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CHANTAJE EN CARNAVAL ARMANDO MURIAS IBIAS


CHANTAJE EN CARNAVAL Armando Murias Ibias


Edita: EDAMI, 985254031 Oviedo, 2014 DL: AS 00297-2014 Š Armando Murias Ibias, febrero 2014


ÍNDICE 1.-Miércoles, 12…………………………………………………………..7 2.-Jueves, 13……………………………………………………………..15 3.-Viernes, 14…………………………………………………...........29 4.-Sábado, 15…………………………………………………………..37 5.-Domingo, 16………………………………………………………..41 6.-Lunes, 17………………………………………………………........51 7.-Martes, 18…………………………………………………………….55 8.-Miércoles, 19………………………………………………………...59 9.-Jueves, 20…………………………………………………….........75 10.-Viernes, 21…………………………………………………..........83 11.-Sábado, 22…………………………………………………………105 12.-Domingo, 23……………………………………………………….113 13.-Lunes, 24……………………………………………………………121 14.-Martes de Carnaval……………………………………………135


I

MIÉRCOLES, 12 DE FEBRERO

-¡Esto no es ni más ni menos que un chantaje! Los ojos se volvieron hacia Sol, la que había pronunciado con tanta seguridad aquella palabra desconocida para el resto. Las tres sílabas tuvieron el peso –y también el poder- de una piedra arrojada por un precipicio. En su caída arrastró a otras, y todas resonaron en un eco interminable. -¿Chantaje? ¿Qué es eso? -Un chantaje viene a ser algo así como una amenaza. Una manera un poco chunga de pillar pasta a cambio de algo importante que se tiene bien guardado. Al escuchar la definición movieron con lentitud la cabeza manifestando su conformidad con lo dicho por Sol. Era la primera vez que los cuatro amigos se reunían para buscar una solución al problema que les había planteado Mara. Llevaban juntos varios cursos desde que la enseñanza primaria los había agrupado en el aula más polvorienta y fría de una vieja escuela en el centro de la ciudad. A pesar de los diferentes itinerarios en los que se ramifican los últimos años de la enseñanza obligatoria y el bachillerato, habían mantenido a capa y espada unas inquietudes académicas similares, aunque sus preocupaciones personales estaban divergiendo notoriamente cada año que pasaba. -Pues, sí, tienes razón. Lo que tiene guardado ese capullo es importante y peligroso –reconoció con pesimismo Amelia. Hablaba bajo, recelosa de que alguien de las mesas de al lado se enterase del secreto en el que estaban empleando todas sus energías mentales.

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-Ante eso, ante ese ataque, sólo hay una solución: ponernos a su nivel, cara a cara. Si él usa ese tipo de violencia, nosotros también podemos emplearla –dijo Jairo en un intento de colocar en un mismo nivel el efecto y la causa. -¿Con ese? Estás loco de remate, totalmente chiflado. A ti te solmena una hostia y te deja KO al primer asalto. ¿Sabes que va un par de horas todos los días a un gimnasio a modelar su cuerpo? –advirtió con mucha prudencia Amelia. -¿Quién os manda enrollaros con un gorila de esos, un descerebrado? Tienen una mente muy primitiva y sólo se mueven por lo más evidente, que casi siempre es lo mismo: pasta y tías, aunque no sé muy bien si es por ese orden –protestó Jairo arrugando la frente en un intento de ser razonable. -Eso ahora no tiene remedio. Lo hecho, hecho está, y hay que apechugar con el problema. ¿O no es así, Mara? –preguntó Sol sin esperar una respuesta. Hubo un silencio en el que los ojos se arrastraron por los rincones más olvidados del local en la búsqueda de una solución que les parecía oculta en algún sitio indefinido. -Mara, tienes que hablar con él otra vez para calmarlo. A ver si entra en razón de una vez. -Mira, Amelia, lo puedo intentar, pero date cuenta de que para hacer la paz se necesitan dos partes, pero para comenzar una guerra basta sólo con una. -Sí, no me digas nada. Esto me recuerda el tema de Historia que cayó en el examen. Con la invasión de Polonia, la Alemania de Hitler da el pistoletazo de salida para la Segunda Guerra Mundial. -¿No invade primero Austria? –preguntó Sol aceleradamente. -Lo que nos faltaba. Liarnos aquí con datos para saber quién empezó una guerra. La nuestra sí sabemos con exactitud quién la empezó y por qué –protestó Amelia en un intento de terminar con el ejemplo que había puesto Jairo.

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-Las coincidencias saltan a la vista: una agresión para pillar pasta, para conseguir el poder –se justificó Jairo. La conversación se consumía en la tarde, y en ella también se disipaban algunos proyectos con los que Amelia, Sol y Jairo trataban de ayudar a su amiga Mara en el conflicto en el que estaba metida. Su antiguo novio –Elías- tenía varias fotos muy comprometidas de ella, y también alguna grabación hecha con la webcam. La ruptura en su relación había sido de esas que se pueden calificar de cruentas, cruel para las dos partes, que en ningún momento quisieron dar el brazo a torcer. En esa lucha sin cuartel en el barrizal de los celos, de las desconfianzas y de los olvidos, Elías no dudó en usar el arma más dolorosa y, también, la más sucia y mezquina. A cambio de las imágenes pedía nada menos que 2.000 euros, el dinero suficiente para comprarse una moto y así poder olvidar la pesadilla de Mara, su novia durante los últimos meses. Alegaba en su defensa que era un precio justo, muy por debajo del calvario que tuvo que sufrir durante la ruptura. En un principio, Mara se tomó la amenaza como un farol más de su antiguo novio, resentido por una situación que se le iba de las manos, algo que no podía soportar. No se lo dijo a nadie porque no quería darle importancia, pero el miedo ya había empezado a anidar en su corazón. El temor se convirtió en realidad el día en el que empezó a recibir docenas de llamadas en su móvil. En todas ellas, que se atropellaban unas a otras, los hombres se interesaban por los favores amatorios de la propietaria del número al que estaban llamando. Al final del día se enteró de que Elías había puesto un anuncio en una página de Internet en el que una colegiala necesitaba estrenarse, también decía que se abstuvieran curiosos y aficionados. Al ser un número telefónico sin recarga en la llamada, el móvil se le bloqueó en la primera hora. Decidida a cortar por lo sano y lo antes posible, habló esa misma noche con Elías.

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-Esto va en serio, Mara. Lo que pasa es que tú la vida te la tomas como si fuera un tango, de un sitio para otro, pisando cuando te da la gana al que te acompaña en ese baile tan movido y arriesgado. ¿Y acaso pediste alguna vez disculpas por los pisotones? Nada de nada, tú con tus gracias y a seguir con la vida. ¡Los demás que se jodan! -Esto no es que vaya en serio, Elías, es que esto es una putada, una marranada, no se hace con nadie, ni con el peor enemigo, y tú y yo acabamos, pero no somos enemigos o yo por lo menos no lo quiero ser de ti. Así es la vida, terminamos y ya está, no se acaba el mundo por eso, punto pelota. Hay cantidad de parejas que se separan a diario y eso no provoca un cataclismo ni una guerra. Además, no te puedes atar al tronco que te quite la libertad. -¡Ah, y yo soy ese tronco! –cortó Elías, muy enfadado. -No me refiero a ti. Estoy hablando en términos generales. No te piques por eso, que siempre estás igual, viendo fantasmas en todas las conversaciones, en cualquier mirada, en el gesto más insignificante. -Pues por eso, porque veo cosas raras en ti que no me gustan nada. ¿Sabes cuánto darían algunos de tus compañeros de clase por verte en esas grabaciones? -¡Eres un cerdo! No quiero más trato contigo. Te denunciaré. Esto es un delito, ¿no lo sabes? Ya me enteraré cómo funcionan estos temas. Cuando ya estaba a punto de colgar el teléfono, enfurecida, Elías le dijo algo que la dejó helada: -Ahora, que tienes el móvil que te quema por las llamadas, prepárate con el timbre de tu casa. Ya puedes poner a tu madre y a tu abuela de recepcionistas porque no darás abasto a recibir visitas de tíos salidos.

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-No sólo eres un cerdo, eres un hijodeputa redomado. ¿Por qué tienes que meter a mi madre y a mi abuela en esto? –exclamó Mara antes de colgar para que no la oyera llorar de rabia, de impotencia. Amelia y Sol fueron las primeras en enterarse de la confidencia de su amiga. Al día siguiente también lo supo Jairo. Poco antes de la hora de cenar, en torno a la mesa de la cafetería, tomaron la decisión de pagarle lo que pedía. No vieron otra posibilidad para detener el proceso que podía afectar a toda la familia. El panorama parecía desolador, imposible de modificar, pero ante todo necesitaban tiempo para pensar y para actuar. Mara le mandó un mensaje a Elías en el que le solicitaba un mes para poder conseguir el dinero. A cambio, debía paralizar el chantaje para que el problema no llegara a casa de la madre. A los cinco minutos contestó Elías alegando que un mes era un plazo excesivo, tenían 15 días a partir de aquel momento. En la conversación amenazaba con seguir adelante con su plan al menor incumplimiento. Era febrero y los exámenes de la segunda evaluación todavía quedaban lejos. Esa era la única ventaja que tenían los cuatro para encontrar la forma de conseguir el dinero. -¿Si vamos a la policía? -No, a la policía no, porque se descubre todo el tomate, y mi madre me mata. Además, él lo puede negar todo. No tengo pruebas, ninguna –reconoció con preocupación Mara. -Tienes las pruebas de las llamadas al móvil –dijo Sol. -Sí, pero eso no vale para nada. Son los números de unos sebosos que vieron un anuncio en una página guarra de Internet. Me falta la prueba fundamental. No tengo la prueba del delito, la de la persona que puso los anuncios en internet y en el periódico.

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-Me imagino que eso se podrá obtener. En el periódico te pueden decir quién fue el que pagó por poner el anuncio. En Internet va a ser más difícil. -En el periódico puedes ir tú ahora mismo y poner un anuncio con el nombre que te dé la gana. Ahí sólo les interesa si pagas o no. ¿No os acordáis cuando pusimos el anuncio para vender la Nintendo? No nos preguntaron nada, sólo nos pidieron la pasta de inmediato –argumentó Jairo. -Pero tienes los SMS de Elías como prueba. -Los SMS son míos, Elías siempre me responde con la voz. Le gusta dar órdenes directamente. -Tienes registradas sus llamadas. -No creo que hacer una llamada sea un delito. -O sea, que la de la policía es una vía muerta –reflexionó Amelia con cierta amargura en la boca. -Sí. Además, no tengo ninguna gana de que se entere mi madre y mi abuela de esta movida. Es un problema que tengo que resolver yo solita. -Para eso estamos los amigos, para estos casos, para los buenos y para los malos –dijo muy solícito Jairo. De nuevo, el silencio de la frustración se convirtió en el rey de la reunión. -Yo sigo con la misma idea que os dije antes. Asustarlo y que se le quite esa idea de la cabeza. Además, ¿qué garantía tienes de que no te siga pidiendo pasta cuando le pagues la primera vez? Date cuenta que esta gente no tiene escrúpulos, y con esas imágenes en su poder te puede coaccionar toda la vida. ¡Hay que darle un susto para que se olvide de ti! –dijo Jairo reconociendo la expresión en las caras de sus interlocutoras. En algunas notó sorpresa, en otras algo parecido al desagrado.

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-¿Asustarlo? ¿Y cómo? –preguntó Mara, muy intrigada, después de calibrar levemente sus ventajas e inconvenientes. -Contratamos a unos matones, te saldrán más baratos que lo que pide –siguió Jairo con su argumentación. -¿Y dónde contratamos a unos matones, listo? –indagó Amelia bajando el volumen de la voz. -Los hay por ahí, que yo oí hablar de ellos. Estoy seguro de que por un par de billetes le dan un susto de muerte. No le costó mucho convencerlas de que era la mejor solución y casi la única. Reconocieron que 500 euros podría ser una cantidad aceptable, y asequible. Hicieron memoria y pensaron que los podrían conseguir hurgando en todos los rincones y en todas las huchas. En un primer recuento obtuvieron 280 euros.

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II

JUEVES, 13 DE FEBRERO

Por la tarde fueron los cuatro hasta la Plaza de la Luna para sondear entre algunos habituales de la marginalidad las posibilidades que podía haber en ese tipo de mercado clandestino y delictivo. Quería anochecer antes de la cuenta y una fría neblina los envolvía con un tímido abrazo fantasmal. El suelo de la plaza parecía recién barnizado y las farolas –encendidas prematuramente- reflejaban en el suelo una luz ambarina con sombras espectrales. En torno a ellos se movían, huidizos y volátiles, algunos paraguas. Los llevaban los curas que ya se recogían en la cercana Casa Sacerdotal. Eran bultos negros bajo el ala también negra que más los acercaba al mundo de los murciélagos que al de los humanos. Otros paraguas, igualmente negros, los llevaban los hombres que se acercaban hasta la plaza para cobijarse en alguna de las tabernas que se ubicaban por el entorno. Por el contrario, los jóvenes que por allí se escurrían no llevaban paraguas, se protegían de la llovizna con la capucha de las sudaderas o con el propio pelo. A pesar de que la plaza era punto de encuentro de los numerosos perroflautas que siempre pueblan las partes antiguas de las ciudades, parecía que a esas horas ya se habían recluido en sus moradas. Hablaron con un grupo de chicos que se abrigaba en un portal antiguo y angosto. Podían ser cuatro o cinco porque la penumbra del portal impedía determinar el número con precisión. Quizás no llegaran a los veinte años, pero las formas y los gestos ya parecían de adultos maleados por la vida. No fue necesario darles muchas explicaciones porque aquellas palabras que oyeron los del portal –ingenuas y vengadoras- les sonaban a mentiras mal contadas por unos colegiales asustados. La oscuridad del portal ocultaba la conversación con una pátina de clandestinidad. Al final les indicaron una dirección que

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les podría interesar en los suburbios donde terminan los planes urbanísticos del ayuntamiento. Sin perder un minuto, y decididos a todo, se subieron al primer bus que los podía acercar al poblado. Seguía lloviznando con persistencia cuando empezaron a andar desde la parada donde los había dejado el bus. Caminaban moderadamente eufóricos hacia alguna de las casas que se veían a lo lejos, en una vaguada, bajo el talud de la autopista. El ruido del tráfico –y en especial el de los camiones- que circulaban por encima de ellos fue la primera señal de desasosiego. La segunda era el barro que cubría el suelo y el ambiente, todo lo que se veía estaba teñido del color pardusco de una tierra ocre y viscosa. La oscuridad del anochecer añadía un rasgo más de zozobra. De vez en cuando se diferenciaba una mancha de aceite quemado o un plástico rasgado que ya se había contagiado con el color de la miseria. Y ese barro se adhería con fuerza a los zapatos y salpicaba las partes bajas de la ropa. Los pocos árboles mostraban, impúdicos, su desnudez invernal, y hacían el espacio más desangelado, casi inhóspito. El paisaje en aquellas circunstancias no hacía más que cerrarles la puerta de la esperanza, pero ellos se miraron para reconocerse como grupo, y ese valor justiciero que vieron en el brillo de los otros ojos fue el que les suministró la energía que necesitaban para seguir avanzando. Estaban allí para detener un abuso, para atajar un chantaje -si hacemos caso de las palabras de Sol-. No les hizo falta llegar hasta la primera casa, porque antes de lo que esperaban les salió al paso uno de los residentes del poblado. Debajo de un chándal de fibra azul, gastado y con brillos en algunas partes, se cubría un cuerpo espigado y fibroso, algo más joven que ellos. La mano izquierda se movía nerviosa con un cigarrillo que llevaba a la boca constantemente, aunque no siempre para fumar. Con los dedos índice y pulgar se

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tocaba el mentón, la nariz o cualquier otra parte con un movimiento de sorpresa con el que parecía querer resaltar aquellas partes del cuerpo como únicas. La mano derecha, por el contrario, no salía del bolsillo del pantalón, y parecía obedecer otras órdenes. El reconocimiento visual fue larguísimo y humillante para los advenedizos. Sintieron que los ojos que los estaban reconociendo se fijaban en todos los detalles de sus anatomías, incluso en los rincones más pudorosos. Al final, los ojos se encontraron y hubo un rictus extraño en la cara del que les cortaba el paso, que unos entendieron como protocolario y otros como un simple tic nervioso. -¿Qué se os perdió por aquí, bonitas? -Nada. Sólo estábamos dando una vuelta –exclamó con cierta convicción Sol, aunque el interlocutor supo enseguida que estaba mintiendo. -Ya. ¡Una vuelta por aquí! Precisamente por esta alameda rodeada de jardines y terrazas –dijo el que les había cerrado el paso, después de inspirar una larga calada. Tardó en expulsar el humo y parecía imposible que su exiguo perímetro torácico tuviera tanta capacidad de almacenamiento de gases tóxicos. -Es que nos perdimos, y pensábamos preguntar en alguna de aquellas casas – exclamó Jairo en un intento de mitigar la brusquedad del encontronazo. -Tú cállate, que a ti nadie te preguntó nada. ¿Vale? Yo me entiendo mejor con ellas. Después hubo un silencio largo, tenso, hasta que el que vestía ropa deportiva dio tres pasos hacia donde estaba Amelia, en el centro del grupo. Sacó la mano derecha del bolsillo del chándal con un móvil, y con un movimiento oscilante se lo ofreció a las tres.

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-Podéis llamar a un taxi. ¿Vale? Seguro que viene una docena de ellos a buscaros. ¿Quieres probar? –le dijo a Amelia al tiempo que se acercaba para ponerle el móvil entre las manos. -Gracias, tengo yo –cortó Amelia reculando unos pasos para evitar el contacto con el del chándal azul. -Ya me lo imagino, tendrás eso y mucho más, preciosa, pero no sabrás darle la dirección. ¿No decís que estáis perdidos? Yo os puedo ayudar a salir de aquí. ¿Vale? – dijo dando unos golpes con la mano derecha en el centro del pecho, encima del esternón. Poco después fumó otra calada, la última. Con un movimiento nervioso arrojó la colilla a su izquierda, a continuación los recorrió con la mirada y al fin expulsó el humo de los pulmones. Los del grupo se unieron un poco más, buscando el refugio de Jairo, el de más estatura y el que les había dado la idea de contratar a un matón. El movimiento de repliegue no paso desapercibido para el que tenían enfrente. -Mirad, bonitas, basta una voz mía para que os quedéis sin bragas en un santiamén. Aquí mismo. ¿Vale? -Nosotros tampoco somos mancos –protestó con una voz impostada Jairo, aunque el amable anfitrión no se digno en ponerle los ojos encima. -Y tenemos boca. También tenemos boca para pedir auxilio –exclamó muy convencida Mara. -¿Auxilio, dices? Te oirían mejor si estuvieras en Marte. Aquí los gritos no sirven para nada. Mira para tu alrededor. ¿Qué ves y qué oyes? Autopistas y barro, chatarra, ruido y mierda. Vuestra mierda. ¿Vale? Pero si escarbáis en ella, es que algo queréis, ¿farlopa?, ¿caballo? ¿O es que buscáis a Blancanieves?

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-Nos perdimos. Eso es todo. Pero no te preocupes, que ya nos vamos –gritó Mara, consciente de que ella era la que tenía que tomar la decisión, ya que era la que había iniciado aquella situación. La lluvia seguía tenue, casi imperceptible, pero empezaba a calar las ropas y los cuerpos. Encima, las nubes ya habían robado la luz para anticipar la visita de la noche. Mara quiso dar por terminada aquella experiencia y se giró en un intento de iniciar el regreso, pero su muñeca derecha fue apresada por la zarpa del que vestía ropa deportiva. Era una mano desproporcionada, incluso la piel parecía diferente, mucho más áspera, oscura. La sorpresa de la acción dejó a Mara desconcertada, casi sin aliento. Miró hacia la sujeción, después para la cara del que le acababa de dar la orden, y al fin gritó: -¡Déjame en paz, tío! -Puedes gritar más todavía, o también puedes llamar a la policía. Ya verás qué rápido llegan. Igual vienen a rescatarte en tanqueta o en taxi, o en piragua. -¡Me haces daño, bruto! -¡Déjala! ¿No lo estás oyendo? –protestó Jairo con toda la energía que encontró en sus adentros. -A ti, julay de mierda y media, ya te dije que no metieras en esto, pero no me haces ni puto caso –dijo el que estaba solo con una pronunciación seca, pausada. Poco después soltó la muñeca de Mara y del bolsillo derecho del chándal azul sacó una navaja automática que estiró con un único movimiento a la garganta de Jairo. La negritud de la noche endurecía los rasgos faciales hasta hacerlos cortantes y aumentaba el volumen de las venas que pasaban por el cuello del acosador, que parecía estar a punto de reventar. Las mandíbulas se le habían tensado y a veces entrechocaban con un sonido chirriante. La mano izquierda separó a Jairo del grupo sin que la derecha se apartara de su garganta. En la otra parte, las tres jóvenes se agruparon aún más para

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darse el ánimo que necesitaban ante aquella situación que ni en el peor de los casos habían previsto. Hubo un silencio prolongado, pero cuando se dieron cuenta de que el del chándal azul iba en serio, intentaron reconducir la situación que, a fin de cuentas, estaba controlada sólo por un macarrilla, quizás por un aprendiz. Mara entendió que ella tenía que ser la primera en mover la ficha en el complicado juego en el que se habían metido, y dio un paso al frente. Puso los brazos en jarras como había visto en algunas películas y sacando fuerzas de un corazón afligido, dijo de un tirón, sin respirar: -Vamos a ver, tío, dinos de una puta vez, ¿qué cojones quieres de nosotros? El acosador no esperaba una reacción de esa naturaleza por parte de una de las que hacía un instante le parecía una simple gallina asustada. La volvió a recorrer con la mirada de arriba abajo y sólo al final de la visión exclamó con todo el desprecio que encontró en su entonación: -¿Cojones, dices? Ten cuidadito con lo que haces porque se los rebano de un solo corte a tu colega, ¿o no ves por dónde lo tengo cogido? A partir de ese momento, el que llevaba el chándal azul quiso acelerar el proceso hasta el vértigo. Quizá estaba ansioso de sacar un rendimiento urgente para él solo de aquella situación que le había caído del cielo en las horas finales del día. De un tajazo cortó el cinturón de Jairo, y los pantalones se le cayeron a plomo sobre los pies. -A ver. Quiero delante de mí todo lo que llevéis encima, móviles y dinerito. ¿Vale? Los bolsos lo primero. Y rápido, que me estáis empezando a poner nervioso y a éste lo pincho de un momento a otro. El instinto femenino ordenaba obedecer al que iba vestido de deportista porque en su rostro percibieron algo extraño, sobre todo en sus ojos desquiciados, y dejaron sus bolsos delante de él.

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-Y tú, quítate también la chupa, déjala con lo demás. ¿Vale, tía? –le ordenó a Sol. -Ya lo tienes todo. Suelta a Jairo -suplicó Amelia. -Ya, colega, y lo que lleváis en los bolsillos ¿para quién lo dejáis, para el gato? Quiero vuestros pantalones así como están, sin que saquéis nada. Sin trampas ni cartón. Y cuidadito conmigo, que soy algo mononeurótico –silabeó con lentitud el que tenía la sartén por el mango. A pesar de que la boca les empezaba a saber a hiel, y de que la cabeza les estaba a punto de explotar, las tres mujeres se quitaron los pantalones y los fueron poniendo encima de los bolsos. La noche ya se había adueñado del lugar, pero las luces de los coches que circulaban por la cercana autopista creaban un hilo luminoso que se rompía con su paso. De vez en cuando, las caras se iluminaban fugazmente provocando una visión espectral. Fue ese desconcierto de luces y sombras el que aprovechó Mara para solucionar el problema. Fue la última en agacharse para depositar su pantalón encima del resto, a los pies del hombre del chándal azul, pero con la cabeza a media altura lo embistió a la altura de la barriga con la bravura de un toro de lidia en el tercio de varas. En la oscuridad de la noche prematura, el hombre deportivo con cuerpo de torero sintió en su vientre una fuerza descomunal, desconocida pero semejante a la que podría ser de un pitón, que le provocó un alarido inhumano y poco después un vómito de impotencia. Cuando se quiso recuperar de aquella fuerza que le parecía caída del mismísimo cielo, estaba solo. Rodeado de pantalones y de bolsos, pero solo, con una navaja en la mano derecha. -Me parece que los angelitos volaron, aunque dejaron aquí sus cagadas. Espero que haya algo de provecho –musitó con desagrado cuando logró recuperar el aliento y la vista.

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A Mara tuvieron que llevarla a rastras un trecho porque el mareo por el golpe le duró toda la noche. Atravesaron por tierras en las que no veían el relieve que pisaban, anduvieron por cunetas infestadas de ortigas y ratas, se arrastraron por huertas de berzas y lechugas, hasta que llegaron a una calle asfaltada y con iluminación eléctrica. La recorrieron a toda velocidad y al fin encontraron un bar abierto. La puerta de aluminio del exterior daba paso a un rectángulo de paredes desnudas y con el suelo cubierto de serrín. Dentro, unos pocos vecinos jugaban a las cartas en dos mesas contiguas. En una esquina, el aparato de televisión retransmitía con una voz mortecina un concurso de habilidades léxicas. Varios tubos fluorescentes dejaban al descubierto la roña que el establecimiento había ido acumulando en los últimos años de su existencia. El dueño del bar, que hojeaba la prensa deportiva en la parte interior de la barra, se quitó las gafas de lectura para contemplar anonadado aquellos ejemplares adolescentes que entraban corriendo en su local. Se fijó sobremanera en sus piernas desnudas, muy especialmente en el nacimiento de las nalgas femeninas, y sólo cuando estuvo seguro de lo que iba a decir, exclamó a voces: -Fuera de mi bar, golfas. -Oiga, que esto no es lo que usted piensa –se defendió Jairo. -Nos atracaron un poco más allá –protestó Mara -. Necesitamos ayuda, por favor. -Vosotras lo que necesitáis son unas buenas hostias –sentenció el vigoroso hostelero cuando salía de la barra con un escobón en la mano. -Por favor, sólo una llamada a la policía -imploró Sol. -Fuera de aquí, guarras. Yo no quiero problemas con nadie, ni con la policía ni con vosotras –vociferaba el dueño mientras levantaba el escobón para darle a Jairo, que era el que iba el último con un responso de bellas palabras de súplica, aunque difíciles de entender para la otra parte.

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Salieron como entraron, como una exhalación que no se sabe muy bien de qué mundo procedía y a qué paraíso se dirigía. Después del estruendo, el bar quedó sumido otra vez en un silencio mucho mayor que el que existía antes de la llegada de los cuatro jóvenes. El dueño estaba estático en el centro del bar, observando la puerta por donde habían desaparecido aquellas figuran errantes, con las dos manos apoyadas en el escobón de limpiar el serrín, huesos de aceitunas y las cáscaras de mejillón que constantemente cubrían el suelo del establecimiento. Sobre la barriga le bailaban las gafas, colgadas por un cordel que le rodeaba el cuello. Los hombres de las mesas también permanecieron largo tiempo con la cabeza vuelta hacia la puerta por donde se habían esfumado las criaturas del paraíso, con la boca abierta y los ojos crecidos. Algún tiempo después todavía se preguntaban por lo que habían visto, y todos llegaron a reconocer que el mundo giraba mucho más deprisa que ellos. Afuera, en lo más alto del firmamento, una escuálida luna luchaba por buscarse un hueco entre un maltrecho ejército de nubarrones que huía silenciosamente hacia oriente. Los fugitivos también corrían en la búsqueda de un refugio que los acogiera. Anduvieron al trote unos pasos más por la acera mojada hasta que entraron en el siguiente establecimiento que encontraron abierto, una estrecha tienda de prensa y chucherías, desierta a aquellas horas de la noche. La dependienta estaba a punto de terminar el último sudoku en su dilatada jornada laboral. Mascaba una masa de chicle que difícilmente encontraba cabida en el limitado hueco de la boca, y movía la cabeza con el ritmo de la música que sonaba en los Cuarenta Principales. Cuando entraron los cuatro fugitivos en tropel, la dependienta mostró su indignación hinchando una enorme bola de chicle – aunque no tan voluminosa como sus pechos vacunos-, que explotó con la violencia que el momento requería. En una primera observación comprobó que el número de asaltantes era enormemente desproporcionado para la resistencia que podía ofrecer ella: un

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bolígrafo Bic de punta superfina en la mano derecha. Aunque un instante después cambió de opinión, justo cuando comprobó que iban sin pantalones. Otro instante después su mente anuló todo el sistema de alarma ante una posible agresión producida a última hora de la jornada, cuando la caja registradora está mejor surtida. A pesar de que en todos los ojos brillaba la sorpresa y en ninguno la codicia, la dependienta se hizo fuerte tras el mostrador de la tienda de chucherías, el alargado paraíso con el que soñaban todos los infantes del barrio en sus noches de privaciones. -La hora de cierre está próxima. No se entretengan, por favor. ¿Qué queréis? – requirió con toda la amabilidad que tenía la dependienta. Los intrusos detuvieron su marcha en la estrechez del quiosco, no se podían creer que no los echaran, y sus voces se agolparon para solicitar lo más necesario. La encargada escuchó con paciencia sus necesidades y también sus contradicciones. Se hizo cargo de la situación y sólo al final se decidió a llamar a la policía para que fuera a rescatarlos. Mientras una patrulla de la policía se esforzaba por realizar con ellos un servicio de urgencia, a los cuatro les dio tiempo para confeccionar unos pantalones muy dignos con las hojas de los periódicos atrasados que guardaba la quiosquera. Los cosieron con grapas y con cinta adhesiva, y es probable que más de un modisto hubiera quedado sorprendido por la técnica y por el corte de la hechura. Los había con tiro bajo y de campana, también entallados a la cintura y de pitillo. Entre los cinco prendió con rapidez la cálida llama de la camaradería en la que predominaban las risas que trivializaban la aventura recientemente vivida. La dependienta sacó golosinas para animar la tertulia, mientras esperaban la llegada de la policía. Entraron dos policías con la pistola por delante, agarrándola con las dos manos, con las piernas abiertas. Gritaban para hacerse oír en una situación que no lograban entender del todo. Vieron que en aquel reducido garito comercial existía una situación de

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compadreo, creyeron percibir que los ladrones colegueaban con la víctima. Esa confusión los exasperó y gritaron todavía más. El excesivo volumen en las voces hizo que entraran los otros policías que habían quedado fuera, cubriendo la retaguardia. El alargado establecimiento de prensa y chucherías no era el lugar más adecuado para el movimiento de masas, y eso provocó roces y más de un mal entendido entre los uniformados y los que llevaban pantalones confeccionados con hojas de papel. Sólo después de un exhaustivo control de los insurgentes según la teoría explicada en Academia del Cuerpo, la policía pudo sacar esposados a los cuatro presuntos atracadores, a pesar de las explicaciones de la encargada, que trataba en vano de aclarar los sucesos. El siguiente acto –tal como manda el ceremonial policial para estos hechos delictivos-, fue solicitar el refuerzo de una furgoneta. La policía llevó a declarar a los cinco porque mantenía la fuerte sospecha de que en aquel caso podían existir indicios de complicidad para la consecución de un delito, aparentemente abortado. Además, podía resultar insultante y ofensiva para la moral pública la forma de vestir de los presuntos salteadores. Al no portar ningún tipo de documentación que pudiese acreditar la verdadera identidad de la parte encausada, el policía de guardia tuvo que realizar las llamadas descritas en el protocolo de instrucción para aclarar su verdadera personalidad. Poco tiempo después, los adolescentes estaban acompañados por sus respectivos padres que daban fe de la identidad de los menores de edad. La primera en declarar fue la dependienta de la tienda, que repitió lo que les había dicho hacía poco tiempo. Insistió en que todo había sido un malentendido en la llamada telefónica, y que en ningún momento se había sentido víctima de un atraco por parte de aquellos “payasos vestidos de payasos” (si hacemos caso de la expresión empleada por los policías que habían practicado el arresto, repetida una y otra vez). Cuando la empleada

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de la tienda iba a abandonar las dependencias policiales, hubo una despedida tan efusiva que no pasó desapercibida para los garantes del orden. Hubo besos, abrazos y una promesa de un rápido encuentro para devolver los favores recibidos, además del comienzo de una relación repleta de buenas intenciones. A pesar de que al principio los padres llegaron alarmados por la llamada policial, con el tiempo se fueron calmando los nervios. Más cuando se enteraron del ingenio que habían demostrado sus hijos para la elaboración de aquellas prendas periodísticas. En las declaraciones hubo más de una contradicción y la sesión concluyó con la recomendación policial de que el lugar donde ocurrieron los hechos es una zona de color rojo, peligrosa por el tráfico al menudeo de sustancias estupefacientes. Les animó a que para la próxima vez que el profesor de Geografía les mandara realizar un trabajo de campo por los extrarradios lo notificaran a la Jefatura de la Policía para que ésta practicara una sutil cobertura de los aplicados estudiantes. En cuanto al agresor, parecía probable que fuera El Chiribitas, un viejo conocido por la Policía, a pesar de la corta edad. El inspector reconoció ante los padres que no merecía la pena ponerle la mano encima porque era menor de edad y porque la agresión estaba tipificada como falta y no como delito, según se desprendía de la confesión de los cuatro estudiantes. -En otros tiempos esto no pasaba, o ya estaba solucionado –dijo el inspector Vilariño con una leve sonrisa para finalizar su intervención. Aunque probablemente lo dijo para dar a entender que la policía tenía fuerza suficiente para acabar con ese tipo de conflictos. A los padres, las palabras de la autoridad les produjo una cierta inquietud, y sólo acertaron a amagar una afligida sonrisa de agradecimiento. De regreso a sus casas, los cuatro cenaron algo especial con el consuelo de sus progenitores, que los mimaron como si los hubieran rescatado de las mismísimas garras de los piratas berberiscos. Todavía tuvieron tiempo para ver la casi totalidad del capítulo

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televisivo de moda. DespuĂŠs hubo bastantes llamadas telefĂłnicas en las que se recreaban en los puntos mĂĄs llamativos de la jornada.

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III

VIERNES, 14 DE FEBRERO

En el instituto, Mara y sus amigos intercambiaron alguna mirada de complicidad, pero fueron escasas las palabras porque querían conservar el recuerdo de la aventura del día anterior como un secreto que se merecía un trato mejor y más íntimo, más cercano a la épica con la que se escriben las grandes gestas. La mayoría del alumnado no podía olvidar la fecha con la que los grandes almacenes trataban de recordar que el amor está íntimamente unido con el consumismo, de forma que uno no puede sobrevivir sin el otro elemento, o la idea de que el amor sólo se hace creíble en el momento en el que uno de los miembros hace gala de su estado de extrañamiento mental con una dádiva superior a sus posibilidades económicas, cuya máxima aspiración sigue siendo el anillo de diamantes. Entre clase y clase se hacía recuento de las parejas, y como el número no era muy abultado, muchos buscaban nombres para uniones imposibles o explosivas. En el recreo una mano anónima escribió en el encerado de la clase los nombres de Elías y Mara, unidos por un corazón atravesado por una flecha. El pecho de Mara se inflamó de rabia cuando lo vio, y fue corriendo a borrarlo, envuelta en las risitas de más de uno que todavía no se había enterado de la ruptura sentimental. Cuando regresaron a sus casas, a la hora de comer, los cuatro estudiantes tenían en sus manos un móvil de última generación, un regalo con el que los padres pretendían que sus tiernos retoños se olvidaran de los hechos más desagradables que habían tenido en su vida. La misma cafetería del día anterior los volvió a recoger después de la comida en su placentero seno de aroma a café brasileño y calor maternal.

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-No hace falta que me digáis nada. Ya sé que la idea fue mía, ¿qué le vamos a hacer? Un auténtico desastre –reconoció con cierto desconsuelo Jairo. -Estamos mucho peor que ayer, mucho peor –concluyo Amelia. -Nos quedamos sin los 280 euros, que era todo nuestro capital. Casi nos dan unas hostias, y además nos metimos en una espiral de mentiras que ni siquiera nos aclaramos nosotros ya de lo que tenemos que decir a la policía y a nuestros padres –dijo Sol al hacer un leve repaso de la última batalla. -Tan mal no nos fue porque yo todavía conservo intacto el cuello –anunció Jairo mientras se pasaba la mano por la garganta. -Por lo menos conocimos a Charo, la quiosquera. Tenemos que invitarla un día para ir de marcha con ella –expresó sin demasiado optimismo Mara. -Ya tenemos otra vía muerta –dijo Amelia. -¿Otra muerta? ¿De qué me hablas? ¿Cuál es la primera? –preguntó extrañado Jairo. -La primera vía muerta la cerramos ayer, era la de contárselo todo a la policía, ¿no os acordáis? -No, de eso ni hablar. Y menos con lo que pasó ayer. Ya tengo a mi madre con la mosca detrás de la oreja. ¡Lo que faltaba! Esa vía ya está descartada –afirmó Mara con determinación. -Pues, a ver qué nos queda. No nos vamos a quedar de brazos cruzados con ese cacho cabronazo –dijo Jairo mirando alternativamente para las tres. -Sí, tienes razón. Algo tenemos que hacer –reflexionó en alto Amelia. -Y que nos salga bien –remató Sol con una sonrisa que quería ser alegre. Aunque los cafés ya se habían terminado hacía más de quince minutos, Jairo todavía llevó la taza a los labios para intentar dar el último trago, o quizá fuera un

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movimiento con el que quería vaciar dentro de sí el recipiente de las ideas. Hubo un silencio en el que se pudo escuchar el tráfico rodado, y por encima de todo las campanadas de la torre de la Caja de Ahorros. Amelia esperó a que sonara la quinta y última, y dijo con el entusiasmo de la que está convencida de lo que es obvio: -No nos queda otro remedio. Las circunstancias nos obligan a conseguir ese dinero de la única forma posible. En el alargado silencio que siguió a la insinuación, todas las miradas se concentraron aún más en lo que podría decir Amelia, que bajó el volumen al continuar: -Tenemos que sacar la pasta como sea, de donde sea, aunque tengamos que robarla –dijo de un tirón, sin mirar para nadie, con la vista perdida en el negro vacío de la delincuencia. Los ojos del grupo se abrieron de golpe para formar el círculo de la luna crecida, después se achinaron en un movimiento instintivo de discernimiento, y al final del ciclo se cerraron para dar lugar a la meditación. Los cuerpos también participaron en el ritual reflexivo, primero se fueron hacia atrás hasta que la espalda chocó contra el respaldo. Más tarde, la espalda avanzó y las manos sujetaron la cabeza en su viaje hacia la concentración mental. Mara tuvo el valor de seguir, y formuló la gran pregunta: -¿Robar? ¿Nosotros? ¿Cómo? ¿Qué podemos hacer? Las preguntas de Mara fueron el pistoletazo de salida que indicaba el inicio de una carrera llena de vallas de obstáculos. Jairo dio el siguiente paso: -Hay maneras que parecen fáciles, a primera vista, pero yo… ya sabéis que soy un poco gafe. Prefiero que sea otra persona la que aporte la idea.

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-Oye, Jairo, no vayas ahora de víctima por la vida. Tú di todo lo que sepas, que aquí apechugamos todos con lo bueno y con lo malo, ¿o no es así? –preguntó Sol buscando el consentimiento del resto. -Bueno. Vale. Yo sólo lo dije para que no haya suspicacias si vuelve a salir mal. -¿Salir mal? Voy a tener que prohibir esa palabrita. Aquí somos unos profesionales como la copa de un pino –exclamó Amelia antes de soltar una carcajada, que sonó un poco forzada. A continuación la conversación corrió caudalosa por los diferentes cauces en los que se hablaba de obtener dinero fácil y otras cuestiones colaterales. Duró hasta que se dieron cuenta de que la noche ya habitaba fuera. Se sorprendieron de la rapidez del tiempo, y también de la inutilidad de la conversación porque –después de tantas palabras, algunas bellas, como solidaridad o compañerismo; otras violentas: atracar o amordazar; revolucionarias: los oprimidos y los opresores; mercantilistas: valor y precio; o simplemente huecas: el mundo está mal repartido, no existe justicia- no habían llegado a ninguna conclusión que tuviera algún viso de éxito. -¿No quedamos en llamar hoy, viernes, a la quiosquera para dar una vuelta por ahí? –dijo Mara intentando dar por finalizada la conversación. -¿A la de ayer? ¿A Charo? -Sí, se llama Charo. ¿Estás segura de llamarla? -Quedamos en eso ayer –volvió a insistir Mara. -¡Joder, Mara! ¿Quién diría que eres tú la perjudicada? –reprendió con el ceño arrugado Sol-. Tendremos que buscar antes alguna solución, ¿o no? ¿Nos cruzamos de brazos y a esperar resultados? ¡Igual Elías te perdona la vida! -Os agradezco vuestro esfuerzo, pero ahora estamos en punto muerto, no nos salen ideas. Igual dentro de un rato nos inspiramos y entonces…

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-Y entonces se te ocurre llamarla –continuó Jairo-. Bueno, está bien. Llámala, igual nos alegra la fiesta. -Aunque la hora de cierre es a las nueve, puedo adelantarla un poco porque a esas alturas del día ya hay poca clientela. ¿Quedamos a esa hora? –dijo Charo en la otra parte del móvil. Su voz se escuchaba eufórica y fresca a pesar de llevar todo el día detrás del mostrador. Pasaban cinco minutos de la hora convenida cuando apareció Charo. Iba envuelta en un halo de perfume que obligaba a torcer la cabeza para seguir su rastro, o para evitarlo. Recordaron la forma tan extraña de conocerse el día anterior, se rieron de los malentendidos de la policía, de las mentiras que tuvieron que contar, de cómo metieron en la comedia al profesor de Historia, y de muchas cosas más. Tuvo que pasar hora y media más para que Mara se sincerara con la nueva amiga. Entonces las risas dejaron paso a la preocupación. -Me podéis atracar a mí. Os juro que yo no voy a ofrecer resistencia –exclamó de pronto, casi sin pensarlo la quiosquera. Después dejó que se escapara una sonrisa que tenía a partes iguales una dosis de ingenuidad y otra de complicidad. Hubo un silencio largo y denso, incómodo, que todos quisieron romper, pero que ninguno encontraba las palabras precisas. Sólo cuando parecía que se habían quedado sin habla, intervino de nuevo Charo: -A última hora hay dinero. También por la mañana, antes de la una. -¿Dinero? Pero es que a ti, no sé …¡vaya corte! No sé… –reflexionó en alto Jairo. -No, no, qué va, ¿después del número ayer con la policía? Imposible, nos descubrirían a la primera. Sería repetir lo que ellos pensaban que había ocurrido de verdad –afirmó con mucho aplomo Sol. También Mara lo admitió con mucho acierto:

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-Sí, tienes razón, sería de gilipollas. -A ver, un momento –dijo Jairo después de otro momento de silencio en una cervecería que estaba empezando a llenarse. El humo y las voces contaminaban cada vez más la Cervecería Internacional, un local extenso en el que tenían su cita muchos estudiantes. Además de cervezas diversas y para todos los gustos, había pinchos y tapas asequibles para los bolsillos que muchas veces están casi vacíos. -Charo no está descaminada. Lo que pasa es que debemos apuntar hacia otro sitio, en otro lugar –siguió diciendo Jairo. -¿En otro sitio? –preguntó de inmediato Mara. -Sí, en otro lugar, en un sitio parecido al de Charo. En un establecimiento en que tengan pasta –remató Jairo-. Y que sea fácil. Charo, tú que conoces el negocio, ¿cómo funciona un sitio… como el quiosco? -El dueño del quiosco trabaja en un banco, pero el negocio lo llevo yo, como sabéis. Él pasa todos los días a la una y media a recoger el dinero. A veces se lo llevo yo al banco, cuando él está muy apurado. -Ya –exclamó con asombro Sol- . Entonces hay que pensar en uno fácil, y llegar en el momento oportuno, cuando estén las arcas llenas. Cesaron las palabras, y dejaron que el ruido del ambiente se adueñase de sus silencios, hasta que Charo empezó a hablar con el entusiasmo de la que acaba de encontrar un tesoro perdido. -¡Ya lo tengo! ¡Es perfecto! Los ojos de los que la escuchaban se abrieron, un instante después lo hicieron las bocas para decir al mismo tiempo: -¡Cuenta! ¡Cuenta!

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-Una hermana de don Rodrigo, mi jefe, tiene una mercería y lleva la recaudación al banco una vez a la semana, los miércoles. Lo sé porque alguna vez se la recogí yo para llevársela al banco de su hermano. La mercería es del año de Maricastaña, lo mismo que ella, pero ingresa una buena talegada de billetes, por lo menos el sobre es así de gordo – dijo la quiosquera abriendo los dedos índice y pulgar algo más de cinco centímetros. -¿Tanto? -¿Así de gordo? -Eso es mucha pasta. -Si los billetes son de 50, puede haber más de 2.000 euros, pero no lo sé porque yo nunca abrí el sobre –confesó Charo con cierta precaución. -¿2.000? No está mal, es lo que necesitamos, y ¿dices que esa mujer es una vieja? -Un vejestorio total, una carcamal. Y está ella sola en la tienda. Una leve sonrisa de satisfacción asomó en los rostros de todos ellos. Pidieron algo de comer para celebrar aquel atraco que ya daban por hecho. La euforia creció como la espuma de las cañas de cerveza que tomaron hasta algo más de la medianoche.

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IV

SÁBADO, 15 DE FEBRERO

En la soledad de sus domicilios –y a solas con la conciencia en mitad de la nochea todos les empezaron a surgir muchas dudas, y más de una vez debían calmar los remordimientos de la conciencia cuando ésta les pidió una justificación creíble para el atropello que iban a cometer con una pacífica señora que vivía honradamente con el trabajo en una mercería. ¿Quiénes eran ellos para arrebatarle lo que era de ella? ¿El fin justifica los medios? ¿Es legítimo emplear la violencia para solucionar otro caso de violencia? ¿Sería verdad eso de que la violencia genera más violencia? ¿Eran unos vulgares delincuentes que se meten con los más débiles, con una anciana? ¿Se podía caer más bajo? ¿Les echaría el guante la Policía? eran preguntas que les aparecían constantemente en el centro de la cabeza, en el lugar por donde transitaban todos sus proyectos de acoso y derribo de la viejecita desarmada, pero siempre lograban esquivarlos con una acrobacia de lógica o de buenas palabras: no le harían daño, no le iba a pasar nada, no se iba a morir de hambre por quedarse sin la recaudación de una semana, alguien tendría que pagar el atropello de Elías sobre Mara. Y en la soledad de la noche a alguno todavía les asaltó otra preocupación mayor. Si no conseguían el dinero necesario ¿Cuántos hechos delictivos más tenían que cometer para conseguir los 2.000 euros que pedía Elías? Y de vez en cuando un temor los abrasaba en la hoguera de la angustia ¿Y si los cogía la policía? ¿Estarían dispuestos a ir a la cárcel por ayudar a Mara? ¿Qué les dirían a los padres tras los barrotes? Probablemente intuían que estaban creciendo demasiado deprisa, a una velocidad tan vertiginosa –y también ¡por qué no decirlo! tan excitante- que les impedía ver con claridad lo que tenían delante de sus propias narices, debajo de sus pies. Todos

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sintieron que estaban dejando atrás la edad de la inocencia, los años en los que debían acogerse bajo el manto protector de sus familias. Era el momento de salir a la intemperie de la vida, con la cara descubierta, con otros iguales, sin necesidad de ayuda de sus progenitores, y quizás ese sentimiento -tan inestable por la mezcla entre osadía y miedofuera el responsable de que tardaran tanto en dormirse o de que despertaran más de una vez a lo largo de la noche, que a más de uno se le hizo más larga de lo normal. Por la mañana, alguna de las reflexiones nocturnas todavía estaba prendida en la memoria, pero a todas esas preguntas contestó la ingenuidad de la edad, que no entiende de miedos. También respondía la heroicidad que les negaba su vida diaria, tan alejada de lo que veían en las películas o en los libros. Por primera vez, podrían sentir cómo se les erizaba el vello con nuevas experiencias, tan cercanas a la vida de carne y hueso, con polis y ladrones, todo por una causa justa. De la mano de Charo conocieron por la tarde la ubicación de la mercería El botón dorado. A partir de aquel momento todos los movimientos tenían como único objetivo la preparación del golpe. El local estaba situado en una calle larga y estrecha. Los coches sólo circulaban en un sentido, y la parte izquierda estaba reservada para aparcamientos en zona azul. El espacio para el tráfico rodado había mermado considerablemente el ancho de las aceras, lo que obligaba a que los peatones invadieran con bastante frecuencia el asfalto. La altura de los edificios variaba dependiendo de la edad que tuviera el inmueble. Los más viejos tenían menos altura y parecía que los achaques de la edad los aplastaban un poco más, comparados con la esbeltez que mostraban los modernos, que aprovechaban cualquier solar para enseñar la fachada más agradable de la especulación inmobiliaria. Los rayos del sol sólo entraban en las horas centrales de los meses estivales. El resto del año, la calle permanecía sumida en una penumbra de tristeza que a veces

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contagiaba a sus vecinos. El ruido del tráfico rodado, encajonado por los edificios, rebotaba por portales, ventanas y fachadas hasta que lograba penetrar por algún vano. Así, era normal que los inquilinos tuvieran que levantar el volumen de sus voces para sobreponerse al ruido de motocicletas, autobuses, camiones y coches que se movían a todas horas a sus pies. La puerta de la mercería quedaba oculta por una persiana metálica, pintada en su momento de vivos colores por algún grafitero poco creativo. A la izquierda tenía un escaparate, pero una cortina de tiras ocultaba el interior del establecimiento. Las tiras colgaban de un raíl de madera y cada una tenía una hechura diferente, las había de punto de cruz, de ganchillo, de nido de abeja. Era seguro que con ellas la mercera quería mostrar al vecindario sus dotes y de esta manera atraerlos a su negocio. Encima de la puerta, el cartel luminoso de una conocida marca de lanas anunciaba con una esmerada caligrafía el nombre de la mercería:

El botón dorado Los futuros asaltantes se fijaron en todos los detalles visibles: la anchura del local, en el único escalón que había que subir antes de entrar, y también en los alrededores. A la izquierda había un bar oscuro y ruidoso como la calle donde se asentaba. Algunas voces masculinas intentaban hacerse oír por encima del volumen que tenía la televisión, una cotorra que repetía con monotonía los mismos sonidos. A la derecha dormía el sueño de los justos una antigua relojería que todavía conservaba el nombre sobre una placa de metal herrumbroso, un nombre que sonaba pretencioso:

Relojería La Moderna.

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Transitaban poco peatones a aquellas horas, pero podía ser un dato erróneo porque es probable que los vecinos tuvieran en cuenta que era sábado por la tarde, un momento en que los establecimientos cerrados dejan a los vecinos en sus casas. En el análisis de la ubicación, Amelia no se olvidó de la táctica de combate para entrar en acción, y para salir con éxito de la operación. Sobre un papel trazó un croquis en el que trató de situar el establecimiento. Con él en el bolso dieron por concluido el examen visual del exterior del objetivo. Charo marchó porque había quedado con su novio. -Para otro día lo traes y nos lo presentas –dijo Sol. -Sí, no tengas miedo, que aquí somos muy respetuosas –rió Amelia. De camino a un centro comercial, acordaron la táctica que iban a emplear. El lunes irían a comprar alguna cosa para conocer el interior de la mercería. Jairo propuso ir a ver alguna película de atracos esa misma tarde para copiar ideas, pero en la cartelera no había ninguna que tratara en profundidad el tema. -Yo voy a buscar en Youtube a ver si encuentro algo interesante –dijo Mara. -Pues yo voy a revisar la ubicación de la calle con el el street wews de google, a ver si nos orientamos bien en esa zona –manifestó Jairo. El resto aprobó la idea y marcharon para casa. El Whatsapp los pondría en contacto en cualquier momento.

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V

DOMINGO, 16 DE FEBRERO

El día amaneció soleado con un cielo de color azul imposible, lo que favoreció la jornada deportiva de Amelia. Subió con sus padres y su hermano a la estación de esquí de San Isidro. A pesar del madrugón, tuvieron dificultades para aparcar porque parecía que todos se habían puesto de acuerdo para hacer lo mismo el mismo día. La cola de la taquilla era interminable y en algún momento pasó por sus cabezas la idea del abandono. Quizás no merecía la pena esperar tanto tiempo. Mejor suerte tuvo el hermano, que encontró al principio de la hilera a una amiga bastante especial, una compañera de curso durante el año pasado, un esbozo de novia. No sólo aprovechó para colarse, también se le podía ver en la cara la sonrisa idiota que tienen los que sirven al amor. Estuvieron juntos toda la jornada, y es casi seguro que recordaron muchas risas y algún que otro conflicto, como el que provocó la ruptura en la relación. Amelia y sus padres escogieron el valle de Ríopinos porque les dio la impresión de ser el menos saturado de esquiadores, aunque a media mañana no estaban seguros de que hubieran acertado con la elección y cambiaron para Cebolledo, igual de congestionado. A lo largo del día, Amelia aprovechó para coger color en las colas de los remontes, que fue el lugar donde más tiempo pasó. Descendía en un par de minutos y esperaba en la fila durante quince. Como casi todos que se movían por allí, se fue quitando ropa a medida que pasaban las horas, guardó el anorak y la sudadera en la mochila y se quedó con una camiseta camionera, y en algún momento creyó estar más en la playa que en la ladera de una montaña nevada.

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La jornada fue diferente para el resto. Sol fue levantada a las nueve. Sus padres – al ver la bondad de la climatología- decidieron mover a la familia al campo, en el que esperaban encontrar el sosiego que les negaba la ciudad. Montañeros desde sus años mozos –donde se conocieron en un mediodía tormentoso, bajo el toldo de una tienda canadiense-, sabían de muchas rutas con todo tipo de dificultades y duración. El padre llevaba una temporada intentando demostrar con datos tomados por él mismo que el límite entre el Atlántico y el mar Cantábrico no era la Estaca de Bares, como dicen todos los manuales de Geografía. Gran observador de la naturaleza, había comprobado que las corrientes marinas se comportaban de diferente manera a un lado y a otro del faro de Tapia de Casariego. En la parte occidental cualquier rincón estaba repleto de una arena fina y clara. Por el contrario, en la parte oriental del faro abundan los pedreros porque el mar engulle la arena con el apetito de un congrio. Algunas playas fluviales en su confluencia con el mar (Porcía, Frexulfe o Barayo) no serían más que la excepción que confirma la regla. Ese hecho –evidente a lo largo de la costa, según las observaciones del padre de Sol- explicaría dónde se debía situar el límite de las dos masas de agua. Acompañado de su familia, que podría dar fe de sus comprobaciones geográficas, aprovecharía el domingo para recorrer el último tramo que le quedaba, desde el río Porcía hasta el mismo faro, auténtico mascarón que separa las dos fuerzas marítimas. Dejaron el coche al lado del río Porcía para coger una ruta que bordea el mar hasta Tapia. Efectivamente, en el trayecto no encontraron ni un mísero arenal, nada más que piedras y rocas, y muchos acantilados. Parecía que el mar –con cada embate, en cada marea- quería arrancar a mordiscos los jirones de tierra que lo bordea para dejar al descubierto únicamente lo que más le costaba digerir: rocas y piedra suelta.

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-¿Y el Playón de Bayas? –preguntó Sol mientras hacía memoria de la geografía de la zona. -Sí, es verdad, de Bayas para el oriente ya hay arenales, o para decirlo con más precisión, desde el río Nalón, pero antes ¿qué hay? Nada. Piensa que La Concha de Artedo o la playa de Cadavedo son de piedra o de arena muy basta, como la de Navia, nada que ver con lo que hay a continuación del faro, para la parte de poniente –respondió el padre con la euforia del que se siente fuerte en su argumentación. -Pues si ese faro que dices separa dos mares, yo quiero ponerme en el medio y colocar una pierna en cada uno de ellos –exclamó Luisín, el hijo menor. -¡Claro! Y si fuera verano hasta te podrías bañar en el mismísimo límite, con cuidado para no caerte por la rendija –dijo la madre con algo de sorna. -Efectivamente. Un brazo lo meterías en el Atlántico y el otro en el Cantábrico – animó el padre en un intento de no caer en la desmoralización. -A mí me parece que estáis un poco chiflados con esta teoría. Yo le doy más importancia a lo que dice el libro de Sociales, que es el que tengo que estudiar si quiero aprobar –remató Luisín, que no quería entrar en conflictos geográficos. Llegaron a Tapia a la hora de comer con el estómago vacío y con la libreta de notas repleta. Todos los datos le daban la razón al investigador de la naturaleza. La benevolencia de un clima generoso había podido sacar a la gente de sus casas porque en torno al puerto tapiego se había arremolinado un buen puñado de clientes que ocupaban las terrazas de las tabernas. Cada una de ellas tenía su peculiar clientela, dentro del uniformismo que caracteriza la villa marinera, recostada entre las playas y el faro. Para satisfacer el deseo de Luisín, subieron hasta el faro para que pudiera colocarse en el centro donde se separan los dos mares –según la teoría que su padre está a punto de demostrar-. La marea estaba alta y el mar alterado, más que rizado. Las olas

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se alzaban blancas y parecían que querían comerse a sus vecinas, pero era sólo una ilusión, toda la fuerza se pierde en la inmensa soledad del mar. Pasadas las tres, comieron en La Marina un arroz que les supo a gloria porque no cabe duda que un andarín no sólo disfruta con el ejercicio físico, también los sentidos valoran los dones que le ofrece la naturaleza. Para hacer la digestión, siguieron con la caminata por la costa occidental hasta Serantes, más allá del faro que pone límites al mar. El padre –jefe de familia, guía de la tribu- dirigía la expedición de reconocimiento visual de un territorio donde esperaba encontrar las evidencias que confirmen sus conjeturas. Un poco detrás, la madre iba guardando la prole, que caminaba en el medio, recibiendo instrucciones de uno y otro. De nuevo, el padre se armó de razón al enseñarles los arenales que encontraron a su paso. Sólo necesitaba el foro adecuado donde exponer sus datos a un público especializado, que caería rendido a sus argumentos. Ese éxito, que no veía muy lejano, provocó más de un comentario jocoso entre los que lo seguían. En la estación cogieron el tren que los transportó hasta donde habían dejado el automóvil por la mañana. Derrengada por la caminata dominical, Sol se quedó dormida en el asiento trasero del coche. En el trayecto le dio tiempo a soñar algo que no pudo interpretar del todo. El subconsciente le fabricó un sueño donde el color del cielo se enturbió de repente y la placidez del día se convirtió en una funesta procesión de nubes rojizas que rasgaban el firmamento a su paso. Poco después, torrentes de agua se escapaban por las grietas celestes e inundaban la tierra hasta formar un lodazal en el que se enterraban los pocos intrépidos que querían huir de una muerte segura. Se despertó en la puerta del garaje, cuando el coche se detuvo, y lo primero que vio fue una luz roja intermitente, la señal que indica que la puerta estaba accionándose. En un principio, no lograba ubicarse con exactitud, le costaba reconocer un paisaje poco habitual para ella.

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Al fin, se tocó la parte inferior de la cara y notó un líquido viscoso, una mezcla de babas y sudor. Después de pasar por los días más amargos de su vida, Mara quiso relajarse en el calor de la cama. Aprovechó para dormir la mañana. Dejó que la mente flotara en el vacío. Aunque a veces oleadas de naderías la arrastraban sin rumbo fijo, mareas crecientes la subían hasta depositarla sobre la arena, o la llevaban para estrellarla contra el acantilado. Estuvo en duermevela hasta la hora de comer. Fueron los rayos de sol que se colaban entre las rendijas de la persiana los que la animaron a levantarse. Tenía que aprovechar la tarde del domingo para ponerse al día con los deberes escolares. La madre había marchado ya por la mañana con un amigo con el que se veía a menudo últimamente. Es probable que volviese después de la hora de la cena, cansada y con pocas ganas de conversación. La abuela le hizo una pechuga de pollo a la plancha con una ensalada. Comieron en silencio mientras veían las noticias del telediario de las tres. Después de comer, Mara se quedó sola porque su abuela se había marchado para el centro social donde solía pasar las tardes hasta la hora de la cena. Consciente de que los siguientes días iban a estar repletos de acontecimientos y de sorpresas, intentó avanzar lo máximo posible en sus estudios porque no parecía probable que le fuera a sobrar tiempo. Pasó a limpio apuntes, corrigió errores y completó ejercicios pendientes. Acabó los deberes poco después de las siete. A continuación aprovechó para terminar con la lectura que les había sugerido el profesor de Lengua. De la mano de Rinconete y Cortadillo se sumergió en el mundo de la delincuencia sevillana en la época en la que no se ponía el sol en el imperio español. Con las primeras páginas no pudo evitar que el pensamiento se le fuera a su propia experiencia. ¡Qué diferente era la lectura del libro antes de la amenaza de Elías y lo que ahora estaba leyendo! El punto de vista que tenía en aquel momento se había acercado tanto al relato que tenía entre las manos que

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ya creía que era uno de los hampones que se movían por las líneas del libro. Participaba en sus miedos, en sus persecuciones antes de refugiarse en el patio de Monipodio, también en sus éxitos. ¿Qué pasaría el miércoles? Unos principiantes de delincuentes –ni siquiera tenían un maestro al que obedecer y del que aprender- iban a estrenarse con una anciana desamparada. Apesadumbrada por la identidad que encontraba entre el libro y su propia vida, interrumpió la lectura del relato en el momento en el que La Escalanta empezaba a cantar unas seguidillas. Por la noche, después de cenar, buscó en Youtube escenas con atracos, pero no encontró nada que ya no supiera. Era una operación sencilla de realizar en la que siempre gana el que tenga más fuerza, o más astucia o simplemente más suerte. Y ¿si la anciana no era tan desvalida como decía Charo? ¿Podría ser cinturón negro? Se acordó de las habilidades del viejecito de Kárate Kid, un hombre aparentemente desvalido que, con sus artes y su filosofía, le enseña a Daniel cómo librarse de Los Cobras. También recordó a la protagonista de Se ha escrito un crimen, una anciana que siempre descubre a los malvados. En su cabeza calenturienta por las escenas del cine se posó la idea de que hubiera sangre. No lo podría resistir, es probable que se desmayara sólo con verla. ¿Podría tener una pistola la mercera? ¿O un botón que comunicara directamente con la policía? Recordó haber visto que en las películas de atracos a bancos siempre existe un botón debajo de la mesa con el que el cajero o el director dan la voz de alarma para que la policía se presente al instante en el lugar del delito. El hermano de la mercera trabaja en un banco y estará al tanto de sistemas de seguridad, y no iba a dejar a su hermana desamparada con toda la recaudación de la semana para que llegara una cualquiera con sus amigos a darle el palo. Busco con el google “atraco sin violencia”, en 0,28 segundos aparecieron 227.000 entradas. La primera era la definición que aparece en la Wikipedia, a continuación

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comentarios en torno al Derecho Penal. Así se enteró de los agravantes y atenuantes que rodean a cada caso delictivo, también de la diferencia entre atraco, robo y hurto. Lo que estaba viendo no la calmó en absoluto, al contrario, se dio cuenta de que se estaba metiendo en un lío. Ella y sus amigos. Guasapeó su miedo al resto de la peña, temía que pudiera haber sangre. Ante esa posibilidad, ¿no sería mejor olvidarse del atraco? La primera reacción fue la de Jairo: -¿Estás loca? No puedes dejar pruebas del asalto, y mucho menos por escrito. Además, nos salpicas a todos. Este fallo no lo cometen ni en una comedia de atracos. Ni en el ordenador ni en el móvil. No escribas ni mu sobre esto, ni en el google, que todo lo almacena. No podemos dejar rastros escritos. Y debemos tener cuidado con las llamadas, que también quedan registradas. -¡Qué fuerte! Estamos controlados por todos los sitios. Tienes razón, Jairo, ¡vaya metedura de pata! ¡Cómo se nota que soy una novata en este mundo! -Tranqui, Mara. Acuéstate y mañana hablamos de esto. Jairo acababa de llegar a casa después de haber estado todo el día fuera. Con la peña de Ramón habían visitado el concejo de Somiedo. En el todoterreno del padre de Ramón se habían metido siete para hacer la Ruta de los Lagos de Saliencia, que técnicamente se denomina PR.AS.15. Dejaron el coche en el pueblo babiano de Torrestío, y siguieron a pie por una pista de tierra que en otros tiempos perteneció a una empresa que explotaba hierro en la zona. Así llegaron al Alto de la Farrapona, cubierto de nieve y del gris de las rocas que se levantaban bajo el silencioso manto blanco. La llegada al primer lago, el Lago de la Cueva, los dejó impresionados a todos y exhaustos a algunos. Aunque la ascensión es suave, los aires de la montaña abrieron el apetito y devoraron la comida al borde del lago como si acabaran de segar todos los prados que dejaron atrás. El azul del cielo quedaba reflejado en el agua, y entre ésta y el cielo quedaba

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el fulgor hiriente de la nieve, que cubría los picos y las laderas que vierten sus aguas en los lagos. En aquellos momentos del mediodía el sol y la falta de viento caldeaban el valle hasta convertirlo en una postal que se ve al abrigo de un fogón. Hubo alguno que hasta pudo dormir una siesta al amparo de un sol espléndido. Otros jugaron a las cartas y unos pocos bordearon el perímetro del lago de origen glaciar. Jairo estuvo con éstos. Cuando comprobaron por la temperatura del agua que todavía estaban en el mes de febrero, se dedicaron a hacer botar las piedras sobre la superficie del lago. Ganó Chechu con ocho botes antes de que la piedra se hundiera para siempre en la barriga preñada de agua en las estribaciones de la Cordillera Cantábrica. A pesar de los planes que se habían trazado para la excursión, se les hizo tarde y renunciaron a visitar el resto de los lagos. Los dejarían para otra ocasión, cuando los días fuesen más largos. Además, el tiempo había cambiado de repente. Unos nubarrones aparecieron amenazantes tras los picos más altos. Poco después de la cinco ya estaban de regreso en el pueblo donde habían dejado el coche. Empezaba a llover con fuerza. Un instante más tarde ya era aguanieve lo que caía. En la bajada hasta el centro de la región, el grupo se dividió en dos. En la parte trasera del coche iban los que todavía mostraban una actividad inaudita a aquellas horas de la tarde, cantaban y charlaban sobre los avatares de la vida. Por el contrario, ajenos a toda la gloria que envuelve a los viajes iniciáticos, en la parte delantera reinaba la ineludible tranquilidad que necesitaban aquellos que habían dejado su energía en los agrestes montes de Somiedo. Ramón conducía en silencio. Cuando pisaron la ciudad, el cielo seguía cubierto y lloviznaba, parecía que quería anochecer, aunque a Jairo le pareció el alba por la energía que todavía almacenaba su espíritu. En casa de Ramón, jugaron a la Play Station un par de horas mientras bebían una bebida isotónica.

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Llegó a casa a la hora del telediario de las nueve, la hora de la cena en el estricto horario de la familia. En las últimas horas del día también quiso aprovechar para avanzar con los deberes del instituto. Intuía que iba a tener una semana demasiado movida. Era una idea que no le amilanaba en absoluto, es más, le excitaba porque esperaba saborear la épica de la aventura al lado de Mara, la muchacha que se había instalado en el centro de su corazón.

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VI

LUNES, 17 DE FEBRERO

En el recreo hubo una reunión que quiso ser lo más discreta posible. -A partir de ahora, es mejor que no nos vean juntos –dijo Jairo al oído del resto con un volumen de voz tan bajo que tuvo necesidad de repetirlo en las tres orejas. -Sí, es lo más lógico. Es lo que hacen en las pelis –respondió Amelia-. No podemos dejar rastros, así que ojito con lo que hablamos y con lo que escribimos por ahí. -¿Y si se produce sangre en el atraco? –reflexionó angustiada Mara. -¿Por qué va a haber sangre, chalada? ¿Piensas que esa señora se va a enfrentar a nosotros, unos cachas que metemos miedo? –respondió entre risas Sol. Jairo hizo valer su preparación técnica para este tipo de operaciones y se erigió en el capitán del equipo. Dijo que ya había ensayado el proyecto y que no había posibilidades para el fracaso. Por la tarde, y siguiendo las instrucciones que había dado el que se había erigido en jefe, Amelia y Sol entraron en acción en una simple operación de información, sin ningún tipo de riesgo, según había subrayado Jairo. El gris plomizo de la tarde también pesaba sobre sus espaldas. Faltaban pocos minutos para las cinco cuando entraron las dos observadoras a comprar unos botones en la mercería. Masticaban chicle golpeando con fuerza las mandíbulas, una forma como otra cualquiera de calmar el manojo de nervios que les revolvía el estómago. La dueña estaba atendiendo a una clienta y eso les dio tiempo para poder escudriñar todos los detalles de la tienda. Se interesaron por unos botones que describieron con bastante vaguedad, un modelo extraño, de hueso bordeado en un chapeado plateado. La señora les mostró lo que pedían, pero las clientas –para alargar aún más la operación de observación-

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dijeron que los querían un poco más grandes. La mercera –toda cortesía y dulzura, un mar de placidez- rebuscó en cajones donde atesoraba piezas antiguas y raras, pero todo el esfuerzo fue en vano. Después de mucho rebuscar, tuvo que disculparse porque carecía del producto que le habían demandado. No estaba acostumbrada a defraudar a la clientela, y les ofreció buscar mejor y con más calma después de la hora del cierre. -¿Podéis venir mañana? Igual tenemos suerte y encuentro el modelo que estáis buscando. Las dos clientas se miraron sin saber qué hacer, hasta que Amelia respondió. Le pareció que ya tenían toda la información que deseaban. No era cuestión de repetir visita y terminar colegueando con la víctima. -No. No se preocupe. Miraremos ahora en otras tiendas a ver si encontramos lo que queremos. Gracias por las molestias. Lo que sí vamos a llevar es un puñado de corchetes, los necesitamos para los disfraces de Carnaval. La señora les pareció tan amable que a punto estuvieron de dar marcha atrás en aquel proyecto delictivo. Debía de estar a punto de la jubilación, pero tenía una piel inmaculadamente blanca y sin arrugas, sorprendentemente joven. Llevaba sobre el pecho unas gafas de présbite de montura dorada con una cadena de oro, y en el pelo destacaban unos mechones plateados. Cuando la vieron moverse de un lado para otro para coger los estuches con diferentes tipos de botones fue cuando se dieron cuenta de que tenía más agilidad de lo que habían pensado en un principio. Mantenía una presencia muy cuidada y era evidente el gusto femenino que organizaba toda la decoración de la tienda. La mercería era amplia y el mostrador ocupaba el lado más extenso del rectángulo, al lado de la única ventana. Todos los productos estaban guardados en cajas o estuches y en el frente había una muestra de lo que se almacenaba en el interior. La mirada de la señora era cálida como la temperatura del local, y parecía que sobresalía en ella un tenue

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olor a madera de sándalo. Cuando pagaron lo que habían comprado, se fijaron mucho en el cajón donde guardaba el dinero porque allí estaría su botín. Salieron de la tienda con el corazón encogido por lo que habían observado, pero ninguna de las dos lo manifestó por miedo a parecer excesivamente blandengue y sentimental, por temor a que pensaran que su actitud medrosa podía traicionar la causa en la que se habían embarcado. No comentaron nada en todo el viaje de regreso, sólo al final del trayecto hablaron sobre otras cosas que nada tenían que ver con la información que habían obtenido hacía unos instantes. En su afán por pasar desapercibidos, el grupo se juntó en un centro comercial para conocer las novedades que traían las dos espías. A pesar de que ocuparon una mesa apartada, no pudieron evitar el trasiego a su lado de gentes de toda condición que arrastraban bolsas repletas de retales del paraíso. En el moderno zoco diseñado por Calatrava para que la ciudad de Oviedo apareciera en el mapa de la modernidad arquitectónica, un enjambre de consumidores empleaba las tediosas tardes de febrero en terminar con todos los productos de las rebajas de invierno. A lo largo de pasillos climatizados y cubiertos por oropel, con carteles en los que los porcentajes a la baja ocupaban las partes más llamativas de los escaparates, aquellos atareados insectos se removían con energía entre sus congéneres arrastrando enormes bolsas donde llevaban empaquetados fragmentos de felicidad comprada en cómodos plazos. Quincalla, abalorios, valiosas naderías, insignificantes miserias que amontonarían poco tiempo después junto a otros botines ya usados en el fondo de la caverna para que el paso del tiempo convierta esa hermosa mercancía en simple basura. Otros ejemplares, indolentes entre la barahúnda, ajenos al despilfarro, arrastraban su pereza con las manos vacías al lado de escaparates repletos de ilusiones y fantasmas. También transitaban por los pulidos

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pasillos del consumismo algunos jubilados con pensiones de miseria que únicamente querían permanecer bajo techo, al resguardo de las inclemencias invernales. Sobre un folio, Sol y Amelia dibujaron el plano de la mercería, con especial hincapié en la situación del mostrador y del cajón del dinero. Respondieron a algunas preguntas y por primera vez se atrevieron a decir lo que pensaban de la mercera. Con los datos obtenidos, Jairo se comprometió a tener elaborado el plan para el día siguiente.

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VII

MARTES, 18 DE FEBRERO

Tal como habían acordado, en el instituto trataron de pasar lo más desapercibidos posible. No se juntaron, pero en ningún momento del recreo se perdieron de vista. La sensación de clandestinidad delictiva estaba fortaleciendo en ellos los músculos de la amistad y de la solidaridad, y esa sensación tan elemental –que consideraban inherente a la adolescencia- les daba un cierto aire de superioridad sobre el resto de la manada escolar que se movía apática por la planicie del patio, pendiente tan sólo de hincar los dientes en el bocadillo o de tragarse una bolsa de ganchitos o de gominolas. Por la tarde se encontraron en el mismo centro comercial del día anterior. En medio de la algarabía, ajenos a la atracción de escaparates, Jairo mostró su plan para que lo conociesen. Con un bolígrafo trazó sobre el plano unas líneas encabezadas por flechas, eran los pasos y la dirección que debían seguir. Cada línea tenía una letra que indicaba la inicial de los cuatro nombres. Usó una prosa limpia y eficaz para glosar los dibujos que salían de sus manos. Todos quedaron a gusto en la concepción del acto delictivo. El atraco sería obra de Jairo y Mara, del mentor de la operación, y de la que lo había originado, del artífice intelectual y de la que lo estaba padeciendo. Amelia y Sol ya habían realizado su función informativa, eran elementos quemados –según la terminología usada por Jairo- y debían quedar un poco al margen, actuarían en segunda fila, en la retaguardia. -No, yo no podría darle el palo a la señora, después de haberla conocido –dijo Amelia.

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-Yo tampoco podría. Es una señora muy agradable. Es como atracar a mi propia abuela. Imposible –reconoció Sol. -¡Vaya par de merengues! Tened cuidado de que no os derritáis, por lo menos en esta historia –sentenció Jairo. -¿Lo tienes todo claro? –preguntó angustiada Mara-. ¿Crees que estamos preparados, que no dejamos nada en el aire? Era una pregunta que Jairo esperaba de un momento a otro. Las dudas de quien va a ejecutar algo diferente y arriesgado, pero para eso estaba él allí. Y respondió con aplomo. -Mara, en estas cosas los pasos son muy sencillos, simples, sin lugar a dudas. ¡Armas, disparen, ar!, y se acabó, así de fácil. ¿No lo viste en las pelis? No se admiten preguntas al que estás encañonando, ni dudas, ni contemplaciones. Esto no es la clase de Ética. Lo que ignoraban era que Jairo había diseñado así el atraco para que pudiera lucirse ante la amiga que más admiraba, la mujer que estaba rodeándole la parte más sensible del corazón. Era el segundo año que estaba muy próximo a Mara, pero había sido otro el que se había llevado el gato al agua. Ella se había fijado en Elías, y quizás fuera su audacia lo que más la había cautivado. Pero ahora eso era agua pasada, y –como dice el refrán- agua pasada no mueve molinos. Por fin había llegado su momento, le demostraría a lo que estaba dispuesto y de lo que era capaz por ella. En el drama romántico que iban a representar, él tendría que aparecer como su héroe en una situación de riesgo y venganza en la que estaba envuelta su dama, y así ella caería rendida en sus brazos, como una fruta madura, por su propio peso. Por el contrario, Mara había decidido trazar un paréntesis en su vida sentimental. Todavía arrastraba con pesar la ruptura con Elías. Era una herida abierta que escocía a

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menudo. Habían estado profundamente enamorados, pero la evolución en los caracteres adolescentes no siempre corre de una forma paralela. A veces algunos signos del amor quedan barridos por una fuerza misteriosa, ocultos por el paso del tiempo, asaltados por las zarzas de la rutina, caídos entre las arenas en el reloj del olvido, rezagados en el camino donde el viento todo lo borra y desfigura. Fue Mara la que tuvo la lucidez y el coraje de cortar aquella relación cada vez más desigual. Vio que algún roce hizo que las dos trayectorias de estrellas fugaces se desviaran de sus cursos para seguir caminos individuales, que a veces intentaban acercarse pero que en otras ocasiones tomaban rutas opuestas. El que en otros tiempos había sido su héroe se había convertido sólo en un simple capataz de cortijo que trataba de atarla para siempre a la pata de la mesa de la sumisión. Subida en el incómodo potro de la adolescencia, el momento de la vida en que más abundan las indecisiones y las contradicciones, la etapa en la que instinto y pasión chocan y horadan la piel con la fuerza del acné juvenil, el periodo en el que las hormonas tienen la fuerza enloquecedora de un vendaval, Mara tenía muchas vacilaciones, demasiadas dudas y una sola certeza: no quería seguir los pasos de su madre. Detestaba lo que había visto y sufrido en su casa. No podía olvidar el papel de su madre, pendiente tan sólo de la educación de su única hija, del apoyo incondicional a su marido y del cuidado de la abuela. Las mañanas ocupadas en compras para conseguir los mejores productos, y los más económicos. Horas interminables en la cocina, con las manos en la masa, en el horno, colgando las coladas o empujando la plancha sobre una camisa. Después de la comida y de haber recogido los platos le llegaba el premio: el café y un cigarrillo, y también una buena dosis de culebrones que le mostraban una vida lejana y falsa. Ese momento de intimidad y relax era también la hora en la que se le caía la casa encima, cuando se daba cuenta de que todo lo que había hecho por la mañana ya estaba

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consumido, sin rastro, y sin que nadie se lo agradeciera. ¿Dónde habría dejado aparcadas las ilusiones de sus años jóvenes? ¿En qué pozo las habría arrojado? ¿Cuántos puñados de tierra tuvo que emplear para enterrarlas? Todos los días se le oía la misma expresión, idéntico anhelo, un fracaso más: ¡cuándo me tocará la primitiva! Veía en su madre una vida sin fe en sí misma que depende del azar para que empiece a ser vida de nuevo, lejos del sucedáneo de existencia que estaba soportando. Y la eterna espera a que al atardecer llegue el caballero que la convierta durante unas horas en la princesa de sus sueños, pero a veces –o casi siempreese caballero tan esperado arribaba al castillo cansado y de mal humor, lo que avivaba aún más su sentimiento de resignación y fatalismo. Así a diario y para siempre. Se metió en la cama con este pensamiento tan nefasto en la cabeza, pero Mara se durmió enseguida porque estaba segura de que ella podría superar la vida esclerotizada que estaba observando en su madre. El dulzor de la euforia la anestesió y es probable que se durmiera con una sonrisa en la boca.

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VIII

MIÉRCOLES, 19 DE FEBRERO

El miércoles no era un día cualquiera, y los nervios se encargaron de recordárselo a todos. También el corazón participó en la gesta golpeando el pecho con mucha más frecuencia que de costumbre. Marcharon del instituto después del recreo burlando la vigilancia del bedel, que controlaba la entrada de la puerta principal con el entusiasmo del mítico Can Cerbero, y con más cabezas de lo que dicen las leyendas sobre el monstruo. Alguien disculparía la ausencia de los cuatro intrépidos en las últimas clases, aunque confiaban en que los profesores no notaran la ausencia porque esa sería una coartada excelente si es que el destino les tendía una trampa y el asalto estuviera condenado al fracaso. A la hora convenida Amelia y Sol estaban en el principio de la calle, el lugar por donde tendría que pasar Rodrigo en su camino hacia la mercería. Debían entretenerlo, si era necesario, unos pocos minutos hasta que vieran salir de la tienda a sus dos compañeros salteadores con el trofeo entre las manos. Aunque tenían el pelo negro como la antracita y el color de la piel era un tanto aceitunado, habían pensado hacerse pasar por turistas extranjeras ante él y solicitarle información de cualquier sitio del barrio. Sería una forma de practicar lo que habían aprendido de inglés y francés. Además, debían mostrar sus mejores artes de seducción femenina, aunque fuera con un avariento sexagenario a punto de la jubilación. A pesar del frío de febrero, Sol llevaba una minifalda vaquera sin leotardos. Debajo de la chaqueta se había puesto una camisa con un botón menos de lo habitual. Amelia tampoco se había quedado corta en el delicado arte de la atracción femenina. Además, si el azar hiciera que pasara por allí algún policía, ellas también tenían que entretenerlo para que no metiera las narices donde no debía. Un toque corto de teléfono 59


significaría precaución, dos sería ya una alarma seria, y una llamada larga era el sálvese el que pueda, zafarrancho de combate para salir corriendo. Estaba cercana la hora del cierre matutino y dentro de la mercería no podía haber nadie, sólo la dueña y un sobre lleno de billetes. Había llegado la hora D del desembarco. El enemigo, ignorante de la treta de acoso y derribo, hacía su vida normal, con movimientos que la rutina ya había convertido en cansinos. Jairo empujó la puerta de madera con la mano izquierda, con la derecha se colocó una careta de cartón. Había ensayado la operación y ya se había acostumbrado a orientarse a través de los dos minúsculos agujeros por donde tenía que ver. Una gorra le ocultaba el pelo y una sudadera de los chinos le daba un aspecto de ciudadano normal y corriente. Inmediatamente detrás entró Mara, que hizo lo mismo para ocultar su identidad. Ella no debía hablar para dar la impresión de que eran dos chicos y así despistar a la propietaria y a la policía en sus investigaciones tras el atraco. Jairo fue directamente hacia el mostrador y levantó la mano derecha, oculta por un pañuelo. Empuñaba el móvil, pero tenía que parecer que estaba sujetando una pistola. -¡Manos arriba! ¡Esto es un atraco! ¡Si hace algo raro, disparo. Oiga. Con un par de cojones! La dueña levantó la vista de la revista de moda que tenía entre las manos, dejó caer sobre el pecho las gafas de moldura metálica, enarcó las cejas con un gesto de fastidio, soltó la revista, se llevó las manos a la cara para ocultar sus gestos de pánico y dirigió la vista hacia el que le había dicho aquellas palabras que nunca antes había escuchado. De su boca no salió ni un solo sonido, ni siquiera un suspiro, parecía que las palabras de Jairo le habían anudado las cuerdas vocales hasta dejarlas inservibles. Poco después miró hacia la otra persona que había quedado en la puerta, pero no debió de llegar a contemplarla del todo porque se desplomó como un castillo de naipes mal diseñado. El

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suelo detrás del mostrador estaba hecho de tablones de madera y eso aumentó el estruendo del cuerpo al caer. Con el susto creyeron que se había venido abajo el edificio entero. Jairo dejó caer la mano amenazante y miró hacia su compañera de faena. -¡Hostia, tía! ¿Qué le ha pasado a ésta? Se desplazaron hacia donde yacía inmóvil la dueña. Estaba tumbada de lado, pero mantenía la cabeza hacia arriba con los ojos cerrados, aunque los sintieron acusatorios. -¡Se ha desmayado! -No. A esta le pasa lo mismo que a mi abuela, tiene un bajón de insulina. ¿No ves que mueve los labios? Hay que meterle azúcar ya –dijo Mara observando la expresión de la que permanecía inerme detrás del mostrador. -¿Azúcar? ¿Y de dónde sacamos azúcar nosotros? -¿De dónde va a ser? De algún sitio donde lo tengan. Hay que ir al bar que hay al lado a por un azucarillo. -¿Estás loca? ¿Venimos a atracar o somos la parejita de la Cruz Roja? -¿Qué quieres, que se nos muera aquí, delante de nuestras narices? –dijo con dureza Mara. -Bueno, lo que nos faltaba, que se nos muera aquí. ¡Hostias, vaya papeleta! Vale, vete tú. Yo espero aquí con ella. ¡Ah, y quítate la careta, que ya no la necesitamos! Mara salió a todo correr hasta el bar de al lado, y Jairo quedó estático, a solas con aquella mujer tendida en el suelo, y de repente cayó de nuevo en la cuenta de que había ido para atracarla, para arrebatarle toda la recaudación de la semana. Movió la cebeza hacia el cajón que le dijeron que tenía que existir en la parte trasera del mostrador. Lo vio y eso le agitó el corazón con tanta fuerza que tuvo que abrir la boca para que saliera la presión porque pensaba que le iba a estallar el esternón en mil astillas. Iba a quitarle lo que era suyo a una anciana desmayada o con insuficiencia de insulina, ¿se podía caer más

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bajo? Se animó pensando que Mara se lo agradecería, quizá era el empujón que necesitaba para que cayera rendida ¡por fin! en sus brazos amantísimos. Sí, lo haría por ella, aunque fuera una acción de cobardes. Abrió el cajón, pero ¡qué decepción! sólo había monedas de poco valor ocultando el fondo de madera, apenas tres o cuatro monedas de un euro, el resto eran piezas de color cobrizo. Pasó la mano por las esquinas, por el fondo, pero no había más. Aquello era una miseria. ¿Qué estaba haciendo mal? ¿Acaso no era ése el cajón? En ese momento fue el que las de fuera comenzaron a ver cómo se acercaba Rodrigo al lugar donde estaban apostadas. Habían desplegado un plano de la ciudad y lo trataban de sujetar con unas manos que les temblaban como un flan recién sacado de su molde. Ya habían comenzado a hablar entre ellas con el mejor inglés que recordaban, aunque eran conscientes de que los latidos les impedía vocalizar con normalidad porque necesitaban abrir la boca constantemente para mantener oxigenado el fluido sanguíneo. Pero aquello no fue lo peor, la situación se agravó cuando vieron salir corriendo a Mara de la mercería para meterse en el bar de al lado. ¿Qué estaba ocurriendo allí dentro? Algo raro les estaba pasando. En esa situación de caos e imprevistos, Rodrigo pasó a su lado. Acertaron a decirle algo que se parecía al inglés que habían aprendido –y aprobado- para detener su marcha, pero el hombre las recorrió con la vista de arriba abajo con la displicencia del banquero que deniega un crédito a unas insolventes. Las vio como unas rumanas que le pedían dinero a cambio de nada o a cambio de cualquier cosa sin importancia. Por un momento pensó que podrían ser unas vulgares prostitutas callejeras, unas principiantes en el oficio más viejo del mundo.

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-Vaya peste que tenemos con esta gentuza que nos está llegando, no valen ni para ser putas –dijo entre dientes el servicial interventor del banco en un intento de deshacerse de las dos. La situación se les iba de las manos, era evidente. Era cuestión de segundos o de menos. Amelia lo cogió con toda la suavidad que pudo del brazo derecho para que detuviese la marcha. Sintió un brazo mustio formado por hueso y pellejo. -Please. Only one moment. Él se dio la vuelta con un gesto cargado de hastío entreverado con una importante dosis de violencia. Parecía el movimiento de un autómata, aséptico y amorfo, pero cuando abrió la boca se transformó en un demonio. -A las putas las escojo yo, bonita. No me gusta que seáis vosotras las que lo hagáis por mí. Si no lo entiendes así, vale más que vuelvas para la mierda de país de donde has venido. Se volvió para seguir el camino hacia la mercería. ¿Qué podían hacer para detenerle el paso? A los de dentro los iba a coger con las manos en la masa. Las dos le siguieron los pasos y realizaron con el móvil la peor de las llamadas, la evacuación urgente, el sálvese el que pueda. Rodrigo miró hacia atrás y sintió que las chicas lo estaban siguiendo de cerca y aceleró el paso para llegar lo antes posible a la mercería, un lugar que consideraba seguro. Los ojos de Jairo chocaron contra los de Mara cuando regresó con un par de azucarillos en una mano y un vaso de agua en la otra. -Aquí no hay nada de pasta. No veo el sobre por ninguna parte. -¿El sobre? Primero habrá que reanimar a ésta, o ¿quieres cargar con un muerto? -¡Joder! ¡Qué putada! Tengo el gafe, todo me tiene que pasar a mí.

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-Calla, y ayúdame a meterle el azúcar. Incorpórala, que yo le abro la boca. Es clavado a lo que le pasa a mi abuela. -¡Deja de dar el rollo con tu abuela! Aquí venimos a por la pasta, ¿o ya no te acuerdas? Y esa pasta es para ti, para ti. A ver si te aclaras de lo que estamos haciendo aquí. -Oye, Jairo. No me eches en cara tu mala leche. No estás obligado a nada ¿Lo entiendes? A nada. Si no estás a gusto, te largas, que yo sé valerme por mí misma. ¿Le sujetas la cabeza o no? Antes de que Jairo se decidiera a colaborar con ella, Mara ya había conseguido abrirle la boca. -Si decides quedarte aquí, haz algo, trata de levantarle la cabeza a ver si traga algo de azúcar. - Eres una marimandona, todo tiene que ser lo que tú digas. ¿Quién te creerás que eres? Así te va. -¿Cómo me va? –dijo Mara con los ojos encendidos, y la lengua afilada para cortar cualquier ataque. -Estamos aquí por ti. Pensé que lo sabías. La situación se había complicado tanto que se sentían como dos seres extraños que habitan en una estepa irreconocible, y esa tirantez los convertía en lobos de diferentes clanes. Estaban enseñándose los dientes de la agresividad, y la llamada de máxima emergencia que estaba sonando en los dos móviles no contribuía a calmar el ambiente. -Tranquilízate –gritó ella. Estaba dispuesta a seguir diciéndole algo más, pero se contuvo porque un hombre abrió la puerta. -¿Qué pasa aquí?

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Bordeó el mostrador con diligencia para ver lo que hacían aquellos extraños en el suelo de la mercería. -¿Qué hace mi hermana en el suelo? -¿Quién es usted? –preguntó Jairo de forma áspera, después de mirarlo de arriba abajo. -¡Vaya insolencia! Eso tendré que preguntártelo yo. Soy Rodrigo, su hermano – dijo señalando con el dedo índice la relación que existía entre ellos. -Ah, Rodrigo, su hermano –acertó a silabear Mara sin levantar la cabeza. -¿Qué le estáis haciendo? –preguntó de un tirón. -Le estamos haciendo la manicura, ¿no lo ve, listo? –respondió Jairo clavándole la mirada con el mismo corte hiriente que acaba de emplear con Mara. -¿Quiénes sois vosotros? ¿Qué hacéis aquí, con ella, a estas horas? –indagó Rodrigo con una pregunta tras otra en la búsqueda de algún detalle que le aclarase la estancia de aquellos dos individuos en la tienda de su hermana a la hora de cierre, justamente en el momento en el que él llegaba a recoger el sobre. Los recorrió con la mirada, después lo hizo con su hermana. A pesar de que no quería desvelar a aquellos dos extraños el secreto mejor guardado que los unía todos los miércoles, el recién llegado se acercó hasta su hermana y le metió la mano debajo de la falda por la parte delantera. Su movimiento fue seguido con detalle por parte de los dos salteadores, sobre todo cuando la mano se introdujo debajo de la faja de la que yacía inconsciente sobre el suelo de madera. Revolvió en la búsqueda de algo extraño, y ese secreto quedó al descubierto en el mismo momento en el que la mano exploradora extrajo un abultado sobre. El hermano palpó con la pericia de un experto cajero el grosor del sobre y a continuación lo abrió para comprobar con la vista

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la información que le acababa de ofrecer el sentido del tacto. Contento con el hallazgo, introdujo el sobre lleno de billetes en el bolso interior de la chaqueta. Con ese movimiento simple, aparentemente trivial, breve, el ánimo de Jairo y Mara se desplomó por el suelo del establecimiento, y si ese sentimiento de derrota tuviera peso se podría decir que ocasionaría más estruendo que el cuerpo de la mercera al derrumbarse unos escasos minutos antes. De nuevo veían cómo se le estaba escapando otra oportunidad de oro para obtener algo de dinero. ¡Sin dinero, y con un problema más ante sí! Con este triste pensamiento de fracaso instalado en el cerebro, no se dieron cuenta de la llegada al establecimiento de una patrulla de la policía. Acudía por la solicitud de ayuda urgente que les había transmitido el 112 desde el bar de al lado, que requería un vehículo que pudiera mover el cuerpo de la mercera hasta el centro hospitalario más cercano. Ante la imposibilidad de que pudiera acudir una ambulancia, lo hizo un vehículo policial que pasaba por aquel lugar. Estaba efectuando un servicio especial para trasladar al inspector José Vilariño (más conocido por el apodo de El Pajaritos) a su domicilio. Era la hora del almuerzo, y el inspector había decidido ir a comer a su domicilio después de que el médico en la última revisión le hubiera recomendado realizar una comida sin grasas ni alcohol. Esta limitación en dos de sus placeres más queridos –comer y beber- había agriado considerablemente su carácter, ya de por sí arisco y quisquilloso. Fue el inspector el que dio la orden de que subieran el cuerpo inconsciente de la mercera a la parte trasera del vehículo policial. Él se quedaría en tierra para dejar el sitio necesario para la emergencia. El vehículo policial se alejo con las sirenas acústicas y luminosas haciéndose un hueco en el tráfico rodado de la calle. Sin que hubiera palabras que dieran la orden, los

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dos salteadores decidieron abandonar el campo de derrota porque nada hacían ya allí, y más cuando vieron que tenían ante sí al mismo inspector del viernes. -¡También es casualidad! -acertó a farfullar Jairo en la oreja de Mara. Pero este leve comentario, casi imperceptible, no pasó desapercibido para el fino oído del inspector, diestro cazador de cualquier indicio –por insignificante que parezcaque suponga el inicio de una severa investigación que pueda poner el cuerpo de un delincuente entre rejas. -¡Sí que es casualidad! ¡Los mismos pájaros del otro día! A esto se le llama tener buena puntería. Aquella identificación que acababa de realizar el inspector agudizó el sentido de supervivencia de don Rodrigo, y su cerebro de hombre de orden y su sentido de rectitud que le había inculcado la entidad crediticia durante más de cuatro décadas empezaron a pensar lo peor. Así comenzó a sospechar que la presencia de la pareja en la tienda con su hermana desmayada no era algo casual. Tampoco sería casualidad el acoso de las dos muchachas en la calle para cerrarle el paso. Seguramente estarían compinchados, ¡vaya mafia! Se palpó otra vez más el sobre que llevaba en el interior de la chaqueta y suspiró de satisfacción. Pensó que si llega a tardar unos segundos más, el botín encerrado en el sobre ya no estaría con él. Entonces le maduró la certeza y la dijo de un tirón, sin pensarlo muy bien: -Estos jóvenes querían atracar a mi hermana. Le tuvieron que hacer algo para que estuviera sin sentido. Igual la envenenaron o vaya a saber que otra barbaridad cometieron estos canallas con mi pobre hermanita. Hay un vaso y unos papeles en el suelo, ¡seguro que la drogaron estos desgraciados! ¡Y ahí fuera están las compinches, unas fulanas rumanas, esperando por el botín, parecen buitres carroñeros! ¡Este país va de puto culo con estos individuos!

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-¿Drogas, compinches, fulanas, botín, buitres? ¿De qué hostias habla este chiflado? –preguntó Jairo mirando con solemnidad al hermano de la mercera. -¿De qué estoy hablando? ¡Lo sabes perfectamente, capullo! -No tengo ni la más remota idea de las tonterías que me está largando usted. -¿Qué le estabais dando a mi hermana? ¿Qué es esa sustancia blanca nada más que droga? ¿O piensas que soy tonto del culo? -Esta sustancia blanca es azúcar, azúcar refinado que nos dio el del bar de al lado, cacho gilipollas –respondió Mara, que vocalizaba con toda la precisión que le permitía su nerviosismo. Para demostrar lo que acaba de decir, se agachó y con los dedos índice y pulgar cogió algo del azúcar que se esparcía por el suelo. Se lo ofreció a Rodrigo con una sonrisa de cortesía, pero el interlocutor rechazó de plano el ofrecimiento. -Yo no quiero para nada esa mierda que me das. ¿Y quiénes son esas dos fulanas que tenéis ahí fuera? –volvió a preguntar. -¿Fulanas ahí fuera? -exclamó extrañado Jairo-. Yo la única mujer que vi ahí fuera fue a su hermana, cuando la metieron en el coche policial. La cólera enrojeció la cara de Rodrigo, que parecía un tomate maduro a punto de reventar. Hubo un instante de silencio que a todos les pareció extrañamente largo. Por la cabeza de Rodrigo pasó la idea de abalanzarse sobre aquel mozalbete y arrancarle la cola de caballo o el arete del lóbulo de la oreja derecha, pero no se vio con muchas fuerzas para conseguir el objetivo marcado con un mínimo de éxito. Optó por una vía más civilizada, la de un adulto que ya no está para muchas guerras. Abrió la boca todo lo que pudo para exclamar a voces: -¿Qué dices, grandísimo hijo de puta? ¿Insinúas que mi hermana es una fulana? A ti te rajo a tiras.

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-Fue usted el que vio unas fulanas ahí fuera, yo no vi a nadie –cortó Jairo mirando primero hacia Rodrigo, después hacia el inspector. -Has de saber, jovenzuelo, que mi hermana todavía mantiene la honra, y con mucho orgullo. En nada se parece a las de ahora, con esa pinta, con esos hierros, con esas… -Haya paz. Estáis ante un inspector de policía, ante un veterano inspector de policía que sabrá discernir la verdad de la falsedad. Yo dejaré al descubierto las acciones delictivas y las coartadas criminales. No os quepa la menor duda –dijo con parsimonia, paladeando con deleite cada palabra que pronunciaba, sabedor que todas formaban parte del léxico más elaborado y amable del mundo policial. El inspector había escuchado la conversación con suma atención, y en ese momento le pareció que él debía ser el centro de interés, el domador que debía poner a las fieras del litigio en su justo sitio. Escrutó a la pareja en un intento de reconocer en ellos algún dato delator, alguna herida, un rastro de sangre, la silueta de un arma, aunque sólo fueran unos ojos huidizos, pero no debió de encontrar nada de importancia porque acto seguido arrastró la vista por el suelo en la búsqueda de una pista, vio un vaso de agua, dos sobres vacíos de azúcar. Y en una esquina de la mercería, dos caretas. -¡Ajá! Estáis detenidos, muchachos. Esto me huele a gato encerrado –dijo categóricamente el inspector Vilariño mientras enseñaba la placa que lo acreditaba. La guardó con una fingida ceremonia en el bolsillo interior de la chaqueta de loneta azul, y a continuación se llevó el dedo índice a la nariz-. Me huele a chamusquina. ¿Sabéis lo que quiere decir eso? Me imagino que sí, que para eso sois estudiantes. En ese momento entró el dueño del bar contiguo para interesarse por la mercera.

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-Sí, fui yo desde el bar el que llamó al 112. La chica me dijo que la mujer tenía una bajada de insulina o algo así, que yo de eso no sé, pero me pareció algo grave y urgente. -¡De eso nada! No hagáis caso de estos cabrones. En este momento es cuando recojo la recaudación semanal en esta tienda, y estos delincuentes lo sabían, y las de fuera también. Menos mal que llegué a tiempo –dijo Rodrigo al tiempo que le enseñaba al policía el sobre con una cantidad de dinero escrita en la parte delantera. -Las fuerzas del orden también llegamos a tiempo, señor. No nos quite el valor que tenemos porque si no llega a ser por nosotros, por el Cuerpo de Policía del Estado, igual su hermana y usted ya tenían rebanado el pescuezo, y ese sobre lleno de dinero que usted me enseña estaba en otras manos. A todo esto, a ver ¿quién es usted? Identifíquese. La satisfacción del inspector se hinchó un poco más cuando comprobó que estaba hablando con don Rodrigo Redondo, propietario de algunas tiendas de prestigio en la ciudad. -Mucho gusto en conocerle, don Rodrigo, me tiene a su total servicio –exclamó el inspector con una leve sonrisa. Poco después le pasó la mano derecha por el hombro como señal inequívoca de que ambos estaban en el mismo lado. Esta señal de fraternidad hizo que los músculos del pecho del empresario se aflojasen y que su cuerpo cogiese el tono de la placidez. Le dedicó una señal de agradecimiento al que tenía delante, pero de pronto su rostro se endureció. -No quiero pedirle ningún favor, señor inspector. Sólo exijo que se haga justicia con mi hermana. A continuación los dos hombres torcieron la cabeza hacia donde estaban los jóvenes. En primer lugar, sus miradas resbalaron como dos gotas de aceite -lentas y pegajosas- sobre el cuerpo de Mara. Al final del recorrido, los ojos se detuvieron en los

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piercing que llevaba clavados, uno –alargado como un imperdible- en la ceja izquierda, otro –con forma de estrella- en parte derecha de la nariz. Después, el reconocimiento visual se centró en Jairo, sobre todo en la coleta y en el pendiente que lucía en la oreja derecha, pero fue mucho más breve y somero. -Para eso está la policía, no lo dude, don Rodrigo, para poner a estos pájaros en la jaula que les corresponde, ¡eso sí!, con la venia del juez. No nos debemos olvidar que estamos en una democracia y en un Estado de Derecho. -¿De qué nos acusa? Si no hicimos nada –se defendió Mara. -¿No hicisteis nada? Eso lo veremos. Por eso teníais a mi hermana en el suelo, inconsciente o drogada, a punto de ser asesinada. -¡Vaya flipe! Que yo sepa, no es delito atender a un enfermo. Su hermana se desmayó y nosotros nos estábamos ocupando de ella… -Jairo quiso seguir alegando razones a su favor, pero la voz de Rodrigo se alzó con más fuerza. -Ja. ¡Qué risa me das! Vosotros veníais a por el sobre con el dinero. Estabais aquí para atracarla. ¿No os da vergüenza quitarle lo que es suyo a una señora que puede ser vuestra abuela? –exclamó Rodrigo con toda la vehemencia que recordaba haber visto en las películas de jueces y reos. -No se preocupe, que de poner ante el juez a estos pájaros me encargo yo. Atraco frustrado por la policía con daños para personas, con el agravante de especial consideración para edificios o locales abiertos al público. Es un delito contra el patrimonio y contra el orden socioeconómico, según reza el artículo 237 del vigente Código Penal –sentenció con parsimonia y autoridad el inspector-. Y todo esto ocurrió en periodo lectivo, para más inri, ¿por qué no estabais en clase? ¿No os gustan las Matemáticas? ¿O acaso estabais pirando la clase de Latín? Me parece que a vosotros lo

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que más os gusta es la gramática parda, pero conmigo vais jodidos. ¡Vamos para la perrera, ya veréis cómo allí dejáis de ladrar! De la comisaría los volvieron a sacar sus padres. Dependía del parte médico de la mercera para el tipo de acusación penal, pero las versiones eran totalmente contradictorias. Los jóvenes se defendían alegando que sólo habían ido a comprar un par de cremalleras al sitio donde las venden, que la necesitaban para la confección de los disfraces del cercano Carnaval. Además, la madre de Mara aseguró en su defensa que ella era sabedora de los efectos de una hipoglucemia porque la abuela la padecía, y ese conocimiento pudo haber sido vital para lograr que la mercera siguiera con vida. Sobre la presencia de las dos caretas en el lugar de los hechos, los jóvenes aclararon que formaban parte del atuendo que se estaban preparando para las cercanas fiestas de Carnaval. Cuando Jairo intuyó que los cargos con que los intentaban acusar se estaban diluyendo satisfactoriamente como un azucarillo en un vaso de agua, tuvo la ocurrencia de soltar una gracia sin que se le escapara una sonrisa de satisfacción. -Mara se va a disfrazar de ratona, y yo de ratón. -Ya. ¡Qué simpáticos vais a estar! ¡Y qué graciosos! No lo dudo. Y dime: ¿hay mucha diferencia entre un ratón y una ratona cuando van a comer un queso a una mercería? –preguntó el inspector apodado Pajaritos con toda la sorna que pudo encontrar. Por la noche, las cuatro familias no dudaron de la sinceridad y de la inocencia de sus hijos, aunque un delgado riachuelo de desconfianza empezaba a socavar la inocencia juvenil. Para todos era evidente que el paso de la edad produce situaciones nuevas que es necesario abordar antes de que el torrente de la adolescencia busque otros cauces más inesperados. Llegaron al convencimiento de que tenían que realizar un seguimiento más cercano en la conducta de sus hijos si no querían encontrarse con sorpresas desagradables.

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A una conclusión similar también llegaron los cuatro amigos. Era innegable que algo importante había empezado a transformar sus vidas. Y que eran ellos los que tenían el timón, sólo ellos. Ellos solos debían resolver los problemas que sus mayores nunca entenderían. En ese momento había comenzado lo que los especialistas del ramo denominan con el pomposo nombre de la brecha generacional. El instante en el que la rebeldía juvenil se convierte en colectiva para romper los moldes familiares y sociales. A veces, no es necesaria una causa, basta con un sentimiento o con una mera frustración para que se encienda la llama del descontento. Desde tiempos inmemoriales la afirmación de una generación se alza sobre la negación de la anterior, a la que es necesario enterrar en la fosa más honda con el pico de sus normas y gustos, con la pala de sus contradicciones, con la azada de sus falsedades. ¿Qué ocurre en la cabeza de un adolescente para que –por primera vez en su vida y sin que nadie se lo haya enseñado- rompa con una palabra hiriente, con un simple silencio o con un manotazo de rabia la sagrada ley de la autoridad, repetida y aprendida durante años de aprendizaje? Algunos dicen que es la fuerza fugaz e intensa de la vida en su máxima expresión, como un cometa en una noche sin luna que se mueve en órbitas excéntricas dejando atrás una efímera cabellera de brillo y color. Otros opinan que es la sangre cuando hierve en las calderas de la aventura y la pasión. El cantante Bob Dylan lo dice de otra manera: Si tu vida Merece la pena, Empieza a nadar O te hundirás como las piedras Porque los tiempos están cambiando.

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IX

JUEVES, 20 DE FEBRERO

El caso policial no pudo seguir adelante porque el parte médico hablaba de una hipoglucemia, y que esa súbita bajada de glucosa le impidió a la mercera recordar los hechos con un mínimo de credibilidad. Sería muy difícil decir en estas líneas en qué parte estaba más clara la sensación de derrota, si en el ánimo del inspector apodado Pajaritos o si en el grupo que arropaba a Mara. En el inspector esa sensación de verse ridiculizado ante don Rodrigo por un par de mocosos estudiantes confluía con otra más material, la inherente a todo ser vivo que ve reducida drásticamente su dosis diaria de comida y bebida. En una noche de confidencias, juró ante su odalisca preferida vengarse del episodio más vergonzante en los últimos meses de su vida profesional. Por otra parte, el ambiente que dominaba la reunión del jueves por la tarde en la cervecería se podría calificar como desolador. El pesimismo tenía la solidez de una losa que les aplastaba las cabezas y las ideas. También abatía las esperanzas de que Mara saliera bien de aquella operación que Sol había denominado hacía una semana como chantaje. Todo el grupo admitía la derrota y por sus cabezas trotaba a su antojo el funesto fantasma de un Elías exultante. Se acercaba la hora de la marchar para casa cuando apareció por la cervecería Charo con su novio. El grupo aprovechó para saber de sus bocas la opinión de los sucesos, pero lejos de contaminarse en la balsa de pesimismo que embarraba cualquier aspiración, la pareja supo alzar el vuelo de la esperanza. Tenía que haber alguna solución, y todavía había varios días para conseguir el dinero.

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Quedaron en verse al día siguiente. Los estudiantes tenían que marchar para sus casas porque habían dicho que estaban preparando el disfraz de Carnaval y, además, no estaba el horno para bollos. Se rieron (por no llorar) cuando reconocieron que últimamente ya no contaban ni una sola verdad. -Estamos caminando por el filo de un cuchillo. Cualquier error lo vamos a pagar caro –reconoció Amelia cuando iban hacia casa. -Sí, tienes razón. Os agradezco todo lo que habéis hecho por mí, pero ya no os puedo pedir más. Sería una actitud egoísta por mi parte. Muchas gracias, de verdad. Os quiero ofrecer mi más sincero agradecimiento. Ya no me queda más remedio que contárselo a mi madre y denunciarlo a la Policía –reconoció Mara con la voz entrecortada y los ojos humedecidos. -De eso nada. Llegamos juntos hasta aquí, y juntos seguiremos hasta conseguir el dinero. Yo, por lo menos, no me rajo. Sigo, y sigo por ti, Mara, que eres mi amiga, pero también para pararle los pies a Elías –dijo Sol. -Pues es posible que le paremos los pies porque si le damos el dinero que pide, se va a comprar una moto para no poner los pies en tierra en una temporada –reconoció entre risas Mara. El grupo se dividió en una bocacalle. Amelia y Sol siguieron caminando por la calle, Jairo quiso acompañar a Mara hasta el portal de su casa. Los dos necesitaban disculparse por la escena que habían vivido en la mercería poco antes de la llegada del hermano y del inspector. Lo achacaron a los nervios de la situación. -Además de lo que estábamos pasando, en aquel justo momento sonaban los dos móviles a la vez –dijo Mara. -Los dos teléfonos con la llamada larga, la de salir pitando. - Y nosotros con la abuela en el suelo. Para volverse locos.

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-De momento nos salió de puta madre porque el poli quería empapelarnos como fuera. ¿Viste cómo le hacia la pelota al hermano de la mercera? Debe de estar forrado ese tío, un pez gordo que nada en la sombra de los negocios -sentenció Jairo con mucho aplomo. -Pues sí, de momento estamos saliendo bien parados con la policía, aunque con lo otro no damos pie con bola. -No te preocupes. Aunque la mercera recordara los hechos, nosotros los negamos todo y entonces es su palabra contra la nuestra. El paso de las horas había vuelto la noche más arisca. A menudo azotaba los rostros con un viento norteño, o los salpicaba con agua racheada que convertía en inútiles los paraguas. Hasta los esqueletos de los árboles se agitaban con el airado paso del invierno. Era la necesaria gimnasia invernal antes de la puesta de largo de la estación primaveral. Los escasos peatones que desafiaban al temporal se movían con rapidez de un sitio para otro, ocultos en las ropas de abrigo. Cuando Mara llegó a casa, encontró una nota de su madre encima de la mesa de la cocina. Decía que había salido a dar una vuelta con un amigo, que no la esperara para cenar. Al lado del papel había una tortilla de patata de dos o tres huevos. La acompañó con un tomate, lo partió en trozos y los sazonó con un diente de ajo muy picado, sal y aceite. Cenó en la cocina. Para evitar el silencio de la soledad, encendió la televisión. Hizo un zapping rápido y se quedó con la serie que recuerda algunos episodios de la transición española a través de una familia. Una familia era lo que le faltaba a ella. En su propia transición por la borrascosa edad de la adolescencia -también plagada de prohibiciones y transgresiones-, no tenía una familia donde agarrarse, un tablón donde subirse cuando todo se iba a pique.

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La abuela ya estaba en la cama porque tenía un horario acorde con la naturaleza. Se acostaba con las primeras sombras y no se levantaba hasta que la luz natural empezaba a invadir la habitación. Aunque siempre había tenido una vida muy activa, el paso de los años la fue recluyendo cada vez más en casa, y llevaba algún tiempo en que sólo creía lo que veía por televisión o en las escasas reuniones que tenía con las amigas en el centro social. La reciente crisis matrimonial de su hija la había dejado tocada, al borde del hundimiento. En otro escalón generacional más bajo, la madre de Mara estaba tratando de reponerse a su manera de la reciente separación. También estaba sola y trataba de cubrir el vacío que había dejado Mateo, después de convivir con él veinte años. La mayoría de los amigos comunes se había puesto de parte de la madre de Mara porque entendían que había sido claramente la perjudicada. Trataban de ayudarla a iniciar otro tipo de vida que le hiciese olvidar la vida pasada y por eso la invitaban a toda serie de actos y acontecimientos, lo que la hacía ausentarse muy a menudo de casa. De su padre, poco podía esperar Mara en esos momentos. Acababa de comenzar una vida en común con una compañera del trabajo, la intrusa que había impulsado la ruptura del matrimonio. La mujer aportaba a la convivencia con Mateo un hijo de 14 años y una hija de 9. Era seguro que necesitaban todo el tiempo para acoplarse a la nueva vida, y es probable que también ellos tuvieran su dosis de penitencia. Era mejor no saber nada de ellos. Mejor esa ausencia –por dolorosa que pudiera resultar- que las riñas permanentes y los portazos en mitad de la noche. Cada reproche y cada insulto se le clavaba a Mara en el corazón como si fuera una estaca. Con las mandíbulas, Mara trituraba la comida, y con la mente debía triturar el presente y el futuro. El pasado ya era sólo una mala digestión, una resaca. Únicamente podía contar con Amelia, Sol y Jairo, pero ¿hasta cuándo podía abusar de su apoyo? Los

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estaba embarcando injustamente en el mundo de la delincuencia. Por su culpa. Y para nada. El plazo se estaba acabando y no habían conseguido nada más que un fracaso tras otro. La figura de Elías le apareció en primer plano en su cerebro con la fuerza de un zoom. Tan cerca –y paradójicamente tan lejos-, las palabras de Elías le empezaron a sonar –otra vez más- atronadoras en la cabeza, que le parecía un local mal insonorizado, con ecos y ruidos distorsionados. Las acusaciones eran dolorosas lanzadas que aún llevaba clavadas en la parte más débil de la conciencia. ¿Tendría razón Elías al acusarla de frívola?, ¿al decir que era una caprichosa? Quizás, pero lo que tenía claro era que nunca iba a consentir que un novio la quisiera someter con un régimen disciplinario con ella, y ausente para él. En los últimos momentos de la relación con Elías, tenía que decirle con quién salía y para qué. Este pensamiento le pareció estremecedor y la sacó del estado de ensimismamiento en el que estaba hundida. No podía cometer el mismo error que su madre. Después de cenar, Mara decidió dar un paso más –quizá el definitivo- para terminar con una historia que cada día se estaba poniendo más fea. Llamó por teléfono a Elías. -Lo que estás haciendo conmigo tiene un nombre, se llama grooming y es un delito. Un delito, Elías. Eres un chantajista. Me estuve moviendo y me comentaron que te puedo acusar de revelación de secretos. Me lo dijo Carlos, que tiene un hermano abogado. Puedes ir a la cárcel si te denuncio. -Pero no lo harás. -Lo puedo hacer y lo haré si me sigues chantajeando con esas imágenes que son mías.

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-Habla bien, porque eran tuyas, pero ahora son mías. Esa pequeña diferencia es muy importante, ¿te das cuenta de ese detalle verbal? Seguro que lo sabes porque tú siempre fuiste muy buena en Lengua. -¿Acaso tú eres dios o mi padre para castigarme de esta forma tan cruel? -¡Ja! ¡Qué gracia me haces cuando te pones seria y usas tu palabra favorita! ¿Qué sabrás tú lo que es ser cruel? ¿Te falla la memoria o no te interesa recordar lo que hiciste conmigo? -Aquello fue una parte de nuestra relación amorosa. Es verdad que el final fue la parte más dolorosa, pero fue dolorosa para ti y para mí, para mí también, o ¿qué te crees?, ¿piensas que soy de piedra? Tuvo que haber un final porque era una relación que ya no tenía sentido, por lo menos para mí. Somos jóvenes y no tenemos que soportarnos si no existe buen rollo. -El buen rollo lo cortaste tú, así de repente, y por las malas. -Elías, no te engañes. Entre nosotros ya no existía ningún rollito, era más bien un mal rollo, cada vez peor. Lo corté yo porque ya no aguantaba más tus desprecios y tu prepotencia conmigo. Me habías convertido en tu esclava y yo me niego a aceptar esas condiciones con dieciséis años. A lo mejor mi madre lo tuvo que soportar o la tuya lo está aguantando, pero yo me niego a seguir sus pasos. -¿Una esclava, dices? Si tú eras mi princesa, lo daba todo por ti. Ya ves cómo me lo agradeciste, dándome una patada en el culo, pero eso lo vas a pagar, y rápido. ¡Necesito la pasta ya! El plazo termina el domingo, ¿te acuerdas de las condiciones del trato, no? -Elías, esto no es un trato, ya te dije que es un delito y no te voy a dar lo que me pides. Recuerda que te pueden empapelar por lo que me estás haciendo. -¿Delito? Estás muy mal informada. Díselo a Carlos y a su hermanito, el picapleitos. Para que fuera delito yo tenía que ser adulto, pero soy menor de edad, como

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tú ¿te das cuenta de esa pequeña diferencia? Si me denuncias ante el juez de menores, no conseguirás absolutamente nada, no me van a encerrar por esta chorrada, sólo conseguirás que yo siga adelante con eso que te dije y que tú sabes. Además, tienes muy difícil demostrar eso que dices. Recuerda que está llamada partió de ti, me estás acosando con tus llamaditas. Y ya me estoy enrollando mucho con este tema. Te lo repito otra vez más, ¡quiero la pasta, y ya! -Yo no te quiero denunciar, sólo quiero llegar a un acuerdo amistoso contigo… -Me niego a acuerdos amistosos contigo, sólo quiero la pasta de una puta vez, ¿vale? Tengo controlada una Yamaha DT50 azul y blanca. Me hacen un precio especial si la pillo ahora. Para la próxima semana ya tendré la licencia para conducir ciclomotores, y espero tener la pasta que me debes para pagarla porque la tengo reservada. Entre la moto, la licencia, el seguro y otras chorradas que me exigen sube más de lo que me tienes que dar, pero eso ya es cosa mía. Tú cumple con tu obligación y asunto concluido. ¿Está clarito el mensaje?, no te lo voy a repetir más. -Está clarito desde el principio. Lo que pasa es que yo no tengo ese dinero que tú me exiges. -Tú siempre fuiste muy lista, y no te faltarán recursos para conseguirlo. 2.000 euros y se acabó todo este mal rollo. Para ti es muy fácil conseguir esa pasta gansa. Entre hacer putadas e ir de puta no creo que haya muchas diferencias, ¿a que no? Es probable que Elías hubiera seguido hablando por el móvil, pero Mara ya no lo escuchó porque el aparato se le cayó de la mano. De repente, le fallaron las fuerzas, sentía que las sienes le iban a explotar por una presión que se arremolinaba por todo el cuerpo. Dejó caer la cabeza hacia atrás hasta que chocó con el respaldo del sofá. Poco después, cayó hacia un lado quedando en posición decúbito supino, sin energía ni siquiera para enfurecerse.

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Esa noche tardó en dormirse mucho más tiempo de lo acostumbrado. Era incapaz de borrar de su memoria las últimas palabras que le había escuchado a Elías. ¿Por qué es tan insustancial la frontera que separa el amor del odio? ¿Qué fuerza tan desconocida es la que habita dentro de nosotros que nos obliga a comportarnos como monstruos? ¿De quién es la mano que tensa la cuerda que da impulso a la flecha que nos envenena la vida? Estuvo casi toda la noche en un duermevela en la que desfilaron escenas de todo tipo de la relación que tuvo con Elías, las había felices y placenteras –las primeras- y también perturbadoras, dolorosas –las últimas-. Alguna vez había oído que el amor vive en las palabras y muere en las acciones, pero su corta experiencia le estaba diciendo que las palabras también sirven para matar. En algún momento de la noche oyó que granizaba, reconoció su sonido tan característico en los tejados de las casas. Entre sueños ese ruido se multiplicó con un eco que rebotaba en todas las paredes de la bóveda craneal hasta hacerle estallar la cabeza. Después de la explosión vino el silencio, mucho más incómodo, y a continuación el miedo, la derrota, los escombros de una ruina, entre ellos se sintió aplastada.

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X

VIERNES, 21 DE FEBRERO

La primera clase del día era Biología. Algunos viernes se reservaban para prácticas en el laboratorio. Debían diseccionar el corazón de un mamífero para analizar sus partes. Olga era hija de un carnicero y se había comprometido a llevar para toda la clase varios órganos de cerdo y vaca. La profesora fijó las parejas de forma aleatoria para llevar a cabo la práctica. A Mara y Andrés les tocó un corazón de vaca. Aunque todos sabían la composición por las clases de teoría, en el momento de abrirlo, Mara esperaba encontrar algo especial que convirtiese el corazón en un órgano diferente del resto. Quizás ansiaba hallar un hálito escondido, el resto de una conquista que poco después se convirtió en derrota, una cicatriz de algún amor contrariado, el recuerdo de una tarde de verano, la marca de unas lágrimas, una anomalía en el riego sanguíneo que repercutiese en el comportamiento social. Pero sólo encontró una potente masa muscular hueca, con aurículas y ventrículos. Sin querer, le vino a la mente la enorme contradicción que suponía el estar manoseando aquel haz de músculos inertes de la víscera, y el misterioso poder que se le suponía cuando estaba en activo. Un calambre estremecedor le recorrió la espalda cuando se dio cuenta de que estaba palpando la dicotomía entre la vida y la muerte. Esa oposición tan simple y evidente, y al mismo tiempo tan determinante, le dio la fuerza que estaba necesitando para enfrentarse con más fuerza a la realidad de la vida, a la parte más material. La segunda clase correspondía a la Tutoría. La llevaba el profesor de Lengua Castellana, un hombre entrado en años que llevaba la profesión como podía, a trancas y barrancas. Los que le conocían decían de él que no era más que un residuo de mayo del 68, un auténtico inútil que vivía anclado en los recuerdos. A menudo les repetía a los

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alumnos que él estaba allí para ayudarlos y que los tiempos duros del franquismo ya habían pasado, la época en la que la letra con la sangre entra. Llegó a clase cabizbajo, como era costumbre en él, aunque cuando dejó el maletín sobre su mesa, miró hacia el alumnado e hizo un rictus que podría ser un saludo protocolario o un dolor del reuma que padecía desde hacía años. Se sostuvo en pie un buen trecho a la espera de que el orden reinara en el aula, y cuando estimó que éste ya había ocupado su hueco, se dejó caer con desgana en el sillón profesoral. -Os tengo que leer un papel que me dieron en Jefatura de Estudios para vosotros. La dirección del centro quiere comunicar al alumnado y a los padres y madres ¡para qué estará en la gramática el masculino como género no marcado! que queda abierto el plazo para el desarrollo de actividades culturales por la tarde hasta finales de curso. Para tal fin, la dirección del centro, con la colaboración del profesorado, habilitará los espacios necesarios para el uso y disfrute por parte de los alumnos y alumnas, así como de los padres y madres que lo deseen. ¡Padre y madres, tíos y tías, hermanos y hermanas, primos y primas! ¡Con este lenguaje políticamente correcto quieren echar a perder la lengua como herramienta de comunicación! ¡Son una panda de mojigatos! ¡Me niego a seguir leyendo esta mierda de comunicado! ¡Si a alguien le interesa este tema, que se lo pregunte al jefe de estudios, o a la jefa! -¿Ahí entran los deportes? –preguntó Luis, que estaba descubriendo en las prácticas deportivas la esencia de su personalidad. -No, los deportes pertenecen en exclusiva al Departamento de Educación Física, antes llamada Gimnasia. Si te interesa algo tienes que hablar con el jefe de departamento, o con la jefa, que ahora no caigo quién detenta el cargo.

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Hubo un murmullo en el que se perdían los comentarios que intentaban aclarar las dudas. También hubo quien se intentó aprovechar de la situación para dar un paseo por los pasillos para ir a hacer consultas sobre el comunicado a la Jefatura. -No entendí muy bien lo que quiso decir con el escrito que nos leyó a medias. ¿Puedo ir a preguntar ahora a la jefa de estudios por lo mío? -Ni hablar, Sara Méndez. Puedes ir a preguntar esa duda en el segmento de ocio, antes llamado recreo. Ahora debes permanecer en el espacio de aprendizaje, también denominado por el nombre más vulgar de aula o clase. -Y también jaula –dijo alguien al fondo. -Ni esto es una jaula, ni aquí quiero grillos ni grillas, quiero personas que se están formando. Parecía que los ánimos empezaban a calmarse, y así lo certificó el tutor cuando dijo: -Si no tenéis nada más importarme que decirme, podéis hacer lo que os dé la gana, sin insultaros ni lanzaros el compás al entrecejo. He dicho. Al instante, hubo un revuelo de sillas que se movían por el aula con sus dueños, que buscaban sentarse juntos para hacer de todo, unos estudiaban o repasaban para algún examen próximo, otros para escuchar música de algún artilugio electrónico, o simplemente para hablar de cualquier cosa. Mara permaneció sola a la espera de lo que fuera a hacer el profesor, que se puso a leer el periódico, como era habitual en él en la hora de tutoría. Antes de que empezara con algún artículo, se acercó a él. -Puedo hablar con usted un momento. -Hola, Mara Ferreiro. ¿Hay algún problema?

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-Sí, tengo un problema, pero es muy personal. No tiene nada que ver con la tutoría. No tiene por qué escucharlo, si no quiere. -Lo puedes contar, ya os dije que yo a veces soy como vuestro padre. Os ayudo en todo lo que esté en mis manos. -Es que el problema que yo tengo no se lo puedo contar ni a mi madre ni a mi abuela. Al oír aquellas palabras, el tutor se incorporó un poco más y puso rígido el espaldar que ya empezaba a combarse con la forma de una incipiente chepa. Se quitó las gafas con la mano izquierda, se pasó la derecha por la calva de atrás hacia adelante, enarcó las cejas y pinzó el arco de la nariz con el mismo instinto de un perro de caza que huele algún infortunio en el viento. -¿Y por qué me lo quieres contar a mí, si no se lo puedes decir ni a tu familia? ¡Hostias! ¿No estarás embarazada? –dijo de un tirón, sin realizar las pausas que deben separar la exclamación de las interrogaciones. -Exacto. Así es. -¡Qué putada! Eso sí que es un problema… para tu edad. Otras mujeres darían un riñón por verse en tu situación. -En mi caso es un problema, se lo puedo asegurar. -Lo entiendo perfectamente, no hace falta que lo jures. Y ¿qué piensas hacer, si se puede saber? -Claro que se puede saber, es lo que le quiero contar. Pienso deshacerme de este bicho que llevo dentro lo antes posible. -¡Hostias! ¡Vaya marrón que me traes! ¡Y encima eres menor de edad! ¿No tomaste la píldora del día después? -No. El día después no sabía que ya tenía un paquete.

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-Eso que dices es una opción, pero sólo lo puedes hacer en los supuestos que marca la ley. ¡Pero qué digo! ¡A la mierda con la ley, con una ley hecha por las fuerzas burguesas! Creo que tienes el derecho a abortar en cualquier circunstancia porque tú eres dueña de tu cuerpo, no tienes ni que consultar a tus padres, que, a fin de cuentas, no pintan nada en este asunto. Esta es una conquista de la clase obrera que la transición no quiso abordar en su tiempo. La argumentación del venerable profesor, antiguo líder del movimiento estudiantil, se podía alargar durante horas porque ya nadie quería escuchar sus batallas reivindicativas, sus frecuentes visitas a las comisarías franquistas, sus enfrentamientos cuerpo a cuerpo con los cuerpos represivos del Estado, pero Mara –después de escuchar un buen trecho- cortó en seco el discurso incendiario del que fuera en otros tiempos activo militante revolucionario. -El problema es que yo no quiero ser madre en estos momentos. En segundo lugar, mi embarazo tiene más de catorce semanas, que es el margen que da la ley para poder abortar. En tercer lugar, no quiero que se enteren en mi casa. Y en cuarto lugar, y lo que es peor, no tengo dinero para acudir a uno de los escasos centros que me podrían acoger en estas circunstancias. -No logro entender cómo lo dejaste tanto tiempo. -Eso es algo que ya no tiene remedio, desgraciadamente. Primero fue la sorpresa, después la duda, y al final el desconcierto. ¡Cosas de la juventud! -Y en esa situación de desastre absoluto, ¿qué pinto yo, tu tutor? -Ahora lo tengo claro. Quiero abortar, y para eso necesito dinero porque este arreglo no me lo hacen en cualquier sitio.

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El profesor-tutor se echó hacia atrás con un movimiento involuntario, como si le hubiera mordido una víbora en el cuello. Tardó en recuperarse del impacto, y algo más en poder articular algún sonido coherente. -¿Dinero? ¿Dices que necesitas dinero? ¡Anda la hostia! Yo también lo necesito, por eso trabajo –dijo en la búsqueda urgente de un armazón donde defenderse de la petición de su alumna. -Ya, pero usted tiene un sueldo y yo no. Alguna vez nos dijo que usted nos podría ayudar en situaciones comprometidas, ésas en las que no pueden llegar nuestros padres. -Sí, es verdad que alguna vez dije eso. Que yo podía ser vuestro padre en algunas circunstancias. Uno a lo largo de la vida dice muchas tonterías. Bueno, dispara ya. ¿Cuánto dinero quieres? -¿Podrá dejarme 2.000 euros? Le juro que se los devolveré en septiembre porque voy a trabajar durante las vacaciones del verano. -¿Tú? ¿Trabajar? ¿En qué? -En lo que sea, algo habrá para mí, aunque sea fregando platos. Los miedos del profesor-tutor se hicieron realidad de sopetón. En ese momento lamentó no ser el profesor distante y rígido que había anhelado ser en más de una ocasión. Torció la cabeza hacia la izquierda y juntó las manos con un gesto frailuno antes de decir: -Mara, no tengo ese dinero ni tengo posibilidades de conseguirlo. Aunque no lo creas, me cuesta llegar a finales de mes. Además, este verano marcha mi hija para Inglaterra y eso me supone un dineral. Lo siento de veras. Estoy con una hipoteca y en el banco, con esta crisis que nos asola, no tengo crédito ni para una bicicleta. Puedo intentar hablar con algún compañero que esté boyante de dinero, aunque no estoy seguro de que tenga alguno en mi agenda.

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Mara volvió a cortar un discurso que intuía cargado de buenas intenciones, pero hueco. -Gracias de todos modos. Me imagino que esta conversación quedará aquí, entre nosotros. -Por supuesto, Mara. Siento no poder ayudarte económicamente, pero tienes todo mi apoyo para cualquier decisión que quieras tomar. Te puedo indicar las personas que mejor te pueden informar para que tomes la decisión más acertada. -Gracias de nuevo, pero en este momento lo único que necesito es dinero y no consejos ni monsergas y, mucho menos, sermones que me digan la diferencia entre lo bueno y lo malo, entre una chica ejemplar y una chica mala. El resto de la mañana pasó desapercibido para Mara. Fracaso tras fracaso, no se podía quitar de la cabeza la terrible sensación de impotencia que le quería quitar hasta el aliento. Esa actitud de huida no pasó inadvertida para la madre durante la comida. -¿Qué te pasa, hija, te encuentro un poco rara? -No es nada. -Algo será, pero si no me lo quieres contar, peor para ti. Cada vez te pareces más a uno que yo sé. -¡Deja a mi padre en paz de una vez! ¿Por qué tienes que meterte a diario con él? -Porque nos hizo mucho daño, mucho daño, ¿o ya no te acuerdas? -Te acordarás tú, porque a mí no me hizo nada. Los cuernos te los puso a ti, no a mí. -Eres una sinvergüenza. No sé cómo te aguanto estas impertinencias. ¿A no ser que estés de su parte? -¿Yo? ¿Cómo voy a estar de su parte?

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-Claro, como te lo permite todo, le das la razón, incluso cuando no la tiene. Porque te interesa. -Yo no le doy la razón a ninguno de vosotros, sois los dos unos pringaos. Es vuestra guerra, usad las armas que os dé la gana, pero no me salpiquéis, que a mí no se me ha perdido nada en esta contienda conyugal. Pero deberías tener un poco más de cuidado con las palabras que usas conmigo. La madre, que estaba con la sartén en el fuego, se giró como una autómata para mirar más de cerca a su hija. Se acercó con pasos decididos. Atrás quedaba encendido el fuego mayor de la cocina de gas caldeando el ambiente. Llevaba la sartén humeante en la mano y dos llamas en los ojos. En la lengua puso la furia: -¡Ah! ¡No se te perdió nada! ¿Quién eres tú, una que pasaba por aquí? Eres nuestra hija, y vives con tu madre, no con tu padre. -Vivo contigo por una sentencia judicial, no lo olvides. Pero cuando cumpla la mayoría de edad, me largo. No os aguanto más, a ninguno de los dos. Y menos a ti, una tía angustias que vives amargada un día tras otro. -¡Ja, qué risa me das! ¿Adónde vas a ir tú? Si no sabes ni freír un huevo, eres una completa inútil –le dijo la madre mientras le mostraba la sartén que tenía en la mano derecha, que todavía humeaba-. Lo único que te gusta es pasarlo bien y cuantos menos problemas mejor, ésos que los resuelvan otros. ¿Te tengo que recordar las dos veces que te tuve que sacar de comisaría en una semana? ¡A saber en qué líos andas metida? Igual con drogas. Pero, ¡claro! ¡Como no cuentas nada! Me enteraré la última, seguro, como con lo de tu padre. -¿Te paraste alguna vez para oírme los problemas que tengo? Tú a lo tuyo, que eres la única que existes en este mundo. Te consideras el ombligo del mundo, y a los demás que nos zurzan.

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-¿Los demás? ¿Me quieres decir que no os hago caso, a la abuela y a ti? Si sólo vivo para vosotros -exclamó la madre con los ojos húmedos y la voz entrecortada, aunque trató de disimular ese derrumbe. Era la primera vez que tenía una discusión de estas dimensiones con su hija, que en aquellas circunstancias le parecía un ser extraño, una criatura que le costaba reconocer como suya. Nunca le había pasado por la cabeza que su hijita -criada con el mimo de una hija única- le pudiese echar en cara aquellas palabras que más parecían puñaladas. -Sí, ya se ve el caso que nos haces. Lo único que te importa es la vida social que te montas, a ver si ligas por ahí. Llevas una temporada que parece que tienes necesidad de recuperar el tiempo perdido. Ayer, sin ir más lejos, no te vi en todo el día, ¿dónde estuviste, que no tuviste ni un minuto para preguntarnos por nuestro estado? La respuesta de Mara dejó a la madre sin fuerza ni para sujetar la sartén, que la tuvo que apoyar sobre la primera superficie plana que encontró en la cocina. Llevó las manos –todavía impregnadas con el aceite que estaba usando hacía un momento en una fritura- a la cara porque es probable que quisiese comprobar que aquello no formaba parte de un mal sueño. -¿Por qué no dejáis de gritar? Siempre estáis igual, parecéis el perro y el gato – terció en vano la abuela en un intento de reconducir la conversación por los senderos de la concordia. -Eres una frívola como él. Las cosas no son tan sencillas como tú te crees, pero ¡claro!, ¡qué sabrás tú lo que es tener problemas de convivencia! –exclamó la madre, que también intentaba quitarle hierro al diálogo. -No. Yo de eso no sé nada porque soy una frívola –dijo Mara bajando el volumen a medida que pronunciaba las palabras finales. La última palabra la pronunció silabeando con lentitud. Concentró toda su fuerza espiratoria en la sílaba tónica, la penúltima quedó

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muy debilitada, y el sonido de la sílaba final fue de supervivencia, dejó la boca abierta y la lengua en reposo para que saliera libremente el último aliento. Mientras, a la memoria le venían otras bocas que habían pronunciado la misma palabra. En el fragor de la batalla verbal con su madre, estuvo a punto de contárselo todo. ¿Qué le quedaba por perder ya? ¿Y por ganar? Acaso otra bronca descomunal. Otra odiosa comparación con su padre. O algo peor, un insulto, el insulto más hiriente que puede recibir una mujer, una adolescente. Pero se contuvo cuando escuchó la palabra frívola. Igual tenían razón. Era un problema que tenía que resolver ella. Con toda la energía que tuviera en sus manos, o en su mente. Entonces recordó la leyenda que llevaba Jairo en la carpeta de Filosofía: Todo lo que no me mata, me hace más fuerte. F. Nietzsche. Sí, ahí estaba el quid de la cuestión. Si la frivolidad todavía no la había matado, tenía que hacerla más fuerte, indestructible. La frivolidad no podía consistir únicamente en disfrutar la parte más amable de la vida. También tendría otra cara menos agradable pero más necesaria: la de plantar cara a aquellos que quieren arruinar la vida de los demás. Marchó para el salón con ese pensamiento y se tumbó en el sofá porque necesitaba rumiar la idea. Tardó en buscar una postura cómoda que le permitiese relajarse. Levantó los pies y los posó sobre el sofá, a su izquierda, después se recostó hasta quedar tumbada. Pasó el brazo derecho por debajo de la cabeza y el izquierdo lo dejó caer por delante de la barriga. Quería olvidarse de la sensación de ahogo que le provocaba el fango que la estaba envolviendo. Sentía que llevaba adherido al cuerpo una costra de asco y repugnancia que le hacía sentirse sucia, despreciable. Con el mando a distancia hizo zapping, pero no encontró ningún programa de su gusto. Se detuvo en la 2. Ponían un documental sobre la vida de las jirafas en el Serengeti

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africano, un lugar parecido a su vida donde la existencia es sólo un mordisco que puede saciar el hambre de los más fuertes, una llanura por la que caminan juntos los herbívoros y los carniceros, víctimas y verdugos. Basta una imprudencia o un despiste para que el ser más bajo en la escala trófica deje de existir. El locutor del documental decía que las acacias se defienden de sus depredadores con unas espinas que les impiden quedarse sin hojas. A pesar de este inconveniente, las jirafas tienen una lengua muy larga y pegajosa con las que pueden atrapar las hojas sin pincharse con las espinas. Ante esta terrible impertinencia, las acacias dieron un paso más en su sistema de defensa, segregan una sustancia tóxica y maloliente que aleja a los intrusos. Este proceso químico no sólo les sirve para defenderse, también son capaces de transmitir esta alerta a sus plantas vecinas. Este acto de supervivencia solidaria obliga a las jirafas a moverse de un lugar para otro en un intento de coger desprevenidas a otras acacias. El documental siguió mostrando otros aspectos sorprendentes de la vida de las jirafas, como que con la lengua se pueden limpiar las orejas, pero la mente de Mara quedó prendida en lo que acababa de escuchar: la solidaridad y la defensa para protegerse de los depredadores. Cualquier tipo de defensa, por nimia que parezca, puede ser eficaz para alejar a los enemigos. Solidaridad y una treta defensiva. Con estos pensamientos se quedó dormida. Soñó que era la diminuta hoja de una acacia, estaba al lado de una espina protectora y vivía plácidamente bajo los rayos vivificadores del sol. Esa era toda su vida, vivir bajo el sol para contribuir a realizar la función clorofílica de la planta, de vez en cuando defenderse de los animales con un tufo que los espantaba al tiempo que daba la voz de alarma a sus plantas vecinas. La vida era sosegada y se acercaba a la paz a la que tanto aspiraba, pero un ruido rompió sus sueños. Era el móvil. Tardó en ubicarse porque su madre había cambiado de canal y estaba viendo un culebrón sudamericano. El timbre

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del móvil se oía a duras penas entre una apasionada declaración de amor del terrateniente con una bella doncella. -¿Qué haces, tía? -Dormir, tía, es lo mejor que puedo hacer. -Igual te olvidaste que hoy es viernes y puente, puente de Carnaval –dijo Sol con la euforia que da la que ve cuatro días de fiesta por delante. -Ya. ¿Qué planes tenemos? -preguntó sin mucho entusiasmo Mara. Poco después bostezó. -Hoy tenemos botellón, es lo que toca. Va toda la peña. -Vale. -¿Qué te pasa, tía? Te encuentro desanimada. -Es que todavía estoy dormida. Estaba sobando. -Pues espabila. Quedamos a las siete y media a la entrada de la tienda. Un beso, y anímate. Cuando llegó Mara, ya estaban comprados los suministros en el supermercado del Centro Comercial. Lo necesario para hacer un calimocho de primera, reforzado con ron Negrita y Red Bull. Jairo tuvo que entrar de nuevo para acompañar a la panda que se había instalado en el banco de al lado, ninguno llegaba a los 16 años y el DNI de Jairo les abría la puerta para la compra de alcohol a espuertas. Era una trampa habitual contra la que nada podían hacer las cajeras de los supermercados. A veces un miembro bebía más de la cuenta, y era el grupo el que se encargaba de estos damnificados, de dejarlo más o menos presentable en casa a la hora convenida. A los padres siempre se les engañaba con la socorrida mentira del corte de digestión por el Ketchup o por la mostaza de la hamburguesa. Las madres, al ver la cara desencajada de sus retoños desvalidos, con los

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ojos vidriosos y ausentes, los acompañaban hasta la cama, les llevaban infusiones y otros brebajes revitalizadores. Si el problema de la borrachera se les iba de las manos, no quedaba más remedio que llamar a la ambulancia y darle el susto a la familia. Además de los habituales, también estaban Carlos y Lucía, que ya llevaban algunos días que aparecían juntos a todas las horas, aunque los que los conocían no apostaban un euro por un futuro en común. Alegaban que eran dos caracteres totalmente diferentes, casi opuestos, imposibles de compatibilizar. Mara ya había hecho saber que a veces una relación necesita de dos polos magnéticos opuestos para que surja la atracción. Fue una observación muy atinada que no pasó desapercibida para Jairo. Quizá en ese detalle radicaba el éxito de Elías ante los ojos de Mara al principio de la relación. Dos polos opuestos, ahí debía de residir la atracción carnal, y la mental. Ese era el elixir mágico que Jairo tenía que tomar. Acababa de descubrir la fórmula secreta que es capaz de abrir las puertas de la fortaleza mejor amurallada. Pasaban escasos minutos de las nueve cuando llegó Charo. -Dentro de poco vendrá Santi con el coche que acaba de comprar. Ya veréis qué máquina, y qué equipo de música le instaló –dijo Charo con el entusiasmo de quien es partícipe de uno de los sueños más inalcanzables de un adolescente. Santi, novio de Charo durante los últimos meses, había dejado los estudios ya hacía tiempo. Los últimos años en la enseñanza obligatoria los había cursado dentro del plan de Atención a la Diversidad, eufemismo que recoge el llamado en otros tiempos pelotón de los torpes. Tampoco así llegó a conseguir el título de graduado, pero un buen consejo del orientador del instituto lo encaminó a entrar en la Fundación Laboral de la Construcción. Era éste el gremio que más tiraba de la economía española, y siempre estaba el mercado laboral necesitado de mano de obra.

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En la Fundación, Santi se especializó en el sector del alicatado. Le gustó la idea desde el principio porque el aprendizaje se basaba en clases prácticas sobre todo, un estilo muy alejado de los planes de estudio del instituto de Secundaria, que siempre recordará como jornadas aburridas y sin alicientes. Tras la titulación, no tardó ni un mes en empezar a trabajar en la empresa donde había realizado las prácticas. Según él, el desarrollo de su profesión era muy elástico porque se cobraba por metros de pared azulejada y de suelo embaldosado, un negocio tan claro como los azulejos que colocaba en los baños y cocinas. El color del coche –una versión deportiva del Renault Clío –era un azul eléctrico con dos bandas blancas, una más ancha que la otra, que lo recorrían longitudinalmente. Lo aparcó al lado del grupo, abrió la puerta del maletero y puso la música a todo volumen. Eran sintonías elaboradas por dj que sonaban constantemente en discotecas o en los cuarenta principales. Para Santi, era muy importante mostrar ante los estudiantes el símbolo de su éxito. Esa exhibición triunfal compensaba con creces los sinsabores que tenía que tragar algunas veces por parte de sus jefes o las jornadas interminables en las que lo único que contaba era finalizar la obra en los plazos establecidos. Aunque era el último mono en el edificio en construcción, ante aquellos que algún día podían ser más que él, debía dar la imagen de haber alcanzado las mieles del éxito antes que ellos, sin complejos ni ambigüedades. La primera en acercarse fue Charo, que lo saludó con un beso tan protocolario como pasional. A continuación, se fue acercando el resto, todos con las manos ocupadas por algún vaso de plástico. -No, yo sólo bebo agua. Para manejar esta manada de caballos hay que estar despejado y tener la sangre fría –respondió Santi cuando le ofrecieron beber alguno de los brebajes alcohólicos que allí se podían elaborar.

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Todos tocaron la carrocería del coche con una devoción mística, de respeto y admiración. Algunos se subieron al habitáculo para comprobar la comodidad de los asientos y para observar la complejidad del tablero de mandos. -Eso es el manos libres. -¡Joder, tío, qué pasón! -¡Vaya maquinona! ¿Me llevas después a dar una vuelta? –preguntó Jairo desde el asiento de copiloto. -Yo lo que diga mi novia, soy un mandado. Si decide dar un paseo, pues vamos a donde digáis. El consumo de alcohol hizo que empezasen las confidencias. Así fue cómo le dijeron a Santi el problema de Mara. -Tranquila, tía, que eso tiene solución. Para avalar la afirmación que había dicho, Santi mostró un enorme abanico de posibilidades. -Aquí somos diez, ahora –dijo mientras contaba con el dedo índice a todos los componentes que se arremolinaban en torno al coche-. Entre todos y con un mínimo de organización podemos atracar un supermercado, una farmacia, una gasolinera, eso sin problemas. Garantizado al cien por cien. Se hace en un minuto o en menos y sin dejar rastro. En estos casos los perros siempre llegan tarde y no rascan bola. Sólo encuentran las sobras del banquete, ¡je, je! Y os aseguro que en esos sitios hay pasta. -¿Los perros? –preguntó intrigada Sol. -Sí, mujer, los maderos o los pikoletos. Da igual quienes sean, son todos unos mantas, una panda de inútiles. También se puede montar un secuestro exprés. -¿Un secuestro? –preguntaron varias voces al mismo tiempo.

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-Sí, un secuestro rápido. Cualquiera puede dar 2.000 euros por su hija o por el abuelo secuestrado. Lo importante es la rapidez, todo tiene que pasar en un día, por la mañana, cuando están abiertos los bancos. Los que lo estaban escuchando no pudieron abrir la boca para replicar porque nunca habían oído aquella osadía. Además, el alcohol les estaba dando la euforia interna que los elevaba a la categoría de los héroes que veían en el cine. Después llegaron algunas preguntas y también le relataron los dos fracasos, pero la conversación quedó cortada cuando sonó el móvil de Mara. Era una llamada de Elías recordándole que el domingo finalizaba el plazo, que quedaban dos días. Ante el azoramiento de Mara, que intentaba arrancarle un acto caritativo, cogió el aparato Santi. -Hola, tío. Soy un colega de Mara. No te preocupes por la pasta, que la vas a tener, pero necesitamos una ampliación del plazo, sólo unos días, dos como mucho. Tendrás tu moto, te lo prometo. -Y ¿quién cojones eres tú para hablar por ella y para prometer lo que dudo que puedas cumplir? -Yo soy un colega de Mara. ¿Recuerdas que te lo acabo de decir, tío? Lo que prometo, lo cumplo siempre, y si tienes alguna duda al respecto me lo dices donde tú me digas, de día o de noche, ¿vale, tío? -¿Quién eres tú? ¿Qué garantía me puedes dar? -A ver, tío. ¿Qué palabra es la que no entiendes cuando yo te digo que soy un amigo de Mara? La garantía soy yo, Santi, de Venta, ¿te vale así, tío? Si no me conoces, pregunta por mí por ahí. Si no te valen esas referencias, llámame, que te mando a través de mi secretaria el currículum, con foto y firma.

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El mensaje de Santi fue conciso, pero eficaz, contundente, a pesar de la distancia física que mantenían los interlocutores. Elías accedió a la petición del que hablaba con tanta seguridad en nombre de su antigua novia. A pesar de que entre ambos podía existir más de una coincidencia, Santi ya estaba formado en la eficaz escuela de la calle, que doctora a todos los que son capaces de demostrar su valía con un farol o con un as –o una navaja- en la manga, con la palabra más hiriente, con una mirada altiva, o con una simple amenaza. Por el contrario, Elías, con dos años menos, todavía estaba empezando en el difícil equilibrio de la valentía. Había quedado estancado en tercer curso de la ESO, después de haber repetido primero y segundo, a la espera de cumplir los 16 años necesarios para abandonar un sistema educativo que nunca lo supo enganchar. Aunque el tutor llamaba a menudo a su casa para comunicarse con sus padres, nunca pudo hablar con ellos. Los números de teléfono no se correspondían con los deseados, o cuando alguno contestaba era Elías quien lo descolgaba. Quizás fuera esa anarquía en las costumbres, o la mirada de perdonavidas vestida de azul, o la sinceridad en su comportamiento, o el remango para resolver la cuestión más nimia con el arrojo de los héroes que había admirado en televisión lo que más atrajo la atención de Mara por él. El comienzo en sus relaciones coincidió con el abandono del hogar por parte del padre de Mara, y es probable que en los ojos de Elías buscara la seguridad de una mirada, y en sus andares vislumbrara la importancia de una pisada decidida y osada. Al término de la conversación telefónica entre Elías y Santi hubo un silencio en el que todos los ojos buscaban los de éste. -Ya está arreglado –dijo Santi-. ¿Ese menda te pide 2.000 pavos, no es así? -Así es. 2.000 en el plazo que marca él –respondió Mara.

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-Pues tengo la solución. Yo os puedo dar esa pasta. En el aparato de música del coche sonaba Thriller, uno de los mayores logros de la música comercial a lo largo de los tiempos, según el propietario. La música sonó un trecho sin que nadie se atreviera a formular la necesaria pregunta. Al fin fue Mara quien dio el paso: -Si no oigo mal, tú me puedes dar esa pasta, y ¿cómo es eso? -Necesito mano de obra para hacer un trabajito y yo os pago esa cantidad, los 2.000 pavos. Garantizado al cien por cien. Hubo alguna sonrisa entre aquella cuadrilla de estudiantes que difícilmente podían distinguir en una obra la cal de la arena. -¿Nosotros de mano de obra? –preguntó incrédulo Jairo. -Pues aquí vas jodido porque yo no sé ni cambiar una bombilla –replicó Amelia con un gesto de escepticismo. -Para lo que os quiero vale cualquiera. Es para cargar un camión de mercancía. -¡Hostias! ¿Para cargar camiones? Para eso no servimos las mujeres –volvió a protestar Amelia. -Si sirves para cargar con esa bolsa de bebidas, también sirves para la mercancía que yo os digo. Y si no puedes tú sola, te puede ayudar un colega. Cuando se acabaron las disculpas para participar en la operación, fue el momento en el que Mara preguntó qué clase de mercancía era. -No queremos rollos con la droga. -¿La droga, dices? No digas gilipolleces. Es un curro legal, os lo aseguro. -Cuenta, entonces ¿de qué se trata? –apremió Mara. -Son los sanitarios de un edificio. -¿Los sanitarios? Y eso, ¿qué es? –preguntaron al unísono.

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-Los sanitarios son los lavabos, tazas, platos de ducha, bidés, toda la loza que se coloca en los cuartos de baño en una casa. -¡Joder! Los lavabos y los váteres, las duchas y todo eso. ¡Vaya currelo más chungo! –protestó Sol. -¿Qué queréis vosotros?, ¿ganar esa pasta, 2.000 euros, por tocaros los huevos? Pues vais muy mal por ese camino. Este es un trabajo que hacen dos tíos en bastante menos de lo que dura la jornada laboral. Aquí sois más para hacer la tarea, por tanto trabajáis menos. Y os aseguro que un oficial gana bastante menos de lo que os voy a pagar yo ¿Eso se entiende fácil, no? Además, vosotros sois estudiantes y esto lo cogéis a la primera. -Sí, perfectamente. Y, ¿para cuándo es el trabajito? –preguntó Jairo. -El trabajito es para mañana. -¡Joder! ¿No puede ser en otro momento? ¿El lunes, por ejemplo? Mañana es sábado y hoy estamos de marcha –comentó Sol con cierta precaución. -Imposible. Tiene que ser mañana, sábado. Si hoy estás de marcha, ya sabes lo que dice el refrán. -¿Qué dice el refrán? –preguntó Amelia con una mezcla mal repartida de intriga y de timidez. -El refrán dice que el que va de romería se arrepiente al siguiente día. -Ya, la resaca. No se me olvida –reconoció Sol con una resignación festiva. -Si no quieres tener resaca, ya sabes lo que tienes que hacer. Pero, claro, los estudiantes no estáis acostumbrados a dar el callo. Para vosotros todos los días son fiestas y cachondeo.

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-Como tiene que ser, o quieres empezar a amargarte ya, con estos años y estos cuerpazos –dijo con una alegría fingida Jairo, que seguramente quería ganar algunos puntos delante de los ojos de Mara. -No entiendo lo de las prisas de mañana. Si te acabas de enterar de lo nuestro hace un rato, te lo hemos contado ahora, o ¿es que ya lo sabías y lo tenías todo preparado? – dijo Sol, que no daba crédito a que los hechos ocurrieran tan deprisa. -Ya me lo había dicho Charo, pero eso no es malo, ni mucho menos. Eso acorta los plazos porque recordad, yo le di mi palabra a ese soplagaitas del teléfono. -Se lo dije porque pensé que nos podría ayudar –se defendió Charo-. No creí que fuera malo. -A ver, cuenta el plan que tienes –dijo Mara en un intento de reconducir la situación de sorpresa y desconcierto que había entre el grupo. -Mañana a las siete y media os recojo con un camión. -¿A las siete y media de la mañana? -Así es. -¿Y nos recoges en un camión? -Pero no cabemos todos, ¿pueden ir cinco personas en un camión? –preguntó Jairo señalando el dorso de la mano derecha con todos los dedos extendidos. -El camión tiene caja –respondió con tranquilidad Santi. -¿Quieres decir que vamos en la caja, como si fuésemos mercancía? –protestó Amelia -Exactamente. No os preocupéis, que la caja está cubierta con toldo. -¡Ah! O sea, tenemos que ir subidas en la caja del camión –dijo Sol, que no acababa de asimilar lo que estaba oyendo. -También puedes ir andando. Te advierto que los buses no llegan a ese polígono.

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-Bueno, sigue, que está muy interesante la excursión del sábado. -La excursión que dices se acaba en el polígono. Después tenemos que subir toda la loza al camión. Así de fácil. -Y por ese trabajo, ¿nos das los 2.000 euros? -Exacto. Está muy bien pagado, os lo garantizo. Ya os lo dije, eso no lo cobra ni un oficial de primera en dos semanas trabajando a destajo, y vosotros lo podéis tener en unas pocas horas. Los ojos de Sol, Amelia, Mara y Jairo recorrieron mutuamente sus caras asombradas durante un largo silencio. Aunque carecía de la épica de los otros intentos, parecía una forma segura y rápida de obtener el dinero necesario. Lo que peor les parecía era la forma de ganar el dinero, con el sudor de la frente, con las manos, como vulgares peones que trabajan hasta los sábados. Y mandados por Santi, que ni siquiera había acabado la ESO. No tenían escapatoria para rechazar el trabajo. Mara necesitaba el dinero y Santi se lo iba a dar. Así de fácil. Ya se lo podía agradecer a los tres amigos porque esto sí que era trabajar para ella, para satisfacer los caprichos de un antiguo novio con el que tuvo demasiados rollos y no todos buenos. -Yo, por mí, sí, vale, cuenta conmigo –dijo Jairo separando las palabras con pausas nerviosas que aprovechaba para respirar y tragar saliva. ¡Qué lejos quedaba su idea de aparecer como un héroe ante Mara! Al día siguiente sólo podría ser un forzado currela que carga camiones como una bestia. Aunque todavía podía encontrar alguna disculpa para escaquearse. -Sí, yo también me apunto, ¡por Mara! –exclamó Amelia con un forzado entusiasmo. Aspirante a sentarse en el bufete de su padre como prestigiosa abogada penalista o a presidir el tribunal togado, como su madre, nunca había pasado por su

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imaginación ganar el primer dinero cargando la loza de los baños en un camión, y además para dárselo a Mara por una inconcebible metedura de pata con alguien que ya llevaba algún tiempo coqueteando con la delincuencia. -Por supuesto. Yo también voy a ir a ese trabajo que nos dice Santi –expresó por fin Sol con cierto aire cansino. Sintió que de repente se había hecho mayor, que ya no estaba estudiando primer curso de bachillerato sino que estaba vendiendo su cuerpo por un puñado de billetes. ¿Habría alguna diferencia lo que estaba haciendo ella con algunos tipos de prostitución? ¿Acaso no era así el negocio: yo pongo el cuerpo, tú me das la pasta? Después de escuchar a sus amigos, a Mara estuvieron a punto de caérseles las lágrimas, o quizá fuera una eufórica ola de sentimentalismo provocado por la ingesta del botellón. Los abrazó mientras les daba las gracias entre besos y suspiros de felicidad. En los actos de solidaridad que hubo a continuación no faltaron frases altisonantes que hablaban de los vínculos indestructibles de la amistad, que el alcohol exageró hasta el infinito. -Mañana a las siete y media os recojo en la Plaza de América en un camión con toldo blanco. No os paséis mucho esta noche porque mañana hay curro –dijo Santi desde la ventanilla de su coche cuando marchaba con su novia. El resto del grupo quedó petrificado con aquellas palabras, gigantes y enigmáticas como las estatuas de la isla de Pascua.

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XI

SÁBADO, 22 DE FEBRERO

Con la puntualidad de un auténtico reloj suizo, el camión del toldo blanco estaba aparcado en la parada del bus a la hora convenida. Mara apareció a los pocos minutos, el resto tardó un poco más. A las ocho menos cuarto estaban todos, y el camión arrancó en dirección a un polígono industrial al norte de la ciudad. Los últimos que habían llegado a la cita tenían caras compungidas, más cuando tuvieron que escuchar de Santi palabras no muy agradables que hacían referencia a su escasa puntualidad. El toldo los protegía del viento, pero no del frío de aquella desapacible mañana de febrero. Solamente la parte trasera iba descubierta. Sentados en la caja del camión, hicieron todo el camino en silencio, observando sin mucho interés el suelo de la autopista que iban dejando detrás. El tráfico era fluido. Vieron algunos coches que parecían ir a pasar el día fuera de la ciudad, a pesar de que la jornada no invitaba a su disfrute. También se movían camiones de reparto con productos alimenticios, ávidos de suministrar los mercados para el consumo del fin de semana, las fechas en las que familias tienen más ocio para la cocina. Al poco, el camión abandonó la autopista para tomar carreteras vacías de tráfico a aquellas horas sabatinas. En una señal de “ceda el paso”, el camión se paró. -Vamos a entrar en el polígono. El de la garita no os puede ver, así que vale más que os tumbéis. Los cuatro obedecieron y, con las barrigas pegadas al suelo de la caja, recordaron las innumerables películas en las que los fugitivos se escondían de una manera similar a la suya para burlar un control, casi siempre nazi, y esa idea de clandestinidad y heroicidad

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los animó porque se sobreponía a otras más cercanas y crueles, las que veían a diario en la televisión con protagonistas africanos en pateras o cayucos. En el control de entrada, Santi le enseñó la documentación al guarda. Había falsificado con una fotocopiadora algunos datos de los papeles. Le dijo que iba a la nave para echar un vistazo al motor del camión porque oía un ruido extraño. -Igual tardo un poco, depende de cómo se porte la máquina. Ya ves qué chollo me endilgaron en un sábado, ¡espero que me lo paguen! –dijo entre risas Santi. En la nave nº 14 llegaba el primer obstáculo que Santi debía solucionar con éxito. Tenía que desactivar la alarma con la información que le había proporcionado Belarmino, que también llevaba su participación en el negocio. Abrió la puerta pequeña de la nave con la llave que le había suministrado su socio, tenía 45 segundos para dirigirse al cuadro eléctrico de la alarma del edificio. La contraseña funcionó porque nada rompió el silencio de la inactividad en el polígono. Introdujo el camión en la nave y a continuación cerró el portón. Nadie en el exterior podía observar el expolio que se iba a realizar allí dentro. Al detener el motor del camión, los de la caja entendieron que la excursión había concluido. Efectivamente, Santi abrió la puerta trasera, dio un par de palmadas y exclamó con la euforia de un monitor de campamentos: -Ya estamos en el sitio de trabajo. Ahora a hacer los deberes lo antes posible. Cuanto antes acabemos, antes marchamos para casita, y todos contentos. Vamos a trabajar a destajo. Lo primero que hicieron al bajar de la caja del camión fue observar el interior de la nave. Estaba hecha totalmente de paneles metálicos. Tenía forma rectangular, sin ventanas, aunque la luz entraba a raudales por unas placas traslúcidas del tejado. Parecía limpia y mantenía un orden modélico en los productos, colocados en hileras de palés. No

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sólo había loza para baños, también se apilaban radiadores de calefacción, tuberías, baldosas, azulejos y otros elementos propios de la construcción. -Os voy a explicar en qué consiste el trabajo, ya veréis que es fácil de entender. Tenemos que cargar la mercancía de esa esquina en el camión. Como veis, es un producto delicado y hay que manipularlo con cuidado. Si se rompe, no vale nada, y si no vale nada quiere decir que el negocio se resiente y el sueldo baja. ¡Pura mecánica laboral! -Y eso que hay en la esquina, ¿entra en este camión? –preguntó con cierto escepticismo Sol. -Para eso estamos nosotros, para colocarlo con cuidadito. ¡Ya veréis si entra o no, y más si tuviéramos! -¿Cuándo comeremos el bocata? –susurró Jairo al oído de Amelia, pero el silencio hizo que se pudiera percibir con nitidez la pregunta dentro de la nave. -¡Joder! Todavía no empezamos y ya estáis pensando en comer. ¡Vaya país! Con gente con vosotros vamos arreglados –respondió con energía Santi, que se estaba sintiendo con más fuerza que un capataz entre unos empleados remolones. Santi se quitó la cazadora vaquera, que colgó en una percha, y quedó en camiseta. -Aquí vamos a sudar, garantizado, más os vale quitaros algo de ropa. Ya veréis cómo no nos vamos a resfriar. Como buenos aprendices, los del grupo se quedaron con lo que consideraron que podía ser la ropa de faena. Llevaban ropa de Decathlon, y desde lejos parecían los integrantes de una excursión que iban a iniciar un día en la montaña. Acto seguido, el que se consideraba jefe de obra dio las instrucciones necesarias para conseguir un rendimiento estajanovista en la producción. Aunque no fuera conocedor de la teoría económica que el taylorismo había puesto en práctica en la

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Revolución Industrial, Santi era un gran defensor de su aplicación en el proceso de producción. -Somos cinco. Os voy a repartir las tareas. Dos transportan las piezas hasta la caja del camión, los otros dos la colocan dentro. El quinto, que soy yo, controla y corrige vuestros defectos. Además, tengo otras cosas entre manos. Podéis cambiar de pareja y así salís de la rutina, eso no es infidelidad, es variedad y todos sabemos que en la variedad está el gusto. ¿Alguna duda? ¿Ninguna? Pues ya podéis formar las primeras parejas. Los cuatro, que apenas se habían movido, permanecieron estáticos y sólo se comunicaron con los ojos. Mara y Jairo llevarían las unidades hasta la caja del camión. Por exclusión, Sol y Amelia se subieron a la caja. Comenzaron con los platos de las duchas. El trabajo en cadena funcionaba a la perfección, aunque excesivamente lento, según la observación de Santi. -Quiero más marcha si no queremos dormir aquí. Ayer estabais más animados, así os quería ver yo hoy, con energía y alegría. Tenemos que sacar la producción –gritó el que se había erigido en patrón. En esas condiciones fueron transportando el material, espoleados por los juramentos, bramidos e insultos de Santi. Llegaron derrengados al turno de descanso y los cuatro del grupo lo aprovecharon más para descansar y beber agua que para comer. La jornada se alargó mucho más de lo que esperaban. Al final, entre los cuatro ya no había palabras porque ninguno de ellos tenía aliento para pronunciarlas. Sólo resoplidos de bueyes exhaustos, miradas lastimeras de perros huérfanos, bufidos de toros de lidia poco antes de entrar en el arte de matar. Regresaron como habían ido, tumbados en el poco espacio libre que quedaba en la caja del camión. Santi había bajado también el toldo por la parte trasera porque quería evitar que se pudiera ver el interior. Oscurecía cuando pasaron de nuevo por la garita de

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control al polígono. En el silencio de sus respiraciones oyeron la conversación de Santi con el guarda. -¡Vaya tarde que se me hizo! Me quedé dormido después del bocata. Ayer estuve de marcha y, claro, ya sabes lo que le pasa al que va de romería –exclamó Santi con la mayor de las naturalidades. Las vibraciones del camión sobre el suelo rugoso de la autopista tuvieron un efecto balsámico porque los cuatro quedaron profundamente dormidos. Los tuvo que despertar Santi en la plaza de América, entre protestas y ayes. -¡Arriba, que se acabó la excursión por hoy! ¡Menuda cuadrilla que me eché al hombro con vosotros! –protestó Santi abriendo lo menos posible la lona del toldo. El dolor de huesos y de músculos los obligó a descender con suma cautela, como unos ancianos que regresan en la ambulancia del centro de día. -Me duele hasta el aliento –se quejó Amelia. A continuación llegó la pregunta necesaria, la que daba sentido a su esfuerzo tan descomunal. -Y ¿la pasta? -¿La pasta? Yo flipo con vosotros. ¿Cómo os voy a dar ahora la pasta? -¿Qué dices? Entonces, ¿cuándo? –dijo con acritud Mara. -Primero tengo que hacer el negocio, cobro y después os pago lo vuestro. Así es la cosa. Yo no tengo ese dinero ahora. No os preocupéis, ya sabéis que yo soy hombre de fiar. -¿Y cuándo lo tendrás? -volvió a preguntar Mara con algún recelo. -Muy pronto, mañana o pasado como mucho. Garantizado. -¿Mañana o pasado? ¿El domingo o el lunes?

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-Exacto, sin falta. ¿Recuerdas que le di mi palabra a ese julay al que le debes la pasta? Los cuatro regresaron a sus casas con un doble sentimiento de derrota porque no sólo iban con las manos vacías, sino que las llevaban cubiertas con la pátina de alguna callosidad, además del cansancio propio de quienes no habían realizado ningún trabajo físico en su vida. Por su parte, esa misma tarde Santi puso en marcha su negocio. Con el camión cargado de mercancía, realizó una llamada telefónica al jefe de obra del edificio en el que estaba trabajando. El martes estaba previsto que entrara la cuadrilla de fontaneros que tenían que rematar los aseos. La loza necesaria debía estar disponible en la obra el día anterior, el lunes. Y esa era la palanca con la que Santi quería abrir la primera puerta en su negocio. La empresa suministradora no tendría la mercancía porque se la habían sustraído. Otro nuevo suministro de loza podría tardar cerca de un mes o más, un plazo imposible de aceptar para la empresa constructora, que tenía que entregar los 115 pisos al mes siguiente a la Consejería de Vivienda. Era un bloque de viviendas sociales que la Consejería ya había adjudicado a los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Desde una cabina telefónica para no dejar rastro del número, Santi habló lo más claro y rápido que pudo: -Saneamientos López no te puede suministrar la loza para el lunes. -¿Quién hostias eres tú? -Alguien que te puede ayudar porque te voy a solucionar el problema. -¿El problema? ¿Tú? -Sí, el problema, porque ¿quién te puede suministrar ese material para el lunes? Yo lo puedo hacer, garantizado. -¡Qué hijo de puta! Tú la robaste y ahora me la quieres vender.

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-Exacto. Ya veo que nos entendemos a la perfección. -Ya, el problema es que yo no tengo poder para aceptar este chantaje. Tengo que consultarlo con la dueña de la constructora. -Pues hazlo rápido, pero recuerda que el plazo de entrega del bloque está a la vuelta de la esquina. Mañana por la mañana te llamo otra vez, y quiero una respuesta. Ah, también quiero mañana la pasta, que me urge. Otra cosa muy importante: olvídate de la policía, por tu bien. Adiós. El jefe de obra quedó con el móvil pegado a la oreja durante bastantes segundos más después de que su interlocutor hubiera colgado. Nunca había llamado a doña María de las Mercedes un fin de semana. Procuraba molestarla lo menos posible con problemas de la obra porque para eso estaba él, para solucionarlos sin que transcendieran a otro nivel. Lo pensó otra vez hasta que se dio cuenta de que esa operación le quedaba grande, era necesaria la conformidad de la señora marquesa. La propietaria no pareció inmutarse por el chantaje en la obra que más urgencia tenía. Además, el comprador era un cliente especial con el que no podía quedar como una constructora que se demora en el plazo de las entregas. Colgó pensativa, con la solución en la cabeza. Para eso tenía ella sus relaciones y sus influencias. Llamó a uno de sus pretendientes más aventajados que le podía solucionar el caso. Efectivamente, el inspector de policía José Vilariño, más conocido por el apodo de Pajaritos, se ofreció solícito a solucionarle lo que hiciera falta. -Mercediñas, para eso tienes al pajarito a tu lado, para sacarte de apuros. Me pongo ahora mismo manos a la obra. A la hora de la cena, igual ya tengo alguna noticia de ese asunto. ¿Cenamos juntos y te lo cuento? A pesar de que había dejado la aldea orensana hacía más de 20 años, el inspector Pajaritos no podía dejar el acento galaico con el que se había criado. A veces le era útil

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porque parecía la coraza con la que se protegía de cualquier chaparrón, también cuando se juntaba con otros paisanos con los que fortalecía los vínculos que los identificaban. Pero en otros momentos le gustaría poder hablar sin el acento que delataba su origen, sobre todo cuando tenía delante a la marquesa, una mujer refinada que presumía de haber vivido en las capitales más importantes de Europa. -De acuerdo, Pepín, pasa a recogerme por el Club de Tenis cuando sepas algo. Por fin, el inspector estaba dando un paso de gigante con aquella llamada de súplica de la esquiva marquesa. No podía fallar si quería estar a su lado y conquistar de una vez por todas su calor. Lo primero que hizo fue comprobar si realmente había ocurrido un robo en la nave de Saneamientos López. -Una sustracción limpia, sin pistas aparentes –dijo entre dientes cuando se enteró del desfalco. No habían forzado nada, por tanto era obra de gentes próximas. El guarda de la garita afirmó lo que había visto, nada anormal, un conductor que llevaba la acreditación en regla. -No, nunca lo había visto por aquí –dijo el guarda. Con tan pocos datos, al inspector sólo le quedaba esperar y poner a prueba su astucia. Así se lo hizo saber a la marquesa en el transcurso de una cena en una lujosa marisquería de la ciudad.

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XII

DOMINGO, 23 DE FEBRERO

La televisión ya empezó desde las primeras horas a recordar alguna de las imágenes más repetidas del intento del golpe de Estado de Tejero del año 1981. En la fecha del aniversario la voz del locutor pronosticaba que hechos de esa naturaleza eran imposibles en los tiempos actuales, con una democracia consolidada y con las libertades incrustadas en el cerebro de todos los ciudadanos. El inspector apagó el aparato con el mando a distancia y se levantó nervioso. -¡Sí, con vosotros al único sitio que vamos fijo es a tomar por culo, panda de maricones! La respuesta del jefe de obra tampoco fue muy alentadora: -Así estamos. Sin orden ni disciplina. Aquí cada uno hace lo que le sale de los huevos. Las Autonomías están a ver quién chupa más, los políticos agarrados con uñas y dientes a la poltrona. Ni siquiera nos dejan trabajar a gusto, revisión por aquí, reglamento por allá, los sindicatos encima de ti. Estaban en la Jefatura de Policía a la espera de la llamada del chantajista. -¿Dices que este aparato sabe desde dónde se está realizando la llamada? -Sí, tú lo que tienes que hacer es enrollarte todo lo que puedas en la conversación para que nos dé tiempo a llegar al sitio y coger al pájaro con las manos en la masa. Pero de ese sofisticado mecanismo de identificación y búsqueda también tenía noticias Santi a través de las innumerables películas en las que aparecía. La llamada se produjo a media mañana. -¡Qué, tío! Hay trato o no. Los intentos de demorar la llamada quedaron al descubierto a las pocas palabras.

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-Corta el rollo, tío. ¿Te interesa la mercancía? ¿Sí o no? -Sí, hombre. ¡Cómo no me va a interesar! Y… ¿Cuánto pides? -No te creas que yo soy un chorizo. Me vas a pagar lo mismo que le ibas a dar a Saneamientos López. Ya ves que no pierdes nada, sólo cambias de proveedor. -Ya, pero yo a ellos les pago a los 90 días y con factura. -¡No me cuentes historias de niños buenos! ¡A mí me lo vas a decir! Vosotros andáis con negro todo lo que podéis, y yo lo quiero en negro, ¡hoy! -Hoy es imposible, ¿no te das cuenta que es domingo y los bancos están cerrados? Si lo quieres en efectivo hoy es imposible, pero mañana nos podemos ver para cerrar el trato. -La marquesa tiene eso y más debajo del colchón. Que lo saque de una puta vez, que quiero ver el color que tienen los billetes de 500 euros. -Bueno, me pongo en contacto con ella a ver qué me dice, pero hoy no creo que pueda ser. -Te llamo en media hora. Adiós –cortó Santi, que no quería prolongar por más tiempo la conversación. Disponía de 30 minutos para moverse por la ciudad y llamar desde otra cabina telefónica. Estaba contento con la evolución de la operación, todo indicaba que se desarrollaba tal como lo había previsto. Creía que la máxima prioridad de la constructora era tener en sus manos la loza de los sanitarios para no romper el ritmo del trabajo y así poder cumplir los plazos previstos. No era probable que se quisieran complicar la vida con el acto más importante para él: la entrega del dinero. El robo de la mercancía no era un problema para la constructora, lo era para la empresa de saneamientos y sería ella la que pusiera la denuncia el lunes, cuando descubrieran el tomate. Con esa idea tan dulce en la cabeza llamó desde otra cabina.

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-Cuéntame algo bueno, tío. -Tiene que ser el lunes. Doña Mercedes no tiene ese dinero. -No me mientas con historias para no dormir, la marquesa tiene esa pasta y más. O igual se la guardas tú. -¿No sabes que hoy no tiene dinero nadie en casa? Hay atracos a diario –cortó el jefe de obra y mano derecha de la propietaria. El lunes tampoco estaba mal, aunque a Santi le interesaba la urgencia porque les dejaba menos tiempo para la reflexión y para cualquier intento de solucionar el problema por otros medios. -De acuerdo, el lunes te llamo a primera hora. No tengo que repetirte que esto es un asunto nuestro, de manera que haz que la bofia esté al margen de este negocio. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo, verdad? Los huelo y si veo a alguno cerca, puedes tener problemas tú o tu familia. Por cierto, tienes una hija que está de puta madre. Piensa en ella cuando hagas negocios conmigo. Hasta mañana. El jefe de obra quedó sin aliento con las últimas palabras de su interlocutor. El inspector lo notó y le puso el brazo sobre el hombro. Quería solidarizarse con él y animarlo, a pesar de que no contaba con este giro en las negociaciones. Los hechos ya estaban en marcha y no había ninguna posibilidad de parar aquel tren enloquecido, pensaron. -No te preocupes, que me tienes a mí, y ese pájaro es un aficionado. Le echamos el guante cagando hostias, mañana mismo. -Ya, muy bien, pero este macarra entra en el juzgado y sale sin cargos, ¿me entiendes? Y a continuación viene a por mí, a por mi mujer, a por Vanesita. Si le toca un pelo, lo mato, lo juro, aunque yo vaya al trullo toda la vida.

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-Tranquilo, que sé cómo tratar a esta gentuza. Mañana lo pillamos con las manos en la masa, fijo. Le voy a dar un escarmiento que no se le va olvidar. Es el único lenguaje que entienden. ¡Leña al mono, sin piedad! Por la tarde, Santi decidió reconducir los hechos porque presentía que la constructora podía intentar cualquier aventura peligrosa. En compañía de su novia, se vio con los cuatro del grupo. -Tenemos buenas noticias. Mañana llega la pasta, fresquita –les dijo eufórico. -¿Fijo que mañana? –exclamó Mara, que no podía creerse que la pesadilla tuviera un final feliz y tan cercano, al alcance de la mano. -Sí, pero hay un pequeño inconveniente, y es que mañana, lunes, yo trabajo y Charo también. Así es la vida en el mundo laboral. Por el contrario, vosotros hacéis el puente de Carnaval, ¡vaya como vivís los estudiantes! Os necesito a los cuatro para recoger la pasta, ¿vale? -Vale, de puta madre. ¿A qué banco tenemos que ir? –dijo Mara. -Eso ya os lo digo yo mañana por el móvil. Mara, tienes que darme tu número para que te pueda dar las instrucciones por teléfono. A partir de las diez tenéis que estar operativos para cumplir órdenes, ¿vale? -Estaremos dispuestos para lo que sea, ¿o no? –exclamó Mara, radiante, mirando hacia el resto del grupo. Eufóricos por las buenas noticias, decidieron ir al cine. Una comedia iba en sintonía con el estado de ánimo de los cuatro. Todavía se resentían del esfuerzo del día anterior, pero era algo que pertenecía al pasado. Después de todo, de la experiencia también se podía extraer una parte agradable, el ejercicio físico era similar al de un día en el monte o en la playa. Además, estaba el dinero.

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-Oye, Santi. Eso de ganar 2.000 euros en un día no está nada mal –dijo Jairo con una sonrisa que terminó en carcajada. -Está de puta madre –sentenció Sol en pocas palabras, aunque contundentes. -¿Podemos ir más veces? –era la pregunta obligada por parte de los estudiantes. Fue Amelia quien la formuló. -Bueno. Son negocios que surgen sobre la marcha. Ya os avisaré cuando haya más. -Y tú, ¿qué haces ahora con esa camionada? –preguntó Mara con la ingenuidad de la que todavía no se asomó a la vida. -Es un favor que le hago a un colega. Tenía que cargarlo mañana con su cuadrilla, pero se casa una hermana y seguramente que el lunes no estará para esas faenas. A pesar de que resultaba muy fácil engañar a los que todavía no se habían enterado de la velocidad con la que gira la bola del mundo, a Santi le dolió tener que hacerlo, sobre todo porque los empezaba a conocer y no era gente que le cayera mal del todo. Marchó con Charo nada más terminar la película. Su novia también formaba parte del grupo de incautos que se mueve por la vida, de aquí para allá, sin que se sepan muy bien lo que vale un peine. Llevaban más de tres meses de cortejo y la relación entre ellos se centraba en frecuentes encuentros sexuales y unas pocas conversaciones en torno a una consumición en cualquier bar de moda. -Parece buena gente –dijo Charo cuando su novio arrancó el coche. -Sí, pero son unos soplagaitas. -¿Por qué lo dices? -No se enteran de nada. Para ellos la vida se resume en ir a clase, aguantar el chaparrón de un pesado y volver para casita. Tienen que pedir pasta a sus viejos para

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poder salir los findes, y si hacen alguna travesura o sacan malas notas se quedan castigados, sin pasta y en casita. -Pues yo todavía guardo un buen recuerdo de mi época de estudiante en el instituto. Estábamos siempre de cachondeo y de risas, y no como ahora que me aburro como una ostra en la tienda. -Es que tú ya eres una mujer, hecha y derecha, no como esas niñatas –le dijo mientras le ponía la mano sobre el muslo. Efectivamente, la vida de Charo en el quiosco de prensa y chucherías no era para echar las campanas al vuelo. Muchas horas para un sueldo que no le daba para independizarse, sólo para los caprichos de ropa en tiendas baratas y poco más. A los dieciséis años dejó las aulas sin hacer ruido y sin un plan para el futuro, un peligroso salto sin red ni público que aplaudiera su decisión. Nadie la echó de menos porque llevaba algún tiempo con la mirada ausente y la cabeza en otra galaxia. Con la autoestima por los suelos, nunca recibió alguna palabra agradable que la animase a sobreponerse a la apatía que reinaba en su casa. Pertenecía a un grupo de chicas sin motivaciones académicas porque los espejos en los que querían verse reflejadas estaban muy alejados del mundo cultural. Desde la escuela siguieron los modelos que veían en sus casas, quedaron deslumbradas muy jóvenes por el fulgor de las pasarelas y por el relumbrón del papel cuché de las revistas más triviales. Hija de una familia humilde, se había criado en un piso oscuro que daba a un patio de vecinos, y ese ambiente sórdido le impregnó el carácter. De ahí que el primer día de trabajo fuese para ella equiparable al entusiasmo que muestra un alpinista al hacer cumbre en un ochomil. Por fin era útil en algo. Alguien se había fijado en ella, y por ello le pagaban.

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El último triunfo había sido sentir de cerca los latidos del corazón de Santi. Profundamente enamorada, estaba viviendo en una nube desde la que difícilmente podía ver los engaños de su novio. Con la disculpa del trabajo a destajo que primaba en su empresa, Santi alegaba que no tenía mucho tiempo para estar con ella. Era consciente de que el dinero en el bolsillo y el volante del coche entre las manos le abrían muchas posibilidades entre el mundo femenino y no estaba dispuesto a perder el tiempo con la quiosquera, en la que no veía más que un cuerpo generoso y obediente.

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XIII

LUNES, 24 DE FEBRERO

A las diez en punto estaba el grupo reunido, preparado para recoger el dinero que creían merecer después del sábado de esfuerzo y sudor. Dentro de unos cuerpos quebrantados, todavía se estaban recuperando como podían de las agujetas. A Jairo le dolía la espalda en la parte baja, sobre todo en los músculos lumbares. Amelia llevaba muñequeras porque tenía las manos inservibles para coger lo más liviano, cualquier movimiento le recordaba que las articulaciones tienen demasiados elementos que nunca había reparado en ellos. Sol tenía todo el cuerpo derrengado y era incapaz de señalar qué parte le dolía más. Aunque Mara intentaba no quejarse para no bajar la moral de la tropa, llevaba con resignación el estropicio generalizado por todo el cuerpo, sobre todo en músculos y articulaciones. El corazón les palpitó más de prisa cuando a las diez y diez sonó el teléfono de Mara. La orden es que tenían que ir al café situado en la planta baja del centro comercial donde solían reunirse. -Ya estamos donde nos dijiste. -Os sentáis los cuatro juntos con un café cada uno. Se os acercará un punto con la pasta. La cogerás tú, Mara, y vas al baño a contar los billetes. ¡Cuéntalos bien, eh! Desde allí me llamas para decirme lo que hay. Mientras tanto, los otros tres se quedan con el julay para que no se mueva del sitio. Cuando me digas la cantidad, ya te doy las órdenes siguientes. ¿Vale? -¡Hostias, qué fuerte! ¿Y no tenemos que ir a ningún banco? -No, nada de eso, olvidaos de los bancos, que se quedan con la mitad, así, por el morro.

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Mara transmitió la información que acababa de recibir al resto del grupo. Al principio abrieron los ojos en un intento de captar con precisión todo lo que les estaba contando su amiga. Después intentaron dar crédito a lo que habían escuchado reconociéndose las caras. Movieron las extremidades para comprobar que no estaban soñando, y por último miraron hacia su entorno en un intento de identificar en alguno de los que por allí se movía al hombre del maletín que les iba a dar el dinero. Algunos profirieron interjecciones difíciles de interpretar y de escribir aquí porque se dieron cuenta de que aquello que estaban experimentando se salía con mucho de lo que tenían pensado hacer con sus vidas. El inspector Vilariño se había encargado de resolver personalmente el problema que le habían creado a su amiga predilecta. Tenía que actuar con mucho tino porque tampoco quería provocarle conflictos al jefe de obra, que se había quedado muy impresionado por las amenazas a su familia. Era un trance que podía resolver él solo, que para eso ya tenía sus años de servicio y más de un diploma colgaba en el salón de su domicilio. Seguramente el otro sería un simple ratero que estaba dando los primeros pasos en el mundo de la delincuencia. El caso parecía hecho por un principiante. Recoger el dinero en un lugar cerrado era en principio una ratonera en términos policiales, con muy pocas posibilidades de éxito, y con el cuerpo del delito en las manos. Era para estar optimista. ¿Qué se podía esperar de un albañil que se dedica a la extorsión en sus ratos libres? Porque el inspector estaba seguro de que el ladrón tenía que ser alguien de la obra, una persona que conocía las fechas y la urgencia del material. Conocía hasta el número del móvil del jefe de obra. No era nada nuevo. La sustracción de materiales de obra había obligado desde hacía algunos años a poner a un vigilante nocturno en cada edificio en construcción.

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Además, el inspector Vilariño tenía varios ases en la manga. Una opción era cumplir el trato como quería la otra parte, pero siempre había posibilidades de ponerlo nervioso con una velada amenaza de la intervención de la policía. Para eso había dispuesto que una pareja de agentes hicieran acto de presencia en la planta del centro comercial donde se iba a cerrar el trato. Enseñarle la placa policial era una forma de desestabilizar la situación a su favor. Además del arma oficial, llevaba en el interior del botín derecho su revólver particular por si tenía que limar alguna aspereza importante con el extorsionador. También quedaba otra posibilidad, más arriesgada pero también mucho más lucrativa. Consistía en llegar a un nuevo acuerdo con el usurpador y así, el inspector se podría embolsar una buena talegada de billetes. Todo eso dependía de la sangre fría que mostrase, y también de su astucia. Acudió al sitio de la cita con una bolsa de plástico de unos grandes almacenes, dentro llevaba todo el dinero que le pedían en un intento de resolver aquel conflicto de la manera más diplomática y discreta posibles. Dio una vuelta de reconocimiento para localizar la mesa que le habían dicho. No tuvo ninguna duda en identificar el lugar elegido. Tres chicas y un chico con un café cada uno. El choque de miradas fue inevitable. Y brutal. -¡Hostias, el poli del otro día! -¡Joder, los pájaros de la otra semana! El inspector Vilariño se sentó con ellos más eufórico de lo normal y dio un resoplido de satisfacción. Aquello era pan comido para él. Las sospechas que tenía sobre ellos ya eran una realidad. -¡Vaya, vaya! ¿Así que vosotros sois los pájaros con lo que tengo que tratar este negocio tan interesante? ¿No me dijisteis que erais estudiantes? Se ve que aprovecháis muy bien el tiempo, los estudios por la semana y los negocios para el puente.

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-¿Negocio? ¿De qué negocio habla usted? –dijo Mara con las palabras necesarias para ganar tiempo, casi sin aliento y sin color. -Mira, guapa, a los pájaros se los distingue por la cagada, y vosotros la acabáis de cagar, huele a distancia. ¿Tú sabes lo que llevo yo encima? Los del grupo lo miraron de arriba abajo en un intento de que sus cerebros creyesen la información que le estaban suministrando los sentidos. Encima podía llevar el dinero, pero también la placa de inspector, la pistola de policía, las esposas con las que podían salir de aquella cafetería entre el asombro de los ciudadanos, en las fotos de los periódicos como vulgares delincuentes juveniles, simples chorizos descubiertos al mínimo intento, reincidentes frustrados, malos hijos que se apartan de los sabios consejos que siempre habían oído de sus mayores. -Pues llevará una pistola, que para eso es policía –exclamó Jairo. -Exacto, llevo pistola –dijo abriendo con discreción la chaqueta para que le vieran la pistola junto al sobaco. -Y también llevará placa, como llevan los polis en las películas –apuntó Mara, que intentaba a toda costa ganar tiempo para salir de aquel sitio de una forma airosa. Intentaba pensar, pero había algo superior que se lo impedía, una fuerza que le robaba la capacidad del raciocinio. -No te equivocas, también llevo placa, como todo buen policía –dijo antes de enseñar la placa que llevaba en la parte izquierda del cinturón, cubierta por una tapa oscura. -Pues nosotros no tenemos nada de nada, sólo unos euros para pagar estos cafés. Ya ve qué diferencia, unos con tanto y otros con tan poco –expresó Sol con el tono de voz más cordial que pudo modular. -Sí, el mundo está muy mal repartido, pero no voy a ser yo quien lo vaya a arreglar.

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-Y ¿qué quiere una persona que lo tiene todo de nosotros, que no tenemos nada? –preguntó Mara. -En primer lugar, vamos a guardar la calma porque esto que vamos a hacer es lo más normal del mundo. Ya os dije que vi vuestra cagada y sé qué tipo de pájaros sois. Esto es un negocio donde dos partes tratan de llegar a un acuerdo. ¿O no es así? Lo que menos esperaba el grupo era tener otra vez al inspector delante. Ninguno sabía cómo debía comportarse en aquella situación en el que las cosas estaban muy claras para su desgracia. Podían hacerse los locos y decir que no sabían nada, esa fue la opción que escogió Jairo: -¿De qué habla? Hoy no tenemos clase y sólo estamos tomando un café aquí, ¿acaso es delito eso? ¡Usted nos tiene manía! Nos persigue por todas partes, ¡somos inocentes! -Ya, y como yo soy el tonto del bote, me lo creo todo. El que manda sobre vosotros me dijo que en esta mesa iba a ser el negocio, ¡listo de los cojones! Al inspector le interesaba jugar con el poder de la autoridad porque estaba convencido de que alguno del grupo se derrumbaría de un momento a otro. Guardó el silencio necesario para que la reflexión iniciase el camino de la duda, después aparecería un intento de arrepentimiento, y al final la necesaria cooperación. Cuando le pareció que ya había esparcido entre ellos la semilla del pánico, empezó a hablar con parsimonia y calidez, como si fuera su padre en el momento de transmitirles un buen consejo: -Ya os dije que vamos a realizar un negocio, vosotros sólo me tenéis que dar una información, ¡eso es coser y cantar! -Y usted ¿Qué nos da a cambio? –se atrevió a decir Mara en un alarde de valentía.

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-Yo os doy la libertad. ¿Sabéis lo que es eso? ¿Sí? Pues me parece que no tenéis ni idea de lo que os estoy hablando. Miles de presidiarios darían un riñón por despertar y ver el sol sin que unas rejas se interpongan. Yo tengo ese poder, ese enorme poder. Os puedo meter a la sombra una buena temporada, o también os puedo dejar marchar, tan contentos, así como estáis, guapos y jóvenes. En la trena se avejenta mucho, pasan los años sin vida y eso es muy malo para el organismo, sobre todo para unos cuerpos jóvenes como los vuestros. Es lo que dicen todos los chorizos cuando se arrepienten de sus delitos. Podéis hacerme caso porque yo sé de lo que estoy hablando, y vosotros sois casi unos niños para meteros en problemas de adultos. La presencia de la pareja de uniformados armados en la misma planta del centro comercial no pasó desapercibida para el grupo, que no hacía más que derrumbarse anímicamente. El cruce de miradas desprendía fuego. -Yo me largo. No hice nada, y nada me retiene aquí –dijo Jairo al empezar a levantarse. -Tú te sientas, por tu bien y por el bien de tus compinches. ¡Vaya caballero, que deja a las señoritas solas, con el culo al aire! Como el primer día que nos vimos, que os habían quitado hasta los pantalones. Sois unos pardillos y todavía os queda mucho que aprender en la vida. ¡No sois más que unos niñatos! Yo os puedo dar en este momento la primera lección, y gratis. Consideradla una cortesía de la casa. Jairo se sentó de nuevo con algún juramento entre los labios. -¿Seguimos con el negocio? –preguntó con voz engolada el inspector. -Seguimos –respondió Mara mientras miraba para el resto para comprobar si veía algún gesto de repulsa o de de disgusto por lo que había dicho. No contempló nada más que rostros hieráticos y asustados por una situación que ignoraban dónde iba a concluir y de qué forma.

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-Así me gusta, que la gente quiera aprender. Decía que yo necesito algo de vosotros. -¿El qué? –volvió a preguntar Mara, que parecía que se había erigido en el portavoz de aquel grupo, aprisionado antes de tiempo por una situación de la que no lograba evadirse. -Yo vengo con dinero, traigo billetes en la bolsa –dijo sacando un fajo de billetes para que lo vieran. Los ojos de los adolescentes se quedaron clavados en un montón de billetes de curso legal que nunca habían visto. Poco después los ojos seguían fuera de las órbitas para observar la cara rechoncha del inspector. Un bigote cubierto de canas le ocultaba el labio y los dientes superiores. Ansiaban escuchar las condiciones de la boca de aquel policía que tenían enfrente. -Parte de este dinero es para pagar algo que vosotros sabéis, ¿a que sí? -Digamos que más o menos –respondió Mara tratando buscar la ambigüedad en aquel trato del que todavía desconocían sus términos. El inspector hizo un gesto de buena voluntad y no montó en cólera, como era habitual en él. A fin de cuentas, estaba tratando con mocosos. -Bien. Como podéis suponer, yo quiero recuperar esa mercancía. Ése es mi papel en esta comedia de enredo. Me tenéis que decir dónde está y quién la tiene, a continuación haré mutis por el foro. Es mercancía robada y el que la tiene es un ladrón. Como podéis suponer eso es un delito, pero también es delito no colaborar con la policía. Sois colaboradores necesarios para la consecución de un delito penado con años de cárcel. ¿Queréis saber cuánto años de pena os puede poner el juez? -No sabemos ni una cosa ni la otra –exclamó Sol con soltura. -No tenemos ni idea de qué nos está hablando –sentenció Jairo.

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Ante aquella respuesta tan rotunda, el inspector lanzó un bufido de bestia enfurecida que está a punto de empitonar al que se le ponga delante. -¿Vosotros, que sois estudiantes, igual no sabéis cómo nos arreglamos para que los chorizos canten sus fechorías en la comisaría? Es muy fácil. Sabemos torturar sin que quede ni una sola marca en el cuerpo, aunque dicen que en la mente esas cicatrices duran toda la vida. Como sois estudiantes, estudiantes listos e inteligentes, estoy seguro de que escogeréis la forma menos dolorosa. Estamos entre amigos, en un bar muy cómodo y calentito, tomando tranquilamente unos cafés. Nadie está esposado, y estamos hablando de algo bueno, estamos hablando de pasta, de pasta gansa. ¿Hay algo de lo que dije hasta ahora que no entendáis bien? Fue entonces cuando Amelia dio un paso adelante para acabar con aquella agonía cuanto antes. -Mire, le vamos a contar la verdad, y se dará cuenta de que somos totalmente inocentes. -Así me gusta. Se nota que sois gente estudiada, inteligente, unos chicos listos. ¡Qué diferencia con la morralla que movemos por la comisaría antes de ponerlos ante el juez! -Necesitamos 2.000 euros urgentemente, de esos que lleva usted ahí –dijo con una resolución inusitada Sol. Todas las miradas quedaron adheridas a la bolsa de plástico que sujetaba en el regazo el inspector, que en ese momento apretó con más fuerza, temeroso de que aquellas palabras supusieran una merma en el botín. -¿Dices 2.000 euros? ¿Para droga? ¿Tanto queréis? Bueno, a mí me da exactamente igual, por mí os podéis meter toda la mierda que queráis en el cuerpo, es vuestro, cada uno escoge su forma de reventar.

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-No, no es para droga. Nosotros no nos metemos nada de eso, es un vicio muy caro que nos resulta ajeno. Para colocarnos, nos basta con verle a usted, con verle su careto con ese bigote de falangista pasado de moda –se defendió Jairo. El inspector quiso responder algo, pero las ideas no le llegaron con la fluidez que esperaba y optó por clavarle la mirada con la fuerza de unas garras hambrientas. Sólo al final logró articular unas palabras ásperas, aunque con un volumen demasiado bajo: -Como te pases otra vez conmigo, te empapelo, cacho gilipollas. -¿A usted qué más le da para qué queremos nosotros esa pasta? El caso es que la necesitamos, urgentemente –dijo Mara en un intento de quitarle hierro al asunto y llegar a un rápido entendimiento. -Bien, vale, a mí me la traen floja vuestros vicios. El caso es que queréis esta pasta que tengo yo aquí, que es mía. -Sólo queremos cuatro de los grandes, ahí queda mucho más. -Admitido, aquí queda más. Parece que ya nos estamos poniendo de acuerdo en algo. Yo os doy los cuatro billetes y vosotros me dais lo que yo os pido, que ya sabéis lo que es: dónde está la mercancía y quién la robó. Sin pensárselo dos veces, Mara reaccionó con una profesionalidad envidiable: -Nosotros nos podemos enterar de dónde está la mercancía para que vayan a recogerla, pero lo que nunca le daremos es el nombre de la persona que nos manda, eso sería de chivatos, de traidores. Y usted, señor inspector de la policía no querrá tener tratos con ese tipo de gente, porque estoy segura de usted también será una persona honrada que hace tratos con gente honrada. Aquí no tienen cabida los traidores. Ésta puede ser una comedia de enredo, como dijo usted antes, pero nunca una tragedia de traidores, de buenos y malos.

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También el inspector reaccionó con prontitud y entereza en la defensa de sus intereses: -Vale, yo también prefiero que sea una comedia con final feliz. Os doy cuatro de los grandes y vosotros me dais el teléfono de ese mangante para hablar con él ahora mismo, aquí, delante de vosotros. No me interesa su identidad, sólo quiero tener la tranquilidad de que posee la mercancía para la obra. -Ya, y nosotros, ¿cómo quedamos? Como unos chivatos. Peor, imposible – sentenció Mara. -De eso nada. Vosotros quedáis como señores. Por teléfono se pueden contar muchas mentiras. Le puedo decir que os tengo detenidos en comisaría, que os estoy arrancando las uñas con unas tenazas y que estáis cantando como jilgueros. Y que todas las pruebas apuntan hacia él. Los cuatro del grupo se miraron para aunar una respuesta común. En general, lo que acababan de escuchar tenía algo de lógica, aunque fuera su lógica y sus razones, pero el inspector no era de fiar, parecía perro viejo y ya lo dice el refrán: sabe más el diablo por viejo que por diablo. Pero, por otra parte, tenían la solución al alcance de la mano, delante de sus narices, y con un fin feliz. Todo aquel problema radicaba en tener en la mano cuatro miserables billetes que nunca habían visto, pero que alguien les dijo que existían. También influyó en la decisión el cansancio físico y moral que habían tenido que soportar en los últimos días, y los fracasos sucesivos que les impedían levantar cabeza. La pareja de policías uniformados se había detenido y permanecía a escasos metros de ellos. Parecía que el cerco se estrechaba por momentos y que ya no quedaba espacio nada más que para una rendición sin condiciones. -Confiad en mí, que yo soy como un padre para vosotros. Si os quisiera enchironar, ya lo hubiera hecho. ¿No veis que estáis rodeados? Os pillé in fraganti, es un caso resuelto

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para mí. Me dais el teléfono, yo le cuento cualquier milonga que no os involucre y ya está, y vosotros con los 2.000 euros en el bolsillo para que compréis pipas y gominolas, o lo que os salga de los huevos, que eso a mí me da igual. -Llame desde el mío –dijo Mara ofreciéndole el móvil. Los corazones de los cuatro adolescentes estaban a punto de reventar en mil trozos porque todo podía salir bien o todo mal, estaban entre dos fuegos cruzados y dependía de la puntería de los dos tiradores, totalmente ajenos a ellos. En la conversación telefónica el inspector no perdió en ningún momento la sonrisa de los labios, consciente de que tenía la sartén por el mango y de que estaba sacando una tajada mayor de la que había previsto. -Escucha, hermano, tengo a estos amigos tuyos esposados y encañonados, cantan como pajaritos, como lo harías tú. ¿Tú no lo harías? Je, je, qué risa me das, torres más altas cayeron conmigo. Tienes que reconocer que la operación te salió mal, ¿qué le vamos a hacer? Para la próxima vez igual tienes más suerte. El inspector calló un instante porque Santi le gritaba algo desde la otra parte. Apartó ligeramente el móvil y cuando los rugidos cesaron, continuó. -A estos pájaros les pago los 2.000 que les ibas a dar tú, el resto me lo embolso, que yo también tengo muchos gastos, y la marquesa es muy exigente en sus caprichos. A ella le da exactamente igual pagarme a mí que pagarle a la empresa de saneamientos, lo que quiere es tener ya la mercancía. Y esa empresa de saneamientos ya sabrá sacarle la pasta a la compañía de seguros, de hecho ya dio el primer paso al denunciar la sustracción en la nave. De nuevo hubo una interrupción porque desde la otra parte de la comunicación se mostraba la disconformidad con el reparto del botín.

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-¡Qué quieres, hermano! Reconoce que eres un chapuzas. Tienes que aprender a trabajar más fino en estos negocios. Date cuenta que no os cobro nada por la explicación de esta primera lección, ni a ti ni a tus socios. En la próxima tendréis que pagar algún peaje, y no olvides que yo soy policía, policía de la vieja escuela, estoy chapado a la antigua ¿entiendes? ¡Ah! ¿No entiendes que yo sea policía? Bien, ese es un problema tuyo y de tus creencias, que son muy libres, que para eso estamos en una democracia, pero procura no cruzarte más en mi camino porque, aunque sea a tu pesar, llevo pistola en la sobaquera y placa en el cinto. Deja el camión de la loza en la obra hoy, ahora, y nos olvidamos de este asunto. ¿Me oyes? Me olvido de este asunto que es de juzgado de guardia. No sé quién eres ni me interesa, pero seguro que te conoceré tarde o temprano porque los chorizos como tú soltáis mucha grasa, dais mucho cantazo y caéis a la primera de cambio. Ni aunque me tape la nariz puedo evitar vuestro hedor barriobajero. Y deja de ladrar conmigo, métete en la perrera y dedícate a despiojarte de una puta vez, que igual es lo único que sabes hacer. Cuando me llamen desde la obra para confirmarme la entrega del material, suelto a estos pájaros, así que no nos hagas perder más tiempo. Apretó el dedo pulgar para colgar la comunicación con un gesto de evidente satisfacción. -Pero, señor inspector, ¿usted es el que representa la ley y el orden? –expresó Jairo con la energía del que siente que tiene la razón de su parte, después de haber escuchado parte de la conversación. El interrogado frunció el ceño con la displicencia que siempre muestra la autoridad hacia sus súbditos, más cuando siente cuestionada su máscara de poder. A continuación le volvió a clavar la mirada con el entusiasmo rencoroso del que va a matar el mosquito que le está molestando el sosiego de la siesta. Después agudizó todo lo que pudo la lengua para convertirla en el acero de una lanza envenenada.

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-Escúchame bien, lechuguino de mierda. Aquí, en este mundo, la única ley que existe es la ley de la gravedad, que pone a cada uno en su sitio. Unos caemos encima de otros, ¡qué le vamos a hacer!, son cosas de la madre naturaleza. Y tú mira bien dónde estás, cuál es tu sitio en esta carrera de ratas que es la vida porque puedes ir a la sombra cagando leches. ¿Captas con exactitud lo que te estoy diciendo? Y por lo que respecta al orden, sólo entiendo el orden de los números, y sé que 20 euros son más que 2 y menos que 200, mi billete preferido, así de claro y de sencillo, también muy fácil de meter en el coco.

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XIV

MARTES DE CARNAVAL

Las casas de Olloniego se extienden a lo largo de un valle alargado e intentan ascender por la colina que lleva al Alto del Padrún. Construidas a lo largo de la AS-242 que comunica el centro y el norte de Asturias con el valle del Caudal-, siempre fueron conscientes de que no eran más que simples protuberancias de un pueblo de tránsito al lado de la capital. La antigüedad del lugar queda certificada por las noticias en las que ya aparece registrado como un hito importante en una ruta usada por los romanos. A partir del siglo IX -después de que el reinado de Alfonso II sacara a la luz el primer gran centro de peregrinaje de occidente- fue un paso de caminantes que unía el llamado Camino Francés que va a Compostela con la catedral de San Salvador de Oviedo, como lo atestigua la cuarteta asonantada: El que va a Santiago y no va al Salvador visita al criado y deja al Señor. Desde Oviedo -corte en lejano siglo- nunca se vio con buenos ojos que el peregrinaje a Santiago corriera por la parte llana, al sur de la Cordillera. Todos en la capital sabían que el Beato de Liébana, confesor e ideólogo de Alfonso II, con el descubrimiento del sepulcro del apóstol quería elevar el Reino de Asturias a la categoría de primera división dentro de la cristiandad, al mismo nivel que la corte de Carlomagno, con idéntico poder de atracción al que poseía por aquel entonces Roma o Jerusalén. Pero el público, siempre ávido de lugares sagrados, no hizo mucho caso de los consejos que

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les daban desde un lugar incomunicado y agreste, y la corte fundada por el Rey Casto se quedó al margen de la riada humana que se dirige por la meseta hacia Santiago de Compostela. Para que quedara patente su espíritu caritativo con los peregrinos que por allí se pudieran perder, la corte de Oviedo construyó en Olloniego un hospital y un puente que salvara las aguas del río Nalón. Actualmente, del hospital sólo quedan las piedras, de los cinco ojos del puente sólo quedan tres, y del río no queda ni el agua porque se desvió su caudal hacia otro cauce más seguro y estable. El último alarde de la comunicación entre Asturias y la meseta leonesa también tuvo en cuenta el carácter de Olloniego como estación de paso. La Autovía de la Plata, la llamada técnicamente como A-66, pasó por encima e hizo desaparecer la mitad del pueblo, la parte más llana y fértil. La otra mitad -la que quedó en pie- resiste desde entonces la modernidad pegada al ruido de la autovía, sin barreras acústicas, quizá para que sus vecinos comprueben a diario que el mundo se mueve airadamente ante sus narices. Por encima de sus cabezas, el progreso tampoco se olvidó de ellos, tendió una autopista de cables de alta tensión por la que se transporta la fuerza eléctrica que se produce en las cercanas centrales térmicas hacia el sur. Elías ya hacía mucho tiempo que se había acostumbrado al zumbido interminable del tráfico rodado debajo de la ventana de su dormitorio. Por la otra parte de la casa -en la fachada trasera- las vías del ferrocarril también contribuían a distorsionar la paz que debía reinar en aquel bucólico lugar. Las vibraciones que producen las pesadas bobinas de acero de la industria siderúrgica de Arcelor sobre los raíles se trasladan con toda fidelidad y rapidez a los cimientos de edificios cercanos. En las prolongadas noches de insomnio, Elías había logrado la extraña habilidad de saber por el ruido emitido sobre el asfalto el tonelaje de los camiones que por allí pasaban o el número de unidades que

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componían el convoy siderúrgico. Los cinco sentidos participaban en el festín diario en el que se combinaban el monóxido de carbono, las vibraciones y los decibelios en un perfecto maridaje, hasta las berzas tenían el inconfundible sabor de todo lo que se planta entre una autopista y las vías ferroviarias. Ese contacto tan cercano con los motores de explosión debió de ser el motivo que lo llevó a jurar que el día que cumpliera los años reglamentarios se subiría a una máquina que lo sacara de aquel vergel rodeado de carreteras (la AS-242, la AS-244, la AS-116, la A-66), del doble tendido ferroviario de RENFE, de los polígonos industriales (Polígonos Olloniego-Tudela I y II), de las centrales térmicas alimentadas con carbón autóctono (la de Soto de Ribera al norte, La Pereda al sur) con sus correspondientes tendidos eléctricos de alta tensión por encima de sus casas. Al otro lado, la fábrica de cemento Tudela Veguín tampoco se queda manca al poner su granito de arena a la hora de condimentar el aire respirable con CO, CO2, CHC, HAP, SO2 y otras menudencias químicas que –según algunos entendidos- pueden alterar el equilibrio físico y mental de los seres vivos. En el siglo XX, Olloniego estuvo a punto de retener población estable por primera vez en su historia. Fue cuando en 1918 la empresa Hulleras de Veguín y Olloniego S.A. comenzó con una explotación minera a escala industrial. La Primera Gran Guerra había dejado desabastecido el mercado de carbón en Europa. La Revolución Industrial – arrastrada por una voraz locomotora de vapor- era en aquellos momentos imparable porque llevaba la rapidez de la modernidad, y se necesitaba combustible para moverla. La miseria llevó a unos cuantos segundones y buscavidas a deambular de una parte para otra en la búsqueda de trabajo como mineros en unas explotaciones en las que la vida de un hombre valía poco más que una palada de hulla. Más tarde, cuando los propietarios de las minas decidieron que ya no eran rentables se las vendieron al Estado a precio de oro. España en los años de posguerra

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todavía nadaba a contracorriente en la economía de mercado que reinaba en el mundo desarrollado. A los generales que habían aupado al Generalísimo no les quedaba más remedio que sustentarse con la autarquía económica porque los vencedores de la Segunda Guerra Mundial habían concentrado su atención en otras parcelas más rentables del mundo. HUNOSA se hizo cargo del pozo minero de Olloniego en 1958. Invirtió cientos de millones de pesetas en modernizar la explotación hasta que alguien hizo números y dijo que aquellas partidas presupuestarias sólo servían para callar la boca de los que se revolvían contra el régimen. Poco antes de morir Franco, se cerró el pozo que había alcanzado 650 metros de profundidad porque con cada metro que se excavaba se enterraba una fortuna con los dineros de los Presupuestos del Estado. El abuelo de Elías fue uno de los que recaló en aquel paraje cubierto de castaños y praderías, donde las tierras supuraban carbón y las nubes ocultaban un cielo esquivo. Siempre receloso del socavón donde no querían entrar ni los bueyes, dejó su vida en un derrabe de carbón pocas semanas después de casarse con una campesina que por allí se movía. La había conocido durante el verano en una romería y antes de que pasara el año ya era madre y viuda. A pesar de que no se le conocía otra ocupación que la de andar todo el día tras el ganado por el monte, en Olloniego era conocida como La Raitana, quizá porque el vulgo siempre idealiza un punto la prosaica realidad que tiene ante sus narices. El huérfano entró a trabajar en el cercano pozo Montsacro con veinte años. Se había beneficiado del plus de ser hijo de productor fallecido en accidente laboral, una medalla con la que la empresa premia a los que no tienen miedo a la venganza de Plutón, el dios romano de los infiernos y de las profundidades. Todo apuntaba a que Elías sería el siguiente eslabón en la familia minera, pero la crisis energética -unida a las trabas de la Unión Europea, a la conciencia medioambiental

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y a los costes del producto nacional- hizo que HUNOSA recortase plantilla con un plan minero, firmado con el beneplácito de las centrales sindicales. A cambio de acabar con el sector con una profunda reducción de mineros, a éstos se les daba unas condiciones muy ventajosas con unas generosas prejubilaciones a partir de los 42 años. Esta terrible eventualidad hizo que Elías viese excesivamente lejana su posibilidad de entrar en la mina. Además, parecía muy difícil que su padre dejase la vida en un accidente laboral porque llevaba los últimos diez años sin bajar al pozo, había entrado en el selecto grupo de los liberados en una potente central sindical. La activa vida sindical del padre de Elías hizo que pronto se alejase del frío de las galerías mineras y del calor del hogar para deambular por los pulidos pasillos de los despachos, por la moqueta de secretarías generales, para hundirse en los sillones de las direcciones regionales. Desapareció de casa una Nochevieja cualquiera. Después de aporrear la mesa con unos puños que alguna vez habían sido mineros, arrojó un par de botellas de sidra achampanada El Gaitero Extra Superior por la ventana, emitió unos lastimeros berridos de cansancio conyugal, y desapareció para no volver a pisar la casa donde había dejado a una mujer y un hijo pubescente. Aquel abandono del hogar dejó a Elías anonadado, sumido en la peor de las contradicciones. Admiraba el tipo de vida que llevaba su padre, y detestaba la amarga monotonía de su madre, con la que tendría que convivir en adelante. Aunque no le gustaban todas las facetas que refulgían con crudeza en el diamante que era su padre, por el brillo de algunas aristas sentía verdadera devoción, sobre todo por el don de gentes y por la capacidad de liderazgo. El don de gentes en Elías apareció muy pronto. Ya desde los años de guardería hizo presencia esa preciosa carga genética. También ayudaba la dulzura de unos ojos

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azules que buscaban un corazón donde apoyarse, y los andares desgarbados del que anda buscando el tesoro más oculto de la vida. Más difícil era conseguir el poder del líder, esa fuerza invisible que es capaz de arrastrar a las masas tras de sí. Los genes ayudan, es cierto, pero también es necesario un duro aprendizaje en el que los aciertos vayan superando a los errores de un primerizo. Ese laboratorio de experimentación para llegar a ser un líder perfecto -sin contaminaciones sentimentales ni escrúpulos- lo encontró Elías en el instituto de Oviedo donde comenzó sus estudios de la ESO. Mientras el resto del alumnado de primer curso se esforzaba en adaptarse a la dinámica del instituto donde habían comenzado sus estudios, Elías tenía muy claro su cometido. En la segunda semana ya era el delegado del grupo y empezó a foguearse en las asambleas de estudiantes donde la voz cantante la llevaban los de los cursos superiores. Salir del estado de novicio le costó su tiempo. No estaba acostumbrado a la dinámica de grupos ni a la legislación que podía usar a su favor o como arma arrojadiza. Ese empeño le quitó tiempo para seguir los estudios con normalidad, pero le sirvió para descubrir el poder de la solidaridad. También aprendió con rapidez la eficacia de la mentira piadosa, era la palanca con la que podía conmover los sentimientos a su favor. Pero el resorte más eficaz que descubrió en sus compañeros mayores fue el dominio de la lengua. Se dio cuenta de que usada con destreza y maña podía manipular la realidad hasta falsearla por completo o podía embellecerla hasta la idealización, ella poseía la eficacia de poner a sus pies a los incautos y huérfanos de ideas. Resultaba demoledora en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, cuando ya no quedan más argumentos con los que defenderse o con los que atacar. Es en esos momentos de desnudez cuando sólo el contrincante mejor dotado puede sacar de la boca la daga afilada de la lengua. Entonces,

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en esos instantes de tensión, las palabras más bellas y exquisitas no son más que un mero artificio para deslumbrar al interlocutor, para desequilibrarlo y que ponga una rodilla en tierra. En las intervenciones de los mayores en las reuniones de delegados del instituto, aprendió con aplicación el valor más sublime del género humano. En ellos reconoció el don inmarchitable de su padre, al que recordó como un domador de la sintaxis, como un artesano de la filigrana dialéctica. Aunque apenas lo veía desde el día del abandono familiar, Elías ya había entronado desde hacía tiempo a su padre sobre el pedestal de los héroes. No sólo admiraba todos sus pasos, también se dio cuenta de que algún día podía echarle una mano desde su privilegiada posición de liberado sindical. Él sabría emplear la artimaña adecuada para meterlo en la nómina de HUNOSA. A la espera de ese acontecimiento, que no podía ocurrir hasta que cumpliera los 18 años, Elías dedicó todo su empeño en lograr la formación adecuada. Si el primer año en el instituto supuso para Elías un curso acelerado de iniciación, el segundo fue el de perfeccionamiento. Repitió curso porque desde el segundo trimestre se dio cuenta de que lo que realmente le interesaba no se encontraba en las asignaturas y viceversa, lo que le enseñaban en la asignaturas del plan educativo no le interesaba para nada. A finales de curso llegó al convencimiento de que ambos aprendizajes iban por caminos opuestos hasta diferenciarse como el día de la noche. El segundo año en el instituto lo tuvo mucho más fácil. Era un repetidor que ya conocía el mecanismo que mueve a la gente, las palabras que encienden el entusiasmo, las consignas de las movilizaciones y los retos que lo podían aupar como líder. Volvió a salir elegido como delegado de clase y subió un peldaño más al conseguir ser también el delegado de todos los grupos de primer curso. En tan corto periodo de aprendizaje escolar,

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ya fue capaz de rodearse de una selecta guardia pretoriana que lo defendía en toda ocasión, incluso en las condiciones más adversas. La relación sentimental que comenzó su madre con otro hombre –lejos de hundirlo- lo afianzó aún más en su objetivo. Aprovechó esa situación para solicitar a la autoridad competente, previo informe de la Guardia Civil, algún tipo de amparo paternal ante el abandono de su madre, más preocupada por otro tipo de compañías. Argumentó ante la asistente social del Ayuntamiento que quería ir a vivir con su padre porque su madre no era ningún modelo de perfección para un adolescente. En ella también buscó la coartada perfecta para justificar su fracaso escolar. Aunque a su padre no le hizo ninguna gracia, el fiscal de menores informó a favor de Elías para que la custodia pasara al progenitor. Había conseguido su primer propósito en la vida. Por fin dejaba para siempre los arrabales de la infancia. Fue a vivir con su padre a una zona elegante de Oviedo. Consideró el cambio como un paso de gigantes. Abandonaba el ruido de la autopista –aunque viviera en un pueblo- por las zonas ajardinadas y silenciosas de la capital. En el apartamento de su padre se instaló como el rey en su castillo. Estaba solo la mayor parte del tiempo porque su progenitor tenía otros nidos donde cobijar sus cuitas. Las pocas veces que estaban juntos, el padre rehuía su presencia porque no estaba muy seguro que con aquel hijo díscolo e indisciplinado pudiera conseguir algo positivo, excepto perder el tiempo y el buen humor. Además, el adolescente lo intentaba seguir a todas las partes, como si fuera un perro desnortado. Para solucionar esa persecución tan molesta que le recordaba a todas horas el peso de la paternidad, el padre puso a su servicio a una mujer que le hiciera a diario la comida y la cama, que para él constituía toda la

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educación que le podía ofrecer. Así, las pocas veces que se cruzaban por el pasillo de la casa se saludaban como dos conocidos que se ven después de años de distanciamiento. La frialdad en el trato era hiriente, pero en Elías nunca disminuyó ni un ápice el grado de admiración que sentía por su padre. Es probable que esa admiración no correspondida fuera el alambique donde se iba destilando –gota a gota- el amargo licor de la frustración. El paso del tiempo no hizo más que añadirle el agrio aroma del resentimiento. Asombrarse de este resultado tan negativo sería de ingenuos. Es más, cualquier psicólogo escolar podría afirmar que es el típico comportamiento de afianzamiento de un adolescente inseguro con inestabilidad emocional que busca su rol en una sociedad que percibe como hostil. Esta desorientación puede ser la que lo llevó a periodos de ensimismamiento con una agresividad reprimida que lo inclinaba a tomar decisiones extremas. En el primer trimestre como repetidor de primer curso todavía conservaba algo del candor de sus días infantiles. Fue entonces cuando coincidió en clase con Mara y Amelia, amigas desde el colegio. Acudieron juntos a alguna fiesta y a muchos de los cumpleaños de la clase. Aunque la relación fue estrecha durante los dos cursos que coincidieron, con algunas inquietudes comunes –cine, música, deportes, ídolos a los que admirar-, no cuajó entre ellos el poderoso lazo de los sentimientos. Unos cursos más tarde, cuando Mara estudiaba 4º de la ESO y Elías había llegado a matricularse en 3º, después de repetir 1º y 2º, llegó el momento en el que ambas vidas se volvieron a cruzar con una intensidad inusitada. En tan largo paréntesis había crecido en ellos un sentimiento que parecía sumido en el letargo del invierno. A pesar de que llevaban dos trayectorias totalmente divergentes –por no decir opuestas-, en un periodo que no pasó de dos meses se vieron a sí mismos como una pareja que había nacido para toda la eternidad. La casa de Elías –con su padre permanentemente

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ausente- se convirtió en el cuartel general donde la pareja pasaba las tardes y los fines de semana. Mara también estaba sufriendo la separación de sus padres y esa sensación de orfandad fue dulcemente aliviada por Elías. Juntos llegaron al convencimiento de que los padres eran unos meros apéndices –unos estorbos en palabras de Elías- de los que era necesario librarse cuanto antes si querían crecer y madurar. Así lo hicieron durante unas semanas de pasión y desorden. Por aquel entonces, Elías ya mostraba ante los suyos numerosas medallas de líder indiscutible. Es verdad que unas refulgían más que otras, pero todas tenían el innegable valor de la audacia y de la arrogancia. La pasividad habitual de su generación y el apoyo inestimable del pelotón de estudiantes que el sistema educativo empuja al abandono escolar fueron determinantes en su ascenso. En todas las aulas existe un grupo de alumnos que –descolgados de un sistema educativo que es incapaz de motivarlos y de darles una salida a sus inquietudes de adolescentes rebeldes y distintos- hibernan de una forma más o menos ruidosa a la espera de cumplir los 16 años, la edad en la que la enseñanza deja de ser obligatoria, la edad en la que ya pueden empezar a ganar algo de dinero en los trabajos más dispares. En ese último trayecto de la escolarización obligatoria –sin objetivos ni nada que perder- revientan las clases con total impunidad, acosan a los compañeros que ellos ven como frikis, maduran su personalidad con pulsos con otros gallos del corral o con el profesor de turno. Es el eterno ritual de paso. También Elías participaba en ese aprendizaje que tanto se aparta de las programaciones elaboradas por prestigiosos pedagogos. Había empezado a romper la cadena por el eslabón que a él le pareció más frágil, por la presa más débil. Mónica era su profesora de Música en el instituto. Acababa de aprobar las oposiciones y se encontraba en expectativa de un destino definitivo. En el Conservatorio de Música la consideraban una virtuosa del piano y ya había ofrecido más de un concierto en los círculos más

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exigentes. Su escaso peso corporal no se correspondía con su infinita sensibilidad ante cualquier manifestación humana, incluida la más zafia. La delicada figura de Mónica sobre el estrado no pasó desapercibida para Elías desde el primer día de clase, tampoco sus modales ni su talante conciliador. Explicaba el cambio de ritmo musical con el nacimiento del Romanticismo cuando Elías dio la primera señal de un inminente zarpazo. Con unos comentarios en alto sobre los goles de su equipo predilecto en la última jornada futbolística interrumpió la clase de la profesora. En esos momentos de tensión, sobre todo cuando los ruidos y los movimientos no formaban parte de una partitura, a Mónica se le hinchaban en exceso las venas del cuello. Todos lo pudieron observar. Con ese descubrimiento del punto débil de la pianista, Elías -con otros dos compañeros del aula, también adolescentes desahuciados del sistema educativodieron por iniciado el ataque. El juego consistía en batir el record, en ver cuánto tiempo tardaba la profesora en perder los papeles a causa de las impertinencias de Elías y sus secuaces. Fue expulsado del aula en numerosas ocasiones, pero él se encargaba ante los suyos de convertir esas faltas académicas en hazañas que pretendían derrocar un sistema educativo que no tenía en cuenta los valores de los jóvenes, siempre marginados. Consiguió los vítores de los suyos el día que Mónica tuvo que abandonar precipitadamente el aula con lágrimas en los ojos y la impotencia en unas manos que en otros momentos eran capaces de extraer los sonidos con los que el género humano se alejó definitivamente de las bestias. Mientras, el resto de la clase callaba y, resignado, dejaba pasar los incidentes, que consideraba ajenos. Aunque no siempre lo tuvo tan fácil en el aprendizaje para afianzarse como líder. El descenso del Sella en piragua estaba programada para el mes de mayo por el Departamento de Educación Física, cuando los rayos del sol ya tuvieran la fuerza suficiente para secar los cuerpos. Pero desgraciadamente el día escogido amaneció frío y

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lluvioso. El profesor de la asignatura no tuvo en cuenta ese inconveniente y siguió adelante con el proyecto porque alegó que iban a mojarse igual y que los remos estaban para moverlos y así poder entrar en calor. Las inclemencias atmosféricas –casi invernalesquitaron el aire festivo que algunos querían. En ese ambiente de descontento, Elías encabezó el motín de los que se negaban a bajar por un río crecido de aguas turbias y frías. El profesor lo obligó a subir el primero a la piragua. Todos los alumnos vieron cómo en mitad del río el profesor volcó la piragua de Elías, a continuación hundió el cuerpo del adolescente díscolo bajo las aguas en un silencio que nadie pudo romper porque tenían la garganta helada por lo que estaban observando. Al fin, después de algunos interminables segundos, emergió el cuerpo de Elías tosiendo y escupiendo agua, que también salía de sus ojos humillados, por mucho que lo quisiera ocultar. Nadie le pasó el brazo por encima como señal de consuelo o de solidaridad. Quizá también en aquel momento sus amigos estimaron que era algo que les quedaba lejano y distante. Zacarías, el padre de Elías llevaba una intensa vida sindical y también social porque nadie puede negar que los grandes acuerdos con la patronal se firman en los lugares más insospechados. Hay que decir que no es del todo verdad lo que pregona el vulgo con respecto a la vida tan regalada que llevan muchos liberados sindicales. A menudo tienen que tragar sapos y culebras cuando deben aparecer sonrientes para la foto al lado de depredadores de la economía, cuando tienen que apretar la mano de una sanguijuela social en el centro de un salón, a la vista de todo el mundo. En uno de estos actos tan abominables y farisaicos, el padre de Elías conoció a la dueña de una constructora. Asistían a la inauguración de un evento institucional donde estaban presentes todas las fuerzas sociales que habían sido llamadas para llegar a un acuerdo que debía dotar de estabilidad a un programa gubernamental financiado por la Unión Europea. Entre palabras tan vacías como bellas, y envueltos con el celofán de

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educadas sonrisas, los responsables del acto agasajaron a los ilustres invitados con un vino español y pinchos de diseño. Zacarías y María de las Mercedes no fueron ajenos al espíritu festivo que emanaba el sarao. Entre ellos hubo algo más, una mirada que atravesaba clases sociales irreconocibles, un deseo que dinamitaba intereses enfrentados. Después vinieron unas sonrisas sinceras –quizá las únicas que allí se vieron-, y unas palabras que hablaban de lo que nadie había ido a nombrar. La euforia del vino de una añada escogida facilitó aún más el acercamiento. Ese estado de optimismo fue el que le trajo a Zacarías la idea de que no era mal trofeo conquistar a una marquesa. Estaba convencido que a la gente de esa alcurnia siempre le gustaban los hombres salidos de los arrabales, hombres enteros y verdaderos, sin los amaneramientos de los señoritos con los que se veían a diario. Con este pensamiento clavado en lo más profundo de sus creencias, Zacarías le lanzó una sonrisa tentadora. Pero la marquesa pensaba de otra manera muy distinta. Se dio cuenta de que tenía delante un peón de ajedrez que podía mover a su antojo. Podía aprovecharse del poder de un influyente sindicalista para enterarse de quién era el delincuente que tenía metido en la obra. Aunque era de otro ramo, todo el mundo sabe que entre la minería y la construcción siempre existe el inquebrantable lazo del compañerismo y la solidaridad que se fragua en los trabajos más duros. En el cortejo que acompañó al acto, la marquesa fue más hábil y se llevó el gato al agua. Zacarías prometió usar toda su red sindical para enterarse de la identidad del chantajista que tenía María de las Mercedes en la empresa constructora. Fue una labor informativa fácil de cumplir, pero el obrero de la construcción le ofreció más información. Así le dijo que el extorsionador no había podido cobrar ni un solo euro con el chantaje porque se lo había embolsado todo un policía corrupto al que llamaban Pajaritos. La investigación de Zacarías dio un paso más. Así se enteró de que la acción del chantajista

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obedecía a una causa justa. El obrero de la construcción alegaba que el dinero era para una buena causa, era para dárselo a Mara, una amiga de toda la vida que lo necesitaba para detener otro chantaje con el que la tenía cogida un tal Elías. Al escuchar el nombre de Elías en boca de aquel aprendiz de delincuente, a Zacarías le dio un temblor que le recorrió toda la espalda, pero lo que le nubló el entendimiento fue cuando relacionó el nombre de su hijo con el nombre de su última novia conocida. ¿Podría ser posible que su Elías tuviera algo que ver con todo aquello? ¿O sólo era una simple casualidad? Dos nombres que el azar junta y que el viento esparce como un rumor. En ese momento, Zacarías se dio cuenta de que su hijo era un perfecto desconocido para él. Que no podría poner la mano en el fuego por su único hijo porque ignoraba qué tipo de vida llevaba, en qué curso estaba matriculado y cuáles eran sus expectativas ante la vida. Se alejó con un largo juramento en los labios y evitó proporcionarle a la marquesa la información obtenida porque antes tendría que realizar él las comprobaciones pertinentes. Quería saber de primera mano si su hijo estaba implicado en aquel negocio o si todo era una casualidad. A continuación tendría que ajustar cuentas con Pajaritos. Era un inspector muy conocido en la ciudad. Había comenzado a medrar bajo la tutela del franquismo y mantenía en pie todos los defectos del viejo sistema. Sabía que tenía fama de ser un corrupto con todo aquel que tenía algo que ofrecerle y un déspota con sus subordinados. También sabía que era muy amigo de la marquesa. Fue éste un reconocimiento que le dolió porque Zacarías también quería conquistar para él solo el cotizado corazón de María de las Mercedes. Con la información obtenida, Zacarías se vio con posibilidades de saltar definitivamente sobre su competidor más directo. Usaría los datos para hundir al inspector de policía en la cloaca de la historia. Es seguro que a la marquesa no le gustaría nada que

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Pajaritos la hubiese engañado como a una colegiala y que se hubiese quedado con todo el dinero. Eran tiempos de cambio, unos suben y otros bajan, ¡qué se le va a hacer! ¡Así es la vida! Es la dialéctica de la historia –según acostumbraba a decir con una de sus frases preferidas, que soltaba en los momentos más inesperados, dejando al interlocutor sin palabras para rebatir tal axioma-. El viejo policía debería desaparecer para dejar paso al progreso, al defensor de los trabajadores. Así se presentaría ante la marquesa, como el que trae nuevos aires, como el que porta la delicada llama de la honradez, el que elimina de una vez por todas el nauseabundo olor a tiempos pretéritos, el que juega limpio y desenmascara a los tramposos: al chorizo de la obra y al inspector corrupto. Por otra parte, el inspector Pajaritos tampoco se quedó de brazos cruzados. Investigó lo suyo para dar caza al que le había levantado la voz por el móvil. Con sus métodos de la vieja escuela policial no le fue difícil averiguar de qué iba la historia, muy parecida a la que le habían contado. Les había regalado a los chicos en el centro comercial los 2.000 euros prometidos porque era un hombre de palabra, un caballero chapado a la antigua, pero podría recuperarlos con facilidad. Estaba convencido de que podía actuar al margen de la marquesa y de la ley, y que tenía todas las posibilidades de embolsarse una cantidad importante para redondear el escuálido mes de febrero. A fin de cuentas, no eran más que unos críos asustados que se habían metido en un lío que ni ellos mismos controlaban. Ya sabían con quién trataban y ni siquiera sería necesario enseñar la placa identificativa. Nadie se enteraría de la maniobra con aquellos mocosos, ni nadie se percataría del movimiento de un dinerito que no se ganaba todos los días y que iba a ir directo a su bolsillo. Sólo era cuestión de cogerlos con las manos en la masa en el momento de la entrega del dinero. No les daría tiempo ni a tragar saliva.

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La mañana apareció despejada y no demasiado fría, con un sol beatífico que animó a las madres a sacar a los niños sin mucha ropa, evitando así las pesadas prendas de abrigo, inútiles para los disfraces. Elías quedó sorprendido cuando comprobó que su padre había ido a dormir a casa. No estaba acostumbrado a compartir con él el mismo espacio. Se encontraron en la cocina ya avanzada la mañana. Zacarías buscaba en la nevera algo que llevarse a la boca. No vio más que unas rajas secas de mortadela y una longaniza del Alto Aller. Partió unas rodajas y las acompañó de un buen pedazo de pan reseco. No estaba mal, pero la longaniza picaba lo suyo y el agua era insuficiente en aquellas circunstancias de incendio en la boca y garganta. No le quedó más remedio que acordarse del vino que solía guardar en el salón de la casa. Seguía teniendo el mismo número de botellas, señal inequívoca que no era la bebida preferida de su hijo. ¿En qué fase de la adolescencia estaría? Ya debería tener edad de andar con los calimochos, de botellón, con la cerveza. Hizo un esfuerzo para recordar algo sobre los gustos de Elías, pero sólo le vino a la memoria los momentos en los que devoraba yogures y otros productos infantiles. Tiempos muy lejanos, cuando vivían los tres juntos en Olloniego. Abrió una botella del Bierzo que le había regalado un compañero del Coto Minero Cantábrico, y le ofreció un trago a su hijo, pero Elías rechazó la invitación porque estaba tomando un Actimel antes de meterse entre pecho y espalda un enorme tazón de cereales con leche. -¿No consumes alcohol? -Nada. Además voy a ir al gimnasio dentro de un rato. -¿No vas a clase hoy? -Papá, no te enteras de nada. Estamos en el puente de Carnaval. Ya sabes, lunes y martes.

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-¡Ah! Se me había olvidado. No os podéis quejar los estudiantes porque os lo ponen llevadero, fácil. -¿Fácil? Ya no te acuerdas de tus tiempos. Además, si es tan fácil ¿por qué dejaste de estudiar? Iba a decirle que eso era un problema exclusivamente suyo, que no tenía por qué darle explicaciones de la decisión, pero le contestó de la forma más pedagógica que pudo: -Elías, ya sabes que el abuelo murió en la mina. La pensión que le quedó a la abuela era una miseria y a mí no me quedó más remedio que coger el relevo. -Yo también quiero coger el relevo –dijo de un tirón. Tenía que aprovechar las escasas ocasiones en las que su padre sacaba el tema minero. -Tienes que esperar a que llegue tu turno. Además, ahora está muy difícil entrar porque ya sabes que hay una reducción bestial de la plantilla. -Ya lo sé porque esa reducción la pactasteis vosotros. Reducir plantilla en los pozos a cambio de que os quede una prejubilación de puta madre. Y a vivir, que son dos días. A nosotros, a los jóvenes, a vuestros hijos, que nos den. -Fueron fuerzas mayores. La solución no se tomó aquí, ya nos vino casi hecha de Bruselas. De verdad que había muy pocas opciones. -Ya –cortó Elías-. Puede estar difícil entrar en HUNOSA, pero tú me lo puedes arreglar, me puedes facilitar la entrada. -Los tiempos están cambiando. Es la dialéctica de la historia. Cuando entré yo, no se necesitaban estudios, pero ahora ya sabes que hay que tener conocimientos de mecánica o de electricidad porque no se trabaja como antes. Ya no se pica carbón con pica y pala, ni siquiera con martillo, ahora usamos rozadoras y entibación marchante. -Eso son chorradas, son fáciles de manejar. Si una rozadora la lleva Arsenio, que no sabe hacer la o con un canuto. Además, ya sé conducir máquinas. Manolo me deja a

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veces alguno de sus quads para dar una vuelta por el monte. Todavía no te dije que para la próxima semana tendré entre mis manos una moto. -¿Y eso? -Ya la tengo encargada. -¿De dónde piensas sacar el dinero? –preguntó Zacarías con la precaución de quien sabe que no le va a quedar más remedio que apoquinar su cuota. -Estuve con algunos chollos por ahí y ahorré una pasta. -¿Chollos? ¿Qué chollos puedes tener tú con esa edad? -A ti ¿Qué más te da? No era nada chungo, cuidar viejos y cosas así. -No te habrás olvidado de los estudios, ya sabes que sin la ESO no eres nadie en el mundo laboral del primer empleo. Ahora lo piden hasta para ser guardia civil. -No lo piden para entrar en HUNOSA. -Ya te dije que se necesitan estudios o conocimientos, a veces también títulos que acrediten algo de lo que sabes. -El problema es que en el instituto no te enseñan nada de eso, sólo chorradas que no sirven para nada. Unos cuantos queremos cambiar ese planteamiento, pero nos cogieron manía y ya sabes lo que pasa. Todavía recordarás que los profesores tienen la sartén por el mango, son los que aprueban o suspenden, dependiendo si eres o no de su comba. -Con esto que me dices, ¿debo entender que los estudios los llevas de culo? -Sólo quise decir que soy muy crítico con el sistema establecido, con los carcamales de la educación. ¿No lo eres tú con el capitalismo, con la globalización, con la patronal? Aquellas palabras le sonaron a Zacarías muy lejanas, casi acusatorias de lo que eran los objetivos del sindicalismo y de lo que era la práctica diaria de un liberado

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sindical. Se quedó pensativo, y ligeramente inquieto, mientras engullía la última rodaja de longaniza. Elías lo estaba mirando y quizá esperaba una respuesta. No le quedó más remedio que darle largas a sus pretensiones: -Ya hablaremos de lo tuyo cuando termines la ESO. Elías escuchó esas palabras con dolor y decepción. Le costaba entender que su padre -un líder sindical que se había curtido entre las contradicciones del sistema, que había medrado en las luchas reivindicativas y en las jornadas solidarias con el resto de los proletarios del mundo- no compartiera con él su lucha silenciosa para socavar los cimientos de unos planes de estudios anquilosados que no contentan a nadie, sólo a la manada de borregos que pacen sin rechistar en los prados que les ordena su pastor. Recogieron los restos del desayuno y Zacarías formuló la pregunta que más le interesaba, por la que había ido a ver a su hijo: -¿Qué vas a hacer hoy? -Voy al gimnasio, ya te lo dije. -Sí, es verdad, ya no me acordaba. ¿Y por la tarde? -¿Por la tarde? Todavía no lo sé. Tengo que hacer unas llamadas. ¿Por qué lo dices? -Por la tarde creo que voy a tener tiempo libre, igual podemos vernos un rato. -Vale, llámame cuando puedas. Detrás de esa fórmula protocolaria con la que un padre se relaciona con su único hijo, se escondía una carga de profundidad, y ambos lo sabían. Con esa certeza se despidieron hasta la tarde. Cuando Elías oyó que su padre cerraba la puerta del apartamento, llamó a Mara. Había llegado el día escogido en el que le tenía que pagar la deuda contraída con él por la ruptura de un contrato de forma unilateral.

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La conversación telefónica entre ellos se desarrolló con la normalidad propia de quien paga una deuda dentro del plazo estipulado, sin los sobresaltos de la última llamada. La cita para entregar el dinero la estableció Mara. Debía ser a las 5 en la cafetería de un centro comercial, un lugar abarrotado en el que los hechos quedarían ocultos por una multitud festiva. A Elías le pareció perfecta la cita. Poco después llamó a su padre para decirle que podían quedar a cualquier hora después de las cinco y media, tiempo que él consideraba suficiente para finalizar un rescate largamente trabajado. A partir de esa llamada, Mara y sus amigos dedicaron toda la mañana para preparar la sesión carnavalesca de la tarde. Avisaron a personas ya casi olvidadas, unificaron criterios de actuación, repartieron los elementos necesarios para la coreografía y tomaron conciencia de los papeles que les tocaba representar en la comedia que iba a tener lugar por la tarde. A las cinco se celebraba el esperado concurso de disfraces en el centro comercial. Con la concurrencia de varias categorías, la empresa organizadora deseaba contar con el mayor número de participantes, y así arrinconar al concurso municipal, con más antigüedad y prestigio. Antes de la hora convenida, muchas familias se acercaban para inscribirse en el concurso. Mientras, los niños se revolvían –ansiosos y atrevidos- por todas las partes, y detrás siempre corrían los progenitores, tratando de calmar los ánimos de los que iban atiborrados con toda clase de armamento: espadas, puñales, lanzas, ballestas, hachas, escopetas, pistolas, mazos, cadenas, sierras eléctricas y demás artilugios de paz y de guerra. A estos movimientos de tropas infantiles, hay que añadir los alaridos de júbilo, propios de quienes van a entrar en las concurridas pasarelas de la exhibición. Abuelos, padres, hijos, sobrinos, nietos, componían un impávido ejército de esforzados valientes

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que se movían sin orden ni concierto por el campo de batalla, esperando únicamente la llamada de su general para comenzar la aventura de la exhibición y el éxito. También se movía por aquel zoco el inspector Vilariño en la búsqueda de su porción de dinero que había regalado a unos niñatos el día anterior. Iba disfrazado de una manera amorfa, difícil de clasificar. Se podría decir que se había puesto encima lo primero que encontró, sin que siguiera una estética determinada. Llevaba un gorro cónico de cartón brillante y de la cintura le colgaba una ridícula espada de plástico. Para ocultar su bigote tan característico se puso una enorme nariz de cartón. Sus contactos no le habían dicho el lugar exacto del intercambio, pero sí el disfraz que iba a llevar Mara, sólo era cuestión de encontrarla y seguir sus pasos. Pan comido. Estaba seguro de que los jóvenes le darían los 2.000 euros por las buenas, antes de que pudiera chantajearlos con airear entre sus padres los roces que habían tenido con la justicia o de acusarlos de ser colaboradores necesarios para la consecución de un delito. La información obtenida por Zacarías tampoco era exacta, pero sí tenía los suficientes datos como para localizar el lugar donde se iba a producir el intercambio entre una tal Mara y un tal Elías. Su labor consistía únicamente en comprobar si el chantajista llamado Elías era su Elías, su hijo. En una de las mesas de la cafetería con más movimiento de gente fue donde se sentó Mara. Iba disfrazada de Mickey Mouse, y Elías debía reconocerla enseguida, de acuerdo con la conversación de la mañana. Pidió un descafeinado de máquina y una pajita para beberlo. Al primer sorbo apareció Elías, vestido de motorista. Llevaba pantalón y chupa de cuero. -Eso que llevas, ¿qué es, un disfraz o tu atuendo de diario? –preguntó Mara después de observarlo con cierta sorpresa.

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-Hoy es un disfraz, pero mañana no, será mi ropa porque ya tendré una moto para mí solito. -Siéntate y toma algo. Invito yo, ¡para que veas que no te guardo ningún rencor! Elías accedió después de un momento de incertidumbre. Miró a su alrededor para comprobar que todo lo que veía se ajustaba a la normalidad. Efectivamente, sólo vio gente disfrazada que se movía de un lado para otro. Era martes de Carnaval. Predominaba la alegría festiva, algo que no le era ajeno en aquel momento. -¡Traerás la pasta, supongo! -Supones bien. ¿Y yo cómo sé que no te quedas con alguna de esas imágenes que vas a borrar? -Soy hombre de fiar. -Por los hechos se conoce a las personas, y me parece que ni eres hombre ni eres de fiar. -No cambias, sigues igual de gilipollas. No tienes remedio. Menos mal que esto va a ser nuestro último contacto. -Pues no. Te confundes. Cambié algo y me voy a fiar de ti otra vez, a ver si acierto, pero fíjate bien en dónde pisas porque un paso en falso te puede levantar del suelo. -¡Huy! ¿Qué miedo me das! ¡Déjate de rollos conmigo, tía, y dame la pasta de una puta vez, que ya me estás cansando! -Son cuatro billetes de los grandes, ya ves qué poco para el daño que me hiciste. Te los voy a ir dando de uno en uno para no levantar sospechas, ¿vale? -Dámelos como te dé la gana, pero dámelos ya –bufó Elías con la evidente ansiedad del que está a punto de trincar el primer pillaje de su vida. Mara sacó el primero de los billetes de una faltriquera que llevaba bajo el disfraz, se lo enseñó y lo puso con mucha parsimonia sobre la mesa. La trayectoria fue seguida

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por los ojos felizmente aturdidos del chantajista, que salivó con la misma satisfacción que el perro de Pavlov, antes de dar el mordisco a la presa que no pensaba soltar de ninguna de las maneras. Un instante después, la mano derecha de Elías –con las yemas de los dedos ansiosas de tocar tan preciado bien- se dispuso para empezar el recorrido hacia el trofeo, pero algo se lo impidió. Un enjambre de alfileres voló raudo para clavarse en la mano que iba a coger lo que creía que era suyo. Eran alfileres impregnados de pimienta negra que salían de una docena de cerbatanas que por allí se movían, al amparo del abigarrado ejército de disfraces. Las carcasas de los pacíficos bolígrafos Bic se habían convertido de repente en las cerbatanas que proyectaban los alfileres sobre el cuerpo que hacía de diana. Elías miró a su alrededor, pero no pudo ver a nadie sospechoso, o lo que era aún peor, todos aquellos que se movían caóticamente a su lado, por detrás, por delante, podían ser los culpables. Vio máscaras que se reían, otras eran amenazantes o burlonas. Entre la multitud había payasos, mendigos, monjas, verdugos, cardenales, prostitutas, jornaleros, submarinistas, leprosos, mariscales, astronautas, mujeres barbudas, enfermeras, leones, panteras y el resto de la fauna. En ese mareo de imágenes volvió la mirada hacia la que tenía enfrente, que no se inmutó. Sólo le indicó con la vista el lugar donde continuaba el billete, encima de la mesa, al lado de la taza de café. Un rictus de dolor invadió el rostro de Elías, que intentó llevarse la mano incólume sobre la que tenía picada por los alfileres. Era ése el movimiento que estaba esperando el furioso enjambre de avispas para descargar la segunda tanda artillera con los bolígrafos Bic sin la barra de la tinta. La mano izquierda quedó como la otra, oscurecida por un manto de dolor y de pimienta negra. Las dos manos se juntaron para arrancarse las púas que lo convertían en un puerco espín, pero ese movimiento hizo que dejara desprotegidas otras zonas del cuerpo. Esa zona desprovista de protección fue donde hicieron diana las siguientes flechas picantes, alfileres tiznados

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de dolor. El cuello y la cara se le llenaron de nuevos impactos. La piel cambió repentinamente de color y se le empezó a hinchar como a un sapo furioso. En el momento en que amigos y compañeros de Mara disparaban sin parar sus cerbatanas inmisericordes sobre el cuerpo emponzoñado de Elías, fue cuando Mara le gritó con toda las fuerzas que tenían su corazón y su rabia: -¡Coge el billete de una vez! ¿Lo tienes delante de tus narices! ¡Es tuyo, lo ganaste con el sudor de tu frente! Detrás de éste vienen otros tres, los tengo, míralos. ¡Son los 2.000 euros que me exigiste, o ya no te acuerdas, o no te atreves! ¡Cógelos de una puta vez si tienes huevos! Pero es probable que Elías ya no pudiera escuchar aquellas voces de condena. Lo único que intentaba era protegerse de un enemigo invisible que le estaba incendiando el cuerpo con un picor insoportable. Aullaba con unos sonidos guturales que se alejaban de lo que hasta ese momento había escuchado el género humano. Se levantó para huir de aquel infierno con los movimientos torpes de un boxeador sonado sobre el cuadrilátero, tapándose con los brazos la cara y la cabeza. Dio unos pasos indecisos que no conducían a ninguna parte, hacia la izquierda y hacia la derecha, hacia adelante y hacia atrás, sin orden ni concierto. Tuvo que ser una patada de Mara la que le indicara el camino de la rendición. Cayó de bruces sobre el pulido suelo del centro comercial con un leve lamento de animal moribundo. El primero que abandonó el centro comercial fue Zacarías. Lo hizo con la cabeza gacha y con el corazón también atravesado por los alfileres que le habían lanzado a su hijo. Se dio cuenta de que había estado alimentando a un monstruo, y que ese monstruo había echado la primera bocanada de fuego azufrado, un fuego que le quemaba las entrañas con el resquemor del fracaso.

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Poco después, también salió el inspector Vilariño. En el exterior se quitó el gorro y las narizotas de cartón. Lo tiró todo junto y revuelto en la primera papelera que pudo, lo mismo que la ridícula espada de plástico fosforescente. ¡La comedia había terminado ya! Aunque no tuviera un final feliz porque Pajaritos no logró arrebatarles los 2.000 euros, sí tuvo que reconocer que el fin fue justo, y feliz como las mejores películas de Hollywood. No le quedó más remedio que alabar el coraje que mostró la muchacha con el hijo del sindicalista, la deshonra de Zacarías, el iluso que intentaba acercarse a María de las Mercedes. Este pensamiento tan cálido y rencoroso le dio el consuelo necesario para que se olvidara en un santiamén de los 2.000 euros que había ido a rapiñar. No cabe duda de que un fracaso de su enemigo siempre constituye un éxito propio, sin esfuerzo. El sindicalista tenía los días contados para la marquesa. Sindicalista y con un hijo delincuente eran dos baldones que lo alejarían definitivamente de su entorno sentimental. El concurso de trajes infantiles ya había concluido, y los niños que abandonaban la pasarela se pararon al ver el fantoche de cuero que yacía en el suelo, envuelto en sus propios esputos y maldiciones, mendigando piedad y un alto el fuego. Muchos consideraron que aquello que tenían a sus pies formaba parte del espectáculo carnavalesco, y más de uno se animó a patear el bulto, otros –menos osados- se limitaron a jalear a los intrépidos. Se puede decir que los integrantes del grupo de Mara cumplieron a la perfección el papel que tenían asignado en la comedia que había terminado con risas en el público por la ridiculización del que aspiraba a quedarse con un botín que no le correspondía. Fuera del centro comercial, la tarde se había vuelto plomiza, y una ligera lluvia empezada a charolar el suelo. Bajo el agua purificadora, Mara se quitó parte del disfraz porque necesitaba sentir sobre su cuerpo sin tapujos el contacto con la realidad. Tenía la cara más blanca que de costumbre, muy pálida. Respiró hondo -con la satisfacción que

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tiene la que consigue la victoria después de una ardua guerra- porque sabía que el miedo convierte a los que lo sienten en sus súbditos. Y no sólo a los que lo sienten, sino también a los que lo prevén o los que lo ven cercano y posible. Con la verticalidad de una cariátide que está tocando el friso celestial, se dio cuenta de que acababa de conseguir la herramienta más demoledora y duradera que puede tener un humano en su mente. Punzante y frágil como un diminuto alfiler, invisible a veces, luminoso en otras ocasiones, hiriente siempre, fue la manipulación del miedo lo que hizo desde el primer momento de la evolución que un simio se irguiera sobre otros de su misma condición. Detrás de ella, sin que se percatara, la observaba Jairo, el hermoso perro fiel que siempre busca el calor entre las alargadas piernas de su ama, con la cara descubierta, sin ninguna máscara que ocultara sus verdaderas intenciones. Tardó en moverse porque supuso que Mara debía saborear en solitario el paso más decisivo –y agridulce- de la adolescencia. Una fina lluvia empezaba a formar los primeros regueros por las estrías de las baldosas. Algo después, los dos abandonaron el centro comercial sin seguir un rumbo decidido. Caminaban cogidos de la mano porque pensaban que con su contacto estaban tocando un pedazo del cielo, adornado en ese momento del anochecer por cientos de disfraces que se movían con el destello de estrellas fugaces. Apenas hablaron porque no necesitaban del valor de las palabras, les bastaba el calor de las manos y la sinceridad de las miradas. Quizás todavía no se habían dado cuenta de que los lazos con los que los estaba atrapando la felicidad ya les había unido los corazones.

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Armando Murias Ibias es doctor en Filología Hispánica y profesor de Lengua y Literatura en el IES Alfonso II (Oviedo). Tiene publicaciones de investigación filológica y literaria. Como director del grupo de teatro EL GAMUSINO ha representado una docena de comedias estudiantiles con textos ajenos y propios. Esta es la cuarta novela, después de Los zapatones del quincallero (Premio Letras de novela Corta 2003), Nómadas (2005) y El día que me quieras (2007). Entre los cuentos sobresalen Les fuercies de la naturaleza, Premio del Ayuntamiento de Corvera (2008). En tu nombre, premiado en el XVII Concurso de relatos “Valentín Andrés”, 2008. Las vaquillas, premiado en el IV Certamen Taurino Internacional “Félix Rodríguez”, Santander, 2009. La supergigante Stella Polaris, premiado en el XI Certamen Internacional de Relato “Villa de Montánchez”, 2010. amuribi@gmail.com

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Chantaje en Carnaval  

Una novela que trata sobre el miedo sin que sea de miedo. ¿Qué se puede hacer ante un chantaje? ¿Dinero? De eso nada. La protagonista tiene...

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