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Antología digital 7 2017

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ANTOLOGIA ESPAÑOL

SETIMO AÑO

Alumno_____________________


INDICE

Cuento La tortuga gigante de Horacio Quiroga El huésped de Drácula de Bram Stoker Pícale La Gallina de Luis Dobles Segreda El escarabajo de oro de Edgar Allan Poe

…..…………………………..………… 3 …….……………………….………..… 7 …………………………….………..... 18 ………………….………….…………. 20

Novela El niño y el río, de Henry Bosco…………………………………………….……..….51 Los ojos del Perro Siberiano de Antonio Santa Ana………….………………..…..97

Poesía Vuelo Supremo de Julián Marchena ……………………………………….. 132 Cuando el abuelo le dijo cómo era el arcoíris de Jorge Charpentier ……………133 Pasatiempo Nicanor Parra…………………………….……………………………. 134 En Defensa del Arbol ……………………………………………………………….. 135 Preguntas a la hora del té de Nicanor Parra………………………………………. 136 Corazón Coraza de Mario Benedetti ………………………………………………. 137

Teatro El Cartero del Rey …………………………………………………………………… 138

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LA TORTUGA GIGANTE

Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día: –Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hace mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien. El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien. Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutos. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia. Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de kerosene. El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto. –Ahora –se dijo el hombre–, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica. Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne.

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A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre. La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse. El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo. La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre, y le dolía todo el cuerpo. Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió entonces que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre. –Voy a morir –dijo el hombre–. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed. Y al poco rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento. Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces: –El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo le voy a curar a él ahora. Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie. Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas. El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta: –Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí. 4


Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo: –Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires. Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje. La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía, deshacía los nudos, y acostaba al hombre con mucho cuidado, en un lugar donde hubiera pasto bien seco. Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir. A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber. Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta: –Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo, en el monte. Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino. Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada. Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos

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para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella. Y sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje. Pero un ratón de la ciudad –posiblemente el ratoncito Pérez– encontró a los dos viajeros moribundos. –¡Qué tortuga! –dijo el ratón–. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña? –No –le respondió con tristeza la tortuga–. Es un hombre. –¿Y adónde vas con ese hombre? –añadió el curioso ratón. –Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires –respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía–. Pero vamos a morir aquí, porque nunca llegaré... –¡Ah, zonza, zonza! –dijo riendo el ratoncito–. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá, es Buenos Aires. Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa, porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha. Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida. Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija. Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos.

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El huésped de Drácula Abraham Stoker (Clontarf, Irlanda; 8 de noviembre de 1847 - Londres, Inglaterra; 20 de abrilde 1912) fue un escritor irlandés célebre por su novela de terror Drácula, una de las obras más famosas de la literatura gótica. Fundamentalmente es reconocido en el género literario por su pseudónimo Bram Stoker. La creación literaria más reconocida la cual realzó los matices del vampirismo, así como pasó a ser una obra literaria transmitida a través de los años, fue la creación del vampiro "Drácula" (1897), historia ficticia basada, según algunas fuentes, en el personaje real de Vlad Draculea "Vlad el Hijo del Demonio/Dragon" también llamado Vlad Tepes "el empalador”. Para esta novela se sirvió de los conocimientos de un erudito orientalista húngaro llamado Vámbery con el cual se reuniría varias veces para que le contara las peripecias del Príncipe de Valaquia y de libros como el de Emily Gerard, "Informe sobre los principados de Valaquia". Se inspiró en Irving y en Franz Liszt para reflejar el aspecto del Conde. Refleja la lucha entre el Bien y el Mal. Óscar Wilde la definió como la obra de terror mejor escrita de todos los tiempos, además de recibir elogios de, entre otros, Arthur Conan Doyle. Stoker concibió la obra cuando, a raíz de una indigestión de cangrejo, tuvo alucinaciones de una especie de rey de los vampiros que salía de su tumba en busca de sangre. Bram Stoker moriría a causa de la sífilis, el 20 de abril de 1912, a los 64 años. Murió en una humilde y pestilente pensión de Londres y en sus últimos minutos de vida no paraba de señalar a una esquina de su habitación mientras una y otra vez pronunciaba: "Strigoi", palabra que en rumano significa vampiro, el ser que tanto había investigado y perseguido para su obra Drácula.

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EL HUÉSPED DE DRÁCULA Cuando iniciamos nuestro paseo, el sol brillaba intensamente sobre Múnich y el aire estaba repleto de la alegría propia de comienzos del verano. En el mismo momento en que íbamos a partir, Herr Delbrück (el maitre d'hôtel del Quatre Saisons, donde me alojaba) bajó hasta el carruaje sin detenerse a ponerse el sombrero y, tras desearme un placentero paseo, le dijo al cochero, sin apartar la mano de la manija de la puerta del coche: -No olvide estar de regreso antes de la puesta del sol. El cielo parece claro, pero se nota un frescor en el viento del norte que me dice que puede haber una tormenta en cualquier momento. Pero estoy seguro de que no se retrasará -sonrió-, pues ya sabe qué noche es. Johann le contestó con un enfático: -Ja, mein Herr. Y, llevándose la mano al sombrero, se dio prisa en partir. Cuando hubimos salido de la ciudad le dije, tras indicarle que se detuviera: -Dígame, Johann, ¿qué noche es hoy? Se persignó al tiempo que contestaba lacónicamente: -Walpurgis Nacht. Y sacó su reloj, un grande y viejo instrumento alemán de plata, tan grande como un nabo, y lo contempló, con las cejas juntas y un pequeño e impaciente encogimiento de hombros. Me di cuenta de que aquella era su forma de protestar respetuosamente contra el innecesario retraso y me volví a recostar en el asiento, haciéndole señas de que prosiguiese. Reanudó una buena marcha, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. De vez en cuando, los caballos parecían alzar sus cabezas y olisquear suspicazmente el aire. En tales ocasiones, yo miraba alrededor, alarmado. El camino era totalmente anodino, pues estábamos atravesando una especie de alta meseta barrida por el viento. Mientras viajábamos, vi un camino que parecía muy poco usado y que aparentemente se hundía en un pequeño y serpenteante valle. Parecía tan invitador que, aun arriesgándome a ofenderlo, le dije a Johann que se detuviera y, cuando lo hubo hecho, le expliqué que me gustaría que bajase por allí. Me dio toda clase de excusas, y se persignó con frecuencia mientras hablaba. Esto, de alguna forma, excitó mi curiosidad, así que le hice varias preguntas. Respondió evasivamente, sin dejar de mirar una y otra vez su reloj como protesta. Al final, le dije: -Bueno, Johann, quiero bajar por ese camino. No le diré que venga si no lo desea, pero cuénteme por qué no quiere hacerlo, eso es todo lo que le pido. Como respuesta, pareció zambullirse desde el pescante por lo rápidamente que llegó al suelo. Entonces extendió sus manos hacia mí en gesto de súplica y me imploró que no fuera. Mezclaba el suficiente inglés con su alemán como para que yo entendiese el hilo de sus palabras. Parecía estar siempre a punto de decirme algo, cuya sola idea era evidente que le aterrorizaba; pero cada vez se echaba atrás y decía mientras se persignaba: 8


-Walpurgis Nacht! Traté de argumentar con él pero era difícil discutir con un hombre cuyo idioma no hablaba. Ciertamente, él tenía todas las ventajas, pues aunque comenzaba hablando en inglés, un inglés muy burdo y entrecortado, siempre se excitaba y acababa por revertir a su idioma natal.... y cada vez que lo hacía miraba su reloj. Entonces los caballos se mostraron inquietos y olisquearon el aire. Ante esto, palideció y, mirando a su alrededor de forma asustada, saltó de pronto hacia adelante, los aferró por las bridas y los hizo avanzar unos diez metros. Yo lo seguí y le pregunté por qué había hecho aquello. Como respuesta, se persignó, señaló al punto que había abandonado y apuntó con su látigo hacia el otro camino, indicando una cruz y diciendo, primero en alemán y luego en inglés: -Enterrados..., estar enterrados los que matarse ellos mismos. Recordé la vieja costumbre de enterrar a los suicidas en los cruces de los caminos. -¡Ah! Ya veo, un suicida. ¡Qué interesante! Pero a fe mía que no podía saber por qué estaban asustados los caballos. Mientras hablábamos, escuchamos un sonido que era un cruce entre el aullido de un lobo y el ladrido de un perro. Se oía muy lejos, pero los caballos se mostraron muy inquietos, y le llevó bastante tiempo a Johann calmarlos. Estaba muy pálido y dijo: -Suena como lobo..., pero no hay lobos aquí, ahora. -¿No? -pregunté inquisitivamente-. ¿Hace ya mucho tiempo desde que los lobos estuvieron tan cerca de la ciudad? -Mucho, mucho -contestó-. En primavera y verano, pero con la nieve los lobos no mucho lejos. Mientras acariciaba los caballos y trataba de calmarlos, oscuras nubes comenzaron a pasar rápidas por el cielo. El sol desapareció, y una bocanada de aire frío sopló sobre nosotros. No obstante, tan sólo fue un soplo, y más parecía un aviso que una realidad, pues el sol volvió a salir brillante. Johann miró hacia el horizonte haciendo visera con su mano, y dijo: -La tormenta de nieve venir dentro de mucho poco. Luego miró de nuevo su reloj, y, manteniendo firmemente las riendas, pues los caballos seguían manoteando inquietos y agitando sus cabezas, subió al pescante como si hubiera llegado el momento de proseguir nuestro viaje. Me sentía un tanto obstinado y no subí inmediatamente al carruaje.

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-Hábleme del lugar al que lleva este camino -le dije, y señalé hacia abajo. Se persignó de nuevo y murmuró una plegaria antes de responderme: -Es maldito. -¿Qué es lo que es maldito? -inquirí. -El pueblo. -Entonces, ¿hay un pueblo? -No, no. Nadie vive allá desde cientos de años. Me devoraba la curiosidad: -Pero dijo que había un pueblo. -Había. -¿Y qué pasa ahora? Como respuesta, se lanzó a desgranar una larga historia en alemán y en inglés, tan mezclados que casi no podía comprender lo que decía, pero a grandes rasgos logré entender que hacía muchos cientos de años habían muerto allí personas que habían sido enterradas; y se habían oído ruidos bajo la tierra, y cuando se abrieron las fosas se hallaron a los hombres y mujeres con el aspecto de vivos y las bocas rojas de sangre. Y por eso, buscando salvar sus vidas (¡ay, y sus almas!.... y aquí se persignó de nuevo), los que quedaron huyeron a otros lugares donde los vivos vivían y los muertos estaban muertos y no.... no otra cosa. Evidentemente tenía miedo de pronunciar las últimas palabras. Mientras avanzaba en su narración, se iba excitando más y más, parecía como si su imaginación se hubiera desbocado, y terminó en un verdadero paroxismo de terror: blanco el rostro, sudoroso, tembloroso y mirando a su alrededor, como si esperase que alguna horrible presencia se fuera a manifestar allí mismo, en la llanura abierta, bajo la luz del sol. Finalmente, en una agonía de desesperación, gritó: «Walpurgis Nacht!», e hizo una seña hacia el vehículo, indicándome que subiera. Mi sangre inglesa hirvió ante esto y, echándome hacia atrás, dije: -Tiene usted miedo, Johann... tiene usted miedo. Regrese, yo volveré solo; un paseo a pie me sentará bien. -La puerta del carruaje estaba abierta. Tomé del asiento el bastón de roble que siempre llevo en mis excursiones y cerré la puerta. Señalé el camino de regreso a Múnich y repetí-: Regrese, Johann... La noche de Walpurgis no tiene nada que ver con los ingleses. Los caballos estaban ahora más inquietos que nunca y Johann intentaba retenerlos mientras me imploraba excitadamente que no cometiera tal locura. Me daba pena el pobre hombre, parecía sincero; no obstante, no pude evitar el echarme a reír. Ya había perdido todo rastro de inglés en sus palabras. En su ansiedad, había olvidado que la única forma que tenía de hacerme comprender era hablar en mi idioma, así que chapurreó su alemán nativo. Comenzaba a ser algo tedioso. Tras señalar la dirección, exclamé: «¡Regrese!», y me di la vuelta para bajar por el camino lateral, hacia el valle.

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Con un gesto de desesperación, Johann volvió sus caballos hacia Múnich. Me apoyé sobre mi bastón y lo contemplé alejarse. Marchó lentamente por un momento; luego, sobre la cima de una colina, apareció un hombre alto y delgado. No podía verlo muy bien a aquella distancia. Cuando se acercó a los caballos, éstos comenzaron a encabritarse y a patear, luego relincharon aterrorizados y echaron a correr locamente. Los contemplé perderse de vista y luego busqué al extraño pero me di cuenta de que también él había desaparecido. Me volví con ánimo tranquilo hacia el camino lateral que bajaba hacia el profundo valle que tanto había preocupado a Johann. Por lo que podía ver, no había ni la más mínima razón para esta preocupación; y diría que caminé durante un par de horas sin pensar en el tiempo ni en la distancia, y ciertamente sin ver ni persona ni casa alguna. En lo que a aquel lugar se refería, era una verdadera desolación. Pero no me di cuenta de esta particularidad hasta que, al dar la vuelta a un recodo del camino, llegué hasta el disperso lindero de un bosque. Entonces me di cuenta de que, inconscientemente, había quedado impresionado por la desolación de los lugares por los que acababa de pasar. Me senté para descansar y comencé a mirar a mi alrededor. Me fijé en que el aire era mucho más frío que cuando había iniciado mi camino: parecía rodearme un sonido susurrante, en el que se oía de vez en cuando, muy en lo alto, algo así como un rugido apagado. Miré hacia arriba y pude ver que grandes y densas nubes corrían rápidas por el cielo, de norte a sur, a una gran altura. Eran los signos de una tormenta que se aproximaba por algún lejano estrato de aire. Noté un poco de frío y, pensando que era por haberme sentado tras la caminata, reinicié mi paseo. El terreno que cruzaba ahora era mucho más pintoresco. No había ningún punto especial digno de mención, pero en todo él se notaba cierto encanto y belleza. No pensé más en el tiempo, y fue sólo cuando empezó a hacerse notar el oscurecimiento del sol que comencé a preocuparme acerca de cómo hallar el camino de vuelta. Había desaparecido la brillantez del día. El aire era frío, y el vuelo de las nubes allá en lo alto mucho más evidente. Iban acompañadas por una especie de sonido ululante y lejano, por entre el que parecía escucharse a intervalos el misterioso grito que el cochero había dicho que era de un lobo. Dudé un momento, pero me había prometido ver el pueblo abandonado, así que proseguí, y de pronto llegué a una amplia extensión de terreno llano, cerrado por las colinas que lo rodeaban. Las laderas de éstas estaban cubiertas de árboles que descendían hasta la llanura, formando grupos en las suaves pendientes y depresiones visibles aquí y allá. Seguí con la vista el serpentear del camino y vi que trazaba una curva cerca de uno de los más densos grupos de árboles y luego se perdía tras él. Mientras miraba noté un hálito helado en el aire, y comenzó a nevar. Pensé en los kilómetros y kilómetros de terreno desguarnecido por los que había pasado, y me apresuré a buscar cobijo en el bosque de enfrente. El cielo se fue volviendo cada vez más oscuro, y a mi 11


alrededor se veía una brillante alfombra blanca cuyos extremos más lejanos se perdían en una nebulosa vaguedad. Aún se podía ver el camino, pero mal, y cuando corría por el llano no quedaban tan marcados sus límites como cuando seguía las hondonadas; y al poco me di cuenta de que debía haberme apartado del mismo, pues dejé de notar bajo mis pies la dura superficie y me hundí en tierra blanda. Entonces el viento se hizo más fuerte y sopló con creciente fuerza, hasta que casi me arrastró. El aire se volvió totalmente helado, y comencé a sufrir los efectos del frío a pesar del ejercicio. La nieve caía ahora tan densa y giraba a mi alrededor en tales remolinos que apenas podía mantener abiertos los ojos. De vez en cuando, el cielo era desgarrado por un centelleante relámpago, y a su luz sólo podía ver frente a mí una gran masa de árboles, principalmente cipreses y tejos completamente cubiertos de nieve. Pronto me hallé al amparo de los mismos, y allí, en un relativo silencio, pude oír el soplar del viento, en lo alto. En aquel momento, la oscuridad de la tormenta se había fundido con la de la noche. Pero su furia parecía estar abatiéndose: tan solo regresaba en tremendos resoplidos o estallidos. En aquellos momentos el escalofriante aullido del lobo pareció despertar el eco de muchos sonidos similares a mí alrededor. En ocasiones, a través de la oscura masa de las nubes, se veía un perdido rayo de luna que iluminaba el terreno y que me dejaba ver que estaba al borde de una densa masa de cipreses y tejos. Como había dejado de nevar, salí de mi refugio y comencé a investigar más a fondo los alrededores. Me parecía que entre tantos viejos cimientos como había pasado en mi camino, quizá hallase una casa aún en pie que, aunque estuviese en ruinas, me diese algo de cobijo. Mientras rodeaba el perímetro del bosquecillo, me di cuenta de que una pared baja lo cercaba y, siguiéndola, hallé una abertura. Allí los cipreses formaban un camino que llevaba hasta la cuadrada masa de algún tipo de edificio. No obstante, en el mismo momento en que la divisé, las errantes nubes oscurecieron la luna y atravesé el sendero en tinieblas. El viento debió de hacerse más frío, pues noté que me estremecía mientras caminaba; pero tenía esperanzas de hallar un refugio, así que proseguí mi camino a ciegas. Me detuve, pues se produjo un repentino silencio. La tormenta había pasado y, quizá en simpatía con el silencio de la naturaleza, mi corazón pareció dejar de latir. Pero eso fue tan sólo momentáneo, pues repentinamente la luz de la luna se abrió paso por entre las nubes, mostrándome que me hallaba en un cementerio, y que el objeto cuadrado situado frente a mí era una enorme tumba de mármol, tan blanca como la nieve que lo cubría todo. Con la luz de la luna llegó un tremendo suspiro de la tormenta, que pareció reanudar su carrera con un largo y grave aullido, como el de muchos perros o lobos. Me sentía anonadado, y noté que el frío me calaba hondo hasta parecer aferrarme el corazón. Entonces mientras la oleada de luz lunar seguía cayendo sobre la tumba de mármol, la tormenta dio muestras de reiniciarse, como si quisiera volver atrás. Impulsado por alguna especie de fascinación, me aproximé a la sepultura para ver de quién era y por qué una construcción así se alzaba solitaria en semejante lugar. La rodeé y leí, sobre la puerta dórica, en alemán: 12


CONDESA DOLINGEN DE GRATZ EN ESTIRIA BUSCÓ Y HALLÓ LA MUERTE EN 1801 En la parte alta del túmulo, y atravesando aparentemente el mármol, pues la estructura estaba formada por unos pocos bloques macizos, se veía una gran vigueta o estaca de hierro. Me dirigí hacia la parte de atrás y leí, esculpida con grandes letras cirílicas: Los muertos viajan de prisa Había algo tan extraño y fuera de lo usual en todo aquello que me hizo sentir mal y casi desfallecí. Por primera vez empecé a desear haber seguido el consejo de Johann. Y en aquel momento me invadió un pensamiento que, en medio de aquellas misteriosas circunstancias, me produjo un terrible estremecimiento: ¡era la noche de Walpurgis! La noche de Walpurgis en la que, según las creencias de millones de personas, el diablo andaba suelto; en la que se abrían las tumbas y los muertos salían a pasear; en la que todas las cosas maléficas de la tierra, el mar y el aire celebraban su reunión. Y estaba en el preciso lugar que el cochero había rehuido. Aquél era el pueblo abandonado hacía siglos. Allí era donde se encontraba la suicida; ¡y en ese lugar me encontraba yo ahora solo..., sin ayuda, temblando de frío en medio de una nevada y con una fuerte tormenta formándose a mi alrededor! Fue necesaria toda mi filosofía, toda la religión que me habían enseñado, todo mi coraje, para no derrumbarme en un paroxismo de terror. Y entonces un verdadero tornado estalló a mi alrededor. El suelo se estremeció como si millares de caballos galopasen sobre él, y esta vez la tormenta llevaba en sus gélidas alas no nieve, sino un enorme granizo que cayó con tal violencia que parecía haber sido lanzado por lo míticos honderos baleáricos... Piedras de granizo que aplastaban hojas y ramas y que negaban la protección de los cipreses, como si en lugar de árboles hubieran sido espigas de cereal. Al primer momento corrí hasta el árbol más cercano, pero pronto me vi obligado a abandonarlo y buscar el único punto que parecía ofrecer refugio: la profunda puerta dórica de la tumba de mármol. Allí, acurrucado contra la enorme puerta de bronce, conseguí una cierta protección contra la caída del granizo, pues ahora sólo me golpeaba al rebotar contra el suelo y los costados de mármol. Al apoyarme contra la puerta, ésta se movió ligeramente y se abrió un poco hacia adentro. Incluso el refugio de una tumba era bienvenido en medio de aquella despiadada tempestad, y estaba a punto de entrar en ella cuando se produjo el destello de un relámpago que iluminó 13


toda la extensión del cielo. En aquel instante, lo juro por mi vida, vi, pues mis ojos estaban vueltos hacia la oscuridad del interior, a una bella mujer, de mejillas sonrosadas y rojos labios, aparentemente dormida sobre un féretro. Mientras el trueno estallaba en lo alto fui atrapado como por la mano de un gigante y lanzado hacia la tormenta. Todo aquello fue tan repentino que antes de que me llegara el impacto, tanto moral como físico, me encontré bajo la lluvia de piedras. Al mismo tiempo tuve la extraña y absorbente sensación de que no estaba solo. Miré hacia el túmulo. Y en aquel mismo momento se produjo otro cegador relámpago, que pareció golpear la estaca de hierro que dominaba el monumento y llegar por ella hasta el suelo, resquebrajando, desmenuzando el mármol como en un estallido de llamas. La mujer muerta se alzó en un momento de agonía, lamida por las llamas, y su amargo alarido de dolor fue ahogado por el trueno. La última cosa que oí fue esa horrible mezcla de sonidos, pues de nuevo fui aferrado por la gigantesca mano y arrastrado, mientras el granizo me golpeaba y el aire parecía reverberar con el aullido de los lobos. La última cosa que recuerdo fue una vaga y blanca masa movediza, como si las tumbas de mi alrededor hubieran dejado salir los amortajados fantasmas de sus muertos, y éstos me estuvieran rodeando en medio de1a oscuridad de la tormenta de granizo. Gradualmente, volvió a mí una especie de confuso inicio de consciencia; luego una sensación de cansancio aniquilador. Durante un momento no recordé nada; pero poco a poco volvieron mis sentidos. Los pies me dolían espantosamente y no podía moverlos. Parecían estar dormidos. Notaba una sensación gélida en mi nuca y a todo lo largo de mi espina dorsal, y mis orejas, como mis pies, estaban muertas y, sin embargo, me atormentaban; pero sobre mi pecho notaba una sensación de calor que, en comparación, resultaba deliciosa. Era como una pesadilla..., una pesadilla física, si es que uno puede usar tal expresión, pues un enorme peso sobre mi pecho me impedía respirar normalmente. Ese período de semiletargo pareció durar largo rato, y mientras transcurría debí de dormir o delirar. Luego sentí una sensación de repugnancia, como en los primeros momentos de un mareo, y un imperioso deseo de librarme de algo, aunque no sabía de qué. Me rodeaba un descomunal silencio, como si todo el mundo estuviese dormido o muerto, roto tan sólo por el suave jadeo de algún animal cercano. Noté un cálido lametón en mi cuello, y entonces me llegó la consciencia de la terrible verdad, que me heló hasta los huesos e hizo que se congelara la sangre en mis venas. Había algún animal recostado sobre mí y ahora lamía mi garganta. No me atreví a agitarme, pues algún instinto de prudencia me obligaba a seguir inmóvil, pero la bestia pareció darse cuenta de que se había producido algún cambio en mí, pues levantó la cabeza. Por entre mis pestañas vi sobre mí los dos grandes ojos llameantes de un gigantesco lobo. Sus aguzados caninos brillaban en la abierta boca roja, y pude notar su acre respiración sobre mi boca. Durante otro período de tiempo lo olvidé todo. Luego escuché un gruñido, seguido por un aullido, y luego por otro y otro. Después, aparentemente muy a lo lejos, escuché un «¡hey, 14


hey!» como de muchas voces gritando al unísono. Alcé cautamente la cabeza y miré en la dirección de la que llegaba el sonido, pero el cementerio bloqueaba mi visión. El lobo seguía aullando de una extraña manera, y un resplandor rojizo comenzó a moverse por entre los cipreses, como siguiendo el sonido. Cuando las voces se acercaron, el lobo aulló más fuerte y más rápidamente. Yo temía hacer cualquier sonido o movimiento. El brillo rojo se acercó más, por encima de la alfombra blanca que se extendía en la oscuridad que me rodeaba. Y de pronto, de detrás de los árboles, surgió al trote una patrulla de jinetes llevando antorchas. El lobo se apartó de encima de mí y escapó por el cementerio. Vi cómo uno de los jinetes (soldados, según parecía por sus gorras y sus largas capas militares) alzaba su carabina y apuntaba. Un compañero golpeó su brazo hacia arriba, y escuché cómo la bala zumbaba sobre mi cabeza. Evidentemente me había tomado por el lobo. Otro divisó al animal mientras se alejaba, y se oyó un disparo. Luego, al galope, la patrulla avanzó, algunos hacia mí y otros siguiendo al lobo mientras éste desaparecía por entre los nevados cipreses. Mientras se aproximaban, traté de moverme; no lo logré, aunque podía ver y oír todo lo que sucedía a mi alrededor. Dos o tres de los soldados saltaron de sus monturas y se arrodillaron a mi lado. Uno de ellos alzó mi cabeza y colocó su mano sobre mi corazón. -¡Buenas noticias, camaradas! -gritó-. ¡Su corazón todavía late! Entonces vertieron algo de brandy entre mis labios; me dio vigor, y fui capaz de abrir del todo los ojos y mirar a mí alrededor. Por entre los árboles se movían luces y sombras, y oí cómo los hombres se llamaban los unos a los otros. Se agruparon, lanzando asustadas exclamaciones, y las luces centellearon cuando los otros entraron amontonados en el cementerio, como posesos. Cuando los primeros llegaron hasta nosotros, los que me rodeaban preguntaron ansiosos: -¿Lo hallaron? La respuesta fue apresurada: -¡No! ¡No! ¡Vámonos.... pronto! ¡Éste no es un lugar para quedarse, y menos en esta noche! -¿Qué era? -preguntaron en varios tonos de voz. La respuesta llegó variada e indefinida, como si todos los hombres sintiesen un impulso común por hablar y, sin embargo, se vieran refrenados por algún miedo compartido que les impidiese airear sus pensamientos. -¡Era... era... una cosa! -tartamudeó uno, cuyo ánimo, obviamente, se había derrumbado. -¡Era un lobo..., sin embargo, no era un lobo! -dijo otro estremeciéndose. -No vale la pena intentar matarlo sin tener una bala bendecida -indicó un tercero con voz más tranquila.

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-¡Nos está bien merecido por salir en esta noche! ¡Desde luego que nos hemos ganado los mil marcos! -espetó un cuarto. -Había sangre en el mármol derrumbado –dijo otro tras una pausa-. Y desde luego no la puso ahí el rayo. En cuanto a él... ¿está a salvo? ¡Miren su garganta. Vean, camaradas: el lobo estaba echado encima de él, dándole calor. El oficial miró mi garganta y replicó: -Está bien; la piel no ha sido perforada. ¿Qué significará todo esto? Nunca lo habríamos hallado de no haber sido por los aullidos del lobo. -¿Qué es lo que ocurrió con ese lobo? -preguntó el hombre que sujetaba mi cabeza, que parecía ser el menos aterrorizado del grupo, pues sus manos estaban firmes, sin temblar. En su bocamanga se veían los galones de suboficial. -Volvió a su cubil -contestó el hombre cuyo largo rostro estaba pálido y que temblaba visiblemente aterrorizado mientras miraba a su alrededor-. Aquí hay bastantes tumbas en las que puede haberse escondido. ¡Vámonos, camaradas, vámonos rápido! Abandonemos este lugar maldito. El oficial me alzó hasta sentarme y lanzó una voz de mando; luego, entre varios hombres me colocaron sobre un caballo. Saltó a la silla tras de mí, me sujetó con los brazos y dio la orden de avanzar; dando la espalda a los cipreses, cabalgamos rápidamente en formación. Mi lengua seguía rehusando cumplir con su función y me vi obligado a guardar silencio. Debí de quedarme dormido, pues lo siguiente que recuerdo es estar de pie, sostenido por un soldado a cada lado. Ya casi era de día, y hacia el norte se reflejaba una rojiza franja de luz solar, como un sendero de sangre, sobre la nieve. El oficial estaba ordenando a sus hombres que no contaran nada de lo que habían visto, excepto que habían hallado a un extranjero, un inglés, protegido por un gran perro. -¡Un gran perro! Eso no era ningún perro -interrumpió el hombre que había mostrado tanto miedo-. Sé reconocer un lobo cuando lo veo. El joven oficial le respondió con calma: -Dije un perro. -¡Perro! -reiteró irónicamente el otro. Resultaba evidente que su valor estaba ascendiendo con el sol y, señalándome, dijo-: Mírele la garganta. ¿Es eso obra de un perro, señor?

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Instintivamente alcé una mano al cuello y, al tocármelo, grité de dolor. Los hombres se arremolinaron para mirar, algunos bajando de sus sillas, y de nuevo se oyó la calmada voz del joven oficial: -Un perro, he dicho. Si contamos alguna otra cosa, se reirán de nosotros. Entonces monté tras uno de los soldados y entramos en los suburbios de Múnich. Allí encontramos un carruaje al que me subieron y que me llevó al Quatre Saisons; el oficial me acompañó en el vehículo, mientras un soldado nos seguía llevando su caballo y los demás regresaban al cuartel. Cuando llegamos, Herr Delbrück bajó tan rápidamente las escaleras para salir a mi encuentro que se hizo evidente que había estado mirando desde dentro. Me sujetó con ambas manos y me llevó solícito al interior. El oficial hizo un saludo y se dio la vuelta para alejarse, pero al darme cuenta insistí en que me acompañara a mis habitaciones. Mientras tomábamos un vaso de vino, le di las gracias efusivamente, a él y a sus camaradas, por haberme salvado. Él se limitó a responder que se sentía muy satisfecho, y que Herr Delbrück ya había dado los pasos necesarios para gratificar al grupo de rescate; ante esta ambigua explicación el maître d'hôtel sonrió, mientras el oficial se excusaba, alegando tener que cumplir con sus obligaciones, y se retiraba. -Pero Herr Delbrück -interrogué-, ¿cómo y por qué me buscaron los soldados? Se encogió de hombros, como no dándole importancia a lo que había hecho, y replicó: -Tuve la buena suerte de que el comandante del regimiento en el que serví me autorizara a pedir voluntarios. -Pero ¿cómo supo que estaba perdido? -le pregunté. -El cochero regresó con los restos de su carruaje, que resultó destrozado cuando los caballos se desbocaron. -¿Y por eso envió a un grupo de soldados en mi busca? -¡Oh, no! -me respondió-. Pero, antes de que llegase el cochero, recibí este telegrama del boyardo de que es usted huésped -y sacó del bolsillo un telegrama, que me entregó y leí: BISTRITZ «Tenga cuidado con mi huésped: su seguridad me es preciosa. Si algo le ocurriera, o lo echasen a faltar, no ahorre medios para hallarle y garantizar su seguridad. Es inglés, y por consiguiente aventurero. A menudo hay peligro con la nieve y los lobos y la noche. No 17


pierda un momento si teme que le haya ocurrido algo. Respaldaré su celo con mi fortuna. Drácula. Mientras sostenía el telegrama en mi mano, la habitación pareció girar a mi alrededor y, si el atento maître d'hôtel no me hubiera sostenido, creo que me hubiera desplomado. Había algo tan extraño en todo aquello, algo tan fuera de lo corriente e imposible de imaginar, que me pareció ser, en alguna manera, el juguete de enormes fuerzas..., y esta sola idea me paralizó. Ciertamente me hallaba bajo alguna clase de misteriosa protección; desde un lejano país había llegado, justo a tiempo, un mensaje que me había arrancado del peligro de la congelación y de las mandíbulas del lobo.

Pícale la Gallina de Luis Dobles Segreda Pícale la Gallina En la paz de esta tarde, entristecida por el invierno, he ido a buscar la paz del Cementerio. Suelo acercarme hasta mi padre en el silencio magnífico de la «Ciudad Doliente». Perdida entre las cruces miro una banderita tricolor clavada en el testero de un montículo. ¡Una banderita tricolor! Pienso en la tumba de algún soldado a quien hubiesen despedido con la enseña de la patria. Me acerco. Ni una cruz, ni una señal que indique nada. Sola, la banderilla descolorida y rota, ondeando todavía, prendida del pedazo de regla clavado en el testero del montículo. Observo el homenaje. Sobre la regla está escrito con lápiz este epitafio: «PÍCALE LA GALLINA» Preguntó al sepulturero que está cerca, cavando la tierra humedecida. —Sí, allí está la señora «Pícales» El silencio se hace profundo y soló se oye caer un chorrito de agua que canta, al escaparse de la llave entreabierta en el vecino tubo. * * * La banderita tricolor no es un homenaje, es la última burla a una mujer a quien burló siempre la vida. «Pícale la Gallina», la llamó la ciudad entera. Dicen que las aguas del bautismo la llamaron Jacinta Camacho, pero de eso sólo quedó el Jacinta, se borró el Camacho por obra y gracia de la confirma que la dejó en «Jacinta Pícale». ¿Por qué? Por cualquier cosa. Porque una vez quiso robar una gallina y fué sorprendida con el hurto en las manos. Dio como excusa que trataba de castigar al animal porque la había picado. El dueño de la prenda era un vejete italiano. —¿Con que pícale la gallina? Pues cuidado signora... ¿Verdad? ¿Mentira? Que lo averigüe Vargas. La confirma se corrió y en la ciudad fué «Pícale». Jacinta Camacho era desconocida, Jacinta «Pícale», o mejor, «Pícale la Gallina» fué la más popular mujer de la ciudad. La alegre chiquillería la enojaba en las calles con cualquier broma, con cualquier palabra. Y, hasta los que no somos chiquillería, pero que a ratos tenemos por dentro cosas de gamín, la poníamos rabiosa con hacerle una cruz doblando los dedos. La pobre mujer fingía un llanto ridículo, como de plañidera a sueldo, se explicaba, porfiaba, y así se iba todos los días, por todas partes, arrastrando su miseria, cogiendo cincos de las manos piadosas y oyendo tras sí zumbar las abejas de mil palabras burlonas con que la ciudad entera se reía y la mortificaba. * * * Cuando fué joven tuvo un hijo. Estas infelices tienen también su idilio trunco, su hora de amor y, un día cualquiera, se sienten ennoblecidas por la maternidad. Murió el chiquillo y «Pícale», la pobre «Pícale», ocultaba el pecado. Las gentes inventaron que ella había matado la criatura por evitarse 18


estorbos. Y allí eran los dares y tomares de la infeliz Jacinta. —Sí la mató. Gritaba cualquiera, y ella empezaba su eterna porfía para negarlo. —No la mate. Se lo va a llevar el diablo por mentiroso. Cuando iba ya convenciendo a alguno, de otro corrillo salia la voz: —Sí la mató. Y vuelta la explicación y la excusa, y vuelta a llamar en apoyo a las personas formales. Pero hasta las personas formales se divertían con ella y certificaban el crimen como testigos presenciales. Allí están don Gerardo, don Octavio o don Mariano, que no me dejarán mentir. Entonces se encolerizaba y recurría a la suprema razón: alzaba piedras. Amenazaba a tirios y troyanos, pero no acababa por dispararlas, temerosa de andar por las jefaturas de policía. Los golfos, los limpiabotas y los rompebotas, sabían una copliila anónima que comenzaba: «Jacinta tiene novio, el novio no la quiere». La copla tenía música de otro anónimo y, silbada por los golfillos, era objeto de carreras, de alboroto y de zozobra. Y así vivió, desde el amanecer hasta que anochecía, siempre agitada por el mar en tempestad de la chiquillería, y siempre braceando para escaparse, sin comprender que al bracear se echaba encima toda la amargura del oleaje. * * * En el fondo era un alma buena. Todavía llamaba a las casas como en tiempo de nuestros patriarcas, con el: —¡Ave María! Me conmueve esta manera de llamar a las puertas que es una evocación de tiempos más santos y mejores. Mejores que estos en que, avergonzados de invocar a María, llamamos con el estúpido: —¡Upe! ¡Upe! Todos los días recibía comunión. Llegaba a la iglesia con un jarrillo de lata inseparable y lo metía en el confesonario. Recibía la hostia, la santa hostia que consuela y visita a los desamparados de la tierra, a los pobres de espíritu, a los mansos de corazón, y luego se iba con el jarrillo pidiendo leche caliente donde quiera que ordeñaban. Como estaba tuberculosa, un médico, don Nilo, le dijo que tomara leche y constituía ya su necesidad y su deseo. Cuando alguien la despachaba a casa del vecino, porfiaba: —Es que sólo aquí me dan. En todas partes le daban, pero tenía que recurrir a la pequeña mentira para sacar verdad, la blanca verdad de su pizquita de leche. * * * Hace pocos días, el señor Cura, al ir una madrugada llevando la extremaunción a otro cristiano, la encontró agonizante, tendida sobre la yerba de una calleja suburbana. De allí la condujeron al hospital y, cinco días después, la sacaron las gentes de servicio. Y aquí la dejaron, sin cruz, sin nombre, sin nada, como quedan los anónimos y los desamparados de la tierra. Quizá entonces vino tras ella algún trasnochador que amaneciera con la banderilla de la última francachela en la mano. Banderita que adornó la puerta del chinchorrillo en fiesta, o que sirvió de garrote para espantar a alguno. Ahora, santificada, recogida en el silencio de este santo lugar, clavada en él, quizá por manos que hicieron al clavarla la última burla a la infeliz Jacinta, está sirviendo de cruz. A ella, a quien todos, por broma, le hicimos la cruz, habían de traerle también la suya, después de muerta, aunque fuera ésta la última broma que le daba la vida.

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El escarabajo de Oro de Edgar Allan Poe I ¡Hola, hola! ¡Este mozo es un danzante loco! Le ha picado la tarántula. (Todo al revés.) Hace muchos años trabé amistad íntima con un míster William Legrand. Era de una antigua familia de hugonotes, y en otro tiempo había sido rico; pero una serie de infortunios habíanle dejado en la miseria. Para evitar la humillación consiguiente a sus desastres, abandonó Nueva Orleáns, la ciudad de sus antepasados, y fijó su residencia en la isla de Sullivan, cerca de Charleston, en Carolina del Sur. Esta isla es una de las más singulares. Se compone únicamente de arena de mar, y tiene, poco más o menos, tres millas de largo. Su anchura no excede de un cuarto de milla. Está separada del continente por una ensenada apenas perceptible, que fluye a través de un yermo de cañas y légamo, lugar frecuentado por patos silvestres. La vegetación, como puede suponerse, es pobre, o, por lo menos, enana. No se encuentran allí árboles de cierta magnitud. Cerca de la punta occidental, donde se alza el fuerte Moultrie y algunas miserables casuchas de madera habitadas durante el verano por las gentes que huyen del polvo y de las fiebres de Charleston, puede encontrarse es cierto, el palmito erizado; pero la isla entera, a excepción de ese punto occidental, y de un espacio árido y blancuzco que bordea el mar, está cubierta de una espesa maleza del mirto oloroso tan apreciado por los horticultores ingleses. El arbusto alcanza allí con frecuencia una altura de quince o veinte pies, y forma una casi impenetrable espesura, cargando el aire con su fragancia. En el lugar más recóndito de esa maleza, no lejos del extremo oriental de la isla, es decir, del más distante, Legrand se había construido él mismo una pequeña cabaña, que ocupaba cuando por primera vez, y de un modo simplemente casual, hice su conocimiento. Este pronto acabó en amistad, pues había muchas cualidades en el recluso que atraían el interés y la estimación. Le encontré bien educado de una singular inteligencia, aunque infestado de misantropía, y sujeto a perversas alternativas de entusiasmo y de melancolía. Tenía consigo muchos libros, pero rara vez los utilizaba. Sus principales diversiones eran la caza y la pesca, o vagar a lo largo de la playa, entre los mirtos, en busca de conchas o de ejemplares entomológicos; su colección de éstos hubiera podido suscitar la envidia de un Swammerdamm. En todas estas excursiones iba, por lo general, acompañado de un negro sirviente, llamado Júpiter, que había sido manumitido antes de los reveses de la familia, pero al que no habían podido convencer, ni con amenazas ni con promesas, a abandonar lo que él consideraba su 20


derecho a seguir los pasos de su joven massa Will. No es improbable que los parientes de Legrand, juzgando que éste tenía la cabeza algo trastornada, se dedicaran a infundir aquella obstinación en Júpiter, con intención de que vigilase y custodiase al vagabundo. Los inviernos en la latitud de la isla de Sullivan son rara vez rigurosos, y al finalizar el año resulta un verdadero acontecimiento que se requiera encender fuego. Sin embargo, hacia mediados de octubre de 18..., hubo un día de frío notable. Aquella fecha, antes de la puesta del sol, subí por el camino entre la maleza hacia la cabaña de mi amigo, a quien no había visitado hacia varias semanas, pues residía yo por aquel tiempo en Charleston, a una distancia de nueve millas de la isla, y las facilidades para ir y volver eran mucho menos grandes que hoy día. Al llegar a la cabaña llamé, como era mi costumbre, y no recibiendo respuesta, busqué la llave donde sabía que estaba escondida, abrí la puerta y entré. Un hermoso fuego llameaba en el hogar. Era una sorpresa, y, por cierto, de las agradables. Me quité el gabán, coloqué un sillón junto a los leños chisporroteantes y aguardé con paciencia el regreso de mis huéspedes. Poco después de la caída de la tarde llegaron y me dispensaron una acogida muy cordial. Júpiter, riendo de oreja a oreja, bullía preparando unos patos silvestres para la cena. Legrand se hallaba en uno de sus ataques-¿con qué otro término podría llamarse aquello?-de entusiasmo. Había encontrado un bivalvo desconocido que formaba un nuevo género, y, más aún, había cazado y cogido un escarabajo que creía totalmente nuevo, pero respecto al cual deseaba conocer mi opinión a la mañana siguiente. -¿Y por qué no esta noche?-pregunté, frotando mis manos ante el fuego y enviando al diablo toda la especie de los escarabajos. -¡Ah, si hubiera yo sabido que estaba usted aquí! -dijo Legrand-. Pero hace mucho tiempo que no le había visto, y ¿cómo iba yo a adivinar que iba usted a visitarme precisamente esta noche? Cuando volvía a casa, me encontré al teniente G***, del fuerte, y sin más ni más, le he dejado el escarabajo: así que le será a usted imposible verle hasta mañana. Quédese aquí esta noche, y mandaré a Júpiter allí abajo al amanecer. ¡Es la cosa más encantadora de la creación! -¿El qué? ¿El amanecer? -¡Qué disparate! ¡No! ¡El escarabajo! Es de un brillante color dorado, aproximadamente del tamaño de una nuez, con dos manchas de un negro azabache: una, cerca de la punta posterior, y la segunda, algo más alargada, en la otra punta. Las antenas son... -No hay estaño* en él, massa Will [*Juego de palabras intraducible: La pronunciación en inglés de la palabra antennae hace que Júpiter - quien habla una jerga casi ininteligible - crea 21


que su amo habla de estaño (tin): Dey ain't no tin him], se lo aseguro-interrumpió aquí Júpiter; el escarabajo es un escarabajo de oro macizo todo él, dentro y por todas partes, salvo las alas; no he visto nunca un escarabajo la mitad de pesado. -Bueno; supongamos que sea así-replicó Legrand, algo más vivamente, según me pareció, de lo que exigía el caso-. ¿Es esto una razón para dejar que se quemen las aves? El color-y se volvió hacia mí-bastaría para justificar la idea de Júpiter. No habrá usted visto nunca un reflejo metálico más brillante que el que emite su caparazón, pero no podrá usted juzgarlo hasta mañana... Entre tanto, intentaré darle una idea de su forma. Dijo esto sentándose ante una mesita sobre la cual había una pluma y tinta, pero no papel. Buscó un momento en un cajón, sin encontrarlo. -No importa-dijo, por último-; esto bastará. Y sacó del bolsillo de su chaleco algo que me pareció un trozo de viejo pergamino muy sucio, e hizo encima una especie de dibujo con la pluma. Mientras lo hacía, permanecí en mi sitio junto al fuego, pues tenía aún mucho frío. Cuando terminó su dibujo me lo entregó sin levantarse. Al cogerlo, se oyó un fuerte gruñido, al que siguió un ruido de rascadura en la puerta. Júpiter abrió, y un enorme terranova, perteneciente a Legrand, se precipitó dentro, y, echándose sobre mis hombros, me abrumó a caricias, pues yo le había prestado mucha atención en mis visita anteriores. Cuando acabó de dar brincos, miré el papel, y, a decir verdad, me sentí perplejo ante el dibujo de mi amigo. -Bueno-dije después de contemplarlo unos minutos-; esto es un extraño escarabajo, lo confieso nuevo para mí: no he visto nunca nada parecido antes, a menos que sea un cráneo o una calavera, a lo cual se parece más que a ninguna otra cosa que hay caído bajo mi observación. -¡Una calavera!-repitió Legrand-. ¡Oh, sí Bueno; tiene ese aspecto indudablemente en el papel. Las dos manchas negras parecen unos ojos, ¿eh? Y la más larga de abajo parece una boca; además, la forma entera es ovalada. -Quizá sea así-dije-; pero temo que usted no sea un artista. Legrand. Debo esperar a ver el insecto mismo para hacerme una idea de su aspecto. -En fin, no sé-dijo él, un poco irritado-: dibujo regularmente, o, al menos, debería dibujar, pues he tenido buenos maestros, y me jacto de no ser de todo tonto. -Pero entonces, mi querido compañero, usted bromea-dije-: esto es un cráneo muy pasable puedo incluso decir que es un cráneo excelente, con forme a las vulgares nociones que tengo acerca de tales ejemplares de la fisiología; y su escarabajo será el más extraño de los 22


escarabajos del mundo si se parece a esto. Podríamos inventar alguna pequeña superstición muy espeluznante sobre ello. Presumo que va usted a llamar a este insecto scaruboeus caput hominis o algo por el estilo; hay en las historias naturales muchas denominaciones semejantes. Pero ¿dónde están las antenas de que usted habló? -¡Las antenas!-dijo Legrand, que parecía acalorarse inexplicablemente con el tema-. Estoy seguro de que debe usted de ver las antenas. Las he hecho tan claras cual lo son en el propio insecto, y presumo que es muy suficiente. -Bien, bien-dije-; acaso las haya hecho usted y yo no las veo aún. Y le tendí el papel sin más observaciones, no queriendo irritarle; pero me dejó muy sorprendido el giro que había tomado la cuestión: su mal humor me intrigaba, y en cuanto al dibujo del insecto, allí no había en realidad antenas visibles, y el conjunto se parecía enteramente a la imagen ordinaria de una calavera. Recogió el papel, muy malhumorado, y estaba a punto de estrujarlo y de tirarlo, sin duda, al fuego, cuando una mirada casual al dibujo pareció encadenar su atención. En un instante su cara enrojeció intensamente, y luego se quedó muy pálida. Durante algunos minutos, siempre sentado, siguió examinando con minuciosidad el dibujo. A la larga se levantó, cogió una vela de la mesa, y fue a sentarse sobre un arca de barco, en el rincón más alejado de la estancia. Allí se puso a examinar con ansiedad el papel, dándole vueltas en todos sentidos. No dijo nada, empero, y su actitud me dejó muy asombrado; pero juzgué prudente no exacerbar con ningún comentario su mal humor creciente. Luego sacó de su bolsillo una cartera, metió con cuidado en ella el papel, y lo depositó todo dentro de un escritorio, que cerró con llave. Recobró entonces la calma; pero su primer entusiasmo había desaparecido por completo. Aun así, parecía mucho más abstraído que malhumorado. A medida que avanzaba la tarde, se mostraba más absorto en un sueño, del que no lograron arrancarle ninguna de mis ocurrencias. Al principio había yo pensado pasar la noche en la cabaña, como hacía con frecuencia antes; pero. viendo a mi huésped en aquella actitud, juzgué más conveniente marcharme. No me instó a que me quedase; pero al partir, estrechó mi mano con más cordialidad que de costumbre. Un mes o cosa así después de esto (y durante ese lapso de tiempo no volví a ver a Legrand), recibí la visita, en Charleston, de su criado Júpiter. No había yo visto nunca al viejo y buen negro tan decaído, y temí que le hubiera sucedido a mi amigo algún serio infortunio. -Bueno, Júpiter-dije-. ¿Qué hay de nuevo? ¿Cómo está tu amo? -¡Vaya! A decir verdad, massa, no está tan bien como debiera.

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-¡Que no está bien! Siento de verdad la noticia. ¿De qué se queja? -¡Ah, caramba! ¡Ahí está la cosa! No se queja nunca de nada; pero, de todas maneras, está muy malo. -¡Muy malo, Júpiter! ¿Por qué no lo has dicho inmediatamente? ¿Está en la cama? -No, no, no está en la cama. No está bien en ninguna parte, y ahí le aprieta el zapato. Tengo la cabeza trastornada con el pobre massa Will. -Júpiter, quisiera comprender lo que me estás contando. Dices que tu amo está enfermo. ¿No te ha dicho qué tiene? -Bueno, massa; es inútil romperse la cabeza pensando en eso. Massa Will dice que no tiene nada pero entonces ¿por qué va de un lado para otro, con la cabeza baja y la espalda curvada, mirando al suelo, más blanco que una oca? Y haciendo garrapatos todo el tiempo... -¿Haciendo qué? -Haciendo números con figuras sobre una pizarra; las figuras más raras que he visto nunca. Le digo que voy sintiendo miedo. Tengo que estar siempre con un ojo sobre él. El otro día se me escapó antes de amanecer y estuvo fuera todo el santo día. Habla yo cortado un buen palo para darle una tunda de las que duelen cuando volviese a comer; pero fui tan tonto, que no tuve valor, ¡parece tan desgraciado! -¿Eh? ¿Cómo? ¡Ah, sí! Después de todo has hecho bien en no ser demasiado severo con el pobre muchacho. No hay que pegarle, Júpiter; no está bien, seguramente. Pero ¿no puedes formarte una idea de lo que ha ocasionado esa enfermedad o más bien ese cambio de conducta? ¿Le ha ocurrido algo desagradable desde que no le veo? -No, massa, no ha ocurrido nada desagradable desde entonces, sino antes; sí, eso temo: el mismo día en que usted estuvo allí. -¡Cómo! ¿Qué quiere decir? -Pues... quiero hablar del escarabajo, y nada más. -¿De qué? -Del escarabajo... Estoy seguro de que massa Will ha sido picado en alguna parte de la cabeza por ese escarabajo de oro. -¿Y qué motivos tienes tú, Júpiter, para hacer tal suposición? 24


-Tiene ese bicho demasiadas uñas para eso, y también boca. No he visto nunca un escarabajo tan endiablado; coge y pica todo lo que se le acerca. Massa Will le había cogido..., pero en seguida le soltó, se lo aseguro... Le digo a usted que entonces es, sin duda, cuando le ha picado. La cara y la boca de ese escarabajo no me gustan; por eso no he querido cogerlo con mis dedos; pero he buscado un trozo de papel para meterlo. Le envolví en un trozo de papel con otro pedacito en la boca; así lo hice. -¿Y tú crees que tu amo ha sido picado realmente por el escarabajo, y que esa picadura le ha puesto enfermo? -No lo creo, lo sé. ¿Por qué está siempre soñando con oro, sino porque le ha picado el escarabajo de oro? Ya he oído hablar de esos escarabajos de oro. -Pero ¿cómo sabes que sueña con oro? -¿Cómo lo sé? Porque habla de ello hasta durmiendo; por eso lo sé. -Bueno, Júpiter; quizá tengas razón, pero ¿a qué feliz circunstancia debo hoy el honor de tu visita? -¿Qué quiere usted decir, massa? -¿Me traes algún mensaje de míster Legrand? -No, massa; le traigo este papel. Y Júpiter me entregó una esquela que decía lo siguiente: "Querido amigo: ¿Por qué no le veo hace tanto tiempo? Espero que no cometerá usted la tontería de sentirse ofendido por aquella pequeña brusquedad mía; pero no, no es probable. "Desde que le vi, siento un gran motivo de inquietud. Tengo algo que decirle; pero apenas sé cómo decírselo, o incluso no sé si se lo diré. "No estoy del todo bien desde hace unos días, y el pobre viejo Júpiter me aburre de un modo insoportable con sus buenas intenciones y cuidados. ¿Lo creerá usted? El otro día había preparado un garrote para castigarme por haberme escapado y pasado el día solo en las colinas del continente. Creo de veras que sólo mi mala cara me salvó de la paliza. "No he añadido nada a mi colección desde que no nos vemos. "Si puede usted, sin gran inconveniente, venga con Júpiter. Venga. Deseo verle esta noche para un asunto de importancia. Le aseguro que es de la más alta importancia. Siempre suyo, 25


William Legrand." Había algo en el tono de esta carta que me produjo una gran inquietud. El estilo difería en absoluto del de Legrand. ¿Con qué podía él soñar? ¿Qué nueva chifladura dominaba su excitable mente? ¿Qué "asunto de la más alta importancia" podía él tener que resolver? El relato de Júpiter no presagiaba nada bueno. Temía yo que la continua opresión del infortunio hubiese a la larga trastornado por completo la razón de mi amigo. Sin un momento de vacilación, me dispuse a acompañar al negro. Al llegar al fondeadero, vi una guadaña y tres azadas, todas evidentemente nuevas, que yacían en el fondo del barco donde íbamos a navegar. -¿Qué significa todo esto, Jup?-pregunté. -Es una guadaña, massa, y unas azadas. -Ya lo veo; pero ¿qué hacen aquí? -Massa Will me ha dicho que comprase eso para él en la ciudad, y lo he pagado muy caro; nos cuesta un dinero de mil demonios. -Pero, en nombre de todos los misterios, ¿qué va a hacer tu "massa Will" con esa guadaña y esas azadas? -No me pregunte más de lo que sé; que el diablo me lleve si lo sé yo tampoco. Pero todo eso es cosa del escarabajo. Viendo que no podía obtener ninguna aclaración de Júpiter, cuya inteligencia entera parecía estar absorbida por el escarabajo, bajé al barco y desplegué la vela. Una agradable y fuerte brisa nos empujó rápidamente hasta la pequeña ensenada al norte del fuerte Moultrie, y un paseo de unas dos millas nos llevó hasta la cabaña. Serían alrededor de las tres de la tarde cuando llegamos. Legrand nos esperaba preso de viva impaciencia. Asió mi mano con nervioso empressement que me alarmó, aumentando mis sospechas nacientes. Su cara era de una palidez espectral, y sus ojos, muy hundidos, brillaban con un fulgor sobrenatural. Después de algunas preguntas sobre mi salud, quise saber, no ocurriéndoseme nada mejor que decir si el teniente G*** le había devuelto el escarabajo. -¡Oh, sí!-replicó, poniéndose muy colorado-. Le recogí a la mañana siguiente. Por nada me separaría de ese escarabajo. ¿Sabe usted que Júpiter tiene toda la razón respecto a eso? -¿En qué?-pregunté con un triste presentimiento en el corazón.

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-En suponer que el escarabajo es verdaderamente de oro. Dijo esto con un aire de profunda seriedad que me produjo una indecible desazón. -Ese escarabajo hará mi fortuna-prosiguió él, con una sonrisa triunfal-al reintegrarme mis posesiones familiares. ¿Es de extrañar que yo lo aprecie tanto? Puesto que la Fortuna ha querido concederme esa dádiva, no tengo más que usarla adecuadamente, y llegaré hasta el oro del cual ella es indicio. ¡Júpiter, trae ese escarabajo! -¡Cómo! ¡El escarabajo, massa! Prefiero no tener jaleos con el escarabajo; ya sabrá cogerlo usted mismo. En este momento Legrand se levantó con un aire solemne e imponente, y fue a sacar el insecto de un fanal, dentro del cual le había dejado. Era un hermoso escarabajo desconocido en aquel tiempo por los naturalistas, y, por supuesto, de un gran valor desde un punto de vista científico. Ostentaba dos manchas negras en un extremo del dorso, y en el otro, una más alargada. El caparazón era notablemente duro y brillante, con un aspecto de oro bruñido. Tenía un peso notable, y, bien considerada la cosa, no podía yo censurar demasiado a Júpiter por su opinión respecto a él; pero érame imposible comprender que Legrand fuese de igual opinión. -Le he enviado a buscar-dijo él, en un tono grandilocuente, cuando hube terminado mi examen del insecto-; le he enviado a buscar para pedirle consejo y ayuda en el cumplimiento de los designios del Destino y del escarabajo... -Mi querido Legrand-interrumpí-, no está usted bien, sin duda, y haría mejor en tomar algunas precauciones. Váyase a la cama, y me quedaré con usted unos días, hasta que se restablezca. Tiene usted fiebre y... -Tómeme usted el pulso-dijo él. Se lo tomé, y, a decir verdad, no encontré el menor síntoma de fiebre. -Pero puede estar enfermo sin tener fiebre. Permítame esta vez tan sólo que actúe de médico con usted. Y después... -Se equivoca-interrumpió él-; estoy tan bien como puedo esperar estarlo con la excitación que sufro. Si realmente me quiere usted bien, aliviará esta excitación. -¿Y qué debo hacer para eso?

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-Es muy fácil. Júpiter y yo partimos a una expedición por las colinas, en el continente, y necesitamos para ella la ayuda de una persona en quien podamos confiar. Es usted esa persona única. Ya sea un éxito o un fracaso, la excitación que nota usted en mí se apaciguará igualmente con esa expedición. -Deseo vivamente servirle a usted en lo que sea -repliqué-; pero ¿pretende usted decir que ese insecto infernal tiene alguna relación con su expedición a las colinas? -La tiene. -Entonces, Legrand, no puedo tomar parte en tan absurda empresa. -Lo siento, lo siento mucho, pues tendremos que intentar hacerlo nosotros solos. -¡Intentarlo ustedes solos! (¡Este hombre está loco, seguramente!) Pero veamos, ¿cuánto tiempo se propone usted estar ausente? -Probablemente, toda la noche. Vamos a partir en seguida, y en cualquiera de los casos, estaremos de vuelta al salir el sol. -¿Y me promete por su honor que, cuando ese capricho haya pasado y el asunto del escarabajo (¡Dios mío!) esté arreglado a su satisfacción, volverá usted a casa y seguirá con exactitud mis prescripciones como las de su médico? -Sí, se lo prometo; y ahora, partamos, pues no tenemos tiempo que perder. Acompañé a mi amigo, con el corazón apesadumbrado. A cosa de las cuatro nos pusimos en camino Legrand Júpiter, el perro y yo. Júpiter cogió la guadaña y las azadas. Insistió en cargar con todo ello, más bien, me pareció, por temor a dejar una de aquellas herramientas en manos de su amo que por un exceso de celo o de complacencia. Mostraba un humor de perros, y estas palabras, "condenado escarabajo", fueron las únicas que se escaparon de sus labios durante el viaje. Por mi parte estaba encargado de un par de linternas, mientras Legrand se había contentado con el escarabajo, que llevaba atado al extremo de un trozo de cuerda; lo hacía girar de un lado para otro, con un aire de nigromante, mientras caminaba. Cuando observaba yo aquel último y supremo síntoma del trastorno mental de mi amigo, no podía apenas contener las lágrimas. Pensé, no obstante, que era preferible acceder a su fantasía, al menos por el momento, o hasta que pudiese yo adoptar algunas medidas más enérgicas con una probabilidad de éxito. Entre tanto, intenté, aunque en vano, sondearle respecto al objeto de la expedición. Habiendo conseguido inducirme a que le acompañase, parecía mal dispuesto a entablar conversación sobre un tema de tan poca importancia, y a todas mis preguntas no les concedía otra respuesta que un "Ya veremos".

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Atravesamos en una barca la ensenada en la punta de la isla, y trepando por los altos terrenos de la orilla del continente, seguimos la dirección Noroeste, a través de una región sumamente salvaje y desolada, en la que no se veía rastro de un pie humano. Legrand avanzaba con decisión, deteniéndose solamente algunos instantes, aquí y allá, para consultar ciertas señales que debía de haber dejado él mismo en una ocasión anterior. Caminamos así cerca de dos horas, e iba a ponerse el sol, cuando entramos en una región infinitamente más triste que todo lo que habíamos visto antes. Era una especie de meseta cerca de la cumbre de una colina casi inaccesible, cubierta de espesa arboleda desde la base a la cima, y sembrada de enormes bloques de piedra que parecían esparcidos en mezcolanza sobre el suelo, y muchos de los cuales se hubieran precipitado a los valles inferiores sin la contención de los árboles en que se apoyaban. Profundos barrancos, que se abrían en varias direcciones, daban un aspecto de solemnidad más lúgubre al paisaje. La plataforma natural sobre la cual habíamos trepado estaba tan repleta de zarzas, que nos dimos cuenta muy pronto de que sin la guadaña nos hubiera sido imposible abrirnos paso. Júpiter, por orden de su amo, se dedicó a despejar el camino hasta el pie de un enorme tulípero que se alzaba, entre ocho o diez robles, sobre la plataforma, y que los sobrepasaba a todos, así como a los árboles que había yo visto hasta entonces, por la belleza de su follaje y forma, por la inmensa expansión de su ramaje y por la majestad general de su aspecto. Cuando hubimos llegado a aquel árbol. Legrand se volvió hacia Júpiter y le preguntó si se creía capaz de trepar por él. El viejo pareció un tanto azarado por la pregunta, y durante unos momentos no respondió. Por último, se acercó al enorme tronco, dió la vuelta a su alrededor y lo examinó con minuciosa atención. Cuando hubo terminado su examen, dijo simplemente: -Sí, massa: Jup no ha encontrado en su vida árbol al que no pueda trepar. -Entonces, sube lo más de prisa posible, pues pronto habrá demasiada oscuridad para ver lo que hacemos. -¿Hasta dónde debo subir, massa?-preguntó Júpiter. -Sube primero por el tronco, y entonces te diré qué camino debes seguir... ¡Ah, detente ahí! Lleva contigo este escarabajo. -¡El escarabajo, massa Will, el escarabajo de oro!-gritó el negro, retrocediendo con terror-. ¿Por qué debo llevar ese escarabajo conmigo sobre el árbol? ¡Que me condene si lo hago!

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-Si tienes miedo, Jup, tú, un negro grande y fuerte como pareces a tocar un pequeño insecto muerto e inofensivo, puedes llevarle con esta cuerda; pero si no quieres cogerle de ningún modo, me veré en la necesidad de abrirte la cabeza con esta azada. -¿Qué le pasa ahora massa?-dijo Jup, avergonzado, sin duda, y más complaciente-. Siempre ha de tomarla con su viejo negro. Era sólo una broma y nada más. ¡Tener yo miedo al escarabajo! ¡Pues sí que me preocupa a mí el escarabajo. Cogió con precaución la punta de la cuerda, y, manteniendo al insecto tan lejos de su persona como las circunstancias lo permitían, se dispuso a subir al árbol

II En su juventud, el tulípero o Liriodendron Tutipiferum, el más magnífico de los árboles selváticos americanos tiene un tronco liso en particular y se eleva con frecuencia a gran altura, sin producir ramas laterales; pero cuando llega a su madurez, la corteza se vuelve rugosa y desigual, mientras pequeños rudimentos de ramas aparecen en gran número sobre el tronco. Por eso la dificultad de la ascensión, en el caso presente, lo era mucho más en apariencia que en la realidad. Abrazando lo mejor que podía el enorme cilindro con sus brazos y sus rodillas asiendo con las manos algunos brotes y apoyando sus pies descalzos sobre los otros, Júpiter, después de haber estado a punto de caer una o dos veces se izó al final hasta la primera gran bifurcación y pareció entonces considerar el asunto como virtualmente realizado. En efecto, el riesgo de la empresa había ahora desaparecido, aunque el escalador estuviese a unos sesenta o setenta pies de la tierra. -¿Hacia qué lado debo ir ahora, massa Will?-preguntó él. -Sigue siempre la rama más ancha, la de ese lado-dijo Legrand. El negro obedeció con prontitud, y en apariencia, sin la menor inquietud; subió, subió cada vez más alto, hasta que desapareció su figura encogida entre el espeso follaje que la envolvía. Entonces se dejó oír su voz lejana gritando: -¿Debo subir mucho todavía? -¿A qué altura estás?-preguntó Legrand. -Estoy tan alto-replicó el negro-, que puedo ver el cielo a través de la copa del árbol. -No te preocupes del cielo, pero atiende a lo que te digo. Mira hacia abajo el tronco y cuenta las ramas que hay debajo de ti por ese lado. ¿Cuántas ramas has pasado? 30


-Una, dos, tres, cuatro, cinco. He pasado cinco ramas por ese lado, massa. -Entonces sube una rama más. Al cabo de unos minutos la voz de oyó de nuevo, anunciando que había alcanzado la séptima rama. -Ahora, Jup-gritó Legrand, con una gran agitación-, quiero que te abras camino sobre esa rama hasta donde puedas. Si ves algo extraño, me lo dices. Desde aquel momento las pocas dudas que podía haber tenido sobre la demencia de mi pobre amigo se disiparon por completo. No me quedaba otra alternativa que considerarle como atacado de locura, me sentí seriamente preocupado con la manera de hacerle volver a casa. Mientras reflexionaba sobre que sería preferible hacer, volvió a oírse la voz de Júpiter. -Tengo miedo de avanzar más lejos por esa rama: es una rama muerta en casi toda su extensión. -¿Dices que es una rama muerta Júpiter?-gritó Legrand con voz trémula. -Sí, massa, muerta como un clavo de puerta, eso es cosa sabida; no tiene ni pizca de vida. -¿Qué debo hacer, en nombre del Cielo?.-preguntó Legrand, que parecía sumido en una gran desesperación. -¿Qué debe hacer?-dije, satisfecho de que aquella oportunidad me permitiese colocar una palabra-; Volver a casa y meterse en la cama. ¡Vámonos ya! Sea usted amable, compañero. Se hace tarde; y además, acuérdese de su promesa. -¡Júpiter!-gritó él, sin escucharme en absoluto-, ¿me oyes? -Sí, massa Will, le oigo perfectamente. -Entonces tantea bien con tu cuchillo, y dime si crees que está muy podrida. -Podrida, massa, podrida, sin duda-replicó el negro después de unos momentos-; pero no tan podrida como cabría creer. Podría avanzar un poco más, si estuviese yo solo sobre la rama, eso es verdad. -¡Si estuvieras tú solo! ¿Qué quieres decir? -Hablo del escarabajo. Es muy pesado el tal escarabajo. Supongo que, si lo dejase caer, la rama soportaría bien, sin romperse, el peso de un negro. 31


-¡Maldito bribón!-gritó Legrand, que parecía muy reanimado-. ¿Qué tonterías estas diciendo? Si dejas caer el insecto, te retuerzo el pescuezo. Mira hacia aquí, Júpiter, ¿me oyes? -Sí, massa; no hay que tratar así a un pobre negro. -Está bien, escúchame ahora. Si te arriesgas sobre la rama todo lo lejos que puedas hacerlo sin peligro y sin soltar el insecto, te regalare un dólar de plata tan pronto como hayas bajado. -Ya voy, massa Will, Ya voy allá-replicó el negro con prontitud-. Estoy al final ahora. -¡Al final! -Chillo Legrand, muy animado-. ¿Quieres decir que estas al final de esa rama? -Estaré muy pronto al final, massa... ¡Ooooh! ¡Dios mío, misericordia! ¿Que es eso que hay sobre el árbol? -¡Bien! -Gritó Legrand muy contento-, ¿qué es eso? -Pues sólo una calavera; alguien dejó su cabeza sobre el árbol, y los cuervos han picoteado toda la carne. -Una calavera, dices! Muy bien... ¿Cómo está atada a la rama? ¿Qué la sostiene? -Seguramente, se sostiene bien; pero tendré que ver. ¡Ah! Es una cosa curiosa, palabra..., hay una clavo grueso clavado en esta calavera, que la retiene al árbol. -Bueno; ahora, Júpiter, haz exactamente lo que voy a decirte. ¿Me oyes? -Sí, massa. -Fíjate bien, y luego busca el ojo izquierdo de la calavera. -¡Hum! ¡Oh, esto sí que es bueno! No tiene ojo izquierdo ni por asomo. -¡Maldita sea tu estupidez ! ¿Sabes distinguir bien tu mano izquierda de tu mano derecha? -Sí que lo sé, lo sé muy bien; mi mano izquierda es con la que parto la leña. -Seguramente, pues eres zurdo. Y tu ojo izquierdo está del mismo lado de tu mano izquierda. Ahora supongo que podrás encontrar el ojo izquierdo de la calavera, o el sitio donde estaba ese ojo. ¿Lo has encontrado? Hubo una larga pausa. Y finalmente, el negro preguntó:

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-¿El ojo izquierdo de la calavera está del mismo lado que la mano izquierda del cráneo también?... Porque la calavera no tiene mano alguna... ¡No importa! Ahora he encontrado el ojo izquierdo, ¡aquí está el ojo izquierdo! ¿Qué debo hacer ahora? -Deja pasar por él el escarabajo, tan lejos como pueda llegar la cuerda; pero ten cuidado de no soltar la punta de la cuerda. -Ya está hecho todo, massa Will; era cosa fácil hacer pasar el escarabajo por el agujero... Mírelo cómo baja. Durante este coloquio, no podía verse ni la menor parte de Júpiter; pero el insecto que él dejaba caer aparecía ahora visible al extremo de la cuerda y brillaba, como una bola de oro bruñido a los últimos rayos del sol poniente, algunos de los cuales iluminaban todavía un poco la eminencia sobre la que estábamos colocados. El escarabajo, al descender, sobresalía visiblemente de las ramas, y si el negro le hubiese soltado, habría caído a nuestros pies. Legrand cogió en seguida la guadaña y despejó un espacio circular, de tres o cuatro yardas de diámetro, justo debajo del insecto. Una vez hecho esto, ordenó a Júpiter que soltase la cuerda y que bajase del árbol. Con gran cuidado clavó mi amigo una estaca en la tierra sobre el lugar preciso donde había caído el insecto, y luego sacó de su bolsillo una cinta para medir. La ató por una punta al sitio del árbol que estaba más próximo a la estaca, la desenrolló hasta ésta y siguió desenrollándola en la dirección señalada por aquellos dos puntos -la estaca y el tronco-hasta una distancia de cincuenta pies; Júpiter limpiaba de zarzas el camino con la guadaña. En el sitio así encontrado clavó una segunda estaca, y, tomándola como centro, describió un tosco círculo de unos cuatro pies de diámetro, aproximadamente. Cogió entonces una de las azadas, dió la otra a Júpiter y la otra a mí, y nos pidió que cavásemos lo más de prisa posible. A decir verdad, yo no había sentido nunca un especial agrado con semejante diversión, y en aquel momento preciso renunciaría a ella, pues la noche avanzaba, y me sentía muy fatigado con el ejercicio que hube de hacer; pero no veía modo alguno de escapar de aquello, y temía perturbar la ecuanimidad de mi pobre amigo con una negativa. De haber podido contar efectivamente con la ayuda de Júpiter no hubiese yo vacilado en llevar a la fuerza al lunático a su casa; pero conocía demasiado bien el carácter del viejo negro para esperar su ayuda en cualquier circunstancia, y más en el caso de una lucha personal con su amo. No dudaba yo que Legrand estaba contaminado por alguna de las innumerables supersticiones del Sur referentes a los tesoros escondidos, y que aquella fantasía hubiera sido confirmada por el hallazgo del escarabajo, o quizá por la obstinación de Júpiter en sostener que era un "escarabajo de oro de verdad". Una mentalidad predispuesta a la locura podía dejarse arrastrar por tales sugestiones, sobre todo si concordaban con sus ideas favoritas preconcebidas; y entonces recordé el discurso del Pobre muchacho referente al insecto que 33


iba a ser ''el indicio de su fortuna". Por encima de todo ello me sentía enojado y perplejo; pero al final decidí hacer ley de la necesidad y cavar con buena voluntad para convencer lo antes posible al visionario con una prueba ocular, de la falacia de las opiniones que el mantenía. Encendimos las linternas y nos entregamos a nuestra tarea con un celo digno de una causa más racional; y como la luz caía sobre nuestras personas y herramientas, no pude impedirme pensar en el grupo pintoresco que formábamos, y en que si algún intruso hubiese aparecido, por casualidad, en medio de nosotros, habría creído que realizábamos una labor muy extraña y sospechosa. Cavamos con firmeza durante dos horas. Oíanse pocas palabras, y nuestra molestia principal la causaban los ladridos del perro, que sentía un interés excesivo por nuestros trabajos. A la larga se puso tan alborotado, que temimos diese la alarma a algunos merodeadores de las cercanías, o más bien era el gran temor de Legrand, pues, por mi parte, me habría regocijado cualquier interrupción que me hubiera permitido hacer volver al vagabundo a su casa. Finalmente, fue acallado el alboroto por Júpiter, quien, lanzándose fuera del hoyo con un aire resuelto y furioso embozaló el hocico del animal con uno de sus tirantes y luego volvió a su tarea con una risita ahogada. Cuando expiró el tiempo mencionado, el hoyo había alcanzado una profundidad de cinco pies. y aun así, no aparecía el menor indicio de tesoro. Hicimos una pausa general, y empecé a tener la esperanza de que la farsa tocaba a su fin. Legrand, sin embargo, aunque a todas luces muy desconcertado, se enjugó la frente con aire pensativo y volvió a empezar. Habíamos cavado el círculo entero de cuatro pies de diámetro, y ahora superamos un poco aquel límite y cavamos dos pies más. No apareció nada. El buscador de oro, por el que sentía yo una sincera compasión, saltó del hoyo al cabo, con la más amarga desilusión grabada en su cara, y se decidió, lenta y pesarosamente, a ponerse la chaqueta, que se había quitado al empezar su labor. En cuanto a mí, me guardé de hacer ninguna observación. Júpiter a una señal de su mano, comenzó a recoger las herramientas. Hecho esto, y una vez quitado el bozal al perro volvimos en un profundo silencio hacia la casa. Habríamos dado acaso una docena de pasos, cuando, con un tremendo juramento, Legrand se arrojó sobre Júpiter y le agarró del cuello. El negro, atónito abrió los ojos y la boca en todo su tamaño, soltó las azadas y cayó de rodillas. -¡Maldito tunante!-dijo Legrand, haciendo silbar las sílabas entre sus labios apretados-, ¡un malvado negro! ¡Habla, te digo! ¡Contéstame al instante y sin mentir! ¿Cuál es..., cuál es tu ojo izquierdo?

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-¡Oh, misericordia, massa Will! ¿No es, seguramente, éste mi ojo izquierdo?-rugió, aterrorizado, Júpiter, poniendo su mano sobre el órgano derecho de su visión, y manteniéndola allí con la tenacidad de la desesperación, como si temiese que su amo fuese a arrancárselo. -¡Lo sospechaba! ¡Lo sabía! ¡Hurra!-vociferó Legrand, soltando al negro y dando una serie de corvetas y cabriolas, ante el gran asombro de su criado, quien, alzándose sobre sus rodillas, miraba en silencio a su amo y a mí, a mí y a su amo. -¡Vamos! Debemos volver-dijo éste- No está aún perdida la partida-y se encaminó de nuevo hacia el tulípero. -Júpiter-dijo, cuando llegamos al píe del árbol-, ¡ven aquí! ¿Estaba la calavera clavada a la rama con la cara vuelta hacia fuera, o hacia la rama? -La cara estaba vuelta hacia afuera, massa, así es que los cuervos han podido comerse muy bien los ojos, sin la menor dificultad. -Bueno, entonces, ¿has dejado caer el insecto por este ojo o por este otro?-y Legrand tocaba alternativamente los ojos de Júpiter. -Por este ojo, massa, por el ojo izquierdo, exactamente como usted me dijo. Y el negro volvió a señalar su ojo derecho. Entonces mi amigo, en cuya locura veía yo, o me imaginaba ver, ciertos indicios de método, trasladó la estaca que marcaba el sitio donde había caído el insecto, unas tres pulgadas hacia el oeste de su primera posición. Colocando ahora la cinta de medir desde el punto más cercano del tronco hasta la estaca, como antes hiciera, y extendiéndola en línea recta a una distancia de cincuenta pies, donde señalaba la estaca, la alejó varias yardas del sitio donde habíamos estado cavando. Alrededor del nuevo punto trazó ahora un círculo, un poco más ancho que el primero, y volvimos a manejar la azada. Estaba yo atrozmente cansado; pero, sin darme cuenta de lo que había ocasionado aquel cambio en mi pensamiento, no sentía ya gran aversión por aquel trabajo impuesto. Me interesaba de un modo inexplicable; más aún, me excitaba. Tal vez había en todo el extravagante comportamiento de Legrand cierto aire de presciencia, de deliberación, que me impresionaba. Cavaba con ardor, y de cuando en cuando me sorprendía buscando, por decirlo así, con los ojos movidos de un sentimiento que se parecía mucho a la espera, aquel tesoro imaginario, cuya visión había trastornado a mi infortunado compañero. En uno de esos momentos en que tales fantasías mentales se habían apoderado más a fondo de mí, y cuando llevábamos trabajando quizá una hora y media, fuimos de 35


nuevo interrumpidos por los violentos ladridos del perro. Su inquietud, en el primer caso, era, sin duda, el resultado de un retozo o de un capricho; pero ahora asumía un tono más áspero y más serio. Cuando Júpiter se esforzaba por volver a ponerle un bozal, ofreció el animal una furiosa resistencia, y, saltando dentro del hoyo, se puso a cavar, frenético, con sus uñas. En unos segundos había dejado al descubierto una masa de osamentas humanas, formando dos esqueletos íntegros, mezclados con varios botones de metal y con algo que nos pareció ser lana podrida y polvorienta. Uno o dos azadonazos hicieron saltar la hoja de un ancho cuchillo español, y al cavar más surgieron a la luz tres o cuatro monedas de oro y de plata. Al ver aquello, Júpiter no pudo apenas contener su alegría; pero la cara de su amo expresó una extraordinaria desilusión. Nos rogó, con todo, que continuásemos nuestros esfuerzos, y apenas había dicho aquellas palabras, tropecé y caí hacia adelante, al engancharse la punta de mi bota en una ancha argolla de hierro que yacía medio enterrada en la tierra blanda. Nos pusimos a trabajar ahora con gran diligencia, y nunca he pasado diez minutos de más intensa excitación. Durante este intervalo desenterramos por completo un cofre oblongo de madera que, por su perfecta conservación y asombrosa dureza, había sido sometida a algún procedimiento de mineralización, acaso por obra del bicloruro de mercurio. Dicho cofre tenía tres pies y medio de largo, tres de ancho y dos y medio de profundidad. Estaba asegurado con firmeza por unos flejes de hierro forjado, remachados, y que formaban alrededor de una especie de enrejado. De cada lado del cofre, cerca de la tapa había tres argollas de hierro-seis en total-, por medio de las cuales, seis personas podían asirla Nuestros esfuerzos unidos sólo consiguieron moverlo ligeramente de su lecho. Vimos en seguida la imposibilidad de transportar un peso tan grande. Por fortuna, la tapa estaba sólo asegurada con dos tornillos movibles. Los sacamos, trémulos y palpitantes de ansiedad. En un instante, un tesoro de incalculable valor apareció refulgente ante nosotros. Los rayos de las linternas caían en el hoyo, haciendo brotar de un montón confuso de oro y de joyas destellos y brillos que cegaban del todo nuestros ojos. No intentaré describir los sentimientos con que contemplaba aquello. El asombro, naturalmente, predominaba sobre los demás. Legrand parecía exhausto por la excitación, y no profirió más que algunas palabras. En cuanto a Júpiter, su rostro durante unos minutos adquirió la máxima palidez que puede tomar la cara de un negro en tales circunstancias. Parecía estupefacto, fulminado. Pronto cayó de rodillas en el hoyo, y hundiendo sus brazos hasta el codo en el oro, los dejó allí, como si gozase del placer de un baño. A las postre exclamó con un hondo suspiro, como en un monólogo: -¡Y todo esto viene del escarabajo de oro! ¡Del pobre escarabajito, al que yo insultaba y calumniaba! ¿No te avergüenzas de ti mismo, negro? ¡Anda, contéstame!

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Fué menester, por último, que despertase a ambos, al amo y al criado, ante la conveniencia de transportar el tesoro. Se hacía tarde y teníamos que desplegar cierta actividad, si queríamos que todo estuviese en seguridad antes del amanecer. No sabíamos qué determinación tomar, y perdimos mucho tiempo en deliberaciones de lo trastornadas que teníamos nuestras ideas. Por último, aligeramos de peso al cofre quitando las dos terceras partes de su contenido, y pudimos, en fin, no sin dificultad. sacarlo del hoyo. Los objetos que habíamos extraído fueron depositados entre las zarzas, bajo la custodia del perro, al que Júpiter ordenó que no se moviera de su puesto bajo ningún pretexto, y que no abriera la boca hasta nuestro regreso. Entonces nos pusimos presurosamente en camino con el cofre; llegamos sin accidente a la cabaña, aunque después de tremendas penalidades y a la una de la madrugada. Rendidos como estábamos, no hubiese habido naturaleza humana capaz de reanudar la tarea acto seguido. Permanecimos descansando hasta las dos; luego cenamos, y en seguida partimos hacia las colinas, provistos de tres grandes sacos que, por una suerte feliz, habíamos encontrado antes. Llegamos al filo de las cuatro a la fosa, nos repartimos el botín, con la mayor igualdad posible y dejando el hoyo sin tapar, volvimos hacia la cabaña, en la que depositamos por segunda vez nuestra carga de oro, a tiempo que los primeros débiles rayos del alba aparecían por encima de las copas de los árboles hacia el Este.

III Estábamos completamente destrozados, pero la intensa excitación de aquel momento nos impidió todo reposo. Después de un agitado sueño de tres o cuatro horas de duración, nos levantamos, como si estuviéramos de acuerdo, para efectuar el examen de nuestro tesoro. El cofre había sido llenado hasta los bordes, y empleamos el día entero y gran parte de la noche siguiente en escudriñar su contenido. No mostraba ningún orden o arreglo. Todo había sido amontonado allí, en confusión. Habiéndolo clasificado cuidadosamente, nos encontramos en posesión de una fortuna que superaba todo cuanto habíamos supuesto. En monedas había más de cuatrocientos cincuenta mil dólares, estimando el valor de las piezas con tanta exactitud como pudimos, por las tablas de cotización de la época. No había allí una sola partícula de plata. Todo era oro de una fecha muy antigua y de una gran variedad: monedas francesas, españolas y alemanas, con algunas guineas inglesas y varios discos de los que no habíamos visto antes ejemplar alguno. Había varias monedas muy grandes y pesadas pero tan desgastadas, que nos fue imposible descifrar sus inscripciones. No se encontraba allí ninguna americana. La valoración de las joyas presentó muchas más dificultades. Había diamantes, algunos de ellos muy finos y voluminosos, en total ciento diez, y ninguno pequeño; dieciocho rubíes de un notable brillo, trescientas diez esmeraldas hermosísimas, veintiún zafiros y un ópalo. Todas aquellas piedras habían sido arrancadas 37


de sus monturas y arrojadas en revoltijo al interior del cofre. En cuanto a las monturas mismas, que clasificamos aparte del otro oro, parecían haber sido machacadas a martillazos para evitar cualquier identificación. Además de todo lo indicado, había una gran cantidad de adornos de oro macizo: cerca de doscientas sortijas y pendientes, de extraordinario grosor; ricas cadenas, en número de treinta, si no recuerdo mal; noventa y tres grandes y pesados crucifijos; cinco incensarios de oro de gran valía; una prodigiosa ponchera de oro, adornada con hojas de parra muy bien engastadas, y con figuras de bacantes; dos empuñaduras de espada exquisitamente repujadas, y otros muchos objetos más pequeños que no puedo recordar. El peso de todo ello excedía de las trescientas cincuenta libras avoirdupois, y en esta valoración no he incluido ciento noventa y siete relojes de oro soberbios, tres de los cuales valdrían cada uno quinientos dólares. Muchos eran viejísimos y desprovistos de valor como tales relojes: sus maquinarias habían sufrido más o menos de la corrosión de la tierra; pero todos estaban ricamente adornados con pedrerías, y las cajas eran de gran precio. Valoramos aquella noche el contenido total del cofre en un millón y medio de dólares, y cuando más tarde dispusimos de los dijes y joyas (quedándonos con algunos para nuestro uso personal), nos encontramos con que habíamos hecho una tasación muy por debajo del tesoro. Cuando terminamos nuestro examen, y al propio tiempo se calmó un tanto aquella intensa excitación, Legrand, que me veía consumido de impaciencia por conocer la solución de aquel extraordinario enigma, entró a pleno detalle en las circunstancias relacionadas con él. -Recordará usted-dijo-la noche en que le mostré el tosco bosquejo que había hecho del escarabajo. Recordará también que me molestó mucho el que insistiese en que mi dibujo se parecía a una calavera. Cuando hizo usted por primera vez su afirmación, creí que bromeaba; pero después pensé en las manchas especiales sobre el dorso del insecto, y reconocí en mi interior que su observación tenía en realidad, cierta ligera base. A pesar de todo, me irritó su burla respecto a mis facultades gráficas, pues estoy considerado como un buen artista, y por eso, cuando me tendió usted el trozo de pergamino, estuve a punto de estrujarlo y de arrojarlo, enojado, al fuego. -Se refiere usted al trozo de papel-dije. -No; aquello tenía el aspecto de papel, y al principio yo mismo supuse que lo era; pero, cuando quise dibujar sobre él, descubrí en seguida que era un trozo de pergamino muy viejo. Estaba todo sucio, como recordará. Bueno; cuando me disponía a estrujarlo, mis ojos cayeron sobre el esbozo que usted había examinado, y ya puede imaginarse mi asombro al percibir realmente la figura de una calavera en el sitio mismo donde había yo creído dibujar el insecto. Durante un momento me sentí demasiado atónito para pensar con sensatez. Sabía que mi esbozo era muy diferente en detalle de éste, aunque existiese cierta semejanza en el contorno general. 38


Cogí en seguida una vela y, sentándome al otro extremo de la habitación, me dediqué a un examen minucioso del pergamino. Dándole vueltas, Vi mi propio bosquejo sobre el reverso, ni más ni menos que como lo había hecho. Mi primera impresión fue entonces de simple sorpresa ante la notable semejanza efectiva del contorno; y resulta una coincidencia singular el hecho de aquella imagen, desconocida para mí, que ocupaba el otro lado del pergamino debajo mismo de mi dibujo del escarabajo, y de la calavera aquella que se parecía con tanta exactitud a dicho dibujo no sólo en el contorno, sino en el tamaño. Digo que la singularidad de aquella coincidencia me dejó pasmado durante un momento. Es éste el efecto habitual de tales coincidencias. La mente se esfuerza por establecer una relación-una ilación de causa y efecto-, y siendo incapaz de conseguirlo, sufrí una especie de parálisis pasajera. Pero cuando me recobré de aquel estupor, sentí surgir en mí poco a poco una convicción que me sobrecogió más aún que aquella coincidencia. Comencé a recordar de una manera clara y positiva que no había ningún dibujo sobre el pergamino cuando hice mi esbozo del escarabajo. Tuve la absoluta certeza de ello, pues me acordé de haberle dado vueltas a un lado y a otro buscando el sitio más limpio... Si la calavera hubiera estado allí, la habría yo visto, por supuesto. Existía allí un misterio que me sentía incapaz de explicar; pero desde aquel mismo momento me pareció ver brillar débilmente, en las más remotas y secretas cavidades de mi entendimiento, una especie de luciérnaga de la verdad de la cual nos había aportado la aventura de la última noche una prueba tan magnífica. Me levanté al punto, y guardando con cuidado el pergamino dejé toda reflexión ulterior para cuando pudiese estar solo. En cuanto se marchó usted, y Júpiter estuvo profundamente dormido, me dediqué a un examen más metódico de la cuestión. En primer lugar, quise comprender de qué modo aquel pergamino estaba en mi poder. El sitio en que descubrimos el escarabajo se hallaba en la costa del continente, a una milla aproximada al este de la isla, pero a corta distancia sobre el nivel de la marea alta. Cuando le cogí, me pico con fuerza, haciendo que le soltase. Júpiter con su acostumbrada prudencia, antes de agarrar el insecto, que había volado hacia él, buscó a su alrededor una hoja o algo parecido con que apresarlo. En ese momento sus ojos, y también los míos, cayeron sobre el trozo de pergamino que supuse era un papel. Estaba medio sepultado en la arena, asomando una parte de él. Cerca del sitio donde lo encontramos vi los restos del casco de un gran barco, según me pareció. Aquellos restos de un naufragio debían de estar allí desde hacía mucho tiempo, pues apenas podía distinguirse su semejanza con la armazón de un barco. Júpiter recogió, pues, el pergamino, envolvió en él al insecto y me lo entregó. Poco después volvimos a casa y encontramos al teniente G***. Le enseñé el ejemplar y me rogó que le permitiese llevárselo al fuerte. Accedí a ello y se lo metió en el bolsillo de su chaleco sin el pergamino en que iba envuelto y que había conservado en la mano durante su examen. Quizá temió que cambiase de opinión y prefirió asegurar en seguida su presa; ya sabe usted 39


que es un entusiasta de todo cuanto se relaciona con la historia natural. En aquel momento, sin darme cuenta de ello, debí de guardarme el pergamino en el bolsillo. Recordará usted que cuando me senté ante la mesa a fin de hacer un bosquejo del insecto no encontré papel donde habitualmente se guarda. Miré en el cajón, y no lo encontré allí. Rebusqué mis bolsillos, esperando hallar en ellos alguna carta antigua, cuando mis dedos tocaron el pergamino. Le detallo a usted de un modo exacto cómo cayó en mi poder, pues las circunstancias me impresionaron con una fuerza especial. Sin duda alguna, usted me creyó un soñador; pero yo había establecido ya una especie de conexión. Acababa de unir dos eslabones de una gran cadena. Allí había un barco que naufragó en la costa, y no lejos de aquel barco, un pergamino-no un papel-con una calavera pintada sobre él. Va usted, naturalmente, a preguntarme: ¿dónde está la relación? Le responderé que la calavera es el emblema muy conocido de los piratas. Llevan izado el pabellón con la calavera en todos sus combates. Como le digo, era un trozo de pergamino, y no de papel. El pergamino es de una materia duradera casi indestructible. Rara vez se consignan sobre uno cuestiones de poca monta, ya que se adapta mucho peor que el papel a las simples necesidades del dibujo o de la escritura. Esta reflexión me indujo a pensar en algún significado, en algo que tenía relación con la calavera. No dejé tampoco de observar la forma del pergamino. Aunque una de las esquinas aparecía rota por algún accidente, podía verse bien que la forma original era oblonga. Se trataba precisamente de una de esas tiras que se escogen como memorándum, para apuntar algo que desea uno conservar largo tiempo y con cuidado. -Pero-le interrumpí-dice usted que la calavera no estaba sobre el pergamino cuando dibujó el insecto. ¿Cómo, entonces, establece una relación entre el barco y la calavera, puesto que esta última, según su propio aserto, debe de haber sido dibujada (Dios únicamente sabe cómo y por quién) en algún período posterior a su apunte del escarabajo? -¡Ah! Sobre eso gira todo el misterio, aunque he tenido, en comparación, poca dificultad en resolver ese extremo del secreto. Mi marcha era segura y no podía conducirme más que a un solo resultado. Razoné así, por ejemplo: al dibujar el escarabajo, no aparecía la calavera sobre el pergamino. Cuando terminé el dibujo, se lo di a usted y le observé con fijeza hasta que me lo devolvió. No era usted, por tanto, quien había dibujado la calavera, ni estaba allí presente nadie que hubiese podido hacerlo. No había sido, pues, realizado por un medio humano. Y, sin embargo, allí estaba. En este momento de mis reflexiones, me dediqué a recordar, y recordé, en efecto, con entera exactitud, cada incidente ocurrido en el intervalo en cuestión. La temperatura era fría (¡oh raro y feliz accidente!) y el fuego llameaba en la chimenea. Había yo entrado en calor con el 40


ejercicio y me senté junto a la mesa. Usted, empero, tenía vuelta su silla, muy cerca de la chimenea. En el momento justo de dejar el pergamino en su mano, y cuando iba usted a examinarlo, Wolf, el terranova. entró y saltó hacia sus hombros. Con su mano izquierda usted le acariciaba, intentando apartarle, cogido el pergamino con la derecha, entre sus rodillas y cerca del fuego. Hubo un instante en que creí que la llama iba a alcanzarlo, y me disponía a decírselo; pero antes de que hubiese yo hablado la retiró usted y se dedicó a examinarlo. Cuando hube considerado todos estos detalles, no dudé ni un segundo que aquel calor había sido el agente que hizo surgir a la luz sobre el pergamino la calavera cuyo contorno veía señalarse allí. Ya sabe que hay y ha habido en todo tiempo preparaciones químicas por medio de las cuales es posible escribir sobre papel o sobre vitela caracteres que así no resultan visibles hasta que son sometidos a la acción del fuego. Se emplea algunas veces el zafre [*Óxido de cobalto (N. del T.)], digerido en agua regia [*Mezcla de ácido nítrico, clorhídrico.(N. del T.)]y diluido en cuatro veces su peso de agua; de ello se origina un tono verde. El régulo de cobalto, disuelto en espíritu de nitro, da el rojo. Estos colores desaparecen a intervalos más o menos largos, después que la materia sobre la cual se ha escrito se enfría, pero reaparecen a una nueva aplicación de calor. Examiné entonces la calavera con toda meticulosidad. Los contornos-los más próximos al borde del pergamino-resultaban mucho más claros que los otros. Era evidente que la acción del calor había sido imperfecta o desigual. Encendí inmediatamente el fuego y sometí cada parte del pergamino al calor ardiente. Al principio no tuvo aquello más efecto que reforzar las líneas débiles de la calavera; pero, perseverando en el ensayo, se hizo visible, en la esquina de la tira diagonalmente opuesta al sitio donde estaba trazada la calavera, una figura que supuse de primera intención era la de una cabra. Un examen más atento, no obstante, me convenció de que habían intentado representar un cabritillo. -¡Ja, ja!-exclamé-. No tengo, sin duda, derecho a burlarme de usted (un millón y medio de dólares es algo muy serio para tomarlo a broma). Pero no irá a establecer un tercer eslabón en su cadena; no querrá encontrar ninguna relación especial entre sus piratas y una cabra; los piratas, como sabe, no tienen nada que ver con las cabras; eso es cosa de los granjeros. -Pero si acabo de decirle que la figura no era la de una cabra. -Bueno; la de un cabritillo, entonces; viene a ser casi lo mismo. -Casi, pero no del todo-dijo Legrand-. Debe usted de haber oído hablar de un tal capitán Kidd [* Cabrito, en inglés]. Consideré en seguida la figura de ese animal como una especie de firma logogrífica o jeroglífica. Digo firma porque el sitio que ocupaba sobre el pergamino sugería esa idea. La calavera, en la esquina diagonal opuesta, tenía así el aspecto de un sello, de una estampilla. Pero me hallé dolorosamente desconcertado ante la ausencia de todo lo demás del cuerpo de mi imaginado documento, del texto de mi contexto. 41


-Supongo que esperaba usted encontrar una carta entre el sello y la firma. -Algo por el estilo. El hecho es que me sentí irresistiblemente impresionado por el presentimiento de una buena fortuna inminente. No podría decir por qué. Tal vez, después de todo, era más bien un deseo que una verdadera creencia; pero ¿no sabe que las absurdas palabras de Júpiter, afirmando que el escarabajo era de oro macizo, hicieron un notable efecto sobre mi imaginación? Y luego, esa serie de accidentes y coincidencias era, en realidad, extraordinaria. ¿Observa usted lo que había de fortuito en que esos acontecimientos ocurriesen el único día del año en que ha hecho, ha podido hacer, el suficiente frío para necesitarse fuego, y que, sin ese fuego, o sin la intervención del perro en el preciso momento en que apareció, no habría podido yo enterarme de lo de la calavera, ni habría entrado nunca en posesión del tesoro? -Pero continúe... Me consume la impaciencia. -Bien; habrá usted oído hablar de muchas historias que corren, de esos mil vagos rumores acerca de tesoros enterrados en algún lugar de la costa del Atlántico por Kidd y sus compañeros. Esos rumores desde hace tanto tiempo y con tanta persistencia, desde hace tanto tiempo y con tanta persistencia, ello se debía, a mi juicio, tan sólo a la circunstancia de que el tesoro enterrado permanecía enterrado. Si Kidd hubiese escondido su botín durante cierto tiempo y lo hubiera recuperado después, no habrían llegado tales rumores hasta nosotros en su invariable forma actual. Observe que esas historias giran todas alrededor de buscadores, no de descubridores de tesoros. Si el pirata hubiera recuperado su botín, el asunto habría terminado allí. Parecíame que algún accidente-por ejemplo, la pérdida de la nota que indicaba el lugar preciso-debía de haberle privado de los medios para recuperarlo, llegando ese accidente a conocimiento de sus compañeros, quienes, de otro modo, no hubiesen podido saber nunca que un tesoro había sido escondido y que con sus búsquedas infructuosas, por carecer de guía al intentar recuperarlo, dieron nacimiento primero a ese rumor, difundido universalmente por entonces, y a las noticias tan corrientes ahora. ¿Ha oído usted hablar de algún tesoro importante que haya sido desenterrado a lo largo de la costa? -Nunca. -Pues es muy notorio que Kidd los había acumulado inmensos. Daba yo así por supuesto que la tierra seguía guardándolos, y no le sorprenderá mucho si le digo que abrigaba una esperanza que aumentaba casi hasta la certeza: la de que el pergamino tan singularmente encontrado contenía la última indicación del lugar donde se depositaba. -Pero ¿cómo procedió usted?

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-Expuse de nuevo la vitela al fuego, después de haberlo avivado; pero no apareció nada. Pensé entonces que era posible que la capa de mugre tuviera que ver en aquel fracaso: por eso lavé con esmero el pergamino vertiendo agua caliente encima, y una vez hecho esto, lo coloqué en una cacerola de cobre, con la calavera hacia abajo, y puse la cacerola sobre una lumbre de carbón. A los pocos minutos estando ya la cacerola calentada a fondo, saqué la tira de pergamino, y fue inexpresable mi alegría al encontrarla manchada, en varios sitios, con signos que parecían cifras alineadas. Volví a colocarla en la cacerola, y la dejé allí otro minuto. Cuando la saqué, estaba enteramente igual a como va usted a verla. Y al llegar aquí, Legrand, habiendo calentado de nuevo el pergamino, lo sometió a mi examen. Los caracteres siguientes aparecían de manera toscamente trazada, en color rojo, entre la calavera y la cabra: 53+++305))6*;4826)4+.)4+);806*:48+8¶60))85;1+(;:+*8+83(88) 5*+;46(;88*96*’;8)*+(;485);5*+2:*+(;4956*2(5*-4)8¶8*;406 9285);)6+8)4++;1(+9;48081;8:+1;48+85;4)485+528806*81(+9; 48;(88;4(+?34;48)4+;161;:188;+?; -Pero-dije, devolviéndole la tira-sigo estando tan a oscuras como antes. Si todas las joyas de Golconda esperasen de mí la solución de este enigma, estoy en absoluto seguro de que sería incapaz de obtenerlas. -Y el caso-dijo Legrand-que la solución no resulta tan difícil como cabe imaginarla tras del primer examen apresurado de los caracteres. Estos caracteres, según pueden todos adivinarlo fácilmente forman una cifra, es decir, contienen un significado pero por lo que sabemos de Kidd, no podía suponerle capaz de construir una de las más abstrusas criptografías. Pensé, pues, lo primero, que ésta era de una clase sencilla, aunque tal, sin embargo, que pareciese absolutamente indescifrable para la tosca inteligencia del marinero, sin la clave. -¿Y la resolvió usted, en verdad? -Fácilmente; había yo resuelto otras diez mil veces más complicadas. Las circunstancias y cierta predisposición mental me han llevado a interesarme por tales acertijos, y es, en realidad, dudoso que el genio humano pueda crear un enigma de ese género que el mismo ingenio humano no resuelva con una aplicación adecuada. En efecto, una vez que logré descubrir una serie de caracteres visibles, no me preocupó apenas la simple dificultad de desarrollar su significación. En el presente caso-y realmente en todos los casos de escritura secreta-la primera cuestión se refiere al lenguaje de la cifra, pues los principios de solución, en particular tratándose de las cifras más. sencillas, dependen del genio peculiar de cada idioma y pueden ser 43


modificadas por éste. En general, no hay otro medio para conseguir la solución que ensayar (guiándose por las probabilidades) todas las lenguas que os sean conocidas, hasta encontrar la verdadera. Pero en la cifra de este caso toda dificultad quedaba resuelta por la firma. El retruécano sobre la palabra Kidd sólo es posible en lengua inglesa. Sin esa circunstancia hubiese yo comenzado mis ensayos por el español y el francés, por ser las lenguas en las cuales un pirata de mares españoles hubiera debido, con más naturalidad, escribir un secreto de ese género. Tal como se presentaba, presumí que el criptograma era inglés.

IV Fíjese usted en que no hay espacios entre las palabras. Si los hubiese habido, la tarea habría sido fácil en comparación. En tal caso hubiera yo comenzado por hacer una colación y un análisis de las palabras cortas, y de haber encontrado, como es muy probable, una palabra de una sola letra (a o I-uno, yo, por ejemplo), habría estimado la solución asegurada. Pero como no había espacios allí, mi primera medida era averiguar las letras predominantes así como las que se encontraban con menor frecuencia. Las conté todas y formé la siguiente tabla: El signo 8 aparece 33 veces —;

— 26 —

—4

— 19 —

+

— 16 —

—*

— 13 —

—5

— 12 —

—6

— 11 —

— +1

— 10 —

—0

—8—

—9y2

—5—

—:y3

—4—

—?

—3—

—¶

—2—

——y

— 1 vez

Ahora bien: la letra que se encuentra con mayor frecuencia en inglés es la e. Después, la serie es la siguiente: a o y d h n r s t u y c f g l m w b k p q x z. La e predomina de un modo tan notable, que es raro encontrar una frase sola de cierta longitud de la que no sea el carácter principal. Tenemos, pues, nada más comenzar, una base para algo más que una simple conjetura. El uso general que puede hacerse de esa tabla es obvio, pero para esta cifra particular sólo nos serviremos de ella muy parcialmente. Puesto que nuestro signo predominante es el 8, 44


empezaremos por ajustarlo a la e del alfabeto natural. Para comprobar esta suposición, observemos si el 8 aparece a menudo por pares-pues la e se dobla con gran frecuencia en inglés-en palabras como, por ejemplo, meet, speed, seen, been agree, etcétera. En el caso presente, vemos que está doblado lo menos cinco veces, aunque el criptograma sea breve. Tomemos, pues, el 8 como e. Ahora, de todas las palabras de la lengua, the es la más usual; por tanto, debemos ver si no está repetida la combinación de tres signos, siendo el último de ellos el 8. Si descubrimos repeticiones de tal letra, así dispuestas, representarán, muy probablemente, la palabra the. Una vez comprobado esto, encontraremos no menos de siete de tales combinaciones, siendo los signos 48 en total. Podemos, pues, suponer que ; representa t, 4 representa h, y 8 representa e, quedando este último así comprobado. Hemos dado ya un gran paso. Acabamos de establecer una sola palabra; pero ello nos permite establecer también un punto más importante; es decir, varios comienzos y terminaciones de otras palabras. Veamos, por ejemplo, el penúltimo caso en que aparece la combinación; 48 casi al final de la cifra. Sabemos que el, que viene inmediatamente después es el comienzo de una palabra, y de los seis signos que siguen a ese the, conocemos, por lo menos, cinco. Sustituyamos, pues, esos signos por las letras que representan, dejando un espacio para el desconocido: t eeth Debemos, lo primero, desechar el th como no formando parte de la palabra que comienza por la primera t, pues vemos, ensayando el alfabeto entero para adaptar una letra al hueco, que es imposible formar una palabra de la que ese th pueda formar parte. Reduzcamos, pues, los signos a t ee. Y volviendo al alfabeto, si es necesario como antes, llegamos a la palabra "tree" [* árbol], como la única que puede leerse. Ganamos así otra letra, la r, representada por (, más las palabras yuxtapuestas the tree [*el árbol]. Un poco más lejos de estas palabras, a poca distancia, vemos de nuevo la combinación; 48 y la empleamos como terminación de lo que precede inmediatamente. Tenemos así esta distribución: the tree : 4 + ? 34 the, o sustituyendo con letras naturales los signos que conocemos, leeremos esto: tre tree thr + ? 3 h the. 45


Ahora, si sustituimos los signos desconocidos por espacios blancos o por puntos, leeremos: the tree thr... h the, y, por tanto, la palabra through [*por, a través] resulta evidente por sí misma. Pero este descubrimiento nos da tres nuevas letras, o, u, y g, representadas por + ? y 3. Buscando ahora cuidadosamente en la cifra combinaciones de signos conocidos, encontraremos no lejos del comienzo esta disposición: 83 (88, o agree, que es, evidentemente, la terminación de la palabra degree [*grado], que nos da otra letra, la d, representada por +. Cuatro letras más lejos de la palabra degree, observamos la combinación, ; 46 (; 88 cuyos signos conocidos traducimos, representando el desconocido por puntos, como antes; y leemos: th . rtea. Arreglo que nos sugiere acto seguido la palabra thirteen [* trece] y que nos vuelve a proporcionar dos letras nuevas, la i y la n, representadas por 6 y *. Volviendo ahora al principio del criptograma, encontramos la combinación. +++ 53 +++ Traduciendo como antes, obtendremos .good. Lo cual nos asegura que la primera letra es una A, y que las dos primeras palabras son A good [* bueno, buena]. Sería tiempo ya de disponer nuestra clave, conforme a lo descubierto, en forma de tabla, para evitar confusiones. Nos dará lo siguiente:

5 representa a 46


+"d 8"e 3"g 4"h 6"i *"n ++"o ("r :"t ?"u Tenemos así no menos de diez de las letras más importantes representadas, y es inútil buscar la solución con esos detalles. Ya le he dicho lo suficiente para convencerle de que cifras de ese género son de fácil solución, y para darle algún conocimiento de su desarrollo razonado. Pero tenga la seguridad de que la muestra que tenemos delante pertenece al tipo más sencillo de la criptografía. Sólo me queda darle la traducción entera de los signos escritos sobre el pergamino, ya descifrados. Hela aquí: A good glass in the Bishop’s Hostel in the devil´s seat forty-one degrees and thirteen minutes northeast and by north main branch seventh, limb east side shoot from the left eye of the death'shead a bee-line from the tree through the shot fifty feet out * [* Un buen vaso en la hostería del obispo en la silla del diablo cuarenta y un grados y trece minutos nordeste cuatro de norte, principal rama séptimo vastago lado este solar desde el ojo izquierdo de la cabeza de muerto una línea recta desde el árbol a través de la bala cincuenta pies fuera.] -Pero-dije-el enigma me parece de tan mala calidad como antes. ¿Cómo es posible sacar un sentido cualquiera de toda esa jerga referente a "la silla del diablo", "la cabeza de muerto" y "el hostal o la hostería del obispo"? -Reconozco-replicó Legrand-que el asunto presenta un aspecto serio cuando echa uno sobre él una ojeada casual. Mi primer empeño fue separar lo escrito en las divisiones naturales que había intentado el criptógrafo. -¿Quiere usted decir, puntuarlo? -Algo por el estilo. -Pero ¿cómo le fue posible hacerlo? -Pensé que el rasgo característico del escritor habia consistido en agrupar sus palabras sin separación alguna, queriendo así aumentar la dificultad de la solución. Ahora bien: un hombre poco agudo, al perseguir tal objeto, tendrá, seguramente, la tendencia a superar la medida. Cuando en el curso de su composición llegaba a una interrupción de su tema que requería, naturalmente, una pausa o un punto, se excedió, en su tendencia a agrupar sus 47


signos, más que de costumbre. Si observa usted ahora el manuscrito le será fácil descubrir cinco de esos casos de inusitado agrupamiento. Utilizando ese indicio hice la consiguiente división: A good glass in the bishop's hostel in the devil's sear -forty one degrees and thirteen minutesnortheast and by north-main branch seventh limb eart side-shoot from the left eye of the death's-head-a bee line from the tree through the shot fifty feet out.* [* Un buen vaso en la hostería del obispo en la silla del diablo - cuarenta y un grados y trece minutos - nordeste cuatro de norte -principal rama séptimo vástago lado este solar desde el ojo izquierdo de la cabeza de muerto una línea recta desde el árbol a través de la bala cincuenta pies fuera.] -Aun con esa separación-dije-, sigo estando a oscuras. -También yo lo estuve-replicó Legrand-por espacio de algunos días, durante los cuales realicé diligentes pesquisas en las cercanías de la isla de Sullivan, sobre una casa que llevase el nombre de Hotel del Obispo, pues, por supuesto, deseché la palabra anticuada "hostal, hostería". No logrando ningún informe sobre la cuestión, estaba a punto de extender el campo de mi búsqueda y de obrar de un modo más sistemático, cuando una mañana se me ocurrió de repente que aquel "Bishop's Hostel" podía tener alguna relación con una antigua familia apellidada Bessop [* En el criptograma se leía bishop's hostel], la cual, desde tiempo inmemorial, era dueña de una antigua casa solariega a unas cuatro millas, aproximadamente, al norte de la isla. De acuerdo con lo cual fui a la plantación, y comencé de nuevo mis pesquisas entre los negros más viejos del lugar. Por último, una de las mujeres de más edad me dijo que ella había oído hablar de un sitio como Bessop's Castle, y que creía poder conducirme hasta él, pero que no era un castillo, ni mesón, sino una alta roca. Le ofrecí retribuirle bien por su molestia y después de alguna vacilación, consintió en acompañarme hasta aquel sitio. Lo descubrimos sin gran dificultad; entonces la despedí y me dediqué al examen del paraje. El castillo consistía en una agrupación irregular de macizos y rocas, una de éstas muy notable tanto por su altura como por su aislamiento y su aspecto artificial. Trepé a la cima, y entonces me sentí perplejo ante lo que debía hacer después. Mientras meditaba en ello, mis ojos cayeron sobre un estrecho reborde en la cara oriental de la roca a una yarda quizá por debajo de la cúspide donde estaba colocado. Aquel reborde sobresalía unas dieciocho pulgadas, y no tendría más de un pie de anchura; un entrante en el risco, justamente encima, le daba una tosca semejanza con las sillas de respaldo cóncavo que usaban nuestros antepasados. No dudé que fuese aquello la "silla del diablo" a la que aludía el manuscrito, y me pareció descubrir ahora el secreto entero del enigma. 48


El "buen vaso" lo sabía yo, no podía referirse más que a un catalejo, pues los marineros de todo el mundo rara vez emplean la palabra "vaso" en otro sentido. Comprendí ahora en seguida que debía utilizarse un catalejo desde un punto de vista determinado que no admitía variación. No dudé un instante en pensar que las frases "cuarenta y un grados y trece minutos" y "Nordeste cuarto de Norte" debían indicar la dirección en que debía apuntarse el catalejo. Sumamente excitado por aquellos descubrimientos, marché, presuroso, a casa, cogí un catalejo y volví a la roca. Me dejé escurrir sobre el reborde y vi que era imposible permanecer sentado allí, salvo en una posición especial. Éste hecho confirmó mi preconcebida idea. Me dispuse a utilizar el catalejo. Naturalmente, los "cuarenta y un grados y trece minutos" podían aludir sólo a la elevación por encima del horizonte visible, puesto que la dirección horizontal estaba indicada con claridad por las palabras "Nordeste cuarto de Norte". Establecí esta última dirección por medio de una brújula de bolsillo; luego, apuntando el catalejo con tanta exactitud como pude con un ángulo de cuarenta y un grados de elevación, lo moví con cuidado de arriba abajo, hasta que detuvo mi atención una grieta circular u orificio en el follaje de un gran árbol que sobresalía de todos los demás, a distancia. En el centro de aquel orificio divisé un punto blanco; pero no pude distinguir al principio lo que era. Graduando el foco del catalejo, volví a mirar, y comprobé ahora que era un cráneo humano. Después de este descubrimiento, consideré con entera confianza el enigma como resuelto, pues la frase "rama principal, séptimo vástago, lado Este" no podía referirse más que a la posición de la calavera sobre el árbol, mientras lo de "soltar desde el ojo izquierdo de la cabeza de muerto" no admitía tampoco más que una interpretación con respecto a la busca de un tesoro enterrado. Comprendí que se trataba de dejar caer una bala desde el ojo izquierdo, y que una línea recta (línea de abeja), partiendo del punto más cercano al tronco por ''la bala" (o por el punto donde cayese la bala), y extendiéndose desde allí a una distancia de cincuenta pies, indicaría el sitio preciso, y debajo de este sitio juzgué que era, por lo menos, posible que estuviese allí escondido un depósito valioso. -Todo eso-dije-es harto claro, y asimismo ingenioso, sencillo y explícito. Y cuando abandonó usted el Hotel del Obispo, ¿qué hizo? -Pus habiendo anotado escrupulosamente la orientación del árbol, me volví a casa. Sin embargo en el momento de abandonar "la silla del diablo", el orificio circular desapareció, y de cualquier lado que me volviese érame ya imposible divisarlo. Lo que me parece el colmo del ingenio en este asunto es el hecho (pues, al repetir la experiencia, me he convencido de que es un hecho) de que la abertura circular en cuestión resulta sólo visible desde un punto que es el indicado por esa estrecha cornisa sobre la superficie de la roca.

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En esta expedición al Hotel del Obispo fui seguido por Júpiter, quien observaba, sin duda, desde hacia unas semanas, mi aire absorto, y ponía un especial cuidado en no dejarme solo. Pero al día siguiente me levanté muy temprano, conseguí escaparme de él y corrí a las colinas en busca del árbol. Me costó mucho trabajo encontrarlo. Cuando volví a casa por la noche, mi criado se disponía a vapulearme. En cuanto al resto de la aventura, creo que está usted tan enterado como yo. -Supongo-dije-que equivocó usted el sitio en las primeras excavaciones, a causa de la estupidez de Júpiter dejando caer el escarabajo por el ojo derecho de la calavera en lugar de hacerlo por el izquierdo. -Exactamente. Esa equivocación originaba una diferencia de dos pulgadas y media, poco más o menos, en relación con la bala, es decir, en la posición de la estaca junto al árbol, y si el tesoro hubiera estado bajo la "bala", el error habría tenido poca importancia; pero la "bala", y al mismo tiempo el punto más cercano al árbol, representaban simplemente dos puntos para establecer una línea de dirección; claro está que el error, aunque insignificante al principio, aumentaba al avanzar siguiendo la línea, y cuando hubimos llegado a una distancia de cincuenta pies, nos había apartado por completo de la pista. Sin mi idea arraigada a fondo de que había allí algo enterrado, todo nuestro trabajo hubiera sido inútil. -Pero su grandilocuencia, su actitud balanceando el insecto, ¡cuán excesivamente estrambóticas! Tenía yo la certeza de que estaba usted loco. Y ¿por qué insistió en dejar caer el escarabajo desde la calavera, en vez de una bala? -¡Vaya! Para serle franco, me sentía algo molesto por sus claras sospechas respecto a mi sano juicio, y decidí castigarle algo, a mi manera, con un poquito de serena mixtificación. Por esa razón balanceaba yo el insecto, y por esa razón también quise dejarlo caer desde el árbol. Una observación que hizo usted acerca de su peso me sugirió esta última idea. -Sí, lo comprendo; y ahora no hay más que un punto que me desconcierta. ¿Qué vamos a decir de los esqueletos encontrados en el hoyo? -Esa es una pregunta a la cual, lo mismo que usted, no sería yo capaz de contestar. No veo, por cierto, más que un modo plausible de explicar eso; pero mi sugerencia entraña una atrocidad tal, que resulta horrible de creer. Aparece claro que Kidd (si fue verdaderamente Kidd quien escondió el tesoro, lo cual no dudo), aparece claro que él debió de hacerse ayudar en su trabajo. Pero, una vez terminado, éste pudo juzgar conveniente suprimir a todos los que compartían su secreto. Acaso un par de azadonazos fueron suficientes, mientras sus ayudantes estaban ocupados en el hoyo; acaso necesitó una docena. ¿Quién nos lo dirá?

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Novela El niño y el río, de Henry Bosco Tentación Yo era entonces un niño y vivíamos en el campo. Nuestra casa era una pequeña finca rodeada de campos. Allí vivíamos en paz. Además de mis padres vivía con nosotros la tía abuela paterna, tía Martina. Era una señora chapada a la antigua, con cofia de piqué, la falda de tablones y las tijeras de plata colgadas de la pretina. Quería mandar a todos: a la gente, al perro, a los patos y a las gallinas. Y yo oía sus regaños de sol a sol. Soy obediente y llevadero. ¡No me servía de nada! Ella me regañaba, pues, como me adoraba en secreto, creía así ocultar ese sentimiento que, al menor motivo, le brotaba por todos los poros. A nuestro alrededor sólo se veían praderas, largas filas de cipreses, pequeños cultivos y dos o tres fincas solitarias. Aquel paisaje monótono me entristecía. Pero, allá lejos, pasaba el río. Se hablaba de él muchas veces, sobre todo la víspera del invierno, pero yo no lo había visto nunca. Ese río tenía gran importancia para nuestra familia, por el bien o el mal que hacía a nuestros cultivos. Fertilizaba las tierras, pero anegaba los campos. Era, según se decía, un río grande y poderoso. En otoño, cuando llegaban las lluvias, sus aguas crecían; resonaban a lo lejos. Algunas veces pasaban por encima de los diques e inundaban nuestros campos. Al volver a su lecho dejaban en ellos una extensión de limo. En la primavera, cuando se derriten las nieves de los Alpes, otras aguas venían a unirse a ellas. Los diques crujían bajo su peso, y las praderas formaban allá lejos una sola laguna. Pero en verano, bajo el calor tórrido, el río se evaporaba. Entonces se veían islotes de guijarros y de arena, que cortaban la corriente, y que levantaban un leve vapor al secarse al sol. Al menos eso se decía, porque yo sólo lo sabía de oídas. Mi padre me advirtió una vez: —Diviértete, ve donde gustes. No es terreno precisamente lo que te hace falta, pero te prohíbo que tomes el camino que lleva al río. Y mi madre añadió: —Hijo mío, en el río hay remolinos donde puedes ahogarte, serpientes entre los carrizos y gitanos en sus riberas. Todo eso bastaba para que yo no dejara de pensar, día y noche, en el río. Cuando pensaba en él, el miedo me caminaba por las espalda y, al mismo tiempo, un incontenible deseo de mirarlo se apoderaba de mí. De vez en cuando, pasaba a visitarnos un pescador. Era alto, seco, con una cara de cuchillo... Sus ojos estaban llenos de malicia y astucia. Todo en él revelaba la agilidad y la fuerza: los 51


brazos nudosos, los pies callosos, los dedos huesudos y rápidos. Aparecía como una sombra, sigilosa. —Mira, ahí viene Cargaba y nos trae pescado —decía mi padre. Así era, en efecto. Cargaba depositaba sobre la mesa de la cocina su cesta de pescados relumbrantes. Aquel espectáculo me maravillaba. En medio de las algas brillaban vientres de plata, escamas azuladas y aletas espinosas. Eran animales de las aguas, que traían consigo la frescura del río. — ¿Cómo haces tú, Cargaba, para pescar piezas tan bonitas? Con un aire evasivo le respondía a mi padre: —Dios tiene piedad de los pobres, señor Boucarut, y además tengo buena mano. Y no se le podía arrancar otra palabra. Un día que yo estaba solo en las casa, apareció Cargaba de repente, como siempre. Llevaba en la lengüeta de un anzuelo un enorme sábalo. —Es para ti, tómalo —me dijo. Puso el pescado sobre una esquina de la mesa; luego me miró con aire extraño. —Chiquillo, chiquillo —murmuró—, tienes buena pinta, tienes pinta de pescador. ¿Has ido a pescar? —No, señor Cargaba, me han prohibido acercarme al río. Se encogió de hombros y dijo: — ¡Qué le vamos a hacer!; pero si te llevara conmigo, te enseñaría buenos rincones que nadie conoce, sobre todo en las islas... A partir de aquel día ya no pude dormir. Pensaba por la noche en esos rincones maravillosos, escondidos en medio de los bosques, a orillas de esas islas que sólo pisaba Cargaba. En otras ocasiones, Cargaba me mostraba flamantes anzuelos de acero azul, o pequeños tapones de corcho cuidadosamente tallados. Cargaba era mi héroe: yo lo admiraba. Sin embargo, sus ojos grises y astutos me inspiraban temor, y este temor hizo que mi amistad por él se mantuviera oculta y no se manifestara. Cuando estaba presente, le tenía un poco de miedo, pero si no venía, lo echaba de menos, y si de pronto llegaba hasta mí el apagado deslizarse de sus alpargatas por el patio, el corazón me quería saltar del pecho. Pronto se dio cuenta él del gran interés que su persona me provocaba. Pero aparentaba no darse cuenta, y eso me hacía sufrir. A veces se ausentaba durante quince días seguidos, y yo me moría de inquietud. Me poseía un loco deseo de escaparme hasta el río. Pero temía a mi padre, que no se andaba con bromas. En invierno no era un deseo tan vivo: hace frío, silba el viento, cae la nieve; sería una locura vagar por Los campos. Se está bien al amor de la lumbre, y no hay por qué moverse. Pero en la primavera el viento es dulce, el tiempo ligero. Nos hace falta movernos, salir en busca del 52


aire. Esta necesidad me dominaba como a todo el mundo. Y el deseo de escaparme era tan violento, que temblaba de miedo. Temía ceder a la tentación y partir una bella mañana hacia la aventura. Lo único que me faltaba era la ocasión. Y la ocasión se presentó. Paso a contar cómo fue. Mis padres se ausentaron durante algunos días. En su ausencia, tía Martina, como era natural, se adueñó de la casa. Tía Martina era despótica, como ya dije, pero desde el día que se quedó sola conmigo, todas las libertades me fueron permitidas. Ella también quería ser libre, ¿y cómo podría serlo si se hubiera dedicado a vigilarme noche y día? Quien tiraniza prójimo, se tiraniza también a sí mismo. Pues ella zanqueaba. Zanqueaba por la casa de arriba abajo; zanqueaba de día, zanqueaba de noche; zanqueaba a la aurora y al crepúsculo. Y siempre imperceptiblemente, con trote de ratón. Cuando mis padres estaban en la casa, ella se mantenía más o menos tranquila; pero apenas se sentía sola, se ponía a zanquear. No la veíamos entonces, pero la oíamos curiosear en un cuarto y en otro. Tan pronto se hundía en las tinieblas del sótano como desaparecía en la bodega. ¿A qué labores se entregaba? Sólo Dios podía saberlo. Se escuchaban ruidos misteriosos: la tablazón se cimbraba, una caja que rodaba con estruendo... Luego el silencio... Pero de todas las habitaciones que podía ofrecerle nuestra vieja casona, ella prefería el desván. Subía allí todas las tardes, y allí permanecía hasta la llegada de las primeras sombras. Era su refugio predilecto; su paraíso. En él se alineaban viejos baúles claveteados de cobre y revestidos de pelo de cabra. Baúles centenarios cargados de viejos vestidos, chaquetas floreadas, blusas de raso, encajes amarillentos, bordados, zapatos con hebillas de plata, botas de charol. ¡Y qué trajes! Todos de seda o tejidos con hilos de oro, bordes escarchados de lentejuelas de oro y cintas de color plateado, rojo muy vivo, púrpura... Descoloridos, sin duda, y que olían a vejez, ¡pero con qué encanto! Pues de todo esto se desprendía aún el perfume del espliego y de la manzana reineta. Yo enloquecía por contemplarlos. ¡Y no eran las únicas maravillas! Venerables retratos de familia colgaban en las paredes de un clavo. En un rincón se amontonaba la vajilla pintada. Dos candelabros de plata reposaban sobre un cofre de ébano. Libros empastados en cuero se arrastraban por el suelo, entre un montón de papeles amarillentos, donde anidaban las ratas... En fin, en el cielo raso se veía suspendido, por la cola y la cabeza, un viejo cocodrilo disecado, regalo de un tío marinero, el tío Aníbal. Cuando tía Martina subía al desván, nada en el mundo, según creo, la podía arrancar de allí. Se encerraba, dando dos vueltas a la llave, y no me concedía el derecho de seguirla. —Anda a jugar al jardín —me decía—. Yo tengo que arreglar los trapos. Yo comprendía. Desocupado y solo, erraba un poco por la casa, y luego me iba a sentar bajo la higuera del pozo. Fue allí donde cierto día de abril me tomó la tentación de improviso. Y supo hablarme. Era una tentación de primavera, una de las más dulces que existen creo yo, para quien es sensible al cielo puro, a las hojas frescas y a las flores que recién acaban de reventar su capullo. 53


Esa fue la razón por la que yo cedí. Partí corriendo a través de los campos. ¡Ah! ¡El corazón me saltaba en el pecho! La primavera lucía en todo su esplendor. Cuando empujé la puerta que da sobre la pradera, mil perfumes de hierbas, de árboles, de corteza fresca, me saltaron al rostro. Corrí hasta un bosquecillo sin volver la cabeza. Las abejas danzaban allí. El aire lleno de polen de las flores vibraba al temblor de sus alas. Un poco más allá, un vergel de almendros no era sino un nevado de flores donde ¿untaban jas primeras palomas del año. Yo estaba embriagado. Los senderos me llamaban socarronamente. «Ven, ¿qué te importan algunos pasos más? El primer recodo no está lejos. Si quieres, te puedes detener delante de la enramada de espinos blancos.» Esas incitaciones me hacían perder la cabeza. Una vez lanzado en esas sendas que serpentean entre dos setos cargados de pájaros y de bayas azules, ¿podía acaso detenerme? A medida que más me adentraba en el camino, más dominado me sentía por su extraño poder. Y, cuanto más avanzaba, era más cerrado y más agreste. Los cultivos se hacían raros, y la tierra se tornaba feraz. Aquí y allá crecían largos llantenes o pequeños sauces. El aire olía a légamo húmedo, y se levantaba en bocanadas de calor. De pronto se alzó un dique que me cortó el camino. Era un alto terraplén coronado de álamos. Yo lo escalé con esfuerzo, y descubrí el río. Era ancho y corría hacia el oeste. Crecidas por el deshielo de las nieves, sus aguas pujantes arrastraban en su descenso grandes troncos de árboles. Eran densas y de color plomizo. Por momentos formaban grandes torbellinos que se tragaban los restos flotantes de algún naufragio. Si encontraban algún obstáculo en su curso, retumbaban con fuerza. Sobre quinientos metros de lecho, su ancha masa, de un solo bloque, avanzaba ganando las orillas. En el centro se precipitaba una corriente más violenta, visible como una cresta oscura, que cortaba el légamo de las aguas en dos franjas enormes. Era tan imponente y tan terrible que yo me estremecí. Hacia abajo dividiendo su curso, se elevaba una isla;' Sus riberas, altas y acantiladas, cubiertas de espesas saucedales hacían casi inaccesible. Era una isla ,crecían en abundancia álamos y abedules. Contra ella venían a encallar los troncos de árboles arrastrados por el río. Cuando volví mis ojos a la orilla, vi que, justamente, a mis pies, bajo el dique, una pequeña ensenada abrazaba a una plaza de fina arena. Allí las aguas se calmaban. Era un punto muerto. Yo descendí. Alheñas, mimbreras gigantes y alisos glaucos se entretejían, formando una bóveda sobre este refugio. En la penumbra, mil insectos zumbaban. Sobre la arena se veían aquellos pies desnudos. Iban del agua hacia el dique, y eran anchas y fuertes. Parecían de algún animal. Y tuve miedo. El lugar era solitario, salvaje. Sólo se escuchaba el ruido de las aguas. ¿Quién era aquel que solía llegar hasta esta ensenada escondida, hasta esta playa secreta?

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Al frente se veía la isla silenciosa. Su aspecto se me antojaba amenazante. Yo me sentía solo, débil, inseguro, pero no podía irme; una fuerza misteriosa me retenía en esta soledad. Busqué un lugar donde ocultarme. Quizá, pensé, alguien me espía y me deslicé bajo unas breñas espinosas. El suelo era blando, cubierto por un musgo pastoso y suave. Yo esperé allí, invisible, vigilando la isla. Al principio, no vi nada. Sobre mí se extendía la sombra del follaje; los insectos seguían danzando; de vez en cuando un pájaro volaba, corría el agua, retar-dada por la sinuosidad de la playa; el tiempo pasaba, monótono, y el aire se tornaba tibio. Y me fui adormilando. Largo tiempo debí quedar dormido. ¿Quién me despertó? No lo sé. Cuando abrí los ojos, Sorprendido de encontrarme en es, e zarzal, el sol estaba bajo ya, y la tarde llegaba a su fin. Nada parecía haber cambiado a mi alrededor. Y, sin embargo, me quedé inmóvil, en el fondo de mi escondrijo, esperando que algo sucediera. De pronto, en medio de la isla, entre el follaje de los árboles, se elevó un hilo de humo, puro, azul. La isla estaba habitada. Mi corazón se agitó dentro del pecho. Observé atentamente la ribera opuesta, pero en vano. Nadie apareció. Al cabo de un momento, el humo disminuyó; parecía perderse en el bosquecillo, como si la tierra invisible lo absorbiera. Por último, no quedó nada de él. La tarde envolvía al campo en su penumbra. Salí de mi escondite y volví a la playa. Lo que allí descubrí me llenó de pavor. Al lado de los rastros que había notado ya sobre la playa, nuevas y más frescas huellas se encontraban. Mientras dormía, alguien había pasado cerca de mi refugio. ¿Me habría visto, quizá? Entretanto, la noche llegaba detrás de la maleza. Un pájaro voló bruscamente, en medio de los juncos. Lanzó un grito agudo y, de la isla, le respondió un quejumbroso gemido. Yo huí veloz. Cuando llegué a la casa, cerraba la noche. Puede suponerse cómo me recibió tía Martina. —¡Vagabundo! ¡Andariego! ¡Pata de perro! Se acercó a mí como con gesto de asco. —Hueles a lodo. ¡Ah!, ¡y si vieras qué hermosos están tus cabellos! Los tenía enredados de hojas y espinos. —¡Anda a peinarte! Obedecí, avergonzado, sin responder. Conocía a mi tía Martina. No pasaba de las amenazas y los gritos. —¿No tienes vergüenza? Naturalmente , yo tenía vergüenza y el que tiene vergüenza no puede hablar. Yo seguí callado. —Si yo se lo contara a tu padre, ¡eh!, Pascal (ése es mi nombre), ¡tú ves qué bien lo que él haría!... 55


Sí, lo veía perfectamente, pero veía también a tía Martina, y todo en ella me decía: «¡Granuja! Tienes suerte de que tía Martina sea débil para el bribonzuelo de Pascal. ¡A fin de cuentas, tu padre hizo también, en su tiempo, muchas picardías!...» Bajo su gesto amenazante, tía Martina se enternecía. —¿Tienes hambre? Tenía hambre, y lo confesé. Refunfuñando preparó unas frituras. —¡Desde las siete de la mañana!... ¡Pobrecillo! Apostaría a que te da vueltas la cabeza... Yo mentí: —Sí, tía Martina, siento que me da vueltas la cabeza, pero no muy rápido. —Y yo que no tengo para darte más que un poco de sopa... y dos tomates... Y salchichas... Se escucharon pasos por el patio. Poco después Cargaba entró en la cocina. Nunca me había parecido tan alto. Conservaba su aire huraño. Tía Martina se sobrecogió de tal manera, que a punto estuvo de rodar la sartén por el suelo. Pero él, imperturbable, pareció no darse cuenta de nada. —Les traigo buenos gobios para cocinarlos ahora mismo. No me negarán un trago de vino. ^ se sentó a la mesa. Tía Martina cogiola canasta de los pescados. Se la escuchó raspar las escamas. En la sartén, el aceite arrojaba humo. Invitamos a Cargaba. Tía Martina trajo el cántaro de vino, pan negro y vinagre. Cargaba sacó de su bolsillo un gran cuchillo. Cortó una enorme rebanada de pan, colocó en su interior dos pescados, y, encima, trazó una cruz con la hoja del cuchillo. Después se puso a comer lentamente. Nosotros lo mirábamos. El no decía una palabra. Su cuerpo emanaba el olor del río. Pronto se dio cuenta de que yo no comía, sus ojos se encontraron con los míos. —Hay que comer, muchacho —murmuró—. He traído este pescado para ti. Viene del río. ¿No conoces el río?, ¿con su isla y sus matorrales donde uno se puede ocultar?... Yo palidecí. Tía Martina me observaba. Cargaba tomó de la fuente el mejor pescado, y lo puso en mi plato. Con una inesperada delicadeza, lo abrió, le quitó las espinas, le echó unas gotas de aceite y un poco de vinagre. —Así está bueno —dijo él—. Puedes comerlo. Tía Martina se enfadó un poco. La comida terminó en silencio. Cuando se levantaron los platos, Cargaba, taciturno siempre, se puso a trazar sobre la mesa, con la punta de su largo cuchillo, unas raras figuras. Eran peces extraños, unos todos erizados de espinas, otros con sólo la cabeza, enormes, abriendo sus glotonas bocas al vacío. Se veían también serpientes fantásticas y tortugas de agua. Tía Martina y yo callábamos, fascinados por esas criaturas singulares. De pronto, y como para sí mismo, murmuró él: —Se siente tormenta. Poco después tronó a lo lejos. 56


Cargaba se levantó y dijo: —¡Buena velada!, pero no tengo tiempo que perder. Y se marchó. Tronó toda la noche. Los truenos retumbaban sin descanso, y cubrían con su sombrío fragor toda la campiña. Los relámpagos se abrían y cerraban como tijeras de fuego. Al látigo de un rayo, un pino se aba¬ tío crujiendo. La casa temblaba. En las profundidades del sótano reventaban los retumbos. Enterrado dentro de mis mantas yo pensaba en el río. Bajo la llama azul de los relámpagos debía brillar siniestramente. La lluvia vino al sesgo con el viento y azotó la débil finca, que se puso a gemir bajo el furor de la tormenta. Entonces a regañadientes, se alejó. El sol se abrió paso entre las nubes y la luz, con un gesto amplio, iluminó los campos. Tres largos días de calor pasaron antes de que la tierra se secara. Durante esos tres días no me moví. Tía Martina volvió a zanquear. Poseída por su pasión, olvidó mi huida. La isla Un martes en la mañana, me escapé de nuevo. El alba apenas despuntaba. Tía Martina seguía durmiendo en su recámara. Se había trajinado hasta la medianoche. Me aproveché de su sueño para atestar de provisiones un pequeño morral: higos, nueces y pedazos grandes de pan. Una hora después, estaba a la orilla del río. ¡Qué esplendor! Las ondas se habían vuelto cristalinas, y el azul cobalto de un cielo transparente, recién lavado, donde el viento reía al empujar dos pequeñas nubes, se reflejaba en esas ondas claras que, a toda prisa, huían hacia un horizonte de colinas. La terrible corriente central, crestada de negro, no enturbiaba ya ese liso espejo. El río reía entre sus riberas coloreadas de rosa por el día naciente. Un martín pescador revoloteaba sobre la isla, y la brisa de la mañana susurraba entre los juncos. Remonté el río rumbo a una cabaña. Cuatro pilotes la sostenían sobre las aguas y se comunicaba por una pasarela. Dentro se veía una hamaca con un jergón de algas secas, una vieja red colgaba del techo y algunos trastos de cocina, en un rincón. «Es aquí —pensé— donde duerme Cargaba cuando viene a pescar.» Bajo la cabaña, en una pequeña playa, flotaba una barca amarrada a los pilotes. Era vieja y un poco recomida. A través de los tablones mal unidos se filtraba el agua mañosamente. No quedaba ya pintura sobre el casco. Muchos soles y muchas lluvias lo habían desconchado. No tenía remos. Una cuerda de cáñamo deshilachada retenía la embarcación, y el agua estaba tan tranquila, que la cuerda, floja, se remojaba en el río. Esta quietud, este sosiego, me tentaron de pronto. Bajé hasta la barca, y, después de dudar un momento, puse un pie sobre su borde. Cedió bajo mi peso, y se ladeó de tal manera que me turbé asustado. Pero la barca recobró su equilibrio. Me senté con precaución en el medio, 57


sobre el banco. No me atrevía a moverme. La embarcación, el agua y la ribera parecían inmóviles, y, a pesar de la sorda inquietud que me oprimía el corazón, yo estaba feliz. Dando la espalda a la margen, contemplaba el río que se deslizaba en su amplio techo. Más allá, río abajo, la isla comenzaba a emerger de las brumas matinales, señalada por los primeros rayos del sol. Álamos, olmos y abedules formaban un confuso macizo, del que poco a poco se destacaban grandes lienzos de follaje reverdecidos por la luz. En la punta, una roca azul se alzaba por encima de la corriente, que contra ella se cortaba con violencia. Y las aguas hervían de cólera. Pero la orilla de la isla era tan florida, y, bajo una brisa leve, llegaban de ella tales perfumes de árboles, de plantas y de flores silvestres, que yo me quedé maravillado. De nuevo, como la otra tarde, de entre los árboles se elevó un hilo de humo. «Es Cargaba haciendo fuego —pensé—, ha debido pescar durante la noche...» ¡Si yo pudiera estar en la isla! Soñé como poder lograrlo... La barca seguía inmóvil. Ni la más leve corriente llegaba hasta esta pequeña bahía, en cuyo refugio me encontraba. Podía a mis anchas abandonarme a la contemplación de las aguas que se deslizaban silenciosas. Su marcha continua me fascinaba... Perdí la noción del tiempo, del espacio y aun de mí mismo. No sabía ya si era el río o era mi barca la que se movía. ¿Huía el agua o era yo quien, sin remos, la remontaba milagrosamente? Sólo Dios sabe cómo me despegué de la orilla y vi que se alejaban los cuatro pilotes de la cabaña... Se alejaban... ¿Se alejaban en verdad?... Bruscamente volví en mí. ¿Dónde me encontraba? Entra la barca y la cabaña se había roto la cuerda. Llevando por una corriente invisible partía a la deriva. Traté de agarrarme a una rama al pasar cerca de ella, pero no lo logré. Sin violencia, insensiblemente, me alejaba del borde. El frío del miedo me helaba. El agua, al comienzo tranquila, se sumaba a la corriente a medida que avanzaba la barca, y yo veía la inmensa extensión del río venir presurosa sobre mí. La masa profunda de las aguas me arrastró hacia el arrecife que se erguía en la punta de la isla donde las olas rompían en efervescencias. Su violencia aumentaba. La vieja barca era empujada cada vez con mayor velocidad. Crujía; el agua rezumaba por sus rendijas. Un vasto remolino la tomó por el costado y la hizo girar sobre sí misma. Cuando la ola chocaba en su flanco se inclinaba peligrosamente. Iba directamente rumbo al arrecife, que yo veía avanzar, terrible, sobre ni. Cerré los ojos. El agua retumbó, pero la barca, atrapada por un pequeño remolino, viró lentamente. Un roce del casco contra la roca la hizo trepidar. Poco después se inmovilizó sobre un lecho de grava. Abrió los ojos. Estaba salvado. Acababa de encallar sobre una playa de suave pendiente, en la punta de la isla. El arrecife que había librado se cubría de espuma al romper la corriente. De un salto alcancé la tierra Y me puse a llorar. Después de llorar hasta cursarme, me di cuenta de mi situación. Doscientos metros de agua profunda me separaban de mi ribera, la ribera de las tierras habitadas. Miraba a lo lejos las 58


chimeneas de las buenas casas maternales. Dos kilómetros más allá, bajo un bosquecillo de pinos y de plátanos, también mi casa, en esta azul mañana, elevaría su hilacha de humo sobre el cielo. Eran las nueve y ya mi tía Martina habría encendido su fuego. Sin duda, me buscaría. Tuve un instante de desesperación. ¿Cómo salir de la isla? ¿A quién llamar? Me senté luego sobre una raíz, y procuré reflexionar. ¡Ay de mí!, mis reflexiones no iban lejos. Me decían únicamente: «Pascal, tú estás perdido». Pero esto me importaba poco. Un solo pensamiento me atormentaba: «¿Qué iba a pensar tía Martina? No son sino las nueve, y ya debe estar con el santo en la boca. ¿Cómo será su dolor a la medianoche? Pues a la medianoche, tú seguirás aquí, Pascal, amigo mío. El agua, toda negra para entonces, correrá siniestramente». Tristes, tristes eran mis reflexiones... Fue entonces cuando la dulce brisa llevó hasta mí un olor agreño de leña que arde. El pensamiento de la hoguera de la que por dos veces había visto el humo entre los árboles vino a mi memoria. «Tengo que ver eso», me dije. Me escurrí entre las breñas y llegué al claro de un bosque. En medio de este claro se levantaba una choza. La base de ancho círculo se estrechaba hacia arriba, terminando en forma de piloncillo. De la puerta colgaba un costal. Sobre la apisonada tierra habían colocado tres piedras. En medio de ellas ardía un poco de fuego. El humo lamía una olla panzona, renegrida de tizne, especie de criatura extraña, con dos orejitas y una barriga rechoncha. Delante del fogón se hallaba una muchacha en cuclillas, que atizaba el fuego con una vara. Un gato negro dormitaba a la puerta de la choza. Algunas gallinas picoteaban en busca de alimento. ¿Quiénes eran estos seres tan miserables como para habitar esta cabaña de hojas? La muchacha estaba en harapos. Ojos negros y piel morena. ¡Qué rara criatura! Gruesas argollas de cobre pendían de sus orejas. De vez en cuando canturreaba a media voz. Un asno erraba por el claro perezosamente. Más allá de la choza, bajo un árbol, se entreveía vagamente un enorme bulto oscuro. Esta mancha parda me inquietó. No la podía identificar, pues se hallaba muy lejos de mí. Permanecía inmóvil. ¿Sería un animal? De la olla se desprendían volutas de vapor, que esparcían un olor agradable. Una corneja salió del bosque y se posó en el hombro desnudo de la muchacha. Ella le habló. Estupefacto, me empiné para verla mejor. La muchacha volvió la cabeza y miró hacia donde yo estaba. Pero permaneció impasible. ¿Me habría visto? Una vieja salió de la cabaña. Era flaca: de un aire singular. Cogiendo a un gallo por el pescuezo, lo degolló sobre el fuego, exhalando gritos salvajes. El bulto oscuro se levantó, gruñó, se puso sobre cuatro patas y el oso —pues era un oso— se aproximó, con pesado contoneo, al fuego. Cuando llegó cerca de la marmita, husmeó el aire, levantando el hocico en mi dirección. Me eché a correr. Corrí de un tirón hasta la punta de la isla, y busqué un escondite. Apenas me había instalado en él, llegó un rumor de olas que entrechocaban. Miré temerosamente. Una barca venía de 59


la ribera hacia la isla. Cuatro hombres se hallaban en ella; cuatro grandes demonios, secos y negros, más negros, más secos que Cargaba. ¡Gitanos! ¡Esta vez sí que estaba perdido, verdaderamente perdido! Luego de atracar, empujaron su embarcación al abrigo de unas zarzas para ocultarla. Sacaron luego un niño de mi edad. Estaba fuertemente ligado de pies y manos. Uno de los hombres lo levantó y lo cargó sobre sus hombros. Pude ver bien su rostro. Era moreno como el de sus raptores, y, como el de ellos, también arisco y montaraz. Pero nada en él traicionaba el temor. Con la boca apretada y los ojos cerrados, el niño parecía de piedra. Los hombres y él desaparecieron bajo los árboles. Me quedé a solas. Era mediodía y sentí hambre. No me atrevía, sin embargo, a tocar mis provisiones. El menor movimiento me parecía peligroso: un gesto torpe, una rama que se quiebra, todo podía traicionarme. ¡Sería entonces descubierto, prendido, amarrado! Durante toda la tarde no salí de mi escondite, que era una pequeña excavación en la roca, disimulada por unas cañas. Yo esperaba un milagro: alguien que apareciera en la orilla, un pescador, por ejemplo. Pero nadie apareció. Y vino la noche. Yo me quedé asombrado, pues nunca hasta entonces la había visto. Por lo menos, tal como ahora la veía, fantasmal y azul, hacia el oriente, con grandes macizos de estrellas. Su inmensidad me llenó de estupor. A medida que la claridad disminuía y la sombra ganaba la tierra, el cielo se hacía más profundo, se hundía de abismo en abismo, y grandes figuras celestes aparecían misteriosamente. Eran astros desconocidos. Mucho más tarde supe sus nombres: la Osa Mayor, Betelgeuse, Orión, Aldebarán. Entonces, ignorándolos, yo me contentaba con admirar su centelleo nocturno. Brillaban lejos, en silencio. Su luz titilante se reflejaba en el río, ahora radiante y negro. Por la noche, las aguas, más rápidas, corrían con tal ímpetu, que tuve miedo. Acurrucado en mi prisión, trataba en vano, cerrando los ojos de olvidarlas. El murmullo confuso de sus olas me llegaba siempre, y turbaba mi alma. Me sentía pequeño, frágil, reducido a este poco de mí que temblaba en una madriguera. Habría podido tocar con mis pies el agua fría que se deslizaba rápidamente, por vastas capas, bajo mi refugio. Esta cercanía pérfida y terrible me angustiaba. No la pude soportar. Arrastrándome fuera de mi escondrijo, trepé por el farallón de la ribera. ¡Qué no hubiera dado por escuchar una voz humana, por ver la figura de un hombre...! ¿Pero a quién llamar en mi socorro? Los que habitaban la isla raptaban niños, no había duda. ¡Y con qué crueldad! Eran hombres, sin embargo... Poseían una cabaña; una pobre cabaña, es verdad, pero que resguardaba su sueño, humanamente. Y ellos hacían fuego. El fulgor de ese fuego iluminaba, con resplandores rojos, el follaje de los árboles, no lejos de mi refugio. Allá ardía un hogar; un verdadero hogar, con sus brasas y su ceniza caliente, su olla, su comida y su luz, que da paz y reposo...

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Cuanto más pensaba en esa hoguera, mayor era mi tentación de escabullirme hasta la choza, para ver, en esta noche en que me sentía solo, por lo menos el fuego del hombre. Me introduje, pues, furtivamente en la maleza, y, sin quebrar una sola ramita, logré a paso de lobo, casi por milagro, encontrarme de nuevo en la linde del famoso claro. Allí, agazapado bajo un acebo espinoso me puse a mirar. Con un cucharón en la mano, la vieja removía lentamente en el caldero yo no sé qué infernal mejunje. El perro, sentado sobre su cola, miraba fijamente a la bruja, y husmeaba los vapores. Tenía las orejas puntiagudas. El oso erraba libremente por el claro. Como el viento venía hacia mí del campamento, los animales no podían descubrirme por el olfato. Sentados sobre el suelo, tres hombres comían no lejos de la lumbre. Otro hombre se hallaba de pie y tenía un látigo en la mano. El muchacho había sido amarrado de pies y manos a una estaca. En la espalda, desnuda hasta la cintura, tenía las huellas de los latigazos que acababa de recibir. Cuando la llama se elevaba se veían sobre esta espalda de bronce tres largos surcos negros de sangre. El hombre dirigía violentas palabras al muchacho. Yo no las comprendía, pues hablaba una lengua extraña. El chico, lejos de atemorizarse, respondió a su verdugo con tal cólera, que el otro lo fustigó de nuevo. El látigo, silbante, azotó la piel. El chico se calló. Era bello, robusto, más alto y más fuerte que yo; un pequeño gitano, sin duda. Al sentir el castigo apretaba los labios y sus ojos se cerraban de dolor, pero no gemía. El hombre lo abandonó de mala gana y se sentó a comer. Luego sus tres compañeros y él se alejaron del fuego, y entraron a la cabaña para dormir. La vieja se levantó y se retiró a su vez. No quedaron sobre el claro sino el perro, el oso y la muchacha. El chico amarrado al madero no abría los ojos. El oso se acercó a él, lo husmeó, pero éste permaneció inmóvil. Cansado de olerlo, se echó a dormir pesadamente cerca de sus pies. El perro se internó en el bosque en son de guardia. La muchacha se tendió delante del fuego y se quedó dormida. Sólo entonces el chico levantó la cabeza y abrió los ojos. Con una mirada lenta recorrió el claro. Esa mirada vino hacia mí, y cuando pasó sobre mis ojos, un estremecimiento me agitó. Sin embargo, no había podido verme; yo estaba oculto entre las ramas y las hojas. Pero su mirada me tocó. Una idea loca se apoderó de mí: «¡Ah! —pensé—, podría arrastrarme hacia él, y cortar sus ligaduras». Me hacía falta valor para hacerlo. El campamento, apenas adormecido, estaba allí, con su hechicera, su oso, sus cuatro hombres crueles, y esta muchacha a la que cualquier cosa podía despertar bruscamente. ¿Cómo hice para olvidarlo?... Salí del matorral y avancé un paso sobre el claro. Entonces el muchacho me vio. La llama me iluminaba en pleno. Me miró sin moverse. Sus ojos brillaban, sus dientes relucían entre sus labios abiertos; me miraba ir hacia él, como un fantasma, sin manifestar la menor emoción. —

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Llegado al poste, tomé la cuerda para desatarla Pero los nudos eran duros, apretado, inextricables. J —Hay un cuchillo cerca del calero —me susurró el muchacho—. Yo me llamo Gatzo. Pero cerca del caldero dormía la muchacha. —Ella va a despertarse —respondí, temblando. —¡Ah!, ¿tú tienes miedo?... —murmuró el prisionero. Y bajó la cabeza. Su dolor me trastornó. Me des-prendí de él y me acerqué al fuego. Marchaba con ligereza, como en sueños. El cuchillo se hallaba por tierra, pero la muchacha, al dormirse, por azar, había puesto encima su mano crispada. Tomé la mano, separé suavemente los dedos y retiré el cuchillo. La muchacha entreabrió los ojos y me miró. —¡Oh! —suspiró ella—, estoy soñando.... Llevó la mano a sus ojos, y, asustada por su visión, me dio la espalda. Se sumergió de nuevo en su sopor. Me acerqué al muchacho y corté las ligaduras de sus brazos. Un ave nocturna lanzó su queja. El oso se despertó. Asombrado de verme, se levantó de una pieza, y, gruñendo, tendió hacia mí su enorme hocico. —No temas nada —me dijo el muchacho—. Yo sé hablarle. Dirigiéndose a él, dijo: —Agalaú, Agalaú. ¡Rekschá! ¡Arazadulce!... Su voz, pronunciando esas palabras, se volvió, de tan gutural, acariciante. El oso se calmó. Se echó al suelo como una bola, suspiró con aire resignado y se volvió a dormir. Yo corté las últimas ligaduras. Nos alejamos del campamento. Ni rastro de luna. La noche estaba tan sombría que, sin mi compañero, me habría perdido quién sabe cuántas veces en el bosquecillo. Pero él atravesaba la sombra con sus ojos de gato, centelleantes, y me arrastraba de la mano. —¿Adónde vamos? —le pregunté. —A la barca —musitó él. Pronto estuvimos ante ella. —Esta es nuestra salvación —dijo Gatzo. Yo confesé mi temor: —Nos vamos a ahogar seguramente, la corriente es terrible. —Nos matarán si nos quedamos —respondió él, con viveza—. No temas nada. Yo conozco el río. Arrastramos la barca con gran dificultad del matorral en que la habían ocultado los gitanos. Subí a ella. Gatzo se metió en el agua y la empujó. Yo admiraba su fuerza. Cuando entramos en la corriente, él saltó a bordo. —Quédate a proa —me dijo—. Yo voy a gobernar el timón. 62


Puso un remo en la popa, y tomó el lugar del timonel. Un suave remolino nos alejó lentamente de la isla, que me pareció entonces colosal y sombría, con sus árboles gigantescos, en medio de esas grandes aguas en movimiento. La bordeamos por algún tiempo; luego, segando la corriente, nos dirigimos hacia el centro anchuroso del río. La isla, poco a poco, se fue sumergiendo en las tinieblas. —¿Adónde vamos? —pregunté, tímidamente. Gatzo no me respondió. Apenas podía verlo. Pero, por su jadeo continuo, adiviné que él ponía todas sus fuerzas sobre el remo, pues el río era poderoso y no se dejaba navegar sin esfuerzo. Los remansos Navegamos durante una buena parte de la noche. Yo no dormía. Gatzo tomó al comienzo el centro del río. Parecía conocerlo bien. Una corriente rápida nos arrastró. Poco después vi que se nos acercaban los árboles de la ribera. Avanzaban confusamente hacia nosotros; la velocidad de la barca disminuyó. Nos adentramos entonces en un canal formado por dos renegridos lienzos de plantas. Pronto llegó a ser tan estrecho que al pasar rozábamos las hojas húmedas. Después retrocedieron las orillas, y sobre una superficie de agua que, a la débil claridad de las estrellas, me pareció muy vasta, la barca, cobrando cada vez mayor lentitud, terminó por inmovilizarse. Gatzo la amarró y me dijo: —¿Cómo te llamas? —Pascal. —Y bien, Pascal, estás en un lugar seguro. Haz como yo, duerme. Buenas noches. Y se echó a lo largo de la barca. Yo lo imité. Aunque las tablas eran duras, me dormí muy pronto: estaba fatigado. Nunca dormí tan bien como en aquella noche. Esto pasó hace mucho tiempo, y hoy soy casi un anciano. Pero aunque me reste una larga vida, no olvidaré jamás aquellos días de mi niñez en que viví sobre las aguas. Esos bellos días están aquí, presentes, con toda su frescura. Lo que yo vi entonces, lo veo todavía y, cuando pienso en ello, vuelvo a ser aquel niño que, despertándose, quedó arrobado por la belleza del mundo de las aguas, que él había descubierto. Cuando abrí los ojos, la aurora despuntaba. Vi el cielo. De pronto, no vi más que el cielo. Era gris y malva. Solamente una hilacha de nube, muy alta, se cubría de rosa. El viento tejía otros hilos, más altos todavía, a través de un tenue cañamazo de bruma; y, del lado de la aurora, un vapor de oro pálido se levantaba lentamente del río. Un ave lanzó un reclamo; era, posiblemente, una lechuza. Su grito exasperado despertó el croar discreto de una rana. Poco después se escuchó un vuelo de plumas mojadas que rozaban el carrizal, y, alrededor de nuestra barca, el murmullo confuso de los seres acuáticos, aún invisibles. Luego mil ruidos, mil suspiros, movimientos furtivos, el suave chapoteo de olas, las gotas que resbalaban y 63


caen, la zambullida de una rata espantada, más allá un pájaro juguetón que salta sobre el lodo, un banco de arena que se desmorona, y una cerceta que se desliza entre los juncos; de pronto el ronco llamado del tordo y el silbido de la oropéndola, y ya, bajo un sauce de la ribera, el suave arrullo de las tórtolas...Yo era todo oídos. Por momentos la brisa del alba pasaba sobre este mundo irreal, sobre ese campo de puras sonoridades, y las plantas acuáticas, despertándose del silencio, susurraban dulcemente al ser rozadas por el viento. La barca permanecía inmóvil. Como un flotador de corcho, parecía tan leve que apenas se asentaba sobre el agua... En el fondo del bote, mi compañero dormía. Se hallaba tendido de espaldas, con la cabeza inclinada hacia atrás. Dormía. El sueño inmovilizaba su rostro. Un rostro moreno y musculoso, con los pómulos salientes; la nariz corta de ventanillas abultadas. Los labios parecían apretar su sueño con violencia, y dos grandes párpados negros cubrían pesadamente sus ojos cerrados. Así la máscara del sueño moldeaba con firmeza esta pequeña alma salvaje. Entre ella y la carne del rostro no había nada. Pero la vida circulaba por ella con violencia. Cuando el sol, al pasar por encima de los carrizos, alcanzó aquel rostro, sus ojos se abrieron al instante. Gatzo reparó en mi presencia y me sonrió. Los rasgos duros de su rostro se aflojaron para formar una sonrisa, tan tierna, que me conmovió. —Pascal —murmuró Gatzo... Y yo le sonreí a mi vez. Éramos amigos. Así fue cómo comenzó nuestra estancia en los remansos. Por espacio de diez días vivimos ocultos en un brazo estancado de aquel río. —Aquí estaremos libres de peligro por algún tiempo —afirmaba Gatzo—; más tarde, ya veremos. Aquel brazo del río se internaba del lado de la ribera izquierda (la opuesta a mi ribera natal) profundamente en las tierras bajas. Estábamos separados de su orilla por inextricables malezas de plantas acuáticas. Ellas nos ocultaban. A lo largo del borde se levantaba una espesa muralla de árboles. Más cerca de nosotros, aulagas y sauquillos, y, por macizos profundos, murallas de carrizos. Toda clase de carrizos que se veían allí: el de los estanques, el matizado, el aromático, el de la pasión. Del limo virgen se levantaban recios y vivaces, y formaban aquí y allá, en medio de las aguas de color verde claro, impenetrables islas. El brazo muerto se perdía allí en innumerables esteros. Unos se abrían paso a través del archipiélago vegetal, y, poco a poco, desaparecían bajo una bóveda de helechos. Otros se internaban bajo los sauces, Todos permanecían ocultos y misteriosos. Las aguas dormitaban. De vez en cuando, sin embargo, una corriente invisible arrastraba una flor de sagitaria o un trébol de agua. Este espectáculo me maravillaba. Gatzo, por el contrario, permanecía indiferente a él. Hablaba poco. Sus maneras bruscas me sorprendieron al principio; luego me acostumbré. 64


No parecía recordar ni su liberación ni nuestra huida. Su amistad era taciturna. Pudimos entendernos, porque yo también amo el silencio. Pero por razones muy distintas. Él se callaba para atender mejor a sus tareas útiles. Sus pensamientos se aplicaban sólo a necesidades: pescar, encontrar un buen fondeadero, tener una lona al sol, resguardarse, preparar la comida. Cuando 61 decía una palabra, nunca lo hacía por el placer de hablar. Jamás un gesto en vano. Cada palabra contenía una intención, cada movimiento una utilidad. No dilapidaba su alma. Pero su alma estaba aquí. Yo la sentía a mi lado, toda cerrada en ese cuerpo moreno, y, sin duda, un poco sombría. Inseparable de una vida violenta, ella alentaba dentro de aquella sangre negra. Se la adivinaba vengativa y fiel. Todo en mi naturaleza contrastaba con la suya, salvo el gusto del silencio. Pero si yo me callo es por el placer de estar callado. Ese placer no excluye el pensamiento; es, sin embargo, un pensamiento ocioso, que vaga, yerra, mariposea, o flota en ese sopor tan favorable a los vanos ensueños. No reflexiono entonces, sino que me abandono a la visión de esas figuras vagas que me pueblan, y si permanezco silencioso es para facilitar a esas sombras fugitivas el acceso de un alma hechizada por sus apariciones. —Tú duermes despierto —me decía Gatzo, irritado. Él había separado el sueño de la vigilia con una nitidez cruel. —Cuando yo duermo —decía—, hago lo que se debe hacer. Cierro los ojos y no pienso en nada. Así descanso. En cambio tú, cuando duermes, giras, hablas y echas a perder tu sueño... Yo no respondía nada; él tenía razón. Pero me quedaba consternado. El primer día que pasé sobre los remansos fue muy bello. No he conocido otro semejante. Ha sido el más bello de mi vida. Nuestro primer cuidado fue explorar la barca, que reveló tesoros. Dos arcones repletos. Uno, en la proa, contenía avíos de pesca: cuerdas, sedales, anzuelos, cañas, redes, cestas, flotadores. El otro, en la popa, estaba henchido de provisiones. Las habían puesto en cajas de hierro, al abrigo de la humedad. —Con frecuencia ellos van lejos de la isla —me informó Gatzo—, y no pueden abastecerse. Por eso... Yo habría querido saber más, pero Gatzo se detuvo en sus confidencias. El descubrimiento de los víveres nos llenó de alegría. Había café, azúcar, frutas secas, un barrilito colmado de harina, especias, una vasija de aceite, qué sé yo... Había, en suma, de qué subsistir durante más de una semana. La barca estaba provista de cuatro remos. Su casco, bien construido, no dejaba rezumar el agua. La pintura lo conservaba en buen estado. Sobre el castillo de proa se hallaba incrustada una rosa de los vientos en cobre. La mirábamos maravillados, pues tenía treinta y dos puntas, y llevaba dieciséis nombres de vientos, a cuál más bello: Lebeche, Gregal, Tramontana... —Saquémosle brillo —dijo Gatzo, vívidamente—, es nuestro amuleto. Nos dimos a la tarea de limpiarla hasta que res-blandeció. Alrededor de la rosa, en grandes letras de oro, apareció el nombre de la barca: La Gallareta. —La han robado —afirmó Gatzo—. Yo sé dónde, pero es lejos de aquí. 65


Mostró las aguas hacia arriba. En esa dirección, y a lo lejos, azulaban ligeras colinas. —¿Allí? —pregunté yo. —Allí—respondió Gatzo—. Es un bello lugar. ¿Qué país era aquél? ¿De dónde había venido Gatzo a la isla? ¿Quién era él? Me lo preguntaba yo sin atreverme a interrogarlo, ya que él no averiguaba nunca nada. Y yo era, también, para Gatzo un misterio. Mi presencia en la isla, mi aparición imprevista, era de esperar que lo intrigaran. Sin embargo, no manifestaba curiosidad alguna por penetrar en esos milagros que me sorprendían a mí mismo. Había momentos en que yo me decía que soñaba, que soñaba un sueño terrible y delicioso. ¿Cómo podía yo encontrarme en ese río, al cabo de tantas aventuras, y solo con un chico del que no sabía más que el nombre? ¿Cómo entonces me hallaba en esa barca oculta, perdida en medio de los carrizales y sobre esos remansos?... ¿Y cómo podía estar con un sentimiento de gozo, sin remordimientos? Pues yo no tenía remordimientos, ni siquiera cuando pensaba en la pobre tía El primer día que pasé sobre los remansos fue muy bello. No he conocido otro semejante. Ha sido el más bello de mi vida. Nuestro primer cuidado fue explorar la barca, que reveló tesoros. Dos arcones repletos. Uno, en la proa, contenía avíos de pesca: cuerdas, sedales, anzuelos, cañas, redes, cestas, flotadores. El otro, en la popa, estaba henchido de provisiones. Las habían puesto en cajas de hierro, al abrigo de la humedad. —Con frecuencia ellos van lejos de la isla —me informó Gatzo—, y no pueden abastecerse. Por eso... Yo habría querido saber más, pero Gatzo se detuvo en sus confidencias. El descubrimiento de los víveres nos llenó de alegría. Había café, azúcar, frutas secas, un barrilito colmado de harina, especias, una vasija de aceite, qué sé yo... Había, en suma, de qué subsistir durante más de una semana. La barca estaba provista de cuatro remos. Su casco, bien construido, no dejaba rezumar el agua. La pintura lo conservaba en buen estado. Sobre el castillo de proa se hallaba incrustada una rosa de los vientos en cobre. La mirábamos maravillados, pues tenía treinta y dos puntas, y llevaba dieciséis nombres de vientos, a cuál más bello: Lebeche, Gregal, Tramontana... —Saquémosle brillo —dijo Gatzo, vívidamente—, es nuestro amuleto. Nos dimos a la tarea de limpiarla hasta que res-blandeció. Alrededor de la rosa, en grandes letras de oro, apareció el nombre de la barca: La Gallareta. —La han robado —afirmó Gatzo—. Yo sé dónde, pero es lejos de aquí. Mostró las aguas hacia arriba. En esa dirección, y a lo lejos, azulaban ligeras colinas. —¿Allí? —pregunté yo. —Allí—respondió Gatzo—. Es un bello lugar. ¿Qué país era aquél? ¿De dónde había venido Gatzo a la isla? ¿Quién era él? Me lo preguntaba yo sin atreverme a interrogarlo, ya que él no averiguaba nunca nada. Y yo era, 66


también, para Gatzo un misterio. Mi presencia en la isla, mi aparición imprevista, era de esperar que lo intrigaran. Sin embargo, no manifestaba curiosidad alguna por penetrar en esos milagros que me sorprendían a mí mismo. Había momentos en que yo me decía que soñaba, que soñaba un sueño terrible y delicioso. ¿Cómo podía yo encontrarme en ese río, al cabo de tantas aventuras, y solo con un chico del que no sabía más que el nombre? ¿Cómo entonces me hallaba en esa barca oculta, perdida en medio de los carrizales y sobre esos remansos?... ¿Y cómo podía estar con un sentimiento de gozo, sin remordimientos? Pues yo no tenía remordimientos, ni siquiera cuando pensaba en la pobre tía Martina. Ella lloraría, gritaría, se arrancaría su cofia, ¡la pobre! Yo la veía, la escuchaba, la compadecía un poco, pero sin convicción. Pues ese pensamiento no impedía que rebosara en mí la felicidad, una felicidad inmensa, la felicidad viviente de sentirme allí, flotando sobre esas cuatro planchas ligeras, en plena mañana del sol y de brisa... Sentía esa dicha sobre mi piel, dentro de mi carne; circulaba en mis venas y descendía hasta mi alma. Yo no sabía aun lo que era el alma. A esa edad uno lo ignora. Pero sentía que mi alegría de vivir era más grande que mi cuerpo, y me decía: «Pascal, es el ángel del Buen Dios que se agita de placer dentro de ti. Trátalo bien». Yo lo trataba bien, pero con bastante familiaridad. Pues el primer día trabajamos duro. En primer lugar, condujimos la barca a mejor fondeadero. —Si permanecemos en el centro de las aguas, podemos ser vistos por alguien que pase — anotó sagazmente Gatzo—. Cambiemos de lugar. A pequeños golpes de remo nos acercamos a los carrizos. Fondeamos en medio de tres islotes tupidos de fronda. Uno de ellos emergía de las aguas débilmente. El suelo, de légamo desecado, era bastante duro. Las hierbas brotaban con dificultad, se empinaban penosamente algunos arbustos, y, sobre sus bordes, se erguían con gracia bellos sombrerillos de agua. —Aquí haremos nuestro fuego —decidió Gatzo—. Hay abundancia de leña. Cavemos un fogón para la hoguera. Nos pusimos a cavar la tierra. Gatzo encontró dos guijarros anchos y planos. Formamos luego un montón de ramas secas. —Y ahora pesquemos nuestra comida —ordenó Gatzo. Y preparó dos cañas. Yo era novato en el arte de pescar. El me enseñó. Se puso en cuclillas en un ángulo de la barca. —Mira lo que yo hago y cállate —me dijo, imperativo. Los sedales de las dos cañas se sumergían negligentes, y los flotadores se mantenían inmóviles sobre el agua límpida y sombría. Nada se movía. Ni la menor brisa sobre los matorrales, ni la menor corriente entre las ondas. Sólo una engreída mariposa, revoloteaba, rosa y oro, a un palmo de las amodorradas aguas. 67


Algunos momentos las rozaba. ¿Bebía, quizás?... Alrededor de nuestro refugio la sombra de los cañaverales y sauzales tamizaba la luz; y, como si ya hubiera entrado el crepúsculo, una media luz flotaba sobre la misteriosa superficie líquida. Tal vez, bajo sus reflejos, el invisible de las aguas estaba inhabitado. Yo me inclinaba a creerlo; y, sin embargo, de un momento a otro, algo como un dedo de plata parecía deslizarse súbitamente, bajo la penumbra submarina. Entonces subían algunas burbujas de aire, desprendidas de un alga. Gatzo pescó cuatro eperlanos y una locha. Yo, un pejerrey. Como aquel día, todos los demás fueron apasionantes. Nuestro sustento se hallaba en nuestras manos. Y no era una comida vulgar, como las demás, comprada, preparada, ofrecida por extrañas manos; era un alimento únicamente para nosotros, que habíamos pescado nosotros mismos, y que, también, sólo nosotros, teníamos que condimentar y cocinar. Los poderes secretos de un sustento así suelen colmar, a quien se alimenta de él, de facultades milagrosas. Pues su vida y su sustancia emanan de la naturaleza. Por eso, entre nosotros y los elementos naturales se estableció de inmediato un vínculo asombroso. El agua, la tierra, el fuego y el aire nos fueron revelados. El agua, que se convirtió en nuestro suelo natural: habitábamos sobre el agua, y el agua proveía a nuestro vivir. La tierra, casi invisible, pero que abrazaba las aguas entre sus brazos poderosos. El aire, que conduce los vientos, los pájaros y los insectos. El aire, donde flotan las nubes levemente. El aire apacible y tormentoso. El aire donde se extienden las luces y las sombras. El aire donde se forman los presagios. El fuego, en fin, sin el cual el alimento es inhumano. El fuego, que abriga y tranquiliza. El fuego, que da vida al campamento. Porque sin fuego no tiene alma el vivaque. El alto en el camino pierde todo sentido. Sólo gracias a él cobra un encanto, con su comida caliente, sus pláticas amenas, su reposo entre dos jomadas, sus ensueños y su dormir tranquilo y protegido. Yo no había conocido el fuego hasta aquel día, el verdadero fuego, el fuego, el aire libre. No había visto sino el pobre fuego domesticado, prisionero en la hornilla, el fuego obediente y casero, al que una humilde cerilla le da la vida, y al que no le son permitidas todas las llamas. Se le mide, se le regula, se le restringe, se le apaga, se le enciende; para decirlo todo, se le envilece. No responde sino a la utilidad. Si no fuera necesario para el calor y el alimento, no se le vería ya más entre los hombres. Pero allá, al aire libre, en medio de los matorrales y sauzales, nuestro fuego era verdaderamente el fuego de los campamentos primitivos. No es fácil encender este fuego. Encontramos un pedernal en la barca. Pero no había yesca.

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Gatzo retorció las fibras de un cálamo seco, y a la fuerza de paciencia logró que saltara una chispa. Los dos soplamos entonces con gran emoción. ¡Nos era tan necesario el fuego! Comprendimos que sin fuego no podríamos vivir. Por fin la fibra centelleó, y con ella prendimos un montón de hierbas secas. Encima tejimos una pequeña bóveda de delgados leños que se fueron encendiendo poco a poco. Tomamos el brasa y la pusimos en nuestro improvisado fogón, para calentar los guijarros. Cuando éstos estuvieron muy calientes, extendimos sobre ellos los pescados que habíamos sazonado con ramas de hinojo. La carne comenzó a rechinar. Aquélla fue la mejor comida de mi vida. El aire se embalsamaba con el hinojo y el aire fresco. Bebimos agua. Después un café cargado. Luego nos echamos a dormir de espaldas. Conservamos el fuego bajo la ceniza, en un hoy cubierto. Allí siguió viviendo quietamente. Se hizo invisible. No era ya sino un germen de fuego enterrado en la arcilla. Así permaneció hasta la noche, en la que lo reanimamos nuevamente. De tiempo en tiempo se levantaba una imperceptible hilacha de humo, y el olor de la ceniza tibia se expandía a través de los cañaverales que circundaban nuestro campamento. Desde el primer día tuvimos el cuidado de ocultar nuestro fuego. Pues la tierra, tan cercana, estaba llena de amenazas. La vegetación de nuestra isla nos ocultaba bien, sin duda, pero el humo se escapaba, y, en cualquier momento, podía traicionar nuestra presencia. Las riberas del río parecían inhabitadas. Mas no hay lugar, aun inhabitado, por el que no pase algún hombre: cazador, pescador, simple paseante. Resolvimos, pues, explorar los contornos. Como en el brazo muerto del río la corriente era insensible y el lecho bajo, maniobramos con una vara. Las orillas estaban cubiertas de plantas. La flora de las aguas crecía allí con un maravilloso poder. Navegábamos con precaución, lentamente, sobre extensas praderas floridas. Allí se erguían la campánula y el botón de oro, el llantén de agua y la vinagreta. Nuestra proa se abría camino entre nenúfares y lentejas de agua. Más allá, las aguas claras de un canal estaban cubiertas de valerianas de laguna. La vasta superficie líquida dormía bajo estas floraciones blancas, rosas, amarillas y violáceas; unas levantado sus tallos gráciles y otras flotando sobre el agua inmóvil. A veces encontrábamos altas gencianas azules, que nos maravillaban; y aun vimos algunos lirios de agua, también llamados íride de los marjales, pero que sólo florecen en septiembre. Hallando una orilla de arena, saltamos a la tierra. Escalamos el farallón y examinamos el campo. Estaba inhabilitado. —Es el desierto —dijo Gatzo. —Entonces estaremos tranquilos... —Quizá, Pascal. Pero es mejor mantenerse alerta. Si nadie fuera de nosotros mora en este rincón, no tardarán en darse cuenta... —¿Y quiénes? —Qué se yo. Alguno. Siempre hay alguien oculto.

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En el lugar se elevaba un enorme abedul. Trepamos a él y contemplamos el paisaje. Hacia la parte alta del río se extendía un valle. Grupos de árboles ensombrecían las riberas bajas. En el fondo, una montaña. Se la distinguía apenas; parecía una nube. Gatzo me dijo: —Anoche, Pascal, hemos hecho unas buenas siete leguas. Tú no ves ya la isla. Es una suerte. —¿Nos seguirán ellos? —pregunté. —Tal vez. Les hace falta una barca. —La mía ha quedado encallada; pero hace agua. —La repararán pronto. Yo los conozco. Tres días serán suficientes. Reflexionó y añadió luego: —Hasta entonces, estaremos tranquilos. Después ya nos arreglaremos... Hacia abajo, como a un cuarto de legua, el brazo muerto se juntaba nuevamente con el río. Este descendía, estrechándose cada vez más en dirección a un grupo de graciosas colinas. Pasaba allí en medio de rocosos acantilados, y, dibujando una ancha curva, todo centelleante, se orientaba hacia el sol que moría. Sobre la superficie de esas tierras pardas, una extensión de agua, viva, inmensa, más lejana aún, resplandecía. La tarde levantaba ya grandes columnas de tibios vapores. Unas eran como de polvo de oro, otras se azulaban a la sombra de las colinas. A nuestros pies, costeando el brazo muerto, se extendía una llanura desierta. Sólo era animada por bosquecillos de viburnos y de tamariscos, el resto del suelo estaba sin cultivar y era pedregoso. Ni una sola cabaña. Ninguna vida. Apenas algún gorrión o una triste abubilla. La llanura se elevaba hacia el sur, en rápida pendiente, hasta la cúspide de una colina desnuda que nos ocultaba el resto del paisaje. —Allí debe de haber un pueblo —dijo Gatzo. —¿Dónde? —En algún sitio, detrás de aquella cumbre. —¿Cómo lo sabes tú? Él sonrió. —Yo lo siento. He ahí todo. Un día iremos hasta la cumbre. Y tú verás. Yo admiraba la seguridad de Gatzo. Él lo sabía todo. De lo alto del árbol se veía una cinta de un verde vivaz, que, atravesando las piedras de la llanura, descendía al brazo muerto. Entre las hierbas frescas, matizando la cinta, brotaban, aquí y allá manojos de juncos. —Un manantial —me dijo Gatzo—. Vamos a verlo. —Corrimos al lugar. No vimos sino un suelo húmedo bajo la hierba. Volvimos a la barca, para buscar un zapapico. —Cavemos aquí, Pascal —dijo Gatzo.

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Al pie de una prominencia arcillosa, hicimos un hoyo. El agua rezumaba. Continuamos cavando, hasta que se formó una pequeña fuente. Por una hendidura en la arcilla, se humedecía el estrato de arena. Construimos con gran afán una tapia, e introdujimos en ella un cañizo. Luego esperamos. El cañizo permanecía seco. Nos abrasábamos de impaciencia. Ni por el fuego habíamos estado más anhelantes. Por fin se formó una gotita. Se fue redondeando poco a poco; largo tiempo se mantuvo indecisa. De pronto cayó. Luego vino otra gota. Y así lentamente, en la punta del cañizo, nació la fuente. Apenas un hilo de agua, pero filtrada. En el espacio de una hora, la caña destiló una copa de agua límpida. Echados de bruces, bebimos, golosamente, largos tragos. El agua tenía la dulzura de la raíz del saúco y la frescura de la arcilla. Logramos llenar una botella. La barca nos devolvió a nuestra isla, donde llegamos al anochecer. Atizamos el fuego, pero con cautela, pues en el follaje de los árboles, encima de nosotros, se reflejaba vivamente el fulgor, cuando una llama se escapa. Las ranas, con su monótono croar, anunciaban la noche. Esa noche fue dulce y quieta. Los siguientes días se parecieron al primer día; las noches, a la primera noche. En nosotros, y alrededor de nosotros, reinaba un gran sosiego. Después de la embriaguez de las primeras horas, logramos conciliar nuestra vida con la vida de aquellos remansos. Todos nuestros movimientos estaban reglados por el sol y por el viento; seguían el mandato de nuestra hambre y de nuestro reposo. Y esta existencia dio a nuestro corazón una maravillosa plenitud. Nuestra labor era calmada, duraba mucho tiempo. Nosotros encontrábamos, empero, este tiempo muy corto. Pues sobre los remansos, todos los gestos son lentos; lentamente va una barca de un islote a otro. Se vive sin impaciencia, y los días son largos. Pero más vida, cuando se sabe descubrir su secreto, que aquellos parajes donde el aire y las aguas parecen dormir. Hay momentos, ciertamente, en que ellos reposan; pero bajo su reposo mil vidas invisibles los animan. Yo lo comprendí entonces, y desde entonces no he podido olvidarlo. El aire y el agua se inmovilizaban frecuentemente durante el día. Desde que pasaba la brisa de la mañana, la tierra y las aguas caían como en un estupor. Antes del mediodía, Gatzo se sumergía en el río. Se hundía oblicuamente, hasta la oscuridad de las algas. Mis ojos seguían, con un vago temor, ese cuerpo moreno que erraba, lejos de mí, sobre esas hondonadas peligrosas. Veía sus largas piernas agitarse en estas ondas verdes. Allí evolucionaba largo tiempo, y con tal agilidad y destreza, que parecía creado para las aguas tanto como para la tierra. A mis ojos no era entonces sino una inquietante bestezuela submarina, que yo contemplaba sorprendido cuando, con los ojos cerrados y el rostro grave bajo los largos cabellos chorreantes, emergía de las aguas a diez pasos de la barca, donde, incapaz de seguirlo, yo lo esperaba con inquietud. Él se echaba luego sobre la ribera. Y su piel de bronce se vaporizaba al secarse el sol. 71


Al no saber nadar, yo no podía acompañarlo cuando él se bañaba. Algunas veces, nadando, se perdía entre los canales, y yo me quedaba angustiado. «Si no vuelve más, si se ahoga, ¿qué harás tú solo?», me preguntaba yo. La barca era para mí demasiado pesada, y no tenía experiencia alguna de esta vida libre y salvaje, a la que él parecía tan habituado. Las tardes eran cálidas. Uno se amodorraba en el aire tibio. Fuera del paso estremecido de un insecto, o del salto inesperado de una carpa, nada turbaba aquel silencio. En el islote hacíamos dulces siestas, a la sombra de abedules enanos. Algunas veces conducíamos la barca bajo el abrigo de una enramada. Algunas veces el sauce rojo y aquel «árbol de plata» que se parece tanto al olivo. Amarrábamos la barca a la raíz de un sauce y nos abandonábamos, muy campantes, al placer de ver revolotear, sobre las aguas, a las mariposas y libélulas, o a esas infatigables tijeretas que reman nerviosamente, por el solo placer de rizar el agua... Hablábamos poco. Gatzo no rompía el silencio sino para susurrarme: —Pascal, escucha..., hay un animal. Permanecíamos inmóviles. Se agitaban las ramas de una mata. Frecuentemente fuera de este temblor nada revelaba la presencia de un animal. Se mantenía invisible. Algunas veces un agudo hocico husmeaba el matorral; aparecía una cabeza, pelirroja, con los ojos crueles. Una comadreja olfateaba prudentemente el agua y se perdía en el follaje. Confiada por nuestro silencio, una rata frutera se deslizaba fuera de las cañas, nerviosa, inquisitiva. Desaparecía pronto. Una cerceta o una gallareta atravesaba el canal, rizando apenas el agua, y desaparecía entre los juncos. De debajo de la enramada, y como una flecha, partía un martín pescador; su vientre azul rozaba levemente las ondas... La noche llegaba de la tierra sobre nuestro refugio. Las aguas se coloreaban de rosa, de oro y de Jacinto, y las hojas bermejas se reflejaban sobre la lisa extensión del canal tranquilo. Partimos, a pequeños golpes de vara, hacia lo ancho del canal, para pasar allí la noche. Anclamos, con una pequeña ancla, a tres metros de fondo. Así nos sentimos tranquilos; pues las orillas siempre nos causaban temor. Y mirando descender la noche, sentados en la proa, comimos dos galletas y tres higos secos. Cuando hubo llegado la noche, con su cargamento de astros, y nos envolvía toda entera, Gatzo, más confiado, me habló un poco. La sombra nos unía. —Seguramente, hay cerca de aquí, una nutria —me dijo. —¿Dónde? —Entre los árboles. Sale a beber. Yo la escucho todas las noches. —¿Tarde? —Sí, muy tarde. —¿Y tú permaneces despierto? 72


—Ella es quien me despierta. Agita el agua cuando ha bebido. Es un animalito fuerte. —Quisiera verlo —le dije yo. —¿Y cómo verlo si no hay luna? No había luna, en efecto, salvo un cuarto creciente imperceptible, que rozaba ligeramente el horizonte, al crepúsculo, y desaparecía. Nuestras noches no eran más que un imperio de estrellas. Ellas pendían sobre nosotros, y, como ramas de plata que se entrecruzaban formando una enramada, centelleaban en la sombra, mientras en torno nuestro esos millares de fuegos puros brillaban sobre las aguas inmóviles. Así flotábamos entre dos cielos tranquilos, fuera del tiempo y del espacio. Las ranas de los zarzales, por clanes enteros, croaban con un croar salvaje. Poco después, no lejos de nosotros, cantó más dulcemente una tribu de sapos. Yo los amaba. Por todas partes, las aguas y las orillas, los árboles y las plantas, se animaban, en la plenitud de la noche, de una vida confusa y misteriosa. Un pato se sacudió en las cañas; un mochuelo ululó sobre un álamo negro; un fiero tejón huroneó en los espinos; una garduña, deslizándose de rama en rama, hizo temblar algunas hojas imperceptiblemente. A lo lejos gañía un zorro roedor. —Es un animal triste —me dijo Gatzo—. El reflexiona. Yo no comprendí bien. —¿Entonces, Gatzo, es por eso que es triste?... Pero Gatzo no respondió; se contentó con decirme: —Él ha perdido su paraíso... Es eso lo que se cuenta entre nosotros. Los viejos lo saben bien... Pero escucha... Yo escuché. Un pájaro maravilloso comenzó a cantar sobre la ribera. Todas las noches, a la misma hora, sobre una rama del mismo olmo, se elevaba su llamado nupcial sobre los campos y las aguas. El zorro se calló, y nosotros retuvimos nuestro aliento, tan bello era el canto del ruiseñor en este final de abril, que es el tiempo del amor en la aves. Nos dormimos escuchándolo. El sueño de esas noches era ligero; tan ligero, que solíamos despertarnos dos o tres veces antes de la aurora. Con frecuencia al salir del sueño, escuchábamos la voz del ave maravillosa que cantaba aún. Pero entonces era más lenta y más grave. Y sólo por el nítido resonar de su lamento en el fondo de la noche, sobre el silencio de las aguas invisibles, se adivinaba que todos los animales lacustres reposaban. Y ella misma entraba en el reposo, arrastrando largo tiempo tras sí ese canto apasionado y solitario... Lo primero que veíamos al amanecer era una gran ave. Pertenecía inmóvil, sobre una delgada capa de légamo, a cincuenta metros de la barca. Su pico puntiagudo, sobre las aguas, amenazaba a algo invisible. Alargadas patas sostenían el buche saliente y un alargado cuello la pequeña cabeza. Nosotros la admirábamos, pero en silencio, pues cualquier cosa espanta a esas tímidas aves. Un poco más tarde aparecía una tropa de cuervos marinos. Salía siempre de uno de los canales. Era una pequeña flota matinal, que maniobraba con pericia sobre la vasta superficie 73


de aguas donde flotaba una ligera bruma. La llegada de los cuervos marinos anunciaba el comienzo del día. Se acercaban a veinte metros de la orilla, viraban de plano en un movimiento de conjunto, y la escuadra, con el sol en la popa, tomaba el rumbo de uno de esos túneles de follaje donde bien pronto desaparecería en la penumbra. Entonces todos los animales se agitaban. Era el despertar. Vivíamos así, en la despreocupación y en el olvido. Era todo tan tranquilo, que algunas veces nos pesaba esa tranquilidad. Entonces inventábamos peligros imaginarios. —No sabemos quiénes son los habitantes de este lugar —decía Gatzo, con un aire pensativo—. Pero los hay. —Sin duda que los hay —repetía yo, como un eco—. Quizá son salvajes... Yo sentía un estremecimiento por la espalda, un estremecimiento delicioso. ¡Imaginaos! ¡Salvajes!... Gatzo, prudente, movía la cabeza. —Aquella orilla, Pascal, no me dice nada bueno... Designaba la orilla izquierda del brazo muerto, cubierta de espesuras impenetrables. —Imagínate —proseguía—, si estuviéramos en el país de los cortadores de cabezas, los caníbales negros. Esta parte no es diferente a aquélla. Todo es maleza por allá, y todo es maleza por aquí también. Yo experimentaba entonces un fingido terror. Era una sensación agradable. Pues cuando uno se da miedo imaginado un peligro inverosímil, se sabe, evidentemente, que no se arriesga nada, pero de todas maneras se siente miedo. Y es un placer maravilloso. —¡Pascal! —me dijo Gatzo una buena mañana—, es necesario que nos fabriquemos armas!... Construyó un arco más alto que él, e hizo flechas de carrizo. Si sentíamos el más pequeño movimiento en algún matorral, le disparábamos una flecha. Cuando se tienen armas, uno se sirve de ellas, fatalmente. Se tira por tirar. Por desgracia, no hay placer en tirar al vacío. Se busca siempre un blanco. Yo no sé qué haya más tentador que un bello pájaro. Volaban miles de pájaros en derredor nuestro, familiares, confiados, que, viéndonos inofensivos, se habían asociado a nuestra vida, casi tan apacible y natural como la suya. Muchas veces Gatzo, el arco en la mano, seguía con la vista un colibrí que, a quince pasos de la barca, se pavoneaba sobre el agua, se sumergía, alisaba sus plumas y aun se adormía, con el pico bajo el ala, sin la menor desconfianza. Gatzo, con los dedos nerviosos, hacía vibrar el arco, y, maquinalmente, casi sin darse cuenta, lo tendía hacia el ave. Apuntaba... Pero luego, con cólera, levantaba el arma y lanzaba su flecha al azar, contra la orilla. Al anochecer nos poníamos al acecho, cerca de la fuente. —Aguardemos la oscuridad, Pascal —decía Gatzo—. Veremos a las bestias feroces. Es por la noche cuando vienen a beber. Yo he descubierto huellas de zarpazos... 74


Me mostraba las huellas, que nos turbaban tanto a él como a mí. Pero la fiera no venía. Creíamos percibirla, es cierto, en medio de la llanura. Nos parecía enorme. Y quedábamos como petrificados. —Te digo que no he soñado, Pascal —afirmaba Gatzo—. Yo he escuchado sus pasos. —Y yo, Gatzo, he visto cómo se movían sus orejas. No mentimos aquella noche. Probablemente vimos mal; pero, en verdad, una forma se mostró, bastante lejos de nosotros, en medio de la llanura. Apareció y desapareció misteriosamente. Si en realidad yo había visto mover sus orejas, como lo afirmé, por lo menos creía haberlas visto, lo que me permitió añadir, a modo de conclusión: —Gatzo, esa bestia es un monstruo. Cuando volvimos a la barca, discutimos largo tiempo sobre aquel monstruo. El monstruo cobró cuerpo. Le hicimos unas patas, y una cola terrible. ¿Por qué una cola? Yo no sé. Tal vez a causa de los leones, de los tigres... Pues era, naturalmente, un feroz carnicero. —Pero no hemos visto brillar sus ojos —dije, convencido. —Los cerraba, mi buen Pascal. Los cerraba astutamente, para engañarnos. —¿Lo crees tú, Gatzo? —le pregunté, seducido por su genial ocurrencia. Y Gatzo, con un tono protector: —Pascal, esos animales están llenos de malicia. Yo estaba emocionado y henchido de felicidad. Debatimos largo tiempo todavía para establecer más claramente la naturaleza, la raza y el nombre del animal. No queríamos que fuera ni un perro, ni un lobo. Desde el momento que teníamos un verdadero monstruo, no lo íbamos a cambiar bobamente por uno de esos animales conocidos por todo el mundo. Como no llegábamos a identificarlo, Gatzo tuvo una idea que me maravilló: —Es un racial —afirmó él—. Lo llamaremos un racial. Hay un racial en el campo. Tú has visto un racial... Nada más sencillo... Nada, en efecto, era más sencillo. Aquella bestia era un racial, y un racial enorme, del tamaño de un asno. Era, pues, un racial peligroso, y, por si fuera poco, un racial errante, solitario, uno de esos raciales irritables, a los que cualquier cosa enfurece, y que se arrojan sobre su víctima de un salto prodigioso, el salto bien conocido del racial, que es mucho mayor que el salto del tigre. Y era indudable que este racial asolaba la llanura, donde ni plantas ni animales podían vivir; pues el racial ama la soledad, reina sobre el silencio, y, cuando ha dejado de ser un cachorro, es de tal ferocidad que aun el toro de lidia y el búfalo huyen de él. No se le suele cazar, porque su carne es dura como el cuero, y el racial herido es un adversario temible. Como no sale a errar sino por las noches, se le conoce mal. Por lo demás, en nuestra región el racial es un muy raro. Pronto no quedará un ejemplar. Nosotros habíamos visto, probablemente, uno de los últimos raciales de nuestra época. Y nos quedamos palpitantes de espanto y de placer... —¡Gatzo! —exclamé, exaltado por la grandeza de la aventura—, tenemos que volver al acecho. 75


Volvimos, pues, a la noche siguiente, pero nos apostamos sobre un árbol. —El racial no trepa —me aseguró Gatzo, que lo conocía, ciertamente, mejor que yo. Nos mantuvimos encaramados en la rama principal de un olmo durante la mitad de la noche. Pero el racial no apareció. —Nos ha olfateado —me dijo Gatzo. Era de esperar, pues el racial, como todos saben, tiene un olfato extraordinario. Pero dos días después nos dio un susto tremendo. Como a las diez de la noche escuchamos un ruido de ramas que se quebraban en el bosquecillo de la ribera. Crepitó la maleza; las cañas se astillaban como aplastadas por un peso. Un sordo piafar turbó el agua. Luego la bestia husmeó, gruñó, resopló, se sacudió el agua. Gatzo, que se había acercado hasta mí arrastrándose en el fondo de la barca, me susurró: —Se está bañando, Pascal. No te muevas. Se diría que nada. Realmente, esta vez me estremecí de miedo. Por fin la bestia se marchó. Nos quedamos callados. Poco a poco me dominó el sueño. Pero Gatzo, más valiente que yo, vigiló la ribera hasta el amanecer. A partir de aquel día la inquietud se apoderó de nosotros. Era un sentimiento extraño: temíamos llegar a sentir realmente miedo. Pues ese ruido lo habíamos sentido con nuestros propios oídos. No había ahí nada de imaginario. Un animal había venido a turbar la paz de ese retiro, al que no visitaba, según creíamos, ninguna fiera, fuera del bravío racial. Es verdad que nosotros afirmábamos que ese visitante desconocido no podía ser más que un racial, pero, después de todo, nada sabíamos. ¿Y si no hubiera sido un racial?... ¿Y si hubiera sido simplemente una verdadera fiera? —Sería mejor cambiar de fondeadero, Pascal —aconsejó Gatzo. Hacia el atardecer levamos anclas, discretamente. Hicimos una breve escala en el islote. Embarcamos un haz de leña seca y nuestro fuego, que pusimos en una olla de barro. Depositamos la olla bajo un banco, en el fondo de la barca. Después de esto, y habiendo saludado a nuestra antigua morada, dejamos esa abrigada playa. Tomamos por un canal. Las orillas, poco a poco, se fueron estrechando, hasta formar uno de esos misteriosos túneles de follaje que se pierden a través del archipiélago de las islas, entre los sauces y las quietas mimbreras. Rozábamos, al pasar, los tupidos cañizales del matorral, y el sacudimiento sorprendía a los chorlitos y cercetas refugiados en sus nidos ocultos. A medida que avanzábamos, el túnel se hacía más oscuro. Pero en el fondo se divisaba una mancha de luz. Navegábamos lentamente. Callábamos. Las ramas nos rozaban el rostro algunas veces, y los insectos, irascibles, acosaban nuestras mejillas, desprendiéndose del matorral en torbellinos. Desembocamos, por fin, en otra superficie de agua, cerrada por murallas de cañaverales y de árboles. 76


Aquel pequeño lago dormía. La luz del atardecer iluminaba apenas la extensión de sus aguas desiertas. Anchos álamos la circundaban. Apretados estrechamente unos contra otros, su follaje trazaba a contraluz, un cordón de sombra. Unos se elevaban casi a raíz del agua sobre terreno cenagoso; otros cubrían el horizonte violeta donde una claridad cristalina iluminaba todavía el cielo. La ribera era escarpada. De lo alto del acantilado, un bosque tupido de encinas verdes ensombrecía las aguas. Estas aguas límpidas y tersas no proyectaban más que una luz. En medio del lago reposaba una isla. Se veía allí una pequeña capilla. En la isla habían plantado grandes cipreses. Parecían muy viejos. La barca, siempre lenta, se deslizaba sin rizar el agua, y la isla avanzaba hacia nosotros, quieta, fantasmal. En el crepúsculo aparecía como una forma irreal, como la improbable morada del silencio. No venía de ella un solo ruido. En toda la extensión lacustre, las plantas, los árboles, las aguas, callaban maravillosamente. Al perder todo impulso la barca se detuvo entre la isla y la ribera. Anclamos en un punto muerto. El paraje y el silencio nos intimidaban. La emoción nos embargaba de tal manera que mientras comíamos no osamos pronunciar palabra. Yo dormí mal. Pues la noche estaba hechizada. Bajo el silencio de estos mundos extraños, a fuerza de callarse, se terminaba por percibir la etérea vibración de una vida indefinible: ruidos vagos y suspiros; más lejos, un murmullo, quizá un paso vacilante sobre la arena, el hálito de un ser invisible, y, bajo el espejo de las aguas tranquilas, el movimiento misterioso de las aguas secretas... Alguien se acercó a la ribera. Era ya tal vez medianoche. Gatzo y yo escuchamos los pasos muy claramente, por la parte del acantilado... Al día siguiente visitamos la isla. Un camino cubierto de musgo conducía a la capilla. Entramos a ella por un pórtico. El cierzo y las lluvias invernales habían desgastado la fachada de piedra. Ahora ofrecía un rostro viejo, carcomido por los líquenes y el largo trabajo del sol. Encima de la puerta se había cavado un nicho, donde se asentaba una pequeña Virgen de yeso pintado. Sus colores se habían ya perdido. Se adivinaba el rosa de la falda. Una inscripción en letras azules circundaba esta modesta imagen. Era el nombre de la capilla. Un bello nombre: «Nuestra Señora de las Aguas Dormidas.» El santuario era pobre y parecía abandonado. Sobre el altar de madera pintada se veían dos pequeños candelabros de plomo. Una cruz de cañas se levantaba encima del tabernáculo. Sobre los muros encalados se mantenía suspendida aún una seca guirnalda de juncos y de mimbres rojos. Se aspiraba la humedad del ambiente. Salimos de la capilla para ver los contornos. Gatzo descubrió en la parte trasera dos tumbas bajo la crecida y tupida hierba, donde se erguían algunas flores de verónica. Los cipreses circundaban la capilla y las dos tumbas.

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Tan pequeña era la isla, que las aguas lamían las raíces de estos árboles, cuyas melancólicas ramas, al reflejarse en el estero, lo ensombrecían. Después de la isla, exploramos el acantilado y el bosque de encinas. Pero no nos atrevimos a ir más lejos. La llanura terminaba allí. Remontando una pendiente rocallosa, zarzales de alburnos, retamas y acebos espinosos cubrían el dorso de una colina llena de mamblas. Un bosquecillo de pinos avanzaba de allí. Ni un alma. Ni una casa. En el cielo, un gavilán. Planeaba, solitario. —Este paraje es triste, Gatzo —exclamé. —Tienes razón —me dijo él—. Este no es un lugar como los otros. Hay ánimas... Sorprendido, le pregunté: —¿Cómo lo sabes? El murmuró: —¿Acaso no has escuchado como yo, la pasada noche? Algo se agitaba... Te digo que ha venido una... —Es verdad —le respondí—, yo también escuché. ¿Y tú sabes lo que es un ánima? —No, Pascal. Pero podemos ver. Ocultándonos. Esta noche volverá, probablemente. Mi corazón palpitaba. Gatzo continuó: —Hacia las diez se mete la luna. Oscurece. Hay un hueco grande al pie del acantilado. Ahí nos emboscaremos. Yo tenía miedo. Él lo adivinó en seguida. —Pascal —me dijo—, veamos eso. ¿Acaso no somos hombres? Como yo me callaba, añadió: —No se navega así sin más... por nada... Quédate tú si quieres... Yo iré solo. Me embargaba la vergüenza; pero mi miedo era tan fuerte que respondí a Gatzo: —Lo que te propones hacer está prohibido; eso tiene un castigo. Se encogió de hombros, y hasta que la luna se ocultó, se mantuvo callado. Entonces, cuando la oscuridad entró de lleno, se desnudó, puso sus vestidos sobre su cabeza, se sumergió en el agua y nadó hacia el acantilado. Lo vi moverse por la orilla. Se vestía, sin duda. Luego desapareció. La barca reposaba cerca de la isla. No se la podía ver desde la ribera. La sombra de los árboles la ocultaba. Me instalé en el asiento de proa. De allí podía divisar cómodamente la ribera. La sombra de los árboles la ocultaba. Nada se movía. La espera fue larga, pero no tenía deseos de dormir. Yo también quería, aunque fuera de lejos, ver alguna cosa. El ánima se reveló a medianoche. Anduvo a lo largo de la ribera, separó unas breñas y descendió hasta la arena. Era una pequeña mancha blanca. La aparición erró un momento y se acercó al agua. 78


Fue tan real la visión, que perdí la cabeza. Desaté la barca del fondeadero, y, suavemente, a pequeños golpes de vara, la hice avanzar. Obediente, se deslizó sobre las aguas. «La noche es tan oscura —pensé— que el ánima no me verá. No es posible. Si yo la veo es porque ella es blanca...» A pesar de su blancura, no lograba distinguirla bien. ¿Tenía alguna forma? Yo avanzaba, sin embargo, hacia ella; pero, inmóvil sobre la arena, no era sino una mancha en la sombra. En medio de la sombra, ella veía, sin duda, que yo me acercaba lentamente. De pronto lanzó un breve grito: yo acababa de surgir cerca de la ribera. La escuché que decía: «¡Oh, Dios mío! ¡Es un ánima!». Me sorprendí mucho de ser tomado por un ánima. Recobrando mi sangre fría, le pregunté: —¿Y tú, quién eres? El alma huyó, pero Gatzo, saltando fuera de su escondrijo, la atrapó al vuelo. —La he pillado —me dijo él—. ¡Es una muchacha! ¡Qué divertido! La barca llegó hasta la arena. Me reuní con Gatzo. Tenía cautiva a la muchacha por las muñecas. Ella no se resistía. Parecía de nuestra edad, pero no se la veía muy bien. —¿Qué haces tú aquí? ¿Quién eres? ¿Dónde está tu casa? Gatzo la abrumaba a preguntas. Ella se callaba, pero no parecía que nosotros le inspiráramos temor. —No te haremos ningún daño —le dijo Gatzo, con un acento dulce. Y la dejó libre. Ella nos dijo entonces: —Yo los conozco. Ustedes son los que llegaron al brazo muerto, hará poco más de una semana. Se les busca por todos los pueblos... Me helé de espanto. Pero Gatzo, tranquilo, preguntó: —¿Es verdad? ¿Y quién nos busca? —En nuestro pueblo de Pierrouré es el guardabosque... —¿Y cómo nos busca? Di. —A las once de la mañana toca el tambor, y luego anuncia a todos los que se han reunido para escucharlo. Después entra a su casa. Esto se repite desde hace cuatro días... Todos lo saben. —Entonces podemos dormir tranquilos. Tú no dirás nada, ¿verdad? —Yo no diré nada —respondió la muchacha—. Pero hay otro que también os busca. Y ése sí que es muy capaz de encontraros. Esta vez Gatzo se inquietó. —¿Cómo es él? —Es alto, seco, la piel morena. Ha venido por el río en una vieja barca. Yo pensé con terror: «Es Cargaba. ¡Estamos atrapados!». La muchacha continuó: —Él está allí desde ayer por la tarde. Ha llegado al mismo tiempo que los títeres. —¿Qué títeres? —preguntó Gatzo. Su voz temblaba.

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—El pequeño teatro. Mañana ha de haber función bajo el olmo. Viene todos los años. Representan por la noche, después de comer. Siempre viene el mismo. El año pasado eran dos personas. Este año no es más que un viejo, completamente solo... Ella se calló. Gatzo también callaba. De pronto ella dijo: —Tengo que volver a casa. La acompañamos hasta el bosque. Ella nos precedía. Sus ojos horadaban la noche tan bien como los de Gatzo. Nos despedimos en la orilla del bosque. Bajo los árboles, la oscuridad era tan profunda, que Gatzo mismo se admiró de que la chica no tuviese miedo. —¿Por qué vienes tú, por la noche, al borde del agua? —preguntó él. Como ella se callaba, Gatzo insistió, interrogándola con ternura. Su voz era tan dulce, que al fin ella habló. Sus padres habían muerto. La habían recogido muy pequeña. Ella servía en casa de gentes bondadosas, el abuelo Saturnino y la abuela Saturnina. Ellos no tenían más que un nieto, Constantino, de doce años de edad. Cierto día los tres partieron para un largo viaje. Ellos la dejaron sola en casa, con una vieja sirvienta que la regañaba todos los días. Se decía que ellos vivían muy lejos, en un país triste. Sólo Dios sabía por qué. Y allá, naturalmente, ellos también se hicieron tristes. Pero no se aventuraba a volver a su casa. Por eso ella salía a hurtadillas, por las noches, para venir a rogar a Nuestra Señora de las Aguas Dormidas que los hiciera regresar al pueblo, donde todos los extrañaban... Esta historia nos conmovió profundamente. La muchacha, al contarla, se emocionó también. Al finalizar, lloraba. Gatzo, con honda turbación, le preguntó: —¿Cómo te llamas, pequeña? —Jacinta —respondió. Y continuó llorando. En ese momento se escucharon pasos en el bosquecillo de pinos. Unos pasos raros, pasos de animal. Aterrado, exclamé: —¡Es la fiera! ¡El racial! —Nada de eso —dijo la pequeña—. Es mi asno. Viene a buscarme. Vimos una sombra. El animal salió de las tinieblas. La pequeña lo llamó: —Acércate, Pantalón, mi bonito. Suavemente. No hay que darles miedo, esta vez... El asno se acercó. Estaba amaestrado de una manera asombrosa. (Pantalón era su nombre.) —Es el asno hechizado del lugar —nos dijo Jacinta. Quizá reía para sí. De pronto ella se puso triste. —Mañana no volveré. Quiero ver el teatrito. Habrá función para los niños, en la plaza del pueblo. Gatzo y yo callábamos. 80


Ella montó a horcajadas sobre el asno, y los dos se internaron en el bosque, con la mayor naturalidad. El siguiente día se hizo pesado y largo para nosotros. Vagamos sin placer. Los días anteriores nos ocupábamos y nos interesábamos por todo: por un pájaro, una mosca, una rana, una mariposa. Ahora, sin razón, permanecíamos sin hacer nada. Gatzo se mantenía a distancia. Me respondía apenas. Mostraba de nuevo ese rostro hermético que me hacía sufrir. Su gesto ausente nos separaba. Me sentía solo. Con el corazón oprimido, yo guardaba silencio. Al finalizar la tarde, no pude más. La barca estaba fondeada bajo el acantilado. Salté a tierra y me di a caminar... Hacía calor bajo las encinas, pero la luz era bella en el lugar y pequeñas ardillas pelirrojas me observaban con gran atención, sin temor, desde lo alto de las ramas. Su amistad me llenó de alegría y, despreocupado, como es uno a esa edad, me olvidé de mi pena, andando por el campo, donde iban y venían familiarmente, de árbol en árbol, torcazas azules y oropéndolas de alas negras y plumaje de oro. Más arriba, en el follaje, otras aves cantaban. Como el bosque iba trepando a las altas colinas, dominé pronto una buena extensión de aquel país. Me detuve y me senté en una piedra. Hacia el poniente, pero bastante lejos, reaparecía el río, todo resplandeciente. En un barco chato, dos hombrecillos pescaban con red. A mi izquierda, verdes encinas y grandes pinares escalaban los contrafuertes de la montaña. En el crepúsculo se hacían más azuladas las cañadas de las colinas, y más hondos y violetas los barcos, mientras los cerros permanecían iluminados por el sol. Detrás de un murallón se veía aparecer el pueble- cito: cinco o seis casas, una torre y un pequeño campanario. A la espalda del campanario, el humo de tres o cuatro chimeneas se perdía en el aire. Allí debía hallarse la parte principal del villorrio. Por la cuesta de las colinas cruzaba el sendero que conducía a él. Nada se movía en el campo; sólo un asno marchaba por el sendero. Un asno solitario, sin asnero. No por eso seguía con menor exactitud el sendero razado del sendero. Cargaba dos canastas, y avanzaba en mi dirección, a pasitos leves, con aire circunspecto. «¡Ah! —me dije, súbitamente iluminado—, es el asno de Jacinta. Quiero verlo...» Esperé con ansiedad. Pero el asno dobló de pronto a la derecha y desapareció entre unos pinos. Casi inmediatamente comenzó a caer la noche. Estaba yo tan absorto en el paisaje, que no me di ni cuenta. Cuando me percaté, la oscuridad era ya grande, y volví al embarcadero, apresurando el paso. La barca continuaba allí, pero Gatzo había desaparecido. El titiritero de almas Para siempre. 81


Tuve la corazonada desde el primer momento; pero yo no quería creerlo. Y esperé. «Ha de volver —me decía yo, sin gran convicción—. Debe haber ido a escudriñar alguna madriguera de conejos; hice mal en dejarlo solo. Se ha aburrido sin duda.» Pero como no retornaba, perdí poco a poco la confianza de su vuelta. Para consolarme reavivé mi esperanza. Pero no sirvió de nada, pues yo sabía que él se había marchado... Todo me hablaba de mi soledad: los animales y sus gritos, las aguas y su silencio... Iodo. La ranita triste que croaba en una punta de la laguna bajo una mata de berros. Ella también estaba sola. Y la lechuza de gran cabeza que, en la otra orilla, se ocultaba en el follaje de un enorme álamo. Su canto quejumbroso parecía dirigido a otra lechuza que habitaba un ciprés en medio de la isla. La habitante del ciprés respondía pacientemente y con melancolía a su dolor- su compañera; y la lúgubre conversación de estas aves atravesaba tristemente las lagunas sombrías. Si ningún ruido, venido de sus aguas solitarias, ensombrecía mi corazón, era porque las lagunas me hablaban con su silencio. Ellas se callaban. Fue así como comprendí mi soledad. Probablemente tenía miedo, pero el dolor de haber sido abandonado, pienso, sofocaba mi miedo. No me asaltaban sino pequeños temores; la aprensión de peligros vagos: un ruido, un suspiro, una sombra que pasa... Cuando salió la luna mi tristeza aumentó. A su pálida claridad vi la extensión desierta de las aguas, y descubrí cuán inmensa era mi soledad. Estaba tan solo, que una voz en mi interior llamaba quedamente a Gatzo; pero no salía un sonido de mis labios, tal era mi temor de que en el silencio y el desierto lacustre resonara mi voz... «Está en el pueblecito —pensaba yo—; ¿pero cómo ha podido irse sin mí?» Menos me hacía sufrir el verme solo, en la noche, en esos parajes sombríos, que el pensar en la traición de Gatzo. Él había destrozado, con su partida, la más bella amistad de mi vida. Sufría atrozmente al pensarlo. Pues jamás encontraría a un compañero como aquél; un compañero más fuerte, más valiente, más hábil que yo. Y era mi primer amigo. Un oscuro presentimiento me hacía temer que él no volvería. Empujado por la desesperación, resolví abandonar el sitio donde me encontraba tan solo e ir a buscarlo. Yo suponía que él se hallaba en aquel pueblecito del que, al crepúsculo, divisé algunas casas. Recordé el sendero donde había visto marchar al asno, y me parecía fácil alcanzarlo, atravesando las encinas. Me dirigí, pues, al bosque cuya linde estaba iluminada por la luna llena. La luna me ayudó mucho aquella noche: su claridad alumbró mi camino y su gran mansedumbre me tranquilizó un poco, como por encanto. Pues la luna embelesa las almas más que cualquier otro planeta. ¡Su luz está tan cerca de nosotros! Se la siente solícita, afectuosa, y, en las lunaciones de primavera, su amistad llega a ser tan tierna, que todo el campo se enternece. Por eso no hay, para los niños que se desvelan por la noche, más encantadora consejera que ella. Por la ventana abierta ilumina sus alcobas, y cuando ellos vuelven a dormirse, les regala los más bonitos sueños. Y es uno de esos sueños que yo tuve, sin duda. 82


Es verdad, yo no estaba dormido en mi alcoba; ¿pero cómo pudo suceder tan fácilmente todo lo que yo hice aquella noche, todo lo que vi, todo lo que escuché, si no lo hubiera encontrado en un sueño? El bosque de encinas se bañaba por entero en la claridad lunar. A través de los negros follajes, descendía la luz en rayos azulados. Los viejos árboles sumergían sus ramas en ese azul astral. Cuando yo mismo, saliendo de la sombra, entré en aquella claridad, me convertí de pronto en un pequeño cuerpo empapado de luz y de luna. Atravesé el bosque sin tropiezo, y vino el sendero. Yo no lo busqué, él vino hacia mí, inundado de luna. Se hizo prontamente tan familiar, que yo me abandoné a su solícita amistad. Era un bello sendero nocturno, uno de esos senderos que te acompañan, con los que puedes hablar, y que te hacen, a lo largo del camino, un cúmulo de pequeñas confidencias. Se marcha por ellos sin temor, ágilmente. Como han conservado una gran inocencia, serían incapaces de extraviarte. El tiempo no cuenta para ellos y el espacio se funde cordialmente en el placer nocturno de la marcha. No se sabe nunca adonde se va, ni de dónde se viene, a qué hora se ha partido, ni cuándo se va a llegar; por lo demás, ¿se llega, acaso? Estos senderos no terminan, y si por azar se apartan de ti, es para dejarte en un país más maravilloso todavía... Yo lo sé muy bien, porque fue allí donde me dejó mi sendero. Se habría dicho que sólo se le puso en el flanco de las colinas para que me condujera al pueblecito mudo... Apenas se le podía creer, tan irreal e improbable parecía; y muchas veces, en el curso de aquella noche extraña, lo imaginé, en mi ingenua cabeza, el más singular mundo. ¿Y era verdad que aquél era un lugar creado por las hadas para los niños soñadores, en los confines mismos del paraíso?... Entré en el pueblecito por la parte alta. Las calle- citas estaban desiertas, las casas parecían inhabitadas. Y, sin embargo, de ellas venía el olor del pan caliente y de la sopa de trigo. La gente, sin duda, acababa de salir. Y no quedaba ni ruido, ni luz... Los perros mismos, tan ariscos en el lindero de los pueblos, habían partido con sus amos. Las gallinas dormían. Ni un solo gato. Ellos también se habían deslizado fuera. Yo seguí en silencio la callecita empinada, y andando así al azar, de casa en casa, desemboqué de pronto en una pequeña plaza. Entonces se me reveló el misterio. El pueblo estaba allí, el pueblo entero, gente y animales. Y todos parecían esperar. Parecían esperar con confianza. Era un pueblo paciente y de buena fe. Esto saltaba a los ojos con sólo ver las caras de las personas. Las personas eran sensatas y pacíficas, y había diferentes rangos entre ellas. Las del primero se hallaban sentadas, gravemente, sobre un banco de madera. En el centro se ufanaba el alcalde. El alcalde no tenía barba y sus cabellos eran tiesos y blancos. Vestía un traje de fiesta. Un enorme cuello almidonado salía de su chaqué de color de pulga, y probablemente le

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molestaba tanto que no se atrevía a volver la cabeza. Miraba, pues, directamente de frente con gran paciencia, lo que, en su personalidad de alcalde, le daba una gran dignidad. Ante su inmovilidad, los otros, por respeto, permanecían inmóviles. A su derecha, en primer lugar, el viejo cura. Cruzaba, por costumbre, las manos sobre su vientre, y su redonda y roja faz tenía un aire de circunstancia, benevolente y resignado. A su lado, el notario, un viejecito, flaco como un clavo y de boca burlona, se rascaba la punta de la nariz. La tenía muy afilada. El médico, panzón, con chaqueta de alpaca y sombrero de paja, limpiaba, para poder ver mejor, sus anteojos de oro con un pañuelo a cuadros. Era también un hombre de edad, de rostro barbudo y lleno de barros. Junto al alcalde, a su izquierda, el guardabosque dormitaba. Parecía más viejo que los demás, pero usaba perilla militar y un galón de plata engalanaba su quepis. Cerca de él se daba gran tono un anciano de anchas espaldas. Sobre su pecho se apoyaba, como un abanico abierto, su barba blanca. De vez en cuando se levantaba su carnosa nariz para aspirar el aire, y en su viejo rostro tostado brillaban inmóviles sus ojos verdes. Era el Viejo Marinero, la gloria del pueblo. Bajo su hombro se ocultaba, gordinflón, bigotudo y cascarrabias, el pequeño recaudador. Sexagenario y jubilado, era el único de la fila que no tenía buenos sentimientos. Tal era el banco de los notables. Detrás se agrupaban los aldeanos. En primer lugar, las mujeres, en tres filas: a la derecha las abuelas, y, en el centro, las mujeres casadas. Las doncellas se agrupaban a la izquierda y no cesaban de reír y de cuchichear. Detrás de las mujeres, los hombres. Se mantenían de pie en cuatro filas. Los había altos y los había gordos, los había barbudos y los había lampiños. Pero la misma expresión de calma y de sencillez modelaba sus rostros. Todos miraban en la misma dirección. Miraban un olmo corpulento, cuyo follaje cubría toda la plaza, como un domo. En las ramas más bajas se habían colocado muchas lamparillas y faroles venecianos multicolores. Al pie del olmo se hallaba un modesto teatro de lona. Y, a cada lado del teatro, delante de los notables, se había alineado a los niños, sobre los bancos de la escuela. Los varoncitos a la derecha, las mujercitas a la izquierda. Allí, ellos esperaban, tan pacientemente como las personas mayores. El telón del teatrito cubría la escena, pero se podía admirar en él una pintura. Representaba un asno. El asno estaba sentado en un sillón. Tenía anteojos y sujetaba un libro. Delante de él, un niño, arrodillado, lo escuchaba. El asno le daba la lección. Encima del asno y el niño, sonreía, con indulgencia y malicia, una máscara coronada de hiedra, con los ojos gachos. Detrás del teatro se hallaba la iglesia: un pórtico profundo y lleno de sombra. Y por encima de la iglesia, de la sombra, del teatro, de los aldeanos, de los faroles y del olmo gigante, flotaba el inmenso cielo de la luna de abril, todo electrizado. 84


Yo no sé lo que pasó luego, realmente. Pues estaba demasiado embelesado para comprender, y quizá un espectáculo tan maravilloso no había sido creado sino para el encanto de los ojos y de los oídos... Se escuchó en primer lugar, detrás del teatro, una voz trémula, pero cautivante y llena de sabiduría. Ella tocó el fondo de mi corazón. La voz anunció lo que se preparaba detrás del telón, nos dio a conocer el nombre de los personajes y nos pidió creerles, pues ellos iban a reír y a llorar para nosotros, a odiar y a amar, es decir, a vivir y a morir como los hombres... Después de esta corta alocución, se levantó el telón, y vimos un jardín y su jardinero. En el jardín maduraban hermosos frutos; el jardinero estaba muy orgulloso de ellos, tan orgulloso, que miraba con desdén a los otros jardineros. Tenía una mujer joven y un hijo bello como el día. Ambos corrían bajo los árboles persiguiendo mariposas azules. El jardinero se mostraba orgulloso de su mujer y de su hijo, casi tanto como de sus melones y de sus ciruelas. Por eso les prohibía frecuentar a los pequeños jardineros de la vecindad; y ellos obedecían. Pero he aquí que un buen día pasa un mendigo, muy cansado, un viejo mendigo extenuado por el hambre y la sed. Un durazno pendía sobre el camino, por encima del cerco. El mendigo lo coge y se apresta a comerlo. De pronto, el orgulloso jardinero aparece, rojo de cólera, y, arrojándose sobre el mendigo, le hace soltar el fruto de un bastonazo. El fruto cae sobre el camino y el mendigo se va, resignado, sin quejarse. Sabed que este mendigo era san Teatino, que en aquel tiempo viajaba para atender sus asuntos, es decir, los asuntos del Buen Dios. Cambió la decoración, y vimos al mismo Dios llegar sobre una nube. Mostraba una viva contrariedad, y hablaba del jardinero en tales términos, que los asistentes temblaron de miedo, sobre todo las niñas. Después se alejó, mascullando amenazas, y un redoble de tambor, detrás del teatrito, imitaba los truenos. El Buen Dios, irritado, se disponía a vengar a su Santo. Se vio nuevamente el jardín de la tierra. El niño jugaba. Corría con despreocupación; y, sin embargo, justamente bajo el duraznero de san Topónimo, una vieja hechicera lo atisbaba con dos ojillos brillantes como ascuas. Ella había recogido el fruto arrojado sobre el camino. ¡Ah!, ¡qué hermoso fruto! Lo veo todavía. La hechicera lo mordió y lo puso, rosa y ámbar, al pie del árbol. El niño pasa, lo ve, lo muerde y cae desvanecido. La bruja salta sobre él y lo transporta por los aires. Los años pasan. Se ve un campo de gitanos. Allá vive el niño. Ha crecido, pero ha perdido la memoria, pues la hechicera había envenenado el fruto. Al morderlo, el niño dejó en él todos sus recuerdos. No le queda ni siquiera un buen sentimiento. Es el peor de los granujas de la tribu: miente, jura, roba, hace trampas y, por cualquier cosa, pone a mano su cuchillo. Todos le temen. ¿Y sus padres? Él los ha olvidado desde tiempo atrás, puesto que ha perdido la memoria. Pero ellos siempre lo recuerdan. Y son muy desgraciados. Los frutos maduran tan hermosos como antes, en 85


profusión, sobre todos los árboles; pero el jardinero no se ocupa ni siquiera de desprenderlos de las ramas. 1 la envejecido mucho. Llora, a escondidas de su mujer, toda la noche, hasta la llegada de la aurora. La pena ha teñido su cabeza de blanco; y ya no queda, en su pecho, ni una onza de orgullo. Su mujer y él tienen esperanza. «El pequeño volverá», se dicen. Y lo esperan. Dejan la puerta abierta, día y noche, para que él pueda entrar en la casa sin llamar. Pero he aquí que una noche los gitanos llegan. Y se ocultan en el bosque cercano. Esa misma noche un viejo mendigo entra a pedir limosna. Tenía hambre y sed. El jardinero ha recordado y le ha dado una canasta de duraznos. El mendigo sólo cogió un durazno. Lo mordió sin comerlo. Luego dijo al jardinero: «Guárdalo cuidadosamente en tu mesa de noche, y ten paciencia. Un día alguien lo comerá». Después de esto ha desaparecido. Era san Topónimo. Los gitanos, ocultos en el bosque tenebroso, han visto el jardín admirable. Y se han dicho en coro: «El jardinero es rico, vamos a robarle». La suerte ha designado al niño diestro para el robo. La luna se va, la noche llega, la lechuza ulula y el niño se introduce con maña en el cercado. Se acerca a la casa, encuentra la puerta y busca, a tientas, la cerradura. Pero sus manos sólo encuentran el vacío... Esta extraña casa, sin temor a los ladrones, reposa, en plena noche, con las puertas abiertas... El bribonzuelo duda, se amedrenta... Avanza sin embargo, por amor propio; pero tiene calor, su garganta abrasa, se muere de sed. De pronto, descubre una alcoba. Un anciano está allí acostado, durmiendo. Una lamparilla ilumina su rostro. Cerca de él, en la mesa de noche, sobre un plato pintado, hay un durazno, jugoso, apetitoso, donde, al parecer, se han hincado los dientes. El ladronzuelo tiende su mano hacia la fruta y la lleva a sus labios. ¡Qué sabor! ¡Qué frescura! ¡Pero qué fruto más extraño! ¡Esto te colma el cuerpo, esto te arranca el alma! «¿Dónde estoy?», grita él... El buen viejo se despierta. Su mujer acude... ¡Ah!, es su hijo. El los ve, los reconoce y llora. El Buen Dios aparece sentado en su nube y mueve la cabeza con satisfacción. El telón cae. En aquel tiempo, en nuestros pueblos, las personas conservaban todavía el espíritu simple e ingenuo, y cuando ellas sentían un placer, lo sentían hondo. Esta sencillez de espíritu les permitía comprender enseguida el sentido profundo de los cuentos; y si se hallaban encantados con su ingenuidad, es porque ella armonizaba con su sabiduría. Reducida a algunos pensamientos claros, esta sabiduría nos parece limitada; y sin embargo es el depurado tesoro de una antigua experiencia. Verdadero saber, el saber de los pueblos sencillos, si se mantiene vivo, no es triste ni sombrío. Llama e inspira la fantasía de los hombres. Llega a ser, por lo tanto, como en este cuento, un regocijo, y lo que enseña es tan bello que la sabiduría nos encanta.

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Visiblemente, aquella noche, ella encantó a todos los habitantes del villorrio. Durante toda la representación, el alcalde permaneció boquiabierto. El cura estaba embobado, y cuando el Buen Dios hizo su aparición, se persignó contrito. El notario y el médico manifestaron su contento. El Marinero estuvo a punto de levantarse colérico, por cuatro veces, para ir a estrangular a la execrable bruja y a los pérfidos gitanos. Fue necesario retenerlo. Los aldeanos, por filas enteras, expresaban sus hondas emociones. Las exclamaciones de « ¡Oh!» y de « ¡Ah!» recorrían en sordina, delatando la cólera, la indignación o la piedad. Los niños no decían nada, pero tenían los ojos extrañamente abiertos. El drama los hipnotizaba. Un mago los había envuelto en hilos de su sortilegio. Ya no miraban, sino que se sentían en la escena, donde habían dejado de ser ellos para convertirse en los seres que veían. No se representaba ya la pieza para ellos; eran ellos los que, maravillosamente, se la representaban para sí. Sentados sobre sus bancos, se les sentía suspirar conjuntamente, y sus pequeñas cabezas, descansando unas junto a otras, se inmovilizaban en el éxtasis. Una sobre todo, una cabeza extasiada, me llamó la atención. Era de una muchacha. Tenía las mejillas sonrosadas, la boca ancha y los ojos muy verdes. Los cabellos eran rojizos y los mantenía muy tirantes. De ellos salía una pequeña coleta que se mantenía derecha sobre la nuca. Era Jacinta, sin duda. Se le adivinaba por el gesto de asombro y de terror que petrificaba su rostro. Ningún otro niño estaba tan embelesado por el drama como ella. Ella había con-centrado en la escena toda su alma. A la caída del telón sucedió un gran silencio. Luego la misma voz trémula habló detrás del teatro. —Buenas personas —comenzó diciendo—, se ha terminado la función. Ahora mi perro Tranquilino habrá de pasar, con la bandeja en los dientes, haciendo la colecta. Tratadlo bondadosamente. Es el único compañero de mi peregrinaje. Pues mis criaturas no son de este mundo. Yo tenía un nieto y, como en la fábula que habéis escuchado, los gitanos me lo robaron. Yo he venido haciendo danzar mis marionetas, en vuestros pueblos, desde hace cincuenta años. Después de mí nadie vendrá a exhibirlas. Por lo demás es la última vez, amigos míos, que las veis. Pues me estoy haciendo muy viejo y ya no volveré a estas regiones. Esta noche yo os digo, pues, adiós. Y ahora, si queréis, poned un centavo para el teatro, cuando el perro pase... El pueblo, al escucharlo, lloró. Las mujeres llevaron su pañuelo a los ojos; los hombres secaron con la manga una lágrima suelta, y el alcalde estornudó. Luego las niñas elevaron a coro su voz para decir: —Abuelo Sabino, vuelve todavía una vez más... Tanta dulzura cantaba en esta voz de las niñas, que el abuelo Sabino hizo su aparición por debajo del teatro. Se levantó un ángulo de telón y apareció la cabeza. Era alargada y calva; pero alrededor del brillante cráneo, una corona de hermosos cabellos se fundía a la barba blanca que caía como la nieve. Se irguió penosamente, trescientos rostros se entristecieron. 87


El vestía una vieja levita y alrededor del cuello tenía amarrado un gran pañuelo. Se le adivinaba muy pobre y muy paciente. Tan pobre y tan paciente, que al verlo levantarse de su rincón, con tanta sencillez y cortesía, el pueblo, sobrecogido de respeto, se calló. Mas él no sonreía, no buscaba complacencias; llevaba, sin saberlo, sobre su viejo rostro, un signo innato de atracción. Cuando él se halló de pie, escuchamos que alguien sollozaba en el aire, en medio del follaje. Los sollozos venían de las ramas bajas del olmo. Todas las cabezas se levantaron. Entonces descubrimos a Gatzo. Montado sobre una rama de árbol, lloraba. Lloraba como con cierta cólera contra sí mismo. Tenía vergüenza de sollozar ante estas trescientas cabezas sensatas, que estaban asombradas de verlo, en la altura, empapado en lágrimas. Pero él lloraba a pesar de todo; y a su pie, su abuelo Sabino, petrificado de emoción, lo miraba con gesto inexpresivo, tan inexplicable le parecía que el niño perdido cayera ahora del cielo. —Desciende, pequeño —le gritaban las mujeres—. Te daremos vino caliente. El abuelo no decía nada; la emoción lo había dejado mudo. Seguía mirando a su nieto, cuyas piernas pendían entre el follaje. Gatzo, de lo alto del árbol, lo miraba también, llorando siempre. En derredor del árbol los notables: el alcalde, el cura, el notario, el médico, formaban un círculo y sonreían al niño para animarlo a bajar. Por fin se decidió a descender. —Ten cuidado —le decían las prudentes abuelas—, no te vayas a romper un pie, locuelo. Y los hombres, meneando la cabeza, felicitaban al abuelo Sabino. —Miren cómo se desliza —decían ellos—. La ardilla no es más ligera. Cuando Gatzo saltó a tierra delante del alcalde, todos lanzaron un «¡uf!» de alivio. El alcalde era muy bueno. Se llamaba Mateo Varille. Nunca se había visto mejor alcalde en el lugar. Por eso nadie se asombró cuando, volviéndose hacia la multitud, anunció fraternalmente: —Soy yo el que ofrece el vino caliente. Se elevó un murmullo de complacencia de las trescientas almas. Y el alcalde continuó: —En marcha, hijos míos. Y por orden: los pequeños primero, luego las niñas, después de las niñas, las mujeres, y, al final, todos los electores. El guardabosque, ya despierto, tomó su tambor y se puso a la cabeza. El alcalde se situó inmediatamente detrás de él. Tenía a su derecha al abuelo Sabino; a su izquierda, a Gatzo, tranquilizado ya. Y a los dos los cogía de la mano. Seguían, en una sola fila, los cinco notables, el cura, el notario, el médico y el recaudador. Los aldeanos venían detrás. A la cabeza los niños. En la primera fila se veía a Jacinta, con sus ojos verdes y su coleta. Miraba a la derecha, muy seria. Los viejos cerraban la marcha. El guardabosque, con sus viejas manos, tocaba suavemente el tambor. Tocaba, con la punta de los palillos, un aire de marcha muy vivaz, a despecho de su avanzada edad. Y tanto los hombres como las mujeres, sin darse cuenta, acomodaban su paso a este ritmo saltarín. 88


Así los vi pasar a todos, con las caras sonrientes. Las muchachas se tomaban por el talle y canturreaban balanceándose. —¡Jamás hemos visto una fiesta parecida, desde hace cincuenta años! —decían las ancianas. Los ancianos aprobaban moviendo la cabeza. Y los jóvenes reían sin saber por qué. Cuando hubo pasado la última fila, vi al perro. El seguía, siempre con la bandeja en los dientes, con su aire de perro habituado a seguir. Seguía, el hocico pegado al talón de los ancianos, a trotecito lento. Y si él era el último del cortejo, no por eso parecía el menos satisfecho. El pasó a su vez y yo quedé solo. Nadie se había fijado en mí, ni aun Gatzo. Gatzo tomaba con gran respeto la mano solemne del alcalde y parecía penetrado de este honor. ¿ Me habría visto? Quizá no veía nada, pues él era, aquella noche, el rey del cortejo. Pero yo, que lo había visto y que lo quería, tenía el corazón henchido de congoja y se me llenaban los ojos de lágrimas. No quedaban de la fiesta sino los bancos vacíos y el teatrito de lona con su asno pintado sobre el telón. Las lamparillas se apagaban una por una entre las ramas del olmo, y más arriba, en el cielo lechoso, la luna comenzaba a desparramar su luz en las colinas. Yo me sentía tan solo y tan desgraciado, que no sabía qué hacer. Detrás del teatro abandonado había un mechero, que olvidaron apagar, Temblaba la llama, y su fulgor invisible esparcía por encima del liviano techo una débil y misteriosa corona de luz. Aquella luz me fascinó, y yo avanzaba hacia ella, cuando un hombre largo y flaco apareció junto al teatro. Era más alto que el techo de tela y, apoyado con cierto abandono en los montantes del pequeño edificio, se puso a examinar atentamente todas las esquinas de la plaza. Me vio en seguida. ¡Era Cargaba! Pero no se movió. Entonces, yo huí veloz. Soledad de Pascalet Yo no sé cómo alcancé al fondeadero. Mientras corría o andaba, no sentí nada, pero cuando llegué al borde de las aguas, se apoderó de mí una extraordinaria sensación de silencio y soledad. Nada se movía en las lagunas, ni en los aires. Las aguas parecían de plomo. Un manto de humedad cubría el triste paisaje, donde una estrella, a través de juncos del matorral, brillaba solitaria. La luna había viajado a visitar otros mundos. La isla, en medio de esas aguas melancólicas, flotaba como una barca de tinieblas. Ella me causaba tal temor, que no me atrevía a quedarme en aquella ribera. Desamarré la barca y, punzando la ciénaga con mi pesada vara, me separé de la tierra firme. 89


«Ya que todo ha terminado —me decía vaga mente—, vale más que la barca se aleje sin rumbo.» Pero la barca no vagó mucho tiempo. Ninguna corriente turbaba, aquella noche, la superficie de esas aguas inanimadas. La barca, alejándose de las orillas, siguió deslizándose como embrujada, hasta que la débil impulsión que la hacía mover se debilitó y expiró. Me envolví, entonces, en una manta y me acosté en el fondo de la barca. Esperé así mi destino. Yo sabía que ésa era la última noche que pasaba en el mundo de los remansos. Quería, pues, reposar como había reposado las otras noches, echado de espaldas, en el fondo de la barca, respirando a través de los tablones el olor nocturno de agua dulce, que me producía, a pesar de la amenaza de los sueños, tanta paz y sosiego. El sol estaba ya alto cuando desperté. Aún antes de abrir los ojos, comprendí que alguien se encontraba conmigo en la barca. Sentía pasar sobre mi faz un olor de humeante café, de pan caliente y de pipa jovial. —Cargaba —dije sin abrir los ojos—, ¿a qué hora izamos la vela? —¡Eh! ¡Ahora mismo! Tomamos café y partimos. Yo me incorporé. Cargaba, a proa, con su larga pipa en la boca, de cuclillas delante de una hornilla (que él había sacado no sé de dónde), vertía con precaución, en un caldero de arcilla, el café hirviente. —Acércate, muchacho —dijo él—. Esto reanima y despabila cuando uno se despierta. Y él mismo bebió con un aire satisfecho, y extendió sobre el pan sus rudas manos de hombre primitivo, acostumbradas al alimento. El café me dio cierto valor, y pregunté: —Cargaba, ¿y tía Martina?... —Tía Martina te espera. —¿Ha llorado? —Ha llorado. Eso me tranquilizó mucho. —Tu padre —añadió él— no volverá hasta el fin de la semana. «Alabado sea Dios», pensé yo. Las cosas parecían arreglarse. Yo me animé. —¿Has tenido tú temor por mí, Cargaba? —pregunté. Sorprendido, Cargaba me miró. —¡Caramba! —exclamó él; pero no comentó su exclamación. Por sus miradas y su entonación, yo sentía que él estaba bastante contento de mí. El anunció la partida, y sólo entonces me di cuenta de que, durante mi sueño, habíamos cambiado de fondeadero. La barca estaba anclada en otro punto del brazo muerto, separado del lecho principal sólo por una tranquila laguna. Yo veía pasar la corriente, a través de los juncos, en grandes capas cristalinas y rápidas. 90


Contra una de las bordas de la barca flotaba un botecito. Casi nada. Seis tablones aparejados sin ningún asiento; pero tenía dos grandes remos y, para colmo de arrogancia, un mástil. —Pasa al batel —me dijo Cargaba—. Vamos a dejar aquí tu balandra. Es demasiado pesada para remontar la corriente. Yo volveré a buscarla. Cambié de embarcación sin entusiasmo. Pasé adelante y tuve que sentarme en el fondo mismo del bote. —Buena brisa —observó él con satisfacción. E izó la vela. Era vieja, con muchos remiendos; henchida de viento comenzó a crujir. El esquife se inclinó entonces hasta que el agua rozó, casi por completo, el borde del casco, y partimos. Cargaba, con el torso desnudo, tiraba vigorosa-mente de los remos. El bote iba tan escorado, que a menudo las ondas me mojaban el codo. Yo temía que bajo el peso de la vela zozobrara en plena corriente. Pero se mantenía bien. Cargaba, impasible, sujetando los remos, con el viento a la espalda, afrontaba la pujanza del río. Cortábamos los negros torbellinos, y, cabeceando, balanceando de bordo a bordo, saltábamos por encima de las aguas tumultuosas. Todo respiraba la dicha de vivir: Cargaba, las ondas agitadas por el aire, la brisa que soplaba juguetona, el cielo engalanado de pájaros y las riberas cenagosas que, calentadas por el sol, desprendían en plena mañana un tibio vaho. El vaho subía de las aguas hacia las colinas de un azul intenso. Yo olvidé un poco mis penas y, embriagado por el aire violento que volaba, como un loco, sobre el río, me abandoné al placer de beber el viento. Hacia mediodía atracamos en la ribera izquierda. Almorzamos allí. Cargaba cazó un pato. Él tenía una inmensa escopeta. Era un arma venerable que funcionaba con pedernal. Al salir el tiro dejaba en el aire un reguero de chispas rojizas y una cantidad de humo que olía a salitre y fuego. Pasamos la noche durmiendo al raso. Al día siguiente navegamos igual, pero más cerca de la orilla, en aguas tranquilas. Hacia el atardecer distinguimos la isla. Cargaba hablaba poco. Sin embargo, mostrándome la isla, me dijo: —Ha sido limpiada, pequeño. Ellos tuvieron miedo. Y acarició su carabina. Yo creo que él estaba muy contento de sí mismo. —¿Ya no queda nadie? —pregunté. Movió la cabeza y calló. Tuve la impresión de que ocultaba algo. Pero no me atreví a preguntarle. Pasamos la isla, viramos un poco ligeramente y alcanzamos la ribera. Llegamos a la casa cuando caía la noche. Atravesamos el jardín. Bajo el emparrado de la terraza había una lámpara encendida. Alumbraba una mesa donde se hallaban dispuestos los cubiertos: sobre el mantel blanco, tres platos, un cántaro de agua y dos garrafas de vino claro. El pan, con su gran cuchillo, se

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encontraba en una cesta. Por la puerta abierta se veía la cocina. Sobre el fogón dos calderos y dos anchas ollas cocían lentamente. Delante del fuego estaba tía Martina. Sentada sobre un viejo sillón, con su delantal blanco, la cofia de piqué anudada bajo el mentón, las manos sobre las rodillas, inmóvil y grave, vigilaba la comida de la tarde. Su faz morena expresaba una gran confianza. Ella esperaba al niño que había huido. Cada tarde, quizá, prendía aquel fuego, preparaba aquella comida, ponía el cubierto, suspendía la lámpara bajo el emparrado, sin descorazonarse. Y ahora que yo estaba allí, ella parecía, ante esta comida fragante, cocinada para mí con amor, el alma misma de la casa paterna. Yo era, en verdad, muy joven entonces para comprender el valor de estas cosas, pero el sentimiento casi religioso que emanaba de esta vieja parienta, solícita y fiel, me embargaba el corazón. Sin poder dominarme, estallé en sollozos. Me escuchó ella y dulcemente me llamó: —Pascal, ven aquí, mi bien, para que yo pueda besarte. Entré sollozando a la cocina. Cargaba se detuvo en el umbral, fusil en mano. Me arrojé sobre el pecho de tía Martina. Ella, al acariciarme, daba dulces nombres: ¡Divagante! ¡Correzuelo! ¡Volantillo!, qué sé yo cuántos más. Y nos abrazábamos con furor, delante del fuego y de las ollas, que exhalaban, para tranquilizarme y enternecerme más todavía, los vapores del tomillo y de las especias, anunciando que nos aguardaba la comida. Y aunque yo no cesaba de llorar, tenía hambre. Comimos al fresco sosegadamente. Luego me fui a acostar. Tía Martina se quedó velando. Cargaba se fue bastante tarde. Largo tiempo hablaron los dos, como en susurros. Habían apagado la lámpara y conversaban en la terraza. De lo alto, por la ventana abierta, yo escuchaba como un murmullo sus apagadas voces. Sin duda hablaban de mí. Me amodorré pensando que yo podía dormir sin temor, ya que ellos protegían mi sueño. Mis padres volvieron una semana más tarde. Como lo imaginaréis, sin duda, tía Martina no dijo una palabra de mi huida. Pero de todas maneras se quejó mucho, para no faltar a las costumbres familiares. Ellas querían que tía Martina se quejara, sobre todo cuando mis padres le dejaban, en su ausencia, el gobierno de la casa. Esto no traía consecuencias, y ella lo sabía; pero era necesario que los sagrados ritos de la queja y del reproche se cumplieran escrupulosamente. Entre las causas del desorden, yo tuve mi parte. —Él ha sufrido mucho de insomnios —afirmó tía Martina—. Lee demasiado y eso enerva al muchacho. Y volviéndose hacia mí: —Pascal, debes distraerte. A tu edad todos se distraen. Me tomaron el pulso; estaba agitado. Me hicieron mostrar la lengua; estaba blanca. Mi madre se inquietó. —Un poco de empacho —dijo mi padre—. ¡Claro está! ¡El pasa todo el día sentado!... 92


Me quitaron mis libros y me dieron un mejunje compuesto de hojas de sen. Lo tomé a disgusto, pero era necesario conformarse; pues, bien mirado, no era pagar muy caro. Tía Martina, deseando consolarme, adobó para mí, a escondidas, unas tortas de miel. Sin embargo, la medicina, lejos de serme saludable, produjo, en las regiones más vivas de mi ser, una languidez inexplicable. Tan inexplicable, que cada uno quiso explicarla a su manera. Para mi padre era el hígado; para mi madre, el bazo, y para tía Martina, el pulmón. —Respira mal —decía ella—. Escúchenlo. Pascal no hace más que suspirar. Es verdad que yo suspiraba mucho, quizá de languidez, quizá de otra cosa, pero yo no sabía tampoco de qué, tan vago y extraño era ese mal. Y el mal se acrecentó, pero sin precisarse. Me devolvieron mis libros. —Después de todo —dijo refunfuñando mi padre—, si él tiene necesidad de ellos, que los lea. Pero yo no los leí. Me aburrían. Entramos en el mes de junio. Pasamos de junio a julio, y de los frutos a las mieses, siempre con tiempo hermoso. Mañanas frescas y noches claras, un sol ligero y unos bellos atardeceres. Y aun en agosto, el verano calentó sin abrasar; ni un solo día se secaron los campos ni las fuentes. Y sin embargo, yo languidecía. Un hastío indefinible envenenaba mi existencia. Los días se me hacían muy largos. Vagaba perezoso, de una parte a otra; revoloteaba en el vergel y bajo los viejos plátanos. A veces, cansado de la casa y de sus rincones, iba a sentarme en el camino, al borde de la zanja. Y allá, melancólico, esperaba. Esperaba sin esperanza. Habría querido que alguien viniera, quienquiera que fuera: el cartero, un animal, un perro, quizá un asno... Cargaba no volvió más a la casa. ¿Qué había sucedido? Nadie hablaba de él. Parecía que su ausencia pasaba inadvertida. Sin embargo, era sobre todo en los meses de calor que, una vez por semana, él nos traía pescado. Ahora ya no venía, y nadie lo extrañaba. Yo sí lo extrañaba. Pensando en él, muchas veces no podía dormir, y me ponía triste. Mi tristeza se hizo más honda aún en septiembre. Ni las uvas me devolvieron la alegría, y eso que la vendimia fue mayor que otros años. Los racimos llenaban las enormes cubas, como no recordaba que jamás hubiera sucedido cosa igual en casa de mis padres. El año parecía sernos muy favorable, pues octubre fue seco y noviembre apenas lluvioso. El río no se hinchó ni bramó; sus aguas se mantuvieron apacibles y no invadieron nuestras tierras, cuya labranza comenzó sin dificultad. Pero esa cadena de venturas que alborozaba a mi familia no lograba conmover mi alma en absoluto. Tan honda era mi melancolía, que ni siquiera sentí el frío de Navidad, ese frío agudo, vivo, que vigoriza y que remoza. Pasé un invierno largo, monótono y triste.

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Con frecuencia pensaba en Gatzo. ¿Dónde estaba él? De vez en cuando, a la caída de la tarde, cerca de las altas nubes, pasaba una parvada de patos, volando en triángulo y atravesando una borrasca. Sus gritos salvajes me penetraban hondamente. Viéndome siempre taciturno, mis padres también se volvieron taciturnos. Habían hecho todo por alegrar mi espíritu, pero nada había dado resultado. Quedaron pensativos. Volvió la primavera: el aire tibio, el vuelo de la curruca, el mirlo silbador. Yo suspiraba. Mas no sabía si era de contento o de tristeza. —El suspira -—decía tía Martina—, pero quizá es un suspiro de primavera. Yo también suspiro, y, aunque soy vieja, es con todo un suspiro de abril. Para cuidarme mejor, ella había obtenido que mi dormitorio estuviera al lado del suyo, en la planta baja. Muchas veces, si yo me movía en mi fresco jergón de paja, me llamaba por mi nombre a través del delgado tabique, para saber si yo velaba o si estaba agitado por un sueño. Ella se despertaba al menor ruido. Así, para no turbar su ligero dormir, ya que ella era vieja y laboriosa, yo me esforzaba, cuando no dormía por la noche, por permanecer inmóvil en mi lecho. Entonces, como un hilo de vida, escuchaba fluir su respiración. Ella dormía. Una noche tuve un sueño. He aquí cómo él me visitó. Yo estaba apenas dormido. Sin duda, no velaba ya, pero tampoco dormía, por lo menos, realmente. Lo sé, porque habiendo dejado las persianas entreabiertas, yo veía brillar, por la rendija, dos pequeñas estrellas, en un cielo muy vasto, que invadían mi alcoba. Esta invasión llegó a ser total: los muros de mi alcoba se esfumaron, y el pleno cielo brilló a mi alrededor. Poco a poco surgió un paisaje singular, cristalino y diamantado de astros. Era el fondo de un río nocturno y luminoso, misteriosamente alumbrado por fuegos invisibles que se encontraban debajo de él. Su pálida luz inundaba un mundo viviente y secreto de plantas y animales acuáticos, y yo veía allí respirar lentamente las raíces de las islas, cuyos enormes árboles se sumergían bajo el reino de las aguas, a mayor hondura de la que uno pudiera imaginarse. Monstruos con escamas fosforescentes salían de sus ocultas madrigueras, y algunos llevaban una marca de fuego verde y oro en la cresta de sus cabezas espinosas. Daban vueltas, con un aire feroz, ágilmente, en medio de algas gigantes y de prados floridos de miríficos. A veces una corriente arrastraba criaturas increíbles, cuerpos lechosos de formas cambiantes, de los que emanaba una claridad difusa, que desaparecía prontamente. Se veían, también, estrellas vivientes, que nadaban con lentitud sobre sus cinco brazos azules, mientras diversas conchas transparentes, de mariscos desconocidos, nadaban, atravesando selvas de corales... Este mundo revelado por el sueño hacía intranquilo mi dormir, y yo ansiaba salir de estos parajes irreales, en donde, desde todas partes, me espiaban monstruos vigilantes y malévolos. Mi anhelo debió ser muy fuerte (o recibí del cielo alguna ayuda), pues poco a poco estas formas ilusorias se esfumaron de mi sueño, y, a su inhumana y cruel belleza, sucedió lentamente una aurora familiar, un cielo matinal y la vista de la primavera sobre los 94


campos, donde bogaba perezosamente mi amigo el río. Yo recorría dichoso esos sitios conocidos: la isla de los juncales, el acantilado, la ribera de la fuente, el bosque de encinas. Allí todo me embelesaba: los pájaros, las flores, la vida libre y, particularmente, una pequeña ensenada rocosa, donde, según creía recordar, yo me detenía con frecuencia, en la época de los remansos, para contemplar la limpidez de aquellas aguas. Era un lugar privilegiado. Las rocas cristalinas habían formado allí límpidas hondonadas, donde las ondas tranquilas se purificaban. Su transparencia era tan pura, que la luz iba y venía fácilmente como en el aire, y en las profundidades del agua el sol reía. Entre la arena se veían chinas de azul oscuro y de mármol rosa. Bajo la peña, y entre los guijarros, de vez en cuando, se elevaba una burbuja de aire, indicio de un venero de agua que alimentaba en secreto la concha cristalina. Era el regalo de las lluvias y de las nieves, que, en el invierno, caían sobre las colinas. Ese interno manantial traía a este rincón del río una insólita pureza y un olor de aguas vivas. Los peces frecuentaban la límpida ensenada familiarmente, y yo me imaginaba que ellos encontraban allí un refugio, algo así como un jardín acuático reservado al ocio y al descanso. No se podían devorar allí; al menos, eso me parecía... Bajo unas anémonas de agua vivía una tribu de translúcidos camarones, que, tímidos y ágiles a la vez, desaparecían al menor movimiento. De vez en cuando, una truchita, tentada por la frescura de las aguas, se detenía en la ensenada; varias brecas plateadas se paseaban por allí, trémulas de gozo, y hasta algún espinillo moteado lucía orgulloso su brillante armadura. Si una tenca irisada de oro se extraviaba de sus campos de caza y penetraba en estas ondas claras, huroneaba un momento, indecisa, y luego partía para regiones más ricas, lejos de este pequeño mundo mineral. Más familiar, una ranita, amiga de las aguas cristalinas, se sumergía, con las patitas abiertas, hasta tocar la fina arena; luego volvía a subir, maravillosamente verde. Ella ponía a ras del agua sus ojos de oro, que, al mirarme, parecían fascinar mi rostro inmóvil, y que, a su vez, se inmovilizaban de felicidad... Esta doble inmovilidad que yo encontré en mi sueño, lo disipó. Y me dormí realmente. Bastante más tarde, alguien arañó mi ventana, y yo me desperté. No tuve miedo, pero mi corazón se exaltó. «Es él —me dije—. Él ha vuelto». Salté de mi lecho y corrí a la ventana. —¿Eres tú, Gatzo? —pregunté. Una voz murmuró mi nombre; era un poco ronca, pero yo la reconocí. —Tengo muchas cosas que contarte —me dijo Gatzo. En su alcoba, tía Martina suspiraba. —Espera —dije a Gatzo—. Es mejor que nos vayamos al borde del pozo. Salí afuera y nos fuimos al pozo. El tiempo era agradable. La luna se levantaba apaciblemente en el horizonte de la pradera tibia y perfumada. Gatzo comenzó a hablar. Y me contó toda su historia. 95


Yo lo escuché emocionado. De pronto él se calló. —¿Y luego? —le pregunté. El me respondió simplemente: —El abuelo Sabino ha muerto. Yo le apreté la mano. En aquel momento, tía Martina abrió suavemente sus persianas. ¿Nos vio, tal vez?... Ella me llamó: —Pascal, mi pequeño, ¿con quién hablas tú? Me levanté maquinalmente, y conduje a Gatzo hacia la casa. — ¿Pero es que hay alguien contigo? —exclamó tía Martina. —Es mi amigo Gatzo —le dije. Ella suspiró ruidosamente: —¡Oh! El huele a salvaje. Yo tuve el coraje de añadir: —Él no tiene a nadie en el mundo, tía Martina. Ella refunfuñó algo. Luego dijo: —Hazlo entrar. Mañana habrá que cepillarlo de la cabeza a los pies. Gatzo entró. Tía Martina alumbró su candela. —Es un sólido muchacho —dijo, al verlo—. Tiene el aire franco. Ya hablaremos de él a tu padre. Ignoro lo que ella le dijo, pero mi padre se enterneció, y Dios hizo el resto. Fue así como Gatzo llegó a ser mi hermano. En cuanto a su historia, quizá algún día yo se las cuente...

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LOS OJOS DEL PERRO SIBERIANO de ANTONIO SANTA ANA

Para Sandra, por supuesto. ¿NO CREE QUE ES ESO PRECISAMENTE LO QUE LA LITERATURA DEBE HACER, PROVOCAR DESASOSIEGO? ANTONIO TABUCCHI Es terrible darse cuenta de que uno tiene algo cuando lo está perdiendo. Eso es lo que me pasó a mí con mi hermano. Mi hermano hubiese cumplido ayer 31 años, pero murió hace 5. Se había ido de casa a los 18, yo tenía 5 años. Mi familia nunca le perdonó ninguna de las dos cosas, ni que se haya ido, ni que se haya muerto. Esto, si no fuera terrible, hasta sería gracioso. Pero no lo es, lamentablemente. Perdonen si este párrafo es confuso. Quiero contar toda la historia esta noche. Mañana me voy. Tal vez si logro repasar mi historia en voz alta, aunque sea una vez, me sienta más liviano en el momento de tomar el avión. Pero no sé si podré. I Nosotros vivimos en San Isidro en una de esas grandes casonas de principio de siglo, cerca del río. La casa es enorme, de ambientes amplios y techos altos, de dos plantas. En la planta baja, un pequeño hall, la sala, el comedor con su chimenea, el estudio de mi padre, donde está la biblioteca, la cocina y las habitaciones de servicio. En la planta alta están los dormitorios, el de mis padres, el de mi hermano y el mío, un cuarto para que mi madre haga sus quehaceres (siempre fue denominado así: para los quehaceres de mi madre, he vivido toda mi vida en esta casa y no sé cuáles son los quehaceres que mi madre realiza en ese cuarto) y un par de habitaciones vacías. Obviamente también hay baños, dos por planta. La casa está rodeada por un gran parque, en la parte de adelante hay pinos y un nogal, detrás los rosales de mi madre y sus plantas de hierbas. Mi madre cultiva y cuida sus hierbas con un amor y una dedicación que creo no nos dio a nosotros. Estoy exagerando, pero no mucho. Cultiva orégano, romero, salvia, albahaca, tres tipos de estragón, tomillo, menta, mejorana y debo estar olvidándome de varias. En la primavera y el verano las utiliza frescas, un poco antes del otoño las seca al sol y las guarda en frascos en un sitio oscuro y seco.

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En realidad no sé por qué les cuento esto, no tiene mucho que ver con nada y no es importante. Pero cada vez que me imagino a mi madre, la veo arrodillada o con unas tijeras de podar, sus guantes, un sombrero de paja o un pañuelo, hablándoles a sus plantas. Uno de los momentos más felices de mi niñez era cuando me llamaba y me pedía que la acompañara. Me explicaba cuál era cuál, qué tipos de cuidados requerían, cómo curarlas cuando las atacaba el pulgón o alguna otra plaga, o cómo podar el rosal. No es que a mí me interesara la jardinería particularmente, pero el solo hecho de que ella quisiera compartir conmigo esa actividad a la que se dedicaba con tanto esmero bastaba para hacerme sentir dichoso. Podía quedarme horas doblado en dos revolviendo la tierra, abonando las plantas sin importar el clima. Tal vez cuando ustedes evocan su niñez y sus momentos felices, recuerdan algún paseo o unas vacaciones. No sé. Yo evoco el olor de la tierra y el de las hierbas. Aún hoy, tantos años después, basta el olor del romero para hacerme feliz. Para hacerme sentir que hubo un momento, aunque haya sido sólo un instante en que mi madre y yo estuvimos comunicados. *** Con mi padre la relación era, o debo decir es, mucho más fácil. Yo me ocupaba de mis asuntos y él de los suyos. Me explico mejor: Si yo me ocupaba de sacar buenas notas, hacer deportes (natación y rugby), obedecerlo y respetarlo, no tendría ningún problema. El, bueno, él... él se ocupaba de lo suyo, es decir de sus negocios y sus cosas, cosas que nunca compartió con nosotros. Mi padre es, aún hoy con sus sesenta y cinco años, un tipo corpulento. Fue pilar en el San Isidro Club en su juventud y, cuarenta años después, cuando yo jugaba al rugby en las divisiones infantiles, había gente que lo recordaba. Tiene una mirada terrible, una de esas miradas que bastan para que uno se sienta en inferioridad de condiciones, una de esas miradas que hacen que su portador vaya por el mundo pisando todo lo que le ponen en el camino. Supongo que no hace falta decir el pavor que sentía ante la posibilidad que enfocara en mí sus ojos azules asesinos. Mi hermano había sido su orgullo, el primogénito y el primer nieto de la familia. En las fotos de cuando Ezequiel era chico y estaba con papá, hay una expresión de felicidad, una gran calma y un indisimulado orgullo en los ojos de mi padre. Ezequiel nació pesando más de cuatro kilos, el pelo negro como el de mi madre y los ojos azules como los de él. Era una perfecta síntesis de lo mejor de cada uno de ellos, la cara ovalada, la nariz recta. Un precioso niño. Cuatro años después mi madre quedó otra vez embarazada, pero el bebé, una niña, murió en el parto. En ese momento decidieron no tener más hijos. Después cuando mamá volvió a quedar embarazada no lo podían creer. Ezequiel colmaba todas sus expectativas, era un buen alumno, un hijo ejemplar, era todo lo que habían deseado. Se imaginarán que de ese embarazo nací yo. Ezequiel me confesó muchos años después que me odió por eso. Odió a 98


ese bebe que no era ni grande, ni lindo (yo tengo la combinación inversa; el pelo castaño de mi padre y los ojos marrones de mi madre). Me odió por haber llegado a romper esa química, por haberlo desplazado del centro de atención en el que estaba hacía trece años, hacia la periferia. II Seguro que mi primer recuerdo es ése. El del día que Ezequiel se fue de casa. No es que recuerde exactamente la situación, pero sí que yo estaba en mi cuarto y no podía salir; y una cierta tensión en el aire. Después no vi más a mi hermano hasta la primera fiesta, creo que era el cumpleaños de mamá. Cuando preguntaba por él me contestaban que estaba estudiando, o con alguna de esas evasivas tan típicas de mi familia. Yo ya sabía que no vivía más con nosotros, está claro que no se le puede ocultar algo así a un chico, por más que tenga cinco años. Había revisado, a escondidas, su habitación y sabía que no estaba su ropa, es más, yo me había llevado su Scaletrix, que jamás quiso prestarme, y al no reclamármelo intuía que algo no era normal. Mentiría si dijera que eso me inquietó. Sólo era una situación nueva, distinta de la habitual. Y me proponía disfrutarla. *** Durante los años que vivimos juntos yo admiraba a Ezequiel, él era mi héroe, era grande, fuerte, todos le prestaban atención cuando hablaba. Lo trataban como a alguien importante. Como a un adulto. No sabía entonces, y por cierto que no lo sé ahora, cuáles son los mecanismos que mueven la mente de los niños. Pero supongo que sentí que al no estar mi hermano en mi casa automáticamente toda esa atención caería en mí. Eso de algún modo fue cierto, no como yo lo esperaba, pero sucedió. Al no estar Ezequiel en casa, yo gané un gran espacio pero no por presencia propia sino por su ausencia. Mis padres pensaban que ya que se habían equivocado con mi hermano, no cometerían esos mismos errores conmigo. *** Dije antes que mi primer recuerdo es de cuando Ezequiel se fue de casa, y es cierto. Pero tengo lo que yo llamo "recuerdos implantados", esas anécdotas que se comentan en las reuniones, habitualmente en tono jocoso, año tras año. Así pude enterarme de que, estando

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enfermo, a los tres años no había forma de dormirme, sólo lo hacía si Ezequiel me acunaba y me cantaba una canción. Bueno, ese tipo de cosas. Ustedes ya saben, las familias se encargan de que sepamos todo tipo de anécdotas, por tontas que sean, más si nos abochornan (estas últimas no pienso mencionarlas aquí). III Se supone que a los amigos se los elige. A Mariano yo nunca supe si lo elegí o si cuando llegué al mundo simplemente él me estaba esperando. Su padre había sido compañero de estudios del mío, se hicieron amigos, tuvieron algunos negocios en común y aún hoy se encuentran todos los sábados a la mañana en el club para jugar al tenis. Con Mariano estuvimos juntos desde el jardín de infantes, durante casi todo el colegio primario nos sentamos juntos, íbamos al mismo club. Hasta un poco después de mis 11 años fuimos inseparables. Una tarde volvía de su casa hacia la mía. Eran cerca de las seis. Caminé las dos cuadras que las separaban pateando las hojas caídas de los árboles, por eso recuerdo que era otoño. Habíamos ido juntos al colegio y luego al club, estoy seguro porque entré a mi casa por la puerta de la cocina dejando mis zapatillas embarradas en el lavadero. Entrar por la puerta principal embarrando el piso era causa suficiente para ser desheredado. Por eso recuerdo tan claramente que entré por la cocina. Por eso no me oyeron entrar. Iba caminando hacia mi cuarto y al pasar frente a la puerta del despacho de mi padre escuché la voz de Ezequiel, abrí la puerta para saludar y vi a mi madre con la cara entre las manos, levantó la vista al oír la puerta y tenía los ojos llenos de lágrimas. Yo no entendía qué era lo que estaba pasando, busqué a mi alrededor alguien que me explicara algo. Ezequiel bajó la vista y no me devolvió la mirada. El que si me miró, y cómo, fue mi padre. Tenía esa mirada que yo había tratado toda la vida de evitar. —Andá a tu cuarto —me dijo. Me quedé inmóvil. No entendía nada. ¿Por qué mamá estaba llorando? ¿Por qué Ezequiel no me saludaba? AN- DÁ- A– TU- CUAR- TO- TE- DI- JE- Creo que si una serpiente de cascabel hablara sería más dulce que mi padre. Había tanta ira en cada una de esas sílabas, que no esperé que me las repitiera. Cerré la puerta y subí corriendo. A pesar de los años transcurridos, recordé el día en que Ezequiel se fue de casa. Las dos veces había estado confinado en mi cuarto, pero esta vez lo que flotaba en el aire no era tensión, era violencia. No sé qué habrían hecho ustedes, pero lo primero que hice fue llamar a Mariano. Atendió la madre: —¿Vos no sos el mismo que hasta hace 15 minutos estuvo con él?— se burló—. Ya te paso. 100


Cuando Mariano se puso al teléfono le resumí la situación lo mejor que pude y se rió bastante con mi imitación del "an-dá-a-tu-cuar-to-te-di-je". Cuando pudo parar de reír me dijo: —Me parece que tu hermano la cagó otra vez. IV Con Mariano nos habíamos enterado hacía un año de los motivos que desencadenaron que Ezequiel se fuera de casa. Nos enteramos de todo porque, ya lo he dicho, nuestros padres eran amigos, el padre de Mariano se lo contó a su madre y ella a Florencia, la hermana de Mariano tres años mayor que nosotros, como ejemplo de las cosas de las que se debía cuidar. Una vez que lo supo Florencia a que lo supiéramos nosotros hubo un solo paso. Extorsión mediante, debo decirlo. Florencia siempre ha sido buena para hacer negocios. La historia fue así: Ezequiel salía desde los 15 con una chica llamada Virginia, también el padre de ella era amigo de papá. En el ambiente donde nosotros nos movemos es difícil relacionarse con alguien si nuestras familias no lo están de alguna manera, o son compañeros del club de papá, o lo fueron de estudios, o tienen negocios en común, o nuestras madres son amigas, etc. En resumen, Ezequiel salía con Virginia, que hasta había estado unas vacaciones con nosotros en el campo de la abuela. Esto no es un "recuerdo implantado", he visto fotos, ya que el nombre de Virginia ha dejado de mencionarse en nuestra casa. Me estoy yendo por las ramas. El tema es el siguiente: Virginia quedó embarazada y el embarazo fue interrumpido. Cuando el padre de Virginia se enteró, fue a pedirle explicaciones a papá y a exigirle que Ezequiel se casara con su hija. Papá, con el buen humor que lo caracteriza (estoy siendo irónico), quiso obligar a Ezequiel a casarse con Virginia. Ezequiel dijo que no, que ni loco, la discusión fue subiendo y subiendo de tono, hasta terminar con Ezequiel yéndose de casa y abandonando sus estudios. —Me parece que tu hermano la cagó otra vez —me dijo Mariano y yo me quedé pensando si no tendría razón. V Esa noche no me llamaron a cenar. A la mañana siguiente en el desayuno nadie habló, algo que era bastante habitual. Pero las caras de mis padres expresaban que no habían dormido. Obvio que tampoco pregunté nada. Lo lógico hubiese sido que yo dijera: —Miren, está todo bien, yo soy parte de la familia, Ezequiel es mi hermano, si se mandó otra cagada tengo derecho a saberlo. No me parece justo estar enterándome por terceros. Además ya tengo 10 años. Me merezco una explicación. Así que cuéntenme todo. Ya lo dije, no pregunté nada. Valoraba lo suficiente mi pequeña vida como para desafiar a mi padre. 101


Si bien es cierto que el nombre de Ezequiel no se mencionaba habitualmente en casa, después de ese incidente la sola mención de su nombre provocaba chispas. Yo no tenía idea de lo que podía haber pasado, la actitud de mis padres me sonaba exagerada. Mi madre había descuidado su jardín, algo que se notaba a simple vista. Y mi padre...bueno, su malhumor superaba todo lo imaginado. Me dediqué, aprovechando que nadie me prestaba atención, a espiar sus conversaciones y ...nada. Lo único que escuchaba era a mi madre llorar y a mi padre insultar y decir a cada rato: —¿Por qué a mí? ¿Por qué, eh? Después enumeraba todo lo que le había dado a Ezequiel, colegios, viajes, deportes, etc. Parecía tener todo anotado en algún lugar, una suerte de inventario educacional. Yo creí que mi hermano le había hecho algo directamente a él, después de todo mi padre no preguntaba: ¿por qué a nosotros? sino ¿por qué a él? Con Mariano nos propusimos avanzar hasta el fondo del asunto, pero por más que intentamos sobornar a Florencia ella tampoco pudo averiguar nada. Si no se lo habían contado al padre de Mariano debía ser más grave de lo que imaginábamos. Sólo tenía dos opciones: preguntarles a mis padres o a Ezequiel. Opté por la segunda. Lo único que faltaba resolver era cuándo. Yo nunca había ido a la casa de Ezequiel, es más, tampoco sabía donde vivía. Tardé 3 ó 4 días en encontrar su dirección en una libreta de mamá. Entonces me dispuse a hacer un viaje, un viaje en el 60, un viaje en colectivo. De San Isidro a Palermo. Un viaje de 40 minutos. Un viaje que cambiaría mi vida para siempre. VI En la literatura hay una gran tradición de viajes, no me refiero a los espaciales ni a los de piratas, sino a esos viajes que los protagonistas realizan para volver al mismo lugar pero transformados. Si algún día se escribiera la novela de mi vida, suponiendo que tuviera interés para alguien, habría que dedicarle gran espacio a ese viaje que ni siquiera me acuerdo en qué fecha realicé. Ese día fue la primera vez que mentí a mis padres. Mariano, que sabía adonde iba, se ofreció a cubrirme. Se suponía que yo iba a estar en su casa un rato antes de nuestro entrenamiento de rugby, lo que me daba un poco más de tres horas para ir y volver. Para ser fiel a la verdad debo decir que en ningún momento se me pasó por la cabeza la posibilidad de que Ezequiel no estuviera en su casa. Yo iba a pedirle explicaciones acerca de lo que estaba haciendo infeliz a mi familia, su obligación era la de estar. Y estaba. Cuando abrió la puerta del departamento saltó sobre mí un enorme perro siberiano (no era tan enorme, me di cuenta después, es que yo nunca me llevé bien con los perros, ni ellos conmigo). —No...no sabía que te...tenías un perro— tartamudeé, mientras me lamía la cara. 102


—Están iguales — contestó—, él no sabía que yo tenía un hermano. ¿Pasás? ¿O te pensás quedar en la puerta? Pasé. Entramos directamente al comedor y me senté en una silla. Se hizo un silencio incómodo, largo. Él lo rompió. —¿Los viejos saben que estás acá? Negué con la cabeza. —Muy bien, muy bien. Las nuevas generaciones aprenden rápido. Yéndote de casa sin permiso a los 10, me imagino qué cosas harás a mi edad— dijo y se rió. Eso me molestó. Yo estaba ahí para pedirle explicaciones. No para que él me las pidiera a mí. Yo estaba ahí para saber qué era lo que había hecho ahora ese desalmado que hacía que mi madre llorara todo el día. Me armé de valor y le dije: —¿Hace mucho que lo tenés...este...digo...al perro? Ezequiel se puso serio por primera vez. Antes estaba divertido por mi presencia, sabía que había ido a buscar algo, y que no me atrevía a preguntar. Pero igual me contó la historia. —Hace poco más de un año y medio, fui con Nicolás a la casa de una amiga suya. ¿Te acordás de Nicolás? Bueno, no importa. Lo importante es que la amiga criaba perros siberianos. Éste se llama Sacha. Era el más chiquito de la cría, el último que nació. Por eso lo iban a matar. —¿En serio lo iban a matar? Si es hermoso. —Sí que es hermoso, ¿no es cierto?— dijo acariciándolo—. Pero a los últimos de cada cría los criadores los matan, son los más débiles, los menos puros de la raza. Los criadores viven de la pureza, ese es su negocio, no les conviene que haya perros impuros dando vueltas por ahí. Si vos conocés a otros perros de esta raza, te podés dar cuenta que éste tiene las orejas un poco más grandes y... —Tiene los ojos marrones— interrumpí. —Eso no tiene nada que ver. Además a mí me gustan así marrones. Hay un cierto aire de verdad en los ojos de los perros siberianos, como si supieran nuestros secretos. Bah, esto es un delirio mío, no me hagas caso. —Pero lo que no puedo creer es que los maten. —La gente no entiende nunca al que es diferente. En una época los metían en manicomios, en otras en campos de concentración— suspiró—. La gente le tiene miedo a lo que no entiende. Si la sociedad margina a los que son diferentes, qué destino puede tener un perro que tiene las orejas un poco más grandes. Otra vez se hizo silencio. Yo lo rompí. —¿Por qué los viejos están tan enojados con vos?—Pregunté rápidamente y casi sin respirar. —Porque tengo SIDA— contestó. VII Aquella tarde, después de bajarme del colectivo (algunas paradas antes), me quedé dando vueltas por el barrio.

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Mi barrio, en el que había vivido toda mi vida, me parecía distinto. Como una gran escenografía. Y yo era un actor en esa obra. Un actor de reparto. Me sentía liviano y pesado a la vez, si es que acaso eso es posible. Tenía frío y calor. Transpiraba y las orejas me ardían. Mucho más tarde de lo que debía, me decidí a ir a casa. Ensucié mi ropa deportiva para no levantar sospechas y traté de encontrar alguna excusa convincente para explicar mi demora. Nunca me habían pedido explicaciones, pero al saber que tenía que mentir, me sentía en inferioridad de condiciones. En casa no había nadie. Encontré una nota en la puerta de la heladera explicando que mis padres habían salido, no recuerdo a dónde, y que la cena estaba en la heladera para calentar en el microondas. No cené. Subí a mi cuarto, tenía mucho en que pensar. No sé cuanto tiempo estuve así, tirado en la cama y con la luz apagada. Hasta que sonó el teléfono. —¿Hace mucho que llegaste? Creí que me ibas a llamar. ¿Cómo te fue?— obviamente era Mariano. —No, llegué recién— fue todo lo que atiné a decir. —¿Y? Contáme qué te dijo... —Nada...no...no estaba. Eso, no estaba —mentí de la forma más convincente que pude. —¿Y por qué tardaste tanto en volver? Así son los amigos, uno quiere estar solo, pensar, terminar una conversación y ellos lo someten a uno a un interrogatorio. —Lo que pasa...es...es...que me perdí. Me perdí. No encontré la parada del colectivo para volver. Me fui caminando para el otro lado —realmente ni yo me lo creí, mi voz estaba toda temblorosa, muy poco convincente. —¿Te pasa algo, estás un poco raro? —insistió él. —Estaba yendo para el baño cuando sonó el teléfono. —Ah, bueno —Mariano se rió—. Andá tranquilo no quiero que te ensucies los pantalones por mi culpa. Nos vemos mañana. Y cortó. Por fin. Tenía muchas cosas en qué pensar, muchas cosas que no entendía. Prendí la tele, buscando algo que me distrajera un poco. El lío que tenía en la cabeza era como un gran ovillo que no tenía ni principio, ni final. Al menos por el momento. Al menos para mí. Me encontré mirando "Tarzán en New York", una de esas tantas películas horribles, con uno de esos tantos tarzanes horribles. La historia era así, unos cazadores capturaban a Chita y la subían a un barco. Tarzán se subía a otro barco para ir a rescatarla, y el barco lo llevaba a Nueva York. Al llegar, se tiraba al río y se trepaba al puente (ése que aparece en todas las películas) y se quedaba parado con expresión de oligofrenia), mientras los autos pasaban y la gente le gritaba cosas en un idioma que él no entendía. Después se enganchaba a una rubia

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fenomenal (Jane) y rescataba a Chita. Pero eso no es lo que importa. Lo que importa es que yo me sentía como Tarzán en el puente. Desnudo y rodeado de cosas que no entendía. VIII Ezequiel me observó un buen rato y después siguió acariciando a Sacha. PorquetengoSIDAporquetengoSIDAporquetengoSIDA. La frase me retumbaba en la cabeza. PorquetengoSIDAporquetengoSIDAporquetengoSIDA. Yo tenía la boca abierta y una expresión de alelado total. —¿Cómo te contagiaste? —pregunté en un hilo de voz. Me miró fijo. Tenía un brillo en los ojos que yo conocía bien. En ese momento me di cuenta cuánto se parecía a mi padre. Mucho más de lo que cualquiera de los dos fueran capaces de admitir. —Bien, bien, bien. Por fin nos sinceramos. Acá tenemos a un futuro criador de perros. ¿Te mandó tu padre? —hizo silencio un momento, yo no me sentía capaz de balbucear nada. —¿Acaso tiene importancia cómo me contagié? —continuó—. Digno representante familiar hacer una pregunta tan imbécil. ¿Qué estás esperando que te diga? ¿Qué soy homosexual? ¿Drogadicto? ¿Qué me contagió el dentista? ¿Eh? ¿Vos creés que eso tiene alguna importancia? Lo único que realmente tiene importancia, es que me voy a morir, que no sé cuánto tiempo de vida tengo. Y que por más que viva eternamente nunca voy a poder tener una vida normal. "Estás siendo injusto conmigo", pensé, "me escapé de casa para venir a verte, vos sabés muy bien qué me puede pasar si papá se entera que estoy acá. Soy tu hermano, no tenés derecho a hablarme así. No te quería ofender, en serio, no sabía que hablar de esto te molestaba. Discúlpame. ¿Homosexual, drogadicto? ¿De qué estás hablando? No te quería molestar". Pero dije: —Mejor me voy. Y me fui.

IX —Anoche no cenaste —dijo mi madre cuando bajé a desayunar. —No me sentía bien, no es nada, ya pasó. —¿Nada? Para que vos no cenes...Si querés podés faltar al colegio. —En serio mamá, no es nada —y la abracé, la abracé muy fuerte. Nosotros no somos de esas familias que se la pasan besándose y abrazándose. Por eso ella me miró extrañada. —¿Y eso? ¿Te agarró un ataque de cariño? ¿Seguro que querés ir al colegio? —Sí, mamá —le dije con mi mejor expresión de fastidio. Realmente prefería ir al colegio a quedarme en casa. Quería tener la cabeza ocupada en algo, aunque ese algo fuera la profesora de matemáticas. 105


En el colegio estuve insoportable. Tenía miedo de que Mariano se diera cuenta de que estaba preocupado y comenzara con uno de sus interrogatorios, en los que siempre lograba ganarme por cansancio. Necesitaba tranquilidad para pensar algo que me estaba dando vueltas en la cabeza desde la noche. Si a Ezequiel no le importaba lo que a mí me pasara, a mí no tenía que importarme él. Después de todo yo nunca había tenido un hermano, nunca había contado con él. Había vivido la mitad de mi vida sin él y podía seguir así tranquilamente. No me importaba que tuviera SIDA o lo que fuera. Si era por mí, Ezequiel se podía ir a la mismísima mierda. X —¿Una partida? Así era desde hace años. Mi padre se acercaba y decía "¿una partida?", en un tono que se asemejaba más a una orden que a una pregunta. Yo contestaba: "si, papá". Aunque estuviera haciendo la tarea, jugando o mirando la tele, me levantaba, caminaba hasta su estudio y me disponía a aceptar otra sesión de ajedrez. "Mens sana in corpore sano". Este era el axioma de mi padre. Me obligaba a hacer deportes, a jugar al ajedrez (al menos una vez a la semana) y me sometía a largas sesiones de música clásica. Mi padre amaba esa música, en especial a Wagner, y quería trasmitirme ese amor. No lo logró. Salvo Bach o Mozart, o las sonatas de Beethoven, esas horas que dedicaba a hacerme escuchar música se parecían más a una tortura que a un placer. —Jaque mate. Hacía mucho que no te ganaba tan rápido. Estás desconocido. —Es que...jugaste muy bien papá. —No me mientas, yo te enseñé a jugar, sé que no estás concentrado —y frunció el ceño. Esos son los momentos en la vida en los que parece que los segundos duran años, y en los que me odiaba por no tener una imaginación frondosa. —Es que...estoy pensando en mi cumpleaños. —¿Tu cumpleaños? Pero si faltan como veinte días —y se rió—. ¿No tendrás algún problema en la escuela? Lo negué. No recuerdo cómo continuó la conversación, pero habíamos entrado en un terreno que me favorecía. Siempre fui un buen estudiante, la escuela era uno de los pocos lugares donde me sentía seguro de salir bien parado. Insisto, no recuerdo cómo terminó la conversación. Pero conociendo a mi padre estoy seguro de que fue comprometiéndome a otra partida al día siguiente. XI En esos días comencé a tener una pesadilla que me persiguió por años. Un viajero sediento camina por el desierto, ve la sombra de un ave de rapiña, pero no al ave. Si mira hacia el cielo el sol lo ciega. Sólo ve la sombra amenazante haciendo círculos cada vez más cerrados, cada vez más cerca.

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XII El domingo de esa semana vino a visitarnos la abuela, lo recuerdo bien. Ella vivía en el campo, y tenía un departamento en Barrio Norte, que utilizaba cuando venía a la ciudad por algún motivo. Nosotros la visitábamos al menos una vez por mes, y pasábamos el fin de semana en su casa. Yo amaba esos días. Días de levantarse temprano para ayudar en el ordeñe. Días de andar a caballo y comer manzanas que arrancaba del árbol. Era muy raro que mi abuela dejara su casa un fin de semana, sólo lo hacía de lunes a viernes y trataba de volver al campo en el día. Era común sí, encontrármela un miércoles a la salida de la escuela y almorzar juntos, ella se apuraba en regresar temprano. —Ya estoy vieja para manejar con tanto tránsito —decía y se reía—, mejor temprano a casa que mañana hay que madrugar. Ese domingo, ni bien llegó a casa, mi padre la sometió a un interrogatorio preguntándole por qué había venido, si se sentía bien, si tenía algún problema, etc. Mi abuela lo toleró un buen rato hasta que le contestó algo así como que estaba bastante grande para responder esas cosas y que creía que podía venir a nuestra casa cuando quisiera. Mi padre se quedó mudo, y mi madre y yo también, era la primera vez que yo veía a alguien contestarle así a mi padre y dejarlo sin palabras. En ese momento sentí que quería a mi abuela un poquito más que antes. *** Almorzamos pollo con hierbas, frutas y alguna cosa más. El almuerzo transcurrió como transcurren habitualmente este tipo de encuentros, charlas sobre el tiempo, el colegio, las vacaciones pasadas, las que vendrán. Estuve todo el tiempo divertido contemplando a mi abuela, me duraba el asombro por la forma en que había tratado a mi padre. Después del café, continuamos nuestra conversación en la sala, hasta que mi abuela se levantó para ir a sentarse al jardín. Durante un rato la observé desde la ventana de mi habitación, sentada sobre el banco de piedra a la sombra de los pinos, después me decidí a acompañarla. —Tu padre se asombra de que venga a almorzar un domingo con ustedes, pero siempre que vengo me hacen lo mismo de comer: ¡pollo con hierbas! Nos reímos, era cierto. Desde hacía años cuando alguien venía a comer mi madre cocinaba lo mismo. Variaba los acompañamientos y las entradas pero no el plato principal. Era algo muy extraño. Rara vez mi madre repetía un menú durante el mes cuando cocinaba para nosotros, es más, es una excelente cocinera. Nunca un plato tuvo dos veces el mismo sabor, siempre modifica algo, siempre encuentra algún ingrediente que modificar, aun en cantidades ínfimas, "tal vez media cucharadita más de paprika", o cosas por el estilo.

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De ahí que resulte más ridícula su obsesión por el pollo con hierbas; aunque para hacer honor a la verdad, siempre estaba exquisito. Cuando paramos de reír, hablamos de lo que siempre hablábamos entre nosotros: el campo. Me contó acerca de Noche, una yegua que a mí particularmente me gustaba. Siempre en mis visitas, hiciera frío o calor, con lluvia o con sol, iba hasta el corral, me acercaba despacio, le daba terrones de azúcar, la acariciaba y recién después la montaba. Era una suerte de ritual que compartíamos, Noche me miraba llegar y seguía en lo suyo, no levantaba las orejas, no hacía ningún gesto. Esperaba. Yo sabía que ella disfrutaba de nuestros encuentros tanto como yo, no podría explicar cómo, pero lo sabía. —Me enteré que fuiste a la casa de Ezequiel —dijo mi abuela de repente. Me quedé de una pieza. Miré desesperadamente alrededor. Si mi padre se enteraba era capaz de encerrarme en un convento y hacerme monja. —Quédate tranquilo, no les dije nada a tus padres— dijo leyéndome el pensamiento. —¿Y vos co..cómo te..te enteraste? —tartamudeé. —Lo leí en el diario —y se rió. Yo no pude ni siquiera esbozar una media sonrisa, estaba esperando que la tierra se abriera y me tragara. —Me lo contó Ezequiel, por supuesto. —¿Ezequiel? Eso realmente no entraba en mi cabeza. No me lo imaginaba llamando a la abuela para contarle que yo lo había ido a ver. No lo podía creer. —Sí claro, Ezequiel. Tu hermano. ¿Sabes quién es, no? Otra vez silencio. Otra vez angustia. Todo parecía indicar que la angustia no me abandonaría. Desde mi visita a su casa trataba de olvidarlo, de que todo volviera a ser como antes, de que mi hermano volviera a ser una referencia lejana, alejada de nuestra vida cotidiana. Ese nombre apenas susurrado por mis padres. Y esa presencia ineludible en las reuniones familiares, en las que mis padres se empeñaban en mostrar que nada era anormal, pero no podían evitar que se notara su incomodidad. —Yo lo veo seguido, al menos una vez por semana. Y ante mi cara de sorpresa prosiguió: —No, no te sorprendas. Es mi nieto. Que se haya ido de la casa de tus padres no cambia las cosas. Es más, a mí me parece una cosa totalmente natural, no puedo entender por qué hacen tanto escándalo. Si vos te pelearas con tus padres, yo te seguiría queriendo igual, es algo totalmente lógico. Es hasta tonto tener que explicarlo. ¿Lo vas a seguir visitando? —No... no creo. —Es una pena, me puse tan contenta cuando me enteré de tu visita... Ezequiel también, claro. Aunque sé que terminó de una manera un poco, cómo decirlo, abrupta. Fue un buen gesto de tu parte ir. Yo pensé que todo iba a ser como antes, después de todo él te enseñó a caminar y me acuerdo de que vos sólo te dormías si Ezequiel te cantaba una canción...

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—Basta con eso, por favor —no grité pero mi voz salió de una manera rara, tal vez fue por la angustia de todos esos días o no sé por qué, pero mi voz sonó distinta, como si fuera otro. Pude ver la cara de sorpresa de mi abuela. Eso me armó de valor para continuar. —Basta con eso, por favor —esta vez con mi voz normal—, la semana que viene cumplo once años y todo lo que me podés decir de Ezequiel es que me enseñó a caminar y que me cantaba una canción cuando yo tenía tres años. Una canción que ni siquiera sé cual es. Lo único que tenemos en común los dos son nuestros padres, después nada más, abuela. Nada más. Nos separa un abismo. —Tal vez lo bueno de los abismos sea —concluyó la abuela— que se pueden hacer puentes para cruzarlos. XIII Después de que se fue la abuela, me quedé dando vueltas y vueltas en mi cuarto. No sabía qué hacer, pero sí sabía lo que no quería hacer: pensar. En mi cabeza se agolpaban Ezequiel y mi padre; puentes y abismos, y a pesar de no haber sido mencionado en nuestra charla, el SIDA y el ave de rapiña. En la televisión daban El Mundo de Disney. Nada lograba deprimirme más. Esos brillos, fuegos artificiales y sonrisas de la presentación me producían dolor de estomago. Busqué, entonces, un libro; todos los que me interesaban ya los había leído, algunos releído. Los que quedaban eran esos libros, típicos regalos de cumpleaños, que el abuelo de alguien leyó a los ocho años y le gustó, entonces a los ocho años del padre de ese alguien le regalan también ese mismo libro, y obviamente el pobre alguien a los ocho recibe también ese mismo libro acompañado de una frase de este estilo: "Seguramente lo disfrutarás mucho, pequeño alguien, tu abuelo y yo, (o tu padre y yo depende), lo hemos disfrutado mucho también". A nadie le importa que hayan pasado al menos 50 años y que no todos los libros resistan el paso del tiempo. De esa lógica, a regalarlo en el primer cumpleaños, hay un paso muy corto que se da habitualmente. Decidí ir a comprarme un libro a la librería del Shopping. No lo sabía en esos años y no estoy seguro de estar en lo cierto ahora, pero sospecho que uno se hace lector para completar lo inacabado. Para completarse. Y así conforme van pasando los años van cambiando los gustos y nos parece mentira que hayamos disfrutado ciertos textos, que después creemos execrables. Seguramente no pensaba en esto cuando caminaba por San Isidro para ir a buscar un libro que me liberase de la angustia. Sí recuerdo mi desazón cuando llegué a la librería, pregunté por Clara y me contestaron que tenía franco. Habitualmente las embarazadas nos inspiran dulzura, la embarazada que me informó que Clara no estaba y agregó con su mejor sonrisa Mac Donald's: "¿Te ayudo en algo, tesoro?", me inspiró repugnancia. Supongo, a la luz de los años, que la buena mujer tal

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vez no era tan desagradable, pero yo a Clara le debía el haberme hecho lector. Ella siempre me había recomendado buenos libros y sabía cuáles darme según mi ánimo. Gracias a ella descubrí autores que mis amigos, aun los más lectores, ni siquiera rozaron. Creo que ella fue mi primer amor. Yo suponía que esos libros eran sólo para mí, que no tendría otros clientes a quienes recomendárselos. Tal vez no fue tan bueno que yo me hiciera lector a su imagen y semejanza, y que ella me ahorrase los dolores de cabeza. Nunca lo sentí así. Siempre creí que tenía una especial percepción para saber lo que yo iba a disfrutar, y estoy seguro de que ella disfrutaba recomendándome. Ese domingo en que ella no estaba, no encontraba qué leer. Tal vez por mi estado de ánimo, tal vez por mi dependencia. Revisaba todos los estantes aún los de los chicos más pequeños. Me entretuve buscando a Wally, o algo parecido, a pesar de que nunca me gustaron esos libros. Y de repente me encontré con una pila de María Elena Walsh. Los abrí, los hojeé. En uno de ellos, no recuerdo en cuál, me encontré leyendo o cantando o no sé: "Mírenme soy feliz/ entre las hojas que caen/ cuando atraviesa el jardín/el viento en monopatín". La canción del jardinero. La canción con la que me acunaba Ezequiel. Sentía su voz en mi cabeza. "Yo no soy un bailarín/ pero me gusta quedarme/ quieto en la tierra y sentir/ que mis pies tienen raíz". Ezequiel. Y otra vez la sombra del ave de rapiña, cada vez más cerca. Creo que me mareé, o no sé bien que pasó. Lo que recuerdo es la pila de los libros en el piso. Toda la obra de María Elena Walsh tirada. La cara de espanto de la embarazada y yo corriendo como alma que lleva el diablo. Supongo que todos pensaron que me había robado algo. Sé que no paré de correr hasta el río. Lloraba. No me podía sacar de la cabeza la cara de la gorda, el ave de rapiña, los libros en el piso. Y la voz de Ezequiel cantando: "Aprendí que una nuez/ es arrugada y viejita/ pero que puede ofrecer/ mucha mucha mucha miel". XIV Mirando a lo lejos parece que el río y el horizonte fuesen uno. No faltaba mucho para que acabara la tarde. El gris plomizo de las nubes se fundía en el marrón claro del agua. Todo estaba en calma. Ni el agua se movía en la orilla, donde el río se hace barro. Algunos años atrás, cuando las aguas no estaban tan contaminadas, a esta hora las familias se demoraban en irse luego del pic-nic del domingo. Es increíble como cambia todo. La última vez era tan distinto; el río, los árboles, las piedras. Me senté en una piedra a un par de metros del agua. Desde ahí con la vista en el río parece que no hubiera nada más en el mundo, sólo la extensión marrón interminable y yo.

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Hay muchos que piensan que nuestro destino ya está escrito, que ninguna de nuestras acciones es fruto del azar, que nada de lo que hagamos puede modificar nada. Me cuesta creerlo. Me cuesta creer que toda esta confusión es sólo producto del destino. Me gustaría que mi todo volviera a estar en orden, tranquilo como hoy está el río. No sentirme tironeado por obligaciones y deberes que no sé si son correctos. Pero ¿qué es lo correcto? Indudablemente obedecer a mis padres. Ellos hacen lo mejor por mí. Aunque también habrán hecho lo mejor por Ezequiel, y ahora no están conformes con él. Ezequiel. ¿Por qué sentirme obligado a verlo? Siempre fue una referencia lejana, nunca estuvo presente en mi vida, al menos la de los últimos años. El viento se levanta con fuerza, el río, antes quieto, ahora se agita y me moja los pies. Vuelan hojas y ramas. Tengo que irme antes que llueva si no quiero empaparme. Tal vez así sea mi destino. Calmas y tormentas. XV Toda esa semana, la anterior a mi cumpleaños, estuve ocupado con los preparativos de la fiesta. Mariano me ayudó. Chequeó los invitados, nos acompañó a mi madre y a mí a hacer las compras, se ofreció para ayudarnos a acomodar cuando se fueran todos, etc. Su compañía en todo momento me alivió mucho, estaba con él en el colegio, en el club, y en mi casa en mis ratos libres. Durante esa semana, entre la ansiedad del cumpleaños y Mariano, logré sacarme de la cabeza a Ezequiel. Llegó el sábado y con él la fiesta. Todo en orden. —Hay comida como para un regimiento —dijo mi abuela al entrar en casa antes del mediodía. Ella siempre llegaba temprano a mis cumpleaños, se quedaba a dormir y se volvía al campo temprano, la mañana siguiente. La comida consistía en sandwiches de miga, salchichitas, empanadas, calentitos, chips, dips; todo hecho por mi madre al igual que una enorme torta de chocolate, rellena con dulce de leche, crema y merengue, decorada con frutillas. El regimiento, que no era tal sino mis cuarenta invitados de todos los años, entre compañeros del colegio y del club, además de los parientes de rigor, arrasó con todo. Antes de la fiesta mi madre, al igual que en todas las reuniones anteriores que yo había hecho, se deshizo en pedidos de cuidados fundamentalmente por sus plantas. Ella quería que uno a uno, cuando llegaran les pidiera que tuvieran especial atención en no pisar ninguna planta ni romperle las ramas al rosal, "se pueden lastimar con las espinas", trataba de convencerme y de convencerse por su repentino interés por la salud de mis amigos.

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Obviamente que no hice ninguna indicación a nadie, el noventa por ciento de los invitados vivían en casas con jardines y tenían madres. Sabían que un pétalo caído es sinónimo de desmayo maternal. La fiesta transcurrió sin ningún inconveniente, el parque resultó ileso, salvo que al gordo Fernando, un compañero de rugby, se le cayó un vaso de coca-cola sobre el parquet, lo que es sólo sinónimo de suspiro profundo. Cuando se estaban yendo los primeros invitados llegó Ezequiel, que nunca había venido a ninguno de mis cumpleaños anteriores, y caminó despacio entre las miradas de asombro de los parientes y las de curiosidad de mis amigos. Sólo la abuela lo miraba divertida. —Te... te perdiste la torta —le dije —No importa. Feliz cumpleaños —me dijo—. Toma, es para vos. Y me dio un paquete, lo abrí. Era un compact disc. De Dire Straits, "Brothers in arms". —¿Hermanos en armas? —pregunté. Me miró de arriba abajo y sonrió. —No, Hermanos abrazados. XVI Cuando sólo quedaban los mayores y Mariano, puse el compact. Yo no sabía quiénes eran los Dire Straits, nunca los había escuchado, Mariano sí. Mientras charlábamos de otros temas que tenían y esas cosas, se acercó mi padre. —Música moderna, je, je —dijo, para luego agregar—: ¿Qué buen regalo, no? Mi padre no escuchaba jamás música cuyo compositor no hubiera muerto hacía por lo menos cien años. En casa no había rastros de otro tipo de música, ni jazz, ni tango, nada. —A mí, creo que me gusta —le respondí. —A mí también —agregó Mariano apoyándome. —Ya se les va a pasar —afirmó mi padre dando por terminada la conversación. No sé, no recuerdo qué otras cosas me regalaron aquel año, sólo recuerdo el compact. No creo que eso sea importante. La memoria suele tender muchas trampas. Lo que sí es seguro es que mi padre no quería que yo me acercara a Ezequiel. Su nombre había sido tantas veces susurrado, tantas otras callado, que se había convertido en un enigma, en un misterio. Eso siempre es atrayente. El misterio. Desde los orígenes de nuestra cultura nos alimentamos del misterio, las religiones de Occidente se basan en él. Están llenas de misterio, de cosas que son inaccesibles a la razón y deben ser objetos de fe. En un libro que leí a los diecisiete, pero que me hubiese gustado leer a los doce, dice algo así como que el hombre necesita del misterio como del pan y el aire, necesita de las casas embrujadas, de las personas innombrables, de las calles sin retorno que hay que esquivar. El misterio. 112


Ezequiel se acercó. —¿Seguís siendo hincha de Racing? —Sí. —Te invito a la cancha el próximo domingo. *** Pasé todo el resto del domingo escuchando Dire Straits, pensando si ir o no a la cancha. Me moría de ganas, pero ir significaba asumir de una vez por todas que éramos hermanos para bien o para mal. Significaba que tal vez la confusión volvería. Mi abuela, antes de irse, me había dicho que tenía que ir, que la pasaría bien, que mi padre no pondría reparos. Yo no estaba tan seguro. El lunes en el colegio Mariano estuvo toda la mañana repasando la fiesta como si hubiese sido la suya, tal vez él la sentía así. Estábamos tanto tiempo juntos desde tantos años atrás que algunos nos decían los mellizos. Y ante los demás mi cumpleaños era tan importante como el suyo. Mariano trató por todos los medios de convencerme para ir conmigo a la cancha, pero afortunadamente no lo logró. A la tarde, en casa, mi padre me llamó para jugar al ajedrez. Esta vez logré hacerle un poco más de fuerza y la partida fue más larga. Al terminar llegó lo que yo estaba esperando. —Me enteré de que tu hermano te invitó a ver un partido de fútbol —me dijo. —Si, papá —contesté con mi habitual facilidad de palabra. —Y vos querés ir —prosiguió. —Me gustaría mucho. —Vos sos un chico inteligente, no se te escapará que a esos lugares va cualquier clase de gente —e hizo una especial entonación en las palabras "cualquier clase"—. Que además suele haber peleas y mucha violencia. —Pero, el domingo Racing juega con Platense, no va a pasar nada. —Noto que ahora sos un especialista en fútbol, yo creí que tanto no te interesaba. Bajé la vista. No sabía qué responder, nuestras discusiones siempre terminaban así, yo hacía silencio y bajaba la vista, mi padre no volvía a hablar, luego de unos instantes se levantaba y daba por acabada la cuestión, siempre a favor suyo. Pasó un rato más y en el momento que se paró me armé de valor y le dije: —Pero me va a llevar Ezequiel, él me va a cuidar, no va a dejar que me pase nada. —Ezequiel... Y fue él esta vez que hizo silencio y bajó la vista. —Vos sabes muy bien —dijo luego de un instante—que nosotros no estamos muy de acuerdo con algunos aspectos de la vida de tu hermano, que estamos... cómo decirlo, un poco distanciados. Así y todo querés que te deje ir a ver un partido de fútbol con él. 113


—Si papá, por favor —Y mis ojos se llenaron de lágrimas. Me miró un buen rato y dijo: —Está bien, te dejo ir. Pero no pienses que esto termina acá, después del domingo vamos a tener una larga charla nosotros dos. Se levantó, empezó a caminar para irse, se dio vuelta y me dijo: —No te olvides de esto; los hombres son como los vinos, en algunos la juventud es una virtud, pero en otros es un pecado. XVII Ese domingo mi padre me llevó en auto hasta Palermo, donde nos encontramos con Ezequiel. No dijo ni una palabra en todo el viaje, pero se deshizo en advertencias cuando llegamos y ofreció darle plata a Ezequiel para pagarme la entrada. Una vez que logramos despegarnos de mi padre, que me miraba como si estuviera a punto de cruzar el océano en bote a remos y sin salvavidas, nos tomamos un colectivo, el 93, hasta Avellaneda. Yo no sabía de qué podría hablar con mi hermano, nunca desde que tuve memoria había estado tanto tiempo a solas con él. La conversación fluyó naturalmente, hablamos del colegio, de San Isidro y, fundamentalmente, de la abuela y del campo. Ezequiel sabía cómo manejar la conversación encaminándola naturalmente hacia los temas en los que yo me sentía cómodo y evitar los que a mí me molestaba tratar. Cuando nos bajamos del colectivo y empezamos a caminar al estadio, me temblaban las rodillas de la emoción. Cantidad de personas con banderas, gorros y camisetas, iban en nuestra misma dirección. Una vez adentro, superado el impacto de encontrarme de frente con esa mole de cemento, me impresionó la salida de los equipos con todo lo que trae consigo; los colores de las camisetas, las medias y los pantalones sobre el verde del césped; los papeles por el aire; los petardos; y fundamentalmente, el canto de miles y miles de personas, increíblemente afinado. En un momento cerré los ojos para poder sentirlo todo sólo con el cuerpo, sin la mirada que siempre influye en las sensaciones. Los gritos y el cemento vibrando bajo mis pies. No sé cuanto tiempo estuve así. Cuando los abrí los tenía llenos de lágrimas. Mire a Ezequiel y le dije: —Gracias. Es fantástico. Y él me abrazó. Qué bien se sentía. Era la primera vez, que yo recuerde, que nos abrazábamos. Empezó el partido, que era por lo que en definitiva estábamos ahí. Fue lamentable.

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Parecía que la pelota quemaba, cada jugador al que se le acercaba la pateaba lo más lejos posible, nadie nunca la puso contra el piso y levantó la cabeza buscando a un compañero. Todo el tiempo la pelota lejos y arriba. Un espanto. Terminó 0 a 0. Nos alejamos del estadio caminando despacio por calles angostas. El sol se ocultaba. Yo estaba feliz. A pesar del partido, la tarde había sido maravillosa. Íbamos afónicos y sudorosos. —Si Racing sigue jugando así, me voy a morir sin verlo salir campeón —dijo Ezequiel. La muerte. Otra vez el ave de rapiña volando en círculos. La tarde se deshizo en pedazos. Me pareció que los papelitos que habían saludado la salida de los equipos eran negros. Y que los gritos de las hinchadas habían sido cantos fúnebres. La muerte. Ezequiel me revolvió el pelo con su mano. Debe haber visto mi expresión y se rió a carcajadas. —No tenés que ser tan literal. Si Racing sigue jugando así, vos también te vas a morir sin verlo salir campeón. Entonces nos reímos juntos. *** Ezequiel me acompañó hasta la puerta de casa y no quiso pasar, argumentó que tenía que levantarse temprano al día siguiente. En ese momento, me di cuenta de que yo no sabía nada de su vida, qué hacía, de qué vivía, si trabajaba o no. Mentalmente me lo agendé para la próxima vez. Quería que me contara de él. Cuando entré me recibieron como si efectivamente hubiese cruzado el océano en bote a remos. Mi madre me preguntó si me había pasado algo, si estaba bien y si tenía hambre. No, si y no fueron mis respuestas respectivas. Mi padre no me preguntó nada. Esperó que me bañara y luego me invitó a "dialogar". No podría transcribir aquí ese "diálogo", que no fue tal, sino un monólogo largo, que yo sólo interrumpí con suplicas y sollozos. Lo que dijo mi padre ese domingo, que hasta ese momento para mí había sido mágico fue más o menos lo siguiente. Primero: No dejaba de sorprenderlo mi repentino interés por el fútbol, eso demostraba que él me había descuidado, cosa que no volvería a pasar. Pero bueno, él me había inculcado el amor por los deportes y no se opondría a mi pasión, desde ese momento iríamos juntos a la cancha cada vez que yo quisiera, obviamente a platea, que es donde va la gente decente y no a la tribuna popular, como habíamos ido Ezequiel y yo, que es a donde van los vándalos. Segundo: Mi relación con Ezequiel. Dado que yo nunca había manifestado interés en relacionarme con mi hermano, mi padre sostuvo que era mejor continuar así. Como regalo de cumpleaños era bastante simpático "un compact-disc de música moderna y un viaje en 115


colectivo hasta Avellaneda para ver fútbol", pero que nuestra relación terminaba allí. Que no era "sano" para un niño de 11 años andar por ahí con un adulto de 24, por más que éste fuera su hermano. Tercero: Él entendía que yo estaba por ingresar a la pubertad, que mi cuerpo estaba empezando a cambiar, y tal vez tenía alguna duda o pregunta que hacer. Si era por eso, tenía que confiar en él, después de todo era mi padre, me había dado la vida, me había educado. Yo tenía que confiar en él. Y cuarto: En cuanto a Ezequiel, me prohibía volver a verlo fuera del ámbito familiar. Todo esto por supuesto "era por mi propio bien" y "más adelante se lo agradecería". Mi padre como siempre dio por terminada nuestra conversación levantándose y yéndose. Yo me quedé sentado en su despacho llorando en silencio un largo rato. Cuando salí, todos se habían acostado. Eran miles las cosas que no podía entender, lo único que sentía era que había algo que no encajaba con el mundo. Y que ese algo era yo. XVIII No volví a ver a Ezequiel por meses. Durante ese lapso su figura crecía dentro de mí, rodeada de un halo de misterio. Misterio que me apasionaba develar. Nunca supe si la atracción que ejercía sobre mí correspondía al hecho de haber disfrutado su compañía, o a que mi padre me hubiese prohibido verle. Lo seguro es, que durante esos meses, no pude tolerar a mi padre. Nuestra vida circulaba por los caminos habituales, jugábamos al ajedrez, escuchábamos música clásica, es decir, lo de siempre, pero yo no podía soportar la sola idea de permanecer en una habitación a solas con él. No lo odiaba, pero era un sentimiento sumamente confuso. Supongo que hay un momento de la vida en que nuestros padres se nos revelan tal cual son. Sin secretos. Yo no podía entender su actitud con Ezequiel, me parecía terriblemente injusto, pero jamás tuve el valor para preguntarle nada. Hoy, tantos años después, creo que si le hubiese manifestado lo que me pasaba, la situación hubiera sido distinta. Pero yo tenía 11 años, él era el adulto, a él le correspondía dar ese paso. El paso que hay de la autoridad a la confianza. XIX Estuve angustiado, sin saber con quién hablar, ni qué hacer. Una tarde vi a mi madre en el jardín y me acerqué. Cortaba hierbas. —¿Te ayudo? —le dije. —Si, claro —contestó, alcanzándome unas tijeras—, corta el tomillo. Nos quedamos un rato en silencio, envueltos en el perfume de las hierbas. Hasta que le pregunté. —¿Por qué nunca hablamos de Ezequiel?

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Apoyó las cosas en el piso con mucha calma. Estiró su mano como para acariciarme. Me miró. Bajó la mano. Luego la vista y dijo en un susurro. —Hay cosas de las que es mejor no hablar. XX Un domingo de diciembre antes de las fiestas, Ezequiel vino sorpresivamente, al menos para mí, a almorzar a casa. Lo recuerdo bien. Ese mismo domingo a la tarde Mariano iba a venir a despedirse antes de las vacaciones. Su familia tiene una casa en Punta del Este y todos los años viajan antes de la Navidad y pasan allí todo el verano. En algunos veranos anteriores nosotros pasábamos todo enero con ellos en Punta del Este, este año sería distinto, mi padre había decidido pasar las vacaciones con la abuela. —Tengo muchas cosas que hacer en Buenos Aires —dijo—, no puedo darme el lujo de irme tan lejos. Desde el campo puedo viajar y volver en el día y no descuidar los negocios. Así que, familia, este año nada de mar. No sé qué opinaba mi madre al respecto, yo estaba feliz con la posibilidad de pasar todo el verano en el campo con la abuela. Así estaban las cosas ese domingo cuando abrí la puerta y me encontré con la figura de Ezequiel. Nos dimos un abrazo largo, profundo. —Tenía ganas de verte —le dije en un susurro—, pero papá no me deja. Me miró y sonrió. —Después de comer hablamos. —Y entró a casa con un paso seguro. Yo lo interpreté como una señal de desinterés. No sé qué estaba esperando que hiciera, tal vez que me rescatara de esa casa donde me sentía profundamente infeliz. Después, pensándolo bien, me sentí como un imbécil por eso. El almuerzo transcurrió lentamente, casi sin hablar, o hablando sólo de las vacaciones y de las fiestas. Ezequiel contó que quería pasar fin de año con nosotros en el campo, pensaba irse de vacaciones en febrero, con unos amigos, a Villa Gesell. Sé muy bien que la mesa familiar no es el ámbito más indicado para hablar ciertos temas, pero mi familia me parecía tremendamente hipócrita. Nunca se mencionaba a Ezequiel y cuando se lo hacía, lo he dicho, la mención de su nombre producía chispas. Algunos meses atrás mi madre lloraba por él, mi padre estaba indignado. Y lo peor de todo, al menos para mí, era que me habían prohibido terminantemente verlo. Y ahí estábamos los cuatro charlando de banalidades. De las fiestas y de las vacaciones. *** —No te creí tan falso —le dije con sorpresa para él y para mí, un rato después del café, cuando nos encontrábamos sentados bajo los pinos en el parque de casa. —No te entiendo, ¿por qué lo decís? 117


—Por todo eso —dije señalando la casa—. Deliciosa la comida, mamá. Pasemos las fiestas juntos, papá —le contesté, parodiando su voz. —Creo que estás confundido —hizo un largo silencio y prosiguió—. La comida de mamá siempre es deliciosa. Y sí, quiero pasar las fiestas con ustedes —y se rió. Se rió muy fuerte, a mí me indignó. —Pero a mí no me dejan verte, nunca te nombran y si lo hacen no es para nada bueno. ¿Me vas a decir que no te das cuenta de eso? —Sí, claro que lo sé, no me subestimes. Pero eso no significa que yo no los quiera ni que ellos no me quieran a mí. Eso no significa que yo no disfrute de su compañía, claro que no todos los días, pero me agrada verlos de vez en cuando. Son mis padres, viví con ellos dieciocho años después de todo ¿no? Entiendo lo que vos querés decir, pero me gustaría que vos me entendieras a mí. Hizo una pausa y suspiró. —Mira, yo no puedo vivir con ellos. Ya no. Pero mientras viví con ellos, salvo los últimos tiempos, estuvo bien. Tal vez esto sea un poco confuso para vos, pero es así. Y me contó que él entendía los miedos de nuestros padres, y también de cuando vivía en casa, y secretos de familia, y mucho más. Yo estaba como en trance, fascinado por descubrir a otra persona, a Ezequiel, mi hermano. Sé que todo esto puede sonar extraño, pero era exactamente eso, un descubrimiento. Con el agregado de que hablábamos de cosas relacionadas con mi familia, que yo ni siquiera me animaba a pensar. Repasándolo, a la luz de los años, como lo he hecho tantas veces desde que Ezequiel murió, cada momento desde que fui a su casa a pedirle explicaciones hasta la última vez que lo vi, me doy cuenta de que muchas de las cosas de las que hablamos eran tan simples, que tal vez no merecieran mayores comentarios. Pero para mí eran algo así como la verdad revelada. Como pensar el mundo por primera vez. Así lo viví yo. Así lo vivía esa tarde de diciembre hasta que llegó Mariano. *** Era el primer verano de nuestras vidas que no pasaríamos juntos. No sabíamos que el del año anterior había sido el último. Supongo que una mezcla de la felicidad que tenía después de la tarde con Ezequiel y la excitación de Mariano ante la proximidad de sus vacaciones generaron una química extraña. Pusimos el compact-disc de Dire Straits y nos sentamos en el piso de mi cuarto apoyados en la cama. Pasamos toda la tarde charlando, con una intimidad que nunca habíamos tenido. El me contó cosas de su familia, de su hermana. Yo le conté cosas de la mía y algunas de las cosas de las que hablamos con Ezequiel. Y también nos reímos, nos reímos mucho, nunca la había pasado tan bien con él. Atardeció, el reflejo anaranjado del sol bañaba la habitación, el equipo de audio ya estaba apagado. Estuvimos un rato en silencio, y Mariano me contó que estaba enamorado de María 118


Eugenia, una compañera nuestra desde el jardín de infantes, algo que jamás hubiera sospechado, ni que estuviera enamorado de María Eugenia, ni de nadie. Mariano estaba eufórico porque ella también viajaba a Punta del Este y él pensaba declarársele. Supongo que fue el resultado de todo, la charla con Ezequiel, la confesión de Mariano, lo que me animó a contárselo a pesar de haberme jurado no decírselo a nadie. —Ya sé por que están enojados con Ezequiel. Mariano me dedicó una mirada invitando a seguir. —Porque tiene SIDA. Se quedó en silencio, no preguntó nada. Yo lo imité. —Supongo que no lo vas a ver más —dijo al rato, como en un susurro. —Claro que lo voy a seguir viendo. Es mi hermano. Su cara se transfiguró, se puso roja. —No seas ridículo. Nunca fue tu hermano, durante años no te importó. No lo veas más, ¿no te das cuenta de que te podés contagiar? —Vos sos el ridículo, es imposible que me contagie. Mariano me miró indignado. —Es tarde —dijo, y se fue. La magia se había perdido. Nunca más volvió a mi casa. XXI Un par de días antes de Navidad nos fuimos al campo. Pasamos Nochebuena solos con la abuela. Para fin de año llegaron algunos de mis tíos y Ezequiel. Yo estaba feliz, al haber tanta gente era mucho más fácil poder pasar el tiempo charlando con Ezequiel. Ya no tenía dudas, me sentía bien con él. Disfrutaba de su compañía. Esos cuatro días caminamos por el campo, cabalgamos, hablamos sentados a la sombra de un sauce llorón. Una de esas tardes lo estaba ayudando a preparar café, cuando se rompió una taza que le cortó la mano. Me quedé inmóvil y Ezequiel también. Miraba la sangre y la taza, y en ese momento pensé en Mariano y si tendría razón. Creo que Ezequiel percibió mi miedo, pero nunca me hizo ningún comentario al respecto. Ese fin de año fue la primera vez que me dejaron tomar alcohol, una copa de champagne en el brindis de las doce. Recuerdo esos días con sumo placer. Cuando se fue Ezequiel y nos quedamos solos mis padres, la abuela y yo, ya había tomado la determinación de hacer algo para verlo más, no sabía qué, ni cómo. Lo que sí sabía es que fuera lo que fuera que me acercaba a Ezequiel, el misterio, la curiosidad o lo que fuera, era un vínculo auténtico, verdadero. Y tenía que encontrar la forma de que no se rompiera.

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XXII Pasó todo el verano sin que se me ocurriera nada. En marzo tendría la respuesta. Nosotros volvimos del campo una semana antes de las clases, lo primero que hice al llegar fue llamar a Mariano. Quería que me contara cómo le había ido en sus vacaciones y con María Eugenia. Llamé varias veces a su casa y nunca pude dar con él, tampoco contestó a mis llamados. Eso me extrañó muchísimo. Habitualmente, después del colegio, nos hablábamos por teléfono, rara vez no lo hacíamos. Y esa vez que hacía tres meses que no nos veíamos, no me contestaba. No encontraba explicación, pero esa semana mi madre me pidió que la ayudara con la casa, y con el jardín, su obsesión, que después de tanta ausencia suya estaba bastante deteriorado, y creí que a Mariano podía sucederle algo similar. Esperaba el primer día de clases con ansia, eran tantas las cosas que tenía para contarle. Llegué muy temprano al colegio y me quedé en la puerta esperándolo. Lo vi llegar, desde lejos, de la mano de María Eugenia, y me alegré por él. Cuando llegó a mi lado me saludó con un "hola" frío e impersonal. Pasó caminando casi sin mirarme y fue a buscar un lugar al lado de María Eugenia. Todos mis compañeros estaban extrañados, nos habíamos sentados juntos todos los años anteriores y ahora yo me sentaba solo, a tres bancos de distancia. Me evitó en todos los recreos. Yo no salía de mi asombro. Hasta que me di cuenta de que me estaba haciendo pagar "mi culpa". Yo era el hermano del sidoso. *** Al volver a mi casa me encerré en mi cuarto a llorar toda la tarde. Esa iba a ser la primera de las muchas muestras de intolerancia que recibiría durante lo que le quedaba de vida a Ezequiel. No podía entender la actitud de Mariano, y no tenía el valor de ir a pedirle explicaciones. En los entrenamientos y en educación física, evitaba tocarme. El hecho de pensar que lo vería ignorarme durante todo el año escolar, los entrenamientos de rugby y el colegio secundario (en el colegio que habían estudiado nuestras familias desde el jardín de infantes hasta el secundario, nuestros padres formaban parte de la asociación de ex-alumnos) me partía el alma. Mariano había sido mi único amigo desde que tenía memoria, había sido mi confidente y yo el suyo. Que ahora me diera la espalda era algo que no podía comprender. Me sentía solo. Definitivamente solo. Las primeras semanas de clase se me hicieron eternas, el hecho de pensar en estar sentado solo, y pasar los recreos sin Mariano me angustiaba profundamente. En mi casa me preguntaban qué pasaba con Mariano que ya no venía como antes, y yo lo explicaba gracias a su relación con María Eugenia. 120


A principios de abril logré sobreponerme a la situación y armarme una coraza para que pareciera que no me importara. Los demás chicos de la clase nos habían preguntado que había pasado entre nosotros, y los dos, cada uno por su lado contestamos lo mismo, que nos habíamos peleado. Debo reconocer que en ese momento, a pesar de que sabía cómo había impactado en él la enfermedad de Ezequiel, a tal punto de terminar nuestra relación, valoré ese pequeño gesto, que entendí como un homenaje a lo que había sido nuestra amistad, no revelar los verdaderos motivos de la distancia. Con el tiempo comprendí que no me hacía ningún favor, que no debía agradecerle nada, que la enfermedad de Ezequiel no era algo vergonzante. Pero a esa edad y con el sentimiento de soledad que experimentaba, no lo hubiese resistido. *** Gracias a eso tomé la mejor decisión, la más adulta que he tomado en mi vida. Cambiarme de colegio. Decidí ir al Nacional Buenos Aires, el único colegio lo suficientemente prestigioso, además del que iba, que mi familia toleraría. Convencer a mi padre me costó mucho, pero su padre había egresado de allí, con medalla de oro, y parte del prestigio familiar había pasado por sus aulas. Después de semanas de súplicas y argumentaciones, logré convencerlo; y nos pusimos a buscar el mejor instituto para preparar mi examen de ingreso. Mi padre me advirtió que el ingreso era serio, que era mucho lo que había en juego, mucho lo que estudiar, que tendría que dejar rugby (que era una de las cosas que yo quería, un lugar donde evitar a Mariano) y que no toleraría "bajo ningún concepto" mi fracaso. Encontramos el instituto, el mejor, el más caro, (para mi padre esos dos conceptos son sinónimos), y me inscribí. El instituto quedaba a cinco minutos de viaje de la casa de Ezequiel. XXIII Cuando murió Ezequiel descubrí que la tristeza me quedaba bien. Que tal vez era mi estado natural. Comencé a usar ropa negra, a leer poetas malditos. Todos los días me recitaba un poema de Rimbaud que dice: "Hay, en fin cuando uno tiene hambre y sed, alguien que os expulsa". Mis compañeros de curso también tenían, por momentos, un aire triste o melancólico. Quizás la adolescencia sea en sí una etapa triste. El dolor de dejar atrás la niñez para convertirse en algo que ya somos (hombres, mujeres) sólo virtualmente. Realmente, no lo sé. Lo que sé es que la tristeza de ellos iba y venía; la mía parecía estar cosida a mis pies. Como una carga de siglos sobre mi espalda. En las reuniones ellos reían y se divertían, yo en cambio me quedaba parado en un rincón, con un aire perdido, como si no supiera divertirme. Como si no supiera cómo pasarla bien. La tristeza. 121


XXIV En mayo comenzó la preparación en el instituto. Asistía lunes, miércoles y viernes por la tarde; dejé definitivamente rugby, y empecé a viajar solo y a disponer de más tiempo para mí. Mis padres, en especial mi padre, se deshicieron en recomendaciones. Si bien ya soñaban con mi egreso triunfal del Nacional Buenos Aires, y yo aún no había ingresado, por otro lado no les gustaba nada esa libertad que tendría, ni la posibilidad de que anduviera por la calle. Al principio querían ir a buscarme a la salida, pero mi madre estaba haciendo uno de sus innumerables cursos, aquel era de pintura sobre madera, y para mi padre representaba perder alrededor de dos horas (sagradas) de su trabajo. Cuando se dieron cuenta que no había otro remedio, accedieron a dejarme viajar solo. Lo que yo quería era alejarme lo más posible de San Isidro, evitar la posibilidad de cruzarme con Mariano y que éste me ignorara. Para mí el instituto fue un enorme descubrimiento, el primero de todos los que vendrían después. El hecho de encontrarme con tantos chicos de mi edad de distintos sectores sociales, que vivían en distintos barrios, esa cosa en definitiva tan insignificante para cualquier otro chico, me maravillaba. No teníamos mucho tiempo para charlar, las clases eran bastante exigentes, aunque a mí, ya fue dicho, me gustaba estudiar y no tuve mayores problemas, no me sobraba el tiempo para relacionarme con los demás. Igual, disfrutaba mucho sabiendo que estaba rodeado de desconocidos. Pensándolo ahora, veo que era más mi temor al desengaño, luego de lo que había pasado con Mariano, que otra cosa. Si no trabé amistad con ninguno de los demás no fue por falta de tiempo, sino por miedo. *** El veintiuno de julio, al comienzo del invierno, Ezequiel tuvo la primera crisis, de todas las que tuvo durante su enfermedad. Enfermó de neumonía, estuvo bastante delicado, diez días de internación de los que salió con la prescripción médica de tomar AZT y sin trabajo. Ezequiel trabajaba en un estudio de diseño gráfico desde hacía dos años. En el momento de la internación, en su trabajo se enteraron de su enfermedad y lo echaron. Argumentaron razones presupuestarias, Ezequiel no les creyó; después de la experiencia con Mariano yo tampoco. Unos días después de la salida de la clínica de Ezequiel, vino la abuela a casa a charlar con mi padre. La abuela quería que papá se llevara a Ezequiel a trabajar a su oficina. Mi padre sostenía que no era necesario que Ezequiel trabajara, que podría venir a vivir a casa como antes y sin rencores; y por otra parte sostenía que era lógico que se quedara sin trabajo, que él como empleador tampoco tomaría riesgos si un empleado suyo tuviera SIDA, hay que pensar en los demás, decía. 122


XXV Cuando empezó a tomar AZT, Ezequiel se vio obligado a llevar una dieta sana y a realizar ejercicios, para contrarrestar los efectos de la droga. Todos los días salía con Sacha a realizar largas caminatas, y esas caminatas lo llevaban lunes, miércoles y viernes, a la puerta del instituto donde yo estudiaba. La primera vez que lo vi parado en la puerta esperándome, me temblaron las rodillas, a mí no se me había permitido ir a verle a la clínica, es más, hacía más de tres meses que no nos veíamos, si bien yo estaba enterado de todo lo que pasaba, había desarrollado un sexto sentido para escuchar a mis padres cuando hablaban de él, y además la abuela, siempre la abuela, me contaba. Me sentía en falta por no haberlo visitado. —No me dejaron ir a verte —le dije sin saludarlo siquiera. Ezequiel sonrió, tenía una sonrisa apagada, todo él estaba apagado, no era ya la persona luminosa de antes. Estaba asustado, algo de lo que no me di cuenta hasta que fue tarde. —Ya sé, no importa. La abuela siempre me manda saludos tuyos. ¿No te molesta que te venga a buscar? Le contesté que no, por supuesto. Esa primera vez y las siguientes nos limitamos a caminar en silencio hasta la parada del colectivo, con Sacha correteando entre ambos. A la segunda semana, Sacha ya saltaba para recibirme apenas ponía un pie fuera del instituto. Lo cual me hizo ganar la simpatía de muchos de mis compañeros. Sacha nos daba tema de conversación. Yo no me animaba a preguntarle de su enfermedad, ni de su dieta, entonces le preguntaba sobre la dieta de Sacha. Ezequiel me contaba qué le daba de comer y cómo la cuidaba, de los libros que había leído para cuidarla bien. Se lo tomaba todo con absoluta seriedad, sabía muchísimas cosas de los perros del ártico, su historia, sus costumbres, y sus diferencias con los perros de origen europeo. Hablando de ella fue que un día me dijo: —Uno de los motivos porque quiero tanto a este perro es por sus ojos. Desde que estoy enfermo la gente me mira de distintas maneras. En los ojos de algunos veo temor, en los de otros intolerancia. En los de la abuela veo lástima. En los de papá enojo y vergüenza. En los de mamá miedo y reproche. En tus ojos curiosidad y misterio, a menos que creas que mi enfermedad no tiene nada que ver con que estemos juntos en este momento. Los únicos ojos que me miran igual, en los únicos ojos que me veo como soy, no importa si estoy sano o enfermo, es en los ojos de mi perro. En los ojos de Sacha. XXVI Ezequiel me pidió que yo cuidara a Sacha antes de su última internación, la definitiva. Lo llevé a casa, traté de cuidarlo tan bien como él, de llevarlo a caminar todos los días. Pero en mi casa en esos días todos estábamos muy nerviosos, Sacha también. Rompió varias de las plantas de hierbas de mamá y terminó en el campo de la abuela. Yo rogué, lloré e imploré,

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fue inútil. Ezequiel todavía no había muerto y a mí se me negaba cumplir con una de sus últimas voluntades. Nos pusimos de acuerdo en que nadie se lo diría, Ezequiel nos preguntaba por Sacha cada vez que nos veía, nosotros le contestábamos que estaba bien. A pesar de tranquilizarlo a él, nadie pudo tranquilizar el daño que produjo en mi conciencia el tener que mentirle a mi hermano moribundo.

XXVII Los paseos al salir del instituto se hacían cada día más largos, aunque yo me demorara cada vez más, en casa a nadie parecía importarle. Después de mi viaje de fin de curso, algunas de nuestras caminatas terminaban en su casa. Yo no visitaba su departamento desde que fui a pedirle explicaciones, y esa vez no tuve demasiado tiempo para prestar atención a nada. La primera vez que llegué allí acompañado por él, descubrí su biblioteca. Tenía libros de diseño gráfico, fotografía y de literatura. Le gustaba especialmente la ciencia ficción y el fantasy. Me prestó El señor de los anillos y puso a mi disposición cualquiera de sus libros. Me contó, al preguntarle por la cantidad de libros de fotografía que tenía, que le gustaba mucho sacar fotos. Siguiendo con mi inspección al lado de su cama encontré un chelo. —¿Desde cuando tocas el chelo? —le pregunté sin salir de mi asombro. —Lo compré hace cuatro años. Estudié un año y dejé. El año pasado volví a estudiar. ¿El año pasado? Me parecía extraño, el año anterior se había enterado que tenía SIDA, y se había puesto a estudiar chelo... Me miró y sonrió. —Mira, lo único cierto que sabemos todos de la vida es que nos vamos a morir. Y lo único incierto es el momento. Digamos que al enterarme que lo incierto avanza sobre lo cierto, me propuse no morirme hasta no poder tocar la Suite No. 1 en Sol mayor de Bach. Y se rió. *** Guardé El señor de los anillos en mi mochila, le pedí que hiciera ruido, para que en mi casa creyeran que hablaba desde un teléfono público, y llamé para decir que me había demorado en la casa de un compañero, para ponerme al día con lo que habían visto mientras estaba de viaje de fin de curso. Ezequiel se rió mucho ruando corté y apostó a que no me iban a creer, y que aunque me creyeran mis excusas no servirían de nada. Tuvo razón. En la parada del colectivo le comenté que estaba sorprendido de que sacara fotos y tocara el chelo y yo no lo supiera. 124


—Uno nunca termina de conocer del todo a las personas —me dijo—, ni aún a las más cercanas, padre, madre, hermanos, hermanas, marido, mujer. Siempre hay una zona de cada uno que permanece a oscuras, alejada por completo de los demás. Una zona de pensamientos, de sentimientos, de actividades, de cualquier cosa. Pero siempre hay un lugar de nosotros en el que no dejamos que entre nadie más. Yo creo que eso es lo que hace a las relaciones con los demás tan interesantes, esa certeza que, aunque nos lo propongamos, nunca los vamos a conocer del todo. XXVIII Cuando llegué a casa, me recibieron con un sermón de órdago. Que quién me creía yo para ir a la casa de desconocidos sin permiso, que en qué cabeza cabe, y otras expresiones de las que caben en cualquier repertorio paternal. Era la primera vez que me retaban y no me importaba mayormente, tal vez estaba creciendo, tal vez me estaba haciendo inmune a los retos, no sé. Lo único seguro es que estaba disfrutando a mi hermano y esta vez no pensaba dejar que me quitaran ese placer. Estaba dispuesto a mentir, a planificar mis actividades, para verlo contra viento y marea. Creo que esa fue la única, auténtica rebeldía que me permití en mi vida. *** Me sumergí en la lectura de El señor de los anillos, que a pesar de tener alrededor de 500 páginas, leí en una semana. Era el primer libro largo que leía, después me prestó el tomo II y el III. Los leí con igual voracidad. Ezequiel era un gran lector, y me recomendaba libros con gran tino. —No importa si los entendés, o no; si te gustan déjate llevar por las palabras, que sean como música en tus oídos —me decía. En todos los libros que me prestaba yo trataba de encontrar sus rastros, el por qué le habían gustado. Tantas veces me desilusioné con gente que me prestaba o recomendaba libros que no me gustaban. Siempre, lo primero que busco en los libros son las huellas del otro, del que me los alcanza. Los libros habían sido importantes en mi vida, y el poder compartirlos con él le daba un nuevo significado a nuestra relación. *** Un sábado a la tarde estaba en mi cuarto leyendo Un mago de Terramar, uno de los tantos libros que me prestaba Ezequiel. Lo recuerdo porque estaba anotando una frase, en ese época tomé la costumbre de anotar las frases de los libros que me gustan en una libreta, una frase que decía: "Para oír, hay que callar". No sé por qué me gustó tanto. Aún hoy, que conservo la libreta, puedo leerla con mi letra temblorosa de entonces. 125


A pesar de que tenía la puerta cerrada mi padre entró en la habitación. —Últimamente estás muy lector, y hace mucho que no jugamos al ajedrez —no había ningún reproche en su voz, era su forma de invitarme, yo lo sabía, él no podía de otra manera. Bajamos la escalera hasta su estudio. Cuando estaba sacando el tablero le pregunté: —¿Tenés la Suite No. 1 de chelo, de Bach? Me miró de arriba abajo sorprendido. —Yo sabía que iba a lograr que te guste la buena música —y remarcó la palabra buena. Me explicó orgulloso que tenía varias versiones, que podía elegir cuál quería escuchar y que si yo tenía ganas podía explicar, mientras las escuchábamos las diferencias entre ellas. Me propuso un montón de cosas más. Rezumaba erudición. —Elegí la que más te guste a vos, y no digas nada —le dije. —Para oír, hay que callar. XXIX En noviembre Ezequiel vino a buscarme por última vez. Ya terminaba el curso del instituto, lo que significaba el fin de nuestras caminatas. Caminábamos hablando de libros y de autores, me sentía definitivamente importante, teniendo un tema en común con él. Clara, la librera, me había recomendado un par de libros para Ezequiel y logré sorprenderlo (una cosa más para incluir en mi lista de agradecimientos para ella). Ezequiel me recomendó que mirara Blade Runner, yo me ufanaba de haberle regalado libros de autores que él no había leído, Sacha corría alrededor nuestro. De repente se levantó una tormenta. Era una con todas las de la ley, corrimos para guarecernos. No podíamos entrar a un bar a esperar que pasara, no nos dejarían con el perro, y nos costó bastante trabajo encontrar un techo que nos protegiera. Cuando lo encontramos estábamos empapados. —Me parece que ya no tiene sentido protegernos —dijo Ezequiel. Yo estaba asombrado por lo violento de la tormenta, lo rápido que se había desatado y porque en calles que antes estaban llenas de gente, en ese momento no se veía un alma. Las ventanas de las casas estaban cerradas. Se lo comenté. El se quedó serio un rato y luego dijo: —El SIDA es como una tormenta, nadie quiere sacar la cabeza para ver qué hay afuera. XXX Ese fin de año lo pasamos en casa. Mamá había preparado el menú, desde principios de mes. Una semana antes ya estaba cocinando (evitó el pollo con hierbas). Uno de los motivos de celebración era mi ingreso al Nacional Buenos Aires. Cuando llegó el 31 de diciembre todo parecía estar en orden, mi madre no había dejado ningún detalle librado al azar. Todo estaba planificado.

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Al llegar Ezequiel, sólo con verlo, me di cuenta de que hay cosas que no se pueden prever. Había adelgazado mucho desde la última vez que estuvimos juntos, poco más que un mes atrás, su mirada no tenía brillo, se lo veía débil. Y él lo sabía. Mis padres, como siempre, se empeñaron en hacer de cuenta que nada sucedía. Pero la verdad era tan evidente, que por primera vez les agradecí sus esfuerzos vanos. Comimos en silencio. Cada vez que alguien intentaba entablar una conversación, se interrumpía a sí mismo, aún dejando la frase por la mitad. Esta vez no era yo solo el que veía la sombra del ave de rapiña volando en círculos sobre la mesa familiar. Terminamos de comer pasadas las once. El tiempo que pasó hasta el momento del brindis fue eterno. Fue la segunda vez que tomé champagne. En el momento de las doce campanadas, toda la familia levantó sus copas. Pero, ¿cómo desearle feliz año a alguien que probablemente no lo termine? Me acerqué a Ezequiel y le dije un "te quiero" apenas susurrado. El me abrazó y me dijo: "Yo también". Era t XXXI Pasó el verano, no nos fuimos de vacaciones, sólo unos días al campo de la abuela, unos pocos días debería decir, no llegaron a ser diez. Y no vi a Ezequiel hasta marzo. Hablábamos por teléfono casi a diario, ya no ocultaba mi interés por él. Mis padres lo tomaron con resignación, pero tampoco estaban dispuestos a dejarme ir a verlo. En marzo, con el comienzo de clases, volvía a gozar de una pequeña libertad. En el colegio me anoté en varias actividades extra curriculares, que me permitían estar más tiempo en la Capital. Mi idea era que cuanto más tiempo estuviera alejado de San Isidro, más posibilidades tendría de ver a Ezequiel. A mediados de marzo volví a su casa. Llegué sin avisar. Ezequiel estaba trabajando. Desde que lo habían echado del estudio hacía pequeños trabajos como freelance, y sospecho que la abuela lo ayudaba económicamente. Jamás se lo pregunté a ninguno de los dos, ni ellos tampoco me lo comentaron. Se alegró mucho de verme, lo sé. Estaba más delgado que la última vez. Su salud estaba muy deteriorada, cualquier germen que estaba por el aire él se lo agarraba. Tomaba vitaminas y, me contó, había días que no tenía fuerzas para hacer sus caminatas. —Sabía que cuando empezaran las clases ibas a volver. Lo sabía —me dijo—. Te tengo un regalo. Y me regaló una foto. La foto era en blanco y negro. Estaba toda oscura, en el centro había una vela iluminando parte de un pentagrama. El pentagrama estaba en clave de Fa (la clave con la que se toca el chelo). Esa vez no necesité preguntarle nada. 127


XXXII Una mañana de domingo, por esa época, había ido hasta el shopping a comprar un libro y me encontré con unos amigos de papá. —Nos enteramos de lo de Ezequiel —dijeron después de preguntarme por el colegio, la familia y esas cosas. Bastante incómodo es para un niño encontrarse con amigos de su padre en un lugar tan impersonal como un shopping, como para también tener que hablar de cosas tan delicadas como la enfermedad de su hermano. Me quedé callado. —Es una enfermedad terrible... —insistieron. —Si...—balbuceé. —...la leucemia... —¿La...leucemia..? —Sí claro. Leucemia. La enfermedad de Ezequiel. Pobrecito. No recuerdo si les contesté, sé que me fui indignado. Mis padres, al no poder evitar la evidencia de que Ezequiel se iba a morir, tuvieron que inventarle una enfermedad. Como si fuera más digno morirse de leucemia que de SIDA. Como si fuera indigno ser sidoso. Como si en la muerte hubiera alguna dignidad. XXXIII Todos los muertos están solos. Todos. Ezequiel en el cajón parecía más solo todavía. Tenía la soledad de los muertos, de todos los muertos, pero también, la soledad de la muerte joven. La soledad de una muerte negada por su familia. Alguien dijo una vez, no sé quién, que el SIDA es como la guerra, son los padres los que despiden a sus hijos. Ezequiel no tuvo esa suerte. La abuela y yo solamente lo acompañamos hasta el final. Cuando Ezequiel murió, papá estaba de viaje de negocios. XXXIV Una de las tantas tardes que pasé en su casa ese último año, le hablé de Natalia. Era una compañera del taller de periodismo del colegio. A mí me fascinaba. No sólo era bella, bella es la palabra justa, no entraba en los cánones de la hermosura convencional, era inteligente e irreverente. Tan distinta a todas las chicas que había conocido hasta entonces. —Sacha, me parece que nuestro joven invitado se nos ha enamorado —dijo aplaudiendo. Esa actitud me fastidió. —No me jodas, Ezequiel. Yo te cuento de una chica que me gusta. Que no sé qué hacer. Que tengo miedo a que me rechace y vos me tomás el pelo. —Miedo al rechazo...Hermanito, voy a decirte algo, tal vez lo único que aprendí en mi corta vida. Si la cuerda no fuera delgada, no tendría gracia caminar por ella.

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XXXV Una semana antes de cumplir los trece, Ezequiel me pidió que un día antes de mi cumpleaños fuera a su casa, que faltara al colegio si era necesario, pero que tenía que estar ahí. Le pregunté por qué, ese día me tocaba taller de periodismo y eso significaba ver a Natalia, se lo expliqué, insistí. —Sorpresa, sorpresa —dijo, y no dijo nada más. Obviamente estuve allí. Me sirvió té con masas. Charlamos de vaguedades, yo estaba muy ansioso, quería saber cuál sería el motivo de tanto misterio. De repente se levantó y trajo el chelo. Se sentó. Y sin decir palabra se puso a tocar la Suite No. 1 en Sol mayor de Bach. Yo ya la sabía de memoria, la escuchaba a diario en diferentes versiones: la de Pablo Casals, la de Lynn Harrell (mi preferida), la de Rostropovich. Ahora la escuchaba en la versión de Ezequiel. Es una pieza tan difícil de tocar bien, que sólo los grandes chelistas se animan a ejecutarla en público. Indudablemente la versión de Ezequiel no tenía la calidad de las versiones que yo conocía, estaba más cerca de ser un ejercicio de digitación que otra cosa, pero tenía tanto amor en cada nota, tanto sentimiento. Una Suite de tal complejidad sólo se puede ejecutar bien después de años de esfuerzo y con mucho talento. La versión de Ezequiel era puro sentimiento. Yo no paraba de llorar. Cuando finalizó nos abrazamos y lloramos juntos. La semana siguiente lo internaron por última vez. XXXVI Los últimos tiempos de Ezequiel, los de su deterioro físico, son demasiado dolorosos para recordarlos en este momento. XXXVII El día del entierro comprendí por qué en las películas los funerales se filman siempre con lluvia. En el cementerio donde lo enterraron los pájaros cantaban, había flores, el césped brillaba. Comprendí que la luz del sol es despiadada, son las sombras las que nos protegen. Ningún gesto se escapa de la vista de los demás. Ningún rictus de dolor. Con tanta luz, tanta claridad, era más dramática aún la idea de la muerte.

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XXXVIII Los últimos días antes de morir, Ezequiel tenía momentos de lucidez y momentos de delirio. Podía estar hablando normalmente y de repente perder el hilo de la conversación. Estaba durmiendo cuando llegué a la habitación, la abuela aprovechó mi arribo para ir a tomar un café. Me senté al lado de la cama y le tomé la mano, mientras se la acariciaba se despertó. —¿Sabés? Yo te enseñé a caminar. —Sí, lo sé. —Vaya paradoja, yo te acompaño en tus primeros pasos, y vos me acompañás en los últimos... —No digas boludeces, Ezequiel. Sonrió. Cerró los ojos un rato, cuando los volvió a abrir me dijo: —He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de ataque ardiendo sobre el hombro de Orion... Está delirando otra vez, pensé. Volvió a sonreír, me apretó la mano. Cerró los ojos y se quedó dormido. Nunca más los volvió a abrir. XXXIX Después que murió Ezequiel nos convertimos durante un tiempo en una familia de fantasmas. Pasábamos por la casa sin vernos. Sin hablarnos. Poco a poco todo fue volviendo a la normalidad. Mi madre a sus plantas. Mi padre a sus negocios. Y yo, bueno, yo tenía muchas cuentas que cobrarme con mis padres por su trato a Ezequiel. Pero no tuve el valor. Seguí dedicándome al colegio, al estudio y a los libros. Ahora, que terminé el colegio (no logré medalla de oro), me voy a estudiar a una universidad de los Estados Unidos. No tengo otra forma de irme de aquí. No sé si voy a volver. Siento que cada vez son menos las cosas que me atan a este lugar. XL Hay una cosa que admiré de Ezequiel. A pesar de todo nunca perdió el entusiasmo, ni la alegría. Nunca se entregó. —Ninguna enfermedad te enseña a morir. Te enseñan a vivir. A amar la vida con toda la fuerza que tengas. A mí el SIDA no me quita, me da ganas de vivir.

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XLI Al mes del entierro de Ezequiel, la abuela vino a verme. —Antes de la internación, Ezequiel me pidió que te diera esto. Y me dio un video casete. Era Blade Runner. —He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de ataque ardiendo sobre el hombro de Orion. Rayos "C” brillando en la oscuridad cerca de Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir. —No sé por qué me salvó la vida. Quizás en los últimos momentos amó la vida más que nunca. No sólo la suya, la de cualquiera... la mía. Buscaba las mismas respuestas que buscamos todos. ¿De dónde vengo? ¿Adonde voy? ¿Cuánto tiempo tengo? Y sólo pude verlo morir. XLII Ya amaneció, pasé toda la noche en vela. Acaba de venir mi madre para avisarme que ya están listos para ir al aeropuerto. Recién terminé de afinar el chelo por última vez, nunca aprendí a tocarlo, ni lo intenté. Pero, tanto en tanto, lo saco de su estuche, lo limpio y lo afino. Mi padre me grita que vamos a perder el vuelo. No importa, hay tiempo. El es de los que llegan, por las dudas, dos horas antes del embarque al aeropuerto. Natalia va a estar en Ezeiza para despedirme. Irá a verme en dos meses. Nada me gustaría más. XLIII Ayer volví, después de tantos años, al río. El agua, las piedras, los árboles, el viento, son los mismos. Yo ya no soy el mismo. Ya no me pregunto cómo será mi destino. Le debo a Ezequiel el haberme enseñado que la vida no es más que eso: Asomar la cabeza, para ver qué pasa afuera, aunque haya tormenta. Y una Suite de Bach.

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Poesía o Lírica Vuelo supremo Julián Marchena, Costa Rica 1897-1985 Quiero vivir la vida aventurera de los errantes pájaros marinos; no tener, para ir a otra ribera, la prosaica visión de los caminos. Poder volar cuando la tarde muera entre fugaces lampos ambarinos y oponer a los raudos torbellinos el ala fuerte y la mirada fiera. Huir de todo lo que sea humano; embriagarme de azul...Ser soberano de dos inmensidades: mar y cielo, y cuando sienta el corazón cansado morir sobre un peñón abandonado con las alas abiertas para el vuelo. De: Interior, ¿1941?

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Cuando el abuelo le dijo cómo era el arcoíris De Jorge Charpentier Garcia Hoy no te oigo, abuelo. Estás callado como un papel en blanco. Como cuando volvés de escuchar las cigarras, esas que decís rasgan con su voz la telaraña invisible de las estrellas. Es que contemplo el rasguño de Dios de montaña a montaña y pienso en su dedo de pintor que hace posible el arcoiris. –¿Es un rasguño de Dios? –Es más que eso. Es un arco sin flecha que busca nuestra mirada.

–¿Un arco de colores? –Sí. Sobre el cielo, detrás del cielo, debajo del cielo. El arcoiris es la señal de los poetas que acompañan. –¿Son como ángeles los poetas, abuelo? –Son como ángeles. Al atardecer asoman su alegría por una ventana del cielo para que no olvidemos la belleza. –¿Por qué es arco y es iris? –Los dos son uno. El arco de colores se forma en las nubes cuando refleja la luz de la lluvia. Sólo mirá, y si sentís la belleza, entonces ahí está el arcoiris

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Pasatiempo De Mario Benedetti Cuando éramos niños los viejos tenían como treinta un charco era un océano la muerte lisa y llana no existía. Luego cuando muchachos los viejos eran gente de cuarenta un estanque era océano la muerte solamente una palabra. ya cuando nos casamos los ancianos estaban en cincuenta un lago era un océano la muerte era la muerte de los otros. ahora veteranos ya le dimos alcance a la verdad el océano es por fin el océano pero la muerte empieza a ser la nuestra.

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DEFENSA DEL ÁRBOL De Nicanor Parra Por qué te entregas a esa piedra Niño de ojos almendrados Con el impuro pensamiento. De derramarla contra el árbol. Quien no hace nunca daño a nadie No se merece tan mal trato. Ya sea sauce pensativo Ya melancólico naranjo Debe ser siempre por el hombre Bien distinguido y respetado: Niño perverso que lo hiera Hiere a su padre y a su hermano. Yo no comprendo, francamente, Cómo es posible que un muchacho, Tenga este gesto tan indigno Siendo tan rubio y delicado. Seguramente que tu madre No sabe el cuervo que ha criado, Te cree un hombre verdadero, Yo pienso todo lo contrario: Creo que no hay en todo Chile Niño tan malintencionado. ¡Por qué te entregas a esa piedra Como a un puñal envenenado, Tú que comprendes claramente La gran persona que es el árbol! El da la fruta deleitosa Más que la leche, más que el nardo; Leña de oro en el invierno, Sombra de plata en el verano Y, lo que es más que todo junto, Crea los vientos y los pájaros. Piénsalo bien y reconoce Que no hay amigo como el árbol, Adonde quiera que te-vuelvas

Siempre lo encuentras a tu lado, Vayas pisando tierra firme .O móvil mar alborotado, Estés meciéndote en la cuna 0 bien un día agonizando, Más fiel que el vidrio del espejo Y más sumiso que un esclavo. Medita un poco lo que haces Mira que Dios te está mirando, Ruega al Señor que te perdone De tan gravísimo pecado Y nunca más la piedra ingrata Salga silbando de tu mano.

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PREGUNTAS A LA HORA DEL TE De Nicanor Parra Este señor desvaído parece Una figura de un museo de cera; Mira a través de los visillos rotos: Qué vale más, ¿el oro o la belleza?, ¿Vale más el arroyo que se mueve O la chépica fija a la ribera? A lo lejos se oye una campana Que abre una herida más, o que la cierra: ¿ Es más real el agua de la fuente O la muchacha que se mira en ella? No se sabe, la gente se lo pasa Construyendo castillos en la arena. ¿Es superior el vaso transparente A la mano del hombre que lo crea? Se respira una atmósfera cansada De ceniza, de humo, de tristeza: Lo que se vio una vez ya no se vuelve A ver igual, dicen las hojas secas. Hora del té, tostadas, margarina, Todo envuelto en una especie de niebla.

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Corazón Coraza De Mario Benedetti Porque te tengo y no porque te pienso porque la noche está de ojos abiertos porque la noche pasa y digo amor porque has venido a recoger tu imagen y eres mejor que todas tus imágenes porque eres linda desde el pie hasta el alma porque eres buena desde el alma a mí porque te escondes dulce en el orgullo pequeña y dulce corazón coraza porque eres mía porque no eres mía porque te miro y muero y peor que muero si no te miro amor si no te miro porque tú siempre existes dondequiera pero existes mejor donde te quiero porque tu boca es sangre y tienes frío tengo que amarte amor tengo que amarte aunque esta herida duela como dos aunque te busque y no te encuentre y aunque la noche pase y yo te tenga y no.

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Teatro EL CARTERO DEL REY Acto primero (En casa de Madav) Escena primera (Madav y el médico) Madav.- ...¡Yo no sé qué es esto! Antes de venir él, todo me era lo mismo, ¡y me sentía tan libre! Pero ahora que ha venido, Dios sabe de dónde, su cariño me llena el corazón. Y estoy seguro de que mi casa no será ya casa si él se va... (Al médico). ¿Tú crees?... El médico.- Si su destino es que viva, vivirá años y años; pero, por lo que los libros dicen, me parece... Madav.- ¡Ay, cielo santo, qué...! El médico.- Bien claro lo dicen: “Humor bilioso o parálisis ajitante, resfriado o gota, todo empieza lo mismo...” Madav.- ¡Déjame en paz con los libros, hombre! Con tanta y tanta cosa, no consigues sino preocuparme más. Lo que quiero que me digas es lo que se puede hacer... El médico (tomando rapé).- Pues sí; el enfermo necesita el más escrupuloso cuidado... Madav.- Eso ya lo sé yo... Pero dime qué hago... El médico.- Ya te lo tengo dicho: que de ninguna manera se le deje salir de casa. Madav.- ¡Pobre criatura! Tenerlo encerrado todo el día... Eso es demasiado... El médico.- Pues no hay otro remedio. Este sol de otoño y esta humedad pueden hacerle mucho daño, porque, como dicen los libros: “En ahoguidos, en desmayos, en temblor nervioso, en ictericia y en ojo de plomo...” Madav.- ¡Hombre, por Dios, déjame ya de libros!... Entonces, no queda otro remedio que encerrar al pobrecillo, ¿eh? ¿No se puede hacer otra cosa? El médico.- No, no; “viento y sol”... Madav.- Pero ¡qué me importa a mí ahora que si esto o que si lo otro!... Vamos a dejarnos de tonterías. Al grano. Lo que tú dices es muy duro para la pobre criaturita...; y como además él lo lleva todo con esa paciencia, y hace cuanto se le dice... ¡Me parte el corazón ver su cara cuando está tomando esa medicina que le has mandado!... El médico.- Pues cuantos más visajes haga, mejor. Ya lo dice el sabio Chiavana: “Medicina y buenos consejos; lo que menos gusta es lo que mejor sienta... “Sí, sí... Y me voy corriendo, que tengo mucho que hacer... “(Sale).

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Escena segunda (Madav y el viejo) Madav.- (Al viejo, que entra)...¡Bueno! Pero, ¿ahí estás tú, viejo maldito? El viejo.- ¡No tengas cuidado, hombre, que no te voy a morder! Madav.- Sí; pero es que eres el diablo; siempre les estás llenando de viento la cabeza a las criaturas... El viejo.- Tú no eres ningún niño, ni tienes niños en tu casa... ¿Qué más te da? Madav.- Es que ahora tengo un niño... El viejo.- ¡Un niño!... ¿De verdad? ¿Pues qué ha pasado? Madav.- Tú recordarás que mi mujer estaba siempre con el capricho de que recogiéramos un niño... El viejo.- Pero eso ya es muy antiguo; y además, que a ti no te hacía chispa de gracia... Madav.- Tienes razón. ¡Tú no sabes lo que me ha costado juntar este dinerillo! Y que el hijo de otro se me entrara por las puertas a tirarme lo que yo, con tanto sudor, había ido ahorrando... ¡No podía con eso!... ¡Pero este chiquillo se me ha metido en el corazón de una manera tan rara...! El viejo.- ¡Buena la hemos hecho! Y ahora se te irá todo en darle gusto al niño... ¡Y tan contentos de que se vaya! Madav.- El dinero, antes era como un vicio para mí. Trabajaba por avaricia. Ahora, como sé que es para este niño, que quiero tanto, ¡lo gano con una alegría...! El viejo.- Bueno, bueno; y ¿dónde encontraste ese niño? Madav.- Es hijo de un hombre que era hermano de leche de mi mujer. Su madre murió poco después de nacer él, y no hace mucho se quedó también sin padre... El viejo.- ¡Pobrecillo! Así le hago yo más falta... Madav.- El médico dice que no hay parte sana en su cuerpecito, y que no tiene esperanza de que viva. Dice que lo único que hay que hacer es guardarlo de este viento del otoño y de este sol... ¡Pero tú eres el demonio!... ¡Cuidado con tu manía de irte por ahí, a tus años, con los chiquillos! El viejo.- ¡Bendito Dios! ¿Conque tan malo como el viento y el sol del otoño, eh? ¡Pues también sé hacer que se estén los niños quietecitos en casa, amigo!... Esta tarde, cuando acabe el trabajo, me vendré por aquí a jugar con tu niño... (Sale).

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Escena tercera (Madav y Amal) Amal (entrando).- Tío; oye, tío... Madav.- Amal, hijo, ¿eres tú? Amal.- ¿No me dejas salir un poquito del patio? Madav.- No, rey de mi corazón, no salgas... Amal.- ¡Anda, un poquito nada más!... Voy con tita, a verla majar las lentejas. ¡Mira la ardilla, allí sentada con su rabo tieso; mira cómo coge con sus manitas las semillas y se las come!... ¿Voy de una carrera? Madav.- No, vida mía, no... Amal.- ¡Ojalá fuera yo una ardilla! ¡Iba a jugar más!... Tío, ¿por qué no me dejas ir donde yo quiera? Madav.- Porque el médico dice que no es bueno para ti, hijo. Amal.- ¿Y cómo lo sabe él, di? Madav.- ¡Qué ocurrencias tienes! ¿Cómo no ha de saberlo, con esos libros tan gordos que lee? Amal.- ¿Y en los libros lo pone todo? Madav.- Claro, ¿no sabes que sí? Amal (suspirando).- Yo qué sé...Como yo no leo libros... Madav.- Pues para que lo sepas; los hombres sabios, que lo saben todo, son como tú; nunca salen de casa... Amal.- ¿De veras? ¿Nunca? Madav.- Nunca. ¿Cómo quieres que salgan? Desde que se levantan hasta que se acuestan, están dale que le das a los libros, y no les queda tiempo, ni tienen ojos para otra cosa. Cuando tú seas mayor, serás sabio. Siempre estarás metido en casa, leyendo librotes. Y la gente que pase se quedará mirándote, y dirá: “!Lo que sabe! ¡Es una maravilla!” Amal.- ¡No, tío, no; por tus queridos pies; no, yo no quiero ser sabio; no quiero, no quiero!... Madav.- Pues mira, mira, mi suerte hubiera sido ser sabio... Amal.- A mí me gustaría más ir a muchos sitios y ver todo lo que hay que ver. Madav.- ¡Tontón, ver! ¿Y qué quieres ver? ¡Vamos! ¿Qué es eso que tiene tanto que ver? Amal.- Mira esa montaña que se divisa desde la ventana... ¡Algunas veces me dan unas ganas de irme corriendo por encima de ella! Madav.- ¡Eres tonto! ¿Tú crees que no hay más que ir y subirse a la punta de la montaña? ¿Y luego qué, vamos a ver?... ¡Tú estás loco, hijo! ¿No comprendes tú que si esa montaña está ahí de pie, como está, está para algo? Si pudiéramos ir más allá, ¿para qué amontonar tanto pedrote? ¿A qué habrían hecho una cosa tan grande? Vamos hombre... Amal.- ¿Tú crees, tío, que la han hecho para que nadie pase? Pues a mí me parece que es que como la tierra no puede hablar, levanta las manos hasta el cielo y nos llama; y los que viven lejos y están sentados, solos siempre, en su ventana, la ven llamar... Pero será que los que son sabios... 140


Madav.- ¡Te figurarás tú que los sabios no tienen que pensar más que en esas tonterías! ¡Tendrían que estar tan locos como tú!... Amal.- Pues oye, ayer conocí a uno que está entonces tan loco como yo... Madav.- ¡Dios santo! ¿De veras? ¿Quién? Amal.- ...Llevaba un palo de bambú al hombro, con un lío en la punta, y llevaba un perol en las mano, y tenía puestas unas botas más viejas... Iba, camino de los montes, por aquel prado que está allí... Y yo le grité: “¿Dónde vas?” Él contestó: “Qué sé yo, no sé, a cualquier parte...Y yo le pregunté otra vez: “¿Por qué te vas?” Y me dijo: “Voy a buscar trabajo... -Ti, di, ¿uno no tiene que buscar trabajo? Madav.- ¡Claro que sí! Hay mucha gente que busca trabajo por ahí... Amal.- ¡Qué gusto! Pues yo me voy a ir también por ahí a buscar cosas que hacer... Madav.- Pon que no encuentres nada. ¿Entonces? Amal.- ¡Eso sí que sería divertido! Pues entonces iría más lejos todavía... Tío, yo estuve mirando mucho tiempo a aquel hombre que se iba, despacio, despacio, con sus botas viejas... Cuando llegó a ese sitio por donde el arroyo pasa debajo de la higuera, se puso a lavarse los pies... Luego, sacó de su lío una poca de harina de grama, le echaba un chorrito de agua, y se la comía... Luego, ató su lío y se lo cargó otra vez al hombro; se recogió el faldón hasta la rodilla, y pasó el arroyo... Ya le he dicho yo a Tita que me tiene que dejar ir al arroyo a comerme mi harina de grama, como él... Madav.- ¿Y qué te ha dicho Tita? Amal.- Me dijo: “Ponte bueno, y entonces te llevaré al arroyo...” Di tú, ¿cuándo voy a ponerme bueno? Madav.- Ya pronto, vida mía. Amal.- ¡Qué bien! Entonces, en cuantito esté bueno otra vez, me iré, ¿verdad? Madav.- Y ¿adónde quieres ir, di? Amal.- No sé. Me iré andando, andando... Pasaré muchos arroyos, metiéndome en el agua. Toda la gente estará dormida, con las puertas cerradas, porque hará ya mucho calor... Y yo seguiré andando, andando; y buscaré trabajo lejos, muy lejos, más lejos cada vez... Madav.- Bueno; pero creo que primero debes procurar ponerte bien, y después... Amal.- Entonces, ¿ya no vas tú a querer que yo sea sabio, verdad, tío? Madav.- ¿Y qué te gustaría ser a ti, vamos a ver? Amal.- Ahora no lo tengo pensado; pero ya te lo diré yo luego. Madav.- Y mira: no quiero que llames a ningún desconocido ni que te pongas a hablar con todo el que pasa, ¿sabes? Amal.- ¡Si a mí me gusta tanto hablar con ellos! Madav.- ¿Y si te robaran? Amal.- ¡Eso sí que me gustaría! Pero no; nadie me lleva nunca; todos quieren que me quede siempre aquí... Madav.- Tengo que irme a trabajar, hijo. ¿Verdad que tú no saldrás? Amal.- No, tío, no saldré pero déjame estar en este cuarto que da al camino... (Sale Madav). 141


Escena cuarta (Amal y el lechero) El lechero (fuera).- ...¡Quesitos, quesitos, a los ricos quesitos! Amal.- ¡El de los quesitos, oye, el de los quesitos! El lechero (entrando).- ¿Me has llamado, niño? ¿Quieres comprarme quesitos? Amal.- ¿Cómo quieres que te los compre, si no tengo dinero? El lechero.- Entonces, niño, ¿para qué me llamas? ¡Uf! ¡Vaya una manera de perder el tiempo, hombre! Amal.- Si yo pudiera, me iría contigo... El lechero.- ¡Conmigo!... ¿Qué estás diciendo? Amal.- Sí; ¡me entra una tristeza cuando te oigo pregonar allá lejos, por el camino!... El lechero (dejando en el suelo su balancín).- Y tú, ¿qué es lo que haces aquí, hijo? Amal.- El médico me ha mandado que no salga, y aquí donde tú me ves estoy sentado todo el día... El lechero.- ¡Pobre! ¿Qué tienes? Amal.- No sé; como no soy sabio, no sé qué tengo. Pero di tú, lechero; tú, ¿de dónde eres? El lechero.- De mi pueblo... Amal.- ¿De tu pueblo? ¿Y está muy lejos de aquí tu pueblo? El lechero.- Mi pueblo está junto al río Shamli, al pie de los montes de Panchmura. Amal.- ¿Los montes de Panchmura has dicho? ¿El río Shamli? Sí, sí; yo creo que he visto una vez tu pueblo; pero no sé cuándo ha sido... El lechero.- ¿Qué has visto tú mi pueblo? ¿Tú has ido hasta los montes de Panchmura? Amal.- No, yo no he ido; pero me parece que me acuerdo de haber visto tu pueblo... Tu pueblo está debajo de unos árboles muy grandes, muy viejos que hay allí, ¿no?; junto a un camino colorado, ¿no? El lechero.- Sí, sí, allí está... Amal.- Y en la ladera está el ganado comiendo... El lechero.- ¡Qué maravilloso! El ganado comiendo... Pues es verdad... Amal.- Y las mujeres, con sus saris granas, van y llenan los cántaros en el río, y luego vuelven con ellos en la cabeza... El lechero.- Así mismo. Las mujeres de mi pueblo lechero todas van por agua al río; pero no creas tú que tienen todas un sari grana que ponerse... Pues sí, no cabe duda; tú has estado alguna vez de paseo en el pueblo de los lecheros... Amal.- Te digo, lechero, que no he estado nunca allí. Pero el primer día que me deje el médico salir, ¿vas tú a llevarme a tu pueblo? El lechero.- Sí; me gustaría mucho que vinieras conmigo. Amal.- ¿Y me vas a enseñar a pregonar quesitos, y a ponerme el balancín en los hombros, como tú, y a andar por ese camino tan largo, tan largo...? El lechero.- Calla, calla... ¡Pues estaría bueno! ¿Y para qué ibas tú a vender quesitos? No, hombre; tú leerás unos libros muy grandes, y serás sabio... 142


Amal.- ¡No, no; yo no quiero ser sabio nunca! Yo quiero ser como tú... Vendré con mis quesitos de un pueblo que está en un camino colorado, junto a un viejo baniano, y los iré vendiendo de choza en choza... Qué bien pregonas tú: “!Quesitos, quesitos, a los ricos quesitos!” ¿Me quieres enseñar a echar tu pregón? El lechero.- ¿Para qué quieres tú saber mi pregón? ¡Qué cosas tienes! Amal.- ¡Sí, enséñamelo! Me gusta tanto oírte... Yo no te puedo explicar lo que me pasa cuando te oigo en la vuelta de ese camino, entre esa hilerita de árboles...¿Sabes? Lo mismo que siento cuando oigo los gritos de los milanos, tan altos, allá en el fin del Cielo... El lechero.- Bueno, bueno; anda, ten unos quesitos; ten, cógelos... Amal.- Pero si no tengo dinero... El lechero.- ¡Deja el dinero! ¡Me iría tan alegre si quisieras tomar esos quesitos! Amal.- ...Lechero, ¿te he entretenido mucho? El lechero.- No, hombre, nada. No sabes tú lo contento que me voy...Ya ves; me has enseñado a ser feliz vendiendo quesitos (Sale). Escena quinta (Amal solo) Amal (pregonando).-...¡Quesitos, quesitos, a los ricos quesitos del pueblo de los lecheros, en el campo de losmontes de Panchmura, junto al río Shamil! ¡Quesitos, a los buenos quesitos! ¡Al amanecer, las mujeres ponen en fila las vacas, debajo de los árboles, y las ordeñan; por la tarde, hacen quesitos con la leche! ¡Quesitos, quesitos, a los ricos quesitos!...Ya está ahí el Guarda... Ahora viene para abajo (Al Guarda). ¡Guarda, oye, ven a hablar un ratito conmigo! Escena sexta (Amal y el guarda) El guarda (entrando).- Pero, ¿qué escándalo es éste? ¿No me tienes miedo a mí? Amal.- ¿Yo? ¿Por qué voy a tenerte miedo? El guarda.- ¡A que te llevo preso! Amal.- ¿Adónde me llevarías, di? ¿Muy lejos? ¿Más allá de esos montes? El guarda.- Me parece que a quien voy a llevarte es al Rey. Amal.- ¡El Rey! Sí, sí, llévame, ¿quieres? Pero el médico no me deja salir... ¡Nunca puede nadie llevarme!... ¡Todo el santo día tengo que estar aquí sentado! El guarda.- ¿No te deja el médico, verdad? ¡Pobrecillo! Sí que estás descolorido; y ¡qué ojeras tan negras tienes, hijo mío! ¡Cómo te resaltan las venas en las manos tan delgaditas! Amal.- ¿Quieres tocar el gongo, guarda? El guarda.- Después, que todavía no es tiempo. Amal.- ¡Qué raro! Unos dicen que el tiempo no ha venido y otros que el tiempo ha pasado. Pero yo estoy seguro que si tocas el gongo será el tiempo. El guarda.- No, hombre; eso no puede ser; yo no puedo tocar el gongo sino cuando es el tiempo. 143


Amal.- Sí; y ¡cómo me gusta oír el gongo! Al mediodía, cuando acabamos de comer, mi tío se va al trabajo, y mi Tita se duerme leyendo su Ramayana; y el perro, con el hocico metido en su rabo enroscado, se echa a la sombra de la pared... Entonces tu gongo suena: ¡Don, don, don!... Di, ¿por qué tocas tu gongo? El guarda.- Pues lo toco para decirles a todos que el tiempo no se espera, sino que está siempre andando... Amal.- ¿Y adónde, a qué pueblo va el tiempo, di? El guarda.- ¡Eso sí que no lo sabe nadie! Amal.- Entonces será que nadie ha estado allí nunca... ¡cómo me gustaría a mí irme con el tiempo a ese país que nadie ha visto! El guarda.- Todos tenemos que ir allí algún día, hijo. Amal.- ¿Y yo también? El guarda.- Sí; tú también... Amal.- Pero como el médico no me deja salir... El guarda.-Quizás él mismo te lleve de la mano algún día... Amal.- ¡No, no lo hará, estoy seguro! ¡Tú no lo conoces! ¡Si tú vieras; no quiere más que tenerme aquí encerrado! El guarda.- Pero hay uno más grande que él, y viene, y nos abre la puerta... Amal.- Pues que venga ya por mí ese gran médico, y me saque de aquí, ¡que ya no puedo más! El guarda.- No debías decir eso, hijo... Amal.- Bueno, no lo digo, Aquí me estaré, donde me han puesto, y no me moveré ni un poquito. Pero cuando tocas tu gongo: Don, don, don, ¡me da una cosa!... Di, guarda... El guarda.- ¿Qué quieres? Amal.- ¿Qué hay en esa casa grande del otro lado del camino, que tiene arriba, volando, una bandera? Entra y sale más gente, más gente... El guarda.- ¡Ah! Es el Correo nuevo... Amal.- ¿El Correo nuevo? ¿Y de quién es? El guarda.- ¿Pues de quién ha de ser? Del Rey... Amal.- Y entonces, ¿vienen cartas del Rey aquí, a su Correo nuevo? El guarda.- Claro está. El día menos pensado hay una carta para ti. Amal.- ¿Para mí? Si yo soy un niño chico... El guarda.- Sí; pero es que el Rey también escribe cartitas a los niños chicos. Amal.- ¡Qué bien! Y ¿cuándo recibiré yo mi carta, di? ¿Quién te lo dijo a ti, guarda? El guarda.- Si no, ¿para qué iría a poner el Rey su Correo frente a tu ventana abierta, con su bandera amarilla volando? Amal.- Pero, ¿quién va a traerme la carta de mi Rey, cuando me escriba? El guarda.- El Rey tiene muchos carteros... ¿Tú no los ves cómo corren por ahí? Unos que llevan un redondel dorado en el pecho...Amal.- ¿Y adónde van, di? 144


El guarda.- Pues a todas partes... Amal.- ¡Ay, qué bien! ¡Yo voy a ser cartero del Rey cuando sea grande! El guarda (riéndose).- ¡Qué ocurrencia! ¡Cartero! ¿Pero tú sabes lo que dices? Que llueva o que haga sol, al rico y al pobre, de puerta en puerta, cartas y más cartas, siempre, siempre, siempre... ¡Vamos! ¡Qué creerás tú que eso no es trabajo! Amal.- ¡Ya lo creo que es! ¡Cómo me gustaría! ¿Por qué te ríes? ¡Si ya sé yo que tú también trabajas mucho!... Cuando, al mediodía, hace tanto calor, y no se oye nada, tu gongo suena: Don, don, don... Y algunas veces que me despierto de pronto, por la noche, y que se ha apagado la mariposa, oigo en la oscuridad tu gongo, muy despacito: Don, don, don... El guarda.- ¡Ahí viene el jefe! Me voy, que si llega a cogerme hablando contigo, para qué quiero más... Amal.- ¿El jefe? ¿Dónde? El guarda.- Ya está aquí, míralo. ¿No ves ese quitasol grande de palma, que parece que viene saltando? Ése. Amal.- Será que el Rey le ha dicho que sea jefe de aquí, ¿no? El guarda.- El Rey... ¡No!... ¡Es un tío fastidioso! ¡No le gusta más que molestar! Si vieras... Hace todo lo que puede por ser desagradable, y no hay quien lo pueda ver. Eso es lo que les gusta a los que son como él, jeringar a todo el mundo... Bueno, me voy. ¡Fuera pereza! Ya me dejaré caer por aquí mañana temprano y te contaré todo lo que pase por el pueblo... (Sale). Escena séptima (Amal solo) Amal.- ¡Si yo recibiera todos los días una carta del Rey!... Las leería aquí en la ventana... Pero si no sé leer todavía... ¿Quién querría leérmelas? Quizás Tita entienda la letra del Rey... Como lee su Ramayana... Y si no sabe nadie, entonces las tendré que guardar con mucho cuidadito y las leeré cuando sea mayor... Y ahora que me acuerdo, ¿y si el cartero no sabe quién soy? (Al jefe). ¡Señor jefe, señor jefe!, ¿puedo decirte una cosa? Escena octava (Amal y el jefe) El jefe (entrando).- ¿Qué gritos son éstos? ¡Y en el camino! ¡Vaya con el monigote! Amal.- ¿Tú eres el jefe, verdad? Todo el mundo hace loque tú dices, ¿no? El jefe (con satisfacción).- ¡Pues no faltaría más que no lo hicieran! Amal.- ¿Y también mandas tú en los carteros del Rey? El jefe.- ¡También! ¡Tendría que ver! Amal.- ¿Querrías decirle al cartero, que Amal es el niño que está sentado aquí en la ventana? El jefe.- ¿Y para qué? Amal.- Porque si viniera una carta para mí... El jefe.- ¡Para ti! ¿Quién va a escribirte una carta a ti? 145


Amal.- Quizás me la escriba el Rey... El jefe (a risotadas).- ¡El Rey! ¡Vamos, tú estás soñando! ¡Pues no digo nada, lo que quiere el niño! ¡Claro, como que tú eres su mejor amigo, y no os habéis visto en tanto tiempo, el Rey no puede con el disguto, y...¡ ¡Sí, espera ahí sentado, que mañana tendrás la carta! Amal.- Señor jefe, ¿por qué me hablas así? ¿Estás enfadado conmigo? El jefe.- Contigo, ¿eh? ¡Conque el Rey!... ¡Pues no se da tono Madav, que digamos! ¡Claro, como ha ganado ese fortunón, ya no se habla más que de reyes y padishas en su casa! ¡Que yo lo vea y no va a ser Rey lo que le voy a dar...! Y tú, mequetrefe, ¡ya diré yo que te traigan la carta del Rey; ten la seguridad! Amal.- No, no; si te molesta, que no me la traigan. El jefe.- ¡Sí, hombre!, ¿por qué no?; ¡si se lo voy a decir ahora mismo al Rey! ¡No te apures, que no tardará la carta! ¡En cuanto el Rey lo sepa, te mandará un criado suyo a saber de ti! ¡No faltaba otra cosa!... ¡Valiente impertinencia! ¡Lo que es como el Rey se entere, ya le dará a Madav tono, ya!... (Sale). Escena novena (Amal y Sada) Amal.- ¿Quién eres tú, niña? ¡Cómo repican tus ajorcas! ¡Espérate un poquito!, ¿quieres? (Entra una niña). Niña.- ¡No puedo, no tengo tiempo, es muy tarde! Amal.- Ya lo sé. Pero, ¿no quieres esperarte? ¡Tampoco a mí me gusta quedarme aquí! Niña.- ¿Qué tienes, que pareces una estrella tardía de la mañana? Amal.- No sé; el médico no quiere que salga... Niña.- ¡Ay, pues no salgas! Debes hacer caso de lo que te diga el médico, porque si eres malo, se va a enfadar contigo. Ya sé yo que te cansará mucho estar siempre mirando por esa ventana... Deja que te la cierre un poquito... Amal.- No, no la cierres. Ésta es la única ventana que hay abierta... Todas las demás están cerradas...¿Quieres decirme quién eres tú? Me parece que no te conozco... Niña.- Yo soy Sada. Amal.- ¿Sada? ¿Qué Sada?Sada.- Yo soy la hija de la vendedora de flores del pueblo. ¿No lo sabías? Amal.- Y tú, ¿qué haces, di? Sada.- ¿Yo? Yo cojo flores en mi canasto. Amal.- ¡Coges flores! ¡Por eso tienes tan alegres los pies, y tus ajorcas cantan tan contentas cuando vas andando! ¡Quién pudiera irse por ahí, como tú!... Yo te cogería flores de las ramas más altas, que ya no se ven... Sada.- ¿De veras? ¿A que no sabes tú tantas cosas de las flores como yo?

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Amal.- Sí, tanto como tú. Sé todo lo de Champaca, el del cuento de hadas, y sus siete hermanos. Y si me dejaran un momentito siquiera, me iría corriendo al bosque aquel tan grande, y me perdería; y en aquel sitio en donde el colibrí que chupa la miel se mece en la punta de su ramita, me abriría yo como una flor de champaca... ¿Quieres tú ser mi hermana Parul? Sada.- ¡Qué tontísimo eres! ¿Cómo voy yo a ser tu hermana Parul, si yo soy Sada, y mi madre es Sasi, la que vende flores? ¡Si supieras tú las biznagas que tengo que hacer todos los días!... ¡Ay! ¡Qué no me iba a divertir yo si pudiera estarme aquí sin hacer nada, como tú! Amal.- ¿Y qué ibas a hacer en todo el día, tan largo? Sada.- ¡Pues poco que iba yo a jugar con mi muñeca Beney, la novia, y con la gata Meni, y con...! Pero mira, es muy tarde, y no puedo quedarme más; que si no, me voy a volver sin una flor. Amal.- ¡Espérate otro poquito, anda, que estoy tan bien contigo! Sada.- ¡No seas así! Si eres bueno y te estás aquí quietecito, cuando vuelva yo con las flores, me pararé a hablar contigo. Amal.- ¿Y me vas a traer una flor? Sada.- ¡No puedo!... Tienen que comprarse... Amal.- Yo te la pagaré cuando sea grande, antes de irme a buscar trabajo más allá de aquel arroyo que está allí... Sada.- Bueno. Amal.- Di, ¿vas a volver, cuando hayas cogido las flores? Sada.- Sí, volveré. Amal.- ¿De veras volverás? Sada.- Sí, de veras. Amal.- ¿Te acordarás bien de mí? Yo soy Amal, acuérdate bien... Sada.- ¡Ya tú verás cómo me acuerdo! (Sale). Escena décima (Amal y unos chiquillos) Amal.- ¿Adónde vais, hermanos? ¡No os vayáis todos; estaos conmigo un poquito! Chiquillos (entrando).- Si vamos a jugar... Amal.- ¿A qué vais a jugar, hermanos? Chiquillos.- Vamos a jugar a los aradores. Primer chiquillo (con un palo).- ¡Aquí está el arado! Segundo chiquillo.- Y éste y yo somos la yunta de bueyes. Amal.- ¿Y os vais a pasar jugando todo el día? Chiquillos.- ¡Todo el día! Amal.- Y cuando oscurezca, volveréis a casa por el camino de la ribera, ¿no? Chiquillos.- Por la mismita orilla... 147


Amal.- ¿Y pasaréis por aquí delante? Chiquillos.-...¡Anda, vente a jugar con nosotros, vente! Amal.- ¡Si no me deja salir el médico! Chiquillos.- ¿El médico? ¿Y tú haces caso del médico? ¡Anda, vámonos, que es ya muy tarde; anda, vente! Amal.- No, no. ¿Por qué no jugáis aquí en el camino, delante de mi ventana, para que yo os vea? Chiquillos.- ¿Y a qué vamos a jugar aquí? Amal.- ¡Yo os daré todos mis juguetes! ¡Sí, ya está; tened mis juguetes! Yo no puedo jugar solo, y se están empolvando; ¿para qué los quiero yo? Chiquillos.- ¡Ay, qué juguetes tan bonitos! ¡Un barco! ¡Aquí está la abuela Yatai! ¡Qué cipayo tan precioso! Y ¿nos los vas a dar todos? ¿No te importa dárnoslos? Amal.- No, no, tenedlos; yo, ¿para qué los quiero? Chiquillos.- ¿No los querrás ya nunca más? Amal.- No, no; para vosotros. A mí no me sirven para nada. Chiquillos.- ¡Mira que van a reñirte! Amal.- No, no me riñe nadie. Pero, ¿vais a venir a jugar con ellos delante de mi puerta, todas las mañanas?... Cuando se rompan, yo os daré otros... Chiquillos.- Pues ¿no hemos de venir? ¡Vamos a jugar a la guerra!¡Poned en fila estos cipayos! ¿Dónde habrá un fusil? Esta caña sirve... Pero, ¿ya te estás durmiendo? Amal.- Me parece que me está dando sueño... ¡Qué sé yo! Muchas veces me pasa. Como estoy siempre sentado, me canso; y luego, me duele tanto la espalda... Chiquillos.- ¡Pero si no es más que mediodía!... ¡No te duermas, hombre! Oye el gongo; ahora está dando la primera vela... Amal.- Sí... Don, don, don... ¡Qué sueño tengo! Chiquillos.- Pues entonces, mejor será que nos vayamos, y mañana por la mañana volveremos. Amal.- ¡Esperad un momento! Vosotros que estáis siempre por el camino, ¿no conocéis a los carteros del Rey? Chiquillos.- ¡Sí, ya lo creo! Amal.- ¿Cómo se llaman? ¿Quiénes son? Chiquillos.- Uno, Badal. Otro, Sarat. Otro... ¡Hay muchos Amal.- ¿Y me conocerían si viniese una carta para mí? Chiquillos.- Claro que sí. Si pone tu nombre... Amal.- Cuando vengáis mañana por la mañana, ¿queréis traerme a uno para que sepa quién soy? Chiquillos.- Bueno, si tú quieres...

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Acto segundo Escena primera (Amal -”en la cama”- y Madav) Amal.- ¿Y tampoco me deja ya el médico sentarme en la ventana? Madav.- Ya ves que te has puesto peor de estar siempre echado en ella... Amal.- Puede que me haya puesto peor; pero mientras estoy en la ventana, ¡me encuentro tan bien!... Madav.- Eso te parece a ti; pero no, hijo. Luego, sacas la cabeza y te pones a hablar con todo el que pasa, como si fuera esto una feria; y tú, hijo, estás malo y no puedes hacer eso. ¡Mira qué carita tienes! Amal.-...Y mi faquir, como no me verá en la ventana, se irá. Madav.- ¿Tu faquir? ¿Quién es tu faquir? Amal.- Pues mi faquir... Viene, y me cuenta cosas de todos los sitios donde él ha estado. ¡Unas cosas más bonitas! Madav.- Pero, ¿qué es lo que dices? Yo no conozco a ningún faquir... Amal.- Pues ya no tardará... ¡Anda, por tus queridos pies; dile que entre aquí un ratito a hablar conmigo! Escena segunda (Amal, Madav y el viejo -”que viene vestido de faquir”-) Amal.- ¡Míralo, ahí está! ¡Faquir, faquir, vente conmigo! ¡Siéntate aquí en mi cama! Madav.- ¡Tonto!, pero si es... El viejo (guiñándole un ojo a Madav).- ¡Yo soy el faquir! Madav (al viejo).- ¡El diablo eres! ¡Si no lo viera, no lo creería! Amal.- ¿Dónde has estado hoy, faquir? El viejo.- Pues ahora mismo vengo de la Isla de los Loros. Madav.- ¿La Isla de los Loros? El viejo (a Madav).- ¡Sí, la Isla de los Loros! ¡Qué! ¿Te crees, hombre, que yo soy como tú?... No tengo más quecoger mis pies, y me voy adonde quiero; ¡y sin costarme nada!... Amal (palmoteando).- ¡Qué bien! ¡Qué gusto debe dar eso! ¿No olvidarás que me has prometido llevarme en tu comitiva cuando esté bueno? El viejo.- Sí. ¡Y te voy a enseñar unas mantras de caminantes, que nada, por mares, bosques ni montañas, podrá cerrarte el paso! Madav.- Pero ¿qué enredo es éste? El viejo.- Amal, hijo; nada, en mares ni montañas, puede hacerme retroceder... Ahora, que si el médico y este tío que tienes se conjuran contra mí, no hay magia que me valga... Amal.- No; tío no se lo dirá al médico, y yo te prometo no moverme de la cama. Pero el primer día que me ponga bueno, me iré contigo; ¡y nada, en mares, ni montañas ni torrentes, podrá cerrarme el paso! Madav.- Me das pena, hijo, siempre pensando en irte... 149


Amal.- Oye, faquir, ¿cómo es la Isla de los Loros? El viejo.- Pues es la tierra de las maravillas. Allí viven todos los pájaros del mundo, y no hay un hombre siquiera; y no creas tú que se habla allí ni se anda; sólo cantar y volar. Amal.- ¡Qué hermosura! ¿Y hay algún mar allí junto? El viejo.- ¡Claro!, la Isla está en medio del mar... Amal.- ¡Y habrá unos montes muy verdes!... El viejo.- Toda la Isla está llena de montes verdes. Y cuando va a ponerse el sol, y las laderas, rojas, resplandecen, los pájaros vuelven en bandadas, volando con sus alas verdes, a sus nidos. Amal.- ¿Y hay cascadas? El viejo.- ¡Pues no ha de haberlas! Todos los montes tienen su cascada; y parecen de diamantes derretidos. ¡Si tú vieras lo que juega el agua, y cómo cantan las piedras con ella cuando se echa al mar, saltando! ¡Al agua sí que no la para ningún diantre de médico!... Sigo; los pájaros me miraban como miran a los hombres. Ya tú ves, ¡como nosotros no tenemos alas!... Y no querían nada conmigo... Si no fuera por eso, yo te aseguro que me haría una choza entre los nidos y me pasaría allí mi vida contando las olas del mar. Amal.- ¡Ay, si yo fuese pájaro! Entonces... El viejo.- Pero eso ya no podría ser, Amal. A mí me han dicho que tú le has hablado al lechero para vender quesitos con él, cuando seas mayor; y como a los pájaros no les gustan los quesitos, me parece que te saldría mal tu negocio... Madav.- ¡Vamos, me vais a volver loco entre los dos! ¡No puedo con vosotros! ¡Me voy! Amal.- ...Tío, ¿vino el lechero? Madav.- ¿Pues querías que no viniera? Él no se romperá la cabeza entre los nidos de la Isla de los Loros, llevando recados a tu faquir favorito; pero ha dejado una lata de quesitos para ti, y me ha dicho que te diga que no ha podido detenerse más porque como se casa su sobrina, tenía que ir a Kamlipara por la banda de música. Amal.- ¡Si me iba a casar a mí con su sobrinita! El viejo.- ¡Dios del cielo! ¡Pues buena la hemos hecho! Amal.- ...Me dijo a mí que ella iba a ser mi novia chiquitita, y que iba a estar tan linda con sus zarcillos de perlas en las orejas y vestida con un preciosísimo sari grana... Y al amanecer, ella ordeñaría con sus propias manos la vaca negra, y me traería la leche calentita, toda llena de espuma, en un cantarillo nuevo, para que yo me la bebiera. Y cuando oscureciese, iría ella al establo con la lámpara, a dar una vuelta... Y luego vendría y se sentaría a mi lado a contarme el cuento de Champaca y sus siete hermanos... El viejo.- ¡Qué bien! La verdad es que, aunque soy un faquir, ¡me están dando unas tentaciones!... ¡Pero no te importe a ti que se case la sobrina del lechero! ¡Déjalo! ¡Lo que te sobrarán serán sobrinas del lechero cuando tú vayas a casarte! Madav.- ¡Cállate de una vez! ¡No puedo oírte con calma! (Sale).

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Escena tercera (Amal y el viejo) Amal.- Oye, faquir, ahora que se ha ido mi tío; ¿no habrá venido al Correo nuevo una carta del Rey para mí? El viejo.- La carta sé yo que ha salido ya del palacio; pero todavía viene de camino. Amal.- ¿De camino? ¿Y por dónde vendrá? ¿Vendrá por esa veredita que viene dando vueltas entre los árboles?; la veredita esa que se ve hasta lo último del campo, cuando sale el sol después de llover... El viejo.- Por ahí, por ahí viene. ¿Cómo lo sabías tú? Amal.- Sí; todo lo sé. El viejo.- Ya lo estoy viendo; pero, ¿cómo lo has sabido? Amal.- Pues no sé cómo; pero lo veo tan clarito... Me parece que lo he visto muchas veces en unos días que pasaron hace ya mucho tiempo... No sé cuánto... ¿Sabes tú cuánto?, di... ¡Si vieras qué bien lo veo todo! El cartero del Rey viene bajando la cuesta del monte, solo, con un farol en la mano izquierda y un saco muy grande, lleno de cartas, en la espalda... Viene bajando, bajando, ¡hace ya mucho tiempo!, sin descansar, ¡muchos días, muchas noches!, y cuando va llegando a aquel sitio de la montaña donde la cascada es ya el arroyo, coge por la orilla y sigue, sigue andando entre el centeno... Luego, entra en el cañaveral, por ese callejón estrecho que hay entre las cañas de azúcar, esas tan altas;... y no se ve...Luego, sale a la pradera grande, donde cantan los grillos... Mira, no hay nadie más que él; sólo las perdices, picoteando en el barro y meneando la cola... Lo siento venir más cerca, más cerca cada vez... ¡Estoy más contento! El viejo.- Mis ojos, hijo ven ya poco; pero me cuentas de una manera las cosas, que lo veo todo como cuando era niño... Amal.- Di, faquir, ¿conoces tú al Rey que ha puesto aquí este Correo? El viejo.- Sí, mucho; todos los días voy a pedirle mi limosna. Amal.- ¿Sí? Cuando yo me ponga bueno, iré también a pedirle mi limosna, ¿no? El viejo.- Tú no tendrás que pedírsela, hombre; él te la dará por su gusto... Amal.- No, no; yo iré a su portal y gritaré: ¡Viva mi Rey! Y bailando al son del tamboril, le pediré mi limosna. ¿No crees tú que estaría bien así?, di... El viejo.- ¡Ya lo creo; estaría magnífico! Y si fuéramos juntos, me tocaría a mí buena parte; pero, ¿qué le vas a pedir? Amal.- Le diré: “!Hazme cartero tuyo, para ir con mi farol repartiendo cartas de puerta en puerta! ¡No me tengas en casa todo el día!” 151


El viejo.- Pero, vamos a ver, ¿por qué estás tú tan triste en tu casa? Amal.- ¡No, si no estoy triste! Al principio, cuando me encerraron aquí, ¡me parecían más largos los días!; pero desde que han puesto enfrente el Correo del Rey, cada vez estoy más contento en mi cuarto...; y luego, como sé que un día voy a tener una carta... ¡Sí, no me importa nada estarme aquí quieto, aunque esté solo!... Oye, ¿y sabré yo leer la carta del Rey? El viejo.- ¡Qué más te da! ¿No tienes bastante con que ponga tu nombre? Escena cuarta (Dichos y Madav) Madav (entrando).- ¡Buena la habéis hecho entre los dos! El viejo.- ¿Qué te pasa? ¿Qué ocurre? Madav.- ¡Pues que, por culpa vuestra, todo el mundo anda diciendo que el Rey ha puesto ahí enfrente su Correo para estaros escribiendo siempre a los dos! El viejo.- Bueno, ¿y qué? Madav.- Que Panchanan, el jefe, se lo ha hecho decir al Rey en secreto... El viejo.- ¿Y no sabemos todos que el Rey se entera de cuanto pasa? Madav.- Entonces ¿por qué no tienes más cuidado? ¡No debieras nombrar en vano al Rey! ¡Me vas a arruinar con tus cosas! Amal.- Faquir, faquir, ¿de veras se enfadará el Rey? El viejo.- ¡Qué se ha de enfadar, hombre! ¡Con un niño como tú y un faquir como yo!... ¡A ver si tengo que ir a decirle cuatro frescas! Amal.- ...Faquir; desde esta mañana estoy sintiendo como un velo por delante de los ojos... ¡Me parecen más raras las cosas!... No tengo ganas de hablar... Si me pudiera estar quieto... ¿Cuándo va a venir la carta del Rey?... Si este cuarto se deshiciera de pronto y... Si... El viejo (abanicando a Amal).- Seguramente vendrá hoy la carta, hijo mío... Escena quinta (Dichos y el médico) El médico (entrando) (a Amal).- ¿Cómo estás hoy? Amal.- Muy bien, señor médico; hoy no me duele nada. El médico (a Madav, aparte).- No me gusta esa sonrisa. Mala señal que se sienta tan bien. Chakradan dice... Madav.- ¡Bueno, por amor de Dios, déjame de Chakradan!; lo que quiero saber es cómo está hoy mi niño... El médico.- Me parece que tenemos para poco tiempo... Ya te lo dije... Aseguro que se ha vuelto a enfriar... Madav.- No, pues el niño no ha salido; eso te lo digo yo. Hasta las ventanas han estado cerradas.

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El médico.- ¡No sé qué tiene hoy el aire! ¡Había una corriente por la puerta principal cuando entré...! Lo mejor sería cerrar la puerta con llave... Creo que no te importará no recibir visitas en dos o tres días; y si alguien tiene necesidad de verte, ahí está la puerta falsa... Y esas maderas también debieran cerrarse... Los rayos del sol poniente no sirven más que para desvelar al enfermo. Madav.- ...Ha cerrado los ojos. Debe haberse dormido. ¡Qué carita tiene! ¡Ay, médico, yo me lo traje como si fuera mío, y después de haberle tomado este cariño, perderlo para siempre!... El médico.- ¿Quién, quién es? ¡Este jefe, que tiene que meterse en todo! ¡Valiente hombre!... Bueno, tengo que irme. (A Madav). Mejor será que vengas conmigo a ver si está todo bien cerrado... En cuanto llegue a casa, mandaré una buena dosis de esa medicina, a ver si así conseguimos algo... Aunque me parece... (Salen Madav y el Médico). Escena sexta (Amal, el viejo y el jefe) El jefe (entrando).- ¡Hola, mequetrefe! El viejo (levantándose aprisa).- ¡Calla! Amal.- No importa, faquir; ¡si no estaba dormido! Todo lo estoy oyendo... Y también unas voces muy lejanas... Mira, mi padre y mi madre... están sentados aquí a mi cabecera, y me están hablando... Escena séptima (Dichos y Madav -”que entra”-) El jefe.- Oye, Madav; me han dicho que te tuteas ya con personajes... Madav.- ¡No andes con bromas, jefe! Ya sabes que somos unos infelices... El jefe.- Pero tu niño está esperando una carta del Rey... Madav.- Déjalo en paz al pobre, que es un tontaina... El jefe.- No, no; ¿por qué no había de recibirla? ¿Puesdónde va a encontrar el Rey familia mejor? ¡Por algo ha puesto su Correo nuevo frente a tu casa!... (A Amal). ¡Tú, monigote!; aquí traigo una carta del Rey para ti... Amal (incorporándose con sobresalto).- ¿Dónde? ¿Es verdad? El jefe.- ¡Pues va a ser mentira! ¡Si eres su mejor amigo! ¡Mírala! (Mostrando un papel en blanco). ¡Tenla! (A carcajadas). Amal.- ¡No te burles de mí!...Faquir, di tú, ¿es verdad? El viejo.- Sí, hijo mío. ¡Yo que soy faquir, te digo que ésa es la carta del Rey! Amal.- ¡Pero si no veo nada! ¡Me parece que está todo tan en blanco! Señor jefe, ¿qué dice la carta? El jefe.- Dice el Rey: “Voy corriendo a verte. Prepárame arroz dorado, que la comida de palacio empieza a fastidiarme...” (A carcajadas). Madav (suplicando con las manos).- ¡Jefe, te ruego que no bromees más con esto! El viejo.- ¿Eh? ¡Que se atreva! 153


Madav.- ¿También tú te has vuelto loco?... El viejo.- ¿Loco? ¡Pues bueno, estoy loco! Y aquí dice bien claro que el Rey en persona viene a ver a Amal, con el médico de la corte... Amal.- ¡Faquir, faquir, oye!... ¡La trompeta del Rey!... ¡Oye!... El jefe (a carcajadas).- Me parece que tendrás que perder otro poquito más la cabeza para oírla!... Amal.- Señor jefe, yo creía que tú estabas enfadado conmigo y que no me querías... ¿Cómo me había de figurar que fueras tú quien me trajera la carta del Rey? ¡Déjame que te quite el polvo de los pies! El jefe.-...La verdad es que esta criatura tiene instinto de veneración. Es un poco simple, pero su corazón no es malo... Amal.- Creo que ya es la cuarta vela. Escucha el gongo: Don, don, din... Don, don, din... ¿Ha salido ya la estrella de la tarde? No sé qué tengo, que no veo... El viejo.- Es que está todo cerrado, hijo. Voy a abrir... (Llaman fuera). Madav.- ¡Llaman! ¿Quién será? ¡Qué fastidio! Llamar a estas horas...(Una voz afuera).¡Abrid la puerta! Madav.- ¿Lo has oído, jefe? ¡A ver si son ladrones! El jefe.- ¿Quién llama? ¡Lo pregunta Panchanan, el jefe! ¡Atreveos!... Ya lo estáis viendo; se acabó el ruido... ¡Que no puede nada la voz de Panchanan!... ¡A ver, venga ese ladrón valiente! Madav (mirando receloso por la ventana).- Sí, sí; ¿no habían de callar? ¡Como que han echado abajo la puerta! Escena octava (Dichos y el Heraldo del Rey) El Heraldo del Rey (entrando).- ¡Nuestro Rey soberano llega esta noche! El jefe.- ¡Dios santo! Amal.- ¡Heraldo, Heraldo!, ¿a qué hora llegará? El Heraldo del Rey.- En la segunda vela. Amal.- ¿Cuándo mi amigo el guarda toque el gongo en las puertas del pueblo: Din, don, din... Din, don, din?... El Heraldo del Rey.- Sí, entonces. Y el Rey manda delante a su médico más sabio, para que cuide a su amiguito. Escena novena (Dichos y el Médico Real) El Médico Real (entrando).- ¿Qué es esto? ¿Por qué está todo tan cerrado? Abrid de par en par... (Toca a Amal). ¿Cómo estás tú, hijo mío? Amal.- Muy bien, señor médico del Rey; estoy muy bien. Ya no me duele nada. ...¡Ay, qué gusto da esto tan abierto y tan fresco! ¡Ahora sí que veo temblar las estrellas en la oscuridad! El Médico Real.- ¿Crees que podrás levantarte esta noche, a las velas medias, cuando llegue el Rey? 154


Amal.- ¡Ya lo creo que sí! ¡Tengo unas ganas de levantarme hace tanto tiempo! Le voy a decir al Rey que me enseñe la estrella polar... Debo haberla visto muchas veces, pero no sé bien cuál es... El Médico Real.- Él te lo dirá todo. (A Madav). Adornad de flores el cuarto, para el Rey. (Señalando al Jefe). Y ese, que se vaya de aquí... Amal.- ¡No, déjalo, señor médico, que es amigo mío! Él fue quien me trajo la carta del Rey... El Médico Real.- Muy bien, hijo mío; si es tu amigo, que se quede. Madav (hablando al oído a Amal).- Amal, hijo, ya ves cuánto te quiere el Rey, que él mismo viene a verte... Pídele algo, que ya tú sabes lo desgraciados que somos... Amal.- Sí, sí, tío; no te apures tú; ya lo tengo pensado. Madav.- ¿Y qué le vas a pedir? Amal.- Le voy a pedir que me haga cartero suyo, para ir de puerta en puerta, por todas partes, repartiendo sus cartas... Madav (golpeándose la frente).- ¡Pobres de nosotros! ¿Eso le vas a pedir? Amal.- ...Tío, ¿y qué le daremos al Rey, cuando venga? El Heraldo del Rey.- Ha dicho que se le prepare arroz dorado... Amal.- ¡Arroz dorado! ¡Señor jefe, tú tenías razón! ¡Sí, tú fuiste el primero que lo dijo! ¡Tú lo sabías todo, todo!... El jefe (al Heraldo).- Si avisan a mi casa, podría el Rey... El Médico Real.- No es necesario... Y ahora, callad todos, que se está durmiendo... yo me sentaré a su cabecera... Se está quedando dormido... Apagad la lámpara...Que sólo entre el resplandor de las estrellas... Callad, que se ha dormido... Madav (al viejo).- ¿Qué haces ahí, como una estatua, con esas manos juntas?... ¡Estoy más nervioso! ...¿Tú crees que es bueno todo esto? ¡Este cuarto tan oscuro! ...Yo no creo que le haga ningún beneficio al niño la luz de las estrellas... El viejo.- ¡Descreído, calla! Escena décima (Dichos y Sada) Sada (entrando).- ¡Amal! El Médico Real.- Está dormido. Sada.- Es que le traía unas flores... ¿Me dejas que se las ponga en sus manos? El Médico Real.- Sí, pónselas. Sada.- ¿Cuándo se despertará? El Médico Real.- Cuando el Rey venga y lo llame. Sada.- ¿Quieres decirle bajito una cosa de mi parte? El Médico Real.- ¿Qué quieres que le diga? Sada.- Dile que Sada no lo ha olvidado...

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