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Capítulo 1 - Parte Segunda Capitale Peccatum —Mi nombre es Andrealphus, súcubo de la vigésima séptima legión de Mefistófeles, y vengo a proponerte un trato. Aquellas fueron las palabras con las que, si mal no recuerdo, se presentó aquella chica que había aparecido sin razón alguna en mi habitación durante la madrugada entre el 31 de octubre y el primero de noviembre. Las dijo con una naturalidad casi ridícula, aunque pude notar una pizca de orgullo en aquella frase. La joven realmente parecía metida en su papel, si soy sincero. Hice lo posible por no dejar salir la carcajada que llevaba guardada en el interior de mi pecho. Sin embargo, ante la situación, no pude evitar que una suave tos escapara por mi boca. —Mucho gusto, Andri-alfos. Mi nombre es Clark Kent, kriptoniano de hueso colorado, y se me ha quedado el disfraz en el auto. La chica parecía confundida ante mi burlona y sarcástica declaración, pues inclinó la cabeza como lo haría un animal confudido. Me pareció algo adorable, es cierto, pero no iba a dejar que la broma de Tyler llegara más lejos. —¿En verdad esperas que me crea esa tontería? —cuestioné, con una media sonrisa en mi rostro—. Es ridículo, poco creíble y nada elaborado. ¿Cuánto te ha pagado? ¿O es que le debes un favor o algo así? —¿De qué estás...? —intentó decir, pero continué, con plena confianza en mis habilidades intuitivas y mi instinto de detective, señalando sus fallos. —Podías haber usado un nombre más común, como Lucifer o Satán. ¿Andri? No seas tonta, ¿qué clase de demonio se llamaría así? Tu vestuario también está fuera de contexto. ¿Qué eres, una maid cosplayer? Si quieres parecer un verdadero súcubo, necesita más appeal y algo de cuero. Oh, y por favor... no me hagas comenzar con tu entrada. Admito que me acojoné un poco con la sangre falsa y la habitación a oscuras, pero... ¡Oh, esa niebla es un buen toque! En aquel momento no lo sabía, por supuesto, pero esa noche yo andaba increíblemente estúpido. Acababa de ofender a una desconocida que se las había arreglado para entrar a mi cuarto sin que lo hubiera notado, dejando una preocupante arma blanca tras de sí, y no me di cuenta hasta que aquella nube comenzó a brotar de algún lugar a sus


espaldas. Era color morado suave, pero eso no la hacía menos alarmante. Pensando en retrospectiva, no había manera alguna de que fuese un truco; pero mi mente, aún aferrada a la posibilidad de que aquello fuese una broma de mala calidad de mi amigo, no parecía entender la situación en la que me hallaba en aquellos instantes. Porque aquella chica sí que era un demonio de verdad. Los ojos morados podían haberse tratado de lentes de contacto y la sangre en el alféizar bien podía haber sido falsa, considerando la época del año en la que nos hallábamos. ¿Pero la niebla que envolvió mi habitación hasta transformarse en una nube de tormenta? (va en serio, ¡esa cosa tenía chispas adentro!) ¿La chica levitando a algunos palmos sobre el suelo? ¿Las alas de murciélago que habían brotado de su espalda? ¿Pero en qué coño estaba pensando? —Tyler ha contratado a una profesional, ¿no? —halagué, aún ciego ante la situación —. En serio, una pro profesional que sabe lo que hace. —¿Te atreves a desafiar a un residente de las profundidades, ingenuo mortal? — amenazó la chica. No recuerdo muy bien, pero me pareció escuchar que su voz se doblaba, como si tuviese una gemela malvada que hablara al mismo tiempo. —Por supuesto que no, por supuesto que no —dije, intentando tranquilizarla—. No soy tonto, señorita Satán. ¿Qué se le ofrece, qué puedo hacer por usted? ¿Orinarme en los pantalones para que pueda llevarle una foto bien enmarcada a su jefe afroamericano? No, no, eso es muy extremo. Tal vez Tyler está... Pero un choque eléctrico me interrumpió. Como cuando alguien te toca en invierno y sientes una pequeña chispa en la piel, pero multiplicado por cinco. ¿Acaso un mini-rayo acababa de golpearme? —Invocar a demonios por tonterías como la diversión personal es una ofensa grave, usualmente castigada con una maldición potente o un cambio de forma —recitó, como si lo sacase de un libro de reglas—. ¿Qué te agrada más, sucio humano? ¿Las ratas o las cucarachas? Dejé salir una risita, lo cual pareció sorprender a la chica. Incluso si aquella noche cometí una equivocación de lo más grande, recuerdo haberme divertido un poco. La tal Andrealphus, como la farsante que yo creía que era en aquellos instantes, estaba haciendo un excelente trabajo al meterse en su papel. —Bueno, juguemos pues, Tyler —dije al aire, con la sospecha de que mi amigo había ocultado una cámara o un micrófono en alguno de los pliegues del vestido del supuesto


demonio—. Andre-alfos o algo así, ¿no? —Andrealphus —corrigió la chica—. Fui nombrada en honor del demonio pavorreal de la astronomía y la geometría. —Andrealphus, entiendo... ¿Qué es lo que quieres de mí? —Debiera ésa ser mi línea, humano —aclaró—. Me has llamado mediante un sacrificio de sangre y un círculo mágico del deseo nivel cuatro, ¿no es así? Mis labios articularon un “¿qué?”, pero no dejaron salir ningún sonido. ¿Un sacrificio y un círculo mágico? Definitivamente esta chica tenía frases preparadas para toda situación que pudiese alzarse, pues respondió sin dudar ni un instante. Y ésta me había tomado por sorpresa, sin duda, ya que incluso llegué a creérmela un momento. —Yo... yo no hice nada de eso. No estoy metido en rollos de necromancia ni magia negra. —Ésas dos son la misma cosa, humano —aclaró, para después señalar—: Y puedo percibir el olor y la leve presencia mágica de tu sangre en aquella daga de obsidiana afuera de tu ventana. —¿En aquella daga? —repetí, para después explicarme—: Nonono, debes equivocarte. No me hecho ni un solo corte y no he dibujado ningún círculo. De hecho, soy malísimo con la simetría. —Percibo esencia mágica y hemoglobina fresca en la parte interior de tu brazo derecho. ¿Vas a negar algo como eso? —¡Por favor, no seas ridí...! —me interrumpí. Como para demostrarle que se equivocaba, había levantado el brazo que había señalado, sólo para encontrarme con un alarmante corte de unos diez centímetros de largo, entre el codo y la axila. —Ya veo... —expresó—. Un corte sencillo, para obtener la cantidad de sangre deseada, y no muy peligroso para el contratista. Aparentemente tienes experiencia en esto, pero hubiese sido más eficaz haber hecho un... —¡Wow! —interrumpí, tajante y con los dientes apretados—. ¡Cortarme mientras duermo es ir demasiado lejos! ¡No me importa qué esté tramando Tyler, pero esto ya está yendo...! —¿Deseas que sane tu herida? Puedo concederte la invulnerabilidad si lo deseas — ofreció la chica, con una sonrisa que bajo la niebla me pareció más tétrica de lo que en realidad era—. Todo lo que tienes que hacer es, por supuesto, aceptar el contrato especificado.


—¿Con... contrato? —murmuré, mirándola a los ojos como para preguntarle sin decir nada a qué se estaba refiriendo. —Un contrato con un demonio, por supuesto. Tres deseos al precio de tu alma. ¿No es simple? No hay limitaciones mágicas, a excepción de la inmortalidad, por supuesto. Sin embargo, si así lo deseas, puedes pedir invulnerabilidad o juventud eterna, pero no ambas al mismo tiempo. —¿Estás hablando en serio? —pregunté—. Estás... estás demente. ¿Sigues con ese juego a estas alturas? ¡Dile a Tyler que es malísimo con las bromas! —Ningún Tyler me ha llamado —explicó Andrealphus. —¿Ah, entonces quién? Dime, anda —cuestioné. Si alguien llegaba tan lejos como para usar una daga en mi brazo mientras dormía, merecía que le rompiese la boca dos o tres veces. Y si no se trataba de Tyler, podía sentirme menos culpable al hacerlo. Andrealphus alzó una tableta táctil que antes no llevaba en la mano. Tras hacer algunos movimientos con sus dedos, leyó: —Kyle Flynn, diecinueve años, nacido el 17 de marzo de 1991 en Costa Laguna, Florida. Hombre, un metro ochenta y uno de altura, sesenta y nueve kilogramos y medio, ojos color caramelo, tipo de sangre cero negativo. Comida preferida..... Un escalofrío recorrió mi columna vertebral, haciendo que me estremeciera en mi sitio, cuando escuché a aquella extraña chica recitar todos mis datos biográficos, incluidos gustos y pasatiempos, como si hubiese pasado toda su vida estudiando la mía. Los dijo sin fallo alguno, sin dudar ni un instante, como una autómata. Mi mente quiso aferrarse a la única hebra de razón y sanidad que pudiese encontrar en aquella tan singular circunstancia: tenía que ser una broma; una que había llegado bastante lejos. Una bien pensada y planeada por una mente sucia y pervertida. Una negra, negra mente. Maldije a Tyler por enésima vez en el día. O noche, no importaba. Posiblemente ambos, considerando cuán disfrutable le resultaba jugar con mi pobre y agitada vida de estudiante (no tanto) soltero. ¿Tan lejos tenía que llegar para que me acostara con alguien? ¡Ridículo! —Me conservo tan puro como el capullo de una flor que espera la primavera —dije de pronto. La supuesta Andrealphus interrumpió su discurso, alzó una ceja y me miró sin comprender—. Y no voy a perder “eso” de una manera tan... extraña, loca y estúpidamente absurda.


—¿”Eso”...? —repitió la chica, aún incapaz de entender mis palabras... o ignorándolas —. ¡Ah! —añadió unos instantes luego, cambiando de semblante y dejando salir la ya mencionada expresión, evidenciando que había finalmente deducido el significado de mis palabras. O al menos, eso pensé, porque después continuó diciendo: —Si estás hablando de tu alma, se conservará intacta hasta el momento especificado por el contrato; si hablamos de uno estándar, éste sería el de tu muerte. —¿Mu... muerte...? —balbuceé. —La cual, por supuesto, no será influenciada en lo más mínimo por ninguno de nuestros agentes. ¿Qué? —¿Qué? —¿Preferirías una explicación detallada del pacto? ¿De qué demonios me estaba hablando? ¿Contrato? ¿Muerte? ¿Alma? ¿A dónde había ido a parar su tableta? Por un segundo, no entendí ni una media papa de lo que estaba diciendo, pero en un instante de tranquilidad sacada de no sé dónde recordé a lo que estábamos jugando. Y por primera vez desde que había llegado, decidí seguir aquella payasada por completo. —Por favor... —pedí, exhalando aire y recargándome contra la pared. La niebla comenzaba a desaparecer casi en su totalidad. —Entendido. Entonces, escucha con atención, contratista. >>Desde el inicio de los tiempos, los contratos con los demonios han sido uno de los recursos más utilizados por los agentes infernales para la obtención de almas frescas. Éstas suponen un producto apreciado para el Infierno cuando han sido empapadas de sentimientos negativos durante toda su vida mortal: >>Ira. Luxuria. Gula. Superbia. Acidia. Invidia. >>Avaritia... >>Los siete pecados capitales son aquello que mantiene al Infierno con vida. Por ello, salimos a cazar almas que hagan de combustible para el reino de la oscuridad; y nuestras estadísticas indican que en un 94% de los casos, el espíritu de aquellos que han aceptado el contrato ha sido ya corrompido por una o varias de las faltas ya mencionadas. Es por esta razón que ofrecemos a los humanos oportunidad que antes sólo podían imaginar, a cambio


de aquella pequeña cosa que ya no valoran en lo más mínimo. >>Es por esta razón que he respondido al llamado que has hecho esta noche, Kyle Flynn. Para ofrecerte tres deseos a cambio de aquellos débiles latidos de tu pecho — Andrealphus se acercó a mí y me puso su dedo índice sobre el corazón. Me estremecí cuando sentí su fría yema incluso por encima de la ropa y su uña algo larga haciéndome cosquillas. —Entonces... ¿me darás lo que yo pida? —pregunté. —Cualquier cosa —respondió la chica, apoyando su cabeza sobre mi pecho y rodeándome con sus brazos. El olor a flores llegó hasta mi nariz y me hizo sonrojarme. Intenté apartar mi rostro de ella y evitar mirarla, pero aún así me resultó difícil sentirme tranquilo con su delgado y atractivo cuerpo pegado al mío. ¿Espera, qué? ¿Realmente estaba cayendo en aquello? ¡No, por supuesto que no! —¿Lo que sea? —volví a cuestionar, después de tragar saliva. Antes de responder, Andrealphus levantó su rostro para mirarme y me sonrió. —Lo que —me guiñó un ojo. No lo había visto antes, pero eran de color lila— sea. —Entonces... Sonreí. Yo iba a ganar este juego. —Acepto tu contrato. Andrealphus se apartó de mí con una expresión de satisfacción dibujada en su rostro y luego, danzarina, dio una vuelta sobre la punta de su pie. Cuando volvió a quedar frente a mí, llevaba su tableta en la mano y un bolígrafo de plástico para la misma. —Entonces, amo, firme aquí —pidió, tendiéndome el aparato y el stylus. Sin darle el placer de verme dudar, tomé ambos de inmediato y dirigí mi atención a la pantalla. Yo, Kyle Flynn, por el presente contrato renuncio a mi alma, espíritu y esencia vital y transmito su propiedad a Andrealphus, súcubo de la vigésima séptima legión de Mefistófeles, a cambio de tres deseos sin restricción mágica, a excepción de las señaladas en la sección... No quería leer más. Era obvio que se lo habían currado. ¿Habrían conseguido ayuda de alguien que estudiaba derecho o algo así? A primera vista, parecía un documento perfectamente redactado y organizado, y no tenía duda de que fuese así en realidad. —Os habéis modernizado, ¿no? —reí, mirando el trozo de pantalla donde se suponía que firmara con el bolígrafo de plástico. Y luego, unos segundos después de fingir considerar mi decisión una vez más con una última mirada al documento, firmé.


Pero eso no significaba que había perdido. —Entonces mi primer deseo será... Arrojé la tableta sobre la cama y me acerqué a Andrealphus, quien me miró sonriente. Había obtenido lo que quería, según parecía. Pero no era así: era yo quien iba a salirme con la mía. Un pequeño sustito que le hiciera soltar la sopa ya. —A sus órdenes, amo Kyle. La tomé de la cintura. —Como mi primer deseo... La acerqué a mí hasta que nuestros rostros casi se tocan. —Yo, Kyle Flynn, te ordeno a ti, Andrealphus... Sonreí. Yo había ganado. —Cásate conmigo.


Capítulo 1.2. Capitale Peccatum