Cicatrices: huellas de la Fe Cuando eres pequeño lo único que piensas es en jugar, en la posibilidad de ir a la escuela y ver a tus amigos… en el jardín de niños lo menos que esperas es verte en una cama de hospital viendo como tu madre, tus padres, tus hermanas, tus tíos, tus abuelos…tu familia se abate en la angustia y la tristeza de ver a su querida niña de 4 años quedaría marcada para toda la vida… Fue una tarde, un día familiar como era de costumbre casi diaria, ira la casa de los abuelos y disfrutar de las cosas épicas por las cuales pasaban cada uno de los miembros de mi familia, donde los remotos recuerdos eran la luz de las sonrisas y carcajadas de una bella infancia; una tarde que como cualquier otra los pequeños de la casa jugaban en el patio, esperando no ser descubiertos por las travesuras que con frecuencia hacían, escondiendo los trozos de maceta y tratando de enmendar todos los destrozos que con una simple pelota de plástico se pueden hacer. Pero esa tarde, paso lo que nadie esperaba y lo que ni al peor enemigo se le desea, un simple juego sin precaución paso a ser motivo de culpa de inocentes, un simple juego donde se corretean unos a otros esperando no ser tocados y que te digan “la traes” … si ese juego que están pensando, el que todos ya conocen. ¡Tras sentir la persecución a mis espaldas, busque refugio en el lugar menos apropiado para llegar corriendo… la cocina! Solo recuerdo haber sentido un impacto que me trastorno el alma, que quemaba y ardía con un dolor inaguantable, las lágrimas que salían de mis ojos eran como lava hirviendo que rodaban por mis mejillas… los gritos y la angustia de mis familiares invadían la casa hasta el mínimo orificio de las paredes… lo último que vi fue ese vestido rojo lleno de aceite con los finos hilos quemados… No entendía tanto dolor, ¿Qué pasaba? ¿Qué sucedió? ¡Alguien que me explique por favor!... las puertas de urgencias del hospital se abrieron paso con la camilla en que yo estaba… el bullicio y la algarabía entre doctores y enfermeras era enorme pero no lo suficiente para no percibir el llanto y los sollozos de mi madre y de mi hermana que esperaban afuera las palabras desconsoladoras del doctor… mi hermana y mi madre esperaban el llanto desgarrador de una niña que era tratada
por médicos que se encargaban de limpiar el aceite a la quemadura de tercer grado del rostro y el pecho de su pequeña sin una sola gota de anestesia, pues salir de una anestesia total era otra clase de sufrimiento… Un manto cubría mi rostro recuerdo su tonalidad morada con pequeños dibujos, pero ¿qué pasaba? ¿por qué me hacía cosquillas el doctor? La voz recurrente del doctor pidiendo gasas y fármacos, aunque lo que más me llamaba la atención era su tono de confusión al preguntarme que es lo que sentía… pero lo más confuso era mi respuesta: “cosquillas” seguido de una serie de carcajadas que salían de mi boca. La confusión del doctor fue leve comparada con la tristeza de al darle la noticia a mi madre de que su hija la menor quedaría marcada de por vida… a lo que mi madre lo negó y respondió: yo sé que no doctor porque mi Dios es grande… el doctor la tomo como lo aria cualquiera esta en shock no sabe lo que dice… pero entre todo lo médica y científicamente y hasta físicamente explicado, el doctor no encontró lógica en dos cosas: ¡porque no lloraba mientras las ásperas gasas pasaban por su quemada piel limpiando los restos de aceite y piel muerta! ¿Cómo es que estaba riendo? ¿Y porque sus ojos están intactos, si el impacto fue en su rostro y su frente quemada es ilógico que el aceite no hay tocado sus ojos, solo los rodearon es como si unas manos divinas los hayan cubierto cuando el aceite recorría su cara… jamás lo comprendió y científicamente no se entiende al igual que muchas personas no me creerán que pase por esto pues la que debería tener un rostro posiblemente desfigurado, es igual a los demás… quieren una explicación? las mencione con anterioridad en las palabras parafraseadas de mi madre: ¡Mi Dios es grande!!!
La zorra y el conejo Había una vez un hermoso conejo blanco que vivía en un pueblo donde había muchos animales, era un pueblo muy tranquilo donde los valores son notables Un día el conejito blanco estaba en su casita preparando unas deliciosas galletas y un delicioso café para pasar una tarde calientito en su camita, pues era temporada de frio y la nieve cubría las casas como un manto blanco y sin mancha. El conejito era muy ordenado, tenía su casa muy limpia, leía mucho y le gustaba mucho tocar la guitarra, se portaba muy bien por lo tanto era muy querido por todos los animales del pueblo; pero había un animal malvado que no quería al conejito, pues envidiaba al conejo blanco por su belleza y por su hermosa casa, era la malvada zorra. A la malvada zorra no le gustaba trabajar, era demasiado perezosa, era irresponsable y muy grosera con los demás animales, pero era muy astuta, tenía unos planes malvados en contra del conejito. Un día frío de invierno llego a la casa del conejito la malvada zorra, toco a la puerta y con una voz tierna le dijo: - conejito, conejito, ábreme la puerta, tengo mucho frio y no tengo con que cubrirme de la fría nieve-. el conejito era muy noble le dio mucha tristeza lo que le dijo la zorra. El conejito amablemente abrió la puerta y la invito a pasar, la llevo a la cocina le dio unas deliciosas galletas y un rico café para que comiera y la cubrió con una manta calientita; cuando la malvada zorra se había acabado las galletas, salto encima de la mesa y mostrando sus afilados dientes le dijo al conejito que asustado salía de su casa: - Vete de aquí conejo, ahora tu casa es mía y si vuelves, te comeré de un solo bocado-. La malvada zorra le había quitado la casa al conejito. El conejito blanco muy triste se fue a llorar a un viejo tronco por el cruel acto de la malvada zorra. Pasados unos minutos pasa el señor gallo muy contento cantando frente al conejito y lo ve y le dice: ¿Por qué lloras conejo? ¿Qué ha pasado?, el conejo triste y sollozando le cuenta la triste situación por la que pasaba, a lo que el gallo le contesta: -No te preocupes vamos a tu casa, yo sacare a picotazos a esa malvada zorra de tu casa-. Esperanzados a obtener un buen resultado se dirigieron hacia su casa, el gallo muy galante se para frente a la casa y le grita con gran brusquedad a la zorra: - ¡Zorra sal de la casa del conejito porque si no te sacare a picotazos de ahí! -, la zorra entre carcajadas le contesta: - vete de aquí gallo si no quieres que te coma de una sola mordida- el gallo preocupado por lo que le pudiese hacer la zorra salió despavorido de aquel lugar y el conejito regreso a llorar. No paso mucho tiempo cuando el señor burro paso por ahí, haciendo la misma pregunta que el gallo y obtuvo la misma desconsolante noticia, pero el burro lleno de valentía también se ofreció a ir a sacar a la malvada zorra de su casa. Cuando llegaron el burro grito a
toda voz: ¡sal de ahí malvada zorra si no te sacare a patadas! – burlándose la malvada zorra le contesta: - si no te vas burro te daré una gran mordida en tu pompa! El burro temeroso salió corriendo, y tristemente el conejito regreso resignado, pensando en que jamás volvería a recuperar su casa. Pero un animal pequeñito, muy trabajador y de fuerza singular, paso cerca del conejito y al ver sus lágrimas se acercó, preguntándole que era lo que le sucedía, el conejito le conto la triste historia mientras se limpiaba las lágrimas. La hormiga muy confiada de sí misma se ofreció a ir a sacar a la zorra de la casa del conejo, el conejo desconcertado se tiró al suelo a reír de lo que la pequeña le había dicho: jajajajajaja… tu tan pequeñita crees que podrás sacar a esa zorra si ni un burro que es mil veces más grande que tu pudo hacerlo, tu que eres tan pequeña como podrás sacarla...Pero la hormiga era muy inteligente, entro por debajo de la puerta de la casa del conejo donde la zorra muy cómodamente comía galletas sentada en una silla cerca de la mesa en la cocina, subió por la pata de la silla y ¡zas¡ le muerde una pompa a la zorra. La zorra pegó un brinco de la silla y gritando salió de la casa sobándose su pompa: ¡Hay pero que dolor mi pompa, hay hay hay hay!!! El conejito impresionado le pidió disculpas a la hormiga por haberla subestimado y burlado de ella por su tamaño, el conejo la invito a comer una deliciosa cena que el prepararía y muy felizmente el conejito regreso a su casa y muy contentos se pusieron a cantar. FIN
El Espejo Francés La villa de Jerez se había transformado bastante en los más de dos siglos que tenía de existencia. Recientemente se había derribado el templo de la Limpia Concepción a instancias del Bachiller Bartolomé Cervantes Negrete, edificando en su lugar una suntuosa iglesia que sería la sede de la Parroquia de Jerez. Quienes lo idearon pensaron en hacer una construcción bastante sólida, orientando además su fachada hacia el este, para que recibiera la mayor cantidad de luz solar. Los ya ricos descendientes de los fundadores de la Villa tenían sus residencias en las calles del lado sur de dicho templo. En estas todo ostentaba riqueza y abundancia; reinaba el lujo y el buen gusto.
Quizá nuestros abuelos recuerden cómo en su juventud, la manera de cortejar a la novia era a base de cartas dejadas en determinados lugares, pláticas a escondidas; pero en tiempos mucho más remotos las delicadas flores y coloridos listones constituían el misterioso y simbólico idioma de la galantería y el amor. Incluso al vestir con ropajes de determinado color se anunciaba a los no profanos diferentes estados de ánimo. El negro, como ahora, indicaba tristeza y luto. El rojo encarnado, majestad y grandeza. El blanco y rosa, inocencia, castidad y virtud. El verde, esperanza y libertad. El azul, celos y el morado, viudez. Además, el llevar ramilletes de flores o portar alguna en el ojal del saco decía más que mil palabras. Si era un caballero quien portaba un clavel rojo en la solapa, con ello decía: "Te amo, como rendido, galante y apasionado caballero". Si llevaba la flor del girasol, pedía con ella "una mirada de cariño". El narciso indicaba: "soy tu esclavo". La acacia, elegancia, finura y compostura. Si la dama era quien peinaba sus cabellos o cobijaba con sus manos ramilletes de "pensamientos" decía al pretendiente con ello "te adoro como a un ser del cielo". Si era de siempreviva: "siempre vivirás en mi corazón. Al llevar una corona de rosas o gardenias blancas, indicaba que "yo también te amo". Los alhelíes eran el símbolo de la belleza durable. La anémona de perseverancia. La flor de la amapola, el consuelo. La azucena, la pureza. Y la pasionaria azul, el dolor amargo y creencia religiosa. Una de las casas situadas en la primera manzana de la calle que nacía al costado sur de la parroquia ostentaba dos laboriosos barandales llenos de emplomados que resguardaban una amplia sala, en la que una lujosa araña de bruñido cristal, de doce velas, pendía del cielo raso pintado con maestría y gusto; elegantes rinconeras soportando costosos floreros; un brillante reloj de primorosa construcción marcaba las horas. En el centro, un excelente piano de cola, con elegantes incrustaciones y sobre él, un magnífico espejo francés de dorado marco. El terso teclado era pulsado hábilmente por dos manos pequeñas y torneadas. El espejo era continuamente
espiado por dos negros ojos, grandes y rasgados, de mirada melancólica que esperaban encontrar en él algo más que el reflejo propio. Luego, ante la desesperanza, las teclas del piano eran olvidadas, mientras que, con tristeza, la dueña de tales ojos extraía una pequeña carta de su seno y la leía y releía mirando constantemente al espejo.
Dos años habían transcurrido ya desde que un jueves de Corpus se encontraran en una "jamaica". Aún recordaba con agrado esa "jamaica". Se habían improvisado a ambos lados de la calle, ligeras y pintorescas tiendas de flores y enramadas, donde las señoritas despojadas de sus elegantes vestidos de seda, vestían algún gracioso traje popular, vendían dulces, tamales, aguas frescas de frutas y atoles de leche a los concurrentes. Otras se fingían agentes de policía y conducían al amigo que gustaban a una enramada prisión, donde las carceleras les ponían grilletes de olorosas flores. En otros puestos vendían mole, chiles rellenos, sabrosas enchiladas, mientras que algunos músicos tocaban escogidas sonatas. Él la había sorprendido con su apostura, nunca lo había visto en Jerez, hasta esa tarde de Corpus, cuando ella atendía una de las vendimias de la "jamaica" (similares a las actuales kermesses"). Después, los encuentros eran aparentemente casuales. También recordaba cuando ella acudía a los oficios religiosos escondiendo dentro de su libro de Devociones de pasta labrada y luciente concha, adornado con manecillas de oro, un lazo pequeño, blanco, azul, amarillo y tornasolado, con el que discretamente le hacía saber a su enamorado que ella le correspondía, ya que él portaba un pañuelo azul y caña, con el que le pedía que se acordara de él y no lo olvidara. La severidad de sus padres estaba acorde a la época, por lo que muy difícil para ellos era el poder demostrarse su amor oralmente. Todos los días en la sala de su casa aprovechaba el elegante piano de cola y por medio de él pretendía externar sus sentimientos. Sobre el piano había colocado un pequeño espejo ricamente enmarcado y convenientemente orientado hacia la calle. Así, podía contentarse con la muda comunicación que podía tener con su amado, cuando este pasaba con discreción ante los barandales de la casona. Por breves momentos se detenía, haciendo que su imagen se reflejara ante el espejo y le devolviera la celestial mirada de un apacible rostro. Las últimas vibraciones del piano expiraban, heridas las teclas por la delicada presión de los nevados dedos que llevaban ante el espejo un ramillete de flores de color rubí, diamante, turquesa, esmeralda y coral, con lo que indicaba "te adoro y me casaré contigo y seré fiel esposa". También el enamorado mostraba al asegurarse de que
su imagen era reflejada en el espejo, un botón de rosa con espinas y hojas, contestándole: "Temo, pero espero". Diariamente se sucedían los breves encuentros amorosos platónicos, pues únicamente se complacían en la contemplación, en la admiración mutua y en la utilización del galante lenguaje de las flores, los colores, las cintas y las melodiosas notas del piano.
La tranquilidad provinciana que permitía que día a día se sucedieran estos pequeños detalles, con los que no se pretendía burlar la autoridad paterna, sino establecer un mundo íntimo, secreto y diferente, se vio bruscamente interrumpida por causas políticas. Zacatecas fue despojado de su riqueza, al haber presentado resistencia a las absurdas disposiciones del General Santa Anna. Fueron desmanteladas las ciudades de Fresnillo, Sombrerete, Guadalupe y Zacatecas, aparte de que se le otorgó la autonomía a Aguascalientes. Anteriormente a esto, García Salinas había pedido la cooperación de todos los zacatecanos para repeler el ataque centralista, haciendo circular un bando donde se ordenaba que todos los vecinos se presentaran a tomar las armas, so pena de ser multados o encarcelados. Muchos fueron los jerezanos que acudieron a tratar de ayudar para que el gobernante zacatecano mantuviera la estabilidad de la entidad; entre ellos el enamorado de la joven que tocaba todos los días el piano de cola. Con lágrimas en los ojos ella leyó la breve nota que le habían hecho llegar, en la cual él le aseguraba su pronto regreso y entre otras cosas le decía: "...Sé dichosa, con dulzura digo yo, cual tierno amante que te adora; y tu piano que murmura te responde en el instante: ¡Sufre y llora! Y mi voz por valle y monte irá tu nombre enalteciendo, niña hermosa; y al pasar el horizonte marcha el eco repitiendo: ¡Sé dichosa! Busca entonces el consuelo en la imagen que el espejo no refleja, y responde a mi desvelo
y al dolor que te importuna: ¡Sufre y vela!. Dos años y el espejo no reflejaba la imagen querida, ella vestía siempre delicados vestidos bordados de blanco y sobre cuyo pecho resaltaba un gracioso lazo tornasolado, en espera de que llegara el ser amado y demostrarle así que "su amor va más allá del sepulcro". Las romanzas y sonatas que se escapaban del piano y de sus manos se oían cada vez más tristes, y más tristes estaban los ojos que buscaban inútilmente en el espejo francés una imagen muchas veces soñada. Entonces buscaba el consuelo -como él lo pidiera en su carta- en la imagen no reflejada por el espejo, y sufría y velaba... Pronto las viejas murmuradoras la empezaron a señalar entre cuchicheos, cuando ella acudía a la cercana Parroquia a orar, como "la loca del espejo". Dicen que un día los acordes del piano semejaron por breves momentos un himno de felicidad, que se interrumpió bruscamente al desplomarse ante el blanco y negro de sus teclas el cuerpo de quien se reuniera con quien había querido entrañablemente. Tal vez al fin el espejo francés se llenó con la imagen tantas veces esperada. En la noche de los tiempos se pierde el destino de los dueños de esa finca, misma que se conocía como "la casa de la del espejo", nombramiento que con el paso de los años se hizo extensivo a toda la calle, que aún se conoce como "la calle del Espejo"