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SEPTIEMBRE 2025
LAS FOTOGRAFÍAS
Página 4
EL EDITORIAL Página 6
THEODORE SPERRY ABBOTT Página 8
POR ORDEN DEL REY TRATAOS COMO IGUALES Página 10
MANUEL ACUÑA Página 12
LOS GUACHICHILES Página 14
LA NUEVA TLAXCALA
Página 16
EL ÚLTIMO FUSILADO
Página 18
EL CANTERERO Página 20
DE CÁRCEL EN CÁRCEL Página 22
TRIVIA SALTILLENSE
Página 25
DE BICIS CANTINAS Y ROBOS Página 26
EFEMÉRIDES Página 28
YO TAMBIÉN SOY DE SALTILLO Página 30
AVISOS DE OCASIÓN Página 32
SOPA DE LETRAS SARAPERA Página 36
CUPONERA Página 38
DIRECTORIO
Francisco Tobias Hernández Director Editorial
Arq. Carlos Roldán Ilustraciones
Prof. Juan Campos Rodríguez Corrección Ortográfica
Victoria López García Diseño Gráfico y Fotografía Editorial
Yo Soy de Saltillo - La Revista Publicación mensual
SEPTIEMBRE 2025
Impresa en México en los talleres gráficos de Impresos Rivera DERECHOS RESERVADOS
En esta ocasión te platico sobre una historia que me sucedió, que me aconteció precisamente aquí en nuestra hermosa ciudad de Saltillo, el día 30 de julio del 2025, día en el cual tuve una cita médica, para un tratamiento, pero eso no tiene nada que ver con la historia, bueno sí, porque al salir de con la doctora Mariel, cuyo consultorio está ubicado en la calle de Matamoros antes de llegar a Castelar empezó, empezó esta historia.
Salí de la consulta y al caminar “hacia arriba”, seña Saltillense para decir hacia el sur, veo una tienda de antigüedades, volteo a ver la hora y me doy cuenta de que aún tengo algo de tiempo antes de ir con mis amigos de la sastrería Martínez, ubicada en la calle de Abasolo, quienes me están elaborando un traje e iría a dejar un abono.
Cuando entro al negocio me fijo en una pintura en la cual están plasmadas algunas torres de las iglesias de nuestro centro histórico, cuando le

pregunté al vendedor, cuyo nombre es Guillermo, por el autor de la obra, me dijo: - “no sé, pero acá tengo más pinturas”. Lo seguí en el primer pasó que di detrás de él, observé una fotografía cuyo personaje del lado izquierdo me resultó exageradamente familiar, al centro un caballero muy alto, cuando lo vi, dije no, no es, pero del otro extremo también vi la imagen de un señor que bien podría ser libanes. Sin dar importancia tomé una fotografía a la fotografía y se la envié a mi hermano Abraham, cuando vi un monto de fotografías, agarré la primera y en el extremo izquierdo vi a una persona que bien se parecía a mi tío Ramón, esposo de mi tía Lila, sólo tomé otra fotografía, de esa fotografía y se la envié a mi primo Ramón, hijo de mi tía Lilia y de mi tío Ramon con el mensaje: “Mira primo se parece a mi tío”.
Al empezar a ver las siguientes fotografías, cada vez se me hacían las caras más conocidas, eran fotografías de los 50´s y 60´s, fotografías en
blanco y negro, sino antiguas si viejas, y veía las caras de las personas, y las mujeres se me hacían conocidas, cuando sin darme cuenta dije en voz alta: “Ah cabrón, este es mi papá”. Y efectivamente era la foto de mi papá siendo un niño de no más de 12 años. Bueno hasta aparece la fotografía en la cual aparece mi abuelito José nacido en Marjayoun, Líbano recibiendo su carta da nacionalidad mexicana.
Resulta que encontré más de 30 fotografías de mi familia, de fotos que les enviaron sus familiares desde Líbano, pues tienen mensaje en árabe, además de algunas fotografías de las bodas de mis tíos Salim, Jesús y Enrique. Además, fotografías donde se puede a ver mi abuelita Malake con mi abuelito José disfrutando del puerto Márquez en Acapulco, otras más donde están inaugurando la fábrica de ropa propiedad de mis abuelitos. Y por supuesto la foto familiar donde aparecen mis abuelitos rodeados por todos sus hijas e hijos.
Le pregunté a Guillermo, ¿cómo llegaron aquí contigo?, me respondió una vez vino alguien a venderme dos marcos para fotografías y me dejó un paquete con estas fotos, nos las tire pues la verdad están en muy buen estado y son un bonito recuerdo. Y vaya que son un bonito
recuerdo, aunque no las haya vivido.
Guillermo, el vendedor, y yo llegamos a un acuerdo, las compré. Ahora mis tías, mis tíos, mis primas, mis primos y por supuesto mi hermana y mis hermanos tenemos la gran incertidumbre, de cómo llegaron esas fotos ahí. Por cierto, del abono para el traje que me están elaborando los sastres mejor luego hablamos pues me gasté el dinero en las fotografías.
Esta es una historia que como dirían mis Preciosas Princesas Mágicas, es una historia “muy random” que sucedió en Saltillo. En la cual al tratar de perder el tiempo encontré un tesoro, un tesoro de mi familia que a pesar de haber nacido muy lejos de aquí, terminaron siendo como yo, Yo soy de Saltillo.
Sirva esta historia para reconocer a todos quienes han llegado a esta hermosa ciudad y han formado parte no sólo de la historia sino de Saltillo.
Después del sonido fuerte y constante de una Ciudad de México profundamente vibrante, abrumadora y llena de contrastes, se abrió la calma. Era la una y media de la mañana de un miércoles cuando entré de nuevo a Saltillo. En ese momento, bajé las ventanillas del auto para hacerlo, respirar profundo. Todo estaba en paz otra vez. No hay acústica urbana como la de Saltillo. Hay algo aquí que no cambia jamás, y eso me dio consuelo: confirmé que lo necesitaba. Saltillo es tu lugar seguro. La mañana siguiente alcé la vista y allí estaba, como un telón de fondo, la que guarda los secretos del agua, el aliento del valle: la Sierra de Zapalinamé. Todo ha dependido de ella. Hay sierras que tienen algo sagrado, y esta es una de ellas, pensé. Pareciera que aquí las montañas no dejan que se escape el tiempo. Que aquí le conviene estar, entre este pacto entre naturaleza y ciudad.
Estuve fuera. Algunos años, no muchos, pero los suficientes como
para que el polvo se asentara donde antes había pisado, como para que lo cotidiano se hiciera ajeno y tuviera que volver a mirar como se mira lo nuevo. Regresé y entendí que esta ciudad y su gente no se parecen a nadie, porque no pretenden parecerse: más bien se deja descubrir. Volví para detenerme y volver a la memoria. Mi regreso se empató con un gran símbolo de esta ciudad: el béisbol. Era temporada.
De alguna manera, todos guardamos una anécdota, un recuerdo, una vivencia que nos hace sentir al equipo como parte de nuestra cultura, como un hilo más de la trama que nos ata a esta capital. Los Saraperos son más que béisbol: son memoria, son identidad, son el plan saltillense del verano que regresa cada año. En mi caso, todo comenzó con un guante zurdo. Para un niño de seis años, ir al estadio con su padre era una aventura monumental. Recuerdo con nitidez esa emoción, las gradas amarillas, la espera paciente de una buena pelota. Y luego, en
casa, cuando todavía los juegos no se transmitían por televisión, acostarme en el suelo fresco de la sala para escuchar la narración por radio. La voz emocionada de los comentaristas se mezclaba con el aroma de la cena que comenzaba a colarse desde la cocina. A mi lado, mi padre, presente, tranquilo. Todo se trata de rituales.
Él partió demasiado pronto, cuando yo apenas tenía ocho años. Y con él, sin querer, también se fue mi vínculo más fuerte con el juego. Durante años dejé de seguirlo; quizá porque no había quien me dijera cuándo jugaba el equipo o quién era el nuevo ídolo en el montículo. Pero el béisbol, en Saltillo —como todo lo que se arraiga con amor—, siempre encuentra la forma de volver. Ya de adulto, regresé al estadio. Volví a sentarme entre la afición, a mirar los jardines con la esperanza infantil de que alguien conectara un jonrón. Por cierto, la efervescencia del torneo hizo que en mi primer domingo en familia, en esta nueva etapa, volviera a sacar los guantes que, aún de viaje, siempre están debajo de los asientos del auto. La jugada de ese día fue tan peculiar… que me rompió el tabique. Un segundo de distracción, y otra cicatriz quedó. Pero incluso eso lo guardo con cariño. He vuelto. Y he encontrado una ciudad que no necesita más. Que se
celebra cada día. Que se trabaja a diario. Y eso me recuerda a mi madre, cuando dice: “Anda uno buscando en otras partes lo que no se nos ha perdido.”
Siempre he creído que quien escribe calla dos veces, y que la oportunidad de guardar silencio jamás hay que perderla. Gracias a esta extraordinaria revista por hacerle espacio a mi silencio.
Javier Esparza Valdez
Javier Esparza Valdez (Saltillo, Coahuila de Zaragoza, 1985) es licenciado en Derecho por la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, y egresado de la maestría en Administración Pública por el Instituto Nacional de Administración Pública. Especialista en gobierno, procesos político-electorales y comunicación de campañas, ha desarrollado una trayectoria por veinte años en el servicio público y en la operación política.
Actualmente dirige su propia rma, Servicios Consultivos y de Representación, S. A. de C. V., desde donde ofrece consultoría jurídica, política y electoral para gobiernos, instituciones y actores públicos.


En esta ocasión te platico de un Saltillense por adopción, de quien su obra arquitectónica es hoy en día algo emblemático de nuestra hermosa ciudad de Saltillo, me refiero al Ing. Theodore Sperry Abbott.
Y es que sin duda alguna cuando escuchamos Abbott de inmediato nuestra mente y recuerdo vuela a la muy pequeña, pero emblemática calle de Abbott del centro histórico de Saltillo, una calle cuya que además de ser referencia, de los ayeres es para el día de hoy. Una calle en la cual se han ubicado negocios o establecimientos tan significativos para Saltillo, como los transportes Saltillo – Monterrey, así como aquellos tacos tan deliciosos pero temerarios a la vez, que bien su historia merece una cápsula sarapera, y me refiero a los “Mano Negra”, o bien el Banco Mercantil de Monterrey cuyo cajero era “El Zorro Plateado”, quien por supues-
to atendía sin máscara, una pequeña calle donde había grandes negocios como Casa Cabello y por supuesto al topar con Allende la Camisería “D´Varón”, la calle de Abbott donde el andar, el ajetreo del día a día no se podría explicar sin el trabajo de los aseadores de calzado.
Pero en realidad esta historia que les platico no es sobre la calle sino de quien se honra y no es para menos pues a pesar de que su lugar y fecha de nacimiento son inciertos, pues hay quien afirma que Theodore Sperry Abbott nació en Inglaterra en el año de 1865, otros argumentan y aseguran que nació 10 años antes en el estado de Illinois en los Estado Unidos, lo que es cierto es nadie podrá negar que se enamoró de nuestra hermosa ciudad, de lo cual no lo culpo, pues terminando siendo un Saltillense por adopción y de corazón.
Pero déjeme decirle estimada y estimado Saltillense que, para el año
de 1877, Abbott ya se había graduado de Ingeniero en la Universidad de Illinois y cuatro años después ya trabajaba en el ferrocarril nacional en la ciudad de México, empresa que por cierto era de capital norteamericano. Dos años después llegó, sin saber que su destino y su vida cambiarían, a la ciudad de Saltillo, en donde se desempeñó como jefe de ingenieros de los ferrocarriles.
Ya establecido en Saltillo se casó con la Srita. Aurelia Lillie Nalle, con quien tuvo y educó a dos hijos Alfred y Theresa, por supuesto ellos Saltillenses por nacimiento. Cuando la vida de Abbott iba en ascenso, cuando pareciera que las cosas no podrían ir mal, sucedió una desgracia, la muerte de su amada esposa en el año de 1902. Sin embargo, el amor volvió a tocar su puerta a la edad de 50 años al casarse con Anna Grace, dicho enlace matrimonial, según por lo que pude investigar, fue en el estado de Kansas de los Estados Unidos, en la pequeñísima ciudad de Sedgwick, hoy habitada por casi 1,600 personas.
El trabajo y amor del Ing. Abbott puede verse reflejado en obras tan importantes de aquellos años como lo fue el trazo del ferrocarril Coahuila – Zacatecas, o bien de Saltillo a Parras, pero además durante la administración del gobernador Miguel
Cárdenas, el Saltillense por adopción, elaboró la Carta Geográfica de Coahuila, fue quien trazo el famoso “Camino del 4”. Además, elaboró el prime plano “moderno” de desarrollo urbano de nuestra hermosa ciudad, en el cual se establecían redes de agua, drenaje, electrificación y más.
El Ingeniero Theodore Sperry Abbott falleció en la ciudad de San Antonio, Texas en 1934, su viuda decidió trasladar su cuerpo a Saltillo, para enterrarlo en el Panteón de Santiago.
Esta es la historia de un Saltillense por adopción como muchos que tenemos, la historia de un Saltillense que con trabajo y obras demostró el amor por nuestra ciudad, un Saltillense que pudo haber nacido en Inglaterra o Estados Unidos pero lo que se puede afirmar es su amor por nuestra hermosa ciudad de Saltillo, un Saltillense cuyo nombre engalana una calle, un Saltillense como muchos que tenemos y que vale la pena presumir.
En esta ocasión te platico de un hecho que sucedió en Saltillo cuando aún no éramos ciudad sino dos poblados, la Villa de Santiago del Saltillo y el Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala. Y esto aconteció en tres lugares distintos, pero los más contentos fueron aquellos descendientes de los primeros tlaxcaltecas que llegaron a este valle para fundar el pueblo.
Resulta que después de que españoles y portugueses, entre ellos algunos ascendentes de mi amigo Paco de la Peña, fundaran la Villa de Santiago del Saltillo, dicha población estuvo a punto de desaparecer, pues los ataques de los nativos de la región además ser contantes eran cada vez más brutales, hechos que se lograron sofocar un poco con el arribo de tlaxcaltecas, quienes fundaron el Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala en septiembre de 1591.
Los oriundos de San Esteban de

Atizatlán, contaba con permiso del virrey tanto para hacer el viaje como para fundar pueblos, incluso esa misma autoridad virreinal les daba consentimiento de tener tierras, agua, animales, armas de fuego e incluso utilizar el tratamiento de “Don”. Por supuesto que los europeos se incomodaron ante tanta igualdad que se les estaba concediendo a los nativos de la Nueva España.
Más de 2 siglos tuvieron que transcurrir para que la incomodidad de algunos europeos se acrecentara y para otros acabara pues el día 17 de julio del ya lejano daño de 1706, hasta la villa y el pueblo había llegado la Real Provisión que su majestad Felipe V, quien era conocido como “el Animoso” dictó, firmó y envió con el fin de ratificar los derechos, exenciones y privilegios de aquellos tlaxcaltecas que había fundado el Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala así como de sus descendientes.
Hasta el Palacio de Versalles, sí en
Francia, donde vivía Felipe V, su majestad de los reinos de España, Nápoles, Silicia y Cerdeña, duque de Milán y soberano de los Países Bajos, había llegado el reclamo de los habitantes del pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala por ser maltratados y vejados por los españoles quienes vivían en la Villa.
El Rey (que Dios guarde) declaró que todos los naturales, es decir los nativos del Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala eran colonizadores y conquistadores motivo por el cual deberían de ser tratados como tales.
De hecho, el rey dictó que los hijos y descendientes de los tlaxcaltecas, que tuvieron la dicha de fundar lo que hoy es nuestra hermosa ciudad de Saltillo, se les considerara como nombres e hijosdalgo. Por si fuera poco, la máxima autoridad española es decir el Rey aseveró que no se permitiría que los españoles no se involucraran o se entrometan en sus tierras por ningún motivo.
Se le dio lectura a la cédula real en el Pueblo para después ser besada y colocada sobre la cabeza de todos los integrantes del cabildo. Mientas de un lado de lo que hoy es nuestra hermosa ciudad de Saltillo, hubo fiesta, alboroto y alegría, del otro lado, es decir en la Villa muchos
españoles sufrieron de “mohína”, es decir de tristeza.
De hecho, tanto fue la molestia de algunos europeos que no podían creer tal barbaridad que la Cédula Real enviada por Felipe V tuvo que ser mostrada en lo que era el archivo de la Villa de Santiago del Saltillo.
Esta es una parte de la historia de nuestra ciudad, una pequeña historia en busca de la igualdad, una historia que empezó con tlaxcaltecas, cuyo trato no fue grato para el rey Felipe V, quien envió una ley que agradó a muchos y desagradado no a pocos, eso si todos ellos habitantes de lo que hoy es nuestra hermosa ciudad de Saltillo.
Está es una pequeña historia de los descendientes que fundaran el Pueblo de San Esteban quienes además de tener la fortuna de vivir en lo que hoy en nuestra hermosa ciudad de Saltillo el rey Felipe V les otorgaba privilegios que los españoles mismos, les habían quitado.
En esta ocasión te platico de Manuel Acuña, quien nació el 27 de agosto de 1849 en esta bella ciudad de Saltillo, poeta al que recordamos con su “Nocturno a Rosario”.
Manuel ingresó en 1865 a la Escuela Nacional Preparatoria ubicada en el Colegio de San Ildefonso y para 1868 se inscribió en la Escuela Nacional de Medicina, en la Ciudad de México. Deseaba tener la profesión de médico, pero fue poeta por amor y dedicación.
Fue un severo crítico de la marginación femenina y de la hipocresía de la sociedad. Su obra teatral “El Pasado”, así lo refleja.
Acuña participó en la fundación de la Sociedad Literaria Nezahualcóyotl, en recuerdo al rey poeta de Texcoco. Escribió además en periódicos y revistas renombrados de la época, como “El Renacimiento, El Libre Pensador y El Federalista”.

¡Por supuesto: sus hermosos versos cautivan a cualquiera! Leerlo es un placer. La melancolía lo acompañó en cada letra, en cada verso.
Hasta a la Patria le escribió; plasmó su amor a ella en rima y prosa:
Al acercarme ante este altar a la victoria donde la Patria y la Historia contemplan nuestro placer, yo vengo a unirme al tributo que en darte el pueblo se afana.
Qué hermoso hubiera sido Vivir bajo aquel techo… le dijo a Rosario.
Iba llorando La Ausencia
Con el semblante abatido… le escribió a Lola.
No vaya “usté” a rendirse Ante el ruego o las lágrimas… le aconsejó a Asunción.
Y dijo Adiós, después de que el destino me ha hundido en las congojas.
Su obra no fue extensa, pero en ella Acuña plasmó un romanticismo que pocos pueden mostrar, una pasión que invade a cualquier lector.
Manuel Acuña murió por su propia mano, la melancolía lo invadió y la tragedia se presentó.
El 6 de diciembre de 1873 dejó de existir, a los 24 años de edad. Se aseguró que fue su amor a Rosario el que lo condujo a la muerte, siendo así como su pluma paró de escribir y con ello nació un inmortal de la literatura mexicana.
Grandes hombres y mujeres lloraron su partida; su sepelio llenó la Plaza Santo Domingo en la Ciudad de México. Reunió a literatos, cien-
tíficos, pensadores, obreros, músicos, actores y demás personas que deseaban darle el último adiós. Hoy sus restos descansan en la Rotonda de los Coahuilenses Ilustres aquí, en Saltillo.
Leamos a Manuel Acuña, un poeta que esta hermosa ciudad de Saltillo dio al mundo. Otro Saltillense, como muchos que tenemos y que vale la pena presumir.

En esta ocasión te platico sobre quienes habitaron el valle donde hoy se encuentra asentada nuestra hermosa ciudad de Saltillo, te platico sobre “los Guachichiles”.
Descendientes de los chichimecas llegaron mucho tiempo antes que los europeos, eran nómadas y tenían una organización grupal donde quien mandaba era el guerrero más fuerte, llamado cacique, quien sólo perdía su autoridad o liderazgo por su muerte o bien al ser derrotado por otro guerrero más fuerte. Eran guerreros bravos, fuertes que aprendieron de manera autodidacta la estrategia militar, de hecho, son considerados como una de las 6 tribus más peligrosas de lo que era la Nueva España.
El nombre de guachichil o bien “huachichil” tiene su origen en el náhuatl, significando “cabezas
rojas”, ya que tenían por costumbre pintarse la cabeza por supuesto de color roja. Esta tribu que bien podríamos afirmar que forman parte de la prehistoria Saltillense se alimentaba de maíz, frutas como la tuna, raíces, hojas, liebres, aves y hasta venados.
Esta tribu seminómada en la cual se hablaba una lengua ya extinta tenía creencias religiosas, las cuales estaban basadas en la naturaleza, por ello no es de extrañarnos que el huachichil más famoso, incluso uno de los pocos guachichiles que vivieron en la Villa de Santiago del Saltillo sea el mismísimo Zapalinamé, cuyo nombre engalana nuestra sierra.
“Los Huachichiles” llegaron a esta tierra hace más de 3 mil años, pues se tiene calculado que arribaron en el año 1000 a.C. Sus viviendas eran, como en las películas, bueno en
realidad las viviendas de los indios en las películas son como lo eran las viviendas de los Guachichiles, elaboradas con piel de bisonte.
Cuando los europeos fundaron la Villa de Santiago del Saltillo los Huachichiles les complicaron la existencia, tanto que atacaban bajando de la sierra, quemaban casas, se robaban a las doncellas, incendiaban sembradíos, mataban ganado y asesinaban a los hombres para después correr hacia la sierra.
Déjeme decirle estimada y estimado Saltillense que hay estudios los cuales afirman que los Guachichiles, es decir los primeros habitantes de este valle en donde hoy se encuentra nuestra hermosa ciudad de Saltillo era caníbales, sí, según dicen que se comían, pero lo bueno es que
solamente era en eventos especiales. Además, tenían rituales los cuales consistían en autoflagelarse, autolesionarse, cortarse la piel con flechas elaboradas con huesos de animales.
Hoy en día, en nuestra vecina ciudad de Arteaga hay un ejido con el nombre de Huachichil, en nuestra hermosa ciudad de Saltillo, allá arriba en la Colonias Las Teresitas, una calle es llamada Huachichiles, haciendo honor a los primeros habitantes de este valle.
Esta es parte de la historia bueno en realidad de la prehistoria de nuestra hermosa ciudad de Saltillo, cuando aún ni siquiera era ciudad, villa ni pueblo pero que estuvo habitada por nativos lo cuales eran llamados Huachichiles o Guachichiles y esto es algo que vale la pena presumir.


En esta ocasión te platico de cuando Saltillo no fue uno, si dos, así es estimada y estimado Saltillense, allá por el año de 1577 o 1575 o de 1555 primero se fundó la Villa del Santiago del Saltillo y después al poniente de esta se fundó el pueblo de San Estaban de la Nueva Tlaxcala.
71 familias de indios tlaxcaltecas llegaron de sus lares en apoyo a los europeos asentados aquí, quienes fundaron el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, para combatir y “civilizar” a los originarios de estas tierras, quienes eran indios nómadas, bravos que los españoles y portugueses no lograban dominar.
En septiembre de 1591, el día trece para precisar, se conformó el primer cabildo tlaxcalteca que dictaría las ordenanzas del nuevo pueblo, llegado el momento Don Francisco de Urdiñola, tomó de la mano a Don
Buena Ventura de Paz, el principal Tlaxcalteca y a los demás miembros del cabildo y le dijo que en nombre de su majestad Felipe II de España les otorgaba la tenencia y posesión de estas tierras para construir un pueblo en toda la extensión de la palabra.
Los tlaxcaltecas, una vez parados en tierra prometida, se pasearon por ella en caravana y regaron agua en señal de posesión quieta, pacífica y sin contradicción alguna. Todo fue en presencia del escribano Gaspar Duarte, gracias a quien podemos narrar lo sucedido en aquel día.
Las tierras que los españoles y portugueses les entregaron a los indios tlaxcaltecas serian para construir casas y asiento, solares y huertas, también se entregaron tierras para labor y agostadero y por si fuera poco, en concesión se les
entregó el agua, para regadío y consumo de la indiada.
Los tlaxcaltecas apenas llegaron y pusieron manos a la obra, construyeron casas y delinearon calles, iniciaron la construcción de la iglesia, la cual es la más antigua de nuestra hermoso Saltillo y me refiero al Templo de San Esteban ubicada en lo que hoy es la mismísima calle de Victoria, además principiaron la siembra y la cuidado del ganado, pero lo más importante, deberían preparase para la defensa de la tierra, para luchar contra los guachichiles, quienes eran los indios bravos y originarios de aquí, siendo esta la verdadera razón de su llegada.
Hoy en día es fácil señalar la ubicación de la Villa de Santiago del Saltillo y donde estaba el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, si va por la calle de Allende y voltea hacia el oriente, es decir hacia el lado de la Catedral, de ese lado estaba la Villa
de Santiago del Saltillo, y si voltea hacia el poniente, es decir hacia la alameda Zaragoza podrá ver donde estaba el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala.
Después de poco más de 250 años, cuando llegó la Independencia, la Villa de Santiago del Saltillo fue rebautizada y elevada a ciudad con el nombre de la dulce madre de la patria, Leona Vicario, y por su parte el pueblo de San Esteban cambió de nombre a Villa Longín, en honor de un insurgente michoacano. Estas dos comunidades quedaron divididas y con distintos nombres hasta el año de 1827, cuando se integraron como una sola población, y una bella ciudad de nombre Saltillo.
Así es amigos y amigas Saltillo eran dos y no uno, Saltillo tiene dos partes y a las dos debemos honrar, y ¿por qué no dos veces festejar a nuestra hermosa ciudad?

En esta ocasión te platico sobre un acontecimiento del cual Saltillo fue testigo, de un hecho último en su tipo, aquí se realizó el ultimo fusilamiento militar en México.
El inculpado José Isaías Constante Laureano, fue recluido en la cárcel militar instalada donde hoy se albergan las oficinas de la Secretaria de Finanzas, en el cruce de las calles de Castelar y General Cepeda, esperando sentencia.
El juicio militar de José Isaías se realizó en lo que hoy es el Museo de las Aves, ahí se le encontró culpable por el asesinato de Cristóbal Granados Jasso y del subteniente de infantería Juan Pablo MaDobecker, también fue condenado por insubordinación, se sabe, que los asesinó con su carabina al estar bajo los efectos del alcohol, en la ciudad de San Luis Potosí.
Eran 4 horas con 30 minutos del 9 de agosto de 1961, cuando se escuchó la voz de coronel Aburto Valencia ordenar con firmeza “PREPA-
REN, APUNTEN, FUEGO”, en ese momento el accionar de los gatillos iniciaron el recorrido de la pólvora, 8 fusiles, 8 balas impulsadas por los fogonazos, terminaron con la vida de José Isaías, testigo de ello fue director de la penitenciaría militar, Gregorio Ruiz Martínez, con 28 años contaba el sentenciado.
Dicen que su último deseo, fue morir sin que los ojos le fueran vendados, él quería morir mirando el alba, mirando la salida del sol murió. El tiro de gracia otro militar lo ejecutó, un personaje conocido en la Normal Superior, quien durante años fue el instructor de escoltas de la benemérita. Saltillo fue testigo de dicho suceso, cuentan que los saltillenses estuvieron a la expectativa, de esta práctica permitida por las leyes militares que no era común en el país y menos en el pequeño Saltillo del 1961.
Una anécdota que quedó para la historia de nuestra hermosa ciudad de Saltillo.





En esta ocasión te platico de un Saltillense por adopción que llegó a esta hermosa tierra hace 40 años, cuando contaba con 30 años de edad, me refiero a Don Ezequiel García Cruz.
El trabajo de don Ezequiel requiere de ingenio, destreza y de arte, él se dedica a la cantera, es “canterero” y tallista, dentro del oficio le falta ser escultor.
Llegó a esta hermosa ciudad de Saltillo, cuando el entonces gobernador, Don Oscar Flores Tapia, visitó la ciudad de San Luis Potosí, en busca de cantereros dignos para embellecer aún más esta ciudad.
Ezequiel fue el canterero que se encargó de revestir el Palacio de Gobierno, conocido como el Palacio Rosa, pero además de forrar edificios hoy tan emblemáticos de esta hermosa ciudad de Saltillo como el Teatro de Ciudad, el Congreso del Estado y las presidencias municipa-

les, y lo digo en plural ya que también se encargó de la de Parras de la Fuente.
Su trabajo es tan formidable que muchos hoteles en “Can Cún” y Tucson Estado Unidos, han sido embellecidos con su cantera y trabajo.
Su oficio ha sido heredado de generación en generación, siendo la primera de estas su bisabuelo quien se llamaba Saturnino, hoy sus nietos Omar, Yamil y Brayan continúan con esta tradición ininterrumpida, con lo que ya la sexta generación de cantereros, tallistas y escultores está en funciones.
Don Ezequiel me platicó que en un principio todo se hacía con cincel y martillo, que al iniciar en el negocio lo primero que se aprendía era el paramento, que no es otra cosa más que pulir la piedra para después recortarla, cuadrarla y poder tanto hacer esculturas. Hoy en día en el taller que dan servicio a muchos
Saltillenses, cuentan con maquinaría especializada, que no es por presumir, pero son únicas en el mundo, ya que Don Ezequiel con la familia y trabajadores las han construido, para buscar siempre dar un mejor servicio.
Don Ezequiel se casó con Juanita Estrada, juntos procrearon a una hija y dos hijos, por cierto, la hija Celia además de ser arquitecta, me asegura el canterero que es su mano derecho, eso sí es equidad.
La primera pieza que realizó Ezequiel fue una margarita, que sería colocada en un jarrón para una
lápida, su hijo Ezequiel y sus nietos, por azares del destino y de oficio su primer tallado fue otra margarita.
Al preguntarle a su hija Celia por una frase para definir a su padre, sin dudarlo me dijo: “El trabajo diario y la inspiración en la cantera convierte nuestra profesión en un arte”. Saltillo es una ciudad hermosa que tiene edificios emblemáticos, varios de estos forrados de cantera y literalmente con el trabajo y sudor de Don Ezequiel y su familia, por ello indiscutiblemente es un Saltillense que vale la pena presumir.

En esta ocasión te platico la historia de un enamorado y de un vigilante que teníamos en nuestra hermosa ciudad de Saltillo, cuando aún no era ciudad y era en realidad dos poblados, el Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala y la Villa de Santiago el Saltillo.
Corrían los primeros años de Siglo XVI, cuando en la villa trabajaba un capitán llamado Julio de la Peña, quien era el responsable de que las buenas costumbres se mantuvieran en lo que a un poco menos de un siglo y cuarto sería nuestra hermosa ciudad de Saltillo. Y vaya que tenía bastante trabajo del Capitán Julio.
En el mes de agosto, día 11 para ser precisos del ya lejano año de 1704, en donde hoy tenemos nuestra Plaza de Armas, que en aquel momento era conocida como la Plaza Principal, fue el lugar de un encuentro

amoroso, que casi casi se convierte en chisme y déjeme decirle estimada y estimado Saltillense que no era para menos, pues un señor llamado Rodrigo de Cepeda fue sorprendido “en mal estado con una mujer”, vaya Usted a imaginar la situación, sin embargo el chisme, perdón la historia se puso mejor cuando Don Ricardo esa misma noche entró a casa de la mujer, de quien por cierto se escondieron muy bien sus generales para no causarle una mala fama.
Por lo que investigué la sanción para Rodrigo era invitarlo y cito textual: “no vuelva a llegar a dicha casa, en sus pies o en los ajenos”, es decir que no regresará en ningún momento a casa de la susodicha ni caminando ni cargado y en caso de no hacer caso al mandato de la autoridad sería multado con dos marcos de plata y seis días en la cárcel.
A la noche siguiente, la del 12 de agosto del 1704, Don Rodrigo de Cepeda paseaba de manera muy tranquila por la misma plaza, sí la Plaza Principal, esa que hoy conocemos como la Plaza de Armas, los guardianes del orden, lo gendarmes, sin más lo detuvieron y se los llevaron a prisión.
El chisme, perdón la historia, no termina aquí pues por lo que pude averiguar, “el coscolino” de Rodrigo, 7 meses después, el 13 de marzo de 1705, volvió a pisar la cárcel, en esta ocasión fue sorprendido “con las manos en la masa”, más bien con las manos en la hija de Juan de Sertucha.
En su nueva visita a la penitenciaria le envió una carta al alcalde ordina-
rio de la villa solicitando la oportunidad de salir de la cárcel para rehacer su vida, pues aseguraba que tanto la hija de Juan Sertucha, como él, estaban dispuestos a contraer matrimonio. Incluso en la carta Rodrigo presentó como fiador a Martín Peña y escribió que su amada: “no tenía pena a comprobar ni culpa”.
Vaya paradoja en la cual se metió Don Rodrigo de Cepeda quien después de llegar a la cárcel en distintas ocasiones por andar de enamorado, terminó tan enamorado que le solicitó al alcalde ordinario de la Villa de Santiago del Saltillo, salir de la cárcel para entrar a otra cárcel.

¿Primer población de la Nueva España en la cual el 2 de julio de 1821 se extendió la primera acta en la que se hace una “Jura de la Independencia”?
Respuesta a la trivia de agosto 2025: Adrián Rodríguez García
En esta ocasión te platico sobre una historia de los amantes de lo ajeno que les gustaban los pedales mientras sus víctimas andaban de pedales.
Fue el 6 de julio de 1956, día viernes para ser preciso, cuando la policía de nuestra hermosa ciudad de Saltillo fue puesta en jaque por los ladrones de bicicletas, quienes aprovecharon el fin de semana, la noche, la parranda y hasta el alcohol para lograr sus fechorías, pues en menos de 5 horas se robaron dos bicicletas.

de Colón y al llegar a Cuauhtémoc dar vuelta, cuando el oficial de policía le preguntó por las placas, el parroquiano aseguró que nos las pudo ver, sin aclarar que fuera así por la oscuridad de la noche, por la velocidad del robo o porque ya veía doble de tanto mezcal que había tomado.
Crédito: Eugenio Galán de la Peña
La primera bicicleta robada era tipo balona de color roja y cuyo propietario era el Sr. R. López, quien vivía en la Calle de Penquita #115 y dio aviso a la autoridad vía telefónica a las 11 de la noche, asegurando que mientras salía de la cantina Tijerillas, ubicada en Colón y Xicoténcatl, después de disfrutar de unas refrescantes bebidas espirituosas, vio que tres individuos subían su medio de transporte a una camioneta para realizar la graciosa huida por la calle
Dice la canción de Joaquín Sabina, “Y nos dieron las 10 y las 11. Las 12 y la una y las dos y las 3” y a esa precisa hora el Sr. José Espinosa se apersonó en la comandancia de la policía, la cual por cierto estaba ubicada sobre la calle de Bravo casi esquina con Aldama, para dar aviso que le acababan de robar su bicicleta, la cual estaba estacionada afuera del bar “Orizaba”.
José le aseguró al jefe de la policía que llegó al bar, ubicado en la Calle Presidente Cárdenas esquina con 2 de abril, en su bicicleta, la estacionó afuera y sólo entró a tomarse una copa y una cerveza, salió de la cantina se había dado cuenta que le había robado su vehículo.
Por más que investigué no encontré dato alguno sobre la recuperación de ambos vehículos, es decir, de las bicicletas, pero lo que sí pude constatar es que a los amantes de los
ajeno de nuestra hermosa ciudad de Saltillo les gusta llevarse las “biclas” de quienes andan de pedales en las cantinas.

15 de septiembre de 1853
15 de septiembre de 1885
15 de septiembre de 1889
15 de septiembre de 1905
15 de septiembre de 1909
Se inauguran en Saltillo, Coahuila, los “Portales de la Independencia”, que constaban de 11 arcos, 1 por cada año que duró la lucha por la Independencia Nacional. Serían derribados 100 años después.
Se inauguran en la Plaza de la Independencia de Saltillo, Coahuila, las nuevas lámparas de gas y bancas, adquiridas por el Gobernador, General Julio M. Cervantes Aranda.
El Congreso del Estado de Coahuila expide el nuevo Código de Comercio para el Estado, mismo que entraría en vigor el 1º de enero del año siguiente.
En una gran ceremonia, el Presidente Porfirio Díaz devela la obra “La batalla del 2 de abril”, de 8.30 metros de largo por 5 metros de ancho, cuyo autor era el Saltillense Francisco de Paula Mendoza. Sería exhibida en el Museo Nacional de Historia.
Tras haber sido destituido como Director General de Instrucción Primaria y de la Escuela Normal de Coahuila, el Maestro Andrés Osuna envía un comunicado a los inspectores y directores de toda la entidad, concluyendo: “¡Adiós y que la escuela Coahuilense sea siempre la primera de la República”.
15 de septiembre de 1910
15 de septiembre de 1928
15 de septiembre de 1933
El Gobernador de Coahuila, Jesús De Valle, expide el decreto que crea la Rotonda de Coahuilenses Distinguidos en la parte central del Panteón de Santiago, en Saltillo.
En Saltillo, Coahuila, se inaugura la nueva fachada y el tercer piso del Palacio de Gobierno.
Con la presencia del General Manuel Pérez Treviño, representante del Presidente de la República General Abelardo Rodríguez, y del Gobernador de Coahuila, Nazario S. Ortiz Garza, se lleva a cabo la inauguración del Edificio y Paraninfo del Ateneo Fuente en Saltillo.



Une con una línea cada uno de los dinosaurios con la parte faltante.
Une los números para descubrir al dino.

Solicitamos costureras para pantalones y camisolas.
Calle Zaragoza 216 Altos entre Aldama.
Anuncio en el Sol del Norte en cual mi abuelito Don José solicitaba trabajadoras para su fábrica de ropa.
Se compran 100 mulas mansas, tamaño regular, dirigase á: Scott Hermanos Saltillo, Coahuila, Oficina 3ª de Iturbide núm 2.
Anuncio publicado el 17 de marzo de 1900 en el periódico oficial de Coahuila.
¡Público! Los toros para la fiesta brava en la feria no deben sacarse de la plaza para ser “coleados”. Si Alguien lo hace: ¡multa de 10 pesos!. Atte. El Cabildo
Anuncio publicado del 23 de septiembre de 1830 en esta hermosa ciudad de Saltillo que no se llamaba Saltillo sino Ciudad de Leona Vicario.
¿Necesita que alguien le haga las labores de su hogar? No lo piense más. Vendo una mulata esclava de color cocho que responde al nombre de María Simona. Ella cuenta con 23 años de edad y es muy servicial. Se la compré a mi amigo Julián de la Sendexa y la vendo por 272 pesos con 7 reales de alcabala. Atentamente. Francisco González.
Anuncio publicado el 1766





Huevitos al gusto, guisos tortillas de harina y maíz café refill y ¡Mucho más! / WestRockersSal tillo @westrockers

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