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Textos románticos españoles versus Halloween LA PECERA DE LOS LIBROS BIBLIOTECA ESCOLAR DEL IES ZOCO (CÓRDOBA)


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POESÍA GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER RIMA LXXX111 Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron. La luz que en un vaso ardía en el suelo, al muro arrojaba la sombra del lecho; y entre aquella sombra veíase a intervalos dibujarse rígida la forma del cuerpo. Despertaba el día, y, a su albor primero, con sus mil rüidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, yo pensé un momento: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

De la casa, en hombros, lleváronla al templo y en una capilla dejaron el féretro. Allí rodearon sus pálidos restos de amarillas velas y de paños negros. Al dar de las Ánimas el toque postrero, acabó una vieja sus últimos rezos, cruzó la ancha nave, las puertas gimieron, y el santo recinto quedóse desierto. De un reloj se oía compasado el péndulo, y de algunos cirios el chisporroteo. Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto todo se encontraba que pensé un momento:


3 ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

De la alta campana la lengua de hierro le dio volteando su adiós lastimero. El luto en las ropas, amigos y deudos cruzaron en fila formando el cortejo. Del último asilo, oscuro y estrecho, abrió la piqueta el nicho a un extremo. Allí la acostaron, tapiáronle luego, y con un saludo despidióse el duelo. La piqueta al hombro el sepulturero, cantando entre dientes, se perdió a lo lejos. La noche se entraba, el sol se había puesto: perdido en las sombras yo pensé un momento: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

En las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero, de la pobre niña a veces me acuerdo. Allí cae la lluvia con un son eterno; allí la combate el soplo del cierzo. Del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan sus huesos...!

¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna aunque es fuerza hacerlo, el dejar tan tristes, tan solos los muertos


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GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

RIMA XXXVII Antes que tú me moriré: escondido en las entrañas ya el hierro llevo con que abrió tu mano la ancha herida mortal. Antes que tú me moriré: y mi espíritu, en su empeño tenaz se sentará a las puertas de la Muerte, que llames a esperar. Con las horas los días, con los días los años volarán, y a aquella puerta llamarás al cabo. ¿Quién deja de llamar? Entonces que tu culpa y tus despojos la tierra guardará, lavándote en las ondas de la muerte como en otro Jordán. Allí, donde el murmullo de la vida temblando a morir va, como la ola que a la playa viene silenciosa a expirar. Allí donde el sepulcro que se cierra abre una eternidad, todo lo que los dos hemos callado lo tenemos que hablar.


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GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER RIMA LXI Al ver mis horas de fiebre e insomnio lentas pasar, a la orilla de mi lecho, ¿quién se sentará? Cuando la trémula mano tienda, próximo a expirar, buscando una mano amiga, ¿quién la estrechará? Cuando la muerte vidríe de mis ojos el cristal, mis párpados aún abiertos, ¿quién los cerrará? Cuando la campana suene (si suena, en mi funeral), una oración al oírla, ¿quién murmurará? Cuando mis pálidos restos oprima la tierra ya, sobre la olvidada fosa, ¿quién vendrá a llorar? ¿Quién, en fin, al otro día, cuando el sol vuelva a brillar, de que pasé por el mundo, ¿quién se acordará?.


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JOSÉ DE ESPRONCEDA EL REO DE MUERTE ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar! I Reclinado sobre el suelo con lenta amarga agonía, pensando en el triste día que pronto amanecerá, en silencio gime el reo y el fatal momento espera en que el sol por vez postrera en su frente lucirá. Un altar y un crucifijo, y la enlutada capilla lánguida vela amarilla tiñe en su luz funeral, y junto al mísero reo, medio encubierto el semblante, se oye al fraile agonizante en son confuso rezar. El rostro levanta el triste y alza los ojos al cielo; tal vez eleva en su duelo la súplica de piedad: ¡Una lágrima! ¿es acaso de temor o de amargura? ¡Ay! a aumentar su tristura ¡Vino un recuerdo quizá! Es un joven y la vida llena de sueños de oro, pasó ya, cuando aún el lloro de la niñez no enjugó: El recuerdo es de la infancia, ¡Y su madre que le llora, para morir así ahora con tanto amor le crió! Y a par que sin esperanza ve ya la muerte en acecho, su corazón en su pecho siente con fuerza latir, al tiempo que mira al fraile que en paz ya duerme a su lado, y que ya viejo y postrado le habrá de sobrevivir. ¿Mas qué rumor a deshora rompe el silencio? resuena una alegre cantinela y una guitarra a la par, y gritos y de botellas que se chocan, el sonido, y el amoroso estallido


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de los besos y el danzar. Y también pronto en son triste lúgubre voz sonará: ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar! Y la voz de los borrachos, y sus brindis, sus quimeras, y el cantar de las rameras, y el desorden bacanal en la lúgubre capilla penetran, y carcajadas, cual de lejos arrojadas de la mansión infernal. Y también pronto en son triste lúgubre voz sonará: ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar! ¡Maldición! al eco infausto el sentenciado maldijo la madre que como a hijo a sus pechos le crió; y maldijo el mundo todo, maldijo su suerte impía, maldijo el aciago día y la hora en que nació. II Serena la luna alumbra en el cielo, domina en el suelo profunda quietud; ni voces se escuchan, ni ronco ladrido, ni tierno quejido de amante laúd. Madrid yace envuelto en sueño, todo al silencio convida, y el hombre duerme y no cuida del hombre que va a expirar;

si tal vez piensa en mañana, ni una vez piensa siquiera en el mísero que espera para morir, despertar;

que sin pena ni cuidado los hombres oyen gritar: ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar! ¡Y el juez también en su lecho duerme en paz! ¡y su dinero


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el verdugo placentero entre sueños cuenta ya! Tan sólo rompe el silencio en la sangrienta plazuela el hombre del mal que vela un cadalso al levantar. Loca y confusa la encendida mente, sueños de angustia y fiebre y devaneo el alma envuelven del confuso reo, que inclina al pecho la abatida frente. Y en sueños confunde la muerte, la vida. Recuerda y olvida, suspira, respira con hórrido afán. Y en un mundo de tinieblas vaga y siente miedo y frío, y en su horrible desvarío palpa en su cuello el dogal; y cuanto más forcejea, cuanto más lucha y porfía, tanto más en su agonía aprieta el nudo fatal. Y oye ruido, voces, gentes, y aquella voz que dirá: ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar! O ya libre se contempla, y el aire puro respira, y oye de amor que suspira la mujer que un tiempo amó, bella y dulce cual solía, tierna flor de primavera, el amor del la pradera que el abril galán mimó. Y gozoso a verla vuela, y alcanzarla intenta en vano, que al tender la ansiosa mano su esperanza a realizar, su ilusión la desvanece de repente el sueño impío, y halla un cuerpo mudo y frío y un cadalso en su lugar. Y oye a su lado en son triste lúgubre voz resonar: ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar!


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EL ESTUDIANTE DE SALAMANCA (POEMA NARRATIVO) ESCENA FINAL Esta escena pertenece a la parte cuarta del poema .Se desarrolla en el cementerio de Salamanca. Ha tenido ya lugar el duelo entre Félix de Montemar y Don Diego en el que ambos morirán. Sus espectros vagarán por Salamanca. Don Félix encuentra al espectro de una mujer cubierta por un velo a la que va a intentar conquistar.

*** Siente, por fin, que de repente para, y un punto sin sentido se quedó; mas luego valeroso se repara, abrió los ojos y de pie se alzó; y fue el primer objeto en que pensara 1345 la blanca dama, y alrededor miró, y al pie de un triste monumento hallóla, sentada en medio de la estancia, sola. Era un negro solemne monumento que en medio de la estancia se elevaba,

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y a un tiempo a Montemar, ¡raro portento!, una tumba y un lecho semejaba: ya imaginó su loco pensamiento que abierta aquella tumba le aguardaba; ya imaginó también que el lecho era 1355 tálamo blando que al esposo espera. Y pronto, recobrada su osadía, y a terminar resuelto su aventura, al cielo y al infierno desafía con firme pecho y decisión segura: 1360 a la blanca visión su planta guía, y a descubrirse el rostro la conjura, y a sus pies Montemar tomando asiento, así la habló con animoso acento: «Diablo, mujer o visión, 1365 que, a juzgar por el camino que conduce a esta mansión, eres puro desatino o diabólica invención: »Siquier de parte de Dios, 1370 siquier de parte del diablo, ¿quién nos trajo aquí a los dos? Decidme, en fin, ¿quién sois vos? y sepa yo con quién hablo: »Que más que nunca palpita 1375 resuelto mi corazón, cuando en tanta confusión, y en tanto arcano que irrita, me descubre mi razón. »Que un poder aquí supremo, invisible se ha mezclado, poder que siento y no temo, a llevar determinado esta aventura al extremo.» Fúnebre llanto de amor, óyese en tanto en son 1390 flébil, blando, cual quejido dolorido

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10 que del alma se arrancó; 1395 cual profundo ¡ay! que exhala moribundo corazón. Música triste, 1400 lánguida y vaga, que a par lastima y el alma halaga; dulce armonía que inspira al pecho 1405 melancolía, como el murmullo de algún recuerdo de antiguo amor, a un tiempo arrullo 1410 y amarga pena del corazón. Mágico embeleso, cántico ideal, que en los aires vaga 1415 y en sonoras ráfagas aumentando va: sublime y oscuro, rumor prodigioso, sordo acento lúgubre, 1420 eco sepulcral, músicas lejanas, de enlutado parche redoble monótono, cercano huracán, 1425 que apenas la copa del árbol menea y bramando está: olas alteradas de la mar bravía, 1430 en noche sombría los vientos en paz, y cuyo rugido se mezcla al gemido del muro que trémulo 1435 las siente llegar: pavoroso estrépito, infalible présago de la tempestad. Y en rápido crescendo, los lúgubres sonidos más cerca vanse oyendo y en ronco rebramar; cual trueno en las montañas que retumbando va, cual rujen las entrañas de horrísono volcán. Y algazara y gritería, crujir de afilados huesos, rechinamiento de dientes y retemblar los cimientos, y en pavoroso estallido las losas del pavimento separando sus junturas

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11 irse poco a poco abriendo, siente Montemar, y el ruido más cerca crece, y a un tiempo escucha chocarse cráneos, ya descarnados y secos, temblar en torno la tierra, bramar combatidos vientos, rugir las airadas olas, estallar el ronco trueno, exhalar tristes quejidos y prorrumpir en lamentos: todo en furiosa armonía, todo en frenético estruendo, todo en confuso trastorno, todo mezclado y diverso.

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Y luego el estrépito crece confuso y mezclado en un son, que ronco en las bóvedas hondas tronando furioso zumbó; y un eco que agudo parece del ángel del juicio la voz, en triple, punzante alarido, medroso y sonoro se alzó; sintió, removidas las tumbas, crujir a sus pies con fragor chocar en las piedras los cráneos con rabia y ahínco feroz, romper intentando la losa, y huir de su eterna mansión, los muertos, de súbito oyendo el alto mandato de Dios.

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Y de pronto en horrendo estampido desquiciarse la estancia sintió, y al tremendo tartáreo rüido cien espectros alzarse miró: de sus ojos los huecos fijaron y sus dedos enjutos en él; y después entre sí se miraron, y a mostrarle tornaron después; y enlazadas las manos siniestras, con dudoso, espantado ademán contemplando, y tendidas sus diestras con asombro al osado mortal,

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se acercaron despacio y la seca calavera, mostrando temor, con inmóvil, irónica mueca inclinaron, formando enredor. Y entonces la visión del blanco velo al fiero Montemar tendió una mano, y era su tacto de crispante hielo, y resistirlo audaz intentó en vano:

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galvánica, cruel, nerviosa y fría, histérica y horrible sensación, toda la sangre coagulada envía agolpada y helada al corazón... Y a su despecho y maldiciendo al cielo, de ella apartó su mano Montemar,

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12 y temerario alzándola a su velo, tirando de él la descubrió la faz. ¡Es su esposo!, los ecos retumbaron, ¡La esposa al fin que su consorte halló! Los espectros con júbilo gritaron: ¡Es el esposo de su eterno amor! Y ella entonces gritó: ¡Mi esposo! Y era (¡desengaño fatal!, ¡triste verdad!) una sórdida, horrible calavera, la blanca dama del gallardo andar... Luego un caballero de espuela dorada, airoso, aunque el rostro con mortal color, traspasado el pecho de fiera estocada, aún brotando sangre de su corazón,

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se acerca y le dice, su diestra tendida, que impávido estrecha también Montemar: -Al fin la palabra que disteis, cumplida; doña Elvira, vedla, vuestra esposa es ya. -Mi muerte os perdono. Por cierto, don Diego, repuso don Félix tranquilo a su vez, me alegro de veros con tanto sosiego, que a fe no esperaba volveros a ver. En cuanto a ese espectro que decís mi esposa, raro casamiento venísme a ofrecer: su faz no es por cierto ni amable ni hermosa, mas no se os figure que os quiera ofender. Por mujer la tomo, porque es cosa cierta, y espero no salga fallido mi plan, que en caso tan raro y mi esposa muerta, tanto como viva no me cansará. Mas antes decidme si Dios o el demonio me trajo a este sitio, que quisiera ver al uno o al otro, y en mi matrimonio tener por padrino siquiera a Luzbel:

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Cualquiera o entrambos con su corte toda, estando estos nobles espectros aquí, no perdiera mucho viniendo a mi boda... Hermano don Diego, ¿no pensáis así? Tal dijo don Félix con fruncido ceño, en torno arrojando con fiero ademán miradas audaces de altivo desdeño, al Dios por quien jura capaz de arrostrar. El carïado, lívido esqueleto, los fríos, largos y asquerosos brazos, le enreda en tanto en apretados lazos, y ávido le acaricia en su ansiedad: y con su boca cavernosa busca la boca a Montemar, y a su mejilla la árida, descarnada y amarilla junta y refriega repugnante faz. Y él, envuelto en sus secas coyunturas, aún más sus nudos que se aprieta siente, baña un mar de sudor su ardida frente

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13 y crece en su impotencia su furor; pugna con ansia a desasirse en vano, y cuanto más airado forcejea, tanto más se le junta y le desea el rudo espectro que le inspira horror.

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Y en furioso, veloz remolino, y en aérea fantástica danza, que la mente del hombre no alcanza en su rápido curso a seguir, los espectros su ronda empezaron, cual en círculos raudos el viento remolinos de polvo violento y hojas secas agita sin fin.

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Y elevando sus áridas manos, resonando cual lúgubre eco, levantóse con su cóncavo hueco semejante a un aullido una voz: pavorosa, monótona, informe, que pronuncia sin lengua su boca, cual la voz que del áspera roca en los senos el viento formó. «Cantemos, dijeron sus gritos, la gloria, el amor de la esposa, que enlaza en sus brazos dichosa, por siempre al esposo que amó: su boca a su boca se junte, y selle su eterna delicia, suave, amorosa caricia y lánguido beso de amor. »Y en mutuos abrazos unidos, y en blando y eterno reposo, la esposa enlazada al esposo por siempre descansen en paz: y en fúnebre luz ilumine sus bodas fatídica tea, es brinde deleites y sea a tumba su lecho nupcial.» Mientras, la ronda frenética que en raudo giro se agita, más cada vez precipita su vértigo sin ceder; más cada vez se atropella, más cada vez se arrebata, y en círculos se desata violentos más cada vez: y escapa en rueda quimérica, y negro punto parece que en torno se desvanece a la fantástica luz, y sus lúgubres aullidos que pavorosos se extienden, los aires rápidos hienden más prolongados aún. Y a tan continuo vértigo, a tan funesto encanto, a tan horrible canto, a tan tremenda lid; entre los brazos lúbricos

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14 que aprémianle sujeto, del hórrido esqueleto, entre caricias mil: Jamás vencido el ánimo, su cuerpo ya rendido, sintió desfallecido faltarle, Montemar; y a par que más su espíritu desmiente su miseria la flaca, vil materia comienza a desmayar. Y siente un confuso, loco devaneo, languidez, mareo y angustioso afán: y sombras y luces la estancia que gira, y espíritus mira que vienen y van. Y luego a lo lejos, flébil en su oído, eco dolorido lánguido sonó, cual la melodía que el aura amorosa, y el aura armoniosa de noche formó: y siente luego su pecho ahogado y desmayado, turbios sus ojos, sus graves párpados flojos caer: la frente inclina sobre su pecho, y a su despecho, siente sus brazos lánguidos, débiles, desfallecer. Y vio luego una llama que se inflama y murió; y perdido, oyó el eco de un gemido que expiró. Tal, dulce suspira la lira que hirió, en blando concepto, del viento la voz, leve, breve son.

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15 En tanto en nubes de carmín y grana su luz el alba arrebolada envía, y alegre regocija y engalana las altas torres al naciente día; sereno el cielo, calma la mañana, blanda la brisa, trasparente y fría, vierte a la tierra el sol con su hermosura rayos de paz y celestial ventura. Y huyó la noche y con la noche huían sus sombras y quiméricas mujeres, y a su silencio y calma sucedían el bullicio y rumor de los talleres; y a su trabajo y a su afán volvían los hombres y a sus frívolos placeres, algunos hoy volviendo a su faena de zozobra y temor el alma llena: ¡Que era pública voz, que llanto arranca del pecho pecador y empedernido, que en forma de mujer y en una blanca túnica misteriosa revestido, aquella noche el diablo a Salamanca había en fin por Montemar venido!... Y si, lector, dijerdes ser comento, como me lo contaron, te lo cuento.

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PROSA MARIANO JOSÉ DE LARRA EL DÍA DE DIFUNTOS DE 1836

En atención a que no tengo gran memoria, circunstancia que no deja de contribuir a esta especie de felicidad que dentro de mí mismo me he formado, no tengo muy presente en qué artículo escribí (en los tiempos en que yo escribía) que vivía en un perpetuo asombro de cuantas cosas a mi vista se presentaban. Pudiera suceder también que no hubiera escrito tal cosa en ninguna parte, cuestión en verdad que dejaremos a un lado por harto poco importante en época en que nadie parece acordarse de lo que ha dicho ni de lo que otros han hecho. Pero suponiendo que así fuese, hoy, día de difuntos de 1836, declaro que si tal dije, es como si nada hubiera dicho, porque en la actualidad maldito si me asombro de cosa alguna. He visto tanto, tanto, tanto... como dice alguien en El Califa . Lo que sí me sucede es no comprender claramente todo lo que veo, y así es que al amanecer un día de difuntos no me asombra precisamente que haya tantas gentes que vivan; sucédeme, sí, que no lo comprendo. En esta duda estaba deliciosamente entretenido el día de los Santos, y fundado en el antiguo refrán que dice: Fíate en la Virgen y no corras (refrán cuyo origen no se concibe en un país tan eminentemente cristiano como el nuestro), encomendábame a todos ellos con tanta esperanza, que no tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía; pero de aquellas melancolías de que sólo un liberal español en estas circunstancias puede formar una idea aproximada. Quiero dar una idea de esta melancolía, un hombre que cree en la amistad y llega a verla por dentro, un inexperto que se ha enamorado de una mujer, un heredero cuyo tío indiano muere de repente sin testar, un tenedor de bonos de Cortes, una viuda que tiene asignada pensión sobre el tesoro español, un diputado elegido en las penúltimas elecciones, un militar que ha perdido una pierna por el Estatuto, y se ha quedado sin pierna y sin Estatuto, un grande que fue liberal por ser prócer, y que se ha quedado sólo liberal, un general constitucional que persigue a Gómez, imagen fiel del hombre corriendo siempre tras la felicidad sin encontrarla en ninguna parte, un redactor del Mundo en la cárcel en virtud de la libertad de imprenta, un ministro de España y un Rey, en fin, constitucional, son todos seres alegres y bulliciosos, comparada su melancolía con aquélla que a mí me acosaba, me oprimía y me abrumaba en el momento de que voy hablando. Volvíame y me revolvía en un sillón de estos que parecen camas, sepulcro de todas mis meditaciones, y ora me daba palmadas en la frente, como si fuese mi mal mal de casado, ora sepultaba las manos en mis faltriqueras, a guisa de buscar mi dinero, como si mis faltriqueras fueran el pueblo español y mis dedos otros tantos Gobiernos, ora alzaba la vista al cielo como si en calidad de liberal no me quedase más esperanza que en él, ora la bajaba avergonzado como quien ve un faccioso más, cuando un sonido lúgubre y monótono, semejante al ruido de los partes, vino a sacudir mi entorpecida existencia. -¡Día de difuntos!- exclamé. Y el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido, parecía vibrar más lúgubre que ningún año, como si presagiase su propia muerte. Ellas también, las campanas, han alcanzado su última hora, y sus tristes acentos son el estertor del moribundo; ellas también van a morir a manos de la libertad, que todo lo vivifica, y ellas serán las únicas en España ¡santo Dios! que morirán colgadas. ¡Y hay justicia divina! La melancolía llegó entones a su término; por una reacción natural cuando se ha agotado una situación, ocurrióme de pronto que la melancolía es la cosa más alegre del mundo para los que la ven, y la idea de servir yo entero de diversión... -¡Fuera, exclamé, fuera! - como si estuviera viendo representar a un actor español-: ¡fuera!-, como si oyese hablar a un orador en las Cortes. Y arrojéme a la calle; pero en realidad con la misma calma y despacio como si tratase de cortar la retirada a Gómez.


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Dirigíanse las gentes por las calles en gran número y larga procesión, serpenteando de unas en otras como largas culebras de infinitos colores: ¡al cementerio, al cementerio! ¡Y para eso salían de las puertas de Madrid! Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo. Entonces, y en tanto que los que creen vivir acudían a la mansión que presumen de los muertos, yo comencé a pasear con toda la devoción y recogimiento de que soy capaz las calles del grande osario. -¡Necios!- decía a los transeuntes-. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura. ¿Ha acabado también Gómez con el azogue de Madrid? ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados, ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí los puso, y ésa la obedecen. -¿Qué monumento es éste?- exclamé al comenzar mi paseo por el vasto cementerio-. ¿Es él mismo un esqueleto inmenso de los siglos pasados o la tumba de otros esqueletos? ¡Palacio! Por un lado mira a Madrid, es decir a las demás tumbas; por otro mira a Extremadura, esa provincia virgen... como se ha llamado hasta ahora. Al llegar aquí me acordé del verso de Quevedo: Y ni los v... ni los diablos veo. En el frontispicio decía: " Aquí yace el trono ; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en La Granja de un aire colado." En el basamento se veían cetro y corona y demás ornamentos de la dignidad real. La Legitimidad , figura colosal de mármol negro, lloraba encima. Los muchachos se habían divertido en tirarle piedras, y la figura maltratada llevaba sobre sí las muestras de la ingratitud. ¿Y este mausoleo a la izquierda? La armería . Leamos : Aquí yace el valor castellano, con todos sus pertrechos. R.I.P. Los Ministerios: Aquí yace media España; murió de la otra media. Doña María de Aragón: aquí yacen los tres años . Y podía haberse añadido: aquí callan los tres años. Pero el cuerpo no estaba en el sarcófago; una nota al pie decía: El cuerpo del santo se trasladó a Cádiz en el año 23, y allí por descuido cayó al mar . Y otra añadía, más moderna sin duda: Y resucitó al tercero día . Más allá: ¡santo Dios! Aquí yace la inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez . Con todo, anduve buscando alguna nota de resurrección: o todavía no la habían puesto, o no se debía de poner nunca. Alguno de los que se entretienen en poner letreros en las paredes había escrito, sin embargo, con yeso en una esquina, que no parecía sino que se estaba saliendo, aun antes de borrarse: Gobernación . ¡Qué insolentes son los que ponen letreros en las paredes! Ni los sepulcros respetan. ¿Qué es esto? ¡La cárcel! Aquí reposa la libertad del pensamiento . ¡Dios mío, en España, en el país ya educado para instituciones libres! Con todo, me acordé de aquel célebre epitafio y añadí, involuntariamente: Aquí el pensamiento reposa, en su vida hizo otra cosa


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Dos redactores del Mundo eran las figuras lacrimatorias de esta grande urna. Se veían en el relieve una cadena, una mordaza y una pluma. Esta pluma, dije para mí, ¿es la de los escritores o la de los escribanos? En la cárcel todo puede ser. La calle de Postas, la calle de la Montera . Estos no son sepulcros. Son osarios, donde, mezclados y revueltos, duermen el comercio, la industria, la buena fe, el negocio. Sombras venerables, ¡hasta el valle de Jo safat! Correos. ¡Aquí yace la subordinación militar! Una figura de yeso, sobre el vasto sepulcro, ponía el dedo en la boca; en la otra mano una especie de jeroglífico hablaba por ella: una disciplina rota. Puerta del Sol . La Puerta del Sol: ésta no es sepulcro sino de mentiras. La Bolsa. Aquí yace el crédito español . Semejante a las pirámides de Egipto, me pregunté, ¡es posible que se haya eregido este edificio sólo para enterrar en él una cosa tan pequeña! La Imprenta Nacional . Al revés que la Puerta del Sol, este es el sepulcro de la verdad. Única tumba de nuestro país donde a uso de Francia vienen los concurrentes a echar flores. La Victoria. Esa yace para nosotros en toda España . Allí no había epitafio, no había monumento. Un pequeño letrero que el más ciego podía leer decía sólo: ¡Este terreno le ha comprado a perpetuidad, para su sepultura, la junta de enajenación de conventos! ¡Mis carnes se estremecieron! ¡Lo que va de ayer a hoy! ¿Irá otro tanto de hoy a mañana? Los teatros. Aquí reposan los ingenios españoles . ¡Ni una flor, ni un recuerdo, ni una inscripción. El Salón de Cortes . Fue casa del Espúritu Santo; pero ya el Espíritu Santo no baja al mundo en lenguas de fuego. Aquí yace el Estatuto. Vivió y murió en un minuto. Sea por muchos años, añadí, que sí será: éste debió de ser raquítico, según lo poco que vivió. El Estamento de Próceres . Allá en el Retiro. Cosa singular. ¡Y no hay un Ministerio que dirija las cosas del mundo, no hay una inteligencia provisora, inexplicable! Los próceres y su sepulcro en el Retiro. El sabio en su retiro y villano en su rincón. Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mí. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro; una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba. No había aquí yace todavía; el escultor no quería mentir; pero los nombres del difunto saltaban a la vista ya distintamente delineados. ¡Fuera, exclamé, la horrible pesadilla, fuera! ¡Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia! Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos de 1836. Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos. ¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quiéen ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza! ¡Silencio, silencio!


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GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER EL MONTE DE LAS ÁNIMAS

La Noche de Difuntos, me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas. Su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria. Intenté dormir de nuevo. ¡Imposible! Una vez aguijoneada la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarlo de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como en efecto lo hice. A las doce de la mañana, después de almorzar bien, y con un cigarro en la boca, no le hará mucho efecto a los lectores de El Contemporáneo. Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire de la noche. Sea de ello lo que quiera, allá va, como el caballo de copas.

I -Atad los perros, haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Animas. -¡Tan pronto! -A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras, pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte. -¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme? -No, hermosa prima. Tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia. Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos. Los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían a la comitiva a bastante distancia. Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:-Ese monte que hoy llaman de las Animas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran solos sabido defenderla corno solos la conquistaron. Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres. Los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos. Cundió la voz del reto, y nada fue a parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras. Antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue


20 una cacería. Fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres. Los lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse. Desde entonces dicen que cuando llega la noche de Difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos. Y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados

pies de los esqueletos. Por eso en Soria lo llamamos el Monte de las Animas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche. La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

II Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón. Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, y absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz. Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio. Las dueñas referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos temerosos, en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste. -Hermosa prima exclamó, al fin, Alonso, rompiendo el largo silencio en que se encontraban, Pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales, sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío. Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia: todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios. -Tal vez por la pompa de la Corte francesa, donde hasta aquí has vivido se apresuró a añadir el joven. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres? -No sé en el tuyo contestó la hermosa, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías. El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven que, después de serenarse, dijo con tristeza:


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-Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los Santos y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío? Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra. Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volvióse a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y monótono doblar de las campanas. Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a reanudarse de este modo: -Y antes que concluya el día de Todos los Santos en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico: -¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho, como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro, y después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió: -¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma? -Si. -¡Pues... se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo. -¡Se ha perdido! ¿Y dónde? -preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza. -No sé... En el monte acaso. -¡En el Monte de las Animas! -murmuró, palideciendo y dejándose caer sobre el sitial. ¡En el Monte de las Animas! luego prosiguió, con voz entrecortada y sorda-: Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces. En la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario de mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres, y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche..., ¿a qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar de terror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarlo en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde. Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que, cuando hubo concluido, exclamó en un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del


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hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores. -¡Oh! Eso, de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de Difuntos y cuajado el camino de lobos! Al decir esta última frase la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movido como por un resorte se puso en pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar, entreteniéndose en revolver el fuego: -Adiós, Beatriz, adiós, Hasta pronto. -¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerlo, el joven había desaparecido. A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último. Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III Había asado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto de sonar, cuando Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, y, a querer, en menos de una hora pudiera haberlo hecho. -¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven, cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la Iglesia consagra en el día de Difuntos a los que ya no existen. Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso. Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de las campanas, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana. -Será el viento -dijo-, y poniéndose la mano sobre su corazón procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia, las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes con chirrido agudo, prolongado y estridente. Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y grave, y aquellas con un lamento largo y crispador. Después, un silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la medianoche; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas, que casi se siente, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad.


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Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio. Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas las direcciones, y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada; oscuridad de las sombras impenetrables. -¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho. ¿Soy yo tan miedosa como esas pobres gentes cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura al oír una conseja de aparecidos? Y cerrando los ojos, intentó dormir...: pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y rebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento. El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas de aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, y otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos. Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin, despuntó la aurora. Vuelta de su temor entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, tendió una mirada serena a su alrededor, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que fue a buscar Alonso. Cuando sus servidores llegaron, despavoridos, a notificarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que por la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Animas, la encontraron inmóvil; asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros, muerta, ¡muerta de horror!

IV Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de Difuntos sin poder salir del Monte de las Animas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas terribles. Entre otras, se asegura que vio a los esqueletos de los antiguos Templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa y pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.


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TEATRO Don Juan Tenorio

JOSÉ DE ZORRILLA

Panteón de la familia TENORIO.-Como estaba en el acto primero de la Segunda Parte, menos las estatuas de DOÑA INÉS y de DON GONZALO, que no están en su lugar.

Escena I DON JUAN, embozado y distraído, entra en la escena lentamente D. JUAN: Culpa mía no fue; delirio insano me enajenó la mente acalorada. Necesitaba víctimas mi mano que inmolar a mi fe desesperada, y al verlos en mitad de mi camino, presa les hice allí de mi locura. ¡No fui yo, vive Dios!, ¡fue su destino! Sabían mi destreza y mi ventura. ¡Oh! Arrebatado el corazón me siento por vértigo infernal.... mi alma perdida va cruzando el desierto de la vida cual hoja seca que arrebata el viento. Dudo..., temo..., vacilo.... en mi cabeza siento arder un volcán.... muevo la planta sin voluntad, y humilla mi grandeza un no sé qué de grande que me espanta. (Un momento de pausa.) ¡Jamás mi orgullo concibió que hubiere nada más que el valor...! Que se aniquila el alma con el cuerpo cuando muere creí..., mas hoy mi corazón vacila. ¡Jamás creí en fantasmas...! ¡Desvaríos! Mas del fantasma aquel, pese a mi aliento, los pies de piedra caminando siento, por doquiera que voy, tras de los míos. ¡Oh! Y me trae a este sitio irresistible, misterioso poder… (Levanta la cabeza y ve que no está en su pedestal la estatua de DON GONZALO).

¡Pero qué veo! ¡Falta de allí su estatua...! Sueño horrible, déjame de una vez... No, no te creo. Sal, huye de mi mente fascinada, fatídica ilusión..., estás en vano con pueriles asombros empeñada en agotar mi aliento sobrehumano. Si todo es ilusión, mentido sueño, nadie me ha de aterrar con trampantojos; si es realidad, querer es necio empeño aplacar de los cielos los enojos. No: sueño o realidad, del todo anhelo vencerle o que me venza; y si piadoso busca tal vez mi corazón el cielo, que le busque más franco y generoso.


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La efigie de esa tumba me ha invitado a venir a buscar prueba más cierta de la verdad en que dudé obstinado... Heme aquí, pues comendador, despierta. (Llama al sepulcro del COMENDADOR.-Este sepulcro se cambia en una mesa que parodia horriblemente la mesa en que cenaron en el acto anterior DON JUAN, CENTELLAS y AVELLANEDA. -En vez de las guirnaldas que cogían en pabellones sus manteles, de sus flores y lujoso servicio, culebras, huesos y fuego, etcétera. (A gusto del pintor.) Encima de esta mesa aparece un plato de ceniza, una copa de fuego y un reloj de arena.-Al cambiarse este sepulcro, todos los demás se abren y dejan paso a las osamentas de las personas que se suponen enterradas en ellos, envueltas en sus sudarios. Sombras, espectros y espíritus pueblan el fondo de la escena-La tumba de DOÑA INÉS permanece).

Escena II DON JUAN, LA ESTATUA DE DON GONZALO, y LAS SOMBRAS ESTATUA: Aquí me tienes, don Juan, y he aquí que vienen conmigo los que tu eterno castigo De Dios reclamando están. D. JUAN: ¡Jesús! ESTATUA: ¿Y de qué te alteras, si nada hay que a ti te asombre, y para hacerte eres hombre plato con sus calaveras? D. JUAN: ¡Ay de mí! ESTATUA: Qué, ¿el corazón te desmaya? D. JUAN: No lo sé; concibo que me engañé; no son sueños..., ¡ellos son! (Mirando a los espectros.) Pavor jamás conocido el alma fiera me asalta, y aunque el valor no me falta, me va faltando el sentido. ESTATUA: Eso es, don Juan, que se va concluyendo tu existencia, y el plazo de tu sentencia está cumpliéndose ya. D. JUAN: ¡Qué dices! ESTATUA: Lo que hace poco que doña Inés te avisó, lo que te he avisado yo, y lo que olvidaste loco. Mas el festín que me has dado debo volverte, y así llega, don Juan, que yo aquí cubierto te he preparado.


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D. JUAN: ¿Y qué es lo que ahí me das? ESTATUA: Aquí fuego, allí ceniza. D. JUAN: El cabello se me eriza. ESTATUA: Te doy lo que tú serás. D. JUAN: ¡Fuego y ceniza he de ser! ESTATUA: Cual los que ves en redor en eso para el valor, la juventud y el poder. D. JUAN: Ceniza, bien; ¡pero fuego! ESTATUA: El de la ira omnipotente, do arderás eternamente por tu desenfreno ciego. D. JUAN: ¿Conque hay otra vida más y otro mundo que el de aquí? ¿Conque es verdad, ¡ay de mí!, lo que no creí jamás? ¡Fatal verdad que me hiela la sangre en el corazón! Verdad que mi perdición solamente me revela. ¿Y ese reló? ESTATUA: Es la medida de tu tiempo. D. JUAN: ¡Expira ya! ESTATUA: Sí; en cada grano se va un instante de tu vida. D. JUAN: ¿Y esos me quedan no más? ESTATUA: Sí. D. JUAN: ¡Injusto Dios! Tu poder me haces ahora conocer, cuando tiempo no me das de arrepentirme. ESTATUA: Don Juan, un punto de contrición da a un alma la salvación y ese punto aún te le dan. D. JUAN: ¡Imposible! ¡En un momento borrar treinta años malditos


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de crímenes y delitos! ESTATUA: Aprovéchale con tiento, (Tocan a muerto.) porque el plazo va a expirar, y las campanas doblando por ti están, y están cavando la fosa en que te han de echar. (Se oye a lo lejos el oficio de difuntos.) D. JUAN: ¿Conque por mí doblan? ESTATUA: Sí. D. JUAN: ¿Y esos cantos funerales? ESTATUA: Los salmos penitenciales, que están cantando por ti. (Se ve pasar por la izquierda luz de hachones, y rezan dentro.) D. JUAN: ¿Y aquel entierro que pasa? ESTATUA: Es el tuyo. D. JUAN: ¡Muerto yo! ESTATUA: El capitán te mató a la puerta de tu casa. D. JUAN: Tarde la luz de la fe penetra en mi corazón, pues crímenes mi razón a su luz tan sólo ve. Los ve... con horrible afán porque al ver su multitud ve a Dios en la plenitud de su ira contra don Juan. ¡Ah! Por doquiera que fui la razón atropellé, la virtud escarnecí y a la justicia burlé, y emponzoñé cuanto vi. Yo a las cabañas bajé y a los palacios subí, y los claustros escalé; y pues tal mi vida fue, no, no hay perdón para mí. ¡Mas ahí estáis todavía (A los fantasmas.) con quietud tan pertinaz! Dejadme morir en paz a solas con mi agonía. Mas con esta horrenda calma, ¿qué me auguráis, sombras fieras? ¿Qué esperan de mí?


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(A la estatua de DON GONZALO.) ESTATUA: Que mueras para llevarse tu alma. Y adiós, don Juan; ya tu vida toca a su fin, y pues vano todo fue, dame la mano en señal de despedida. D. JUAN: ¿Muéstrasme ahora amistad? ESTATUA: Sí: que injusto fui contigo, y Dios me manda tu amigo volver a la eternidad. D. JUAN: Toma, pues. ESTATUA: Ahora, don Juan, pues desperdicias también el momento que te dan, conmigo al infierno ven. D. JUAN: ¡Aparta, piedra fingida! Suelta, suéltame esa mano, que aún queda el último grano en el reloj de mi vida. Suéltala, que si es verdad que un punto de contrición da a un alma la salvación de toda una eternidad, yo, Santo Dios, creo en Ti: si es mi maldad inaudita, tu piedad es infinita... ¡Señor, ten piedad de mí! ESTATUA: Ya es tarde. (DON JUAN se hinca de rodillas, tendiendo al cielo la mano que le deja libre la estatua. Las sombras, esqueletos, etc., van a abalanzarse sobre él, en cuyo momento se abre la tumba de DOÑA INÉS y aparece ésta. DOÑA INÉS toma la mano que DON JUAN tiende al cielo).


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Escena III DON JUAN, LA ESTATUA DE DON GONZALO DOÑA INÉS, SOMBRAS, etc. D.ª INÉS: ¡No! Heme ya aquí, don Juan mi mano asegura esta mano que a la altura tendió tu contrito afán, y Dios perdona a don Juan al pie de la sepultura. D. JUAN: ¡Dios clemente! ¡Doña Inés! D.ª INÉS: Fantasmas, desvaneceos: su fe nos salva..., volveos a vuestros sepulcros, pues. La voluntad de Dios es de mi alma con la amargura purifiqué su alma impura, y Dios concedió a mi afán la salvación de don Juan al pie de la sepultura. D. JUAN: ¡Inés de mi corazón! D.ª INÉS: Yo mi alma he dado por ti, y Dios te otorga por mí tu dudosa salvación. Misterio es que en comprensi6n no cabe de criatura: y sólo en vida más pura los justos comprenderán que el amor salvó a don Juan al pie de la sepultura. Cesad, cantos funerales (Cesa la música y salmodia.) callad, mortuorias campanas (Dejan de tocar a muerto.) ocupad, sombras livianas, vuestras urnas sepulcrales (Vuelven los esqueletos a sus tumbas, que se cierran). volved a los pedestales, animadas esculturas; (Vuelven las estatuas a sus lugares). y las celestes venturas en que los justos están, empiecen para don Juan en las mismas sepulturas. (Las flores se abren y dan paso a varios angelitos que rodean a DOÑA INÉS y a DON JUAN, derramando sobre ellos flores y perfumes, y al son de una música dulce y lejana, se ilumina el teatro con luz de aurora. DOÑA INÉS cae sobre un lecho de flores, que quedará a la vista en lugar de su tumba, que desaparece).


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Escena última DOÑA INÉS, DON JUAN y LOS ÁNGELES D. JUAN: ¡Clemente Dios, gloria a Ti! Mañana a los sevillanos aterrará el creer que a manos de mis víctimas caí. Mas es justo: quede aquí al universo notorio que, pues me abre el purgatorio un punto de penitencia, es el Dios de la clemencia el Dios de Don Juan Tenorio. (Cae DON JUAN a los pies de DOÑA INÉS, Y mueren ambos. De sus bocas salen sus almas representadas en dos brillantes llamas, que se pierden en el espacio al son de la música. Cae el telón).


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ÍNDICE POESÍA GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER: RIMAS JOSÉ DE ESPRONCEDA

2 2-5 6

El reo de muerte

6-8

El estudiante de Salamanca

9-15

PROSA

16

MARIANO JOSÉ DE LARRA

16

El día de difuntos de 1836

16-18

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER Leyendas. El monte de las ánimas

19 19-23

TEATRO

24

JOSÉ ZORRILLA

24

Don Juan Tenorio. 2ª parte. Acto III

24-30

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TEXTOS ROMÁNTICOS VERSUS HALLOWEEN  

Selección de textos literarios de escritores españoles del Romanticismo. El tema que los une es la muerte y lo sobrenatural.

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