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Moderadora Dey Kastély

Traductoras Dey Kastély Ann Ferris Jeyly Carstairs Val_17 Janira Jasiel Odair Sandry

Miry GPE Daniela Agrafojo Florbarbero Becky Jenni G. Marie Ang. Yure

Annie D Valentine Rose Pau_07 Jane Majo Villa Nats Juli

Sofía Belikov Alessandra Wilde Pachi Reed15 Nikky Beluu Mary Anty

Correctoras Dey Kastély Miry Gpe Fany Stgo. Sandry Beluu Clara Markov

Itxi Marie.Ang Ann Ferris Janira Vane Hearts Laurita PI

Ana Avila Meliizza Dannygonzal Pachi Reed15 Pau_07 Mire

Revisión Elle Ann Ferris Florbarbero Mel Wentworth

Juli CrisCras Annabelle Mery St. Clair

Diseño Dey Kastély

Anty Laura Delilah Jadasa


Sinopsis

Capítulo 26

Capítulo 1

Capítulo 27

Capítulo 2

Capítulo 28

Capítulo 3

Capítulo 29

Capítulo 4

Capítulo 30

Capítulo 5

Capítulo 31

Capítulo 6

Capítulo 32

Capítulo 7

Capítulo 33

Capítulo 8

Capítulo 34

Capítulo 9

Capítulo 35

Capítulo 10

Capítulo 36

Capítulo 11

Capítulo 37

Capítulo 12

Capítulo 38

Capítulo 13

Capítulo 39

Capítulo 14

Capítulo 40

Capítulo 15

Capítulo 41

Capítulo 16

Capítulo 42

Capítulo 17

Capítulo 43

Capítulo 18

Capítulo 44

Capítulo 19

Capítulo 45

Capítulo 20

Capítulo 46

Capítulo 21

Capítulo 47

Capítulo 22

Capítulo 48

Capítulo 23

Capítulo 49

Capítulo 24

Capítulo 50

Capítulo 25

Sobre el Autor

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La autora de la Hermandad de la Daga Negra #1 en ventas del New York Times entrega la primera novela de una nueva y fascinante serie en medio de las dinámicas cambiantes de una familia sureña definida por la riqueza y los privilegios; y comprometida por secretos, engaño y escándalo... Por generaciones, la familia Bradford ha llevado el manto de reyes de la capital Bourbon del mundo. Su constante riqueza les ha brindado prestigio y privilegios, así como una división de clase duramente ganada en su extensa finca: Oriental. En la planta superior, una dinastía que acorde a todas las apariencias juega por las reglas de la buena fortuna y el buen gusto. En la planta baja el personal, el personal que trabaja incansablemente para mantener la impecable fachada Bradford. Y nunca ambos deberán reunirse. Para Lizzie King, jefa jardinera de Oriental, cruzar esa división casi arruinó su vida. Enamorarse de Tulane, el hijo pródigo de la dinastía de los Bourbones, no era algo que pretendía o quería, y su amarga ruptura sólo sirvió para demostrar que sus instintos estaban en lo cierto. Ahora, después de dos años de estar lejos, Tulane finalmente está volviendo a casa de nuevo, y está trayendo el pasado consigo. Nadie quedará sin ser marcado: no la bella e implacable esposa de Tulane; no su hermano mayor, cuya amargura y rencor no conocen límites; y sobretodo no el férreo patriarca Bradford, un hombre con poca moral, menos escrúpulos y muchos, muchos terribles secretos. A medida que las tensiones, profesionales e íntimamente privadas, se encienden, Oriental y todos sus habitantes son arrojados a las garras de una irrevocable transformación, y sólo la astucia sobrevivirá. The Bourbon Kings, #1


Usted está cordialmente invitado al:

Almuerzo de la Carrera En celebración de la 139ª carrera de caballos de Charlemont Sábado, cuatro de mayo Diez en punto Oriental

Confirmar asistencia: newarkharris@gmail.com

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Traducido por Dey Kastély Corregido por Miry GPE

La niebla se cernía sobre las apacibles aguas de Ohio como el aliento de Dios, y los árboles en el lado de la orilla Charlemont del Camino del Río eran de tantos tonos de verde primavera, que el color requería un sexto sentido para absorberlos todos. En lo alto, el cielo era de un azul turbio y blanquecino, el tipo de cosa que veías en el norte sólo en julio, y a las siete y media de la mañana, la temperatura ya era de veintitrés grados. Era la primera semana de mayo. Los siete días más importantes en el calendario, superando el nacimiento de Cristo, la Independencia de los Estados Unidos, y Año Nuevo. La 139ª carrera de caballos de Charlemont era el sábado. Lo que significaba que todo el estado de Kentucky se encontraba en un frenesí de carreras de pura sangre. Mientras Lizzie King se acercaba a la desviación para su trabajo, viajaba con una alta adrenalina que había sido bombeada por unas buenas tres semanas, y sabía por experiencia que este ánimo suyo no se desinflaría hasta después de la limpieza del sábado. Al menos se encontraba, como siempre, yendo contra el tráfico, dirigiéndose hacia el centro de la ciudad y haciendo buen tiempo: su recorrido era de cuarenta minutos cada trayecto, pero no en las versiones de hora pico de aparcamientos densamente poblados de Nueva York, Boston o Los Ángeles, lo que en su estado mental actual le causaría que su cabeza se nublara de humo nuclear. No, el viaje a su trabajo fueron veintiocho minutos de la granja de Indiana, seguido de seis minutos de retrasos de puentes e intrincadas carreteras, culminando con estos seis a diez minutos en contra de la marea paralela al río. A veces estaba convencida de que los únicos autos yendo en su dirección eran el resto del personal que trabajaba en Oriental con ella. Ah, sí, Oriental.


La Finca Familiar Bradford, o FFB, como eran marcadas sus entregas, se encontraba en lo alto de la colina más grande del área metropolitana de Charlemont y comprendía una casa principal de más de seis mil metros cuadrados con tres jardines, dos piscinas y una vista de trescientos sesenta grados del condado de Washington. También había doce cabañas en la propiedad, así como diez edificios anexos, una granja en pleno funcionamiento de más de cuarenta hectáreas, un establo de veinte caballos que fue convertido en un centro de negocios, y un campo de golf de nueve hoyos. El cual estaba iluminado. En caso de que necesitaras trabajar en tu chip1 a la una de la madrugada. Por lo que había escuchado, la enorme parcela se le concedió a la familia en 1778, después de que el primero de los Bradford llegara al sur desde Pennsylvania con el entonces coronel George Rogers Clark, y trajera tanto sus ambiciones como su bourbon, haciendo tradiciones en el territorio autónomo naciente. Un avance rápido de casi doscientos cincuenta años, y tenías una mansión federal del tamaño de una pequeña ciudad en esa colina, y unas setenta y dos personas trabajando en la propiedad a tiempo parcial y completo. Todos los cuales seguían reglas feudales y un rígido sistema de castas que se encontraba justo sacado de Downton Abbey2. O tal vez la rutina de la Condesa Viuda de Grantham 3 era un poco demasiado progresista. Los tiempos de Guillermo el Conquistador eran probablemente más aptos. Así que, por ejemplo, y esto aquí era solamente una conjetura de una película del canal Lifetime, ¿si una jardinera se enamoraba de uno de los preciosos hijos de la familia? ¿Incluso si ella era una de los dos horticultores en jefe, y tenía una reputación nacional y una maestría en arquitectura paisajista de la universidad de Cornell? Eso simplemente no se hacía. Sabrina sin el final feliz, querida. Maldiciendo, Lizzie encendió la radio con la esperanza de conseguir que su cerebro se callara. No llegó muy lejos. Su Toyota Yaris tenía el sistema de altavoces de una casa Barbie: tenía pequeños círculos en las puertas que se suponía bombeaban la música, pero eran sobre todo para fingir, y hoy, la estación nacional saliendo de esos posavasos no era suficiente. El sonido de una ambulancia acelerando detrás de ella fácilmente disipó el alto repiqueteo de las noticias, pisó el freno y se movió con cuidado hacia un lado. Después de que pasó el ruido y las luces

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En golf, un tiro intencionalmente alto. Serie televisiva situada en Inglaterra durante el reinado del Rey Jorge V. Matriarca de la familia Crawley en Downton Abbey.


parpadeantes, se reincorporó al camino y tomó una gran curva tanto en el río como en la carretera… y allí estaba, la gran mansión blanca de los Bradford, muy alta en el cielo, el sol naciente viéndose obligado a trabajar en torno a su diseño regio y simétrico. Ella creció en Plattsburgh, Nueva York, en un huerto de manzanas. ¿Qué diablos pensó hace casi dos años cuando dejó que Lane Baldwine, el hijo menor, entrara a su vida? ¿Y por qué todavía estaba, después de todo este tiempo, preguntándose sobre los detalles? Vamos, no era como si fuera la primera mujer que consiguía ser bien seducida por él; Lizzie frunció el ceño y se inclinó sobre el volante. La ambulancia que la pasó se dirigía hasta el costado de la colina de la FFB, sus luces rojas y blancas parpadeando a lo largo de la callejuela de árboles de arce. —Oh, Dios —murmuró. Rezó para que no fuera quien pensaba que era. Pero vamos, su suerte no podía ser tan mala. ¿Y no era triste que eso fuera lo primero que le vino a la mente en lugar de preocuparse sobre quien estuviera herido/enfermo/desmayado? Procediendo por las puertas de hierro forjado, con monogramas, que se cerraba, giró a la derecha casi unos trescientos metros después. Como empleada, se veía obligada a utilizar la entrada de servicio con sus vehículos, sin excusas, sin excepciones. Porque Dios no quiera que un auto con un precio por debajo de cien mil dólares fuera visto frente a la casa. Vaya, se estaba poniendo perra, decidió. Y después de la carrera, tendría que tomar unas vacaciones antes de que la gente pensara que se hallaba pasando por la menopausia dos décadas antes. La máquina de coser bajo el capó del Yaris se revolucionó cuando bajó el camino plano que iba alrededor de la base de la colina. El campo de maíz vino primero, el estiércol ya puesto y revuelto encima, en preparación para la siembra. Y luego estaban los jardines de flores de corte llenos de las primeras plantas perennes y anuales, las cabezas de las primeas peonías gruesas como pelotas de béisbol y no más oscuras que el rubor de unas mejillas ingenuas. Después de eso, se encontraban las casas y viveros de orquídeas, seguidas de edificios anexos con la franja e instalaciones de mantenimiento de equipos en ellos, y luego la alineación de cabañas de dos y tres dormitorios de la época de los años cincuenta. Eran tan desiguales y elegantes como un set de latas de azúcar y harina en una encimera de formica. Acomodándose en el estacionamiento del personal, salió, dejando atrás su hielera, sombrero y bolso con su protector solar. Trotando hacia el edificio principal de mantenimiento, entró en la cueva con olor a


gasolina y aceite a través de la bahía abierta a la izquierda. La oficina de Gary McAdams, el encargado principal, se encontraba a un lado, las hojas de vidrio nublado todavía lo suficientemente translúcidas para saber que las luces se hallaban encendidas y que alguien se movía por ahí. No se molestó en tocar. Abriendo la débil puerta, ignoró las chicas pin-up medio desnudas en el calendario Pirelli. —Gary… El viejo de sesenta y dos años acababa de colgar el teléfono con su mano de oso, su rostro quemado por el sol con la piel agrietada tan sombría como nunca la había visto. Cuando miró a través de su escritorio desordenado, supo para quién era la ambulancia incluso antes de que él dijera el nombre. Lizzie se llevó las manos a la cara y se apoyó contra el marco de la puerta. Se sentía muy mal por la familia, por supuesto, pero era imposible no personalizar la tragedia y querer ir a vomitar en alguna parte. El único hombre que no quería volver a ver… regresaba a casa. Bien podría conseguirse un cronómetro.

—Vamos. Sé que me quieres. Jonathan Tulane Baldwine miró alrededor de la cadera que se hallaba apoyada junto a su pila de fichas de póquer. —Suban la apuesta, muchachos. —Estoy hablando contigo. —Un par de falsos pechos llenos, parcialmente cubiertos, aparecieron sobre el abanico de cartas en sus manos—. Hola. Es hora de fingir interés en algo, cualquier cosa, pensó Lane. Lástima que el apartamento de un dormitorio de Midtown era un piso de soltero hecho en nada que fuera funcional. Y porqué molestarse mirando las caras de lo que quedaba de los seis hijos de puta que empezaron a jugar hace ocho horas. Ninguno de ellos demostró ser digno de algo más que mantener el ritmo con las apuestas altas. Descifrar lo que los delataba, incluso como una estrategia de escape, no valía la pena la fatiga visual a las siete y media de la mañana. —Hollllllaaaa…

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—Ríndete, cariño, no está interesado —murmuró alguien. —Todos están interesados en mí. —Él no. —Jeff Stern, el anfitrión y compañero de piso, lanzó el valor de mil dólares en fichas—. ¿No es así, Lane? —¿Eres gay? ¿Él es gay? Lane trasladó a la reina de corazones junto al rey de corazones. Movió a la jota junto a la reina. Quería empujar a la cirugía de pechos con boca al suelo. —Dos de ustedes no han colocado su apuesta inicial. —Estoy fuera, Baldwine. Demasiado rico para mi sangre. —Entro… si alguien me presta mil dólares. Jeff miró al otro lado de la mesa verde y sonrió. —Somos tú y yo de nuevo, Baldwine. —Ansioso por tomar tu dinero. —Lane escondió apretadamente sus cartas—. Es tu jugada… La mujer se inclinó de nuevo. —Me encanta tu acento sureño. Los ojos de Jeff se estrecharon detrás de sus gafas de montura. — Debes apartarte de él, bebé. —No soy estúpida —dijo, arrastrando las palabras—. exactamente quién eres y cuánto dinero tienes. Bebo tu bourbon…

Lane se echó hacia atrás y se dirigió al tonto que trajo al accesorio hablador. —¿Billy? En serio. —Sí, sí. —El tipo que quiso endeudarse con mil dólares se levantó—. De todos modos, el sol está saliendo. Vámonos. —Quiero quedarme… —Nop, ya terminaste. —Billy tomó a la rubia tonta con el problema de la inflada autoestima por el brazo y la acompañó hasta la puerta—. Te llevaré a casa, y no, él no es quien crees que es. Hasta luego, idiotas. —Sí, lo es… Lo he visto en revistas… Antes de que la puerta pudiera cerrarse, el otro tipo que había sido escurrido se puso de pie. —También me voy de aquí. Recuérdenme nunca jugar con ustedes dos de nuevo. —No haré nada de eso —dijo Jeff mientras alzaba una palma—. Dile a la esposa que dije hola. —Puedes decirle tú mismo cuando te veamos en Sabbat. —Eso de nuevo.


—Cada viernes, y si no te gusta, ¿por qué sigues apareciendo en mi casa? —Comida gratis. Es así de simple. —Como si necesitaras la caridad. Y luego, se encontraron solos. Con más de doscientos cincuenta mil dólares en fichas de póquer, dos barajas de cartas, un cenicero lleno de colillas de cigarro y ninguna rubia tonta. —Es tu apuesta —dijo Lane. —Creo que quiere casarse con ella —murmuró Jeff mientras lanzaba más fichas en el centro de la mesa—. Billy. Aquí hay veinte de los grandes. —Entonces debería examinarse la cabeza. —Lane pagó la apuesta de su viejo hermano de fraternidad y luego la dobló—. Patético. Ambos. Jeff bajó sus cartas. —Déjame preguntarte algo. —No lo hagas muy difícil. Estoy borracho. —¿Te gustan? —¿Las fichas de póquer? —En el fondo, un celular comenzó a sonar—. Sí, me gustan. Así que, si no te importa poner unas cuantas más de las tuyas en… —No, las mujeres. Lane alzó la vista. —¿Disculpa? Su amigo más antiguo puso un codo sobre el tapete y se inclinó. Su corbata desapareció al inicio del juego, y su camisa previamente almidonada y de un blanco brillante, ahora se encontraba tan flexible y relajada como una camiseta tipo polo. Sin embargo, sus ojos se hallaban trágicamente agudos y concentrados. —Me escuchaste. Mira, sé que no es de mi incumbencia, pero, ¿apareciste aquí hace cuánto tiempo? Como, casi dos años. Vives en mi sofá, no trabajas, y lo entiendo dado cuál es tu familia. Pero no hay ninguna mujer, no… —Deja de pensar, Jeff. —Lo digo en serio. —Entonces apuesta. Su celular se quedó en silencio. Pero no su amigo. —La universidad fue hace toda una vida. Muchas cosas pueden cambiar. —Al parecer no si todavía estoy en tu sofá… —¿Qué pasó contigo, hombre? —Morí esperando que apostaras o te retiraras.

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Jeff refunfuñó mientras armaba una pila de fichas rojas y azules y las arrojaba al centro. —Otros veinte mil. —Eso me gusta más. —El celular comenzó a sonar de nuevo—. Lo cubriré. Y lo subiré cincuenta. Si te callas. —¿Seguro que quieres hacer eso? —¿Consigo callarte? Sip. —Ponerse agresivo en el póquer con un banquero de inversión como yo. Los clichés están ahí por una razón; soy codicioso y muy bueno con las matemáticas. A diferencia de los de tu especie. —Mi especie. —La gente como ustedes los Bradford no saben cómo hacer dinero, han sido entrenados para gastarlo. Ahora, a diferencia de la mayoría de los aficionados, tu familia en realidad tiene un flujo de ingresos; aunque eso es lo que no los deja aprender algo. Así que no estoy seguro de que sea un valor añadido a largo plazo. Lane pensó de nuevo por qué finalmente dejó Charlemont para siempre. —He aprendido bastante, confía en mí. —Y ahora suenas amargado. —Me aburres. ¿Se supone que deba disfrutar eso? —¿Por qué nunca vas a casa para Navidad? ¿Acción de Gracias? ¿Pascua? Lane desplomó sus cartas y las puso boca abajo sobre el tapete. —Ya no creo en Santa o en el Conejito de Pascua, maldita sea, y el pavo está sobrevalorado. ¿Cuál es tu problema? Pregunta equivocada. Sobre todo después de una noche de póquer y bebida. Sobre todo para un tipo como Stern, que era rotundamente incapaz de ser otra cosa más que perfectamente honesto. —No me gusta que estés tan solo. —Tienes que estar bromeando. —Soy uno de tus amigos más antiguos, ¿no? Si no te lo digo como es, ¿quién lo hará? Y no te enojes conmigo; escogiste a un judío de Nueva York, no a uno de los otros mil sureños remilgados que fueron a esa universidad ridícula, para ser tu perpetuo compañero de piso. Así que jódete. —¿Jugaremos esta mano? La mirada perspicaz de Jeff se estrechó. —Respóndeme una cosa.


—Sí, estoy reconsiderando seriamente por qué no me quedé con Wedge o Chenoweth justo ahora. —Ja. No podrías soportar a ninguno de esos dos más de un día. A menos que estés borracho, lo que en realidad, has estado consecutivamente durante los últimos tres meses y medio. Y esa es otra cosa con la que tengo un problema. —Apuesta. Ahora. Por el amor de Dios. —¿Por qué…? Cuando ese teléfono sonó por tercera vez, Lane se puso de pie y caminó al otro extremo de la habitación. Sobre la barra, junto a su billetera, la pantalla brillante estaba iluminada, no se molestó en mirar quién era. Sólo contestó la llamada porque era eso o cometer homicidio. La voz sureña al otro extremo de la línea dijo cuatro palabras: —Tu mamá está muriendo. A medida que el significado se asimilaba en su cerebro, todo se desestabilizó a su alrededor, las paredes cerrándose, el piso sacudiéndose, el techo colapsando sobre su cabeza. Los recuerdos no vinieron tanto como para embestirlo, el alcohol en su sistema sin hacer algo para calmar el ataque. No, pensó. No ahora. No esta mañana. Aunque, ¿alguna vez habría un buen momento? “Nunca” era lo único aceptable en el calendario para esto. Desde la distancia, se escuchó hablar. —Estaré allí antes del mediodía. —Y luego colgó. —¿Lane? —Jeff se puso de pie—. Oh, mierda, no te desmayes. Tengo que estar en Eleven Wall en una hora y necesito una ducha. Desde una vasta distancia, Lane observó su mano estirarse y recoger su cartera. Puso eso y el teléfono en el bolsillo de sus pantalones y se dirigió a la puerta. —¡Lane! ¿A dónde carajos vas? —No me esperes despierto —dijo mientras salía. —-¿Cuándo regresarás? Oye, Lane… ¿qué mierda? Su viejo y querido amigo seguía hablándole mientras Lane se alejaba, dejando que la puerta se cerrara a su paso. En el otro extremo de la sala, él le dio un puñetazo a una puerta de acero y comenzó a bajar corriendo la escalera de concreto.

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A medida que sus pisadas resonaron por todas partes, y giraba curva tras curva, marcó un número familiar. Cuando contestaron la llamada, dijo: —Es Lane Baldwine. Necesito un jet en Teterboro ahora… hacia Charlemont. Hubo una breve pausa, y luego el asistente ejecutivo de su padre regresó a la línea. —Señor Baldwine, hay un jet disponible. He hablado directamente con el piloto. Los planes de vuelo se presentan mientras hablamos. Una vez que llegue al aeropuerto, proceda a… —Sé dónde está nuestra terminal. —Irrumpió en el vestíbulo de mármol, asintiéndole al portero, y siguió hacia las puertas giratorias—. Gracias. Sólo algo rápido, se dijo mientras colgaba y detenía un taxi. Con un poco de suerte, estaría de vuelta en Manhattan y con el molesto Jeff al anochecer, a medianoche a más tardar. Diez horas. Máximo quince. Sin embargo, tenía que ver a su mamá. Eso era lo que hacían los chicos sureños.


Traducido por Vanessa Farrow Corregido por Miry GPE

Tres horas, veintidós minutos, y un número de segundos después, Lane miró por la ventana oval de una de las nuevas marcas de jets corporativos 1000E de la Compañía de Bourbón Bradford. Abajo, la ciudad de Charlemont era mostrada como un diorama Lego, sus secciones de ricos y pobres, del comercio y de la agricultura, de haciendas y la carretera desplegada en lo que parecía ser sólo dos dimensiones. Por un momento, trató de imaginarse la tierra como lo había sido cuando su familia se asentó por primera vez en la zona en 1778. Bosques. Ríos. Nativos americanos. Vida silvestre. Su pueblo vino de Pennsylvania a través del Desfiladero Cumberland doscientos cincuenta años atrás, y ahora, aquí estaba, a diez mil kilómetros arriba en el aire, dando vueltas sobre la ciudad junto con otros cincuenta chicos ricos en sus diversas aeronaves. Excepto que él no estaba aquí para apostar a los caballos, emborracharse y encontrar algo de sexo. —¿Puedo rellenar su No. Quince antes de aterrizar, señor Baldwine? Me temo que hay bastante fila. Podríamos esperar un tiempo. —Gracias. —Tomó lo que había en su vaso de cristal, los cubitos de hielo deslizándose y golpeando su labio superior—. Tu elección del momento no podría ser más adecuada. Está bien, así que tal vez bebería un poco. —De nada. A medida que la mujer en uniforme de falda se alejaba, miraba sobre su hombro para ver si él la observaba irse, sus grandes ojos azules floreciendo debajo de sus pestañas postizas. Su vida sexual dependía mucho de la bondad de esas extrañas. Particularmente las rubias como ella, con piernas como esas, caderas como esa, y los pechos así.

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Pero ya no más. —Señor Baldwine —dijo el capitán desde arriba—, cuando se enteraron de que era usted nos adelantaron, así que aterrizaremos ahora. —Qué amable de su parte —murmuró Lane mientras la azafata regresaba. La forma en que volvió a abrir la botella le dio una idea sobre cómo tomaría la bragueta de un hombre, su cuerpo lleno logrando el giro del corcho y su liberación. Luego se inclinó para verter, animándolo a revisarle la ropa interior La Perla. Qué pérdida de esfuerzo. —Eso es suficiente. —Levantó su mano—. Gracias. —¿Hay algo más que pueda ofrecerle? —No gracias. Se detuvo. Como si no estuviera acostumbrada a ser rechazada, y quisiera recordarle que se quedaban sin tiempo. Después de un momento, levantó su barbilla. —Muy bien, señor. Lo cuál era su forma de decirle que se fuera al infierno: con un giro de sus cabellos, se retiró enojada, balanceando lo que había debajo de esa falda como si tuviera un gato por la cola y un objetivo para golpear. Levantó su copa y giró el No. 15. Nunca estuvo particularmente involucrado con los negocios de la familia, ese era el ámbito de su hermano mayor, Edward. O por lo menos, lo había sido. Pero incluso como una empresa externa, Lane sabía el apodo del éxito No. 15 de la Compañía de Bourbon Bradford, lo esencial de la línea de productos, que se vendía en cantidades tan enormes que se llamaba El Gran Borrador, porque su ganancia era tan grande, que el dinero podría eclipsar la pérdida de cualquier tropiezo corporativo interna o externamente, error de cálculo o cambio descendente en la participación del mercado. A medida que el jet rodeaba las pistas de aterrizaje para el acercamiento, un rayo de sol atravesó la ventana oval, cayendo sobre la mesa plegable de nogal veteada, el cuero color crema del asiento, el azul oscuro de sus vaqueros, la hebilla metálica de sus mocasines Gucci. Y entonces golpeó el No. 15 en su vaso, sacando los reflejos rubí en el licor ámbar. Mientras tomaba otro trago del borde del cristal, sintió el calor del sol en el exterior de la mano y la frescura del hielo en las yemas de sus dedos. Algunos estudios que se hicieron recientemente colocaron los negocios bourbon en tres mil millones de dólares en ventas anuales. De ese pastel, FFB probablemente tenía de un cuarto a un tercio. Había una


empresa en el estado que era más grande, la temida Corporación Destilería Sutton, y luego se encontraban de ocho a diez productores más, pero FFB era el diamante entre piedras semipreciosas, la elección de los bebedores más exigentes. Como consumidor leal, tenía que estar de acuerdo con el espíritu de la época. Un cambio en el nivel del bourbon en su vaso anunció el descenso para el aterrizaje, y recordó la primera vez que intentó un producto de su familia. Teniendo en cuenta cómo sucedió, él debería haber sido abstemio para toda la vida. —Es Año Nuevo, vamos. No seas cobarde. Como de costumbre, Maxwell fue el que empezó a rodar la pelota. De los cuatro hermanos, Max era el alborotador, con Gin, su hermanita, llegando a un cercano segundo lugar en la escala de Richter recalcitrante. Edward, el mayor y el más puritano de ellos, no había sido invitado a esta fiesta y Lane, que estaba en algún lugar en el medio, tanto en términos de orden de nacimiento como en la probabilidad de ser arrestado en cualquier edad temprana, se vio obligado a la excursión porque Max odiaba hacer el mal sin público, y las chicas no contaban. Sabía que esto era una idea realmente mala. Si iban a atacar el alcohol, debían tomar una botella de la despensa y subir a sus habitaciones donde no tenían ninguna posibilidad de ser atrapados. ¿Pero beber aquí en el espacio abierto, en el salón? ¿Bajo la mirada de desaprobación del retrato de Elijah Bradford sobre la chimenea? Tonto… —¿Así que dices que no vas a tomar ninguno, Lame4? Ah, sí. El apodo favorito de Max para él. En el resplandor color melocotón de las luces exteriores de seguridad, Max lo miró con una expresión de tal desafío, que la mirada podría haber venido con bloques de velocista y un pistoletazo de salida. Lane echó un vistazo a la botella en la mano de su hermano. La etiqueta era una de las más elegantes, con las palabras “Reserva Familiar" en una importante caligrafía en ella. Si él no lo hacía, nunca escucharía el final de esto.

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Lame significa aburrido en inglés. Es un juego de palabras con el nombre “Lane”.


—Sólo que lo quiero en una copa —dijo—. Una copa adecuada. Con hielo. Porque esa era la forma en que su padre lo bebía. Y era lo único masculino que tenía para demorarlo. Max frunció el ceño como si no hubiera considerado toda la cosa de la presentación. —Está bien. —No necesito una copa. —Gin, quien tenía siete años, tenía las manos en las caderas y los ojos fijos en Max. En su pequeño camisón de encaje, era como Wendy en Peter Pan; con esa expresión agresiva en su cara, era una sincera luchadora. —Necesito una cuchara. —¿Una cuchara? —exigió Max—. ¿De qué hablas? —Es la medicina, ¿no es así? Max echó la cabeza hacia atrás y rió. —Que estás… Lane golpeó una palma en la boca de su hermano. —¡Cállate! ¿Quieres que nos atrapen? Max le quitó la mano. —¿Qué me harán? ¿Azotarme? Bueno, sí, si su padre los encontraba o se enteraba de esto: A pesar de que el gran William Baldwine delegaba la gran mayoría de los deberes paternales a otras personas, el cinturón era uno de los que guardaba para sí mismo. —Espera un minuto, suavemente—. ¿Cierto?

quieres

ser

descubierto

—dijo

Lane

Max se volvió hacia el carrito de latón para bebidas y copas. El servidor adornado era una antigüedad, como casi todo en Oriental lo era, y el escudo familiar fue grabado en cada una de sus cuatro esquinas. Con ruedas delgadas, grandes y una parte superior de cristal, era la anfitriona con lo mejor, con cuatro tipos diferentes de bourbon americano Bradford, media docena de copas de cristal, y una cubeta de hielo de plata esterlina, que era constantemente rellenada por el mayordomo. —Aquí está tu copa. —Max le dio una—. Voy a beber de la botella. —¿Dónde está mi cuchara? —dijo Gin. —Puedes tomar un sorbo del mío —susurró Lane. —No. Quiero mi propia…


El debate se vio interrumpido cuando Max sacó el corcho y el proyectil salió volando, haciendo ping contra la araña en el centro de la habitación. Mientras el cristal castañeteaba y centelleaba, los tres se congelaron. —Cállate —dijo Max antes de que hubiera ningún comentario—. Y sin hielo para ti. El bourbon gorgoteó al caer mientras su hermano lo vaciaba en la copa de Lane, sin detenerse hasta que la llenó tan alta como la leche en la mesa de comedor. —Ahora bébelo —le dijo Max mientras ponía la botella en su boca y echaba la cabeza hacia atrás. El espectáculo del chico duro no duró más que un solo trago ya que Max soltó una serie de toses que eran lo suficientemente fuertes como para despertar a los muertos. Dejando a su hermano ahogarse o morir en el intento, Lane se quedó mirando la copa. Llevando la copa a su boca, tomó un trago con cuidado. Fuego. Era como beber fuego, un rastro ardiente hacia su estómago, y mientras exhalaba una maldición, medio esperaba ver llamas salir de su rostro, como si fuera un dragón. —Mi turno —dijo Gin. Él sostuvo la copa, sin dejarla tomarlo cuando ella quería. Mientras tanto, Max tomaba un segundo y tercer trago. Gin apenas atrajo la copa, sin hacer nada más que humedecer sus labios y retrocedió con disgusto… —¡Qué hacen! A medida que la lámpara se encendía, los tres saltaron, Lane controlando el bourbon que salpicaba de su copa en la parte delantera de su pijama con monograma. Edward se paró dentro de la sala, una mirada de furia absoluta en su rostro. —Qué demonios sucede —dijo, caminando hacia adelante, agarrando la copa de las manos de Lane y la botella de Max. —Estábamos jugando —murmuró Gin. —Vete a la cama, Gin. —Puso la copa en el carro y señaló con la botella a la arcada—. Vete a la cama ahora mismo. —Oh, ¿por qué? —¿A menos que quieras que te patee el culo, también? Incluso Gin podía respetar esa lógica.

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Mientras se dirigía hacia la arcada, con los hombros encorvados, caminando descuidadamente por Oriental, Edward dijo entre dientes: —Y usa las escaleras del personal. Si padre oye algo, vendrá por la parte delantera. El corazón de Lane rugía con fuerza. Y sus entrañas se revolvieron, aunque si era por ser atrapados o por el bourbon, no estaba seguro. —Ella tiene siete —dijo Edward cuando Gin estuvo fuera del alcance para escuchar—. ¡Siete! —Sabemos qué edad tiene… —Cállate, Maxwell. Simplemente cállate. —Miró a Max—. Si quieres corromperte a ti mismo, no me importa. Pero no los contamines a ellos con tu mierda. Grandes palabras. Insultos. Y la actitud de alguien que podría derribarlos a ambos. Por otra parte, Edward siempre había parecido grande, incluso antes que hubiera hecho el salto al mundo adolescente. —No tengo que escucharte —respondió Max. Pero la pelea ya estaba dejándolo, su tono se volvió débil, sus ojos cayendo a la alfombra. —Sí, tienes. Las cosas se quedaron silenciosas en ese punto. —Lo siento —dijo Lane. —No estoy preocupado por ti. —Edward sacudió la cabeza—. Es él quién me preocupa. —Di que lo sientes —susurró Lane—. Max, vamos. —No. —Él no es padre, ya sabes. Max miró a Edward. —Pero actúas como él. —Sólo porque estás fuera de control. Lane tomó la mano de Max. —Él también está arrepentido, Edward. Ven, vámonos antes de que alguien nos oiga. Dio un tirón, pero finalmente Max siguió adelante sin más comentarios, la pelea acabada, la competencia por la maldita independencia. Se encontraban a mitad de camino por el suelo blanco y negro de mármol del vestíbulo oscuro cuando Lane vio algo hacia el final del pasillo. Alguien se movía en las sombras.


Demasiado grande para ser Gin. Lane jaló a su hermano a la oscuridad total de la sala de baile al otro lado del camino. —Shh. A través de los arcos en la sala, vio como Edward se volvió hacia el carro para tratar de encontrar el corcho, y quería gritar una advertencia a su hermano… Cuando su padre entró, el alto cuerpo de William Baldwine bloqueó la vista de Edward. —¿Qué haces? Las mismas palabras, mismo tono, bajos más profundos. Edward se dio la vuelta con calma. Con la botella de licor en la mano y la copa de Lane casi llena de frente y en el centro del carro. —Contéstame —dijo su padre—. ¿Qué haces? Él y Max estaban muertos, pensó Lane. Tan pronto como Edward le dijera al hombre lo que sucedió aquí abajo, William enfurecería. Junto a Lane, el cuerpo de Maxwell tembló. —No debí hacer esto — susurró. —¿Dónde está tu cinturón? —respondió Edward. —Respóndeme. —Lo hice. ¿Dónde está tu cinturón? ¡No! Pensó Lane. ¡No, fuimos nosotros! Su padre avanzó a grandes zancadas, su bata de seda con monograma reluciente a la luz, del color de la sangre fresca. —Maldita sea, muchacho, me dirás lo que haces aquí con mi licor. —Se llama Bourbon Bradford, padre. Te casaste en la familia, ¿recuerdas? Mientras su padre levantaba su brazo sobre el pecho, el sello del anillo de oro macizo que llevaba en su mano izquierda brillaba como si hubiera estado anticipando el golpe, y quisiera hacer contacto con la piel. Luego, con un elegante y potente corte, Edward fue golpeado con una bofetada que fue tan violenta, que el crujido resonó hasta el salón de baile. —Ahora, te lo preguntaré de nuevo, ¿qué haces con mi licor? —exigió William mientras Edward se tambaleaba hacia un lado, agarrándose la cara. Después de un momento de respiración pesada, Edward se enderezó. Su pijama estaba vivo por el temblor de su cuerpo, pero se mantuvo en pie. Aclarándose la garganta, con fuerza dijo: —Celebrando Año Nuevo.

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Un rastro de sangre se filtraba por el lado de su cara, manchando su piel pálida. —Entonces no me permitas arruinar tu disfrute. —Su padre señaló la copa llena de Lane—. Bébelo. Lane cerró los ojos y quería vomitar. —Bébelo. Los sonidos de asfixia y arcadas se prolongaron durante toda una vida mientras Edward tomaba casi un cuarto de botella de bourbon. —No tires eso, muchacho —gritó su padre—. No te atrevas… Mientras el avión chocaba en el asfalto, Lane salió de golpe del pasado. No se sorprendió al ver que la copa que sostenía temblaba, y no por el aterrizaje. Poniendo el No. 15 en la mesa de la bandeja, se secó la frente. Esa no fue la única vez que Edward sufrió por ellos. Y ni siquiera era lo peor. No, lo peor fue lo que vino más tarde como un adulto, y, finalmente, hizo lo que toda la crianza pésima falló en hacer. Edward estaba arruinado ahora, y no sólo físicamente. Dios, había muchas razones por las que Lane no quería volver a Oriental. Y no todas ellas eran por causa de la mujer que amaba, pero había perdido. Sin embargo, tenía que decir... que Lizzie King se mantenía en la cima de esta lista muy larga.


Traducido por Jeyly Carstairs Corregido por Fany Stgo.

El Conversatorio Amdega Machin era una extensión de Oriental hacia el flanco sur, y como tal, no tuvo un costo cuando se añadió en el 1956. La construcción era una obra maestra de estilo gótico, su delicado esqueleto de huesos pintados de blanco soportando cientos de paneles y paneles de vidrio, creando un interior que era más grande y más acabado que la hacienda donde Lizzie vivía. Con un suelo de tejas y una sala de estar con sofás y sillones hechos en Colefax and Fowler, había camas a la altura de la cadera con especímenes de flores a cada lado y macetas con vegetación verde en cada una de las esquinas, pero todo eso era solo para el espectáculo. El verdadero trabajo hortícola, la germinación y la recuperación, la crianza y la poda, se llevaba a cabo lejos de los ojos de la familia, en los invernaderos. —¿Wo sind die Rosen? Wir brauchen mehr Rosen...5 —No sé —Lizzie abrió otra caja de cartón que era tan larga como la pierna de un jugador de baloncesto. En el interior, dos docenas de tallos de hortensias blancas se hallaban envueltas individualmente en plástico, las cabezas protegidas con delicados collares de cartón —. Esta es toda la entrega, por lo que tienen que estar aquí. —Ich bestellte zehn weitere Dutzend. ¿Wo sind sie...6 —Bien, tienes que cambiar al inglés. —Esto no puede ser todo. —Greta Von Schlieber levantó un manojo de pequeñas flores de color rosa pálido, que estaban envueltas en una página de un periódico Colombiano—. No vamos a lograrlo. —Dices eso todos los años.

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¿Dónde están las rosas? Necesitamos más rosas… Pedí diez docenas más. ¿Dónde están…?


—Esta vez tengo razón. —Greta empujó sus pesadas gafas de carey más arriba sobre su nariz y mirá la pila de veinticinco cajas más—. Te lo digo, estamos en problemas. Yyyyy esta era la esencia de su relación con su compañera de trabajo. Comenzando con toda la rutina de pesimismo/optimismo, Greta era casi todo lo que Lizzie no era. Por un lado, la mujer era europea, no americana, su acento alemán interrumpiendo su pronunciación a pesar del hecho de que había estado en Estados Unidos desde hacía treinta años. También se encontraba casada con un gran hombre, era madre de tres hijos fantásticos en sus veinte, y tenía suficiente dinero no solo para no tener que trabajar, sino para que esos dos niños y la niña tampoco tuvieran que hacerlo. Ningún Yaris para ella. Su auto era un Mercedes negro familiar. Y el anillo de diamantes que llevaba con su anillo de matrimonio era lo suficientemente grande para competir con los Bradford. Oh, y a diferencia de Lizzie, su cabello rubio era tan corto como el de un hombre, que era algo que envidiar cuando tienes que retirar el tuyo hacia atrás y atarlo con lo que sea que puedas conseguir a la mano: cierres de plástico, alambre floral, las bandas de goma de los racimos de brócoli. ¿Lo único que tenían en común? Ninguna de las dos podía soportar quedarse quieta, desocupada o improductiva ni por un segundo. Ellas habían estado trabajando juntas en la Finca Familiar Bradfor desde hacía cinco años; no, más tiempo. ¿Siete? Oh, Dios, ahora se encontraban cerca de los diez. Y Lizzie no podía imaginar la vida sin esa mujer, a pesar de que a veces deseaba que Greta fuera la chica que pudiera ver el vaso medio lleno en vez de medio vacío. —Ich sage Ihnen, Wir haben Schwierigkeiten.7 —¿Acabas de decir que estamos en problemas otra vez? —Kann sein.8 Lizzie rodó los ojos pero cayó en la trampa adrenal, mirando por encima de la línea de montaje que establecieron: bajo el largo centro de sesenta metros de invernadero, una doble hilera de mesas plegables se

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Te digo, tenemos dificultades. Puede ser.


habían alineado y sobre ellas estaban setenta y cinco floreros de plata del tamaño de cubetas de hielo. El destello era tan brillante, que Lizzie deseó no haber dejado sus gafas de sol en su auto. Y también deseó no tener que lidiar con todo esto, además del conocimiento de que Lane Baldwine probablemente aterrizaba en el aeropuerto en ese preciso instante. Cómo si necesitara esa presión también. Mientras su cabeza comenzaba a latir con fuerza, trató de concentrarse en lo que podía controlar. Lamentablemente, eso solo la dejó preguntándose cómo Greta y ella iban a coordinarse para llenar esos floreros con los cincuenta mil dólares en flores que fueron entregadas — pero que aún tenían que desembalar, inspeccionar, limpiar, cortar y organizar adecuadamente. Por otra parte, esta era la crisis que siempre sucedía cuarenta y ocho horas antes del almuerzo de la carrera. O ADC, como era llamado alrededor de la finca. Porque, sip, trabajar en Oriental era como estar en el ejército. Todo se reducía, a excepción de los días de trabajo. Y sí, incluso con la ambulancia de esta mañana, el evento todavía se realizaría. Como un tren, el momento no se detendría por nada ni por nadie a su paso. De hecho, ella y Greta a menudo habían dicho que si una guerra nuclear sucediera, las únicas cosas que quedarían después de que la nube en forma de hongo se disipara serían cucarachas, pastelitos… y el ADC. Dejando las bromas a un lado, el almuerzo era tan antiguo y exclusivo, que era su propio nombre, y los puestos de la lista de invitados estaban custodiados y eran transmitidos a la siguiente generación como herencias. Una reunión de casi setecientas personas de la ciudad y de las personas más ricas y de elite de la política nacional, la multitud mezclándose y caminando por los jardines de Oriental, bebiendo julepe de menta y mimosas por solo dos horas antes de partir hacia Steeplehill Downs para el día más importante de las carreras de pura sangre y la primera etapa de la Triple Corona. Las reglas del almuerzo eran cortas y agradables: las señoras tenían que usar sombreros, ni fotografías o fotógrafos estaban permitidos, y no importaba si estabas en un Rolls-Royce o en una limosina corporativa, todos los autos eran estacionados en el prado en la parte inferior de la colina, y todas las personas que se presentaban entraban en furgonetas que los llevaban hasta la puerta principal de la finca.

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Bueno, casi a todas las personas. ¿Las únicas personas que no tenían que tomar el autobús? Gobernadores, cualquiera de los presidentes si venían, y el entrenador del equipo de baloncesto masculino de la Universidad de Charlemont. En Kentuchy, fueses de los rojos de U de C o de los azules de la Universidad de Kentucky, y el baloncesto importaba si eras rico o pobre. Los Bradford eran aficionados a las Águilas de U de C. Y era casi shakesperiano que sus rivales en el negocio del bourbon, los Suttons, fueran todos de los Tigres de la UK. —Puedo escucharte murmurar —dijo Lizzie—. Piensa positivo. Tenemos esto. —Wir müssen alle Pfingstrosen zahlen 9 —anunció Greta mientras abría otra caja de cartón—. El año pasado, las cortadas nos las cambiaron… Una de las puertas dobles dentro de la casa se abrió completamente, y el señor Newark Harris, el mayordomo, entró con una corriente de aire frío. Con su metro sesenta, se veía mucho más alto en su traje negro y corbata —por otra parte, tal vez la ilusión era por su ceja permanentemente levantada, que usaba estando a punto de pronunciar “tú, estúpido americano” después de todo lo que dijo. Un total retroceso a los siglos de vieja tradición del adecuado sirviente Inglés, él no solo nació y se formó en Londres, sino que sirvió como lacayo de la Reina Isabel II en el Palacio de Buckingham y luego como mayordomo para el Príncipe Eduardo, Conde de Wessex, en Bagshot Park. El linaje de la Casa de Windsor había sido la pieza clave de su contratación el año anterior. Definitivamente no había sido su personalidad. —La señora Baldwine se encuentra en la casa de la piscina. —Se dirigió solamente a Lizzie. Greta, como un ciudadano alemán que aún no dejaba su acento céntrico, era una persona non grata para él. —Por favor tome un ramo para ella. Gracias. ¡Y puf!, estaba de regreso en la puerta, cerrando las cosas en silencio. Lizzie cerró los ojos. Había dos señoras Baldwines en la finca, pero solamente una de ellas era probable que saliera de su dormitorio y bajara en la luz del sol a la piscina.

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Tenemos que pagar todas las peonías.


Un doble golpe hoy, pensó Lizzie. No solo tendría que ver a su ex amante, ahora iba a tener que atender a su esposa. Fantástico. —Ich hoffe, dass dem Idiot ein Klavier auf den Kopt fallt. —¿Acabas de decir que esperas que le caiga un piano en la cabeza? —Y tú sigues afirmando que no sabes alemán. —Diez años contigo y lo estoy logrando. Lizzie miró a su alrededor para ver lo que podría utilizar de la entrega masiva de flores. Después de desempaquetar las cajas, de dejar las necesarias para ser despojadas de los tallos, y las flores que tenían que ser esponjadas una por una para estimular la extensión del pétalo y permitir una verificación de la calidad. Ella y Greta no habían llegado a ninguna parte cerca de esa etapa todavía, pero lo que la señora Baldwine quería, lo conseguía. En muchos niveles. Quince minutos de selección, recorte y organización más tarde, y tenía un montón pasable metido en la espuma húmeda en el cuenco de plata. Greta apareció delante de ella y le tendió la mano, el anillo de diamantes de gran corte parpadeando. —Déjame sacarlo. —No, tengo esto… —No querrás lidiar con ella hoy. —Nunca quiero lidiar con ella… —Lizzie. —Estoy bien. De verdad. Afortunadamente, su vieja amiga se creyó la mentira. ¿La verdad? Lizzie se encontraba tan lejos de estar “bien”, que ni siquiera podía ver el lugar… pero eso no significaba que iba a echarse para atrás. —Vuelvo enseguida. —Voy a estar contando las peonías. —Todo va a estar bien. Eso esperaba. Mientras Lizzie se dirigía hacia las dobles puertas que daban al jardín, su cabeza realmente comenzó a latir con fuerza, y golpearse con un muro sólido de calor y humedad mientras salía no ayudaba para nada. Motrin, pensó.

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Después de esto, se tomaría cuatro de esos y regresaría al trabajo real. La hierba bajo sus pies estaba recortada, más como la alfombra de un campo de golf que cualquier invento de la Madre Naturaleza, y aunque tenía demasiado en su mente, todavía hizo una lista mental de las camas para atender y las replantaciones por hacer en el jardín cerrado de cinco hectáreas. La buena noticia era que después de un inicio tardío de la primavera, los árboles frutales florecían en las esquinas de la extensión de paredes de ladrillo. Sus delicados pétalos blancos apenas comenzando a caer como nieve en las pasarelas bajo sus toldos. Además, el abono que se había echado dos semanas antes había perdido su hedor, y a la hiedra a lo largo de las antiguas murallas de piedra le estaban brotando nuevas hojas por todas partes. Dentro de un mes, las cuatro plazas marcadas con esculturas greco romanas de una mujer con toga en poses reales iban a estar todas rodeadas de rosas pastel, melocotón y blancos brillantes, ofreciendo un contraste con la tranquila vista verde y el río gris. Pero por supuesto, todo se trataba de la carrera en ese momento. La casa de tablillas blancas estaba en la esquina izquierda más lejana, luciendo como una casa colonial apropiada para un médico/abogado/familia de cuatro mientras se halaba situada detrás de un cuerpo de agua aguamarina casi de tamaño olímpico. La logia que los conectaba estaba coronada con glicinas controladas que muy pronto tendrían flores en blanco y lavanda colgando como linternas de la maraña verde. Y bajo la cornisa, tendida en un sillón reclinables Brown Jordan, la señora Chantal Baldwine estaba tan hermosa como una estatua de mármol invaluable. Y tan cálida como una. La mujer tenía una piel que brillaba, todo gracias a un bronceado en aerosol muy bien logrado, cabello rubio con ingeniosos rayitos que se curvaba en los largos extremos, y un cuerpo que le habría causado a Rosie Huntington-Whiteley un complejo de inferioridad. Sus uñas eran falsas, pero perfectas, nada Jersey en su longitud o color, y su anillo de compromiso y de matrimonio eran salidos de Town & Country, tan blancos, brillantes y grandes como su sonrisa. Ella era la perfecta belleza sureña moderna, el tipo de mujer que las personas con un código postal en Charlemont susurraban que provenía “de un buen linaje, incluso si es de Virginia”.


Lizzie se preguntó durante mucho tiempo si los Bradford comprobaban los dientes de las debutantes con las que sus hijos salieron —como lo hacían con los pura sangres. —…colapsó y luego vino la ambulancia. —La mano con el pesado diamante se levantó hacia su cabello y lo empujó, acomodándolo, después se llevó el iPhone con el que hablaba a la otra oreja—. Se la llevaron por la puerta principal. ¿Puedes creerlo? Deberían haber hecho eso por la puerta trasera… Oh, ¿no son encantadoras? Chantal Baldwine puso la mano sobre su boca, tan recatada como una geisha mientras Lizzie llegaba a la cubierta de mármol del bar y colocaba las flores en el extremo que estaba alejado de la luz directa del sol. —¿Newark hizo eso? Es tan considerado. Lizzie asintió y se dio la vuelta. Cuanto menos tiempo perdiera allí, mejor… —Oh, dime, Lisa, serías… —Es Lizzie. —Se detuvo —. ¿Puedo ayudarle en algo más? —¿Sería usted tan amable de traerme un poco más de esto? —La mujer señaló hacia la jarra de cristal que se encontraba medio llena—. El hielo se ha derretido y el sabor se ha aguado. Voy al club para el almuerzo, pero no hasta dentro de una hora. Muchas gracias. Lizzie movió sus ojos hacia la limonada —y realmente trató, honestamente-por-Dios que intentó, no imaginarse empapando a la mujer con la sustancia. —Voy a decirle al señor Harris que envíe a alguien… —Oh, pero él se encuentra tan ocupado. Y tú sencillamente puedes hacerlo, eres de gran ayuda. La mujer volvió a su iPhone con la funda de la Universidad de Charlemont. —¿Dónde estaba? Oh, así que ellos la llevaron por la puerta principal. Quiero decir, honestamente, ¿te imaginas…? Lizzie se acercó, tomó la jarra, y luego se dirigió al otro lado de la terraza blanca reluciente sobre la hierba verde. —Con gusto. Con gusto. Sí, claro. Pero eso era lo que se suponía que tenía que decir cuando la familia le pidiera que hiciera algo. Esa era la única respuesta aceptable, y sin duda era mejor que: “Qué tal si tomas tu limonada y la empujas donde el sol no brilla, miserable pedazo de ternera…” —Oh. ¿Lisa? Es virgen, ¿de acuerdo? Gracias.

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Lizzie siguió adelante, lanzando otra granada de “Con gusto” por encima del hombro Acercándose a la mansión, tenía que escoger su punto de entrada. Como miembro del personal, no se le permitía entrar a través de las cuatro entradas principales: la del frente, la del lado de la biblioteca, la de atrás del comedor, la de atrás de la sala de juegos. Y estaba “desalentada” de usar cualquiera de las otras puertas como la de la cocina y el lavadero, aunque conseguía un pase si hacía las tres entregas de arreglos que hacía semanalmente. Eligió la puerta que se hallaba a medio camino entre el comedor y la cocina, porque se negó a desviarse todo el camino alrededor de las otras entradas de personal. Al entrar en el fresco interior, mantuvo la cabeza baja, no porque estuviera preocupaba de que alguien la acusara, sino porque estaba esperando y rezando para que pudiera entrar y salir sin ser descubierta por… —Me preguntaba si estarías aquí hoy. Lizzie se quedó inmóvil como un ladrón y luego sintió el brillo de las lágrimas pinchando en las esquinas de sus ojos. Pero no iba a llorar. No delante de Lane Baldwine. Y no debido a él. Cuadrando sus hombros, levantó la barbilla… y comenzó a girarse. Antes incluso de encontrarse con los ojos de Lane por primera vez desde que lo había insultado cuando terminó su relación, sabía tres cosas: una, que se iba a ver exactamente igual a como lo hacía antes; dos, que eso no iba a ser una buena noticia para ella; y tres que si tenía algo de cerebro en la cabeza en absoluto, podría poner lo que él le había hecho casi dos años atrás en un bucle automático y no pensaría en nada más. Leopardos, manchas, y todo lo que… Ah… mierda, ¿todavía tenía que verse tan bien? Lane no recordaba mucho de su caminar en Oriental por primera vez en mucho tiempo. En realidad no había registrado nada. No esa gran puerta con la cabeza de león y sus paneles de color negro brillante. No el vestíbulo del tamaño de un estadio de fútbol con la gran escalera y todas las pinturas al óleo de los Bradfords del pasado y presente. No las arañas de cristal o los candelabros de oro, ni los orientales rojo rubí o las cortinas brocadas pesadas, ni siquiera el salón y la sala de baile a cada lado. La elegancia del sur de Oriental, junto con ese perenne olor a limón dulce del viejo esmalte del piso pasado de moda, era como un buen traje que, una vez puesto en la mañana, era imperceptible por todo el resto del día porque era un sastre que se ajustaba a todos sus músculos y huesos.


Para él, no hubo absolutamente ninguna quemadura en la reentrada en absoluto: fue la inmersión en aguas tranquilas a treinta y siete grados centígrados. Se respiraba el aire que estaba completamente inmóvil, perfectamente húmedo, perfectamente templado. Cabeceando mientras estaba sentado en una silla del club en cuero. Era su hogar y era su enemigo al mismo tiempo, y muy probablemente, no había ninguna impresión porque se sentía abrumado por la emoción que lo estaba embargando. Sin embargo, se dio cuenta de cada cosa que veía de Lizzie King de nuevo. La colisión ocurrió cuando se dirigía hacia el comedor en busca de la persona por la que viajó tan lejos para poder ver. Oh, Dios, pensó. Oh, Dios mío. Después de tener que confiar en su memoria durante tanto tiempo, estar de pie delante de Lizzie marcaba la diferencia entre un pasaje descriptivo y la realidad —y su cuerpo respondió al instante, bombeando sangre, todos esos instintos latentes no solo despertando sino explotando en sus venas. Su cabello todavía era rubio por el sol, no por la brocha de alguna peluquería, y estaba atado hacia atrás, terminado en un grueso montón, y atado con una cuerda náutica que había sido quemada para cortarla. Su rostro se hallaba libre de maquillaje, la piel bronceada y brillante, su estructura ósea recordándole que la buena genética era mejor que cien mil dólares de cirugía plástica. Y su cuerpo… ese fuerte y duro cuerpo que tenía curvas donde le gustaban y líneas rectas que testificaban todo el trabajo que hacía tan bien… era exactamente como la recordaba. Incluso se vestía igual, con pantalones cortos color caqui y la camiseta polo requerida con el escudo de Oriental en ella. Su olor era Coppertone, no Chanel. Sus zapatos eran Merrell, no Manolo. Su reloj era Nike, no Rolex. Para él, ella era la mujer más hermosa y mejor vestida que hubiera visto. Por desgracia, esa mirada en sus ojos también se mantenía sin cambios. Lo único que le decía que ella también había pensado en él desde que se había ido. Pero no en un buen sentido. A medida que su boca se movió, Lane se dio cuenta que decía alguna combinación de palabras, pero no estaba siguiéndolas. Había demasiadas imágenes filtrándose a través de su cerebro, todos los recuerdos del pasado: su cuerpo desnudo sobre sábanas desordenadas, su cabello a través de sus dedos, sus manos en el interior de sus muslos. En su mente,

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la escuchó decir su nombre mientras bombeaba en su interior con fuerza, meciendo la cama hasta que la cabecera golpeaba contra la pared… —Sí, sabía que vendrías —dijo con voz plana. Hablando sobre diferentes longitudes de onda. Estaba desequilibrado bajo sus Gucci, en la bruma de revivir su relación, y ella estaba totalmente tranquila por su presencia. —¿Ya la has visto? —preguntó. Luego frunció el ceño—. ¿Hola? ¿Qué demonios le decía ella? Oh, cierto. —Escuché que ya regresó del hospital. —Hace aproximadamente una hora. —¿Se encuentra bien? —Se fue de aquí en una ambulancia con oxígeno. ¿Qué crees…? Lizzie miró en la dirección a la que se dirigía. —Mira, si me disculpas, voy a ir a… —Lizzie —dijo en voz baja—. Lizzie, estoy… A medida que su voz se fue apagando, su expresión se volvió aburrida. —Haznos un favor y no te molestes en terminar eso, ¿de acuerdo? Solo ve a verla y… haz lo que viniste a hacer aquí, ¿de acuerdo? Déjame fuera de eso. —Cristo, Lizzie, ¿por qué no puedes escuchar lo que tengo que decir? —Por qué debería, es más la cuestión. —Porque las personas civilizadas le dan a otros esa cortesía. Y ¡Boom! Estaban peleando. —¿Perdón? —demandó ella—. Solo porque vivo sobre el río y trabajo para tu familia, ¿eso me convierte en una especie de mono? De verdad… ¿Vas a ir allí? —Eso no fue lo que quise decir… —Oh, creo que lo es… —Juro —murmuró—, que ese resentimiento... —¿Es qué, Lane? ¿Mostrándose una vez más? Lo siento, no tienes permitido retorcer las cosas como si fuera yo la del problema. Eso recae en ti. Siempre lo ha hecho. Lane levantó las manos. —No puedo llegar a ti. Todo lo que quiero hacer es expli…


—¿Quieres hacer algo por mí? Bien, genial, toma. —Empujó una jarra medio llena de lo que parecía ser limonada hacia él—. Lleva esto a la cocina y consigue que alguien vuelva a llenarlo. Luego puedes decirles que lo lleven de nuevo a la casa de la piscina, o tal vez se lo puedes entregarlo tú mismo… a tu esposa. Con eso, se dio la vuelta y empujó con fuerza la puerta más cercana. Y mientras se alejaba por el césped hacia el conservatorio, él no podía decidir lo que sonaba más atractivo: golpear la cabeza contra la pared, lanzar la jarra, o hacer una combinación de ambas. Escogió la opción cuatro. —Maldita sea, jodida mierda… —¿Señor? ¿Puedo servirle en algo? Ante el acento británico, Lane miró a un hombre de unos cincuenta años que estaba vestido como si fuera el representante de una de una funeraria. —¿Quién diablos eres tú? —El señor Harris, señor. Soy Newark Harris, el mayordomo. —El tipo se inclinó por la cintura—. Los pilotos tuvieron la amabilidad de llamar con anticipación paraa avisar que estaba en camino. ¿Puedo ayudarlo con su equipaje? —No tengo ninguno. —Muy bien, señor. Su habitación está en orden, y si necesita algo más de mobiliario arriba, será un placer adquirir cualquier cosa que necesite. —Oh, no, pensó Lane. No, él no se quedaría… sabía muy bien lo que este fin de semana traería, y el propósito de su visita no tenía nada que ver con el circo social de la carrera. Empujó la jarra hacia el señor Hombre elegante. —No sé lo que hay aquí y no me importa. Solo llénalo y llévalo a donde pertenece. —Con todo gusto, señor. ¿Usted requiere…? —No, eso es todo. El hombre parecía sorprendido mientras Lane pasaba delante de él y se dirigía en dirección a la parte del personal de la casa. Pero, por supuesto, el británico no lo cuestionó. Lo cual, teniendo en cuenta el estado de ánimo en el que se encontraba, no solo era la etiqueta de un mayordomo apropiado, sino que también caería dentro de la rúbrica del auto conservación. Dos minutos en la casa. Dos malditos minutos. Y él ya se encontraba a punto de explotar.

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Traducido por Val_17 Corregido por Sandry

Lane avanzó por la enorme cocina profesional e inmediatamente fue sorprendido por el “ruido” olfativo y el silencio auditivo. A pesar de que había una buena docena de chefs inclinados sobre los mostradores de acero inoxidable y las cocinas industriales, ninguno de los tipos con batas blancas hablaba mientras trabajaba. Aunque algunos levantaron la vista, lo reconocieron y dejaron de hacer lo que sea que hacían, él ignoró la reacción de ¡Oh Por Dios! Estaba acostumbrado a esa doble reacción por ahora, su reputación habiéndolo precedido en todo el país durante años. Gracias, Vanity Fair, por esa exposición sobre su familia hace una década. Y los tres seguimientos desde entonces. Y las especulaciones en los tabloides. Y que no lo hicieran comenzar con el Internet. ¿Una vez que esa prensa de común denominador bajo te etiquetaba como una maldita celebridad? No podías quitártelos de encima. A medida que se acercaba a una puerta marcada como Privada, se encontró arreglando su camisa, subiéndose los pantalones, alisándose el pelo. Ahora deseaba haberse tomado el tiempo para ducharse, afeitarse, cambiarse. Y realmente deseaba que esa reunión con Lizzie hubiera salido mejor. Como si necesitara otra cosa en su mente. Su llamado fue tranquilo, respetuoso. La respuesta que obtuvo no lo fue. —¿Para qué estás golpeando? —ladró la voz femenina del sur. Lane frunció el ceño cuando abrió la puerta. Y luego se detuvo abruptamente. La señora Aurora se encontraba en su cocina, el olor del aceite caliente y el crujido del pollo friéndose en una sartén se elevaban en el aire frente a ella, su malla para el cabello colocada sobre sus rizos negros muy apretados, la bata era la misma que le vio usar cuando se fue al norte. Lo único que podía hacer era parpadear, y preguntarse si alguien le había jugado una broma pesada. —Bueno, no te quedes ahí —le espetó ella—. Lávate las manos y consigue las bandejas. Saldré en cinco minutos.


Cierto, él esperaba encontrarla tendida en su cama con una sábana hasta el pecho y la luz desvaneciéndose en sus ojos mientras su amado Jesús venía por ella. —Lane, despierta. Aún no estoy muerta. Se frotó el puente de la nariz mientras una ola de cansancio lo atravesaba. —Sí, señora. Cuando se acercó, buscó signos de debilidad física en esos hombros fuertes y esas piernas suyas. No había ninguno. No había absolutamente nada en la mujer de sesenta y cinco años que sugiriera que terminaría en la sala de emergencias esa mañana. Está bien, así que era un cara o cruz, decidió mientras observaba el resto de la comida que ella le preparó. Un cara o cruz entre él estando aliviado… y sintiéndose furioso por haber perdido tanto tiempo en venir aquí. Tenía una cosa clara: no iba a irse antes de comer… en parte porque ella lo ataría a una silla y lo alimentaría a la fuerza si tenía que hacerlo, pero sobre todo porque al instante en que captó ese olor, su estómago había ido al cielo de lo hambriento que estaba. —¿Estás bien? —tuvo que preguntar. La mirada que ella le envió sugería que si quería continuar con esa línea de preguntas, estaría más que feliz de pegarle hasta que cerrara la boca. Entendido, señora, pensó. Cruzando el espacio llano, se encontró con que la televisión y la mesita en la que siempre habían comido se hallaban exactamente donde las vio por última vez: en un rincón, apoyadas entre la consola de entretenimiento y la estantería establecida en el ángulo. El par de sillones individuales también eran los mismos, cada uno frente a una ventana alta, cojines tejidos cubrían la parte superior del respaldo donde iban las cabezas. Había fotografías de niños en todas partes y en todo tipo de marcos, y en medio de los hermosos rostros oscuros, también habían algunos pálidos: había una de él en su graduación del jardín; su hermano Max anotando un gol en lacrosse; su hermana, Gin, vestida como una criada de la leche en una obra de la escuela; su otro hermano, Edward, de traje y corbata para su foto de último año en la Universidad de Virginia. —Dios mío, estás demasiado delgado, chico —murmuró la señora Aurora mientras iba a revolver una olla que él sabía se hallaba llena de judías verdes cocidas con cubitos de jamón—. ¿No tienen comida allá en Nueva York?

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—No como esta, señora. El sonido que hizo en la parte posterior de su garganta fue como un Chevy acelerando. —Coge los platos. —Sí, señora. Descubrió que sus manos temblaban mientras sacaba dos de la alacena y éstos traqueteaban. A diferencia de la mujer que lo parió, quien sin duda se encontraba en el piso de arriba “descansando” en una neblina medicada de no-soyuna-adicta-porque-mi-doctor-me-recetó-las-píldoras, la señora Aurora siempre le pareció eterna y fuerte como un superhéroe. ¿La idea de que el cáncer hubiera regresado? Demonios, no podía imaginarla enfrentándolo en primer lugar. Pero no se iba a engañar. Esa tenía que ser la razón para el colapso. Después de poner los platos y servilletas en las bandejas, sirvió té dulce para ambos, se acercó y se sentó en la silla de la derecha. —No deberías estar cocinando —dijo cuando ella levantó el plato. —Y tú no deberías haberte ido durante tanto tiempo. ¿Qué está mal contigo? Definitivamente no está en su lecho de muerte, pensó. —¿Qué dijo el doctor? —preguntó. —Nada que valga la pena escuchar, en mi opinión. —Trajo todo tipo de platillos dignos del Paraíso—. Ahora cállate y come. —Sí, señora. Oh, dulce Jesús, pensó mientras miraba su plato. Okra frito. Mezcla de carnes. Tortilla de patata. Habas en esa carne de cerdo cocida. Y pollo frito. Cuando su estómago dejó escapar un rugido de hambre, ella se rió. Pero él no lo hizo, y de repente tuvo que aclararse la garganta. Esta era su casa. Esta comida, preparada por esta mujer específica, era su casa… había comido exactamente lo que se encontraba en ese plato toda su vida, sobre todo los años antes de que su madre se retirara por completo, y que ella y su padre estuvieran fuera cinco noches de la semana socializando. Enfermo o sano, feliz o triste, frío o caliente, él, sus hermanos y su hermana se sentaban en la cocina con la señora Aurora y se comportaban o corrían el riesgo de conseguir un manotazo en la parte posterior de sus cabezas. Nunca hubo revoltosos en la cocina de la señora Aurora. —Adelante —dijo en voz baja—. No esperes a que se enfríe.


Empezó a comer, y gimió cuando el primer sabor inundó su boca. — Oh, señora Aurora. —Tienes que venir a casa, chico. —Sacudió la cabeza cuando se sentó con su propio plato—. Esas cosas del norte no son para ti. No sabes cómo mantenerte a la intemperie… mucho menos esas personas. —Así que, ¿vas a decirme lo que pasó? —preguntó, señalando la bola de algodón y la cinta quirúrgica en el hueco de su codo. —No necesito ese coche que me compraste. Eso es lo que pasó. Se limpió la boca. —¿Qué coche? Esos ojos negros se estrecharon. —No trates de hacerte el tonto, chico. —Señora Aurora, conducía un pedazo de… ah, basura. No puede tener algo así. —Podía oír el acento sureño arrastrándose de vuelta en su voz. No llevó mucho tiempo. —Mi Malibú está perfectamente bien… Ahora él sostuvo su mirada. —Para empezar, era un coche barato, y tenía ciento sesenta mil kilómetros en él. —No veo por qué… —Señora Aurora, ya no va a conducir esa chatarra. Lo siento. Ella lo miró con fuerza suficiente para quemar un agujero en su frente, pero cuando no se movió, bajó los ojos. Y esa era la naturaleza de su relación. Dos cabezas duras, ninguna de los cuales se disponía a ceder un centímetro por nada… excepto por el otro. —No necesito un Mercedes —murmuró. —Cuatro ruedas de tracción, señora. —No me gusta el color. Es impío. —Tonterías. Es el rojo de la U de C y te encanta. Cuando ella gruñó otra vez, supo la verdad. Adoraba el nuevo coche. Su hermana, la señora Patience, lo llamó y le dijo que la señora Aurora conducía el E350 4MATIC por toda la ciudad. Por supuesto, la señora Aurora nunca lo llamó para darle las gracias, y él esperaba esta protesta: siempre fue demasiado orgullosa para aceptar algo de forma gratuita. Pero la señora Aurora tampoco quería molestarlo… y sabía que él tenía razón. —Así que, qué pasó esta mañana contigo. —No era una pregunta de su parte. Terminó con eso. —Solo me puse un poco mareada. —Dijeron que te desmayaste.

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—Estoy bien. —Dijeron que el cáncer volvió. —¿Quiénes son ellos? —Señora Aurora… —Mi Señor y Salvador me ha sanado antes y lo hará de nuevo. — Puso una palma hacia el cielo y cerró los ojos. Luego lo miró. —Voy a estar bien. ¿Alguna vez te he mentido, chico? —No, señora. —Ahora come. Esa orden lo silenció durante unos veinte minutos. Lane estaba a la mitad de su segundo plato cuando tuvo que preguntar: —¿Lo has visto últimamente? No había razón para especificar quién era “él”: Edward era el “él” del que todos hablaban en murmullos. El rostro de la señora Aurora se tensó. —No. Hubo otro largo período de silencio. —¿Vas a ir a verlo mientras estás aquí? —preguntó ella. —No. —Alguien tiene que hacerlo. —No hará ninguna diferencia. Además, debo volver a Nueva York. En realidad solo volví para ver si te encontrabas bien… —Vas a ir a verlo. Antes de que regreses al norte. Lane cerró los ojos. Después de un momento, dijo: —Sí, señora. —Buen chico. Después de una tercera porción, Lane limpió sus platos, y tuvo que ignorar el hecho de que la señora Aurora parecía no haber comido nada en absoluto. La conversación se giró hacia sus sobrinas y sobrinos, sus hermanas y hermanos, de los cuales había once, y el hecho de que su padre, Tom, finalmente murió a la edad de ochenta y seis. Ella se llamaba Aurora Toms porque era una de las hijas de Tom. Además de los doce hijos que él tuvo con su esposa, había un sinnúmero de otros fuera del matrimonio. Lane había visto al hombre en la iglesia de la señora Aurora de vez en cuando, y él era un personaje más grande que la misma vida, tan profundo como Mississippi, tan carismático como un predicador, tan guapo como el pecado.


No es que estuviera siendo arrogante, pero Lane sabía que siempre había sido el favorito de la señora Aurora, y se imaginó que su padre era la razón por la cual lo complacía tanto: al igual que su padre, también era demasiado guapo para su propio bien, y seguro que tuvo su parte de mujeriego. ¿En sus veinte años, tal vez? Lane estuvo a la par con el viejo señor Toms. Lizzie lo curó de todo eso. De la forma en que un terraplén detendría un coche a toda velocidad. —También tienes que subir y saludar a tu madre antes de irte — anunció la señora Aurora después de que él terminara de lavar, y guardó sus platos y cubiertos. Dejó la sartén y las ollas en la estufa. Sabía que no debía tocarlos. Girándose, dobló el paño de cocina y se apoyó en el fregadero de acero inoxidable. Ella sacó la mano de su sillón. —Todos ustedes necesitan ahorrárselo… —Señora Aurora… —No me digas que volaste dos mil kilómetros solo para mirarme como si fuera una especie de inválida. Eso no tiene ningún sentido. —La comida es digna del viaje. —Es verdad. Ahora sube a ver a tu madre. Ya lo hice, pensó mientras la miraba. —Señora Aurora, ¿vas a conseguir ayuda para la carrera? —¿Qué crees que hacen todos esos tontos en mi enorme cocina? —Es mucho para manejar, y no me digas que no estás dándoles órdenes. Disparó esa infame mirada en su dirección, pero fue todo lo que consiguió y eso lo asustó. Normalmente, se levantaría de la silla y lo empujaría por la puerta. En cambio, se quedó sentada. —Voy a estar bien, muchacho. —Más te vale. Sin ti, no tengo a nadie que me mantenga por el buen camino. Ella dijo algo en voz baja y se quedó mirando por encima del hombro, mientras que él se limitó a esperar en silencio. Eventualmente, le hizo un gesto para que se acercara, y lo hizo de inmediato, caminando sobre el linóleo y pegando sus rodillas a la silla. Extendió una de sus manos, sus hermosas y fuertes manos oscuras, y la pasó por su pelo. —Necesitas un corte.

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—Sí, señora. Le tocó la cara. —Eres demasiado guapo para tu propio bien. —Como dije, tienes que quedarte y mantenerme por el buen camino. La señora Aurora asintió. —Cuenta con ello. —Hubo una larga pausa—. Gracias por mi nuevo coche. Le dio un beso en la palma. —De nada. —Y necesito que recuerdes algo. —Sus ojos, esos ojos ébano que él miraba fijamente cuando era un niño, un adolescente, un hombre joven… un hombre adulto, vagaron alrededor de su rostro, como si estuviera tomando nota de los cambios que la edad le trajo a los rasgos que había visto por más de treinta años—. Te tengo a ti y tengo a Dios. Soy rica más allá de los medios, ¿está claro, muchacho? No necesito ningún Mercedes. No necesito una casa lujosa o ropa de lujo. No hay un agujero en mí que necesites llenar… ¿me escuchas? —Sí, señora. —Cerró los ojos, pensando que ella era la única mujer más noble que había conocido jamás. Bueno, ella y Lizzie, eso era. —Escucho, señora —dijo con la voz ronca.

Cerca de una hora después del asunto de la limonada con Lane, Lizzie dejó el conservatorio con dos grandes arreglos. La señora Bradford siempre insistía en que las flores frescas estuvieran en las principales salas públicas y todos los dormitorios ocupados —y dicha norma se conservó incluso cuando ella se retiró a su habitación hacía unos tres años y esencialmente se quedó allí. A Lizzie le gustaba pensar que si continuaba la práctica, tal vez Little V.E., como la familia la llamaba, bajaría de nuevo y sería la dueña de la casa. Oriental tenía unas cincuenta habitaciones, pero muchas de ellas eran oficinas para el personal, cuarto de servicios y baños, o lugares como la cocina, bodega, salas de medios, o habitaciones vacías que no requerían de flores. Los ramos del primer piso se encontraban en buen estado —ya había hecho un repaso y sacó la ocasional rosa marchita aquí o allá la noche anterior. Los nuevos eran para el vestíbulo del segundo piso y el cuarto del gran señor Baldwine. El florero de la señora Bradford no sería


renovado antes de mañana, al igual que el de Chantal y… ¿estaría Lane en la habitación de su esposa? Probablemente, y eso le daba ganas de vomitar. Dirigiéndose a la parte trasera hacia las escaleras del personal, los dos jarrones de plata tensaban sus manos y muñecas, y apretó sus bíceps, pero era difícil. La quemadura no iba a durar mucho tiempo, y descansar a lo largo del camino solo prolongaba las cosas. El pasillo principal de arriba era tan largo como una pista de carreras, bifurcado por un área en el nivel superior, y conducía a un total de veintiuna suites y habitaciones que se abrían desde cualquier lado. El cuarto del gran señor Baldwine se encontraba junto al de su esposa, ambas habitaciones con vistas al jardín y al río. Había un conector que unía sus vestidores, pero sabía que nunca era utilizado. Por lo que entendía, una vez que los niños nacieron, esa parte de la relación no fue “retomada”, por usar la anticuada verborrea. La primera vez que empezó a trabajar en Oriental, los nombres la confundieron, y se equivocó y llamó a la señora Bradford por su nombre legal de señora Baldwine. Nunca más. Ella fue firmemente corregida por el jefe de personal: la señora de la casa Bradford iba a ser una “señora” y una “Bradford” sin importar qué apellido tuviera su marido. Fue confuso. Hasta que notó que ese equipo de marido y mujer no tenían vidas entrelazadas más que los vestidores de sus habitaciones separadas. Así que el señor Baldwine se encontraba en la suite con los tonos azul marino y las antigüedades de caoba más pesadas, y la señora Bradford en la suite color crema, marfil, y marrón, con los muebles de Luis XIV y la cama con dosel. En realidad, tal vez el par tenía algo más en común: él se escondía en su oficina en el centro de los negocios, ella en su dormitorio. Era una locura. Lizzie se dirigió a las escaleras curvadas y cambió el ramo de flores en la mesa de café en esa zona de estar. Entonces se acercó y se detuvo en la suite del señor Baldwine. Golpeó los grandes paneles dos veces, esperó, a pesar de que no había manera de que él estuviera en el otro lado. Cada mañana, iba a su centro de negocios al lado de la propiedad y no regresaba hasta la hora de la cena a las siete de la tarde. Poniendo el viejo ramo del vestíbulo en el suelo, tomó el pomo adornado, empujó hacia dentro, y se acercó a un antiguo escritorio que pertenecía a un museo. No había nada enormemente malo con las flores ya puestas, pero nada podía descolorarse en Oriental. Aquí, en el capullo de la riqueza, la entropía no tenía permitido existir.

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Mientras cambiaba los floreros, oyó voces en el jardín y fue hacia las ventanas. Más de una docena de hombres habían llegado y acarreaban enormes rollos de lona blanca y largos postes de aluminio que, con suficiente mano de obra y alguna hidráulica, iba a ser una carpa masiva para el almuerzo de la carrera. Genial. Probablemente Chantal iba a llamar al señor Harris en este momento y quejarse de que la zona donde no pasaba ni una mosca había sido violada: si un miembro de la familia o un invitado estaba usando la piscina, la casa de la piscina, o cualquiera de las terrazas, todo el trabajo en el jardín tenía que cesar y todos los trabajadores tenían que salir de la zona hasta que sus altezas reales terminaran con su disfrute. ¿La buena noticia? Greta ya se encontraba fuera, acorralando a los hombres. ¿La mala noticia? La alemana probablemente les estaba diciendo que acomodaran todo justo al lado de donde se encontraba Chantal. Deliberadamente. Temiendo esa confrontación, Lizzie se giró… Se quedó inmóvil cuando un destello de color le llamó la atención. — ¿Qué demo…? Inclinándose, no estaba segura de lo que veía. Como todo en Oriental, el cuarto de William Baldwine se encontraba impecable, todos los objetos y pertenencias donde deberían estar, la ropa masculina de un poderoso empresario en cajones, escondida en los estantes, esperándolo en ese vestidor. Así que, ¿qué hacía un pedazo de seda color melocotón entre la parte posterior de la cabecera y la pared? Bueno, podía suponerlo. Y seguro que la ropa interior no se la quitó a Virginia Elizabeth Bradford Baldwine. Lizzie no podía esperar para salir de la habitación, corriendo a la puerta rápidamente, abriéndola… —¡Oh, estoy muuuuuuuuuuy feliz de verteeeeeeeee! El acento sureño era como uñas en una pizarra, pero lo peor fue bajar la mirada a la derecha y ver a Chantal Baldwine lanzar sus brazos alrededor del cuello de Lane y colgar de su cuerpo. Fantástico. Ellos dos se encontraban entre ella y las escaleras del personal. —¡No puedo creer que me sorprendieras así! —La mujer dio un paso atrás y posó, como si quiera que él le diera una buena ojeada—. Acababa de bajar a la piscina, pero subí porque la gente de la carpa está aquí. Decidí alejarme para que pudieran estar en esa parte de los jardines para acomodarla.


Bueno, pero te mereces el Corazón Púrpura, pensó Lizzie. ¿Y no te dirigías al club pronto, de todos modos? Lizzie se dio la vuelta para escapar por las escaleras principales. Incluso si iba contra la regulación, era mejor que tener que pasar por… Como si fuera una señal, el señor Harris llegó al rellano con la señora Mollie, la jefa del servicio de limpieza. El mayordomo Inglés pasaba la punta de su dedo por la parte superior de la barandilla y lo sostenía para que ella lo inspeccionara, sacudiendo la cabeza. Excelente. Sus únicas salidas eran pasar por brasas calientes o por medio de una hoguera. O volver a entrar en la habitación del señor-Baldwine-quienengañaba-a-su-esposa. Oh, las opciones. A veces, simplemente amaba su trabajo.

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Traducido por Janira Corregido por Sandry

Edwin “Mack” MacAllan caminaba delante de los estantes de doce metros de largo de los barriles de bourbon, sus botas hechas a mano sonaban contra el viejo piso de hormigón, el olor de cientos de tablones de madera dura y millones de galones de bourbon añejo era tan bueno como el perfume de una mujer en su nariz. Lástima que se encontraba tan molesto como para disfrutarlo. En su puño, una nota de la compañía era aplastada en una bola, el papel blanco con las letras impresas en láser era insalvable. Había tenido que leer la maldita cosa tres veces, y no solo porque era disléxico y escribir en inglés era, en gran medida, un obstáculo insuperable para su cerebro. Hablando de iluminarlo. No era un tipo rústico. Fue criado en una familia educada, fue a la universidad de Auburn, y sabía todo acerca de la fabricación del bourbon, desde los procedimientos químicos que involucraban a ese arte innegable. De hecho, era el Maestro Destilador más respetado de la marca más prestigiosa de bourbon en el mercado, y el hijo del Maestro Destilador más respetado en la historia de la industria del alcohol comercial. ¿Pero en ese momento? Quería agarrar su camioneta Ford F150 y embestir la rejilla en el vestíbulo de la oficina de William Baldwine en Oriental. Luego quería agarrar su rifle de cien años de antigüedad y hacer algunos agujeros en los escritorios de todos esos idiotas corporativos. Deteniéndose, se echó hacia atrás y miró los estantes que llegaban hasta el techo de la bodega con vigas expuestas. Los códigos numéricos y fechas marcadas que habían sido quemadas en frente de los barriles fueron puestos allí en orden, primero por su padre, y luego por él , y existía una secuencia en ambos, los preciosos contenedores descansaban en paz por cuatro, diez, veinte años y más. Los inspeccionaba regularmente, a pesar de que tenía un montón de gente que trabajaba para él que podía hacerlo. Sin embargo, de la manera que lo veía, estos


eran los únicos niños que tendría y no dejaría que crecieran con el equivalente a una niñera. A los treinta y ocho años, era un solitario, por elección y necesidad: Este trabajo, veinticinco horas al día, ocho días a la semana, era su esposa y amante, su familia y legado. Así que al ver esa nota, que encontró en su escritorio cuando entró, fue como si un conductor ebrio embistiera la camioneta en la que iba toda su vida. La receta del bourbon era realmente simple: una combinación de granos, que por la ley de Kentucky tenía que estar compuesto por un mínimo de cincuenta y un porciento de maíz, y que era, aquí en la Compañía de Bourbon Bradford, una combinación adicional de centeno y cebada malteada, y un diez por ciento de trigo, para dar un sabor más suave, agua extraída de una acuífero de piedra caliza subterráneo, y levadura. Luego ocurría la magia, el bourbon naciente se ponía en barriles de roble blanco tostados por dentro y se dejaba madurar hasta ser grande, fuerte y hermoso, en almacenes como este. Eso era todo. Cada fabricante de bourbon tenía esos cinco elementos: Grano, agua, levadura, barriles y tiempo para trabajar, punto. Pero como el buen Dios, producía una variación interminable de personas a partir de elementos básicos de lo que están hechos los humanos, así también, lo hacía cada familia o compañía produciendo diferentes tonos de la misma cosa. Estirándose, puso la mano en los lados redondeados de uno de los barriles que llenó por primera vez cuando tomó el cargo de dueño. Fue hace casi diez años, aunque trabajaba para la compañía desde que tenía catorce. Su plan siempre fue ponerse en los zapatos de su padre, pero Pop murió demasiado pronto, y allí lo tenías. Mack fue dejado atrás, en un territorio para nadar o hundirse, y segurísimo que no tenía la intención de ahogarse. Así que allí se encontraba, en la cima de su juego y lo suficientemente joven para crear una dinastía propia, supuestamente trabajando para la aristocracia de los fabricantes de bourbon, la compañía que creó El Bourbon Perfecto. Ese era el eslogan de todo lo que hacía la Compañía de Bourbon Bradford, la punta de la lanza de la filosofía de los negocios y la mercadotecnia de la compañía destiladora. Así que, ¿por qué el directorio esperaba que aceptara esa propuesta de retrasarse en la entrega de granos? Era como si esos idiotas con un master en administración de empresas no entendieran que, si bien hoy en día tenían suficientes productos con cuatro años de envejecimiento, si no seguían la producción, se quedarían sin ese tipo de bourbon para vender en los próximos cuarenta y ocho meses a partir de ahora, y eso aplicaba

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para cada tipo, agotándose los de diez años y los de veinte, a partir de ahora. Sabía, exactamente, a donde se dirigía todo esto. Una escasez nacional del maíz, el resultado del calentamiento global volviéndose un problema y arruinando el patrón del clima el verano pasado, significaba que el precio del bushel se hallaba por las nubes ahora, pero no era probable que se mantuviera de esa manera. Claramente, los contadores de la oficina principal, alias la finca del señor Baldwine, decidieron salvar un poco de dinero al detener la producción por el próximo par de meses y esperaban ponerse al corriente cuando el precio del maíz se regularizara. Asumiendo que la sequía que sacudió a la nación el año pasado no se repitiera. La cual no era un riesgo que, personalmente, estuviera dispuesto a tomar. Existían muchas fallas en esa lógica de “negocios”, pero el problema central era que esos tipos de trajes y corbatas no entendían que el bourbon no era un algo pequeño producido en una línea de montaje que tenía un interruptor de encendido y apagado. Era un proceso, una culminación única y especial, y la expresión de decisiones de prueba y error que se habían hecho y refinado en un periodo de más de doscientos cincuenta años: Tenías que cultivar el gusto del bourbon, engatusar a los sabores y su balance, guiar a los elementos a la cima de su existencia, y luego enviarlo a tus consumidores bajo un sello de distinción. Infiernos, le dio tanto orgullo salvaguardar la marca N° 15, la línea de mayor éxito pero menos costosa de la compañía, y él hizo el costo más alto, productos más añejos, como el Black Mountain, Bradford I, y el ultra exclusivo Reversa Familiar. ¿Si interrumpía la producción ahora? Sabía muy buen que volverían en los próximos seis meses y le dirían que etiquetara mal los barriles. Seis meses para los tipos de trajes era solo medio año, veintiséis semanas, dos estaciones. Pero su paladar, podía distinguir un bourbon de nueve años y medio a uno de diez años y un día. Y tal vez muchos de sus clientes no podían diferenciar, pero ese no era el punto. ¿Y el hecho de que muchos de sus competidores etiquetaran mal regularmente? Difícilmente era el estándar a seguir. Si Edward se encontrara aquí, pensó, no tendría que preocuparse por eso. Edward Baldwine era la rareza en la familia Bradford, un verdadero destilador, un recuerdo de una época anterior del prestigioso linaje, un hombre que valoraba el producto que producía. Pero ese presunto heredero al trono ya no se encontraba involucrado con la empresa. Así que no se llegaría a ninguna parte con eso.


¿Y el hecho de que la nota fuera dejada en su escritorio para ser encontrada? Era la manera típica de cómo habían estado funcionando las cosas desde la tragedia de Edward. Los cobardes en el área de los negocios sabían que él tenía que adaptarse a esto, pero no tenían las pelotas de venir y decírselo en persona. No. Solo escribieron una nota y la lanzaron en la parte superior de todos los demás papeles, como si no fuera a afectar fundamentalmente al núcleo de la empresa. Mack volvió a mirar el techo hecho de vigas viejas taladas hace un siglo. Este era el almacén más viejo de la compañía, era utilizado para albergar los barriles más especiales. Localizado en el sitio original, que ahora servía tanto de museo para los turistas como para albergar su oficina, este lugar era un maldito santuario. El alma de su padre vagaba por esos corredores. Se encontraba convencido de que podía sentir al viejo detrás, justo ahora. Convencido, también, de que en un día tranquilo como hoy, cuando las únicas cosas en la bodega junto a él eran la luz del sol que se filtraba por ventanas vaporosas, el sonido de sus botas en el concreto, y la neblina de la evaporación del licor yendo dentro y fuera de esos rayos de luz… era el único de los pocos defensores de la tradición que quedaban en la compañía. Los chicos nuevos que llegaban, incluso los que querían llegar a donde se encontraba él, profesando amor por los rituales, los fundamentos y afirmaban encontrarse comprometidos con los procesos, en realidad solo eran secuaces corporativos en pantalones caqui, en vez de trajes. Eran de una generación que se creían de lo mejor, que esperaban trofeos por aparecer, que todo sea fácil, que todo el mundo se preocupara por ellos y los protegiera como harían sus padres. No tenían más profundidad que sus mensajes en Facebook, que su incesante egoísmo, que sus frivolidades. En comparación a los ancestros de esta compañía, quienes habían guiado ese producto a través de la hambruna y la guerra, enfermedades y la crisis económica… a través de la prohibición del alcohol, por el amor de Dios… ellos eran niños tratando de hacer el trabajo de un hombre. Solo que no lo sabían, y ¿con una cultura corporativa como esta? Nunca lo harían. —¿Mack? Miró sobre su hombro. Su secretaria, Georgie O’Mally, quien dirigía la oficina de su padre antes de que muriera, llegó detrás suyo sin hacer ruido. A la madura edad de sesenta y cuatro años, tenía cuarenta y uno en la empresa y no mostraba signos de disminuir la velocidad. Auto declarada esposa del granjero, quien no tenía esposo ni granja, era un alma gemela en cuanto a luchar contra el tiempo actual donde todo es desechable.

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—¿Te encuentras bien, Mack? Mack volvió a mirar la evaporación del licor yendo dentro y fuera de los rayos de luz en lo alto. La evaporación era sagrada. Cada barril de roble blanco era tostado en el interior antes de ser llenado con cincuenta y tres galones de bourbon. Almacenado en un lugar como este, en un ambiente que deliberadamente no tenía el clima controlado, la madera de los barriles se expandían y contraían según la estación, el bourbon dentro volviéndose del color y sabor del azúcar caramelizado de la madera tostada. Una parte para nada insignificante de esos galones se evaporaba y era absorbida por los barriles con el tiempo. Esa era la evaporación del licor. Eso era lo que su padre había considerado el sacrificio en el pasado, la porción con que los antepasados brindarían en el cielo. Era casi como pasar el favor para tu propia muerte… con la esperanza de que el siguiente en seguir la tradición haría lo mismo por ti cuando murieras. —No va a quedar nada, Georgie. —Se oyó decir a sí mismo. —¿De qué hablas? Él solamente sacudió la cabeza. —Quiero que le digas a los chicos que cierren las reservas. —¿Qué? —Ya me oíste. —Levantó el puño sobre el hombro para que ella pudiera ver lo que había arrugado—. La corporación suspenderá los pedidos de maíz por los próximos tres meses. Como mínimo. Nos harán saber cuándo podremos hacer más mezcla. Todo centeno, cebada y trigo que tenemos ahora van a ser reutilizados. —¿Reutilizados? ¿Qué significa eso? —No pueden vender a un competidor. ¿Esto se filtrará a la gente como los Suttons? ¿O a la prensa en general? Esto hará que los diez centavos que ahorran parezcan como el mayor desastre en la historia de la compañía. —Nunca hemos detenido la producción. —No. No desde la ley seca, y eso fue solo por demostración, de todos modos. Hubo una pausa larga. —Mack… ¿Qué están haciendo? —Arruinarán esta compañía, eso es lo que están haciendo. Caminó hacia la mujer. —Nos hundirán con el pretexto de maximizar las ganancias. O diablos, tal vez harán una oferta pública, finalmente, todos los demás fabricante de bourbon, excepto Sutton, son


propiedad pública ahora. Quizá tratan de inflar artificialmente las ganancias antes de hacer una venta privada. No sé, y no me importa. Pero me encuentro muy seguro de que Elijah Bradford se está revolcando en su tumba. Mientras se dirigía a la salida, ella lo llamó—: ¿A dónde vas? —A emborracharme. Con mucha cerveza.

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Traducido por Jasiel Odair Corregido por Fany Stgo.

Mientras Lane permanecía fuera de su dormitorio y miraba a su “esposa”, pensó, justo como Oriental, que también ella era la misma. Chantal Blair Stowe Baldwine era, de hecho, exactamente igual: el corte de cabello, bronceado artificial, maquillaje, ropa rosada cara y una rutina idéntica a lo que dejó atrás. Y su voz; todavía sacada del reparto central bajo el título de Dama Gentil Sureña de Laisure. Todavía barboteaba, también, las palabras salían de su boca en una corriente sin consideración de racionamiento para el beneficio del oyente. Por otra parte, para ella, la conversación era el arte de actuación, sus manos moviéndose como las alas de palomas, hacia arriba y abajo; ese gran diamante que quiso tanto titilando como una luz estroboscópica. —¡Fin de semana de carrera! Por supuesto, Samuel Theodore Lodge vendrá esta noche. Gin está toda emocionada por verlo… Increíble. Ellos, literalmente, no se habían visto o dicho una palabra el uno al otro durante casi dos años, y ahora hablaba sobre quién se encontraba en la lista de invitados para la cena. ¿Qué demonios vio alguna vez en ella…? —¡Oh, Lisa! Discúlpame, ¿por favor podrías preguntarle a Newark si el señor Baldwine podría traer su auto? Vamos al club para el almuerzo. ¿Lisa? pensó. Por otra parte, ha habido una rotación de personal desde que él… Lane miró por encima del hombro. Lizzie se encontraba junto la puerta del dormitorio de su padre, con dos jarrones de ramos perfectamente buenos, pero sin duda recién reemplazados, en sus manos. —El señor Harris está por allí —dijo Lizzie rígidamente. —No me gusta gritar. No es apropiado. —Chantal se inclinó en dirección a la otra mujer, como si fueran dos amigas compartiendo un secreto—. Muchas gracias, eres de gran ayuda. —¿Estás loca? —exigió Lane.


Chantal retrocedió, su cabeza levantándose nuevamente, su mirada yendo de ingenua a asesina en el abrir y cerrar de sus pestañas falsas pero elegantes. —Te pido perdón —le susurró Chantal. Lane trató de atrapar la mirada de Lizzie cuando murmuró—: Ve a decirle tú misma. Lizzie se negó a mirarlo. Con una expresión profesionalmente impasible, caminó hacia delante, sus pasos ágiles llevándola más allá de él y por el largo pasillo hasta la escalera del personal. Mientras tanto, Chantal hablaba de nuevo. —… tratarme en frente del personal así —dijo entre dientes. —Su nombre es Lizzie, no Lisa. —Ahora era él quién se inclinaba—. Y lo sabes, ¿no? —Su nombre es irrelevante. —Ha estado aquí más tiempo que tú. —Sonrió con frialdad—. Y estoy dispuesto a apostar que estará aquí por mucho tiempo después de que te hayas ido. —¿Qué se supone que significa eso? —No tienes que estar bajo este techo y lo sabes. —Soy tu esposa. Lane la miró, y se preguntó por qué en el infierno ella seguía en cualquier lugar cerca de su vida. La respuesta fácil era que él estuvo pretendiendo que Charlemont no existía. La razón más fuerte atada a lo que ella había dicho. Soy tu esposa. —No por mucho tiempo —dijo en voz baja. Esas cejas suyas con lápiz se levantaron, y al instante, esa expresión de gato persa arrastrando una taza del retrete desapareció: Se convirtió en una tranquila y suave como un espejo. —No vamos a pelear, cariño. Nuestra reserva en el club es en veinte minutos… —Déjame ser perfectamente claro. No voy a ir a ninguna parte contigo. Salvo a la oficina de un abogado. En su visión periférica, notó que el señor Newark o el señor Harris — cualquiera que fuera el nombre del mayordomo— llevaba discretamente a una agitada señora Mollie, el ama de llaves, en dirección opuesta. —Compórtate, Tulane.

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Dios, odiaba el sonido de su nombre completo en los labios de Chantal: Toooooooouulayne. Por el amor de Dios, tenía dos sílabas, no trescientas. —Lo digo en serio —dijo—. Es hora de poner fin a esto entre nosotros. Chantal tomó una respiración lenta y profunda. —Sé que estás molesto por la pobre señora Aurora y dices cosas que no quieres decir. Lo entiendo. Es una muy buena cocinera, y son muy, muy difíciles de encontrar. Sus molares se presionan juntos. —Crees que ella es sólo una cocinera. —¿Quieres decir que es tu contadora? Dios, por qué tuvo que… —Esa mujer significa más para mí que la que me dio a luz. —No seas ridículo. Además, ella es negra… Lane agarró el brazo de Chantal y la acercó a él. —Y jamás hables de ella con ese tipo de actitud. Nunca he golpeado a una mujer antes, pero te garantizo que lo haré contigo, si le faltas el respeto. —¡Lane, estás lastimándome! En ese momento, se dio cuenta de que una criada se hallaba congelada en la puerta de una de las habitaciones, con los brazos llenos de toallas dobladas y apiladas. Cuando agachó la cabeza y se fue, apartó a Chantal. Ajustándose sus pantalones. Miró la persona corriendo en el pasillo. —Se acabó, Chantal. En caso de que no lo hayas notado. Juntó las manos como si estuviera rezando; él no se lo tragó ni por un segundo. La tortura falsa en su voz no le afectaba, mientras susurraba—: Creo que debemos trabajar en nuestra relación. —Tienes razón. Hay que ponerle fin a la miseria de este matrimonio. Eso es en lo que tenemos que trabajar. —No quieres decir eso. —Infiernos si no lo hago. Búscate un buen abogado o no, de cualquier manera estás fuera de aquí. Vinieron las lágrimas. Grandes lágrimas que hacían a sus ojos azules brillar como agua de piscina. —Puedes ser tan cruel. No como ella podía ser, pensó, ni siquiera cerca. Y por el amor de Dios, realmente debió seguir adelante con ese acuerdo prenupcial, pero es una lástima, muy triste, lo que sea. La buena noticia era que siempre


habría más dinero, incluso si ella lo demandaba por millones, él podría recuperarlos en un año o dos. —Iré a hablar con Madre —dijo—. Y luego llamaré a Samuel T. Tal vez pueda darte los papeles durante la cena de esta noche. Yyyyyyy así como así, la base de hierro salió otra vez, esos ojos volviéndose fríos. —Te arruinaré, a ti y a tu familia si sigues con esto. Lo que ella no sabía era que ya había arruinado su vida. Le costó a Lizzie… y mucho más. Pero las pérdidas se detendrían allí, maldita sea. —Ten cuidado, Chantal —dijo sin romper el contacto visual—. Haré cualquier cosa, dentro y fuera de la ley, para proteger lo que es mío. —¿Es una amenaza? —Solo un recordatorio de que soy un Bradford, mi amor. Nosotros nos encargamos de las cosas. Caminando lejos de la mujer, llamó a la puerta de su madre. A pesar de que no hubo respuesta, entró a la fragante suite y cerró la puerta detrás de él. Cerró los ojos, necesitaba un segundo para dosificar la furia antes de enfrentarse a esta sospechosa reunión. Solo un segundo para calmarse. Solo… Cuando volvió a abrir los párpados, se encontró con otro escenario que era absolutamente inalterado. La habitación blanca y crema de su madre era como siempre había sido, enormes ventanas con vistas a los jardines, adornadas con cortinas de seda de color rubor, pinturas de Maxfield Parrish brillando como joyas usadas en las paredes, finas antigüedades francesas demasiado preciosas para sentarse o usar correctamente en las esquinas. Pero nada de eso era el centro de atención, tan impresionante como era. La cama con dosel de enfrente era la verdadera joya. Tan resplandeciente y asombrosa como Baldaquino de San Pedro de Bernini, la enorme plataforma tenía columnas talladas que se alzaban hacia el cielo y una parte superior se hallaba adornada con cascadas de seda de color rosa pálido. Y allí estaba ella, Virginia Elizabeth Bradford Baldwine, yaciendo tan quieta y bien conservada como una santa, su cuerpo largo y delgado enterrado bajo la profusión de edredones de raso y almohadas de plumas, el cabello rubio claro perfectamente peinado, su rostro maquillado a pesar de que no iba a ninguna parte y ni siquiera era consciente. A su lado, en un cofre cubierto de mármol, una docena de frascos de medicina con tapas blancas y etiquetas blancas se hallaban organizados en filas ordenadas, como un pelotón de soldados. No tenía ni idea de lo que había en ellos y, probablemente, ella tampoco.

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Ella era la versión sureña de Sunny von Bülow; excepto que su padre nunca trató de matarla. Por lo menos no físicamente. Sin embargo el bastardo le hizo otro tipo de daños. —Madre, querida —dijo, caminando hacia ella. Cuando llegó, le tomó la mano fría y seca, con su fina piel pálida como el papel y venas azules en la palma de su mano—. ¿Madre? —Está descansando —dijo una voz. Una mujer de unos cincuenta años, con cabello rojizo y un uniforme blanco y gris de enfermera vino del vestidor. Ella era un ajuste perfecto para la decoración, y él no pasaría por alto que su madre la contrató solo en base a eso. —Soy Patty Sweringin —dijo, ofreciendo su mano—. Usted debe ser el joven señor Baldwine. —Lane. —Él sacudió la mano—. ¿Cómo está Madre? —Descansando. —La sonrisa era tan forzada y profesional como su uniforme—. Tuvo una mañana ocupada. El que se encarga de su cabello y el estilista estuvieron aquí. Ah, sí, HIPAA, pensó. Lo que significaba que no se le permitía decirle sobre la condición de su propia madre. Pero esa no era culpa de la enfermera. Y si su madre se encontraba agotada por conseguir un par de láminas de aluminio pegadas a su cabeza y un secado de cabello, ¿cómo diablos pensaría que estaba? —Cuando se despierte, dígale que… —Miró a su madre. —¿Qué le digo, señor Baldwine? Pensó en Chantal. —Voy a estar aquí por un par de días —dijo con gravedad—. Se lo diré yo mismo. —Muy bien, señor. Saliendo de la habitación, cerró la puerta y se apoyó en ella. Mirando de una pintura de óleo de algunos Bradford a otros, se encontró con que el pasado regresaba de nuevo como una picadura de abeja. Rápida y dolorosa. —¿Qué estás haciendo aquí? Lizzie pronunció esas palabras hacia él en el jardín, fuera en la oscuridad, en una caliente noche húmeda de verano. En lo alto, las nubes tormentosas ocultaban la luz de la luna, dejando las flores y árboles en las sombras.


Podía recordar todo acerca de la manera en que se encontraba de pie frente a él en el sendero de ladrillo, con las manos en las caderas, su mirada encontrándose con la de él con una franqueza que no estaba acostumbrado, su uniforme de Oriental tan sexualmente atractivo como cualquier conjunto de ropa interior que jamás hubiese visto. Lizzie King llamó su atención la primera vez que la vio en la finca de su familia. Y con cada retorno durante los descansos semestrales de sus programas de máster, se encontró a sí mismo buscándola en los jardines, buscando su salida, tratando de ponerse en su camino. Dios, amaba la caza. Y la presa no estaba nada mal, tampoco. Por supuesto, él no tenía mucha experiencia pasada… ni tampoco la quería. —¿Y bien? —preguntó ella. Como si él no hubiera entendido la pregunta bien rápido, empezaría a repiquetear en el piso con su pie y su siguiente movimiento sería golpearlo por hacerla perder el tiempo. —Vine por ti. Espera, eso salió mal. Él había querido decir que vino aquí para verla. Hablar con ella. Mírala de cerca. Pero esas tres palabras eran también la verdad. Quería saber cómo sería probarla, cómo se sentiría debajo de él, cómo… Ella se cruzó de brazos. —Mira, voy a ser honesta contigo. Lane sonrió un poco. —Me gusta la honestidad. —No creo que vayas a sentirte así cuando termine contigo. Bieeeen, ahora se estaba poniendo duro… y divertido, eso no le hubiera molestado con el tipo de mujeres con las que generalmente jugaba. De pie frente a esta mujer en particular, con el impulso de acomodarse a sí mismo en sus pantalones, sin embargo, parecía más o menos… vulgar. —Te voy a ahorrar un montón de tiempo perdido aquí. —Mantuvo su voz baja, como si no quisiera ser escuchada, pero eso no le restó poder a su mensaje—. No estoy, y nunca estaré interesada en alguien como tú. No eres más que un chico malo autoritario que va provocando caos en el sexo opuesto. Esa cosa era aburrida cuando tenía quince años, y teniendo en cuenta que me acerco a los treinta este año, estoy aún menos atraída por eso. Así que haznos un favor, ve al club de campo, encuentra una de esas mujeres rubias intercambiables en la piscina, y conviértela en tu pasatiempo de veinte minutos. No vas a conseguir eso de mí. Él parpadeó como un idiota.

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Y supuso que el hecho de que se encontraba tan sorprendido porque alguien le llamaría la atención por su comportamiento demostraba su punto. —Ahora, si me disculpa, me voy a casa. Trabajé aquí desde las siete… Extendiendo su mano, se apoderó de su brazo mientras se alejaba. — Espera. —¿Perdón? —Ella bajó la mirada hacia el toque y la levantó de vuelta a sus ojos—. A menos que sea algo relacionado con las flores en este jardín, no tienes nada que decirme. —¿No vas a darme la oportunidad de defenderme? No harás más que jugar al juez y jurado… —No hablas en serio… —¿Siempre has sido tan prejuiciosa? Ella se salió de su agarre. —Mejor eso que ingenua. Sobre todo con un hombre como tú. —No creas todo lo que has visto en los periódicos… —Oh por favor. No necesito leerlos; lo he visto yo misma. Dos de ellas salieron ayer por la mañana por la parte trasera de la casa. La noche que viniste, trajiste a casa una pelirroja de un bar. Y luego dijeron que cuando te fuiste para tu examen físico anual el miércoles, volviste con un chupetón en el cuello, ¿presumiblemente de cuando la mujer te pidió girar la cabeza y toser? —Lo interrumpió de nuevo, extendiendo su palma a su rostro—. Y antes de que pienses que mantengo este catálogo feliz de conquistas porque tengo alguna atracción latente por ti, es porque las mujeres en el personal hacen un seguimiento de estas cosas y no dejan de hablar de ello. —¿Quieres dejarme decir una palabra? —le respondió—. O solo eres buena manteniendo esta conversación por tu cuenta. Jesús, y piensas que soy engreído. —¿Qué? —¿Crees que soy autoritario? Bueno, me estás poniendo a la sombra en eso, cariño. —¿Discúlpame? —Has decidido que lo sabes todo sobre mí solo porque un montón de personas, que tampoco me conocen, hablan de cosas de las que no saben nada. Eso es muy arrogante. —Lo que no es lo mismo que autoritaria. —¿De verdad quieres discutir el diccionario Webster conmigo?


Correcto, el hecho de que discutían no debió ser tan caliente, pero infierno santo, lo era. Por cada golpe que lanzaba hacia él, se encontraba mirando menos a su cuerpo y centrándose más en sus ojos, y eso la hacía aún más sexy. —Escucha, ¿podemos terminar aquí? —dijo ella—. Tengo que estar de vuelta al amanecer, y esta conversación no es tan importante como el sueño que tengo que lograr. Esta vez, cuando se dio la vuelta, la detuvo con su voz. —Te vi ayer en la piscina. Ella lo miró por encima del hombro. —Sí, y sacaba malas hierbas. ¿Tienes algún problema con eso? —Me mirabas. Te vi. Touché, pensó mientras ella parpadeaba. —Me encontraba en la piscina —susurró mientras daba un paso más cerca de ella—. Y te gustó lo que viste, ¿no es así? A pesar de que odias lo que crees que soy, te gustó lo que viste. —Alucinas… —Honestamente. Fuiste la que lo dijo primero. —Se inclinó, volviendo la cabeza hacia un lado, como si fuera a besarla—. Entonces, ¿tienes las agallas para ser honesta? Sus manos jugueteaban con el cuello de su polo Oriental. —No sé de qué hablas. —Mentirosa. —Sonrió un poco—. ¿Por qué crees que me quedé ahí tanto tiempo? Fue gracias a ti. Me gustó que estuvieras viendo mi cuerpo. —Estás loco. Dios, su falsa negación era mejor que el último orgasmo por mamada que había tenido. —¿Lo estoy? —Se centró en sus labios, y en su mente, comenzó a besarlos, lamiendo su camino en ella, presionándola contra él—. No creo. Y prefiero ser un snob mujeriego que un cobarde. Así fue como la dejó. Dio la vuelta en ese camino de ladrillo, y se dirigió hacia la casa, dejándola atrás. Pero él supo, con cada paso que daba lejos de ella, que ella no sería capaz de dejar las cosas así. La próxima vez, ella vendría a él… Y, por supuesto, lo hizo.

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Traducido por Sandry Corregido por Beluu

—Lo siento, ¿qué fue eso? Mientras Lizzie hablaba, se quedó mirando las flores en el jarrón que sostenía, y no podía recordar lo que quería hacer con ellas… oh, cierto, ponerlas en una cubeta hasta que saliera de trabajar, para luego envolverlas en una toallita de papel húmedo y una bolsa de plástico Kroger y llevarlas a casa. —Lo siento, ¿me puedes repetir lo que dijiste? —dijo, mirando a Greta a través del invernadero. —También hablaba en inglés esta vez, ¿sabes? —Estoy en las nubes. —¿Las personas de las carpas están exigiendo que les paguen por adelantado? O acabarán con todo lo que están trayendo. —¿Qué? —Lizzie puso el ramo al lado de los jarros de plata vacíos—. ¿Esa es una nueva política de su parte? —Supongo que sí. —Voy a ir a hablar con Rosalinda, ¿tienes el total? —Doce mil cuatrocientos cincuenta y nueve con setenta y dos. —Espera, déjame escribirlo. — Lizzie agarró una pluma—. ¿Una vez más? Después de garabatear el total en su palma, miró hacia el jardín. Las personas de las carpas habían extendido los paneles de tela y estaban comenzando a poner las varas mientras otros las unían con cuerdas. Dos horas más de trabajo para ellos. Tal vez tres. —Todavía lo están colocando allí —murmuró. —No por mucho tiempo. —Greta reanudó la limpieza de las rosas color rosa del jardín—. La oficina de alquileres me llamó, y están preparados para ordenarles regresar al camión.

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—No hay ninguna razón para ponerse histérica por esto — murmuró Lizzie mientras salía. La oficina de Rosalinda Freeland estaba en el ala de la cocina, y tomó la ruta exterior más larga porque estaba malditamente harta y cansada de encontrarse con Lane. Se hallaba a mitad del camino a través de la terraza, pasando por las puertas francesas que llevaban al comedor, cuando miró hacia el área de negocios. La instalación se encontraba donde solían estar los establos originales, y al igual que el conservatorio, daba a los jardines y al río. La arquitectura que se añadió había sido igualada precisamente a la de Oriental, y el total de metros cuadrados era casi el mismo que el de la mansión. Con más de una docena de oficinas, una sala de conferencias del tamaño de un auditorio universitario, y su propia cocina de catering y comedor, William Baldwine llevó la empresa multinacional Bourbon de la familia de su esposa a un nuevo nivel tecnológico. Casi nunca veías a nadie merodeando por allí, pero parecía que algo pasaba porque un grupo de personas con trajes estaba de pie en la terraza exterior de la sala de conferencias principal, fumando y hablando en un enclave apretado. Extraño, pensó. El señor Baldwine era un fumador, por lo que era improbable que esas personas hubieran sido apartadas a la terraza sólo para obtener su dosis de nicotina. Y, vaya, sorprendentemente reconoció a la única mujer no fumadora de la reunión. Era Sutton Smythe, heredera de la fortuna de la Empresa de Destilería Sutton. Lizzie nunca la conoció personalmente, pero había habido una gran cantidad de prensa por el hecho de que una mujer podría, tal vez, liderar una de las mayores empresas de licores en el mundo en la próxima década. Francamente, parecía que ya era la jefa, con su cabello oscuro peinado y con su pantalón de traje negro súper caro. Era, en realidad, una mujer muy impresionante, con características intensas y un cuerpo con curvas que podría haberla llevado al territorio de las mujeres bellas y sin cerebro, si hubiera estado inclinada a jugar esa carta, lo que evidentemente no era así. ¿Sin embargo qué hacía aquí? Hablando de dormir con el enemigo. Lizzie sacudió su cabeza y entró por la puerta trasera de la cocina.


Lo que fuera que estuviera sucediendo allí no era su problema. Estaba muy, muy, muy abajo en la jerarquía, simplemente observando que levantasen una carpa para sus arreglos florales… Guau. Hablando de un montón de chefs, pensó mientras pasaba alrededor de todos los hombres vestidos de blanco con gorros de cocinero, y las mujeres que se ganaban una escoliosis haciendo pasta de hojaldre y algunas cositas que parecían champiñones rellenos. Al otro lado de todos los Gordon Ramsay, había una pesada puerta giratoria que daba a un pasillo lleno de armarios de limpieza, lavanderías y habitaciones de descanso para las criadas, así como la vivienda del mayordomo, la oficina del director, y la escalera del personal. Lizzie se acercó a la puerta de la derecha que tenía un cartel de “Privado” y llamó una vez. Dos veces. Tres veces. Dado que Rosalinda era tan eficiente y puntual como la alarma de un reloj, el director claramente estaba adentro. Tal vez se había ido al banco… —… debería reportarse de nuevo en una hora —dijo el señor Harris mientras entraba en el vestíbulo al otro extremo con el ama de llaves principal—. Gracias, señora Mollie. —El placer es mío, señor Harris —murmuró la mujer mayor. Lizzie bloqueó los ojos con los del mayordomo mientras la señora Mollie se retiraba. —Tenemos un problema. Él se paró frente a ella. —¿Sí? —Necesito un poco más de doce mil dólares para la empresa de las carpas y la señora Freeland no está aquí. ¿Puedes firmar cheques? —¿Están pidiendo doce mil dólares? —dijo él con su acento entrecortado—. ¿Para qué demonios? —Para el alquiler de la carpa. Es una nueva política de la empresa, supongo. Nunca habían hecho esto antes. —Esto es Oriental. Hemos tenido una cuenta con ellos desde el cambio de siglo, y lo aplazarán. Permítame. Pivotando sobre sus zapatos de aspecto impecable, se dirigió a su área, sin duda para llamar al propietario de la empresa de alquiler personalmente. ¿Si pudiera sacar esto adelante y Lizzie pudiera mantener las carpas y mesas?

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Su actitud de grano en el culo bien podría valer la pena la molestia. Además, si las cosas se ponían incluso peor, Greta podría hacer el cheque. Una cosa era segura, Lizzie no se lo pediría a Lane y necesitaban esa carpa: en menos de cuarenta y ocho horas, el mundo llegaría a la propiedad, y nada cabreaba más a los Bradford que algo, lo que fuera, se encontrara fuera de lugar. Mientras esperaba a que el mayordomo resurgiera todo triunfante en su traje de pingüino, se apoyó contra la suave pared de yeso y se encontró pensando en la decisión más estúpida que jamás había tomado… Debería haber dejado todo el asunto a un lado. Después de que el temido Lane Baldwine la buscó en la oscuridad del jardín, ella debería haber dejado pasar la discusión entre ellos. ¿Por qué demonios le importaba lo equivocado que estaba sobre ella? ¿Lo loco, egocéntrico y ridículo que era ese tonto? No le debía ningún tipo de realineación de su visión del mundo, y además, eso no pasaría sin un martillo. No es que ella no disfrutaría de un intento en esos términos. El problema era, sin embargo, que entre sus propias deficiencias estaba la paralitica necesidad de no ser mal interpretada por el doble de Channing Tatum. Así que tenía que aclarárselo. Y, de hecho, habló con él todo el camino a casa esa noche. También todo el camino de vuelta a Oriental la mañana siguiente. Y a lo largo de la semana que siguió. Con el tiempo se convenció de que él la estaba evitando: por primera vez desde que volvió a casa en su descanso de la escuela de posgrado, no lo vio durante siete días seguidos. La buena noticia, si podías verlo de esa manera, era que al menos no había mujeres dejándose caer por la casa y saliendo a horas extrañas en vestimenta porno. La mala noticia era que ahora se encontraba más preparada con todos sus discursos, y en peligro de revelar exactamente cuánto tiempo había desperdiciado gritándole en su cabeza. Y Lane definitivamente estaba todavía en Oriental. Su Porsche —como si él pudiera conducir otra cosa—, todavía se hallaba en las cocheras, y cada vez que se veía obligada a llevar un ramo a su habitación, podía oler su colonia en el aire y ver su billetera junto a sus gemelos de oro en su cómoda. Jugaba con ella, y por mucho que odiara admitirlo, estaba funcionando. Se volvía más frustrada y más determinada en encontrarlo, en lugar de perderlo. Era un maestro con las mujeres, de acuerdo.


El hijo de puta. Con otro ramo fresco en la mano, se dirigió por las escaleras traseras hacia su habitación. No esperaba que estuviera allí, pero de alguna manera, la idea de entrar en su espacio y decirle un par de frases cortas le ofrecería un poco de alivio. Cuando llamó a su puerta golpeó fuerte, y después de un momento, entró… Lane se encontraba allí. Sentado en el borde de su cama. La cabeza en sus manos, el cuerpo inclinado. No miró hacia la puerta. No parecía haberse dado cuenta de que alguien entró en absoluto. Lizzie se aclaró la garganta una vez. Dos veces. —Disculpe, estoy aquí para cambiar sus flores. Él saltó y se giró hacia ella. Sus ojos bordeados en rojo parecían luchar para enfocarse, y cuando habló, su voz era áspera. —¿Perdón? ¿Qué? —Flores. —Levantó el ramo un poco más alto—. Estoy aquí para reemplazar sus flores. —Oh. Gracias. Eso es increíblemente amable de tu parte. Claramente, él no tenía ni idea de lo que le decía. La cortesía parecía sólo un reflejo, el equivalente conversacional de una patada cuando tu rodilla era golpeada con un martillo de goma. Esto no es asunto tuyo, se dijo a sí misma mientras se dirigía a la cómoda. El intercambio le llevó una fracción de segundo, y entonces tenía las viejas flores apenas marchitas en sus manos, y caminaba de vuelta hacia la puerta entreabierta. Se dijo a sí misma que no debía mirarlo mientras salía. Por todo lo que sabía, su perro de caza favorito debería tener tiña… o tal vez esa novia suya de Virginia se enteró de todo su ejercicio extracurricular aquí en Charlemont. Ese error mayor ocurrió justo cuando llegó al marco de la puerta. Más tarde, cuando las cosas ya le habían explotado en la cara, después de que ella hubiera anulado sus muros de autoprotección y se hubiera quemado, se convenció de que si sólo hubiera seguido su camino, habría estado bien. Sus vidas no se habrían estrellado la una contra la otra y ella no habría quedado cubierta de metralla. Pero sí miró hacia atrás. Y tuvo que abrir la boca de nuevo—: ¿Qué sucede?

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Los ojos de Lane volaron hacia ella. —¿Perdón? —¿Qué te pasa? Él apoyó las manos en sus rodillas. —Lo siento. Esperó a que siguiera. —¿Acerca de qué? Sus ojos se cerraron e inclinó la cabeza de nuevo. A pesar de que no hizo ningún sonido, sabía que él estaba llorando. Y eso no era para nada lo que había esperado de alguien como él. Cerrando la puerta, intentó proteger su privacidad. —¿Qué pasó? ¿Están todos bien? todos.

Lane sacudió la cabeza, respiró hondo y se recompuso. —No. No —¿Es tu hermana? He oído que ha tenido algunos problemas… —Edward. Se lo llevaron.

¿Edward…? Dios, ella había visto al hombre por la finca de vez en cuando, y parecía ser la última persona que alguien podría “llevarse” a cualquier lugar. A diferencia de su padre, cuya oficina se hallaba en Oriental, Edward trabajaba en la sede de la CBB en el corazón de la ciudad, y de lo poco que sabía, era el anti Lane, un hombre de negocios serio, extremadamente agresivo. —Lo siento, no te entiendo —dijo. —Fue secuestrado en América del Sur, y el rescate está siendo negociado. —Se frotó la cara fuertemente—. No puedo imaginar lo que le están haciendo. Han pasado cinco días desde la demanda. Jesucristo, ¿cómo sucedió esto? Se suponía que estaría protegido ¿Cómo dejaron que sucediera esto? Luego se sacudió, y fijó su mirada en ella con los ojos duros. —No puedes decir nada. Gin ni siquiera lo sabe todavía. Estamos manteniendo todo en silencio para que no salga en la prensa todavía. —No lo haré. Es decir, no voy a decir ni una palabra. ¿Están involucradas las autoridades? —Mi padre ha estado trabajando con ellos. Esto es una pesadilla, yo le dije que no fuera allí. —Lo siento mucho. —Qué declaración tan patética—. ¿Hay algo que pueda hacer? Lo que no era más que otro montón patético de sílabas.


—Debería haber sido yo —murmuró Lane—. O Max. ¿Por qué no podía haber sido uno de nosotros? No tenemos valor. Debería haber sido uno de nosotros. Lo siguiente que supo, es que dejó el ramo en algún lugar y se acercó a la cama. —¿Hay alguien al que pueda llamar por ti? —Debería haber sido yo. Se sentó junto a él y levantó una mano para tocar su hombro, pero luego lo pensó mejor… Un celular sonó en la mesita de noche, y cuando él no hizo ademán de responder, le preguntó—: ¿Quieres contestar eso? Cuando él no respondió, se inclinó hacia un lado y miró la pantalla. Chantal Blair Stowe. —Creo que es tu novia. Él miró por encima de su hombro. —¿Quién? —Lizzie extendió la mano y tomó el teléfono, mostrándole la pantalla—. No, no quiero hablar con ella. Y no es mi novia. ¿Ella sabe eso?, se preguntó Lizzie mientras dejaba el teléfono en su lugar. Lane sacudió la cabeza. —Edward es el único de nosotros que vale un centavo. —Eso no es verdad. Se rió fuertemente. —Infiernos, si no lo es. Y ese fue tu punto la semana pasada, ¿no es así? De repente, Lane se centró en ella, y hubo un silencio extraño, como si sólo entonces se diera cuenta de quién estaba en la habitación con él. El corazón de Lizzie comenzó a latir con fuerza. Había algo en esos ojos suyos que no había visto antes, y que Dios la ayudara, sabía lo que era. El sexo con un playboy no era algo en lo que estuviera interesada. ¿Lujuria cruda con un hombre de verdad? Eso… era mucho más difícil de alejarse de algo así. —Tienes que irte ahora —dijo él con voz tensa. Sí, se dijo a sí misma. Debería. Y sin embargo, por alguna extraña razón, susurró—: ¿Por qué? —Porque si te deseaba cuando era sólo un juego —Su mirada fija en su boca—, en mi estado de ánimo actual, estoy desesperado por ti.

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Lizzie retrocedió, y esta vez cuando él rió, fue un sonido más profundo, más bajo. —¿No sabes que el estrés es como el alcohol? Te hace imprudente, estúpido, y te da hambre. Yo debería saberlo… mi familia trata tan bien con… —Está resuelto, señorita King. Lizzie saltó asustada y jadeó. —¡Qué! El señor Harris frunció el ceño. —El alquiler de la carpa. Se atendió. —Oh, sí, muy bien. Gracias. Tropezó mientras se alejaba del mayordomo. Luego tomó el camino equivocado por el pasillo, en dirección a las salas públicas de la casa. Antes de que el señor Harris le llamara la atención, volvió hacia atrás, encontró una puerta que diera al exterior, y salió… Directo hacia el jardín. Justo debajo de la ventana del dormitorio de Lane. Poniéndose las manos en la cara, recordó cómo la besó dos noches después de que ella se hubiera sentado con él en su dormitorio. Ella había sido la que lo buscó y no tenía ninguna excusa de flores en ese momento: había esperado durante el tiempo que fue capaz de soportarlo, y luego deliberadamente fue a su habitación al final de su jornada laboral para ver cómo estaba, qué estaba pasando, si existía alguna solución. Nada había llegado a la prensa en ese punto. La cobertura llegó más tarde, después de que Edward finalmente volvió a casa. Esa segunda vez que había ido a su habitación, llamó a la puerta más suavemente, y después de un momento, él la abrió… y todavía podía ver lo mucho que había envejecido. Se hallaba demacrado, sin afeitar, con círculos negros debajo de sus ojos. Se cambió de ropa, aunque no eran más que versiones diferentes de lo que siempre usaba: una camisa con un monograma, excepto que se le salía del pantalón por un lado. Unos pantalones caros, que se encontraban arrugados en la curva de la pelvis y en la parte superior de las rodillas. Mocasines de Gucci… no, sólo llevaba puestos unos calcetines oscuros. Y todo eso le dijo lo que ella necesitaba saber. —Ven conmigo —le dijo—. Tienes que salir de esta habitación. Con voz ronca, él le preguntó qué hora era, y ella le dijo que eran después de las ocho. Cuando pareció confundido, le tuvo que aclarar que era de noche.


Lo guió por las escaleras traseras como si fuera un niño, tomándole la mano, hablando de tonterías. Lo único que dijo fue que no quería que nadie lo viera así, y ella se aseguró de que no sucediera, dirigiéndolo lejos de la charla en el comedor, manteniéndolo a salvo de las miradas indiscretas. Mientras lo llevaba por la noche cálida, escuchó las risas del lugar donde cenaban, en esa gran sala formal. ¿Cómo podían hacer eso?, se preguntó. Charlar como si no hubiera nada mal… como si uno de ellos no estuviera muy, muy lejos, en manos peligrosas. En ese momento, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo con Lane o por qué le importaba tanto que estuviera sufriendo. Sólo sabía que el playboy unidimensional que ella declaró como un despilfarro de privilegios se había convertido en humano, y que su dolor le importaba. No fueron muy lejos. Simplemente habían ido hasta el final del camino de ladrillos, en medio de los arbustos y camas de flores y más allá de la glorieta en la esquina más alejada del jardín. Se sentaron juntos y no dijeron mucho. Pero cuando ella tomó su mano, él aceptó lo que le ofrecía y la sostuvo con fuerza. Y cuando se giró hacia ella, había sabido lo que quería, y no era hablar. Hubo un momento de atasco de tráfico en su cabeza, todo tipo de guau, espera, detente, demasiado lejos… Pero entonces ella se inclinó y sus labios se tocaron. Los pensamientos habían sido tan complicados. La conexión había sido tan sencilla. Pero no se mantuvo de esa manera. Él la agarró, y ella lo permitió. Le puso las manos en su ropa, y lo permitió. En algún lugar en medio de todo, se dio cuenta de que lo odiaba porque se sentía atraída por él. Locamente atraída. Y lo observaba en la piscina esa tarde, aunque había sido mucho más que eso: cada vez que entraba o salía de la casa, trató de echarle un vistazo, aunque se lo hubiera negado a cualquiera y a todo el mundo. Las noticias de que venía a Oriental habían tenido la capacidad de electrificarla, y sus salidas la hundían. Y la patética realidad era que ella había envidiado a esas mujeres, a esas rubias tontas con sus cuerpos perfectos y con su acento sureño, quienes pusieron una puerta giratoria en su dormitorio para buen uso. La verdad que no quería admitirse a sí misma era que habría encontrado algo que le disgustara en él, sin importar cuál era su demografía.

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No había sido por su dinero, por su antigua familia o por las múltiples mujeres; tampoco por su buena apariencia, ni por su sonrisa suave. Lo que odiaba de él era la forma en la que la hacía sentir. La vulnerabilidad había sido un intruso vicioso en su vida, un invitado no deseado que se mudó a su cuerpo y viajaba con ella a trabajar y la perseguía incluso en sus sueños. En retrospectiva, debería haber prestado atención a ese miedo. Debería haber elegido ese instinto por encima de la increíble atracción. Sin embargo la vida no siempre era proactivamente sabia. A veces no prestas atención a las señales de advertencia, pones el pie en el acelerador, y vas gritando hacia el giro. A ella todavía le dolía el choque, eso era seguro.


Traducido por Anty Corregido por Fany Stgo.

A medida que el sol comenzó a ponerse, sus rayos dorados penetraron la bahía abierta del establo B, derramándose por el amplio pasillo de hormigón y dejando un rastro de pura magia a través de las partículas de heno y polvo que deambulaban. El rítmico sonido de una barredora moviéndose rápidamente por el camino hizo salir las cabezas de las yeguas, sus ojos inteligentes y bozales elegantes adelantándose a investigar. Edward Westfork Bradford Baldwine fue lento con en el barrido, su cuerpo no era lo que una vez fue. Y el esfuerzo no era tan malo, el dolor constante que tenía iba cediendo ante el ejercicio suave. Sin embargo, la molestia crónica volvería, tan pronto como se detuviera o cayera en una serie diferente de movimientos. Se había acostumbrado a eso. La combinación de los músculos, huesos y órganos que apoyaban su cerebro en su viaje a través de esta actual encarnación mortal era una máquina que ya no hacía bien las transiciones. Prefería la actividad arraigada, esfuerzo repetido de una manera prescrita o descanso sostenido en cualquier posición. Sus terapeutas físicos, también conocido como los Sádicos, le dijeron que permaneciera activo con actividades variadas, como, explicaron, alguien que tenía que reconectar su cerebro a través de la terapia ocupacional. Cuanto más mantuviera cambiando las cosas, mejor era para su "recuperación". Siempre puso esa palabra entre comillas. La verdadera recuperación para él era volver a lo que fue, y eso nunca sucedería incluso si él fuera capaz de caminar bien, comer bien, dormir toda la noche. No había vuelta atrás a la otra persona, quien era una joven, mejor —naturalmente mejor— versión de sí mismo.

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Odiaba los Sádicos, pero eran solo parte de una larga lista de cosas a las que les guardaba enemistad. Y este cuerpo partido en el que parecían tan empeñados en rehabilitar simplemente no seguía el programa. ¿Estuvo haciendo esto hace cuánto tiempo? Y aún así el dolor, todo el tiempo el dolor se encontraba allí, hasta el punto en que era difícil reunir la energía para romper esa pared de fuego y llegar a donde se hallaba en este momento, donde las cosas funcionaban en un orden aparente. Era como si estuviera encontrándose con el mismo atracador en cada callejón que trataba de bajar. A veces se preguntaba si se sentiría menos desgastado si fuera un criminal diferente de vez en cuando, un enemigo diferente tratando de escaparse con su calidad de vida. Sin embargo, los atracos fueron de un constante ladrón. —¿Qué haces, chica? —Frenó para acariciar un hocico negro—. ¿Estás bien? Después de una encantada respuesta de la pura sangre, Edward siguió su camino. La temporada de cría había ido muy bien, y tenía el noventa por ciento de sus veintitrés yeguas preñadas. Si todo iba según lo previsto, sus bebés nacerían en enero del año siguiente, fundamental para garantizar el comienzo de las fechas de nacimiento del año: Para las carreras, el reloj comenzó a correr por el calendario, no la fecha determinante; así que, ¿si quieres que el futuro caballo de tres años de edad que correrá en la carrera de caballos sea tan maduro y fuerte como sea posible? Será mejor que tengas a esas yeguas pariendo a más tardar en marzo por sus embarazos de casi un año de duración. La mayoría de las personas operaban las carreras en un sistema estratificado, donde los criadores eran separados de los interruptores de un año, que eran diferentes de los entrenadores de pista. Pero él tenía suficiente dinero y tiempo en sus manos que no solo criaba, sino que llevaba a sus caballos a través de la escuela primaria aquí en su granja, a la escuela secundaria en un centro que compró el año pasado, a los bloques de reserva de puestos en Steeplehill Downs en Charlemont y Garland Downs en la vecina Arlington, Kentucky. El dinero necesario para su establecimiento de cría y las carreras era astronómico, y cualquier retorno de la inversión era hipotético, y por eso los sindicatos de los inversores fueron típicamente formados para difundir la exposición financiera y el riesgo. Él, por su parte, no hacía lo de los sindicatos. Los co-inversores. Socios. No había perdido nada todavía. De hecho, casi hacía dinero. Su operación, en el último año y medio, había producido notables resultados y


todo gracias a Nebekanzer, su caballo, que pasó a ser el más grande, más malo hijo de puta que alguien alguna vez se hubiera encontrado. Ese desagradable bastardo crió rápidamente hijos e hijas, algo que descubrió cuando se mudó a la casa Red & Black del cuidador y compró el engendro del diablo de cuatro patas y tres de los descendientes de dos años de Neb en una subasta. ¿El año siguiente? Los tres descendientes ganaron más de doscientos mil dólares cada uno para abril, y uno de ellos quedó segundo en la Carrera, tercero en el Preakness, y primero en el Belmont. Y eso salió de su granja directo a las carreras, como se suele decir. Este año, estaba programado para hacerlo aún mejor. Tenía dos caballos en la Carrera. Ambos de las entrañas de Neb. No podía decir que su corazón estuviera en el negocio, pero sin duda era mejor que sentarse alrededor y rumiar por todo lo que perdió. Al igual que todos los caballos de carreras, que había criado, nacido y entrenado para un futuro dado: para hacerse cargo de la Compañía de Bourbon Bradford. Pero al igual que un pura sangre que se rompió una pierna, ese ya no era su futuro. —Buenas noches, jefe.10 Edward asintió a uno de sus once trabajadores en el establo. — Hasta mañana. Reanudó su barrido, agachando la cabeza… —Jefe, hay algo aquí. —¿Quién? —No sé. Edward frunció el ceño y utilizó la escoba como un bastón, cojeando hasta la bahía abierta. Fuera, en la unidad circular, una limusina negra de… rodaba hasta detenerse frente al Granero A. Moe Brown, el director del establo, salió hacia la monstruosidad, las zancadas del hombre devorando la distancia. Moe tenía sesenta, desgarbado como un carril de cerca, e inteligente como un matemático. Él también tenía "el ojo": Ese tipo podría casi decir el futuro de un caballo desde el momento en que el animal se ponía de pie sobre sus patas por primera vez. Era espeluznante, e invaluable en el negocio. Y él, lento pero seguro, le enseñaba sus secretos a Edward.

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Las cursivas de esta conversación, fueron en español, en el original.


La habilidad innata de Edward, por el contrario, era la cría. Parecía saber qué líneas de sangre cruzar. Cuando Moe se detuvo en la limosina, un chofer uniformado salió y dio la vuelta a las puertas de la parte trasera, y Edward sacudió la cabeza cuando vio que salió. Los Pendergast enviaban las armas pesadas. La mujer de cuarenta y tantos que emergía del asiento trasero del vehículo era tres veces más delgada que incluso Moe, vestida de Chanel rosa, y tenía más cabello del que había en toda la cola de Neb. Bonita como una Reina de Belleza, mimada como un Pomerania, y con la voluntad de dar a esos Steel Magnolias un plazo para su dinero, Buggy Pendergast estaba acostumbrada a salirse con la suya. Por ejemplo, hace unos cinco años jugó su mano y consiguió que uno de los vástagos de una familia de aceite viejo abandonara a su perfecta y buena esposa en favor de ella. Y desde entonces ella ha gastado el dinero de él en los pura sangre. Edward ya le había dicho que no tres veces por teléfono. No a los sindicatos. A los co-inversores. A los socios. Criaba para él y nadie más. El hombre que salió después de Buggy no era su marido, y dado el maletín que sostenía, había que suponer que era contador de algún tipo. Ciertamente no era un guardia de seguridad. Demasiado bajo, y esas gafas eran una fuga de testosterona si Edward había visto una. Moe comenzó discutir con ellos, y Edward podía decir que no iba bien. Luego las cosas fueron de mal en peor cuando ese maletín fue sumariamente sentado en el capó de la limusina y Buggy lo abrió con un ademan ostentoso: como si hubiera levantado su falda y esperado que todos gimieran en aprobación. Edward salió al tardío atardecer con su bastón de escoba, y su mal humor. Mientras se acercaba, Buggy no lo miró. Y cuando se detuvo detrás de Moe, no le dio más que una mirada de deslumbramiento, como si no apreciara que un trabajador del establo fuera testigo de todo esto. —… un cuarto de millón de dólares —dijo—, y me iré con mi potro. Moe movió la pieza de paja que masticaba al otro lado de su mandíbula. —No lo creó. —Tengo el dinero. —Todos ustedes necesitan dejar la propiedad… —¡Donde está Edward Baldwine! Demando hablar con…


—Me encuentro justo aquí —dijo Edward en voz baja—. Moe, me encargaré de esto. —Y el Señor nos concede pequeños milagros —murmuró el hombre mientras se alejaba. Mientras los lentes de contacto de color de Buggy subían y bajaban por el cuerpo de Edward, incluso su rostro con bótox se torció con la conmoción que claramente sentía. —Edward… te vez… —Estupendo, lo sé. —Asintió hacia el dinero—. Cierra esa ridícula exposición, vuelve a tu vehículo y ve a tu negocio. Te dije por teléfono, no vendo mis acciones. Buggy se aclaró la garganta. —Yo, ah, oí lo que te sucedió. Sin embargo, no me di cuenta… —Los cirujanos plásticos hicieron un buen trabajo con mi rostro, no crees. —Ah… sí. Sí, lo hicieron. —Pero suficiente de ponernos al corriente. Te vas. Buggy puso una sonrisa en su rostro. —Ahora, Edward, ¿cuánto hace que se conocen nuestras familias? —La familia de tu esposo y la mía se han conocido por más de doscientos años. No conozco a tu familia y no tengo intención de hacerlo. Sin embargo, de lo que me encuentro muy seguro, es que tú no te iras de aquí con derechos sobre ningún potro. Ahora, vamos. Ponte en marcha. Mientras se giraba, ella dijo—: Hay doscientos cincuenta millones en ese maletín. —¿Se supone que eso debe impresionarme? Mi querida mujer, puedo encontrar un cuarto de millón en los cojines de mi sofá, eso se lo aseguro, estoy completamente poco afectado por su muestra de liquidez. Más al punto, no puede comprarme. No por un dólar. No por un billón. —Miró hacia el chofer—. ¿Voy a tener que buscar mi escopeta? ¿O va a volver escabullirse de nuevo en esa limusina y hará que su chofer apriete el pedal? —¡Voy a decirle a tu padre sobre esto! Esto es vergonzoso… —Mi padre está muerto para mí. Eres más que bienvenida a discutir mis negocios con él, pero no te llevará más lejos que este viaje malgastado fuera del país. Disfruta tu fin de semana de la Carrera, en algún otro lado. Empujando en el palo de escoba, comenzó a cojear su camino de regreso al establo. En su estela, el coro de múltiples puertas de coches abriéndose y cerrándose, y los neumáticos de la limusina chillando a cabo en el asfalto sugirió que la mujer hablaba por su teléfono celular,

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quejándose con su marido, veinte años mayor, acerca de la vergonzosa manera en que acababa de ser tratada. Aunque teniendo en cuenta que el chisme era que fue una bailarina exótica en sus veintes, podía adivinar que estuvo expuesta a cosas mucho peores en su vida anterior. Antes de que volviera a entrar y reanudara su barrido, miró la vista de su granja: Los cientos de hectáreas de pastizales rodantes que fueron cortados en potreros con cinco cercas de marrón oscuro. Los tres establos con sus techos de tejas de color rojo y gris y su revestimiento negro con franja roja. Las dependencias para los equipos, la declaración de los remolques de arte, y la granja blanca donde se quedaba, y la clínica y el círculo de entrenamiento. Su madre era dueña de todo. Su bisabuelo compró la tierra y comenzó la empresa equina, y luego su abuelo y su padre continuaron invirtiendo en el negocio. Las cosas fueron difíciles después de que su padre murió hace unos veinte años; y Edward ciertamente nunca había considerado involucrarse. Como el hijo mayor, estuvo destinado a entrar en el papel de liderazgo en la Compañía de Bourbon Bradford, y de hecho, más de lo que el legado o la primogenitura dictaban, ahí fue donde estuvo su corazón. Era un destilador en su sangre, tan escrupuloso con sus productos como un sacerdote. Pero entonces todo cambió. Los Establos Red & Black habían sido la mejor, después de toda solución, una diversión que ocupaba sus días hasta que podía beber hasta quedarse dormido. Y aún mejor, era algo en lo que su padre no se involucraba. El poco futuro que tenía era aquí con el bluegrass11 y los caballos. Era todo lo que tenía. —Disfrutaste eso, ¿no? —dijo Moe detrás de él. —En realidad no. —Cambió su peso y comenzó a barrer el pasillo de nuevo—. Pero nadie recibirá una parte de esta finca, ni siquiera Dios mismo. —No deberías hablar así. Edward miró sobre su hombro para recordarle al hombre como lucía su rostro. —¿En verdad crees que ahora hay algo que me da miedo?

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Estilo de música.


Mientras Moe se hacía la señal de la cruz, Edward rodó lo ojos… y regresó a su trabajo.

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Traducido por Miry GPE Corregido por Clara Markov

—…acostada en la cama y jugando con mis pechos. —Virginia Elizabeth Baldwine, “Gin” para su familia, se recostó en su silla acolchada—. Y luego pondré mi mano entre las piernas. ¿Qué quieres que haga con ella ahora que se halla ahí? Sí, estoy desnuda... ¿de qué otra manera podría estar? Ahora, dime qué hacer. Golpeteó el cigarrillo sobre la copa de cristal Baccarat que vació hacía unos diez minutos y cruzó las piernas debajo de su bata de seda. El tirón en su cabello era más allá de molesto, y miró a su estilista por el espejo de su cuarto de baño. —Oh, sí —gimió en su celular—. Estoy húmeda... tan húmeda, sólo por ti... Tenía que rodar los ojos por la referencia de buena chica, pero eso era lo que a Conrad Stetson le gustaba porque era un tipo anticuado de hombre, necesitaba la ilusión de que la mujer con la que le era infiel a su esposa, le era monógama. Tan tonto. Pero Gin extrañaba bastante los primeros días de su relación. Fue embriagador atraerlo lenta e inexorablemente fuera de su matrimonio. Se deleitó con lo duro que luchó contra su atracción, la vergüenza que sintió la primera vez que se besaron, la manera en que intentó tan valientemente de no llamarla, verla, buscarla. Y durante una semana o dos, a ella en serio le interesó, su atención era como una droga con la que bien valía llenarse. Sin embargo, ¿una vez que lo folló un par de veces? Bueno, era demasiado misionero, por una parte. —Oh, sí, sí, sí... Me vengo, me vengo... A medida que “tenía su orgasmo”, su estilista se sonrojó por la pena, pero siguió fijando su oscuro cabello en su lugar mientras una mucama apareció desde el vestidor con una bandeja de terciopelo en las manos. En


ella se ubicaban dos conjuntos de joyas, uno hecho con rubíes birmanos por Cartier en los años cuarenta y el otro una creación en zafiro hecho a finales de los años cincuenta por Van Cleef & Arpels. Ambos eran de su abuela, uno fue dado a Gran Virginia Elizabeth por su marido en el nacimiento de la madre de Gin, y el otro regalado por el vigésimo aniversario de boda de sus abuelos. Hizo un sonido de gemido; después pulsó el botón de “silencio” y sacudió la cabeza hacia la mucama. —Quiero los diamantes Winston. —Creo que la señora Baldwine los usa. En tanto Gin imaginó a su cuñada, Chantal, con los cien quilates de impecables diamantes puestos, sonrió y habló lentamente, como si se dirigiera a un idiota. —Entonces quita los diamantes que mi padre le compró a mi madre del cuello y orejas de esa perra y tráemelos aquí. La mucama palideció. —Como… guste. Justo antes de que la mujer saliera de la habitación, Gin la llamó—: Asegúrate de limpiarlos primero. No soporto ese perfume de farmacia que ella insiste en usar. —Como guste. Era algo extremo referirse a Flowerbomb de Viktor & Rolf como “de farmacia”, pero sin duda no era Chanel. Aunque la verdad, ¿qué se podía esperar de una mujer que ni siquiera asistió a la Universidad Sweet Briar? Gin desactivó el silencio del teléfono. —Cariño, tengo que colgar. Necesito alistarme. Siento mucho que no puedas estar aquí, pero lo entiendes. Dándole entrada para esa rutina insignificante, donde la voz del adulto se vuelve amortiguada. Dios, ¿siempre tuvo ese marcado acento sureño? Los Bradford no tenían ningún tipo de terrible sonido vibrante, nada más el suficiente acento para demostrar en qué lado de la línea Mason-Dixon nacieron y vivieron, además de que sabían la diferencia entre bourbon y whisky. Este último siendo de baja categoría. —Entonces, adiós —dijo, y colgó. Al terminar la llamada, decidió terminar la relación. Conrad empezó a hablar de dejar a su mujer, y no quería eso. Él tenía dos hijos, por el amor de Dios, en qué pensaba. Una cosa era divertirse con sus encuentros sexuales, pero los niños necesitaban la ilusión de dos padres. Por otra parte, ella ya demostró que no tenía sentimiento maternal con nada. Ni siquiera con un pez dorado.

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Media hora más tarde, usaba un vestido Christian Dior hecho de rojo y tenía ese collar Harry Winston yaciendo, pesado y fresco, sobre sus clavículas. Su perfume era Coco de Chanel, un clásico que decidió que podía llevar cuando llegó a los treinta. Sus zapatos eran de Loubou. No usaba bragas. Samuel Theodore Lodge iría a cenar. Cuando salió al pasillo, miró a la puerta opuesta a la suya. Hacía dieciséis años ese día, dio a luz a la jovencita que vivía ahí. Y esa fue toda su implicación con Amelia. Una enfermera de bebés, seguida de dos niñeras de tiempo completo, junto con el paso del tiempo suficiente, y estaban ahora en el territorio de la escuela secundaria. Así que ya ni siquiera veía a su hija. De hecho, Amelia no volvió a casa en las vacaciones de primavera, y fue bueno. Pero el verano se avecinaba, y que las chicas de la universidad de Hotchkiss regresaran no era algo que alguien, ni siquiera Amelia, esperara con interés. ¿Acaso se podría enviar a un campamento de verano a una chica de dieciséis años? Tal vez sencillamente podrían enviarla a Europa para un tour de dos meses. Los Victorianos lo hacían hace un centenar de años, antes incluso de los aviones y autos con bolsas de aire. Podrían pagarle a alguien para ser su acompañante. Y lo cierto es que la necesidad de mantener a la chica lejos de Oriental no era porque Gin no amara a su hija. Sólo que la presencia de la chica se sentía como una condena demasiado dura de decisiones, acciones y mentiras que eran de la propia Gin y de nadie más, y a veces era mejor no mirar demasiado de cerca esas cosas. Además, Europa era grandiosa. Sobre todo si uno lo hacía bien. Gin continuó caminando, directamente a la doble escalera que se bifurcaba en un rellano medio, antes de tocar fondo a ambos lados del gran vestíbulo de mármol de Oriental. El vestido habló con cada uno de sus pasos, la caída de la seda susurraba contra los faldones de tul de una forma que la hacía imaginar las conversaciones en susurro de las mujeres francesas que cosieron el vestido. Cuando llegó al rellano y eligió el lado derecho, ya que se ubicaba más cerca de donde se servían siempre los cócteles de sociedad, podía oír el golpeteo de las voces. Asistirían treinta y dos personas para la cena de esta noche, y se sentaría en la silla donde su madre debería hallarse, al lado opuesto de la larga mesa con su padre a la cabeza.


Lo hizo un millón de veces, y lo haría un millón más, la actuación de la señora de la casa, y por lo general era un deber que realizaba con orgullo. Sin embargo, esta noche existía un duelo detrás de su corazón por alguna razón. Probablemente porque era el cumpleaños de Amelia. Mejor conseguir una bebida. Particularmente teniendo en cuenta que cuando llamó a su hija, Amelia se negó a bajar y atender el teléfono en el edificio de dormitorios. Era el tipo de cosa que Gin habría hecho. ¿Ves? Era una buena madre. Entendía a su hija. *** Lane se negó a vestirse de corbata negra para la cena. Sólo mantuvo los pantalones puestos, y se cambió la camisa por una con botones que dejó cuando se fue a vivir con Jeff al norte. Se disponía a llegar a tiempo y eso era todo. Tan pronto como tocó el primer piso, empezó a evitar las miradas de la gente y fue en busca de una bebida; se topó con un viejo amigo antes de llegar a la Reserva Familiar. —Bueno, bueno, bueno, el neoyorquino ha regresado a sus raíces finalmente —dijo Samuel Theodore Lodge III en lo que se acercaba. Lane tuvo que sonreír. —¿Cómo está mi abogado sureño favorito? Mientras se abrazaban y palmeaban las espaldas, la mujer rubia que se encontraba con Samuel T. permanecía a un lado, con los ojos sin perderse nada; que era más de lo que podría decirse sobre su vestido. Un poco más corto en la parte superior o inferior e iría en ropa interior. Así que ella estaba justo en el callejón de Samuel T. —Permíteme presentarte a la señorita Savannah Locke. —Samuel T. asintió hacia la mujer como dándole permiso para acercarse, y ella lo hizo, inclinándose y ofreciéndole su mano pálida y delgada—. Cariño, ¿podrías ir a conseguirnos una bebida? Él tomará la Reserva Familiar. Mientras la mujer se dirigía hacia el bar, Lane sacudió la cabeza. — Puedo servirme yo mismo. —Es azafata. Le gusta servir a la gente. —¿No las llaman auxiliares de vuelo ahora? —Entonces, ¿qué hizo que decidieras volver? No pueden ser las carreras. Eso es cosa de Edward.

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Lane le restó importancia a la pregunta, no trataba de entrar en la situación de la señora Aurora. Demasiado escabroso. —Necesito tu ayuda con algo. Es decir, en calidad profesional. Los ojos de Samuel T. se estrecharon y luego se trasladaron a la mano de Lane libre del anillo de boda. —Estás limpiando la casa. —¿Qué tan rápido puedes hacer que suceda? Quiero que las cosas se mantengan tranquilas y con rapidez. El hombre asintió una vez. —Llámame mañana por la mañana. Me encargaré de todo. —Gracias… Arriba, en la gran escalera, su hermana Gin, llegó a la esquina del rellano y se detuvo, como si supiera que la gente querría examinar lo que vestía, el vestido rojo y todas esas joyas en realidad valían la pena la revisión. Con metros de seda carmesí cayendo al suelo y el conjunto de diamantes de la princesa Di, ella se encontraba en los Óscar, Town & Country y la Corte de St. James, todos a la vez. El silencio que se propagó por el vestíbulo era a la vez de temor y condena. La reputación de Gin la precedía. No la de la familia. Cuando ella los vio, a Samuel T. y a él, sus cejas se arquearon, y por una fracción de segundo, sonrió sinceramente, esa vieja luz de regreso en sus ojos, los años se alejaron hasta que ellos tres eran los que fueron antes de que demasiado ocurriera. —Si me disculpas —dijo Samuel T—. Iré a ver cómo van nuestras bebidas. Creo que mi cita se perdió en el camino de regreso. —La casa no es tan grande. —Tal vez para ti y para mí. Cuando Samuel T. se giró, Gin levantó el faldón de su vestido rojo y terminó el descenso. Cuando llegó al mármol blanco y negro, quedó justo al otro lado de Lane, sus tacones de aguja golpeteando sobre el suelo que fue colocado unos cien años antes. Esperaba abrazarla con caballerosidad, en deferencia a su cabello recogido y joyas, pero ella fue quien lo apretó hasta que la sintió temblar. —Estoy tan contenta de que te encuentres aquí —dijo con voz áspera—. Debiste avisarme. Y fue entonces cuando hizo los cálculos y se dio cuenta que era el cumpleaños de Amelia.


Se hallaba a punto de decir algo cuando ella se echó hacia atrás y puso la máscara en su lugar, sus características de Katharine Hepburn cayeron en un perfectamente vacío arreglo que hizo que el pecho le doliera. —Necesito un trago —anunció—. ¿Y a dónde fue Samuel T.? —Él no vino solo esta noche, Gin. —¿Y eso importa? Cuando se marchó con la cabeza en alto y los hombros hacia atrás, sintió pena por esa pobre azafata rubia. Lane no sabía quién era la escolta de Samuel T, pero sin duda ella consiguió la lectura correcta de su cita: En el bar, se estableció en la cadera de él como un revolver enfundado; como si fuera plenamente consciente de que tendría que proteger su tierra. Al menos obtendría algo que ver durante la cena. —¿Su Reserva Familiar, señor? El señor Lodge lo envía con su más alta estima. Lane se giró y sonrió. Reginald Tressel fue el camarero en Oriental desde siempre, y el caballero afroamericano en abrigo negro y zapatos lustrados, era más distinguido que muchos de los invitados, como de costumbre. —Gracias, Reg. —Lane tomó un vaso de cristal de corte bajo de la bandeja de plata—. Oye, gracias por decirme sobre la señora Aurora. ¿Recibiste mi correo de voz? —Sí. Y sabía que te gustaría venir. —Ella se ve mejor de lo que pensé. —Es la fachada. No te irás en ningún momento pronto, ¿verdad? —Oye, ¿cómo va Hazel? —se desvió Lane. —Mucho mejor, gracias. Y sé que no regresarás al norte hasta que las cosas se terminen aquí. Reginald le dedicó una sonrisa que no cambió la luz sombría en esos ojos oscuros, y luego el hombre volvió a sus deberes, caminando a través de la multitud como un estadista, la gente lo saludaba como a un igual. Lane podía recordarse de joven diciendo que el señor Tressel era el alcalde no oficial de Charlemont, y eso sin duda no había cambiado. Dios, no se disponía a perder a la señora Aurora. Eso sería como tener que vender Oriental; algo que no podía imaginar en un universo que funcionaba propiamente. El olor del humo de cigarrillo lo hizo ponerse rígido. Sólo había una persona a la que se le permitía fumar en la casa. En ese sentido, Lane se fue en dirección opuesta.

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Su padre siempre fue un fumador en la tradición sureña, lo cual decía que a pesar de que el hombre padecía de asma, veía como un derecho patriótico darle a tu propio pulmón cáncer; no es que estuviera enfermo, o se fuera a enfermar. Creía que un hombre de verdad nunca dejaría que una dama empujara su propia silla en una mesa, nunca maltrataba a sus perros de caza, y nunca, nunca se enfermaba. Buen código de conducta. El problema era, que eso era todo. Nada sobre tus hijos. La gente que trabajaba para ti. Tu papel como marido. ¿Y los Diez Mandamientos? Sólo una vieja lista utilizada para gobernar las vidas de otras personas, así no eres molestado por el que se disparen los unos a los otros. Era divertido. Cortesía de su padre, Lane nunca fumaba, y no como una especie de rebelión. Al crecer, sus hermanos y él sabían cuando el hombre se acercaba por el olor a tabaco, y eso nunca era una buena noticia. En consecuencia, construyó una respuesta Pavloviana cada vez que alguien encendía uno. Probablemente era lo único en lo que su padre contribuyó a su vida de una manera positiva. Y aun así, fue un beneficio equívoco. El hielo en el vaso sonaba como campanillas en tanto caminaba por la casa, y no sabía a dónde se dirigía... hasta que llegó a las puertas dobles que se abrían hacia el conservatorio. A pesar de que se hallaban cerradas, captó el aroma de las flores, y se quedó un rato mirando a través de los paneles de vidrio hacia el verdor, ahora colorido enclave al otro lado. Sin duda Lizzie se encontraba ahí, arreglando los ramos como hacía cada año el jueves antes de la Carrera. Como polilla a la luz y todo eso, pensó mientras miraba su mano extenderse y girar el pomo de latón. El sonido de Greta von Schlieber hablando con esa voz de acento alemán casi le hizo girarse y regresar. Cortesía de todo lo que fue mal, la mujer lo odiaba, no era de las que se guardaban sus opiniones. A ella también le gustaba tener un conjunto de tijeras de jardín en las manos. Pero el tirón hacia Lizzie fue más fuerte que cualquier impulso de auto conservación. Y ahí se hallaba ella. A pesar de que ya pasaban de las ocho de la noche, se encontraba sentada en un taburete con ruedas delante de una mesa puesta con veinticinco cuencos plateados del tamaño de pelotas de basquetbol. La mitad llenos con flores de color rosa pálido, blanco y crema, los demás listos para conseguir sus debidas esponjas florales húmedas esperando a que anclaran un sinnúmero de flores.


Ella miró por encima del hombro, le echó un vistazo... y siguió hablando sin perder el ritmo. —…mesas y sillas bajo la carpa. Además, ¿puedes conseguir un poco de conservador en spray? Greta no era tan flemática. A pesar de que obviamente iba de salida, con una gran bolsa Prada verde brillante sobre su hombro, una naranja pequeña en la mano y las llaves del coche colgando de su agarre, esa mirada, junto con su silencio abrupto, sugería que no iría a ninguna parte hasta que él regresara a la fiesta de su familia. —Está bien —dijo Lizzie tranquilamente—. Te puedes ir. Greta murmuró algo en alemán. Luego salió por la puerta hacia el jardín, hablando en voz baja. —¿Qué decía? —le preguntó cuándo se quedaron solos. —No sé. Probablemente algo acerca de un piano cayendo sobre tu cabeza. Tomó un trago de su copa, sorbiendo el bourbon frío entre sus dientes. —¿Eso es todo? Habría esperado algo más sangriento. —Creo que un piano Steinway cayendo de incluso una corta altura podría hacer algún daño. Había media docena de cubos de plástico de cinco galones rodeándola, cada uno lleno de un tipo diferente de flor, y los elegía como si tocara notas en un instrumento musical: este, luego ese, de nuevo del primero, después el tercero, cuarto, quinto. El resultado, en un corto orden de tiempo, era una cabeza gloriosa de pétalos que brotaban por encima del recipiente de plata pulida. —¿Puedo ayudarte? —dijo. —Sí, yéndote. —Casi terminas con esos. —Miró a su alrededor—. Aquí, te traeré otro ramo… —Podrías sólo regresar a tu cena —espetó—. No eres de ayuda… —Y también casi terminas con esos. Él dejó su vaso en una mesa llena de cuencos vacíos y comenzó a transportar las cargas pesadas. —Gracias —murmuró mientras quitaba los vacíos, llevándolos al fregadero de cerámica—. Puedes irte ahora… —Pedí el divorcio. Su rostro no mostró ninguna reacción, pero sus manos, esas seguras y fuertes manos, casi dejaron caer la rosa que sacaba del cuenco que le llevó.

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—Espero que no por mi culpa —le dijo. Él volteó uno de los envases desocupados y se sentó en la parte inferior, sosteniendo su bourbon entre las rodillas. —Lizzie… —¿Qué quieres que diga? ¿Felicidades? —Lo miró—. ¿O tienes ganas de una reacción de alivio donde me lance hacia ti toda llorosa y en necesidad de un pañuelo? Porque te lo diré ahora mismo, eso es lo último que obtendrás de mí… —Nunca amé a Chantal. —¿Acaso importa? —Lizzie rodó los ojos—. La mujer iba a tener a tu hijo. Así que tal vez no la amabas, pero claramente hacías algo con ella. —Lizzie… —¿Sabes? Ese tono exasperado tuyo para ser razonable se vuelve molesto. Es como si creyeras que hago algo mal al no dejarte hablar de tooooooodas las formas en que fuiste la víctima. Esto es lo que sé que es verdad: Me perseguiste un largo tiempo y te esforzaste, y cedí porque sentí lástima por lo que pasaba con tu hermano. Al mismo tiempo, te hacías la perfecta y socialmente aceptable barba para ocultar el hecho de que te acostabas con la empleada. Tu problema vino cuando me negué a ser tu secretito vergonzoso. —Maldita sea, Lizzie… no fue de esa manera… —Tal vez de tu lado… —¡Nunca te traté como una inferior! —Tiene que ser broma. ¿Cómo creíste que me sentiría cuando me dijiste que me amabas y luego leí acerca de tu compromiso en las páginas sociales a la mañana siguiente? —Levantó las manos—. ¿Tienes alguna idea de lo que fue para mí? Soy una mujer inteligente. Tengo mi propia granja que pago con mi propio dinero. Tengo una maestría en Cornell. —Se golpeó el pecho—. Cuido de mí misma. Y aun así... —Sus ojos se alejaron de los de él—. Aún me tenías. —Yo no puse ese anuncio. —Bueno, era una gran foto de ustedes dos. —No fue mi culpa. —¡Tonterías! ¿Tratas de decirme que una pistola apuntaba a tu cabeza cuando te casaste con Chantal? —¡No hablabas conmigo! Y ella estaba embarazada… no quería que mi hijo naciera como bastardo. Creí que esa era la única manera de ser un hombre en esa situación.


—Oh, fuiste un hombre, está bien. Así fue como ella terminó embarazada de tu bebé. Lane maldijo y dejó caer la cabeza. Dios, desperdició tanto tiempo deseando poder hacer las cosas diferentes con Lizzie, empezando desde antes de que estuvieran juntos, cuando tuvo sexo casual con Chantal y le creyó cuando le dijo que tomaba la píldora. Pero todos sabían el resultado. Y el embarazo no fue la única sorpresa que Chantal le guardó. La segunda fue aún más devastadora. —Entonces, ¿ya terminamos aquí? —preguntó Lizzie moviéndose al siguiente cuenco—. Esto realmente no es asunto mío. —¿Por qué no me quedé aquí con ella? —Se inclinó hacia delante—. Lo tienes todo resuelto, así que, ¿por qué no me quedé aquí con ella? ¿Por qué me fui durante casi dos años? Y si quería un hijo suyo, ¿por qué no se volvió a embarazar luego de que perdió al primero? Lizzie sacudió la cabeza y lo miró fijamente. —¿Qué parte de “no es asunto mío” no comprendes? Y ahí es cuando fue por ella. Como en su primer beso en el jardín, en la oscuridad, en el calor del verano, experimentó una emoción fuera de control cuando le tomó la boca, un instinto contra el que no lucharía: En un momento discutían, al siguiente se abalanzó en la distancia, le agarró la nuca y la besó con fuerza. Y así como antes, le devolvió el beso. Sin embargo, no había pasión por su parte. Sabía con maldita certeza de que para ella, la unión de sus bocas no era nada más que una extensión de su conflicto, de la discusión verbal volviéndose no verbal. A Lane no le importaba. La tomaría de cualquier forma que pudiera conseguirla.

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Traducido por Beluu Corregido por Itxi

Era, por supuesto, una idea perfectamente estúpida. Pero mientras Lizzie le devolvía el beso a Lane, era como si estuviera canalizando dos años de enojo, frustración y dolor directamente hacia él. Y maldita sea, sabía a whiskey, desesperación, y sexo crudo, y a ella le gustaba. Lo extrañaba. Y eso sólo la enojaba más. Quería decir que esto era horrible. Que sucedía contra su voluntad. Que era una violación. Pero nada de eso era verdad. Ella fue la que le metió la lengua en la boca, eran sus dedos los que se aferraban a sus hombros y, que Dios la ayudara, fue la que juntó sus cuerpos. Para poder sentir su erección. Su cuerpo no cambió durante el tiempo que estuvieron separados, todo músculo duro y largas extremidades. Y besaba de la misma manera que antes, duro y hambriento, a pesar del hecho de que fue criado como un caballero. Y el calor entre ellos seguía igual de ardiente. Y entonces, ¿algo todavía peor? Los recuerdos de ellos estando juntos, piel y piel, meciéndose, la alentaron, enterrando todo el dolor y la traición bajo una avalancha de memorias. Por una fracción de segundo se dio cuenta de que iba a tener sexo con él, en ese momento y en ese lugar. Seh. Porque eso le demostraría cuán en serio hablaba. Un momento verdaderamente a lo Gloria Steinem. En su lugar, golpearon algo en la mesa y hubo un estrépito que rompió el silencio; luego algo parecido a agua congelada salpicó su cadera y la parte superior de su muslo. Saltando, lo alejó con tanta fuerza que él tropezó y cayó, aterrizando en el suelo de baldosas.


Se limpió bruscamente la boca con su antebrazo. —¡Qué demonios estás haciendo! Pregunta tonta. Más bien, qué hacía ella. Él se encontraba en sus pies un latido después. —He querido besarte desde que volví. —El sentimiento no es mutuo… —Eso es mierda. —Él tomó su copa y le dio un trago—. Todavía me quieres… —¡Sal de aquí! —¿Me estás echando de mi propio edificio? —O te vas tú o me voy yo —espetó ella—, y estas flores no se van a colocar en esos floreros por sí solas. ¿A menos que quieras que tus mesas estén medio vacías durante tu fiesta de la carrera de caballos? —No me importa cómo se vean. Ni la maldita fiesta. Ni nada de esto… —Mientras agitaba su mano, podría haber sido más convincente si no hubiera tenido una copa del whiskey de su familia en su mano—. Lo he dejado atrás, Lizzie. Terminé con todo eso. Ibuprofeno. Eso era lo que ella necesitaba. Menos estar alrededor de él, más alivio para el dolor en una botella. —Me rindo —murmuró ella—. Tú ganas. Me iré. Mientras se giraba, él la atrapó y la dio vuelta, atrayéndola hacia su cuerpo. Fue entonces que se dio cuenta de cuánto envejeció desde la última vez que lo vio. Su rostro era más delgado, su mirada más cínica, y las patas de gallo se hallaban más profundas en las esquinas de sus ojos. Desafortunadamente, esas cosas sólo lo hacían lucir más apuesto. —Nada de toda la mierda con Chantal es lo que tú piensas —dijo oscuramente. —Incluso si la mitad lo fuera… —No lo entiendes… —Estaba enamorada de ti. —Mientras su voz se quebraba, se alejó de él—. No pensé necesariamente que nos íbamos a casar, pero no porque tú estuvieras dirigiéndote al altar con alguien más. Alguien que estaba embarazada; y que se puso en esa condición mientras salías conmigo. —Había terminado con ella, Lizzie. Antes de volver ese abril, le dije que terminamos. —Sin embargo, no lo entendió, ¿o sí?

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—Ya tenía tres meses cuando me enteré, Lizzie. Haz las cuentas conmigo. La noche antes de venir para el cumpleaños de mi madre, al final de marzo, fue la última vez que estuve con Chantal. Tú y yo… nos juntamos ese mayo, y fue para finales de junio que descubrí que estaba embarazada. Si haces memoria, no dejé Oriental en todo ese tiempo. Sabías dónde me encontraba cada noche y cada día porque estaba contigo. —Él la miró—. Los tres meses. No dos, ni uno. Tres, Lizzie. Ella llevó sus manos a su rostro, luchando contra la lógica. —Por favor, para de hacer eso. —¿Hacer qué? —Decir mi nombre. Te da la impresión de credibilidad. —No estoy mintiendo. Y he querido decirte esto por casi dos años. — Maldijo de nuevo—. Hay más, pero no quiero entrar en ello todavía. No afecta lo que hay entre tú y yo. Antes de que ella estuviera al tanto de tomar una decisión consciente de sentarse, descubrió que se encontraba en la silla con ruedas que había estado utilizando. Observando sus manos, flexionó los dedos, sintiendo la rigidez en sus articulaciones, y por alguna razón, pensó en los consejos de Chantal para tener una manicura perfecta y suaves palmas sin marcar. Hablando de opuestos. Las manos que observaba eran las de un trabajador, con rasguños en la parte trasera por las espinas de rosa y suciedad bajo las uñas que sólo podría quitar cuando llegase a casa esa noche. Tenía pecas, también, por trabajar bajo el sol sin guantes, y absoluta y ciertamente no había ningún diamante de millones de dólares. —Me casé con Chantal en el palacio de justicia después de que me dejaste —dijo duramente—. No era culpa del bebé, y habiendo crecido sin padres, no iba a hacerle lo mismo a ningún hijo que tuviera, sin importar cómo me sintiera por su madre. Pero luego necesitaba salir de la ciudad. Chantal no entendía que el matrimonio era solo de palabra, así que fui a Nueva York y me quedé con un compañero de universidad. Poco tiempo después, Chantal me llamó para decirme que perdió al bebé. La amargura en su voz hizo que las palabras salieran tan bajas que apenas podía entenderlas. —No me ama, tampoco —murmuró—. No me amaba antes, no me ama ahora. —Cómo puedes estar tan seguro. —Lizzie se escuchó decir a sí misma. —Confía en mí en esto. —Lucía bastante entusiasmada de tenerte de vuelta.


—No vine por ella y lo dejé claro. Y esa mujer es capaz de casarse sólo por un boleto para la comida. —Pensé que tenía su propio dinero. —Nada comparado con el mío. Sí, podía imaginar que eso era verdad. Había países europeos que tenían menos ingresos anuales que los Bradfords. —Eres el amor de mi vida, ya sea si estás conmigo o no. —Cuando alzó la vista confundida, él simplemente se encogió de hombros—. No puedo cambiar lo que sucedió, y sé que no hay vuelta atrás… todo lo que pido es que no caigas en las apariencias, ¿está bien? Has pasado diez años alrededor de esta familia, pero he estado con ellos y la gente que los rodea durante toda mi vida. Por eso te quiero. Eres real. No eres capaz de ser lo que ellos son y eso es algo muy, muy bueno. Ella esperó a que dijera algo más, y cuando no lo hizo, volvió a bajar la vista a sus manos. Por alguna razón, su corazón latía fuerte, como si estuviera demasiado cerca al borde de un acantilado. Por otra parte, supuso que esa era la verdad, porque sus palabras se metían en su cerebro y revolvían las plataformas de su mente. De maneras que de veras no la ayudaban. —Estoy tan aterrorizada de ti —susurró. —¿Por qué? Porque quería creer en lo que le decía tan desesperadamente como un adicto. —No lo estés —dijo cuando ella no contestó—. Nunca quise que nada de esto sucediera. Y he querido hacer lo correcto por tanto tiempo. Parecía apropiado que estuvieran rodeados por todos los floreros que ella había estado rellenando. La evidencia de su trabajo, de su único propósito para estar en la finca, era un recordatorio de la separación que siempre pondría distancia entre ellos. Y luego se esforzó por recordar esa fotografía y el artículo en el Charlemont Herald sobre el matrimonio, dos grandes legados de Southern uniéndose en un arreglo feudal. Y recordó los días y noches después de enterarse de Chantal, todas esas horas de sufrimiento hasta que sentía que moría. Aunque tenía razón sobre una cosa. El orgullo le ordenó que continuara trabajando en Oriental, así que estuvo en la finca cada día menos los domingos por los últimos veinticuatro meses. Lane no volvió. Por dos años… no volvió para ver a Chantal.

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No era un gran matrimonio. —Deja que mis acciones hablen por mí —dijo él—. Déjame probarte que lo que te estoy diciendo es la verdad. En su mente, ella escuchó su celular sonando una y otra vez. Justo después del rompimiento, él la llamó fácilmente cerca de cien veces, algunas veces dejando mensajes que nunca escuchó, y otras veces no. Se tomó dos semanas de licencia justo después de enterarse, escapando incluso de su casa en Indiana y yendo al norte a Plattsburgh y a los huertos de manzanos de su juventud. Sus padres habían estado encantados de verla, y pasó esos días acostumbrándose a los árboles de McIntosh12 con los otros trabajadores manuales. Para el momento en que volvió, él desapareció. Las llamadas por teléfono se acabaron después de un tiempo. Y eventualmente dejó de encogerse cada vez que un auto estacionaba en el patio delantero. —Por favor, Lizzie… di algo. Incluso si no es lo que quiero oír… El sonido de una mujer riéndose suavemente lo interrumpió e hizo que sus cabezas giraran para ver las puertas que daban al jardín. Cuando Greta se fue, uno de los paneles no se cerró del todo, y a través de la abertura Lizzie podía ver a dos personas caminando por el camino de ladrillos hacia la piscina en la otra esquina. Incluso en el sutil resplandor de las luces del jardín, claramente el vestido que llevaba la mujer era de un rojo brillante, sus pliegues voluminosos arrastrándose detrás de ella. A su lado, un hombre alto en un traje le ofreció su brazo cortésmente, y la observaba con el tipo de atención que uno reservaría para una comida. —Mi hermana —dijo Lane innecesariamente. —¿Ese es Samuel T.? —preguntó Lizzie. —A quién le importa. Ella volvió a mirar a Lane. —Rompiste mi corazón. —Lo siento tanto. No era lo que quería, Lizzie, de ninguna manera. Lo juro por Dios. —Pensé que eras ateísta. Él estuvo callado por un momento, sus ojos recorriendo su rostro. — Me bautizaré cientos de veces si hace falta. Memorizaré la Biblia, besaré un anillo, haré lo que sea que quieras… sólo por favor… 12

Tipo de manzana de piel roja y verde.


—No puedo volver atrás, Lane. Lo siento. Sólo no puedo. Él se quedó callado. Y luego de un largo rato, asintió. —Está bien, pero, ¿puedo pedirte algo? No. —Sí. —No me odies más. Hago mucho de eso en mi tiempo libre. *** El jardín estaba tan perfumado como una mujer recién salida de bañarse, precisamente arreglado para la recepción y tan privado como una biblioteca universitaria. Era necesario decir que era semiprivado. Las ventanas de Oriental tenían vistas hacia los cuidados lechos de flores blancas y crema, y se hallaban todas iluminadas discretamente. Afortunadamente, Gin no tenía ningún problema con tener sexo en público. Mientras se aferraba al poderoso brazo de Samuel Theodore Lodge Tercero, no se molestó en esconder su sonrisa. —¿Y por cuánto tiempo has estado con ella? —¿Cuándo llegamos aquí? ¿Hace una hora? Ella rió. —¿Por qué, oh, por qué, querido Samuel, te molestas con mujeres como esa? —¿Qué otra clase de mujeres existe? Era difícil decir quién conducía a quién a los descansos oscuros del rincón más alejado, donde las paredes de ladrillos se encontraban en la parte trasera de la casa de la piscina. Pero era allí a donde se dirigían. —No sabía que ibas a venir —dijo ella, extendiendo su mano para tocar los diamantes de su garganta… y luego dejar que sus dedos viajaran por su cuerpo—. Me hubiera tomado el tiempo de ponerme bragas. —Tratando de comenzar de nuevo, ¿no es así? —Me gusta cuando me las sacas. Más que nada cuando te frustras y las desgarras. —No estoy en un club exclusivo, sin embargo, ¿o sí? —No seas ordinario.

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—Tú eres la que empezó a hablar de ropa interior. También eres la que quería que viniera aquí contigo. ¿A menos que de verdad necesitaras aire fresco por una vez? Gin estrechó los ojos hacia él. —Eres un bastardo. —No según el diccionario. Mis padres estaban bien y verdaderamente casados cuando fui concebido. —Alzó una ceja—. Lo que no creo que puedas decir sobre tu propia hija, ¿o sí? Ella frenó, la conversación tomaba un rumbo que no planeó. —Eso es cruzar la línea, Samuel. Y lo sabes. —Es un poco extraño que estés hablando de buenos modales. ¿No te estás acostando con ese compañero casado de mi firma de abogados? Creo que escuché eso por algún lado recientemente. Ah, por eso actuaba de esta manera. —¿Celoso? —dijo ella lentamente, volviendo a sonreír. —No puede satisfacerte. No por mucho tiempo, y no como yo puedo. Cuando la agarró, ella lo dejó, y disfrutó la manera en que sus manos se aferraron a su cadera y su boca castigó la suya. No le llevó mucho tiempo subir su falda hasta sus muslos, y mantenerla allí sin importar toda la crinolina. Por otra parte, él pasó por kilómetros de material fino desde que tenía catorce años y empezó a asistir a cotillones. Samuel T. gimió cuando descubrió que ella no mintió sobre no llevar nada debajo de su vestido, y sus dedos eran ásperos mientras empujaba dentro de ella. El calor y la necesidad que siguieron fueron un alivio dichoso de todo lo que ella no quería pensar, el sexo llevándose todos sus arrepentimientos y su tristeza, dejándole nada más que placer. No había ninguna razón para fingir el orgasmo que tuvo, sus uñas hundiéndose en las suaves hombreras de la chaqueta de su esmoquin mientras jadeaba, su antigua colonia Bay Rum era un retroceso, pero lo dejaba muy por delante de su tiempo. Mientras se entregaba, él era el único hombre que alguna vez había amado, y el único al que nunca tendría verdaderamente. Samuel T. era como ella, sólo que peor; un alma que nunca podría sentar cabeza, incluso mientras paseaba por los caminos de la expectativa social. —Fóllame —demandó contra sus labios. Él respiraba duramente, su cuerpo se encontraba rígido bajo el traje caro, listo para ella… pero en lugar de darle lo que quería, se alejó, bajó su falda y la observó desde lejos.


—¿Samuel? —demandó ella. Con una lentitud deliberada, levantó los dedos hacia su boca y los chupó. Luego pasó su lengua arriba y abajo entre ellos, lamiendo la esencia de su piel. —No —dijo él—. No lo creo. —Qué. Samuel se inclinó. —Voy a volver a la fiesta de tu padre y me voy a sentar en su mesa. Me adelanté y cambié el arreglo de los asientos, así que Verónica está a mi lado. Lo sabrás cuando ponga mi mano entre sus piernas, vas a verla ponerse rígida y tratar de mantener la compostura mientras le hago lo que acabo de hacerte. Observa su rostro, Gin. Y debes saber que tan pronto como nos vayamos, voy a follarla en el asiento delantero de mi Jaguar. —No te atreverías. —Como dije, obsérvame, Gin. Mientras se daba la vuelta y se alejaba, ella quería tirarle algo a la parte trasera de su cabeza. En su lugar, dijo entre dientes—: ¿No era Savannah? Él la observó por encima de su hombro. —¿Como si me importara su nombre? La única cosa que importa es que… no eres tú. Y con eso se alejó, sus zapatos finos de cuero resonando contra los ladrillos, sus hombros fijos, su cabeza en alto. Envolviendo los brazos alrededor de sí misma, se dio cuenta por primera vez de que hacía frío. Incluso aunque hacía veintisiete grados. Decidió que debería haberle dicho sobre el abogado. Por otra parte, eligió al hombre precisamente porque sabía que tarde o temprano Samuel T. lo descubriría. Al menos una cosa era segura. Samuel T. volvería. Por alguna razón, no podían mantenerse alejados durante mucho tiempo. Y decidió que eventualmente iba a tener que decirle sobre Amelia. Pero no esta noche. Tampoco… en algún momento cercano. ¿Si ese hombre descubriera que le escondió a su hija durante todos estos años? Podría simplemente matarla.

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Traducido por Daniela Agrafojo Corregido por Marie.Ang

Después de que Lane dejó el conservatorio, la idea de volver a la fiesta de su padre era totalmente desagradable, especialmente mientras oía el tranquilo gong que anunciaba que la cena estaba siendo servida. Pero considerando que su otra opción era ir a ver a Edward, él… —¿Lane? Reenfocándose, miró a través del arco hacia el comedor. Una alta mujer morena en un vestido gris pálido se encontraba de pie delante de uno de los antiguos espejos venecianos, la visión de sus hombros desnudos era tan adorable desde atrás como lo era desde el frente. Hablando del diablo, pensó. Pero sonrió mientras se acercaba a ella y besaba su lisa mejilla. —Sutton, ¿cómo estás? Más como, ¿qué estás haciendo aquí? Ella y sus parientes eran el “enemigo”, los propietarios de la Destilería Sutton, creadores de la famosa marca de bourbones y licores; lo que no quería decir que él, personalmente, tuviera algo en contra de la mujer. Tradicionalmente, sin embargo, las personas de esa línea de sangre eran persona non grata en Oriental… en conversaciones… en oraciones nocturnas. Y eran fanáticos de la Universidad de Kansas. Así que usaban azul, no rojo, en los juegos. Ahora, eso era algo por lo que en realidad podría molestarse. Cuando se abrazaron, ella olía como la mujer rica que era, su delicada fragancia persistiendo en su nariz a medida que se retiraba, de la misma manera que su cuerpo y vestido de alta costura brillaban cuando él parpadeaba. Pero eso no era porque estuviera atraído por ella. Era más en la manera en la que recordaría una pintura de calidad de museo o un Duesenberg. —No sabía que volverías este fin de semana. —Ella sonrió. —Es bueno verte después de todo este tiempo. Te ves bien.


Eso era gracioso, se sentía como la mierda. —Y tú, hermosa como siempre. —¿Te vas a quedar toda la carrera? Sobre el hombro de Sutton, tuvo un vistazo de Chantal entrando al comedor, su largo y brillante vestido amarillo barriendo el suelo acompañado de su actitud de la-mantequilla-no-se-derretirá-en-mi-boca. Sólo lo suficiente para llenar los papeles, pensó. —¿Lane? —incitó Sutton. —Lo siento. En realidad, tengo que volver a Nueva York pronto. — Después de todo, esos juegos de póker no iban a jugarse solos—. Estoy contento de verte, sorprendido de que sea en la cena de mi padre, pero contento. Sutton asintió. —Es un poco sorprendente para mí también. —¿Estás aquí por negocios? Tomó un sorbo de su copa de vino. —Mmm. —Se suponía que fuera una broma. —Dime, has visto… Mientras sus palabras se desvanecían antes de decir un nombre propio, no hubo, una vez más, razón para que terminara la oración con “Edward”. Por un montón de razones. —Aún no. Pero voy a ir a la granja. —Ya sabes, Edward nunca viene a la ciudad. —Sutton tomó otro delicado sorbo del agudo borde de la copa—. Solía verlo mucho antes cuando él… bueno, estábamos en la junta de la Universidad de Charlemont, a pesar de que soy una fanática de la UK, y… A medida que la mujer continuaba, tenía la sensación de que no lo informaba mucho de cosas que ya sabía, sino que revivía un período de su vida que perdió debido al duelo. No por primera vez, tuvo que preguntarse qué fue lo que pasó en realidad entre el chico dorado de su familia y la adorable hija de sus competidores. —Mira si no es el hijo pródigo que ha regresado. El sonido de la voz de su padre fue como un disparo de advertencia a través de su arco, y Lane cubrió su disgusto tomando un trago de su bourbón. —Padre. William Baldwine era casi tan alto como él, con el mismo cabello negro y ojos azules, la misma mandíbula, los mismos hombros. Las

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diferencias se encontraban en los detalles del envejecimiento, el gris en sus sienes, los anteojos de carey, el surco en su frente por décadas de fruncir el ceño. De alguna manera, sin embargo, esos detalles de la edad no reducían la estatura de su padre. En todo caso, reforzaban su aura de poder. —¿Necesito colocar un lugar para ti? —Detrás de esos anteojos, los ojos de su padre consideraron la ropa de Lane con la clase de desdén más apropiado para las heces de los perros en el salón—. ¿O ya te vas? —Déjame pensar. —Lane entrecerró la mirada—. Tanto como disfrutaría degradar tu mesa en esta reunión, tendría que estar en tu presencia por al menos tres platos. Así que creo que tomaré mi salida. Lane colocó su Reserva Familiar en la mesa más cercana y se inclinó hacia Sutton, quien se veía como si prefiriera irse con él en vez de quedarse. —Sutton, como siempre, un placer. —Miró hacia su padre—. Padre, jódete. Con esa granada siendo lanzada, caminó a través de la multitud reunida, asintiendo hacia los políticos y a la alta sociedad, esos dos actores de esa serie de HBO de la cual era adicto, y a Samuel T. y su novia del momento. Lane salió al vestíbulo delantero, y casi se encontraba en la puerta, cuando un par de tacones vino detrás de él. —¿A dónde vas? —siseó Chantal cuando agarró su brazo—. ¿Y por qué no estás vestido? —No es asunto tuyo. —Se sacudió su agarre—. Ninguno de los dos. —Lane, esto es inaceptable… —Esas palabras nunca deberían pasar tus labios, mujer. Chantal cerró su boca perfectamente alineada. Luego tomó una respiración profunda como si tuviera problemas para mandar su ira a dormir. —Me gustaría pasar más tiempo contigo esta tarde para hablar cosas, y discutir… nuestro futuro. —El único futuro en el que necesitas pensar es en cuántas maletas Louis Vuitton tendrás que empacar para irte de aquí. Chantal elevó su barbilla. —No tienes idea de lo que dices. Él se inclinó y bajó la voz a un susurro. —Sé lo que hiciste. Sé que no “perdiste” el bebé. Si querías mantener ese aborto en secreto, no


deberías haber llevado a uno de los choferes de mi familia a esa clínica en Cincinnati. Cuando ella palideció, él recordó en dónde exactamente cuando el hombre que la llevó se lo reveló.

se

encontraba

—¿Sin respuesta? ¿Sin negación? —reprendió Lane—. ¿O esas vendrán después de que pase la sorpresa de haber sido descubierta? Hubo un momento de silencio, y sabía que ella ponderaba sus opciones, tratando de descubrir qué enfoque funcionaría en sus mejores intereses. —¿Qué se suponía que hiciera? —dijo finalmente en voz baja—. Me dejaste aquí sin ninguna explicación, sin apoyo, sin dinero, sin manera de contactarte. Él hizo un gesto hacia las pinturas de óleo y las alfombras orientales. —Sí, porque este es un maldito desierto depravado. —¡Me abandonaste! —Así que la solución era conseguir de nuevo tu figura y tratar de seducir a alguien más, ¿cierto? Asumo que es por eso que lo hiciste, necesitabas entrar en tu talla cuatro de nuevo, ¿no es así, mi querida esposa? —Lane, estás diciendo cosas que no quieres… —Mataste a un inocente… Reginald salió del salón con una bandeja plateada con copas usadas, le dio un vistazo al par, y dio marcha atrás, desapareciendo nuevamente en el ahora cuarto vacío. Ah, sí, la vida en Oriental. Donde la privacidad era menos común que los diamantes y repartida solo en términos relativos. Pero al menos él sabía que podía confiar en ese hombre más de lo que podía hacerlo en su propia familia. No que eso fuera decir mucho. —No voy a hacer esto contigo aquí —dijo Lane con voz áspera—. Y tú te irás de esta casa. Tan pronto como pase el Derby, tu viaje gratis se termina. Chantal arqueó una de sus perfectas cejas. —Divórciate de mí si quieres, pero no voy a ninguna parte. —No tienes derecho a estar bajo este techo después de que ese anillo deje tu dedo. La sonrisa que le dio fue escalofriante. —Ya lo veremos. —Asintió hacia la puerta principal—. Vete a donde quieras, huye, eso es lo tuyo, ¿o

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no? Sin embargo, puedes estar seguro, de que estaré aquí cuando regreses. Lane entornó los ojos. Chantal era muchas cosas, pero delirante nunca fue una de ellas. Era demasiado promotora de sí misma para eso. Y lo miraba como si supiera algo que él no. ¿Qué otra maldita cosa pasó mientras estuvo ausente? *** Fuera en el Red & Black, Edward se sentó en un viejo sillón de cuero frente a una televisión que era tan antigua que todavía tenía orejas de conejo saliendo a cada lado de la pantalla del tamaño de una caja de cereal. El cuarto en el que se hallaba era oscuro, pero reluciente—el resultado de incontables trofeos de carreras que se encontraban hacinados en las estanterías del suelo al techo. La cabaña de los establos tenía un dormitorio, un baño con una tina con patas, una cocina con fogón, y esta área, la cual era biblioteca, estudio, sala de estar, y vestíbulo todo en uno. No había segundo piso, solo un ático lleno de cosas memorables de las carreras de caballos, y sin garaje. Los metros cuadrados totales eran menos de los del comedor de Oriental—y desde que se mudó, aprendió el valor de tener un lugar lo suficientemente pequeño para que pudieras escuchar y ver casi todo. Allá en la mansión, nunca tenías idea de quién más se hallaba en la inmensa casa, en dónde se encontraban, qué hacían. Para alguien como él, cuya única señora eran los terrores nocturnos y cuyo trabajo principal era tratar de evitar que su cerebro se canibalizara a sí mismo, los espacios reducidos eran mucho más fáciles de manejar— especialmente alrededor de esta época del año. Era una pena que hubiera estado en Sudamérica justo antes del Derby cuando fue secuestrado. El aniversario de él siendo retenido por rescate corporativo arruinó lo que siempre fue un fin de semana de lo más agradable. Chequeó su reloj y maldijo. Ahora que el sol había bajado, las horas de la tarde se presentaban en un giro nebuloso, los minutos durando un siglo y un segundo a la vez. ¿Su trabajo nocturno? Lograrlo de alguna manera hasta la salida del sol sin gritar. Cerca de su codo, la botella de vodka estaba casi acabada. Comenzó con cinco cubos de hielo en su vaso alto, pero desaparecieron hace mucho y se lo bebía puro a este punto. La noche anterior fue ginebra. Hace dos noches tuvo tres botellas de vino: dos de vino tinto y una de blanco para tener algo de variedad.


Durante la etapa inicial —aguda— de su “recuperación”, tuvo que aprender los detalles del manejo del dolor, cómo cronometrabas las píldoras y las comidas para que montar los impulsos nerviosos de un cuerpo en ruinas no fuera peor que las torturas que soportó para ganar sus heridas. Y ese Máster en Gestión de Medicamentos se tradujo muy bien a esta segunda etapa —crónica— de su “recuperación”. Gracias al temprano ensayo y error que tuvo con las botellas de pastillas, era capaz de arreglar las cosas para un óptimo efecto sedativo: Cada tarde, tendría una comida de algún tipo alrededor de las cuatro, y cerca de las seis, cuando los establos se vaciaban de empleados, podía comenzar a beber con el estómago esencialmente vacío. Nada hacía explotar su temperamento más rápido que el tener a alguien metiéndose en el camino de su zumbido… Cuando llamaron a la puerta, extendió la mano para tomar el revólver junto al Grey Goose y trató de recordar qué día era. El Derby era el día después de mañana… así que, jueves. Era la noche del jueves a alguna hora pasada la puesta de sol. Así que, esta no era una de las prostitutas que pagaba para que vinieran a servirle. Ellas venían los viernes. A menos que hubiera programado un dos por uno esta semana, y no era así. ¿Cierto…? ¿O lo había hecho? Alcanzando su bastón, se empujó fuera de la silla y se dirigió a la ventana del frente. Mientras separaba las cortinas, la pistola en su mano se encontraba firme, pero su corazón latía con fuerza. Incluso si lógicamente sabía que no había mercenarios en Ogden Country buscándolo, incluso si era consciente de que se hallaba a salvo detrás de todos esos seguros y el sistema de seguridad que instaló, y a pesar de la cuarenta milímetros contra su palma… su cerebro había estado permanentemente reconectado. Cuando vio de quién se trataba, frunció el ceño y bajó el arma. Yendo hacia la puerta, destrabó la cadena, tres cerrojos, y el pestillo y abrió, las bisagras chillando como ratones; otro mecanismo de advertencia para él. —Cliente equivocado —murmuró secamente a la pequeña mujer rubia que llevaba vaqueros viejos y una camiseta limpia—. Yo ordeno morenas. En vestidos de baile. Por una razón que prefería mantenerse para sí mismo. Ella frunció el ceño. —¿Disculpe?

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—Sólo tomo morenas. Y se supone que deben estar vestidas apropiadamente. Quería largo cabello oscuro que se curvaba en las puntas, un vestido que llegara hasta el piso de madera, y tenían que usar Must de Cartier. Oh, y mantener sus bocas cerradas. No tenían permitido hablarle mientras las follaba: Aunque las putas podían tener el exterior casi correcto, la frágil ilusión se rompería al instante en que sus voces no sonaran como la de la mujer que quería pero no podía tener. Tenía suficientes problemas para mantener una erección yendo como iba—de hecho, la única manera en que podía conseguir que se levantara era si creía la mentira por la duración que le tomara bombear su camino hacia el orgasmo. La mujer de pie en su puerta se puso las manos en las caderas. —No creo que sepa de lo que está hablando. Pero sé que estoy en el lugar correcto, querido. Eres Edward Baldwine, y este es el Red & Black. —¿Quién eres tú? —La hija de Jeb Landis. Shelby. Shelby Landis. Edward cerró los ojos. —Maldito Señor. —Apreciaría que no tomaras el nombre del Señor en vano en mi presencia. Gracias. Entrecerró los párpados. —¿Qué quieres? —Mi padre murió. Edward se enfocó por encima de su cabeza, en la luna que se elevaba sobre el granero C. —¿Quieres pasar? —Si apartas esa arma, sí. Metió la pistola en la cinturilla de sus pantalones y dio un paso atrás. —¿Quieres una bebida? Mientras ella entraba, él se dio cuenta de cuán verdaderamente baja era. Y probablemente pesaba cincuenta kilos—empapándose mientras sostenía un fardo de heno. —No, gracias. Me abstengo del alcohol. Pero no me importaría hacer uso de sus instalaciones. He tenido un largo viaje. —Están por aquí. —Muchas gracias. Él se asomó por la puerta. La camioneta que evidentemente estuvo conduciendo hasta aquí desde donde sólo Dios sabía se encontraba


estacionada a la izquierda, el motor todavía sonando después de que lo hubiera apagado. Mientras cerraba la pesada puerta e iba a través del procedimiento de volver a bloquear las cosas, un inodoro se vació en la parte trasera de la casa y corrió el agua. Un momento después, la chica emergió y fue a ver sus trofeos. Edward retornó a su silla, haciendo una mueca mientras se arreglaba. —¿Cuándo? —preguntó a medida que vertía el resto del vodka en su vaso. —Hace una semana —respondió ella sin mirarlo. —¿Cómo? —Pisoteado. Bueno, los doctores dijeron que su corazón se rindió, pero eso fue a causa de ser pisoteado. ¿Así fue como quedaste mutilado? —No. —Tomó un largo trago—. Entonces, ¿qué estás haciendo aquí? Ahora ella se dio la vuelta. —Mi padre siempre dijo que viniera a buscarte si algo le sucedía. Dijo que se lo debías. Nunca pregunté por qué. Edward la consideró por un largo tiempo. —¿Cuántos años tienes? ¿Doce? —Veintidós. —Jesús, eres joven… —Cuida tu boca a mí alrededor. Tuvo que sonreír. —Eres igual que tu viejo, ¿lo sabías? —Mucha gente dice eso. —Volvió a colocarse las manos en las caderas—. No estoy buscando caridad. Necesito un lugar para quedarme y trabajo que hacer. Soy buena con los caballos, al igual que mi padre, y mala con las personas… así que estás advertido por adelantado. No tengo dinero, pero mi espalda es fuerte y no estoy asustada de nada. ¿Cuándo comienzo? —¿Quién dice que estoy buscando alguna ayuda? Ella frunció el ceño. —Mi papá dijo que la necesitabas. Dijo que tendrías que tener más ayuda. El Red & Black era una gran operación, y siempre existían vacantes. Pero Jeb Landis era una complicada ráfaga del pasado, y su parentesco estaba contaminado por asociación. Y aun así… —¿Qué puedes hacer? —No es ciencia espacial limpiar los puestos, mantener a los caballos en forma, vigilar sus embarazos…

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Él desechó las palabras. —Bien, bien, estás contratada. Y sólo estoy siendo un idiota porque, como tú, ya no puedo relacionarme con las personas. Hay un apartamento vacío junto al de Moe cerca del granero B. Puedes mudarte allí. —Apunta el camino. Edward gruñó mientras volvía a levantarse y a propósito, llevó su vaso con él mientras se dirigía a la puerta. —¿No quieres saber cuánto voy a pagarte? —Serás justo. Mi padre dijo que la deshonestidad no se hallaba en tu carácter. —Sólo estaba siendo generoso con eso. —Difícilmente. Y él conocía a los hombres y a los caballos. A medida que Edward iba por el procedimiento de desbloqueo de nuevo, podía sentirla mirándolo, y lo odiaba. Sus lesiones eran el resultado de un infierno que hubiera preferido mantener en privado del mundo. Antes de dejarla salir de la cabaña, la miró. —Sólo hay una regla. —¿Cuál es? Por alguna razón, hizo un balance de sus rasgos. No era como su padre físicamente—bueno, a no ser por su pequeña figura. Shelby—o cualquiera que fuera su nombre—tenía ojos pálidos, no oscuros. Y su piel no era de la consistencia del cuero. Todavía. Tampoco olía a sudor de caballo, a pesar de que eso cambiaría. Su voz, sin embargo, era todo Jeb: ese acento suyo se encontraba respaldado por un sólido núcleo de fuerza. —No te acerques a mi semental —dijo Edward—. Él es malo hasta los huesos. —Nebekanzer. —Lo conoces. —Mi padre solía decir que ese caballo tenía gasolina en sus venas y ácido en sus ojos. —Sí, conoces a mi caballo. No te acerques a él. No ensucies su casilla, no te le acerques si está pastando afuera, y nunca, nunca pongas nada sobre la puerta de su puesto si quieres conservarlo. Eso incluye tu cabeza. —¿Quién se encarga de él? —Yo. —Edward cojeó hacia la noche, el pesado y húmedo aire haciéndole sentir como si no pudiera respirar—. Y nadie más.


Mientras trataba y fallaba de tomar una profunda respiración, se preguntó si todos esos doctores se perdieron alguna herida interna. Pero entonces, tal vez la sensación de sofoco era por la imagen de esta pequeña mujer cerca del odioso semental negro. Solo podía imaginar lo que Neb podría hacerle. Ella se le adelantó y tomó una mochila del asiento del pasajero de la camioneta. —Entonces, tú estás a cargo aquí. —No, Moe Brown lo está. Lo conocerás mañana. Él será tu jefe. — Edward caminó hacia los graneros—. Como dije, el apartamento junto al de él está amueblado, pero no sé cuándo vivió ahí la última persona. —He dormido en casillas y en bancos del parque. Tener un techo sobre mi cabeza es suficiente. La miró. —Tu padre… era un buen hombre. —No era ni mejor ni peor que cualquier otro. Era imposible no preguntarse quién era la madre de la mujer, o cómo pudo alguien aguantar a Jeb lo suficiente para tener un hijo con él: Jeb Landis era una leyenda en la industria, el entrenador de más participantes ganadores que ningún otro hombre, vivo o muerto. También fue un hijo de perra alcohólico con un problema de apuestas tan grande como su veta misógina. Una cosa por la que Edward no se hallaba preocupado era si Shelby podía manejarse. ¿Si podía sobrevivir a vivir con Jeb? Trabajar un turno de dieciocho horas en una granja de crianza sería sencillo. Mientras llegaban al granero B, las luces exteriores activadas por movimiento se encendieron y los caballos se movieron en el interior, arrastrando sus pezuñas y relinchando. Entrando a través de la puerta lateral, evadió la oficina de Moe y los cuartos de suministros, y la llevó a la escalera que subía a lo que una vez fue un pajar que se extendía por toda la longitud de las inmensas vigas del techo. En algún momento de los setentas, el espacio fue convertido en un par de apartamentos, y Moe tenía el frontal que daba a la unidad. —Ve primero y espérame arriba —dijo con los dientes apretados—. Me tomará un rato. Shelby Landis subió las escaleras con el tipo de andar que una vez disfrutó pero no falló en apreciar, y sintió como si le tomara cien mil años unírsele en la parte superior. Y para entonces, se encontraba sin aliento y a tal grado que silbaba como una llanta pinchada. Dándole la espalda, descubrió que ninguna luz brillaba bajo la puerta de Moe, pero no habría molestado al hombre con ninguna clase de presentación, de todos modos. Con el Derby desarrollándose en menos de

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cuarenta y ocho horas, el hombre, asumiendo que estuviera en casa, estaría inconsciente. Especialmente, considerando que uno de sus dos caballos podría tener que ser sacrificado para la carrera. Mientras Edward atravesaba el espacio y giraba el pomo de la otra puerta, no sabía lo que haría si se hallaba bloqueada. No tenía idea de en dónde podrían estar las llaves… La puerta se abrió, recordándole que se hallaba en la minoría de los paranoicos aquí en la granja. El interruptor de la luz se encontraba a la izquierda en la pared, y mientras la encendía, se sintió aliviado de que el lugar no oliera demasiado a moho y que tenía, de hecho, un sofá, una silla, una mesa, y una pequeña cocina que hacía que el fogón que él tenía pareciera industrial en comparación. —¿Tu padre te dijo alguna vez por qué le debo? —dijo mientras cojeaba hacia una puerta oscura. —No, pero Jeb no era hablador. Encendió otro interruptor, encontró que, sip, había un dormitorio y también un baño. —Esto es lo que tienes —dijo, girando alrededor y quedando exhausto a medida que medía la distancia de regreso a la puerta. Diez metros. Podrían también haber sido miles. Ella caminó hacia él. —Gracias por la oportunidad. Extendió la mano y encontró su mirada— y por un momento, sintió otra emoción que no era la serpenteante ira que se revolvía y quemaba en sus entrañas por los últimos dos años. No sabía cómo definirlo— lo triste era, sin embargo, que no se encontraba seguro de darle la bienvenida al cambio. Existía una cierta claridad en tener tal unilateralmente hostil principio de funcionamiento. Dejó esa palma colgando en el aire a medida que arrastraba su cuerpo hacia la salida. —Veremos si me agradeces después. Abruptamente, pensó en la cosa de no maldecir y de no beber alcohol. —Oh, una regla más. Si mis cortinas están cerradas, no me molestes. Lo último que necesitaba era que ella descubriera sus maniobras con mujeres fáciles. Y pagarles por el privilegio. Sólo podía imaginar la conversación. —Sí, señor.


Él asintió y cerró la puerta. Luego lenta y cuidadosamente, ejecutó su descenso. La verdad era, que Jeb Landis fue el único en hacerlo volver, tal como era. Sin la rápida patada en el trasero de ese hombre, solo el cielo sabía si Edward todavía estaría en el planeta. Dios, podía recordar con tal claridad al entrenador viniendo a verlo a hospital de rehabilitación. A pesar de la regla de Edward de no-visitas y sin-excepciones, Jeb había pasado la estación de enfermeras y marchado hacia su habitación. Se conocían desde casi una década antes de esa intrusión, el interés de Edward y el poseer caballos de carreras, junto con su compromiso anterior de ser el mejor en todo, significaba que solo existía un hombre que quería para entrenar a su ganado. Sin embargo, nunca habría predicho que el hombre sería una especie de salvador para él. La ida de Jeb a Jesús fue breve y concisa, pero superó, en la medida que lo hizo, a todos los halagos y tomadas de manos. Y luego, un año después de que Edward se hubiera mudado aquí, arrojara sus trajes de negocios, y decidiera que esta sería su vida, Jeb le dijo que dejaba el Red & Black y que se iba a California. Probablemente porque los corredores de bolsa en Chicago querían una pieza del tipo. En todos esos años, antes y después del secuestro, el objetivo de Jeb de haber tenido descendencia nunca salió. Pero sí, por supuesto, tomaría a la hija del hombre. Y afortunadamente, ella se veía como si pudiera cuidarse sola. Así que el pago de la deuda iba a ser barato. Al menos, eso fue lo que se dijo esa primera noche. Sin embargo, resultó que no era cierto… no por un largo, largo tiro.

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Traducido por florbarbero Corregido por Vanessa Farrow

—Me costó cien mil dólares sentarme a tu lado. Mientras Gin usaba un antiguo tenedor Tiffany con un crisantemo tallado para jugar con su comida, apenas escuchó las palabras pronunciadas en su oído derecho. Estaba demasiado ocupada mirando a través de la copas de cristal frente a ella. Samuel T. se hallaba a la izquierda, y focalizando la vista en ese punto, en su visión periférica podía verlo junto a su pequeña novia, Verónica/Savannah. —Así que al menos podrías hablar conmigo. Sacudiéndose, miró al temido Richard Pford IV. El hombre no había cambiado desde la infancia: alto y delgado, con ojos que podrían cortar vidrio y una naturaleza sospechosa que contrastaba con su envidiable posición en la jerarquía social de Charlemont. Era el hijo de Richard Pford III, el único heredero de la Distribuidora de licores y aguardientes Pford, una red nacional que llenaba con vino, cerveza, whisky, ginebra, vodka, champagne, whisky, etc. las estanterías de los bares y tiendas de todo Estados Unidos. ¿Qué le diría? Que bien podría darse el lujo de pagar seis cifras por conseguir un asiento específico todas las noches de la semana y dos veces el domingo. Él estaba nadando en millones… y la gente en su familia ni siquiera había empezado a morir todavía. —Los negocios de mi padre no son míos —respondió ella—. Así que parece que has perdido ese dinero. Tomó un sorbo de su copa de vino. —Y pensar que fui al programa de baloncesto C de la U. —No sabía que eras un fan. —No lo soy. —No es de extrañar que no nos llevemos bien. —Ugh. Debería haberlo sabido—. Además, ¿no oí que te casabas?


—Los rumores sobre mi compromiso fueron muy exagerados. —Es difícil de imaginar, con todas tus cualidades redentoras. A la izquierda, Verónica/Savannah se removió en su silla, sus pestañas resplandeciendo, su tenedor estrepitando sobre su plato. A medida que sus contactos de color brillaron hacia Samuel T, el bastardo casualmente se limpió la boca con su servilleta damasco. Sin embargo, Samuel T. no miraba a su novia. No, él miraba sobre el ramo de rosas directamente a Gin. El hijo de puta. Deliberadamente, Gin se volvió hacia Richard y sonrió. —Bueno, estoy encantada con tu empresa. Richard asintió y volvió a cortar el filete miñón. —Eso me gusta más. Por favor no te detengas. Gin habló sin problemas, a pesar de que no tenía ni idea de lo que salía de su boca. Aunque Richard asentía y respondía, por lo que debe haber estado haciendo un buen trabajo en cuanto a las relaciones sociales. Ya fuera en conversaciones en las que no tenía ningún interés u obteniendo orgasmos con hombres a los que no les importaba, tenía mucha práctica fingiendo. Sin embargo, era exquisitamente consciente de lo que hacía Samuel T. Dolorosamente. Sus ojos ardían mientras permanecían en ella. Y todo el tiempo, tal como lo había prometido, luchó por mantener la compostura. —…esperando por ti —dijo Richard. Gin frunció el ceño, esa combinación particular de sílabas registrándose a pesar de su preocupación. —¿Qué has dicho? —Iba a casarme, pero luego llegué a un acuerdo con tu padre. Es por eso que terminé el compromiso. —Llegaste a un acuerdo con mi p… ¿De qué estás hablando? Richard sonrió con frialdad. —Tu padre y yo llegamos a un acuerdo sobre el futuro. A cambio de casarme contigo, estoy dispuesto a conceder ciertos favores a la empresa Bourbón Bradford. Gin parpadeó. Luego sacudió la cabeza. —No estoy oyendo esto correctamente. —Sí, lo haces. Incluso te compré un diamante.

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—No, no, no espera un minuto. —Tiró la servilleta a pesar de que no había terminado de comer, y tampoco las otras treinta y un personas en la mesa—. No me voy a casar contigo ni con nadie. —¿En serio? —Estoy bastante segura de que ”compraste” un asiento en esta mesa. Pero nadie me obliga a hacer una maldita cosa, y eso incluye a mi padre. Supuso que era triste que ella no pusiera en duda que su querido padre podría venderla para beneficiar la cotización de las acciones de la familia. Richard se encogió de hombros bajo su fino traje. —Como tú digas. Gin miró la mesa en la que se encontraba sentado a la cabecera William Baldwine, con un dominio total, como si fuera un trono y los comensales sus súbditos. El hombre no percibió su mirada flagrante y por lo tanto no sabía que la bomba había caído… o tal vez planeó las cosas de esta manera, a sabiendas de que Richard no sería capaz de guardar silencio y ella podría ser persuadida de hacer una escena, porque habían testigos. Y maldita sea, su padre tenía razón en eso. Por mucho que quería saltar y empezar a gritar, no degradaría el nombre Bradford en ese modo… ciertamente no con Sutton Smythe y su padre, Reynolds, en la habitación. Más a la izquierda, un gemido fue cubierto con una tos delicada. Gin cambió su mirada de su padre a Samuel T, ante lo cual el abogado inclinó rápidamente una ceja, y le envió un beso por medio del aire. —Sí, puedes tomar su plato. —Oyó a Richard decir al camarero uniformado—. Ella ya terminó… —¿Perdón? —Gin se giró hacia Richard—. Pero tú no tienes ningún derecho… —Veo que sufres de falta de apetito, pero no le daremos oportunidad al destino, ¿no? —Richard hizo una seña al camarero—. Y tampoco comerá el postre. Gin se inclinó hacia el hombre y le sonrió. En un susurro, dijo—: No te adelantes. Recuerdo los días en que rellenabas tu suspensorio con calcetines. Dos pares, porque uno no era suficiente. Richard la miró. En una voz igual de tranquila, replicó—: No pretendas que tienes algo que decir en esto. —Mírame.


—Esperaré por ti. —Se echó hacia atrás y lanzó una expresión satisfecha como la de un hombre con una flor imperial en la mano—. Sin embargo, no te tomes demasiado tiempo. El peso de los quilates de tu anillo cae por hora. Voy a matarte, pensó para sí misma mientras miraba a su padre. Que Dios me ayude, te voy a matar, maldición. Lizzie tomó un desvío cortando a través de los campos de maíz abiertos, por un camino de tierra apenas lo suficientemente grande para su Yaris. Los árboles hacían guardia a cada lado, no en una fila ordenada, sino en un marco de plantación más informal, más impulsado por la naturaleza que por la azada de un paisajista. En lo alto, grandes ramas se enlazaban para formar un dosel que era de color verde brillante en la primavera, esmeralda en el verano, amarillo y naranja en el otoño, y esquelético en el invierno. Por lo general, esta procesión era el comienzo de su relajación, el cuarto de kilómetro a su casa de campo le quitaba tanta tensión que a menudo pensaba que era la única razón por la que era capaz de dormir después de un día en Oriental. No esta noche. De hecho, quería mirar por encima del hombro para asegurarse de que no había nadie detrás de ella en el asiento trasero del coche. No es que pudiese caber alguien más grande que un niño de doce años. Pero aun así. Se sentía perseguida. Seguida. Asaltada... a pesar de que su cartera se mantenía en su bolso y se encontraba, de hecho, sola. Su casa de granja tenía el estilo clásico americano, exactamente lo que se vería en un cartel para una película llevada a cabo el fin de semana del Cuatro de Julio: blanca con un pórtico envolvente, con vasijas, mecedoras, y una hamaca. La chimenea era de ladrillo rojo, y las paredes gris pizarra, extendiéndose hasta el techo, eran originales y su construcción remontaba a 1833. Y el golpe de gracia: Un árbol de arce enorme que proporcionaba refugio del calor del verano y era una barrera para el viento frío en el invierno. Aparcó debajo del árbol, que era lo más parecido que tenía a una cochera, y salió. A pesar de que Charlemont se encontraba casi en Manhattan, la diferencia en el ruido ambiental era notable. Aquí fuera, había ranas, luciérnagas silenciosas, y un gran búho virginiano que había comenzado a custodiar el antiguo granero hace casi dos años. No ruidos de carretera. Ni sirenas de las ambulancias. Ni música country Bluegrass del parque junto al río. Cerró la puerta, el sonido magnificado por la oscuridad, y se sintió aliviada cuando avanzó y encendió las luces montadas a ambos lados de la

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puerta frontal de color rojo brillante. Sus botas desgastadas crujían mientras atravesaba en cinco pasos el camino, y la puerta le dio la bienvenida con un salto de sus bisagras. El bloqueo del cerrojo era de latón, relativamente nuevo, instalado en 1942. En el interior, todo era tonos negros, y cuando se enfrentó al vacío, deseó tener un perro. Un gato. Un pez de colores. Encendiendo el interruptor de la luz, parpadeó mientras todo se iluminaba por la luz amarilla suave. Los muebles no eran como los de Bradford. En su casa, si algo era antiguo, era porque era útil y había sido hecho por un artesano de Kentucky: una vieja canasta de mimbre, un par de descoloridos edredones de tejido suave que fueron montados sobre las paredes, una mecedora, un banco de pino bajo las ventanas, las antiguas azadas y palas que encontró en sus campos de siembra, los cuales ella misma enmarcó, y colgó. También tenía una colección de instrumentos musicales, entre ellos varios violines, muchas jarras, algunas tablas, y su mayor tesoro, su piano vertical Price & Teeple de 1907. Hecho de madera de roble, con bisagras de cobre, pedales, y elementos de metal, que obtuvo de una anciana que lo tenía en un granero en descomposición en la parte occidental del estado y cuidadosamente restauró. Su madre decía que su casa parecía un museo al folklore, y Lizzie suponía que era cierto. Para ella, había un gran confort en la conexión con las generaciones de hombres y mujeres que habían trabajado la tierra, labrado sus vidas, y pasado sus conocimientos de supervivencia a las próximas generaciones. ¿Ahora? Todo se trataba de 3G, 4G, LTE, y de computadoras más pequeñas y rápidas, y teléfonos inteligentes. Sí, porque era un legado de honor y perseverancia para dar a tus hijos: cómo luchar esperando en la fila para conseguir el nuevo iPhone en veintiséis minutos con solamente un Starbucks en la mano y un blog en línea acerca de algo sin sentido para pasar el tiempo. De vuelta en su cocina, la cual tenía un estilo de los años cuarenta, no porque ella hubiese ido a Ikea y Williams-Sonoma y comprado los materiales, sino porque se encontraba en la casa cuando compró la parcela de cien acres siete años atrás. Abrió la nevera y se quedó mirando el pastel de pollo sobrante que hizo la noche del lunes. Era casi tan inspirador como la idea de comer pedazos de pintura calentados en una cacerola. Cuando su teléfono celular comenzó a sonar, miró por encima del hombro a donde había puesto su bolso en el suelo en el pasillo. Déjalo ir, se dijo. Sólo...


Esperó hasta que el timbre se silenció y luego esperó más para ver si volvían a llamar, con la teoría de que si se tratara de una emergencia con su madre, el timbre volvería a sonar de inmediato. O por lo menos un aviso de que tenía un nuevo correo de voz. Cuando no llegó, se acercó y lo sacó de su bolso. No había ningún mensaje. El número era uno que no conocía, pero conocía el código de área: 917. Nueva York. Celular. Tenía amigos allí que la llamaban desde esa central. Su mano tembló cuando entró en el registro de llamadas y presionó el botón de marcación. La respuesta llegó antes de que el primer tono siquiera terminara. — ¿Lizzie? Tenía los ojos cerrados mientras la voz de Lane entraba en su oreja y a través de todo su cuerpo. —¿Hola? —dijo—. ¿Lizzie? Había un montón de lugares para sentarse en el salón de su casa o las sillas de la cocina, bancos, sofás, incluso la mesa de café. En lugar de acomodarse en cualquiera de ellos, se apoyó contra la pared y dejó su trasero deslizarse hasta el suelo. —¿Lizzie? ¿Estás allí? —Sí. —Puso su mano en su frente—. Estoy aquí. ¿Por qué me llamas? —Quería asegurarme de que llegaste bien. Por ninguna buena razón, las lágrimas acudieron a sus ojos. Siempre lo hacían. Antes, cuando estaban juntos, no importa cuando se hubiese ido, la llamaba justo cuando se acercaba a la puerta. Cómo si hubiese puesto un cronómetro en su teléfono. —No escucho la fiesta —dijo—. En el fondo. —No estoy en casa. —¿Dónde estás? —En Old Site. En la sala de barricas. —Se oyó un roce, como si también estuviera sentado—. No he estado aquí durante mucho tiempo. Huele igual. Luce igual. —Nunca he ido allí.

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—Te gustaría. Es tu tipo de lugar: simple, funcional y hecho a mano. Echó un vistazo a su sala de estar y luego se centró en la primera pala que había encontrado en los campos donde plantaba maíz cada año. La cosa era vieja y oxidada, pero para ella, hermosa. El período de silencio que siguió la hizo sentir como si estuviera en la habitación con ella. —Me alegro de que no hayas colgado —dijo Lane finalmente. —Ojalá pudiera. —Lo sé. Se aclaró la garganta. —Pensé en lo que me dijiste camino a casa. Pensé en la forma en que me miraste cuando hablabas conmigo. Pensé... en cómo eran las cosas. —¿Y? —Lane, incluso si pudiera superar todo… y no estoy diciendo que pueda hacerlo… ¿qué es exactamente lo que quieres de mí? —Cualquier cosa que me des. Ella se rió en un estallido tenso. —Eso es honesto. —¿Tengo una oportunidad contigo? Porque te voy a decir esto ahora… si hay alguna posibilidad de que… —Detente —respiró—. Sólo... Detente. Cuando lo hizo, se jaló el pelo, jalando, tirando, con tanta fuerza que se le llenaron aún más los ojos de agua. O tal vez eso sucedía por otras razones. —Me gustaría que no hubieses vuelto a casa. —Se oyó decir—. Desearía... Yo estaba enamorada de ti, Lane. Lo estaba... y ahora estás aquí, diciendo las cosas que quiero oír, y luciendo como si quisieras decirlas. Pero no quiero volver. No puedo. —Entonces sigamos adelante. —Como si fuera tan fácil. —No lo es. Pero es mejor que nada. Cuando el silencio se extendió de nuevo, sintió la necesidad de hablar, de explicar las cosas aún más, entrar en mayor detalle. Pero mientras las palabras se encontraban atascadas en la cabeza, se rindió. —No ha pasado una noche, ni un día, en que no pensara en ti, Lizzie.


Ella podía decir lo mismo, pero no quería darle ese tipo de municiones en su contra. —¿Qué has estado haciendo todo este tiempo allá? —Nada. Me he estado quedando con mi amigo Jeff... bebiendo, jugando al póquer. Esperando, con la esperanza de tener la oportunidad de hablar contigo. —Por dos años. —Hubiera esperado doce. Lizzie dejó de jalarse el pelo. —Por favor, no hagas esto… —Te quiero, Lizzie. Conforme asimilaba lo que dijo, su corazón latía con tanta fuerza que podía sentir el aumento de la presión sanguínea en todo el pecho y cara. —Nunca dejé de quererte, Lizzie. De pensar en ti. Deseando que estuvieras conmigo. Infiernos, siento como si hubiera estado en una relación con un fantasma. Te veo en las calles de Nueva York constantemente, cuando una mujer rubia pasa cerca de mí en la vereda… tal vez por la manera en que tenía el cabello, o las gafas de sol, o por el color de sus pantalones vaqueros. Te veo en mis sueños cada noche, eres tan real que puedo tocarte, sentirte, estar contigo. —Tienes que detenerte. —No puedo. Lizzie... No puedo. Cerró los ojos y empezó a llorar en la soledad de su modesta casa de campo, la que compró y estaba casi terminando de pagar, el mejor símbolo de por qué no necesitaba a un hombre en su vida, ni ahora ni nunca. —¿Estás llorando? —susurró. —No —dijo con voz ahogada después de un momento—. No lo estoy. —¿Estas mintiendo? —Sí. Lo estoy.

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Traducido por Nats Corregido por Itxi

Mientras Lane miraba la vieja calma que fue hecha por uno de sus antepasados, supo que se hallaba bajo el límite legal de alcohol para conducir, pero eso no iba a durar. En su cadera tenía una botella de No.15 que robó de un reparto, y aunque no había quitado el precinto aún, tenía toda la intención de bebérsela hasta dejarla seca. A su alrededor, Old Site estaba a oscuras, y se sorprendió de que el seguro y la alarma tenían los mismos códigos que antes. Pero por otra parte, los habría roto si hubiera hecho falta. Sintió como si una conexión le hiciera conducir hasta aquí… como si conectar con los inicios de su familia mejoraría de alguna manera dónde se hallaba. Sabía que debía dejar sola a Lizzie. —Lo siento —murmuró—. Quiero decir y hacer las cosas correctas, y sé que no puedo. Sé que no lo hice. Maldita sea, Lizzie. Ladeó la cabeza a un lado y sostuvo el móvil entre su hombro y su oreja. Sacando el bourbon, abrió la botella y se la puso en la boca. La idea de haberla hecho llorar otra vez le carcomía. —¿Estás bebiendo? —preguntó ella. —Es eso o darme cabezazos contra una pared hasta que sangre. Cuando exhaló, tomó otro trago. Y un tercero. Cuando terminó de tragar, y la quemadura en su garganta se alivió, hizo la pregunta cuya respuesta temía. —¿Estás con alguien más? Le tomó un largo rato responder. —No. Ahora fue él quien exhaló. —No creo en Dios, ¿pero ahora mismo? Estoy dispuesto a llamarme a mí mismo cristiano. —¿Qué si ya no te quiero más? ¿Qué harás entonces? —¿Estás diciendo que eso es cierto? —Quizás.


Cerró sus ojos. —Entonces retrocedería. Me arruinaría… pero me apartaría. Más silencio, que gastó trabajando en su botella. —Amigos —dijo ella eventualmente—. Eso es lo más lejos a lo que voy a llegar. Es todo lo que puedo hacer. —Vale. Lo respeto. Pudo oír el alivio en su voz. —Gracias… —Pero —interrumpió—, ¿qué significa exactamente? —¿Perdona? —Bueno, amigos…. como, ¿en qué sentido? Puedo llamarte, ¿verdad? Y los amigos pueden ir a comer de vez en cuando para mantenerse al día con sus vidas; ya sabes, divorcios, mudanzas, nuevas direcciones, ese tipo de cosas. —Lane. Sonrió. —Me encanta cuando dices mi nombre de esa manera. —¿Cuando estoy molesta? —Es sexy. Lizzie se aclaró la garganta. —Esa no es una palabra de amigos, ¿de acuerdo? —Sólo establecía un hecho. —Opinión. —Hecho… —Lane, te lo estoy advirtiendo, necesitas… Mientras seguía echándole la bronca, hablando en su típica forma sencilla y sin sentido, cerró los ojos y escuchó sus órdenes, dejando que el tono de su voz le recorriera. Profundo en sus entrañas, esa vieja sensación familiar se agitó, la de un dragón despertando, y la urgencia era tan fuerte, que quería meterse en su coche y dirigirse hacia los puentes de Indiana. —¿Sigues ahí? —demandó. —Oh, sí. —Reorganizando la erección en sus pantalones, contuvo un gemido—. Sí, lo estoy. —¿Qué estás haciendo? Movió la mano muy, muy lejos de la zona cero. —Nada. —¿Y bien? —dijo—. ¿Lo estás? —¿Si estoy qué?

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—¿Quedándote dormido? —Apenas —murmuró. Se produjo una pausa. Y entonces un apretado—: Oh… Como si hubiera entendido su significado. —Mejor me voy —dijo bruscamente—. Cuídate y te llamaré mañana. Excepto que ella ahora parecía no querer que colgara y su polla se encontraba verdaderamente feliz sobre eso. —¿De verdad te vas a quedar? —dijo. ¿Podemos hablar de otra cosa?, pensó su erección. Abajo, muchacho. —Sí. —Cuando cayó sobre el duro suelo, intentó ignorar la forma en que la cremallera le acarició—. Tengo que reunirme con Samuel T. para lo del divorcio. —Así que de verdad vas a… —Sí —dijo—. Inmediatamente. Y, no, no sólo se trata de ti. He cometido un error, y lo estoy arreglando para todo el mundo. —Vale. —Se aclaró la garganta—. Sí. —Sólo miro hacia el futuro, Lizzie. —Eso dices. Bueno… adiós… —No —la cortó—. No así. Nos decimos buenas noches, ¿de acuerdo? No adiós, a no ser que quieras que me presente en tu puerta para dormir allí como un perro callejero. —Está bien. Antes de que terminase la llamada, articuló “te amo”. —Buenas noches, Lizzie. —Buenas… noches, Lane. Terminando la llamada, dejó caer su brazo, y el móvil golpeó el suelo de cemento con un crack. —Te amo, Lizzie —murmuró en voz alta. Tomando otro trago de la botella, pensó en cuán conveniente era que la fortuna de su familia estuviera basada en algo que podría emborracharle, a diferencia de los otros innumerables productos que no le habrían ayudado en su actual situación: lápices, baterías de coches, tiritas, chicles. Cuando su teléfono sonó de nuevo, se espabiló y lo tomó. Pero no era Lizzie quien llamaba. —Jeff —dijo, incluso aunque no quisiera hablar con nadie.


La voz de su huésped en Manhattan sonaba aburrida. —Sigues vivo. —Más o menos. —Se llevó la botella a la boca de nuevo—. ¿Cómo estás tú? —¿Estás bebiendo? —Sí. Un No.15. Lo compartiría contigo si estuvieras aquí. —Todo un caballero del Sur —maldijo su amigo—. Lane, ¿dónde estás? —En casa. Los grillos sonaron en la conexión. —Como en… —Sí. —¿Charlemont? —Nacido y criado, y de vuelta al redil. —Huh. Supuso que estaba borracho; realmente sonaba del Sur. —Como tú y el Upper East Side, sólo que nosotros tenemos gallinejas y pollo frito… —¿Qué demonios estás haciendo allí? —Mi… —Se aclaró la garganta—. Una persona muy importante se enfermó. Y tuve que venir. —¿Quién? —La mujer que me crió. Mi… bueno, madre; aunque no es mi madre biológica. Estuvo enferma hace un par de años, pero ya sabes cómo son estas cosas. Pueden volver. Aunque dice que va a estar bien, y me estoy aferrando a eso. —¿Cuándo regresarás? Lane tomó otro trago. —¿Alguna vez te conté que me casé? —¿Qué? —Fue justo antes de venir al norte y encontrarme contigo. Me voy a quedar aquí hasta que sepa que la señorita Aurora está bien y me libre de esa tonta idea. Además… de todas formas… está esta otra mujer. —Espera. Sólo, jodidamente, espera. Hay un poco de roce, entonces un chk-chk-chk de alguien intentando encender un mechero… seguido de algunas inhalaciones. —Voy a necesitar un cubano para atravesar esto. Así que… ¿hay una esposa? —Te dije que no era gay. —¿Y esa es la razón por la que no has salido con nadie de aquí?

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—No, eso es por otra mujer. Con la que no me casé. La que es naturalmente hermosa y demasiado buena para mí. —Voy a necesitar un diagrama de Venn —murmuró el muchacho—. Maldita sea, ¿por qué no me contaste nada de esto? Lane negó con la cabeza a pesar de que su viejo amigo no podía verle. —Me hallaba en modo huida. —Hombre, odiaba que Chantal lo hubiera definido tan bien. —Sonaba demasiado alto en mi cabeza. Toda la cosa. Entonces, ¿cómo estás? —¿Dejas caer esa bomba y me rematas con un cómo estoy? —Tengo mucho que beber. Hablar sólo me está retrasando, pero estoy libre para escuchar. —Tomó un largo trago—. Así que… ¿qué tal? —Estoy bien, ya sabes, el trabajo sigue igual. Diez mil llamadas de gritones, un jefe que está sobre mi culo, y dieciséis ibuprofenos al día para evitar que mi cabeza explote. Lo mismo de siempre. Por lo menos el dinero está ahí, especialmente ahora que no estás quitándome un cuarto de millón de dólares cada semana. Hablaron durante un rato más sobre nada en particular. Juegos de póker, Wall Street, de la mujer que Jeff se tiraba. E incluso aunque Lane no fuera mucho de llamadas, se dio cuenta de que echaba de menos al tipo. Se acostumbró a una charla breve, al rápido ingenio, y especialmente a ese rastro de Jersey que había en las palabras que terminaban en “a” y las pronunciaba como “er”, o en la frase “esperar en línea” 13 . Y era “cumpleañoh” en vez de “cumpleaños”. —Así que supongo que esto es un adiós —dijo su viejo compañero de universidad. Lane frunció el ceño y se imaginó a Lizzie. Escuchó su voz. Recordó su cautela. Luego reorganizó su persistente excitación. ¿Había alguna posibilidad de que pudiese no volver a Nueva York?, se preguntó. Por otra parte, no debería adelantarse. Cuando se trataba de reconquistar a Lizzie, se necesitaban dos para bailar un tango. Sólo porque él estuviera dispuesto a reanudar la relación no significaba que ella fuese alguna vez a saltar de vuelta a las cosas. Y por supuesto estaba su familia. ¿Podría imaginarse vivir de nuevo en Easterly? Incluso si la señorita

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Del inglés, waited on line/in line.


Aurora se ponía completamente bien, y Lizzie y él arreglaban las cosas, la idea de coexistir con su padre era suficiente para pensar cariñosamente en la frontera de Canadá. Y ni siquiera eso sería lo suficientemente lejos. —No sé si me quedaré de forma permanente. —Siempre puedes regresar aquí. Mi sofá ya te extraña, y nadie juega al póquer como tú. Ambos colgaron después de un par de adioses, y mientras Lane hacía otra ronda de estirar el brazo, soltar el teléfono y dejarlo caer sobre el suelo, se reenfocó en el anciano silencioso al otro lado. La cosa fue utilizada durante décadas y el cambio de siglo, aunque ahora era un artefacto para ser visto por las decenas de miles de visitantes al año que venían a Old Site. Por alguna razón, cayó en la cuenta de que nunca había tenido trabajo. La extensión de sus “actividades profesionales” consistía únicamente en evitar a los paparazzi —aunque era más una cuestión de supervivencia que algo de lo que hacer una carrera. Y por cortesía de todo su confiable fondo fiduciario, no sabía sobre jefes, o molestos compañeros de trabajo, u horrorosos desplazamientos. No pensaba en necesitar estar en algún lugar en un determinado tiempo, o en evaluaciones de trabajo, o dolores de cabeza causados por estar demasiadas horas frente a un ordenador. Curiosamente, nunca consideró el hecho de tener tanto en común con Chantal. ¿La única diferencia entre ellos? Su fortuna familiar no fue suficiente para mantenerla en el estilo de vida al que había estado acostumbrada —por eso tuvo que casarse con él. Y entonces ahí estaba Lizzie, trabajando tan duramente, pagando a cuestas esa granja suya. Conociéndola, probablemente ya había alcanzado su objetivo. Sólo le hacía respetarla más. También le hacía preguntarse exactamente qué podía ofrecerle a una mujer como ella. Hace dos años, se encontraba tan excitado y lleno de drama, tan hambriento por ella físicamente, tan cautivado por su mentalidad que nunca se vio a sí mismo desde su punto de vista. Todo su dinero y posición social sólo eran valiosos para gente como Chantal. Lizzie quería más, se merecía más. Quería algo real. Quizás no fuese tan superior a su esposa, después de todo. Ex-esposa, se corrigió mientras seguía bebiendo.

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Traducido por becky_abc2 Corregido por Itxi

—A qué debo este honor. Cuando el padre de Gin habló, fue una afirmación, no una pregunta, y el tono sugirió que estuviera de pie en la puerta de su dormitorio, era una intrusión. Lástima, pensó. —Quiero saber qué demonios has hecho con Richard Pford. Su padre no perdió el ritmo hacia su oficina, sin dejar de quitarse los gemelos de oro de sus puños franceses. Su chaqueta de esmoquin negra fue plegada a los pies del diván, y sus tirantes negros y rojos estaban quitados de sus hombros y colgaban de su cintura como cintas. —Padre —gritó ella—. ¿Qué has hecho? La dejó en suspense hasta que deshizo su pajarita y la sacó libremente de su cuello—. Es hora de que te establezcas... —Difícilmente estás en una buena posición para abogar por el matrimonio. —Y Richard es un marido perfecto. —No para mí. —Eso está por verse. —Se volvió y la miró, con los ojos fríos, y su hermoso rostro impasible—. Y no te equivoques, te casarás con él. —¡Cómo te atreves! Este no es un cambio de siglo. Las mujeres no somos una propiedad, podemos poseer bienes, tener nuestras propias cuentas en el banco, podemos incluso votar. Y estoy segura como el infierno que podemos decidir si queremos caminar hacia el altar. Y yo, nunca iré a una cita con ese hombre, mucho menos me casaré con él. Especialmente si eso te beneficia de alguna manera.


—Sí, lo harás. —Por una fracción de segundo, su mirada chasqueo por encima de su hombro y parecía como si hubiera sacudido la cabeza despidiendo a alguien—. Y lo harás tan pronto como sea posible. Gin giró, esperando que alguien estuviera de pie detrás de ella en el umbral. No había nadie. Se centró en él. —Vas a tener que poner una pistola en mi cabeza. —No lo haré. Vas a hacerlo por tu cuenta, de forma voluntaria. —No lo haré... —Sí lo harás. En el silencio que siguió, su corazón le dio un número de latidos. A lo largo de su vida, aprendió a odiar y temer a su padre, y en este tenso silencio entre ellos, no se preguntó por primera vez lo que era realmente capaz de hacer. —Puedes elegir luchar —dijo suavemente—. O puede ser eficiente sobre esto. Sólo se te vas a hacer daño si no haces esto por la familia. Ahora, si me disculpas, voy a retirarme por hoy… —No me puedes tratar de esta forma. —Ella forzó algo de fuerza en su voz—. No soy una ejecutiva de una empresa que puedas contratar y despedir, y no puedes darme órdenes, no cuando vas a arruinar mi vida. —Tu vida ya está arruinada. Tuviste un hijo a los diecisiete años, estás aquí en esta casa, por misericordia, y has seguido el tipo de comportamiento promiscuo normalmente reservado para strippers de Las Vegas. Apenas graduada de Sweet Briar debido a un romance con tu profesor casado de inglés, y tan pronto como te mudaste de vuelta aquí, te acostaste con mi chofer. Eres una vergüenza para esta casa, y lo que es peor, tengo la clara impresión de que disfrutas haciendo estas hazañas por la vergüenza que nos causa a tu madre y a mí. —Tal vez si hubiera tenido un buen modelo masculino a quien admirar, no habría encontrado hombres tan universalmente incorrectos. —Ojalá que puedas encontrar alguno de ellos poco atractivo. Sin embargo, ese no es tu problema. Por alguna razón, Richard está impávido por tu reputación, un error de juicio que, sin duda, llegará a lamentar. Afortunadamente, ese no es mi problema. —Te odio —dijo entre dientes. —Lo triste es, querida, que careces de la suficiente profundidad para ese nivel de enemistad. Si tuvieras alguna inteligencia en absoluto, te darías cuenta de que Richard Pford será capaz de mantener el estilo de vida que requieres tanto como el mismo aire para el resto de tus días. Y asegurarás el éxito y la salud financiera de la familia que te dio esos pómulos melocotones altos y encantadores, y la piel tersa. Será, cuando

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todo este dicho y hecho, la única contribución que tendrás que realizar para el nombre “Bradford”. Gin era vagamente consciente de su respiración agitada. —Algún día vas a pagar por tus pecados. —¿Ahora eres religiosa? Me gustaría pensar que cualquier tipo de conversión puede ser difícil para ti incluso para los gustos de Jesús. —¿Cómo puedes ser tan odioso? Nunca he conocido a nadie tan frío como tú... —Te cuido de la única forma que conozco. Te voy a dar una fortuna a tu disposición, un nombre digno, e incluso puedes tomar a Amelia si quieres. O puede quedarse aquí... —¿Como si ella fuera una pieza de equipaje? —Negó con la cabeza—. Eres depravado. Eres totalmente y clínicamente depravad... Salió corriendo hacia adelante y la agarró del brazo, por una vez, permitiendo cierta emoción escapar de esa máscara aristocrática de seguridad en sí mismo. —No tienes idea de lo que se requiere para mantener a esta familia a flote. Ninguna. Tu tarea más difícil del día es decidir qué hacer primero, si tu cabello o las uñas. Así que no me hables de depravación cuando estoy resolviendo un problema para todas las sanguijuelas que viven bajo este techo. Las condiciones favorables de Richard Pford ayudarán para que nos proporcione esto. —Él sacudió la falda de su vestido—. Y esto—: Señaló con el dedo índice el collar alrededor de su garganta—. Y todas las otras cosas de las que tomas ventaja todos los días sin detenerte a reflexionar, ni por un instante, la forma en que te proporcionan ni a qué costo. Casarte con que ese hombre es la única cosa que jamás se te ha pedido a cambio de la suerte ciega de nacimiento y la libertad de tu avaricia. Eres una Bradford hasta la médula, capaz únicamente de consumir, pero a veces el pago debe hacerse, así que sí — escupió—. Te puedo asegurar que te vas a convertir en una muy feliz, muy bonita, y muy casada Sra. Richard Pford. Vas a darle hijos y serle fiel, o que Dios me ayude, voy a golpearte como cuando tenías cinco años. ¿Nos entendemos? O tal vez te gustaría un curso intensivo de tratar de ser como la gente que lava sus coches, hace la comida, limpia su habitación, y se apaña con la ropa. Tal vez te gustaría saber lo difícil que es trabajar para ganarse la vida. —Te desprecio —dijo, sacudiéndose de cabeza a los pies. Su padre igualmente respiraba con dificultad, y tosió en su puño. —Como si me importa. Ve y ten tu rabieta, patalea y grita, eso sólo me dará la razón. Si eres cualquier tipo de mujer, en lugar de una mocosa malcriada, te levantarás por la mañana y harás tu deber, por una vez en tu vida.


—¡Podría matarte ahora mismo! —Pero eso requeriría obtener y cargar un arma, ¿no es así? No es exactamente algo que puedas pedirle a tu sirvienta que haga, suponiendo que no quieras ser atrapada. —No me subestimes. —Teniendo en cuenta el bajo nivel que tienes de ti misma, sin duda sería difícil de hacer. Girando, ella tropezó fuera de la habitación, y corrió por el pasillo hasta su suite. Arrojándose sobre su umbral, se encerró y jadeó. Oh, infiernos no, prometió. No vas hacerme esto a mí. Si pensaba que había causado problemas antes, que espere a ver lo que hará ahora. Mientras iba al baño de su dormitorio, planes se entrelazaban en su cabeza, muchos de las cuales involucraban crímenes y a su padre. Finalmente, tuvo que salir de su vestido, y dejó que la cosa cayera en el suelo, caminando libremente de la piscina de seda antes de continuar con su corpiño y de sus zapatos de aguja, y esos diamantes que la esposa puta de su hermano intentó conseguir primero esta noche. Mientras hervía, lo único que podía pensar era en la primera vez que había odiado a su padre... Ella tenía seis, tal vez siete años, cuando sucedió. Nochevieja. Se despertó a causa de los fuegos artificiales, que crepitaban y florecían sobre el centro de la ciudad. Asustada, se fue en busca de Lane, en el que siempre tuvo consuelo... sólo para encontrarlo en el salón con Max. Gin insistió en quedarse con sus hermanos y hacer lo que sea que ellos hacían. Fue la historia de su vida en ese entonces, siempre corriendo para seguir el ritmo, para conseguir un poco de atención, para estar en el radar de cualquiera. La familia había girado en torno a sus padres y ocuparse de sus hermanos. Ella era la nota, la idea de último momento, la alfombra con la que te tropiezas en el camino hacia la puerta para algo mejor, más interesante, más importante. Ella no quiso beber esas cosas de la botella. El bourbon olía mal, y sabía que era un no, no, pero si Max y Lane iban a beber, ella también. Y después fueron capturados. No una vez, sino dos veces. Tan pronto como Edward entró en la sala, la ordenó volver a la cama, e hizo lo él le dijo. Cuando se fue por el pasillo, oyó voces y tuvo que esconderse en las sombras o ser descubierta... cuando su padre salió de la oficina de Rosalinda Freeland.

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Llevaba su bata, en el proceso de atar los cordones cuando salió, y era evidente que estaba enojado —pero era imposible que hubiera escuchado alguna de las voces en la sala. El primer instinto de Gin era correr hacia el frente de la casa para advertirles a sus hermanos. El miedo la detuvo, y luego la Sra. Freeland salió y agarró el brazo de su padre. Su mente joven se preguntó por qué la blusa de la señora de la oficina se hallaba fuera del pantalón, y su cabello, que siempre llevaba tan ordenado y rígido, se encontraba mal peinado. Los dos hablaron en voz baja, diciendo cosas que no podía oír sobre el latido de su corazón. Y entonces su padre se marchó y la Sra. Freeland desapareció de nuevo en su despacho y cerró la puerta. Gin permaneció allí por lo que se sintió cómo un año, temerosa de salir en caso de que la Sra. Freeland volviera a salir. Excepto que también tenía miedo de que su padre volviera por ese camino y la encontraría. No debería haber estado allí con esa mujer. Él no estaría contento de que ella lo hubiera visto. En sus pies desnudos, susurró a las escaleras del personal y se pegó cerca de la pared de yeso fría mientras subió. Arriba en el segundo piso, se congeló cuando otra ronda de fuegos artificiales se disparó, y tan pronto como terminaron, tomó refugio en la puerta abierta de una suite de invitados, deseando tener un lugar seguro a donde ir. Volver a su habitación sola le pareció aterrador. Además, ¿y si su padre la estaba buscando? Curvándose en un sillón, enganchó sus piernas contra su pecho y abrazó sus rodillas. Su padre debió haber encontrado a sus hermanos. No había manera de que no los hubiera visto si utilizaba la escalera principal. Y eso la asustaba más que cualquier ruido exterior. Momentos más tarde, Edward venía de la gran escalera, con su padre detrás de él, acechándole como un monstruo. Por alguna razón, el andar de su hermano era descuidado, y la piel de su rostro era gris. Su padre iba con la espalda recta y desaprobando como un banco de la iglesia. ¿Dónde estaban los otros dos? Ninguna palabra fue pronunciada hasta que ellos entraron por la puerta de su padre. Y cuando llegaron a su destino, Edward dio un paso a un lado y luego tropezó en el cuarto oscuro cuando se abrió el camino para él.


—Sabes dónde están los cinturones. Eso fue todo lo que su padre dijo. No, no, pensó. Eso no era justo. ¡Edward no estaba involucrado! ¿Por qué él? La puerta se cerró con un golpe, y tembló ante lo que iba a venir después. Efectivamente, un sonido agudo de bofetadas fue seguido de un gruñido de ingestión. Y otra vez. Y otra vez... Edward nunca lloró. Nunca maldijo. Escuchó esto suficientes veces para saber. Gin puso su cabeza sobre sus antebrazos delgados y cerró los ojos. No sabía por qué su padre odiaba a Edward tanto. Al hombre no le gustaba el resto de ellos, pero su hermano le ponía furioso. Edward nunca lloraba. Así que ella lloró por él... y decidió, en ese momento, que si su padre podía odiar a Edward, dos podían jugar a ese juego. Y ella iba a escoger al que en este mismo minuto empuñaba el cinturón. Odiaría a su padre a partir de ahora. Reorientándose, Gin descubrió que se encontraba sentada en su cama, con las rodillas contra su pecho y sus brazos alrededor de ellos, agarrándolos como si estuviera una vez más sentada justo en esa habitación de invitados con nada más que un camisón Lanz para mantenerla caliente, y lo que sucedía en la habitación de su padre aterrándola hasta la médula. Sí, ahí fue cuando comenzó para ella, y William Baldwine, nunca le dio motivos para reconsiderar su odio. Este negocio con Richard Pford era sólo otra entrada en una lista muy larga. Pero no fue lo peor. No, lo peor que el hombre hizo era algo que sólo ella parecía sospechar, algo que nadie más sabía, ya sea que era bajo el techo de Easterly o en los periódicos. Se encontraba convencida de que su padre era el que orquestó el secuestro de Edward. Su hermano iba a América del Sur con bastante

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frecuencia, y como ejecutivo estadounidense de su posición y estatura, siempre viajaba con guardaespaldas y seguridad contratados por la BBC. Con ese tipo de cobertura, nadie debería haber conseguido acercarse a veinte metros del hombre, pero de alguna manera su hermano fue secuestrado —no en el viaje por carretera, o incluso en algún destino remoto. Sino desde la suite de su hotel. ¿Cómo demonios ocurrió eso? Lo primero que pensó, cuando por fin le dijeron acerca de la terrible experiencia, era que su padre tuvo que ver en ella. ¿Tenía alguna prueba? No, no la tenía. Pero pasó su infancia viendo que el hombre miraba a Edward como si detestara el mismo aire que el niño respiraba. Y más tarde, cuando Edward se fue a trabajar a la empresa, tuvo la impresión de que la relación entre la pareja se enfrió aún más, sobre todo porque el Consejo de Administración le dio a Edward más y más responsabilidad. ¿Qué mejor manera de deshacerse de un rival que matarlo en el extranjero? De una manera que haría William Baldwine parecer una víctima porque él era un padre en “luto”. Dios, Edward casi fue enterrado allí, cuando finalmente iba a volver. Estaba en un estado terrible. Mientras tanto, su padre estuvo al frente con los medios, los Fideicomisarios, y la familia, pero no fue, ni siquiera una vez, a ver a su hijo en ruinas. Una vergüenza. Y la confirmación en su mente de que William Baldwine había tratado de deshacerse de una amenaza corporativa que no podía despedir. No era de extrañar que ella no confiara en los hombres. No era de extrañar que nunca se fuera a casar. Especialmente, no para hacer feliz a su padre.


Traducido por Jenni G. Corregido por Dey Kastély

Cuando Lizzie llegó a Oriental a la mañana siguiente, le tomó dos intentos conseguirle un espacio de aparcamiento a su Yaris, lo cual era un triste comentario sobre su estado mental, considerando que el coche era del tamaño de una bicicleta. Al salir, se tambaleó con su bolso y dejó caer las cosas, y cuando se agachó para recoger su protector solar del asfalto caliente, se dio cuenta de que se le había olvidado llevarse el almuerzo. Cerró los parpados. —Maldita sea… —Chica, ¿estás bien? Lizzie se enderezó y se giró hacia Gary McAdams. La persona encargada se encontraba caminando sobre el césped, su pie cojo apenas le hacía ir más lento, su curtido rostro arrugado con preocupación, como si estuviera evaluando a un tractor que está a punto de perder la distancia entre sus ejes. ¿Me veo tan mal? Se preguntó ella. No obstante, no había dormido para nada. —Oh, sí, estoy bien. —Forzó una sonrisa—. Bien y genial. —¿Estás segura de eso? No. —Sí, ¿cómo lo está haciendo tu equipo? —He pasado la segadora, recortado la hiedra, y voy a tener que desempolvar la terraza después de las diez. —Porque es cuando se permite hacer ese tipo de ruido en la casa—. La carpa está finalizada, el catering está listo con la parrilla en su lugar, pero hay un problema. Lizzie empujó su bolso más arriba en su hombro y pensó que estaba preparada para hacerle frente a un problema que podía resolver. —¿Cuál? —El señor Harry está esperando para hablar contigo. Hay un problema con esas copas de champán. —¿La colocación en la mesa? —Cerró la puerta del coche —. Porque creía que lo iban a aprobar.

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—No, ellos sólo han obtenido la mitad del pedido. Piensa que cambiaste el número. —¿Qué…? ¿Por qué haría eso? —Dijo que eras la única persona con acceso a la gente de alquiler. —Pedí las carpas, eso es todo. Se supone que él debía manejar la cubertería, la cristalería y los platos… lo siento. ¿Estoy gritando? Siento como que estoy chillando. Puso la mano en su hombro. —No te preocupes por eso, chica. El señor Harry también me vuelve estúpido. —Es el señor Harris. —Lo sé. Ella tuvo que reírse—. Iré a encargarme de él. —Cuando te canses de él, tengo una pala y una retroexcavadora. Y suficiente campo abierto en mi casa. —Eres un caballero. —Difícilmente. Dame tu bolso, chica. Te acompañaré arriba. —No pesa nada. Puedo con ello. —Comenzó a caminar hacia el sendero que lleva al ala de servicio de Oriental—. Además, puedo usarlo para golpearle en la cabeza si tengo que hacerlo. —Recuerda mi retroexcavadora —gritó. —Siempre. Con cada paso que daba en los adoquines, su pecho se apretaba, y la sensación de asfixia empeoró cuando gran parte de la parte trasera de la mansión blanca apareció en la distancia. Después de haber estado a altas horas mirando su techo, no había llegado a una conclusión sobre ella y Lane. ¿Por qué seguía con ella? El sonido de él al final de la llamada. Recordaba el tono sensual de su voz; por lo general, eso significaba que encontraría una manera de tenerla a solas y desvestirla cuanto antes. Parecía una completa y total traición que su cuerpo no fuera nada más que oh, sí, como si su libido estuviera esperando el regreso de su amo. Pero vamos, ella era mucho más, mucho más que uno o dos orgasmos robados con un hombre con el que debería lidiar con pinzas para barbacoa y un extintor. Una locura. Cuando finalmente llegó a la casa, pasó por la entrada lateral del jardín y atajó por la puerta trasera de la cocina para poder comprobar que


todo para la fiesta se hallaba donde lo había dejado la noche anterior. Lo que era absurdo. Como si un montón de elfos hubieran entrado y hubieran tirado todo bajo la luz de la luna. Poniendo en uso la entrada del personal, caminó dentro de la gran cocina que estaba, por el momento, limpia, fría y vacía, a la espera de que llegaran los chefs que estaban contratados para trabajar de ocho a ocho. Sin embargo, el lugar no se encontraba completamente desértico. La señora Aurora se hallaba frente a la cocina industrial, con una sartén de acero llena de tocino crujiente a su izquierda, y una segunda a su derecha llena de huevos revueltos brillantes. Cuatro platos dispuestos en la isla central sobre la encimera de acero inoxidable, junto con un cuenco de frambuesas y arándanos frescos, una vajilla de plata con azúcar, crema y café en una bandeja, y una cesta con algún tipo de pasteles caseros. —¿Señora Aurora? La mujer miró por encima de su hombro. —Oh, ahí estas. ¿Qué tal? ¿Comes? —Sí, señora. —No lo suficiente. Tú y Lane están demasiado delgados. —La cocinera se volvió hacia sus huevos y los removió con una espátula roja—. Me tendrías que dejar alimentarte. —No quiero causar problemas. —Hubo un gruñido de desaprobación y después de que su discusión habitual se puso en marcha, Lizzie interrumpió—. Se ve muy bien. —Ya le dije a ese mayordomo que no necesitaba ninguna ambulancia. —Claramente, tenía razón. —Y Lane debe de estar muy aliviado—. ¿Ha visto al señor Harris? —En su oficina. ¿Quieres que vaya contigo? —¿Así que escuchaste lo del champán? —Yo fui la que le dio a Gary el aviso porque sabía que te vería primero. No quería que caminaras por aquí sin ser advertida. —No cambié ningún pedido. —Por supuesto que no lo hiciste. —La señora Aurora levanto la sartén de seis kilos como si no pesara más que un plato de plástico. Cuando distribuyó los huevos, sacudió la cabeza—. Y habrá una buena explicación. —¿Cuál es? —No me incumbe.

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—Estaaaa bieeeeen. —Lizzie se tomó un momento para darle a la cocinera una oportunidad de darle más detalles, pero no lo hizo—. Bueno, de todas formas, iré a encargarme de esto. Me alegra que esté levantada y por aquí, señora Aurora. —Eres una buena chica, Lizzie. Pero te iría mejor si me dejaras hacerte el desayuno. —Quizás en mi próxima vida. —Sólo tienes una. Después vas al Cielo. —Eso es lo que mi padre me decía siempre. —También el mío. Caminando por el suelo de baldosas, Lizzie abrió las puertas dobles y se fue por el pasillo del personal. La oficina del señor Harris se encontraba justo frente a la de Rosalinda, y llamó a la puerta del mayordomo. Volvió a llamar. Lo intento por tercera vez, incluso aunque era un desgaste de nudillos. Oliendo el aire, hizo una mueca y pensó que el pasillo necesitaba en serio alguna ventilación. Por otra parte, los Bradford se negaron a poner aire acondicionado o calefacción en esa parte de la casa. Los empleados, después de todo, podían aguantarse. Yendo hacía la puerta barnizada de Rosalinda, también se dio una oportunidad, a pesar de que el control de la familia era estricto de nueve a cinco, con unos almuerzos de treinta minutos exactamente a las doce del mediodía y dos descansos de quince minutos a las diez y media y a las tres. El horario reglamentario le había parecido extraño al principio, pero sin embargo, muchos años después, era sólo otra de las reglas y normas de Oriental. Y tenía sentido; una mujer que no hacía más que pagar facturas, y sumar y restar dinero de las cuentas, probablemente tenía una regla de cálculo en sus venas y serios problemas de control. De ahí, su título. Poniendo las manos en sus caderas, Lizzie supo que probablemente el mayordomo estaba esperando a la familia en el pequeño comedor. Incluyendo a Lane. Miró su reloj. No esperaría a que el señor Harris volviera, y no había manera de que tuviera esa confrontación a la vista. Además, había verdadero trabajo que hacer, no había terminado el ramillete la noche anterior. Dirigiéndose al invernadero usando la puerta trasera, apartó el enredo de su cerebro y se concentró en lo que tenía que hacer. Después de terminar por fin con las flores, pudo poner los manteles porque no había ninguna posibilidad de lluvia o viento antes del almuerzo del día siguiente.


Y ella normalmente se encargaba de poner todo, el mantel y los platos donde se necesitara, estar en los bares y estaciones de servicio alrededor del jardín. Greta debería de estar en… —Buenos días. Lizzie se quedó inmóvil con la mano en la puerta del invernadero. Mirando sobre su hombro, se encontró con los ojos de Lane. Se hallaba sentado al otro lado en un sillón, con sus piernas cruzadas sobre su rodilla. Estaba vestido con la misma ropa que había estado usando la noche anterior y su pelo se encontraba revuelto, como si hubiera dormido en otro lugar en vez de su cama. —¿Me esperabas? —Se escuchó decir mientras su corazón latía con fuerza. *** Arriba en su cuarto, Gin hizo un puño con su blusa de Prada y la apiñó en la esquina de su maleta con ruedas de Louis Vuitton. —Papel de seda… Se supone que debía poner papel de seda aquí. ¿Dónde está…? Fue a buscar, encontró la sabana rosa pastel con sus iniciales estampadas en un cajón grande del guardarropa. Regresó a donde estaba preparando la maleta, se lamió el dedo índice, quitando la piel suelta y una ráfaga de Coco Chanel le hizo cosquillas en la nariz, porque su criada había rociado cada una individualmente cuando habían llegado. Metiendo el delicado papel alrededor del montón de seda, atascó eso con una falda de McQueen. Repitió el proceso hasta que tuvo cuatro trajes ahí, se echó para atrás y observó su trabajo. Horrible. Nada como lo que Blanche hizo para ella, pero no iba a esperar hasta que la mujer comenzara su turno al mediodía. Gin se hallaba en el proceso de cerrar la maleta cuando se dio cuenta de que no tenía ropa interior, ni zapatos, ni sujetadores, ni artículos de aseo personal. Saco una segundo maleta de ruedas de Louis Vuitton, y dobló papel de seda. Qué le importaba, de todos modos. Sólo compraría cualquier cosa que quisiera. Cuando terminó, levantó el teléfono de la casa que estaba en la cama y marcó a la oficina de Rosalinda, y no podía creer que le apareciera el buzón de voz. —¿Dónde diablos está esta mujer…? Una rápida mirada al reloj Cartier en su escritorio y descubrió que eran sólo las ocho y media. Dios, ¿Cuánto hace que no se levantaba tan temprano?

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Las disposiciones para los jets también se podrían hacer a través del asistente ejecutivo de su padre, y ese robot que estaba siempre en su escritorio. Pero Gin no quería que supiera que se iba hasta que estuviera a medio camino de California, y sin duda su buldog con falda saltaría directamente a marcarle si ella llamara. Dios, esa expresión en su rostro la última noche había hecho que se le enfriara la sangra. Ella nunca lo había visto tan furioso. Pero, de nuevo, no era nada más que hija de su padre: Al igual que con el odio, los dos jugarían a ese juego de la gallina. Diez minutos después, Gin sacó las asas de su equipaje y tropezó con las malditas cosas mientras salía rodando por si misma hacía el pasillo. Con su bolso haciendo juego y golpeando contra su costado, y uno de sus talones saliendo de la parte de posterior de sus Louboutin mientras cerraba la puerta, maldijo la ausencia de un botones. Pero tampoco confiaba en ese mayordomo. A decir verdad, no confiaba en nadie de la casa. Antes de tomar el ascensor para bajar hasta el sótano, se fue a la habitación de Amelia y abrió la puerta. Por primera vez, registró de verdad la decoración de la habitación. La cama con dosel rosa y blanco era tamaño matrimonial, a pesar de que su hija apenas pesaba más que una almohada, y no había posters de Taylor Swift u One Direction en las paredes. El tocador era francés y antiguo, el cuarto de baño de mármol y bronce que tenía sesenta años, la lámpara de araña del centro era de Baccarat, suspendida por una cadena de seda y por debajo hecho a mano, un medallón bañado en oro. Era más una suite de alguien que tenía cincuenta años que de alguien que tenía quince. Dieciséis, desde la noche anterior, se recordó Gin. Caminando de puntillas por la alfombra bordada, tomó su foto favorita de niña con el pelo negro rizado, que ahora no era tan oscuro porque se estaba poniendo reflejos rubios cada seis semanas y difícilmente tan pequeña dado que era una estudiante de segundo año en la escuela Hotchkiss. La sola idea de obligar a su hija a dejar Oriental se sentía incluso más correcta. Tenía a dos amigos esperándola en Montecito, y se quedaría allí hasta que hiciera el punto de que su padre podría administrar una empresa de un millón de dólares anuales, pero no estaba a cargo de ella. ¿Después de eso? Después de eso volvería aquí sólo para que él pueda verla periódicamente y se dé cuenta de su error. Afuera, de vuelta en el pasillo, no dejaba de maldecir en voz baja mientras cojeaba hacía el ascensor y entraba. Se rompió una uña golpeando repetidamente el botón para que se cerrara la puerta, y casi se


rompe uno de sus tacones de aguja cuando consiguió bajar al sótano y tuvo que tirar de las maletas. No tenía ni idea de cuál camino tomar. De dónde se hallaba la cochera. De cómo orientarse bajo tierra. Le llevó casi veinte minutos encontrar el túnel que llevaba hacía donde estaba la flota de coches, y cuando emergió al área del aparcamiento, se sentía como si no acabara de correr un maratón, pero ganó. Excepto que no estaban las llaves de los coches. Ni la del Bentley. Ni la del Drophead. Y no tomaría el Porsche GTS o el Ferrari o ese viejo Jaguar que era como el de Samuel T., porque todos eran de palanca de cambios que ella no podía conducir. Igual que el 911 y el Spyker. Y el Mercedes sedán no era lo suficientemente bueno para ella. —¡Maldita sea! —Mientras golpeaba el suelo con el pie, una de sus maletas se cayó como si se hubiera desmayado—. ¿Dónde están las llaves? Dejando las maletas, caminó hacía el espacio de oficinas. La cuál se encontraba cerrada. Así como las puertas de la cochera. Esto era totalmente inaceptable. Sacó su teléfono móvil, a punto de marcar, bueno, no sabía a quién, pero a alguien, cuando la caja fuerte pegada a la pared le llamó la atención. Fue al otro lado dando tres zancadas hasta la puerta de metal, tiro de la palanca, y se sorprendió cuando no se movió. ¿La buena noticia? Realmente se sentía como si tuviera que golpear algo. Mirando alrededor, no vio nada fuera de lugar. Desde los cubre coches, los neumáticos de repuesto, los productos de limpieza, todo organizado en la pared con precisión militar en estanterías, ganchos, y debajo de los contenedores. Excepto por la palanca que encontró apoyada contra una pila ordenada de trapos de gamuza con el escudo familiar. Gin sonrió al hacer ruido con sus tacones dirigiéndose allí y levantó el trozo de metal. Regresando a la caja fuerte, balanceó la cosa sobre su cabeza y lo metió en el almacenamiento de llaves como si fuera la cabeza de su padre; golpeó, golpeó, y golpeó, el agudo sonido punzaba sus oídos. A pesar de que casi no tenía puntas en las uñas para cuando terminó, la tapa se hallaba abierta por una sola bisagra. El Bentley, decidió ella. No, el Rolls. Ese costó más.

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Llevo su equipaje al Phantom Drophead, abrió la puerta suicidio14, metió las maletas en el asiento trasero y se puso al volante. Después, golpeó con su zapato de tacón el freno, alcanzó al botón de encender/apagar, y el motor estalló a la vida con un gruñido latente. Alcanzando el espejo retrovisor, pulsó todos los botones que estaban ahí hasta que la puerta frente a ella se levantó. Y se encontraba afuera. Su perra interior la hizo querer tomar el camino principal para pasar por las habitaciones familiares de la casa, pero era más importante salir de la propiedad sin que nadie lo supiera, así que se conformó con sacarle el dedo del medio a Oriental por el espejo retrovisor mientras usaba el carril del personal. Cuando llegó a River Road, salió por la izquierda, miró su reloj y sacó su móvil. Rosalinda ya tenía que estar ahí y por fin podría hacer todos los arreglos para un jet, lo que no sería un problema. Gin pedía un avión una vez a la semana o más. Buzón de voz. Otra vez. El maldito almuerzo. Lo olvidó. Todo el servicio se halla distraído. Pero ella tenía necesidades. Gin marcó otro número, que era solamente un único digito diferente al de Rosalinda. Fue al tercer tono, a punto de rendirse, cuando el inconfundible acento británico del mayordomo llegó por la conexión. —Señor Harris al habla, ¿en qué puedo ayudarle? —Necesito un avión y no puedo contactar con Rosalinda. Tendrás que hacerlo ahora mismo, para salir inmediatamente hacía el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles. El mayordomo perdóneme…

se

aclaró

la

garganta.

—Señorita

Baldwine,

—No me digas que estas demasiado ocupado. Puedes hacer la llamada directamente a los pilotos, ya lo has hecho antes, y luego podrás volver a lo que sea relacionado con el estúpido almuerzo… —Lo siento, señorita Baldwine, pero no hay ningún avión disponible para usted. —Me estás tomando el pelo. —Sin duda a causa de todos los huéspedes corporativos viniendo a la carrera. Pero ella era familia, por el amor de Dios—. Bien, simplemente retrasa a otra persona y yo… —Eso no será posible.

14 Puertas de coches que se abren en la dirección contraria a la normal, muy características en los autos Rolls Royce.


—¡Yo soy prioridad! —El Phantom tomó velocidad cuando pisó el acelerador, al menos hasta que casi choca con el coche de enfrente—. Esto es inaceptable. Llama a la torre de control, o la lista de pilotos o… ¡haz lo que tengas que hacer y tráeme un maldito avión a la Costa Oeste! Hubo un largo silencio. —Lo siento, señorita Baldwine, pero no podré proporcionarle ese servicio. Una advertencia fría se tensó en la parte posterior de su cuello. — ¿Qué te parece a última hora de la mañana? —Eso no será posible. —Ésta tarde. —Lo siento, señorita Baldwine. —¿Qué te dijo mi padre? —No es asunto mío comentar… —¿Qué demonios te dijo? —gritó al teléfono. La exhalación que liberó era lo más cercano a una maldición que vendría de ese hombre. —Esta mañana, recibí una nota dirigida a la gerente y a mí indicando que los recursos de la familia ya no estarían disponibles para usted. —¿Recursos…? —Y eso incluye dinero, cuentas bancarias, viajes y habitaciones de hotel, y acceso a otras propiedades Bradford en todo el mundo. Ahora su pie se resbaló del acelerador, y cuando el coche de atrás comenzó a tocar el claxon, se movió a un lado de la carretera. —Ojalá que hubiera algo que pudiera hacer para serle de ayuda — dijo él en un tono plano que sugería que ese, de hecho, no era el caso—, pero como he dicho, no puedo ayudarla. —¿Qué se supone que tengo que hacer? —Quizás lo mejor sea que vuelva a casa. Acabo de verla salir en el Rolls Royce. —No me voy a casar con Richard Pford —dijo ella, antes de finalizar la llamada. Mientras miraba a través del parabrisas, los rascacielos dentados del centro de la ciudad le parecieron abrumadores por primera vez en su vida. Nunca antes se había quedado impresionada con la ciudad de Charlemont, tras haber dado la vuelta al mundo varias veces. Pero todos esos viajes habían ocurrido cuando había tenido recursos ilimitados a su disposición. Con la mano temblorosa, sacó su cartera y abrió la solapa.

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Tenía cinco billetes de cien dólares y un par de veinte… y siete tarjetas de crédito, incluyendo una exclusiva Amex Centurion. Sin licencia para conducir porque siempre tomaba un chofer. Sin tarjeta de seguro médico porque usaba los médicos encargados de los afiliados con la Compañía de Bourbon Bradford. Sin pasaporte, pero no había planeado salir del país. A doscientos metros a la izquierda se hallaba una gasolinera, así que puso el coche en marcha y salió al tráfico de la hora pico. Cuando llegó a la señal de la gasolinera Shell, se coló enfrente de un camión que se aproximaba y paró al lado de un surtidor de gasolina. Cuando salió, no fue a la bomba del combustible. El tanque se encontraba lleno. Sacó una tarjeta Visa al azar, le quitó el plástico y la puso en el lector. Tecleó su código postal. Esperó para ver si era aceptada la transacción hipotecaria. No aprobada. Lo intentó con la Amex y obtuvo la misma respuesta del ordenador. Cuando dos Visas más no funcionaron, se detuvo. Él le había quitado las tarjetas. Se volvió a poner al volante, todo se volvió borroso. Había fondos fiduciarios por todas partes, dinero que era suyo… pero sólo en dos años, cuando cumpliera los treinta y cinco, en ningún momento antes, algo que había comprobado cuando intentó comprar una casa en Londres el año pasado por capricho y fue rechazado por su padre. No importó lo mucho que le hubiera gritado a la compañía fiduciaria, se rehusaron a dispersar cualquier fondo, diciendo que no se le permitía acceder a ellos hasta que cumpliera con los criterios de edad. Sólo se le ocurrió un lugar al cual ir. Odiaba mendigar, pero mejor eso que casarse… o admitir la derrota ante su padre. Una vez más volvió a conducir, irrumpió de nuevo en el tráfico y se dirigió en la dirección por la que había venido. Sin embargo, no volvía a Oriental. Ella iba a… De repente, el coche dejó de funcionar. Todo se detuvo: el motor, el aire acondicionado, las luces del salpicadero. Lo único que funcionaba era el volante y los frenos. A pesar de que golpeó el botón de encender/apagar, vio su frenética acción impotente desde la distancia, notando distraídamente como sus uñas andrajosas tenían los extremos quebrados, y la perfecta laca de uñas rojo cereza deshecha.


Obligada a admitir que el motor no volvería, paró en el arcén de la carretera, así no chocaría y… sirenas sonaron a lo lejos y observó por el espejo retrovisor. El coche de la policía metropolitana se estacionó detrás de ella, manteniendo las luces encendidas mientras frenaba hasta detenerse. Y después, un segundo coche se estableció en el arcén al frente y retrocedió hasta que el Phantom estuvo bloqueado. Ambos oficiales se acercaron con las manos en la funda de la pistola, como si no estuvieran seguros de si iban a tener que utilizar el arma. —Señora, salga del vehículo —dijo el más alto con voz de mando. —¡Este es mi coche! —gritó a través de las ventanas cerradas—. No tienen derecho a… —Este vehículo es del señor William Baldwine, y usted no está autorizada para utilizarlo. —Oh, Dios mío… —susurró ella. —Señora, salga del coche. Mierda, no tenía licencia para conducir. —¡Soy su hija! —Señora, le estoy pidiendo que desbloquee las puertas y desaloje el vehículo. De lo contrario, tendré que acusarla de resistencia a la autoridad. Además del uso de un coche robado.

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Traducido por Marie.Ang Corregido por Janira

—Por supuesto que te he estado esperando. —Tan pronto como Lane habló, le mostró las palmas a Lizzie, y las puso en alto, en señal de espera—. Pero sólo como amigo. Uno que quería asegurarse de que llegaras bien al trabajo. Maldición, se veía bien. De nuevo usaba su camiseta polo de Oriental y un par de pantalones cortos color caqui, y su cabello se encontraba recogido hacia atrás, en una cola de caballo… pero de alguna manera, se veía exóticamente hermosa. Por otro lado, habían pasado más de doce horas desde que la vio. En realidad, toda una vida. Cuando ella rodó los ojos, la atrapó tratando de esconder una sonrisa. —He hecho el viaje unas pocas veces, sabes —dijo. —¿Y cómo estuvo esta mañana? Hubo una pausa… y luego, algo mágico sucedió. Lizzie soltó una carcajada. Cubriéndose la boca, sacudió la cabeza. —Lo siento, pero te ves terrible. Tu cabello está todo… —Ondeó una mano alrededor de su cabeza—… un desastre, tus ojos apenas se encuentran abiertos, y ¿te das cuenta que te balanceas de un lado al otro incluso cuando te encuentras sentado? Sonrió. —Deberías ver al otro tipo. —Duro, ¿no? —El adorno de su capó ahora es su arete. —Lane levantó un brazo y flexionó los bíceps—. Hay un hombre de verdad por aquí… Cuando un par de nítidas pisadas vinieron hacia ellos, Lizzie miró sobre su hombro y murmuró algo en voz baja. Resultó que era un mayordomo inglés yendo en línea recta hacia ella, excepto que el tipo se detuvo en seco cuando la vio.


—Si nos disculpas, Lane —dijo Lizzie rápidamente—. Tengo que resolver algo aquí. —¿Resolver qué? —le preguntó al mayordomo. El hombre inglés sonrió de una forma que le recordaba a un maniquí en una tienda de varones. —Nada de lo que necesite preocuparse, señor Baldwine. Señorita King, si sería tan amable de venir a mi oficina cuando termine con… —¿Qué sucedió? —demandó Lane. —Sólo un malentendido —murmuró Lizzie. —¿Sobre qué? Lizzie se concentró en el inglés santurrón. —La orden de copas de champán fue recortada, y él piensa que llamé a Mackenzie’s y la cambié, pero no lo hice. Me encuentro feliz de ayudar con la organización cuando las copas y los platos lleguen, pero no soy responsable de coordinar ninguna parte de la orden. Las carpas y mesas son mi trabajo, y se hallan dónde deben. Los ojos del señor Harris se entrecerraron. —Esta es una conversación que se realizará mejor en mi… —Entonces, no tiene nada que ver con ella. —Lane le sonrió fríamente al mayordomo—. Acabaste aquí. Lizzie puso una mano sobre su brazo, y el contacto fue tan sorprendente, que, realmente, lo calló. —Está bien. Me encuentro feliz de hacer lo que sea que pueda para ayudar. Señor Harris, ¿quiere que vaya a hablar con Mackenzie e intente averiguar cómo arreglar este caos? El mayordomo miró entre ambos. —Sé lo que ordené. Lo que no puedo explicar es por qué solamente llegó la mitad aquí. —Mire, no quiero hablar de sus responsabilidades —dijo Lizzie—, pero los errores al final suceden. Lo que necesitamos hacer es averiguar qué más falta y hacerles una llamada. No debería ser un problema… ¿hizo la orden personalmente o fue a través de Rosalinda? —Utilicé a la señora Freeland, y le di las cantidades correctas. Lizzie frunció el ceño. —Ella sabe cuánto ordenamos. Ha hecho esto por años. —Me aseguró que se encargaría de todo. Asumí que la única explicación era que alguien más en el reporte redujo la cantidad. —Vaya a encontrarla, yo buscaré a Greta y empezaremos a contar todo. Conseguiremos ordenar esto… al menos, lo haremos hoy y no mañana en la mañana.

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Hubo un momento incómodo durante el cual el mayordomo no dijo nada… y Lane se preguntó cuánto del muy razonable plan iba a tener que meter en la garganta del pequeño dictador. —Muy bien —dijo el mayordomo—. Su ayuda es muy apreciada. Mientras el señor Harris se alejaba, Lizzie respiró hondo. —Y así, entramos en la cuenta regresiva de veinticuatro horas para montar las cosas. —¿No puede alguien del otro personal hacer el conteo? No es tu problema. —Está bien. Al menos, si Greta y yo lo hacemos, sé que estará bien. Además, todos los demás en el equipo de Oriental se encuentran agobiados, y no es como si los chefs adjuntos pudieran prescindir de… El teléfono de Lane empezó a sonar, y lo sacó de su bolsillo para silenciar el ruido. —¿Quién demonios es? —preguntó cuando vio el código de área local. Se rio de nuevo. —Puedes descubrirlo al —prepárate— contestar la llamada. —¿Me vas a hacer pasarla mal? —Alguien tiene que hacerlo. Lane sonrió tan amplio que sus mejillas se estiraron. —De acuerdo, vamos a arriesgarnos y ver quién es. —Pulsó el botón verde para contestar e imitando a Largo15 dijo—: Llamaaaaaasteeee… —Lane… oh, Dios, Lane, necesito ayuda. —¿Gin? —Se enderezó en la silla—. Gin, ¿te encuentras bien? —Estoy en el centro de la ciudad, en la Cárcel del Condado de Washington. Tienes que venir a sacarme… yo… —¿Qué demonios? ¿Qué estás…? —Necesito un abogado. —Bien, de acuerdo, baja la velocidad. —Se puso de pie—. Hablas demasiado rápido y no puedo entenderte. Su hermana hizo una pausa y luego dijo cuatro oraciones que lo hicieron tocar fondo. —Muy bien —dijo sombríamente—. Voy para allá ahora mismo. Sí. Correcto. De acuerdo. Lo haré.

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Personaje de los locos Adams.


Cuando colgó, todo lo que pudo hacer fue recorrer el rostro de Lizzie con los ojos. —¿Qué pasa? —preguntó. —Mi padre arrestó a Gin. Tengo que, literalmente, ir y sacarla de la cárcel del condado. Lizzie se llevó una mano a la boca con asombro. —¿Hay algo que pueda hacer? —No, voy a encargarme de ella. Pero, gracias. Le tomó todo su auto control no inclinarse y besarla como solía hacerlo. En cambio, extendió la mano y rozó su mejilla… y la dejó antes de que le pudiera decir que “los amigos no hacen eso”. Santo infierno, en lo que se había convertido su padre ahora.

Antes, cuando Edward fumaba, se despertaba frecuentemente en la mañana y los buscaba, su brazo y mano iban a sus cigarrillos antes de que estuviera consciente mientras rodaba de lado. Ahora, hacía lo mismo, sólo que iba por la botella de analgésicos. Dejando cuatro cápsulas de gel en la palma de su mano temblorosa, puso las píldoras en su boca y se las tragó con lo que quedaba del vodka que se llevó a la cama. Haciendo una mueca cuando su versión de desayuno fue a su estómago, se recostó en la almohada. Dejó de fumar durante su recuperación. En realidad, el secuestro fue el primer paso para dejar el hábito. Irónico, que ser casi asesinado fue, probablemente, responsable de ayudarlo a vivir una vida más larga. Brindó con la botella en el aire. —Gracias, muchachos16. Antes de que su cerebro pudiera encerrarse en ese interminable ciclo horrendo, las secuencias de ese día, puso las piernas en el piso y se levantó.

142 16

Español original.


No miró su muslo o pierna derecha. Por un lado, la desigual línea de su fea piel se encontraba fundida de su mente. Por otro, ya no dormía desnudo, así que no había nada que mostrar. El bastón era necesario para que consiguiera enderezarse, y la falta de equilibrio no era solo debido a las lesiones, sino a la falta de sueño y el hecho de que aún se encontraba borracho. Fue cojeando hasta el cuarto de baño, dejó las luces apagadas, así que el espejo no era un problema, y usó el lavabo, se lavó el rostro y las manos, y se cepilló los dientes. La confirmación de que Dios aún lo odiaba vino cuando se paró fuera de la casa de campo diez minutos después y fue cegado por la brillante luz del sol, y el dolor de cabeza por la resaca. ¿Qué hora es? Se preguntó. Iba a mitad de camino al establo B cuando se dio cuenta de que había llevado la botella de aguardiente. Como una especie de manta de salvación. Rodando los ojos, siguió adelante. La señorita “Nunca Maldigo” podría acostumbrase a él y al alcohol, no había razón para presentarse ante ella con una ilusión de abstención matutina que solo se destrozaría más tarde. Si no podía lidiar con su hábito, bien podría irse en su primer día. El sonido de una rueda chirriante hizo que su cabeza gire a la derecha, y medio segundo después, Shelby salió del extremo lejano del establo, su cuerpo doblado por la cintura tras una tremenda carga de estiércol de caballo en una vieja y rústica carretilla. Al parecer, Moe ya la había puesto a trabajar. —Hola —dijo él. Sin perder el ritmo, hizo un gesto con el hombro y siguió al área de abono detrás de la construcción anexa más cercana. Mientras la observaba, envidió su cuerpo fuerte, y quizás notó, ausentemente, que el sol en su cabello volvía casi blancas muchas mechas. Llevaba una camiseta azul marino, un par de vaqueros azul oscuro, y las mismas botas de buena calidad que llevaba la noche anterior. Y tras desaparecer por la esquina de la pared, reapareció dos veces más rápido de lo que debería hacerlo, considerando la cantidad de estiércol que tenía que verter. Así que también era eficiente. Mientras se aproximaba, sus ojos se encontraban brillantes y alertas, sus mejillas sonrosadas con el esfuerzo. —Casi termino. Empezaré con el “C”, a continuación.


—Jesús, Moe te tiene… lo siento —dijo antes de que lo corrigiera—. Maldición, ¿Moe ya te tiene trabajando? Y no me digas que no puedo usar “maldición”. Dejaré las referencias a Dios y a Jesucristo, pero eso es lo más lejos que llegaré. Dejó la carretilla en el pasto recortado. —Jugo de naranja. —¿Disculpa? La hija de Jeb Landis señaló con la cabeza a su botella. —Puedes mantener los “maldición”, pero me gustaría verte con algo más que… —¿Siempre has sido tan criticona? —… vodka en tus manos, tan temprano. Y no te estoy criticando. —Entonces, ¿por qué quieres cambiar el comportamiento de un extraño? —No eres un extraño. —Se limpió la frente con su antebrazo—. Ni siquiera son las nueve de la mañana. Tengo que preguntarme por qué piensas que deberías tomar tan temprano. —Me siento deshidratado. —¿No hay agua en tu casa? Anoche había. Movió la botella. —Esto hace un buen trabajo. Imagínalo como mi versión de vitamina C. Murmuró algo en voz baja mientras se inclinaba por las manijas. —¿Qué dijiste? —demandó. —Me escuchaste. —No, no es así. —Lo que no era exactamente la verdad. Shelby sólo se encogió de hombros y continuó, ese cuerpo suyo moviéndose debajo de su ropa sencilla, haciendo su labor sin ninguna incomodidad aparente. Y entonces, cayó en cuenta. —Shelby. Se detuvo y lo miró por encima del hombro. —¿Sí? —Dijiste que preparaste todos los caballos. —Sip. —En los establos A y B. —Sip. Se movió deprisa y la agarró del brazo. —Te lo dije. Es una regla. No vayas al compartimiento de mi potro. —No se va a quitar la mugre por sí solo…

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Su mano la apretó fuerte por propia voluntad. —Mató a un mozo de cuadra hace un año. Lo pisoteó hasta matarlo. No vuelvas a hacerlo. Aquellos ojos azul cielo se ampliaron. —Se portó bien conmigo. —Soy el único que va allí. ¿Nos entendemos? Lo haces de nuevo, y empacaré tu mierda —dijo deliberadamente—, y te enviaré de regreso de donde viniste. —Sí, señor. Se alejó un paso y trató de no tambalearse. —De acuerdo, entonces. —Muy bien. Ella se quitó un mechón de cabello del rostro con un soplido y retomó su camino, sus hombros tan tensos como su caminar. Destapando el vodka, Edward tomó un gran trago de la botella, y probablemente debió haber dejado de notar que el líquido no ardía en absoluto. Pero eso era otra cosa en la que no quería pensar. Así como cualquier cosa que sucediera con la hija de Jeb Landis bajo su vigilancia. Maldición.


Traducido por Yure8 Corregido por Vane hearts

El palacio de justicia del condado de Washington y la cárcel eran un complejo de edificios modernos que ocupaban dos cuadras enteras en el centro de la ciudad, las mitades de las instalaciones unidas por una pasarela que se extendía sobre el tráfico. Había varias entradas, y mientras Lane se detenía en su Porsche, innumerables personas corrían dentro y fuera, hombres y mujeres en trajes subiendo y bajando las escaleras de mármol, oficiales en coches patrullas y coches SUV de los sheriffs aparcando y desaparcando en puntos especialmente marcados, personas con ropa rota fumando en los límites. Su 911 Turbo dejó escapar un ruido bajo mientras desaceleraba y miraba los edificios cercanos. No podía notar ninguna evolución lógica. Tampoco ninguna dirección en las calles. Como si tuvieras que preguntar a dónde ir, marcando que no pertenecías allí. De la nada, un hombre afroamericano uniformado se acercó directamente en frente de su coche. —¡Mierda! —Lane clavó los frenos—. ¿Qué demonios estás... Mitch? El ayudante del sheriff, Mitchell Ramsey, no respondió. Solo señaló un lugar marcado justo detrás de él que se encontraba vacío. Mientras Lane avanzaba hacia adelante y aparcaba en paralelo en el primer intento, era consciente del ayudante de pie justo a lo largo de su parachoques, sus gruesos brazos cruzados como cuerdas de cruceros sobre el pecho de un jugador de fútbol profesional. Esos ojos oscuros estaban escondidos detrás de un par de Ray Ban, y su cabeza rapada hacía ver el cuello y los hombros aún más grandes de lo que eran. Lane estiró su cuerpo desde su coche deportivo. —Oye, ¿sabes dónde está mi hermana…? —Te tengo. Ambos estrecharon la mano y se dieron un abrazo fuerte. Mientras estaban pecho contra pecho, Lane fue transportado de nuevo a casi dos años antes, a la pista de aterrizaje privada al oeste de la ciudad, por la noche, cuando Edward finalmente llegó a casa de su cautiverio.

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Mitch lo trajo de vuelta a Estados Unidos. De vuelta a la familia. Sólo Dios sabía cómo. Nadie pidió detalles, y Lane siempre tuvo la sensación de que el ex Ranger del ejército no hubiera compartido el cómo y quién de todos modos. —Ella no está haciéndolo bien allí —dijo Mitch. —No me sorprende. Lane siguió al sheriff, ambos tomando los cincuenta escalones de dos en dos para llegar a una de las muchas entradas giratorias. Cuando llegaron al registro, Mitch los dirigió hacia algo marcado con un cartel de Solo Oficiales De La ley y luego el hombre irrumpió a través de seguridad, los otros oficiales saludando con gestos de respeto. —Trabajé rápido en cuanto vi el nombre —dijo Mitch mientras sus pasos se unieron a los demás haciendo eco en el alto techo de la explanada principal—. Está detenida por robar un vehículo, sin licencia, sin prueba de seguro… —¿Cómo diablos sucedió esto? —… y resistirse a la policía. Ya he puesto en cuarentena el incidente, pero no puedo mantenerlo fuera del fichero policial de forma indefinida. —Espera. —Lane jaló al hombre para detenerlo—. ¿Mi hermana robó un coche? —Rolls Royce. Registrado a nombre de Compañía de Bourbon Bradford. —Te refieres a… nuestro Rolls. ¿El Phantom Drophead? —Tu padre llamó a la policía metropolitana personalmente y les dijo que la buscaran, afirmando que no tenía permiso para maniobrar el vehículo. —No puedes estar hablando en serio. —Lane se pasó una mano por el pelo—. ¿Qué estoy diciendo? Por supuesto que él puede hacer eso. Ha hecho cosas peores. —¿Tienes un abogado? —Samuel T. debería estar aquí… —Lane —Llegó un grito. Samuel T. caminó entre la multitud rebosante, destacándose por muchas razones. Por un lado, el traje azul y blanco de algodón lo hacía parecer como si debiera haber estado en el gran pórtico de su finca de caballeros, bebiendo un julepe de menta con un par de perros de caza dormidos a sus pies. Por otra parte, era demasiado guapo para estar entre los mortales.


—Gracias por venir rápido —dijo Lane mientras se estrechaban las manos. —Ya conoces a Mitch… —Ciertamente lo hago. Ayudante. —Señor Lodge. Con los saludos hechos, los tres fueron inmediatamente hacia las escaleras mecánicas que subían al segundo piso. —Ella está en general. —Mitch lideró el camino al pasillo—. Pero he borrado los retrasos para su audiencia sobre la fianza. Tan pronto como esté listo, señor Lodge… —Llámame Samuel o Sam. —Samuel. —Asintió Mitch—. Tan pronto como estés listo, pasaré su sesión con el juez McQuaid. He hablado con el fiscal. Sus manos están atadas, sobre todo con el señor Baldwine presionando tan duro. Lo único que puedo hacer es agilizar, agilizar y agilizar. Lane apretó sus molares. Gin era mucho de manejar, y claramente, su padre estaba harto de ella, pero esto era tan condenadamente público. —Te debo esta, Mitch. —No es la manera en que yo lo veo. El ayudante los llevó a través de los distintos puntos de seguridad, y luego se encontraron en la parte de la cárcel de instalación. Aunque Lane, hizo varias cosas ilegales cuando era niño, todos sus pecados fueron discretamente “cuidados”. Así que este era su primer viaje en la cárcel del condado, y no podía decir que tenía una gran prisa por volver. La sala de espera tenía muros de hormigón color crema. Suelo crema. Sillas de plástico naranja, amarillo y rojo. El olor en el aire era a sudor viejo, ropa sucia, y desinfectante. Gracias a Mitch, fueron directo al mostrador de registro con sus ventanas de cristal a prueba de balas y alineaciones de oficiales con sus distintas capturas del día. Hablaban de una llamada de atención al otro lado. Hombres aceitosos y chicos jóvenes fibrosos… prostitutas apenas vestidas… mujeres mayores escuálidas y desgastadas… todos de pie o entrelazados en el lugar junto a los agentes que los detuvieron, sus caras mostrando la rutina de duras vidas vividas de mala manera. —Por aquí, Ayudante Ramsey —llamó alguien por la puerta blindada. Después de pasar por el puesto de control, se dirigieron por una serie de salas de conferencias que tenían luces rojas por encima de las entradas y barras pequeñas sobre ventanas alambradas.

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—Si me esperan aquí —dijo el oficial en una de las habitaciones—, la traeré. —Gracias, Stu. —Mitch abrió la puerta y se quedó a un lado—. Estaré aquí. —Te lo agradezco mucho. —Lane dio una palmada al chico en el hombro—. Y probablemente necesitaremos más de tu ayuda. —Todo lo que quieran, estoy aquí. Samuel T. detuvo al ayudante. —¿Alguien ha hablado con la prensa? —No por nuestra parte —respondió Mitch—. Y trataré de que siga siendo así. —Mi hermana no tiene la mejor reputación. —Lane sacudió su cabeza. —Entre menos personas sepan de esto, mejor. Mitch los encerró juntos, y aunque había cuatro sillas atornilladas al suelo alrededor de una mesa de acero que estaba igualmente asegurada, Lane no podía sentarse. Sin embargo, Samuel T. lo hizo, poniendo su antiguo maletín a un lado y juntando sus manos. El abogado sacudió la cabeza. —Se pondrá muy enojada porque me trajiste. —¿Cómo si fuera a llamar a alguien más? —Lane se frotó los ojos adoloridos—. Y después de esto, todavía me ayudarás con mi divorcio, ¿verdad? —Simplemente otra mañana ocupada con los Bradford.

Por lo menos la dejaron mantener su propia ropa, pensó Gin mientras era llevada por otro pasillo de hormigón pintado de color crema de puerro desde hace meses. Había tenido terror de desnudarse delante de una oficial y luego ser violada por una mano enguantada antes de ser arrojada en un enterizo color naranja del tamaño de una carpa de circo. Cuando eso no ocurrió, se obsesionó acerca de ser puesta en una especie de sucia celda con un montón de prostitutas podridas de droga tosiendo Sida sobre ella. En su lugar, fue puesta en una celda sola. Una fría celda, con sólo un banco y un inodoro de acero inoxidable sin asiento o papel higiénico.


No es que alguna vez usaría algo como eso. Sus aretes de diamantes y su reloj Chanel fueron confiscados, junto con su bolsa de Louis Vuitton, su teléfono, billetes de cien dólares y las inútiles tarjetas de crédito que tenía en su cartera. Una llamada. Eso era todo lo que permitieron al igual que en las películas. —Aquí —dijo el guardia, pasando a un hombre afroamericano en uniforme y abriendo una puerta pesada. —¡Lane…! —Paró de correr hacia su hermano cuando vio quien estaba sentado a la mesa—. Oh, Dios. Él no. Lane llegó por un fuerte abrazo mientras la puerta era cerrada. — Necesitas un abogado. —Y soy gratis 17 —dijo Samuel T. arrastrando las palabras—. Hablando relativamente. —No hablaré delante de él. —Cruzó los brazos sobre su pecho—. Ni una sola palabra. —Gin… Samuel T. detuvo a su hermano. —Te lo dije. Supongo que tomaré mis cosas y me iré. —Tomen asiento —gritó Lane—. Ambos. Hubo un instante de silencio, que Gin tomó como una señal de que Samuel T. tampoco esperaba ese tono de mando. Lane había sido siempre, de los cuatro hijos Baldwine, el calmado. Ahora, sonaba como Edward. O la forma en que Edward solía ser. Luego ella se sentó en una incómoda silla, dura y fría como un bloque de hielo, Lane la señaló con un dedo. —¿Qué hiciste? —¿Perdón? —dijo con repugnancia—. ¿Por qué es mi culpa? ¿Por qué piensas que fue mi…? —Debido a que usualmente lo es, Gin. —Levantó su mano cuando ella empezó a discutir—. Corta la mierda, te conozco demasiado. ¿Qué hiciste esta vez para molestarlo? Te sacaré de esto, pero tengo que saber con lo que estoy tratando. Mientras Gin miraba a su hermano, no quería nada más que decirle que se jodiera. Pero lo único que podía pensar era en esa imagen de sus tarjetas de crédito deslizándose en la ranura de ese surtidor de gasolina y

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Juego de palabras intraducible. Quiere decir que es libre y su servicio es gratis.

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las palabras No Aprobado parpadeando en la pantalla digital. ¿Quién más iba a ayudarla? Miró a Samuel T. Él no la miraba, y su rostro era impasible, pero la desaprobación arrogante de que estaba disfrutando era tan obvio como el olor de su colonia en el aire. —¿Y bien? — exigió Lane. Pesando sus opciones, se dio cuenta que no estaba familiarizada con situaciones que implicaban rocas y lugares duros. Con suficiente dinero no había nada de lo que haya sido incapaz de salir, ya fuera sobornando a alguien, negándose a quedarse, o negándose a irse. Desafortunadamente, esas interminables series de opciones habían sido financiadas por un estilo de vida que sólo había mirado como algo que era suyo. De hecho, había sido propiedad de alguien más. Simplemente no lo supo hasta esta mañana. Aclaró su garganta. —Samuel T., ¿me… podrías dar un momento a solas con mi hermano? —Levantó una mano—. No estoy… no estoy diciendo que no puedes ser mi abogado, sólo necesito estar en privado con él. Por favor. Samuel T. arqueó una ceja. —Es la primera vez que te oigo decir esa palabra. Al menos con la ropa puesta. —Cuidado, Lodge — gruñó Lane—. Esa es mi hermana. El hombre se estremeció, como si se hubiera olvidado de que no estaba solo con ella. —Mis disculpas. Eso fue inapropiado. —No te vayas lejos. —Lane comenzó a dar vueltas, con la mano tirando de su pelo corto y oscuro—. Por el amor de Dios, necesitamos una buena representación. Cuando el abogado, amante y papá del bebé de Gin, aunque él no sabía esa última parte, se fue, ella bajó la mirada a la punta de sus tacones aguja de seda. El de la izquierda tenía una mancha corriendo por la cima de la zona de los dedos, algo que había conseguido mientras entraba en la parte trasera del coche de policía. Se oyó un clic cuando la puerta se cerró detrás de Samuel T., y no esperó otra indicación. —Quiere que me case con Richard Pford. —Richard… lo siento, ¿qué? —Me escuchaste. Padre está cortando mis tarjetas a menos que me case con el hombre. Dice que es porque esa maldita compañía distribuidora nos dará mejores tasas o algo así. —¿Está loco? —soltó Lane.


—Querías saber por qué tomé el coche, fue por eso, y por eso papá llamó a la policía. —Miró a su hermano—. No me casaré con Richard. No importa lo que nuestro padre me haga… y eso es con lo que estás tratando. Levantándose, ella se acercó a la puerta y la abrió. —Puedes volver a entrar. —Un honor —murmuró Samuel T. Mientras su abogado se sentaba en la silla junto a su maletín, ella dijo—: Entonces, cómo puedo salir de aquí. —Pagas la fianza —respondió Samuel T—. Y luego intentamos reducir los cargos, solicitamos tu salida o tu padre se repone de lo que has hecho. —¿De qué clase de libertad bajo fianza estamos hablando? — preguntó Lane. —Ser delincuente por primera vez trabaja en su favor, el riesgo de fuga no. Solo aproximadamente cincuenta de los grandes, como mucho. McQuaid es un juez amigable para la gente como nosotros, así que no será alto. Cincuenta mil dólares, pensó. De hecho, eso nunca había parecido mucho antes. Nada más que un viaje a Chanel en Chicago. Pensó en lo poco que estaba en su bolso. —No tengo esa cantidad de dinero. Samuel T. rio. —Por supuesto que sí… —Me aseguraré que sea pagado —cortó Lane. Samuel T. abrió su maletín y sacó unos papeles. —¿Me autorizas para que te represente en este asunto, Virginia? ¿Desde cuándo la llamaba por su nombre propio? Por otra parte, tal vez él no quería que su hermano lo golpeara en el suelo de cemento por otra familiaridad más. —Si. Sus penetrantes ojos grises, sostuvieron su mirada. —Firma esto. Después de que lo hizo, él murmuró—: No te preocupes, te sacaré de aquí. Su respiración tembló en su pecho mientras exhalaba. —Pero luego qué. ¿Qué exactamente iba a ser diferente en el otro lado de todo esto? No era como si su padre de repente fuera a comenzar una nueva página. Edward apenas había sobrevivido a la buena voluntad de William Baldwine de elegir el negocio sobre sus hijos.

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—Primero tenemos que sacarte —dijo Lane—. Luego nos ocuparemos de lo demás. Echando un vistazo a su hermano, se dio cuenta de que nunca lo había visto tan serio antes: Mientras él se apoyaba contra la pared desnuda de la pequeña y fea habitación cuadrada, era mucho más viejo que cuando se fue hace dos años, mucho más al mando. Ella había crecido con la autoridad de Edward; Nunca la de Lane, el Playboy. —Él ganará. —Se oyó a sí misma decir—. Padre siempre gana. —No esta vez —dijo Lane apretando los dientes. —¿Qué demonios está pasando aquí? —preguntó Samuel T. Lane se limitó a sacudir la cabeza. —Encárgate de esto, Samuel. Solo consigue sacar a mi hermana de aquí. Yo me encargo del resto. Dios, ella confiaba que eso fuera verdad. Porque claramente su intento de contradecir a su padre no había ido tan bien.


Traducido por Annie D y Dey Kastély Corregido por Vane hearts

Mientras Lane se detuvo frente a la entrada principal de Oriental, frenó con tanta fuerza el Porsche que arrastró la mitad del empedrado de la entrada con él al parqué. No apagó el motor; solo salió y corrió por los escalones de piedra, pasando por las puertas dobles como una ráfaga. No notó nada mientras entraba a la mansión, ni a la criada limpiando la sala. O al mayordomo que le hablaba. Ni siquiera a su Lizzie, quien se atravesó en su camino como si hubiera estado esperando su aparición. En lugar de eso, él dejó la casa atravesando la puerta en la base del comedor y se dirigió al centro de negocios, cruzando el ordenado arreglo de mesas redondas bajo la tienda y luego esquivando a los jardineros que ensartaban luces en los árboles florecientes. El lugar de negocio de su padre tenía una terraza con una serie de puertas francesas las cuales abrió, y se dirigió al par que se encontraba al final a la izquierda. Cuando llegó a ellas, no se molestó en girar el pomo, porque estaría cerrado. Golpeó en el cristal. Fuerte. Y no se detuvo. Ni siquiera cuando sintió una humedad en el exterior de su mano, lo que parecía indicar que se rompió algo... Oh... destrozó el cristal del primer panel de la oficina de su padre y se movió al otro. La buena noticia, pensó, es que habían muchas más de donde esa vino. —¡Lane! ¿Qué estás haciendo? Se detuvo y giró la cabeza hacia Lizzie. Con una voz que no reconoció, dijo—: Necesito encontrar a mi padre. La asistente ejecutiva sumamente profesional de William Baldwine se apresuró en la oficina y su jadeo se escuchó fuerte y claro a través del cristal roto. —¡Estás sangrando! —exclamó la mujer.

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—Dónde está mi padre. La señorita Petersberg abrió la puerta y aclaró las cosas. —No está aquí, señor Baldwine, se fue a Cleveland por el día. Se acaba de ir, y no estoy segura de cuándo regresará. ¿Necesitaba algo? Cuando sus ojos bajaron a la sangre goteando de sus nudillos, él sabía que ella iría en la dirección de puedo-traerle-una-toalla-de-mano, pero no le importaba si sus venas se vaciaban por todo el lugar. —¿Quién le dijo a mi padre que Gin se fue? —exigió—. ¿Quién lo llamó? ¿Fuiste tú? O hay un espía en esa casa… —¿De qué está hablando? —¿O tú llamaste a la policía para que buscaran a mi hermana? Es un hecho que mi padre no sabría cómo marcar novecientos once por sí mismo a pesar de que dijeron que lo hizo. Los ojos de la mujer se ampliaron, y luego susurró—: Me dijo que iba a hacerse daño. Que iba a tratar de irse esta mañana, y que tenía que hacer lo que pudiera para detenerla. Dijo que ella necesita ayuda... —¡Lane! Giró la cabeza hacia Lizzie justo desequilibraron, su cuerpo inclinado a un lado.

cuando

las

cosas

se

Con un fuerte agarre, ella lo atrapó, y mantuvo su peso fuera del suelo. —Vamos. De regreso a la casa. A medida que se dejó ser redirigido, la sangre caía a las losas de la terraza, salpicando el gris con manchas rojas oscuras. Volteando la mirada a la asistente, dijo—: Dígale a mi padre que estoy esperándolo. —No sé cuándo regresara. Puras mentiras, pensó. La mujer programaba hasta las idas al baño de William. —Y estaré aquí hasta que el infierno se congele. Había tanta rabia en él, que era ciego a su entorno mientras Lizzie lo guiaba fuera. La furia era sobre Edward. Y Gin. Y su madre. Max… —¿Cuándo fue la última vez que comiste algo? —dijo Lizzie mientras lo forzó a través de una puerta en el Oriental. Por un momento, sintió que alucinaba. Y entonces se dio cuenta de que todos los hombres y mujeres de blanco eran los cocineros, y que él y Lizzie se encontraban en la cocina. —Lo siento, ¿qué? —murmuró. —Comida. Cuando.


Abrió la boca. La cerró. Frunció el ceño. —¿Ayer alrededor del mediodía? La señora Aurora entró en su campo de visión. —Lane, qué es lo que te pasa, muchacho. Hubo algo de conversación en ese punto, ninguna que entendiera. Seguido por el vendaje colocado en su mano al que no prestó atención. Entonces más plática. No volvió en si correctamente hasta que estuvo sentado en la sala de descanso del personal, en la mesa, con un plato de huevos revueltos, seis rebanadas de tocino, y cuatro piezas de pan tostado en frente de él. Lane parpadeó mientras le rugía el estómago: A pesar de que su cerebro seguía siendo un desastre, su mano tomó el tenedor y comenzó a tragar. Lizzie se sentó frente a él, su silla chillando sobre el piso de madera. —¿Estás bien? Miró más allá de ella a la señora Aurora, que estaba de pie junto a la puerta, como si estuviera a punto de salir. —Mi padre es un hombre malvado. —Él tiene su propio conjunto de valores. Lo cual era lo más cerca que ella jamás llegaría a estar de condenar a nadie. —Está tratando de vender a mi hermana. —Preparó los jadeos—. Es como… salido de una mala novela. Estaba en medio de compartir los detalles cuando su teléfono sonó y en el segundo que vio quién era, respondió. —Samuel, ¿dónde estamos? Samuel T. tuvo que alzar la voz sobre la charla en el fondo. —Setenta y cinco mil para la libertad bajo fianza, es lo mejor que pudimos hacer. Tan pronto como traigas un cheque certificado, puedes recogerla. —Estoy en eso. ¿Te vas? —No hasta que ella salga de aquí. Tiene el derecho de consultar con su abogado, así que mientras yo esté cerca, no tendrá que estar en ninguna celda sola… o Dios no lo quiera, con otra persona. —Gracias. Cuando cortó la conexión, la señora Aurora se escabulló para mantener un ojo en sus cocineros, y él se giró hacia Lizzie. —Voy a ir a buscar el dinero de la fianza ahora. Después de eso… No sé qué.

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Ella extendió la mano y la puso en su antebrazo. —Como he dicho antes, ¿hay algo que pueda hacer? Era como el golpe de un relámpago. En un momento, estaba tan normal como cualquier hombre podría estar en la situación… ¿al siguiente? La lujuria bombeó a través de sus venas, endureciéndolo, recanalizando la locura en su cabeza en algo completamente demente. Bajando los párpados, murmuró—: Estás segura que quieres que responda eso. Lizzie tragó saliva y bajó la mirada a donde lo tocaba. Cuando no dijo nada, pero tampoco se apartó, él se inclinó y le levantó la barbilla con el dedo índice. Él fijó la mirada en sus labios, la besó en su mente, imaginándose bajando y colocando su boca sobre la de ella. Recostándola en esa dura silla. Metiéndose bajo sus ropas mientras se arrodillaba entre sus piernas con… —Oh... Dios —susurró, sus ojos evitando los de él. Pero aun así, ella no se apartó. Lane se humedeció los labios. Luego dejó caer su mano y salió de su alcance. —Necesitas irte. Ahora. O voy a hacer algo de lo que te arrepentirás. —¿Qué hay de ti? —susurró—. ¿Te arrepentirías? —¿De besarte? Nunca. —Sacudió la cabeza, reconociendo que sus emociones estaban por todo el lugar… así como completamente fuera de control—. Pero no te tocaré hasta que me lo pidas. Eso sí lo puedo prometer. Después de un momento, ella se levantó sin nada de su gracia habitual, su silla cayendo al suelo, sus pies tropezándose. Él le dio tiempo suficiente para salir de la sala de descanso y distanciarse a través del pasillo antes de marcharse. Más cerca y era probable que la agarrara, la colocara sobre la mesa y le diera a ambos la liberación que necesitaban. Debido a que sí lo deseaba. Lo vio por sí mismo hace un momento. No es que él pudiera detener eso. Tenía que ir a buscar a su padre para pagar la fianza; no era como si Lane no tuviera el dinero. Tenía un montón de ganancias de póquer, y a diferencia de su hermana, él tenía treinta y seis, por lo que poseía ese primer nivel de acceso a su fideicomiso. Pero William Baldwine creó este desastre, y el hecho de que el hombre se encontraba fuera de la ciudad por negocios iba a hacer que entregar el cheque y certificarlo en el banco fuera mucho más fácil.


Un minuto más tarde, Lane se hallaba en la oficina del controlador y no se molestó en tocar, fue directo al pomo de la puerta. Cerrado. Al igual que hizo con el vidrio de la puerta de su padre, golpeó el firme roble… con su mano sana. —¿Ella no está dentro? —preguntó el señor Harris desde la puerta de su propia suite. —¿Dónde está la llave de esta puerta? —No se me permite abrirla… Lane se dio la vuelta. —Busca la jodida llave o voy a tumbar la maldita cosa. Quién lo diría. Una fracción de segundo más tarde, el mayordomo se acercó con un buen trozo de pedazo de metal antiguo. —Permítame, señor Baldwine. Excepto que la llave no los llevó a ninguna parte. Entró bien en el mecanismo, pero no dio vuelta. —Lo siento mucho —dijo el mayordomo mientras forzaba las cosas— . Parece haberse atascado. —¿Está seguro de que es la llave correcta? —Está marcado aquí. —El hombre mostró la pequeña etiqueta que colgaba del final adornado—. Tal vez ella saldrá en breve. —Déjeme intentarlo. Lane quitó al mayordomo fuera del camino, pero no consiguió nada con la llave tampoco. Perdiendo la paciencia, colocó el hombro en los paneles, y… el sonido de madera astillada ahogó su grito de rabia, y tuvo que atrapar los paneles, ya que rebotaron sobre él… —¡Qué demonios! —ladró mientras hizo como Drácula y retrocedía ante el hedor. Cuando el señor Harris comenzó a toser y tuvo que meter su cara en la solapa de su chaqueta, alguien dijo—: Oh, querido Señor, ¿qué es ese…? —Saque a todo el mundo del pasillo — ordenó Lane al mayordomo—. Y asegúrese de que se mantengan alejados. —Sí, sí, por supuesto, señor Baldwine. Lane volvió a alzar su antebrazo y respiró en su manga mientras se inclinaba en el interior. La oficina se hallaba increíblemente oscura, las pesadas cortinas habían sido cerradas contra la luz brillante del sol, del mismo modo el aire acondicionado en una de las ventanas estaba apagado.

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Dando palmaditas alrededor del marco de la puerta con la mano libre, tuvo un presentimiento sobre lo que encontraría y no lo podía creer. Clic. Rosalinda Freeland se encontraba sentada en la silla acolchada del rincón más alejado, su rostro congelado en una espantosa sonrisa, sus dedos grises enterrados en el acolchado, los cojines cubiertos de tela con estampado floral, sus ojos sin parpadear mirando al frente a cualquiera que fuese la versión del más allá que la había alcanzado. —Jesús… —susurró Lane. Su traje de falda profesional estaba perfectamente arreglado, las gafas de lectura colgando de una cadena de oro sobre la blusa de seda, su entrecano cabello corto también en su mayoría bien arreglado. Los zapatos no tenían sentido. Nada de sombrías zapatillas de cuero negro, como siempre había usado, sino un par de zapatillas Nike, como si estuviera a punto de ir a un paseo rápido. Mierda, pensó. Metiendo la mano en el bolsillo, sacó su teléfono y llamó a la única persona a la que se le ocurrió. Y mientras el sonido del timbre electrónico ronroneaba en su oído, miró alrededor de la oficina. No había nada de desorden, lo cual era lo que podía recordar de la mujer que había trabajado en Oriental por treinta años: El escritorio con su computadora y la lámpara de luz verde no tenía nada sobre ella, y las estanterías que ocultaban discretamente el otro equipo de oficina y archivos se hallaban ordenadas como una biblioteca. —¿Hola? —dijo la voz en su celular. —Mitch —dijo Lane. —¿Bajarás con un cheque para su libertad bajo fianza? —Tengo un problema. —¿Qué puedo hacer? Lane cerró los ojos y se preguntó cómo demonios tenía tanta suerte de tener al tipo de su lado. —Estoy mirando el cadáver del controlador de mi familia. Al instante, la voz del delegado bajó una octava. —¿Dónde? —En su oficina en Oriental. Creo que podría haberse suicidado… Acabo de irrumpir por la puerta. —¿Has llamado a emergencias? —Todavía no.


—Quiero que llames ahora mientras me dirijo hacia allá, así estará en el registro de forma correcta y la policía metropolitana podrá ir. Tendrán jurisdicción. —Gracias, hombre. —No toques nada. —Sólo el interruptor de la luz cuando entré. —Y no dejes que nadie entre al cuarto. Estaré ahí en cinco minutos. Cuando Lane terminó la llamada y marcó a los servicios de emergencia, sus ojos rastrearon esos estantes y pensó en todo el trabajo que había sido hecho por esta mujer en esta pequeña oficina. —Sí, mi nombre es Lane Baldwine. Llamo desde Oriental. —La mansión no tenía un número de calle—. Ha habido una muerte en la casa… Sí, estoy muy seguro de que ya no está viva. Se paseó alrededor mientras respondía un par de preguntas, confirmó su número de teléfono, y luego colgó de nuevo. Echándole un vistazo al escritorio, respetó las órdenes de Mitch, pero tenía que conseguir la chequera de la casa. Con o sin cadáver, todavía necesitaba sacar a Gin de la cárcel. Sacando su pañuelo de bolsillo, caminó por la alfombra oriental. Estaba a punto de abrir el cajón del centro cuando frunció el ceño. Colocado en el centro del cartapacio de cuero, perfectamente alineado como si se pusiera ahí con una regla… estaba una unidad USB. —¿Señor Baldwine? ¿Debo hacer algo? —le gritó el señor Harris. Lane miró al cadáver. —La policía está en camino. No quieren que nada sea alterado aquí, así que voy a salir ahora. Recogió lo que Rosalinda obviamente había dejado para quien sea que la encontrara. Luego, abrió ese cajón y atrapó la chequera de cuero de ocho por once pulgadas, metiéndola en la parte baja de su espalda y cubriéndola con su camisa. Se giró hacia la controladora. Esa expresión en su rostro era como la del Guasón, una mueca horrible que aparecería en sus pesadillas por mucho tiempo. —Qué ha hecho mi padre ahora —susurró en el aire manchado de muerte.

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Traducido por Mary Corregido por Dey Kastély

Lizzie se hallaba en el invernadero de paredes de vidrio, al teléfono con la compañía de renta, cuando captó un vistazo de la camioneta del alguacil del condado de Washington viniendo por el camino de entrada de Oriental. ¿Ya tenían los papeles de divorcio de Chantal? Por Dios… —Lo siento —dijo, sacudiéndose para retomar la atención—. ¿Qué fue eso? —La cuenta está vencida —repitió el representante de ventas—. Así que no, no podemos llenar más de la orden. —¿Vencida? —Eso era tan inconcebible como que la Casa Blanca no cubriera su cuenta de luz—. No, no, nosotros pagamos por la renta completa ayer. Así que no puede ser… —Escuche, ustedes son uno de nuestros mejores clientes, queremos trabajar con ustedes. No sabía que la cuenta se hallaba aun en mora hasta que el dueño me lo dijo. Transporté tanto como pude, pero él la cerró hasta que el saldo sea pagado. —¿Cuánto se debe? —Cinco mil, setecientos ochenta y cinco con cuarenta y dos. —Eso no será un problema. Si llevo un cheque, pueden… —Todo se agotó. No tenemos nada que rentar, con todas las fiestas en la ciudad este fin de semana. Llamé a Rosalinda la semana pasada y le dejé tres mensajes sobre el saldo. Nunca me regresó la llamada. Mantuve el resto de las órdenes tanto como fui capaz porque esperaba que se hicieran cargo. Pero no escuché nada y las otras órdenes tenían que ser atendidas. Lizzie respiró profundo. —Escuche, gracias. No sé qué es lo que pasa, pero lo solventaremos, y me aseguraré que consigas tu pago. —En verdad lo siento.

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Mientras terminaba la llamada, se reclinó contra el vidrio y trató de ver el auto del alguacil. —¿…dijo la compañía de alquiler? Se giró hacia Greta, que se hallaba rociando los ramos terminados con conservante floral. —Lo siento, ¿qué? Oh, es un problema de facturación. —¿Así que vamos a conseguir las quinientas copas de champán adicionales? —No. —Se dirigió a la puerta hacia dentro de la casa—. Hablaré con Rosalinda y entonces le daré las malas noticias al señor Harris. Se molestará, pero al menos conseguimos las carpas, las mesas y las cortinas. Las copas se pueden lavar como lleguen, y la familia debe tener un centenar de ellas. Greta miró a través de aquellas gafas suyas. —Van a venir cerca de setecientas personas. ¿En serio crees que podemos seguir el ritmo con esa demanda? ¿Con solo quinientas copas para champán? —No estás ayudando. Saliendo del invernadero, pasó a través del comedor y se dirigió al pasillo del personal. Mientras se abría paso en el interior, se detuvo en seco. Tres sirvientas en sus uniformes grises y blancos reunieron, hablando con mucho ánimo pero con poco volumen, como si fueran un programa de televisión que tenía el volumen bajo. La señora Aurora se hallaba junto a ellas, con los brazos cruzados sobre su pecho, y Beatrix Mollie, la jefa del servicio de limpieza, junto a ella. El señor Harris se encontraba en el centro del corredor, su cuerpo diminuto bloqueando el camino a la cocina. Lizzie frunció el ceño y se acercó al mayordomo, y fue entonces cuando captó un pequeño olor con el cual, como propietaria de una granja, estaba familiarizada. Un hombre afroamericano en un uniforme de alguacil salió de la oficina de Rosalinda junto con Lane. —¿Qué pasa? —preguntó Lizzie, un escalofrío disparándose a través de su pecho. Querido Señor, Rosalinda estaba… ¿Era por eso que el pasillo olía tan mal esta mañana? pensó con el corazón palpitante. —Hubo una dificultad —dijo el señor Harris—, y está siendo manejado apropiadamente.


Lane encontró su mirada mientras hablaba con el comisario y asintió hacia ella. Cuando señaló sobre su hombro hacia el invernadero, él asintió de nuevo. La señora Mollie hizo la señal de la cruz sobre su corazón. —Viene de tres en tres. La muerte siempre viene de tres en tres. —Tonterías —murmuró la señora Aurora como si la mujer hubiera estado usando incorrectamente esa línea de razonamiento—. Dios tiene determinados planes para todos nosotros. No contando con tus dedos. —De tres en tres. Siempre viene de tres en tres. Dirigiéndose de nuevo al invernadero, Lizzie cerró la puerta detrás de ella y miró a los aproximadamente cientos de arreglos florales de color rosa y blanco. —¿Qué pasa? —preguntó Greta—. ¿Algo más quedó fuera de la orden…? —Creo que Rosalinda está muerta. Hubo un ruido al momento que la botella de spray resbaló de las manos de Greta y rebotó en el suelo de madera, rociando los zapatos de trabajo de la mujer. —¿Qué? —No lo sé. Mientras una oleada de alemán salía de su compañera, Lizzie murmuró—: Lo sé, ¿cierto? Simplemente no puedo creerlo. —¿Cuándo? ¿Cómo? —No lo sé, pero el alguacil está aquí. Y no llamaron a una ambulancia. —¡Oh, mein Gott… das ist ja schrecklich!18 Con una maldición, Lizzie se acercó a la vista del jardín y se quedó mirando el verde resplandeciente de la hierba recortada y la elegante disposición para la fiesta. Se hallaban al setenta y cinco por ciento ahí, y ya las cosas eran preciosas, especialmente las cabezas brillantes de los cientos de narcisos blancos ya floreciendo que ella y Greta habían plantado en las camas bajo los árboles frutales floreciendo. —Tengo un mal presentimiento sobre esto. —Se escuchó decir. ***

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“Oh, Dios mío… Eso es terrible.”


Cerca de una hora después que la policía metropolitana llegara a Oriental, le fue permitido a Lane dejar la escena por un corto periodo de tiempo. Quería hablar con Lizzie para dejarle saber lo que pasaba, pero primero tenía que ocuparse de Gin. El crédito de la familia Bradford era administrada y manejada por la Compañía Prospect Trust, una firma privada con miles de millones de dólares en activos bajo su control y una especialidad en el manejo y supervisión de los ricos en Charlemont. Sin embargo, como no eran un banco tradicional, las cuentas corrientes familiares se realizaban fuera de la sucursal local de CPT, y ahí fue a donde se dirigió con la chequera que tomó del escritorio de Rosalinda. Estacionándose en el espacio cerca del edificio de una tienda moda, escribió el cheque como “pagadero al portador” por el monto setenta y cinco mil dólares, firmó con el nombre de su padre en la línea firma, y endosó la parte trasera a nombre de la Cárcel del Condado Washington.

de de de de

Tan pronto como entró al vestíbulo beige y blanco, fue interceptado por una joven mujer en un traje azul marino y joyas discretas. —Señor Baldwine, ¿cómo está? Acabo de encontrar un cuerpo muerto. Gracias por preguntar. —Bien, necesito certificar este cheque. —Por supuesto. Venga a mi oficina. —Dirigiéndolo a un recinto de vidrio, cerró la puerta y tomó asiento detrás de un escritorio ordenado—. Siempre nos complace ayudar a su familia. Deslizó el cheque a través del papel secante y se sentó. —Lo aprecio. El sonido de uñas tocando el teclado de la computadora era un poco molesto, pero tenía cosas más importantes por hacer. —Ah… —La gerente del banco aclaró su garganta—. Señor Baldwine, lo siento, no hay suficientes fondos en la cuenta. Él tomó su teléfono. —No hay problema, sólo llamaré a Prospect Trust e iniciaré una transferencia. ¿Cuánto necesitamos? —Bueno, señor, la cuenta está sobregirada por veintisiete mil cuatrocientos, ochenta y nueve dólares y veintidós céntimos. Sin embargo, la protección de sobregiro la está cubriendo. —Deme un momento. —Fue a sus contactos y llamó al administrador de CPT a cargo de los fondos de la familia—. Sólo lo transferiré. El obvio alivio apareció en su rostro. —Déjeme darle algo de privacidad. Estaré afuera en el vestíbulo para cuando esté listo. Tómese su tiempo.


—Gracias. Mientras esperaba a que sonara la conexión, Lane rebotó sus mocasines en el suelo de mármol. —Ah, oye, Connie, ¿cómo estás? Es Lane Baldwine. Bien. Sí, estoy en la ciudad por la carrera. —Entre otras cosas—. Escucha, necesito que me transfieras algo de dinero a la cuenta general de la familia en CPT. Hubo una pausa. Y entonces, la suave voz profesional de la mujer se volvió tensa. —Me complacería, señor Baldwine, pero ya no tengo acceso a sus cuentas. Usted las removió de Prospect Trust el año pasado. —Me refiero a la cuentas de mi padre. O mi madre. Hubo otra pausa. —Temo que no está autorizado para efectuar transferencias de esa naturaleza. Necesitaría hablar con su padre. ¿Hay una forma de que usted consiga que él llame? No si quería dinero. Dado que el querido viejo trataba de exprimir a Gin, no había forma de que el gran y glorioso William Baldwine fuera a ayudar para facilitar su liberación. —Mi padre se encuentra fuera de la ciudad y es inaccesible. ¿Qué tal si pongo a mi madre al teléfono? —Seguramente podría llegar a ella y mantenerla consciente el tiempo suficiente para pedirle una orden de ciento veinticinco de los grandes en la cuenta de la familia. Connie aclaró su garganta al igual que la gerente del banco. —Lo siento mucho, pero eso... eso no será suficiente. —¿Y si es su cuenta? ¿Por qué no puede ser? —Señor Baldwine… no quiero hablar cuando no me corresponde. —Parece que será mejor. —¿Esperaría por un momento? Cuando el sonido de una melodía se arrastró en su oreja, se levantó de la silla rígida y se paseó entre la planta en maceta en la esquina, la cual descubrió era de plástico cuando tocó una hoja, y las ventanas de piso a techo que daban vistas a la carretera de cuatro carriles. Hubo un tono de pitido y entonces una voz masculina apareció en la conexión. —¿Señor Baldwine? Es Ricardo Monteverdi, ¿cómo está, señor? Genial, el director ejecutivo de la compañía. Lo que significaba que cual fuera la respuesta, había disparado la línea de una “delicada situación.” —Mire, sólo necesito unos ciento veinticinco mil en efectivo, ¿de acuerdo? No es un gran problema… —Señor Baldwine, como sabe, en Prospect Trust nos tomamos nuestra responsabilidad fiduciaria de nuestros clientes muy en serio…

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—Deténgase ahí con la declaración de responsabilidad. Dígame por qué la palabra de mi mamá no es lo suficientemente buena para su propio dinero o cuélgueme el teléfono. Hubo un periodo de silencio. —Me deja sin opciones. —¿Qué? Por el amor de Dios, ¿qué? El siguiente tramo de silencio fue tan largo y denso que se apartó el teléfono de la oreja para comprobar que no había perdido la llamada. — ¿Hola? Señal para el carraspeo. —Su padre declaró a su madre mentalmente incompetente por las reglas de sus fideicomisos a principios de este año. Fue la opinión de dos neurólogos calificados que ella era, y es, incapaz de tomar decisiones en este momento. Por lo que, si usted requiere fondos de alguna de sus cuentas, estaremos más que felices de darle el dinero, siempre y cuando la solicitud provenga de su padre en persona. Espero que entienda que soy yo el que está caminando en una línea de fuego aquí… —Lo llamaré ahora mismo y lo pondré al teléfono. Lane terminó la llamada y miró al tráfico. Entonces, fue a la puerta y la abrió. Sonriéndole a la gerente, dijo—: Mi padre tendrá que llamar a Prospect para iniciar la transferencia. Tendré que regresar. —Estamos abiertos hasta las cinco en punto, señor. —Gracias. De vuelta al brillante sol, mantuvo el teléfono en su mano mientras caminaba a través del pavimento caliente, pero no lo usó. Tampoco recordaba el camino a casa. ¿Qué demonios haría ahora? Cuando regresó a Oriental, había dos unidades de policías más en el patio por las cocheras y un par de personas en uniforme de píe en la puerta delantera. Aparcó el Porsche en su lugar habitual de espera a la izquierda de la entrada principal de la mansión y salió. —Señor Baldwine —dijo uno de los oficiales mientras Lane se acercaba. —Caballeros. La sensación de sus ojos siguiéndolo le daban ganas de enviar al grupo bien lejos de la casa de su familia. Tenía una cierta paranoia de que había cosas pasando detrás de escenas de las que no sabía nada, y eso acabaría tan pronto mirara de cerca esos esqueletos en privado primero, sin el beneficio de las miradas indiscretas de la policía metropolitana.


Tomando las escaleras al segundo piso, fue a su cuarto y cerró la puerta, y luego la bloqueó. De su cama, tomó el auricular en el teléfono de la casa, marcó nueve para una línea exterior, y luego marcó *67 para que el número, desde la extensión que estaba llamando, no se registrará en ningún identificador de llamadas. Cuando un tono de marcación vino sobre la línea, marcó un intercambio familiar y una serie de cuatro dígitos. Se aclaró la garganta mientras sonaba una vez. Dos veces… —Buenos días, esta es la oficina del señor William Baldwine. ¿En qué puedo ayudarlo…? Asumiendo el tono de negocios de su padre, dijo—: Ponme en la línea a Monteverdi de Prospect ahora mismo. —¡Por supuesto, señor Baldwine! Ya mismo. Lane se aclaró la garganta de nuevo cuando música clásica vino a través de la conexión. La buena noticia era que su padre era un antisocial a menos que la interacción humana beneficiara sus negocios, por lo que era poco probable que hubiera alguna conversación personal reciente entre los dos hombres que descubriera la mentira. —Señor Baldwine, tengo al señor Monteverdi en la línea. Después del clic, Monteverdi entró en la línea. —Gracias por al fin regresar mi llamada. Lane bajó su tono y agregó un toque del sur—: Necesito ciento veinticinco mil en la cuenta familiar general… —William, te lo dije. No puedo hacer más movimientos, simplemente no puedo. Aprecio los negocios de tu familia, me he comprometido a ayudar a ordenar todo esto antes de que el nombre Bradford se encuentre con dificultades, pero tengo las manos atadas. Tengo una responsabilidad con mi junta, y me dijiste que el dinero que tomaste prestado sería devuelto para el encuentro anual, que es en dos cortas semanas. El hecho de que requieras fondos adicionales, ¿de una cantidad tan pequeña? Mi confianza ahora no es alta. Qué. Demonios. —¿Cuál es el total de lo que se debe? —preguntó en el pesado acento de Virginia de su padre. —Te lo dije en mi último mensaje de voz —escupió Monteverdi—. Cincuenta y tres millones. Tienes dos semanas, William. Tu opción es o reponerlo, o ir a JPMorgan Chase y conseguir que hagan préstamos de activos contra el fideicomiso de cabecera de tu esposa. Ella tiene cerca de cien millones solo en esa cuenta, así que se cumple su perfil de crédito. Te envié la documentación en tu correo electrónico privado, todo lo que tienes que hacer es poner su firma en ellos y esto se irá para ambos. Pero déjame

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dejar esto perfectamente claro: me encuentro muy expuesto en ésta situación, y no permitiré que eso continúe. Hay soluciones que podría hacer valer que serían muy incómodas para ti, y voy a usarlos antes de que nada me afecte personalmente. Santa. Mierda. —Me pondré en contacto —ladró Lane, y colgó. Por un momento, todo lo que podía hacer era mirar su teléfono. Literalmente no podía hilar dos pensamientos juntos. Luego, vino el vómito. Con un vómito repentino, bruscamente alcanzando el bote de basura a tiempo.

se

arodilló,

apenas

Todo lo que se comió en el cuarto del personal regresó. Después que las náuseas se calmaran, se le heló la sangre, la sensación de que nada era como debería ser le hizo preguntarse, y luego orar, que esto fuera una especie de pesadilla. Pero no tenía el lujo de desvanecerse en neutral o peor, caerse a pedazos. Tenía que lidiar con la policía. Su hermana. Y lo que fuera que estuviera pasando aquí… Dios, deseó que Edward todavía estuviera por aquí.


Traducido por Pau_07 Corregido por Dey Kastély

Unas horas más tarde, mientras Gin se deslizaba en el asiento del copiloto del Porsche gris oscuro de su hermano, cerró los ojos y sacudió su cabeza. —Estas han sido las peores seis horas de mi vida. Lane hizo una especie de gruñido, lo que podría haber significado una gran cantidad de cosas, pero con toda seguridad no se acercan al "Oh, Dios, no puedo creer hayas sobrevivido a eso" que buscaba. —Disculpa —espetó—, pero estaba justo en la cárcel… —Tenemos problemas, Gin. Ella se encogió de hombros. —Pagamos la fianza, y Samuel T. va a asegurarse de que se mantenga fuera de la prensa… —Gin. —Su hermano la miró mientras se disparaban a través del tráfico—. Tenemos un verdadero problema. Tarde, oh, mucho más tarde, ella recordaría este momento en que su ojos se encontraron a través del interior del coche como el inicio de la ruina, la punta de la primera ficha de dominó que hizo que todas las demás cayeran tan rápido que no fue posible detener la secuencia. —¿De qué estás hablando? —preguntó en voz baja—. Me estás asustando. —La familia está en deuda. Una deuda grave. Puso los ojos en blanco y movió una mano por el aire. —En serio, Lane, tengo problemas más graves… —Y Rosalinda se suicidó en la casa. En algún momento de los últimos dos días. Gin se llevó una mano a la boca. Y recordó llamar a la mujer y no obtener respuesta hace apenas unas horas. —¿Murió? —Sí. En su oficina. Era imposible no tener un brote de piel de gallina al imaginar el timbre del teléfono junto al cadáver de su controladora financiera. — Querido Dios...

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Lane maldijo mientras miraba por el espejo retrovisor y cambiaba de carril con un movimiento del volante. —La cuenta corriente de la casa se encuentra sobregirada, y nuestro padre se las ha ingeniado para pedir prestados cincuenta y tres millones de dólares de la Compañía Prospect Trust para sólo Dios sabe qué cosa. ¿Y lo peor? No sé cuán lejos va esto y no estoy seguro de cómo averiguarlo. —¿Qué estás...? Lo siento, ¿no entiendo? Su reiteración no la ayudó en absoluto. Mientras su hermano se quedaba en silencio, miró por el parabrisas delantero, observando la curva por delante del camino hacia el contorno del río Ohio. —Padre puede simplemente devolver el dinero —dijo sordamente—. Él va a pagarlo y todo desaparecerá… —Gin, si necesitas pedir prestado esa cantidad de dinero, es porque estás en un gran, gran problema. ¿Y si no lo has pagado? No se puede. —Pero mamá tiene dinero. Ella tiene un montón de… —Creo que no podemos dar nada por sentado. —Así que, ¿dónde encontraste la fianza? ¿Para sacarme? —Tengo algo de dinero y también mi fideicomiso, el cual separé de los fondos de la familia. Sin embargo, los dos no son lo suficiente para encargarme de Oriental, y olvídate de pagar ese tipo de préstamo o mantener la compañía a flote si llega a eso. Ella miró su manicura arruinada, centrándose en la aniquilación de lo que había sido perfecto cuando se despertó en la mañana. —Gracias. Por sacarme. —No hay problema. —Voy a pagarte. Excepto que, ¿con qué? Su padre le cortó su dinero... pero peor, ¿y si no había dinero para darle su mesada de todos modos? —Es que no es posible —dijo—. Esto tiene que ser un malentendido. Alguna clase de... una falta de comunicación. —No lo creo… —Tienes que pensar positivamente, Lane… —Encontré a una mujer muerta en su oficina hace cerca de dos horas, y eso fue antes de que me enterara de la deuda. Puedo asegurarte que la falta de optimismo no es el problema aquí. —Tú crees... —Gin quedó sin aliento—. ¿Crees que ella nos robó?


—¿Cincuenta y tres millones de dólares? ¿O incluso una parte de eso? No porque, ¿por qué cometer el suicidio si malversó fondos? Lo más inteligente sería huir y cambiar su identidad. No te matas en la casa de tu empleador si has tomado con éxito el efectivo. —Pero, ¿y si fue asesinada? Lane abrió la boca como si fuera a decirle de "ninguna manera". Pero entonces la cerró de nuevo como si estuviera tratando de determinar si era posible. —Bueno, ella estaba enamorada de él. Gin sintió que su boca se abrió. —¿Rosalinda? ¿Con nuestro padre? —Oh, vamos, Gin. Todo el mundo lo sabe. —¿Rosalinda? Su idea de dejar el cabello suelto era atar ese moño de ella bajo en la cabeza. —Reprimida o no, estaba con él. —En la casa de nuestra madre. —No seas ingenua. Cierto, era la primera vez que había sido acusada de eso. Y de repente, ese recuerdo de hace tantos años, en la víspera de Año Nuevo, regresó... cuando vio a su padre salir de la oficina de esa mujer. Pero eso había sido hace décadas, de otra época. O tal vez no. Lane pisó el freno, ya que se acercaron a una luz roja al lado de la estación de gasolina que visitó esa mañana. —Piensa en donde vivía — dijo—. Su casa colonial de cuatro dormitorios en Rolling Meadows es más de lo que podía permitirse con el salario de una contable. ¿Quién crees que pagó por eso? —Ella no tiene hijos. —Que sepamos. Gin cerró los ojos mientras su hermano pisaba el acelerador de nuevo. —Creo que voy a vomitar. —¿Quieres que detenga el auto? —Quiero que dejes de decirme estas cosas. Hubo un largo silencio... y en el vacío tenso, ella siguió su camino de nuevo a esa visión de su padre saliendo de esa oficina y atando su bata. Eventualmente, su hermano sacudió la cabeza. —La ignorancia no cambiará nada. Tenemos que averiguar que está pasando. Necesito descubrir la verdad de alguna manera.

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—Cómo... ¿cómo te enteraste de todo esto? —¿Importa? Al doblar la curva final en River Road antes de Oriental, ella miró hacia la derecha, hasta la cima de la colina. La mansión de su familia se asentaba en el mismo lugar de siempre, su increíble tamaño y elegancia dominando el horizonte, la famosa extensión blanca haciéndola pensar en todas las botellas de bourbon que llevaban un grabado de ésta en sus etiquetas. Hasta ese momento, había asumido que la posición de su familia se encontraba establecida en piedra. Ahora, temía que podría ser arena. *** —De acuerdo, así que está todo listo aquí. —Lizzie caminaba por las filas de mesas redondas bajo la gran carpa—. Las sillas se ven bien. —Ja19 —dijo Greta mientras hacía un ligero ajuste a un mantel. El par continuó inspeccionando el posicionamiento de todos los setecientos asientos, haciendo una doble comprobación de los candelabros de cristal que colgaban desde tres puntos de la tienda, haciendo más ajustes a las longitudes de cortinas de blanco y rosa pálido. Cuando terminaron, salieron de debajo de la tienda y siguieron las longitudes de los cables de extensión de color verde oscuro que serpenteaban alrededor del exterior y suministraban electricidad a los ocho ventiladores de ciclones que garantizaban la circulación. Habían unas buenas cinco horas de tiempo de trabajo por delante antes de que oscureciera y, por una vez, Lizzie pensó que en realidad se quedaron sin prioridades en la lista de verificación. Los ramos se hallaban hechos. Los huertos estaban en perfectas condiciones. Las macetas en las entradas y salidas de la carpa se encontraban llenas a más no poder con combinaciones de material vegetal y flores complementarias. Incluso las estaciones de preparación de alimentos en las tiendas aledañas habían sido arregladas bajo las instrucciones de la señora Aurora. Hasta donde Lizzie sabía, la comida estaba lista. El licor entregado.

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Sí, en alemán.


El personal de servicio y camareros adicionales habían sido coordinados a través de Reginald, y él no era de los que dejaban cabos sueltos. La seguridad para asegurarse de que la prensa se mantuviera lejos estaba a cargo de los oficiales de la policía metropolitana y lista para ir. Realmente deseaba que hubiera algo en que ocupar su tiempo. La energía nerviosa la había hecho aún más productiva que de costumbre, y ahora se había quedado con nada más que el conocimiento de que existía una investigación criminal ocurriendo a unos cuarenta y siete metros de distancia de ella. Dios, Rosalinda. Su teléfono sonó contra su cadera, la vibración haciéndola saltar. Cuando tomó el celular, exhaló. —Gracias a Dios. ¿Hola? ¿Lane? ¿Estás bien? Sí. —Frunció el ceño mientras Greta la miraba—. En realidad, la dejé en mi coche, pero puedo ir a buscarla ahora. Sí. Claro, por supuesto. ¿Dónde estás? Correcto. Iré a conseguirla y te la llevaré directamente. Cuando colgó la llamada, Greta dijo—: ¿Qué está pasando? —No lo sé. Dice que necesita una computadora. —Tiene que haber una docena de ellas en la casa. —Después de lo que pasó esta mañana, ¿crees que voy a discutir con el chico? —Muy bien. —Aunque la expresión de la mujer gritaba desaprobación—. Iré a comprobar el frente de los huertos y las macetas, y confirmar que los aparcadores van a llegar a tiempo. —¿Ocho de la mañana? —Ocho de la mañana. Y luego, no sé, estoy pensando en volver a casa. Me está dando una migraña, y mañana será un largo día. —¡Eso es terrible! Digo que te vayas ahora y vuelvas lista para rugir. Antes de que Lizzie se diera la vuelta, su vieja amiga le dio una mirada severa a través de las gafas pesadas. —¿Te encuentras bien? —Ah, sí. Absolutamente. —Hay un montón de Lane por aquí. Es por eso que pregunto. Lizzie miró a la casa. —Se está divorciando. —¿En serio? —Eso es lo que dice.

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Greta cruzó los brazos sobre su pecho y su acento alemán se volvió más evidente. —Casi dos años demasiado tarde para eso… —Él no es del todo malo, sabes. —¿Disculpa? ¿Es esto…? Nein20, no puedes estar hablando en serio. —No sabía que Chantal estaba embarazada, ¿de acuerdo? Greta alzó las manos. —Ah, bueno, entonces eso hace toda la diferencia, ¿ja? Así que voluntariamente se casó con ella mientras estaba contigo. Perfecto. —Por favor, no. —Lizzie se frotó los ojos doloridos—. Él… —Llegó a ti, ¿no es así? Te llamó, vino a ti, algo. —Y si lo hizo, ¿qué? Ese es mi asunto. —Pasé un año entero llamándote, sacándote de esa granja, asegurándome de que fueras a trabajar. Estuve allí para ti, preocupándome por ti, limpiando el desastre que hizo. Así que no me digas que no puedo tener una reacción cuando susurra en tu oído… Lizzie alzó la mano frente a la cara de la mujer. —Es todo. Hemos terminado aquí. Te veré en la mañana. Saliendo, maldijo en voz baja todo el camino hasta su coche y después de que consiguió su portátil, lanzó la bomba M21 todo el camino de regreso a la casa. Evitando deliberadamente la cocina y el conservatorio, porque no quería encontrarse con Greta mientras la mujer empacaba, entró a la biblioteca y. sin pensarlo, se dirigió hacia el pasillo que llevaba a las escaleras del personal y la cocina. No llegó muy lejos. Justo cuando dobló la esquina, fue detenida por dos oficiales de policía, y fue entonces cuando vio el cuerpo en una camilla rodante. Los restos de Rosalinda Freeland habían sido colocados en una bolsa blanca con una cremallera de un metro y medio que afortunadamente habían cerrado. —Señorita —dijo uno de los oficiales—, voy a tener que pedirle que se haga a un lado. —Sí, sí, lo siento. —Esquivando sus ojos y tragándose las náuseas, se dio la vuelta. Trató de no pensar en lo que había sucedido. Falló. Le dio su nombre a la policía, al igual que el resto del personal, y proporcionó una breve declaración de dónde había estado toda la mañana,

20 21

No, en alemán. Mierda.


así como en los últimos días. Cuando se le preguntó acerca de la contadora, no tuvo mucho que ofrecer. No había conocido mejor a Rosalinda que el resto, la mujer era reservada, procesaba las facturas y eso era todo. Lizzie ni siquiera se hallaba segura de si existía algún familiar al que notificar. Usar la escalera principal era una violación de la etiqueta de Oriental, pero teniendo en cuenta que había una furgoneta del forense estacionada en el frente y una escena del crimen por ese pasillo del personal, confiaba en dejar ir los negocios como de costumbre. Arriba en el segundo piso, se dirigió al corredor cercado, pasando por las pinturas al óleo y las ocasionales artesanías que brillaban con la edad y superioridad. Mientras se acercaba a la puerta de Lane, no pudo recordar la última vez que ella y Greta habían peleado por algo. Dios, quería llamar a la mujer y… pero, ¿qué podía decir? Deja el portátil y vete, se dijo. Eso es todo. Lizzie llamó a la puerta. —¿Lane? —Adelante. Haciendo su camino dentro del dormitorio, lo encontró de pie en la ventana, con un pie plantado en el alfeizar, el antebrazo alrededor de su rodilla alzada. No se volvió y la reconoció. No dijo nada más. —¿Lane? —Miró a su alrededor. No había nadie con él—. Escucha, dejaré… —Necesito tu ayuda. Tomando una respiración profunda, dijo—: Está bien. Pero se quedó en silencio mientras miraba hacia el jardín. Y Dios la ayudara, era imposible no deslizar sus ojos sobre él. Se dijo que buscaba signos de tensión, que no medía sus hombros musculosos. El pelo corto en la base de su cuello. Los bíceps que tenía contraídos y forzaban las mangas cortas de la camisa tipo polo. Se cambió de ropa desde que lo vio por última vez. También se duchó, podía oler el champú, la loción de afeitar. —Lamento lo de Rosalinda —susurró—. Qué impresión. —Mmm. —¿Quién la encontró? —Yo. Lizzie cerró los ojos y abrazó el portátil a su pecho. —Oh, Dios.

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De repente, puso la mano en el bolsillo delantero de su pantalón y sacó algo. —¿Te quedarás conmigo mientras abro esto? —¿Qué es? —Algo que dejó. —Le mostró una unidad USB negra—. La encontré en su escritorio. —¿Es una... nota de suicidio? —No lo creo. —Se sentó en la cama e hizo un gesto con la cabeza hacia la computadora portátil. —¿Te importa si...? —Oh, sí. —Se unió a él, abriendo la computadora Lenovo y presionando el botón de encendido—. Tengo Microsoft Office así que... sí. Los documentos de Word no son problema. —No creo que eso sea lo que es. Inició sesión y le pasó el equipo. —Aquí. Colocó la unidad y esperó. Cuando en la pantalla aparecieron una variedad de opciones, presionó “abrir archivos.” Sólo había uno en la unidad, y se llamaba “Williamson Baldwine”. Lizzie se frotó la ceja con el pulgar. —¿Estás seguro de que quieres que vea esto? —Estoy seguro de que no puedo mirarlo sin ti aquí. Lizzie se encontró acercándose y apoyando la mano en su hombro. —No voy a dejarte. Por alguna razón, pensó en la ropa interior color melocotón que encontró detrás de la cama de su padre. Difícilmente algo que Rosalinda usaría; un tono más claro de gris era lo más cercano a lo que la supervisora había llegado a usar arriba en su guardarropa. Por otra parte, ¿quién sabría lo que la mujer tenía debajo de todas esas faldas y chaquetas conservadoras? Lane hizo clic en el archivo y Lizzie fue consciente de su corazón palpitando como si hubiera corrido un kilómetro y medio. Y tenía razón. No era una especie de carta de amor o una nota de suicidio. Era una hoja de cálculo llena de columnas de números, fechas y descripciones cortas de las que Lizzie estaba demasiado lejos de la pantalla para leer. —¿Qué es todo eso? —preguntó.


—Cincuenta y tres millones de dólares —murmuró, desplazándose hacia abajo—. Apuesto a que son cincuenta y tres millones de dólares. —¿Qué quieres decir? Espera... ¿estás diciendo que ella robó eso? —No, pero creo que ayudó a mi padre a hacerlo. —¿Qué? La miró. —Creo que mi padre finalmente tiene sangre en sus manos. O al menos... sangre que podemos ver.

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Traducido por MaJo Villa Corregido por Laurita PI

Volviendo a concentrarse en la computadora en su regazo, Lane se desplazó por la hoja de cálculo de Excel, siguiendo las entradas, tratando de sumar un total bruto. Pero no necesitaba molestarse. Rosalinda le proporcionó la suma al final, en un cuadrado en negrita colocado en el extremo derecho de todas las columnas. De hecho, no eran cincuenta y tres millones de dólares. Nop, eran sesenta y ocho millones cuatrocientos ochenta y nueve mil, doscientos cuarenta y dos dólares con sesenta y cinco centavos. $68.489.242,65. Las explicaciones sobre los retiros iban desde Cartier y Tiffany hasta Transporte Aéreo Bradford, LLC, la cual era la corporación que administraba todos los aviones y pilotos de la empresa, y la Nómina de Recursos Humanos de Bradford, la que muy probablemente se hacía cargo de los sueldos del personal de la casa. Pero había una entrada repetida que no reconocía: Corporación WWB. Corporación William Wyatt Baldwine. Tenía que ser. Pero ¿qué era? La mayor parte de los fondos se aplicaba en ella. —Creo que mi padre… —Miró a Lizzie—. No lo sé, la empresa de inversión dice que él invirtió para sí mismo, o por la familia, supongo, generando una cuantiosa deuda. Sin embargo ¿para qué? Incluso con todos estos gastos, debería haber un montón de dinero en efectivo entrando a través de las distribuidoras de la Compañía de Bourbon Bradford hacia los accionistas, de los cuales, somos el grupo más grande. —La compañía de alquiler… —murmuró Lizzie. —¿Qué?


—La compañía de alquiler no recibió el pago, su sección de cuentas por pagar llamó a Rosalinda la semana pasada y ella nunca les devolvió la llamada. —¿Me pregunto a quién más le debemos? —¿Cómo puedo ayudar? Se la quedó mirando, su cerebro revolviéndose, girando. — Dejándome entrar en en estos archivos es un buen inicio. —¿Qué más? Dios, sus ojos eran azules, pensó. Y sus labios, esos labios naturalmente rojos se encontraban tan perfectamente formados. Ella le hablaba, pero no podía escucharla. Era como si un silenciador lo hubiera rodeado, haciéndolo inconsciente de los sonidos alrededor. Y luego la computadora en su regazo y todos sus secretos revelados, también desaparecieron, así que tampoco registraba el resplandor de la pantalla ni el patrón de las columnas ni los números y las letras. —Lizzie —dijo, interrumpiéndola. —¿Sí? —Te necesito —Se escuchó decir a sí mismo en voz ronca. —Por supuesto, qué puedo… Se inclinó y colocó sus labios sobre los suyos, rozándolos rápidamente… Ella jadeó y se alejó. Lane esperó a que se levantara. Le dijera que se fuera al infierno. Tal vez como en los romances de los ochenta le diera una bofetada con la mano abierta. En vez de eso, levantó sus dedos y se tocó la boca. Luego cerró sus ojos. —Desearía que no hubieras hecho eso. Mierda. —Lo siento. —Pasó una mano por su cabello—. No estoy en mi sano juicio. Ella asintió. —Sí. Perfecto, pensó. Su vida se encontraba en llamas en demasiados frentes para contarlos, así que por qué no habría de caer otra carga de llamas en algún otro lugar. Ya sabes, solo para ayudar a que el infierno continúe. —Lo siento —dijo él—. Solo debí haber…

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Ella se le lanzó en un cambio repentino, que lo hizo casi apartarse. Lo que evitó que lo hiciera fue el deseo… el anhelo vicioso que siempre había tenido por ella, que se encontraba contenido desde el momento en que se separaron. Lizzie habló contra su boca. —Tampoco estoy en mi sano juicio. Con una maldición, envolvió los brazos a su alrededor y la atrajo hacia su regazo, la computadora se deslizó hacia la alfombra gruesa, lo que estaba bien. Se quería olvidar del dinero, de su padre, de Rosalinda… incluso si solo era por un momento. —Lo siento —dijo mientras la recostaba en el colchón con un giro—. Te necesito. Solo… Necesito estar dentro de ti… Toc, toc, toc. Ambos se congelaron, sus ojos se encontraron. —Qué —gritó. Mientras que una voz femenina decía algo sobre toallas, en todo lo que Lane pensaba era en el hecho de que la puerta no se encontraba cerrada con llave. —No, gracias. Lizzie se salió de debajo de él, y él se movió para que así ella pudiera ponerse de pie. Mientras tanto, la criada en el pasillo seguía hablando. —Estoy bien. Gracias —dijo bruscamente. Sus ojos siguieron las manos de Lizzie al tiempo que ella se bajaba de nuevo su camisa y sus dedos rozaban su cabello. —Lizzie —susurró. Ella solo negó con la cabeza mientras se paseaba alrededor, luciendo como si estuviera considerando la posibilidad de un salto por la ventana como una estrategia para escapar. Más charla de la criada, y simplemente enloqueció. Poniéndose de pie de un salto, se acercó y abrió la puerta de un tirón, bloqueando la entrada a su habitación. La rubia de veinticinco años al otro lado era la misma que se encontraba en el pasillo cuando Chantal y él habían estado discutiendo. —Oh, hola. —Le sonrió—. ¿Cómo estás? —No necesito nada. Gracias —dijo bruscamente.


Cuando se dio la vuelta para alejarse, ella extendió su mano y tomó su brazo. —Soy Tiphanii… que se escribe con una “ph” y una doble “i” al final. —Encantado en conocerte. Si me disculpas… —Solo iba a entrar y revisar tu baño. Esa sonrisa la delataba. Eso y el pequeño cambio en su posición, donde su pelvis se inclinaba hacia él y una de sus piernas se encontraba extendida como si estuviera usando tacones de aguja en lugar de zuecos de goma. Lane puso los ojos en blanco, no pudo evitarlo. La mujer que en verdad deseaba acababa de salir de debajo de él, y este pedazo de caramelo ¿pensaba que tenía algo que ofrecer? Hacer ese taphii. —Gracias, pero no. No estoy interesado. Cerró la puerta en sus narices porque no tenía la energía para ser educado, y no quería decir algo de lo que se fuera a arrepentir. Girando, se encontró a Lizzie al otro lado de la habitación cerca de la ventana. A propósito se encontraba de pie a un lado, como si no quisiera ser vista desde abajo, y sus brazos se hallaban cruzados sobre su pecho. —Sonaste tan sincero —dijo con brusquedad. —Cuando estoy contigo, soy… —Con esa criada hace un momento. —¿Por qué no lo sería? —¿Sabes lo que en verdad odio? —Puedo imaginarlo —murmuró él. —Cómo ella acaba de hacerte una proposición… y aun así, en todo lo puedo pensar es en quitarte la ropa. Como si fueras algún tipo de juguete por el que estoy peleando con ella. Su erección se sacudió en sus pantalones. —No hay pelea, soy tuyo. Si tú deseas, aquí y ahora. O después. Una semana, un mes, años a partir de ahora. Cállate, dijo su excitación. Solo cállate amigo, con esas cosas del tiempo. —No me volveré a enamorar de ti, Lane. Simplemente no lo haré. —Dijiste eso por teléfono.

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Lizzie asintió y se desconectó de la vista del jardín. Mientras la luz empezaba a desvanecerse del cielo, cruzó la habitación, claramente dirigiéndose hacia la puerta. Demonios… La puerta, no. De hecho, no fue hacia la puerta. Se detuvo ante él y dejó que sus dedos se desplazaran hasta tomar su rostro, trayendo su boca de regreso a la suya. —Lizzie —gruñó, lamiendo su boca. Con rapidez, el beso se salió de control, y él no perdería la oportunidad con ella. Haciéndola girar, la empujó contra la pared, la pintura al óleo al lado de ellos rebotó tan fuerte, que se cayó de su gancho y se hizo añicos en el piso. A él no le importó. Sus manos se dispararon bajo su ropa, encontrando piel, subiendo velozmente para sentir sus pechos. Jamás pensó que tendría esto de nuevo, y aunque le hubiera gustado hacerlo lento y con dulzura, no podía. Se encontraba demasiado desesperado. Fue rudo con la cintura de sus pantalones cortos, arrancando el botón, la cremallera, bajándolos por sus piernas. Y luego deslizó sus manos entre sus muslos, empujando sus bragas de algodón a un lado de la… Lizzie dijo su nombre con una voz ronca que casi lo hizo venirse ahí mismo. Y cuando sus dedos se clavaron en sus hombros, él la acarició con más fuerza. —Hazme daño —gruñó mientras ella se clavaba en él—. Hazme sangrar… Quería al dolor junto al placer, todo lo que pasaba con su padre y su familia lo volvía más crudo y más oscuro por dentro; hasta el punto en dónde se preguntaba vagamente si tal vez esto fue lo que condujo a su hermano Max. Había escuchado de estas cosas que Maxwell hizo, o rumores sobre ello. Tal vez este era el por qué. Sentía que tenía que sacar la oscuridad de su interior o lo consumiría. Levantó a Lizzie del piso, disfrutando de la forma en la que ella se aferraba a él con sus brazos poderosos. Un tirón de la cremallera de sus pantalones y su excitación estaba lista para salir. Partió su ropa interior en dos, y luego…


El rugido que él dejó escapar en su cuello fue como el de un animal, pero no le prestó atención al sonido. El agarre resbaladizo de su sexo fue una sensación que sintió en todo su cuerpo, y de inmediato alcanzó un orgasmo. Hacía tanto… tanto tiempo que soñaba con ella, que lamentaba lo que sucedió, y había esperado demasiado para hacer las cosas de forma diferente. Y ahora, se encontraba aquí en donde había rezado para estar. Con cada bombeo que se liberaba en el interior de ella, devolvía el tiempo, haciendo las cosas correctas, reparando las equivocaciones. Había querido estar con ella para brevemente salirse del presente, pero resultó que la experiencia fue más que eso. Mucho más. Pero eso siempre había sido verdad acerca de Lizzie. Había tenido sexo muchas veces en su vida. Sin embargo, ninguna de esas había importado alguna vez… hasta que estuvo con ella. Lizzie no quiso llevar las cosas tan lejos. Cuando Lane alcanzó un orgasmo en su interior, ella se dejó llevar con él, su liberación haciéndose eco de la de él. Rápido, tan rápido, todo fue tan rápido y furioso, el acto hecho y terminado en unos minutos, con los dos estrechamente conectados al tiempo que la ola inicial pasaba. ¿Acababan de hacer esto? Se preguntó. Bueno… sí, pensó mientras él se movía en su interior. Y luego lo notó… oh, Dios, él olía igual. Y su cabello todavía era increíblemente suave. Y su cuerpo era tan poderoso como lo recordaba. Las lágrimas atravesaron sus ojos, y escondió su rostro en el hombro de él. No quería que supiera acerca de sus emociones, tenían un momento difícil admitiendo el lío confuso que era. Solo sexo, se dijo a sí misma. Esto había sido solamente un anhelo físico por ambas partes. Y Dios sabía, la lujuria nunca fue un problema para ellos; desde el instante que lo vio ayer, la conexión que tenían había quemado a fuego lento bajo la superficie de su piel. También debajo de la de él. De acuerdo. Bien. No había sido capaz de decir no en esta instancia simple y discreta; incluso a pesar de que debió haberlo hecho. Si era o no era un error dependería de cómo manejaría las cosas desde aquí. Recomponiéndose, se echó hacia atrás en su abrazo, muy consciente de que todavía se encontraban unidos en donde más importaba.

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La expresión en su rostro hizo que contuviera el aliento. Al igual que la forma en que extendió su mano y acarició su mejilla. Él parecía tan vulnerable. Pero antes de que pudiera hacer algún comentario calmado y razonable, él empezó a moverse profundamente en su interior una vez más. Lentamente, oh, tan lentamente, arriba y afuera, arriba y afuera. En respuesta, cerró sus ojos y se quedó inerte, sus brazos sosteniéndola, la dura pared contra su espalda respaldándola. Parte de ella estaba completamente presente, cada movimiento registrándose con la intensidad de la caída de un rayo, toda la tensión oprimiéndose en su pecho y el chisporroteo en su sangre asumiendo el control de todo. Su otra mitad se había dado a la fuga. Oh, Dios, la sensación de su mano en su cabello, su boca besándola tan profundo, sus caderas curvándose arriba y retrocediendo. Era la bienvenida a casa en todos los sentidos que su cuerpo había deseado por tanto tiempo. Y también eran malas noticias. —Lizzie —dijo en una voz que se quebró—. Lizzie, te extrañé. Tanto que duele. No pienses en eso, se dijo a sí misma. No escuches… Su nombre salió de ella una vez más, el golpe de placer hacía que su sexo se contrajera alrededor de su erección mientras él se sacudía en su interior, follándola contra la pared, hasta que su cabeza se golpeó. Cuando se quedaron callados excepto por la respiración, ella colapsó contra él. —Esta no puede ser la última vez —gruñó, como si supiera lo que ella pensaba—. Simplemente no puede serlo. —Cómo supiste… —No te culpo. —Se echó hacia atrás y sus ojos muy entrecerrados quemaban—. No quiero que esto sea… —Lane… El golpe en la puerta la hizo saltar. Y a él maldecir. —¡Váyanse al infierno! —vociferó. Y considerando que no era un hombre al que le gustara maldecir, ella tuvo que sonreír un poco. —¡Qué! —espetó.


—Señor Baldwine. —La voz del mayordomo lo interrumpió—. El señor Lodge está aquí para usted. Lane frunció el ceño. —Dile que estoy ocupado… —Dice que es urgente. Lizzie negó con la cabeza y se salió de sus brazos por segunda vez. Cuando sus pies golpearon el suelo en silencio, ella tuvo un recordatorio visceral de que no usaron preservativo. Y síp, todo se volvió muy, pero muy real mientras se ponía sus pantalones cortos y se apresuraba a entrar en el baño. Se encargó de todo lo mejor que pudo mientras Lane hablaba con el inglés a través de la puerta, y cuando volvió a salir, él se había puesto sus pantalones y se paseaba preocupado. Levantó su mano de que pudiera decir algo. —Ve a verlo. —Lizzie… —¿Si aunque sólo sea cierto una cuarta parte de lo que te preocupa? Vas a necesitarlo. —¿A dónde vas a ir? —No lo sé. Creo que básicamente hemos terminado hasta mañana a primera hora. En mucho más de un sentido. —¿Puedes quedarte? —espetó. Sus cejas se levantaron. —Quedarme como… no querrás decir aquí a pasar la noche. Eso es una locura. En una casa en dónde el personal técnicamente no podía usar la mitad de las puertas, ella despertando en la cama del hijo más joven y mientras todavía trabajaba en Oriental era imposible. Ah, sí, pensó. Los buenos y viejos días de salir con él, cuando se extenuó a sí misma tratando de mantener todo en secreto. —En cualquier lado —dijo—. En una de las casas de campo. No me importa. —Lane. Escucha, esto no es… no vamos a regresar a la forma en la que era antes, ¿recuerdas? No sé por qué hice lo que acabo de hacer, pero eso no quiere decir… Se acercó a ella, atrayéndola para darle un beso, su lengua penetrando su boca. Dios la ayude, después de un momento, le devolvió el beso.

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Incluso cuando su cabeza le decía que no, su cuerpo tenía sus propias ideas. —Sí importa —dijo contra sus labios—. Esto importa para mí incluso más que mi familia. ¿Lizzie me escuchas? Siempre me has importado, y siempre me importarás más que nada. Con eso, se alejó y se dirigió hacia la puerta, haciendo una pausa para nivelar una intensa mirada por encima de su hombro; del tipo que era una de compromiso, si alguna vez hubiera visto uno. Sentándose a los pies de la cama, miró la puerta contra la que tuvieron sexo. La pintura al óleo en el piso se encontraba completamente arruinada, el lienzo rayado y roto, pero ella no se acercaría y trataría de evaluar los daños. Solo se quedó ahí e intentó convencerse de que esto no era una señal de Dios. Pasó un tiempo antes de que dejara la habitación, y tuvo cuidado junto a la puerta, a la escucha de voces o sonidos de pasos antes de abrir la puerta un poco y echar un vistazo. Cuando no hubo nada excepto el silencio, todo lo que hizo fue saltar en el medio del corredor y empezó a caminar rápido. La habitación de Chantal se encontraba cruzando el pasillo y un poco hacia abajo, y cuando pasó por allí, pudo oler el perfume costoso de la mujer. Un muy buen recordatorio, no es que lo necesitara, de por qué debió haberse ido después de esa primera interrupción. En lugar de llevarlo hacia el siguiente nivel ante una carrera muerta. Solo ella tenía la culpa.


Traducido por MaJo Villa Corregido por Ana Avila

Mientras Lane corría por las escaleras, en todo lo que podía pensar era en lo mucho que deseaba una copa en la mano. Las buenas noticas, probablemente las únicas que tendría, fueron que cuando llegó a la sala; Samuel T. estaba sirviéndose alguna Reserva Familiar, el sonido del bourbon golpeando el hielo punzaba la propia ansiedad de sus dedos, como un adicto hecho y derecho. —¿Te importaría compartir la riqueza? —murmuró mientras deslizaba las puertas de madera con paneles en su lugar a ambos lado de la habitación. Había mucho que no quería que nadie más escuchara. —Sería un placer. —Le entregó una saludable cantidad en un pequeño vaso de cristal—. Largo día, ¿eh? —No tienes ni idea. —Lane chocó su vaso con el del otro hombre. —¿Qué puedo hacer por ti? Samuel T. bebió su bourbon y regresó al bar. —Me enteré de tu directora. Mis condolencias. —Gracias. —¿Tú la encontraste? —Así es. —Estar allí, hacer eso. —El abogado se dio la vuelta y sacudió la cabeza—. Cosas difíciles. No sabes ni la mitad de eso. —Escucha, no quiero presionarte, pero… —¿Vas en serio con el divorcio? —Absolutamente. —¿Tienes un acuerdo prenupcial? —Cuando Lane negó con su cabeza, Samuel maldijo. —¿Alguna posibilidad de que te haya engañado?

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Lane se frotó la sien y trató de sacar lo que acababa de suceder con Lizzie… y lo que vio en la portátil. Quería decirle a Samuel T. que se reuniera con él mañana, pero los problemas con Chantal esperarían a la vuelta de la esquina, sin importar que su familia fuera, o no, a derrumbarse en llamas financieramente. De hecho, probablemente era mejor seguir adelante en lugar de sentarse a reflexionar las cosas con su padre. ¿Mientras más rápido la sacara de la casa? Menos información interna podría vender a los tabloides. No es que no pudiera verla volviéndose una cabeza parlante al mínimo común denominador si las cosas resultaban mal para los Bradfords. —Lo siento —dijo entre tragos—. ¿Cuál fue la pregunta? —¿Te ha engañado? —No que yo sepa. Sólo ha estado en esta casa por dos años, viviendo de mi familia y consiguiendo manicuras. —Eso es muy malo. Lane arqueó una ceja. —No sabía que tenías una visión tan ictericia del matrimonio. —Si te hubiera engañado, eso podría usarse para reducir la pensión alimenticia. Kentucky es un estado sin culpa para el divorcio, pero las fechorías como las aventuras o el abuso pueden usarse para mediar en la manutención del cónyuge. —No he estado con nadie más. —Bueno, excepto por Lizzie hace un rato, en el piso de arriba; y en mi cabeza cerca de unas cien mil veces antes de eso. —Eso no importa a menos que busques el apoyo de Chantal. —Ni de chiste. Todo lo que deseo de esa mujer es una separación limpia. —¿Sabe sobre esto? —Le he comentado. —Pero ¿lo sabe? —¿Me trajiste papeles para firmar ahora? —Cuando el abogado asintió, Lane se encogió de hombros—. Bueno, entonces, estará consciente de lo en serio que voy tan pronto como lo reciba. —Una vez que tenga tu firma iré directamente al centro y presentaré esta petición. El tribunal tendrá que concluir que el matrimonio está irremediablemente roto, pero creo, dado que los dos han estado viviendo


separados por cerca de dos años, que eso no será un problema. Te advierto, no hay forma de que ella renuncie a pedirte solvencia. Y hay una posibilidad de que te cueste, especialmente porque su nivel de vida ha sido muy alto en esta casa. Supongo que ¿algunos de tus fideicomisos se han derribado? —Estoy en el primer nivel. El segundo se activa cuando tenga cuarenta. —¿De cuánto es tu ingreso anual? —¿Eso incluye las ganancias en el póker? —¿Sabe ella sobre esas? ¿Presentas esos fondos en los impuestos sobre la renta? —No y no. —Entonces dejemos eso fuera de la mesa. Así que, ¿cuál es tu número? —No lo sé. Nada grotesco, sólo un millón o algo así. Es como una quinta parte de los ingresos generados fuera del corpus. —Ella irá tras eso. —Pero no tras del corpus ¿cierto? Creo que hay una cláusula que así lo dice. —Si se trata de la Irrevocable de la Familia Bradford de 1968, la cual creo que es, mi padre redactó los términos, así que puedes apostar tu mejor botella a que tu futura ex-esposa no invadirá nada. Por supuesto, necesitaré ver una copia de los documentos. —Prospect Trust lo tiene todo. Samuel T. pasó a través de varios: llena esto, contrarresta esto, revela lo que sea; pero Lane se desconectó. En su cabeza, se encontraba arriba, en su habitación con la puerta cerrada y Lizzie completamente desnuda en su cama. Él estaba encima de ella con sus manos y boca, cerrando la distancia de los años y regresando a donde habían estado antes de que Chantal apareciera en ropa materna de diseñador. Cualquier cosa que estuviera enfrentando con su padre y la deuda… sería mucho más fácil si tuviera a Lizzie con él, y no únicamente en una forma sexual. Los amigos se ayudaban entre sí ¿cierto? —¿Suena bien? Lane volvió a concentrarse en su abogado. —Sí. ¿Cuánto tiempo? —Como dije, presentaré todo hoy con otro “amistoso” juez que me debe un favor o dos. Y Mitch Ramsey ha accedido a entregarle a ella la

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convocatoria inmediatamente. Luego viene lo de discutir el arreglo matrimonial, y mi conjetura es que ella conseguirá un abogado muy bueno de su lado por el que tú pagarás. Han estado viviendo juntos por más de sesenta días, pero necesitará irse de la casa lo más pronto posible si te vas a quedar aquí. No quiero tropezar con ese alambre y retrasar estos dos meses, gracias a un argumento de cohabitación del otro lado. Mi suposición es que impugnará todo, debido a que querrá tanto dinero como le sea posible. Mi objetivo, sin embargo, es sacarla de tu vida con la ropa puesta y ese anillo de un cuarto de millón de dólares que le diste, y eso es todo. —Suena bien para mí. —Especialmente porque no sabía si había algún otro lugar en donde caerse muerto además de sus propias cuentas— . ¿En dónde firmo? Samuel T. hizo trabajo breve con varios pedazos de papel, presentándolos para que los firmara, con tinta azul, sobre la esquina de la barra. Todo hubo acabado ante de que Lane pudiera terminar su bourbon. —¿Quieres que te dé un acuerdo de retención mientras le daba el Montblanc a su abogado.

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? —preguntó

Samuel T. terminó su propia bebida; luego colocó más hielo y más Reserva de la Familia en su vaso. —Es gratis. Lane retrocedió. —Vamos hombre, no puedo dejarte hacer eso. Déjame… —No. Francamente, ella no me agrada, y no pertenece a esta casa. Estoy considerando este caso de divorcio como un servicio de limpieza. Un barrido de escoba para sacar la basura. —No sabía que te desagradaba tanto. Samuel T. colocó sus manos en sus caderas y se quedó mirando al Oriental. —Aquí seré completamente honesto. Lane sabía hacia dónde se dirigían las cosas por la manera en la que el abogado apretaba la mandíbula. —Continúa. —Cerca de unos seis meses después de que te fueras de aquí, Chantal me llamó. Me pidió que viniera, cuando dije que no, se presentó en mi casa. Buscaba a un “amigo”, como ella misma lo dijo, luego bajó su mano por mis pantalones y se ofreció a arrodillarse. Le dije que no se encontraba en su sano juicio. Aunque me sintiera atraído por ella, lo que jamás ha pasado, tú familia y la mía han estado unidas por generaciones. Nunca, en ningún momento, estaría con una esposa suya, divorciada o

22 Acuerdo en el que el empleador paga por adelantado al empleado. Se usa, por lo general, en aspectos legales.


separada, mucho menos estando juntos. Además, Virginia es un buen estado para entrar a la universidad; pero no me casaría con una chica de allí, y eso era lo que de verdad le interesaba. Hombre, algunas veces odiaba tener razón sobre esa perra, en verdad lo detestaba. —No estoy sorprendido, pero me alegro que me lo hayas dicho. — Lane le tendió su mano—. Te devolveré el favor. Algún día. —Estoy seguro de que lo harás. Ahora, si me disculpas, voy a llevar esto corriendo a la corte. El abogado renunció a lo que le ofrecía, se inclinó muy ligeramente y luego se fue con el vaso todavía en su mano. —Pueden arrestarte por llevar un envase abierto —gritó Lane—. Sólo para tu información. —No si no pueden atraparme —gritó en respuesta Samuel T. —Loco —murmuró Lane mientras terminaba su propia bebida. Cuando fue a servirse otro trago, sus ojos se dirigieron a la pintura de óleo sobre la repisa de la chimenea. Era de Elijah Bradford, el primer miembro de la familia que hizo dinero suficiente para distinguirse de sus compañeros al posar para un importante artista americano. ¿Estaba él, en este mismo momento, revolcándose en su tumba? O eso vendría después… porque donde acababan de hundirse se pondría incluso peor. *** Gin bajó en una oleada de pánico por la gran escalera de Oriental. Tan pronto como vio el Jaguar marrón de época estacionarse en la casa, tuvo que cambiarse la ropa que había usado en la cárcel, por Dios Santo, y se puso un vestido de seda que le quedaba un poco arriba de las rodillas a la perfección. También se tomó un momento para peinar su cabello. Se roció más perfume. Deslizó sus pies en un par de bailarinas que hacían que sus tobillos lucieran más delgados que nunca. A juzgar por las puertas cerradas del salón, sabía que su hermano hablaba con Samuel T. acerca de La Situación. O… Situaciones. Los dejó en paz.

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En lugar de tocar, salió por la puerta principal y esperó cerca del anticuado convertible. La temperatura todavía era de veintiséis grados centígrados a pesar de que empezaba a atardecer, y había una calidez en el aire, o tal vez sólo eran sus nervios. Para tener un poco de sombra, se quedó bajo una de las grandes magnolias que crecían cerca de la casa. Mirando al auto, recordó los tiempos en los que había estado dentro de él con Samuel T., el viento nocturno en su cabello, su mano entre sus piernas mientras los conducía por los sinuosos caminos hasta su granja. El convertible había sido comprado por el señor Samuel T. el día del nacimiento del hombre que se convertiría en el único varón vivo de su descendencia. Y había sido dado al joven Samuel T. en su cumpleaños número dieciocho, con instrucciones estrictas de que no se matara en la maldita cosa. Y lo gracioso era, que la instrucción encontró un hogar: sólo cuando se encontraba detrás del volante de un auto, Samuel T. era cuidadoso. Gin sospechó por mucho tiempo que esto era debido a que sabía que si algo le sucedía, su árbol familiar habría terminado. Era el único miembro de su generación que había sobrevivido. Un montón de tragedia. Por lo cual, hasta este momento, le había tenido un poco de apreciación. Mientras esperaba, su corazón latía rápidamente, pero no con dificultad; el aleteo en su pecho haciendo que se mareara. O tal vez era por el calor, Samuel T. abrió la puerta principal y salió de Oriental, un vaso de cristal con bourbon en su mano. Su apuesta figura encajaba a la perfección en ese traje, su rostro asombroso, y su maletín con monograma. Traía puestos un par de lentes de sol con montura de oro, y su grueso y oscuro cabello estaba peinado hacia atrás, fuera de su frente alta, ese mechón en la parte de enfrente haciéndolo parecer a la moda cuando, de hecho, eso jamás había sido necesario. Se detuvo cuando la vio. Luego arrastrando las palabras dijo—: ¿Viniste a agradecerme por salvarte? —Necesito hablar contigo. —¿Oh? ¿Estás tratando de negociar un anticipo usando algo más que dinero? —Bebió el licor y colocó la copa en el primer escalón, como sólo alguien que había vivido con ayuda toda su vida podría hacerlo—. Soy susceptible a todas las sugerencias. Midió cada paso que dio hacia ella y su auto. Conocía tan bien ese cuerpo suyo, ese cuerpo duro y musculoso que desmentía al agricultor que era en su alma, por debajo de todos sus atavíos lujosos de abogado.


Amelia sería alta como él. Y era inteligente como él lo era. Desafortunadamente, la chica también era tan estúpida como su madre, aunque tal vez crecería fuera de eso. —¿Y bien? —dijo mientras colocaba su maletín en el asiento del copiloto—. ¿Tengo que elegir la forma en la que pagarás tu cuenta? A pesar de sus anteojos de sol, podía sentir sus ojos sobre ella. La deseaba, siempre la deseó, y a veces, la odiaba por eso: No era un hombre que apreciaba las limitaciones, incluso de su propia creación. Ella era igual. Samuel T. sacudió la cabeza. —No me digas que el gato te ha comido la lengua. Sería una lástima perder ese pedazo tan particular de tu anatomía. —Samuel. Al instante en que escuchó el tono en su voz, frunció el ceño y se quitó sus gafas de sol. —¿Qué pasa? —Yo… —¿Alguien te maltrató en esa cárcel? Porque voy a ir allí personalmente y… —Cásate conmigo. Se congeló, todo se detuvo, su expresión, su respiración, tal vez incluso su corazón. Luego dejó salir una carcajada. —Claro, claro, claro. Por supuesto que tú… —Hablo en serio. La puerta del auto se abrió en silencio, un testimonio del meticuloso cuidado que le daba al vehículo. —El día en que sientes cabeza con cualquier hombre será la víspera de la Segunda Venida. —Samuel, te amo. Le lanzó una mirada sardónica. —Oh, por favor… —Te necesito. —La cárcel en verdad te molestó ¿no? —Se sentó en el asiento del conductor y miró por encima del capó del auto por un momento—. Mira, Gin, no te sientas mal por haber estado allí ¿de acuerdo? Me las arreglé para limpiar todo en el Cuartel General, así que ni siquiera llegó al registro. Nadie lo sabrá. —No es por eso. Sólo… casémonos. Por favor. Mirándola, frunció profundamente el ceño, sus cejas se juntaron por completo. —En verdad parece que hablas en serio.

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—Lo estoy. —No era nada tonta. Después le contaría de Amelia, cuando fuera más difícil para él salir corriendo, cuando hubiera papeles de por medio para mantenerlos juntos hasta que él superara lo que ella había hecho—. Tú y yo estábamos destinados a estar juntos. Lo sabes. Lo sé. Hemos estado en esta relación durante toda una vida, tal vez más. Sales con camareras, peluqueras y masajistas porque ellas no son yo. Llevas a cada una de las mujeres hasta mi estándar, y todas caen. Estás obsesionado conmigo al igual que yo contigo. Detengamos la mentira y hagámoslo bien. Él movió sus ojos de regreso al capó y pasó sus hermosas manos por ese volante de madera. —Déjame preguntarte algo. —Lo que sea. —¿A cuántos hombres les has dicho eso? —La miró de nuevo—. ¿Eh? ¿A cuántos, Gin? ¿Cuántas veces has usado esas líneas? —Es la verdad —dijo con voz rota. —¿Probaste el tono suplicante también con ellos, Gin? ¿Les hiciste esos ojos? —No seas cruel. Después de un largo silencio, él negó con su cabeza. —¿Recuerdas la fiesta de mi cumpleaños número treinta? ¿La única que tuve fuera de mi granja? —Eso no tiene nada que ver con… —Fue una buena sorpresa. No tenía idea de que todos estaban esperándome. Entré a mi casa, y ¡sorpresa! Todas esas personas aplaudiendo, y yo buscándote… Ella levantó sus manos. —¡Samuel eso fue hace cinco años! Fue… —En realidad, ha sido toda la historia de nuestra relación, Gin. Te busqué, atravesé la multitud, buscándote… —¡Eso no importó! Ellos no importaban… —A ti, porque como dijiste, soy un estúpido, y tú eras la única persona que en verdad quería allí. Y te encontré, todo bien. Follando a ese jugador de polo argentino, quien era un invitado de Edward, en mi cama. —Samuel… —¡En mi cama! —espetó, golpeando su puño en el salpicadero—. ¡Mi jodida cama, Gen! —De acuerdo ¿y qué hiciste? —Se lanzó hacia adelante y lo señaló con un dedo—. ¿Entonces qué hiciste? Tomaste a mi compañera de cuarto de la universidad y a su hermana y tuviste sexo con ellas en la piscina…


Maldijo en voz baja. —¿Qué se suponía que hiciera? ¿Dejar que me pasaras por encima? Soy un hombre, ¡no uno de tus jodidos y patéticos amigos! No voy a… —¡Estuve con el jugador de polo porque la semana anterior te desviaste de tu camino para dormir con Catherine! Habíamos sido amigas desde que tenía dos, Samuel. Tuve que sentarme a escucharla divagar sobre cómo le habías dado el orgasmo de su vida en la parte trasera de este mismo auto. ¡Después de haber estado conmigo la noche anterior! Así que no hablemos de cómo tú has sido el único que… —Detente. —De repente, pasó una mano por su cabello—. Detenlo, detén todo... ya no haremos esto, Gin. Estamos peleando por la misma dinámica que tuvimos cuando éramos adolescentes… —Peleamos porque nos importa y somos demasiado orgullosos para admitirlo. —Cuando él guardó silencio de nuevo, ella tuvo la esperanza efervescente de que estuviera reconsiderando las cosas—. Samuel, eres el único hombre al que he amado. Y yo soy lo mismo para ti. Así es cómo es. Si necesitamos detener algo, son las peleas y las heridas. Ambos somos demasiado orgullosos y obstinados para nuestro propio bien. Hubo un largo silencio. —Gin, ¿por qué ahora? —Es sólo… es tiempo. —¿Todo porque fuiste requisada al desnudo a las diez de esta mañana? —Deberías. Samuel T. negó con su cabeza. —No sé si hablas en serio o no, pero ese no es mi problema. Permíteme ser bastante claro… —Samuel —Se rompió—. Te amo. Y lo decía en serio. Lo sentía hasta el alma: la aterradora convicción de que las cosas irían muy mal para su familia había echado raíces, y estas se esparcieron, trayendo consigo un tipo de claridad que jamás había tenido antes. O tal vez era más… un coraje que había estado ausente. A pesar de todos sus años juntos, jamás le había dicho cómo se sentía realmente. Había sido todo sobre la postura y constante competencia. Bueno, y el nacimiento de su hija, no es como si él no lo supiera todavía. —Te amo —susurró. —No. —Dejó caer su cabeza y apretó ese volante como si estuviera buscando algún tipo de fortaleza en su interior—. No… no puedes hacer esto, Gin. No conmigo. No trates de pretender tanto. No es saludable para

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ti… y no creo que lo sobreviviré ¿de acuerdo? Necesito funcionar, mi familia me necesita. No dejaré que jodas con mi cabeza tanto… —Samuel… —¡No! —gritó. Entonces la miró, y sus claros ojos eran fríos y estaban entrecerrados, como si viera a un enemigo. —Primero que todo, no te creo ¿de acuerdo? Creo que estás mintiendo para manipularme. Y ¿en segundo lugar? Jamás permitiré que una esposa mía me falte al respeto de la forma en la que tú lo harás con tu esposo. Eres constitucionalmente incapaz de ser monógama, y para ir más al grano, estás demasiado aburrida como para valorar una relación sostenible. Tú y yo podemos tener un rollo de vez en cuando, pero nunca honraré a una puta como tú con mi apellido. ¿Menosprecias a las meseras? Está bien. Pero preferiría mucho más que alguien como ellas llevaran mi anillo en su dedo que una mocosa malcriada y desleal como tú. Encendió el motor, el dulce olor de aceite y gasolina quemando brevemente la caliente brisa. —Te veré la próxima vez que tenga una picazón que no pueda rascarme. Hasta entonces, diviértete con el resto de la población. Gin tuvo que colocar las dos manos sobre su boca mientras él retrocedía y se marchaba, el anticuado auto desapareciendo por el largo camino en la colina. Tras su tormenta, las lágrimas cayeron de sus ojos, disolviendo su rímel, y por una vez no le importó. Se había arriesgado con él. Y falló. Era su peor pesadilla volviéndose realidad.


Traducido por Dey Kastély Corregido por Vanessa Farrow

—Oh, ¿Lisa? —Tan pronto como Lizzie escuchó el acento sureño filtrarse a través del invernadero, se congeló, lo cual era inconveniente porque se encontraba deshaciendo las mesas de los ramos, y tenía una equilibrada sobre un lado. —¿Lisa? Mirando por encima, encontró a la esposa de Lane de pie en el marco de la puerta como si estuviera posando para una cámara, con una mano en la cadera, apartándose el cabello con la otra. Llevaba pantalones Mary Tyler Moore de seda rosa de la era de Laura Petrie 23 y una blusa suelta de corte bajo del color del atardecer. Los zapatos eran puntiagudos y tenían un tacón bajo, ¿y por si fuera poco? Una dramática bufanda vaporosa en un amarillo y verde ácido que se hallaba envuelta alrededor de sus hombros y atada sobre sus pechos perfectos. En definitiva, todo el asunto creaba una impresión de Fresca, Encantadora y Tentadora; y hacía que alguien que estaba Cansada, Ansiosa y Estresada se sintiera deficiente no sólo a nivel de cabello y guardarropa, sino hasta nivel molecular. —¿Sí? —dijo Lizzie mientras volvía a golpear una de las patas de las mesas para contraerla. —¿Podrías dejar de hacer eso? Hace mucho ruido. —Será un placer —dijo Lizzie entre dientes. Por alguna razón, a medida que la mujer jugaba con sus ricitos de oro, el destello del gran diamante en su mano izquierda era como si alguien lanzara la bomba M varias veces. Chantal sonrió. —Necesito tu ayuda para una fiesta. ¿Podremos sólo llegar al día de mañana primero? —Será un placer.

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Personaje de “El show de Dick Van Dyke” de los años sesenta.

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—Es una fiesta para dos. —Chantal sonrió mientras aflojaba esa bufanda y se adentraba más a la habitación—. Oh, hace calor aquí. ¿Puedes hacer algo al respecto? —A las plantas les va mejor en el calor. —Ah. —Extendió la bufanda y la puso junto a algunos de los ramos de flores que serían colocados en las salas públicas de la casa—. Bueno. —¿Decía? Esa sonrisa regresó. —Se acerca mi aniversario y el de Lane, y me gustaría hacer algo especial. Tragó saliva y se preguntó si esto era una especie de juego enfermo. ¿La mujer había escuchado algo a través de la puerta de la planta superior? ¿Las paredes? —¿Pensé que se casaron en julio? —Qué amable de tu parte recordarlo. Eres tan atenta. —Chantal inclinó la cabeza a un lado y la miró fijamente como si estuvieran teniendo un momento—. Nos casamos en julio, pero tengo una noticia especial para compartirle, y pensé que podríamos celebrar un poco antes. —¿En qué estaba pensando? Lizzie no la siguió muy bien a medida que salían todo tipo de ideas. Lo único que sobresalió fue “romántico” y “privado.” Como si Chantal estuviera deseando darle un baile erótico a su marido. —¿Lisa? ¿Estás tomando nota de esto? Bueno, no, porque no tengo lápiz y papel en mano, ¿verdad? Y posdata, creo que voy a vomitar. —Estoy feliz de hacer lo que desee. —Eres tan servicial. —La mujer asintió hacia el jardín y la carpa afuera—. Sé que todo será hermoso mañana. —Gracias. —Y podemos hablar más tarde. Pero, de nuevo, estoy pensando en una cena romántica en una suite en el centro, en el hotel Cambridge. Puedes proporcionar las flores y decoraciones especiales, quiero cubrir todo en tela de modo que sea como que estamos en un lugar exótico, sólo nosotros dos. —De acuerdo. ¿Le mintió Lane? Y si lo hizo… bueno, ella podría hacer que Greta se encargara de todo en el almuerzo de la carrera mientras se quedaba en su granja con un bote de tres litros de helado de chocolate. Excepto que ella y su compañera no se hablaban. Fantástico.


—Eres la mejor. —Chantal revisó su reloj de diamantes—. Ya es hora de que te vayas a casa, ¿no es así? Es un gran día mañana, necesitarás tu sueño de belleza. Hasta luego. Cuando Lizzie se encontró sola de nuevo, se sentó en una de las cubetas volteadas y puso las manos sobre sus muslos, frotando arriba y abajo. Respira, se dijo. Sólo respira. Greta tenía razón, pensó. Ella no estaba al nivel de estas personas, y no porque no era más que una humilde jardinera. Ellos jugaban un juego que sólo podía perder. Tiempo de salir, decidió. El sueño de belleza no sucedería, pero al menos podría tratar de dejar su cabeza bien puesta antes de que la bomba estallara mañana. Levantándose, estaba a punto de irse cuando vio esa bufanda. Lo último que quería hacer era entregarle de nuevo la pieza de seda a Chantal como si ella fuera un labrador devolviéndole una pelota de tenis a su dueño. Pero se encontraba justo al lado de todos esos ramos, y conociendo su suerte, algo gotearía o caería sobre eso y tendría que ahorrar hasta tres meses de sueldo para comprar una nueva. El guardarropa de Chantal era más caro que todos los vecindarios en Charlemont. Recogiendo la cosa esa, pensó que la mujer no podría haber ido muy lejos con esos estúpidos zapatos de tacón de gatito. No sería difícil localizarla. *** Gin seguía de pie debajo del árbol de magnolias en donde Samuel T. la dejó cuando un auto apareció en la sinuosa calzada delantera. No fue sino hasta que la camioneta se detuvo frente a ella que se dio cuenta de que era del departamento del sheriff del condado de Washington. Por Dios, ahora por qué cosa su padre trataba de arrestarla. Cortesía de la horrible excursión al centro de esta mañana, su primer instinto fue correr, pero llevaba tacones altos, y si realmente quería alejarse del oficial, tendría que salir huyendo a través de un lecho de flores. Romperse la pierna no la ayudaría en la cárcel. El sustituto Mitchell Ramsey salió con un fajo de papeles en la mano. —Señora —dijo, asintiendo hacia ella—, ¿cómo está?

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No sacó esposas. No parecía interesado en ella más que cortésmente. —¿Está aquí por mí? —espetó. —No. —Sus ojos se estrecharon—. ¿Está usted bien? No, para nada, sustituto. —Sí, gracias. —Si me disculpa, señora. —Así que, ¿no ha venido por mí? —No, señora. —Se acercó a la puerta principal y comenzó a tocar el timbre—. No he venido a eso. ¿Tal vez tenía que ver con Rosalinda? —Por aquí —dijo, yendo hacia él—, entre. ¿Está buscando a mi hermano? —No, ¿se encuentra Chantal Baldwine en casa? —Probablemente. —Abrió la gran puerta, y el sustituto se quitó el sombrero de nuevo al entrar—. Permítame… Ah, señor Harris. ¿Podría por favor llevar a este caballero con mi cuñada? —Será un placer —dijo el mayordomo con una reverencia—. Por aquí, señor. Creo que se encuentra en el invernadero. —Señora —le murmuró el sustituto, antes de alejarse a grandes zancadas tras del hombre inglés. —Bueno, esto debería ser interesante —dijo una voz seca desde el salón. Se giró bruscamente. —¿Lane? Su hermano se encontraba de pie delante de la pintura de Elijah Bradford, y alzó su copa. —Viva mi divorcio. —En serio. —Gin entró y se ocupó en el bar porque no quería que Lane se concentrara en sus ojos enrojecidos y cara hinchada—. Bueno, al menos ya no tendré que quitarle la joyería de mamá de su cuello. Hasta nunca, y me sorprende que no quieras disfrutar del espectáculo. —Tengo problemas mayores. Gin llevó su bourbon con soda al sofá y se quitó sus tacones de aguja. Metiendo las piernas debajo del asiento, miró a su hermano. —Te ves terrible —dijo. Tan mal como se sentía, de hecho. Se sentó frente a ella. —Esto será duro, Gin. El dinero. Creo que esto es muy grave. —Tal vez podamos vender acciones. Quiero decir, puedes hacer eso, ¿verdad? No tengo ni idea de cómo funciona todo esto.


Y por primera vez en su vida, deseó saberlo. —Es complicado por la situación del fideicomiso. —Bueno… estaremos bien. —Cuando su hermano no dijo nada, frunció el ceño—. ¿Verdad? ¿Lane? —No lo sé, Gin. De verdad no lo sé. —Siempre hemos tenido dinero. —Sí, eso ha sido verdad. —Lo haces sonar en tiempo pasado. —No te engañes, Gin. Inclinando la cabeza hacia atrás, se quedó mirando el techo alto, imaginando a su madre yaciendo en esa cama suya. ¿Ese también sería su propio futuro?, se preguntó. ¿Algún día se retiraría y correría las cortinas para que pudiera vivir en una bruma de drogas? Ciertamente, sonaba atractivo en ese momento. Dios, ¿Samuel T. realmente la había rechazado? —Gin, ¿has estado llorando? —No —dijo apaciblemente—. Sólo alergias, querido hermano. Sólo alergias de primavera…

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Traducido por Dey Kastély Corregido por Meliizza

Lizzie salió a toda prisa del invernadero con la fragante bufanda de Chantal, todo el perfume sobre la tela vaporosa espeso en su nariz, haciéndola querer estornudar. Era gracioso, podía estar rodeada de un millar de flores reales, pero cosa elegante y falsamente conservadora era suficiente para enviarla al borde de tomar una medicina para alergias. A lo lejos, escuchó el inconfundible acento de Virginia de Chantal y se dirigió en dirección al comedor para… —¿Qué es esto? —demandó Chantal. Lizzie se detuvo en seco y se apoyó en torno a la pesada moldura del arco. En la cabecera de la mesa larga y brillante, Chantal se encontraba de pie junto a un ayudante del sheriff uniformado, que aparentemente le acababa de dar un grueso sobre. —Ha sido notificada, señora. —El ayudante asintió—. Que tenga un buen día… —¿A qué se refiere con notificada? ¿Qué significa…? No, no se irá hasta que abra esto. —Rasgó el sobre—. Puede quedarse justo ahí mientras yo… Los papeles salieron de un paquete que había sido doblado tres veces, y a medida que la mujer los desplegaba, el corazón de Lizzie palpitaba furioso. —¿Divorcio? —dijo Chantal—. ¿Divorcio? Lizzie se puso fuera de la vista y se pegó contra el muro. Cerrando los ojos, odió lo aliviada que se sentía, de verdad que sí. Pero no era como si pudiera fingir que no ser una tonta por segunda ocasión no era algo bueno. —¡Esta es una petición de divorcio! —La voz de Chantal se volvió más aguda—. ¡¿Por qué está haciendo esto?!


—Señora, mi trabajo es entregar los papeles. Ahora que usted los ha aceptado… —¡No los acepto! —Hubo un sonido de aleteo, como si en realidad se los hubiera lanzado al hombre—. Lléveselos de vuelta… —Señora —gritó el ayudante—, le aconsejaré que recoja esos papeles del suelo… o no lo haga. Pero más de eso y la arrastraré a la corte atada al capó de mi patrulla sólo por ponerse agresiva con un oficial de la paz. ¿Estamos claros, señora? Señal de lágrimas. Entre sollozos y lo que tenían que ser jadeos, Chantal retrocedió a la carrera. —Mi marido me ama. No lo hizo en serio. Él está… —Señora, eso no es asunto mío ni me concierne. Buen día. Fuertes pisadas se escucharon y se alejaron. —Maldita sea, Lane —siseó la mujer con una dicción perfecta. Al parecer la actuación ocurrió sólo cuando tenía una audiencia. Sin previo aviso, el sonido de esos tacones por el piso se dirigió en dirección a Lizzie. Mierda, no había tiempo para irse de… Chantal dobló la esquina y saltó cuando vio a Lizzie. A pesar de que la mujer había sacado lágrimas para ese ayudante, sus ojos se encontraban claros y libres de lágrimas, su maquillaje nada deshecho en lo más mínimo. Rabia. Instantánea. —¿Qué estás haciendo? —gritó Chantal, con el cuerpo tembloroso—. ¡Espiando! Lizzie le tendió la bufanda. —Estaba trayéndole esto… Chantal se la arrebató. —Largo de aquí. ¡Fuera! ¡Fuera! Y no tienes que pedirlo dos veces, pensó Lizzie mientras giraba y aceleraba por los grandes espacios abiertos. Cuando entró por la carpa y se movía alrededor de mesas y sillas, sacó su teléfono y le envió a Lane un mensaje alegre con un: “Nada serio, voy a casa después de un largo día”. Dios sabía que ese hombre tendría mucho en sus manos tan pronto como Chantal lo encontrara. ¿Las buenas noticias, al menos para Lizzie? Ninguna fiesta de aniversario por planificar. Y Lane había sido fiel a su palabra.

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Fue difícil detener que una pequeña sonrisa surgiera en su rostro. Y cuando se negó a irse, la dejó quedarse donde estaba. *** El teléfono de Lane dejó escapar un ding electrónico cuando Chantal caminó por el salón, gritando su nombre mientras se dirigía a la gran escalera. No hizo nada para alertarla de su paradero, sólo la dejó ir arriba a causar cualquier escena que iba a montar frente a la puerta cerrada de su habitación vacía. Era gracioso, apenas unas horas antes, que el hecho de que ella estuviera en pie de guerra habría sido un problema con el que tendría que haber lidiado. ¿Ahora? Estaba muy, pero muy por debajo en su lista de prioridades. —Tengo que ir a ver a Edward —dijo Lane sin molestarse en comprobar quién le había enviado un mensaje de texto. Gin sacudió la cabeza. —Yo no lo haría. No está bien, y las noticias que compartirás sólo pueden empeorar las cosas. Tenía razón. Edward ya odiaba a su padre. ¿La idea de que el hombre había robado los fondos? Gin se puso de pie y se acercó al bar por otra bebida. —¿Mañana todavía seguirá en pie? —¿El almuerzo? —Se encogió de hombros—. No sé cómo detenerlo. Además, la mayoría ya ha sido pagado. La comida, el licor, los alquileres. Se avergonzaba de la otra razón para mantener el evento en marcha. La idea de que el mundo pudiera saber tan siquiera una pista de los problemas que su familia potencialmente se enfrentaba era inaceptable para él. El sonido de alguien que bajaba las escaleras alfombradas en un desgarro absoluto hizo que su hermana alzara una ceja. —Parece que estás a punto de tener un momento matrimonial. —Sólo si me encuentra… Chantal apareció en la entrada del salón, su rostro normalmente pálido y plácido se hallaba rojizo como una capa de alquitrán en una barbacoa. —¿Cómo te atreves? —exigió su esposa. —Supongo que estás empacando tus maletas, querida —dijo Gin con una sonrisa de la mañana de navidad—. ¿Debería llamar al mayordomo?


Creo que te podemos conceder esa última cortesía. Considéralo tu regalo de despedida. —No me iré de esta casa. —Chantal ignoró a Gin—. ¿Me entiendes, Lane? Rodeó el hielo en su vaso con el dedo índice. —Gin, ¿nos darías un poco de privacidad? Con un atento asentimiento, su hermana se dirigió al arco de la puerta, y mientras pasaba junto a Chantal, se detuvo y volvió su mirada a él. —Asegúrate que el mayordomo revise sus maletas por joyería. —Eres una perra —siseó Chantal. —Sí, lo soy. —Gin se encogió de hombros como si la mujer apenas y valiera la pena el aliento para hablar—. Y también tengo derecho al nombre y el legado Bradford. Tú no. Hasta luego. Cuando Gin le lanzó un gesto de despedida con la mano, Lane se acercó y trasladó su cuerpo entre las dos para que pudieran evitar un momento como el de la pelea de Alexis y Krystle en el estanque de lirios24. Entonces, se acercó y cerró los paneles, a pesar de que no quería estar a solas con su esposa. —No me iré. —Chantal se dio la vuelta para mirarlo—. Y esto no está sucediendo. Mientras tiraba la petición de divorcio al suelo a sus pies, todo lo que podía pensar era que no tenía tiempo para esto. —Escucha, Chantal, podemos hacer esto de la manera fácil o difícil, es tu elección. Pero entiende que si eliges la última, no iré sólo tras de ti, sino también de tu familia. ¿Cómo crees que se sentirían tus padres bautistas si recibieran una copia de tus registros médicos en su puerta? No creo que ellos estén a favor del aborto, ¿o sí? —¡No puedes hacer eso! —No seas estúpida, Chantal. Hay todo tipo de personas a las que puedo llamar, personas que tienen deudas con la familia que se mueren por saldar. —Volvió a la barra y se sirvió más de la reserva familiar en su vaso. —O qué tal esto: ¿Qué pasaría si esos registros médicos cayeran en las manos de la prensa, o tal vez un sitio en línea? La gente entendería por qué me estoy divorciando de ti… y pasarías un infierno para encontrar otro

206 Famosa pelea entre dos personajes estadounidense, Dynasty, de los años ochenta. 24

rivales

de

la

serie

de

televisión


marido. A diferencia del norte, nosotros, los hombres sureños tenemos estándares para nuestras esposas, y esos no incluyen el aborto. Hubo un largo silencio. Y luego, la sonrisa que vino hacia él fue inexplicable, tan confiada y tranquila, que se preguntó si se había vuelto una chiflada en los últimos dos años. —Tienes más que mantener en secreto que yo —dijo en voz baja. —Ah, sí. —Tomó un gran sorbo desde el borde de su vaso—. ¿Cómo sabes eso? Todo lo que hice fue lo correcto por una mujer a la que supuestamente dejé embarazada. Quién sabe si era mío, de todos modos. Señaló el papeleo. —Harás que eso desaparezca. Me permitirás quedarme aquí por todo el tiempo que quiera. Y vas a acompañarme a las festividades de la carrera mañana. —¿En qué universo paralelo? Puso la mano en su vientre. —Estoy embarazada. Lane soltó una carcajada. —Intentaste eso una vez, cariño. Y todos sabemos cómo terminó. —Tu hermana se encontraba equivocada. —¿Sobre ti, robando joyas? Tal vez. Ya veremos. —No, sobre el hecho de que no tengo todo el derecho de estar aquí. Y lo mismo pasa con mi hijo. De hecho, mi hijo tiene el mismo derecho al legado Bradford como tú y Gin. Lane abrió la boca para decir algo, y luego lentamente la cerró. — ¿De qué estás hablando? —Me temo que tu padre no es mejor marido que tú. Un tintineo se alzó desde su vaso, y bajó la mirada, notando desde una gran distancia que le temblaba la mano y hacía que el hielo se agitara. —Eso es verdad —dijo Chantal en una voz lenta y tranquila—, y creo que todos estamos conscientes de la delicada condición de tu madre. ¿Cómo se sentiría si supiera que su marido no sólo le había sido infiel, sino que un niño iba a nacer? ¿Crees que tomaría más de esas píldoras de las que ya es tan dependiente? Probablemente. Sí, estoy segura de que ella lo haría. —Perra —susurró. En su mente, se vio a sí mismo cerrando las manos alrededor de la garganta de la mujer y apretando, apretando con tanta fuerza que comenzaría a luchar mientras su rostro se volviera morado y su boca se quedara boquiabierta.


—Por otro lado —murmuró Chantal—, ¿no disfrutaría tu madre saber que será abuela por segunda vez? ¿No sería eso motivo de celebración? —Nadie podría creer que es mío —se escuchó decir. —Oh, pero lo creerán. Se parecerá a ti, y he estado yendo a Manhattan regularmente para trabajar en nuestra relación. Todos aquí lo saben. —Mientes. Nunca te he visto. —Nueva York es un lugar muy grande. Y me he asegurado que todos en esta familia estén al corriente de que te he visto y disfrutado de tu compañía. También he hablado de ello con las chicas en el club, sus esposos en las fiestas, mi familia… todos han sido un gran apoyo para ti y para mí. Mientras permanecía en silencio, ella sonrió dulcemente. —Así que puedes ver cómo esos papeles del divorcio no serán necesarios. Y cómo no dirás nada de lo que pasó entre nosotros con nuestro primer bebé. Si lo haces, destaparé todo sobre tu familia y te avergonzaré delante de esta comunidad, tu ciudad, tu estado. Entonces, veremos cuánto tiempo te lleva ponerte tu traje funerario. Tu madre se encuentra ajena a todo, pero no completamente aislada, y su enfermera le lee el periódico cada mañana justo al lado de su cama. Con una expresión satisfecha, Chantal se dio la vuelta y abrió los paneles, abriéndose camino hacia el vestíbulo de mármol, una vez más la mujer de ocio con la sonrisa de Mona Lisa. Todo el cuerpo de Lane se sacudió, los músculos gritaban por acción, por venganza, por sangre, pero la ira ya no iba dirigida a su esposa. Estaba totalmente dirigida a su padre. Cornudo. Creía que esa era la palabra pasada de moda que se utilizaba para describir este tipo de cosas. Le habían puesto los cuernos con su propio y maldito padre. Cuándo demonios se acabará este día, pensó él.

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Traducido por Daniela Agrafojo Corregido por Dannygonzal

Lizzie se dijo que no iba a revisar su teléfono. No cuando tomó la cosa de su bolso y la transfirió a su bolsillo trasero tan pronto como pasó por la puerta principal de su casa de campo. No mientras, unos quince minutos después, se aseguró de que el timbre estuviera encendido. Y ni siquiera cuando, diez minutos después de eso, desbloqueó la pantalla y se aseguró de que no se había perdido ningún mensaje o llamada. Nada. Lane no le habló para asegurarse de que llegó a casa. No respondió su mensaje. Pero vamos, ¿como si no tuviera un asunto delicado en sus manos? Cielos. Y aun así se sentía ansiosa mientras se paseaba. Su cocina se hallaba inmaculada, lo que era una pena porque podría haber usado algo para limpiar. Lo mismo ocurría con su habitación en el segundo piso, diablos, incluso su cama estaba hecha, y había lavado la ropa sucia la noche pasada. Lo único que encontró fuera de lugar fue la toalla que usó esa mañana para secarse después de bañarse. La colgó flojamente sobre la cortina de la ducha, y ya que todavía se hallaba dentro de la regla del día de dos para entrar en el cesto, todo lo que podía hacer era doblar la cosa a lo largo y enhebrarla en la vara que había en la pared. Gracias a un día mayormente soleado, su casa estaba cálida hasta en el segundo piso y ella fue y abrió todas las ventanas. Una brisa que olía a la pradera alrededor de la propiedad sopló y se llevó la mala ventilación. ¿Podría hacer el mismo truco con su cabeza? Imágenes del día la bombardearon: Lane y ella riéndose cuando acababa de entrar a trabajar; ellos mirando su portátil; ambos… Con todo revuelto en la cabeza, Lizzie volvió a la cocina y abrió la puerta del refrigerador. No había mucho ahí. Ciertamente nada que tuviera interés en comer.


Mientras sentía la urgencia de volver a mirar su teléfono, se dijo que parara. Chantal podía ser un problema en un buen día. Abofetearlo con los papeles del divorcio con la escena siendo presenciada por alguien del servicio… El sonido de unos pasos en el pórtico delantero llevó su mente al presente. Frunciendo el ceño, cerró el refrigerador y caminó hacia la sala. No se molestó en mirar quién era. Habían dos opciones: su vecino de la izquierda, que vivía a ocho kilómetros más abajo en la carretera y tenía vacas que frecuentemente rompían su cerca y vagaban en los campos de Lizzie; o su vecino de la derecha, quien se encontraba apenas a un kilómetro y medio, y cuyos perros frecuentemente vagaban por ahí para echarle un vistazo a las vacas fuera del corral. Comenzó a saludar mientras abría la puerta. —Hola, hay… No eran sus vecinos con disculpas por bovinos o caninos. Lane se encontraba de pie en su pórtico, y su cabello se veía peor que en la mañana, con las oscuras ondas levantadas de su cabeza como si hubiera estado tratando de sacárselo. Estaba demasiado cansado para sonreír. —Pensé en ver de primera mano si llegaste bien a casa. —Oh, Dios, ven aquí. Se encontraron en el medio, cuerpo a cuerpo, y ella lo abrazó con fuerza. Olía a aire fresco, y sobre sus hombros, vio que su Porsche tenía la capota abajo. —¿Estás bien? —dijo ella. —Mejor ahora. Por cierto, estoy un poco borracho. —¿Y manejaste hasta aquí? Eso es estúpido y peligroso. —Lo sé. Es por eso que lo estoy confesando. Ella dio un paso atrás para dejarlo entrar. —Estaba a punto de comer. —¿Tienes suficiente para dos? —Especialmente si vas a ponerte sobrio. —Sacudió la cabeza—. No más de beber y manejar. ¿Crees que tienes problemas en este momento? Trata en agregar el manejo bajo la influencia de alcohol a tu lista. —Tienes razón. —Miró alrededor, y luego fue hacia el piano y apoyó las manos en el liso protector de las teclas—. Dios, nada ha cambiado. Ella se aclaró la garganta. —Bueno, he estado ocupada en el trabajo… —Eso es algo bueno. Algo genial.

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La nostalgia en su rostro mientras seguía viendo sus herramientas antiguas, su edredón colgando y su sencillo sofá era mejor que alguna palabra que pudiera haber dicho. —¿Comida? —incitó ella. —Sí. Por favor. En la cocina, él fue directo y se sentó a su pequeña mesa. Y de repente, fue como si nunca se hubiera ido. Ten cuidado con eso, se dijo a sí misma. —Entonces, ¿cómo te gustaría…? —Se estiró a través del contenido de sus alacenas y el refrigerador—…bueno, ¿te gustaría un poco de la lasaña que congelé hace como seis meses, con una guarnición de papas fritas de una bolsa que abrí anoche, coronada con un viejo helado Graeter’s Peppermint Stick? Los ojos de Lane se enfocaron en ella y se oscurecieron. Deeeee acueeeeeeeerdo. Claramente, planeaba tener algo más de postre, y mientras, su cuerpo se calentaba de adentro hacia afuera, eso estaba más que bien con ella. Rayos, en verdad no escuchaba a su sentido común. Deshacerse de su esposa era solo la punta del iceberg para ellos, y tenía que mantener eso en mente. —Creo que eso suena como la mejor comida del mundo. Lizzie cruzó los brazos y se recostó contra el refrigerador. —¿Puedo ser honesta? —Siempre. —Sé que Chantal recibió los papeles del divorcio. Fue algo con lo que lidié. No pretendía ver al diputado hacer el acto. —Te dije que estaba terminando las cosas. Ella se frotó la frente. —Como dos minutos antes de eso, ella vino a mí para planear una cena de aniversario para ustedes. Hubo una silenciosa maldición. —Lo lamento. Pero te lo digo en este momento, no hay futuro en las cartas para ella y yo. Lizzie lo miró fijamente por largo rato, y en respuesta, él no se movió, no pestañeó, no dijo otra palabra. Simplemente se sentó ahí… y dejó que sus acciones hablaran por él. Maldita sea, pensó. En serio, en serio no quería enamorarse de él otra vez.


*** Mientras la noche se asentaba sobre los establos, Edward se encontró cayendo en su rutina normal de la tarde. ¿Vaso con hielo? Listo. ¿Alcohol? Listo; esta noche ginebra. ¿Silla? Listo. Excepto que cuando se sentó y enfrentó todas esas cosas necesarias, tamborileó los dedos en el apoyabrazos en lugar de usarlos para romper el sello de la botella. —Vamos —se dijo—. Sigue con el programa. A la una… no. Por alguna razón, la puerta de la cabaña hablaba más con él que la ginebra cuando se trataba de las cosas que necesitaba abrir. El día había sido largo, con un viaje a las llanuras de Steeplehill para revisar esos dos caballos y hacer la llamada, a su veterinario y a su entrenador, de que Pequeño Saltador tuvo que ser tratado por ese problema en el tendón. Luego regresó, y consiguió evaluar a cinco de sus yeguas de cría y sus embarazos, revisar el libro y las cuentas con Moe. Por lo menos había habido buenas noticias en ese frente. Por segundo mes consecutivo, la operación no solo fue autosustentable, sino que también dejó un beneficio. Si seguía así, iba a ponerle fin a esas transferencias del fidecomiso de su madre, esas que habían estado proveyendo una entrada regular de dinero en su negocio desde los ochentas. Quería ser totalmente independiente de su familia. De hecho, una de las primeras cosas que hizo cuando salió del hospital de rehabilitación fue rechazar sus distribuciones fiduciarias. No quería tener nada que ver con fondos siquiera remotamente asociados con la Compañía de Bourbon Bradford, y toda la posición social de sus fidecomisos directamente relacionados con la CBB. De hecho, no había descubierto las transferencias de su madre al Red & Black hasta casi seis meses después, y en ese momento, los establos apenas comenzaban a despertar a la vida. ¿Si las detenía a ese punto? La operación se habría ido a pique. Había pasado largo tiempo desde que alguien con cualquier tipo de visión para los negocios estuvo en la empresa de los caballos, y ahora cualquiera que fuera su debilidad, su truco para hacer dinero permanecía ileso. Un mes más. Entonces sería libre. Dios, se sentía más cansado de lo usual. También más adolorido. ¿O tal vez ambos se encontraban estrechamente entrelazados? Y aun así no podía recoger la botella.

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En su lugar, se levantó con ayuda del bastón y se dirigió hasta las cortinas, que habían estado cerradas desde el día que se mudó. En ese momento afuera estaba negro como el carbón, solo las enormes luces de sodio en lo alto de los graneros lanzaban un haz de luz contra la oscuridad. Maldiciendo en voz baja, fue a la puerta principal y la abrió. Se detuvo por un momento. Cojeó hacia la oscuridad. Edward cruzó el césped con andar irregular y se dijo que iba a darle un vistazo a esa yegua que tenía problemas. Sí, eso era lo que haría. No iba a echarle un vistazo a Shelby Landis. Nop. No estaba, por ejemplo, preocupado por no haberla visto abandonar el granero en todo el día y que eso significaba que tal vez no tuviera comida en su apartamento. Tampoco estaba, se dijo, asegurándose de que tuviera agua caliente porque, después de las doce horas que pasó acarreando carretillas, sacos de grano que eran del tamaño de su camión, y balas de heno que picaban, probablemente iba a estar adolorida y necesitando una buena ducha. Se encontraba absolutamente, positivamente… —Maldita sea. Sin siquiera ser consciente de ello, fue a la puerta lateral del granero B… esa que se abría a la oficina, también al conjunto de escaleras que lo llevarían a su lugar. Bueno, considerando que ya se hallaba ahí… podría también ver cómo le iba. Por la lealtad a su padre, por supuesto. Él no pasó una mano por su cabello antes de girar el pomo… Está bien, tal vez solo un poco, pero solo porque necesitaba un corte de pelo y la cosa caía sobre sus ojos. Las luces activadas por movimiento se encendieron cuando entró al área de la oficina, y todos esos escalones de la antigua zona del pajar se cernieron sobre su cabeza como una montaña que iba a tener que luchar para subir. Y qué sabes tú, su pesimismo se encontraba bien fundado: tuvo que tomar un descanso a medio camino. Y otro tan pronto como alcanzó la cima. Y ahí fue cuando escuchó la risa. La de un hombre. La de una mujer. Viniendo del apartamento de Moe. Frunciendo el ceño, Edward miró hacia la puerta de Shelby. Acercándose, colocó su oreja contra los paneles. Nada.


¿Cuando hizo lo mismo en la puerta de Moe? Pudo escucharlos a ambos, el fuerte arrastre de palabras sureñas yendo de ida y vuelta como el violín y el banjo de una banda de Bluegrass. Edward cerró los ojos por un momento y se hundió contra la puerta cerrada. Luego se enderezó y bajó con su bastón las escaleras, salió al césped, y regresó a su cabaña. Esta vez no tuvo problemas en abrir su botella. O derramarla en su vaso. Fue durante su segundo vaso que se dio cuenta de que era viernes. Viernes en la noche. ¿No era eso ser afortunado? Él también tenía una cita.

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Traducido por Dey Kastély y Jane’ Corregido por Pachi Reed15

Sutton Smythe miró por encima de la multitud que había llenado la galería principal del museo de Arte de Charlemont. Había muchos rostros que reconoció, tanto los que conocía personalmente como aquellos que había visto en los noticieros, televisión y en la gran pantalla. Muchas personas la saludaron a medida que captaban su mirada, y fue lo suficientemente cortés, levantando su mano a cambio. Esperaba que ninguno se acercara a ella. No se encontraba interesada en conectar más allá de un beso en la mejilla y una investigación sobre su esposo o una introducción a su acompañante de la noche. No quería que se le agradeciera, una vez más, por su generosa donación del mes pasado de diez millones de dólares para iniciar la campaña para la expansión del museo. Tampoco quería tener que reconocer el préstamo permanente de su padre de ese Rembrandto25 o el huevo de Fabergé26 que fue regalado en honor de su difunta madre. Sutton quería estar sola para buscar entre la multitud el único rostro que esperaba. El rostro que quería… necesitaba… ver. Pero Edward Baldwine, una vez más, no iba a venir. Y sabía esto no porque había estado allí de pie en las sombras durante la última hora y media mientras los invitados llegaban a la fiesta que organizó en nombre de su familia, sino porque ella había insistido en ver una copia de la lista de asistencia una vez a la semana, y luego diariamente, previo al evento.

25 Rembrandt Harmenszoon van Rijn fue un pintor y grabador holandés, uno de los mayores maestros barrocos. 26 Un huevo de Fabergé es una de las sesenta y nueve joyas creadas por Carl Faberge entre los años 1885 y 1917. Se consideran obras maestras del arte de la joyería.


Él no había respondido en absoluto. Ni un “sí, asistiré con gusto”, ni tampoco con “pido disculpas, no podré asistir.” ¿Realmente podía estar sorprendida? Y sin embargo, le dolía. De hecho, la única razón por la que había ido a la fiesta de William Baldwine la noche anterior fue con la esperanza de ver a Edward en su propia casa. Después de que no regresara a sus llamadas por días, meses, y ahora años, ella había pensado que tal vez él haría acto de presencia en la mesa de su padre y podrían volver a encontrarse de manera natural. Pero no. Edward tampoco había estado ahí. —Señorita Smythe, estamos listos para que los invitados se sienten, ¿si eso está bien con usted? Las ensaladas están colocadas en las mesas. Sutton le sonrió a la mujer con el portapapeles y el auricular. —Sí, atenuemos las luces. Daré mi discurso tan pronto como se encuentren en sus asientos. —Muy bien, señorita Smythe. Sutton respiró hondo y observó el rebaño de ganado caro hacer lo que se les dijo y encontrar sus lugares en todas aquellas mesas redondas con elaborados centros de mesa, sus placas doradas y sus menús grabados sobre las servilletas de lino. Antes de la tragedia, Edward siempre había estado en estas cosas: Lanzando sus sonrisas sardónicas mientras otra persona lo encantaba para pedirle dinero para sus causas. Pidiéndole ir a bailar como una maniobra de rescate cuando ella era acorralada por un cercano conversador. Mirándola y guiñando el ojo… solo porque podía. Habían sido amigos desde el Día de Charlemont. Competidores comerciales desde que él se graduó de Wharton y ella obtuvo su máster en Administración de Empresas de la Universidad de Chicago. Cohortes sociales desde que entraron en el circuito de cena-caridad cuando su madre falleció y la de él comenzó a retirarse a su habitación con cada vez mayor frecuencia. Nunca habían sido amantes. Ella nunca lo había querido. Durante todo el tiempo que lo había conocido, al parecer. Pero Edward se mantuvo al margen, pegado a un segundo plano, incluso emparejándola con otras personas. Su corazón siempre había sido de él para tomarlo, pero nunca había tenido las agallas para caminar sobre esa línea que parecía tan determinado de establecer entre ellos.

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Y entonces… pasó hace dos años. Dulce señor, cuando escuchó que se dirigía a otro de esos viajes de negocios a América del Sur, ella tuvo una premonición, una advertencia, un mal presentimiento. Pero no lo había llamado. Ni alcanzado. O tratado de hacer que tomara más seguridad o algo así. Así que, de alguna manera, siempre se había sentido parcialmente responsable. Tal vez si hubiera… Pero, ¿a quién engañaba? Él no se habría detenido de ir por ninguna razón que no fuera el mal tiempo. Edward había sido un verdadero competidor en la industria del licor, el heredero aparente de la Compañía de Bourbon Bradford no solo por derecho de nacimiento, sino por su increíble ética de trabajo y experiencia. Después del secuestro y la petición de rescate, su padre, William, había intentado muy duro liberarlo, negociando con los secuestradores, colaborando con la embajada de los Estados Unidos. Todo había fallado hasta que, al final, un equipo especial fue enviado y rescataron a Edward. No se podía imaginar lo que le habían hecho. Y este era el aniversario de cuando consiguieron emboscarlo mientras viajaba. Todo el asunto era una pena. América del Sur era uno de los lugares más hermosos del mundo con comida deliciosa, paisajes fantásticos y una historia increíble; ella y Edward siempre habían bromeado que se retirarían ahí en fincas al lado del otro. El secuestro y rescate de ejecutivos de negocios era una de las advertencias a los viajeros para ciertas áreas, pero no era nada diferente a alguien que se le dijo que no fuera al Central Park a las tres de la madrugada: Elementos negativos podían ser encontrados donde quiera que estuvieras, y no había razón alguna para condenar a todo un continente por una minoría de malos actores. Desafortunadamente, Edward se convirtió en una de las víctimas. Después de todo este tiempo, solo quería verlo con sus propios ojos. Hubo un par de fotos borrosas que habían estado en la prensa, y ciertamente no aplacaron su mente. Aparecía mucho más delgado, el cuerpo encorvado, su rostro siempre agachado y lejos de las cámaras. Sin embargo, para ella, seguiría siendo hermoso. —Señorita Smythe, ¿estamos listos si usted lo está? Sacudiendo la cabeza para concentrarse de nuevo, Sutton vio que la multitud de mil personas se encontraba sentada, hurgando en sus ensaladas, y listos para escucharla hablar…


Sin previo aviso, un repentino rugido de energía golpeó su cuerpo, sacando sudor a través de su pecho, sobre la frente, debajo de sus brazos. A medida que su corazón saltaba en el ritmo de un redoble de tambores, olas de mareo hicieron que se acercara a una pared para mantener el equilibro. ¿Qué pasaba con ella…? —¿Señorita Smythe? —No puedo —se escuchó decir. —¿Perdone? Colocó las fichas que había escrito tan cuidadosamente en las manos de la asistente. —Alguien más necesita… —¿Qué? Espere, ¿a dónde…? Alzó las manos y retrocedió. —… dar el discurso. —Señorita Smythe, usted es la única que… —Te llamaré el lunes, lo siento, no puedo hacer esto… Sutton no tenía idea de a dónde se dirigía mientras sus tacones altos repiqueteaban una retirada sobre el suelo de mármol. De hecho, no fue hasta que una ola de calor la golpeó que se dio cuenta que había dejado el edificio a través de una salida de incendios y que había aparecido en el lado oeste del complejo, afuera en el aire húmedo de la noche. Lejos del estacionamiento, en donde su chofer la esperaba. Colapsando contra la pared de yeso del museo, respiró profundamente, lo que no hizo nada para aliviar la aplastante sensación de asfixia. No podía quedarse aquí toda la noche. Más concretamente, quería correr rápido y lejos, correr hasta que este sentimiento de terror saliera de su sistema. Pero eso era una locura… ¿verdad? Dios, estaba perdiendo la cabeza. Finalmente la presión de todo la estaba alcanzando. O quizás era, una vez más y siempre, Edward Baldwine. Era hora de ponerse en movimiento. Esto era ridículo. Quitándose los tacones de aguja y sosteniéndolos por las correas del tobillo, comenzó a pasar por el césped, quedándose cerca de las piscinas iluminadas por las luces de seguridad. Después de lo que le pareció una eternidad, el estacionamiento que buscaba apareció cuando giró otra esquina, excepto que entonces se confundió por el número de coches y limusinas aparcadas en el espacio al aire libre.

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¿Dónde estaba su aut…? Por algún golpe de suerte, el Mercedes C63 negro la encontró, el gran sedán acercándose frente a ella, la ventana del pasajero bajando en silencio. —¿Señorita? —dijo su chofer, alarmado—. Señorita, ¿se encuentra bien? —Necesito el auto. —Sutton rodeó el auto dirigiéndose hacia él, los faros destellando un brillante blanco contra su vestido plateado y sus diamantes—. Necesito el auto, necesito… —¿Señorita? —El hombre uniformado salió de detrás del volante—. La llevaré a donde sea que tenga que ir… Sacó un billete de cien dólares de su pequeño bolso de noche. —Aquí tiene. Por favor, consiga un taxi, o llame a alguien, lo siento. Lo siento mucho, tengo que… irme… Negó hacia el dinero. —Señorita, puedo llevarla a cualquier lugar… —Por favor. Necesito el auto. Hubo una breve pausa. —De acuerdo. ¿Sabe cómo conducir esto…? —Me las arreglaré. —Puso el dinero contra su palma y envolvió la mano de él en un puño—. Quédese con esto. Estaré bien. —Preferiría llevarla yo mismo. —Le agradezco su amabilidad, de verdad. —Se encerró en el auto, subió la ventana, y miró en busca de la palanca de cambios o… Ante el golpe en el cristal tintado, la bajó de nuevo. —Está ahí… a un lado del volante —dijo el chofer—. Ahí es donde está la marcha y reversa. Ahí lo tiene. Y el direccional está… sí, eso es. No debería necesitar los limpiaparabrisas, y las luces ya están encendidas como puede ver. Buena suerte. Dio un paso atrás, algo así como lo que harías si alguien estuviera a punto de ponerle un fósforo a unos fuegos artificiales. O a una bomba. Sutton pisó el acelerador, y el poderoso sedán se abalanzó hacia adelante como si hubiera un motor de jet bajo el capó. En el fondo de su mente, hizo un rápido cálculo de cuántos años habían pasado desde que condujo ella misma a algún lugar, y la respuesta no fue alentadora. Pero al igual que todo lo demás en su vida, lo averiguaría… o moriría en el intento. ***


—¿Te importa si tomo un poco más? Cuando Lizzie le dio un ¡Oh, por favor! Hazlo, Lane se levantó y se dirigió a la nevera. La comida ayudaba a aclarar su cabeza o tal vez era su compañía. Probablemente más que solo estar en su presencia. —Esto es muy bueno —dijo mientras abría la hielera y sacaba otra porción. Su suave risa lo hizo detenerse y cerrar los ojos, así podría absorber el sonido aún más profundamente. —No eres más que amable —murmuró. —Honesto. Poniendo el plato en el microondas, esperó seis minutos y vio como el bloque congelado fue dando vueltas y vueltas. —Voy a tener que hablar con Edward —se oyó decir. —¿Cuándo fue la última vez que lo viste? Se aclaró la garganta. Sintiendo que le picaba un poco por beber algo. —Fue… Por un momento, él se perdió, imaginándose cómo podía preguntarle si tenía alguna bebida en la casa. —Guau. —¿Así de largo? —En realidad, pensaba en otra cosa. —Es decir, era muy posible que tuviera un problema con la bebida—. Pero vamos, después de un día como el de hoy, ¿quién no sería un alcohólico? —¿Qué? Oh, mierda, ¿habló en voz alta? —Lo siento, mi cerebro es un desastre. —Me gustaría que hubiera algo que pudiera hacer para ayudar. —Lo haces. —Así que, ¿cuándo viste a Edward por última vez? Lane cerró los ojos. Pero en lugar de hacer un poco de cálculo mental que revelaría la suma de lo terrible que era como hermano, retrocedió en el tiempo a la noche de año nuevo cuando Edward fue golpeado por culpa del resto de ellos.

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Él y Maxwell se quedaron en el salón de baile, silenciosos y temblando, ya que su padre había obligado a Edward a subir. Cuando los dos pares de pisadas subieron la escalera de honor, Lane gritó con toda la fuerza de sus pulmones, pero solo internamente. Era demasiado cobarde para saltar y detener la mentira que lo salvó a él y a su hermano. —Debo ir allá —dijo mientras pasaba el tiempo. —Pero, ¿qué puedes hacer? —susurró Max—. Nada va a detener a padre. —Podría… Excepto que Max tenía razón. Edward mintió, y su padre le haría pagar por una transgresión que no era suya. Si Lane decía la verdad ahora… su padre simplemente los golpearía a todos. Al menos que él y Maxwell se quedaran dónde estaban, podrían evitar… No, esto estaba mal. Era deshonroso. —Voy allá arriba. —Antes de que Maxwell pudiera decir algo, Lane agarró el brazo de su hermano—. Y tú vienes conmigo. La conciencia de Max debió molestarlo también, porque en vez de discutir como siempre lo hacía con todo, lo siguió en silencio por las escaleras delanteras. Cuando llegaron a la cima, el gran pasillo se encontraba vacío salvo por las molduras de lujo, las pinturas al óleo y los ramos de flores que se encontraban en mesas antiguas o burós. —Tenemos que detener esto —siseó Lane. Uno tras otro, se movieron rápidamente alfombrado… hacia la puerta de su padre.

sobre

el

corredor

En el otro lado de los paneles, los sonidos de los azotes eran agudos y fuertes, de las bofetadas de cuero golpeando la piel desnuda hasta los gruñidos como si su padre estuviera poniendo fuerza en ello. Edward se encontraba en silencio. Y mientras tanto, los dos se quedaron allí, en silencio y estúpidos. Todo en lo que Lane podía pensar era en que ni él ni Max serían ni la mitad de fuertes. Ellos dos terminarían llorando. El impulso para ser justos y honestos se volvió más débil con cada uno de esos golpes… hasta que los nervios de Lane se perdieron totalmente. —Vamos —se atragantó con la vergüenza. Una vez más, Max no dio la batalla. Era evidente que era demasiado cobarde también.


La habitación que compartían se encontraba más lejos, y Lane abrió la puerta. Había un montón de habitaciones de sobra para que durmieran por separado, pero cuando Maxwell empezó a tener terrores nocturnos hace un par de años antes, se convirtieron en compañeros de cuarto por defecto: Max comenzó a meterse a escondidas en la habitación de Lane y despertarse en la mañana. Con el tiempo, la señora Aurora añadió otra cama, y eso fue todo. Su cuarto de baño era compartido y la habitación al otro lado del largo y delgado espacio era de Edward. Max se metió en su cama y se quedó mirando hacia el frente. —No deberíamos haber ido allí. Es mi culpa. —Es culpa nuestra. —Miró a Max—. Tú te quedas allí. Voy a ir a esperar a que vuelva. Cuando entró en el baño, cerró la puerta detrás de él y oró porque Max siguiera las órdenes. Tenía un mal presentimiento acerca de en qué tipo de condición Edward estaría cuando su padre terminara con él. Oh, Lane quería volver en el tiempo y rehacer la decisión de ir a la sala. Bajando el asiento del inodoro, se sentó y escuchó los latidos de su corazón. A pesar de que no podía oír más azotes, no importaba. Sabía lo que pasaba en el pasillo. Por alguna razón, se mantuvo mirando sus tres cepillos de dientes, los cuales se encontraban de pie en una taza de plata junto a las toallas de mano plegadas sobre el mostrador. El rojo era de Edward porque era el mayor y siempre elegía primero. El de Max era el verde porque era el más viril de lo que quedaba. Lane se quedó con amarillo y lo odiaba. Nadie quería azul… Un suave clic y el roce de una puerta abriéndose rompieron el silencio. Lane esperó hasta que hubo un segundo clic y luego se puso de pie y miró a la habitación de Edward. En la penumbra, Edward caminaba hacia el baño, todo encorvado, con un brazo alrededor de su vientre, y el otro extendido para mantener el equilibrio en el buró, en la pared, en la mesa. Lane se adelantó y tomó la cintura de su hermano. —Vomitar —se quejó Edward—. Voy a vomitar. Oh, Dios, sangraba por la cara, el sello del anillo de su padre había cortado su piel cuando fue esposado.

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—Te tengo —murmuró Lane—. Me ocuparé de ti. La marcha fue lenta, las piernas de Edward luchaban por mantener su torso erguido. La parte superior de su pijama había quedado atascado en la cinturilla de sus pantalones cuando fueron recolocados en su lugar después de los azotes, y todo en lo que Lane podía pensar era en lo que había debajo. Las marcas, la sangre, la hinchazón. Edward apenas pudo llegar al baño a tiempo, y Lane se quedó durante todo el vómito. Cuando terminó, tomó ese cepillo de dientes rojo de la copa de plata y tomó la Crest. Después de un cepillado, ayudó a su hermano a salir y llegar a la cama. —Por qué no lloras —dijo Lane cuando su hermano se sentó en el colchón con todo su cuerpo herido—. Solo llora. Él se habría detenido tan pronto como lo hubieras hecho. Era la forma en que sucedía cuando le daban a él y a Max una paliza. —Ve a la cama, Lane. La voz de Edward era agotada. —Lo siento —susurró Lane. —Está bien. Acuéstate. Fue difícil salir, pero ya había metido la pata una vez esa noche y mira lo que sucedió. De regreso en su propia habitación, se metió entre sus sábanas y miró hacia el techo. —¿Está bien? —preguntó Max. Por alguna razón, las sombras en su habitación eran completamente intimidantes, parecían ser arrojadas por los monstruos que se movían y acechaban en la periferia. —¿Lane? —Sí —mintió—. Está bien… —¿Lane? —Lane se sacudió, y miró por encima del hombro—. ¿Qué? Lizzie señaló el microondas. —¿Ha terminado? Bip… Bip… Se quedó allí y parpadeó, tratando de volver del pasado. —Cierto, lo siento.


En la mesa, puso la comida humeante y se sentó en su asiento… solo para descubrir que había perdido el apetito. Cuando Lizzie se acercó y puso su mano sobre la suya, tomó lo que ella ofrecía y se la llevó a la boca para un beso. —¿En qué estás pensando? —preguntó Lizzie. —¿De verdad quieres saber? —Sí. Bueno, no tenía tantas cosas de las que elegir. Mientras esperaba una respuesta, miró su rostro durante más tiempo. Y luego sonrió un poco. —Ahora… en este mismo momento… Estoy pensando que si tengo una oportunidad contigo, Lizzie King, voy a tomarla. El rubor que golpeó su rostro fue cubierto cuando ella levantó las palmas. —Oh, Dios... Se rió en voz baja. —¿Quieres que cambie de tema? —Sí —dijo desde su escondite. Él no la culpaba. —Está bien, estoy muy contento de haber venido aquí. Oriental es como una soga alrededor de mi garganta en este momento. Lizzie se frotó los ojos, y luego dejó caer esas manos. —Sabes, no puedo creer lo de Rosalinda. —Eso es simplemente horrible. —Se echó hacia atrás en su silla, respetando su necesidad de otro tema—. Y escucha esto. Mitch Ramsey, ¿el diputado del sheriff? Me llamó de camino aquí. La opinión inicial del forense es la cicuta. —¿Cicuta? —Su cara… —Rodeó su mano con la suya—. ¿Esa sonrisa espantosa? Fue causada por algún tipo de una parálisis facial, que pasa a estar bien documentada con esa variedad de veneno, al parecer. Hombre, voy a decir una cosa, no es probable que olvide como se veía por mucho tiempo. —¿Es posible que la mataran? —No lo creo. Se necesita una buena dosis de cicuta para ello, así que es más probable que lo hiciera ella misma. Además sus Nikes eran nuevas y tenían hierba en el fondo. —¿Nikes? No llevaba nada excepto zapatillas.

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—Exactamente, pero la encontraron con este par de zapatillas puestas, evidentemente, acababa de comprarlas y salió a caminar. Por lo que dijo Mitch, en la época romana, la gente solía tomar el veneno y luego deambular para que funcionara más rápido. Así que de nuevo, apunta a que lo hizo ella misma. —Que… horrible. —La pregunta es por qué… y por desgracia, creo que sabemos la respuesta a esa pregunta. —¿Qué vas a hacer ahora? Se quedó en silencio por un tiempo. Y entonces sus ojos se alzaron hacia los de ella. —Para empezar, pensaba llevarte arriba. Lizzie se sonrojó nuevamente. —¿Y qué vas a hacer conmigo en el segundo piso? —Ayudarte a doblar la ropa. Ella soltó una carcajada. —Odio decepcionarte, pero ya lo he hecho. —¿Tender tu cama? —Lo siento. Hecho. —Maldita sea tu ética de trabajo. ¿Zurcir tus calcetines? ¿Botones que necesiten ser reemplazados? —¿Estás diciendo que eres bueno con una aguja e hilo? —Soy un principiante rápido. Entonces… ¿te importaría coser conmigo? —Me temo que no tengo que atender nada como eso. —Hay algo más en lo que te pueda ayudar entonces —dijo en voz baja—. Algún tipo de dolor que pudiera calmar. ¿Algún fuego que podría apagar, con mi boca, tal vez? Lizzie cerró los ojos, y se balanceó en su silla. —Oh… Dios… —Espera, ya sé. Qué tal llevarte al segundo y desordenar tu cama… luego podemos rehacerla. Cuando por fin lo miró, sus párpados se encontraban bajos y sus ojos eran cálidos. —Sabes… eso suena como un plan perfecto. —Me encanta cuando los dos pensamos en lo mismo. Se pusieron de pie juntos, y antes de que pudiera detenerlo, fue hacia ella y la levantó en sus brazos. —¿Qué estás haciendo? —Empujó su agarre mientras se echaba a reír—. Lane…


—Es lo que parece. —Él salió de la cocina—. Te estoy llevando arriba. —Espera. Espera, peso demasiado… —Oh, por favor. —No, en serio, no soy una de esas diminutas mujeres… —Exactamente. Eres una mujer de verdad. —Él llegó a las escaleras y siguió su camino. —Y de eso es lo que los hombres de verdad se sienten atraídos. Créeme. Ella dejó caer la cabeza sobre su hombro, y cuando sintió sus ojos buscar su rostro, pensó en lo que Chantal hizo con su padre. O al menos, lo que dijo que hizo. Lizzie nunca lo había traicionado. Ni en pensamiento ni en hechos. Ella simplemente no era así. Lo que la hacía una mujer de verdad, y no solo porque no pesara los cincuenta kilos que la sociedad exigía. —No, no tienes que decirlo —murmuró mientras los antiguos peldaños crujían bajo sus pies. —¿Qué? —Que esto no significa nada. Sé que me quieres solo como un amigo, y lo acepto. Sin embargo, debes ser consciente de una advertencia. —Cuál sería —susurró ella. Dejó que su voz se volviera profunda. —Estoy preparado para ser un hombre muy paciente cuando se trata de ti. Te seduciré por el tiempo que sea necesario, te daré espacio si lo necesitas o te seguiré como la luz solar en tu hombro, si me lo permites. —Sus ojos se clavaron en los de ella—. Perdí mi oportunidad contigo una vez, Lizzie King, no va a suceder de nuevo.

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Traducido por MaJo Villa Corregido por Pachi Reed15

Mientras Edward se sentaba en su silla, estaba flotando en una nube de ginebra Beefeater, su cuerpo entumecido hasta el punto en donde en verdad era capaz de albergar una fantasía de tener una fuerza potencial y flexibilidad. De hecho, podía imaginarse que el ponerse de pie sería un impulso seguido fácilmente de un cambio sencillo e inconsciente de ubicación que requeriría de nada más que un pensamiento pasajero y un par de músculos del muslo que se encontraran lo suficientemente felices —y capaces— de hacer el trabajo. No se encontraba lo suficientemente borracho para en verdad darle una oportunidad, sin embargo… El sonido de un golpe en su puerta hizo que levantara su cabeza. Vaya, vaya, vaya. Dado que no se encontraba preparado para tratar con todo el asunto de levantarse, al menos esta llegada representaba otra alternativa de la realidad en la que podría participar. Y esta no la negaría. Con un gruñido, trató de enderezarse un poco en su silla. No iba a ir y a abrirle a la mujer, y se sentía mal por eso. Un caballero siempre debía realizar un servicio de este tipo hacia un miembro del sexo débil, y no importaba que su huésped fuera una prostituta, la mujer merecía ser tratada con respeto. —Entra —gritó, arrastrando las palabras—. Adelante… La puerta se abrió lentamente… y lo que se encontraba en el otro lado, de pie directamente bajo la luz del pórtico era… El corazón de Edward dejó de latir. Y luego empezó a martillear. —Tenían razón —exhaló—. Finalmente, Beau tenía razón. La mujer parpadeó. —¿Lo siento? —dijo con voz ronca—. ¿Qué dijiste? También la voz. ¿Cómo habían coincidido con la voz?


—Entra —dijo con voz áspera, haciéndole señas con su mano libre, la que no tenía el vaso en ella—. Por favor. Y no tengas miedo, pensó para sí mismo. Después de todo, en su posición actual, se encontraba sentado en la oscuridad, la iluminación de los innumerables trofeos en aquellos estantes no alcanzaban del todo su rostro o su cuerpo. Lo cual era a propósito, por supuesto. No le gustaba mirarse a sí mismo, no había razón para hacerle el trabajo a la prostituta más difícil de lo que ya era al obligarla a tener una imagen clara de él. —¿Edward? —dijo. En su borrachera, todo lo que pudo hacer fue cerrar sus ojos mientras se quedaba sin fuerzas… y se ponía duro en un lugar muy crítico. —Suenas… tan hermosa como recuerdo. No había escuchado la voz en persona de Sutton Smythe desde antes de su viaje hacia el sur, y después de que regresó, no había sido capaz de escuchar ninguno de sus mensajes de voz. Hasta el punto en donde había terminado lanzando ese teléfono y ese número en particular. —Oh, Edward… Querido Dios, había dolor en esa voz. Como si la mujer estuviera mirando dentro de su alma y respondiendo a la maraña de angustia que llevaba a su alrededor desde que le habían dicho que, de hecho, iba a vivir. Y de hecho, era tan cercano a como en verdad sonaba Sutton. Es curioso, durante su cautiverio, perdió la conciencia tres veces a lo largo de los ocho días que estuvo capturado. Cada vez que se encontró en el proceso de desmayarse, Sutton había sido lo último en lo que pensaba, imaginaba, escuchaba, murmuraba. No había sido en su familia. No en su amado negocio. Ni en la casa en la que se había criado, ni en la riqueza, ni en todas las cosas que iba a dejar sin hacer. Había sido en Sutton Smythe. ¿Y esa tercera vez? Cuando ya no había sido capaz de ver, cuando era incapaz de decir cuál era su sudor y cuál era su sangre, cuando la tortura lo había llevado a un lugar en donde el interruptor de supervivencia había sido apagado y ya no rezaba para que lo liberaran, sino para que lo mataran… Sutton Smythe había sido, una vez más, lo único en su cabeza. —Edward… —No. —Sostuvo en alto su mano—. Ya no hables.

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Ella ya lo hacía tan bien. No quería que la mujer se luciera y metiera la pata. —Ven aquí —susurró—. Quiero tocarte. Abriendo los ojos, la observó acercarse. Oh, qué perfecto era ese vestido plateado; el dobladillo llegaba hasta el suelo, las joyas sorprendentemente de buen gusto brillaban incluso cuando la luz estaba detrás de ella. Y también tenía el tipo de ropa que Sutton siempre había llevado con ella para eventos formales, el pequeño cuadrado de seda teñido perfectamente al tono del vestido aunque, como ella siempre decía, “hacer juego con todo” era “tan de los cincuenta”. —¿Edward? Había confusión y anhelo en su voz a la vez. —Por favor —se encontró a sí mismo rogando—. Solo… no hables. Solo deseo tocarte. Por favor. Mientras su cuerpo temblaba ante él, sintió el cambio de la realidad y se permitió a sí mismo dejarse llevar por el engaño, cayendo en una fantasía de que en realidad era Sutton, que había venido a él, que por fin iban a estar juntos. A pesar de que él estaba arruinado. Dios, eso era suficiente para que se pusiera lloroso. Pero eso último no duró… porque ella tropezó y sus ojos se abrieron de una forma imposible. Lo que significaba que había visto su rostro. —No me mires mucho —dijo—. Sé que no soy lo que solía ser. Es por eso que las luces están bajas. Edward extendió sus manos y se las mostró. —Pero estas… estas se encuentran iguales. Y a diferencia de muchas de mis partes, todavía funcionan bien. Déjame… tocarte. Seré cuidadoso, pero tienes que arrodillarte. Ya no soy muy bueno de pie, y debo confesar que he bebido. La prostituta estaba temblando de la cabeza hasta los pies mientras empezaba a arrodillarse, y él se inclinó hacia adelante, ofreciéndole su brazo como si fuera una dama bajando de un auto, a diferencia de una chica trabajadora dispuesta a dejar que un lisiado tuviera relaciones sexuales con su cuerpo a cambio de mil dólares. Cuando se recostó de nuevo, una repentina ola de mareo se apoderó de él, testimonio de que más alcohol bombeaba en su sistema. Sin embargo, como todos los borrachos, sabía que era un problema temporal que se regularía por sí solo.


Especialmente teniendo en cuenta en todo lo que tenía que centrarse: incluso con su visión borrosa, incluso con la penumbra, incluso estando muy bebido… tenía temor. Esta era tan hermosa, casi demasiado hermosa para ser tocada. —Oh, mírate —susurró, extendiendo su mano para acariciar su mejilla. Sus ojos de nuevo se encendieron, o al menos pensó que lo hicieron —tal vez solo imaginaba cosas debido a la forma en la que ella respiró rápido. Era muy difícil de saber, difícil de seguir lo que sucedía… la realidad ahora se tambaleaba, girando sobre sí misma hasta que no se encontraba seguro de que la prostituta en verdad lucía como Sutton y lo mucho que la proyectaba solo porque tenía cabello oscuro y largo, y cejas arqueadas, y una boca que era perfecta como la de Grace Kelly. El cabello de la mujer estaba suelto, tal y como él había pedido que lo tuviera, y pasó sus mano por las ondas hasta que sintió la curva de sus hombros. —Hueles tan bien. Igual que como lo recordaba. Y luego estaba tocando más de ella, sus dedos viajando a través de su clavícula, por encima de su collar de diamantes, debajo de la curva de su escote. En respuesta, ella empezó a respirar con más dificultad, la bomba de sus pulmones acercando sus pechos a sus manos. —Amo este vestido —murmuró. El vestido era del estilo de Sutton: hermosamente elaborado, hecho a la medida del cuerpo que lo llenaba, hecho de gasa que era de color gris como una paloma. Sentándose hacia adelante, llevó su pecho magro hacia el suyo espectacular y extendió su mano para encontrar la cremallera oculta con cuidado. Mientras se lo bajaba, el sonido del cierre parecía escucharse muy alto. Podía haber jurado que se quedó sin aliento como si la hubiera sorprendido. Y eso, oh, fue tan perfecto. Exactamente lo que Sutton habría hecho. Y luego sí, oh, sí, la puta regresó a su exploración, sus manos temblorosas subiendo por sus brazos delgados. Dios, odiaba todo el temblor que recorría su cuerpo, pero entonces no tuvo más dudas sobre tener sexo con ella. Al menos por la forma en la que ahora se encontraba. —Desearía haber hecho esto antes —dijo en una voz que se quebró— . Mi cuerpo fue una vez digno de ver. Debí haber… debería haber intentado tenerte antes, pero era demasiado cobarde. Era un cobarde arrogante, pero

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la verdad era, que podría haber soportado cualquier cosa menos que me rechazaras. —Edward… La interrumpió colocando su boca contra la suya. Oh, era buena. Tan buena como siempre había imaginado que sería, la sensación resbaladiza de su lengua deslizándose en la suya y la forma en la que gemía como si hubiera estado esperando toda una vida por esto, haciéndole olvidar en lo que se había convertido. Ese vestido se desvaneció, cayendo de su cuerpo como si se encontrara en una actuación; como si tal vez estuviera recibiendo un soborno para hacer que la sesión sucediera más rápido. Y él se aprovechó de la piel que ahora se mostraba, besando un camino hacia sus pechos perfectos, succionando sus pezones, volviéndose codicioso rápidamente. Bendito el corazón de la pobre mujer; se las arreglaba para fingir las cosas tan bien, sus manos metiéndose en su cabello justo como él deseaba que lo hicieran, su agarre acercándolo más a ella, a pesar de que eso no podía ser lo que la prostituta en realidad deseaba. Trató de no ser rudo con ella, pero Dios, de repente se encontraba tan hambriento. —Ven a mi regazo —gruñó—. Tienes que sentarte en mi regazo. Era la única forma en la que podía tener sexo. Especialmente porque no quería someter a ninguno de ellos a la vergüenza de que tuviera que ayudarlo a levantarse del suelo después de que hubieran terminado. —¿Estás seguro? —dijo con voz ronca—. Edward… —Tengo que tenerte. He esperado por demasiado tiempo. Casi morí. Necesito esto. Hubo una pausa por un segundo. Entonces se movió con una rapidez admirable, levantándose del piso, liberándose de una patada del vestido, revelando; dulce Jesús, que tenía una tanga y nada más, ni medias, ni ligas. Y en lugar de perder tiempo para sacarse las cosas, las hizo a un lado mientras él buscaba el cinturón que detenía a sus pantalones de que se cayeran de sus huesos sobresalientes de su cadera. A pesar de que el resto de él se había desvanecido, su polla seguía tan dura, más larga y gruesa que nunca —y se encontraba extrañamente agradecido hacia ese órgano por ser lo único que no era completamente humillante en esto para él. Empujando sus manos en la silla, se impulsó más hacia adelante, y ella se sentó a horcajadas, montándolo con una coordinación envidiable…


Su excitación la penetró profundamente, y el agarre apretado y caliente que le dio, hizo que terminara de inmediato, pero esa no fue la parte maravillosa. Aparentemente el sentimiento de él, por algún milagro, le hizo lo mismo a ella. Mientras ella gritaba su nombre, pareció encontrar también su propio placer. O era eso, o se equivocó de vocación y debería haber sido una actriz merecedora de un Oscar. Antes de que Edward supiera lo que hacía, empezó a moverse. Fue débil, y más bien patético, pero ella siguió el ejemplo, y esa primera liberación pronto se vio eclipsada por un orgasmo incluso más genial para los dos. Temblando, meciéndose, esforzándose, se aferró a él como si su vida dependiera de ello, su cabello metiéndose en su cara, sus pechos presionándose contra él, su cuerpo llevándolo en un paseo como nada que hubiera tenido antes. El sexo parecía no terminar nunca. Cuando finalmente terminaron, después de un tercer orgasmo de su parte, colapsó contra la silla y jadeó—: Voy a necesitarte de nuevo. —Oh, Edward… —Dile a Beau… la próxima semana. Misma hora, mismo día. —¿Qué? Dejó que su cabeza colgara hacia un lado. —El dinero está por allí. Solo a ti. Solo te quiero a ti de nuevo. Abruptamente, probablemente porque se había esforzado más en los últimos veinte minutos que en los doce meses anteriores, empezó a sentir que se desvanecía, y de hecho, parecía apropiado desmayarse y dejar que la prostituta se fuera por su cuenta. Podía continuar con la fantasía más fácilmente de esa forma. —Los mil dólares… en la puerta —murmuró—. Tómalos. La propina vendrá… Edward quería decir, “La propina vendrá después. Haré que alguien lo deje en donde Beau” o algo para ese efecto. Pero la conciencia se convirtió en un lujo que no pudo permitirse por más tiempo… y se entregó al olvido. Una vez más, pensando solo en Sutton Smythe.

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Sutton salió a trompicones de la casa de campo de Edward. Andaba descalza y sus zapatos colgaban de sus correas, pero a diferencia de su viaje anterior por la hierba alrededor del edificio del museo, el pórtico y luego el camino de adoquines, hicieron que le dolieran los pies. No era como si le importara. Mientras corría hacia el Mercedes, era una masa de contradicciones, su cerebro era un lío enredado, su cuerpo se encontraba relajado. ¿Había pensado que era una prostituta? ¿Sino por qué más habría hablado de dinero y de algún tipo llamado Beau? ¿La próxima semana? Oh, Dios, habían tenido relaciones sexuales… ¿Cómo habían hecho eso? ¿Cómo había dejado…? Querido Dios, su pobre rostro, su cuerpo. Una y otra vez los pensamientos giraban en su cabeza, hasta, como si fuera una fuerza centrífuga, todo se eliminó excepto por el hecho de que Edward no era en absoluto como había sido una vez. Su apariencia apuesta se había ido, las cicatrices en sus mejillas y por el puente de su nariz y su frente hacían que le fuera virtualmente imposible reconstruir a memoria lo perfecto que una vez fue. Había sido consciente de que él fue maltratado. Los diarios y los reportes de televisión —su única fuente de información porque él se negó a ver a cualquiera— habían detallado su duración en el hospital y estancia en rehabilitación, y ese tipo de tratamiento extenso no sucedía sin una buena razón trágica. Pero el verlo en persona fue una total sorpresa. Antes del secuestro era un jugador de polo. Un saltador de eventos. Un corredor. Un basquetbolista, tenista y un jugador de squash. Un nadador. Y debido a que Edward había sido un chico de oro no solo en los negocios, sino en cada aspecto de su vida, había sobresalido en todos ellos. Desearía haber hecho esto antes. Mi cuerpo fue una vez algo digno de ver. Sutton luchó por abrir la puerta de su auto del lado del conductor, su mano resbalándose una y otra vez como si tuviera algún tipo de accidente cerebrovascular y ya no pudiera agarrar las cosas de manera apropiada. Y cuando finalmente fue capaz de meterse en el auto, se quedó sin energía y solo colapsó en el asiento. Debería haber intentado tenerte antes, pero era demasiado cobarde, era un cobarde arrogante, pero la verdad era, que podría haber soportado cualquier cosa menos que me rechazaras.


¿Qué había dicho, y a quién pensaba que se lo decía? Su corazón se rompió con la idea de que él estuviera enamorado de alguien más. Estaba tan borracho. Al punto en donde justo antes de largarse, lo había revisado para asegurarse de que su corazón todavía se encontrara latiendo y que estuviera respirando —porque sí, la idea de que ella podría haberlo matado porque habían… —Dios Santo. ¿Cómo era posible que, después de años de pensar en ello, en verdad habían tenido sexo, pero solo porque él pensó que era una prostituta que había contratado de algún lado? Y no, no habían usado protección. Fabuloso. Esto de salirse del camino trazado era simplemente maravilloso… especialmente porque, a pesar de que se encontraba borracho… a pesar de que ella había estado loca… y a pesar de la condición física en la que él se encontraba… el sexo había sido increíble. Tal vez fue toda la represión mantenida, quizá fuera la compatibilidad, tal vez era porque había sido una aventura de una noche, un tipo de evento debido a la alineación de las estrellas. Pero cuales sea que hayan sido las razones, él había superado a los pocos hombres con los que había estado. Y, tenía miedo, de que la hubiera arruinado para cualquier otro. Inclinándose hacia adelante, apretó el botón de encendido/apagado; y mientras el motor del coche dejó escapar un ronroneo, los faros se encendieron e hicieron que entrara en pánico. Había otras personas en los patios —tenía que ser así— y lo último que quería era ser vista. Iba a tener que encontrar una manera de lidiar con esto, y tener a la chismosa multitud hablando por ahí no iba a ser parte de sus estrategia de supervivencia, muchas gracias… En ese mismo momento, otro auto se acercó por el callejón de árboles, y en lugar de dirigirse a uno de los graneros o dependencias, se detuvo justo a su lado. La mujer que salió era… alta, morena, y estaba vestida con un traje de noche largo. Frunció el ceño mientras miraba hacia el Mercedes. Y se acercó. Sutton bajó su ventana, porque, ¿qué más se suponía que debía hacer? Al mismo tiempo, también empezó a buscar la palanca correcta, botón o lo que sea, para hacer que el Sedán fuera en reversa.

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—¿Pensé que yo estaba programada para esta noche? —preguntó la mujer de forma bastante agradable. —Yo… ah… —Mientras Sutton tartamudeaba, un rubor la recorrió— . Ah… —¿Eres una de las chicas nuevas de las que Beau hablaba? Soy Delilah. Sutton estrechó la mano que le ofrecía. —¿Cómo estás? —Oh, ¡suenas tan elegante! —Sonrió la mujer—. Entonces, ¿cuidaste de él? —Ah… —Está bien si lo hiciste. Algunas veces estas cosas suceden, y esta noche tengo dos otras llamadas. —Levantó su mano y tiró de lo que resultó ser una peluca en su cabeza—. Al menos puedo estar libre de esto. ¿Se encuentra bien? —¿Perdón? La mujer se acarició su cabello rubio corto mientras asentía en la dirección de la casa de campo. —¿Él? Todos cuidamos de él, pobre tipo. Beau no nos dice quién es, pero debe ser alguien importante. Siempre es tan generoso, y nos trata a todas bastante bien. En verdad, un caso triste. —Sí. Es bastante triste. —Bueno, me iré. ¿Quieres que le diga a Beau que arreglamos todo? —Ah… —Entonces me ocuparé la próxima semana. —No —se oyó decir Sutton—. Me dijo… el hombre dijo que me quería a mí de nuevo. —Oh, de acuerdo, no hay problema. Le avisaré eso. —Gracias. Muchas gracias. ¿Tal vez esto era algún tipo de sueño bizarro causado por la fiebre? Mientras Sutton volvía a buscar la palanca correcta, la prostituta se inclinó. —¿Estás buscando la reversa? —Ah, sí, sí, lo estoy. —Es esa que está justo allí. Levántala para dar marcha atrás. Hacia abajo es para conducir y lo empujas hasta el extremo para estacionar. —Gracias. Es difícil. —Uno de mis clientes regulares tiene el mismo auto. ¡Es una verdadera belleza! Conduce con cuidado.


Haciendo un ruido sin comprometerse, Sutton dio marcha atrás con cuidado, muy consciente de que la otra mujer se encontraba de pie, tan cerca con esa peluca morena en su mano. Saliendo a la carretera principal, decidió que esto tenía que ser el resultado de haber contraído la gripe y haberse quedado en su cama. En cualquier momento iba a despertar… De verdad. Lo iba a hacer. Mierda, ¿cómo acababa de suceder todo eso?

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Traducido por MaJo Villa Corregido por Mire

El día de la carrera amaneció brillante y claro, aunque, mientras Lizzie conducía hacia el trabajo, podría haber habido truenos y relámpagos, inundaciones torrenciales y vientos huracanados, y aun así habría sonreído todo el camino hasta Charlemont. Lane y ella jugaron a piedra, papel y tijera para decidir quién iba primero, y a pesar del hecho de que él ganó tres veces seguidas, decidieron que ella debía irse antes que él. Primero, ella tenía un montón que hacer, y dos, él no tenía ninguna prisa para ir a ningún lado. Cada vez que pestañeaba, lo veía yaciendo en sus sábanas, su pecho desnudo a la vista, la parte inferior de su cuerpo desnudo escondido debajo. Jamás se había sentido tan descansada después de haber dormido muy poco o casi nada durante toda la noche. Al pasar por la entrada principal de Oriental, tuvo que sacudir la cabeza. Jamás sabías dónde ibas a terminar, ¿no? Demasiado para la cosa de solo “amigos”. Yendo por la carretera del personal, rápidamente tuvo que frenar y reunirse con una larga fila de camiones de reparto y autos. Se encontraba aliviada de ver a tantos de los antiguos a la vista del problema que tuvieron con la compañía de alquiler, pero nerviosa por cómo pagarían Lane y su familia por toda la ayuda adicional considerando esto último. Cuando finalmente llegó al estacionamiento, tuvo que meter el Yaris en un espacio en la parte de atrás. Iban a venir cerca de un centenar de camareros y camareras para formar parte del personal de la fiesta, y todos sus vehículos tenían que ir a algún lugar. ¿En otra hora? El camino de abajo iba a estar alineado por los camiones de recogida y las motocicletas y doce tipos de sedanes. Al salir, se enganchó con el desfile de personas que marchaban hacia la casa por el camino de atrás. Nadie decía nada, y eso estaba bien

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con ella. En su cabeza, se encontraba trabajando en su lista de prioridades y priorizando las cosas que deseaba hacer antes de que las compuertas se abrieran y más de seiscientas de las personas más importantes en la ciudad por las carreras pasaran por la puerta principal de Oriental. ¿Número uno en su lista? Greta. De alguna forma, tenía que arreglar las cosas con Greta porque iban a tener que trabajar como un equipo para poder sobrevivir a las siguientes cuatro horas. Mientras veía el conservatorio que se avecinaba por el extremo más alejado del jardín, se preparó a sí misma. Su compañera ya tenía que estar allí, sin duda eligiendo todos los adornos florales, asegurándose de que ni un solo pétalo marchito u hoja estropearan las presentaciones perfectas antes de que fueran sacados a las mesas. Probablemente se hallaba aquí desde las 6:45. Justo como Lizzie debería haberlo estado. Y lo habría estado, sino fuera por toda la cosa de Lane en su cama. —Soy una mujer adulta. —Se dijo a sí misma—. Yo digo cómo, yo digo cuándo, yo digo… Genial. Estaba citando a Mujer Bonita. El problema era, si su compañera de negocios le preguntaba por qué llegaba tarde, las cosas iban a ir de muy mal a totalmente peor. Era una terrible mentirosa, y todo el tomate rojo que iba a golpear su rostro antes de que pudiera balbucear una respuesta de no, la delataría como un cartel. PASÉ TODA LA NOCHE TENIENDO SEXO CON LANE BALDWINE. O cualquier otra frase en alemán que se acerque a eso. Cuadrando los hombros, Lizzie elevó su bolso un poco más sobre su hombro y se dirigió hacia las puertas dobles. Mientras las abría y entraba en el aire espeso y fragrante del conservatorio, decidió empezar con… —Eres una mujer adulta —espetó Greta mientras levantaba su mirada desde un arreglo floral—. Y lo siento. No tenía derecho a… eres una mujer adulta y tienes derecho a tomar tus propias decisiones. En verdad lo siento. Lizzie liberó su aliento de una sola vez. —También lo siento. Greta empujó sus gafas de carey más arriba de su nariz. —¿Por qué? No hiciste nada malo. Yo solo, mira, soy diez años mayor que tú. Así que


no es solo que tengo más arrugas en mi rostro o más desgastado mi cuerpo. Siento como que tengo que cuidarte. No me lo has pedido, y probablemente no lo necesites, pero así es como es… —Greta, en serio. No tienes que disculparte. Ambas estamos bajo mucho estrés… —Y además, escuché que ayer le mostró los papeles del divorcio. —Las noticias vuelan. —Bajó su bolso—. ¿Cómo te enteraste? —Una de las sirvientas la vio lanzándole los papeles al diputado. — Greta sacudió la cabeza—. Tan clásico. —Le dije que no lo hiciera por mí. —Bueno, sea cuál fuera su razonamiento, continuó con ello. —Greta volvió a trabajar por las mesas—. Solo prométeme algo. Cuídate de él. Esta familia, tienen una historia de tratar a las personas como cosas desechables, y eso jamás sale bien para el juguete del momento. Lizzie colocó las manos sobre sus caderas y se quedó mirando a sus botas de trabajo. Las que se puso delante de Lane, dándole un espectáculo del que él fue muy comunicativo acerca de lo que lo disfrutó. Ouch, pensó. Su pecho en verdad dolía ante el recordatorio muy destacado de que al reanudar su relación física, las cosas habían cambiado por completo… y en nada en absoluto. —Solo no quiero verte lastimada así de nuevo. —Greta aclaró la emoción de su voz—. Ahora, vamos a trabajar. —Él no es como su familia. No lo es. Greta se detuvo y se quedó mirando al jardín. Después de un momento, sacudió la cabeza. —Lizzie, está en su sangre. No va a ser capaz de evitarlo. *** Cuando Lane regresó a Oriental, estacionó su Porsche a un lado, en las sombras de la vía pavimentada que conducía alrededor de las cocheras. —Ahora me encuentro en casa —dijo en su teléfono—. ¿Quieres que suba y te vuelva a explicar el plan? Su hermana se tomó un momento para contestarle, y solo pudo imaginar a Gin sacudiendo la cabeza mientras empujaba su cabello sobre su hombro.

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—No, creo que has cubierto todo —entonó. Se volvió a colocar su gorra de béisbol de UC en su cabeza y se quedó mirando el cielo tan en lo alto. Bajó la capota cuando se fue de la casa de Lizzie, y el rugido del viento mientras aceleraba hacia su casa le dio la ilusión de libertad que había estado buscando. Dios… Lizzie. La única razón por la que iba a soportar el día de hoy, incluso en una forma medianamente decente, era debido a la noche que pasó con ella. Le hizo el amor durante horas… y luego, cuando se quedó dormida, permaneció mirando al techo y resolvió, paso a paso, cómo necesitaba proceder. —¿Vas a hablar hoy con él? —preguntó abruptamente Gin. Por una vez, “él” no era Edward. —Quiero hacerlo. —Lane apretó sus molares—. Pero todavía no. No voy a decirle nada a padre hasta que sepa el alcance de todo esto. ¿Si tengo esa conversación antes que pueda probar cualquier cosa? Solo va a cortar y a quemar lo que sea que no haya destrozado ya. —Entonces, ¿cuándo llegarás a él? Frunció el ceño. —Gin, no digas nada. ¿Está claro? No digas ni una maldita palabra, especialmente a papá. —Lo odio. —Entonces mira hacia el futuro. ¿Si lo deseas que reciba lo que se avecina? Necesitas dejarlo en paz. ¿Entiendes lo que te digo? Que lo enfrentes, en realidad lo ayuda. Voy a encargarme de esto, pero hay un proceso. ¿Gin? ¿Me escuchas? Después de un momento, hubo una risita suave. —Suenas como solía hacerlo Edward. Por una fracción de segundo, sintió un rayo de orgullo de alto voltaje. Por otra parte, cada uno de ellos siempre había admirado a Edward. —Esa es la cosa más agradable que me has dicho alguna vez — murmuró con voz ronca. —Lo digo en serio. —Entonces, Gin, hoy permanece en silencio radial. Y te dejaré saber cómo vamos progresando. —De acuerdo… está bien. —Buena chica. Te amo. Voy a cuidar de nosotros. De todos nosotros. —También te amo, Lane.


Lane terminó la llamada y siguió mirando las nubes. A lo lejos, podía escuchar el repiqueteo de charlas, y mientras nivelaba su cabeza, vio por la cochera a un vasto grupo de camareros uniformados agrupados alrededor de Reginald, la mayoría de ellos consiguiendo sus órdenes de marcha. Será mejor que Gin mantenga la boca cerrada, pensó. William Baldwine ya iba a estar nervioso por la muerte de Rosalinda. ¿Si Lane, o Dios no lo quiera, Gin, con los gustos de su boca, llegaban a él? Escondería las cosas, haría desaparecer los registros y destruiría los detalles. Asumiendo que quedara algo de eso. Lane dejó colgar su cabeza hacia un lado para así quedarse mirando a Oriental. Cuánto de esto se perdería, se preguntó. Dios. Jamás imaginó que esa idea alguna vez le atravesaría por la cabeza. Bueno, una cosa era clara: el reinado William Baldwine estaba a punto de llegar a su final. Ya sea por una venganza por lo que el hombre le hizo a Edward por todos esos años… o por el hecho de que su madre fue ofendida… o por la realidad de que probablemente Rosalinda se suicidó por él… Qué gracioso, esa cosa con su propia esposa era lo último por lo que iba a reivindicarse. ¿Chantal en verdad había ido a por su padre? ¿Y quedó embarazada? Increíble. Le hizo pensar que debería darle un pequeño aviso a su abogado. Una mujer capaz de eso podía sacarse cualquier cosa de su bombín… Espera, ¿Samuel T. no dijo que el adulterio podía ser usado para reducir la pensión alimentaria? —¿Señor? ¿Le gustaría que estacionara este auto? Lane miró al chico del estacionamiento uniformado que se acercó. A diferencia del gentío de cincuenta en la parte inferior de la colina, solo había un tipo estacionado allí arriba, y su único propósito era conducir el auto del entrenador de baloncesto de la Universidad de Charlemont. Oh, y encaminar los equipos de autos de los presidentes y los de los diversos gobernadores y las SUVs. Pero el sedán del entrenador era la prioridad más importante y principal.

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—No, gracias. —Se quitó la gorra de béisbol y se frotó el cabello—. Voy a dejarlo… —Oh, señor Baldwine. No sabía que era usted. —Por qué lo sabrías. —Lane salió y le ofreció la mano—. Gracias por ayudarnos hoy. El joven se quedó mirando la mano que le ofreció por un momento, y luego se movió lentamente, como si no quisiera estropear las cosas o lucir como un idiota. —Señor. Gracias, señor. Lane le dio palmaditas al chico en el hombro. —Solo voy a dejarlo aquí, ¿de acuerdo? No estoy seguro de si iré a la pista o no. —Sí, seguro. ¡Ella sí que es bonita! —Sí, lo es. Tan pronto como Lane atravesó la puerta principal, el mayordomo inglés se adelantó con una expresión severa en su rostro, como si ya hubiera alejado a un número de personas. Ese acto de inmediato fue eliminado cuando vio quién era. —Señor, ¿cómo está? —Lo suficientemente bien. Tengo una petición. —¿Cómo podría servirle? —Necesito un traje… —Me tomé la libertad de pedirle un traje color azul con una camisa blanca de cuello y puños franceses, y una pajarita rosa con un pañuelo en el bolsillo. Fue enviado ayer por la tarde y adaptado previamente a las especificaciones que Richardson tenía en el archivo. Si necesita más ajustes en la chaqueta o el pantalón, enviaré a una criada. Y también hay calcetines de seda rosados y un par de mocasines. Quién sabe, ese acto de eficiencia podría ser más que una ilusión. —Muchas gracias. —A pesar de que no lo necesitaba para la carrera y claramente era lo que el mayordomo pensaba—. Yo… El sonido de la aldaba aporreando la puerta gigante hizo que los dos se giraran. —Debo encargarme de eso, señor. Lane se encogió de hombros y se dirigió a las escaleras. Era momento de atravesar esos armarios suyos y cambiarse a otra muda de ropa… —El desayuno tardío de los trabajadores va a ser en la puerta trasera —dijo el mayordomo en un tono altanero—. Tendrás que…


—Estoy aquí para ver a William Baldwine. Lane se congeló cuando reconoció la voz. —Eso es absolutamente imposible. El señor Baldwine no recibe en privado… Lane se dio la vuelta y retrocedió al ver al hombre delgado de cabello oscuro con la ropa desaliñada y las botas costosas de cuero. —¿Mack? —Retírese de inmediato de la… Interrumpiendo al mayordomo, Lane se acercó al hombre con el que había crecido. —¿Mack? ¿Te encuentras bien? De acuerdo, la respuesta a eso era claramente un “no”. El maestro Destilador de Bradford se veía peor que desmejorado, sus ojos normalmente penetrantes yacían con círculos oscuros, y tenía una sombra de barba en su hermoso rostro. —Tu padre está arruinando esta compañía —espetó Mack en una serie de insultos. —Me encargaré de esto —dijo Lane, despidiendo al mayordomo y tomando al destilador bajo el brazo—. Ven conmigo. Arrastró al hombre borracho por la gran escalera y luego lo llevó a tropezones por el pasillo hasta su habitación. Dentro, dirigió a Mack hacia la cama, lo sentó, y se dio la vuelta para cerrar la puerta. El ¡pump! del peso muerto golpeando el suelo resonó por toda la habitación. Con una maldición, Lane volvió atrás y levantó al tipo de la alfombra y lo subió de vuelta al colchón. Mack balbuceaba sobre la integridad del proceso de la preparación del bourbon, la importancia de la tradición, la falta de respeto que la administración mostraba hacia el producto, de lo cabrón que era alguien… No iban a llegar a ningún lado de esta forma. —Hora de despertarse —dijo Lane mientras levantaba de nuevo a su viejo amigo—. Vamos, grandullón. Max había estado en la casa un sinnúmero de veces, pero jamás así de borracho; bueno, desde que tuvo la transición a la adultez. ¿Unido eso con la información de Rosalinda y el hecho de que el destilador pensaba que William estaba arruinando la compañía? Otro pedazo del pastel, pensó Lane. Tenía que serlo. En el baño de mármol, encendió la ducha y empujó a Mack bajo el chorro frío vestido por completo.

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El aullido fue lo suficientemente alto para romper el vidrio, pero al menos la sorpresa hizo que el hombre se pusiera de pie por su propia cuenta. Dejándolo debajo del agua, Lane se acercó al armario de desayuno petit déjeuner que había en la esquina y se puso a trabajar en la cafetera, encendiendo el Keurig. —¿Mack, ahora estás despierto? —preguntó mientras llevaba una taza con el logo de Bradford al baño—. ¿O debería añadirle algo de hielo a la mezcla? Max lo miró a través de su cabello mojado y el chorro. —Debería golpearte. Lane abrió la puerta de vidrio de la ducha. —¿Cuántos yos ves? —Dos. —El hombre aceptó la taza con sus manos mojadas—. Pero eso es por debajo de los cuatro y medio. —Entonces está funcionando. Max tomó un poco del café al mismo tiempo que extendía su mano y enjugaba el mango en forma de “H”. —El café no está mal. —¿Te darías cuenta si se tratara de diluyente de pintura? —Probablemente no. Lane señaló por encima de su propio hombro. —Estaré allí, esperando. Hay una bata en la parte de atrás de la puerta. Hazme un favor y no salgas desnudo. —No podrías manejarme. —Tienes razón. Cerrando las cosas, Lane fue hacia su armario, se colocó un conjunto de ropa fresca, y luego se relajó en donde Mack había fallado en mantenerse vertical. Un poco más tarde, el Maestro Destilador hizo su gran aparición ataviado con la bata. Los dos jugaron al baloncesto juntos para Charlemont Country Day antes de que se fueran a la universidad, y el tipo era tan atlético como siempre fue, sin grasa, la larguirucha acumulación de un hombre que podía jugar al golf como un profesional, correr un maratón mejor que los idiotas diez años menores que él, y aun así aterrizar en la cancha. Oh, y todavía no había nada estúpido en esos inusuales ojos marrones claro. En una novela de romance, los ojos de Mack habrían sido llamados de color whiskey o algo así, pero no era el color inusual lo que metió a todas esas mujeres en la cama del tipo. No, era mucho más que todo eso.


¿Y la gente lo llamaba mujeriego a él? pensó Lane para sí mismo. Edwin MacAllan era peor. —¿Tienes más de esto? —Mack sostuvo en alto la taza—. Creo que otro litro debería bastar. —Sírvete tú mismo. Es autoservicio, por allí. El tipo miró hacia la puerta abierta que daba a la pequeña cocina. — Claro, hago bourbon. Debería ser capaz de manejar la cafeína. —En ese sentido, déjame hacer el trabajo de nuevo. Necesito algo para mí, y quemar la casa esta mañana sería ser un aguafiestas. Los dos terminaron en las tumbonas que había cerca de las ventanas como un par de viejas damas. Viejas damas que necesitaban una afeitada. —Háblame. —Lane colocó sus codos sobre sus rodillas—. ¿Qué está sucediendo en la compañía? Mack sacudió la cabeza. —Es malo. He estado borracho por dos días. —Como si eso último te hubiera detenido alguna vez. Nos fuimos de vacaciones de primavera juntos, ¿recuerdas? Seis veces. De las cuales solo dos estaban en verdad en el calendario de la escuela. Mack sonrió, pero la expresión no duró. —Mira, me he guardado los comentarios acerca de tu padre… —Y puedes parar con eso en este momento. ¿Crees que no sé cómo es? Hubo una larga pausa. —No sabía cuán alto fue el memorándum. Pensé que la detención de las compras vino de las autoridades, pero estaba equivocado. Pregunté por ahí, fue por la dirección específica de tu padre. Quiero decir, el hombre maneja un negocio de millones de dólares. ¿Por qué le importaría…? —Tienes que retroceder. No tengo ni idea de lo que hablas. —Me está cortando. Está deteniendo la producción. Lane se lanzó hacia adelante. —¿Qué? —Recibí un memorándum antes de ayer en mi escritorio. No tengo permitido comprar más maíz. Nada de maíz, nada de mezcla. Nada de mezcla, no más bourbon. Se encogió de hombros y tomó otro sorbo de café. —Cerré los aparatos de destilación. Por primera vez desde el traslado de Canadá durante la prohibición… lo detuve todo. Claro, tengo algunos silos que están llenos, pero no voy a hacer ni una jodida cosa. No hasta que hable

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con tu padre y averigüe en qué demonios está pensando. Quiero decir, ¿la junta anda tras algo? ¿Nos van a vender a China y quieren que las cosas luzcan mejor en los papeles mediante la reducción de gastos? Pero ni siquiera eso tiene sentido, ¿quieren demorarnos por seis meses en medio de este auge de bourbon que está experimentando el país? Lane permaneció en silencio, todo tipo de malos cálculos pasando por su mente. —Desearía que Edward se encontrara aquí. —Mack sacudió la cabeza—. Edward no habría permitido que esto ocurriera. Lane se frotó su cabeza adolorida. Era gracioso, él pensaba lo mismo. —Bueno… no lo está. —Entonces, si no te importa prestarme un conjunto de ropa seca, voy a encontrar a ese padre tuyo. Al diablo con el bulldog inglés de abajo, William Baldwine va a verme… —Mack. —… y a explicarme por qué… —Mack. —Lane miró al hombre directamente a los ojos—. ¿Puedo confiar en ti? El destilador frunció el ceño. —Por supuesto que puedes hacerlo. —Necesito entrar en el sistema informático de la compañía. Necesito acceso a los datos financieros, a los detalles de las cuentas, a los informes anuales. Y necesito que no digas ni una sola palabra a nadie. —¿Qué vas a…? ¿Por qué? —¿Puedes ayudarme? Mack bajó la taza. —Siempre y cuando pueda hacerlo, sí. Seguro. —Me reuniré contigo abajo cerca de tu auto. —Lane se puso de pie— . Yo conduzco. Agarra lo que quieras menos el trajo que hay en el armario… —Lane. ¿Qué demonios está ocurriendo aquí? —Hay una posibilidad de que los recortes no sean una estrategia de negocios. Mack frunció el ceño como si le hubieran dicho algo en un idioma extranjero. —Lo siento, ¿qué? Lane miró por la ventana, hacia el jardín, a la tienda de campaña. Se imaginó a las personas que se encontrarían allí debajo en dos horas, todas disfrutando de la gloria extendida y la riqueza de la gran familia Bradford.


—Si alguna vez dices una palabra de esto a cualquiera… —¿En serio? Me estás advirtiendo de esto. Lane miró de regreso a su amigo. —Puede que nos estemos quedando sin dinero. Max pestañeó. —Eso no es posible. Dirigiéndose hacia la puerta, Lane dijo por encima de su hombro—: Ya veremos. Recuerda, cualquier cosa menos el traje.

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Traducido por Sandry Corregido por Fany Stgo.

Lo primero que hizo Edward cuando despertó fue maldecir. Le latía la cabeza. Su cuerpo era un mosaico de dolor, náuseas y rigidez. El cerebro estaba… Sorprendentemente claro. Y por primera vez, no era algo malo. Mientras reunía fuerzas para ponerse de pie, dejó que las imágenes de esa mujer de la noche anterior se filtraran a través de su mente. Todavía estaba bebido —o muy bebido, era más como eso— por lo que fue capaz de sumergirse totalmente en el recuerdo de la sensación, el olor, el sabor de ella. El contexto podría haber sido falso por todas partes, algo que fue programado y pagado, pero la experiencia fue… Hermosa, supuso que esa era la palabra. Reorganizándose en sus pantalones, cogió su bastón, se irguió y se tambaleó. El baño se encontraba a unos veintisiete kilómetros de distancia en esa esquina, y él… Cuando fue a dar un paso hacia adelante, le dio una patada a algo por el suelo. —¿Qué…? —Frunciendo el ceño, se inclinó, equilibrándose en su bastón para no convertirse en una nueva alfombra en el suelo. Era un bolso de noche. Uno de esos pequeños cuadrados hechos de seda con un broche de diamantes de imitación. La mujer con la que se acostó. Recordaba vagamente pensar que era exactamente el tipo de cosa que habría utilizado Sutton. Edward tuvo cuidado mientras se abría camino y se inclinaba para recogerlo. Solo Dios sabía lo que había dentro. Arrastrándose de nuevo hacia su sillón, cogió su teléfono de la mesa auxiliar. Llamando al número de Beau, miró el reloj de enfrente.


Siete y media. El proxeneta todavía se encontraría despierto, terminando su turno nocturno. —¿Hola? —dijo con voz áspera—. ¿Edward? —La señorita dejó algo en mi casa anoche. Su bolso. —¿Estás seguro? —¿Perdón? —Bueno, veamos, te iba a llamar. Tu chica, la que envié, ¿dijo que alguien ya estaba saliendo cuando ella llegó allí? Edward frunció el ceño, pensando que tal vez él no era tan callado como pensó. —¿Lo siento? —repitió, porque eso era lo único que se le ocurrió. —La chica que envié. Fue a tu casa a las diez, pero otra mujer estaba saliendo, diciendo que se ocupó de ti. Dijo que volvería la próxima semana. No puedo averiguar cuál de mis chicas era. ¿Puedes abrir el bolso y decirme quién es? Una total sobriedad clínica invadió a Edward como si alguien le hubiera puesto un cubo de hielo en la cabeza. —Por supuesto. Con el teléfono entre la oreja y el hombro, abrió la solapa del bolso, un tubo de lápiz labial brillante negro saltando y rebotando a través de las tablas del suelo. Había tres tarjetas finas dentro, y evitó la Tarjeta Centurión y la identificación del seguro de salud… y sacó la licencia de conducir. Sutton Smythe. Con la dirección correcta de la finca de su familia. —¿Edward? ¿Hola? Edward, ¿estás bien, chere? Debió haber gemido o algo así. —No ha sido una de tus chicas. —¿No? —No. Fue… —El amor de su vida. La mujer de sus sueños. La única persona a la que se prometió no volver a ver—. Una vieja amiga mía jugándome una mala broma. —Oh, eso es gracioso. —Beau se rio entre dientes—. Bueno, ¿todavía quieres a alguien el próximo viernes? —Ya te llamaré. Gracias. Edward terminó la llamada y miró por encima del hombro hacia el aparador que había junto a la puerta. Efectivamente, los mil dólares se encontraban todavía allí, justo donde los puso. —Oh… Joder —susurró, cerrando los ojos.

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*** Después de que Gin colgara la llamada, no con su hermano, sino con la persona a la que llamó después de hablar con Lane, se sentó frente a su tocador con la cabeza en sus manos durante mucho tiempo. Todo en lo que no dejaba de pensar era en que deseaba poder volver a la noche anterior, cuando habló por teléfono con ese idiota de la firma de abogados de Samuel T., engañándolo, mientras unas personas le arreglaban el cabello y le traían diamantes. Si simplemente no hubiera tomado el Phantom. Esa fue la ficha de dominó que inició que todas las demás cayeran. Por otra parte, su padre todavía estaría tratando de organizar su boda con alguien a quien odiaba, y todavía estaría haciendo lo que sea que hacía con su dinero, y aun así Rosalinda se habría suicidado. Así que en realidad, no, tratar de escapar a través de una realidad rebobinada en verdad no cambiaría nada. ¿Cincuenta y tres millones de dólares eran una gran cantidad de dinero? Por una parte, por supuesto que lo era. Era más de lo que la mayoría de la gente veía en toda su vida, en varios cursos de la vida, en un centenar de vidas. Pero ¿era un punto de luz en el radar para su familia? ¿O un cráter? ¿O un Gran Cañón? No podía… no podía imaginar una vida de nueve a cinco. No podía entender el presupuesto. Ahorrando. Negándose cosas. Y eso era lo que le pasó a toda una rama del clan Bradford. A finales de los años ochenta, antes de la caída de la bolsa, la familia de la tía de su madre invirtió en un montón de mala tecnología y movilizó sus acciones Bradford para hacerlo. Cuando esas "inversiones" demostraron no ser nada más que un agujero negro, acabaron perdiéndolo todo. Era un cuento con moraleja susurrado por los adultos cuando asumían que los niños no estaban escuchando. Levantándose, dejó caer al suelo su bata de seda y se apartó del sillón en el que reposaba. En su vestidor, dio vueltas y observó los cientos de miles de dólares en moda, las franjas brillantes y pequeños caprichos que colgaban de los recipientes de cristal que tenían almohadillas copetudas aromatizadas de manera que los hombros de los vestidos y blusas no perdieran la forma.


Eligió un vestido rojo. Rojo para la sangre. Para luchar. Para las Águilas Charlemont. Y por primera vez llevaba un conjunto completo de ropa interior. También se aseguró de que su cabello luciera maravilloso, que se compusiera de volumen y ligereza, lo que en su estado de ánimo eran muy escasos. Cuando la llamada que estaba esperando finalmente sonó en la puerta, se hallaba en su habitación, sentada formalmente en su delicado escritorio francés. —Entra —dijo. Cuando Richard Pford entró, su colonia le precedió, y Gin se aferró al hecho de que por lo menos olía bien. Sin embargo, el resto de él la dejó fría. A pesar de que su traje azul pálido fue confeccionado de la más fina tela y el nudo de su corbata estaba perfectamente hecha, y a pesar del sombrero en su mano y de los zapatos hechos a mano en sus pies, él era Ichabod Crane. Por otra parte, en comparación con Samuel T., incluso Joe Manganiello parecía que necesitaba un poco de trabajo. —Quiero dejar esto perfectamente claro —dijo ella mientras él cerraba la puerta—. No hago esto por mi padre. En absoluto. Pero espero que concedas las condiciones favorables a la Compañía de Bourbon Bradford tal y como acordaron. —Ese es mi acuerdo con él. —Tu acuerdo es conmigo ahora. —Se alisó el cabello—.Viviremos aquí. Esto es para lo que Amelia lo utilizaba, y hay una habitación al lado de esta suite. —Eso es aceptable. —Estoy preparada para actuar como tu esposa en todos los compromisos sociales. Si te permites aventuras, y supongo que lo harás, por favor mantenlas discretas… —No tendré ninguna relación extramarital. —Su voz se hizo más baja—. Y tú tampoco la tendrás. Gin se encogió de hombros. Dada la forma en que iban las cosas, no esperaba encontrar a ningún hombre de ningún interés por bastante tiempo. —¿Me has oído, Gin? — Richard se acercó a ella y se alzó—. No te gustará lo que sucederá si me faltas al respeto en ese sentido.

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Gin puso los ojos en blanco. Traicionó a sus novios durante años y ninguno de ellos lo había averiguado —a menos que ella quisiera que lo hicieran. Si le llegaban a dar ganas, no tenía ninguna intención de negárselo. —Gin. —Sí, sí, está bien. ¿Dónde está el anillo? Richard se metió la mano en el bolsillo y sacó una caja de terciopelo azul oscuro. Mientras la abría, el diamante de corte esmeralda destelló dentro y brilló. Al menos no mintió sobre eso. Era enorme, en la escala de Elizabeth Taylor. —Ya he redactado el anuncio —dijo—. Mi representante lo llevará a la prensa tan pronto como se lo diga. La boda será tan pronto como sea posible. Ella fue a tomar el anillo, pero él cerró la tapa de golpe. —Hay otro detalle que resolver. —¿Cuál? Él extendió la mano y le tocó el hombro. —Creo que lo sabes. Y no me digas que espere hasta que llegue el juez de paz. No me parece aceptable. Gin se levantó precipitadamente de la silla. —No tengo ninguna intención de acostarme con… Richard la agarró por el cabello y tiró de ella contra él. —Y yo no tengo ninguna intención de comprar un Ferrari para solo verlo en mi cochera. —Quítame las manos de encima… —La intimidad es una parte sagrada del matrimonio. —Sus ojos fueron a sus labios—. Y algo que estoy preparado para disfrutar. —¡Suéltame! Él comenzó a arrastrarla hacia la cama. —Incluso si tú no lo haces. —¡Richard! —Le dio un puñetazo en los hombros, en el pecho—. Richard, ¿qué haces? No quiero… Mientras le apretaba una mano sobre la boca y la empujaba hacia abajo, su sonrisa era la de un depredador. —¿Cómo sabías que me gusta brusco? Mira, somos compatibles, después de todo…


Fue incomprensible lo que pasó después. Por mucho que se esforzaba, tan delgado como ella asumió que él era, le subió la falda e hizo sus bragas a un lado… La penetró en un fuerte empujón. Una oleada de náuseas la atravesó, pero no se iba a degradar a sí misma mostrando ninguna debilidad frente a él. Centrándose en el techo, lo dejó gruñir y empujar dentro de ella, la sensación de ardor en su interior haciéndola pensar en el color de su vestido. A mitad de camino, ella cogió el edredón en un puño y se estremeció. —Dime que me amas —gruñó Richard en su oído. —No lo haré… Richard se arqueó y le puso la mano alrededor de la garganta. Mientras apretaba, empezó a jadear. —Dímelo. —¡No lo haré! Una rabia oscura hizo que se le entrecerraran los ojos y cambió el agarre, levantando su mano derecha… —Si me golpeas, la gente hablará —se burló ella—. No voy a ser capaz de cubrir la mancha, y tengo que ir al almuerzo. Mi ausencia se notará. Su labio superior cayó… pero dejó caer la mano. Y la folló con tanta violencia que la cabecera se estrelló contra la pared. Cuando terminó, salió de ella y se alejó. —Quiero que te cambies. El rojo es vulgar. —No… Con un movimiento rápido, agarró la falda y la rompió en dos, justo en la parte frontal. Luego le señaló la cara con el dedo. —Vas con algo más de color rojo y tendremos problemas. Ponme a prueba si lo deseas. Richard se fue, dando zancadas y cerrando la puerta con un estruendo declarativo. Fue solo entonces que Gin comenzó a temblar, su cuerpo sacudiéndose con fuerza, especialmente sus muslos abiertos. Sentada, sintió un líquido entre sus piernas. Fue entonces cuando empezó a vomitar. Vació su estómago sobre la falda rota —de todos modos, no es que hubiera comido mucho en las últimas veinticuatro horas. Limpiándose la

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boca con el dorso de la mano, sintió que le picaban los ojos, pero no se permitió esa acción. En su mente, oyó a su padre diciéndole que ella no valía nada. Que ese matrimonio con Richard Pford era lo único que haría alguna por la familia. No lo hacía por la familia. Como de costumbre, tomó la decisión en su propio interés egoísta. Después de mucha introspección, llegó a reconocer una verdad fundamental acerca de sí misma: no podía sobrevivir en cualquier otro mundo. Y Richard podría darle este estilo de vida que necesitaba… incluso si su familia ya no podía ser capaz de hacerlo. Le iba a costar, al parecer… pero perdió el respeto por sí misma hace muchos años. ¿Sacrificar su cuerpo en el altar del dinero? Bien. Haría lo que tenía que hacer.


Traducido por Miry GPE Corregido por Itxi

En retrospectiva, fue el mejor día para jugar a Los Chicos Hardy en la computadora en Old Site. Cuando Lane aparcó la camioneta de Mack detrás de la vieja cabaña de doscientos años y de diversos graneros de almacenamiento, no había nadie alrededor. Sin administradores. Sin trabajadores de planta. Nadie aceptando las entregas de suministros. Tampoco había turistas. —Ese café ayudó —dijo Mack mientras ambos salían. —Bien. —¿Quieres un poco de esta barra energética? —No sin una pistola apuntándome a la cabeza. Dirigiéndose hacia la cabaña de madera restaurada, Lane se mantuvo a un lado mientras Mack pasaba su tarjeta de ingreso por el lector y entraba. El interior relucía con madera vieja cuidadosamente tendida, la luz del exterior pasando a través del vidrio de burbuja que se añadió a finales del siglo XIX. Había sillones rústicos disponibles en esos lugares de espera y una mesa de caballete con una gran cantidad de modernos equipos de oficina, que era claramente dónde pasaba su tiempo el asistente de Mack. —¿Desde hace cuánto has estado aquí? —preguntó el Maestro Destilador mientras él encendía la luz. —De hecho, alrededor de un día o dos. —Cuando el hombre miró alrededor, Lane se encogió de hombros—. Necesitaba un lugar para pensar, así que fui y me senté por donde los barriles. Utilicé el viejo código de acceso. —Ah. Sí, también hago eso. —No ayudó. —Tampoco funciona para mí, pero tal vez algún día. —Mack hizo un gesto hacia la parte trasera de la zona de recepción—. Aún estoy aquí, en la parte de atrás.

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La oficina del Destilador ocupaba la mayor parte del interior de la cabaña, y por un momento, mientras Lane entraba en el espacio, cerró los ojos y respiró hondo. El director general de la Compañía de Bourbon Bradford era casi una figura religiosa, no sólo en la organización, sino en el estado de Kentucky en su conjunto, y eso hacía este lugar aterrador — por consiguiente, sus paredes se hallaban cubiertas del suelo al techo con imitaciones de las etiquetas del licor de la compañía que databan desde mediados del siglo XIX hasta principios del siglo XXI. —Dios mío, sigue igual. —Lane miró alrededor, pasando por la evidencia de la historia de su familia—. Mi abuelo solía traerme aquí cuando organizaron todo como un sitio turístico por primera vez. Tenía cinco o seis años y él sólo me traía a mí. Creo que fue porque quería un arquitecto en la familia, y sabía que Edward estaba obligado con la Compañía, y Max no se convertiría en nada. —¿Qué es lo que terminaste siendo? —Mack se sentó detrás de su escritorio y se giró hacia su computadora—. Lo último que supe es que estabas en Nueva York. —Póker. —¿Perdón? Lane se aclaró la garganta y se sintió inadecuado. —Yo, ah, juego al póker. Hago más dinero de lo que haría en un trabajo de escritorio — considerando que tengo la carrera de psicología y nunca he trabajado en mi vida adulta. —Así que eres bueno con las cartas. —Bastante. —Cambió de tema asintiendo en dirección a las paredes—. ¿Dónde están tus etiquetas? La computadora dejó escapar un beeeep, y luego Mack puso su usuario. —No he puesto ninguna. —Vamos. —La trigésima quinta edición de la Reserva Familiar de mi padre está justo ahí —Señaló el rincón más alejado, cerca del piso—; fue la última. Lane tomó una silla de la mesa de conferencias y la hizo rodar por las pulidas tablas del suelo desnudo. —Necesitas conseguir que se cuenten tus lotes. —Ajá. —Mack se sentó de nuevo en el gran trono de cuero—. Entonces ¿qué necesitas? ¿Qué puedo tratar de encontrar para ti? Lane se colocó al lado del hombre y se centró en el resplandor verdeazulado de la pantalla de la computadora. —Finanzas. Necesito los


registros de pérdidas y ganancias de todo este tiempo, balances de cuentas, registros de transferencias. Mack silbó por lo bajo. —Eso es por mi pago. La dirección tiene todo eso… espera, el libro de la junta directiva. —¿Qué es eso? —Jesús, ¿él no debería saberlo? Mack empezó a recorrer el sistema de archivos, abrir documentos y pulsar Imprimir. —Son los materiales entregados antes de las reuniones de los fiduciarios. Los altos directivos los tienen, y yo también, por supuesto, pero las verdaderas cosas suceden a puerta cerrada con el comité ejecutivo una hora antes de la sesión abierta, y no hay notas sobre eso. Pero esto debe darte una idea de la empresa, o al menos lo que le dicen a la junta directiva acerca de la empresa. A medida que el hombre comenzó a entregarle página tras página de la impresora, Lane frunció el ceño. —¿Qué es lo que sucede exactamente en el comité ejecutivo? —Es donde se debate lo esencial de las cosas, así como las cosas que no quieren que nadie más sepan. No creo siquiera que se hagan minutas. —¿Quién asiste? —Tu padre. —Dos páginas más salieron—. El asesor general de la compañía. El presidente de la junta y el vicepresidente. El jefe del departamento financiero, el director de operaciones. Y luego están los invitados especiales, dependiendo de los temas. Fui llamado una vez cuando se debatía el cambio de la fórmula para el No. Quince. Despaché esa brillante idea y debieron estar de acuerdo conmigo porque la locura nunca salió a la superficie de nuevo. Permanecí en la sala de juntas sólo el tiempo suficiente para ser escuchado, luego fui escoltado afuera. —¿Sabes si tienen una agenda por adelantado? —Me gustaría pensar que sí. Cuando fui, había otras cuatro personas esperando en la sala conmigo, por lo que trabajaban en algún tipo de plan. Todo se organiza en las oficinas de tu padre en su casa. Lane comenzó a revisar los documentos que aún se hallaban calientes por salir de la máquina. Minutas de reuniones anteriores. Asistencias. Actualizaciones en las operaciones que no entendía. Necesitaba un traductor. Alguien en quien pudiera confiar. Y mayor acceso. Mack imprimió los materiales de las tres reuniones anteriores de la junta directiva. Engrapando todo junto. Poniéndolo en archivos. —Necesito que me prestes tu camioneta —dijo Lane mientras miraba la pila.

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—Déjame en casa y es tuya. Debería tratar de recuperar la sobriedad, de todos modos. —Te debo una. —Sólo salva esta empresa. Y lo necesitamos más que nunca. Cuando Mack extendió la palma, Lane se la estrechó. Con fuerza. — Lo que sea necesario. No importa quién salga lastimado. El Maestro Destilador cerró los ojos. —Gracias a Dios. *** Como ver animales exóticos en el zoológico, pensó Lizzie. De pie en el borde mismo de la tienda, ella observaba a la gente brillante ir y venir de las mesas que Greta y ella establecieron. La charla era fuerte, el perfume espeso, las joyas parpadeantes. Todas las mujeres llevaban sombreros planos. Los hombres vestían trajes claros y un par incluso llevaban pajarita y bombín. Era el tipo de vida de fantasía que muchos pensaban que querían vivir. Sin embargo, ella sabía la verdad. Después de todos estos años de trabajar en Oriental, era muy consciente de que los ricos no estaban inoculados contra la tragedia. Su capullo de lujo simplemente les hizo pensar que lo estaban. Dios, aquellas hojas de cálculo que Rosalinda dejó atrás… —Todo un espectáculo, ¿no crees? Lizzie miró hacia la voz. —Señora Aurora… no puedo creer que esté aquí. Nunca deja la cocina durante el almuerzo. Los cansados ojos de la mujer estudiaron a los invitados, la organización, los camareros uniformados llevando las copas de plata de ley con julepe de menta sobre bandejas de plata ley. —Se comen mi comida. —Por supuesto. Su menú es exquisito. —Las copas de champán están fluyendo. Lizzie asintió y se enfocó de nuevo en la multitud. —Tenemos alrededor de un centenar en reserva por el momento. Los camareros hacen un gran trabajo. —¿Dónde está tu pareja? Por una fracción de segundo, casi le dio a la mujer una actualización de Lane. Lo cual era una locura, y no es que hubiera mucho. Lo único que


sabía era que se fue con Edwin MacAllan, el Maestro Destilador, hace aproximadamente una hora. ¿O hacía dos? —Greta está por ahí. —Señaló a la esquina opuesta—. Pasea por donde las copas de champan. Dice que encontrar las copas usadas que fueron dejadas de lado es una búsqueda de huevos de Pascua con esteroides. O… al menos creo que eso es lo que dijo. Su último informe tenía un montón de alemán en él, generalmente no es la mejor señal. La señora Aurora sacudió la cabeza. —No era a ella a quién me refería. Fue bueno verlos a ti y a Lane en la misma habitación de nuevo. —Ah… —Lizzie se aclaró la garganta—. No estoy segura de qué decir ante eso. —Él es un buen chico, sabes. —Escuche, señora Aurora, no hay nada entre él y yo. —Aparte de las ocho horas de sexo de la noche anterior—. Él está casado. —Por ahora. Esa mujer es basura. No puedo estar en desacuerdo con eso, pensó Lizzie. —Bueno… —Lizzie, te necesitará. Lizzie levantó las manos para tratar de desviar la conversación. — Señora Aurora, él y yo… —Tendrás que estar ahí para él. Hay mucho que caerá sobre sus hombros. —Así que, ¿ya lo sabe? ¿Sobre… todo? —Él necesitará a alguien con la cabeza fría que permanezca a su lado. El rostro de la señora Aurora se volvió muy triste. —Es un buen hombre, pero será tratado de formas de las que nunca fue tratado. Te necesitará. —¿Qué le dijo Rosalinda? Antes de que la señora Aurora pudiera responder, una deslumbrante mujer alta y morena salió de la multitud. Y en lugar de pasar de largo, se detuvo y le tendió la mano. —Lizzie King, mi nombre es Sutton Smythe. Lizzie retrocedió, pero después siguió con lo planeado y aceptó lo que le ofrecía. —Se quién es. —Sólo quería decirle lo increíblemente hermosos que son estos jardines. ¡Asombrosos! Usted y la señora von Schlieber son verdaderas artistas.

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No había nada oculto detrás de la abierta expresión de la mujer, sin falsedad, sin nada encubierto, y la falta de sospecha hizo que Lizzie pensara en las cosas de señora falsa de Chantal. —Es muy amable de su parte. Sutton tomó un sorbo de su copa de julepe de menta, y el rubí enorme en su dedo anular derecho brilló. —Me encantaría tenerla en mi propiedad, pero comprendo, y respeto esos límites. Sin embargo, tenía que hacerle saber lo mucho que respeto su talento. —Gracias. —De nada. Sutton sonrió y se alejó, o al menos lo intentó. No logró ir muy lejos, la gente se congregó alrededor de ella, hablándole, las mujeres evaluando su ropa, los hombres evaluando sus activos no financieros. —Sabe —murmuró Lizzie—, ella es buena persona. Cuando no hubo respuesta, giró su mirada. La señora Aurora se dirigía de regreso a la puerta de la cocina, su andar lento y vacilante, como si le dolieran los pies, y por qué no iban a hacerlo. Además, vamos, estuvo en la sala de emergencias, ¿hace cuántos días? Lizzie se alegró de que la cocinera saliera por una vez a ver el gran final de todo su esfuerzo colectivo. Tal vez el próximo año podrían conseguir que se quedara por más tiempo. Al otro lado de la tienda, Chantal se hallaba sentada en una mesa con otras siete mujeres que eran versiones de ella, es decir, aves caras de colores brillantes con su plumaje pagado principalmente por los hombres en sus vidas. En veinte años, después de que cualquier hijo que tuvieran fuera borrado de cualquier pensamiento fuera de sus hogares, se verían como figuras de cera de ellas mismas, todo alterado, lleno y mejorado. Y, de hecho, hicieron su trabajo: su profesión era tener hijos y permanecer atractivas para sus esposos. Muy parecido a las yeguas que dieron a luz a los pura sangre que competirían en la pista en un par de horas. Lizzie pensó en su granja, la cual pagó por sí misma. Nadie podía quitarle eso, se la ganó. Mucho mejor que ser una perpetúa lame-botas. Mientras sacaba su teléfono y lo comprobaba para ver si Lane le envió un mensaje, se dijo que era diferente entre ellos dos, porque ella no necesitaba su dinero, no se preocupaba por su posición, y no permitiría que nadie le dijera qué hacer. Cuando vio que no había nada en su teléfono, una sensación punzante golpeó su pecho, pero lo ignoró cuidadosamente mientras guardaba su teléfono.


Era diferente entre Lane y ella… mierda. ¿Por qué lo pensaba como si fueran a estar juntos de nuevo?

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Traducido por Daniela Agrafojo Corregido por Fany Stgo.

Samuel T. pasó volando la fila de ovejas en la base de la colina de Oriental, acelerando su Jag alrededor de los Mercedes, Audis, Porsches, y limusinas, saludando a los aparcacoches que trataban de hacer que se detuviera. Nop. Él no viajaba en furgonetas con la plebe. Y estaría maldito si dejaba a su chica en manos de un mequetrefe de dieciséis años que estaba obligado a descubrir sus engranajes mientras el pequeño bastardo la estacionaba en un pantano a un lado de la carretera. Mientras coronaba la subida, le dedicó otro saludo al solitario auxiliar que se hallaba en la parte superior y no escatimó una mirada en la gente que salía de la furgoneta que se detuvo frente a la casa. Dirigiéndose a las cocheras, estacionó en paralelo al flanco oriental de la mansión y apagó el motor; e inmediatamente escuchó la fiesta al otro lado de la pared del jardín, el ruido de la charla formando un sonido de varias capas, más parecido al preámbulo de una sinfonía que al magnífico y dramático aumento de un solo. Pasó un largo rato antes de que saliera del auto. Te amo, Samuel T. Esto es quienes somos, quienes hemos sido desde que éramos adolescentes. O algo por el estilo. No podía recordar las palabras exactas que usó Gin, porque cuando ella estaba hablando, él se encontraba demasiado ocupado tratando de no perder la cabeza. Dios, las cosas que había atravesado con esa mujer. Todos esos años cambiando el uno con el otro. Y ella tenía razón, por supuesto. Salía con meseras y peluqueras porque no eran como ella, y comparaba a cada mujer que tenía alrededor con ella, y sí, todas terminaban resultando defectuosas. No durmió por más de una hora, quizás dos, esa conversación reproduciéndose de cabo a rabo una y otra vez en su mente. Al final, la cosa que más sobresalía estaba atada al paso del tiempo: a través de los años, vio a Gin de cien mil estados de ánimo diferentes,


pero solo había llorado una vez. Fue… como hace quince años, cuando él era un estudiante de segundo año en la Universidad de Virginia y ella estaba en primer año en la universidad Sweet Briar. Él vino por las vacaciones de pascua, mayormente por sus padres, solo un poquito por Gin. Naturalmente, se habían visto. Era un mundo pequeño. Especialmente cuando querías ponerte en el camino de alguien más en Charlemont, Kentucky. Y extrañamente, eso era lo que había tenido que hacer él. Gin no estuvo en ninguna de las fiestas a las que fue su grupo. Él tuvo que usar un juego de baloncesto con sus hermanos como excusa; no es que pasara tiempo en absoluto en la cancha que había estado detrás de las cocheras. Abandonando a Max y a Lane tan pronto como puso un pie en la propiedad, la encontró cerca de la piscina, usando una sudadera y pantalones cortos. Se veía mal; y le dijo que se tomaba un descanso de Sweet Briar y se mudaba a casa por un tiempo. Que no le gustaba la universidad. Que solo quería descansar por un tiempo. No era una sorpresa. Con lo salvaje que era, resultaba difícil imaginarla adhiriéndose fielmente a algún horario, independientemente de si era una parte de su grado en inglés o en un trabajo. Se encontraba mucho mejor adaptada a la profesión para la cual fue criada: dama de una gran casa. Terminaron discutiendo. Siempre terminaban discutiendo. Y él se enfureció. Intentó dejarla, pero como siempre, no había sido capaz de tener una huida limpia: antes de que se hubiera ido a través de la puerta para salir del jardín, miró hacia atrás. Gin tenía la cabeza entre las manos y lloraba. Volvió hacia ella, pero ella corrió a la casa y llegó a bloquear las puertas francesas detrás de ella. No la había visto durante cerca de un año después de eso. Mayormente porque, a la casi ridículamente joven edad de veinte años, se dio cuenta de que no eran buenos juntos. Sin embargo, no fue capaz de soportar la separación. Nunca fue capaz de hacer eso. Samuel T. pensó en lo que ella le dijo el día anterior… sobre esas lágrimas suyas. ¿Qué si… no había estado jugando con él? Por alguna razón, eso lo aterrorizaba. ¿Y lo que era más impresionante? Estaba listo para dejar de pelear con ella. Por tanto tiempo, su orgullo había demandado respuestas a lo que ella había hecho, con quién lo hizo… pero no era una derrota si la otra persona tiraba su espada al mismo tiempo que soltabas la tuya.

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¿La verdad? Se engañaba a sí mismo si pensaba que había alguien más en el planeta para él que esa impetuosa, malcriada y dolor en el trasero. Tenía su corazón en la palma de la mano desde la primera vez que puso sus ojos en ella. Saliendo de su auto, empujó su cabello hacia atrás y abotonó el frente de su chaqueta de cuadros rosados, azules y amarillos. Luego se inclinó, tomó su sombrero de paja del asiento y colocó la cosa en posición perfecta sobre su cabeza. Usando la puerta más cercana al jardín, entró a la fiesta. —¡Ahí está el hombre! —¡Samuel T.! —¡Julepe de menta para ti! Amigos, caballeros que conocía desde el jardín de niños, se acercaron, aplaudiendo, hablando sobre la desventaja de la carrera, preguntando sobre las fiestas que vendrían más tarde en el día, la noche, el domingo en la mañana. Respondió con palabras sin importancia, sus ojos buscando entre la multitud. —¿Me disculpan? —dijo. No esperó por sus permisos, sino que se abrió paso a través de las tiendas de campaña, evitando meseros con bandejas, más personas que se acercaron y a varias mujeres ansiosas por conectar con él. Finalmente, la encontró, de pie sola en el río. Mientras se aproximaba, trazó las elegantes líneas del cuerpo de Gin, notando la manera en que sus hombros quedaban medio expuestos por el vestido de seda que llevaba. Por alguna razón, tenía una larga bufanda amarrada alrededor de su garganta, los extremos meneándose con el viento creado por los ventiladores de las carpas, el final alcanzando sus increíbles piernas. Odiaba la manera en que su corazón latía tan rápido en su pecho. A pesar del hecho de que tuvo que secarse sutilmente las palmas en los orificios dobles de su chaqueta. Orando por que tuviera razón… que ella estuviera, por una vez, hablando desde el corazón, y que estuvieran listos, finalmente, para ser realistas sobre ellos. —¿Gin? Cuando ella no se dio la vuelta, solo se quedó fija junto al río, él colocó las manos en sus brazos… Ella se giró tan rápido que su julepe de menta salpicó su chaqueta, dejando una línea húmeda a través de su abdomen. No es que le importara.


—¿Demasiado asustadiza? —Arrastró las palabras, tratando de recuperar algo de su encanto. —Lo siento mucho. —Extendió la mano con una pequeña servilleta de cóctel con monograma—. Oh, he arruinado… —Por favor. Tengo una de repuesto en el maletero. Principalmente, porque siempre sudaba en las cajas de carreras, y qué le condenaran si pasaba el resto de la noche echo un desastre. —Entonces, ¿listo para el gran día? —dijo ella mientras él se quitaba la chaqueta. La doblaba sobre su brazo cuando se dio cuenta de que ella no lo miraba a los ojos. —¿Y bien? —espetó ella—. Mi hermano tiene un caballo en la carrera. ¿Quizás dos? Engendrados por ese sucio bastardo Nebekanzer. Aún sin contacto visual. En voz baja, él murmuró—: Odio saltar de los aviones. Eso consiguió que lo mirara. Pero solo por un momento. —¿Qué? A medida que esos ojos azules volvían al río, él maldijo. —Escucha… Gin. —¿Sí? Estaba tan tranquila, pensó. Y mucho más pequeña que él. Gracioso, nunca notó sus diferencias de estatura cuando peleaban; cerca de cuarenta kilos menos y seis centímetros más baja no significaban nada cuando esa boca suya iba al infierno y de regreso. Tomó una respiración profunda. —Así que, he estado pensando en lo que dijiste ayer. Y honestamente… tienes razón. Estás absolutamente en lo correcto. Sobre todo. No se encontraba seguro de qué esperaba como respuesta, pero la caída de sus hombros no lo era. Se veía… totalmente derrotada. —No soy mejor en esto que tú —dijo él—. Pero quiero… bueno… maldita sea, Gin, te am… —Detente —espetó—. No lo digas. Por favor… ahora no. No… —Buenos días, Samuel T. ¿Cómo estás? La aparición de un tercero se habría registrado tanto como una mosca pasando a través de la casa. Excepto que Richard Pford puso su brazo alrededor de la cintura de Gin y prosiguió con un—: ¿Le contaste las buenas noticias, cariño?

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Por primera vez en su vida, Samuel T. sintió la fría ola del horror. Lo que, considerando algunas de las cosas que había hecho en las dos últimas décadas, era algo que decir. —¿Y qué podría ser eso? —Se forzó a arrastrar las palabras—. ¿Ustedes abriendo un lucrativo negocio de ventas por internet? Los pequeños y brillantes ojos de Pford se volvieron repugnantes. — Tienes una imaginación tan activa. Ayuda a tus clientes, estoy seguro. —Con tu sentido de la ética en los negocios, yo no estaría arrojando rocas a esa casa de vidrio, Pford. —Samuel T. se enfocó en Gin, su pecho volviéndose de piedra—. Entonces, tienes algo que decirme, ¿o no? A modo de respuesta, Pford tomó su mano izquierda y la empujó hacia adelante. —Vamos a casarnos. El lunes, en realidad. Samuel T. parpadeó una vez. Pero luego sonrió. —Maravillosas noticias. En serio, y Richard, déjame ser el primero en felicitarte. Ella folla como un animal salvaje, especialmente cuando se lo haces por detrás; pero estoy seguro de que ya lo sabes. La mitad del país lo hace. Mientras Richard comenzaba a escupir cosas, Samuel T. se inclinó y besó a Gin en la mejilla. —Tú ganas —susurró en su oído. Dándole la espalda a la feliz pareja, volvió con sus amigos. Tomó dos julepes de menta de una camarera que pasaba. Se los bebió como si fueran agua. —¿Qué le pasó a tu cara? —le preguntó alguien. —¿Disculpa? —Estás goteando. Se pasó una mano sobre el ojo que le picaba y frunció el ceño cuando vio la humedad. —Me salpicaron con una bebida por allá. Uno de sus hermanos de la fraternidad se rio. —¿Alguna mujer finalmente te arrojó una en la cara? ¡Ya era hora! —Conseguí lo que merecía, de acuerdo —dijo aturdido mientras tomaba su tercer trago—. Pero no teman, caballeros. Volveré a montar a caballo. La mesa rugió, los hombres le palmeaban la espalda, alguien tiró de una mujer y la empujó hacia adelante. Mientras ella ponía sus manos alrededor de su cuello y se inclinaba hacia su cuerpo, él tomó lo que le ofrecían, besándola profundamente, tocándola aunque estuvieran en público.


—Oh, Samuel T. —susurró ella contra su boca—. He esperado que me hicieras esto durante una eternidad. —Yo también, querida. Yo también. Ella no lo conocía lo bastante bien como para reconocer el tono muerto en su voz. Y él no podía preocuparse menos por su entusiasmo. Tenía que salvar las apariencias de alguna manera… o no iba a ser capaz de vivir en su piel ni por un maldito minuto más. Gin era mucho mejor en este juego que él. Si ella no hubiera tenido tanto éxito destrozando su corazón, le habría expresado sus respetos. *** Mientras Lane arrancaba la camioneta de Mack a través de los pilares de piedra de los Establos Red & Black, los callejones de árboles detrás de él se veían a kilómetros de distancia, el grupo de establos y edificios tan lejanos en la distancia, que podrían también estar en un estado diferente. Avanzando, la polvareda se levantaba, ardiendo a la luz de la mañana. Lo sabía porque seguía revisando el retrovisor para asegurarse de que no lo habían seguido. Los guijarros hacían círculos frente al granero más grande, y aparcó a un lado, medio en el césped. No había razón para ponerle el seguro mientras salía. Demonios, dejó las llaves en la ignición. Una respiración profunda y se encontró de nuevo en su infancia, cuando venía aquí para limpiar los puestos durante sus vacaciones de verano de la preparatoria. Sus abuelos creían en inculcar una buena ética de trabajo. Sus padres estuvieron mucho menos preocupados con eso. Dirigiéndose a la cabaña del cuidador, era difícil creer que su hermano realmente viviera en un domicilio tan modesto. Edward siempre había sido una fuerza de energía en el mundo, moviéndose, siempre moviéndose, un conquistador buscando siempre la victoria, ya fuera en los deportes, en los negocios, con las mujeres. Y ahora… ¿este pequeño edificio? ¿Era todo? Cuando Lane llegó a la puerta, tocó en el marco de la pantalla. —¿Edward? ¿Estás ahí, Edward? ¿Cómo si pudiera estar en cualquier otro sitio? Bang, bang, bang. —¿Edward? Soy yo…

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—¿Lane? —vino una voz amortiguada. Se aclaró la garganta. —Sí, soy yo. Tengo que hablar contigo. —Espera. Cuando la puerta se abrió eventualmente, Lane vio a su abuelo de pie frente a él, no a su hermano: Edward estaba tan delgado que sus vaqueros colgaban como los pantalones de un viejo desde los huesos de su cadera, y se encontraba levemente encorvado, como si el dolor que sufría hubiera movido permanentemente su columna hasta una posición fetal. —Edward… Obtuvo un gruñido en respuesta y algunos movimientos con la mano indicando que dependía de él abrir la puerta y entrar. —Discúlpame mientras vuelvo a sentarme —dijo Edward a la vez que se dirigía a la silla en la que claramente había estado—. Estar de pie no es agradable. El gruñido fue casi ahogado mientras se sentaba. Lane cerró la puerta. Metió las manos en los bolsillos de sus pantalones. Trató de no mirar fijamente la cara arruinada de su hermano. —Entonces… —Por favor, no te molestes en comentar lo bien que me veo. —Yo… —De hecho, simplemente asintamos y podrás irte. No hay duda de que la señora Aurora te hizo venir para que pudieras dar fe del hecho de que sigo respirando. —Ella no está bien. Eso atrajo la atención de mi hermano. —¿Cómo es eso? La historia salió rápidamente: la sala de emergencias, se veía bien después, siguió trabajando en el almuerzo. Los ojos de Edward se alejaron. —Esa es ella, está bien. Sobrevivirá al resto de nosotros. —Creo que le gustaría verte. —Nunca volveré a esa casa. —Ella podría venir aquí. Después de un largo momento, esa mirada volvió. —¿Honestamente crees que estar cerca de mí sería bueno para ella? —Antes de que Lane pudiera comentar, Edward continuó—: Además, no me gustan las visitas. Hablando de entretenimiento, ¿por qué no estás disfrutando del desayuno de la carrera? Obtuve una invitación, lo que encontré un tanto irónico. No


me molesté en responder, una violación horrible de mis modales, pero en mi nueva encarnación, las bromas sociales son anacronismos de otra vida. Lane caminó alrededor, mirando los trofeos. —¿En qué piensas? —preguntó Edward—. Nunca te quedas sin palabras. —No sé cómo decir esto. —Inténtalo con un nombre primero. Un nombre propio, siempre que no sea “Edward”. Te lo aseguro, no estoy interesado en ninguna charla sobre cómo debo poner mi vida en orden. Lane se giró y enfrentó a su hermano. —Es sobre padre. Los párpados de Edward bajaron. —¿Qué pasa con él? La imagen de Rosalinda en esa silla fue precedida por una reproducción auditiva de la voz de Chantal diciéndole que estaba embarazada y que no iba a dejar la casa. Los labios de Lane se curvaron. —Lo odio. Lo odio tan jodidamente demasiado. Nos ha arruinado a todos. Antes de que pudiera comenzar a contarle todo lo que pasó, Edward puso su mano en alto y dejó salir un cansado suspiro. —No tienes que decirlo. Lo que quiero saber es cómo lo descubriste. Lane frunció el ceño. —Espera, ¿lo sabías? —Por supuesto que lo sabía. Estaba ahí. No, no, pensó con sorpresa. Edward no podía estar incluido en las pérdidas de dinero, la deuda… la posible malversación. El hombre no solo era brillante con los negocios, sino honesto como un explorador. —No podrías… no. —Lane sacudió la cabeza—. Por favor, dime que tú no… —No seas ingenuo, Lane… —Rosalinda está muerta, Edward. Se suicidó ayer en la oficina. Ahora era el turno de Edward de lucir sorprendido. —¿Qué? ¿Por qué? Lane levantó las manos. —¿Pensaste que no le afectaría? Edward frunció el ceño. —¿De qué demonios hablas? —El dinero, Edward. Jesucristo, no seas estúpid… —¿Por qué el hecho de que papá no pagara mi rescate la afectaría? Lane dejó de respirar. —¿Qué acabas de decir?

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Edward se frotó los ojos como si le doliera todo el cráneo. Luego fue a por la botella de Beefeater que había junto a él y tomó un profundo trago directamente de la botella. —Tenemos que hacer esto. —¿No pagó por tu rescate? —Por supuesto que no. Siempre me ha odiado. No me extrañaría que hubiera planeado todo el secuestro. Todo lo que Lane pudo hacer fue quedarse ahí y parpadear mientras su cabeza se enredaba como un embotellamiento de tráfico a la hora punta. —Pero… le dijo a la prensa, a nosotros, que estaba negociando con ellos… —Y yo me hallaba ahí escuchando al otro lado del teléfono. Eso no era lo que ocurría. Además, puedo asegurarte que hubo… repercusiones… a su incumplimiento. Las entrañas de Lane se revolvieron. —Pudieron haberte matado. Después de otro trago de la botella, Edward dejó caer la cabeza contra la silla. —No lo sabes, hermano… sí, me mataron. Ahora, ¿de qué demonios hablabas?


Traducido por Daniela Agrafojo Corregido por Pau_07

Estaba en un extraño tipo de altura, decidió Gin mientras caminaba con su nuevo prometido a través de los invitados de su familia, asintiendo a aquellos que hacían contacto visual, hablando cuando era requerido. La sensación de caminar entre algodón que envolvía su cuerpo era algo entre la saturación de alcohol y una sobredosis de Xanax; el mundo exterior llegando a ella a través de un filtro en cámara lenta, engrosando el aire con la consistencia de un pudín, y quitando cualquier sentido de temperatura de su piel. Richard, por otra parte, se veía bastante alerta mientras le hablaba a todos del compromiso, el orgullo en su rostro semejante a un hombre que acababa de comprar una casa nueva en Vail o quizás un yate. No parecía notar el impacto sutil que tan a menudo escondían, o tal vez no le importaba. Tú ganas. Mientras escuchaba la voz de Samuel T. en su cabeza, tomó una respiración profunda. Sincronización, sincronización, pensó. La sincronización lo era todo. Eso y el dinero. Samuel T. y su gente eran muy adinerados ante cualquier estándar, pero no tenían cincuenta o sesenta millones de dólares de sobra para llenar la deuda en los balances de su familia. Solamente Richard P. Ford IV lo era, y Gin estaba preparada para aprovechar su posición recién descubierta como la esposa del idiota para ayudar a sus parientes. Pero eso tendría que esperar hasta que pusiera un anillo en su… Un agarre en su codo la hizo girar la cabeza. Richard se inclinó. —Dije, ven por aquí. —Voy a entrar por un momento. —No, vas a quedarte a mi lado.

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Mirándolo directo a la cara, dijo—: Estoy sangrando entre las piernas, y sabes por qué. Es difícilmente algo que pueda ignorar. Una expresión combinada de sorpresa y disgusto tensó esos rasgos que estaba comenzando a odiar. —Sí, encárgate de eso. Como si su cuerpo fuera un auto con una abolladura necesitando arreglo. Caminando, se dio cuenta de que pasear entre grupos de personas que hablaban demasiado alto y reían demasiado fuerte le causaba un cosquilleo de ansiedad, y el sentimiento no se disipó cuando entró al fresco y silencioso interior de Oriental. Sangró después de que Richard terminó con ella. Pero ya se había encargado de eso con un protector para bragas. No, había entrado por una razón diferente. Y sabía a dónde ir. La última vez que tuvo sexo en esta casa —sin incluir esa breve conexión en el jardín la otra noche y lo que había pasado en su dormitorio más temprano— fue hace dos años: había terminado la mayoría de sus jugueteos y excursiones en Oriental tan pronto como Amelia se volvió lo suficientemente mayor para saber lo zorra que era. No había razón para que la chica presenciara en persona lo que los demás iban a decirle sobre su madre. Al menos de esa manera, pensó siempre Gin, mamá sería capaz de llevar una negación creíble. Pero… hace dos años, en una tarde de jueves al azar, después de una cena sin incidentes, se encontró escabulléndose. En la bodega de vinos. Procediendo hacia el pasillo del personal, pasó la oficina de Rosalinda y del señor Harris —o más bien, donde aún se encontraba el mayordomo y había estado la interventora— y abrió una ancha puerta para revelar una escalera hacia el sótano. No estaba muy sorprendida de encontrar el brillo de una luz al final. Sólo había una razón para que estuviera encendida, especialmente si todos los bourbones, champañas y chardonnays para el desayuno tardío habían sido entregados, y en cualquier evento, ninguna parte de la colección privada de la familia sería usada para tal ocasión. Su descenso fue silencioso, el patrón de tablas chirriantes memorizadas por sus días de adolescente robando botellas de las profundidades del enorme sótano. A medida que llegaba al final de los escalones, se quitó los zapatos y los colocó a un lado. El cemento desigual


fue un alivio para las plantas de sus pies, y su nariz amenazó con estornudar mientras el olor a humedad se registraba en sus fosas nasales. Pasó los refugios antibombas que se hicieron en los años cuarenta fuera de los muros de metal fijados en ángulo recto, envolviendo sus brazos a su alrededor, a pesar de que era principalmente un reflejo, algo que hacía porque debía estar helado aquí abajo. Aun así no sentía nada. La bodega de vinos estaba separada del largo sótano por una pared de vidrio a prueba de balas y fuego que se encontraba equipada con soportes de madera pulida y una puerta que tenía un código. Dentro, la habitación de paneles de caoba brillante estaba amueblada, desde el piso hasta el techo, con estanterías de botellas hechas a mano, millones de botellas de vinos inestimables, champañas y licores protegidos de los cambios de temperatura y ladrones de la variedad humana. También había una mesa de catas en el centro rodeada de sillas color rojo sangre, y tenía razón, la cosa estaba siendo puesta en uso. Y había una especie de cata en marcha. El cordero de sacrificio de Samuel T. se hallaba estirada sobre la superficie brillante, su cabello rubio extendido sobre el borde más lejano de la mesa, su cuerpo desnudo brillando a la luz baja de los accesorios de bronce. Se encontraba completamente desnuda, su vestido color melocotón tirado sin cuidado sobre una de las sillas, y la cabeza de Samuel T. entre sus muslos, sus manos apretando sus caderas mientras la trabajaba. Retrocediendo a una esquina oscura, Gin lo observó terminar lo que hacía y luego alzarse sobre la mujer. Con manos rudas, liberó su erección y la montó. La mujer gritó lo bastante fuerte como para que su voz ronca pudiera oírse al otro lado del vidrio. Por una vez, Gin no se colocó en la posición femenina. Lo había visto tener sexo muchas veces antes —algunas veces cuando él lo había sabido, otras veces no— e inevitablemente, su cuerpo siempre respondía como si fuera ella la que estuviera debajo de él, sobre él, empujada contra una pared por él. No ahora. Eso habría sido demasiado doloroso. Porque sabía que nunca iba a tenerlo de nuevo. Tú ganas.

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Después de todos esos años luchando, ella había bajado sus armas primero, y él no la había creído. Y cuando finalmente la había tomado en serio, los eventos habían conspirado contra ellos. Él ya no iba a jugar este juego con ella. Había visto los toques de resolución cuando alejó su declaración de amor el día anterior, y el último clavo en el ataúd había sido puesto en el jardín. Estaba hecho. Gin se quedó dónde estaba mientras él llegaba al orgasmo, y tuvo que alejar las lágrimas cuando su cabeza se inclinó hacia atrás sobre su espalda y su cuello se tensó, y su cuerpo bombeó con fuerza cuatro veces más. Quizás como era de esperar, su rostro no mostró evidencia de placer, la liberación aparentemente fue algo generado únicamente por su cuerpo. A lo largo del corcoveo, permaneció tan sombrío como ella se sentía, su expresión en blanco, sus ojos medio abiertos fuera de foco. Mientras tanto, sin embargo, la mujer tuvo espasmos que eran demasiado feos para ser falsos: no había duda de que la querida chica habría preferido impresionarlo con expresiones de pasión más ingeniosas con la esperanza de que esto comenzara algo, pero las poses sexuales en las películas eran difíciles de mantener cuando Samuel T. estaba dentro de ti. Gin retrocedió aún más, hasta la fría y húmeda pared que le dijo que no había más retiro posible. Sabía que él iba a irse pronto. Y lo hizo. Momentos después, vapor encerrado fue liberado mientras la puerta se abría, y Gin se acurrucó, dejando caer los ojos y aguantando la respiración. —Seguro —dijo Samuel T. en tono uniforme—. Me encantaría. —¿Me ayudarías a abrochar mi vestido? —Puedes hacerlo sola. —Él ya se estaba yendo—. Vamos, mejor nos vamos. —¡Espera! ¡Espérame! Risitas. Agitación también, sin duda, a medida que el sonido del cliqueo de los tacones a lo largo del cemento hacía eco alrededor como si la mujer estuviera corriendo para alcanzarlo. —¿Sostienes mi mano? —preguntó la mujer. —Seguro. Me encantaría.


Hubo un golpe al encontrarse dos pares de labios y luego los sonidos de pasos en el cemento disminuyeron en la distancia. Después de un rato, Gin salió de las sombras. La luz se había quedado encendida dentro de la bodega de vinos, lo que era muy diferente a Samuel T. Lo que la mayoría no sabía de él era que era un esclavo de su necesidad compulsiva de tener las cosas en orden. A pesar del hecho de que era un mujeriego, no podía manejar las cosas fuera de lugar. Todo, desde los trajes que usaba hasta los autos que tenía, desde su práctica de leyes hasta sus establos, desde su dormitorio hasta su cocina y sus baños, era un hombre con problemas de control. Sin embargo, ella conocía la verdad. Lo había visto quedarse atrapado en rituales, había tenido que sacarlo de ellos de vez en cuando. Era una intimidad que, estaba dispuesta a apostar la vida de su único hijo, no compartía con nadie más… Ahora se estremeció. Pero no por el aire frío ni la humedad. El ineludible sentido de que había arruinado algo bien y terriblemente le robó el aliento. Retrayéndose sobre sí misma, retrocedió contra la pared de vidrio de la bodega de vinos, se deslizó hasta el suelo de cemento… y lloró.

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Traducido por Clara Markov Corregido por Dey Kastély

Mientras Edward escuchaba el reporte de Lane sobre las finanzas familiares, y luego las otras noticias de que su madre fue declarada mentalmente incompetente, y finalmente sobre el suicidio con cicuta, se encontró… curiosamente separado de toda la historia. No era que no le importara. Siempre se preocupó por sus hermanos, y ese tipo de aprecio nunca se iba, a pesar de todas las cosas por las que pasó. Pero la cadena de malas noticias parecían explosiones ocurriendo lejos en el horizonte; el parpadeo y rugido distante eran algo que captaba su atención, pero no lo afectaban lo suficiente como para que se levantara de su silla, literal o figurativamente. —Así que necesito tu ayuda —concluyó Lane. Edward se volvió a llevar la botella de ginebra a la boca. De cualquier manera, en esta ocasión no bebió. La bajó otra vez. —¿Con qué precisamente? —Necesito acceso a los archivos financieros de CBB. Los reales, los que no fueron lavados por el Consejo o la prensa. —Ya no trabajo para la compañía, Lane. —No me digas que no puedes acceder a los servidores si realmente lo quisieras. Lane tenía un punto. Edward fue quien instaló el sistema en las computadoras. Hubo un largo silencio, y luego Edward lo siguió con otro golpe de licor. —Todavía hay bastante dinero alrededor. Tienes tu fideicomiso, Maxwell tiene el suyo, y Gin sólo tiene uno año o dos para ir… —Se viene ese préstamo de cincuenta y tres millones de dólares con Prospect Trust. En dos semanas, Edward.


Se encogió de hombros. —Tiene que ser sin garantía, de otra manera, Monteverdi no se preocuparía tanto. No es como si fueran a ir a por la casa. —Monteverdi irá a la prensa. —No, no lo hará. Si tomó un préstamo sin garantía de tal magnitud usando fondos de Prospect Trust, tuvo que haberlo hecho a espaldas de la junta directiva y violando las leyes federales de empresas fiduciarias. Si no se paga a tiempo, lo único que ocurrirá públicamente es un anuncio de que Monteverdi se retira antes de tiempo para "pasar tiempo con su familia". —Edward sacudió la cabeza—. Entiendo que quieras saber más, pero no sé con seguridad a dónde piensas que te llevará. La deuda no es tuya como para que te preocupes. Ahora vives en Manhattan. ¿Por qué el repentino interés en las personas que viven en Oriental? —Son nuestra familia, Edward. —¿Y? Lane frunció el ceño. —Entiendo que no te sientas como el hijo de William Baldwine. Después de la manera en que te trató todos esos años, ¿cómo podrías? Pero… ¿qué pasa con la casa? ¿Los terrenos, los negocios? ¿Con mamá? —La Compañía de Bourbon Bradford gana billones de dólares al año. Inclusive si te vas a una cantidad neta, no ingreso bruto, si la deuda personal es de cincuenta, o incluso cien millones de dólares, no es un evento catastrófico contando la cantidad de acciones que posee la familia. Los bancos prestarían entre un sesenta a setenta por ciento del valor en contra de una cartera de inversión; se podría financiar la amortización de esa cantidad ahora mismo. —Pero, ¿qué pasa si no es todo lo que se ha prestado? ¿Y padre no debería rendir cuentas? Y de nuevo, me pregunto, ¿qué pasa con mamá? —Si fuera por el agujero del conejo al querer algún tipo de justicia contra ese progenitor nuestro, estaría completamente loco. Y lo último que escuché, mamá no ha salido de su cama más que para tomar un baño en tres años. Si se encuentra en Oriental o en un hogar de ancianos, no notará la diferencia. —Cuando Lane dejó salir una maldición, Edward volvió a sacudir la cabeza—. Te aconsejo que sigas mi ejemplo y te alejes. En realidad, debí de haberme distanciado más, al menos tú tienes Nueva York. —Pero… —No te equivoques, Lane, ellos te comerían vivo, especialmente si continúas en este camino de venganza. —Cuando se quedó en silencio, sintió un breve momento de creciente temor—. No ganarás, Lane. Hay… cosas… que hicieron en el pasado contra personas que trataron de

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acercarse a ciertas cuestiones. Y algunas fueron con miembros de la familia. Debía saber. Lane se acercó a la ventana del mirador, observando como si las cortinas no se encontraran cerradas. —Así que estás diciendo que no me ayudarás. —Te estoy diciendo que el camino con menor resistencia es mejor para tu salud mental. —Al igual que física—. Supéralo, Lane. Sigue adelante, continúa. Lo que no se puede cambiar, se debe aceptar. Hubo otro momento de calma, y luego Lane miró a través del aire viciado entre ambos. —No puedo hacerlo, Edward. —Entonces, es tu funeral… —Mi esposa está embarazada. —¿De nuevo? Felicidades. —Me voy a divorciar. Edward arqueó una ceja. —No es la típica respuesta de un futuro padre. Especialmente teniendo en cuenta la cantidad de manutención que deberás. —No es mío. —Ah, eso lo explica. —Ella me dijo que es de padre. Cuando sus ojos se encontraron, Edward se quedó muy quieto. —Lo siento. ¿Qué? —Me escuchaste. Me dijo que se lo dirá a mamá. Y que no dejará Oriental. —Hizo una pausa—. Por supuesto, si resulta que hay problemas de dinero, entonces no tendré que preocuparme por que el bastardo de papá venga a la casa de la familia. Chantal se iría a cualquier lugar para encontrar otro rico idiota al que pegársele. Cuando un dolor extraño se disparó por el antebrazo de Edward, se miró la mano. Interesante. De alguna manera, agarró la botella de ginebra con tanta fuerza que sus nudillos casi se rompían a través de su pálida piel. —¿No miente? —Se oyó preguntar. —Si hubiera nombrado a alguien más que padre, diría que tal vez. Pero no, no creo que mienta. ***


Mientras Samuel T. salía de la bodega y se alejaba, encontró que el ignorar a la mujer que acababa de follar era cuestión de supervivencia. Su voz era bastante como una absorción de energía; si en realidad se concentraba en sus palabras, probablemente caería en estado de coma. —¡… y luego iremos al club! Todo el mundo estará ahí, y podemos… Por otra parte, el agotamiento con el que luchaba probablemente no era por ella. Era más por el resultado de bajar sus armas tras una larga batalla de décadas. Lo que estaba claro era que tenía que follar a alguien ahí, en esa mesa. Era su manera de hacer borrón y cuenta nueva, quemando metafóricamente el último recuerdo que poseía de estar dentro de Gin aquí en la casa. Y en los otros sitios en los que estuvo con ella, ¿ya fuera en su granja, o en los hoteles de nivel internacional, o en Vail, o hasta Michigan? También iba a eliminarlos, hasta que cubriera cada uno de los recuerdos con otra mujer. —¿… Día Conmemorativo? Porque podríamos salir a la finca de mis padres en el Valle del Loira, ya sabes, para escapar… A medida que el parloteo seguía, Samuel T. recordó por qué prefería dormir con mujeres casadas. ¿Cuando tenías relaciones sexuales con alguien que tenía que preocuparse por un marido? No existía esta expectativa de una relación. No era capaz de subir las escaleras para regresar al primer nivel lo bastante rápido. Y a pesar de que se disponía a ir de dos en dos y así poder perder a la parlanchina detrás de él, era lo suficientemente caballeroso como para hacerse a un lado en la parte inferior e indicarle que fuera primero. —Oh, gracias —le dijo al pasar por delante suyo. Se hallaba a punto de seguirla cuando atrapó un destello de algo colorido en el suelo. Un par de tacones. De color claro, hechos de satín. Louboutins. Movió la cabeza y buscó de donde vinieron él y la mujer. —¿Samuel T.? —le dijo desde arriba—. ¿Vienes? Eran los zapatos de Gin. Ella estaba aquí. ¿Bajó para… ver? Bueno, ciertamente no los detuvo. Su primer impulso fue sonreír e ir a la caza, ¿pero eso era un acto reflejo que nació de la forma en que se relacionaron por tanto tiempo?

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Para recordarse a sí mismo cómo cambiaron las cosas, todo lo que tenía que pensar era en ese anillo en su dedo. En el hombre de pie junto a ella. La noticia que pronto se propagaría por todo el país. Lo gracioso era que nunca se preocupó sobre todos los hombres con los que Gin estuvo. Si eso venía bajo la excepción de ojo por ojo porque él dormía con la misma cantidad de mujeres… o si tenía algún tipo de perversión en el cual la deseaba más al saber que ella follaba y les hacía mamadas a otros hombres… o tal vez era algo totalmente diferente. No lo sabía. ¿Lo único que sabía con seguridad? Richard Pford era ahora una fuente enorme de celos. De hecho, tomó cada onza de su autocontrol no darle a ese desperdicio de espacio una mirada que dejara un agujero en la nuca de su cráneo. —¿Samuel T.? ¿Pasa algo? Alzó la mirada hacia las escaleras. La luz proveniente de detrás de la mujer la convertía en nada más que una sombra, reduciéndola a un conjunto sin rostro de curvas, sin mayor peso que una aparición. Por alguna razón, quiso tomar los zapatos de Gin, pero los dejó atrás a medida que permitía que su ascenso respondiera la pregunta de la señorita. Apareciendo a su nivel, se aclaró la garganta. —Te encontraré ahí. Su sonrisa decayó. —Pensé que iríamos a la pista juntos. ¿La pista? Oh, cierto. Era el día de la carrera. —Tengo algunos negocios que atender. Te veré ahí. —¿A dónde irás ahora? La pregunta lo hizo darse cuenta que se dirigía a la cocina, no a la fiesta. —Como dije, negocios. —¿En qué tribuna estás? —Te encontraré —dijo. —¿Lo prometes? Alejándose, podía sentir su mirada, y se disponía a apostar que se encontraba orando a Mary Sue, la Santa Patrona de las Debutantes, para que él se girara, regresara, y se convirtiera en el escolta que ella esperaba que emergiera gracias a la follada subterránea. Pero Samuel T. no miró atrás ni tampoco reconsideraría su salida. Y no les prestó ninguna atención a la cantidad de cocineros en la cocina de la señora Aurora.


Lo cierto era que no era consciente de nada hasta que salió. Cerrando la puerta de la entrada trasera, tomó una respiración y se apoyó contra los calientes paneles de color blanco. Otro día abrasador, lo cual no era una sorpresa. Por otro lado, no lo era cuando se trataba del clima de Charlemont. Si no te gustaban las condiciones, todo lo que tenías que hacer era esperar quince minutos. Por lo que el granizo en la carrera también sería posible. Dios, se sentía cansado. No… se sentía viejo… Un rugido gutural venía sonando a su izquierda, pero no era un coche deportivo. Era una camioneta destartalada viniendo por la entrada de servicio. Pobre bastardo, quienquiera que fuera. Al personal no se le permitía estacionar en cualquier lugar cerca de la casa en un día como hoy. El que se hallara detrás del volante, se ofrecía voluntario para un golpe proverbial en la garganta. Pero él tenía sus propios problemas por los cuales preocuparse. Metiendo la mano en el bolsillo, sacó la llave de su auto; luego, bajó por el suelo de piedra y comenzó a dirigirse al lugar en donde escondió su Jag, pegado a la casa. No llegó muy lejos. A través del parabrisas de esa vieja camioneta, vio un rostro demasiado familiar. —¿Lane? Al tiempo que la camioneta se detenía en la entrada trasera del centro de negocios, se acercó. —¿Lane? —gritó—. ¿Ya bajaste de nivel incluso antes de que Chantal nos golpee con una respuesta? La ventanilla del conductor bajó y el tipo hizo un gesto con el dedo a través de su garganta. Samuel T. miró alrededor. No había nadie cerca. El personal se encontraba dentro o trabajando en las carpas y jardines. Los invitados no volverían aquí, en donde los matorrales podrían estar. Y no era como si las aves en los árboles fueran a tener una opinión sobre dos humanos charlando. Cuando se acercó a la camioneta, se inclinó. —En verdad no necesitas hacer esto por el divorcio… Se quedó en silencio cuando se enfocó en el hombre sentado al lado de su más reciente cliente. —¿Edward? —graznó.

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—Qué encantador volver a verte, Samuel. —Excepto que el hombre no lo miró. Sus ojos seguían fijos en el tablero frente a él—. Como de costumbre, te ves bien. En tanto pronunciaba esas palabras, fue imposible no evaluar esa cara… ese cuerpo. Querido… Dios, los pantalones le quedaban holgados alrededor de los muslos como si fueran palillos de dientes, y la camisa suelta colgándole de los hombros con la amplitud de una percha. Edward se aclaró la garganta y se agachó para recoger una gorra de CBB del piso del coche. En lo que se la ponía en la cabeza y bajaba el frente para cubrirse el rostro, Samuel T. se avergonzó por mirarlo boquiabierto. —Es bueno verte, Edward —soltó. —No lo hiciste —dijo Lane en voz baja. —¿Cómo? —No lo viste. —Los ojos de Lane ardían—. Ni a mí. ¿Entiendes, abogado? Samuel T. frunció el ceño. —¿Qué diablos ocurre? —No quieres saberlo. Miró de ida y vuelta entre los hermanos. Como abogado, estuvo involucrado en bastantes zonas grises, tanto en términos de evitarlos y meterse en ellos deliberadamente. También aprendió con el tiempo que alguna información no valía la pena conocerse. —Entendido —dijo con una inclinación de cabeza. —Gracias. Antes de que se apartara, forzó una sonrisa en su rostro. —Por cierto, felicidades por la nueva adición a su familia. Lane retrocedió. —¿Disculpa? —Sé con bastante seguridad que no habrías elegido a Richard Pford como cuñado, pero uno debe ajustarse cuando el amor está en el aire. —¿De qué diablos hablas? Samuel T. rodó los ojos al pensar que Gin era justo así. —¿Quieres decir que no lo sabes? Tu hermana se comprometió con Richard Pford. Tengan una buena carrera, caballeros. Quizá los vea a ambos… Pero por supuesto, no a ambos. —Ah… si cualquiera de ustedes me necesita —se corrigió—, saben exactamente dónde encontrarme.


Que ser铆a en cualquier lugar donde no se encontrara su hermana, pens贸 mientras caminaba hacia su Jag.

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Traducido por Clara Markov Corregido por Dey Kastély

Era el momento perfecto para irrumpir. A medida que Edward salía de la camioneta del Maestro Destilador, se bajó aún más la gorra de béisbol, aunque si ese borde iba más al sur, no sería capaz de parpadear. Dios… ¿realmente volvió? De hecho, sí, y había olvidado lo enorme que era Oriental. Inclusive desde la entrada de los empleados en la parte trasera, la mansión era casi incomprensiblemente grande; la fachada blanca del edificio y las persianas negras levantándose por encima de la hierba verde, una fuerte declaración de la gran importancia de la familia. Quería vomitar. Pero ¿después de escuchar lo que hizo su padre con la esposa de Lane? No existía manera alguna en la que no fuera a actuar. De fondo podía escuchar el almuerzo de la carrera en pleno apogeo en el jardín, y sabía que este era en verdad el único momento para entrar y salir del centro de negocios con la información que necesitaba su hermano. Con tantas personas en el lugar, no había manera de que su padre se acercara a cualquier lugar que no fuera esa carpa; era un depravado, pero sus modales nunca fueron vulnerables. Además, todo el personal de la empresa tenía libre el día de la carrera, así que ni siquiera los "subordinados" se encontrarían en sus escritorios. Los pobres bastardos podrían trabajar el Cuatro de Julio, Acción de Gracias, Navidad y Pascua, pero esto era Kentucky. Nadie trabajaba el día de la carrera. Mientras Lane rodeaba el auto para seguirlo, extendió la palma. — Voy solo. —No puedo dejar que lo hagas. —Puedo permitirme que me atrapen. Tú no. Quédate aquí.


No esperó una respuesta, sino que siguió adelante, sabiendo que después de casi cuarenta años de ser el primogénito, sus palabras congelarían a Lane en donde se encontraba. En la entrada trasera de las instalaciones de su padre, Edward ingresó un código de acceso que le asignó a una tercera parte de los contratistas hace cinco años como parte de la actualización de seguridad. Cuando la luz roja se volvió verde y el seguro se liberó, cerró los ojos brevemente. Y abrió. Había una tentación que tiraba de él antes de entrar, pero no tenía ese lujo, ya fuera en términos de energía o tiempo. En tanto la puerta se cerraba detrás de él, la luz exterior se apagó, y pasó un momento para que el oscuro interior se registrara en sus ojos. Seguía igual. Todo. Desde la gruesa alfombra color marrón con bordes dorados, a los artículos enmarcados de la compañía que colgaban de las paredes cubiertas de seda, y el patrón de las puertas de cristal que conducían hacia la zona central de espera. Qué extraño… asumió que al ser diferente él, este lugar en el cual pasó tantas horas también habría cambiado. No sonó ninguna alarma mientras se introducía más profundamente en las instalaciones debido al código que utilizó, y pasó por el comedor, las salas de conferencias que parecían salones de Oriental, e incluso más oficinas que fueron equipadas con el lujo de una firma de abogados de primer nivel. Como siempre, las cortinas en todas las ventanas se hallaban cerradas para asegurar una total seguridad, y nada fue dejado fuera de lugar en ningún escritorio, todo asegurado a cal y canto. La sala de espera era un espacio circular, cuyo centro se ubicaba delimitado con el escudo de la familia en la alfombra. Prominentemente colocado a un lado, entre una bandera de Estados Unidos y Kentucky, y un par de carteles de la Compañía de Bourbon Bradford, el escritorio de la recepcionista era tan suntuoso como una corona, y aun así, ni siquiera se acercaba a la sede del poder. Más allá de todo ese espectáculo, había cristal en donde la oficina del asistente ejecutivo ocupaba el espacio, y finalmente, detrás del escritorio del perro guardián, se hallaba una puerta nuevamente marcada con el escudo familiar en un dorado brillante. La oficina de su padre. Edward miró hacia la línea de puertas francesas que se abrían en dirección al jardín. Gracias a la combinación de cortinas pesadas y vidrio de triple hoja, no se escuchaba ni pío de las seiscientas o setecientas personas que había afuera, y no había absolutamente ninguna posibilidad de que cualquier invitado vagara por ahí.

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Edward arrastró los pies hasta la oficina de cristal e ingresó el mismo código. Cuando el bloqueo se liberó, se abrió paso y caminó alrededor para sentarse frente a la computadora. No prendió ninguna luz y no habría movido la silla detrás del escritorio si sus piernas fueran capaces de soportar su peso durante cualquier periodo de tiempo. La computadora funcionaba, pero se hallaba bloqueada, y accedió usando un conjunto de credenciales de seguimiento que se dio a sí mismo cuando expandió y reforzó la red de la compañía hace tres años. Al igual que Flynn, como ellos decían. Pero ¿ahora qué? En el viaje a Oriental, se preguntó si su mente volvería a ponerse en línea para esto. Le preocupaba que las pastillas o el trauma hubieran dañado su cerebro de una manera no muy pertinente en lo que respectaba a beber o limpiar establos, pero sí cuando intentaba algo mayor. Aunque su circunnavegación entre el sistema de archivos con documentos protegidos fue lenta al principio, de pronto se movía rápidamente a través de los cachés de información, exportando lo que era relevante para la cuenta simulada que pareciera un correo válido de CBB, pero en realidad era de la red. Otro respaldo. ¿Y lo mejor de todo? Si alguien miraba la actividad, rastrearían el nombre del perro guardián que su padre tenía como asistente ejecutiva, a pesar del hecho de que ella no sabía nada de la cuenta. Pero ese era el punto. Cualquier persona en la empresa que viera el nombre de la mujer en algo, retrocedería y no diría nada. Mientras se filtraba en los estados financieros, se centró exclusivamente en los datos en bruto que aún tenían que ser "lavados" por contadores, y aunque lo tentaba el comenzar a analizar, era más importante capturar tanto como pudiera… Las luces de la recepción se encendieron. Alzando la cabeza, se congeló. Mierda. *** El teléfono de Lizzie finalmente sonó al tiempo que todos los invitados comenzaron a despedirse. Y casi ignoró la vibración, especialmente cuando dos de los camareros se le acercaron con una serie


de demandas de una mesa de veinteañeros que eran menores de edad y se encontraban completamente borrachos. —No —dijo tomando el celular de su bolsillo trasero y aceptando la llamada sin mirar—. Los interrumpieron por una razón, sus padres. Si ese montón de idiotas tiene algún problema con la negativa del servicio, diles que se lo comenten a su mami y papi. —Se puso el teléfono en la oreja—. ¿Sí? —Soy yo. Lizzie cerró los ojos con alivio. —Oh, Dios mío, Lane… espera, déjame encontrar un lugar tranquilo. —Estoy en la parte trasera. Por las cocheras. ¿Puedes venir un minuto? —Ya voy. Terminando la llamada, atrapó la mirada de Greta a través de la carpa y le señaló que saldría por un minuto. Después de que la mujer asintiera, Lizzie se fue rápidamente por la periferia de la fiesta, corriendo detrás de las mesas de comida donde los sirvientes uniformados cortaban perfectas rebanadas de carne asada Angus criada en la localidad. Un par de camareros levantaron la mano para tratar de llamar su atención, pero los dejó de lado, sabiendo que Greta se haría cargo. Al ingresar en la casa por la puerta abierta que daba a la cocina, agachó la cabeza, intentando lucir como si ya se hallara en una misión. Y así se suponía que era. En la esquina, por la despensa, se encontraba otra puerta que se dirigía a la entrada trasera, y después de recorrer todas las chaquetas de los empleados, salió por las cocheras. Miró alrededor en busca del Porsche de Lane… —Por aquí —anunció su voz. Girándose, retrocedió cuando lo vio apoyado contra una camioneta que era casi tan vieja como ella. Pero entonces siguió con el programa, trotando a través de los adoquines. —Bueno, este es mi tipo de coche —dijo a medida que se le acercaba. A pesar de que no movió ni un músculo, los ojos de Lane la recorrieron por completo, como si utilizara su presencia como una forma de castigarse. —¿Puedo abrazarte? Ella miró alrededor, centrándose en las ventanas de la casa. — Probablemente sea mejor que no. —Cierto.

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—Así que… ¿qué haces aquí? ¿Con esta F-150? —Me la prestó un amigo. Trato de mantener un perfil bajo. ¿Cómo va la fiesta? —Tu esposa me ha estado mirando mal. —Ex esposa, ¿recuerdas? —¿Vas a… vas a ir al almuerzo? Sacudió la cabeza. —Estoy ocupado. Pausa. Incómoda. —¿Todo bien? —susurró—. ¿Cómo estaba Edward? —¿Puedo quedarme contigo esta noche? Lizzie cambió su peso de atrás hacia adelante. —¿No irás al baile? —No. —Bueno, entonces… sí, me gustaría. —Se cruzó de brazos y trató de no sentir una creciente felicidad que parecía inapropiada dado todo lo que ocurría—. Pero estoy preocupada por ti. —Y yo por ti. —Miró hacia su casa—. Permíteme preguntarte algo. —Lo que sea. Pasó un tiempo antes de que volviera a hablar. —Si decidiera irme de aquí… ¿considerarías venir conmigo? Lizzie pensó en bromear, haciendo alguna referencia a la novela Robinson Crusoe, o tal vez sobre un crucero. Pero él no se reía en lo más mínimo. —¿Es tan malo? —susurró. —Es peor. Lizzie no se molestó en comprobar para ver si alguien miraba. Se le acercó, colocó los brazos alrededor, y su respuesta fue inmediata, su gran cuerpo se curvó contra el suyo, resistiéndose. —¿Bien? —le dijo en el cabello—. ¿Te irías conmigo? Ella pensó en su trabajo, su granja, su vida, así como el hecho de que a parte de esos tres días, no habían hablado en casi dos años. —Lane… —Entonces, ¿es un no? Se echó hacia atrás… alejándose. —Lane, incluso si nunca regresas otra vez, no te liberarás de este lugar, de esta gente. Es tu familia, tu base. —Viví perfectamente sin ellos durante dos años.


—Y la señora Aurora te trajo de vuelta. —Podrías haber sido tú. Habría regresado por ti. Lizzie sacudió la cabeza. —No hagas planes. Hay demasiado en el aire justo ahora. —Se aclaró la garganta—. Y con ese punto, mejor me voy. La gente comienza a marcharse, pero aún tenemos comida para cuatrocientos ahí. —Te amo, Lizzie. Ella cerró los ojos. Se puso las manos en el rostro. —No lo digas. —Acabo de enterarme que mi padre iba a dejar que esos asesinos tuvieran a Edward. —¿Qué? —Dejó caer los brazos—. ¿De qué hablas? —Se negó a pagar el rescate de Edward cuando lo secuestraron. Se negó. Iba a permitir que mi hermano muriera ahí. De hecho, creo que eso es lo que quería. Lizzie se cubrió la boca con la mano y cerró los ojos. —Así que lo viste. —Sí. —¿Cómo… está? Cuando Lane esquivó eso, no se sorprendió del todo. —Ya sabes — dijo—. Siempre me pregunté cómo ocurrió el secuestro de Edward. Ahora lo sé. —Pero ¿cómo alguien le haría eso a su propio hijo? —Porque es una manera eficiente de asesinar a un rival en los negocios y no tener que preocuparte de ir a la cárcel. Consigues unos asesinos para que se lo lleven lejos y luego te niegas a pagar el precio acordado. Ataúd para uno… Ah, y luego vamos a jugar al torturado padre en duelo para la simpatía de la prensa. Todos ganan. —Lane… oh, Dios mío. —Por lo que cuando te digo sobre irnos, no es sólo una fantasía romántica. —Sacudió la cabeza lentamente—. Me pregunto si mi hermano no hubiera estado sobre mi padre… entonces el gran William Baldwine no habría tratado de deshacerse de él. Jesús, pensó, si esto era cierto, en verdad los Bradford llevaron lo disfuncional a nuevos niveles. —¿Qué descubrió Edward? —preguntó. —No entraré en detalles en nada de eso. —Los ojos de Lane se entornaron—. Sin embargo, me está ayudando en lo que necesito.

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Lizzie tragó, y trató de no imaginarse a Lane como víctima de algún "accidente." —Me estás asustando —susurró.


Traducido por Jasiel Odair Corregido por Janira

Sutton parpadeó mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra interior del centro de negocios de William Baldwine. —Me sorprende que seas tan arrogante acerca de esto. William los llevó adentro y encendió las luces. —Somos competidores, pero eso no significa que no podamos ser vistos juntos. Mirando a su alrededor, decidió que la zona de recepción circular definitivamente le recordaba a la Oficina Oval, y eso era tan típico de la arrogancia del hombre. Sólo Baldwine degradaría un icono nacional de este tipo a un lugar donde tenía gente esperando. —¿Deberíamos continuar en mi oficina? —dijo él con la suave sonrisa de uno de esos hombres que hacían anuncios Cialis en la televisión: viejo, canoso, pero todavía sexy. —Estoy feliz de hacerlo aquí. —Los papeles se encuentra en mi escritorio. —Bien. A medida que avanzaban hacia la jaula de cristal de su asistente ejecutiva, se encontró deseando que no estuvieran solos. Por otra parte, para esto, los dos iban a querer privacidad. Y luego se encontraron en la oficina de William. La cual se hallaba equipada como algo salido del Palacio de Buckingham, con todo tipo de damasco real púrpura, espejos y mesas de oro, tronos como sillas, que le hacían preguntarse a uno cómo el hombre logró hacer un ambiente tan extravagante. —¿Te importaría si enciendo un cigarro? —dijo. —No, en absoluto. —Miró hacia atrás y se encontró con que había dejado la puerta abierta, lo que podría haber hecho las cosas un poco menos espeluznantes si alguien más hubiese estado alrededor—. Así que… ¿dónde se encuentran los papeles?

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Sobre su enorme escritorio, abrió un recipiente hermético de caoba y sacó lo que era, sin duda, un puro cubano. —Te ofrecería uno, pero estos no son para una dama. —Lo bueno es que mi dinero no lleva una falda, ¿verdad? —Cuando la miró, ella sonrió dulcemente—. ¿Vamos a firmar los papeles? —¿Te importaría ir a la pista conmigo? Mi esposa no se encuentra bien. —Cortó la colilla del puro—. Así que tendrá que quedarse en casa. —Voy con mi padre, pero gracias. Los ojos de William bajaron por su cuerpo. —¿Por qué nunca te casaste, Sutton? Porque estoy enamorada de tu hijo, pensó. No es que a él le haya importado. —Me encuentro comprometida con mi trabajo y es un marido celoso. Es más bien un concepto de los años ochenta, tal vez, pero también la verdad cuando se trata de mí. —Tenemos mucho en común, sabes. —Cogió un encendedor pesado de cristal y prendió una llama—. Los dos somos responsables de tanto. —Mi padre todavía lleva la Destilería Sutton. —Por supuesto que lo hace. —se inclinó ante la pequeña llama y dio una calada. —Pero eso no va a durar mucho tiempo. No con su enfermedad, ¿o sí? Sutton se quedó en silencio. La familia aún no se hallaba preparada para anunciar su ascenso a presidente y directora ejecutiva, pero Baldwine no se equivocaba. El Parkinson de su padre había sido controlado durante los últimos tres años, sin embargo la enfermedad progresaba, y muy pronto los medicamentos y su cuidadosa sincronización para ocultar los síntomas iban a convertirse en una máscara insuficiente. Lo triste es que la mente de su padre era tan aguda como siempre. Su resistencia física empezaba a rezagarse, sin embargo, y manejar una empresa como la Destilería Sutton era una prueba de resistencia agotadora en un buen día. —¿Sin comentarios? —dijo William. Cuando otra bocanada de humo azul pasó por encima de su cabeza, el sucio hedor del tabaco llegó a su nariz y la hizo estornudar. —Dios te bendiga. Ignoró el cliché, consciente que el bastardo lo hizo precisamente porque la irritaría. Era el tipo de hombre que explota las debilidades en ese tipo de nivel.


—William, si los papeles están aquí, los firmaré ahora. Si no es así, llama a mi oficina cuando estés listo. El hombre se inclinó por la cintura y abrió un cajón largo y delgado en el centro de su escritorio. —Aquí. —Con un movimiento brusco, el manojo de papeles rodó por el escritorio, y el hecho de que fue detenido por un marco con la imagen de la pequeña V.E, su esposa, parecía apropiado. —Creo que encontrarás todo en orden. Recogió el paquete. Revisando la página uno, pasó a la siguiente… y a la tercera… y a la… Luego alzó la cabeza de golpe. —Sé que no es tu mano lo que está en mi cintura. La voz de William se hallaba cerca de su oído. —Sutton, tú y yo tenemos mucho en común. Alejándose, le sonrió. —Sí, tienes la edad exacta de mi padre. —Pero no estoy en su misma forma, ¿o sí? Bueno, eso era cierto. William llenaba su traje mejor que hombres décadas más joven. —¿Quieres que esto se haga ahora? —le dijo bruscamente—. O en algún momento de la próxima semana con mis abogados. La forma en que le sonrió la hizo sentir como si eso lo hubiera encendido. —Pero por supuesto. Es todo negocios, como dijiste. Se sentó, deliberadamente, en una silla contra la pared, y no cruzó las piernas. Unos diez minutos más tarde, levantó la mirada. —Estoy lista para formalizar esto. —¿Ves? Hice los cambios requeridos. —Él tosió un poco en su puño—. ¿Necesitas un bolígrafo o insistes en usar el tuyo propio? —Lo tengo cubierto, gracias. —Buscó en su bolso, luego utilizó sus muslos como escritorio y firmó con su nombre sobre el testamento del notario público que ya se encontraba rellenado—. Y me llevaré una copia conmigo, gracias. —Como quieras. Se puso de pie y cruzó la alfombra. —Tu turno. William sacó un bolígrafo Montblanc del bolsillo interior de su chaqueta azul y firmó en otra página, por encima de otra certificación previamente formalizada por el notario público.

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—Después de ti —dijo, indicando el camino de salida con el brazo—. La fotocopiadora se halla al lado de la primera sala de conferencias. Yo no uso la máquina. Por supuesto que no, pensó. Porque al igual que la cocina y la limpieza, supones que es el trabajo de una mujer. Cuando tomó el documento y se dirigió a la puerta, un escalofrío le recorrió la espalda. Pero entonces, se dio cuenta de que había otra pieza en todo esto, una transferencia de fondos que sólo ella podía iniciar. Así que no había nada por qué temerle. En este momento en particular. Se encontraba pasando por la mesa del asistente ejecutivo cuando algo le llamó la atención y la hizo vacilar. Algo se encontraba en el suelo, sobresaliendo debajo del escritorio… Era un trozo de tela. No, se trataba del dobladillo. De la manga de una chaqueta. —¿Pasa algo? —preguntó William. Lo miró por encima del hombro, con el corazón palpitando. —Yo… No estamos solos, pensó con pánico. *** Desde su posición agazapada debajo del escritorio, Edward supo el instante en que Sutton, de alguna manera, se dio cuenta de su presencia. Mientras su voz se apagaba, maldijo para sus adentros. —¿Qué es? —preguntó su padre. —Yo… —Se aclaró la garganta—. Me siento un poco débil. —Tengo brandy en mi oficina. —Jugo de frutas. Necesito… un poco de jugo de fruta. Helado, por favor. Hubo una pausa. —Lo que sea por una dama. Aunque debo confesar que esto está, considerablemente, fuera del terreno de mis tareas habituales. —Me quedaré aquí. Y tomaré asiento. Mientras su padre se acercaba y luego se alejaba, Edward oyó la tos que poco a poco se volvía más suave. Y entonces le llegó claramente la voz de Sutton, baja, pero fuerte como el acero.


—Mi arma oculta se encuentra orientada hacia usted y estoy dispuesta a apretar el gatillo. Muéstreme el rostro, ahora. Un poco débil mi culo, pensó. Pero al menos, primero había enviado afuera a su padre en un pequeño recado. Gruñó mientras salía de su escondite. Sutton jadeó y se cubrió la boca con la mano que no sostenía el arma. —Si hubiera sabido que nuestros caminos se cruzarían de nuevo — dijo suavemente—, te hubiera traído tu cartera. —¿Qué haces aquí? —dijo entre dientes mientras ponía el arma del tamaño de su palma de nuevo en su traje color rosa pastel para la carrera de caballos. —¿Qué haces tú? ¿Qué acabas de firmar? Ella levantó la vista. —Él va a volver en cualquier momento. —La pregunta, por supuesto, es ¿qué vas a hacer al respecto? —¿Qué está mal contigo…? —le espetó instantáneamente, espantándolo con la mano. Y justo cuando se escondió de nuevo, Sutton dijo—: Oh, gracias, William. Eso es justo lo que necesito. Con una mueca de dolor mientras su pierna mala sufría un espasmo, Edward rezó para que siguiera protegiéndolo. También deseaba haberla saludado con algo más que un recordatorio de que tuvieron relaciones sexuales la noche anterior por primera vez, aunque sólo porque asumió que era una prostituta que compró y pagó por la única razón que necesitaba una mujer que se pareciera a ella, o no podría excitarse. —No, la naranja es mejor. —Hubo un estallido, como si hubiera abierto una tapa. —Mmm… bien. Su padre volvió a toser. —¿Mejor? —Mucho. Vamos a la fotocopiadora juntos, ¿de acuerdo? —dijo—. Sólo en caso de que necesite ayuda. —El placer es mío. —William arrastraba las palabras. —Sabes —dijo Sutton más débilmente, mientras se dirigían a la salida de la oficina—, no deberías fumar. Esas cosas te matarán. Edward cerró los ojos. —Oh, las luces —murmuró Sutton—. Aquí, permíteme. Una vez que tengamos las copias, debemos volver a la fiesta. —¿Tienes ganas de disfrutar un bourbon mejor que el que produces? Todo se oscureció. —Sí, William. Por supuesto.

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Cuando el par salió junto, Edward escuchó el parloteo de su charla, y oró, por el bien de su padre, que el hombre mantuviera sus manos fuera de Sutton. Ver el pequeño espectáculo en el escritorio requirió una especie de control que no había usado por un buen tiempo. ¿Qué clase de acuerdo de negocios formalizaron? Dios, nunca pensó que podría pensar así, pero esperaba que Sutton no estuviera haciendo ninguna inversión en la Compañía de Bourbon Bradford, o tratara de adquirirla. Bien podría estar vertiendo un buen dinero en un agujero negro. Porque, sí, incluso antes de que hubiera comenzado a entrar en esos archivos más recientes, sospechaba lo que su padre estaba haciendo. Nunca entendió por qué… pero sabía dónde mirar y exactamente lo que iba a encontrar. Algunos instantes después, la oyó decir—: Bueno, creo que esto nos beneficia a ambos. Haré la transferencia bancaria a primera hora el lunes por la mañana. —¿Te importaría sellar esto con un beso? Edward apretó un puño y pensó en lo que su hermano le dijo acerca de Chantal. —Gracias, pero un apretón de manos es más que suficiente, y ni siquiera necesito eso. Me iré sola. Una puerta se abrió y se cerró. Y entonces su padre regresó con fuertes zancadas en su dirección, haciéndole desear haber traído su propia arma. Sin embargo, Lane sabía dónde estaba. Si no salía de aquí con vida, Lane… sabría. Cerca… Muy cerca… Excepto que su padre caminó más allá del escritorio y entró en su propia oficina, donde encendió una luz, abrió un cajón y metió los papeles que habían firmado antes. Luego cerró el cajón y le dio varias bocanadas al puro, como si estuviera perdido en sus pensamientos. Cuando un ataque de tos lo siguió, Edward rodó los ojos. Su padre fue asmático toda su vida. Por qué alguien con esa condición, aunque fuera sólo un caso leve como el que William tenía, fumaría algo, era un misterio. A medida que el hombre sacó un pañuelo y se cubrió la boca, también recuperó su inhalador y, brevemente, sustituyó la colilla con las drogas. Después de una inhalación rápida, puso el puro en su lugar, apagó la luz y… avanzó hacia el escritorio de su asistente.


Edward no se movi贸. Continu贸 aguantando la respiraci贸n. Esperando el sonido de una de las puertas francesas abrirse y cerrarse. Nada de eso sucedi贸.

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Traducido por Sofía Belikov & Marie.Ang Corregido por Pau_07

Mientras Lizzie permanecía de pie ante él, luciendo perturbada, Lane quiso retractarse de todo. Quiso regresar al tiempo en que sólo importaba la salud de su familia y su posición social… junto a su pronto a ser ex esposa mentirosa, asesina e infiel… y que se interponía entre ambos. Ah, sí, los buenos tiempos. No. —Lo siento —susurró. Y era la verdad acerca de un montón, maldición. —Está bien. —En realidad no. Cuando cayeron en un silencio, encontró que el sonido de la fiesta lo molestaba demasiado, especialmente mientras pensaba en todo el dinero que su padre “tomó prestado”. No tenía ni idea de cuánto costó el almuerzo, pero se lo imaginaba. ¿Con seiscientas o setecientas personas, licor de alto costo, incluso si era al por mayor, y comida de un restaurante de tres estrellas Michelin? ¿Y suficientes aparcacoches y camareros para encargarse de toda la ciudad de Charlemont? Al menos un cuarto de millón. Y eso no incluía las gramolas de las pistas. Las mesas en las habitaciones privadas en Steeplehill Downs. Y el baile que su familia patrocinaría después. Era un evento de un millón de dólares que duraba menos de veinticuatro horas. —Escucha, es mejor que te vayas. —No quería que viera a Edward. Mayoritariamente, porque suponía que Edward no querría ser visto—. Iré a tu casa, incluso si no puedo quedarme toda la noche. —Me encantaría. Estoy preocupada por ti. Han pasado un montón de cosas. No tienes ni idea, pensó.


Se inclinó para besarla, pero ella se apartó, lo que probablemente fue lo correcto. Un par de encargados en un carrito de golf se acercaban por el carril que provenía de la parte más baja de la finca, y nadie necesitaba ver eso. —Pasaré por allí cuando pueda —dijo. Luego se inclinó—. Que sepas que estoy besándote ahora mismo. Incluso si es sólo en mi mente. Se sonrojó. —Yo… Nos vemos. Esta noche. Dejaré la puerta sin seguro por si llegas tarde. —Te amo. Mientras se volteaba, no le gustó la mirada en su rostro. Y le fue imposible ocultar el hecho de que deseaba desesperadamente que le dijera las palabras de regreso, y no por cortesía, sino porque en realidad quería decirlas. Porque su corazón se encontraba en la línea de fuego… igual que el de él. Con su mundo tan fuera de balance, Lizzie King parecía ser lo único seguro y estable en su horizonte. El sonido de la puerta al abrirse detrás de él hizo que se volteara de golpe. No era Edward. Ni de cerca. Su padre, no su hermano, salió por la puerta del centro de negocios, y Lane se congeló. Lo primero que hizo fue mirar las manos del hombre, y esperaba encontrar sangre allí. Pero no. De hecho, la única cosa en ellas, o al menos en una de ellas, era un pañuelo que se presionaba contra su boca, como si estuviera cubriendo discretamente una tos. Su padre ni siquiera lo miró, pero no parecía estresado. Preocupado, sí. ¿Estresado? No. Y el bastardo caminó directamente hacia la camioneta, la falta de posición social asociada de tal manera con el vehículo, que ponía al F-150 y a quien fuera su dueño o pasajero por debajo del radar. —Sé lo que hiciste. Lane no fue consciente de hablar hasta que las palabras abandonaron su boca. Su padre se detuvo y se giró de inmediato. Mientras una de las puertas de la cochera comenzaba a plegarse en el fondo, los ojos de William se estrecharon y metió el pañuelo dentro de la chaqueta.

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—Suplico tu perdón —dijo el hombre. Lane atravesó la distancia entre ellos y se encontró frente a frente con su padre. Manteniendo la voz baja, dijo—: Ya me oíste. Sé exactamente lo que hiciste. Era escalofriante lo mucho que su rostro se parecía al suyo. Además de lo poco que se movía… La expresión de William no cambio ni un poquito. —Tendrás que ser más específico. Hijo. El frío tono sugería que la última palabra podría haber sido reemplazada por un “desperdicio de mi tiempo”, o más bien algo coloquial como “idiota”. Lane apretó los dientes. Quiso decírselo todo, pero el que su hermano todavía estuviera dentro del centro de negocios, o al menos, con vida, más el hecho de que su padre sólo redoblaría los esfuerzos para cubrir sus pistas, lo detuvo. —Chantal me lo contó —susurró Lane. William rodó los ojos. —¿El qué? ¿Qué demandara que su habitación sea redecorada por tercera vez? ¿O sobre ese viaje que quería hacer a Nueva York… de nuevo? Ella es tu esposa. Si quiere esas cosas, necesita discutirlas contigo. Lane estrechó la mirada, observando cada uno de sus rasgos. —Ahora, si me disculpas, Lane, voy a… —No tienes ni idea, ¿no? Su padre señaló con una mano elegante el Rolls Royce saliendo de la cochera. —Voy a llegar tarde, y no juego a las adivinanzas. Buen día… —Está embarazada. —Cuando su padre frunció el ceño, Lane se aseguró de pronunciar las palabras con claridad—. Chantal está embarazada, y dice que es tuyo. Esperó a que hablara, a que mostrara un simple punto de debilidad… Para así utilizar toda la experiencia que tenía en el póker para leer al hombre frente a él. Y de repente, allí estaba, la admisión en el ligero tic bajo su ojo izquierdo. —Voy a divorciarme —le dijo con suavidad—. Así que, es toda tuya si la quieres. Pero ese niño no va a vivir bajo el techo de mi madre, ¿lo entiendes? No le faltarás el respeto a mamá de tal manera. No lo permitiré. William tosió un par de veces, y volvió a sacar el pañuelo.


—Un consejo, hijo. Las mujeres como Chantal son igual de honradas que fieles. Nunca he estado con tu esposa. Por Dios santo. —Las mujeres como ella no son las únicas que mienten. —Ah, sí, un juego de palabras. El refugio típico para los agresivopasivos. Al diablo, pensó Lane. —Bien, también sé acerca de tu aventura con Rosalinda, y estoy bastante seguro de que se suicidó por ti. Considerando que te has rehusado a hablar con la policía, voy a asumir que también sabes acerca de eso y que estás esperando a que tus abogados te digan qué decir. El sonrojo de ira que se elevó desde el cuello francés de la camisa planchada y monogramada de su padre era como una mancha roja que volvió su piel tan rojiza como una lona. —Será mejor que cambies tu manera de pensar, niño. —Y sé lo que le hiciste a Edward. —Para ese momento, su voz se rompió—. Sé que te rehusaste a pagar el rescate, y estoy bastante seguro de que fuiste tú el que hizo que lo secuestraran. —Dejando a un lado los temas financieros, Lane continuó—: Siempre lo odiaste. No sé por qué, pero siempre te descargabas con él. Supongo que al final te aburriste de jugar con él y decidiste terminar el juego en tus propios términos, de una vez por todas. Lo divertido era que a través de los años, a menudo se imaginó confrontando a su padre, en todo tipo de escenarios, y con un montón de discursos justificados y gritos violentos. La realidad era mucho más silenciosa de lo que se habría imaginado. Y más devastadora. El Rolls Royce se detuvo junto a ellos, y el chofer uniformado de la familia salió. —¿Señor? William tosió en el pañuelo, su anillo de oro grabado brillando bajo la luz del sol. —Buen día, hijo. Espero que disfrutes de tu cuento. Para los débiles… es más fácil que lidiar con la realidad. Lane agarró el brazo del hombre y tiró de él. —Eres un bastardo. —No —dijo William con aburrimiento—. Sé quiénes fueron mis padres, un detalle bastante importante en la vida de uno. Puede ser un impedimento, ¿no estás de acuerdo? Mientras William se apartaba de su agarre y caminaba hacia el auto, el chofer abrió la puerta del asiento trasero y el hombre entró.

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El idiota se marchó un momento después, el atractivo perfil de su pasajero permaneciendo hacia adelante y compuesto, como si nada hubiera pasado. Pero Lane lo sabía. Claramente, su padre no había sido consciente de que Chantal estaba embarazada, y el hombre se hallaba en definitiva más que emocionado por hacerse responsable. Como, realmente emocionado. Dios santo. Lane regresó a la camioneta de Mack, y reanudó su espera casual, como si en realidad no estuviera esperando por nada. Bajo circunstancias más normales, probablemente habría estado despotricando acerca del hecho de que su esposa y padre tuvieron alguna clase de relación. Pero ni siquiera le importaba. Centrándose en la puerta cerrada del centro de negocios, rezó porque su hermano estuviera bien. Y se preguntó cuánto tiempo necesitaba esperar antes de irrumpir en el interior. Por alguna razón, oyó la voz de Beatrix Mollie en su cabeza, de regreso al día anterior, cuando la mujer se encontraba fuera de la oficina de Rosalinda. Llega de a tres. La muerte siempre llega de a tres. Si era verdad, rezaba para que su hermano no fuera el número dos… aunque estaba más que seguro de que tenía algunas recomendaciones para el universo acerca de quién debería ser el siguiente. *** El cuerpo de Edward gritaba para la hora en que escuchó, lejos en la distancia, la salida trasera abrirse y cerrarse. A pesar del dolor, esperó otros diez minutos sólo para asegurarse que el centro de negocios se hallaba vacío. Cuando no hubo más sonidos, con cuidado sacó los pies de debajo del escritorio y se mordió el labio inferior mientras trataba de estirar las piernas, mover los brazos, quitarse los calambres. Y lo hizo por el tiempo suficiente para quitar la silla de la oficina de su camino; gracias a Dios que la cosa tenía ruedas.


Pero eso fue todo. Intentó levantarse. Una y otra vez: con todas las formas de gruñidos y maldiciones, intentó cada estrategia concebible de transición de regreso a una posición vertical, ya fuese agarrando el escritorio y tirando, sentándose con las manos y empujando, o incluso arrastrándose como un niño. Consiguió un poco o nada de progreso. Era como estar pegado al fondo de un pozo de diez metros. Y, por si fuera poco, no tenía el celular en su bolsillo. Otras maldiciones rebotaban en su cabeza, las bombas J aterrizaban y hacían cráteres en los patrones de sus pensamientos. Pero seguido de ese periodo de ataques aéreos, fue capaz de pensar más claramente. Estirándose lo mejor que pudo, agarró el cable del teléfono que iba desde la pared a través de un agujero en la parte inferior del escritorio. Buen plan, excepto que el recorrido era equivocado. Cuando tiró, sólo fue para alejar más el teléfono de su alcance. Y tenía que llamar a Lane, no solo porque no iba a ser capaz de salir. Si no alcanzaba pronto a su hermano, el hombre era capaz de impacientarse, romper la maldita puerta y volar su tapadera. Abrazándose, Edward se balanceó hacia delante una… dos veces… En la tercera, llevó su torso hacia arriba, arrastrando algo de fuerza de reserva que no sabía que tenía. Fue feo. Sus huesos literalmente crujieron bajo su piel, chocando unos contra otros sin ningún musculo amortiguando, pero se las arregló para enganchar el auricular desde su base, y arrastró el resto del teléfono hacia delante en el escritorio hasta que cayó por el borde y aterrizó en su regazo. Sus manos temblaban tanto que tuvo que marcar un par de veces porque seguía estropeando la secuencia, y estaba a punto de perder el conocimiento cuando finalmente puso el auricular en su oreja. Lane respondió al primer timbre, gracias a Dios. —¿Hola? —dijo el tipo. —Tienes que venir y recogerme… —¡Edward! ¿Estás bien? ¿Dónde…? —Cállate y escúchame. —Le dio a su hermano el código y e hizo que Lane lo repitiera—. Estoy detrás del escritorio en la oficina de la asistente de padre. Colgó, golpeando el auricular hasta que su base encontró su lugar, y entonces cerró los ojos y cayó contra los cajones. Gracioso, estuvo trabajando bajo la errónea idea de que barrer los pasillos del granero regularmente significaría que su energía y movilidad habían mejorado. No

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era el caso. Pero entonces, su rutina de enrollarse como un pretzel bajo el escritorio podría haber sido un desafío para cualquiera. Cuando escuchó la puerta trasera abrirse y cerrarse por segunda vez, tuvo la repentina urgencia de volver a intentar toda la cosa de ponerse sobre sus pies, sólo para que él y Lane pudieran ahorrarse la vergüenza que estaba por venir. Pero la carne no tenía voluntad incluso aunque su ego se hallara subido en su alto caballo. Un momento después, cortó a Lane antes de que el hombre dijera una sola sílaba. —Lo tengo —dijo con aspereza—. Tengo todo lo que necesitamos. Tenía que salvar su orgullo de alguna manera. Las rodillas de Lane sonaron cuando se inclinó. —Edward, qué sucedió… —Ahórratelo. Sólo levántame a esa silla. Necesito cerrar sesión o estaremos comprometidos. ¿A dónde se fue padre? Sé que salió por la parte trasera. —Entró en su auto con el chofer y lo vi irse. Está fuera de la pista. —Gracias a Dios. Ahora, levántame. Más fealdad, con Lane agarrándolo por debajo de las axilas como si fuera un cadáver y arrastrándolo por la alfombra púrpura imperial. Cuando finalmente se encontró sentado, una repentina bajada de presión sanguínea le hizo sentir la cabeza liviana, pero la sacudió y se giró de nuevo hacia el monitor. —Ve a su escritorio —le ordenó a Lane—. Cajón superior en el medio. Hay un manojo de papeles dentro. No te molestes en leerlos, corre a la fotocopiadora y consíguenos una copia. Los acaba de firmar. —Cuando Lane sólo se quedó de pie ahí, como si se preguntara si primero tenía que lidiar con una emergencia médica, Edward alzó repentinamente la mano. —¡Vete! Y regrésalos exactamente a donde estaban. ¡Ve! Cuando Lane finalmente se puso en movimiento, Edward volvió a enfocarse en la pantalla del computador. Después de transferir el último documento, empezó a cerrar sesión en la red con cuidado, cerrando todo lo que había abierto. Lane regresó rápido, no más de un segundo después de que finalmente terminara. —Sácame de aquí —dijo Edward con aspereza—. Pero primero deja aquí el teléfono. Era el peso de la impotencia el que requiriera a su hermano más joven, fuerte y con un cuerpo capaz, para poner las cosas en orden y luego para que lo pusiera de pie y saliera con él de la oficina como si fuera un anciano.


Y para más detalle, Lane se rindió de intentar ayudarlo a caminar apenas cuando cruzaron esa cresta familiar en la alfombra. —Voy a tener que levantarte. —Lo que sea que debas hacer. Edward apartó su rostro del hombro de su hermano cuando su peso fue levantado del suelo. El viaje fue duro, su nivel de dolor subiendo y cambiando a todo tipo de lugares nuevos. Sin embargo, hicieron un mejor progreso. —¿Para qué eran los documentos? —demandó Edward mientras se movían rápido por el pasillo de cuartos de conferencias y oficinas. —Vas a tener que caminar una vez que salgamos. —Lo sé. ¿De qué se trataban los documentos? Lane sólo sacudió la cabeza cuando llegaron a la puerta trasera. — Necesito que bajes. —Lo sé… El gruñido de dolor no era nada que pudiera contener, tanto como hubiera preferido. Y tenía que esperar para asegurarse que sus piernas aceptaban su peso, su mano agarrando firmemente el antebrazo de Lane mientras usaba el cuerpo quieto de su hermano para ayudarse a estabilizarse. —¿Estás bien? —preguntó Lane—. ¿Estás bien para llegar a la camioneta? Como si tuviera una opción. Edward asintió y bajó un poco más la gorra de béisbol en su cara. — Primero comprueba afuera. Lane abrió la puerta y se inclinó hacia afuera. —De acuerdo, voy a tomarte del brazo. —Que caballeroso. Dios, que lo maldigan, pero Edward consiguió que sus piernas se movieran hacia esa camioneta como si el centro de negocios estuviera en llamas y ese viejo F-150 fuera el único refugio que tuviera: no importaba cuánto doliera, apretó los dientes y lo hizo. Cuando finalmente se metió en el asiento del copiloto y tuvo la puerta cerrada, su estómago se movió tanto que tuvo que cerrar los ojos y respirar por la boca. Lane saltó junto a él y encendió el motor. Hubo un rechinar de protesta proveniente de debajo del capó cuando las cosas se pusieron en movimiento, y entonces ellos…

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Cuando no hubo un movimiento hacia delante, Edward miró. — ¿Qué? En cámara lenta, la cabeza de su hermano giró hacia él, una extraña reserva golpeando el demasiado hermoso rostro de Lane. —¿Qué pasa? —demandó Edward—. ¿Por qué no nos estás sacando de aquí? Quitándose el cinturón de seguridad, Lane dijo—: Aquí, lee esto. Regreso enseguida. Cuando el conjunto de documentos revoloteó por las piernas de Edward, bramó—: ¿A dónde diablos vas? Lane señaló los papeles y salió. —Lee. Cuando la puerta del lado del conductor fue cerrada de golpe en su rostro, Edward quiso arrojar algo. ¿Qué, en la verde tierra de Dios, estaba pensando Lane? Acababan de irrumpir en la… Por alguna razón, bajó la mirada a su regazo. Y vio las palabras “Hipoteca” e “Instrumento”. —¿Qué…? —murmuró, reuniendo las páginas y poniéndolas en orden. Cuando terminó de leerlas, cerró los ojos y dejó que su cabeza cayera hacia atrás. A cambio de la buena y justa consideración de “$10.000.000 dólares americanos o diez millones de dólares americanos” a la señora Virginia Elizabeth Bradford Baldwine… Sutton Smythe tenía un flujo de ingresos de sesenta mil dólares al mes hasta que la suma completa le fuera rembolsada. Lo peor, por supuesto, era la doble clausula: si el interés mensual no era pagado a tiempo, Sutton podría ejecutar la hipoteca en todo el estado de Oriental. Todo, desde la mansión, las dependencias, hasta las tierras de cultivo, serían suyas. No es que fuera un mal perfil de riesgo; considerando la última valoración de hace cuatro años, se pensó que el lugar estaría avaluado por cerca de cuarenta millones de dólares. Edward volvió a abrir los párpados y los dirigió a la página de firmas. Había sido previamente notariada, una práctica regular en CBB en el QT. Y William Baldwine había firmado en la línea que estaba marcada como Virginia Elizabeth Bradford Baldwine con su propio John Hancock y tres letras: PDR. Poder de representación.


Así que, aunque el nombre de su madre fuera el único en la escritura, y no había duda de que ella no estaba en conocimiento del acuerdo, y no iba a ver ni un centavo del dinero, todo estaba bien y legal. Maldición. Cuando la puerta de su lado de la camioneta se abrió, maldijo y le disparó una mirada a Lane… Excepto que su hermano no era el que hizo la tarea con la manilla. No, Lane se encontraba de pie a un lado, bajo un magnolio. La señora Aurora había perdido peso, pensó Edward aturdido. Su rostro era el mismo, pero más delgado de lo que recordaba. Y de nuevo, esa era una verdad para ambos. Él no podía encontrar aquellos ojos suyos. Simplemente no podía. Sin embargo, miró sus manos, sus hermosas manos oscuras, las que temblaban cuando se acercaron a su rostro. Cerrando los ojos, su corazón retumbó cuando el contacto fue hecho. Y se preparó a sí mismo para que ella hiciera algún comentario sobre lo horrible que lucía, o incluso dijera algo en un tono de voz que le expresara exactamente lo mortificada que estaba sobre en lo que se había convertido. Incluso le quitó su gorra de béisbol. Esperó, abrazándose… —Jesús te ha traído a casa —dijo ella con voz ronca cuando acunó su rostro, y lo besó en la mejilla—. Niño precioso, Él te ha devuelto a nosotros. Edward no podía respirar. Niño precioso… así era como siempre lo había llamado cuando era pequeño. Niño precioso. Lane era su favorito, siempre lo había sido, y a Max lo toleraba porque tenía que hacerlo, pero la señora Aurora lo llamaba así, a Edward, precioso. Porque era anticuada y la cosa del hijo primogénito le importaba. —Recé por ti —susurró—. Le recé a Él para que te trajera a casa con nosotros. Y mi milagro finalmente se hizo realidad. Quería decir algo fuerte. Quería empujarla porque era demasiado. Quería… Lo siguiente que supo fue que se inclinó hacia ella y ella tenía los brazos envueltos a su alrededor.

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Mucho después, cuando todo hubiera cambiado y estuviera viviendo una vida que no podría haber imaginado en ningún nivel, vendría a reconocer… que este momento, con su cabeza en las manos de la señora Aurora, con su corazón bajo su oído, con su voz familiar calmándolo y su hermano observando desde una distancia discreta, fue cuando empezó una sanación de verdad: por un breve instante, un espacio de segundos, un solo respiro, su luz de piloto se encendió. La chispa no duró mucho, la llama murió cuando al final ella retrocedió un poco. Pero la combustión, de hecho, ocurrió. Y eso lo cambió todo. —Oré por ti cada noche —dijo ella, acariciando su hombro—. Oré y pedí que fueras salvado. —No creo en Dios, señora Aurora. —Ninguno de tus hermanos lo hace. Pero como le dije, Él te ama de todas formas. —Sí, señora. —Porque, ¿qué más podía decir a eso? —Gracias. —Le tocó la cabeza, su mandíbula—. Sé que no quieres verme… Él tomó su mano. —No, no es así. —No tienes que explicarlo. La idea de que ella sintiera que de alguna manera era un ciudadano de segunda clase lo hizo sentir como si le hubiera disparado en el pecho. —Yo no… quiero ver a nadie. No soy quien fui una vez. Ella le inclinó el rostro. —Mírame, niño. Se forzó a encontrar su oscura mirada. —Sí, señora. —Eres perfecto a los ojos de Dios. ¿Me entiendes? Y eres perfecto a los míos también, sin importar qué aspecto tengas. —Señora Aurora… no es sólo mi cuerpo lo que cambió. —Eso está en tus manos, niño. Puedes escoger hundirte o nadar basándote en lo que sucedió. ¿Vas a deprimirte? Bastante estúpido ahora que estás de regreso en tierra firme. Si alguien más le hubiera dicho esa mierda, habría rodado los ojos y nunca habría pensado en la declaración otra vez. Pero conocía el pasado de ella. Sabía más incluso que Lane sobre cómo había sido su vida antes de que empezara a trabajar en Oriental. Era una sobreviviente. Y estaba invitándolo a unirse al club.


Así que por esto era que no la había mirado antes, pensó. No había querido esta confrontación, este desafío que claramente se le ofrecía. —¿Y si no puedo llegar ahí? —Se encontró preguntándole en una voz que se quebró. —Lo harás. —Se inclinó y le susurró en el oído—: Vas a tener un ángel cuidándote. —Tampoco creo en ellos. —No importa. Volviendo atrás, se le quedó mirando por un largo rato, pero no en una forma que sugería que estuviera tomando nota de lo mayor y delgado que lucía. —¿Estás bien? —preguntó abruptamente—. Escuché que ibas al… —Estoy perfectamente bien. No te preocupes por mí. —Lo siento. —¿Por qué? —Antes de que pudiera responder, lo cortó con su más típica y estridente voz—. No tienes que disculparte por ocuparte de ti mismo. Siempre estaré contigo, incluso cuando no esté. No dijo adiós. Simplemente acarició su rostro una vez más y luego se dio la vuelta. Y fue gracioso. La imagen de ella caminando hacia Lane y ambos hablando bajo el pesado follaje verde oscuro del magnolio era algo que iba a ser pegajoso también, cuando se acabó. Sólo que no por las razones que pensaba.

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Traducido por Beluu Corregido por Janira

La lluvia que no pronosticaron comenzó justo después de las cinco de la tarde. Mientras Lizzie doblaba la última de las mesas bajo la carpa, olió el cambio en el aire y miró la hiedra en la pared de ladrillo del jardín. Como esperaba, los tréboles bailaban, sus rostros brillando hacia el cielo gris. —No se supone que llueva —murmuró a nadie en particular. —Ya sabes lo que dicen sobre el clima por aquí —respondió uno de los meseros. Sí, sí, lo sabía. ¿Dónde se encontraba Lane? Se preguntó. No había oído de él desde que lo vio en la camioneta, y eso fue hace seis horas. El señor Harris se le acercó. —¿Les dirás que lleven todo al área de almacenamiento? —Sí —dijo—. Allí van todas las cosas de alquiler, y antes de que lo pregunte, sí, cubertería y cristalería también. Como el hombre se quedó junto a ella, se vio tentada a decirle que tomara la mesa y le ayudara a llevarla al otro lado de la cubierta del evento. Pero estaba bastante claro que no era el tipo de compañero que se ensuciaba las manos. —¿Qué sucede? —preguntó, frunciendo el ceño. —La policía volvió. Tratan de ser respetuosos con nuestro evento, pero quieren entrevistarme de nuevo. Lizzie bajó la voz. —¿Quiere que me encargue de las cosas aquí afuera? —Me temo que no van a dejarlo pasar. —Me aseguraré de que todo se haga correctamente. El mayordomo se aclaró la garganta. Y luego le hizo una pequeña reverencia. —Sería bien apreciado. Gracias, no tardaré mucho.


Asintió y lo observó alejarse. Luego volvió a trabajar. Tirando de la mesa por la cubierta, cruzó el interior, ahora cavernoso, y salió al aire libre, donde una ligera lluvia le caía sobre la cabeza y los hombros. La carpa de almacenamiento estaba alejada, al otro lado de la casa, y el acento alemán de Greta emanaba de ella mientras dos sirvientes, uno con los restos de la fiesta y el otro con las manos vacías, salían a toda prisa. Esperó con el resto, acercándose poco a poco al lugar para dejar las cosas. La más grande de las dos carpas sería desmantelada en veinte minutos, y el personal de limpieza ya se encontraba barriendo el suelo, recogiendo servilletas arrugadas, tenedores tirados y copas. La gente rica no era diferente de cualquier otra manada de animales, capaz de dejar un rastro de desperdicios detrás de ellos mientras abandonaban el lugar de alimentación. —Es la última mesa —dijo una vez estuvo bajo la cubierta. —Bien. —Greta apuntó hacia una pila—. Ponla allí, ¿ja? —Síp. —Tiró de la mesa hasta tenerla a la altura de la cintura y la deslizó en la cima de la pila—. El señor Harris tiene que ocuparse de algunas cosas, así que me encargaré de la limpieza. —Tenemos todo en orden. —Greta señaló a dos hombres jóvenes en la otra esquina con seis cajas de copas cada uno—. Por allí. Asegúrense de que estén bajo techo, ¿ja? —Voy a ponerme en contacto con el personal de cocina. —Terminaremos aquí afuera en una hora. —Justo a tiempo. —Como siempre. Y Greta tuvo razón. Terminaron a las seis en punto, la gran tienda de campaña fue desmantelada, la casa y los jardines limpiados de cualquier cosa de alquiler, el jardín trasero restaurado como si hubieran apretado Ctrl+Alt+Supr. Como siempre, el esfuerzo fue tremendo: a medida que el personal terminaba, la mayoría se dirigían al pueblo para beber hasta olvidarse de los dolores, el sufrimiento y las quejas del día, pero Lizzie no, ni su compañera. A casa. Ambas iban a casa, donde esperaría a Lane, y Greta comería una cena cocinada por su marido. Mientras salían juntas del estacionamiento del personal no dijeron ni una palabra y ya, en sus autos, compartieron un abrazo. —Otro trabajo terminado —dijo Lizzie mientras se separaban.

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—Ahora debemos prepararnos para la fiesta de cumpleaños de la Pequeña V.E. O la recepción de la boda de Gin, pensó. Al menos no iba a ser el aniversario de bodas de Lane. —¿Te veré mañana? —preguntó. —¿Domingo? No. —Greta rio—. No me moveré por nada. —Bien, bien, bien. Lo siento, tengo el cerebro frito. Te veré el lunes. —¿Estás bien para conducir hasta casa? —Síp. Después de despedirse con la mano, entró en su Yaris y se unió a la fila de autos y camionetas saliendo por el carril del personal. Mientras giraba a la izquierda en River Road, lo que empezó como un rocío se convirtió en verdadera lluvia, y el agua la hizo pensar en la carrera… ¡mierda! Se la perdió. Encendió la radio y jugueteó con el dial para encontrar la estación local. Para el momento en que sintonizó el resumen, ya había salido de las intrincadas carreteras y se dirigía a Ohio. Pero no siguió el reporte y no sólo porque no siguiera el deporte. Frunciendo el ceño, se inclinó sobre el volante. —Buen Dios… Adelante, el horizonte estaba lleno de nubes negras, las nubes de tormenta se avecinaban amenazantes en el cielo. ¿Lo peor? Todo se hallaba teñido de verde, e incluso a simple vista, para su ojo inexperto, la cosa parecía empeorar. Miró por encima de su hombro. Detrás de ella, no pasaba mucho en cuanto al clima. Incluso había un tramo de cielo azul. Metiendo la mano en el bolso, sacó su teléfono y llamó a Oriental. Cuando una voz inglesa entrecortada respondió, ella dijo—: El aguacero está llegando. Van a necesitar… —¿Señorita King? —dijo el mayordomo. —Mire, necesita cerrar el área de la piscina y las macetas… —Pero no hay ningún “aguacero”, como lo llamó. De hecho, el tipo del tiempo dejó claro que todo lo que tendremos esta tarde es un poco de lluvia. Mientras un relámpago pasaba por debajo del frente de nubes, pensó, bueno, al menos se llevó bien con el hombre por una hora. —A la mierda el canal meteorológico. Le digo lo que veo, hay una tormenta más grande que el pueblo de Charlemont llegando desde el río, y la colina de Oriental es lo primero en lo que va a impactar.


Mierda, ¿recordó cerrar las ventanas de la granja? —No era consciente de sus habilidades como meteoróloga —dijo secamente el señor Harris. Es un idiota, señor. —Bien, pero usted tendrá que explicar lo siguiente, después de que todo haya sucedido: primero, por qué el toldo de la piscina voló. Segundo, por qué las cuatro macetas del lado oeste de la terraza se cayeron y necesitan ser replantadas. Tercero, dónde terminaron los muebles del jardín, porque, a menos que se asegure de que estén en la casa de la piscina, van a terminar en las flores. Lo que me lleva al problema número cuatro: saber cuándo serán arregladas la hiedra, las rosas de té y las hortensias. Oh, y luego puede terminar todo escribiéndole a la familia un cheque por siete mil dólares para cubrir las nuevas plantas que serán necesarias. Tic. Tac. Tic. Tac… —¿Cuál era el segundo… problema? —dijo. Bingo, hombre. Repasó todo el protocolo, lo cual era el resultado de haber trabajado con Greta y Gary McAdams por años, haciendo jardines a prueba de tormentas durante la primavera y el otoño. La cosa era que no se necesitaba que el tornado más destructivo cayera directamente en el jardín de Oriental para crear un desastre. Algunas de las tormentas genéricas eran más que capaces de hacer un montón de daño si soplaban vientos en línea recta. Era una de las cosas que tuvo que aprender rápido cuando se mudó a Charlemont… En ese preciso momento, condujo hacia una intensa pared de lluvia que golpeaba el parabrisas tan fuerte que sonaba como un equipo de bailarines de tap bailando al son de “The Star-Spangled Banner”. Encendió el parabrisas y sacó el pie del acelerador, porque el Yaris era capaz de deslizarse por la carretera con la más mínima cantidad de agua bajo los neumáticos. —¿Lo entiende? —dijo—. Porque necesito colgar y conducir. —Sí, sí, por supuesto… oh, Dios mío —susurró el hombre. —¿Puede ver la tormenta? —Que se divierta con eso, pensó—. Será mejor que se ponga en movimiento. —Cierto. Claro. Colgó y volvió a meter el teléfono en el bolso. Luego fue cosa de encorvarse sobre el volante, sostenerse fuerte… y rezar para que ningún idiota presumido en un todoterreno pasara por su lado de la carretera.

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Rápidamente, las cosas se pusieron aun peor. Y cielos, después de un día tan largo como el que tuvo, lo último que necesitaba eran cantidades torrenciales de agua acortando su visión hasta un metro y medio, además de truenos y rayos que le hacían temblar los dientes, pero el clima parecía determinado a imitar lo que sucedía en Oriental. Casi como si el drama de la casa estuviera afectando el tiempo. Bien, eso era una exageración. Pero aun así. Tardó quinientos años en alcanzar su salida. Y luego otros siete u ocho para llegar al estacionamiento. Mientras tanto, la tormenta se convirtió en tormentas, con “S” mayúscula al final: los rayos estallaban y crepitaban pareciendo tener a su auto como objetivo, un trueno rugió, y luego la atacó una especie de granizo que podrías haber bateado fuera de un estadio de béisbol. Con los nudillos blancos, francamente enojada, preocupada por Lane, y dolorida por todos lados, cuando finalmente llegó a su casa, era un lío caliente de… Era el dedo de Dios.27 Esa era la única cosa en la que podía pensar. En un momento estaba a punto de estacionar en el lugar de su casa. ¿Al siguiente? Una descarga de rayos salió del cielo, y golpeó su hermoso y gran árbol en la cima. Las chispas volaron como si fuera el cuatro de julio. Y gritó—: ¡No! — Mientras pisaba los frenos. Los neumáticos del Yaris patinaron en el pavimento seco. ¿En un camino mojado y lleno de tierra fangosa? Era hora de jugar al cerdo engrasado. Y así fue como supo que Lane ya se hallaba en casa. Porque se estrelló contra la parte trasera de su Porsche. *** Lane estuvo sentado en la cocina de Lizzie leyendo los reportes financieros de CBB por dos horas cuando la tormenta llegó. Cuando llegó la primera ola de lluvia, el ruido y la luz retumbaron por toda la casa, ni siquiera se molestó en levantar la mirada de su portátil, incluso cuando los antiguos vidrios retumbaron y las vigas del techo crujieron.

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Nombre del tornado más fuerte en la historia de Estados Unidos.


Las cantidades y cantidades de datos eran abrumadoras. Y el pánico lo envolvió cuando vio que solo podía entender una parte de todo eso. Por otro lado, fue bastante ingenuo de su parte pensar que podría manejar las transacciones de su padre con algún tipo de celeridad. A parte del demoledor número de archivos, simplemente no tenía la extensa experiencia en contabilidad que iba a requerir para solucionar todo. Gracias a Dios, Edward había estado preparado para algo como esto, creando esas cuentas fantasma, contraseñas y correos. Sin todo eso, habría sido imposible exportar la información sin levantar alguna alarma interna. Sin embargo, quizá igual sucedería. No sabía cuánto tiempo tenían antes de que su padre se ajustara al hecho de que hubo una fuga importante. Tomándose un descanso, se recostó en la silla y se frotó los ojos, y fue entonces cuando la segunda ola de la tormenta comenzó a golpear. Y, ya sea que se viera forzado a darles las gracias a sus retinas ardiendo o al hecho de que se sentía cansado, se volvió muy consciente que la casa de Lizzie estaba, de repente, cercada por la tormenta. Levantándose, se puso en marcha y cerró todas las ventanas abiertas, tanto del piso de arriba como del de abajo. Mientras trotaba de habitación en habitación, los rayos caían en locas explosiones, emitiendo rápidas y duras sombras sobre los suelos, muebles y el piano de Lizzie. Con el cielo casi tan negro como la medianoche, y todos los rayos cayendo en las tierras de cultivo, se sintió como si estuviera en una zona de guerra. Había olvidado lo fuertes que podían ser las tormentas de primavera que iban hacia el este, dando rienda suelta a colisiones de frentes cálidos y fríos sobre kilómetros y kilómetros de campos llanos y cultivados en el medio oeste. De regreso en la planta baja, echó un vistazo al pórtico delantero y maldijo. Las mecedoras y las mesas iban a todos lados, movidas por la agitación nerviosa de las ráfagas de viento. Cuando fue a abrir la puerta, el viento pesado entró soplando, al mínimo giro de la perilla, y tuvo que arrastrar las cosas para cerrar detrás de él mientras salía. Agarrando cualquier cosa con la que entrara en contacto, movió las pertenencias de Lizzie a la vuelta de la esquina del pórtico, lejos de lo peor del vendaval. Estaba volviendo para hacer frente al último sillón, cuando vio los faros girar en la carretera principal. Tenía que ser ella, y se hallaba agradecido de que estuviera en casa. Tuvo la intención de llamar,

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mandarle un mensaje… enviar señales de humo o alguna paloma mensajera, pero su cabeza estuvo bloqueada por… Todo sucedió en una extraña combinación de cámara lenta y la rapidez del sonido: la explosión de un rayo que vino del cielo justo sobre la casa. La explosión de sonido y el estallido de luz. Esa rama del árbol, que era del tamaño de una viga, se rompió, separándose del tronco y cayendo al suelo. Justo mientras Lizzie estacionaba debajo. El sonido crujiente del metal estrellándose hizo que el corazón se le detuviera en el pecho. —¡Lizzie! —gritó mientras pasaba volando por el pórtico. La lluvia le pegó en la cara, y el viento se sentía como una jauría de perros rasgándole la ropa, pero salió disparado por la tierra fangosa. La muerte viene de a tres. —¡No! —le gritó a la tormenta—. ¡Nooooo! El Yaris se abolló bajo el peso, el techo fue aplastado, el capó desplomado, y su propia vida le pasó por la mente mientras patinaba hasta detenerse con los pies descalzos. Había ramas con hojas verde brillante por todos lados, comprometiendo su visión tanto como la lluvia y el viento, los rayos aun destellaban y los truenos continuaban, como si nada importante hubiera sucedido. —¡Lizzie! Se sumergió en el desastre de hojas mojadas, arañándose al pasar, al moverse, al subir. Incluso con todo el viento, podía oler la gasolina, el aceite, y podía oír el silbido de un motor que fue dañado mortalmente. ¿Quizás toda la humedad evitaría que el fuego se avivara? Cambió de estrategia y comenzó a trepar hasta que rodeó las ramas y llegó al frente del auto. Finalmente sintió algo resbaladizo y húmedo bajo las manos y golpeó, queriendo que supiera que se encontraba allí. — ¡Lizzie, voy a sacarte! Tirando frenéticamente, arrancó hojas y ramas, hasta que encontró el vidrio arañado y aplastado del parabrisas delantero. El panel todavía se hallaba intacto, pero no iba a ser por mucho tiempo. Apretando el puño, le pegó un puñetazo y prácticamente se empujó a sí mismo por la abertura. Lizzie yacía de lado, con la cabeza en el asiento del pasajero, sus brazos moviéndose como si intentara orientarse. Ambos airbags saltaron, y la sequedad blanquecina en el aire contrastaba con la tremenda humedad de la tormenta.


—¡Lizzie! Al menos se movía. Mierda. No existía manera en que pudiera abrir ninguna de las puertas. Iba a tener tirar de ella para sacarla. Inclinándose hacia adelante, tocó su rostro. —¿Lizzie? Sus ojos revolotearon, tenía sangre en la frente. —¿Lane…? —Te tengo. Voy a sacarte. ¿Estás herida? ¿Tu cuello? ¿Tu espalda? —Perdón por chocar… tu auto… Cerró los ojos por un segundo e hizo una oración. Luego volvió a la acción. —Voy a tener que arrastrarte. Luchando para adentrarse más, de alguna manera se las arregló para soltar su cinturón de seguridad y luego la tomó en brazos. Y se detuvo. —¿Lizzie? Escúchame, ¿estás segura de que no te encuentras herida? ¿Puedes mover los brazos y las piernas? —Cuando no le respondió, sintió una nueva ola de alarma—. ¿Lizzie? ¡Lizzie!

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Traducido por Alessandra Wilde Corregido por Anty

De vuelta en Charlemont, Edward no prestaba atención a cómo su caballo restante se desempeñaba en la carrera. Ni siquiera estaba en la pista. No, se hallaba probando un nuevo rol. Acosador. Sentado al volante de un camión de Establos Red & Black, miró por la ventana del pasajero hacia la enorme mansión de ladrillo frente a la que se encontraba estacionado. Construida en el año 1900, la gran pila georgiana era aún más grande que Oriental, lo cual había sido el punto. Los Sutton habían sido los engreídos entrometidos durante casi un siglo hasta ese punto, y cuando la fortuna de aquella familia finalmente superó la de los Bradford, construyeron la casa como un trofeo por su triunfo. Con unas veinte o treinta habitaciones y una pequeña villa de cuartos para el personal bajo su inmenso techo, la mansión era casi una ciudad en sí, en el segundo mejor lugar de la ciudad, con la segunda mejor vista del río y el segundo mejor jardín. Pero sí, habían vencido a Oriental en el tamaño. Al igual que la Destilería Sutton era más grande por un tercio que la CBB. Edward meneó la cabeza y miró el reloj de mierda que había decidido usar. Si Sutton se mantenía fiel a su horario habitual, no demoraría mucho tiempo ahora. Al menos nadie en un uniforme con un pastor alemán ladrando a su lado lo molestaba para que se fuera. La finca de la familia de Sutton Smythe tenía una seguridad que era tan fuerte como la de Oriental, pero él tenía dos cosas a su favor. Uno era el logotipo en su vehículo: la marca de R&N era como una orden real, e incluso si hubiera sido un asesino en serie estacionado en el vestíbulo del centro del palacio de justicia, había muchas posibilidades de que la policía lo dejara en paz con esa cosa en el lugar. La segunda ventaja que tenía a su favor era la carrera. Sin lugar a


dudas, todo el mundo todavía hablaba de ella, arreglando las apuestas, reviviendo la gloria. Pronto. Ella estaría en casa pronto. Después de que Lane lo hubiera llevado de nuevo a la granja, se había tomado algunas de sus medicinas y una bebida. Luego releyó los papeles de la hipoteca… y duró unos diez minutos antes de recoger el bolso de noche de Sutton y salir cojeando hacia uno de sus camiones. Moe, Shelby y el resto de los mozos de cuadra estaban abajo en la pista con los entrenadores y los caballos. Cuando hubo conducido fuera, pensó que era una pena el desperdiciar la paz y tranquilidad en la granja, pero esto era algo que necesitaba manejar en persona. La lluvia comenzó a caer, primero como unas gotas, después como una llovizna. Miró el reloj de nuevo. Trece minutos. Apostaba que ella estaría en casa en trece minutos; mientras que la mayoría de las doscientas mil personas en el Steeple-hill Downs iban a disfrutar de un largo viaje de vuelta a donde dejaron sus coches, seguido de un estancamiento aún mayor en su intento de salir a la carretera, la gente como los Bradford y los Sutton tenían escoltas policiales que los llevaban dentro y fuera por los caminos traseros de manera rápida. Y tenía razón. Unos doce minutos y un número de segundos después, uno de los Bentley Mulsannes negros de la familia Sutton se detuvo delante de la casa, el conductor saliendo rápidamente de detrás del volante y abriendo un paraguas mientras se dirigía a la puerta trasera. Un segundo hombre de seguridad hizo lo mismo desde el otro lado. El padre de Sutton surgió primero y necesitó el brazo de su chofer para llegar a la casa. Sutton, por el contrario, se arrastró lentamente fuera del vehículo, con los ojos fijos en su camión. Después de hablar con el conductor, tomó el paraguas del hombre y se acercó, haciendo caso omiso a que arruinaba sus zapatos de tacón alto. Edward bajó la ventanilla mientras se aproximaba y trató de ignorar el olor de su perfume cuando se acercó a él. —Entra —dijo sin siquiera darle un vistazo. —Edward… —Como si fuera a hablar de lo que firmaste con mi padre en tu propia casa. O siquiera en tu patio delantero.

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Ella dejó escapar una maldición muy poco decorosa y luego rodeó la parte delantera del camión. Con un gruñido, él trató de estirarse y, como todo un caballero, abrir la puerta, pero ella llegó primero, y además su cuerpo no le permitiría estirarse tan lejos. Mientras se acomodaba en el asiento, se quedó paralizada cuando vio su bolso. Poniendo el camión en marcha, murmuró—: Pensé que querrías recuperar tu licencia de conducir. —Tengo que estar en el baile en cuarenta y cinco minutos —dijo ella mientras empezaban a bajar por la colina. —Odias ir a esas cosas. —Tengo una cita. —En serio. Felicitaciones. —Una fantasía rápida de secuestrarla y hacer que se perdiera ese baile se reprodujo como una película en su cerebro, dicha fantasía culminaba con ella teniendo el síndrome de Estocolmo y enamorándose de su captor—. ¿Quién es él? —No es asunto tuyo. Edward giró a la izquierda y siguió conduciendo. —Así que estás mintiendo. —Chequea la sección de sociedad del periódico mañana por la mañana —respondió en un tono aburrido—. Podrás leer todo acerca de ello. —Ya no recibo el Charlemont Courier Journal en mi casa. —Mira, Edward… —¿Qué demonios estás haciendo? ¿Hipotecando mi maldita casa? A pesar de que no la miraba, podía sentir su mirada gélida clavándose en su propia cara. —Número uno, tu padre se acercó a mí. Y número dos, si me vuelves a hablar en ese tono, voy a ejecutar la hipoteca sólo por principios. Edward lanzó una mirada en su dirección. —¿Cómo pudiste? ¿Eres realmente tan codiciosa? —¡La tasa de interés es más que justa! ¿Y hubieras preferido que tu padre acudiera a un banco, dónde quedaría registrado para el público? Voy a mantener todo privado, asumiendo que los pagos se hagan. Él señaló con el dedo a los documentos sobre el asiento entre ellos. —Quiero que hagas desaparecer eso. —Tú no formas parte de esto, Edward. Y al parecer tu padre necesita el dinero o no habría acudido a mí.


—¡Esa es la casa de mi madre! —Ya sabes, si yo fuera tú, me daría las gracias. No estoy segura de lo que está sucediendo bajo ese techo suyo, ¡pero diez millones deberían ser una miseria para los gustos de la gran y gloriosa familia Bradford! Edward viró bruscamente a la izquierda y se detuvo en uno de los parques públicos que se hallaban a la orilla del río Ohio. Cruzando el estacionamiento vacío, se detuvo al llegar al muelle y apagó el motor. Para entonces, la tormenta se encontraba en pleno apogeo, y las ráfagas de luz desde el cielo alimentaban la ira dentro de él. Retorciéndose en el asiento, se tragó un gemido de dolor. —Él no necesita el dinero, Sutton. Era mentira, por supuesto, sin embargo, lo último que la familia necesitaba era hablar: por mucho que se sintiera frustrado con Sutton, sabía que podía confiar en ella, pero tenía que haber otras personas involucradas en su lado. Abogados, banqueros. Por lo menos ella podía refutar su conversación si ocurría. —Entonces, ¿por qué firmar ese documento? —preguntó—. ¿Por qué tu padre hizo todo lo posible para que me saliera de una reunión de negocios y puso esto sobre la mesa? Cuando lo confrontó, él tuvo una rápida imagen mental de la noche anterior, ella a horcajadas sobre sus caderas, montándolo, siendo amable con su cuerpo roto. Entonces se acordó de su padre yendo a buscarla a su oficina. Podría ponerse esto más desastroso, se preguntó mientras surgía el odio por William Baldwine. Edward se centró en los labios de ella y pensó en la mujer de su hermano. —¿Alguna vez te ha besado? —¿Disculpa? —Mi padre. ¿Alguna vez te ha besado? Sutton sacudió la cabeza con incredulidad. —Mejor sigamos discutiendo sobre la hipoteca de Oriental, ¿de acuerdo? —Responde la condenada pregunta. Ella alzó las manos. —Me viste en su despacho con él. ¿Qué piensas? Así que lo había hecho, pensó Edward en una oleada de furia.

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—Mira —dijo Sutton—. No sé lo que pasa en tu familia, o por qué él quiso hacer esto. Todo lo que sé es que es un buen negocio para mí… y pensé que iba a ayudarte. Fui estúpida, pensé que el hecho de que iba a mantener esto de forma discreta en realidad podría beneficiarlos. Después de un momento, murmuró: —Bueno, te equivocas. Y es por eso que quiero que rompas ese documento. —Tu padre también tiene una copia —señaló secamente—. ¿Por qué no vas a hablar con él? —Hizo ese trato contigo porque me odia. Lo hizo porque sabe muy bien que la última persona en la tierra con la que querría alguna vez que mi familia tuviera una deuda eres tú. Al menos eso no era una mentira, pensó cuando ella jadeó. Dios sabía que ya se sentía como un medio hombre alrededor de ella de todos modos… *** Mientras las palabras de Edward se asentaron, Sutton se sacudió en su asiento y no pudo atrapar la reacción a tiempo para tratar de ocultarla. El orgullo le daba ganas de devolverle el golpe con fuerza, pero las palabras de enojo se quedaron atascadas en su cabeza, y todo lo que terminó haciendo fue mirar el río fangoso. Los limpiaparabrisas se hallaban encendidos, y periódicamente, su barrido les daban una visión momentáneamente despejada de la orilla opuesta. Y era gracioso, la vida era un poco así, ¿verdad? Ibas por ahí, haciendo lo tuyo, en realidad no viendo el paisaje completo a tu alrededor a causa de todos los pequeños detalles de cada día de los que necesitabas ocuparte, cuando de repente, las cosas se cristalizaban y apreciabas una breve imagen que te dejaba tipo “Ah, así que aquí estoy”. Sutton se aclaró la garganta, pero en realidad eso no ayudó mucho, porque cuando habló, sus palabras fueron roncas—: Sabes, creo que nunca entenderé por qué piensas tan poco de mí. Es realmente… es un misterio para mí. Edward dijo algo, pero ella hablo de inmediato por encima de él. — Debes saber que me enamoré de ti hace mucho tiempo. Eso lo calló.


—Debes saberlo. ¿Cómo no podrías? He estado siguiéndote alrededor durante años, ¿es por eso que me odias? —Lo miró y no podía ver mucho de sus ojos debido a la gorra de béisbol que él llevaba; lo que probablemente era algo bueno. —¿Me menosprecias por eso? Siempre pensé que me diste esperanzas porque asumiste que mis sentimientos podrían ser útiles para ti en algún punto… pero ¿es algo peor que eso? Sé que me desprecio a mí misma por aquella debilidad. —Asintió hacia los papeles—. Quiero decir, ese documento es un ejemplo perfecto de lo patética que soy. No habría hecho un trato así, debajo de la mesa, por nadie más. Pero supongo que es mi problema, no el tuyo, ¿no es así? Volvió a mirar por el parabrisas delante de ella. —Sé que no te gusta hablar de lo que te pasó en América del Sur, pero… no pude dormir durante todo el tiempo que te tuvieron cautivo, y durante meses después, tuve pesadillas. Y luego volviste a Charlemont y no querías verme. Me dije que era porque no veías a nadie, pero eso no es cierto, ¿verdad? —Sutton… —No —dijo bruscamente—. No voy a liberarlos de esa hipoteca. Eso sería otra parte más de esta estupidez que tengo cuando se trata de ti. —Te equivocas, Sutton. —¿En serio? No estoy muy segura. Así que, por qué no terminamos esto de una vez… puedes irte a la mierda, Edward. Ahora, llévame a casa antes de que llame a la policía. Ella esperaba que él discutiera con ella. Sin embargo, después de un momento, puso el camión marcha atrás y dio la vuelta. Mientras se dirigía de vuelta a la carretera, midió el perfil sombrío de él. —Mejor reza para que tu padre haga esos pagos a tiempo. Si no lo hace, no voy a dudar en poner a tu familia en la calle… y si piensas que eso no va a hacer que la gente en esta ciudad hable, es que estás fuera de tu jodida mente. Eso fue lo último que cualquiera de ellos dijo en el viaje de regreso a su casa. Cuando él se estacionó delante de la mansión, ella se aseguró de agarrar su bolso y llevarlo con ella esta vez, y el camión apenas se detuvo antes de que saltara fuera. Se hallaba bastante segura de que dijo su nombre por última vez mientras se alejaba, pero tal vez no. A quién le importaba.

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Mientras corría a través de la lluvia hacia su puerta principal, el mayordomo la abrió por ella. —¡Señorita! —exclamó—. ¿Está bien? No se había molestado con el paraguas, y una rápida mirada en el espejo antiguo que había junto a la puerta mostró que lucía tan desastrosa como se sentía. —En realidad, no me siento bien. —No era mentira—. Por favor, hazle saber a Brandon Milner que me he enfermado y me voy a la cama. Supuestamente iría al baile con él esta tarde. Él hizo una reverencia. —¿Llamo al doctor Qalbi? —No, no. Solo estoy agotada. —Le traeré una bandeja y un poco de té. Eso sonaba perfectamente nauseabundo. —Qué amable, gracias. A medida que el hombre se alejaba hacia el ala de la cocina, ella se acercó a las puertas corredizas del elevador. Afortunadamente, estaba en el primer piso y fue capaz de subir de inmediato. Lo último que necesitaba era encontrarse con su padre o su hermano. Al salir, se quitó los zapatos y caminó por el largo pasillo, deslizándose en su habitación y cerrando la puerta tras ella. Cerrando los ojos, siguió oyendo la voz de Edward una y otra vez en su cabeza. Lo hizo porque sabe muy bien que la última persona en la tierra con la que querría alguna vez que mi familia tuviera una deuda eres tú. Increíble. Y era gracioso. Incluso con todo el dinero que tenía, toda la posición y la autoridad, el respeto y la adulación… todavía era capaz de ser reducida a una niña devastada. Todo lo que requería era estar en un espacio cerrado con Edward Baldwine. Durante diez minutos. No más, se prometió. Esta obsesión enfermiza que tenía por el hombre necesitaba detenerse ahora mismo. En el fondo de su mente, algunas veces se había preguntado si él podría estar luchando con una obsesión propia por ella, la competencia centenaria entre sus familias impidiéndole hacer un movimiento. Pero eso fue claramente una proyección injusta por parte de ella, una especie de fantasía romántica que nació de sus propios sentimientos.


Las únicas cosas buenas que le había dicho fueron cuando él pensó que era una prostituta que había comprado y pagado. Sin embargo ahora la realidad había sido claramente establecida: acababa de poner una valla publicitaria en su plaza proverbial. Le dejó todo claro, sin lugar a interpretaciones erróneas. Ella podría ser patética. Pero no era estúpida.

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Traducido por Pachi Reed15 Corregido por Anty

Un puñetazo en la cabeza. Cuando Lizzie se desplomó hacia un lado de la aplastada cabina de su Yaris, se sentía como si hubiera recibido un puñetazo en la cabeza. Una combinación de Wolverine, Schwarzenegger en sus buenos tiempos.

la

Roca,

y

tal

vez

Arnold

Y como resultado, nada se procesaba bien, no ella al chocarse contra la parte trasera del coche de Lane, ni el hecho de que había agua en su rostro, ni el ruido fuerte… —¡Lizzie! El sonido de su nombre despejó algunas de las telarañas, y miró a su alrededor, tratando de averiguar por qué Dios de repente sonaba muy parecido a Lane. —¿Lane? —dijo ella, parpadeando con fuerza. ¿Por qué él venía a través de su parabrisas? ¿Era esto un sueño? —…herida en cualquier lugar? —dijo—. Necesito saberlo antes de moverte. —Lamento lo… de tu carro… —¡Lizzie, tienes que decirme si estás herida! Hombre, cuando se ponía ansioso y hablaba con ese acento sureño suyo, no se sentía mal en lo absoluto. Luego frunció el ceño. ¿Herida? ¿Por qué iba a estar… Y fue entonces cuando vio toda la vegetación. En su auto. De acuerdo, esto tenía que ser un mal sueño, y bien ella podría seguirle la corriente. Examinando sus brazos, sus piernas, tomando una respiración profunda, moviendo su cabeza… todo comprobado. —Estoy bien —murmuró—. ¿Qué pasó?


—Voy a tirarte hacia adelante, ayúdame si puedes, ¿de acuerdo? —Está bien. Yo… Guau. ¡Ay! Pero estaba decidida a participar en el intento. A pesar de que las cosas parecían fuera de lugar y amenazaban con estallar, estampó sus pies contra cualquier cosa con la que entrara en contacto, impulsándose mientas Lane la jalaba, retorciéndose para ir hacia adelante. Lluvia caía por su rostro, cabello y ropa. Arañazos. Viento cegándola. Pero él la sacó. Y entonces se hallaba en sus brazos, contra su pecho, sintiéndolo temblar. —Oh, Dios —dijo con voz ronca—. Oh, gracias a Dios que estás viva… Lizzie se aferró a él, todavía sin entender por qué estaban sentados en un árbol. ¿Cómo los autos habían logrado… El rayo pasó a través del cielo y aterrizó tan cerca de ellos que sus oídos estallaron de dolor. —Tenemos que entrar —soltó Lane—. Vamos. En algún momento del proceso entre tropezar y caer al suelo, su cerebro volvió en línea, y lo que vio casi la paralizó. La mitad del hermoso árbol que crecía junto a su casa había aplastado su coche. No chocó el Porsche de Lane, después de todo. El crujido fue su pequeño Sedán soportando la peor parte de todo ese tremendo peso. —Lane… mi auto… Eso fue todo lo que logró decir antes de que la levantara en sus brazos y corriera hacia su casa. Cuando llegaron al pórtico, Lizzie se salió de su agarre y se negó a ir más lejos. Llevando la mano hasta su boca al ver a su auto, ella… Sangre. Había sangre… por todo su cuerpo. Un mareo repentino se apoderó de ella, haciéndola tambalearse mientras se miraba a sí misma. —¿Lane… estoy herida? —Adentro —exigió, moviendo su cuerpo hacia la puerta.

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Cuando la metió en la casa y puso toda su fuerza contra los paneles para volverlos a bloquear, su corazón empezó a latir cuando consiguió un buen vistazo de su salvador: Era un sangriento mojado desastre. Pero, ¿qué importaba? Los dos se abrazaron con tanta prisa que se juntaron sus ropas chorreantes, reconectaron sus cuerpos, compartieron el calor, aferrándose fuertemente. —Pensé que te había perdido —dijo en su oído—. Oh, Cristo, pensé que… —Me salvaste, me salvaste… Los dos hablaban a mil por hora, tropezando con las palabras, zumbando por la falta de cercanía. Y entonces él la besó y ella le devolvió el beso. Excepto que detuvo todo eso, alejándose. —Creo que eres el que está sangrando. —Solo rasguños… —¡Oh, Dios, mira a tus brazos… tus manos! Se encontraba totalmente desgarrado, su piel expuesta estaba veteada de cortes por haber luchado a través de las ramas para llegar a ella, y había otras contusiones en su rostro y cuello. —No me importa —dijo—. Eres todo lo que me preocupa. —¿Necesitas un médico? —Oh por favor. El árbol cayó sobre ti, ¿recuerdas? Y fue entonces cuando las luces se apagaron. Lizzie se quedó inmóvil por un momento… y luego se echó a reír con tanta fuerza que ardían sus ojos. Era simplemente demasiada emoción por demasiadas cosas para que ella lo mantuviera adentro y antes de darse cuenta, Lane también se reía, ambos aferrándose el uno al otro y dejando salir la ridícula reacción de todo, desde los problemas con su familia hasta el estrés del almuerzo… y ese extraño accidente con su árbol. —¿Ducha? —dijo. —Pensé que nunca lo preguntarías. Normalmente, ella habría hecho un escándalo por las huellas húmedas en todo el salón de su casa y hasta los tablones de las escaleras, pero ahora no: El recuerdo de ese peso aterrizando en su coche era una prioridad y media.


—Lo juro, pensé que golpeé tu coche —dijo mientras subían al segundo piso. —No me habría importado si lo hubieras hecho. Ah, las ventajas de ser un Bradford, pensó. —Tienes un Porsche de respaldo, estoy segura. —Incluso si no fuera así, no habría importado con tal de que estés bien. Abrazándose con fuerza, pasaron a través de las jambas de su dormitorio y su baño, y luego, mientras ella abría el grifo de la ducha, Lane fue tras su ropa, desabrochando cosas, bajando cremalleras, despojándola de su húmeda, fría y pegajosa ropa. Piel de gallina se extendió por sus brazos y muslos, pero fue más por el calor en sus ojos que por el frío en el aire. Y luego él se despojaba de su propia ropa, dejándola en una maraña junto a la ropa de ella. —Bajo el agua —gimió Lizzie mientras él acariciaba su garganta, besando su camino hasta la boca. Lane maldijo cuando entraron en el cálido y suave rocío, y mientras se lavaba la sangre, se sintió aliviada. Solo había unos cuantos cortes en él, nada serio… Y ese fue el último pensamiento que tuvo cuando sus grandes manos viajaron sobre sus pechos lisos, y su boca bajó con fuerza a la de ella, y la familiar urgencia erótica surgió a la vida entre ellos. Te amo, pensó dentro de su cabeza. Te amo tanto, Lane. *** Algún tiempo más tarde, después de que volvió la energía y Lane había hecho el amor con su Lizzie dos veces en la ducha y una vez más en la cama, después de haber bajado y comido lo último de esa lasaña congelada y la mayor parte del helado de durazno en su casa, después de que volvieron arriba y se metieron en su cama nuevamente… todos los problemas del día volvieron a él. Afortunadamente, Lizzie se encontraba dormida y estaba oscuro, así que cualquier expresión que tuviera no tenía que ocultarla. Mirando el techo, su mente hizo cortocircuito, y lo siguiente que supo, la luz brillaba desde el borde del horizonte. Un rápido vistazo al reloj

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de alarma de Lizzie y se sorprendió al descubrir que había volado toda la noche. Deslizándose de debajo de las sábanas, se puso de pie y se fue al baño. Su ropa era insalvable; la recogió del piso y la puso en la basura. ¿Lo único que salvó? Sus bóxers. Mejor que conducir a casa completamente desnudo en el día del Señor. Volviendo al dormitorio, se acercó a Lizzie. —Me tengo que ir. Ella se despertó de golpe, y él la tranquilizó hasta que recostó su cabeza sobre la almohada nuevamente. —Tengo una cita con una mujer hermosa que no me puedo perder —dijo. Lizzie sonrió de una soñolienta y difusa manera que le daba ganas de mirarla siempre. —Mándale saludos. —Lo haré. —La besó en la boca—. Te voy a traer la cena esta noche, por cierto. —¿Va a estar congelada? —No, caliente como el infierno. La sonrisa que le dio fue directo a su sangre, excitándolo a pesar de que no había tiempo para hacer nada al respecto. —Te a… —Lane se detuvo, sabiendo que no le iba a gustar esa despedida—. Te veré esta noche a las cinco en punto. —Estaré aquí. La besó una vez más y luego se dirigió hacia la puerta. —Espera, ¿qué pasa con tu ropa? —gritó. —Ellos no me pueden arrestar. Las partes íntimas están cubiertas. Su risa lo acompañó por las escaleras y fuera de la casa. Y la vista de la mitad de ese árbol en la parte superior de su coche hizo que su corazón dejara de latir. Tomando una respiración profunda, su primer instinto fue sacar el teléfono y llamar a Gary McAdams para quitar la rama y conseguir que la machacada lata de estaño de ella fuera a un depósito de chatarra. Pero se contuvo. Lizzie no era el tipo de mujer que apreciaría ese tipo de gestos. Ella tendría sus propios contactos, su propia idea de cómo manejar el problema, su propio plan para el Yaris. Conociéndola, trataría de hacerlo funcionar de nuevo. Sacudiendo la cabeza, se acercó a su coche. El Porsche casi había sido destruido, también, el 911 salvándose por solo unos cuantos metros.


Después de remover algunas hojas del capó, entró, encendió el motor, y se dirigió lentamente por el camino, bordeando las ramas caídas y los terrones que se hallaban llenos de agua. Tan pronto como llegó al asfalto, hizo recuperar el tiempo perdido, acelerando hacia Charlemont, pasando al otro lado del río, yendo hasta la colina de Oriental. Se encontraba a medio camino de la cima cuando tuvo que frenar porque bajaba otro coche. Era un Mercedes sedán. Un S550 negro. Y detrás del volante, con enormes gafas de sol oscuras y un velo negro como si estuviera de luto, se hallaba su futura ex esposa. Chantal no lo miró, aunque sabía malditamente bien a quien pasaba. Perfecto. Con un poco de suerte, se mudaría y podían permitir que los abogados se encargaran desde aquí. Dios sabía que tenía suficientes otras cosas por las cuales preocuparse. Dejando el Porsche en el frente, entró por la puerta principal y se detuvo cuando vio el equipaje en el vestíbulo. No era de Chantal. Ella tenía varias Louis Vuitton haciendo juego. Este equipaje era Gucci, y marcado con las iniciales RIP. Richard Ignatius Pford. Una idiota yéndose, pensó. Otro entrando. ¿Qué demonios pensaba Gin? Oh, un minuto. Él sabía la respuesta. Para una mujer con poca educación formal y sin ningún conocimiento profesional, su hermana tenía un talento incuestionable: cuidar de sí misma. Asustada por el dinero, ella había seguido a su padre y se adhirió a la rica vida de la ciudad, así que sin importar lo que pasara con la familia, su estilo de vida no se vería afectado. Solo esperaba que el costo para ella no resultara ser demasiado alto. Richard Pford era un desagradable hijo de puta. Sin embargo, no es su circo, no son sus monos. Por mucho que lo entristecía, había aprendido hace mucho tiempo que no podía ganar con Gin y que simplemente debía dejarla ir; no había otra estrategia para tratar con su hermana, la verdad. Corriendo por las escaleras, fue a su habitación y se duchó, afeitó, y puso un traje. Le llevó dos intentos poner correctamente el moño. Hombre, odiaba esas cosas.

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Tomó las escaleras del personal para bajar, atravesó la cocina, y se fue a la puerta de la señora Aurora. Como hizo cuando la fue a ver antes, comprobó que todo estuviera escondido, abotonado correctamente, y como era debido antes de tocar. Excepto que entonces se quedó quieto. Por alguna razón, tenía un miedo miserable de que no fuera a abrir la puerta esta vez. Que golpearía con sus nudillos y esperaría… y lo haría de nuevo, y esperaría un poco más… Y entonces tendría que romper los paneles como lo había hecho con la oficina de Rosalinda… y encontraría otro muerto… La puerta se abrió, y la señora Aurora frunció el ceño. —Llegas tarde. Lane se sobresaltó, pero se recuperó rápidamente. —Lo siento, señora. Lo siento. La señora Aurora le dio un gruñido y se palmeó su brillante sombrero azul de iglesia. Su traje era tan brillante como un cielo de primavera, y tenía sus guantes a juego, zapatos a juego y un libro de bolsillo perfectamente coordinado que era del tamaño de una raqueta de tenis. Su lápiz de labios era de color rojo cereza, sus pendientes eran las perlas que él le había dado hace tres años, y llevaba el anillo de perlas que le regaló el año anterior a ese. Le ofreció su brazo mientras ella cerraba la puerta, y lo tomó. Juntos, caminaron por la parte frontal de la casa, pasando al señor Harris, quien sabía que no debía decir nada acerca de qué puerta que usaban. Lane acompañó a la señora Aurora al asiento del pasajero del Porsche y la acomodó en el auto. Luego dio la vuelta, se puso al volante, y reinició el motor. —Llegaremos tarde —dijo ella secamente. —Haré que lleguemos a tiempo. Solo míreme. —No tolero los excesos de velocidad. Se encontró mirándola con un guiño. —Entonces, cierre los ojos, señora Aurora. Ella golpeó su brazo y lo miró. —No eres demasiado viejo como para que no te pegue. —Sé que quiere un asiento en la primera fila. —Tulane Baldwine, no te atrevas a violar la ley. —Sí, señora.


Con una sonrisa socarrona, pisó el acelerador, disparando el 911 por la colina, ¿y al lanzarle una mirada rápida en su dirección? Encontró a la señora Aurora sonriendo para sus adentros. Por un momento, todo estaba bien en su mundo.

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Traducido por Nikky Corregido por Laura Delilah

La Iglesia Bautista de Charlemont se encontraba en el West End, y el color blanco brillante de sus tablillas destacaban entre las manzanas y manzanas de viviendas de menores ingresos que rodeaban el lugar. Sin embargo, hablando de prístino. Desde su minucioso cuidado hasta su recientemente pavimentado estacionamiento, de las macetas con flores cerca de las puertas delanteras a las canchas de baloncesto de atrás, el lugar era tan refinado y cuidado como algo de una postal de 1950. Y a las ocho con cuarenta minutos del domingo por la mañana, se hallaba repleta de gente. Al momento en que llegó Lane, los saludos vinieron tan rápido y fueron tantos que tuvo que reducir la velocidad a un paso de tortuga. Bajando ambas ventanillas, estrechó manos, gritó nombres, devolvió retos para partidos. Estacionándose en la parte trasera, dio la vuelta y ayudó a la señora Aurora a salir, luego la llevó hasta la acera a un lado de la iglesia. Los niños estaban en todas partes, vestidos con volantes y pequeños trajes, los colores tan brillantes como cajas de lápices de colores, sus comportamientos mejores que el de muchos de los adultos que vinieron a las fiestas a Oriental. Todos, pero todos, se detuvieron y le hablaron a él y a la señora Aurora, presentándose, conversando, y en el proceso, se dio cuenta de lo mucho que había extrañado esta comunidad. Es curioso, no era un feligrés, pero cada vez que se encontraba en casa, nunca dejó de venir aquí con la señora Aurora. En el interior, había fácilmente un millar de personas, las filas de bancos llenos de fieles, todos hablando, abrazándose, riendo. Era demasiado pronto para que los seguidores consiguieran escaparse, pero vendrían, por lo general en junio. Delante, había una banda con guitarras eléctricas, una batería y bajos, y junto a ellos, se encontraban los madrugadores que serían responsables del coro de góspel. ¿Y detrás de todo eso? Los increíbles tubos de órgano, del tipo que podría volar las


puertas, ventanas y el techo de par en par, se levantaban como si conectaran la congregación directamente al cielo. Max debería estar aquí, pensó Lane. Ese hermano suyo había cantado en el coro durante años antes de que se fuera a la universidad. Pero esa era una tradición que se perdió, aparentemente para siempre. En la segunda fila de en frente había un espacio para ellos, una familia de siete apretujándose para hacer espacio. —Muchas gracias —dijo Lane, mientras estrechaba la mano del padre—. Oiga, ¿no es usted el hermano de Thomas Blake? —Lo soy, sí —dijo el hombre—. Soy Stan, el mayor. Y tú eres el muchacho de la señora Aurora. —Sí, señor. —¿Dónde has estado? No te hemos visto por un tiempo. Cuando la señora Aurora levantó una ceja hacia él, Lane se aclaró la garganta. —He estado en el norte. —Mis condolencias —dijo Stan—. Pero al menos ahora estás de vuelta. —Allí están mis sobrinos. —La señora Aurora señaló al otro lado del pasillo—. D'Shawne juega para Indiana Colts. Receptor abierto. Y Qwentin al lado de él, es el centro de los Heat de Miami. Lane levantó la mano mientras la señora Aurora llamaba la atención de los hombres. —Recuerdo cuando jugaban en la universidad. Quentin fue uno de los mejores centro que ha tenido los Eagles, y estuve allí cuando D'Shawne nos ayudó a ganar el Sugar Bowl. —Son buenos muchachos. —Toda tu familia lo es. El órgano se puso en marcha, y la banda comenzó a tocar, y desde el nártex, entró el coro de túnicas color rojo intenso; cincuenta hombres y mujeres caminando juntos, cantando el procesional. Detrás de ellos, el reverendo Nyce los siguió con su biblia en el pecho, el alto y distinguido hombre, encontrando los ojos de sus feligreses, saludándolos con sincera calidez. Cuando vio a Lane, se acercó y estrechó su mano. —Encantado de tenerte de vuelta, hijo. Cuando llegó el momento de que todos tomaran asiento nuevamente, Lane tuvo la más extraña sensación. Perturbado, se acercó y tomó la palma de la señora Aurora.

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Todo lo que podía pensar era en esa rama del árbol que cayó la noche anterior. La imagen de Lizzie desplomada en su coche. El temor electrizante que sintió mientras se arrastró por aquellas ramas en la tormenta, gritando su nombre. Cuando la banda comenzó a tocar su canción religiosa favorita, miró la cruz sobre el altar y sacudió la cabeza. Por supuesto que sería esta, pensó él. Era como si la propia iglesia también le diera la bienvenida a casa. Levantándose con la señora Aurora, comenzó a moverse con la multitud, de un lado a otro. Se encontró cantando: Quiero que sepan que Dios me mantiene... Una hora y media más tarde, el servició terminó y comenzó la hora Bubba, la congregación yendo a la planta baja por ponche, galletas, y para conversar. —Vamos abajo —dijo Lane. La señora Aurora sacudió la cabeza. —Debo regresar. Trabajo. Frunció el ceño. —Pero nosotros siempre... Se detuvo a sí mismo. No había nada que necesitara atender en Oriental. Por lo que la única explicación era una que le dio ganas llamar al 911. —No me mires así, chico —murmuró—. No es una emergencia médica, y si lo fuera, no me estoy muriendo en mi iglesia. Dios no le haría eso a esta congregación. —Vamos, toma mi brazo otra vez. Se encontraban calmados mientras iban en contra de la multitud, y hombre, de verdad preferiría arrojarla por encima del hombro y sacarla de allí. Y luego a medio camino de la puerta, tuvo que detenerse a hablar con Qwentin y D'Shawne, junto con otros diecisiete miembros de la familia de la señora Aurora. Normalmente, le habría encantado la conversación... hoy no. No quería ser grosero, pero era muy consciente de lo mucho que la señora Aurora se encontraba apoyada en su brazo. Cuando por fin salieron de la iglesia, dijo—: Espere aquí. Traeré el coche. Y no, no voy a discutir sobre ello, así que espere. Casi esperó que diera batalla, y cuando no lo hizo, trotó en dirección a los confines muy lejanos del estacionamiento. Regresando con el Porsche, casi esperaba encontrarla desmayada.


Nop. Hablaba con una preciosa y delgada mujer, quien tenía la cara parecida a Nefertiti, un traje modesto que era negro, y unas gafas sin marco en sus afilados ojos. Oh... guau, pensó. Hablando de un recuerdo del pasado. Lane salió. —¿Tanesha? —Lane, ¿cómo estás? —Tanesha Nyce era la hija mayor del reverendo—. Es bueno verte. Se abrazaron y él asintió. —Igualmente. ¿Ya eres un médico? —En el internado aquí en la Universidad de Chicago. —¿En qué? —Oncología. —Está haciendo la obra del Señor —dijo la señora Aurora. —¿Cómo está Max? —preguntó Tanesha. Lane se aclaró la garganta. —Ni idea. No he hablado con él desde que salió al oeste. Lo conoces, siempre impredecible. —Sí, lo era. Momento. Incómodo. —Bueno, llevaré a la señora Aurora de vuelta a casa —dijo él—. Es bueno verte. —Igualmente. Las dos mujeres hablaron en voz baja por un momento, y luego la señora Aurora le permitió acompañarla por las escaleras y al auto. —¿Qué fue todo eso? —preguntó mientras conducía. —Ensayo del coro de la próxima semana. —Usted no está en el coro. —La miró cuando no dijo nada—. ¿Señora Aurora? ¿Necesita decirme algo? —Sí. Oh, Dios. —Qué. Ella tomó su mano y no lo miró. —Quiero que recuerdes lo que te dije antes. —¿Qué es? —Tengo a Dios. —Apretó con fuerza—. Y te tengo a ti. Soy rica más allá de los medios. Sostuvo su mano todo el camino de regreso a Oriental, y él sabía... sabía... que ella lo preparaba para lo que vendría. Se dio cuenta, también,

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que era por eso que le insistió a Edward que la viera ayer, cuando su hermano había estado en casa. Si solo existiera una manera de ponerse en contacto con Max. —No quiero que te vayas —dijo Lane bruscamente—. Es demasiado. La señora Aurora se quedó en silencio hasta que llegaron a la base de la colina Oriental. —Hablando de irse —dijo ella—, escuché que Chantal se mudó. —Sí, estoy terminando todo eso. —Bien. Quizás tú y Lizzie por fin puedan ponerse en marcha. Es la indicada para ti. —Lo sabe, señora Aurora, estoy de acuerdo. Ahora solo tengo que convencerla. —Ayudaré. —Lo aceptaré. —La miró—. Dijo que le mandara saludos. La señora Aurora sonrió. —¿Eso fue cuando la dejaste esta mañana? Mientras Lane balbuceó y se puso rojo como ese Mercedes que le compró a ella, la señora Aurora se rio de él de una manera amable. —Eres un chico malo, Lane. —Lo sé, señora. Ese es el por qué tiene quedarse aquí y mantenerme encaminado. Se lo sigo diciendo. En lugar de detenerse delante, se dirigió a la parte trasera, ya que se encontraba más cerca de sus aposentos. Deteniéndose en la puerta de atrás, pisó el freno, apago el motor… y no salió. Mirándola, le susurró—: Lo digo en serio. Necesito que me ayude aquí, en la Tierra, en esta casa, en mi vida. Dios, era imposible ignorar el hecho de que hace tres días le había estado gruñéndole que no iría a ninguna parte, pero ahora, algo había cambiado. Algo era diferente. Antes de que ella pudiera decir algo, la puerta de la cochera subió y el chofer salió con el Phantom, ese auto de quinientos mil dólares pasó por su lado mientras se dirigía a la parte delantera de la casa. —Él es malo —dijo Lane—. Mi padre... La señora Aurora levantó sus palmas. —Amén. —¿A dónde diablos va esta mañana? —No a la iglesia. —Quizá va tras Chantal.


Al instante en que él pronunció las palabras, maldijo. —¿De qué estás hablando? Lane sacudió la cabeza y salió. —Venga, vamos a llevarla dentro. No fue eso lo que sucedió. Cuando se acercó y abrió la puerta, ella quedó sentada allí con el bolso en su regazo, y las manos enguantadas dobladas una sobre la otra. —Dime. —Señora Aurora... —¿Qué te hizo él? —Esto no es acerca de mí. —Si es sobre traer de vuelta a esa horrible esposa tuya, apuesta tu trasero a que tiene que ver contigo. Lane luchó contra el impulso de golpear su cabeza contra el capó del Porsche. —En realidad no importa... —Sé que ella se deshizo de tu bebé. Cuando esos ojos oscuros lo miraron, maldijo de nuevo. —Señora Aurora, no haga esto. Déjelo. Hay tantas cosas de las cuales no vale la pena preocuparse. Todo lo que hizo fue levantar esa ceja. Lane se dejó caer de rodillas. Dios, amaba su rostro, cada pliegue y arruga, cada curva. Y le encantaba cómo fue una dama cuando llegaron, pero fuerte como un hombre. Ella y Lizzie eran tan parecidas. —Hay algunas cosas que no vale la pena saber, señora. —Y otras que no debes mantener para ti mismo. Por alguna razón, se encontró bajando los ojos, como si hubiera hecho algo de lo que debía avergonzarse. —Está embarazada, señora Aurora. No es mío. —De quién es —exigió ella. El resto de la historia fue contada en silencio, lo curioso era, que no parecía completamente sorprendida. —¿Estás seguro? —preguntó en voz baja. —Eso es lo que dijo ella. ¿Y cuando lo enfrenté? Estaba en su rostro. La señora Aurora miró al frente, con el ceño fruncido tan abajo, que no podía ver sus ojos. —Dios lo castigará.

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—No contenga la respiración. —Se levantó y le ofreció su mano—. Se está poniendo caliente aquí. Vamos. La señora Aurora lo miró a los ojos. —Te amo. Era su manera de disculparse por lo que sabía que habían pasado con su padre. No solo esto horrible de Chantal, sino que también esas décadas de lo que había pasado antes, cuando eran niños. —Sabe —dijo él—, nunca le agradecí. Por todos esos años que estuvo ahí, yo nunca... nos mantuvo unidos, a mí especialmente. Siempre estuvo ahí para mí. Siempre está ahí para mí. —Dios me dio ese trabajo sagrado cuando cruzó mi vida con la de ustedes. —Te amo, mamá. —Se le formó un nudo en la garganta—. Por siempre.


Traducido por Beluu Corregido por Jadasa

El sonido de la motosierra en las manos de Liz era tan fuerte que no oyó el auto acercándose. Y no fue hasta que aflojó el gas y el sonido del motor cayó a un murmullo, que una sexy voz masculina le anunció que ya no se hallaba sola. —Eres la mujer más sensual que jamás he visto. Girando y bajando la mirada, encontró a Lane recostado contra su Porsche, brazos cruzados, pies firmes y expresión intensa. Desde su lugar con vista ventajosa, sobre el destrozado techo de su Yaris, levantó la motosierra sobre su cabeza y la aceleró un par de veces. —Escúchame rugir. —Óyeme rogar. Tuvo que reírse mientras saltaba hacia el suelo. —He hecho algunos progresos, no crees… Lane la interrumpió colocando su boca sobre la suya; el beso se volvió sensual, tan rápido, que terminó casi doblándola hacia atrás. Cuando finalmente aflojó un poco, ambos jadeaban. —Así que… hola —dijo él. —Por alguna de esas casualidades, ¿me extrañaste? —Cada segundo. —Los enderezó a ambos—. Dios, t… amo, amo cómo manejas esa motosierra. Era casi imposible no darse cuenta de su desliz, y tuvo que trastabillar mentalmente para evitar dejar salir un “te amo” que le llegaba de igual manera. Sin embargo, Lane cubrió la incomodidad con aplomo. —Entonces, traje la cena. La compré en el club. Te traje esa ensalada que ojalá todavía te guste, y un montón de lomo, ya sabes, en caso de que lo necesitemos para recuperarnos. —¿De qué? —Arrastró las palabras mientras dejaba su motosierra.

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—Oh, sabes de qué. —Excepto que luego frunció el ceño—. A no ser que estés… ya sabes, adolorida por lo de anoche. Lizzie sacudió su cabeza. —No. —Qué lástima. —¿Perdón? Acercándose, su boca permaneció sobre la suya, y lamió sus labios. —Pensaba que podría besarlo para que te mejores. —De cualquier manera, puedes besarlo. Cuando la hizo girar y recostarse contra el auto, sintió su corazón comenzar a acelerarse, y se dio cuenta de que, diablos, bien podría dejarse llevar. Un árbol aplastó su auto, su patio delantero era un desastre, y había un mini bosque de ramas sobre toda su propiedad… pero Lane estaba aquí y recordó que le gustaba esa ensalada Cobb, y maldición, era el mejor besador del planeta. Mañana se concentraría de vuelta en el juego. Mañana, recordaría cuidarse… Lane se echó hacia atrás. —Dime, ¿qué piensas sobre el sexo al aire libre? Asintió hacia las tres vacas que se encontraban en su pórtico. —Creo que nuestra audiencia va a duplicarse cuando mi amigo, el granjero, descubra que esas lindas señoritas han salido a explorar de nuevo. —Entonces, entremos ya mismo a la casa, antes de que me vuelva loco. —Y quién soy yo para interponerme entre tu estabilidad mental y tú. todo.

Incluso trajo una bolsa para pasar la noche, pensó mientras entraban —Así que, tengo noticias —dijo mientras cerraba su puerta principal. —¿Cuáles? —Chantal se mudó esta mañana.

Liz se detuvo y lo miró. Vestía su cálido uniforme informal de bermudas, una camisa IZOD, unos mocasines Gucci, sus Ray Bans, y ese reloj Cartier que lo hacía ver como si acabara de salir de una foto de Instagram titulada “Apuestos y Ricos”. Incluso su cabello se hallaba hacia atrás, aunque eso era porque acababa de salir de una ducha y todavía se encontraba húmedo.


Su corazón revoloteó con un miedo momentáneo porque, al estar tan bueno, parecía el chico de un póster, alguien en quien no deberías confiar, especialmente con mujeres que eran como Chantal… Como si pudiera leer su mente, Lane se sacó sus lentes de sol y dejó ver sus ojos. En contraste con todo lo externo sobre él, eran claros, firmes… tranquilos. Honestos. —¿De verdad? —susurró. —De verdad. —Se acercó y la giró hacia él—. Lizzie, está hecho. Todo sobre ella se terminó. Y antes de que lo digas, no es solo por ti. Debí haber terminado con ese matrimonio hace mucho tiempo. Mi error. Levantando la mirada hacia su rostro, maldijo en voz baja. —Lo lamento, Lane. Siento haber dudado de ti, es simplemente que… —Shh. —La silenció con sus labios—. No vivo en el pasado. Es una pérdida de tiempo. Todo lo que me importa es en dónde estamos ahora. Envolviendo los brazos alrededor de su cuello, arqueó su cuerpo hacia él. —Entooooonces… no fui capaz de apegarme a la cosa de amigos, ¿o sí? —Y eso me parece perfectamente bien. *** —Esa fue quizás la mejor cena que alguna vez he tenido. Lane observó a través del sofá mientras Liz se dejaba caer en los almohadones y colocaba su mano sobre su estómago. Mientras sus ojos comenzaban a cerrarse, se la imaginó sobre esa rama de árbol como un ángel vengador, empuñando la motosierra, cortando las ramas que aplastaron su auto. Incluso, aunque pasaron la primera hora de la visita el uno sobre el otro, su erección se endureció de nuevo. —Es un milagro —murmuró. —¿Que me gustara tanto el lomo? En realidad no. —Me refiero a estar contigo. Esos ojos azules se volvieron a abrir lentamente. —Pienso lo mismo. —Mientras se reía a carcajadas, lo detuvo levantando su mano.

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—No, no cantes victoria antes de tiempo. Dejando su servilleta a un lado, se acercó a ella y la montó. —Sabes, tengo otras ideas para celebrar. Balanceando sus caderas, sintió una punzada de lujuria cuando se mordió el labio inferior, como si estuviera lista para más de él. —¿Quieres que te muestre una? —dijo mientras acariciaba su garganta con su nariz. Sus manos le acariciaron la espalda. —Sí, quiero. —Mmm… El sonido de un timbre en la mesa de café lo hizo saltar y agarrar su teléfono. —Que no sea la señora Aurora. Por favor, no la señora Aurora… —Oh, mi Dios. Lane, ¿es ella…? Tan pronto como vio que la llamada tenía el código de área 917, se hundió por el alivio. —Gracias a Dios. —Alzó su mirada—. Debo contestar. Es un amigo de Nueva York. —Por favor. Atendió la llamada y dijo—: Jeff. —Me extrañas —dijo su antiguo compañero de habitación—. Sé que es por eso que me dejaste ese correo de voz. —Ni siquiera cerca. —Bueno, no voy a mandarte por FedEx esos rollitos de canela que comías mañana, tarde y noche… —Necesito saber cuánto tiempo de vacaciones tienes. Silencio. Total. —No están pasando la Serie Mundial de Póker en este momento. ¿Por qué me preguntas esto? —Necesito tu ayuda. —Ausentemente, se reclinó contra los cojines y acomodó las piernas de Lizzie sobre su regazo. Se había puesto unos pantalones cortos después de su ducha, y amaba pasar la palma por sus suaves pantorrillas musculosas—. Tengo un verdadero problema por aquí. Jeff dejó el modo sabelotodo. —¿Qué tipo de problema? —Necesito a alguien que me diga si mi padre está malversando dinero de la compañía de la familia. Por la suma de más de cincuenta millones de dólares. Jeff silbó suavemente. —Eso es un montón de dinero, mi amigo. —Mi hermano se las arregló para conseguirme acceso a… Cristo, son como quinientas páginas de hojas de cálculo e información financiera, pero


no tengo idea de qué significa lo que leo. Quiero que vengas y me digas qué sucedió y tiene que ser ahora, antes de que se dé cuenta de que lo estoy vigilando y se deshaga de cualquier cosa que pueda incriminarlo. —Escucha, Lane, sabes que te amo como al hermano perdido que nunca tuve, pero estás hablando sobre una auditoría forense. Hay gente que se especializa en eso, y es por una razón. Déjame encontrarte a alguien en quien puedas confiar… —Ese es mi punto, Jeff. No puedo confiar en nadie con esto, es de mi familia de quien estamos hablando. —Podemos esconder los nombres y referencias de todos los documentos. Puedo ayudar con eso, para que quien sea que elijas no llegue a saber… —Te quiero a ti. —Oh, joder, Lane. Gracias al hecho de haber conocido al tipo por años, Lane era bastante consciente de que su trabajo ahora era callarse y dejar que Jeff se quejara. Nada iba a influenciarlo; no había persuasión que pudiera ser ejercida, y cuando intentabas fanfarronear, a veces terminaba funcionando en tu contra. En vez de eso, Lane sabía que si se quedaba callado, todos sus años juntos iban a encargarse del problema. Bingo. —Voy a insistir en que alguien verifique mi trabajo —farfulló Jeff—. Y te jodes, eso no es negociable. No voy a hacerme responsable de arruinar esto solo porque tienes alguna idea romántica de que soy brillante con los números. —Pero lo eres. —Maldito seas, Baldwine. —No puedo enviarte un avión. Llamaría demasiado la atención. —Está bien. Uno de los de mi familia está en la Costa Este. Abordaré mañana temprano, y no, no puedo ir antes. Voy a tener que cambiar algunas cosas en el trabajo. —Te lo debo. —Maldición, sí me debes. Y puedes comenzar a pagarme mañana por la noche. Quiero una cerveza gratis y mujeres si voy a hacer esto. —Me encargaré de todo. Incluso te recogeré yo mismo en el aeropuerto, solo envíame un mensaje con la hora de tu llegada.

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Jeff murmuraba obscenidades cuando colgó sin siquiera despedirse. Mientras Lane bajaba su propio teléfono, dejó escapar un aliento. — Gracias a Dios. —¿Quién era ese? —Creo que lo llamarías mi mejor amigo. Era con quien me quedaba en el norte. Jeff Stern. Es un chico brillante en lo que se refiere a las finanzas. Si alguien puede descubrir el rastro del dinero, será él. Y después de eso… —Lane frotó sus ojos—. Dios, ¿supongo que debo ir con la policía? ¿Quizás a la Comisión de la Bolsa de Valores? Pero de verdad me gustaría encargarme de esto silenciosamente. —¿Qué pasa si tu padre ha violado la ley? Una repentina imagen de William Baldwine en un mono naranja lo alivió de una manera enferma, ya que su madre estaría fuera de todo esto. —No voy a estorbar a las autoridades. Lo que me preocupa es que haya utilizado el poder del abogado de mamá para vaciar sus cuentas, pero no tengo acceso a esos archivos, están en el área de Personas de Confianza. —Si la policía o el FBI se involucran, pueden averiguarlo. Lane asintió, recordando la imagen de esa bolsa de cadáver alejándose de Oriental. —Si Rosalinda se suicidó por esto, mi padre tiene la sangre de alguien sobre sus manos. Necesita ser llevado ante la justicia. Sabes que, generalmente, intento ser positivo, pero… Ella tomó su mano. —Bueno, no importa lo que pase, estoy contigo, ¿está bien? Bajando su mirada hacia ella, dijo ásperamente—: Eso es todo lo que necesito. No importa a dónde vaya todo esto… si te tengo… El teléfono sonó de nuevo, y se rió mientras volvía a contestar. —Lo está reconsiderando. No, Jeff, no puedes echarte atrás… —¿Estás cerca de una televisión? Lane se sentó. —¿Samuel T.? —¿Lo estás? —No. ¿Qué está ocurriendo? —Necesitas venir a mi casa ya mismo. La policía te está buscando, y como no te encontrabas en Oriental, Mitch me llamó. —¿Qué… de qué estás hablando? —Luego pensó, Oh, mierda. —Mira, entiendo que con Edward, técnicamente, entramos al área de negocios bajo un pretexto falso, pero la maldita instalación está en la propiedad por algo. Y en cuanto a los documentos…


—No sé de qué estás hablando, y ahora no me importa. Chantal fue a la sala de emergencias esta mañana, toda golpeada. Les dijo a las autoridades que le hiciste eso cuando descubriste que estaba embarazada luego de que presentaste los papeles de divorcio. Te van a poner bajo arresto por ataque doméstico de primer grado, y podrían tener suficiente como para elevarlo a intento de asesinato. —¡Qué! —Lane se puso de pie de un salto—. ¡Está loca! —No, se encuentra en cirugía. Están recolocando su mandíbula en este momento. —¡Nunca toqué a Chantal! ¡Y puedo probarlo! Ni siquiera me hallaba en casa anoche… —Solo ven a mi casa. Negociaré para que vayas por la noche para que no hayan fotos tuyas, y te pagaremos la fianza… —Esto es mierda —escupió Lane—. No voy a seguir su juego… —No es un juego. Y a menos que hagas una aparición en la cárcel, vas a ser considerado como fugitivo. Lane bajó su mirada hacia Lizzie. Se encontraba sentada, alarmada, preparándose para las malas noticias. De repente, recordó pasar a Chantal en ese Mercedes cuando se había ido de Oriental. Su rostro se hallaba cubierto con anteojos, un velo negro. Para todos lo que sabían, se había puesto toda Gone Girl 28 e hizo esas cosas ella misma. Antes, no pensó que la mujer estuviera en un verdadero territorio patológico, pero quizás había subestimado su locura. —Está bien —dijo—. Voy a ir. Estaré en tu casa en veinte minutos. Terminando la llamada, se oyó a sí mismo decir—: Tengo que irme. —Lane, ¿qué está sucediendo? Los platos de su agradable cena seguían sobre la mesa, los cojines del sofá todavía aplastados por el tiempo en que se recostó y acarició sus piernas. Y aun así, en esos momentos que habían sucedido hace simples minutos estaban perdidos, perdidos, perdidos. —Voy a encargarme de esto —le dijo—. Voy a hacer que todo desaparezca. Está mintiendo. Una vez más, está mintiendo.

348 Película de drama estadounidense en la que la mujer desaparece y la policía sospecha del novio. 28


—¿Qué puedo hacer para ayudar? —Quédate aquí, y no enciendas la radio. Te llamaré tan pronto como pueda y te lo explicaré todo. —Dándose la vuelta hacia Lizzie, tomó su rostro en sus manos—. Te amo. Necesito que creas eso. Necesito que lo recuerdes. Y voy a encargarme de esto, lo juro por la vida de mi madre. —Estás asustándome. —Todo va a estar bien. Lo prometo. Con eso, se fue de su casa. Apresuradamente.


Traducido por Valentine Rose Corregido por Jadasa

Cuando el Porsche de Lane rugió en la oscuridad, Lizzie se quedó por un tiempo en donde él la dejó. En todo lo que podía pensar era en que ninguno de ellos debería estar sorprendido. Chantal Baldwine era tan difícil como ellos, y de ninguna manera esa mujer iba a perder su estatus social y acceder a perder ese estilo de vida Bradford sin dar una tremenda pelea. Sea lo que fuera esto, también podría ser el inicio. Poniéndose de pie, recogió sus platos y pensó, guau, nunca imaginó que así terminaría la noche. Pero quizás volvería. Dejó su maleta. Maldita seas, Chantal. Regresando a la cocina, dejó todo sobre el fregadero, chorreó algo de detergente por encima del desastre, y abrió el agua caliente. Justo iba a mojarse las manos cuando sonó su teléfono encima de la encimera. —Gracias a Dios —dijo, cruzando las baldosas—. ¿Lane? Lane, ¿puedes contarme qué… —¿Lizzie? ¿Estás en casa? —¿Greta? —Había un zumbido en la conexión, como si la mujer estuviera conduciendo—. ¿Greta? Estoy teniendo problemas para escucharte. —¿… en casa? —Sí, sí, estoy en casa. ¿Estás bien? —… allá. —Buzz, chirp, urrrrr—, en diez minutos. —De acuerdo, pero ahora no quiero terminar de trabajar en esa rama. Ya casi está oscuro, y honestamente, no tengo ganas de… —…tu teléfono. —¿Qué?

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Los mares metafóricos se abrieron y luego la voz alemana sonó fuerte y clara—: Necesitas apagar tu teléfono. —¿Por qué? Y no lo haré. —Lane podría llamar—. Mira, de verdad no estoy de ánimos para tener compañía y… Hubo un fuerte ruido y la conexión se perdió por completo. —Genial. Guardando el teléfono en su bolsillo, volvió al fregadero, lavó los platos y cubiertos, secó el montón y los guardó. Se encontraba en la sala de estar, sentada de nuevo en el sofá, hojeando nerviosamente las últimas publicaciones de Garden & Gun, cuando faros destellaron frente a la hacienda y crujió el adoquín. Levantándose, arregló su camisa y revisó dos veces que su cabello no estuviera enredado. No tenía sentido lucir como si acabase de salir de la cama con Lane. Especialmente, porque la mayoría del sexo que tuvieron fue sobre el tapete del pasillo. Y en las escaleras. Y de pie en la ducha. Abriendo la puerta, ella… Cuando su compañera salió del Mercedes, Lizzie podía ver que el rostro de Greta se hallaba pálido y sus hombros encorvados. Y lucía como si estuviera secándose las lágrimas bajo aquellos antojos pardos. —Oh, mi Dios —dijo Lizzie—, ¿es uno de los niños? La otra mujer no respondió, tan solo se acercó al pórtico y entró directamente a la casa. Lizzie la siguió, cerrando la puerta. —¿Greta? La mujer caminaba de un lado para el otro. Luego, finalmente, se detuvo. —¿Estuviste con él anoche? —¿Disculpa? —Lane. Solo… ¿estuviste con él? ¿Toda la noche? —¿De qué hablas? —Chantal está acusando a Lane de golpearla tanto como para que terminara en el hospital. —¿QUÉ? Y ahí fue cuando comprendió: Chantal. El hospital. La policía. Los medios. Lane.


Cuando Greta finalmente se quedó en silencio, Lizzie hizo un gesto con su mano sin pensar mientras retrocedía y aterrizaba en una silla. — Yo… —Ese hombre es conocido por muchas cosas —dijo Greta—, pero nunca lo he considerado capaz de levantarle la mano a una mujer. —Por supuesto que no. Dios, no. Absolutamente no. —¿Estuvo aquí anoche? —Sí. Llegué a casa con la tormenta, y estaba aquí. Y no se fue hasta en la mañana para llevar a la señora Aurora a la iglesia. —Dio un brinco—. ¡Tengo que ayudarlo! Tengo que decirle a la policía que se encontraba conmigo… —Hay algo más. —¿Puedes llevarme? Estoy tan desconcertada, no creo que debería… —Lizzie. Ante el sonido de su nombre, se detuvo, y un frío susto sobrecogió su pecho. —¿Qué…? Ahora los ojos de Greta comenzaron a llenarse de lágrimas. —Lo lamento. —¡¿Qué?! ¿Podrías decírmelo antes que mi cabeza explote… —Chantal está embarazada. Y le dijo a la policía… que es de Lane. Lizzie parpadeaba conforme todo empezaba a desmoronarse: sus pensamientos, su corazón, sus pulmones… incluso el tiempo y las leyes de la física. —Dice que por eso la golpeó. Cuando le contó. Dice que se puso furioso. Una ola de nauseas despiadadas la golpeó en las entrañas… excepto que no. No podía estar reviviendo lo que ocurrió anteriormente. De verdad, no podía volver a estar en la misma situación con Lane y Chantal. Ya he pasado por eso, pensó. Ya he vivido esta pesadilla. Dios, no. Por favor, no. —¿Cuándo…? —Lizzie se aclaró la garganta—. ¿Cuándo fue con la policía? —A primera hora esta mañana. Cerca de las nueve o diez. Si estuvieras tan mal herida, no esperarías para recibir atención médica, pensó Lizzie.

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Si la mujer estuviera embarazada, y le contó cuando él volvía a Oriental… bien pudo haber… Con una horrible sacudida, Lizzie se fue apresurada por el pasillo… y apenas logró llegar al baño antes que vomitase todo ese lomo. *** Para el momento en que Lane llegó a la hacienda de Samuel T., se hallaba lo bastante enojado como para arrancar cabezas y uñas. Apretando con fuerza su pie en el freno, se detuvo con un derrape frente a la mansión del hombre y casi dejó el motor encendido cuando salió. Samuel T. abrió la puerta antes de que incluso lograra rodear el auto. —Llamé a Mitch. Estará aquí en cuarenta y cinco minutos con un civil. No quieren esperar para llevarte, pero iremos por la entrada del depósito de vehículos. Nadie con cámara puede entrar allí, por lo que estarás bien. Lane pasó junto al tipo. —¡Esta es una completa y total maldita mentira! Está completamente loca y va a… —Se detuvo y le frunció el ceño a su viejo amigo—. ¿Qué? ¿Por qué me miras así? A manera de responder, Samuel T. elevó su brazo y tomó el de Lane. —¿Cómo obtuviste estos rasguños en tus manos? Tus brazos. Tu cuello y rostro. Lane bajó la vista para observarse a sí mismo. —Jesús Cristo, Sam, estos son de anoche. Fui a donde Lizzie y una rama cayó sobre su auto. — Cuando su amigo simplemente le miró fijamente, dijo con brusquedad—: Ella testificará en la corte de ser necesario. La saqué de su maldito auto. Creí que murió. —¿Estás saliendo de nuevo con ella? —Sí, así es. —¿Y crees que va a ayudarte cuando se entere de que Chantal está embarazada de ti? ¿De nuevo? ¿No viviste este mismísimo drama hace un par de años? Lane sintió que el noventa por ciento de su sangre abandonaba su cabeza. —No es mío, Sam. Te lo dije cuando firmé esos papeles… no he estado con Chantal desde que me fui. —No es lo que le está contando a la policía. Dice que ha ido y venido a Manhattan este último año, para hacer funcionar su relación.


—No es mío. —Bajó el tono de su voz, pese a que no había nadie por ahí—. Es de mi padre. Ahora fue el turno de Samuel T. para estar aturdido. —De… tu padre. —Ya me escuchaste. —¿Estás seguro? —Sí. He hablado con ambos del tema. Samuel T. tosió, cubriéndose la boca con su puño. —¿Sabes? Tu familia es algo del otro mundo. —Eso es lo que me dice la gente. —Lane se cruzó de brazos—. Me someteré al detector de mentiras. Lo juraré sobre la biblia… infiernos, deberían revisar bajo sus uñas. No encontrarán nada mío en ella… o en su interior. Sam, no la toqué. —Dice que tiene un testigo. —¡Ja! En sus sueños. Infiernos, debe habérselo hecho ella misma… —¿Es una criada? ¿Alguien llamada Tiffany? Lane retrocedió. —¿Criada? Tiff… espera, te refieres a con “p-h-a-n-ii”? Imaginó a la criada con las toallas, que se presentó a él con aquella mirada en su rostro. Samuel T. se encogió de hombros. —No sé cómo lo deletrea. Se lo saqué a Mitch. Pero la mujer dice que los escuchó a Chantal y a ti discutir, y la amenazabas con, y cito, “matarla a golpes”. —¡Nunca dije eso! —Te hallabas de pie en pasillo del segundo piso, y la criada apareció en medio de la conversación. —Está mintiendo… —Lane se detuvo y sacudió su cabeza, mientras el recuerdo volvía—. Espera, no, no. No sobre… no. Dije eso porque Chantal le faltó el respeto a la señora Aurora. Me enfadé con ella. No lo dije literalmente. Samuel T. bajó la vista al corte en sus brazos. —Seré honesto. Pareces tener un montón de respuestas ensayadas… —¡Es la verdad! ¡No estoy inventando esta mierda! —Escucha, no quiero pelear contigo… —Samuel T. —dijo bajando el tono de su voz—, ¿alguna vez me has conocido por ponerme violento? ¿En especial con una mujer?

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Samuel T. lo miró fijamente por un largo tiempo. Entonces el tipo alzó sus palmas. —No, no, no te he conocido por ser así… y quiero creerte, de veras que sí. Pero incluso si todo lo que me estás contando es la pura verdad, tenemos dos problemas: uno legal y uno público. Los asuntos legales se solucionarán por si solos asumiendo que Lizzie responde por ti, y no hay ninguna prueba forense del cuerpo de Chantal o tuyo. ¿El problema público? Será mucho más difícil de manejar. Estas son grandes noticias, Lane… especialmente si tienes razón y tú padre tendrá un hijo con tu esposa. Infiernos, esta es una noticia nacional… y tienes que saber que la prensa nunca dice la verdad a costa de conseguir una buena historia. Y a pesar de que no debería, este tipo de escándalo tendrá un efecto sobre las cosas como los precios de las acciones y el valor percibido de las ventas de los productos de la compañía de tu familia. No digo que es lo correcto, pero es la realidad. Eres la Compañía de Bourbon Bradford. Tu familia es la Compañía de Bourbon Bradford. Pude haber sido capaz de borrar el viaje de tu hermana del sistema, pero esto… no puedo deshacerlo. Ya está en las noticias locales. Lane caminó de un lado al otro en el pasillo principal del hombre. Luego le echó un vistazo a su amigo. —Hablando de mi familia, ¿tienes algo de whisky en esta casa? —Siempre. Y solo sirvo lo mejor, por lo que es Bradford. Lane pensó en Mack y en el hecho que los alambiques fueron cerrados. Y luego en su padre… y en todo lo que hizo el hombre. —Veremos por cuánto tiempo más —murmuró Lane.


Traducido por Valentine Rose Corregido por Jadasa

Seis horas después, mientras Lane se encontraba en un cuarto de interrogaciones en la cárcel del condado, intentó llamar a Lizzie por sexta vez, y decidió que debió de haberse enterado sobre la situación. ¿Quizás alguien la llamó? ¿O tal vez, después de todo, encendió su radio? No tenía una televisión. Infiernos, a lo mejor alguien puso un letrero en neón en el centro de Charlemont y pudo verlo todo en camino a Indiana. —Ya casi terminamos —dijo Samuel T. cuando volvió al cuarto completamente gris—. Lo bueno es que has sido reducido a un posible sospechoso, pero las cosas estarán en un punto medio hasta que se concluya la investigación. Sin embargo, al menos ahora puedes irte a casa, y no hay ninguna ficha policial. Lane terminó la llamada y frotó sus ojos adoloridos. Hacía quince minutos le devolvieron su teléfono y billetera, y lo primero que hizo fue intentar contactarse con Lizzie de nuevo. Teniendo en cuenta la manera en que salió de su casa, no había razón alguna para que no le contestase si quería hablar con él. Claramente, no tenía interés en escuchar su versión de lo ocurrido. —¿Cuánto tiempo más? —dijo mientras se frotaba su adolorida cabeza—. ¿Puedo irme ahora? —Casi. Solo están comprobando con el fiscal… quien resulta ser un amigo mío de casería. —Samuel T. se sentó—. Sé que es políticamente incorrecto, pero gracias a Dios que las redes con los viejos chicos sigue vivito y coleando en este pueblo, de lo contrario te estarían desnudando para encontrar algo en este momento. —Eres un trabajador milagroso —dijo Lane aturdido. —Ayuda que la historia de Chantal tenga algunas lagunas. Obviamente trabajaba sola cuando se le ocurrió esta brillante idea. ¿Quién demonios toma un baño después de ser atacado y es cuidadoso limpiando bajo su manicura rota? No tiene ningún maldito sentido. Y luego estaba el

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pequeñito lindo hecho de que contactó con el periódico y dos canales de televisión… desde la cama de urgencias. —Te lo dije. —Revisó su teléfono en caso de que Lizzie le haya devuelto la llamada y de algún modo no hubiese escuchado el sonido—. Aquella mujer está arruinando mi vida. —No si tengo algo que ver con ello. Lane intentó contactarse con Lizzie por séptima vez. Bajó su teléfono. —¿Cómo lucía? Ya sabes, Chantal. Cuando fue al hospital. —¿Seguro que quieres ver las fotografías? —Sí, necesito saber qué tan malo es. Samuel T. se puso de pie de nuevo. —Veré qué puedo hacer. Cuando la puerta del cuarto de interrogaciones se abrió y cerró una vez más, Lane jugueteó con su teléfono. Pensó en enviar un mensaje, pero dudó que fuera a hacer alguna diferencia. Increíble. Literalmente no podía creer que esto le ocurría de nuevo: las mismas dos mujeres, las mismas palabras… ¿el mismo resultado? Se sentía terriblemente asustado al ya saber la respuesta de eso: Lizzie lo abandonó una vez más. Claramente, de nuevo esta era su manera de tratarlo. Samuel T. volvió diez minutos después con un sobre manila. —Aquí tienes. Lane agarró el sobre y abrió la solapa. Sacando cuatro fotografías, frunció el ceño ante la primera. Dos ojos negros. Moretones a un costado del rosto. Marcas de ataduras alrededor de su cuello. —Esto es malo —dijo bruscamente—. Jesús… En lo que se refería a Chantal, ya no le tenía ningún afecto; pero no le gustaba ver a nadie en esta condición, especialmente a una mujer. Y no, pensó, de ninguna manera se lo hizo a sí misma. Alguien debió de haberla golpeado… repetidamente y fuerte. Se preguntó si le pagó a alguien. La segunda y tercera foto eran en primer plano. La cuarta era… Lane regresó a la tercera fotografía. Acercándose, estudió en detalle su mejilla… un corte en la piel bajo su ojo. De repente, dejó caer las imágenes sobre la mesa y se echó para atrás, cerrando sus ojos.


—¿Qué? —preguntó Samuel T. Pasó mucho tiempo antes que pudiera hablar. Pero finalmente, volteó la fotografía y apuntó el corte sangrando en la piel de Chantal. —Mi padre le hizo esto. —¿Cómo lo sabes? Con una terrible claridad, Lane recordó una horrible noche de año nuevo, en aquella época en que era un niño y su hermano mayor recibió una paliza por el resto de ellos. —Cuando solía golpear a Edward, su anillo grabado dejaba exactamente la misma marca. Mi padre la golpeó con el dorso de su mano, en su rostro… el oro hace el corte. Samuel T. maldijo entre dientes. —¿Hablas en serio? —Muy en serio. —Espera un momento, déjame traer al investigador. Querrán saber esto. *** Mientras Lizzie conducía al trabajo al inicio del amanecer, no podía evitar pensar en el viaje de hace un par de días, cuando la pasó aquella ambulancia y procedió a subir por la colina de Oriental. Tuvo la misma sensación de presagio. Y el mismo temor al ver a Lane. No escuchó la radio en su viaje al trabajo. No quería arriesgarse a encontrarse con la estación de radio local interrumpiendo con la noticia que uno de los hombres más famosos de Charlemont envió a su esposa embarazada al hospital. Más detalles sobre la situación no cambiarían la historia, y ya se sentía lo suficientemente mal. Procediendo a pasar la entrada de la Finca Familiar Bradford, condujo por el camino del personal y viajó junto a los campos e invernaderos, para terminar en el estacionamiento. Gracias a que llegó muy temprano, no había nadie más alrededor, ni siquiera Gary McAdams. Lo planeó de esa manera. En piloto automático, apagó el motor de su camioneta y se inclinó contra el centro para alcanzar su bolso. —Mierda.

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Lo dejó en casa. Lo cual significaba que no tenía lentes, ni protector solar ni gorra. Daba igual. No iba a volver. Y probablemente era algo bueno que no tuviera consigo su teléfono. Lane no dejó de llamarla… temprano a las cuatro de la mañana seguía llamándola. El camino hasta la puerta trasera de Oriental le llevó un largo rato, y se dijo a sí misma que era un simple caso de cansancio. Después de que Greta finalmente se fuera de su casa, cerca de la una de la mañana, se quedó despierta para observar la salida del sol sobre los destrozos en su patio delantero. Linda metáfora para su vida. Entrando por la cocina, encontró a la señora Aurora en la gran cocina. —Buenos días —saludó con lo que esperaba fuera a medias su voz normal—. ¿Ha visto al señor Harris? La señora Aurora revolvía los huevos en su sartén con una espátula. —Está en su suite. No recibí ninguna orden esta mañana, así que estoy preparando esto para nosotras y cualquiera que esté cerca. Serviré en el cuarto de descanso en diez minutos. —Lo lamento. Tengo que… —Te veo ahí. Lizzie respiró profundamente. —Intentaré llegar. —Será mejor que lo hagas. —La señora Aurora echó un vistazo sobre su hombro, con sus ojos negros brillando—. De lo contrario, voy a tener que ir a buscarte y hablar contigo sobre que no deberías creer todo lo que oyes o lees. Esquivando su mirada, Lizzie salió de la cocina y se dirigió a la puerta del señor Harris. Antes de golpear, le echó un vistazo a la puerta de Rosalinda. Un sello de seguridad fue puesto en los paneles, y una cinta de precaución se encontraba entre las jambas. Ya otra escena del crimen en la casa, pensó. Me pregunto cómo luce el cuarto de Chantal. El mayordomo abrió la puerta y saltó de la impresión. —¿Señorita King? Lizzie se recompuso. —Oh, lo lamento. Escuche, necesito hablar con usted. El señor Harris frunció el ceño, pero algo en su rostro debió haber afectado su actitud altanera. —Entre.


Como era de esperarse, la decoración era inglesa y formal, con todo tipo de libros de portadas de cuero, sillas antiguas, y llenaba el lugar un color granate oriental. Más allá del área para sentarse, había una cocina, y similar a las habitaciones de la señora Aurora, del lado más lejano una puerta cerrada que, supuso, llevaban a su dormitorio y baño. Olía bien, a limón y limpio, para nada sofocante. —Presento mi renuncia —dijo abruptamente—. Dos semanas. Le habría dicho a Rosalinda, pero… El señor Harris la miró fijamente por un instante, luego se acercó y se sentó detrás de un escritorio esculpido que tenía un periódico sobre él, pero no una computadora. —Es una sorpresa. —Está en mi contrato. Solo tengo que dar dos semanas. —¿Puedo preguntar por qué? —Tan solo un cambio de aire. He estado pensándolo por un tiempo. —¿Ah, sí? —Juntó sus manos—. ¿De modo que no tiene nada que ver con las declaraciones que salieron anoche? —Me apena mucho que la familia esté lidiando con tanta tragedia. El señor Harris enarcó una ceja. —¿Hay algo que pueda hacer para convencerte de que te quedes? —La decisión ya está tomada, pero gracias. Se retiró al decirlo, volviendo al pasillo y cerrando la puerta detrás suyo. De pie, parpadeó para contener las lágrimas, y reclinó su cabeza mientras oraba para que su nariz no comenzara a enrojecer. De todas las formas que imaginó irse de Oriental, nunca fue así. Pero ya no había vuelta atrás. Se decidió a renunciar con Greta mientras devoraban medio envase de helado de chocolate con chispas, en medio de su primer y segundo ataque de llanto. A fin de cuentas, en realidad no creía que Lane pudo haber lastimado a Chantal de esa manera… no parecía posible. Pero ese no era el punto. Ni siquiera importaba si la mujer se encontraba o no embarazada… o de quien era el bebé. La simple verdad era que después de casi una década con la familia, Lizzie comenzó a darse cuenta que eran diferentes a ella en una manera esencial, y no porque los Bradford tuvieran más dinero de lo que podría tener en muchas vidas. El asunto era que, de donde provenía, la gente se casaba y tenía hijos; contribuían a su plan de retiro, e iban a unas vacaciones familiares al año, a lugares como Disney o Sandals. Pagaban

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sus impuestos a tiempo, y celebraban matrimonios y nacimientos con lo que venga, y no engañaban a sus esposas o sus maridos. Vivían vidas modestas y dignas, libres del tipo del drama enloquecido que pasaba con los Bradford. Y el asunto es que, por mucho que le atraía Lane… Infiernos, quizá se sentía atraída por la misma demencia que también le repelía, no tenía la energía o los medios para seguir con él en ninguna capacidad. Se enamoró profunda y rápidamente, y al igual que antes, lo que él le trajo a su vida no era nada más que un agujero en su estómago, más noches sin dormir… y una sensación de profunda depresión. Son algunos riesgos que no podía correr voluntariamente. Ya sea si eran ciertos canceres o accidentes, u otros tipos de tragedia, no siempre podías reducir tus riesgos de salir lastimada… porque estabas viva, y aquella era la realidad de todos los seres vivientes en el planeta. Sin embargo, en cuanto a otros problemas, asuntos y peligros, eras libre de salir, de alejarte; cuando eras un adulto responsable, quien quería llevar una vida sana, era importante que te cuidaras, te protegieras… te alimentaras. Claramente, no se le debería confiar en que mantuviera su cabeza fría cerca de Lane Baldwine, de modo que resolvería el problema de su autocontrol… con una falta de proximidad. Momento de irse. Como una adicta con síndrome de abstinencia, simplemente iba a irse… y no, no quería hablar con él sobre el tema. Parecía como una drogadicta esperando entrar a una profundidad significativa con una jeringa de heroína. Indudablemente, Lane iba a tener su perspectiva de las cosas, pero no importaba lo que fuera, pues no podía cambiar el hecho de que su corazón volvió a romperse y la decisión de renunciar a su trabajo no se encontraba sujeta a negociaciones. Y ahora… haría su mejor esfuerzo para seguir con su día. Dirigiéndose al invernadero, fue al primero que encontró y estuvo más que lista para trabajar en los plantas de semillero… las cuales, ahora, no eran para nada pequeñas. Pero antes que fuera a la estación de suministros para agarrar sus tijeras de podar, se detuvo y sacó su teléfono. Lo que hizo después no le tomó más que un momento. Y probablemente fuera algo estúpido de hacer. Pero transfirió diecisiete mil cuatrocientos ochenta y seis dólares con setenta y nueve centavos de sus ahorros, a su cuenta de la hipoteca.


El pago de su granja. Sí, quizá no era el movimiento más inteligente, considerando que vendería el lugar. Sin embargo, el orgullo hizo necesaria la transacción. Orgullo, y una sensación de que necesitaba sentir que logró las metas que comenzó cuando compró el lugar. Siempre quiso algo que fuera de su propiedad, una casa que ella montó, pagó y mantuvo sin la ayuda de nadie. El hecho que ahora no tenía ningún centavo de la propiedad era una contrabalanza a todo lo que sentía. Una prueba positiva que no falló completamente en cuidarse. *** Lane regresó a Oriental tan pronto como lo liberaron. Bueno, sin contar el viaje de vuelta a casa de Samuel T. para recoger su Porsche. Entró a la propiedad de la familia por la parte trasera, conduciendo junto a los campos e invernaderos por dos razones. Uno, porque la prensa se hallaba en los portones principales; y dos, porque quería ver si Lizzie se encontraba en el mismo lugar. Así era. Su camioneta color rojo oscuro estaba estacionada junto a los otros vehículos del personal. —Maldición —exhaló. Continuando su trayecto hasta las cocheras, estacionó su auto bajo el árbol magnolia y fue directamente a la entrada trasera del centro de negocios. Después de que introdujo el código que le dio Edward, abrió la puerta y con rapidez, se abrió paso al área de recepción, pasando aquellas oficinas, el cuarto de conferencias, el comedor. Hombres y mujeres en trajes alzaban la mirada, alarmados, pero los ignoró. No se detuvo hasta que estuvo dentro de la oficina rodeada de vidrio de la asistente de su padre. —Entraré a verlo ahora. —Señor Baldwine, no puede… —Claro que sí puedo. —Señor Baldwine, él está… Lane abrió la puerta con fuerza y…

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Se detuvo. Su padre no se encontraba detrás del escritorio. —Señor Baldwine, no sabemos en dónde está. Lane echó un vistazo sobre su hombro. —¿Qué? —Su padre… se suponía que viajaría esta mañana, pero nunca llegó al aeropuerto. El piloto le esperó por una hora. —Por supuesto llamaste a la casa. —Y a su teléfono celular. —La mujer cubrió su boca con su mano. —Nunca hizo esto. Nadie lo ha visto en la mansión. —Mierda. Querido Señor, ¿ahora qué? Conforme Lane salía apresuradamente de allí, la asistente dijo en voz alta detrás de él—: Por favor, dígale que me llame. De regreso a la luz mañanera, cayó rotundamente en una carrera hasta la entrada de la cocina de Oriental. Entrando de prisa, pasó corriendo las encimeras de acero inoxidable y abrió de golpe la puerta que llevaba al pasillo del personal. Subió las escaleras de a dos escalones a la vez, casi estrellándose con una criada que pasaba la aspiradora en el segundo piso. Al final del pasillo. Pasando su cuarto. El de Chantal. Hasta el de su padre. Lane se apresuró hasta detenerse frente a la puerta, y pensó que de veras no se encontraba listo para tener a Rosalinda, parte II, con su propio padre… pero no porque no quería ver el cuerpo muerto de uno de sus padres. No, era más porque si el hombre iba necesitar un ataúd, Lane sería el único maldito que pondría la cabeza del bastardo en la almohada moñuda. Lane comenzó a abrir. —Padre —rugió—, ¿dónde estás? Entrando, prestó atención por una respuesta y luego cerró la puerta detrás suyo… solo en caso de que el hombre estuviera vivo; iba a lastimar al hijo de puta, que el cielo lo ayude, pero iba a lastimarlo. Chantal puede que sea una mentirosa y una puta, pero a una mujer no se le golpea. Sin importar las circunstancias. —¿Dónde mierda estás? —exigió mientras abría la puerta del baño.


Cuando no encontró al hombre en la cabina de la ducha de cristal, retrocedió y se dirigió al guardarropa. Tampoco nada. No, espera. La maleta de su padre, la monogramada que usaba tan a menudo, se hallaba abierta y apenas empacada. Pero… empacada muy mal. Las ropas estaban desordenadas en el interior, arrojadas apresuradamente por alguien que no tenía ningún tipo de experiencia en hacer la tarea. Rebuscando en los contenidos, Lane no encontró nada destacable. Pero sí notó que el reloj favorito de su padre, el Audemars Piguet Royal Oak, faltaba en la alineación interior de la caja forrada de terciopelo. Y también su billetera. Regresando al dormitorio, estudió los muebles, los libros, el escritorio, pero no tenía ni idea si algo se encontraba fuera de lugar. Había estado aquí solo un puñado de veces… y no por al menos unos buenos veinte años. —¿Qué te traes, padre? —preguntó en el quieto y tranquilo aire. Siguiendo un instinto, salió, cerró la puerta de nuevo y corrió bajando las escaleras del personal hasta el primer piso. Le llevó menos de un minuto salir a las cocheras y una vez dentro, contó los autos. El Phantom seguía ahí, pero dos de los Mercedes no. Obviamente Chantal tomó uno. Su padre el otro. La pregunta era… adónde. Y cuándo.

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Traducido por Jeyly Carstairs Corregido por Itxi

—No puedes estar haciendo esto otra vez. Vamos, ahora, despierta. Edward golpeó la mano que le tiraba del brazo —Dej…me solo. —Al diablo si lo haré. Hace frío aquí, y no te saldrás de esto. Edward abrió los ojos lentamente. La luz venía a través de la puerta abierta al final del establo, atrapando remolinos de polvo de heno y el perfil de uno de los gatos. Una yegua relinchó al otro lado del camino, y alguien pateó en el establo y, en la distancia, atrapó el rugido agudo de uno de los tractores. Mierda, le hizo doler la cabeza, pero no era nada comparado con su culo. Era curioso como una parte del cuerpo podría estar totalmente entumecido y a la vez dolorido. —Demonios, tienes que levantarte… Toda la charla le hizo maldecir, y tratar de enfocarse. Bueno, que te parece. Había dos Shelbys hablando con él: Su empleada más reciente se encontraba parada sobre él como un profesor reprendiéndole, con las manos en sus delgadas caderas, sus vaqueros cubriendo sus piernas y sus pies enfundados en botas ubicadas de manera que parecía como si estuviera considerando jugar a la pelota con su cabeza. —Pensé que no maldecías —murmuró. —No lo hago. —Bueno, creo que acabas de decir una mala palabra. Sus ojos se estrecharon. —Te levantas o te voy a barrer de aquí con el resto de los escombros. —¿No sabes que “demonios” es una palabra de entrada? Es como la marihuana. Lo siguiente que sabrás, es que estás dejando caer la bomba “mierda” a diestra y siniestra.


—Bien. Quédate aquí. A ver si me importa. Cuando se giró y se alejó, gritó—: ¿Cómo estuvo tu cita de la otra noche? Ella giró de vuelta. —¿De qué estás hablando? —Con Moe. En ese momento, luchó para poder levantarse del suelo de cemento frío del establo. Cuando no pudo conseguirlo, levantó una ceja. —Sabes, creo que voy a dejarte aquí. Por encima de su cabeza, Neb resopló como si el semental se estuviera riendo. —No estoy pidiendo tu ayuda —dijo Edward entre dientes. Sin previo aviso, su mano se resbaló y su cuerpo golpeó el concreto con tanta fuerza que sus dientes chocaron. —Vas a matarte a ti mismo —murmuró mientras volvía. Shelby lo levantó con todo el cuidado que podría ofrecer una horqueta, pero tenía que darle crédito. A pesar de que solo lo levantó de su esternón, era lo suficientemente fuerte para llevarlo por el pasillo, fuera de la bahía y a través del césped hasta su casa de campo. Una vez dentro, asintió hacia su silla. —Ahí no más estaría… —Tienes hipotermia. Eso no va a suceder. Lo siguiente que supo, era que lo sentó en el inodoro y llenaba la bañera. —Lo haré desde aquí —dijo, inclinándose hacia un lado y dejando que la pared lo atrapara—. Gracias. Cerraba sus ojos cuando le dio una bofetada en la cara. —Despierta. El golpe lo hizo moverse hacia un lado, y se frotó la mejilla. — ¿Disfrutaste eso? —Sí, lo disfruté. Y voy a hacerlo de nuevo. —Empujó su cepillo de dientes a su boca—. Usa eso. Era difícil hablar alrededor de la maldita cosa, así que hizo lo que le dijo, trabajando el lado izquierdo, el derecho, la parte delantera, la parte de abajo. Luego se inclinó y escupió en el lavabo. —No está frío —dijo. —Como si lo supieras. Estás demasiado borracho.

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En realidad, no —y eso era probablemente parte del problema. Por primera vez en un largo tiempo, no había tenido nada que beber la noche anterior. —¿Qué haces? —dijo cuando sus manos fueron a su suéter. —Te estoy desnudando. —En serio. Mientras le quitaba la ropa, él miró su cuerpo. Era difícil ver mucho de ella, con su sudadera, y decidió echar mano para palpar esa cintura. Ella se detuvo. Retrocediendo. —No estoy interesada en eso. —Entonces, ¿por qué me quitas la ropa? —Porque tus labios están azules. —Apaga eso. —Señaló el grifo—. Yo me encargaré desde aquí. —Te ahogarás. —Y que si lo hago. Además, no quieres ver lo que hay aquí abajo. —Voy a estar esperando junto a tu silla. —Y no me vas a dar algo para esperar con interés —dijo en voz baja. Ella cerró la puerta detrás de sí con un golpe, y no siguió adelante con nada. Solo se volvió a apoyar contra la pared y miró el agua humeante. —No escucho ninguna salpicadura —dijo desde afuera. —No es lo suficientemente profundo para que nade. Toc. Toc. Toc. —Te espero, señor Baldwine. —Ese es mi padre. Y él es un imbécil. Soy conocido como Edward. —Cállate y entra al agua. Incluso a través de la niebla de su estupor, sintió un destello de algo por ella. Respeto, supuso que era. Pero a quien le importaba… ¡Boom, boom, boom! —Vas a romper la puerta —gritó por encima del ruido—. Y pensé que no querías verme desnudo. —Al agua. Ahora —cortó—. Y no quiero, pero es mejor eso que estés muerto. —Es cuestión de opinión, mi querida niña. Y sin embargo, decidió hacer lo que le dijo. Por alguna loca razón.


Apoyando los brazos en el lavabo y la parte de atrás del viejo inodoro pasado de moda, levantó su cuerpo sobre sus pies. Su ropa era un dolor en el culo, pero las quitó… y luego estuvo en la bañera. Extrañamente, el agua tibia tuvo el efecto contrario. En lugar de calentarlo, lo hacía sentir muy frio y comenzó a temblar tanto, que tiró agua por la superficie de la bañera. Cruzando los brazos sobre su pecho, sus dientes se sacudieron, y su corazón latió fuerte. —¿Estás bien ahí adentro? —preguntó. Cuando no respondió, Shelby dijo con más fuerza—: ¿Edward? La puerta se abrió de golpe y ella saltó dentro del baño como si se estuviera preparando para ser una socorrista y salvarlo de veinticuatro centímetros de agua. Y fue horrible… cuando ella bajó la mirada, lo único que pudo hacer fue mirar al agua sucia y esperar que cubriera sus piernas delgadas, su sexo flácido, su piel blanca con sus cicatrices de color púrpura. Estaba bastante seguro de que se quedó sin aliento. Sonriéndole, dijo—: Lindo, ¿no? Pero lo creas o no, soy totalmente funcional. Bueno, el viagra ayuda. Lo sé querida, lo harías, y tráeme un poco de alcohol. Creo que me estoy desintoxicando y es por eso que estoy temblando así. —Tú… —Se aclaró la garganta—. ¿Necesitas un médico? —No, solo algo de Jim Beam. O Jack Daniels. Mientras ella simplemente se quedó mirándolo, él señaló a través de la puerta abierta. —Lo digo en serio. Lo que necesito es alcohol. Si quieres salvarme, consígueme algo. Ahora. Cuando Shelby Landis se retiró de ese baño y cerró la puerta, tenía toda la intención de conseguir lo que le pidió Edward. Después de todo, tenía mucha experiencia con los alcohólicos, y a pesar de que no estaba de acuerdo con nada de eso, le llevó a Pops su bebida una y mil veces, por lo general también en la mañana. Al menos ese era su plan. En realidad, sin importar que, no era capaz de moverse, de pensar… o incluso de respirar. No se preparó para la vista del hombre ahí dentro, su oscura cabeza inclinada como si se avergonzara de su demasiado delgado y destrozado cuerpo, su orgullo de hombre tan destrozado y sin cicatrizar como su piel. Él una vez fue una gran fuerza; su padre le contó historias de su posición dominante en los negocios, en la pista en la sociedad. Demonios, había oído hablar de los Bradford desde que era joven: Su padre se negó a beber

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algo diferente a su nº15 y era la gente que tenía el mayor número de caballos que conocía. Poniendo las manos en su rostro, susurró—: ¿Qué me hiciste, Pops? —¿Por qué me enviaste aquí? Por qué… —¿Shelby? —vino la demanda desde el interior del baño. Dios, era como su padre: La forma en que Edward dijo su nombre con ese toque de desesperación, era exactamente la forma en que Pops lo hacía cuando necesitaba beber. Cerró los ojos y maldijo bajo su respiración. Luego sintió culpa. — Perdóname, Señor. No sé lo que digo. Mirando a través del espacio, encontró una línea de botellas de licor llenas en frente de uno de los estantes de trofeos de plata, y la idea de entregarle ese veneno la hizo querer vomitar. Pero acabaría viniendo aquí el mismo, y probablemente se caería y se golpearía la cabeza en el camino. Y entonces, ¿dónde estarían? Además, ella sabía cómo funcionaban las cosas. Ese terrible temblor no pararía hasta que la bestia en su interior no se alimentara de lo que necesitaba, y su cuerpo parecía tan frágil. —Vamos —gritó—. ¿De cuál quieres? —No importa. A ciegas caminó hacia las botellas, tomó la de ginebra y regresó a la puerta cerrada del baño. No se molestó en llamar, simplemente entró. —Aquí tienes —quitó la tapa—. Bebe de esto. Por la forma en que sus manos temblaban, no había manera de que pudiera sostener la botella él mismo sin derramarlo por todas partes. —Déjame sostenerla por ti —murmuró. Hubo un momento de duda, y luego levantó la boca como un potro recién nacido que había sido dejado por su madre. Dio dos o tres profundos tragos. Y otro. —Ahora, eso está caliente. Poniendo la ginebra a un lado de la bañera para poder alcanzarla si quería, tomó una toalla grande y la sumergió en el agua detrás de él. Cuando quedó empapada y goteaba, la puso sobre la cresta que sobresalía de su columna vertebral y las líneas de sus costillas. Luego trabajó sobre su cabeza con una toallita, consiguiendo mojar su cabello, escurriéndolo por la parte de atrás. Sin preguntarle, levantó la botella de ginebra de nuevo y la tomó llevándola a su boca abierta.


Lavarlo con jabón y champú le recordó cuidar a un animal no hace mucho rescatado. Era retraído. Desconfiado. Destruido. —Tienes que comer —dijo con una voz agrietada. No soy capaz de esto, señor. No puedo hacer esto de nuevo. No había logrado salvar a su padre alcohólico bribón. La pérdida de dos hombres en una sola vida parecía más que suficiente fracaso para todos. —Voy a hacerte el desayuno después de esto, Edward. —No tienes que hacer eso. —Sí —dijo bruscamente—. Lo sé.

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Traducido por becky_abc2 Corregido por Fany Stgo.

—¿Así que vamos a hacer esto otra vez? Al sonido de la voz masculina, Lizzie se detuvo en el proceso de transferir otra espina de Hedera helix en una maceta fresca. Cerrando los ojos, respiró y ordenó a sus manos a no moverse ni dejar caer nada. Estuvo esperando que Lane viniera y la encontrara. No le tomó mucho tiempo. —¿Y bien? —dijo—. ¿Regresamos a esta cosa en donde escuchas algo que no te gusta y me alejas? Porque si eso es el guión que estamos siguiendo, y de seguro que parece eso, supongo que debería regresar en un avión a Nueva York y renunciar ahora. Así es mucho más eficiente y no tengo que gastar en la factura de teléfono dejando mensajes en tu buzón de voz. Obligando a sus manos a seguir adelante, puso el sistema de raíces en el agujero que había cavado en el bote y comenzó a transferir tierra fresca para llenar las cosas. —Algo que no quería escuchar —repitió—. Sí, se podría decir que enterarse que tu esposa está embarazada, de nuevo, es una noticia de última hora que hubiera preferido no escuchar. Sobre todo porque me enteré de ello justo después de que tuve sexo contigo. Y luego estuvieron las buenas noticias de que te arrestaban por haberla mandado al hospital. Cuando él no dijo nada después de eso, ella lo miró. Se hallaba de pie justo en el interior del invernadero, por la estación de trabajo donde Greta estaría si Lizzie no le hubiera dicho a la mujer que necesitaba un poco de tiempo a solas. —¿De verdad crees que soy capaz de algo así? —preguntó él en voz baja. —No depende de mí decidir algo al respecto. —Se centró en lo que hacía y odió las palabras que dijo—: Pero la única cosa que voy a decir es que la mejor pista para saber sobre el comportamiento futuro de una


persona es la forma en la que se comportó en el pasado. Y no puedo... no puedo seguir haciendo esto contigo. Sea o no verdad, no es problema mío. Después de dar unas palmaditas por la nueva tierra, buscó la regadera y la inclinó sobre los pies de la hiedra. En otros tres meses, la planta se encontraría lista para moverse al aire libre a una de las camas, o hasta la base de una pared, o una maceta en la terraza. Tuvieron mucha suerte con esta variante en la finca, pero era buena planificación tener respaldos. Secándose las manos en la parte frontal de su delantal para macetas, se volvió hacia él. —Me voy. Le di mi aviso. Por lo que no tienes que preocuparte por regresar a Nueva York. No tenía problema viéndolo a los ojos. Mirándolo a la cara. Enfrentándose a él. Era increíble cuán honesto podías llegar a ser con los demás cuando sabías a qué lugar pertenecías. —¿De verdad crees que le podría hacer eso a una mujer? —repitió. Por supuesto que no, pensó para sí misma. Pero se quedó en silencio porque sabía que si de verdad quería que él la dejara en paz, la insinuación le haría daño a su orgullo masculino y eso, por desgracia, funcionaría a favor de ella. —Lizzie, contesta la pregunta. —No es de mi incumbencia. Simplemente no lo es. Después de un largo momento, él asintió. —Bueno. Bastante justo. Cuando se giró y se dirigió hacia la puerta, ella tuvo que admitir que se encontraba un poco sorprendida. Esperaba algo con más tiempo por parte de él. Un torrente de persuasión que tendría que desviar. Algún tipo de Te amo, Lizzie. De verdad, te amo. —Te deseo lo mejor, Lizzie —dijo—. Cuídate. Y eso... eso era. La puerta se cerró por su propia voluntad. Y por una fracción de segundo, tuvo un impulso absolutamente absurdo de ir tras él y gritarle en la cara que era un maldito y colosal idiota por haberla seducido como lo hizo, que era un réprobo, que era exactamente lo que ella temía que fuera, un mujeriego, un mentiroso, un sádico manipulador elitista que no sabría… Lizzie se forzó a alejarse del borde del abismo. Si tenía que juzgar por esa despedida, si estaba dentro o fuera de su vida, a él no parecía importarle en lo más mínimo.

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Era bueno saberlo, pensó con amargura. Bueno saberlo. *** Así era la cosa, pensó Lane mientras se puso al volante de su 911. Había momentos en la vida cuando, por mucho que quisieras luchar por algo, simplemente tenías que dejarlo ir. No tenía que gustarte el fracaso. No tenías que sentirte jodidamente bien con el modo que resultaban las cosas. Y ciertamente no salías impune de la mierda, sin ser seriamente dañado por la pérdida, incluso paralizado. Pero tenías que dejar ir esas cosas, porque gastar energía no te hará llegar a ninguna parte, y también podrías seguir adelante acostumbrándote a la pérdida. Era la única lección que le enseñó la relación con su padre. ¿Habría querido tener una figura masculina a la que podría admirar, estar orgulloso, sentir respeto? Infiernos, sí. ¿Habría sido increíble no crecer en una casa donde el sonido de mocasines en los suelos de mármol o el olor del humo del cigarrillo no lo hacía correr para cubrirse? Obvio. ¿Podría haber utilizado algún consejo paternal, especialmente en un momento como este? Sí. De verdad podría haberlo necesitado. Sin embargo, esa no era la manera en que las cosas funcionaron para él, tuvo que acostumbrarse a eso o ir por una negociación insana con un fracaso que nunca sería capaz de cambiar o mejorar. De la misma forma, ¿si Lizzie King verdaderamente creía que había incluso una posibilidad, por mínima que fuera, de que pudo haberle alzado la mano a una mujer de esa manera? ¿De qué le pudo haber mentido a la cara sobre Chantal? ¿Que el bebé que la mujer llevaba en realidad era suyo? Entonces no había esperanza para ellos. No importaba lo que él le dijera o cómo tratará de explicar las cosas... ella realmente no lo conocía, y más que eso, en realidad no confiaba en él. ¿El hecho de que todo era una mierda? ¿El hecho de que Chantal lo engañó, una vez más? ¿La mujer que amaba? Roturas difíciles. Muaaa-muaaaaa-muaaaa.


Ve a pedirle a Papá Noel un nuevo padre. Pídele al hada de los dientes que te traiga una nueva ex esposa. Lo que sea. Dejando a Oriental en el polvo, tomó la autopista y duplicó el límite de velocidad en su camino al Aeropuerto Internacional de Charlemont —no porque tuviera prisa o fuera a llegar tarde, sino porque, qué diablos. El carro podía soportarlo— y por el momento, en realidad estaba sobrio en los controles. La entrada para las llegadas y salidas privadas era la primera salida de la explanada que rodeaba la enorme instalación, y se dirigió a una calle estrecha que llevaba a una terminal separada. Aparcando justo delante de las puertas dobles, salió, dejando el motor en marcha. Jeff Stern acababa de entrar en el espacio de lujo, y a pesar de que pasaron pocos días, parecía un siglo desde Lane jugó ese juego de póquer y se enojó por esa rubia —y se había puesto de pie para irse a responder su teléfono. Como era de esperar, su viejo compañero de se vestía como el hombre de Wall Street que era, con gafas estructurales, traje oscuro y camisa blanca almidonada. Incluso llevaba una corbata roja. —Pudiste haberte puesto pantalones cortos —dijo Lane mientras se daban un apretón de manos. —Vengo de la oficina, idiota. Ese acento, a la vez extraño y familiar, era exactamente lo que necesitaba oír en este momento. —Dios, te ves como el infierno —dijo Jeff mientras su equipaje llegó en un carro—. La vida familiar claramente no se lleva contigo. —No la mía en todo caso. Dime, ¿tu avión sigue aquí? —No por mucho tiempo. Lo están reabasteciendo. ¿Por qué? — Cuando Lane solo miró por las pistas, su amigo maldijo—: No. No, no, no no me arrastraste hasta aquí, al sur de Mason Dixon solo para lloriquear y querer volver a Manhattan. En serio, Lane. Por un momento, Lane se quedó con un pie en cada lado de la división: quedarse, solo para molestar a su padre en varios niveles; irse, porque estaba enfermo y cansado de esta mierda. Al parecer él y Lizzie tienen algo en común después de todo. Ambos querían alejarse de él. —¿Lane?

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—Vamos —dijo, inclinando su gorro color rojo y recogiendo las dos maletas de cuero de su viejo compañero de habitación—. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste en Oriental? —La carrera, hace un millón de años. —Nada ha cambiado. En el exterior, abrió el capó del Porsche y metió el equipaje ahí; entonces él y Jeff salieron, acelerando la velocidad alrededor del aeropuerto, saliendo a la carretera. —Así que, ¿voy a conocer esa mujer tuya, Baldwine? —Probablemente no. Renunció. —Bueno, eso descendió rápidamente. Lo siento mucho. —No finjas que no has visto las noticias. —Sí, se encuentra por todas partes. Creo que eres el responsable de resucitar el periódico impreso. Felicidades. Lane maldijo y aceleró alrededor de una curva. —No era un premio que buscaba, te lo aseguro. —Espera, ¿renunció? ¿Quieres decir que ella trabaja para tu familia? ¿Es esto una cosa de Sabrina, viejo? —Lizzie es la horticultora principal en la finca. O lo era. —No solo la jardinera, eh. Tiene sentido. Odias las mujeres estúpidas. Lane le echó un vistazo. —No te ofendas, pero, ¿podemos hablar de otra cosa? ¿Tal vez de cómo mi familia está perdiendo todo su dinero? Necesito levantarme el ánimo. Jeff sacudió la cabeza. —Tú, mi amigo, llevas un infierno de vida. —¿Quieres intercambiar conmigo? Porque ahora mismo, busco una manera de salir de todo eso.


Traducido por Pau_07 Corregido por Jadasa

Esa noche, Lizzie llegó a su casa para no encontrar ningún árbol en su patio delantero. Salió de su camioneta de granja y miró a su alrededor. El Yaris seguía donde fue aplastado, el pequeño coche destrozado con sus ventanas reventadas, su interior empapado y plagado que parecía sacado de un videojuego. Pero la rama desapareció, nada excepto el fresco y dulce olor a aserrín rociando el suelo. No te atrevas, Lane, pensó. Ahora no te atrevas malditamente a intentar cuidarme. Levantó la mirada y vio que la herida irregular, desde donde el árbol se partió, fue cortada con cuidado y sellada para que el magnífico arce sanara y sobreviviera al daño. —Maldito seas. Al menos dejó el coche en donde se encontraba. Si también hubiera tomado eso, habría tenido que ponerse en contacto con él para averiguar dónde reclamar el cuerpo, por decirlo así. Debería haberlo sabido mejor al asumir que todo terminó entre ellos. Dirigiéndose hacia su pórtico delantero, habló con él todo el camino, Lizzie se detuvo con su pie sobre el primer escalón. En la puerta de tela metálica, ataron con una cinta, una nota en el marco de madera. Excelente. Ahora que. Una especie de: Ahora que las cabezas frías prevalecen, bla, bla, bla. Era un hombre enfermo. Y ella hacía lo correcto al irse. Por mucho que eso fuera a matarla, tenía que alejarse de él, de Oriental, de este extraño tramo de su vida que podría ser descrito solo como un mal sueño.

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Obligándose a ponerse en marcha, subió y arrancó el papel de la puerta. Quería botar la cosa, pero algún impulso enfermo de abrir la herida lo hizo imposible. Abriendo la nota, ella… Saludos, vecina. Las vacas estuvieron por todo tu patio. Arruinado el cultivo de flores de la parte trasera. No era bueno para las flores por lo que me encargué de tu árbol. La esposa te hizo una tarta. La dejó en el mostrador. —Buella y Ross. Exhalando, sintió una oleada de agotamiento caer sobre ella, y en vez de entrar a la casa, fue al otro lado y se sentó en el columpio del pórtico. Pateando las tablas del suelo con su pie, escuchando los grillos y el crujido de las cadenas de acero atornilladas en el techo sobre su cabeza. Sintió la suave brisa cálida en su rostro y observó la luz del sol menguante espesarse en un durazno turbio que creaba largas sombras sobre la tierra buena. Necesitaba plantar macetas en el pórtico… No, realmente no necesitaba hacerlo. Oye, al menos tenía un buen postre esta noche, Buella hacía una tarta fantástica. Quizás sería de melocotón. O... arándano. Lizzie se encontró secándose los ojos y mirando las lágrimas en las yemas de sus dedos. Era algo terrible tener que salvarse abandonando todo esto… más bien como, supuso, tener que amputar un miembro enfermo. Lo había estado haciendo tan bien, pensó. Y entonces solo tuvo que volver Lane y arruinarlo todo. *** —Eso es tanto como lo que Edward sacó de allí —dijo Lane mientras caminaba de un lado para el otro en la habitación de invitados que le dio a Jeff. Era la mejor de las suites, con vistas al jardín trasero y el río, también tenía un escritorio lo suficientemente grande como para calificar como un mesón de cocina. De hecho, hace un millón de años, el conjunto de las habitaciones habían sido los aposentos privados de su abuelo, y después de la muerte del hombre, nada se tocó excepto por los habituales limpiadores.


El comentario de Jeff cuando entró fue estereotipadamente seco. Algo acerca de si la guerra civil lo mandó fuera del espacio. Sin embargo, como era de esperarse, en el segundo en que el tipo accedió a los datos financieros, las opiniones sabelotodo se detuvieron y el hombre se volvió todo negocios. —De todos modos, ya casi es la hora de la cena. —Lane miró su reloj—. Aquí nos vestimos para ello. Bueno, todos excepto yo. Por lo que tu traje debería estar bien. —Tráeme algo aquí —murmuro Jeff mientras se quitaba la corbata, sus ojos nunca dejaron la pantalla de su computador—. Y necesito algunas carpetas y hojas en limpio. —¿Quieres decir que no quieres vernos a mi padre y a mí fulminarnos con la mirada a través del soufflé? —Sí, porque el mismo Lane realmente lo ansiaba—. También podrías conocer al nuevo prometido fabuloso de mi hermana. El chico es tan encantador como el cáncer. Cuando Jeff no respondió, Lane cruzó y miró por encima del hombro del chico. —Dime que eso tiene sentido para ti. —Aún no, pero lo hará. El hombre adecuado para el trabajo, pensó Lane cuando finalmente se fue. En el pasillo, se encontró mirando la puerta de su madre. Puede que Edward estuviera en lo cierto. Quizás si todo hiciera ¡puf!, su madre no se daría cuenta: Todas esas drogas la mantienen envuelta y a salvo en su delirio… algo que, por primera vez, comenzaba a entender. En ese sentido, ¿qué tal un poco de bourbon? Dirigiéndose a la escalera principal, decidió que iba a saltarse la cena. Aún quería descargar su ira sobre su padre, pero con Jeff en la casa, tenía, afortunadamente, una mejor manera de derribar al hombre. Y entonces, seguiría el ejemplo de Lizzie y terminaría para siempre con todo esto. Era demasiado, demasiado extraño, demasiado contaminado. Tal vez regresaría a Nueva York. O quizás era el momento de arrojarse a una red más amplia. Irse a alguna parte del exterior… Lane se detuvo a mitad de la gran escalera. Mitch Ramsey y dos oficiales del cuerpo de policía militar se encontraban de pie en el gran vestíbulo inferior, sin sus sombreros, sus rostros como algo salido de un libro de texto sobre la justicia penal: Sin expresiones. En lo absoluto. Mierda, pensó Lane mientras cerraba los ojos.

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Se suponía que Samuel T., hasta el momento, fue capaz de trabajar en sus viejas conexiones. —Iré a buscar mi billetera —dijo Lane en voz alta—. Y llamaré a mi abogado… Mitch levantó su mirada cuando el señor Harris entró ajetreado desde el comedor. —Oh, señor Baldwine —dijo el mayordomo—. Estos señores están aquí para verlo a usted. —Lo imaginé. Solo agarraré mi… Mitch habló—: ¿Podemos hablar en algún lugar privado? Lane frunció el ceño. —Quiero que mi abogado esté presente. Cuando Mitch se limitó a sacudir su cabeza, Lane miró a los otros oficiales. Ninguno lo miró a los ojos. Lane descendió e indicó con la mano. —El salón. Cuando los cuatro procedieron a la elegante habitación, el señor Harris cerró las puertas dobles hacia el vestíbulo, y por acuerdo tácito, no se dijo nada hasta que el hombre dio la vuelta al otro lado de la habitación y también cerró los paneles. Lane cruzó los brazos sobre su pecho. —Qué sucede, Mitch. ¿Me estás buscando para una trifecta? Gin, luego yo… y ahora ¿qué hay de mi padre? —Es con profundo pesar que le informo que… Un disparo frío de miedo sacudió todo su cuerpo. —Edward no, oh, Dios, por favor, Edward no… —…un cuerpo fue encontrado en el río hace un par de horas. Tenemos razones para creer que es el de tu padre. La exhalación que salió de los pulmones de Lane fue lenta y extrañamente constante. —¿Qué…? —Se aclaró la garganta—. ¿Dónde lo encontraron? —Al otro lado de las cataratas. Necesitamos que venga e identifique el cuerpo. Es preferible el pariente más cercano, pero nunca hago pasar por eso a una esposa si puedo evitarlo. A modo de respuesta, Lane se acercó al carro de bebidas y se sirvió una medida de la reserva de la familia. Después de echarse hacia atrás, asintió hacia Mitch y los otros dos miembros de las fuerzas del orden.


—Dame un momento. Regresaré en seguida. Al pasar al lado de Mitch, el hombre extendió su mano y lo agarró del hombro. —Lo lamento mucho, Lane. Lane frunció el ceño. —Sabes, no puedo decir lo mismo.

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Traducido por Sandry Corregido por Laurita PI

Lane no dijo a nadie dónde iba ni por qué. Cuando volvió a bajar de sus habitaciones, tenía su teléfono y su billetera con él, y tuvo la precaución de mantenerse fuera de la vista de las personas que comían y conversaban tranquilamente en el comedor. No, él no le iba a decir nada a nadie. No hasta que estuviera seguro. Entrando en la parte trasera de la camioneta del Sheriff Mitch, se encerró en ella y miró por el parabrisas delantero. Cuando el tipo se ubicó al volante, Lane dijo—: ¿Alguien lo sabe? —Nos hemos mantenido en secreto hasta ahora. El cuerpo fue arrastrado a una cochera para barcos a un cuarto de milla de las cataratas. Las personas que llamaron son buena gente. Están conmocionados y no quieren mucha atención de los medios o periodistas en su propiedad. Sin embargo, no van a ocultarlo para siempre. El viaje a la morgue fue extraño, el tiempo transcurría lento, a paso de tortuga, todo demasiado brillante, demasiado claro, demasiado alto. Y una vez que se encontraban en el interior del aburrido y práctico edificio, todo empeoró hasta que sintió como si estuviera drogado, la calidad surrealista como algo salido de una historieta de Jerry García. Lo único que podía hacer, lo único que precisaba, era seguir a Mitch donde el tipo fuera y en poco tiempo, Lane se encontró en una sala de espera privada que era del tamaño de una despensa. En el centro de la pared delante de él había una cortina que se detenía en el lugar, por lo que supuso que era una gran ventana de vidrio. Al lado de la instalación había una puerta. —No —le dijo Lane a Mitch—. Quiero verlo cara a cara… Hubo un momento incómodo. —Escucha, Lane, el cuerpo está en mal estado. Se acercó a las cataratas e incluso podría haberse enredado con una barcaza. Va a ser más fácil…


—Lo fácil no me interesa. —Lane entrecerró los ojos en el policía—. Quiero entrar ahí. Mitch maldijo. —Dame un minuto. A medida que el sheriff desaparecía por la puerta, Lane se alegró de que no hubiera luchado más duramente que eso, porque no quería admitirle al tipo que la razón que tenía para acercarse lo más posible y verlo en persona, era porque tenía que estar seguro de que su padre en verdad murió. Lo cual era una estupidez. ¿Cómo todos esos policías perderían su tiempo arreglando esta mierda? Mitch volvió y abrió la puerta. —Entra. Entrar en el espacio de azulejos era algo que Lane recordaría el resto de su vida. Y Jesús, era como las películas: En el centro de la habitación, sobre una mesa laminada en acero inoxidable, había una bolsa para cadáveres. Absurdamente, notó que se trataba del mismo tipo exacto como en el que Rosalinda fue puesta. A un lado de la camilla, se encontraba una mujer con una bata blanca, de pie con las manos enguantadas cruzadas delante de ella. — Señor, ¿está listo? —Sí. Por favor. Ella se acercó y estrechó la cremallera. Tirando hacia abajo alrededor de dos metros, amplió la apertura, extendiéndola. Lane se inclinó, pero el olor del agua y la putrefacción le hicieron retroceder. No había esperado que los ojos de su padre estuvieran abiertos. —Es él —se ahogó Lane. —Lo siento por su pérdida —dijo la forense mientras comenzaba a abrochar de nuevo la bolsa. Cuando ella terminó el trabajo, se suponía que quería que se fuera, pero se quedó allí bajando la mirada a la bolsa para cadáveres. Todo tipo de imágenes escupían el camino en sus pensamientos, un revoltijo de cosas del pasado y el presente. Ya no más futuro, pensó. Ya no habría nada más con el hombre después de este punto.

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Dios, de todas las maneras en las que imaginó que las cosas terminarían entre ellos… este momento de tranquilidad, en esta fría sala médica, con Mitch Ramsey a un lado suyo y una total desconocida en el otro, no era una de ellas. —¿Y ahora qué? —se oyó preguntar. Mitch se aclaró la garganta. —Extraoficialmente, y no me cuelgues por esto, estamos bastante seguros de que fue un suicidio. Dado todo lo que ha pasado… Bueno, ya sabes. —Sí. Resulta evidente. —Y las fuerzas del orden ni siquiera eran consciente del dinero que faltaba. Qué puto cobarde, Lane pensó en su padre. Creando este gran lío y luego optando por lanzarse desde un puente. Imbécil. —Nos gustaría tu consentimiento para hacer una autopsia —dijo Mitch—. Solo para descartar un crimen. Pero, de nuevo, eso no es lo que se nos pasa por la cabeza. —Por supuesto. —Lane echó un vistazo al policía—. Escucha, necesito un poco de tiempo antes de que esto salga a la prensa. Tengo que decírselo a mi madre, a mis hermanos, a mi hermana. Ni siquiera sé cómo ponerme en contacto con Maxwell, pero no quiero escuchar esto en las noticias de las seis. O peor aún, en la TMZ. —Las fuerzas del orden se han comprometido a trabajar contigo y con tu familia. —Voy a ser tan rápido como pueda. —Eso lo haría más fácil para todo el mundo. Un portapapeles salió de la nada, y firmó una variedad de cosas. Mientras le devolvía la pluma a la médica forense, pensó, Mierda, iban a tener que planificar un funeral. Aunque, para ser honesto, lo último en que le interesaba era en honrar a su padre de cualquier manera. *** —No tengo hambre. Mientras Edward se sentaba en su silla en su casa, era plenamente consciente de que sonaba como un niño de cuatro años negándose a cenar, pero no le importaba.


El hecho de que los olores que salían de esa cocina le hacían agua boca, estaba fuera de lugar. Shelby, sin embargo, tenía audición selectiva. —Aquí tienes. Puso el plato de estofado sobre la mesa al lado de su botella de… ¿qué bebía ahora? Oh, tequila. Bueno, ¿eso no iría a las mil maravillas con la salsa de carne? —Come —le ordenó ella en un tono que sugería que o hacia el trabajo por sí mismo, o ella iba a hacer puré las cosas y obligarle a tragar por una pajita. —Sabes, puedes irte cuando quieras —murmuró él. Por el amor de dios, la mujer estuvo en su casa todo el día, limpiando, lavando la ropa, cocinando. Él le había señalado un par de veces que fue contratada para cuidar de los caballos, no del dueño, pero una vez más… su audición era muy irregular. Maldita sea, está rico, pensó mientras tomaba un bocado. —Quiero pedirte una cita con tu médico. El sonido de un coche hasta era una intrusión bienvenida. En especial, mientras se esforzaba por recordar qué día era, y esperaba que, de algún modo, fuera viernes una vez más. Le gustaba la idea de verla como a una prostituta viniendo a servir. Demonios, ella podría mirar si le importaba, no es que fuera a mostrar mucho… Por una fracción de segundo, recordó la sensación de Sutton a horcajadas sobre él, moviéndose arriba y abajo, mirándolo a los ojos. Un fuerte dolor en el pecho le hizo comer más rápido solo para librarse de la sensación. El golpe fue fuerte. —¿Te importaría hacer los honores? —le dijo a Shelby—. Si se trata de una mujer, invítala. Si no es así, dile que se largue jodidamente de mi propiedad, y utiliza la palabra "jodidamente", ¿de acuerdo? Los dos sabemos que la tienes en tu vocabulario. La mirada que le disparó probablemente le habría derribado si no hubiera estado sentado ya. Pero ella fue a la puerta. Abriéndola, dijo—: Oh mi… —¿Quién es? —murmuró Edward—. ¿Tú hada madrina? Excepto que no lo era. Se trataba de Lane.

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Mientras su hermano entraba en la casa, Edward comenzó a sacudir la cabeza. —Sea lo que sea, tienes que ir a otro lugar. Te lo dije, no voy a ayudarle más a… —Podemos hablar en privado. No era una pregunta. Edward puso los ojos en blanco. —No me importa lo que digas. —Esto es un asunto familiar. —¿No lo es siempre? —Cuando Lane no se movió, Edward maldijo—. Sea lo que sea, lo puedes decir en frente de ella. En todo caso, era de esperar que la presencia de Shelby en la pequeña habitación acelerara las cosas. Lane miró a la mujer. Miró hacia atrás. —Nuestro padre está muerto. Mientras Shelby jadeó, Edward bajó lentamente la cuchara de nuevo a la taza. Luego dijo con voz áspera—: Shelby, ¿nos disculpas a mí y a mi hermano un momento? Gracias por tu amabilidad. Era curioso cómo los modales le volvían en tiempos de crisis. Después de que Shelby se escabullera por la puerta, Edward se limpió la boca con la servilleta de papel. —¿Cuándo? —En algún momento de anoche, piensan. Se arrojó desde el puente, lo más probable. El cuerpo fue hallado varado en el otro lado de las cataratas. Edward se recostó en su silla. Tenía la intención de decir algo. De verdad quería. Solo que… no podía recordar qué era. Era evidente que Lane sentía lo mismo, porque su hermano más joven era el único en la otra silla en la sala y se sentó. —Se lo dije a nuestra madre antes de venir aquí. Creo que… no tiene ni idea de qué le dije. No me seguía en absoluto. También se lo dije a Gin. Su reacción fue justo como la tuya. —¿Están seguros? —preguntó Edward—. De que él está… Por alguna razón, parecía de vital importancia. ¿Aunque cómo podría producirse un error de esa magnitud? —Fui el que identificó el cuerpo. Edward cerró los ojos. Y por un momento, la luz de su mechero parpadeó de nuevo. —Ese no deberías haber sido tú. Yo debería haberlo hecho.


—Estuvo bien. No… —Lane respiró hondo—. No parece que me afectara en absoluto. Estoy seguro que has oído lo de ayer. Edward miró a su hermano. —¿Qué sucedió de ayer? Lane rio en un estallido duro. —A veces no tener televisión por cable es algo bueno, ¿no? De todos modos, no importa. No realmente. Se sentaron en silencio durante más tiempo, y más tarde, Edward se daría cuenta de que era porque esperaba algún tipo de reacción emocional. Tristeza. Diablos, tal vez la alegría. No había nada. Solo un adormecimiento resonante. —Tengo que encontrar a Max —dijo Lane—. La policía va a cubrirlo hasta que estemos listos para hacer una declaración, pero esa tregua no durará para siempre. —No sé dónde se encuentra —murmuró Edward. —Voy a seguir intentando con el número que tenía desde hace dos años. Le envié un correo electrónico, también, en su último conocido. Creo que podría estar muy lejos fuera de la red. Más silencio. —¿Gin se encuentra bien? —peguntó Edward. Lane sacudió la cabeza. Luego giró sobre sus ojos. —¿Lo está alguno de nosotros? Tristemente, pensó Edward… la respuesta es no.

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Traducido por Juli Corregido por Laurita PI

A la mañana siguiente, mientras Lizzie subía las escaleras de atrás con un ramo de flores en las manos, se dio a sí misma una charla de ánimo. Todo muy bien con ocultarse en los invernaderos, pero por favor. Le quedaban trece días de empleo en Oriental y no iba a ponerse perezosa. Ella siempre preparó las flores para los dormitorios. Tenía su horario, e iba a hacer condenadamente bien su trabajo. En el segundo piso, cuadró los hombros y bajó a la mejor habitación de invitados. El señor Harris le había dicho que tenía un invitado inesperado y también que ya no había necesidad de renovar las flores en la habitación de Chantal. Es bueno saberlo, señor Harris. Muchas gracias. Al menos esa era una persona menos en su lista de “Gente con la que no necesito toparme”. Qué lástima que el primer puesto todavía se encontrara bajo el techo de la Oriental. —Trece días —dijo en voz baja—, solo trece días. Junto a la amplia puerta, golpeó y esperó. Después de un momento, una voz masculina dijo—: Entra. Al empujar los paneles, vio a un hombre sentado en el escritorio del abuelo de Lane, con la espalda doblada mientras se inclinaba sobre un ordenador portátil. A su lado, una impresora arrojaba páginas marcadas con columnas, y a sus pies, había bolas de papel amarillo esparcidos por el suelo. Él no levantó la vista. —Traje algunas flores —dijo. —Ajá.


Junto a él, en el estante de la ventana, había una bandeja con platos vacíos del desayuno. Al poner el jarrón sobre un escritorio antiguo, ofreció—: ¿Puedo llevar eso por usted? —¿Qué? —murmuró aunque seguía centrado en la pantalla. —¿La bandeja? —Claro. Gracias. Debía estar aquí para mirar esos archivos, pensó ella. Las Rosalinda quedaron olvidadas. No era asunto suyo, se recordó. Rodeando el escritorio, vio dos maletas caras, una de ellas se encontraba abierta y revuelta; y sin embargo tenía la impresión de que el hombre no se había cambiado de ropa desde que llegó. Su camisa blanca se veía arrugada en todas partes, y sus pantalones también. Tampoco era asunto suyo. Recogiendo la bandeja… —Oh, Dios mío. Cuando él habló, ella casi no lo miró, pensando que había encontrado algo en lo que revisaba. Pero entonces se dio cuenta de que la miraba. —¿Qué? —preguntó. —Eres Lizzie. ¿Cierto? Retrocediendo, miró a su alrededor. Pero venga, como si hubiera alguien de pie detrás de ella. —Ah, sí. —La Lizzie de Lane. La horticultora. —No —dijo—. No soy suya. El hombre estiró los brazos por encima de la cabeza, y cuando hubo todo tipo de crujidos en sus huesos, ella se dio cuenta de que era muy guapo, con el pelo oscuro y ojos oscuros que podrían haber sido de color marrón o tal vez azules. El acento era muy neoyorquino. —Vaya —murmuró—. Pensé que habían hecho las paces. —Si me disculpa, tengo mucho trabajo. —Y ahora entiendo por qué él no fue tras ninguna otra persona durante dos años.

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No preguntes, se dijo Lizzie a sí misma. No… —¿Perdón? —Se oyó decir. Mierda. —Durante dos años, nada. Quiero decir, mira, fuimos juntos a la universidad, por lo que vi de primera mano cómo se ganó su reputación. Pero durante los últimos dos años, él no se acercó a ninguna mujer. Pensé que era gay. Incluso se lo pregunté. —El hombre extendió sus palmas hacia ella—. No es que haya nada malo en ello. ¿No era esa una frase de Seinfeld? pensó. —Yo, ah… —Así que por lo menos ahora lo entiendo. —El hombre sonrió de una manera para nada espeluznante—. ¿Pero él dice que te vas? No es asunto mío, pero ¿por qué? Es un buen hombre. No es perfecto, pero bueno. Sin embargo, no te sugeriría que juegues al póker con el chico. No, a menos que tengas dinero para perder. Lizzie frunció el ceño. —Yo, ah… —Por cierto, ni siquiera sabía que estuvo casado. Nunca hablaba de ella, obviamente nunca la conocí; y ahora, vengo a descubrirlo, se trataba de ti todo el tiempo. Bueno, de todos modos, debo volver al trabajo. Como si el hombre no acabara de dejar caer una bomba en el centro de la habitación. Cuando el corazón de Lizzie comenzó a bombear al doble de velocidad, dijo—: Lo siento. ¿Dijo usted que… nunca supo que estaba casado? El hombre le echó un vistazo. —No, él nunca mencionó a la mujer. Ni una sola vez en los dos años que durmió en mi sofá. No lo supe hasta que me llamó hace un par de días. —Pero debe haberse reunido con ella, ¿no? Cuando lo visitaba. —¿Lo visitaba? Cariño, nunca tuvo ninguna visitante; y yo lo sabría porque nunca se iba de mi casa. Jugábamos al póker toda la noche, y me iba al trabajo, solo para volver y encontrarlo en mi sofá exactamente en la misma posición que lo había dejado. No veía a nadie. Ni aceptaba llamadas telefónicas. Nunca regresó aquí. Nunca viajaba. Solo se encerró en mi apartamento y bebía. Me imaginé que su siguiente parada fue una unidad de diálisis. —Oh. El hombre levantó una ceja como si quisiera saber si necesitaba más información.


—Gracias —dijo. —Gracias por las flores. Eres la primera mujer que me las trae. Y luego volvió al trabajo, frunciendo el ceño ante esa pantalla. Lizzie salió de la habitación aturdida y tuvo que recordarse a sí misma de cerrar la puerta tras ella. Después de permanecer allí por un momento, giró la cabeza y miró por el pasillo hasta la habitación del señor Baldwine. No hubo visitantes. Ni llamadas telefónicas. Dos años en Nueva York en el sofá de un viejo amigo. Y Chantal se encontraba supuestamente embarazada. Del bebé de Lane. Lizzie no fue consciente de la decisión de moverse. Pero antes de darse cuenta, había puesto la bandeja de platos en el corredor junto a la habitación de invitados y caminó de puntillas sobre la alfombra. Cuando llegó a la habitación del señor Baldwine, puso su oído junto a la puerta. Entonces golpeó con suavidad. Cuando no hubo respuesta, se deslizó dentro y se encerró. Había algo inquietante acerca de la habitación. Por otra parte, ella esencialmente allanaba la propiedad, ya que no tenía ninguna razón válida para estar allí. Bueno, ninguna razón válida ligada a su trabajo. Mirando a su alrededor para asegurarse de que no se había perdido a alguien más en el cuarto de baño, fue rápidamente hacia la cama grande que se hizo con una precisión militar. Poniéndose de rodillas, estiró el brazo debajo de la mesa lateral, bajo la base de la cama en sí. El trozo de seda seguía allí, en el suelo. Lizzie extendió su brazo… Toc, toc, toc. —Servicio de toallas, señor Baldwine. Con una arremetida frenética, Lizzie se arrojó bajo la sábana, acabando de meter las piernas justo cuando la mucama abrió la puerta y entró en la habitación. Un silbido suave y pasos más suaves en la alfombra gruesa siguieron el progreso de la mujer al tiempo que se dirigía al baño. Por favor, no limpies, pensó Lizzie mientras permanecía en la oscuridad. Solo deja esas toallas y sigue adelante.

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Deja las toallas. Sigue adelante. Dios, su corazón latía tan fuerte que era una maravilla que la mucama no oyera la maldita cosa. Momentos más tarde, ocurrió un milagro y esas pisadas dieron marcha atrás y la puerta se volvió a cerrar. Lizzie se desplomó y cerró los ojos. Bien, iba a quitar ladrón de guante blanco de su lista de posibles próximas carreras después de que dejara Oriental. Sosteniendo la ropa interior, metió la cosa en la banda de la cintura de sus pantalones de color caqui y la cubrió con su camisa. Luego se arrastró de su escondite, se puso de pie y se sacudió. Regresando junto a la puerta, oyó… Maldición, se escuchaba la aspiradora fuera en el pasillo. *** Abajo en el cuarto de la señora Aurora, Lane luchaba por terminar con su tocino y huevos. —No tienes que terminar eso —dijo ella a su lado. —No creo que alguna vez haya oído eso viniendo de usted. —Las reglas están suspendidas por hoy. Sentado de nuevo en la mecedora, le echó un vistazo a la pequeña cocina. Todos los platos se hallaban secos en el estante. La esponja se encontraba en el plato. El paño de cocina doblado con cuidado sobre el mango largo del horno. —¿Cree que el reverendo Nyce hará el servicio? —preguntó él—. ¿En la Iglesia Bautista de Charlemont? La señora Aurora lo miró con dureza. —¿En serio? —Esa es mi iglesia. También de Edward, Gin y Max. —La miró—. Usted fue la única que alguna vez nos llevó a rezar. —Creo que él estaría honrado. —Bien. Lo llamaré. Cuando se quedaron en silencio, Lane fijó la vista al frente, sin ver nada, ni centrarse en nada. Tampoco había nada en su mente. Se


encontraba entumecido desde el suelo hacia arriba, un recipiente vacío reaccionando al mundo a su alrededor en lugar de vivir en él realmente. —No voy a darte mi bendición. Él se sacudió y volvió a mirarla. —¿Perdón? —No voy a decirte que está bien que te vayas. Lane frunció el ceño y abrió la boca. A continuación, se calló. Era curioso que él no fuera consciente de hablarlo en voz alta, pero ella lo conocía mejor que nadie. —Las cosas no funcionaron con Lizzie. Otra vez. Padre está muerto. Edward se mudó. Madre está… bueno, ya sabes. Gin va a casarse con ese idiota y probablemente va a llevarse a Amelia con ella. Toda esta época, se acabó, señora Aurora. Y todavía más, ya no sé lo que nos depara el futuro a cualquiera de nosotros en esta tierra. Oriental… —Movió la mano, pensando en la finca y toda la gente y los edificios en ella—. Oriental es parte del pasado, y ya sabes, no puedo vivir así. Es venenoso. Esta familia, esta casa, el modo de vida… es simplemente venenoso. La señora Aurora sacudió la cabeza. —Lo estás viendo mal. —En realidad no. La señora Aurora se inclinó hacia delante en su silla y cogió sus manos. —Este es… tu momento, Lane. Dios te ha dotado de un deber sagrado, que es mantener unida a esta familia. Eres el único que puede hacerlo. Todo está encajando en su sitio, porque es tu destino unir la sangre una vez más. Sucede cada par de generaciones. Está sucediendo ahora. Este es tu momento. Lane se entrelazados.

quedó mirando

sus

dedos,

los

blancos

y oscuros

—Se suponía que iba a ser Edward. —No, o él no estaría donde está ahora. —La voz de la señora Aurora cobró fuerza—. Yo te crié para que no seas un cobarde, Lane. Te eduqué para que no abandones tu deber. Si quieres honrarme cuando me haya ido, lo harás al tomar esta familia y sacarla adelante, juntos. Hice mi trabajo sagrado contigo; y tú, hijo de mi corazón, vas a hacerlo con ellos. Lane cerró los ojos y sintió un repentino peso asentarse en todo el cuerpo, como si las paredes y el techo de Oriental se hubieran derrumbado y aterrizado encima de él. —Vas a hacer esto, Lane, por mí. Porque si no lo haces, todo por lo que te he hecho pasar no significará nada. Si no lo haces, he fracasado en mi trabajo.

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Por dentro, él gritaba. Por dentro, ya se encontraba en un avión, yendo a cualquier parte lejos de Charlemont. —Dios no nos da más de lo que podemos soportar —dijo ella con seriedad. Pero y si Dios no nos conoce, pensó Lane. O peor… ¿y si Dios simplemente se equivocaba? —No lo sé, señora Aurora. —Pues yo sí. Y no vas a decepcionarme, hijo. Simplemente no lo harás.


Traducido por Valentine Rose Corregido por Laurita PI

La verdadera definición de eternidad, decidió Lizzie, era cuando te encontrabas atrapado en un lugar que no deberías estar. Con una camiseta que no era la tuya, más larga que pasaban tus malditos pantaloncillos. Cuando el sonido de gente en el pasillo por fin cesó, esperó otros cinco o diez minutos antes que asomar la cabeza. Hora del almuerzo, pensó. Gracias a Dios. Saltando al medio del pasillo, permitió que la puerta se cerrara detrás de sí y se quedó dónde estaba, escuchando. La próxima parada era pasar la puerta de Gin y tocar la puerta de Chantal. Sin respuesta. Pero, la mujer se había ido, ¿verdad? Escabulléndose en el cuarto, se encerró en… —Oh, cielos —murmuró, abanicándose frente a su nariz. El olor de perfume elegante era lo suficiente para hacer que sus ojos lagrimeen, pero como decían, tenía un pez más gordo que atrapar. Caminando en puntitas al armario de Chantal, se encontró con un vestidor lo bastante grande para competir con el departamento de mujer de Nordstrom. O Saks. O cualquier tienda de alta costura de donde la gente como Chantal conseguía su ropa. Cielos, ¿de verdad iba a hacer esto? Decidió que probablemente era una idea estúpida, mientras comenzaba a revolver entre la sección de colgadores, pasando por todo tipo de satín, seda y encaje. Luego vinieron los trajes, las chaquetas, los vestidos, las batas. —¿Dónde tienes tu lencería, Chantal…? Pues claro. En el tocador.

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En medio de la habitación, como una isla de organización, había un tramo integrado de cajones de doble cara, y comenzó a abrirlos al azar. Vale, esto es ridículo, pensó. ¿De verdad pensaba que encontraría el fondo…? Abría el tercer cajón del final del lado izquierdo en el lado orientada al norte cuando encontró lo que buscaba. Más o menos. En medio de una alineación minuciosamente doblada entre combinaciones de seda y ropa interior a juego, encontró… una camiseta morada que era idéntica a la que encontró detrás de la cama de William Baldwine. Tan solo para asegurarse que no alucinaba, tomó la prenda melocotón y las puso ambas lado a lado en la gruesa alfombra blanca. Mismo tamaño, mismo fabricante —¿La Perla?—, idénticas en todo excepto el color. Lizzie se sentó y las miró fijo. Y ahí fue cuando vio la mancha en la alfombra. Casi en el extremo del cuarto, se encontraba un neceser de maquillaje que se hallaba alineado en un rincón con ventanas que daba a los jardines. Era el lugar perfecto para maquillarte —o que te maquillen—, con luz natural. Y bajo las patas de marfil, en la esquina, había una antiestética mancha amarilla en un círculo. Era del tipo de cosas que encontrabas en una casa con perros. Excepto que en Oriental no había perros. Arrastrándose, se acuñó bajo un segundo mobiliario y dio unas palmaditas a la decoración. Estaba seco. Pero cuando llevó sus dedos a su nariz… síp, ese era la fuente del olor a perfume en el aire. Frunciendo el ceño, Lizzie se apoyó en sus rodillas. —Oh… Dios. La superficie cubierta de cristal en el neceser tenía una rajadura en el centro. Y el espejo se hallaba roto de forma radial. Con sangre en el centro. Es momento de salir de aquí, pensó para sí. Devolviendo la lencería que había sacado, retornó el morado a su lugar. Y luego por diversión, usó el melocotón de seda para limpiar sus huellas de los tiradores del cajón.


Todas y cada una de ellas. Lo último que necesitaba era que la policía viniera y encontrara que había estado husmeando, por así decirlo… Lizzie se congeló ante el sonido de la voz de un hombre. Excepto que no era una que estuviera en el armario con ella. Era en la pieza de al lado… se dio cuenta que era en el cuarto de Gin. Dos personas hablaban. En voz alta. Acercándose, puso su oreja en la pared junto a una pintura de una mujer francesa que se encontraba en su mayoría desnuda. —No me importa —sonó la voz de Gin con mucha claridad—. Es tan solo en la corte. —Tu padre está muerto. Lizzie retrocedió, llevando su mano a la boca. ¿Qué? Richard Pford continuó—: Esperaremos a casarnos hasta después del funeral. —No estaré de luto por él. —Por supuesto que no. Eso requeriría tener un corazón, y ambos sabemos que la ausencia de alguien es una anomalía anatómica de los suyos. Lizzie retrocedió. Tropezando. Aterrizando en el tocador. Luego de unos segundos, continuó limpiando, luego volvió a la puerta y salió al pasillo. Su corazón latía tan fuerte, que apenas podía escuchar lo suficiente y decidió a la mierda. Si la atrapaban, ¿qué le iban a hacer? Simplemente podría decirle a cualquiera que comprobaba las flores. Pero nadie se hallaba ahí afuera. Dirigiéndose a ciegas a la escalera del personal, su mente corría, sus pensamientos se estrellaban con otros, astillándose, despedazándose. Sin embargo, en el centro, llegó a una inevitable conclusión. Había cometido en un terrible error. De esos donde el perdón sería más que imposible. En el primer piso, se detuvo en seco. Y se dio cuenta que, de todos los lugares para detenerse, había escogido la oficina de Rosalinda. William Baldwine, también, estaba muerto. ¿Cómo?, se preguntó. ¿Qué le había ocurrido?

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En una serie de destellos, vio a Lane de pie en el invernadero, con su rostro apagado y su voz tan plana como el asfalto. Luego escuchó a su amigo diciéndole que, al contrario de estar de feliz con Chantal, Lane no había visto a nadie ni hecho nada. Y luego, el estallido de la bomba contra el espejo en su habitación. Y la lencería. Su última imagen era de Chantal junto a la piscina aquella mañana cuando la mujer había insistido en volver a rellenar su limonada. En aquel momento, el hecho que de que usara una pañoleta de seda no había sido especialmente significante. Pero ahora… Se encontraba embarazada y comenzaba a notársele. Lo que fue el motivo por qué pidió algo solo… sin alcohol. Chantal tenía encuentros con William Baldwine. Engañando al hijo con el padre. Y terminó embarazada. Debió haberle contado a William, pensó Lizzie. Luego de la carrera de caballos. Y el hombre se volvió loco. Y la golpeó en aquel vestidor. Y luego la echó de la casa. O algo así. Sacudiendo su cabeza, Lizzie situó las manos en su cálido rostro e intentó respirar. Su único pensamiento era que tenía que enmendarlo con Lane. Lo había condenado en base a su propio miedo de salir lastimada otra vez… …cuando en realidad había una gran, gran posibilidad que, de hecho, no haya tenido nada que ver con nada. Bajando sus brazos, sabía que las palabras no serían suficientes. No para esto. Cuando se le ocurrió la solución, revisó su reloj. Si se apresuraba… Salió corriendo, pasó volando por la cocina y señora Aurora alzó la vista de la cocina. —¿Dónde vas? —preguntó la mujer—, ¿dónde es el incendio? Lizzie se deslizó por la puerta con dirección a las cocheras. —Tengo que ir a Indiana. Si ves a Lane, dile que volveré. ¡Volveré!


Traducido por Dey Kastély Corregido por Jadasa

En realidad se encontraba bastante agradable aquí afuera, pensó Lane mientras se sentaba en el jardín. Mirando a su alrededor a las paredes cubiertas de hiedra y los ordenados lechos de flores, al otro lado de la piscina de un azul brillante y las puertas francesas del centro de negocios, imaginó todo el trabajo que conllevó mantener esta belleza “natural”. Era imposible no imaginar a Lizzie aquí, pero apartó el pensamiento rápidamente. No había razón para molestarse con ese tipo de cosas. Inclinando la cabeza, se frotó los ojos. Samuel T. lo llamó sobre la situación con Chantal, y sabía que tenía que devolverle la llamada al chico. Mitch también dejó un mensaje, probablemente acerca de los resultados preliminares de la autopsia. Y mientras tanto, en el segundo piso, Jeff revisaba todas las cosas financieras. Había arreglos funerarios por hacerse. No tenía energía para lidiar con nada de eso. Maldita sea, señora Aurora, pensó. Déjeme ir. Solo déjeme salir de esto. Amaba demasiado a esa mujer. Le debía todavía más. Y sin embargo, incluso con su mamá pateándole el trasero, simplemente ya no se encontraban más en esta pelea. Alzando la mirada hacia la increíble extensión blanca de Oriental, miró fijamente la mansión como lo haría un tasador de bienes raíces. A pesar de la hipoteca de Sutton Smythe, probablemente podrían cancelar la mayoría de la deuda con un posible fideicomiso por una venta del lugar. Diablos, con su padre muerto, ¿quizás podría ir con Sutton y pedirle que no envíe el dinero y rompa esa hipoteca? Edward, pensó. Mandaría a Edward para que haga eso.

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O tal vez no. Tal vez simplemente dejaría que todo se vaya. Quizás en lugar de tratar de hacer volar este avión roto en el que se hallaban todos, dejaría que la maldita cosa se estrelle en la ladera de una montaña. Podría morir como un cobarde que decepcionó a su mamá, pero al menos habría terminado más rápido que tratar de darle un estirón a los controles e intentar aterrizar en alguna pista de aterrizaje muy, muy por debajo… ¿Lane? Cerró los ojos. Genial. Comenzaba a alucinar. Como si Lizzie en realidad viniera a… —¿Lane? Girando bruscamente sobre el banco de piedra, vio que… bueno, hipotéticamente, vio que se hallaba de pie a un par de metros de distancia. Y para su información, a la luz del atardecer, se veía tan hermosa como siempre. Natural, encantadora, con sus brillantes ojos azules, su cabello rubio, y ese uniforme de Oriental que realmente no debería haber sido tan sexi, pero el cual traía puesto. —Lane, ¿puedo hablar contigo? Se aclaró la garganta. Se irguió como un hombre. Aparentemente, no imaginó esto. —Si, por supuesto. ¿Qué necesitas? Si se trata de una referencia, haré que el mayordomo… —Lo siento. —Cuando su voz se quebró, suspiro temblorosamente—. Me apena tanto. ¿De qué estaba…? —Ah, mi padre. —Se encogió de hombros—. Supongo que escuchaste algo. Sí, se ha ido. El funeral es en una semana. Gracias por las amables palabras. —No me refiero a eso. Aunque, bueno, lamento que perdieras a tu padre. Sé que esa no era una buena relación para ti, pero aun así es difícil. —Bueno, sucede que sobresalgo en las relaciones que no son buenas. Soy bastante simplista con esas. Incluso a sus propios oídos, su voz sonaba falsa, las palabras que tampoco utilizaría normalmente. Edward, pensó aturdido. Sueno como Edward.


Lizzie se acercó, y entonces se halló más que un poco sorprendido de encontrarla arrodillándose delante de él. Y ella… —¿Por qué lloras? —preguntó—. ¿Estás bien…? —Dios, ¿cómo puedes preguntar eso? Después de lo que hice… —¿De qué estás hablando…? En su forma típica, hablando el uno sobre otro, y porque no tenía la energía para descifrar algo, se calló con la esperanza de que explicaría algo y aclararía las cosas. —Me equivoqué —dijo con voz ahogada—. Lamento no haberte creído. Sobre Chantal. Yo solo… no quería salir lastimada de nuevo, y salté a conclusiones, y oh, Dios, sé que fue tu padre. Sé que fue él. Quien la golpeó, quien la dejó embarazada. Lo lamento tanto. Lágrimas corrían por sus mejillas, cayendo de su rostro como lluvia, aterrizando en el pasto a sus pies. Lane parpadeó. Era todo lo que podía… Jesús, su cerebro no era capaz de procesar nada de esto. Literalmente, no podía comprender lo que decía… Extendiendo su mano hacia su espalda, sacó algo. ¿Un fajo de papeles? ¿Doblado a la mitad? —Que lo lamente no es suficiente —dijo—. Te he lastimado mucho por eso. Por lo que… necesito hacer algo concreto, algo para demostrarte que en serio estoy contigo, que te amo, y que yo… en verdad estoy contigo. —Sostuvo las páginas hacia él—. Tengo que mostrarte, no decírtelo. Lane sacudió su cabeza. —Lizzie, no sé qué… —Tómalo —dijo. Hizo lo que le pidió solo porque no tenía el cerebro para pensar en una razón para no hacerlo. Abriendo el pliegue, miró… Un montón de letras. Seguidas de algunos números. ¿La segunda hoja era un mapa? —Es la escritura de mi granja —susurró—. Sé que comparada con todo lo que tienes, no es mucho. Pero es todo lo que tengo en este mundo. —No lo entiendo. —Con el tipo de problemas económicos que estás enfrentando, no ayudará con ese tipo de deuda. Pero vale lo suficiente para pagar por buenos abogados, personas que puedan ayudarte a resolverlo todo. —Le dio un golpecito al documento—. La pagué ayer. No debo nada. Y se me

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han acercado antes para venderla. Es una buena tierra. Es valiosa. Y es tuya. El aliento dejó su cuerpo. Su corazón se detuvo. Su alma se partió en dos. —Te amo, Lane. Lamento haber dudado de ti. Me siento… Dios, no tienes idea de lo mal que me siento. Déjame compensártelo de la única manera que conozco. O… lánzame los papeles a la cara si quieres. No te culparé. Pero tenía que hacer algo que importara. Tenía que… ofrecerte todo lo que soy y todo lo que tengo… Lane no se dio cuenta de estar acercándose para alcanzarla. Pero lo supo en el momento en que ella se encontró contra su pecho. Envolviendo los brazos a su alrededor, perdió el control por completo, la presa desbordándose, todo saliendo en sollozos. Y Lizzie, con su fuerte cuerpo y su gran corazón, lo sostuvo por todo el tiempo que fue necesario. —Saldrá bien —le dijo—. Te lo prometo… de alguna manera, estará bien. Cuando finalmente se recompuso lo suficiente para apartarse, tuvo el rápido impulso de alcanzar su entrepierna y asegurarse que todavía era un hombre. Pero a Lizzie no parecía importarle que sea débil. Limpió su rostro con sus pulgares y la besó. —Te amo, Lizzie —entonces, sacudió su cabeza—, pero no sé sobre Dios. —¿Qué? Lane tomó aliento, estremeciéndose. —Solo es algo que siempre me dijo la señora Aurora. —¿Qué cosa? Besó de nuevo a su mujer. —No sé si tengo a Dios… pero estoy seguro de esto. Te tengo a ti… y eso me hace rico más allá de todo. Atrayendo su espalda contra él, se aferró a ella y levantó su mirada hacia Oriental. Al diablo con estrellarse contra una montaña, pensó. A partir de este momento… tal y como estaban las cosas, ahora era el jefe de la familia. Y estaría condenado si bajo su vigilancia las cosas iban al infierno.


FIN

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J. R. Ward es una autora de novela romántica que está cosechando espléndidas críticas y ha sido nominada a varios de los más prestigiosos premios del género. Sus libros han ocupado los puestos más altos en las listas de best-sellers del New York Times y USA Today. Bajo el pseudónimo de J. R. Ward, sumerge a los lectores en un mundo de vampiros, romanticismo y fuerzas sobrenaturales. Con su verdadero nombre, Jessica Bird, escribe novela romántica contemporánea.


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The Bourbon Kings 1  
The Bourbon Kings 1  
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