Skip to main content

La Sombra del Rincón

Page 1

1


SEGUNDA DE FORROS

El miedo es el abandono de la lógica y de la razón. O cedemos ante él o luchamos contra él. pero no se puede a medias, dice el doctor Montague en una de las escenas claves de The Haunting of Hill House. Todos tenemos miedos diferentes, completamente válidos y reales. Vivimos en un mundo aterrador, pero somos capaces de tener un gran coraje y valentía frente a la oscuridad, a las sombras. Cualquier cosa en nuestras vidas que nos ayude a desarrollar esos músculos, cualquier cosa que nos haga ejercitar el coraje, la empatía y, sí, la amabilidad, la debemos de atesorar. Aquí, compartimos varios de nuestros miedos con el objetivo de luchar contra ellos, poco a poco, una página a la vez, cuento por cuento.

2


La Sombra del Rincón

3


4


La Sombra del Rincón Juan Carlos Coronel Karen Hernández Itzel Huerta José Luis Kanan Karen Partida Andrea Vázquez del Mercado Shirley Jackson Daphne DuMaurier Edgar Allan Poe

5


Diseño de la portada: Andrea Vázquez del Mercado Fotografía de portada: Camila Quintero Franco Fotografía de contraportada: Hailey Kean ©1839, Edgar Allan Poe ©1938, Daphne DuMaurier ©1959, Shirley Jackson ©2022, Juan Carlos Coronel, Karen Hernández, Itzel Huerta, José Luis Kanan, Karen Partida, Andrea Vázquez del Mercado

Primera edición en este formato: Mayo 2022 ISBN: 54-8439-453-9 (vol. 121/2)

Autores: Juan Carlos Coronel, Karen Hernández, Itzel Huerta, José Luis Kanan, Karen Partida, Andrea Vázquez del Mercado, Shirley Jackson, Daphne DuMaurier, Edgar Allan Poe Corrección y maquetación interior: Juan Carlos Coronel, Karen Hernández, Itzel Huerta, José Luis Kanan, Karen Partida, Andrea Vázquez del Mercado Editor: José Luis Kanan

No se permite la reproducción, almacenamiento o transmisión total o parcial de este libro sin la autorización previa y por escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Impreso en México

6


ÍNDICE: TEXTO

PÁGINA

Hill House …………………………………………… 09 Caída Libre .…………………………………………...11 Recorriendo notas …..…………………………………15 Rebecca..……………………………………………....29 22 de abril, la herida que no ha sanado en Guadalajara .………………………....37 Una historia de fantasmas .……...…………………….55 La caída de la casa de Usher…….…………………….61 Laberintos sobre laberintos……….…………………...65 Rhay.…………………………………………………..71

7


Esta antología va dedicada a todas las personas que disfrutan historias perturbadoras y de índole psicológico que a momentos se encuentran andando sin rumbo en el mundo. Estos textos buscan acompañarlos y regalarles un espacio donde puedan escapar de sus mentes para adentrarse a otros universos.

8


Fragmento

Hill House Shirley Jackson Ningún organismo vivo puede prolongar su existencia durante mucho tiempo en condiciones de realidad absoluta sin perder el juicio; hasta las alondras y las chicharras sueñan, según suponen algunos. Hill House, nada cuerda, se levantaba aislada contra el fondo de sus colinas, almacenando oscuridad en su interior; así se había alzado durante ochenta años y podría aguantar otros ochenta. En su interior las paredes permanecían derechas, los ladrillos encajaban perfectamente y las puertas estaban sensatamente

cerradas;

el

silencio

reinaba

monótonamente en Hill House, y cualquier cosa que anduviese por ella, andaba sola.

9


Autor de imagen: Agustin SB

10


Para Luca, Dixie y Nabi por ser más que solo mis mascotas y acompañarme cuando siento que estoy cayendo. Autor de imagen: Tullio Crali

Caída libre Karen Hernández Llevaba tres horas acostada en mi cama dándole vueltas en mi cabeza a la misma frase. Si no vas, eres una perdedora. Ya había pensado en veinte excusas para evitar lo inevitable: me caí de las escaleras y se me rompió la 11


pierna, me chocaron y no puedo ir, me surgió una emergencia en el trabajo, mi abuelita se murió… Luego recordé las malditas palabras. Si no vas, eres una perdedora, así que de golpe me paré de la cama y fui directo hacia el baño. Mientras me bañaba, vi la ventana que se encontraba en la pared. Después de analizar si cabía en ella, me pregunté qué pasaría si perdiera el equilibrio y me cayera inesperadamente. ¿Qué más daba? Solo eran dos pisos de distancia entre el baño y el patio de mi casa; probablemente acabaría con un hueso roto, pero por lo menos no tendría que ir. Me puse mis pantalones más cómodos, una blusa de algodón rosa y unos tenis blancos, y me dirigí a la cocina a desayunar. Primero pensé en hacerme un sándwich de jamón y mayonesa, sin embargo, recordé lo que iba a ocurrir. Era preferible desayunar algo ligero, ya que había menos probabilidad de vomitar si mi estómago no estaba lleno. Así que agarré una manzana. Para distraerme, decidí armar el rompecabezas que había iniciado la noche anterior. Completé una esquina, y al poco tiempo recibí un mensaje de Azure que decía que 12


llegaban en 5 minutos. Cinco minutos en los que accidentalmente podría quemarse mi cocina, entrar un ladrón y encerrarme en el baño, descargarse mi celular, quedarme dormida… Me acerqué al carro, el cual ya me esperaba en la entrada de la casa. Respiré profundamente y abrí la puerta de atrás. En cuanto lo hice, vi a Cela. —¿Lista? —fue lo primero que me dijo. —Claro que sí. —respondí con entusiasmo forzado y media sonrisa. Saludé a Ramsés que iba manejando y a Azure de copiloto. El carro arrancó y con ello sentí el golpe de mi decisión: mi corazón comenzó a palpitar a toda velocidad, mis manos empezaron a temblar y mi vista se volvió borrosa; de fondo oía la voz de Azure, mas no podía escucharla, no realmente; antes necesitaba sobrevivir al recorrido. Decidí recargar mi cabeza en la cabecera del asiento y descansar. Me desperté con el sonido de la puerta de Cela abriéndose. Nos bajamos del carro y fuimos a registrarnos. Nos recibió un instructor que nos explicó que, durante el tiempo de espera, debíamos tomar un curso intensivo 13


donde nos darían a conocer sobre los riesgos y la historia de la actividad. Una vez que llegó nuestro turno, nos pusimos los uniformes que nos proporcionaron. Todavía poseía un poco de calma, pero en el momento en el que me colgué el paracaídas en los hombros para ya subirnos al avión, el pánico empezó a incrementar al ritmo en el que ascendíamos. Para ese punto lo único en lo que podía pensar era en la frase: si no vas, eres una perdedora. Ramsés fue el primero en aventarse, luego le tocó a Azure y mientras se lanzaba Cela, el instructor me comentó que me engancharía a él para poder cargarme y arrojarnos del avión. Ya era mi turno; él empezó a contar. Uno: la mente se me puso en blanco y la sangre se me subió a la cabeza. Pues ya qué, pensé. Dos: cerré los ojos esperando a que dijera tres, pero en ese momento ocurrió. Lo primero que sentí fue cómo el aire abandonó mi cuerpo; unos segundos después, el tiempo se detuvo y pude disfrutar de la caída; en el descenso hicimos maniobras, y cada instante valió la pena. Me sentí orgullosa de haber saltado.

14


Para quienes se cuestionan el futuro. Para mí en cualquier tiempo.

Autor de imagen: The DK Photography

Recorriendo notas Karen Partida Entonces, comienza. Las notas agudas llegan repentinas, golpeando cada cuarto tiempo y avanzando de 15


manera más rápida, cada una impulsándome a dar un paso más. Se juntan las suficientes para llevarme a un escenario frente a una casa. Es de noche. Todo el camino desde donde estoy hasta su entrada está compuesto por césped verde y largo, el cual roza con mis piernas, dándome un agradable sentimiento de cosquilleo y frescura. Miro hacia el cielo y aprecio cientos de estrellas y una luna llena grande y brillante, iluminando con belleza el lugar. La casa parece ser de madera. Anterior a la puerta principal hay unos cuatro escalones, dando la ligera sensación de una terraza en la parte de enfrente. Subo los escalones y alcanzo la puerta. Al girar la perilla la encuentro cerrada. De repente, la música para. Segundos después, justo en el momento en que vuelvo a girar la perilla, entra una suave y entonada voz que trae consigo las notas pasadas junto con otras nuevas. Esta vez se abre. Me encuentro caminando por un pasillo que no parece tener un final visible. A mi derecha, puertas cerradas; a mi izquierda, más puertas cerradas. Siento temor de acercarme a una de ellas y verificar si se encuentran aseguradas, pero aun así lo hago tras toparme 16


con la quinta puerta a mi derecha. La perilla gira, mas dudo en entrar al cuarto; no sé con qué podría toparme. A través de la ligera apertura escucho muchas voces, o más bien la misma voz, pero muchas veces. Hablan de un tema distinto. Entro. Veo un salón con diferentes puertas abiertas. Tras cada puerta, un escenario con un ser; no distingo su cara, su cuerpo es solo una sombra. Son idénticos unos de los otros; no tengo claro si son la misma persona, pero eso aparentan. Me acerco a un punto central con vista hacia cada uno de los cuartos y entonces lo veo. Todos son una alternativa. Uno con el trabajo soñado. Otro ser con el trabajo menos pensado. Unos felices, unos tristes y unos cuantos indiferentes. Este salón gira en torno a la profesión, por lo que solo se muestran trabajos sin individuos. Lo único que pienso ahora es futuro, y al parecer lo estoy pensando tan fuerte que cada ser voltea a verme. Vuelven a lo suyo después de un rato. Es porque ellos son yo. Asustada, corro de vuelta al pasillo y rápidamente cierro la puerta detrás de mí. Me recargo en ella, procesando todas las posibilidades que vi. 17


Las notas se vuelven más continuas, más desconcertantes. La casa empieza a temblar. En busca de refugio, entro a la siguiente puerta que veo. En lugar de un cuarto parece un espacio abierto, como un parque. Comienzo a caminar, tratando de no alejarme mucho de la puerta por la que ingresé. Veo personas. Conforme se acercan las reconozco. Amigos, familiares, seres queridos. Pasan uno por uno desfilando frente a mí. De alguna manera siento alivio al ver rostros conocidos. No puedo evitar saludar y acercarme a ellos. Pero algo anda mal. Me ignoran, no parecen conocerme y solo siguen adelante. Algunos incluso simplemente se desvanecen como si fueran una proyección de mi mente. Siento un nudo en la garganta, siento debilidad en el cuerpo, siento los ojos humedecerse. Tengo la realización de que he dejado de temblar, por lo que decido devolverme al pasillo. Espero que el siguiente cuarto no me altere como los pasados. Lo hace. La nueva puerta que cruzo muestra todos los elementos que tanto deseo. Al principio es tranquilizante, pero todo está quieto. Calmado. No hay nada sucediendo en él. Es como un museo, solo son exposiciones sin vida. 18


Pero entonces, ¿quién debería admirarla? ¿Quién será el espectador? ¿Seré yo? Son como pinturas. En la pared, veo películas con mi nombre, inventos que he creado en mi mente anteriormente; veo a una familia, veo a mi perro, veo un retrato mío, sonriendo. Pero en ese mismo retrato, veo una flor junto a una nota que lee: pudiste haberlo logrado… con un poco más de tiempo. Va dedicado a mí, lo sé. Todo lo que me gusta en este salón es una demostración de lo que nunca alcancé. A falta de tiempo. A falta de vida. Así que me retiro. Corro por el pasillo y me topo con unas escaleras. Las subo. Cuando voy por el séptimo escalón empieza a entrar más luz. Las notas han cambiado; combinan Fa Sostenido, Sol y Si; crean una melodía tranquilizante. Observo el segundo piso. En vez de pasillos y cuartos, ahora solo hay una sala sin divisiones, sin puertas. En la pared de al fondo están corriendo proyecciones del piso hasta el techo, del muro izquierdo al derecho, como si no hubiera pared, como si lo proyectado fuera lo que está sucediendo aquí. Logro reconocer lo que se muestra. Son mis propias experiencias. 19


Hay escenas de preocupaciones pasadas. Estrés. Ansiedad. Tristeza. Procuro no verlas. Cubro mi cara y, cuando estoy por tapar mis oídos, me detengo. Noto que hay algunas que ni siquiera recordaba. Sucedieron hace mucho. Entonces abro los ojos, pongo atención. Reconozco las diferentes perspectivas, el momento en que sucedieron y el tiempo después de ello. Ahora no parece ser tan malo, me digo a mí misma en voz alta. No lo es. He superado esos momentos. La casa parece escuchar mi comentario. La pared se torna oscura, las notas paran. Estoy confundida. No sé qué pasará, no sé por qué se detuvo. Tengo miedo. Después de los demás cuartos y salones a los que he entrado, no sé qué esperar. El silencio empieza a ser interrumpido por mis latidos. De golpe, entran nuevas notas; unas rápidas y otras lentas al mismo tiempo. Y así empiezan. Buenas experiencias. 20


Días felices. Demasiado felices. Viajes,

conciertos,

convenciones,

eventos,

momentos con mi familia y amigos. Recuerdos. Distintos escenarios: playas, bosques, desiertos. Cada que uno inicia, el cuarto cambia; siento como si lo viviera otra vez. Si había viento, se siente una corriente soplar; si había música, se escucha todo a mi alrededor como si la casa tuviera el mejor sistema de sonido; si llovía, si estaba sobre tierra o césped, si era de noche, de tarde o de día, todos estos factores eran tomados en cuenta por la misma sala y me traían consigo al lugar del suceso. Me veo de niña, jugando con perros ajenos. Veo a mi hermana y a mí, riéndonos sin poder parar, una y otra vez. Pasa muy seguido. Veo a mi mamá, sonriendo, disfrutando estar con nosotros y hacernos feliz. Veo a mi papá tomando fotos; a veces de nosotras, a veces del lugar, muchas otras de comida. Escucho la creación de chistes internos, dándole sentido a todos los que vinieron después. Veo a mis primos, primas, tíos y tías rodeando una fogata; siento su calor. Nos veo cantando juntos alrededor de mi primo y su guitarra. Nos veo jugando cartas o brincando 21


la cuerda. Veo a mi abuela, poniendo grabaciones de mi hermana y yo cuando éramos pequeñas. Veo a mis amigas desayunando en un restaurante, hablando tal vez un poco más alto de lo que deberíamos. Veo esos momentos en los que, de la risa, se viaja a un silencio de lo más agradable a la vez que confortante. Me veo a mí, conociendo a varios de mis ídolos. Me veo a mí, haciendo reír a la gente. Me veo a mí, reconociendo que yo también soy capaz de alegrar a otros. No sé si es por el drástico cambio de sentirme frustrada a sentir este tipo de felicidad, o si es porque esos recuerdos, desde el momento en que sucedieron, siempre han sido los que más feliz me han hecho, pero me lleno de emoción que recorre todo mi cuerpo y acelera mi corazón. Me paro en el centro a admirar todo aquello por lo que me siento tan agradecida, completamente conmocionada. Alcanzo a notar otras escaleras a mi derecha. Incluso cuando quiero quedarme a ver otros momentos increíbles, la curiosidad es demasiado fuerte como para permanecer aquí. Sin mencionar que no tengo idea de qué pasaría si llegara al final de tantas memorias. 22


En fin, siempre las traigo conmigo, y espero que así continúe toda mi vida. Cedo ante mi instinto de continuar avanzando. Al subir al tercer piso distingo el lugar. Es una proyección de mi propia casa, pero tiene algo diferente. Todo está sobre el mismo plano, acomodado en un solo piso. Mi tele con mis series favoritas corriendo. Mi tocadiscos girando a alto volumen. La cocina con mis comidas favoritas y el olor a chocolate proviniendo de varios postres horneándose. Hay una torre de todas las películas que amo. Tras salir por la entrada principal veo los lugares que frecuento, todos acomodados cercanos, como si estuvieran en una plaza. Está mi escuela, el cine, la cafetería; mis conocidos y seres queridos rondan por ahí, sonríen al verme. Entonces caigo en cuenta: en cuestión de pasos, en cuestión de notas, he visitado el futuro, el pasado y, por lo que veo ahora, el presente. Vuelvo a entrar. Voy al patio donde mi perro me recibe con gran felicidad. Recargadas ante la pared hay unas escaleras que llevan al techo. Decido subirlas.

23


El techo se convierte en una amplia y cómoda terraza. Las notas se han separado un poco. Veo hacia enfrente y lo noto. Hay una maravillosa vista, hermosa, llena de color. Repleta de vida. Una línea divide el paisaje, antes de esta hay elementos que conozco. Después de ella, se encuentra lo desconocido, que abarca mucho más territorio. Siento de repente una gran inspiración por llegar a esas tierras inexploradas. Tengo miedo, pero ese mismo miedo me genera un inexplicable entusiasmo. La vista que tengo desde aquí es bastante agradable, ¿por qué habría de cambiar tanto estando dentro de ella? Las notas cambian; son más seguidas, más fuertes, más variadas. Vuelvo al interior. Bajo. Recorro de nuevo todos los cuartos que visité, paso por el mismo pasillo de la entrada del primer piso. Pero al regresar me llega la realización: ha estado bajo mi control desde el principio. Yo he creado lo que se encuentra dentro de esta casa y todo lo que la conforma. Probablemente no siempre he sido consciente de lo que he introducido en ella, pero sé que se debe a mí. Es mi completa responsabilidad. Las 24


notas me han llevado a ella, sin ellas no la hubiera encontrado. Cada cambio importa. A veces las mismas notas me guían a un cuarto diferente o modifican alguno ya existente. Igualmente, depende de mí. Podría ignorar el primer piso, podría escoger qué mostrar en el segundo. Pero no lo hago. Los vi por alguna razón. Prefiero no ignorarlos. Solo debo verlos de una manera más calmada. Pensarlos. Procesarlos. Tomarlos en cuenta para cuando vuelva a salir o vuelva a entrar. Por medio de cada cuarto voy conociendo mejor esta casa. ¿Por qué cambiar lo que la hace lo que es? Camino hacia el primer cuarto al que entré. Tengo curiosidad. Pero al ingresar no es igual. Encuentro a los mismos seres que vi anteriormente, solo que ahora hay más alternativas. Miro hacia arriba y ahí está: una pintura del mismo paisaje que logré visualizar desde la terraza. Aún sigue llamándome. Aún voy tras él. Salgo al pasillo de nuevo. En el techo hay un collage animado de todo lo que me gusta. Hay una combinación de cada habitación que visité, además de muchos

otros

elementos.

Relaciones,

posesiones, experiencias. Pasiones. 25

profesiones,


Lo siento, siento cómo no me arrepiento de decisión alguna. Escucho un bostezo atravesar la casa. Sus luces empiezan a difuminarse. Tengo suficiente por ahora. Corro en dirección a la salida, y embisto la puerta principal, abriéndola. Ahora es de día. Veo los colores más vívidos. Veo el paisaje. Camino hacia enfrente, bajo los escalones. Corro adentrándome al largo césped. Me lleno de energía. Doy vueltas. Siento una ligera llovizna. Volteo, mostrándome frente a la casa. La veo de arriba abajo, admiro sus detalles y su belleza. Así, mi rostro está cubierto por una grande e inevitable sonrisa al postrarse tanto ante mí. Toca una última nota. Se alarga, pero va bajando de volumen, difuminando su sonido. Es tiempo de irme. Aún sonriente, me siento sobre el zacate y observo embelesada lo que me rodea. Yo creé esto. La nota acaba. La imagen se cierra de golpe. Suficiente por hoy. Me quito mis audífonos, vuelvo a la realidad. Miro alrededor de mi cuarto. Todo parece normal. Tomo un momento en silencio para simplemente reflexionar. 26


Pienso qué pasó, qué vi, qué viaje realicé esta vez. Luego, con una sonrisa en mi cara descanso mi cabeza sobre mi almohada y cierro mis ojos. ¿Qué pensamientos tendré ahora en mis sueños?

27


página de cortesía

28


Fragmento

Rebecca Daphne DuMaurier

Autora de imagen: Becca Stadtlander

29


Anoche soñé que había vuelto a Manderley. En mi sueño me encontraba ante la verja del parque, pero durante algunos momentos no pude entrar. Estaba cerrada la puerta con candado y cadena. En sueños llamé al guarda, pero nadie me contestó, y cuando miré detenidamente a través de los mohosos barrotes de la verja, vi que la caseta estaba abandonada. No humeaba la chimenea, y las ventanucas y sus celosías bostezaban en su abandono. Entonces, como todos los que sueñan, me sentí de repente dotada de una fuerza sobrenatural y atravesé como un espíritu la barrera que me detenía. Serpenteaba el camino ante mí, retorcido y tortuoso como siempre, pero según avanzaba noté que había cambiado; ahora era estrecho y estaba descuidado, no como yo lo había conocido. Al principio me extrañó y no comprendí lo que había cambiado; pero cuando tuve que bajar la cabeza para no tropezar con una rama que cruzaba el camino, me di cuenta de lo ocurrido. La Naturaleza había reconquistado lo que fue suyo y, poquito a poco, con métodos arteros e insidiosos, había ido invadiendo el camino, extendiendo por él sus dedos, largos y tenaces. El bosque, siempre amenazador, incluso en tiempos pasados, había triunfado 30


al fin. Oscura y salvaje, la vegetación llegaba hasta los bordes del camino. Las hayas, de tronco blanco y desnudo, se inclinaban las unas hacia las otras, y entrelazaban sus ramas en un extraño abrazo, formando sobre mi cabeza una bóveda, como nave de iglesia. Vi otros árboles mezclados con las hayas, que no reconocí: robles achaparrados y olmos retorcidos que habían nacido inopinadamente de la tierra silenciosa, junto a plantas y arbustos disformes, de los que tampoco me acordaba. El camino había quedado reducido a sendero, ya sin grava, ahogado de hierbas y musgo. Abundaban en los árboles las ramas bajas que estorbaban el paso; las retorcidas raíces parecían dedos de esqueletos. Aislados entre la maleza pude reconocer algunos macizos, que en nuestros tiempos resaltaban graciosos y cuidados, como aquel de hortensias, de tallos elegantes, cuyas azuladas flores llegaron a adquirir cierto renombre. Nadie las cultivaba ya y se habían vuelto silvestres, creciendo desmesuradas, incapaces de florecer, negruzcas, feas, como los anónimos parásitos que junto a ellas crecían. Aquel pobre hilillo blanco que un día fue nuestro camino avanzaba más y más, torciendo ora a la derecha, ora a la izquierda. Algunas 31


veces lo creí ahogado para siempre, pero aparecía de nuevo, acaso bajo un árbol caído, o luchando con el barro de una charca nacida de las lluvias ínvernales. Me pareció el camino más largo que antes. Evidentemente, las millas se habían multíplicado, como los árboles, y el camino conducía únicamente a un laberinto, a una espesura impenetrable, y no a la casa. Pero, de repente, apareció ésta ante mí. La avenida que conducía hasta la puerta estaba casi borrada por el desmesurado crecimiento de matojos exuberantes que se extendían por todas partes. Me detuve, con el corazón palpitante, mientras sentía en los ojos la extraña punzada de las lágrimas. ¡Allí estaba Manderley! ¡Nuestro Manderley reservado y silencioso, como siempre! Sus grises piedras brillaban a la luz de la luna de mis sueños, y las vidrieras reflejaban los verdes macizos de césped y la terraza. El tiempo no había logrado destruir la perfecta simetría de aquellos muros ni el lugar sobre el que se alzaban como una joya mostrada en el hueco de la mano. La terraza se fundía en los macizos y los macizos en el mar; volviendo la cabeza, pude ver la sábana de plata, tranquila a la luz de la luna, como lago no inquietado por brisa o por aquilón. 32


Ni una ola rizaba aquellas aguas de ensueño, ninguna nube impelida por el poniente oscurecía la claridad del pálido firmamento. Volví a mirar hacia la casa, y aunque se alzaba inviolada e intacta, como sí la acabáramos de abandonar, vi que el jardín había obedecido la ley de la selva, igual que el bosque. Los rododendros medían más de quince metros y se retorcían abrazados en extrafío maridaje a una multitud de arbustos anónimos, pobres advenedizos, que se agarraban a sus raíces como si se dieran cuenta de su origen bastardo. Se veía una lila enlazada con una haya roja, y, como si quisiera hacer la unión más fuerte, la hiedra malévola, sempiterna enemiga de lo grácil, había extendido sus tenaces zarcillos alrededor de la pareja, que así resultaba prisionera. La hiedra reinaba en el abandonado jardín; sus largas ramas se arrastraban sobre el césped, y pronto llegarían hasta la misma casa. Otra planta, espurio brote del bosque, cuyas semillas caían y morían antes bajo los árboles, marchaba ahora junto a la hiedra, e imponía su fealdad de ruibarbo monstruoso sobre los suaves bancales de césped donde antes florecían los narcisos. Crecían por todas partes las ortigas, vanguardia del ejército invasor, Ahogaban la 33


terraza, se desperezaban en los senderos, se inclinaban, vulgares y delgaduchas, hasta contra las ventanas de la casa.

Centinelas

descuidadas,

habían

dejado

que

rompieran sus filas los arbustos de ruibarbo; sus cabezas arrugadas, sus tallos encogidos, formaban veredas frecuentadas por los conejos. Pasé del camino a la terraza, pues las ortigas no eran barrera para mí. Caminaba encantada, y nada podía detenerme. La luna sabe jugar con la imaginación, hasta con la imaginación de una persona que duerme. Estaba frente a la casa, callada, silenciosa, y hubiera podido jurar que Manderley no era un caparazón vacío, sino que vivía y respiraba como en otros tiempos. Veía luz en las ventanas; la brisa nocturna movía suavemente las cortinas; y allí, en la biblioteca, estaba la puerta mal cerrada, como la habíamos dejado, y junto a un jarrón de rosas, mi olvidado pañuelo. El cuarto mismo era testigo de nuestra presencia allí: un montón de libros preparados para ser devueltos a la biblioteca circulante y un desechado número de The Times; ceniceros con alguna colilla; almohadones que aún conservaban las huellas de nuestras cabezas, tirados sobre las sillas. En el hogar, los 34


rescoldos del fuego, que durarían hasta la madrugada, y Jasper, nuestro querido Jasper, con sus ojos expresivos y sus dientes poderosos, estaría tumbado dando con el rabo sobre el suelo porque había oído las pisadas del amo. Una nube, antes no vista, cubrió de repente la luna y se detuvo un instante, como mano sombría que escondiera una cara. Desapareció la ilusión con ella. Volví a ver solamente un caserón desolado, inanimado, abandonado hasta de los fantasmas, sin que ni un eco del pasado se agarrase a sus paredes desnudas. La casa era una tumba, y nuestras angustias y nuestros sufrimíentos estaban allí enterrados en las ruinas. No resucitarían. Cuando, ya despierta, recordase a Manderley, lo haría sin amargura. Pensaría en lo que hubiera podido ser, pensaría que yo hubiera podido vivir allí sin sufrimientos. Me acordaría de la rosaleda en verano y del gorjeo de los pajarillos al amanecer. De la hora del té bajo el castaño, del rumor del mar que nos llegaba a través de los prados. Pensaría en los lirios en flor y en el Valle Feliz. Eran cosas permanentes y no podían desaparecer. Eran recuerdos y no podían causarnos dolor. Todo esto pensaba aún soñando, mientras las nubes ocultaban la cara de la luna, pues, como muchos que 35


sueñan, me daba cuenta de ello. La verdad era que me encontraba durmiendo a muchos cientos de millas, en tierra extranjera, y que despertaría, pasados unos segundos, en el desnudo cuartito de un hotel cuya vulgaridad anónima me servía de consuelo. Suspiraría un instante, me desperezaría, daría la vuelta, y al abrir los ojos me sorprendería el sol resplandeciente, el cielo límpido y duro, tan distinto de la suave claridad de la luna de mi sueño. Comenzaría nuestro día, largo y monótono, es verdad, pero lleno de cierta paz, de cierta bendita tranquilidad que antes no habíamos conocido. De Manderley no hablaríamos, ni yo le contaría mi sueño. Porque Manderley ya no era nuestro; Manderley ya no existe.

36


Para mis padres, tíos y abuelos, y todos los de la Calzada para Allá

Autor de imagen: José Hernández-Claire.

22 de abril, la herida que no ha sanado en Guadalajara Andrea Vázquez del Mercado

37


¿Quién sabe algo sobre la calle Gante o sobre la pared que se encuentra en una de sus esquinas, aquella que tiene los nombres de algunos de los corazones que dejaron de latir cuando las tapaderas de las alcantarillas bajaron del cielo? ¿Quién sabe algo sobre Violeta, 20 de Noviembre o R. Michel? Pregúntale al 22 de abril de 1992, y él, pintado de sangre, humo, tierra y lágrimas, te contará todo lo que quieras saber. Esta es una de las voces de los que corrieron entre gritos sin saber dónde esconderse del aliento a gasolina de la muerte. Estas palabras pertenecen a quienes despertaron para morir, a quienes ayudaron a levantar escombros y a quienes, después de dos décadas, permanecen de pie, incluso cuando perdieron una pierna, una casa o un ser querido. Esta es la historia del día en que una parte de Guadalajara, la perla de occidente mexicana, voló.

I

Lunes 20 de abril. La celebración del cumpleaños número veintidós de Óscar tuvo lugar en la casa de sus padres, a 38


las cercanías de la Antigua Central Camionera. La temperatura cálida quedó en segundo plano comparada con el violento olor a gasolina. Ni él ni sus amigos tenían claro por qué continuaba contaminando el aire, solo sabían que estaba ahí; durante el día y durante la noche.

II

El 21 de abril, Lupita, de entonces diecinueve años, preguntó por qué no permitían que los carros circularan por la calle Gante, a una cuadra de donde vivía. Al regresar del trabajo, sus hermanos mayores debían estacionar los coches en otro lado o llegar a su casa caminando. La respuesta a su pregunta la brindó una capitalina que se encontraba de visita debido a las vacaciones de Semana Santa y Pascua. La pobre señora, testigo del terremoto que sacudió la Ciudad de México en el 85 y de la explosión de tanques de almacenamiento de gas en San Juanico, ya alcanzaba a percibir el hedor a muerte. —¿Qué no notas que huele demasiado a gasolina? —le preguntó, probablemente sorprendida. El aroma

39


estaba tan impregnado en el aire que Lupita, ya acostumbrada a él, dejó de tomarle importancia. El día transcurrió con normalidad: Lupita preparó la comida en compañía de una de sus hermanas, lavó la ropa y planchó. Esa noche se fue a dormir sin preocupaciones rondando por su cabeza. A la mañana siguiente, a las diez horas con diez minutos, el mueble color ocre rojizo que sostenía el televisor negro, de esos que tienen la pantalla curvada, saltó unos cuarenta centímetros. Se escuchó un estruendo. Los sillones y las sillas también dieron un brinco. Lupita vio todo parada a un lado de la puerta que daba a la calle; no lograba entender. Segundos antes estaba a la espera de que comenzara Topacio, telenovela transmitida por el Canal 6, observando la hora que daba el televisor. Segundos antes era un miércoles cualquiera de Semana Pascua, uno que no prometía nada extraordinario. La señora capitalina gritó aterrada que debían salir, asegurando que la casa estaba a punto de derrumbarse. Pero Lupita y sus hermanas no temían por eso, o por sus vidas, o por la vida de la tía Calle (una mujer de casi cien años que no veía nada más que sombras); Lupita y sus dos 40


hermanas temían por la vida de Maribel, la más pequeña de ellas, quien minutos previos había salido a dar un mensaje a unos conocidos que no vivían muy lejos. “Angélica la quería forzar a ir primero a la tienda que estaba en Gante”, recuerda Lupita. “Pero Ceci (otra de las hermanas) y yo le dijimos que no, que primero tenía que ir a dar el recado porque nosotras se lo habíamos pedido antes.” Entre dos personas guiaron a la tía Calle al exterior; Lupita, angustiada, obedeció a la capitalina, quien prometía que afuera era más seguro. Estaba equivocada. El polvo impedía que vieran las casas vecinas y los escasos árboles. El único color interceptado por los ojos espectadores de la desgracia era una tonalidad de blanco marfil. La casa de su abuelo paterno no se contemplaba, lo que las llevó a pensar que se había caído. Las personas comenzaron a salir por encima de los escombros, golpeadas y bañadas en tierra y sangre. —¡Un teléfono, por favor, un teléfono! —imploró a gritos una mujer—. ¡Tengo que hablar y pedir ayuda!

41


—Véngase, señora, pásese —la invitó Lupita a su casa. La señora, en shock y ahogada en desesperación, entró a la residencia. El teléfono sonó, Lupita se acercó a contestar. Se trataba de su hermana Carmen, quien quería saber cómo estaban. Ella y su esposo vivían en San Pedro Tlaquepaque, pero gracias a un noticiero de radio se enteraron de lo ocurrido. Antes de colgarle, presionada por las súplicas de la señora que pedía auxilio, Lupita olvidó decirle que casi todas seguían vivas. “Preocupé y asusté más a mi hermana”, me cuenta. “Después Carmen me dijo que les habló a mis hermanos que trabajaban en un negocio en la calle Violeta (otra que explotó) para decirles que corrieran a la casa porque algo nos había pasado.” Con las manos temblando marcó sin éxito el número que salió de la boca de la señora. Lupita estaba tan asustada y nerviosa que dio mal las vueltas del teléfono de disco, por lo que no pudieron enlazarse hasta que llegó un conocido que les ayudó. La señora quería informar que su casa se había desplomado.

42


I

Óscar, recostado en su cama a punto de realizar una llamada telefónica, sintió cómo su casa se levantó y regresó. Lo primero que pensó en su aturdimiento fue que había explotado una pipa de gas, pero no se acordó del olor a gasolina. Salió de su casa asustado, siendo recibido por una nube de polvo y por el ruido y la imagen de objetos cayendo. No entendía nada. El asombro le dejó algo de espacio a la preocupación, a la suya y a la de su madre, quien espantada preguntaba por la hermana mayor de Óscar. Lo último que sabían de ella era que había ido a la tienda. Apresurado corrió a buscarla. Al dar la vuelta se percató de que todo el mundo estaba en la calle. Gritaban, lloraban, corrían; eran presas del miedo. Cuando llegó a Violeta, notó que la ancha calle se asemejaba a una zona de guerra. El suelo se había sumergido y partido en dos, los coches se encontraban volteados y los postes de luz

43


inclinados. Óscar alcanzó a visualizar a un hombre con cámara e identificación de reportero. A su hermana la encontró a media cuadra de Violeta, totalmente ida. Del brazo la regresó a casa, donde le comentaron que Gerardo, otro de sus hermanos, estaba en la calle. Le pidieron buscarlo. Así lo hizo. Un amigo le dijo que había visto a su hermano caminando por Violeta ahí antes de la explosión. Se le formó un nudo en la garganta. Se lo tragó. Más adelante, ayudó a unas personas que estaban intentando rescatar a otras. No podía ser indiferente, ¿quién podría serlo en una situación así? Al terminar siguió avanzando y, otra vez, ayudó a sacar a un individuo de los escombros. Fue entonces, con el cuerpo a la vista, que se dieron cuenta de que se trataba del cartero del barrio, con todo y su bicicleta. Ese fue el primer muerto que veía en su vida. Continuó caminando y asimilando escenas que se repetían una detrás de otra: heridos, muertos, personas en shock,

corriendo,

que nada, ayudando.

44

llorando,

gritando,

pero

más


Recordando que su hermano visitaba con frecuencia a sus cuñados, Óscar se dirigió al negocio de ellos. Lo primero que vio al llegar fue que un coche se encontraba encima del ingreso del local. Halló a los dueños vivos, por lo que les preguntó por su estado y, por supuesto, si sabían algo sobre Gerardo. Le contestaron que estaban bien, pero que muchos habían muerto. También le dijeron que no sabían nada de él. Decidió recorrer los metros necesarios para llegar a la casa de Ceci, su cuñada. Para arribar al lugar primero tuvo que caminar por el caos en el que estaba sumergida Gante. La destrucción era palpable y al mismo tiempo intangible. Anduvo con cuidado entre trozos de piedra, algunos del tamaño de una llanta. Caminó en el infierno sin llamas, rodeado de árboles caídos y un camión que apuntaba al cielo. En la casa de Ceci estaban asustadas y vivas, mas no habían escuchado nada. Por horas, suspendió la búsqueda de su hermano para colaborar con el rescate de los heridos. No se permitió pensar que alguno de sus seres queridos estaba enterrado bajo automóviles que descendieron del cielo, o por los 45


restos de los edificios que sucumbieron ante los efectos de la gasolina, pero la gente atrapada entre los cascotes, desechos, vidrios y fierros eran, en definitiva, los seres queridos de alguien más. En la zona de Gante las casas no parecían casas, parecían pedazos de ladrillo de lama y adobe amontonados entre sí. Un trailer descansaba sobre la azotea de una finca que había quedado semi destruída. A lo largo de trece kilómetros de calles siniestradas desde La Nogalera hasta el barrio de San Juan de Dios, cientos y cientos de personas murieron decapitadas, aplastadas, asfixiadas. Algunas dieron su último aliento arrolladas por la maquinaria que introdujo el gobierno antes de tiempo, cuando sus corazones aún latían. Se fueron repentinamente, en un abrir y cerrar de ojos. III

En Gante vivía una niña que tenía dos hermanas. La nana de la niña era vecina de Lupita, a quien le contó que, una noche antes de las explosiones, la niña y sus hermanas se quedaron a dormir en la casa de su abuelita. En la mañana 46


del 22 de abril fueron a desayunar a su departamento en Gante, y la niña, a diferencia de su abuelita y sus hermanas, se quedó sentada en la banqueta afuera de su casa. En Gante murió esa niña, tragada por la calle que se abrió. La niña no quería levantarse ese día; si no lo hubiese hecho habría muerto aplastada por una tapadera de alcantarilla que cayó justamente en la cama en la que durmió. En Gante vivía un niño, era hijo de una amable pareja que tenía una tiendita de abarrotes. El niño escuchó un ruido el 22 de abril, buscó a su padre y su padre lo buscó a él, pero cuando salió al patio esperando ver a su papá, una tapa de alcantarilla le cortó la cabeza.

II

La mamá de Lupita llegó del mercado. Paty, otra de las hermanas, cerró el negocio en el que trabajaba en la calle Los Ángeles; corrió a su casa mientras lágrimas desesperadas bajaban y bajaban por sus mejillas.

47


Maribel, la hermana menor, no fue a dar el recado. Maribel no murió porque se entretuvo en la casa de una de sus primas. Sus hermanos llegaron después, pálidos, idos. Todo ocurrió en cuestión de minutos, y en cuestión de segundos la madre de Lupita tomó la decisión de alejar a su familia de la zona; el rumor de que una nueva ola de explosiones tendría lugar era fuerte, tan fuerte como el olor a gasolina que antecedió la catástrofe. Sentían que se trataba de una bomba de tiempo. Salieron del barrio amontonados en una combi, rezando rosarios entre sollozos y lamentos. Salir no fue sencillo, no cuando el pavimento estaba levantado, no cuando los cuerpos, vivos e inertes, no habían sido rescatados. No cuando otros coches, conducidos por personas que no entendían o no estaban enteradas de la situación, intentaban entrar. Decían que en cualquier momento iba a explotar toda Guadalajara.

I

48


Óscar perdió la noción del tiempo. Al entrar a su casa descubrió que su familia ya se había ido. Entonces optó por seguir buscando a su hermano. Se anunció que los damnificados y heridos habían sido llevados a unos albergues recién habilitados. Uno de estos era un campo de béisbol, mientras otros pasaron de ser gimnasios a campamentos de personas con ojos hinchados, sonrisas inexistentes y cejas caídas. Se dirigió hacia esos sitios junto a un amigo que lo transportó en su auto. En los albergues se topó con muchos conocidos, pero no con él, no con su hermano mayor. Para las siete de la tarde la angustia subía con lentitud por su garganta, sus brazos, su cuerpo entero. No sabía nada, nadie sabía nada. Un amigo le sugirió que fuera a buscarlo al CODE. En un principio no entendió la recomendación, pero enseguida se dio cuenta de que ahí era donde estaban llevando los cuerpos de las personas fallecidas. Se debatió entre ir y no hacerlo; la decisión era complicada, sabía que tendría que presenciar algo para lo que, quizá, no estaba preparado.

49


No tenía otra opción. El recorrido consistió en observar cada cadáver, de uno por uno. Todos los cuerpos estaban marcados por las huellas

innegables

golpeados,

de

la

ensangrentados,

destrucción: llenos

de

mutilados, tierra.

Fue

traumatizante, fue una mezcla de alivio al no reconocer el cuerpo de su hermano, y de dolor por las vidas que vieron su fin de una manera tan trágica y desgarradora. Los cuerpos estaban numerados con marcador de tinta permanente; en la cancha de baloncesto depositaban cadáveres y conforme los iban reconociendo se los entregaban a los familiares. Eran más de novecientos. La cifra oficial sigue siendo de doscientos diez fallecidos. Abandonó el lugar por la noche, con el cuerpo adolorido y la mente cansada. Partió de nuevo hacia su casa para ver si tenían noticias de su hermano. Afortunadamente, un vecino le contó que lo vio llegar. Sintió que la tranquilidad entraba a su alma; quería llorar, pero no podía. No pudo llorar hasta días después. Otro vecino le comentó que su familia le había dejado el mensaje de que se irían a la casa de sus abuelitos. 50


Efectivamente los encontró allá, a todos, en blanco, sin comprender lo que cada uno vivió. Los días siguientes fueron de luto, de luto por una sociedad rota, corrupta, injusta; se vistieron de negro por el cartero, por la niña y el niño de Gante, y por todos los niños, jóvenes, adultos y ancianos. Se celebró una Misa en la Basílica de Zapopan en memoria de los damnificados y los fallecidos, y fue durante la ceremonia que apenas pudo soltar el llanto. La explosión del llamado a la justicia detonó tiempo después, cuando los ciudadanos fueron quienes se levantaron de los escombros al no recibir respuesta del gobierno estatal y federal, quienes se cobijaron bajo el Patronato de Reconstrucción. Óscar me cuenta que el decreto de constitución del Patronato de Reconstrucción fijó candados injustos para establecer los montos de las ayudas; la base de cálculo por metro cuadrado para la ayuda de reconstrucción no consideraba los gastos de rehabilitación del terreno que quedó dañado con la explosión, ni tampoco la depreciación

acumulada

del

dinero,

ya

que

la

reconstrucción solo sería posible luego de, por lo menos, 51


dos años. El Estado nunca se hizo responsable de los daños que dejó la explosión, todo lo manejó como ayuda humanitaria, entonces toda la ayuda fue condicionada con unas reglas de control político; les importó más el control de daños que la justicia. “Los damnificados merecen indemnización, no ayuda; merecían justicia, no impunidad; merecían poder reconstruir sus vidas, no represión”, comparte Óscar. El 31 de mayo de ese año, los damnificados que no estaban de acuerdo con las reglas de la ayuda para la reconstrucción realizaron una marcha en silencio. La marcha terminó en un plantón en la Plaza de Armas. A eso de las tres de la mañana del 1 de junio de 1992, un grupo de aproximadamente cuarenta elementos de seguridad pública de Jalisco desalojaron con violencia a los damnificados del 22 de abril, dejando con heridas graves a uno de ellos. Tras las investigaciones realizadas por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, se pudo establecer que fue el propio Estado quien ejecutó el desalojo y se ensañó con los líderes del movimiento, lo cual consta en la recomendación Rec_1994_057 emitida por la CNDH en junio de 1994. 52


— Háblame sobre historias de fantasmas y yo te hablaré de las almas que se perdieron en Guadalajara, en la calle que vio a tanta gente crecer y morir. Háblame de injusticia y yo te hablaré del hijo del señor de la tiendita de abarrotes, del hombre que tuvo que observar novecientos cuerpos sin vida para saber algo de su hermano y de la mujer que vio gruesas pinceladas de rojo vivo. Háblame de impunidad y corrupción, y yo te hablaré de los muertos que no entran en la cifra oficial, de los damnificados que no han podido encontrar trabajo o que siguen sin indemnización, y de cómo PEMEX y el Estado salieron con las manos limpias. Háblame de miedo y yo te hablaré de las explosiones del 22 de abril de 1992.

53


Autora de imagen: Andrea Vázquez

54


Para Nina, gracias por enseñarme que bailar es vivir.

Autor de imagen: Joe Anderson (Lake Mungo, 2008)

Una historia de fantasmas José Luis Kanan

55


1. INT. CASA DE LOS ROBERTS - DÍA. CAMERA POV: Silencio total. Hay un sillón viejo, costoso y bien cuidado. El azul chillón del mismo resalta en relación con sus alrededores. Detrás de este, una pared, y un poco a la izquierda, un pasillo largo y oscuro. Podemos ver que, del lado derecho, la luz llega en grandes cantidades. JACOB (V.O) Señor, ya estamos grabando. Siéntese frente a la cámara cuando esté listo. CAL (V.O) Sí. (Se dirige a alguien más) Estaremos bien. Ella saldrá. Se escuchan GEMIDOS y PASOS. Pasa el tiempo. Una persona se sienta en una esquina del sillón. Es CAL (30s). Se ve exhausto; debajo de sus enormes ojos tiene bolsas de cansancio. Está despeinado y delgado de una forma no saludable. Utiliza ropa cara. Físicamente está sentado ahí, pero su mente y alma están en otro lado.

56


La cámara encuadra al sillón completo, pero no está centrado. Pasa el tiempo, esperamos ahí, como si Cal se fuera a dar cuenta por sí mismo que no está en la posición correcta. JACOB (V.O) Señor, ¿podría centrarse un poco? No está en posición. Cal lo ignora, ve a la cámara, está ido; parece no percatarse de lo que le están pidiendo. JACOB (V.O) ¿Podemos mover la cámara? La cámara se tambalea mientras la cambian de posición. En uno de los movimientos bruscos, el pasillo queda al descubierto por un momento, revelando la figura de una niña. Nadie se percata de ella. La cámara se acomoda a la posición de Cal; la luz que llegaba por las ventanas deja de ser suficiente. La cara de Cal está llena de sombras. JACOB (V.O) Sé que ya lo ha repetido muchas veces, pero ¿le importaría

57


decirlo una vez más? Para la cámara. Cal mira directamente al lente. Luego de unos momentos, empieza a hablar. REVERSE SHOT. Un grupo de 5 personas detrás de la cámara: JACOB, FRANK, ELLIOT, SANTIAGO Y ALANA. El resto de la sala es espaciosa, de una familia adinerada. A pesar de que los colores son vivos, las ventanas detrás de ellos están cerradas, ya sea porque la luz arruina la toma o porque alguien prefiere estar en la sombra. El equipo que manejan es bastante grande. Jacob, Frank, Elliot y Santiago hacen una actividad diferente: graban el audio, manejan la cámara, sujetan los difusores de luz. Todos observan el monitor mientras escuchan hablar a Cal, menos Jacob. Él lo mira. Alana se encuentra en una esquina de la toma, sentada en una silla, sosteniendo una ya fría taza de té. LENTAMENTE, LA CÁMARA SE ACERCA A JACOB, QUE NO QUITA SUS OJOS DE CAL.

58


CAL (V.O) Veníamos de regreso de la iglesia. Era un sábado. Siempre nos ha gustado cómo las da el padre John. Nunca hablamos en el camino de regreso, eso es algo queFRANK (se dirige a Jacob) ¿No debería empezar desde el día del accidente? Necesitamos contexto. JACOB Señor, ¿podría empezar desde el principio? CAL Es lo que estoy haciendo; desde que fuimos a la iglesia ambos sentimos algo raro. JACOB (Nervioso) No ese principio. Me refiero al accidente. El día en el que falleció.

59


Los ojos de Cal reflejan dolor puro. Sin lágrimas. Un largo tiempo pasa. CAL (V.O) Sí. CORTE A CRÉDITOS DE INICIO

60


Fragmento

La Caída de la Casa de Usher Edgar Allan Poe I En el más verde de nuestros valles, habitado por los ángeles buenos, antaño un bello y majestuoso palacio —un radiante palacio— alzaba su frente. En los dominios del rey Pensamiento, ¡allí se elevaba! Jamás un serafín desplegó el ala sobre un edificio la mitad de bello.

II Banderas amarillas, gloriosas doradas sobre su remate flotaban y ondeaban (esto, todo esto, sucedía hace mucho, muchísimo tiempo); y a cada suave brisa que retozaba en aquellos gratos días,

61


a lo largo de los muros pálidos y empenachados se elevaba un aroma alado.

III Los que vagaban por ese alegre valle, a través de dos ventanas iluminadas, veían espíritus moviéndose musicalmente a los sones de un laúd bien templado, en torno a un trono donde, sentado (¡porfirogénito!) con un fausto digno de su gloria, aparecía el señor del reino.

IV Y refulgente de perlas y rubíes era la puerta del bello palacio por la que salía a oleadas, a oleadas, a oleadas y centelleaba sin cesar, una turba de Ecos cuya grata misión era sólo cantar, con voces de magnífica belleza, el talento y el saber de su rey. 62


Autor de imagen desconocido

V Pero seres malvados, con ropajes de luto, asaltaron la elevada posición del monarca; (¡ah, lloremos, pues nunca el alba despuntará sobre él, el desolado!)

63


Y en torno a su mansión, la gloria que rojeaba y florecía es sólo una historia oscuramente recordada de las viejas edades sepultadas.

VI Y ahora los viajeros, en ese valle, a través de las ventanas rojizas, ven amplias formas moviéndose fantásticamente en una desacorde melodía; mientras, cual un rápido y horrible río, a través de la pálida puerta una horrenda turba se precipita eternamente, riendo, mas sin sonreír nunca más.

64


A mis padres y hermanos que siempre me empujaron a perseguir mis sueños.

Autor de imagen: Juan Carlos Coronel

Laberintos sobre laberintos Juan Carlos Coronel Las hormigas surcaban mi piel, rozaban cada lugar de mi cuerpo y recorrían todo músculo y extremidad inmóvil. Intentar cambiar mi posición solo empeoraba mi

65


sentir. Las únicas partes que no pasaban por eso eran mi cuello y rostro, lo que hacía incrementar el miedo que me carcomía por dentro. Seguía arrastrando mis brazos por las tablas astilladas del suelo, jalando mi cuerpo hacia la salida. Cada brazada se volvía más lenta y dolorosa, lo que calentaba mis pulmones como llamas al horno. Mientras menos centímetros quedaban entre la puerta y mi cuerpo, más podía sentir las miradas de eso, esa cosa que mató a mis amigos. No sabía cómo lo hizo o por qué, pero ya no importaba; tenía que salir de aquel lugar, de esa pesadilla. Mi cuerpo se desarmaba al seguir acercándome a la última esperanza que tenía. Giré el picaporte y caí por los pequeños escalones de la entrada. El mundo se apagó. Desperté en un cuarto blanco y brillante, con vendas y gasas manchadas por los fluidos que alcanzaban a escapar de mis heridas. Unos tubos salían de las lesiones en dirección a una bolsa que se encontraba a mi lado. Cuando entendí que probablemente estaba en un hospital, un hombre en traje entró en la habitación. No

66


parecía un doctor, pero en su brazo traía una plantilla con papeles. Me preguntó cómo me sentía y si recordaba mi nombre. Le dije que me llamaba Alice. Por alguna razón, al pronunciar esa palabra sentí una insoportable presión en la cabeza. Procedió a preguntarme si sabía qué había pasado anoche. Intenté recordar; el dolor aumentó. Volteé a ver su cara, pero de inmediato regresé la vista a mis piernas. Su rostro no estaba ahí o no existía; el interrogador tenía nariz, ojos, y boca, mas las facciones cambiaban de forma y color sin adquirir un aspecto definido. Cuando se giró hacia mí para responderme una pregunta que le hice, vi algo detrás de su piel; se movía y reacomodaba. Era parecido a un disfraz; era similar a una máscara. Perdí la noción mientras contestaba sus preguntas, todavía aterrada. El dolor se detuvo, aunque regresaba cada vez que trataba de recordar algo muy específico de esa cosa que rondó por la casa. Lo único que podía traer a mi memoria con claridad eran sus ojos que brillaban de rojo y verde. No tengo idea de cómo, pero ese aspecto era lo menos anormal de aquella… criatura. El resto de su 67


cuerpo, si es que se puede llamar así, era una mezcla heterogénea entre partes de animales y un material que se asemejaba a la plastilina. Contesté lo mejor que pude, y el hombre me dijo que todo se trataba de una alucinación o un sueño. No le creí. Yo sabía que el terror que surgió en los ojos de Johnny al ser descuartizado por un par de garras fue real, y que los gritos que salieron de la garganta de Julia mientras la arrastraban al sótano no fueron producto de mi mente. Mi propia voz, lastimada por los alaridos, era testigo de eso. Luego de que la criatura se retirara, una enfermera entró a la habitación y revisó mis vendajes. No tuve el valor de mirarla después de lo qué pasó con el hombre, pero sí pude observar que sus manos eran de un tono verdoso bastante extraño. Sabía que, donde fuera que estuviera, mi seguridad corría peligro. Me quedé dormida al poco rato por más que quise evitarlo (tal vez por culpa de un tranquilizante administrado en contra de mi voluntad), esperando regresar a casa, suplicando que la criatura tuviera razón; deseando que la pesadilla fuera un sueño. 68


—La capitana Alice parece haber sucumbido a los

efectos de 43-E —reportó el agente que la entrevistó. —¿Cuándo será su recuperación? —preguntó uno

de los miembros del consejo, revisando los resultados de la operación. —Es improbable. Daño psicológico y exposición

al efecto mental de 43-E han dejado a la ex-capitana en un estado inexplorado —respondió la doctora Ross, la segunda al mando del experimento inicial. —Hmmm, duplique los protocolos de seguridad de

43-E y preparen contentamiento para la ex-agente Alice, categorizada 43-F con sistemas para agentes mentales posibles. Nadie más debe tener acceso a ella hasta obtener más información de las pruebas en animales —respondió una de las voces del consejo, y con ello la decisión fue tomada. Los agentes se retiraron a preparar 43-E y 43-F para proceder con la transferencia. Esta no sería la última escapada de 43-E, pero fue la primera vez que algún sobreviviente no perdía la cordura. Las filtraciones siempre dejaron un rastro de 69


muerte y locura, volviendo su contención fácil de iniciar pero difícil de mantener. La mente de Alice estaba tan destruida que no percibió las fallas en su memoria, o los bloqueos intencionales que realizaron en su organismo. Las personas y recuerdos antes del incidente fueron retorcidos y mezclados de tal forma que ella jamás pudo huir del laberinto dentro de sí misma.

70


Al ser mi primer cuento publicado, quiero dedicarlo a todas esas personas que quieren obrar según los estándares de la sociedad pero que llevan un demonio por dentro. También a las que me inspiraron y motivaron a escribir, no necesariamente en orden de importancia: Mi hermanito Víctor quién nunca perdió la fe en mí de que sería un buen cuento. Rhayan, quien obviamente me inspiró para darle vida al protagonista con su nombre. Luis G, quien se tomó la molestia de escuchar una y otra vez las primeras versiones y emitir su opinión al respecto. Luis F, quien me motivó constantemente a seguir escribiendo, a pesar de que no había inspiración para continuarlo. La profesora Carolina González, quien me exigió a dar mi mayor esfuerzo, haciendo que fuera posible la realización del webtoon del mismo. Sin duda el primer intento en aventurarme en el mundo de la escritura, y de los mejores recuerdos.

71


Autor de imagen: Francisco de Goya

Fragmento

Rhay Itzel Huerta Era una noche oscura y tenebrosa como cualquier otra. Lobos aullaban al unísono de aquella tentativa melodía que incitaba a cometer el pecado sombrío, ese que

72


usualmente no es mencionado debido a su altisonancia. Aun así, las arquedias se reunían ahí cada que el evento acontecía; la única razón para alegrarse era celebrar la llegada de aquellos, los encargados de traer miseria y destrucción al mundo. Eso sí, acarreaban novedosos, inexplicables y, a su vez, narrables acontecimientos que eran capaces de nutrir hasta al ser más hambriento por descubrir la verdad. Bailes y brebajes indescriptibles se hallaban sobre el suelo que parecía calcinado, una esencia que quemaba desde las profundidades de cada ser. Las voces sin cesar: —He aquí otro de nosotros, quien en tu nombre usarás para tu voluntad —dijo lascivamente una arquedia. De sus manos caía un líquido espeso. Escurridizamente, el fluido se depositó en la boca de una pequeña estatuilla con forma de la dama del alba, ubicada en el corazón de un pentágono que decoraba ese hilarante espacio. Mientras unos cuantos retratos observaban, cánticos estremecían el cuerpo de esos seres que se agrupaban para girar alrededor de semejante presencia. Una enorme cabra negruzca con hedor a pestilencia desprendió una Luzbel malvada y miró con 73


inferioridad a sus devotos. Sin cautela, vio a la aclamada estirpe. De aquel líquido fétido surgió un ente misterioso en forma demoníaca que empezó a crecer hasta que se volvió reconocible para los presentes, haciendo que estos gritaran desenfrenadamente al mismo tiempo que opacaban a la entidad ovejera. Sonaron fuertes campanadas, una y otra vez, al ritmo en el que las velas se apagaban poco a poco y La Muerte se manifestaba agraciadamente. Con su boca huesuda enunció la palabra del Señor, dictó el fin del pacto y desapareció entre la luminosa oscuridad, provocando que los demonios enloquecieran entre ellos, y haciendo que La Cabra Maldita recorriera de punta a punta la estrella que circundaba el pentágono. Al terminar, giró como torbellino y su risa rompió a llorar. Brujas, demonios y seres blasfemos colgaban de sus cuerpos fusionándose en una depravada y gloriosa alma, dejándose caer en el pentáculo de la pasión. Aquella sodomizante ceremonia culminaba el fin de una noche y gestaba una nueva, tiñéndose de rojo la luna que descendía. 74


Esta primera edición de antología de textos se terminó de imprimir el 07 de junio del 2022 en Elefante Impresiones de México, S.A. de C.V. y publicado digitalmente en la plataforma Issuu. Roble N° 139, Col. Santa Margarita, C.P. 19253, Monterrey, Nuevo León, México.

75


C

76


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
La Sombra del Rincón by ZellDa - Issuu