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ANTONIO CASTELLOTE ILUSTRACIONES DE

JUAN CARLOS NAVARRO


CAPÍTULO 1

Medio siglo de nada

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Ya ha venido el nuevo, el que me va a sustituir. Ayer me llamó la secretaria de la oficina que tiene la Confederación en Teruel y me dijo Balbino, que mañana tienes que recoger al nuevo. ¿Ah, sí?, le digo yo. ¿Y qué más tengo que hacer? ¡Pues qué va a ser!,


¡pues enseñarle el río! Vale, vale, le dije yo, pero es la primera noticia que tengo, Mariadolores, que a mí no me ha llamado nadie ni me ha dicho nadie nada... La cosa se quedó así. Le dije que estaría con el lanróver en el bar Avenida a las siete de la mañana. El individuo se presentó a las siete y veinticinco. Y era lo que yo ya me esperaba, un enchufado de la Escuela de Paleontología, uno al que le han regalado las oposiciones y lo van a tener husmeando huesos a sus anchas mientras el río se queda desatendido. Lo pensé nada más verlo entrar en el bar. Iba vestido como esos domingueros que para dar un paseo por el monte se visten como si fuesen a escalar el Aconcagua. Buenas, buenas. ¿Qué pasa?, le digo yo, ¿que no te han dado todavía el uniforme o qué? ¿Qué uniforme?, me dice, con esos ojos de rana y esos lentes que me lleva. Yo creo que me miró con miedo, como si estuviera en falta. Se llama Sebastián. Está muy chupado y fuma como un carretero, no me explico cómo no les hacen unas pruebas físicas antes de echarlos al monte. Esta mañana se me mareaba y todo. Lo he llevado a los ojos del río pero no había manera de que me siguiera el paso. Le he ido a enseñar una revuelta que se embarbasca con las zarzas, a decirle cómo las tenía que quitar, y a la primera que ha ido a echar mano de un matojo se ha hecho una salsa con las púas que a poco tenemos que salir corriendo al hospital. Yo digo este chico es tonto. La verdad es que podía haberlo deslomado si hubiese querido, porque, tampoco voy a decir lo contrario, el muchacho no ha dicho a nada que no ni se ha quejado lo más mínimo. Pero yo lo veía que estaba que no podía con su alma y digo deja que afloje un poco, no me lo vaya a cargar. Pero el chaval no es mal chaval, por lo menos no lo parece, y eso es lo que más me jode, no lo puedo remediar. Y no lo puedo remediar porque esa plaza no era suya, esa plaza era de Loúrdes, o sea que el desaire no se lo han dado a


ella sino a mí, que voy a cumplir, el doce del mes que viene, cincuenta años de vigilar el río.

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Cincuenta años de nada. Los jefes me han visto pasar como quien oye bajar el río. El ingeniero ni siquiera se ha dignado llamarme y decirme mira, Balbino, pasa esto, hemos traído a un sustituto. No, no me llamó porque también me tendría que haber dicho mira, Balbino, ya sé que te di muchas esperanzas de que la plaza era para Loúrdes pero he recibido un telefonazo de Madrid, órdenes terminantes de que contratemos a este pollo. Así que te digo chico que entre cobardes y despreciativos no gana uno para enemigos. Lo malo, digo, es que no es mal chaval. Anoche me la pasé en blanco pensando lo que le iba a decir cuando nos subiésemos al lanróver. Estaba dispuesto a examinarlo, a ver si es verdad que lo había hecho mejor que Loúrdes, que además es también licenciada en Paleontología, lo mismo que él, supongo, y tiene que acabar el doctorado y leer la tesis, que para más inri es sobre los fósiles del Guadalaviar. Él va buscando no se sabe bien qué, porque dice que le interesan las palomitas, y las palomitas es una cosa que ya está del todo estudiada, en la casa del pueblo tengo yo cientos de palomitas que voy recogiendo y el día que me harte se las daré a los jipis de Tramacastilla, para que las ensarten y con las cuentas hagan collares. Pero eso no se lo he dicho yo a él. Cuanto más dices, más te comprometes. Tampoco le he enseñado la casa del pueblo ni los arcos romanos, ni le he dicho nada de Loúrdes, ni le he sonsacado a ver si por lo menos sabía algo del examen. La verdad es que


no le he dicho nada. Cuando hemos llegado al río me he puesto a enseñárselo, que ya no queda mucho tiempo porque me jubilo el día veintiocho, y si quiero que lo sepa todo habrá que andar lo menos tres kilómetros diarios. Tres kilómetros palmo a palmo cada día. Le tengo que enseñar el río entero y no tengo tiempo para reprocharle nada ni ganas de que nos llevemos mal. Bárbara lleva un disgusto tremendo porque no han aprobado a Loúrdes, y la chica también, Loúrdes es muy responsable y ha sacado siempre unas notas extraordinarias, y sabe que tiene que trabajar, y que seguir estudiando. Yo mi idea era vigilarle el río cuando me jubile, y ella que se dedique a estudiar. Llevo dando vueltas a ese pensamiento desde hace días. Yo creo que lo llevo pensando desde que su madre la trajo al mundo.

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Así que no le he dicho nada. Lo malo de tener que cantarle a alguien las cuarenta es que llegues a enfrentarte y te dé pena. A mí no me da pena enfrentarme al ingeniero, por ejemplo cuando vino un día y dijo que no habíamos hecho el parte del barranco de la Gamella, cuando hubo aquel desprendimiento que a poco tapona el río. ¿Ah, sí? ¿Quiere usted que le diga todo lo que vi ese día? ¿Le hago el parte ahora mismo de todo lo que vi? Y claro, él plegó velas, porque sabe que yo no me chupo el dedo y sé lo que andan midiendo en el molino viejo de Tramacastilla. Pero si se trata de un igual, y este muchacho, por muy licenciado en Paleontología que sea, es mi igual, y además el igual está en inferioridad de condiciones, o sea que ni siquiera es igual, pues entonces da más pena. Cuando llegó al bar Avenida yo estaba


hablando con el dueño, Agustín, que cría cardelinas. Estábamos apalabrando a ver si me apaña una pareja y llegó muerto de frío, forrado como las cebollas. ¡Pues si tienes ahora frío...!, le dijo el Agustín mientras se volvía a ponerle el café en la cafetera. Puse a tope la calefacción del lanróver para que entrase en calor. Como no la uso nunca, olía a polvo requemado, hubo que abrir una miaja la ventanilla. Cuando nos pusimos ya en los altos de las Tahonas me venía el olor de la mañana. Quedaba el olor del hielo, no me extrañaría nada que a finales de semana caiga una gorda. Cuando vienen los hielos fuertes se anuncian por la mañana, y además hace ahora treinta años, que lo recuerdo perfectamente, de las últimas nieves fuertes, la última vez que llegamos a los veinte grados bajo cero. No falla. Cuando yo nací cayó una helada que mi padre me contaba que si no llegan a meter la cuna en la cocina me muero. Después, cuando nació la Lurdes, cayó otra parecida, cayó una como ésas que se cuentan de la guerra, como las que cuenta la abuela Dominica, que la tiene Bárbara en su casa y de vez en cuando nos lo cuenta. Y ahora que me jubilo viene otra helada gorda. Lo huelo, siento que viene otra. Cuando el mozo ya pudo quitarse el gorro, íbamos por la recta de Gea, por ahí por el cementerio de los aviones, el muchacho me preguntó si ése era mucho o poco frío, si era lo normal o peor o mejor de lo normal. Y yo le dije pues mira, chico, aquí, en invierno, el frío siempre es lo normal. Pero no le dije nada de la que se nos viene encima.

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Luego empezó a fumar y me contó su vida. Se conoce que terminó hace ya unos años la carrera y luego se dedicó a otras cosas, él dijo eso, otras cosas, pero ahora quería volver a los estudios porque Madrid está imposible. Todos dicen lo mismo. Yo ya he visto unos cuantos que se vienen por una ilusión que se hacen del campo, más que por el mismo campo, y luego se pasan el día en el bar del pueblo, o metidos en el coche, y si se tercia que ven algo por casualidad avisan, y si no lo dejan. Yo ya he visto mucho enamorado del campo que a los quince días está del campo hasta los huevos. Ya veremos éste, ya veremos. De momento me parece un poco ceremonioso, porque nada más salir de Teruel, cuando estábamos pasando por Caudé, que yo aún no había conseguido que se me desempañara el parabrisas, le dije, porque yo me encontraba un poco incómodo, yo si estoy con alguien hablo, si no me siento incómodo, le dije digo bueno, así que a Teruel, ¿no? Y entonces va y me dice sí, a Teruel, a buscar huesos. Así, a buscar huesos, con esta voz profunda me lo dijo. No dijo a ver el río, no dijo he venido porque me gusta el río. El río siempre es lo de menos, al principio. El sólo dijo que buscaba huesos. Luego me contó lo de las palomitas. Conque subimos al pueblo, yo no le dije dónde estaba la casa, no quería darle demasiadas confianzas, que luego se me vuelven del revés, y fuimos a ver los ojos del río. Fuimos parando en los pueblos porque yo llevaba unos recados, una dalla para Dionisio el de Villar del Cobo y los medicamentos de la tía Nina, la de Terriente, que dice que le da vergüenza que se los traiga el practicante porque se enteran de lo que le pasa las vecinas. Y llevaba también unos discos que me encargó Sonia, la rusa que vive en Frías, pero en Frías no paré, no me apetecía que el nuevo conociese a Sonia. No sé por qué, pero no me apetecía. Ya se los daré mañana. Mañana le doy suelta a este muchacho, a que vigile él solo, y le llevo a Sonia los discos que me encargó.


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Podíamos haber subido hasta la carretera de Orihuela con el coche para salir al nacimiento del río, pero yo quería que viese la Muela de San Juan desde abajo, y no por fastidiarlo, porque yo entonces no sabía que tuviese tan poca virtud, ni que fumase tanto, sino porque así se ve mejor cómo baja el agua por las escorrentías, y porque los accesos se entienden mejor desde abajo que desde arriba. El peligro se ve mejor siempre desde el suelo. Mi padre siempre contó cómo una vez, en primavera, por no dar la vuelta siguió el cauce por las piedras desde el nacimiento, pero los sitios que había pisado en el invierno ya esbaraban con el deshielo. Se partió una pierna, se fijó la rotura con unas junqueras y tuvo que pasar la noche detrás de un peñasco, encogido para que no se lo llevara el aire. Al día siguiente lo vio el guarda de la margen derecha, menos mal. Ahora es más peligroso porque Facundo, el guarda de la margen derecha, pasa por allí cuando le da la gana. Es un peligro añadido al deshielo. También quería enseñarle las cortezas de las carrascas mordidas por los ciervos, y la paridera que hay en el Barranco de las Avellanas, por si le coge la tronada, para que no se meta. El chico se conoce que quería quedar bien, pero como usa esa voz importante daba risa. –Esto es un sinclinal que se quedó colgado –dice, a duras penas porque a los cinco minutos de andar ya estaba echando el bofe. Tú sí que estás colgado, pensé yo entre mí, pero tampoco le dije nada. Subimos a lo alto de la muela, la mañana recién parida, daba gusto el aire en la cara, aguantas el primer soplo del hielo y luego te viene entero el olor de la mañana, el


olor de la resina fría de los pinos y el del hielo encima de la tierra, las peñas de rodeno entre la niebla, una bocanada de olor de todo el valle que a veces, cuando voy solo, me da ganas de gritar. –Muy interesante –dijo el nuevo, Sebastián–. Muy interesante. Entre el gorro y las gafas y las bufandas yo no creo que oliese nada, pero en fin, allí estuvo hasta que yo me cansé de mirar el valle, y no pareció que se le hiciese largo. Con el aire se me fueron las frases que había pensado decirle. Le voy a decir esto, le voy a decir lo otro. Toda la noche dale que te pego, más que nada por defender a Loúrdes, que estaba muy ilusionada, y a su madre, que aún lo estaba más. Debí decirle entonces que era un enchufado, que lo iba a vigilar de cerca porque en ese examen alguien ha metido mano. Qué más da, digo yo. Si sube a la Muela y no se aburre, qué más da. Luego fui a comer a casa de Barbarita pero no dije nada. Iba a decir algo pero no dije nada.


CAPÍTULO II Perdices escabechadas

1.

Como si fuera posible ocultar algo a Barbarita. Esta noche, al volver del río, he pasado por su puerta sigilosamente pero Bárbara estaba con la antena. –¿Puedes entrar un momento, Balbino, por favor? –Sí, sí, ahora mismo voy. Nada más entrar ya me ahogaba, es un escándalo lo que gastan de calefacción en esta casa. Yo vivo arriba y sólo con el calor que sube por el suelo ya tengo bastante. Entre que no estoy mucho en casa y que no me gusta dormir con calor, se me va a pasar el invierno sin encenderla. –No me habías dicho que ya tienes sustituto. –Pues sí. Ayer vino. Pero eso es normal. Si sacó las oposiciones... –¡Pero cómo que normal! ¿A ti te parece que es normal que Loúrdes haga un examen perfecto y la suspendan? –Pues no sé, chica, otro lo haría mejor. –Es imposible que otro lo hiciese mejor porque Loúrdes lo hizo perfecto, Balbino, y esto no es pasión de madre, yo no soy de las tontas esas que se fían de sus hijas cuando se la están pegando. Yo sé que lo hizo perfecto, todo lo que le preguntaron, todo, ni un solo fallo.


–Tú sabrás... –Yo lo sé, Balbino, y pasa porque se me enfría la casa. La abuela Dominica estaba sentada en el salón, forrada de mantas. –Esto es un horno, Barbarita. La abuela se va a asar. Se le está poniendo la piel de boniato. –Y yo qué quieres que haga. Dice que está muerta de frío. No hace más que hablar del frío. Y tú porque no vienes nunca, pero despejada ya está un rato, ya. Por la noche parece que le den cuerda, no para de hablar. Barbarita me llevó a la cocina. –¿Te quedas a cenar? –No, no. Este calor me sienta mal. –¿Tienes cena? –Sí, sí, no te preocupes. –¿Qué tienes de cenar? –Perdices escabechadas.

2.

No tenía perdices escabechadas. Las perdices escabechadas me las había comido por la mañana, con Sebastián, el sustituto. Hoy soplaba el cierzo y caía una matacabra que se clavaba en la cara como los alfileres, así que a las diez o así nos hemos subido al lanróver y nos hemos bajado a almorzar al mesón del Gallo. –¿Tú qué quieres? –le pregunto. –Pues no sé... –Aquí ponen unas perdices escabechadas extraordinarias.


–¿Perdices? ¿Y estarán buenas, con esto de la gripe aviar? –¡Nos ha jodido, no han de estar buenas, si las he cazado yo! Eso no era del todo verdad. Yo fui con Maximino el de Pozondón a cazarlas pero a mí no me gusta pegar tiros, yo me dedicaba a pasear. Pero sí sé que Maximino se las vendió al mesón del Gallo y que antes de venderlas las llevaron a los análisis. Tú hazme caso, le dije. Y él se encogió de hombros y dijo bueno. Todo el mundo está muy aprensivo y el se fió de lo que yo le dije. Así que, aunque hubiese querido, no iba yo a estropear el almuerzo con el asunto de las oposiciones. De tanto pensar en ello se me está desfigurando. Cuando se lo diga ya no me acordaré de qué le tengo que decir. Conque nos traen dos perdices escabechadas, calientes, melosas, así cuando la carne se despega de los huesos sin que la tengas que arrancar. Traen las perdices y digo yo entre mí vas a ver este, lo voy a sondear. A mí desde pequeño me gusta rosigar los huesos de las perdices. Me gusta colocar los huesos en una servilleta, todos limpios y chupados y en su orden, todas las vértebras pequeñas una detrás de otra y las costillas y los huesos de las alas. Me gusta ponerlo todo en la servilleta como quedaría el esqueleto de un pajarico muerto. He visto muchos fósiles y siempre me llama la atención la posición en la que se quedaron fósiles los fósiles, como si estuvieran dormidos. No digo ya los caracoles y los amonites, que no tienen ninguna posición, me refiero a los pájaros y a los lagartos, o a las culebras.

3.

Tiempo al tiempo. No voy a pillarme los dedos, dije yo entre mí, ahora que me voy del convento. Yo lo que quería era saber si sabe, de ríos o de huesos, me da lo mis-


mo. Él me miraba chupetear el agujero de las vértebras, sacar la médula, que parece una lombriz, coger las tabas chiquiticas con las uñas, me miraba y me decía qué limpia la estás dejando, Balbino. –Imagínate que es un terodátilo o así –le digo. Y él me contesta con media sonrisa: –Sí, parece un terodátilo. Pero eso tampoco es decir mucho, eso es quedar bien y no decir nada. Así que le digo: –¿Porque tú son estos huesos los que buscas, no? –No –dice–, no son estos –y al decirlo se sonreía, y luego dijo:– Yo no tengo nada que ver con la paleontología. Estudié, pero se me ha olvidado. Ya sé que este puesto se lo rifan en la Escuela, el otro día vino a verme a la pensión un profesor, el agregado de micropaleontología. Yo creo que le extrañaba que hubiese sacado estas oposiciones. No sé, pero a veces tengo la sensación de que además de hacer un examen voy a tener que demostrar a todo el mundo que me merecía el puesto. Qué tendrán que ver los huesos con el río, digo yo. Eso dijo. Yo seguí chupeteando, no sabía qué decir. ¿Lo decía por mí? Yo sólo le dije ayer una vez, cuando íbamos en el lanróver, que había tenido que hacer un examen cojonudo, pero no le dije nada más. Hablaba sólo del profesor de micropaleontología, que me tengo que enterar quién es, pero me lo decía en confianza, como si estuviera descargándose de alguna preocupación. Lleva los labios cortados del frío. La perdiz ni se la terminó. Dijo que para él era un poco temprano. Es buen chico, pero tiene muy poca virtud. –Pues no –dice–, no son estos los huesos que voy buscando. En todo caso, yo iría buscando huesos de cristiano, como aquel que dice. Hay muchos enterrados por la


sierra. Busco muertos de la guerra, y de después, de cuando el maquis. Hace años que colaboro en una asociación para identificar cuerpos, es un proceso muy largo, hay que dar muchos detalles hasta que consigues un análisis del adeene. Yo busco eso, adeenes. De momento lo hago por afición, pero si sabes de alguien que quiera buscar los huesos de sus antepasados, dímelo. Yo lo puedo ayudar. Me acabé la segunda perdiz pero no puse los huesos en orden, la conversación se había metido en un terreno que no me parecía bien seguir chupeteando.

4.

Estuvimos charrando un rato más. Me preguntó si yo sabía de algún piso, lleva ya tres días en la fonda del Tozal, quiere instalarse pero no conoce a nadie. –Si te enteras de algo me lo dices. –Vale vale, ¿no te vas a comer esa perdiz? –A mí me gustaría si pudiese ser en un pueblo, no en el mismo Teruel, en Bezas o en El Campillo, un sitio pequeño, que huela a vaca. Le tendré que presentar a los jipis que viven en Torres porque no sé yo si sabe lo que quiere. De todas formas, mañana llamaré a Lagartijo, que trabaja en la construcción y siempre se entera de algo. Ha caído matacabra toda la mañana. Después de almorzar nos volvimos a meter en el lanróver y subimos un poco hasta Tramacastilla. Paramos en la Hospedería del Batán porque yo quería darle los discos a Irina, una camarera que es amiga de Sonia, la rusa que vive en Frías. El asfalto se estaba escarchando por momentos, así que paramos el lanróver en el merendero, a echarnos un cigarro. Noté que, al contrario que ayer, Se-


bastián no había encendido un solo cigarro en toda la mañana, así que no me importó. Quería que viese unos chopos cabeceros que si no se cuidan pueden taponar el río. No sabía lo que es un chopo cabecero. Yo le expliqué. –Es un muñón de chopo. Se le podan las varas nuevas igual que a las parras se le quitan todos los años los sarmientos, y luego esas varas sirven para que trepen las judías y las tomateras. Si tienes paciencia, también puedes hacer con ellas un cesto, como si fueran mimbre. –¿Y tú qué opinas, Balbino? –me soltó de sopetón, sin comerlo ni beberlo. –Yo qué opino de qué. –De que tenga que demostrar a todo el mundo que me merezco este puesto. –Al de la Escuela, ni caso –le dije yo–, te lo digo yo. –No es sólo el de la Escuela. En la oficina la gente me mira como si fuese un tramposo. Me da la sensación de que todos tenían algún primo que meter, que todos habían pedido recomendación. El ingeniero, cuando me recibió, me dijo, así en ese tono que emplean los burócratas, que este puesto no hace honor a la importancia que tiene. Me dijo que había habido mucha competencia, y muy dura, y que no iba a ser un camino de rosas. –Está poético el ingeniero –dije yo, por decir algo. –Y también me dijo que tuviese cuidado con mis compañeros. Me dijo que no me separase de ti, porque de los otros no sabría nunca cuál quiere causarme daño.

5.


A veces uno no sabe si que te tengan por decente es un insulto o un piropo. El ingeniero me calzó al nuevo porque yo nunca entro en trapalas ni en dimes ni en diretes, porque cumplo con mi horario y porque conozco el río. El ingeniero le metió miedo a Sebastián porque piensa que con la buena voluntad no basta. Piensa que si le hubiera dicho que yo conozco mi trabajo, el nuevo habría hecho lo que hace el de la margen derecha, que llevamos treinta años sin hablarnos y estará frotándose las manos porque me despido. Lo otro es miedo. El ingeniero piensa como los empresarios, que la gente trabaja por miedo. Así que, con semejante conversación, cuando llegué a casa por la noche no tenía ganas de darle explicaciones a Barbarita. El nuevo me cae bien. Había estado atento a lo que le conté de los chopos cabeceros, y me creyó cuando le dije que la matacabra sola no cuaja, y que lo peor es que no cuaje. Sacó una libreta y un lapicero y empezó a escribir los nombres de las cosas, y un GPS donde intentaba hacerse cargo de por donde íbamos. –¿Tú no usas GPS? –No. Yo el GPS lo llevo en los ojos. Me sentía instructivo, como si me hiciera caso, y eso me hizo olvidarme del asunto de las oposiciones, que igual, si me las obligan a pasar a mí, las suspendo y todo. Pero Bárbara estaba que se subía por las paredes. –¡No puedes dejar que se nos pase el arroz, Balbino! Tienes que hablar mañana mismo con el ingeniero. Tú vas y le dices mire usted, yo aquí creo que ha habido una equivocación. Tú dile yo creo que en todas las oposiciones hay un derecho de reclamación, dile porque el que ha ganado no tiene por qué tener ningún reparo en que se vea su examen, dile porque si es tan bueno, es incluso para que se sienta satisfecho de enseñárselo a todo el mundo, dile y yo no le diría esto si yo no fuera una persona de confianza.


Dile tengo pruebas de que el que ganó hizo trampas. Díselo así como te lo digo yo, Balbino. Eso me dijo, y me sacó de la nevera otra cerveza. –¿Seguro que tienes cena, Balbino? ¿No quieres bajarte las perdices y nos las comemos con la abuela, que le gusta mucho chupetear los huesos?


CAPÍTULO 3 Los parientes putativos

1.

El caso es que me retiro cuando más novios le salen a mi trabajo. Yo empecé subiendo en burro por las trochas de la sierra, y a veces aún lo hago, no con burro sino con un percherón francés que guardo en el pueblo, y cada vez que digo voy a sacar el


caballo disfruto más y veo más del río que si fuera en la moto. Ahora, como vamos a cubierto, no hace falta ni salir del coche. En los partes que hay que entregar a diario todo está lleno de inspecciones oculares, de números del GPS y de nombres de sitios que salen en el mapa, pero allí no verás decir que han desovado las madrillas o que un furtivo está cogiendo rebollones con rastrillo, porque eso ya no nos compete, eso ya no es del río, pero tampoco leerás que los azudes están sucios ni podrás contar, como se podía contar antes, porque lo contaba yo, cuántos desprendimientos ha habido después de una tormenta. Yo, antes, al día siguiente ya los había contado, y a la semana siguiente ya estaban todos limpios como la patena. Ahora este trabajo está muy solicitado porque la gente se piensa que vigilar el río es pasearse por el campo, que en el río hay tiempo de sobras para dedicarse a sus menesteres. Hace poco más de un mes, cuando fueron las oposiciones, nos llamaron para que vigilásemos en los exámenes. Había habido una avalancha de matriculaciones y con los cuatro chupatintas de la Confederación no daban abasto. Tuvimos que llamarlos uno por uno para que nos enseñasen el carné, y allí había de todo, muchachos jóvenes con lentes había de todas clases, a muchos los tengo vistos porque son ecologistas del Otus Ateneo, otros porque son compañeros de Loúrdes en la Escuela de Paleontología, y luego había muchos más venidos de toda España y más de diez y más de veinte con acento extranjero pero también con lentes, y en general podías distinguir, sólo por la cara, entre los que piensan que el monte es orégano y que la paz de los campos va a devolverles el sentido a su vida, como es el caso de Sebastián, creo, o bien esos otros, como Loúrdes, sin ir más lejos, que se quieren dedicar el día de mañana a la naturaleza y lo más a mano que les queda es este río. Y también había gente como yo, gente que ha nacido en la sierra y que conoce el río, el hijo de Martín, el cantero de Villar del Cobo, la chica de Julián y Doloretes, los


hijos del tío Lobera, el Cojo de Moscardón, que eran uña y carne con mi madre, que en paz descanse. Todos me pidieron recomendación cuando les llevaba algún encargo de la capital o nos encontrábamos en los ayuntamientos de los pueblos o en el bar. A todos les dije que yo allí no pintaba nada, que yo en esas oposiciones no tenía mano, como así ha sido, pero estoy seguro de que cualquiera de ellos se lo habría merecido más que Sebastián, incluso más que Loúrdes, mal que le pese a su madre.

2.

Por ninguno estuve dispuesto a perder la vergüenza menos por Loúrdes. Pero este es un caso aparte. Su madre y yo nos conocemos desde que mi madre le alquiló el primer piso de la casa del Jorgito a ella y a su marido, hace treinta años. Eran valencianos, estaban recién casados y se vinieron a vivir aquí porque mi padre le dio trabajo a su marido en la serrería por mediación de la tía Angelita, la que vive en Benimaclet, que habían hecho mucha amistad con mi abuelo cuando la guerra y una vez le pusieron unas letras y le pidieron ese favor, que contratase al chico. Barbarita llegó a Teruel embarazada de Loúrdes, y muy poco después el marido se cortó una mano con la sierra. Se fue a coserse el muñón a Valencia y ya no volvió a dar señales de vida. Barbarita se quedó con el alquiler recién pagado, un barrigón tremendo, una mano alante y otra atrás. Entonces mi madre le dijo tú no te preocupes, hija mía, que aquí no te va a faltar un plato en la mesa ni un par de zapatos nuevos para que tu hija vaya a la escuela. Ella tenía entonces veinte años, Barbarita. Ya llevaba yo quince años de río cuando Loúrdes vino al mundo.


Bien es verdad que a mi madre nunca le gustó el carácter del marido de Barbarita, que se llamaba Vicente y le gustaba el morapio. Mi padre lo quitó de la sierra el primer día que vio cómo le temblaban las manos, y lo puso a cargar troncos en la camioneta. Pero el otro se sintió entonces muy herido en su orgullo y dijo que él trabajaba como el primero y que si fue que si vino. Mi padre se lo advirtió. Le enseño la mano derecha, en la que sólo le quedaban dos dedos, y se lo advirtió. Pero el otro dijo que no, que no, que él tenía huevos para eso y para más. De modo que, cuando se largó con la mano colgando, mi madre su primer instinto fue proteger a Bárbara y a la criaturica, que estaba a punto de nacer. Le dijo no te preocupes que la familia de Vicente lo cuidará a él como es debido, y tú ahora mismo con el biombo ese que llevas no haces allí más que estorbar. Bárbara lloró mucho y dijo que no sabía qué hacer, lo llamaba por teléfono y le daban largas, iba a visitarlo y no la dejaban verlo. En fin, que Bárbara se quedó a vivir en nuestra casa. El asunto fue tan doloroso que nadie nunca volvió a mencionarlo, por mucho que durante años Barbarita se despertase con el ruido de la sierra, a las ocho de la mañana, cuando empezábamos a trabajar.

3.

Por aquel entonces yo ya vigilaba el río pero seguía ayudando en casa. Como en el río no hay horarios, cuando se acababa la faena en la serrería me cogía la moto y me hacía un tramo. Pero a mí la sierra tampoco me gustó nunca, y cuando se murió mi padre dejó de chirriar. Yo ahora, y muy de cuando en cuando, la utilizo nada más que si


hay que cortar unos listones para la jaima de las fiestas medievales, un suponer, pero por lo general ya sólo uso el torno, y eso sólo si se rompe alguna silla. Barbarita y la niña comían y cenaban con nosotros, mi madre cuidaba de Loúrdes mientras Bárbara se enganchaba otra vez a estudiar. En vez de ver Bárbara en mi madre un incordio permanente, que yo se lo decía, le decía déjala estar, madre, deja que se arregle con su vida, en vez eso siempre se mostró muy agradecida con ella. Bárbara era de la parte de Almusafes. Su familia vino a verla un par de veces pero luego los parientes se fueron muriendo y las visitas se fueron espaciando hasta que desaparecieron. En pocos años dio la sensación de que mi madre era la abuela de Loúrdes y yo su tío putativo, y Barbarita y yo dos primos segundos que compartían la misma casa. Después de treinta años en la misma situación, no es de extrañar que Barbarita se tome conmigo alguna confianza. Pero el caso es que, si en vez de ser mi prima segunda putativa fuera mi hermana o mi mujer, yo le habría contestado de otro modo. Le habría preguntado, por ejemplo, por qué está tan segura de que Loúrdes se sabía todas las preguntas, pero no me he atrevido, hay líneas del respeto que no piso por si acaso. Son las líneas del respeto que marcan los parientes putativos, y eso es sagrado. Pero sus líneas son otras líneas. Para ella no es una línea que yo me rebaje a pedirle recomendación al jefe, así, como los aldeanos que iban a pedir un anticipo al señorito, con la boina apretujada entre las manos. Me insistió mucho, me nombró a mi madre, hazlo por nosotras, es lo único que te pido, Balbino, que yo nunca te he pedido nada, que vives como un rey, que yo creo que ya he pagado con creces la solidaridad que tu madre demostró conmigo y etcétera etcétera.

4.


Con que ya digo, por ninguno de los que vi crecer al lado del río he perdido la vergüenza menos por Loúrdes. Bárbara se puso tan pesada que un día, después de Reyes, me acerqué a la oficina y le pregunté al jefe si podíamos hablar un momentín. –Hombre, Balbino. El jefe es muy expresivo cuando te ve, enseguida prepara la mano para dártela. –Me dice Mariadolores que querías hablar conmigo un momentín. Cuando entré al despacho me encontré allí sentado a Simón Pedralba, el hijo de Mariano Sangrador, vecinos del pueblo de toda la vida. Su abuelo, aún ahora que está muy viejecico, si ve que pasa un par de días que no asomo por el pueblo se baja al huerto a segar un brazado de alfalfa y me le da de comer caballo. Simón ya nació en Teruel, iba a escuela con Loúrdes, y por lo que siempre ha contado la chica, en la escuela Simón era un cebollo de campeonato, el más tonto de todos. Muy pito no era, desde luego, pero ay amigo, las vueltas que da la vida. Entro en el despacho del jefe y me lo veo trajeado, que parece que venía de una boda, todo empaquetado con un pedazo de corbata de por lo menos cuatro dedos de ancha. Yo no me he puesto en mi vida una corbata y no lo sé, pero creo que semejante corbatón les tiene que pesar, grande, brillante, de color mirinda, que son las que se llevan ahora. Desde que va con esas corbatas a mí me trata con unas confianzas que no se las tomó su padre nunca, y eso que somos quintos. Cuando entré al despacho, Simón estaba con la piernas cruzadas en el sillón que hay delante de la mesa del jefe, y me saludó con unas confianzas que si no hubiese sido donde estábamos me habrían dado ganas de pegarle una patada en los cojones. –¡Hombre, Rocunsón de los bosques! –Pasa, pasa, Balbino, no te quedes en la puerta –me dijo el jefe.


Simón me miraba de abajo arriba tirado en el sillón. –Nada, nada –digo yo–, ya vendré en otro momento que no esté tan liado. Y Simón terció. Le habrá ido muy bien en la vida, pero conserva los mofletes colorados y el cuello gordo de Mariano Sangrador. Su padre, en cambio, no era tan faltón. –No te preocupes, Balbino, di lo que tengas que decir. Balbino y yo somos medio parientes, ¿verdad Balbino?

5.

–No, no, si no era nada –dije yo para salir del paso–. Es que le estoy enseñando la faena al sustituto y hay algunas cosas de las que yo me he ido cuidando pero estar estar no están en las funciones, así que algún día, si tiene un rato, yo le digo cuáles no están y cuáles sería mejor que estuvieran, o por lo menos que las siga haciendo el sustituto, aunque no estén. Y Simón se volvió a meter. –Pché –le dijo al jefe–, ojo con este que este es bueno, ¿eh?, que este se conoce el río, que si no fuese por él esto sería la casa del tío Roque, ¿eh?, que ahí está el Balbino lanza en ristra para que nadie se pase un pelo. ¿Qué tal está el caballo, Balbino? Oye, tiene un caballo..., una cosa seria, parece el caballo de Babieca. –Pero eso lleva un rato –le dije yo al jefe–, así que, ahora que ya lo sabe, ya hablaré con Mariadolores para cuando podamos tratarlo. El jefe no es tonto, desde luego, es incompetente pero no es tonto, y se dio perfecta cuenta del gilipollas que tenía delante. Pero Simón va así. Sus padres están vivien-


do un calvario. ¡Con el dinero que tiene!, me decía un día su abuelo, mientras le estábamos echando al caballo, ¡y da vergüenza oírlo! El caso de Simón es que lo hicieron empresario de la noche a la mañana con unas canteras que no quería nadie. De hecho se las quedó cuando cerraron, porque él trabajaba allí, picando piedra. Pero alguien le debió de aconsejar bien y se dedicó a buscar canteros buenos para el negocio de las rehabilitaciones, un hijo del Cojo de Moscardón trabaja con él. Como, con la cosa del turismo, las casas nuevas las construyen como si fueran antiguas, en cuanto dos se hicieron un chalé de sillería le empezaron a llover encargos a Simón y en cuatro días se ha hecho rico. Así que se metió en política. Primero quiso ser presidente del Club Deportivo Teruel, que yo creo que es su gran aspiración en esta vida, pero luego fue metiendo la cabeza en los consejos comarcales y ahí lo tienes, despatarrado delante del jefe de la Confederación, diciendo tonterías. Los negocios que tuviera con el jefe seguro que no son ninguna tontería. Simón sólo es tonto cuando habla, pero no cuando piensa. Tanto que nada más salir de la oficina me alcanzó en Correos y me dijo: –Oye, Balbino, que me ha dicho tu jefe que te vas a jubilar. Tenemos que hablar, Balbino, que tú te conoces el río y estás más fuerte que un alcornoque. Me dejó con la palabra en la boca. Me zarandeó la mano, muy sonriente, se subió a un Cayenne que había aparcado en doble fila y se largó. Hace tiempo que el hijo de Mariano Sangrador no deja de sonreír, ni siquiera cuando está hablando en serio.


Capítulo 4 El toque de Balbino

1.

No se pasa el frío. Si seguimos así, en un par de semanas, cuando empiecen las fiestas, la gente va a ir helada por muchos apeos medievales que se pongan encima. Nos hemos juntado a echar una cerveza los que tocamos el tambor en la Oración del huerto, a ver si empezamos ya con los ensayos, porque en las celebraciones de las bodas medievales hay que actuar, en el entierro de Diego se supone que nosotros también tocamos, y también en la entrada de los Cátaros, el primer día, y hay que empezar ya mismo, pero hacía tanto frío que antes de coger los palillos a los jovenzanos les salían sabañones, sólo de pensarlo. Y lo que yo les he dicho: esto no va a hacer más que empeorar. Vienen unas bocanadas de frío y caen unas palomas por las noches que lo mejor que nos puede pasar es que por lo menos el tiempo esté sereno, porque como se levante un poco el cierzo y empiecen esos días rabosos que no hay quien pare, entonces vamos a tener que ensayar en la serrería. Así que yo me he cogido mi tambor y digo me lo voy a subir al pueblo. Ya ensayaré por mi cuenta. A los demás les da lo mismo porque en los Medievales lo que tocan se lo saben de memoria, con un rato antes que tocasen ya tendrían más que suficiente, pero el caso es que este año yo quería estrenar un toque propio mío personal. Me voy a ir de la banda cuando me jubile y por lo menos les quería dejar un toque, el toque de


Balbino, y si no llegan a tiempo a los Medievales que lo estrenen en Semana Santa, pero entonces yo no lo tocaré, ya se lo he dicho. Esta tarde lo he vuelto a discutir con Leopoldo, el capataz de la cuadrilla de tambores, que dicho sea de paso sin él no me habría metido en lo del toque, pero cuando le dije Leopoldo, pasa esto, que me voy a jubilar, entonces me dijo que de jubilarme también en la banda nada, que tenía que seguir tocando y tal y cual. –Además, Balbino, nos debes un toque. Tú no te vas de aquí sin componer un toque. Yo me lo tomé a guasa y seguí con lo del retiro. Le dije que hay muchas cosas que voy a dejar de hacer seguramente. –Pero si estás hecho un roble, Balbino, jodido. ¡No me vengas tú también con que te vas a deprimir! –No, no –le dije–, de deprimirme nada. Yo ahora lo que voy a tocar es otro pito. Pero aun así se me quedó aquí dentro eso del toque. Yo invento muchos toques cuando trabajo. Escucho cómo baja el agua y espero hasta que se repiten los murmullos, hasta que todo suena igual cada poco rato, como cuando pones la oreja en el reloj porque no se escucha el segundero pero pronto empiezas a escuchar hasta los dientes menudos de la maquinaria. Cuando escucho el segundero que lleva el río, me viene un toque de tambor que se me mete en la sesera y en quince días no me lo puedo quitar.

2.

La sorpresa se la ha llevado Sebastián cuando esta mañana se iba a meter en el lanróver y casi se sienta encima del tambor. Dice caramba, esto es nuevo. Sebastián


cuando habla parece que no entendiera, que todo le viniera por sorpresa pero estuviese acostumbrado a que las cosas no tengan ningún traslado, no sé si me explico. En vez de meterlo en el asiento de atrás del lanróver, Sebastián cogió el tambor y se lo puso en las haldas. Sólo se veía tambor. Por la mañana, a las siete de la mañana y con la neblina helada que caía, Sebastián con despertarse ya tiene bastante. Hasta que no llegamos al cementerio de los aviones no deja de toquetear la calefacción del lanróver, hasta que pasamos Gea y nos asamos de calor. Pero justo al pasar por el desguace lo veo que coge los palillos y se pone a redoblar, un redoble muy fino, como el redoble de los momentos de peligro, al principio. Cuando uno sabe redoblar así es que sabe tocar el tambor. –¡Y eso dónde lo has aprendido, muchacho! –A que te he sorprendido –me dice–. A mí me gusta más la escobilla –dice–, la que se utiliza para el jazz. ¿A ti te gusta tocar con escobilla? –No, no. Aquí en Semana Santa no se estila mucho el jazz. Nos reímos con la jugada. Me contó que había tocado la batería en un club de Madrid durante algún tiempo, con algunos otros amigos aficionados que de vez en cuando se juntaban para tocar en el mismo bar. Lo contaba y con el palillo iba tocando por lo bajinis. Si me fallan los frenos subiendo a Tramacastilla se come el tambor. El muchacho parece tranquilo. Todos los días lleva un libro en el bolsillo del tabardo. A veces nos quedamos callados y en vez de mirar cómo se van helando los muérdagos en los pinares se pone a leer el libro. Yo del toque no le he dicho nada, eso por descontado. El toque está en la parte de mi persona que si la menciono se me verá el plumero. Sí que le he comentado lo de la Oración del huerto, y también le he regalado un disco que editamos con nuestros toques más característicos. Él me ha dicho cómo eran los bares donde iban a actuar. Dice que llevaban un repertorio pero que luego esta-


ban las yam sesions, dice que han sido los momentos más divertidos que recuerda de Madrid. –Sí –le digo yo–. Yo cuando sacamos al santo también me lo paso muy bien.

3.

En Teruel hace un frío que pela, pero la sierra se ha puesto brava de verdad. Yo cuando enfilo las curvas de Gea y veo que las ramas están húmedas del hielo y las ramicas chiquiticas se quedan como escarchadas, en ese momento ya me hago cargo de que ese día no va a poderse trabajar. Vas andando y el frío se te enrosca por las piernas y a la que te das cuenta empiezan a picarte los dedos de los pies, como si se te estuvieran congelando. Conque efectivamente: no hacemos más que salir del lanróver en Torres de Albarracín para echar un bocado en el bar del pueblo, últimamente se reúnen allí todos los guardas, antes íbamos a veces a Villar del Cobo pero ahora siempre quedan en Torres, no sé por qué, bueno, sí lo sé, pero en fin, dejémoslo así. Yo había quedado allí con Irina, la amiga de Sonia, la rusa que vive en Frías. La pobre no puede salir del pueblo estos días porque su marido se fue a la aceituna y se han quedado sin pastor en la masada, y las ovejas no libran, así que estos días que yo no he tenido tiempo de ir a Frías le voy dando a Irina los encargos. ¡Qué mala suerte ha tenido esa muchacha!, le dije a Sebastián, hablándole de Sonia, con el achaque del tambor. Sonia en Rusia tocaba el violín. Terminó todos los estudios de violín y se sacó todos los certificados y todo en regla, y cuando se vino a España con su marido echó la instancia en los colegios y en el conservatorio del antiguo asilo de ancianos, el de debajo del viaducto, pero no sé qué lío había con las convalida-


ciones y que si esto que si lo otro y encima le salió a su marido trabajo en la masada. Yo cuando la veo ella me dice, con ese hablar fuerte que tienen los rusos, ella es muy finica pero cuando habla parece que se acaba de beber una copa de cazalla, me dice: –Que le den por el culo al violín, Balbino. Yo me voy a vivir con las cabras. Y ahora más, claro, porque no puede dejar solas a las ovejas, así que Irina, su amiga, que no es rusa, más bien de la parte de Bulgaria, muy buena chica, que también vive en Frías, me lleva y me trae los discos. Se lo conté a Sebastián y él dijo a este paso podemos formar en cuatro días una banda de música serrana, ¿eh, Balbino? Un tambor, una caja con escobillas y un violín. Ibas a ver la mezcla que salía, Balbino, ibas a ver.

4.

Pasan los días y no le digo a Sebastián esta boca es mía. Me fastidia porque yo quisiera que este último mes pasase muy despacio, y cuando quieres que alguien se olvide de algo también quieres que el tiempo pase más deprisa. Voy por el río fijándome en los sitios más que antes. Paso por un tocón que serré yo de alguna noguera muerta y me quedo mirándola un rato a ver si se me graba en la memoria. Pero me da no sé qué ir paseando por la ribera mientras veo cómo se le hielan las orejas a Sebastián. Le echa buena voluntad pero está muerto de frío. ¡Pues esto es lo que hay!, le he dicho esta mañana mientras volvíamos al pueblo a dejar el tambor, no me hacía mucha gracia enseñarle la casa pero tampoco era cuestión de dejarlo en el lanróver mientras yo le daba de comer al caballo. Y él se ha quedado con la boca abierta, como si fuera un palacio. La casa es buena porque abajo tiene el hogar y las cuadras y arriba tres habitaciones muy hermosas, y un pajar en lo alto que siempre digo que le tengo que cambiar las vigas porque son muy viejas.


La casa está como la dejó mi madre cuando se bajaron a vivir a Teruel. Aún subieron luego algún verano pero ya no movieron nada de su sitio. Está el hule donde se sentaba mi madre a escoger las lentejas y en el hogar aún cuelga el gancho del caldero. Está todo lo mismo que se quedó hace veinte años, pero es lo mismo que había muchos años antes, porque las aceiteras siguen en la misma balda de la alacena donde las ponía de pequeño para cebar los candiles. En el corral está la mesa tocinera y la jeringa y la capoladora como si las acabásemos de usar. Yo vengo casi todos los días pero nunca muevo nada de su sitio. Lo limpio todo bien escoscado pero no cambio nada de sitio. A veces vengo y me siento al lado de la ventana de la cocina y aún me parece escuchar el tintineo del escoplo en los sillares que desbastaba mi abuelo en el corral cuando yo era pequeño. Y a Sebastián, como es muy fantástico y no encuentra casa, enseguida se le ha hecho la luz. Es prudente pero poco, no me ha dicho que se la alquile pero se le caía la baba. –Esto es lo que voy buscando –me dice–, una casa así, un hule así. –Aquí ahora no se puede estar –le digo yo–. Yo porque no me quedo quieto y a lo que tengo hechas las faenas ya se ha calentado un poco la cocina con la chimenea, pero arriba en las habitaciones no se puede estar. Como haya un poco de humedad las sábanas se quedan tiesas. Los muros son gordos pero hace mucho frío.

5.

Me lo he llevado a echarles a los bichos, las cuatro gallinas que me quedan y el caballo, a que viera el corral. Ahora cuando me jubile pienso poner titos y gallinas de


más clases. Hay una barbaridad de clases de gallinas, gallinas con crestas raras y negras y grandes y pequeñas. Me gustaría coleccionar gallinas. Cuando me jubile pondré también un puerco y la pieza que queda detrás del corral ahí voy a poner un huerto para todo el año. Yo es lo que le decía: –Yo sí porque soy de pueblo, porque me gusta el río y porque soy viejo. Esta vida –le decía yo– es como el río: en cuanto te lo sabes, ya no te queda nada por descubrir, ya sabes en qué sombra del río estás mejor y por qué tronco no debes cruzar. Lo sabes todo porque el agua se lo lleva todo. Si quieres estar abajo, te vas a la ciudad y llevas vida de ciudad. Si quieres estar arriba, llenas el corral de gallinas y pones conejos, que como son muy delicados también son muy esclavos. A mí me gusta esta parte del río, pero yo he tenido tiempo para decidir. Tú eres joven, Sebastián. Tú aquí te vienes a vivir y duras quince días o te mueres de asco, que te lo digo yo. Cuando hemos entrado a ver el caballo Sebastián ha hecho una cosa un poco rara. Este chico no es mal chico pero tiene unas salidas un poco extravagantes. Enseguida se ha puesto a mi servicio, te traigo esto, te traigo lo otro, y yo le decía que no hacía falta porque tengo medida la faena, la faena es como el tiempo, la alpaca de paja que traigo de la era es tiempo de la mañana. Yo nunca dejo de hacer cosas. Si me paro es como si se parara el tiempo, como si fuese a ponerme malo. Pero Sebastián se ha empeñado en traer la paja, le hacía ilusión, así que yo aproveché para cepillar bien al caballo y quitarle los cardillos de las crines y repasarle un poco los cascos con la lima. Tengo que hablar con el herrero, mañana sin falta, lleva ya unas rebabas que igual le empiezan a molestar. Con que estaba yo cepillando al caballo y Sebastián se ha puesto a echarle piropos y acariciarle la testuz. Le hacía caricias y más caricias y no le impresionaba el cabeceo del caballo, que es manso y no hace nada pero debía estar pensando y este tío quién


será. Luego va y se vuelve y veo que llevaba los ojos encristalados, como si estuviese a punto de llorar. –¿De dónde has sacado esta maravilla? –me dice, casi con lágrimas en los ojos. –La compré por internet –le digo yo.


CAPÍTULO 5 Colección de fósiles

1.

El pajar de arriba no se lo he enseñado a Sebastián más que un poco al asomarnos por la puerta. Le he dicho que el suelo no era seguro. Eso no es verdad, el suelo del pajar durará más que yo y que él porque lo puso mi padre con vigas que yo traía con el mulo desde el río. Las subimos con poleas dobles, sin necesidad de maquinaria. Le tengo que enseñar a Sebastián cómo sacar un tronco del río sin necesidad de maquinaria. Esas vigas son cojonudas, pero yo guardo cosas en el pajar que no quiero que Sebastián las vea. Guardo allí la colección de fósiles. Yo no he ido mucho a la escuela pero una de las últimas cosas que hice fue salir con el maestro del pueblo a buscar fósiles. Desde entonces no se me ha olvidado distinguir una Rinconela de una Terebrátula, y menos con los años que llevo de mirar el río. En la carretera que va de Albarracín a Frías, por todas aquellas margas, he cogido de todo, y si no me iba a los corales de Javaloyas o a los cañones de Tormón, adonde fuera, pero allí tengo clasificados con un cartelico y una caja de plástico toda clase de moluscos, braquiópodos, corales, esponjas, erizos o lirios de mar, lo que pidas. Esta sierra era en aquellos tiempos del jurásico un océano vacío, y yo tengo el pajar que parece una marisquería. Los guardo como oro en paño. No habría tenido ninguna dificultad en llevarlos a la facultad de Paleontología para que los pusiesen en el museo, algunos, los más raros,


un Albarracinites albarracinensis que cogí grandísimo por ejemplo, y otros, muchos, los cientos, qué digo cientos, los miles de palomitas que tengo metidas en un par de sacos, les habrían servido para las prácticas de los estudiantes. Desde que Teruel ha cogido tanta fama con eso de la Escuela de Paleontología, las palomitas han empezado a escasear, más de una vez me lo ha dicho Loúrdes. Las buscan como si fueran rebollones. Unos con más cuidado y otros, profesores incluidos, con unas zarpas que dejan rastro, aunque sea en las margas peladas de Frías. Ahora mismo en la facultad querrían mi colección, pero cuando quise organizarla un poco en serio coincidió que Loúrdes empezaba a hablar de quedarse en Teruel a estudiar paleontología. No había terminado aún el bachillerato. Así que pensé que, si organizaba todo un poco, cuando la chica quisiera escribir la tesis o hacer un trabajo no tendría más que venir al pueblo y surtirse de lo que quisiera. La verdad es que todos nos habíamos hecho ilusiones, no solamente su madre. Yo pensaba traerla el día que aprobase las oposiciones y se decidiese a empezar con la tesis. Ahora se la voy a regalar igual, pero habrá que esperar que se le pase el sofoco. Le nombras ahora un fósil y te tira el cenicero a la cabeza.

2.

Y no sólo palomitas. Por mucho que empiecen a escasear, un saco de palomitas lo recogen los estudiantes de la Escuela de Paleontología en unas cuantas excursiones. El coral de Javaloyas es posible que sea más valioso, pero no hasta el extremo de que sea un delito guardarlo en casa, vamos, digo yo. Hay otros fósiles que sí tienen valor, y


que guardarlos en el pajar sería igual de delito que guardarse unas ruinas romanas en el corral o esconder una mandíbula del hombre de Cromañón, pongamos por caso. Esas sí que son las más buscadas, esas. Me contaba Loúrdes que muchas veces la facultad o el museo paleontológico se ven obligados a soltar un dineral por cada pieza nueva que se encuentran. Antes, claro, era más fácil. Antes de que la Escuela fuese tan famosa los yacimientos estaban controlados, pero debe de ser que cuando llegas a un nivel académico determinado, a ser una de las tres o cuatro mejores escuelas del mundo, entonces ahí ya no hay tranquilidad que valga. Se quitan las piezas como lobos, untan a quien sea para incorporar un nuevo dedo de diplodocus a la colección, y ya no digamos los nuevos yacimientos, que antes estaban para que los descubriesen y ahora los ayuntamientos, si te descuidas, entran en las subastas al mejor postor. Esta sierra está llena de huesos del año que pidas. Una vez, en un barranco que, en fin, tampoco es necesario dar más explicaciones, en un barranco, en invierno, me acuerdo como si fuera ahora, hacía este mismo frío que parece que vaya apretando la casa desde fuera, que sales a la calle y te traspasa, una vez yo estaba recogiendo unas hierbas y había un talud esmerado por las tormentas. Me paré a ver las líneas de los estratos y fui a mirar a ver si había en las calizas algún amonites nevado, que me gustan mucho. Y empiezo a rascar y a rascar y no quieras tú saber lo que salía allí. La mitad de un fémur como mínimo, un hueso como una mortadela de gordo y lo menos veinte centímetros de largo. Al principio se me pasó por la cabeza llevármelo a casa, pero qué hacía yo con un ancón de diplodocus colgado con los jamones, envuelto en un saco. Eso sí que es un delito. Pero es que seguí los estratos y seguí rascando y calculando y resultaba que un kilómetro rambla abajo seguían dibujos parecidos en los estratos. Yo me alarmé. Dije como esto lo vean en la Escuela, nos hemos quedado sin río, tienen que abrirlo en canal.


Alguna vez que el guarda de la margen derecha estaba de baja he cruzado el río por esa misma parte, por el cañón de la otra margen, y las líneas de la tierra son las mismas. Todo está cubierto por la marga y por las sabinas rastreras, pero está ahí, a menos de medio metro, un yacimiento formidable, que yo he mirado libros y he preguntado y tiene toda la pinta de ser un yacimiento que ríete tú de Galve, de la ruta de los dinosaurios y del cristo que lo fundó.

3.

Ese yacimiento, si es que no ando equivocado, que me extrañaría, es el regalo que tengo preparado para cuando Loúrdes empiece la tesis. Yo siempre le he dicho que cuando empezase, no cuando dijese bueno pues a ver, no, cuando empezara en serio, entonces la llevaría a un yacimiento que tengo controlado. Pero se lo dije y ella no hizo demasiado caso. Ella pensó que se lo decía como cuando era niña, que los domingos me la llevaba a buscar fósiles, vete con el tío Balbino, hija mía, le decía mi madre. Ella pensaba en el saco de palomitas, pero no en esta barbaridad de huesos que yo todo este tiempo he ido enterrando con muretes de piedra para que las lluvias no los vuelvan a desnudar. Ahora no sé muy bien qué hacer, habrá que darse un compás de espera, como dice la rusa. La muchacha está hecha polvo porque entre ella y su madre habían diseñado un futuro muy bonito. Ahora, si quiere ponerse con la tesis, tendrá que seguir viviendo de su madre, y a eso Loúrdes no está dispuesta. Dice que ya vale, que se va a buscar un trabajo de lo que sea y se olvida de todo, ni más oposiciones ni más huesos ni más leches, dice que si le sale un trabajo por ahí fuera se va. Su madre está destrozada.


Cuando se calme, si es que se calma, la llamaré un día a capítulo y le diré vamos a ver, muchacha, tú problemas de dinero no tienes, ¿verdad que no? Está tu madre y estoy yo, que llevo una vida muy frugal. Has hecho tus estudios, tienes una carrera, unos cursos de doctorado, y sólo te falta una tesis para entrar a trabajar en la Escuela o en el Museo. ¡Y si la tesis es un hallazgo de un descubrimiento importantísimo, pues imagínate tú, muchacha, que le van a poner tu nombre a un esqueleto, que no te enteras! Todo esto es hablar precipitadamente. En el pajar hay unas muestras, unas catas que raspé con una cucharilla. No me atrevo a llevarlo al laboratorio del museo porque si es lo que pienso me marearán con que les diga dónde lo encontré. Yo no quiero que mi nombre salga escrito en un papelico al lado de un hueso de brontosaurio. Esos huesos llevan muchos miles de años descansando en un barranco precioso. Si con una muestra, si con una taba fuese suficiente para no destrozar toda la ribera...

4.

Y no sólo hay huesos de dinosaurios. El otro día, al poco de venir el nuevo al trabajo, cuando Sebastián me contó que él también apoyaba la recuperación de la memoria histórica y todo eso, que me dijo así medio en broma que él lo que buscaba era adeenes, yo dije sí, sí, bueno, bueno, como si me viniera de nuevo. Con los huesos de los hombres pasa lo mismo que con los huesos de los dinosaurios. En todas estas sierras ha habido refugios de cuando la guerra y sobre todo de después, de cuando los maquis. Algunas cuevas y escondites forman parte del itinerario de los turistas. Unos vienen a sacarle fotos a la guerra entre los pinos y otros a buscar el apellido de los que murieron. En todos estos años, raro es el deshielo que no me encuentro huesos de guerrilleto. Cogí una vez una calavera que lleva en toda la frente un agujero como una moneda,


perfecto, sin los bordes desportillados ni nada, se conoce que del tiro de gracia. Si a Loúrdes le hubiese dado por estudiar historia contemporánea, también le podía ofrecer otro rimero de huesos. ¡Y no me extrañaría nada que alguna quijada de cabra que yo he pensado que era de cabra resultase ser de alguno de los hombres primitivos que vivían por las cuevas de la sierra! Hará lo menos diez o doce años, si no me quedo corto, estaba tirando unas fotos de los líquenes que forman colonias en los peñascos de rodeno, precisamente para un trabajo de ciencias naturales que le habían mandado a Loúrdes en la escuela, y encontré una especie de chimenea entre tres o cuatro peñas enormes. Se notaba que el hueco era profundo porque metías la nariz y no olía a liquen ni a piedra sino a rancio. Así que quité un poco la greña de la boca del agujero y al asomarme vi un refugio de cuando los maquis. Entonces no me metí porque sin una soga yo no me meto en una de esas chimeneas, pero a los pocos días ya me traje una escala muy estrecha, nada más que un palo largo con listones, y me pude meter adentro. Y allí lo vi, un esqueleto entero, con girones de ropa y un chaquetón de cuero un poco roto pero que resistía. La calavera estaba encogida, como si se hubiera muerto de frío. Aún estaba el plato de metal, una jícara, un quinqué, las cuatro cosas con las que pasaba. Había botones de latón desperdigados, se conoce que los iban arrancando los bichos y luego los tiraban, y un morral con papeles mordidos por los bordes, nada interesante, nada que merezca la pena divulgar, pensamientos de un pobre hombre que si no se muere de frío lo fusilarán después de torturarlo y le pegarán después un tiro limpio en la frente, un agujero como una moneda, perfecto, sin rebabas.

5.


Y no solo huesos. En el pajar aún guardo otra cosa que yo la verdad no sé qué hacer con ella. Yo la tiraría, pero ves la televisión y no salen más que casos de alguien que tiró algo y luego acaba teniendo que dar explicaciones a diestro y siniestro. Ya sé que hace años que tenía que haber hecho un agujero en cualquier parte de la sierra, anda que no hay sitios, alguna buitrera, o en lo alto de una muela, donde fuese, y lo tenía que haber enterrado y ya está, pero cada vez que he dicho voy a hacerlo, nada, imposible, por hache o por be acababa siendo imposible. Estas en el monte solo meses y meses y de pronto tienes que estar solo y no dejan de aparecer domingueros por los caminos. Porque yo, además, no quería sentirme un criminal porque yo no tengo nada que ver con eso. En fin, el caso es que allí está. Esto sucedió hace casi treinta años. Un día me paso por el bar Correos a echar una cerveza y estaba allí almorzando Gustavo Moragriega, que ya se ha muerto pero estaba entonces de habilitado en Correos. Alto él, muy buena persona. Y me dice mira, Balbino, pasa esto. Tengo un paquete para tu vecina la valenciana pero no me atrevo a dárselo al cartero para que se lo lleve. Yo me he enterado de lo que lleva dentro por casualidad, te lo puedes imaginar, porque en una inspección rutinaria estas cosas no se detectan. Si llamo a la policía, vamos a organizar un escándalo sin necesidad, así que mejor te lo doy a ti y tú verás si consideras oportuno dárselo a tu vecina o no dárselo. Termina de almorzar, voy con él a la oficina, me mete a su despacho, me saca una caja de cartón con las señas de Barbarita, efectivamente, y un sobre abierto con una nota que me pasó Gustavo para que la leyera. La nota decía: QUÉDATE CON EL CAMBIO, y dentro, metida en un frasco de melocotones relleno de formol, estaba la mano de Vicente, el marido de Barbarita, con anillo y todo.


La tengo metida en un sitio que mucho me extrañaría que nadie la encontrase nunca. Cuando me la dio Gustavo la subí corriendo al pueblo, como si llevara una bomba, y la verdad es que siempre que he subido al pajar a ordenar los fósiles me acuerdo de la mano y digo joder, voy a tirar eso de una vez, pero me pongo manos a la obra y siento una aprensión que no la puedo resistir. Hoy mismo, cuando hemos abierto Sebastián y yo la puerta del pajar y le he dicho que el suelo no era muy seguro, no he podido evitar que se me fuera la vista al agujero donde la puse, y que en medio del olor de las longanizas y de los chorizos que tengo secándose me viniera un aire raro. Es aprensión, desde luego, porque el bote está bien tapado, primero con la tapa hermética de rosca y luego con un rollo entero de esparatrapo.


Capítulo 6

Micropaleontología

1.

–¡Pero no me digas que aún no has hablado con el jefe, Balbino, por el amor de Dios! ¿Pero tú en qué estás pensando? ¿Tú no sabes que en cuanto pasen los primeros quince días ya no hay derecho a reclamación ni nada de nada? –¿Y tú cómo sabes lo de los quince días? –¡Pues porque siempre son quince días, siempre hay quince días de reclamaciones, en todos los sitios, de toda la vida! –Bueno, bueno. –De verdad Balbino te digo que estoy más harta de esta historia que Tarragona de pescado. Porque tú hablaste con los de la Confederación, ¿verdad? ¡A ver si estoy yo aquí moviendo Roma con Santiago y luego resulta que ni siquiera les pediste recomendación! ¿Seguro que fuiste, Balbino, no me estarás mintiendo? Mira Balbino que tú por no darte a entender eres capaz de no haberles dicho que Loúrdes se presentaba. ¿Les dijiste que era tu sobrina? –Qué sí, Barbarita, que sí. Yo es que creo que estás un poco obsesionada. Tú no te puedes imaginar el personal que había en las oposiciones. ¿Qué te crees, que fui el único que pidió recomendación? Lo que pasa es que claro, a ti te pierde el amor de madre y te parece que nadie lo hizo como Loúrdes, y aunque la chica lo hiciese muy bien,


pues no sé, siempre habría un detalle, algo, no sé. El nuevo desde luego te puedo decir que tuvo que hacer un examen muy bueno porque de asuntos del río y de legislación y cosas de esas el pájaro es un libro abierto, ya lo creo. A nada que vamos a mirar un desperfecto del río empieza con que sí porque en la cuenca tal y luego la ley tal y esto y lo otro. Muy bien lo tuvo que hacer Loúrdes, Barbarita, no nos engañemos. Me duele que no te fíes de mí. Yo hice lo que pude, y el que hace lo que puede... –¡El que no se fía de mí eres tú, joder! ¿No te dije que había hecho un examen perfecto? ¿No te dije, antes de que se presentara, que fueses porque Loúrdes iba a hacer un examen perfecto? ¿Es que hay que decírtelo todo? ¿No te diste cuenta de que sabía las preguntas que iban a poner? ¿Es que eres tonto o qué es lo que te pasa, Balbino? –Me dejas de una pieza, Barbarita. Yo esto sí que no me lo esperaba. –¡Nos ha jodido! ¡Pero tú dónde vives, Balbino, ¿en la luna de Valencia?!

2.

–O sea, que yo enseñándole los nombres de los ríos desde que era chiquitica y tú al final vas y robas las preguntas. –Oye, majo, no te pases. –Ni me paso ni me dejo de pasar. Alguien que se sabe las preguntas antes de un examen es porque las ha robado. Tú llámalo como te dé la gana. –No te pongas así, Balbino, que tampoco es para tanto. ¿Cómo coño te crees que funciona la Escuela? ¿Tú no sabes que las plazas las sacan ya con nombres y apellidos, no te parece que eso es peor que robar las preguntas? Loúrdes se podía haber quedado en la Escuela porque por expediente mucho me extrañaría que hubiese alguno mejor que


el suyo, pero qué pasa, que había cola. Tú no sabes aquí las familias cómo se pelean el prestigio de meter a un pariente de profesor en la Escuela de Paleontología. Es lo que más viste. Se cuelgan los doctorados como si fueran títulos nobiliarios. –Eso es lo que dice Loúrdes. –¿Tampoco te fías de Loúrdes? –Cómo conseguiste las preguntas, Barbarita. –Ah eso es cosa mía. –Pues entonces a mí no me metas en estos berenjenales. Me voy a mi casa, que aquí hace un calor que no se puede soportar. Como se te caiga al suelo una gota de aceite vas a freír a la abuela. –Te has enfadado. –No. Me voy. –Sí, estás enfadado. Y no es para tanto. No te vayas ahora, Balbino, por favor. ¿No ves que estoy muy atacada? ¡Sólo me falta que encima tú te enfades conmigo! Ven aquí, toma, siéntate, toma una cervecica. ¿Te saco un platico de jamón? –Bueno. –¿Cómo quieres que una cosa tan secreta la vaya divulgando por ahí? Y eso no tiene nada que ver con la confianza. Porque las cosas, cuando las dices, con sólo decirlas ya parece que tienen menos importancia, y Jose me lo dijo muchas veces: hacer el favor de no decírselo absolutamente a nadie porque puede costarme la carrera. –¿Y quién es Jose? –José Francisco Laguna. –¿El profesor? ¿Me quieres decir que te pasó las preguntas el catedrático de micropaleontología? Barbarita, por el amor de Dios, ¡no te lo habrás tirado!


3.

–Mira que eres bruto, Balbino. –Era una broma. –Pero de muy mal gusto. A mí esas insinuaciones no me las hagas ni en broma. –Tampoco es para ponerse trágica. ¿No tendrás por ahí un trocico pan? –Jose y yo somos amigos pero eso no tiene nada que ver. –A mí eso me da lo mismo. Él te pasó a ti las preguntas, pero ese Jose, que yo sepa, no pinta nada en la Confederación Hidrográfica del Júcar, vamos, digo yo. –Yo de eso ya no te puedo decir ni sí ni no. Yo cómo las consiguió Jose ya no sé nada ni quiero tampoco que me lo diga. Cuanto menos sepas, mejor. Ciertas cosas, si quieres que alguien no padezca, lo mejor es ni decírselas. Por eso yo no te había dicho nada, Balbino. No me malinterpretes. Yo sé que tú a Loúrdes le enseñabas de pequeña los nombres de los ríos. Pero es que no sólo se trata de ríos, esa es una parte del temario, el río lo que se dice el río es poco lo que aparece en el temario. Hay leyes, cosas, tú mismo lo has dicho, que el sustituto se sabe las leyes al dedillo, pues por lo menos cinco o seis preguntas eran de leyes, y si Loúrdes, con todos los ríos que se sabe, llega a presentarse como todo el mundo, no hubiese sabido contestar ninguna. –Conozco el temario perfectamente, Barbarita. Oye, ¿este jamón?, ¿este es el último que bajamos del pueblo? –¿No te gusta? –Uy, sí, sí, ya lo creo que me gusta. Un señor jamón. Pero este jamón es comprado. Este jamón vale un ojo de la cara. –Es un regalo.


–¡Cualquiera diría, Barbarita, los círculos sociales que frecuentas! –No es un regalo mío. Quiero decir que no me lo regalaron a mí directamente. Fue una cesta de Navidad que le regalaron a Jose, y claro... –¡Cómo que claro!, ¿los paleontólogos no comen jamón? –Fue un detalle. –Los micropaleontólogos es lo que tiene, que son muy detallistas. –¡Calla! –Qué pasa. –La abuela, que no sé qué dice.

4.

–¿Quiere algo, abuela? ¡Que no le oigo nada! ¡No puede hablar más alto! –Chica, acércate tú. –Ya, claro, ya me acerco, pero es que ahora ha cogido la manía de hablar así de bajo y si me acerco habla más bajo todavía. ¿Quiere hablar? ¿Quiere que le traiga los dientes? ¡No entiendo lo que me dice, abuela! Ven tú, Balbino, a ver si la entiendes. –¡Qué pasa por aquí, que dice la Bárbara que no quiere hablar más alto! –Ayúdame a incorporarla que le remeta un poco el almohadón, que abulta más que ella. –¿Así? –Ten cuidado al moverla, pesa menos que un pajarico. Qué va a decir la mujer, que tiene frío. ¿Tiene frío, abuela? Mira cómo menea la cabeza. Tú dices que esto es un horno pero yo no consigo traer la casa a pliego, no hay manera de calentarla. Aquí hace


calor por la estufa pero las habitaciones están heladas. He tenido que ponerle la eléctrica toda la noche a la abuela en su cuarto porque con los radiadores ya te digo yo que no es bastante. Y tú, como no enciendas arriba la caldera, se te van a helar las tuberías y vas a tener que cambiarlas todas, eso si no se nos congelan también a nosotras. ¿Está así mejor, abuela? ¿Le apetece una taza de caldo? ¿Le traigo una manta más? ¿Le pongo la estufa eléctrica? Eso es, venga. Descanse un poco hasta la hora de cenar. –Anda, acábate tú ese jamón. –Me estoy poniendo tibio. –Se está apagando como una vela. Yo no sé si va a pasar estos fríos. Ya es casualidad, hombre, que con lo floja que está vengan de golpe ahora estas heladas. –Y lo que nos espera. Vas a ver tú la semana que viene cuando se pare el aire. –Como una vela. Se apaga como una vela. Yo la miro y digo pues mira, por un lado, ahí la tienes, noventa y siete años, bien atendida, bien cuidada, sin enfermedades ni nada. El médico de cabecera que ha estado esta mañana dice vengo porque es muy mayor, pero pasarle pasarle no le pasa nada. El corazón, que se empieza a parar. ¡Y a mí me da una pena! –Venga, mujer, no te pongas así. ¿Puedo coger otra cerveza?

5.

–Y es que me da pena porque esta mujer ha sido así de vieja toda mi vida, Balbino, que cuando yo nací ella tenía más o menos la edad que yo tengo ahora y ya me parecía una señora viejísima, siempre de luto, siempre en una esquina de la cocina, cincuenta años en una esquina de la cocina, con esa mentalidad de las mujeres de antes. Y


hasta ahora yo la había visto como eso, como la mujer eternamente vieja, pero me miro al espejo y si me da por pensar que mis próximos cincuenta años van a ser así, ya no levanto cabeza en toda la mañana. Esta ahí, no molesta, no pide nada, pero tampoco puedes dejarla sola. Yo por la noche no puedo marcharme a ningún lado, y Loúrdes, ahora que ha dejado de estudiar, no hay noche que no se le haga de madrugada. Yo no le digo nada pero me tiene muy preocupada. Esta muchacha no sé lo que va a ser de ella. –Deberías contratar a una mujer por horas para que se quedase con la abuela. –¡Es que no salgo nada, Balbino, y tampoco es eso! Aún dices tú de Jose..., esta misma mañana me ha llamado Mariadolores la de la Confederación, a ver si me iba esta noche con ella y con las otras amigas de la oficina a cenar al Óvalo. Y nada, aquí como un clavo. Porque yo, tú me conoces, Balbino, tampoco es que sea de las que se tiran a la calle como las locas. Yo he sabido llevar con discreción si alguna vez he tenido algo con alguien, que tú eres el único que se sabe toda mi vida entera. ¡Pero es que llevo aquí encerrada todas las vacaciones, Balbino! ¡Es que estas son las vacaciones que no pude coger el verano pasado! –Es una putada, desde luego. –Jose me decía vámonos a Egipto, Barbarita. Nos vamos a Alejandría, me decía, que tiene allí Jose un amigo que es cónsul. Ahora en invierno es donde mejor se está. Te montas en una barca y te das paseos por el Nilo. ¡Pero adónde vas, Cleopatra, con semejante panorama! –Me hago cargo. –Calla, que no sé qué está diciendo la abuela. ¿Qué dice, abuela? Anda, Balbino, ve tú, que yo ya estoy cansada de ir y venir, y luego sólo dice que tiene frío.


–¿Qué me dice, abuela? ¿Cómo? Ah, bueno, no se preocupe, sí, sí, yo también me he dado cuenta, sí. Descanse, descanse y no se incorpore, que luego le vienen las ansias. Eso es. ¿Está mejor así? ¿Le apetece un taco de jamón? –¿Qué dice? –Dice que te tiraste al catedrático.


CAPÍTULO 7 Historias al amor del fuego

1.

Así que me quedé con la abuela. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Te inflan a jamón y luego coges el portante y te vas? Antes de marcharse Barbarita le dio la cena y la metió en la cama. Luego se metió ella al váter a arreglarse y cuando salió casi no la conocía, de guapa que estaba. Con eso no estoy diciendo que a diario sea fea o se la vea más estropeada. Barbarita es guapa porque es una de estas valencianas muy flamencas ellas que cuando se casan entran un poco en carnes y da gozo verlas. No llegan a ser gordas pero se conservan muy lustrosas. Cuando vino Barbarita ya venía con el bombo, pero ella siempre ha dicho que antes era una chica delgadísima. Vicente el manco la conoció delgada pero yo la he conocido más rellena. Y se puso un vestido azul con un escote que daba miedo asomarse, se retiró el pelo de la cara y se pintó los labios rojos rojos y brillantes como el caramelo. Un día charrando me dijo dice pues no sé yo si no me voy a poner unas inyecciones en los labios, y lo que yo le contesté: como te pongas esa mierda vas a parecer al pato dónal. Digo porque el botulismo ese que se meten no estira ni encoge, y la piel y el cuerpo y los labios estiran y encogen, son como los ríos, en la cabecera van más finos y al llegar al valle se ensanchan. Digo y pasa el tiempo por el cuerpo pero no pasa por los labios,


que son siempre igual de gordos. Digo tú imagínate que la abuela se hubiese puesto labios a la edad que tú tienes. Tú imagínatela, cómo sería ahora. Además los labios de Barbarita ni están fofos ni son pequeños. Iba guapísima, las cosas como son. Con lo ruin y poca cosa que es Mariadolores, pensé yo entre mí, vas a parecer su madre. O con quien no fuese Mariadolores, porque entraba y salía del váter y venga a dar vueltas, ¿me está este bien así?, ¿no me saca mucha tripa?, ¿no te parece el escote un poco provocativo?, ¿me recojo el pelo en un moño o me lo dejo suelto con unas horquillas monas?, ¿no se me queda con el moño cara de fallera? A mí me gustaba de todas las maneras y a todo le dije que sí, menos a ese abriguillo de chicha y nabo que se quería poner, así como una gabardina de plástico. –Como salgas esta noche a la calle con eso se te van a helar las tetas, Barbarita. –Es de Loúrdes, es que yo no tengo nada. ¡No me voy a poner el chaquetón de plumas, con estos trapos! –Si quieres subo a por el tabardo de borreguillo que me pongo cuando vienen las heladas. –No, no, déjalo, no te molestes. –Cógete por lo menos un jersé y te lo quitas cuando vayas al entrar a los sitios, o una chaqueta de punto. Ten cuidado, Barbarita, que esta noche va a caer una de padre y muy señor mío.

2.

La abuela lleva viviendo con Barbarita lo menos quince o veinte años. No es su abuela, ni su madre, sino una especie de abuela putativa. En esta casa todos tenemos


algo de putativo. La abuela es la abuela, que no la madre, de Vicente el Manco, y Barbarita la conoce desde que nació porque Vicente y ella nacieron los dos en el mismo barrio, en Almusafes, y las familias se conocían, eran vecinas puerta con puerta. Después de que Vicente se dejara la mano en la sierra, cuando Barbarita se bajaba a Valencia a verlo el tiempo que estuvo ingresado, en la única casa donde se podía quedar en Valencia era en casa de esta mujer, que estuvo muchos años en un puesto del mercado central, vendiendo huevos, y luego aún pasó algunos años en la portería del convento de las Agustinas de Benimaclet. Barbarita siguió yendo a ver a la abuela todos los años un par de veces por lo menos, como si fuera una hija más. Se bajaba con Loúrdes y la abuela siempre le tenía preparadas a la chica unas puntillas y unas mantelerías para el ajuar. Así que, cuando la abuela dio señales de flojera, Barbarita empezó a bajar una vez al mes, a desatascarle la casa, porque los otros hijos ninguno aparecía por allí, ni los padres del manco ni mucho menos el manco. Y Barbarita, en vez de pasar el trago de enfrentarse a los padres del manco y a los otros hermanos, que tampoco debían de ser una familia muy bien avenida, llegó un momento que se hartó, con esos arranques que le dan a Barbarita, y se trajo a la abuela a casa. Aún estaba el manco en el hospital, que bramaba contra el mundo, y en los delirios de la fiebre gritaba que la culpa la había tenido la abuela, pobre mujer. Hombre, tampoco le faltaba razón al manco, si bien se mira. Porque la abuela fue la que acogió cuando la guerra a mi abuelo y a toda su familia, incluido mi padre. Durante muchos meses las dos familias comieron del mismo plato, vivieron en la misma casa y trabajaron juntas para salir adelante. Luego, los hijos... La abuela, en cuanto escucha la palabra hijo, menea la cabeza y se le encristalan los ojos. Hay días que la encuentras un poco más pitica y habla algo pero siempre es de lo mismo, qué felices fueron las dos familias, a pesar de tantas privaciones, qué sufrimiento, qué felicidad. Se


conoce que cuando te vas acabando ya sólo te quedas con un recuerdo, como si lo hubieses elegido entre todos los demás porque es el único que te vas a llevar a la tumba.

3.

Para el manco, lo malo del asunto es que mi familia les devolvió el favor. ¿Qué necesidad tenía mi padre entonces de contratar a nadie en la serrería? Ninguna. Pero esas casualidades sólo las piensa la gente que las sufre, porque cada día pasan cosas raras y al final es igual que hayan pasado esas o que hayan pasado otras, la corriente al final es la misma, el río es el mismo río. Es como si yo le agradezco al manco que anoche, cuando me quedé solo en la cocina que se marchó Barbarita, empezase a pensar en la abuela y se me ocurriera el toque que cuando lo tenga bien ensayado se lo voy a presentar a los de La Oración del Huerto, a ver qué les parece, a ver si lo quieren interpretar. Se me ocurrió mirando por la ventana. Me quedé en la cocina hasta que se acabasen los rescoldos de la estufa. Por esa ventana de la cocina, que da a la parte de atrás de la casa, se ve una noguera que planté cuando nos vinimos a vivir a Teruel. No planté un arbolico ni un chito ni nada. Planté una nuez. Mi padre me miraba y se reía. Este chico es tonto, decía, con esa cachaza suya. Yo hice lo que ponía en el libro que nos dieron en la escuela. Y se ha hecho un bigardo de árbol que lo tengo que podar para que las ramas no me levanten las tejas ni se enrosquen en las cañerías, y en la bodega, en la parte que da al jardín, ya he visto yo grietas que no quiero decirle nada a Barbarita pero va a llegar un momento que las raíces nos van a levantar la casa.


Estaba mirando la noguera, lo sana y robusta que se mantiene, y estaba pensando en la abuela, en el río, la jubilación, en fin, esas cosas en que piensa uno cuando se tiene que quedar quieto. Arriba tengo la mesa llena de cosas que hacer. Aún me queda faena si quiero para parar un tren, con las moscas y los anzuelos que pensaba ir repasando ya sería suficiente para no pensar. Pero allí, como no hacía nada, me puse a tamborilear en la mesa y me acordaba yo no sé por qué de los derrumbamientos que hubo cuando me percaté de que en aquel barranco era posible que hubiera un yacimiento paleontológico. Los derrumbes son todos muy parecidos. Las piedras son distintas pero el sonido es así primero muy bronco y después como destartalado, como desordenado, como si las manos se parasen pero los palillos siguieran tocando un poco ya sin orden ni concierto, ese ruido es el mismo en todas. Todos los derrumbamientos son iguales y uno detrás de otro suenan como la música, yo a mí por lo menos me viene un sonsonete a la cabeza cuando me acuerdo de aquellas piedras, con qué violencia se caían, con qué desgana.

4.

Me quedé un poco traspuesto hasta que me despertó el ruido de la puerta de un coche. Además, no sé si es que coincidió con el sueño o qué pasó, pero me resultó un ruido de puerta de coche conocido, no cualquier puerta de cualquier coche, como esos ruidos o esa forma de girar la llave de las puertas que ya te sabes de memoria. Era Loúrdes, que se había vuelto a casa, a cuidar a la abuela. Vino que yo no me explico cómo no le da una pulmonía, con el ombligo al aire, a diez o doce grados bajo cero. Te asomabas y por la variante vieja debajo de las farolas se podía ver la niebla cómo se estaba cuajando. Se veía caer la paloma, yo a veces me


da la impresión de que los árboles se mueven y todo, las ramas pequeñas, como si temblasen. Y Loúrdes con sus vaqueros y una cazadora que parece Currito va de corto. Hablaba y le salía el frío por la boca, y eso que la habían traído en coche. Se le habían reventado las venicas de los pómulos del frío, eso también le pasa con mucha frecuencia a su madre, se conoce que Loúrdes también lleva el mar en la sangre. Pero tiene razón su madre, se está quedando arguellada, está flaca y se pinta los ojos de negro. Y gasta muy mal carácter. Ayer cuando llegó estaba muy seca. Nada más entrar se vino directa a la cocina a ponerse un vaso leche. –Mi madre tiene una jeta que se la pisa. ¿No me podía haber dicho a mí que me quedase con la abuela, si ella tenía que salir? Pues no: en vez de eso te la empluma a ti. ¿A que no te ha preguntado si habías quedado con alguien? –Mujer, si tú ya tenías un compromiso... –¿Es que tengo que decírselo todo? Pero qué más da. He ido a cenar a La Menta y allí estaba, mesa con mesa, silla con silla. ¡Menos mal que no iba escondiéndome de nadie! –Me ha dicho que iba a cenar con Mariadolores. –¿Eso te ha dicho? Mi madre flipa. ¿Con quién va a estar? –Con el catedrático. –Que es que encima es lo que más me jode, Balbino. Que fue profesor mío y era un hijo puta, que te lo digo yo. Tuve pesadillas con la puta micropaleontología de los cojones. –Vaya por Dios. ¿Y tú con quién estabas cenando? –Con un gilipollas.


5.

Yo me levanté para despedirme pero Loúrdes me dijo que me quedase un poco más: –¿Has cenado? ¡Como tú llevas esos horarios tan particulares! ¿Te corto jamón? –Bueno, pero sólo un trocico. –A mí la cena me ha sentado como un tiro. El otro hablaba y hablaba y yo con mi madre a menos de un palmo de distancia. Tenía unas ganas de irme que me volvía loca. Así que cuando me ha dicho que tú te habías quedado con la abuela digo esta es la mía. Me largo de aquí. –¿Y el otro qué ha dicho? –El otro es un merluzo. Se supone que va a ser mi jefe. –¿Y tu madre sabe que vas a ponerte a trabajar? –Pues no sé. Un día u otro habría de ser, ¿no te parece? –¿Es también alguien de la facultad? –Es un empresario. –Pero algo tendrá que ver con la paleontología, digo yo. –¿Hay algo en esta puta ciudad que no tenga que ver con la paleontología? Bueno, no del todo. Esto es un complejo termolúdico. –¿Termoqué? –Termolúdico. El balneario de toda la vida pero a lo bestia, en plan parque temático y colchones con burbujas y chorradas de esas. –¿Y tú qué vas a hacer allí, dar masajes? –Pues mira, me lo tengo que pensar. A este paso voy a mandar un currículum al Lamples. No. Lo que pasa es que el megabalneario ese del copón va a estar cerca de un


parque paleontológico, supongo que será por Galve y por ahí, y entonces ofrecen visitas guiadas. O sea, guía turístico. Cuando me daban las vacaciones en la facultad me ganaba unas pelas de guía en la torre del Salvador y te juro que jamás se me pasó por la cabeza que era eso lo que yo iba a hacer toda mi vida. –Tu madre piensa que te estás precipitando. –Mi madre a mi edad ya tenía que tomar sus propias decisiones. Y que conste que si no cojo el trabajo es porque me huelo que el capullo ese lo único que quiere es tirárseme. Ojalá me lo insinúe, porque entonces le meto una patada en los huevos y sigo un año más a la sopa boba, que se está tan ricamente, qué hostia.


Capítulo 8 Los cuervos

1.

Yo anoche a la chica no le dije nada, la vi tan compungida y tan nerviosa que digo déjala estar que se sosiegue, que se hinche de hablar y de dar vueltas por la cocina y de beber vasos de agua y se desfogue. Pero cuando ya me subí a dormir a mi casa, que llevaba la cabeza como un bombo, con lo calladica que ha sido siempre Loúrdes no paraba de cascar, me subí a mi casa y aún le eché un tronco a la estufa porque al entrar se


me veía el aliento. Y digo nada, mañana me subo al pueblo y me bajo las muestras del dinosaurio, a ver si yendo al catedrático con las muestras, y siendo como es alumna suya, el otro le quiere dirigir la tesis o la contrata para una excavación o alguna cosa. No sé. Digo a ver si se anima un poco con los huesos y deja de dar vueltas por la cocina. Esta mañana también tenía que pasarme por Calomarde porque Irina me dijo el otro día que Sonia, la rusa que vive en Frías, me quería dar un disco que había grabado ella sola en la masía, a ver si yo que conozco a tanta gente podía dárselo a alguien para que lo escuchase. Iba a ir a Calomarde porque allí hay vive un pastor amigo suyo, Vladimir, que vive allí pero guarda en Frías las ovejas y si algún día ocurre que quieren coger fiesta o que han de hacer algún papel se queda la una con las ovejas del otro y viceversa. Se llevan muy bien. Sonia iba a ver si Vladimir podía quedarse un par de días con el ganado porque tiene que llevar al chico a Zaragoza a un campeonato de ajedrez, el zagal no llega a los diez años, no abulta nada, así de ruin, royo, blanco como el papel, que te mira con los ojos azules que parece que te está leyendo por dentro. Pero se conoce que con el ajedrez es una cosa seria. El muchacho participa en internet en campeonatos de mayores y los gana a todos. Una pasada. Y ahora quiere llevarlo al campeonato juvenil de Aragón, que no le correspondería porque aún es muy chiquico, pero Sonia quiere que lo vean los de la federación, a ver qué pasa. Así que le digo a Sebastián digo vamos a ver cómo andan las acequias del río Blanco por ahí por Calomarde. Yo quisiera enseñarle el río en orden, pero eso es imposible, el orden es una complicación: si empiezo con todos los arroyos uno por uno desde la Muela de San Juan nos íbamos a quedar el mes entero en los ojos del río. Calomarde también es río. De hecho, Guadalaviar significa río blanco, eso Sebastián no lo sabía, eso no salía tampoco en el temario, pero hay otro río Blanco que baja luego por la fuente del Berro hasta Royuela y muere más abajo en el Guadalaviar, ahí justo enfrente de


las casas de Entrambasaguas. Todo eso es río y el barranco del Melguizo y la paridera del Ahorcado, todo eso es también río y está desordenado. Unos días nos subimos al pueblo y otros nos quedamos a comer en Calomarde. Así es la vida.

2.

Hoy a Sebastián esta mañana lo he visto un poco mohíno. Es normal. No sale, no conoce a nadie, como mucho se baja por las noches al bar de la fonda y cuando se cansa de estar viendo los partidos de pelota por televisión se sube otra vez a dormir. Siempre está muerto de frío. Yo le digo chico, no sé, cómprate unos calzoncillos marianos de esos de termodactil, a ver si entras en calor. Siempre lleva los lentes empañados y siempre dando vueltas con el libro, cuando paramos a almorzar o me entretengo yo a mirar alguna sarga. Tampoco tengo ganas de explicarle todo, si no no pararía de hablar. Pero cada vez que me callo, él a su libro. Anoche le saqué la cara delante de Barbarita más que nada para que viese que con sus reclamaciones no vamos a ninguna parte, pero saber saber Sebastián no sabe nada, no tiene ni puta idea, hemos ido a las acequias de Calomarde y ni siquiera se ha dado cuenta de que esa margen no me corresponde. Está por estar, y en que me vaya yo a final de mes vas a ver tú a qué se dedica. Se irá a al bar de Torres, como todos los guardas, o se quedará en el coche leyendo poesías. Eso si dura. Él vino muy ufano y con mucha ilusión pero luego llega que se hace de noche y de qué pan hacemos sopas, si no tiene donde ir. Yo le digo que haga cosas. Aquí el asunto es hacer cosas. La gente se piensa que son favores pero son cosas. ¿Qué me cuesta a mí hablar con Mauricio, el hijo de Gustavo Moragriega, que trabaja en la clínica de celador y tocaba en la charanga de Los Sor-


dos, a ver si él conoce a alguien o sabe de algún sitio donde pueda tocar Sonia el violín? Eso no es un favor, eso es una cosa. ¡No va a tocar el violín como Mauricio toca la trompeta por las fiestas de los pueblos! Pero oye, nunca se sabe, y mientras que lo haces que no, ya es el tiempo, ya es la cosa. Sebastián me dice, así con retintín: eres un héroe, Balbino. A él le parece que no aburrirse ya es de héroes. Y no pasar frío. El caso es que Sebastián yo lo veía muy pocho. Íbamos por el camino que hay a la salida de Calomarde hacia la fuente del Berro, que han puesto unas farolas y unos parapetos y lo han arreglado un poco aquello. Yo iba mirando los chopos cabeceros, un abandono, una pena. La acequia iba sucia y en cuanto se forman bloques de hielo, como no se descongelan del todo porque la garganta es muy umbría, van recogiendo mierda y taponan los tajaderos.

3.

Y el otro, mientras, mirando al cielo. ¡Mira los cuervos, Balbino!, me dice, y luego va y me empieza a recitar una poesía. ¡Nunca más!, decía, ¡nunca más! Y decía: ¡Recuerdo claramente que esto era el gélido diciembre! Y luego decía: ¡Será algún visitante que suplica entrar en la puerta de mi cuarto! Yo digo este delira. Miraba el cortado y arriba volar los cuervos y gritaba: ¡Hundí la vista en aquella oscuridad y estuve un rato allí!, ¡exploremos este misterio!, ¡es el viento y nada más! Y después empezó a repetir ¡nunca más¡, ¡nunca más!, y ¡saca tu pico de mi corazón!, y no sé qué de una puerta. –¿Te gusta? –me dice–. Es de Pou. ¿Conoces a Pou?


–Me suena. Qué es, ¿catalán? –No, no –me dice, así con media sonrisilla. A mí se me subieron los colores. Yo no tengo por qué saber quién es el Pou ese de los cojones. Me sentí un poco ofendido, esa es la verdad, como si se me estuviera riendo por mi incultura. Sebastián no es mal chico pero a veces cuando empieza a hablar de libros se pone un poco impertinente. Y yo, que no sé nada de poesía pero he visto muchos cuervos, le dije: –¿Tú sabes que los cuervos hablan idiomas? –¿Ah, sí? –Uy, sí, sí. Ya lo creo. Esos cuervos, lo primero que tienes que saber, es que tienen muy mala leche. De aquí de esos cortados no se van ni en invierno ni en verano. Mira el frío que hace y ahí los tienes, y si ahora de pronto aparece un aguilucho, o un buitre, si ahora mismo aparece un buitre de dos metros de envergadura, o un águila real, lo que quieras, el pájaro más grande y más feo que te imagines, verías a los cuervos que empezaban a chillarle y a encorrerlo y a darle picotazos en el cuello. Y no te creas que se cansan, que hasta que no lo han echado no paran. Yo he visto águilas caer rendidas de los picotazos de los cuervos. Eso sí que te lo puedo garantizar. Y esos cuervos –le dije– chillan tanto porque hablan. Tú ahora traes a un cuervo de Alemania y estos lo reconocen por el acento. Se lo pulen sin contemplaciones, porque no lo entienden. Sí, sí, tú rite, rite, cara confite, que eso está estudiado científicamente, que mi sobrina que es bióloga se lo dije un día y empezó a reírse como tú y luego miró libros y dijo ¡chico, Balbino, pues sabes que va a ser verdad!

4.


En cuanto vio a Sonia se le pasaron las penas. Yo quería que se conociesen porque un día me dijo Sebastián que él había tocado la batería. Una noche en el transistor puse un programa de jazz que hacen a las tantas y tocaron una pieza en la que había un violín. Sebastián y ella hicieron buenas migas desde el primer momento. Sonia es una mujerona. Iba para atleta pero se inclinó a lo del violín. Su marido, el que está ahora en la aceituna, fue campeón de Europa de lanzamiento de martillo, se conocieron en los entrenamientos. Sonia no está gorda pero todo lo tiene grande. Tiene grandes los ojos y los labios y los dientes y las tetas. A mí me pone nervioso porque entras a un bar con ella y los clientes la desnudan con los ojos. Un día entramos en el bar de Agueda y estaba Miguelico, el hijo de Matías Buj, ese que se dedica a la trashumancia con las colmenas. Y llegó un momento que le dije: ¡Miguelico, majo, que miras más que un mulo arando!, más que nada porque Miguelico es un ignorante y un día va a estar presente el del martillo y se va a mosquear. Menos mal que ahora es invierno y Sonia va forrada con un abrigo de plumas que le llega hasta los pies, porque este verano pasado entraba al bar y Agueda luego iba detrás recogiendo las babas con la fregona. Lo de que el otro fue campeón de Europa ya lo sabe todo el pueblo, pero Sebastián no lo sabía. Y se liaron a charlar y que si este libro que si aquel disco, que si toma el teléfono de una amiga mía que comparte un piso en Teruel, que si Mozart que si las ovejas. De pronto Sebastián empezó a decir nombres en ruso y Sonia cada vez que escuchaba un nombre se reía con esa dentadura que tiene. Se reía porque estaba muy contenta, no porque le diera risa. Para cuando terminamos de almorzar, ya Sebastián iba a llamar a un amigo suyo de Madrid que conoce a no sé quién de una orquesta, y un día iba a ir a guardar con ella, todo el día, ahora que las ovejas comen pasto congelado, que quería saber lo que se siente siendo pastor.


Yo le hice señas a Sebastián con el reloj de que había que volver al tajo, pero él y Sonia no hacían más que intercambiarse pepeles, nombres de libros y de discos y números de teléfono. Venga a hablar y hablar y de pronto aparece por la puerta Facundo el Capador, el guarda de la otra margen, que no me hablo con él desde hace treinta años. Iba con un jabalí muerto a las costillas, lo dejó caer encima de una de las mesas, como si fuera un conejo. Oigo una puerta de un coche y detrás veo que aparece Simón Pedralba, el hijo de Mariano Sangrador.

5.

Facundo se quedó de piedra. –¿Y tú qué haces aquí? –me dice. Es lo primero que me dice desde hace treinta años. –Pues yo estoy trabajando –le digo yo–. ¿Y tú? Entonces terció Simón, que iba como esos anuncios del corte inglés para la moda de otoño invierno, con pantalones de pana con bolsillos y el chaleco ese verde acolchado que se ponen los pijos. No le faltaba más que el sombrero. –¡Hombre, Balbino, chico! ¿Pero tú no estás en la otra orilla? Mira qué marrano hemos atropellado en la carretera. Me ha salido de pronto, casi me doy contra un pino, ¿verdad, Facundo? –¡Hacer el favor de llevaros de aquí esa mierda o llamo ahora mismo a la Guardia Civil! –dijo Agueda desde el mostrador. El jabalí llevaba dos tiros en el cuello y le habían ya cortado los huevos, para que luego no sepa. –Chica, calla, que tampoco es para tanto. Danos una cerveza y nos lo llevamos.


–¡Te he dicho que te lleves ahora mismo ese bicho de mi bar! Agueda es de mi edad. Agueda todavía piensa que a estos verracos sin conocimiento aún se les puede recriminar. Piensa que aún les puede hacer achantarse la voz de los mayores. Y Simón va acelerado. Desde que se retrata con los políticos se piensa que ancha es Castilla. Yo creo que si se reprimió de insultar a Agueda o de dar uno de esos espectáculos de poderío que acostumbra fue porque estaba yo allí. O porque estaba Sonia, vete tú a saber. El caso es que le ordenó a Facundo que se llevara el bicho. –Déjalo en la camioneta, Facundo, que se enfada la Agueda. Facundo pasó delante de mí y se volvió a cargar el jabalí a las costillas. Dejó un rastro de sangre en la mesa y en el suelo, lo puso todo perdido. –¡No te enfades, Agueda, me cagüen la órdiga! ¡Que os voy a hacer ricos a todos! ¿Eh, Balbino? ¡Vas a ver tú la que preparamos aquí! ¡Con campo de golf y toda la pesca! Ya verás qué pronto contratas a un camarero, Agueda, y tú te vas al balneario. Agueda le puso la cerveza y Simón vino a sentarse con nosotros. A mí me daba vergüenza estar sentado en una mesa con Simón. Así que corté rápido. –No, no, Simón, no te molestes que nosotros tenemos que volver al tajo. –Otro que no se lo cree. Me cago en la leche, ¡os voy a montar en el pueblo un complejo termolúdico que vais a ser la envidia y me tratáis como si fuera un furtivo de mierda! ¡Hay que joderse! ¡Cría cuervos y te tocarán los huevos! ¿No os he dicho que lo he atropellado? ¿Pero vosotros qué os habéis creído? –decía, cuando ya íbamos saliendo por la puerta. Sonia se recogió un poco el abrigo para no manchárselo de sangre.


CAPÍTULO 9 Viaje a la tundra

1.

Echamos la mañana. Nos la ventilamos entera yendo de un sitio a otro muy despacio con el lanróver porque en las curvas umbrías había placas de hielo y el coche si entras deprisa se esbariza. Al pueblo lo primero. Yo los dejé mirando el caballo y me subí al pajar a recoger las muestras de huesos. Desde el ventano del pajar veía cómo Sebastián acariciaba el caballo y se sonreía. Hoy no lloras, no, galán, pensé yo entre mí. Sonia es mayor que Sebastián. Sonia ya pasa de los cuarenta, lo que pasa es que como ha hecho mucho deporte y toca el violín parece más joven. Y Sebastián tiene treinta y siete porque lo vi en la ficha de la oficina. Sonia no se lleva nada bien con el marido. De aceituna nada. Eso es lo que dijeron en el pueblo, y así se quedó. Lo que pasa es que se decidieron a irse a la masada y a los cuatro días el lanzador de martillo dijo que él no había salido de San Petersburgo para cuidar ovejas en Frías. Así que se pasa temporadas fuera, unas veces dice que se ha ido a la aceituna, otras que le ha salido faena en Zaragoza, y cuando pasan unos meses viene a ver al hijo, se está unos días allí en la masada y se va. Yo ya se lo he dicho más de una vez, ¿y por qué no os separáis?, cuando la veo con los labios resecos del cierzo y del frío. Pero ella dice que si se separan del todo el hijo no ve una perra, y ella tampoco, claro, y que además a su marido le dan como arre-


batos, que viene y la mima y la quiere y le trae muchos regalos al muchacho pero luego pasa una semana y se va corriendo otra vez. Y ella ya está cansada del cuento. Las últimas veces me contó que cuando vino el marido de la aceituna ya no durmieron juntos ni nada. Y ella, por otra parte, dice que sólo se va de la masada si le sale trabajo de violinista, que para poner copas y cuidar viejas siempre tiene tiempo. En la masada dice que está bien. El chico baja a la escuela en Albarracín con una camioneta de la DGA que lo viene a recoger todos los días, y si no se conecta con el ordenador y asiste a las clases desde casa, y ella dice que allí con las ovejas, sobre todo cuando se apaña con Vladimir, está como en su pueblo. Sonia es de un pueblo que se llama Usole, en la tundra siberiana, por donde pasó Miguel Strogoff, el correo del zar, que yo también he leído libros. Es en la zona del lago Baikal, al norte de Rusia, cerca de Irkutsk, dice Sonia que es un sitio precioso. Muchas noches me entretengo en buscar datos en internet sobre la tundra siberiana y sobre Irkutsk. Sonia dice que su pueblo en invierno es como en Frías cuando nieva, y que en primavera es como en Frías cuando hace calor.

2.

Estos días atrás pensaba yo pues ahora, cuando me jubile, no me importaría nada visitar aquella zona. No me he atrevido a decírselo a Sonia no fuese a pensar mal, pero no me importaría cogerlos al chico y a ella y llevármelos a que me enseñen su pueblo. ¿Qué habría de malo en ello? Sonia dice, con esa voz ronca y esa guasa tan fría, habla sin mover un músculo de la cara, que ella prefiere que en el pueblo se crean lo de la aceituna, porque si no tendría que pasarse la vida espantando a los mardanos, como dice


ella. A ver quién es el guapo que le tira cañamones, a ver qué le dice luego al del martillo, cuando lo vea en el bar. Si no quiero darme a entender y quiero ver la tundra antes, lo más seguro será que me vaya solo. Tendría gracia, que le mandase una postal a Frías desde su pueblo. Pero a mí esa zona me interesa mucho y tengo amigos allí porque resulta que un verano, en uno de estos congresos sobre la trashumancia que organizan en Guadalaviar, que yo me llevo muy bien con ellos y les di para el museo esquilas y bozales y tanganillos que usaba mi abuelo, que era pastor, pues en una de esas reuniones invitaron a los pastores sami, que se dedican a los renos, son finlandeses pero los llevan también por la Siberia como aquí se llevan las ovejas, y yo asistí a las conferencias y me intercambié los correos electrónicos con un pastor de allí que, mira tú por dónde, sabe español. Poco pero lo suficiente. Para entenderse no hace falta más. De hecho, más de un sábado por la noche hemos estado hasta las tantas hablando por el messenger que me instaló Loúrdes y nos contamos cosas, el me cuenta del Volga y yo del Guadalaviar. Como sabe poco español, todo lo resume mucho, da la sensación de que es una persona franca, sin segundas. A veces pienso que es el mejor amigo que tengo. Pero si he llegado a estar a punto de decírselo a Sonia en otros momentos, eso de que los llevo a ella y al chico si quieren a Siberia, sin embargo ahora, esta mañana, cuando los he visto por el ventano, he sabido que eso es imposible pero imposible que no le cabe un gramo más. Déjate, déjate, qué vergüenza, aquí el viejo comprando billetes de avión para quitársela al joven. De eso nada. Yo la vida la tengo resuelta, no necesito ponerme en evidencia ni que me humillen de aquí hasta que me muera. Por lo menos así pensaba esta mañana, cuando nos hemos bajado luego a Albarracín a recoger al chico y los hemos vuelto a llevar a Frías a la madre y a él. Sebastián hablaba con el chi-


co todo el camino. Ahora resulta que también estuvo en un club de ajedrez en Madrid. Ay que joderse, este mozo nunca se queda en casa.

3.

Esto pasó ayer mañana. Por la tarde, después del ensayo con los tambores, que los de la peña dicen que yo vaya en la peana que sostiene a Diego cuando lo llevan a enterrar, dicen que así con el casco doy mucha impresión, pero yo digo que si hay que participar llevando algo a las costillas, que se olviden de mí. Yo a los tambores. Barbarita dice que me deje la perilla, que si me dejo la perilla, así vestido de soldado medieval, me parezco al Son Cóneri. Bueno, un aire, dice que me doy un aire. Pero a lo que íbamos: por la tarde aguardé a que llegase Loúrdes y le dije que subiera un momento. Le dije mira. Le quería enseñar una muestra de todo lo que tengo. Me he traído muestras de braquiópodos normales, tampoco muy difíciles de conseguir, y lo menos veinte muestras de esquirlas que yo he ido recogiendo de los derrumbes aquellos del yacimiento. Le dije toma esto, Loúrdes. Tómalo y llévalo a la facultad, al profesor que te tuviera que dirigir la tesis y dile mira esto, dile que quieres hacer catas en una zona que no está muy pisada. Hazme caso. Deja en paz el complejo termolúdico ese de las narices y dedícate a tus estudios, por lo menos un año más. Loúrdes no paraba de fumar y miraba las muestras con desgana. –A ver –me dice, así como si la hubiera interrumpido para mandarla a un recado–, ¿y con esto qué quieres que haga? ¿No lo puedes llevar tú mismo? ¿Para qué coño queréis mi madre y tú que haga una tesis? Ha salido mal lo de las oposiciones, ¿no? Soy tan gilipollas que no apruebo aunque me pasen el examen. He cumplido treinta años.


¿Qué quieres, que ahora me meta otra vez a estudiar y a pedirle dinero a mi madre a ver si me meten con calzador en la facultad? Tú con estas piedras y mi madre con el Jose ese de los cojones. A mí me han ofrecido un trabajo digno que sé hacer y voy a cogerlo. Hasta entonces la había escuchado pero entonces intervine. –¡Pero Loúrdes, pero si van a destrozar la sierra! –¡Qué sierra ni qué niño muerto! Eres un poco egoísta, Balbino. Te piensas que tú eres no sólo el responsable de la margen derecha del Guadalaviar sino el guardia de la sierra entera. Quieres que nada cambie, que en tu pueblo no se oiga ningún ruido ni pasen coches ni griten los niños. Quieres que todo sea igual hasta el final. ¿Por qué va a estar mal un balneario, o un parque temático? ¿Por qué no va a haber en Frías un campo de golf? –Pues tendrán que usar las bolas coloradas –dije yo. –Tampoco pasa nada porque las cosas vayan cambiando. La sierra está despoblada y eso no es ningún bien ecológico. Eso es un despoblamiento que te cagas, y punto.

4.

–Si yo no lo digo por el balneario, Loúrdes, si yo lo digo porque..., en fin, tú ya sabes que aquí se sabe todo y el que lo lleva eso, que yo lo conozco... –¿De quién estás hablando? –Pues eso. ¿No está allí Simón Pedralba? –¿Y qué tiene Simón de malo, a ver?


–Tú misma lo pusiste de vuelta y media la otra noche, cuando volviste de cenar que te encontraste a tu madre. –Porque estaba muy cabreada. Además, ¿tú por qué sabes que cené con Simón? –Por la puerta. –Qué puerta. –Son cosas mías. –Da igual. Simón es bruto y un poco pijo pero el trabajo es el trabajo y a mí me trata bien como empleada. –¿Ya has empezado? –Casi. –¿Cómo que casi? –Bueno aún están instalando la oficina y todo eso. Empezamos después de los medievales. Los contratos de todas formas ya están adjudicados. –Y a ti te hace mucha ilusión. –A mí me hace ilusión dejar de estudiar de una puta vez y llevar una vida independiente, y largarme de vacaciones cuando me dé la gana y no vivir con mi madre. –O sea que de los huesos nada. –¡Estoy de huesos hasta la coronilla! Vivo en una ciudad monumento más visitado son los huesos de los Amantes. Mi mejor amiga fabrica huesos sintéticos para las prótesis, he estudiado paleontología y voy a dar charlas sobre fósiles en el balneario, y me pretende un traumatólogo, que es más feo que Picio. ¡Y tú me pides que mientras tanto haga una tesis sobre las piedrecicas de cal que has ido tú cogiendo en los últimos cincuenta años! Joder, Balbino, si quieres que te pongan una placa en la facultad en plan Gumersindo criador de canarios, vas tú y los llevas. Yo voy a trabajar por primera vez en mi vida con un sueldo medianamente decente. Yo no estoy para placas, Balbino.


5.

Aquello se quedó así. Ella se bajó sin los huesos y yo no le dije nada. No supe reaccionar. Y creo que es lo mejor. ¿Qué podía decirle? Yo soy un vecino, el vecino de arriba. Yo no soy su padre, ni su tío, ni nada. Y en el fondo llevaba razón la chica. Más de una vez, paseando solo por el río, me he imaginado que me hacían un homenaje cuando salga a flote el yacimiento como yo estoy seguro que saldrá, tarde o temprano, en las debidas condiciones y sin que nadie lo expolie ni lo dejen abandonado. Uno piensa lo que no debe y los demás, por un medio o por otro, aunque sólo sea por el olfato, se terminan por enterar. Estuve por tirar los huesos a la basura, como si así limpiara la mala conciencia, pero se conoce que nada más bajar Loúrdes habló lo que hablara con su madre y volvió a subir enseguida. Llevaba los ojos de llorar. –Perdóname, Balbino. Estoy histérica perdida, no sé ni lo que digo. Tú eres el que menos se lo merece. Dame los huesos. Mañana mismo los llevo a la facultad. –No, no, da igual, déjalo, no te preocupes. –Por favor, Balbino, déjame que me los lleve. Todo me sale mal y tú no tienes la culpa. Todo dios se piensa que soy una mierda de resentida y no quiero que tú pienses lo mismo. Tú no, Balbino. Tú, no. Y entonces se echó a llorar como una madalena. –¡Ay, Balbino, que estoy muy mal! Yo la sosegué como pude, le dije que no fuese tonta, que no se preocupara. Ella iba metiendo las cajicas de los huesos en bolsas de Mercadona y no dejaba de llorar.


Esto pasó anoche. Yo me quedé en casa, no me quedaban ganas de nada. Fui al ensayo, claro, pero luego no me quedé a beber un botellín en el hogar del Pescador ni nada. Crucé por las vías del tren, cogí el camino del Carburo y me vine a casa. Hoy he pasado toda la mañana solo. Hacía días que no llevaba una vida normal. Ha hecho un día muy raboso, un viento pelado a ráfagas que te venían a la cara como bofetadas. Cuando pillabas una salida de humos que digo yo, alguna garganta por donde se concentra el aire, había que andar agachado porque si no se te llevaba la ventolera. Sebastián me ha dicho que, puesto que no podíamos salir del coche, que por qué no nos acercábamos a casa de Sonia, que quería ver el aparato de grabación que se ha puesto y no sé qué más. –Llévame al pueblo y te coges el lanróver –le he dicho yo. Tenía ganas de que me dejase solo. He estado cepillando bien al caballo y limándole las rebabas de las uñas. He metido un brazado de leña en casa, he encendido la estufa y me ha pasado la mañana en la mesa de la cocina, mirando por la ventana. Tenía ganas de pensar en la tundra.


Capítulo 10 Las lágrimas del profesor

1.

–Es una tía estupenda –me iba diciendo esta tarde Sebastián, cuando volvíamos a casa–, y rebosa talento, ya lo creo. Anda que no he conocido yo violinistas peores que ella, porque no sólo le pega a Mozart, que lo toca y muy bien, además toca canciones populares de Siberia y el ritmo celta se le da de maravilla. Podría trabajar en un festival folklórico, en una orquesta de cámara o en un concierto de botellón, donde ella quiera. Sin embargo, claro, está el hijo... Al nombrar al hijo Sebastián paró de hablar. –Sí, claro –le decía yo. –Bueno también es verdad que a ella le gusta la vida en el campo. Dice que se siente más protegida. –Claro, claro. –A no ser que le tenga miedo al marido, que no creo. No me da pinta Sonia de que le coma nadie la moral, ¿no crees? Lo dejó caer a ver qué se me escapaba a mí. A ver si había pista libre. –Pues no sé, chico, no tengo ni idea –le dije yo por toda contestación. Sebastián se iba corriendo a llamar a esa amiga de Sonia que vivía en un piso enfrente de la catedral y se les había quedado libre una habitación. Yo me he venido a


mi casa. Hace un día torcido. Llovisquea un poco y las gotas frías como la madre que las parió se revuelven con la ventisca, tienes que andar tapándote la cara. He vuelto del tajo sin ganas de tocar el tambor. Así que he llamado a la Oración del Huerto a decirles que hoy no podía ir al ensayo y me han dicho que no me preocupase, que ellos tampoco iban, que con este día lo iban a suspender. Pero no he hecho más que trasponer la puerta y rin, el timbre. Barbarita. –¡Llevo esperándote toda la tarde, Balbino, toda la tarde llevo esperándote! Pensé que no venías. Digo a este le da por quedarse a dormir en el pueblo precisamente hoy, que tú eres capaz de cualquier cosa, con la que está cayendo. No sabía si dejarte una nota o qué, porque claro, como no coges nunca el móvil... Resulta que Loúrdes le llevó esta mañana las bolsas de huesos al catedrático, y ella le dijo lo que tú le dijiste, le dijo traigo estas muestras para analizar por si fuese a haber un yacimiento, le dijo, y la chica, como es así de clara que ya sabes que si miente se pone colorada, la chica le ha dicho son de mi tío, te ha llamado mi tío, Balbino, ¿no te hace ilusión?, pues dice son de mi tío que las lleva recogiendo y el hombre, claro, ya es mayor y no sabe nada de esto, y le dice dice a lo mejor, si las muestras son buenas, yo que conozco el sitio porque he ayudado a buscar fósiles a mi tío Balbino desde que era pequeña...

2. Aún le dije yo: –¡Joder!, ¿y no le ha contado también que me gustan los toros y que jugaba de portero con el Televox? –Pero qué impertinente te pones cuando se te tuerce el morro, Balbino. Calla, bobo, que el catedrático lo primero que le ha dicho es que te quiere conocer. Dice que


van a mirar las muestras y que encargarán a algún departamento una investigación y a ver si él mismo al final le dirige la tesis a la chica. ¡Qué te parece, lirián, atontao! Dice que mañana sin falta que vayas a verle. Así que haz el favor de quitarte ese mono y a ver qué camisa limpia tienes que mañana vas a la Escuela. –Sí pues como no sea una camisa de fuerza... –Pues así no vas, Balbino, que en vez de parecer un paleontólogo pareces un fontanero. Yo sé cómo visten los paleontólogos. Todos llevan americanas de punto y camisas oscuras con bolsillos. Los paleontólogos llevan siempre muchos bolsillos. ¿Tienes americana? –Yo no tengo a nadie. –¿Será posible? ¡Ahora mismo nos vamos a Pepe Polo a comprarte una chaqueta! –Chica calla, que así voy bien. –Pues estaría bueno, con esa chaqueta de cremallera que es más vieja que Sansón, que llevas el cuello lleno de pelotillas, míralas. –¿Te quieres estar quieta? –¿Pero por qué no me haces caso de una puta vez? Te estás abandonando, Balbino. Pareces un mozo viejo que se quedó en el pueblo. Y tú eres muy guapo, digas que no tú eres muy resultón, y si me hicieras caso y te dejases la perilla te parecerías al Son Cóneri, que no me canso de decírtelo. No te puedes abandonar, Balbino, no nos podemos abandonar.

3.


Barbarita me tomó las medidas de una chaqueta vieja de cuando se murió mi madre y se fue a comprarme todo el equipo. Yo digo ya verás. Yo mientras tanto me subí a casa y me puse a ordenar todas las piedras que me quedaban, a repasar las localizaciones del GPS y los nombres de los fósiles que yo creo que son los correctos. Volví a sacar una carpeta donde guardo los artículos de paleontología y me los repasé todos para ir más suelto en la conversación. Me jodía que me tratasen como al ignorante que se encuentra una vaca muerta y se piensa que es un mamut. Hay un artículo, Estudio sistemático y tafonómico y problemática bioestratigráfica de las asociaciones de ammonites en el límite jurásico medio-superior en la provincia de Teruel: sectores de Sierra de Albarracín, Sierra Palomera y Sierra Menera, que me lo sé de memoria, casi lo podría decir de corrido como si lo hubiera escrito yo. Cuando Barbarita volvió de comprar llevaba la cabeza que no me cabía un nombre más. –¡Pero dónde vas sin bolsas! ¡Pero si te has traído media tienda! –Calla, rácano, que te voy a poner hecho un pincel. Y empieza a sacar paquetes y a desplegar papeles de relleno y a sacar camisas y pantalones y de todo habido y por haber. Hasta calcetines. –¡Pero Bárbara, ¿también los calcetines?! –Pues sí, porque llevas esos de espumeta grises con la espiguilla que huelen mal solo de verlos. Mira estos qué bonitos de algodón. Son del coronel Tapioca. Y te he comprado más de un par porque vas con esos azules que das pena, para trabajar bien pero luego da la sensación de que acabas de venir del huerto. Mira estos para más vestir, y estos otros que son más de espor te los pones mañana, mira qué bien le quedan los bolsillos de las perneras. Anda, pruébatelos. –¿Adónde me meto?


–No te preocupes que no me voy a desmayar. –Desde luego, Barbarita... –¡Virgen del Perpetuo Socorro, qué calzoncillos! Esos qué son, ¿los que te llevaste a la mili? Mira estos que te he traído. –¿Qué pasa?, ¿qué me tengo que tirar al catedrático?

4.

–Desde luego, majo, menos mal que tienes a la Florisleidis esa del puticlub, porque como tengas que ligar con alguien y aparezcas con semejantes calzoncillos... –Bueno, venga, dame la chaqueta. –Zapatos te he comprado unos pero estoy viendo que con las chirucas vas bien, los paleontólogos visten siempre con un toque así más progre. Míralo, qué guapo que estás. ¿Por qué no te dejas la perilla?, porque afeitarte te tienes que afeitar, eso desde luego, adónde vas con esa barba, que pareces Sancho Panza. Corbata mejor no, ¿a ver?, no, que tienes el cuello gordo y parecerá que te van a estrangular. Los paleontólogos no llevan corbata. Barbarita se metió un momento en su cuarto y yo empecé a replegar todo aquel estaribel de cajas y papeles. Luego salió con una tijera. –Espera que te recorte un poco las cejas, y cuando te afeites arráncate los pelos de la nariz. Y toma, mira. Lo demás lo pagas tú, pero esto te lo regalo yo. Era una cartera de piel de las que llevan los profesores, muy antigua, con hebillas para abrochar las tiras y departamentos. La piel estaba ya sobada en la parte del asa, esmerada, más oscura, como si a su antiguo dueño le sudasen mucho las manos.


–Era de Vicente –dijo Barbarita–. Cuando nos conocimos él iba para abogado. Fue mi regalo de compromiso. –Pero Barbarita... –¿Y dónde vas a meter las piedrecicas y los papeles? ¿Qué quieres ir, con una bolsa de Mercadona? –Voy a hacer el ridículo como Minino. Quítame las etiquetas por lo menos, no se vaya a quedar alguna colgando. Oye, ¿a tu marido le sudaban las manos? –No seas bruto y aféitate, pero te dejas la perilla. –De eso nada. –Pues te la marco yo con la cuchilla y luego si no te gusta te la quitas. Me disfrazó del padre de Indiana Jones. Sólo me faltaba la pipa, los lentes redondos como los que lleva Sebastián y el sombrero del desierto. Estuve por ir con boina.

5.

En vez de cruzar desde el Jorgito a los Franciscanos, seguir luego hasta los Arcos y subir por el puente de la Reina, di un rodeo por las verjas del hospital psiquiátrico hasta llegar a la Virgen del Carmen, y de allí por el camino de Capuchinos, por detrás de la cárcel, para que no me viese nadie. El atuendo estaba bien, Barbarita gusto tiene, pero la perilla me daba vergüenza, y con la cartera parecía el cobrador del agua. No había estado nunca dentro de la Escuela. Bueno, sí, unos años, pero cuando no era la Escuela de Paleontología ni tampoco la Escuela Taller, que estuvo también muchos años allí, sino cuando era el colegio de San León, un internado de curas. Han


conservado la fachada modernista y le han añadido un edificio formidable en todo lo que eran los patios y las eras de atrás. Entras y los techos son altísimos. Doblas un pasillo y por las cristaleras del laboratorio ves los esqueletos cómo los van montando. Han abierto luminarias en el tejado y aquello está todo lleno de luz. Pero vas por el pasillo y yo por lo menos hasta que no subí al segundo piso no escuché a nadie que hablara en castellano. Se conoce que ahora hay un congreso internacional. Así que le pregunto a la chica, subo al segundo piso, otro pasillo más lleno de batas blancas, yo no conocía a nadie, y ya al final encuentro el número 218, el que me había dicho la chica, con una placa en la puerta: Dr. Laguna. Micropaleontología. –¿Se puede? –¡Hombre, Balbino, pase, pase!, ¡qué ganas tenía yo de conocerle!, ¡pase, siéntese! Ese sí que iba vestido de paleontólogo. Llevaba los mismos pantalones que yo y la camisa también era del capitán Tapioca. Vi que cuando entré plegaba las cortinas para que no nos viesen desde fuera. –¿Qué tal?, ¿cómo estamos? –Pues nada, que como le dijo ayer Loúrdes... –Sí, sí. Está muy interesada. Yo ahora mismo no puedo pero le voy a decir a un colega que está más próximo a esta disciplina que se encargue él de llevar la tesis y él seguro, pero vamos, seguro que habla con ella y salimos adelante. Es muy maja Lourdes, ¿verdad? Y Bárbara, sobre todo Bárbara... Y de pronto se apoya en la mesa, cruza las manos, me mira fijamente y me dice: –¡Yo no sé lo que le pasa a Bárbara! Usted es amigo suyo. Ella confía ciegamente en usted. Yo ya no sé qué ofrecerle, cómo bailarle el agua. Yo soy bueno, voy con buenas intenciones, Balbino, pero ella..., ella...


Capítulo 11 Como las campanas

1.

–Yo verdaderamente ardía en deseos de hablar con usted, Balbino. He llegado a tal extremo de ansiedad que ya no dispongo de la perspectiva necesaria. Dicho en pocas palabras, no sé qué más quiere Barbarita. Pero usted la conoce, son como hermanos, ella habla de usted constantemente. Sé positivamente que se fía de sus juicios; más de una vez, cuando hemos estado paseando por el campo, o simplemente hablando de las noticias del día, ella ha terminado por contestar, como si fuese una muletilla: “me gustaría oír a Balbino, qué opina de esto”. Lo ha dicho tantas veces, realmente han sido tantas veces, que no me tome a mal si le digo que en más de una ocasión me he sentido inclinado a tener celos. Usted me entiende, lógicamente. Supongo que Bárbara le ha dado ya detalles de nuestra relación... Y yo lo he dejado todo por ella, sinceramente. Yo tenía mi cátedra en la Facultad de Ciencias de la Tierra de Zaragoza y un piso en la misma plaza de San Francisco. Prácticamente vivía en la Universidad. Cuando me salió la oportunidad de acceder a esta cátedra, seguí viviendo con mi familia en Zaragoza, mi mujer y mis hijos. Mi mujer es catedrática de Geomorfología, y mi hija mayor ya está trabajando en el departamento de Geografía Física. Al pequeño no le gusta estudiar. Al principio seguí viviendo allí, todas las mañanas me venía en el AVE desde Zaragoza y a la hora de comer ya estaba nuevamente en casa. Era la situación ideal, Balbino. ¡Y lo dejé


todo, Balbino, irresponsablemente, enloquecidamente, apasionadamente, todo lo dejé! Un día, con esos compromisos que inevitablemente debes atender y que, en fin, significan también un pequeño sobresueldo –que nunca viene mal–, fui a dar una charla a la Caja de Ahorros para la Asociación de Amas de Casa. Y allí estaba Barbarita. Y acabé de soltarles el rollo a las pobres mujeres y vino a la mesa Bárbara, a preguntarme qué eran exactamente las palomitas, lo recuerdo perfectamente. Y yo le hablaba de los braquiópodos jurásicos y me temblaban las piernas, Balbino. Jamás había sentido nada semejante. Nunca jamás un arrebato como ese. Supe entonces que había conocido el éxito profesional y la estabilidad familiar y vivía en Zaragoza, pero, francamente, ¿qué era todo eso comparado con la felicidad de escuchar a Barbarita? Esa frescura, ese desparpajo, esa valentía para ir por la vida. Recuerdo cuando me compraba pantalones en coronel Tapioca y se venía al hotel a probármelos. Recuerdo el alfiler entre sus labios, cuando me subía los bajos, y me siento derrotado, Balbino, absolutamente enamorado.

2.

Yo no chartía. Se estaba cómodo en aquel sillón, todo olía a lana y a papel. Eso sí, la calefacción a todo meter, como en las oficinas. A mí me entran sudores y no sé si es del calor o de pensar en el despilfarro de combustible, a como está el gasoil. El hombre hablaba. Yo tenía cogida la cartera, no se me fuese a olvidar porque yo no he llevado cartera en mi vida y cuando me quiero ir de algún sitio siempre se me olvida algo. Me sudaba la mano. Miraba hablar al catedrático y se me representaba la mano de Vicente metida en el bote de melocotones.


Cuando ya me cansé de tanta retórica, aproveché que se tomó un respiro y le dije: –Ya, ya. Ya sé cómo me dice, ya. Mire, usted me permitirá que le hable sin pelos en la lengua, pero a Barbarita, si la quiere tener contenta, lo que tiene que hacer es meterle a la hija en la Escuela. –¿Cómo? ¿A Loúrdes? Bueno, yo pensaba que Loúrdes no quería entrar en la facultad. Barbarita jamás me ha dicho una sola palabra de eso. Es más, ayer, cuando vino aquí Loúrdes, mencionó la idea de la tesis pero como algo lejano, por lo menos al año que viene, o dentro de dos años. Realmente Loúrdes sólo me habló de usted, de que usted guarda muchos fósiles y quería conocer su autenticidad. Pero ella no me dijo nada más. –¿Y Barbarita tampoco, está seguro? –Se lo juro solemnemente, Balbino. Contrariamente a eso, ese es un tema que Barbarita siempre ha tenido la delicadeza de no abordar conmigo. Sabe que el nepotismo y los chanchullos pueden arruinar la carrera de un catedrático, y yo se lo agradezco: otra persona habría intentado obtener contrapartidas de la relación. Barbarita no, nunca, por eso la amo. Qué digo, por eso y por todo. De todas formas, ¿usted cree que si Loúrdes trabajase para la Universidad habría posibilidades de que Barbarita diese marcha atrás en su firme decisión de abandonarme, lo cree sinceramente? –Pues no sabría qué decirle, la verdad. Ahora mismo estoy un poco confundido. Ni siquiera sabía que usted y ella... –La otra noche. La invité a cenar a La Menta. Dio la casualidad de que Loúrdes también fue allí a cenar, con Simón Pedralba, un empresario muy vinculado al Partido Comarcalista que ha dado bastante dinero a la fundación de la Universidad. Yo comprendo que la presencia de la hija la pusiera un poco nerviosa, a ella y a Loúrdes, pero


estuvo toda la cena conteniéndose, y a los postres, cuando se marchó Loúrdes, se puso muy triste y me dijo que aquello había terminado. Así de inopinadamente me lo dijo.

3.

No entendía nada. Yo agarraba la cartera y lo único que quería era salir de aquella calorina. Después de toda la matraca volvió de puntillas al asunto y me dio un par de trincherazos: que ya mirarían los fósiles, que no me preocupase que la Escuela funciona muy bien, que si hubiera o hubiese un yacimiento él rápidamente me llamaría y yo qué sé qué más me dijo. Cuando acabó de hablar de Barbarita se me quería quitar de encima. De pronto, después de un rato largo cascando sin parar más que para tomar aliento, de pronto se quedó callado, me miraba y sonreía con la boca cerrada y estaba callado. Me miraba como el psiquiatra. El psiquiatra me mira así porque hablar con él es como no hablar con nadie, por eso lo sueltas todo. Este me miraba igual pero era para que me largase. Cogí la cartera y me fui, pero en vez de desandar el camino a casa tomé la dirección contraria, por la ladera del cementerio, y a lo que me quise dar cuenta ya estaba en el cerro de Santa Bárbara. Hoy está haciendo un día perro, un día seco, malo, frío, bronco. Iba andando por los cerros y oías crujir el suelo, de helado que estaba todo, y me he puesto a ver la ciudad desde el cerro y subía un frío y un airazo que me he tenido que poner el gorro de orejeras y la bufanda porque se me helaba la nariz. Me he ido andando hasta Sabeco y aún he cruzado luego la Fuenfresca y he seguido por el camino de Castralvo, y contra más viento y más frío más deprisa iba, con la cartera en la mano. Me he metido luego por esos descampados blancos que hay detrás de la Fuenfresca, los pica-


chos esos llenos de matojos, más secos y más fríos que la madre que los parió, que dan a un balcón a la vía del cercanías, cuántas veces no me habré sentado de chaval a ver pasar los trenes por esa curva, por debajo de ese puente, en verano, en días de calor, pero sobre todo en inviernos como este que el cielo se queda arrugado y ves las ramas al trasluz y parecen de plata. No dejé de andar hasta que llegué al río, allá a la altura de los barrancos de Pocopán, iba por la orilla y el ruido de las hojas al pisarlas y el olor del río se conoce que me apaciguaron un poco.

4.

Hubiese querido tocar entonces el tambor. El andar deprisa y el ruido de las botas al pisar los pedregales me volvieron a traer a la memoria el ruido de los derrumbamientos, que es también el ruido de los campanarios. Iba por la estación de trenes y sonaban las campanas de todas las iglesias del casco viejo y todas al principio tañían con fuerza como si fuesen a repicar más alto mucho rato pero pronto perdían fuelle y eran sustituidas por otros campanarios que también empezaban a lo lejos a derrumbarse. Me dolían las mandíbulas. A mí las mandíbulas me duelen cuando paso mucho frío y cuando pienso demasiado, y con las orejas calientes me pasa lo mismo. Intentaba pensar en lo que había dicho el mamarracho ese pero no encontraba el hilo. Hasta esta tarde no había tenido la sensación de que me estaban engañando. Lo primero que he sentido es vergüenza. Al llegar a la estación, en vez de cruzar por el Carburo para irme a casa, me he subido por el Cofiero hasta la barbería que hay en la avenida Sagunto, al lado del bar Pegaso. No había nadie, el barbero estaba leyendo una revista con la estufa eléctrica en los pies. Nunca me había afeitado en una barbería.


Me estaba enjabonando y pensaba en Barbarita. No ha sido capaz de decirle a su amante por qué es su amante y me coge a mí de pilma. A Loúrdes los huesos le importan una mierda, tan sólo quedar bien con su madre cuando la obligó a llevarlos a ese idiota. Y a su madre, otra mierda: me ha usado de carabina, de celestino, de como se diga eso. Los huesos no le importan ni al chulángano del catedrático, que me daban ganas de emprenderlo. Todos me menean y encima se consuelan porque piensan que me hacen un favor. Cuando empezó a pasarme la cuchilla por el cuello, ya era el hombre más triste del mundo. No jode tanto que algo salga mal como el desprecio. Para Loúrdes soy un abuelo que no se entera de nada. Para el catedrático soy una curiosidad, como esos programas que los entrevistadores van a los pueblos y hablan con los del pueblo como si fuesen tontos y estuvieran sordos. Y para Barbarita, ¿qué soy para Barbarita, por qué me mete en estos berenjenales, por qué me ha hecho creer importante, por qué tanto tú guarda esas piedras que esas piedras son importantísimas, por qué tantos años de jabón, como si hubiera que darme la razón para que no me altere?

5.

Me vino bien afeitarme porque si no habría llegado a casa hecho un lobo. Descargué la mala leche en el paseo y sobre todo mientras me estaba quieto en la barbería. Debió de ser el olor del jabón, o el mismo hecho de que te toqueteen la cara, no sé. El caso es que pensé lo que pensé y cuando llegué a casa, salvo porque ya no llevaba la perilla, Barbarita no encontró en mí la más mínima sombra de tristeza. Yo tengo fama de ir a mi aire y tomármelo todo a guasa, de ser uno de esos que ni sienten ni padecen.


Qué huevos tienes, me dice muchas veces Barbarita, en confianza, cuando ve lo calmo que soy y con qué parsimonia sobrellevo las desgracias. Llevo treinta años representando para ella ese papel. Esa es la imagen que nos hemos dado. En momentos como este debería tener con ella una agarrada tremenda porque a nadie nos gusta que nos usen y no nos avisen. Pero yo soy Balbino, el hombre que va a lo suyo. Va tan metido en sus cosas que no se entera de lo que ocurre delante de sus narices. En el baile del domingo soy el que vende los cacahuetes. Además, yo nunca he discutido con Barbarita. Y en esta ocasión, si bien se mira, tampoco es para tanto. Tenía ganas de pleitear con ella y al mismo tiempo me daba un poco de miedo. ¿Y si se enfada entonces ella conmigo de verdad? Piensa un poco, Balbino, no te precipites. Vas hecho un galán con esos pantalones del general Tapioca. Ella es lo que es: una madre. Se tira al catedrático pero no se atreve a decirle que se lo tira para que le meta a la hija. Es normal. Barbarita es una chica inteligente que sabe lo que hace. Yo debo estar de su lado porque si no me duelen las mandíbulas. –¿Cómo ha ido todo? –¡Bien, bien!, un hombrecico muy agradable. Muy atento, muy majo. Me ha tratado estupendamente. –¿Y qué te ha dicho? –Ah pues que sí, que sí, que esto de los huesos es muy interesante. –Y qué más. –Pues nada, eso, que a ver si entre unas cosas y otras empieza la chica la tesis y... –¡Y qué más! –Que lo mandaste a tomar por culo la otra noche. –¿Y estaba muy afectado?


–Yo diría que un poco, pero a mí no me hagas caso que yo no sé mucho de estas cuestiones. –¿No te gustaba la perilla? La verdad, hijo, te ha faltado tiempo... –Es que me daba un poco de vergüenza, no te creas que es un desaire. –¿Y la cartera? –¡Uy! La cartera es estupenda. La cartera es como si la hubiera llevado toda la vida.


Capítulo 12 La ninfa siberiana

1.

Sebastián está desconocido. Así como estos días atrás iba siempre muerto de frío, y a todo le ponía mala cara y torcía el morro como si le doliera una úlcera, y a mí me daba la impresión de que además de no saber su oficio no se le veía la más mínima intención de aprenderlo, todo el día con el libro dale que te pego recitando poesías a los cuervos, sin embargo ahora le ha cogido una afición y unas ganas de saberlo todo formidables. Esta mañana lo he llevado a Guadalaviar, a ver las fuentes de la dehesa, la


fuente Feliz y la de la Cerraja, la de los Humideros y la del Guijarral, donde el aljibe, que aquí lo llaman la piscina. Había más caballos que de costumbre, se conoce que con la cosa del turismo esto va a ser como antiguamente, cuando se juntaban aquí los caballos de los pastores y veías pasar un río de ovejas que bajaban a Levante. Luego desaparecieron muchos años. Bajaban en trenes a las ovejas y así se excusaban de pasar calamidades. Pero luego resulta que a los turistas les gusta sacar fotos de las calamidades, así que poco a poco las cañadas están llenándose de ovejas y las dehesas de caballos, y por aquí por estos pueblos la verdad es que se está notando. Cuando llegan los puentes festivos sacan todas las ovejas, les dan un recorrido como si estuvieran trashumando y aquí se junta mucho personal, ha habido días que parecía esto la Vuelta Ciclista a España pero con ovejas. Y Sebastián ya se veía él encima de un caballo, arreando al ganado como en las películas de vaqueros. Yo le iba señalando las fuentes, a ver si deducía las corrientes subterráneas. Con los años llegas a ver el monte por debajo, lees las piedras, calculas los acuíferos por dónde corren. Aquí no hace falta llevar una varica de avellano para encontrar un pozo. Por eso quiero enseñarle más o menos a encontrar los acuíferos, para que sepa dónde hay que estar al tanto, por si aparecen maizales donde no los había. Además de la lista de pozos que manejamos, Sebastián debe andar listo con los sitios donde siempre han intentado abrir la tierra y yo no lo he permitido. Allá en el molino viejo de Tramacastilla llevan tiempo midiendo y trayendo zahoríes y de todo pero no aciertan con la veta, y menos mal, porque en cuanto den con ella la secan. Hay que conocer la tierra por debajo para vigilarla por arriba. Ya le he dicho a Sebastián: como haya que darles de beber a todos los domingueros que vienen a ver la trashumancia, aquí no va a quedar ni gota. Pero claro, yo doy fe de mi margen izquierda, porque la otra, la que lleva Facundo, allí nadie sabe nada. Allí montará Simón Pedralba el balneario termocúbico


ese y Facundo les irá enseñando los acuíferos como los perros enseñan el rastro. Espero que cuando yo me vaya Sebastián no haga lo mismo.

2.

Yo se lo enseño porque es mi obligación, y la suya es la de ser honrado. De todas formas, si no lo hubiera visto tan contento no lo habría llevado a ver las fuentes por debajo. Desde que conoció a Sonia es otro. Vive en el piso que le dijo ella, lo comparte con una pareja muy amiga de Sonia, yo los conozco, unos chicos muy formales y muy trabajadores, ella es de Lidón y está colocada en Hacienda, y él es de Alfambra, sus padres eran argentinos de cuando la repoblación. El muchacho se sacó su carrera de abogado y ahora trabaja en un despacho laboralista, a mí ya me habían dicho que está pensando incluso en presentarse a las municipales con Izquierda Unida. A mí me hace ilusión. No me he de morir sin que el alcalde de Teruel sus padres hayan nacido en las Chimbambas. Estos chicos le dejaron una habitación a Sebastián para de momento pero lo mejor es que hila bien con ellos. Ya se ha metido por ellos en Otus Ateneo y el otro día iba paseando yo por el Tozal y lo vi que estaba tomando cañas en la fonda con Manolo, el hijo de Tomás el de Fuentescalientes, que ya su padre ha sido siempre muy peleón con los asuntos del ecologismo. Me lo iba contando y yo le decía, así un poco en broma, tú métete en todas las asociaciones que puedas, Sebastián, que es ahí donde se moja. Estas amistades de Sebastián yo creo que le va a venir muy bien a los acuíferos. Y Sonia también, claro. Sonia es la primera que me avisa de si ha visto a los vampiros, como los llamamos nosotros, los de los pozos ilegales, y Vladimir lo mismo, y lo mis-


mo los jipis de Tramacastilla y la mayoría de la gente de los pueblos. Por eso yo siempre he estado muy dispuesto a cualquier recado que tuvieran que hacer en Teruel o cualquier papel, porque sabía que ellos me iban a advertir si ven a alguien que quiere abusar del río. La misma Agueda la del bar de Calomarde me lo ha dicho muchas veces. Pero si el guarda es un borde como Facundo que no sólo no se habla con los vecinos de los pueblos sino que le va lamiendo los zapatos a Simón Pedralba, entonces estamos apañados. Por eso me gusta ver que Sebastián ya se suelta un poco cuando entramos en los bares de los pueblos y la gente aunque al principio recelase un poco yo creo que ya lo tratan con más confianza. Pero las cosas como son: todo esto es mucha profesionalidad y mucho ecologismo y todo lo que quieras pero detrás está Sonia. Nadie le diría que no a Sonia. Nunca he sentido un placer tan grande como hacerle un favor a Sonia. Cuando lo coge y te sonríe como si fueses de la familia, así esas miradas de decirte sí señor, en ti se puede confiar, yo entonces me quedo más hueco y más ufano que para qué. Soy comedido porque nada me dolería más que perder su confianza, y delante de Sebastián, claro, pues no lo manifiesto. Pero ella es la que le da la alegría, de eso no me cabe ninguna duda. Si llego a saber que Barbarita tenía las preguntas de las oposiciones, me cago en la leche, se las paso a Sonia.

3.

Conque le voy a ceder a Sebastián el río como se ceden los trastos de matar, y si Dios no lo remedia también a la Sonia. Esto de la música une mucho. Ya me ha dicho que vaya mañana a la masada de Sonia que se van a juntar a merendar todos y que me


lleve el tambor, que viene también Vladimir y estos chicos del piso y Manolo y el otro y el otro y el de la moto. No sé. Me lo ha dicho esta mañana y no he sabido qué decir. –Qué buena gente, Balbino. Casi no me lo puedo creer: en quince días que llevo viviendo aquí ya me he relacionado con más personas que en los últimos quince años en Madrid. Hice bien en venir. Al principio me daba miedo, tanto frío, todo tan lejos, ya sabes los prejuicios de los urbanitas, y sobre todo de los urbanitas madrileños, que se piensan que si salen de la capital se van a volver más tontos, aunque vayan a otro sitio igual de grande. Y al principio yo pensaba dónde me he metido, no sé de qué me voy a morir antes, si de asco o de frío. Pero eso ya se ha pasado. Incluso creo que hace mejor tiempo y todo. Mira la hora que es y se puede estar a la intemperie que no te congelas. Sebastián echaba pestes de Madrid. Aquello era inhumano, entre la polución que cae del cielo y el polvo que sale de la tierra. Y luego los transportes, las distancias, el desapego, todas esas chorradas que yo les oigo a los turistas cuando vienen al río y dicen qué bonito, pero luego repliegan las hamacas y se vuelven corriendo al follón, y mientras tanto lo dejan todo perdido. Esto de Teruel no es ni duro ni blando. Como pienses que es insufrible, te hundes, pero como pienses que es maravilloso, te puedes llevar cada sopapo de campeonato. Ya se irá dando cuenta, supongo. Lo dejé hablar un rato y aprovechando que estaba muy contento y muy locuaz, así de buenas a primeras, le pregunto: –¿Y tú a qué te dedicabas en Madrid, si no es mucho preguntar? –A la música. –Dijiste que sólo era afición. –Y no te mentía. Para dedicarse a la música hay que engancharse a otros muchos trabajos que poco o nada tienen que ver con la música. Yo he sido pinchadiscos en un club de alterne, he tocado la guitarra en un disco de José Luis Perales, he enseñado solfa


en un colegio a treinta y cinco salvajes, y en una asociación cultural a treinta y cinco marujas, he ido por los pueblos con la orquesta Fassion de Fuenlabrada, y poco antes de decidirme a venir aquí me salió un bolo con un mariachi. Casi me presento a las oposiciones con sombrero mejicano.

4.

Al decir eso Sebastián ponía mala cara. Debe de llevar él ahí una espina clavada y lo mejor es no hurgar en la herida. Se calló un rato y luego dijo: –Todo eso cobrando. Sin cobrar iba los jueves al club y tocaba jazz con los amigos. –¿Y los huesos? –Qué huesos. –Vamos a ver. Tú al principio de todo me dijiste que, aunque habías estudiado Paleontología, ya no tenías nada que ver con ella, cosa rara en este pueblo, pero bueno, y que sólo buscabas huesos de la guerra, que si habías empezado un trabajo... –Ah, sí. Hace tiempo que colaboro con los proyectos para la recuperación de la memoria histórica. –Eso ya es viejo. Recuerdo que hace años hubo aquí mucha polémica con los huesos de las Tahonas, ahí cerca de Caudé, mil tres cadáveres allí enterrados. Había un pastor en la masada de al lado que fue contando los tiros de gracia. Mil tres. –Ya lo sé. Entre ellos hay varios familiares míos. –Así que tú procedes de aquí.


–No exactamente. Mi tatarabuelo luchó en el frente de Teruel, y luego se enroló en el maquis. Pero había varios parientes más que llevaban viviendo en Teruel desde principios del veinte, un tío suyo, herrero, que trabajó con Pablo Monguió, ¿te suena? Mi abuela, su bisnieta, todavía contaba cosas divertidas de cuando vivían aquí. Bueno, pues uno de los primos de mi tatarabuelo también murió aquí y fue fusilado, según los más probable, ahí en las Tahonas. Pero mi tatarabuelo murió por aquí, por estas sierras. No sé qué puedo sacar de todo esto, pero gracias a los huesos de mi tatarabuelo he aprendido mucha historia y he ligado un par de veces. Sus huesos me dan suerte. –Hombre, tu tatarabuelo no, porque eso ya sería mucha casualidad, pero yo me he encontrado aquí huesos para parar un tren, y esqueletos enteros, y uno en especial que se murió en una cueva y allí sigue. Cuando vaya al pueblo ya te traeré el cuaderno que aún llevaba medio podrido en el morral. Las tapas y los bordes se los han comido las ratas pero lo demás se lee todo muy bien. Yo lo tenía allí por si alguien alguna vez..., en fin, y si a ti te ha de entretener... Ahora, con ese muerto, ligar, ligar, poco, me parece a mí.

5.

Sebastián se puso la mar de contento, con ese desvivirse con que piensa en las cosas, como si las fuese a hacer en ese mismo momento. Mañana iremos al pueblo y le enseñaré los papeles. Y no sé si vaya a enseñárselo el muerto entero. Cuando tapé la boca de la cueva le eché al agujero una pellada de cemento con una piedra de rodeno bien encajada, mal ha de ser que nadie lo encuentre nunca. Bueno, ya veremos.


De vuelta del ensayo no estaba yo con humor para volver a casa pronto. Fito me ha preguntado qué tal llevo el toque nuevo, a ver si nos da tiempo a estrenarlo en el entierro de los Amantes, que ya está al caer. No hay quien pare un minuto. Yo quería disfrutar de estos últimos días con sosiego, chino chano, dándole una vuelta al río y por las tardes a mis anzuelos y a mis huesos. Pero todo está desbocado, el tiempo corre como el agua entre las manos. Uno no puede ni disfrutar de los finales. A ver mañana, si lo termino de embastar el toque. No tengo ganas de hablar con Barbarita, por lo menos ahora. Digo vamos a darle un poco de respiro, de modo que he salido del ensayo y me he acercado al campo de fútbol, a ver el entrenamiento. Hace frío, debemos estar ahora que ya es noche cerrada a siete u ocho grados bajo cero, tampoco es mucho contando con que se ha parado el aire. Mal asunto. En cuanto se quede dos días así, muy frío y muy quieto, va a caer una en la sierra de pronóstico. Mucho me extrañaría equivocarme si digo que de aquí a dos o tres días vamos a tener tormenta. Los jugadores, eso sí, estaban encogidos. Llevan tanta ropa encima que no me extraña que no jueguen con soltura. El césped, a la hora del entrenamiento, ya estaba helado, el domingo contra el Sporting de Gijón se van a pegar unas leches que les van a saltar chispas del cogote. Estábamos los de siempre, cuatro que nos pasmamos de frío escuchando los pitidos y los pelotazos y vemos que de donde no hay no se puede sacar. El sueño se desvanece. Yo creo que este año bajamos a segunda. La gente para combatir el frío los insulta. ¡Pasmaos!, ¡mueve el culo, Sinforoso!, ¡míralos, pero si están agarrotaos! –¡La madre que os echó al mundo! –se oyó una voz por detrás– ¡En cuanto compre las acciones os voy a poner más tiesos que una vela, que os pensáis que todo el monte es orgasmo!


Capítulo 13 No sé si he hecho bien

1.

No sé si he hecho bien. Iba a echarme un rato pero digo si me acuesto ahora no va a haber dios que me levante para ir al río. El otro día ya perdí la mañana de mala


manera en la Escuela, sólo faltaría que a dos semanas de jubilarme me llamasen la atención. La noche se ha puesto azul y empiezan a piar los pajaricos, mejor me tomo un café con unas madalenas hasta se haga de día. La última vez que empalmé para ir a trabajar yo era todavía mozo, hace lo menos treinta años, al poco de que viniera Barbarita, me acuerdo como si fuera ahora, el azul es el mismo y los pajaricos pían igual. Desempaño los cristales y veo la vega vacía, el puente de Piedra y la Colmena, todo vacío, con una neblina que da la sensación de que esté ocupando la ciudad, como un ejército de frío que tomara las calles antes de que la gente se vaya a trabajar. Luego estas nieblas levantan, en la fuerza del día casi puedes ir por la calle a cuerpo gentil, pero como siga cubierto y caigan cuatro gotas esto se va a poner imposible. De todas formas, hay niebla y está helando pero yo lo noto sereno, no sé si será por no haber dormido o qué, pero yo lo noto el tiempo como quieto, agazapado, como si estuviese a punto de atacar. Si no nos coge la nevada hoy en la sierra nos cogerá mañana. Cuando aquí está así, allí estos amaneceres tranquilos son impresionantes, da la sensación de que el cielo se vaya apretando contra la tierra y esté a punto de reventar. Me gusta esa luz limpia, yo creo que es la luz que más idea da de las distancias, luego el sol engaña. La madrugada es igual, lo mismo que la última vez. Yo he pensado todos estos años que no lo resistiría, que con una noche toledana de estas me tendría que meter una semana malo en la cama. Pero no, oye. Estoy fresco como una rosa, como si me acabara de levantar. Pero entonces fue gorda. Aún me hablaba con Facundo, el guarda de la margen derecha, mira si habrá llovido. Fue para las fiestas, me parece que estoy viendo a Barbarita bailar en la verbena, con un vestido que llevaba verde vaporoso y una flor en el pelo, a punto de dar a luz. Lo mismo.


Entonces éramos jóvenes, aún éramos jóvenes. Barbarita y su marido no conocían a nadie y mi madre me dijo chico llévatelos tú con tu cuadrilla, qué más da. Y nos los llevamos. Vaya que si nos los llevamos. Yo salía entonces al chateo con Maximino el de Pozondón y con Facundo, pero Facundo ya conocía de antes a Vicente el de Barbarita, en el poco tiempo que llevaban viviendo en Teruel ya habían hecho migas. A Facundo y a él les gustaba estirar las juergas. Dios los cría.

2.

Ayer en la masada de Sonia incorporé al toque que estoy ensayando algunas ideas que me propuso Vladimir. En vez de que sea un empezar muy fuerte y luego un ir cayendo los palillos como desperdigados, como son los fuegos artificiales, hacer lo mismo pero con una base constante de tambores por debajo. Sólo las cajas tocan cajas destempladas, y los tambores insisten en un ritmo machacón. Pero es un poco machacón. A Vladimir le gusta el jaleo. –¡Claro, chico, tienes que darle un poco de aire, un poco de misterio, que vayan los tambores como un fondo de mar embravesído, y ensima ese toque tuyo que está tan bueno! Y pueden parar inclusive los tambores y en silensio una caja y luego dos cajas y tres cajas mientras va subiendo la marea. Qué te parese, Balbino. –Bueno, bueno. Vladimir es cubano, grande como una pica y negro como el carbón. Menudo tallo, y qué buen humor que tiene el jodido. Vino a Teruel a un festival de folklore y los llevaron a visitar el Museo de la Trashumancia en Guadalaviar, allí donde conocí yo a


mi amigo sami, y Vladimir se metió en un corral y cuando los del folklore se cansaron de buscarlo se marcharon. Era el corral de Marcelo el de los Royos, que fue muy gracioso porque Marcelo ha sido siempre del Partido Comunista y cuando encontró allí encogido junto al burro a Vladimir no sabía qué hacer. A mí venía a verme al río y me decía chico Balbino, ¿qué hago yo con ese tío? Lo había metido en casa y cada vez que le decía Marcelo o Serafina su mujer que a ver qué iba a ser esto, que hasta cuando iban a durar, Vladimir les hacía una comida que se chupaban los dedos. ¿Y qué les digo yo a los del partido?, me decía Marcelo. Lo más raro es que Vladimir, cuando ya no había moros en la costa, se quedó en la sierra. Él por lo que nos cuenta es de Matanzas, de un pueblo pequeño también. A escape se hizo amigo de todos. Con Marcelo te ríes porque cada vez que estamos en el bar de Agueda en Calomarde y Marcelo lo provoca, que le dice vaya con los comunistas y por ahí, Vladimir le larga un párrafo de algún discurso de Fidel Castro así con ese acento suyo y te mueres de risa. –¡La conducta y lajacsione de respuesta de Cuba frente a la provocasione del imperio serán absolutamente pasífica, pero golpearemo con toda la fuersa de nuestra moral el insulto, y estaremo dispuesto a respondel con toa lajarma y a derramal hasta la última gota de sangre pa rechasá cualquiel agresión bélica del imperio revuelto y brutal que nos amenasa! Y nos echa un discurso y pone caras feas y nos meamos de risa.

3.


A Vladimir cualquiera le habría dado faena aquí en la sierra porque es muy buen chaval, pero él es que es un picaflor. Tú lo que eres es un picaflor, Vladimir, le digo yo. Ayuda a los del albergue de Calomarde, le saca las ovejas a Cristóbal, o a Sonia cuando ella no puede, trabaja a veces en la serrería de Albarracín y otras en el restaurante de Villar del Cobo, que al dueño lo tiene frito porque es muy bueno en la cocina pero cuando se cansa se despide. Claro que lo que el dice: si puedo tenel dose ocupasione al año... Faena no le falta, eso está claro. Pero hombre, es que es como escaparse de un barco y quedarse a vivir en el mar, vamos, digo yo. Marcelo el de los Royos, cuando lo provoca a Vladimir, siempre le dice que todo lo que sabe se lo debe a Fidel Castro. Pero es que es verdad, igual te guisa para una boda que te arregla una cosechadora que te coge cualquier instrumento y se lía a tocar de oído. Vladimir dice que es verdad. El comunismo es una preparasión extraordinaria para ponerla en prástica en otro lugare, dice. Anda jódelo, que lleva albarcas. Y luego es que es listo el jodido. La idea que me dio ayer suena bien. Se pusieron a tocar los bongos él y Sonia y Sebastián al ritmo que marcaba Vladimir y yo ensayaba encima mi toque del desprendimiento. Lo probamos tres o cuatro veces y cuando le cogimos el tranquilo sonaba que daba gusto. Sonia lo grabó en el aparato. Ya verás esta tarde cuando les lleve el disco a los de la Oración del Huerto. Estábamos en la cocina de la masada y retumbaban los muros. Levin, el muchachico de Sonia, se lo pasó en grande. El caso es que Sonia guardaba varios tambores porque hay noches señaladas, esas noches en que se producen carambolas con las estrellas y todos esos fenómenos que dicen los jipis de Tramacastilla, en que se suben a la muela de San Juan unos cuantos amigos y se pasan la noche tocando el tambor. Eso con el buen tiempo, me imagino, porque nos subimos ahora y nos quedamos tiesos como la mojama. A mí ayer me dio


por proponerlo pero digo deja, pero se me quedó aquí dentro el capricho de hacerlo ahora, en el puro invierno, esta sierra es esta sierra en invierno como ahora, no en verano, tan reseca, ni tampoco en primavera. Entonces, como si dijéramos, está demasiado bonita. La sierra que yo conozco sobrecoge, te ampara y te da miedo, te hace sentir grande y se te llena el pecho de alegría, contra más te duele el frío en la cara y más gritas más grande te sientes por dentro, como más ligero. Un día se lo tengo que proponer.

4.

Se ha preparado allí Sonia una vivienda muy acogedora y muy maja. Dice que cuando se hicieron cargo de la masada la vivienda estaba en el primer piso, una cocinilla y un cuartico chiquitico, que era donde dormía el pastor. Pero entre ella que no se le apodera nada, Vladimir que es un manitas y unas cosas y otras, han tirado todos los tabiques de los bajos, los de la cuadra y las gorrineras, que estaban pegados al fogón, y han dejado una cocina muy hermosa para hacer la vida y otras dos habitaciones para ella y el muchacho. Aún les quedaba por lucir una pared y yo le dije no te preocupes que ahora que me jubile me subo una miaja yeso de Albarracín y en dos pelladas te lo dejo de primera. Irina la que trabaja en el Batán, ella y Vladimir quieren a ver si pueden abrir una casa rural, el dueño de la masada les ha dicho que si la restauran por él no hay ningún inconveniente, así que están pensando en arreglar bien toda la parte de arriba, la vivienda del pastor, que está que se cae, y el pajar de al lado, y dedicarlo todo eso a los turistas. Ya le he dicho que con el suelo no haga cuentas que del suelo me encargo yo. Tengo que mirar a ver cómo están las vigas, cambiar la que esté podrida y una tarima de tablones gordos que le voy a poner que no le hará falta ni enrejado ni nada.


Lo pasamos estupendamente. Yo me subí un pernil del pueblo, que aún me decía Vladimir, me decía, ¿y esto es de denominasión? De eso nada, le decía yo. Esta es una puerca de nueve años, templao, ¿o has visto tú el rosa este, que parece un caramelo, en el jamón que te sacan por ahí? Vladimir se lió a guisotear, los moros y cristianos que decía él, unas judías con arroz muy ricas, un pollo ahumado a la criolla, que es un pollo en una vinagreta que lo tuvo ahumándose un buen rato mientras tocábamos el tambor, y luego nos preparó un merenguiamor de postre, un merengue con canela, muy rico. Nos reímos porque Vladimir nos dijo que era un postre afrodisíaco. Yo aún le eché una mirada a Sonia, no lo hubiera oído el muchacho, que estaba con Sebastián jugando al ajedrez, pero Sonia no le dio mucha importancia, y la Irina lo acabó de rematar: ¡Eso, eso, a veg si es vegdá, a veg esos hombges!, dijo. Luego Vladimir nos preparó unos cócteles. Bailaba con la coctelera como si fuese un sonajero que daba gusto verlo, Sebastián lo acompañaba a la guitarra. Yo me tome uno pero digo deja que la estire que luego habrá que llevarlos a todos a sus casas. Sonia tampoco bebió. Sonia miraba al muchacho, que se le iban cerrando los ojos.

5.

Pero luego, pues eso, lo que pasa. Dejamos a Vladimir y a Irina en Calomarde, yo creo que están liados pero tampoco me he atrevido a preguntarles, y al llegar a Teruel, como ya han colgado los pendones y las colchas esas que cuelgan en los balcones y la ciudad está ya medio de fiesta, Sebastián me ha dicho venga, Balbino, una copa y nos vamos, que mañana hay que trabajar.


Una copa y nos vamos. Lo recuerdo como esta luz que nos alumbra, eso es lo que me dijo Vicente la noche aquella, después del baile, cuando Barbarita le cogía del brazo y le decía que no, que se fuesen, que al día siguiente había que trabajar, que Barbarita estaba para salir de cuentas de un momento a otro y no podían volver tarde. Yo también entonces dije que me iba. Pero Facundo dijo una copa y nos vamos, y Vicente, que ya llevaba el morro caliente, pues no le hizo falta más que Facundo lo achuchara un poco. Aquella noche Vicente y Facundo se quedaron en el baile, y yo acompañé hasta casa a Barbarita. Recuerdo que no dijo nada en todo el camino. Llevaba la pobre una sombra encima que no podía con ella. Digo estos mañana se separan. Fue la primera vez que me di cuenta de la avaricia con que bebía Vicente, esa excitación y ese arramblar con todo que da la sensación de que no va a haber fuerza humana que los pare. Me ha dado tiempo a ver unos cuantos alcohólicos en mi vida, los solteros alternamos mucho con perdedores, y en todos veo esa misma excitación que vi entonces en Vicente cuando Facundo, mira pues qué otro, lo invitó a otra copa, una copa y nos vamos, le dijo. Y yo diría que en Sebastián vi anoche la misma excitación y el mismo beber con avaricia. Se cascó la noche entera hablando de Sonia, como no podía ser menos, y de la música y de Madrid y del muerto, Balbino que me tienes que enseñar el muerto, Balbino que me tienes que pasar el cuaderno ese que encontraste con el muerto. Me llevó a los bares de mi época, a sitios como el Hartzembusch o la Frontera, que yo dejé de frecuentar hace muchos años porque me daba la sensación de que iba a ser el más viejo de todos, cuantimás ahora, a pique ya de jubilarme. Pero las cosas no han cambiado tanto. En La Frontera, en una esquina de la barra, estaba Facundo con otros del Club Ciclista Turolense, casi todos de mi quinta, allí revueltos con toda la juventud.


A Barbarita nunca le he dicho que cuando aquella noche la dejé en su casa volví a Teruel y seguí la juerga con su marido y con Facundo. Barbarita sí se acuerda de que al día siguiente sacó a empujones a su marido de la cama para que se fuese a trabajar. Los dos nos acordamos de que ese día Vicente se cortó la mano.


Capítulo 14 Otra copa

1.

No, no sé si he hecho bien. Llevo un resquemor encima y un desasosiego que no me deja estar todo lo a gusto que yo quisiera. Ya ha amanecido. Anoche Sebastián demostró más conocimiento que yo. Estábamos en La Frontera y veo aparecer a los de La Oración del Huerto, ¡chico, Balbino, un santo varón como tú!, me decían para provocarme. Pero yo estaba tan contento con el toque nuevo que he compuesto que entré al trapo, me dejé llevar. ¡Venga, Balbino, otra copa, que no se diga!, y yo allí reculando, que no, que no, pero entonces se mete Sebastián y les cuenta lo del disco. ¿Habéis oído el toque nuevo de Balbino?, les dice, ¡pues lo lleva en el bolsillo! No tenía que haberles dicho nada porque ya sabes cómo son esos muchachos, basta que uno de los viejos de la banda se invente un toque, aunque sea un redoble de nada, para echarse todos encima como si fuese bueno ya sin escucharlo. Y entonces interviene la euforia. Qué mala es la euforia. Cuando te pasan la mano por la espalda se te desata la lengua, el efecto del morapio le hace verse a uno mejor de lo que es y a decir más tonterías de las que debe. Yo creo que si Sebastián no hubiese dicho nada yo no me habría atrevido, ¡de qué!, a sacarlo allí delante de todos. Pero era ya tarde y habían quitado la música y el uno por el otro, que sí, que no, que vamos a escucharla un momento, que no seas así de vergonzoso, Balbino. Total, que la escuchamos.


Y ocurrió una cosa rara. Les gustó más a los viejos que a los jóvenes. ¡Es que es mucha mezcla!, me dijo el Óscar, un zagal que no ha cumplido veinte años. Les meten las tradiciones tan a tornillo que más allá de tocar la palillera les parece todo un pecado. A veces los viejos en los ensayos nos arrancamos a tocar piezas antiguas como Lúa, la primera vez que le metimos un ritmo un poco distinto, y los jóvenes nos miran raro. ¡Es que esa música no es de Semana Santa, no me jodas!, ¡es que eso es lo que tocan las charangas en la Vaquilla! Y claro, explícales tú que los tambores empezaron a sustituir a las charangas mucho después de que incorporásemos nosotros ritmos africanos a los toques de Semana Santa. Qué vas a explicarles. Es tontería. Amén de lo que les dijo anoche Ramón el de la Nevera, que es un toque de exhibición, no para sacar al santo, y que hay que estrenarlo ahora en las fiestas, en el entierro de Isabel, no en el de Cristo. Los dos chavales que ponían peros parece que se quedaron un poco más conformes. Con lo jóvenes que son, vienen a tocar el tambor como si fueran a rezar, y claro, allí lo que hacemos es música, no penitencia.

2.

Pero en general gustó, mentiría si dijese lo contrario, y yo me puse más hueco que los titos. Otra copa. Ramón el carnicero y los demás, Pepón Molina y Lagartijo y Fermín el de Cuevas Labradas, los veteranos de la banda, todos mozos viejos como dice Barbarita, dijeron que aquello se ensayaba en dos patadas, y otra ronda para celebrarlo, Balbino, qué grande eres, Balbino, vas a ver tú qué espectáculo de cajas destempladas con son medio cubano medio siberiano, vas a ver que cóctel serrano.


El que más contagiaba el entusiasmo era Sebastián. Yo lo veía que es de corto recorrido, porque estos fabianes beben a base de bien y seguirles el tranquillo es peligroso. Yo estiraba mi cerveza, los licores me sientan fatal. Lo pienso y digo es que estaba yo anoche como poseído, te regalan los oídos de tal manera que se te llena la cabeza de pájaros, y yo que ya de por sí soy muy desprendido, cuando estoy tan contento me da por ofrecer favores a la gente, como si tuviera que pagar sus buenas palabras, como si no quisiera deber nada, qué se yo. El caso es que la invitación me salió por una friolera, y no sólo eso. Yo, con el corazón en la mano lo digo, le estaba agradecido a Sebastián. Le estoy agradecido en general, por ser como es y por dar señales de que va a portarse bien cuando se quede solo en el río, pero también porque estoy seguro de que con lo vergonzoso que soy yo, que de contino me ahogaría por no abrir la boca, ni me habría lanzado a tocar en casa de Sonia ni mucho menos, ya lo creo, a darles el disco a los de la Oración del Huerto. Para ellos, como para el resto, soy como los topos del río, que se les nota pero no se les ve. Yo no falto a un ensayo desde hace cuarenta y tantos años y aún ha de ser el primero que me tenga que corregir. Y no destaco porque lo haga mejor ni porque lo haga peor, mi caja no despunta pero tampoco se arrastra ni se cuela ni se despista. Me guardan aprecio, nadie me odia, pero me ven que voy siempre a la mía, que no suelo ir a las cenas ni a los viajes. Todos me tratan con mucho afecto pero en el fondo siempre creo que es porque no saben qué decirme. Ayer yo me atreví a darme un poco el pisto y ellos se portaron muy bien conmigo. Saben que soy raro y que siempre ando solo, pero también me oyen tocar y saben que mi vida es así, discreta, medida, fiable. Al hablar también del toque nuevo yo supongo que me agradecían mi forma de tocar. A lo mejor es que aprovecharon para darme un homenaje de despedida.


3.

Sebastián se marchó antes que nosotros. Dijo bueno yo me voy, que mañana toca el despertador. Pero antes, un poco espeso ya de tanta copa, me dio las gracias por ser tan enrollado, como dice él, y a modo de despedida se me acercó y me dijo: –Mañana me tienes que enseñar el guerrillero. Yo estaba contento y a todo decía que sí. Ahí tuve que cortar. En ese momento tuve que decir a los otros hala majos, que yo también me retiro, que mañana tengo que madrugar. Debí acompañar en el lanróver a Sebastián a su casa, aunque Sebastián vive cerca estaba cayendo una paloma que no se veía a dos palmos, igual que acompañé a su casa a Barbarita el día que Vicente se cortó la mano. Pero ni entonces debí volver ni ayer tampoco quedarme con estos mardanos. Lagartijo, que me tiene más confianza porque nos conocemos desde que éramos pequeños, me cogió del cuello y dijo tú qué leches te vas a ir a casa. Nos vamos a tomar la última, y como todos vamos borrachos y tú eres el único que está despejado, lo siento, Balbino, pero nos tienes que llevar. –¡Encima que vamos a hacer horas extras para ensayar el toque! –dijo Ramón el carnicero, que tiene muy mala baba. Conque ya me ves a mí a las cuatro la mañana con un cargamento de solterones en el lanróver, iban detrás sentados en los laterales y en las curvas se caían unos encima de los otros y se amontonaban y se reían y se tiraban pedos. –¡Estaros quietos que como nos pare la Guardia Civil nos meten a todos en el inserso! Cuando los descargué en la puerta Lamples ya se habían apaciguado un poco, ya no decían tantas barbaridades. Lagartijo en cuanto bebe ya no piensa más que en Floris-


leidis, es el amor de su vida, pero sólo cuando va borracho. Nosotros la llamamos Florisleidis pero ella su nombre de guerra es Asia, el verdadero no sé cuál será, igual es ese, porque ya nos conoce a todos desde hace días y hay confianza. Lagartijo nos contó que Florisleidis llevaba lo menos una semana sin acudir al tajo, que su madre está muy delicada que la acaban de operar de la visícula en Zaragoza y la muchacha iba a velarla por las noches. Pero entramos y sí que estaba Florisleidis, detrás de la barra, en traje de faena. Estaba todo vacío. Al entrar, se conoce que del contraste de la helada que estaba cayendo y el calor del Lamples, casi se me va la luz de los ojos, veía los chispazos de la bola de espejos de la pista y me parecía como cuando vas por la plaza del Torico y las chiribitas de purpurina que hay pintadas en el suelo hacen que pierdas casi el equilibrio.

4.

Florisleidis anoche no trabajaba. –Me he cascado en una silla veinte horas. Hasta que no me ha relevado mi hermana esta tarde, que tiene unos ovarios que se los pisa, ahí estaba yo en el hospital, con unos pies como botos. Pero había que venir porque tengo a dos chicas de fiesta y no se puede cerrar así como así, que no está el horno para bollos. Tómate una copa, Lagartijo, y mañana Dios dirá. Florisleidis es de la parte de Calatayud. Debutó con picadores en la carretera de la Roda, que está plagada de locales, Lagartijo cuando llevaba el camión se iba allí de vacaciones como si se fuese a Benidor. En la cuadrilla se ha llegado a comentar si no intervendría Lagartijo en que Florisleidis se quedase con el Lamples, pero esos comentarios son muy delicados porque Lagartijo, con todo lo arguellado que parece, sigue


siendo un pelotari de categoría, y tiene muy mala leche. Pero vamos, comentarse se comenta. El caso es que Lagartijo anoche incluso le echó una media bronca por abrir estando tan cansada. –¡Tú lo que tienes que hacer es beberte un vaso leche y meterte en la cama! –¡Hay que ver, Lagartijo –le decía Fermín el de Cuevas– qué cosas les dices a las putas! Como no había mucha gente Pepón propuso jugarnos a la morra un polvo con Sabina, que es una chica nueva muy espectacular, y ya habían empezado a dar gritos y que si cuatro que si sais cuando Florisleidis bajó la música de golpe y nos mandó callar. Todos nos quedamos expectantes, por si hubiera pasado algo, o viniera la policía o dentro hubiera habido algún problema con alguna chica. –Se acabó la morra, majos, que viene un cochazo. A ver si hago la caja pronto y nos vamos todos a dormir. No tuve ni que girarme para verlo. Con el ruido del portazo tuve bastante. –¡Chico, Balbino, dime con quién andas y te diré lo que pareces! No quería encontrármelo tan pronto. Pero claro, en este Teruel, si no quieres encontrarte con alguien, lo mejor es que no salgas de casa. –¡Ponle una copa a Simón, Florisleidis, me cago en la puta! Venía con otros dos jóvenes con traje, el pelo empastrado y corbatas de cuatro dedos. Traían todos el mismo abrigo. Florisleidis nos dijo que se llaman bárbur, que son ingleses, y que los llevan los pijos.

5.


Ya la otra noche en el entrenamiento, cuando se puso a vocearles a los jugadores de mala manera, que estaban las criaturas jodidas de frío, se me vino Simón adonde estaba yo viendo el entrenamiento y me soltó ya sin más tapujos lo que quería. Y lo que quiere, menos mal que por fin me viene de frente, es que le señale un pozo. Bueno, un pozo no, él lo que quiere es inventarse un manantial y levantar el complejo termolítico ese y una fábrica de agua embotellada, que dice que hoy por hoy es más rentable que una mina de oro. Se lo dije el otro día en el fútbol y se lo volví a repetir anoche. –Bueno, ¿y por qué no llamas a un geólogo, que te hará lo mismo, y pasas los trámites y legalizas el manantial y secas la sierra y haces lo que te dé la gana, pero por lo menos lo haces con la ley en la mano? Los otros dos del traje se quedaron a un lado de la barra y hablaban sin parar, se quitaban la palabra de la boca y no hacían más que viajes al váter. –Mira, Balbino... Tú lo que me estás pidiendo es papeles, trámites. Con papeles y con trámites uno no se hace rico, Balbino. Yo no voy contra la ley. El complejo termolúdico se va a levantar porque eso es una fuente de riqueza que más tontos seremos si la despreciamos. Y van a venir los geólogos y van a empezar a hacer agujeros aquí y allí y lo único que vas a conseguir es que lo destrocen todo y que perdamos tiempo. Yo te voy a pagar lo mismo que voy a pagarle al geólogo, te lo digo sin andrajos. ¡Joder, Balbino, ¿quién se va a ocupar mejor de tú de que todo se haga con respeto a la naturaleza?! Venga, Balbino, piénsatelo mientras hecho un caliqueño. ¡Asia, bonita, dime algo por el micrófono! Florisleidis se secó las manos y salió de la barra. La vi salir y me acordé de la mirada de Facundo cuando Simón lo mandó cargarse el jabalí a las costillas. Me fijé también en Lagartijo, que miraba el vaso y le daba chupadas al cigarro. En cinco minu-


tos ya estaba de regreso, todo sudado. Le dio un trago largo al cubata, hizo unas gárgaras y lo escupió en el suelo. –Bueno, qué me dices. –¿Por qué no le dices a Facundo que te lo enseñe? –Deja en paz a Facundo. ¡Ponnos otra copa, Asia, cariño, haz el favor! Pero Balbino, vamos a ver, ¿a ti no te gustaría que muy cerca del complejo termolúdico hubiera un parque temático con ese yacimiento tan cojonudo que dicen por ahí que has encontrado? –¿Y eso a ti quién te lo ha dicho? –Dime que me señalas el pozo y te lo digo. Florisleidis volvió a la barra. Por detrás del hombro de Simón vi que cuando pasó al lado de Lagartijo le apretó la mano. –No –le dije yo–. Encuéntrame tú en Teruel un trabajo para un violinista y te señalo el pozo que te dé la gana.


CAPÍTULO 15. Copos como boinas

1.

Al final no he calculado bien. Yo me pensaba que hasta allá la mediodía el tiempo se nos mantendría quieto, pero a las nueve la mañana estábamos en las Umbrías de Peñablanca, habíamos dejado el lanróver en la pista que lleva al puente de Tramacastilla, estábamos metidos en la cueva y de buenas a primeras, por el agujero por donde


habíamos entrado, se cuela un copo como una pluma de gallina que cayó en el cráneo del esqueleto, donde les daban los tiros de gracia. Le digo a Sebastián vámonos corriendo de aquí que como nos descuidemos no llegamos al coche. No es mucho trozo andando hasta la pista pero con ese copo tan grande y tan frío que cayó digo aquí en cinco minutos ya no se puede ni circular. Salimos con el palo de gallinero que tengo allí entre unos matojos de cuando entré la última vez, antes de taparlo con cemento, y ya estaba todo cubierto de nieve. Como la cueva está debajo de los pinos no habíamos sentido la violencia de la tormenta, pero al salir afuera vimos la ventisquera y la nevada que se había desatado, los copos así de grandes cayendo al bies con una violencia que te hacían mal en la cara. Aun debajo de los pinos había ya casi un palmo, y en el claro, con la cortina de nieve, no se distinguía el cielo de la tierra. Corrimos por las lomas hasta la cabeza de la pista. Dice Sebastián vamos a ponerle cadenas al lanróver. No le contesté siquiera. Subí al coche y lo arranqué. Aún puede que anduviéramos doscientos metros por la pista, poco más. Al llegar a la Lagunilla el lanróver ya no andaba, la nieve caía helada, el lanróver empezó a culear y luego sencillamente no podía con la nieve. Así que allí lo dejamos, donde las parideras de Ribagorda. Desde ahí no se ve aún el pueblo pero se llega enseguida. Yo no le decía nada, yo iba delante y seguía la pista por debajo de los pinos. La nieve allí dentro llevaba menos violencia pero se acumulaba en lo alto y te caían de las ramas de los pinos unos copos como boinas, casi eran bloques de hielo. Lo peor fue bajar el barranco de Codes hasta la umbría la Cagurria. La ventisca nos azotaba por la espalda, había que frenarse para que no nos tirara rodando hacia delante, y llevar tiento porque la nieve tapaba las piedras y no sabías dónde pisabas, y si te esbarabas tampoco sabías dónde ibas a caer. Arreció tanto que tuve que coger a Sebastián de la mano porque si no no nos veíamos ni nos escuchábamos. Nos intentábamos


mantener derechos en mitad de la nieve, como si estuviéramos ya enterrados por la nieve, y no nos pudiésemos ver.

2.

Mal que bien hemos llegado al pueblo. Íbamos amerados, ni tabardo ni leches, la nieve nos había entrado hasta los calzoncillos. Le digo a Sebastián vamos a secarnos y a cambiarnos de ropa que nos va a entrar un enfriamiento. Digo voy arriba que creo que hay ropa limpia, tú mientras tanto ve prendiendo el fuego. En el corral hay leña. Subí al dormitorio de arriba, a la alcoba de mis padres, al armario de luna donde mi madre guardaba la ropa, que yo todos los veranos aireo y le pongo bolas de alcanfor para que no se la coma la polilla. Allí está el traje con el que se casó mi padre y las camisas que llevábamos mi padre y yo antes de irnos del pueblo. Está la ropa de mi padre de cuando yo tenía la edad de Sebastián. La ropa es buena, pana recia, camisas de hilo, jersés que los hacía mi abuela con la lana de nuestras ovejas. Había también mudas mías que yo voy dejando aquí cuando me vengo a vivir en el verano. A Sebastián le cogí el pantalón que yo llevaba para guardar y una camisa sin cuello de franela. Para mí me cogí el pantalón de pana negro con el que últimamente se salía mi padre al banco azul a echar una charrada con los otros viejos del pueblo. –Toma –le digo–. Ropa de pastor. La casa se caldea enseguida, con esos muros de sillar no se congela, no. Arriba en el pajar se me reventó un grifo pero todo lo demás ha resistido. Ahora es mejor que estemos en casa. Esta nevada va a durar, y si dejo la casa sola no van a resistir las tuberías.


Colgué una veta delante de la chimenea y allí fuimos tendiendo la ropa mojada. Sebastián se sonrió, era la primera vez que se sonreía desde que lo recogí de casa. Tampoco está el horno para bollos. Se sonrió y dijo: –Perdona, Balbino, no te imaginaba con calzoncillos de Calvin Klein. –¿Y eso por qué no? –No sé. Prejuicios. Perdona. Está modoso Sebastián. En principio no tiene motivo ninguno. A mí personalmente no me ha ofendido, él piensa que sí pero a mí no me ha ofendido. A lo mejor el que debía sentirse ofendido es él por haberme yo metido en su casa cuando todas las mañanas lo espero metido en el lanróver. A veces quieres hacer las cosas por mejor y te sale el tiro por la culata. Yo no debía haber subido. El resto no lo quiero ni pensar.

3.

Yo, desde luego, no lo hice adrede, eso como me llamo Balbino. Yo esta mañana, después de no dormir, con la modorra de las copas y el tiempo tal y como estaba, digo deja que vaya a buscar a Sebastián y le digo que hoy no subimos al río, que como subamos igual no podemos bajar, como así ha sido. Ya lo veía venir desde hace días. Este frío tan calmo, este frío tan calmo... He dejado el lanróver en la plaza la Marquesa, Sebastián vive en la plaza del Obispado, así que me acerco, llamo por el telefonillo y en vez de contestarme me abren la puerta. Dijo quién una voz de mujer, alguna de las amigas de Sonia, yo no la reconocí muy bien. Y como me abrieron, entré. Ese fue el fallo. Estamos hartos de verlo en los telediarios. Las pruebas que se consiguen en lugares protegidos por la intimidad no son


válidas en el juzgado, sobre todo si no se trata de ningún crimen. Pero yo he de reconocer que no me lo esperaba. No supe cómo reaccionar. Estaba un poco aturdido de tanto pensar en Simón Pedralba y en lo que le había propuesto. ¿A quién se le ocurre proponer una cosa así? No pases pena, Balbino, pensaba entre mí, no pases pena porque aquí en Teruel dónde va a encontrar una colocación de violinista. Y si la encuentra, da igual, le señalo cualquier sitio y le digo aquí está el pozo, y luego que vaya a reclamar al maestro armero, que se lo cuente a la geóloga esa amiga suya, la que le firma de matute las autorizaciones de los pozos. Quiero decir que estaba tan confundido que ni me percaté. Entré como si en vez de esperarlo en el lanróver hubiera subido todos los días. Subo la escalera, veo que la puerta está medio entornada, entro a una especie de sala de estar que comunica con los dormitorios, me siento en una sillica, a esperar sin hacer ruido para no despertar a nadie, y veo que enfrente de mí baja la manivela de una puerta, se abre de golpe y sale Loúrdes, como si madre la trajo al mundo. –¡Balbino! La muchacha se tapó con las manos como pudo y se volvió a meter corriendo al dormitorio, pero pegó tal chillido que de las otras dos habitaciones en seguida salió gente con los pelos revueltos y cara de dormir. Yo no sabía cómo disculparme. –No es que yo he venido a buscar a Sebastián, que soy su compañero –les decía, y me señalaba el escudo de la Confederación Hidrográfica del Júcar.

4.


Que me quedé sin habla eso está claro. Que Loúrdes casi se muere de vergüenza también. Pero, aparte de eso, todo lo demás estaba más bien confuso. Bueno, por un momento, mira si seré tonto, esperé que Sebastián saliera por otra puerta. Pero no, no. Salió por la misma, subiéndose los calzoncillos, los mismos que cuelgan todavía en la beta que hemos puesto junto al fuego. Yo no dije nada. Ni siquiera le dije que hoy no íbamos al río. Sebastián no podía con la resaca. Sólo vi que se exprimía unos limones y se los bebía crudos. Yo le dije que lo esperaba en el lanróver. Bajaba las escaleras y se me representaba Simón con un violín y Loúrdes desnuda. No la había visto en cueros desde el día que nació. Qué barbaridad. Sebastián se metió al coche, yo arranqué y nos pusimos en camino. No sabía qué decir. Se me ocurrían frases pero todas estaban fuera de lugar, las frases de felicitación por haberse tirado a una tía tan buena y las frases de reproche por haberme ocultado que estaba festejando con una chica que casi es familia mía. Se me juntaban esos dos pensamientos pero luego había otro que me aplastaba la cabeza. ¿Cuántas cosas de las que yo le he contado a Sebastián ya las sabía él por Loúrdes? ¿Y qué pretende entonces con Sonia? ¿Con cuántas barajas juega este muchacho? Bajamos por la calle de San Miguel y por debajo de los arcos fuimos a parar a los Franciscanos, y de allí a la carretera Zaragoza. En todo ese tramo no nos dijimos nada. Sebastián se encendió un cigarro y tosía pero no dijo nada. Ni tampoco luego, hasta llegar al cruce de Albarracín, hasta que nos paramos en el cementerio de los aviones, que quedé ayer con Górriz que me prepararía un par de ruedas pequeñas para montar unas carruchas. He pensado entonces que ya estoy aviando el material para trabajar en la masada de Sonia. Metía las carruchas en el lanróver y pensaba en Sonia. Ojalá


Sebastián se haya liado de verdad con Loúrdes, pensaba. Y al momento volvía a pensar: ¿pero cómo que te has liado con Loúrdes, mamón, si le robaste las oposiciones? Se me apelotonaban todas las preguntas en la cabeza y no me salía ninguna palabra. Él iba callado como un puta. Como si no hubiera pasado nada, como si Loúrdes no hubiera gritado ni hubiesen salidos los otros de sus habitaciones, callado y acurrucado en su asiento, fumando un ducados detrás de otro, quitando el vaho de la ventanilla con los guantes, sin decir ni pío.

5.

Aún estaba el día sereno. Sebastián porque no se enteraba de nada, pero cualquiera habría notado que la tormenta estaba al caer. El aire está tan quieto que cruje, las pisadas suenan más y al hablar se oye mejor, el cielo se pone todo gris morado como un algodón sucio con el que estuvieran envolviendo el campo. Sebastián se preocupaba solo de las aspirinas. Vi cómo estaba el día y dije yo entre mí lo siento, galán, pero te la he metido doblada. Si hoy podemos bajar a Teruel, es que ya no sé nada del tiempo. En resolución, que de perdidos al río. Me subí directo al pueblo y luego seguí por la pista hasta las parideras de Ribagorda. Dejamos el coche y digo ven, y yo entonces lo noté asustado. Desde entonces está asustado, bueno, desde que me vio en su casa. No ha dicho nada pero no creo que fuese por la resaca sino porque me tiene miedo. ¿Qué le habrá dicho Loúrdes de mí?, ¿por qué me tiene miedo? Cuando hemos llegado a la cueva he movido la piedra y con cuatro golpes de escoplo ha saltado la tapa de cemento que le puse. Meto la escala y digo baja. –No, tú primero.


Yo no sabía si lo estaba haciendo por educación o porque no se fiaba de mí. Tengo el gesto serio. Siempre tengo el gesto serio, esta mañana no más que otros días. Yo soy serio. Bajé el primero y luego bajó él. Le daban arcadas del aire rancio y de ver el esqueleto hecho un ovillo en el suelo, la luz que entraba por el agujero le daba de lleno, se veía con ese tono azul de la tormenta. Le daban arcadas pero allí se mantuvo firme, como si hubiera que guardar un respeto, un minuto de silencio, lo que dura un padrenuestro. –Así se escribe la historia –dije yo, por decir algo. –Lo siento, Balbino. –No hijo no, este ya se murió hace mucho tiempo. –Sé que no te lo esperabas. –Pues no, no me lo esperaba. Pero eso da igual. –Es una historia más complicada de lo que tú te crees, Balbino. Sólo te pido que no saques conclusiones antes de tiempo. –Una vez vine aquí en invierno y me acurruqué como está él –le dije–. Me estuve lo menos un par de horas como está él. Cerraba los ojos y me imaginaba el momento en que ya estaba perdiendo el sentido. Intentaba oír la muerte junto a él. Un copo como una pluma entró por el agujero. Entonces dije vámonos de aquí.


Capítulo 16 No ponerse nervioso

1.

El caballo aguanta bien. Yo padecía porque digo igual se hunde con el peso de la nieve el tejadillo que le puse nuevo estos tiempos atrás. Pero nada, ningún problema, y eso que me empeñé en echarlo con cañizo untado de barro en vez de bovedillas y con las tejas que saqué de la paridera vieja. El caballo está estupendamente porque además nada más llegar prendí unas brozas en la gloria, que ya tenía ganas de probarla porque


tiré una tubería por debajo de la cuadra para casos de mucho frío este verano y digo a ver qué tal funciona. Y en la casa igual. Arriba en los dormitorios va a haber que subir una estufa para caldear un poco aquello. Aquí abajo, entre la gloria y el hogar ya casi es muchazo calor y todo. Sebastián lo vi al principio algo intranquilo pero ya está escoscándose una siesta de campeonato en el tresillo, y eso que aún no es ni mediodía. Yo me he venido a la cocina. Le eché un tarugo a la económica y ahora se está aquí divinamente. La tormenta no afloja. Ahora ya es que cae a mansalva, no tan recio como esta mañana porque se ha parado la ventisca, pero desde la ventana del cuarto estar que da a la calle no se ve ni la pared de enfrente, la de Amadeo el Capador, que no sé si estarán en el pueblo o se habrán quedado en Teruel con la hija. Desde la cocina no porque desde aquí se ve sólo el corral y allá al fondo, como estamos a la salida del pueblo, un poco se entrevé la ermita de San Roque, pero el pico del Navazo ya nada, está todo que parece que nos estuvieran desmotando los colchones del santoral en pleno, vaya. Esto va a durar, de momento sólo está nevando. Luego se tiene que helar. La última vez que vi nevar así estuvimos incomunicados quince días. Ahora enseguida pasan las máquinas y echan sal y eso, pero tal y como está cayendo, hasta que no diga que para un poco las máquinas aquí no van a subir, eso por descontado. Lo menos tres o cuatro días sí que nos cascamos aquí metidos a este paso. Como este muchacho se despierte con el mismo miedo con el que se acostó, me parece a mí que se le va a hacer larga la nevada. Y el caso es que yo sigo sin saber por qué. Porque bueno, de acuerdo, vi sin querer a Sebastián y a Lourdes saliendo de la misma cama, pero eso a mí no tiene por qué importarme, y menos ahora, con esta nieve que da gloria. Yo que llevaba idea de quedarnos en Teruel... Va a haber que darle las gracias y todo al pichabrava este. Me voy arriba a las habitaciones a montar la estufa.


2.

Alguien ha estado revolviendo en el pajar. He subido a por la estufa y las cosas no estaban en su sitio. Yo dejé la cartera en la jácena esa que hay debajo justo de donde está el bote de melocotones y ahora estaba al lado de las cajas donde guardo muestras de coral de Javaloyas. Faltar no echo a faltar nada. Está en la cartera todo lo que le llevé al catedrático y la libreta con las localizaciones escritas. No sé. Igual es que la dejé yo allí en vez de dejarla en la jácena, pero yo siempre tengo la manía de dejar las cosas en su sitio, sobre todo si son fósiles, y mucho más tratándose de las localizaciones. A lo mejor es que estoy un poco aprensivo. Sebastián no ha subido. Llegó aquí muerto de frío y modorro perdido, y antes de subirme yo al pajar ya estaba roque. No. Imposible. Yo he pasado un rato cepillando al caballo pero él no se ha meneado de aquí. Vamos a dejarlo estar. Pero es que, conforme lo voy pensando, una cosa es que a mí no me importe la vida privada de nadie y otra muy distinta esa habilidad para ocultar las cosas. ¡Joder!, yo le hablo de Loúrdes a diario como aquel que dice, yo voy poco a poco chino chano intentando sacarle algo de las oposiciones, de a ver cómo coño las aprobó. Ya le dije el otro día que Loúrdes también se había presentado, y que ella dice que lo hizo perfecto, pero cada vez que lo saco a la conversación el tío se me va por peteneras. Jamás ha llegado a decirme: pues mira, sí, no, esto es lo que hay. Me metieron a dedo, me pasaron las preguntas. Hay que joderse, ¿a cuántos les han pasado entonces las preguntas? Pero ahora... ¡Pero si se tenían que odiar!, ¡pero si Barbarita está teniendo unos disgustos tremendos porque precisamente dice que la chica que le ha en-


trado la depresión, precisamente por esto! ¿Cómo se va a acostar con el que le ha quitado la plaza?, ¿cómo te vas a tirar al que te quita el pan? Lo que pasa es que no sé si debo o no debo preguntar. Yo estas cosas... A mí lo que me preocupa es la cartera, que no estaba en su sitio, o que yo no la dejé en su sitio, no lo sé. Miro la nieve y no quito los ojos de la nevada porque fuera de aquí nada está claro. Es como si todo estuviera confundido como la nieve del suelo con la de los tejados y con los copos que siguen cayendo con esa parsimonia. Todo fuera es frío, todo está mojado, todo es borroso y todo está revuelto. Sólo aquí, ahora que ya ha prendido bien el tarugo de carrasca, sólo aquí con este olor de la carrasca quemada y del suelo que mi madre cristalizaba con jabón de casa y al calor de la gloria me vienen los mismos olores de hace muchos años, casi desde la última vez que vi nevar así.

3.

Esto sí que tiene gracia. Se despierta el señorito por fin a las cinco la tarde, las cinco largas que ya casi es de noche, eso desde las once la mañana que hemos entrado en casa. Se despierta, se estiraza, se rasca, se huele, me mira y me dice: –¿Y esta ropa? –Qué pasa, ¿huele mal? –No, no. Es el alcanfor, que así de pronto... Va vestido con la ropa que yo usaba para trabajar hace treinta o cuarenta años, la ropa basta que sólo la llevaba para ir al río y estar en casa. A mí los pantalones de pana


del abuelo me calzan como de molde. Hasta que no se ha levantado del tresillo y ha ido a mirar por la ventana yo creo que no se ha terminado de despabilar. –¡Hostia! ¡Cómo está cayendo! ¡Pero si por lo menos hay un metro! De aquí hoy no salimos, ¿verdad? –Hoy mismo, hoy mismo, no creo que salgamos, esa es la verdad. Miraba la nieve y decía qué fuerte, decía yo esto no lo había visto en mi vida, decía ¿y nos vamos a quedar incomunicados?, y yo casi creo que lo decía hasta con ilusión y todo, fíjate lo que te digo. Le digo quieres comer algo y me dice bueno, digo ahí en la cocina tienes huevos que los he cogido esta mañana y conserva en un bote. Se ha puesto morado. Nos hemos comido un par de huevos cada uno y unos trocicos de conserva, yo a mí con una longaniza ya me sobra material, así a mitad tarde, pero el zángano este la ha emprendido con el lomo y con los chorizos que me ha dejado el bote temblando. De miedo nada. Este lo que le pasaba esta mañana era que llevaba una torrija que no se tenía, yo creo que se ha levantado todavía borracho. Cuando estábamos en la cueva, que ha dicho lo siento y todo eso, a lo mejor aún veía doble. Porque cuando ha dormido como un lirón y se ha cascado la merienda cena que se ha cascado, estaba el tío la mar de contento. Volvía al tema como se lo contaría a un amigote. –Qué fuerte, Balbino, qué grito que ha pegado Lurdes. Qué amanecer tan raro. Esta ciudad es que es la hostia. Ligo anoche con una tía y esta mañana resulta que es Lurdes.

4.

–¿No te dijo cómo se llamaba?


–Sí, pero, joder, no sé, digo yo que habrá más de una Lurdes en Teruel. ¡También iba a ser coincidencia! –¿Y no le dijiste que trabajabas en el río? –No. Qué va. Yo cuando me pongo zorro, si encima puedo ligar, sólo digo que soy músico. –¿Y a Loúrdes tampoco le extrañó que tú te llamases Sebastián? –No... Si fue, si es que es alucinante, Balbino. Desde que he llegado a Teruel me pasan unas cosas que yo es que lo flipo. Anoche mismo, o sea, fue salir de allí donde estábamos con tus colegas y nada más salir hacía tanto frío que me metí en otro bar que hay justo debajo, a ver si tenían café, porque yo ya me iba a casa, pero había allí un grupo de gente y empezamos a hablar y tal pascual y tío, no sé, nos caímos de puta madre, ella no me dijo nada de que se hubiese presentado también a las oposiciones. Ella me habló de que trabajaba en una especie de, no me acuerdo ahora, un balneario, vaya, pero con un nombre raro. Y como era así muy ecologista y, joder, Balbino, tú nunca me habías dicho lo buena que estaba. Pues así hablando del ecologismo y unas cosas y otras, pues en fin, y de pronto, esta mañana, recién follados además, porque estábamos recién follados, el chillido de Lurdes, ¡Balbino! Ha sido muy fuerte. Joder, siento la coincidencia, pero es una tía de puta madre, esa es la verdad. Si llego a saber que se presentó también a las oposiciones... Mejor no haberlo sabido, ¿no te parece? Las ganas de comer no las había perdido, no. Digo no sé si va a haber bastante con los jamones del pajar, como dure la tormenta muchos días. –¿Y Loúrdes que decía? –¿Anoche? –No. Esta mañana. Cuando me ha visto aparecer allí.


–Joder, Balbino, pues imagínate. Se ha puesto... Figúrate, ligas con un tío y en cuando estás en la cama con él se te aparece tu padre. –Yo no soy su padre. –Bueno, sí, ya, pero vamos, esta mañana, ella, vamos, dice no es un padre pero es el mejor amigo de mi madre, y siempre se ha portado conmigo como un padre. O sea que no eres su padre pero si hubiera sido el butanero no habría pegado semejante grito, Balbino, eso es a lo que me refiero.

5.

No ha dejado de nevar en toda la tarde. Cae más mansa que esta mañana pero ya llega la nieve por las ventanas bajas. Te asomas a la ventana y por el rodal amarillo del farol todavía ves que está cayendo nieve. Sebastián le ha cogido el gusto a quemar troncos, me va a dejar vacía la leñera. A ratos lee y a ratos mira el fuego. Todo menos engancharse. Menos trabajar e ir a escuela, mande usted lo que quiera. He terminado de arreglar la estufa, ya están caldeadas las habitaciones. Aún he ido antes de que se hiciera de noche a traer un par de alpacas de paja para el caballo y le he dado de comer. Como he podido, a saltos casi por la nieve, me he acercado a casa del tío Sangrador, el abuelo de Simón Pedralba, a ver qué tal estaban los dos viejecicos y aún hemos echado una charrada. Sebastián, nada. Al fuego, al libro. Yo creo que miente. Loúrdes no habla así. Loúrdes jamás diría eso de mí, que soy como un padre, qué tontada. Loúrdes tiene una lengua como una dalla y cuando me ha visto aparecer allí habrá soltado por esa boca lo que no está escrito. Es muy nerviosa, en eso es como su madre, y cuando se acaloran se ponen nerviosas y se enfadan y dicen


todo lo que no deben decir. ¿Qué le diría Loúrdes de mí? Sebastián miente. Loúrdes tampoco es de las que conocen a un tío una noche y se lo llevan a la cama. Bueno, su madre dice que Loúrdes no es así, pero eso es lo que dice su madre. Admitamos que no se conocían de antes. ¿Pero cómo vamos a admitir semejante cosa? De eso nada: se conocían de antes. Se conocían pero Loúrdes en ese rato que yo me he bajado al lanróver a esperarlo le ha dicho lo que me tenía que decir. Le habrá dicho tú síguele la valla, tú como si me acabases de conocer, tú no te impliques en nada y no hables mucho, sobre todo no hables mucho. Seguro que le ha dicho este Balbino si le hablas de truchas ya está contento, tú háblale del río y del caballo y seguro que enseguida se le olvida, pero sobre todo no le lleves la contraria. Eso es lo que le habrá dicho, no le lleves la contraria y déjalo estar que Balbino es medio tonto. Seguro que le ha dicho eso, le ha dicho no le lleves la contraria no sea que se le vayan a cruzar los cables, seguro. Ahora que, si se piensan que yo me voy a afligir porque me mientan o porque me tengan miedo, van dados, ya lo creo que van dados. Yo nada, yo como si nada. La nevada va a ser larga, más vale no ponerse nervioso.


Capítulo 17 Pregúntale a Sonia

1.

Sebastián no había oído cantar un gallo en su vida. Está descubriendo el campo como los hijos de los veraneantes cuando vienen a lo primero. Y está eufórico, qué mala es la euforia. Estaba echando yo un tronco al fuego para que se templase un poco la casa, porque el tocón que puse anoche abajo ha durado hasta las cinco la mañana. Arriba en las habitaciones, cada vez que me levantaba al váter metía un tarugo en la estufa, digo deja que caldee un poco esto, si no se me va a helar este muchacho. Así que estaba yo encendiendo abajo en la cocina y lo veo que baja fresco como una rosa, encantado de la vida, una cosa seria, como si en vez de despertarse en un pueblo de la sierra, con una nevada de miedo y a quince grados bajo cero, hubiese amanecido en un balneario termopúdico de esos. Me dice buenos días así con muchos esparajismos, que para dar los buenos días tampoco hace falta tanto, y me dice que se alegra de que estemos en el pueblo. –Qué noche, Balbino. Qué sensación. Era como las cámaras de silencio, que te metes y solo se oyen los latidos del corazón. Pues esto igual. Era como si al silencio de la noche se sumara el silencio de la nieve, al principio era inquietante. Y luego el gallo,


y de pronto el gallo. Ha sido fantástico escuchar de pronto cómo rompía el gallo el velo de la noche. ¡Qué sensación de haber vuelto a este mundo! Un poco estupendo sí que se ha puesto. Digo este está muy confiado. Este ha pasado la noche, se le ha ido la resaca, y como todo está blanco da la sensación de que la memoria también estuviese blanca. Me ve freír los huevos y las longanizas para el desayuno y debe de pensar esto ha colado, debe decir Loúrdes tenía razón, a este Balbino le sigues la valla y es un pedazo de pan. Este Balbino se lo traga todo, eso debe de estar pensando, como si lo viera. Sé cómo piensa que soy, y en el fondo darle la razón es cosa de elegir los movimientos. Con esta ropa del abuelo me salen sus mismos movimientos, me agacho igual que se agachaba el abuelo a echar los troncos en la estufa y quito igual la ceniza del cigarro con la uña y cojo el vaso con toda la mano, a veces incluso se me va la mano para echarme la boina hacia detrás, como hacía él. Como no llevo boina, cuando ya he levantado la mano me rasco para disimular.

2.

No se da cuenta Sebastián pero me habla como si yo fuese mi padre, igual que yo lo veo a él así vestido y me hablo un poco a mí mismo cuando era joven. Lo veía ayer con semejante resaca y me daba aprensión porque me acordaba de la última vez que yo tuve una resaca con mayúsculas, una de esas que dices esto no se va a volver a repetir. Barbarita pudo ver entonces en mí lo que yo veo en Sebastián así vestido. Bueno, yo no llevaba lentes. Su marido vestía como un macarra valenciano y ella iba con una camisica que le dejaba la tripa al aire. Yo era más tradicional. Vicente me veía venir


vestido como va vestido Sebastián y se reía, ahora Sebastián comprende que para estos fríos y para esta casa es la mejor ropa que te puedes poner. Mira si no, que se ha secado ya la ropa que traíamos y Sebastián ha dicho que se volvía a poner la que yo le dejé ayer, dice es que me siento más cómodo. Estábamos sentados en la cocina, tomando el café, y me ofrece un cigarro y me empieza a decir esas cosas que él dice: –Esto es más o menos lo que yo he venido a buscar. A veces nos da miedo pero yo creo que el silencio no se come a nadie. Hay medios de transporte, hay teléfonos, y esta profundidad del blanco sobre el blanco, esta necesidad del hogar. Por lo menos un invierno entero aquí metido necesitaría yo para quitarme del cerebro todas las toxinas. –Bueno, las quitanieves aún no han llegado hasta aquí, y tampoco hay cobertura –le dije yo. –¡Mejor! Llevo décadas esclavo del puto teléfono y del puto coche. Creo que es la primera vez que pasan veinticuatro horas sin que suene un teléfono. Vivo entre pitidos: el móvil, el despertador, el de que no te has puesto el cinturón de seguridad, el del cajero automático, el de la tienda cuando salta y te toman por un delincuente, el de las excavadoras cuando echan marcha atrás, el del ascensor del parquin, el de la máquina de fichar, el del semáforo para ciegos. ¡En mi mundo de pitidos, Balbino, el canto de un gallo es como una sonata de Mozart! –Esto luego se hace muy largo. –¡A mí la vida no se me hace muy larga! –me dice, como si estuviera pensando un verso. Miraba por la ventana y se le iluminaban los ojos. Yo pensé que, recién comido y con ese ataque de amor al campo, era el momento oportuno para dar un paso más, casi sin que se diese cuenta.


3.

Se vino conmigo a echarles a los animales. En la cuadra se estaba mejor que en casa. Digo no sé si será el único percherón que hay en la sierra, pero desde luego que es el único con calefacción central. Ya puede caer nieve en el tejado, que con las brozas que le he metido a la gloria van a pasar los animalicos hasta calor y todo. Le he ido enseñando las gallinas y los conejos y el gallo ese que lo ha puesto tan contento. Cuando salíamos al corral a por paja o a tirar la gallinaza al estercolero, Sebastián no dejaba de jurar. Se frotaba las manos y las orejas y corría encogido a todos lados. Ha parado de nevar, pero todo se está helando porque no ha salido el sol. Si sigue así, esta tarde ya podrá pisarse la nieve, ya estará dura. A la gente le hace mucha ilusión subirse al palo del gallinero y coger un huevo recién puesto. La gente se siente mejor persona cuando coge un huevo de la paja que aún está caliente. Son como los niños. Le enseñé el corral a Sebastián como se lo enseñaría a Levin, el hijo de Sonia. Sebastián dijo no sé qué sobre el humo que salía del estiércol, habló del color del humo y de la niebla, no sé qué dijo. Y luego me pregunta: –¿No tienes palomas? –Ahora no. Ahora tengo el palomar vacío. Al mes que viene cuando me jubile iremos repoblando el arca de Noé. Sí tengo palomas pero para subir hay que pasar por el pajar, y no me da la gana. Ahora estarán todas allí escondidicas, capeando el temporal como puedan. Siempre después de estos fríos hay que sacar unos cuantos pichones que se quedan tiesos. Sebastián se volvió hacia el caballo, está obsesionado con el caballo, no deja de piropearlo. –¿Y por qué un percherón?


–Este es un caballo formidable. No se le atasca nada. Mete tú a un mulo ahora mismo en la nieve y verás de qué pie cojea, y te digo un macho porque son los que resisten, pero pon uno de esos caballos de paseo que hay en el zoo de Tramacastilla, ponlos aquí y verás que andan menos que el lanróver. Este es animal de músculo, y sabe andar en la nieve, que de todo hay que saber en esta vida. Sebastián a veces me mira fijamente y se pone muy serio: –Tú eres feliz, ¿verdad? –me dice, y luego lo intentó apañar:– Quiero decir que tú eres un tipo sin frustraciones. No tienes ataduras. Eres libre y feliz como una perdiz. A eso me refiero.

4.

A estas almas de turista les apasiona el huevo en la mano y olor de los corrales, y cogen las cosas en la mano como si fuesen las cosas pajaricos. Las tratan con amor, como si además de viejas estuviesen hechas polvo, o llevasen dentro un recuerdo. Los turistas son muy supersticiosos. Si les das un pedazo de madera que ellos ven en él lo que se piensan que es la cultura popular y todo ese rollo, se les parte el corazón. Así que, después del baño de gallinaza, que esto es también como los balnearios, he puesto una sonrisa así como de que iba a enseñarle un secreto. Esa sonrisa que se pone cuando aún no te decides a contar algo a alguien pero ya lo has decidido porque lo deseas. Esa sonrisa me sale muy bien. Barbarita cuando le pongo esa sonrisa me dice no me mires así que me siento culpable. Barbarita tiene unas salidas que para qué te quiero contar, pero es verdad, pones esa sonrisa de ilusión sencilla y el turista se siente mejor


persona. Así que le digo vamos adentro que te voy a enseñar una cosa, tú que entiendes, a ver qué te parece. Como íbamos así vestidos daban ganas de ver fotos antiguas, así que le saqué la lata de las fotografías, para que fuese picando, y me subí al pajar un momento a por las figuricas de sabina. Todo lo que es la artesanía popular ablanda mucho las entretelas. Mi padre te sacaba con el formón en cuatro viajes unas esculturas preciosas. Cogía un taco de madera y le salían las figuras bastas pero con una expresión en la cara que parece que sean retratos de personas vivas. Un golpe de formón en los ojillos, cuatro cepilladas en la cara, dos rayas de gubia y allí está la tía Leocadia en la mesa camilla cosiendo y el abuelo Tomás bebiendo la sopa y los zagalicos sentados en un bordillo y el cura gordo y chepudo que toma la comunión. Sebastián los cogió como si fuesen de cristal. –Balbino, eres una caja de sorpresas. Esto es magnífico. ¿Son tuyos? Yo, como iba vestido con las ropas de mi padre, le dije que sí. Los turistas enseguida ven el arte popular y encuentran salidas en el mercado. –¡Que el invierno es muy largo! –le dije yo, así como una sentencia de abuelo, más incluso como hablan los abuelos, como esos pastores viejos que hablan siempre ya como si se diesen voces en la cañada. –Y no utilizas más que un formón. –Esto es de pocos medios. Aquí no hacemos cirugía. Esto es como sale. El golpe del formón es uno y la cara sale con el golpe. Aquí de retocar nada, aquí se te va la mano y tienes que tirar la pieza o hacerla de alguien más fino. Los que no somos artistas utilizamos pocas herramientas.


5.

Le regalé la figura de la pastorcica que toca la flauta y al dársela volví a poner esa sonrisa de ilusión un poco lela. Él casi me da un abrazo. Todavía no estoy del todo seguro de que no haya sido él el que movió de sitio la cartera en el pajar, me acuerdo cada vez que se pone melancólico y habla de la nieve y las montañas. Hubo una ocasión que abrió los labios y los volvió a plegar, como si estuviese a punto de hablar pero en el último momento reblase, como dicen los valencianos, Barbarita lo dice mucho. Yo tenía mucha faena, la casa cuando vives está viva, me gusta estar aquí porque nunca se acaba. Pero con tanto hablar del arte popular y la emoción de la nieve y así me pasé la mañana junto al fuego, echando leños uno detrás de otro. –No sé qué tal andaremos de leña –dije yo; mentira porque atrás la paridera la tengo llena que no le cabe un palo más, pero dije:– no sé si no habrá que echar un viaje. –¿Con este tiempo? –Uy, galán, pregúntale a Sonia –le dije–, que llevo toda noche padeciendo de pensar en ella. Sebastián puso cara de no haber caído. –¿No te diste cuenta de dónde tiene la masada o qué? –Pues no... –Aquello es un nevero. Las parideras mucho me extrañaría que no estén enrunadas del todo, y la vivienda no lo sé. ¡No sé si no habrán tenido que subirse al piso de arriba porque se los coma la nieve! Y de leña no sé tampoco cómo andarán. Ahora que esta chica es de Siberia, claro, se supone que sabrá lo que tiene que hacer. –Se habrá ido a Frías.


–No lo creo. Decimos Frías porque la paridera de las Cañadillas y la Cruz de los Caminos y todo eso está en el término municipal de Frías, pero está igual de lejos de Frías que de aquí de nosotros, unos ocho o diez kilómetros. La cosa es que tengan leña. A los domingueros de espíritu también les gusta la aventura, los buenos sentimientos y la aventura. Mientras yo echo de comer a los conejos ellos se meten en la mollera toneladas de aventuras y de buenos sentimientos. Son como muchachicos cuando los llevas al parque. Pero la naturaleza no es un parque temático, eso ellos no lo saben. Así que Sebastián abrió su alma de turista y su olfato de perro y habló: –Podíamos ir a ver cómo está. –¡Si traes tú el coche! De pronto me miró a los ojos, como si hubiera descubierto algo, los abría mucho y me miraba, no le faltaba más que dar palmas. Las atracciones del parque no se agotan. –¡Podemos ir con el caballo! –¿Tú crees? –le dije, y aun me hice de rogar un poco, antes de decirle que sí.


Capítulo 18 Los toros en invierno

1.

En invierno no sucede nada, la tierra se detiene. Tan sólo las nevadas que se hielan encima de las copas de los pinos y de las nogueras viejas que cruzan el río pueden alterar las aguas. Puede tronzarse una rama de chopo y taponar algún regato, puede haber pedruscos desgajados por las cuñas de hielo que provoquen alguna retención, pero siempre quedan los meses lentos, y hasta la primavera todos esos pequeños temblores del invierno no harán crecer el río ni embalsarán tampoco los bancales. Facundo, el guarda de la orilla izquierda, va al trabajo sólo si el camino no está helado, pero a mí me gusta subir más lejos, empezar cada mañana por la parte alta de la cabecera, y recorrer todas las fuentes que manan entre los pueblos de Guadalaviar, Griegos y Villar del Cobo, todas las aguas que discurren por las gargantas de la sierra de la Solana, por las estrechuras de las Hoces del Villar y las buitreras del Puntal del Norte, que se desatan en el Salto de Pedro Gil y se amansan en el Molino del Barranco Hondo y riegan las huertas de Tramacastilla. Yo no me levanto tan temprano para que el día me nazca en el camino sino en el tajo. De Teruel a Griegos, en invierno crudo, es una hora larga de camino hasta Tramacastilla y luego coges una carretera descarnada que las curvas pasan todas por la umbría. Cuando el pavimento está muy peligroso yo hago ese camino a pie, y cuando estoy se-


guro de que ningún coche podrá pasar por aquellos caminos mientras no cedan las heladas, saco el caballo. Quiero decir que hubiera sacado de todas formas el caballo. No cambio ningún placer por andar con él por estos caminachos, pisar la nieve dura y marchar hasta la vega del Tajo, hasta el pico de las tres provincias que lo llaman, y ver los toros desperdigados por la dehesa, las dos ganaderías bravas que aún quedan allá arriba. Son toros de pelo duro, más escurridos, degollados, más hechos al frío. Voy en el caballo y los miro caminar entre la nieve y se me representan los toros de las cuevas. Yo conozco al ganadero y está esforzándose el hombre a ver si lo admiten en la Unión de Criadores. Le dicen que sus toros son un poco raros. Él les dice que no, que los raros son los otros, que estos son los toros que ha habido toda la vida de Dios. Así que los lidia por los pueblos o los deja estar que se hagan viejos en el monte. Con todo pasa lo mismo. Las costumbres de toda la vida ya no son las que nosotros nos creíamos, y los toros tampoco.

2.

A Sebastián no le falta detalle. Se ha empeñado en ir con el tabardo viejo, con los guantes de pelo y el gorro de piel de conejo que llevaba yo cuando iba a guardar las ovejas, en aquellos tiempos. No sé qué se piensa que es el monte. Supongo que me miente con tan poco disimulo igual que él necesita muy poco para convencerse de algo. El caso es que ve la nieve y se emociona. Antes de que pasásemos la fuente de los Novios empezaron a caer los primeros copos de nieve. El camino no es difícil mientras bordea el río por la Umbría de la Cagurria. El caballo movía poderoso los ancones, hay que verlo cómo encalla los cascos en el


barro, cómo tensa los tendones, cómo cabecea. Las ramas de los árboles cribaban terrones de nieve pero el día estaba sereno. Sin embargo, cuando dejamos la pinada para tomar a mano izquierda la cuesta de Codes, la tormenta se vino arriba. El caballo ya no pisaba tierra por debajo de la nieve, sino el hielo de la nevada de ayer, de modo que unas veces hundía un casco y se tenía que parar para sacarlo, y otras veces se esbaraba pero el peso de su cuerpo le ayudaba a mantener el equilibrio. Cada vez que se paraba quieto, arrancar de nuevo le exigía con tanta nieve un esfuerzo al animalico que a Sebastián daba la impresión de que lo emocionaba y todo. Incluso quería gritar como gritan los vaqueros, y no le salía. Cuando el cielo se junta con la tierra no hay rastro que valga del camino y un mal paso puede hacer que el caballo resbale de verdad y se ensobine. Llevábamos dos horas largas de camino y empecé a pensar que podíamos haber ido por la carretera hasta Villar del Cobo, que por lo menos viene señalada por las copas de los pinos. De pronto pensé que continuar era insensato. El caballo estaba nervioso, es la primera vez que lo oigo relinchar de un modo que me estremece como si lo hubiera entendido. Yo veía en esas crines escarchadas algo como de resignación, como si el caballo no tuviera más remedio que entregarse, como si se hubiera puesto en manos de su amo y creyese que cada vez que lo arreo él me lleva más lejos del peligro. A las tres de la tarde se echó otra vez a nevar. El viaje, además de peligroso, era inútil. No quedaba lejos la Hoya de las Sacas, donde por lo menos nos podríamos perder sin riesgo de caernos por el barranco. Le dije a Sebastián que más arriba la cuesta de Codes es aún más empinada, que la lluvia pule las piedras y no sólo puede uno escurrirse con el hielo. Es demasiado, le dije, y dejé de animar al caballo cuando empezó a pisar como si estuviera herido. Pero el animal siguió por el camino.


3.

Seguimos la vereda por el barranco de los Ocenachos y al llegar al cerro Búcar ya cogimos una pista hasta Villar del Cobo. Desde allí cara las hoces del Villar seguimos otra vez la senda de la carretera. La nieve seguía dura, y aunque arreciaba la tormenta el ir tan bajos junto al río hacía que no se acumularan los neveros por las trochas. Después de pasar la fábrica en ruinas, a mano derecha, hay un barranco estrecho y unos cien metros más allá sale una pista que va al collado del Molinero y empalma luego con otra más apañada que lleva a la masada de Sonia. Ese sitio sin camino, pero que yo conozco muy bien, es el barranco de los Venenos, donde encontré aquel hueso prehistórico, donde empecé a encontrar restos y más restos y acabé tapándolos para que los buitres de la Escuela no se lo comiesen todo. Sebastián aguantaba bien, tampoco es mucho trozo para deslomarse por más que haya que ir pisando la nieve, que eso es verdad que te deja reventado. Yo llevaba al caballo entre los árboles, para que pisase siempre firme, y Sebastián saltaba por las piedras del regato. Pasábamos junto a las marcas que yo tengo puestas en sitios concretos y Sebastián gritaba eufórico, hablaba del cielo y los cortados y repetía lo de la inmensidad del invierno. Seguía nevando pero en la garganta no pegaba el aire y se podía soportar. Pensé que había llegado el momento más oportuno, así que paré el caballo y le eché una voz a Sebastián. –¡Eh, tú, ven aquí, anda, haz el favor! Sebastián volvió resoplando, yo no sé si del frío, que le puso la cara como un tomate, se le helaban las gotas en los lentes, o de la misma euforia. –¡Qué pasa! –Mira esa marca. ¿La ves?


–No. –Joder, eres un lince. ¿No ves ese palo que sobresale allí de la nieve, ese palo retorcido? –Ah, sí. –Pues ahí está enterrado un dinosaurio. –No me jodas.

4.

Pensé que me estaba tomando a guasa. Pensé que me seguía la valla, tú síguele la valla, seguro que es eso lo que le dijo Loúrdes, tú a lo que te diga di que sí. –¿Te piensas que te estoy tomando el pelo o qué? –No, no, qué va, Balbino. No seas así de susceptible, hombre. –Da lo mismo. ¿Ves esos otros palos que hay clavados siguiendo esta línea de la roca? ¿Los ves? –Sí, sí. –Todo eso está lleno de fósiles. Pero de fósiles gordos. Ahí a dos palmos escasamente hay tibias, peronés, costillas y de todo lo que pidas. Yo sé distinguir un hueso de dinosaurio de un hueso de burro muerto, sé cuándo es un fósil del jurásico y cuándo es de la guerra civil. Allá delante, más allá de donde cojamos la pista, hay otro refugio de los maquis que nadie conoce. Huesos, huesos y más huesos. Te gusta el sitio, ¿eh? Pues estás en una mina de oro, que lo sepas. Cuando volvamos al pueblo te daré las localizaciones del GPS. Luego será tu responsabilidad. Yo me he resistido todos estos años a colgarme un poco de relumbrón para que no destrozasen esta parte del río, pero


en cuanto yo me vaya irán a por ti. Te pedirán que les señales pozos o que hagas la vista gorda con los que abran ellos por su cuenta. Te untarán para que te calles mientras se acaban las obras del dichoso balneario termolúdico ese, para que te vayas de vacaciones mientras ellos cometen aquí todo tipo de barbaridades. Ese palo retorcido es la llave. Si no son unos serán otros: si no vienen los paleontólogos vendrán los del turismo, y si no todos a la vez. Disfruta bien del silencio mientras dure, a ti que te gusta tanto. Saqué un trozo queso y una miaja longaniza que había metido en el morral y aún nos quedamos un rato parados en un reser. –Yo esto lo he ido guardando poco a poco –le dije–. Es como cuando tienes unos bienes que dar a alguien en herencia pero no sabes quién les va a hacer caso, no sabes si los van a malfurrir o lo van a partir a cachos y lo van a vender o si van a pleitear y se lo acabará llevando el banco. Estos bienes, este conocer la sierra mío, yo se los iba a dar a Loúrdes, y de hecho ya se los he dado, bueno, no todo, las localizaciones aún no las tiene, y mejor así, porque no le hacen ninguna gracia. Es como para los que les gusta leer regalar una biblioteca entera a alguien que sólo ve la televisión. Más vale dárselo a un convento, ¿no crees? Los solteros tenemos esta cosa de ir buscando un heredero.

5.

Sebastián me miraba muy serio. Masticaba longaniza y me miraba. –A Loúrdes, ya te digo, no creo que le haya hecho mucha ilusión, pero eso da lo mismo. Ahora que tú estás con ella, casi como que vienes a ocupar su lugar. Y si no también, porque a fin de cuentas ella iba a ser la nueva guarda, la que me cogiera el relevo. Y también te señalaré los pozos, por si viene el pesado de Simón Pedralba, que por


escatimar en papeleo va sobornando a los guardas. Te los señalaré para que seas tú el que decida si quiere o no ser sobornado, y para que se sigan sabiendo los secretos de la sierra. No los llames secretos si no quieres. Esta sierra es para mí lo que para ti puede ser una colección de discos o una biblioteca. Las rocas son mis estanterías. Sebastián se limpió con los guantes la nieve derretida de la cara y me miró muy callado. Y después me dijo: –¿Me has traído aquí para decirme esto, Balbino? ¿Hemos venido por estos caminos infernales en vez de seguir la carretera porque me querías enseñar esto, precisamente hoy? ¡Esto lo sabe todo dios, Balbino! ¿En qué mundo vives? José Francisco Laguna tiene guardadas desde hace días en su despacho las localizaciones de este yacimiento, y si Simón Pedralba te sigue pidiendo que le marques el pozo del balneario es porque Facundo se niega. Sí, Balbino, Facundo se niega. Facundo está también a punto de jubilarse, y también va diciendo por ahí que tú terminarás marcando el pozo antes que él. Sois los dos muy parecidos. Os habéis odiado durante toda vuestra vida y erais iguales, los dos celosos de la sierra, como si os la fuesen a quitar. Luego se me acercó. Se me acercó bastante. Se me acercó casi a un palmo de la cara. Parecíamos dos toros que se encuentran en la nieve y se miran y se miden. En invierno los toros son más mansos que en verano. –Yo no te tengo miedo, Balbino. Pero la gente sí te tiene miedo. Van por detrás, cuchichean y montan unos cambalaches increíbles por no llevarte la contraria. ¿Qué les has hecho, Balbino? Tú piensas que yo soy como ellos. Es posible. Pero yo te he demostrado que me fío de ti, y por eso estoy contigo, en medio de la nieve y a merced de ti. Tú aún estás por demostrarme que te fías de mí.


Sebastián se dio la vuelta, cogió el caballo de las riendas y los dos siguieron la orilla del río. Al poco de echar a andar se volvió a girar hacia mí, llevaba los ojos encendidos. –Yo sólo te he mentido en que conocí anoche a Loúrdes. ¡Sólo en eso! Pero eso no tiene nada que ver con el río, Balbino. Eso es mi vida privada.


Capítulo 19 El barranco de la Mentirosa

1.

Cogimos la pista que lleva a la Fuente Umbría y allí a la derecha un camino hasta el barranco de la Mentirosa, muy cerca ya de donde vive Sonia. Se paró el aire, dejó de nevar. Helaba pero con el calor del movimiento y el abrigo se podía pasar bien. El caballo se portó como un machote, en todo el camino cabeceó ni se puso nervioso cuando pisaba en blando o se le quedaban las patas atascadas en la nieve. Sebastián y yo estuvimos callados un rato largo, todo lo que nos costó subir el barranco de los Venenos. A mí se me amontonaban los pensamientos, eran tantos y todos me dejaban tan despagado que no sabía qué hacer con ellos. Se suelta más rabia por una tontada sin importancia que por una desgracia fatal. Saber que todos te mienten te deja vacío por dentro, como sin sentimientos, como en los duelos cuando el muerto te toca de verdad, después de que ya te has desahogado y hasta te has hinchado de llorar, cuando todo se calma y deja de nevar y el tiempo está frío y sereno, cuando la lápida está quieta y pasan por ella los inviernos pero sigue quieta. Entonces es frío por dentro lo que sientes. Entonces sientes tanto que no sientes nada. Sebastián me vio tan hundido que se vio en la obligación de justificarse. –Siento lo de Loúrdes, de verdad te lo digo. Ayer, la otra noche, no sé, ya no llevo la cuenta de los días, la noche que pasé con Loúrdes, yo me resistí a pasarla jun-


tos, te lo puedes creer. No era la primera vez que nos acostábamos. Era la última. Habíamos decidido romper para siempre y no vernos más. Fue una especie de despedida un poco apasionada, eso fue todo. Yo le contestaba sólo para que no dejase de hablar, pero no tenía ganas de nada. El camino se me hacía largo, me picaban los dedos de los pies, sentía los huesos húmedos y las manos se me hinchaban y se me dormían. Me hubiera subido al caballo, pero eso habría sido ya demasiado derrumbamiento. –Vaya. No hacéis mala pareja. –Llevamos haciendo buena pareja casi diez años, Balbino. Tú vives metido en tu mundo pero no te has percatado de que Loúrdes lleva siete años sin pasar en Teruel un solo fin de semana. ¿No te habías dado cuenta?, ¿Bárbara no te dijo nunca que Loúrdes tenía un novio en Madrid? –Bárbara no se mete en la vida de los demás. Vamos, de casi todos los demás, y a mí de Loúrdes lo único que me importaba es que estuviera sana y contenta. Yo no me meto en la vida de nadie, y así me va.

2.

–Loúrdes y yo estudiamos juntos. Yo me matriculé aquí en paleontología, hace diez años. Me enganché tarde a los estudios. Fue la primera vez que me harté de vivir en Madrid. Me dio por ahí y me vine a estudiar huesos a Teruel. Sólo estuve un año. Conocí a Loúrdes y ella me convenció de que no debía tirar la toalla con el asunto de la música. Entonces me acuerdo que me dijo: si quieres venir aquí, ven, pero no vengas sólo porque no quieras estar en otra parte.


–Así que te volviste a Madrid. –Eso es. Ella terminó la carrera y nos seguimos viendo los fines de semana. Últimamente Loúrdes sí que había arrojado la toalla. Dijo que ya no podía más. Quería tener una casa, un trabajo, una familia. No podía seguir viviendo de su madre ni viajando a Benidorm a verme tocar en un baile para viejos a las diez de la mañana. Éramos un fracaso por separado, un fracaso que folla los fines de semana, en Benidorm. Imagínate, Balbino, en Benidorm, yo con una pajarita roja de lentejuelas y ella vestida de punki. Éramos un polvo sin ilusión. –Vaya por Dios. –Yo estaba de viejos hasta los huevos y un buen día la llamé y le dije que me fuese buscando algún empleo de lo que fuera que yo me iba a Teruel. Adiós Madrid, que por algo se dice tanto. –Acabáramos. Y ella te pasó las preguntas del examen. –Su madre no lo sabe. –¡Soy más tonto que Abundio!, ¡más tonto que hecho de encargo! ¡Cualquiera lo habría visto! ¿No te das cuenta de que cualquiera lo había visto menos yo? –Tú no tienes malos sentimientos. Para ver ciertas cosas hace falta más mala baba. –¡Pues anda que no ha hecho viajes Barbarita, con las pregunticas de marras! –Si se lo dice a su madre la mata, en eso la tienes que comprender. –Sí, eso también es verdad.

3.


–Pero chico, Balbino, fue venir a Teruel, conocerte, conocer el río, y, salvo los primeros días que estaba un poco aburrido, ya te digo que llevo más vida social que nunca. Vuelvo del río y siempre hay algo que hacer. Me gusta llegar a casa cansado, aprovechado, joder, Balbino, que me siento aprovechado, y asistir a esta reunión y a la otra, yo Balbino me hago ecologista y lo que haga falta, y quedar con gente nueva, viajar a pueblos nuevos, hablar de cosas distintas... Todo eso se acababa cuando iba a buscar a Loúrdes y otra vez movida porque había que hacer algo. Es terrible que haya que hacer algo, Balbino. ¡Algo tendremos que hacer!, me dice mientras nos tomamos un café en el Expresso. –Y la chica qué quieres que diga. –Yo lo comprendo, pero es que... Y luego está Sonia. Yo no dije nada. Él siguió hablando. –De pronto surgió Sonia. Me llevaste a ese bar de Calomarde y allí estaba Sonia. No te puedes imaginar cómo ha cambiado mi vida en quince días. Yo no creía en los flechazos. A estas alturas uno tiene con las tías ya más conchas que un galápago, eso me pensaba yo, que vengo sin haber ido. Pero surge. Es como si la hubiese vuelto a ver, como si por fin nos hubiésemos encontrado. Es distinto a cualquier sensación que yo haya tenido con ninguna tía. Hablo con ella como quiero hablar, no finjo ni me escondo, me da una inmensa alegría poderle hacer un favor, le he cogido a Levin un cariño que jamás me imaginé que yo podría cogerle ni a mi propio hijo. Quiero estar con ellos porque nunca como al lado de Sonia me he sentido tan limpio, Balbino. Limpio como esta puta nieve, limpio de miserias y de fracasos y de aspiraciones y de ambiciones, limpio y fuerte como este caballo. Limpio como tú. Me siento orgulloso de mi vida y de haber acabado en esta sierra. Estoy feliz de sentirme incomunicado. –Me alegro.


–Quiero casarme con Sonia. Nunca he sentido en la cama nada ni remotamente parecido a lo que sentí con ella. La otra noche con Loúrdes, sin embargo, fue muy dolorosa. Ella se agarraba a la última posibilidad, en vez de gritar lloraba, pero yo no podía quitarme a Sonia de la mente, me sentía traicionarla sólo por el hecho de haber preferido algo, aunque solo fuese por unas horas, infinitamente menos profundo.

4.

–¿Y el del martillo? –le pregunté yo. –Sonia lleva tiempo tramitando los papeles. El marido no pondrá ninguna pega. Vive desde hace dos años con una de Salamanca. –¿Pero así, tan pronto? –Mira, Balbino, estas cosas se alargan cuando dudas. Mi noviazgo con Loúrdes se alargó diez años de dudas. Imagínate las dudas que caben en diez años, Balbino. Pero con Sonia yo no dudo, y Sonia conmigo tampoco. Llenamos tanto el momento que parece que venga desde siempre y vaya a ser eterno. Ya sé que a ti estas cosas te parecen cursiladas, pero es así, te juro que es así. –No, no, no hace falta que me lo jures, no. –Tú has tenido mucho que ver en todo esto, Balbino. Por eso no te tengo miedo. Loúrdes dice que eres huraño, que vives en tu mundo, que hablas con los animales pero no con las personas. Dice que eres un somordo, que es una palabra que yo no acabo de entender. ¿Qué es un somordo, Balbino? –Un somordo es uno que parece que no se entera pero luego te apuñala por la espalda.


–¿Eso es un somordo? –Eso es, y en labios de Loúrdes, más aún. –No sé qué tiene contra ti, Balbino, te lo prometo. Cada vez que hablo con ella de ti me termina diciendo lo mismo: ten cuidado con ese tío que es capaz de cualquier cosa. Qué poco te conocen, Balbino. Sonia no piensa lo mismo de ti. Para Sonia eres alguien importante, cuando se habla de ti abre los ojos por si alguien dice algo que empañe mínimamente la fama que te pone por la sierra. Ella sí que te conoce. Me pregunto qué motivos tendrá Loúrdes. ¿Qué le has hecho a esa chica, Balbino, si se puede saber? –¡Ahí están! –dije yo–. Ese tejado que medio se ve en aquella loma es de una paridera de la masada. La casa está ahí detrás. Vamos, date prisa. Habíamos abandonado ya el barranco de las Mentirosas, las margas blancas de la paramera parecían un desierto de nieve. En efecto, como yo pensaba, la nieve de la ladera se había ido desmoronando sobre la casa y al fondo se veían dos motas negras cómo desatascaban de nieve la entrada. Para llegar allí el caballo se hundía en la nieve. Sólo con ese movimiento poderoso, cuando se engalla con el pecho y cabecea, sólo con ese tranco nos abrió camino para llegar a escape a la masada.

5.

Vladimir había llegado poco antes que nosotros. –¡Fidel Castro me enseñó a esquiar! –dijo nada más vernos, con una pala en la mano, cuando le preguntamos cómo había venido desde Calomarde. Para que luego no presumas, dije yo entre mí. Enseguida nos enganchamos Sebastián y yo y en un momento la dejamos despejada entre los cuatro. Parecía como que


estuviésemos haciendo una competición. Sonia, que es mujer cascuda, tiraba las paladas con el mínimo esfuerzo y la máxima cantidad, se nota que en Siberia esto es frecuente. Vladimir se cargaba unos montones de nieve formidables, Sebastián se atabalaba, intentaba ir más de prisa de lo que podía, y yo imitaba los movimientos de Sonia. Despejamos también la puerta del corral para meter al caballo en la cuadra, le dimos de comer y nos metimos adentro. La estufa estaba encendida pero aquello no estaba caliente, así que digo aquí no os podéis quedar. –¿Dónde habéis dormido está noche? –Aquí, al lado de la estufa. –Ni hablar –les dije–. Nos vamos de aquí. –Por el barranco de los Venenos se puede pasar –dijo Sebastián, el enterado. –Ni hablar –dije yo–, volveremos por la carretera. Si aguanta así hasta la noche, ya vamos bien. –Podemos llevar un carro –dijo Sonia. –Se atascaría. Ha nevado esta tarde y aún no está la nieve dura. Lo tendríamos que dejar a las primeras de cambio. –De eso nada, chico –terció Vladimir–. Ustedes preparen un almuerso que yo lo arreglo esto en un voleo. Sebastián, chico, ven conmigo. El jodido Vladimir no tardó más de una hora en acoplar unos hierros y montar un trineo así como si nada. Todos lo mirábamos a ver si podíamos sacarle algún defecto pero no se nos ocurría nada. Aquello era muy feo pero no tenía por qué no funcionar. –Si nos damos prisa llegaremos de día. Si no, nos perderemos. Todos se subieron al carro enseguida. Iban con lo puesto. Sonia se llevó el violín y Levin un tablero plegable de ajedrez. Eché un trallazo al aire y dos pecados y el caballo echó a andar entre la nieve.


Capítulo 20 Arolas en cesto

1.

Que Dios los ampare. Ya se han ido todos de una vez. Que vayan, que vayan. Que llamen a la policía si tanto miedo tienen. Que venga la Guardia Civil y me detenga. Que me lleven al cuartel. Que me metan en la cárcel. Me da lo mismo. Yo no tengo miedo. ¿Por qué había de tener miedo? Esta es mi casa. Que vengan y me lleven. Este es mi corral y mi caballo y mis gallinas. Que vengan a por mí si quieren. Aquí os espero, comiendo un huevo. Esta es mi casa y de aquí yo no me voy a menear. Íbamos a pasar la noche todos en mi casa. Cuando llegamos con el tastarro ese de trineo que nos agenció Vladimir, enseguida les repartí las habitaciones. La de mis padres para Sonia y el chico. La de los abuelos para Sebastián y Vladimir. Y para mí la mía. Pero Vladimir dijo que él se sentaría un rato junto al fuego y de par de mañana, cuando empezase a clarear, se echaría al hombro los esquís y se iría a darles vuelta a las ovejas, a las suyas y a las de Sonia. Y les di todo lo que tenía. Les ofrecí que no me quedaba nada ya por ofrecerles. Bajé un pernil y saqué longanizas y chorizos y conejo de la conserva. Me acerqué a por leche fresca a casa del tío Sangrador. Como soy de tan buen conformar, los vi a todos comiendo en la cocina, todos agachados en el plato como las figuricas que tallaba mi padre, Sebastián aún con mis ropas viejas y Sonia con un gorro rojo estampado que se


trajo de Siberia, el muchachico que casi le colgaban las piernas, y Vladimir ocupándolo todo con esa risa contagiosa y las tontadas que nunca deja de decir. No perdí la compostura, entonces no, y reía y los animaba a que se echasen más vino y comiesen más conserva. Pero me quedaba mirándolos y por un momento me daba la sensación de que no estaba despierto. Cuántas veces habré soñado yo esa misma imagen, cuántas veces me habré soñado yo a mí mismo en aquella casa vacía, así a la mesa con mi familia, yo también como una figurica de sabina, el hombre recio que está al frente de la mesa. Yo he sido Levin, me acuerdo como si fuese ahora de la sensación que da estar sentado en la silla de anea y que te cuelguen las piernas. Y soy también mi padre, más aún vestido como voy, ese gozo de vernos juntos a todos, esa tristeza también de pensar en los que se habían ido. Pero yo no he sido ese hombre que había allí sentado, y ya es tarde para pensar que vaya a serlo alguna vez. La verdad es que nunca me había apetecido serlo. Pero entonces sí. Ahora que ya soy el que se sienta en una esquina y mira la partida. Ahora sí me hubiese apetecido.

2.

Yo le daba vueltas al asunto y no me lo acababa de creer. Sonia y Sebastián no hablaban en un tono distinto al que usaban conmigo, los matrimonios y los novios hablan siempre más alto o más bajo, más lento o más ligero, pero no hablan nunca como hablan con los otros, aunque sea con los amigos. Yo no vi caricias ni besos ni acercarse el uno al otro por detrás o retirarse el pelo de la cara. No los sorprendí mirándose cuando todos los demás estábamos comiendo con la cabeza baja, ni salió el uno detrás del otro cuando alguno de los dos se metía en la cocina. Si acaso, podías pensar que era un


matrimonio ya de muchos años, de esos que no se miran ni se hablan pero eso es porque están bien. No le dan importancia a la presencia pero la ausencia no la pueden soportar. Si acaso eso, pero ni siquiera eso. Así que dije digo yo le voy a preguntar a Sonia. Yo con esta duda no voy a quedarme. Después de cenar anduve zarceando por la casa sin pararme en ningún sitio. Esperaba sólo el momento de que Sebastián le ofreciese a Levin echar una partida de ajedrez. Vladimir estaba roque. Fue acabar de cenar, sentarse al fuego y quedarse roque. Al rato, como yo me figuraba, Sebastián se acercó a Levin y le tocó así un poco el pelo. Ese gesto sí me pareció gesto de padre. Era como si se hubiera ya saltado los trámites, como si antes de casarse con Sonia hubiera empezado a ser el padre de su hijo. De manera que los vi ponerse y aún le dije a Levin, un poco de cachondeo, le dije a ver si le das el mate pastor, ¿eh Levin? Sé lo que es el mate pastor porque muchas noches de invierno juego al ajedrez con mi amigo sami, él va con los renos por esos mundos de Dios y por la noche se enchufa y jugamos al ajedrez. Pero yo no iba a jugar con ellos, no iba a mirar la partida desde la esquina, como en el bar del pueblo. Esperé a que ya estuviesen los dos sujetándose la frente y digo voy a echarles a los animales, y entonces Sonia, como yo esperaba, porque no me esperaba otra cosa, entonces se levantó y se puso el gorro estampado y me dijo te acompaño. Sebastián giró la cabeza, pero como estaba haciendo de padre se tuvo que quedar. Vladimir dormía. Al salir al corral nos tuvimos que tapar porque todo estaba helado, corría un aire que te cortaba la cara. Nos metimos en la cuadra, nos espolsamos la nieve. No dijimos nada. A mí no me salían las palabras. Iba a decir algo pero me ponía nervioso, como si se me fuese a romper la voz, como si estuviera helada y al moverla la pudiera quebrar.


3.

–Qué te pasa, Balbino –me dijo Sonia nada más llegar a la cuadra, nada más que me acerqué al caballo y le acaricié un poco la testuz. –¿A mí? ¿Y a mí qué quieres que me pase? –Somos amigos, Balbino, y tú no estás bien. El caballo tiene el pesebre lleno, antes ya has ido a mirar si se le había helado el agua a los conejos. Ayer me alegré mucho de verte. Sigo viviendo en esta sierra porque sé que si algún día mi casa se cubre de nieve vendrán mis amigos a socorrerme. Pero la gran alegría que me ha dado verte no me oculta el hecho de que no te encuentras bien, y eso me llena de inquietud. –Pues no sé, chica, será que ya no estoy para estos trotes. –¿Es por Sebastián? –No te entiendo. –El otro día, después de un ensayo con la Polifónica Turolense, Sebastián y yo nos acostamos juntos. Me da la impresión de que él se lo ha tomado demasiado a pecho. Ya te ha hablado de ello, ¿verdad? –Sí. –¿Y no le habrá dado a su versión un sesgo apasionado en exceso, Balbino? –Es posible. Dijo que os ibais a casar. –¡Virgen de Vladivostok! ¿¡Eso te dijo!? –Dijo que tú le habías dicho que sí. –Yo le dije que sí muchas veces pero no me refería ninguna de ellas a nada en concreto. Fue producto de la situación. –Pues él se lo tomó al pie de la letra.


–En fin, será necesario ponerle los puntos sobre la íes. No ahora, desde luego, en mitad de la partida no. Habrá que aguardar al momento más oportuno. Oh, Balbino, qué triste es echar una cana al aire y que al momento se haya enterado todo el mundo. Cuánta precaución hace falta tener con la incontinencia verbal de los amantes y con su carácter enamoradizo. Pensé que, puesto que venía de fuera, fuera se quedaría. Ya sabes, Balbino, que yo el amor lo quiero ardiente y lejano. Nuestro encuentro no fue más que la prolongación de un estado de ánimo, esas casualidades que, como decís aquí en España, te arreglan el cuerpo. Sebastián es joven y está bien proporcionado. No aparecen por la sierra muchos hombres con sus características. Pero, aparte de eso, me disgusta que se vaya de la lengua. Vladimir y tú sois mis amigos y no se me oculta que en más de una ocasión hubieseis querido ser también amantes míos. De buena gana hubiese accedido, oh Balbino, si no fuese porque la amistad se contamina por la carne, resulta de algún modo incestuosa, y lo más grande que tengo en esta sierra, aparte de mi hijo, sois vosotros, mis amigos. Yo elegí esta vida, nadie me dejó aquí tirada. He pagado un precio por mi libertad, demasiado alto como para echarme ahora de buenas a primeras un tío a las costillas. De eso nada, monada.

4.

Eso dijo, más o menos. Sonia el hablar lo tiene raro, se nota que es extranjera. Yo, la verdad, me quedé más conforme. Más o menos lo que me vino a decir es que se lo había tirado una noche pero la cosa no pasaba de ahí. Me quedé más conforme porque yo a Sonia la quiero como es, sin un marido, con esa soltura y esa fuerza y ese hablar sin mover más músculo en la cara que los labios, y eso más bien poco. Habla


como las adivinas. Pero la gente cuando se empareja ya no es lo mismo. Se hace ahí una mezcla que es como el anticongelante, empiezan a prescindir de los demás, a protegerse del frío. Y, lo que son las cosas, al volver de la cuadra, cuando vi a Sebastián con la nariz pegada casi al tablero, con los pelos revueltos y los ojos rojos como la hematoma, verlos así me compungía casi, no sé cómo decirlo. Sonia y yo nos acercamos una silla al fuego y estuvimos un rato hablando del caballo. Encima de la chimenea tengo un retrato de mis padres con un marco de espejo. Sonia miraba el fuego y yo el marco, que me reflejaba la cara de Sebastián. Él no dejaba de mirarnos, quería estar al plato y a las tajadas. De pronto Sebastián dijo que se rendía. Le alargó la mano al zagal y con la otra se peinó un poco. –Aún te quedan posibilidades –le dijo el chico. –Da igual. Esto está acabado. Ya estoy muerto. –No. Aún podrías ganarme. –Bueno, da igual. Ya no pienso igual de bien, seguro que me ganas. Vamos a dejarlo así. –¿Te rindes? –Sí, me rindo –dijo Sebastián, y se vino a sentarse con nosotros. El muchacho se quedó jugando él solo la partida. Se conoce que no le sentó bien que Sebastián se levantase del tablero. Igual la culpa fue de Sebastián. El muchacho se enfurruñó y cuando acabó de matarse a sí mismo, o sea como lo tenía que haber matado Sebastián, se fue corriendo escaleras arriba. –Déjalo –dijo su madre–. Se le pasará enseguida. En cinco minutos aparecerá sentado en la escalera. En casa siempre hace lo mismo, pero se le pasa enseguida.


Sebastián explicó algo como disculpándose. Sonia le dijo que no se preocupase. Era una escena familiar, un cierto modo de familia. Se notaba en que sólo estaba incómodo el de fuera. Ni Sonia ni yo ni el chico aunque se enfadara, ni mucho menos Vladimir, que estaba el tío en la gloria. El de fuera es Sebastián, por eso se ha ido. Se los ha llevado a todos pero volverán. Ellos no tienen por qué no volver. Yo no les he hecho nada. Yo no he hecho nada a nadie.

5.

Sebastián se sentó con nosotros a meter baza. Estábamos los dos en frente del fuego y enfrente de Sonia, que es muy calurosa y siempre se pone a un lado de la chimenea. Éramos los dos para hablarle a ella, un joven y un viejo. Ella todavía iba vestida con un pantalón moderno de esquiar y un forro polar muy bonito, pero nosotros dos, sentadicos cada uno en una silla, con nuestros pantalones de pana y nuestras camisas sin cuello y nuestros jersés de ochos, parecía que habíamos ido a darle el rento a la dueña. Seguimos hablando del caballo. Yo les estaba contando por qué me lo compré. –A mí de siempre me han gustado porque soy muy aficionado a los toros, y los caballos de picar me han parecido siempre una hermosura. Luego vas mirando razas y al final resulta que el percherón es más fino de hechuras que los caballos andaluces. Por lo menos para mí, claro. Yo la hermosura la entiendo a mi manera. Pero tú mira a ver Picasso, qué le gustaban más a Picasso, los percherones o los potros de rejoneo... Sebastián me interrumpió. –No entiendo cómo le pueden gustar los toros a una persona sensible como tú. –No sé –le dije–, a lo mejor es porque no soy tan sensible. Bueno, como te decía, Sonia, tú que entiendes de pintura.


A Sonia le mudó la cara. Se le abrieron mucho los ojos y dio un chillido que despertó a Vladimir. –¡Levin! ¡Pero Levin! Sebastián y yo nos volvimos a la vez. El muchacho estaba sentado en la escalera, mirándonos. Llevaba en las manos el bote de melocotones, la mano de Vicente metida en formol. –¡Suelta eso inmediatamente! ¿De dónde has sacado eso? Los tres me miraron a la vez. Ninguno me preguntó nada pero los tres me miraron. Sonia fue a coger al chico y Vladimir se acercó a sostener el bote. –¡Chico, esto es una mano de verdá! –Ven aquí, Levin –le dijo su madre. Sebastián no decía nada. Yo intenté explicarme como pude. –Esa mano lleva escondida en el pajar lo menos treinta años, no sé cómo ha entrado el muchacho, lo tengo cerrado con llave y escondido. Nadie entra ahí nunca. Ellos me miraban. Nadie preguntaba nada. –Ya sé que la tenía que haber tirado, pero es que me da mucha aprensión, os lo digo de verdad, y he venido muchos días con intención de tirarla pero me da un asco que no lo puedo soportar, y además, pues eso, ¿dónde la tiras?, ¿qué hago con ella? Yo no quiero líos, esa mano no es mía. Joder, ya sabía yo que la puta mano, al final... Entonces habló el niño. –Tengo miedo –dijo–. Tengo miedo. Quiero irme de aquí. Tengo miedo.


Capítulo 21 Como para una boda

1.

Anda que si no llega a ser por el tambor... Si no es porque mañana sale la Oración del Huerto en el entierro de Isabel, fijo que yo me quedo en el pueblo. Al principio se pusieron algo nerviosos. Que si no te lo tomes a mal, que si Sebastián tenía que bajar a Teruel urgentemente porque iba a salir en las fiestas vestido de cátaro, que si es que el niño tiene miedo, que luego sufre pesadillas y se pasa dos semanas sin hablar mirándonos a todos como si nos hubiéramos muerto, que si fue que si vino. Sonia llegó a decir, yo pensé que se lo estaba inventando, ojalá se lo inventase, que le habían ofrecido un trabajo, que ya había cobertura y la acababan de llamar, mientras yo me había ido a por el lanróver. De pronto ya había cobertura. El único que no dijo nada fue Vladimir, que cuando se hizo de día se calzó los esquís y se fue con viento fresco a Calomarde. De par de mañana subió hasta el pueblo la primera máquina. Era Grabiel, el que trabaja en la Diputación. Le dijeron de subir sólo hasta Guadalaviar pero el muchacho también es algo pariente del tío Sangrador y se había acercado hasta el pueblo a ver a los abuelos. Grabiel es muy buen zagal, le dije chico, ya que has hecho el santo, ¿por qué no me acercas hasta la pista y recojo el lanróver?


Así que nada. Los metí en el lanróver y los bajé a los tres a Teruel, a Sonia, a Levin y a Sebastián. Se conoce que no habían pegado ojo en toda la noche. El crío que se asustaba, la madre que le daba consuelo y el otro supongo yo que jugaba a protegerlos, no sé si de mí o de la mano. Yo tampoco di más explicaciones ni tampoco me puse a pedirlas, que hubiera podido, porque la puerta del pajar yo sé, vamos, como la luz que nos alumbra tengo claro que alguien entró en el pajar antes que el muchacho, que una cosa es jugar al ajedrez y otra muy distinta ir reventando puertas por las casas. Pero yo no dije nada. Me concentré en ir despacico y que por lo menos en el camino no les diera un ataque de pánico. Sebastián ya iba con su uniforme azul y su forro polar y su chambergo, yo ni me molesté en cambiarme de ropa. Yo ya no soy el guarda. El guarda es él. Hasta un poco antes de Albarracín había pasado la máquina con sal pero teníamos que andar con tiento en las umbrías porque había placas de hielo. Hasta Teruel ya no hubo problema. En los campos de Gea y en los esqueletos de los aviones aún se veía la nieve, pero ya estaba saliendo el sol. Al bajar por el polígono vimos un par de columnas de humo que salían por entre las torres mudéjares. Ya han empezado las fiestas, en las plazas del centro han plantado jaimas con fogones medievales. Iba a preguntarles si tenían vestido medieval pero no me quedaban ganas de hacer chistes. Los dejé en el Óvalo. Ellos subieron por la calle Nueva, llena de gente con apeos medievales, y yo me bajé con el lanróver a casa. Nada más llegar vi a Barbarita en la puerta, vestida de negro. La abuela se había muerto.

2.

–¿Adónde estabas, Balbino?


Barbarita llevaba la cara lavada y los ojos de llorar. –Me quedé sola con ella. Loúrdes se fue anoche de fiesta y aún no ha venido. Te intenté llamar al móvil, pero tú, el móvil y tú... –Nos cogió la nevada en el pueblo. Hemos estado tres días que era imposible salir de allí. –¿Cuántos?, ¿tres días? Pues yo a ti hace lo menos ocho que no te veo. –También ha sido mala pata. ¿Dónde está? –En el tanatorio, ¿dónde va a estar? Las vecinas querían que la velásemos en casa. Pero yo he llamado al hospital, no quiero folklores. Yo he venido a cambiarme. Y esta Loúrdes, desde luego... Barbarita intentaba llamar a Loúrdes pero no le daba señal. Yo traté de apaciguarla. –Sí pues claro, llegan las fiestas... ¿Y ella qué se iba a imaginar esto? –Va como las cabras, Balbino, como las putas cabras. Hace tres días tampoco vino a dormir, y luego se levanta a las tantas, se bebe un vaso de leche y empieza a llorar. ¡Y venga a llorar! Antes aún decía que era una mierda y esas cosas que dice, pero ahora no dice nada, se hincha de llorar y no dice nada, y por la noche se vuelve a largar. La abuela yo se lo dije le dije mira Loúrdes, la abuela está pocha, yo no te quiero estropear las fiestas pero por lo menos llévate un teléfono que te pueda localizar porque la abuela... ¿Has dicho teléfono? Sí, se lo llevó, claro, y ahí lo lleva, apagado. Mira... ¿Lo ves? Nada. –Déjala estar. No te preocupes. La enterramos y ya le haremos el funeral la semana que viene. –De eso nada. Esto tiene que acabarse cuanto antes.


La vi muy seria y muy nerviosa. Más que estar triste lo que estaba era floja, como con miedo, también con miedo. –Balbino, me tienes que hacer un favor. –Lo que quieras. Voy a quitarme estos zarrios y a ponerme los pantalones esos que me compraste. –Mejor ponte los grises. –Bueno. –Balbino... Barbarita me miró y se le volvieron a encharcar los ojos. –Balbino, mi marido va a venir al entierro.

3.

Si hubiera estado Vicente allí en ese momento me lo como, pero mantuve el temple. –¡Pero cómo se atreve, si no ha preguntado por ella en veinte años! –Viene a por las perras. Se piensa que la casa de Valencia sigue siendo de la abuela, y unas tierras en Les Palmeretes con un solar que vale un huevo. Estaban esperando a que la abuela cascase para recalificarlo. –No les tenías que haber dicho nada. –No les he dicho nada. Mi marido es tan capullo que se ha estado mirando todos estos años las listas de defunciones. Vienen esta tarde. Estoy hecha un flan. –Tampoco puedes hacer mucho. Es la ley de la sangre. Ellos son los herederos.


–Qué va. La abuela cambió el testamento. Hizo donaciones antes de morir. Menudo chasco. Anda que no he dado vueltas yo hasta conseguir que la abuela firmara lo que ella quería firmar, y no lo que le obligaron a firmar antes de traérmela. Anda que no llevo duros gastados yo en el abogado para arreglar bien los papeles. –O sea, Barbarita, que eres rica. –No es eso, Balbino. Pero hombre, si quieres mirarlo desde ese punto de vista, pues sí, claro. Pero no tanto, porque yo lo único que voy a hacer es alquilar la casa de Valencia, pedir en la oficina la jubilación anticipada y marcharme a vivir a Les Palmeretes, a que me dé el sol. El local lo ocupan ahora unas sobrinas de la abuela que tienen montada una pastelería. Ella las apreciaba mucho y yo no las voy a echar de allí. Con que tampoco es para tanto, nada más que para vivir sin trabajar, que ya es hora, rediós. –Tú Bárbara como en la tele, déjalo en manos de tus abogados. Cuando venga le dices habla con mi abogado, adiós. –No es tan fácil, Balbino. Vendrá hecho un bestia, lo conozco. En treinta años no ha cambiado nada. Se lo he notado en la voz, esa risilla, ese tono tan chulo. Me ha dado el mismo miedo que me dio hace treinta años, cuando vino aquella noche todo borracho asqueroso y se empeñó en levantarse a las dos horas para ir a trabajar. Aún estaba borracho. Tú no te acordarás, Balbino, pero esa noche, que llevaba yo una tripa hasta la boca, a punto de salir de cuentas, tú me acompañaste a casa. Y recuerdo como si estuviéramos ahora lo que te dije cuando me metí en casa. Te dije como vuelva a venir borracho me separo antes de que nazca la niña. Y vino, ya lo creo que vino. Yo lo vi entrar y me puse a hacer las maletas. Él empezó a suplicarme y a ponerse burro y a decir que no estaba borracho y que se iba a la serrería. Desde entonces piensa que yo tengo la culpa de que le falte una mano.


4.

–Dichosa mano –dije yo–. –Balbino, le he dicho que tú y yo estamos casados. –¿Cómo? –Te necesito a mi lado, Balbino. Ellos van a decir... qué se yo, son capaces de acusarme de algo raro. También ha sido casualidad. La semana pasada firmamos los papeles de la donación, que por cierto llevo gastado un dineral, me he quedado en la cuarta pregunta, y esta madrugada va y se muere. Este Vicente es muy legalista y muy puntilloso. Seguro que mira la fecha. Yo me descuajo, Balbino, si empiezan a acorralarme él o su familia. Me dan miedo. –Pues, como es tan legalista, igual puede mirar también nuestro libro de familia. –No. Le dije que somos pareja de hecho. –Ah, bueno, entonces ya... –No te lo tomes a guasa, Balbino, que estamos de luto. –No, Barbarita, no. Yo es que me río por no llorar. –Sólo quiero que estés a mi lado sin moverte durante el duelo. No quiero que me cojan sola. Son mala gente, Balbino, mala gente. Así que sube y cámbiate esa ropa, que huele que trasciende. ¿De quién son esos pantalones, de tu abuelo? Qué barbaridad, voy a tener que abrir las ventanas para que se vaya la peste a alcanfor que me has metido. Tira, sube y ponte los pantalones grises que te he dicho y la camisa de pana verde oscura que te compré en el coronel Tapioca y el jersey negro. Y quítate ese chambergo, que debe llevar hasta bichos. Ponte aunque sea el del uniforme. Le quitas el escudo y te lo pones. Anda, corre.


Pareja de hecho. No he podido decir esta boca es mía, ni negarme ni quejarme ni siquiera negociar. Hombre, teniendo en cuenta que es un entierro, tampoco creo que tengamos que ponernos a darnos besos como las parejas de hecho, pero yo no sé cómo se trata a una pareja de hecho ni de no hecho. Yo no he tenido pareja en mi vida. El hecho es ese, no otro. Nos subimos directamente al cementerio. Allí en el tanatorio nuevo le hacen la misa y la incineran y todo.

5.

Teruel estaba precioso esta mañana. Ha salido el sol, se ha parado el aire y se han derretido los chupones de los tejados y el hielo de las calles. Subíamos por la Andaquilla y bajaban los regueros de agua por la cuesta como si estuviera lloviendo. Como íbamos bien de tiempo, Barbarita dijo que nos acercásemos a la plaza, a ver si veíamos a Loúrdes, antes de subir al tanatorio. Hay que ver cómo se ha perfeccionado esta fiesta. A nadie le falta detalle. Todos llevaban sus sayas adamascadas y sus gorros de tubo, y leotardos y ponchos con leones bordados en la pechera. Han colgado toldos morados de todo los balcones y la plaza estaba hasta los topes: los tenderetes y las jaimas campan por toda la ciudad, los corderos que los llevan a los fogones medievales, los caballos que los llevan a la herrería medieval, los bueyes con carreta que los llevan a la fonda medieval. El suelo está lleno de paja, para que no se vea el cemento, que entonces no había. Íbamos los dos vestidos de negro en mitad de todos los hábitos medievales. Yo intentaba llevar el paso de Barbarita, las parejas llevan siempre el paso, como los militares.


Como conocemos a tanta gente, ir por la calle era un constante recibir el pésame de gente que se lo estaba pasando en grande. La gente primero te invitaba a un trago y luego te preguntaba por qué ibas de luto. Mujeres vestidas de damas nos miraban, Barbarita me llevaba cogido del brazo, no perdía ripio. Al pasar por una jaima del Ayuntamiento me tiró del brazo. Dentro se oían risotadas, estaba lleno de gente con trajes medievales caros, no con esa especie de casaca que llevan los hombres, eso que llaman la gente del pueblo. Ellos iban con colgajos y sombreros llenos de plumas. En vez de ir al sastre van al museo, y la mayoría se habían disfrazado de duques y condestables y así. Uno de ellos era Simón Pedralba, con un gorro como una ensaimada de grande y una especie de braguero hecho con tiras. No hizo falta entrar. Simón salió con esa sonrisa de valenciano que lleva últimamente. Estuvo muy ceremonioso con Barbarita, hasta que Barbarita lo cortó en seco: –¿Está Lourdes? –Sí, sí, ahí dentro está. Iba yo a decirles que pasasen. Barbarita se metió en la jaima. Simón, antes de que la siguiese, me cogió del brazo. –A ver, Balbino, cuándo quedamos. Me puse muy nervioso pero aún tuve tiempo para contestarle: –Creí que me venías a preguntar por tus abuelos –le dije. Fui a entrar en la jaima mientras él se reía y en la puerta me di con Barbarita, que salía hecha una fiera. –Vámonos al tanatorio –dijo–. Lleva un pedo que no se tiene.


Capítulo 22 Réquiem

Barbarita llevaba un berrinche morrocotudo. Primero la abuela, y luego esto, Loúrdes, brindando con la plana mayor de la Diputación Provincial. –Me va a matar a disgustos. Nunca me ha dado ni la menor preocupación, que tú lo sabes, pero ahora, ahora... Todo se está cayendo, todo se está derrumbando, Balbino. Nos metimos por los Arcos y subimos las escalerillas de Dolores Romero. Al final de la calle, donde arrancan las escaleras del calvario, en lo que antes era un depósito de aguas que yo solía sentarme allí a mirar la tarde, han edificado un tanatonio formidable. No lo conocía yo. Desde que lo abrieron no se me había muerto nadie. Entramos en la sala acristalada del vestíbulo. Han puesto unos sillones muy blandos desde donde se ve la silueta de las torres y de las iglesias. Barbarita iba desmadejada. Más que hacer que éramos pareja de hecho, yo creo que tenía que ir sujetándola porque si no se caía. Fue entrar en el vestíbulo aquel grande y se arremolinaron las abuelas, que habían querido velarla en casa y estaban un poco tirantes con Barbarita. Le daban en pésame y quien más quien menos la dejaba caer. –Con el centro tan precioso de flores que llevé la otra tarde a la iglesia de la Merced...


–Ay qué mala pata, mujer, morirse en mitad de las fiestas, sin un entierro como ella hubiese querido, pobrecica. Yo le dije a Bárbara déjalas estar, vamos a la cabecera de la muerta, que allí por lo menos no hablarán. Como el vestíbulo es tan grande sólo se oían los suspiros, y lo demás era un murmullo. –Bueno. Entramos pero nos salimos enseguida. Bárbara dijo que se le iba la luz de los ojos, que necesitaba una tónica. La acompañé a la cafetería. Ella se tomó una tónica y yo una coca–cola. –No puedo soportar lo culpable que me siento, Balbino. –De qué, ¿de que se haya muerto a los noventa y siete años? –No. De todo. Culpable de haberla convencido para que me lo diera todo a mí. Culpable de no haber entendido a Loúrdes. Me siento culpable por las víctimas que dejo tiradas en la cuneta cuando quiero que alguien sea feliz.

2.

–Como por ejemplo el catedrático. –Al catedrático ya lo cogeré yo por banda cuando tenga un poco más de fuerza. ¿Hás leído el Diario de Teruel? Pues léelo. Hoy mismo venía esta mañana. Te va a hacer una gracia... No. El catedrático ya va bien servido, y su mujer también. ¿A que no sabes quién le legaliza los pozos? No. No me refiero a ese tío. Me refiero a Loúrdes, sobre todo. Y me refiero a ti. –Por mí no te preocupes, Barbarita.


–Te hemos estado utilizando, Balbino. Ven, no seas soso, acércate. Yo pensé que, con eso de los fósiles... –Deja en paz los fósiles. Los fósiles están fósiles, como la abuela de aquí a nada, como yo de aquí a cuatro días. A ti aún te queda más tiempo. –¿Me dices cuánto es, bonica? Barbarita se volvió a colgar de mi brazo cuando salimos de la cafetería. Habían venido más viejas con más lamentaciones. Parece mentira que siendo fiesta como es se haya enterado tanta gente. Se lo dije a Barbarita. –¿No ves que hasta hace un mes la abuela no faltó a ninguna misa de siete? Se juntan por las mañanas y una vez al mes despiden a una compañera. Y mira qué bien se lo pasan. Llegamos al corro y nos volvieron a besar. Barbarita iba dejando caer frases de consuelo. –Quietecica se quedó en la silla. Le dije abuela, vamos a la cama, y me acerqué a cogerla y ya estaba fría. Al lado de la estufa se ha muerto. Como un pajarico. Ojalá todos tengamos la misma muerte. Algunos hombres me daban la mano y una palmada en el hombro. Más de uno se sorprendió. La mayoría no sabían si era del duelo o venía también a dar el pésame. Yo daba a todos la mano. Allí dentro, con ser tan altos los techos y tan transparentes las cristaleras, hace también un calor insoportable. Yo creo que se habían dejado abierta la incineradora. Me daban mareos y confundía las voces. Intentaba vigilar a Barbarita, que se estaba derrumbando, como si se derritiera. Saludaba sin mirar a quién, hasta que estreché una mano fría como un témpano y dura como una piedra. –Hola, Balbino, cuánto tiempo.


3.

Me giré a ver si Barbarita ya se había percatado. La cogí del brazo y al girarse se quedó mirando a Vicente y se puso blanca como el papel. Digo esta se desmaya. Antes de decirle nada a Vicente, ni contestarle siquiera al saludo, dije apartaros un poco que esta mujer se nos va a caer larga. Vamos un momento a los sillones. Señora Reme, ¿le importaría traernos una coca–cola de la cafetería? Vicente nos siguió a distancia. Iba con un abrigo negro, está gordo como un tudesco, anda con la espalda hacia detrás, para sujetar la barriga, y lleva los dedos llenos de sellos. La mano ortopédica es de un color beis claro, como el color de las fajas de las mujeres, pero es una mano ortopédica delgada. La otra era morcillona y esta era delgada. Vicente se apartó del grupo y entonces vi que con él iba Facundo. Enseguida vinieron a los sillones. Yo miré a Vicente en serio. Lo único que quería decirle era que no forzase más la situación. Él al principio quiso ser muy agradable. –Cómo estás, Barbarita. Nos hemos enterado y lo hemos dejado todo para subir al entierro. Me avisó Facundo. Facundo miraba como mira Facundo, con el morro prieto, el entrecejo arrugado y los ojos en el suelo. –Las noticias corren como el agua –dijo Barbarita, que de pronto pareció que estaba un poco más repuesta. La señora Reme trajo la coca–cola y un pastel en un platico, un huesito de Isabel, que son muy típicos en estas fiestas. Bárbara no decía nada. Comía y miraba las torres mudéjares por los cristales y no decía nada. –Aunque no te lo creas, Barbarita, siempre hemos estado muy pendientes de la abuela.


–De eso no me cabe la menor duda –dijo Barbarita, y luego me cogió la mano–. Balbino, ¿cuándo empieza el funeral? –Vaya, vaya, Balbino –dijo Vicente. Se cogió la mano ortopédica con la otra, por encima de la barriga, como si fuera un rifle–. Esto sí que es una sorpresa –dijo. –El qué es una sorpresa, vamos a ver –dije yo, y gracias a que estábamos en el tanatorio porque si no le habría levantado la voz. –El que estéis casados tú y Barbarita. ¿Estáis casados o solo arrejuntados? –¡Vicente! –cortó Barbarita–. Lo que tengamos que tratar ya lo tratarán nuestros abogados. Y de lo demás no hay nada que decir.

4.

–Sí, Barbarita, sí que hay algo que decir. Sólo una cosa, poca cosa, pero sí que hay algo que decir. A lo mejor tú ya la sabes. Es posible. Pero yo no quiero ser mal pensado. Yo sólo quiero asegurarme de que sabes una cosita. Es que, Bárbara, entre pitos y flautas no nos hemos visto desde que me corté la mano. Me bajaron tan rápido a Valencia que aún hubo una cosa que se me olvidó decirte. Y luego, claro, pasa el tiempo... Yo intervine. –Mira, Vicente. Me da igual que estemos en el tanatorio. Haz el favor de dejarnos en paz ahora mismo. Facundo me miraba. Miraba al suelo pero de vez en cuando subía la vista y me miraba a mí. Yo ya no pude por más que decirle. –¿Y tú qué coño haces aquí, si se puede saber? Facundo no dijo nada.


–Es mi testigo –dijo Vicente–. Ciertas situaciones necesitan testigos, porque si no son increíbles. Una vieja vino a avisarnos de que el cura estaba ya en la capilla. Barbarita se levantó a escape. –Vamos, Balbino –dijo, y me cogió del brazo. –Eso, luego hablamos. No tengo ninguna prisa. Estoy de vacaciones –dijo Vicente. Entramos en la capilla y por un momento tuve la sensación de que en vez de entrar a un funeral habíamos entrado a una boda. La capilla es lisa y lasa, las paredes forradas de roble americano y mucha luz por todas partes. Al muerto ni lo ves. Al muerto lo sacan del suelo con un elevador, como en las obras de teatro. Lo suben y se queda más alto que las miradas, yo sólo veía la silueta de los pies del crucifijo. Entramos los primeros. Íbamos Barbarita y yo pasillo alante y por detrás una música que era de funeral pero era tan bonita que parecía para una boda. Me acerqué a Barbarita, igual que el marido se preocupa de su esposa, y le dije al oído: –Qué música tan bonita. –Es el réquiem de Mozart. Al oír la palabra Mozart me giré. Al final de la capilla, Sonia, vestida de negro, estaba tocando el violín. Cuando me giré estaba en ese momento mirando la partitura. Yo me puse muy nervioso. El pasillo se me hizo eterno. Iba subiendo el cajón ese medio metalizado que les ponen ahora y a mí me temblaban los huesos.

5.


El cura llevaba prisa. Le daba unos meneos al hisopo que parecía que estaba tocando las maracas. Cuando se callaba, Sonia interpretaba una pieza con el violín. Yo hubiese querido que el entierro fuera eterno, no sé si por escuchar a Sonia o por no enfrentarme con Vicente, o por ir del brazo de Barbarita. El cura me miraba como si fuera su hijo. Detrás oía la respiración de Vicente, que es respiración de gordo, el aire que pasa a duras penas por la papada de los gordos. La mano era delgada, daba un poco de aprensión, como si además de ortopédica estuviese atrofiada. Cuando Sonia tocaba el violín, Vicente llevaba el ritmo con la mano de plástico dando golpes en el banco. En ese momento lo hubiera estrangulado. Salimos de la capilla y nos estuvimos despidiendo de las viejas. Al lado de una columna, donde los sillones de las cristaleras, Vicente y Facundo nos estaban esperando, y un niño gordinflón que yo supongo que será su hijo, su verdadero hijo. Quise ir a su encuentro antes de que Barbarita se desatascase de las amistades, pero al pasar por la puerta de la capilla Sonia ya salía con el violín metido en el estuche. Sonia me dio un abrazo, me dio las gracias por haberla ayudado con el trabajo, me contó que esa misma mañana la habían llamado para que se presentase. Yo sonreía y decía que sí. Al separarnos vi que Vicente hablaba con Barbarita, y que Facundo esperaba cerca de nosotros. Despedí a Sonia y me fui directamente a él. –Facundo, ¿me quieres decir qué está pasando aquí? –Tú sabrás, Balbino. –Yo sabré de qué. Mira, Facundo, llevamos treinta años sin hablarnos y en todo este tiempo yo no he cruzado el río, y si lo he cruzado, como el otro día en Calomarde, no fue para meterme en tu terreno. –El amigo de Simón eres tú, no yo. –Yo no le llevo jabalís a las costillas, no es amigo para tanto.


–Y yo no le señalo pozos para que monte balnearios. –Eso no es verdad. –Y esa rusa que toca el violín, ¿tampoco es verdad? –Te digo que eso no es verdad. Yo no he señalado ningún pozo a Simón. Si hemos de aclarar las cosas, que sea con la verdad por delante. –Has hecho un trato con él. –Pero no lo he cumplido. Ni lo voy a cumplir. No sé lo que le habrás dicho a Vicente, pero sea lo que sea yo no voy a señalar el pozo, aunque me hagas todo el mal que tú sabes Facundo que me puedes hacer, mira lo que te digo. Barbarita, por los gestos que hacía, iba cantándole a Vicente las cuarenta. Cuando estuvieron cerca nos callamos.


Capítulo 23 Vientre, huesos, corazón

1.

Salimos del tanatorio. Bárbara y el manco iban delante, llevaban el mismo paso, y Facundo y yo detrás. Ahora ya no sólo era Barbarita la que hablaba, también interve-


nía Vicente y dibujaba redondeles en el aire con la mano de plástico. Y no estaba tan acalorada. Hablaba como cuando después de pleitear resulta que la gente, como ya se ha desahogado, rebaja el tono e incluso cambia el tema de conversación. Por el camino del cementerio aún podía disfrutarse un poco el sol de invierno, pero en la sombra helaba. Facundo y yo también seguíamos hablando. Treinta años de pendencias se nos pasaron en cinco minutos, como un malentendido. Facundo dijo: –Este año no habrá caracoles. El otro día vi un escondrijo en una piedra donde había unos cuantos hibernando y resulta que los de la boca del agujero ya estaban helados. Los de dentro, cuando digan de despertarse y salir, no podrán, te lo digo yo. –Cuando hace este frío nunca hay caracoles, Facundo. Qué más da por qué. –Y he visto dos visones. –Serían nutrias. –De eso nada. En el barranco de los Venenos he visto dos visones. No hay más que ver las cáscaras de huevos que dejan en la orilla. Las nutrias sólo comen pescado. –A mí, Facundo, yo, ya... –O sea que vas a dejar el río lleno de visones y de carpas. Buena herencia. –Las carpas no son cosa mía. No hay manera con ellas. Yo no sé qué les ven, joder, si saben a barro. Y los visones... –Los visones los matamos tú y yo o no los mata nadie, Balbino. A mí me da igual que sigas otros treinta años de morros conmigo, pero los visones hay que matarlos. Vicente y Barbarita seguían charlando ahora de lo más cordial. A Facundo le salió el Facundo que no puedo soportar, el mismo de hace treinta años. –¡Joder, Balbino, que te la quita el manco! –Ha dicho que eras su testigo.


–Sí, pero no de lo que tú te crees. Éste es de la competencia, otro vendedor de agua. Quería meterte miedo por si le estabas señalando tú los pozos a Simón. –Y tú encantado, como siempre. –A mí me lió Simón con lo del pozo. Me dijo ya he quedado con Balbino para que me lo señale. –Y tú te lo creíste. –Si hubiese sido al revés tú también te lo habrías creído. ¿O no?

2.

Llegamos al aparcamiento y aún pensé que Barbarita se metería en el mercedes del manco y nos dejaría a Facundo y a mí en la calle. Pero no. Se despidieron sin besos. Vicente habló las últimas palabras y Barbarita miraba hacia un lado y meneaba la cabeza como diciendo que sí. El manco se metió en el coche sin despedirse de nosotros. Facundo también tenía allí aparcada la furgoneta. Nos preguntó si nos llevaba, le dijimos que no. Barbarita me volvió a coger del brazo y nos bajamos por la cuesta del Molino hasta los Franciscanos, cruzamos el río y nos vinimos a casa. Iba seria pero no era seriedad de dolor sino de preocupación, Barbarita ha pasado estos días la intemerata, yo eso se lo noto porque cuando está muy agitada respira por la nariz, se le mueven al respirar las aletas de la nariz. A mí me daba miedo preguntar. Hasta que no llegamos al Molino no me decidí. –Qué –le dije–, ¿ya lo habéis arreglado todo? –No había nada que arreglar.


–¿Y la cosita? –¿Qué cosita? –Él dijo: hay una cosita que tú no sabes, Barbarita. Eso dijo. Yo Bárbara no quiero meterme donde no me llaman, pero es que eso de la cosita... En los Franciscanos había una boda. La gente aprovecha las Bodas de Isabel para casarse, y el entierro de Diego para irse de viaje de novios. Barbarita estuvo un rato callada, lo que nos costó pasar por entre el gentío con cuidado de no esbararnos con los granos de arroz que había en el suelo. Luego dijo: –¿De qué tienes miedo, Balbino? –¿Y por qué había yo de tener miedo? –Tienes miedo de lo que me haya dicho el macarra ese. Han pasado treinta años y todavía tienes miedo. Eres raro, Balbino. Le echas huevos a la vida, no te casas con nadie, a ti no te achantan ni los bichos de la sierra ni la soledad ni el frío, y sin embargo estás como si te fuesen a pillar en una travesura de hace treinta años. –Menuda travesura. –Facundo y tú lo emborrachasteis, y pare usted de contar. Tú querías quitármelo de encima y lo conseguiste. Hacía el mismo frío que hoy, el mismo que hará esta noche. Podíais haberlo dejado en la calle. Cuando se emborrachaba era capaz de dormirse a la intemperie en medio de una tormenta. Lo trajiste a las costillas, Balbino, que yo lo vi. Tú sigues pensando que por tu culpa perdió la mano, pero la verdad es que, si lo miras bien mirado, hasta le salvaste la vida y todo.

3.


Me acordé de Facundo con el jabalí de Simón a las costillas. Me acordé del ruido de la sierra, del chirrido al serrarle el hueso. Yo aún no me había dormido. Mi madre oyó gritos en el piso de Barbarita y me vino a buscar. Anda, hijo mío, ve a ver qué les pasa a esos dos, que la chica ya ha salido de cuentas y él va borracho perdido. Escuché los gritos. Lo sentí bajar a la serrería, a trompicones, antes de que mi padre se levantara. Me escondí en la garita de los papeles, aún no había amanecido. Lo vi zarcear con unos tarugos y escoger uno y medirlo. No sé qué quería hacer cortando ese tarugo. Treinta años después sigo sin saberlo. Enchufó la sierra, pero cuando iba a serrar el tarugo la máquina se paró. Se le fue la luz. Y de repente se volvió a encender, y a apagar, y a encender. Vicente pensaba que era la cuchilla, que se había atascado. Una de las veces pareció no volver a funcionar. Vicente fue a desmontar la cuchilla y entonces volvió a funcionar, y le cortó la mano. Vicente se miró el muñón, y luego miró hacia la garita, donde estaba yo. –Yo lo vi todo, Bárbara. Lo vi desde la garita. Vi que iba borracho. Vi que no sabía dónde ponía las manos. Pude evitarlo. –Pues menos mal que no lo hiciste. –¿Es eso lo que te quería decir Vicente? ¿Era esa la cosita? –No, Balbino, no era eso. Y aunque hubiese sido eso, a mí me habría dado lo mismo. Yo sé que tú no fuiste el que encendía la sierra y la apagaba. Tú nunca me crees, pero yo lo sé todo. –¿Y quién fue entonces? Barbarita se detuvo. Estábamos en la cuesta del Jorgito, a dos pasos de casa. Me cogió del brazo y me dijo: –¿Pero tú no tenías que tocar el tambor esta tarde?


–Qué mas da –le dije yo–. Soy tu marido, estamos de luto. Bueno, yo creo que ya he dejado de ser tu marido, ¿no? –Sube a por el traje de romano ese que te pones que yo me voy a quitar estos pingos y a arreglarme un poco. Como empiece a llegar gente me va a dar un telele. ¿A qué hora es eso? –A las siete. Nos juntamos a las cinco, para ensayarlo todo. –Pues hala, corre. Yo mientras preparo algo de comer. Aún no me había terminado de levantar de la silla cuando llamaron a la puerta. –Ya empezamos –dijo Barbarita–. Pues yo no estoy para pésames, ya lo advierto, que estoy más harta que Carracuca. Abrió la puerta. Era Sebastián. Venía a traer a Loúrdes. No llevaba los lentes.

4.

Loúrdes no andaba como si estuviese borracha sino como si estuviera desganguillada, rota de tanto llorar. Llevaba los ojos rojos, hinchados, se apoyaba en el hombro de Sebastián. Levantaba la cabeza, se quitaba el pelo de la cara y se echaba otra vez a llorar. Iba vestida con unas sayas verdes y una capa. La madre se abrazó a la hija. Las dos lloraron y se dieron besos, y luego se metieron en la habitación de Loúrdes, a seguir llorando. Yo abrí la nevera y le saqué a Sebastián una cerveza, como si estuviera en mi casa. –¿Dónde estaba? –le dije. –Con el verraco de Simón Pedralba. –¿Y te la has traído así, sin más ni más?


–Bueno, me han jodido las gafas, pero ya estaban viejas. De todas formas, había demasiadas autoridades para montar un escándalo. –No te preocupes. Ya se ocupará Simón de llevarse bien contigo. Sebastián dio un trago a la cerveza y me miró. Me miró igual que cuando estábamos en el barranco de los Venenos, cuando me echó el aliento frío en la cara y me acusó de ser un ignorante. Me miró medio sonriéndose y meneando la cabeza, como se mira a las buenas personas que son muy tozudas. Yo miro mucho así también. Pero entonces lo miré como si viera todo derrumbarse. Incluso bajé la cabeza, como si la situación me conmoviera. Entonces Sebastián me puso la mano en un hombro. –Voy a cuidar bien del río, Balbino. No voy a marcar pozos ilegales ni haré la vista gorda con los que rebañan los bancales o abusan de las acequias. No me mires así. Yo levanté la cabeza y le dije: –Todo lo que sé del río ya lo sabes tú. Lo que hagas con ello es cosa tuya. Sebastián bebió un trago y se recostó en la silla. Ahora sonreía más y me miraba como con más franqueza, eso me pareció a mí. Y dijo: –Es cosa de los dos, Balbino, porque te seguiré pidiendo ayuda. Loúrdes va a terminar la tesis. Con el sueldo de guarda podemos vivir ella y yo. Nos quedamos callados. Me lo decía como si ya me pudiera retirar tranquilo, como si mi misión en esta vida hubiese terminado. Sólo nos faltó darnos un abrazo. –¿Y Sonia? –le pregunté. Él se puso entonces como cuando hacía poesías a los cuervos. Y dijo: –Sonia es la música. Loúrdes es el río. Barbarita salió en ese momento de la habitación. –¿Pero aún estás ahí los dos como lirianes bebiendo cerveza? ¿Y tú a qué esperas para vestirte de tártaro? ¿Y tú qué, Sebastián, no tienes tú un apeo de estos? ¿No


guardas tú Balbino en el armario algún traje medieval? Mira a ver que tienes que tenerlo, que tú lo guardas todo. Yo me voy a poner también el mío, qué rediós, y tú Loúrdes ven aquí y lávate esa cara que voy a maquillarte yo, que en la Edad Media iban también muy maquilladas.

5.

No hay manera de dormir. Enciendo y apago la luz y me viene entero el toque y cada una de sus partes. Qué buena tarde nos ha hecho, hasta que no ha caído la noche no ha helado ni nada. Qué bien han empezado los jóvenes con los timbales, la marea baja que tocaba Vladimir, el runrún desordenado de los vientos. Lagartijo atacó con un redoble muy agudo y después fue despaciando el toque hasta que los últimos ya fueron en el borde de la caja, no en el parche. Siguió el rumor de los timbales. Íbamos con cascos de guerreros calle San Juan alante y al redoble de Lagartijo siguió el de Ramón el Carnicero, y después el mío. Los bombos callaban pero al principio del redoble tocaban tres veces seguidas muy deprisa, era como un trueno cuando estalla y después como las chispas cuando se desperdigan, los ecos y rebotes de los rayos allá lejos en las nubes, todos parecidos, todos diferentes, empezaban unos cuando terminaban otros, se montaban y se despaciaban, y de no ser por el runrún de los timbales y porque los bombos seguían marcando el ritmo como un reloj, aquello habría parecido un follón incomprensible. Todos los derrumbamientos son al principio un follón que no hay dios que lo entienda. Pero todos son iguales, los bombos los hacen iguales, los bombos los entienden.


Al final de la calle, a la altura del bar los Juncos, me di cuenta de que la gente abría la boca y me acordé de una cosa que leí una vez, que el ruido de los tambores no entra por la boca sino por los huesos, estremece la tierra y hace temblar el vientre y los huesos. Es un ritmo que no me quisiera quitar de la cabeza. Me gustaría llevármelo a la Muela y seguir tocando como he tocado esta tarde. En la acera de los Juncos estaba Barbarita, vestida de reina, y estaban con ella Loúrdes y Sebastián. Sebastián sonreía cuando me vio, pero Loúrdes seguía llorando, esa chica se va a deshidratar. Barbarita no me miraba tocar, me miraba a mí, me miraba fijamente a mí. Aunque sea sin sueño tengo que dormir. Aunque mañana sea fiesta tengo que echarle de comer al caballo. El río Guadalaviar se junta con el río Alfambra y a partir de entonces recibe el nombre de Turia. Barbarita me ha dicho que en Les Palmeretes podré guardar el caballo. Dice que la casa es grande, que allí hay sitio para parar un tren. –Uy sí sí. Si quieres le monto un dormitorio y todo. Tú Balbino por el caballo no te preocupes. El caballo va a estar a cuerpo de rey, que te lo digo yo. Íbamos subiendo la Andaquilla, Loúrdes y Sebastián delante, Barbarita y yo detras. Así vestidos de medievales parecíamos dos parejas bien avenidas. Supongo que le diré que sí. Ahora ya no hay nada que vigilar, ya no me pagan, ya no les sirvo. Sebastián parece que está centrado. Debo confiar en él, no tener miedo. Mañana subiré al pueblo, cerraré la casa, enterraré la mano. Lo principal es eso, no tener miedo. Barbarita me lo ha estado repitiendo toda la noche. –Tú no tengas miedo, Balbino. Tú fíate de Sebastián y fíate de mí. Fíate de los que te quieren, Balbino, y no tengas miedo.


Los ojos del río  

Antonio Castellote

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