es como si flotase en ninguna parte, mejor dicho, es como si mi cuerpo estuviese fuera de toda sensaci�n, porque no siento nada, ni fr�o ni calor, tampoco siento dolor. Es un lugar agradable. Bueno, lo ser�a si no estuviese tan oscuro. Me gustar�a ver, abrir los ojos y mirar. Hay algo que me recuerda la placenta de mam�. S�, antes de nacer. Recuerdo la placenta de mam� porque era c�lida y confortable. �Y c�mo puedo recordar eso? No, all� no ten�a miedo, hab�a paz. Aqu� en cambio tengo miedo, a pesar de que siento algo de esa misma paz. La siento porque estoy a sus puertas. Puedo dar un paso y olvidarme de todo para siempre. Un simple paso. Pero no puedo moverme. Norma, Norma, �y los dem�s? �Est�n bien? �Y Eloy? Oh, Dios, dar�a mi �ltimo aliento por tenerlo aqu�, a mi lado, y sentir su mano como siento la tuya, hermana. Tu mano. Eloy. Me siento tan sola...

9 (Negras: Alfil g6) En el despacho del doctor Pons hab�a dos sillas �nicamente, as� que mientras esperaban, �l entr� en un peque�o cuarto de ba�o y regres� con un taburete que coloc� en medio de ellas. Cinta y Santi ocuparon las sillas. M�ximo, el taburete. El m�dico rode� de nuevo su mesa para ocupar la butaca que la presid�a. Desde ella los observ�. Cinta era de estatura media, tirando a baja, adolescentemente atractiva con la ropa que llevaba, pero tambi�n juvenilmente sexy: cabello largo, ojos grandes, labios peque�os, cuerpo en plena explosi�n. Santi y M�ximo, en cambio, eran el d�a y la noche. El primero llevaba el cabello corto y ten�a la cara llena de espinillas, como si en lugar de piel tuviera un sembrado. El segundo mostraba una densa cabellera, rizada, como si de la cabeza le nacieran dos o tres mil tirabuzones de color negro que luego le ca�an en desorden por todas partes. Uni� sus dos manos entrelazando los dedos y se acod� en su mesa. Luego empez� a hablar, despacio, sin que en su voz se notaran reconvenciones o tonos duros. Era m�dico. S�lo m�dico. Y hab�a una vida en juego.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas --Ahora que vuestra amiga, por lo menos, est� estabilizada, es hora de que retomemos la conversaci�n que antes iniciamos. --Ya le dijimos todo... --O�dme, �quer�is ayudarla o no? --S� --contest� Cinta r�pidamente. Los otros dos asintieron con la cabeza. --�Qui�n m�s tom� pastillas? --Yo --volvi� a hablar Cinta. Mir� a Santi y a M�ximo. --Todos tomasteis, �no? --pregunt� el doctor. --S�. --��xtasis? --S�. --�C�mo sab�is que era �xtasis? --Bueno... --vacil� M�ximo--. Se supone que... --�Sol�is tomarlo a menudo? --No --dijeron al un�sono los dos chicos. Probablemente demasiado r�pido, aunque... --�Qu� efecto os caus�? --continu� el interrogatorio. --Era como... si tuviera un mill�n de hormigas dentro --dijo de nuevo Cinta, dispuesta a hablar--. Mi cuerpo era una m�quina, capaz de todo. Un estado de exaltaci�n total. --Yo quer�a a todo el mundo --reconoci� M�ximo--. Un rollo estupendo. Me dio por re�rme cantidad. --S�, eso --convino Santi--. Era como estar... muy arriba, no s� si me entiende. Arriba y muy fuerte. --�Y ahora? No hizo falta que respondieran. El baj�n ya era evidente. Fueran o no habituales, pod�an tener n�useas, cefaleas, dolor en las articulaciones... --�Qu� le pas� exactamente a Luciana? --Empez� a subirle la temperatura del cuerpo. --No --Santi detuvo a Cinta--. Primero se mare�, y luego vino lo de los calambres musculares. --Fue todo junto --apunt� M�ximo--. Yo me asust� cuando vi que dejaba de sudar. Entonces comprend� que le ven�a un golpe de calor. --�As� que sab�is lo que es eso? --S�. --�Y aun as�, os arriesg�is? Era una pregunta est�pida, improcedente. Lo comprendi� al instante. Miles de chicos y chicas lo sab�an, y sin embargo todas las semanas se jugaban la vida tomando drogas de dise�o. Despu�s de todo, s�lo alguien mor�a de vez en cuando. S�lo. --�Qu� pas� despu�s? --sigui� el doctor Pons. --Lo que le hemos contado --dijo Cinta--. Empez� con las convulsiones, el coraz�n se le dispar� y... --�Ten�is aqu� una pastilla de esas? --No. Suspir� con fuerza. Hubiera sido demasiada suerte. Con una pastilla al menos sabr�a qu� llevaba Luciana en el cuerpo. Un an�lisis de sangre no bastaba. Hab�a que analizar el producto. Ni siquiera sab�an contra lo que luchaban. --A nosotros no nos hizo nada --manifest� Santi--. �Por qu� s� a ella? --Eso no se sabe, por esta raz�n es tan peligroso. Os venden qu�mica pura adulterada con yeso, ralladura de ladrillos, materiales de construcci�n como el �Aguaplast� e incluso venenos como la estricnina. A veces son m�s ben�volos y simplemente se trata de un comprimido de paracetamol, que no es m�s que un analg�sico. Pero de lo que se trata es de que, luego, cada cuerpo humano reacciona de una forma distinta. De hecho, no hay nada, ninguna sustancia, capaz de provocar una reacci�n como lo que le ha sucedido a Luciana, un coma en menos de cuatro horas; pero si alguien sufre del coraz�n, tiene asma, diabetes, tensi�n arterial alta, epilepsia o alguna enfermedad mental o card�aca, que a veces incluso se ignora por ser j�venes y no estar detectada, la reacci�n es imprevisible. Incluso beber agua en exceso,

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pese a que se recomienda beber un poco cada hora, puede llevar a esa reacci�n. En una palabra: el detonante lo pone la persona. Dej� de hablar. Los tres le hab�an escuchado con atenci�n. Pero el resultado era el mismo. Cerca de all� una chica de dieciocho a�os se debat�a entre la vida y la muerte, al filo de ambos mundos, perdida, tal vez eternamente, en una dimensi�n desconocida. Quiz� por ello esperaba la �ltima pregunta. La formul� Cinta. --Se pondr� bien, �verdad, doctor? Y no ten�a ninguna respuesta para ella. Ni siquiera un m�nimo de optimismo en que basarse.

10 (Blancas: h4) Al salir del despacho del doctor Pons se quedaron unos segundos sin saber qu� hacer o ad�nde ir. Luego, de com�n acuerdo aunque sin mediar palabra alguna, encaminaron sus pasos en direcci�n a la salita en la que hab�an esperado las noticias acerca del estado de Luciana. No sab�an a ciencia cierta por qu� segu�an all�, pero lo cierto es que no se les pas� por la cabeza marcharse. Era como si ya formaran parte del hospital, o del destino de su amiga. Vacilaron al ver que en la sala hab�a otras dos personas, esperando tambi�n noticias de otros enfermos. Entonces fue cuando vieron aparecer a Eloy; ven�a corriendo, congestionado a�n por la prisa que se hab�a dado en llegar desde su casa a aquella hora. M�ximo llen� sus pulmones de aire. Santi se qued� quieto. Cinta fue la �nica en reaccionar yendo, directamente, al encuentro del reci�n llegado para abrazarse a �l. Volvi� a llorar. --�Qu�... ha pasado? --pregunt� Eloy alarmado. Cinta no pod�a hablar. Fue Santi quien lo hizo. --Est� en coma. --�Qu�? --Eloy se puso p�lido. --Ha sido una putada, t�o --manifest� M�ximo. --Pero... �cu�nto tiempo...? --Est� en coma --repiti� Santi--. �Jo, t�, ya sabes!, �no? La idea penetr� muy despacio en su mente. Fue como si se diera cuenta de que Cinta estaba all�, entre sus brazos. La apret� con fuerza, para no sentirse solo, ni tan impotente como se sent�a en ese instante. --�Qu� dicen los m�dicos? --logr� romper el nudo albergado en su garganta. --Que hay que esperar. Las cuarenta y ocho horas siguientes son decisivas --le respondi� Santi. Eloy apret� las mand�bulas. --�Qu� mierdas hab�is tomado? --alz� la voz de pronto. No hubo una respuesta inmediata. Fueron los ojos de Eloy los que actuaron de sacacorchos. --Nada, t�o, s�lo un estimulante --pareci� defenderse M�ximo. --�Para qu�? �Mierda! �Para qu�? --Oye, si hubieras estado all�, t� tambi�n lo habr�as hecho, �vale? --�Yo? �Si ni siquiera fumo! --�Qu� tiene que ver esto con el tabaco? Lo tomamos para ver qu� pasaba y estar en forma y no cansarnos y... --�Y para ver qu� pasaba, co�o! --acab� Santi la frase de M�ximo. --Por favor... no os pele�is... por favor --suplic� Cinta. --Yo no habr�a tomado nada --insisti� mir�ndola--. Ni la habr�a dejado a ella. �Lo hab�is hecho por eso, porque no estaba yo? --Ha sido una casualidad --Santi dej� caer la cabeza abatido. --�Y una mierda! --grit� Eloy.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas --Est�bamos con Ana y Paco, bailando, y entonces... --Cinta volvi� a verse dominada por la emoci�n. Las l�grimas le impidieron continuar hablando. Se abraz� de nuevo con fuerza a Eloy y balbuce� un desesperado--: Lo siento... Lo siento... Lo siento... Ya no encontr� ninguna simpat�a ni consuelo en �l. La apart� bruscamente de su lado. --�Iros a la mierda! --exclam� el muchacho--. �Parec�is cr�os de...! No termin� la frase. Gir� sobre sus talones y los dej� all�, quietos, inm�viles, tan perdidos como lo estaban ya antes de su llegada, pero ahora mucho m�s vulnerables por la condici�n de culpables ante sus ojos.

11 (Negras: h6) Se tropez� con Norma inesperadamente, mientras se sent�a como un le�n enjaulado en mitad del laberinto de pasillos y salas, sin saber qu� m�s hacer para conseguir abrir una brecha en el sistema. Los dos se reconocieron en mitad de la nada, envueltos en su soledad. --�Eloy! La hermana de Luciana se le ech� a los brazos. Por primera vez desde que la conoc�a, y pronto har�a dos a�os, �l no la rehuy�, al contrario: la abraz� y le dio un beso en la cabeza, por entre la espesa mata de su pelo. Norma temblaba. Y �l esper�, cauteloso, aunque en aquel momento sab�a que se necesitaban. Ya no ten�a nada que ver el hecho de que ella, como muchas hermanas menores, estuviera enamorada de �l. --Me han dicho que est�... en coma --murmur� casi un minuto despu�s. Norma no se separ� de su abrazo. --Tengo miedo --reconoci�. --No me han dejado verla --dijo Eloy--. Llevo la tira pidiendo... Esta vez s�. La chica se apart� de �l para mirarle a los ojos. Luego lo cogi� de la mano. --Ven --se limit� a decir. La sigui�. Era un contacto dulce y, en el fondo, una mano amiga. La primera en aquel mundo inh�spito. �Norma y Luciana se parec�an tanto! De hecho, viendo a Norma, recordaba c�mo y cu�ndo se hab�a enamorado de Luciana. En aquel tiempo, sin embargo, Luciana se acababa de convertir en una mujer. El trayecto apenas dur� veinte segundos. Norma se detuvo en una puerta. Sin soltarle a �l de la mano la traspuso, empleando la otra para abrirla. Los dos se encontraron dentro con los padres de las dos hermanas. Pero Eloy apenas si repar� en ellos. La imagen de Luciana, inm�vil, con los ojos cerrados, la boca abierta y las agujas, y los tubos entrando y saliendo de ella, le atraves� la mente. --Hijo... --suspir� con emoci�n la mujer levant�ndose. --Me qued� a estudiar... Lo siento, �lo siento! --apenas si logr� articular palabra aunque sin poder dejar de mirar a la persona que m�s amaba en el mundo.

12 (Blancas: Caballo f3 Negras: Caballo d7) 17


�Eloy? �Oh!, Dios... �Eres t�, Eloy? �Estoy so�ando? No, no es un sue�o. Eres t�. Reconozco tu voz, y huelo tu perfume y... s�, tambi�n puedo verte, al lado de Norma. Y ahora mam� que te da un beso mientras pap� sigue abatido ah�, junto a la ventana. Has llegado. Sab�a que lo har�as, pero como aqu� el tiempo no existe, no sab�a cu�ndo ser�a posible verte. �Ahora, sin embargo, me alegra tanto tenerte a mi lado! Aunque lamento mi aspecto. Estoy horrible, �verdad? Y pensar que lo �ltimo que te dije fue... Te quiero. No hablaba en serio, �sabes? �Qu� est�pida fui! En realidad... no s�, estaba jugando, ya sabes t�. Creo que me asustaba atarme. Se dicen tantas tonter�as acerca del primer amor: que si se empieza pronto luego se estropea enseguida, que es mejor vivir primero y despu�s... No quiero perderte, Eloy. Ni quiero perderme yo. �Por qu� no me coges de la mano? Por favor... �Has estudiado mucho? Supongo que s�, toda la noche. Menudo eres. Y terco. Y ahora esto, �menudo palo! Si el lunes suspendes el examen, encima ser� culpa m�a. Me sabe mal, cari�o, pero te juro que yo no quer�a acabar as�. Lo �nico que deseaba era pasar una noche loca, emborracharme de m�sica, olvidar, volar. Lo deseaba m�s que nunca. Aunque te echaba de menos. Me crees, �verdad? Claro. Est�s aqu�. De lo contrario no habr�as venido. C�geme de la mano. Vamos, c�geme de la mano. As�... Gracias. Ahora ya no me importan el silencio ni la oscuridad. Ahora...

13 (Blancas: h5) --�Sois los que estabais con Luciana Salas? Lo miraron los tres, sorprendidos. Era como si hubiera aparecido all� de improviso, materializ�ndose en su presencia. --S� --reconoci� M�ximo. --Inspector Espin�s --se present� el hombre--. Vicente Espin�s. --�Polic�a? --se extra�� Santi. --�Qu� cre�is? --hizo un gesto expl�cito--. Se trata de un delito, �no os parece? Cinta estaba p�lida. --Nosotros no hemos hecho nada --se defendi�. El hombre no respondi� a su aseveraci�n. --�Qui�n os dio esa pastilla? --pregunt� sin ambages. Los tres se miraron, inseguros, acobardados, indecisos. El polic�a no les dej� reaccionar. Su voz se hizo un poco m�s ruda. S�lo un poco. Nada m�s. Suficiente. --O�dme: cuanto antes me lo cont�is, antes podr� hacer algo. Puede que os vendieran cualquier cosa adulterada, �entend�is? Para que esta noche no acabe nadie m�s como vuestra amiga, depende de lo que ahora hagamos. Es m�s: si conseguimos una pastilla igual a la que se tom� ella, es probable que la ayudemos a recuperarse.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas --No lo conoc�amos --dijo Cinta. --�Qu� aspecto ten�a? --Pues... no s� --mir� a Santi y a M�ximo en busca de ayuda. --Era un hombre de unos treinta a�os, puede que menos, no tengo buen ojo para eso --se adelant� M�ximo--. Me pareci� normal, vulgar. Todo fue muy r�pido, y estaba oscuro. --Era la primera vez... --trat� de intercalar Santi. --�Alguna se�a, color de ojos, de cabello, un tatuaje? --Bajo, cabello negro y corto, vest�a traje oscuro. Me choc� porque hac�a calor. --Nariz aguile�a --record� Santi. --�Alg�n nombre? --No. --�Cu�nto os cost� lo que comprasteis? --Dos mil cada uno. Ped�a dos mil quinientas, pero al comprar varias... --�Tomasteis todos? --Oiga... --se incomod� M�ximo. --�Se lo pregunto a vuestros padres? --Tomamos todos --dijo Cinta. --�C�mo eran las pastillas? --Blancas, redondas, tipo aspirina y m�s peque�as, �c�mo quiere que...? --Ten�an una media luna grabada --manifest� Santi sabiendo a qu� se refer�a el inspector. El hombre puso cara de fastidio. --�Una media luna? --S�. Chasque� la lengua con mal contenida furia. --�Qu� pasa? --quiso saber M�ximo. --Nada que os importe --se apart� de ellos pensativo antes de agregar--: �D�nde fue? --En el Pandora's. --Muy bien --suspir�--. Dejadme vuestros tel�fonos y direcciones, y si record�is algo m�s, llamadme --les tendi� una tarjeta a cada uno--. A cualquier hora, �de acuerdo? No esper� su respuesta y se alej� de ellos caminando con el paso muy vivo.

14 (Negras: Alfil h7) Volvieron a tropezarse con Eloy frente a la puerta de acceso a urgencias. Sal�a de la zona de las habitaciones, all� donde ellos no hab�an conseguido entrar, y pudieron percibir claramente las huellas del llanto en sus ojos. Ten�a las mand�bulas apretadas. --�La has visto? --se interes� Cinta. --S�. Iba a preguntar algo m�s, pero no lo hizo al ver la cara de su amigo. Por el contrario, fue �l quien formul� la siguiente pregunta. --�Hab�is llamado a Loreto? --S�. --�Qu� ha dicho? --Hemos hablado con su madre. No ha querido despertarla. S�lo le faltaba esto tal y como est� ella. --�Ten�is alguna p�ldora m�s de esas? --pregunt� de pronto Eloy. --No. --Los m�dicos no saben qu� hab�a en ella, cu�l era su composici�n. Si pudi�ramos conseguir una, tal vez... --S�, ya lo sabemos --asinti� Santi.

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--�De veras crees que una pastilla ayudar�a a...? --apunt� Cinta. --�No lo s�, pero se podr�a intentar!, �no? No ocult� su impotencia llena de rabia. Frente al abatimiento y la desesperanza de Cinta, Santi y M�ximo, todo en �l era puro nervio, una ansiedad mal medida y peor controlada. --�Ad�nde ibais? --les pregunt� de nuevo. --A casa, a dormir un poco --suspir� Cinta. Eloy no la mir� a ella, sino a M�ximo. --�Os vais a dormir? --espet�. --�Qu� quieres que hagamos? --�Ella est� muri�ndose y vosotros os vais a dormir tan tranquilos? --insisti� �l. --�Estamos agotados, t�o! --protest� M�ximo. Parec�a no pod�rselo creer. --�Te pasas los fines de semana enteros bailando, de viernes a domingo, sin parar, y ahora me vienes con que est�s agotado un s�bado por la ma�ana? --levant� la voz preso de su furia. --Ya vale, Eloy --trat� de calmarlo Santi. --Todos estamos... Nadie hizo caso ahora a Cinta. Eloy segu�a dirigi�ndose a M�ximo. --Fuiste t� quien compr� esa mierda, �verdad? --Oye, �de qu� vas? --�Fuiste t�! --�Y qu� si fui yo, eh? --acab� dispar�ndose M�ximo--. �Qu� pasa contigo, t�o? --�Maldito cabr�n! Se le ech� encima, pero Santi estaba alerta, y era m�s fuerte que �l. Lo detuvo y lo oblig� a retroceder, mientras Cinta se pon�a tambi�n en medio, de nuevo llorosa y al borde de un ataque de nervios. --�Por favor, no os pele�is, por favor! --grit� la muchacha. --Vamos, Eloy, c�lmate --pidi� Santi--. No ha sido culpa de nadie. Y tampoco ha sido culpa suya. Fue Ra�l el que trajo al tipo y el que... --�Estaba ah� ese imb�cil? --abri� los ojos Eloy. --S� --reconoci� Santi. La presi�n cedi�, los m�sculos de Eloy dejaron de empujar y Santi relaj� los suyos. M�ximo tambi�n respir� con fuerza, apretando los pu�os, d�ndoles la espalda mientras daba unos pasos nerviosos en torno a s� mismo. Cinta qued� en medio, abraz�ndose con desvalida tristeza. Fue en ese momento cuando las puertas de urgencias se abrieron de par en par y, corriendo, entraron varias personas llevando a un ni�o lleno de sangre en los brazos. El lugar se convirti� en un caos de gritos, voces y carreras.

15 (Blancas: Alfil d3) El doctor Pons le tendi� el pliego de hojas. --Desde luego, no es Metilendioximetaanfetamina, sino Metilendioxietanfetamina. El inspector Espin�s alz� la vista del an�lisis de sangre. --No es �xtasis --aclar� el m�dico--, sino eva. --Bueno, eso ya me lo imaginaba --reconoci� el polic�a--. La gente sigue llam�ndolo �xtasis pero... --Lo malo es que ahora que ten�amos el �xtasis bastante estudiado... --hizo un gesto de desesperanza el doctor Pons antes de empezar a hablar, casi como si lo hiciera para s� mismo--. Quiz� no deb�a haberse prohibido, ya ves t�. Cuando vamos descubriendo una cosa, la proh�ben, y entonces sale otra m�s dif�cil y compleja de detectar. A comienzos de siglo se empleaban dosis controladas de �xtasis


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas en psiquiatr�a para mejorar la comunicaci�n con los pacientes. Ahora, desde que la DEA lo catalog� en 1985 dentro del grupo de sustancias sin utilidad m�dica reconocida, y con riesgos de adicci�n... En fin, que prefer�a v�rmelas con el �xtasis, amigo. Est� claro que siendo el eva un veinticinco por ciento menos potente que el �xtasis, su mayor cantidad de principio activo lo hace m�s peligroso, porque act�a m�s r�pido. Es todo lo que sabemos y poco m�s, muy poco m�s. --�Y adem�s de eva, qu� conten�a esa pastilla? --Ah� est� todo lo que hemos detectado --se�al� el an�lisis de sangre--, pero como siempre, es insuficiente. El cuerpo ya ha eliminado algunas sustancias. Seguimos sin saber contra qu� luchamos. De las variedades analizadas por los laboratorios de toxicolog�a �ltimamente, el ochenta por ciento era eva, y no hab�a ninguna pastilla cuya composici�n fuese igual a otra. Siempre hay alguna porquer�a que las diferencia entre s�. --�sta tambi�n es diferente --le inform� el inspector Espin�s--. Seg�n esos chicos, ten�a una media luna grabada. Es la primera con esta marca, as� que debe haber una nueva partida reci�n llegada a la ciudad, tal vez de procedencia remota. --�Por qu� les ponen esos sellos? �Lo sabes? --Para distinguirlas, para jugar... �qu� s� yo! He visto pastillas con tantas figuras y nombres...: el conejito de Play Boy, la lengua de los Rolling Stones, logotipos de canales de televisi�n, dibujos infantiles... --De momento, esta luna ya tiene una v�ctima. --Luna --rezong� el polic�a--. Malditos hijos de puta... Un paquete de mil pastillas pesa algo m�s de un cuarto de kilo, �c�mo lo ves, eh, Juan? Alrededor de doscientos ochenta gramos. �Diez mil pastillas pesan menos de tres kilos! �Y valen veinte millones de pesetas en el mercado! --Es el precio lo que lo hace f�cil --intercal� el m�dico--. �A c�mo est� ahora la coca�na en la calle? Vicente Espin�s suspir� agotado. --Doce mil el gramo. --Creo que el speed est� a unas tres mil, y el �xtasis o el eva a un poco menos, �me equivoco? Es lo m�s barato, y por tanto tambi�n lo m�s explosivamente peligroso. En Inglaterra se consumen a la semana entre un mill�n y un mill�n y medio de pastillas, todas entre chicos y chicas de trece a diecinueve a�os. �Cu�ntas se consumen en Espa�a? No hab�a cifras, y los dos lo sab�an. Por ello la pregunta se hac�a m�s angustiosa. --Nos llevan una gran ventaja --dijo el polic�a--, los fabricantes y los traficantes por un lado, y esos chicos por otro. A veces oigo a mi hija hablar de m�sica y me parece una extraterrestre. Rave, hardcore, trance, house, techno, hiphop... �Hasta hace poco a�n cre�a que el bacalao se com�a, y ahora resulta que lo escriben con K y se baila! --no se ri� de su mal chiste--. �Qu� m�s quieren si ya salen de noche, practican el sexo y hacen lo que les da la gana? �Por qu� adem�s han de destruirse? �Es eso libertad? --�Recuerdas cuando fum�bamos hierba en los sesenta? --�Venga, no compares, t�! --Lo �nico que s� es que a veces se necesita una muerte para sacudir a la sociedad --desgran� Juan Pons con deliberada cautela--. En 1992 las drogas de dise�o apenas si alcanzaban un tres por ciento del consumo total en nuestra Comunidad. En 1993 saltamos al diecinueve por ciento, en 1994 llegamos al treinta y cuatro por ciento y en 1995... Desde entonces, y sobre todo en estos �ltimos tiempos, ha seguido aumentando su consumo. Aun as�, estamos lejos de los cincuenta y dos adolescentes muertos en Inglaterra en la primera mitad de los noventa. Cincuenta y dos, que se dice pronto. Y eso quitando comas, lesiones permanentes y efectos secundarios. Y espera, que dentro de diez a�os tendremos una generaci�n de depresivos, porque eso es lo menos que les va a pasar a estos chicos. Las lesiones cerebrales y f�sicas ser�n de consideraci�n. --Este caso levantar� ampollas --dijo Vicente Espin�s. --Por eso te dec�a que a veces se necesita algo como lo de esta chica para sacudir a la opini�n p�blica. --Ya, pero a la �nica opini�n p�blica que va a sacudir es a la polic�a. --�Qu� har�s, una redada general de camellos con sello de urgencia? --No seas cruel, Juan --protest� el inspector--. Pero desde luego va a haber una buena movida. --�Te han dado alg�n dato de inter�s esos chicos? El polic�a se puso en pie. --Una nariz aguile�a. --�Y?

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--Es suficiente --dijo Vicente Espin�s--. Al menos por ahora. Y le tendi� la mano a su amigo, dispuesto a irse, dando por terminada su breve charla.

16 (Negras: Alfil x d3) Marc� el n�mero de tel�fono de memoria y apenas lo hubo hecho, mir� a derecha e izquierda, para asegurarse una vez m�s de que todo estaba tranquilo y la calle envuelta en la normalidad prematura de un s�bado por la ma�ana. No tuvo que esperar mucho. --�S�? --le contest� una voz femenina por el auricular. --�El se�or Castro? --Duerme --fue un comentario escueto--. �Qui�n le llama? --Poli --dijo �l--. Poli Garc�a. --�Qu� quieres? --Ha habido una movida. He de hablar con �l. --�Qu� clase de movida? --Oye, despi�rtalo, �vale? Puede ser importante y tiene que saberlo. --�Qu� clase de movida? --repiti� la voz femenina. --Una chica en el hospital --buf� el camello--. Estoy en una cabina, y no tengo muchas monedas. --C�mprate un m�vil. �Qu� tiene que ver esa chica con Alex? --Le vend� una luna. De las primeras. Ahora s�. Ella pareci� captar la intenci�n. --Espera --suspir�. No tuvo que hacerlo mucho tiempo, pero por si acaso introdujo otra moneda de veinte duros por la ranura del tel�fono. --�Poli? --escuch� la voz de Alejandro Castro--. �Qu� clase de mierda es �sa? --Ya ves. Estuve en el Pandora's, vend� como cincuenta, y nada m�s irme una chica se puso a parir. --�Golpe de calor? --Eso parece. --�C�mo lo sabes? --Me lo han soplado. Yo tambi�n tengo amigos, �sabes? --�Est� bien? --�Y yo qu� s�! Debe estar en alg�n hospital. --�Eh, eh, tranquilo! --�Tranquilo? Esa clase de marrones no me gustan. Si muere, habr� problemas; y aunque no la palme puede que los haya igualmente. �Co�o, me dijiste que era material de primera! --�Y lo es!, �qu� te crees? --�Nunca me hab�a pasado nada as�! --Oye, Poli, ent�rate: yo no las fabrico, las importo. Y trabajo con gente que lo hace bien. --Todo lo que t� quieras, pero yo tengo doscientas pastillas encima y ya veremos qu� pasa esta noche. --�Yo tengo quince kilos, y hay que venderlas, no me vengas con chorradas! --Mira, Castro, si esa cr�a muere, la poli va a remover cielo y tierra, y como den conmigo... --�Como den contigo, qu�? --le ataj� el aludido al otro lado del tel�fono. Poli percibi� claramente su tono. Llen� sus pulmones de aire. --Nada --acab� diciendo--. Supongo que estoy un poco nervioso. --Pues t�mate una tila y c�lmate, �vale? No hab�a mucho m�s que decir. --�Vale!


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas El otro ni siquiera se despidi�.

17 (Blancas: Reina x d3) Loreto apareci� en la puerta de la cocina con el sue�o todav�a pegado a sus p�rpados. Su madre la contempl� buscando, como cada ma�ana en los �ltimos d�as, la naturalidad en sus gestos y la indiferencia en su mirada. Pero tambi�n como cada ma�ana, le fue dif�cil hacerlo. Pese al camis�n, que le llegaba hasta un poco m�s arriba de las rodillas, la delgadez, de su hija era tan manifiesta que segu�a horroriz�ndola. Los brazos y las piernas eran simples huesos con apenas unos gramos de carne todav�a luchando con firmeza por la supervivencia. El pecho no exist�a. Pero lo peor segu�a siendo el rostro, enteco, lleno de �ngulos debido a que en �l no hab�a ya m�s que piel. A veces le costaba reconocerla. Hab�a sido tan bonita. Tan... --Hola, mam�. Buenos d�as. --Buenos d�as, cielo. --He dormido doce horas, �no? --S�, est� bien. �C�mo te encuentras? --�Oh!, estupendamente. Le hizo la pregunta que tanto tem�a, pero que deb�a formular para dar visos de normalidad cotidiana. La pregunta que tres veces al d�a la llenaba de zozobra. Y no porque ella fuese a rechazarla. --�Quieres desayunar? Se encontr� con la mirada de su hija. --Unos cereales, con leche. --�Te los pongo yo? --No, ya lo har� yo misma, gracias. Voy a lavarme. La vio salir y se apoy� en la mesa. A fin de cuentas lo importante ya no era s�lo que comiera algo sin muestras de gula o ansiedad, sino que no lo vomitara despu�s. �sa era la clave. De alg�n lugar de s� misma busc� las fuerzas que le permitieran seguir. Ella tambi�n estaba como su hija: en los huesos de su resistencia. Pero los m�dicos, los psiquiatras sobre todo, no dejaban de repetirle y recordarle que ten�a que ser fuerte, muy fuerte. Si ella flaqueaba, Loreto estar�a perdida. De pronto record� la llamada telef�nica. Pens� en no decirle nada, pero de cualquier forma ella llamar�a antes o despu�s a sus amigos, as� que... --�Loreto! Fue tras ella. Ya estaba en el ba�o. Llam� a la puerta y entr� casi a continuaci�n. Su hija se cubri� el cuerpo r�pidamente con la toalla. Pero bast� una fracci�n de segundo para que ella pudiese verla desnuda. Casi tuvo que abortar un grito de p�nico y dolor. Los prisioneros de los campos de exterminio nazis no ten�an peor aspecto. --�Mam�! --grit� Loreto. --Lo... siento, hija --trat� de dominarse a duras penas--. Es que algo le ha pasado a Luciana y... Loreto se olvid� de la interrupci�n. --�Qu� pasa? --se alarm�. --La han llevado al Cl�nico. Por lo visto se ha tomado algo esta noche, alguna clase de droga. --�Oh, no! --el rostro de la muchacha se transmut�--. �Est� bien? --No lo s�. Han llamado muy de ma�ana, apenas hab�a amanecido. --�Por qu� no me despertaste?

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--Vamos, hija, �qu� quer�as que hiciese? --He de ir all� --dijo Loreto. --�En tu estado? --Mam�... Sali� del ba�o, envuelta en la toalla, y camin� en direcci�n al tel�fono. Marc� el n�mero de la casa de Luciana y esper� unos segundos. --No hay nadie --dijo finalmente. Colg�. Y en ese instante el timbre del aparato las sac� a las dos de su silencio.

18 (Negras: e6) Vicente Espin�s sali� por la puerta de urgencias del Hospital Cl�nico y se detuvo en la acera para tomar aire y decidir qu� rumbo seguir. La ma�ana era agradable. Una t�pica ma�ana de primavera, a las puertas del verano y en tiempo de verbena, pero a�n sin los calores caniculares. No le gustaban los hospitales. Deb�a ser hipocondr�aco. Se dec�a que un buen tanto por ciento de personas que entraban en un hospital, sal�an con alg�n virus pegado al forro. Y lo mismo los pacientes. Los curaban de una tonter�a y sal�an con algo gordo. Se olvid� de sus malos presagios cuando le vio a �l. Aunque de hecho su presencia no hizo m�s que reavivarle otros. El reconocimiento fue mutuo. --�Vaya por Dios! --coment� el polic�a sin ocultar su disgusto. --Caramba, la ley --dijo el aparecido deteni�ndose ante �l. No pod�a ser casual. No con Mariano Zapata. --�Qu� hace por aqu�? --le pregunt�. --Creo que lo mismo que usted --sonri� el periodista--. �Qu� hay de esa chica? --Las noticias vuelan r�pido. �Qui�n le ha llamado? --Contactos --se evadi� Mariano Zapata con un aire de suficiencia. --�Por qu� no le hace un favor a ella, y a la investigaci�n, y se va? --Vamos, Espin�s --el periodista abri� los brazos mostr�ndole sus manos desnudas--. �Me lo dice en serio? --Se lo digo en serio, s�. --Deber�a saber que es bueno que esas cosas se sepan --justific� Zapata--. Siempre act�an de freno. Un mont�n de padres les prohibir�n a sus hijos salir el pr�ximo fin de semana, y tal vez, algunos chicos y chicas no vuelvan a tomar porquer�as recordando lo que le ha sucedido a esta chica. Eso tiene de bueno la informaci�n. --Depende de c�mo se d�. --�Quiere decir que yo la manipulo? No le contest� directamente, aunque le hubiera gustado. Siempre hab�a existido una coexistencia m�s o menos pac�fica entre la ley y la prensa. Pero Mariano Zapata era otra cosa. Un sensacionalista. --Si habla de esa chica, los responsables de lo que le ha sucedido tomar�n precauciones. --O sea, que debo callar para ayudarles a desarrollar su investigaci�n. --M�s o menos. --No puedo creerlo --se burl� el periodista antes de que cambiara de tono y dijera con �nfasis--: �La gente tiene derecho a saber lo que pasa! �Y cuanto antes mejor! Era la misma historia de siempre. No sab�a por qu� discut�a con �l. Inici� de nuevo su camino, sin siquiera despedirse. --Vamos, Espin�s --le acompa�� la voz de Zapata--. Tiene todo el d�a de hoy para investigar el caso, �qu� m�s quiere?


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas Quer�a romperle la cara, o detenerle, pero eso hubiera sido... �anticonstitucional? �Qui�n dec�a que hasta las ratas tienen derechos?

19 (Blancas: Alfil f4) Al llegar al portal del edificio, los dos aminoraron el paso de forma que se detuvieron como si se les hubiese terminado la energ�a. Santi, que llevaba a Cinta cogida por los hombros, fue el que se coloc� delante de la chica para besarla. Ella se dej� hacer, sin colaborar, sin reaccionar. --�Est�s bien? --acab� preguntando �l. --S�. --�Seguro? --Que s�. Santi levant� la cabeza. Mir� la casa. --No es conveniente que te quedes sola --coment�. --Ya --Cinta pleg� los labios. --�Tus padres vuelven ma�ana? --Ya sabes que s�. --D�jame que suba. --No. --Pero... --Ahora no --quiso zanjar el tema sin conseguirlo. --�Por qu�? --Porque acabar�s como siempre, y no me apetece. Adem�s, la �ltima vez casi nos pillan, y jur� que no volver�a a ser tan imprudente. --Oye, que es s�bado por la ma�ana. La otra vez era domingo y nos quedamos dormidos. Y ellos no van a volver el s�bado por la ma�ana, �vale? --Imag�nate que mi madre se pone mal o qu� s� yo. --Escucha --trat� de ser convincente, casi tanto como sol�a gustarle a su novia--, s�lo quiero echarme un rato, nada m�s. Y as� nos hacemos compa��a. Ha sido un palo, y no quiero dejarte sola. Se encontr� con la mirada cargada de dudosos reproches de Cinta, pero nada m�s. --Adem�s dije en casa que estar�a fuera todo el fin de semana --continu� �l--. Si aparezco a esta hora del s�bado van a creer que ha pasado algo. No esperaba que ocurriera una cosa as�. --Mucha cara tienes t�. --Va, no seas as�. Le dio un beso en la frente y Cinta cerr� los ojos. Luego �l la atrajo hacia su pecho, y ella se dej� acariciar, muy quieta. No hizo falta volver a hablar. Acabaron entrando en el portal en silencio, todav�a abrazados, revestidos de ternura, hasta que la aparici�n de una vecina en la escalera les hizo separarse.

20 (Negras: Reina a5) 25


Abri� la puerta con sigilo, por si ten�a suerte y ellos a�n dorm�an o por lo menos no le o�an llegar, pero comprendi� que no era precisamente su d�a de suerte. Su madre apareci� en el pasillo, en bata, con su habitual cara de preocupaci�n. --�Vaya horas, M�ximo! --fue lo primero que le dijo. Lo siguiente fue acercarse a �l, para comprobar su estado. --Estoy bien, mam�. No he bebido. Parec�a no creerle. Se le plant� delante, mir�ndolo de hito en hito. No tuvo tiempo de mostrarse enfadado por la falta de fe materna, ni de protestar o tratar de capear el temporal al que, por otra parte, ya estaba habituado. Su padre apareci� por la puerta del ba�o a medio afeitar. --�Qu�, por qu� no empalmas ya, directamente? --le grit�. --Se me ha hecho tarde, caramba. No voy a estar mirando la hora... --�Ay, hijo, es que primero llegabas a las tres o las cuatro, luego ya fue al amanecer, y ahora...! -- se puso en plan dram�tico su madre. --Oye, tengo casi diecinueve a�os, �vale? --�A tu madre no le contestes!, �me oyes? �Mira que te doy un guantazo que te pongo las orejas del rev�s! �Casi diecinueve a�os, casi diecinueve a�os! �Si a�n te quedan siete meses, cr�o de mierda! --Bueno, no discut�is --trat� de contemporizar la mujer. --T� has empezado, mam� --la acus� M�ximo--. He salido, se me ha hecho tarde y estoy bien, �ves? �Qu� m�s quieres? --�Y no piensas que tu madre a veces no pega ojo en toda la noche? --continu� gritando el hombre. --Yo no tengo la culpa de eso --se defendi� �l. --Si es que cada semana se matan tantos chicos en accidentes que... La discusi�n ahora ya era entre ellos dos, como habitualmente sol�a suceder. Dejaron de hacerle caso a ella. --�Y ahora a dormir hasta la hora de comer, claro! �Eso si te levantas, porque a lo peor empalmas y hasta la noche, y vuelta a empezar! Pues �sabes lo que te digo, eh? �Sabes lo que te digo? �Que se me est�n empezando a hinchar las narices! �Y a m� cuando se me hinchan las narices...! --Vale, oye, no grites --trat� de contenerle M�ximo al ver que su madre iba a ponerse a llorar. --�T� a callar, yo grito lo que me da la gana! M�ximo se trag� su posible respuesta. Lo hizo tanto por cansancio como por su madre. El silencio los envolvi� s�bitamente, de forma que los tres se miraron como animales acorralados. Fue suficiente. La tensi�n cedi� de manera progresiva, como una espiral. El hombre volvi� a meterse en el cuarto de ba�o, dando un portazo. Y M�ximo entr� en su habitaci�n. En el momento de dejarse caer sobre la cama, ten�a los pu�os apretados, pero no s�lo era por la discusi�n que acababa de tener. Segu�a pensando en Luciana, y en Ra�l, y en...

21 (Blancas: Alfil d2) Aparecieron los dos, y, al entrar en la sala, Mariano Zapata se levant�. Fue �l quien les tendi� la mano en primer lugar. --�Se�ores Salas? Primero se la estrech� a ella, haciendo una leve inclinaci�n. Despu�s a �l. Acto seguido les mostr� su credencial de prensa. Esther Salas lo mir� sin acabar de comprender. --�C�mo est� su hija Luciana? --se interes� el periodista.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas --En... coma --articul� Luis Salas. --S�, lo s�. Me refer�a a si hab�a habido alg�n cambio --aclar� Mariano Zapata. --No, dicen que a�n es... pronto. --Cr�anme que lo siento. Estas cosas le revuelven a uno el est�mago. --�Va a escribir algo sobre nuestra hija? --vacil� el padre de Luciana. --Debo hacerlo. --�Porque es noticia? --Es algo m�s que eso, se�or Salas --trat� de mostrarse lo m�s sincero posible, y en el fondo lo era --. Cuando estas cosas pasan la desgracia de una persona suele ser la salvaci�n de otras. --No le entiendo --musit� la mujer. --Un caso como el de Luciana alerta a los dem�s, a posibles v�ctimas y a sus padres --le aclar� su marido. --As� es --corrobor� el periodista--. De ah� que quiera hablar con ustedes, saber algo m�s de su hija, pedirles que me cuenten c�mo era, que me den alguna fotograf�a. --Se�or... --Zapata, Mariano Zapata --les record�. --Se�or Zapata --continu� Luis Salas--. Ahora mismo no estamos para otra cosa que no sea para estar a su lado, �entiende? Tal vez ma�ana, o pasado... no s�... --Esta noche cientos de chicos y chicas tomar�n la misma porquer�a que ha llevado a Luciana a ese estado, se�or Salas --insisti� �l. --Todo esto acaba de ocurrir. Todav�a... --balbuce� Esther Salas. --Se lo ruego, se�or Zapata --pidi� Luis Salas. --�Podr�a hacerle una fotograf�a a Luciana? --�No! Fue casi un grito. Los dos hombres la miraron. --Se�ora, esa imagen... --�No quiero que nadie la vea as�, por Dios! Todo el horror del mundo tintaba sus facciones. El periodista supo ver en ellas una negativa cerrada. --De acuerdo, se�ora --se resign�--. Lo siento. Y volvi� a tenderles la mano dispuesto a marcharse.

22 (Negras: Reina c7) Cinta sinti� la mano de Santi en su muslo desnudo, y r�pidamente movi� la suya para detener su avance. --Ya vale --dijo con escueta sequedad. Santi no le hizo caso. Sigui� recorriendo su piel, en sentido ascendente, tratando de vencer la oposici�n de la mano de ella. --�Est�te quieto!, �quieres? --acab� gritando Cinta mientras se daba la vuelta en la cama, furiosa. --Mujer... --se defendi� �l. --�Has dicho que s�lo quer�as echarte un rato! --Es que al verte as�... --�Pues cierra los ojos, o date la vuelta! --Ya. Cinta se acod� con un brazo y le mir� presa de una fuerte rabia. --�Ser�as capaz de hacerlo, ahora? --le pregunt�. --�Por qu� no? --�Con Luciana en el hospital, en coma? --Precisamente por eso necesito... --Eres un cerdo --le espet� su novia.

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--No soy un cerdo. Cinta volvi� a darle la espalda. Hizo algo m�s: se apart� de �l, coloc�ndose pr�cticamente en el filo de la cama. A trav�s de la penumbra Santi vio sus formas suaves, su belleza juvenil, todo cuanto encerraba en su cuerpo. Tan cerca, y, de pronto, tan lejos. --Vale, perdona --dijo. No hubo respuesta. --He dicho que lo siento. El mismo silencio. Roto apenas unos segundos despu�s por el ahogado llanto de ella. Aunque sab�a que no era por �l. Era como si Luciana estuviese all�, entre ellos, y tambi�n en sus mentes.

23 (Blancas: 000) Al principio, precisamente, la que le hab�a gustado era Luciana. Las conoci� a las dos al mismo tiempo, inseparables, sin olvidar a Loreto, que iba m�s a su bola y apareci� despu�s. Las llam� las destroyers, porque arrasaban. Ten�an toda la marcha del mundo, eran fans de casi todos los grupos de guaperas habidos y por haber. Pero en sus rostros y en sus cuerpos anidaba un �ngel, algo especial. Cuando comprendi� que Luciana era diferente, m�s inaccesible, y que adem�s se inclinaba por Eloy, entonces se fij� en Cinta, y ella en �l. Desde ese momento todo fue muy r�pido. Enamorados como tontos. Jam�s pens� que pudiera liarse tan pronto, pero con Cinta hab�a encontrado algo que no conoc�a: la paz. Por otra parte, primero todo fue un juego adolescente. Despu�s ya no. Ahora Cinta no era fan de ning�n grupo de guaperas. Era una mujer. Una mujer de dieciocho a�os. �Por qu� hab�a tenido que meter la pata? La oy� llorar m�s y m�s, hasta que el viento huracanado de ese sentimiento mengu� y ces�. Tuvo deseos de cogerla, abrazarla, ya sin deseo sexual, s�lo porque ella lo necesitaba, pero no se atrevi� siquiera a tocarla. Cinta ten�a car�cter. Mucho car�cter. Cerr� los ojos, y, entonces, se vio a s� mismo, y a los dem�s, la pasada noche, bailando. Luciana, M�ximo, Cinta, Ra�l, Ana, Paco, �l... O�a sus voces. --Vamos, total... a ver qu� pasa. --Oye, esto no ser� muy fuerte, �verdad? --A m� me da por re�rme. --�Ya, que te voy a creer! --En serio. --Mirad que como ma�ana me despierte en una cama ajena y no recuerde nada... Os mato, �vale? --Todo depende de c�mo sea �l. --�Pero si no es m�s fuerte que una anfeta, cagada! --Por eso vale dos mil cucas, �no? --�C�mo te enrollas! --Venga, t�a, va. --Que no, en serio. --Ser�s... --�Vas a ser la �nica que pase? --En fin... pero no se lo dig�is a Eloy. --A ver si es que vas a tener que pedirle permiso para todo, t�. --Venga, venga, que vamos a arrasar. --�Hab�is o�do hablar del Special K?


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas --No, �qu� es? --�Huy, lo m�s fuerte! �Y lo �ltimo! --No tom�is alcohol con esto, �eh? Te deshidratas. Y bebed agua cada hora, pero sin pasarse. --Muy enterado est�s t�. --Hombre, hay que saber de qu� va la pel�cula. --�Qu� tal? �Flipa o no flipa? --Yo no siento nada. --�Venga, vamos a bailar! �Que circule! Santi volvi� a abrir los ojos. Jadeaba, y el coraz�n le lat�a con mucha fuerza en el pecho. No era Cinta, sino �l, quien necesitaba que le abrazaran ahora. --Cinta... --susurr�. No hubo respuesta.

24 (Negras: Caballo gf6) Cinta miraba las rendijas de la persiana, los segmentos horizontales por los cuales se filtraba la luz del sol. No ten�a sue�o, ni pizca de sue�o, aunque agradec�a el hecho de poder estar tumbada, en silencio. Lo �nico malo del silencio era o�r el eco de sus propios pensamientos. Un eco cargado de reverberaciones que la aturd�an. Y no pod�a escapar de las mismas. Eran como ondas que se dilataban y se contra�an en la superficie quieta de un lago. Ella y Luciana hab�an sido las m�s reacias a tomar la pastilla. Una cosa eran las anfetas o alguna bebida fuerte, y otra muy distinta una pastilla de �xtasis. Ra�l, y M�ximo, y tambi�n Santi en el fondo, incluso la misma Ana, fueron los motores. Ra�l y M�ximo estaban habituados. En realidad, ni Ana ni Paco formaban parte del grupo, pero los conoc�an. Ella parec�a estar de vuelta de todo. Demasiado. Una simple pastilla blanca, redonda, del tama�o de una u�a, o tal vez m�s peque�a. �C�mo era posible que...? --Oye, �no dices que quieres probar nuevas experiencias, y que le has dicho a Eloy que vas a tom�rtelo con calma? Pues empieza. --Creo que soy idiota. --Bueno, ma�ana le llamas y le dices que eres idiota. Pero esta noche vamos a soltarnos el pelo. --La verdad es que pagar dos mil del ala por esto... --A m� no me ir� mal dejar de pensar un rato. Tengo los ex�menes metidos en el tarro. --Seguro que me mareo y vomito. --�Jo, qu� moral, t�a! �T�matela ya y calla de una vez! Ojal� hubiera vomitado. Cuando la vio caer al suelo, y se dio cuenta de lo mal que estaba... Y todo lo que ocurri� despu�s, cuando la sacaron fuera, y empezaron los gritos, y la espera de la ambulancia, y todo lo dem�s... Santi tal vez tuviera raz�n: necesitaba un poco de cari�o, amor, ternura, tal vez sexo. Pero no se movi�. Recordaba cuando se conocieron. Hac�an cola para comprar dos entradas del concierto de su grupo preferido, y de pronto cerraron la taquilla y anunciaron que se hab�an agotado. Luciana se ech� a llorar, y ella empez� a gritar, dispuesta a saltar sobre la taquilla y abrirla a golpes. Sin saber c�mo, se vieron una junto a la otra, llorando desconsoladas, y abraz�ndose. No sab�an nada la una de la otra, pero compart�an su amor infinito por ellos, los cinco chicos m�s guapos de la creaci�n, los que mejor cantaban, los que mejor bailaban, los que mejor se mov�an... No pudieron ir a ese concierto, pero desde entonces fueron como hermanas. Luego, Luciana le present� a Loreto. Eran �ntimas, pero a Loreto la m�sica le importaba menos, as� que Luciana y ella

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ten�an muchas m�s cosas en com�n. Incluso ten�an planes. Se quer�an ir a vivir juntas. Y solas. De pronto todo parec�a incre�ble, lejano, y sobre todo, �tan absurdo! Una simple noche, una simple pastilla que se supon�a iba a disparar... S�, disparar era la palabra exacta. Como todas las armas, el disparo pod�a llegar a ser mortal.

25 (Blancas: Reina e2) M�ximo tampoco pod�a dormir. La pelea entre sus padres a causa de �l hab�a cesado hac�a rato, y ahora la casa estaba en silencio, pero su mente era un hervidero. Cre�a que un descanso, atemperar los nervios, le vendr�a bien, y descubr�a que no, que la soledad era peor. El silencio se convert�a en un caos. Cinta y Santi estaban juntos, pero �l no ten�a a nadie. Nunca hab�a tenido a nadie. El loco de M�ximo. Loco o no, ahora no pod�a eludir su responsabilidad. Eloy ten�a raz�n. La culpa era suya, no toda, pero s� gran parte. Fue �l quien llev� las malditas pastillas a Luciana, Cinta y Santi. �l y, por supuesto, Ra�l. A�n m�s condenadamente loco. --�Vamos, t�o, si compramos un pu�ado nos las rebaja! --�Colocan bien? --�De qu� vas? Te estoy hablando de �xtasis, no de ninguna mierda de esas de colores para cr�os con acn�. --Que ya lo s�, hombre, �qu� te crees? Pero no s� si ellas... --�Luci y Cinta? �Qu� son, beb�s? �Eh, colega! Entonces hab�a aparecido �l. El camello. Tal y como se lo describi� al inspector. --Reci�n llegadas. �A que son bonitas? �Veis? Una luna. Dos mil cada una si compr�is media docena. Precio de amigo. --De amigo ser�a a mil. --S�, hombre, si quieres te las regalo. --�Anda ya! Se conoc�an. Ra�l y el camello se conoc�an. Entonces fueron con Cinta, Santi y Luciana. Paco y Ana tambi�n estaban all�. Siete pastillas. Catorce mil pesetas. Ra�l ya llevaba algo encima, porque no paraba de moverse, de re�r, de gritar, con los ojos iluminados. Ra�l era de los que aguantaban todo el fin de semana, de viernes a lunes pr�cticamente. Cuatro d�as de bajada y al siguiente viernes, vuelta a empezar. Era su vida. La m�sica, la m�kina y el bakalao, la disco, el movimiento continuo. Y en un momento determinado, todos formando una cadena, el camello, Ra�l, �l, y, finalmente, Luciana. Una cadena que se romp�a por el eslab�n m�s peque�o y m�s d�bil. Aparte de Loreto, la �nica chica que le hab�a importado, y que ya no era m�s que una sombra de s� misma por culpa de la maldita bulimia. �Por qu� se destru�an a s� mismos? Suspir� con fuerza, para sentirse vivo, pero s�lo consigui� recordar que Luciana ya no pod�a hacerlo. El dolor se le hizo entonces insoportable. Y no ten�a ni idea de c�mo arranc�rselo. Si Luciana mor�a...


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas Si permanec�a en coma durante meses, o a�os... M�ximo se levant� de un salto. Estaba temblando.

26 (Negras: 000) Eloy tuvo suerte. No se vio obligado a llamar desde el interfono. Un hombre, llevando de la mano a un ni�o, sal�a del portal, y �l se col� dentro sin necesidad de llamar. Ni siquiera esper� el ascensor. Total, s�lo eran tres pisos. Los subi� dando zancadas que devoraron los pelda�os de dos en dos y se detuvo ante la puerta el tiempo justo para coger aire. Luego llam�. Le abri� Julia. La conoc�a. Era una preciosidad de catorce a�os, que dar�a mucho que hablar cuando se formara un poco m�s, si es que ya no lo hac�a ahora. Rubia, de pecho peque�o y puntiagudo, ojos grises, piernas largas que ella resaltaba con ajustadas minifaldas de tubo... --Vaya --le sonri�--. Es toda una sorpresa. �C�mo est�s? --Bien --minti�--. �Est� Ra�l? Su hermana pareci� sorprenderse por la pregunta. --�Es un chiste? --sonri�--. Pasa. --No, tengo prisa. Ella no ocult� su disgusto. --�No conoces a Ra�l? El fin de semana no aparece por casa. �Por qu� iba a estar aqu� un s�bado por la ma�ana habiendo after hours? --�Sabes d�nde podr�a encontrarlo? --No es de los que dicen d�nde va, ni tampoco de los que hacen planes previos. Si t� no lo sabes, menos lo s� yo. �Por qu� lo buscas? --Necesito una informaci�n urgente. --Pues hasta el lunes... Se dio cuenta de que ella a�n pensaba que era una excusa, as� que se rindi� definitivamente. --Vale, gracias. Julia se encogi� de hombros. --Estoy sola --le dijo--. Y aburrida. --Y yo de ex�menes. Ya estaba en la escalera. La hermana de Ra�l cerr� la puerta sin darle tiempo a despedirse.

27 (Blancas: Caballo e5) Vicente Espin�s aparc� el coche sobre la acera directamente, y baj� de �l sin prisa. No cerr� la puerta con llave. S�lo un idiota se lo robar�a, a pesar de no llevar ning�n distintivo que indicase que era un coche policial. Luego salv� la breve distancia que le separaba de la entrada de la pensi�n �gata. No hab�a nadie dentro, pero no tuvo que esperar demasiado. Un hombre calvo, bajito, con una camiseta sudada, apareci� de detr�s de una cortina hecha con clips unidos unos a otros. Su �nimo decreci� al verlo y reconocerlo.

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--Hola, Benito --le salud� el polic�a. --Hola, inspector, �qu� le trae por aqu�? No hab�a alegr�a ni efusividad en su voz, s�lo respeto, y un vano intento de parecer tranquilo, distendido. --Busco al Mosca. --Moscas tenemos muchas... --Benito, que no tengo el d�a. --Perdone, inspector. Por la cortina apareci� alguien m�s, una mujer, entrada en a�os, pero a�n carnosa y sugestiva. Iba muy ce�ida, luciendo sus caducos encantos. Le sacaba toda la cabeza al calvo. --�Inspector! --cant� con apariencia feliz. --Hola, �gata --la salud� �l. --Est� buscando al Mosca --la inform� Benito. --El bueno de Policarpo --suspir� la mujer--. �En qu� l�o se ha metido ahora, inspector? --S�lo quiero hablarle de un par de cosas, nada importante. --Pues tendr� que buscar en otra parte --dijo �gata. --Se march� hace dos meses --concluy� Benito. --�Ad�nde? --�Qui�n lo sabe? --fingi� indiferencia ella--. �sta es una pensi�n familiar, y barata. Cuando algunos ganan un poco de dinero, siempre intentan buscar algo que creen que es mejor. --El mundo est� lleno de desagradecidos --apostill� el hombre. --�Trinc� pasta el Mosca? --Yo no he dicho eso --se defendi� �gata--, pero como se march� de aqu�... --Haced memoria o llamo a Sanidad o a alguien parecido. --�Hombre, inspector! --�Que tampoco es eso! No lo conmovieron, as� que decidieron lo m�s pr�ctico. --Lo �nico que sabemos es que se ve�a con la Loles, �la conoce? Una del Laberinto. --S� qui�n es --asinti� Vicente Espin�s. --Bueno, pues me alegro --manifest� la mujer. El polic�a los mir� de hito en hito. Formaban una extra�a pareja. Y llevaban treinta a�os casados. Otros se divorciaban a la m�s m�nima. Luego se dio media vuelta. --Si lo veis... --Lo llamamos, inspector, descuide. No faltar�a m�s. No lo har�an, pero eso era lo de menos.

28 (Negras: Caballo b8) Loreto se mir� en el espejo de su habitaci�n. Desnuda. Recorri� las l�neas de su cuerpo, una a una. Casi pod�a contar sus huesos, las diagonales de sus costillas, el vientre hundido, la pelvis salida y extra�amente frondosa, las nudosidades de sus rodillas, la piel seca, el cabello d�bil y sin fuerza que se le ca�a cada d�a m�s. Y aun as�, se sinti� mal por algo distinto. Peor. Gorda. Tuvo que cerrar los ojos, y volver a abrirlos, para enfrentarse a la realidad. Tal y como le hab�a dicho el psiquiatra. Se estaba muriendo. Si no dejaba de comer incontroladamente para vomitar despu�s al sentirse culpable de ello y temiendo a la obesidad, ser�a el fin. Hab�a llegado al punto l�mite, y tras �l, no exist�a


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas retorno posible. Luch� desesperadamente, consigo misma, y pens� en Luciana. Luciana, tan llena de vida, siempre alegre. Desde que sab�a que estaba en coma, era como si algo, en su interior, pugnase por estallar, sin saber qu� era, ni tampoco por d�nde saldr�a esa explosi�n. Estaba ah�, agazapado. Luciana. Ella. Apenas veinticuatro horas antes, Luciana hab�a estado all�, a su lado, frente a aquel espejo, oblig�ndola tambi�n a mirarse. --�Por Dios, Loreto!, �es que no lo ves? �Mira tus dedos, tus dientes, tus pies! Mir� sus dedos. De tanto introduc�rselos en la boca, para vomitar, los ten�a sin u�as, doblados, convertidos en dos garfios, atacados por los �cidos del est�mago. Mir� sus dientes, con las enc�as descarnadas, colgando como racimos de uva seca de una vid agotada, tambi�n destrozados por los �cidos estomacales que sub�an con la comida al vomitar. Mir� sus pies, sus hermosos pies, casi tanto como las manos unos a�os antes, ahora llenos de callosidades, pues al perder peso, al desaparecer la carne de su cuerpo, hab�an tenido que desarrollar su propia base para sostenerla. Era un monstruo. Aunque mucho peor era estar gorda... Tener tanta hambre, y comer, y engordar, y... --�Yo te ayudar�, Loreto! �Voy a ayudarte a superar esto! �Te lo prometo! �Estar� a tu lado! �Comeremos juntas, lo necesario, sin gulas ni ansiedades, y no te dejar� vomitar, se acab�! �Te lo juro! No hac�a ni veinticuatro horas. Y ahora ella estaba en coma. Se mor�a. Era tan injusto... Y no s�lo por Luciana, sino tambi�n por ella misma. Porque la dejaba sola. Sola. Sinti� una punzada en el bajo vientre, dolorosa, aguda. No pod�a ser la menstruaci�n, porque se le hab�a retirado hac�a meses despu�s de tenerla en ocasiones diez d�as seguidos o de pasar tres meses sin ella, y el estre�imiento no le produc�a aquel tipo de da�o. Tampoco eran sus habituales dolores abdominales. Era un dolor diferente, nuevo. Tal vez un espasmo. Pero de alguna forma, por extra�o que pareciese, gracias a �l sinti�, de pronto, que estaba viva. Luciana no sent�a nada. Ya no. Loreto se apoy� en el espejo. Primero la mano. Despu�s la cabeza. Cerr� definitivamente los ojos. --No te mueras --susurr�--. Por favor, no te mueras. Ni ella misma supo a cu�l de las dos se refer�a.

29 (Blancas: Torre h4) Mariano Zapata estaba en la cafeter�a del hospital, tomando su segundo caf� del d�a, cuando apareci� Norma, cabizbaja, con las muestras de la preocupaci�n atentando su serena belleza adolescente. La muchacha parec�a buscar algo, tal vez una m�quina en vez de la barra del bar. Para el periodista, era la oportunidad que esperaba, la que buscaba desde que una enfermera se la se�al� a lo lejos. Se acerc� a ella. --T� eres Norma Salas, �verdad? La hermana de Luciana. Lo mir� sin sospechar nada.

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--S�. --�C�mo se encuentra? --Igual. �Usted es...? --�Oh, perdona! Me llamo Mariano. Soy de la Asociaci�n Espa�ola de Ayuda a Drogodependientes. --Mi hermana no es una drogata --la defendi� espont�neamente. --Claro, claro --la tranquiliz� �l--, no se trata de eso. Lo que pasa es que este caso va a dar mucho que hablar, �entiendes? --�Por qu�? --Tu hermana es una chica joven y sana, hab�a salido para pasarlo bien, bailar, y, sin embargo, ahora puede morir. Como comprender�s... Esa porquer�a que se tom�... �xtasis, �verdad? --El m�dico dice que no es �xtasis, sino eva. --Bueno, es el mismo perro con distinto collar. �Qu� edad tiene tu hermana? --Casi dieciocho. --�Estudia o trabaja? --A�n estudia, pero lo suyo es el ajedrez. --�Ah, s�? Interesante. �Es buena? --Mucho. Ha ganado varios campeonatos escolares, aunque ella no acaba de cre�rselo. Supongo que para sobresalir en eso hay que arrimar mucho el hombro, y ella a�n no lo tiene claro. --�D�nde sucedi� todo? Quiero decir lo de tomarse esa cosa. --En una discoteca llamada Pandoras. --�Iba sola? --No, con sus amigos y amigas. Ayer era viernes por la noche. --S�, claro, es l�gico. �Tiene novio? Por primera vez, Norma se percat� de que sin darse cuenta estaba respondiendo a las preguntas del desconocido que ten�a delante. Aunque no parec�a mal tipo. �l tambi�n percibi� su instintiva reacci�n. --�Tomas algo? --le propuso antes de que ella siguiera hablando o dejara de hacerlo.

30 (Negras: Alfil d6) Poli Garc�a volvi� a detenerse frente a una cabina telef�nica, pero s�lo fue cuesti�n de unos segundos. Chasque� la lengua y mir� arriba y abajo de la calle en busca de un bar. Lo divis� en la esquina opuesta, a menos de veinte metros. En todas las calles de todas las ciudades de Espa�a hab�a por lo menos un bar. Un bar y dos o tres bancos. Cruz� la calzada y entr� en el local. Fue directamente a la barra. Apenas hab�a gente a aquella hora. --�Qu� ser�? --le pregunt� un camarero. --Un cortado y el list�n telef�nico, por favor. El list�n lleg� inmediatamente. Busc� los tel�fonos de los hospitales de la ciudad y empez� a anotarlos en un papel, despacio, para no dejarse ninguno. Mientras lo hac�a le sirvieron el caf�. --�Tiene cambio para hacer algunas llamadas telef�nicas? --pidi�. El camarero tom� el billete de mil pesetas y le dio el cambio del caf� en monedas de cien y de cincuenta. El camello las recogi�, se bebi� el caf� de dos tragos y se fue hacia el tel�fono, que era verde y estaba ubicado en el extremo opuesto de la barra de manera visible. Marc� el primero de los n�meros que hab�a anotado. --Urgencias, �d�game? --Perdone, �podr�a decirme si tienen ingresada ah� a una chica que anoche tom� drogas en una discoteca? La llevaron en una ambulancia... Negativo.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas Marc� un segundo n�mero. Y un tercero. La respuesta le lleg� en el cuarto intento. --�Luciana Salas Masoliver? --le pregunt� una voz femenina. No ten�a ni idea. �Pero cu�ntas chicas habr�an ingresado de noche por causa de las drogas? --S�, s� es ella --su tono cambi� revisti�ndose de angustias-- �C�mo se encuentra? --Disculpe, pero... --Mire, es que mi cu�ada me ha dejado el recado en el contestador cont�ndome lo que hab�a pasado, pero sin decirme el hospital ni nada, y como estamos fuera... �Dios, qu� angustia!, s�lo quiero saber... Est� viva, �verdad? --�Es su sobrina? --insisti� la voz femenina. --S�, por favor... �por favor! --Bueno --la resistencia cedi�--, se ha estabilizado y por el momento est� bien, aunque no fuera de peligro, pero... sigue en coma. Es cuanto puedo decirle. Coma. --Gracias, ha sido usted muy amable. --De nada, se�or. Colg� y se qued� mirando el tel�fono. Tal vez debiera llamar a los otros hospitales, para asegurarse. Tal vez no fuese ella. Tal vez la de Pandora's ya estuviese en casa, tan tranquila. Tal vez. Coma. Golpe� el mostrador con el pu�o cerrado, impulsivamente, preso de una incontenible rabia. Al instante se encontr� con la mirada preocupada del camarero. Sali� del bar desorientado, sin saber ad�nde ir o qu� hacer.

31 (Blancas: Caballo c4) Eloy se detuvo en seco, inesperadamente, al encontrarse con El Arca de los No�s cerrada. Se acerc� a la puerta y descubri� que estaba precintada por la autoridad facultativa. Su desconcierto fue palpable. Era una de las posibilidades de encontrar a Ra�l a aquella hora. Pese a todo, no hab�a muchos locales de baile abiertos en un s�bado por la ma�ana, legales, ilegales, camuflados o privados. Suspir� desalentado. Y entonces, por primera vez desde que hab�a salido del hospital, se pregunt� qu� demonios estaba haciendo. En parte lo sab�a: moverse, no parar, hacer algo para no volverse loco. No habr�a podido quedarse en casa, solo, o en el hospital, abatido, con Luciana tan cerca hundida en la sima de su silencio. Pero en parte era algo m�s. Las palabras revoloteaban por su mente como moscas inquietas: �Si pudi�ramos dar con una pastilla igual a la que se ha tomado ella�, �Si supi�ramos qu� sustancias conten�a�, �El �xtasis, el eva, son como bombas inexploradas, y cada remesa es diferente a otra�... No, no quer�a dar con Ra�l para romperle la cara. Quer�a dar con �l para intentar ayudar a salvar a Luciana. Ten�a que conseguir una de aquellas pastillas. As� de simple. Se sent� en el bordillo y hundi� la cabeza entre las manos. �Qu� estaba haciendo, jugar a polic�as y ladrones? Y, sin embargo, tal vez fuese una oportunidad de hacerlo, s�, de salvar a Luciana. Luciana. Oy� su voz y su risa contagiosa en alg�n lugar de su cerebro. Y record� la primera vez. Aquella primera vez. Estaba en casa de Alfredo, uno un poco pirado, y oy� decir que iba a llegar �la Karpov�. La llamaban as� porque hab�a ganado un campeonato de ajedrez escolar. Se imagin� a una chica con gafas,

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paticorta, fea, con granos, hombruna, sin el menor sexy, y su machismo se vio sorprendido con algo totalmente diferente. Pero aun antes de saber que era ella, ya se hab�a enamorado. Desde el momento en que entr� en la casa se le par� el coraz�n en el pecho. Flechazo puro. Como para no cre�rselo, o re�rse, porque era la pura y simple realidad. Cinco minutos despu�s ya estaban hablando. Una semana despu�s le daba el primer beso. Un a�o despu�s... No iba a poder amar a nadie m�s como la amaba a ella. Eso lo sab�a. Su padre le habl� una vez del �amor de su vida�, su primera novia. Nunca la olvid�, y aunque hab�a sido feliz con su madre, a�n pensaba en ella, porque hab�a sido lo m�s importante de su adolescencia. Su padre dec�a que la adolescencia era la parte de la vida m�s importante, porque es aquella en la que las personas se abren a todo, se tocan, descubren que est�n vivas, se sienten, aprenden, sufren la primera realidad de la existencia, aman y buscan ser amadas. El estallido de las emociones. Su padre ten�a raz�n. Por eso se hab�a declarado a Luciana. Ya eran novios, pero �l quer�a el compromiso definitivo, para empezar a hacer planes. Por eso no entend�a el comportamiento de ella. --Luciana... --gimi� envuelto en un suspiro. Si no se hubiera quedado a estudiar. Si no... �A qui�n quer�a enga�ar? M�ximo ten�a raz�n: Luciana era tozuda. Se habr�a tomado aquella cosa igualmente. Y probablemente �l tambi�n lo hubiera hecho, para no parecer idiota, para acompa�arla en todo. Ahora ya no ten�a remedio. No ten�a remedio el pasado, aunque s� el futuro. Se puso en pie, de golpe, apart� las sombras de su mente y continu� su b�squeda. Cada minuto contaba.

32 (Negras: Torre d7) Acab� de marcar el n�mero telef�nico y esper� con la frente apoyada en el pu�o cerrado de su mano libre. Era s�bado, as� que la respuesta le lleg� de inmediato. --Marisa --le dijo a la telefonista--, ponme con Gaspar. Otros cinco segundos. --�Mariano? --escuch� la voz de su compa�ero y jefe de secci�n. --Oye, hazme un favor: que me busquen todo lo que haya en documentaci�n acerca del �xtasis, el eva, los casos en Inglaterra de comas y muertes de adolescentes, estad�sticas espa�olas y todo lo relacionado con el tema. --�D�nde est�s? --En el Cl�nico, con algo muy bueno. --�Qu� es? --Una adolescente en coma por un golpe de calor debido al eva. --�Crees que vale la pena? --�Una buena ni�a, campeona de ajedrez, limpia, sana? �T� qu� crees? Esto es de portada, �vale? --�Estando el Campeonato de Europa de f�tbol, la reuni�n de la ONU, lo del Gobierno y...? --�Qu� te pasa? Sacamos en portada cuatro o cinco temas. Y te aseguro que �ste ser� uno de ma�ana. Vamos a remover las conciencias justamente el d�a en que la gente olvida las suyas en casa para echarse a las carreteras a hacer el hortera. --Vale, vale. T� eres el experto --concedi� el otro. --Puedes apostar a que s� --confirm� Mariano Zapata--. Un caso as�, a las puertas del verano, ser�


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas dinamita pura. Vamos a poner a la polic�a en el disparadero, y a todas las discotecas makineras, que son la tapadera de ese comercio, y a esos ni�atos que se pasan el fin de semana bailando con la muerte... --se detuvo un instante y cambi� el tono para decir--: �Eh, buen titular: �Bailando con la muerte�! �Me gusta! --Eres un caso --se burl� Gaspar--. Disfrutas con tu trabajo, �eh? --�Me he equivocado alguna vez cuando he dicho que ten�a algo bueno? --No --reconoci� su compa�ero. --Pues este tema va a dar para toda la semana. Y mucho m�s con esa chica en coma. S�lo me falta su fotograf�a. --�La puedes conseguir? --Creo que s�. --Si hay foto desde luego es portada --convino Gaspar. --Cuenta con ella. --Buena movida. --Hasta luego. Te tendr� informado --se despidi� el periodista.

33 (Blancas: Caballo e4) Vicente Espin�s tuvo que esperar m�s de un minuto, y llamar tres veces, antes de que al otro lado de la puerta sonara un ruido o lo m�s parecido a una respuesta. Despu�s, una voz gutural, espesa, se hizo patente con escasas muestras de cordialidad. --�Qui�n es? --Abre, Loles. --�Qui�n es? --repiti� la voz pr�cticamente en el mismo tono. --�Quieres que te muestre la patita por debajo de la puerta? Abre o echo la puerta abajo. Transcurrieron unos segundos. Tras ellos, la puerta se abri� s�lo unos cent�metros. Los necesarios para que por ellos asomara un ojo enrojecido que se esforz� al m�ximo para centrarlo en su retina. El polic�a no dijo nada. Esper�. --�Qu� quiere? --farfull� la mujer una vez lo hubo reconocido. Vicente Espin�s puso la mano en la puerta. No la empuj�, porque se la hubiera llevado a ella por delante. S�lo hizo un poco de presi�n, la justa. Loles se tuvo que apartar. Pudo olerla desde all�, a pesar del metro escaso de distancia. Ol�a a vino pele�n y a sudor. Pero eso no era lo peor. Lo peor era su imagen, con el cabello alborotado, la bata que apenas le cubr�a nada, aunque lo que ocultaba tampoco era como para recrearse, los ojos cargados de rimel corrido, el maquillaje tan seco como los pantanos en Espa�a despu�s de una sequ�a canicular, las u�as de las manos con el esmalte roto, toda su edad doblada en los pliegues de una vida castigada. Ella tambi�n hab�a vivido el viernes noche. --Estoy buscando al Mosca --la inform� tras echar tambi�n una ojeada por detr�s de Loles, por los confines ca�ticos de la habitaci�n, que m�s se asemejaba a una sucursal del infierno que a otra cosa. --Yo en cambio ya he dejado de buscarle --rezong� la mujer. --Seg�n parece, estabais juntos. --�Qui�n es su informante, Humphrey Bogart? Porque muy al d�a no est�, que digamos. --�Cu�nto hace que no lo ves? --Se larg� hace un par de meses. --�Os peleasteis? --Diferencias irreconciliables --manifest� Loles, siempre en el mismo tono y con la misma expresi�n. --�No me enga�as? --�Por qu� tendr�a que hacerlo? Es un idiota malnacido. �Qu� ha hecho, inspector? --Ha metido a una chica en un problema.

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--�Poli? --se llen� de dudas sin poderlo creer. --No es un problema de esos. Ella est� en coma por su culpa, y puede morir. Le vendi� algo, �entiendes? Pareci� acusarlo. O tal vez no. Su cara segu�a siendo una m�scara. Vicente Espin�s record� que Loles ten�a una hija. Adolescente. --�Tu hija se sali� de la hero�na? --pregunt� de pronto. Loles lo mir� fijamente. La m�scara se resquebraj� un poco. Le tembl� el labio inferior. --Mi hija muri� hace dos a�os --dijo. --Lo siento. Siguieron mir�ndose, aunque ahora el tiempo dej� de tener validez para ambos. M�s bien fue un pulso. La ingravidez del polic�a frente al desmoronamiento de la mujer. Algo muy impresionante la estaba aplastando de forma lenta pero implacable. Por esta raz�n no esperaba aquello. --Pensi�n Costa Roja --musit� Loles con un hilo de voz. No pudo ni darle las gracias. Ella cerr� la puerta sin despedirse.

34 (Negras: Caballo x e4) M�ximo intent� abrir los ojos. No pudo. Intent� moverse, primero una mano, despu�s una pierna. No pudo. Estaba dormido, lo sab�a, pero maniatado, como si algo fallara entre el cerebro y sus terminaciones nerviosas. Y tambi�n estaba despierto, lo sab�a, porque de lo contrario no hubiera podido pensar y darse cuenta de su imposibilidad de reacciones. Le hab�a sucedido un par de veces, y siempre hab�a sido angustioso. Querer y no poder. Desear incluso gritar, llamar a alguien, pedir ayuda, y sentirse muerto en vida. Escuch� su propio gemido de impotencia. �Era eso lo que sent�a Luciana? Se le col� por la puerta de la raz�n. Luciana. Y eso le asust� a�n m�s. Todo su ser se agit�, no f�sica, sino mentalmente. Un miedo atroz, silencioso, abrumador, le asalt� de arriba abajo. Sab�a que ten�a que guardar la calma, que era una pesadilla, que lo mejor era tranquilizarse y esperar. En unos segundos todo volver�a a la normalidad y podr�a abrir los ojos, moverse. Pero unos segundos pod�an ser eternos a veces. Se debati� en esa zozobra, aumentada mil, cien mil veces, por el fantasma de Luciana y por su propia realidad. El miedo se hizo atroz, nunca hab�a sentido tanto. Dej� de luchar, vencido, arrastrado hacia la sima, y entonces despert�. Qued� tendido en la cama, con los ojos abiertos, empapado por el sudor, antes de ponerse en pie, de un salto. Su coraz�n estaba desbocado, a mil pulsaciones por minuto. Mir� la hora y pens� que su familia estar�a sent�ndose a la mesa. �Y si sal�a, se sentaba con ellos y lo contaba todo? No, no, mejor no, �qu� estupidez! A su padre s�lo le faltaba eso. Se acerc� a la ventana y mir� a trav�s de ella. La imagen de lo cotidiano, las casas, las ventanas, las calles, por primera vez, le pareci� espantosa. Y entonces supo que aquello s�lo era el comienzo.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas

35 (Blancas: Torre x e4) Santi se hab�a quedado dormido finalmente, y sus suspiros, a veces, se convert�an en ronquidos cargados de una paz que a ella le enturbiaba a�n m�s los sentidos, porque el sue�o de su novio la dejaba sola con sus propias ideas y pesadillas. As� que se levant�. Se acerc� a la ventana y mir� a trav�s de una de las rendijas horizontales de la persiana. Por la calle casi no circulaban coches, y al otro lado, en las ventanas del edificio de enfrente, no se ve�a movimiento alguno. La ciudad viv�a encerrada en s� misma. El mundo entero viv�a cerrado en s� mismo. Aunque, detr�s de cada ventana, podr�a haber una tragedia, una lucha tal vez perdida de antemano, tal vez... Cinta cerr� los ojos. Nunca hab�a pensado as�, porque nunca hasta ahora se hab�a tenido que enfrentar a nada semejante. Ni siquiera cuando muri� su abuela. A fin de cuentas era mayor, y ya estaba muerta cuando llegaron ellos. Ahora todo era distinto, era como madurar de golpe. Un latigazo en mitad de la conciencia. Volvi� a abrir los ojos, para no abandonarse a su depresi�n. Cada vez que los cerraba ve�a a Luciana cayendo al suelo en mitad de la pista de la discoteca. Los dem�s, dado lo abigarrado del espacio, casi la hab�an pisoteado. Ten�a cada uno de aquellos espasmos grabado en la memoria. --�Luciana! �Luciana! �Qu� te pasa? �Luciana! --�Va, t�a, no hagas tonter�as! --�Est� ardiendo! --�Luciana! --�Que alguien llame a un m�dico! �Socorro! La m�sica segu�a sonando, y sonando, y sonando, y los que les rodeaban lo miraban todo entre curiosos y sorprendidos, sonriendo, como si aquello fuese un juego. --Menudo pedo. --Si es que no aguantan. --Sacadla fuera, tendr� un mal embarazo. M�s risas, m�s indiferencia. No iba con ellos. Bailaban juntos pero nadie conoc�a a nadie. Eran compartimientos estancos de un mismo barco. Ni siquiera eran conscientes de que en ese barco navegaban todos juntos. Cinta abandon� la ventana, aunque su abatimiento la acompa��, no se qued� all� mirando a trav�s de ella. Sali� de la habitaci�n y se dej� caer, agotada por ese simple esfuerzo, en una de las butacas de la salacomedor. El tel�fono estaba a su lado. No ten�a m�s que levantar el auricular y marcar un n�mero. Luciana tal vez ya estuviese bien, fuera del coma. Fin de la pesadilla. Tendi� su mano en direcci�n al aparato, pero no lleg� a ponerla sobre �l.

36 (Negras: Reina x d8) --�Y si ya estuviese muerta?

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--Vamos, Loreto --dijo su padre--. Un coma es algo que puede durar d�as, o meses, pero de ah� a que en unas horas se produzca un desenlace fatal... --Sea como sea he de ir, entendedlo. El hombre y la mujer se miraron entre s�, pero no llegaron a proferir palabra alguna. --No me pasar� nada --insisti� ella. --Puede ser un esfuerzo considerable --se arriesg� su madre. --Coger� un taxi. No me cansar�, de verdad. --Hablaremos luego, �de acuerdo? Llamas por tel�fono y si sigue igual... --concedi� su padre--. Ahora lo que debes hacer es comer de manera tranquila y no pensar en nada. Su esposa le mir� directamente, aunque ya era demasiado tarde. Los psiquiatras les hab�an insistido en que no la forzaran, que no hablaran de obligaciones ni nada parecido, aunque tampoco se mostraran permisivos o falsamente indiferentes. Sin embargo, la naturalidad era dif�cil de guardar cuanto lo que ve�an ante s� no era m�s que el p�lido reflejo de lo que un d�a hab�a sido su hija. Loreto mir� la sopera, la fuente de carne, el pan, la ensalada. La necesidad de comer se le dispar� en la mente. La avidez de su est�mago le acentu� su habitual dolor de cabeza. --�Das t� las gracias hoy? --le pregunt� la mujer a su marido cambiando r�pidamente de conversaci�n. --�Hija? --traslad� �l el ofrecimiento a Loreto. Ella vacil� s�lo un instante. Despu�s, los tres bajaron la cabeza y unieron sus manos. --Te damos las gracias, Se�or, por los alimentos que recibimos de tu bondad, y te pedimos por todos tus hijos, en especial aquellos que sufren --hizo una pausa muy breve, antes de continuar diciendo --: Y te pido que ayudes a Luciana, Dios m�o. Ay�dala a luchar, y a ser firme en esta hora oscura, porque sin Ti estar� perdida. Ay�dala a encontrar el camino de regreso de las sombras. Te lo pedimos, Se�or. Sobrevino un largo segundo de silencio, mientras la emoci�n se apoderaba de ellos. Pero incluso esa emoci�n qued� en un segundo plano cuando Loreto levant� la cabeza, suspir�, apret� las mand�bulas y, con determinaci�n, se sirvi� tres cazos de sopa. Luego introdujo la cuchara en el plato para empezar a tomarla con la mayor naturalidad. Sus padres intentaron mantener la normalidad. Despu�s de todo la clave era siempre el despu�s. Lo que hiciera ella con lo que hubiese ingerido. --Est� buena --dijo Loreto.

37 (Blancas: Torre g4) Esther Salas no consegu�a apartar los ojos de su hija y del complejo sistema de tubos y aparatos que la envolv�a. En aquellas pocas horas, hab�a aprendido todo lo que ten�a que aprender de la situaci�n, y de todo aquello que ahora la manten�a con vida de forma artificial. El tubo de la nariz era una sonda nasog�strica; el de la boca, un respirador para la ventilaci�n asistida, y que la un�a a la bomba que le suministraba a ella el aire. Tambi�n sab�a que un coma era la ruptura de las funciones cerebrales espec�ficas, la abolici�n del movimiento, la sensibilidad y la movilidad. El doctor Pons y las enfermeras le hab�an dicho que, sobre todo, tratase a su hija como si ella realmente pudiera o�rla, y que le hablase. Lo habr�a hecho igualmente. No estaba muerta, y si no estaba muerta es que estaba viva. Por lo tanto pod�a o�r. Estaba segura de ello. Fue a cogerla de la mano... Y entonces todo en Luciana se dispar�. Fue tan fulminante que por un momento crey� que iba a volver a la vida. Pero inmediatamente se dio cuenta de la anormalidad en la siguiente fracci�n de segundo. Luciana se estir� y arque� por


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas completo, de una forma absolutamente antinatural y casi inveros�mil, apoy�ndose tan s�lo en la nuca y los talones, con la espalda tan curvada hacia arriba que parec�a que se le iba a romper. Todo su cuerpo fue preso de una tensi�n brutal. --�Luis! --grit�. Su marido ya se hab�a dado cuenta, lo mismo que Norma, aunque la chica se qued� inm�vil, atenazada. El hombre sali� por la puerta gritando: --�Enfermera! �Enfermera! La primera entr� inmediatamente. Otras dos corr�an ya hacia la habitaci�n. Una cuarta llamaba al m�dico. El peque�o espacio se llen� de voces profesionales. --�Est� en opist�tonos! --�R�pido! --�Sujetadla! El doctor Pons tard� en llegar lo que para Luis y Esther Salas era una eternidad. Tambi�n reaccion� de manera fulminante, sin necesidad de consultar a las enfermeras que ya atend�an a Luciana y procuraban que no se desconectara de las m�quinas. --�Sulfato de magnesio intravenoso, ya! Luciana continuaba arqueada, arrastrada por sus convulsiones esp�sticas. Sus padres contemplaron horrorizados la escena sin saber qu� hacer o decir, lo mismo que Norma, que rompi� a llorar. La aguja hipod�rmica se hundi� en la carne de la paciente.

38 (Negras: Torre g8 Blancas: Caballo x d6) Estoy al final de un camino y al comienzo de otro. Puedo escoger. Retroceder, para empezar de nuevo, por el primer camino, o seguir, para ver que hay en �ste. Siento que una parte de m� me empuja hacia delante, pero hay otra que me obliga a esperar, y luchar. Como luchan ellos. Todos est�n ah� abajo, junto a mi cuerpo, tratando de salvarme, de conseguir que ese yo que ahora flota vuelva a m� otro yo f�sico. Los veo desesperarse, me inyectan cosas, se gritan unos a otros d�ndose �rdenes, manipulan los aparatos. No saben que la decisi�n es m�a. Tengo la paz tan cerca... Sin embargo, no quiero que sufran, y s� que est�n sufriendo. Pap�, mam�, Norma, Eloy... Sufren por m�, porque me quieren, y si me voy... Si me dejo atrapar por esta paz... Tal vez debiera luchar. Siempre habr� una paz, pero no tengo m�s que una vida. Esta vida. Recuerdo la partida del �ltimo campeonato. �Oh, s�, s�, fue genial! �Qu� maravilla! No s�lo fue la victoria, sino c�mo la consegu�. Me sent� orgullosa de m� misma. Acorralada, sin mi reina, sin torres, sin el alfil blanco y sin el caballo negro, con un alfil y un caballo, y tres peones. Mi rival ten�a todas las de ganar, pero resist�, paciente. Ella cometi� un error, provocado por m�, y tras �l... Puede que �sa sea la clave: luchar. S�, la paz estar� siempre ah�, al final del camino, pero antes he de pasar por muchas batallas. �se es el sentido de la vida, de la partida. No rendirse. No rendirse jam�s. Esperad... �esperad! �Qui�n ha dicho que me est�is perdiendo? Quiero volver. A�n no es el momento. Quiero seguir con vosotros, mientras decido cu�l ha de ser mi pr�ximo movimiento. Esperad... He vuelto, estoy aqu�, �not�is mi pulso?

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Esperad...

39 (Negras: Torre x d6) Al entrar por la puerta, todo cambi�. Ella, la mujer que estaba detr�s del peque�o mostrador, se puso en pie de un salto. Su camiseta ajustada, a pesar de que le sobraban bastantes kilos, era tan roja como el cuadro de una imaginaria costa que presid�a la rudimentaria recepci�n. Poli se sinti� por un momento como si estuviese delante de un gran sem�foro en movimiento. --�Poli! �Poli! �Ay, menos mal que has llegado!--le dispar� a bocajarro la mujer--. �Acaba de llamar una, llorando, hist�rica, gritando que ella no quer�a, pero que...! --Espera, espera --intent� contenerla--. �Qui�n ha llamado? --�Qu� m�s da? --casi le grit� saliendo de detr�s del mostrador de recepci�n de la pensi�n--. �El caso es que debes largarte cuanto antes! �Pueden llegar de un momento a otro! --�Qui�n? --�La polic�a!, �qui�n va a ser, maldita sea? --le empuj� hacia la puerta--. �Est�n en camino! �Un tal Espina, o Espinosa, no recuerdo bien! �Yo te guardar� tus cosas, tranquilo! Poli Garc�a ya no luch� contra la desaforada masa de nervios que le sacaba a empujones del lugar. Por puro instinto de supervivencia mir� hacia la calle, como si esperase ver aparecer el coche de la polic�a de un momento a otro. Luego mir� hacia arriba, donde tambi�n de forma real, pero imaginaria para �l, deb�a hallarse el descanso discreto que formaban las cuatro paredes de su habitaci�n. Ella ten�a raz�n. Si sub�a a por algo se arriesgaba a verse atrapado. No quedaba tiempo. --�Mierda, Eulalia, mierda! --grit� a modo de exclamaci�n. --�L�rgate ya! --le apremi� en la calle--. �Telefon�ame antes de volver! �Si digo tu nombre, es que no hay moros en la costa, pero si no lo digo, es que hay problemas!, �vale? --�Te debo una! --le grit� �l antes de echar a correr. --�Ay, Dios, Dios! --le despidi� la voz y el gesto dram�tico de la Eulalia antes de que desapareciera y exclamase m�s bien para s� misma, igual que una madre preocupada--: �A saber en qu� l�os te habr�s metido ahora, hombre!

40 (Blancas: Reina f3) Loreto entr� en el cuarto de ba�o y cerr� la puerta. Inmediatamente despu�s de ello, peg� la oreja a la madera. No tuvo que esperar demasiado. No les o�a hablar con claridad, aunque s� supo que lo estaban haciendo por el tono de sus voces, ahogadas por los cuchicheos y la distancia. Tambi�n reconoc�a el tono de su previsible discusi�n. Ahora su madre sol�a entrar en el ba�o sin llamar a la puerta, para tratar de sorprenderla si vomitaba. Las �ltimas peleas, y las �ltimas l�grimas maternas, hab�an sido por esa causa. Al menos antes del ultim�tum del psiquiatra. Tanto tiempo vomitando, vomitando, vomitando...


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas El psiquiatra le dijo que todo depend�a de s� misma. Si continuaba, muy pronto dejar�a de vomitar. Ya no podr�a. Estar�a muerta. No quer�a morir, pero su hambre incontrolada, el miedo a engordar, la sensaci�n de impotencia y frustraci�n, a�n eran superiores a ella. Nadie se acerc� a la puerta. El cuchicheo subi� de tono, alcanz� un climax y despu�s ces�. Crey� escuchar palabras como �confianza� y fragmentos de frases sueltas como �no presionarla� o �vamos a esperar, nos prometi�...�. Promesas, promesas. Todas desaparec�an al acabar de comer. Entonces quedaba ella, y s�lo ella frente a s� misma. Casi instintivamente, como el drogadicto que busca la aguja de forma inconsciente para hund�rsela en la vena, se llev� los dedos a la boca. Los introdujo hasta la garganta. Y sinti� la primera arcada. Hab�a comido en exceso: sopa, carne, ensalada, pan, postre. Ser�a f�cil devolverlo todo. Bastar�an unos segundos. Como siempre. Sin ruido. La arcada aument�. Se acerc� a la taza del inodoro. Se arrodill� delante de ella. Inclin� la cabeza. Pero de pronto se vio a s� misma, reflejada en el peque�o lago quieto formado por el agua clara y transparente del fondo del WC, al otro lado de la cual desaparec�a el conducto, rumbo a las cloacas. Ella. No... de pronto dej� de verse a s� misma. Se convirti� en Luciana. Tuvo un espasmo, un estremecimiento, pero no debido a la presi�n de los dedos o a causa de otra nueva arcada. Fue como si un grito silencioso acabase de estallar en su interior. Luciana. Loreto nunca hubiese gritado; Luciana s�. Cerr� los ojos y volvi� a abrirlos, un par de veces. Esper�, pero la imagen no desapareci�, no volvi� a ser la de s� misma. Despacio, muy despacio, apart� los dedos del fondo de su boca, hasta acabar sac�ndoselos de ella. Entonces, la imagen volvi� a ser la suya. Se dej� caer temblando hacia atr�s, hasta acabar sentada en el suelo del cuarto de ba�o, aturdida. Luego se llev� las manos a la cabeza. No era una guerra, era algo mucho peor. Dos personas pele�ndose en su interior. Coraz�n dividido, cerebro dividido, vida dividida. --�Vomita! --�No lo hagas! Ella... y Luciana. De alg�n lugar sac� las fuerzas, no supo de d�nde. Lo �nico que fue capaz de recordar en los dos o tres minutos siguientes fue que, tras permanecer en el suelo un tiempo indefinido, acab� levant�ndose para salir como un rayo del ba�o, alej�ndose del influjo hechizante de su reclamo. Y lo hab�a conseguido sola. Por primera vez. Sola o con el espectro de Luciana reflejado all� abajo, aunque la decisi�n final segu�a siendo suya, y eso era lo m�s importante. Se encontr� con sus padres, llenos de ansiedad, pero no hizo falta que les dijera nada. El ruido de la cisterna del inodoro no hab�a sonado. As� que se meti� en su habitaci�n temblando, asustada por su �xito, m�s asustada de lo que nunca hab�a estado en la vida.

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Juan Pons entr� en la sala tratando de que su rostro reflejara una esperanza que dif�cilmente pod�a transmitirles. Al verle aparecer, los padres de Luciana se levantaron y fueron tambi�n hacia �l. Antes de que la mujer pudiera hablar, lo hizo el m�dico. --La hemos estabilizado --inform�. --�Oh, Dios m�o! --Esther Salas se llev� una mano a los labios. --Entonces... --vacil� Luis Salas. --Todo ha vuelto a la normalidad, si es que podemos hablar de normalidad en su estado --explic� el m�dico--. Sigue el coma, y sus constantes vitales se mantienen, pero la crisis ha pasado. --�Son normales este tipo de complicaciones? --quiso saber el padre de Luciana. --No hay una respuesta exacta para esto, se�or Salas --dijo el m�dico midiendo las palabras--. Hacemos lo que podemos, pero a veces, aunque les cueste creerlo, no sabemos contra qu� luchamos. Ya le dije que su hija puede despertar en cuarenta y ocho horas, seguir as� o... --Ella es fuerte --asegur� su madre. --Ignoramos lo que pueda haber en su mente ahora mismo. Tal vez sea consciente de algo, y luche, o tal vez no. Un coma no es m�s que un largo sue�o, y tambi�n un delgado cord�n umbilical doble que une al paciente con la vida y con la muerte, un cord�n muy fr�gil en ambos sentidos. Lo que s� est� claro es que tal vez no resista otra crisis como la que acaba de tener. --�Oh, no! --tembl� ella. --Miren, he de ser sincero con ustedes --el doctor Pons busc� los ojos del hombre para apoyarse en su aparente mayor dominio, aunque sab�a que Luis Salas estaba tan destrozado como su esposa--. Las pr�ximas horas ser�n decisivas, quiero que lo sepan. Me gustar�a que lo entendieran y que se prepararan para lo que pueda suceder. --D�ganos la verdad --pidi� el padre de Luciana. --Se la estoy diciendo. Por esa raz�n les hablo ahora y no despu�s, cuando ya no haya nada que hacer. Hay un riesgo de que muera, y en tal caso es mi deber preguntarles si estar�an dispuestos a donar sus �rganos. --�No! La reacci�n fue instant�nea, fulminante, por parte de Esther Salas. --Se�ora... --�No quiero que la troceen y...! �No, no, no! --se neg� a escuchar m�s y se llev� las manos a los o�dos. Luis Salas baj� los ojos. Su voz son� como si hablara desde el suelo. --�Tenemos que contestarle ahora? --pregunt�. --�Luis! --gimi� su esposa. --No, claro que no --suspir� Juan Pons--. La urgencia es siempre para los que esperan vivir con los �rganos de los que se van. Lamento haber parecido... Era su trabajo, y la conversaci�n ten�a para �l muchos ecos habituales. Pero aun as�, no se acostumbraba a ellos. Nunca lo har�a. Todos los padres, igual que los hijos, ten�an un rostro propio, inolvidable. Todos, tanto los que ve�a morir y llorar como los que ve�a vivir y re�r. --�Se encuentra bien, se�ora Salas? Era una pregunta sin sentido, por eso ella no le respondi�.

42 (Blancas: Reina g3) Mariano Zapata hab�a estado esperando el momento oportuno, y de pronto lo ten�a a su alcance, f�cil, r�pido. Despu�s del susto y la crisis, con la chica s�lo estaba su hermana. La enfermera acababa de irse tras dejarlo todo en orden. Las dem�s bastante ten�an con tener controlados a todos los pacientes que estaban a su cargo.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas Aunque sab�a que los padres volver�an enseguida, y lo m�s probable fuera que ya no se apartaran del lado de su hija. No esper� m�s. El secreto del �xito period�stico era lanzarse siempre, arriesgarse. Despu�s de todo, Norma ya lo conoc�a, hab�an estado hablando, se la hab�a ganado, confiaba en �l. Meti� la cabeza por la puerta de la habitaci�n de Luciana. --�Norma? --�S�? Pareci� asustarse. Estaba muy concentrada mirando a su hermana mayor. Casi hechizada por aquella imagen tan triste y dram�tica, con los ojos cerrados y la boca abierta, conectada a todos los aparatos que la manten�an con vida. Respir� con ansiedad tras la ruptura de su silencio. --Tus padres te llaman, creo que han de consultarte algo --le dijo. Norma se levant�. --�D�nde est�n? --En la sala de espera, al final del pasillo, ya sabes. Creo que el m�dico est� con ellos. --�Oh, no! --gimi� asustada Norma. --No creo que sea nada grave, no temas. Como ves, ya est� fuera de peligro. --Gracias. Pas� por su lado, sali� de la habitaci�n y ech� a correr por el pasillo. Apenas hab�a dado dos pasos, de espaldas a �l, cuando Mariano Zapata ya hab�a sacado la peque�a c�mara de alta sensibilidad del bolsillo de su cazadora. Al tercer paso de Norma, el periodista entr� en la habitaci�n. Hizo una, dos, tres fotograf�as r�pidas. La primera a los pies de la cama, las otras dos de cerca, muy de cerca. Por el ojo de su objetivo pudo ver a Luciana, llenando la c�mara, impregn�ndole de su realidad. Como impregnar�a la portada del peri�dico, y las conciencias de sus lectores. Unas fotograf�as que probablemente tambi�n se publicar�an en otros pa�ses con la misma problem�tica. Sali� justo a tiempo. La enfermera volvi� a entrar en la habitaci�n, cruz�ndose con �l un poco m�s all� de la puerta. --�Eh, oiga! --le llam� la mujer, extra�ada. Pero Mariano Zapata ya no se detuvo. Ten�a todo lo que necesitaba.

43 (Negras: Reina f6) Eloy se sinti� cansado y abatido, en primer lugar por las pocas e inc�modas horas que hab�a logrado dormir durante la noche, y en segundo lugar por el fracaso de sus pesquisas. Ra�l pod�a estar en cualquier parte. En una fiesta privada, o bailando en una nave reci�n estrenada o en cualquiera de los muchos after hours ilegales que proliferaban para los que quer�an bailar setenta y dos horas seguidas. Era como buscar una aguja en un pajar. Entr� en una cafeter�a. Necesitaba un caf� para no desfallecer, v�ctima de los nervios o del cansancio, aunque sab�a que si se deten�a un segundo, y pensaba en Luciana, ser�a peor. Bastante duro era llevar esa imagen en su mente. Pero m�s duro ser�a llevarla durante el resto de su vida. La imagen de la persona que m�s quer�a en estado de coma, convertida en una muerta viviente. Precisamente �l, que quer�a ser m�dico. Qu� extra�a paradoja del destino. --Un caf�, por favor. --�Marchando!

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El camarero empez� a manipular la cafetera. Un cliente, a su lado, en la barra, le dirigi� una mirada ocasional. Se sent�a muy raro. Ten�a percepciones y nociones de la realidad muy distintas, nuevas. Le costaba creer que el mundo siguiera como si nada. Pod�a entender que Loreto, por ejemplo, estuviese enferma. Pero lo de Luciana no. Eso no. La confusi�n y el aturdimiento se acentuaron. Hasta que el caf� aterriz� delante de sus manos. Sin embargo, no fue por �l. La reacci�n se la produjo el cliente de la barra, cuando de pronto levant� la voz y llam� la atenci�n del camarero diciendo: --Paco, ponme otra. Eloy tuvo el flash. Ana y Paco. Ellos tambi�n estaban all�. Verdaderamente, no eran m�s que dos zumbados que ya lo hab�an probado todo en la vida, pese a su corta edad, yendo siempre a contracorriente. Pero lo importante es que sab�a d�nde viv�an, y eran amigos de Ra�l. Eran su �ltima oportunidad.

44 (Blancas: Alfil f4) La pensi�n Costa Roja era tanto o m�s destartalada que la pensi�n �gata. O bien el Mosca proteg�a su identidad saltando de un lado a otro, sin dar muestras de estar vivo y menos de tener alg�n dinero, o bien lo de vender como camello no le daba para m�s. Lo primero que vio Vicente Espin�s al entrar fue el cuadro sobre el peque�o mostrador de recepci�n, si es que pod�a llamarse as�. Lo segundo, la inmensidad de la que estaba tras �l, embutida en una camiseta roja a punto de reventar. La due�a de la camiseta lo mir� con precauci�n. Evidentemente no parec�a un posible hu�sped. --Inspector Espin�s --le mostr� la credencial--. �Est� Policarpo Garc�a? --�El se�or Garc�a? --repiti� la mujer insegura. --El se�or Garc�a --insisti� �l. --No, no est�. --�C�mo se llama usted? --Eulalia Rodr�guez Espartero, para servirle. --Me bastaba con el nombre, Eulalia, pero puesto que est� dispuesta a servirme, h�galo. �D�nde ha ido? --No lo s�. Ah� est� su llave, �ve? La n�mero 9. Colgaba de un clavo en la pared, a su derecha. --�Volver�? --Tampoco lo s�. A veces est� un par de noches fuera. --�Cu�ndo lo vio por �ltima vez? --Ayer a mediod�a, o a primera hora de la tarde. No ha pasado la noche aqu�. Vicente Espin�s alarg� la mano. Cogi� la llave. --No le importar� que suba a su habitaci�n, �verdad? Y no me pregunte si traigo una orden de registro, porque esa chorrada s�lo pasa en las pel�culas americanas. Todo el mundo ve demasiadas pel�culas americanas, hasta los delincuentes. --�Oh, no, claro...! --asinti� Eulalia--. Encantada de colaborar. Puede subir, aunque le agradecer�a que... --Descuide. No tocar� nada. --Es que no quisiera que el se�or Garc�a se enfadara, �sabe usted? Es una buena persona. No s� qu� puede... La dej� hablando y subi� la destartalada escalera sin prisas, por si acaso. Los que corr�an se encontraban antes con las balas, y no hab�a ninguna necesidad de tener prisa para algo as�. Lleg� a un


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas pasillo mal iluminado y encontr� la habitaci�n n�mero 9 a los dos pasos. Introdujo la llave en el hueco de la cerradura y abri� la puerta. El Mosca no nadaba en la abundancia precisamente. Hab�a un par de pantalones, una poca ropa interior, un par de camisas y una chaqueta. Eso era todo. No hab�a nada m�s, salvo un despertador, una revista er�tica y una vieja fotograf�a de una mujer mayor. --Hasta los delincuentes tienen madre --dijo el polic�a en voz alta. Ni rastro de pastillas. El Mosca las llevaba encima. Abri� los cajones del armario empotrado y de la mesita de noche. Fue en esta �ltima donde encontr� un listado escrito a m�quina. Discotecas, pubs, after hours, clubes privados, con fechas, anotaciones y algunas marcas. Le ech� una r�pida ojeada. Junto a la mayor�a de los nombres escritos hab�a n�meros. No hac�a falta ser muy listo para saber que era el n�mero de pastillas vendidas en cada local. Una extra�a forma de llevar la contabilidad. Las otras anotaciones correspond�an a d�as de la semana. Se detuvo en cinco locales en concreto: Cal�gula Ciego, Popes, La Mirinda, El Pe��n de Gabriltar y Marcha Atr�s. Escrito a mano junto a todos ellos pudo leer la palabra: �s�bado�. S�bado. Pod�a ser este s�bado, o tal vez otro. De no ser porque junto al nombre de Pandora's la palabra escrita era: �viernes�. Los ley� todos. �Viernes� aparec�a escrito junto a otros tres locales. Tal vez fuera alg�n indicio. Tal vez ya no lo fuera. Depend�a del Mosca. Aun as� sac� una pluma de la chaqueta y un bloc de notas del bolsillo, y copi� los nombres de los locales junto a los que se le�a viernes y s�bado. Hubiera sido mejor hacer una fotocopia de todos, pero entonces habr�a tenido que salir y volver a entrar, y eso habr�a alertado a la tal Eulalia. Dej� el listado en el mismo caj�n y en la misma posici�n y sali� de la habitaci�n. Eulalia segu�a en el mismo sitio, como si no se hubiera movido y estuviese pegada al suelo.

45 (Negras: Caballo a6) M�ximo sali� de su habitaci�n tras haberse duchado y cambiado de ropa. La ducha le hab�a despejado y serenado las ideas. Se sent�a mejor, m�s fresco, pero no quer�a seguir en casa. En su habitaci�n todo eran fantasmas azuz�ndole, y fuera de ella estaban sus padres, sobre todo su padre. --Vaya, �ya vuelves a irte? �Lo espiaban? �Ten�an ojos en la nuca? Cre�a que estaban viendo la tele, y hab�a tratado de no hacer ning�n ruido al salir. --Voy a dar una vuelta --dijo--, pero volver� temprano. --�A qu� llamas t� temprano? Apareci� su madre. Sal�a de la cocina. Era una mujer de la vieja escuela. Se pasaba el d�a en la cocina. --Temprano --repiti� �l--. Esta noche no voy a salir. --�Oh, qu� bien, gracias! --se burl� el padre. --�Pero vendr�s a cenar? --pregunt� su madre. --No lo s� --trat� de no perder la paciencia--. Puede que s� y puede que no, pero no voy a salir. Lo mismo llego a las diez que a las doce. --O las dos o las tres. Eso tambi�n es temprano para vosotros. Volvi� el agobio, s�lo que no ten�a fuerzas para discutir. M�s aun, cuando se enteraran de lo de Luciana, y probablemente se enterar�an aunque ellos no conoc�an a los padres de sus amigos, tendr�an un buen disgusto. Ser�a un palo. --Voy a ver a Loreto --minti�. --�La bul�mica? --se interes� su madre. --S�.

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Un d�a, un par de semanas antes, se lo dijo a su madre, por hablar de algo. Ella se puso inmediatamente en plan de madre sufridora, identific�ndose con el dolor de la madre de Loreto. Algo muy propio. --Est�is todos locos --rezong� su padre d�ndole la espalda para volver a la sala, junto al televisor. Iba a decirle que no m�s que �l yendo cada domingo al f�tbol y gritando como un poseso a un tipo vestido de negro y a veintid�s mendas en pantal�n corto que se mataban por una bola mientras ganaban una pasta por ello. Pero no lo hizo. No val�a la pena. Su madre le acompa�� a la puerta. --Dale recuerdos a esa chica, y an�mala para que coma. No se molest� en volverle a explicar que bulimia y anorexia eran cosas distintas. Baj� la escalera sinti�ndose libre y al llegar a la calle supo que segu�a sin saber qu� hacer ni ad�nde ir. Entonces pens� en Cinta. Sus padres estaban siempre fuera el fin de semana. Ten�an otra casa. Ella estar�a all�, tal vez durmiendo, pero al menos era un lugar seguro y tranquilo. Y no se lo pens� dos veces.

46 (Blancas: Alfil e5) Santi abri� los ojos. De alguna forma, supo que le hab�a despertado el silencio, m�s estruendoso en ocasiones que mil sonidos distintos o incluso que una explosi�n. Y el silencio en casa de Cinta era muy intenso, estaba cargado de sensaciones y presagios. Mir� a su alrededor: las paredes estaban llenas de p�sters y fotograf�as, la ropa tirada por el suelo formando montones; el desorden natural de cualquier habitaci�n. Luego mir� el vac�o en la cama, a su lado, donde antes hab�a estado el cuerpo de su novia. Se desperez�, y qued� boca arriba unos segundos, no demasiados. El mismo silencio aterrador con imagen de Luciana en sus pensamientos le oblig� a levantarse. Iba en calzoncillos, pero no se molest� en ponerse los pantalones. Sali� de la habitaci�n y se meti� en el ba�o, para lavarse la cara y refrescarse la nuca. Se sinti� un poco mejor tras ello, y entonces busc� a Cinta. No tuvo que buscar mucho, tampoco era dif�cil a pesar de que el piso era bastante grande. La encontr� en la sala, acurrucada, sentada en cuclillas en una butaca, abrazada a sus propias piernas desnudas, con la cabeza apoyada en las rodillas y la mirada perdida. Le pareci� sugestivamente sexy, un sue�o, hermosa y sugestiva. No ten�a m�s que alargar una mano y tocarla. Pero no lo hizo. Una barrera invisible los separaba de forma m�s implacable que si hubiera sido de piedras y cemento. Cinta sab�a que �l estaba all�, de pie, y sin embargo no se movi�, ni un �pice. Nada. Sigui� en la misma posici�n, con la mirada perdida. Santi sinti� el peso de una culpa muy grande, aplast�ndolo. El mismo peso y la misma culpa que la estaban aplastando a ella. No habl�, no dijo nada. Se sent� en la otra butaca, o m�s bien se tendi� en ella, con los pies colgando por uno de los lados y la cabeza apoyada en el otro. Y dej� perdida su mirada en el techo. Los minutos comenzaron a devorarlos como termitas.

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(Negras: Reina f5) Luis Salas apart� la mirada de su hija y la fij� en su mujer, que segu�a como hipnotizada por ella. Norma acababa de salir una vez m�s, incapaz de quedarse quieta, asustada y al mismo tiempo nerviosa por aquel caos de emociones y sensaciones. Le cogi� una mano a su mujer, y se la presion� suavemente. Fue una llamada. Pero Esther Salas no la atendi�. --Esther --musit� �l finalmente. No hubo respuesta. --Esther --repiti�--. Tenemos que hablar. --�De qu�? --De todo esto. --No. --Creo que s�. Tenemos que decidir algo. --No --repiti� ella con mayor determinaci�n. --Debemos confiar, esperar, y estaremos con ella aunque pase as� d�as, o semanas, o meses --se neg� a decir la palabra �a�os�--. Pero el doctor tiene raz�n. Si se produce lo irremediable... --No quiero que la destrocen. Es mi hija. --Querida... --�Est� viva! --grit� sin levantar la voz, en su mismo cuchicheo--. No quiero o�r hablar de eso. --Vamos, por favor, c�lmate --la presi�n de la mano se acentu�. Hasta que ella la apart� de las suyas. --T� est�s de acuerdo, �verdad? Se enfrent� a los ojos de su esposa. --S� --manifest� agotado, pero decidido. --�Por qu�? --Porque es mi hija, y tiene un coraz�n, un h�gado, dos ri�ones, dos c�rneas... Y porque si ella muere, me gustar�a pensar que sigue viva en otras cinco personas, tal vez cinco chicas como ella misma. Esther Salas ya no lloraba. Desde la crisis ya no lloraba. --A veces... --�Qu�? --la alent� para que siguiera al ver que se deten�a. --No, nada --baj� los ojos un momento antes de volver a fijarlos en el cuerpo de Luciana. Luis Salas respet� su silencio. Lo rompi� de nuevo su esposa unos segundos despu�s. --�Y si nos est� oyendo? --susurr�. --Sabe que estamos aqu�. --S�, pero �y si nos est� oyendo? --Luciana siempre ha sido una gran chica, tiene un coraz�n de oro. Todo el mundo lo sabe. Esther Salas suspir�. Su marido supo que era tanto una derrota como un impl�cito reconocimiento de la realidad de cuanto hab�an estado hablando.

48 (Blancas: Torre x g7 Negras: Torre x g7) Os oigo. Claro que os oigo.

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Ni siquiera hace falta que habl�is. Puedo escuchar vuestros pensamientos. Y no me duelen. Tampoco me llenan de alegr�a. Aqu� las emociones, las sensaciones, son distintas. Puedo razonar sin presiones, como nunca lo hab�a hecho. En cambio, s� me importa vuestro dolor, pero deber�ais saber que estoy bien. Y si abandono mi cuerpo al final del camino... por supuesto, �para qu� necesitar� ya mi coraz�n o mis ri�ones? Lo �nico que querr�a era tener un instante final de lucidez, s�lo eso, para deciros que os quiero, aunque vosotros ya lo sab�is, y para dec�rselo a Eloy, que tal vez crea que ya no es as�. S�lo quiero un instante. Un instante final. Aunque temo que baste ese simple segundo para sentir el dolor que no siento ahora. No me gusta el dolor. Tal vez por ello no quiero volver. �se es mi �ltimo miedo. Me toca mover. Pasa el tiempo y la partida est� en tablas. Pero me toca mover. Mi rival acaba de lanzar un ataque sobre las posiciones de mi rey y mi reina. Es una situaci�n comprometida. Debo hacerlo. Puedo sacrificar una torre para escapar, o meditar detenidamente mi propio ataque, lanzando el caballo sobre su alfil. �Y ese pe�n? Cuidado. Mi rival es bueno. Es el mejor que he tenido nunca. Porque ahora s� c�mo es. S� qui�n es. Le he visto la cara. Mi rival es la muerte, y juega a ganar.

49 (Blancas: Reina x g7) Tuvo que llamar al timbre media docena de veces, y aporrear la puerta con los pu�os, hasta conseguir despertarlos. Cuando ya cre�a no poder hacerlo, escuch� un ruido al otro lado de la madera. Y una voz. --�Ya va! �Ya va! Le abri� Ana. No se hab�a preocupado mucho de taparse. Llevaba una bata corta mal anudada por encima de su desnudez. Despu�s de todo, lo raro era incluso que se hubiera puesto la bata, porque Ana era de las que pasaba de convencionalismos. En eso le ganaba a Paco. La modernidad por montera. El est�mulo de la contracorriente. La rebeld�a de los que no tienen ninguna rebeld�a, salvo vivir. Vivir para pasarlo bien. --�Eloy? --lo reconoci� a duras penas por entre las brumas de su sopor--. �Qu� haces aqu�? --Tengo que hablar con vosotros. --�Jo! �Est�s loco? �Qu� hora es? Eran aves nocturnas, as� que el d�a les produc�a sarpullidos, y m�s a�n los fines de semana. Tal vez se volvieran de piedra y se deshicieran, convirti�ndose en un mont�n de cenizas, como Dr�cula. Eloy entr� decidido, sin esperar una invitaci�n. Ana cerr� la puerta, indecisa, y le sigui� como si flotara, sin entender qu� pasaba. El peque�o apartamento era un museo barroco mal arreglado, con velitas, s�mbolos de todas clases, desde el yin y el yang y p�sters hind�es hasta objetos de dise�o, luces por el suelo o un mueble del m�s puro estilo art dec�. No faltaba ropa tirada por el suelo. Al fin y al cabo Ana ten�a dieciocho a�os v Paco no hab�a llegado a�n a los veinte. --�Paco! --llam� Eloy. --�No grites! --Ana se llev� las manos a los o�dos. --�Te has tomado un valium o es pura y simple resaca : --�Eh, qu� pasa contigo! --protest� ella. Entr� en la �nica puerta que estaba medio cerrada, y se encontr� con el colch�n, en el suelo, y con Paco tendido sobre �l, boca abajo. Se sinti� irritado por la escena sin saber por qu�. --Vamos, Paco, despierta. La respuesta fue un bufido. As� que le apart� la s�bana y, tras arrodillarse a su lado, lo zarande�.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas --�Qu� haces? --protest� Ana despej�ndose m�s r�pidamente al comprender que pasaba algo. Paco acab� abriendo los ojos. Lo mir� a �l y frunci� el ce�o. Luego la mir� a ella. Ana tambi�n se hab�a arrodillado junto a Eloy, para impedirle seguir. El silencio fue muy breve. --�Luciana est� en coma!, �vale? --les solt� a bocajarro-- Ahora quiero que me dig�is si ten�is alguna pastilla como la que ella se tom� anoche. Tardaron en reaccionar. Las palabras ten�an que atravesar una espesa masa de algod�n hasta llegar a su cerebro. --�Qu�? --balbuce� Paco. --�Luciana est� en coma! --grit� a�n m�s fuerte Eloy--. �Se tom� una mierda y le sent� mal! �La misma mierda que os tomasteis vosotros, y que se tomaron los dem�s! �Lo cog�is ahora? Lo cog�an, pero a c�mara lenta. --Pero si... --Nos fuimos y ella... --�Ten�is una pastilla de esas? --No --dijo Ana. --�Para qu� vamos a tener una...? No hay ning�n problema en comprarla despu�s, donde vayamos. Ning�n problema. --�D�nde puedo encontrar a Ra�l? --�Para qu�...? --Porque �l fue el que las consigui�. Me lo dijo M�ximo. Venga, �d�nde puede estar a esta hora un s�bado por la tarde? --Ra�l... --sigui� espeso Paco. --�Vamos, vamos, joder! --le zarande� Eloy. --�D�jale en paz!, �quieres? --le defendi� Ana--. �Iba a una privada! �Nos dijo si quer�amos ir, pero pasamos, porque yo no me encontraba bien y prefer�a salir esta noche! --�D�nde est� esa privada? --�En una nave abandonada, cerca de las viejas f�bricas, al lado de la estaci�n! �Y no grites m�s, co�o! --�C�mo la reconozco? �Ah� hay varias f�bricas, las est�n echando abajo! --�Tiene el techo plano, y un r�tulo en rojo en la puerta, Hilos de Nos�qu� o algo parecido! -- Paco se llev� una mano a la cabeza, como si �sta fuese a estallarle. --Al lado hay una con una chimenea muy alta, �no tiene p�rdida! --tom� el relevo Ana. Era suficiente. Se puso en pie, jadeando, y se dirigi� a la puerta para no perder ni un minuto m�s. Iba a traspasarla cuando escuch� de nuevo la voz de Ana a su espalda. Ya no gritaba. --Eloy --le detuvo. �l la mir�. --�Es... grave? --pregunt� la muchacha. --Ya os lo he dicho: est� en coma. Tuvo un golpe de calor. Ana cerr� los ojos. Y Eloy se march� sin esperar m�s.

50 (Negras: Reina x h5) Al salir del ascensor y asomarse al portal, se encontr� con la portera, que no ocult� su alegr�a al verla. --�Loreto, hija! --Hola, se�ora Carmen. --�C�mo est�s? �Tienes mucho mejor aspecto! Ment�a, pero no era una mujer chismosa. A lo sumo, como cualquier vecina de las que la conoc�an

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de toda la vida. Pas� por su lado dispuesta a no darle palique. --S�, estoy muy bien --afirm� ella. --�De paseo? --Hace muy buena tarde, �verdad? --Muy buena, y todav�a no hace nada de calor. Se est� muy bien. --Bueno, adi�s. Sali� a la calle, sin detenerse. Sab�a que sus padres estar�an asomados al balc�n, mir�ndola, as� que no se le ocurri� levantar la cabeza. Lo �nico que hizo fue llegar a la calzada y mirar a derecha e izquierda, por si ve�a un taxi. Luego camin� hacia la izquierda, en direcci�n a la avenida. A mitad de camino las vio. Una era una mujer de mediana edad, obesa, mejor dicho, gorda, absoluta y rematadamente gorda, sin medias tintas, de las que med�a el doble de ancho que de alto, con unos brazos rollizos, unas piernas enormes, un vientre abultado y dos gigantescos senos que semejaban globos de carne aposentados en �l. La otra pod�a ser su hija, o una amiga, porque era m�s joven, mucho m�s joven, pero estaba igualmente gorda para sus a�os, con la diferencia de que, a causa de ellos, luc�a un espl�ndido escote, sin complejos. Lo m�s curioso era que iban por la calle comi�ndose un fant�stico helado. Y riendo. Re�an sin parar, abriendo la boca, ofreciendo toda su abundante felicidad a los que, como ella, las miraban por la calle. Loreto las vio pasar, alejarse, darle lametones al helado, re�rse. Como si tal cosa. Felices. Ella, con s�lo un par de kilos de m�s, hab�a empezado sus reg�menes a los trece a�os, y �se fue el comienzo, el detonante. Despu�s, las frustraciones, la culpabilidad, el progresivo hundimiento de su �nimo, el hallazgo de los v�mitos como remedio para su hambre, las ganas de morirse, el delicado equilibrio de todo un mundo que acab� convergiendo exclusivamente en s� misma y en sus dos �nicas acciones, comer y devolver, y as�, el inexorable declinar hacia el abismo. Apart� esos recuerdos de su mente. Y le dio la espalda a las dos mujeres obesas. Ahora s�lo contaba Luciana. Ten�a que verla. Saber. Era como si el futuro se concentrara de pronto en ese punto inmediato, y en nada m�s. Levant� una mano al ver el primer taxi con la luz verde iluminada en la capota. --�Taxi! Y cuando se meti� en �l, casi sin darse cuenta, s� mir� un instante a su casa, al balc�n de su piso. Lo justo para ver a su padre y a su madre all�, quietos, observando sus movimientos con atenci�n, como hac�an a cada momento fingiendo no hacerlo desde que la crisis hab�a sido ya tan irremediable que el desenlace parec�a aterradoramente pr�ximo.

51 (Blancas: g4) M�ximo llam� al portero autom�tico y no tuvo tiempo de preguntarse si hab�a cometido una estupidez yendo hasta all�. La voz de Cinta son� por el interfono. --�S�? --Soy yo, abre. --�Jo, t�o, menudo susto nos has dado! --exclam� la voz antes de o�rse el zumbido de la puerta al ser abierta desde arriba. ��Nos?� Bien. Eso quer�a decir que Santi estaba all� tambi�n. Mejor. Los tres juntos podr�an pensar


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas en hacer algo. Por lo menos podr�an compartir la inquietud, y apoyarse mutuamente. Subi� al piso y al salir del ascensor se encontr� con la puerta abierta. Entr�. Santi apareci� en el pasillo, en calzoncillos. Cinta no estaba. --Oye, no estar�ais... --lament� de pronto. --S�, hombre --suspir� Santi--. Para eso estamos. --�Y Cinta? --Visti�ndose. --�Cre�ais que eran sus padres? --Ellos tienen llave, pero como no esperaba a nadie y menos a esta hora... �Sabes algo? --No, nada. He estado en casa. �Y vosotros? --Tampoco sabemos nada. Cinta sali� de su habitaci�n acabando de abrocharse los vaqueros. Llevaba una camisa suelta por encima. --�Sabes algo? --repiti� la pregunta de su novio sin darse cuenta. --No, ya le he dicho a Santi que he estado en casa, y no he querido llamar al hospital para no tener que explicarles nada a mis padres. S�lo hubiera faltado eso. --Ya. --�Hab�is dormido? --�ste, un poco, aunque no s� c�mo ha podido --dijo Cinta se�alando a Santi con el dedo. --Yo es que estoy como... --no encontr� la palabra adecuada para referirse a su estado. --Como nosotros --termin� Santi. --�Qu� hacemos? Estaban en la sala. M�ximo esper� una respuesta, pero �sta no lleg�. Cinta volvi� a dejarse caer sobre la butaca. Y Santi se cruz� de brazos. --Oye, v�stete, �no? --le reproch� Cinta--. A ver si a�n vas a tener que salir por la ventana. --Vale, vale. Pero no se movi�, y los tres se miraron de nuevo el uno al otro, hasta que M�ximo repiti� la pregunta. --�Qu� hacemos?

52 (Negras: Reina g6) Vicente Espin�s levant� el auricular del tel�fono y marc� �l mismo el n�mero del hospital. El sonido del disco al girar en el viejo aparato, extra�amente audible, le hizo recordar que era s�bado por la tarde, y que no hab�a mucha gente en comisar�a, como si los s�bados ellos, los protectores de la ley, tuviesen vacaciones. --�Hospital Cl�nico? --dijo una voz. --Inspector Espin�s. Con el doctor Pons, por favor. --El doctor Pons ha salido ya, se�or. --Pues con alguien que atienda a Luciana Salas. --�Luciana Salas? Un momento, no se retire. No tuvo que esperar demasiado. Una voz femenina tom� el relevo de la anterior. Ni siquiera pregunt� qui�n era. Desde luego no se trataba de la madre de la chica. --Soy el inspector Espin�s. Llamaba para saber el estado de Luciana Salas. --Sigue igual, se�or inspector, aunque hemos estado a punto de perderla hace un rato. Ahora est� estabilizada. --Gracias --suspir�. Colg� el aparato y mir� los nombres anotados en su libreta, los que hab�a copiado del listado hallado en la habitaci�n del Mosca. Se los sab�a ya de memoria, pero los repiti� una vez m�s.

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--�Roca! --llam� de pronto. Lorenzo Roca apareci� ante �l. Era alto y delgado, de nariz prominente y ojos saltones, de la nueva escuela, un buen polic�a. Casado, con hijos, pero ten�a futuro, eso s�. Llegar�a lejos. --M�rame d�nde est�n esos cinco locales, hazme el favor --le pidi�. --Enseguida, jefe. Lo vio alejarse en direcci�n a su mesa y coger un list�n telef�nico y una gu�a de calles. Se ech� hacia atr�s y recapitul� por el breve recorrido del d�a en busca de Policarpo Garc�a, alias el Mosca. La tarde enfilaba su �ltima hora y pronto anochecer�a. Era la hora de moverse. Lorenzo Roca reapareci� frente a �l en un tiempo inusitadamente corto, o tal vez fuera que �l se hab�a quedado pensativo sin darse cuenta mucho m�s all� de lo calculado. --Vea, jefe --dijo su subordinado dando la vuelta a la mesa para situarse frente al mapa de la ciudad que presid�a la pared--: El Cal�gula Ciego est� aqu�; La Mirinda, aqu�; el Popes, aqu�; el Marcha Atr�s, aqu�, y el Pe��n de Gabriltar... aqu� --y dio por concluida la se�alizaci�n enfatizando las dos s�labas del �ltimo �aqu��. Luego agreg�--: Vaya nombres, �no? Los hay que... No estaban lejos unos de otros. Se pod�an recorrer en una noche. Todo depend�a del Mosca. --�Puedes averiguarme algo m�s acerca de ellos? Horarios y todo eso, clase de p�blico, etc�tera. --S�, claro --Roca hizo adem�n de alejarse. --Espera. Esper�. --Antes da aviso de b�squeda de Policarpo Garc�a, alias el Mosca, y env�a un coche para que vigilen discretamente la pensi�n Costa Roja, por si aparece por su habitaci�n. --�Algo m�s? --No. Tr�eme esos datos cuanto antes. Lorenzo Roca volvi� a dejarle solo.

53 (Blancas: f3) La m�sica m�kina, el bakalao puro, atronaba el lugar con una amplitud decib�lica ensordecedora incluso para �l en sus circunstancias, con la presi�n de lo sucedido, el recuerdo constante de Luciana en el hospital y una noche casi en vela. Pero se sinti� cerca de su objetivo. Ten�a un presentimiento. Lo hab�a tenido desde el mismo momento de asomarse al lugar y ver la cantidad de gente que se mov�a en �l y escuchar su m�sica, dispuesta a machacar toda energ�a. All� hab�a de todo. Cuerpos que eran como modelos individuales de la gran fotograf�a cl�nica de la especie. Cuerpos embutidos en jers�is de lycra y pantalones de nailon cortos o largos, ajustados y andr�ginos, con muchas cremalleras, colores vistosos, aplicaciones hologr�ficas, fluorescentes, metalizadas, irisadas o pl�sticas; cazadoras bombers, bolsas en bandolera, mochilas de charol a la espalda, gafas de plexigl�s, cabellos �divertidos�, en punta o dejando espacio a la imaginaci�n, desordenados y locos, tanto como cabezas peladas o con una leve capa de pelo, alg�n tatuaje ya visible, zapatillas deportivas a la �ltima, con sus c�maras de aire que permitieran variar la presi�n y situarla en el tono ideal para bailar techno, rave, house. La suma expresi�n de lo sint�tico. Era el marco ideal para el loco de Ra�l. Eloy trat� de seguir un plan, peinar la enorme nave abandonada de forma rigurosa, para que Ra�l no se le escapara por un lado mientras �l estaba por el otro, o se cruzaran sin darse cuenta. La ventaja era que aquello no era una discoteca al uso, con poca luz. La desventaja era que pod�a tener una docena de rincones ocultos, porque por todas partes hab�a columnas, viejas m�quinas, barras de bar improvisadas, restos de su antigua funci�n de f�brica. La moda de los partys privados ya no dejaba rinc�n virgen por descubrir.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas Busc� alg�n sitio alto, y lo encontr� sin problemas. Dos escaleras con pelda�os de hierro sub�an hasta un primer piso del cual sal�a una plataforma met�lica, enrejillada, que corr�a paralela a una de las paredes longitudinales. Un perfecto punto de avistamiento. Tuvo que dar algunos codazos, sonre�r a un par de monadas que le sonrieron a �l y luego se pusieron a cuchichear en voz alta sin disimulos, y esquivar a uno que ya llevaba la tajada encima, y a otro que se mov�a con los ojos cerrados, a golpes, brazos en forma de aspas de molino, bailando igual que si estuviese en medio del desierto del S�hara. Cuando lleg� a la escalera subi� iniciando ya el reconocimiento de lo que quedaba abajo. La gran pista de baile. No, Ra�l no era de los que se deten�an m�s all� de cinco minutos, lo justo para beber algo, orinar, o tomarse alguna porquer�a que le permitiera seguir y seguir. Era un loco del baile, un loco de la m�kina, un perfecto modelo de genuina estirpe. Siempre les hab�a hecho gracia. Incluso a �l. Viv�a por y para el fin de semana. Eso y las pastillas. El resto de los d�as no exist�a. Era una isla entre dos fines de semana. Hasta M�ximo era un chico normal comparado con �l. Le pareci� que los cuerpos, desde arriba, se retorc�an en un infierno sin fuego. Todo se le antojaba artificial. Sin embargo, de no haber sido por el estado de Luciana, �l mismo tal vez habr�a estado all� abajo, bailando, con ella y con todos los dem�s. No pod�a sentirse juez de nada. Pero desde luego ahora lo ve�a de otra forma. Con otro sentimiento. Busc� a Ra�l. Tambi�n eso deb�a resultar f�cil. Siempre iba a la �ltima de su rollo, colores, sensaciones. Claro que all� habr�a cien o doscientos Ra�les y Ra�las. El espect�culo resultaba enorme. La masa humana se mov�a al mismo comp�s, con el mismo ritmo, bajo el mismo influjo hechizante, magn�tico, y muy especialmente hipn�tico. Lo curioso es que antes no le daba importancia. Cada cual ten�a su rollo. �Por qu�, de pronto, era como si se sintiese viejo, muy mayor, incluso carca? Hab�a le�do que el bakalao gustaba a los adolescentes por esa raz�n: los hipnotizaba, los sumerg�a en un mundo en el cual no hab�a ideas propias, los globalizaba y los unificaba. No hab�a necesidad de pensar, ni cambiar, s�lo dejarse llevar, y llevar, y llevar. Y cuando el cansancio pod�a con todo, para eso estaban las pastillas, el �xtasis, el eva, los speeds, los �cidos, las anfetas, los popperazos, una larga lista de posibilidades para mantener el cuerpo en forma y aguantarlo todo, absolutamente todo durante veinticuatro, cuarenta y ocho o setenta y dos horas sin dormir. Lleg� a la plataforma, y pas� los siguientes tres minutos mirando abajo de forma sistem�tica, calculada, hasta que empezaron a dolerle los ojos. S�lo hasta entonces. Porque de pronto lo vio. Ra�l. Estaba all�, casi en el centro de la pista, bailando como un loco, como si acabara de empezar en lugar de llevar ya casi un d�a en ello. Eloy busc� un par de puntos de referencia para situarle y fue hacia �l.

54 (Negras: Caballo c7) En el silencio de la sala, la voz de Cinta son� como un disparo. --Nosotros lo hicimos. Santi y M�ximo fueron alcanzados por �l. Se miraron el uno al otro. --Si muere, la habremos matado nosotros --continu� Cinta. --No es cierto --articul� M�ximo. --S� lo es --Cinta le atraves� con una mirada de hierro. --Te pod�a haber pasado a ti --le dijo Santi--, o a m� mismo, o a M�ximo. Le toc� a ella por un golpe de mala suerte. Esas cosas pasan.

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--�Qu� excusa es �sa? Ninguno de los dos le contest�. --�Quer�is responderme? --exhal� ella revestida de una falsa paz. --�Qu� quieres, que no salgamos de casa por si nos atropella un coche? --manifest� M�ximo. --Uno hace cosas, y ya est�. Se arriesga --dijo Santi--. Siempre nos arriesgamos, con todo. Al respirar, puedes coger algo con la porquer�a que hay en el aire, �o no? --A ver si te va a dar ahora la neura --continu� M�ximo dirigi�ndose a su amiga. --As� que tenemos que olvidarlo y ya est�. Como si fuera un accidente. --Ha sido un accidente --puntualiz� Santi. --Y todos nos sentimos mal por �l --le apoy� M�ximo--, pero no sirve de nada castigarnos en plan masoca. --Todos tomamos una, �vale? Cinta fulmin� a su novio. --Ella no quer�a tomarla. --Pero la tom�, y no la obligamos --insisti� Santi. --�Pr�cticamente se la pusimos en la boca!, �lo has olvidado? --elev� la voz la chica. --Se hizo un poco la estrecha, nada m�s. --Ya sabes c�mo es Luciana. --Le gusta hacerse de rogar. --Eso. --Adem�s, el que lo li� todo fue Ra�l. --No, M�ximo --volvi� a hablar Cinta despu�s del pu�ado de frases sueltas de ellos dos--. Fuiste t�. --�S�, hombre, encima! --T� fuiste en busca de Ra�l, para que te pasara algo, y luego Ra�l trajo a ese tipo, al camello, y despu�s me decid� yo, lo reconozco, �yo!, no voy a escurrir el bulto, pero no veng�is ahora con excusas. Todos est�bamos all�, y todos somos responsables aunque ninguna justicia nos acuse. --Vamos, c�lmate --le pidi� Santi yendo hacia ella. Cinta lo rehuy�. Puso las dos manos con las palmas abiertas por delante, a modo de pantalla, pero sin mirarle a la cara. Los ojos los ten�a fijos en el suelo, en el abismo abierto entre ellos. Toda la tensi�n que sent�a se expandi� con ese gesto, abarcando un enorme radio en torno a s� misma. --Estoy muy calmada --dijo--. Muy calmada. Pero los dos sab�an que no era as�, que las emociones volv�an a flotar, a salir por los resquicios y las grietas de su �nimo. Y tanto o m�s que la verdad de las palabras de Cinta, temieron la inminente explosi�n que iba a llevarles de nuevo a la crispaci�n. La cuenta atr�s fue muy r�pida.

55 (Blancas: Torre h1) Le puso una mano en el hombro a Ra�l, y le pareci� tocar un arco voltaico rebosante de electricidad. El muchacho se volvi�, qued� frente a �l, pero sin dejar de moverse, siguiendo el ritmo. Lo reconoci�. --�Eloy! Y se le ech� encima, abraz�ndolo. Eloy no pudo hacer nada para evitarlo, ni para apartarlo. Ra�l ten�a los ojos muy abiertos, el rostro congestionado, la huella de las hormigas mordi�ndole el trasero, la energ�a de cuanto llevara en el cuerpo disparando todas sus reservas. Lo aprovech� para intentar sacarlo de all�. --�Eh, eh! �Qu� sorpresa! �Qu� haces aqu�? �Est�n todos? �Puta madre!, �no? �Puta madre, t�o! Estaba muy pasado, much�simo. Probablemente habr�a empezado con alcohol el viernes por la


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas noche, para darle a las pastillas de �xtasis de madrugada, tal vez un poco de coca aquella misma ma�ana y ahora, quiz�s, acabara de pegarse un popperazo, por lo de re�rse y no parar de moverse, que eran sus efectos. Aquella noche pod�a seguir con speed, y vuelta a las pastillas de nuevo de madrugada, s�lo que entonces comidas, inhaladas en polvo o disueltas en alcohol, para aguantar definitivamente la subida final del domingo. Ra�l se gastaba de veinticinco a treinta mil pesetas cada fin de semana en toda esa porquer�a. No sab�a de d�nde las sacaba, porque, desde luego, no trabajaba. Continu� llev�ndoselo de all�, hasta que �l se dio cuenta de ello. --�Qu� haces? �Ad�nde...? No pudo evitarlo. Se mov�a sin parar, pero sus fuerzas estaban encaminadas a esa acci�n, no a intentar detener a Eloy, y menos a resistirse a su furia. --�Eloy, t�o! --Vamos fuera. --Pero... --�Fuera! Continu� ri�ndose y bailando, aunque ahora, sujeto por Eloy, m�s bien parec�a un mu�eco articulado, una marioneta. Su rostro se convirti� en una mueca, pero ya no se resisti�. Atravesaron la marea de cuerpos sudorosos bajo la cortina s�nica y llegaron a la puerta. Alguien les puso un sello invisible, para poder volver a entrar. Luego salieron fuera. Eloy no se detuvo hasta haber andado unos veinte metros, a la derecha de la nave, en una zona en la que no hab�a nadie cerca. Entonces empuj� a Ra�l contra la pared. --�Eh, me has hecho da�o! --protest� el chico a�n riendo. --�Tienes una pastilla como las que tomasteis anoche? --�Para eso me sacas fuera? Jo, qu� morro! --�La tienes? --grit� Eloy. --�No! --por primera vez Ra�l dej� de re�r, aunque los ojos siguieron desorbitados y se le qued� un tic en el labio inferior--. �Qu� pasa contigo, eh? --Luciana est� en un hospital, en coma. --�Qu�? Lo hab�a o�do, pero en su estado las cosas dif�cilmente le entraban a la primera. --�Luciana est� en coma en un hospital, por la mierda que os tomasteis anoche! --Jo... joder, t�o --parpade�. No, ya no re�a. --Ra�l, esto es serio --dijo Eloy--, Necesito una de esas pastillas. Tal vez ayude a Luciana. --�Ayudarla? �C�mo? --�No lo s�! --se sinti� desfallecido--. �Los m�dicos no saben de qu� estaba hecha! A lo mejor... Comprendi� que estaba dando palos de ciego, empe�ado en una b�squeda extra�a, probablemente in�til, aunque en parte hab�a seguido haciendo aquello por la misma raz�n del comienzo: no quedarse quieto, moverse, hacer algo, escapar. �Lo mismo que Ra�l? No, era distinto. --�Dios m�o, Luciana...! --gimi� Ra�l resbalando hacia el suelo de espaldas a la pared. Eloy apart� sus ojos de �l. Hab�a deseado pegarle, descargar su ira, toda su frustraci�n. Ahora ya no sent�a ganas de hacerlo. No sent�a nada. La misma voz del ca�do se le antoj� muy lejana cuando dijo: --Oye, s�... d�nde para ese t�o, el camello. �l s� tiene pastillas de esas. Todas las que quieras. Eloy volvi� a mirarle.

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No era una pelea, era m�s bien la liberaci�n de todas las tensiones, de todas las frustraciones, de toda la impotencia. M�ximo ya no hablaba, ten�a miedo de que a Cinta le diera un ataque de histeria imparable. Santi era el que intentaba calmarla, sin mucho �xito. --�Por favor, Cinta, vas a hacer que todos los vecinos se enteren y te caer� una buena! --�Yo no quiero que se pase el resto de la vida as�, en una cama! �No lo resistir�! --�Cinta! --�Hoy ten�amos que ir a ver la �ltima de Brad Pitt! �Y est� all�! �Y a lo peor ya se ha muerto! �Y yo no quiero que se muera! �No quiero! --Dale algo, t� --pidi� M�ximo. --�S�, hombre! --protest� Santi--. �Qu� te crees, que yo vivo aqu� y s� d�nde est� todo? --�Si me toc�is, grito! --anunci� Cinta. M�ximo se apart� a�n m�s. --Si lo s� no vengo --rezong�. --�Cobarde! --le insult� Cinta--. �Vas a pasarte el resto de la vida ignorando esto, fingiendo que no ha pasado nada? �Pues ha pasado! --�Yo no digo que no haya pasado, s�lo digo que as� no resolvemos nada! --�C�llate! --orden� ella. --Deber�amos llamar al hospital --propuso Santi, asustado por el estado de su novia--. Seguro que ya est� bien y nosotros aqu�... --�Mierda! --lleg� al l�mite Cinta--. �Por qu� lo hicimos? �Por qu�? �Por qu�? �Por qu�...? Iba a volver a llorar, dej�ndose arrastrar por los nervios, abandon�ndose por completo, y en ese momento son� el tel�fono. El zumbido los alarm� a los tres. Les paraliz� el coraz�n, y la mente. Se miraron entre s�, asustados, y tras la primera se�al, lleg� la segunda, y la tercera. --Ser�n tus padres... --el primero en hablar fue Santi, indicando as� que no pod�a cogerlo �l. --D�jalo --dijo M�ximo--. Como si no hubiera nadie. Tal vez sea un vecino, como ha dicho antes Santi. --Es del hospital --balbuce� Cinta. Sus palabras los atenazaron a�n m�s. El timbre son� por cuarta vez. Y por quinta. Cinta se movi� hacia el aparato. Vacil� durante el sexto zumbido. --No --susurr� M�ximo. --Son tus padres, seguro --insisti� Santi. Ella atrap� el auricular con la s�ptima se�al. --�S�? --musit� d�bilmente. --�Cinta? �Maldita sea, cre� que no estabais! --�Eloy? Los otros se le acercaron. --Oye, �est�n contigo Santi y M�ximo? --S�. --�Bien! --los tres le oyeron gritar por el peque�o auricular telef�nico--. Escucha, os necesito y r�pido. �S� d�nde encontrar al t�o que os vendi� anoche las pastillas! �Necesitamos una!, �vale? Hay que intentarlo, por Luciana. Por peque�a que sea la esperanza de que eso la pueda ayudar... Pero yo no puedo ir solo, tenemos que ir todos. Cinta mir� a los otros dos. La histeria desaparec�a. Ahora todos ten�an algo que hacer. Por fin. --�D�nde est�s? --quiso saber.

57 (Blancas: Alfil x g7)


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas Al entrar en la habitaci�n de Luciana, Loreto apenas si pudo dar unos pasos. El choque, al ver la imagen de su amiga postrada en la cama, fue brutal. Norma, a su lado, hizo un adem�n como de ir a sostenerla, extendiendo una mano y pensando que en su estado de debilidad el impacto tal vez fuese excesivo. Pero Loreto logr� sobreponerse. --�Oh, hija! --exclam� Esther Salas al verla. Se levant� y fue hacia ella. Luis Salas tambi�n se puso en pie. Loreto, sin embargo, no ten�a ojos m�s que para Luciana. El mazazo a�n expand�a ondas paralizantes a todo su cuerpo, a pesar de que Norma ya la hab�a advertido de lo que iba a encontrarse. La madre de su amiga la abraz�, pero no sinti� nada. El padre le dio un beso en la mejilla, pero tampoco sinti� nada. A trav�s de los ojos le llegaba la crudeza de una realidad superior a sus fuerzas. Era el �nico puente con un exterior que de pronto la bloque�. El efecto apenas dur� unos segundos, mientras hablaba, casi sin darse cuenta, con los padres de ella. --Ya ves, hija. --�T� c�mo est�s? --Si es que estas cosas... Despu�s, Norma logr� arrastrar a su padre y a su madre fuera de la habitaci�n, comprendiendo que si segu�an all�, habl�ndole, aturdi�ndola, acabar�an todos llorando de nuevo. Loreto se qued� sola con el cuerpo de su amiga. El cuerpo. Tard� en sentarse en la silla, junto a la cama. Y lo hizo por debilidad, m�s que por el hecho consciente de estar m�s cerca de ella, porque sinti� c�mo las piernas se le doblaban. Finalmente, busc� su mano libre, aquella en cuyo brazo no hab�a ninguna aguja clavada en la carne, y se la cogi� con toda la ternura del mundo, igual que si temiera despertarla. --Luciana... --susurr�. Esper� unos segundos. La inmovilidad de la enferma le pareci� aterradora. En otras circunstancias hubiera sido un juego, ella se habr�a hecho la dormida y, de pronto, le habr�a saltado encima haci�ndole cosquillas. Ahora no era un juego. Luciana flotaba en una dimensi�n desconocida. --Por favor, no te vayas --suplic� muy d�bilmente--. No me dejes sola ahora. Por favor... Le acarici� los dedos, uno a uno. Luciana ten�a las manos m�s bonitas que jam�s hab�a visto. Cuando jugaba al ajedrez, m�s que mover las piezas del tablero, las acariciaba. Y lo sab�a. Siempre se las hab�a cuidado mucho. Las u�as perfectamente cortadas eran la mejor prueba de ello. La mano de Luciana, entre las suyas, con los dedos deformes por los �cidos estomacales, destacaba como una obra de arte en medio de un horror. --Sin ti no lo conseguir�, �sabes? --Loreto cerr� los ojos y se dej� arrastrar por el dolor--. Quiero que sepas que hoy no he vomitado. �Qu� te parece? No he vomitado, y lo he hecho por ti, cr�eme. Por ti. Pero ahora no voy a poder seguir si t� te vas, si me dejas. Luciana, �Luciana!, por favor... Hagamos un pacto, �vale? Un pacto. Yo comer�, aunque estalle, aunque me convierta en la mujer m�s gorda del mundo, y no volver� a vomitar, pero t� tienes que seguir viviendo para estar a mi lado... Luciana, �me oyes? Vuelve. No te mueras, vuelve, �vuelve! Lo he hecho por ti, Luciana, por ti, por ti...

58 (Negras: Caballo e8 Blancas: Alfil h8) Te sienta tan bien este conjunto, Loreto. Me alegro de que te lo hayas puesto. Y con unos kilos de m�s, estar�s arrebatadora, preciosa. Javier caer� rendido a tus pies. �Recuerdas el d�a que lo compramos? �Qu� locura! Fue verlo, entrar, prob�rtelo y �zas! El dinero de la escapada de fin de semana convertido en arte sobre ti. L�stima que eso fuese poco antes de que empezases a caer en picado. Loreto. �Qu� est�s haciendo aqu�?

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Claro que te escucho, pero aunque me gustar�a, no puedo moverme, ni abrazarte, ni darte un beso, ni decirte lo contenta que estoy. Enti�ndelo, Loreto: si me muevo, sentir� el dolor, y no s� si estoy preparada para eso. �Dios...!, me alegro de que me hables de vivir, pero tal vez si conocieras esto dieses el paso. No s�. Todo es tan extra�o, tan relativo aqu�. Os oigo a todos, os veo a todos, pero es como si hubiese una distancia de millones de kil�metros. En cambio, los sentimientos est�n cerca. Son como una ola de calor constante. Cada voz, cada caricia, cada mirada, cae sobre m� como un manto de ternura. Y creo que es esa ternura la que me retiene, �no es curioso? No quiero hacer da�o a nadie, y menos a quien me quiere. As� que la ternura me ata a este lado del camino mientras la paz me llama al otro. Bien, puede que me quede aqu� para siempre, en esta tierra de nadie. Una partida de ajedrez sin fin, sin ganador ni perdedor. Tablas eternas. H�blame, Loreto, h�blame. No has vomitado. �Bien! Es una magn�fica noticia. Un primer paso importante. Ahora el siguiente te costar� menos, seguro. Esta noche tampoco vas a vomitar, �vale? Esta noche dar�s el segundo. Por m�, de acuerdo. Pero tambi�n por ti. �nimo, Loreto, ��nimo! No has vomitado, y da igual el motivo: eso es que quieres salir del pozo, y vivir. Loreto, no dejes mi mano. �Me escuchas? S�, s� que lo haces, hemos abierto una puerta. �Y Eloy? �Sabes d�nde est� Eloy? Loreto, Loreto...

59 (Negras: f6) Poli Garc�a entr� en el bar, se detuvo en la misma puerta, y mir� en direcci�n a la barra. El �nico camarero era Victorino, y no le hizo ning�n gesto, as� que acab� de traspasar el umbral y camin� unos pasos, no en direcci�n a la barra, sino hacia una de las mesas ubicadas en la parte posterior. Se sent� en una de las sillas de pl�stico, y se apoy� con cansancio sobre el m�rmol de la mesa, circular y castigado por miles de partidas de domin�. Tener mesas con la superficie de m�rmol y sillas de pl�stico era un antagonismo muy propio de Alejandro Castro. El muy... Esper� casi cinco minutos. Se le hicieron eternos. Acab� llamando a Victorino para que le trajera una cerveza. El camarero no dijo nada, ni antes, ni durante ni despu�s de serv�rsela. No hac�a falta. Se la dej� sobre la mesa, con el peque�o ticket de la consumici�n al lado. Pero s� desapareci� unos segundos por la puerta de atr�s, para regresar al instante, tal cual, manteniendo su mutismo. Poli cogi� el ticket maquinalmente. En la parte superior estaba escrito el nombre del local: Bar Restaurante La Perla. Muy adecuado, pens�. Jug� con �l, enroll�ndolo, matando el tiempo de espera. Alejandro Castro acab� asomando la cabeza por la misma puerta, mir� hacia �l y le hizo un leve gesto. No ten�a cara de buenos amigos, m�s bien de todo lo contrario. Poli se levant� con la intenci�n de ir tras �l. Le detuvo la voz de Victorino. --�Eh, t�, paga! Poli le lanz� una mirada de ira. Era un desgraciado. No ten�a agallas m�s que para ser camarero. --�Qu� pasa? Tengo que volver a salir, �no? --Mira, esto no es gratis, y t� eres capaz de irte por la puerta de atr�s, as� que... Todav�a llevaba el ticket en la mano, pero no mir� el importe. Sac� dos monedas de cien pesetas y una de veinticinco y las dej� en el plato. El ticket se lo guard� en el bolsillo de la chaqueta. Fue otro gesto maquinal. Lo �nico que quer�a era pasar de Victorino, hablar con Castro y largarse de all� cuanto antes. Se meti� por la puerta del fondo del local y fue tras los pasos del due�o del tinglado. All� hab�a un pasillo que daba al almac�n, a la cocina, a los retretes y, finalmente, en la parte posterior, a un par de


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas despachos. Uno ten�a la puerta abierta. Entr�. Alejandro Castro ya lo esperaba, sentado detr�s de la mesa de su despacho. La cerr� y cubri� la breve distancia que lo separaba de la �nica silla libre frente a la mesa. --�Qu� est�s haciendo aqu�? --le espet� sin contemplaciones el hombre. A Poli Garc�a no le gust� su tono. --Esa cr�a est� en coma --le dijo. El otro valor� debidamente la informaci�n, pero sin pesta�ear. --�Y qu�? --acab� diciendo. --�Sabes lo que eso significa? --se movi� inquieto en la silla el camello--. �Van a remover cielo y tierra por su culpa! --Oye, t�, tranquilo --Alejandro Castro le apunt� con un dedo--. Cada d�a mueren drogatas, y una docena de chicos y chicas sufren comas et�licos o golpes de calor o lo que sea. Y no pasa nada. Nunca pasa nada. --�Esto es diferente! --No grites, Poli. --Esto es diferente --repiti� cambiando la voz aunque no el nerviosismo--. S� de qu� va. Era una cr�a, ya sabes, quince, diecis�is o diecisiete a�os. Los peri�dicos van a meter bulla, y la polic�a montar� una de las suyas. �Ya me est�n buscando! --�C�mo que te est�n buscando? --He ido a mi pensi�n y la due�a me ha dicho que uno que conozco, Vicente Espin�s, andaba tras de m�. --Ser� una casualidad. --�Y una leche, casualidad! --Te han detenido otras veces por camello, as� que... --Mira, Castro, yo me abro. He venido a devolverte las pastillas y a liquidar. Sac� un mont�n de billetes de mil, dos mil y cinco mil de un bolsillo, y un paquetito del otro. Lo puso todo sobre la mesa. Alejandro Castro cogi� el dinero. No toc� el paquetito. --Rec�gelo --orden�. --�Qu�? --Rec�gelo y sal a vender. No me jodas, Poli. --�No puedo! --Acaba eso --se�al� el paquetito--, y luego, si quieres, desapareces unos d�as. --Castro... Al traficante se le acabaron de endurecer las facciones. --Poli, me estoy hartando de ti. Anoche Pepe vendi� el doble que t�. El doble, y sin chorradas. �Cu�nto me debes? �Lo tienes? Yo tambi�n tengo mis problemas, y mis obligaciones. Y he de cumplir con otros, porque esto es una cadena, �te enteras? No puedo parar el negocio ni cerrar s�lo porque una cr�a tenga un mal viaje. Si tienes miedo, v�ndelo todo esta noche, que para eso es s�bado, y ma�ana desapareces unos d�as. Pero precisamente porque es s�bado, no vas a dejarlo hoy, ni a dejarme colgado a m�. �Lo has entendido? Lo hab�a entendido, pero segu�a sin gustarle. --Esto es un mal rollo --rezong�. --Las dos piernas rotas o tu cad�ver en una cuneta son un mal rollo --le aclar� Alejandro Castro. Poli recogi� el paquete y se lo guard� de nuevo en bolsillo. Apret� las mand�bulas al hacerlo. --Si me cogen... --suspir�. --Si te cogen, sabes que te mandamos un abogado. Pero salvo que lo hagan con una pastilla igual a la que tom� esa cr�a encima, no van a poder tocarte un pelo. Por eso tienes que acabar hoy con lo que te queda y en paz. Yo tengo quince kilos aqu�, cincuenta mil pastillas, ya te lo he dicho antes. Y no voy a tirarlas por el retrete. As� que tranquilo, �eh? Poli se puso en pie. Estaba de todo menos tranquilo.

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(Blancas: Torre x h6) Mariano Zapata entr� en el despacho con una amplia sonrisa en su rostro, sin llamar. Gaspar Valls levant� la cabeza y le lanz� una mirada fugaz, con los ojos arqueados, antes de volver a examinar las pruebas que ten�a delante. --Muy contento vienes t� --le dijo. El periodista no contest�. Puso sobre la mesa, frente a sus ojos, la fotograf�a de Luciana. Incluso alguien tan experimentado y con tantos a�os de profesi�n a sus espaldas como Gaspar frunci� el ce�o. --�Co�o! --exclam�. Le fue imposible apartar los ojos de aquella imagen en los segundos que siguieron. Aun en su estado, ojos cerrados, boca abierta, llena de tubos y agujas, se advert�an detalles importantes en ella, su juventud, su belleza, su extra�a indefensi�n. --�Es de portada o no? --le ret� Mariano Zapata. Gaspar Valls levant� la cabeza. --�Tienes el permiso de los padres? --No. --Entonces, �nos la jugamos? --S�. --As�, con dos pares de... --Con lo que haga falta --el periodista apunt� la fotograf�a con el dedo �ndice de su mano derecha --. Esto es dinamita. Nos la van a quitar de las manos. Saldr� en toda Espa�a, y en el extranjero, �qu� te apuestas? --�Y el texto? --Me pongo a ello enseguida. Ya casi est�. Antes quer�a ver c�mo sal�an las fotos. --�Ella sigue en coma? --S�. --�Seguro? --Bueno --no entendi� su prevenci�n--, lo estaba cuando le hice las fotograf�as. --Antes de llevarlo a m�quinas, aseg�rate. --�Por qu�? �Qu� tiene que ver que pueda salir del coma? --Vamos, Mariano, �y t� me lo preguntas? Es una cuesti�n de �tica, nada m�s. Aqu� a�n tenemos un poco de eso. Si esa chica ma�ana est� bien y salimos con esa foto en portada diciendo que est� as�... nos cubrimos de gloria. Si se pusiera bien, lo publicamos igual, pero dentro. La noticia ser�a distinta. --No veo la diferencia --arguy� el periodista. --No seas bestia, hombre --le reproch� su compa�ero, pero tambi�n su superior--. Sabes perfectamente lo que vende y lo que no, y lo que puede ir en portada y lo que no. --�Y si muere? --Entonces es una gran exclusiva --reconoci� Gaspar Valls--. S�lo que no querr�s que esa infeliz la palme �nicamente para tener esa exclusiva y una portada, �verdad? --No, hombre, claro. Era una pregunta, nada m�s. Lo observ� de hito en hito, como si dudara de su afirmaci�n. --T� llama al hospital antes, en el �ltimo minuto, y as� nos curamos en salud. --De acuerdo. Hizo adem�n de irse. Gaspar lo detuvo. --�Eh!, ll�vate eso --le tendi� la fotograf�a aun sabiendo que ten�a varias copias--. Quiero dormir esta noche. --Impacta, �verdad? --Ya lo creo que impacta --asinti� Gaspar--. Y a ti te impactar�a m�s si tuvieras hijos. --Tener hijos, �para esto? --solt� un bufido de sarcasmo--. Hasta luego. Sali� por la puerta a buen paso. Casi un minuto despu�s Gaspar Valls segu�a mirando esa puerta sin poder volver a concentrarse en el trabajo.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas

61 (Negras: Torre x d4) Eloy repiti� una y otra vez el n�mero de tel�fono que acababan de darle en informaci�n, e introdujo una moneda de cien pesetas por la ranura superior del aparato antes de marcarlo. Mientras lo hac�a, no apart� los ojos del cruce donde hab�a quedado con Cinta, Santi y M�ximo. A�n era pronto para que apareciesen, pero se manten�a alerta por si acaso. --Hospital Cl�nico, �d�game? --La familia de Luciana Salas, por favor. No s� si sigue en la UCI o est� ya en una habitaci�n... --Espere, no se retire. Esper�, unos largos segundos. El coraz�n se le aceler� en el pecho a medida que se aproximaba el momento de la verdad. Tuvo que pasar otro filtro m�s. De pronto escuch� la voz de Norma. --�S�? --Soy Eloy --cerr� los ojos y mantuvo todo su ser en vilo. No tuvo que preguntar nada. --Sigue igual. --�Ah! --�D�nde est�s? --No te lo creer�as --suspir�. --�Por qu�? --Ando detr�s del t�o que les vendi� esas mierdas. --�Qu�? --Es igual, d�jalo. Supongo que no es m�s que una forma de hacer algo, aunque... --Eres incre�ble. --Dile que la quiero. --Vale. --Pero d�selo, �eh? Yo creo que... --Lo har�, tranquilo. Ahora est� Loreto con ella. --�Loreto? --Ha venido, s�. Llen� los pulmones de aire. El tel�fono se puso de pronto a dar se�ales de que el dinero se estaba acabando. Y ya no ten�a m�s que decir. --Esto se corta, adi�s. --Adi�s, Eloy. Se qued� con el auricular en la mano y la se�al de la l�nea cortada zumbando entre los dos.

62 (Blancas: Alfil x f6) Fue al detenerse el taxi en un sem�foro cuando Cinta rompi� el silencio. --Eloy es alucinante. --�Por qu�? --pregunt� Santi. --�T� qu� crees? --lo dijo como si pareciera evidente--. Sale del hospital esta ma�ana hecho una furia, con Luciana medio muerta, y se mete a buscar al t�o que anoche... --mir� al taxista y no sigui� hablando. --Pero tiene raz�n --intervino M�ximo--. Si conseguimos una pastilla de esas...

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--Los m�dicos est�n bastante despistados, �no? --manifest� Santi. --A m� me da un poco de miedo, por no decir mucho --pleg� los labios Cinta. --�Miedo? --Yo estoy en coma, y t� te encuentras cara a cara con el t�o que me ha dado eso. �Qu� haces, le dices que necesitas otra pastilla para ver si as� me salvas o le das de hostias? Santi parpade�. --Oye, �no ir�s a pensar que Eloy...? --dud� M�ximo. --S�lo digo lo que hay --repuso Cinta. --Pero lo importante es conseguir esa pastilla --convino Santi. --Ya, nos acercamos y le pedimos una. �Crees que el t�o va a estar tan normalito? --De entrada, el t�o no sabe que t� est�s en coma --dijo Santi--, as� que normalito s� va a estar. --Otra cosa es que tras conseguir la pastilla, si es que Eloy tiene la suficiente sangre fr�a como para esperar, despu�s... --aventur� M�ximo. --�Eh!, no somos h�roes de c�mic --dijo Cinta. --�Has visto c�mo se ha puesto Eloy esta ma�ana con nosotros? --puso el dedo en la llaga M�ximo --. �Te imaginas con ese camello? Cinta volvi� a mirar al taxista. Parec�a muy ocupado controlando el tr�fico de �ltima hora de la tarde. --Esas personas son peligrosas --advirti� Santi. --��se? No era m�s que un mierda --dijo M�ximo con desprecio. --�Y si lleva un arma? --Oye --M�ximo mir� a Cinta--, �qu� te crees, que esto es Nueva York o qu�? --Bueno, sea como sea nosotros somos cuatro --terci� Santi. --Me sigue dando miedo Eloy. Est� loco por Luciana. Ese pensamiento los mantuvo en silencio en los instantes siguientes. El taxi se par� en un nuevo sem�foro. El taxista les lanz� una mirada distra�da por el retrovisor interior. La detuvo sobre ella, bastante rato, casi todo el que dur� la espera ante el sem�foro. Cinta se la acab� devolviendo, y el hombre retir� sus ojos. --�Vamos ya, que est� en verde! --protest� levantando una mano en direcci�n al veh�culo que le preced�a.

63 (Negras: Torre f4) Por primera vez en todo el d�a, estaba quieto. Pod�a pensar. Dese� no hacerlo, y que los otros tres llegaran de una vez para ponerse en marcha. Por eso les hab�a citado cerca de su destino tras llamarles por tel�fono, aunque hab�a llegado antes. Probablemente ellos a�n tardar�an unos minutos. Demasiados. �Y si hubiera ido solo? No, qu� estupidez. Se lo hab�a repetido ya una docena de veces. Los necesitaba. De entrada porque �l no conoc�a al camello, y M�ximo s�. Y tambi�n porque cuando lo tuviese delante... �Qu� har�a cuando lo tuviese delante? Lo m�s importante era Luciana, conseguir una pastilla. Pero aquel cerdo era el causante de que ella estuviese como estaba. Era como si la hubiese matado, aunque... No, no era cierto. El camello no era m�s que un eslab�n de la cadena. Y el �ltimo, el decisivo, eran ellos. Ellos decid�an comprar, y tom�rsela. Ellos y nadie m�s que ellos. Un juego divertido. Para eso se es joven, para probar cosas, para experimentar.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas Para eso y para desafiarlo todo. �O no? Anduvo inquieto por la esquina. Parec�a idiota. Un idiota de diecinueve a�os. �Por qu� todas las reflexiones surg�an despu�s de que las cosas hubieran pasado? �Por qu� los ataques de madurez, y los sentimientos, y las prevenciones, y el sentirse carca, y...? La confusi�n lo invad�a como una marea negra. Impregn�ndolo todo. De acuerdo, dar�an con ese cabr�n, comprar�a una pastilla, apretar�a los pu�os y las mand�bulas, se tragar�a su odio, sus deseos de venganza, y luego ir�an al hospital y llamar�an a la polic�a. Por ese orden. Exist�a la ley. Aunque nada, ni siquiera esa ley, podr�a ayudar a Luciana a volver a la vida. Sigui� caminando arriba y abajo, inquieto, mientras los coches pasaban por su lado llen�ndole de humos y ruidos. Ning�n taxi se detuvo en la calzada. Volv�a a moverse para no pensar, para seguir activo. Lo peor llegar�a m�s tarde, cuando tuviera que parar. Entonces estar�a probablemente tan muerto en vida como Luciana.

64 (Blancas: Alfil e5) --Eso debe quedar por aqu�, �no? --dijo Santi mirando por la ventanilla. --Supongo, no s� --hizo lo mismo M�ximo. --Ah� delante --les indic� el taxista--. Pasado el pr�ximo sem�foro. --Bueno --suspir� Cinta. Los dos chicos la miraron a ella, como si fuera la jefa o tuviera algo m�s que decir. --�Qu� hacemos? --quiso saber Santi al ver que su novia no segu�a hablando. --�Qu� quieres que hagamos? --No s�. Una vez que nos reunamos con Eloy... --Todos estamos fastidiados --reconoci� la muchacha--, pero esto es de Eloy, as� que lo �nico... tratar de que no haga nada... En fin, ya me entend�is. --Va a ser muy complicado. --�T� est�s bien? --Santi le cogi� una mano. No se hab�an tocado desde que estuvieron en la cama juntos. --S�. --�De verdad? --S�, de verdad. No lo estaba, pero ahora al menos no se sent�a como en su casa, con aquella presi�n y aquel miedo, pensando en Luciana. Incluso agradeci� el contacto lleno de calor de Santi. El taxi recorri� el �ltimo tramo de calle. --�Ah� est� Eloy! --M�ximo fue el primero en verlo.

65 (Negras: Torre x f3)

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Eloy ya hab�a visto el taxi, primero porque su velocidad decrec�a, despu�s por el intermitente indicando que se deten�a, y, finalmente, porque sentados detr�s cont� tres cuerpos. Cuando el veh�culo se detuvo, abri� la puerta. M�ximo fue el primero en bajar, seguido de Cinta que iba en medio. Santi estaba pagando la carrera. --�Jo, t�o! --expres� su liberaci�n de tensi�n M�ximo--. �C�mo te lo has montado? --Por Ra�l. --�Has localizado a Ra�l? --abri� los ojos Cinta. --Primero he estado en casa de Paco y Ana, y despu�s lo he pillado a �l. Le hubiera tra�do conmigo de no haber estado completamente ido. --Lo suyo es demasiado --reconoci� M�ximo. Santi ya estaba fuera. El taxista les dirigi� una �ltima mirada, sobre todo a ella, y luego arranc� alej�ndose de all�. Se quedaron solos. --�D�nde est�? --quiso saber M�ximo. --En una discoteca llamada Popes, aqu� cerca. --No la conozco --pleg� los labios Santi. --Es de barrio, quincea�eros y gente as� --le inform� Eloy. --�Seguro? --Ra�l me ha dicho que s�, que a esta hora y en s�bado suele estar siempre ah�. --�Y de veras crees que saber lo que hay en una pastilla de esas puede ayudar a Luciana? --repiti� Cinta la misma duda que aquella ma�ana. --El m�dico lo dijo, �no? �Se os ocurre algo mejor para ayudarla? Ninguno ten�a una respuesta v�lida. Eso zanj� el tema. Quedaba, tan s�lo, dar el primer paso. --�Qu� hacemos? Se miraron los cuatro. Las diferencias de la ma�ana hab�an desaparecido. Eran cuatro amigos unidos por las circunstancias, pero tambi�n por algo surgido m�s all� de ellas. Algo que s�lo conoc�an ellos mismos, igual que lo conoc�an todos los que compart�an un mismo sentimiento com�n en la adolescencia. Por lo general, ese sentimiento se desvanec�a despu�s. Aunque eso a�n no lo sab�an, lo intu�an por la vida de sus padres. --Vamos ya, �no? --Espera --le detuvo Cinta. Eloy sinti� la presi�n de la mano de su amiga en el brazo. Se detuvo y la mir� a los ojos. Los ten�a enrojecidos, y no era necesario preguntar por qu�. --Tranquila --musit� comprendiendo el tono de su inquietud--. Lo primero es Luciana. Entonces Cinta lo abraz�. Un abrazo c�lido, de coraz�n, pre�ado de emociones sin medida. Y �l le correspondi� con la misma intensidad. Fue lo �ltimo antes de que los cuatro echaran a andar calle arriba.

66 (Blancas: Torre h8) --Inspector. Vicente Espin�s centr� la mirada en Lorenzo Roca saliendo de su larga abstracci�n, una m�s en los �ltimos minutos. El polic�a llevaba unas anotaciones hechas a mano. --�Lo tienes? --El Cal�gula Ciego y el Marcha Atr�s son discotecas nocturnas de gente guapa --comenz� a decir Roca--. Se animan a partir de las dos de la madrugada. Antes... --puso cara de asco--. El Pe��n de


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas Gabriltar es un bar musical con algo de ambiente putero, hay reservados y todo eso, aunque al parecer la clientela es selecta porque las chicas est�n bien. El Popes es una discoteca de tarde y noche, o sea, que a esta hora hay ni�os y ni�as bien, y m�s tarde van sus hermanos y hermanas, o sus padres. Por �ltimo, La Miranda, es un bar de esos fr�os, pero que tambi�n se llena pasadas las tantas. Vicente Espin�s evalu� la informaci�n facilitada por su subordinado. Despacio. --O sea que, de los cinco, s�lo en uno hay animaci�n ahora mismo --expres� sus pensamientos en voz alta. --En el Popes, s� --le respondi� Roca como si hablara con �l. --�A qu� hora cierra ese local? --A las diez. Justo para que los nenes y las nenas vuelvan a casita. Reabren despu�s, a eso de las once. De cinco, uno. No se trata de instinto o intuici�n, sino de un hecho. --El Mosca puede ir a uno de ellos esta noche, as� que habr� que vigilarlos todos, pero ahora... -- mir� a Roca, decidido--, no perdemos nada probando. --�Nos vamos, jefe? Se puso en pie. Agradec�a salir de all�. Los casos se resolv�an en la calle, aunque no hab�a nada como �la oficina� para pensar en ellos y reunir los datos y la informaci�n necesarios. Lorenzo Roca fue a por su chaqueta. Los dos se encontraron en la puerta del departamento. --�Qui�n cree que ganar� ma�ana? --se encontr� con la inesperada pregunta de Roca.

67 (Negras: Rey d8) La diferencia entre el Popes y la nave en la que hab�a encontrado a Ra�l era manifiesta, y no s�lo por el espacio, a pesar de que la discoteca tambi�n era bastante grande y ten�a dos niveles. All� los chicos y las chicas transpiraban todav�a leche materna, o al menos as� se lo parec�a. No hac�a m�s de cuatro a�os que �l era tambi�n as�, pero se le antojaba una gran lejan�a en el tiempo. A veces incluso se preguntaba c�mo hab�a podido comportarse as�, tan absurdamente loco. �O era que se sent�a �mayor�? �Absurdamente mayor? Contempl� la fauna de bollycaos, ellas abri�ndose a la vida en plan pele�n, dispuestas a comerse el mundo, luciendo la esbeltez de sus cuerpos, la longitud de sus piernas emergiendo de sus breves faldas o pantaloncitos muy ce�idos, la belleza de sus cabelleras t�pica de spot publicitario, lo �ltimo en moda, la audacia para combinar colores y sensaciones, y sin los protectores de los dientes que guardaban en los bolsos o las chaquetas para volver a pon�rselos al llegar a casa, fumando, convertidas en depredadoras cuando iban en grupo ya que la fuerza las hac�a estallar, o entregadas al amor en el caso de que compartieran tempranamente su espacio vital con un chico; y ellos ocultando sus inseguridades o luciendo su buena planta y, por tanto, sus argumentos de dominio, mir�ndolas y dej�ndose mirar, ofreciendo lo sano de sus vidas a�n sin malear, con el vaso de alg�n brebaje en la mano, igual que si en lugar de sostenerlo fuese �l quien los sostuviera a ellos. Y en suma, todas y todos, bailando, bailando sin parar, porque para eso se supon�a que estaban all�. Bailando para divertirse y romper con todo. --�Qu� movida!, �no? Eloy mir� a M�ximo. Parec�a haberse olvidado tambi�n de que ellos eran igual cuatro a�os atr�s, incluso menos, tres... o tal vez dos. --Primerizos --coment� Santi. --�Menuda guarder�a! --continu� M�ximo. --�Por d�nde empezamos? Eloy estaba al mando. Nadie se lo discut�a.

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--Vamos arriba, a ver si lo vemos --emple� la misma t�ctica que en la nave--. Si est� vendiendo, lo que no va a hacer es estar en la pista, y fuera no lo hemos visto. --De acuerdo --grit� Cinta para hacerse o�r por encima de la m�sica. Eloy abri� el camino hacia arriba.

68 (Blancas: g5) Mariano Zapata puso el punto final y se apart� de la pantalla del ordenador ech�ndose para atr�s. Suspir� feliz, orgulloso de su obra, pero no perdi� el tiempo refocil�ndose en ese orgullo. Mir� la hora, y luego manipul� el teclado para ver el art�culo desde el principio. Empez� a leerlo para s� mismo, pero en voz alta. Primero el titular, directo, contundente: Despu�s los antet�tulos: �Una joven de dieciocho a�os en coma por el eva�, �Las drogas de dise�o se disparan entre la juventud� y �Desconcierto m�dico ante los pocos datos de las nuevas drogas juveniles�. Finalmente, el art�culo: �Tienen entre 13 y 19 a�os, y son nuestros hijos, los suyos y los de su vecino. Los vemos cada d�a, sanos, alegres, estudiando o trabajando o luchando por salir adelante, con sus problemas y sus frustraciones, pero llenos de vida y energ�a, capaces de superar lo que se les ponga por delante. Es dif�cil imaginarles haciendo algo ins�lito, algo malo. Y sin embargo, muchos de ellos, al llegar el fin de semana, cambian, se transforman, se abocan al lado oscuro de la existencia. Mientras sus padres est�n en casa, durmiendo, o fuera, dej�ndoles solos porque "ya son mayores" o mucho m�s independientes que nosotros a su edad, ellos, chicos y chicas, son capaces de estar bailando tres d�as seguidos, sin parar, utilizando todos los medios a su alcance para forzar la m�quina, para conseguir que el cuerpo aguante. No hay otra ley. As� es la realidad. Y con su m�sica, m�kina, bakalao, el fin de semana se convierte en un largo camino que traspasa todos los m�rgenes prohibidos, porque lo importante es llegar al lunes y no haber parado, haber vivido la locura total, la evasi�n m�xima, con los ojos desorbitados, la mand�bula temblando y la risa f�cil del no poder parar. �L.S.M. es una de esas chicas. Sali� el viernes de su casa para gozar de la vida, y en unas pocas horas la vida le dio la espalda. Una pastilla, un eva, lo que muchos a�n llaman �xtasis, le seg� la esperanza. Ella, como miles de chicos y chicas en Espa�a y en otros pa�ses, pag� tan s�lo dos mil pesetas por "algo" que le permitiera ver las estrellas. Ahora, en coma, es probable que las vea, y que no le gusten. Su imagen, en el hospital, es estremecedora. �El c�ctel formado por la m�sica discotequera actual y las drogas de dise�o tiene atrapados a miles de nuestros j�venes. El viejo porro parece haber pasado a mejor vida, con los �ltimos heavys, grunges o pasotas. La coca sigue siendo privativa de la gente guapa que puede pagarla. Por el contrario, las drogas de dise�o se han apoderado de esa gran masa formada por los adolescentes �vidos de sensaciones. Son baratas, contundentes, efectivas. M�dicamente, se dice que no crean adicci�n, as� que, para s� mismos, no son drogadictos, s�lo adictos ps�quicos del fin de semana, porque no entienden lo de salir de casa sin "colocarse". Pero ahora que el �xtasis (MDMA) comenzaba a ser conocido, lo que triunfa es el eva (MDEA), del que no se sabe absolutamente nada. Casi el cuarenta por ciento de las sustancias requisadas en nuestra comunidad recientemente conten�an MDEA, mientras que s�lo en el diez por ciento aparec�a MDMA. El �xtasis y sus derivados, antes llamados "la droga del amor", son ahora ya "la droga de la muerte", como todas, porque aun suponiendo que sea verdad que no creen adicci�n, su uso y m�s su abuso, son como un billete a Ninguna Parte. �El manual de drogas de dise�o, e incluso el de bebidas utilizadas por nuestros j�venes, dejar�a boquiabiertos a muchos de sus padres o profesores. La Real Academia de la Lengua no tiene ninguno de esos t�rminos en sus vetustas p�ginas. �Hab�an o�do hablar del popperazo? Inhalaci�n de nitritos. Provoca risas espasm�dicas e impide dejar de bailar, todo en unos segundos. �Saben lo que es un speed?

�BAILANDO CON LA MUERTE�.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas Un combinado de cafe�na y anfetamina que se vende en papelinas. �Les suena el t�rmino Special K? Es una sustancia farmac�utica de uso hospitalario, la ketamina, para anestesias humanas o animales, y s�lo se vende con receta. Un botecito cuesta en cualquier farmacia 900 pesetas. Es suficiente con dejarlo evaporar en una sart�n, cortar el residuo para que se quede en polvo, y con ello se fabrican las suficientes dosis como para ganar veinte veces la inversi�n. Dicen que da �viajes� muy fuertes y deja atontado, pero aun as�, es la moda, y muy peligrosa ahora mismo. En Estados Unidos se mezcla con coca�na y se llama Special Kalvin Klein. �Quieren que siga? Podr�a hablar del �xtasis l�quido y del �xtasis natural, conocido como Paz de Indio (una botellita cuesta 3.000 pesetas y dos o tres personas pueden colocarse con ella), y del cristal, del XTC, del Adam, del �guila dorada y de muchos otros. Las drogas ya no son coca�na o hero�na. El sida ha cambiado muchos de nuestros h�bitos. La qu�mica nos ha invadido. Lo peor de todo es que los fabricantes las adulteran tambi�n continuamente, por lo que los j�venes a los que van destinadas casi siempre ingieren aut�nticas bombas de relojer�a. Ninguna mata de facto. El componente fatal lo pone siempre el receptor, pero basta cualquier anomal�a o cualquier casu�stica desafortunada para desencadenar una reacci�n qu�mica que precipite el fin. Tampoco matan las bebidas, pero �pueden imaginarse las reacciones de algunas con nombres tan llamativos como Pepdrink, Flying Horse, Red Bull, Semtex, Take Off, Love Bomb, Explosive, si se mezclan con productos qu�micos? Un simple dato: la Pepdrink produce un efecto parecido a tomarse un porro con un caf� puro y muy cargado. �L.S.M. cay� por un golpe de calor la madrugada del viernes. Esta pasada madrugada, miles de pastillas habr�n sido ingeridas por un ej�rcito de ac�litos de la noche. El pr�ximo fin de semana suceder� lo mismo. La polic�a decomisa algunas partidas, pero ya no se trata de drogas duras que llegan de Colombia o Tailandia, ni de hach�s procedente de Marruecos. Se trata de laboratorios clandestinos que aparecen en todas partes y que las fabrican sin cesar, llenando el mercado y sobre todo facilit�ndolas a precios muy asequibles. Nuestros hijos "bailan con la muerte"; ya no es s�lo cuesti�n de divertirse, sino de explorar el lado oscuro de la realidad. La secuela que deje en sus mentes no lo sabremos hasta dentro de unos a�os, cuando esas bombas de relojer�a estallen y pasen factura. Entonces, como es natural, ser� demasiado tarde para actuar. Puede ser una generaci�n sin letra, ni X, ni Z, ni P, o A. Puede ser la generaci�n esquizofr�nica. Puede ser la �ltima. Y la habremos creado nosotros, por no abrir los ojos a tiempo. �L.S.M. tiene 18 a�os, era campeona de ajedrez, una chica normal, mod�lica, buena estudiante, con unos padres felices y una hermana peque�a. Ten�a novio. Todo eso se ha ido en unos segundos, s�lo porque una pastilla se cruz� en su camino. El coma puede ser eterno, llevarla a un r�pido y fatal desenlace, o cesar inesperadamente. Pero eso no ocultar� la cruda realidad. Como dec�an los Beatles, los campos de fresas pueden llegar a ser eternos. �L.S.M. bail� el viernes por la noche con la muerte, y sigue bailando.� Mariano Zapata solt� aire y asinti� con la cabeza. Perfecto. Directo a las conciencias. Periodismo y azote. Le gustaba. �Oportunista? �Demagogo? �Sospechoso? �Panfletario? Al diablo con todo. Era una noticia, y sab�a c�mo tratarla. Fuera cual fuera esa noticia, lo importante era el modo de presentarla, el tono, el envoltorio. Pens� en el inspector Espin�s. Iba a tener trabajo, mucho trabajo, pero �se era su problema. --�En marcha! --dijo poni�ndose en pie.

69 (Negras: Torre f1) --�Qu� edad tienen sus hijos, jefe? No le gustaba que le llamasen �jefe�. Le sonaba a pel�cula de g�ngsters americana. Pero se olvid� de ello por la sorpresa de la pregunta. --Veintitr�s, diecinueve y quince. --La m�a tiene siete, y el golferas tres, que menudo toro est� hecho.

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--Cuando son peque�os sufrimos porque son peque�os y parecen indefensos, y cuando son mayores sufrimos porque son mayores y se creen que lo saben todo --contest� Vicente Espin�s. Quiz� lo mejor era hablar, aunque fuera de aquello. Llevaban demasiado rato en silencio, envueltos en el ruido del tr�fico del anochecer. --Lo de esa chica es un palo, �verdad? --�Lo dices por sus padres? --Y por nosotros. La prensa va a hincarle el diente al tema. Una cosa es que la palme un drogata, y otra una chica normal y corriente que hab�a salido a divertirse. --Cada fin de semana mueren una docena de chicos y chicas j�venes por accidentes de circulaci�n. --Ya, pero son una docena, como dice. �sta est� sola, y adem�s est� en coma, porque si te mueres, a los pocos d�as ya no es noticia, pero como siga as� mucho tiempo... �Pongo la sirena, jefe? Esto no se mueve. --No, no la soporto. --�Sus hijos salen de noche? Era una buena pregunta. --S� --convino con desgana. --Y llegan de madrugada, claro. Como todos. No hac�a un mes que le hab�a encontrado a Fernando, el de diecinueve a�os, una pastilla de hierba en un caj�n. --Roca, no me toques los huevos, �quieres? --Jefe, si yo s�lo... --Y no me llames jefe. --Vaya --suspir� el polic�a--, parece que �ste va a ser un caso movido. Ten�a su gracia, por el acento y la forma de decirlo, as� que hasta forz� una media sonrisa en sus labios. --T� est�te alerta con el toro ese que dices que tienes, que ya ver�s dentro de quince a�os. --No, si ahora ya puede conmigo. --Pues eso. --Pero una buena leche a tiempo... --Ya. --La culpa es nuestra, que como se lo damos todo hecho... --Roca. --�Qu�, jef... inspector? --No me filosofees, �vale? Y pon la sirena para salir de este atasco, pero luego la apagas. No tuvo que dec�rselo dos veces. En un minuto ya estaba pisando el acelerador casi a fondo.

70 (Blancas: Rey d2) No hab�a ni rastro del camello, as� que el primer atisbo de frustraci�n asomaba ya en sus rostros cansados de mirar a todas partes, luchando contra los flashes de las luces estrobosc�picas y el movimiento continuo de la discoteca, la m�sica y los gritos de los que intentaban hablar entre s�. Como ellos ahora. --�Yo creo que no est�! �Lo ver�amos! �Un t�o de m�s de veinte aqu� canta mucho! --�Puede que est� fuera, apostado en alguna parte, y que no le hayamos visto, o que haya llegado mientras tanto! --�Y si pregunt�ramos a uno de �stos d�nde poder comprar algo? --�Est�s loco? �Crees que todos hacen lo mismo o qu�? M�ximo los mir� como si as� fuera.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas --�Salimos? --propuso Cinta. --�S�! --accedi� Eloy. Regresaron a la puerta del Popes. Tardaron cerca de tres o cuatro minutos en abrirse paso por entre los cuerpos juveniles que pululaban por el espacio l�dico. Un portero con aires de gorila les puso el habitual sello invisible en la mu�eca, mir�ndolos impert�rrito. Una vez fuera empezaron a moverse de nuevo por el aparcamiento y las proximidades de la discoteca, que ocupaba un lugar propio en la calle, abierta a los cuatro vientos. No tardaron en regresar a las inmediaciones del recinto, m�s y m�s desconcertados. De no haber sido por la determinaci�n de Eloy, Santi y M�ximo ya habr�an arrojado la toalla, convencidos de que el camello no estaba por all� ni ten�a intenci�n de ir. Pero les bast� con ver la cara de su amigo. --Volvamos dentro --orden� �l--. Y esta vez nos separaremos. Yo ir� al lavabo, t� te pones entre la pecera del disc jockey y la barra del bar, y Cinta y Santi que se queden en la puerta, viendo a todo el que entra y sale. --Bien --asinti� ella. M�ximo y Santi no dijeron nada. Volvieron a meterse en el Popes.

71 (Negras: Torre g1) Loreto sent�a el peso de una enorme conmoci�n sacudi�ndola de arriba abajo. Ni siquiera lo entend�a. Cre�a que ver a Luciana all�, en aquel estado, ser�a tanto como renunciar a la salvaci�n final, porque si Luciana, tan fuerte, tan distinta, sucumb�a, �qu� esperanzas ten�a ella? Y sin embargo... La mano de Luciana entre las suyas, a�n caliente. La vida que flu�a de ese contacto a pesar de todo. El aliento de una lucha soterrada, silenciosa, como si pese al coma su amiga le hubiese hablado. Hab�a cre�do o�r aquella voz, su voz. Muy dentro de s� misma. Un extra�o efecto. Y una consecuencia sorprendente, por su fuerza demoledora. Quer�a vivir, vivir, vivir... Como Luciana. --�Echo por el paseo o doy la vuelta? El taxista no la arranc� de su abstracci�n. --Da lo mismo --dijo. El hombre se encogi� de hombros. Le bast� con volver a mirarla para que evitara hablarle de lo que iba a hacer y por qu�. Su pasajera parec�a obnubilada. Lo estaba. Loreto pens� en su peque�a victoria de hac�a un rato, cuando se venci� a s� misma para no vomitar. �se hab�a sido realmente el primer paso. Y lo hizo por Luciana. Aunque eso fuese ya lo de menos. Lo importante es que lo hab�a hecho. --Luciana... --musit�. --�Dec�a usted algo, se�orita? --No, no, nada. Se sent�a tan distinta... Algo tan simple como no vomitar. Tan y tan distinta.

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72 (Blancas: Alfil f6 +) Esther Salas se levant� como impelida por un resorte. Su marido la vio acercarse a la cama de Luciana, mirarla, mover una mano temblorosa hasta su frente, depositarla en ella. --�Qu� sucede? --pregunt�. --Cre�a que... se hab�a movido --desgran� la mujer. No era cierto. �l tambi�n la estaba mirando en esos momentos, bajo la perpetua sombra de aquella incredulidad que sin embargo era m�s y m�s certeza a medida que pasaban las horas. Pero no se lo dijo a su mujer. Esther Salas acarici� la frente de su hija. En su gesto flot� una desesperanzada esperanza. --Ma�ana habr� que llamar a la familia --volvi� a hablar en voz muy baja. La familia. Abuelos y abuelas que completar�an el cuadro de la tragedia. --Tu madre se morir� --dijo �l. Hab�an preferido no hacerlo a lo largo del d�a, esperar, confiar, pero ahora, al acercarse la noche, todo se convert�a en amargura y realidad. Incluso ellos tendr�an que descansar, despu�s de una primera noche en vela. Tendr�an que descansar, por extra�o que pareciera. No hubieran querido dormir, sino estar despiertos, constantemente, para velar el sue�o de Luciana. Norma se levant�, se hab�a movido todo el d�a de aqu� para all�, como una zombi, respondiendo al tel�fono o haciendo cualquier cosa, incapaz de permanecer quieta m�s all� de un minuto. Cada vez que una emoci�n le asaltaba, ten�a que hacerlo, para no caer en el abismo abierto a su alrededor. --Norma, �ad�nde vas? --la detuvo su madre. --Al ba�o --dijo por decir algo. --Ah. Se quedaron mir�ndose las dos, fijamente, con Luis Salas de mudo testigo. Luego la chica se encamin� al lavabo.

73 (Negras: Rey d7) Norma cerr� la puerta del ba�o y se apoy� en el lavabo. El espejo le devolvi� su imagen, a mitad de camino de ninguna parte. Al menos as� es como se sent�a. Demasiado joven para ser mujer, demasiado mujer para ser joven. Todas las sensaciones volvieron a ella. En bloque, sepult�ndola bajo su peso. Cuando se dej� caer sobre la taza del inodoro, para sentarse, al flaquear sus piernas, comenz� a llorar en silencio, con la cabeza echada hacia atr�s y apoyada en la pared, con los ojos cerrados. --�Por qu�? --gimi�--. �Por qu�? Fue lo �nico que pudo decir, una y otra vez, mientras pensaba en su hermana.

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(Blancas: Torre h7 +) Eloy entr� en la zona de lavabos del Popes. Primero vio un pasillo que conduc�a a una especie de distribuidor. En �l, la puerta de la derecha mostraba el acceso para los chicos y la de la izquierda para las chicas. No hab�a nadie en el distribuidor, as� que se meti� en el lavabo masculino. Salvo un par de meones no encontr� nada, pero se asegur�. Abri� todas las puertas de los inodoros; cinco en total. Sali� fuera y entonces, por la puerta frontal, la de las chicas, vio aparecer a dos morenitas muy pintadas, cl�nicas, piernas desnudas, ombligo desnudo, brazos desnudos. --�Dos mil quinientas! �C�mo se pasa!, �no? --T�a, ser�n buenas. --Ya, pero... Las vio alejarse por el pasillo. Y volvi� a mirar hacia la puerta del lavabo femenino. Zona prohibida, a no ser que... Esper� unos segundos, s�lo para sentirse m�s tranquilo. Luego empuj� la puerta unos cent�metros, dispuesto a hacerse el despistado o el borracho si aparec�a alguna chica. Dentro no vio a nadie, por extra�o que le pareciera. Siempre hab�a cre�do que los lavabos femeninos estaban llenos a rebosar, con una abigarrada fila de cuerpos delante de los espejos. Adem�s, ellas iban de dos en dos, algo que tampoco hab�a entendido jam�s. Tal vez, pens�, todo aquello fuese un mito alimentado por el cine y la tele. El caso es que, por la hora o por lo que fuese, no hab�a nadie a la vista. Salvo en uno de los ret�culos privados para hacer necesidades mayores. Primero fueron sus voces, quedas. Despu�s su realidad. --Vamos, dec�dete. --�Es todo lo que tengo, y he de volver a casa! --Pues yo me largo ya. Me buscas ma�ana. --�Jo! Eloy cerr� la puerta del lavabo sin entrar. Oy� voces a su espalda, por el pasillo. Se apoy� en la pared fingiendo descansar despu�s de la movida y esper�. Aparecieron dos chicos y una chica. Cada cual se meti� en su lugar. Ni siquiera sab�a si aquel camello era el que buscaba, y, por lo tanto, si lo que vend�a era lo que necesitaba. Se sinti� nervioso. Si se iba a buscar a los otros, el camello podr�a escap�rsele. Si se quedaba, tal vez tardara en irse o en cambiarse de lugar. El tiempo empez� a transcurrir muy despacio. La clienta del camello sali� al cabo de un minuto. Ten�a alrededor de quince a�os, era sexy y atrevida. La nueva chica que hab�a entrado sali� a los tres minutos, a�n retoc�ndose el pelo. Los dos chicos aparecieron casi inmediatamente. Y entonces, de pronto, la puerta del lavabo femenino se abri� y por ella asom� un hombre, treinta a�os, nariz aguile�a. Sus ojos se encontraron con los de Eloy. Apenas un segundo. El aparecido sali� del lavabo y ech� a andar por el pasillo, en direcci�n a la discoteca.

75 (Negras: Rey d6) La sirena ya hac�a unos minutos que hab�a enmudecido. El autom�vil rodaba ahora a velocidad

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moderada, porque el Popes se hallaba a la vista. Lorenzo Roca se preocupaba m�s de buscar un lugar donde aparcar que de otra cosa. --Esto est� lleno --rezong�. --Pues me gustar�a aparcar cerca de la entrada, para poder vigilar la puerta sin tener que bajar del coche --repuso Vicente Espin�s. --Ya. S�lo le falt� agregar: ��y qu� m�s?�. Rode� una parada de autob�s en la que ya hac�an cola un pu�ado de chicos y chicas, muy vistosos. Les echaron una ojeada distra�da y el inspector volvi� a pensar en su padre, en lo que le dec�a cuando �l iba de hippy, o lo pretend�a, con el cabello largo y las ropas psicod�licas. Fue un pensamiento fugaz. --Claro, ah� no vamos a poder entrar --manifest� Roca mirando la discoteca--. Cantar�amos como una almeja. --Ya sabes que el noventa por ciento del trabajo policial consiste en perder el tiempo, pero el diez por ciento restante depende casi siempre del noventa por ciento primero. --Todos esos coches no pueden ser de los que est�n ah� dentro, �verdad? --No, porque son menores, pero las motocicletas s� --le se�al� un peque�o bosque lleno de veh�culos de dos ruedas. --Bueno, �qu� hago? --Roca, �quiere que piense yo en todo? --Para algo es el jefe, �no? A veces le hac�a sonre�r, aunque no tuviera ganas, como en ese momento. --�Y si llamamos por radio a la gr�a para que se lleve uno de estos coches? --propuso Lorenzo Roca.

76 (Blancas: Torre x b7) Poli Garc�a sali� de los lavabos y se encamin� al bar de la discoteca para tomarse algo antes de largarse. No le gustaba vender dentro. Demasiado arriesgado. Y menos hacerlo en los lavabos. Y menos a�n en el de las mujeres. Pero hab�a sido necesario, y discreto. Dadas las circunstancias, no se fiaba ya de nada ni de nadie. Tambi�n hab�a una diferencia: aquellos cr�os prefer�an no comprar fuera, por si alguien los ve�a. Ten�an tanto miedo que m�s de uno se lo har�a encima en una situaci�n extrema. Por eso los lavabos eran el mejor sitio. Se corr�a la voz, y acud�an como moscas. Todav�a le quedaban demasiadas pastillas, y all� ya hab�a vendido todo lo que ten�a que vender. Lo que pod�a vender. Gir� la cabeza. El muchacho que estaba en el distribuidor hab�a salido tras �l. Parec�a observarle. Suspir�. Ya empezaba con las man�as persecutorias. --�Mierda! --dej� escapar en voz baja. Cuando antes acabase la mercanc�a, antes podr�a largarse. No le gustaba todo aquello, sentirse as�, acorralado, asustado. Castro no era m�s que un cerdo. Incluso sab�a que si a �l le trincaban, nunca se atrever�a a decir nada, porque ser�a hombre muerto. Castro pod�a dormir tranquilo. �l no. Se abri� paso sin muchos miramientos. Las inmediaciones del bar estaban m�s densamente pobladas de adolescentes, aunque a esa hora la huida, el regreso a casa, ya se hab�a iniciado. Ten�a sed. Hasta que se detuvo en seco. Delante de �l, a unos cinco metros, vio una cara. Una cara vagamente familiar. Una cara expectante, y adem�s gesticulante. Su due�o mov�a los brazos, daba la impresi�n de estar dici�ndole algo a alguien situado a sus espaldas, mientras lo se�alaba a �l.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas Poli gir� la cabeza por segunda vez. El muchacho de los lavabos estaba ah�, m�s cerca, como si pugnase por avanzar en su direcci�n. Y ten�a las mand�bulas apretadas. El camello volvi� a mirar al de los gestos. Fue un flash, r�pido, fugaz, pero contundente. La noche pasada, un amigo de uno que se llamaba Ra�l, buen cliente, siete pastillas de golpe, un par de chicas... Quiz� fuera una casualidad, quiz� no, pero ten�a los nervios a flor de piel y no se detuvo a preguntar. Poli enfil� la salida de la discoteca, abri�ndose paso a codazos y empujones. Y redobl� sus esfuerzos al ver que los otros dos, el de los gestos y el de los lavabos, echaban a correr tras �l con la misma nerviosa celeridad.

77 (Negras: Caballo x f6) Eloy no esperaba aquella reacci�n de M�ximo. --�Ya lo s�, ya lo s�! �Pero no ves que le estoy siguiendo? --gru�� para s� mismo--. �Vas a hacer que...! Claro que, con sus gestos, M�ximo le acababa de dar la certeza final. Era �l. El camello que le hab�a vendido a Luciana aquel caballo blanco y mortal. El resto estall� all� mismo, entre sus manos, en su mente, en cuesti�n de un segundo. El hombre girando la cabeza, reaccionando con miedo, echando a correr hacia la salida. Si se escapaba, perder�an su �ltima oportunidad. --�Cinta, Santi! --grit� aun sabiendo que era in�til--. �Va hacia vosotros! �Detenedle! Empuj� a cuantos encontr� por delante, sin miramientos, derrib� a una chica, hizo caer algunos vasos y manch� a otros muchos al salpicarles con el vaiv�n de sus propios vasos. Un murmullo de ira arrop� sus movimientos junto a la m�sica que segu�a machacando sus sentidos. Pero para �l lo �nico que contaba era cogerlo. Cogerlo. S�lo que el camello parec�a haber tomado ya una sustancial ventaja en su huida.

78 (Blancas: gf6) Est� anocheciendo. �Por qu� me parece todo un s�mbolo? No tengo por qu� tomar ninguna decisi�n. Puedo estar aqu� todo el tiempo que me apetezca. Estoy bien. Sin embargo... Todas las partidas han de terminar, antes o despu�s. Y como buena jugadora, s� que es mejor no prolongarlas indefinidamente. �Cu�l es la situaci�n? Ella, la muerte, ataca con su reina negra segura y dominante. Yo s�lo tengo mi caballo blanco, mi

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resistencia. Si hacemos tablas, me quedar� en este lugar arm�nico y apacible para siempre. Pero no quiero las tablas. Nunca ha sido mi estilo. Prefiero... Jaque mate. Ganar o perder. Anochece y es el momento, s�. Y ma�ana ser� otro d�a. Tengo dos opciones, y el valor de enfrentarme a ellas. Una es ir hacia la oscuridad, la paz eterna. El adi�s. Otra es regresar por donde he venido, volver, asumir el dolor y recuperar mi cuerpo, mis sensaciones. Oscuridad y luz. Y en ambos casos, el camino es dif�cil. Debo decidirme. Muevo mi caballo blanco. La reina negra espera. Mi turno, mi turno.

79 (Negras: a5) Cinta y Santi se apoyaban en la pared, cerca de la puerta. Hac�a rato que hab�an dejado de mirar en direcci�n al interior de la discoteca. Su atenci�n se centraba m�s en quienes entraban o sal�an, incluso en su aspecto, si llevaban algo en las manos, como si esperasen ver una pastilla reci�n comprada. No hab�a ni rastro de M�ximo ni de Eloy. --Ese t�o no viene --dijo �l. --O ya se ha ido --arguy� ella. Cinta gir� la cabeza hacia el otro lado. Y se encontr� con el tumulto. Tan pr�ximo a ella que ya lo ten�a encima. Un hombre corriendo hacia la puerta, vagamente familiar, aunque la noche pasada apenas si le hab�a lanzado una ojeada. Y detr�s, a unos metros que eran como una enorme distancia, Eloy primero, y M�ximo despu�s. Reaccion� demasiado tarde, barrida por el viento de la sorpresa. --�Santi! Cuando su novio se movi�, ya no pudo impedir que el camello lo atropellara, empuj�ndole sin miramientos. Cay� hacia atr�s, y, al intentar sujetarse, arrastr� a la desguarnecida Cinta con �l. --�Se escapa! �Se escapa! --chill� la muchacha. El camello sal�a por la puerta cuando ellos todav�a estaban en el suelo y los otros dos a demasiada distancia como para impedirlo.

80 (Blancas: f7) Poli Garc�a segu�a sin saber a ciencia cierta por qu� corr�a. Pero corr�a. Con toda su alma. Ellos eran dos, y aunque fuesen dos ni�atos, tal vez ni siquiera con media torta, en su caso lo mejor


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas era no preguntar. Aquella chica en coma lo hab�a cambiado todo. Eso y la polic�a busc�ndole. Tendr�a gracia que fuera por otra cosa. Y que aquellos dos imb�ciles... S�lo que no cre�a en casualidades, y mucho menos en tantas. �Por qu� tendr�a que perseguirle un chico al que la noche pasada hab�a vendido siete pastillas? Si la que estaba en coma era una de aquellas dos ni�as... El miedo puso nuevas alas a sus pies. Hasta dej� de pensar, aunque su mente era un caos de ideas en ebullici�n, cuando, de pronto, choc� contra alguien que se le puso por delante, cerca de la puerta. Otro idiota. Tuvo que derribarle. Era el �ltimo obst�culo para ganar la libertad, la calle. All� desaparecer�a en un abrir y cerrar de ojos. Sali� al exterior, por fin, y la bocanada de aire fresco y puro le hizo sentir mejor, pr�ximo a conseguirlo. Ya no ten�a ninguna frontera. Depend�a de s� mismo y de sus piernas. Poli ech� a correr en l�nea recta, hacia el aparcamiento.

81 (Negras: Torre g1) Lorenzo Roca detuvo el ronroneo del motor del coche al cerrar el contacto. Su gesto inmediato, estirando los brazos, como si hubiera conducido un millar de kil�metros, provoc� la curiosa atenci�n de su superior. --�Bueno! --suspir� Roca alargando la �e� con resignada paciencia. --�No te gusta conducir? --S�, claro. --�Entonces? --Me preparo para lo peor: pasar aqu� un buen rato --mir� la discoteca--. Nos van a tomar por dos guarros mirando a esas cr�as y cr�os... --dej� de hablar en seco. Sus ojos se dilataron por la sorpresa mientras recuperaba de nuevo el habla para gritar--: �Jefe! Vicente Espin�s ya lo hab�a visto. Poli Garc�a, el Mosca, corriendo en direcci�n al aparcamiento en el que estaban ellos, aunque no en l�nea recta. Acababa de sacarse algo del bolsillo sin dejar de correr y correr. Y detr�s, un grupo de chicos, tres muchachos y una muchacha, tambi�n distanciados entre s� aunque no tanto como lo estaban de �l. Le fue f�cil reconocerlos. --�Vamos! --orden� saliendo del coche.

82 (Blancas: a4) He de intentarlo. Pero �por qu� me cuesta tanto? Deber�a de ser f�cil, �no? Es s�lo volver atr�s, aunque duela. Bajar y meterme de nuevo en mi cuerpo. Intentarlo, intentarlo.

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�No puedo? La paz es la muerte. La reina negra me abate. El rey negro acecha. El dolor es la vida. Mi caballo blanco, mis alfiles, mis torres, mis peones me llevan al jaque mate. Oscuridad y luz. Pero me siento atrapada, paralizada. �Es eso? �Mi alma est� tan quieta como mi cuerpo en esa cama? Este silencio... Si me dejo llevar, volando hacia la oscuridad, todo habr� acabado. Todo. Pero no quiero rendirme, �no quiero! Pap�, mam�, Norma, Loreto, Eloy... Vamos, �vamos! Lo estoy intentando. �Alguien puede o�rme? �Lo estoy intentando!

83 (Negras: c5) Loreto abri� la puerta de su casa. No tuvo que llamar. Su madre apareci� al momento, saliendo de la sala. --�C�mo est� Luciana? --Quiere vivir --dijo suavemente ella. --Pero... --la mujer pareci� no entender el significado de sus palabras. --Mam�. La abraz�, con fuerza, a pesar de su debilidad. Detr�s de las dos apareci� su padre. Tampoco �l pareci� entender qu� suced�a. --Loreto, �qu� te pasa? --quiso saber su madre. --Estoy enferma, mam�, pero quiero curarme. Era la primera vez que lo dec�a en voz alta. Los psiquiatras se lo hab�an dicho decenas de veces: todo terminaba con la aceptaci�n de la enfermedad por su parte. �se era el primer paso. --Loreto... --Yo tambi�n quiero vivir --suspir� su hija--. Ayudadme, por favor. Continuaban abrazadas, as� que la mujer no pudo ver su cara, inundada de dolorosa pero firme paz. Su padre en cambio s� la vio. �l las abraz� a las dos. Entonces Loreto cerr� los ojos, y su mente volvi� junto a Luciana. Libre. Su voz segu�a all�.

84 (Blancas: Rey d3) Eloy era el que m�s cerca estaba de �l, pero pese a todo, la distancia no disminu�a, y cuanto m�s ansiaba cogerle, m�s sent�a el peso de todas sus emociones lastr�ndole. Era un buen corredor, y sin embargo... El camello alcanz� la zona del aparcamiento. Empez� a poner obst�culos entre �l y ellos. --�Vamos, Eloy, vamos! --oy� la voz de M�ximo a su lado.


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85 (Negras: Rey d5) M�ximo ve�a correr al camello delante de �l, pero tambi�n le o�a. Su voz, la pasada noche. --Toma, chico: con esto, Disneylandia. --Prefiero algo un poco m�s emocionante. --Lo que t� quieras, hombre. Todo est� en tu mente. Disfruta. --�Por dos mil pelas? --La llave del Para�so no siempre tiene por qu� costar demasiado. La llave del Para�so. Cuando Eloy hubiera conseguido aquella pastilla, �con qu� gusto le romper�a el alma a aquel hijo de mala madre! Si lo cog�an. El camello daba la impresi�n de volar por entre los coches.

86 (Blancas: Torre d7 +) A Santi le dol�a el brazo, contusionado por la ca�da, pero trataba de no perder la estela de la persecuci�n. Hab�a sido un idiota. Dejarse sorprender de aquella forma... Mir� hacia atr�s. Cinta era la �ltima, pero no pod�a esperarla. --�Corre! �Corre! --le dijo ella. Corri�. Estaban solos en el mundo. Muy solos.

87 (Negras: Rey c6) Cinta sab�a que no ten�a la menor posibilidad. Nunca hab�a sido buena en eso de moverse r�pido. Pero confiaba en ellos, en los tres, sobre todo en la rabia de Eloy. A los veinte metros se habr�a rendido, de no ser por Luciana. Era por ella. La �ltima oportunidad. Por ella y para liberarse a s� mismos.

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88 (Blancas: Torre a7) Mariano Zapata colg� el tel�fono y se qued� unos segundos en suspenso. Pens� en aquella pobre chica. �Habr�a preferido que le dijeran que estaba bien, que hab�a salido del coma? �Coraz�n de oro? Bien, ya no importaba. Ten�a su gran exclusiva, y su portada. Si las cosas eran as�, as� es como eran. Y punto. --�Adelante! --orden�--. �Todo sigue igual! Despu�s concluy� su trabajo ech�ndose para atr�s en su silla, con los brazos debajo de la nuca, y cerr� los ojos mucho m�s tranquilo.

89 (Negras: Rey d5) Los ojos. Quiero abrirlos. Y no puedo. Siento una voz, en alguna parte, pero no la distingo, ni s� lo que me est� diciendo. Es como la suma de muchas voces, de muchos sentimientos. Me llaman, me llaman. Sigo intent�ndolo. A un paso de la rendici�n, de decir adi�s, pero sigo, sigo intent�ndolo. Necesito tan s�lo hacer el �ltimo movimiento. Parece tan f�cil...

90 (Blancas: c4 +) Eloy se sorprendi� al ver c�mo el camello, de pronto, parec�a detenerse en una fracci�n de segundo, justo para cambiar el rumbo, casi de forma fulminante, saliendo de estampida hacia la izquierda. A su derecha vio a dos hombres, tambi�n corriendo hacia el fugitivo. --�Alto, Mosca! --grit� uno de ellos. --�Quieto! --orden� el otro. No ten�a ni idea de qui�nes eran, pero desde luego iban tras su perseguido igualmente. No perdi� tiempo en dudas o vacilaciones. La ventaja se decantaba de su lado. --�Es la polic�a! --oy� gritar a M�ximo--. �Ya es nuestro! Corr�an codo con codo, a la par. M�ximo se desvi� un poco, para sortear un autom�vil. Eloy no. De un salto se subi� a su cap�, y de �l pas� a otro veh�culo, como si acabase de encontrar un atajo a�reo.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas --�Mosca, maldita sea! --volvi� a o�rse la voz de uno de los polic�as. Eloy salt� a un tercer coche. El camello ya no estaba a m�s de diez metros. Aunque iba a salir de entre los veh�culos aparcados, para volver a correr en l�nea recta. Hizo un �ltimo esfuerzo. Ahora �l iba en cabeza. Un �ltimo esfuerzo por Luciana, por su vida. El amor, tanto como el odio, pusieron las definitivas alas a sus pies. Su perseguido gir� la cabeza, como si percibiera su aliento. Y entonces... El camello resbal�, pis� algo, o fue su propia velocidad. Fuere como fuere sus piernas salieron disparadas hacia arriba, mientras el resto de su cuerpo se le quedaba atr�s. Manote� en el aire, sorprendido, un breve instante. Despu�s cay� al suelo, de nuca. El grito de victoria de Eloy se confundi� con el sordo ruido del cr�neo humano astill�ndose, lo mismo que una c�scara de huevo vac�a. Fue audible desde la distancia. El camello rebot� junto a una acera. Llevaba algo en la mano. Un paquete peque�o que a duras penas, y m�s por instinto, consigui� echar por el agujero de la alcantarilla que quedaba all�, a su alcance, antes de quedarse definitivamente quieto. --�No! --aull� Eloy comprendiendo de qu� se trataba.

91 (Negras: Rey e5) Fue el primero en llegar, pero no se ocup� del ca�do, ni de la mancha de sangre que iba form�ndose bajo su cabeza. Se abalanz� sobre el agujero de la alcantarilla, como si quisiera meterse por �l. El ruido del agua corriendo por abajo le golpe� los sentidos como si fuera un pu�etazo en la conciencia. --No... --volvi� a decir envolviendo su expresi�n en un gemido de desaliento. M�ximo se arrodill� al lado del camello. Santi llegaba ya, lo mismo que los dos hombres por el otro lado. Cinta a�n estaba lejos. --Est�... muerto --dijo M�ximo. Eloy se incorpor�, pero s�lo para quedar sentado en el bordillo. Desde all� mir� el cad�ver con su odio final. No ten�a que registrarle para saber que ya no llevaba ninguna pastilla encima.

92 (Blancas: Rey e3) Mis peones acosan. El fin est� cerca. Jaque. Una jugada m�s y... Jaque mate. Quiero vivir.

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93 (Negras: Rey d6) Vicente Espin�s y Lorenzo Roca llegaron junto al cuerpo de Poli Garc�a jadeando, m�s el primero que el segundo. Fue este �ltimo el que se inclin� sobre el cad�ver para ponerle los dedos �ndice y medio de su mano derecha en el cuello. --Muerto --dijo rotundo. El inspector mir� directamente a los tres muchachos. Cinta se acercaba ya m�s despacio, muy lentamente, con los ojos muy abiertos ante la escena. Tambi�n M�ximo mir� al polic�a. --Nosotros... --intent� decir. --Ya no importa --le detuvo Espin�s--. Tranquilos. Lorenzo Roca registraba al camello. De uno de los bolsillos de la chaqueta sac� un mont�n de dinero. Del otro un simple papel, el ticket de una consumici�n cualquiera en un bar cualquiera. --No lleva pastillas, jefe --dijo Roca--. Est� limpio. --Las arroj� a la alcantarilla --dijo Eloy en un hilo de voz--. Fue lo �ltimo que hizo antes de morir. La sangre, buscando cauces en el suelo por los que fluir, tambi�n se dirig�a ya con espesa paciencia hacia la misma alcantarilla. Cinta lleg� al lado de Santi. Se le colg� del brazo tan agotada como asustada. Vicente Espin�s cogi� el dinero que llevaba encima el Mosca. Lorenzo Roca se qued� con el peque�o ticket blanco en la mano. --Bar Restaurante La Perla --ley� en voz alta. Su superior le mir� inquisitivamente. --�De cu�ndo es ese ticket? --pregunt�. --Lleva fecha de hoy. Espin�s arque� las cejas. --Hace tiempo que sabemos que es la tapadera de Alex Castro y su gente, pero nunca le hemos pillado nada --coment�--. Hasta hoy. --�Cree que habr� suerte? --pregunt� Roca. El inspector de polic�a asinti� con la cabeza un par de veces, pensativo. Empez� a sonre�r. --S�, creo que s� --dijo. Las �lunas� eran nuevas, ten�an que estar en alguna parte. Tal vez... Se arremolinaba gente en torno a ellos. Incluso se escuch� una sirena policial. --Llama al departamento, Roca --se puso en marcha Vicente Espin�s--. Vamos a por Castro. --S�, jefe. --Y vosotros iros a casa, �de acuerdo? --les orden� a ellos. Eloy, M�ximo, Cinta y Santi le obedecieron. --Se�or... --trat� de hablar Eloy. --S� lo que buscabais y por qu�, chicos. No os preocup�is. Ahora marchaos.

94 (Blancas: Rey e4, Jaque Mate) No dieron m�s all� de una docena de pasos. Los suficientes para salir del c�rculo de los curiosos, que miraban hechizados el cuerpo roto del camello.


Jordi Sierra i Fabra Campos de fresas Sent�an su derrota, aunque no los cuatro. Los ojos de Cinta brillaban. Pero ya no por miedo o a causa del impacto por lo sucedido. --�Qu� hacemos? --rompi� el silencio M�ximo. --Yo voy al hospital --dijo Eloy. Ya no necesitaba correr, ni huir de nada, ni perseguir ninguna utop�a. S�lo volver. --Vamos todos --dijo Cinta. Notaron su tono, y, al mirarla, se dieron cuenta de su sonrisa de esperanza. No la entendieron, hasta que ella extendi� su mano derecha, abierta, mostr�ndoles algo. --Debi� de ca�rsele al correr --fue su �nico comentario. En la palma de la mano hab�a una pastilla blanca, con una media luna en relieve impresa en su superficie.

95 (Ep�logo: Blancas ganan partida, Negras pierden partida) Al salir del t�nel, a medida que se reencontraba con el dolor, pero tambi�n con la luz, Luciana abri� los ojos. Una vez. Parpade�. Dos veces. Se encontr� con su hermana Norma, que la miraba de cerca, boquiabierta. Luciana esboz� una t�mida sonrisa. Y la acentu� ante la reacci�n impulsiva y excitada de Norma. --�Pap�! �Mam�! Cerr� los ojos por �ltima vez, s�lo para ver c�mo la reina negra se alejaba vencida por un recodo del camino llev�ndose a su derrotado rey, y convencerse a s� misma de que hab�a vuelto. Y de que hab�a ganado. Despu�s los abri�, dispuesta a mantenerlos as�. Vio a sus padres y a su hermana, rode�ndola. Estaba viva.

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�Toda esa gente solitaria, �de d�nde ha salido? Toda esa gente solitaria, �ad�nde pertenece?� Eleanor Rigby Paul McCartney


Agradecimientos En noviembre de 1995 una muchacha brit�nica de dieciocho a�os, Leah Betts, muri� despu�s de cinco d�as de permanecer en coma por haber tomado una pastilla de �xtasis el d�a de su cumplea�os. Sus padres autorizaron a que la dram�tica fotograf�a de su hija en coma fuera publicada por la prensa, y sirviera de aviso a todos aquellos que cada fin de semana tomaban pastillas. La imagen de Leah dio la vuelta al mundo. Sus padres donaron posteriormente los �rganos de su hija muerta; el h�gado de Leah fue trasplantado a una muchacha espa�ola. Cada a�o mueren en el mundo decenas de adolescentes por el consumo de las llamadas �drogas de dise�o�, aparente y falsamente inofensivas. Muchos m�s sufren comas, alteraciones de personalidad, locuras, esquizofrenias, depresiones y un sinn�mero de enfermedades ps�quicas y f�sicas. Y es s�lo el comienzo. Nadie sabe a ciencia cierta qu� pasar� dentro de unos a�os, cuando los adictos de hoy lleguen a sus puntos cr�ticos y los del ma�ana sigan alimentando sus cuerpos con las nuevas qu�micas. Quiero agradecer la ayuda prestada para la elaboraci�n de este libro a Jaume Comas, Enrique y Laia Esteva, la Generalitat de Catalunya a trav�s de la Conselleria de Sanitat, los archivos de El Peri�dico y La Vanguardia, as� como a todos los que, de una forma u otra, han aportado sus testimonios al respecto, algunos de ellos actuales �pastilleros� sin remedio, y otros en fase de recuperaci�n de sus adicciones. Otra muchacha, Helen Cousins, que logr� despertar despu�s de dos meses en coma, dijo una frase que resume toda esta historia: �No bail�is con la muerte�. Este libro fue escrito en Isla Margarita (Venezuela) y Vallirana (Barcelona), entre los meses de mayo y junio de 1996.



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