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Quino Collantes

COMPRO, ROBO, VENDO UN PICASSO QUINO COLLANTES

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Facultad de Bellas Artes


QUINO COLLANTES

El autor nació en Valladolid hacia la mitad del siglo pasado y es un escritor tardío, aunque sería más correcto decir un «publicador» tardío. Escritor siempre fue, aunque la vida se empeñara -y se empeñó- en llevarlo por otros vericuetos. Así, mientras escribía con mayor o menor intermitencia, se licenció en Bellas Artes, se convirtió en catedrático de Instituto y en escultor, exponiendo como tal, y pintó y dibujó, y diseñó conocidos locales de Madrid y de otras ciudades de España, y se doctoró con Premio Extraordinario y se convirtió, durante diez años, en profesor asociado de la Facultad de Bellas Artes de Madrid... y todo esto, por supuesto, mientras seguía escribiendo y escribiendo, dado que el día es largo si bien te lo administras, dicen.


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© 1997 Quino Collantes © 2011 de la presente edición: Facultad de Bellas Artes, UCM Calle Greco, 2. Ciudad Universitaria, 28040, Madrid ISBN: 65-1872-034-4 Depósito legal: B-18.649-2011 Impreso en España - Printed in Spain © Diseño e ilustraciones: Beatriz Arribas de Frutos Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.


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Cuando Claire me dijo es una oportunidad única, lo menos que podía imaginar es que, aunque los hechos posteriores estuvieron empeñados en demostrar lo contrario, era verdad. Creí que había enamorado a Claire. Estaba convencido que había conquistado a la mujer más impresionante del mundo, aunque los hechos posteriores, que relataré a continuación, también en este caso demostraron lo contrario. Es decir, que todo fue una trampa en la que caí como un imbécil. Claire me engañó desde el principio. A pesar de que me considero un hombre inteligente Claire me engañó. Me engañó, así de sencillo. Me engañó.


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Aquella tarde, como cada tarde, dado que soy un hombre metódico y ordenado, tomaba el té sentado en la misma silla y ante la misma mesa del mismo café al que acudía todos los días desde hacía seis años. Por más señas y por si quieren comprobarlo y verme alguna vez sentado ante la mesa del rincón derecho, al lado de la ventana, el café es el Metropólitan y está en Park Avenue casi esquina con la calle 60, desde donde escribo este relato. 12

Paul Andersen III escribe sentado en la mesa de siempre, «su mesa», la del rincón, ante uno de los ventanales, entrando a la derecha, en el Metropólitan Café, que está en la ciudad de Nueva York exactamente en la dirección que él acaba de escribir en la primera página de su relato. Se ha propuesto escribir la historia de lo que fue en un principio amor y pasión, después deleite artístico y ocasión extraordinaria y luego desengaño, frustración, dolor y deseos de venganza; para terminar como el gran negocio de su vida.


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Todo empezó una tarde de hace dos años. Diluviaba. Caía tal cantidad de agua que Paul, a pesar de que tenía prisa, se lo pensó mejor y esperó, ya en el portal del edificio de oficinas donde tenía su despacho, a que escampara, arrepentido de no haber hecho caso a su secretaria cuando le advirtió está lloviendo muchísimo, señor Andersen. Había ido a trabajar en taxi. Obsesionado con la perfección dejó el coche en el taller el día anterior: el aire acondicionado de un Jaguar XK8 no debería hacer «ese ruido insoportable» al conectarlo; ruido insoportable que ahora, que estaba sin coche y llovía, reconocía que apenas si era un casi imperceptible zumbido. Aunque justificando una más de sus muchas manías con el prefabricado razonamiento de que el aire acondicionado de un Jaguar XK8, nada menos que de un Jaguar XK8 color zafiro para más señas, no debería hacer ni siquiera el más leve zumbido al ponerse en marcha el aire acondicionado; ni aunque fuera diez segundos. Parecía que la fuerza del agua, en su caída, amainaba, así que se decidió a salir a la calle al ver a través de los cristales de la puerta que la masa amarilla de un taxi descargaba a su pasajero frente al edificio del que le separaba una amplia acera.

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No se lo pensó dos veces y salió corriendo hacia el taxi justo en el momento en que una mujer, que caminaba pegada a la pared del edificio para evitar la lluvia, se cruzó en su carrera. La peor parte del golpe se lo llevó ella que cayó de bruces sembrando la acera con tres paquetes, un zapato, el teléfono móvil, el bolso y los dos tomos de El siglo de Picasso, de Pierre Cabanne, que salieron disparados de una bolsa de la librería Rizzoli.

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Paul, aturdido por un golpe recibido en la nariz, tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había pasado. Cuando quiso reaccionar la mujer ya se había levantado del suelo y miraba desolada el sembrado de objetos que crecía, bien regado, en medio de la acera. Como obedeciendo una orden se agacharon al mismo tiempo a recogerlos. Diez segundos después, protegiéndose de la lluvia en la entrada del portal, Paul no sabía como disculparse. —Yo, yo... —Pero, ¿es usted imbécil o qué? —Yo..., no, si ya le digo que yo... —Yo, yo, yo; es que no sabe decir otra cosa. —Yo...; sí, claro. Pero es que... —¡Mire cómo me ha puesto! — Pues anda que yo. —Sí, ¡pero usted ha sido el que me ha agredido! —gritó ella recogiendo uno de los paquetes que se le había vuelto a caer al suelo—. ¡Mire mis libros! —Vaya, eso sí que lo siento. —¡No me lo puedo creer! Lo que le ha pasado a mis libros lo siente. Y lo que me ha pasado a mí, ¿qué? —Yo..., no he querido decir eso. Bueno, he querido decir que lo que siento es que se le hayan estropeado los libros de Picasso.

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—¡Esto es el colmo! Y yo, ¿no me he estropeado? —gritó otra vez ella. Pero no pudo seguir después de la pregunta porque, al mismo tiempo, las expresiones de las dos caras pasaron del estupor y la furia a la sonrisa primero y a la risa inmediatamente después ante el absurdo de la situación y, sobre todo, de la conversación. —Paul Andersen. —Claire Hamlin —contestó ella estrechando la mano mojada que Paul le había tendido, intentando recomponer un peinado que ya no tenía remedio. —No se preocupe, le compraré otros libros. Espero que no se haya estropeado lo que va dentro de los paquetes. —Creo que no —dijo Claire, acercando el paquete más grande a su oído, moviéndolo arriba y abajo y comprobando por el ruido que salía de su interior que lo que fueron seis vasos de whisky eran ya solamente los trozos de seis vasos de whisky—. No, todo en orden. Paul propuso tomar un té en la cafetería que había en la esquina. Seguía lloviendo pero decidieron con una mirada que daba lo mismo, que no podían mojarse mucho más de lo que estaban.


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Conectaron. Mientras la veía remover el azúcar con la cucharilla, Paul pensó es guapísima; debe de tener veintimuchos años, no creo que llegue a treinta. Claire, en efecto, era guapísima y aunque tenía veintimuchos años no llegaba a treinta y, aún con su pelo empapado y revuelto, estaba resplandeciente, ejemplo de belleza natural sin trampa ni cartón. Sus ojos negros y brillantes, extrañamente separados, al pasar del remolino de su taza de té a los ojos de Paul hicieron que todo su vello se erizara. Si Michel Pfeiffer fuera morena de ojos negros sería igual que Claire, siguió pensando Paul sin apartar sus ojos de los de ella que, después de unos segundos, volvieron a la taza. —¿De qué te ríes? —De pensar que no te pareces a Michell Pfeiffer pero eres igual que ella. Y de pensar que corría hacia un taxi para no mojarme —contestó abriendo los brazos en cruz sin querer detenerse a pensar que era mejor no preocuparse del estado de su traje a medida de Satchers & Patchers, de Savile Road, en Londres; ni de sus zapatos, también a medida, de Borromini, de Milán; ni de su corbata de Versace, la única prenda que llevaba encima no hecha a medida. No quería ni mirar cómo habrían quedado

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después de la ducha ni mucho menos recordar su precio. Por primera vez en un montón de años estaba frente a unos ojos que le miraban por algo distinto que no fuera trabajo, negocios o familia. Con una mirada desconocida y distinta que le llenaba de calor. Una amiga; pensó que Claire podía ser una amiga, su amiga; que podía entrar en su sellado mundo como la amiga que nunca tuvo ya que nunca tuvo amigos, aunque a veces, para justificarse, considerara amigos a determinados accionistas, colaboradores o compañeros de club o gimnasio. Pero amigos, de verdad, ninguno. Así que cuando absorbió toda la luz, la belleza, la fuerza y la energía que derramaban los ojos de Claire pensó que por primera vez en su vida tenía delante a la persona con la que le gustaría seguir el resto de su vida. A la consabida pregunta de bueno ¿qué haces? Claire contestó que trabajaba en una sociedad de intermediarios en la compra y venta de obras de arte y antigüedades, aunque cada vez más de antigüedades que de obras de arte por culpa de Sotheby’s, Christie’s y demás casas de subastas más o menos importantes que dejaban casi fuera de juego al resto, a los pequeños que se dedicaban a ese negocio. Su trabajo consistía, explicó, en


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estudiar y valorar las propuestas de determinados clientes que no se atrevían a ir directamente a las grandes casas citadas cuando tenían que vender una obra de arte contemporáneo, campo en el que ella era experta. A Paul le pareció un trabajo apasionante y algo que le unía a ella tanto como el brillo de sus ojos ya que —explicó— le interesaba muchísimo el arte en general y el arte moderno en particular, lo que dio pie a Claire para que se extendiera durante más de media hora y otros dos tés con leche sobre un trabajo que, se veía, le apasionaba. Por su parte, cuando le tocó su turno, Paul explicó que era economista y asesor financiero experto en inversiones en Latinoamérica y que trabajaba en el edificio de al lado; y se guardó, por modestia o por prudencia, que no era economista y asesor financiero, sino el mejor economista y asesor financiero de la ciudad y que no solo trabajaba en el edificio de al lado sino que era el propietario y presidente del más prestigioso despacho de inversiones de la ciudad, que ocupaba dos plantas del citado edificio de al lado. Apenas si habló tres minutos de sí mismo, confesando que su trabajo, aunque le gustaba, no tenía

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nada de apasionante y que, hablando de pasiones, su única pasión era el arte moderno. —¿Por eso lamentabas haberme estropeado la biografía de Picasso? —Por eso. Si me gusta el arte, Picasso es mi pasión. Así que te propongo que si ha dejado de llover —risas— nos acerquemos a Rizzoli para volver a comprar el Picasso de Penrose. Por cierto, me gusta mucho más la biografía de John Richardson, ¿la conoces? —No. —Pues te la regalo en señal de desagravio. Ya verás, te va a entusiasmar; es, con mucha diferencia el estudio más riguroso de la vida y la obra de Picasso, y a la vez el más sencillo y el más claro. Mucho mejor que el de Penrose, o que los de Pierre Daix, Edward Quinn o Pierre Cabanne. —Oye, eres un experto. —No; un enterado... y un apasionado. Casi me da vergüenza ir al MOMA porque de tanto plantarme ante Les Demoiselles D’Avignon me conocen todos los vigilantes de la sala y yo creo que ya empiezan a mirarme como se mira a los locos, ya sabes, con esa mezcla de curiosidad, prudencia y condescendencia. ¡Venga, vámonos!


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—¡Es una ganga! ¡Quince millones de dólares! Una ganga. Había pasado un año. Desde el encontronazo bajo la lluvia y desde que Paul propuso venga, vamos, había pasado, volando, un año. Ya no se separaron. Después de pensárselo mucho, Claire se instaló en casa de Paul. A las seis semanas del diluvio dejó definitivamente su apartamento del Village metiendo en el coche de Paul, en otra tarde de lluvia, todo lo que tenía: dos maletas con su ropa, tres cajas con trastos, una lámpara absurda que pretendía ser Art Decó y veinte libros de Picasso. Directa al número 12 de Sutton Place. Subiendo así, de un tirón, veinte escalones en su estatus social. Aunque lo habían hablado mil veces aun no se habían casado, a pesar de la insistencia de Paul, que no quería perder a la que consideraba la mujer de su vida. Claire, más prudente, prefería esperar escudada en que había pasado por el desengaño de una mala experiencia amorosa hacía dos años. No estaba dispuesta —insistía— a dar ese paso sin estar completamente segura de sus sentimientos y de los de Paul. Pero acabó cediendo a los besos y a las caricias, a los ruegos y a la ternura de su amante.

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La pareja sólo se separaba por la mañana. Acudían, de mala gana, a sus trabajos y pasaban la jornada pensando uno en el otro, devorando el tiempo que les separaba para correr otra vez a abrazarse, para hacer el amor como locos, arreglarse para salir a cenar al Four Seasons, al Lutecè o al Christ Cella y a tomar una copa al King Cole Bar del Hotel Saint Regis o al bar del Hotel Algonquin y regresar a casa para seguir amándose. Y así un día y otro día y otro día; y cada fin de semana, a bordo del flamante Jaguar XK8, olvidado ya el insignificante ruido que Paul ya no volvió a oír —a pesar de que seguía sonando—, elegían uno de los llamados hoteles con encanto de cualquier pueblo cercano. O bien estiraban cinco o seis días el fin de semana en el Hotel Ritz de París, en el Ritz-Carlton Schlosshotel de Berlín o en el Hotel du Cap de Antibes, tan cerca del Museo Picasso, disfrutando del amor y de la vida, amantes felices y despreocupados. Viajaron a todos los museos del mundo en los que hubiera obras importantes de Picasso; insistiendo en sus preferidos: el Museo Picasso de París, el de Barcelona, el de Antibes, la Colección Ludwig de Colonia y el Hermitage de San Petersburgo, antes Leningrado.


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Eran el prototipo de la pareja perfecta: jóvenes, cultos, simpáticos, ricos y guapos. Por una mezcla de pudor y de buena educación Paul nunca le confesó a Claire el nivel real de su fortuna ya que, a su juicio, un caballero jamás hablaba de su dinero. Y además pensaba que ella bien podía imaginárselo a la vista de su casa y de su tren de vida. Porque Paul, aunque rico, era discreto. O al menos, a su nivel, intentaba serlo. Una educación estricta tanto en el ámbito familiar como en la Hackley School de Nueva York y en los mejores colegios de Inglaterra conformaron un carácter discreto y un punto desconfiado recordando los consejos de su madre: se prudente, hijo mío, y desconfía de las mujeres, tienes cara de billete de mil dólares. Pero con Claire todo fue distinto. Fue un regalo del Dios de la Lluvia. Y estaba bien claro que había sido él el que a partir del primer encuentro y durante las semanas siguientes la acosó sin tregua hasta que la rindió por agotamiento. Y ya que no sabía nada de él procuró no dar pistas siendo aún más sencillo de lo que habitualmente era. Era la primera vez que tomaba la iniciativa en una relación y estaba feliz y entusiasmado de tener en una

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mano el bastón de mando y en la otra a la mujer conquistada. Aquella tarde Claire llegó a casa dos horas más tarde de lo habitual encontrando a su amante intranquilo. Sin quitarse el abrigo, nerviosa y excitada, se sentó frente a Paul y le contó el motivo de su retraso que no era otro que la visita a un cliente de su empresa que quería vender ¡¡el picasso más impresionante que he visto en mi vida!! —¡Es una ganga! ¡¡Quince millones de dólares¡¡ ¡Una ganga! Se levantó y quitándose su abrigo de ante negro, de Prada, se sirvió una tónica con ginebra olvidando que siempre preparaba otra para Paul. Estaba acelerada; se reía, gesticulaba, daba vueltas en su dedo al anillo con el impresionante brillante de ocho quilates, de Harry Winston, que Paul le había regalado hacía una semana, se llevaba las manos a la cabeza, se despeinaba, paseaba arriba y abajo del amplio salón sobre la alfombra persa que desde 1845 pertenecía a la familia de Paul que, entre sorprendido y divertido, veía, sentado tranquilamente en un sillón, cómo Claire no paraba de dar vueltas como una leona enjaulada.


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—¡Es una maravilla! Paul, una maravilla. Tenías que verlo. Es un retrato de Marie-Thérèse Walter, de 1932, con el nombre absurdo de «Naturaleza muerta con manzanas». Mide un metro por 81 centímetros y está impecable; limpio; espléndido. ¡Dios mío, qué cuadrazo! Exceptuando los grandes picassos de los museos éste es el más bello que he visto en mi vida. (Trago de gin-tónic) La cabeza de Marie-Thérèse aparece como si fuera un busto de escayola sobre un pedestal, con las sombras en un increíble azul verdoso transparente. (Trago de gin-tónic) A su lado, un frutero con manzanas verdes y amarillas. Y todo el conjunto sobre el tablero gris azulado de una mesa. ¡Increíble! (Otro trago de gin-tónic) Es un cuadro digno del mejor museo o de la mejor colección. Y lo increíble es que lo vende por quince millones de dólares, cuando vale, al menos, veinticinco. -terminó Claire la parrafada casi sin respirar bebiéndose, de un trago, la poca tónica con ginebra que quedaba en el vaso. —¿Y por qué lo vende por quince millones si vale veinticinco? —preguntó Paul, divertido ante la excitación de Claire. —Porque está loco. Prefiere la discreción de la venta a un particular que el número de circo que se

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armaría si saliera a subasta. Por supuesto que lo podría vender por veinticinco millones o más, pero tendría que descontar impuestos y comisiones disparados por la expectación levantada. Prefiere la discreción. O, por lo menos, eso dice, el imbécil. —¿Podría verlo? —Claro. Me encantaría. No te creas que no lo he pensado. Mañana, si quieres, llamo al cliente desde el despacho y preparo, si acepta, una cita por la tarde. Le diré que eres un posible comprador. Qué pena que no tengas quince millones de dólares. Porque es la oportunidad no sólo de tener un gran picasso —y tú sabes muy bien que hay picassos y picassos— sino de hacer un gran negocio, la inversión de tu vida. —Sí, es una pena. ¿Dónde cenamos hoy? —dijo Paul aprovechando que la curva de excitación de Claire, afortunadamente, había decaído.

Paul se quedó hipnotizado ante el cuadro. Ante el picasso más bello que nunca había visto y presumía y con razón de haber visto muchos. A pesar de que en un principio consideró exagerados, por su vehemencia casi histérica, los elo-


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gios de Claire, tuvo que reconocer que se había quedado corta. El cuadro era impresionante; una de esas obras que muestran el mejor momento creativo de un artista. Y allí estaba, ante él, con una maravillosa Marie-Thérèse Walter mirándole a los ojos diciendo cómprame. Llegaron a casa del propietario del cuadro hacia las seis de la tarde. Claire hizo las presentaciones y Paul estrechó la mano de un hombre más o menos de su edad y más o menos de su educación y posición social, que ambos reconocieron nada más verse, como se reconocen los animales con el mismo pedigrí o los integrantes de una sociedad secreta. Vestía, con un estudiado descuido, ropa informal pero cara y sus ademanes delataban la buena educación que intentaba camuflar con una afectada naturalidad. Vivía en un enorme apartamento en la calle 72 esquina a Central Park West, en el Dakota Building, uno de los edificios emblemáticos de la zona aunque de memoria oscura y siniestra desde que Roman Polansky rodara en su interior La Semilla del Diablo y desde que en su portal mataran en 1980 a John Lennon cuando entraba camino del apartamento en el que vivía con

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Yoko Ono desde que se instalaron en la ciudad de Nueva York. A Paul le pareció menos siniestro de lo que la leyenda contaba y olvidó los últimos recelos cuando el propietario del cuadro, con un elegante ademán le dijo por aquí, por favor, y le introdujo en un amplio salón en el que, sobre una chimenea que claramente nunca había sido encendida, estaba colgado el cuadro de Picasso. Estuvo más de cinco minutos hipnotizado, sin pestañear, clavado en el suelo a dos metros de distancia del cuadro, sin decir ni una palabra, sin respirar, como si no existiera nada ni nadie más en la habitación, ni en el piso, ni en el edificio, ni en la ciudad, ni en América, ni en el mundo. Una mano sobre el hombro le devolvió a la habitación y sus oidos volvieron a abrirse para dejar paso a las palabras de Claire que le decía qué te parece. —Lo compro. El silenció volvió después de lo compro hasta que Claire, que paseaba su mirada alucinada de Paul al dueño del cuadro y del dueño del cuadro a Paul, preguntó: —¿Cómo que lo compras? —Lo compro, —contestó Paul, sonriendo—. Lo

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compro, lo compro, lo compro —repitió tres veces, subiendo el tono de voz en cada uno de los lo compro. —¿Tienes quince millones de dólares? —preguntó Claire, con la sorpresa definitivamente instalada en su cara, mientras buscaba casi a tientas el sillón más cercano. —Tengo quince millones de dólares y estoy dispuesto a dárselos a este señor a cambio del picasso más bello que he visto en mi vida. Pero... El silencio que siguió a la pausa, denso, teatral, hizo que el mundo se detuviera dentro de los sesenta metros cuadrados de la habitación. El dueño del cuadro, que se disponía a descorchar una botella de Moet Chandon White Star, estratégicamente presente en su cubitera repleta de hielo y que brillaba como el marchamo de su nivel de vida, se quedó quieto, petrificado, en una postura absurda, casi imposible, como si se tratara del fotograma de una película frenada de repente. Claire, en su sillón, miraba a Paul y Paul los miraba a los dos siendo el movimiento de sus ojos la única señal de vida en la sala. —Pero... —continuó diciendo Paul, poniendo otra vez movimiento y vida a la escena congelada—


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imagino que un cuadro de Picasso de este calibre, que vale una cifra también de este calibre, tendrá documentación. —Por supuesto. No creo que nadie esté dispuesto a comprar un cuadro, sea del pintor que sea, por quince millones de dólares, sin tener la garantía de la autenticidad de la obra. Usted, imagino que como buen conocedor de la obra de Picasso sabrá, como Claire y como yo, que el español es uno de los pintores más falsificados. Y que la mayoría de los petroleros tejanos que compraron picassos en los años cincuenta y sesenta lo hicieron sin ninguna garantía y ahora prefieren refugiarse en el beneficio de la duda antes que afrontar la realidad de que les estafaron. Así se forró, desde su estudio de Ibiza, Elmyr de Hory, el «imitador», como él decía, que llenó Texas de modiglianis, matisses y picassos. Pero no es así en este caso. Hizo una pausa y, abierta la botella de champán, llenó tres copas de cristal de Bacarrat ofreciendo una a Claire y otra a Paul. Siguió de pie delante de la mesa de las bebidas y bebiendo un pequeño sorbo de la suya, continuó: —Mi abuelo compró el cuadro en 1936. En París. Directamente a Picasso a través del marchan-

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te Daniel-Henry Kahnweiler. Pasó a mi padre por herencia en 1970 y hace dos años a mí. Es el resto del naufragio, la herencia del hijo pródigo que nunca volverá a casa, el lavado de conciencia de mis padres para perderme de vista definitivamente; en una palabra: la legítima de una herencia de la que me han desheredado. Y si me han dado la migaja del cuadro —perdone por llamar al cuadro migaja, pero si conociera el nivel de las finanzas de mi padre lo comprendería— es porque siempre fue mi preferido entre los de la colección que comenzó mi abuelo y consolidó mi padre. Y por que en una familia de prestigiosos financieros durante generaciones, a mí se me ocurrió estudiar bellas artes; así que, imagínese a mi padre: el picasso para ti, adiós, «artista». Y para terminar, si se han dignado a darme el cuadro, aparte de por las dos anteriores razones, ha sido también por esto. El dueño del cuadro, después de su largo parlamento, bebió otro sorbo de champán, dejó la copa sobre la mesa de las bebidas, abrió uno de los cajones de un bargueño, napolitano, del siglo XVII, con taracea de marfil y nácar, y sacó una fotografía que mostró a Paul. En la imagen aparecía Pablo Picasso con un niño de unos cinco años en brazos,


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sonriendo a la cámara, entre dos caballeros de aspecto muy serio. A la izquierda del grupo, al lado del señor de más edad, aparecía, perfectamente reconocible, sobre un caballete, el cuadro que ahora colgaba sobre la chimenea del salón. —Le enseño esta foto porque, como le he explicado, es el origen de la tercera razón por la que he recibido el cuadro en herencia. El que está en brazos de Picasso es mi padre, y los adustos caballeros que le flanquean son mi abuelo y Kahnweiler. De siempre, mis padres y mi abuelo dijeron que el cuadro sería para mí, porque cuando yo tenía más o menos la edad que aquí tiene mi padre decían que éramos iguales. Les hizo gracia un parecido tan increíble. Es como si yo hubiera retrocedido en el tiempo para auparme nada menos que en brazos de Picasso. Pero, en fin, eso pertenece al pasado. El presente es que aquí está el cuadro. Como puede ver mi abuelo lo compró en 1936 a pesar de la reticencia de Picasso a venderlo, ya que, en plena efervescencia de su amor por Marie-Thérèse Walter, no quería desprenderse de la pintura. La insistencia de Kahnweiler, preocupado por su sustanciosa comisión, y el dinero de mi abuelo, un buen montón de dólares, imagino, le convencieron.

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El dueño del cuadro se dirigió a la pared opuesta a la que colgaba el picasso y apartando unos libros de una de las estanterías de la librería que cubría todo el paño dejó a la vista una pequeña caja fuerte empotrada en el muro, la manipuló y sacó de su interior una carpeta azul. —Aquí están los documentos. El recibo de venta firmado por el marchante; el certificado de autenticidad de la obra; la correspondencia de mi abuelo con el marchante gestionando la compra; otra copia de la foto famosa; una copia legalizada del testamento mediante el cual se demuestra que mi padre heredó el cuadro del suyo y el documento mediante el cual y ante notario mi padre me dona el cuadro a mí como parte única de mi perdida herencia. Paul ojeó todos los documentos y después de unos segundos dijo: —Espero que no le importe que un experto estudie y autentifique tanto el cuadro como los documentos. —Por supuesto. Hace mal en desconfiar, pero es lógico que lo haga. Póngase en contacto conmigo y venga con el experto —que le va a costar una pasta— cuando quiera.


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Al día siguiente, a las seis de la tarde, Claire, Paul y los tres expertos contratados a través de la garantía de un grupo de inversores en arte que a su vez trabajaban para clientes de confianza del despacho de Paul, se presentaron en el apartamento del Dakota Building. Y tres días después Paul tenía encima de la mesa de su despacho el informe que certificaba, con todas las garantías, la autenticidad del cuadro y de la documentación. A pesar de todo y como siempre que le preocupaba algo, Paul estaba inquieto y leía y leía el informe, dándole vueltas como si tratara de encontrar algo que sospechaba que se le escapaba. Acostumbrado por su profesión y por su educación a desconfiar de lo excesivamente fácil, olía que en todo el asunto del cuadro había algo, no sabía qué, que le ponía en guardia. Retrasó una semana la compra del cuadro alegando la dificultad de reunir semejante cantidad de dinero y contrató los servicios del detective privado que trabajaba para su despacho y para unos cuantos más del edificio en el que trabajaba Paul. El detective era el personaje típico de película de la serie B, de las de blanco y negro de los años cincuenta, es decir, que reunía casi todos los «ex» de

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los detectives privados que se preciaran de serlo: ex-policía amargado, ex-marido, ex-feliz y, según él, ex-alcohólico. Tenía absoluta veneración por Paul ya que los informes que elaboraba de sus inversores sospechosos de lo que fuera eran remunerados generosamente y constituían su mejor fuente de ingresos. Durante siete días investigó al dueño del cuadro y el resultado fue un abultado dossier que incluía orígenes, nacimiento, niñez, estudios, juventud y, sobre todo, ocio del investigado. Todo era cierto. El cuadro pertenecía a la familia desde 1936 y todo el mundo del arte tenía noticia de ello. El abuelo, mientras le perteneció el cuadro, se negó a prestarlo para exposiciones ya fuera en el país o internacionales lo que creó un halo de misterio a su alrededor que redundó en propio beneficio del cuadro que, a cada año y a cada negativa, aumentaba su cotización. El padre, al heredarlo, lo cedió tan solo un par de veces para las dos retrospectivas más famosas en honor del pintor, a partir de su muerte en 1973, siendo recibido con la expectación que crea lo oculto desvelado. De los expertos de todo el mundo era sabido, según el informe,


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que «Naturaleza muerta con manzanas» era uno de los grandes cuadros de Picasso, así como sabían también de la negativa de sus propietarios a cederlo o a venderlo. Hasta ahora. El informe concluía con las cuatro últimas propuestas de compra realizadas, sin especificar el precio, por el Museo Thyssen-Bornemisza, por el Museo Guetty, por la Fundación Ludwig y por la Colección Arcade. La respuesta siempre había sido la misma: el cuadro no se vende. Y ahora —pensó Paul, concluida la lectura del informe de su colaborador —el dueño actual lo «liquida» por 15 millones de dólares. No tenía sentido, pero a veces los mejores negocios que había hecho partieron de circunstancias sin sentido. Apretó una tecla de uno de los tres teléfonos que tenía sobre su mesa y al instante se abrió la puerta dejando paso a su contable que, sin esperar la pregunta, respondió sí, ya tengo preparado el dinero.

Apenas si convivieron diez días los tres juntos. A medida que aumentaba el entusiasmo y la alegría de Paul ante el picasso colgado ya en una

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pared del salón de su casa disminuía el cariño, la alegría y la pasión de Claire. Se fue alejando, se fue enfriando sin dar explicaciones a las preguntas de Paul. Hasta que un día, en una carta de apenas tres renglones, Claire daba por terminada la relación. Adiós. Me voy. Lo siento.

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Paul no podía creerlo. Por más vueltas que le daba no encontraba explicación, ni lógica ni ilógica, que le diera una pista del anormal comportamiento de Claire. Decidió no rendirse y luchar por su amor, y a la mañana siguiente de leer la carta de tres renglones que su amada le había dejado encima de la almohada, sobre la que no pudo dormir ni un minuto en toda la noche, fue a buscarla al edificio de oficinas en que trabajaba, en el cruce de la Quinta Avenida con Broadway, frente al Flat Iron, el tan famoso como estrecho primer rascacielos de Nueva York. Cuando la recepcionista de Art & Antiquities le contestó que allí no trabajaba ni había trabajado nunca ninguna Claire Hamlin, es más, que allí no trabajaba ninguna mujer más que ella, a Paul se le hundió el edificio bajo sus pies. Y cuando


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iba a insistir argumentando que él mismo la había acompañado cada mañana se dio cuenta de que sí, de que la había traído en coche para ver cómo le decía adiós con la mano desde el portal, pero nada más. Solamente le quedaba una baza: la madre de Claire vivía en una residencia de ancianos en Newark, en New Jersey. Algunos fines de semana los había pasado con su madre —decía— a la que estaba muy unida, pues la residencia tenía un hotel anexo para alojar a los familiares de los ancianos que quisieran prolongar más de un día la visita. Así que, cuando en la residencia le dijeron que la madre de Claire no existía Paul lo vio claro: el cuadro de Picasso era falso. El cuadro de Picasso es falso, pensó. —¡¡El cuadro de Picasso es falso!! —gritó. Convocó urgentemente esa misma tarde en su despacho a los tres expertos y al detective privado y les pidió explicaciones. Explicaciones que se resumieron a que, el cuadro era auténtico, según los expertos y, según el detective, el dueño también. Paul se disculpó sin mencionar el por qué de sus sospechas y se fue directamente al MOMA, como siempre que necesitaba pensar con claridad.

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No tenía lógica, —pensaba Paul Andersen III con la mirada fija en el plato con fruta que aparecía en primer plano, como añadido de bodegón amable, como disculpa figurativa, ante la violencia de las mujeres rotas de Les Demoiselles D’Avignon— nada de lo sucedido era lógico y mucho menos el comportamiento de Claire. Aunque ahora se daba cuenta de que nunca había confiado del todo en ella, nunca se había abierto, a pesar de su sincero amor, de su pasión. Y el mejor ejemplo de ello fue que siempre evitó mencionar más que ocultar la verdadera dimensión de su fortuna. Y Claire ignoraba este dato, estaba seguro de que lo ignoraba, y la mejor prueba fue su sorpresa (¿Tienes quince millones de dólares?) cuando se enteró de que podía comprar el cuadro. Y ahí es cuando Paul ya no entendía nada; precisamente cuando se entera de que era más rico de lo que ya imaginara, precisamente cuando compra el cuadro de sus sueños, va y le abandona. Cuando tendría que ser, si es que tuviera interés por mi dinero, exactamente todo lo contrario —seguía pensando Paul ante el cuadro. El zumbido del teléfono móvil le sobresaltó avergonzándole ante el imperdonable olvido de desconectarlo al entrar en la catedral que para él


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era el MOMA. En la pantalla apareció el nombre del detective privado, una de las pocas personas que tenía su número. En un susurro le dijo te llamo en un minuto y salió de la sala mágica para dirigirse al Jardín de las Esculturas donde preguntó qué pasa. —¿Tiene usted una fotografía de la señorita Claire? —No —en ese momento Paul se dio cuenta de que, después de vivir un año juntos las veinticuatro horas del día, de Claire sólo le quedaba el recuerdo, su imagen en el aire, nada. —Pues siéntese si tiene una silla a mano, pues se puede caer de espaldas. Aquí hay gato encerrado. O mucho me equivoco, y ojalá me equivoque, señor Andersen, o la señorita Claire no se llama Claire y en este mismo momento está, se llame como se llame disfrutando alegremente de su dinero —del de usted, quiero decir— en compañía del que era el dueño del cuadro. Paul, que, siguiendo la sugerencia de su colaborador, se había sentado en uno de los bancos, en el que estaba, precisamente, al lado de un bronce de Picasso, se quedó con el teléfono pegado a la oreja, en silencio y con la vista puesta en ninguna parte hasta que el tercer le pasa a usted algo de su colaborador le sacó del otro mundo y le aterrizó

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de nuevo en el Jardín de las Esculturas. Solamente tuvo fuerzas para decir en el Metropólitan Café dentro de media hora. Sentados ante la mesa que Paul ya consideraba suya el detective privado continuó la charla interrumpida. —Mire usted, señor Andersen, la convocatoria de esta mañana y, perdone usted, su aire fúnebre, me mosquearon. Y cuando me mosqueo me mosqueo, o sea, que me mosqueo, que me da por fisgar, vamos; o sea, que me fui a fisgar con los que más fisgan: los porteros. Son los que más saben, los reyes de su reino; y yo sé cómo tratarlos. O sea, que me fui a ver al portero del Dakota Building. Y a pesar de que mira que el edificio es grande pues resulta que el portero de tarde, que casualidad, es un exmacarra, un ex-matón, un regenerado como nosotros les llamamos, que me debe más de un favor de cuando yo era quien era y él tampoco era manco. Y conoce muy bien al dueño del cuadro. Confirmó mis sospechas: o sea, que el nene es golfo y putero como pocos, que se mete por la nariz toda la pasta que cae en sus manos y que es ex-rico por parte de padre y rico otra vez gracias a usted. O sea, que entre billete y billete de diez pavos y más de una


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insinuación del recuerdo de lo que fue, y que ahora que va vestido de almirante le avergüenza, el portero cantó La Traviata y en el tercer acto dijo que su inquilino se ha marchado de viaje, justo ayer, en compañía de su novia de toda la vida, o sea, una golfa impresionante que yo creo que es, y perdone usted, la señorita Claire. Paul sintió que le faltaba el aire y lo primero que pensó, aflojándose el nudo de su corbata de Armani, es que había un escape de gas en el local; pero al observar que todos a su alrededor no solo respiraban sino que, además, seguían bebiendo y charlando tranquilamente, decidió resucitar bebiéndose de un trago el más de medio vaso de gin-tónic que le quedaba, lo que le aportó fuerzas y aire suficientes para pedir inmediatamente otro. —No entiendo nada. —Yo tengo una teoría que a lo mejor se pasa de fantástica, pero más vale eso que nada. O sea. ¿Se la cuento? —Adelante, adelante. —Pues bien. El niño rico es pintor. Pero sobre todo rico y bien relacionado. Un buen día alguien le habla de usted, por casualidad, ya sabe —ustedes pertenecen al mismo mundo— un comentario sin

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mala intención, como hombre rico, refinado y, sobre todo, amante de Picasso. Y medio en broma, medio en serio, entre un polvo y una rayita de coca, prepara con su amante, la señorita Claire, el juego de niño rico aburrido que desemboca en una estafa bastante productiva. —Como teoría, un poco retorcida ¿no? —Si yo le contara... —Pero hay un fallo: no me conocían. —Si se tiene interés, y lo tenían, se puede conocer a Dios, o, en su defecto, a su representante en la Tierra, o sea, el Papa. —Bueno, venga; siga, siga. —Pues como le decía; se les ocurre como juego, como broma, como vete a saber. Le localizan al salir de su oficina y poco a poco van viendo las posibilidades de una estafa casi imposible de descubrir para engordar unas arcas que el vicio y la buena vida a la que están acostumbrados casi han vaciado. No hay riesgo, porque usted no les conoce ni ellos le conocen a usted. Nunca sospechará nadie nada ante un plan tan perfecto. —¿Y Claire? —La protagonista. Se hizo la encontradiza con usted y, con perdón, le llevó al huerto. O sea.


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—¿Y ha estado fingiendo un año? —Fingiendo y viviendo como una reina. Perdone usted, pero no tiene mérito; así, cualquiera. —Demasiado retorcido. Increíble. ¿Y el cuadro? ¿Y los documentos? —El cuadro lo pudo pintar el niño, que a lo mejor resulta que es bueno; y en cuanto a los documentos le puedo presentar, sólo en esta ciudad, a veinte o treinta personajes que por un buen montón de dinero le falsifican a usted lo que quiera. A su madre, por ejemplo, con perdón. O sea, lo que quiera. —No me lo creo. —Pues bueno. Pero se lo crea o no se lo crea esto es un timo. —Pero es imposible. Usted ha comprobado personalmente que todo lo que ese Norman LloydDermontt nos dijo era verdad probada y documentada. Y los expertos han confirmado lo mismo respecto al cuadro. ¿Donde está el timo? —En la perfección del plan. Estamos hablando de gente educada, refinada, preparada, culta, relacionada y, sobre todo, con dinero. Nadie sospecharía de ellos. Había que buscar un capullo, con perdón, que no les conociera, pero del que tenían los suficientes datos como para poner en marcha lo que

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quizá comenzó como un juego. Y el mirlo blanco, usted, tenía las dos mejores papeletas: una pasta que te cagas, o sea, traduciendo: mucho dinero y una pasión para mí incomprensible: Picasso. La historia del cocaíno es cierta; pero en cuanto al cuadro, —que entre nosotros y ahora que estamos aquí en plan confianza a mí me parece una puta mierda, con perdón— ... ¿dónde me he quedado? Ah, sí... o sea, pues eso, que el famoso cuadro que vimos en el apartamento del Dakota era bueno, eso está claro. Pero, ¿cómo sabe usted que el que tiene ahora colgado en su casa de usted es el mismo? O sea, como diciendo... Paul tuvo que hacer un esfuerzo para traducir la parrafada y sólo acertó a contestar porque yo..., recordando como si lo estuviera viendo en ese momento que cuando fue a recoger el cuadro en su coche y con un empleado de seguridad de su oficina, el señor Lloyd-Dermontt lo descolgó con todo cuidado delante de ellos y envolviéndolo con el mismo cuidado, sacó los documentos de la caja fuerte y le entregó el lote completo a Paul a cambió de un talón y de la conformidad escrita para retirar de su cuenta los quince millones de dólares. El cuadro había estado fuera de su control y, sobre todo, fuera


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del de los expertos, más de doce horas, aunque para cambiarlo por otro solo se necesitara un minuto. El ¿está usted bien? le volvió a la realidad y la realidad le hizo ver claramente el engaño: el cuadro no era el cuadro, creyera o no la fantástica historia del detective privado. Sin contestar a la pregunta marcó tan rápido como pudo el teléfono del más experto de los tres expertos quedando inme-dia-ta-men-te, ¿entiende?, en mi casa. Y escuchó lo que esperaba escuchar pero que no hubiera querido escuchar por nada del mundo: —Este cuadro no es el cuadro. Silencio.... espeso, denso, agobiante. —Este cuadro no es el cuadro, señor Andersen. Es una copia. Magnífica, hay que reconocerlo; pero, en una palabra, es una copia del cuadro de Picasso que yo estudié en el Dakota Building. —¿Y los papeles? —Tendría que analizarlos detenidamente, pero imagino, señor Andersen, que si han falsificado con tanta perfección el cuadro les habrá sido aún más fácil falsificar los documentos. —Bien, muchas gracias. Ya estaré en contacto con usted por si le necesito —dijo Paul acompañando al experto a la puerta.

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Volvió como una tromba al salón sorprendiendo al detective, que renegaba en ese momento de su ex-alcoholismo, llenándose hasta el borde una copa de coñac que más que una copa grande parecía una pecera pequeña. —¡Al ataque, señor Smith! Sin perder ni un minuto ¿Conoce usted a alguien que abra cerraduras? —¿A un «cerrajero»; a un manitas de plata? Al mejor. Limpio, silencioso y discreto. Caro, porque está jubilado y sólo trabaja para los amigos. O sea, el mejor. —hizo una pausa para beberse media copa de un trago en un vano intento de disimular la generosa cantidad de Martell que se había servido. Con otro color en la cara y bastante más locuaz continuó: —Nos hicimos amigos de tanto detenerle y soltarle cuando ambos jugábamos a policías y ladrones. Nunca le pudimos probar nada porque él se limitaba a abrir todo tipo de puertas para otros y porque siempre le detuvimos tarde, o sea, a posteriori, que quiere decir después, o sea, siempre por chivatazos, jamás con las manos en la masa, o sea, en la puerta, vamos. ¿Cuándo quedo con él para lo que imagino? —Primero averigua dónde están los pájaros y después qué tipo de delito es el que vamos a cometer.


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—¿Nosotros? ¡No joda!, con perdón. Robarle a un ladrón; ya conoce el refrán. Y además nosotros no vamos a robar, vamos a cambiar. O sea, usted confíe en mi. —¿Otra copita? —ironizó Paul, ya de mejor humor, al ver como el detective dejaba la copa vacía sobre la mesa. —No, muchas gracias, señor Andersen; ya sabe que no bebo.

Al día siguiente el detective privado se reunió con Paul Andersen III en su despacho llevando toda la información pedida y hallada. El dueño del cuadro que sí se llamaba Norman Lloyd-Dermontt y su novia que no se llamaba Claire Hamlin, sino Patty Atfield habían salido hacia París hacía ya tres días en clase preferente del Concorde. Y aunque no pudo averiguar cuanto tiempo iban a prolongar su estancia allí pudo localizarlos por su reserva en el Hotel Ritz. Tenían el campo libre y el cerrajero dispuesto. Así que, como no había tiempo que perder, quedaron esa misma tarde, después del almuerzo, en la esquina de la calle 72 con Central Park West.

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El cerrajero resultó ser un ancianito de aspecto pulcro y venerable. Vestía un cuidado traje gris oscuro de corte anticuado, camisa blanca impecable, corbata a rayas oblicuas azules y verdes con un nudo enorme como antesala de un cuello delgado y fibroso con una nuez que parecía eso precisamente, una nuez enorme, y unos zapatones negros desproporcionadamente grandes para la estatura de su dueño, tan brillantes, que relucían como si reflejaran toda la luz del cielo azul y despejado que esa tarde cubría Central Park. Parecía que se hubiera vestido con sus mejores galas para asistir a una fiesta o a una boda perdida en el tiempo, allá por 1960; o para una importante cita de negocios como seguro que le dijo su amigo el ex-policía cuando le llamó para decirle a las tres actúas; o sea, calienta. Paul Andersen III, convencido de la certeza de su sospecha, apareció con el cuadro, convenientemente embalado, en una mano y la carpeta con la documentación en la otra, que se puso debajo del brazo para estrechar la mano fuerte pero algo temblorosa del cerrajero cuando el detective para uno y ex-policía para el otro hizo de maestro de ceremonias: señor Andersen, el señor Barnsley.


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El peculiar trío se dirigió, sin más preámbulos, hacia el Dakota Building. Al cruzar el amplio portal el detective, sin detenerse, saludó con un gesto de la mano y una sonrisa al portero de tarde que estaba metido en su garita, comprobando que la compañía de dos caballeros de aspecto respetable y un montón de treinta billetes de diez dólares abren todas las puertas. Y ya que de abrir puertas se trataba, el cerrajero abrió la asignada, 6º C, como si hubiera utilizado su propia llave. Ya en el salón, Paul Andersen III comprobó, lo que no fue una sorpresa, que no se había equivocado. En su sitio de siempre, sobre la chimenea con aspecto de no haber sido encendida nunca, estaba el cuadro. Impresionante, radiante y aún más bello que el primer día que lo contempló. Allí estaba. «Naturaleza muerta con manzanas» o, para los entendidos, el mejor retrato que de Marie-Thérèse Walter había pintado Pablo Picasso. El cerrajero, advertido por el detective de que no tocara nada, se quedó quieto, firmes, justo en el centro del dibujo que marcaba el centro de la alfombra que cubría un amplio espacio del salón. Paul, delante de él, con las puntas de sus zapatos en la frontera de la alfombra con el suelo de már-

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mol, contemplaba el cuadro. Detrás del cerrajero, junto a la mesa de las bebidas, mirando de reojo, a las bebidas, claro, el detective hacía como que vigilaba. —Aquí tiene usted su cuadro, señor Andersen — dijo la voz del detective a la espalda del cerrajero. —Aquí lo tengo y dado que es mío, me lo voy a llevar —contestó la voz de Paul delante del cerrajero que seguía en medio, quieto, firmes, esperando que le dijeran ahora le toca a usted. Mientras el detective desenvolvía cuidadosamente el cuadro falso, primero el papel y después el plástico con burbujas que lo protegía, Paul llevó al cerrajero ante el mueble en el que estaba camuflada la caja fuerte y, apartando los libros que la ocultaban, dijo señor Barnsley, ahora le toca a usted, toda suya. —¡Qué barbaridad! Una Smithson del 39. Una reliquia. Una joya. Seguro que venía incluida con el piso. No veía una de estas lo menos desde el... —¿La podrá abrir? —le interrumpió Paul. —La podré abrir. Aunque tardaré más de lo que pensaba. Esta caja es un tanque —contestó el cerrajero sin volverse, mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba, cuidadosamente doblada, a su lado, sobre


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el asiento de una silla. Lentamente, con mucha parsimonia, se aflojó el nudo de la corbata, se remangó las mangas de la camisa, guardó el reloj en un bolsillo del pantalón e hizo teatrales ejercicios de precalentamiento con los dedos de ambas manos como si quisiera justificar ante su cliente la respetable cantidad de dinero que le iba a cobrar por el trabajo. Finalmente, y después de unos minutos que a Paul se le hicieron eternos, se acercó a la puerta cerrada de la caja y mirándola fijamente a través de los dos pares de gafas superpuestos que apenas si se sostenían sobre el caballete de su nariz —ya sabe, la edad, se justificó— dijo en voz alta ¡Ábrete, Sésamo!, y volviéndose hacia Paul, que ya estaba arrepintiéndose de haberle contratado, le explicó con una sonrisa: es una broma entre los de la profesión, por si cuela. Paul y el detective descolgaron el cuadro de la pared, lo protegieron con el plástico de burbujas envolviéndolo después con el mismo papel gris en que habían traído envuelta la copia. Una vez terminada la operación cogieron, con sus manos enguantadas en látex, la copia y, ceremoniosamente, con la amplia sonrisa y la satisfacción que produce una elaborada venganza, la colgaron en el lugar en que siempre estuvo colgado el cuadro verdadero.

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Paul, rematando la venganza, retrocedió unos pasos, entornó los ojos, avanzó, volvió a retroceder, volvió a avanzar para equilibrarlo al comprobar que estaba ligeramente inclinado hacia la izquierda y, guiñando el ojo al detective, exclamó: ya está, perfecto, la verdad es que es una copia magnífica. Ya está, perfecto, exclamó, a su vez, el cerrajero acompañada su voz por el chirrido de la puerta al abrirse, lo que le dio la razón respecto a la edad de la caja fuerte. Paul cruzó el salón y se asomó al interior viendo la carpeta azul, idéntica a la suya, lo que volvía a darle la razón: todo, hasta la carpeta, era falso. Todo es falso, repitió: el cuadro, los documentos, la carpeta, Claire... , todo. Todo. Al lado de la carpeta una caja de cartón del tamaño de una de zapatos. Paul la apartó y sacó la carpeta. Sobre la mesa de juego del rincón colocó las dos, la falsa a la izquierda y la auténtica a la derecha. Eran iguales, idénticas, hasta tal punto que Paul apartó un poco la auténtica por temor a equivocarse en un descuido. Imaginó que un experto las distinguiría pero ya no quería mezclar a nadie más en este asunto. Así que, lentamente, trasladó los papeles de una carpeta a la otra con dos úni-


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cas pero enormes diferencias: en la del estafador lo único auténtico era la fotografía familiar con Picasso, mientras que en la carpeta que él se llevaba añadía a los documentos auténticos que habían pertenecido a la familia Lloyd-Dermontt durante setenta años la documentación de la reciente venta, a saber: el informe de los expertos que certificaban que el cuadro era auténtico, sobre todo ahora, y el documento notarial en el que su dueño confirmaba con su firma que vendía por 15 millones de dólares, quince, el cuadro de Picasso «Naturaleza muerta con manzanas» al señor Andersen. Paul cerró la carpeta que contenía los documentos verdaderos dándole un ruidoso beso, feliz de haberse convertido, en tan solo veinticuatro horas, de dueño de una magnífica y carísima copia de Picasso a dueño del picasso más bello del mundo, o lo que es lo mismo, a ser el auténtico dueño del auténtico picasso. Casi nada. En ese momento la voz del detective le despertó de la felicidad de su ensueño. —Señor Andersen, mire; en esta caja hay 50.000 pavos, un collar de brillantes y suficiente cocaína como para que se pegue un buen colocón la filarmónica de Boston al completo. ¿Qué hacemos?

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—Dejarlo todo en su sitio. Caballeros, nosotros no somos ladrones; somos.. intercambiadores, eso es. Hemos entrado en esta casa con nuestra llave, no hemos roto nada y no nos llevaremos nada, excepto lo que vinimos a buscar y eso ya lo tenemos. ¿Cuánto dijo que hay? —50.000 pavos. —Muy bien. Pues lo guardaremos todo tal y como estaba. Así no podrán ir a la policía ya que no hemos robado nada. Además, estoy tan contento con su colaboración que pueden ustedes contar con un extra como la cantidad que dejamos, 25.000 para cada uno. Por cierto, señor Barnsley, ¿qué hace usted sin los guantes de látex? En la esquina de Central Park West con la 72 y después de las presentaciones, el detective proporcionó un par de guantes de látex a cada uno con el consejo no hay que dejar ni una huella. —No se preocupe, señor Andersen, que no he tocado nada. Solamente la puerta de la caja y en cuanto la cerremos la dejaré inmaculada. Compréndalo; trabajar con guantes es como follar con preservativo, con perdón por la comparación. Desde la puerta echaron una última ojeada al salón para comprobar que todo estaba tal y como


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lo habían encontrado. Mientras el detective llamaba al ascensor, el cerrajero, otra vez con los guantes de látex en sus manos, cerró la puerta con tres vueltas de cerradura, tal y como se la había encontrado. El portero les despidió con su sonrisa de trescientos dólares comprobando que salían como entraron, con un paquete liviano de un metro por ochenta y un centímetros y una carpeta azul bajo el brazo. Sabía que el experto, que esta vez dijo sí, éste es el bueno, correría la voz cuando le comentó pues no me importaría venderlo. A los dos días llamaron los de Sotheby’s recalcando que con ellos la puja por el cuadro sería la mejor y máxima la difusión de la noticia de su venta. La segunda llamada fue desde Madrid, de los representantes del barón Von Thyssen que, insistieron e insistieron, estaba interesadííííísimo en un cuadro del que estaba detrás desde hacía veinte años. Tres llamadas más en diez minutos confirmaron que, tal y como pretendía Paul, el espectáculo, —¡Arriba el telón! —, estaba en imparable marcha. Se decidió por Sotheby’s prometiéndole al barón en persona que él tendría derecho de prioridad en el caso de que se desmadraran las cosas, y todos estaban seguros de que se desmadrarían.

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Entretanto Paul Andersen III disfrutó veinte días del cuadro lamentando que todo el desarrollo de la historia le obligara a desprenderse de él. Pero no le quedaba más remedio para redondear su venganza, matando, a su vez, dos pájaros de un tiro: recuperaba su dinero y seguro que más y le quitaba definitivamente el cuadro al amante de Claire. De lo único que a partir de ahora podrían quejarse, como confirmaría la posterior venta del cuadro en Sotheby’s, era de haberlo vendido, como bien dijo Claire, «por el ridículo precio de 15 millones de dólares». 62

Un mes después de que el señor Andersen, el señor Smith y el señor Barnsley salieran del Dakota Building con el cuadro de Pablo Picasso bajo el brazo. París. Boulevard St. Germain. Café des Deux Magots. Cuatro de la tarde. Después de su almuerzo en Maxim’s, felices, tranquilos, satisfechos, una pareja de turistas norteamericanos, sentados ante una mesa redonda sobre la que humean dos tés con leche, leen prensa de su país. Ella, guapa, espléndida, elegante, de arriba a abajo de Chanel, ojea distraídamente el New York Times hasta que pega un respingó y tira su taza de té sintiendo que


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el color desaparece de su cara a medida que se instala el frío en ella. Como respuesta al tú estás loca de su amigo, que, de pie, trata de limpiar con su servilleta el té regado sobre su traje de Armani, le alarga el periódico. —¡¡¡38 millones, seiscientos mil dólares!!! El grito más que exclamación de Norman Lloyd-Dermontt rebotó en el alto techo volando alrededor de los dos muñecos que daban nombre al café y haciendo que todos los clientes se volvieran mirando con gesto de condescendencia como si pensaran, que lo pensaban, mira que son maleducados esos pobres americanos. —¡Me cago en su puta madre! Pero cómo pueden haberle dado a ese maricón 38. 600.000 dólares por una puta copia. ¡Es que se han vuelto locos! ¡Cómo es posible que se hayan dejado meter ese gol los expertos de Sotheby’s! ¡38.600.000 dólares! ¡38.600.000! —Pensándolo bien, ¡que maravilla! ¿no? Entonces, ¿qué nos darán por el tuyo el día que lo vendamos? —Pero, ¿tú eres imbécil? ¡Es que no te das cuenta! ¡Si el falso ha sido vendido con todas las bendiciones por 38 millones, el verdadero, el nuestro, ya no vale nada! ¡Nada! ¡Joder! ¡¡¡Nada!!!

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—Messieurs, s’il vous plâit. Vous derangez les clients —les dijo el estirado camarero que se acercó alarmado por las voces. —¿Qué dice este subnormal? —Que bajes la voz, que estás molestando —tradujo Claire—.Y que te calmes —añadió por su cuenta. Se comieron el artículo, que ocupaba media página con fotografía y todo, enterándose que un comprador anónimo, que todo las fuentes relacionaban con Einrich Von Thyssen, había comprado por 38. 600.000 dólares, pujando por teléfono, «uno de los mejores cuadros de Pablo Picasso que formó parte, desde que lo vendiera el pintor en 1936, de la colección Lloyd-Dermontt». Y terminaba el artículo con frases tales como que éste era el picasso más importante que aún estaba en manos privadas, el último gran picasso que se ponía en venta y con una breve entrevista con el anónimo vendedor que decía «Picasso sigue siendo el rey; apenas en un mes ha duplicado su valor. He hecho el gran negocio de mi vida, como me dijo una amiga que lo haría». —¡No vale nada! ¡Qué paradoja! El mío no vale nada. No vale nada. —repetía Norman catatónico, balanceándose hacia adelante y hacia atrás mien-


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tras pedía un whisky al camarero y preguntaba a Claire ¿cómo se dice en francés triple? —Triple. —Pues triple. —Puede que haya una solución —dijo ella—. Mañana mismo volvemos a Nueva York y vamos, lo primero, a Sotheby’s. Les decimos que les han engañado, que Paul Andersen III es un estafador que les ha colocado un cuadro falso con falsa documentación. Que tú, Norman Lloyd-Dermontt eres el heredero y que tienes en tu casa el verdadero cuadro. Que nos hemos enterado del lío estando de vacaciones en París y que hemos vuelto disparados para aclararlo todo. Que no tienen más que comprobarlo sus expertos analizando tu cuadro y tus papeles. ¿Qué te parece? —Puede ser, puede ser, puede ser —contestó él con la mirada perdida en el suelo, como si buscara la solución en las baldosas. —Claro que puede ser. Si nosotros tenemos el cuadro verdadero lo lógico es que queramos aclararlo todo, poniéndonos a disposición de los agentes de la casa de subastas y hablando con la prensa. Tranquilízate, Norman, al final no sólo nos hemos llevado quince millones de dólares sino que toda esta polvareda ha-

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brá revalorizado el cuadro. Y Paul irá a la cárcel por estafador. Venga, reacciona, vamos —sacudió Claire a su amigo que se encaminó, zombi, hacia la puerta, mientras Claire pagaba la consumición y dejaba una buena propina al camarero que, a pesar de ello, seguía pensando que los americanos, aparte de ruidosos y maleducados, están también bastante locos.

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Así que tampoco me salió tan mal este negocio. Compré, robé y vendí, en menos de un mes, el cuadro más bello de Pablo Picasso. En cuanto al amor de mi vida, Claire, no he vuelto a saber nada de ella; afortunadamente el tiempo y el dinero me han curado y ya casi no recuerdo ni su cuerpo ni su cara. Paul Andersen III puso el punto final a su relato después de que tachara y volviera a escribir la frase de ya casi no recuerdo ni su cuerpo ni su cara. Agrupó los folios y los revisó en una última ojeada, tachando un par de veces la palabra amor que se repetía, en el quinto folio, de forma exagerada. Apuró el último sorbo de té que quedaba en la taza y se dispuso a salir del Metropólitan Café cuando, ya en la puerta, el camarero le advirtió está diluviando, caballero, debería usted esperar.


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No hizo caso del consejo, que agradeció sonriendo, y se detuvo ya en la acera, bajo el toldo de rayas, para mirar detenidamente a ambos lados comprobando que nadie caminaba pegado a la fachada. Protegió los folios escritos dentro de la chaqueta, se subió el cuello y saltó a la ducha Park Avenue abajo camino del despacho, sin importarle, ¡qué bobada! que la lluvia empapara su traje perfecto de Satchers& Patchers y sus zapatos a medida de Borromoni, de Milán; recordando a Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia y silbando, por primera vez en muchos años, Singing in the rain.

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Aunque al lector, en realidad, lo que le interesa de un escritor es su obra, las palabras que ha compuesto y que, hilvanadas sobre el papel, forman, en este caso, cuentos sobre Picasso. Habrá lectores a los que les gustaría saber algo más sobre el autor, pero el autor se disculpa y se permite aconsejarles que la mejor forma de conocerle es leyéndolo. Quino Collantes


www.bellasartes.ucm.es

Compro, robo, vendo un picasso  

Maquetación, ilustraciones y encuadernación del cuento "Compro, robo, vendo un picasso", de Quino Collantes

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