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LOTROLADO DELESPEJO eL cOMBATE dEL sIGLO h.p. LOVECRAFT aNTONIO cRESPO MASSIEU eVA mONZÓN fERNANDO aRAMBURU cARLOS mANZANO aLFONSO xEN rABANAL LEONARDO oYOLA iÑAKI eCHARTE gUILLERMO oRTIZ LUIS mIGUEL rABANAL

REVISTA DE RELATOS, CUENTOS Y OTRAS HIERBAS

nÚMERO tRES


c/ San Vicente Ferrer 34 - 28004 Madrid


e DITORIAL

RE

l cuento necesita un espacio para poder respirar. Un espacio no muy Alfonso Xen Rabanal abandona grande, pero suficiente para que por un momento su niebla para ofrecernos un su vaho no empañe el espejo que lo refleja. A ve- relato pleno de reflexiones sobre lo que la vida ces es nece sari o no vers e most rado en él para es. El abismo, siempre presente en sus propuestas alcanzar a comprender el secreto que encierra . A literarias, ofrece una luz difuminada que veces son palabras sueltas, apenas insinuad as, otorga la sabiduría. las que nos ofrecen la clave, las que hace n saltar el resorte para que admiremos el poderío Iñaki Echarte nos cuenta una historia que encierran. personal, como las incluidas en su Blues, que parte de la niñez y vuelve a ella a través del Cristina Fernández Cubas y Ana María espejo de la felicida d. “Elvis” es el nombre. Shua abren este tercer número con un comb ate figurado en el que se ponen de relieve sus Y tamb ién del reco rrid o de la vida encantos. La catalana y la argentina muestran versa el rela to corto de Luis Miguel Rabanal. cada una sus armas, el dominio de las palabras “La casa de Luci o” encierra un secreto que sólo que las caracteriza. los amigos conocen y al que volverán mucho tiem po después. El maestro H.P. Lovecraft nos rondará con su misterio. “La maldición de Ulthar” que, Y una secreta nostalgia, un añorar con aún hoy, pervive en nuestras mentes sembran- dolor de cora zón, contiene el relato de Guillermo do inquietud. Ortiz.

dEL vALLE-iNCLÁN (1866-1936)

La lámpara maravillosa, rAMÓN mARÍA

“Son las palabras espejos mágicos donde se evocan todas las imágenes del mundo”.

OBANDO PALABRAS

El cuentista de este número, Antonio Y si provocar sensaciones es el objetivo del Cres po Mass ieu, no lo es por su escr itur cuen to, Carl os Manzano, compañero en la apuesta a calmosa de artesano, ni por la delicada defensa por el cuento desde su Narrativas, nos intriga a de los oprimidos que puede beberse en cada una la espera de algo desconocido. de sus propuestas literarias. Lo es por un libr o mágico, del que apostamos aquí se tornará en Para finalizar, Eva Monzón nos estremece un clásico de la literatura. Un libro excepcion al con su prop uest a lite rari a: ese no quer er ver de cuentos que llega a las estanterías después la realidad, ese querer seguir con las cosas tal de años de escritura: El peluquero de Dios. Nada como están aunq ue las cosas ya no sean las mismas. mejor que adentrarse en su distancia, en la melancolía que lo envuelve para visionar Robando palabras, robando realidades a la barbaridad humana. la ficción, contando historias con esencias personal es que alguna vez fueron verdad. Lo mismo puede decirse de Fernando Aramburu, de Los peces de la amargura, delicios J. Jorge Sánchez, es el protagonista de a colección de relatos que afronta en problema Leng ua2, catalán y castellano unidos por el de la convivencia en el País Vasco con una ternura alma de la filo sofía. estremecedora. A Fernando Aramburu le pedimos un cuento en concreto de este libro: “Enemigo Junto a ellos, el fabuloso debut en prosa del pueblo”. Y le pedimos este cuento porq ue de un puñado de soñadores del cuento. Historias es la perfecta definición de cómo escribir un mínimas que duran los cinco minutos del paso de cuento al revés. una a otra estación de tren, pero que jamás dejar án de vivir en la mente del lector. Ojalá alguno de Leonardo Oyola nos habla también de ellos vuelva con un libro debajo del brazo y la violencia y ternura. De su primera muerte y de sonrisa del conquistador. la metáfora de despertar a la vida dejando la camisa infantil frente al cuerpo de papá. Nada más, amigos de lo breve. Si acaso, felicitarnos porque ha regresado el hermano pródigo, y Vinalia Trippers vuelve a pisar la Tierra con sus botas negras y hebilladas. Sus pasos, ya sabemos, harán temblar lo cotidiano.

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PEJO

Vale.

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OJEPSE LED ODAL ORTO La

Año 1. Número 3. Revista multidisciplinar y estacional orientada al cuento y la ilustración. Edita: Asociación Cultural LA VIDA RIMA. Nº nacional de asociación: 590513 C.I.F. G-85383537 Madrid

(al otro lado están)

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

e-mail: revista.alotroladodelespejo@gmail.com Arte y Diseño: Luis Morales José Naveiras Daniel Orviz Equipo lector: Reyes Monje Rosa Naveiras Mª Jesús Silva Asesores literarios: Esteban Gutiérrez Gómez Miguel Ángel Martín Coordinador: Gsús Bonilla Todos los textos y obras publicadas son propiedad de los autores. aL OTRO LADO DEL ESPEJO y LA VIDA RIMA no tienen por qué hacerse responsables de ninguna de las opiniones publicadas, ni identificarse con ellas. aL OTRO LADO DEL ESPEJO y LA VIDA RIMA no se hacen responsables de ninguna suplantación de identidad o autoría de las obras publicadas. Impreso en INFOPRINT Ilustración de portada: mARINA tAPIA http://marinartista.blogspot.com/

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(por mIGUEL áNGEL mARTÍN) EL COMBATE DEL SIGLO CRISTINA FERNÁNDEZ VS. ANA MARÍA SHUA

mAESTROS

LOS GATOS DE ULTHAR (h. p. LOVECRAFT)

eSTE TIPO ES UN CUENTISTA

(por eSTEBAN gUTIÉRREZ gÓMEZ) aNTONIO cRESPO mASSIEU

rELATOS

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aL OTRO LADO DEL ESPEJO

(índice)

tEORÍA DEL CUENTO

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IDENTIFICACIÓN (eVA mONZÓN) 20 ENEMIGO DEL PUEBLO (fERNANDO aRAMBURU) 22 ESTACIÓN DE SANTS (aNTONIO dÍEZ) 30 LAS DOS CARAS DEL MIEDO (cARLOS mANZANO) 32 EL TIEMPO DEL HOMBRE MUERTO (aLFONSO xEN rABANAL) 34 37 JOSÉ VÉLEZ (LEONARDO oYOLA) SON AMORES DISTINTOS (vIOLETA cASTAÑO) 39 ELVIS (iÑAKI eCHARTE vIDARTE) 41 EL NORTEAMERICANO (dAVID mARDARAS) 44

LENGUA2 (TEXTO A DOS LENGUAS) (j. jORGE sÁNCHEZ) 46 LA ARENGA DE ARAGORN (Y LA DE JORDAN) (CAST.) 46 L’ARENGA D’ARAGORN (I LA DE JORDAN) (CATALÀ) 47

iMAGOCUENTO (UN RELATO GRÁFICO) (cERDAKA) ENCERRADO EN TU PROPIA REALIDAD

mICROS

MISSISSIPPI (eLIA mAQUEDA) NO ERES TÚ, SOY YO (gUILLERMO oRTIZ) EL DESDÉN DE LA LUNA (eL kEBRAN) LA CASA DE LUCIO (LUIS mIGUEL rABANAL) BALADA PARA UN GAS NOBLE (sONIA fIDES) MEDIANOCHE (aDOLFO gILABERTE) LA ORGANIZACIÓN (aNTONIO rOMERO) NO TE CREAS QUE YA NO TE QUIERO (LILI nAVEIRAS) EL NÁUFRAGO (vÍCTOR LORENZO) PELEA CONSTANTE (dANIEL gARCÍA rAMÍREZ) GOLPES DE CALOR (jAVIER sERRANO)

hEMOS LEÍDO (RESEÑAS)

(por mª jESÚS sILVA y rOSA nAVEIRAS)

eN eL aIRE

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ESPACIOS RADIOFÓNICOS QUE CUENTAN CON EL CUENTO 63

LOS iLUSIONISTAS

ILUSTRAN ESTE NÚMERO

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eL cOMBATE dEL sIGLO

OJEPSE LED ODAL ORTO La

(teoría del cuento)

cRISTINA fERNÁNDEZ cUBAS VS aNA mARÍA sHUA POR mIGUEL áNGEL mARTÍN

vILLARÁN, (ilustración de aNTONIO g.

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eL cANGREJO pISTOLERO)


(teoría del cuento) víctimas como una mosca cojonera y uno pierde el norte de tanto leer sus microrelatos, de tanto emborracharse con sus mundos paralelos y sus cambios de ritmo. Es una boxeadora intuitiva, nunca la misma en cada combate, imprevisible. Lanza los puños con la misma agilidad con que te suelta un relato. Acumula puntos y golpea en zonas vitales. Huye del cuerpo a cuerpo y desespera a los rivales furiosos, inexpertos, inútiles, como si fueran malos lectores. Hay lectores y púgiles que consideran a Ana María Shua un saltimbanqui, un juguete de moda pero a medida que avanza el combate que uno va cayendo en sus páginas, se dan cuenta de su error de la enorme originalidad que Shua atesora. El desgaste por goteo lleva a muchos a caer noqueados aún antes del tercer asalto. Son pues dos estilos en juego, dos mundos del relato que suspiran por distintos sueños dentro de un mismo cuadrilátero. Cristina Fernández acercándose a la novela, Ana M ª Shua a la poesía. La española conformando una construcción hermosa bien cimentada llena de detalles, tono trabajado, ambiente. La argentina, por debajo de la página completa siempre, directa, sorprendente y rodeada de magia y profundidad sicológica. El público se impacienta, agita ambos volúmenes como si fueran banderas. Los seguidores de Cristina de negro-tusquet riguroso, como si formaran parte de un coro clásico cantando maitines, los seguidores de Shua cada cual a su bola, multicolores, arcoíris. Comienza el combate y los insultos. En el primer asalto, las combatientes se reconocen, se tantean, amagan y esperan porque saben que aún es pronto. Los forofos de ambos lados comienzan con sus cánticos, los de Shua escupen, lanzan puyas y se carcajean compiten entre ellos para ver quién es más ocurrente, quién más gracioso y dañino. Los seguidores de Cubas responden con estrofas ensayadas, lindos coros que tienen la fuerza de l a multiplicación de los peces y las voces. La temperatura sigue subiendo, el calor es insoportable, las voces se confunden y la nube de vaho se condensa, se hace esponja y luego silicona, casi imposible contemplar a quien está sentado a tu lado, y al fondo en mitad del ring hay dos figuras que parecen bailar como diosas en un monte perdido.

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stamos ante el combate del siglo. Las gradas bullen de lectores ansiosos y cada cual hace su apuesta. Impera el calor y aún antes de comenzar la pelea, una densa nube de sudor diluye todos los detalles. A pesar de todo, vemos en el rincón de la derecha con calzón rojo y el peso límite para la categoría pluma, a Cristina Fernández Cubas. Está cubierta por una fina capa negra que lanza destellos a sus admiradores con cada movimiento de sus manos. En el rincón de la izquierda, dando saltos, algo más ligera de carnes y con calzón blanquiazul está Ana María Shua. Aún antes de empezar el combate se la ve inquieta, rápida, lanzando vistazos al público que puede, en un instante, convertirse en personaje suyo. Las dos púgiles llegan hasta aquí con una carrera intachable. Cero derrotas, múltiples ediciones y traducidas a lenguas extrañas. Las dos escritoras han publicado en el 2.009 sus obras completas, las dos son cuentistas en castellano y mujeres, aunque eso resulte una obviedad. Sin embargo, se enfrentan dos escuelas distintas, dos estilos incomparables. Cristina Fernández Cubas es una boxeadora clásica de técnica depurada. Condensa en cada golpe, en cada movimiento, las enseñanzas de siglos. No improvisa, no da golpes al aire y sabe que los combates son largos e intensos. En cada cuento exprime una novela completa. Crea un mundo agobiante, único, sabe que cada pelea es distinta, distinto el lector y el contrincante. Se toma su carrera muy en serio. Sin prisas, los combates son espaciados, entrena a conciencia. Cada libro suyo es un acontecimiento literario, un puñado de buenos golpes y excelentes relatos. Llevados al límite en torno a las treinta páginas, nos obliga a seguirla más allá del metro o de los veinte minutos que teníamos preparados para leer su relato. Nos envuelve, nos atonta, y entonces… golpea. La mayoría de sus victorias han llegado en los asaltos finales, cuando el rival está cansado, lento, y comete un error. Entonces siente la colección de golpes que ha recibido, la queja de los órganos, el fallo en los pulmones. Por el contrario la argentina Ana María Shua improvisa, maneja un juego de piernas invisible, zumba alrededor de sus

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LOVECRAFT

h.p.

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(maestros)

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R A H T uL


que pasaban por la ciudad dos veces al año. En el mercado vieron la fortuna a cambio de plata, y compraron alegrescuentas a los mercaderes. Cuál era la tierra de estos peregrinos, nadie podía decirlo; pero se les vio entregados a extrañas oraciones, y que habían pintado en los costados de sus carros extrañas figuras, de cuerpos humanos con cabezas de gatos, águilas, carneros y leones. Y el líder de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos, y un curioso disco entre los cuernos.

En esta singular caravana había un niño pequeño sin padre ni madre, sino con sólo un gatito negro a quien cuidar. La plaga no había sido En Ulthar, antes de que los ciudadanos generosa con él, mas le había dejado esta pequeña prohibieran la matanza de los gatos, vivía un y peluda cosa para mitigar su dolor; y cuando uno viejo campesino y su esposa, quienes se deleitaban es muy joven, uno puede encontrar un gran alivio en atrapar y asesinar a los gatos de los vecinos. Por en las vivaces travesuras de un gatito negro. De esta qué lo hacían, no lo sé; excepto que muchos odian forma, el niño, al que la gente oscura llamaba la voz del gato en la noche, y les parece mal que Menes, sonreía más frecuentemente de lo que los gatos corran furtivamente por patios y jardines lloraba mientras se sentaba jugando con su gracioso al atardecer. Pero cualquiera fuera la razón, este gatito en los escalones de un carro pintado de viejo y su mujer se deleitaban atrapando y matando manera extraña. a cada gato que se acercara a su cabaña; y, a partir de los ruidos que se escuchaban después de anoche- Durante la tercera mañana de estadía de los cer, varios lugareños imaginaban que la manera de peregrinos en Ulthar, Menes no pudo encontrar asesinarlos era extremadamente peculiar. Pero los a su gatito; y mientras sollozaba en voz alta en el aldeanos no discutían estas cosas con el viejo y su mercado, ciertos aldeanos le contaron del viejo y mujer; debido a la expresión habitual de sus marchi- su mujer, y de los ruidos escuchados por la noche. tos rostros, y porque su cabaña era tan pequeña y Y al escuchar esto, sus sollozos dieron paso estaba tan oscuramente escondida bajo unos des- a la reflexión, y finalmente a la oración. Estiró sus parramados robles en un descuidado patio trasero. brazos hacia el sol y rezó en un idioma que ningún La verdad era, que por más que los dueños de aldeano pudo entender; aunque no se esforzaron los gatos odiaran a estas extrañas personas, les te- mucho en hacerlo, pues su atención fue absorbida mían más; y, en vez de confrontarlos como asesinos por el cielo y por las formas extrañas que las brutales, solamente tenían cuidado de que ninguna nubes estaban asumiendo. Esto era muy peculiar, mascota o ratonero apreciado, fuera a desviarse pues mientras el pequeño niño pronunciaba su hacia la remota cabaña, bajo los oscuros árboles. petición, parecían formarse arriba las figuras Cuando por algún inevitable descuido algún sombrías y nebulosas de cosas exóticas; de criaturas gato era perdido de vista, y se escuchaban ruidos híbridas coronadas con discos de costados astados. después del anochecer, el perdedor se lamentaría La naturaleza está llena de ilusiones como esa para impotente; o se consolaría agradeciendo al Destino impresionar al imaginativo. que no era uno de sus hijos el que de esa manera había desaparecido. Pues la gente de Ulthar era Aquella noche los errantes dejaron Ulthar, simple, y no sabía de dónde vinieron todos los gatos. y no fueron vistos nunca más. Y los dueños de casa se preocuparon al darse cuenta de que en toda la Un día, una caravana de extraños peregrinos villa no había ningún gato. De cada hogar el gato procedentes del Sur entró a las estrechas y familiar había desaparecido; los gatos pequeños empedradas calles de Ulthar. Oscuros eran aquellos y los grandes, negros, grises, rayados, amarillos peregrinos, y diferentes a los otros vagabundos y blancos. Kranon el Anciano, el burgomaestre,

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e dice que en Ulthar, que se encuentra más allá del río Skai, ningún hombre puede matar a un gato; y ciertamente lo puedo creer mientras contemplo a aquel que descansa ronroneando frente al fuego. Porque el gato es críptico, y cercano a aquellas cosas extrañas que el hombre no puede ver. Es el alma del antiguo Egipto, y el portador de historias de ciudades olvidadas en Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de la remota y siniestra África. La Esfinge es su prima, y él habla su idioma; pero es más antiguo que la Esfinge y recuerda aquello que ella ha olvidado.

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(maestros) juró que la gente siniestra se había llevado a los gatos como venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo a la caravana y al pequeño niño. Pero Nith, el enjuto notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran probablemente los más sospechosos; pues su odio por los gatos era notorio y, con creces, descarado. Pese a esto, nadie osó quejarse ante la dupla siniestra, a pesar de que Atal, el hijo del posadero, juró que había visto a todos los gatos de Ulthar al atardecer en aquel patio maldito bajo los árboles. Caminaban en círculos lenta y solemnemente alrededor de la cabaña, dos en una línea, como realizando algún rito de las bestias, del que nada se ha oído. Los aldeanos no supieron cuánto creer de un niño tan pequeño; y aunque temían que el malvado par había hechizado a los gatos hacia su muerte, preferían no confrontar al viejo campesino hasta encontrárselo afuera de su oscuro y repelente patio. De este modo Ulthar se durmió en un infructuoso enfado; y cuando la gente despertó al amanecer ¡he aquí que cada gato estaba de vuelta en su acostumbrado fogón! Grandes y pequeños, negros, grises, rayados, amarillos y blancos, ninguno faltaba. Aparecieron muy brillantes y gordos, y sonoros con ronroneante satisfacción. Los ciudadanos comentaban unos con otros sobre el suceso, y se maravillaban no poco. Kranon el Anciano nuevamente insistió en que era la gente siniestra quien se los había llevado, puesto que los gatos no volvían con vida de la cabaña del viejo y su mujer.Pero todos estuvieron de acuerdo en una cosa: que la negativa de todos los gatos a comer sus porciones de carne o a beber de sus platillos de leche era extremadamente curiosa. Y durante dos días enteros los gatos de Ulthar, brillantes y lánguidos, no tocaron su comida, sino que solamente dormitaron ante el fuego o bajo el sol.

herrero, y a Thul, el cortador de piedras. Y cuando hubieron echado abajo la frágil puerta sólo encontraron lo siguiente: dos esqueletos humanos limpiamente descarnados sobre el suelo de tierra, y una variedad de singulares insectos arrastrándose por las esquinas sombrías. Posteriormente hubo mucho que comentar entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el forense, discutió largamente con Nith, el enjuto notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumados con preguntas. Incluso el pequeño Atal, el hijo del posadero, fue detenidamente interrogado y, como recompensa, le dieron una fruta confitada. Hablaron del viejo campesino y su esposa, de la caravana de siniestros peregrinos, del pequeño Menes y de su gatito negro, de la oración de Menes y del cielo durante aquella plegaria, de los actos de los gatos la noche en que se fue la caravana, o de lo que luego se encontró en la cabaña bajo los árboles, en aquel repugnante patio. Y, finalmente, los ciudadanos aprobaron aquella extraordinaria ley, la que es referida por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir, a saber, que en Ulthar ningún hombre puede matar a un gato.

© h.p. LOVECRAFT RAFT PUBLICÓ hOWARD pHILLIPS LOVEC EN NOVIEMBRE “LOS GATOS DE ULTHAR” “THE TRY OUT”. DE 1920 PARA LA REVISTA

Se le considera EL gran REnovador del cuento de terror, al que aportó una mitología propia, desarrollada Pasó una semana entera antes de que los en colaboración con otros autores aldeanos notaran que, en la cabaña bajo los árboles, y aún vigente : los mitos de Cthulhu. no se prendían luces al atardecer. Luego, el enjuto

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Nith recalcó que nadie había visto al viejo y a su mujer desde la noche en que los gatos estuvieron fuera. La semana siguiente, el burgomaestre decidió PAR A SABER M vencer sus miedos y llamar a la silenciosa morada, ÁS: .aspx como un asunto del deber, aunque fue cuidadoso raft.es/default c e v lo p .h w w de llevar consigo, como testigos, a Shang, el http://w


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(este tipo es un cuentista)

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(este tipo es un cuentista)

on casi las cuatro y media de la tarde y el sol se oculta tras las pocas hojas que el invierno ha dejado en los plátanos de sombra de La Castellana. Acabamos de comer en un bar cercano. Menú del día. La tertulia que ha acompañado nuestros bocados ha sido agradable: literatura y vida. Buscamos un sitio a refugio de ruidos para hacer esta entrevista. Como en todas las que elaboro para “Al Otro Lado del Espejo”, nos centraremos en un libro de relatos del autor. En el caso de Antonio Crespo Massieu, hablaremos de su primer y único libro de cuentos, El peluquero de Dios. A pesar de ser la primera incursión en la narrativa de Antonio Crespo Massieu, como veremos ha sido meditada durante mucho tiempo. Los relatos que contiene El peluquero de Dios desprenden un poso de buen hacer que ha hecho que para muchos sea ya un libro de culto.

El recuerdo está presente en todos los relatos de este libro. En todos ellos los personajes evocan su pasado, ¿es el recuerdo el alimento de tu escritura?

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El primer párrafo del último cuento del libro, “El regreso”, dice así: “A veces hay que regresar. Irse, tomar distancia, luego volver. Mirar entonces con otra mirada. Descubrir este paisaje, el de la infancia, Yo creo que sí, que es inevitable. Los recuerdos son el de tantos años, y verlo como recién aparecido. la materia fundamental para la escritura pero bien es Tan diferente, tan extraño, tan reconocible y ya cierto que se hace más visible en estos relatos. En tan ajeno”. Para mí en este párrafo está la clave, no ellos está muy presente la huella del paso del tiempo y la sólo del libro, sino de cómo está escrito este libro memoria, la recuperación de esos instantes del pasado de cuentos, y hablo del tono narrativo conseguido, que siguen viviendo en nosotros y que afloran en de la distancia con la que se narran los cuentos, el presente de los personajes. de la melancolía que emanan al asumir un pasado dificultoso. ¿Cómo llegas a encontrar ese punto ideal Esos recuerdos, que evocan los personajes de cada para narrar estas historias? uno de los relatos, en la mayoría de los casos proceden de un pasado marcado por un hecho bélico o por No sé si lo encontré yo o me encontró él o es una una situación de tiranía inhumana, eso hila los relatos. mezcla de las dos cosas, porque ese tono es el que Háblanos de ello. surge de mi propia escritura, es mi habitual tono narrativo. Lo que sí es cierto es que los cuentos Es cierto que la guerra está presente. Es lógico. Yo fueron escritos con mucha diferencia de tiempo, me siento un ciudadano del siglo XX, aunque estemos años incluso, y todos mantienen el tono narrativo en el siglo XXI, y por tanto, de una época muy del que hablas. El tono se me impone y luego está marcada por conflictos como nuestra guerra civil o la mirada, el mirar hacia atrás desde el presente, que la segunda guerra mundial, y guerras posteriores que hace que se traspasen fronteras de un modo tenue, hemos vivido o todavía estamos viviendo. De sutil, y eso es algo característico de mi escritura. alguna manera la propia memoria personal se articula con una memoria colectiva que tiene presente Pero es que además todos los relatos necesitan esa estos acontecimientos. Pertenezco a una generación distancia, ese poso de tiempo, para transmitir esa que se ha alimentado del recuerdo de la guerra civil: mis melancolía que desprenden. Yo creo que estas padres la vivieron, mi padre participó en ella y yo me veo historias, para ser eficaces, sólo se podían haber a mí mismo, cuando era pequeño, escuchando sus escrito con ese tono narrativo. recuerdos. Mi generación tuvo que elegir políticamente en qué bando se situaba tras esa guerra civil perdida, Pero eso es precisamente la condición que y algunos elegimos el bando de los derrotados. Pero s e e x i g e a l a b u e n a l i t e r a t u r a , a l a g r a n que muchos cuentos se sitúen en esa tesitura ayuda literatura. Cuando un texto logra trasmitir a afrontar el problema de las “decisiones morales”. e s a s s e n s a c i o n e s a l l e c t o r t e n d e m o s a En un momento dado de su vida, los personajes pensar que sólo podría haberse escrito así tienen que optar, que elegir. Las situaciones para lograr ese efecto. Eso si estuviésemos en ese extremas condicionan o marcan esa elección moral. caso.


Elige uno de los relatos del libro y háblanos sobre él, ¿cómo surge, cómo lo visualizas? “La última clase” es significativo por varias razones. Por un lado es un cuento que empieza y termina en tercera persona y todo el relato se desarrolla en primera. Me surgió así, yo lo veía así. También está presente el recuerdo y también lo que he denominado antes como las “decisiones morales”, la responsabilidad ante la historia de cada uno de nosotros y como cada día adoptamos decisiones que nos definen. En este caso se refleja la miseria moral de los años del franquismo, en la que decisiones aparentemente poco graves marcan a la persona para siempre, y este cuento es un ejemplo perfecto de ello. El personaje esta lleno de una conciencia de culpa que sólo tienen las víctimas nunca los verdugos, como se ve también en el cuento “El peluquero de Dios”. Sobre el proceso de creación de los cuentos, y en referencia a “El peluquero de Dios”, te diré que hace mucho tiempo se emitió en La 2 de Televisión Española la película Shoah de Claude Lanzmann, son nueve horas de testimonio impresionante de los campos de concentración.

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¿Cómo afronta un poeta llegar a la prosa, al cuento? No es un proceso consciente. Yo llevo muchos años escribiendo prosa y poesía sin publicar. Es verdad que yo me siento poeta, pero la prosa ha estado presente siempre en mi escritura, lo que ocurre es que hasta ahora no había publicado nada. Algunos de los cuentos llevan mucho tiempo escritos y escribí una novela que tampoco se llegó a publicar. ¿Qué busca Antonio Crespo Massieu en un cuento? ¿Qué quiere trasmitir a los lectores?

Es complicado. Seguramente me gustaría trasmitir una emoción, un mundo propio de ficción que el lector pueda hacer vivir dentro de él. Tanto en mi prosa como en mi poesía siempre está presente el mirar el mundo con la mirada de las víctimas, de los que no pueden normalmente expresarse o no tienen voz. El cuento me permite contar estas historias. A la hora de escribir relato, ¿cuales han sido las lecturas que te han influido?

Cuando se es ya mayor es una pregunta complicada. Mis amores adolescentes, a los que sigo fiel, fueron los narradores del boom latinoamericano, grandes Me sobrecogió una escena de un personaje, escritores como Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Abraham Bomba, que era peluquero en Tel Aviv y –al que sigo leyendo y seguiré leyendo toda mi vida daba testimonio de que había estado en Treblinka porque cada vez que lo hago me sigo maravillando con cortando el pelo a los judíos justo antes de que su escritura–, Mario Vargas Llosa, del que acabo entraran en la cámara de gas. Del impacto de esas de releer Conversación en La Catedral, y me admiro imágenes escribí una página. Mucho tiempo de su audacia estilística y expresiva en aquellos después escribí este cuento basado en las pocas momentos frente a la escritura tan pacata y prudente notas que tomé, sin volver a ver la película ni leer el de la narrativa española actual. También Albert guión, y me inventé el personaje, entre otras cosas Camus y, por supuesto, Joyce, que descubrí tarde y porque él no quería contar su testimonio y eso me maravilló también. también me impresionó. El párrafo final, que pretende hacer real lo contado es también ficción ¿Esperaremos quince o veinte años para disfrutar porque el personaje, como ya he desvelado, no se de tus nuevos relatos? llama así. El cuento tiene una base histórica real pero sobre ella he creado una ficción. Así que el cuento Dentro de no mucho tiempo debe de publicarse un surgió mucho antes de que lo escribiese porque ese libro de poesía y empiezo a trabajar algo de prosa, pero poso estaba en mí desde que vi la película. todavía es una idea. En cualquier caso, esperemos que no pasen esos quince años.

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l valor de los recuerdos, el poder de evocarlos en una fotografía, en un cuadro; volver allí donde nunca deberíamos volver, el momento en que todo se perdió. Antonio Crespo Massieu con estos siete relatos nos presenta a personajes que vuelven su mirada al pasado para encontrar aquél suceso que marcó su destino para siempre. Todas las historias marcadas a fuego en la mente, todas con olor a guerra. Sucesos gravísimos que han madurado en el tiempo y se divisan lejanos y asumidos. Para ello se ayuda de profusas descripciones y un tono nar rativo tierno y melancólico que nos sitúan inmediatamente en la vivencia personal del personaje, que nos hacen vivir con él cada una de las historias, vivir personalmente cada uno de los sentimientos que ellos parecen sentir. Ese tono narrativo será el que seguramente (y sin comparación porque en todo caso sería un logro del autor) recuerde al lector aquellos Girasoles ciegos de Alberto Méndez. A ello ayuda utilizarlo también en sucesos extremos, relacionados con todo tipo de guerras. Los siete relatos son obras de arte. “Un olor a verbena”, el primero de ellos, llena de esperanza los corazones en una situación crítica, seguramente la más espantosa que un ser humano puede vivir, y da la pauta para lo que el lector se va a encontrar en el libro: buscar la fuerza para seguir adelante en los recuerdos, porque el pasado que no nos ha matado nos hará más fuertes.

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Don Alberto, el viejo profesor que se jubila, y que de todos los recuerdos imborrables que llegan en ese momento a su mente, el único que quisiera olvidar es el que cada día le atormenta, el fantasma de ese alumno al que defraudó, es el personaje del segundo relato: “La última clase”.

E ESEÑA D R Y A T S ENTREVI TIÉRREZ gÓMEZ N gU eSTEBA “El peluquero de Dios”, relato que da título al libro, es una historia bárbara pero entrañable que no voy a desvelar al lector. La vida de Samuel Lipstein se quebró aquél día que dio un paso al frente y decidió vivir. Juzguen ustedes mismos. “Una fotografía”, al igual que el siguiente relato, “Pequeño paisaje con mirada”, nos muestra el poder telúrico de las descripciones de Antonio Crespo Massieu, su capacidad para envolver al lector y situarlo lejos en el tiempo para vivir uno de los momentos de quiebros al destino. La única diferencia es que en el segundo de los relatos el autor madrileño se reserva la única excepción al realismo que domina el libro, y lo hace también de manera silenciosa, natural, perfectamente lógica, como ocurrió con los peces aquellos de Cortázar. “Madrid en otoño” es una bellísima historia de amor truncado por la dictadura argentina, que invita a la relectura por el placer de volver a disfrutar de ella. El último de los relatos, “El regreso”, muestra una trama más complicada, también relacionada con los horrores de la guerra y de las dictaduras, y contiene a mi modo de ver la clave para comprender la profundidad del libro: “A veces hay que regresar. Irse, tomar distancia, luego volver. Mirar entonces con otra mirada. Descubrir este paisaje [...] y verlo como recién aparecido. Tan diferente, tan extraño, tan reconocible y ya tan ajeno”. Este es, en definitiva, un libro de relatos muy valioso, imprescindible diría yo, que gustará a los lectores a los que encantó aquella única y asombrosa propuesta literaria de Alberto Méndez, y al que deseo su misma suerte porque habrá muchos lectores, como yo, que estaban deseando volver a posar sus ojos en relatos como aquellos, que narraban la barbaridad del mundo desde la melancolía del perdedor pero no vencido. Y que nadie busque polémicas en el parecido de ese peculiar tono narrativo tan difícil de lograr. Antonio Crespo Massieu, más poeta que narrador, define los objetivos de su poesía de esta manera: “Mirar el mundo con los ojos de las víctimas, los olvidados, los excluidos de la historia. La poesía es esta mirada, esta voz herida”. No cabe entonces ninguna duda.


EL PELUQUERO DE de DIOS aNTONIO cRESPO mASSIEU H

e renunciado a la palabra. Tampoco les escucho. Sé que hablan de mí, noto sus miradas queriendo taladrar mi silencio. Luego me olvidan. Yo soy el que no puede olvidar. Mudo y casi sordo, alguna palabra me alcanza y la reconozco pero al instante la dejo caer en las baldosas del suelo: entre restos de ceniza, mechones de pelo y polvo. Nada significan para mí sus palabras. Ni sus gestos de piedad: esa repetida inclinación de la cabeza al mirarme o ese leve saludo con una sonrisa triste y mínima. Mi mirada se pierde siempre en la lejanía, más allá de sus sombras, o se fija en la lámpara que cuelga del techo, esa luz cegadora, la bombilla entre los hierros, mis ojos atravesados por una blancura que hiere y atormenta. Mudo y sordo, confinado en este rincón, sentado en la esquina del largo banco de madera, junto a la pared. Ellos creen

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que he perdido la razón pero no estoy loco, desearía tanto no pensar, no recordar, no distinguir. Pero me paso el día pensando y por la noche apenas duermo porque pienso y recuerdo todo lo pensado. En este rincón, mudo pero sin olvido. Atado para siempre a mi memoria. Mis recuerdos son un gesto repetido: abrir lentamente los dedos, la mano derecha en el aire cerca de mi cara, luego cerrarlos con brusquedad. El chasquido de las tijeras frente a mis ojos, cortando el vacío, ruido metálico, silencio, abrir y cerrar. Una y otra vez, cada tres segundos, es tan importante la rapidez, por eso cuento los segundos. A veces, cuando cae la tarde y estoy ya muy cansado, cuando poco la cuenta, me hago trampa y entre el dos y el tres se me escapa el tiempo pero nunca llego al cuatro y me felicito por mi astucia con una sonrisa invisible.

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(este tipo es un cuentista) Y cuando los dedos se cansan y es imposible continuar las tijeras permanecen en el aire, quietas y silenciosas, el chasquido cesa por unos instantes. Y entonces la mano izquierda, que siempre está sobre mi muslo, cerrada, apretada con fuerza, con tanta fuerza que me clavo las uñas y una vena se tensa entre mis nudillos que parecen aristas despojadas de carne, descansa también. Pues mi mano izquierda nunca se abre, por eso apenas duermo (tengo tanto miedo a que me descubran). Pero en esos instantes en que el cansancio me vence dejo de apretar y mis dedos se deslizan sobre la palma de mi mano cerrada. Y acarician entonces, con una suavidad infinita, tan despacio, el mechón de pelo que siempre me acompaña, sintiendo el tacto sedoso y áspero, con una ternura que parece no terminar nunca. El mechón que escondo en mi mano izquierda a lo largo del día y de la noche interminable en que apenas duermo. Y que solo, tendido en la cama, en la oscuridad, cuando nadie puede verme cojo con la otra mano y pongo ante mis ojos que nada pueden distinguir. Y entonces todo lo veo. Las imágenes son tan claras.

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un ojo a alguien que espera su turno. Sus dedos ágiles siguen con su trabajo sin equivocarse nunca y Samuel los mira y se pregunta cómo podrá estar a la vez en tantos sitios, cómo es posible que llene el espacio con su voz y sus gestos y todo, el salón de la peluquería y su pequeño mundo de Varsovia (que a él le parece tan grande y definitivo), gire en torno a él. El padre como un gigante y el niño, tan minúsculo, sentado en el banco. Pero sus ojos son grandes y todo lo miran. Los espejos relucientes, los dos sillones giratorios de metal siempre brillante con el asiento de mimbre, la sillita de madera que se coloca encima y donde se sienta a los niños (que rebullen y hay que entretener), el banco de madera pegado a la pared frente a los sillones y encima el largo perchero lleno de sombreros. Y debajo de los espejos, ordenados minuciosamente en la repisa de cristal, los frascos de colores llenos de loción o de colonia y las tijeras, la maquinilla, la navaja. Y en el centro del cuarto, presidiendo el espacio, el reloj ovalado de caoba que vino desde Londres y que el padre abre y da cuerda todas las noches y luego mira en silencio mientras cierra orgulloso la tapa. Samuel acaricia la goma negra que sujeta sus Y Samuel se ve a sí mismo pequeño, casi libros y pierde las horas entre el olor a tabaco y a diminuto, corriendo con pantalón corto y gorra colonia, conversaciones que no siempre entiende y con visera por las calles empedradas de Varsovia. el ruido de las tijeras o el mandil venteado en el aire Subiendo al tranvía, comiendo una manzana en la de la habitación. plataforma mientras mira las avenidas hermosas de la ciudad de su infancia. Y entra, a la vuelta de la Veo las imágenes y pienso en ellas, en la escuela, en la peluquería del padre y se sienta en el oscuridad y el silencio de mi cuarto, con un mechón largo banco de madera donde esperan los clientes de pelo frente a mis ojos o mientras abro y cierro las y le ve trabajar, agitar en el aire las tijeras, afilar tijeras sentado en mi banco en esta peluquería que la navaja (el metal reluciente contra el cuero negro, sé que no es la misma, a veces lo parece y yo mismo frotado una y otra vez, el leve ruido) y luego me equivoco pero nada brilla aquí, no está mi padre deslizarla con una suavidad exquisita sobre la espuma y yo ya no tengo libros, sólo tengo un poco de pelo o las patillas, aplicar con unas palmadas en la cara la y unas tijeras. Y cuento todo el día, un, dos, tres, oigo loción o hundir sus dedos con movimiento rápido el chasquido metálico, aprieto con fuerza la mano y preciso en el pelo (entonces es casi un masaje izquierda, un, dos, tres, y pienso mientras cuento. y el cliente entorna los ojos), peinar por última Es tan difícil no equivocarse y no perder la cuenta vez (ya echada la colonia) y con esmero trazar con o el pensamiento. Yo soy capaz. Miro el vacío, la el peine la raya exacta. Luego mirar complacido su luz cegadora del techo, atravieso las sombras que obra de arte, girar con un rápido movimiento el hablan y veo. sillón, retirar del cuello el blanco mandil que agita en el aire y despedir con una broma al cliente. Hay Los días grises, hacinados en las callejas algo mágico en todos sus gestos. Los ojos infantiles estrechas, el muro y los guardias, la estrella amarilla, de Samuel admiran su precisión, la increíble suavidad los ojos resignados de la madre (grandes como de sus manos grandes, la meticulosa exactitud que nunca de tanto llorar), la determinación del padre nunca le abandona. Y sin parar de hablar, con su (“Saldremos adelante, Samuel, todo pasará y volverá voz fuerte que retumba y se impone a las demás, a ser como antes”) mientras maneja las tijeras en la entre risotadas, saludando al que entra o guiñando calle, corta el pelo a un hombre sentado en una


(este tipo es un cuentista) cubriendo los pies del hombre. Él sólo ve la nuca, sube y baja la maquinilla y con la mano izquierda sujeta la frente de la mujer inmovilizada frente a la pared. Primero hay gemidos, llantos, leves hipidos, luego las mujeres callan y sólo hay un extraño zumbido, el sordo latido de las maquinillas trabajando. Todo termina. Apenas unos minutos confusos y un instante detenido en la hiriente blancura de aquel cuarto en el que todo es desnudez. Luego, puestas en pie, silenciosas, avanzan hacia el fondo. Allí, donde terminan los bancos, hay una gran puerta metálica, encima una bombilla blanca y cegadora. Van entrando. Sus espaldas, su carne dividida, alguna vuelve la cabeza, acaso busca una mirada, pero los peluqueros bajan los ojos y sólo encuentran matas de pelo para siempre confundidas en el suelo, rubio, castaño, moreno, entre sus pies, tapando las baldosas. Órdenes secas de los guardianes, algún empujón, algún grito. Luego la puerta se cierra. Las mujeres están ya en las duchas. Los peluqueros barren el suelo en silencio. Al atardecer, ya en el campo, junto a su barracón, Samuel mira el cielo y la densa humareda que asciende del crematorio. Esa columna espesa y gris que ahuyenta a los pájaros y que asciende, que no se disuelve, que permanece como un grito sin voz, como una pregunta sin respuesta.

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banqueta, en la pared hay clavado un pequeño espejo y el niño, que es casi un hombre y ya ha celebrado su Bar-Mizvah, le ayuda (“Algún día te ganarás la vida con este oficio”) y, mientras mira la cara del cliente desdibujada en el espejo que cuelga de la pared, piensa con nostalgia en la reluciente barbería de su infancia. Y luego el largo viaje, el ruido de las puertas al cerrarse, los quejidos, oraciones y blasfemias, la sed, la sed quemando la garganta, arrimarse al ventanuco y respirar un poco atisbando la noche en la lejanía, el olor, el irrespirable olor a orina, a mierda y a muerte. La llegada al campo, el hambre, la espera. Saber que la muerte nos aguarda como una rutina y no hay escapatoria ni salvación. Y querer vivir, seguir viviendo con toda la fuerza absurda y loca de los quince años y como un lobo hambriento ventear la vida entre cadáveres y cada día decirse que sólo importa este día, resistir, llegar hasta la noche porque aquí el futuro no tiene nombre. Como aquella mañana en que alineados en la explanada los guardianes pidieron peluqueros, gritaron la orden de que todo aquel que lo fuera diera un paso al frente. Y él, que casi no lo era, que apenas había aprendido lo más elemental, recordó a su padre y las palabras que un día le dijo (“Te ganarás la vida con este oficio”) y dio un paso al frente porque supo que la vida estaba en ese gesto, en salir de la fila y responder a la llamada. Así, aquella mañana, se formó una pequeña fila de barberos judíos en el campo de Treblinka y Samuel estaba entre ellos. Había elegido su oficio y su destino.

Mis ojos. Mis ojos reconocen siempre, no olvidan. Quisiera pensar que la muerte no tiene rostro, que es gigantesca pero informe. Inmensas masas de pelo acumulado, tanto pelo que nadie puede barrer, años, siglos, barriendo hebras, mechones, Fueron llevados a los pabellones donde estaban hilos, limpiando un suelo que nadie puede limpiar. las cámaras de gas. Era una habitación grande, Espaldas divididas por huesos como espadas, nucas alargada, rectangular, con las paredes de una cal siempre repetidas, carnes escuálidas, fláccidas, pasos basta e hiriente, con una hilera de cegadoras bombillas vacilantes, manos que se cubren el sexo, silencios y protegidas por alambre en el techo. Había bancos gritos. Pero sin rostro, mirando una blanca pared, a ambos lados, dos largas, interminables, hileras de de espaldas. No quiero reconocer. “Dios, condena a bancos de madera. Las mujeres tenían que mi pueblo pero no me enseñes la mirada y el desnudarse a la entrada. Los peluqueros esperaban nombre de la muerte”. Pero sus ojos están siempre su llegada de pie, detrás de los bancos, diez o doce allí, bajo la luz cegadora, avanzando desnuda por el a cada lado de la habitación, mirando la pared con largo pasillo hasta llegar justo ante mí y mirarme aristas, blanca y desnuda. Luego las mujeres, y reconocernos y luego sentarse tan pequeña en el avergonzadas, intentando cubrir su desnudez, banco de madera. “Perdida Ruth de las calles de temblando, se sentaban en los bancos. Apenas una Varsovia, por qué me encontraste, quién echó la mirada fugaz. Sólo su espalda, los hombros caídos y suerte, quién hizo que fuera yo quien mirase tu apretados, los huesos de la columna dividiendo una espalda de terciopelo y acariciase tu nuca carne estremecida. Y su nuca. Rápidos movimientos y sostuviera tu frente casi infantil”. Un instante tus de la maquinilla ascendiendo metódica, la cabeza ojos encendidos por el reencuentro. Y yo tiemblo poco a poco también desnuda, mechones de pelo y no te veo desnuda ante mí. Te veo corriendo descendiendo por la espalda, cayendo al suelo, luminosa, siempre riendo, con tu falda al viento por

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(este tipo es un cuentista) las calles del gueto. Y tu pelo largo, hoy sin trenzas porque es día de fiesta, te llega hasta los hombros, llevas una túnica rosa que te cuelga hasta los pies y en la cabeza una corona de cartón. Es Purim en el gueto y tu torpe disfraz es más lujoso que nunca. Pareces una reina, pareces la misma reina Esther. Tus ojos brillan con la luz de los nueve años y tu sonrisa ha vencido a las sombras. Esther con su corona de cartón ha salvado a su pueblo. Tú eres el río, la pequeña fuente convertida en río, la luz, el sol, el agua abundante y Amán ha sido para siempre exterminado. “Eres la reina Esther, eres la reina”. Y tu sonrisa coronada de cartón lo niega entre risas: “No, yo soy Ruth, la nuera de Noemí, la que nunca la abandonó”. Ahora tiemblas sin corona y yo r e c o r r o d e s p a c i o t u nu c a y t o d a t u cabeza, quisiera que la maquinilla fuera una caricia, y mi mano izquierda sujeta tu frente. El pelo cae y se pierde en el suelo, se confunde, pero yo quiero salvarlo, quiero guardar tu corona intacta, quiero rescatar tu victoria del olvido. La mano izquierda acaricia la frente, tan despacio, tan leve el movimiento que nadie puede percibirlo pero ella sí. Y al volverse, al levantarse para cruzar el banco y caminar hacia la puerta, me mira y así, desnuda y rapada, mínima pero fuerte, sin una lágrima, esboza una sonrisa. Y camina despacio y sus pasos son los de una reina que venciera a la muerte. “Regresa, Esther, salva a tu pueblo”. Inmóvil junto al banco mis ojos la siguen. Necesito ir tras ella, darle la mano, hablar. Pero permanezco en silencio y sólo mis ojos la acompañan mientras mi mano izquierda aprieta con fuerza un mechón de su pelo. Y un segundo la niña vuelve la vista. La puerta se cierra y sólo miro la cegadora claridad, la bombilla que permanece. Ella se ha perdido. Pero yo la veo siempre. En mi silencio, mientras cuento, un, dos, tres, y abro y cierro las tijeras, la veo con su corona de cartón, desnuda, sin pelo, salvando a su pueblo, pequeña fuente convertida en río. Y sé muy bien, ahora que callo y cuento, un, dos, tres, ahora que piensan que estoy loco, que lo que vi no era el rostro de la muerte. La mirada de Ruth era la mirada de Dios y su nombre es el nombre de Dios. Y nadie puede ver cara a cara a Dios y seguir viviendo y sé muy bien que su nombre es impronunciable. Por eso ahora soy sólo un vacío como este Dios que yosólo puedo ver y nombrar. Un Dios condenado, hecho silencio, blancura cegadora, humo que asciende, ausencia. Por eso acaricio este mechón de pelo que escondo en el pantalón o aprieto con fuerza

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en mi mano izquierda, hasta que mis uñas se clavan en la carne y me hacen sangrar. Yo lo he visto. Y sé su nombre. Y nunca puede abandonarme porque está escrito en Ketuvim: “Ruth respondió: No insistas en que te abandone y me separe de ti, porque donde tú vayas, yo iré, donde tú mueras moriré y allí seré enterrada”. Y por eso acaricio un mechón del pelo de Dios y espero mi muerte y la niña fiel nunca me abandona y cuento, un, dos, tres, mientras abro y cierro las tijeras y sueño con la reina que es la fuente, el río, la luz y el sol que salvará a su pueblo con una corona de cartón y una sonrisa. Cualquiera hubiera enloquecido. Cualquiera que tuviera entre sus manos un pelo de Dios y supiera su nombre y le hubiera mirado a los ojos. Yo, Samuel el joven peluquero de Treblinka, el taciturno peluquero de Tel Aviv, Samuel el viejo loco de Israel, no me he vuelto loco. Qué loco hubiera podido inventar un Kadish tan hermoso como el mío. Lo recito muy bajo, casi un susurro para que nadie lo oiga, mientras cierro y abro las tijeras y acaricio el pelo de Dios. El viejo loco Samuel tiene su Kadish y espera la muerte y tan bajo, como si mi voz fuera el susurro de una niña, o el lamento del humo al perderse en el cielo, o un pelo al caer, tan suave, tan lento, desde la nuca, rozando la espalda, hasta el suelo. Una oración que sube como el humo o baja como el pelo que se pierde en el suelo. Muy bajo, muy despacio, casi sin mover los labios, repito incesante mientras acaricio a Dios en mi mano: Un, dos, tres, el peluquero Samuel. Un, dos, tres, las tijeras de Ruth. Un, dos, tres, el pelo de Esther. Al caer la tarde León despide a los últimos parroquianos, echa los pesados cierres metálicos, ordena los estantes y barre el suelo mientras contempla, con una tristeza que ya es casi una costumbre, a su cuñado murmurando extrañas palabras y agitando las tijeras. Entonces su nieta Esther entra en la peluquería y se sienta, muy despacio, sin hacer apenas ruido junto a Samuel. La niña le acaricia la mano izquierda y permanece así, todas las tardes, unos minutos, los dos silenciosos, sin mirarse. Luego con un movimiento suave y delicado le abre la mano derecha, le quita las tijeras y las deja en un extremo del banco. Se levanta, coge la mano


Samuel Lipstein se instaló en Tel Aviv en 1951, poco después de la creación del Estado de Israel. Trajo consigo a su hermana Sara, eran los únicos supervivientes de la numerosa familia de Varsovia. Sara casó con León y de ellos nació Raquel, que a su vez tuvo una hija a la que llamaron Esther. Samuel regentó durante muchos años una peluquería. Hombre de pocas palabras, ensimismado y solitario, era estimado por sus parroquianos y vecinos. En 1987 ofreció su testimonio sobre la Shoah en un programa de France-3. Poco tiempo después su carácter taciturno se fue acentuando hasta aislarse por completo del mundo. Pasaba las horas sentado en una esquina de la peluquería, siempre con una tijera en las manos y murmurando extrañas letanías en yiddish que nadie entendía. Su cuñado se hizo cargo del negocio. Samuel murió en 1992. Con gran esfuerzo consiguieron abrir su mano izquierda, en ella conservaba un mechón de pelo que al parecer siempre le había acompañado. Nadie supo qué podía significar. La niña Esther, que entonces tenía nueve años, lo puso en un pequeño marco ovalado de plata. Desde entonces está en su mesilla de noche, junto a la cama. Descanse en paz el peluquero Samuel, nacido en Varsovia y muerto en Tel Aviv. “El peluquero de Dios” es un relato de Antonio Crespo Massieu, incluido en el libro al que da nombre: El peluquero de Dios (Narrativa Bartleby, 2009)

eS qaNUTOINIÉONcRESPO mASSIEU (Madrid, 1951)

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del viejo y camina con él hacia la puerta del fondo que comunica con la casa. Los dos caminan hacia la puerta. Samuel acaricia el pelo de la niña y avanza con ella. Nunca le ha abandonado, ahora él tampoco la abandona. Ruth siempre fiel, atada para siempre al viejo Samuel. La puerta al fondo, un, dos, tres, la corona de cartón, donde tú vayas yo iré, donde tú mueras moriré, tú eres el río, tú eres la fuente, luminosa Esther, amada entre todas por el rey Asuero. Y llegamos tan pronto. La puerta se abre, reina victoriosa, pequeña fuente que niega las sombras. Camino con Dios, de la mano de Dios, con el pelo de Dios, diciendo el nombre de Dios. Y juntos traspasamos el umbral. Al fin, yo, Samuel, el peluquero de Dios, voy a descansar en su silencio.

gía sofía y Letras (Filolo es licenciado en Filo se iversidad Compluten Un la r po a) ic án sp Hi r la dios Portugueses po y Diplomado en Estu oa. Universidad de Lisb ñanza ura española en Ense Profesor de literat Secundaria. Una tología comentada an la o ad ic bl pu Ha emas para construir mano tomó la otra. Po de Madrid, 2002), en sueños (Comunidad o Hilario, Roberto Brav coautoría con Pedro es. Desde 1997 es y Fernando Cañamar la páginas literarias de s la de e bl sa on sp re forma , de cuya redacción revista “Viento Sur” parte. lación, emarios: Acaso reve Ha escrito los po - San ción Kutxa, Donostia En este lugar (Funda “Premio e obtuvo en 2004 el qu ) 04 20 n, iá st ba Se XV ad de Irún” en su XX de Poesía Kutxa. Ciud ia, po (Germania, Valenc m tie l de a ill Or n, ió edic rtbou. 2005) y Elegía en Po n ajos de investigació Ha publicado trab ia en revistas como y de creación literar Letrasta da Faculdade de “Anthropos”, “Revis a”, “Asparkía”, “La ortig ”, oa sb Li de de da si Univer ua”, s”, “Diálogo de la leng “Dossiers feministe nto ca”, “Riff-Raff” y “Vie “El cielo de Salaman Sur”. do incluidos en las Poemas suyos han si : La paz y la palabra, antologías poéticas l ra (edición de Manue Letras contra la guer , isea Editorial, Madrid Francisco Reina, Od la cia la poesía españo ha da ira m a Un ), 03 20 2003), a Nueva”, Colombia, actual (Revista “Lun Poesía y Realidad Voces del extremo V. r, món Jiménez, Mogue (Fundación Juan Ra y memoria (Slovento, 2003), Agua. Símbolo de perros (Editorial Madrid, 2006), Vida la 2007), Calendario de Buscarini. Logroño, a poética (Alambra gí lo to An . la ño pa es poesía ndario Belgium, 2007), Cale Publishing, Bertem, a ñol. Antología poétic de la poesía en espa 08), Bertem, Belgium, 20 , ng hi is bl Pu a br m (Ala mo -X . Poesía y capitalis Voces del extremo IX r, món Jiménez, Mogue (Fundación Juan Ra a de la calle. Antologí 2008) y Los centros , Valencia, 2008) . pequeña (Germania EN LA RED om electivas.blogspot.c http://lasafinidades

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IDENTIFICACIÓN

de

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eVA

mONZÓN

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(relatos)

-Pase.

Es por aquí. Espere un momento.

El policía que la había llamado haciendo añicos, no sólo la tarde tranquila del domingo, sino quizá, la vida, le pidió que aguardase. Asintió con un gesto y esperó; si tuviese razón…, pero, no, no podía ser de ninguna manera, la gente se equivoca, es más, por eso la necesitaban, para que confirmara lo impensable. -Entre. Fueron a buscarla a casa dos hombres, además del policía, uno muy bien trajeado, que no paraba de hablarla, de darle indicaciones, de añadir confusión al caos en el que la llamada la había sumido. “Todo irá bien. Es cuestión de unos momentos. No hay nada seguro”. Y a esa frase se agarraba, desesperada, pensando sin saber que pensaba, que recordaba, que intentaba reorganizar una vida que aún no se había confirmada rota, pero que amenazaba derrumbarse si las sospechas de ambos hombres fueran verdad. Y era ella, nadie más, quien tenía que dar el paso; ese antes y después. Ella solamente en contra de sí misma, era la única que cambiaría su vida con un “sí” o un “no”. Una mirada breve, un instante angustioso y todo podría abrirse bajo sus pies o bien nada, quedarse igual, con una anécdota macabra para contar, que se iría diluyendo, desmenuzando, olvidando. Pero ahora, es imposible recordar cómo se vive sin esta angustia, sin este miedo que paraliza, que aleja hasta lo inverosímil lo que hasta hace nada era real: ahora sus pensamientos están atrapados entre un humo denso, tupido, son lentos, ajenos, no aciertan a ser coherentes, firmes: no quieren pensar en qué pasaría si, efectivamente, fuese él.


(relatos)

S

e N É I U q

eVA mONZÓN Nacida en Santander, pasó la infancia en Palma de Mallorca y actualmente vive en Valencia. Estudió música, idiomas, y psicología. Trabajó como profesora de inglés durante varios años. Ahora ejerce en un gabinete privado como psicóloga clínica. Ha publicado relatos cortos –con Bartleby y Acumán-- y poesía en diversas revistas. Y fue coguionista en un programa de radio durante dos años. Su novela corta Tiempo Muerto la editó Bartleby en 2001. La novela Entreactos, ganadora del certamen de Alfonso el Magnánimo de la ciudad de Valencia en su modalidad de narrativa en castellano del 2006, fue publicada por Algar. Tradujo el diario, inédito en España, que llevó el premio Nobel de literatura, J. Steinbeck, durante el proceso de creación de Al Este del Edén, para Bartleby Editores, y que acaba de ser publicado: Diario de una novela: Las cartas de “Al Este del Edén”. Actualmente está escribiendo su cuarta novela, El día a día, un guión cinematográfico, publica mensualmente en la revista digital “Letras”, lleva un blog, “Fragmentos” y está a la espera de editar Errantes.

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-Pase, señora. El cuerpo obedeció la orden. Apretó los puños, se encogió por dentro y entró en esa sala que la esperaba desde la llamada. Qué extraño lugar, de un frío metálico, de un blanco sucio a pesar de lo inmaculado. Unas manos la sujetaron con firmeza y la condujeron a una mesa. Un bulto tapado por una sábana era lo que había venido a ver. Ahora le descubrirían el rostro, y si era él, el vértigo de lo imposible se la tragaría, se abriría la vida bajo sus pies. Y era ella la única que podía evitarlo: si no le reconocía, si bajo esa tela blanca no estaban sus ojos verdes, su pelo castaño, su nariz recta. Si no lo identificaba, no sería él. Podría irse a casa, a esperarlo, a preparar juntos la cena, a dar marcha atrás al reloj, y deshacer lo hecho, a borrar ese instante en el que todo se vino abajo, a enmendar lo imposible. Sólo tenía que no ser él, no reconociéndolo. Todo volvería a ser como antes de la llamada, como antes incluso, de la pesadilla de ayer. Si olvidase lo que sucedió, si no fuese él, si no hubiese ella… -¿Es su marido, señora? Las manos la sujetaron con más fuerza, la sábana a punto de deslizarse, su corazón al límite, su mente paralizada, su vida en suspenso. -¿Es él, señora? El rostro que vio no era el de él: no podía serlo y no lo fue. Ahora sólo quería ir a casa para esperarle a preparar la cena juntos, a olvidarlo todo, a reírse de lo sucedido. A intentar vivir como si nunca hubiese habido una llamada, como si no fuera él a quien había ido a ver.

s) / (Fragmento m o c EN LA RED t. o p s g onzonj.blo http://evam

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ENEMIGO DEL PUEBLO de fERNANDO

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(relatos)

aRAMBURU S

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e abrió un poco la puerta; lo justo para que, cerca de la abertura, una ráfaga de domingo lluvioso removiese la humareda azulada. Era por la tarde, entre las tres y las cuatro. Zubillaga asomó aquella expresión de animal acorralado que no se le borraba de la cara desde hacía doce días. Sólo introdujo la cabeza. El resto de su delgado cuerpo permaneció a la intemperie. Sin dirigirse a ninguna persona determinada, se soltó a despotricar. Dentro de la taberna, los quince o veinte parroquianos de costumbre, el cura entre ellos, se repartían en torno a las mesas, cada una con su tapete salpicado de quemaduras negras y su rueda de jugadores. Nada más reconocer al que vociferaba, volvieron con calma los ojos a los naipes. Las copas, los puros y los cigarrillos iban despacio a las bocas. Se sucedían las bazas, se contaban los tantos, mientras Zubillaga desfogaba con voz de pito su amargura desde el umbral. Ninguno de los presentes parecía más impresionado que si estuviera oyendo los ladridos distantes de un cachorro. La pronunciación de Zubillaga era además deficiente, a causa tal vez de la exaltación que lo embargaba. Las malas condiciones acústicas del local reducían la chorretada de sus gritos a un guau-guau confuso y estridente. Habría hecho falta colocarse a un lado para entender lo que decía, si es que algo decía.


(relatos) esparcidas por las aceras. La gente las esquivaba como si fueran excrementos. Delante de la tienda de chucherías, la curiosidad de una niña de seis o siete años, que se agachó a recoger uno de aquellos papeles volanderos, fue castigada por su madre con un rápido paraguazo en el dorso de la mano. Durante el reparto ningún viandante enfrentó la mirada de Zubillaga. A su paso, una tras otra las caras se volvían hacia el lado contrario; las bocas, de repente severas, le negaban el saludo. Junto a la puerta de la taberna se alzó una escoba amenazante. El tabernero dijo que no quería propaganda. Zubillaga, visiblemente acobardado, bajó a la calzada y unos pasos más allá volvió a la acera. Al fin del reparto, se encaminó a la plaza de la iglesia, en cuyo centro colocó la silla. Desde la penumbra de los soportales lo vieron sentarse, primero de espaldas a la iglesia, enseguida de frente; él sabría por qué. Sobre sus hombros colgaba la bandolera a modo de capa. Silencioso y en una postura como de condenado a la vergüenza, se expuso a las miradas de la gente. Ya corría por todo el pueblo el rumor de su chaladura. Al cabo de un rato llegaron cinco niños de corta edad con un balón. Se paró el que iba delante no bien hubo reconocido al hombre sentado en la silla. Se pararon los otros tras él, formando un pequeño grupo de asombro. Luego de un intercambio de cuchicheos, optaron por improvisar una portería de fútbol a cierta distancia. Hechos los equipos, comenzó el partido: dos contra dos y el portero contra todos, atento, entre dos marcas de tiza trazadas en el suelo, a los botes del balón y a las idas y venidas de sus compañeros. De vez en cuando el balón salía despedido hacia Zubillaga. Fuera por evitar discordias o porque los niños, perdido cualquier asomo de temor, se regocijaban tirando a dar, el caso es que Zubillaga se trasladó a un rellano de las escalinatas que conducen al pórtico de la iglesia. El aguacero que se desató a continuación ahuyentó a los niños. En la plaza sólo quedó el murmullo del agua que se rompía contra los adoquines. El viento metía ráfagas de lluvia dentro de los soportales. A mediodía el cielo estaba tan encapotado que los tenderos tuvieron que encender las lámparas de sus comercios. Para entonces, Zubillaga había vuelto con su silla de cocina y su bandera al lugar inicial. Ya no se movió de allí hasta la noche. En el transcurso de aquellas largas horas, tres personas sueltas se le acercaron con distintas intenciones. Una señora que iba a misa fue la primera.

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Corpulento, flemático, el tabernero secaba cucharillas detrás del mostrador. Las cejas del eclesiástico se arquearon impacientes en el costado de una mesa pidiéndole que atajara el incordio. El tabernero se apresuró a mandar a Zubillaga que se marchase. Zubillaga, la mirada grande, el gesto alelado, se calló. ¿Era eso todo lo que deseaba, la simple certeza de que aquellos hombres no habían tenido más remedio que escucharlo durante algo más de medio minuto? Ya nunca se sabrá. Cerró la puerta con cuidado, como temeroso de que el rechino de los goznes irritase a quienes acababan de recibir su descarga de improperios. Desde el interior lo vieron parado al otro lado de la puerta en actitud pensativa, con la cabeza gacha. Estuvo así varios segundos antes que su figura enteca se esfumara para siempre del vidrio esmerilado. Unos chavales fueron los últimos que lo vieron. Se habían refugiado de la lluvia dentro de la cabina de un camión roñoso, abandonado junto a la tapia de una chatarrería. Por los huecos de las ventanillas sin cristales siguieron los pasos tambaleantes de Zubillaga. Cundió en la pandilla la sospecha de que iba borracho. Esperaron a que alcanzara el final de la cuesta para mofarse de él a coro. Uno de ellos salió del camión a tirarle piedras que se quedaron a medio camino. Subió al pretil, Zubillaga les dedicó un corte de mangas. Después se dio la vuelta y se arrojó al vacío. Los chavales echaron a correr hacia el puente haciendo gestos de alborozo. Llegaron a tiempo de ver a Zubillaga tendido en el asfalto, con el brazo extrañamente doblado sobre la espalda. Un círculo de personas alarmadas rodeaba el cuerpo inerte. El conductor de una furgoneta parada en medio de la carretera lo tapó con una manta de cuadros. La manta, demasiado corta, dejaba los dos pies al aire, sin zapatos. Uno de los calcetines tenía un agujero. No había parado de llover desde la víspera. Los nubarrones ocultaron los últimos claros de la mañana del sábado. Más o menos por entonces Zubillaga salió del portal de su casa con una silla de cocina, una bandera vasca arrollada al brazo y un fajo de unas doscientas hojas sueltas de bloc, cuadriculadas. Todo el que quiso pudo leer en ellas, redactado a mano con letras mayúsculas, que él no había hecho aquello que decían. El viento del noroeste, que ya soplaba con fuerza desde el amanecer, arrancaba las hojas de los sitios donde él las ponía. Casi todas acabaron

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(relatos) Faltaba poco para las seis. Desde el campanario se desperdigaba un repique chillón; traído y llevado por el viento, tan pronto subía de intensidad como se perdía en débiles tintineos sobre los tejados, en dirección al monte. Nada más entrar en la plaza, la señora se apartó de sus acompañantes, que prosiguieron su camino al amparo de los soportales. La quisieron disuadir, pero ella no hizo caso. Enderezó a través del aguacero, altiva la barbilla, enfadados los tacones. Llevaba el paraguas cerrado por precaución de que no se lo desbaratase el viento, y más que llevarlo lo empuñaba como si fuera un garrote. Se paró a cinco metros por detrás de Zubillaga. Éste aguantó los insultos sin volverse. La señora subió al pórtico. La rodearon ocho o nueve bisbiseando la misma pregunta. Resumió: Es un payaso. Al decirlo se volvieron algunos a mirar por entre los barrotes de la verja a Zubillaga, cabizbajo en su silla, tan quieto que parecía dormido en el centro de un charco que no cesaba de crecer a su alrededor. Que qué le habían dicho. Aún le salían a la señora las erres arrastradas por la rabia. Que qué le iba a decir, pues. Que estaba deshonrando la ikurriña. Que ya iba ella a mandar a alguno a que se la quitara. Que el pueblo no perdona. Que era un sinvergüenza, un traidor y que de vasco, nada. Bien dicho, la secundaron. Y después se metieron todos en la iglesia a cumplir con el precepto. El siguiente que se acercó aquella tarde a Zubillaga fue el menor de sus hijos. Al muchacho, bozo y acné, lo abordaron de atardecida, cuando llegaba al portal de su casa, dos chicarrones de la edad de su hermano, allá por los veintitantos. Al punto los conoció. El uno había vivido de niño en el edificio frontero al suyo; el otro era de un caserío de al lado de la fábrica de leche. Este último, con barba de cacto, había salido a principios de año de la cárcel. Haría cosa de un mes que había recibido su bienvenida y homenaje en el balcón del ayuntamiento. Volvía el muchacho, pasadas las ocho de la tarde, de una clase de inglés en la academia de idiomas, con su carpeta bajo el brazo, su paraguas y sus cejas tristes; lo rodearon y ven con nosotros. No hubo necesidad de señalarle el camino. Ya su madre le había suplicado a primera hora de la tarde que no pasara por la plaza de la iglesia. Chico obediente, se había llegado a la academia dando un rodeo. Ahora lo flanqueaban los dos jóvenes fornidos por la calle abajo. En esto, uno de ellos le preguntó si no

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se avergonzaba de tener un padre como el suyo. El muchacho caminaba con la vista baja y el paraguas cerrado a pesar del chaparrón. Se encogió de hombros; pero como el otro insistiese, respondió que sí. Que sí qué. Que sí se avergonzaba. Le dijeron detrás de una columna de los soportales lo que tenía que hacer. El hijo de Zubillaga asistió amilanado. Había una pintada con tinta roja en la piedra: ETA MÁTALOS. Él la miraba y los otros, se conoce que como premio a su docilidad, se pusieron a hablarle en euskera. Si quería que le guardaran mientras tanto la carpeta y el paraguas. Bueno. Allá fue, solo bajo la lluvia, con pasos vivos de recadista. Dirigió la palabra a su padre sin acercarse del todo a su lado y su padre no se volvió. Estuvieron así un buen rato. Algo se dirían, el padre en la silla y el hijo a su espalda, distantes varios metros el uno del otro. Luego el muchacho le tomó la bandera y ni siquiera entonces su padre cambió de postura. Les llevó el hijo de Zubillaga a los chicarrones la bandera empapada. Ellos le devolvieron sus pertenencias. Doblaba el de la barba de cacto con cuidado el paño patrio y el muchacho no podía apartar los ojos de aquellas manos gruesas de dorsos pilosos. Advirtió que los chicarrones se miraban entre sí y que no le hacían caso, y, susurrando un tímido agur, se marchó a su casa con las cejas tristes. Aún estuvo Zubillaga sentado en la plaza de la iglesia más de una hora. Ya había oscurecido y apenas andaba gente por la calle cuando recibió la tercera visita, precedida de una esgrima de cuchicheos en una zona poco iluminada de los soportales. Que sí, que no. Había desacuerdo en el matrimonio sobre el empeño del marido de mostrarle un gesto de solidaridad al pobre hombre. De pobre, nada, según la mujer. Que algo habría de verdad en lo que de él se decía para que lo despreciase todo el pueblo. Que si sería vasco o tendría necesidad de probarlo y menos de aquella manera que debía de ser el bochorno de su familia. Era un matrimonio mayor, los dos flacos, los dos pequeños. Llevaba él un jersey azul marino sobre los hombros; ella, un bastón cuya contera de metal producía un ruido sordo contra las losas. Iban agarrados del brazo, pero con el acaloro de la disputa se soltaron. El marido aducía por lo bajo que, cuando en el 37 cayó prisionero en la muga de Santander, a punto estuvo de acabar delante del


(relatos) quedar con ella. La muchacha sacó a media tarde del jueves, por el borde inferior de la persiana, la mano con la regadera y al momento le silbaron desde la calle una parodia del himno nacional de España. Ya no quiso regar más. De un simple vistazo podía reconocer las cartas de amenaza. Allí mismo, en el portal, las rompía sin abrirlas, junto con las notas insultantes que por el mismo conducto recibía su padre a diario. Ella tiraba los cachos de papel a las papeleras de la calle, diseminándolos de modo que nadie los pudiera reunir, y a casa subía sólo las facturas y los sobres con remitente conocido. El miércoles por la mañana encontró dentro del buzón un pájaro muerto. El animal no presentaba señales de violencia. Los ojos cerrados le comunicaban un aire de serenidad, como si hubiera tenido una muerte plácida. Las plumas sucias y desordenadas inducían a pensar que había permanecido largo tiempo tirado en un suelo polvoriento antes que alguien lo hubiera recogido para ofender o asustar a Zubillaga. La muchacha lo sacó agarrándolo con una hoja de papel en la que la mano anónima había formado unas cuantas frases injuriosas con letras recortadas del periódico. Después de tirar el pájaro a la papelera más cercana, enderezó sus pasos hacia una carnicería que había al final de la calle. Llevaba una bolsa de mala y una lista son todo lo que su madre le había pedido que comprase. Cubría la entrada del establecimiento una cortina de colgantes destinada a impedir el paso de los insectos. Desde la acera se oía un murmullo de voces risueñas procedentes del interior. En el momento en que la hija de Zubillaga estiró la mano para apartar la cortina, la carnicera soltó una de sus carcajadas inconfundibles, carcajada de mujer ancha, alta, provista de un papo poderoso. Nada más darse cuenta de quién llegaba, las cuatro mujeres que en aquél instante se encontraban en la carnicería enmudecieron. La muchacha saludó sin inmutarse. No hubo respuesta. Un silencio tenso quedó flotando en el aire donde hasta poco antes había habido un revuelo de risas y voces de señoras que hablaban todas al mismo tiempo. La que tenía la vez hizo sus pedidos en tono cortante. La sueña partió con entrecejo fruncido varios trozos de una caña de vaca que reposaba sobre la tabla de cortar. Había una rotundidad de enfado en los hachazos. La hija de Zubillaga esperó su turno junto a un extremo del mostrador. Llegaron

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paredón, tú bien lo sabes. Entonces habló en su favor una persona que no se quiso dar a conocer, a lo mejor por ser alguno del pueblo que se había pasado al otro bando. Total, que en lugar de fusilarlo como a tantos gudaris de su quinta lo destinaron a un batallón de trabajadores. Salí vivo y me pude casar contigo, no lo olvides. ¿A qué vienen esas historias? Mujer, imagina que fue un pariente suyo el que me salvó. Pues si vas yo no te hago la cena, ¿qué dirán los vecinos? Voy y vengo, en un minuto. Entonces que te haga la cena ése. Pues no ceno, ahí va Dios. Se adentró en la lluvia, pero a los pocos pasos parece que le flaqueó la voluntad. Entonces buscó a la mujer con la mirada. La mujer le puso mala cara. Con un meneo furioso de bastón le mandó volver. Durante un instante el marido vaciló. Ella le susurró en tono de reniego que iba a pillar una pulmonía. Recuerda lo del 37, replicó él con apenas un hilo de voz, temeroso tal vez de que sus palabras pudieran llegar a oídos de extraños. Acto seguido, moviendo los labios al modo de quien conversa a solas, se encaminó resueltamente a Zubillaga. La mujer lo esperó escondida detrás de una columna. Él no tardó en volver. A mí el pobre hombre me da pena. Le prohibió ella que le contara lo que habían hablado, ya que por nada del mundo lo quería saber, y como se te escape una palabra te acuerdas. El marido dulcificó los gestos y las palabras para reconciliarse con ella, pero ya vio que no estaba el horno para bollos, así que malquistados y en silencio salieron los dos de la plaza. Hacía varios días que la mujer de Zubillaga no bajaba a la calle. De pura vergüenza ni siquiera se atrevía a asomarse a la ventana, mucho menos a salir al balcón. Y desde que el martes por la noche se estrellaron contra los vidrios de la sala cinco o seis bolsas de plástico con pintura roja y amarilla, ventilaba los cuartos con las persianas bajadas. Un pariente afincado en el pueblo le aconsejó por teléfono a la mujer de Zubillaga que permaneciese recluida en casa hasta tanto se hubiese aclarado lo de su marido. Pero si sales y nos vemos, haz el favor de no saludarme. Si me tienes que decir algo me llamas. Por la calle ni se te ocurra, compréndelo. De hacer la compra se encargaba ahora la hija; de regar las macetas, primero la hija y después la lluvia. La hija tenía diecinueve años y un novio empleado en la fábrica de leche que decía estar muy atareado últimamente y que por eso no podía

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(relatos) mientras tanto dos señoras. Una de ellas preguntó quién estaba la última. La muchacha respondió con forzada naturalidad. La otra hizo como que no se enteraba. Cuando llegó el turno a la hija de Zubillaga, la carnicera dirigió la palabra a una de las señoras que había venido más tarde que la muchacha. Ésta dijo con suavidad que le tocaba a ella. La carnicera siguió hablando con la otra. ¿Qué te pongo? La hija de Zubillaga se arrimó sin titubeos al centro del mostrador. Doscientos gramos de jamón serrano. Lo tuvo que repetir. No me queda, respondió con sequedad la carnicera. La hija de Zubillaga señaló con el dedo la pieza de jamón colocada sobre la re pisa de már mol cuajada de fiambres. Doscientos gramos de ése, por favor. La carnicera se dignó mirarla a la cara por vez primera. Una mueca de desprecio torcía su boca cuando dijo: Yo no vendo a los enemigos de Euskal Herria. La muchacha volvió a su casa con los dientes apretados, mirando fijamente a los ojos de los viandantes. No bien hubo entrado en el portal se le escapó un sollozo. Dejándose entonces caer sin fuerza sobre un escalón, estuvo llorando en las cuencas de sus manos hasta que, transcurridos no menos de veinte minutos, oyó que una puerta se abría en lo alto del edificio. Al instante se puso de pie, se enjugó las lágrimas con la manga de la blusa y a toda prisa subió a su vivienda, que estaba situada en el piso primero. Acordó con su madre ocultarle a Zubillaga el incidente de la carnicería. Iba para unos cuantos días que no le contaban nada que le pudiera agravar su decaimiento. Tampoco él salía del cuarto, donde pasaba largas horas sentado a oscuras, para preguntar si todavía lo amenazaban con cartas anónimas y pintadas en las paredes. Desde el domingo anterior, el teléfono permanecía descolgado por las noches para evitar que sonase a horas intempestivas. Durante el día, en cambio, tanto por la mañana como por la tarde, el aparato repicaba con frecuencia. Es probable que desde el otro lado del tabique, Zubillaga, por el diga de su mujer o de su hija, seguido del seco topetazo del auricular contra el receptáculo, adivinase que lo habían vuelto a llamar con malas intenciones. Quién si se identificó al aparato el domingo a media tarde fue el único concejal socialista de la localidad. Zubillaga atendió a la llamada, cosa que ya no volvería a hacer durante los siete días restantes de su vida. Por la mueca de pasmo que se le puso, la mujer comprendió, parada en el umbral de la sala,

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que algo grave ocurría. Se apresuró a arrebatarle el auricular y quién es. El concejal se presentó con su nombre y apellidos. Y dijo: La carpintería. ¿Qué pasa con la carpintería? Ya le he dicho a su marido que está ardiendo. Desde las ventanas de mi casa se ve el humo. La carpintería de Zubillaga ocupaba un local de alquiler ni grande ni pequeño, en la planta baja de un inmueble situado junto a la orilla del río. Se cerraba con una puerta levadiza de metal sobre la que se extendía un dintel fijo con cuatro respiraderos. Estos respiraderos, dispuestos en fila, eran de tamaño inferior al de una cabeza humana. Tenía cada uno un vidrio movible. Durante el día, las telarañas y la mugre acumuladas en ellos apenas consentían el paso de unas hilachas de claridad. Zubillaga acostumbraba dejarlos entreabiertos en el curso de su jornada laboral; a veces también por las noches y durante los fines de semana, ya que con frecuencia utilizaba para su trabajo barnices, colas y otros productos químicos que despedían un olor penetrante. En pleno día no se sabe quién había aprovechado aquella circunstancia para arrojar al interior del taller unas cuantas botellas incendiarias. Cabe también la posibilidad de que el autor o los autores del ataque rompieran algún vidrio. Nadie los vio nadie los oyó, como nadie vio ni oyó de víspera a quien después de escribir con pintura de espray, en le puerta metálica, el nombre del carpintero, había trazado sobre él un círculo y una cr uz en representación de una diana de tiro. El fuego de las botellas debió de prender con rapidez en el cajón de las virutas, en los sacos de serrín, en las tablas, en el banco. El humo que salía por los respiraderos alertó a los vecinos, que, percatándose del peligro que corrían sus viviendas, tomaron la iniciativa de apagar el incendio por sus medios, sin esperar la llegada de los bomberos. Delante de la carpintería se congregó un nutrido grupo de personas. Varios hombres de la vecindad trataron en vano de forzar la puerta. Tuvieron que conformarse con arrimar una escalera de mano y verter el agua de los baldes por los respiraderos. El procedimiento resultaba tan penoso como ineficaz. Pronto el calor obligó a retroceder a los más tenaces, mientras el incendio se propagaba a sus anchas en el interior de local, donde de rato en rato se producían extraños estallidos. Ahora el humo salía también por las rendijas de la puerta: un humo blanco, espeso y violento que, al ascender pegado a la


(relatos) que lo acompañara el hijo menor, pero contestó que no, que iba él solo. Su mujer le vio desde la ventana alejarse por la calle. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, como si fuera de paseo, la boina inclinada más que de costumbre sobre la nuca y una falda de la camisa por fuera de los pantalones. Después que Zubillaga hubiese doblado la esquina, su mujer permaneció junto a la ventana mirando el humo ascendente. No pasaban cinco minutos sin que él teléfono la sacara de su quietud. Amá no cojas. Así y todo, la mujer de Zubillaga se acercaba al aparato, ponía la mano sobre el auricular y dudaba. Atendió a seis o siete llamadas. Dos fueron de personas que, sin darse a conocer, le trasmitieron palabras de consuelo; una de un pariente indignado, y el resto, de acoso y escarnio y la próxima vez será peor, asquerosos amigos de los fascistas, no vamos a parar de daros caña hasta que os larguéis. Tres días antes, el hijo mayor se había marchado a vivir al caserío de un amigo, ya en los límites de la comarca, después de una agria disputa durante la cena. Cegado por la cólera, estuvo a punto de golpear a su padre. Pégame si te atreves. No lo hizo. A cambio, derribó de un manotazo la botella de sidra, soltó una ristra de juramentos y se fue. La madre lo siguió profiriendo súplicas con voz doliente por las escaleras. No le había dado tiempo a la mujer de quitarse el delantal. Se le quebraba la voz, se le atoraba el aire en la garganta, pero el hijo se iba. El hijo se iba y ella, varios metros por detrás, estiraba los brazos para agarrarlo. En el descansillo del bajo, clic, sonó el chasquido curioso de una mirilla. La mujer se calló al instante. En silencio vio al hijo salir del portal. Al hijo. Demasiado rápido para poderlo alcanzar. Su espalda ancha, sus hombros, su melena recogida en una coleta y luego, nada. Llevaba el joven en sus zancadas una determinación furiosa que aún debía de durarle cuando el cabo de trece días enterraron a Zubillaga, ya que no acudió al cementerio. Se conoce que por la mañana algunas personas del pueblo le habían negado el saludo por la calle; a él, que era más patriota que Dios, según dijo al llegar a casa a mediodía. Aquello le había puesto de muy mala leche y con muchas ganas de aclarar el asunto y a ver qué hostias pasa aquí, si es verdad que ése, señaló a su padre con un golpe airado de

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fachada, ocultaba por completo el balcón del primer piso. En el balcón se oían los aullidos lastimeros de un foxterrier. A veces la humareda cambiaba de intensidad y se desplazaba ligeramente hacia un lado. Los de la calle podían ver entonces, durante dos o tres segundos, al animal que iba y venía lleno de angustia por el reducido espacio en que estaba atrapado, o que se afanaba por meterse en la vivienda estregando la persiana con las patas. Un señor pidió indignado que sacasen de allí al txacurra. No lejos de él, el vecino del primero, que era de los que habían intentado desencajar la puerta de la carpintería a golpes de escoplo y con una palanca de hierro, protestó diciendo que claro, para que se meta el humo en el comedor y me joda los muebles y me deje la casa hecha un Cristo. A todo esto, una vecina divisó a Zubillaga parado al principio de la calle en cuesta. Permanecía quieto como si no se atreviera a recorrer los últimos metros que lo separaban de su taller. La vecina dijo con rencor ostensible: ahí está el verdadero txacurra. Y una que estaba a su lado añadió en tono similar que por su culpa va a arder el barrio entero y que con más razón se tenía que quemar él por traer problemas que no el pobre Txiki, que así era como se llamaba el foxterrier. De ahí a poco se vio entre el humo que la persiana del balcón se levantaba hasta formar por abajo una estrecha abertura. Por ella surgió una mano rápida que, agarrando sin contemplaciones al animal, lo metió de un tirón en la vivienda. Más tarde una voz de tantas propuso tender una soga entre el picaporte de la puerta de la carpintería y un coche o una furgoneta, con el fin de arrancar aquella poniendo el vehículo en marcha. Coche, cuerda, arrancar: no había manera de entenderse en medio de la gritería, y cuando por fin uno de los presentes anunció que iba en busca de una cuerda así de gorda que tenía, según dijo, en la chabola de su huerta, sonaron cerca del puente de acceso a la localidad las sirenas de los bomberos. Oculta tras los visillos del dormitorio matrimonial, la mujer de Zubillaga observaba la columna de humo que se levantaba sobre los tejados del fondo, en el cielo azul de la tarde. Su marido acababa de salir de casa. Al principio se había resistido. Para qué voy a ir si ya no hay remedio. La familia insistió. Sobre todo la hija: Aitá, es mejor que vayas, salva por lo menos el local, salva la puerta antes que te la tumben los bomberos. Le sugirieron

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(relatos) barbilla, ha hecho lo que dicen que ha hecho. Por la tarde faltó a la carpintería, en la que aprendía el oficio con su padre, y se dedicó a recorrer el pueblo preguntando aquí y allá. Adonde quiera que fue encontró conformidad en las respuestas. Un gesto de inquina, de rechazo, incluso de asco, se repetía en las caras. A veces también, se repetían las palabras. No tengo nada en contra tuya, pero... En la herriko taberna, donde había servido bebidas en no pocas ocasiones y donde no hacía un año que había ayudado a dar una mano de pintura al techo y las paredes, le dijeron que de momento es mejor que no vengas por aquí hasta a ver cómo sigue la cosa. Entrando la noche llegó a su casa convencido de que el cura, que fue el él último con quien había hablado, tenía razón. ¿Cómo un pueblo entero se va a equivocar? ¿A ti te parece posible que tantas y tan distintas personas se hayan puesto de acuerdo en una falsedad? Imposible, hijo mío. Y le aconsejó en el momento de despedirse, mostrándole las carnosas y pálidas palmas de sus manos: Intenta convencer al aitá para que... ya me entiendes. No lo entiendo, Juana. Pues para que abandone el pueblo antes que ocurra lo que Dios quiera que ocurra. Eso el jueves. El martes, de anochecida, paró en la plaza del ayuntamiento el autobús con los que volvían de visitar a los presos, entre los ellos a los dos chavales detenidos la semana anterior en un imprenta contigua a la carpintería de Zubillaga. Era la primera vez que sus familiares habían podido verlos desde la tarde en que agentes de la Guardia Civil hicieron saltar por los aires la puerta del local y los pillaron dentro de un polvorín que los dos jóvenes tenían montado en un pequeño sótano cuya entrada estaba disimulada debajo de una máquina impresora. Se conoce que había un truco para desplazar la máquina y que la trampilla por la que se accedía al sótano se abría por medio de un ingenioso mecanismo escondido en la pared. Los agentes venían avisados, ¿por quién?, de modo que sorprendieron a los dos chavales atareados dentro del sótano, los atraparon en cuestión de un minuto y se los llevaron esposados a Madrid. Zubillaga, que se encontraba solo en la carpintería, salió atraído seguramente por el estrépito de la explosión. Vio de cerca cómo metían a los detenidos en un vehículo estacionado justo delante de su taller. En aquel momento, algo dijo a los guardias civiles o uno de los guardias civiles le dijo algo a él, al parecer de broma o como mostrando alegría. El caso

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es que el martes los viajeros del autobús traían en la boca su nombre con muchas ganas del escupirlo por las calles del pueblo. Cuando llegaron del largo viaje, Zubillaga, estaba en la taberna echando una partida de mus con los amigos. Formaban la rueda los cuatro de costumbre. Hasta la hora de irse se jugaban uno o dos porrones a las cartas. Iba para varios meses que Zubillaga no fumaba cigarrillos; en cambio, gustaba de reservarse para las partidas en la taberna un puro habano que traía de casa. Solía encenderlo a eso de las nueve o nueve y cuarto, y lo saboreaba con una calma de sibarita que provocaba frecuentes chirigotas entre sus amigos. Consumido el puro, Zubillaga, no tardaba en marcharse a cenar. Aquél martes acababa de encenderlo cuando se asomaron por la taberna las cejas tristes del hijo menor. El muchacho se acercó a él con rapidez y, durante unos cuantos segundos, le estuvo hablando al oído. A Zubillaga se le atirantó el semblante. Dile a tu madre que enseguida voy. Eso lo oyeron todos. Siguió jugando un par de manos, pero ya sin concentrarse y con el entrecejo preocupado, hasta que en medio de una partida aplastó la brasa del puro contra el fondo del cenicero y anunció que se iba. Pero si tú te vas, dijo su pareja de juego, yo también. El tabernero les dedicó a modo de despedida una de sus bromas habituales. Fuera era ya noche oscura. La gente se había recogido y, salvo algún que otro vehículo de paso, no se veía un alma por la calle. ¿Ocurre algo? La mujer, que no sé qué quiere. Caminando sin hablar, los dos amigos llegaron ante el portal de Zubillaga. En la fachada del edificio, fresca todavía la pintura, podía leerse: ZUBILLAGA TXIBATO, con la consabida diana encima del nombre. El amigo apretó el paso como espoleado por una prisa repentina. A los pocos metros se volvió y, con la cara demudada y ademanes nerviosos, le susurró a Zubillaga: Bórralo antes que lo vean tus vecinos. Bórralo, rediós, que con esas cosas no se juega.

[“Enemigo del pueblo” pertenece al libro de relatos Los peces de la amargura, Barcelona, Tusquets, 2006]


qUIÉN eS

(ilustración de mAYTE sÁNCHEZ sEMPERE)

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) (San Sebastián, 1959 RU BU AM aR DO AN RN fE ñol. or y ensayista espa una es un poeta, narrad nació en el seno de a, ic án sp Hi a gí lo lo tudios y Licenciado en Fi para pagarse sus es do to de zo Hi . ta es hijos familia mod clases de español a o nd da ia an em Al nania del desde 1985 vive en seke, al norte de Re Ge y t ad st pp Li en de inmigrantes de 1980 fue creador da ca dé la de os nz ie m ián. Norte-Westfalia. A co “Cloc” en San Sebast a ur at er lit de o up egos con y promotor del gr la publicación de Fu as tr a m fa la a ltó vacíos Aramburu sa las novelas Los ojos o ad ic bl pu ha s ué ne por limón (1996). Desp (2003, adaptada al ci ía op Ut l de ta tis pe s); Vida de un (2000); El trom de Bajo las estrella o ul tít el n co t re ar Félix Visc mbra (2005). (2004) y Bami sin so s ía at M o ad m lla o la amargura pioj entos Los peces de cu de ro lib el ó ic bl En 2006 pu víctimas del tos centrado en las la re de ro lib un Es . de Narrativa (2006) nó el Dulce Chacón ga ro lib te Es A. ET la 2008. terrorismo de al Academia Españo Re io em Pr el y 07 20 Española .

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ESTACIÓN DE SANTS de aNTONIO

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dÍEZ

A

Era domingo. Normalmente los domingos voy a casa de mis padres a comer paella. El día familiar. Y, para ser sincero contigo, ahora ni me acordaba de ellos. Ahora, en la puerta de la estación de Sants, con el sol dándome en la cara, notaba una ligera resaca, el calor pegajoso del verano Todavía quedaban una o dos horas para mediterráneo, el cansancio por no haber dormido que saliera mi tren, sólo un rato para que saliera más de dos horas, y el humo, rascándome ligeramente el suyo. Y allí los dos, fumando, hablando en inglés, la garganta al chupar el cigarrillo. Me gustaba todo nuestra lengua en común. De vez en cuando iba y aquello. le plantaba un beso en los morros, intentando Entonces sonó su móvil. aprovechar los últimos minutos junto a ella. l mes siguiente cumplía treinta y tres años. Y allí estaba, en la puerta de la estación de Sants, a las cinco de la tarde de un domingo caluroso y con aquella tía con la que había pasado la noche anterior. Ya me entiendes.

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Era el primer día de verano, aunque yo aún no estaba de vacaciones y tenía bastantes asuntos de trabajo pendientes, además de otros muchos temas de todo tipo a medias y sin resolver. Mi vida era un descontrol. Y me daba igual. Ese fin de semana había dejado todo colgado por venir a verla. Y por eso ahora estábamos allí los dos, charlando en inglés, a punto de despedirnos, despeinados, sudados, sucios. Hacía tiempo que no estaba con una tía así, como ella, y el resto del mundo, como te digo, me daba igual.

Y era su hijo, que le llamaba, imagínate, con dos añitos. No sé qué le diría. Supongo que lo lógico, mamá dónde estás, cuándo vuelves. Y es que llevábamos juntos dos días ya. Mientras su hijito le hablaba desde el otro lado del teléfono, ella sonreía. Yo me imaginaba la voz infantil del chiquillo al otro lado, mamá dónde estás, cuándo vuelves... Y ella le respondía como lo que era, como una madre que habla con su hijo de dos años, ya sabes cómo es. Hasta entonces no me había


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parado a pensarlo mucho. Yo lo sabía, sí, me lo había contado, claro, pero ahora lo veía con mis propios ojos: ella, hablando en alemán con aquel niño y con ese tono infantil que ponen las madres cuando hablan con sus hijos. Como de repente recordé entonces que hablaba mi madre conmigo, mucho tiempo atrás ya… Me gire y miré hacia otro lado, por pudor, no sé, por no cortarle el rollo, y seguí fumando. Vi entonces que estaba rodeado de desconocidos, todos fumando o hablando por el móvil, una masa anónima de vidas desconocidas que la casualidad reunía cada día en la puerta de la estación de Sants, como a nosotros dos hoy. No sabía ni hacia dónde mirar ni qué hacer aparte de fumar, nada me interesaba a mi alrededor, sólo ella, que continuaba hablando por el móvil. Ella, que tenía que tomar un tren y volver ya a su apartamento de verano, con su hijo, y regresar después a Alemania, a seguir con su trabajo, con su marido, con su vida. Y olvidarse luego de este rollo veraniego. Y de mí. Y yo, habiendo dejado mi trabajo y otras mil historias por venir a verla, sin saber qué iba a pasar, sin pareja fija desde hacía años, metiéndome cada poco en aventuras como ésta que no me conducían a nada, y con resaca, y calor, fumando allí, en la puerta de la estación de Sants, esperando un tren a Madrid que me llevara a mi piso compartido, a mi habitación de alquiler, a la incertidumbre de un verano sin planes, sin nadie con quien compartirlo. Nadie en el horizonte. Nadie me llamaba al móvil.

Al mes siguiente cumplía treinta y tres años.

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, 1976) aNTONIO dÍEZ (Madrid pecialista ación secundaria es Es profesor de educ públicos teratura en centros Li y na la el st Ca ua ado dos libros: en Leng sta ahora ha public ha y rid ad M de oya (2004) y, ad de la Comunid España, ed. Muñoz M e sd de as rt Ca s. l Sol le na yendas, ed. Baile de Le Brigadas Internacio de do an bl Ha , ez vid Gonzál junto a Jim Jump y Da ica (2009). r de memoria histór la co es a st vi re la es n Colabora a su vez co madrileña de donde ad lid ca lo a, ad br la de Fuen al castellano “Entresiglos 20-21” ucciones literarias ad tr en a aj ab tr ad os de id al otros poemas y text en oriundo, y en la actu de ás em ad , es on anglosaj s. de diversos autores ece en estas página ar ap e qu to la re el o com composición propia

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LAS DOS CARASDEL MIEDOdecARLOS

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levo casi dos horas dentro del coche, esperando. Una hora y cuarenta minutos exactamente. Y ya se sabe que las horas se alargan interminablemente cuando no se tiene nada que hacer, cuando no se hace otra cosa más que esperar, dejar pasar el tiempo. Y lo peor de todo es que no estoy pendiente de que ocurra algo; tampoco espero a nadie, ni siquiera aguardo una señal o una llamada. Espero únicamente porque tengo miedo a salir del coche. No, miedo a salir del coche no; me estoy expresando mal. Tengo miedo a salir del coche y hacer lo que he venido a hacer. Y tampoco dispongo de todo el tiempo del mundo. Una hora más y ya será demasiado tarde. Pero esto del miedo no es nuevo, no lo es en absoluto. De hecho, siempre he sido un cobarde, un idiota incapaz de tomar las decisiones adecuadas, de afrontar la vida cara a cara, de plantarse ante el mundo sin amedrentarse como un niño. Por miedo acepté este encargo y por miedo estoy a punto de fallar. Y si fracaso será todavía peor. No tengo alternativa: he aceptado vivir al borde de la muerte. O mato o me matan. No hay más elección. En contra de lo que pudiera pensarse, no es la primera vez que lo hago, que tengo que hacer algo así. Y tampoco sería la primera en que el miedo me paraliza y las manos se me ponen a temblar como a un enfermo. Ya he fallado antes. Por eso, antes de enviarme aquí, Núñez me lo dijo con toda la claridad

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del mundo: es tu última oportunidad, ¿comprendes? No me la juegues más veces, no me jodas más, ¿me oyes?, que sea la última vez que me lo haces, porque te aseguro que no habrá una segunda oportunidad. En todo el rato que llevo esperando, muchas cosas han pasado ya por mi mente. Y todas relacionadas con el miedo. Con mis miedos, quiero decir. Me he acordado, por ejemplo, de las tardes en que, de niño, me entretenía espiando a mi vecina de enfrente, una mujer algo entrada en años y bastante gorda cuyo dormitorio quedaba frente a mi ventana. Era la primera mujer que veía desnuda en mi vida. Me he acordado precisamente del día en que me pilló espiándola y de cómo corrí de inmediato las cortinas asustado porque le fuese con el cuento a mi madre. Y de cómo un par de días después, cuando salía a la calle, me la encuentro en la puerta de su casa, que lindaba con la mía, y entonces, en vez de regañarme por mi conducta, por espiarla como un pervertido, me invita a pasar a su casa y con voz suave, lánguida, tremendamente dulce, me dice: ven, anda, entra si quieres, tengo cosas para ti, ¿las quieres?, es mejor ver la vida de cerca, te lo aseguro, y yo, presa de un terror sobrenatural que me sobreviene un segundo después, echo a correr escaleras abajo como si la oronda vecina se hubiese transformado en la viva representación de Satán.


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(relatos) Fue el miedo también lo que me impulsó a destrozarle la cara al imbécil ese que la había tomado conmigo en aquel bar, y también fue por miedo por lo que minutos después acepté la temeraria proposición de Núñez –el cual había sido testigo de mi desmedida y salvaje reacción–, aunque en este caso se tratara de un miedo cerval y atávico al más fuerte, al realmente poderoso, al macho dominante, miedo a caerle mal, a no resultar simpático, a no agradar –y también, no puedo negarlo, por ambición de los enjundiosos honorarios que me prometía. Dinero a manos llenas y trabajo fácil: lo que cualquier individuo sensato y razonable soñaría. Que nadie lo dude: matar es sencillo, basta con sacar un arma y apretar el gatillo. El problema viene cuando el tipo al que debes retirar va con guardaespaldas. Eso complica mucho las cosas. Si cometes el más mínimo error, puedes darte por muerto. Y yo, como ya he dicho antes, soy un cobarde. Tengo miedo de que me maten. Lo tengo todo muy bien pensado, las instrucciones de Núñez fueron precisas y el plan está perfectamente trazado. He repetido en mi mente los pasos a seguir cientos de veces. Solo tengo que llevarlos a cabo con exactitud, ejecutar meticulosamente cada acción. Además, me digo, no hay alternativas. Tengo que matar a ese tipo, a él y a su guardaespaldas. No es tan complicado, y el factor sorpresa juega a mi favor. En realidad, se trata de una tarea que apenas me llevará unos segundos. En este instante, alguien golpea el cristal de mi coche. Sumergido como estoy en mis pensamientos, el ruido me sobresalta y sin darme cuenta echo mano al bolsillo para agarrar con fuerza mi pistola. El tipo que cARLOS mANZANO 1965. reclama mi atención va de uniforme, es un policía, me Nació en Zaragoza (España) en os en manos han pillado, pienso, aquí se acaba todo, pero entonces Ha publicado las novelas Fósfor Vivir para nada suenan dos tiros, el cristal de la ventanilla de unos niños (Septem, 2005), de lo se resquebraja y el tipo de uniforme cae al suelo. He (Mira Editores, 2007) y Sombras ). vuelto a hacerlo, el miedo ha hecho que actuara sin cotidiano (Mira Editores, 2008 ctiva Relatos darme cuenta. La he cagado, la he vuelto a cagar otra Ha participado en la obra cole res, 2008) con vez: me he cargado a un policía. Así que sin mayor para el número 100 (Mira Edito dilación pongo el coche en marcha y arranco a toda el relato “Auxilio en carretera”. edó finalista pastilla. Hay tipos con suerte, pero no es mi caso. Su obra Las fuentes del Nilo qu Novela Corta en el año Probablemente, el empresario al que debía matar nunca del I Premio Letras de sabrá que acaba de salvar la vida, que un golpe de fortuna le 2003. ectrónica de va a permitir seguir con sus trapicheos al menos por unos Es editor de la revista el días más. Los problemas van a ser para mí, a ver cómo literatura “Narrativas” .com), ISSN 1886-2519. se lo explico ahora a Núñez. Por cierto, ésta es la última (www.revistanarrativas vez que aparco bajo una señal de estacionamiento prohibido. Sobre todo, si pienso tirarme dos horas allí EN LA RED: t www.carlosmanzano.ne parado sin salir del coche. ¡Seré gilipollas…!

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EL TIEMPO DEL HOMBRE MUERTO de aLFONSO xEN

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Hoy Narciso es,

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es uno de los últimos adictos, pondrán su esqueleto al lado del Triceratops. Supongo que por eso se niega a que le retiren. Toda la vida dedicada al trabajo. -23:00. Ronda completa. Siguen sin Aunque no me extraña, pues no existe dios que tenga funcionar los puntos de fichaje. El Director continúa redaños para aguantar a su mujer, menos mal que por aquí ya pasa poco, alguna vez que se confunde en su despacho. Sin más novedad. y, en vez de ir al Corte Inglés, deja aquí su mala bilis. (...) el símbolo de nuestro tiempo. (...) Aparece un nuevo Es como una exposición itinerante que amarga la estadio del individualismo: el narcisismo designa el surgimiento de existencia de todos... hasta la de los fósiles. Nadie diría que ha triunfado. Tiene a su cargo un perfil inédito del individuo en sus relaciones con él mismo y su cuerpo, con los demás, el mundo y el tiempo, en el el Museo que posee los mejores fondos, los profesionales momento en que el “capitalismo” autoritario cede el paso a más afamados, el mayor presupuesto. Pero no es feliz. un capitalismo hedonista y permisivo, acaba la edad de oro Y no es mal tipo. Es astuto y bonachón, y en su del individualismo competitivo a nivel económico, sentimental mirada queda un rescoldo de vida, unas gotas de a nivel doméstico (E. Shorter), revolucionario a nivel político lascivia y socarronería, unas cataratas de humanidad. y artístico, y se extiende un individualismo puro, desprovisto Supongo que antes este tío era ágil e inteligente, uno de los últimos valores sociales y morales que coexistían aún de esos que no necesitan talar todo el bosque a su con el reino glorioso del homo economicus, de la familia, de alrededor para destacar. Pero ahora... la revolución y del arte; emancipada de cualquier marco trascendental, la propia esfera privada cambia de sentido, - Buenas noches, Teo. Ya veo que te toca otra vez la expuesta como está únicamente a los deseos cambiantes de los semana larga... Bueno, paciencia. Buen servicio. - Gracias, don Niceto. Buen fin de semana. individuos.

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Ya forma parte de la colección del Museo. Toda la vida aquí. Dicen que empezó de currito en los depósitos. No creo que tenga ningún título. Sólo trabajo y trabajo, eso es imposible hoy... uffff...

... anda con pena, arrastrando un cuerpo que se desborda, sin que los diques de un traje casi raído puedan hacer nada. A veces parece que ha estado llorando. Hoy lo parece.


No me ha preguntado por Narciso. Y eso que hoy ha salido en Telecinco, orgulloso de su operación, del reportaje. Ya es una de esas cutrestrellas de la basura. Llevamos meses riéndonos hasta hartarnos... Pero hoy, cuidado, todos han empezado a criticarle, la norma ha variado, los árboles que cercenó cuando fue jefe de equipo parece que rebrotan, envidiosos y vengativos, siempre a su sombra que les engancha. Sin embargo, algo dentro de mí siente pena, no remordimiento, no... ahora simula ser feliz, está triunfando, es un generador de opiniones, ya no puede volver atrás... Y no puedo sentir remordimiento por haberle animado a perseguirse, yo no era su sicólogo, ya sólo quería quitármelo de encima, joder, noches y noches escuchando sus movidas, sus insatisfacciones, todo giraba alrededor suyo, si le contabas algún problema tuyo, lo soslayaba y seguía con su diarrea vacua... Al final conseguí que se pasase las noches subiendo escaleras. Venía a currar patinando y salía disparado hacia el gimnasio. Ahorró para hacerse la depilación láser integral. Empezó por librarse en el cuadrante todos los fines de semana. Exhibiciones en discotecas. Hasta que fue elegido mister culo y dejó las guardias... Después supimos que se tatuó el logo de una conocida discoteca en sus nalgas, y por eso y lucirse en saraos pijos sacó un pastón... Y hasta esto...

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(relatos) ... según Christopher Lasch, los individuos aspiran cada vez más a un desapego emocional, en razón de los riesgos de inestabilidad que sufren en la actualidad las relaciones -23:30. Salida del señor Director. Comienzo personales. Tener relaciones interindividuales sin un ronda de cierre interno. compromiso profundo, no sentirse vulnerable, desarrollar la -00:15. Fin ronda. Apago luces. Conecto propia independencia afectiva, vivir solo, ese sería el perfil alarmas. El acuario de los peces pulmonados gotea. de Narciso. El miedo a la decepción, el miedo a las pasiones Informe para mantenimiento. Coloco cubo de fre- descontroladas traducen a nivel subjetivo lo que Lasch llama gar. Sin más novedad. “La huida ante el sentimiento”... Este fin de semana vienen sus hijas, quizá por eso se va a estas horas...

Y aquí se quedó. No tardó en tirarse a la Gerente. Y le nombraron Jefe de Seguridad. Ella se divorció. Pero él empezó a liarse con las taquilleras, todas recién licenciadas en Arte. La gerente cayó en una depresión y acabó pidiendo un traslado. Las licenciadas decían que su culo era arte. Parece ser que en esa época sus perspectivas del asunto dieron un giro de 180º. - 01:30. Ronda por instalaciones y almacenes. Al no funcionar los puntos de fichaje, ha vuelto a saltar en el ordenador el modo de Hombre muerto. A mi paso se han activado todas las alarmas y colapsado la centralita. Ha llamado la policía. Cansa el tema, a ellos y a mí. Quedan todas las alarmas conectadas, no puedo hacer más rondas hasta que no lo arreglen. Sin más novedad.

Cuando te quedas quieto, mueres. Así está diseñado esto. Y él lo entendió a la primera. Simulaba ser listo. No se plegaba ante ninguna mujer. Quizá por eso, por contraste o venganza indirecta, se llevaba bien con el Director. Por él supe que sus hijas le trataban como a un criado... que, por ejemplo, pese a ganar una pasta gansa, tenían duplicados de sus tarjetas, y le cargaban todos los gastos de gasolina, peluquerías y caprichos. Fue por esa época cuando debió meter la gamba con, más No, no es remordimiento, aunque la noche bien en alguna de las tres, y le hizo autoexiliarse en es muy larga y ambigua, y todo oscila. A veces, ni la lec- la noche. Creo que se sintió pillado por algún motivo tura desenreda tu cabeza. Quizá por eso acabé aquí... que se me escapa. Lo único cierto es que me hizo también soy una especie de fósil, o uno de esos que pasar los peores meses de mi vida. Aunque intenté viven en un ecoespacio vacío, ese terreno de nadie aprender algo de él, no sé, por lo menos se movía. en el que coinciden los que se van y los que quieren Los demás no teníamos ninguna aspiración, aun a llegar... Allí apareció, como refuerzo de seguridad, sabiendas que la noche en la que nos resguardamos cuando el Rey inauguró la exposición más importante nos acabará pudriendo... Esto es un terreno de sobre fósiles del periodo de extinción de los nadie. Vivimos una época donde todo está mezclado. dinosaurios y advenimiento de los mamíferos... Así Pero es una mezcla superficial, no sé, como la del se titulaba: La vida en un ecoespacio vacío, el que nos aceite batido en el agua. En todo caso, existe una queda, así lo dice Gilles Lipovestky en su libro La confusión a todos los niveles. Él decía buscar algo era del vacío que estoy leyendo. en su interior, que ya no sentía nada, que todo se

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(relatos) le licuaba... quizá por eso acabó ganándose la vida con su culo, la única puerta abierta a sus entrañas, una vez que dejó en mí toda su diarrea. Pero me enseñó que el que se queda quieto, el que no simula movimiento y ficha en alguna parte, a ese el sistema no le reconoce, perdido en una especie de niebla, anclado entre dos eras, en ningún sitio, donde vive en el tiempo del hombre muerto... Aún así, no había por dónde cogerle, o sí, a lo mejor fue por eso... porque encontró en ellas una horma, no lo sé. En todo caso, cuando por fin marchó, fue la última vez que vimos su culo enfundado en unos pantalones... y todos respiramos mejor.

Hasta que vimos sus fotos en el Interviú. La operación estética del ojete simulando una pequeña vagina, el implante de pelo, tipo tira brasileña. Joder, casi vomito, de verdad. El pastón obtenido por el patrocinio de esa corporación, no justifica ciertas cosas... o sí, para él... ahí está el límite... más allá sólo existe la telebasura, el estrellato de hoy: el triunfo social. -06:00. Fin del servicio sin más novedades que las reseñadas. (Hoy ha sido mi última noche aquí. Pido la cuenta. Estoy hasta los cojones de ser un hombre muerto. En alguna parte tiene que existir un lugar para que salga de mi encierro. Suerte.)

En todas partes encontramos soledad, el vacío, la dificultad de sentir, de ser transportado fuera de sí, de ahí la huida hacia delante en las ‘experiencias’ que no hace más que traducir la búsqueda de una ‘experiencia’ emocional fuerte ¿por qué no puedo ‘¡Si al menos pudiera sentir algo!’: esta es la fórmula que yo amar y vibrar? Desolación de narciso, demasiado bien traduce la ‘nueva’ desesperación que afecta a un numero cada programado en absorción en sí mismo para que pueda afectarle vez mayor de personas. el Otro, para salir de sí mismo, y sin embargo, insuficientemente programado ya que todavía desea una relación afectiva.

(fotografía de áNGEL m. rODRÍGUEZ)

aLFONSO xEN rABANAL Nacido en un reducto inte rnacional en Miembro fun 1967. dador del ‘zin e Vinalia Trip tiempo en ha pers. Ocupa s cer un estud u io antropoló Sigue en ello g ico de la soc , pues se trata ie dad. de un anális en el tiempo is longitudin , hay muchos al bares. Recie ha publicado ntemente sus primera s impresione resaca, en un s, desde la a novela: La c ámara de Nie por Eclipsad bla, editada os. Se le puede encontrar en Crónicas para un vacío (elb decorar luesdeluzazu l.blogspot.co Generación.n m) o en et. Si lo quie res contrata olvides que e r, nunca s un escritor. ..

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JOSÉ VÉLEZ de EONARDO L

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staba a unas semanas de cumplir nueve años cuando aprendí lo que de verdad era el miedo. O mejor dicho a qué se le tenía que tener miedo. No era al Drácula de Jack Palance. Tampoco a los Frankesteins de Peter Cushing y Christopher Lee. O a las historias de terror que me contaban mis parientes cuando iba al campo. Mi vieja incluida. Esas protagonizadas por Pomberos, Solapas, Familiares o Negros del agua. Estaba a unas semanas de cumplir nueve años cuando por primera vez vi a un tipo dispararle a otro. Era un domingo a la siesta. Era invierno y hacía mucho frío. El mundial de España ya no le interesaba a nadie después de que nos quedamos afuera y por eso se había organizado un campeonato relámpago de fútbol en la cancha más linda de La Chanchería; un descampado de casi nueve cuadras que todavía hoy no se terminó de poblar del todo.

oYOLA

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no hacían lo suyo ni en Manzanares ni en Los Pinos porque tenían códigos y al barrio lo respetaban. Se decía que iban a trabajar para el lado de González Catán y Virrey del Pino. Eso era lo que se decía. Pero no había ninguna certeza de que en verdad anduvieran armados. Hasta ese domingo cuando terminó el partido. El Bigote de los Rojas se fue para donde estaban los hermanos y le hizo una seña al más chico que levantó un bolso de cuero negro marca Atletha. El Tornillo de los Rojas le salió al cruce y el Bigote, hecho una furia, con el brazo izquiero lo barrió a un costado. El más chico de los Rojas abrió el cierre del bolso. El Bigote metió la mano adentro y sacó una pistola. Después giró, apuntó y disparó.

Era un domingo a la siesta. Era invierno y hacía mucho frío. Como yo no tenía guantes había prácticamente enterrado las manos en los bolsillos Estaban jugando de once el que vendría de mi pantalón de corderoy. Cuando sonó el a ser el clásico del barrio: Los Pinos contra Los disparo las quise sacar por reflejo pero me quedaron Manzanares, estos últimos venían de visitantes. Lo enganchadas. Lo que si me salió del pecho fue el ganamos sobre la hora, y pasamos a la final, con un corazón. Alcancé a levantar los hombros y me gol de cabeza del Miqui Olleta. quedé sordo y duro. Congelado. Todos corrían alejándose del Bigote de los Rojas. Todos corrían. El arquero de Los Manzanares, el Bigote de Principalmente el Patán Leguizamón que, herido y los Rojas, le protestó al árbitro que en el corner lo todo, como pudo se mandó por un pasillo de la villa habían agarrado del buzo. Había sido el Patán para esconderse. Todos corrían. Menos yo. Leguizamón, un vecino que vivía enfrente de mi casa. Un atorrante de esos que se quieren sí o sí, sin Me atropelló sin piedad la familia de la Thelma. Se importar la que se mandara. El referí dijo que no lo bailaron un malambo sobre mi cuerpo. Me di cuenta desde había visto y cobró el gol. Después de que sacaron el piso cuando vi las espaldas de la mamá y el papá del medio de la cancha no habrán pasado dos que reconocí porque la cargaba a ella en brazos. Creo minutos hasta que el árbitro hizo sonar el silbato que la Thelma pronunció mi nombre. Mas bien mi para indicar que el partido había terminado. apodo. Lloraba. Estaba asustada. Ella lloraba y yo no reaccionaba. Me quedé acostado en el pasto. Y Todos en Casanova sabíamos que Los eso que hubo más tiros. No sé si era solo el Bigote Rojas eran unos ladrones de temer. Bravos. Eso sí: de los Rojas o si eran todos los Rojas armando alboroto.

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(relatos) De repente empecé a volar. Parecía. Don Enrique, un colectivero del dos cuarenta y dos que también era vecino, me había visto y levantado a la carrera. Casi a la media cuadra me revoleó al Jardín de doña Pocha y como pudo él también saltó las rejas y se escondió detrás de la tapia que compartían con don Ubence. La cara de doña Pocha apareció por una ventana, semicubierta detrás de la cortina preguntando que era lo que estaba pasando. Don Enrique le dijo que uno de los Rojas había pelado un chumbo y que andaba a los cuetazos limpios. Doña Pocha se hizo la señal de la cruz y después abrió la puerta para dejarnos entrar.

Mi viejo tragó saliva, se tapó con las dos manos sus partes y después me ladró:

-¡Contestame lo que te pregunté, carajo!

Suspiré hondo y le dije: -En la cancha… le ganamos a los Manzanares… el Bigote de los Rojas… el Patán L e g u i z a m ó n … hubo un tiroteo…

Y así como lo terminé de decir di marcha atrás y me fui para la cocina. Salí al patio. Salté la tapia. Volví a pasar por la parra de don Nuñez y el Me preguntaron si estaba bien. Yo no decía patio de don Barla para llegar a lo de doña Pocha. nada. Estaba más bobo de lo habitual. Cuando iba a Ella me preguntó porque había vuelto y yo le dije poner agua para prepararme un té, le pedí permiso que ahora me habían dado ganas de tomar el té que a doña Pocha para pasarme por la otra tapia para me había ofrecido. poder irme. Tenía miedo de salir a la calle y ella dejó que me trepara. Crucé por lo de don Barla, después Estaba a unas semanas de cumplir por las parras de don Nuñez y así llegué al patio de nueve años cuando aprendí lo que de verdad era el mi casa. Entré por la cocina. Por la puerta de atrás. miedo… y algunas cosas más de la vida. Cosas que, En el tocadisco estaba sonando a un volumen alto como cantaba José Vélez, procuro olvidar siguiendo la ruta una de esas canciones acarameladas de José Vélez. de un pájaro herido. Imágenes, como las de mi papá desnudo, de las que procuré alejarme haciendo en el Era un domingo a la siesta. Era invierno y día mil cosas distintas… Un domingo a la siesta y un hacía mucho frío. Cuando llegué al comedor me frío invierno que procuro olvidarme pasando y contando encontré con mi papá de espaldas y en pelotas mil hojas caídas. mirando por las ranuras de la persiana. El culo de mi viejo era muy peludo. La voz de mi mamá, que venía desde la pieza de ellos, quería saber por qué se sentían tantas persecuciones. Mi papá le dijo que parecía que algo había pasado en la cancha.

Mi mamá, acongojada, pronunció el nombre de mi papá, más bien el apodo; y después pronunció el mío, más bien mi apodo. Mi viejo le dijo que ya se vestía y que ya mismo se iba a ir a buscar al changuito. Es decir a mí. Y cuando se dio vuelta y me vio se quedó tan duro como yo cuando escuché el disparo. De hecho, hasta hizo el mismo movimiento con las manos y los hombros. De hecho, yo también volví a repetir ese movimiento con las manos y los hombros. -…

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-¡Pini! -Papá… -¿Qué pasó? ¿Por dónde entraste?¿Por qué estás desnudo?

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LEONARDO oYOL A (B

uenos Aires, 1973) En España tiene public adas las novelas Gólgota y Chamamé (P remio Dashiell Hamm ett en la Semana Negra de Gijón 2008). Además participó de la antología Un nudo en la garganta: quince cu entos canallas. En la Argentina public ó cuentos en diversas antologías y medios gr áficos y tiene editada s las novelas Siete & el Tigre Harapien to , Santería, Hacé que la no che venga y Bolonqui.


SONAMORES DISTINTOS de vIOLETA A

cASTAÑO

yer volvió mi amiga a comer en casa. Un día voy a tener que confesarle que grabo en mi mente como si fuese un radiocassete cada historia que me cuenta, mientras se toma su té pakistaní, humeante, en la taza que le sirvo, que es de algún regalo de la Nocilla o el Mistol o algo. Aún retumba en mi cabeza la historia del argentino al que encandiló con un tomate. Para que luego se diga que el amor no es algo sencillo y natural. Al final, al argentino se lo tragó la tierra; bueno, más bien es que mi amiga le amenazó con denunciarle a la policía si no dejaba de llamarla tres veces al día, con la misma frase repetitiva: “te necesito”, “linda, quiero verte”. Mi amiga me decía: “ a ver, si yo entiendo mi sexappeal, pero hija, me escama un poco tanta devoción, y sin conocerme apenas”. Bueno, es que tú eres muy de quererte. Le decía yo. Total, que el argentino ha pasado a mejor vida. Metafóricamente, espero. Ahora está medio enamorada de un guía espiritual que conoció en una tienda esotérica del centro de Madrid a la que fue a comprar almizcle, y salió con el almizcle (15 euros), un collar de cuentas que podía habérselo hecho yo pero que a ella le costó 22 pempins porque “iba a protegerle de los malos augurios” (...) y bueno, con una invitación al Tíbet para practicar meditación y no se qué. Yo le pregunté que cómo iba a financiar el viaje al Tíbet y dónde iba a vivir allí. Ella dio por supuesto que era con “todos los gastos pagados”, tipo viaje con pulserita al Caribe. Yo la dejé flotar en su inconsciencia, incapaz de buscar una pizca de cordura que la hiciera entrar en razón en ese proceloso mar de tantras y amor cuasi religioso.

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A la vez dice que está enamorada de otro tipo, porque el guía espiritual mucho sexo tántrico pero que eso a la larga... pues nada, “te deja igual, con todo el picorcito”, dicho textualmente por ella. Este otro chico se llama Estoy Mateo. La tía se partía de risa explicándome el nombre. Dice que es un yanki que conoció en un viaje reciente a Almería, el yanki vive ya allí, ha dejado su Yankilandia natal por la buena vida. Me cuenta mi amiga que cuando el tipo se presentó en vez de decir “soy Mateo”, dijo “estoy Mateo” golpeándose enérgicamente el pecho con la mano derecha y con una enorme sonrisa de satisfacción por su amplio conocimiento del idioma patrio. Esto que tienen de confundir el “ser” y el “estar”. Con lo distintos que son. Uf. Pero vamos, que mi amiga decidió no explicarle la diferencia y seguir tronchada de risa cada vez que el tipo decía “estar en Mateo”. Y a partir de entonces es Estoy de nombre y Mateo de apellido, o de segundo nombre. Me extraña esta elección de mi amiga, ella que es un poco hippie y tal, no sé... le pregunto si el Estoy es “yanki de los de libro”, y me dice que sí, de los de MacDonalds y estas cosas. Yo sigo viéndola más con el esotérico y con el almizcle, pero entiendo que el sexo tántrico da para lo que da. Aunque no quiero pensar en cómo puede ser con el yanki, con el Roland Macdonald incluido en el trío... Al final conocí a los dos personajes, porque mi amiga quería decidirse por uno y quería saber mi opinión. Chica… yo es que ya sabes que soy poco drástica en decisiones. Intenté escabullirme. Pero nada, al día siguiente estábamos en la tienda esotérica para conocer al primer personaje en

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(relatos) discordia. Me tendió la mano ceremoniosamente y yo sólo pude fijarme en su pelo largo, oxigenado y zarrapastroso, como de quitar el requemao de las cacerolas. En aquel lugar olía a todo tipo de inciensos, sonaba de fondo una música creo que con intenciones relajantes, pero que me provocó un escalofrío de terror por todo el cuerpo. Al margen del pelo rubio... yo creo que el tipo era gay, pero bueno, no quise precipitarme y además pues... como para comentárselo a mi amiga, que miraba embobada a su amante-guía espiritual, mientras éste movía sus manos huesudas llenas de anillos con piedrolos, cada uno con un significado distinto. Qué te ha parecido. Me preguntó ilusionadísima al salir. Bien... este... se os ve muy compenetrados. Absolutamente. Sonrió. Al cabo de dos fines de semana conocí al yanki, al Estoy, que vino a ver a mi amiga a Madrid. Quedé con ellos en una plaza del Centro y los vi acercarse haciéndose arrumacos. La verdad es que la imagen me impactó. Ella tan menuda, con un pantalón vaporoso, y él enorme, vestido como de rapero con una camiseta de baloncesto siete tallas más grande que la suya (o sea, imaginaros) el pelo a lo afro y una gorra como “dejada caer” sobre la masa impenetrable de su cabellera. Nada más verme me chocó la mano rollo “Hey, man!!” y yo es que en ese dialecto no estoy muy puesta, y acabé por darle una palmadita en su hombro d es nu d o, bastante peludo, por cierto. Ella le miraba también atontolinada, cogiéndole con cariño su michelín de la tripa. “Hola... Estoy, digo...” No sé, a mí me superaba esa situación. De verdad que me dan un juego tremendo estas amistades, pero... ¿compensa tanto estrés emocional...? Una semana más tarde mi amiga me citó para que le diera mi opinión. Me dejó una semana para pensar mi veredicto porque, según ella, entendía que era una decisión muy difícil y que me iba a costar dada “la calidad humana“ de los dos. Yo me sentí como un médico que tiene que explicar un diagnóstico a un paciente (salvando las distancias of course). No dormí en esa semana. El esotérico y Estoy se me aparecían en sueños cambiados sus roles, Estoy de esotérico rapero y el esotérico con la gorra sobre su pelo ese amarillento... Pues mira, mujer, no vas a decidir basándote en mis opiniones, no? con el mal gusto que tengo yo... Sabes lo que me importas y quiero que participes en la decisión más importante de mi vida. Algún día uno de ellos será

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el padre de mis hijos. Tragué saliva, que cayó esófago abajo como un trozo de cemento armado. Sólo te puedo decir que son amores distintos, amiga. Voy al baño... Y me levanté de la mesa del local donde estábamos sentadas. Tras ir al baño, que no fue más que una estrategia para poder seguir respirando, conseguí despistarla y salí del bar sin que ella se diera cuenta. No sé por qué lo hice, pero me sentí terriblemente agobiada y no sabía cómo salir de aquella encerrona. Han pasado dos días, y unos 25 mensajes, y unas 10 llamadas de mi amiga. Ahora mismo estoy escribiéndole el mensaje al móvil con la excusa más rocambolesca y absurda que se me ha ocurrido, pero he pensado que, ya total, esto no puede acabar de una manera estándar. “Amiga del alma, siento mi huida de hace dos días. Llevo una temporada fatal, desde que conocí a tus dos amores. No me extraña que dudes. Estoy profundamente enamorada de los dos, no puedo ayudarte en tu decisión, seguro que lo entiendes. Tú sigue tu vida, yo voy a necesitar un tiempo para recuperarme. Sé que lo vas a entender, porque eres una tía increíble, una persona íntegra con un karma (pensé que era fundamental incluir este término en esta circunstancia) acojonante, yeah (va por ti, Estoy!). Siento mucho todo. Y no te preocupes, que estoy bien. Eres una afortunada con dos hombres así a tu lado. Sé que cuando la vuelva a ver voy a tener que seguir un poco con el numerito este, pero creo que con el tiempo se acabará olvidando. Acaba de sonar la alarma de mensaje de mi móvil. Voy a leerlo: “Querida amiga. No te preocupes en absoluto. Decirte que yo ya había notado todo lo que me cuentas, y que te entiendo a la perfección. Ahora sabes la dificultad de mi decisión, pero debo entregarme sólo a uno de ellos. Tú tranquila, sé que estas cosas necesitan su tiempo. Podemos hacer una cosa, si quieres, puedes quedarte con el que yo finalmente... digamos, “””rechace”””. Espero saber pronto de ti”. Pues mira, ya puestos... prefiero el Estoy, que para conocer a su familia habrá que marcarse un viaje a las tierras yankis. Y casa gratis, por lo menos, tendría. Con las ganas que tengo. No hay mal que por bien no venga. Hey, man.

IÉN eS U q vIOLETA cASTAÑO rUIZ Nací en Madrid en el año 80. Llevo años escribiendo, sobre todo poesía; he recibido algún premio y he publicado alguna cosa, pero a veces también escribo cuentos o relatos cortos. Quedé finalista de algún premio de narrativa. Al igual que la poesía, la narrativa me sirve para ordenar sentimientos y sobre todo experiencias. Ahora que lo pienso, no sé por qué, pero en la prosa suelo usar un tono más humorístico, y en la poesía más serio. En fin, lo bueno es que estén ahí para complementarse. Al fin y al cabo, todo se trata de palabras.


P

eCHARTE vIDARTE

or aquel entonces los dos éramos los raros del colegio. A él le gustaba Elvis y a mi no me gustaba hablar con nadie en particular. En los recreos sólo hablaba con mi mejor amigo, que pronto dejó de serlo. La madre del chico al que le gustaba Elvis era amiga de mi madre; iban juntas al costurero. Como vivíamos cerca el uno del otro, a veces su madre me llevaba en coche. Con el chico Elvis, mi mejor amigo y un par de niños más. Todos en Citröen CX. Cuando cumplí catorce años me empeñé en celebrar mi cumpleaños. Si no lo celebrabas, no te invitaban a los del resto. Eras un aislado social. Y yo quería dejar de serlo. Convencí a mi madre. Invité a mi mejor amigo, al chico Elvis y a seis o siete chicos más, muchos de cuyos rostros se han borrado en mi memoria. Si recuerdo los criterios que utilicé para invitarlos. A mi mejor amigo porque no había más remedio, al chico Elvis por que quería ser su amigo y que me invitará a su cumpleaños, a los chicos más altos por que no quería sentirme fuera de lugar y a un par de chicos que eran alegres y no paraban de reír. Viéndolo desde la distancia me da la impresión de que estaba intentando construir un hombre perfecto: alguien que me hiciera caso, que me produjera risas, sonrisas y carcajadas, que pudiera mirarme a los ojos sin inclinaciones imposibles de cabeza y que fuera bello. Lo que más recuerdo de ese cumpleaños fue que mi hermano me regaló una cinta del humorista Eugenio y que el fin de fiesta consistió en la destrucción de los barcos que habíamos construido con el Tente. Para mi fue lo más. Mi primer y hasta el momento único cumpleaños celebrado.

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

ELVIS de iÑAKI

(relatos)

Todo salió como esperaba. El chico Elvis me invitó a su cumpleaños y mi mejor amigo dejó de serlo; los efectos negativos de los cambios. Su cumpleaños fue totalmente diferente al mío. Allí estaban los chicos malos del colegio y lo peor del barrio. Después de comer gusanitos y sándwiches con Nocilla, pasamos un buen rato diciendo obscenidades y riéndonos debajo de unas escaleras, en el parque que estaba al lado de su casa. Después nos colamos en el patio del instituto y salimos corriendo delante del conserje como si fuera el encierro de sanfermin. Encajé bien en ese grupo. Algunos de sus amigos me invitaron a sus cumpleaños. Y básicamente en todos se hacía lo mismo. Además entre semana comencé a ir con el chico Elvis y sus amigos. Nos sentábamos en un banco y pasábamos el rato viendo su actuación. Mi amigo imitaba a Elvis muy bien. Colocaba la pierna en un ángulo extraño, con la puntera apoyada en el suelo y giraba la pierna, al tiempo que movía las caderas. Además tenía la misma sonrisa torcida, los mismos dientes, los mismos ojos verdes. A pesar de su aspecto afeminado, mis nuevos amigos atendían a su actuación con autentica devoción. E incluso aplaudían cuando terminaba de cantar la única canción que tenía en el repertorio: That’s all right, mama. Recuerdo que le acompañaba a las pocas tiendas de discos de segunda mano que había en la ciudad en busca de los vinilos que le faltaban para tener la colección completa de Elvis. Él se sentía muy orgullos de esos discos, y me los enseñaba como si fueran un tesoro. Mientras otros coleccionábamos cromos, él se gastaba la paga semanal en discos de Elvis. Creo que me gustaba por eso, por su diferencia.

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(relatos) El parecido con Elvis era creciente conforme cumplíamos años. En un momento dado mi amigo empezó a decir que era Elvis. Y sus tesis eran bastante fuertes. Contaba que había nacido el mismo día, y el mismo año, que aquel murió, y que por lo tanto no podía más que ser su reencarnación. Su nombre era Aaron, igual que el segundo nombre de Elvis. Su parecido físico era, ciertamente, asombroso; sus ojos, sus labios redondos, su sonrisa torcida, su piel morena, su cara redonda. Además, al igual que Elvis, cantaba como un negro. Con diecisiete años, empezó a vestirse como su ídolo. Le gustaba poner un video con una actuación de Elvis e imitarlo. Era asombroso. Si no fuera porque él estaba en el salón y Elvis en la televisión, a p e n a s p o d r í a s e n c o n t r a r l a s diferencias. Todos los gestos, desde las sonrisas tímidas hasta los movimientos de caderas, pasando por la mano derecha colgando en el aire o las arrugas que se formaban al entrecerrar los ojos, eran iguales. A mi lo que más me gustaba, de ambos, era el pelo. Primero se hacia tupes. Como los que llevaba Elvis en su primera época. De esos que se mantenían aunque hubiera un huracán. El momento más glorioso fue su época del ‘68. Aaron ya tenía 18 años. Su cuerpo era como una vela inflada por el viento. No sé como consiguió un traje de cuero exactamente igual al que llevaba Elvis en los conciertos de aquel año. Él siempre me dijo que se lo había regalado un amigo de su padre, un millonario que había comprado el traje en una subasta en Estados Unidos. Y que antes de la suya había cubierto la piel de Elvis. Lo único cierto es que el traje le encajaba a la perfección. Siempre lo dudé. Cuando actuaba para nosotros podía ver en los ojos de los demás, reflejo a su vez de los míos, el mismo brillo que tenían las chicas sentadas en su concierto Comeback special del ’68. Pero a mí me gustaba espiarle por el rabillo del ojo, rozarme con él, como si fuera accidentalmente, en acciones cotidianas, caminar a su lado oliendo su perfume apoyar mi cabeza en su pecho para escuchar su respiración. Me gustaba el quiebro de su cintura. Sobre todo me gustaba eso. No sé que pasó después. Cada vez nos veíamos menos. Abandonó su traje de cuero. Se separó de mí y de sus amigos. Estos, sin Aaron, no me interesaban. Empecé a deambular por las calles de mi ciudad.

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Volví a sentirme solo, a tumbarme sobre la hierba para escuchar los sonidos a ras de suelo, a evitar a la gente, escondiéndome en habitaciones vacías durante las celebraciones familiares. Volví a estar solo. Después de todo aquello sólo lo vi tres veces. La primera fue en la televisión. Era un domingo. En un programa de estrellas infantiles. Le habían puesto un traje que no encajaba demasiado con él. Con bordados brillantes, pantalones de campana y una capa espantosa. El tupé había desaparecido, pero sus patillas eran tan grandes que ocultaban sus mejillas. No movía las caderas. Estaba un poco más gordo. Cantaba Always in my mind. Su voz seguía siendo igual de potente. Cerré los ojos e imaginé que me la cantaba a mí. Sólo para mí. Pero tenía los ojos vacíos. A la gente continuaba gustándole igual. Le gritaban como si fuera el verdadero Elvis. A mí me dio una tristeza que nunca antes había sentido. Como si me arrancaran las tripas y me las sacaran por la boca. Tuve que irme a llorar a mi habitación. La segunda vez me lo encontré en la puerta de su casa. Con unas ojeras profundas y sin ningún signo de belleza. Con los ojos vacíos. No me recordaba. Tuve que explicarle quién era. Y, a pesar de todo, no parecía estar seguro. Apenas habían pasado seis meses y su mundo había cambiado tanto que yo me había convertido en un recuerdo olvidado. A regañadientes, aceptó dar una vuelta conmigo. Debajo de las mismas escaleras en las que se forjó nuestra amistad, me contó como era su nueva vida. Me dijo que se había escapado, pero que no se atrevía a volver a su casa. Que no le gustaba la vida que le hacían llevar. Que quería dejar de ser Elvis. Lo entendí. Ambos sabíamos que, dijera lo que dijera, sus padres le obligarían a actuar. Anocheció y todavía estábamos allí. Aaron se había abrazado a mi cintura y dor mía profundamente. Se me había dormido la pierna derecha, pero apenas me moví. No quería molestarlo. Respiraba con tranquilidad, y esa sonrisa juvenil que parecía haber perdido comenzó a asomarse por las comisuras de sus labios. Aún era una sombra, pero estaba allí. De madrugada le obligué a venir a mi habitación. Había planeado sacarlo antes de que mis padres se despertaran. Le desnudé y lo acosté en mi cama. Quise darle un beso de buenas noches. Pero no lo hice. Me acurruqué sobre la alfombra. Soñé que mis padres entraban a la habitación, veían a


qUIÉ

(relatos)

N eS

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Aaron, avisaban a sus padres y estos venían a buscarlo. Cuando me desperté los padres de Aaron entraban en mi habitación, pasaban sobre mí y arrastraban a Aaron por el pasillo, mientras mis padres me sujetaban y yo me rompía las uñas al agarrarme al marco de la puerta. Aaron no opuso resistencia. Los ojos se le volvieron a quedar vacíos. La tristeza volvió a su boca. Y dos palabras seguidas de mi nombre se me quedaron clavadas en las puntas de mis dedos. “Estoy bien, David”. Pero no estaba bien. La tercera vez que le vi no pude evitarlo. Escapé de los brazos de mi padre, fuertes como unas tenazas, lo abracé con todas mis fuerzas y le di un beso de esos, el beso que nunca antes me había atrevido a darle. Todos se quedaron mirándonos. Nadie se movió, nadie me lo impidió. Por primera vez me dejaron hacer lo que quería, lo que sentía. Desde entonces, aún hoy, la gente me mira por la calle, desde lejos, y murmura. “Ese es el chico que besó a Elvis”. A mí me da igual. Mis padres me enseñaron que no dudara en hacer lo que sentía. Sabía que nunca más iba a ver a Aaron, que era mi última oportunidad, y que, de alguna forma, con ese beso, no correspondido, en sus labios helados, una parte de mí viajaría con él para siempre.

iÑAKI eCHARTE vIDART E Nace en 1977 en Pampl ona-Iruña. Diplomado en Literatur a Creativa, especialidad Guión de Cine y TV en la Escuela Superior de Ar te y Espectáculos TAI (Madrid). Ha publicado Blues y ot ros cuentos (Ediciones de Baile de l sol, 2009) y Huérfanos de cernuda. desestructuración cuer(po)ética, un libro a cuatro manos editado por O grelo (2 009) junto con Francisco Brives. Aparece en libros cole ctivos: 2000 mgs, Editorial delsatelite, Ma drid, 2010; Elefante Rosa, Alea Blanca, Gran ada, 2009; Versus. 12 rounds, Editorial de lsatelite, Madrid, 2008; Más allá del BOOM (nueva narrativa hispanoamericana), Lo rd Byron Editorial, Madrid, 2007 y El jueg o de hacer versos, el juego de hacer cuen tos (Antología conmemorativa del 10 º aniversario del Aula de Literatura), Pam plona, 2002; en prestigiosas publicac iones: “Cuadernos del matemático”, “Arq uitrave”, “Rio Arga”, “Cuarto Creciente”, “L a hamaca de lona”; en diferentes revistas: “E l planeta de nuestra generación”, “Una vez en Pamplona / Iruñean behin”, “El de sembarco”; en publicaciones digi tales: “DosDoce”, “alex_lootz”, “Afinidad es electivas”. Entre 2005 y 2010 coor dina la revista literaria “alex_lootz”, y una página web de reseñas de novedade s editoriales. En 2009 organiza el ciclo de po esía Doña Antonia escucha a.... Ha colaborado en las páginas de cultura de la revista de tenden cias “Moxow” y escribió la columna qu incenal “Mi vida en Heterolandia” en dosm anzanas.com desde diciembre de 2007 ha sta agosto de 2008. Se puede encontrar un a recopilación de sus textos en echartevidar te.blogspot.com. Maneja el blog Un extra ño en md desde agosto del 2006. Continúa mirando a su alrededor, espantándose con lo que ve y escribiendo.

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EL NORTE AMERICANO de

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dAVID mARDARAS (ilustración de j. LLORENTE)

U

na multitud de cerdos con fracs y sombreros de copa transita la Gran Vía de la ciudad. Cerdos y cerdas que pasean solos o emparejados y llevan de la mano a sus pequeños cerditos y cerditas con lazos, coletitas, pantalones cortos y pequeñas gorras de béisbol. Escucho chundaratas, musiquillas callejeras, flautas que chirrían, dulzainas y sirenas de tiovivo: más que a una gran vía europea, este ambiente sonoro me recuerda a una especie de campamento de titiriteros.

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Pero entre los individuos que explotan estos pequeños negocios ambulantes, entre los músicos callejeros o entre la policía, no sólo hay cerdos. Aunque estos son mayoría, también destaca un segundo tipo de ciudadanos. Este segundo grupo -menos numeroso en la ciudad, pero tan notorio como el de los cerdos- es el de los caseros campestres.

Muchos de estos ciudadanos llevan calzas y boina, barba de tres días, patillas largas, gruesas y descuidadas y tienen la llamativa peculiaridad de que parecen poseer una extraña conjunción de potencia Los cerdos entran en los comercios dando física y temperamento bilioso. Se diría que, a falta de resoplidos y poniendo los ojos como platos; sacan hachas, se miran las uñas constantemente. entonces sus pañuelos blancos y secan las gotas de En fin, creo que cualquiera que contemplase su frente. Las cerdas se lanzan con embeleso hacia los abalorios y prendas de moda, mientras ellos este cuadro detenidamente, pensaría que esta ciudad ni siquiera tendrá ocasión de celebrar el próximo miran el reloj, se palpan la cartera y resoplan. San Martín. En la calle, los vendedores de palomitas Haciéndome el distraído mientras compro echan más maíz al fuego y hacen girar las manivelas de sus carritos. Abunda la venta de madejas de un pirulí de caramelo en un puesto ambulante, dejo algodón de azúcar, manzanas cubiertas de caramelo, caer estas apreciaciones, como meras palabras de ocasión, junto a un cerdo de aspecto maduro y serio. almendras garrapiñadas y sugus.


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Tras resoplar y secarse la frente con un pañuelo, el cerdo me mira a los ojos y me dice que los norteamericanos no tenemos ni idea de cómo funcionan las cosas aquí, que no entendemos nada, que tenemos una visión distorsionada de las sociedades de cada lugar; incluso insinúa que tomamos demasiado ácido en los sesenta. Yo estoy convencido de que esos caseros campestres acabarán celebrando una matanza del demonio en la ciudad. Pero no hay nada que hacer. Antes de reanudar mi viaje, sacaré unas cuantas fotos. Después, volveré a Norteamérica y las revelaré al mundo entero. Será en National Geographic.

qUIÉN

eS

dAVID mARDARAS, il, e Representatives of Ev aka David Murders & th (Eclipsados, 2009). ha publicado Terrorizer ás en las antologías de Se le puede leer adem as aventuras de Vinalia prosa Tripulantes, nuev 06) y Resaca / Hank Trippers (Eclipsados, 20 arles Bukowski (Caballo Over, un homenaje a Ch os de poesía Heterogéne de Troya, 2008), y en la sa), en Escalera, 2010, en pr (1970-1987) (Ediciones entre otras. ro de poesía dedo d Es también autor del lib (autoedición, 1998). m murders.wordpress.co Su blog es http://david

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LA ARENGA DE ARAGORN j. jORGE

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(lengua2)

(y la de jORDAN)

S

entado en el sofá mi hijo se emociona. En la pantalla, Aragorn, hijo de Arathorn, arenga a los Hombres ante la Puerta Negra: “Hijos de Gondor y de Rohan, mis hermanos, veo en vuestros ojos el mismo miedo que encogería mi propio corazón. Pudiera llegar el día en que el valor de los hombres decayera, en el que olvidáramos a nuestros compañeros y se rompieran los lazos de nuestra comunidad. Pero hoy no es ese día. En que una horda de lobos y escudos rotos rubricaran la consumación de la edad de los hombres. Pero hoy no es ese día. En este día lucharemos. Por todo aquello que vuestro corazón ama de esta buena tierra, os llamo a luchar, hombres del Oeste”. Las palabras parecen plenas de significado, capaces por sí solas de sustentar el mundo y el crío parece intuirlo. No es el momento de romper el hechizo y explicarle que la arenga no aparece en ningún lugar de The Lord of the Rings, ni que es una burda imitación de la del Henry V de Shakespeare, ni que el efecto cinematográfico buscado ha sido minuciosamente construido y se ampara en trucos fraudulentos. Mas, sobre todo, no es el tiempo, todavía, de contarle que el día en que los lazos de nuestra comunidad se rompieron y olvidamos a nuestros hermanos ya llegó y que la edad del Hombre tal vez esté presta para su consumación aunque no aúllen los lobos y los escudos no hayan sido todavía quebrados. Pronto lo será pero, mientras, descansaremos en compañía de Aragorn y los Hombres del Oeste.

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sÁNCHEZ

-Bueno, en realidad el más grande de la historia ha sido Michael Jordan. Ni Magic, ni Jabbar. Jordan. Y entonces recordé una famosa arenga de Jordan que me relató hace años el mismo Robert cuando los Bulls se estaban enfrentando a los Jazz en las finales de la NBA. Le llamé para pedírsela y me la hizo llegar. Traduzco al castellano: “Es un hecho conocido que Michael Jordan, uno de los mejores -sino el mejor- jugador de baloncesto de la historia, tenía pocos problemas para decir a sus compañeros lo que pensaba exactamente de lo que hacían durante un partido. No dudaba en calificar de inútiles, cobardes -y cosas peores- a los otros miembros del equipo. Y eso después de que los Bulls de Chicago hubieran construido finalmente un equipo que les permitió ganar seis veces el anillo de campeón de la NBA. Una de sus frases más “celebradas” es la que, según se cuenta, lanzó a todo el equipo durante un tiempo muerto al final de un partido con el marcador muy igualado en los play-off finales de Conferencia de 1993. La versión más aceptada y más suave de la frase es: ‘If you pass the ball [to Bill Cartwright], you’ll never get the ball from me.’ Es decir, ‘si le pasáis la pelota [a Bill Cartwright] nunca más os la pasaré’. Hay quien dice que la amenaza fue bastante más explícita, algo parecido a ‘si le pasáis os mato’ o ‘os despido’”.). licat 964) ,1

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ats. Ha p

NCHEZ (B Doctor en Humanit e la Literatura i i d jORGE sÁ

j. (...y la de jORDAN obres , Teoria Filosofia Filosofia pròlegs a nciat en e e r m c b o o li c L s í s ix Post Scriptum: Mi amigo Robert Veciana -que se prestó a rticle des, a brosos a ecialitza r (Ed. La traducir La arenga de Aragorn al catalán- me envió unas nom ca en revistes esp upassant. o al pode rcer a n r M to e olíti d n P e y u s e horas después un contrapunto en el que pensé tras la ondon i G eflexione ha publicat Del T 8) de Jack L nas en la playa: r ia 00 s 2 , e y o b p e última reescritura del texto anterior. Atravesaba en Du (Bartl y de la n ia e r c r u te in Editor de l M tras ne bicicleta la Diagonal con mi hijo cuando, hablando de , 1996), e sofía de la az y la palabra. Le Catarata ania, 2002) i Filo p ido La tra el olv Kareem Abdul-Jabbar, Magic Johnson y los Lakers de Reich (Germ l•lectius n o o c c s s a m m lu : Poe ls vo los ochenta, hube de responder a la pregunta de siempre. i participat en e disea, 2003), 11-M XII: poesía y magia cció (O X a r o Icol•le guer Parados ante un semáforo, le dije: el Extrem 9) així com en la at poemes contra la c 0 ), Voces d ubli z, 20 , 2004 S n Jiméne 006). També ha p riagarse ó é (Bartleby m a R I n qU (Fundación Jua ntes (Eclipsados, 2 a”, “Es hora de emb ndia”).

enla Tripula de arañ ías”, “Gro s e de relats revistes (“Hilos o ot.com/ p e d ts , “Mar ez.blogsp ” n h e ía c r s n e e a if o s d p e en con jjorg A: http:// A LA XARX


L’ARENGA D’ARAGORN j. jORGE (i la de jORDAN)

A

ssegut al sofà el meu fill s’emociona. A la pantalla, Aragorn, fill d’Arathorn, arenga els Homes davant de la Porta Negra: “Fills de Gondor i de Rohan, germans meus, veig en els vostres ulls la mateixa por que encongiria el meu propi cor. Podria arribar el dia que el valor dels homes decaigués, en el que oblidéssim els nostres companys i es trenquessin els lligams de la nostra comunitat. Però avui no és aquell dia. En el qual que una horda de llops i escuts trencats rubriquessin la consumació de l’edat dels homes. Però avui no és aquell dia. En aquest dia lluitarem. Per tot allò que el vostre cor estima d’aquesta bona terra, us crido a lluitar, homes de l’Oest.” Les paraules semblen plenes de significat, capaces elles soles de sostenir el món i el nen sembla intuir-ho. No és el moment de trencar l’encís i explicar-li que l’arenga no apareix enlloc de The Lord of the Rings, ni que és una barroera imitació de la de Henry V de Shakespeare, ni que l’efecte cinematogràfic buscat ha estat minuciosament construït i s’empara en trucs fraudulents. Tanmateix, no és el temps, encara, d’explicar-li que aquell dia en el qual els lligams de la nostra comunitat es trencaren i vam oblidar els nostres germans ja arribà i que l’edat de l’Home estigui tal vegada a punt per a la seva consumació, tot i que els llops no udolin i els escuts no hagin estat encara trencats. Ho serà aviat però, mentrestant, descansarem en companyia d’Aragorn i els Homes de l’Oest. (...i la de jORDAN Post Scriptum: El meu amic Robert Veciana -que es va prestar a traduir La arenga de Aragorn al catalá- em va enviar unes hores després un contrapunt al qual hi vaig pensar després de la darrera reescriptura del text anterior. Creuava en bicicleta la Diagonal amb el meu fill quan, tot parlant de Kareem Abdul-Jabbar, Magic Johnson i els Lakers dels vuitant, vaig haver de respondre a la pregunta de sempre. Aturats davant d’un semàfor, li vaig dir:

qUIÉN eS

sÁNCHEZ

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

(llenguados)

-Bé, de fet, el més gran de la història ha estat Michael Jordan. Ni Magic, ni Jabbar. Jordan. I aleshores vaig recordar una famosa arenga de Jordan que el mateix Robert em va explicar fa uns anys quan els Bulls s’enfrontaven als Jazz en las finals de l’NBA. El vaig trucar per demanar-li i me la va fer arribar. Tradueixo al castellà: “És un fet conegut que Michael Jordan, un dels millors –sinó el millor- jugador de bàsquet de la història, tenia pocs problemes en dir al seus companys exactament el que pensava d’allò que estaven fent durant un partit. No dubtava en qualificar d’inútils, covards i coses pitjors els altres membres de l’equip. I això després de que els Bulls de Chicago haguessin finalment construït un equip que els va permetre guanyar sis cops l’anell de campió de l’NBA. Una de les seves frases més ‘celebrades’ és la que, segons es diu, va etzibar a tot l’equip en un temps mort al final d’un partit amb el marcador molt ajustat en els play-off finals de conferència del 1993. La versió més acceptada i més suau de la frase és: ‘If you pass the ball [to Bill Cartwright], you’ll never get the ball from me’. És a dir ‘si li passeu la pilota [a Bill Cartwright], mai més us la passaré’. Hi ha qui diu que l’amenaça va ser força més explícita, quelcom semblant a ‘si li passeu us mato’ o ‘’’us licado despatxo’”.). na,1964) s. Ha pub

a

ade rcelo lític NCHEZ (Ba y Doctor en Humanidde la Literatura y Poondon Á s E G R j. jO ilosofía e Jack L a, Teoría

do en F ilosofí obras d Licencia s sobre F omo prólogos a lo u c tí r a c os adas, así numeros r (Ed. La specializ e s ta is o al pode Tercer Reich v n r to n en re t. e n a s l Maupass playa: reflexione ha publicado De y Guy de la ía s n ) e e 8 o s 0 p a 0 Dun artleby, 2 mpo de la labra. Editor de ), en el ca a de la Minucia (B os La paz y la pa 6 9 9 1 , ta v Catara y Filosofí lúmenes colecti s contra el olvido ia, 2002) ción Poema n los vo (German cipado e isea, 2003), 11-M: ía y magia (Funda ti r a p o m s d o e c te (O o í n p s a a rr II: ula s tra la gue del Extremo XI-X n de relatos Trip evistas n o c s a tr s ió Le cc oce sas r , 2004), V 2009) y en la cole poemas en diver y b e tl r a (B do ez, ón Jimén a publica esía”, Juan Ram 2006). También h riagarse con po ndia”). b , s m o e , “Groenla ” s (Eclipsad aña”, “Es hora de ía s e o e ar “Mar de p ot.com/ (“Hilos d ez.blogsp h c n a s e org : http://jj EN LA RED

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OJEPSE LED ODAL ORTO La

(imagocuento)

CERDAKA CERDAKA

CLIC

EN LAS PEQUEÑAS PERCEPCIONES. EN LO S G ES TOS. UNA HISTORIA DET RÁS DE LO QUE FA LTA. SÓLO UNA COSA Y LUZ , MÁS LUZ, MÁS INSTANTE

TODOCAMBIA.

+ LAPSO TEMPOR

AL + INCORPÓREO

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CLIC, UN PARPADEO

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OJO Y SU MECANISM

HA PREPARADO EL DE PRECISIÓN AN TE EL RETO PROPU

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ESTO POR

“AL OTRO LADO D

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TAMBIÉN NOS CU

EL ESPEJO” :

ENTA UN CUENTO EN IMÁGENES. 7 CAMINOS SIETE, SEVEN SHOOTS PA RA

www.flickr.com/madameseverine www.flickr.com/cerdaka

UN

cERDAKA Ía en el año 2005 en Empecé a estudiar fotografi primera .M Santiago de Campostela Ógica de avanzada anal cámara era una reflex a día de hoy. conservo edad, la cual amo y exclusivamente a la dediqué me año primer i M y todo el trabajo fotografía analógica sospechosamente de aquella época desapareció Maestro Mateo, y oficios en la escuela de artes . Al año siguiente en Santiago de Compostela a un accidente) llegÓ (tuve accidentalmente la cual suma de dinero con mis manos una gran digital, la cual sigue pude comprar una reflex de fiestas. siendo mi compañera fotogrÁficos del centro He asistido a talleres con autores como Ilan fotografía la de andaluz . Wolf o Ramon Masats de poesÍa como He colaborado en libros Soria Estevan o Miradas de JosÉ Antonio López de Lerma. Ruiz 21 de Mayo de Antonio colaborando como Ahora mismo estoy productora de cine fotógrafa con una la cual viajo a salones pornográfico, con para su web. eróticos haciendo reportajes Busco trabajo.

RELATO GRÁFICO

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ENCERRADO EN TU PROPIA REA LIDAD.


U T N E O D A R R ENCE PROPIA

REALIDAD


MISSISSIPPI deeLIA L

mAQUEDA

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

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a casa está en el centro del páramo. Es el único punto definido que alcanza a distinguir la vista. Una construcción de aspecto frágil, sola en mitad de la explanada gigante. El cielo gris denso se pega al suelo de tierra negruzca. No es posible definir la hora. Hay luz pero no es de día, y la noche nunca parece caer sobre la casa de madera. Los cristales de la cabaña reflejan la gama de colores oscuros en derredor. Se vislumbra un fuego a punto de extinguirse y dos sombras inmóviles. En el interior no se mueve nada a excepción de una desvencijada mecedora, que cruje como un llanto al compás de su balanceo.

tremendo. Dependiendo de lo lejos que estuviese la tormenta, sonaba antes o después. Los niños de entonces jugaban a contar los segundos que tardaba en sonar el trueno después del relámpago, y esos segundos equivalían a los kilómetros de distancia a los que estaba la tormenta. Mississippi uno, Mississippi dos, Mississippi tres. Al final, descargaba y se ponía a llover a mares. Todo eso se lo ha contado una veintena de veces, pero le encanta escucharlo. Se pregunta cómo será el agua cayendo del cielo, golpeando en los cristales. Al igual que le encantaría meter las manos en la nieve y sentir el frío congelándole los dedos.

Abuela, cuéntame otra vez la historia de las tormentas.

El fuego está a punto de apagarse por completo. La abuela se levanta con esfuerzo de la mecedora y se acerca a la chimenea. En realidad, no encienden el fuego por el frío. Ya nunca hace frío. Lo encienden para que les haga compañía. La anciana arroja un poco de leña y aviva las llamas con un atizador. La habitación se ilumina momentáneamente con el resplandor. Al niño se le iluminan los ojos. Mississippi uno, Mississippi dos…

El olor a lana quemada que se desprende de los calcetines del niño se desplaza desde la chimenea hasta los pies de la mecedora, donde una mano surcada de arrugas le acaricia la cabeza. El niño levanta la mirada hacia su abuela, que le sonríe. Le ha contado la misma historia tantas veces que la conoce de memoria.

Un silencio atronador inunda el páramo. s. eLIA mAQUEDA es zurda. Y tiene los ojos marrone Gran del Nació en Badajoz bajo la atenta mirada idiomas. Hermano. Ese año. Es traductora y habla varios ical También canta, y es la mitad del proyecto mus s las Medelia. Cree en la literatura por encima de toda dia cosas. Ha publicado el poemario Recortables (Ani las en gido Editores, 2008), y sus poemas se han reco ía 06-08 antologías Bukowski Club. Jam Session de poes (Poesía 8 (Ediciones Escalera, 2008) y Poetas en Libertad textos en eres tú, 2009). También ha participado con sus taria”, publicaciones periódicas como “Tribuna Universi “Magazine Siglo XXI” o “Es hora de embriagarse con poesía”. Ah. Y no le dan ningún miedo las tormentas.

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Sabe que cuando ella era pequeña había días que hacía sol, y otros que llovía. A veces nevaba, o caían pedazos de agua congelada: el granizo. En los meses de verano, la temperatura era agradable. Incluso pasaban calor. Para saber el tiempo que iba a hacer, veían la televisión, donde una mano anónima señalaba un mapa y describía los días venideros según el satélite que pronosticaba los fenómenos atmosféricos. Y sabe que a la abuela le encantaban las tormentas, aunque a mucha gente le asustaban. Una tormenta se generaba por el choque de dos masas de aire de distinta temperatura. El contraste térmico producía descargas eléctricas que hacían que el cielo se iluminara con relámpagos. Poco después, sonaba el trueno. Era un ruido asolador,

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NO ERES TÚ, de gUILLERMO SOY YOoRTIZ

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igo soñando con Lucía cada noche y me siento como en casa. Eso no es todo, uno puede soñar con cualquiera, uno puede dormir con cualquiera incluso, lo importante es que sigo pensando en Lucía cuando me levanto por las mañanas y ya la sensación no es tan placentera. Algo así como una cicatriz debajo de las costillas.

- Mueve.

- ¿Por qué te dejó? - No me dejó ella, la dejé yo. - El otro día dijiste que te dejó ella. - A veces, miento. - Eso está bien. Mentir ayuda mucho. Mueve. - Sí, podría haber sido campeón del mundo de las mentiras si no me hubiera tenido que retirar tan pronto. -¿Todo por Lucía? - Puede ser. Siempre se daba cuenta y me hacía sentir culpable. No sé si te acuerdas. - Claro que me acuerdo. - Dejó de ser divertido. - Lo sé. A los dos nos dejó de divertir.

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Alfil a cuatro peón rey.

- Mueve. - Saldremos adelante, de todas maneras.

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He dejado a mi psicólogo y sólo queda el recuerdo de Lucía vagando por esta habitación como un fantasma.

En la habitación, la puerta está cerrada para que no se escapen los recuerdos y en la penumbra de la persiana bajada me doy cuenta de que mi torre está amenazando a mi dama, que estoy a punto de darme jaque mate –sólo unas dos o tres jugadas me separan de mí mismo- y que, aunque la noche pase muy deprisa (o muy lenta), la mañana llegará a la misma hora. gUILLERMO oRTIZ nació en Madrid en 1977. Licenciado en filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, ha publicado los libros Pequeños objetivos (Kókoro Libros, 2006) y Cuando las cosas dejaron de tener sentido (Grupobuho, 2007), aparte de colaborar en diversas antologías y ganar varios premios literarios de relato breve. Como novelista, en la actualidad está terminando La estética del francotirador, el retrato de una generación de treintañeros que busca el éxito sin acabar de tener muy claro qué demonios es el éxito. Francotiradores y soñadores. El primer martes de cada mes, organiza el ciclo “Fuera de contexto”, recitando poemas y cuentos en la Sala Costello junto a Laura López Clemente y dos músicos que van variando según el mes. Su estilo fílmico de escritura le ha llevado a intentar la aventura del cine con un primer corto llamado Do not disturb en colaboración con Pedro Rodrigo. Su blog Pequeños objetivos (http://bretguille.blogspot.com) es una referencia en el mundo de la cultura, con más de 400.000 visitas en tan sólo 4 años.

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Ni siquiera debería estar diciendo esto, mi psicólogo me prohibió hablar de ella a los demás, y me recomendó que economizara mis pensamientos.

- No estoy tan seguro. - Yo tampoco, sólo estaba mintiendo. Ayuda.


EL DESDÉN DE LA LUNA de deeL

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

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(ilustración de jULIO vEGAS)

kEBRAN La luna

despide a Sócrates Tornillo con desdén, sin obsequiarle con su cálido beso.

Los frutos de la noche: treinta hojas de papel llenas de palabras, y palabras y más palabras. Sócrates escribe de luna a luna. El sol le da miedo (no olvidemos que el miedo es blanco). Al percibir que la claridad va ganando la partida, Sócrates deja con mucho cuidado su pluma en el escritorio, guarda sus hojas llenas de palabras en una carpeta con suma delicadeza. Se va despojando, de igual modo, de toda su ropa, y, frente al espejo, se observa en plena desnudez. Agotado. Es hora de tributar a Morfeo. Enjuga una lágrima.

S e N É qUI aNDRÉS rAMÓN pÉREZ bLANCO (eL kEBRAN)

Duele, terriblemente, que la luna te ignore.

Escribidor ocasional, y a impulsos, de tristes EN , escritos. Preso del tiempo que no deja de devorarle ht LA RED: tp:// Vive elke de devorarnos. Traficante de poetas y poemas. bran ida plác me duer ón, rinc su en que, luna tave la por abducido rsos os tant y ta trein e tien Ya .blog y dulcemente cada noche. spot .com rito. tacos. Y solte / do mun del to bara Colaborador activo del fanzine más CREATURA. Perpetrador de SATÉLITE DE INHÓSPITO PLANETA. sus A veces, de manera sorprendente para él, publica o iend part escritos en revistas digitales e impresas com espacio con escritores de verdad.

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LACASADE LUCIO de LUIS

mIGUEL rABANAL

(ilustración de jULIA d. vELÁZQUEZ)

laro que era ridículo tener miedo al adentrarse en aquella vieja casa de ladrillo, cuando el sol no es ya nadie para prohibirles el paso, y afanosamente buscar allí dentro la ira obtusa del anciano y las ratas enormes como perros. Claro que sabían que no estaba aquel hombre, que la muerte lo sorprendió dormido en el prado de Arriba hace meses, y en su lugar una sombra habitaba impunemente en el desván, como un guerrero. Del temor que los amedrenta mejor no hablar demasiado, son niños que lloran de frío, pero también de tristeza, y de la mano recorren pasillos mugrientos y alaban la desazón que les produce un ruido, una amarillenta revista pisada con desaire, las arañas que mesan sus cabellos y el desbarajuste del palacio transfigurado en caserón donde hubo, piensan, un crimen cada noche. Son niños muy tenaces y al atravesar el fosco corredor descubren, besándose, a dos muchachos embadurnados de esperma. Miran con asombro sus rostros y ven lo difuso, lo diverso que amenaza con perseguir su ensoñación y hacerla más embuste aún, satisfecho ritual e insospechado. Regresan a la tarde con dolor de ojos, sin terquedad ninguna. La casa de la muerte, la casa del amor al cabo. Muchísimo después crecieron y un día, los cuatro juntos, determinaron volver a aquella casa. Tenían el tiempo exacto para contemplarse a sí mismos de pie y de nuevo partir. Querrían recordar en vano la ruina y el deseo, y el sol que entontece como una bofetada.

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Fotografía de Amancio Casado

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LUIS mIGUEL rABANAL nace en

Riello (León) en 1957. Su obra poética consta de los siguientes títulos: Variaciones, 1977; Obdulia azul, 1980; Labios de la locura, 1983 y 1985; Cuaderno de junio, 1984; Rená, a solas con nosotros, 1984; Palabras para Obdulia, 1985; (Técnicas) para abrazar un oscuro nombre, 1985; La memoria buscando sus disfraces, 1986; O podríamos amarnos sin que nadie se entere, 1989; Libro de citas, 1993; Cáncer de invierno, 1998; La última vez, 2000, Mortajas, 2009 y, finalmente, Fantasía del cuerpo postrado, 2010. Asimismo es autor de un volumen de Diarios un tanto singular: Elogio del proxeneta, Ediciones Escalera, Madrid 2009. Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza verá la luz en el otoño de 2010 gracias a Ediciones Leteo. Escribe en la bitácora http://luismiguelrabanal.spaces.live.com/


BALADAPARA UNGASNOBLE desONIA Ella circulaba

fIDES

por la autopista en la dirección correcta.

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

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Le resultó imposible desobedecer la machacona perorata de su

GPS.

Poco a poco fue descubriendo que las luces de los faros de los demás coches habían cambiado de color y que el amarillo dejaba paso a ese día imaginario que le proporcionaba a la carretera el azul casi histérico

de las luces de

xenón.

Sin embargo en cuanto se quedó sola de nuevo, supo que a pesar de los adelantos en el sector de la automoción, la oscuridad siempre encontraría lugares desde los que defender su

S IÉN e

status quo.

sONIA fI DE De form S nació el 14 d ea ac por pur ión autodidac gosto de 1969 o aburr ta, emp imiento ezó a es en Madrid. descub . crib O es rir que aquel e o pensó ella e ir durante el ve En Novie ra su verdader n un primer mo rano de 2005 o oficio mento, mbre de . para de 2 0 M 0 i r 6 a ve r y ser m spués En oc irada, c ría la luz su pr t u b o i m r n en e e e de el que g l anaría e r libro de poem 2 por E Premio I 007 que as, l X Pre Nicolás n d d del Hier mio Nacional d Algu iciones ternacio a finalis ro de es e Poesí n t V n a e mism ame os de su itruvio. al de Po a con su o a ñ rican o s po e n . s u ía Ci e em Es au a udad vo libro tora de Poes as han d Moll e Me de poe ejas del libro ía “The r sido trad lilla. m e d Tien d El lib as Elec e lis e pato y e relato fined sa ucidos a r o será tra se q to un l ing v s o u publ lés y nuev tros cue (aún sin age”. icad ita el lut apar ntos o po p u o b ecen ema l en ju o rio y imperfe icar) nio d p u blica c prep e 20 dos ara s tos. 08 en la u pri revis mer a no ta vela .

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MEDIANOCHE de aDOLFO

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gILABERTE

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a última campanada me da la señal de partida. Justo cuando suena abro los ojos, aunque todo el día lleve despierta. No duermo, ya no, qué bobada. Ni como ni leo libros ni doy paseos por el parque; eso lo he cambiado por atravesar paredes y ulular en las cornisas de los tejados (al cine sí, voy dos veces al mes, entro por la claraboya y me quedo suspendida en medio de la sala, la barbilla sobre la cruz de las manos). Después me pongo una sábana limpia, y unas cadenas livianas porque es lunes, y los lunes estoy rendida; los demás dicen que no necesito esa parafernalia, no se lleva, es demodé y muy aparatoso todo; a mí me encanta. Paso el día aguardando que llegue la medianoche para salir y mezclarme con la gente, me traslado a sus casas y vuelco los cuadros y las macetas y rompo sus vajillas y les lanzo los calcetines que encuentro a los pies de su cama. Y qué cara ponen. Los mayores sobre todo, se les contrae el gesto hasta que quedan irreconocibles; pero los niños no, los niños sonríen al verme llegar, se sientan en la cama y aplauden, no lloran ni gimotean, no demuestran ningún miedo ante mi presencia. Mejor dicho: mi no presencia. Y me despiden con la mano cuando me marcho. Pero lo que más me gusta es el viento, sentirlo cuando me desplazo cada noche de un sitio a otro, y la ciudad es una maqueta luminosa y febril, atravesar el aire con mi delicado cuerpo mientras la sábana se agita como una mortaja tendida en un balcón. Es en ese momento, sobrevolando antenas y neones, cuando olvido que soy un fantasma. Un cuerpo transparente atrapado en tubos y catéteres, agujereado por todos sitios. Y por fin me siento libre, poderosa y muy fuerte, capaz de alcanzar las estrellas y sentarme en el pico de una de ellas, si es que las estrellas tienen picos, y quedarme allí, sonriendo, hasta que a la mañana siguiente, con las primeras luces, la enfermera llega para cambiarme las sábanas.

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aDOLFO gILABERTE (Madrid, 1971) Primer premio del Certamen Literar io Silverio Lanza- Ciudad de Getafe, 2008, por los relatos: “Enero tras otro”, “Ple amar “y “Los peces”. Alumno de la Escuela de Escritores de Madrid: Taller de Relato Tutorial, impartido por Ángel Zapata (2009-201 0). Profesor del Taller de Escritura Cre ativa: Iniciación al relato. Delegació n de Cultura del Ayuntamiento de Getafe (2008-2010) Miembro fundador de la Asociación Literaria Sol de invierno. Coordinador del Proyecto Cuentos para Hambrientos (literatura Solida ria: ‘Con un pan bajo el brazo’) Participante de los Talleres de Relato del Centro de Poesía José Hierro (2005-2010). Alumno del Curso de Novela de la Esc uela Contemporánea de Humanidad es de Madrid (2001- 2002) Primer premio de Relato Breve Bloom sday 98, por el relato: “Soledad”.


—Educación

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

ORGANIZACIÓN

LA

de aNTONIO rOMERO

(micros) —Negativo. De follar ni la puntita. Tampoco toqueteos. Disponemos de un circuito cerrado de televisión con cámaras en todas las salas de la Residencia y el seguimiento de los niños por parte de nuestro equipo de pediatras y psicólogos es muy estricto. —¿Y si alguno de sus socios, arrebatado por la emoción, se excediera? (ilustración de dANILAC) —Nunca se ha dado el caso. Saben a lo que se exponen. —¿Y a qué se exponen? privada para el ahijado y hermanos hasta —No estoy autorizado a hablar sobre niveles universitarios, seguro médico ello. Nuestros socios se limitan a bañar familiar con las máximas coberturas en a sus ahijados, peinarlos, vestirlos, darles la aseguradora que se nos indique, vivienda la papilla, intimidades domésticas por el de alto standing, apartamento en la estilo. Luego, con esas vivencias a flor de costa y monovolumen. En cuanto al futuro piel, pero sin el niño presente, recalco, se laboral de los progenitores, estudiamos la pelarán lo que se la tengan que pelar. cada expediente y llegamos a un acuerdo —¿Seguro? con ellos en función de sus apetencias, —Seguro, nosotros no somos unos salvajes. perspectivas vitales, títulos académicos y capacidades profesionales: una pensión vitalicia, un pequeño comercio o negocio, alguna carpeta de inversiones, la gama de posibilidades es amplia y estamos abiertos a sugerencias. —A cambio, y corríjame si lo he entendido mal, todos los fines de semana durante cinco años a partir de la firma del contrato, los padres les entregan a su hijo. —Afirmativo. —Para que cualquiera de sus acaudalados socios se encariñe con el chavalín. —Afirmativo. —Lo apadrine temporal o permanentemente. —Afirmativo. —Solicite su traslado a dependencias privadas. —Afirmativo. —Y se lo folle.

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aNTONIO rOM ERO Me nacie ron en Hosp aunque no lo italet de Llob recuerdo. Es regat, Barce tudié poco y he dado tum lona, mal hispánic bos por basta as y fotogra ntes sitios, C Girona, actu fía, y órdoba, Mad almente exis rid, Galicia, A to en Terras aburrida qu sturias, sa. “Eres una e le gusta re persona mu ír”, así me de Escribo muc y finió una ex. ho. Pierdo p No he public araguas. Me toda la buen a do nada. medico lo in a gente le te dispensable ngo cariño a EN LA RED: . Y como l Coyote y al pan con ace http://lacan ite. tidaddelcero .blogspot.co m/

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NO TE CREAS QUE YA e d NO TE QUIERO LILI

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ésar y Pablo se conocieron a finales de los setenta, siendo unos imberbes, en la facultad de farmacia, cuando las tunas aún eran las tunas. Juntos recorrieron medio mundo cantando, tocando la bandurria, la guitarra y la pandereta; de juerga en juerga, de cama en cama. Clavelitos, clavelitos, clavelitos de mi corazón. En Quito conocieron a Jimena. Fue un flechazo a tres bandas, los dos enamoraron de ella, ¿y ella?… ella parece que también se enamoró de los dos. Lo cierto es que la compartieron. Luego volvieron a Madrid, a su cotidianeidad, a aplazar exámenes, a la francachela por Argüelles, a calzarse las mallas negras, a pedir anulación de convocatorias, a ponerse la capa de cintas de colores; a estudiar lo menos posible y a cantar en Botín para los turistas… El caso es que aquella carrera estaba durando demasiado, tan demasiado que habían pasado diez años y ninguno de los dos había pasado del tercer curso. Yo te traigo clavelitos, colorados igual que un fresón. El padre de César, le amenazaba con llevárselo al pueblo, a que le ayudase en la botica, y cerrar el grifo de la subvención sin límites. Pablo no tenía esos problemas, era el hijo único de una acomodada viuda que se desvivía por su niño. Vivía con su madre y sus tías, en un coquetón chalecito de la calle Nervión. Ninguna de las tres mujeres se enteraban de cuándo entraba y cuándo salía de aquella casa; todo eran halagos para el niño que nunca crecía, que las divertía con sus bromas, con sus amigos, con sus amigas, con sus fiestas. Pablo era la alegría personificada y por ellas… como si la carrera le quería durar toda la vida. A los cuatro meses de volver ellos de Quito, Jimena se plantó en Madrid y dio señales de vida. Quería verles, estaba embarazada. César se desentendió de todo. No quiso saber nada. Sólo le faltaba tener que cargar con la sudaca. Le espantaba asumir esa responsabilidad. Jimena no había sido más que un ave de paso, un amor perecedero, algo que no duele, que se pierde en la maraña de amores y amoríos. No podía consentir que la flor de unos días que le jodiese la vida. Pablo se comportó como quien era: un caballero español. Se casó sin hacer preguntas. Su madre y sus tías se ocuparon de todo, de Jimena, del bebé… vivirían todos juntos en la casita de el Viso. De tres plantas, ofrecía la

nAVEIRAS

independencia necesaria para la nueva pareja. Él seguiría estudiando, dejó las juergas constantes, empezó a tener horarios y ahora sabía el nombre de la mujer con la que amanecía. Cinco años después, sin demasiado esfuerzo por su parte, terminó la carrera. César siguió con el mismo ritmo de vida y estudiando lo imprescindible para que no le echaran de la facultad. Se distanciaron mucho. De vez en cuando se veían. César jamás le preguntó por su hijo. No quería saber nada, el recuerdo de Jimena le atormentaba, nunca pensó que no podría olvidarla… ¿no era un ave de paso? Si algún día clavelitos no lograra poderte traer. Cuatro años después que Pablo, para alegría de su padre, César también consiguió terminar farmacia. Se marchó al pueblo, allí regentaría la farmacia familiar. No pasaron ni tres meses y el ambiente le asfixió. Tomó también una determinación muy de caballero español: casarse con la hija del terrateniente del lugar; le permitiría independizarse de su padre, poder volver a Madrid y montar su propia botica. Luego… se perdieron la pista durante años. Hasta aquella tarde, en el Colegio de Médicos. Pablo presentaba su libro Clavelitos un ensayo novelado de la vida de tuno. Excepto, la sonrisa burlona, apenas se vislumbraba al Pablo de antaño… ni el pelo enmarañado, ni la barba de días, ni los síntomas de haber bebido en exceso… También estaba Jimena. A César le dio un vuelco el corazón. Jimena se había convertido en una mujer preciosa, elegante, refinada… nada que ver con su elemental Isabel. Con ellos estaba su hijo. Su viva estampa. No te creas que ya no te quiero, es que no te los puede coger.

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LILI nAVEIRAS ¿Qué puedo decir de mí? Nací en este enta. Soy ahora, Madridemispecados, en la década de los cincu demasiado vieja y vieja ser en el siglo XXI, demasiado joven para tidos de mi vida diver más años para ser joven. Pasé algunos de los llamábamos) la iadas asfix s en la Escuela de Arte Aplicadas (arte fui a la me ués Desp . arme también estudié y conseguí gradu No siempre . tirme diver y iar Autónoma, haciendo lo mismo: estud núo conti aire, mi a y en ese orden. Sin ninguna directriz, pasión. haciéndolo, porque las bellas artes son mi gran lectora. Como como igo conm pre El amor a la literatura ha ido siem , tan poco poco muy cado publi He escritora, es una vocación tardía. en ome ránd inspi sigo, aquí Y que no merece la pena reseñarlo. ana. rrom greco ogía mitol la en cuadros basados (casi siempre) olímpico y Contando historias de hoy sopladas por algún dios ltura. escu la o ra pintu la alentada por un gran maestro de


LORENZO

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ELNÁUFRAGO devÍCTOR (micros)

Como

cada mañana, desde hace ya más de tres años, escribe un mensaje en una hoja de papel, lo enrolla con mucho cuidado y lo mete en una botella vacía. La sella con un tapón de corcho y se dirige a la playa para lanzar al mar su dosis diaria de esperanza. Ha pasado todo este tiempo solo, sin poder hablar con nadie, aislado del mundo, pero hace ya unos meses que le acompañan en la isla un par de amigos imaginarios, fruto del delirio de su soledad, con los que puede compartir sus preocupaciones. Al principio no se caían muy bien, pero poco a poco, prestándose ayuda mutua en los momentos difíciles, han ido fraguando una buena relación de amistad, se han ido haciendo inseparables. Se acerca a la orilla con la botella en la mano y ve aproximarse una pequeña embarcación a remo, botada de un barco anclado a lo lejos, con cinco tripulantes que gritan como locos y agitan los brazos en alto. La botella le resbala de la mano y cae a sus pies. Ya en la arena, se abrazan los seis y el náufrago rompe a llorar, les da las gracias, besa sus manos, se arrodilla ante ellos y, finalmente, les advierte que no subirá a la embarcación sin sus dos compañeros de isla. La tripulación, sorprendida, emprende la búsqueda y pese a rastrear durante horas el lugar, no consigue encontrar a nadie. Aconsejan al náufrago, sospechando ya de su locura, que los acompañe al barco y se olvide de sus compañeros imaginarios pero él, con firmeza, insiste en que no son imaginarios, y que de ningún modo subirá sin ellos. Tras una larga discusión, los cinco tripulantes suben indignados a la embarcación y se dirigen de nuevo al barco, dejando al náufrago en la orilla, orgulloso de su lealtad y su compañerismo, con una sonrisa en los labios que sólo se le borra cuando distingue, en la popa del barco que empieza ya a alejarse, a sus dos amigos imaginarios agitando unos pañuelos en señal de despedida.

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vÍCTOR LORENZO (Lleida, España, 1980) redactor de una revista local. Publica Licenciado en Filología Hispánica. Es director y la minificción y en diversas publicaciones sus microrrelatos en blogs y webs dedicados a periódicas, tanto digitales como en papel. l Microcuentista”, revista de microrrelatos Pertenece al comité editorial de “La Internaciona recogidos en antologías. y otras brevedades. Algunos de sus textos han sido Alimenta las Realidades para Lelos. Lee, luego escribe

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PELEA CONSTANTE de dANIEL

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gARCÍA rAMÍREZ (cASTORÍN) Todos

venimos al mundo para pelear, de una manera u otra, desde que nacemos hasta que morimos, unos arrojan la toalla de la vida, otros pelean por la superación diaria, algunos se resisten a dejar la vida, otros se abandonan a su suerte, algunos se beben la vida, aunque a veces es la vida quien se bebe a ellos, unos pelean por sus derechos, otros pelean por sueños inalcanzables, el boxeador pelea con la cara hinchada y flaqueza en sus piernas intentado que la cuenta atrás no llegue a su fin, otros llegan a su fin antes de acabar la cuenta. La gente pide “la cuenta”, en ocasiones las cuentas te las piden a ti, a veces buscamos la suerte, otras la suerte nos busca, muchos eligen el camino de su ignorancia, otras veces la ignorancia elige tu camino, yo de momento resisto, llámenme Señor.

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dANIEL gARCÍA rAMÍREZ (cASTORÍN) Nací en Vitoria el 9 de marzo de 1983. Soy un hombre de 27 años afincado en Vitoria. Llevo tres años escribiendo relatos, ensayos, poemas, etc. He sido publicado en un e-book y en diferentes y diversas revistas literarias. Mis tipos de escritos narran el realismo del día a día de la gente normal como tú y yo. Me gusta contar las cosas como las veo, como son en realidad. Actualmente estoy colaborando en varias webs y blogs, y enfrascado escribiendo una novela que espero vea pronto la luz.

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EN LA RED: http://chenel-3.blogspot.com/

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GOLPES DE CALOR de jAVIER sERRANO

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o sé, pero últimamente a mi alrededor todo es desolación, decadencia. El otro día, pero en el mismo día, vi dos perros -dos- en silla de ruedas. Si ya es insólito encontrarse con un perro en silla de ruedas, mucho más inquietante es ver dos perros distintos, en lugares diferentes, pero con idéntico problema. ¿Acaso puede haber algo más desolador? Desde luego, es mucho más desolador que una persona en silla de ruedas, algo que cae dentro de lo normal. No supe qué pensar, aunque intuí que era algo premonitorio, lo que no sé es de qué. Pocos días después me ocurrió un suceso similar: vi a dos ancianas, dos diferentes y en distintos lugares pero en el mismo día, caerse. La primera lo hizo sobre mi propio coche, en un paso de peatones, segundos después de que yo le cediera el paso. La pobre mujer, afortunadamente, no llegó a alcanzar el suelo. Era inmensamente gorda y mayor, muy mayor. Sus piernas eran zambas, como un paréntesis grotesco. Me dio mucha lástima. La segunda sí que cayó al suelo. Un taxista salió de su coche para ayudarla. No sé que pensar, tal vez no son más que golpes de calor. Por último, la otra noche, al regresar a casa, me encontré con un gato negro tumbado en la calzada, junto a la acera pero en la calzada. Me extrañó que al pasar junto a él no se levantara y huyera. Me pareció que tenía una marca de neumático atravesándole el cuerpo (eso creí ver). Tenía también los ojos abiertos. Su mirada era de tristeza, una mirada final. Deduje que estaba muriendo. Al día siguiente tenía que volver a pasar por el mismo lugar, por la mañana. Como no quería verlo, decidí dar un rodeo. Dicen que la curiosidad hace mover las cosas, conque de lejos miré hacia el lugar. El gato ya no estaba. Me acerqué, buscando algún vestigio del suceso. Tan sólo había un minúsculo charco de sangre seca. Aquel animal, pensé, debía de haber muerto atropellado, reventado por dentro, en silencio, sin apenas sangre... . Ha cursado estudios de turismo, fotografía y cine jAVIER sERRANO nace en Madrid en mayo del 68. ios, el cine y los viajes cronopios. Le gustan el mar, la fotografía, el jazz, los plenilun Joaquín Lobato” (2007), de Vélez-Málaga; Ganador del XX Certamen de Relato Corto “Premio ” (2008), de Murcia; finalista del XXXV Concurso del XIV Premio de Narración Breve “Julio Cortázar 8). XXXV Concurso de Cuentos Ciudad de Tudela (200 de Cuentos “Hucha de Oro” (2008); ganador del . amen Literario “San Jorge” de Madrigueras Ganador en categoría de microrrelato del XIV Cert de Oro” (2009). 2º Premio en XXXVI Concurso de cuentos “Hucha (publicado en 2005), El Último Parque (inédito). día del luz la a salir para Libro TOS: RELA DE OS LIBR en Internet en http://laciudadfria.blogspot.com) NOVELAS: La Ciudad Fría (publicada por entregas y La Jaula (sin publicar). / EN LA RED: http://uninstantedecaos.blogspot.com

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HEMOS LEÍDO OJEPSE LED ODAL ORTO La

(reseñas y otras hierbas)

tÍTULO: El viudo sensible y otros secretos aUTOR: Maite Pagazaurtundúa eDITORIAL: Seix Barral aÑO: 2005

A

parentemente son relatos que narran una historia con un final. Lo que nos sorprende es que los relatos tiene su contra historia. Así, vemos las dos visiones de una vida, lo que hubiera sucedido si los acontecimientos no se hubieran desarrollado como lo hicieron. El hilo conductor de los relatos podrían ser los símbolos que aparecen. En uno, por ejemplo, son los votos electorales, en otro una urna con cenizas, en otro el amor y la confusión que provoca, en otro es un olor que le devuelve a la niñez, o el recuerdo al regresar de donde se marchó hace tanto tiempo. Sorprende, otra vez, el tono frío y el lenguaje seco, distante, sin artificios literarios, utilizado, conscientemente y con habilidad, por la autora para narrar este tipo de historias. “José y Las Robalizas” (fragmento), cuento incluido en El viudo sensible y otros secretos. “Le espío aunque ahora soy su confidente oficial en el hotel Miramar y desde luego no hay contradicción entre lo que me cuenta y lo que le espío. Cosme, el Neil Young de Moratalaz, todavía cree en el amor. Tere la mujer de Serafín, no entendía la llegada de este huésped, un tipo solo que le canta a la luna”.

ÚS sILVA)

(reseña de mª jES

tÍTULO: Cuentos completos aUTOR: Katherine Anne Porter eDITORIAL: Ediciones DeBolsillo aÑO: 2008

R

ecopilación de relatos de esta escritora estadounidense, considerada por muchos escritores contemporáneos, como Truman Capote, una de las mejores novelistas del siglo XX. En el 1965 recibió el National Book Award y en el 69 el Pulitzer por este libro. Como Faulkner y el pintor Hopper, sus relatos nos transportan a la América profunda, situando sus historias en los paisajes de México y Texas. Sus historias son oscuras, violentas y sus personajes sobreviven como pueden en un mundo donde las diferencias sociales están muy marcadas. Destacan relatos como “Maria Concepción” o “Violeta virgen”, que están ambientados en Mexico, o “He” donde una familia, los Whipple, tienen que lidiar con la pobreza y un hijo retrasado. Es sin duda, una escritora brillante y elegante que describe a la perfección un mundo de personajes solitarios, abandonados, con sed de justicia y rodeados de violencia. Nada que ver con la visión que tenemosnormalmente de Estados Unidos.

AVEIRAS)

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(reseña de rOSA n


Espacios radiofónicos que

tratan con cariño al cuento

El Planeta De Los Libros

en España

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

ENeLAIRE

(en el aire)

(http://elplanetadeloslibros.com/index.php) Un programa de literatura que se emite en directo en Radio Círculo (100.4 FM Madrid) y en la web del Círculo de Bellas Artes desde enero de 2005, los miércoles a la 1 de la tarde y los domingos, en diferido, a las 4 de la tarde (Nuevo horario desde febrero de 2010). En cualquiera de los dos horarios puedes escucharnos vía internet en: Radio Círculo en directo. Ha realizado algún programa especial dedicado al mundo del cuento, del relato y del microrrelato. También organiza concursos de microcuentos. NIEVES MARTÍN, su directora, busca con el programa otras salidas a la literatura fuera de los cauces comerciales que se nos imponen. En esta web podrá acceder a los archivos sonoros de los programas emitidos, así como obtener información sobre los próximos: http://elplanetadeloslibros.com/index.php

Literatura En Breve

(http://rne.literaturaenbreve.com/) Es el programa de divulgación literaria de RNE 5, dirigido por Juan Jacinto Muñoz Rengel. En un formato de breve duración, dedica una especial mirada a la literatura contemporánea, a los nuevos autores, a la narrativa corta y a los géneros más desatendidos por los medios nacionales de crítica literaria. Literatura en Breve se emite los Sábados a las 16.30, y de nuevo a las 22.05, y los Domingos a las 11.05, y de nuevo a las 22.05 horas. Para conocer las frecuencias de RNE 5 en las distintas localidades españolas, pulse AQUÍ. Si quiere escuchar RNE 5 en directo a través de Internet y desde cualquier parte del mundo, puede hacerlo desde AQUÍ.

Rincón Literario

El espacio “Rincón Literario” que se emite todos los jueves a partir de las 13:30 horas dentro del programa ‘Hoy por Hoy’ que emite la Cadena SER Madrid Sur por el 94.4 F.M. y que se puede escuchar en directo por: www.sermadridsur.com. José Manuel Contreras, su director, también es escritor, con mucho éxito en el terreno juvenil. Dedica monográficos de su espacio semanal a cuentistas y cultivadores de lo breve, con un trato exquisito para con estos autores. En su página web cuelga cada espacio radiofónico, fotos y lecturas de autores que han pasado por el programa, así como recomendaciones de libros hechas por estos autores.

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LOSILUSIONISTAS

OJEPSE LED ODAL ORTO La

(ilustran este número)

LÍNEAS, EN LOS TRAZOS, arte PARA LA VISTA, PRESENCIA MÁGICA EN LAS VUESTROS OJOS Y NOS LOS DISPAROS. ESTOS RELATOS HAN PASADO POR LOS DEVOLVÉIS, COMO SIEMPRE, ILUMINADOS. al OTRO LADO DEL ESPEJO. DE NUEVO gracias por ENRIQUECER VISUALMENTE pOR ESO CONTAREMOS AQUÍ QUIÉNES SOIS.

mARINA tAPIA (EN PORTADA)

Nací en Valparaíso (Chile) en 1975. Soy hija de padres pintores y escritores. Desde pequeña realizo diversas actividades artísticas (cómics, pinturas, teatro, poesía...) Vivo en Madrid desde el año 2000. En la actualidad imparto clases del manejo y construcción de títeres en diversos centros culturales y bibliotecas. Realizo exposiciones, encargos pictóricos para restaurantes y preparo un libro con mis poemas y dibujos. Administra la bitácora http://marinartista.blogspot.com/

aNTONIO g. vILLARÁN (eL cANGREJO pISTOLERO) (Página 6)

Licenciado en las especialidades de pintura y escultura, y Doctor en Bellas Artes. Ha realizado más de 60 exposiciones (individuales y colectivas), entre las que destacan las realizadas en distintas salas de Madrid y en la galería J&C Art Gallery en Nueva York y Los Ángeles. Su labor artística ha sido reconocida con más de una veintena de premios y selecciones. Destaca asimismo, su labor como ponente y estudioso del arte. Ha publicado ilustraciones y artículos en diferentes revistas nacionales e internaciones. Ha publicado tres poemario de manera individual (Conductor de nubes, primer intento, Sois estúpidos, poesía escénica y Nocaut) y dos libros de poesía con el grupo Absurdo y Diestro, además de dirigir varias antologías. Encabeza el proyecto “Cangrejo Pistolero Ediciones” junto a Nuria Mezquita y realiza recitales de Perfopoesía como “el Cangrejo Pistolero y la Carolain Band” en salas y Festivales de España. Dirige el ciclo de poesía “Las Noches del Cangrejo” desde hace 4 años y es director del Festival Internacional de Perfopoesía de Sevilla.

mAYTE sÁNCHEZ sEMPERE (Páginas 22 a 29)

Nací en Madrid en 1969, poco después de que la luna perdiese la virginidad y con ella casi todo su misterio. Descubrí muy pronto las palabras y empecé a jugar con ellas como si fueran peonzas bailarinas o muñecas a las que acunar; encontré dormidos dentro de un lápiz infinitos universos paralelos y me perdí en historias vividas, imaginadas y dibujadas. Mis poemas han visto la luz en Carnaval (2007), El año al que le faltó un mes (2008) y Últimas puntadas al sudario de Laertes (2009), todos ellos publicados por Poesía eres tú. Mi último poemario, (entre paréntesis) puede descargarse gratuitamente desde mi blog: maytesanchez.blogspot.com. Actualmente preparo un par de libros para niños con ilustraciones propias y espero que alguno vea la luz a lo largo de este año.

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áNGEL m. rODRÍGUEZ (vOLTIOS) (Páginas 34 y 36)

aL OTRO LADO DEL ESPEJO

(ilustran este número) Hago instantáneas porque, realmente, si no pudiese hacerlas me faltaría algo, de eso estoy seguro. No tengo una temática fija, pero me gusta captar la realidad tal cual se muestra, arrancar fragmentos de la vida para que por sí solos cobren vida. Y otras veces, muchas, me gusta darle un buen bofetón al espectador para que espabile y se implique con lo que ve. Ya he montado tres exposiciones fotográficas a estas alturas, a mis 33 años: - En el centro cultural Tomas y Valiente de Fuenlabrada en el verano del 2009. - En la casa de la cultura de El Villar (Puertollano- Ciudad Real) en el verano del 2009. - En la cafetería la Gata Azul de Fuenlabrada en Febrero del 2010. Tengo pendientes una exposición con mi colega, también fotógrafo, José Naveiras en el Aguardiente de Lavapiés, otra en la Cafetería La Invierna de Leganés y algo más que tengo que terminar de atar. Todas las fotos que me van gustando o me van diciendo algo las cuelgo en el único blog que tengo, donde las combino con poesía o textos: “desde las lindes del sur”. También he prestado mis fotos, altruístamente siempre y pienso seguir haciéndolo (por supuesto) a revistas y fanzines digitales o en papel como : “La fanzine”, “Deshonoris Causa”, “Groenlandia”, “Poe+” o “LVR”. Administra la bitácora http://angelrodriguezpoeta.blogspot.com/

j. LLORENTE (Página 45) he ilustrado en diversas revistas “bohémicas” y diversos libros; como pintor e ilustrador mi estilo está cerca de la imagen mnememónica que provoca el objeto en el sujeto donde la impronta del primer esbozo se desarrolla para encontrar el equilibrio figurativo. Estudié Historia del Arte en la U. Complutense de Madrid. jULIO vEGAS (Página 53) Julio Vegas es un alucinado de los comics que sustituyó su incapacidad para utilizar programas de dibujo profesional por un estudio milimetrado de las posibilidades de algo tan simple como un procesador de textos. De ahí nace su personaje más conocido, “El Fabuloso Hombre Irónico”, que podéis encontrar todos los meses en el fanzine “Creatura” y en el blog http://elfabulosohombreironico.blogspot.com/. Y a veces, si alguien se lo pide, ilustrando relatos como éste del Kebran u otros pasados de David González.

jULIA d. vELÁZQUEZ (Página 54) Nací en Madrid, me crié en león, estudie Bellas Artes en Salamanca. Mis raíces no han crecido aun, pero unos pequeños brotes empiezan a salir de mis pies, estoy agustito en León y desde aquí pinto, ilustro y fotografío la vida. De “gentetriste” está llena el mundo, adoro ese Don del ser humano que les hace posible superar ese punto diferente, que los demás creen desgracia y que a ellos los hace especiales y dignos de admiración. http://vgentetristev.blogspot.com/

dANILAC (Página 57) Desarrolló su afición de pintamonas por envidia, al ver que su propio hermano dibujaba mejor que él. En la universidad continuó dibujando y diseñando carteles para la Agrupación de Teatro HISTRIÓN de la Facultad de Informática de la UPM, donde le piratearon su primer Photoshop. Ha publicado ilustraciones en revistas como “Diseñart” y “Pelo New Look”, y poco a poco se va forjando una sólida reputación como diseñador gráfico en la élite poética madrileña. Su trabajo como poeta y diseñador se puede disfrutar en http://danilac.blogsome.com, so pena de tener que aguantar sus frecuentes desvarios.

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OJEPSE LED ODAL ORTO La

(agradecimientos y recepción de textos)

S el apoyo que hacer otra cosa que agradecer una y MIL VECE podemos no espejo del lado otro al de Los integrantes IAS, MIL GRACIAS A CUENTO HA RECIBIDO POR PARTE DE TODOS. GRAC DEL POS EN aventurada iniciativa esta , este sueño UE SIN ELLOS NO SERÍAMOS CEDIDO SUS TEXTOS, FOTOGRAFÍAS Y DISEÑOS, PORQ LOS ESCRITORES E ILUSTRADORES QUE NOS HAN PO PARA LLEVAR A CABO TIEM Y CIO ESPA ROS CULTURALES QUE NOS HAN DADO NADA. gRACIAS TAMBIÉN A LAS LIBRERÍAS Y CENT EXTRAÑA EXISTENCIA Y A TRA NUES DIDO RES Y MUJERES QUE HAN DIFUN HOMB LOS A OS, MEDI LOS A ES, CION ENTA PRES NUESTRAS SFORMÁNDOLA EN A LA REVISTA HACIÉNDOLA CRECER CADA DÍA Y TRAN MODO N ALGÚ DE DIDO ACCE N HAYA QUE LLOS TODOS AQUE más. ALGO GRANDE. LO REPETIMOS BIEN ALTO. una vez

gRACIAS

ha llegado el momento de ofreceros la oportunidad de haceros con los ejemplares impresos que queráis. Es tan sencillo como mandar un e-mail. Si os interesa algún número de al otro lado del espejo sólo tenéis que enviar un correo electrónico a revistaoldenvio@gmail.com. Nos pondremos en contacto con vosotros y en un tiempo prudente tendréis en casa el pedido. 5€ por ejemplar + 2€ gastos de envío (por ejemplar)*. Eso sí, de momento sólo para la Península. Envíos por correo postal ordinario.

al otro lado del espejo se alimenta de vuestros textos.

Es una ventana abierta para vosotros, cultivadores de lo breve. Envío de colaboraciones: revista.alotroladodelespejo@gmail.com Las colaboraciones deberán enviarse por correo electrónico como archivo adjunto y en formato Word. Los cuentos, microrrelatos y reseñas de libros, que serán originales (de eso se responsabiliza cada uno), tendrán una extensión máxima de dos DIN A-4 por una sola cara (cuento) y 200 palabras (microrrelato), escritos a 1,5 espacios en letra Times New Roman de 12 ptos. Cada autor podrá enviar cuantos cuentos o microrrelatos crea conveniente, aunque su envío no compromete a esta Redacción a su publicación. No obstante entrarán a formar parte de nuestro archivo de originales para próximas ediciones, previo consentimiento vuestro. En su momento, los órganos de selección de la revista decidirán sobre la publicación o no de los originales recibidos, independientemente de colocarlos en el blog. Los textos publicados en esta revista son propiedad de sus autores y están debidamente protegidos conforme a la legislación internacional. No pueden ser reproducidos sin permiso expreso por escrito de los autores.

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O jULI

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asociaci贸n cultural

LA VIDA RIMA http://lavidarimablog.blogspot.com/


VINALIA TRIPPERS: PLAN 9 Del Espacio Exterior No supimos nunca lo que iba a durar. Pero ahora sabemos que fue el origen de todo. Cada número una odisea, cada fiesta un desafío, cada colaboración una trinchera... Nos aburría lo que nos ofrecían y pretendimos hacer algo distinto... Mientras agonizaba el milenio... Seis años de frenética actividad creativa, un montón de relatos e ilustraciones, cómics, conciertos y libros, lecturas, proyecciones y encuentros... Y un soplo de aire fresco en aquel asfixiante tiempo de cambio. Después, una hibernación de cinco años... Y a continuación Tripulantes, un colofón de lujo a aquella aventura, que volvió a reunir bajo el sello de Vinalia Trippers a muchos pilotos perdidos. Así hasta que hace algunos meses H Valdez, Guardián de la Cripta, nos propuso muy emotivamente resucitar el fanzine. Y aquí estamos otra vez, viejos y nuevos amigos, celebrando este regreso con una bizarra antología de relatos marcianos y un Poemash en memoria de nuestro admiradísimo Raúl Núñez, alien y freak por méritos propios, que bebe y descansa en los cielos. Una tripulación sideral de ensueño, un brindis al pulp y al pop, y un maquievélico Plan del Espacio Exterior es lo que aquí y ahora, queridos drugos, os ofrecemos. Bienvenidos al Ciberespacio.

Vicente Muñoz Álvarez

AL OTRO LADO DEL ESPEJO Nº 3  

REVISTA DE RELATOS, CUENTOS Y OTRAS HIERBAS

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