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Capítulo 5 Acepto Eres un imbécil ataqué, dándome media vuelta y, resoplando, volviendo a una estantería al azar para reacomodar sus cajas. Ignorante y ciego, Tyler me replicó inmediatamente: ¡Agh, tú también! Gruñí por lo bajo, apartándome todavía más del mostrador. Ya no tenía muchas ganas de hablar; lo mejor que podía hacer en ese momento era fingir ser más trabajador de lo usual y acomodar algunas cajas. Lo más lejos de Tyler, a ser posible. Hice ademán de darme la vuelta, mirando así por el cristal. Por unos instantes, percibí una cabellera de mechones morados cruzar por los huecos entre los pósters que adornaban gran parte la ventana. ¡No, nonononono! ¡¡No!! grité al instante, en todo el sentido de la expresión. Mi voz resonó por todo el videoclub, provocando que Tyler se estremeciera en su silla. Al momento corrí hacia el mostrador y luego pasé por encima de un salto, con el que tiré un montón de cajas de plástico al piso. Justo a la par del tintineo de la campana que se hallaba sobre la puerta, me tiré al suelo recto como una tabla, a los pies de Tyler, quien ya había comenzado a gritarme por mi súbita demostración de habilidad. Sin embargo, tuvo que detener su incesante alboroto para atender al cliente que acaba de cruzar la entrada: ¡Hola, buenas tardes y bienvenida, distinguida señorita! saludó, aunque eso no le impidió darme una patada en el abdomen. Mi quejido se vio ensordecido cuando mi amigo añadió: Espero poder ayudarte hoy. ¿Buscas algo en particular? A mi cuerpo lo recorrió un escalofrío cuando reconocí la voz de Andrea, tan casi falta de emoción como siempre: Kyle Flynn. Mi esposo. El mundo entero pudo haberse silenciado en aquel preciso momento. Una lanza pudo haberme atravesado de lado a lado y el shock emocional hubiese sido mucho menor. Mi reputación social pareció desaparecer en unas milésimas de segundo, acompañadas, metafóricamente, por el sonido del agua de un inodoro corriendo. Y al parecer, a juzgar por el sonoro “¡Woa!” que dejó salir, Tyler también se hallaba sorprendido por aquellas palabras: Erm… Wow… Erm… Kyle está…


Sentí que Tyler miraba en mi dirección brevemente, aunque luego lo disimuló echándole una ojeada a la trastienda, como si me estuviese buscando. Durante los pocos nacronanomilisegundos que su mirada se cruzó con la mía, le comuniqué mi desaprobación con un frenético negar de cabeza. Él… Él está fuera ahora. ¿Quién eres, perdona? Podría haber besado a Tyler en aquel momento. ¡Me estaba cubriendo! Por poco y unas lágrimas se escapan por mis ojos debido a lo conmovido que me sentí por aquella muestra de amistad. Andrea… respondió el demonio, dudando unos segundos al final, seguramente pensándose si realmente debía decir su nombre completo. Para mi sorpresa, no tardó mucho en decidir inventarse: …di Alfonsi. Andrea di Alfonsi. ¡Ah, bene, bene! rió Tyler, tratando de ser simpático. Me imaginé que en el rostro de la chica no habría reacción alguna. Mira, Andrea... Kyle no vino hoy. ¿Estás seguro? quiso confirmar, marcando la suspicacia en su voz. ¡Puede olerme, lo sabía! ¡Seguro como un candado! Ah... murmuró. ¿Se lo creería? ¿O no? ¿Sabría ya la verdad? ¿Me desenmascaría allí mismo? ¿Habría captado la malísima broma de Tyler? >>Está bien... ¿Sabes dónde lo puedo encontrar? ¿¡Me había seguido por toda la ciudad y no me veía allí!? Qué demonio de tan baja calidad. Y pensar que, para colmo, su contratista estaba en completo desacuerdo. Erm... La verdad es que no tengo idea... respondió Tyler intentando, en vano, sonar sincero. En realidad, al dudar en casi cada vocablo, sonó muy poco convincente. Como para disfrazarlo (escuché), comenzó a escribir cosas en algunas hojas en blanco. De... de acuerdo. Gracias, Tyler Brooks se despidió Andrea, seguramente rindiéndose en aquel instante. ¿Volvería a casa de los Delgado? ¿Me seguiría buscando? ¿O peor... traería refuerzos desde el Infierno? Si no cumplo dichas implicaciones, entonces mis acciones no pueden ser consideradas un “matrimonio”; y si no lo es, entonces no estaría cumpliendo el deseo establecido en el contrato. Y cuando pasa eso... ¿Cuando pasa eso...? Entonces ambos morimos...


Tragué saliva desde mi escondite. El nudo en el estómago no desapareció hasta que la campanilla de la puerta sonó de nuevo, anunciando la partida de Andrea. Dubitativo, decidí levantarme; empático, Tyler señaló la salida: Te cubro. Escóndete en el Starbucks del otro bloque. Miré por el cristal una última vez, separando no encontrar el llamativo cabello de Andrea al otro lado. Gracias, viejo sonreí, pasándome al otro lado del mostrador, aunque con más tranqulidad esta vez. No prob respondió Tyler, sonriente. Pocos instantes después de que yo hubiese abierto la puerta, decidió añadir: Hey... Me ha dicho mi nombre. ¿Le has hablado de mí? Me detuve con un pie afuera, no miré atrás: Sí. Claro que lo hice. No. Claro que no lo hice. Claro que nunca le había mencionado a Tyler a Andrea, salvo cuando creí sospechar que el contrato era una broma suya. No había dicho su nombre, menos su apellido, y muchísimo menos su relación conmigo y apariencia. El Infierno no tenía ningún buen concepto de “privacidad”. Nervioso, le di otro rápido sorbo al frappucino mocca que sostenía entre mis manos, sin despegar los ojos de la entrada al café en el cual me había refugiado de mi perseguidora. Desde aquella mañana se había esforzado por seguirme a todos lados, como un acosador o un perrito faldero; desde que desperté al amanecer, durante mis clases remediales universitarias, trabajo en el videoclub, y durante el tiempo que me tomaba para pasear por la ciudad. Básicamente, llevaba siguiéndome ya doce horas, haciéndome sentir incómodo y arrancándome mi preciada privacidad. Y lo que era peor, ya me estaba asustando más de lo que los oscuros callejones de los barrios bajos podían hacerlo a las tres de la mañana. Vi pasar una larga y lacia cabellera con mechones morados frente al pequeño café. Rápidamente, me cambié de mesa y decidí entablar conversación con el hombre desconocido que se hallaba trabajando en su ordenador portátil, con tal de parecer un cliente más y no la persona que Andrea estaba buscando. Lamentándome en mi mente, mientras intentaba hablar de trivialidades con el hombre de negocios, repasé mentalmente lo que había hecho mal el día anterior.


Odio los flashbacks. Me hacen sentir avergonzado murmuré, llevando mi mano a la frente e intentando calmarme un poco. Pensar en todo lo que había hecho mal la noche de Halloween me producía dolor de cabeza y lograba que mis niveles de pena se alzaran a límites inhumanos. Si pudiese sacar vapor de la nariz, lo hubiese hecho debido a la vergüenza que yo mismo me provocaba. Apenas me hundí en el asiento, pensando en lo idiota que era el Kyle del pasado, cuando inevitablemente Andrea entró al café. Resoplé y cerré los ojos, resignado. Tu presencia mágica es como un faro declaró su voz a mis espaldas unos instantes más tarde. Decidí no girarme; simplemente responder, después de suspirar: Así que al final sí tienes una manera de seguirme... El hombre que se hallaba sentado frente a mí levantó la mirada unos instantes, curioso ante la conversación, mientras Andrea daba un rodeo y se sentaba en otro sillón a mi derecha, sin apartar sus ojos de mí ni un instante. Como si quisiera poner mi atención en otro sitio, me llevé el popote a la boca y le di otro sorbo a mi café. No parabas de dejar huellas detrás de ti. Excepto cuando cruzaste aquel callejón sucio. Tu magia dio a parar en otro sitio y fue más difícil seguirte la pista. ¿Magia? Andrea le dio un trago a una taza de café caliente que antes no estaba allí, aunque nadie pareció notar que había aparecido de la nada en la mesa. A lo lejos, un empleado buscaba desesperadamente el café americano que, pensaba, ya había terminado de preparar. ¿Acaso se refería a esa clase de magia...? Pero me las arreglé para encontrar tu famoso videoclub y tu amigo fue tan amable de concretarnos una cita continuó la chica, mientras deslizaba un trozo de papel por la mesa de madera hasta que quedó a mi alcance. Alzando una ceja, lo tomé entre mis dedos y le eché una ojeada: Miento; Kyle sí anda por aquí. Ya lo enviaré al Starbucks de enfrente. Da una vuelta y búscalo allí en cinco minutos ;) Obra de Tyler, seguramente. Aquel desgraciado había tenido el descaro de traicionarme mientras yo me ocultaba bajo la mesa. ¡Si mi mejor amigo me había tendido una


trampa, ¿qué esperanza me quedaba?! Resoplé, intentando ocultar mi enfado, pero deseando en el fondo de mi corazón que el karma, destino, horóscopo o fuerza superior tuviera nuevos planes para Tyler. A ser posible, algo relacionado con un acantilado y la fuerza de gravedad. O un camión; un camión sonaba bien. ¿No puedo tener un momento de libertad? ataqué, fulminando a Andrealphus con la vista. Por si no te ha quedado claro la parte de “No quiero casarme contigo”, además, quisiera repetirla me incliné sobre la mesa e intenté ponerle fuerza a la mirada que se encontró con los ojos de la chica: No quiero y no me voy a casar conmigo. El hombre trajeado cerró su computadora portátil de un golpe y, bufando por la nariz, se levantó de su asiento y salió del establecimiento. Andrea, mientras tanto, se permitió unas cuantas carcajadas por lo bajo. Creo que no estás entendiendo, Kyle Flynn una tableta táctil con funda morada apareció sobre mis piernas con un chasquido apenas audible y una mini explosión de destellos violeta. Lo primero que llamó mi atención fue que, en su pantalla, exhibía un documento en cuyo margen inferior se hallaba mi firma escrita. Andrea deslizó su dedo y el lector cambió a una nueva página, donde sólo una línea podía leerse: El 1 de Noviembre del 2010 a las 3:53 horas en la zona horaria terrestre GMT-7:00, el contratista Kyle Flynn expresó su deseo número uno (#1), textualmente, como “Cásate conmigo”. Tras ser procesado por el moderador inmediato o demonio contratista y posteriormente enviado al Comité de Interpretación, se ha coincidido en que el deseo número uno (#1) establece, en términos simples, una relación matrimonial entre los contratistas. Ello implica, según la Unidad de... Ya estamos casados. La campanilla que colgaba sobre la puerta me pareció el ruido más irritante sobre la faz de la Tierra. Me resultó tan sonoro que nadie dentro de aquel concurrido Starbucks sería capaz de ignorarlo y, con ello, ignorarme a mí salir echo una tempestad y arrastrando a Andrealphus de la muñeca. Había comenzado a llover, por lo menos. Las calles pronto se vaciarían y podría llevar a Andrea a un sitio tranquilo; donde nadie pudiese molestarnos mientras le decía a la chica


todo lo que tenía ganas de decirle: evidentemente, no iba a quedarme de brazos cruzados mientras el demonio arruinaba, poco a poco, mi pequeña y dulce vida. ¡Sólo era un muy poco complicado intento de estudiante! ¿Por qué…? No, ¿cómo había terminado en esa clase de situación? ¿Quién imaginaría que de un día para otro estaría casado con un residente del mismísimo Infierno? —No voy a aceptar esto —sentencié, mientras continuaba arrastrando a Andrea por la calle. Advertí cómo las personas comenzaban a correr en direcciones aleatorias, mayoritariamente con algo cubriéndoles la cabeza, esperando encontrar un sitio que les dejara entrar para refugiarse del diluvio que se avecinaba—. Fui engañado —continué—. No me encontraba en mis facultades menales cuando firmé ese contrato. No voy… —Ése no es problema mío ni del Infierno —me cortó la chica, deteniéndose de pronto y soltándose de mi agarre de un tirón. Me giré hacia ella, esperando su explicación—. Lo has firmado, consciente de ello o no; y eso es un hecho innegable. —¡Ah! ¿Y parece que yo esté muy contento con ello? —repliqué, haciendo movimientos bruscos por el enfado, queriendo ilustrar mis palabras—. ¿De verdad crees que estoy feliz con este supuesto matrimonio? —¿Oh…? —inquirió la chica, alzando una ceja—. ¿Y qué te hace pensar que yo lo estoy, Flynn? —Andrea cambió su semblante, mostrando un rostro especialmente serio y apático. Casi… profesional. Discutía con su cliente, después de todo—. Yo estoy obligada a aceptar el contrato, a hacer un trabajo que no me corresponde; no como tú, que lo has considerado una broma de tu amiguito en tu propia estupidez, complicando así las cosas. —Bueno, te has dedicado a seguirme todo el día —ataqué, respondiendo a su pregunta inicial—. No sólo quieres llevarte mi alma, sino también mi seguridad y libertad. Andrea soltó una carcajada. Un poco sorprendido por ello, retrocedí un paso. —¿De verdad crees que hago esto por gusto, Flynn? —el demonio volvió a reír más todavía—. ¿En serio crees que quiero algo más de lo que he venido a buscar? —su dedo señaló a mi pecho. La lluvia comenzó a caer con más fuerza. Ahora nos hallábamos solos en aquella calle, antaño concurrida y ahora solitaria. Y Andrea lo aprovechó: sus colmillos se afilaron y se escaparon de entre sus labios, sus largas alas de murciélago se desplegaron detrás de ella con un imponente aleteo y sus ojos color violeta comenzaron a despedir una luz apenas visible. —Soy un súcubo. No hay nada en ti que no pueda obtener de nadie más, Flynn.


¿Estabas pensando que en serio yo te quería para mí? —Andrea se acercó a mí con una sonrisa orgullosa y me sujetó de la barbilla—. Este pequeño romance que has decidido inventarte sólo prueba lo ingenuos que son tú y tu raza. Sólo prueba, débil mortal, que mi mundo siempre escapará más allá de tu comprensión —su mano me soltó, no sin antes darme un pequeño golpecito en la frente. Andrea volvió a retroceder y, divertida, añadió, entre risas: —¿Por qué habría de quererte? ¡Mírate, humano! ¿Parezco impresionada? Por alguna razón, aquellas palabras me dolieron. ¡Aquel demonio tenía el descaro de insultarme todavía! Apretando los puños y los dientes, ataqué: —¿Sí? Bueno, tú de súcubo no tienes más que el nombre. ¿Cómo querías que realmente te creyera un demonio con… —la recorrí con la mirada y con un movimiento de mano—… esas pintas? Ahora que lo pienso, eso tiene mucho sentido, sí… —fingí una postura meditativa, con una mano frotándome la barbilla. Luego me encogí de hombros y negué con la cabeza a la par que añadía—: En serio, Andrealphus, no puedo considerarte un demonio. Andrea se llevó una mano a la frente y cerró los ojos con fuerza. No le di importancia: un simple dolor de cabeza, seguramente. Aquello no iba a ser suficiente para detenerme. —Sí, voy a seguir con el mismo juego de anoche —continué—. Eres una broma, nada más. No voy a creer en ti. Te negaré tanto como me sea posible. Andrea apoyó una mano en el muro más cercano, a su izquierda, mientras continuaba cubriéndose la frente. Las fuerzas le faltaron, sin embargo, y pronto se precipitó hasta quedar con la espalda recargada completamente. —No existirás para mí más que como una simple broma. No eres ningún demonio. Así que dile a “tus jefes” esto… Hice una pausa, intentando darle dramatismo a mis palabras. Ignoré los quejidos que la chica había comenzado a soltar por lo bajo, como si algo le afligiera. —Nunca te llevarás mi alma. Todo pasó en un instante. El cielo se iluminó con el relámpago más potente que seguramente habría recorrido la ciudad de Seattle jamás, a la par que Andrea perdía el equilibrio y se precipitaba hacia el pavimento en cámara lenta. Mi grito llamándola, súbitamente asustado y alarmado, se halló ahogado bajo el ensordecedor estruendo que acompañó al rayo cercano. Y aunque extendí mi mano hacia ella, me vi impotente desde mi


posición, contemplando cómo la chica caía tan frágil cual gota de lluvia. Alguien la atrapó en el momento preciso, evitando que la pobre se golpeara contra el suelo. El mundo volvió de pronto a la realidad: —Oh, en serio… No te basta con tenerla sin alimentarse durante días enteros, ¿pero también liberas toxina anti-mágica a su alrededor? En serio, ¿qué clase de contratista eres? Me quedé boquiabierto ante las palabras de aquel hombre. Estaba ya en la mediana edad, denotado por el contraste entre sus sienes de plata y su cabello negro peinado perfectamente hacia atrás, salvo por un par de mechones que había dejado caer libres hacia el frente sobre sus delgadas y sutiles gafas y sus ojos de color azul brillante. Llevaba barba de unos cuantos días, y una cicatriz en forma de V recorría su mejilla izquierda; de tal manera que uno no sabría precisar si su aspecto se veía descuidado o no: era casi un balance entre ambos. Advertí que su atuendo, una bata de laboratorio blanca sobre un atuendo semi-formal de pantalón y camisa con corbata, había empezado apenas a mojarse bajo la lluvia, como si hubiese estado protegido bajo un paraguas o en el interior del edificio. Pero Andrea y yo no teníamos más sino un muro vacío en frente nuestra, y aquel extraño individuo había aparecido del mismísimo aire. —¿Quién…? —¿En serio? ¿Quién soy? —adivinó el hombre, adelantándose a mis palabras mientras se ponía de pie con cuidado, sosteniendo a Andrea entre sus brazos. Balbuceé un poco y luego asentí con la cabeza, algo desesperado—. Soy… ah, espera. Dejemos a la señorita en un lugar seco, ¿de acuerdo? El extraño hombre dejó a Andrea sobre la banca de una parada de autobús que no había estado allí hacía unos segundos. Me quedé pasmado cuando me topé con una estructura que, si mi memoria no me fallaba, no existía en absoluto. Ahora estaba completamente seguro: aquello había aparecido, sí, del mismísimo aire. La depositó con cuidado y le apartó los cabellos húmedos del rostro. Le acarició la mejilla como un padre a su hija y sonrió levemente, casi nostálgico. Luego, tras dejar salir un suspiro, se giró hacia mí y sentenció: —Mi nombre es Ian Murphy. Soy neurólogo en el Virginia Mason, por si alguna vez llegas a necesitar mis servicios —el hombre se llevó la mano al interior de su bata y, de algún bolsillo, sacó una tarjeta de presentación que luego me tendió amablemente. El hombre chasqueó los dedos y, para mi sorpresa, las letras en el papel comenzaron


a moverse de sitio. Solté una exclamación de asombro cuando la N de su nombre saltó a algún sitio aleatorio y las letras iniciales, tras finalmente reacomodarse, leyeron: I Am Uphyr, the Demon Physician Tragué saliva y, temblante, guardé la tarjetita en el bolsillo de mi pantalón, mientras asentía educadamente con la cabeza. Advertí como el hombre ahora se hallaba apoyado sobre un bastón de madera oscura, adornado con un par de brillantes serpientes entrelazadas cuyas cabezas servían de soporte para la mano. Al igual que todo lo anterior, también había aparecido de la nada. —Soy médico en el mundo demoníaco, por si no sabes leer —señaló el hombre, ilustrando sus palabras apuntando con el bastón hacia mi pantalón, buscando la tarjeta—. En serio, pensé que sería obvio para ti, contratista. —Eres médico… de demonios… —repetí, alzando una ceja. La verdad es que, pese a lo que el hombre había ya mostrado, mi mente seguía sin creérselo. Igual que la noche que Andrea llegó a mi vida… —¿En serio? No me digas —se burló, sarcástico, soltando una carcajada—. Pero ahora, en serio, ¿a qué te parece que he venido? Me encogí de hombros y negué con la cabeza. Incrédulo, Uphyr repitió “¿En serio?” por enésima vez y luego señaló a Andrea con un giro de su bastón. —Oh, ella —comprendí—. ¿Es… está bien? —inquirí después, tras ver cómo el demonio hacia algunos gestos entre sueños. —Estará bien. Ése es el pronóstico, en serio… si sigues el tratamiento, claro —aclaró. Mientras hablaba, se sentó junto a Andrea y, tras rebuscar en varios de los bolsillos de su bata, sacó un pequeño frasquito de color rojo. Tuvo algunos problemas para quitarle el corcho, pero una vez el recipiente estuvo destapado, levantó a Andrea un poco y llevó la botella a sus labios. Para mi sorpresa, la chica olfateó el líquido y, aún inconsciente, lo aceptó con entusiasmo. Se lo pasó de dos tragos. —Imagina que no ha bebido agua en días. Está deshidratada y llegas tú y la sientas frente a un calentador —explicó el médico. Inquisitivo, volví a alzar las cejas, haciendo lo posible porque en mi cara se leyera “¿De qué rayos me estás hablando?” —. Magia, muchacho. Maná, chakra, energía vital… como quieras llamarle, en serio. La pobre niña


sufría de una alarmante hipomageia y tú vas y le dices “No pienso creer en ti”. ¿En serio? Me encogí de hombros, sin saber cómo reaccionar. —¿¡En serio!? ¡Toxina anti-mágica justo allí, viejo! —Uphyr me señaló acusador con su bastón, apuntándome con las serpientes plateadas, por lo cual retrocedí un paso—. Un poco más y hubieras empeorado las cosas, en serio. —¿Y? Eso no me concierne —corté. Tras escuchar esas palabras, Uphyr cambió su semblante. Volvió a dejar a Andrea en su sitio con delicadeza y luego se puso de pie. Imponente, se acercó lentamente hacia mí, con fuego en sus ojos. Y, literalmente, sus ojos tomaron un color rojizo, y despidieron una luz y un calor increíbles. De algún lugar de su cabeza brotaron dos cuernos de color negro, los cuales parecían señalarme directamente. Me apuntó con su bastón en el rostro y, sorprendentemente, éste tomó vida: las serpientes entrelazadas que antes no eran más que un adorno estético sisearon y me mostraron sus colmillos, acercándose peligrosamente hacia mí. —Eres su contratista, muchacho. Su vida depende de la tuya tanto como la tuya de la de ella. Recuerdas la regla de oro, ¿no? Aunque asentí con la cabeza, Uphyr continuó explicando: —Ella muere, tú mueres. Comparten un alma ahora. El demonio apartó su bastón y volvió a apoyarse en él. Las serpientes volvieron a su sitio y todo rasgo infernal desapareció. De nuevo, parecía un hombre cualquiera. —Si no vas a hacerlo por ella, hazlo por ti. Aunque claro, supongo que a papi no le agradará que su princesa esté a punto de morir por la culpa de un patético humano. —Erm… —balbuceé, queriendo buscar una explicación para lo que Uphyr acababa de decir. ¿El padre de Andrealphus? Una vez más, sin embargo, se me adelantó antes de que yo pudiese pronunciar palabra alguna: —Tu suegro, si quieres verlo así —aclaró—. Si no tienes cuidado, te esperará un destino peor que la muerte. Sí, yo diría que la regla de oro se torna un poco exclusiva para ti: sólo tú sales perdiendo en ese caso. Tragué saliva. Aquello no me agradaba en lo más mínimo. —De… de acuerdo —me rendí—. ¿Qué es lo que Andrea necesita? —Andreaaa… —Uphyr se cortó y me miró un poco extrañado—. ¿Andrea? —Andrealphus, entonces —me corregí, poniendo los ojos en blanco y bufando—. ¿Qué necesita para recuperarse de su… hipo…? ¿Hipomageia? —Bajos niveles de magia en el organismo —señaló el médico, como quien dice


cualquier cosa—. Bueno, ella es un súcubo. ¿En serio, es tan difícil saber qué es lo que necesita? Murmuré “Oh, dios” por lo bajo y me llevé la mano a la frente, apartando la mirada apenado por la dirección que aquella conversación estaba tomando. Andrealphus era un súcubo: un demonio que se alimenta de la energía sexual de los hombres. Por ello, para sanarla necesitaba… —¡Oh, no te alarmes! Unos cuantos abrazos o besos son suficientes —restó importancia Uphyr, para mi alivio—. Eso o tu propia sangre. De todas maneras acabo de darle un poco, así que debería despertar en cualquier momento, igualmente… Por milésima vez en el día, tragué saliva. —Sólo… unos cuantos besos, ¿no? —quise confirmar, rindiéndome finalmente ante las palabras de Uphyr. Si quería conservar mi cabeza… tenía que seguir jugando al novio y la novia. —Uno por ahora debería ser suficiente. No queremos provocar un shock mágico, tampoco. Ignoré las palabras del demonio. Dos mundos desconocidos para mí en una sola conversación: el Infierno y la Medicina. Lo mejor que podía hacer era acabar con aquello lo más pronto posible. Me acerqué temblante a Andrea, notando de reojo cómo Uphyr se alejaba caminando unos pasos, seguramente para intentar no incomodarme. Repitiéndome mentalmente que tarde o temprano debía hacerlo, me arrodillé frente a la banca, a la altura del rostro de Andrealphus. —Un hombre tiene que hacer lo que un hombre tiene que hacer, ¿no? —murmuré. Luego resoplé y me llevé una mano al cuello, sintiendo cada palabra como una punzada en mi orgullo—: Entiendo cómo debe ser esto… Y… entiendo que no me queda de otra… Sólo quisiera que esto no fuera tan difícil, ¿sabes? Salir a tomar un café y conocernos un poco no estaría mal… —reí un poco, como para aligerar el ambiente—. Sólo… sólo quisiera que entendieras la posición en la que me encuentro. Sí, sólo desearía que… que pudieses comprender. Una vez más, yo había vuelto a perder. El Infierno finalmente había dado conmigo: no podía huir de mi destino. O aceptaba el contrato que yo mismo había firmado y las consecuencias que conllevaba… o “papi” acabaría conmigo. Y, aceptando mi derrota, la besé en los labios.


Hellfire Kiss 5. Acepto  

Donde hay resignación, hipomageia y neurólogos inmortales

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