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Historias que merecen ser contadas


A dos mujeres que admiro


Todo me modifica nada me cambia Salvador DalĂ­


Índice La forma de este libro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9 I · Cuentos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 43 II · Poesías . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87 III · Vivencias . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 115


¿La vida será igual para todos? ¿Será que todos tendremos las mismas oportunidades de vivir ciertas cosas inexplicables, fuera de lo común, saliéndose de los cánones de la normalidad? ¿O será cada uno el que se busca esas situaciones por sí mismo? Cuando yo escribía, no pensaba que estaba haciendo algo para que otro pudiera leer. Yo lo hacía porque era lo que me gustaba hacer. Nunca tuve aires de artista. Por eso las cosas que me salen con naturalidad, simplemente las hago. Luego, si lo que escribí, pinté, la foto que saqué, lo que se me ocurrió y armé lo ve alguien y me dice lo bonito, ocurrente, original, increíble que hice y le gusta, bien por él. Yo saqué algo de adentro simplemente para eso, para sacarlo. Y si existe gente que comprende y aprecia eso que yo quiero decir, me pone contenta. Porque eso quiere decir que la otra persona lo entiende y comparte. Quizás haya tenido alguna experiencia parecida y la pone a flote estimulada por lo que yo hice. O genera sensaciones placenteras, o desagradables, pero revuelve algo al fin. Y eso es lo que te hace sentir vivo. Esas sensaciones fuertes o fuera de lo común que se generan en situaciones extrañas, fuera de lo normal. Por eso yo me pregunto si todas las personas se encontrarán algún día en una de esas situaciones en las que uno sale un minuto del laberinto vertiginoso de la experiencia para mirar el cuadro desde afuera y preguntarse ¿Cómo hice para llegar a esta situación?. Y es en ese cómo, ese camino que uno recorre hasta cruzar la barrera de lo normal y con sentido donde esa suma de lugar + personajes + desarrollo de la acción da un resultado inexplicable, casi bizarro. Y es ese quiebre de la rutina lo que produce tal sensación de




euforia, de haber vivido algo único, irrepetible, digno de ser contado. Para que los demás se enteren. No tanto de eso que nos pasó a nosotros, sino de que es posible salirse de las barreras de lo cotidiano para disfrutar de estas sensaciones. Estoy segura de que hay gente por ahí que ha vivido experiencias únicas e irrepetibles, tanto para ellos mismos como para el resto de la gente. Yo no sé de esas experiencias, pero de las mías puedo decir que yo anduve en elefante, vi tiburones de un metro a 20 centímetros de mi mano, discutí sobre la condición de las mujeres según el corán con un paquistaní en un parque de Londres, asistí a una sobremesa de alto nivel intelectual después de una cena casual en casa de unos amigos, festejé mi cumpleaños número 33 con un torneo de Mario Kart, hice bunji jumping desde una grúa de 50 metros, casi me venden por 5 camellos y un móvil a un marroquí bereber en el norte de Marruecos, me dió una tromboembolia pulmonar, mi mejor amigo falleció, viajé por lugares lejanos, otras culturas, aprendí recetas, conocí gente, hablé otros idiomas, tuve un novio francés (suena exótico), me rompí la nariz al caer contra el suelo viscoso con aliento a cigarrillo de una discoteca y miles de cosas más que me han pasado a la largo de mi vida. Pensando en esto me pregunto qué sería de mi vida hoy si no hubiera cambiado el rumbo tan drásticamente como lo hice en el 2001, por motus propio o involuntariamente en 1979, cuando nuestra familia decidió irse de Leones a Rosario. Eso haría que mi vida tomara otro rumbo. Una sacada de lengua al destino, acto rebelde desde mis 3 años, mi madre sentando precendente. Todos tenemos historias familiares, de cuando éramos chicos, de nuestros padres, nuestros abuelos cuando eran jóvenes. La nona solía contar historias, de gente del pue-

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blo, de los vecinos, sobre el nono, de vos cuando eras chica. Esas mismas historias que escuché de boca tuya cuando la nona ya no estaba ahí para contar de cuando se fue de jeta en la vereda y le voló el helado que traía en la mano y cuando vinieron a ayudarla, ella parecía desorientada, pero en realidad miraba para todos lados buscando el helado. O la famosa de las llaves perdidas que se habían quedado pegadas en la linterna que pasó por todas las manos de los que las buscaban. O la de “llamá al tío Manuel (que era albañil) que haga un agujero en techo” cuando te habías quedado encerrada en la cocina jugando con el pasador de la puerta, aún cuando la nona te había dicho que no lo tocaras. O la de cómo quemaste el taller del nono por tirar una molotov resultado de tu intento fallido de quemar un hormiguero en las juntas de los ladrillos del patio. O de los huevazos en el vestido de tu hermana. O cuando quedaste colgada del tapial. Son anécdotas familiares, pedacitos de vida de una generación pasada que se van contando como historias populares. De abuela a hija, de madre a nietas y mientras haya alguien que las recuerde, siempre se repetirán de generación en generación. Y así, tus nietas escucharan de boca tuya historias sobre sus madres de cuando eran chicas. De como mi hermana había vomitado sobre mi osito por las náuseas que le daba el combustible cada vez que íbamos a Leones. O la odisea de Flavia, cuando se perdió con sólo dos años. O de cómo calmaste mi pataleta de dos años metiéndome debajo del grifo de agua para calmarme. O de cuando casi estrangulás a Vanesa por empacarse y no querer ir al jardín. O del pobre Richi, que terminó patitas arriba por haberse comido la tinta del papel de diario que le habías dejado en el fondo de la jaula para que no cayera alpiste al suelo. Otro asesinato, esta vez papá, cuando le dio demasiada comida a esos pececitos que duraron un par de días, creo, experiencia casi efímera de tener mascotas en casa. Los muerciélagos

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de la terraza de nuestra primer casa en Rosario, las cucarachas gigantes de nuestra segunda casa. El polvo del cereal en el alféizar de la ventana de cuando el puerto estaba a dos calles de nuestra casa. La quemadura de primer grado en el pecho de Vanesa o cuando se quedó pegada a la heladera y la nona la apartó de un escobazo. Esas anécdotas deberían quedar por escrito. Abrir un inventario de historias, inaugurar el primer tomo de la Gran Obra de Nuestra Vida. Porque las historias de familia son orales y, tarde o temprano esas historias se pierden. Y realmente es una pena que no se sepan las mil y una anécdotas de nuestra vida en Funes, por ejemplo. Pensé en escribirlas, pero ¿por dónde empezar? ¿En qué formato las pongo en limpio? ¿Simplemente las enumero? Simplemente me senté a escribir y decidí empezar por Funes, un mundo paralelo a Rosario. Como si tuviéramos doble personalidades, como superhéroes de ciudad de incógnito en medio del campo, donde podíamos hacer y ser lo que quisiéramos. Emepecé a escribir de cómo empezó todo, con un terreno, a 20 km de Rosario, donde estaban construyendo la casa. Antes de la casa, lo que construyeron fue “la picieta”. La picieta era una habitación pequeña con una parrilla adosada. Servía para guardar herramientas, la máquina de cortar césped, pinturas, etc... En el techo estaba el tanque de agua y en la parte posterior había una pileta con una canilla de bronce. La parrilla quedaba bajo el mismo techo que la habitación y mi papá le había hecho construir una especie de mesada para apoyar la fuente con la carne, la sal y el chimichurri. Digamos que lo esencial estaba en la piecita. Ese verano acampamos en nuestro propio terreno. Teníamos una carpa completa, con galería y apside, que mi papá tenía de sus excursiones de pesca a Aragón, cerca de Santa Fe. Con colchonetas dentro y reposeras fuera, tenía-

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mos improvisada la casa de verano. Recuerdo una noche de tormenta que casi se nos vuela todo. Los vecinos vinieron a la mañana siguiente a comprobar que nuestro campamento seguía ahí. Y nosotros seguíamos ahí, claro. En el terreno de al lado, el de la esquina, habíamos improvisado un baño. Con la pala de punta, papá había cavado un pozo profundo. Con las cañas de un cañaveral cercano hicimos las paredes de la caseta. La precaria estructura junto con los pastizales altos eran el biombo perfecto para preservar la más celosa intimidad. En Funes conocí a Dafne. Con Dafi pasamos los veranos correteando entre yuyos, cañas, sapos, barro y sol. En Funes, la conceptual de “construir una casa” era llevada a la realidad día a día. Una película en stop motion donde la primer foto es el terreno vacío y en cada segundo siguiente se va a gregando algo, modificando o quitando, los árboles del fondo, la piecita, la carpa ahora sí, con las zanjas abiertas para los cimientos de las futuras paredes de la casa, ahora no, con la casa ya construida. Casa y galería, coche dentro, jardín verde interrumpido por las curvas sinuosas de las huellas de cemento; ahora agua cristalina en la pileta, dos hamacas y un tobogán, la galería está cerrada y el coche duerme en la cochera a un costado del jardín. La reja verde es baja y reemplaza a la tranquera de madera, que le regalamos a Ethel , la vecina del fondo. Las hamacas y el tobogán reemplazando el baño improvisado en el terreno de al lado, que ahora es nuestro. Allí fueron a parar los juegos, junto con los palos que sostenían la red, alta para voley, baja para tenis. En la esquina, en el frente, ese pino al que le poníamos moños rojos todas las Navidades. Hasta que alcanzó un tamaño considerable y sólo llegábamos a las ramas más bajas. Por eso también poníamos las luces en el farol de la entrada. Ese cono de lamparitas de colores, que

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encendían y apagan en ritmo incierto, fueron las que me tiraron tres metros más allá tras la corriente eléctrica que me dio el enchufe cuando lo conecté saliendo de la pileta. Cuando se empezaron a cavar las zanjas para los cimientos de la casa a mí me gustaba jugar entre los piolines que demarcaban las futuras paredes. Imaginando la estructura de la casa; acá la cocina, acá el baño, esta es la galería para guardar el auto... Y así hasta que se construyó la casa. El “maestro de obras” era un albañil llamado Moreno, a secas. Creo que nunca supe su nombre de pila. Moreno era un hombre flacucho, vestido permanentemente en pantalones vaqueros rotos aquí y allá, salpicado de pintura blanca o cemento y camiseta de colores varios, también salpicadas de pintura u otras sustancias. Moreno solía venir a casa en su bicicleta, pedaleando tranquilamente, sin prisas, como paseando. Y detrás de él, su perro. Un perro de la calle, de patas cortas, blanco con manchas marrones. Perro bueno, él, apuraba el paso y se alejaba un poco del camino de tierra, tratando de esquivar las piedras que le tirábamos Flavia y yo, en un acto inexplicable de maldad infantil. Un día Moreno vino a casa con un señor mayor. Tenía el pelo blanco y la cara surcadas por muchísimas arrugas. También delgado, pero una delgadez propia de las personas mayores. Cuando me vio, me dijo: tengo una nieta de tu edad. Se llama Dafne. La verdad es que no recuerdo el primer día que nos vimos. Me parece que fui yo a su casa de la mano de papá. Y ahí nos presentaron. A partir de ese día lo que tengo en la mente son recuerdos de juegos inventados, en su casa y en la mía. Creo que nunca inventé tantos juegos como con Dafi. Lo mejor de todo es que le poníamos nombres. A los juegos. Y nos decíamos: ¿vamos a jugar a “hacer joyas con la naturaleza?” o “¿jugamos a las patentes?” o “¿le ponemos nombres a las

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estrellas?”. Teníamos varios juegos patentados: Hacer Joyas con la Naturaleza consistía en confeccionar collares, pulseras y anillos con ramas, hojas y frutos de los árboles. Mis favoritos eran unos pendientes hechos con ramilletes de semillas de fresno. El juego de las Patentes era muy simple y sin sentido: la casa de Dafi tenía una entrada para los coches con dos pilares a cada lado que sostenían un portón verde bajito. Los pilares estaban construidos en ladrillo visto, por lo que era muy fácil treparse hasta arriba del todo. Ahí nos sentábamos y apuntábamos en una libretita el número de las matrículas de los coches que pasaban. Ambas teníamos pileta en la casa. Ambas medían cuatro metros de ancho por ocho de largo, aunque, mientras la mía tenía una profundidad progresiva que iba del metro veinte en lo playo a los dos metros en lo hondo, la de ella tenía una zona playa de un metro veinte que bajaba abruptamente a la zona honda, de dos metros. En esa zona honda había dos agarraderas a cada lado, porque ninguna de las dos hacía pie, por supuesto. Los juegos acuáticos variaban en función de la pileta. En la suya jugábamos al “yo por arriba, vos por abajo”. Nos situábamos cada una en una agarradera y nos cruzábamos de un lado al otro, una nadando en la superficie, la otra un poco más hondo. También teníamos las carreras combinadas: hacíamos cuatro largos en cuatro estilos diferentes, crol, perrito, espalda y pecho. La zona playa era especial para Marco Polo, no valía salir de la pileta ni meterse debajo del agua. Y la parte honda estaba destinada a la guerra sobre colchonetas inflables. Durante el invierno, las piletas se desagotaban, quedaban a medio llenar, con el agua podrida en su interior. Era cuando llegaban esos imprevistos días de calor cuando todavía no era verano que jugábamos en ese agua verdosa, empezando “refrescándonos los pies” para terminar chapoteando rodeadas de musgo, ranas y vaya a saber uno qué otras pestes.

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Cuando nos aburríamos de los juegos en su piscina, nos montábamos en las bicicletas y nos íbamos a la de mi casa, a cambiar de juego. Mi piscina era perfecta al atardecer para jugar al “tiburón”. Mi papá había conseguido una cámara de rueda de tractor que usábamos de flotador. La “víctima” se metía en ese salvavidas gigante e intentaba librarse del “tiburón”, que venía nadando a agarrarle las piernas. La gracia de este juego era que al estar al ras del agua, con el contraste de la luz rojiza del sol poniéndose a través de los eucaliptos del fondo del terreno, el agua se veía tan oscura que era imposible ver a través de ella, lo que hacía que el tiburón sorprendiera a la víctima. Al principio de la temporada estival, en la etapa de llenado, mi pileta se transformaba en playa, con el agua avanzando progresivamente desde lo hondo hacia lo playo. Incluso en forma de olas, que generábamos hundiendo la pelota inflable repetidamente en el agua cristalina y congelada que salía directamente desde las napas subterráneas. Todos los veranos a limpiar la pileta, a quitarle esa capa viscosa verde del borde. Todos cepillo en mano, con lavandina, refregando paredes. Ahí fue cuando Flavia, empecinada en ayudar, se resbaló con el musgo y se dio de lleno la cabeza en el suelo. Es famosa su historia de sonambulismo y de decir, dormida, la tan célebre frase “me siento como en una cortadora de fiambre”. Relacionando este sospechoso comportamiento con el golpe en la cabeza, mi hermana fue objeto de numerosas pruebas, electroencefalogramas, análisis, incluyendo uno fecal, que reveló la presencia de parásitos, causantes de los discursos nocturnos. El médico, en claro consejo profesional, le recetó un ramito de rudamacho debajo de la amohada. Tengo en el tintero miles de historias más que me encantaría escribir. Siempre me gustó escribir. Solía escribir. Me fui a buscar mi carpeta de Taller Literario. El objetivo

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de contar historias familiares se vio interrumpido por un nuevo proyecto: reunir en una especie de libro esas cosas que había escrito años atrás. Leyendo y releyendo mil veces los textos, copiando, pegando, ordenando cronológicamente, tratando de hacer memoria por qué, cómo, dónde... ah, sí, y relacionaba, recordaba, analizaba y sacaba conclusiones. Estaba entendiendo muchas cosas de esa época, cuando yo escribí todo esto. Y eso hizo darme cuenta de otras. Y creo que entender ciertas cosas del pasado conduce a vivir un mejor presente y no tenerle miedo al futuro. Porque uno es un poquito más sabio. Me pasaba que me encontraba a mí misma husmeando en mi conciencia, metiéndome hacia lo más profundo de mi ser, buscando respuestas a esas preguntas internas que no están materializadas en la mente ni las vemos con todas sus letras y sus signos de pregunta, no. Son esas preguntas tan húmedamente internas que no tienen signos para representar. Y para esas preguntas yo encontré algunas respuestas. Llegan algo tarde, pero están acá. Por eso pensé que si yo, con 34 años hago un stop, me paro, miro para atrás y encuentro esas respuestas, quizás es un buen ejercicio para vos también hacer lo mismo, pero con el doble de edad. No me imaginaba a mí misma así cuando era chica, aunque hay ciertos indicios que encuentro en algunos escritos. Así como ahora no puedo imaginarme a mí misma cuando yo tenga tu edad. Creo que cada uno de nosotros, los integrantes de esta familia, digo, tiene una vida que merece ser contada. Yo me sé la mía, mi propia historia. Seguramente creerás que vos también. Pero toda historia tiene su punto de vista. Y así como vos tenés el tuyo, verás que, aunque seas mi madre, no sabés ciertas cosas que me pasaron, ni su contexto, ni el por qué tuve la necesidad de ponerlo por escrito. Yo tampoco lo sabía, hasta que, haciendo esta reco-

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pilación hurgué y hurgué en la memoria hasta sacar el recuerdo más detallado de ese momento. Recrear el ambiente, personajes y acción para encontrar esa razón. Y lo entendí perfectamente. Y fui relacionando cosas, momentos, ordenando cronológicamente los sucesos y construyendo así un mapa, una línea horizontal que curva hacia arriba o hacia abajo según los acontecimientos de mi vida. Esa vida que sólo una parte dejó huella por escrito. A partir de los dieciocho dejé de escribir. Supongo que había encontrado otros catalizadores para esos fantasmas que me atormentaban y que tenía que sacar de mí dejándolos salir por el lápiz al papel, para que allí se quedaran, escritos. Ahora de vez en cuando me siento y escribo algo. No suele ser muy largo. Más bien es una impresión del momento, una reflexión, una especie de haiku berreta que nunca aparecerá publicado en ningún apéndice literario de ninguna librería. Sólo aparece en mi libretita, de la que tomé la costumbre de llevar conmigo a todas partes. A veces escrito, otras un dibujito, siempre a medio terminar, pintado a lápiz (¿de dónde viene mi amor a los dibujos hecho con grafito?). Esta costumbre de dibujar demuestra lo que significó para mí, no sólo para mi educación en cuanto a las artes en general, despertando interés en pintura y literatura, sino la gratificación y el gozo genuino que produce en mí estar frente a esas obras de arte sobre las que leí, vi alguna vez en un libro y quise saber más. Ahora, poder vivir en un lugar donde se tiene acceso a esas joyas de la historia, de la creación de las artes, es vigorizante. Saber que están ahí expuestas para que las veas cada vez que quieras. Después de la biblioteca, no hay nada mejor que un museo. Y siempre que tengo oportunidad, no dejo de ir al Museo del Prado, no me importa acompañar al visitante de turno al Reina Sofía y aprovecho siempre en alguna ciudad importante visitar alguno. Estas cosas escritas estaban todas mezcladas. El orden de

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las hojas que tenía en la carpeta de taller podían darme una pauta cronológica que fue de mucha ayuda. Pero no todo estaba escrito en las hojas de esa carpeta. Había mucho papelito suelto, de todos los tamaños y orígenes inverosímiles. Hojas rayadas, cuadriculadas, impreso en impresora de aguja en un papel que de seguro no provenía de bosques ecológicamente sostenibles, hojas de papel contínuo que papá traía del trabajo, hojas Rivadavia, Gloria, de carpeta, de cuaderno, libretitas escritas con lápiz, birome, fibras, dibujos pintados con lápices de colores o ceritas, hechos en taller literario, un día cualquiera en casa, una noche que no podía dormir, en una clase de la escuela que -obviamenteno estaba prestando atención. Todo eso estaba suelto en una bolsa. Una de las tantas bolsas, cajitas y demases que me traje de Rosario a Madrid. Partiendo del orden y la manera que tenía de escribir y acompañar lo escrito con un dibujo, intenté recrear esa carpeta que conservo desde el año 90, la forma de este libro, parafraseando a Fresán. Los dibujos están escaneados de los originales y retocados posteriormente. Taller. Taller literario. ¿Cómo decidiste enviarme ahí? De hecho, no sé cómo apareció Norma en nuestra vida. Esto me hizo pensar si optaste por mandarme ahí porque nunca creiste en los psicólogos y quizás consideraras que escribir era una buena terapia. O sólo quisiste estimular cierto interés o aptitud que veías en mí. Pero ¿cuál fue el contacto? ¿Alguna amiga mía ya iba? Creo recordar que al principio las integrantes éramos compañeras de la primaria. Recuerdo a Juliana, Virginia, a veces Gisela y a Dafne. Pero Dafne se unió luego. Creo que el nexo era Virginia. Y luego, por Dafne, conocí a Romina. Pero cuando estábamos tan amigas inseparables con Romina yo ya tenía quince años. Había

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dejado de verme con Juliana, Gisela o Virginia. Bueno, sea como sea, no recuerdo haberte leído las cosas que escribía en Taller. Lo veo más como un diario privado, algo para mí. Recuerdo que sí se lo leía a Norma y a los compañeros de Taller. Porque también había un par de chicos. Eran Matías y Herman. Y también iban a Taller los hermanos de Herman; Eunice, Iván y Eric. No estoy segura si te leía lo que escribía porque no recuerdo tampoco si vos estabas tan al tanto de la orientación política que tenía Norma. Los valores que yo aprendí en Taller no eran sólo literarios. Había también un compromiso social que Norma sembró en nosotros, consciente de ello o no. Valores que reconozco ahora en mí y no fueron expresamente inculcados por vos. Ser “miembro de Unicef ” quizás sonaba bien, pero pertenecer y participar era lo que a mí me gustaba y hoy en día reconozco esos valores. Eso que hoy se llama “compromiso social”. El Club de Narradores (por ahí hay un esbozo de mis primeros intentos de diseño de logotipo para este club) se había formado para mostrar nuestros avances en materia literaria, leyendo nuestros logros, pero más que nada para narrar cuentos para preadolescentes como por ejemplo “Las mil grullas”, de Elsa Bornemann. Eran cuentos que aprendíamos de memoria para luego narrarlos sin tener que leer. Nuestro pequeño grupo, prendedor de Unicef en la solapa, recorría escuelas de villas aledañas. Ahí llevábamos ropa y juguetes para los nenes. Grupos de nenes que con edades de 5 a 10 años. Yo no era mucho más grande, pero recuerdo la satisfacción que sentía al ver la carita de agradecimiento de esos nenes, que se interesaban por el cuento, pero más te agradecían el juguete. También íbamos al Gerontocomio Municipal. Ese aparcamiento de ancianos sin familia, enfermos, de la calle. Entre bahos de pis y lavandina, hablábamos con los viejos, les contábamos cuentos, les recitábamos poesías. Luis

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era nuestro amigo. Era flaco, de esos que les cuelgan los brazos y parecen que sus manos están en desproporción con el resto del cuerpo. Siempre usaba unos pantalones de gabardina azul oscuro. Por las presillas del pantalón no pasaba un cinturón, sino una cinta de levantar persianas, que anudaba en el frente, sobre la bragueta que a veces, abierta, dejaba entrever el forro blanco del pantalón. Otras veladas, más ágapes culturales que desarrollo de funciones sociales, íbamos a Parquefield a la casa de Elda Caprile. En la casa de Elda tomábamos té y comíamos masas finas, sentados en sillas acomodadas a modo de platea en el garage de su casa. La de Elda era una Casa Cultural donde se organizaban exposiciones de cuadros de pintores locales, algún que otro recital de músicos del barrio y nosotros, los pequeños narradores. En taller se leía, se comentaba lo leído, se escribía, se discutía. El material literario era variado: clásicos de la literatura consagrada de nuestro país y de fuera también. Y de ahí mi interés por la poesía, por la prosa, por autores como Mujica Láinez, Antonio Machado, Alejo Carpentier, Gustavo Adolfo Béquer, Federico Lorca, Ernesto Sábato, Ray Bradbury, Antonio Di Benedetto, cada uno representando una época, una mentalidad, una muestra de lo que se hacía en literatura esos años. No sólo aprendíamos la poesía, extracto de un libro que luego terminabas leyendo porque había creado interés en la historia, sino que Norma nos contaba quiénes eran y por qué era importante saber qué habían escrito y las razones perfectamente comprensibles en ese contexto de la historia. Las consignas eran variadas. A veces, Norma te daba un dibujo, o una historieta desordenada. La consigna era ordenarla cronológicamente y a partir de eso escribir algo. Otras, cajitas con palabras dentro, desordenadas. Con esas palabras se formaban metáforas y a partir de esas metáfo-

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ras se escribía. No recuerdo si el tema era dado o se podía escribir lo que quisieras. Pero juzgando por los temas elegidos por mí debe haber sido decisión propia. Otras veces haciámos lo que más tarde aprendí eran técnicas de escritura muy practicadas por los surrealistas: el llamado cadáver exquisito. Consiste en que en una hoja, cada miembro del grupo escribe una frase, dobla la hoja en forma de abanico, de manera que el siguiente escritor no pueda leer la frase anterior. Esta técnica permite escribir un poema aparentemente carente de sentido, pero ahí está la capacidad de cada lector el darle ese sentido que supuestamente tiene que tener algo que ha sido escrito grupalmente y de manera espontánea. Norma mutaba las técnicas y nos daba frases de un poema ya escrito, de varios a la vez, quizás, todas desordenadas. Estaba en uno elegir las frases, moverlas, intercambiarlas, encontrarle ese sentido para que la pieza final encaje. Y así surgían los poemas. Vale, las palabras y frases no son mías, pero ese sentido que cobra mi poesía es el que le dí yo al ordenar esas frases. Y luego, más poesía, esta vez, continuación de un poema ya escrito. También había consignas más específicas, definiendo personajes, sus sentimientos, ambientes, etc. Releyéndolas hoy, no estoy segura de que algunas fueran muy aptas para alguien de catorce años. Estas consignas están indicadas con otro formato de letra, para diferenciarlas de lo que sí escribí yo. Hay cosas que fueron escritas sin consigna, espontáneamente, un día cualquiera, porque sí. Había descubierto una vía para poner por escrito lo que había en mi cabeza. Y funcionó. Me sentía mucho más aliviada después de haber reflejado en el papel lo que hervía dentro de mi cerebro. Los textos no fueron corregidos. Están transcriptos exactamente como lo hice en su momento, con sus comas, signos de diálogos, puntos y apartes, errores de semántica o de tiempos y palabras usadas incorrectamente.

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Esos nuevos textos leídos en taller, esa influencia en mi lectura, hizo replantearme qué era lo que quería leer de ahí en adelante. ¿Seguía diviertiéndome con esas aventuras que uno mismo podía vivir sin que el autor te condujera? Uno podía elegir cómo iba la historia. Ahí sí eras protagonista de la historia. Siempre te trataban de tú, como si una voz en off condujera tu día. Eres un agente secreto, tu tía murió y recibiste una herencia, viajas al centro mismo de la tierra, tu nombre en clave es Jonás, viajas a Escocia a investigar un curioso escudo, sigues viajando, pero esta vez en un tren repleto de vampiros. Eso estaba bien con ocho años. Cuando hacía incursiones al masoquismo leyendo y releyendo La Sirenita para sentir una vez más ese nudo en el estómago y que se me llenaran los ojos de lágrimas al final del cuento, cuando el príncipe se queda con la colorada y la sirenita se convirte en espuma de mar y se disuelve entre las olas. Esos maravillosos pero horrosamente salvajes cuentos para niños de los Hermanos Grimm y Christian Andersen. Caperucita Roja y el cazador que le abría la panza al lobo y lo llena de piedras para que se cayera a un pozo porque se despierta con sed, los pajaritos amigos de Cenicienta que le sacan los ojos a picotazos a las hermanastras que se habían cortado parte del talón para que les entrara el zapatito y ellos se dan cuenta y le advierten al Príncipe que tiene sangre en el zapato y entonces él las devuelve y se casa con Cenicienta. La niña de las cerillas, que se muere de frío, Hansel y Gretel, que son abandonados por sus padres en el bosque porque son pobres y no tienen nada para darles de comer, una niña con un pelo larguísimo que usaba para subir y bajar a la madre que la tuvo secuestrada durante años en una torre sin puerta ni escalera. Reyes, princesas, niñitos de la plebe que morían de hambre, de frío, que soñaban con riquezas porque su realidad apestaba. Entendí estos cuentos años más tarde, cuando me interesé por saber qué gran imagi-

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nación debía tener el autor para escribir algo tan terrible y comprendí que esas cosas pasaban en otras épocas. Que en el siglo XVI, aparte de vestidos de pastel y hombres con pelucas, también la gente moría de hambre y pestes. Que la basura se amontonaba en cada esquina y las ratas se servían como en buffet libre y de ahí que me encanta reconocer conocimientos históricos del contexto cuando leo El Perfume, veo en teatro Los Miserables o en el cine Ratattuille, porque todo esta relacionado. Paris, las alcantarillas hediondas, Toulousse Lautrec, Pigalle y el Moulin Rouge, Jim Morrison y el jorobado de Notre Damme, Napoleón y Lady Di, Jacques Tati, obras del Pompidou y del Louvre que había visto tantas veces en libros, pequeños fragmentos de una ciudad que existía como collage en mi cabeza. Hechos, edificios, lugares, desordenados cronológicamente, donde sobresalían la torre Eiffel, la torre de Monparnasse y ese río apestoso que arrastraba algo más que agua, según Albert Camus. Ese era el collage que yo tenía mentalmente de París. Cobró más sentido cuando por fin estuve en París. A mi novio parisino le sorprendió que supiera más que él de su propia ciudad. Previo a los desastres que causaron en mí los Grimm y nuestro amigo Christian, con infinita culpa leía más de un cuento al día del libro “Un cuento para cada día del año”, y también adoraba Cuentopos de Gulubú y El Reino del Revés. Los domingos que viajábamos a Leones era lo mejor. Guardar las revistitas de Mickey, Tribilín, el gato Félix hasta por lo menos llegar a la ruta, pasando la rotonda del Jockey. Esas revistitas no me duraban más de un cuarto de las dos horas que se tardaba en llegar al pueblo. Querías entretenerme para que no molestara y así me ayudaste a desarrollar una manía que siempre tengo de demorar lo que más puedo una sensación agradable porque su goce es directamente proporcional al tiempo empleado en su espera. Quizás de ahí también derive lo de dejar siempre

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lo más rico para el final o no dejar ni una migaja en el plato porque “hay que comerlo todo”. ¡Que inconscientemente obediente era! Sumado al placer de un viaje ameno leyendo lo que me gustaba, me esperaba otro tesoro: el suplemento dominical para niños del diario La Voz del Interior. Eso era exótico. Traía unos pliegos para recortar y armar. Y no sólo se armaban, sino que funcionaban. Con accesorios como clips y banditas elásticas, un molino de viento era capas de girar las aspas y todo. Como los juguetitos que venían en la revista Anteojito que no sé porque no era lo mismo que Billiken. Anteojito era de los pibes, Billiken de los niños bien. A mí me gustaba mucho Anteojito, sus secciones, sus personajes, sus suplementos. Recuerdo haber leído sobre maratón en el Multisabecosas. “La carrera de uno solo” se titulaba la nota. En la biblioteca de mi salón conservo esos libros preferidos, junto con el Boom, la Enciclopedia del Topo Gigio y esos libritos que te daban de premio por buen promedio en el Instituto Churchill, donde aprendía inglés. Pensando en todo esto, a la edad de doce años, decidí que lo que venía leyendo era “para niños”. Yo ya estaba grande para eso, que tenía que leer cosas más serias. Y así fue como me zampé con voracidad todo lo que se me cruzó en la bilioteca de casa. No había diferencia entre Juvenilia o A sangre fría, el diario de Anna Frank o Truman Capote, La Metamorfosis y Crimen y Castigo, la colección completa de Julio Verne, Yo acuso, El Lazarillo de Tormes, Oscar Wilde, era todo fascinante. Cada uno a su manera. Alguno me gustaba más que otro. Recuerdo que intenté La Divina Comedia, pero desistí en la segunda página. Tuve romances ocasionales con Allan Poe, que más tarde dejó lugar a un Stephen King más moderno pero no menos sangriento. El realismo mágico de Gabriel García Marquez cada vez era más real y para esa época ya había acabado con la biblioteca familiar y me mandaste a hacerme socia de la biblioteca de

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Empleados de Comercio porque no ibas a comprarme más libros. ¡Qué invento grandioso la biblioteca! Todos los libros que pudiera leer sin tener que guardarlos en casa. Me convertí en adicta. No concebía una noche sin haber leido antes de apagar la luz. Qué gran costumbre que adoro. Y no estoy segura si esa costumbre la adquirí en taller, pero, seamos sinceros, pocas veces te vi con un libro en la mano. Tampoco sé muy bien de dónde sacaste ese taller de dibujo y pintura, que tanto odiaba y amaba a la vez. Me gustaba pintar, dibujar con lápiz de grafito, moría por aprender pastel u óleo, pero no salía de las acuarelas, las fibras o las pinturitas. Ahí aprendí movimientos artísticos que reconocería más tarde en historia del arte como el puntillismo, el art noveau o las diferentes técnicas para pintar en acuarela. Quizás de ahí venga mi amor incondicional hacia William Turner, ídolo indiscutible para mí entre todos los grandes de la pintura. Más que aprender a hacer algo, esos talleres funcionaron en mí como catarsis de cualquier cosa que pasara por mi cabeza. Es verdad que mis “obras de arte” fueron paisajes, naturalezas muertas, jarrones y alguna caricatura de un indiecito eran más o menos dignas de colgar en la pared, pero poder expulsar lo que quemaba adentro mediante un dibujo, o escribiendo, fueron para mí salidas muy sanas para que no explotara mi cabeza. Quizás, buscando alternativas terapéuticas, probaste en la Asociación Cristiana de Jóvenes donde, aparte de practicar gimnasia deportiva, me había apuntado a un taller de teatro. Reconozco que me divertía disfrazarme, ser otra persona y así interpretar un personaje completamente diferente a mí misma. Pero creo que exteriorizar mis sentimientos por medio de la interpretación no me daba la seguridad que sentía refugiándome en la palabra escrita que salía de mi

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lápiz. La adolescencia es una etapa terrible, como podrás observar. Es una transición, una transformación. ¿Cómo nos damos cuenta de que dejamos de ser niños para pasar a ser adolescentes? No es cruzar una puerta, es un proceso lleno de descubrimientos. Algunos agradables, otros amargos. Pero es eso lo que nos hace aprender a vivir. Y cada uno lo hace a su manera. Uno se va desprendiendo de cosas, aprendiendo otras, tropezando -a veces con la misma piedra- y volviendo a levantarse. Los cuentos y poesías infantiles, llenos de inocencia con que empiezan estos escritos se van tornando oscuros e internos según avanzan mis años. Llenos de preguntas, impresiones, conclusiones sobre cuestionamientos sobre temas como el amor, la guerra o el puro existencialismo. Personajes tan naif como el patito perdido, el Príncipe Zapallín, los pececitos traviesos o los duendes multicolores, conviven con otros protagonistas destrozados en el final como el pulpo de plástico, con las manos quemadas de Paula, dejando paso a la muerte de Sara, alguna anécdota sobre la Navidad, la maldad porque sí de la vieja del techo descascarado, la oscuridad vejatoria del hombrecito o el surrealismo de ojos de cielo. Pasa lo mismo en las poesías; coloridas, simpáticas sobre arañas que comen pizza, oda al amigo o a la música, pasando a una de las primeras desilusiones amorosas, la irónica Canción para mi muerte, una de las que incluye también música, compuesta por mí en mis épocas de concertista con mi Casio MT540 que papá me regaló un día. Con ese teclado tocaba Les fleures sauvages, Cuando los santos vienen marchando y I’ll follow the sun. Hay apuntes con letra mía en lápiz en las partituras indicando “swing -4”, referente al ritmo que yo le había agregado para tocar la canción con acompañamiento. Los temas de las poesías eran cosas que

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me habrán preocupado en esos tiempos, como el futuro o los derechos infantiles. Aparecen algún que otro texto en inglés, fruto de unos estudios que odié en su momento. Iba a las clases sin ganas, por obligación. Hasta que aprendí lo suficiente para disfrutar del placer de leer revistas o libros en otro idioma y entender. Gratificación. La última parte contiene textos que no son ni cuento ni poesía. Son el resultado de alguna consigna en taller, mezclado con espontáneas manifestaciones de mi estado anímico del momento. Fueron los más difíciles de recopilar y ordenar cronológicamente. Puro papel suelto. Así como el orden de las hojas en la carpeta de taller fue de gran ayuda, también lo fue la fecha escrita en algún lugar de esos papeles. Por eso, a pie de página, en algunos aparece la fecha concreta, mientras que en otro fue un análisis de las motivaciones para poder establecer, por lo menos, el año en el que fue escrito. Con trece años ya había escrito mi primer biografía. Parece que por lo menos tenía claro el objetivo en la vida. El acto de una miniobra de teatro, donde habla un señor, en realidad canta. La canción sólo está en mi cabeza porque no soy capaz de escribir música en un pentagrama para que quede registrada. Era el año 90 y ya volvía para atrás en el tiempo y analizaba mi cambio, mi transformación. Como si esos años hubiesen transcurrido silenciosamente, sin llamar la atención. Y un día miro para atrás y me doy cuenta de que existe un tiempo pasado. Tal como lo hice en el año 92 y como lo estoy haciendo esta vez, veinte años después, una costumbre que he adquirido cada cierto tiempo. Pasamos del reconocimiento del cuerpo de mujer con una mente todavía infantil a una reflexión sobre el hambre, el racismo y la situación del país a una crítica sobre un docu-

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mental sobre la segunda guerra mundial hasta los dilemas personales que no gustarme a mí misma. El esfuerzo de ser cordial y condescendiente con los amigos porque los necesitaba, esforzándome por cambiar, por mutar en alguien que no soy, pero que quizás fuera más agradable para los demás. Y me miro al espejo y no me gusto. Me confino en mi caverna y me invento mi mundo, mis reglas, hasta mi propio idioma. No faltan las conclusiones de algún dilema de celos con Vanesa o incluso una pelea con vos. Andá a saber por qué habíamos discutido. Pero mi reacción fue salir de casa adonde pudiera estar sola. Y durante esas salidas, esas caminatas, pensaba. Y pensaba que había alguien flotando sobre mi cabeza que presenciaba todo. Y hago aquí un stop para efectuar una confesión: nunca entendí nada en catecismo. Recuerdo que a veces sentía miedo. Me sentía observada y juzgada. Nunca supe la relación entre dios, Jesús y la paloma blanca. Nunca terminé de aceptar el hecho de que María hubiera quedado embarazada sin haber tenido relaciones con José. Y la clase de catecismo en el Colegio San José, con ese amplio patio, rodeados de galerías con columnas, los salones de piso de madera, ese fresco húmedo que te golpeaba la cara al entrar por la iglesia, era para mí una actividad más que yo hacía aparte de la escuela, taller de pintura, cerámica o taller literario. En esa época rezaba. Sabía el padrenuestro y el avemaría de memoria. Por las noches, entablaba comunicación con dios persignándome; esa era la llamada para que dios atendiera. No rezaba de memoria, yo hablaba con él, le contaba cosas, le preguntaba otras esperando que algún día me diera una señal para demostrarme que me había escuchado. Y me quedaba dormida. Y me despertaba al día siguiente llena de culpa porque no me había persignado al final, de manera de “cortar” la conversación con dios y dejar la línea libre para que cualquier otro fiel de alguna otra parte del mundo pu-

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diera establecer su propia comunicación. La religión fue culpa, miedo, hechos inverosímiles, sentirme perseguida, temerosa de castigo de un ser -o no serque yo no conocía y nunca había tenido pruebas de que existiera. Habiendo terminado las clases de catequismo, esa presión disminuyó un poco. Y por esa época yo había descubierto a Ami, el niño de las estrellas, de Enrique Barrios. Un extraterrestre que viene de un planeta donde la Ley Suprema es el amor. Y le enseña a Pedrito, un niño de la tierra, conceptos como la conciencia, el pensamiento, la libertad, el egoísmo. Dice un pergamino del viejo Krato, habitante del planeta Kia: “Hay una viejo misterio en el Universo: ¿Por qué la vida? ¿Por qué la Creación? Los intelectuales se afanan, buscan y no encuentran, y como no encuentran, inventan teorías (...)” Fue leyendo libros como descubrí que había otras respuestas a esas preguntas que los curas intentaban explicarme y nunca logré comprender o me hacía verlos con desconfianza, porque su historia no era del todo creíble. Años más tarde parezco haber desechado la idea que hay un “ser superior” y decido crear mi mundo adorando un solo dios: yo misma. Mirando atrás me doy cuenta de todo la aquí recopilado corresponde a una parte de mi vida donde me pasaban cosas y las plasmaba en papel. No sé si es quizás por eso que tengo tantos recuerdos tan vivos, tan presentes en cada cosa que hago en la actualidad. ¿Por qué no puedo borrar esos momentos de mi vida donde todo era sentimiento a carne viva? Todo era terrible, nadie me entendía, nadie me quería.

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Luego creo que me estabilicé y ahora sólo me lastimaban esos hombres que ahora amaba. La vida seguía siendo terrible, pero por lo menos le ponía cara y le echaba toda la culpa a él, responsable también de las miserias del mundo y lo que haga falta para odiarlo. Y volver a amarlo, desconsoladamente, ardorosamente. También ardientemente, pero más es ardorosamente, porque es la superficie, la flor de piel que produce ardor. Y quema primorosamente. Porque es la primera vez que amamos así. Y que nos dañan así. Y uno aprende que va a pasar por eso alguna vez más. Y aunque no duele menos, al menos sabemos que tiene fin. Que tarde o temprano cicatrizarán esas heridas y ya no dolerá. Que el tiempo lo cura todo. Aunque hay heridas que parecen haberse sellado para siempre, pero al cabo de otros tantos años, vuelven a abrirse. Y parece que no va a sellar ésta, no. Así que, a aprender a vivir con la herida abierta. Se puede tener una vida normal aunque tengamos el pecho rajado... Recorriendo estas etapas de mi vida parece ser que siempre me topé con compañeros masculinos que significaron mucho para mí, cada uno en su momento. De la primaria arrastraba las hilachas de un amor que nunca fue nada, salvo pareja de baile de algún asalto. Al parecer el reencuentro con César después de dos años me afectó lo suficiente como para escribir sobre el evento. Se puede reconocer a Matías en los primeros textos, cuando asistía a Taller. En esa época me había “puesto de novia” con él. Tenía doce años. Me acuerdo que me había prestado un caset de Mecano, ese grupo español que hacía furor en su país de origen, modelos de una movida que para mí estaba tan lejos como “Europa” en su totalidad. El caset era color azul. Desde que vivo en Madrid, entiendo muchas cosas de la letra de sus canciones.

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Con Matías hicimos espiritismo, una vez. Y la copa se movió. Y nos asustamos. Y yo salí corriendo de su casa. Un poco asustada por el movimiento claro, limpio y repentino de la copa que usábamos en la tabla Ouija improvisada con papelitos cortados a mano y escrita cada letra del abecedario dispuestas en semicírculo sobre el parquet del salón. Y otro poco corriendo desesperadamente las dos cuadras que separaban la casa de Matías con la mía porque ya era como media hora más tarde de la hora que me habías indicado como límite de la ansiada libertad de preadolescente que gozaba yo con mis doce años. Matías tocaba la guitarra, yo escribía poesía y pintaba. Oh, qué retrato tan fiel de la bohemia que vivían ciertos personajes que ví tantas veces en esas películas sobre escritores malditos, pintores incorregibles, suicidas en potencia. Me hacen haber deseado tener su vida. Imaginar su contexto y tratar de entender las motivaciones que tenían para romper esas reglas establecidas. Mozart, Rimbaud, Caicedo, Van Gogh, Toulusse Lautrec, y mi adorado Turner. Existe un “cuadro” que yo misma pinté expresando lo que sentíamos con respecto a la vida en nuestros tiernos doce años. Una pared de fondo (¿en que año salió The Wall?) con dibujos representando artes como la música, el teatro, la pintura y un claro “no a las drogas”. También hicimos una canción, donde él puso música a un poema que yo había escrito extrañándolo por su viaje a Buenos Aires. Recuerdo haberla cantado frente a sus tías; mi cara roja de vergüenza. La nona lo quería, quizás porque fue él el que salvó el jarrón del centro de mesa de hacerse añicos en el suelo. Al parecer, nuestro amor fue tan inocente como fugaz, porque la ruptura no dejó mucha huella. Matías es actor y, después de haber pasado por grupos de improvisación, hoy es protagonista de una obra que se presenta en teatros de Rosario. Por esa época yo frecuentaba mucho Funes. Había co-

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nocido a Enrique, que me “obligaba” a tomarme un Villa Diego cada vez que fuera necesario verlo y pasar la tarde con él. Enrique se deja asomar en algunos textos y yo, con esa prematura pasión hacía cosas “indebidas”, como robarme las llaves y los tapones de la luz de la casa y fugarme a Funes con él. O asegurar que había pasado la noche en la casa de Romina, cuando en realidad había estado en el altillo de su casa con Vangelis como banda sonora de esa noche prohibida. Seguía yendo a Funes. Y Vanesa también, con sus amigos. Fue como conocí a Estanislao. Estanislao era excéntrico, con personalidad, divertido, ocurrente, me gustaba como se vestía y olía. La relación no relación con este rebelde de los noventa está llena de tardes calurosas tomando batido de frutas, mirando dibujos animados y escuchando música, más precisamente a su ídolo, Michael Jackson. Fué él el que vino a verme cuando me operé la nariz. Estoy segura que vos veías cómo sufría yo esa herencia nasal monumental que un día me ofreciste hacer desaparecer. Y yo acepté encantada, sin medir lo que significaba pasar por un quirófano a que te tallen el tabique nasal. Sufrí como condenada, era el hombre elefante, los ojos circunscriptos en aureolas que iban del violeta más berenjena al verde más musgo, acabando en un borde amarillento. Pero yo era la mujer más feliz del planeta. Y gracias a vos. Funes es el capítulo aparte. Y fue ahí, en un día de la primavera que conocí a Marcelo. Este es un segmento de la línea de mi vida que he borrado completamente de mi cabeza. No tengo recuerdos vívidos de momentos con Marcelo, pero está muy presente la sensación de lavado de cabeza, de machismo, de dominación, manipulación psicológica que ejercía este chico que no tenía nada que ver conmigo. ¿Por qué lo amaba tan apasionadamente? ¿Por qué me distancié de mis amigas, de vos y papá, de mis hermanas?

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Tampoco me interesa hurgar mucho en ese cajón. No me gusta lo que encuentro. Lo que está escrito es prueba de ese infierno; lo que afianza estos sentimientos que afloran cuando pienso en ello. Terminaba la secundaria. Había decidido mi carrera. No había muchas opciones. Era irme a Buenos Aires a la UBA, sola o trabajar en Rosario para pagar la escuela de Diseño Gráfico, que era privada. Mi primer búsqueda de trabajo. Recuerdo algunos de los sitios donde hice entrevistas. Hubo una tarde que, haciendo la cola para la entrevista, me desmayé. Y aunque no fueron capaces de apiadarse de mí y darme el trabajo, finalmente, conseguí uno. Y fue en mi debut en el mundo laboral donde me topé con los principales obstáculos que una mujer debe sortear para hacerse valer en este mundo de hombres trabajadores. A trastabillazos, logré esquivar con gracia esos escollos y cambié de trabajo. Una editorial. No sólo estaba estudiando lo que me gustaba, sino que ya estaba trabajando en mi profesión. Por esos entonces conocí a Emiliano. Y no sólo a Emi, sino al resto de personas que hasta el día de hoy son mis amigos en Rosario. Terminaba la carrera. Por fin terminaba de pagar ese infierno de gastadero de plata que era la Facultad. Seguía trabajando y me pareció buena idea seguir estudiando. ¿Pero qué? Me apunté con Verónica, compañera de la facultad, a Profesorado de Inglés. En los tres meses que cursé, aprendí gramática española e inglesa, fonología, traducción y literatura. La meta de hacer la carrera cursando todas las materias, todos los días de la semana, hacer los trabajos prácticos, estudiar para los exámenes, leer libros de un día para el otro se fue diluyendo según avanzaba el nivel de exigencia de los estudios. El tiempo restante del día que no estaba trabajando no era suficiente y eso hizo que abandonara la idea. Era extenuante.

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Mi relación con Emi fue contacto directo con la música, el cine de autor, intercambio de literatura, un aprendizaje continuo en cuestiones sexuales, formando así mi concepto personal sobre lo que significa el verdadero amor, despojado de romantisismo barato y cursilería. Una época de amigos, diversión, fiestas en casas, en discotecas, conciertos en Buenos Aires, anécdotas que ahora contamos cuando nos vemos cada vez que vuelvo a Rosario. Treintañeros recordando cosas de veinteañeros, como los abuelos recuerdan su juventud con los amigos en el bar. La vida es contar historias. El país se iba hundiendo de a poco y mi jornada en la editorial fue reducida a la mitad. Surgió la posibilidad de otro trabajo y lo acepté. Por la mañana agencia de marketing, por la tarde editorial para luego agarrar la bicicleta e ir al Hotel Ariston, cliente que me había conseguido papá gracias a sus contactos. Yo me pasaba el día trabajando y Emi seguía estudiando; no conseguía terminar las últimas materias que le faltaban para recibirse de Contador Público. Casi cinco años de relación con Emi fueron la prueba de que se puede encontrar un alma gemela. Pero los gemelos también se separan algún día. Y por cuestiones estrictamente personales, nuestros caminos se bifurcaron. La relación que conservamos hoy en día demuestra la calidad del amor que compartimos, aun después de tantos años, aun a través de la distancia. Matías, amigo en común, partícipe de tantas fiestas e historias en Rosario había tomado la decisión de irse a Europa. Madrid. Sonaba lejos, pero accesible. Discusiones de pareja, inestabilidad laboral, una sociedad corrupta y falta de esperanzas, crisis económica inminente, noches de insomio y ansiedad, escuchando cada hora, cada quince minutos, las campanadas del reloj de la torre del banco que suena como el Big Ben del Parlamento inglés hicieron que

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tomara una decisión: irme. El dilema no era dónde irme, sino irme de ahí. Matías me había abierto una puerta. Y yo crucé ese umbral. Una película borroneada, con escenas en las que me veo rompiendo con Emi, haciendo los trámites para los pasaportes, comprando el billete -sólo ida- en un acto de arrojo, de seguridad en mí misma; ya pensaría en la vuelta, lo importante ahora era salir. No era el hecho de ir; ir implica volver. Salir era la acción que ese billete me permitía ejecutar. ¿Qué necesitaba? Pasaporte, billete, dinero. No dudé en pedirle plata a la abuela. Misión delicada. Era sabido en casa (hay evidencia escrita) que la abuela, la mamá de papá, era mala. Mala significa avara, porque sabiendo el dinero que recibía el abuelo como exsenador de la provincia, en lugar de darnos 50 pesos a cada una, dividía 100 pesos entre las tres. Su tacañería llegaba a tal punto que nos daba 30 pesos a cada una, haciendo eso un total de 90, en lugar de los 33,33 que nos hubiera tocado resultado de una división justa de esos prometidos 100 pesos. Aprovechadora, porque alegando una uña rota hacía que el abuelo lavara los platos. Mandona, porque el abuelo, encerrado en su misterioso mutismo, hacía todo lo que ella decía. Extraña, rara, dejaba que el dulce de leche caducara en la heladera, sus caramelos y obleas siempre estaban rancios, no sabía cocinar un pollo al horno, escondía rollos de billetes entre la ropa en los cajones de esos roperos que olían a naftalina, la ropa guardada en fundas de nylon, los zapatos casi nuevos, quizás sin usar. Fascinante, porque su casa era un mundo de sorpresas y cosas diferentes. Llegar a su casa y correr a sentarnos en la silla mecedora. Compartir cama doble con mi hermana, mientras papá dormía con la abuela en su propia habitación, rodeado de fotos blanco y negro sin mucho contraste que mostraban unos bebés regordetes gateando o niños tomando la comunión. Pasaron los años y hoy, esos bebés, niños y adolescentes de las fotos

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siguen teniendo la misma cara que los adultos -papá y el tío Juan Ángel- pero con 60 años más. Los grillos cantaban entre las maderas del dormitorio. Investigábamos qué había detrás de esa cortina que cubría una especie de armario empotrado en una de las habitaciones. Alguna vez encontramos discos antiguos de papá. Unos vinilos de 45 de los que yo rescaté Grandes Éxitos de Sandro, algunos de jazz y la marcha radical en un disco de 13 pulgadas, flexible. Escuchábamos casets en un radiograbador negro con botones en el frente. Entre mis preferidos, el Bolero de Ravel y Grandes Éxitos del Tango que, cepillo para el pelo en mano, cantaba como una participante más de Grandes Valores del Tango. Quizás de esa caja me robé el caset de Richard Clayderman, que escuchaba hasta quedar dormida en las siestas en Funes. En la casa de la abuela había cuadros al óleo, una foto del abuelo en algún acto oficial sobre un retrato de un señor de unos cincuenta años que nunca me pareció se asemejaba demasiado a la cara del abuelo. Años más tarde, reconocí al Presidente Kennedy en esa fotografía. Si la casa era fascinante, más lo era el patio, con sus árboles de naranjas, mandarinas, bergamotas, limones y pomelos. Pero la palma al mejor lugar mágico se la llevaba el galpón. Garaje, taller mecánico, trastero, almacén de cosas en desuso, rotas o desarmadas. Cementerio de sillas rotas, jaulas de pájaros, tramperas para ratas, paraíso de clavos, tornillos, herramientas y ¡hasta una morsa! Estoy segura que ese era el templo del abuelo para refugiarse de la abuela. ¿Se abrán querido? ¿Por qué se habrán casado? ¿Cómo era la familia de el abuelo? Luego él fue senador, pero el padre de ella era cocinero. ¿Por qué ella era tan mezquina y él tan serio, tan reservado, tan hermético en sus actitudes? Pedirle dinero a la abuela no fue tarea sencilla, pero resultó mejor de lo que esperaba, que no era mucho. Pasaportes, billete en mano y 400 euros donados por una

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fuga de generosidad que se coló por una hendija en la codicia de la abuela monté por primera vez en un avión. Hay fotos de la despedida. Ojos rojos refregados para atajar las lágrimas. Fotos con papá de traje, Flavia junto a Emi, Milca, Jesica, el Negro y Germán. Llegué a Madrid. Supongo que Matías me esperaba en el aeropuerto, porque me ayudó a cargar con los dos bolsos tamaño Matías que yo traía de Rosario. Traía todo conmigo. Cada dibujo, cada muñequito, cada hojita escrita, todos mis trabajos de la facultad, todos mis libros, todos mis cedés venían conmigo. Fue recoger todo lo que había en mi habitación y meterlo en la maleta. Todo lo que había en cajitas, cajones, librerías y estantes. Cada objeto y su historia. La primera etapa en Madrid fue dura y divertida a la vez. Emulando a nuestros antepasados italianos después de la guerra entre los países de Europa. Inmigrantes europeos en mi argentina natal. Inmigrantes argentinos en esta Comunidad Europea. Aprendí a manejarme en Madrid gracias a las entrevistas de trabajo, que te obligaban a desplazarte y preguntar por calles, barrios, zonas apartadas o polígonos industriales. La experiencia del metro era una novedad. La gente quejándose cuando el cartel rezaba “4 minutos” y yo pensando que esta gente nunca tuvo que esperar el 120 en Rosario que pasaba cada 45 minutos, si pasaba. La comida fue un rubro muy criticado y discutido. Costumbres diferentes hacen que la hora de comer sea un descubrimiento tras otro. El nombre de los alimentos, combinaciones de sabores, modos de cocción y presentación de la comida. La cocina española no se asemeja en nada a la argentina. Pero si uno aprende a apreciarla, se le agotan los argumentos para criticarla. Primer trabajo, primera gratificación en renunciar, palabra tabú en Argentina desde que recuerdo haber entrado al mercado laboral. Paso mi primer Navidad lejos de casa, de la familia, con frío, comiendo un sandwich

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con Matías. En el piso éramos cinco personas. Dormíamos en el único dormitorio ordenados dos en una cama cucheta, dos en un colchón que descansaba vertical de día y un último en el futón del salón. Comprábamos en el supermercado cosas extrañas y hacíamos la compra del mes con un billete de 5.000 pesetas. Hoy en día, 30 euros es la compra de una semana. El 11 de septiembre de 2001 conocí a Augusto, junto con Santiago en una casa que pasó a ser destino obligado de cada exiliado que venía de Argentina por ese entonces. Caían las torres gemelas y yo construía mi vida en un país nuevo. Nuevas eran las palabras, nuevos los amigos, nuevas las sensaciones. Un continuo descubrir y disfrutar. Adorar y odiar costumbres exploradas por primera vez. Perderme en la ciudad era un juego que practicaba los sábados y domingos. Salir a caminar para paliar el frío polar que se había adueñado de mi piso. Cambio de trabajo con mejores condiciones a otra empresa. Conozco a gente, hago amigos, conozco a Laurent. Si mi vida tiene una historia con tintes Corín Tellado, esa es mi historia con Laurent. Amor a primera vista, flechazo indiscutible, reafirmación de lo mutuo de ese amor que era fuego todo el tiempo. Desde el principio fue una película francesa. Los diálogos, los paisajes de nuestras escenas, los viajes, los vinos, los quesos, el brindis -“just because I love you” - con champagne y trufas frente al Palacio Real, las palabras en francés susurradas al oído mientras paseábamos de la mano por Montmartre o los besos mirándonos profundamente a los ojos en el bateau sobre el río Sena. ¿Cómo no pensar que es amor incondicional cuando la persona que uno ama, miente en su trabajo (donde él es el director), se sube a un avión para recorrer treinta mil kilómetros de ida y vuelta para pasar sólo tres días con vos porque te extraña? Para la versión cinematográfica de la historia con Laurent

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se escogerían locaciones en la ciudad de Madrid, París y algunas escenas se rodarían en Rosario, incluso en Funes. Románticos bistros en ajetreadas calles parisinas, hotelitos cercanos a les chateaux del sur de Francia, pic nics con quesos, patés, baguettes y vino a la orilla de la carretera, en algún lugar de la campagne, noches calurosas en algún balcón de hotel con piscina en Cáceres, nuestro dúplex en la calle Bola, en el barrio de los Austrias, Madrid. El piso en Bussy Saint Georges, a 20 kilómetros de París, sobre la A4, dirección oeste. Todo era maravilloso, un sueño hecho realidad. La oportunidad de mudarse a París con él, hablar francés, buscar un trabajo que me permitiera desplazarme en bicicleta con cesta en el frente para llevar flores y una baguette, vestido blanco al viento por las callecitas de Le Marais. Estos proyectos surgieron en el auge de ese amor. La cresta de la ola en lo más alto. Él se fue primero, y la ola comenzó a romper. Ese mundo que habíamos construido empezó a desmoronarse poco a poco. Como si los cimientos hubieran estado construidos en arenas movedizas. Cada acción, cada viaje, cada actitud hacía zozobrar la situación al punto de estallar completamente. Y así la película romántica se convierte en dramón blanco y negro. Idas y venidas, encuentros y desencuentros, invención de excusas para vernos, para volver a intentarlo, hicieron que la relación se estirara más de lo que daba. Pero un día cedió y mi corazón se curó. Pero agregó una capa más a la coraza. Durante la etapa de este amor de película yo seguía viendo a mis amigos, la mayoría compañeros de trabajo. Flavia venía a casa cuando Laurent no estaba. Mirábamos tele, salíamos, sacábamos fotos... La relación con el resto de la gente no había cambiado. Laurent ya estaba en París. Yo, de vuelta a Lavapiés, el barrio “que me vió nacer” en Madrid. Por esos entonces, era conocido por lo peligroso, sabido por todos que era por los inmigrantes que ahí vivían. No

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podría haber elegido mejor barrio para vivir. Yo, una inmigrante más entre marroquíes, indios, senegaleses y algún que otro chino. Una exiliada voluntaria, me había ido de mi país, había conseguido un trabajo, una casa y unos amigos con los que pasaba buenos momentos. ¿Cuál es el objetivo de la vida sino descubrir y disfrutar de lo que existe en este mundo? Amigos como Augusto me contagiaron de su filosofía y con él recorrí lugares lejanos, exóticamente diferentes. Y de todos esos lugares me traje algo. Comidas, costumbres, leyendas, fotografías e historias. Miles de historias que prometo dejar por escrito algún día, testimonio perdurable. Para que en la memoria de la gente, al nombrar a mi mejor amigo, se escuchen sus carcajadas y su forma tan particular de decir las cosas. A partir de la ruptura oficial con Laurent, no volví a tener una pareja estable. Hubo un reenamoramiento de Emiliano, producto de tantas historias compartidas entre familiaridad, cotideanidad, descubrimiento de cosas juntos, disfrutar de los momentos como nunca lo hice con nadie. Ha pasado también algún que otro pretendiente que no logró atención alguna de parte mía. Pero esas historias son muy recientes para poder contarlas. Tienen que pasar los años para que nuestra memoria agregue detalles, cambie sentimientos, entienda cosas sobre ciertas situaciones para poder embellecer el relato. Para poder contarlo como yo te cuento mi historia tal cual yo la recuerdo. Y aun cuando escarbo y no me gusta lo que encuentro, estoy muy orgullosa de mi vida como hija, tanto con respecto a mí misma como con respecto a mi familia y especialmente con respecto a vos. Ojalá vos también puedas mirar hacia atrás y recordar. Hacer un esfuerzo para indagar más en la memoria y desempolvar esos recuerdos que creías olvidados para siempre. Mirar fotos viejas, releer historias, encontrar papelitos,

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ese mensaje que Flavia le dejó al ratón, confesando que no era su diente, pero que le dejara plata igual, son estímulos para recuperar esos recuerdos. Durante la cena de Navidad, charlando en familia con unas copitas de más, es el momento donde estas historias cobran vida. Y así, tres generaciones cuentan, repiten, corrigen detalles y se ríen por primera vez de esas anécdotas familiares. Y ojalá nunca dejen de contarse, de generación en generación. Porque el valor de una familia no está en el apellido, sino en sus historias.

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I 路 Cuentos


El patito perdido

-¡Auxilio, socorro!- gritaba Cuac desde el interior de su casahuevo. Era un pequeño patito perdido que había nacido de un huevo expuesto al sol. Su madre, la pata Patanca, había estado muy apurada y puso su huevo allí sólo, en el medio del bosque. Cuac seguía golpeando la puerta de su casa, hasta que ésta se quebró y se abrió. Curioseando, sacó su cabecita de sol despeinada y su piquito anaranjado. Miró a un lado, miró al otro, y como era tan chiquitito sólo vio pasto, pasto y un pedacito de cielo azul.

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Por fin Cuac se decidió y comenzó a andar. Colita para un lado, colita para el otro... Caminaba con torpeza y casi no podía mantaner el equilibrio. Los traviesos rayitos de sol se filtraban entre sus plumitas y hacían que su cuerpito quedara calentito. Después de caminar largo tiempo, Cuac vió algo que se acercaba. ¡Pobre patito, cómo se asustó! Lo que caminaba hacia él era algo tan grande que tuvo que torcer mucho el cuello para poder verle la cara. Ese gigante, como a él se le antojó, era nada más y nada menos que su madre. Para la sorpresa de Cuac, Patanca dijo cuac, cuac, coincidiendo con su nombre. Cuac le respondió y su madre lo abrazó con la dulzura de una madre que reconoce a su hijo. Cuando el pequeño se reunió con sus hermanos, casi le estalla el corazón de alegría. Jugaron a la ronda, a la escondida y hasta al Antón Pirulero. Por último, estaban tan cansados que se fueron a dormir, todos juntos, felices.

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La vuelta al mundo del príncipe Zapallín

Mariano tenía cinco años y el único amigo que tenía era Toby, el boby, como le decía él: un dibujito que él representaba así: Pero Mariano estaba aburrido de contarle todas sus cosas y dudas a Toby. Entonces le pidió revistas de colores y una tijera a su mamá y empezó a recortar formas de todo tipo, tamaños y colores. Cortó triángulos, cuadrados y círculos. ¿Colores? Puf! rojo, amarillo, verde, en fin... Luego, con todas las formas verdes hizo el Rey Zapallo, con las rojas, la Reina Calabaza, con las amarillas formó al Príncipe Zapallín y con los otros colores armó un barquito, un castillo y muchos animalitos. Como ya era tarde, Mariano se fue a dormir, pero dejó todo ahí, arriba del escritorio. Cuando apagó la luz, los muñequitos de pronto, tomaron vida. El Príncipe Zapallín quería conocer su mundo -para Mariano y nosotros, sólo el escritorio- y empezó a caminar. Al pasar por un lugar donde había muchos animales de trapo, encontró perros, gatos, conejos, burros, vacas, pero como Zapallín necesitaba algo para cabalgar, eligió un caballito que descansaba plácidamente en un rincón, ajeno a todo lo que sucedía. El príncipe lo despertó y lo montó. Siguió con su caballo hasta que llegó a un río, puso un barquito que había ahí al lado para que navegara y metió su caballo adentro. Después le preguntó a un tiburón así de grande si lo podía llevar hasta la otra orilla. El pez le dijo que sí, y así llegaron al otro lado.

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Así, cabalgando, cabalgando, encontró un pingüino. Éste le preguntó dónde iba y Zapallín le contestó que estaba dando la vuelta al mundo. Entonces, el pingüino, asombrado, siguió su camino. Después el caballo se agotó y el príncipe lo dejó para que descansara. Siguió su camino a pie y descubrió un elefante. Le preguntó qué hacía y Zapallín se contestó lo mismo que al pingüino. Y siguió su camino. Luego habló con una jirafa con su largo, laaargo cuello y pasó lo mismo que con el pingüino y el elefante. Después de caminar mucho tiempo, Zapallín llegó a su palacio de papel. Allí lo esperaban sus padres: la Reina y el Rey, que lo habían extrañado mucho. ¡Porque hacía cinco minutos ya que había salido! Al día siguiente, Mariano abrió la ventana y... ¡sopló un viento! Todos su papeles se volaron: el castillo, la reina, el rey, el príncipe y los animalitos desaparecieron. Por más que Mariano los hizo de nuevo, nunca más le salieron tan graciosos y con tanta gracia como aquel día...

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Manos

Había una vez una chica de ocho años que se llamaba Paula. Le gustaba dibujar, escribir, el dulce de leche y por sobre todas las cosas, leer. Su cuento preferido era Blancanieves. Lo había leído cientos de veces y cada vez le gustaba más. Paula tenía cabello rubio, ojos verdes, boquita chica y cachetes colorados. Pero tenía un complejo: sus manos. Decía que eran horribles. En relidad eran feas. Pero por una buena razón, la que paso a relatarles ahora. Paula tenía entonces cinco años. Era chiquita y además tenía una hermanita de un año. Vivían con su madre Graciela. El papá estaba de viaje por razones de trabajo. Paula y Melina, así se llamaba su hermana, jugaban en la planta alta. La madre estaba cocinando abajo. Al prender el fuego -accidentalmente- Graciela giró muy fuerte la perilla y salió mucho gas. El fuego llegó al fósforo que tenía la madre en la mano. Graciela tiró el fósforo al suelo y como era de madera, se empezó a incendiar la cocina. La madre intentó apagarlo, pero no lo consiguió. El fuego llegó hasta arriba. Paula se dió cuenta y la primera idea que tuvo fue agarrar a Melina entre sus brazos y llevarla abajo. Cuando bajaba la escalera se topó con la madre, que agarró a Melina a upa. Pero Paula, como no podía ver bien con tanto humo, se tropezó y se cayó. Naturalmente, lo primero que hizo fue apoyar sus manitos y así se las quemó. He ahí la explicación de sus feas manos. Todo por rescatar a su hermana. No le importó si sólo se quemaba las manos o perdía la vida. Y cada vez que Paula toma su libro preferido y lee: “... las manos de Blancanieves eran finas como las de una prin-

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cesa...� ella recuerda aquel incendio y lo que hizo para salvarle la vida a Melina.

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Susto mojado

Debajo del agua, allá donde los animalitos acuáticos tienen su casa, vive un grupo de peces. Eran los más traviesos de la ciudad. Un día, a José, el corredor de caballos, le cambiaron su hipocampo por un caballito a cuerda. Al señor taxista Batista le pusieron tachuelas debajo de la rueda de su auto nuevo. Y a la señorita Berta siempre le ponían goma de pegar en la manija de la puerta del salón. Así es, a veces sus bromas las pagaban caro. Pero seguían haciéndolas. Los peces más traviesos eran tres; Fede, el más grande, tenía ocho años. Marianito, el más chiquito, sólo tres y Ramiro, el del medio, cinco. El domingo se juntaron en la Plaza de las Algas Marinas y tramaron una travesura. Planearon ver qué hay en la superficie del mar. Prepararon mochilas como para un mes y partieron. Al llegar arriba, se encontraron con unas ranas que cantaban a coro. Los pececitos les preguntaron si era lindo vivir ahí y las ranas asintieron con un “siiiiii”. Los tres intentaron respirar fuera del agua. Pero como no pudieron, se fueron. Quisieron volver a sus casas, pero en el camino encontraron un tiburón. Los peces se asustaron y salieron corriendo, es decir, nadando. El tiburón los seguía, entonces a Fede se le ocurrió tirarle con ollas y sartenes que tenían en sus mochilas. ¡Y se las tiraron! Al tiburón no le cayó nada bien y se alejó furioso y con un chichón en la cabeza.

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Los peces regresaron a sus casas sanos y salvos, pero con el susto que se dieron, no volvieron a hacer mรกs travesuras.

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El trabajo de los duendes multicolores

Nadie lo sabe, pero como vos tenés cara de no contar nada, yo te cuento un secreto. ¿Sabés? Debajo de la tierra, muy, muy abajo viven los Duendes Multicolores. Ellos son unas personitas muy buenas y comprensivas. Tienen ropa de colores y una regadera para cada uno. Su trabajo es ponerle color a todas esas cosas feas y tristes que tiene el mundo. Por ejemplo, si una nena con colitas y un nene con pequitas se pelean por un chupetín de frutilla los Duendes siembran semillitas de amistad para que ellos mismos cosechen la felicidad. Y si el cielo está gris, oscuro y sin gracia, ellos le ponen rayitos de sol para que florezca la alegría. Vos te preguntarás para qué tienen la regadera. Bueno, la tienen porque allí guardan esos toquecitos mágicos que le dan a la vida para que vos, ellos y muchos más sean felices. Ye conté mi secreto, pero... No se lo cuentes a nadie, eh?

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Fiesta en la juguetería

“La luz reflejaba en porciones de vidrio color rubí y en sensibles pelos capilares del hocico de la criatura que temblaba suavemente, con sus ocho patas de pezuñas de de goma recogidas bajo el cuerpo” (Farenheit 451 - Ray Bradbury) Pupi era un pulpo de goma y plástico. De esos que tienen un vientre de aire y voz de cornetita. El dueño lo agarró con sus gordos dedos y lo puso de exhibición en la vidriera. En la juguetería todo era hermoso. Todas las noches, cuando el dueño apagaba la luz y se iba a dormir, los muñecos, todos juntos cantaban y bailaban. Esa noche era muy importante, coronaban a la reina y al rey de los juguetes. El concurso consistía en que el que hiciera la mejor destreza, sería el coronado. Los jueces eran la muñeca de trapo, que tenía parches por todas partes; en el vestido, los brazos, la nariz y hasta en la cola. También estaba el Señor Bolón, redondo y orondo, con su cara de enojado. Y por último, la silla mecedora. Pero lo único que sabía hacer era moverse de un lado a otro. Ellos estaban sentados en un rincón del salón de la juguetería. Como no tenían mesa, usaban la de planchar que se había ofrecido solidariamente. Y empezó el concurso. Todos los postulantes se formaron en contra de la pared y el Bolón dió el comienzo. El primero fue el trompo, que hizo mil cabriolas y terminó mareado. Luego llegó el turno de la pelota. Pero saltó tan alto, tan alto, que se golpeó la cabeza contra el techo y se hizo un chichón. Quedó descalificada. Después pasó la bailarina. ¡Qué

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gracia! ¡Qué expresiones! Los colores de su vestido eran hermosos. Todos quedaron prendados de su belleza, y cada movimiento lo seguían con la vista. Más tarde concursaron varios: el osito de peluche, la lechuza chistosa y la soga de saltar, que venía arrastrándose como una serpiente. Y le tocó el turno a Pupi. Todos lo miraban con desprecio o se reían de él porque tenía ocho patas. Éste no se acobardó y pasó al centro del salón. El Señor Bolón le preguntó “¿Y vos qué vas a hacer?” -Yo... yo quería contar mi historia- titubeó Pupi. Las carcajadas de los demás invadieron la juguetería. -¡Silencio!- exclamó el Señor Bolón. Y dirigiéndose al pulpo le dijo que comenzara. Y todos escucharon con atención. -Yo nací de la Goma de caucho. Es una señora un poco pegajosa, pero muy buena. Ella me enseñó a estirarme y ser flexible.

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Mi papá era el Señor Plástico. De él aprendí a no romperme nunca. El señor de la fábrica unió a mis padres y de ahí nací yo. Tuve que pasar por muchas pruebas. Primero, me tiraron al piso varias veces. Me dolió un poco la cabeza, pero no me rompí. Después, me estiraron mis ocho patas, una por una, pero no se rasgaron. Luego me pusieron en una caja con mis hermanos y nos distribuyeron en las jugueterías. Y bueno, yo llegué aquí y aquí estoy. -¿Nada más?- preguntó la odiosa muñeca, que porque estaba vestida de novia, ya se creía la reina. -Sss... sí- contestó Pupi. Todos los otros muñecos aplaudieron con ganas. Los jueces estuvieron discutiendo; y por fin, cuando todos se estaban impacientando, dijeron: -Quedan elegidos como reina, la Bailarina de la cajita de música. Y como rey, el pulpo Pupi. Todos los juguetes gritaron a coro: “Bieeen”. Y cuando estaban por coronar a los nombrados, entró el dueño de la juguetería diciendo “¿Pero qué es este bullicio?” El Dado, que estaba por ponerle la corona a Pupi, la dejó caer al piso. La mecedora dejó de moverse. El trompo no dio más vueltas. El bebote no dijo más mamá. El señor, enojado por el desorden, juntó a todos los juguetes y los ordenó en su lugar. Pero a Pupi no lo puso de nuevo en la vidriera, sino que lo tiró dentro de la estufa. -Esto no lo compra nadie- dijo. Pupi se derretía en llamas. Él, el pulpo de goma y plástico, flexible y duro a la vez, se estaba muriendo. Pensó en todas las cosas lindas que había pasado: su exhibición en la vidriera, cuando contó su historia, los aplausos, la sonrisa de la bailarina dirigida a él, la casi coronación. Y no pudo recordar nada más, porque el fuego ya lo había devorado. 1990 56


Gotita de agua

Respondiendo a las siguientes preguntas construí un cuento cuyo protagonista sea una figura concreta (persona, animal o cosa). 1- ¿Donde estará ahora el agua con la que me lavé la cara esta mañana? 2- ¿De qué color son los bere-beres? 3- ¿Quién mete tanto ruido? 4- ¿Qué piensan los sapos de las luciérnagas? 5- ¿Cada cuánto tiempo? 6- ¿Cómo es la guerra? 7- ¿Quién decoró el jarrón? 1- El agua con que me lavé la cara esta mañana está lejos, muy lejos, cerca del sol. 2- Los bere-bere con barcos que navegan de un lado a otro. Son de color amarillo porque transportan sólo personas alegres. 3- Las que meten tanto ruido son las olas que chocan entre sí. 4- Los sapos piensan que las luciérnagas son pedacitos de luna. 5- Que prenden y apagan su farolito cada 3 segundos. 6- La guerra es como una ráfaga de viento muy, muy fuerte que destruye todo a su paso. Esta en la historia de una gotita de agua. Una gotita mojada y transparente. Desde chiquita la habían separado de su hogar: el mar. Luego de dar vueltas por infinidades de vertiginosos laberintos, llegó a mi canilla.

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De allí salió suavemente. Cayó por el caño de desagote y viajó. Sorpresivamente, se encontró en una alcantarilla. Todo tipo de cosas flotaba al lado de ella. Una aguja sin ojo, astillas de madera, pajitas, un trozo de jarrón roto y un barquito de papel amarillo. La gotita le preguntó a la aguja si tenía idea de dónde iban, pero ésta le contestó que no podía saberlo porque era ciega. Intentó con las astillas y las pajitas, pero le contestaron de mal modo y no les habló más. Se acercó al trozo de jarrón y le preguntó de dónde venía y quién le había dado esos colores tan hermosos. Éste, arrogante, le dijo que venía de un lugar tan bello como él y que el sol lo había pintado son sus rayos tornasolados. A la pobre gotita le pareció demasiado vanidoso su compañero, entonces se alejó de él. Probó con el barco amarillo y éste le contó que iban hacia el río. También le dijo que se llamaba Bere-Bere y que su labor era transportar gente de un lado a otro. La invitó a subir y la gotita aceptó encantada. Charlando un rato, se encontraron rápidamente en el río. Se despidieron y pronto la gotita encontró un nuevo amigo: un sapo. El compañerismo no duró mucho porque éste sólo le hablaba de bichos e insectos. Le contó que él pensaba que las luciérnagas eran pedacitos de luna. Pero no se explicaba por qué prendían y apagaban sus farolitos cada tres segundos. La gotita se cansó del sapo y no le habló más. De pronto sintió que algo del cielo la atraía. Una fuerza inexplicable. Poco a poco se convirtió en vapor que subía junto a otras gotas iguales a ella. Ya no escuchaba el ruido que metían las olas. Y ya no vió más al sapo, ni las astillas. Tampoco veía a las pajitas, ni el pedazo de jarrón, ni la aguja, ni a su amigo, el barco amarillo.

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Pronto comprendió que estaba siendo atraída por el sol. Cuando estaban por formar una gran nube con las otras gotas, vino la Guerra. La Guerra es una viejita vestida de negro. Con brazos de viento y pies de huracán. Destruye todo a su paso. La Guerra tomó prestada, sin permiso, la nube que había formado el sol. La llevó lejos, y cuando llegó a un lugar determinado, la lanzó a la tierra acompañada de relámpagos y truenos. La gotita tuvo miedo, mucho miedo. Cayó en un río desconocido. Y allí quedo. Esta mañana me lavé la cara con agua fría. Reconocí a esa gota de agua que había viajado al cielo. Quise retenerla, pero me fue imposible. Se me escurría entre los dedos. Con angustia, vi cómo se deslizaba por el desagote del lavatorio. Supongo que si tiene la misma suerte de antes, ahora debe encontrarse lejos, muy lejos, cerca del sol.

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El silencio habla por nosotros

“Nadie tenía real poder sobre ella. No se sabían sus preferencias”. Casi no hablaba y si lo hacía, lo que te decía te dejaba pensando. Cuando se reunía toda la barra en la casa de algún amigo, ella se quedaba callada toda la tarde. No articulaba palabra. El tiempo silencioso lo utilizaba para analizar lo que decían los demás. No le gustaba decir lo que piensa, lo que siente. Por eso, un amigo la calificó de “ocultadora”. Una vez, en la escuela, su cara tenía apariencia triste. Sus amigas le preguntaron qué le pasaba y ella contestó con un simple “nada”. Siempre respondía lo mismo; todos se cansaron y nadie le preguntó más. Desde ese día no tuvo más mejores amigos. Hace poco conoció un chico. Se hicieron amigos muy pronto. Poco a poco, sin saber cómo, ella empezó a confiar en él. Le contaba todos sus secretos, dudas, tristeza y alegrías. Él la escuchaba y la comprendía, hasta le daba consejos. Ella debe haberse sentido protegida y amparada. Y él como un buen padre consejero. Muchas veces hablaban cosas serias. Otras... algunas pavadas. Siempre se buscaban para charlar. Cierta vez ella quiso comunicarle algo. Fue a su casa y los saludó con un hola chiquitito y tímido. Estaban solos. Nadie más, nada más. Sólo ellos dos. Él no sabía cómo empezar la conversación. Tenía un nudo en la garganta y no podía hablar. Sabía que la chica iba a decir algo muy importante. No obstante la joven estaba serena. El joven estaba ansioso. El niño, siempre cerca, tenía que buscarle los ojos. La mirada de la muchacha estaba perdida en el fondo de un abismo.

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De pronto, él vio una lágrima deslizarse sobre la mejilla de su amiga. En ese mismo instante, comprendió que no se necesitaban palabras para expresar lo que sentían.

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La muerte misteriosa

Sara habitaba una mansión del año 1722. Una casona descascarada por los años. La sala de estar era grandiosa. Con la impetuosa chimenea ardiendo. Los sillones forrados en pana roja y cortinas desplomando todo su peso desde lo alto del cielorraso hasta el piso de parquet. Su habitación, inmensa, contenía una gran cama de bronce. El armario de madera de caoba cubría casi todo el espacio de la pieza. En la ventana danzaban los fantasmas blancos simulando ser cortinas. La biblioteca era muy amplia. Sus paredes estaban forradas con libros de autores famosos. El jardín, repleto de verdes y frágiles helechos, espinosas rosas, pequeñas margaritas misteriosamente conservado, era esplendoroso. Sus plantas eran las más sanas y hermosas de todas las casas. Todos se asombraban al verlas. Y los más intrigante de esto es que ella ni siquiera las cuidaba. Sólo en casos estrictamente necesarios se veía a Sara salir de la mansión. Y casi nunca salía a caminar por las calles del pueblo. Nadie sabía cómo conseguía sus alimentos y cosas necesarias. Todo era un misterio. Los vecinos siempre se preguntaron por qué Sara no hablaba con nadie. Cada vez que intentaron acercársele, ella los esquivaba. Según comentan las vecinas chismosas, una noche vieron a Sara salir de la mansión en camisón arrastrando una correa. Supuestamente, llevaba un perro. Desde ese día no volvió a su casa ni se la vio por los alrededores. Ahora, en el año 2003, mencionaron en el diario que una noche de luna llena de 1722, Sara volvió a su casa, con un pequeño perrito

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que había robado de la casa de un cercano vecino.

Se sentó en su sillón favorito y en ese mismo instante se presentó un corpulento cuerpo frente a ella. El horror se dibujó en la cara de la muchacha cuando esa sombra borroneada le clavó el cuchillo hasta la empuñadura, dejándola así sin vida. De esta manera muere una de las herederas más ricas del país. La imprevista muerte y vida del Sara Hederson fue y seguirá siendo un misterio.

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Amapola, mariposa soñadora

Amapola, un amariposa alegre y cancionera. Volaba grácilmente por el cielo azul, cuando de pronto le pareció oir una vocecita. Sí, una voz suave y con música. Se dio vuelta. Miró para un lado, para el otro y sólo vio una nube azul y regordeta. Se fijó bien y... ¡qué vio! Una estrella, pedacito de sol brillante y melódico. Amapola se refregó bien los ojos. ¿Cómo podía ser ver una estrella de día? se preguntó la mariposa. La estrellita, inocente, explicó: -Es que no sé cómo, desde la semana pasada empezó a disminuir mi brillo. Esa luz fosforescente y reluciente se fue. -Bueno, no es para tanto. Hay muchas estrellas opacas y son bonitas- intentó consolarla la mariposa. -Sí, pero no sólo es perder el brillo y la luz. Es que también me siento cada día más triste. -Ah, eso es otra cosa. Yo te voy a ayudar- le sugirió Amapola. -Está bien. Tomá- Y le dio una bolsita vacía. Era suave, como de terciopelo. Hasta hacía cosquillas al tocarla. La estrella le explicó que allí adentro debía colocar un poco de bullicio de niños. Pero que sean muy, muy juguetones; dulce piar de un árbol, una sonrisa de sol, unos colores del arco iris, un estrépito de carcajada silenciosa, un poquitito de música de calesita, amor de primavera y sobre todo mucha solidaridad mutua. Y ahí partió la mariposa velozmente en busca de esas cosas para ayudar a su amiga. Las consiguió a todas. Pero le sobraba lugar en la bolsita, entonces agregó unas canciones sentimentales de un joven que cantaba por ahí.

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Se las entregó a la estrella, que le agradeció su solidaridad e interés por ella. Desde ese día, Amapola vivió mucho más feliz, sabiendo que en el cielo, esa estrella brillante, llena de esplendor, la querrá para siempre.

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Maggi Flanders

Maggi Flanders pesaba 120 kg sin zapatos. Estaba sentada tras el registro del hotel cuando vio entrar a Barrigreen. Sonamos -pensó- estamos fritos. Barrigreen era una persona insoportable. De esas que se las pasan haciendo bromas pesadas a los demás. A Maggi le molestaba mucho, pues cuando le reprochaba su mala conducta, él... la seguía bromeando. Maggi era muy tímida y vergonzosa. Pero cuando algo la enfurecía, se lo decía así nomás, en la cara. Maggi preguntó: -¿Desea alguna habitación? -No, ¡si me voy a dar el lujo de venir hasta acá para tomar té con limón a tu lado!- contestó Barrigreen groseramente. -Muy gracioso- fue la acotación de Maggi. Barrigreen contestó con una amplia sonrisa rebalsada de ironía. -Sólo tengo una habitación. ¿Se la doy? -¿Qué pensás? ¿Que me voy a quedar afuera “cantando bajo la lluvia” como Gene Kelly? A Maggi le dio mucha rabia. Entonces, agarró las llaves con fuerza y se las tiró a Barrigreen con tanta mala suerte que se las dio en la cabeza. El bromista se quedó congelado como un iceberg. Abrió los ojos grandes como una vuelta al mundo y adivinen qué le hizo a Maggi... Se desmayó encima de ella. El esquelético señor rebotó en la gran masa de carne que tenía Maggi en su panza y salió disparado por el aire. En su viaje hacia el techo abrió los ojos y se agarró con mucho temor de

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la gran araña con 289 lamparitas. La gran lámpara se desprenció del techo, Barrigreen se cayó y aterrizó en los brazos de la estatua que posaba desnuda en el fuentes del hall. ¡El despiole que se armó! Llegó la ambulancia con su sirena estridente. La policía con sus perros y los bomberos con más agua. Se inundó todo el hotel. La señora Maggi salió flotando como la barca de un náufrago. Los bomberos la seguían. Los perros le ladraban y la ambulancia le iba detrás con su ametrallador sonido. Maggi se había desmayado y no sabía nadar. Flotaba cada vez más rápido. De pronto, los bomberos se detuvieron, los perros cesaron los ladridos. ¡Maggi se había hundido! Una compañía constructora oyó los gemidos de Maggi ahogándose. Trajeron una pala mecánica y con muchos ciudado sacaron a la pobre señora que nunca, nunca más volvió a tirarle las llaves a Barrigreen.

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Cajita de imaginación

Me fijé bien en esa cajita. Tenía pantalón rojo y camisa rayada. De un extremo al otro se deslizaban líneas coloridas. ¿Qué habrá allí dentro? ¿Un ramo azul con flores liláceas? ¿Una perfumería que venda jabones de suspiros? ¿Un paraguas tan personal que ni los días de lluvia se pueda abrir? Tal vez un gallo de cristal, o un diccionario rebalsado de definiciones voladoras, o un corderito de negra espuma, o... Quizás, si hubiese un conejito perdido, lo llevaría a pasear con un cochecito color rojo. ¿Y si hay un ratón? ¡O peor sería un gorila! Una bañera llena de pompas de jabón tornasoladas. Un arco iris con doscientos ochenta y cinco mil colores distintos. Un señor con boina y corbata vendiendo música encerrada en globos de frutilla diciendo “Señora, señor, compre usted estos buñuelos voladores”. Es algo maravilloso pensar que allí dentro puede haber una india, una mariposa de azúcar, un alacrán rojo recién llegado de Egipto, invitados con moños que vienen de la apertura de un nuevo mundo, lleno de aire fresco que parece rozar mi cara. Creo sentirlo en mi rostro. Pensé en regalarle la cajita a Any para su cumpleaños ¿Le gustaría? No lo pensé más. Tomé la cajita con mis manos y se la llevé a mi amiga. ¡Qué contenta se pondría! Seguro que allí dentro Any encontraría un mosquito o un gran elefante gris y arrugado... -¿Y esto?- preguntó.

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-Una cajita. Para que puedas imaginar lo que quieras- le contesté yo al ver su cara de asombro. -Ah.. No creo que a Any le haya gustado mi regalo. ¡Lástima! ¡Podía imaginar tantas cosas! Y ella la usa sólo para guardar palabras.

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Desilusión “La paz parecía garantizada, cuando un día...” “-Demasiado ruidoso ¡Bah!-” “Se alejó cantando” La paz parecía garantizada, cuando un día, ese día, llegó. ¡Qué suerte! Lo veré hoy. Será mi mejor día. Pero no. Él llegó, sí, pero no como yo lo esperaba. Pensé que llegaría con alegría y ganas de verme. Pero no demostró eso, no. Llegó a mi casa con mal humor y se la pasó haciendo tonterías toda la tarde. Cuando pareció haberse puesto en serio, me dijo que me sentara a su lado. Y después de un segundo me dijo: “No te quiero”. Una amarga desilusión se apoderó de mi garganta y no podía articular palabra. Es que no lo podía creer. Con las veces que me había dicho lo contrario... Mis ojos se llenaron de lágrimas, las cuales trataba de ocultar tras mis manos. Fue ahí cuando quedé más perpleja todavía. ¡Me dijo que él quería seguir saliendo conmigo! Ahí exploté, como explotaron las lágrimas con fuerza de mis ojos. -¡Pero vos sos tonto o te hacés? Venís con el cuento de que no me querés y ahora me decís que no te querés pelear conmigo? ¿Me estás usando? -No... es que... mirá, yo me fuí a Buenos Aires y... ¿vos me extrañaste? -Sí, mucho. -Yo no. Tenía ganas de agarrarlo del cuello y sacudirlo hasta que no pudiera hablar más. -Entonces... entonces... estos seis meses, qué hiciste? ¿Me es-

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tuviste utilizando? ¿Estuviste jugando conmigo? -Ay, no lo hagás tanto a la novela. Te ponés a llorar y... -¡Yo no lo hago a la novela! Y si lloro, nene, es que no sé qué decir con lo que acabo de enterarme. Y no es que me haga la mártir ni nada, es porque te quiero demasiado como para odiarte. Me había quedado sin palabras. Sin nada qué decir. ¡Quedé tan desilusionada! No pensé que fueras así. Vos, que siempre pensabas en los demás antes de hablar. Que te fijabas en si lo que ibas a decir iba a herir al otro. La verdad, no te entiendo. Y seguí sin entenderte, cuando me preguntabas qué hacer, si seguir conmigo o no, al mismo tiempo que me abrazabas y me besabas. Eran las cinco y media cuando me tuve que ir. Bajé y él me acompañó hasta inglés. En esa cuadra pensé: “Es muy tonto. Demasiado ruidoso, ¡bah! Parece que se hiciera tanto problema y no es nada, Porque bueno, si no me quiere...” _¿Nos vemos mañana?- preguntó. -Bueh... te paso a buscar por el colegio. -Sí. Y se alejó cantando.

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Yo fuí testigo

Esta es la declaración de un sol amarillito con rayos tornasolados que vió cometerse el mayor de los crímenes. -La cosa fue así -comenzó el sol- Yo estaba colgado de un rincón del bosque cuando -por casualidad- ví a un conejito saborear una rica zanahoria. Cuando de pronto me percaté de que un gato estaba acechándolo. Fue ahí cuando quise avisarle a un sapito que estaba, como bien se dice, al reverendo cuete. Entonces, le mandé unos de mis más calurosos rayos. Le hice cosquillas en la cabeza y empezó a reir y reir... -Bueno... este... su relato no nos parece muy convincente y además nos está quemando el estrado, asi que, llamamos al señor sapo a declarar. El sol se bajó de la tarima en puntas de pie para no seguir quemando el piso de parket. Y todavía salía un poco de humito... El sapo vino dando saltitos por el pasillo y se sentó en el banquillo. -¿Qué hizo usted el octavo día de la quinta semana del decimocuarto mes a la hora 35:60? -Yo... yo... -Lo declaramos culpable- dijeron a coro los del jurado. -Pero.. si yo... Y no pudo decir nada más porque fue llevado con los brazos esposados por el gato y el conejo.

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Epígrafe - epígrama - epílogo

El señor Epílogo estaba muy aburrido. Su oficio, desde hacía años había sido el de escribir. Él era un gran escritor. Tenía las paredes de su epilocuarto forradas con biblioepilotecas rebosados de epílibros. Pero ese día, jueves 22 de octubre, el señor Epílogo tenía un gran dolor de panza. Su problema es que se desesperaba por los chocolates. Y su plata la gastaba en comprarse todos los chocolates habidos y por haber. Su amigo, el señor kiosquero, la había advertido muchas veces que le iba a agarrar algo por sus chocolates. Pero epílogo seguía comiendo chocolates y más chocolates. Y la consecuencia de esas golosinas fue una enfermedad muy grave: la epígrama. La epígrama es una enfermedad que ataca a todo el cuerpo. Salen unas grandes manchas verdes en la cara, pequeñas y rosadas en las manos y amarillas en la nariz. El señor epílogo se vió tan ridículo que tomó un epiremedio y se curó. Y sólo comió chocolate en la torta de la boda de su sobrina.

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Mujer + niño = bueno

En una noche llena de ansiedad, esperábamos a Papá Noel. Nos mirábamos entre nosotras y al reloj. Era una monótona mirada de aquí para allá. Mirábamos tele, comíamos torta, nueces o avellanas. De vez en cuando íbamos a mirar bajo el arbolito si había alguna señal que nos hiciera ver que él había llegado. El tío, como adivinando nuestros pensamientos, nos hizo ir a la vereda a prender estrellitas. Nos divertimos un poco. Pero nada nos haría sentir más feliz que los regalos. Las once y media. Sólo faltaba media hora. Mi pequeña prima no tenía fuerza y ya se dormía. Nuestras ansias crecían cada más. Y un contínuo palpitar de corazones se acrecentaba en nuestros pechos. Entré en la casa para buscar fósforos y... ¡qué sorpresa! ¡Todos los regalos alrededor del arbolito! Cada uno con su nombre, por supuesto. Para que no haya confusiones. Busqué con desesperación mi paquete. No, éste de Vanesa; no, éste tampoco. ¡Acá está! Era el primer regalo de esa noche y no advertí que había más. Rompí el finísimo papel de envoltorio con fuerza... Mi cara iluminada por rebosante alegría se había oscurecido con la sombra de la desilusión. Era una bermuda color crema con terminaciones marrones. No podía creer que ese Papá Noelucho tuviera tan mal gusto. ¡Y para colmo a mi hermana le había regalado lo mismo! Eso era intolerable. ¿No podía tener ni un poquito de originalidad? Fuí hasta donde estaba mi abuela. Ella había recibido un prendedor dorado. Ahí sí que me enfurecí en serio. A mí me traía una bermudita de morondanga, igual a la de mi hermana,

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y a ella le traía una joya con brillantes... ¡Era realmente injusto! -Abuela... Mirá lo que me trajo Papá Noel... Yo esperaba un juguete... Mi abuela advirtió mi tristeza de niño. Era una mujer comprensiva. En la mañana, una gota de alegría rebalsó mi rostro. ¡Un bebote me esperaba en esa silla! Me pedía a gritos que lo sacara de esa bolsa transparente. Ya no veía a Papá Noel como a una persona mala, sino como un hombre bueno que sólo se atrasa en sus regalos.

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“¡Pobre techo italiano, pobre cortejo de balaustrada, alegrado por las ropas teatrales! Los gritos de los personajes me estremecen ahora. Los obreros trepados en escaleras han asegurado que es imposible desprender la tela de la cornisa sin dañarla...” La casa. Mujica Láinez Tejer historia con humanos e inanimados del fragmento de Mujica Láinez. Pobre casa de sueños. Se está desmoronando. Quiere dar tanto albergue a los demás que no se da cuenta de que su capacidad tiene un límite. Se esfuerza cada día porque sus habitantes se sientan bien y sin querer deja de lado sus paredes sin reboque, el óxido de sus lámparas. ¡Pobre techo italiano, pobre cortejo de balaustrada, alegrado por las ropas teatrales! Se viste de fiesta para demostrar alegría y no hace otra cosa que sufrir. Los gritos de los personajes me estremecen ahora. ¡Te estás derrumbando y no te das cuenta! No caben todos, junto con sus alegrías y tristezas en tu interior. Los obreros trepados en escaleras han asegurado que es imposible desprender la tela de la cornisa sin dañarla... Tus paredes se están arruinando de a poco si no dejás de ayudar a la gente. Voy a hacer todo lo posible, mi casita, para restaurarte, cueste lo que cueste.

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-El techo se está descascarando- advirtió uno de los obreros. La señora no le dio demasiada importancia. No quería dar demasiada importancia. Sabía que si atendía el techo, proseguiría con toda la casa. Y eso no le gustaba nada, ya que era un edificio inmenso y eso podía costarle demasiado dinero. -Hagan su trabajo y dejen de juzgar toda mi casa- fue la única respuesta de la señora. Echó una fulminante mirada por detrás de sus finos anteojos y bajó las escaleras levantándose el vestido por cada escalón que pisaba. -Esta doña sí que tiene carácter. -Sí, es de esas viejas quisquillosas. -¿Por qué lo decís? -¿No viste cómo nos vigila? Y quiere que todo se haga como ella lo dice; sino, olvidate de seguir trabajando en esta casa. -A la mier.. ¿Y vos cómo sabés eso? -Y... por el Cacho. Él también tuvo que trabajar acá. Pobre... -¿Por qué pobre? -Tuvo un accidente. Estaba trepado en una escalera. Tenía que desprender la tela de la cornisa sin romperla. Él lo intentó, pero cuando la estaba sacando, se le rompió. Justo ahí, algo movió la escalera y se cayó. La tela se cortó por la mitad. Imaginate el peso del Cacho colgado de una tela. La tipa estaba que estallaba. Era una cortina carísima. -¿Y después? -Bueh, la cosa que al finado lo encontró el mayordomo. El tipo dijo que lo vio cuando ya estaba en el piso y que ni lo tocó. Pero las malas lenguas dicen que el Cacho tenía marcas en el cogote. Aunque el sirviento dijo que a él le dan asco los cava...

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cadáreves... los cadáveres! Eso, los cadáveres le daban asco. -Dale, Raúl, contate otra que esto se pone bueno. -¿A vos te parece que lo que te conté es joda? -No, pero eso de que el sirviento mató al Cacho... Mmmhmm, no sé... -Bueno, no sé si lo mató o no lo mató. La cosa es que el Cacho ya está muerto y eso vos lo sabés. -¿Y eso qué tiene que ver con la vieja? -Y, ¡tenés que imaginarte! -Qué, ¿vos decís que como el Cacho había roto la tela, la tipa lo mató por lo cara que era? -Algo así... Los dos albañiles quedaron pensativos. Uno, pensando en su amigo ya perdido. El otro, si habría sido verdad lo que sospechaban de la muerte de Cacho. Hubo un minuto de silencio, cuando una respiración dificultosa los hizo mirarse y luego hacia abajo. La señora, con su lúgubre vestido azul y el eterno rodete en la cima de su cabeza. Sus facciones eran horrorosamente parecidas a la infinidad de retratos que vestían la paredes de la gran casa. Sus manos, casi inertes, señaló a los albañiles. -Escuché cada palabra- dijo. -Su trabajo era restaurar el empapelado de esa pared. No supieron cumplir con sus obligaciones. No pueden seguir vivos. Las pupilas de la vieja se fueron haciendo cada vez más chicas al abrirse de golpe una ventana ubicada en el costado de la escalera. Ésta se bamboleó un segundo, dejando caer los dos albañiles paralizados por el rostro de la siniestra mujer. Uno cayó de boca, rompiéndose el cuello. Murió al instante. El otro no tuvo tanta suerte. Su espalda fue lo primero en llegar al piso de madera lustrada. Sus pulmones se aplastaron. Por

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su boca comenzó a emanar sangre que al rato se convirtió en un río rojo que bajaba la escalera. La señora permaneció por unos instantes viendo aquella espantosa escena. Luego llamó al mayordomo. -Limpie toda esta basura. Quiero ver todo limpio antes de llamar a dos nuevos albañiles para que reparen el techo. Se está descascarando.

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Creá una historia donde el personaje mantenga una morbosa y tierna intimidad con los pájaros sobre el telón de fondo del miedo y los prejuicios y donde vos actúes como narrador maliciosamente irónico. “Se sintió mal, desprotegido e intentó refugiarse bajo las plumas del traje de lentejuelas.” Era un hombre bajito, con anteojos. Su cuerpo menudo realmente impartía lástima y su cabello, escaso, se dejaba caer hacia atrás con surcos que dejaba el peine sobre la gomina. Siempre vestido de traje y corbata imponía una figura de respeto a la cual todos hacían burla. Entró al cabaret con la cabeza baja y el sombrero en las manos. Se sentó en una mesa apartada y pidió una bebida alcohólica en voz muy alta, la cual no bebió porque no le gustaba el alcohol. Vió bailar a las mujeres más hermosas, con cuerpos impetuosos y tetas al aire. Algunas tapadas con plumas y lentejuelas. Al acabar el show pidió pasar la noche con la primera bailarina del espectáculo. La mujer de espalda grande y caderas anchas aceptó a cambio de un alto precio. El hombrecito metió la mano en su bolsillo con timidez y sacó un fajo de billetes. La mujer sonrió y tomó del brazo al hombre que se mantenía quieto y con el sombrero aún entre sus manos. Se dirigieron juntos por un pasillo oscuro con las paredes descascaradas y un penetrante olor a humedad. Llegaron a una habitación en penumbras. La mujer comenzó a desvestirse. Se sacó los zapatos, siguió con las medias, los portaligas y miró al hombrecito. Él permanecía ahí parado, observando a la corpulenta mujer desnudarse. Ella era prostituta profesional. Hacía 20 años que ejercía ese oficio. Tenía demasiada experiencia con toda clase de hombres, 81


sabía cómo tratar a cada uno. Pero con este hombrecito se sintió cohibida; de su interior brotó una vergüenza nunca antes experimentada. Fue ahí cuando el hombrecito se dignó a moverse. Con la misma frialdad que había llegado, dejó el sombrero sobre una silla y comenzó a quitarse el sobretodo, lentamente. Se aflojó el nudo de la corbata color bordó y desabotonó la camisa celeste. Primero los puños y luego el frente. Ahora era ella quien lo veía a él paralizada, con una sensación extraña, como hipnotizada. Ella creía que sería fácil. Cinco minutos en la cama y cobraba sin dificultad alguna el fajo de billetes que, sin duda, era mucha plata. Pero ahora todo se tornaba más difícil. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando escuchó el ruido metálico de la hebilla del cinturón. El hombrecito se quitó los zapatos y el pantalón que dejó prolijamente sobre la silla de la habitación tan húmeda como el pasillo. Había en el aire una sensación de encierro y flotaba en la atmósfera el humo de tabaco mezclado con el olor a perfume barato de las mujeres del recinto. La mujer reaccionó en un momento y optó por complacer al hombrecito. Al fin y a cabo, ella era la puta y él había pagado. Se quitó entonces los invisibles que le sujetaban el cabello, se desprendió el corpiño, se quitó la bombacha y se metió en la cama. Las maderas crujieron bajo el colchón de lana apelmazada y ella no supo si era por el peso de su cuerpo o de su corazón que se había llenado de miedo y tensión. Cerró los ojos y se mantuvo inmóvil. El hombrecito quedó completamente desnudo frente a la mujer. Con las piernas separadas y las manos en la cintura permaneció allí parado, hasta que ella abrió los ojos. Después de unos minutos, despacio, ella los abrió. No pudo creer lo que veía. Parecía un hombrecito débil, frágil, ingenuo, pero bien dotado. Hasta tuvo miedo, se estremeció al pensar

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qué podía llegar a pasarle. La mujer comenzó a temblar y más aún cuando el hombrecito se metió en la cama junto a ella. Tenía la piel rugosa y los dedos ásperos. Se situó sobre ella, la tomó fuertemente de los brazos y efectuó la penetración. Sus movimientos eran violentos y era tal la tensión de la mujer que sintió que se le desgarraba el alma. El hombrecito se había transformado en un monstruo que jugando con su apariencia demostró ser un animal salvaje. La cama chillaba de dolor y la mujer no lo hacía porque ya no le quedaba voz. De su garganta se desprendían gritos ahogados. Los dedos de la fiera se hundían en los brazos carnosos de la mujer que ya no parecía la primera bailarina del cabaret, sino una liebre como presa fácil del león muerto de hambre. Acabó el monstruo con su placer y retiró del cuerpo de la prostituta el pene cubierto de sangre. Tranquilo, con pasos suaves, volvió a vestirse con la serenidad que antes había hecho lo contrario. Mientras ella se veía a sí misma destrozada, con las piernas extendidas y semiabiertas, sobre un lago de sangre mezclada con semen. Se sintió violada, exterior e interiormente. Sintió náuseas, asco y ganas de tirarle el velador rojo en la cabeza de aquel hombre raro, malisiosamente viril. El que ahora estaba poniéndose el sombrero sobre su cabeza casi calva y dando una mirada final a la habitación en penumbras, cerró la puerta a sus espaldas, para volver a la calle a ser otra vez ese hombrecito débil, frágil, ingenuo, pero bien dotado.

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Ojos de cielo

Ana abrió los ojos despacio. Por las rendijas de la persiana de madera clara se veía la luminosidad de los rayos del sol. Sintió un poco de calor. La noche había sido fría y se había puesto dos frazadas. Estaba demasiado abrigada con su ropa de cama y se destapó un poquito. -Típica mañana de verano. Debe ser un día hermoso. -¿Cómo sabés?. -Sensaciones. Esa mañana de agosto Ana se levantó, abrió las ventanas y dejó que el cuarto se inundara de claridad iluminando así las camas desarmadas, la ropa desordenada y recuerditos de viajes. Ana se dirigió al baño. Orinó con aliviante placer; se lavó la cara tres veces y cepilló sus dientes prolijamente. Peinó su cabello hasta quedar sedoso y desenredado. Se miró al espejo, abrió grandes sus ojos celestes y sacó la lengua. Se enojó, se rió a carcajadas y discutió con el hombre que amaba. Con un gesto de indiferencia, dejó plantado al espejo que esperaba alguna otra mueca estúpida. Ana se descambió. Se sacó el pijama, miró por la ventana y al ver el cielo tan límpido y cálido, se quitó también la camiseta que llevaba debajo. Con medio torso desnudo, se miró a sí misma. Tenía un corpiño de encaje blanco. La cadenita de oro sostenía la letra A filigranada. Intentó ver su alma, pero no la encontró. “Tal vez sea transparente”, pensó. Se puso una remera gris y se miró más de cerca y se descubrió los ojos más claros. Se fijó en el cielo y de nuevo en sus ojos: tenían el mismo color. Hizo una sonrisa de satisfacción y orgullo. Bajó las escaleras y se preparó el desayuno.

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Un chocolate apenas tibio y una medialuna a las 12 de la mañana podría llamarse desayunalmuerzo. Aunque cuando llegó al trabajo devoró un sandwich completo. Abrió la puerta de salida sin antes haberse mirado sus ojos en el espejo comparándolos con el cielo cada vez más celeste. Desde su casa tomó el colectivo. Sintió una extraña sensación cuando subió. Todos los asientos estaban ocupados y sólo ella debía estar parada. Se sintió en un cuarto de inválidos, donde, en lugar de los sentados tener lástima de ella, parada, fue Ana la que se apiadó de ellos, que ninguno se bajó antes que ella. Descendió de aquel vehículo lleno de lisiados y se dirigió con paso firme al negocio. Dejó sus cosas en el bañito de atrás y comenzó su día de rutina, de aburrimiento atendiendo viejas exigentes, viendo los chicos divertirse afuera con sus bicicletas y patinetas y estremeciéndose con el ruido de los colectivos y autos, a pesar de que era sábado. En un momento de descanso, hora de la sagrada siesta en ese barrio, Ana elevó la vista al cielo: seguía como en la mañana. Fue al baño y se miró en el espejo de marco amarillo. Se acercó un poco más y vio que sus ojos estaban más oscuros. Alrededor de sus pupilas se abrían brazos de mar rojos y el centro se hacía cada vez más grande, quitándole así lugar a la parte celeste, ahora más opaca. Ana tomó el espejo con sus manos y sin pensarlo dos veces, lo arrojó al piso rompiéndose en mil pedazos que quedaron diseminados por los mosaicos color crema. Ana comenzó a llorar desesperadamente. De sus ojos caían lágrimas negras teñidas de rimel. Veía siluetas borroneadas y el piso parecía moverse frente a sus ojos, mientras sus lágrimas bailaban dentro de ellos. Se echó de rodillas al piso para recoger los pedazos de espejo. Engujándose las lágrimas estiró sus brazos para lograr alcanzar los trozos de vidrio. Se agachó un poco más cuando vió con horror que cada uno de los pedazos del espejo roto tenía refle-

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jado un ojo suyo, con pupilas celestes oscuras y brazos de mar rojos. Aterrorizada buscó en su cartera el espejito del rubor. Consiguió abrirlo después de nerviosos intentos. Se lo llevó lentamente frente a su cara. Una cara que ahora aparecía en el espejito espantosamente plana y lisa, sólo con una nariz y una boca.

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II 路 Poes铆as


Esta carta me recuerda un chocolatín y una poesía. Las estrellas de noche y el sol de día. Me gustaría escribir algo, pero no se me ocurre nada. ¡Cuántos colores, cuántas formas! Todas desordenadas. Todas las flores del mundo muy bien acicaladas asiten al baile real en caballitos de coral.

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La tela de la araña

La araña teje su tela La tela atrapó un bichito La araña se lo come rapidito, rapidito. Le agarra dolor de panza Llama al Doctor Escarabajo que ahí abajo, tranquilo, descansa.

El médico la revisa y en vez de jarabe le receta un pizza. Así la contenta araña se come la pizza sin ninguna maña.

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La noche se rasgó en pedazos. Doce números caídos. Agujas quebradas. Yo, sola, no pude volver. 1990 91


Necesito un amigo

Necesito un amigo un amigo sincero que me aguante varias cosas un amigo así quiero Que sea dulce y compañero aromado de rosas y jazmín Un amigo que me ayude a aprender a ser feliz Que en su mente nunca quede yo olvidada Que toque música, música encantada Me siento vacía, sola sin amigos Quiero -aunque sea unoque me guíe en mi camino Necesito un amigo que me ayude a crecer que sea sencillo y amable por sobre todo fiel Que me quiera mucho demostrándolo con amor y una flor dorada, plateada crecida en su corazón Amigo, te necesito

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no te vayas, te lo ruego vuelve junto a mĂ­ que vivir sin ti no puedo A este corto pedido doy por terminado pues ya encontrĂŠ un amigo lo tengo aquĂ­ a mi lado

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Prendedor sobre el pecho

Paloma, Paloma blanca carta olvidada de amor das vueltas y vueltas papelito revoloteador Vapor siniestro mezclado y confundido en las espumosas nubes Caricia de sol sed de paz dĂŠjame contigo volar y mis problemas olvidar

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Música, latido con luz La música, algo especial En mi mente, simpre inmortal La toca él, la toco yo la tienen todos en su corazón Música, algo imprescindible Nacimiento del amor Sed de multitudes Gran país del sol Música que vuela llega a las estrellas música encantada bella, bella, bella Música liviana que se lleva el viento música de aire Dibujos de cuento Música hermosa que rápido sube Música en flechas traspasa las nubes Música igual o diferente hace sentir viva a toda la gente

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Un calor llamado amor

Yo no sé por qué comencé a pensar en tí desde el día en que te conocí En mi silla sentada, te vi allí parado Sentí un fuego que en mí había entrado Una paloma volando en libertad La bravura de mi amor buscando tu amistad Esa amistad que conseguí con tanto furor Que después de poco tiempo se convirtió en amor Amor hermoso, amor refulgente lleno de luz que invade mi mente Un día no pensado él me traicionó se fue con deslealtad y sola me dejó Ahora ya no me interesa no tiene importancia

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no guardo rencor pero sí desconfianza Yo creí en tí no sé si fui ingenua pero mi amor por tí de a poco se atenua Aunque hoy volvieras te rechazaría Y nunca, nunca más en tí creería Me traicionaste, Me ilusionaste, Me dejaste, Me defraudaste

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Manos

Hay tantas clases de manos Hay tantas como estrellas: la mano que se da, la mano que deja, la mano en el pecho, pálida, que piensa; la mano sobre la mano, ociosa, que contempla Y la más sola entre todas: la mano que cuenta Fíjate en la mano que zurce. Es la mano que vuela. En su ir y venir trae el cielo a la tierra. Fíjate en la mano que canta porque a la niña peina, para mandarla blanca con su libro, para un día perderla. Cada mano tiene su mar, su llanura inmensa Grandes y pequeños ríos desembocan en ella. La mano de Sarmiento su mano derecha, fue la que inundó el desierto, la que quemó la aldea las gaviotas volaban sobre su mano izquierda. José Pedroni La hoja voladora

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Canción para mi muerte

Hoy pensé en suicidarme Yo no sé cómo lo haría Tirándome del balcón O un puñal me clavaría Puedo ahogarme en la pileta o tirarme en patineta No importa cómo lo haría nadie en mí repararía y todos me olvidarían Aunque todos quieran no voy a morir porque voy a quedar viva para que todos tengan que sufrir Ella pensó en suicidarse no sabía cómo lo haría No necesitó suicidarse... ¡La empujé bajo la vía!

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El futuro, una cometa en libertad alimentado lluvias y caracolas Un hachazo duro sin consuelo la muerte de madrugada desalentando amapolas Futuro confuso, inseguro, oculto Tres fuegos en mis ojos y manos Espuma en mis venas Triste y amargo, hiere en sus tremendos aletazos Futuras miradas traerás sobre un rojo y blanco resplandor Viene de lejos cantando catástrofes ¡Mueve las alas en mi corazón! En mis manos no quiero encontrarte Prefiero mi muerte a tu vida Sangre en campos almendrados Sombra de mis penas desvalidas No vengas nunca por las noches No aparezcas en mis cuencas vacías No quiero retoños brazos ni piernas nuevas Aún tengo mi vida

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Los niños queremos un mundo mejor sin muerte en las calles sin hondo dolor Sin guerra en los países ni en golfos, ni en mares queremos un mundo lleno de cantares Piensen en nosotros en nuestro futuro Queremos libertad y un crecimiento seguro Que no nos falte bebida, ropa ni alimento Morir de hambre no queremos ¡Bríndennos sustento! Que el sol salga para todos no queremos diferencia No interesa la piel idioma o descendencia Y ahora que somos chicos déjennos jugar Tendremos tiempo mañana ya para pensar que en este mundo en que vivimos nada tiene sentido pues los mayores no escuchan nuestro pedido

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Para tu ventana un ramo de rosas me dio la mañana. Por un laberinto de calle en calleja, buscando, he recorrido, tu casa y tu reja y en un laberinto me encuentro perdido en esta mañana de mayo florido. Dime dónde estás. Vueltas y revueltas. Ya no puedo más. La tarde está muriendo como un hogar humilde que se apaga. Allá sobre los montes, quedan algunas brasas. Y ese árbol roto en el camino blanco hace llorar de lástima. ¡Dos ramas en el tronco herido, y una hoja marchita y negra en cada rama! ¿Lloras?... Entre los álamos de oro, lejos, la sombra del amor aguarda. Antonio Machado

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No la hagas esperar quizás no vuelva nunca más Y si la descuidas no sé que pasará No quisiera perder tu sombra que alumbra mi camino Tampoco que se apaguen las brasas aún ardientes Que en el camino blanco renazca el árbol roto Que la hoja ya no sea negra y las ramas estén repletas de ellas Y que te des cuenta que no es de nenita si llorás Y a la larga si estás triste y realmente lo sentís las lágrimas correrán bajo tus ojos como hojas en otoño Y ya ves, eres hombre y has llorado igual El orgullo no lo has perdido y en el laberinto ojalá encuentres tu camino

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El dormir es como un puente que va del hoy al mañana. Por debajo, como un sueño, pasa el agua Juan Ramón Jiménez Torrente de sueños, colores y formas. Donde hay narices de estrella y boca de flor. Arabescos dorados, flores celestes y blancas. Sueños donde yo no soy yo. Ni el tiempo ni el lugar existen. Y el carmín invade el puente del mañana y desaparece el hoy, para nunca volver.

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Cuando joven creía que el cantar era de alguien pidiendo una limosna. Pues vivir siempre en el agua más serena fue mi vida. Y nunca tuve que cantar para comer. ¿No cantas nunca? “No canto”, dije. La otra rana, que estaba herida y casi ciega, sabía lo que era cantar. Y me dice el caracol. “¿Ni rezas?” “Tampoco: nunca aprendí”, contesté. El hombre de la guitarra agradeció a aquella que le dio valor y fe. Ahora no pienso ni creo en lo anterior. Y mi ciencia, pues ya he vivido mucho, hace que no lo crea.

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La luna es un disco morado. Vuelve la paz al cielo; En la desnuda tierra del camino, en la bendita soledad, tu sombra. La tarde todavía amenguará tu sombra solitaria. La brisa tutelar esparce aromas. Mis viejos mares duermen; se apagaron. De tenue voz hoy torna espino solitario, al corazón, al labio. Sus espumas sonoras dará incienso de oro a tu plegaria y el agua del cuesón en tu camino. De tus sueños, muy cerca, peregrino que desdeñas la sombra del sendero. Muy cerca está, romero. La palabra quebrada y temblorosa camina lejos en la nube torva. Suena el agua en la fuente de mármol. Una blanca paloma se posa. La hora florida brota del valle humilde en la revuelta cumbrosa Y quizás el cenit de una nuevo día pisará, ni la arena del hastío. Más no es tu fiesta el Ultramar lejano sino la erenita junto al manso río. Los cuadros de mirtos parecen la tierra verde y santa florecida. Otra vez sobre, y aparece, ¡El jardín y la tarde tranquila!... 109


El sol es un globo de fuego y en el alto ciprĂŠs centenario. De marchito velludo empolvado sobre la playa estĂŠril, la tormenta. PoesĂ­a selecta - Preludio Antonio Machado

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Me voy ahora. Me gustaría ir con vos Pero estás demasiado lejos Una sombra oscura oculta tu rostro Y los rasgos son indescifrables, inalcanzables La espesa niebla nos separa no sé cuando comenzó a bajar O a subir. Ya no sé bien dónde estoy Todo sucedió muy rápido Una secuencia fugaz Quizás sí me dí cuenta No quise reconocerlo Sabía lo que pasaba pero tomaba la senda paralela al camino hasta que te crucé en mi ruta y me tomaste por lo brazos y me hiciste reaccionar ¿Qué pasa? ¿Qué hacés? Sigo en la misma ruta, tomando senderos paralelos

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I’m in the return to home I can feel sugar in my tongue There’s no damage in my mouth I’m now in the dark alone Deeper into me the shadows come along There’s a winter weather I’ve got the syndrome of love The little green arrow had stucked on me I’s 6 pm o’clock and i wonder who I became There’s lies in everyone I’m in the center of the gravity you are one of the band come to my corner of eternity

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I’ve got so much love to give But you are not there to receive it I’ve got so much to tell you But you are not there to listen I’d spend all the day with you But you don’t have time for me. It’s the first time I feel so upset with you It’s strange. I love you so much that I feel a kind of hate because you don’t feel the same Maybe I’m wrong. As always Maybe I’m weak And that’s why I’m crying

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III 路 Vivencias


Soñé que yo estaba en una casa. Y veía a compañeros del colegio: Lisandro, Federico, César y tambíen Herman y Matías. A Lisandro y Herman los veía apoyados contra la coci-

na. A César, contra la heladera. A Federico sentado a la mesa. Y a Matías, lo que más me da gracia, estaba dentro de una cuna. Después, yo entraba al baño. Del techo colgaba una lamparita. Las paredes, forradas con azulejos rosas. Las cortinas de la bañera, también. El lavatorio, el inodoro y el bidet, verde. Cuando entré al dormitorio vi una cama y una cuna con barrotes blancos. Sillones de pana roja. En el living, en la pared que lo separaba del dormitorio había colgado dos cuadros hechos por mí que, posteriormente en la realidad, mi mamá colgó en la pared de la pieza que da al living. Los chicos, todos con cara de enojados. 1990

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Soñé que Vanesa invitaba a sus amigos a una casa (yo no la conocía). Nos filmaban. Yo estaba enojada y mi hermana Vanesa era re buena. Creo que llovía -después-. También estaba Norma con una mini y yo le dije que hacía frío. Entonces subió a su pieza y tenía un órgano. Yo quise tocar, pero no sabía y le toqué unos botoncitos y pude tocar. Mi edificio estaba cubierto con enredaderas y tenía dos bloques, pero uno al lado del otro. Y la vereda, forrada con tréboles. Mi mamá con Flavia saltaban para no pisarlos y llovía. Estábamos en Funes, debajo de la mora, pero no podada.

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Autobiografía (1990)

Me llamo Nadia. No busquen rima para mi nombre porque no la van a encontrar. Desde chica, nunca fui egoísta. Tengo dos hermanas. Una peor que otra. Llegar tarde a mi casa es mi especialidad. Aunque por eso tenga que pagar. Soy miembro de UNICEF y eso me gusta mucho. Aunque quería ser maestra infantil, me voy a recibir de perito mercantil. Quisiera tener un gatito. Pero si traigo uno a casa, me echan a mí a patadas. Estado civil: ocupada. Tal vez algún día seré casada. Y si algún día me voy a morir: quiero disfrutar mi vida. Quiero ser feliz.

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Barriletes con eco

laberinto - pulso - grillo - perfil - molino - rumor - grito - sed fuego - ranura - rumor - cartas - pájaro - amigos - barrilete - eco piedras - tristeza - amor - distancia - palomas - multiplicación árbol - lluvia - caricia - piel - metal - vapor - geografía - racha Metáforas: Grito: rumor de la distancia Caricia: fuego en la piel Amigos: barriletes con eco Tristeza: sed de amigos Amor: fuego Distancia: multiplicación de lluvias Palomas: cartas de amor Dos semanas. Dos semanas. ¿Cómo voy a poder aguantar dos semanas? Sin Vir nada es igual. ¿A quién le voy a contar todos mis secretos, dudas, tristezas y alegrías? Sí, ya sé. Hay muchos amigos para contarles lo que me pasa. Pero no es lo mismo. Nadie me escucha y me aconseja como ella. Ahora está en Entre Ríos. Nos separa la distancia. Una multiplicación de lluvias interminables. Pero no hay que amargarse. Tampoco esa tristeza, esa sed de amigos, no debe alterar mi felicidad. Ya el 13 de julio llegó a mi casa una palomita con correo. Un grito, un rumor de la distancia, me sobresaltó: ¡Carta de Vir! Me cuenta que está bien, con sus primos. Pero yo la extraño mucho. Es mi barrilete preferido. 1990 120


Fiesta de luz

Ojos tímidos Ojos contentos Ojos aflijidos Ojos verdes, celestes, marrones... Ojos, simplemente Dicen tantas cosas. Expresan tantos sentimientos. Basta una mirada. Una paloma azul inocente para saber lo que a uno le pasa. ¿Estás alegre? ¿Triste? ¿Distraida? Se te nota en los ojos. Todo.

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Una mañana soleada iba caminando un señor por la vereda. Señor: Yo soy un señor apuesto y guapo. Y nada le envidio al sapo. Pues él está siempre enojado. Con su cara triste y de amargado. En cambio yo, yo soy feliz. Mi almuerzo son palomitas de maíz. Y en la cena como codorniz. Disfrutar a pleno la vida, esa es mi elección. Ella es alegre y divertida. A diario nos brinda una lección. De pronto, el cielo se torna oscuro. Señor: ¡Uy! se está nublando. Mejor que me resguarde en algún lugar antes de que empiece a llover. El señor corre y comienza a llover. Sopla el viento. El viento le arrebata el sombrero. Discute con el hombre. El viento se lleva el sombrero.

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He leido algunos libros sobre el amor. Cómo conseguirlo, como convivir con él, cómo disfrutarlo, qué hacer cuando desaparece... Pero todavía no encontré una respuesta a la pregunta de qué hacer cuando hay más de un amor. Cuando se quiere a dos personas. Cuando hay posibilidad de elegir, pero quiero quedarme con las dos, sabiendo que es imposible.

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El hombrecito del azulejo (Alejo Carpentier)

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Algún día

Cuando el grito de la noche que retumba en mis oídos se convierta en suave melodía. Cuando los golpes del tiempo anuncien un temblor. Cunado mi hermano gentilmente me estreche la mano. Ese día llegará. Cuando la sed del pueblo sea un canto de luz. Cuando un mar de coraje invada mi cuerpo. Una mirada, una sonrisa, una visión de segundos llegará algún día. Una suave llovizna en un espejo de sol. Sueño de gaviota. Deseo de cristal. Temo que se rompa. Que ese día llegue sin gloria; con muerte, dolor, agonía. En mil pedazos se romperá mi estrella y no podré respirar. El negro invadirá mi aurora con gritos. En la tormenta, por un camino con la muerte en la mano, se acerca el asesino.

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Ayúdame a mirar que las cosas viven en algún lugar. Que el hambre y la miseria no existe y en un rinconcito del mundo encontraré la paz. Ayúdame a creer en algo seguro y que no se disipe ni bien lo alcance. Ayúdame a pensar que hay algo bueno en este mundo lleno de maldad. Ayúdame a volar y a confiar en que hay un sol que ilumine a todos por igual. Ayúdame a crecer y a demostrar que aquí no se necesita ser un hombre de dinero para llegar alto. Que algún día se acabe la guerra y el racismo que instiga a los hombres a pelear. Ayúdame a vivir en este mundo rebalsado de crueldad. Ayúdame, por favor, que te ayudaré, si no puedes, a llorar por dolor.

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¿Qué diferencia hay entre asustarse y tener miedo? Asustarse es tener miedo tener miedo es asustarse. Nunca temas al temor ni te asustes por un susto. Si te asustas por un susto tendrás miedo, mucho miedo. Y si temes al temor, te llevarás un gran susto. Por eso yo no le temo ni al susto ni al temor (Sólo cuando estoy en casa, solita y sin valor) Uy! me asustaste!

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No encontré lo que realmente buscaba. Pero descubrí algo más interesante. Introduje uno de los casets en el grabador. Comencé a escuchar esas olvidadas melodías. Inspiré profundo y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Si quisiera recordarlas sin escucharlas, no podría. Pero al sentir la música cerca mío, repito las palabras como si la hubiese escuchado ayer. Era como volver al pasado y verme rodeada de animalitos de plástico. Pequeños juguetes, regalos de Navidad. Nada me importaba en ese tiempo. Sólo jugar y divertirme. Y escuchaba ese caset. Hoy, catorce años, vuelvo a percibir la melodía. Ya no puedo prestar toda mi atención a ella. Tengo cosas mucho más importantes que hacer. Miro mi habitación. ¡Cuánto cambió desde ese entonces! Otros gustos, otros colores, otras formas, otros cuadros, fotos y fotos. Casi todas, de amigos. Amigos que están muy cerca; otros, bastante lejitos, pero todos dentro mío. Hoy, estos casets me hacen recordar tiempos pasados, donde ni yo misma imaginaría lo que soy ahora.

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El tejo es un juego que se desarrolla preferentemente en la playa. Debe tener seis fichas cada equipo. Rojas, unas y amarillas las otras. El bochín debe ser esférico, si es “ahuevado”, mejor, así puede rodar y rodar y el equipo que no la emboca de lejos, pierde. Las fichas deben tener cada una un paracaíadas pequeño. Entonces, uno puede calcular al tirarla para arriba y caer en el lugar indicado. Se tiene que jugar frente al mar. Si la ficha cae en el agua será arrastrada por la marea hasta el bochín. Las fichas deben ser de madera, así flotan. Si usted está mirando un partido de tejos, tenga cuidado con los moplos que se plantan la lado. Usted no sabe jugar. Pasó en Mar del Plata, la Playa Popular. Manuel y Vanesa jugaban un partido de tejo. Yo miraba. -¿Vos sabés cómo es esto de los tejos?- preguntó un señor de 35 o 38 años, con bigote y pelado. - Sí- contesté yo- es como las bochas. Hay que acercar al bochín. -¿Cómo te llamás?- preguntó el señor. -Nadia. -Nadia... lindo nombre. Es... sexy. Yo me sonrojé y al mismo tiempo deseaba que ese tipo se fuera de allí. -¿De dónde sos? -De Rosario.

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-Ah, rosarina. -No, soy cordobesa. -¿Cómo..?- dijo el hombre confundido- ¿No eras de Rosario? -Vivo allí, pero soy cordobesa. -Ah... Después de preguntarme si estudiaba, cuantos años tenía, que se asombró cuando le dije “catorce”, me ofreció: -¿Querés venir a tomar algo esta tarde? Comencé a reir creyendo que se trataba de una broma. Pero a mi reacción, el hombre me dijo que era en serio. Pensando que era un viejo baboso, inmundo, le dije que no, y me fuí corriendo hacia la sombrilla. Vanesa y Manuel, al contarle mi aventura, me cargaban diciendo: -¿Qué levante te hiciste, eh?.

21 de febrero 1991 131


Caminando por la calle, ese camino extenso de asfalto, ví pasar un chico. Un chico como yo, como mis amigos. Habrá tenido unos ocho años. Iba buscando de bolsa en bolsa algo con qué llenar su panza. Llevaba una camisa sucia y un pantalón roto. En sus pies, sólo el pavimento. Un niño como cualquiera del mundo; que sólo lleva el sol en su cabeza despeinada. Que ha perdido el brillo de sus ojos, que no tiene calor de hogar. Ni un barrilete, ni un triciclo podrá devolverle su sonrisa. Nada se compara con un trozo de pan. Comiendo con desesperación, como un perro hambriento y su hueso. Los hombres dicen que no hay racismo, no hay hambre, que vamos bien... Yo digo que este país necesita más que un soporte para que no se caiga. Digo yo: ¿Para qué sirve estudiar algo, si cuando sea grande voy a lavar copas o ser camionero, como muchos? De nada sirve derramar lágrimas, de nada. Todos los grandes son iguales. Ni se preocupan por nuestro futuro. Tal vez no les interesa; y por eso las guerras. Creo que todos perdimos las esperanzas. Los hombres son animales.

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La proyección de la película fue muy buena. Era estremecedor ver cómo en pocos segundos se desintegraba todo. Fue muy interesante saber lo que pasó después de que esa bomba explotó. Estuvo de más las excesivas acotaciones políticas de señor Coco López.

20 de marzo 1991 133


Yo adentro, afuera - colores - palabra - dibujo - ventana - rayo de sol - luz - vida - niebla - bruja - muerte - pena - amor copo de nieve - moneda de luna Por la ventana salimos Prisionero por la ventana ganamos otros mundos Paul Eluard A veces pienso que tengo que cambiar. Que no me gusta cómo soy. Que los demás no me aceptan, no me quieren. Entonces, me pongo a pensar que no debe ser así. Por algo se es distinto a los demás. Por algo se destaca. Y la vida está llena de luz. De amigos llenos de amor en cada rincón, en cada lugar del mundo. Creo que si me asomo por una ventana encontraré, aunque sea, un pequeño rayito de sol que me dará luz, una esperanza de que por ahí alguien me quiere y me necesita. Y entre la niebla oscura encuentro a la muerte y esa bruja que ofrece una moneda de luna para hacerle el mal al que se cruce en el camino. Y a veces me dan ganas de llorar. De pedirle a alguien que me ayude. Yo no puedo vivir sola. Necesito amigos que me necesiten. Dentro soy yo. En la ventana, reflexiono, dudo, cambio. Fuera, me modelo de acuerdo al lugar y a las personas con quienes estoy.

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Soy bicho raro, soy bicho feo si mi hermana no me escucha si una amiga no comprende lo que digo Si no me aceptan en un grupo me siento un bicho raro Si no me entienden si no les gusto si no me quieren si se rĂ­en de mĂ­ o de mis cosas Mis cosas que escribo que siento, demuestro cuento y deliro Si no las quieren soy un bicho raro Bicho feo

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Recuerda que por encima de todo se necesita muy poco para llevar una vida feliz. Aprende que el que da con una mano recoge siempre con dos. Se necesita muy poco para tener un amigo. Se necesita muy poco para perderlo. Se necesita muy poco para tener el bien dentro tuyo. Y sentir que un arco iris penetra en tu corazón. Se necesita muy poco para darse cuenta cuando alguien está triste, alegre o simplemente desea contarte algo que le hace cosquillas ahí dentro. Se necesita muy poco para llorar. Se necesita muy poco para juntar fuerzas y concretar un sueño rosado que hace tiempo que dormía. Se necesita muy poco para hacer la, a veces aburrida realidad, un hermoso y divertido sueño. Se necesita muy poco para darse cuenta que no se necesita mucho.

8 de marzo 1991 137


Me encierro en una burbuja y pienso: no trabajo, no pago impuestos: no soy adulta. No juego con muñecos ni hago monigotes con pinturitas: no soy una niña. Estoy en una etapa netamente apartada de todo. Una exiliada de los acontecimientos de la vida. Hay veces que quiero encontrar un nuevo mundo con nuevas leyes nuevos habitantes. Y otras creo que eso no existe, que es sólo superstición. Que nada existe ni Dios ni el propio amor. Yo me aparto y me convierto en ermitaña. Una ermitaña de la vida.

15 de mayo 1991 138


Me encontré con él. Tenía cara de malo y piel rojiza. No me dí cuenta de quién era. Me propuso ser su amiga. Yo, confiada de que era alguien bueno, acepté. Después de un tiempo, me dí cuenta que él me contenía, tenía real poder sobre mí. Como si estuviese poseída. Intentaba hacer algo y él no me dejaba. Entonces, le planteé un desafío: yo debía luchar hasta conseguir mi objetivo. Si fallaba, seguiría siendo como siempre. Si yo ganaba, él no me molestaría más. Él aceptó. Yo me fijé una meta, un sueño a concretar. Estaba decidida. Él no ganaría. Yo no sería patrimonio suyo. Y así lo hice. Alcancé esa muralla, esa nube rosada tan ansiada y me aferré a ella tan fuerte que nadie, ni siquiera él podría vencerme. -Has ganado- dijo el diablo. -Porque he perseverado- respondí.

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Condenados

El espejo a la fea: “Nos odiamos” A. Di Benedetto - Te odio, porque gracias a vos, sé que soy fea. Y a veces tengo ganas de romperte. Pero me arrepiento de hacerlo porque también sé que aunque te rompa, seguiré siendo fea.

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Signos. Sólo signos que para mí no significan nada. Unicamente el dueño de la escritura sabe lo que dice. Cada uno tiene su propio idioma y sólo él sabe entenderse. No quiero hablar con nadie. Quiero encerrarme allí y no volver hasta que todo esté bien. Estoy cansada de todo. No quiero escribir con letras ni signos conocidos. Inventé un abecedario propio, mío. Nadie debe saber lo que escribo. Utilicé signos conocidos, pero sólo por los chinos. Pero como ellos nunca abrirán mi agenda, no leerán mis cosas. Cosas que sólo yo quiero saber. Y nadie más. Sé que si lo leen, se reirán y se burlarán de mí. No puedo soportar que me desprecien sin razón. Utilizo mi abecedario y escribo mis cosas. Cosas que sólo yo sé. Es un laberinto de garabatos donde no se encuentra el final. Quiero entender todas las escrituras. Pero no las propias, las inventadas por ese alguien de muy adentro que escribe cosas a las que no se le pueden contar ni siquiera a una mejor amiga. Pero sólo sé mi idioma, el de todos. Y el mío, pero el mío de mí. No sé ningún otro idioma, ni otros signos. Signos, sólo signos que para mí no significan nada. 29 de mayo 1991 141


Presentí que pasaría. Seguramente me pelearía con ella y me iría a alguna hamaca de algún parque. Y así ocurrió. Fue como adivinar lo que iba a pasar en el futuro. Algo me decía que sucedería. Llegué con mis compras, sueños fantasiosos, con inalcanzable alegría. Pero ella tuvo que arruinarlo todo. No estaba conforme. No. Todo debía ser como ella quería. Tomé la llave y me fuí. Faltaba una hora para ver a mi ilusión concreta. Fuí al parque. Había unos chiquitos del jardín tomando la merienda. Todos sentados en ronda. Me situé en una hamaca. Dí vueltas, jugué con la arena. Observé a otros chicos que jugaban al fútbol. El cielo estaba de color plomo. Me fijé y disfruté de todo lo que veía. Me sentía mal, muy mal. Miré un árbol viejo, inclinado. Estaba seco. Sus pocas hojas ya se caían y unos pajaritos revoloteaban cerca. Decidí dibujarlo apenas llegase a casa. Desde que leí ese libro, donde aparecía un extraterrestre con cuerpo de niño y alma pura de mundo civilizado, aquella creencia se hizo más fuerte, más segura. Perdida en el desierto de mi tristeza, apareció un oasis de alegría. Un pequeño perrito se acercaba juguetón hacia mí. Empezó a arrastrarse a mis pies tratando de morder mis cordones. Lo saludé con cariño. Saltó a mis piernas. Lo aparté dulcemente. Se iba unos metros y volvía saltando torpemente. Después de jugar conmigo, se fue corriendo. Él había logrado arrancarme una sonrisa de mi boca. Agradecí a mis superiores. A los civilizados que sé que desde allá nos están mirando. Cuando necesité compañía, la encon-

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trĂŠ. En un simple cachorro vagabundo, pero con alma superior, seguramente.

30 de mayo 1991 143


Yo también soy un payaso. Un payaso que vende ilusiones y sonrisas pero guarda tristeza y melancolía. Un payaso que se muestra alegre. Y del otro lado de la muralla se marchita y se aplomiza día a día. Un payaso al que todos conocen con flores y colores en la boca. Pero que cuando se mira muy adentro, sólo encuentra noche oscura en su interior. Pero hay amigos que se dan cuenta que el payaso se maquilla con sonrisas sólo para algunas personas.

31 de mayo 1991 144


No, no hay nada que la haga entender. Ella no quiere cambiar. De otro modo ella no sería la perfecta hermana odiosa; que es buena sólo cuando necesita ropa o salvarla de una conversación inconveniente. Y cuando ya usó a su hermana, le sacó el jugo de la bondad, la exprimió de dulzura y la secó de felicidad, ahí es donde ataca, saca sus garras y hace lo que sabe hacer mejor: despreciar. Para ella es algo imprescindible. La víctima debe sentirse mal, muy mal, hasta las lágrimas. Pero ella es feliz. Y es hueca. De cerebro y de alma. Y nadie es justo con ella. Ni sus amigos, ni papá, mamá, ni Dios, ni el propio Ami. Ella necesita un escarmiento. Sólo debe quedarse un día sola, sin nadie a su alrededor. Que hasta los perros se alejen, como si ella fuese una hermana rabiosa y sarnosa de odio y desprecio. Dice que yo la comparo con Na. Sí, la comparo. Pero para que vea cómo se lleva ella con Ro. Que son hermanas y además amigas, que es lo importante. No quiero vivir con Natalia, yo quiero a mi hermana. Sólo tiene que ser menos orgullosa y darse cuenta que una hermana más chica puede ser más grande y enseñarle muchas cosas, como es la amistad entre hermanas.

8 de junio 1991 145


Hay una mujer, casi niña, que quiere aprender a vivir. Tiene muchos sentimientos, pero no encuentra el lugar ni el momento preciso para su demostración. Odia emocionarse con facilidad. Pero lo hace a menudo y esa es su debilidad. No quiere un mundo formal, de saco y corbata. Lo prefiere lleno de niños, amor y comprensión. Necesita de todos para aprender a vivir. Sin ellos sería imposible sobrellevar esa carga llamada vida. Por suerte, tiene varias columnas que sostienen su amistad. Una, la principal. Las demás, más pequeñas, pero importantes también. De lo contrario, la construcción se derrumbaría. Y que en la bolsa oscura de las dudas, fracasos y olvidos, supo rescatar la fe, el amor, la esperanza y la confianza en los demás. Y antes no confiaba en nadie. No contaba sus cosas. Pero ahora se está abriendo. Se está apoyando cada vez más en sus amigos. Con respecto a los que la rodean, casi no tiene problemas. No piensa lo mismo de los mayores de allá fuera. Se considera bastante inteligente y capaz para un buen trabajo. Pero tiene miedo del futuro, de que no sea como imagina. Los políticos prometen y ella no cree en sus palabras. Pero cuando sea mayor va a tener que formar parte sí o sí de esa manga de mentirosos. Por eso, cuando se siente triste, busca los recuerdos lindos que la hacen olvidar lo malo y lo feo que ya ha aprendido de esta vida. Porque para poder morir, es necesario primero aprender a vivir. 10 de julio 1991 146


Acá, algo pasó. No sé. Intervino alguien. Tal vez fue Dios o el propio Ami. Pero no es casualidad ni coincidencia. Es demasidado raro que me venga a pasar ésto a mí. Creo que yo fui quien más lo amó. Hace dos años que no nos vemos y ahora, justo ahora que yo había sacado los viejos recuerdos de la valija, aparece él. Tan hermoso como nunca lo hubiese imaginado. Una contagiosa alegría se apoderó de mí. Cada vez que cierro mis ojos, él está ahí. Con su sonrisa dulce y voz zumbante en mis oídos. Pero los abro y desaparece. ¡Cómo me gustaría que estemos juntos otra vez! No paro de recordar esos momentitos que pasamos juntos ayer. Todavía no puedo creerlo. Tengo ganas de llorar y de reír. De gritarle Gracias al responsble de este encuentro que hizo que yo no perdiera las esperanzas de que otro día, en el mismo lugar, podamos compartir horas y horas charlando tranquilos en el césped de cara al sol.

15 de julio 1991 147


Una mañana soleada salió de la casa; encontró a su compañera y juntas emprendieron un largo y hermoso sueño. Corrían a toda velocidad en un vehículo gris de dos ruedas. Esquivaban precipicios y océanos. Escalaban montañas inalcanzables, sin saber la sorpresa que se les caía encima. Llegaron. Buscaron y no encontraron. Dieron una vuelta por adelante y... Abrió los ojos grandes como plato sopero, dejó la boca abierta, volvió a mirar, dio la vuelta, se sorprendió y lo saludó. No hablaba, sólo miraba. No escuchaba, sólo soñaba. Fue como dormirse de golpe. En un sueño eterno que duró un día. Pero como sueño era curioso, porque estaba lleno de olores y ella nunca soñaba olores. Olor a sexto grado, a campo, a playa. Olor a música suave que retumbaba en sus oídos y la hizo despertar. Sólo atinó a abrazarlo y darle un beso chiquitito que duró dos años. Dos años que no lo veía. Y justamente ayer se lo viene a encontrar en un lugar que ella frecuenta asiduamente. Ese día no lo volverá a vivir. Será único en su vida. Volvió locamente por el mismo camino gris y pantanoso. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Ella de dio cuenta que cambió mucho su personalidad. Su estado de ánimo surge de acuerdo a los acontecimientos del día en que vive. Y ese día vivió más de lo normal. 17 de julio 1991 148


Creo que me gustás. No sé si son los colores, los pocos objetos que te componen o simplemente el rostro de los dos niños. Dos niños felices, rosados, construyendo su más grande sueño. No hay nadie más. Ni animales, ni adultos. Un mundo sólo de niños, con esperanzas de papel, colores suaves, tranquilos. Un ambiente de paz, sin preocupaciones. Te siento muy dentro, como si yo misma estuviese con vos, jugando con la arena, modelándola con mis deditos frágiles. El mar está calmo, como dormido. Una brisa fresca les acaricia sus caritas sonrientes. Mirándote me siento feliz. Recuerdo mi infancia, no fue muy igual a vos. Pero me hubiese gustado mucho. No hay horizonte. No hay más allá. El mundo de los niños es infinito, incomprensible, inalcanzable. Yo ya no soy una niña, pero me gustaría serlo y ser como los dos protagonistas. Jugando solos en nuestro mundo, de la mano de la paz.

24 de julio 1991 149


- Cómo me siento frente al amor y al odio. - Ante la certeza e inquietud. - Qué es para mí la soledad y la tristeza. - Cómo estoy ante la angustia y la nostalgia. - Cómo reacciono con la alegría y la risa. No hay una definición para la palabra soledad. No habría palabras. Se puede estar con mucha gente alegre y divertida y a pesar de todo estar solo. Esa es la soledad interior. Hay veces que quiero estar sola. Siento que la gente que me rodea me molesta. Me siento sola, nadie se da cuenta y me siento más sola.

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A veces, una carcajadita me hace sentir mejor. Me doy cuenta que riendo recuerdo que tengo amigos. Aunque no sólo los amigos son personas. Puede ser un osito, un libro, una noche... Todo sirve para hacerte compañía cuando te sentís solo. Nada mejor que una noche estrellada para no sentirse sola. Una noche rebalsada de recuerdos. Se va la soledad para llamar a la nostalgia. Una película de cosas vividas que pasa frente a mis ojos fugazmente. Hay personas que me hacen sentir mal. Apurándome cuando estoy tranquila y sin ganas. Rompiéndome las ganas de vivir. Y estoy sola. Y estoy triste. Cuando más necesito a mis amigos es cuando más se alejan. Con contadas excepciones. Casi siempre estoy sola. No siempre triste. Me dan ganas de llorar, llorar, llorar, llorar, llorar, llorar, llorar, llorar... Me siento mal. -¿Querés una aspirina? Ni una aspirina, ni un remedio, ni nada podrá barrer con toda esta tristeza.

31 de julio 1991 151


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Yo busco mi lugar... en todos. Me sitúo en el momento que vivo y siento. Busco mi lugar en las letras, las palabras. El mundo que imaginariamente o realmente se presenta ante mis ojos creados por el sentido y el orden de las ideas del autor. Me dan descripciones del lugar y yo lo imagino a mi manera. Igualmente con los personajes. Por algo no me gustan las películas. Ellos ya te dan el lugar, el conflicto, el tema, los colores y no te hacen funcionar la imaginación. No me gusta esa clase de películas. Prefiero las que yo invento con la lectura. Me encantan los lugares de las lecturas. Estoy en un castillo y salto de repente a una nube celeste y mullida. Viajo en un elefante y subo a los más alto de un edificio con él. Salto, caigo en el océano y viajo en tiburón hasta el más allá. Tomo el té con Dios en Japón y muchas cosas más y me imagino en los lugares de la lectura. Quisiera poder leer... Puedo leer todos los libros del mundo. Todos.

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Llamaremos, si tú quieres, por excusarnos de nombres, tíos a todos los hombres y tías a todas las mujeres Columpios para que nos mezcamos, colchones en que trepemos, nueces para juguemos y algunas que nos comamos. Me escapo del mundo y... entro en mi propio mundo. El que sólo yo y alguien muy especial sabemos comprender. Donde yo vivo es un lugar siempre con sol. Mariposas van de acá para allá. Imagino lo que no es real y sueño con mi realidad. Viajo, viajo... Me encuentro con todos mis amigos en la plaza, donde hay columpios en los que nos mecemos, colchones en los que trepamos, nueces para que juguemos y algunas que nos comemos. Todo es muy divertido. Para entrar en mi mundo no se necesita carnet. Pero sí una estricta admisión: todo lo malo y lo feo se debe dejar en el marco de la puerta. Me gusta escaparme del mundo monótono y rutinario en el que vivo. Últimamente, hago lo que a mí me gusta, y no lo que quieren los demás. Me gusta tomar decisiones y sentirme responsable de lo que hago. Creo que me estoy yendo un poco del mundo pequeño en el que vivía antes. Estoy formando mi propio mundo con mi propio Dios: yo.

14 de agosto 1991 154


Un hombre se quiere hacer amigo del que vive detrรกs del espejo. Al hablarle y el otro no escucharlo, se enoja y se va.

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Hubiese escrito tus mismas palabras si no se te hubieran ocurrido a vos primero. Es difícil y fácil a la vez adaptarse a vos. Mucho tiempo estuve buscando mi espejo, mi igual, mi equivalente. Nunca lo había conseguido. Hasta que, jugando a las cartas del destino, gané. Gané, no yo, sino todos. Al encontrarte, amiga, me escontré yo misma. No es una extraña coincidencia, es así. Tenemos tantas cosas en común que si escribimos y expresamos nuestros sentimientos, no sabrían distinguir quién es quién. Por supuesto, con algunas pequeñas diferencias. Por eso te quiero, porque me quiero a mí misma. Aprendí muchas cosas con vos y mi deseo es nunca perderte. Yo también te necesito mucho. Gracias.

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Una foto, un recuerdo olvidado. Ya pasaron dos años y no me acuerdo de casi nada. Sólo puedo ver en tu mirada estática, tus ojos afligidos. A mí me abrazaban, me daban besos... Y vos mirando desde allá arriba. No sé qué quisiste demostrar. La cámara te pescó justito. Tal vez ni te diste cuenta. Yo, tampoco. Tus ojos, clavado en mí. Mirándome con lástima, dolor. Como si yo fuera la más rica princesa y vos, el cuidador de chanchos. En tus manos, un papelito “el mejor amigo”. Para mí fuiste lo mejor. Todavía te quiero y no sé qué me pedís con esa mirada suplicante. Tal vez ahora, ya no me mires con los mismos ojos. Esa mirada la dejaste sólo en mi foto.

21 de agosto 1991 157


¿Tienen ruido de odio las malas palabras? Las malas palabras suenan malas según cómo se digan. No sé quién habrá inventado eso de “malas”. Ninguna palabra es mala o buena. Las palabras son cosas existentes sin estar. Recién nacen cuandos nosotros las pronunciamos. Ahí le damos el tono y el ruido que se merecen. A veces decimos perra en sentido de cachorra. Un animalito suave y peludo. Pero, al enojarnos con aquella persona que no queremos y de un grito le decimos ¡perra! no se va a sentir dulce como esa mascotita. Por eso, depende del tono que se le den a las palabras. Hay algunas que se denominan “malas”; que desde chiquitos nos dijeron que eran caca, culo, moco o pis. Ésas eran las que te ensuciaban la boca y si eras nena, te convertían en una “varoncito”. A medida que crecíamos, el grupo de las malas palabras se acrecentaba, incluyendo ahora toda clase de insultos y alguna que otra palabrita científica que suena a “mala”. Esas malas palabras que tienen ruido de odio, según como se digan. Las palabras amorosas son las cuentas de un collar en saliendo las primeras salen todas las demás. Como todas las palabras... Si algo queremos expresar primero no sabemos por dónde comenzar. Al principio nos da vergüenza

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y no nos vamos a animar. Pero si la necesidad es grande nos largamos a hablar. “Hablando se entiende la gente” y es una gran verdad. Hablando con las personas las dudas podemos aclarar. Ruido de llanto silencioso Repiqueteo de la risa contenida Son dos cosas diferentes, casi opuestas. Si no es blanco, es negro; si no es izquierda, es derecha; si no lloramos, reímos. Hay varias formas de llorar: desconsoladamente, con lágrimas que ruedan por las mejillas, encerrada en la pieza. La primera me suena a drama, la segunda, romántica y la tercera, a una realidad de adolescente. El ruido de llanto silencioso que se produce detrás de esa puerta de habitación. Que los padres escuchan y preguntan enseguida si te duele algo o piensan que es un problema de salud. Por eso escondemos el llanto. Tal vez por vergüenza o para para no aguantar a los padres. Lo mismo pasa con el repiqueteo de la risa contenida. Pero no por la misma causa. No la ocultamos por vergüenza en algunos casos. Sino por respeto, miedo a que nos reten o el famoso “quedar bien”. Por eso mentimos con respecto al llanto y a la risa.

11 de septiembre 1991 159


Soy libre... Sonrío... Hablo, hablo... Vuelvo... Espero. Yo siempre dije que nadie me domina. Soy dueña de mí misma y nadie me dice qué debo hacer o no hacer. Por supuesto que le hago caso a pá y má. Por algo son mis padres. Ellos saben qué es bueno para mí. Pero hasta cierto punto. Soy libre... Libre de hacer lo que quiero. Libre de estudiar lo que me gusta y lo que no, dejarlo para mañana. Libre de querer lo que a mí me gusta. Libre de amar a las personas que necesito. Y sonrío... porque soy feliz. Me siento feliz y lo demuestro. Aunque a veces me siento triste. Muy triste. Hasta que me encuentro con mis amigos y hablo, hablo... Me saco todo lo feo y lo malo que me pesaba. Y ya me siento mejor. Vuelvo... Llego a casa con una sonrisa en mis labios. Todo el camino había venido pensando en cosas buenas y malas, cantando. Abro la puerta de mi habitación y leo una carta. Y espero...

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Todo tiempo pasado fue mejor No todo tiempo pasado fue mejor. Las cosas vividas pueden haber sido buenas o malas. Si queremos recordar las cosas buenas, el pasado habrá sido mejor. Pero no podemos asegurar que nuestras vivencias fueron mejores porque todavía no conocemos lo que viene. El futuro puede ser mucho más interesante de lo que imaginamos. Y no sabemos si lo anterior será mejor que el futuro. Han pasado muchas cosas muy feas en mi parte ya vivida. Cosas que, al recordarlas, quisiera quitarlas de mi mente. Pero es imposible. Han quedado allí guardadas y nada ni nadie podrá borrarlas. Aunque seas feas, aunque me hagan llorar, aunque quisiera que volvieran pero diferentes, aunque... están ahí. Y no fue mejor que lo que estoy viviendo ahora. No todo tiempo pasado fue mejor.

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Todo es necesario y nada es innecesario. AdemĂĄs de ĂŠsto todo es imprescindible para soĂąar con mi mundo. Un mundo propio e imaginario. 1991 162


De pronto me vi con esa ropa. Muchos tules, el traje suelto, unos pompones en la panza, un bonete y muchos, muchos colores. Entraba en la pista. La música no cesaba y yo lo sentía dentro mío. Charachachán, cha cha cha chaan. Todo se movía alrededor mío: bailarinas, trapecistas, focas... Era un solo murmullo de risas, aplausos y música. Me muevo, hago volteretas y grandes y chicos parecen soltar globos cálidos de sus caritas, a modo de risas. La carpa no da más. Va a reventar de tanta risa, música y colores, donde predomina el amarillo y rojo. Los colores más brillantes y alegres. Me siento tan feliz que podría saltar y darle un beso al equilibrista de allá arriba. Miro a mi alrededor. No veo otra cosa que caras sonrientes. Pero la diversión se acaba. La función terminó. Y las caras vuelven a la normalidad. Como la mía, cuando desperté de este maravilloso sueño.

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Soy un barrilete. Blanco como la nieve. Pulcro como el manto de una reina. Libre como... bueno, muy libre no soy. Puedo moverme como yo quiera. Vuelo y vuelo. Me dejo mecer por el soplo del viento que a veces es brisa y otras huracån. Por eso a veces me alegro de estar sujeto al hilo inicial. Él me aconseja y me cuida de muchas cosas. Pero a veces se sobrepasa y no quiero estar atado a Êl. Pero soy un barrilete. Me remontan, vuelo, me desplazo, soy libre... y vuelvo a bajar.

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Muchas veces deseé haber sido otra. Muchas veces me situé en mis amigas, sintiendo que su familia era mejor que la mía. Que tenía más beneficios. Que tenía más libertad. Y me pongo a pensar... Cuando pensaba eso, me fijaba en los defectos de mi familia. Ahora, saliendo de mí y mirando desde afuera descubro todo lo que me rodea. Y, pensándolo bien, nunca dejaría de ser yo para ser otra persona.

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Objetos aparecidos en: Cuentos de hadas - Novelas de piratas - Historias de misterios Cuentos de ciencia ficción Hadas - colores claros - libélulas - alas - bichitos - redes cuchillos - espadas - timón - pluma - calavera - revólver sangre - balas - detective - estrellas - rayo láser - naves espaciales Me fascinaban los cuentos de hadas. Muchas veces imaginé tener una mariposita con alas coloreadas a mi lado. No tenía muchos amigos, por eso sólo los encontraba en los personajes de cuentos. He leído tantos cuentos de hadas, que ya me siento amiga de sus personajes Cuando era chica, los leía con entusiasmo. Imaginaba historias similares o realmente sentía las aventuras. Hasta llegué a hacerme amiga de Ida, al enterarse de esa noticia, decide averiguar qué hacen las flores en la noche. Cada vez que abría el libro, leía ese cuento. Sin duda era el mejor, el más interesante. Además, Ida era mi amiga. Y así como Ale, el duende los sueños, los personajes pueden salir de ellos para hablar conmigo. No hacía otra cosa que leer. Era mi única diversión, salida, escape para olvidarme de que no tenía amigos, sólo un personaje de cuentos, que ni siquiera existe. Los otros no me interesaban. Algunos me divertían un poco. Otros me hacían llorar un mar de lágrimas que cuando venían mis hermanas o mi papá, se reían de mí porque yo lloraba por un tonto cuento de hadas. Pero éste era distinto. Yo me divertía tanto que podía llegar

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a leerlo 100 veces sin cansarme. Mi imaginación corría por los caminos bordeados de flores de la pequeña Ida. Veía todos los colores posibles en las mustias flores de esa nena que ya era mi amiga. Hasta llegué a hacerme un jardín con toda clase de flores, para ver si era verdad que a la noche iban a un baile. Margaritas, lirios, rosas, geranios... una variedad que a la noche se reunirían a bailar y divertirse. Pero mis flores no llegaron a ir a a fiesta. Tal vez las había enterrado mucho y sus piecitos ya estaban convertidos en raíces fuertes aferradas al piso. Pronto empezaron a secarse. Quizás de tristeza. Lo malo es que nunca alcanzaron a bailar el vals con los juguetes de pequeña Ida. Así lo creo yo.

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lágrima - yo - mentira - falsedad - espalda - amor - sonrisa equilibrio - ojos - boca - mirada - paloma - amiga - ilusión sueño - vida - bruja Caminaba con mi amiga por la calle. Íbamos un poco calladas. Nuestros ojos se encontraban de vez en cuando y de nuestras bocas florecían sonrisas. Aunque no estábamos muy alegres, esas miradas lograban el deseado equilibrio. Siempre tratando de buscarle el lado bueno a las cosas. Siempre ayudándonos mutuamente. Nunca dejándonos morir con nuestros problemas. Visitamos otra amiga. Nos contó una breve noticia. Una noticia que me cayó como un balde de agua fría. Lo que yo había considerado una verdadera amiga, la encontré ahora como una bruja. Mis ilusiones se desmoronaron. Mis sueños se nublaron. Yo pensaba compartir todo o una parte de mi vida junto a ella. Ahora, esa amiga, bruja, me estaba dando la espalda. Su actitud denotaba falsedad, mentira. No derramé lágrimas, pero interiormente lloraba por la pérdida de una verdadera amiga. Chau.

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Siento una habitación pequeña y fría. Sin otros muebles más que una cama y una silla. Un lugar donde se encuentra la soledad, tristeza y amargura, pero donde también se pueden descubrir los más íntimos secretos nunca vistos de uno mismo. Un lugar oscuro, para pensar y reflexionar. Inventar. Abro la puerta y mi habitación se llena de luz. Un sol pide permiso y se mete en mi cuarto. La vereda, llena de alegría se muestra como una plaza, donde juegan los chicos, crecen los árboles, pasean las señoras y se forja la vida. Otro lugar, otra vida, otros sentimientos, otras ilusiones, otras opiniones y estados de ánimo. Más amigos y menos soledades en la piecita pequeña y fría.

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Dí un paso al vacío. Me sentía mal y no encontraba razón. Hasta llegué a escasear amor y buenos tratos a la mejor flor del jardín de los amigos. Me invadía el vacío. Entré y salí de él varias veces. Pero siempre me queda su recuerdo y me pongo mal, me siento vacía. Cuando apago la luz, siento esa negrura de la noche en mi pieza, salpicada sólo por la tenue luz de las estrellas. Lloro incansablemente hasta que me duermo. Y al día siguiente trato de levantarme lo mejor posible. Pero la vida se me hace monótona y aburrida. Quiero ser feliz de una vez. Creo que necesito estar al sol, con mucho verde a mi alrededor. Tal vez así me pueda divertir más. Tengo ganas, además de volver a mis personas más queridas que no sé por qué esa extraña coincidencia están muy lejos, o no tanto, de mí. Quiero de una vez por todas cerrar la puerta de la habitación fría del vacío y tirar la llave ahí mismo.

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A la vida le gustan las repeticiones. La historia se repite una y otra vez. Se voz se notaba ahogada, con bronca. Gritaba con fuerza y sus palabras se perdían en la multitud. Una oleada de sangre le subió a la cabeza. Su rostro se mostraba rojo, enfurecido. No le dije nada. Sólo me limitaba a escucharla. La melodía arrastrada la transportaba a un mundo que apenas ni se atrevía a presentir. Era el principio del fin. Yo sabía cómo era todo. Ya conocía la trama y el repetido final de la película. Y tenían tanto que hablar... Le dijo cosas duras. Se dijeron cosas duras. Intentaba ser feliz, y él no la dejaba. Intentaba reírse, pero no podía. Siempre fue una mentirosa y se quiso mostrar como no es.

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A veces las estrellas se alcanzan. Y cuando tenemos ese brillo eterno en nuestras manos, nos quema, se derriten nuestros dedos y vemos cómo la estrella se convierte en un haz de luz que se aleja, se va, se pierde. Esa estrella está, no se fue. Nos cegó con su brillo y ahora está en otras manos. Otras manos más fuertes. Que no se derriten sus dedos. La estrella en esas manos pierde brillo, pierde calor y color. Se va desgastando su luminosidad hasta quedar opaca. Y caen lágrimas calientes de nuestro ojos ciegos que ahora ven cómo nuestra estrella, la que a nosotros nos cegó, pierde brillo y color en otras manos.

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Consérvate en paz. Entre dos eternidades, que un parpadeo no es más de lo que piensas. La felicidad puede dañarte sobre tus metas. Antes analiza, recapacita. Sólo tú misma deseas que tu corazón se adhiera demasiado a algo. Eres lo que eres por tu vida, eso es todo. Y si te levantas todos los días con el anhelo de ser más, nunca culpes a los otros por tu situación.

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Hoy es primero de mayo, el día del Trabajador. Estoy en la casa de mi abuela, escuchando música. Si hubiese escrito ésto hace dos o tres años, te diría que escucho “Tangos de Amor” o el “Bolero de Ravel” en un viejo grabador que al cabo de repetidos toqueteos y peleas con mis hermanas, acabó roto. Pero no, estoy escuchando Queen en un moderno centro musical en que mis abuelos decidieron invertir un poco de tacaño espíritu de viejos amarrocadores. Las cosas se están dando diferentes a través de los años. No sé cómo hubiese sido mi vida y mi forma de pensar si me hubiese quedado acá. Las personas son tan distintas que ahora prefiero quedarme adentro antes de aburrirme con las tres pesadas de mis supuestas amigas. Tal vez sea por el año que nos llevamos, pero tampoco es eso. La sociedad cambia mucho de un lugar a otro y es eso lo que nos hace chocar pensamientos y opiniones. Pero por más que viva allá, tengo que volver de vez en cuando. Y me doy cuenta de que, aunque quisiera, no podría adaptarme al lugar y a la gente que es de otra manera, que vive de otra forma. El tiempo pasa y sin darnos cuenta, cambiamos. Física y mentalmente. Un túnel que empieza siendo pequeñito, que se va ensanchando con cada día que pasa. Y se sigue agrandando tanto, tanto, que acabamos por morir. ¿Quién quiere vivir para siempre? Pregunta imbécil. Con una vida basta y sobra. En este corto trecho de camino que yo he recorrido me di cuenta que puedo equivocarme tantas veces como haber dicho la palabra mamá. Si pienso que mi túnel va a ser bastante largo y estrecho, también debo aceptar que voy a cometer muchos más errores de los que ya cometí hasta ahora. Y a veces la palabra perdón parece ser la más dura de decir. Y así perdemos los amigos,

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las personas más queridas. Hay cosas en esta vida que hay que aprenderlas solo, uno mismo. No te enseñan en el colegio o tu mamá. Cosas que se aprenden prematuramente. Pero no sé si es bueno o es malo. La cuestión es que cuando se aprende algo, luego quiere repetirlo si es placentero, y eso tal vez es lo malo. Pero el show debe continuar. Ya cayó el telón negro de la noche y mañana amanece un nuevo acto de esta difícil obra improvisada que es la vida.

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Quiero encontrar algo que no sé por dónde empezar. Creo saberlo todo y me doy cuenta que sigo siendo una analfabeta cuando me comparo con los demás. Estoy parada en un signo de pregunta. Haciendo equilibrio para no caer en la confusión y tampoco ahogarme en el mar de respuestas equivocadas. Me abrazan un par de manos sucias, negras, hundidas en el conformismo. Y aunque corran lágrimas de sangre sobre las piernas maltratadas, él conseguirá lo que siempre quiso: ser el ganador. Pero tampoco él es ganador, sino su orgullo.

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Una lluvia de recuerdos empapa mi mente. Siento como un estremecimiento asfixia mi corazón y mi alma. ¿Por qué no puedo vivir sola? No estoy ni un minuto quieta; si no hago algo, pienso. Pienso en vos, en él, en ellas. Se me ocurren historias fabulosas. Sueños que nunca llegaré a concretar. No, yo misma los invento. Nunca se me ocurrió escribir lo que realmente siento dentro de mí. Tal vez me daba lástima manchar la hoja pulcra con letras azules de tinta. Lo único que puedo decir ahora es: amiga, te necesito mucho. Ahora y siempre, debo vivir, sentir, ver, tocar, volar, amar y soñar a tu lado. Como si fueras la cuarta pata de mi silla chueca. Te necesito más que a nadie. Y aunque a veces te haga enojar, yo sé que vos me querés, no deseás verme sufrir y por eso me aconsejás un montón de cosas. Por eso yo te agradezco el haberte conocido. Descanso un minuto y vuelvo a pensar. Tengo que hablarle.

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Parodia

-Y yo, cuando me voy a tirar un pedo, le digo a mi abuelo “Abuelo, aferrate al audífono”. Y a mi abuela la ato a la pata de la cama. Y entonces ahí me lo tiro. Pdrrr. Y sale todo volando... Dramatización - Modalización Qué pienso. Qué piensa. ¿Pensará que yo pienso continuamente en él? Creo que estuve mal. Las cosas, por más malas que sean, hay que enfrentarlas. Aprendí que no se solucionana los problemas con simples cartitas. Tuve miedo. No sé de qué. Pero lo tuve. Tal vez a que vos tuvieses razón, que vos pienses de la manera correcta, que yo quedara como la mala de la película. Una película que por una tonta y simple actitud, se veló. Y ya no es la misma historia. Sé lo que pensás. Que yo te desilusioné. Que ya no vas a poder confiar en mí como lo hacías antes. Si, ya sé, te defraudé. Pero eso tiene solución, no? Quizás no sepas que pienso continuamente en vos. Pero es así. Pienso que soy una estúpida, que por una pavada, derrumbé esa amistad que habíamos construído juntos. Y fue mi culpa. Cada vez que estoy con vos, me hacés reir. No recuerdo ningún momento triste. Tal vez llegaron a ser serios, con tus manos en la cabeza y una careta de preocupación en tu rostro. Ahí me sentí tu amiga. Como cuando te acercaste a decirme que no esté triste. Como cuando me abrazaste fuerte con tus pesados brazos, y me miraste a los ojos y preguntaste por qué lloraba. La razón era simple. Ya nunca oiría tu risa. Ni siquiera podía guardarla en un lugar de mi memoria. En el último instante, el último segundo, el chau definitivo, me hiciste reír. Y eso es lo que más me gustaba de vos. 5 de febrero 1992 179


Pareció durar la noche entera y sólo fueron dos segundos. Desperté tranquila y algo confusa. No entendía muy bien lo que había pasado. Tampoco comprendía si había sido real o un sueño de puros recuerdos. Era todo como un rompecabezas que no podía componer muy bien. Recordaba pequeñas secuencias, todas desordenadas. Una película sin voces. Sentí un beso en mis labios. Suave, casi real. No me animé a contárselo a nadie. Quizá haya sido realidad. Moriré de cara al sol como al sol viví, como bajo sus rayos claros amé, lloré y reí. José Martí Después de muchas lluvias llovidas en silencio hoy sale el sol. Un sol eterno. No vienen de afuera sus rayos sino desde aquí dentro.

12 de febrero 1992 180


Simetría

Somos iguales. Nunca llegaremos a perder la personalidad que desde chicos nos hemos ido formando. Somos y seguimos siendo iguales. Rasgos infantiles que nos caracterizan. Reacciones de adultos que con el tiempo se irán modificando hasta llegar a ser adultos. No por crecer cambiamos. No por cambiar olvidamos. Crecer es una forma de decir: “tomo esto, dejo aquello”. Una forma de renunciar a los juguetes para aceptar obligaciones. Una simetría interior que, exteriormente, creemos haber perdido.

18 de febrero 1992 181


Sentimiento maternal

Apenas te conocí, eras un nenito más. Pasaron unos minutos y me dí cuenta que en esos abrazos de pequeños amigos existía un placer desdibujado. Una alegría que representabas con un vaso de agua en mi cabeza o una pícara sonrisa de dientes como serruchitos. Tenerte entre en mis brazos me gratificaba mucho. Sentí una gran ternura por vos. Casi como un sentimiento maternal. Te observaba de lejos. Cada uno de tus movimientos era objeto de una suave sonrisa en mi rostro. De pronto quise crecer. Verme con mi esposo y mi hijo. Mi hijo. Me veía integrante de una pequeña familia imaginada, irreal. Que sólo existe en mi mente. Con un nene. Un nene parecido a vos. Casi igual. Esa imagen simpática del amiguito de mi hermana despertó celos, egoísmo y locura, al pensar que te quería mucho, aunque sólo tuvieras diez años.

11 de febrero 1992 182


“Empieza a nevar y en derredor las empinadas laderas de los montes son el interior blanco de un gigantesco ataúd”. “Vuelve a llover, nieva”. La descripción de un pueblo. Fue a principios de siglo, cuando no había teléfono, ni radio, ni televisión. Todo era más divertido y sobre todo natural. En el pueblo no abundaban los colores, pero era bastante cálido. Había una chica que tenía un kiosco con un toldo a rayas rojas, amarillas y blancas. Tenía de todo y no vendía nada. Daba todo y se quedaba vacío.

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Una señora toma un taxi. Un señor espera el colectivo. La hija al padre: “Pa, tomás blanco o tinto esta noche?”. La maestra dicta unos ejercicios de matemática. Los dedos frágiles de una anciana tejen un blanca carpetita. Los nenes y nenas del jardín y preescolar juegan a la ronda y otros a la pelota. Un muchacho pasa con una moto a buscar a la novia que sale del cole dentro de un ratito. Dos autos explotan. Un edificio se desmorona sobre vidas, aplastando inocencia, dejando impotente toda reacción. Todavía en el siglo XX hay muchas cosas que quedan por saber. Muchas se están investigando. Nuevos experimentos se hacen para mejorar la salud, pero aún hay niños que mueren raquíticos por la desnutrición. Quieren forjar la paz, pero todavía muere gente en enfrentamientos horrorosos. Estamos en 1992 y todavía quedan preguntas por contestar. Infinidad de preguntas que necesitan infinidad de palabras para explicarlas. Y la pregunta más difícil de contestar hoy en día es por qué. Y a veces es mejor no enterarse.

18 de marzo 1992 184


Aunque me rodeen las personas, siento la soledad dentro mío. Me siento vacía. Miro un punto fijo y nada más. No miro a nadie y nadie me mira. No le hablo a nadie y nadie me habla. En mi mente se comprimen los recuerdos y las imágenes corren a velocidad frente a mis ojos. Salgo de mi película y me sitúo con mis amigos. Ellos hablan y hablan. Yo no participo de casi ninguna conversación. Si lo hago, son dos o tres palabras. No tengo tema para hablar, no quiero hablar. Se calla para no hablar. Se ríe por no llorar. Ama por miedo a que la odien. Oculta sus sentimientos para no descubrir su interior. Su vida es una sonrisa y su alma se enmudece.

19 de marzo 1992 185


Si la luz se apagara gritarían todas. Menos yo que ya estoy en la oscuridad. Si piden silencio se callarían todas menos yo que ya estoy sin hablar. Si algo triste pasara llorarían todas menos yo que ya exploté en llantos. Un llanto silencioso, interno, con lágrimas íntimas. Todos nos damos cuenta de algo cuando lo que nos rodea es diferente, y le damos importancia. Y si ocurriera algo gracioso se reirían todos menos yo que perdí mi sonrisa hoy y tal vez la reservo para mañana. Si no te reís, sos un amargado. Y te dejan a un lado como ropa sucia. Es una lástima, necesitamos ayuda. Pronto.

20 de marzo 1992 186


Hay cosas que me sucedieron en un instante y casi no lo notaste. Me sentí halagada y defraudada. Una promesa que se esfumaba. No sé si te diste cuenta, pero fue el mejor sábado de mi vida. Tan parecido a los 5 años... Cediste, como a casi todo lo que te pido y te das cuenta que está al alcance de tu mano. Mi cara triste se disolvía en una sonrisa fresca com la brisa que entraba por la ventanilla del auto, cuando paseábamos por el Parque Independencia y La Florida.

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Bronca, me da bronca que no pueda defenderme físicamente de vos. Dijo algo no muy agradable y en su brazo se escuchó el paf! de mi cachetada. Sus ojos se abrieron y me agarró las manos con fuerza. Caminaba lentamente hacia mí. Yo retrocedía hasta que mi espalda se topó con la pared del balcón. Sus manos soltaron las mías y rápidamente me tomó de los brazos metiendo los dedos en mi piel, la parte más carnosita. Con parte de mi carne entre sus dedos hizo un círculo que produjo un pinchazo de dolor. Quedé sentada en el piso. El pelo sobre mi cara y el brazo dolorido. Somos amigos, casi hermanos y se supone que los hermanos se pelean, pero no a piñas ni a pellizcones. Primero me muero de risa, pero cuando aparecen mis brazos violetas, verdes y azules me da mucha bronca y tengo ganas de matarte.

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escucho - presiento - preveo - interpreto - conjeturo - supongo imagino - pronostico - profetizo - vaticino - tengo frío Escucho y me entristezco. Presiento que nada será igual. Preveo, hago planes, conjeturo. Interpreto lo de afuera y pronostico mi vida. Supongo muchas cosas y la mayoría son las que imagino. Profetizo a los más chicos y ellos a mí. No vaticino muchas cosas. No me gusta saberlas de antemano. Tengo frío, de vez en cuando. Sueños... Pesadillas... Ensoñación... Delirios Vivo en un estado de ensoñación. Velos y luces que me envuelven y me llevan hacia el camino de los delirios donde el fuego y el agua son compañeros y el aroma de la nieve se confunde con el de las llaves que abren puertas de las pesadillas para dejar salir fantasmas, víboras, humo negro y olor a bacalao. La noche es corta en los sueños y los sueños se cortan en las noches. La memoria funciona a veces y se contagia otras del virus neurótico que invade las sombras de las pesadillas. Mis delirios son cada día más visibles y sueños, casi no poseo. Todas mis metas y objetivos están borroneados y casi ni me acuerdo cuáles son. Confundo la cosas y tengo miedo de equivocarme otra vez. Quiero ser una más, pero tener algo especial. La tumba de mis sueños está tan cerca que la puedo profanar y dejar salir los olores naturales de mis cosas más queridas. Construyo castillos de canciones y perfumes.

22 de abril 1992 189


“Una pesadilla que se ha de terminar con mi muerte” “no sé cómo estoy libre, estoy en mi propia habitación, nadie (aparentemente) me vigila” “Son las 12 de la noche. Voy hacia allá” Una pesadilla que se ha de terminar con mi muerte. Se acostó a las diez. Estaba tan cansado que casi no escuchó el tic-tac de su reloj de la mesita de luz. Se durmió enseguida. Salió a caminar descalzo sobre flores azules que al cabo de milésimas de segundos se transformaron en clavos que pinchaban a él y hacían sufrir a los demás. Caminó demasiado, llegó a un abismo. El cielo se había teñido de un ámbar violeta. Los árboles verdes liláceos lo rodeaban y se sintió en su cuarto. -No sé cómo estoy en mi propia habitación, nadie (aparentemente) me vigila. El hombre dio un paso al vacío y cayó tan profundo que llegó al otro lado del espacio. Se encontró de pronto en un valle verde. Miró su reloj despertador y se dio cuenta que era tarde. No puedo recordar muy bien dónde era el lugar y pensó “Son las 12 de la noche. Voy hacia allá”.

1992 190


¿Cómo llegué nuevamente hasta mi casa? ¿Cómo los ciegos me dejaron salir de aquel cuarto rodeado por un laberinto? No lo sé. Todavía no encuentro la razón, el por qué de ésto. Si yo estaba ahí, rodeados de ciegos, pero que me veían, por qué me dejaron seguir hablando? ¿Por qué no me hiciste callar cuando iba a decirlo? El laberinto que rodeaba al cuarto era difícil. En unas partes tan estrechas que tuve que reducirme hasta poder pasar y otros pasadizos largos, interminables, inalcanzables donde uno, después de un agobiante camino, llegaba a una habitación inmensamente interminable. Con diversos obstáculos en toda su extensión. Podía olerse el aroma del éxito en las lejanas paredes, pero no podían divisarse. Y tropecé con todo lo que había en esa horrible habitación. Los ciegos se reían y el eco de sus carcajadas retumbaban dentro mío. Yo quería reírme más que ellos, pero esos seres no videntes asquerosos imbéciles se reían más y más fuerte hasta dejarme tirada en medio del oscuro y frío cuarto sucio, sin dejarme tocar ni una flor de las paredes inalcanzables. Ahora estoy en casa. No sé cómo llegué. De lo que estoy segura es que mi orgullo está roto, hecho trizas. Los rayos del sol chocan en la blancura del techo y así hacen de mi pieza un lugar iluminado. Una canción suena en la radio. Se siente un aroma... precisamente el de comida. Un día normal para todos.

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dragón chino - unicornio - ave fénix tortuga - minotauro - centauro Por momentos me siento montada en él. Como cabalgando por las nubes. La blancura de su cuerpo me hace pensar en mi egoísmo. Sería maravilloso ser su dueña. Tenerlo cuando quisiera. Y saber que nadie podría quitármelo. ¿Tendrá pesadillas también? ¿O es tan feo que no hay nada más horrible que él para que sea pesadila? ¿Tendrá sueños lindos como todos nosotros? No sé. Pero me parece tan estúpido que se juzguen a los animales y personas por buenos y malos. Es como separarlos en dos grupos diferentes y que los integrantes de uno no pueden pasarse al otro lado. Cada uno tiene virtudes y defectos que pueden superarse.

6 de mayo 1992 192


Características físicas y psíquicas de los personajes. Es una vieja quisquillosa. Sus pómulos estaban muy hundidos y su boca achicharrada por los años. Tenía un rodete tirante que hacía que sus ojos se achinaran. Figura erguida, con las manos cruzadas sobre las piernas. Vestía un largo vestido azul opaco y de su garganta colgaba una gruesa cadena con un camafeo. Parecía una reliquia humana. Estaba sentada en el número 3 de las sillas del programa, junto a otras dos señoras. Los señores, enfrente, estaban ansiosos por empezar el programa. Y: ¿Escribiste todo lo que tenés en la cabeza? E.B.: Es imposible escribir todo. Porque yo soy uno más en las circunstancias de la vida. Y todo lo que me rodea está en mí y todo lo demás soy yo y yo, lo demás. Tengo demasiadas cosas en mí para escribir y no sólo en mi cabeza, sino en todo mi cuerpo. Y: En el futuro, ¿pensás que vas a escribir con birome y papel o va a ser un microchip? E.B.: Creo que los libros van a seguir siendo libros. Las computadoras y todo lo que sea electrónico tendría que ser usado para el trabajo o juegos. Yo considero que algo que existe desde que existe la historia, como son los libros, no deberían reemplazarse nunca por computadoras, microchips o disketes. Y: ¿A los chicos de hoy en día les gusta leer?

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Depende a qué chicos y en qué situación estén. Hay chicos que son chicos cronológicamente, pero están más avanzados y prefieren leer antes de divertirse con los amigos o ver televisión. Todos creen, además, que leer es cosa de nenas o intelectuales y tambíen se les llama olfas.

27 de mayo 1992 194


Y a veces me siento una estúpida. Viendo como los demás se divierten con sus amigos y yo, sola, en mi casa aburriéndome de todo. Escuchando notas monótonas y carcajadas de payasos de papel. Mi cuerpo está lleno de impulsos y cada imagen que pasa frente mío me da ganas de hacer algo nuevo. Los ojos se me cierran y ya no veo la luz. Cuando vuelva a verla, ya será tarde. Camina con pasos inverosímiles esperando una respuesta a la pregunta imbécil de todos los días. Sus reflexiones no sirven para nada. La cinta del caset sigue marchando. Pero no hay nada en ella. Cayó en perfecta agonía mientras los que siguen funcionando son las de los lugares cercanos donde chicos y chicas se mueven como locas cantando en voz alta, bailando desesperadas buscando algo con qué satisfacer sus propios impulsos, cubriendo con gritos las frustraciones y decepciones de ellos mismos mientras yo lo hago con una sábana y apago la luz.

19 de junio 1992 195


Un mundo de recuerdos es el mejor lugar para visitar. Algunos lindos, otros que mejor ni recordar. Formas indefinidas que toman sentido a medida que pasa la película. Colores opacos se tornan deslumbrantes y la risa se funde en un llanto húmedo. La imaginación corre bajo mi piel y descubro qué hubiese pasado si estos recuerdos se unieran y formaran todos juntos un film espectacular. Que de alguna manera una persona que yo conozco podría escribir un libreto y montar en escena todo lo vivido en estos últimos años. Enhebraría cada una de las vivencias y formaría un collar de experiencias que poco a poco me fueron formando y gracias a ellas soy lo que soy. Mi vida es relativamente corta, pero me doy cuenta de que un montón de cosas quedaron atrás. No le veo sentido a los cuentos de hadas, no me divierten las muñecas, ya no me quedan fantasías... Es como si desde el mundo de nubes de mi infancia hubiese aterrizado en otro completamente real. Con más obligaciones que derechos, con los ojos en todo el mundo exterior, no sólo en el antes delimitado por las paredes empapeladas de mi habitación; con profesoras que piden información del exterior cuando ni siquiera sabemos lo que pasa alrededor nuestro y a veces, en nosotros mismos. El único puente entre lo pasado y presente son los recuerdos. Esos hechos que no vienen solos, sino acompañados de alegrías, sueños, tristezas, lágrimas y conclusiones que sacamos con mi mejor amiga. 1992 196


Un campo, verde. Cuatro árboles y un alambrado encierran un cuadrado ventilado, lleno de garzas blancas. Una lagunita. El viento sopla en mi cara y me dejo llevar, llevar... Siento que vuelo, con los brazos extendidos. Me siento feliz. No hay una razón concreta, pero me siento feliz. Sólo basta con saber que puedo sentir, ver, oler, extrañar, oir, vivir. Sentir que estoy viva. Que aunque fuera de este campo no me sienta así. Que no pueda sentir lo mismo. Porque aquí, no existo, vivo, sí. Pero afuera, es distinto. Tal vez paz interior. El estar en calma conmigo misma. Es como si tuviera un gran sol dentro mío que me llena de calor y amor. Siento que me puedo mover en libertar y nadie puede opinar por lo que hago. Siento que puedo abrazar y besar a todos sin que nadie piense mal. Siento que pueda demostrar cariño y es lo mejor que me pudo pasar. Y me siento bien así. Me siento, porque siento. Y sentir es darse cuenta. Y eso, es vivir. Vivir en paz.

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Caminando por la calle familiar, mi camino diario, encontré cosas diferentes. Me situé en otra persona. Por ejemplo, un turista. El recorrido de todos los días ya no fue el mismo. Descubrí cosas antes nunca vistas. O tal vez las haya visto, pero nunca con la atención necesria como para darme cuenta de que estaban allí. El canto de un canario. La brisa suave del río. Los taxistas charlando de sus cosas. Voy a cruzar la calle y miro hacia la Aduana. El edificio es imponente. Yo sabía que estaba allí, pero esta vez se me antojó una novedad. Una hojita y un aroma a jacarandá se suma a estas sensaciones que, a modo de turista, he descubierto hoy en el camino diario y familiar.

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Vemos lo errores de los demás, pero somos ciegos a los nuestros. Nos creemos modelo de perfección cuando realmente lo somos de la ignorancia e inmadurez. ¡Y cómo duele cuando nos dicen la verdad! Y aunque la aceptemos, tratemos de mejorar, siempre queda esa espina clavada en el pecho. Y nos sentimos retados por ese mayor que sí parece ser perfecto. Y aunque tenga sus errores, son pequeños a nuestros ojos. Hay que ser como uno es, pero a veces se torna difícil. Pocas veces las personas te aceptan como sos. Hay que “amoldarse” a cada uno y terminamos siendo una plastilina manoseada por todos los que tenés alrededor tratando de adaptarte a su manera. Toda excusa vale para objetarte algo de tu persona. Y la cosa no es devolver con la misma moneda tus errores, sino hacértelos notar y en todo caso, intentar ayudar a ese pobre ser vivo que intenta ser como los demás, pero tratando de ser uno mismo.

1 de julio 1992 200


Se peinó el pelo lacio, raya al medio. Su cara quedó delimitada por el cabello suelto y recto. Pintó de negro bajo sus ojos y pasó rimel en las pestañas. Su tez blanca estaba hoy aún más pálida. Tiñó sus labios de rojo sangre e intrepretó un personaje estúpido frente al espejo del baño. Habló en voz baja, casi interior. Rocordó que estaba sola en la casa y se animó a hablar en voz alta. Imaginó un mundo, un lugar lleno de personas extrañas, con las caras pintadas para escena. Insultó a uno, mató al otro y así fue quedando sola, en el escenario vacío del baño. Se sentó en el inodoro. Tomó su cabeza entre sus manos y rompió en llantos. El rimel se le corrió hasta las mejillas. Tenía los ojos rojos. Se miró nuevamente en el espejo. Se sentía una imbécil. Hizo una mueca con su cara e interpretó un personaje extraño, fuera de lo común. Y se sintió todavía más imbécil. Intentó sacarse la pinura de labios con la mano logrando así desparramarla más sobre los cachetes mojados con lágrimas saladas. La hora se aproximaba. Con un trozo de algodón y algo de crema logró quitarse la pintura de ese rostro moribundo que había conseguido. Como si lo hiciera a propósito, se lavó la cara y los ojos con jabón hasta que le ardieron. Se secó con una toalla, peinó su pelo hacia atrás, volvió a mirarse en el espejo y se rió a carcajadas. Apagó la luz del teatro y se fue. 1992 201


1992 202


Un rosarino, Roberto Fontanarrosa, escribió un libro de cuentos: “El mayor de mis defectos” (Ediciones de la Flor). Mirate y contanos cuál o cuáles son, según tu criterio, tus mayores defectos y virtudes. Defectos y virtudes. Parecen cosas opuestas, pero las dos son necesarias para ser una persona normal. Uno no puede sentarse en la base de la perfección esperando que le lluevan virtudes. Pero tampoco se puede ahogar en un mar de defectos. A medida que los voy pensando me doy cuenta de que encuentro más defectos que virtudes. Y tomo posesión de todo cuando me doy cuenta de que nunca ha sido mío. Pongo a mis amigos en cajitas de cristal para que nadie los toque. Y hay personas que violan las cerraduras del palacio y se derrumba sobre mi cabeza aplastando mis tontas ilusiones. A veces pienso que siento las cosas más adentro. Me doy cuenta de lo que pienso, lo que siento. Y a cada rato me pregunto cómo estoy. No sé si tengo virtudes, lo que estoy segura es que no soy yo la que debo enumerarlas. Porque si las tengo es para que las encuentren y aprovechen los demás.

26 de agosto 1992 203


¿De qué sirve una gota de agua en el desierto si nos refresca por un segundo y al instante vuelve la sed? Es imposible hacer que las cosas queden claras y ordenadas. Las palabras parecen sobrar en las tardes frías. Sólo quedan muñecos tirados, muertos en su propia conformancia. Frases profundas que no tienen sentido cuando se dirigen a mí y un recuerdo intocable, un ferviente deseo de muerte por un instante sólo hasta que sepas qué mierda querés. A veces me pregunto si fue el diablo quien te inventó las espinas y qué estaba haciendo Dios en ese momento en que te cruzaste en mi vida. Y ahora vuelvo a los números, a la cuenta regresiva. Al intercambio de frases sin sentido. Al tormento de fantasías irreales que al cabo de repetidos sueños no sé si fueron reales. A la agobiante vivencia de la realidad, que al cabo de repetidos hechos, no sé si fue un sueño.

26 de agosto 1992 204


Historia en tiempo anterior del personaje descripto. Da forma a conflicto con un antagonista. Los enfrentamientos están siempre presentes, aunque no nos demos cuenta y tal vez por la espalda nos están matando. Las oposiciones tienen un lugar ahora en un tiempo, en un espacio, remoto, lejano, en este mismo momento, hace millones de años atrás. Las diferencias siempre existieron y así como este hombre piensa, aquél sufre, éste es tonto y alguno ríe. No hay algo concreto. Y la vida está llena de muerte que a veces nos toca la espalda preguntando quién es. Siempre ha habido una explicación para todo y la señal de estar en lo correcto siempre llega a tiempo. ¿Por qué pensar que lo que hacemos está siempre bien? ¿Por qué pensar que hay un ser sobre todas las cosas y ese es el buen camino? Desechamos todas las ideas que no tengan que ver con lo que pensamos. Y hay gente que se inclina por lo completamente opuesto a lo que ve. Ayer, hoy y siempre vamos a vivir de los extremos, pensando que lo opuesto a lo nuestro es malo. En el fondo ni nosotros mismos sabemos lo que queremos.

16 de septiembre 1992 205


¡Es un pájaro! ¡Es un avión! No, es una paloma blanca. Es una nube. Es una lágrima. No, sin embargo parece una puñalada de dolor. Es una depresión. Es un sueño, vuela, vuela alto. Se perdió. ¡Ahí está! Volvió. Pero... ya no parece un sueño. Está demacrado, gastado, ya le cuelgan las hilachas. Parece una decepción. ¡Ojo! Se cae. ¡Está perdiendo altura! ¡Se acerca! ¡Ahhhhh! Se estrelló acá cerca. No, no era una paloma, tampoco una lágrima, menos un sueño. Está irreconocible. Pero hay algo por que lo reconozco: era mi amor.

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¿Cómo sabe el asesino que nadie irá a buscarlo a la cueva? ¿Qué puede haber en una valija? Tres detectives, tres culpables, tres víctimas. Amenaza. Pide al cónsul de Grategal que le entregue al narrador. La cueva es demasido oscura para los demás. Pero él sabe el camino. Sabe llegar casi con los ojos cerrados. Sigue la ruta hasta llegar al final. Se para frente a una habitación vacía y piensa. Él es el asesino. Cometió un asesinato. Hay un asesinado. Nunca debió haberla asesinado. Las palabras se mezclan. Juegan entre sí, dándole vueltas en la cabeza. Cae de rodillas y levanta la vista al techo. La oscuridad es total. Sólo ve dos puntos blancos y luminosos que están en sus ojos desde que entró a la cueva. ¿Por qué los demás no hallan la entrada? Es tan fácil. Para él es fácil. Para él no es complicado encontrar la última habitación vacía, fría, oscura y silenciosa. No fue así cuando cometió el asesinato. La pieza estaba iluminada. El sol entraba por la ventana y cubría con un velo mágico la cama, el sillón, la mesita de luz y el armario. También su rostro estaba iluminado. Sus mejillas rosadas hacían que su cara tomara una sensación de calidez. Él entro en la pieza. Profanó su intimidad. Abrió las ventanas y una brisa suave invadió el cuarto.Tomó su cuchillo de mango grueso y así lo hizo. Desgarró su piel desde abajo hacia arriba. La sangre roja se derramó por todo el cielo. Poco a poco el celeste se convirtió en violeta, rojizo, naranja, rosa, poco después amarillo, ocre, finalizando el crimen con un cielo amarronado

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y finalmente negro. Él permanecía ahí. Él es el asesino. Cometió un asesinato. Hay un asesinado. El cielo negro tomó el nombre de noche. La cara tomó una sensación de frialdad. El cuarto se cubrió con el velo de la muerte. Cerró las ventanas y se fue. Fuera de la casa era completa oscuridad. El asesino caminó por una camino oscuro. A tientas encontró la entrada a la cueva, también oscura. Siguió la conocida ruta hasta la última habitación. Permaneció inmóvil y cayó de rodillas. ¡Por fin había encontrado su bastoncito blanco!

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¿Por qué es tan difícil desprenderse de algo? Y uno pensaba que estaba tan seguro... Apretaba sus manos tan fuertes para que no se escape. Era imposible irse. Era imposible escaparse, desgarrarse de esas raíces tan fuertes atadas a mí. Una obsesión que crecía día a día y soñé eterna. Pero era una tonta al pensar que iba a durar toda la vida. Y ahora es agua que se me escurre por los dedos, se escapa de mis manos; esas manos que antes lo sostuvieron con tanta fuerza, tanto ahínco. Ahora es agua. Y ya no queda nada más en mis manos mojadas con agua salada.

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Ahogada en lágrimas tibias me retuerzo en mi propia mente buscando el porque a un problema insoluble. Es inútil pedirle peras al olmo, bien lo dice el refrán; y lo que yo pretendo en casi lo mismo. Un cosquilleo suave comienza en mi mano. La calle está calma y la luz de la luna convierte en fantasma los objetos oscuros de la casa. A veces pienso que yo soy la única normal entre todos los locos, aunque parece que soy la única loca en la masa uniforme de personas que intentan parecen normales. Las personas desfilan por pasarelas de chismería y arriba del escenario son bufones aplaudidos por títeres. Pero al bajar del escenario, siguen siendo bufones repudiados y malnombrados.

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Al costado del camino él encontró un billete y una rosa. El billete le prometió fama; la rosa, amor. Estiró los brazos, pero no podía alcanzar las dos cosas al mismo tiempo: tenía que elegir. Dudó un instante, zozobró dentro de sus pantalones y se decidió por el billete. Ya encontrar��a a la rosa más adelante. Siguió por el camino con su billete y su fama. A cada paso, la gente lo conocía más y más. Tanto que llegaron a meterse en su vida privada. Invadieron su cuerpo, su mente, su casa, sus familiares, sus amigos. Y aún no encontraba la rosa. Buscando el verdadero amor, encontró margaritas, claveles, petunias, alelíes... pero nunca esa rosa que le había prometido algo muy preciado y que ahora necesitaba más que nunca. El camino se presentaba con más curvas. Nuevas ofertas, nuevas sensaciones y la curiosidad lo fue llevando por curvas peligrosas, rutas complicadas, juegos prohibidos, bajadas empinadas. Siguió por ese camino hasta cansarse. Descubrió una encrucijada y creyó poder cambiar. Buscar caminos más tranquilos y emprender una nueva búsqueda de la rosa. Al poco tiempo la encontró. Era frágil, tierna, sensible, casi boba. Con algunas espinas que ni lastimaban. Algo fácil de arrancar del rosal. Y así lo hizo, la cortó con ciudado, con amor, un extraño amor que poco a poco se convirtió en pasión, frustración, engaño y dolor. Él había acabado con sus pétalos aterciopelados. La rosa ya no mostraba signos vitales. “Amor del alma, de la cintura para arriba. Amor del cuerpo, de la cintura para abajo”. Pasado el período de disección, la rosa ya no tenía amor en el cuerpo, pero sí estaba dispuesta a seguir dando amor del alma,

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aunque él lo ignorara. Ahora, la rosa es un sueño perdido, olvidado, descartado. Él retomó el camino sinuoso sin pensar siquiera en esa rosa marchita, casi muerta que aún, ingenuamente, sigue ofreciéndole su amor del alma, que es lo que él más necesita, aunque sólo acepta el amor de la cintura para abajo. En el extremo del camino se encuentra un precipicio. Caerá en un abismo profundo, si logra llegar al final.

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Caminaba con pasos indecisos por la playa. Su cabeza estaba desarmándose como así su alma. Le dolía el pecho y los engranajes de su cerebro funcionaban mal, se atascaban y trabajaban cada vez más lento. El mundo seguía rotando y la sangre se le iba a la cabeza. Se sentía dada vuelta, con los pies en el cielo. Conocía varias palabras en otros idiomas, pero no encontraba frases para poder decir lo que sentía. Voces y voces se paseaban por su memoria. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no alcanzaron a mojar su cara fría y rosada. Sonrisas, risas, caras, bocas, manos, expresiones bailan frente a sus ojos y ella no los ve, no siente, no escucha. No vuela.

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Con paso decidido y mirada perdida, sin importarle nada de su alrededor, caminaba en línea recta. Dentro de una burbuja, sin prestar atención en lo que los demás advertían en ella: seguridad e indiferencia. Sus paso eran casi como el segundero de un reloj, todos iguales, al mismo tiempo y de igual largo. Tantas cosas pasaron por su mente. Tantas cosas ya vistas, ya vividas, pero igualmente nuevas. Sólo dos o tres personas habían notado algo extraño. Un chico pasa a su lado y la nombra. Su cabeza se levanta, observa al chico y una sonrisa casi forzada florece en monótono rostro. Sin frenarse ni un segundo, sigue recorriendo el mismo camino de siempre. Pero hoy fue distinto: tiene un año más.

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Creá la interioridad del personaje que te describo: “Sentado en una silla con patas torneadas y groseras miraba la lejanía del monte azul y violáceo; tomaba con sus rústicas manos la guitarra y la lejanía se le hacía sombra y veía... veía”. La soledad es su compañía desde hace tiempo. Y la guitarra una silueta de mujer para sus manos ásperas y secas. Todos los atardeceres miraba el sol ponerse y sentía que cada minuto eran horas. El monte estaba callado y hasta podía oírse su propia respiración. Muchas veces se había sentido así, como en una caverna con techo celeste que acababa siendo rojizo. Las grietas de su piel también las tenía en su alma con igual número e iguales características. Desde la muerte de su esposa, prefirió vivir solo, pensando que así ella no sentiría lo mismo que él. El contacto con lo verde y la frescura de la Madre Naturaleza hizo que apreciara las cosas simples de la vida.

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Di vuelta la hoja y te ví. Vos me tenías en tu muñeca y yo te tenía en mi cuello. Éramos felices, o por lo menos teníamos todo para serlo. La vida no podía ser mejor. No nos separábamos nunca y todo lo hacíamos juntos y con alegría. A veces se trasponía un problema, pero todo clima tiene su tormenta y sabíamos disipar las nubes con un acto que suele ser de amor. Aunque a veces no estoy segura si esa palabra se te cruzó alguna vez por tu cabecita bien cuidada y preciada.

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Sometimes you think that all I’ve done for you wasn’t enough to show you how much I loved you.

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Es tarde. Era imposible arrepentirse. La fecha ya estaba dada y lo único que quedaba por hacer era exponerse a los hechos. El cielo se había teñido de gris y la fecha ya era un indicio de apocalipsis. Estaba parado en la esquina. El calor del cigarrillo le quemó los dedos y con un gesto de furia lo arrojó en un charco de agua sucia que había quedado de la lluvia de ayer. Metió las manos en los bolsillos y buscó un caramelo. Sí, estaba seguro que le habían quedado algunos de los que le regaló esa chica rubia, la que conocía tanto y no había llegado a comprender muy bien su forma de actuar. Siempre le regaló cosas. Pequeñas, grandes, chocolates, caramelos, cartas, tardes, canciones, placeres, frustraciones y tantas cosas que no supo aprovechar en su momento. Pero ahora no venía al caso. Deseaba comerse ese caramelo y no podía encontrarlo. Tal vez esté en los bolsillos interiores. Abrió el cierre de la campera de cuero pensando en el placer futuro de saborear el caramelo de menta relleno con chocolate. El sólo pensar en eso se le hacía agua la boca y sus dedos temblaban nerviosos tanteando dentro de los bolsillos interiores. Pero no puedo encontrar más que pelusas y un papelito muy arrugado y viejo que decía “te amo”. Ahora se apoyó pesadamente en el tapial de la plaza y recordó a la rubia, la que le había dado los caramelos y, casualmente, también el papelito. Hacía tiempo que no compartían tardes. Algo así como dos meses. ¿O más? Realmente, no se acordaba. Parece que fue hace mucho. Pero no podía hacer tanto. Estaba en invierno y fue el verano lo que compartió con ella. Un verano bastante caliente, por cierto. La había conocido en un bar. Y desde ese día no pudo sacársela de encima. Porque aunque él no quiera, ella siempre está allí. Aunque hacía tiempo, no recuerda muy bien cuánto, que no la veía. Se le había borrado la imagen

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de su cara y por más que se esforzaba, no podía recordarla. Era rubia, sí. Y sus ojos color... verde. No, eran celestes. Sí, eran celestes porque ella mencionó una vez la perfección de un hijo en común. Saldría hermoso por él, y con los ojos celestes, como los de ella. Ojos celestes, profundos. Claro, cómo brillaban ese día que fueron a la pileta, los dos solos. Esa casa donde comenzó esta extraña historia. Tenía una boca pequeña, bien chiquita. Nunca se la pintaba. Esa boca, no seducía en lo más mínimo, pero ella tenía algo especial. No sabía muy bien qué significaba esa boca. Tenía unos cachetes gordos y rosados. Y un cabello rubio, con destellos dorados que siempre usaba recogido. Y él siempre le pedía que se lo soltara...

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La puerta se abrió como se abren las de la iglesia al ingresar la novia. El pasillo era bastante ancho y ella acertaba a las baldosas hasta llegar al final. La recibieron un par de brazos abiertos y algunos pinceles. Siguió conociendo su intimidad y otro par de brazos se abrieron hasta el último día. Aquellos días eran mágicos para ella y pensó que eso que vivía era casi un sueño. Las promesas volaban y ella trataba de cazarlas como se atrapan las mariposas. Creyó haber crecido un poco. Aunque a veces se sentía muy debajo de él. Celos, odios, golpes, ternura, besos, culpas, estupidez, todo se mezclaba en la gran olla del falso amor. Él prendía el fuego y el brebaje comenzaba a soltar vapores que llenaba la casa de un humo espeso donde no se podían ver el uno al otro. Ella lo buscaba, como al principio la había buscado él a ella bajo el agua un día de verano. Hicieron un intercambio de cadenas, per él se la quitó; tal vez por no querer seguir teniéndola a ella colgada al cuello. Pasó el tiempo y aquellos brazos siguieron abiertos, pero él los cerraba cada vez más hacia ella y los abría para ciertos fantasmas. Una decisión lo hizo zozobrar y un viaje decidir. La vuelta fue agradable y triste. La red de promesas se abrió y las mariposas volaron alto hasta perderse en el cielo azul de esa tarde calurosa. Un café, una confidencia, una amistad quedó flotando en el aire fresco del comedor.

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No se vió ni una lágrima en los ojos de ella y algunos signos de antiguo afecto en los labios de él.

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Mi barco está naufragando y me doy cuenta, aunque no quiero hacerlo. La trompeta suena ya y no quiero oirla. La cubierta ya está inundada. El agua invade la popa. Y aunque intento, hago lo posible y lo imposible, no logro desagotarla. No es capricho mío. Quiero sobrevivir. No quiero morir ahogada en un mar de lágrimas. Cada balde de agua que tiro fuera es un alivio para mi embarcación. ¡Es lo único que tengo! ¡No puedo dejarlo ir! Un trofeo, una reliquia, un recuerdo de familia, eso podría llegar a significar mi amor por él. Queda poco tiempo y no sé si podré aguantar. Los movimientos son cada vez más violentos y no me quedan fuerzas. Barco, barquito, es difícil decirte ésto en la situación que estamos afrontando. Sólo quería decirte que, a pesar de que nos vamos a pudrir en el fondo de este mar salado y salvaje, yo te quiero.

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Observando las letras renglón tras renglón, intentando leer, consiguiendo sólo avanzar por el muro de signos sin entender ni una palabra del texto, sus pensamientos se revuelven en la olla de rencores y violencia. Qué inocente se siente su cuerpo comparado con su alma clavada de culpa. Cierra el libro con fuerza y escarba en el pozo de los recuerdos, los hechos pasados, los que de alguna manera siempre están presentes por más que pasen años. Ahora prende la radio y una canción lenta y cálida llena la habitación iluminada por una luz tenue y brillante a la vez. Se apaga, es oscuro, hace calor y la brisa del ventilador no es suficiente para refrescar los dos cuerpos sudorosos, transpirados por su propio calor. Se entrelazan, se enredan hasta formar un solo cuerpo que se mueve desesperado sobre una cama sucia, húmeda. Las gotas de sudor corren por sus caras y espaldas. No hay ningún sonido. Están sumergidos en una nube caliente, confortable, suave, liviana. Se eleva, vuela, vuela y cae despacio, con movimientos lentos. Sus manos recorren el cuerpo de ella y ella le toma la cabeza. Le despeja la cara, lo besa. Lo besa con ternura, salvaje ternura. Suena el timbre y observa una novela. Como una película. Cena sola, mirando la televisión. Come despacio, mide los bocados y cada tres, bebe un poco de jugo. Está sola y están todos ahí, esperando ser amigos. Ve pasar su vida a los costados y la deja ir. Ve volar sus sueños y logra atrapar algunos. Ve pasar la hora segundo a segundo y se sube a la manecilla de los minutos; hace equilibrio para no caer. Se mueve de acá para allá. Por un momento logra detenerla, pero

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el tiempo es más poderoso que ella y la hace caer en un abismo inmenso. Llora desconsoladamente y se ahoga en sus propias lágrimas. Mientras los demás desean ser adultos, ella pone en su portarretratos una foto de su niñez tan especial, tal vez igual a la de los demás, pero única para ella. Escribe, piensa, lee, sueña, llora, escapa, ríe, se venga, extraña, ama quizá demasiado para lo que su cuerpo y alma están acostumbrados. Es una noche calurosa, sin estrellas ni luna. Una noche en la que, para no estar solo, es necesario hacer un pequeño raconto de esta vida.

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Sumergidos en un silencio negro, yo te miro y vos no. Yo te hablo y no contestás. Estamos rodeados de sonidos muertos, monótonos. ¡No, eso no sirve! ¡Sos una imbécil! ¡Crecé! ¿No te das cuenta que obrás como una nena? ¡Tomame de la mano y crezcamos juntos! ¡No me desalientes! ¡Hablame! ¡Decime algo! ¡Demostrá lo que sentías! Lo que realmente sentías. Quiero saber si te pasa lo mismo que a mí. Si te emocionás como yo cuando te veo reir. Si sentís algo fuerte acá dentro cuando me ves. Algo, demostrame algo para poder sentirme segura de mí misma. Para saber si lo que hago es correcto. Si metí la pata, si voy por buen camino, si vale la pena lo que hago por vos... Sólo te pido que me ayudes, sea como sea. Y no me dejes en este mundo de ciegos, de paredes con ojos oscuros y gritos estridentes. Tengo miedo, miedo de perderte. Porque aunque hay veces que quiero escapar, siento que es lindo quedarse.

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Una propuesta indecisa, dulce, tentadora. Un sí. Una entrega. Un conflicto. Un actor de amor. Una carta. Un abrazo. Un viaje. Un actor de amor. Una necesidad. Un temor. Una resignación. Un actor de amor. Un encuentro. Otras personas. Una disputa. Un actor de amor. Una canción. Un recuerdo. Una sensación. Un actor de amor. Un viaje. Una serpiente. Un cosquilleo. Un actor de amor. Un probador. Una travesura. Un riesgo. Un actor de amor. Un final. Una ida. Una vuelta. Un actor de amor. Una flor. Un corazón. Una foto. Esa persona. Un actor de amor.

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Y si algún día te sentís como una hormiga sumergida en un río de bajezas, no hagas caso. Si un olor a podrido se mete en tu nariz e invade tu cerebro, no te destruyas. Inspirá hondo que ya va a pasar. Si todas las mentiras , inmundicias y porquerías de este mundo se metieron en tu casa, no te desesperes, pronto se irán. Si creés que todo es falso, es porque perdiste tu propia seguridad. Creés que estás sola en el mundo de los sentimientos. Todo es exterior, todo es malos tratos. La incredulidad de algunos llega a la idiotez de otros y juntos van formando una bola de estúpidos que destruyen a los pocos crédulos que todavía subsisten. La conciencia no se pierde nunca y es una de las cosas más importantes. El universo no tiene límites, nosotros sí. No somos infinitos, nuestros pensamientos sí lo son. Sos un frustrado. Un frustrado sin esperanzas de reconstruir ese cuerpo con alma de imbécil que con el correr de los años ha aprendido a vivir respetando la Ley de la Selva. Te pusieron un palo para crecer derecho, pero tu camino se desvía, se hace remolino hasta perderse en la oscuridad. Vivimos con los ojos fuera. Y sin saber ni dónde estamos parados. Somos tan inferiores y buscamos tanto algo superior que acabamos inventando cosas tan irreales como nuestra perfección. Y somos todos iguales.

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“ Yo sentía que toda mi vida era una cosa que los demás no comprendían” “Tu vida es un crucigrama. Te hacés problema por todo” fueron las palabras de una chica de 18 años. La vida tiene problemas. Hay muchos obstáculos de por medio. ¿Pero qué sería de la vida si todo fuese fácil? Si consiguiéramos todo lo que necesitamos, si la felicidad y alegría flotara por nuestra casa, si todos los seres queridos, por ser queridos nada más, no muriesen nunca; si todos nuestros sueños fuesen realidad; si ya supiéramos lo que queremos; si nuestro camino ya estuviese marcado... Así no conoceríamos la tristeza, las lágrimas ni la infelicidad. No sabríamos luchar, ni elegir, ni pelear. Las cosas serían tan fáciles que la vida perdería gracia. ¿Qué sentido tiene un juego en el que todos ganan con facilidad? ¿Para qué buscar la perfección si lo perfecto es aburrido? La inseguridad nos hace tambalear sobre el puente de la vida. Aprendemos a ser seguros por necesidad. Para no caer en el abismo que nos espera abajo. Muchas personas que se enfrentan a conflictos y preocupaciones buscan el puente más corto. Y así acaban con el verdadero juego de la vida.

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Autobiografía (1992)

Cuando ella nació, un 13 de noviembre de 1976, la abuela no podía creerlo. Vaya uno a saber por qué. Era una beba regordeta, con ojos azules y piel rosada. Nació en una sala con paredes pintadas de gris azulino. Del techo balanco colgaba un tubo fluorescente que le daba a la habitación una iluminación singular. Mientras la beba saludaba al obstetra y a las enfermeras con un llanto ensangrentado, la mamá soltó un suspiro de alivio: su segunda hija acababa de llegar al mundo. Un mundo gris, difuso; con bultos verdes paseándose de acá para allá, con guantes blancos en las manos y un apuro inexplicable. El papá y la hermana de tres años las esperaban fuera del hospital del pueblo. De a poco se convirtió en el juguete de la familia. Era la cosita de ojazos azules a la que todos miraban y decián estupidamente “Ajó, ajó, ajó...” Los adultos hablan otro idioma con los bebés. Al fin de cuentas, ella no sabía si lo que se acercaba era un auto o un tutú y su mascota no era un perro, sino un babau. Sus padres, por razones de trabajo, tuvieron que trasladarse de su pueblo natal, Leones, a la misteriosa ciudad. Mientras sus padres trabajaban, Vanesa, la mayorcita, y ella debían quedarse en la guardería. Ya tenía cuatro años y la comida que frecuentaba por circunstancias desconocidas era la polenta y la sopa de verduras. Rara vez comía puré de manzanas que le preparaba Mariana cuando venía a limpiar la casa y cocinaba ella. Nadia no sabía distinguir muy bien a Mariana de su mamá.

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Para este entonces, ya tenía cinco años y limpiaba con la lengua el plato y le decía a la muchacha de rulos negros: “No tenés que lavarlo, porque ya lo hice yo por vos”. Mariana se reía, tomaba el plato, lo ponía debajo de la canilla y le pasaba la esponja. Fue una de las primeras veces que Nadia sintió que los grandes no tomaban en cuenta lo que hacían los chicos. A los seis años era toda una señorita. Cualquiera persona que de ahí en más la conocía, no se olvidaba de ella. Comienza una nueva etapa: el colegio. Calladita y reservada. Escuchaba para poder opinar en el momento justo e indicado; a diferencia de su hermana, atolondrada y arrebatada. Nadia podía igualarla y hasta superarla en materia vida. Pero en la escuela y sobre todo en matemática, Vanesa era una luz. Dos años en un colegio de monjas fue suficiente para terminar creyendo sólo en Dios. Y conoció el primer ejemplo de injusticia en la hora de catecismo cuando la hermana Rosario hacía escribir a las alumnas en el pizarrón porque ésta se ensuciaba los dedos. Comenzó a leer a los cinco años y desde entonces ha tomado esa actividad como hobby. Se aburría en las horas de clase. Sobre todo en Lengua, si explicaban las reglas ortográficas. Y en música sólo sabía manejar los toc-toc junto a canciones de elefantes reprimidos por las palizas de la madre. La llegada de una nueva integrante en la familia modificó un poco -como es natural- la relación Nadia/padrespadres/Nadia. Pero la nueva beba no alteró demasiado el orden de jerarquía en cuestión cariño. El resto de la primaria la jugó en colegios estatales. Divagando ideas y saltando la soga. Haciendo manteca y tra-

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tralizando en el salón de actos hasta que llegaban los que se burlaban. En los recreos, la biblioteca era el mejor lugar para reunirse con sus cinco mejores amigas y contar historias de terror. La magia de ese curso inolvidable se perdió cuando tuvo que cambiarse de escuela. Puso en su valija hojas secas del patio, una obra de teatro, unas clases de flauta, una de las mejores historias de terror contadas por Mariela, un poco de manteca hecha por Diego y unos dibujos del chico más tonto de la clase al que nadie podía superar en expresarse con el lápiz. Ni siquiera ella, que al poco tiempo comenzó en un taller de dibujo y cerámica. Mami había prometido que serviría para el cole. Pero Nadia sólo sabía pintar paisajes y dibujar jarrones y cántaros. Modelaba gatos y otra cositas. En cambio en el colegio le pedían personas en movimiento o la interpretación de un cuento espacial. Con su valija llena de la escuela anterior se mudó a una más cercana a su casa, pero no así a su corazón. Fue ese mismo año que tomó su primera comunión. Cuatro veces más, como máximo y no volvió a probar la hostia nunca más. Prefirió contar sus cosas a sus amigos que al cura que le imponía el castigo de repetir de memoria algo que nunca analizó su significado. Hizo algunas amigas que perduraron y otras se perdieron en los recobecos del tiempo. Aunque en la nueva escuela se fue adaptando, haciendo amigos y amores, terminó sin amigos y sin amores. Había dejado el taller, la arcilla y sus pinturas y comenzó un nuevo idioma: inglés. “Te va a servir para el cole”, había dicho mamá. Comenzó la secundaria y eligió francés. Siempre es bueno tener un par de idiomas. Comenzó en un taller literario escribiendo un cuento sobre un patito perdido y terminó con una hipótesis sobre

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el mundo que la rodea y su relación con su mundo interior: “el arte es su mejor forma de expresar lo que lleva dentro y lo que piensa fuera”. Allí nació una amistad que todavía sigue vigente. Una verdadera amiga. Con mayúsculas y entre comillas. La única, la mejor de todas, Romina. Romina compañera, Romina ternura, Romina confidencia, Romina locura, Romina problema, Romina solución, Romina consuelo, Romina drama, Romina la mejor amiga. Con ella, las primeras vacaciones sola. A medida que pasaban los años fue formando un grupo de amigas. Sólo un par fueron verdaderas; las demás son relleno: personas que sobran pero no están de más. En la escuela es necesario llevarse bien para mejor de todas. No es bueno un curso dividido. Fue en esos tiempos cuando todas sus compañeras estaban conmocionadas por la fecha esperada: los quince años. Ella sólo pensaba en la forma de no crecer nunca. El fin de otra etapa para comenzar una nueva, desconocida. El paso del tiempo con ayuda de las circunstacias le trajo un par de chicos que marcaron parte de su vida. Ella tiene 16 años, está en 4to año de la secundaria. Su vida, hasta el día de hoy, es corta, parece una eternidad. No sabe si en su memoria entrarán tantos recuerdos. No sabe qué hará con su vida. No sabe cómo llegó hasta aquí. Ahora está en la mitad del laberinto. Ya entró, dio demasiadas vueltas para volver atrás y tampoco sabe cuánto le falta para el final. Su historia no terminó, como tampoco la que yo estoy contando ahora.

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A veces nos fiamos de los que bien conocemos y nos demuestran ser los seres más crueles y desinteresados. Y es entonces cuando descubrimos otras personalidades que no habíamos visto antes. Y nos damos cuenta que el estúpido puede hablarte mejor de sus propios sentimientos que el sabelotodo de las impresiones de los demás. Es paradójico pensar que podés llegar a querer al que siempre odiaste.

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Hoy vuelvo a escuchar esa canción. La que un día fue fondo de un amor irreal, casi de fábula. Rodeada de sensaciones indescriptibles y nuevas a cada momento. Hoy repetí esa sensación de que todo podía ser como antes. Pensé que podíamos fundirnos otra vez como antes. El tiempo pasó y algunas cosas han quedado en el camino. Hoy lloro, sufro, te doy todo, no pido nada a cambio, lo espero. Sé que algún día me vas a necesitar; algún día te vas a dar cuenta de que realmente necesitás a alguien en tu vida. Todos necesitamos apoyarnos en alguien. Yo también lo necesito, por eso no puedo seguir sola, porque te necesito, te quiero, te amo. No sé por qué te sigo teniendo en mi cabeza. Yo sé que me hace mal. Las lágrimas son saladas y mi cabeza se retuerce en un laberinto de palabras que se unen y no significan nada. No sé lo que hago. Suspiro, lloro, jadeo, pienso con más y más velocidad y necesito abrazar a alguien en este momento. Quiero correr a tu casa, decirte todo lo que siento, lo que quiero y que me des un beso en la frente y me digas: “Todo está bien, mi amor. Estás conmigo”. Y que ése sea el final de este torbellino; por siempre y para siempre.

7 de junio 1993 235


Somos ciegos a nuestras propias virtudes y prestamos demasiada atención a los defectos de los demás. Creemos ser la peor basura y pensamos que alguien debe estar loco de remate si se enamoró de nosotros. Desconfiamos, somos inseguros, nos disminuímos y nos cuesta creer que valemos algo, sólo porque nadie nos hace notar lo que realmente somos. Aparte de aceptar que ocupamos un espacio, que tenemos existencia en un mundo de bajezas y envidias, siempre debe haber una persona que nos haga sentir que somos lo más grande. Al principio desconfiamos, pensamos que nos quiere para algo en especial y no por el simple hecho de amar. Hasta que pensamos ¿por qué no enamorarse de mí? ¿Soy tan bicho como para no despertar en alguien algún deseo de amor, cariño o posesión?

11 de octubre 1993 236


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Gabriel no estaba errado al comparar los síntomas del amor con los del cólera. Cualquiera hubiese afirmado que estaba loco. Pero yo afirmaría que ese cualquiera nunca estuvo enamorado. Y al afirmar ésto, estoy poniendo pruebas al descubierto de que estoy enamorada, que no es una enfermedad el amor, pero los síntomas hacen pensar que sí. Físicamente no hay dolor. Aunque a veces pueden presentarse retorcijones en los intestinos e intensas ganas de llorar; ya sea de alegría o despecho, felicidad o angustia. Si el amor es correspondido, no hay forma de describir esa sensanción de satisfacción. Es como tocar el cielo con las manos. Un contínuo pensar, una lista interminable de sensaciones indescriptibles. En caso de que el amor no sea correspondido, el alma se cubre de un velo negro haciendo imposible admirar la enorme cantidad de cosas hermosas que nos ofrece la vida para constrarrestar esa desilusión. Entonces, la persona se hace más fuerte, más inteligente en busca de un nuevo camino para llegar a ese corazón de puertas cerradas por el ego.

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La ciencia económica mide y describe al aspecto material de la vida toda la vida ocupado no tendrá un ratito para mí si bien su principal objetivo es comprender cómo funcionan las economías de los distintos países cuando será el día que se dé cuenta de que puedo vivir sin él esta comprensión exige contar con teorías que expliquen el funcionamiento de los fenómenos económicos y para ello hay que recurrir a las abstracción aunque lo que yo siento es muy concreto y lo peor es que él de da cuenta de eso y no hace nada espero que venga sólo de esta forma podremos formular predicciones y responder a preguntas del tipo “qué pasaría si” si él sólo me dejara amarlo como yo lo amo y no esta relación que no tiene ni ton ni son por qué no hablamos no analizamos los problemas de hecho todo análisis implica una abstracción y ésto se va a convertir en una vil abstracción donde ni él no yo tenemos una relación algo que nos una es necesario idealizar omitir detalles y establecer hipótesis y esquemas lógicos que permitan relacionan los hechos y el solo hecho que nos une puede ser un recuerdo una canción un lugar un sueño un destino que parece borrado por el mismo diablo ello no significa que el análisis económico no tenga un profundo contenido empírico por eso nos aburrimos porque somos rutinarios siempre lo mismo y nos cansamos al establecer estas simplificaciones lo que se pierde en realidad y en poder explicativo se ganan en claridad y generalidad está muy claro claro como el agua y en general siempre me pasa lo mismo no creo que venga mejor cierro el libro pago el café y me voy a casa.

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Sometimes I feel like crying. I feel I need to cry and I don’t know why (or I do). Things happens by my side and I just realize. I do pay atention enough to let it happen and I don’t do nothing to prevent it from happening. There’s not enough time to do all I want to do. There’s so much I want to do, to see, to write, to read, to learn, to teach, to love. I need a thirtysix-hours day and I haven’t got used to get up early in the morning to do so many things I want to do. As a matter of fact, there’s duties you have to fulfill and you spend six wonderful hours of your life to gain some money to pay the fee to study what you want to study to became a graduate in the area you want to work. But, suddendly, when you finish your sacrified career, you realize that all the money that you “invested” on that career was in vain. So, you have to work somewhere else but not your area. And my conclusion is: don’t spend money, save it. When you feel you have enough money, go abroad and get a decent job. I know it’s just a dream. That’s why I feel I need to cry. Because I work six hours a day and I earn only the enough money to pay the fee to study a career to be what I want to be. And, unfortunatly, I know that I will never be such a graphic designer to earn my own money thanks to the career I’ve made.

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Te recuerdo. Te huelo. Te siento. Te idealizo. Te adoro. Te escucho. Te amo. Te beso. Te toco. Te lamo. Te acaricio. Te quiero. Te admiro. Te idolatro. Me caigo. Me levanto. Me ciego. Me quiebro. Me desanimo. Me frustro. Me ahogo. Me desahogo. Me voy.

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te veo en sueños y a veces no me gusta este estado de ensoñación me hace mal tengo que pensar y no me sale tengo que sentir y no me sale me sale otra cosa de la que estoy acostumbrada a sentir no puedo evitar las lágrimas ya pasé por esto y no quiero que nadie me obligue a vivirlo otra vez repetidamente veces no aguanto sólo sé sentir esto y no hay forma de revertirlo qué me importa lo que digan ellos no están dentro mío y allá arriba saben lo que siento y lo que me duele esta situación repetidas veces no quiero repetidas veces no quiero repetidas veces no quiero repetidas veces no quiero repetidas veces no quiero repetidas veces no quiero repetidas veces no quiero repetidas veces no quiero

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Su nombre en la pulsera le traía recuerdos de su niñez. Vagos recuerdos; cosas, hechos y aventuras que pudo haber tenido cualquier chico. Pero estos eran sólo de ella. Lo que ella vivió fue único, irrepetiblemente único. Encerrada en un burbuja de música, letras y fotos, ella fuma habanos de recuerdos y, a cada pitada, el humo va formando en el recinto figuras impredecibles, secuencias ya vividas, repetidas, deseadas nuevamente. Sus personajes son siempre los mismos y las distintas secuencias actúan simultáneamente transformando la habitación en un gracioso número de circo. Porque en realidad, todo lo que ha pasado es causa de risa. Aunque ella no lo acepta y abre la ventana por que rápidamente se disuelvan los payasos, esos seres que en su momento causaban gracia, alegría y ahora sus caras se transforman en muecas horrorosas, llenas de espanto. También desaparecen los bailarines, que consiguieron lo que quisieron. Se vuelan versos, cartas; se disuelven sus prendas íntimas. Sí, las mismas que fueron arrancadas por las manos furiosas de aquel payaso hermosamente extraño, innovador, maestro de irreparables hechos, sucesos, construcciones funestas donde, al sacar el ladrillo principal se derrumba el mundo sobre los cuerpos desnudos, transpirados y jadeantes bajo el ventilador, monótono testigo de tardes calurosas. El paladar se le seca a ella y el payaso lo refresca con su lengua áspera y caliente. A ella le gusta sentir esa lengua en sus labios, experimentar ese cosquilleo en todo el cuerpo comenzando por el vientre y recorriendo poco a poco sus extremidades inferiores y superiores, haciendo dormir los músculos a su paso. La sangre le hervía y atravesaba las venas y ya no estaba allí. Se había alejado para siempre.

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Ahora está acá, en su habitación, viendo como todas esas sensaciones, esos personajes se alejaban por su ventana y se disolvían en la atmósfera de un día soleado, con el cielo límpido, libre de nubes. Alguno de los sentimientos, alguno de los versos, alguna de las recetas quedaron en el lugar, pero ella se sentía tan sola que no se atrevió a darles el empuje necesario para que se fueran. Por el contrario, cerró rápido la ventana y guardó lo que había quedado prolijamente dentro de una caja. La caja permaneció cerrada por un tiempo; hasta que una noche ella apagó la luz, cerró los ojos y el payaso regresó llevándose la caja. Ella corrió tras él y fue en su casa donde se repitió la escena, la rutina de siempre. La única diferencia fue que nunca supe el final para poder aplaudirlos.

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Un escalofrío de terror recorrió mi cuerpo cuando vi el revólver apuntándome. Ninguna parte de mi cuerpo recibía las órdenes de mi cerebro. Al cabo de un segundo mi cara y mi torso estaban empapados por un sudor salado. Las palabras del caballero eran claras. Si no mataba a la mujer que tenía enfrente, yo sería asesinado como a un perro. Sin pensar lo que hacía, tomé el revólver del cajón entre mis manos húmedas. La mujer me miraba suplicante. Cerré los ojos y activé el gatillo. Soltó un gemido ahogado y cayó hacia atrás impulsada por la fuerza de la bala. Su cara se tiñó de rojo y la sangre emanaba a borbotones de la herida en su cabeza. Yo permanecí un segundo allí, con las piernas separadas, los brazos extendidos apuntando a la mujer que ahora yacía inerte en el suelo. No supe qué hacer. Varias imágenes pasaron frente a mí, desde que conocí al hombre hasta ahora. Hilvané cada hecho buscando una respuesta a la pregunta de qué hacía yo ahí. Intenté darme vuelta y fue entonces cuando sentí un impacto en mi espalda. La bala había traspasado mi cuerpo, entrando por la espalda y saliendo por el abdomen. Ví cómo en mi camisa azul aparecía una gran mancha roja. Dejé caer el revólver y apoyé mis manos en el estómago. La sangre fluía con rapidez y estaba caliente. Caí de rodillas al piso y me desplomé hacia un costado. Antes de perder el conocimiento pude escuchar una carcajada vil que provenía de la habitación contigua.

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Me siento una egoísta. Como si la luz de Dios me hubiese iluminado sólo a mí. La justicia no es justa a veces. Cada compañero que se ahoga es un pedazo de mí que se hunde. Tal vez sea mejor irme con ellos, ya que el remo de ayuda no alcanza para salvarlos. Pero yo soy un ahogado también. Ahogado en un mar de conformancia y tristeza. Sólo me queda esperar; no sé si la salvación o la muerte.

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Cuando me pongo a pensar, pasan imágenes frente a mis ojos a velocidad impresionante. Y vos siempre sos parte de este cortometraje. O quizás largo, pero que pasa tan violentamente que ningún ojo humano podría captarlo. Es que es el ojo de la mente. Y el que siente, simultáneamente, es el órgano del alma. Creo que el órgano del alma puede ser el cuerpo. Con el cuerpo siento, toco, respiro, transpiro y de él forman parte los sentidos. Con ellos te toco, siento tu respiración, escucho tu risa, huelo tu transpiración. Los sentimientos son muy confusos en algunas ocasiones. Me invade una sensación de satifacción al saber que cuento con una persona como vos. Pero a la vez te idealizo tanto que llego a pensar que sos superior, que tenés una personalidad que admiro y me siento una pulga frente a un baobab. Sé que tal vez esto sea una estupidez, pero es lo que realmente me pasa.

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Una vez más me envuelve tu olor. Como en aquellas tardes silenciosas, cargadas de amor y pasión. Me revuelvo en mis locuras e imagino un futuro incierto, encerrada en una habitación taciturna. Y volvió a suceder. El mismo lugar, las mismas personas. Ella entró como a su propia casa, dejó los bolsos en la habitación y comenzó la disputa. El puente se había desplomado, pero los pedazos quedaron intactos bajo el río que corría bajo él. Las orillas no estaban lejos, pero por una razón u otra, el puente demoraría en rehacerse. Ella se desnudó despacio. Él frío, como de costumbre. Se situaron en la cama mullida, suave. La luz era tenue y dejaba ver los cuerpos con unos destellos fantasmagóricos. La música era movida, pero ellos ya no respetaban sino el ritmo de sus propios corazones; moviéndose con arritmia humana. Se intercambiaron miradas de placer, probaron todas las posiciones hasta saciar su sed de sexo. Al culminar la escena, el telón bajó de golpe sobre el cuerpo de ella. Y de pronto se sintió espléndidamente bien, como en las nubes. Bañada íntegramente por ese semen tibio, exquisito. La función había terminado. Lo que siguió fue como siempre. Algo de comer, saludos, invitaciones. Hechos y pensamientos lúgubres y contradictorios. Un beso, despedida frágil. Una sonrisa que se envuelve por todo el cuerpo e intentaba abarcar su mente. La vuelta a casa, el final es desconocido.

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Escapar. Eso es lo que siempre tiendo a hacer cuando hay algún problema que me persigue. Sé que no gano nada, que es sólo una pseudosolución. Pero a veces siento que tengo una gran necesidad de salir corriendo, o tengo la sensación de que ocultándome bajo una mesa o metiéndome en la cama y tapándome hasta la cabeza me voy a alejar de estas desagradables situaciones. Es inútil, esta vida que llevamos sólo es vida para algunos. Y hay gente que se llena la boca hablando de soluciones para los demás.

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Las flores son rosadas al principio; pero con demasiadas lluvias y calor se van marchitando, pudriĂŠndose sobre su propio tallo, acabando con los que la rodean si no de quita de en medio.

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You thought you’ve got me on my knees. But you were completely wrong, fucking fatty thing. You think you can buy everything you desire with your dirty money. What you can’t get with your body, your sensitivity, your wisdom, you try to buy it with your money. But, you know? I’m not one of them. I know that the temptation does exists, but I just think about your ugly body and your ugly face, your brutish manners and I realize that money is nothing but bull shit. And bullshit are you too, fatty ugly disgusting piece if shit.

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Lo que más me molesta es la sensación pastosa en mi boca. El estómago también me molesta. Situación fea ésta. Este tic tac me está matando. Fumar, no comer, tomar cerveza. Tengo un nudo en el estómago. Tengo frío y calor. Frío y calor. Mañana me tengo que levantar temprano. Siempre pasa lo mismo. Estas sensaciones de desamor... Voy a llorar. No, soy fuerte. Ma’ que fuerte. Soy una débil y me pongo a llorar. Maricona. Voy a estar sola una semana. No sé si levantarme a escribir esto que estoy pensando o quedarme con las ganas, como siempre. Me levanto. Tengo frío. No voy a prender la luz. La del dormitorio contiguo se enciende. No quiero que me vean. Abro los ojos. Boca arriba, las mirillas de la ventana. Las orejas se me mojan. Sí, me levanto y escribo. Mañana me voy a olvidar, como siempre. Como siempre. Siempre lo mismo. Es como cuando te encontrás un perro callejero: al principio son todos mimos y caricias, pero no contás con quedarte con él. Y de las palmadas pasás a las patadas para que se vaya. Pesado el perro. Al final me levanté. Prendí la luz. Me pica la cabeza. Busco el cuaderno. No sé qué le pasa, por qué me trata así. Yo lo adoro y daría mi vida por él. Escribo y las lágrimas están en el borde de los ojos. Y los mocos se me están cayendo. Pera ella no tiene que darse cuenta. Me pasó un poco el dolor de estómago. Pero sigo pensando que esto es el principio de algo malo. Son once y pico. Apago la luz, me voy a llorar.

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La música sigue sonando, y aunque está registrada en mi memoria, no la hago familiar y los acordes se pierden en los ríos sangrientos de mi cerebro. A veces me quedo pensando qué fue lo último que hice y si estuvo bien, si correspondía, o sólo fue un acto automático, propio de los adolescentes que adolescen de lo esencialmente importante para los adultos. No sé que es la literatura y hay veces que no sé quién soy, para qué existo y quién me mandó vivir esta vida. Lo único que sé es que existo y ya no puedo dejar el rol que me impuso ese ser superior que algunos dudan de su existencia. Sería defraudarlo, descarriar la meta que tengo encomendada en alguna partecita de mí. Porque no sé para qué, pero por algo existo, por algo crezco, por algo siento y lo que siento es que ya no le veo sentido a las mariposas si no hay flores. De nada vale el sol después de la lluvia si no aparece el arco iris y otras materias que tengo en el colegio que están de más. Uno puede levantarse si realmente lo desea o siente esa necesidad, pero para conseguir los medios tenemos que pasar por la burocracia que nos marca el tiempo, un reloj derretido que nos hace de un segundo una eternidad infaltable para los que realmente están apurados. Y es ahí cuando comienza la desesperación y nos parece que el cielo en vez de azul, siempre fue negro. Nos levantamos a la mañana y es de noche; y nos confundimos, nos fundimos en una superposición de ideas sin sentido, sin receta, sin remedio y no sabemos nada de nada. Y lo peor es que nadie quiere explicarnos qué es lo que está bien y qué es lo que está mal. Porque si nosotros no sabemos distinguir lo bueno de lo malo, nunca podremos tomar decisiones por nosotros mismos y es ahí cuando empezamos a depender. ¡Y qué feo es depender! Que nos manipulen como si nosotros no supiéramos defendernos, comunicarnos, expresar lo que realmente nos pasa. Y lo que pasa es que en ocasiones

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no somos escuchados. Y después vienen los ay, si lo hubiera escuchado... te dije, ¡tendrías que haberle prestado un poco más de atención! ¡pero si era a vos a quien te hablaba! ¿a mí? ¿qué decís? ¡si te hablaba a vos! ¡andá!... Y se alejan discutiendo por la senda del egoísmo sin pensar que somos nosotros los que necesitamos de su ayuda. Y como siempre nos quedamos silenciosos, ofuscados, presos de nuestros propios miedos, temores, angustias, sin pensar que ese ser más cercano puede prestarmos el pañuelo en caso de un llanto fugaz. Y es acaso la rigidez del flaquelo la que nos hace cerrar los ojos frente al problema y decir esto no me va a pasar a mí. Y nos retorcemos en esa afirmación sin reconocer que ya estamos metidos en el barro desde hace mucho tiempo y lo que es mucho peor, no podemos limpiarnos jamás este lodo maldito que recubre nuestra piel y no nos deja repirar, nos ahoga, nos quiebra, nos mata. Y morimos despacio, en silencio, sin que nadie se entere. En completa soledad. Porque si nos ponemos a pensar, estamos realmente solos. Sólo tenemos nuestros sueños, que mueren con nosotros cuando llegamos a la realidad. Y esta fea realidad que nos tocó vivir. Pero no, que decís, si la vida es linda... ¡Ja¡ ¡Qué ingenuidad! Tal vez algo podemos rescatar. Y quizás ya sea demasiado tarde para volver a vivir lo que no fuimos capaces de hacer antes de esta muerte repentina, si sólo ese ser nos hubiera dado un poco más de tiempo.

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Amanece en la ciudad Un nuevo día nos espera Un nuevo día de falsas esperanzas grandes expectativas, sueños estelares y agria realidad Es un largo y arduo camino y hay que recorrerlo sin mirar atrás Qué lejos quedó aquella estación donde solíamos divertirnos hoy para no pensar en mañana Hoy añoramos esos días, vivimos el presente y sobrevivimos para el futuro Este futuro incierto donde nos lleva este destino sin destino Una gran caja de sorpresa donde no sabemos qué nos depara Donde no somos nosotros los que decidimos sino todo el circo que nos rodea Sólo podemos elegir sobre lo que nos ofrecen (que no es gran cosa) Las alternativas las creamos nosotros Y así poder resurgir de toda esta mierda en la que estamos sumergidos Porque no se trata de seguir el riel impuesto sino descarrilarse y tomar un mejor atajo

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Me quiero mentir a mí misma diciendo que soy fuerte. No puedo soportar un minuto estar sola. Necesito a Marcelo. Lo necesito desesperadamente. Las cosas no están bien, últimamente no estuvieron nada bien. Me siento sola, estoy sola. Tengo padres que no se preocupan por mí. Sólo vuelven de Funes para asegurarse que su hijita no se acueste en la cama con su novio. Pero la nena está sola el sábado y domingo con todo el departamente para ella sola. Sí, y también varios días a la semana como para hacer el amor hasta cuatro veces si sus cuerpos se lo permiten. Tengo una hermana que se preocupa por su vestidito para ir a bailar; si sus nuevos borceguíes combinan con su camisa y otra sarta de idioteces que a veces se abre para dejar ver que dentro de toda esa mierda persiste un poco de sensatez. Tengo una hermana menor que no por eso es idiota. Pero tengo miedo por ella, tan chica y grande a la vez, tan vulnerable, tan liberal. No quiero que corra mi misma suerte. Tenía un novio. Una persona sensible, compañero, testarudo a veces, pero tan sensible que no puede ir a pescar porque tiraría de nuevo el pez al agua. Me ayudó a ser lo que soy ahora, me gusta ser así y él lo logró. Bien por él. Excelente labor. Pero él llenaba todo lo que era, toda mi alma, todo mi ser. Él no está y yo tampoco. Yo no existo si él no existe. Yo vivo si él está. Él se fue y yo no soy más que una silueta. Yo, algo. Porque ahora no soy más que una cosa. Algo que trae problemas. Nada más que problemas. Abro la boca y ya son problemas. Tengo miedo de pedir algo, no tengo derecho a pedir nada, absolutamente nada. “La nena se portó mal y la nena se lo merece”. Está bien,

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perfecto. La nena se sometió a una dura metamorfosis. De un feo y asqueroso gusano se encerró en su casa-crisálida hasta convertirse en una bella mariposa. Pero este período de cambio todavía no llegó a su fin. Todavía es un gusano, un poco más lindo, tal vez, pero no reúne las condiciones para salir y ser una perfecta mariposa. Porque ése es el objetivo de esta metamorfosis. Ser una perfecta mariposa. Es como poner una mezcla viscosa en un molde esperando un esponjoso bizcochuelo y cuando abrimos el horno ¡oh, sorpresa! El supuesto bizcochuelo no mide más de dos centímetros y se ve bastante pálido, teniendo en cuenta que era de chocolate. Entonces, cerramos otra vez la puerta del horno esperando algunos minutos más, pensando en qué hemos fallado: los ingredientes, el molde ¿lo enmantequé? Sí, seguro. ¿Qué hice mal? Y la respuesta salta a la vista cuando vemos la fecha de vencimiento en el dorso de la caja. ¡El contenido del sobre estaba en mal estado! Esa era la falla. Y aquí la que está fallada soy yo. Ni Dios, ni nadie, ni yo misma me voy a perdonar lo que fue mi vida hace un año atrás. Siempre alguien lo va a estar mencionando o reprochándolo. Y con razón. Yo cometí errores irreparables. Ni la mejor cirugía estética interior podría reformar esas cicatrices en el alma. Y en el cuerpo también, sólo que no son visibles. Pero se pueden percibir si se me acercan bastante. Como se acercó Marcelo. Y él se dio cuenta de todo lo que yo había sufrido. Por negligencia mía y aprovechamiento de los demás. Por falta de respeto hacia mí misma y cinismo y crueldad de los malditos. Por ceguera mía y falta de atención de mis supuestas amigas. Personas que compartían risas con festejos y escapaban de charlas sinceras para ayudarme. Huían. Sabían que si yo era seria, significaba perder la diversión para ellas. Eso pertenece al pasado. No pisado. Es como una enfermedad, deja secuelas. Como la varicela, que deja pozos en tu cara. Yo caí en uno de esos pozos. Una secuela de mi pasado. Un

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pozo lleno de culpa, remordimiento. Creo merecer un castigo porque “la nena se portó mal”. Perfecto. El castigo es peor de lo que yo esperaba: estoy sola. Y no es soledad física. Es soledad interior. Ese terror a estirar el brazo para salir del pozo y que todos en la superficie te miren indiferentes y nadie haga nada, dejándote agonizar en tu merecido castigo. Los cartuchos están gastados, las cartas jugadas. De nada sirve entonces estirar el brazo en busca de ayuda cuando tenés la certeza que allí afuera no hay nada más que payasos riéndose de vos y de tus muecas desesperadas para salir de ese pozo feo, oscuro y húmedo de tanto llorar. Porque no queda otra cosa que hacer cuando se está sola en un pozo negro, lúgubre y vacío. Y es peor cuando el vacío te invade. Todo tu cuerpo y alma está lleno de vacío. Ahí es cuando tus rezos se alzan a ese ser superior que te está mirando con ojos compasivos. Y tus plegarias ya no son de perdón y arrepentimiento sino gritos, aullidos, pidiendo por favor que mande a su amiga, la muerte, para que te venga a buscar ya. Porque el dolor es insoportable. Sólo la paz de Dios es buena para estos casos. Y aquí, donde yo estoy, mi alma no está en paz. Nunca lo estará. Porque la culpa es demasiado grande para equilibrarla con un perdón. Y ni semejante castigo podrá jamás estabilizar la balanza.

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Los soles cantaron al unísono El mar se enbraveció y los hombres aterrados escribieron una historia tan parecida a la historia que no sé para qué sirven los tenedores cuando hay que tomar sopa.

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No sé si voy a poder lograrlo. El camino recorrido hasta acá parece corto, pero hay tantas cosas para contar... Y tantas cosas que no quiero olvidar. Es empezar de nuevo desde cero. Todo desde el principio. Aprender palabras, reconocer olores, ubicarse para saber desde dónde viene el viento. A veces es buena la soledad. Ayuda a reflexionar, a pensar, a estudiar. Pero cuando la soledad acecha y los recuerdos se abruman en la cabeza sin respiro, el dolor del alma se hace infinito. Pincha, quema, se hace profundo y se retuerce en lo más hondo del pecho. Extrañar, desear algo con vehemencia aun sabiendo que es imposible tenerlo consigo. Esa música, esos libros, esas películas, esos besos, esos abrazos, esas palabras, esas risas, estarán para siempre en mi memoria para reconfortarme o martirizarme. Quisiera que volvamos a encontrarnos bajo un cielo estrellado como el de tu habitación.

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Ya verán todos cómo cambia notablemente mi humor. Aunque no sirve de nada. Muy en el fondo sé que esto no tiene solución. Estoy emparchando un agujero que nunca acabará por soldarse de nuevo. Es como echar sal a una herida. Nunca va a cicatrizar. Ahora voy cambiando mi humor con pequeñas cuotas de momentos casi felices, pero ambos sabemos que nunca vamos a ser felices juntos. Es duro reconocoerlo, enfrentarlo, pero es así. Ojalá pudiera odiarte, insultarte, pegarte y arañarte la cara hasta ver sangre bajo mis uñas. Pero no puedo. No puedo hacer otra cosa más que amarte y sufrir por eso. Creo que mientras más te amo, más sufro. Y este sufrimiento se traduce en dolor. Un dolor de lo más profundo y punzante dentro de mí. Es un dolor verdaderamente físico que paraliza todos mis sentidos. Hasta el sentido de la orientación. Estoy perdida. No sé qué rumbo tomar. Voy hacia adelante con los ojos vendados. Tomo decisiones erróneas o acertadas, según dónde se lo mire. Lo cierto es que volví a equivocarme. Volví a enamorarme de la persona equivocada. Vovlí a amar a quien no me ama, acariciar a quien no me acaricia, besar con pasión a quien no siente esa misma pasión por mí. ¡Qué difícil es que alguien tome las decisiones por uno! Y que no siempre sean las que a uno le conviene... Estoy atada de pies y manos. Sólo puedo esperar y amar. Derrochar todo este amor que tengo para nadie.

2001 262


El problema es que no sé muy bien cuál es el problema. Espero una cosa que nunca voy a tener. Cuando das una mala impresión la gente se queda con eso. Y es difícil volver atrás, intentar que piensen y digan lo que decían al principio, cuando no te conocían. Y lo peor es que eso no se cambia...

28 de diciembre 2003 263


diciembre 2003 264


Ya está. Sí, ¿no era lo que buscabas? Ahí lo tenés. No entiendo eso de la culpa. Ya se siente culpable. Bueno. ¿Y ahora qué? ¿Conseguiste algo? No. Está todo igual. ¿Se va a quedar? No, se va a ir igual. Ahi está. Otra vez. ¿Sos idiota, no? Sí, soy idiota, pero me enferma ese orgullo que tiene. Siempre tengo que estar pidiendo las cosas yo.

diciembre 2003 265


Un se単or permanece en coma durante un mes. Un mes en blanco, sumergido en una burbuja del tiempo. Milagrosamente, se despierta. Una segunda oportunidad que el se単or decidi坦 aprovechar. Ahora disfruta de las peque単as cosas cotidianas.

enero 2004 266


Es duro. Es muy duro. A veces pienso que no sé para qué me busco tantos problemas. “Con lo bien que estaba...” Pero el tema es que no estaba bien. Tenía mi trabajo, mi casa y mis “amigos”. Pero había algo que faltaba. Tenía algo pendiente y no sabía muy bien qué era. Y cuando te conocí, me dí cuenta de lo que era. Eso que me faltaba eras vos. Y no lo supe hasta que estuvimos juntos, nos reímos juntos y estábamos de acuerdo en miles de cosas. Y cuando estábamos juntos, disfrutaba absolutamente todo y cuando nos separábamos, quería estar con vos de nuevo. Y alcanzábamos la felicidad cuando vivimos juntos. Nunca había convivido con nadie. En pareja, digo. Y lo nuestro fue una gran experiencia. Y después todo tuvo que cambiar... Vos tuviste que irte, y yo quedarme. Tiempo separados. Time off. Momento matrix. Todo se detuvo por el lapso de un mes. Y aunque hablemos por teléfono o por mail, no es lo mismo. ¿Cómo descargo yo mis besos, abrazos y mimos si vos no estás acá? Esto duele. Y mucho. Me voy a dormir.

7 de febrero 2004 267


9 de marzo 2004 268


Hoy fue un día feo. La sensación de que algo está pasando, que no se sabe muy bien qué es, pero seguro que es malo. Vivir con mido es horrible. Pensando que el próximo paso podés perder la vida. No sentirte seguro en ninguna parte es horrible. Tomar precauciones, no tentar la suerte, alejarte de posibles peligros es una medida de seguridad que seguramente funciona con gente racional. O cuando se sabe lo que se espera. Pero el no saber es peligroso. Y en este momento yo no sé nada. Hoy estoy, mañana no. Y es algo inevitable. No se ve venir... Hoy quisiera haber estado con vos. Me sentía mal, tenía miedo. Y hoy más que nunca necesitaba que me protegieras de todos los horrores del mundo.

11 de marzo 2004 269


Si nos remitimos a diarios anteriores y anteriores escritos también, podremos observar en mi persona un comportamiento histérico, traumático, mazoquista y autodestructivo. El gusto por el dolor, el sufrimiento y el hueco intenso no tiene explicación.

12 de marzo 2004 270


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Y al final nos encontramos. Al final estuvimos juntos. Al final, también nos peleamos. Por eso esta relación es verdadera, es real. Si fuese todo extremadamente perfecto, no sería real. Pero vos sos real y las cosas que hacés por mí, por esta relación y por nuestro futuro juntos también es real. Y estando con vos no me lo creo. No creo que estés conmigo, que me quieras tanto, que hagas las cosas que hacés por mí. Y cuando no estás te extraño. Y me acuerdo de los momentos que pasamos juntos y ahí me doy cuenta de que sí sos real. De que sí estás conmigo. Nunca fuí tan feliz como lo soy ahora. Tener planes con vos le da sentido a todo.

22 de marzo 2004 273


Hace un año dormíamos juntos. Casi abrazados. La sensación de aquella noche fue indescriptible. Tenerte tan cerca, tan cálido, tan increíblemente confortable era una sensación de sosiego. Como de haber buscado algo por mucho tiempo y finalmente haberlo encontrado. Una sensación de seguridad, de protección, de que nada malo podía pasarme, de que me ibas a proteger de todos los horrores del mundo. Y justamete hoy no dormimos en la misma cama. Estamos separados -físicamente- por casi 1200 kilómetros. Pero no tiene que pasar un año para recrear esa sensación. Porque lo siento cada noche que duermo con vos. Saber que estás a mi lado me reconforta, me apacigua... Un año. No es mucho. Pero no es poco.

25 de marzo 2004 274


¿Es necesaria la pregunta? Nunca me había sentido tan feliz en mi vida. Tan dispuesta y tan decidida a hacer algo. Es una apuesta, sí. Pero sé que tengo todas las de ganar. Sí, bueno, hay veces que la vista se nubla un poco y no deja ver lo maravillosa que es la vida con vos. Pero después de la tormenta siempre viene la calma y todo se ve con otros ojos, más puros, más limpios. Sí, quiero, es mi respuesta. Sí, estoy dispuesta, digo. Sí, tengo miedo. Pero tener miedo no es estar insegura. Es no saber con exactitud qué va a pasar. Nada más. El que no apuesta, no gana.

5 de abril 2004 275


Creo que recién ahora me lo creo. Fue tan fantástico ese viaje, tantas veces vivido en mi cabeza que realmente no sé si paso pasó en realidad o fue un sueño. Todo, desde las naranjas en el mercado, hasta las rejas de los balcones. Desde el olor a lluvia sobre el pavimento hasta las placitas escondidas. Lugares por los que vos pasaste tantas veces con diferentes edades, viviendo tu vida sin pensar que algún día ibas a volver a pasar por ese lugar de mi mano. Y ojalá volvamos a pasar una y otra vez por esos lugares, esas plazas, esas calles y nunca sueltes mi mano.

27 de abril 2004 276


10 de mayo 2004 277


A veces no creo que tenés 39 años. Parecés de 18. Por tus miedos, por las cosas que pensás, por los razonamientos surrealistas y sin sentido que tenés.

21 de mayo 2004 278


26 de mayo 2004 279


No, no soy igual que vos. No soy igual que nadie. Yo soy yo y hoy me siento así, de esta manera, más sola que nunca. No sé muy bien qué hago acá. No se trata de que extrañe tu presencia. Cuando estoy en Madrid también te extraño, pero ahí tengo mi vida. Y acá no. Acá soy la invitada que tienen que sacar a pasear. Y cada uno tiene su vida y no pueden pararla por mí. Siento que molesto, que tengo mala onda y contagio a los demás. Y no quiero molestar a nadie. Siento que no vale la pena haber venido. Por nadie. Me aburro. Y la paso mal. Quiero irme a mi casa.

6 de junio 2004 280


10 de junio 2004 281


16 de junio 2004 282


Bueno, sí, pasó algo de tiempo. Han cambiado algunas cosas. Para bien, creo. Me refiero a que son mejores, a que yo me siento bastante mejor. Creo que la separación nos hizo bien a los dos. Ahora siento que estamos más cerca, más juntos. Pero al mismo tiempo noto un estanco. Como que llegamos a un equilibrio y ya no nos esforzamos tanto para conseguir esto que tanto ansiamos. Es como remar, remar y remar para llegar al remanso y estar tranquilos. Y cuando llegamos a ese remanso vamos a dejarnos llevar por la corriente, porque así es más fácil. Porque aunque no reme-mmos, llegamos igual ¡Y sin esfuerzo! Siempre que estoy sola en casa, tan a gusto, pienso que se me va a hacer muy difícil dejar esta vida que estoy llevando. Mi casa, mi hermana, un lugar que ya conozco, mi carrera profesional... Ok, dejo todo esto y qué gano? Me gustaría saberlo. En realidad sí lo se: la persona que amo.

20 de octubre 2004 283


2004 284


Anoche entraba aire por la ventana. Una brisa fresca de verano. Y yo, con los ojos cerrados rapidamente me trasladĂŠ a mi habitaciĂłn en Rosario. Cama contra la pared, ventana abierta, aire hĂşmedo que acaricia las piernas, murmullo de los vecinos de sobremesa charlando en el patio. De pronto, era yo, pero antes. Todo esto no lo sabĂ­a. Y trataba de dormirme. La cabeza bascula entre los quince y cuarenta grados cambiando las sensaciones, las perspectivas, los sentimientos.

2009 285


Automático. Automatizado. Como en trance. Los días se suceden. Suceden. Cómo cambian las cosas cuando los verbos son reflexivos. Se me afloja el alma. Las fechas son islas. Los días el mar. Los mensajes en botella son electrónicos, vienen encapsulados. Tu cara es una letra. Tus palabras entran por los ojos. Los oídos son para la música. La escena perfecta. Leo y escucho. Vuelo. Todo tiene sentido. Todo está intrínsicamente cenectado. Toda una gran red de puntos conectados que te separan de tu objetivo y te vuelve a conectar. Viajar sin conducir es una terapia relajante. Te pone en contacto con tus ideas, tus memorias. Un suave deslizar que te hace avanzar sin darte cuenta. Volando, ganando altura, para luego caer lentamente, a vuelo de ardilla, aterrizando suavemente en la superficie otra vez. Horcajo de la Sierra. Cierro los ojos. Dentro de mis párpados cerrados noto una luminosidad que me hace abrirlos. Ruidos, voces, cuerdas, notas. Los árboles tienen hojas plateadas. ¿Los ciegos notan la luz? ¿Ven todo negro? ¿Cómo preguntarles? ¿Cómo saberlo cuando no conocen los colores? ¿Cómo sabe un ciego si ve todo negro? ¿Existe algún racista ciego? Entramos en un túnel. Oscuridad. Las luces se suceden. Como las líneas de la carretera. Como los acordes de la música que escucho. Como cuando volví de Barcelona. Inyección de estímulos vía sonora, vía visual. Cuando tenemos los ojos cerrados vemos con la mente. Colores, formas, pequeñas, crecen, más y más. Desde el centro hacia afuera.

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Explotan. En un millรณn de colores. Y vuelan a juntarse en un punto. Se estabilizan. Estรก todo mรกs tranquilo. Calma, relax, disfruto el momento.

junio 2010 287


Me brotó un llanto doloroso en los ojos. Literalmente dentro de los ojos. Como si me hubieran inyectado las lágrimas con miles de jeringuillas por detrás del globo ocular. Ernesto Epitanio había muerto.

2010 288


Estaba tan encerrada viviendo mi propia historia que no me daba cuenta de que la historia se estaba escribiendo ahĂ­ afuera.

mayo de 2011 289


el tiempo cansa no sé si es el tiempo o cómo se van acomodando las cosas durante cierto período y llega un punto que puede ser más o menos tiempo que las cosas cumplen su ciclo y tienen que reciclarse eso es, empezar de nuevo

mayo de 2011 290


En verdad no estoy muy segura de que si mi vida estĂĄ designada por decisiones tomadas conscientemente o si simplemente son hechos consecuencias de situaciones donde entendĂ­ mal lo que realmente sucedĂ­a.

2011 291


Este libro se imprimi贸 y encuadern贸 en septiembre de 2011 en Madrid


Historias que merecen ser contadas