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Labellum

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Red Internacional de Editores y Proyectos Alternativos

www.riepa.org

Labellum

En el camino del alma, en el claroscuro de nuestra esencia, Natius, el protagonista, se mueve entre sombras, observador y actor. Amante detrás del cristal de la ubicuidad, se acerca al sexo, que intenta vivir con indiferencia, pero que salvaje le reclama y exige. Pé de J. Pauner utiliza un estilo elegante, rico, impregnado de fuerza, de ágil naturalidad. Su prosa envuelve al lector, le empuja en un camino de flashes, de visiones, de delectación de la palabra que se dibuja en una orgía aural de cámaras y objetivos y luces, mientras juega con el surrealismo y la lírica. Pauner nos regala, como colofón, la evocadora ingenuidad del ser humano en su búsqueda palpitante, imposible, “la nada” ´ y el desencanto visceral de nuestra controvertida esencia. Blanca Mart

ISBN 978-607-7640-02-8

9 786077 640028

MINIMALIA es una colección que aprovecha y explora las nuevas tecnologías de composición y producción digital con el fin de crear nuevos paradigmas que lleven la palabra del autor al lector.

Pé de J. Pauner • Labellum

Ahora que lo pienso Sandro Cohen Amor por amor Huberto Batis Aprisionarte quisiera Rafael Ramírez Heredia Batallas de amor perdidas Gustavo Sainz Cámara Negra Jorge Valdés Díaz-Vélez Despadrada Guillermo Samperio El aprendizaje del ahora Andrés De Luna El último refugio Mauricio Molina Flor de un solo día Edmée Pardo La Congelada de Uva. Saber escoger Rocío Boliver La huella del grito Alberto Ruy Sánchez La película clara Poli Délano Las medias fantasmas de Leda R. José de la Colina Labellum Pé de J. Pauner Los días de calor Alejandro Ramírez Los juegos de Elisa Blanca Castellón Los párpados de Leda Enrique Héctor González Milonga para una intrusa Jorge F. Hernández Muñecas rotas Hernán Lara Zavala Muy buenas todas ellas Miguel Ángel Tenorio Te seguiré buscando Josefina Estrada Te vi pasar Guillermo Fárber

PÉ DE J. PAUNER nació en 1973, en la ciudad de Tuxpan, Veracruz, México. Tiene una licenciatura en Biología por la Universidad Veracruzana. Es ambientalista, orquideófilo, performancero y articulista de divulgación científica. Coordinador en Tuxpan, Veracruz, de la Unión Estatal de Escritores Veracruzanos y colaborador y corresponsal en México de la revista de ciencia ficción Argonautas, de Lima, Perú. En 2006 recibió una mención honorífica en el Premio de Cuento Cármen Báez y en 2009 el primer lugar en el concurso Premio de Narrativa Corta Tirant lo Blanc del Orfeó Català de Mèxic.

PÉ DE J. PAUNER

Títulos de minimalia erótica

mm

minimalia

erótica


PÉ DE J. PAUNER Labellum

Fotografía de

Alejandro Zenker


Primera edición, abril de 2009 Director de la colección: Alejandro Zenker Coordinación técnica: Laura Rojo Cuidado editorial: Elizabeth González Coordinadora de producción: Beatriz Hernández Diseño de portada: Luis Rodríguez Tipografía y formación: Isabel Vázquez Ayala Fotografía de interiores y portada: Alejandro Zenker Modelos: Luz Elena Palma Cano Vanessa Méndez Cruz Este libro se desprende del proyecto fotográfico titulado “La escritura y el deseo”, en el que Alejandro Zenker convocó a novelistas, poetas, cuentistas y creadores para fotografiarlos frente, detrás y alrededor de una mujer desnuda, como encarnación de sus deseos, como provocación, como estímulo.

© 2009, Solar, Servicios Editoriales, S.A. de C.V. Calle 2 número 21, San Pedro de los Pinos. 03800 México, D.F. Teléfonos y fax (conmutador): +52 (55) 55 15 16 57 solar@solareditores.com

www.solareditores.com ISBN 978-607-7640-02-8 Impreso en México/Printed in Mexico


Para mis estimados Ojos en El Espejo: Juan Saravia (tú, yo, nosotros: el Capitán de las Ratas) y Mariana Carbajal Rosas, Dolotrenzadora; (tú y yo: Natius y Liz: BlackRoses y la Maga de las Medias Lunas Negras bajo los Ojos)


las orquídeas, en su subliminal belleza, sugieren en los hombres que las contemplan ciertas partes de la anatomía femenina. Me refería, naturalmente, a ese tercer pétalo, distinto, en una gran variedad de especies, en forma, tamaño y color al resto de los pétalos y que se denomina labelo o labellum, es decir, el labio. Las orquídeas y la geometría sagrada, Pé de J. Pauner Desde el punto de vista psíquico, el “ahora” no es el instante de que habla el físico, sino una región de límites imprecisos, de uno o dos segundos, durante los cuales el cerebro retiene una fuerte imagen de un acontecimiento inmediato, como puede ser la imagen en la retina que da la ilusión de continuidad del movimiento en las películas de cine, o la capacidad de la mente para oír un acorde al ser tocadas varias notas en sucesión. Esta característica ha sido puesta de manifiesto por William James, Josiah Royce y otros muchos filósofos y psicólogos. The Ambidextrous Universe, M artín Gardner El cine es como un tren que avanza en la noche; en el cine no existen los tiempos muertos que hay en la vida. François truFFaut


LIBRO PRIMERO La mirada íntima


I. Retrato grupal 1

Todos en sus veinte. Apenas alguno alcanza los veintiuno, pero son sabios. Niños-adultos que a fuerza de vivir, como diría algún cursi poeta, han roto el himen de la noche. Y han decidido que sólo Mark le haga el sexo y que sea Hunt quien le fotografíe. Quieren subir a algún sitio de internet las fotos de ella. Para ganar algo de pasta, obvio. Será una hermosa chica dark de largo cabello rojo en su propia página web. “Eso excita a los viejos”, dice Liz. También está Vermis, su amante lesbiana que acostumbra delinearse de negro los hermosos ojos, que resaltan grandes y perversos y que terminan lagrimeando sobre las mejillas el delineador corrido cuando alguno de ellos eyacula en su rostro. Y, por supuesto, Amélie, que es la voyeur del grupo y se complace en ver cómo Liz es arrebatada entre los brazos fuertes de los chicos y la llevan de aquí para allá y la echan encima de alguno de los divanes o la sostiene uno, penetrándola por el frente, mientras el otro, por detrás, arremete sin contemplaciones. Le parece que ella se vuelve una marioneta que tratan de desmembrar-atravesar-clavardescoyuntar entre los dos.

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Plano inclinado. Hunt ensaya posiciones, con la cámara, claro, puesto que se ha propuesto no intervenir en el cuerpo de ella esta vez. Lo piensa y luego “click”, “click”, medita, mete el brazo debajo de las caderas unidas de ambos y “click”. Ahora sabe que también interviene en el cuerpo de ella. En algún momento sus ojos se encuentran. Ella le dice todo con una mirada: “Me excitas al apuntar con el objetivo. Esa extensión de tu sexo, el poder del báculo que guía el rebaño… tú nos conduces a través de páramos húmedos de leche y transparencia…”

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Es, también, como si la lente la arrojara a la vista de cien mil posibles voyeristas antes de subir al sitio web las fotos. Amélie se acaricia en un rincón. Gime un poco, se corre en sus manos, los mira otra vez. Retrato de grupo. Naturaleza viva. Manzanas. Bodegón. Gimientes. Manzanas verdes… así les gusta a ellas que les llamen “sus” chicos. Manzanas verdes es una clave que sólo ellos entienden. Se refiere a que en algunos estados son menores de edad para comprar alcohol, más no para drogarse y mucho menos para el buen sexo puro y duro… tan apetitosas como manzanas, tan verdes como el follaje del verano y así de ardientes.

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II. Danza entre miradas

Se han puesto de acuerdo en ir todos a un bar gay. Suponen que ése es el tipo de bares donde deben ir. No discuten, salen. Conduce Vermis el descapotable destartalado y rojo, se acomoda el cabello húmedo por el sudor ajeno y propio y los fluidos que se secan en mechones largos, como engomados. Estaciona en una esquina. Fin de semana. Todo el mundo ha decidido salir. Las calles son recorridas por zombis y los autos se alinean junto a las aceras como lápidas en un cementerio venido a menos. Acera caliente. Dos chicos se entretienen en orinarle el rostro a un tercero que, sentado y con los ojos cerrados, abre la boca en un gesto idiota. Ríen divertidos. Se vacían. Los detritus nocturnos no sólo andan, fluyen, se beben, se evaporan al calor de cuerpos vaciados. Ruido y canciones. Luces rojas. Luces ámbar. Ya no hay noche. Existe un día artificial (así de frío), recorrido por parejas que intentan retener el tiempo perdido entre los dedos-manos enlazados. Entrada abarrotada. Muchos se mueven frente a la puerta de metal como a la espera de un regalo. Como

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a la caza de endorfínicas ofertas de fin de temporada, ferohormonales, sudoríparas. Hunt encuentra los ojos del chico de seguridad, se reconocen, se abrazan en medio de la multitud, antes lo han hecho los ojos, los dedos recorren las geografías endurecidas de la espalda, los contornos postergados en el breve intervalo de la separación semanal… —¿Con quién vienes? —Con ellos —señala atrás con el pulgar, el chico localiza cabezas de ansiedad que se mueven en un molino de brazos. —¡Pasen, pasen, espero verte dentro! —se besan las mejillas sonrosadas. Hunt pasa el brazo sobre el hombro de Liz. Sus cuerpos son tirabuzones inútiles en el vacío continental de ruido y hormonas en el banquete de la noche terminal. Puntual cita en la agonía de cada siete días. Dentro, la confusión consciente. Los cuerpos se humedecen de feromonas activadas. Los besos se apagan a media luz y la saliva se confunde con música atmosférica que se vuelve sudor rociado en aspersión capilar; cae niebla de hielo seco partida de rojo por un láser. Se besan las bocas masculinas, se exploran labios genitales por bocas que pronuncian su propio nombre de mujer.

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En algún rincón, amantes tripartitos descubren sobras de calor que tienen sus propias huellas digitales. Y así ellos se encienden. Faros en la noche borracha. —¡Se antoja! —dice Liz. —¡Pues ven aquí! —Vermis grita sobre el océano antipacífico de ruido. Comienzan a besarse. Los demás se excitan. Han formado un círculo, los brazos buscan espaldas y algo más, acarician y pellizcan mercancía garantizada. Los senos y miembros abultan y respiran. Ahora son un organismo colonial todo brazos y labios. No importa a quién besan ni cómo, no saben a quién besan ni cuándo. Los gays del bar se escandalizan. Los miran con horror. Murmuran. Quinientas Drag Queens, trescientas dominatrices tiernas con novias lánguidas: bocas abiertas en alaridos de bronce, insultos-pensamiento e intenciones salvajes. Poco a poco suspenden el ejercicio rítmico de sus cuerpos fusionados en una danza de medusa, intimidados por miradas bulliciosas que ahogan gritos que desbordan las pestañas. Salen del bar enojados. ¿Es que nunca han visto gente como ellos? ¡Que se joda el mundo! Ellos tienen el suyo. Así vuelven al descapotable que alguien ha orinado en los neumáticos y portezuelas. Delante camina temblorosa una mujer vestida de látex jalando una cadena plateada

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que engancha el collar de cuero de un hombre vestido como hombre rana. Su rostro debe tener un gesto placentero debajo de la máscara oscura que le asfixia la nariz y la conciencia. Grupos escapados de neogóticos con ojos maquillados de negro y labios pintados (hombres y mujeres) se tropiezan por la acera mancillada. Huelen a sangre de vaca. A fluidos, a semen seco, a menstruo pasado. Alguno se levanta de la acera-asiento y deja una huella de nalgas que supuran llagas. Las perforaciones en cejas y mejillas tienen formas de puñales dorados. Beben vino tinto en cálices de plata robados. Abordan autos que costaron millones y se perdieron en la noche de alcohol y speedballs. Ellos les miran a ellos. Dos grupos de la misma puesta en escena que no se reconocen como iguales. La calle apesta a vómito y a sudor y a tabaco. En el cielo se disipan los efluvios como actos de desesperanza. La noche comienza rota y no promete terminar…

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III. El labio íntimo de las orquídeas

Si algo los caracteriza es su ansia de conocimiento. Su cultura. Por eso, cuando Mark leyó sobre una exposición de “raras orquídeas” tomaron la siempre colectiva decisión de ir. No es lejos. Es un edificio del siglo xviii y tiene ventanales de vidrio que parecen ojos de gatos. —¿Has visto los ojos de gato en la noche? —pregunta Mark a Liz. —Sí. —¿A que parecen canicas que flotan? ¡Pues así son las vidrieras del museo! No ha mentido Mark. Están fascinados. Más encantados quedan cuando deambulan entre los troncos acomodados con talento donde cuelgan las orquídeas. Ramilletes. Inflorescencias. Olores perturbadores. Borrachez atmosférica. Colores imposibles. Combinaciones aberrantes. Es joven. Viste de negro. Les ha visto. Destacan entre la gente corriente, pues son “pospunketos etéreos”, sea lo que sea que signifique eso, que es como a Mark le gusta llamarlos. No da la apariencia de un gótico. Parece

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salido de una película de detectives de los años cuarenta del siglo xx. Un decadente Humprey Boghart trasnochado. Se acerca a Liz. Al oído le zumba palabras mientras ella mira, revisa una flor blanca y agresiva que parece que desea morder. El resto del grupo nota las aplicaciones de cuero reluciente en los bordes de los bolsillos de la gabardina; en mangas, codos, solapas… —Chysis bractescens… ¿Te gusta? —el aliento de él le ha hecho cosquillas en la nuca, como moscas calientes. —¡Sí! —atina a decir ella, encogiendo instintivamente los hombros. —¿Sabes por qué los hombres nos sentimos atraídos por las flores de las orquídeas? —¡No! —ella parece intrigada. Eso lo anima a seguir. —Mira esta estructura —toca otra flor y con el dedo roza el pétalo rojizo y curvado que destaca, como ellos destacan, del resto de los pétalos blancos—. ¿No te parece similar a los labios genitales de una muchacha núbil? Liz se estremece. Abre los ojos e intenta tocar con un dedo tembloroso la flor que le enseña la lengua. —Labellum… el labio de las orquídeas. Los insectos se detienen aquí y le hacen el amor a la flor… apuesto que si fueras hombre la querrías penetrar.

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Liz separa los labios. Si sus dedos tiemblan, la mano se detiene. Él sostiene su mano en su mano. —¿Has penetrado a una chica con un dildo de cuero abrochado a tu cintura? Liz está mareada. Asiente, la cabeza le palpita en un estallido retenido. Detrás, rodeándolos en media luna, la gente escucha. Al de la gabardina no le importa. Sigue hablando, susurrando, soplando ligero sobre la nuca de Liz, que lleva el cabello recogido y la nuca desnuda, vulnerable. —Lamento que las orquídeas no tengan rostro… así no puedo besarlas… cuando busco a una prostituta lo primero que veo en ella es su cara… luego ni siquiera le miro los genitales. No son para contemplar… Liz voltea y lo encara. —¡Yo si tengo cara —dice excitada—, bésame! Él sonríe y le planta un beso en los labios, que ella siente en las mucosas… que rebosan en su ropa interior. La gente murmura, se aleja, alguna mojigata se persigna. —¡A tomar por culo, vieja! —grita él. —¡Oye! ¿Quién eres? —Mark se le pone enfrente. —El dueño de estas plantas… ¿alguna otra pregunta?

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Las ansias de Mark terminan entre rocío, aéreas raíces de aspecto de dedos blancuzcos con uñas-puntas verdes de damas non sanctas que buscan los humores humanos en el aire tibio que se encharca en adrenalina que se contiene…

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IV. Mundo que huele a cigarro “Mundo que huele a cigarro”, ha dicho Liz. No ha querido decir que la habitación de hotel donde se encierra cada tercer día con Natius —el de la gabardina: soy filósofo y biólogo terrestre—, huele a su propio sexo. Pero él se lo ha dicho varias veces: “Casi de inmediato que te saco las bragas, el olor de tu sexo ya impregna el cuarto. Se pega en las paredes como las gotas que la Pinguicula carnívora tiene en los tricomas para engomar insectos”. Sexo que enrojece. Sexo lagrimeando. Liz tiene la cualidad de humedecerse demasiado. A veces Natius se retira de ella con cierto asco pintado en la cara. Otras veces le susurra, mientras la penetra: —¡Exquisita humedad, exquisita humedad! —y se queda dentro de ella, demorando mucho tiempo la erección, aún después de hacer el sexo toda la madrugada. Se mueve en ella, endurecido, una y otra vez, lento, entrando y saliendo, y murmura esa letanía que a ella le parece un ritornelo de canción jamás escuchada: compuesta por notas en clave de gemidos y un pentagrama que quema los bordes de las páginas-sábanas de la cama.

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¿Qué ha pasado con el resto del grupo? La pareja se pierde tardes-noches completas sin decir a nadie dónde van o qué hacen. Lo último es predecible. Cuando Liz aparece de pronto entre ellos —los alcanza en el centro comercial donde a veces pierden el tiempo en los juegos de video—, lleva una sonrisa egoísta en la cara y los ojos le brillan. —¡Maldita! —le grita Vermis—. ¡Tienes los labios besuqueados, mírate! ¡Aaaggghhh, qué envidia, perra, perra… eres una perra! Y se abrazan y se besan y Vermis le muerde y termina por hacerle sangrar la boca y luego tendrá que soportar el dolor de la hinchazón, porque aparte de las mordidas de Natius ella también le ha hecho la faena…

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V. Mark: retrato del artista evanescente

A los quince años Mark perdió a su padre en una apuesta. En realidad no fue así exactamente, pero cuando jugaba a las maquinitas de video con sus amigos se le ocurrió al Canas, el mayor de los chicos que se reunían en la calle y del que se decía que tenía veinte años, apostar a sus padres. A todos les pareció que era bueno. Nadie quería mucho a sus padres. El Canas llevaba la mitad de su vida sin ver al suyo, pues estaba condenado a cien años y un día de cárcel. Mariot, la menor, a sus 10 años era una ninfeta que los viejos pervertidos buscaban en la esquina donde el mexicano se ponía a vender sus helados en ese carrito tan curioso que empujaba durante dos cuadras hasta instalarse ahí, de manera misteriosa. Decían cosas del mexicano (uno de los tantos que habían logrado pasar la frontera antes de que el más patriota presidente levantara una serie de muros a imitación del que cayó en Berlín), pero a ellos no les constaba. No se metía con ellos. No se metían con él. Y vendía sus helados… y droga-nieve nunca comprobada.

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También estaba Xenia (que a veces se escapaba mentalmente a algún rincón de sus recuerdos y la luna en cuarto creciente), que no tenía padre y, si lo pensaba bien, tampoco tenía madre, porque igual purgaba una condena perpetua por abrirle el vientre a otra callejera por una cajetilla de cigarrillos sin filtro, así que vivía con su abuela, de quien esperaba que se muriera de la noche a la mañana… …olvidada en algún rincón polvoso, en esa mecedora, cubierta de la hiedra que ella misma cuidaba, estrangulada por zarcillos y raíces y hojas, yéndosele los segundos de vida en temblores de mano, sosteniendo la regadera rota, la saliva rancia vertida por los labios quebrados, boca sin dientes postizos que perdiera en alguna parte del camino entre el baño y la cama apestosa a viejo, mierda y orina… Mark era el único ¿privilegiado? que tenía ambos padres. Pero no le gustaba que, a la hora en que los demás estaban aún despiertos y planeando algún atraco, a él lo llamaran para ¡irse a dormir! Y es que también era el único que tenía que ir a la escuela. —¿Para qué vas a la escuela? —le preguntó un día un mendigo de los muchos que dormían entre ruinas de edificios escapados a los especuladores. Bien pudo

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haberle contestado para no terminar como tú, pero ni él creía en verdad que el estudio le diera algo de valor a su vida. Al contrario, se preguntó: sí, ¿para qué voy…? Así que, aunque sabía que el único que tendría que pagar la apuesta perdida era él, decidió arriesgarse en el juego. Era de esperarse; perdió. Los demás sabían que había sido una trampa del Canas, pero aun así se rieron. —¡Tienes que matar a cuchilladas a tu papá! —le dijo el Canas. Mark tembló por primera vez. —¡Debes traer su cabellera, como hacían los indios, para probarnos que lo has hecho! Mark se fue caminando a su casa y, cuando llegó, vio la ambulancia estacionada al lado de la cerca. Mark tembló por segunda vez. Sacaron a su papá en camilla y murió dos días después. Un infarto fulminante. Pero Mark atribuyó a la apuesta que había hecho la muerte de su padre. Desde entonces, Mark tiembla de vez en cuando sin motivo aparente. Lloró dos meses, tres, cuatro. Luego lo olvidó, cuando conoció a Liz y ella le abrió la puerta a las posibilidades de la noche y los amaneceres tibios (¡la experimentación sexual!). Pero terminó creyendo que tenía la capacidad

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de matar a distancia si se lo proponía: era un don, era un arte en sí y él era un artista diferente. Y es que a Mark se le ocurren a veces pensamientos mesiánicos. Luego los olvida, casi tan pronto cómo aparecen. Sin embargo, sabe que es una persona especial. Decidió convertirse en un chico listo y culto. Era algo para lo que tenía facilidad, leía mucho, lo disfrutaba. Pero siempre estaba la duda, como bicho que zumbaba en su cerebro: ¿Sirve para algo tanto conocimiento? Conoció a los existencialistas y, a través de Liz, supo de El mito de Sísifo de Camus… yo soy una piedra que rueda —decía— llevada por un dios monstruo que nos arrojó a este abismo-planeta… Ahora todo es distinto —se dice Mark—, desde que apareció ese marica de las orquídeas… ella se pierde días enteros y no deja que le meta el dedo siquiera. Para Mark, el que alguien viva rodeado de orquídeas le parece una mariconería. Ha olvidado lo que le dijera a Liz: las orquídeas son flores divas, al contrario de lo que pasa contigo, se abren de día y se cierran por la noche. Y es que las frases corresponden al momento. Se ha refugiado en su casa, entre los estantes de su biblioteca (esa biblioteca que poco a poco se hizo, cuando no se gastaba el dinero que le daba su padre para el recreo en la escuela).

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De vez en cuando piensa en las palabras del mendigo de su infancia y se pregunta si no sería mejor nunca haber aprendido a leer para no complicarse la vida con tantas ideas ajenas y propias. Luego desecha la idea, recordando el cuento de Voltaire, “Historia de un buen brahmín”: “De aquí deduje que, si bien tenemos mucho aprecio a la felicidad, valoramos aún más la razón. Sin embargo, después de haber reflexionado, parece que preferir la razón a la felicidad es ser insensato: ¿cómo se puede explicar esta contradicción?” Y, como el buen brahmín de la historia, Mark piensa que hubiera sido mejor no haber nacido.

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VI. Anillos

Liz se ha mandado poner unos piercings en los labios de la vulva. Natius se pasa horas jugueteando con los anillos rematados por perlas falsas que apresan los destellos helados de la lámpara del techo. Los toquetea con los dedos, ligero, luego los mordisquea y pregunta una y otra vez: —¿Te duele? Y ella siempre responde: —No… eres todo un artista digital. Luego vuelven a comenzar. Ella supone que la respuesta que él quiere arrancarle es que, en efecto, le duele, pero no es así, y ella no mentirá sobre esto. Tan sólo se deja hacer por los dedos diestros de Natius. Se recuesta sobre un almohadón con las piernas separadas y los brazos cruzados bajo la cabeza. Sonrisa en los labios y placer genital, permite escapar de repente un gemido. La tarde se arrastra, lánguida, enferma, mientras ella se moja y la lengua de Natius recorre los pliegues de piel que se estremecen, enrojecen. Son hipersensibles. —¡Yaaaaa… deja de tocar unos segundos, no soporto!

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La tarde se escurre como fluido en los dedos, babas en la cortina rasgada… En la habitación del hotel huele a humo de cigarro y a sexo disipándose.

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