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Editorial
Cuando la cultura vende poco a ilustración con un cuerpo femenino refulge, siempre, belleza. Si bien la venta de la exhibición corLmercantil, poral ha sido motivo del procaz enriquecimiento editorial cuyo único fin continúa siendo la exposición es decir, sumar dinero a través de lo prohibido (el cuerpo humano desnudo como alarmante apostasía), no significa que no haya trabajos de fortaleza erótica, donde el cuerpo remarque la consistencia de su perfección. Esta, y no otra, fue la idea central de la originaria Transgresiones que crearan Gustavo Sainz y Alejandro Zenker a principios del siglo xxi, y es, por extensión, el preclaro fundamento que la ha hecho renacer: los decires, la letra afortunada, la poesía, la dilucidación, la exégesis del mundo en comunión con la belleza visual. Estas Transgresiones no especulan con la frivolidad ni con los trastornos de la irracionalidad mórbida. Solo finca su intelecto en la hermosa intangibilidad gráfica.
Alguna vez Susan Sontag (1933-2004) escribió que muchas de las “terribles” imágenes que vemos de los acontecimientos bélicos resultan ser, con el paso del tiempo o en el mismo momento de ser editadas, “hermosas” fotos, aunque no lo sea “en la vida real”. Porque el arte posee otra dimensión. Las fotos que Marco Antonio Cruz (1957) tomara instantes después del terremoto de 1985 en México, sobre todo la del edificio Nuevo León en Tlatelolco, desplomado durante el sismo, son conmovedoras y han adquirido, acaso sin ser ese su primordial objetivo, una relevancia monumental, al grado de llegar a ser objeto de estudio. Las imágenes de Pedro Valtierra sobre la lucha sandinista en la Nicaragua de finales de la década de 1970, a pesar de su dramatismo vivencial, han sido tema de tesis doctorales. Porque el arte asciende los escalones de la belleza mientras la realidad, patética o siniestra, los desciende con gravedad. Por eso Sontag se refería a la “sociedad pornográfica” cuando el deterioro o el descalabro social es inmaduro o de baja calificación educativa. En México, por ejemplo, ya cualquiera puede ser un “malhablado” porque la figura del “insulto” se ha difuminado. Se puede decir peladez y media durante un programa de televisión o en medio de una conferencia cultural, ya no digamos en una sala de conciertos o en una risible serie de comediantes. El insulto ya no es tal, a menos que se entienda como ofensa discriminatoria, como lo suponen los jerarcas del futbol. La “vida real” contrasta en numerosas ocasiones con las imágenes o los decires que, bien planteados, enaltecen por su simbología intrínseca las cualidades del ser humano. Los sismos que sacudieron México los días 7 y 19 de septiembre pasado, en efecto, han vuelto a exhibir la enorme desconfianza de la ciudadanía por el quehacer de los políticos, que dicen una cosa pero hacen otra muy distinta. Dos poblaciones prácticamente se disolvieron de la geografía: Juchitán y Jojutla en los estados de Oaxaca y Morelos, respectivamente. El cuantioso daño, sopesado por el gabinete presidencial el pasado 17 de octubre, afectó a más de doce millones de personas dejándolas en el abandono o en la zozobra, que para el caso viene a ser uno y el mismo desastre. Dos días después se efectuó una marcha multitudinaria en la Ciudad de México, cuya básica consigna fue el reclamo de las donaciones del mundo a los damnificados por los movimientos telúricos, porque, pese a la visible, o aparente, congoja oficial, la ayuda que ya ha llegado, y con prontitud, aún no la reciben los necesitados. Y otra vez el asunto de la circularidad que no conduce a ningún lado concreto, sino al insolidario burocratismo. Y una curiosidad numérica: los empresarios y la gente común donaron a la Fundación Slim para que esta, a su vez, aumentara el monto para la reconstrucción de viviendas por los temblores del pasado septiembre, 395 638 000 pesos… cuando este mismo empresariado y acaso la misma gente había donado, en diciembre de 2016, 361 965 829 pesos... ¡al Teletón de la familia Azcárraga! La diferencia es mínima, la ventaja para Televisa es mayor, pues todos sabemos que una parte de la aportación ciudadana va directo a las arcas del consorcio, no a las 24 salas de rehabilitación infantil que Televisa puede crear sin pedir ayuda de nadie, si así se lo propusiera. Transgresiones, asevera Alejandro Zenker, es un ejercicio de periodismo cultural “fuera de lo común” en esta época en que la cultura se “vende” poco. “Se me antoja llamarla revista sísmica, no solo porque nació en medio de los terremotos de septiembre de 2017, con todas las dificultades que eso implica, sino también porque su primera época, en que la lancé con Gustavo Sainz, quien tanto cariño le tenía al proyecto, estuvo plagada de dificultades agravadas finalmente por su enfermedad”. Por eso, y más, nuestro obstinado empeño.
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Índice “Tú no tienes vocación literaria”, le dijo Agustín Yáñez a Huberto Batis José Sobrevilla
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Editar suplementos culturales, “un ejercicio perdido casi por completo”: Andrés de Luna Alejandro Alvarado
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Director fundador Gustavo Sainz† (1940-2015)
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Director general Víctor Roura
Centenario de Juan Rulfo Víctor Roura
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Director editorial Alejandro Zenker
Narrativas
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Poéticamente
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Una nueva tragedia Juan José Flores Nava
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Crónica de otro 19 de septiembre Jaime A. Valverde Arciniega
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Había una vez
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Preprensa digital Roberto Flores Angulo
Negocios a la sombra del poder Rossi Blengio
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Webmaster Yair Lira
El sudor literario de Alberto Fuguet José Noé Mercado
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Directora de comercialización Rossi Blengio
Roquerías
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A medio siglo del asesinato: el Che de Korda
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Z, de Vasilis Vasilikós
Raúl Cáceres Carenzo (1938-2017) Eugenia Montalván Colón
54
Almanaque de las letras
60
La utilidad de la poesía Sergio Vicario
65
A diez años de la muerte de Otto-Raúl González
68
Tras las últimas huellas de Rius Daniel Cisneros
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Rius (1934-2017) Alejandro Alvarado
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La Ilustración
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Agustín Ramos / 7 Fernando de Ita / 10 Alberto Zuckermann / 11 Eduardo Villegas Guevara / 30 Pablo Fernández Christlieb / 31 Adriana Cortés Koloffon / 39 Roberto López Moreno / 40 Carlos Herrera de la Fuente / 41 Juan Domingo Argüelles / 45 Vicente Francisco Torres / 51 Maricarmen Fernández Chapou / 56 Rogelio Guedea / 58 Mariana Bernárdez / 59 Cosme Lavariega / 63 José de Jesús Sampedro / 67 Graciela Rubiales / 71 Víctor del Real / 80
Articulistas
Artistas visuales
Alarcón Pascual Borzelli Iglesias Rogelio Cuéllar Armando Eguiza Gretta Hernández Antonio Luquín Manjarrez Héctor Medina Román Rivas Melissa Roura Mariana Salido Alejandro Zenker
Jefatura de producción Xiluén Zenker Jefatura de redacción Elizabeth González Arte y diseño Fernando Castillo Juárez
Subdirector de mercados Javier Flores Carranza Consejo editorial Federico Arana / Jorge Ayala Blanco / Alberto Chimal / Fernando de Ita / Juan Domingo Argüelles / Pablo Fernández Christlieb / Armando González Torres / Ethel Krauze / Roberto López Moreno / Eduardo Monteverde / Humberto Musacchio / Agustín Ramos / José de Jesús Sampedro/ Alberto Zuckermann Transgresiones, fundada en 2003 y renacida el 2 de octubre de 2017. Año 1, nueva época. Este número 2 fue impreso el 15 de noviembre de 2017 con un tiraje de 5 000 ejemplares. Es una publicación bimensual editada y distribuida por Solar, Servicios Editoriales, S. A. de C. V./ Ediciones del Ermitaño, con dirección en Calle 2 número 21, San Pedro de los Pinos, Delegación Benito Juárez, C.P. 03800, Ciudad de México, teléfono 5515-1657, correo electrónico: alejandro.zenker@solareditores.com. Editor responsable: Alejandro Zenker. Reserva de derechos al uso exclusivo en trámite. Otorgado por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Licitud de título y contenido en trámite, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Impresa por Solar, Servicios Editoriales, S. A. de C. V. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos escritos y de las imágenes de la publicación sin previa autorización del editor responsable: Alejandro Zenker. No nos hacemos responsables por textos e imágenes no solicitados.
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Los inicios religiosos de Huberto Batis
“Tú no tienes vocación literaria”, le dijo Agustín Yá ez
José Sobrevilla
Nacido en Guadalajara en 1934, Huberto Batis está entre las leyendas de la prensa cultural en México por su participación, sobre todo, en un suplemento que marcaría historia en el país: “Sábado”. Aquí descubrimos su vocación religiosa en su adolescencia y cómo adquirió las cartas de recomendación de Agustín Yáñez para que se adentrara en las letras.
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uando falleció José Luis Cuevas aquel 3 de julio pasado, a los 86 años de edad, suavecito, como para no exaltarlo, el doctor que atendía a Huberto Batis en Médica Sur le dijo: “Se quedó dormidito”. Ambos compartían el mismo hospital, Batis atendiéndose complicaciones de su fibrosis pulmonar y Cuevas una peligrosa acidosis metabólica severa, presión sacra y cáncer de colon. Desde antes, la salud del “formador de escritores”, como llamaron a Batis en la entrega de la Medalla de Oro de Bellas Artes (en diciembre de 2009), no ha sido óptima, pero hace sobrehumanos esfuerzos por seguir firme. Claro, no es cualquier cosa superar un cáncer y sobrevivir a las quimioterapias con sus consecuentes bajas en el sistema inmunológico. Aunque en estos días se le ha oído bastante mejor, últimamente ha sido cliente asiduo de los hospitales. Con mucho apoyo y a invitación de Julio Aguilar, exalumno, editor de contenidos culturales en El Universal y colaborador en unomásuno, Huberto Batis sigue escribiendo para el suplemento “Confabulario” y para la sección cultural del periódico de los Ealy Ortiz que acaba de cumplir, el año pasado, sus primeros cien años. Pese a las complicaciones de salud que derivaron de una embolia, la mente del maestro Batis sigue lúcida, certera; pocos son los datos que hace esfuerzo por recordar. El pasado 2 de septiembre fue muy grato leer su colaboración “Mi feliz encuentro con Patricia”, donde revela cómo después de separarse de Mercedes Benet, con quien procreó cinco hijos (Huberto, Mercedes, Santiago, Montserrat y Juan), y que se fueran a vivir a San Diego, conoció a Patricia González en el taller de crónica urbana que impartía en el Carrillo Gil. Allí la soledad, esa que lacera el alma después de una ruptura, terminó por unirlos en un lazo tan fuerte que hoy persiste.
Foto de Alejandro Zenker.
4 ¿A poco tú conoces al maestro Huberto Batis?, me han preguntado, sin duda porque su fama como formador de literatos no es equiparable al trabajo reporteril de este tecleador; sin embargo, detrás de toda esta labor suya hay muchas horas, charlas amenas e interminables que hemos tenido sobre los grandes personajes de la cultura. Narraciones compartidas en una tarde de hastío, como aquellas sobre las fotos del famoso “Diván” del suplemento “Sábado” que, por extremadamente eróticas, no fueron publicadas y quedaron solo para nuestros ojos. Algunas de esas pláticas se publicaron en las páginas culturales de El Financiero, La Digna Metáfora, Forum en Línea, Unión de Periodistas y otros espacios, incluyendo la televisión (Canal 21 del entonces gobierno del Distrito Federal para Después de la Letra, la Palabra, el programa del también apreciado Jorge Meléndez Preciado). Las cofradías De su vida dedicada a las letras, Batis siempre consideró la hemerografía como lo más importante, porque la literatura en revistas y periódicos puede llegar a más personas que los libros; “cuando mucho puede haber un tiraje de mil a tres mil ejemplares, pero tarda diez años en circular” y, debemos reconocerlo, México tiene pocas bibliotecas documentadas en literatura, nos comentaba en una charla. Ser escritor en México y no ser parte de las cofradías o grupos culturales te condena al anonimato, a la pobreza material, a la ignominia. En sus tiempos, Octavio Paz, la dinastía Krauze y Aguilar Camín, así como varios de sus seguidores, chocaron muy fuerte con el jefe del suplemento “Sábado” del unomásuno, cuando sus páginas revitalizaban la vida política e intelectual del país. Otros literatos, de todos los tamaños, aunque llegaron a abrevar de las lecciones del maestro Huberto Batis, reniegan y han renegado de su persona al grado de ni siquiera mencionar su nombre en alguna publicación o comentario. Lo mismo ha sucedido con otros precursores del periodismo cultural que han sido vetados por quienes
“Ser escritor en México y no pertenecer a las cofradías o grupos culturales te condena al anonimato, a la pobreza material, a la ignominia” en otros tiempos les tendieron la mano para abrirles el camino a las letras o a la presencia pública. ¿Por qué? Las razones son complicadas y desconocidas, pueden estar en la naturaleza humana o en la mezquindad. Un ejemplo de ello fue René Avilés Fabila, quien en vida jamás fue aceptado por las cofradías, por mencionar uno. Huberto no ha perdido la esperanza de que su biblioteca, compuesta por miles de ejemplares, no termine devorada por las polillas. “Propondremos que se haga la Biblioteca Huberto Batis”, le dijo el jueves 10 de febrero de 2011 Jorge Meléndez Preciado. “¡Ojalá! —respondió el literato—, porque he visto cómo, respecto a los libros de algunos escritores y de mis propios maestros, les dicen: ‘Hazle un favor a tus parientes. Antes de morir, échalos a un carretón y tíralos, porque les va a costar dinero llevárselos; y es que por kilo no se venden, generalmente no compran libros, únicamente papel periódico”, dijo el autor de Por sus comas los conoceréis. La vida en el noviciado de Santiago Tianguistenco En aquella entrevista, que había quedado prácticamente inédita porque solo se difundió un breve fragmento en Canal 21, le pedí a Huberto que nos platicara cómo llegó de Guadalajara a la Ciudad de México, ya que se sabe que fue en los tiempos del gobernador jalisciense Agustín Yáñez Delgadillo (1904-1980) y por su recomendación, pero no más. —Bueno, yo había salido de Guadalajara a los 15 años, enganchado en las redes, los anzuelos… —¿De una mujer? —interrumpe Jorge Meléndez. —No —dice Batis entre risas—. De los jesuitas; bueno, por lo menos eran faldas de sotanas… Estuve en el noviciado de Santiago Tianguistenco, en un
lugar llamado San Cayetano, donde había molinos de trigo y maíz a los que la gente acudía para moler sus granos. Tenía también un largo río con una catarata que era la que movía el molino. ”Los jesuitas habían estado en ese lugar desde hacía mucho tiempo y tuvieron allí lo que llamaron Casa de Formación, un sitio muy bonito en medio del campo. ”Llevábamos una vida muy campirana, ordeñando vacas y recogiendo los huevos de las gallinas. Cada mes sacrificábamos un becerro que era insuficiente para los 450 internos que éramos. Nos tocaba, si bien nos iba, cada dos semanas, un pedazo pequeño de carne, y de las gallinas consumíamos solo un huevo a la semana”. Esa pobreza que vivió en su adolescencia, comenta Batis, la pagó con una fuerte tuberculosis debido a la leche cruda. —Los que ordeñábamos las vacas nos bebíamos la leche ahí mismo, sin hervir, y cuando matábamos el becerro, nos tomábamos un vaso de sangre; y los matarifes se persignaban y hacían una serie de rituales antes de sacrificar al animal. En el campo es muy común hacer este tipo de cosas. Allí confeccionábamos nuestro propio calzado, la ropa; hacíamos artesanías y ni hablar de la limpieza y todo lo de la cocina. Su vocación religiosa la descubrió cuando en una reunión de amigos, en Cuernavaca, se puso una borrachera fenomenal y terminó llorando; ahí supo que su tendencia religiosa era porque había huido de su casa para no ver cómo sus padres discutían todo el tiempo: —Se peleaban, gritaban, se daban portazos… No sé si llegaban a cosas mayores. —¿A ti te agredían? —cuestionó Meléndez. —Sí, por supuesto —respondió el catedrático de la unam—. Mi padre me pegaba con un cinturón y me dejaba mar-
5 cada la hebilla en las piernas. Él era médico y músico, tocaba piano, violín y pudo haber sido muy buen escritor, pero un día dijo: “Tengo que comer, por lo tanto tengo que trabajar”. Conocer el mundo Sus compañeros del noviciado le habían recomendado que, si se iba a dedicar a la literatura, tendría más posibilidades si ingresaba a la Compañía de Jesús. —Fue así como me volví un beato y empecé a dar misa, a rezar el rosario y a levantarme temprano. Fui miembro de esa congregación y también de la de la Virgen María para ascender escalones y pertenecer a una asociación secreta llamada Club de Ases. Después de cinco años de estar con ellos, los jesuitas sugirieron que también debía consultar a su director espiritual. Fue ahí donde le dijeron que su vocación no era firme y que
“Hubo una conmoción terrible porque un hermano de mi abuelo es santo: san Luis Batis, canonizado por Juan Pablo II porque, aunque él no era cristero, lo mataron en la Guerra Cristera” Foto de Gretta Hernández.
debía consultar a Roma, donde le respondieron: “Haz de tu vida lo que el Altísimo te indique”, pero era indispensable que saliera una temporada del convento para que conociera el mundo. Se dio un año. Lo primero que hizo fue ir a Guadalajara a ver a sus familiares: —Ahí les medio insinué lo que podía pasar y hubo una conmoción terrible porque un hermano de mi abuelo es santo: san Luis Batis, canonizado por Juan Pablo II porque, aunque él no era cristero, lo mataron en la Guerra Cristera. Estaba en un pueblito de Zacatecas y pasó un piquete de soldados que dijo: “Ahí anda un cura”, y se lo llevaron con sus jóvenes alumnos. El pueblo se arremolinó para impedirlo, pero él dijo: “¡Déjenme, el militar solo quiere llevarme a Zacatecas y mañana estaremos de regreso!”. El pueblo tarugo los dejó ir y, a la salida, en un cementerio, los mataron a todos. Fue una charla muy larga y llena de anécdotas. Cerca de tres horas de material videograbado que marca una parte de la vida de este activo promotor cultural. En esa estancia en Guadalajara, un tío, ministro de la Suprema Corte de Justicia, le dijo: “Ve a ver a Agustín Yáñez, es mi amigo”. —Estando ahí le caí en gracia a Agustín Yáñez y, tal vez porque necesitaría los favores de mi tío, me dijo: “Tú no tienes vocación literaria, déjate de cosas, pero te voy a ayudar”… Y le dio tres cartas: “Estas te abrirán paso a la literatura”. Una era para Alfonso Reyes; otra para el rector de la unam: Nabor Carrillo, y la última para el Centro Nacional de Escritores, “donde estaba la gringa aquella… Margaret Shedd”.
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Foto de Rogelio CuĂŠllar.
ComposiciĂłn desnuda
ComposiciĂłn desnuda, 1993 Plata/gelatina virada al selenio, 11 x 14 pulgadas
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Lecciones de la historia
Sin fe y sin esperanza Agustín Ramos
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a justicia, como la verdad y la utopía, no existe. ¿O ustedes creen ya no digamos en las moscas azules de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, sino en el poder real de los más prestigiados tribunales internacionales para hacer cumplir tratados vinculantes? ¿Acaso no es claro que los aparatos de espionaje e intromisión de los Estados socavan cada día más y mejor las redes sociales como fuentes de información y conocimiento alterno a lo emitido y diseminado por las corporaciones de desinformación y manipulación? La utopía, por definición, es el lugar sin lugar, el tiempo y espacio que no existen. Pues bien, pese a su inexistencia, la justicia, la verdad y la utopía son instrumentos indispensables para la existencia humana y para la vida de la naturaleza en general. ¿Qué hacer, entonces? Hay dos clases de respuesta. Dos respuestas de clase. La proveniente de los dominadores, de quienes en cual-
Foto de Gretta Hernández.
quier terreno, social, económico, político, cultural, ejercen su hegemonía, y que en los hechos se enuncia así: ¿Que no existe la justicia?, inventemos la democracia asimilándola, siempre, a sistemas económicos de explotación y desigualdad. ¿Que no existe la democracia porque aun en ese ámbito persistirá el sojuzgamiento?, construyamos los consensos, impongamos cánones, es decir, fantaseemos consensuar lo más conveniente para la rapiña, legalicemos lo que antes fue ilegal, canonicemos al pecador aunque no el pecado, a Juan Pablo II pero no la pederastia, los best sellers pero no el plagio, a Televisa y a la Marina pero no el simulacro. Condenemos a los dignos de condena, pero siempre dejando a salvo lo condenable, que la complicidad por algo empieza y siempre es redituable. Canonicemos y condenemos a derecha e izquierda, a todo lo que se nos dé la gana, que para eso tenemos el poder. ¿El poder de qué?, pregunta uno. Y ellos, a su modo, se infatúan de ostentar el poder de enrevesar la justicia o degradarla hasta lo ultramontano para perpetuar la impunidad. El poder
de levantar muros de silencio ante las versiones más cercanas a la verdad, el saber elaborar mentiras y difundirlas y mantener a la masa inerte y dadora de rating con un remedo telenovelesco de la gran tragedia cotidiana, este sismo constante en que nos mantienen las sagradas instituciones modernas que “hemos logrado construir”. ¿Que no existe la utopía? Escenifiquemos farsas, una tras otra, una tras otra, capítulos a renglón seguido con encabezados de facturas distintas, aparentemente distintas, inundaciones, huracanes, terremotos, eclipses, revelaciones cuasi divinas de que el gobierno federal viene realizando una estafa maestra, intuiciones acertadas de espionaje, conspiraciones, violaciones, desapariciones, magia. La inexistencia de la utopía abre un espacio inmejorable para llamarle triunfo al fracaso de lo justo, victoria a la derrota de la conciencia, normalidad a la represión del deseo, naturaleza a la depredación. Mintamos de nuevo y con más fuerza, instauremos la ficción fugitiva de las páginas, la fe en el espacio exterior y la esperanza que quema las palabras.
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Andrés de Luna habla de su maestro Huberto Batis
Editar suplementos culturales, “un ejercicio perdido casi por completo”
Alejandro Alvarado
Aunque de carácter fuerte y de actitud hosca, Huberto Batis fue un editor ejemplar, refiere el escritor Andrés de Luna en esta charla dedicada al maestro de varias generaciones que, debido a su aleccionamiento editorial, decidieron con firmeza caminar por la ruta literaria.
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ice Andrés de Luna (nacido en Tampico en 1955, pero formado académicamente en la Ciudad de México, donde ha residido casi toda su vida) que la educación que recibió en la Facultad de Ciencias Políticas de la unam “fue mínima” frente a lo que le enseñó Huberto Batis. —Me enseñó el rigor y muchas otras cosas que, a lo mejor, no descubres cuando ves mis textos; pero, realmente, siento que con él hubo un aprendizaje, sobre todo porque era un maestro tiránico, un maestro que no daba tregua y que, incluso, exigía la nota los martes para el suplemento “Sábado” del periódico unomásuno; al menos en mi caso, me obligaba a escribir. Su labor como editor se asemejaba al de un taller periodístico intensivo en el que, además, te publicaba tus trabajos. Me parecía notable su disciplina, su rigor, la necesidad de estar con gente joven; porque a mucha gente, escritores y periodistas, él la formó desde muy joven. Y darme cuenta de eso fue algo extraordinario para mí. —¿A qué periodistas o escritores recuerda que él formó? —A Guillermo Fadanelli, a José Felipe Coria (quien fue director del cuec), yo diría que también a Gustavo García, un crítico de cine importante ya falle-
cido. Formó a muchísima gente, ahora se me escapan los nombres. Con Batis sus reporteros vivimos en un mundo que ahora es irrepetible, porque las circunstancias han llevado casi a la eliminación del periodismo cultural, lo cual es terrible, pero así funcionan las cosas en México. Me parece que ese mundo periodístico que practicaba Batis, entre paradisiaco y demoniaco, ya se perdió. —¿Qué aporta Batis al periodismo cultural en México? —Le otorga una enorme importancia; pero, además, él introduce el periodismo cultural en el suplemento “Sábado”, porque lo abre hacia zonas más populares. Abre una percepción de lo erótico a partir de personajes que son mediáticos, como Bibi Gaytán o Lucía Méndez, quien estaba medio arropada por Rubén Bonifaz Nuño. Batis le da lugar a todo esto. Me parece que eso fue su gran hallazgo: combinar la zona
cultural con aquella en la que convivían los personajes que eran como del sentido contrario, o común, que pervivían en la televisión o en las revistas mediáticas. Eso le dio una gran apertura al suplemento. La estética de lo obsceno —Según su perspectiva, ¿cuál era la concepción de Huberto Batis del erotismo? —Era el gran erotólogo mexicano. Recuerdo cuando me contaba sus historias (algunas de ellas inventadas, otras vividas). Los que las oíamos nos sorprendíamos mucho: con ellas nos enterábamos de lo que había vivido Huberto y de toda su experiencia con tantas actrices, tantas escritoras, tanta gente que lo vio en este terreno. Su libro La estética de lo obsceno me parece un tratado de lo que él pensaba del erotismo, donde cuenta la historia
“Me parece que ese mundo periodístico que practicaba Batis, entre paradisiaco y demoniaco, ya se perdió”
9 de una alumna suya que fue a entrevistar a Henry Miller. Una muchacha muy modosita, muy conservadora, que asedió al autor de Trópico de Cáncer hasta que consiguió la charla. Como ese, hay otros ejemplos de la apertura que da Batis a lo erótico en el periodismo. Esa actitud lo convertía en un personaje único en este terreno. Me parece que él abrió ese campo en un ambiente donde no había manera de introducirlo. Al regresar Andrés de Luna de Venecia, le contó a Batis de unos aparadores donde se exhibían “unos calzones muy peculiares”. —Me pidió, entonces, una nota sobre ese hallazgo. Cuando se la entregué, le gustó y me concedió la sección de erotismo en el periódico. Que me diera esa oportunidad en el suplemento cultural “Sábado” fue una grata satisfacción que me sirvió de enorme experiencia, porque luego de eso liberé la libido
narrativa y empecé a publicar libros sobre erotismo. —¿Cómo se recuerda de joven escritor laborando con un maestro como lo fue Batis? —Cuando Batis empezaba a tratar a cualquier persona, se comportaba como un hombre hosco, muy formal, de mal carácter. Yo así lo conocí. Conforme empecé a llevarle notas, se fue suavizando la relación hasta que nos convertimos en amigos. Pero cuando se fundó La Jornada, Fernando de Ita le contó un chisme. Le dijo que yo lo había abandonado, que me había integrado a la plantilla de ese nuevo periódico. Sí, yo era uno de los que más impulsó la formación de ese diario. Cuando llego al unomásuno, Bátis me recibe con tambores destemplados, me acusó de traidor y me dijo que yo no tenía nada que hacer ahí. Salí del periódico muy sorprendido. Pero, a los pocos días, Batis se comunicó conmigo, se disculpó, y señaló el
“Me parece que le aburrían mucho los políticos; prefería la parte literaria, a los artistas; toda esta parte sí le interesaba” Foto de Pascual Borzelli Iglesias.
error en la persona a quien deberían estar dirigidas las ofensas, en la persona a la que debió haber despedido. Luego de esto volvimos a ser amigos. Cuando rompimos formalmente, la primera vez, fue porque los tres que escribíamos de cine: José Felipe Coria, Gustavo García y yo, le pedimos vacaciones. Resultaba muy agotador el trabajo. Batis nos imponía un ritmo muy fatigoso. Hacíamos talacha en el suplemento y en el periódico, la cual, a propósito, era muy intensa. Solo necesitábamos dos semanas de vacaciones, que se negó a concedernos. Nos advirtió que si nos íbamos, perderíamos el trabajo. A mí me acusó de ser padre tardío, porque tuve una hija a los 33 años y él había tenido hijos desde muy joven. Eso era, para él, una cosa muy importante. El aburrimiento de la política Huberto Batis fue un hombre de convicciones políticas muy fuertes, comenta De Luna, que no manifestaba con tanta claridad: las expresaba por medio de lo que escribía. —En realidad nunca llegamos a hablar de política en general. No recuerdo haber oído hablar a Batis de política; aunque mantenía una relación con algunas figuras de la política… pero con sus amigos no comentaba sus relacio-
10 nes políticas. Me parece que le aburrían mucho los políticos; prefería la parte literaria, a los artistas; toda esta parte sí le interesaba mucho. —¿Cuál es la relevancia de Batis en el periodismo cultural? —Su capacidad de aglutinar a este grupo de gente; algunos escritores buenos, otros malos o hasta pésimos, pero aglutinó a un grupo extraordinario. Fue un impulsor de la literatura mexicana, que nos dio a los jóvenes la posibilidad de comunicarnos con nuestros textos en el suplemento “Sábado”. Eso me parece que es único, a pesar de su carácter hosco y su severidad; uno veía ahí, chillando, a Juan José Gurrola porque le había rechazado un texto; o pasaban cosas terribles cuando rechazaba el texto de alguien a quien le decía que su nota no servía. Se lo rechazaba porque
lo consideraba una porquería. Así era su personalidad y así trataba a la gente. Había que aguantarlo o había que repudiarlo; pero, más bien, parece que los que lo aguantamos y vivimos su aprendizaje nos formamos con él como profesionales del periodismo o de la literatura, y me parece que eso no es fácil de lograr. Ahora le parece a Andrés de Luna que muchas de esas aportaciones al periodismo cultural se han perdido y ya no hay manera de continuarlas: —Batis tuvo la oportunidad de editar un suplemento durante años, y eso fue muy interesante y fue consolidando su ejercicio. Esto ya se perdió casi por completo. Los pocos diarios que tienen una sección cultural, la tienen muy lamentable. No existen ahora suplementos culturales que valgan la pena. Todo
“El periodismo cultural en México, en vías de extinción” Foto de Gretta Hernández.
esto me parece que ya dio al traste con un trabajo muy valioso que había heredado Batis. —¿Esta política cultural de qué manera afecta las actividades creativas? —Le pega muy fuerte. Los periodistas culturales ya no tienen dónde publicar formalmente cada semana o cada mes. Esto va en vías de deterioro absoluto. El periodismo cultural en México es algo en vías de extinción, y este suceso es espantoso. Ya los grandes periódicos se desinteresaron de contar con un suplemento cultural.
Desmentido
Nada que ver Fernando de Ita
A
unque la oficina de “Sábado”, el suplemento cultural del diario unomásuno, estaba a un lado de la redacción de cultura, eran dos universos distintos. El de ellos: el Olimpo; el nuestro: la chinga diaria. Así las cosas, yo nunca tuve una conversación personal con Huberto Batis ni otro trato que el saludo ocasional. Sabía de sus hazañas por Roberto Vallarino y acaso él supo algo de mí por el mismo conducto. Por eso me sorprende que mi nombre salga a relucir como el infidente que le dijo a Batis que Andrés de Luna lo había abandonado para irse a La Jornada. En los ocho años que estuve en el unomásuno solamente publiqué dos colaboraciones en “Sábado” acordadas directamente con Fernando Benítez, de manera que ni siquiera por trabajo me acerqué con el redactor del suplemento. Por otro lado, yo me fui del diario en la misma fecha que el grupo de reporteros y colaboradores que fundó La Jornada. No me uní a ellos porque me encontré dolorosamente dividido entre mi lealtad a Carlos Payán y a Manuel Becerra Acosta. Preferí no tomar partido y refugiarme con Carlos Monsiváis en el suplemento “La Cultura en México”, de manera que lo que menos me interesaba era chismearle a una gente con la que nunca tuve esa familiaridad, la huida de Andrés, con quien tampoco tuve esa confianza. Espero que quede muy claro que mi nombre nada tiene que hacer en la declaración de Andrés de Luna.
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Vida y muerte con Bill Evans
Infierno en el piano Alberto Zuckermann
A
mediados de la década de 1960, siendo un joven de 18 años, descubrí la música del gran pianista Bill Evans. En 1968 lo escuché por primera vez en vivo en el famoso club Village Vanguard, de Nueva York. Ahí me acerqué brevemente a él y le pedí un autógrafo que guardo celosamente junto con una foto suya de la época. Al año siguiente lo volví a escuchar en vivo, esta vez en Los Ángeles, en el club ya desaparecido Shelly’s Manne Hole. Ahí lo abordé de nuevo y me llamaron la atención, cuando alzó uno de sus brazos para despedir a alguien a la distancia, unos raros piquetes que le llegaban hasta la mano. Ingenuamente le pregunté qué le había pasado. Viendo mi inexperiencia, dijo que había tenido que cambiar una llanta de su coche y que algo lo golpeó al hacerlo. Poco tiempo después, el baterista Salvador Agüeros me dijo que Evans era adicto a la heroína y que se picaba. Me dolió saberlo, no me gustó que me lo dijera; pero pensé que tal vez no era cierto. Sin embargo, ya para 1971, cuando vino a tocar a México por vez primera, conocí a su representante Helen Keane quien, ante mi inquietud, lo confirmó. A partir de entonces, como muchos de sus seguidores, temí por su vida. Nueve años después esta llegó a su fin: acababa de cum-
plir 51 años de edad. Ya para entonces sabía más detalles de su dantesca vida, pero nunca imaginé los grados a los que podía llegar. Gracias a mi amigo el pianista argentino Carlos Franzetti, que radica en Nueva York, supe de un libro de reciente aparición escrito por su última pareja, la canadiense Laurie Verchomin, editado por ella misma y que se obtiene por pedido: al pagarlo, lo imprimen. Acabo de terminarlo de leer. Es muy revelador. La autora no oculta casi nada de su relación con el legendario pianista y de lo que supo por él y por su convivencia en los últimos 18 meses de vida de Evans. Ella tenía entonces 22 años y él 50. Se conocieron en un improvisado club de una pequeña ciudad canadiense donde él llegó a tocar y ella estaba de mesera temporalmente. No parece que para ella fuera amor a primera vista, sin embargo sucumbió a la magia de su música y de su gentileza: al poco tiempo, invitada por él, fue a encontrarlo a Nueva York. En esos meses ella descendió al infierno de un adicto irredento que poseía el don de tocar el piano maravillosamente. Así nos enteramos de cómo se infectó varias veces por usar con frecuencia una misma jeringa, dado que en Estados Unidos no las venden por la libre. De cómo llegó en ocasiones a sufrir de
altas fiebres por inyectarse droga de mala calidad o muy alterada, como le pasó en Noruega. Este hombre llevó una vida de pesadilla, de un drama continuo: en su niñez vivió el dolor de ver a su padre, víctima del alcohol, con una conducta agresiva hacia su madre, lo cual derivó en la separación de ambos. Su único refugio fueron la música y las drogas. Al hacer su servicio militar se inició en la mariguana… y de ahí p’al real. Su primera mujer, con la que llevó vida marital por 12 años en una unión de afinidad total, al ver su problema, lo hizo propio convirtiéndose también en consumidora de estupefacientes. Se cuenta que cuando traía un vestido sin mangas se ponía guantes largos para esconder sus cicatrices. Juntos llevaron una vida de penuria, eran los inicios de su carrera musical con sus primeros tríos y sus primeros discos. Casi todo lo que cobraba se iba en la droga para los dos y en comida para sus dos gatos siameses. Hasta que un día esto tuvo un desenlace fatal. Ella se suicidó cuando él inició otra relación. El drama acompañó la vida de Evans, cuya música es fiel reflejo de ello. El libro exhibe, con lujo de detalles, lo trágico de su existencia. Sobre todo en esos últimos meses que pasó la autora a su lado. Evans, como a varias de sus parejas amorosas, le dedicó a ella un lindo tema llamado como él le decía: “Laurie”, el cual tocó con regularidad en sus últimas grabaciones y presentaciones. Fuera de algunas partes que son de paja, como cuando la
autora narra algo de su vida familiar y de sus primeros novios, el volumen es cautivante, básicamnte para aquellos que conocen y admiran la obra musical de este coloso del piano jazzístico. Entre las inclinaciones del neoyorquino Bill Evans (1929-1980) está que era aficionado a apostar en las carreras de caballos. En sus últimos años, cuando su situación económica mejoró, fue copropietario de un caballo al que bautizó Annie Hall, acompañado del productor de las películas de Woody Allen: el millonario Jack Rollins. Por extraño que parezca, también era aficionado a leer libros de budismo zen; lástima que no puso en práctica sus lecturas. He leído otros libros sobre Evans centrados en su vida musical, en cómo preparó sus discos o sus dificultades para armar un buen trío de acuerdo con sus altos estándares, pero no en su vida personal, en quién era realmente. En cambio, en el libro de Laurie Verchomin sí está de carne y hueso, es su principal mérito. A través de la narración detallada lo vemos en su entorno más íntimo, en sus batallas finales con su hábito en el baño de su apartamento o componiendo su último tema: el inspirado “Your story”, en su piano Chickering de un cuarto de cola en su sala. El libro tiene un costo aproximado de 400 pesos, dependiendo de cómo ande el dólar respecto a nuestra moneda. Lo distribuye Amazon.
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Fragmentario Z
Documental imaginario de un crimen Vasilis Vasilikós
Z, de Vasilis Vasilikós, es la novela que Costa-Gavras estrenó en 1969 con música de Theodorakis. El libro, que condujera a su autor al pasillo del prestigio literario, fue traducido del griego por Guadalupe Flores Liera, colaboradora de estas Transgresiones, quien además escribió el prólogo y las notas de la edición que publicó en 2015, con 468 páginas, la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Fragmentos del prólogo
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l 22 de mayo de 1963, en la ciudad de Tesalónica, capital del norte de Grecia, Grigoris Lambrakis, médico, activista por la paz y diputado de izquierda, resultó herido mortalmente al ser arrollado por un motocarro. Declarado clínicamente muerto, expiró el 27 de mayo a consecuencia de las heridas producidas por un golpe propinado en la cabeza con un objeto contundente. Las autoridades pretendieron cerrar el caso declarándolo “un lamentable accidente de tránsito”. En 1963, con la atmósfera enrarecida, Vasilikós quiso trasladar estos hechos al papel, novelarlos, es decir, mitificarlos, que es lo que a su juicio hace un escritor. No se trata de una transustanciación, sino de un libro-documento escrito mientras los hechos estaban en pleno desarrollo. Por otro lado, el llamado asimismo docu-roman era un género que Vasilikós había venido cultivando con especial coherencia.
Z no es un documento a secas, sino la “amplificación” (blow-up) de un acontecimiento fugaz donde descansa una verdad que el aliento creativo revive, evitando que se convierta en objeto inanimado y se pierda. Esta novela, para el autor, se ubica en los límites de la literatura y el periodismo. Con Z , Vasilikós descubrió a los lectores este crimen de Estado planeado en las altas esferas, con la complicidad de los mandos policiacos y castrenses, que actuaron como actores materiales en un país que no conseguía dejar atrás el clima de posguerra y de polarización social e ideológica. Al lado actuaban los servicios de inteligencia locales y extranjeros, además de las organizaciones paragubernamentales en su papel de reventadoras destinadas a robar el protagonismo a las causas que originan las protestas sociales y a servir de sicarios para eliminar a quienes molestan a los poderosos. Todos estos individuos se vieron ampliamente recompensados con la llegada de la junta.
Las investigaciones posteriores al asesinato de Grigoris Lambrakis pusieron en evidencia que se trató de un crimen orquestado desde las altas esferas. Si bien los ejecutores fueron paragubernamentales de extrema derecha, estuvieron organizados por altos mandos del ejército, la policía y la gendarmería. Igualmente, existió la versión de que la orden salió directamente de Palacio. Grigoris Lambrakis fue víctima de la violencia de Estado. El crimen puso al descubierto las fuerzas oscuras que laboraban en la clandestinidad y el clima de represión al que vivía sometido el ciudadano promedio durante esa época, bajo un gobierno producto del fraude electoral que buscaba legitimarse ejerciendo una política de mano dura, mientras observaba con animadversión las luchas de la izquierda por abrir el espacio a otras ideas. En 1966, basado en estos hechos y en documentos confidenciales a los que pudo tener acceso, el destacado escritor griego Vasilis Vasilikós escribió Z. Do-
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“Puede ser que no hubiera realizado carrera como periodista —la vida tiene sus exigencias—, pero siempre pasaba por ser periodista. Y esta noche, aquí, durante los sucesos, se contaba entre los demás periodistas” cumental imaginario de un crimen, conmovido por el artero asesinato que había convertido a Lambrakis en símbolo de la libertad y la justicia, pero convencido también de que esta página de la guerra sucia que la historia oficial pretendía borrar no debía ser olvidada. Fragmento de Z 7 —Y esto es solo el aperitivo —dijo el “von” Liderosaurio al General, a manera de contraseña, aludiendo al golpe propinado a Z—. Luego viene el asado. El General asentía silencioso y, fingiendo indiferencia, se alejó un par de pasos. No sentía en absoluto ningún aprecio por este gusano, el “von”, que anheló unas alas; pero le era imprescindible, era su ojo en el fango, allí donde vegetaba todo tipo de protozoos flagelados, esporozoos e infusorios. Lo conocía desde la Ocupación, desde los escuadrones de Poulos. Pero, por más que lo detestara, estaba obligado, cada vez que éste lo visitaba en su oficina, a recibirlo, a ofrecerle café, a conversar con él. Y cada primer día del año acudía a Alto Toumba a partir el pan de Año Nuevo de su organización. Esta organización había sido la salvación del Liderosaurio: había abandonado Grecia siguiendo a los alemanes y allá, en Viena, en un seudogobierno griego, se había autonombrado ministro de Propaganda, hasta que regresó pensando que estaría a salvo, pero lo pescaron y lo pasaron por el tribunal como traidor, cooperante de los ocupantes y colaboracionista; fue condenado a cadena perpetua, solo para salir poco tiempo después, con las piernas arruinadas por la humedad de las cárceles que le recordaron la congelación de las extremidades durante la guerra de
guerrillas, cuando, junto con el difunto Poulos, se despachaba a los “búlgaros” del Frente de Liberación Nacional. Solo que en esta ocasión no tenía cara como para presentarse en ninguna parte, ni para desempeñar carrera alguna, hasta que fundó esta organización de los Combatientes y Víctimas de la Resistencia Nacional del Norte de Grecia, y de la invisibilidad y el oprobio retornó a la gloria y la visibilidad, porque la Policía, como buena madre, aceptó de regreso a su hijo pródigo, ya que el objetivo de la organización era el reforzamiento de los Cuerpos de la Seguridad, en cada ocasión en que se hiciere necesario, para la preservación del orden y de la tranquilidad de nuestra ciudad y mediante todo tipo de procedimientos legítimos en la defensa de los intereses y derechos helénicos, así como el combate de todo tipo de actos contrarios a la Patria y de la conjura procediere de donde procediere y, finalmente, para la defensa de la civilización helenocristiana hasta el último suspiro. Esto último, lo de la civilización helenocristiana, fue lo que hizo sucumbir al General y, finalmente, lo convenció de aprobarle su corporación, a pesar de que sentía gran antipatía por el traidor remedo de alemán. La opinión del General era que desde el momento en que se había constituido el Estado de Israel habían aumentado las manchas sobre la superficie del sol, porque el sol se negaba a alumbrar a los hebreos. “Transitamos, —afirmaba el General—, un intervalo sucinto, en lo hondo del cual proyéctase un imperio cósmico helenocristiano. Este preeminente transtorno de la masa solar, en conjunción con la llegada del fin de los tiempos de las naciones, débense tanto a la conjura hebrea como a la expansión del comunismo”.
Y el Liderosaurio no era tonto, la Policía es una cosa, el Estado otra. Debía atraerse también el interés de este último. De esta manera, ideó una publicación a la que llamó Expansión Helena —“Verdaderamente, de un irritante carácter filogermano”, aceptaba el General—, y mientras anunciaba que salía cada mes, lo cierto es que en dos años solo habían circulado tres números. Pero esto carecía de importancia, con esta publicación el Liderosaurio se había introducido como un roedor en los fondos secretos del Ministerio que reforzaba la lucha anticomunista y se comía lo que sobraba de los sovietólogos. Quien dijera que lo hacía ex profeso para apañarse algo, lo volvía una fiera. Debía poner en orden dos periódicos que había publicado en el pasado: uno semanal, Las Noticias del Olimpo, en 1928 en Katerini —allí donde los comunistas degollaron a su cuñado y a uno de sus sobrinos— y Bandera Agrícola, de 1935. Puede ser que no hubiera realizado carrera como periodista —la vida tiene sus exigencias—, pero siempre pasaba por ser periodista. Y esta noche, aquí, durante los sucesos, se contaba entre los demás periodistas. Había otras corporaciones como la suya, como aquélla inverosímil Asociación de Garantes de la Seguridad Nacional del Rey Constitucional de los Helenos/Patria-Religión-Familia, cuyo líder, cierto comandante retirado de Kil‑ kís, había sido absuelto en el tribunal por estulticia. Nada más que los peces gordos no tomaban a estos últimos en cuenta. Eran estraperlistas de cuidado, elementos subversivos sin definición, por esta razón no habían sido aprobados nunca por el Tribunal de la Primera Instancia ni por la Policía. Por el contrario, la corporación que él había fundado contaba con un orden, una organización. Los reunía para hablarles todos los jueves por la noche en Alto Toumba, en el local Las Seis Estacas, de Gonos —ya difunto—. Gonos cerraba la puerta, mandaba al ayudante a que estuviera al acecho y no dejaba entrar a nadie más. Allí el Liderosaurio instruía a sus discípulos. Representaban su alegría más grande. Les hablaba de los comunistas, de la patria, de la religión, de la familia. Los miembros, ajenos por
14 completo a todo, abrían sus bocas de pescado. Recordaba la última vez, poco antes de la visita de De Gaulle, en que había tratado el tema: “El comunismo como una irritante impudicia”. ¡Lo que no les contó! —No se comporten como eternos imbéciles y como retrasados. En Rusia, a la que llaman “paraíso del obrerismo”, el obrero no tiene nada que sea suyo. Trabaja, pero trabaja no para el patrón, que puede apreciar su trabajo y darle un aumento, sino para alguien más al que no conoce, al que no ve, y al que no va a ver nunca, porque los que gobiernan allá no son como los nuestros que descienden a las aceras y se asoman a los balcones. Esos viven en una casa hecha de puros espejos; esos pueden ver a los demás desde atrás de los espejos, pero quienes hablan con ellos no pueden verlos. El obrero entrega su sangre por esos. El campesino no tiene ni un pedazo de tierra para sembrar unas
cuantas cebollitas, su tomatito; no tiene ni una sola aceitunita para sacar de ella su aceitito. Todo lo obtienes con cupones. Como aquí durante la Ocupación. Ustedes no están enterados, porque entonces eran menores de edad. Pero el alemán le daba de comer al pueblo. Solamente que se metían por en medio los comunistas y se lo comían ellos. Por esta razón el pueblo reventaba de hambre. Así, pues, allá…, a ver tú que te estás durmiendo, cuando el líder habla tu deber es oírlo, para que se te forme un poquito de cerebro, y tú, Giangos, deja el vino en paz… El difunto Gonos traía los medios litros y Giangos se los empinaba cual si fueran agüita. Era un holgazán Giangos, un vago, pero se entendían bien. Por esta razón lo había incluido en el escuadrón de la muerte de la organización. —Así que allá, lo vuelvo a decir, está el infierno. Aquí esto puede convertirse en el paraíso si todos ayudamos. Aquí,
“Allí el Liderosaurio instruía a sus discípulos. Representaban su alegría más grande. Les hablaba de los comunistas, de la patria, de la religión, de la familia. Los miembros, ajenos por completo a todo, abrían sus bocas de pescado”
Dibujo de Armando Eguiza.
si eres bueno en tu trabajo y te toca un buen patrón, ¿qué más quieres? —No siempre es como lo dices, jefe —se atrevió a decir uno de los aprendices. —A ver si te callas la boca. Léete primero unos cuantos libros y después hablas, bestia inculta. Lee Mi lucha, de Hitler. ¿Quién era Hitler? —preguntó dirigiéndose al conjunto. —Ese que prometió salvar al mundo—contestó alguien desde el fondo de la taberna. —Muy bien. Me alegro cuando se acuerdan de las cosas de las que les he hablado en otras ocasiones. Así, pues, Hitler era el que quería librarnos de los hebreos y de los comunistas. Hacerlos desaparecer de sobre la faz de la tierra. Y a los primeros consiguió exterminarlos. Tomen esta ciudad como ejemplo, a Neutrópolis, antes de la guerra eran mitad y mitad. ¿Cuántos hebreos hay ahora? —El librero de la calle Tsimiskí. —Di que uno, ¿los otros a dónde se fueron?, se convirtieron en jaboncito. Lo mismo hubiera pasado con los comunistas, pero no le dio tiempo. Durante aquel año la Tierra dio un giro brusco y los hielos derritieron la llama. Porque Hitler creía que la Tierra no es redonda, sino que está horadada por dentro, como una cantera. Nosotros vivimos en el fondo, somos la llama que arde y quiere llegar muy alto. En lo alto están los hielos. Así fue como dio el derrapón en las estepas de Rusia, que sorpresivamente se helaron y dentro de los hielos se les quedaron las piernas a sus soldados. Entonces llegaron los comunistas en sus trineos y los degollaron con las latas de las conservas. No los hicieron prisioneros, como debían, los degollaron solos, desasistidos, imposibilitados para moverse. Aquí donde me ven, yo conocí a los alemanes, combatí a su lado en contra de los comunistas que conspiraban contra la integridad de Grecia. —¡Otra vez nos estás llenando de pura teoría, jefe! Yo necesito sacar un permiso de huevero —dijo un miembro extraordinario—. Llevo mucho tiempo esperándolo y lo único que haces es vendernos discursos. Me voy a salir de
15 la organización. Me voy a meter en una corporación futbolística. —Estoy al pendiente, estoy al pendiente —contestó el Liderosaurio. —¿Y yo de dónde voy a sacar el dinero para liquidarle a Aristos? —suspiró Giangos—. Ah, sociedad tan hija de puta que nos paristes pobretones. ¡Gonos, aviéntame otro de a medio! —Mi mujer está enferma y no le pueden reconocer la indigencia. —Esbirros de poca monta —se enojó entonces el Liderosaurio—, yo estoy tratando de volverlos personas y ustedes no saben más que pedir. ¿Qué dan? —Caña —contestó Giangos. —Caña, eres el único. Los demás ni caña pueden dar, hazles “fu” y se van de espaldas. —Es por l’hambre, patrón. Dracma a dracmita vamos juntando, como las yerbas, y las yerbas por lo menos sabemos donde crecen, pero, ¿y las dracmitas? —Si llegamos a gobernar, ustedes van a vivir como reyes. Foto de Gretta Hernández.
—Pero si ya estamos gobernando, ¿qué no? —No lo estamos, por desgracia, no lo estamos en absoluto. Estos que gobiernan son los más vendidos de todos. Hitler la regó él también por la misma causa: no contaba con buenos colaboradores. —¿Y qué voy a hacer yo con tantos huevos? Mis gallinas ponen todos los días. ¿No puedo poner un tenderete en alguna parte para venderlos baratos? —Dentro de pocos días tendrán trabajo. Tenemos que desbaratar a unos, una concentración. Cargarán palos,
piedras, garrotes y entrarán en acción. Después cada cual será recompensado según lo que ofrezca. Yo voy a estar ahí y los voy a estar observando muy de cerca. Como en verdad ocurría esta noche. Veía a Giangos, su cabecilla, montado en su motocicleta, recorriendo temerariamente las calles. Además, cuando golpearon a Z en la cabeza, lo había recorrido una ola de placer. —A los peces, antes de atraparlos hay que marealos —le comentó de nuevo al General, quien en esta ocasión fingió no escucharlo.
“Así que allá, lo vuelvo a decir, está el infierno. Aquí esto puede convertirse en el paraíso si todos ayudamos. Aquí si eres bueno en tu trabajo y te toca un buen patrón, ¿qué más quieres?”
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Centenario de Juan Rulfo
“Creo que me estaba llenando de retorica por andar en la burocracia” Víctor Roura
Este año es el centenario del natalicio del autor de El llano en llamas y Pedro Páramo. Nacido en Jalisco el 16 de mayo de 1917 y fallecido en la Ciudad de México el 7 de enero de 1986, fueron suficientes solo dos libros para colocarlo en la cima de la literatura mexicana. Transgresiones no quiere ver finalizado este 2017 sin rendirle un tributo a Juan Rulfo, de quien también se creía que el año de su nacimiento era 1918, hasta que su familia se dio a la tarea de precisar la fecha más cercana a la realidad.
E
l 18 de septiembre de 1953 aparecía el libro El llano en llamas, del jalisciense Juan Rulfo, que contuvo, en su primera edición, solo 15 de los 17 cuentos que finalmente se incluyeron en la versión definitiva. Rulfo tiene “una infancia marcada por el dolor —apunta Sergio López Mena en el prólogo del libro de Plaza & Janés en el año conmemorativo de su medio siglo en 2003—, pues a los seis años quedó huérfano de padre, cuando este fue asesinado. Estuvo en calidad de interno en una escuela de Guadalajara, y posteriormente se trasladó a la capital del país, donde vivía un tío suyo: el coronel David Pérez Rulfo, que llegaría a ocupar puestos de cierta importancia en el gobierno de la Ciudad de México”. Hacia los 20 años “ingresó a trabajar en la oficina de inmigrantes de la Secretaría de Gobernación”, donde conocería a Efrén Hernández y a Jorge Ferretis, “escritores que ya contaban con un prestigio en el medio cultural”. El paso de Rulfo “por el Palacio de Bucareli —detalla López Mena— fue fundamental para su vida de escritor, pues el trato con Efrén Hernández dio cauce a su vocación literaria. En esos años de juventud, Rulfo padecía una soledad inmensa que aliviaba, en parte, su entrega a la escritura. Escribió una primera novela: El hijo del desaliento. Efrén Hernández supo de esa afición de su colega y lo impulsó a continuar, además de recomendarle que buscara la publicación de algún capítulo de su novela en la revista Romance. Rulfo siguió sus consejos, pero no logró que la revista se interesase en publicarle ningún fragmento de su obra. Decepcionado, destruyó casi toda la novela. Muchos años después dio a conocer un fragmento que conservó de ella, titulado Un pedazo de noche”, que entonces fue, tal como debía ser —ya con su prestigio y encaramado en la fama—, múltiplemente aclamado. El propio Rulfo, dice López Mena, justificó con estas palabras tanto la negativa de los editores de Romance como su
determinación de destruir El hijo del desaliento: “Era una novela un poco convencional, un tanto hipersensible, pero que más bien trataba de expresar cierta soledad. No convencía. Pero el hecho de que escribiera se debía precisamente a eso: parece que quería desahogarme de la soledad en que había vivido no en la Ciudad de México, sino desde muchos años atrás, desde que estuve en el orfanatorio. En realidad yo estaba solo en la ciudad, que era una ciudad pequeña, miserable. Una ciudad burócrata. Yo no conocía a nadie, así que después de las horas de trabajo me quedaba a escribir. Precisamente como una especie de diálogo conmigo mismo. Algo así como querer platicar un poco. En mi soledad en que yo... con quien vivía. Se puede decir: yo vivía con la soledad. El hombre está solo. Y si quiere comunicarse lo hace por los medios que están a su alcance. El escritor no desea comunicarse, quiere explicarse a sí mismo. De eso se trataba en esa novela que yo destruí porque estaba lleno de retórica, de ínfulas académicas, sin ningún atractivo, más que el esteticado y lo declamatorio en su lenguaje, del cual me daba exactamente cuenta. Creo que me estaba llenando de retórica por andar en la burocracia. Me estaba empapando de ese modo de tratar las cosas. No era lo propio, como yo quería decir las cosas”. La Serpentina A principios de la década de 1940, Juan Rulfo regresa a Guadalajara como empleado del gobierno estatal. Allí conoce a Antonio Alatorre y a Juan José Arreola, que impulsaban la revista Pan (de importancia literaria en México, pese a la impresión de sus escasos cien ejemplares), “pero en 1945 se regresó a la capital del país, iniciando con la Goodrich-Euzkadi una relación de trabajo que duraría varios años”. Entre 1952 y 1955, “Rulfo recibió becas del Centro Mexicano de Escritores,
17 complemento de ingresos que le ayudó a dedicar mayor tiempo a su obra literaria. Posteriormente a esas fechas, laboró en la Comisión del Papaloapan como fotógrafo; en Televicentro de Guadalajara como asesor, y en el Instituto Nacional Indigenista como encargado de las ediciones, puesto que desempeñó hasta su muerte”. Después de haber recibido las sustanciosas becas, calló literariamente para siempre: entre esos años, 1952 a 1955, había ya publicado sus dos libros que lo consagrarían de manera definitiva: El llano en llamas y Pedro Páramo. Sus relatos, en efecto, siguen asombrando. En “Es que somos muy pobres”, las creencias arraigadas determinan incluso los caminos de la pesarosa vida: “Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo Dibujo de Héctor Medina.
ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaván, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada”. Para colmo de males, “y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río”. Nadie entendía cómo la Serpentina, que así se llamaba la vaca, pudo ser tan tonta (ella, que “nunca fue tan atarantada”) como para, seguramente dormida en medio del río, “dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces —dice el hermano de la Tacha, que es
el narrador en el cuento— me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral, porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen”. La apuración, sin embargo, “que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada —confiesa el narrador—. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes”. Según el padre, “ellas se
“Tú fuiste casi su hijo —le decían, aferradas, a Lucas—. Heredaste el fruto de su santidad. En ti puso él sus ojos para perpetuarse. Te dio a su hija”
18 habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas”. Por eso le entraba la mortificación al padre. “Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, solo por llevarse también aquella vaca tan bonita”. La madre, asimismo, “no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala”. Por eso el hermano la trata de consolar, inútilmente: Tacha no cesa en su llanto, “y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición”. Una santidad demoniaca El llano en llamas, efectivamente, es el libro consagratorio del cuento mexicano. Juan Rulfo, en 17 perfectos relatos, trazó, de algún modo, y aquí sí que sin querer queriendo, los parámetros de la buena narrativa corta. (Si acaso, y ya buscando a propósito con ojos indagadores algún yerro, podemos encontrar, quizás, uno: precisamente en el cuento que da título al mítico libro, donde el narrador cuenta que estuvieron escondidos varios días; “pero los federales nos fueron a sacar de nuestro escondite. Ya no nos dieron paz; ni siquiera para mascar un pedazo de cecina en paz”; evidentemente ese último “en paz” sale sobrando, ya que el primero lo sugiere, lo complementa y lo agrega con elegancia… y otro, en el cuento ya
citado: “Es que somos muy pobres”, cuando hace una reiteración continua, que es de los gazapos más frecuentes en cualquier digno literato, que escapa incluso a un buen corrector de estilo, como escapó a los perfeccionistas, en este caso, Juan José Arreola y Alí Chumacero, que reescribieron y tacharon líneas del manuscrito original: “el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover…”). Todos los textos son redondos, ninguno sobra, dejan una impresión indeleble, ya de aflicción, ya de inquietud, ya de tristeza. El propio Juan Rulfo fue también un maestro de la ironía. Y basta leer, por ejemplo, “Anacleto Morones” para constatarlo. “¡Viejas, hijas del demonio! Las vi venir a todas juntas, en procesión —dice Lucas Lucatero—. Vestidas de negro, sudando como mulas bajo el mero rayo del sol. Las vi desde lejos como si fuera una recua levantando polvo. Negras todas ellas. Venían por el camino de Amula, cantando entre rezos, entre el calor, con sus negros escapularios grandotes y renegridos, sobre los que caía en goterones el sudor de su cara”. Lucas Lucatero sabía a lo que iban aquellas malnacidas: a pedirle que las acompañara a Amula para que testificara que el desaparecido Anacleto Morones, para su desgracia su suegro, era un santo. “Queremos que nos acompañes en nuestros ruegos. Hemos abierto, todas las congregantes del Niño Anacleto, un novenario de rogaciones para pedir que nos lo canonicen. Tú eres su yerno —aducían las viejas— y te necesitamos para que sirvas de testimonio. El señor cura nos encomendó le lleváramos a alguien que lo hubiera tratado de cerca
“¡Viejas, hijas del demonio! Las vi venir a todas juntas, en procesión —dice Lucas Lucatero—. Vestidas de negro, sudando como mulas bajo el mero rayo del sol. Las vi desde lejos como si fuera una recua levantando polvo”
y conocido de tiempo atrás, antes que se hiciera famoso por sus milagros. Y quién mejor que tú, que viviste a su lado y puedes señalar mejor que ninguno las obras de misericordia que hizo”. Ah, que la. Lo que no sabían, o no querían saber, estas argüenderas, remolonas y fanatizadas era que Anacleto Morones no era, en lo absoluto, el hombre que ellas querían que fuera. Cuando Lucas Lucatero dijo no poder acompañarlas porque nadie se quedaría a cuidar su casa, ellas se mostraron sorprendidas. ¿Pues dónde estaba, entonces, su mujer, la santa hija del Santo Niño Morones? —Ya se me fue. La corrí —adujo sencillamente Lucatero. —Pero eso no puede ser —respondieron, alteradas—. La pobrecita debe andar sufriendo. Con lo buena que era. Y lo jovencita. Y lo bonita. ¿Para dónde la mandaste, Lucas? Nos conformamos con que siquiera la hayas metido en el convento de las Arrepentidas. Y no, Lucas Lucatero no la había metido en ningún lado. —La corrí —repitió—. Y estoy seguro de que no está con las Arrepentidas; le gustaba mucho la bulla y el relajo. Debe de andar por esos rumbos, desfajando pantalones. ¡Por Dios! Las cosas demoniacas que contaba Lucas Lucatero. —Si no estuviera de por medio que eres el yerno del Santo Niño, no te vendríamos a buscar, contimás te pediríamos nada. Siempre has sido muy diablo, Lucas Lucatero —arremetían las mujeres, que poco a poco iban perdiendo la paciencia, abandonando lentamente la casa del escandaloso Lucas, que les subrayaba con todas sus letras que el tal Anacleto Morones era todo lo que quisieran menos un ángel de Dios: —Un día encontramos a unos peregrinos —contó Lucatero, ya que por algún tiempo ambos eran inseparables, vendiendo santos en las ferias, en las puertas de las iglesias—. Anacleto estaba arrodillado encima de un hormiguero, enseñándome cómo mordiéndose la lengua no pican las hormigas. Entonces pasaron los peregrinos. Lo vieron. Se pararon a ver la curiosidad aquella. Preguntaron: “¿Cómo puedes estar encima del hormiguero sin que
19 te piquen las hormigas?”. Entonces él puso los brazos en cruz y comenzó a decir que acababa de llegar de Roma, de donde traía un mensaje y era portador de una astilla de la Santa Cruz donde Cristo fue crucificado. Ellos lo levantaron de allí en sus brazos. Lo llevaron en andas hasta Amula. Y allí fue el acabose; la gente se postraba frente a él y le pedía milagros. Ése fue el comienzo. Y yo nomás me vivía con la boca abierta, mirándolo engatusar al montón de peregrinos que iban a verlo. Pero las viejas decían que era puro hablador. Un blasfemo de poca monta. —Tú fuiste casi su hijo —le decían, aferradas, a Lucas—. Heredaste el fruto de su santidad. En ti puso él sus ojos para perpetuarse. Te dio a su hija. —Sí —respondió Lucas—, pero me la dio ya perpetuada. Las cosas que decía este luciferino hombre. ¿Y cómo reaccionaron las señoras cuando Lucas Lucatero les dijo que el hijo que llevaba dentro la hija de Anacleto Morones no era sino producto del merito Anacleto Morones? El colmo de la herejía. El mítico silencio Por eso solo una, Pancha, decidió quedarse la noche entera con Lucas Lucatero para tratar de convencerlo, con las armas que fuera —incluso la de la pasión corporal, si se necesitaba tal concentración de poderes—, de que se acercara a Amula para documentar de viva voz la santería del Niño Anacleto. Por supuesto, nadie sabía el secreto de Lucas: mientras todos creían que Anacleto, debido a su misteriosa desaparición, ya andaba en el cielo junto a Dios, la realidad era que yacía bien muerto y enterrado en el patio de Lucas, patio al que diariamente le echaba piedras para que el alma demoniaca de Morones no saliera nunca por más tretas que usara. Y ya en la noche, arrejuntados los cuerpos, la Pancha reclamó a Lucas: —Eres una calamidad. No eres nada cariñoso. ¿Sabes quién sí era amoroso con una? Lucas, inocente, preguntó quién. —El niño Anacleto. Él sí que sabía hacer el amor —respondió la Pancha, seguramente amuinada. Las proezas del
Santo Niño. Vaya por Dios. Todos y cada uno de los cuentos de El llano en llamas tienen su propia virtud. Por algo, después de escribir sus dos libros, Rulfo cerró la boca. Se dedicó a la burocracia y en la burocracia se diluyó. Su literatura ya estaba finalmente realizada. Tal vez un cuento más, algún ejercicio literario más, una novela más, habría desmoronado, quizás, la monumentalidad anterior. Quién sabe. Quién lo puede saber. Por-
Foto de Pascual Borzelli Iglesias.
que, vamos, si alguien escribía tan bien como Rulfo, ¿a qué se debió su enorme y definitivo silencio posterior: 31 años de mutismo inexplicable? Ciertamente, su desmesurada mitificación de algún modo está fincada en su prolongada pausa literaria... pero una pregunta siempre va a flotar en este enigma rulfiano: si un escritor se dedica a escribir, ¿por qué Rulfo, escritor como era, dejó de hacerlo?
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Narrativas La poeta Lillian van den Broeck (mexicana nacida en El Paso, Texas, 1954), siempre con sus finales narrativos sorprendentes, nos envía un cuento amoroso. El cuento de Armando Ramírez (Ciudad de México, 1952) se desarrolla entre un terremoto y otro, ambos septembrinos, que marcan vidas profundamente. El autor del ya clásico Chin Chin el teporocho nos entrega un relato que nos conmueve por la nueva tragedia sísmica que ha vivido el país. Oliver Macías (Ciudad de México, 1986), de nuevo aliento literario, cierra esta trilogía escritural.
Un pedazo de arenque
Lillian van den Broeck
U
n día a mi puerta llegó aquel Raico. Yugoslavo de nacimiento, músico y disidente por naturaleza. Tocaba piano y todos sus derivados, así como la guzla y el kabal, traídos consigo desde su desmoronada tierra. Alguien le había dicho que aquí, en mi casa, se cocinaba no solo sopa de col, también rollos de col, chucrut, col morada con manzana, compota de lo mismo y col en salsa verde. Esta última es mi especialidad, pero en realidad no tiene importancia mayor ya que, para mí, hacer estos guisos con repollo es la manera más adecuada, fácil y barata para atraer a esos hombres que llegan de los rumbos transatlánticos o pacíficos. La enresortada cabellera entrecana de Raico llegaba hasta la espalda. Mientras comía, me gustaba soltarle la coleta y emitir un sonido diferente al jalarle con suavidad cada bucle dureriano que le colgaba. Este ritual lo entusiasmaba. En cuanto terminaba el platillo, no reparaba en tirarme al suelo y, con dulce brutalidad, abrir mi telón y agasajarse con el postre. A él sí que lo echo de menos por esto último. Venía continuamente; yo diría que fueron casi las trescientas. No creo que
valga la pena hablar de todas. Considero que el orgasmo borra o disuelve todo preludio que lo antecede. Esto puede considerarse grave y, sí, es esta cuestión de la gravedad lo que nos permite reincidir: volver a caer sobre el suelo o sobre una cama. El yugoslavo daba clases de música tarde y noche. Esto nos permitía durante la semana, además de los asuntos emotivos, salir de vez en cuando por las mañanas a conocer la ciudad. Entre los muchos lugares subimos al monumento mayor y al edificio más moderno. Un día muy temprano logré que nos dieran un permiso especial para ascender al campanario de la catedral; el de campanas con sonidos diferentes… hicimos el amor columpiándonos con cada tañido. Heredé esta enorme casa hace casi tres años. “Es como las casas de mi tierra”, afirmaba Raico en cada visita, “por eso me gusta venir contigo”, y sonreía, siempre sonreía. La fachada es una ruina. Un sábado en la madrugada, Raico tocó a la puerta. Entró ataviado con pesada ropa de invierno. Quería ir a un lugar donde hubiera nieve; quería tocar ahí su kabal. Calcé unas botas viejas para subir montañas, me cubrí bien con
el abrigo. Tomamos el tren antiguo que llega a la falda del volcán. Fue hasta el segundo refugio donde encontramos que había nevado cinco centímetros. El sol se acomodaba en la tarde y nosotros sobre algunas rocas apiñadas. Raico desenvolvió de una manta el instrumento y con delicadeza empezó a soplar. Aquellas notas, las que salían del kabal, se alejaban de mis oídos huyendo aciagas con el aire en busca de otro destino. Dejó de tocar. Con ansiedad nos acariciamos por entre la ropa. —Le traje arenque y aceitunas negras esta mañana —dijo Raico con una sonrisa que calentó el frío otoño que anticipaba la llegada de un invierno desconocido hasta hoy aquí. Contenta corté mucha cebolla, drené del yogur las últimas gotas de suero, preparé el café con achicoria y dispuse una mesa sencilla: en el centro, un diente de león colocado en una botella de cerveza. Después del almuerzo nuestros alientos se encontraron. Ese día helado quedó grabado en mi conciencia, en el olfato. Al reposar nuestro amor bajo la mesa, Raico tarareó las mismas notas que escuché en el campanario, aquellas del volcán. Antes de irse, de cerrar la puerta, me dijo barriendo con los ojos el suelo de un lado a otro: —Tu casa se parece a lo que queda de la mía en Yugoslavia. Cada que me alejo de usted y de aquí, me duele pensar lo que creo perdido. Por eso me regreso a mi tierra, por mi mujer y mi hija. Encendí el calefactor y recogí la mesa. Un pedazo de arenque nadaba en el frasco.
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Sin reproches
Armando Ramírez
F
ue miedo lo que sintió cuando pasó por su ventana una enorme nube de polvo blanco. Pasó silenciosa, ligera, lenta, fue una eternidad, tapó la visión a la calle, era solo polvo blanco, y así como desaparecía iba apareciendo el miedo. Nos estábamos peleando. Ella, celosa, me había estado gritando. Yo le dije: Está temblando; ella no me creyó, su reclamo era que me había visto con otra mujer en mi trabajo; le había contestado que yo era un periodista y que la mujer también era periodista y compañera de trabajo. Desde hacía años era lo mismo: ella acusándome de infidelidad y yo negándolo una y otra vez…
El primer piso donde nos encontrábamos era de una vieja vecindad, que fue un palacete en el siglo xviii, cerca del Paseo de la Reforma, pero en el barrio de Tepito. Ella dijo: ¡Dios mío! Y yo dije: ¡Vamos a bajar, ándale! Ella contestó: Sí, vamos a bajar. Se había tranquilizado. Al darse cuenta del sismo, su estado de ánimo cambió, en la calle estaba serena, lúcida. Una vecina lloraba, sus tres hijos la rodeaban angustiados. Ella se les acercó, el suelo todavía se movía, les dijo: Tranquila, mi reina; hijos, ya está pasando; papacitos, miren, no se cayó nada. Cierto: en esa calle no había sucedido nada, pero cuando volteé hacia los edificios de Tlatelolco descubrí de dónde había llegado la enorme nube de polvo. No veía el edificio Nuevo León, que desde el barrio lo mirábamos a simple vista.
No quise comentar nada, un trago de angustia resbalaba de mi garganta a mi estómago. Ella seguía consolando a los pequeños. Los demás vecinos, decenas, semidesnudos, con rostros angustiados miraban las construcciones; más allá se escuchaban gritos de dolor. La mire, la abracé, no sabía cómo decirle que no veía el Nuevo León: ahí vivían su hermano y sus sobrinos… Instalamos la cámara en el límite de la zona que los soldados habían sellado, lo que llaman la Zona Cero, es decir, en el corazón del derrumbe de la fábrica textil de la colonia Obrera. A lo lejos se veía una enorme grúa, cientos de brigadistas haciendo labores de desalojo del escombro de las construcciones; en el lado contrario, junto a una tienda de autoservicio con las cortinas bajadas, los brigadistas habían instalado sus tiendas con bolsas de alimentos, agua, medicinas, cascos y chalecos amarillos. Los soldados no nos habían dejado entrar al camarógrafo ni a mí; entonces decidimos, desde ahí, grabar mi narración de lo que veíamos. Fue cuando llegaron dos hombres fuertes, altos, morenos, con chalecos de la pgr: uno de ellos me dijo al oído si quería entrar y grabar. Le contesté que, si se podía, desde luego. Me dijo que habían recibido órdenes de dar facilidades a los periodistas porque había mucha confusión en las informaciones que se estaba dando; más valía que uno viera y contara y no a través de mandos militares… Entramos, nos pusimos un casco y un chaleco que nos entregaron y nos acercamos a la montaña de escombros. Losas enormes que sirvieron de techo o de piso al edificio se habían deslizado
hacia una escuela y estaban casi fundidas entre ellas, y sobre ellas y la montaña de escombro los hombres trepaban y sacaban cubetas con cascajo: el fervor de la gente se traducía en el deseo de que se escucharan gritos de auxilio desde el pie de la montaña. El edificio se había llevado el fragmento de una escuela secundaria en el derrumbe, un edificio se había desmoronado tendiéndose sobre el patio de una escuela; al fondo se veían los salones abandonados en lo que fuera el primer piso, y la parte baja parecía ser un set de alguna película. Los brigadistas, una rama de los viejos topos, nos dijeron que escuchaban voces en los escombros. Entonces recorrí con la vista las planchas, muy anchas, de concreto y varilla, mirando a cuatro brigadistas que llevaban lo que llaman binomios: cada uno un perro educado para rastrear vida humana en los derrumbes, en este caso un edificio de una fábrica de textiles. Iban trepando, bajando, husmeando en los huecos oliendo vida. En la cafetería, a una cuadra de ahí, cuando estábamos desayunando, el propietario del negocio nos comentó que ahí iban a comer los trabajadores textiles. Pensé en esos hombres y mujeres riéndose mientras trabajaban, y de repente se veían en la oscuridad sin poder moverse, volví a mirar la enorme montaña de escombros, de acero retorcido, bloques enormes de concreto, losas gruesas de los diferentes pisos comprimidos y, sí, yo también creí que había vida ahí abajo. Volví a sentir miedo, impotencia, ese pavor que da el sentimiento de la fatalidad. ¿Cómo? ¿Cómo poder levantar esas toneladas de escombro? Tuve la sensación de que debajo de todo había seres humanos gritando, deseando que en la superficie los rescatistas los escucharan. ¿Por qué? Es la educación de los habitantes de esta ciudad. Se sabe que llegará gente y con su fuerza y fe luchará por levantar esas toneladas de escombro para salvar a los derrumbados. Esa impotencia de ver toneladas de escombro sobre el Paseo de la Reforma, una enorme montaña cubierta por una nube de polvo, y ver salir de ella a un hombre, como si fuera enviado por los
22 dioses, iba en pijama con su bebé en brazos. Me pregunta: ¿Dónde estoy?, y le contesto que en Paseo de la Reforma, y me dice: Comenzó a temblar y me metí con mi hijo debajo de la mesa. Sí, el sismo lo había lanzado dentro de esa nube de escombros al Paseo de la Reforma. Siguió caminado desorientado. Fue cuando vi venir en reversa el auto del hermano de ella, bajó pálido, sudoroso, los ojos desorbitados. Me dijo: Los acabo de dejar a los dos con la muchacha. No supe qué decir, solo miré la montaña de escombros. ¿Qué hacer?, ¿cómo ayudar?, ¿por dónde empezar? Eran preguntas que me hacía y no encontraba respuestas; el hermano de ella echó a correr para rodear la montaña de escombros. Mi percepción: los edificios que se derrumban durante los sismos ya estaban en malas condiciones y debieron de haber sido deshabitados hace tiempo. No digo que esa sea la verdad, pero es lo que me ha tocado observar en 1985 y ahora en 2017, los dos un 19 de septiembre, el primero a las 7 con 19 minutos y el segundo a las 13 con 28 minutos, uno de 8.1 grados y el segundo de 7.1. En el edificio Nuevo León, de la Unidad Habitacional Tlatelolco, ella y yo acostumbrábamos desayunar en una cafetería en los bajos de ese edificio y Foto de Gretta Hernández.
ella siempre se quejaba de que los trabajadores estuvieran enderezándolo. Lo que yo veía al pie del Nuevo León era un gran foso anegado y unas máquinas en funcionamiento, el edificio se veía ladeado, no me gustaba subirlo cuando visitábamos al hermano de ella. Ella me preguntó: ¿Mi hermano, has visto a mi hermano? Yo le dije: Se fue por ahí hace un ratito, y señalé los escombros. Ella miró esa montaña y dijo: Fue la nube que vimos pasar desde la ventana. No dijo más. Vimos a su hermano salir de la nube de escombros, los dos corrieron y se abrazaron, lloraron y ella le dijo: Tranquilo, hermano, veamos qué hacer. Y, sí, ella comenzó a organizar a una parte de los vecinos, instalaron una tienda de campaña de un vecino que practicaba el alpinismo, se conectó con otros grupos también organizados. No solo eso, tendió puentes con los vecinos del barrio donde muchas vecindades habían sido dañadas: estaban a punto de derrumbarse. Era gratificante ver a tanta gente acomedida, ir y venir con cubetas llenas de escombro; otros, cargando grandes bloques de concreto, llegaron con palas, picos, pero otros solo utilizaban las manos. Llegaron familiares de los que estaban sepultados, llegaron grupos de aso-
ciaciones políticas, culturales, deportivas y, como Dios les dio a entender, formaron la fuerza de rescate. Al caer la noche se dieron cuenta de que necesitarían pilas, lámparas, agua. Ella me dijo que, como pudiera, consiguiera auxilio. No funcionaban los teléfonos, no había agua ni energía eléctrica. Pensé en los compañeros del hermano de ella, que era trabajador de la Compañía de Luz. Conocía a uno de ellos que era también pintor, vendía sus cuadros en el Jardín del Arte en el Monumento a la Madre. Lo fui a buscar y le comenté. A la hora llegó con una cuadrilla de trabajadores de la luz con su equipo y herramientas, también llegaron grupos de pintores, de la Escuela de San Carlos, del Arte Acá en Tepito, de los feligreses de la capilla del Espíritu Santo, los grupos de civiles fueron creciendo, como también los vivos que andaban robando entre los escombros, agarraron a dos y los golpearon hasta dejarlos sangrando. En la noche estaba sentado tomando una taza de café escuchando las noticias en un radio de pilas. Ella organizaba a las brigadas de este lado, sentía quererla un montón, era tan bella, tan comprometida, no le tocó vivir el Movimiento Estudiantil de 1968, pero narraba la noche del 2 de octubre, la noche de Tlatelolco, como si la hubiera vivido. No la vivió, pero cursó el ba-
23 chillerato en el Colegio de Ciencias y Humanidades con maestros que habían estado ahí, organizó con unas artistas un taller de juegos artísticos para los niños. Cuando se quedó sola, la abracé, la besé, ella lloró y me dijo: Te quiero mucho. Nos abrazamos, y siguió diciendo: Cero reproches. No dije nada. Ella me tomó la cara y me besó y me dijo sonriendo: ¡Perdóname!
manera discreta. Ella me veía, al descubrir que la miraba, desvió su rostro. “El dinero de las campañas políticas se debe destinar a los damnificados”. Esta frase estaba en un cartel donde ella coordinaba la ayuda que llegaba. Salió de prisa dando órdenes, caía la noche, con su casco de minero iba alumbrando sus pasos… Pasó cerca de mí y no me miró…
Atardecía, llovía, pensé en que los escombros se iban a remojar, a humedecer, y reblandecidos pesarían más, podían vencer la resistencia que los detenía y aplastar a las personas que estaban aún vivas debajo. Movimos la cámara para acercarnos lo más que pudiéramos a la montaña de escombros. Al ver todo eso, era imposible saber que antes había sido una fábrica textil. Entrevisté a jovencitas, eran de colonias populares y de los municipios conurbados a la Ciudad de México, eran casi niñas, una tenía dieciséis años, otra diecisiete, un jovencito de quince, y ahí estaban con sus chalecos, sus cascos, sus ropas y sus rostros empolvados. Miré las tiendas de campaña, tenían centenares de picos, palas, carretillas, toneladas de agua, comida, había jóvenes que pasaban con charolas de tortas, sándwiches, agua embotellada, barras de cacahuate, amaranto, botellas de suero, la ayuda había llegado muy rápido, todos se comunicaban con sus celulares por WhatsApp, Facebook, Twitter, por todas las redes sociales existentes, y la ayuda llegaba.
Días después, en la noche de Tlatelolco de 1985, cuando en ese momento se le comenzó a llamar a ese movimiento social la Sociedad Civil y esta había tomado en sus manos el rescate de los atrapados en los escombros y apuntalado edificios a punto de caer, el gobierno del presidente Miguel de la Madrid por fin había reaccionado: llegó el ejército aplicando su plan de emergencia para estas tragedias. Los grupos de brigadistas de la sociedad civil fueron hechos a un lado, pero ahí estuvieron siempre presionando y ayudando, organizando brigadas, aprendiendo a ir juntos los unos con los otros para trabajar con rapidez y recolectando sabiduría. Los sobrinos de ella, muchos días después, serían encontrados bajo toneladas de escombros, sus cuerpos fríos, refugiados en el baño con la muchacha. Ella dijo que, cuando temblaba, siempre corrían ahí, decían que era el lugar donde se sentían seguros. Pero esa noche, todavía con una pequeña esperanza, viendo cómo el cantante de ópera Plácido Domingo estaba hombro con hombro buscando a sus familiares, usando un tapabocas para evitar que el polvo entrara a su boca, más o menos a las cuatro de la mañana, echaba pestes contra el gobierno, se escuchaban a lo lejos los ruidos de los trabajos de rescate, ella, cansada, se acurrucaba en mí para preguntarme: ¿Soy celosa? Y yo, en plan conciliador, respondí: Un poquito… ella sonrió y remató: Mentiroso, lo soy mucho y me pongo muy loca… me miró a los ojos, me besó y me dijo: Déjame, soy muy celosa y no me puedo controlar, te veo con una mujer y me enciendo… Es mi trabajo, en ese medio hay muchas mujeres trabajando. Lo sé, dijo serena, y estoy consciente, pero no puedo contenerme,
En uno de esos puestos oí una voz familiar. Mi corazón latió, nunca podría olvidar esa voz, ahí estaba coordinando, era ella, una mujer madura, cincuenta y seis años de edad, seguía siendo hermosa, su tono de mando, su mirada lista, sus labios gruesos, su pelo ensortijado, los ojos verdes, grandes, su cuerpo era más grueso, sus senos comenzaban a relajarse. Me vio y calló, pero de inmediato recobró la concentración. No pude acercarme, seguí trabajando con mi cámara, entrevisté a la coordinadora de un grupo de enfermeras, sentía la mirada de ella sobre mis espaldas, mientras entrevistaba tenía ganas de voltear a verla, y al terminar lo hice de
me gana mi carácter, tal vez si no fueras tan frío me sentiría más segura. Cómo, pregunté. Un cariñito, mi vida, un poquito de vez en cuando… No contesté, lo sabía, me costaba trabajo ser cariñoso, tocar a la gente o que me tocaran y ella tan dada, tan amorosa hasta el hostigamiento; la abracé. Ella, unos años después, estaría en el Frente Democrático que impulsó la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas y lloró cuando supo que habían asesinado a Ovando y a Gil una noche antes de las elecciones, eran los hombres cercanos al candidato, ella siempre dijo que Cuauhtémoc había ganado la elección y que el pri había hecho fraude con el conteo de los votos. Treinta y dos años después del 85, en el mismo mes de septiembre, ahí estábamos los dos, tan lejanos y cercanos, la noche de un gran sismo, sintiéndonos. Lo más extraño, o no tan extraño, es que quería abrazarla, besarla y decirle palabras de amor. Volví a su tienda. El camarógrafo me dio la voz de empezar a hablar, no sé muy bien qué dije de la historia de la fábrica de textiles y de la colonia Obrera, de los trabajadores y trabajadoras textiles, de los cabarets, de la calle de Bolívar, no sé por qué recordé los grandes cabarets del barrio de la Obrera, hubo decenas por estas calles, ahora era una zona de venta de productos textiles: playeras, gorras, bolsas, y de imprentas y suajado. Cuando terminé de hablar, volteé a verla, nuestras miradas se cruzaron. Un hombre llegó, la abrazó, la besó y ella le correspondió. Me dolía mucho ver esa escena. Ella no volteó a verme. Un joven de unos veinte años también la besó y una jovencita rubia de unos dieciocho años, llevaban uniformes de rescatistas. El hombre vestía con ropas de calidad; seguí trabajando… Habían pasado treinta y dos años… Quise hablarle a mis dos jóvenes hijos, su mamá había fallecido hacía diez años. Les hablé y les pregunté cómo estaban, me invitaron a cenar junto con mi compañera después de trabajar. Miré la enorme montaña de escombros, la gente arribaba, sentí la noche, sentí la lluvia…
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Amor mío Oliver Macías
—¿
A dónde vas? —pregunto. —¿A... dónde? Si lo sabes perfectamente —dice mientras se dirige a la puerta. Me levanto de la cama para detenerla. La tomo del talle. Ella respira profundo y se deja caer en mis brazos. —Te quiero —digo. Y ella sonríe. Vamos por el parque y el sol vislumbra lo que nosotros no vemos. Nuestros pasos comienzan a separarse con los años. “¡Me estás volviendo loca!”, recuerdo en mi mente lo sucedido en la mañana. —Quiero un helado —dice. Lo compra. Yo lo saboreo un poco. El sol comienza a agostarse. Una energía extraña vibra mis pies y corremos a bailar. Bailamos hasta que la noche deja de serlo y el sol nos saluda nuevamente. Llegamos a la casa. La puerta no abre. Lo consigo por la fuerza. —Una fuga en el baño —dice—. La llave no cierra. —¿Qué diablos me importa? —digo. —Bailemos —dice. Bailamos en el baño, en la sala, en la cocina. Y mi boca, impávida, actúa improbable. Y ella no dice nada, tan solo me besa. Rodamos hasta no tengo idea dónde, abrazados, exhaustos. Su cuerpo desnudo es hermoso.
—Tu cuerpo es hermoso —digo. —¡Cállate y bésame! —dice con todo el amor que me tiene. Y seguimos rodando y bailando entre nuestros cuerpos. Ahora ya nadie dice nada. Solo los estertores de hace unos momentos resuenan en la casa semanas más tarde. —¿ En ton ces est am os claros? —pregunto. —¡No, no lo creo! —y un gesto vehemente hay sobre su rostro—. ¿Quién crees que eres para expresarte de esa manera? —arguye—. La verdad es que todo eso no tiene un peso suficiente. —Yo solo digo lo que he visto —digo para detener lo inevitable y no mostrarme derrotado. —Pues has visto muy mal, no sé de dónde sacas esas ideas —dice al dar la media vuelta en la alcoba. Toma su bolsa de mano. Un bolso grande de donde extrae un cigarro. Con el encendedor de metal e inscripciones de oropel que le he regalado lo prende. Lee las inscripciones escritas y declara, fría y distante: —¡Qué tontería!: ”Das Ganze ist eine Art fieberisches Denken, aber Denken in einem Material, das unmittelbarer, flüssiger, glühender ist als Worte”, Hofmannsthal. “Todo se torna una suerte de pensamiento arrebatado, pero cuya expresión es más rápida, más fluida, más abrazadora que las palabras”
—al traducir la inscripción su sonrisa se desvanece—. Así es que eso era —dice. —No te vayas —digo con una sonrisa sensual para intentar devolver la suya. Nada hay de respuesta. —¡Estoy harta de todo esto, la verdad no sé si quiero estar aquí! Quiero ser libre, volar, conocer lugares, gente. El mundo es mío. Y yo estoy encerrada en esta vida que todavía no estoy segura de que sea mía —y su respiración se agita gradualmente. Poco a poco, su faz toma un semblante irascible. —¡Y ahí parada no llegarás a ningún lugar! —comento irónico. —¡Ya basta! —exclama. Y su cuerpo se proyecta hacia un final aún sin fin. Con la rabia a cuestas. Con el miedo a vivir entre los dientes. Entonces, suavemente, ya sin sarcasmo, pregunto: —¿A dónde vas? —¿A... dónde? Si lo sabes perfectamente —dice mientras se dirige a la puerta. Me levanto de la cama para detenerla. La tomo del talle. Ella respira profundo y se deja caer en mis brazos. —Te quiero —digo. Y ella sonríe.
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Luz en la oscuridad Foto de Alejandro Zenker.
Su cuerpo se ilumina en la oscuridad. Parece que es mía cada cavidad suya: desde su rostro hasta la cintura urdimbro en tesituras, ¡vaya tortura! Víctor Roura
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Poéticamente Iris Alejandra Maldonado es oriunda de Mayagüez, Puerto Rico, donde nació en 1979. Armando González Torres, nacido en la Ciudad de México en 1964, es poeta y ensayista, autor de más de una decena de libros y crítico connotado de la esfera intelectual latinoamericana. Y el panameño Gorka Lasa (1972), poeta y artista visual, nos entrega tres nuevos poemas de su productiva carrera escritural.
Bolero desgastado
andré el sacrificio es un bolero desgastado en el portal de una barra de mala muerte es las primeras lluvias de mayo
Iris Alejandra Maldonado
no creo en la buena suerte creo en la mano derecha que seduce mi espalda baja e intenta amarrarme a un cuerpo de hombre despreocupado creo en la lluvia que le da de beber a los borrachos laura mi madre me parió a los 25 años lo recuerdo bien y desde que me parió traquetea en la cocina despescueza gallos gallinas conejos hijas hace poco más de un año quise que mi madre fuera la hija destinada al buche sentí culpa mi hermana sugirió que, al ella tener 25 años, podría parirme entonces mi hermana sería mi madre y yo su hija no quise perder a mi hermana así que en las noches comencé a investigar cuánta sangre se necesita para parir una criatura nunca supe y derramé toda la que pude me convertí en la sangre de la madre y teñí todo de rojo púrpura cabello cama paredes piso espejo bañera escaleras abajo gato
cuerpo arriba
dejé de ser el vómito de dios
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Poemas
Armando González Torres I
Yo, que fui ciego antes de perder la vista Yo, que conocí a mi mujer desde su vientre Yo, que traje la enfermedad y la desdicha Yo, les he revelado un secreto de familia. II En una ocasión un director alemán que quiso poner en escena Edipo rey estableció la condición de que los personajes de Yocasta y Edipo fueran, en efecto, madre e hijo. Resultó difícil reclutar candidatos del medio artístico y solo atendieron a la invitación una vieja bailarina de burlesque y su hijo, medio retrasado mental. Con las limitaciones existentes, el proyecto se llevó a cabo, pero algo inesperado sucedió en el estreno: comenzando la escenificación, una voz ultramundana, atribuida a la esfinge, denunció que los protagonistas no eran parientes. III No cabe duda de que, en vísperas del debut, me persiguen pequeñas tragedias: ayer, mala digestión por exceso de proteína; hoy, un camión salpicó de lodo y mierda mi ropa nueva cuando me dirigía a la ronda de entrevistas. Estamos a punto del estreno del nuevo Edipo rey, tengo alrededor de mil respuestas para satisfacer a la esfinge, me he preparado como un animal salvaje para la hora del cuerpo a cuerpo con mi padre (a quien interpreta un actor bastante gordo), también tengo reservada una sorpresa en la cama para la que se supone que es mi madre, pero no voy a hablar aquí sobre ello. Como siempre que ensayo, el día no me ha rendido: termino húmedo y lloroso cada vez que leo una escena, y me cuesta trabajo pronunciar el más breve parlamento sin tartamudear o sollozar. Insatisfecho con mi dicción, insatisfecho con mi papel, cierto, lo que más me gusta es ese tránsito prodigioso del estupor al aplauso que el público experimenta ante mi tragedia, pero me pregunto: ¿cómo podré ver las reseñas de la obra y mis fotos después de arrancarme los ojos? IV Arranca el filme: en la penumbra de la alcoba nupcial, dos figuras, quitándose la ropa, se aproximan excitadas. En el cine maloliente de películas tres X, sus hijos y los hijos de sus hijos observan aterrados la escena.
Pero, en realidad, los protagonistas de la película no están excitados, son solo un par de olvidadizos, amenazados por la muerte y la ceguera. Y, de repente, un maestro de ceremonias grita: “Atención, respetable público, levántense de sus butacas y aplaudan, estamos a punto de presenciar un conmovedor e histórico acoplamiento entre consanguíneos”. V ¿Que qué me daba ella? Esa sensación de estar naciendo siempre. Y no, no me gustaría haber sido prevenido. Dibujo de Manjarrez.
28 Foto de Pascual Borzelli Iglesias.
poemas inéditos
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Gorka Lasa
Poema 1 ¿Olvidaremos? después del amplio sueño, que las estrellas, gélidas derrotas, cansadas de ser rastro e ironía, exhaustas retornaron a su amparo, condenadas a ser sombras de una vieja raza, de lúdicos errantes, ecos de un imperio, de viejos emisarios, sus torres y vigías, sus noches de tormentas, sus voces convocantes de locos y mendigos. ¿Olvidaremos? que esta es la señal, el señuelo de los astros, la lítica llamada que nace desde dentro, clamando en su trampa de cantos y amapolas, de abismos de lo humano, de muros enquistados en la ígnea pesadilla, nácares siluetas, buitres del ocaso, bosques delirantes, viajes al asombro, y el sol invisible en mis entrañas. ¿Olvidaremos? que viejas estrellas, ebrias de propia luz, callaron al mirar la danza circular del tiempo, centellas seducidas por el fuego del misterio, antiguo canto de soledad frente a la nueva herida, el dolor del centinela que las nombra, en crueles universos, soles olvidados en su tensión flotante, de noches, cadenas, y cósmico arganel. (El grito de mil mundos sobre mi alma solitaria, trae nuevas ausencias a mi mano de coral. Otra vez caminaré hacia la hora invisible, errante en los caminos del íntimo desierto, ávido en la frontera de mis días epactas,
29 hijo de la espera en distante zenit, atrapado en la rueda sin principio, atado a los estertores del hambre, al bramido sordo de la carne, y al sendero aturdido de mi canto.) ¿Olvidaremos? los lejanos atardeceres, sus ciudades vencidas, la soledad del alma en su exilio injusto, la espera infértil, el cántaro roto. Solo queda esperar que amanezca la era a su segundo silencio, que aborte al fin su condena de estaciones impuras, su tormenta estival de astros enmohecidos. (Solo queda retornar eternamente al sendero interno, reunirme con la hueste derrotada, entonar el canto de los vencidos, y ser condenado en el filo del alba, por mirar en el poso de mí mismo, descifrando la herida del tiempo.) Y ahora, dime: cuando cierras los ojos, ¿recuerdas atado a tu sangre el aullido del sol? Poema 2 Anclado está el futuro en el desierto del miedo. Marcha maldita del deseo, hacia el puerto de la eternidad. Caminante de la noche, sombra y espada de las horas, corazón del propio infierno; despierta del sueño que olvidó tu vencido pueblo, del llanto del origen en el nuevo amanecer, y evoca la nostalgia de mil futuros sin miedo. Ahora que los mares acunan en su fuego, la égida rota de una humanidad perdida, ampútate la muerte, púrgate el dolor. Atrévete a morar más allá de la última frontera de lo humano. Contempla absorto la caravana del último universo. Arráncate el alma, arrójala a la eternidad cual semilla. ¿Y del abismo? Embriaguémonos de él antes del colapso de los días eternos.
Poema 3 Esta es la respuesta al viejo acertijo del creador de mundos. La elíptica de un fractal infinito, su estrella imposible, inerte madeja de piel, cuerpo de maíz. Perpetua danza solar, errática circunvalación, estelar murmullo de la cíclica estampida. Prisma sagrado, óctuple forma, hongo en libación, sueño despierto, muerto hacia sí mismo. La mente, terca diosa del lamento, luminosa en su condena, eclosiona su semilla, pierde la esperanza, fruto de sanguíneo árbol, se desintegra de sentido, sin forma renace, suelta el peso de la vida, alumbra el rocío. Nada quedará de la vieja historia, despertarán los soles del letargo, amanecerá la duda, el último desvío, fútil intento de un dios, que en su lumbre final, fue anulado. ¿Y tú, después del viaje, aún crees en la promesa del cielo?
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Abrir la ventana
Kilos de soledad Eduardo Villegas Guevara
N
o gritaré para no alarmar a los vecinos. Pero no temas. Confesiones como esta pueden alterar cualquier rutinaria existencia. Probablemente alguien, en lugar de callarme, guardaría silencio para escuchar las palabras que te dirijo. Sé que no has salido. Una breve luz se asoma por la cortina de tu ventana y amenaza con inundar el mundo. No deseo que te asomes ni que abras la puerta de inmediato. Tan solo espero que me escuches. Sé que estás ahí, en ese tercer piso, y que finges leer una novela. Estás tan sola y rodeada de tanto silencio que hasta puedes escuchar el hervor de la cafetera. Ahora ya no, porque te interrumpen mis palabras. Espero que me escuches porque he venido a hablarte desde esta deslucida banqueta en donde no se ha parado nadie. Foto de Gretta Hernández.
Tú y yo sabemos que hay algo en esta ciudad que impide que nuestras sonrisas se extiendan como plaga. Pero si esta tarde me das la mano y me permites soñar largamente con el borde de tus pechos, todo podría cambiar. Si además damos un paseo, veremos que los viejos edificios se caen en pedazos y que nuestros pasos parecen encaminarse a la conquista del futuro. Este triunfo reservado tiene un antecedente: tú y yo, pues nos amamos bajo la sombra de un viejo árbol chatarra. Desde entonces sabemos que el porvenir se construye con sonrisas. Mientras las paredes de estas calles se llenan de soledad, tus dientes me muerden y me otorgan muchos años por delante. La vieja iglesia, que siempre ha estado en el centro de la ciudad, seguirá abrigando a los ángeles ebrios
y desahuciados por tanto fuego de estas calles. Sin embargo, hay algo en esta ciudad que impide que nuestras sonrisas se extiendan como plaga: los kilos de soledad que almacenamos en nuestras almas. Creo que estamos equivocados al retenerlos. Todavía existe la creencia de aprisionar estos bultos de soledad como si sirvieran para sobrevivir a estas tardes de absoluto silencio, pero estoy en contra. Tú y yo sabemos que todo tiene remedio. ¿Podrías abrir la ventana? ¿Podrías permitir que mis sollozos solo nazcan en tus oídos? Ayer descubrí que un par de ángeles, de aquellos que han buscado refugio en la vieja iglesia citadina, se arrojaban desesperados bajo las veloces ruedas de los vehículos. Ya imaginarás el resto; sus alas blancas se fueron impregnando de asfalto y su sangre luminosa se evaporó sobre las sucias carrocerías de los automóviles. Alguien cuchicheó, después del accidente, que los ángeles estaban sordos y que, como estaban imposibilitados para escuchar el tañer de las campanas, buscaron el suicidio. Lamento su caso, pues nunca más sus ojos volverán a mirar de nueva cuenta el paraíso. A diferencia de lo que creen los suicidas, pienso que todo tiene remedio. Quizá es lo que me aconseja mi ángel, pero te lo digo porque lo creo sinceramente. ¿Podrías abrir la ventana para escuchar mi propuesta de caminar juntos un par de cuadras? Si abres la ventana, quiero que sea porque realmente deseas caminar esta tarde. No vayas a hacerlo por solidaridad o como un
gesto noble de tu parte. Olvídate de mi ángel guardián y de su semblante alicaído o de su escasa fortaleza que lo tiene postrado en uno de mis hombros, como si fuera un compañero ebrio desde temprana hora. No lo hagas por ese ser que tantas veces me ha salvado. Yo sé que le debo instantes memorables, pero me gustaría que no lo hicieras por nadie sino por ti. Puedes ir apagando la cafetera o soltando aquella novela que fingías leer mientras decides tu respuesta. Si decides acompañarme, verás cómo nuestras sonrisas también se reproducen como plaga. Me imagino de antemano que tus hermosos pies se ponen su calzado. Anhelo que abras la ventana y me grites desde lo alto que te espere un momento. Mientras aguardo aquí abajo, podrás buscar algo más abrigador que tu blusa. Un momento después podrás bajar lentamente las escaleras, porque el elevador del edificio en donde vives hace mucho que no funciona. En fin, ya tú sabes que imagino muchas cosas. Pero solo te digo que si abres la puerta y vienes con una sonrisa por delante para depositarla directamente en el fondo de mi corazón, estaré salvado. Esta tarde he venido a buscarte para decirte, con palabras sinceras, que todo tiene remedio y que bastará con que caminemos uno junto al otro. Entonces verás que el milagro se construye paso a paso, siempre y cuando avancemos tomados de la mano. Si lo hacemos, ya verás que será muy sencillo desprenderse de estos kilos de soledad en la primera alcantarilla que encontremos.
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El espíritu inútil
Joven Pablo Fernández Christlieb
A
lgún mensito como de veintitrés años que se autodenomina “joven” ha de ser nada más una momiecita de piel rosada; seguro que es uno de esos que se sienten asertivos, que se visten a la moda, que saben a qué antro ir y ya eligieron profesión y piensan en su futuro y saben cómo comportarse en sociedad, irreverentes pero respetuosos, porque así es la “juventud”. Ya saben qué van a ser de adultos porque son adultos desde que nacieron, que fue el día en que la vida se les acabó porque ya estaba arreglada. Pero ser joven es otra cosa: es un mito, es decir algo que es cierto pero no es verdad y, sobre todo, que sí es verdad pero no es cierto. Por eso los únicos que hablan de los jóvenes son los que no lo son, como las juventudes priistas o los estudiosos de las culturas juveniles y las mamás. No se sabe ni siquiera cuál es esa edad, porque los mitos no tienen edad; por eso los que sí lo son no hablan de ello, y la palabra joven solo la usan para pedir tacos. Son los que nunca cambiaron las cubas por el whisky ni las chelas por nada del mundo, los que siempre se andan cuidando de las autoridades, de las miradas y de los consejos. Y tienen muy buenos chistes, pero, básicamente, no tienen sentido del humor; solo se burlan de lo que más les importa y de lo que más les duele, para ver si así deja de notarse y deja de
doler y empiezan a crecer, que significa que la vida tiene algún sentido, que el mundo es en serio. Por eso les gusta Los juegos del hambre. Sufren por las únicas cosas que valen la pena: qué me pongo, voy o no voy, y les remuerde en el insomnio la conciencia porque no supieron qué contestar, porque se vieron torpes o porque no dan la talla y ni siquiera saben de qué. Para tener sentido del humor se necesitarán unas cuantas decepciones más. Son los que se derrumban cada tercer día por el estado del mundo, del tiempo, del ánimo, y siempre están vestidos para la ocasión, para el encuentro y el desencuentro; en suma, para la soledad. Mientras tanto, leen a Lacan; a Deepak Chopra nunca, ese es para los mensitos. Y leen a Bukowski y a Cioran como biblias, aunque no leen la Biblia, y son los únicos que entienden El lobo estepario, que después ya jamás se volverá a entender. Como se ve, no son seres terrenales: serán subterráneos, ultraterrestres, oceánicos, etéreos o lo que sea, y por eso navegan, porque navegar es no dejar huellas de los pasos o los actos, y navegan por las redes, por la vida, por la noche, lugares donde no se marcan las huellas, por las ideas, y por eso son capaces de platicar de rollos retorcidísimos como de Deleuze, de Matrix, de la teoría del caos, que nunca se pueden rastrear, y de hecho ellos mismos son un rizoma, un fractal, una interfase, la nube. Si hablan de ciento cuarenta en ciento cuarenta caracteres y se comunican por fotos, es porque es todo lo que quieren decir cuando los están viendo los inoportunos, los mayores, las momiecitas, pero lo que no quieren decir es lo que más los caracteriza y eso no cabe en Twitter ni Instagram y no está de moda: puede que hagan teatro, danza, jue-
guen ajedrez, póker, escriban poesía, música, sepan cine, filosofía, militen en religión, en anarquía, pero esto hay que mantenerlo oculto, clandestino, sin huellas, porque lo que de veras les interesa no puede andar ensuciándose con el manoseo de las conversaciones ajenas. De frívolos no tienen nada: frívola su abuela y los que opinan que a los jóvenes no les interesa nada. Y les gusta pisar las hojas secas del otoño, quizá porque a ellos les cruje el alma; pero las flores, en cambio, no les gustan, porque esas son símbolos de rejuvenecimiento que es justo lo que no necesitan, porque ellos, como todos los mitos y como dice Manuel Vicent, son inmortales, y por eso fuman más mientras más les pongan advertencias en las cajetillas, y nunca tendrán la edad de sus tíos o sus profesores, y por eso, porque les quedan siempre todos los días, se pueden emborrachar a lo tonto o ponerse a hacer cosas que no vienen al caso o desperdiciar días enteros por cruda, flojera o diversión. El futuro es una piedra de la eternidad, pero no es nada que venga dentro de esta vida —aunque el día que llegue caerá como pedrada. Y como los mitos, que dicen verdades que son inciertas, son contradictorios, buenos con cara de malos, frágiles con piel de hoscos, inseguros que pisan firme, se sienten únicos cuando están juntos y uno del montón cuando están solos, no se quieren parecer a nadie y para lograrlo imitan a alguien, dicen palabrotas pero piensan palabritas; atrevidos miedosos, tecnos tiernos, oxímoros con patas. Y creen en la música, porque es como un líquido amniótico que nutre, cubre, transporta; porque tiene la forma de ellos mismos: porque sirve de Dios, quien, por su parte, dado el siglo y lo que se avecina, no sirve de nada.
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Escalas sísmicas
Una nueva tragedia
Juan José Flores Nava
Parece que el tiempo se detiene cuando ocurre una desgracia en el mundo. Treinta y dos años pasaron luego del terremoto de 1985 y algunas cosas se repitieron ahora tras los sismos de 2017.
O
tro maldito 19 de septiembre para la gran capital mexicana. Otra vez un sismo echó abajo, enterró con toneladas de escombros, el ánimo, la esperanza, la vida de cientos de seres humanos. Otra vez la solidaridad de la gente, tras el desastre, se manifestó sin límites. Otra vez el extravío y la estupidez gubernamentales llovieron a raudales. Otra vez se hizo evidente la falta de preparación para enfrentar y sobreponernos a la tragedia. Y, otra vez, la prensa (al menos buena parte de ella) se desmoronó como muchos edificios. No dudó, por ejemplo, en convocar a un fantasma para sostener cautiva a la audiencia. Un fantasma al que le dio forma de niña. Un fantasma al que le puso el nombre de Frida. Y cuando se evidenció la mentira, el engaño, la inexistencia física de Frida, se volcó a darle cuerpo a ese fantasma. Frida, entonces, era visible, se la podía reconocer, ya no era una niña enterrada bajo los escombros que luchaba por ver nuevamente la luz, sino una heroína peluda, de raza labrador, que buscaba sin parar manifestaciones de vida entre los escombros. Fue así como la perra Frida ocultó, desde su aparición, al fantasma de una niña que nunca fue. Pero de este modo suele ser la prensa. Así son los medios: distorsionan hasta lo más evidente.
O sea, las cosas no han cambiado mucho, como se cree, desde el terremoto que en 1985 devastara, en mayores dimensiones que el de 2017, la Ciudad de México. Pasa el tiempo y los periodistas seguimos sin aprender gran cosa. Cada que ocurre un sismo repetimos una y otra vez nuestras creencias. Creencias que a veces son sostenidas incluso como asuntos de fe. Una de ellas —no la única— es la que se refiere a la magnitud de un sismo. Veamos. Según reportó el Servicio Sismológico Nacional (ssn), a las 13 horas con 14 minutos y 40 segundos del 19 de septiembre de 2017 tuvo lugar un terremoto de magnitud 7.1 localizado en el límite estatal de Puebla y Morelos, a 12 kilómetros al sureste de Axochiapan, Morelos, con una profundidad de 57 kilómetros. Es decir, el epicentro fue ubicado a solo 120 kilómetros de la Ciudad de México. Varios medios nacionales escribieron titulares como “Sismo de 7.1 grados” o “Terremoto de 7.1 grados en escala de Richter”. ¿De dónde sacaron los grados? ¿Por qué apareció Richter? ¡Quién sabe! El ssn solo habla de magnitud, de profundidad (que suele ignorarse con mucha frecuencia, a pesar de su importancia sobre sus efectos en las edificaciones), de la zona donde ocurrió, de la hora
“Los valores de la escala de Mercalli van de I (detectado únicamente por instrumentos) a XII (que es destrucción total); de acuerdo con los expertos, el sismo del 19 de septiembre de 2017 fue de VII, según esta escala”
y de la fecha. Pero tal parece que aún hay muchos medios (y periodistas) a los que les gusta hablar, frente a un sismo, de grados en escala de Richter. Eso no existe. Un sismo se mide en magnitud, que expresa la energía liberada y que es registrada por los sismógrafos. No hinquemos el diente sobre nuestros colegas: para ser justos, hay que decir que la primera escala de magnitudes que se construyó en el mundo fue la escala de Richter. Sin embargo, hoy esa escala ya no se usa, muy a pesar del gozo que parece proporcionar al paladar de quien la enuncia o a las yemas de quien la escribe. La escala de intensidad, por otro lado, tiene que ver directamente con los efectos de un sismo. La propuesta de Mercalli Propuesta por Giuseppe Mercalli, fue desarrollada para evaluar la intensidad de los terremotos de acuerdo con los efectos y daños causados a distintas estructuras. Por lo tanto, varía de un lugar a otro. Los valores de esta escala van de I (detectado únicamente por instrumentos) a XII (que es destrucción total). De acuerdo con los expertos, el sismo del 19 de septiembre de 2017 —que además de la capital afectó a los estados de Puebla, Morelos, Guerrero y Oaxaca— fue de VII, según esta escala; el del 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México fue de IX. La magnitud, por el contrario, no tiene límite superior o inferior. Bruce A. Bolt, en su libro Terremotos (Ediciones Orbis / Muy Interesante), apunta que la magnitud sísmica se emplea, entre otras razones, porque está reconocida por el público en general, así como por científicos, ingenieros y técnicos, como una medida del tamaño relativo de un terremoto: “La
33 gente relaciona la magnitud, al menos grosso modo, con la severidad de un terremoto”. Ahora, ¿por qué se habla de magnitud en la escala de Richter? Pues porque, como escribe el investigador Alejandro Nava en el libro Terremotos (fce/sep/Conacyt), fue Henry Constantine Richter quien definió, en 1935, el concepto de magnitud, pensando en un parámetro que describiera, de alguna manera, la energía sísmica liberada por un terremoto: “Richter definió esta magnitud tomando como base las características de California, Estados Unidos, por lo que no es necesariamente aplicable a cualquier parte del mundo, y vale para distancias menores de 600
kilómetros, de ahí que también se le conozca como magnitud local”. El propio Richter escribió alguna vez: “Yo trabajé para proporcionar una escala puramente instrumental con la que fuera posible distinguir terremotos grandes, medianos y pequeños”. Por lo tanto, explica Alejandro Nava, actualmente es común utilizar la magnitud de momento Mw. Y aclara: “Puede usarse [magnitud] M para sismos pequeños e intermedios, pero para grandes es más apropiado Mw”. Con esta referencia, el sismo de 1985 fue calculado en “Magnitud Mw = 8.1” (en un reporte emitido el 23 de septiembre pasado, el ssn la establece en 8.0).
“Hasta el 10 de octubre pasado, se tenían registrados, en 2017, 25 sismos de magnitud 5.5 o mayor. En este grupo, el de magnitud más alta fue el de 8.2 ocurrido el 7 de septiembre y localizado a 133 kilómetros de Pijijiapan, Chiapas” Dibujo de Antonio Luquín.
Hay que decir, por último, que el ssn considera sismos fuertes a aquellos con magnitud 5.5 o superior. Hasta el 10 de octubre pasado, se tenían registrados, en 2017, 25 sismos de magnitud 5.5 o mayor. En este grupo, el de magnitud más alta fue el de 8.2 ocurrido el 7 de septiembre y localizado a 133 kilómetros de Pijijiapan, Chiapas. Finalmente, como apunta Alejandro Nava, investigador del Departamento de Sismología del Centro de Investigación Científica y Educación Superior de Ensenada, en su libro Terremotos: “La energía liberada por los sismos medianos y pequeños es mucho menor que la liberada por los grandes (requeriríamos de 33 millones de sismos de magnitud 3 o 31 000 de magnitud 5 para liberar la energía correspondiente a uno de magnitud 8); por lo tanto —y al contrario de lo que suele creerse—, la ocurrencia de sismos pequeños no sirve como válvula de escape para la energía de deformación que dará lugar a sismos grandes”. Así, el sismo de 1985 liberó 32 veces más energía sísmica que el del 19 de septiembre de 2017.
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“¡Arriba! ¡Subid todos! ¡Vamos hacia el infierno!” Crónica de otro 19 de septiembre
Jaime A. Valverde Arciniega
Con textos del poema “Yo soy el gran blasfemo” de León Felipe, el cronista revive su experiencia como brigadista voluntario durante la secuela del terremoto acaecido otra vez un 19 de septiembre en la Ciudad de México…
a una camioneta de redilas blanca “Hay un turno de voces: Yo grito, tú rezas, él canta… El grito es el primero” í, allá vamos, no importa que sea el quinto infierno, la ciudad nos reclama, la ciudad nos exige a todos todo, es ahora o ya no será nunca. ¿Quién la ama? ¿Quién la odia? No importa, vamos todos… Pongámonos de acuerdo, ¿qué derrumbe está más cerca? —Todos están cerca, hermano, por allá sale humo, es el almacén Fábricas de Francia —dice uno con voz ronca y atascada por los nervios. Transcurren segundos que parecen horas antes de la decisión, las miradas son graves, los ojos de todos leen en los ojos de los demás, se miran y reconocen en la tragedia, ninguno sabe cómo se llama el otro y eso a ninguno le importa, sino quién trae pala o pico o barreta, lazos, mazos. Son jóvenes de veinte años de edad y nunca habían sentido un sismo como el terremoto del jueves 7 y, más fuerte, el del martes 19 de septiembre. En 1985 ni siquiera habían nacido, pero en su adn y en las historias de sus padres y sus abuelos han aprendido que con la solidaridad y prodigarse ante los que claman ayuda, un nuevo México puede estar a punto de nacer de entre los escombros. Al tiempo.
S
Urge la ayuda y los jóvenes se han volcado a las calles polvorientas y con olor a gas. —¡Qué nadie prenda un cerillo o volamos todos! Ríos de gente van caminando por calles y avenidas en calidad de zombis, hace una hora, a las 13:14, otro terremoto ha vuelto a atentar contra la antes gran Tenochtitlan; con la mirada perdida en el horizonte, y ante la ausencia de transporte público y la incapacidad del teléfono celular, salvo WhatsApp, todos quieren llegar a las escuelas donde estudian sus hijos menores, a sus casas; en sus mentes están los familiares que dejaron solos, los enfermos, los parientes que están hospitalizados. Unos corren y gritan, los más tal vez ni se imaginan cómo pero conservan la calma, caminan lentos, arrastrando los pies, se dirigen a sus destinos mientras el ulular de las sirenas hiere el viento por aquí y por allá, mezclado con el ruido que produce el motor de los helicópteros de la policía y la Marina. “Y hay un turno de bridas: él las lleva, tú las llevas, yo las llevo. Y a la hora de las sombras subterráneas la blasfemia reclama sus derechos” La camioneta que parece carroza o, mejor dicho, la carroza que parece camioneta blanca de redilas espera: “Los caballos piafan ya enganchados y la
carroza aguarda… ¿Quién la lleva? Yo: el blasfemo. Yo la llevo, yo llevo hoy la carroza, yo la llevo”. Unos con paliacate al cuello, otros sin paliacate, emocionados y conmocionados por el desastre y con el caos mismo en su cabeza, deciden ir por donde sea para detenerse donde sean necesarios. —¡A un lado! ¡A un lado! ¡Háganse a un lado! ¡Somos manos! ¡Somos manos! ¡Si no ayudan, háganse a un lado! —con desesperación gritan los muchachos desde la camioneta de redilas blanca. Preguntan a gritos a la gente dónde hay derrumbes, la gente les informa, pero ante tanto caos y confusión no avanzan. Las calles, enfebrecidas por la angustia, están atascadas; unos autos van y otros vienen, se obstruyen unos a otros; claxonazos y gritos que nada resuelven. Los jóvenes rescatistas de la camioneta también se atoran, no pueden avanzar, algunos se apean y dirigen el tránsito por minutos, llegan personas adultas y les dicen en dónde hay un derrumbe, les suplican que mejor acudan a ese sitio mientras ellos ordenan el tránsito vehicular —con qué rapidez nace la división social del trabajo—, los jóvenes llegan y al lado de transeúntes y familiares de inmediato palean y levantan escombros, dirigen, instruyen que solo los que tengan herramienta y experiencia trabajen sobre las ruinas,
35 gritan llamando a formar cadenas humanas para cargar piedras, son jaloneados por familiares desesperados que a gritos claman por la madre o la abuela que están sepultados bajo las losas de concreto, por el perro, el gato o el perico que también son de la familia y, sin más instrumentos que sus manos, todos escarban rabiosos y llorando, el tiempo, el tiempo apremia. Son las primeras horas después de. La vida quiere salvar a la vida, para eso los más jóvenes tienen que arriesgar su vida, nada más porque sí, hoy se despertaron como de costumbre para ir a la escuela, a trabajar, al gimnasio o simplemente se despertaron como cualquier otro día. Nadie sabía lo que iba a ocurrir, y estos muchachos que nada sabían al despertar, ya están ahí, volcados en las calles cargando la herramienta que tuvieron a la mano, trepados sobre escombros, controlando fugas de gas y apuntalando muros que están a punto de agravar los derrumbes. La camioneta blanca que parece carroza o, mejor dicho, la carroza que parece camioneta se ha vuelto a lanzar a las calles por más jóvenes que, como hongos, brotan por todas partes. En la mayoría de los casos los muchachos, los vecinos y familiares son los primeros en escarbar, en hacerle frente a la catástrofe. —¿A dónde van? —preguntan al chofer de la camioneta muchachos con palas y picos al hombro. “¡Arriba! ¡Subid todos! ¡Vamos hacia el infierno!” … Y de nueva cuenta la camioneta —tripulada por quién sabe quién y no importa tampoco—, vertiginosa, lleva a otro edificio colapsado a los jóvenes, van al encuentro del dolor, la angustia y la esperanza. Por fortuna hay miles de jóvenes dispuestos a dar la vida por quien ni conocen. México es así. Cuando la vida exige desprenderse de todo para ayudar, el mexicano entrega la vida sin remilgos. Hoy por la mañana, si se quiere, muchos de estos jóvenes hasta pudieron no darle la importancia debida al simulacro de las 11 de la mañana —para recordar a los caídos de aquel terremoto de hace 32 años, también en 19 de septiem-
“Hay quienes dicen que en estos momentos de dolor las clases sociales no existen, pero eso no es verdad: la inmensa mayoría de estos hombres y mujeres anónimos que han decidido, nada más porque sí, arriesgar su vida son de condición humilde” bre—, pero ahora son los primeros en lanzarse a las calles. Uno los ve y sus rasgos no se esconden: son morenos, son fiesteros, rocanroleros, futboleros, les gusta divertirse y tienen la vida por delante, pero ante la tragedia hay algo que los rebasa a sí mismos, no se pueden contener, no saben cómo apartarse del camino y se entregan, arriesgan su vida. Hay quienes dicen que en estos momentos de dolor las clases sociales no existen, pero eso no es verdad: la inmensa mayoría de estos hombres y mujeres anónimos que han decidido, nada más porque sí, arriesgar su vida son de condición humilde. Incluso si agrandamos nuestra mirada a los soldados, a los que sus oficiales mandan a trabajar entre los escombros, son iguales a todos aquellos muchachos que recorren las calles apoyando, aquí y allá; a la distancia se los identifica, son también de condición social humilde, con las diferencias obvias: los miles de civiles jóvenes que se han volcado a las calles se exponen, rescatan, organizan, orientan y toman decisiones tan solo por obedecer el mando de su corazón y lo que su conciencia de mexicanos les dicta. No los manda ningún oficial ni cobran sueldo, ni lo cobrarán por hacer lo que hacen, ni siquiera su nombre será conocido. Este será el otro parteaguas de nuestra historia reciente: antes de los terremotos de 2017 y después de ellos. Muchas cosas habrán de cambiar en todos los órdenes, pero hablando de estos muchachos abnegados, entregados, aclaremos algo: los sismos han puesto en claro que discriminábamos a los jóvenes cuando socialmente se les tachaba de “ninis”, porque ni estudian ni trabajan;
pero no, estos sismos nos han revelado una realidad más terrible: simplemente se trata de jóvenes carentes de oportunidades que viven su propio cataclismo, y nada más. Haríamos bien en preocuparnos por resolver este otro problema. La gente se acerca a la camioneta que parece carroza o a la carroza que parece camioneta para ofrecerles comida a los rescatistas que todavía, algunas veces, se detienen en los semáforos que funcionan, otras no, ninguno tiene hambre, además no están trabajando ni por hambre ni por un salario. —¡Bravo, chicos! ¡Así se hace, muchachos! —corea la gente al paso de la camioneta, otros les aplauden a su paso, otros los miran con azoro, otros más, entre tanta confusión, los mandan a lugares equivocados, hay mucha información falsa producto de la conmoción. Los chicos de la camioneta se pierden en las calles, pero tampoco conocen muy bien el monstruo gigantesco que es su ciudad, al menos a ratos se pierden, con frecuencia se detienen para preguntar por tal o cual dirección, les dicen que el Hospital de Nutrición se derrumbó; una vez más, y como todas las veces, le exigen a la gente que, por lo que más quiera, les digan cómo llegar al hospital. Por fin llegan a Nutrición y fue una falsa alarma, nadie se desanima ni se doblega, entienden que la gente esté confundida, en el trayecto unos bajan de la camioneta, otros suben, pero es la misma adrenalina la que varias veces los coloca incluso al borde de estampar la camioneta blanca de redilas. Es fácil accidentarse, pero ninguno se ha accidentado, no han cometido ese error. —¡Abran paso! ¡Abran paso! ¡Somos manos! ¡Somos manos! —gritan con furia los rescatistas que recorren las
36 calles. Debido al terremoto se han convertido en autoridad moral, la gente les pregunta qué hacer en sus casas, si prenden o no la estufa, cómo revisar los muros, cómo reconectar el oxígeno de un enfermo, cómo saber si la estructura de una casa está dañada, quién puede determinar cuándo se desaloja una vivienda y miles de cosas más, cosas que en estos momentos las personas, sometidas por el miedo, se han olvidado de cómo enfrentarlas; por el momento han dejado de pensar, quizás en medio del pánico hasta haya quien crea que está soñando. Los muchachos orientan a la gente, les dicen que los que no sepan hacer otra cosa, abran centros de acopio de medicinas, equipos de primeros auxilios, agua, víveres, ropa, materiales de construcción, ferretería y comida, que los ubiquen cercanos a cada derrumbe, que usen Whats‑ App para pedir el apoyo y que cada centro tenga, al menos, un médico y un ingeniero o estudiantes de esas carreras. Pero el gran consejo es que cada quien haga lo que sepa hacer y que aporte lo que pueda aportar, por lo menos su tiempo, pero que no estorbe, está prohibido estorbar. Se prohíbe no hacer nada. —¡Un albañil, un albañil! —y el grito viene corriendo de voz en voz, se hacen también cadenas de voces—. ¡Un carpintero! ¡Un carpintero! ¡Un médico! —son gritos frecuentes y angustiantes que se repiten a lo largo de las horas. “Éste es el poeta, tú eres el salmista, ése es el que llora, tú eres el que grita… yo soy el blasfemo. Yo la llevo. Yo llevo hoy la carroza, yo la llevo” Esta escena se repite todo el día, toda la noche, un día, dos días, el miércoles, el jueves, el viernes, el sábado, en que el cansancio necesita ser remplazado, pero no doblega a nadie. El agotamiento y la angustia no impiden ver en los rostros morenos de los muchachos su satisfacción de saber que están haciendo lo correcto. De la Roma y la Condesa a Tlalpan, a Lindavista, a la Doctores y Obrera, a Taxqueña, a Viaducto, a Coapa y Miramontes, a donde sea que se necesite allá va la camioneta blanca de redilas que parece carroza o la carroza que parece camioneta. Angustiados, febriles, doloridos entre tanto llanto, avanzan los rescatistas. “Vamos bien, no hemos errado el sendero. Conjugad otra vez: éste es el poeta, tú eres el salmista, ése es el que
Ojos del árbol
Roberto López Moreno
Amada, amadísima, amadísima, amadísima, amadisísima Ciudad de México, memoria mía, entraña mía, latido y músculo míos, y, luego, paso difícil para de nuevo erguirse sangrando llagas. Duérmete, abuela niña, mi niñita querida, duérmete, mi niña, entre los brazos de mi pavor sin fondo. A la rorro, niña, a la rorro ya. Llueve. Está lloviendo sobre los cadáveres, se están ahogando, los aún con vida, ahí, entre los escombros. Duérmete, mi niña ensangrentada, a la rorro, niña, a la rorro ya, mi niña disputada entre el político y la furia de la tierra. El último emperador, al que viste gemir entre la hoguera en pie y la altura del arte, nos dejó con sus ojos colgados de un árbol la visión de la derrota y nada hemos hecho, y nada hacemos desde entonces, bueno, sí, ponernos y ponerte en manos de los dueños de la pólvora y la vida. Se repite la macabra fecha, como si nada hubiera pasado, a la rorro, niña. A la rorro… Llueve. Está lloviendo sobre los cadáveres. 21 de septiembre de 2017. América.
“En estos momentos las personas, sometidas por el miedo, se han olvidado de cómo enfrentar las menudencias; por el momento han dejado de pensar, quizás en medio del pánico hasta haya quien crea que está soñando”
37 llora, tú eres el que grita, yo soy el blasfemo… ¿Y el sabio? ¿Dónde está el sabio? ¡Eh, tú!” —¿Y tú por qué eres topo, se te ha muerto algún familiar en alguna catástrofe? —preguntó con cierto atrevimiento, pero con recato, un adulto a un muchacho rescatista que descansaba. El joven lo miró y esbozó una ligera sonrisa antes de contestar, quizá porque ya le han hecho miles de veces esa pregunta. Tomó una bocanada de aire sucio del entorno y respondió con una frase que a su vez es una pregunta: —Señor, ¿a poco usted no se va a morir nunca? —la contestación simple y llana del muchacho dejó sin respuesta a quien lo cuestionó—. Mira, hermano —continuó el joven—, yo siempre supe que todos, usted y yo, todos los que estamos aquí, los militares, los bomberos, todos nacimos para morir. Hay quienes se dan cuenta de eso y quienes no, hay hombres y mujeres de verdad y de mentira. Cada quien debe saber lo que es. Foto de Melissa Roura.
El adulto que con atrevimiento, pero con respeto, se había acercado a hablar con el joven se quedó pensativo, como calculando cuáles deberían ser sus siguientes palabras, mientras el muchacho, sentado en un trozo de cemento, por primera vez en muchas horas sorbía un poco de sopa caliente que alguien le acercó. —No es fácil a tu edad ver así la vida —retomó la palabra el adulto—. Yo tengo hijos más chicos que tú, siempre les he dado todo lo que me han pedido, procuro que no les falte nada: un juguete, una libreta; el de 13 años ya tiene celular, pero cuando crezcan me gustaría que fueran como tú. El muchacho rescatista, de casco amarillo con nombre “Fénix”, se concentró en el calor que salía de su sopa ya que llovía y calaba el frío de la madrugada, justo ahí, al pie del derrumbe de la escuela Rébsamen. Una joven rescatista como de 21 años, que se había acercado a su compañero, escuchó parte de la conversación y terció en la plática:
—Señor, yo tengo un hijo de tres años y no le puedo dar todo lo que necesita, pero espero que cuando crezca sea mejor que todos los que estamos aquí —dicho esto por la joven, ninguno habló más al respecto. Los rescatistas estaban atentos a que la pertinaz lluvia pasara para seguir trabajando. “Tú que sabes lo que pesan las piedras y lo que corre el viento… ¿Cuál es la velocidad de las tinieblas y la dureza del silencio? ¿No contestas?… Pues las bridas son mías. Yo la llevo, yo llevo hoy la carroza, yo la llevo”. Y la camioneta de redilas blanca que parecía carroza o, mejor dicho, la carroza que parecía camioneta, frenética, exaltada, continuó llevando rescatistas voluntarios a todas las zonas de derrumbe. Ninguno supo el nombre de ninguno, ni siquiera se lo preguntaron. Eran cuerpos rescatando cuerpos, gritos, angustia, dolor, lágrimas, fuerza y esperanza. Qué importa lo demás.
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Había una vez Marín marinero
Brujas en mi calcetín
Becky Rubinstein En una edición del gobierno del Estado de México, el libro doble Brujas en mi calcetín/Marín marinero, de Becky Rubinstein, salió durante este año con ilustraciones de Irma Bastida Herrera. Del primer título son estos versos El Coco Si no te duermes el Coco acude y te sacude. Si no te duermes él aparece cuando anochece. Si no te duermes —dice la vieja— te despelleja. Si no te duermes —dice la nana— vendrá mañana.
La bruja Pizpireta Es la bruja Pizpireta la que espanta, la que inquieta, montada en un par de zancos se apoya en un par de bancos. Con su escoba voladora nos espanta chilladora, amenaza con encantos y tenebrosos ensalmos: “Tierra de panteón, gusanos, de muñecas pies y manos árnica ámbar belladona y tres pelos de una mona”. Con su alambique y su risa se cuelga de la cornisa y alegre se balancea y a extraños mundos pasea. Pizpireta, me despido, de ti jamás me olvido es divertida tu historia color cuervo y zanahoria.
Maluelo Vampiro modelo: se llama Maluelo ¡del mundo flagelo! Cara de vinagre chupa chupa sangre y escupe palangre.* Pero tiene un pero: ¡se ha engullido entero al sepulturero! *palangre: cochambre, mugre.
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Yo-Yo Ma en Bellas Artes
El cancerbero y “el Coloso” Adriana Cortés Koloffon
E
n 1993 vino el chelista Yo-Yo Ma a México. Recuerdo que dio un concierto en el Palacio de Bellas Artes. Con el afán de emprender una travesura, más que por la falta de ganas de comprar el boleto, logré introducirme hasta el interior de la sala. No me fue tan difícil porque después de cubrir cada semana espectáculos de todo tipo, además de exposiciones en el recinto marmóreo, ya era conocida entre los guardianes, celosos centinelas de las puertas, incluso del Guardián Mayor, suerte Foto de Gretta Hernández.
de cancerbero cuyas funciones (era funcionario, creo) consistían en atrapar con las lenguas de sus tres cabezas a cuanto insecto, alimaña o a cualquier espécimen de dos o cuatro patas que intentara cruzar sin boleto la frontera que separa el vestíbulo del Palacio de la sala principal. Yo cometí la osadía de emprender tal hazaña y he ahí las consecuencias: aunque conocía desde hace tiempo al Cancerbero Mayor, ya lo dije, esa noche me tomó por una intrusa. En la sala, una vez iniciado el concierto del
chelista japonés, sentí una de las garras del cancerbero tocar mi hombro para después pellizcar mi ropa entre sus garras y darme un tirón, mientras observaba su cara furibunda, morada, al tiempo que exclamaba: “¿Y tu boleto? ¡Muéstramelo! Si no lo haces, vete de aquí, ¡pero yaaaaaaaaa…!”. Temerosa, me sentí delincuente, corrí y logré escapar. Subí las escaleras hasta llegar al segundo piso, abrí una puerta y aterricé en un palco. El monstruo de tres cabezas que iba tras de mí permaneció pasmado bajo el dintel de la puerta. En ese momento no supe por qué. Un instante después lo averigüé. Sucede que un señor con bigote y su esposa ocupaban el palco. Ante mi asombro, su sonrisa fue una invitación para permanecer en el palco, sentada, discre-
ta, en una de las butacas traseras. El cancerbero se había esfumado. Nunca supe a dónde. Al hombre del palco lo había visto en fotografías. Lo llamaban “el Coloso” por su cabeza de tamaño descomunal. Me pareció (o al menos así lo recuerdo) que en el palco su cabeza empezó a crecer cada vez más hasta ocupar todo el espacio. Al finalizar el concierto, cuando le agradecí el haberme permitido compartir su palco, destacaba su gran sonrisa bajo el bigote. Al año siguiente, mientras entrevistaba al pintor Pepe Cuevas, alguien susurró a su oído: “Mataron al Coloso”. En ese momento me pregunté consternada: ¿acaso no había cancerberos para protegerlo? Su enorme cabeza ahora es de bronce. La sangre aún mana de su boca.
40 Foto de Alejandro Zenker.
Imágenes I Maginaciones
Primero fue el sacudimiento Roberto López Moreno Primero fue el brutal sacudimiento. Ahora es el tiempo el que cerca y asfixia a las víctimas que requieren alojamiento y demás necesidades que exige una vida normal. El tiempo cerca a quienes siguen viviendo en el centro de la angustia y el abandono. Y esos —en realidad— somos todos; los que perdieron familias y pertenencias, y el resto de los que aparentemente volvimos a la realidad cotidiana. Continúan las visiones macabras del derrumbe y seguimos en el centro de una nube de polvo; pero aquí no hay polvo enamorado, aquí hay un polvo fúnebre que no se dispersa con el paso de las horas, de los días, de los meses. Y no se dispersará mientras los apáticos, los de la ineptitud burocrática, no llamen a cuentas a los responsables de edificios mal construidos, de engaños estafadores, de corruptelas que llevaron a la muerte a tanta gente al conducirse con sus patrañas primitivas, privilegiadas, principescas, primatescas.
Primero fue el brutal sacudimiento. La ecuación golpea su desnivel y no carga el peso de lo nóvedo. Se recarga en constantes anunciadas. Cruje su sombra despejando a equis “que algo tiene de cruz y de calvario”, según el close up de aquellos López que habían habitado estas escenas. A golpes del horario, ¿en dónde está la voz que hable hacia afuera, no hacia el tenebroso lóngito de sus avernarios adentros? Los múrmuros se cargan de sombras. Ahora, ya no son. Ahora es el grito abierto de la calle que se llena de luz, aunque luz triste. El ansia murmura sobre el petróleo y de los cuatro vientos aterrados se recoge una realidad que lastima al dar a conocer que es la realidad, la verdadera realidad. El dedo de siempre a la voracidad de siempre, a las patrañas primitivas, privilegias, principescas, primatescas. ¡Ay!
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Excursos
La patria perdida Carlos Herrera de la Fuente
U
no de los temas recurrentes de la imaginación romántica es el del retorno a la tierra natal como símbolo del reencuentro con los orígenes y la virtud extraviada. En esa representación se sintetiza la crítica a la perversión del mundo provocada por la turbulenta vida citadina de la modernidad y la voluntad de reconciliación con la naturaleza y la existencia sencilla y tranquila del mundo agrario, en el que aún rigen los valores eternos de la tradición y las costumbres. En el romanticismo alemán, nacido a finales del siglo xviii como una protesta contra el mundo ilustrado e industrializado, esa imagen encontró su expresión poética y conceptual en una simple palabra: heimat (patria, terruño), que no mentaba tanto un lugar como una situación particular idealizada: la de la relación armónica entre el hombre y el medio social y físico que lo rodeaba. Con el paso del tiempo, sin embargo, dicha palabra dejó de tener un mero peso poético para convertirse prácticamente en un lema político. En el siglo xx, la idea del retorno a los orígenes y de la defensa de las tradiciones vio surgir los más diversos nacionalismos que promo-
vían el retorno a lo auténtico de la patria (la religión, la raza, los usos y costumbres, etc.) como una forma de contrarrestar los efectos de desarraigo producidos por el imparable paso de la modernidad y sus correlatos científicos y tecnológicos. La tierra natal, la nación, era el lugar donde habrían de encontrar su fin la corrupción y la frivolidad del mundo moderno. En México, el rol de ese espacio mítico lo vino a jugar la provincia, último dechado de virtudes y perfecciones, resquicio favorito de los que veían en la fe católica y en la observancia rígida de la moral el único bastión de salvamiento frente a la amenaza del cosmopolitismo urbano. “Hambre y sed padezco —escribía López Velarde en La sangre devota—: siempre me he negado / a satisfacerlas en los turbadores / gozos de ciudades —flores de pecado”. Y para complementar este cuadro, aparecía el amor aldeano como única posibilidad de escape pundonoroso de esa “hambre y sed”, al fin y al cabo, irrefrenables. “Esta hambre de amores y esta sed de ensueño / que se satisfagan en el ignorado / grupo de muchachas de un lugar pequeño”. En la ambigüedad de la
estética lopezvelardeana, La sangre devota y la Zozobra marcaban dos puntos de contraste de la experiencia juvenil del deseo atrapado entre la fervorosa piedad de la provincia y la turbulenta ansia de la urbe. Ya muy lejos de estas mistificaciones, Juan Rulfo trazó las líneas de un mundo provinciano condenado a la muerte desde su interior. No la violencia del progreso externo como fuerza demoniaca que venía a amenazar el recóndito paraíso de las costumbres, sino la inercia de una cotidianidad contradictoria en la que las virtudes eran tan solo el camuflaje de odios y pasiones soterradas. “Rulfo —llegó a escribir Carlos Monsiváis— traza el desmoronamiento de una idea de la provincia con sus hombres ancestralmente buenos y candorosos. Desmitificar es, en cualquier nivel, volver inteligible la pesadilla de la historia, es diseminar relatos donde la crueldad es ambición compartida: es liberar a la literatura de compromisos supuestamente morales (ser positiva) y de verdades ortodoxas”. Lo que queda al final del universo rulfiano es, si se puede decir, un hábitat de difuntos que, como en Comala, deambulan sin descanso por todas las zonas de la memoria, presos para siem-
pre de pasiones irresueltas e irresolubles. En esta misma dirección, la noción alemana de heimat encuentra uno de sus finales más desgarradores en las novelas del austriaco Thomas Bernhard. Sin la más mínima concesión, la representación de la tierra natal significa para Bernhard el recuento detallado del desequilibrio mental de sus pobladores. En Trastorno (1967), el autor nos guía por algunos pueblos de la provincia austriaca de la mano de un médico y su hijo, para presentarnos a una serie de aldeanos condenados a la locura, al sufrimiento y a la obsesión por el suicidio. Más tarde, en su obra definitiva: Extinción (1986), la heimat, encarnada en el pueblo de Wolfsegg, será sinónimo de anticultura en todos los niveles, nido privilegiado de nacionalsocialistas. El tiempo y el tránsito indetenible de la modernidad borraron para siempre las ilusiones de un espacio de resguardo y serenidad. Ya no hay lugar para sueños de pureza. Solo una certeza, como dijera Blanchot: “que la verdad es nómada”.
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Diaria escritura Investigación de Raúl Olmos y Valeria Durán
Negocios a la sombra del poder Rossi Blengio
El periodismo de investigación en México ha ventilado serios casos de ilegalidad que dividen las posturas de los periodistas, ya que la mayoría ignora estas revelaciones haciendo que se diluyan en el olvido. En este tenor, el periodista Raúl Olmos (Guanajuato, 1969), investigador en la organización Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, ha publicado el libro Fox, negocios a la sombra del poder (Grijalbo), en colaboración con la periodista Valeria Durán.
D
ice Raúl Olmos que, como originario de Guanajuato, de alguna manera conocía los antecedentes de la familia Fox. —Antes de ser gobernador había sido, en 1988, un diputado federal muy aguerrido. Fue famoso un acto electoral donde Vicente Fox se puso orejotas burlándose de Carlos Salinas. Para el 2000, año en que lanzó su candidatura a la Presidencia, estaba en quiebra, y las empresas familiares también estaban ahogadas en deudas. Como gobernador presentó su declaración patrimonial en la que se ve un reflejo muy claro de cuál era su situación como persona y empresario: era como la de un civil cualquiera, apretada. Fox es desmemoriado y quizá niegue esta situación crítica que vivía, pero de todo hay un registro. En los archivos del gobierno de Guanajuato todavía hay copias de sus adeudos. Hasta ese momento, dice Olmos, cree que Fox era “una persona de conducta recta”. Por ello lo que quieren mostrar en el libro es “cómo, conforme avanzó y ganó poder, fue dando un viraje radical a su conducta. Su convicción democrática, de justicia social e ideología clara en el año 2000 (al grado de que convenció a una gran cantidad de gente que votó por él poniendo fin a 70 años de hegemonía
priista), hoy ya no queda nada, solo intereses personales”. Los millones de origen incierto —Llama la atención que durante el sexenio foxista no solo abundaron las transferencias misteriosas a cuentas bancarias de Marta Sahagún, sino que la señora de Fox recibiera el doble de dinero que el sueldo de su marido por conceptos tan variados como donativos, herencias, rentas, préstamos, utilidades, dinero que jamás fue declarado en el patrimonio de la pareja. —Eso es lo que descubrió un grupo de auditores al cotejar sus declaraciones patrimoniales con información aportada por la Comisión Nacional Bancaria y de Valores. Los investigadores descubrieron inconsistencias por 27 881 694 pesos. El 90% de ese dinero había sido depositado o transferido a favor de Marta, y el otro 10% en dos cuentas a nombre de Vicente Fox, quien en 2010
recibió un citatorio en el que se le daba un plazo de 30 días para demostrar la legal procedencia de sus bienes. La Secretaría de la Función Pública había descubierto los 27 millones de pesos, de origen desconocido, en las cuentas bancarias de Fox y su esposa, pesquisa que Fox consideró como venganza de Felipe Calderón, al que había echado de su gabinete en 2004, cuando expresó su intención de ser el candidato panista a la Presidencia. —Nos informa usted que la Fiscalía especializada para investigar delitos cometidos por políticos y funcionarios mantiene abierta esta investigación. —Desde hace una década. Por lo que esta amenaza latente de ir a la cárcel él, o su esposa, o ambos, llevó a Vicente Fox a negociar con el gobierno de Enrique Peña Nieto, quien ha mantenido vigente la averiguación previa durante todo su sexenio. Es una carta de negociación o chantaje, según convenga.
“El periodismo no es necesariamente un género literario, si bien hay algunos colegas que lo aceptan, como los amantes de la crónica. García Márquez lo defendía como tal”
43 —¿El actual gobierno eligió, por asignación directa, el Centro Fox para la capacitación de empleados de las dependencias gubernamentales? —El mismo Fox ha confesado que ha logrado, a partir de gestiones ante distintas instancias, obtener contratos… no solo ante la federación, sino también ante los gobiernos de los estados. Uno de sus primeros aliados fue Javier Duarte. Este Centro Fox se ha convertido en un núcleo de capacitación muy diverso, siendo Fox un gestor muy activo para allegarle recursos. El Centro opera a través de, por lo menos, seis empresas. Los hombres más ricos de México le han dado aportaciones. Así es como construyó el museo que nosotros llamamos la egoteca, porque es un lugar de culto a él mismo; por ejemplo, hay una placa en la que se ostenta como el hacedor del milagro de la democracia mexicana. En México, cierto sector de la población lo ve como un bufón lleno de ocurrencias, con poca seriedad. Sin embargo, en el extranjero lo ven como un líder
político que logró una transición democrática en México, y por ello le tienen cierto respeto. —La nómina del Centro Fox, dice usted, es pagada con recursos de la Presidencia de la República. —Gran parte es pagada con personal de apoyo que la Presidencia de la República le asigna a Fox, porque cada expresidente tiene derecho a un cierto servicio de personal autorizado. Y Fox lo ha destinado a su Centro. El problema es que no cumplen labores académicas, de difusión cultural o de altruismo, sino algunos funcionarios federales se dedican a vender eventos sociales. Entonces, desvía el uso de este servicio en algo que nada tiene que ver con una labor social, porque es un negocio personal donde todo se renta. Foto de Pascual Borzelli Iglesias.
Cigarros de mota legales “Entre la infinidad de negocios en los que Fox participa, sea como accionista o como asesor, es interesante mencionar que desde 2011 forma parte del directorio en la empresa texana GreenWorld Restoration, LLC, dedicada a proveer materiales para construcción sustentable y a colaborar con agencias de gobierno en la reconstrucción de viviendas en casos de desastres. El reclutamiento de Fox fue precisamente para aprovechar sus relaciones con gobiernos extranjeros y para la recaudación de capital de expansión. Lo cierto es que la colaboración de Fox con inversionistas extranjeros ha tocado extremos, como el abierto activismo que asumió a favor de Jamen Shively, el polémico exdirectivo de Microsoft que, a través de su empresa Diego Pellicer Worldwide, Inc., lanzó en 2013 la primera marca comercial de marihuana. Fox primero fue a Seattle a hacer público su respaldo a la venta legal de la hierba y luego organizó en el Centro Fox un foro que tuvo como invitado estelar a Shively. Un dato curioso es que el logotipo de los cigarros legales de mota, que ya se venden en Estados Unidos, tiene la figura de un personaje muy parecido al expresidente mexicano”. Tomado del nuevo libro de Raúl Olmos y Valeria Durán, Fox, negocios a la sombra del poder.
—Y sin reportar impuestos al fisco; sin embargo, el exmandatario dice vivir de su pensión de 205 000 pesos mensuales… —No hay congruencia entre lo que dice y lo que ocurre en realidad. Él siempre ha dicho que vive de su pensión y ya hemos visto que no es así, porque tiene una multitud de ingresos. En una entrevista que le hice para este libro reconoce que sí tiene otros ingresos, calculados en 2 000 000 de pesos anuales. Mezcla entre narrativa e investigación Raúl Olmos tiene dos libros anteriores: El saqueo (2014, año en que recibe el Premio Latinoamericano de Periodismo de Investigación) y El imperio financiero de los Legionarios de Cristo (2015).
44 —¿Su trabajo periodístico puede tener alguna relación con la literatura? —Lo que he aprendido sobre la marcha ha sido a través del periodismo de investigación, en el cual me formé y que está muy enfocado a datos, cifras y pruebas. Pero sé que publicar datos duros no atrae al lector, porque no tienen un hilo narrativo que lo atrape. Lo que aprendí, entonces, es que uno tiene que hacer una mezcla entre el periodismo narrativo y el de investigación, más apegado a las cifras. Pienso que se puede hacer una mezcla interesante que permita que cautivemos a los lectores. —¿Considera el periodismo como un género literario? —No creo que llegue a tanto, si bien hay algunos colegas que sí defienden eso. El periodismo toma elementos de la literatura para contar historias
atractivas. En ese sentido sí creo que está emparentado con la literatura, pero no necesariamente es un género literario. Hay algunos colegas que sí lo dicen, como los amantes de la crónica. García Márquez lo defendía como tal. —¿A qué escritores que han sido periodistas admira o han sido una influencia en su periodismo? —Yo estoy más apegado al periodismo de investigación y ahí hay grandes maestros, como el argentino Daniel Santoro o como Gustavo Gorriti en Perú: ambos han tenido la habilidad de no quedarse encasillados en la presentación de datos y en las revelaciones de sus investigaciones, sino que han tratado de afinar una prosa atractiva sin que necesariamente llegue a literatura, una prosa pulcra. El mismo Julio Scherer combinó la investigación con el relato
“La Secretaría de la Función Pública había descubierto los 27 millones de pesos, de origen desconocido, en las cuentas bancarias de Fox y su esposa, pesquisa que Fox consideró como venganza de Felipe Calderón” Foto de Gretta Hernández.
atractivo. Personalmente respeto mucho a García Márquez como novelista, pero tengo una opinión distinta del periodista, pues hizo pocas investigaciones del tipo que estamos platicando: una de ellas fue Noticia de un secuestro, un gran reportaje por cierto, pero él privilegiaba, sobre todo, la cuestión literaria, la ponía por encima de la revelación, y nosotros, como periodistas, nos importa más revelar antes que contar. Lo ideal sería que hubiera una mezcla justa que permitiera revelar de forma atractiva. Ahora los grandes cronistas son a la vez grandes investigadores, en el sentido de que para llegar a una crónica puntual de hechos requieren de un trabajo intenso de reportero, a profundidad detallada. En el caso de Truman Capote, está más apegado al periodismo narrativo que al de investigación. Yo estaría más emparentado con lo que hicieron Bob Woodward y Carl Bernstein en el caso Watergate. A ellos les interesaba revelar como detectives e ir tras pistas, contando elementos y atando cabos, más que el aspecto literario. —¿Cómo es su diaria escritura? —Mi método es plantear una hipótesis de investigación, regularmente con base en información que ya tengo probada. Lo que necesito es irla reforzando y consolidando. Esto no lo hago en el plano de la escritura, sino en el de la recopilación de documentos. Una vez que tengo bien sustentada la hipótesis, es cuando inicio el proceso de la escritura. Nunca escribo en el ínter, sino hasta el final de la recopilación de datos. Y me ha funcionado, porque no escribo sobre suposiciones. Cuando está la información reunida, entonces busco cómo organizarla, y divido en capítulos, por temas, y empiezo a escribir. Cuando veo cabos sueltos, entonces me dedico a profundizar y a tratar de afinarlos. Con el nuevo libro me llevé de seis a siete meses en la recopilación de documentos y unos tres meses en la escritura. Al final lo que quise hacer fue desarrollar el perfil del empresario y del personaje que se aprovecha de sus relaciones con el poder.
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Pensándolo bien...
Los modernos sofistas Juan Domingo Argüelles
A
partir de mis experiencias desafortunadas, incluso desdichadas, en severo contraste con las afortunadas o dichosas, adopté una filosofía para la vida cotidiana que bien podría denominar “optimismo inverso” que de ningún modo es equivalente al pesimismo. Su principio es el siguiente: “No te quejes por lo mal que estás. Piensa siempre que podrías estar peor”. Funciona, y posee un sentido racional de verdad. En cambio, el optimismo insensato, el optimismo del discurso mercantil de la autoayuda y la superación personal es aquel que parte del principio demagógico del “siempre puedes estar mejor”, hermano del “no hay imposibles”. No es otra cosa que charlatanería, paparrucha. En la vida de cualquier persona hay muchas cosas imposibles, que jamás alcanzará (por mucho que se esfuerce), y es una barbaridad de charlatanes y vendedores de humo conseguir convencer a la gente crédula de que todo se puede y todo lo puede. En cuanto a que “siempre podemos estar mejor”, bien vale tener nuestras reservas. Las mejorías de las personas son relativas. Se puede mejorar económicamente y empeorar emocionalmente; se puede mejorar en la salud y empeorar económicamente. Hay que saber distinguir entre la inteligencia y la chapucería. Hoy el mundo está lleno de chapuceros que se hacen pasar por inteligentes y dan consejos a las personas, por supuesto no gratuitamente, porque han hecho de esta chapucería su “profesión”. Bastantes especialistas renombrados en este ámbito se han hecho millonarios gracias a la credulidad e ingenuidad de muchísimas personas inca-
paces de distinguir entre la razón y la ocurrencia. La gente se desengañaría si llegase a conocer de cerca las vidas cotidianas de estos gurús. Ganan dinero a manos llenas porque la gente cree que sus discursos corresponden a sus actos, pero si los viera actuar en privado siquiera una semana, podría darse cuenta de que tienen una existencia tan horrible y tan incongruente, en relación con lo que pregonan, que más vale alejarse lo más pronto de ellos. Son sus discursos teatrales, hablados y escritos, los que impresionan a las personas impresionables, que se dejan seducir por la gestualidad estudiada que propaga promesas de mejoría. En realidad, los únicos que han logrado cierto tipo de mejoría son los propios teatreros de la divisa “no hay imposibles”: una mejoría que se refleja en sus cuentas bancarias y en sus propiedades. En todo lo demás pueden incluso ser (y estar) peores que sus crédulos admiradores, que sus pobres fans que los idolatran. Ante esto, el único buen consejo que debería darse a las personas es el siguiente: “No escuches consejos de gente que vende consejos”. Lo que pasa es que la mayor parte de las personas tiene terror a vivir y a enfrentarse a las contrariedades de la existencia, y por ello cree, de veras cree, que hay individuos sabios, inteligentísimos, que han encontrado el secreto (la piedra filosofal) para vivir eternamente felices y que su misión en esta vida es compartirlo con los demás por un módico precio (que se paga al comprar sus libros o al asistir a sus charlas de “liderazgo y desarrollo espiritual”). Estos “conferencistas de la espiritualidad” ya existían desde los tiem-
pos antiguos: eran los “sofistas” de la Grecia del siglo v antes de Cristo, que embelesaban con “razonamientos engañosos”, que persuadían con su labia bien entrenada en la “conducción de almas” o, más precisamente, como dijera Platón, en la “captura de espíritus”. Su arte de convencimiento no estaba al servicio de la verdad, sino de los intereses más prosaicos del discursero. Los sofistas de ayer, al igual que los de hoy, vendían sus paparruchas y envolvían a sus auditorios entre nieblas y tinieblas. Evitaban que la gente pensara para que adoptara el pensamiento que vendían. Ellos mismos eran el “pensamiento” de los convencidos, de los conducidos, de los capturados, quienes no solo pagaban por ese servicio de evitar pensar, sino que lo agradecían con admiración. Pagaban con gusto el que alguien los relevara de la cansada tarea de pensar. Por supuesto, aquellos viejos sofistas jamás soñaron con las riquezas que hoy acumulan los modernos sofistas. La sociedad de consumo y los medios electrónicos han logrado un poder casi infinito de persuasión. Que las formas retorcidas del pensamiento sean equiparadas con la inteligencia, y que se vendan con gran demanda, es algo que viene de mucho tiempo atrás. Lo que ha cambiado es el mayor poder de convencimiento. Pensándolo bien, hoy cualquiera que maneje unas pocas ideas elementales con cierta destreza discursiva puede marear a miles de personas reunidas en un auditorio, pero también a millones de seres humanos conectados a la red que no quieren pensar por sí mismos.
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El sudor literario de Alberto Fuguet
Carlos Fuentes, “una vaca sagrada”, tiene “algo de héroe caído”
José Noé Mercado
En años mexicanos recientes, pocas novelas han tenido un backstage tan resonante como Sudor (Random House) del periodista y cineasta chileno Alberto Fuguet (Santiago, 1964), ya que si bien es un libro que ha sido acogido en Hispanoamérica como una de las obras más maduras del autor de Mala onda, en México su publicación ha sido incómoda.
a Paulina Arancibia, la Alf que todo escritor desea Amenaza y flores Incómoda no porque el gueto literario nacional haya reparado en el contenido sarcástico de ese universo editorial que plasma una mirada irreverente como la de Fuguet en esa exploración de las relaciones íntimas, incesantes e insatisfactorias a partir de las redes sociales y aplicaciones como Grindr, o en la posibilidad de mostrar un escenario gay en el que los homosexuales pueden ser muy varoniles. No. La razón es más simple y compleja a la vez: el autor de la estética McOndo y novelas como Tinta roja, Missing o Por favor, rebobinar; el guionista y director de películas como Se arrienda, Música campesina, Velódromo e Invierno, narra la fallida y lastimera vida privada de una vaca sagrada de las letras, una relación padre-hijos que terminará de forma trágica y para cuya ficción Fuguet se basó en la figura de Carlos Fuentes y su hijo Carlos Fuentes Lemus, lo que no ha agradado a las buenas conciencias de nuestro ámbito intelectual. El retraso de la presentación original de Sudor en la Ciudad de México, un
encuentro fortuito y singular de Fuguet con Silvia Lemus, la viuda de Fuentes, que terminó con flores y el deseo de suerte desde la cuenta oficial del autor de La región más transparente, así como una amenaza de muerte anónima al narrador chileno vía Twitter en pleno marco de la fil de Guadalajara 2016, son líneas que forman parte de ese backstage que dice más de nuestro mundillo literario que de una novela que es mucho más profunda y variada que el affaire Fuentes. Un padre célebre y su hijo En ese contexto, Alberto Fuguet conversó para los lectores de Transgresiones. Nos reunimos en la librería Rosario Castellanos, en la colonia Condesa. Dialogamos entre malteadas, agua y una suculenta bolsa de gomitas.
—Es curioso: viene a presentar una novela que circula, que le ha ganado lectores, pero que el mundillo literario mexicano simula que no existe. —Mi impresión es que el mundillo literario sí la ha tomado en cuenta. Quizá hasta la han leído, pero han callado. No la han promocionado, aunque creo que han hablado de ella, molestándose. Me imaginaba que eso iba a ocurrir, sin embargo mi idea siempre ha sido tener lectores más que tener artículos de prensa. Estos no sirven de nada si los autores son aceptados, pero sus libros no están en manos de los lectores. —Sus libros han despertado todo tipo de reacciones. Desde Sobredosis, McOndo y Mala onda, en los que fue cuestionado por extranjerizante, globalifílico y asesinar el realismo mágico, hasta Missing o ahora Juntos y solos,
“El personaje que se parece a Carlos Fuentes tiene una cierta nobleza que demuestra que no se trata de una caricatura”
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donde hubo encomio y respetabilidad a sus temas y estructuras narrativas. ¿Cómo imagina que debería ser recibido un libro? —Un libro tiene que provocar cosas. Por lo menos, un diálogo positivo o negativo. El silencio de los lectores es el que debería ser preocupante, no el de la crítica especializada. Creo que está sobrevalorada la importancia de la prensa. Hay autores que salen en revistas y que después de ello siguen siendo tan desconocidos como antes. Un artículo no te cambia la vida, te la cambian los lectores. Tiene que armarse una masa crítica, desde luego, un diálogo y al final tienen que estar todos involucrados: lectores, prensa, libreros. A veces deseé que no hubiera pasado tanto con Sobredosis, que ojalá hubiese sido más fácil, pero después veía a un montón de escritores que con sus libros no pasaba nada y eso sí que es fuerte. Es fuerte que te peguen y es fuerte que te aplaudan. Pero es mucho más tremendo y casi irrecuperable que no pase nada. —¿Qué es lo que irritó de Sudor en el contexto mexicano? ¿El que se inspirara en Carlos Fuentes y su hijo? —Es el punto de partida, la inspiración, es el morbo. Pero me parece que el libro es mucho más que eso. El personaje que se parece a Carlos Fuentes tiene una cierta nobleza, un grado de complejidad que demuestra que no se trata de una caricatura, de una venganza. Yo no estoy ajustando cuentas con nadie. Simplemente me llamaron la atención ciertos aspectos de una historia de un padre célebre y su hijo. Me interesa la gente que tiene poder y que, sin embargo, pierde. Me parece que Carlos Fuentes tiene algo de héroe caído, pero la gente aquí lo asume como una vaca sagrada. Por eso en otros países el libro no ha irritado a nadie, solo en México. Yo veo a Fuentes como alguien que tropezó y mal. Y me fascina esa idea, que de hecho he tratado en varios libros míos, sobre todo a partir de la obsesión que tuve en alguna época con el colombiano Andrés Caicedo. —Debo acotar que no en todo México. Porque he visto que mucha gente, incluso la no literaria, le ha conocido gracias a Sudor.
—Este es un libro que me ha traído placer y diversión; es un libro que disfruté mucho escribiendo y promocionando. Y la he pasado muy bien con la opinión de los lectores. Creo que el libro se ha leído mucho más, primero, por el tema gay, el lado millennial, el choque de culturas entre una generación y otra. Siempre he dicho que quería hacer una novela histórica sobre el presente y Sudor es un libro que ha gustado incluso a nivel verbal; mucha gente está fascinada con la idea de que se pueda escribir usando un lenguaje que está más conectado con las redes sociales. En ese sentido, es uno de mis libros que más me ha generado consenso positivo. Dicho eso, México resultó la excepción a la regla. Pero me parece que el mayor nivel de conexiones que ha habido con México es por la conexión mexicana, no por Carlos Fuentes; muchos lectores me dicen: “Cómo sabes tanto de México”, “me gustó el libro y la ambientación mexicana”, por lo cual considero que le ha ido muy bien con el público intelectual joven que no pertenece a las élites; me ha ido superbién con los periodistas, la gente ha entendido el humor. Le ha ido superbién con gente menor de 40 y, efectivamente, con los de arriba de esa edad algo ha pasado. Fabricante de amigos —En ciertas columnas críticas le tacharon de cobarde, de canalla y otros calificativos hirientes. —Sí, pero nunca hay que escribir como la gente quiere. Tampoco sé quién es esa masa crítica. Alguien me contaba anoche en una fiesta que un escritor mexicano dijo que no podía apoyarme porque le parecía que era una canallada lo que yo había escrito. Que era un desubicado. O sea, él creía en la libertad de prensa, pero no creía en la gente mala o desubicada. Yo me desayuno porque, entre otras cosas, no soy malo ni desubicado. No estoy traicionando a nadie porque no conozco a esa gente. O sea, yo me río de un montón de escritores latinoamericanos y nadie me ha dicho nunca nada, nunca me han dicho cómo pudiste hablar de tal o cual persona. Ellos no pueden entender que yo no pertenezca a una élite; además, ellos
“Nunca hay que escribir como la gente quiere” creen que México es una élite mundial en la que todos se conocen. Yo no los conozco; o sea, conozco sus nombres, pero no conozco sus vidas. En ese sentido no estoy hiriendo ni traicionando a Silvia Lemus, entre otras razones porque no tenemos lazos. —Creo que esa percepción es también resultado de la idea de la respetabilidad social que muchos relacionan con el ser escritor en Latinoamérica. ¿Para usted cuál es la labor de un escritor? —Transmitir emociones; tratar de articular una sensación de reflejo a aquello que no entiende del todo y que le ayuda a mirar a una sociedad extremadamente compleja, que tiene muchísima información. Creo que la labor del escritor latinoamericano es tratar de procesar en personajes y en historias relativamente acotadas una gran locura que está ocurriendo. Por eso yo quise hacer una novela histórica sobre el hoy; tratar de captar lo que está ocurriendo en las casas, en los corazones de las personas, y que fuera en una obra realmente local, no simplemente genérica. Mucha gente me dice que su película favorita que la dejó destrozada es Her. Y está bien, pero es una película que viene del exterior; te puedes sentir identificado con Joaquin Phoenix, pero finalmente no es tu vida. Lo que estoy tratando de hacer es acercarte a historias que tengan que ver contigo. Creo que esa es la labor; tratar de explicar a nivel local. La labor del escritor es más tratar de ser como un compañero, alguien por quien te puedas sentir tocado, alguien con el que te puedas sentir acompañado o pueda andar contigo en el metro porque se parece un poco a ti. Una cosa que me da un poco de pereza de estar acá, en México, hablando, es que he hablado mucho de Carlos Fuentes; porque en el resto de los países me hablan de Rafa, de Alf, del Factor Julián, que es lo que realmente quiero. La labor del escritor no es ser un intelectual, sino ser un fabricante de amigos, ¿te parece muy raro?
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Roquerías Roger Waters
Cada vez que un imbécil se convierte en presidente…
versiones de Lillian van den Broeck
El británico Roger Waters (1943), que emergiera de la legendaria banda de rock Pink Floyd, ha grabado en solitario cuatro álbumes de estudio: The Pros and Cons of Hitchhiking (1984), Radio K.A.O.S. (1987), Amused to Death (1992) e Is This the Life We Really Want? (2017). Nada más se demoró un cuarto de siglo para volver a crear una obra compacta, y precisamente de su disco reciente son las letras que trasladamos al castellano. Y cada vez que un periodista es encarcelado para que se pudra. Y cada vez que la vida de una chica es usada a la ligera. Cada vez que un imbécil se convierte en presidente. Cada vez que alguien muere con la mano extendida en busca de sus llaves. Y cada vez que Groenlandia cae en el maldito mar es porque… Todos nosotros, los negros y los blancos, chicanos, asiáticos, El ganso ha engordado a base de caviar en bares lujosos y cada tipo de grupo étnico, préstamos de alto riesgo. incluso los amigos de Guadalupe, los viejos, los jóvenes, Y hogares en bancarrota. las brujas desdentadas, las supermodelos, actores, maricas, ¿Es esta la vida, el santo grial? corazones sangrantes, No es suficiente que ganemos, también necesitamos que los estrellas de futbol, hombres en barras, lavanderas, sastres, demás fracasen. lolitas, abuelas, abuelos, tíos, tías, amigos, relaciones, vagabundos sin casa, Miedo, el miedo hace girar los molinos del hombre clérigos, camioneros, señoras de la limpieza, moderno. hormigas… tal vez las hormigas no… El miedo nos mantiene a todos sobre la raya. ¿Por qué las hormigas no? El miedo a todos esos extranjeros, el miedo a todos sus Bueno, porque es verdad. crímenes, Las hormigas no tienen suficiente coeficiente intelectual ¿es esta la vida que realmente queremos? para diferenciar entre el dolor que otras personas sienten y, Seguramente lo es. bueno, por ejemplo, cortar las hojas. Porque esta es una democracia y lo que todos decimos se O caminar por el alféizar en busca de botes de melaza. permite. Entonces, como las hormigas, ¿somos simplemente tontos? ¿Es por eso que no sentimos ni vemos? Y cada vez que un estudiante es atropellado por un tanque. ¿O simplemente anestesiados por un reality show? Y cada vez que el perro de un pirata es forzado a caminar Así que cada vez que cae el telón, por el tablón. cada vez que cae el telón por alguna vida olvidada, Cada vez que una novia rusa es puesta a la venta en un es porque todos estuvimos de pie, silenciosos e indiferentes. anuncio. Es normal. Is this the life we really want? Supongamos que ustedes son cnn. O sea, noticia tras noticia, tras noticia, malas Yo gané. Gané. Y lo otro, caos. Hay cero caos. Estamos en la contienda, esta es una máquina bien sintonizada.
49 Déjà vu Si yo hubiera sido Dios habría reordenado las venas del rostro para hacerlas más resistentes al alcohol y menos propensas a envejecer. Si yo hubiera sido Dios habría engendrado muchos hijos y no habría permitido que los romanos mataran a uno solo. Si yo hubiera sido Dios con mi estaca y mi báculo, si me hubieran dado el visto bueno, considero que pude haber hecho mejor el trabajo. Si yo fuera un dron patrullando cielos extranjeros, con mis ojos electrónicos como guías y el elemento sorpresa, me daría miedo encontrar a alguien en casa, tal vez a una mujer frente a la estufa horneando pan, cocinando arroz o simplemente hirviendo huesos, si yo fuera un dron. El templo está en ruinas, los banqueros engordan, el búfalo se ha ido y la cima de la montaña se ha achatado. Las truchas en los ríos son todas hermafroditas, te inclinas a la izquierda pero caminas hacia la derecha. Y se siente como un déjà vu. El sol se pone y yo aún te extraño. Haciendo cuentas del amor que se perdió y bajo mi corriente del Golfo, en bolas circulares, hay noventa y nueve centavos de borrachos y necios.
Dibujo de Alarcón.
Imagina que Imagina, mientras te recargas en la estación del tren, mientras tiras tu último cigarro, imagina tu dedo tocando el timbre, imagina la calavera y los huesos cruzados en el tapete de la entrada. Imagínate en las calles de Laredo, imagina la Casbah, imagina Japón, imagina a tu hijo con el dedo sobre el gatillo, imagina prótesis en Afganistán, imagina un palacio de justicia sin pinches leyes, imagina un burdel sin putas, imagina un cagadero sin drenaje, imagina un líder sin una mierda de cerebro: síganme mientras me filmo a mí mismo en el espectáculo, con un teléfono desde un asiento en la primera fila. Sigan a Miss Universo que atrae algunos relámpagos. Quisiera que estuvieras aquí en Guantánamo.
50 Parte de mí murió La parte más envidiosa, despiadada y tramposa, avariciosa, maliciosa, global, colonial, sedienta de sangre, ciega, irracional y barata, centrada en las fronteras, la carnicería y en las ovejas. En la quema de libros, demolición de las casas, dando en el blanco a matar con drones con inyecciones letales, arrestos sin juicio, visión monocular, gangrena y fango, unción, sarcasmos, asalto común. Heroicos asesinos satisfechos de sí mismos elevados a lo alto. La piratería, avaricia, ataques con ácido. Sobre las mujeres los bravucones, los pervertidos y saboteadores.
Huele las rosas Hay un perro alterado que jala de su cadena, hay un asomo de peligro en su mirada; el sonido de alarmas embravecen su cerebro y la chimenea irrumpe en el cielo. Despierta, despierta y huele las rosas. Cierra los ojos y reza para que este viento no cambie. No hay nada, pero grita en el campo de los sueños. Nada, solo esperanza al final del camino. Nada, solo oro en el humo de la chimenea. Vamos, querida, es dinero verdadero.
Huesos rotos A veces miro la noche estrellada. Miro las estrellas a billones de años luz de distancia. Esto me hace sentir pequeño como insecto en la pared. ¿A quién le importa una mierda, de todas formas? Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, aunque el expediente nunca quedó limpio, hubiéramos podido recoger los huesos rotos, pudimos haber sido libres. Pero elegimos adherirnos a la abundancia. Escogimos el sueño americano. Y, ¡oh!, Señora Libertad, ¡cómo te abandonamos! Pudimos haber nacido en Shreveport o él haber nacido en Teherán, no importa mucho dónde se nace. Los bebés no nos hacen ningún daño. Hay que enseñarles a que nos desprecien, a derrumbar con un tractor nuestras casas, a creer que su lucha es por la libertad, a creer que su Dios los mantendrá sanos y salvos. No podemos dar marcha atrás al reloj. No se puede regresar en el tiempo, pero podemos decir: “¡Vete a la chingada!” No escucharemos tu mierda y tus mentiras.
Esta es la habitación donde fabrican los explosivos, donde ponen el nombre sobre la bomba, aquí es donde entierran los peros y los síes y borran las palabras como bien y mal. Despierta, despierta y huele el fósforo, este es el cuarto donde guardamos al heredero de la humanidad, no preguntes, no digas nada, nosotros no podemos perder esto, un poco menos de dinero en el escondite de la alacena debajo de la escalera. Dinero, querida. Despierta, despierta y huele el tocino, desliza tus dedos grasientos por su pelo, esta es la vida que escogiste. Solo una línea en el registro del capitán, solo un gemido de un perro residente, otro chico que no pasó de año. Vamos, querida, es un intercambio justo. Despierta, despierta y huele las rosas, toma una foto en la pira funeraria, ahora podemos olvidar la amenaza en que ella posa. Nena, ya sabes que no se puede llegar más alto.
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Nota roja Vicente Francisco Torres
S
i en la obra narrativa que hasta hoy tiene publicada Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) la nota roja es una fascinación y un recurso literario, en su más reciente novela: Carne de ataúd (Almadía, 2016), esa presencia es contundente. Otro de sus grandes intereses, la Ciudad de México, se hace también presente. La novela gira alrededor de un criminal oriundo de Guadalajara que radicó y delinquió en la Ciudad de México durante los últimos años del Porfiriato. Francisco Guerrero, apodado el Chalequero por su afición al chaleco, aunque también por tomar mujeres por la fuerza (a chaleco) para después matarlas, fue un asesino serial que existió realmente. Esto mismo sucede con otros personajes de la novela, como el atormentado pintor Julio Ruelas —quien muriera en la covacha de una prostituta francesa—, Carlos Roumagnac —el pionero de la criminalística mexicana—, Rafael Reyes Spíndola —director y fundador del periódico El Imparcial— y Félix Díaz —sobrino del dictador y jefe de policía de la ciudad. La novela transcurre en los últimos años del siglo xix y los primeros del xx, tiene personajes reales (Madero, Porfirio Díaz y Sóstenes Rocha, amén de los mencionados arriba) y aspira a una reconstrucción de la ciudad de antaño, con los antiguos nombres de las calles, lugares de rompe y rasga, barrios e incluso elementos de la naturaleza, como el río Consulado. Esquinca entrega una novela histórica, de misterio y criminal que se enmarca en la ciudad que vivieron los escritores modernistas y el mismo José Guadalupe Posada, quien alimentó sus hojas volantes —que imprimía Antonio Vane-
gas Arroyo— con relatos de crímenes, milagros, corridos y calaveras. Ni qué decir de los años finales del Porfiriato, que ven llegar la revolución. Los hechos narrados transcurren al filo del agua, como llamó Agustín Yáñez a los días que precedieron la guerra. El interés de Esquinca por develar la atracción y el significado que la nota roja tiene en los seres humanos esta vez dio un paso más. Como parte de la ambientación de época, recordó la vigencia que tenía la teoría criminal de Lombroso (postulaba que los criminales son seres involucionados incapaces de controlar sus pulsiones agresivas, mismas que denunciaban los pómulos altos y las orejas grandes), pero también sugiere Esquinca que el trastorno criminal del Chalequero surgió en sus años de infancia, cuando vivió en medio de la promiscuidad y la miseria, pero también bajo la “educación” que le dio su padre, un matarife que lo hacía beber sangre fresca en el rastro. El chaleco, los huaraches y el oficio de su padre se le revelaron como símbolos de hombría y virilidad, a los que, más tarde, el asesino haría un agregado sexual. La creación de una atmósfera criminal y de misterio es una de las mayores virtudes de la novela. Esto se logra con episodios como el de la mujer que recolectaba restos de sebo para hacer veladoras en su taller, los fumaderos de opio del barrio chino, el carruaje que circulaba por una ciudad de calles inundadas y lodosas que no conocían el asfalto, la casa de la médium francesa y sus fantasmas convocados y la atmósfera de las pulquerías, hechos que dan muestra de la calidad de la invención de Esquinca y de la habilidad narrativa conseguida (por ejemplo, la
Tentativas narración de cómo el Chalequero asesina a la amante de Casasola). A estos logros debe sumarse la forma de la novela, que es un relato omnisciente enriquecido con las memorias de Casasola que, finalmente, serán el testimonio de la vida y milagros del Chalequero. También encontramos recortes periodísticos, la reescritura de “La mulata de Córdoba”, una de las leyendas mexicanas más famosas que tiene lugar en la prisión de San Juan de Ulúa, Veracruz, lugar de reclusión del Chalequero… Un recurso que apuntala el dicho de que la forma es fondo lo encontramos en la confusión que hace el Chalequero entre su vida y los episodios y personajes de su admirado libro Los misterios de París, de Eugenio Sue. La novela nos da sus pláticas con el Acuchillador de Sue y los deseos sexuales que el Chalequero tiene por la tabernera de la novela francesa. En este juego de intertextualidad, el Acuchillador le dice al Chalequero que algún día alguien escribirá un libro sobre él, y resulta que Carne de ataúd es el libro sobre el Chalequero que tenemos entre las manos y que escribió Bernardo Esquinca. Novela de aventuras con deslices al terreno fantástico por su interés en lo paranormal y la atención a los episodios poco frecuentados, como el espiritismo de Francisco I. Madero, es familiar la visión literaria y al mundo de Ignacio Solares. Por encima del mundo nebuloso de esta novela, también nos llega la observación de que la plana roja de los diarios era atizada por el dictador Díaz para distraer a la población y tratar de impedir el derrumbe de la sociedad que, junto con sus amigos y la plutocracia, había construido. Quienes no se conformaban con el circo de los asesinos seriales, quienes criticaban a pesar de todo, tenían un destino inmediato. Eran carne de ataúd.
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A medio siglo del asesinato
El Che de Korda
Víctor Roura
El 9 de octubre de 1967, en el pueblo de La Higuera, es asesinado a quemarropa Ernesto Guevara tras el abandono que sufriera en Bolivia de las guerrillas que, supuestamente, lo acompañarían en esa otra lucha sudamericana. Vivió treinta y nueve años antes de ser apresado y ajusticiado por los militares según sus propias reglas, sin derecho a ningún proceso legal. Ha pasado ya medio siglo de la muerte del icono latinoamericano de la rebeldía. La del Che Guevara es, sencillamente, la fotografía que más se ha reproducido en el mundo. “El pelo desordenado bajo la boina con la estrella, la mirada perdida y acusadora, la barba rala de combatiente juvenil: generaciones de jóvenes han decorado con este retrato sus habitaciones —considera Marie-Monique Robin en su reportaje publicado en El País sobre, desde su personal apreciación, las cien mejores fotografías realizadas en el orbe en la década de 1990—, lo han enarbolado en la calle, sobre su ropa, como la bandera del sueño más generoso. Cuando el 6 de marzo de 1960 el fotógrafo cubano Alberto Korda disparó su Leica, no sabía que iba a captar a uno de los iconos del siglo xx”. Fidel Castro conoció al joven médico argentino durante su exilio en México. Desde entonces, siempre estuvieron juntos. “El seductor melancólico —apunta Robin— de inteligencia aguda, que fue sucesivamente itinerante de la joven revolución y ministro de Industria, seducía como un amante a todos aquellos que le conocían. Al igual que la Revolución cubana, el Che ya tenía su leyenda, pero aún no tenía su fotografía”. Es entonces cuando aparece Alberto Korda, cuyo verdadero apellido es Díaz Gutiérrez. Retratista jefe de los revolu-
cionarios, “había ya realizado miles de imágenes de Fidel y del resto de los comandantes, pero la foto —comenta la acuciosa Marie-Monique Robin—, aquella que entrará definitivamente en la historia, la captó de forma fortuita el 6 de marzo de 1960. La víspera, un atentado atribuido a la cia hizo estallar La Coubre, un carguero francés lleno de armas que Cuba acababa de comprar a Bélgica, delante de las narices de los estadounidenses. La explosión despedazó literalmente a 80 trabajadores del puente e hirió a otros 200. La ira de los cubanos contra ‘el enemigo yanqui’ era inmensa. Durante el entierro de las víctimas, un millón de personas desfiló por el cementerio Colón. Los líderes de la revolución abrieron la marcha cogidos del brazo”.
Fidel Castro, desde la tribuna, gritó: —¡Al terror contrarrevolucionario responderemos con el terror revolucionario! —y, entre la aclamación generalizada, lanzó su frase aún favorita—: ¡Patria o muerte, venceremos! El momento justo Korda recuerda que al lado del líder máximo cubano estaban Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. El Che permanecía en la penumbra, semioculto en la parte de atrás de la tribuna. “Yo no lo había visto, y eso que estaba cubriendo el acontecimiento para el periódico Revolución”, confesó Korda a Robin en 1998, “hasta que, de pronto, se acercó a la parte delantera de la tribuna para abarcar con la mirada a la multitud de
Apenas tuve tiempo de enfocar, ya que el Che solo permaneció unos instantes y luego se retiró. Nunca olvidaré su mirada, en la que se mezclaban la determinación y el sufrimiento: Korda
53 manifestantes. Inmediatamente saqué una primera foto, apaisada, y luego una segunda, vertical, con un objetivo de 90 milímetros. Apenas tuve tiempo de enfocar, ya que el Che solo permaneció unos instantes y luego se retiró. Nunca olvidaré su mirada, en la que se mezclaban la determinación y el sufrimiento”. Korda llevó sus rollos al periódico, que solo publicó las fotografías de Sartre y de Castro. Las del Che pasaron inadvertidas. Korda, entonces, precisa Robin, “realizó una gran ampliación de la primera foto. Luego puso el cartel en su estudio”. El retrato permaneció en el pequeño departamento de Korda, quien vivía, según pudo apreciar Robin, “con estrecheces a pesar del inmenso éxito comercial de su fotografía”. Porque, cosas de la vida, el que se adjudicó los dineros por concepto de la hermosa fotografía fue un oportunista editor italiano. Marie-Monique Robin también nos relata esta infamia periodística: “Verano de 1967. Régis Debray, filósofo y autor de un manual sobre la revolución, en versión cubana, fue encarcelado en Bolivia. Fue capturado tras permanecer un tiempo en el maquis de Ñancahuazú donde el Che se instaló clandestinamente en noviembre de 1966 para fomentar una nueva guerrilla. Diversas personalidades internacionales se movilizaron para evitarle, si no una muerte probable, al menos la cadena perpetua. Entre ellas figuraba el general De Gaulle, pero también un tal Giangiacomo Feltrinelli, propietario de una editorial en Milán. Feltrinelli era el Maspero italiano, pero más mundano. Especializado en la edición de autores del Tercer Mundo, había publicado los escritos de Fidel Castro y del Che y era un ferviente admirador de la Revolución cubana. Se desplazó a Bolivia junto con su compañera, Sibilla Melega”. Allí fue detenido y expulsado del país, mas no regresó de inmediato a su hogar, sino que se detuvo en Cuba. “Allí visitó a Alberto Korda en su estudio y se topó con la foto del Che”. Le pidió al artista gráfico que le vendiera una copia, pero el generoso Korda se la regaló por ser un amigo de la revolución. —No sabía qué quería hacer él con ella —le dijo Korda a Robin.
Una de las más grandes estafas del siglo xx En octubre de 1967 el Che fue muerto a tiros en la escuela de La Higuera por los militares bolivianos, bajo la conducción de la cia. “La noticia conmovió a todo el planeta —dice Robin—, y Feltrinelli editó un cartel con la célebre foto de Korda. Un millón de ejemplares a cinco dólares cada uno, sin mencionar el nombre del fotógrafo. Todavía hoy en los muelles de París se encuentran carteles en los que figura como único crédito: derechos reservados Feltrinelli. Una de las más grandes estafas del siglo xx”. Korda no hizo nada. Recluido en su isla, dejó que los millones de dólares por concepto del uso de su fotografía cayeran en los bolsillos del editor italiano, que nunca hizo nada, por supuesto, por corresponder a la generosidad del cubano, a sabiendas de que su situación económica no era nada bonancible. Los mercaderes no se amilanaron ante el mito: la marca Swatch lanzó su línea Revolución con esa imagen del Che, la firma austriaca Fisher vende esquíes con el modelo del Che en la punta de esos objetos deportivos, en la misma Habana el retrato del Che es un souvenir indispensable para el visitante. El dinero cae, pero no en las manos de Korda. Solo fue hasta principios de los años noventa cuando
el fotógrafo cubano contrató a un abogado francés para que defendiera sus derechos de autor... inexistentes, por cierto, en Cuba. Oliviero Toscani, el director artístico de Benetton, que se destaca por sus polémicas fotografías publicitarias, ha dicho al respecto: “El Che permanecerá en el recuerdo por esta foto y no por lo que hizo. Para mí, esta foto encarna la duda del revolucionario y la desilusión de una generación. Por eso sigue teniendo ese éxito. La verdad está en esos ojos que se preguntan: ‘¿Por qué hemos hecho esto?’ El Che parece muy vulnerable y por eso es muy fuerte”. A Korda nunca le importó el dinero que pudo haber ganado por su magnífica toma (“lo que cuenta para mí es que el ejemplo del Che no se olvide”, dijo, sinceramente, a Marie-Monique Robin): él fue feliz por la difusión masiva de su obra. Nada más, ni nada menos. Murió, a la edad de 72 años, el viernes 25 de mayo de 2001 en su Cuba natal y de la que, al parecer, no salió jamás. Los derechos de su famosa obra quién sabe a dónde fueron a parar. Tal vez a las manos del abogado francés... o a las de los herederos del italiano Feltrinelli. Vaya uno a saber dónde termina este cuento.
A Korda nunca le importó el dinero que pudo haber ganado por su magnífica toma (“lo que cuenta para mí es que el ejemplo del Che no se olvide”, dijo, sinceramente, a Marie-Monique Robin): él fue feliz por la difusión masiva de su obra
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Circuito Interior Yucatán
La literatura es empresa de la inconformidad: Cáceres Carenzo Eugenia Montalván Colón
Nació en Yucatán, murió en el Estado de México, entidades que escogió el poeta Raúl Cáceres Carenzo (1938-2017) como suyas. Se fue de este mundo a los 79 años de edad.
E
l pasado 17 de septiembre murió, en Toluca, el poeta yucateco Raúl Cáceres Carenzo. Tenía 79 años, gran parte de ellos viviendo lejos de Mérida, escribiendo mucho, ganándose el pan con un admirable espíritu de trabajo, sin hacer concesiones a nadie, leal a su filosofía y obra. Lo admiré siempre porque gracias a él supe qué era la poesía. En sus biografías se dice que dejó Mérida en 1970, pero no definitivamente, como apunta Rubén Reyes Ramírez en su antología de poetas yucatecos (Gobierno del Estado de Yucatán, 1995) al hacer referencia a una etapa en la que Cáceres Carenzo volvió a su tierra: “De 1985 a 1989 desempeñó el cargo de coordinador de Literatura y teatro en el Instituto de Cultura de Yucatán”. ¡Sí! Yo lo conocí en 1988, y fue mi maestro. Desde el nombre, su clase me intrigó demasiado: “Verso”. La materia consistía en desmenuzar y decir poemas, aprendizaje indispensable para comprender en qué consistía el teatro, pues a esa carrera me inscribí para ocupar las tardes al llegar a vivir a Mérida; por la mañana estudiaba ciencias antropológicas en la Universidad Autónoma de Yucatán. La apariencia de Cáceres
Carenzo por sí misma fue inspiradora; en ese entonces tenía 50 años, su cuerpo era delgado pero barrigoncito, de piel morena y pelo rizado, mulix, mejor dicho —conforme la influencia de la lengua maya en el español que se habla acá—, y se presentaba siempre elegantemente vestido, incluso con saco y pantalones con valenciana demasiado largos para su estatura, como si fueran de una talla que no correspondía a la suya. Con esa presencia y fumando un cigarro lo veíamos llegar caminando con pasos cortos para equilibrar el peso
del altero de libros que acostumbraba cargar. En aquella época yo tenía 18 años, acababa de terminar la preparatoria en el Colegio Teresa de Ávila de Durango, Durango, y —distinguiéndome de muchas de mis compañeras— era una fervorosa mujer católica. Pero de un día para otro, y luego de un viaje de 24 horas en autobús ado, amanecí en Mérida, decidida a empezar una nueva vida sola con mi fe como única compañía. Éramos como siete los alumnos de la Escuela Formal de Teatro, y el maes-
“Éramos como siete los alumnos de la Escuela Formal de Teatro, y el maestro Cáceres Carenzo desde la primera vez nos trató a todos como intelectuales, no como pavitos espabilándose en corral de traspatio. El poeta actuaba frente a nosotros solemnemente, y así fue como nos inculcó lo que para él era la poesía, es decir la existencia misma”
55 tro Cáceres Carenzo desde la primera vez nos trató a todos como intelectuales, no como “pavitos” espabilándose en corral de traspatio. El poeta actuaba frente a nosotros solemnemente, y así fue como nos inculcó lo que para él era la poesía, es decir, la existencia misma. Recuerdo que durante varias tardes, en un gran salón de techos altos en el edificio localizado frente al zoológico Centenario, y que por años fue un hospital psiquiátrico, gocé aprendiendo la métrica y el ritmo de un soneto, ya que Cáceres Carenzo se valió para sus clases de un poema místico anónimo, y con él exaltó mi devoción por el Cristo que ya conocía, pero ahora se me presentaba envuelto en la sublime cadencia del lenguaje dramático. No me mueve, mi Dios, para quererte el Cielo que me tienes prometido ni me mueve el Infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor. Muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido; muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas, y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que, aunque no hubiera Cielo, yo te amara, y, aunque no hubiera Infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues, aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera. El sutil aliento del verso El poeta-profesor nos sedujo con su voz, con su ronca voz de fumador para que sintiéramos el sutil aliento de cada verso enseñándonos a distinguir la conmoción que suscita la palabra. A estas alturas, el poeta había publicado su obra en diversos formatos, según el alcance de sus empeñosas gestiones, por ejemplo: Lectura de la luz (Cuadernos del Estado de México, Toluca, 1972) y Ritual maya (Instituto de Cultura de Yucatán, 1986), en el que aparece el poema “El canto de la tierra”, que empieza así:
“He olvidado de pronto la memoria/ y quemé los papeles/ del poema perverso:/ las bárbaras endechas…” Cáceres Carenzo también vivió en Chetumal, Quintana Roo, una temporada; ahí dirigió el Taller de Arte Escénico, y con esa compañía realizó el montaje de una farsa política en homenaje a don Ermilo Abreu Gómez, su entrañable amigo, obra que logró traer a Mérida en 1994, año venturoso para él porque fue cuando recibió —por segunda ocasión— el Premio Estatal de Literatura Antonio Médiz Bolio. Esta obra, por cierto, apareció publicada en el libro Ritual maya / Tres piezas de teatro épico, que el autor repartió generosamente entre sus amistades. Se trata de un libro de formato grande y pasta dura patrocinado por el Instituto de Cultura de Yucatán (2013). Cuando en los años noventa Cáceres Carenzo venía a Mérida, pasaba horas en el café Exprés —ya desaparecido—
frente al parque Hidalgo, a una cuadra del famoso teatro Peón Contreras. Los meseros sabían la clase de personaje que era, evidentemente; también los otros parroquianos, que preferían mantener su distancia. El maestro no se andaba con rodeos, criticó abiertamente todo aquello que oliera a lambisconería y mediocridad. Las abejas del canto, los ratones del sueño… El 20 de diciembre de 1995 lo entrevisté para el periódico Por Esto! sobre lo que significaba para él la celebración del Día del Escritor, justamente en esa fecha: “No me abono a ese tipo de ideas porque, comúnmente, son manipuladas y manipulables. En general he sido refractario a grupos, asociaciones, sindicalismos, agrupamientos gremiales y sectarismos porque la literatura es empresa de la libertad y la inconformidad.
“En general he sido refractario a grupos, asociaciones, sindicalismos, agrupamientos gremiales y sectarismos” Foto de Gretta Hernández.
56 Me parece que no es garantía de calidad pertenecer a una asociación, aunque esta puede ofrecer ventajas para el gremio. Lo principal es hacer una obra, y eso no es tan fácil de presumir y lograr. Ni desayunos ni ninguna gallarda manifestación de ser escritor garantiza que lo sea. El escritor se hace a través de su conciencia en llamas y de su vida condenada…” “Hay gente que por sí misma tiene su valor, como Carolina Luna [destacada narradora yucateca], quien ya es reconocida. La propia obra es lo que más vale”. Mi grabadora reportera captó la respiración del maestro, como si estuviera agitado, aunque más bien era el alborozo por hablarme de “Sor Juana Inés de la Cruz, Tres siglos de inmortalidad”, festejos que recién había organizado como asesor de las áreas de literatura y teatro del Instituto Mexiquense de Cultura. Seis meses después de aquella cita volví a entrevistar a Cáceres Carenzo en el mismo café Exprés. En las fotos del periódico publicado el 17 de julio de 1996 se le ve con guayabera blanca de manga larga, su taza de café casi intacta y un cigarro Del Prado encendido. Esa noche presentaría en el Salón de Consejo Universitario de la Universidad Autónoma de Yucatán uno de sus libros fundamentales: Saint-John Perse / El mar y el hombre (Instituto Mexiquense de Cultura, 1994), antología de poemas del francés ganador del Premio Nobel en 1960. Más de 20 años han pasado desde aquella entrevista memorable publicada también en Por Esto!, y casi 30 de mi primera clase de verso, y aunque no quisiera dejar de evocar recuerdos, debo salir a conocer su pueblo natal: Halachó, que se encuentra en la carretera Mérida-Campeche; me propuse hacer el viaje hoy mismo [domingo 1 de octubre] para conocer esa “iglesia altiva y pudibunda” donde se persignó a la salida de misa cuando todavía era un niño. “Vuelvo al poblado agreste/ —merecedor de mi infancia—/ un punto divergente y divertido;/ inventor de la ingenua geometría./ Fuente de luminarias y nostalgias:/ las abejas del canto,/ los ratones del sueño…” Es el comienzo del poema “El pueblo de la infancia” (2010) y, al igual que gran parte de su obra, es la alusión perfecta a una sentencia del poeta Luis Cardoza y Aragón que mi maestro solía citar: “La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”. Es cierto. Sigamos existiendo.
Un crack en Madrid
Orgánica intelectualidad Maricarmen Fernández Chapou
E
l escritor de la Generación del Crack presenta su nuevo libro en Madrid. Ha sido recientemente nombrado agregado cultural en la ciudad española, como otros miembros de su generación lo han sido en Londres o en París. En conferencia de prensa, responde las preguntas de los corresponsales mexicanos. Una reportera hace una suspicaz asociación entre el intelectual y el Estado mexicano. Alza la mano: —¿Por qué el secretario de Relaciones Exteriores ha invitado a tres miembros de la llamada Generación del Crack a ocupar puestos diplomáticos en Europa? El escritor se remueve en el asiento y empieza a reír de forma nerviosa. Parece no estar seguro de qué responder a tal cuestionamiento, pero atina a decir: “No, no, no, ejem, para nada, jajaja. El secretario de Relaciones Exteriores ni siquiera sabe qué es el Crack…” Silencio en la sala. “Al menos este Crack”, ironiza. La prensa ríe cómplice de la broma y se vuelven a alzar las manos pidiendo turno. Otro reportero pregunta alguna nimiedad: “Qué planes tiene después de este libro…” El escritor se relaja. Al día siguiente, solo una sección cultural recoge la anécdota: “Al cuestionarle por qué el secretario de Relaciones Exteriores eligió a tres repre-
sentantes de la Generación del Crack para ocupar puestos diplomáticos en Europa, el autor respondió: ‘El secretario no sabe lo que es el Crack… Al menos este Crack’, ironizó”. Fin de la nota. La respuesta del intelectual no se hace esperar. A la redacción llega su carta airada: “Nunca se me hizo tal pregunta en la presentación de mi libro en Madrid. No dije nada referente a dicha cuestión y, además, yo soy incapaz de expresarme así del señor secretario, al cual debo todo mi respeto, admiración, lealtad…”, y un largo etcétera de adulaciones al funcionario. La reportera vuelve a escuchar la grabación de la conferencia, por si hubiera escuchado mal. La cinta no da lugar a dudas. Al día siguiente, y en cumplimiento del derecho de réplica, la sección publica la carta del escritor ofendido. Y, al pie de esta, la invitación de la periodista a escuchar la grabación que tenía en su poder, por si el intelectual hubiera sufrido un repentino ataque de amnesia selectiva. Nunca más se volvió a hablar del asunto. Y nunca más volvió a aparecer el escritor en aquella sección cultural; no así en los escenarios gubernamentales y diplomáticos, donde siguió escalando puestos estratégicos de la más orgánica intelectualidad.
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Humor blanco... y negro
Nรกufrago feliz
Romรกn Rivas
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Al vuelo
Octubre de 2017 / Preliminar Rogelio Guedea
U
no generalmente decide convertirse en escritor aun cuando sabe que lo tiene todo en contra. Por ejemplo, que uno no nace hijo de un escritor, o de un buen lector, lo que haría más fácil el ingreso al oficio, tal como se lo hace más fácil al hijo del empresario que busca continuar la carrera empresarial de su padre, o la hija de la famosa actriz, quien de igual modo pretende incursionar en tal carrera. También uno tiene que lidiar, para el caso de estos oficiantes, con que la profesión de escribir genera pocos o nulos dividendos, porque, además, es poco útil para la sociedad apilar historias imaginadas que poco o nada cambian nuestra realidad real, de manera que uno termina, en algún momento, pensando por qué existe esta pasión (la de inventar historias) si no parece sostener nada en nuestras vidas, ni siquiera a nuestra vida misma. En cualquier caso, esta pasión existe, y si uno gira hacia atrás, verá que existe desde que el hombre se dio cuenta de que era un hombre, desde entonces ya se contaban historias y se dormía con ellas, ya pisaba uno de nuestros pies la realidad y el otro la imaginación, había esperanzas y deseos, y de estos últimos emergían realidades insospechadas. Yo tenía 18 años cuando decidí convertirme en escritor y, como lo he dicho antes, lo tenía todo en contra: familia, amigos, incluso mis alrededores y los astros me eran hostiles, pues vivía en aquel entonces en un
pueblo de la costa colimense donde no había siquiera revisterías, menos una biblioteca, mucho menos un escritor que se jactara de serlo y que habría podido servirme de guía. No tenía nada más que una voluntad de hierro empeñada en ser lo que quería ser, lo cual —bien visto— no es poca cosa o es, acaso, lo único que uno necesite para ser escritor. En Armería (que es como se llama aquel pueblo) me pasaba releyendo los pocos libros que tenía en mi haber, adquiridos en la Galería Universitaria, la única librería decente que había en la capital del estado. Leía poesía, principalmente, porque me imaginaba futuro poeta, pero también cubría mis necesidades creativas con autobiografías, cuadernos de notas, memorias o diarios de escritores famosos en los que encontraba consuelo y, sobre todo, aliento para mi vocación. Era el alimento que necesitaba y era de lo que me proveía cada que había oportunidad, buscando brújulas o linternas en las reflexiones de estos escritores que me fueran útiles para mis propios sueños de escritor, que no eran, por lo demás, nada modestos. Desde aquel día y hasta hoy mismo que escribo, sigo teniendo la costumbre de volver a esas páginas o de recorrer otras nuevas (largo camino interminable) en busca de reafirmar o enriquecer aquella (ya) antigua convicción de no dejar de escribir aunque lo tuviera siempre todo en contra, porque precisamente es escribiendo con todo en contra la úni-
ca forma en que la escritura refulge y se ennoblece, se convierte en una verdad irrefutable. En mi casa tengo un librero (ancho y alto) reservado a estos libros entrañables, dispuestos sus autores sin importar edad o lengua, país de origen o religión, conviven como los vecinos de un barrio de inmigrantes en un mismo edificio y todos, sin excepción, son leídos con la misma perplejidad, lo mismo Fernando Pessoa que Elías Canetti, de igual modo Julio Ramón Ribeyro que Stephen King, así Murakami como Saramago, páginas interminables sobre las que he ido haciendo anotaciones con tinta roja para no olvidarme de sus consejos o hallazgos cuando decaigo o me siento desvalido ante tanta miseria humana como suele uno encontrar en este oficio o en este mundo. En estas páginas que vendrán, bajo el signo de mi ya inextinta columna “Al vuelo”, iré evocando de aquí en adelante el placer producido por la lectura de estos diarios, memorias, cuadernos y autobiografías, sus enseñanzas y los incontables momentos de redención que he conseguido gracias a ellos y con ellos, todo a la espera de que a los nuevos y viejos escritores puedan servirles de algo al menos, como de mucho me han servido a mí a lo largo de estos casi 25 años que tengo de picar piedra en el único oficio que se ha alzado incólume aun cuando lo ha tenido todo en contra, incluso hasta a nosotros mismos.
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Sed infinita
En el desierto con Edipo Mariana Bernárdez
E
l barullo danza sus galimatías. Parco mendrugo el de la mano que inventa el imaginario de su deseo, cresta donde habrá de resguardar el secreto de su desamparo. Hay un rebalse detenido en ese dintel, algo callado que trilla los pies y deslava los montes... Una gota que cae en precipicio de “horror cenital aojado”, y los ojos que escriben son asombrados por las sílabas que brotan de la pluma, poco aciertan a su sentido, y luego está la boca que pronuncia lentamente sus letras, como si el aroma de su fruto pudiera quedarse en caricia, que no Foto de Alejandro Zenker.
en espadas, ¿“horror cenital aojado”? Labios que preguntan y el aire que responde con su lenguaje de pájaro; sea la boca-pico el claro donde los caminos, en su cruce, anuncian la disyunción y la encrucijada custodiada por un lenguaje de lo oscuro, del designio violento, de la sangre que se derrama, nudo que amenaza en su destrenzarse con disolver lo pactado. Edipo ha matado al padre desconocido, y con ello ha asumido su tránsito por la vida, que poco o mucho ha sido sellado bajo el designio de lo proscrito; otra ley regirá su voluntad, no la
de los montes ni la arrinconada dentro de las murallas, pues el nacimiento de una ciudad ocurre en el centro de la desmesura, en el hontanar del desierto donde el sol del mediodía arrecia con su sed la cordura, en el terregal inmisericorde, eso sin límite que habrá de anidar hasta encontrar la mesura y lo justo. Lo cierto es que sus ojos estaban cegados por el destello de la transparencia; creía poder huir de la fatalidad, pero bien sabido es que su lazo, una vez desatada la punta de la madeja, no es un bien esquivo. Otros lenguajes terribles habrá de aprender: el del siseo de la esfinge, el del amor que regresa a su oscurísimo origen, el de la peste y la inmolación, el del exilio y la guerra… Estos otros lenguajes que se arruman en la boca hasta recibirse, llegado al límite del despojo, un último, el de la reconciliación, cuya hermosura desgarra y sana, vincula y aleja…, quizá su legado
más preciado sea este don de la palabra que se anhela en la más alta noche de la angustia, esa fractura que muestra que todo pensar nace irremediablemente herido. Todo hombre llevará dentro de sí el trazo de Edipo. Todo hombre, al igual que él, habrá de andar para librar el precipicio hacia el cual el canto de los “demonios del mediodía” encamina, que no canto de sirenas en el abandono del mar, sino el propio del sol que revela en su fulgor la visión de lo que habita en lo más recóndito; eso oculto que lleva a la confusión de creer que es posible ser dueño de otra vida de forma descarnada, porque dueño de otro no hay alguien, aunque sí recaiga sobre cada uno el reconocerlo en su singularidad. Solo en ello será posible el envés distinto al matojo de la ira, de lo contrario, el mal delirio no cesará de empuñar su cizaña y la sangre no dejará de clamar en su sed infinita.
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Almanaque de las letras Mueren Tom Petty y Daniel Viglietti
Kazuo Ishiguro, Nobel de Literatura 2017
Rubén Martínez Cisneros
Septiembre 1
El inai exigió a la sep atender una solicitud de información en ch’ol, lo cual sienta un precedente de acceso a la información de las comunidades indígenas y rurales de la zona norte de Chiapas.
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La poeta y compositora estadounidense Patti Smith se presentó en la Casa del Lago, donde prodigó poesía y música a los asistentes. Xavier Quirarte escribió en el diario Milenio: “Smith llama la atención de los jóvenes por su espíritu contestatario y su proclama, contenida en su canción-emblema de que la gente tiene el poder”.
El escritor francés Emmanuel Carrère, autor de El adversario, Una novela rusa, De vidas ajenas, entre otras, obtuvo el Premio fil Literatura en Lenguas Romances 2017, el cual se le entregará en la ceremonia de inauguración de la fil de Guadalajara, a desarrollarse del 25 de noviembre al 3 de diciembre, y consiste en 150 000 dólares. “Estoy honrado, agradezco al jurado que me haya agregado a esta lista ya larga de ganadores. Voy a soñar con el viaje a México para recibir el premio”, señaló el galardonado.
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3
El gasto en publicidad del gobierno federal de 2003 a la fecha es de 37 000 millones de pesos, según el informe elaborado por Fundar. El presidente Peña Nieto se lleva las palmas como el mandatario que más recursos económicos destina a la difusión de su mandato.Televisa y TV Azteca, por supuesto, son los medios que más se han beneficiado. El portal Sin Embargo señala: “En cuatro años, la administración de Peña Nieto incrementó 31.21% su gasto en anuncios de medios de comunicación: pasó de los 8 154 millones de pesos en 2013 a los 10 699 millones en 2016. De continuar esta tendencia, Peña Nieto ejercerá un monto cercano a los 60 000 millones de pesos en este rubro al final de su administración”.
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El periodista Mardonio Carballo denunció el allanamiento de su casa y oficina después de percatarse que el cable telefónico fuera trozado en tres partes. El escritor nahua se pregunta: “¿Quién corta un cable en tres partes y las deja ahí, tiradas? ¿Cuál es el mensaje? ¿A quién convendría hacernos daño en este río revuelto en que se ha convertido nuestro país?”. Cabe señalar que el periodista ha encabezado y participado en diversas luchas por la defensa de los pueblos indígenas en México.
Un sismo de magnitud 8.2, registrado en Oaxaca, afectó en este estado y en Chiapas 110 000 inmuebles, además de devastar el poblado de Juchitán. Suman cien muertos entre estas dos entidades y Tabasco. El terremoto sacudió con violencia también el centro del país, pero lo peor vendría 12 días después. • El coordinador de Difusión Cultural de la unam, Jorge Volpi, anunció la renovación de la Revista de la Universidad de México, Radio unam y tv unam: “Es la primera ocasión en que los tres canales universitarios trabajarán de manera conjunta y coordinada, con lo que habrá una eficiencia de recursos, así como aprovechamiento de esas plataformas y las digitales”. • El ensayista Geney Beltrán Félix es el nuevo encargado de la Coordinación Nacional de Literatura del inba en sustitución de Mauricio Montiel. • El compositor y cantante Gabino Palomares presentó su libro Cien canciones de amor y patria, editado por Pluralia: “No me considero un gran músico; soy un juglar, un corridista de la Revolución, es mi herencia. Soy un letrista de canciones que hablan de la realidad, sin la obsesión de hablar de política, de una manera clara, sencilla de memorizar, porque la canción de protesta se canta en situaciones que no son de artista, hay que hacerlo a viva voz porque la adrenalina está en el aire. Creo que lo he logrado”.
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Septiembre 9
Falleció el pintor Fernando de Szyszlo, a los 92 años, a causa de un accidente en San Isidro, Perú, su país natal; también perdió la vida su esposa Liliana Yábar. Szyszlo es considerado uno de los grandes exponentes del arte abstracto en Latinoamérica, publicó sus memorias bajo el título La vida sin dueño. • El cineasta Guillermo del Toro es el primer mexicano en obtener el León de Oro, en Venecia, por su película La forma del agua, “ambientada en plena Guerra Fría, se centra en la historia de una limpiadora muda, interpretada por la británica Sally Hawkins, quien conoce a una extraña criatura, un hombre pez, con el que consigue conectar de forma especial”.
En 1917 nació, en Piedras Negras, Coahuila, Armando Jiménez, autor del libro Picardía mexicana. Para conmemorar los cien años del nacimiento del conocido Gallito Inglés, la Editorial RM pondrá a la venta una edición facsimilar del memorable libro, acerca del cual el filósofo Jorge Portilla escribió: “Una compilación metódica y sistemática de este lenguaje en México es lo que ha hecho aquí Jiménez. Compilación tan difícil y laboriosa de reunir como de presentar…” • Como un merecido homenaje al actor Ignacio López Tarso, el teatro Guadalajara llevará su nombre.
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El historiador Álvaro Matute falleció a los 74 años de edad. Premio Nacional de Ciencias y Artes, fue también miembro de la Academia de Historia, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la unam. Entre sus libros se encuentran Antología de las fuentes e interpretaciones históricas y La teoría de la historia en México.
El arquitecto Alberto Kalach, creador de la Biblioteca Vasconcelos, recibió el Premio Firenze Entremuros como el mejor exponente de esa disciplina en el año.
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El cuerpo sin vida del cineasta Carlos Muñoz Portal, de 37 años, fue hallado con varios balazos dentro de su coche en los límites del Estado de México con Hidalgo, donde fotografiaba imágenes para la serie Narcos, de Netflix. Muñoz Portal participó en películas como No se aceptan devoluciones, La leyenda del Zorro, Rápidos y furiosos, entre otras.
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Un terremoto de magnitud 7.1, con epicentro a 12 kilómetros del poblado de Axochiapan, Morelos, en los límites con Puebla, y a 120 kilómetros de la Ciudad de México, sacudió de nuevo al país. Perdieron la vida 360 personas. Se vieron afectados 1 000 templos, 12 000 escuelas dañadas, 150 000 casas con daños parciales y 250 000 mexicanos perdieron su vivienda.
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El director del diario El Sol de Nayarit, Hugo Daniel Rodríguez Corrales, fue agredido por elementos policiacos de la Fiscalía General de la entidad y su teléfono celular arrebatado cuando narraba el ataque con arma de alto calibre a la sede de la Policía Federal en el que murió Ricardo Salazar Velasco, hermano del jefe policiaco local Francisco Salazar.
El científico René Drucker Colín falleció a los 80 años de edad. Se desempeñaba como secretario de Ciencia, Tecnología e Innovación en la Ciudad de México. Estudió psicología en la unam, donde realizó las primeras investigaciones sobre los péptidos neuroactivos en la regulación del sueño. Desarrolló una amplia carrera científica en materia de fisiología y neurobiología. • De acuerdo con la agencia de noticias afp, el Diario de Ana Frank se publicará en formato de cómic en unos 50 países, según lo dio a conocer la editorial francesa Calmann‑Lévy. Mario Vargas Llosa presentó su libro Conversaciones en Pricenton, donde da cuenta del curso ofrecido en esa universidad. “Solo la buena literatura enseña las posibilidades de la lengua; la lengua de las redes sociales niega la literatura”, y agregó: “La sociedad del futuro no va a ser nada envidiable y ejemplar; puede ser floreciente en tecnologías, pero invivible para alguien con sensibilidad y cierta cultura”. Calificó de “caricatura de la lengua” el lenguaje utilizado en las redes sociales.
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• El escritor Stephen King cumplió 70 años. En este día declaró: “Uno esparce la semilla y a veces lo cosecha todo junto y eso es maravilloso. Este es mi año de suerte, ¡qué puedo decir!”. Ha vendido 400 millones de ejemplares de sus obras, entre las que figuran El resplandor, Carrie, El bazar de los malos sueños, Cementerio de animales, Cazador de sueños, y muchas más, de las que ha declarado: “Mis libros son el equivalente literario a una Big Mac con una ración grande de papas”. Sus libros se han traducido a 50 idiomas y han sido adaptados a películas.
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Septiembre 23
Un día como hoy de 1917 nació en Tulancingo, Hidalgo, Rodolfo Guzmán Huerta, mejor conocido como el Santo, el Enmascarado de Plata. Debutó en el pancracio el 28 de julio de 1934 en la arena Peralvillo Cozumel con su nombre original, posteriormente se hizo llamar “Rudy Guzmán”. Filmó 54 películas, algunas consideradas de culto. Se despidió del encordado el 12 de septiembre de 1982. Murió el 5 de febrero de 1984.
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El diario La Opinión, de Torreón, Coahuila, fundado por don Rosendo Guerra, cumplió 100 años de haber salido a la luz pública y es considerado como el decano de los matutinos en el norte de México. Hoy forma parte del Grupo Milenio, después de adquirirlo el 18 de mayo de 1993. • La titular de la Secretaría de Cultura, María Cristina García Cepeda, declaró que fueron afectados 1 500 inmuebles históricos y su restauración será de alrededor de 8 000 millones de pesos. • Hugh Hefner, fundador de la revista Playboy en 1953, murió a los 91 años de edad por causas naturales. Fue el creador de una empresa que aglutinaba bares, hoteles y un canal de televisión. Por sus páginas pasaron Vladimir Nabokov, James Baldwin y Alex Haley, entre otros, y fueron entrevistados Miles Davis, Martín Luther King, Marlon Brando, John Lennon… • El guión de la película Desayuno en Tiffany ’s, basado en la novela de Truman Capote, se vendió en 846 000 dólares en la subasta de la colección de la actriz Audrey Hepburn, que tuvo lugar en Londres. En el guión, las partes de su personaje, Holly Golightly, estaban subrayadas y anotadas a mano para darles énfasis.
Octubre 1
La Universidad Autónoma Metropolitana tuvo a bien adquirir la casa que habitara Leonora Carrington en la colonia Roma de la Ciudad de México durante 70 años, con la finalidad de albergar ahí la Casa Museo de la pintora. Se tiene contemplada la inauguración para el 6 de abril de 2018.
3
El Premio de Dramaturgia Joven Vicente Leñero recayó en Estefanía Ahumada por La gota y el mar. El galardón es otorgado por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.
4
2
Falleció la actriz Evangelina Elizondo a los 88 años de edad; trabajó en más de 70 películas en la época dorada del cine mexicano. • Muere el guitarrista y compositor estadounidense Tom Petty a los 66 años, en California. Líder de The Heartbreakers y cofundador de esa banda insólita denominada The Traveling Wilburys al lado de Bob Dylan, Roy Orbison, Jeff Lyne y George Harrison.
La casa que habitara Luis Buñuel desde 1952 hasta su fallecimiento en 1983, ubicada en la colonia Del Valle de la Ciudad de México, fue adquirida por el gobierno español y entregada en comodato a la Federación Iberoamericana de Academias de Cine y la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, con la finalidad de ser un “espacio de difusión, fomento y enseñanza de las artes y ciencias cinematográficas”, y en breve se programarán talleres, seminarios, proyección de filmes y actividades dedicadas a estudiantes y público interesado en el séptimo arte, de acuerdo con la Secretaría de Cultura.
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El escritor británico, nacido en Japón, Kazuo Ishiguro (1954) fue galardonado con el Nobel de Literatura 2017. Es autor de las novelas Los restos del día, Los inconsolables y Cuando fuimos huérfanos, entre otros libros. Sara Danius, secretaria de la Academia Sueca, destacó: “Es un escritor de una gran integridad que no se anda por las ramas y que ha desarrollado un universo estético propio”.
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Octubre 22
A finales del año pasado salió a la luz una edición facsimilar con los 15 ejemplares de la revista El Machete (1980-1981), perteneciente al pcm y dirigida por Roger Bartra. El facsímil tiene un costo de 1 500 pesos. Ahora se publica el número extraordinario 16 de la legendaria revista.
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Dio inicio la segunda edición de Foto México en el Centro de la Imagen. Elena Navarro, directora del evento, expresó: “La idea es presentar fotografía de todas partes del mundo; hay imágenes de Asia, África, Europa, América... Nos interesan esas otras visiones del mundo a través de la foto, ya que creemos que es una herramienta fundamental para transmitir ideas y para contar historias en un momento tan turbulento como el que estamos atravesando. Mirar hacia otros lugares nos abre los ojos y nos abre el corazón”.
23
Columba Vértiz de la Fuente, reportera del semanario Proceso, fue merecedora del Premio Guerrero al Mérito Periodístico Cinematográfico Joaquín Rodríguez, otorgado por la Red Mexicana de Periodistas Cinematográficos. El reconocimiento fue entregado en el marco del Festival de Cine de Morelia.
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Los negativos, publicaciones y documentos del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo están inscritos en el Registro Internacional Memoria del Mundo de la unesco, ya que es considerado “el mayor representante de la fotografía latinoamericana del siglo xx”. • El compositor y cantante Daniel Viglietti murió a la edad de 78 años en Montevideo, Uruguay, de donde era originario. Como resultado de sus canciones de protesta se vio obligado a dejar su país durante la dictadura cívico-militar (1973-1985). Musicalizó poemas de César Vallejo, Nicolás Guillén, Rafael Alberti y Federico García Lorca, entre otros.
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Con el libro de cuentos El estado natural de las cosas, editado por Caballo de Troya en 2016, el escritor español Alejandro Morellón obtuvo el Premio Hispanoamericano de la IV edición del cuento Gabriel García Márquez que otorga el gobierno de Colombia y está dotado de 100 000 dólares.
Otoño de 2017
Días terrenales Cosme Lavariega
Q
uiso el azar que en la conmemoración de un día trágico, previo a un simulacro de alerta sísmica, viniera, horas después, otro hecho igual. Surgió nuevamente la solidaridad y, a la par, la simulación, la ineptitud, la incapacidad para resolver problemas de un gobierno que para eso está, supuestamente. La televisión, de nuevo, creó un personaje fantasma: una “Frida” que no existió, y otra vez centró su atención solo en un punto referencial: un
colegio, como si los demás sitios colapsados no existieran y no estuvieran envueltos en el dolor, igual que durante el sismo de 1985, cuando para la pantalla mediática únicamente era Plácido Domingo y el edificio Nuevo León; los demás dolientes no existían por obra y gracia de la tele, aunque el Parque del Seguro Social estuviera atestado de cadáveres, seres anónimos a los que sorprendió la muerte. Otra vez Televisa al servicio del hombre de Los Pinos.
Es en esos momentos cuando se extraña un espacio público de opinión que no esté ceñido a los intereses perversos del poder en turno. Es ahí cuando la pluralidad de voces de una revista cultural permite apreciar el México real, y las distintas visiones sobre un acontecimiento tan complejo: un temblor que cimbra la tierra como un castillo periodístico de cartas puede tirar poderes ceñidos con ligereza a una democracia que dice pautar. Por eso, enhorabuena la llegada de las nuevas Transgresiones que, como su nombre lo indica, debe desafiar y proponer una visión distinta en la cultura del mundo. Bienvenida, Transgresiones, en estos incipientes días de otoño de 2017.
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Súbito arrebato
Me moría de ceros
Víctor Roura
S
i él no llamaba, ella tampoco lo hacía. Cuando se veían, ella se dejaba amar, pero no lo complacía en lo que él pidiera. Estaban acostados, nada más, después de caer exhaustos, más él que ella. Y no dormía, ella. Toda la noche hablaba de diversos asuntos, nunca de amores ni de lujuria. Y, amaneciendo, ella se metía al baño a ducharse y se retiraba, enojada las más de las veces. Y él la llamaba luego para preguntar por las razones del encono. “Así soy yo, ya sabes”, argumentaba ella, “pero ya no lo estoy”, y reía de cualquier tontería. “Tal vez la próxima vez pueda hacerte ahora sí lo que tú quieras”, decía ella. Pasado
Dibujo de Mariana Salido.
un mes o dos, él volvía a llamar. Y se amaban de nuevo para volver a quedar exhaustos, más él que ella. Siempre la promesa quedaba pendiente. Y no dormía, ella. Toda la noche hablaba de diversas cosas, nunca de amores ni de lujuria. Y, amaneciendo, ella se duchaba para irse, enojada nuevamente, como las más de las veces. Y él llamaba, luego, para preguntar por las razones del encono. Así, una y otra vez, durante aproximadamente un lustro, hasta que un día ella le pidió que no la llamara nunca más, cosa que él hizo sin saber, jamás, el argumento del acalorado arrebato femenino.
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La utilidad de la poesía
Piedra angular o piedra de toque Sergio Vicario
Para que la poesía sea, tiene que ser nombrada o representada y entendida como tal…
C
on el propósito de hacer una analogía entre las piedras y la poesía, me referiré primero a aquellas. En el entendido de que es poco común, la piedra angular, se dice, es la más importante o significativa, porque es o será la base de donde habrá de partir la construcción misma en una arquería o una pirámide, por ejemplo. La piedra de toque, por su parte, es empleada por los joyeros para verificar la pureza del oro, pues con esta se raya el metal y luego se agrega un ácido a las marcas hechas; si conserva su mismo color es metal puro; si no, es una aleación. Estas piedras tienen, pues, una utilidad práctica para la construcción y la joyería. Refiriéndome a la poesía, a diferencia de las piedras, no tiene una utilidad práctica en lo material, sí en cambio en lo concerniente a lo ideal o lo espiritual (si conferimos a la naturaleza del pensamiento esta condición), situación que la poesía comparte con la filosofía: las razones del pensamiento. La poesía, a través del poema, constituye una forma manifiesta de la reflexión y de las posibilidades del pensamiento: es pregunta y respuesta; afirmación, negación de las cosas o sentencia; es sensibilidad, gusto e imaginación, y es, al igual que la filosofía, un modo de acceder al conocimiento o de proponerlo de forma distinta.
¿Es esto importante? Desde luego, si bien no dice nada nuevo a quienes son avezados en literatura y poesía, sí en cambio a quienes no han tenido la oportunidad de acercarse al valor intrínseco del poema y su posibilidad de desnudar la propia vida para contemplarla, comprenderla, o tal vez negarla. Antes de ahondar en una analogía entre estas dos piedras y la poesía, quizá convenga reparar un poco en lo que es o no es la poesía: la poesía (no el poema) está contenida en la vida misma, en todo cuanto nos rodea: seres, cosas, objetos, paisajes o el universo. Y también está en aquello que a simple vista no percibimos pero llegamos a sentir, como el amor, la muerte, Dios (aun si no se es creyente), el misterio, la enfermedad o la condición atómica y molecular de las cosas. ¿Es entonces la poesía la existencia misma? No, no lo es. Es su correspondencia. Está y no está en ella, aparece. No aparece por espontaneidad propia, es necesaria la participación del humano, porque sin este, sin nosotros, la existencia misma carecería de sentido. Sucedería sin nosotros, es cierto, pero
“Un verso no es la poesía, pero puede contenerla”
la única manera de que cobre sentido es en cuanto sucede y en relación con el ser humano y su entorno, porque la vida, como la poesía, se piensa, se comprende o se percibe y se transforma. De otra manera la existencia nos es ajena, solo es y sería. Como en el caso de los mundos subacuáticos o las tierras aún inexploradas, donde no aparece la mano del hombre y la vida es ignota e innombrada. Porque para que la poesía sea, tiene que ser nombrada o representada y entendida como tal. Y esto, sin el lenguaje (visual, gráfico, sonoro) simplemente es imposible que suceda. Luego así, la poesía es algo que se percibe y se entiende por efecto del ser humano, por su capacidad descriptiva y creativa; porque altera el orden natural de las cosas. Porque interpreta a la naturaleza dotándola de uno o varios nuevos significados. La aparición Hablamos de poesía para señalar no solo el conjunto de poemas, que también es poesía, sino para designar la cualidad profunda o el “superlativo” de lo poético. Ya hemos dicho que la poesía está y no está, que aparece. Podemos agregar que es y no es. Como ejemplo, una piedra no es poesía, pero si trato a la piedra como el cuerpo de tiempo contenido, ya le confiero un tono poético. Y si le
66 agrego: sueño de estrellas que amanece en silencio… Quedaría algo así: Piedra: sueño de estrellas que amanece en silencio en un cuerpo de tiempo contenido Tal vez (y así lo desearía) he atraído un poco de la poesía, pero un verso no es la poesía, aunque puede contenerla. La poesía es la visión que se comparte y que describe la transmutación de la naturaleza simple o compleja de las cosas. Es decir, el hecho común, la cosa común, deja de ser y se transforma, ya sea a través de la escritura (como en este caso), de la pintura, la música, la escultura o tan solo en una expresión del habla. Quién no ha dicho o compartido su asombro ante una noche estrellada y exclamado: ¡Qué bello es! Luego entonces pudiéramos rematar que la noche canta su poesía. Si algo decimos que contiene o no poesía, ¿qué la distingue? Antes bien, hay que recordar que el lenguaje (producto de lo humano) es limitado, y solo genera una equivalencia culturalmente aceptada de la realidad que nombra. Así, si digo que algo es rojo, por ejemplo en el siguiente verso: tu rojo silencio ata mis recuerdos… Es claro que el silencio no es rojo. Literalmente no lo es, pero lo es en el sentido metafórico; y eso es parte de la poesía. La poesía como una metáfora de la vida. Hay quien asegura que es inexplicable. Sin duda presenta dificultad explicarla, porque hasta cierto punto es inasible. Lo que para unos es poético, para otros no. Como en el caso del verso sobre la piedra. Para unos simplemente es una piedra, lo otro una invención que pretende ser literaria. Si no podemos definirla es absurdo, puesto que se ha escrito mucho sobre ella. Así pues, nos acercamos a su definición; mejor dicho, nos aproximamos a definirla, pero no a sujetarla como tal, ya que bulle, es abstracción, idea, sinónimo de una inmensidad y una particularidad comprendida. ¿Qué es? Un cuerno de la luna toro. Una representación que se comparte de las cosas que llaman nuestra atención.
Pero regresemos al asunto de las piedras para aproximarnos de otra manera a su constante e inacabada definición (de la poesía, claro está): Piedra angular: el poema construye un discurso. Un verso, entonces, puede erigir el propósito de un poema. Mas el poema o el conjunto de poemas erige desde su base el discurso de la poesía. Más aún, por la Poesía y no solo por aquella contenida en la literatura, sino por toda la Poesía (en mayúscula) es que se erige la conciencia. La Poesía es piedra angular de nuestra civilización, sin ella no habría posibilidad para la vida, no al menos como la conocemos, porque la poesía sensibiliza, recrea, representa y sublima la trágica o doliente condición de las personas. El nombramiento La poesía es la que confiere al arte (y que a su vez el arte se lo devuelve a ella) su delicada esencia que cautiva, que embelesa, que enseña. Sin la piedra angular de la poesía, nuestra historia, como el universo humano en su conjunto, no sería más que un universo vacío, mecánico, poblado de seres “insensibles” que solo lucharían agresivamente por su supervivencia. Piedra de toque: la poesía erosiona la vida, la desgasta, la talla, la verifica y la comprueba. Es una obra que toca el pulso de los seres y las cosas, aprehendiéndolas, desarticulándolas para transformarlas y reconstruirlas. Por ella se cobra conciencia, se ensalza e intensifica nuestra condición de seres animados por el pensamiento, separados de la mera condición animal, salvo lamentables excepciones. Sabemos que la vida se aborda en unos cuantos temas y sus particularidades; es por el poema que nos atrevemos a recrear sobre estos temas; así, por ejemplo, la relación humana, el amor o
la soledad son constantes en la recreación poética. Entonces, el poema enfrenta la experiencia conocida, lo antes dicho o las referencias y significados de lo vivido, de lo que se ha experimentado: lo nombra y lo renombra para ahondar en su aparente naturaleza. Piedra de toque, el poema raspa la materia existencial, visible o no. Confronta lo conocido y aun lo desconocido, su sensación plena en nuestra existencia; comprueba su pureza o su aleación; es la metáfora que desnuda los cuerpos negando su anterior esencia y descubriendo otra; la naturaleza no es tal, se ha reinventado o se ha descubierto como esencialmente también puede ser. Mas los poetas no se conforman con lo antes dicho. ¿En qué consiste la variación? ¿Cuántas metáforas puede soportar la vida? Y no solo es eso, también es el tono que matiza lo dicho, el sentimiento o la emoción que subyace en el artífice de su poema. Así pues, cada autor porta un bagaje cultural e idiomático, una forma de escribir y pensar el mundo, y si bien hay coincidencias y semejanzas, es claro que cada obra guarda un signo de identidad único y personal que se comparte. El tema es el mismo, cambia la percepción, la forma de abordarlo, la intención o el motivo de hacerlo. ¿Qué anima al poeta a hacerlo? ¿La visión de otra realidad, su deseo, una queja, el malestar, el gozo, la búsqueda, el hallazgo? ¿Una pregunta, el dolor, la obsesión de una idea, el recuerdo de lo vivido, su niñez, el juego, el erotismo, la angustia, el temor a la muerte, la naturaleza y sus seres vivos, su cultura o la influencia artística? ¿O lo anima la superficialidad y la autocomplacencia, la necesidad de expresarse para reconocerse o para liberarse, es catarsis o reencuentro?
“¿Es entonces la poesía la existencia misma? No, no lo es. Es su correspondencia. Está y no está en ella, aparece”
67 Pienso que todas estas posibilidades pueden tener su ocasión en el ánimo del poeta, así como también un modo de ocuparse en el tiempo para reafirmar su certeza de lo vivo. Pienso en la pregunta que se hace el poeta Saúl Ibargoyen: ¿de qué hablamos cuando hablamos de poesía? Porque hay más poesía de la que comprendemos o conocemos. La liberación A la pregunta de que si algo contiene o no poesía y qué la distingue, agregaría que la poesía está y no está, lo que la distingue es por quien la recibe. También he dicho que el poeta es un visionario, porque comprende la doble acepción del término. Es un visionario en cuanto ha sopesado el tiempo de lo que ha vivido, de lo que fue y lo que es, y conforma una visión posible de las cosas: lo que podría ser. Además, es visionario en cuanto observa la realidad y la desarticula, mira las cosas de otro modo, tiene visiones que conllevan a formas distintas, abstractas, superpuestas y extrañas. Es, de cierta manera, una alteración de la conciencia, pero es también la alteración de las cosas que promueve la misma conciencia ya formada. El poeta tiene visiones que, sin ser reales, profundizan en la misma experiencia de lo real, es absurdo e imaginativo; juego lúdico, fantasía, quimera, aparición y subjetividad. Silencio. Verdad y mentira. La poesía es, sin duda, una creación humana, mas no le pertenece, no puede apropiarse de esta porque está en relación con su existencia. Por supuesto, no todos la comparten o siquiera la disfrutan, aun cuando estén dotados para hacerlo; pesa más la materia y el temor que la ruptura de las formas en pos de la libertad; el poeta es, en cierto modo, un libertador. ¿Qué libera si ata versos y metáforas? Libera nuestra conciencia, expone nuestros dilemas, expropia nuestros deseos, es artífice y seductor, enigma y claridad en lo precario de nuestro espacio cotidiano.
CronoGrafías
Y, de nuevo: 1967... José de Jesús Sampedro
C
uando el etéreo o férreo Verano del Amor (Summer of Love, para inferir decirlo quizá ateniéndome a su acepción de origen) empezaba o casi apenas a metamorfosearse en Historia, y entre Haight y Ashbury, y entre la contigua superficie cuádruple que aún ahora mismo comparten la Oak Street y el Cole Valley y/o etcétera, el petrífico movimiento hippie empezaba o casi apenas a metamorfosearse en Historia (sinonimia: en Confluida Intuida Historia), y la alusiva euritmia del San Francisco este de John Phillips, de Scott McKenzie, resonaba y explayaba e inflamaba y resonaba, yo me preveía cumpliendo solo (junio, en noviembre) mis diecisiete, y una incierta especie toda de felicidad ineludiblemente también hendía en mi sinuosa alma una incierta especie toda de infelicidad al saberme solo próximo a un futuro donde conspicuos ángeles (y/o demonios, como en el canonista epítome de las circunstancias) habrían o de instaurarme o de develarme en mi adulto status y habrían de ofrendarme luego al malestar, al mausoleo. (Afloro. Remito incluso aquí a Quien Lee a una rarisisísima pop song de los Classics IV, “Traces”, cuyo específico arpegio no refiere sino la mustia pena de un Yo ante el transcurso impropio y propio del Tiempo, virtual proscenio que exhumó mi mustia pena real ante el transcurso impropio y propio del Tiempo, y ello obviando que su intérprete, Dennis Yost, tenía en la Tibia Época veinticuatro años, aunque tenía sesenta y cuatro años excluidos, incluidos en la mesura explícita en
“Traces”.) Permítaseme inferir decirlo que mi venidero adulto complementariamente me aseguraba entonces o lo hosco o el tedio de un común sistema cívico fundamentado a extremo, al límite, en un racionalismo judío y cristiano (y/o pragmático: congraciador del rudo gravamen monetario), e instintivo y/o aristotélico, a semejanza y facha del torvo prohombre, del fútil juez, del portapaz, del testaferro, compuesta Amorfia que mi inexperiencia en tránsito reducía, en síntesis, a lo Incógnito. El ayer hoy, e inmune e inscripto. Y remonto al párrafo de la alusiva euritmia del San Francisco este de John Phillips, de Scott McKenzie, al del Verano, al ázoe del movimiento hippie, porque (y no obstante o en balde y ripio mi cruel ahínco) urdía allí también la música esta de los jardines de la contemporánea estirpe otra de Babilonia (rememórese o “Ruby Tuesday” o “Georgy Girl” o el Disraeli Gears o el Mellow Yellow, y Quien Lee podrá acaso ejemplificarlo), y su insoluble hipálage era eufórica y era eclíptica y era aórtica y era artúrica y/o hermética y/o cartomántica, y me alegorizaba ironizándome y viceversa, y me ironizaba alegorizándome y viceversa, y al hacerlo me metamorfoseaba en Historia, y (de improviso, intrigo) el Mundo de Humo entra a mi Barrio de Humo y el bienaventurado Human Be-In acaece justo a unas cuantas cuadras de la paterna casa en que escribo y desde la séame ventana de mi habitación veo a Abbie Hoffman que cruza y a Ken Kesey, y pienso. Y pienso: “Y la luna”.
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A diez años de la muerte de Otto-Raúl González
“Las c óleras de la Naturaleza son color gaorín” Víctor Roura
Hace una década, el 23 de junio de 2007, murió en la Ciudad de México el poeta OttoRaúl González (Guatemala, 1921), que adoptó nuestro país como su hogar definitivo. En su bibliografía distinguimos un volumen ya clásico de la poesía arrojada y sutil: Diez colores nuevos, que lo catalogó, desde un principio, como un poeta de altura insospechada. No olvidamos su permanente buen humor ni su figura modesta de escritor en constante creación. Dice el poeta Otto-Raúl González que “todos sabemos que el soneto es de origen italiano, hijo del Renacimiento; que sus creadores fueron Francesco Petrarca (1304-1374) y Dante Alighieri (12651321); que lo introdujeron al castellano Juan Boscán y Garcilaso de la Vega, que luego se diseminó y prosperó en otras lenguas y que consta de 14 versos endecasílabos distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos”. En su Arte y técnica del soneto (Instituto Cultural de Aguascalientes, 2001), manual (iba a poner en el cual, pero la pavorosa rima sería seguramente reprobada por el buen Otto-Raúl, así que mejor elijo otra opción, continuando mi exposición, decía que dicho manual...) donde acaso la única debilidad es la incorporación, larga incorporación, de un artículo —¡publicado en 1948!— del chileno Antonio de Undurraga, quien acota —¡ya desde mediados del siglo pasado!— que, vaya tontería, el soneto ha caducado. Por supuesto, haya sido De Undurraga o quien fuera, la afirmación es, como dice OttoRaúl González, una pasmosa sandez. ¿Para qué, entonces, reproducir la sarta de despropósitos de quien, aun siendo poeta como lo es el tal De Undurraga, la sensibilidad poética se le ha fugado ya de las venas? Fuera de estas innecesarias cinco páginas, de las escasas 94 que posee el libro, el manual transcurre límpido, sin tropiezos, incluso con básica profundidad y, sobre todo, alegremente juguetón.
“Un soneto me manda hacer Violante / que en mi vida me he visto en tanto aprieto”, dijo Lope de Vega (1562-1635). Y a partir de aquellos años, enfatiza Otto-Raúl González, “muchos han sido los poetas de lengua castellana que han escuchado el mandato de Violante, y naturalmente que se han visto en aprietos. Cinco siglos después, el soneto sigue estando incólume e inamovible como un arrecife, cuya cúspide todos quieren alcanzar, pero no son muchos los que lo logran. Desde las playas soleadas de los clásicos españoles llegó a la América Latina sobre el lomo huidizo de los mares. En México, quien primero los puso en circulación fue Sor Juana Inés de la Cruz”.
Soneto Aunque es clara del cielo la luz pura, clara la luna y claras las estrellas, y claras las efímeras centellas que el aire eleva y el incendio apura, aunque es el rayo claro, cuya dura producción cuesta al viento mil querellas, y el relámpago que hizo de sus huellas medrosa luz en la tiniebla oscura; todo el conocimiento torpe humano se estuvo oscuro sin que las mortales plumas pudiesen ser, con vuelo ufano, Ícaros de discursos racionales, hasta que el tuyo, Eusebio soberano, les dio luz a las luces celestiales.
“El color gaorín caracteriza/ la luz que esplenden los veranos indios,/ por eso son las gaorinas uvas/ las que producen los mejores vinos”
69 De todos los poetas “son conocidos el oficio que requiere y las dificultades que opone para alcanzarlo”. Se ha dicho que el soneto clásico “debe abrirse con llave de plata y cerrarse con llave de oro porque su contenido debe ser unitario. Su forma es muy difícil ya que, independiente del metro y de la rima, existe en su composición una estructura que respetar: el primer cuarteto presenta un tema, el segundo lo desarrolla; el primer terceto hace una consideración acerca de los cuartetos que le preceden y el último terceto cierra el pensamiento”. Cuando Otto-Raúl González piensa en sonetistas piensa, primero, en Miguel Hernández (1910-1942), “quien vino a darle nueva vida y donosura al soneto clásico, le dio renovado ímpetu y más altura; renovó su contenido ya un poco viciado y oxidado; gran maestro del soneto, le dio a este molde clásico sencillez, limpieza y frescura, convirtiéndolo en ‘la región más transparente’ de la poesía: claras y agudas metáforas, rimas perfectas, delicadas y certeras anáforas”. Y nos pone un excepcional ejemplo del poeta español: Te me mueres de casta y de sencilla: estoy convicto, amor, estoy confeso de que, raptor intrépido de un beso, yo te libé la flor de la mejilla. Yo te libé la flor de la mejilla, y desde aquella gloria, aquel suceso, tu mejilla, de escrúpulo y de peso, se te cae deshojada y amarilla. El fantasma del beso delincuente el pómulo te tiene perseguido, cada vez más potente, negro y grande. Y sin dormir estás, celosamente, vigilando mi boca ¡con qué cuido! para que no se vicie y se desmande. Durante el llamado Siglo de Oro español, Boscán (1492-1542) y Garcilaso de la Vega (¿1494 o 1503?-¿1536?) “ejercieron una influencia directa en muchos sonetistas. Con ellos arranca la historia del soneto en España. El enorme corpus de miles de sonetos que se escribieron y que se publicaron en el Siglo de Oro (Lope de Vega
“Quiero columpiarme en un mecate / quiero redondas de maíz tortillas / quiero aguas frescas, de aguamiel jamillas / quiero dormirme encima de un petate” solo escribió casi 1 600, según el catálogo de Otto Jörder) no únicamente constituye una sola masa informe, sino que se estructura de acuerdo con múltiples subtradiciones sintácticas y temáticas que se entrecruzan”. Dice Otto-Raúl González que publicar una edición de sonetos era un acto de lujo; “se dedicaba normalmente a un noble que pudiera recompensar los gastos de imprenta. Solo un Lope de Vega ganaría dinero, además de prestigio personal, publicando sus Versos humanos y divinos con la ayuda de libreros capitalistas; un noble como Quevedo (1580-1645) regalaba sonetos en vida, dejando a sus herederos las eventuales ediciones póstumas. Entonces, como ahora, los sonetos no eran tanto mercancía vendible como artículos de lujo que podían aportar más prestigio que dinero a sus autores”. El propio Otto-Raúl comprobó esta cruel indiferencia al hacer publicar un anuncio en las páginas de un suplemento cultural que decía lo siguiente: “Se zurcen sonetos a domicilio. Discreción absoluta”, cuyo resultado fue lamentable. “Mi buena voluntad —dice el poeta que radicó en México a partir de 1954— naufragó irremediablemente”. Aparte de proporcionarnos las estructuras de estos 14 “fémures” poéticos, como los llama Otto-Raúl González (entre los que destacan los endecasílabos yámbicos y sáficos y los dactílicos o anapésticos y los provenzales), también nos hace una clasificación rigurosa de los cuartetos y los tercetos (denominados, aquellos, de la quaderna vía, redondillas y serventesios o cruzados o las diversas combinaciones de estos en sus rimas finales). Refiere también de las astucias poéticas, como la utilizada por el nicaragüense Rubén
Darío (1867-1916) en un poema dedicado a su esposa Francisca: Seguramente Dios te ha conducido para regar el árbol de mi fe hacia la fuente de noche y de olvido, Francisca Sánchez, acompáñame. El último verso, obviamente, a diferencia de los otros tres —perfectas líneas de 11 sílabas— no era endecasílabo. “Ese verso —dice Otto-Raúl González— tenía nueve sílabas, tomando en cuenta que la esdrújula final restaba una sílaba. Su genio resolvió el problema usando el verbo final a la manera argentina: acompañamé”, la cual, al ser aguda, aumentaba evidentemente una sílaba, logrando así el ansiado endecasílabo; pero, cada quien su perspectiva, en realidad Darío aquí no exhibió su genio (¿cómo va a ser genialidad argentinizar un verbo para resolver un problema poético?) sino, acaso, su astucia, que ahí sí era grande, muy grande. El autor también incluyó algunos trabajos suyos, como debía ser: Querencias Quiero que esté caliente el chocolate quiero de cuitlacoche quesadillas quiero aguacates, tunas, manzanillas quiero escribir en un papel de amate. Quiero columpiarme en un mecate quiero redondas de maíz tortillas quiero aguas frescas, de aguamiel jamillas quiero dormirme encima de un petate. Quiero beberme el zumo de un mezquite quiero nopales, chiles y mostaza quiero sorber las fibras del huauzontle. Quiero el olor del papaloquelite quiero un taco de flor de calabaza quiero escuchar los trinos de un zenzontle.
70 Foto de Alejandro Zenker.
Su libro Diez colores nuevos (en varias editoriales desde que lo diera a la luz en 1967) se ha convertido en un clásico de la poesía en Latinoamérica, al grado de que en 1993 la editorial Praxis, que comanda el mexicanoguatemalteco Carlos López (ahora en desgracia desde que fuera desalojado de modo arbitrario y despojado de su archivo general incluyendo sus imprentas de las instalaciones que rentaba en la colonia Doctores de la Ciudad de México), publicó dicho volumen con sus respectivas traducciones al inglés y al francés, más el largo añadido de casi medio centenar de comentarios que OttoRaúl González recibió desde el nacimiento de su brevísimo y monumental poemario. Gaorín El color gaorín caracteriza la luz que esplenden los veranos indios, por eso son las gaorinas uvas las que producen los mejores vinos. Las nubes que adquieren esa coloración desatan en el mar las peores tempestades, pues son de ese color las hecatombes, la faz de las catástrofes las letras efes y la pierna del huracán. Las inundaciones y los terremotos, y todas las demás cóleras de la Naturaleza son color gaorín: desde la carga ciega del rinoceronte hasta el sombrero de la bomba atómica. En el ojo ciclópeo de toda destrucción el color gaorín brilla en silencio igual que en un pantano las fosforescencias del nunca más y del todo se acabó.
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8 de septiembre
Contra las mujeres Graciela E. Rubiales Esiénn Después de lo descubierto el 8 de septiembre pasado con el asesinato de Mara Fernanda Castilla en Puebla, y luego de las marchas femeninas (porque, al menos en la Ciudad de México, se rechazó la participación masculina, como le sucedió a Víctor Roura el domingo 17 de septiembre, en que fue insultado por algunas mujeres cuando quiso intervenir en esa protesta), lo que se puede desprender es el afianzamiento de la inseguridad de la mujer en este país, que guarda todavía para sí el brote machista a la hora de procurar la justicia: las manifestaciones de mujeres, sirvieron para exigir, a otros
hombres (que jamás hubieran participado en nuestras marchas), la responsabilidad del Estado en la vigilancia contra el acoso y abuso masculinos. “Una no es ninguna”, dicen los hombres cuando empiezan a beber, y lo mismo han de pensar estos energúmenos cuando se trata de la desaparición de una mujer (¡hubo quien apuntara en internet que Mara se lo merecía por regresar ebria de un bar a deshoras!), que en lo que va de este sexenio se han reportado, en tres años (de 2013 a 2016), más de siete feminicidios, y ya no se sabe cuántas desapariciones
Foto de Pascual Borzelli Iglesias.
sin datos precisos. El crimen queda impune y es soportable en esta sociedad cargada de masculinidad. Lo paradójico de una marcha femenina como la del domingo 17 de septiembre en el Centro Histórico de la Ciudad de México es que, a unas cuantas calles de nuestra masiva manifestación, en la avenida San Fernando, se hallaban varias prostitutas al aire libre exhibiendo su cuerpo al mejor postor: ¿cuántas de estas jovencitas lo harán forzadas por la mafia de la trata de blancas? El comercio está a ojos vistas. Nadie puede decir que no existe. Las autoridades lo permiten mediante trámites burocráticos, ¿pero todas las muchachas realizan esta profesión por su propio gusto, ninguna lo hace por amenazas latentes, por castigos de capos que acumulan amoríos por decenas, ninguna efectúa el oficio por miedo a ser maltratada?
En Puebla la empresa Cabify, que contratara al criminal de Mara Castilla, dice que a partir de ahora va a mejorar su servicio. ¿Alguna de nosotras ha oído hablar del pozo que tapan luego del niño ahogado? Este hombre, el taxista de Cabify contratado telefónicamente por Mara para retornar a su casa sana y salva, tenía antecedentes criminales y supuestamente pesaban sobre él quejas de algunos pasajeros. ¿Entonces? Matan a una joven de diecinueve años, el crimen se denuncia en las redes sociales, se entrega el asesino, lo encarcelan, al siguiente día aquí o allá otro hombre mata a su esposa o amante o novia o desconocida y el cuerpo aparece desnudo en un sitio oscuro. Nadie se entera del artero crimen. Una y otra vez. Y así se nos va la vida.
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Tras las últimas huellas de Rius
La obra como herramienta didáctica
Daniel Cisneros
Crónica donde Rius se despide de este mundo, desde el momento en que anuncia su enfermedad hasta la construcción de un museo especializado en la caricatura en el metro Zapata de la Ciudad de México, que dirige Kemchs, quien el 17 de octubre presentó una antología de caricaturistas centrada en el temblor del pasado 19 de septiembre que ha consternado al país, ya sin Rius como testigo de otra tragedia nacional.
A
hí estaba Eduardo del Río, Rius, en la terraza del Museo del Estanquillo recibiendo el Primer Reconocimiento de Caricatura Gabriel Vargas: —Me habían planteado esto como un homenaje —dijo de pie enfundado en una guayabera blanca, apoyándose en un bastón y minutos después de haberse fumado un cigarro—. Soy alérgico a los homenajes. Creo que son cuando uno muere y aquí se están adelantando un poquito. No está uno acostumbrado a que hablen bien de él aunque sean los amigos, pero se siente bonito. Aquel 7 de diciembre de 2016 el caricaturista (o “humorista gráfico”, como prefería autonombrarse) gozó de profusos halagos y aplausos de los presentes. Así que, feliz y sonriente, durante su discurso retribuyó lanzando bromas al por mayor. A su lado, a la derecha y a la izquierda, estaban José Hernández, Bernardo Fernández —Bef—, Juan Villoro y Elena Poniatowska, quien, previamente, afirmó: —Rius es nuestro Piaget, nuestro Freinet de la escuela activa; Iván Illich, su vecino en Cuernavaca; Skinner, el padre del conductismo; Pestalozzi, Montaigne y Federico Froebel, todos hechos croqueta. Rius es, sin proponérselo, uno de los grandes educadores de México del siglo xx.
Aunque con cierto toque de humor y antisolemnidad como acostumbraba, luego de sentarse, Rius reveló una noticia que dejó helados a varios: —Hace cerca de dos meses me dijeron que pasaba a la categoría de enfermo terminal. ¿Qué es eso? Pues alguien que se va a morir. Todos somos enfermos terminales entonces. Pero yo lo soy porque se alojaron indebidamente en mi otrora bello organismo dos pequeños cánceres, están chiquitos […] Por aquí está mi cuerpo médico que está haciéndose cargo de mí. Me está garantizando que voy a morir en perfecto estado de salud. Muerte que lo alcanzaría en 244 días. Rius vio por primera vez la luz en 1934 en Zamora, Michoacán. Su padre falleció seis meses después de que él naciera. Entonces, junto con su madre y sus dos hermanos, emigró hacia la Ciudad de México. Fue así como, desde los dos y hasta los nueve años, vivió en vecindades de la capital porque, aunque su mamá comenzó a trabajar como mecanógrafa en Hacienda, el sueldo era muy bajo. Cuando residió en dichas vecindades, solía divertirse jugando futbol o beisbol con otros niños. En el barrio de La Merced, escribió en su autobiografía
llamada Mis confusiones, “aprendimos mil cosas de la vida real, rodeados de putitas, cargadores, timadores, pachucos, limosneros, vendedores de pájaros enjaulados, policías (a quienes llamábamos por su nombre) y viejas beatas”. Rius solo cursó hasta quinto de primaria. De 1945 a 1951 lo metieron a un seminario salesiano a estudiar para cura, pero lo corrieron por mostrar poca fe. Lo cual lo orilló a ingresar a laborar en una cantina, una embotelladora clandestina de refrescos, una librería religiosa, ayudando a glosar los censos en la Dirección de Estadística, de office boy en una editorial, vendiendo jabones de puerta en puerta. Sin embargo, uno de los empleos que más lo marcó fue el de la funeraria Gayosso (a la que denominaba “mi universidad”), donde tenía tiempo para leer (libros, historietas, periódicos) y dibujar. Además, junto había una librería de usado en la que surgió su pasión por la lectura y supo de la existencia de Faulkner, Dos Passos, Hemingway, Hamsun, Hesse, Marx, Chesterton, Steinbeck. De hecho, un día, mientras estaba dibujando en Gayosso, recibió la invitación para enviar sus trazos a la revista Ja-Já que, de este modo, se convirtió en la primera publicación donde Rius apa-
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“En el barrio de La Merced aprendimos mil cosas de la vida real, rodeados de putitas, cargadores, timadores, pachucos, limosneros, vendedores de pájaros enjaulados, policías (a quienes llamábamos por su nombre) y viejas beatas”
tines y, con sus cartones, apoyó luchas sociales de ferrocarrileros, maestros, estudiantes, médicos, petroleros, campesinos. Incluso tanto el Che Guevara como el subcomandante Marcos le dijeron que admiraban su trabajo. Otra de las pasiones de este caricaturista fue la música. Tan es así que tuvo un programa radial (en Radio Tepoztlán 92.3 fm) donde abordó la historia del jazz, del bolero, y emitió música clásica. También realizó el libro
Foto de Alejandro Zenker.
reció en octubre de 1954. Así inició su carrera de humorista gráfico que fue tan prolífica que, cuando cumplió 80 años de edad, calculaba haber realizado más de 50 000 dibujos. Colaboró en diversas publicaciones, como Novedades, Proceso, Siempre!, El Universal, Ovaciones, La Jornada, La Prensa, Diario de México. Asimismo, fundó revistas, entre las que figuran La Garrapata, El Chahuistle y El Chamuco. Igualmente fue autor de más de cien libros, y de dos historietas de larga serie: Los Supermachos y Los Agachados. También hizo portadas de libros y discos, carteles, grabados y cuadros al óleo. Rius padeció (e intentó sortear) la censura no solo en ciertas publicaciones, de las que lo llegaron a despedir, sino también del Estado. Es más: Luis Echeverría lo mandó secuestrar para matarlo por las críticas a su gobierno y por relacionarlo con el Movimiento Estudiantil de 1968, pero Lázaro Cárdenas intervino y llamó al entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz pidiendo su liberación. Pese a provenir de una familia conservadora y católica, Rius se declaró ateo y cuestionó a la Iglesia. Además, militó en el Partido Comunista Mexicano, participó en mí-
Guía incompleta del jazz y, en ocasiones, tocaba la armónica. Hoy es 10 de agosto de 2017 y voy rumbo al Museo del Estanquillo, donde se realizará un homenaje luctuoso a Rius, quien antier falleció de insuficiencia respiratoria y cáncer de próstata en su casa de Tepoztlán, Morelos. A las 13:35 horas salgo de la estación del metro Bellas Artes. Una leve llovizna y el viento frío obligan a los transeúntes a
74 cubrirse con paraguas, impermeables, suéteres. A pesar del clima, algunos paseantes se fotografían en las esculturas de Rodrigo de la Sierra ubicadas en la Alameda Central y dedicadas a su personaje Timo, que gracias a ventas con políticos y funcionarios le han dejado millones de pesos, aun cuando, se ha señalado, es parecido a Ziggy del caricaturista Tom Wilson o al trabajo del escultor Tom Otterness. ¿Qué pensaría Rius de tal ignominia? Cesa la lluvia y, poco a poco, surge más gente. Arribo al Museo del Estanquillo y, en la recepción, un letrero informa que hasta las 15 horas se permitirá el acceso a la terraza para el homenaje a Rius. De acuerdo con mi reloj aún faltan 55 minutos, por lo que, al igual que otros, decido recorrer la exposición Monsiváis y sus contemporáneos, donde se aprecian distintas personas y obras relacionadas con el autor de Los rituales del caos. Me detengo mayor tiempo en las piezas exhibidas de Rius (amigo de Monsiváis), las cuales proyectan, humorísticamente, lo mismo hechos bíblicos que el cinismo, autoritarismo y represión gubernamentales. Me refiero a Los Reyes Magos según Rius (1968), José López Portillo (1983), Es un intelectual… (1962) y Conmemorando el 7 de junio… (1982). Al salir de la muestra veo una inmensa fila de gente que, en espera del inicio del homenaje, va desde la entrada de la terraza del edificio y se extiende tanto por escaleras como pasillos. Cuando llega el monero Rafael Barajas —el Fisgón—, se dirige hacia el baño y,
aunque sin poder ocultar su pesar y rostro desencajado, antes de entrar dice jocosamente para animar a los presentes: —Qué bueno que no es la fila del baño. Varios sonríen. El velorio y cremación de Rius se llevaron a cabo en la que llamó su “universidad”: la funeraria Gayosso, ubicada en la calle Sullivan. Sonaron boleros y no hubo rezos ni símbolos religiosos. Entre quienes acudieron a despedirlo estuvieron su esposa Micaela Flores y su hija Citlalli del Río, así como el Fisgón, Arturo Kemchs, Paco Ignacio Taibo II, Óscar Chávez, Antonio Helguera, José Hernández, Helioflores y Elena Poniatowska. A las 15 horas permiten ingresar a la terraza del Museo del Estanquillo, en la que hay moños negros en señal de luto. Los asientos se ocupan de inmediato y mucha gente permanece de pie. Todo está repleto de lectores de Rius, familiares, amigos y colegas, igual que de innumerables reporteros, fotógrafos y camarógrafos de distintos medios de comunicación. Varios alistan celulares y cámaras para captar cada detalle. Las cenizas del caricaturista se encuentran en una urna que está sobre una mesa colocada justo donde se sentó el pasado 7 de diciembre a recibir su reconocimiento. Atrás pusieron una de sus fotos ampliada. A su alrededor hay flores de múltiples colores. Y, al frente, están hablando su esposa Micaela Flores, su hija Citlalli del Río y algunos funcionarios culturales. —Gracias por estar aquí —dice Ci‑ tlalli durante su intervención—. No se
“Rius estuvo muy pendiente de la realización del Museo de los Caricaturistas Mexicanos en el metro Zapata, inaugurado el pasado 22 de julio. Así lo asegura su director Arturo Kemchs, de quien fue la iniciativa del recinto y se encargó tanto del diseño como de la selección de obras”
pongan tristes, porque él no quería que lo estuvieran. Sé que es difícil en un momento así, pero nos dejó muy claro a todos que hay que tomar con humor las cosas —sin embargo, al finalizar de hablar, ella misma no puede evitar romper en lágrimas. Luego de un minuto de aplausos para despedir a Rius, dan paso a otros oradores: sus colegas el Fisgón, Arturo Kemchs y Rafael Pineda —Rapé—, así como a su editor Ariel Rosales. Ellos mencionan las enseñanzas del monero, su importancia y ciertas anécdotas divertidas que vivieron a su lado, como cuando un sujeto le pidió un autógrafo confundiéndolo con Roberto Gómez Bolaños (Chespirito). Al terminar el acto, los presentes lanzan aplausos, porras, vítores: “¡Rius valiente, aquí está tu gente!” Muchos se aproximan a las cenizas para tomarse fotos o dejar flores. Unos más compran alguna obra de Rius en la librería del recinto, conversan sobre lo que han leído de él o cuentan cómo lo conocieron. Sobresale Roberto Soriano, diseñador gráfico de 54 años que, mostrando varios números originales de las historietas Los Supermachos y Los Agachados, se pasea sonriente y orgulloso por doquier. —Soy fan de Rius desde los 12 años que mi hermano llegó a casa con sus historietas —me explica Soriano. —¿Qué significó este caricaturista en su vida? —Fue un maestro —responde—. Me ayudó a aprender, no como enseñan en los libros tradicionales o en las escuelas, sino de una manera fácil, práctica y con humor. —¿Algunos de sus personajes que recuerde más? —Al ostentoso cacique Don Perpetuo del Rosal, que retrata cómo son los políticos. A Doña Eme, que representa a los católicos recalcitrantes que no piensan y solo juzgan. Y, especialmente, a Calzonzin, que es un indígena muy culto, que cuestiona todo y no se deja llevar por la desinformación. También se observa a una señora cargando un cartel con la imagen del movimiento No Más Sangre surgido en 2011 que, principalmente, impulsó
75 Rius, y en el que un grupo de caricaturistas invitaba a manifestarse contra la violencia en México que se vivía a causa de la polémica lucha contra el narcotráfico que emprendió el presidente Felipe Calderón. —Hay mucho descontento en el país; mucha gente encabronada, hastiada, desesperada, que se siente impotente ante la situación que estamos viendo —expresó Rius en aquel momento a la revista Proceso—. Por eso se nos ocurrió que podríamos hacer algo para que esa gente pueda manifestar pacíficamente su descontento y frustración. Ahora me dirijo hacia la librería, donde me encuentro a Citlalli del Río, quien porta vestido blanco con bordados, largos aretes, una flor en su oído derecho y chamarra color vino que se colocó a manera de capa. Me le acerco y conversamos: —La pérdida de mi padre es difícil para mí —me dice visiblemente acongojada—. Pero es solo una pérdida física. Todo lo que me enseñó a mí y a los demás no se va jamás. —¿Cuáles fueron las mayores enseñanzas que le dejó? —Hay muchas cosas que le debo. Por ejemplo: la conciencia política, ser vegetariana y no creer en Dios. También cuidar a los animales, el agua, a los amigos, a la familia, a uno mismo, preocuparse por los otros. Siempre trató de que yo tuviera mi propia postura, nunca me impuso nada. —¿Qué pensaba sobre la muerte? —Que es parte de la vida. Y lo hablamos muchísimas veces. Sabíamos que iba a pasar en algún momento. Nos llegamos a reír de eso, hacíamos chistes. A pocos metros de distancia está el Fisgón concediendo autógrafos y fotografías mientras avanza hacia la salida de la terraza, voy tras él y nos sentamos brevemente en la sala de lectura: —¿Qué importancia tiene la muerte de Rius para México? —le pregunto. —Mucha —contesta—. Fue uno de los grandes maestros que ha tenido el país y va a ser difícil remplazarlo. Además fue un hombre crítico, valiente y con gran imaginación. Incluso en los últimos años de su vida tuvo iniciativas muy importantes, como por ejemplo el movimiento No Más Sangre.
“El trabajo de una persona debe servir a la comunidad. Y yo siento que lo he logrado. Si no, no me podría permitir ponerme a prueba con la muerte. Me voy a morir sabiendo que ya hice lo mío” —¿Qué lugar ocupa entre los moneros del país? —Es el padre de la caricatura mexicana moderna, así que para nosotros es una pérdida muy personal. Nos enseñó a mantener el espíritu crítico y de lucha. Antes de concluir, el caricaturista recomienda algo: —Ojalá los lectores sigan leyendo sus libros, porque valen mucho la pena y son muy divertidos. Son las 17 horas y decido marcharme. En mi camino transito frente al Museo de la Caricatura. Afuera hay un pizarrón con un dibujo que hizo Salazar Berber en el que se ve, junto a un moño negro, a un sonriente Rius vestido como Calzonzin y se lee: “¡Hasta luego, Güero! Gracias por tanto humor que nos diste”. No hay duda: se ha ido un grande de la caricatura mexicana. Son las 10 horas del domingo 13 de agosto y veo a los 24 en una larga mesa. Al lado derecho están los más pobres disfrutando de tortillas, un bolillo, dos tacos, un chile, agua y pulque. En tanto que, del lado izquierdo, la clase acomodada goza de pan, carne de cerdo, aceitunas, pavo, pescado, ron, coñac, whisky, vino. El Lechuzo, Beboyo y Flavio Josefo sirven la mesa a los adinerados. Hans agarra un pan, Plutarco Iturbide una pierna de pollo, Don Fiacro una aceituna al tiempo que fuma un puro y Gedeón Prieto bebe callado. Doña Tecla pregunta al religioso Monseñor Sobando: “¿Usted pidió un niño envuelto?” En medio, como disputándose el lugar de Jesucristo, están Trastupijes y Don Perpetuo del Rosal. Por su parte, Matatías muestra un papel que dice “Voto por voto”. Don
Céfiro, Gumaro Asecas (quien carga el libro Días de guardar, de Carlos Monsiváis) y Don Lucas Estornino protestan contra los ricos y porque el policía Arsenio Holmes busca apaciguarlos con un garrote. Doña Eme come en silencio y Nopaltzin ofrece pulque a Calzonzin, que está junto a Chon Prieto y Don Ruco. Y, debajo de la mesa, Juan Chaquiras da un hueso a los perros Stalin y Boturini. Claro: se trata de una réplica en vinil del colorido mural de Rius llamado El último desayuno (donde, a manera de La última cena, de Leonardo da Vinci, aparecen varios personajes de sus historietas Los Supermachos y Los Agachados) que está en el Museo de los Caricaturistas Mexicanos, ubicado en la estación del metro Zapata y que, ahora, me encuentro recorriendo. Alrededor de esta pieza, elaborada en 2007, hay portadas de libros de Rius: El diablo se llama Trotsky, Hitler para masoquistas, La revolución femenina de las mujeres. Igual se aprecia una ampliación del boleto que el metro le dedicó, un texto que el Fisgón le escribió y dibujos con su imagen que le hicieron otros colegas, como Rodríguez, Ernesto Priego, Gámez o Boligán. Rius estuvo muy pendiente de la realización del Museo de los Caricaturistas Mexicanos, inaugurado el pasado 22 de julio. Así me lo asegura su director Arturo Kemchs, de quien fue la iniciativa del recinto y se encargó tanto del diseño como de la selección de obras: —Eduardo [del Río, Rius] tuvo mucho que ver en el museo. No solo me mandó obras suyas, sino varias cosas que van a estar en vitrinas, como un libro para que la gente vea cómo hacía sus anotaciones. Yo solía ir a visitarlo a su casa y, un día, me dijo: “Lástima que
76 no te pueda ayudar desde acá”. Pero sé que de haber estado mejor de salud, hubiera formado parte de la dirección del espacio. —Justamente por su enfermedad no pudo asistir a la inauguración del museo, ¿tuvo la oportunidad de visitarlo en otra ocasión? —No, pero lo tenía al tanto de todo. Conforme seleccionábamos el material, se lo mandaba por WhatsApp o iba a mostrárselo para que me diera puntos de vista. Incluso estuvo pendiente desde que se empezó a elegir el lugar del museo. —¿Qué dijo del espacio que le cedieron? —Estaba feliz, pues lo conoció en fotos y le pareció muy bonito. De hecho, a él se le dedicó el espacio más grande. En este museo, que es el lugar más amplio que se destina a la caricatura
en todo el mundo, Rius está muy bien acompañado por varios colegas suyos. En nuestro recorrido nos topamos con los enormes viniles antigrafitis donde hay innumerables reproducciones de obras de moneros que fueron pegadas en paredes, techos y escaleras. Observaremos algunas de las casi 250 000 personas que semanalmente transitan frente a los dibujos. Habrá gente deteniéndose a mirar atentamente la exposición, tomándose fotos sonrientes en las obras de su agrado o comentando las piezas con sus acompañantes. Igual habrá quienes pasen sin ver o lancen una mirada rápida. Del lado de la línea 3 lo primero que encuentro son los muñecos de tamaño natural de dos personajes de La Familia Burrón, de Gabriel Vargas: doña Borola Tacuche enfundada en un elegante
“Es un honor inaugurar esta estación del metro Zapata dedicada a la caricatura. Esperamos que sea administrada y manejada por colegas que la conviertan en una estación digna y atractiva con variadas exposiciones, porque sobra el buen material para hacerlo sin recurrir a los héroes plásticos de Televisa”: Rius. Foto de Pascual Borzelli Iglesias.
vestido y, de rodillas, sosteniendo un helado, su hijo adoptivo Fóforo Cantarranas. En medio de ambos hay una banca de madera para que los usuarios del metro se sienten. El dibujo inicial de la muestra es uno de Heras, en el que varios caricaturistas viajan en un vagón del metro, y el texto de apertura que trata sobre la historia de la caricatura mexicana corre a cargo de el Fisgón. Junto aparecen portadas de publicaciones que fueron nicho de moneros: El Hijo del Ahuizote, El Colmillo Público, La Orquesta, El Tranchete, El Coyote. Y, al lado, hay cartones satirizando a políticos como Porfirio Díaz y Francisco I. Madero. Enseguida se aprecian grabados de José Guadalupe Posada, entre los que figuran personajes como Ricardo Flores Magón, su famosa Catrina o calaveras andando en bicicleta. Enfrente se advierten retratos de múltiples caricaturistas, como Trizas, Iracheta, Luis Fernando, Hernández, Eko, Manjarrez, Helguera, Arana, Alarcón… En otra pared está un amplio mural con 31 personajes de una icónica historieta que transcurre en la Ciudad de México: La Familia Burrón, de Gabriel Vargas. Y, muy ad hoc con el tema, le siguen: un dibujo de Pedro Sol acerca de la cotidianidad citadina, y una tira cómica de Feggo, donde un sujeto compra un boleto del metro para, al llegar a su casa, experimentar un viaje psicotrópico al cortarlo en pedacitos y, cual mariguana, forjarse un cigarrillo.
77 A continuación transitamos hacia el área de caricaturas que acontecen en el metro y que fueron elaboradas por diversos moneros: Éctor, Matvéi, Mateo, Rruizte, Castrux, Maral, Ramón, Terrazas, Román, Borja, Raúl Moysen, Emmanuel, Cintia Bolio, Jorge Carreño… —Señora, ¿ya se fijó? —le dice una mujer de la tercera edad a otra señalando hacia el dibujo Los indiferentes, de E. Gómez, donde una anciana viaja de pie agarrada a un tubo del vagón para no caer y los demás van abstraídos en su celular—. Eso ya me sucedió en la sección de hombres y ninguno me dio el asiento. —A mí también me ha pasado. Van con el celular o se hacen los dormidos. —Pareciera que ella mejor está bailando en el tubo porque nadie le hace caso —bromea. —Jajaja. Al bajar por unas escaleras, en sus contrahuellas distingo dibujos de El Santos contra la Tetona Mendoza, de Jis y Trino; lo mismo que la caricatura de Naranjo sobre un revolucionario de sombrero con el pie en un cráneo. Al terminar de descender me hallo con una pared ocupada por la historieta que lleva el nombre de un personaje simpático y travieso: Memín Pinguín, de Sixto Valencia. En la exhibición, de igual modo, se destinó espacio para algunas piezas de otros caricaturistas, como Freyre, Cabral, Aragonés, Magú, Abel Quezada, Alberto Isaac, Dzib o Huici. En el recinto también hay una sala de consulta y una librería con el nombre de Rius, así como un “Cine Metro” y vitrinas en las que se expondrá material de uso de los moneros. Camino hacia la línea 12 donde, en homenaje a la estación, aparecen columnas en las que hay 36 dibujos en los cuales varios caricaturistas plasmaron su idea en torno a Emiliano Zapata: por ejemplo, el revolucionario comparado con el Che Guevara (Ahumada), relacionándolo con las autodefensas (Soto) o portando sombrero de bombín en el que se lee “Proyecto de Ley Agraria” (Helioflores). Al final del recorrido hay una galería temporal reservada a la caricatura de todo el mundo y que, en esta oca-
sión, presenta dibujos que diversos moneros latinoamericanos le hicieron al polémico cómico Chespirito —a quien muchos han tildado de simplón, repetitivo, reduccionista, banal— y a los personajes de sus programas transmitidos en Televisa. Rius estuvo en desacuerdo con dicha muestra y, en el discurso que escribió para que su hija Citlalli leyera durante la inauguración del museo, expresó: “Es un honor inaugurar esta estación dedicada a la caricatura. Esperamos que sea administrada y manejada por colegas que la conviertan en una estación digna y atractiva con variadas exposiciones, porque sobra el buen material para hacerlo sin recurrir a los héroes plásticos de Televisa”. Ese era Rius: un crítico inteligente, audaz, directo. De ahí que utilizara su obra, aderezada de humor, como una herramienta didáctica, reflexiva, de concientización. Por eso, de alguna forma, sentía que podía morir en paz: —El trabajo de una persona debe servir a la comunidad —dijo, en diciembre de 2016, desde su casa en Tepoztlán, Morelos, en una plática que sostuvo con el Fisgón para tv unam—. Y yo siento que lo he logrado. Si no, no me podría permitir ponerme a prueba con la muerte. Me voy a morir sabiendo que ya hice lo mío. Y todos sabemos que así fue. Epílogo: el 19 de septiembre hubo un sismo de magnitud 7.1 que provocó más de 200 decesos en la Ciudad de México, daños a inmuebles, pérdida de bienes. Por eso, días después, un grupo de moneros se organizó en el Museo de los Caricaturistas Mexicanos para mostrar su solidaridad (al igual que lo hicieron infinidad de voluntarios, brigadistas, donadores). ¿Cómo? Intercambiando con los usuarios del metro caricaturas por víveres para los damnificados de la tragedia. Seguramente, si Rius estuviera vivo y bien de salud, se habría sumado a este noble acto de sus colegas.
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Rius (1934-2017)
“Si los caricaturistas fuéramos tan peligrosos, ya nos hubieran fusilado” Alejandro Alvarado
El pasado 8 de agosto, en Morelos, falleció, a los 83 años de edad, Eduardo del Río, nacido el 20 de junio de 1934 en Michoacán. Popularmente conocido como Rius, este maestro de la caricatura dejó como legado más de un centenar de libros de diversa temática, en los cuales ahonda en el aprendizaje básico de múltiples conocimientos que van desde la filosofía hasta la religión, la música y la nutrición, la política y la historia…
F
undador de las revistas Los Agachados y Los Supermachos, además de La Garrapata, El Chahuistle, El Chamuco y Los Hijos del Averno, Eduardo del Río, Rius, fue una presencia constante, durante muchos años, en los más importantes periódicos y revistas que circulan en el país. Sarcástico, ateo indomable, irónico y amable cuando se charlaba con él, Carlos Monsiváis dijo de Rius que, junto con la Secretaría de Educación Pública y Televisa, el pueblo de México se educaba con ellos. Sus libros son clásicos de la caricatura, entre ellos pueden nombrarse Marx para principiantes, Jesús alias el Cristo, El católico preguntón, La truculenta historia del capitalismo, La iglesia y otros cuentos, La panza es primero y Cuba para principiantes. Su obra fue una guía importante para la formación de muchos de los moneros mexicanos. En su homenaje, el también dibujante Kemchs, probablemente el más cercano amigo de Rius en el gremio periodístico, nombró su librería “Eduardo del Río”, especializada en caricatura y localizada en el metro Zapata, donde se halla, asimismo, el impresionante Museo de los Caricaturistas Mexicanos a lo largo de toda esa estación de transbordo. A continuación presentamos la conversación que sostuvimos con Rius durante la clausura de un encuentro de moneros celebrado en la Ciudad de México.
La “educación” católica —Este país ya no tiene remedio —dijo Rius—. Yo me sumo a esos millones de mexicanos resignados a que este país nunca va a cambiar. En México existen dos problemas de difícil (si no es que imposible) solución: el rechazo de la mayoría respecto a los indígenas, una raza ignorada a pesar de que ella es la raíz de nuestra esencia (solo nos acordamos de los indígenas cuando nos representan en el extranjero en una exposición de arte mexicano y nos orgullecemos de lo chingones que eran nuestros antepasados: mientras no se resuelva el desprecio por los indígenas, no vamos a progresar); el otro aspecto que lo vuelve muy pesimista es que seamos un país que se dice y se asume católico. Los países católicos son los más atrasados del mundo, no únicamente los de América Latina, también los europeos: España, Portugal y Grecia; Italia lo es a medias, y esto se debe
a que la religión católica no permite a la gente que se dedique a trabajar seriamente. Sigue viendo el trabajo como un castigo de Dios. En cambio, los países que no son católicos se dedican al trabajo procurando progresar con seriedad sin tomar en cuenta la opinión de los papas. Todos nacemos ateos, pero nos quitan esa condición cuando nos llevan a bautizar… Hizo una breve pausa. Y prosiguió: —Pero no para ahí el adoctrinamiento en el credo católico, luego impone a los niños la confirmación, y más adelante los llevan a hacer su primera comunión. Cuando los muchachos y las muchachas entran a la escuela, ya tienen la cabeza llena de tonterías y de cuentos; se han “educado” únicamente con la fe, pero esta no requiere de ningún esfuerzo. Se contrapone con el uso de la razón. Los niños llegan a la escuela con la mente llena de porquerías, mentiras y falsedades. Así nunca vamos a dejar de ser un país
“Han tratado de concederme el nombramiento de doctor honoris causa, lo cual he rechazado airadamente porque: ¿qué clase de universidad es una que ofrece un doctorado de ese nivel a alguien como yo? No creo que sea una universidad seria”
79 católico. Tendría que suceder una serie de milagros y que la gente empezara a razonar por sí misma”. —Dada su profesión de caricaturista y sus críticas al sistema, ¿en qué términos mantiene su relación con el gobierno? —Los caricaturistas estamos muy contentos con nuestra profesión, porque es, en realidad, privilegiada. ¿En qué otra puede uno burlarse abierta e impunemente del presidente de la República? ¿En qué otra puede uno pitorrearse alegremente de los reyes y de las reinas, de los diputados, de los senadores y de los políticos; de los curas y hasta del papa? ¡Cuántas caricaturas le hemos hecho al papa! Y no me refiero al actual, dado que él parece que está hecho de otra manera, sino al anterior, al que Helguera, el Fisgón y yo nos cansamos de caricaturizar, y nunca nos mandó un batallón de angelitos para que nos zurraran encima. La caricatura es una profesión en la que podemos darnos ese lujo. Me decía una vez Badillo, un viejo compañero de profesión con el que empezamos a cambiar un poquito la caricatura en México, que los moneros nos burlamos de la sociedad y la sociedad nos paga por eso. Para ejercer nuestra profesión no se necesita graduarse en ninguna escuela. Yo únicamente tengo como constancia de estudios la de quinto año de primaria y, sin embargo, soy autor de más de cien libros, y han tratado de concederme el nombramiento de doctor honoris causa en universidades, lo cual he rechazado airadamente, porque: ¿qué clase de universidad ofrece un doctorado de ese nivel a alguien como yo? No creo que sea una universidad seria. Los cartones no sirven para nada Recuerda Rius cuando Naranjo, Helioflores, Abel Quezada y él iniciaron la revista La Garrapata, la cual, por cierto, Rius considera que “es la mejor que se ha publicado en este país, con el perdón de las otras revistas de moneros que existen. En La Garrapata sabíamos que nos enfrentaríamos al gobierno. Sabíamos de qué manera se comportan en México los gobernantes con los críticos”. Renato Leduc, con quien Rius llevaba una buena amistad, le dijo:
“Yo nunca he sabido que una caricatura política haya servido para cambiar, un poquito, la manera de gobernar de un presidente” —Joven Rius, en esta profesión solo hay dos cosas: o te pegan o te pagan, y tú tienes que escoger lo que prefieras. Y el joven Rius, “de pendejo”, según nos confesó, escogió “que me pagaran, je je je, perdón, me equivoque por una letra. Creamos La Garrapata en la época en que Díaz Ordaz era presidente. Dábamos batalla en pleno 68: arriesgábamos realmente el pellejo, porque ya conocíamos de qué talla era el señor Díaz Ordaz”. —¿Qué efecto provoca una buena caricatura en la sociedad? —Quizá mi respuesta va a desilusionar a muchas personas, pero la caricatura no tiene ese poder que le atribuyen. Si nosotros fuéramos tan peligrosos, ya nos hubieran fusilado a todos. Yo nunca he sabido de una caricatura política, la más fuerte que puedan imaginarse, cuya autoría sea del monero más relevante, que haya servido para cambiar, un poquito, la manera de gobernar de un presidente. A mí me secuestraron una vez y trataron de desaparecerme no por las caricaturas que hacía de los políticos en La Garrapata o en otros medios, sino porque estaba en unas fichas que había elaborado Luis Echeverría Álvarez, donde incluía a toda la gente que debía desaparecer. A mí me consideraban, ¡imagínese!, como uno de los autores intelectuales del movimiento del sesenta y ocho. ¡Me ponían a la par del maestro José Revueltas! Me decían los agentes que me detuvieron: “A usted no podemos detenerlo porque la gente se levanta en armas. Usted y José Revueltas son los que han estado moviendo todo este rebuzno del sesenta y ocho. A usted nada más lo vamos a desaparecer”. No crea que la caricatura es tan poderosa, tan fuerte. Aunque se burle uno de los funcionarios que no funcionan o de los que se roban el erario, no podemos cambiar nada de lo malo que sucede en México. En otro país ya varios gobiernos hubieran caído con las denuncias, por ejemplo, sobre la Casa Blanca que se mandó construir Enrique Peña Nieto. En México, el papel de los periodistas,
para los funcionarios, es el que una vez expuso claramente Salinas de Gortari; “Ni los veo, ni los oigo”. En resumen, este comportamiento de las autoridades con la prensa les sirve para justificar, para decir que en México hay libertad de expresión. Aunque quiero aclarar que estoy seguro de que los funcionarios ni siquiera leen los periódicos. “Sé, de buena fuente, que al presidente de la República le entregan todos los días un compendio, superresumido, de todo lo que está pasando en México y en el mundo, pero no creo que le hagan ver las caricaturas. Sería una locura esperar eso. Es triste llegar a estas conclusiones, pero en el transcurso de sesenta años que llevo haciendo caricaturas, nunca he sabido que un cartón mío haya servido para cambiar una decisión o para tomar otra postura frente a un problema social. Las caricaturas que hemos hecho desde hace cuarenta años no han servido de nada, porque los problemas siguen siendo los mismos. No nos vean a los caricaturistas como los salvadores de este país, porque no lo somos”. —¿Cuál es la función de un caricaturista, según su definición? —El trabajo de un caricaturista debe estar dirigido a crear conciencia en la gente, no a cambiar a los gobernantes. No pensar que el presidente o el secretario de Educación Pública van a tomar en cuenta el libro que he hecho sobre la reforma educativa. Estoy convencido, y esa es mi creencia, de que la caricatura sirve, únicamente, un poquito, para tratar de crear conciencia entre los que nos leen. Lamentablemente, vivimos en un país donde casi nadie lee. La mayoría de las personas se preocupa, eso sí, por saber los resultados del futbol y por enterarse a diario de los programas de la televisión. Solo se preocupan por leer cosas serias los que ya están convencidos de que el trabajo de un caricaturista tiene alcance hasta ciertos niveles.
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La vida pagana
¡Rius voló desde San Garabato! Víctor del Real
ser interesante pregun- del cuadro vivo que obliga a Ppaísuede tarnos: ¿qué sería de este convivir en el inframundo susi no se hubiera atravesado purante del costumbrismo, él en su camino el tal Eduardo del Río? Algunos afirman que continuaría siendo el mismo porque, dicen, aquí lo que sucede en la gráfica y el dibujo casi nunca tiene importancia. Creen que la contribución del famoso Rius nomás llenó ciertas lagunas del imaginario colectivo y que, a lo más, la calificación de su obra es semejante a la de cualquier viejo autor de renombre de la historieta nacional. Discrepo de la ligereza con que varios autores contemporáneos aprecian el legado de Rius, acaso alelados por los personajes tóxicos de las editoriales internacionales de la historieta. Lo digo, qué caray, porque el efecto de su obra aún canturrea y vibra con intensidad sobre mi cabeza, y a menudo rememoro el impacto de varias de sus ideas que demolieron la quietud de los últimos años de mi adolescencia, cuando comencé a considerarlo un ángel alivianador, un auténtico camarada. Siempre reconoceré en mis lecturas de historia mexicana la impronta y la agilidad pedagógica de un autor que, al definirse a sí mismo, nunca pensó que su obra, cubierta de jiribilla, trascendencia, humor y talento, iba a cautivar a millones de lectores. Pero algunos replican: ¿ligereza para apreciarlo y definirlo? ¡Pero si él mismo no se tomaba en serio! Bueno, Rius provenía de una región donde aún se cultivan las hojas marchitas de un pasado cristero y, posiblemente, ante el absurdo
pudo haber decidido incorporar la ironía a la hora de hablar de sí mismo para hacer más llevadero el asunto. De cualquier manera, nunca incorporó la posición cómoda del consagrado y, estoy seguro, para no enturbiar su relación con el público, decidió aparecer con el vacile bonachón que se mimetiza con la modestia: “Solo soy un monero”. Él era así y punto. Lo interesante es que su comportamiento personal era sigiloso, pian pianito, para no ser sorprendido por la hoguera de las vanidades y así poder abrir holgadamente los espacios que requería la naturaleza de los temas que había que tratar (y dibujar). Qué pena, hoy estamos más huérfanos que antes. Su muerte, registrada copiosamente por la prensa nacional, pasó entre un presente ávido de porquerías y presencias fatuas. Pero, atención, esto puede ser una ventaja: la desaparición física de un creador universal de gran estatura moral no puede alternar con la furia mitómana de los saltimbanquis y los maloras. ¿Cómo acompasar el rito de citar su memoria en una realidad cubierta por un gran estercolero? Mejor es el homenaje discreto, porque la semblanza de Rius debe hacerse en condiciones adecuadas para no ensombrecer nuestro decoro mental. Ya se ha dicho: Rius dibujó mucho, sobre todo en la primera parte de la enorme zaga con que representó a
México y su provincia; registró con agudeza las voces de quienes se agenciaron el poder municipal (la base de la República), hizo con sorna la crónica de los caciques y sus aliados (el curita, el poli, los riquillos y el jefe de correos), pero también hizo intervenir a los sectores críticos de San Garabato. Cuando las autoridades decidieron interrumpir el éxito de los personajes de la primera época (Los Supermachos), justo cuando el país comenzaba a desperezarse y aparecer frecuentemente con expresiones indignadas y opiniones categóricas, Rius no solo había superado los modelos típicos de la crónica local y había emprendido, por cuenta propia, la sinuosa marcha de los creadores de relatos; él ya había conformado una concepción integral del México en que había nacido. Esto quiere decir: el primer intento serio de bloqueo, diseñado en las frías oficinas de los censores oficiales, lo único que logró fue concitar las reservas más profundas de talento del historietista, próximo a desplegar, con nuevos personajes, los temas básicos que explican la índole de la tragedia del país posrevolucionario: Los Agachados. En esta segunda parte, abundante de críticas contra la antidemocracia, la corrupción y la opacidad, podemos encontrar un déjà-vu crítico‑ conceptual del país que transcurre. Ahí Rius ya no caminó por las ramas: duro y a la cabeza en contra de un establishment ávido de reprimirnos y engañarnos, y determinado a pudrir nuestras vidas. Oteó los avances de la economía de mercado y la primacía de la tecnocracia, observó el significado de la caída del Muro de Berlín y la burocracia de los países “socialistas” y, a manera de autocrítica, supo reiniciar el camino a la hora de caracte-
rizar, sin pelos en la lengua, el grave retroceso del régimen cubano. Rius nos educó mucho, señores. Su empeño fue más efectivo que una conferencia adormecedora de El Colegio Nacional. Con él adquirimos la primera claridad acerca del vegetarianismo, la Coca, la tele, Marx y las hierbas medicinales, sin jactarse de poseer rigor académico ni la sabiduría exquisita propia del sni (Sistema Nacional de Investigadores). Con la soltura tradicional de su dibujo directo, sus monos dinámicos y sus fondeos documentados en libros, enciclopedias, códices y proyecciones, encontramos a un autor entregado a su obsesión: hablar con la verdad a base de dibujos e historias. De su obra podríamos comentar el fino aliento de sus argumentos, que descubrían a un autor culto y enterado, capaz de arriesgar muchas cosas valiosas en pos de un testimonio físico o escrito que enriqueciera sus globos y didascalias. En efecto, el oficio de ser un buen argumentista tuvo en Rius a un autor apasionado, inquieto, escrutador. Cuando algún día se organicen las Jornadas del Tal Rius, que nos deben los que parten el queso en las lides de la cultura y los monitos, se volverá esencial que nos expliquen el origen de la amalgama que este autor irrepetible nos legó; me refiero al binomio argumento ameno, brillante e inteligente/dibujo plano y directo, a línea ininterrumpida, con plumillas de calibre en extinción. Esta es mi respuesta: en las condiciones actuales, el país será incapaz de sustituir una pieza nodal, constituida con metales preciosos, de su maquinaria social. Sin Eduardo del Río ya no somos los mismos. Todavía no sabemos lo que perdimos.
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Corolario visual
Dibujos de Rius Los pecados del maestro M
i convivencia con Rius fue de años, yo diría que fue desde antes de conocernos. Títulos como Cuba para principiantes, Lenin para principiantes, Marx para principiantes, Qué tal la URSS, La joven Alemania, La panza es primero y todos los libros de esa época que yo devoraba en la preparatoria me hicieron conocer al autor mucho antes de que yo decidiera dedicarme a la caricatura. Rius para mí fue ese maestro que tuvimos muchos y que de uno u otro modo nos orientó, y en mi caso me formó como lo que ahora soy: un caricaturista. Esta convivencia que tuve con Rius desde mis primeros trazos hasta su muerte me permitió conocer al Rius “ser humano”, no al Rius de best seller, ni al Rius “ideólogo”, sino al Rius como cualquier mortal. No tendría espacio para platicar tantas anécdotas que vivimos juntos, pero en forma de cápsulas les comentaré algunas de ellas. Confieso ser el culpable de que Rius pisara los estudios de Televisa. Hace muchos años (no recuerdo la fecha) Televisa tenía un programa intitulado Y usted qué opina, conducido por Nino Canún; dicho programa era nocturno, en vivo y duraba el tiempo que los participantes y el público aguantaran. Era un programa que en ocasiones se transmitía durante toda la madrugada y terminaba a las seis de la mañana. Esa vez el tema estaba dedicado a la caricatura política y yo fui el encargado de armar la lista de participantes. Recuerdo que estuvieron caricaturistas como el Fisgón, Helioflores, Calderón, Castrux, Marino, el Nene y, por supuesto, Rius: el caricaturista antiTelevisa número uno. Siendo la primera y única vez que Rius estuvo en Televisa, él se llevó el programa. Todas las llamadas de la noche eran para felicitar a Rius. Al darse cuenta Televisa de la enorme popularidad y arraigo entre sus televidentes, decidió nunca volverlo a invitar. En diciembre de 2003 participé como jurado único en la entrega del reconocimiento de la Gran Or-
82 den de Honor Nacional al Mérito Autoral, entregado por el Instituto Nacional del Derecho de Autor y la Secretaría de Educación Pública. Ante dicho reconocimiento, mis propuestas fueron Rius y Chespirito, a quienes se les entregó ese honorífico premio en el Palacio de Bellas Artes, quizá el único reconocimiento que le hicieron en Bellas Artes. Al final terminaron Rius y Chespirito compartiendo sus anécdotas frente a una copa de vino tinto. Otra gran anécdota ocurrió en una reunión entre caricaturistas y después de una rica comilona donde el maestro Rius sacó un cigarrillo y lo empezó a fumar; al ver que yo solo lo veía, sacó su cajetilla y me dijo: “¿Gustas?”, a lo que le contesté que hacía algunos años había leído un libro de un tal Rius que me decía que el tabaco hacía daño. Rius enrojeció, apagó su cigarro y se tapó la cara con una servilleta. ¡Maldito cigarro: nunca lo pudo dejar! Tuvimos la oportunidad de viajar a Cancún a una exposición y de ahí a Isla Mujeres, a donde íbamos varios caricaturistas; el oleaje embraveció y estuvo a punto de volcar la embarcación. Al tocar tierra me acerqué a Rius para comentarle que lo único que me preocupaba era que si hubiera volcado la lancha, al otro día los titulares de los periódicos dirían: “Murió Rius y algunos caricaturistas más”. Ese mismo día por la noche nos fuimos a una especie de piquera de pueblo, donde nos tomamos unas cuantas cervezas y, ya pasada la medianoche, enchelados y con un superambiente, el maestro Rius se paró con huarache y pantalones cortos a la pista de baile, se aventó sus buenas guarachas y danzones. Cuando salimos del antro me dijo: “Si había algún paparazzi en ese lugar se me acabaron mis 40 años de buena reputación”. Aunque durante muchos años trató de llevar una vida ordenada en cuanto a su alimentación (sabemos que fue vegetariano), su hija Citlalli me platicó que en una ocasión salió de su casa temprano a comprar el periódico. La sorpresa fue su tardanza. ¿Tanto tiempo para ir por un periódico? Pero mayor fue la sorpresa al descubrir en su camisa unas gotas de salsa: el maestro Rius, en clandestinidad, se había echado una pancita en el mercado de Tepoztlán. La última anécdota que viví con Rius fue un par de meses antes de que muriera, cuando su esposa Micaela le organizó una reunión en Tepoztlán. Él ya tenía problemas de salud y su alimentación era muy cuidada. Me senté junto a él y almorzamos con los amigos. Yo pedí una carne asada y él sus tradicionales ensaladas; de beber tomé una fría cerveza llena de espuma. Cuando la vio Rius, clandestinamente me pidió un sorbo, y luego otro, y otro más: esa fue la última chela que compartí con mi amigo y maestro. Arturo Kemchs
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