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VISUAL 139_PLIEGO 01:001/Editorial

2/7/09

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Slow Design Texto: Xènia Viladàs (http://xviladas.blogspot.com) A pesar de su nombre, el movimiento Slow (lento) surgió en Italia en los 80's y en el ámbito de la gastronomía, como contestación a lo que se conoce como fast food. La fast food, en realidad, no designa solo la comida rápida de engullir, sino aquella que se prepara en poco tiempo y que, consecuentemente, tiene que utilizar ingredientes estandarizados. El movimiento Slow, por el contrario, propugna utilizar los ingredientes locales dentro del respeto a los cambios estacionales, y procesarlos de forma respetuosa, que ponga en valor, como se dice ahora, la diferencia, la calidad y la excepción. Como tantas otras cosas que tienen sentido, al movimiento Slow le cuesta salir adelante, pero lo está haciendo (lentamente, of course) y, lo que es más interesante, se va extendiendo a otras parcelas de la sociedad y de la actividad económica. Después de la gastronomía fueron las ciudades las que se organizaron en una red de CittàSlow, bajo unas normas de respeto a los ciudadanos, a la calidad de la vida, a la producción local, a las tradiciones, sin por ello extraviarse en aventuras nostálgicas o callejones sin salida, sino guardando los pies en el suelo y proponiéndose objetivos de futuro y beneficios tangibles y cotidianos (en términos de salud, por ejemplo). Después de las ciudades, se han ido sumando el turismo, y en ciertos foros se habla de la educación slow, etc. Al cabo de tantos años, ¿qué hemos ganado con el movimiento Slow? en gastronomía, yo diría que se ha ganado todo: por supuesto que tiene que haber fast food y comercio internacional de alimentos, pero es importante educar el paladar y preservar las costumbres para no acabar perdiéndolo todo. A su vez, ¿qué han ganado las Slow Cities? demostrar que es posible otro modelo de desarrollo, más lento pero más seguro, un turismo de calidad, un crecimiento sostenible y compatible el del territorio, el de la la economía y el de los ciudadanos.

A este paso, era lógico que el movimiento Slow llegase al diseño. El Slow Design no se refiere a esos diseñadores cantamañanas que se tiran meses haciendo cada proyecto, por supuesto, ni se centra en el área del diseño-artesano, sino en una forma de hacer las cosas diferente a la que se utiliza hoy. Sus premisas son: • Utilización de procesos de diseño más dilatados, con tiempo suficiente para la investigación y la “contemplación”, para hacer tests en condiciones y para realizar los ajustes finos del proyecto. • Diseño con materiales y tecnologías locales o regionales, que a la vez dé apoyo a las industrias, talleres y artesanías locales. • Diseño que tenga en cuenta la cultura local/regional tanto como fuente de inspiración como condicionante de su resultado. • Diseño que incorpore el concepto de los ciclos naturales a los procesos de diseño y de fabricación. • Diseño que tenga en cuenta los ciclos de las personas, de los objetos y del entorno, para la sostenibilidad. Otros textos insisten más en los procesos de co-creación, por ejemplo: “los procesos de Slow Design son de código abierto y colaborativos, y descansan en la cooperación, el compartir y la transparencia de la información, para que el diseño pueda seguir evolucionando con el tiempo” o una noción que se repite en todo el movimiento Slow en general como es la del “consumo reflexivo”. Por cierto, que lo de la “contemplación” hace gracia, en principio, pero si lo pensamos es lo que tiene que ser: está bien darse el tiempo de ver las cosas que se hacen en vez de pasar de una a otra sin siquiera evaluar el resultado. Entre otras organizaciones dedicadas al Slow Design, encontramos SlowLab (www.slowlab.net) y su blog (http://www. slowdesign.blogspot.com), Slow Society (www.slowsociety.org), o Slow Design

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(http://www.slowdesign.org). En ocasiones los textos tienen un punto “Nueva Era” que me molesta un poco. Yo creo en el movimiento Slow, aunque personalmente no haya encontrado el momento o la forma de practicarlo más que en la cocina (y aún, a ratos), y creo que no es nada bucólico ni utópico: para mí, es perseguir la calidad con todas sus consecuencias. Si hablamos de diseño, el diseño slow sería el que se hace a conciencia y que, por lo tanto, redunda en beneficio tanto del profesional que lo hace como del cliente que lo encarga y de los que lo utilizan, teniendo en cuenta el entorno y el tiempo como variables de peso en el proyecto. E insisto: no se trata de la nueva artesanía: incluso los proyectos con mayor incorporación de tecnología se pueden hacer según la filosofía Slow, se trata de cómo hacemos las cosas, no de qué hacemos. En estos momento en que todos dicen que el sistema tiene que cambiar, tal vez tengamos la oportunidad de acercarnos a algo así… estaría bien, sí, pero yo creo que todavía no estamos allí. Tal como me decía hace unos días un diseñador de los famosos: “el mercado hoy tiene como hipo, va dando saltos: ahora se para este proyecto, ahora lo quiero todo corriendo porque si no, no te podré pagar, ahora páralo todo otra vez. …”. Y entre salto y salto, un ERE. Así no somos slow, somos lentos; lentos a la fuerza y además malos, porque en estas condiciones es difícil garantizar la calidad de los trabajos. Como dice aquél: “Lo del cambio de paradigma tiene muy buena pinta cuando lo ponemos en una presentación de Power Point, pero cuando te encuentras en el medio de uno, teniendo que entender de qué va y a la vez luchando para salir indemne, el entusiasmo por el cambio se te corta”. Pues eso: Slow, lento o parado, a ver qué va a ser esto al final. l


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