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MISIONEROS CLARETIANOS

Un largo amanecer Hacia la nueva forma de la vida consagrada Primera parte

Jose Cristo Rey GarcĂ­a Paredes, CMF 01/01/2008


I. LA LLAMADA DEL VATICANO II

Poco a poco estรก llegando la Aurora a nuestra humanidad, a la Iglesia, a la vida consagrada. Hemos pasado por una terrible noche. Ahora se vislumbra lo nuevo. Este libro intenta tarlo


1. Religiosos para una nueva Era El día 8 de diciembre de 1965 concluía la gran Asamblea del Concilio Vaticano II. Los Padres conciliares, apenas iniciado éste, enviaron un mensaje a todos los hombres (21 de octubre de 1962) en el que expresaban su convicción de estar participando en un nuevo Pentecostés: «Todos nosotros, sucesores de los Apóstoles, que formamos un solo cuerpo apostólico, cuya cabeza es el sucesor de Pedro, nos hemos reunido aquí en oración unánime con María, Madre de Jesús, por mandato del Padre Santo Juan XXIII». En la sesión de clausura, 7 diciembre 1965, Pablo VI evocaba la andadura conciliar y ofrecía esta reflexión: «La religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión porque tal es- del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humanas -y son tanto mayores cuanto más grande se hace el hijo de la tierra- ha absorbido la atención de nuestro sínodo. Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferirle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros -y más que nadie- somos promotores del hombre... El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo, en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores; en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza; sus valores no solo han sido respetados, sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones purificadas y bendecidas». ¿Qué ha supuesto o significado el Concilio Vaticano para nosotros, los religiosos? Sería una perspectiva miope descubrirlo únicamente en los textos dedicados explícitamente a la vida religiosa o consagrada. Sería algo tan empobrecedor como reducir una sinfonía a la melodía de una voz o de un instrumento; como contemplar un cuadro desde un único color. Las afirmaciones del Concilio Vaticano II sobre la vida religiosa, a pesar de su riqueza y de los horizontes que abren, no son en sí mismas el mensaje único que hemos de escuchar y hacer realidad. El Concilio nos ha hablado a través de todas sus Constituciones, Decretos y Declaraciones. Nos ha pedido abrirnos a una nueva forma de entender la revelación de Dios y su transmisión tradicional (DV) y a un nuevo modo de entender y vivir el Misterio de la Iglesia, en sí misma considerada (LG), en su liturgia (SC), en su misión y relación con el mundo (GS). Para ello, el Concilio reflexionó sobre las diversas formas de vida y de ministerio en la Iglesia y orientó su renovación: obispos (CD), presbíteros (PO), formandos para el sacerdocio (OT), religiosos (PC), seglares (AA). Y abordó los distintos aspectos de la misión eclesial: la «missio ad gentes» (AG), la misión ecuménica (UR), las iglesias orientales católicas(OE), la comunicación social (IM), la misión educativa (GE) y la defensa de la libertad religiosa (DH). Sólo en el conjunto del proyecto conciliar podemos entender las claves de la renovación de la vida religiosa para el momento presente.


En nuestros textos constitucionales renovados, en nuestros directorios y decretos capitulares hemos asumido indudablemente las afirmaciones conciliares referentes a la vida religiosa. Pero, ¿hemos realizado el mismo esfuerzo incorporar a nuestra perspectiva global de la realidad la intencionalidad complexiva del Concilio? Un «Mutuae Relationes» pluridimensional, con todos los carismas y ministerios del Pueblo de Dios, con otras confesiones cristianas, con el complejo entramado de nuestro mundo, se hace necesario a la vida religiosa en su conjunto en el momento presente, como exigencia sembrada hace ya veinticinco años. De una lectura lineal de los documentos conciliares, necesitamos pasar a una lectura global, sinfónica. De una lectura analítica hemos de pasar a una lectura sintética. Desde una interpretación de lo que el Concilio dijo, hemos de pasar a aventurar lo que el Concilio quería decir para la etapa histórica que nos toca vivir. Hemos de volver nuestra mirada no únicamente a lo que el Concilio dijo, sino también a la forma de decirlo. Los Padres Conciliares buscaron la verdad conjuntamente, unidos bajo aquel que tiene el carisma de la unidad católica, el Papa. Buscaron la verdad teniendo como contexto la gran historia de la humanidad y la bimilenaria historia de la fe. Tuvieron como horizonte de su búsqueda el mundo actual con toda su complejidad, sus culturas, sus interrelaciones. Adoptaron como estilo el optimismo y el amor apasionado al hombre. Optaron por instaurar una «nueva praxis» evangélica. Abandonaron los dogmatismos de otros tiempos confiando en la fuerza de la verdad anunciada, compartida. Supieron defender la propia verdad, defendiendo al hombre, especialmente sus derechos inalienables, y poniéndose de parte de los más pobres y oprimidos. El Pentecostés del Vaticano II fue, sobre todo, profecía. Ojalá la Iglesia de hoy sepa situarse en la misma clave: hacerse toda ella, todas sus formas y estados de vida, todos sus ministerios... Concilio Vaticano II.


2. Apostar por la creación de un nuevo sistema de vida En el proceso de renovación, desatado por el Concilio Vaticano II, los religiosos y las religiosas hemos ocupado un lugar relevante. No siempre hemos sido bien comprendidos. Algunas de nuestras iniciativas han resultado extrañas, inquietantes. La nueva imagen que damos es juzgada por algunos como deserción e infidelidad a los valores permanentes que la vida religiosa tendría que defender y actualizar. Quien conozca de cerca la vida religiosa y a las personas que están en ella, deberá emitir un juicio esperanzador sobre su presente y su futuro, sin dejar de reconocer las dificultades que nos acucian. Reconocemos la necesidad de responder de un modo mas totalizante a nuestra vocación a la santidad y de acoger y cultivar este don. Santidad quiere decir no sólo una llamada a la oración, sino también al servicio, un servicio que debe provenir de la íntima unión con Cristo (PC, 8). La oración nos abre al misterio, nos induce a la contemplación, a la adoración a la oblación. El servicio nos hace testigos, mártires, servidores de los pobres, de los oprimidos y marginados, denunciadores proféticos de toda injusticia y defensores de los derechos fundamentales e inalienables de la persona humana. Todo esto entra dentro de la perspectiva de la santidad. En este momento histórico hemos de sentirnos impulsados, en unión con todos nuestros hermanos y hermanas en la fe, a proclamar la Buena Noticia de la salvación en Jesucristo, teniendo en cuenta los desafíos de orden racial, económico o político, que aquejan a nuestro mundo. Este evangelio anuncia que no somos creados para la muerte, sino para la vida; no estamos condenados a las divisiones ni a las guerras, sino llamados a la fraternidad y a la paz; el hombre no ha sido creado por Dios para el odio y la desconfianza, sino que ha sido creado para amar a Dios; ha sido hecho para Dios1. Las órdenes y congregaciones religiosa se encuentran ante un gran reto histórico lograr la síntesis e integración de aspectos y experiencias que en el reciente pasado creaban tensiones y se presentaban con una cierta unilateralidad. La respuesta que hemos de dar en este momento histórico, no es volver al pasado (¡tradicionalista o progresista!), no es la restauración, sino la creación de un sistema de vida, en el que tengan cabidas todos los valores descubiertos. Hemos de apostar por la comunión y por el compromiso con la civilización del amor, la única digna del hombre. Ese debe ser el compromiso de los religiosos en el próximo futuro.

1

Mensaje final del Sínodo 1985,. n.V.


II. 多TIEMPO DE LOS RELIGIOSOS?


4. ¿Tiempo de los religiosos en Europa? Parece que en la Europa posilustrada y podermoderna cada vez hay menos lugar para la vida religiosa. El aire cultural que se respira es tan ajeno al estilo de vida y a los objetivos de los religiosos que algunos pronostican su ocaso y desaparición. Si se habla de que vivimos en una época posreligiosa, ¡con cuánta más razón habría que decir que «pasó el tiempo de los religiosos» y el tiempo de la «teología de la vida religiosa»! Hay quien percibe síntomas de este ocaso en la disminución de vocaciones, en la tremenda hemorragia vocacional padecida en estos últimos años, en un cierto anquilosamiento y falta de ideas de la misma teología convencional de la vida religiosa. ¿Será el próximo milenio el que emita el certificado de defunción de los religiosos en Europa? Una Europa sin religiosos sería algo así como un fracaso histórico de grandes proporciones. La vida religiosa tiene, debe tener un lugar en esta Europa posmoderna y secularizada. Ella puede brindar a esta sociedad una «reserva de humanidad», una respuesta subversiva al aburguesamiento y al ahogo que produce vivir en un mundo sin sentido y sin trascendencia. Los religiosos pueden ejercer una función innovadora y profética en una sociedad para la que el futuro es solo evolución, despliegue de virtualidades, pero no sorpresa, no Reino de Dios. Los religiosos pueden aportar mucho a la construcción de la nueva Europa si son fieles a su condición simbólica; porque la vida religiosa tiene un poderoso carácter de signo, es símbolo radical de seguimiento de Jesús y de la esperanza mesiánica, es memoria viviente de la escatología. Tiene condiciones para despertar en la vieja Europa su alma cristiana en una ofensiva de creatividad, de bondad, de trascendencia, de gratuidad, de contemplación. No es instrumentalidad técnica la que Europa espera de los religiosos, sino función simbólica que le abra los horizontes ante lo insospechado y lo olvidado. La vida religiosa en Europa se encuentra en un momento decisivo. Ha de evitar toda forma de aburguesamiento, atonía y mediocridad. Tiene que asumir sus responsabilidades en la emergencia de una nueva cultura europea. Ha de introducirse sagazmente en las fuentes de esta cultura sin competir y sin renunciar a sus tareas intransferibles, que versan todas sobre su función simbólica. Sin una profunda conversión personal y comunitaria las correlativas transformaciones estructurales que el futuro requiere no servirán de nada o resultarán ineficaces. Hay una renovación que todavía está pendiente. El instituto religioso que entre en esa línea de profetismo, descomplicación, testimonio, hará verdad la afirmación de que vivimos en el «tiempo de los religiosos». Si no, el Espíritu suscitará quien ocupe nuestro lugar en la construcción de una nueva Europa.


5. Vida religiosa de alto riesgo La vida religiosa en América Latina se encuentra en un momento complejo. Es un tiempo de navidad; pero esta navidad está amenazada por las fuerzas de la muerte, que atacan desde las posiciones más insólitas. América Latina está acostumbrada a las amenazas de muerte. Uno evoca aquel texto del Apocalipsis: El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo 2. La vida religiosa está naciendo en América Latina. La semilla que los religiosos han ido sembrado durante el decurso de estos quinientos años últimos en el surco de los pueblos latinoamericanos ha comenzado a producir un resultado original. Muchos pensamos que se trata de un momento de novedad dentro de la historia de la vida religiosa. No la novedad que conlleva la fundación de nuevos institutos, sino aquella que se manifiesta en un nuevo estilo de vida religiosa que afecta a todos los institutos. Estas serían las características de novedad de ese nuevo estilo de vida religiosa que emerge en América Latina:  Una vida religiosa con fuerte sentido de la historia: muchos religiosos se sienten responsabilizados por la suerte de los pueblos y culturas que forman ese admirable mosaico unitario que cada vez emerge más como América Latina.  Una vida religiosa con un gran potencial profético: allí han surgido las voces proféticas más audaces y más representativas de las mayorías humanas, reducidas a vivir en un auténtico sub-mundo.  Una vida religiosa con rasgos martiriales; mientras en los orígenes de la vida religiosa el monacato sucedía al martirio, en América Latina se está produciendo el fenómeno inverso: el martirio sucede a la vida religiosa; en el martirio se encuentran religiosos, seglares y ministros ordenados, como expresión máxima de radicalismo evangélico. Hay una vida religiosa «excesivamente protegida», alejada de cualquier posibilidad de martirio, una vida religiosa de muy bajo riesgo. En contraposición está naciendo esa otra vida religiosa de alto riesgo, no sólo a nivel individual, sino incluso institucional, estructural.  Es la primera vez que los condicionamientos culturales, populares, están modificando o influyendo decisivamente en la comprensión y actualización de los contenidos o elementos fundamentales de la vida religiosa.  Por las más variadas razones, resulta cada vez más interesante la solidaridad que anuda a los diversos institutos y comunidades y, al mismo tiempo, la convergencia de todos ellos en proyectos comunes de vida inserta en el pueblo y de misión. Alguien ha llegado a exclamar que ¡está surgiendo la vida religiosa! en cuanto que se está superando la pluralidad de los institutos y comunidades, tantas veces desarticulada, desintegrada, y se está llegando a proyectos comunes. 2

Apoc 12,4.


 Es una vida religiosa con talante escatológico; con una espiritualidad de «fuga del mundo» viejo hacia el Reino; una vida religiosa de cara al Dios liberador; una vida religiosa que intenta ser contemplativa en la liberación.  Es una vida religiosa que se siente deudora del Pueblo de Dios. No se define a sí misma como «superior»; no se siente autosuficiente; sabe que, solo inserta en el caminar de la Iglesia, adquiere toda su razón de ser. Este nuevo tipo de vida religiosa recibe las más variadas amenazas exteriores. Es criticada como desestabilizadora. Es perseguida por las fuerzas políticas, tanto dictatoriales como democráticas. Es despreciada por las fuerzas económicas. Es considerada como un «pequeño David» iluso. Se recurre a todos los medios para desprestigiarla. Se le asignan ciertas etiquetas, como «comunista», que favorezcan su rápida condena. Se analizan con lupa sus palabras, sus manifiestos, sus acciones, para descubrir errores, lagunas, omisiones. Hasta en la misma Iglesia no es siempre adecuadamente comprendida, ni apoyada. Pero hay también otras amenazas internas. Se dan dentro de los institutos que están cerrados a la historia, al clamor de los más pobres, que se atrincheran en sus seguridades para no correr riesgos. Hay comunidades que piensan más en su autoconservación que en desgastarse por el Reino. En tales comunidades se bloquea la vida y se ofrece una vida religiosa «de museo» sin proyectos, sin nuevas ideas para llevar adelante la causa del Reino de Dios. Otro tipo de amenazas internas provienen de religiosos y religiosas que al parecer están sumamente comprometidos en este proyecto de novedad, pero que han perdido el sentido religioso y se han dejado monopolizar por el sentido político; de religiosos y religiosas presuntuosos que desprecian a los demás, que se desarraigan de sus institutos y de la iglesia, que han cambiado su obediencia a la Iglesia o al instituto por su docilidad total a liderazgos revolucionarios, que confían más en sus estrategias («en sus carros y caballos») que en Dios, que hacen de la liberación su ídolo. Tales unilateralismos son también una amenaza a la vida religiosa que nace en Latinoamérica. Pero no son un argumento en contra. Los signos de nuestro tiempo nos piden una vida religiosa más profética, más testimoniante, más martirial, una vida religiosa de alto riesgo.


6. «Lucha» y «armonía»: La profecía que viene del Oriente ¿Porqué elegir estas dos palabras «lucha» y «armonía» para hablar de la vida religiosa en Asia? Asia es una realidad gigantesca y para nosotros, los occidentales, intrigante, exótica. Es la zona de nuestro plantea en la que más abundantemente explosiona la vida humana y en la que se detecta un preciosa herencia cultural y religiosa con raíces milenarias. Asia es rica en humanidad, es heredera de ancestrales tradiciones. Asia del pasado... Asia del futuro incierto. Del pasado le viene la armonía. Del presente y del futuro la lucha. La explosión demográfica es el milagro permanente de Asia. Constantemente surgen nuevos nombres, rostros irrepetibles, personas únicas, posibles portadores de un futuro nuevo, de sorprendentes dones para la humanidad. Esa explosión de la vida humana, sin embargo, no cuenta con una infraestructura capaz de acogerla, protegerla, hacer que culmine su desarrollo. Ser niño o joven en Asia es estar llamado -en un porcentaje muy elevado- a acrecentar el número pavoroso de pobres, de oprimidos, de personas expuestas a todo tipo de adversidades. Asia ha sido el lugar donde han resuelto sus conflictos bélicos países de otras latitudes, el lugar escogido para entrenar las bombas más mortíferas, el mercado seguro de los residuos. Hay en Asia pueblos despojados de los recursos naturales de su flora, fauna, de su suelo, de sus mares, pueblos abandonados a su desgraciada suerte, a su destino de muerte. La Iglesia es en Asia comunidad de pobres, en bastantes partes es la comunidad de los últimos. Es una iglesia con voto de minoridad. Su opción por los pobres acontece cuando es ella misma, sin más. Es como un pequeño David en medio de sus pueblos. Y con ellos y en representación de ellos está llamada a enfrentarse con el gigante Goliat, que oprime, que hace imposible la vida. «Lucha» es la palabra que se escucha con los armónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento cuando se habla de la defensa de la vida, del patrimonio recibido, de la naturaleza. «Lucha» es la palabra que manifiesta la situación apocalíptica que viven no pocos pueblos. Por ellos, sobre ellos han pasado y están pasando los imperios; están demasiado acostumbrados a zarpazos de muerte. El joven David se encuentra, solidario con su pueblo, en el campo de batalla. Decir Asia es evocar, asimismo, la palabra «armonía». La hondura de sus tradiciones religiosas lo atestigua. En el alma del asiático está la vocación a la armonía, al centramiento, a la creación de una admirable y fascinante unidad poética entre el yo y el cosmos. El misterio del «centro» equilibra la ineludiblemente desequilibrada «condición humana». Por doquier se encuentran testigos del milagro de la armonía. La Iglesia ha sentido su fascinación. Y desea comulgar en esa misma experiencia secular. No intenta «implantarse», sino «germinar», «nacer asiática». Su gran preocupación misionera no es convertir a la fe, sino encarnarse, inculturarse, contextualizarse. Ella cree que hace lo que haría Jesús, antes de todo. La Iglesia ya es asiática y por eso entiende de «paciencia histórica»; sabe que lo que hoy siembre germinará lentamente, tal vez a siglos vista, pero se multiplicará


indudablemente en proporción geométrica. Evangelizar una cultura milenaria sólo puede acontecer a través de una humilde siembra de semillas y una impresionante paciencia. Por eso, la Iglesia en Asia necesita un «plus» de fe, de esperanza. Necesita ser humilde y, tantas veces, hablar de Jesucristo sin pronunciar su santo nombre. Siendo nada menos y nada más que una parábola suya. Y ahí están los religiosos. Los que vienen de fuera y los que en un número admirable han germinado dentro. Intentan juntos ser iglesia, acompañar al Pueblo de Dios que vive la tensión de la lucha y la armonía. Hay una liberación pendiente a la que Asia es especialmente sensible. Pablo lo expresó con estas palabras: La creación entera gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo3. Los religiosos de Occidente debemos dirigir nuestra mirada hacia el Oriente. Allí está amaneciendo. Desde allí nos vendrá una luz esplendorosa. ¡Escuchemos la voz de nuestras hermanas y hermanos! Su mensaje tiene una novedad y también algunos correctivos. Es la profecía que viene del Oriente.

3

Rm 8,22-23.


7. Religiosos bajo el principio de la Ujamaa La vida religiosa en Africa ha vivido en estado de subordinación y sumisión a la concepción de la vida religiosa occidental. Cuando nuestros hermanos y hermanas africanos se han sentido llamados a nuestras congregaciones les hemos ofrecido un sistema formativo, comunitario, espiritual-carismático, misionero elaborado en las sociedades occidentales y con una impronta marcadamente occidental... es decir, ajeno a sus culturas, para nosotros tan misteriosas. En un primer momento, ellos entendían que debían someterse a nosotros; valoraban, tal vez en exceso, nuestra forma de comprender las cosas y de organizarlas. Sin embargo, está cambiando la situación. El Concilio Vaticano II ha iluminado nuestra mente y ensanchado nuestro corazón. África es un continente misterioso, un tesoro impresionante de la humanidad, una sinfonía que no acabamos de valorar. Africa es un continente mártir. Varios siglos de presencia europea en él han llevado un poco de bien, pero muchísima desgracia y barbarie. La sociedad africana no conoció hasta la llegada de los europeos ni el feudalismo ni el capitalismo. La división en clases y la proletarización fueron importadas e impuestas por la colonización y la integración de Africa en el marcado mundial. La comunidad tradicional africana vivía según los principios de la «Ujamaa» (¡espíritu de comunidad!). Los miembros de la «Ujamaa» se consideran como un todo, copartícipes de la propiedad y de las decisiones políticas; según ese espíritu nadie puede estar harto, mientras otro está hambriento. La democracia africana tradicional era la «democracia de la palabra» en la que se discutía hasta que todo el mundo se ponía de acuerdo. La presencia de los países llamados civilizados en Africa ha estado orlada de barbarie y acciones nefandas, que hoy no se jalean: exterminio, opresión, violación de los derechos de la persona y de las culturas, saqueo cultural. Los europeos hemos ido a Africa para enriquecernos y en plan de superioridad. El pasado siglo Africa se debatía en la lucha contra la esclavitud. Se fundaron ciudades de libertad: Freetown, Libreville, Bagamoyo. La conferencia de Berlín, convocada por Bismarck de 1884 a 1888, la dividió en treinta territorios destinados a la colonización; los representantes de los Estados de Europa y de América que participaron en ella, consideraban a los negros como menores que debían ser tutelados. Se instauró así la colonización. Se trataba de una tutela demasiado interesada. Baste recordar, como botón de muestra, que en 1939 vivían en Ibadán (Nigeria) 50 europeos que disponían de 11 camas de hospital, mientras que medio millón negros disponían solo de 34; en el conjunto del país había 12 hospitales para 4.000 europeos y 52 para 40 millones de nigerianos. Un informe de la UNESCO en el momento de las independencias, cifraba el número de analfabetos en Africa, después de cuatro siglos de presencia europea, después de setenta años de colonización, entre el 80 y 85 por 100. En 1919, el ministro francés de las Colonias, Henry Simon, definía objetivo del programa educativo «transformar a los mejores elementos indígenas en franceses consumados». En la


actualidad los países africanos gozan de una relativa independencia y autonomía. Intentan llevar adelante un proyecto conjunto de desarrollo integral, que le reconcilie con sus mejores raíces culturales. Se dice que un africano no se «desarrollará» convirtiéndose en un europeo de piel negra. La «Ujamaa» es un dogma referencial importante. No se trata de un regreso al pasado, sino de un punto radical de encuentro para crear un futuro autóctono. La vida religiosa ha estado presente y actuado en Africa en este contexto colonizador: muchas veces en contra de él, a veces en connivencia con él. Muchos religiosos y religiosas han dado su vida, llevados por su gran celo misionero, por Africa; pero a veces han estado demasiado ligados a los colonizadores: «Cuando Alemania en 1919 perdió sus colonias, ¿no marcharon juntamente con los administradores las congregaciones misioneras alemanas? ¿no llegaron con los nuevos administradores sociedades misioneras francesas, belgas y británicas? Cuando Italia conquistó Etiopía, ¿cuántas congregaciones italianas no descubrieron de repente su vocación misionera en Etiopía?» (A.Henry). Hoy los cristianos de Africa son conscientes de que la Iglesia está naciendo allí «africana» y ha de seguir decididamente ese proceso. Es necesario una fuerte impregnación cultural en los valores espirituales y culturales de sus pueblos. La diferencia entre los occidentales y el hombre o la mujer africanos no es solamente sociológica, es de orden cultural y filosófico. Por gracia de Dios llegan a nuestros institutos africanos que se siente llamados a participar en nuestros carismas. ¿Estamos dispuestos a ofrecerles espacios de libertad en los cuales puedan hacer renacer el carisma? ¿Estamos dispuestos a colaborar con ellos en ese proceso? Necesitamos una configuración pluricultural de la vida religiosa. Están emergiendo en África formas auctótonas de vida religiosa. Es necesario permanecer abiertos a este don.


III. DIOS PADRE: ยกRECUPERAR LA RAรZ!


8. ¡Abbá! Abbá es la palabra ante la que se estremecía Jesús. El sonido que resumía todo su mensaje, toda su experiencia, todos sus proyectos. ¡Abbá! referido a Dios, fue el clamor que estalló espontáneamente en su ser filial por obra del Espíritu 4. ¡Abbá! fue el gemido inenarrable del Espíritu en lo hondo de su ser5. ¡Abbá! significaba para Jesús el fundamento de su ser, el seno paterno-materno del que manaba su vida, el compañero de su diálogo eterno de verdad y amor, la Belleza inmarcesible que le cautivaba, que le tenía permanentemente enamorado. Ante el Abbá Jesús se sentía libre, soberanamente libre; se experimentaba persona con rasgos absolutamente propios. El Abbá lo invistió como Señor, cuando Jesús actuaba como siervo. Y, no obstante esto, no se puede pensar una unión más estrecha entre dos personas, una comunión más íntima. Jesús y el Abbá se relacionaban como padre-madre e hijo, como amigo y amigo. Cuando Jesús decía Abbá y contemplaba la creación, descubría en ella que mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura y yéndolos mirando con sola su figura vestidos los dejó de su hermosura. La vida incesante del universo le evocaba aquel Padre providente, que todo lo creó para la vida, que es cariñoso con todas sus criaturas: El Padre los viste, los alimenta... da crecimiento6. Cuando Jesús decía Abbá contemplaba en cada hombre una impronta de su ser 7, un hijo de Dios, y se sentía urgido a revelárselo, a hacerle entrar en comunión de amor filial con El8. Cuando Jesús decía Abbá pensaba en el Reino, en ese gran proyecto de una nueva humanidad ideada y actuada desde la paternidad de Dios y la fraternidad universal. Sin el Abbá cualquier proyecto de humanidad sería un flotar sobre la nada, un caminar sin rumbo, una vida en orfandad. Con el Abbá los hombre recobraríamos la ilusionada esperanza, se iluminarían todos nuestros caminos hacia el futuro, nacería siempre nueva la libertad solidaria. ¡Abbá!: he aquí el clamor incesante del Espíritu dentro de nosotros los religiosos. He aquí la palabra que explica nuestra vocación, nuestra comunión, nuestra misión, nuestro destino. Cuando el Abbá ilumina su rostro, nuestros desiertos florecen, renace la ilusión, se congrega su comunidad, se reviste de audacia y de entrega nues4

Cf. Rm 8,14-15; Gal 4,4-7. Cf. Rm 8,26. 6 Cf. Mt 6,26-30. 7 Cf. Gen 1,27. 8 Jn 20,17; Lc 11,2-4. 5


tro servicio misionero. Cuando estamos ante el Abbá nuestra soledad virginal recupera toda su razón de ser. El Abbá es la causa de nuestra alegría. El es el rostro que merece ser infinitamente contemplado y que explica las horas gratuitas pasadas en su presencia. Ser testigos del Abbá, de su amor misericordioso, de su fuerza liberadora, de su belleza fascinante, es nuestra misión. La experiencia del Abbá nos hace ser nosotros mismos. Ante El recuperamos nuestra identidad personal. El nos hace ser-para-losdemás. En El nuestra vida se hace amor, fecundidad. Sin el Abbá los religiosos vivimos desarraigados, expatriados, sin hogar. Con el Abbá amanece en nosotros el Reino, recuperamos las raíces, vislumbramos la patria de la libertad, encontramos una mirada eterna que nos ama sin medida. ¡Seamos testigos del Abbá allí donde muchos tienen una sofocante sensación de orfandad!


9. «¡Felicidades, Abbá!»: 24 de diciembre Entre tantas y tantas felicitaciones no podía faltar ésta, dirigida a Ti, el Abbá del pequeño Jesús, y también nuestro Abbá. No hay Navidad sin Ti. Tú eres el origen de toda Navidad. Al experimentar tanto mal, tanta enfermedad, tanta muerte, tenemos sed de vida; ante tanta soledad, falta de cariño y amor, clamamos por el Amor. Y, hoy, Tú has respondido a nuestro deseo. ¡Que ha nacido la Vida! ¡Que ha nacido el Amor! Te felicitamos por el gran regalo que nos has hecho. El fruto más valioso de la cosecha humana, la sorpresa más imprevisible de nuestra historia. En el rostro, en el cuerpecito del primogénito de María, te has asomado y hecho presente entre nosotros. El recién nacido es tu imagen perfecta, la impronta de tu ser. El es tu primer gesto entre nosotros. Tu primer llanto. Tu primera sonrisa. En Jesús de Navidad, Abbá, tú revolucionas nuestros esquemas. Tu primera y más total teofanía acaece en «un pesebre, porque no había sitio en la posada»9. Tu primer gesto humano es insertarte, a través de tu pequeño Hijo, en el mundo de los más pobres. Tú, el Dios del Poder, tiritas de frío, necesitas cobijo, cariño, cuidado, en El. En el pequeño Jesús pusiste tus ojos de padre-madre. En esta noche lo engendraste y lo diste a luz. Por todos los rincones de la tierra se podía escuchar la voz de tu amor: «¡Hijo mío, hijo mío!...». Y en cada hombre, y en cada mujer, descubrías rasgos muy semejantes al Pequeño de Belén. Y comenzaste a llamarnos también «¡hijo mío!», «¡hija mía!», «¡hijos míos!». La Navidad de Jesús fue también nuestra navidad como hijos tuyos. ¡Felicidades, Abbá, por el Espíritu Santo, el arquitecto genial de tu proyecto!. La encarnación de tu Hijo fue obra del Espíritu. El hizo posible lo imposible: que Jesús naciera como hijo tuyo e hijo de nuestras humanidad, a través de María. El inicio la historia fecunda de la virginidad. Lo realizó con gestos llenos de naturalidad, sin grandilocuencia, desde una admirable humildad, que muchos no comprenden. ¡Sólo los sencillos!. ¡Felicidades, Abbá, por la Nueva Eva de esta Nueva Creación, María de Nazaret! Aquella que acogió la maternidad sin ningún tipo de reservas. Aquella que no fue madre por imposición, sino por un profundísimo y misterioso deseo vehemente. Tu Hijo, al ser engendrado por ella, se convirtió también en su imagen, en la impronta de su ser, quedó marianizado. Cuando María abrazó por vez primera el Hijo que le acababa de nacer, cuando lo llamó «¡hijo mío!» y le dijo «¡te quiero!», ella era tu sacramento, tu voz, tu abrazo. ¡Felicidades, Abbá! Los religiosos sabemos que el nacimiento de tu Hijo en la pobreza, en la marginación, no te entristece. ¡Así quisiste iniciar el dialogo definitivo con nosotros! Estamos seguros, Abbá, que aunque no necesitas nuestras felicitacio-

9

Lc 2,7.


nes, te agrada que descubramos el misterio de tu felicidad en esta noche en que tu Hijo nace... esta noche en la que sonrĂ­es, danzas y gritas de jĂşbilo10.

10

Sof 3,17-19.


10. Dios nos tiende su mano. La mano del crucificado No somos los primeros que hemos sentido la tentación del ateísmo, de la negación de Dios. No somos los primeros ante quienes Dios ha guardado silencio. Nuestro padre en la fe, el pueblo de Israel, sabe mucho de ello. El Israel de la Palabra de Dios ha sido, quizá, el pueblo que con más dramatismo ha experimentado el silencio de Dios; nadie como él ha sentido a Dios tan cerca y tan lejos. Nadie como él ha experimentado las contradicciones de la presencia de Dios en el mundo. ¡Qué amenazas se cernieron sobre su fe, cuando vieron repetidas veces llegar los ejércitos enemigos a la nación santa, a la ciudad de Dios, hasta el mismo templo-casa de Dios y a Dios... callado, sin actuar, como si no estuviese presente...! La destrucción, la tristeza, la muerte sin esperanza no encontraban ningún eco en Dios. Y, sin embargo, allí había hombres y mujeres que no cesaban de creer y confiar en su Dios. Recordaban en esos momentos a Abraham, como prototipo de fe, y se hacían disponibles para todo. Israel ha dicho que Dios está «envuelto en un manto de oscuridad»11. Lo mejor de aquel pueblo, los anawim, el resto pobre, se acostumbraron a vivir en las tinieblas y a esperar en el camino el paso de la «Luz que hace ver la luz»; ellos se sabían como la cierva sedienta en busca del agua viva de Dios: de su rostro12. Nuestros grandes teólogos nos hablan de la imposibilidad de conocer a Dios, de sentirlo en su plenitud. Sólo nos acercamos a El a través de las sombras, de la analogía. Nuestros místicos nos dicen que Dios se encuentra en lo mas escondido: ¿Adonde te escondiste? (San Juan de la Cruz). La historia de la espiritualidad cristiana nos narra bajo varias modulaciones esta misma experiencia: Dios no se deja atrapar por el hombre, es siempre sorprendente, no es el Dios «pro-fano», sino «santo», y habita en una luz inaccesible. Mas ¿qué sucede hoy, en este mundo pos-cristiano, pos-religioso, desacralizado? La vieja tentación de la increencia ha prendido muy fuerte. Pero no en los más pobres, ni en los ignorantes, ni en los más abatidos por la opresión y la miseria, sino en los «doctos», en los habitantes de la sociedad del bienestar del primer mundo, en los «prometeos» de una humanidad liberada. Estos últimos se sienten como llamados por un destino inexplicable a salvar a la humanidad de sus males endémicos y a arrancarle la esperanza de que algún dios los pueda remediar. La cultura que genera el primer y el segundo mundo es religiosamente escéptica y existencialmente autosuficiente y orgullosa. Resignada a la finitud se presenta «agnóstica», no le interesa la posible existencia de Dios, como si se tratase de un «ser paralelo» del cual es posible prescindir. En nuestro mundo, sin embargo, y en todas las tradiciones religiosas, hay un «resto», un pueblo humilde de pobres que tienen una fe inconmovible en Dios, que esperan en El contra toda esperanza. Y con ello afirman que Dios excede nuestros conceptos, imágenes, deseos. Son el pueblo humilde que vive ante el 11 12

Sal 18,12. Sal 42-43.


Misterio. Es un pueblo ecuménico, formado por hombres y mujeres de las más diversas religiones, que esperan en Dios. Y lo expresan en sus cultos populares, en sus oraciones incesantes, en su experiencia mística de la Presencia silenciosa del Misterio. Pero la presencia de estos creyentes no causa admiración; se les tiene lástima y se espera que con el tiempo y el progreso lleguen a la «conciencia verdadera». La mayor amenaza contra el alma religiosa de la humanidad viene del primero y del segundo mundo y de aquellos que en el tercer mundo están cayendo en la trampa del segundo o del primero; del prometeísmo de la política salvadora, de la neo-soteriología del consumismo, de la neo-escatología presentista del hedonismo. Da la impresión de que los detentores de la riqueza, del poder cuando no tienen vocación de opresores, la tienen de liberadores: el caso es estar siempre en primer plano. Y, sin embargo, «el hombre es un dios impotente», como decía Heidegger. Esta amenaza nos acecha de una manera particular a nosotros, los religiosos. La invocación de «Dios» se profana cuando necesitamos colocarle muchos adjetivos e imágenes, como si Dios no fuese suficiente, o cuando lo aislamos del mundo, como si el mundo no estuviera en su corazón. Ni trascendencia sin inmanencia, ni inmanencia sin trascendencia: Sólo hay un Dios y Padre de todo, que está por encima de todo (trascendencia) en todo (inmanencia) y a través de todo (transparencia)(Ef 4,6). Vivir ante el Misterio nos exige integrar en nuestra experiencia las tres dimensiones: la trascendencia, la inmanencia y la transparencia de Dios. Dios no es «el trascendente», prisionero de su lejanía, ni «el inmanente», encarcelado en nuestro mundo, ni «la tiniebla», incapaz de manifestarse y actuar. Dios es el admirable y paradójico Misterio de la Libertad. Tentación de los religiosos ha sido y sigue siendo «violentar» lo sagrado, como si fuéramos sus dueños. Lo propio nuestro es ser «testigos de la libertad de Dios», profetas que censuran toda imagen idolátrica, los apasionados por su indescriptible santidad. Es en el silencio donde Dios manifiesta su amor loco hacia los hombres, decía Nicolás Cabasilas. La ausencia y el silencio de Dios en nuestra cultura posibilitan una nueva Navidad de su Palabra. Quizá lo necesitábamos. Mirando largo tiempo en la oscuridad -dice un antiguo adagio-, siempre se acaba por ver algo. Dios nos tiende su mano. Pero es la mano del Crucificado. Esa mano abierta que nos transmite el calor frío de Jesús, que nos hace contemplar su Misterio, la solidaridad del Abbá compasivo con el dolor del mundo. Quien me ha visto a mí ha visto al Padre13.

13

Jn 14,9.


11. ¡La Palabra de Dios! Tantas, tantas veces hacemos nuestra oración, nuestra meditación a partir de nosotros mismos, de aquello que nos preocupa, de lo que tiene un interés inmediato... Hemos de revalorizar la Palabra de Dios. Esa Palabra que está cargada de aliento, de luz, de consecuencias vitales.

I Al hacernos destinatarios de tu Palabra, al elevarnos al rango de interlocutores tuyos, Abbá de Jesús y nuestro, nos has concedido "la gracia de todas las gracias". Esa es la mayor consagración y el mayor honor que Tú, Padre bueno, podías demostrarnos. Tú nos consideras capaces de comprender tu Palabra, de poseer tu Espíritu. Haznos comprender lo que significa entrar en diálogo contigo: deberíamos caer al duro suelo de nuestro ser, estremecidos, y, olvidando nuestro deseos inmediatos, exclamar únicamente: "Señor, ¿qué quieres que haga? Y, Tú, que nos haces caer, haznos también capaces de estar de pie ante tu voz, de responderte. Háblanos y danos un nombre nuevo, un nuevo ser, una nueva capacidad.


Tu Palabra es creadora, transforma la realidad, destruye la muerte y suscita la vida. "Hágase en mí según tu Palabra". Que la Palabra germine en nosotros como en la tierra buena. Cristifícanos, Padre, espiritualízanos, Padre, para que seamos Palabra y Voz tuya, los poetas y poetisas del Reino ya inaugurado. AMEN

II ¡Qué extraña sensación nos produce saber, comprender, sentir que tu Palabra nos ha vocado nos ha con-vocado! ¡Qué extraña sensación saber, comprender, sentir que no he sido yo, sino Tú quien elegiste a mis compañeras, a mis compañeros de comunidad! Cada una de ellas, cada uno de ellos, sabe su propia historia de diálogo mantenido contigo. Detrás de cada una, cada uno hay "un elegido" "una elegida" un germen de profecía y parábola del Reino un proyecto de santidad. ¡Qué extraña sensación


ahondar en el misterio de mi comunidad convocada por tu Palabra mantenida por tu Palabra reconciliada -mil veces- por tu Palabra. Tu Palabra no es sólo comienzo Ella conduce al fin, a la meta. Tu Palabra es promesa, la promesa que nunca deja de cumplirse. Pronuncia tu Palabra, en medio de nosotros, Recrea nuestras ilusiones comunitarias, repítenos tu Palabra primera para que volvamos al "amor primero". Haz que tu Logos circule entre nosotros y nos introduzca en el éxtasis del diá-logo comunitario. Que tu Palabra nos impacte nos haga nacer de nuevo y estar dispuestos a morir para que nazca la comunión.

III Tu Palabra, Padre, bajo la fuerza del Espíritu, es viento, fuego, fecundidad, omnipotente debilidad, débil omnipotencia. Tu Palabra bajo la voz del Espíritu nos lanza a impulsar la historia hacia adelante a encender utopías apagadas,


a engendrar un hombre nuevo a compartir la fuerza de los débiles a denunciar la debilidad de los poderosos. Tu Palabra no nos deja quietos, nos coloca en un extraño ex-tasis siempre fuera de nosotros, siempre arraigando en los otros siempre... siempre como ex-céntricos, haciéndote hablar actuar allí donde tu Reino ha sido silenciado. Testigos de tu Palabra, Mártires de tu Palabra. A esto nos llamaste. Conságranos en la Verdad. Tu Palabra es Verdad.


12. Los ídolos de los religiosos Es fácil caer en la idolatría. Sus formas actuales son más sofisticadas y menos ostentosas. La tentación idolátrica nos acosa con mil artimañas. Parece impropio de una época que se proclama agnóstica, atea o secularizada. ¡Pero es así! ¿Cuáles son las realidades que absorben toda la capacidad de adoración, de entrega y de generosidad del hombre de hoy? En el plano social destaca el «diosdinero», el «dios-placer», el «dios-poder», con sus respectivos y variopintos sistemas religiosos. Sus templos son los bancos, los restaurantes, los estadios, los cines, los supermercados y shopping-centers. Universidades y escuelas técnicas, medios de comunicación y las formas de marketing o propaganda se preocupan de formar y crear un «pueblo bien dispuesto». Quienes antes acudían regularmente a las celebraciones religiosas, ahora acuden con no menor regularidad a los cultos que la nueva religión programa. El culto al verdadero Dios, si aún persiste, es tan ocasional y tan poco sentido que resulta vergonzoso. Los profetas anti-idolátricos no deben callar. Necesitamos nuevos Moisés, Jeremías, Oseas, Isaías, que nos acosen en nombre de Dios y nos abran los ojos. ¿No será incluso necesario que entren en nuestras comunidades y denuncien la idolatría que también a nosotros tienta? ¿Cuáles son esos ídolos que exigen nuestra adoración? He aquí nuestros siete ídolos (¡valga el número siete como cifra simbólica!):  Nuestro ego: la ego-latría hace que todo gire en torno a nuestro propio yo; lo defendemos, lo justificamos, lo superprotegemos; «mi yo» antes que la comunidad, antes que la misión, antes que Dios. Un excesivo cuidado de la propia salud, la apariencia física, la propia imagen, los propios proyectos, son indicios de ego-latría.  Una cierta tranquilidad y des-complicación de vida que nos lleva a evitar situaciones de conflicto, a no tomar decisiones radicales; la mediocridad se convierte en el dios al que adoramos; vivimos sin grandes pasiones, sin grandes pecados, y sin grandes virtudes. Es como quedar rendidos ante el dios de la tibieza.  El propio trabajo apostólico se convierte en ídolo cuando amamos más la misión del Señor que al Señor de la misión; cuando hacemos de la tarea apostólica una forma de autorrealización, de dominio y prestigio, despreocupándonos fundamentalmente de estar al servicio humilde y abnegado de nuestro Dios.  La misma oración personal se convierte en ídolo cuando a ella no corresponde un serio compromiso con los hermanos, con la comunidad; cuando se convierte en una necesidad obsesiva; cuando se ama más la oración del Señor que al Señor de la oración.  La amistad: hay amistades que acaparan todo nuestro centro afectivo y se convierten en idolátricas. A ellas se dedica el tiempo, la capacidad de oblación, la intensidad de los afectos. Por ellas se discrimina a los demás. Ocupan


de tal modo el espacio del corazón y la mente, que aíslan, esclavizan y poco a poco destruyen.  El hábitat y la comida: por una especie de contagio colectivo, los religiosos estamos casi permanentemente embarcados en obras de re-modelación o de compraventa de nuestro hábitat; se tienen las comodidades de hoteles de varias estrellas. Nuestra alimentación es cuidada, quizá excesiva. Tal vez para algunos...su principal placer.  La radio y la televisión: hay religiosos radio y tele-dependientes. Le consagran su tiempo. Su mundo de expectativas está frecuentemente marcado por ellos. Los programas favoritos encuentran en ellos una participación fiel. Mientras tanto, el verdadero Dios, nuestro Dios-Trinidad contempla celosa y airadamente cómo consagramos nuestro tiempo, nuestras pre-ocupaciones, nuestra admirable capacidad afectiva a estos ídolos. También nosotros necesitamos la terapia de la profecía anti-idolátrica: «Tengo contra ti que has perdido tu amor primero. Date cuenta de dónde has caído y arrepiéntete» (Apc.2, 4-5).


13. Testigos del Dios vivo Testimoniar al Dios Vivo es una de las urgencias más insoslayables que tiene la Iglesia de nuestro tiempo. El secularismo está consiguiendo dimensiones planetarias. Nos ha afectado incluso a quienes formamos la Iglesia, sin excluirnos a nosotros mismos, los religiosos. La experiencia de Dios se ha vuelto más difícil y extraña. Nuestro mundo y nuestra sociedad hacen opaca su presencia. La increencia de no pocos de nuestros contemporáneos es una anti-llamada que nos pide olvidar cualquier interpelación divina. Dios no es obvio. Dios no aparece como mundanamente necesario. En estas circunstancias adquieren una urgencia especial las palabras de Jesús: Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo... y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra14. Hemos sido habilitados por el Espíritu para ser testigos del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, ser testigos del Reino, que en Jesús Resucitado llega a su centro y culminación. La evangelización se hace por testigos. El testigo no da solo testimonio con las palabras, sino con su vida. No debemos olvidar que en griego testimonio se dice «martirio». La vida religiosa debe ser comprendida y vivida como una forma específica de testimonio de Dios en la Iglesia y en el mundo. Apareció en la Iglesia como la sucesora del radicalismo de los mártires, es decir, de los testigos en el grado máximo del testimonio. Hay en toda forma de vida religiosa una intencionalidad de testimonio total, maximalista, como un martirio incruento. Hoy son muchos los hombres y mujeres que viven una existencia sin horizonte y sin trascendencia. Si a comienzos de siglos el número de los que se declaraban ateos o indiferentes giraba en torno a los cuatro millones de personas, se calcula que a finales de este milenio el número de no creyentes habrá aumentado vertiginosamente hasta superar la cifra de 1.300 millones. Se trata de un fenómeno contagioso, extremadamente contagioso, especialmente en el primer mundo. En nuestra época, después de los «maestros de la sospecha» (Marx, Freud, Nietzsche) no es indiferente preguntarse: testigos ¿de qué Dios? Ya decía Henri de Lubac: No hay núcleo en torno al cual se aglutine tanta hipocresía como la palabra «Dios». Nuestro acceso al misterio de Dios acontece en aquel que es El camino, la Verdad, la Vida, la imagen viviente del Padre, la impronta de su Ser, Jesús de Nazaret. Jesús fue el testigo fiel que le hizo presente con una intensidad que supera toda imaginación. Cristo Jesús, el Señor crucificado, el Siervo enaltecido es el icono del Dios invisible. En sus palabras y acciones se narra el hablar y el actuar de Dios. De ese Dios, manifestado en Jesús somos testigos y mártires los religiosos. Nos corresponde sacramentalizar al Testigo fiel, dejándonos marcar por las improntas de su virginidad, pobreza y obediencia. 14

Hech 1,8.


Nuestra misión carismática nos extro-vierte hacia el mundo, al que tanto amó el Padre que le entregó a su Hijo. La vida religiosa ha ejercido, ya desde sus orígenes, una admirable diakonía (servicio), especialmente en el mundo de la educación y del dolor. Hemos de preguntarnos en qué medida nuestras instituciones educativas o sanitarias son transparentes al testimonio del Dios de la Vida, del Jesús del Evangelio. La vida, como parábola viviente, es la que arrastra y hace creíbles nuestras reflexiones y palabras.


IV. JESÚS, EL SEÑOR: CENTRADOS EN ÉL


14. Fijos los ojos en El o la contemplación interior Jesús de Nazaret es ahora el Resucitado, el Viviente. El es nuestro Señor. Nos compró con su sangre. Le pertenecemos irreversiblemente. Somos su pueblo. El nos ha amado primero y habita en nosotros. Merece toda nuestra adoración porque es «digno de ser amado». Nadie se le iguala. En él resplandece toda la belleza y seducción de Dios Padre. Es el sacramento perfecto de su Bondad, Simpatía y Gracia. Los rasgos admirables del Jesús histórico han germinado eternos en el Resucitado y se asoman en cualquier encuentro con El. Jesús sigue hablando, sanando, tocando, enamorando, ilusionando; realiza pequeños, pero muy significativos, milagros, narra nuevas parábolas, mantiene conversaciones privadas, genera nuevas amistades, mira con amor penetrante y llama al seguimiento, se duele de las deserciones e infidelidades y llora por la ciudad infiel. La cercanía a Jesús produce éxtasis, paz profunda, alegría serena, fantasía creadora. También conmociona y estremece porque su luz es ofuscadora, su tangencia paraliza nuestra sensibilidad. Por eso su cercanía está frecuentemente llena de silencio, oscuridad e insensibilidad. Aparece en lo más pobre y abyecto, en lo inesperado o aparentemente menos valioso. Se entrega ocultándose y haciéndose esperar, tras la purificación de la mirada, cuando la ceguera nos abre a una nueva visión, cuando la muerte nos hace sensibles a una nueva vida: «sacudamos el pecado que nos asedia, fijos los ojos en Jesús» (Hb 12, 1-2); «a quien amáis sin haber visto; en quien creéis aunque de momento no le veáis; rebosando de alegría inefable y gloriosa» (1 Pe 1, 8-9). En nuestra alma nos es dado contemplarlo. «Nadie puede conocer a Dios si no se ha conocido antes a sí mismo» (Filocalía). El autoconocimiento es posible cuando nos vemos limpios de pecado, que empaña nuestro espíritu y lo hace opaco a la imagen que en él se quiere revelar. Quien se reconoce abismalmente pecador, puede descubrir su auténtica interioridad. Hay una espera de purificación a través de la cual se supera el egocentrismo posesivo, aparece la total desapropiación y humildad y emerge el amor. «Bienaventurados los purificados en el corazón porque ellos verán a Dios». En nuestra alma, purificada e iluminada por el fuego-luz del Espíritu, podemos contemplar como en un espejo a Jesucristo. Y en el fondo de su imagen, podemos atisbar el arquetipo abismal del Abbá. «¡Oh Trinidad, cuyas sombras confusas me llenan de emoción!» (S.Gregorio Nacianceno). Cuando hemos descubierto la presencia de Jesús en nuestra alma, podemos amarlo más allá de todos los tiempos y espacios. El amor a Jesús puede ir creciendo y madurando en intimidad, delicadeza. Ello es fruto de la paciencia, de la oración, de una profundización progresiva y continua en la Sagrada Escritura y en el don del Espíritu. No se puede conseguir de forma violenta. El deseo es ya un comienzo. Le hemos entregado voluntariamente todo nuestro ser. Nos hemos convertido en familiares suyos: hermanos y amigos. Hemos puesto nuestros ojos en El para siempre. Desde el día de nuestra profesión El es nuestro centro. Aunque a veces se


nos escape la mirada y se entretenga con otras realidades, tenemos en el alma los ojos de Cristo dibujados: «¡Oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados, formases de repente, los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados!». Limpia nuestra mirada, fijos nuestros ojos en El, en su Palabra, en sus Sacramentos, en su Iglesia -que es su Cuerpo-, en sus pobres que son su prolongación... vivimos la experiencia de una inexplicable felicidad.


15. Imagen de Dios, imagen del hombre Según los Santos Padres, Dios, al crear al hombre fijaba la mirada de su pensamiento en el Cristo-prototipo. Pues Jesús es la imagen de Dios invisible (Col 1, 15) es la huella del Padre, la impronta de su ser (Heb 1, 3). Es más: en el comienzo, la creación del hombre "a imagen de Dios" tenía como meta la encarnación del Hijo de Dios y la divinización de nuestra naturaleza. Desde el lado divino la "imago Dei" manifiesta el deseo de Dios de ser hombre: "El eros divino ha hecho descender a Dios a la tierra" (S. Macario), le ha obligado a dejar la cumbre del silencio. Desde el lado humano la "imago Dei" manifiesta la posibilidad que tenemos de llegar a la divinización: "El hombre no ha sido hecho dios desde un principio, pero sí ha sido hecho para llegar a ser dios" (S.Ireneo). Por esto, "entre Dios y el hombre existe el mayor parentesco" (S.Macario). La caída del hombre, el pecado de origen, continuado después en la historia, reprime profundamente la imagen de Dios en nosotros. Es el rechazo de la creación. Al "Fiat" de Dios, respondemos con un "Non serviam". A la luz del misterio de Cristo, el pecado de origen implica un rechazo a ser imagen de Dios y a la encarnación del Hijo de Dios. El pecado de origen es el comienzo de la muerte del Viernes Santo: dar muerte a la Vida, a la Imagen viva de Dios, al Hijo de Dios (Hech 3, 15). La caída no corrompe la imagen de Dios en nosotros, pues ningún mal podrá borrar jamás el don misterioso que nuestro Creador nos concedió en el inicio; tiene el cuño indeleble de Dios. El pecado reduce la imagen al silencio, la rechaza, la vuelve ineficaz, le impide ser una imagen "semejante". El pecado, como opción fundamental en la vida, es un atentado mortal contra nuestra vocación fundamental. En Cristo Jesús Dios Padre nos ha vuelto a llamar para ser "imago Dei". En Jesucristo Dios Padre revalida su voluntad creadora. Lo dice Pablo con gran hondura: "Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según se designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también los justificó; a los que justificó, a esos también los glorifico" (Rom 8, 28-30). Esta es nuestra vocación mesiánica: configurarnos con el Mesías, Cristo Jesús e insertarnos en la nueva historia que en él se inicia. La configuración plena con Cristo abarca todo su mundo de relaciones:  identificación con Jesucristo en su relación filial con Dios Padre; vivir como "hijos en el Hijo".  identificación con Jesucristo en su relación fraterna con todos los hombres; vivir la fraternidad universal.  identificación con Jesucristo en su relación de diakonía (servicio) a los hombres, como diakonía del Reino; actuar la misión del Reino de Dios;


 identificación con Jesucristo en su relación de señorío sobre todas las cosas; liberar la creación. Nuestra vocación está bajo el primado del seguimiento y de la configuración con Cristo.


16. La alternativa profética de Jesús Walter Brüggemann ha escrito que «la función del ministerio profético es alimentar, nutrir, hacer surgir una conciencua y una percepcion alternativa a la conciencia y percepción culturales dominantes». Mas ¿de dónde nace la alternativa profética? Durante bastante tiempo se ha definido al profeta como el hombre que pre-ve, que pre-dice. Se ha colocado el acento en el prefijo pre; el profeta sería el hombre del porvenir. Sin embargo, el profeta bíblico no es el que ve y dice el futuro, sino lo absoluto de Dios: «la profecía responde a la nostalgia del conocimiento de Dios» (André Neher), no del conocimiento del mañana. El profeta ve y dice porque Dios se le ha revelado a través de la visión y de la palabra. Y a través del profeta, como si fuera un sacramento viviente, Dios se comunica con el Pueblo. El profeta es en medio del Pueblo el testigo del Absoluto. El profeta es el hombre, la mujer del Espíritu. En el profeta la comunicación con el Espíritu de Dios es especialmente intensa. El profeta se ve poseído por el Espíritu de Dios, por el amor y la pasión de Dios. En Jesús de Nazaret aparece en toda su plenitud esta dimensión de la profecía. Juan Bautista lo reconoció: "He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él" (Jn 1, 32). También la comunidad de Jesús nació de la bajada del Espíritu en Pentecostés. Es la "comunidad espiritual" (P. Tillich), es pueblo de profetas. La Iglesia es el cumplimiento de la profecía de Joél, que proclamó que algún día el Espíritu se derramaría sobre jóvenes y muchachas, ancianos y adolescentes, esclavos y esclavas (Joel, 3, 12). El profeta no es solamente aquel que tiene una experiencia de contacto íntimo con el Espíritu de Dios en su propio espíritu. Es también aquel a quien Dios se le revela como Palabra, y por eso, el profeta habla, dice. "La palabra es la madurez del espíritu" (A. Neher). La Palabra de Dios está cargada de energía creadora y es sumamente poderosa. Todo lo que quiere lo hace. Es más una orden. que un fonema. Se dirige más a la voluntad que al oído. Pide obediencia. El primer interlocutor es el profeta. El tiene que prolongar el diálogo interior por medio del diálogo exterior. El tiene que introducir en el mundo la Palabra de Dios. Ha de hacer llegar a todo el pueblo el dabar de Dios. Jesús es al mismo tiempo el testigo de la Palabra y la Palabra misma. A través de El la Palabra enérgica y creadora de Dios se introdujo en el mundo e inició el Reino. También a la comunidad cristiana le fue confiada la Palabra: "Id y haced discípulos a todas las gentes... enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado" (Mt 28, 19-20). La alternativa profética nace de una experiencia de comunión -gratuita e intensacon el Espíritu de Dios, que convierte al profeta en símbolo (oth) del Dios vivo y patético. Nace también de una revelación de la Palabra de Dios, que le hace portavoz de Dios ante el Pueblo. La comunicación con el Espíritu y la revelación de la Palabra alteran profundamente al profeta. Queda como sustraído a su propio yo. Siente que ha sucumbido a


otro más fuerte que él: "Señor, me has seducido y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido" (Jer 20,7). Se sabe consagrado por el Espíritu, penetrado por el amor y la ira de Dios. Al mismo tiempo se siente profundamente enraizado en su pueblo. Se experimenta como un ser contradictorio, paradójico. El profeta es el primer afectado por el Dios que "hiere y sana", que da "la muerte y la vida. El profeta vive la tensión de dos polos, que aún no se han reconciliado. Ante Dios es el abogado de los hombres y ante los hombres es el abogado de Dios. Jesús vivió este drama de todo profeta muy intensamente. El intercedió ante el Padre por los hombres (Lc 23, 34; Rom 8, 34). Invitó a los hombres a entrar en la comunidad del Reino. Experimentó la tensión entre el amor apasionado al Padre y el amor hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo. Se sintió hijo de Dios e hijo del hombre al mismo tiempo. En su carne martizada, devorada por el celo, realizó la comunión entre Dios y el hombre: "Jesús murió no sólo por la nación, sino para reunir en uno a los hijos de Dios, que estaban dispersos" (Jn 11, 52)15. El profeta es un símbolo (oth) del Dios viviente, es el portavoz de su palabra poderosa. Presenta en el mundo del pecado la alternativa de la Gracia; en el mundo oprimido, aprisionado por el egoismo y la injusticia, la alternativa de la libertad, del amor, de la compasión, de la justicia. Jesús fue la suprema expresión de esta alternativa al invitar a los hombres a la conversión y a comprometerse con los valores del Reino. Como los profetas, pero en grado sumo, Jesús alimentó en el pueblo una conciencia alternativa. Quería deshacer la conciencia dominante, rechazar y deslegitimar el "statu quo" de su tiempo. Ofreció a sus contemporáneos una escala de valores muy diferente de aquella que vigía en la sociedad religiosa y política: la conciencia alternativa de las Bienaventuranzas. Esta conciencia alternativa lleva a percibir y juzgar la realidad de otra manera. Suscita un peligroso espíritu crítico, que desenmascara:  las falsas divinidades ("Da a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César" Lc 20, 25),  la falsa bondad ("los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos y los que ejercen el poder sobre elllas se hacen llamar bienhechores , pero no así vosotros" Lc 22, 25 - 26),  la falsa libertad ("la verdad os hará libres", "quien ha cometido el pecado es esclavo del pecado"),  los falsos valores absolutos ("¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo..?"),  la falsa religiosidad ("No todo el que diga "Señor, Señor", sino el que cumpla la voluntad de mi Padre" Mt 7, 21). La conciencia alternativa se revela como denuncia- de una realidad que no corresponde ya al primitivo designio de

15

Cf. G. LOHFINK, Gottes Taten gehen weiter, Herder 1985, pp. 105-116.


Dios, tal como aparece en la subversión mesiánica proclamada por el María en el Magnificat. Al mismo tiempo la conciencia alternativa energiza a las personas y a las comunidades con otra jerarquía de valores, con las promesas de Dios. Estas suscitan un enardecido espíritu constructivo, activo, que desea con impaciencia anticipar por todos los medios la novedad prometida por Dios. El profeta es un ser utópico que propone lo que no es evidente. Genera ilusiones, transmite esperanza, alivia el sufrimiento humano, acelera el éxodo de los pobres hacia la patria de la libertad; presenta públicamente la Buena Noticia y anuncia el fin de todos los ídolos. Provoca en el Pueblo la angustia y la queja, por un lado. Pero, por otro, inyecta en el pueblo la alegría liberadora y la doxología. El profeta lucha por la instauración de una sociedad alternativa, donde la política y la economía estén fundadas en la justicia y en la compasión de Dios. El profeta se siente captado por una imagen de Dios y una vivencia religiosa alternativa: la imagen del Dios justo, compasivo, solidario con el pobre y el pecador, que se manifestará en toda su plenitud en la persona, vida, muerte y resurrección de Jesucristo.


17. El celibato de Jesús El celibato de Jesús adquiere todo su significado cuando se comprende su motivación y se incluye armónicamente en su proyecto existencial. Jesús no fue ni un monje, ni un sacerdote. Asumió la condición celibataria «por el Reino de los cielos» (Mt 19,21). Su celibato, su «enouchía», que aparecía como un estilo alternativo de vida, tenía una honda significación profética: era símbolo de la relación de su persona con el Reino, pero al mismo tiempo un instrumento privilegiado para hacer presente el Reino. El Reino no es una cosa, o una realidad impersonal. Es el Reino de Dios; o es el acontecimiento de Dios reinando como Padre en el mundo de los hombres; amanece cuando Dios Padre por medio de su Hijo Jesús y del Espíritu comienza a ejercer sus derechos de Padre universal de todos los hombres, los convoca y reune para la gran comunión fraterna y hace de cada uno de sus hijos un hombre libre y solidario, señor de la creación, heredero universal. El celibato de Jesús es símbolo, parábola del Reino, dado que sólo en él encuentra su justificación. El Reino fue para Jesús su gran misión histórica, el motivo de su encarnación. Por lo cual no hay que buscar razones metafísicas para justificar el celibato de Jesús, como si el matrimonio hubiera sido absolutamente incompatible con su condición de Hijo de Dios. Fuera de las coordenadas del Reino no se puede hablar de celibato cristiano. Jesús realizó su misión de servicio al Reino asumiendo «un cuerpo en la carne» (Col 1,22); es decir, un cuerpo a quien la carne hacía extremadamente cercano y vulnerable a las fuerzas del anti-Reino como la ley, el pecado y la muerte16. El cuerpo de Jesús quedaba así anticipadamente condenado a muerte; a esa muerte que infiere el Reino de la muerte. «En este sentido la muerte para él no es solo una participación en el destino común sino una decisión» (A.Sicari). Jes��s, al acercarse, como mensajero del Reino, a la condición humana pecadora se expuso y arriesgó a morir. Es más, en cierta manera decidió ofrecer su cuerpo a la muerte. En este sentido afirmaba san Gregorio Nacianceno: «Si alguno pregunta por el misterio se sentirá llevado a afirmar más bien, que no fue su muerte una consecuencia de su nacimiento, sino que él nació para poder morir». En su cuerpo llevaba Jesús los signos de su decisión. Mientras la mayoría de los hombres desean arrebatarle a la muerte su poder y aprovechan el espacio que les deja para vivir, engendrar y perpetuar de algún modo su existencia, Jesús aparece como aquellos para quienes se ha acabado el tiempo. El celibato es para Jesús un signo de la cruz de su muerte que ya ha cargado anticipadamente sobre sus hombros, la cruz de cada día. Jesús sabe que su entrega hasta la muerte anticipa el Reino. Por eso tiene prisa; su camino hacia la muerte es veloz. Proclama el evangelio del Reino, como los antiguos heraldos, con una inusitada urgencia: «Tengo que ir a otras ciudades...» El celi-

16

Cf. Rom 8,3; Gal 5,13; 2 Cor 5, 21.


bato le permite a Jesús una total disponibilidad y movilidad itinerante. Y al mismo tiempo proclama la relatividad de la vida humana en las condiciones del Anti- Reino. No es la muerte-muerte, en cuanto tal la que inaugura el Reino. Es, más bien, el proceso de muerte que se va realizando velozmente en Jesús. Jesús muere en la medida en que se sacrifica, se inmola por los hombres. Jesús renunció a la autoperpetuación a través de la generación. Dejó que el amor hasta la muerte secara su cuerpo y lo hiciera incapaz de engendrar la vida. Pero ese era el paradójico camino a través del cual la Vida del Reino llegaría hasta nosotros. El cuarto Evangelio entiende la existencia de Jesús como una existencia eucarística: como un pan entregado, un vino derramado que, justamente en la oblatividad total, en la muerte vivifica. Jesús muriendo da vida y vida en abundancia. Jesús no se ha preocupado de sí mismo. No ha protegido, ni gratificado su cuerpo. Este ha sido siempre «el cuerpo inmolado», el cuerpo eucarístico, entregado. La muerte en la cruz es el momento supremo de ese sacrificio que se inició en la encarnación. Es el culmen del amor. El momento en el que el Reino del Padre rezuma totalmente a través de la Carne sacrificada del Hijo y de la Carne glorificada por el Espíritu. En este contexto se puede entender la profundidad del celibato de Jesús. Fue el gran signo existencial de su misión al servicio de la llegada del Reino. Fue una parábola de su muerte, decidida por amor. Así se puede entender en toda su hondura la frase de Pablo: «Me amó y se entregó por mí»17.

17

Ef 5, 2-25; Gal 2,20.


18. "Muriendo destruyó la muerte" En la muerte de cada persona humana ocurre algo para nosotros. Nadie experimenta su propia muerte. Siempre nos sale al encuentro como muerte de otros. Pero en la muerte del otro nos sale al encuentro algo de nosotros mismos. En ella se manifiesta nuestra propia vida. Esta es la razón por la que nos puede impresionar tan profundamente. ¡Nadie muere sólo para sí mismo, sino que también muere para los demás! Jesús tampoco murió para sí mismo. Su muerte impresionó profundamente al grupo de sus incondicionales discípulos. Su muerte sigue impresionando a millones de hombres y mujeres. Su muerte ha quedado plasmada en los crucifijos, en tantas imágenes que describen lo que es el cristianismo, en las confesiones de fe que anuncian la muerte del Señor, "que padeció, murió y fue sepultado". Pero, ¿qué experiencia sale al encuentro de aquel que mira con ojos de fe la muerte de Cristo? Como dice bellamente la teóloga alemana Dorothée Sölle, "Jesús amó sin prestar atención a las consecuencias para su propia vida". Amó hasta tal punto al pueblo, que vivía descarriado, "como ovejas sin pastor", que su conducta suscitó una respuesta violentísima entre sus enemigos y, a causa de ello, fue crucificado. Pasó por la experiencia de los desechados de la sociedad, de los expulsados de la mesa de la vida, de aquellos sobre cuya vida otros se sienten autorizados a decidir. La muerte le llegó como violencia, como un acto voluntario de hombres que se creían en el derecho de privarlo del resto de sus años. Jesús predicó el Reino. Instauró el Reino de la vida con sus gestos mesiánicos (milagros). El Reino de las tinieblas, consiguió introducirlo en las sombras de la muerte. Cuando contemplamos la muerte de Jesús desde la perspectiva de su misterio como "Hijo de Dios Padre", las palabras de Pilatos "Ecce homo!" ("¡He aquí al hombre!"), nos remiten al "Ecce Deus!" ("¡He aquí a Dios!"). En el moribundo de la cruz encontramos a Dios. En El contemplamos a Dios en la cruz. ¡Dios está ya en los umbrales de la muerte! Jesús crucificado es, aunque parezca absurdo e irracional, locura o necedad (cf. 1 Cor 1-2), la imagen de Dios invisible: ¡ese es Dios!, ¡así es Dios! "Felipe, quien me ve ha visto al Padre". El ser de Dios aparece en el sufrimiento de la muerte. ¿Por qué? Jesús se vió envuelto en las fuerzas de la muerte por amor a su pueblo, por solidarizarse con los más pobres, por comprometerse con el hombre hasta el final. Ahí se manifiesta un Dios humano, solidario hasta la muerte con nosotros, como el Padre de todos los moribundos: "El Padre entrega a su Hijo a la cruz para convertirse en el Padre de los entregados, de los crucificados" (J.Moltmann). La experiencia de muerte de Jesús es presentada en los Evangelios como una experiencia de un doble abandono: abandono del Padre ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?") y abandono del Espíritu ("e inclinando la cabeza entregó el Espíritu"). La muerte es la distancia, el alejamiento, la ex-patriación, el destierro.


Jesús experimentó la muerte en el amor. Morir para El fue despojarse, entrar en la lejanía de Dios, convertirse en un maldito entre los malditos de la tierra. En la muerte Jesús no es un personaje puramente pasivo. Son otros ciertamente, los que le entregan a la muerte: Judas a los sacerdotes, éstos a Pilatos, Pilatos a los verdugos que lo crucifican. Pero Jesús se encarga de decir: "Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo" (Jn 10, 17-18). Jesús fue el gran responsable de su muerte: "No amó tanto su vida que temiera la muerte". Y arrostró el sufrimiento y encaró la muerte, desafiándola con todo el amor que llevaba en su corazón. Aún más, esta entrega voluntaria de Jesús, "que me amó y se entregó por mí" (Gal 2,20) corresponde a la entrega que el Padre hace del Hijo por amor al mundo. Como que el Padre participa misteriosamente en la muerte real del Hijo y lo entrega a la muerte. Así se manifiesta que Dios es amor y amor inconmensurable. En Jesús se demuestra que el Hijo de Dios se hizo presente en nuestras experiencias de muerte. Que el creyente puede, de ahora en adelante, "morir en el Señor", "morir en Jesús" (1 Tes 4,14); que en la muerte no estamos solos. Es el momento culminante del seguimiento e imitación de Jesucristo. Es el momento en el que llevamos su yugo y su carga. Es tan poderoso el amor de Dios que puede hasta sufrir y padecer nuestra misma muerte. Como decía K.Barth, en pasión y muerte "Jesús ha confirmado verdaderamente y ha hecho manifiesta su divinidad". La aparente victoria de la muerte sobre Jesús se convierte en su derrota. Ella no tiene la última palabra. La presencia de Dios en el ámbito de la muerte es una triste noticia para ella. Se hace presente la Vida, Aquel que es la Vida del Mundo (Jn 14,6). Por eso, "muriendo destruyó la muerte". "La muerte quedó aniquilada para siempre. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? Demos gracias a Dios que nos da esta victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Cor 15,55-57). Jesús dio su vida para recobrarla de nuevo. La lejanía del Padre y del Espíritu fue una experiencia provisoria. El fracaso fue pasajero. La destrucción del grano de trigo fue una condición previa para el nacimiento de la espiga. El día de la Resurrección el Padre engendró al Hijo, le hizo resucitar, le entregó el Espíritu en plenitud total y lo hizo renacer a la Vida eterna. El fracaso de Jesús fue el preludio de su éxito en la resurrección, No todo lo que a los ojos de los hombres aparece como fracaso, es tal a los ojos de Dios: "La debilidad divina es más fuerte que la fuerza de los hombres" (1 Cor 1,25). Jesús muriendo destruyó la muerte. Nosotros, los cristianos, hemos recibido la revelación de Dios, que nos manifiesta el sentido de la muerte. Nuestra fe nos manifiesta que Dios es "el Dios vivo", "el Dios de vivos y no de muertos"; que la comunión con El, durante esta vida terrestre, no concluye con la muerte. Ya en el Antiguo Testamento gritaba Job en medio de su


angustia: "Yo sé que mi defensor está vivo y que El se levantará sobre el polvo. Tras mi despertar me alzaré frente a El y con mi propia carne veré a Dios. Yo, sí, yo mismo le veré, mis ojos le mirarán" (Job 19,25-27). La muerte no tiene la última palabra. El Padre nos creó para la vida, "para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre... para adherirnos a El con la total plenitud de nuestro ser en la eternidad" (GS, 18). Cristo ha ganado esta victoria para nosotros, porque murió por nosotros. Morir es morir al mundo de la muerte y comenzar a vivir la vida en plenitud. Morir en Cristo es el momento de encuentro con la presencia inexpresable y amorosa del Padre. Tras el vacío de la muerte estará el Padre, con los brazos abiertos, acogiéndonos, dándonos vida. Haciendo realidad aquelllo de: "¡Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy!". Y nosotros le diremos un "¡Abbá!" que nunca se concluirá y nos hará entrar en un éxtasis eterno. Tras la muerte está la plenitud del Reino de Dios y el juicio sobre los males de nuestra historia. El cristiano rechaza como anti-Reino el imperio de la muerte que se infiere a los demás. Pero cuando la muerte llega, no la entiende como esclavitud. Cuando aceptamos la "hermana muerte", entonces demostramos nuestra capacidad de amar y de descentrarnos de nuestro yo, poniendo el centro en Dios y en los hermanos. Cuando la muerte se realiza en un contexto de amor, es diferente. Sigue siendo enigmática, misteriosa; pero en la fe, en la esperanza y en la caridad, no es un morir solos. Es un morir-con-Jesucristo. Es un morir-con-los-demás. Es participar en un paradójico acto comunitario de trascendencia. Es el fin de un proceso de contínua muerte. La muerte cristiana está bajo el principio de la defensa de la vida, de la lucha por la vida. La muerte por solidaridad, por amor, es el gesto que da a la vida todo su sentido. La muerte final es luminosa para aquel que ha aprendido el "arte carismático de morir". Es el aprendizaje de la entrega como pequeña muerte. Cada pequeña muerte por amor, por solidaridad, nos aproxima al Señor: "Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio la encontrará" (Mc 8,35). El vaciamiento personal, la renuncia a vivir desde mí mismo, como si yo fuera mi Dios para mí, abrirme a la compasión, al amor desinteresado a los otros, es una forma de morir, de aprender la entrega suprema. La muerte de Jesús se inició mucho antes del viernes santo. Cuando, por la vocación del Padre, Jesús abandonó su casa, su madre, su familia, sus proyectos, tuvo ya una experiencia de muerte; cuando rechazó las tentaciones del Maligno y de las del pueblo que pretendía proclamarlo "rey", Jesús experimentó la muerte; cuando Jesús, por ser coherentes con su vocación y misión se enfrentó con los poderes de este mundo, experimentó la muerte. Su sacrificio en la cruz fue la culminación de un sacrificio que se había iniciado mucho antes. Por eso, el sacrificio de la cruz, dentro de su dramatismo, es tan luminoso y tan transparente al amor. Quien ha aprendido en la vida, a través del sufrimiento, la entrega, el amor, quien se ha ejercitado en el despojo y en la generosidad, hace espontáneamente de la muerte el acto de entrega última y definitiva. Para el egoista, el que dijo muchos


"noes" a Dios y a los hermanos, la muerte es un asalto, un castigo, un robo. A ese se dirigen aquellas palabras de Hb 10,31: "Es tremendo caer en las manos del Dios vivo". Sin embargo, para aquel que siguiendo e imitando a Jesús aprendió el arte carismático de morir y por amor no amó tanto la vida que temiera la muerte, ésta se convertirá en oración, en éxtasis y podrá decir: "¡Abbá, en tus manos encomiendo mi vida!".


19. El Cuerpo virginal del Resucitado Según la carta a los Hebreos la resurrección y glorificación del cuerpo de Cristo, en vez de abolir el sacrificio de su Cuerpo lo hacen presente, perenne. El Reino en su plenitud escatológica es el mundo del Cuerpo Resucitado de Jesucristo en su nueva forma de existencia18. En el Cuerpo Resucitado del Señor sí que aparecen las marcas de su celibato. Es un Cuerpo en perenne actitud de oblación. No es un Cuerpo que se reproduce, sino que todo lo incorpora a sí, el que todo lo atrae a sí. Y atrayéndolo lo resucita, da vida eterna. Por el Espíritu «el árbol seco» se convierte en árbol frondoso que da vida y que permanece para siempre. El Espíritu se ha apoderado por medio de la Resurrección completamente de la corporeidad virginal de Cristo y ha desatado en ella toda su riqueza y significado. Solo en la comunión con este Cuerpo encuentra el hombre la salvación. Pero también el cosmos. Si este Cuerpo no fuera virginal, no estuviera penetrado por la fuerza totalmente extática del Espíritu, la salvación del Reino no llegaría a todos los hombres, al universo. Mas la realidad es diversa: es el Cuerpo que se entrega. La carta a los Efesios lo compara al Cuerpo del Esposo que se entrega a la Esposa, la Iglesia, mientras todavía ésta peregrina en la historia, pero que espera unirse definitivamente a ella en las bodas escatológicas en un éxtasis sin fin (Ef 5, 21-33). A partir de esta primera y única virginidad se ha introducido en la historia aquella tensión según la cual todos los cuerpos humanos caminan hacia la plenitud de la relación con el Cuerpo Resucitado de Jesucristo. Donde esta tensión se hace más palpable es en la Iglesia, que es la Esposa. Ella es la meta del amor virginal del Esposo. Es la llamada al seguimiento y a la identificación total con el Esposo. Ha sido destinada a participar de la virginidad esponsal de Jesucristo. La Iglesia es al mismo tiempo Virgen y Esposa. Por eso se expresa lo que ella es a través del matrimonio y de la virginidad de aquellos que son sus miembros. También por ello encuentra su imagen prototípica en aquella mujer que fue al mismo tiempo virgen y esposa: María. Si es cierto que el celibato cristiano se inspira en el celibato histórico de Jesús de Nazaret, también es decisivo añadir que el acontecimiento de la Pascua lo revela y lleva a cumplimiento, porque en él el Reino adquiere su configuración definitiva. A través del acontecimiento pascual el celibato de Jesús deviene virginidad esponsal y eterna. O dicho de otra manera, el cuerpo histórico de Jesús, caracterizado por su celibato por el Reino, se convierte en Cuerpo espiritual, cuerpo virginal y esponsal. Ese Cuerpo virginal dice una relación íntima a su Esposa, que es la Iglesia y a la cual recrea con su misma su virginidad. A la donación virginal del Esposo debe corresponder la donación virginal de la Esposa. Aquí la virginidad no se define por la falta de esponsalidad. Es más bien la esponsalidad en su grado supremo. No se define por la falta de unión: es la unión corporal-espiritual en grado sumo; ni por la ausen18

Cf. Rom 8, 19-24; 2 Cor 5,17; Gal 1,4.


cia de fecundidad: es la fecundidad como vida que resucita. La Iglesia santa e inmaculada no tiene aún una 'pureza completa', tiene que implicarse en ese don. Por eso, el Apóstol tienen miedo de que la Esposa pueda ser seducida como lo fue Eva. Matrimonio y virginidad son, pues, los dos signos que hacen memoria en la Iglesia de la virginidad esponsal del Señor y expresan la condición virginal esponsal de la misma Iglesia. La virginidad consagrada tiene un doble campo de significación: es, en primer lugar, representación de la virginidad esponsal de la Iglesia, enamorada del único Esposo Cristo; en este sentido la virginidad es una opción totalizante por Cristo; es una exageración profética de la esponsalidad virginal de la Iglesia con relación a Cristo: las vírgenes tienen una especial representación de aquello que la Iglesia es por vocación y debe ser por su generosa entrega. En segundo lugar, la virginidad consagrada está en una admirable conexión con el celibato por el Reino que caracterizó la existencia histórica de Jesús. El celibato y la virginidad hacen memoria en la Iglesia del Jesús histórico y son una expresión del seguimiento radical del Señor al que está llamada toda la Iglesia. El celibato por el Reino es, también en el tiempo de la Iglesia, una parábola de entrega y muerte para que surja el Reino.


20. Estaré siempre con vosotros Se da por supuesto que la Eucaristía es el «centro de la comunidad». En ella arraiga la vocación de cada hermano o hermana, en torno a ella la comunidad se congrega y se aúna, desde ella nos lanzamos a la misión. La Eucaristía es nuestro centro, por supuesto. Aunque, a veces, quizá se presuponga demasiado pronto. ¿Es Jesús, el Señor, el centro vital de nuestra comunidad, el protagonista de nuestra misión, la Palabra que mantiene firme nuestra vocación? La languidez vocacional, el descorazonamiento comunitario, el desconcierto misionero, ¿no desvelan más bien que el Señor está lejos? Y, no obstante, desde hace veinte siglos nuestras comunidades cristianas son depositarias de una promesa, que no ha dejado de hacerse permanente realidad: Y he aquí que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo19; No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros... vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros20. En la celebración eucarística la presencia del Señor es viva y actuante en medio de su comunidad. El saludo del celebrante Dominus vobiscum (El Señor esté con vosotros) no es sólo un deseo, sino también la verificación de la Promesa. La presencia del Señor entre nosotros es la presencia de la Palabra que nos juzga, que nos llama a la conversión, que nos estimula a comprometernos con la novedad del Reino. Es la memoria peligrosa de la Cruz, que nos convoca a entregarnos a Dios y a los hermanos sin calcular las consecuencias, que nos pide disponibilidad y obediencia por amor hasta la muerte. La celebración eucarística se hace creíble cuando nos compromete con la memoria passionis y nos identifica con el Crucificado. La Eucaristía hace presente entre nosotros a Aquel que murió para reunir a los hijos de Dios dispersos. Cuando la Eucaristía no crea comunidad hay que sospechar que su dinamismo interno está siendo violentado, que la sangre del Señor está siendo profanada21. La presencia del Señor es el germen de la resurrección de la humanidad y del universo, es la presencia de la Vida. La Eucaristía se convierte en un oasis en medio de nuestro desierto, en fuente de agua viva capaz de calmar toda sed. En torno a la Eucaristía florece el desierto, renace la esperanza, la alegría se adueña de los hombres.

19

Mt 28,20. Jn 14,18-20. 21 Hb 10,29. 20


21. Hospitalidad eucarística La casa religiosa, que tiene el Santísimo Sacramento reservado en su oratorio, deviene toda ella templo de la Presencia. Allí es posible colmar el deseo del salmista: Dichosos los que viven en tu Casa, alabándote siempre22. Ninguna comunidad se merece este privilegio. Es un regalo inmerecido. Sería indigno reservar la Presencia eucarística en nuestras comunidades sólo porque «está mandado» o porque «siempre se ha hecho así». Cada comunidad debe sopesar qué razones le mueven a ello y qué responsabilidades se derivan de ahí. La Eucaristía es sacramento de la Venida del Señor en persona. El deseo-clamor de la Esposa -¡Marana tha!-, la súplica del Esposo que está a la puerta y llama -Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo23-, la promesa del Señor -Volveré a vosotros24- se hacen realidad en la celebración eucarística. El Señor viene, nos visita y se hace presente. Por eso, la Iglesia-Esposa, que al principio sólo celebraba cada domingo la Visita de su Señor, sintió necesidad de hacerlo con más frecuencia, incluso diariamente. Es más: la iglesia occidental decidió, hace ya siglos, lo impensable: mantener permanentemente la Presencia Eucarística en sus templos, después de las celebraciones. Se tomó esta libertad, consciente de sus derechos. ¿No dijo Jesús: ¡Tomad!?. El Cuerpo del Esposo, dado a la IglesiaEsposa ¿no le pertenece a ésta?: el esposo no dispone de su propio cuerpo; éste pertenece a su mujer25. Por eso, la Iglesia hace uso de sus derechos de esposa y guarda el sagrado cuerpo del Señor consigo. ¿No dijo Jesús: ¡Comed!? La Iglesia sabe también que el sacramento fue instituido para la comunión; guardando el sagrado cuerpo consigo ella puede prolongar la comunión eucarística y actualizarla cuando su amor lo desee. Porque aquí el comer es la comunión de dos seres que se aman. El Señor que viene es acogido con una exageración de amor que no le permite irse. Así la comunidad puede «estar con El» siempre y unirse a su oración. La comunidad no expone al Santísinmo. Se expone a sí misma ante la Presencia; se deja tocar por la mano que cura al leproso, acoge la mirada que la contempla para que el rostro del Amado se imprima en ella; se deja cristificar y transformar. Cuando vamos a orar en la Presencia, decimos que vamos a «hacer una visita al Santísimo Sacramento». En realidad, vamos a acoger la visita del Señor. La Eucaristía es una Presencia-que-viene desde la casa del Padre sin abandonarla. El Señor no viene para ser «consolado»; el Señor no está solo. El, que es la Palabra, viene a hablarnos; desea que nos pongamos a la escucha, viene a consolarnos, viene a hacernos compañía. ¿Acogemos su visita? ¿Manifiesta nuestra comunidad hospitalidad eucarística? 22

Sal 83,5; cf. Sal 26,4 Apoc 3,20. 24 Jn 14, 18.28. 25 1 Cor 7,4. 23


La visita del Señor nos constituye en comunidad de los que están con El. El Sagrario es una llamada permanente a la comunión total. Una comunidad dividida, enfrentada, apática, contradice la Santa Presencia; la hace ineficaz y la profana; se podría decir de ella: tras el bocado, entró en ella Satanás26. Jesús Eucaristía nos visita para ser nuestra «paz», «nuestra reconciliación», el «punto de encuentro» de los hermanos separados. La Reserva Eucarística es el símbolo permanente de nuestra misión. La Eucaristía concluye con el Ite Missa est. La Eucaristía es el punto de partida de la misión, es su gran símbolo. Misionero es quien se hace pan entregado, vino derramado por la vida del mundo. En la eucaristía aprendemos a acoger a todos, especialmente a los más pobres, a convertirnos en alimento del que tiene hambre, en bebida del que tiene sed, en vestido del desnudo. Amordazamos a Jesús-Eucaristía cuando cerramos nuestros corazones a la misericordia con los hermanos. Una comunidad que reserva el Santísimo, tiene en sí misma la memoria permanente de una misión ineludible, a la que ha de entregarse con alma y cuerpo, asumiendo para ello todos los riesgos que sean necesarios. Es la «casa de Jesús» y ahí todos tienen que ser acogidos. Que la Presencia Eucarística del Señor que viene nos encuentre cada día con las lámparas encendidas y no hagamos de la Presencia un culto vacío, como aquel que denunciaban los profetas del Antiguo Testamento.

26

Jn 13,27.


22. Cuando Jesús dice: ¡mujer! ¡Mujer! He aquí una palabra que en boca de Jesús adquiere una resonancia particular. Cuando Jesús dirige su palabra a una mujer27 no trata de sublevarla contra la situación injusta que padece. No busca hacerla consciente de las heridas que la historia injusta y desnivelada de los hombres le ha inferido. Cuando Jesús dice «¡Mujer!» se refiere a un misterio. Es como una expresión admirativa del nuevo Adán ante aquella que debe convertirse en la nueva Eva. Es una palabra pronunciada en público, a todos los vientos. Es una voz que conlleva la admiración de Dios por aquella a quien tantas veces se ha instrumentalizado y degradado. Bajo la voz de Jesús, no pocas mujeres han encontrado su misterio. Se han sentido distintas. Su feminidad se ha hecho portadora de aromas: Vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio; quebró el frasco y lo derramó sobre la cabeza de Jesús28. Bajo la voz de Jesús muchas mujeres han conseguido una dignidad impresionante. Quizá por esto la mujer creyente ha sido tan sumisa ante las patentes injusticias de la historia con relación a ella. Aunque la Iglesia no la comprendiera. Ella, ante Cristo, se sabía apreciada, amada, contemplada. Y ¡eso ha bastado! Ha sido consciente de su misterio, de su tesoro. Y se ha dedicado a servir, a hacerse imprescindible en el silencio. No ha sentido la urgente necesidad de imponerse violentamente, allí donde ella debería tener un lugar insustituible. La mujer creyente en Jesús ha sabido siempre que se cumpliría la profecía del Señor: Yo os aseguro: dondequiera que se proclame el Evangelio, en el mundo entero, se hablara también de lo que esta mujer ha hecho para memoria suya29. Sin la mujer la Iglesia habría sido otra: no la Iglesia de Jesús. No es imaginable una Iglesia sin la presencia de la mujer. Jesús se apareció primero a las mujeres. Confió en su capacidad de testimonio, de transmisión de la fe. Quiso que la comunidad pascual naciera de una múltiple maternidad. Los hombres dijeron: Algunas mujeres de entre nosotros nos han sobresaltado30... porque estas palabras de testimonio femenino les parecían como desatino y no les creían31. Quizá de ahí naciera una historia de falta de fe en la mujer. Seguimos sin creer del todo en ellas. Por eso, a veces, cuando en la Iglesia decimos ¡mujer! no resuena en nosotros el eco de la voz de Jesús. Esa palabra conlleva desprecio, desvaloración, cuando es pronunciada por un varón prepotente, autosuficiente, solterón. Es una palabra de alerta, cuando es dicha por un rígido asceta, que en la mujer sólo descubre peligros y tentaciones. ¡Mujer! es una palabra de frontera, de límites, de falta de 27

Jn 2,4; 4,21ss; 8,10; 11,20s; 19,26; 20,15. Mc 14,3. 29 Mc 14,9. 30 Lc 24,22. 31 Lc 24,11. 28


posibilidades, de no igualdad de derecho, cuando es pronunciada por un jurista que sucumbe ante el peso de las tradiciones muertas. Ya está alboreando el tiempo en el que cuando en la Iglesia decimos ¡Mujer! se escucha la voz del Maestro. Estamos creyendo cada vez más en el testimonio de aquellas que expresa el principio religioso (P.Evdokimov) y estuvieron más cerca de las fuentes de la Pascua. Estamos acercándonos al momento en el que el misterio de la feminidad va a convertirse en el ministerio de la feminidad. Como decía Berdiaev: La mujer ocupará un lugar preponderante en la historia del mañana... en el despertar religioso de nuestro tiempo.


V. ESPÍRITU SANTO: EL FUEGO DE PENTECOSTÉS


23. ¡Espíritu Santo! Extasis que descentra y centra Pensamos en el Espíritu Santo como si fuera una realidad indeterminada, indefinida, abstracta. Tal vez por eso queda orillado en el haz de relaciones personales que constituyen nuestras experiencias religiosas. Y, sin embargo, según la fe de la Iglesia, el Espíritu es una realidad personal, un «Tú» a quien podemos y debemos dirigirnos. Es el Espíritu de Dios. Procede del Abbá32. Nada en el universo, ni siquiera en la Trinidad, puede existir sin el Abbá. El Espíritu tiene en el Abbá su fuente, su origen. No procede de El como un hijo, sino como... la inspiración poética, sin aparentes motivos, sin un proceso generativo... como una intuición infinita, como la sorpresa necesaria. Es un estallido de gracia ilimitada y en estado puro. Y procede del Hijo, como la inspiración admirada y acogida, como la intuición realizada, como la sorpresa que ya ha producido un éxtasis. En el Espíritu se realiza en grado sumo el misterio de la persona, que es libertad, autonomía y, al mismo tiempo, referencia a otros. El Espíritu vive en una absoluta referencia al Abbá, a Jesús, de tal manera que se identifica como el Espíritu del Padre y del Hijo33. Les pertenece totalmente; pero, también, El es quien hace que el Padre y el Hijo se pertenezcan entre sí34. Gracias al Espíritu, el Abba es Padre del Hijo y el Hijo lo es del Padre. Ninguna acción divina es posible sin el Espíritu. El es el carisma, el destello, el dinamismo de toda acción de Dios. El Espíritu lleva hasta el infinito la fascinación mutua y el amor que media entre el Padre y el Hijo. Posibilita todos los sueños de Dios. El Padre y el Hijo le hacen ser Espíritu, Espíritu suyo. Y, con todo, los tres son simultáneamente, absolutamente necesarios; ni un instante podría existir el uno sin los otros. El Espíritu se ha manifestado en la tierra. Por medio de El la Palabra creadora fue pronunciada. Es como la voz que transmite la palabra oral, como la página que presenta la palabra escrita. Del Espíritu procede la impronta divina oculta en cada cosa, en cada hombre y mujer, «lo esencial que es invisible a los ojos». Del Espíritu nace el alma misteriosa que late en cada ser y que se vislumbra en la belleza, en el amor, en la fecundidad, en la capacidad creadora, en la libertad. Ha habido hombres y mujeres que han sido maravillosamente transparentes al Espíritu. Se han dejado invadir por su pasión, su belleza, su dinamismo. Los profetas, los líderes carismáticos. Sobre todo, Jesús. El Hijo nos aproximó... situó aquí en la tierra el Misterio Trinitario35. El Padre y María lo engendraron en el tiempo por obra del Espíritu36. El Padre lo constituyó «su

32

Jn 14,16; 15,26. Jn 14,26; 15,26; 16,14. 34 Cf. Rm 8,14. 35 Jn 14, 23-25. 36 Mt 1,18.20; Lc 1,35. 33


misionero» y lo ungió con su Espíritu37. Por eso habló como habló, actuó como actuó38... La gloria de Jesús era el Espíritu39. El Espíritu era el arquitecto de su maravillosa interioridad40. Jesús se refería a El, llamándolo Espíritu del Padre, Espíritu de la Verdad41, Consolador42, Abogado43, Agua viva44. En la muerte y la resurrección la carne de Jesús, fuente sellada, se quebró y brotaron de ella manantiales de agua viva: entregó el Espíritu45. Espiritualidad quiere decir vida en comunión con el Espíritu de Dios. La relación personal con el Espíritu consiste en acoger consciente y libremente la actuación personalizadora del Espíritu en nosotros. El es el formador de nuestra interioridad amante, orante, pensante. Al mismo tiempo el Espíritu nos exterioriza, nos ex-tasía hacia los demás, nos hace entrar en comunión y en relación de servicio amoroso con los otros. Donde esta el Espíritu allí está la diaconía y la koinonía. El Espíritu nos hace servidores de la libertad y de la liberación, de la vida, de la comunión, del servicio desinteresado. Toda relación vital con el Espíritu de Dios es, por esto mismo, peligrosa. El Espíritu nos puede llevar, como a Jesús, al lugar de la tentación46, allí donde nos vemos llamados a entregar la vida. Porque el Espíritu es un dinamismo paradójico de simultánea interiorización y exteriorización. A quien posee lo convierte en instrumento de donación. Como Jesús, ese es nuestro destino: entregar el Espíritu.

37

Lc 4,18-21. Mt 12,28. 39 Jn 16,14. 40 Jn 4,1.14; 10,21. 41 Jn 14,17. 42 Jn 14,16. 43 Jn 16,7-11. 44 Jn 3,5-6; 7,39. 45 Jn 19,30; 20,22. 46 Lc 4,1-2. 38


24. ¡No entristezcáis al Espíritu Santo! ¡Qué extraña súplica! La tristeza llega hasta Dios. Allá en Getsemaní Jesús se vio invadido por tristeza y angustia de muerte. Ahora, en el tiempo de la Iglesia, los cristianos tenemos el paradójico poder de entristecer al Espíritu. Por eso Pablo les suplicó a los cristianos de Efeso que no entristecieran al Espíritu (Ef 4,30), llevando una vida impura, libertina y vacía; dejándose poseer por otros «espíritus». ¿No es extraño afirmar que el Espíritu del poder, de la fuerza, de la creatividad de Dios pueda entristecerse? Sí es cierto. Pero el poder del Espíritu no es de este mundo. Lo que nosotros llamamos poder no está ahora en las manos de Dios. La kénosis es la atmósfera a través de la cual el Espíritu está entre nosotros. Donde está el Espíritu allí está la libertad. El poder de la autonomía humana no es eliminado, ni suprimido. El único poder que el Espíritu se reserva es el poder del Amor. El Espíritu es el Amor de Dios, derramado en nuestros corazones, en el universo. Porque es el Amor tiene la debilidad y la vulnerabilidad de la no-violencia, de la mansedumbre, de la paciente espera. El amor no es violento, no utiliza las armas de la ira, del engaño, de la ostentación; el amor sabe perder porque lo espera todo. Ante una traición o infidelidad, ante un engaño, ante la inautenticidad, el amor se siente herido, profundamente alterado, devorado por los celos; pero reacciona sin perder su identidad, amando desde una inquietante mansedumbre, con la humildad de corazón, con la ingenuidad de un niño, con un sufrimiento indecible que no pierde la esperanza. El Espíritu es el amor de Dios. Es la dimensión más viva, más vulnerable, más sensible de Dios Padre y de Jesús. Herir al Espíritu es herir la pupila de Dios, el núcleo más sensible de su corazón. En el Espíritu el Abbá y Jesús experimentan la alegría y la fantasía ilimitada del amor correspondido; pero también la tristeza abismal del abandono, de la traición, de la infidelidad. Jesús defendía al Espíritu; hablaba de El con una ternura inmensa; llegó a decir unas palabras estremecedoras: «Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro» (Mt 12,32). El Espíritu es la suprema sensibilidad de Dios. Allí donde el Abbá y Jesús sienten los celos del amor, la tristeza del desengaño. Los pecados más graves contra el amor son aquellos cometidos por los grandes amigos. Jesús sintió tristeza de muerte en presencia de sus tres discípulos preferidos. El Espíritu se entristece cuando le son infieles aquellos en cuya carne está marcado como un sello; cuando se le hace cohabitar en un cuerpo, templo profanado y prostituido con otros amores. Cuando nosotros, consagrados por el Espíritu, rompemos el pacto de nuestra virginidad interior y exterior, ligándonos a otros espíritus, que toman posesión de nosotros y extinguen el «amor primero». Nosotros, consagrados por el Espíritu, hemos recibido las pruebas inequívocas del Amor del Padre y de Jesús. Justamente por eso podemos cometer el pecado más horrible: entristecer al Espíritu. Si no se trata de una mera licencia poética, ¡debe de ser horrible experimentar la tristeza invadiendo el Espíritu de Dios por culpa


nuestra! Es hacer sufrir a la inocencia suprema. Es herir el corazón que sólo está hecho para amar. Nosotros religiosos y religiosas, podemos caer bajo los celos del Espíritu y llegar a experimentar su tristeza como angustia y silencio casi insoportable. Hemos de estar muy alerta, porque otros espíritus profanos nos acechan y tientan. Se revisten de ángel de luz y habitan en los lugares más santos. Un cierto libertinaje nos tienta a quienes hemos decidido llevar la cruz tras Jesús. Quizá estemos más amenazados de lo que parece. El sello del Espíritu nos exige fidelidad exquisita y lucha a muerte contra cualquier tentación de prostitución. Jesús, cuando sintió tristeza de muerte, les dijo a sus amigos: «Vigilad... orad... para no caer». Sin vigilancia la vida consagrada puede caer en la más abominable corrupción. Sin oración la vida consagrada está a merced de cualquier espíritu. También Dios llora... cuando rompemos con El nuestra Alianza. Es lo único que le queda... el Amor.


25. Las ascuas encendidas del Espíritu ¡Qué lánguida es una vida consagrada sobrada de espiritualismo con minúscula y carente de Espiritualidad con mayúscula! No basta mencionar con frecuencia las palabras consagración, santidad, huída de lo material, para que emerja una vida consagrada según el proyecto de Dios. Una vida religiosa bajo el imperio de la minúscula (espíritu) y del neutro («lo espiritual») es una idolatría. ¡Qué ilusionante es, en cambio, una vida consagrada bajo el primado de la identificación con el estilo de vida de Jesucristo! Consagrados en Cristo y desde Cristo. Santos en El y como El. El cristocentrismo en la explicación y vivencia de la vida religiosa nos hace recuperar nuestra identidad más honda. Pero hay un peligro: convertir el cristocentrismo en cristo-monismo. Una cristología sin pneumatología deviene moralismo de imitación. Compartir la misma consagración, santidad y misión de Cristo no es únicamente un proyecto de imitación. Es participar en el Espíritu que lo consagró, lo santificó y llevó en El a plenitud la misión confiada por el Padre. La raíz de la vida consagrada es la cristología pneumatológica. «Por obra del Espíritu» nació Jesús de María Virgen47. Con el Espíritu le consagró el Padre en el bautismo48 y con la fuerza del mismo Espíritu Jesús cumplió su misión49. En todo su ministerio Jesús fue pneumatóforo. En el Gólgota, en virtud del Espíritu eterno, se auto-ofreció inmaculado a Dios50. La resurrección de Jesús se cumplió en el Espíritu51. Y, consumado, el Señor que es el Espíritu52 envió el Espíritu y sus dones al mundo53. El Espíritu Santo de Jesús es el fundador permanente de la vida consagrada. Es el secreto de Dios y el secreto de la existencia cristiana. Es la interioridad y la exterioridad, la intimidad y el éxtasis. El fuego fontal que crea la vida y el fuego abrasador que la expande victoriosa. El Espíritu es el punto de encuentro: en El se re-unen los dispersos; es el agente de la comunión universal. La vida consagrada, entendida pneumatológicamente, es vida en el Espíritu, acogida de la Presencia Espiritual (P.Tillich). Es la materia, lo humano, penetrados hasta la exageración por el Espíritu de Jesús. Los consagrados devienen así las ascuas encendidas del Espíritu, los pneumatóforos. Los religiosos hemos sido llamados por Dios a devenir progresivamente «iconos vivientes de Dios».

47

Mt 18. Mt 3,16. 49 Mt 12,28. 50 Hb 9,14. 51 Rm 1,4. 52 2 Cor 3,18. 53 Ef 4,8-10. 48


VI. MARÍA Y JOSÉ – LOS SANTOS


26. María, utopía de Mujer Ante una nueva reflexión sobre María, la madre de Jesús, es fácil sentir cierto escepticismo. ¿Qué se nos puede decir sobre María, que no sepamos? El Nuevo Testamento le ha dedicado algunos versículos nada más. A cualquier creyente le resultan sumamente familiares. Es bastante improbable que después de veinte siglos se descubra algo nuevo sobre ella. Recorriendo las estanterías de una de las mejores bibliotecas mariológicas del mundo advertí que no llegaban a un 1 % los libros sobre María escritos por mujeres. Sobre María casi siempre han escrito los varones. Lo que se dice en público sobre María tiene casi siempre la impronta masculina. Son los hombres los que predican sobre María. Sé que la mujer ha empleado otro lenguaje para hablar de ella. Tal vez mucho más sugestivo. El magisterio de nuestras madres, portadoras cualificadas del principio religioso, es una prueba de ello. No obstante, sigo pensando que «algo importante» falta a la mariología: la reflexión y la sensibilidad de las mujeres. Para abordar la reflexión sobre María es importante asumir la perspectiva que nos depara uno de los «signos de nuestro tiempo» que más interpelan a la Iglesia actual: la identidad de la mujer dentro del proyecto histórico de la humanidad. Las coordenadas fundamentales son dos:  -mantener la reflexión dentro de la perspectiva bíblica, evitando un discurso teológico o espiritual no fundamentado;  -pensar sobre María en el contexto de las mujeres bíblicas y desde el contexto de la mujer actual. María de Nazaret es un personaje histórico decisivo a la hora de definir la identidad del hombre y de una forma peculiar de la mujer. En ella la feminidad (ser mujer, esposa, madre) consigue una trascendencia insólita, asombrosa. Los Santos Padres veían en ella a la «Nueva Eva», el modelo alternativo de Mujer. El pueblo proclamó su admirable feminidad materna proclamándola en Efeso «Theotokos». Hay una admirable y misteriosa continuidad entre María y toda mujer; una connaturalidad tal, que nos permite conocer mejor a María a través de las mujeres y a las mujeres a través de María. Así es posible superar los estrechos límites de los datos históricos y llenar de contenido los símbolos por medio de los cuales la figura de María nos fue transmitida. En María, utopía de mujer, la mujer actual cuenta con una mediación importantísima para redescubrir su identidad. No se trata de canonizar como norma de lo femenino todo aquello que María histórica hizo o le dejaron hacer. El recurso a María, hacer memoria de ella, no implica mimetizar su historia. Sino llevar adelante los impulsos proféticos y liberadores que en ella germinan. El nacimiento de una nueva era, de tiempos mejores, necesita de una ingente y múltiple maternidad. ¿No será esa, en gran parte, la vocación de la mujer en la historia? La mujer tiene que hablar sobre María. La Iglesia, la vida religiosa dentro de ella, necesita escuchar el magisterio de la mujer. Los varones hemos de superar esa instintiva autosuficiencia intelectual que nos impide acoger el magisterio femenino. De


poco sirve ensalzar a María si se minusvalora la estructura antropológica que la constituye, su feminidad compartida con todas las mujeres del mundo, o su humanidad femenina. Existe de hecho un monofisismo mariológico, que diviniza, espiritualiza a María, considerándola, además, en clave meramente individualista, aislada de su contexto humano y que sirve de compensación a una sistemática marginación de lo femenino en el pensamiento, en las instituciones, en los ámbitos de decisión. Una mujer, poseída por el Espíritu, dijo a María: ¡Bendita tú entre las mujeres! Y María prorrumpió en un maravilloso Magnificat. Ahí se inició la profecía femenina, el magisterio de la mujer.


27. ¡María! Esa presencia transparente Desde que el Discípulo Amado la acogió en su propio mundo, María comenzó a ser parte integrante del universo espiritual de los cristianos. Los religiosos hemos acogido a María en nuestro propio mundo espiritual. Ella no falta en nuestros momentos constitutivos. La evocamos en nuestros textos constitucionales. La reconocemos como madre y ejemplo permanente de vida. No se trata sólo de un recuerdo. No es un caso más de solidaridad con nuestros muertos. La Iglesia (¡y esto es algo misterioso!) ha sentido -incluso en contra de las buenas razones- que la muerte no separó a María de nosotros; que aquella a quien Jesús crucificado proclamó «madre» de sus discípulos «no nos ha dejado huérfanos»; que aquella que dió la vida a Jesús ha sido devuelta a la vida, resucitada, por el poder del Resucitado. En María todo sus ser quedó vivificado; porque Dios resucita todo aquello que tiene gérmenes de gracia. En María no había pecado; todo su ser fue instrumento de amor, su alma y su cuerpo. En María no había desperdicio. ¡Toda ella hubo de ser resucitada! ¡Toda ella fue recuperada! Y cuando alguien llega a su plenitud en Dios-elOmnipresente, esa persona no se pierde, no se aleja, sino que se recupera, se acerca, vive vivificando: «se va y se queda». María «se fue y se quedó» toda ella, cuerpo y alma. Y desde entonces su cuerpo-alma configura el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. En María, después de Jesús, resucitó la inocencia, la pureza. En María de Nazaret, nueva Eva, sólo había gérmenes de vida. Toda ella germinó en la cosecha de la resurrección. El cuerpo y el alma de María han recibido la consagración total del Espíritu, que es comunión-amor. En el Espíritu María es un corazón que no deja de amar. El amor la aproxima a nosotros. El Espíritu le permite hacerse presente en el hondón de nuestra alma. Y en su misterioso acercamiento María es «portadora de aromas»; por la resurrección la identificación con su Hijo Jesús ha llegado a su plenitud; la cercanía de María, mucho más que durante su vida histórica, nos evoca a Jesús, nos comunica a Jesús; ella no interfiere, es pura transmisión. Por eso, la presencia siempre es discreta, silenciosa, transparente. En ella se nos revela un misterio: Dios no ha querido aproximarse a los hombres sin los hombres. María es reconocida como «madre de todos los hombres». Su amor resucitado la aproxima a todos; en ella tenemos un punto de encuentro. María es un permanente reclamo hacia la unidad, hacia la superación de los enfrentamientos, también dentro de la Iglesia. María es una presencia de vida, que hacer germinar el amor, que acerca a los distanciados.


28. El Esposo de la Virgen: Juntos en el camino de la fe Existe entre nosotros, una tendencia inconsciente a separar a María y a José. En nuestros oratorios sus imágenes suelen estar separadas: María o María y Jesús por una parte y José por otra -cuando no falta incluso su imagen-. En nuestra espiritualidad reconocemos que la presencia de María es esencial; la referencia a José, sin embargo, es considerada como una sobreañadidura devocional. El hecho no reviste gravedad, pero es sintomático. Es cierto que María ejerce en la historia de la salvación una función única, que no compete a José. Pero esta separación iconográfica y espiritual funciona también como mecanismo de defensa: se intenta preservar la virginidad de María de cualquier equívoco. Quizá seamos los religiosos propensos a esta separación, como si, poniendo entre paréntesis toda relación de amistad y esponsalidad entre María y José, fuera más fácil ver en María la mejor imagen de la vida religiosa. La separación entre María y José introduce un desequilibrio en la espiritualidad. Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. Dios no permitió el divorcio entre ellos. José amó a la virgen de Nazaret y se unió a ella con amor esponsal. Tras el conflicto que supuso para él la concepción virginal de Jesús, fue llamado de nuevo por Dios a este mismo amor: José, no temas tomar contigo a María, tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo (Mt 1,20). A la llamada del Ángel respondió con la obediencia de la fe: José hizo como el ángel del Señor le había mandado y tomó consigo a su mujer (Mt 1,24). Al «hágase» de María correspondió el «hizo» de José. El mismo Espíritu que hizo fecundo el seno de María, selló la unión indisoluble entre María y José, la mutua pertenencia. Compartieron todos sus bienes y comenzaron a recorrer juntos el mismo camino de fe. El Espíritu creó entre ellos una comunión muy profunda e intensa. Ambos se convirtieron para el pequeño Jesús en el mundo humano a través del cual se fue modelando su personalidad, su psicología. El equilibrio psicológico y humano de Jesús delata la armónica comunión de sus padres. En el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja; pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra (Pablo VI). Si lo que Dios ha unido no ha de separarlo el hombre, es necesario integrar en la dimensión mariana de nuestra espiritualidad la figura de José. María no fue virgen, sin más; fue esposa-virgen. Vivió su virginidad en permanente referencia a la esponsalidad. No hubo de frenar su capacidad de donación, de amor. El Espíritu, que descendió sobre ella le dio la doble capacidad de la virginidad y de la esponsalidad:


abrió su virginidad a la comunión más intensa interpersonal -que tiene en la donación eucarística del cuerpo su expresión culminante-, y modeló su esponsalidad -que llega hasta la no-pertenencia del propio cuerpo a uno sino al cónyuge54- con la distancia venerativa de la virginidad. En los grados más intensos de comunión el cuerpo no asume la función protagonista -propia del cuerpo en cuanto «carne»-, sino la función simbólica de la entrega -propia del cuerpo eucarístico-. María y José no renunciaron al amor. Lo vivieron en dimensión eucarística. Por eso, la figura de José no es «machista»: su silencio, su aparente falta de protagonismo, es la negación del orgullo varonil. Tampoco María es «feminista» y, con todo, no se siente la sierva de José sino de Dios. No fueron siervo el uno del otro, sino amigos. El Espíritu hizo surgir entre ellos el tesoro de la amistad. José fue para María el amigo fiel, probado y seguro refugio, que no la abandonó el día de la humillación 55 y María fue para José la amada de su alma, su hermana, su novia, huerto cerrado, fuente sellada56. «Los mejores amigos son aquellos a quienes Dios aglutina» (San Agustín). La presencia de José en la dimensión mariana de nuestra espiritualidad crea equilibrio: es como una pedagogía que saca a la virginidad de su aislamiento, de su soledad, y la abre a la amistad, a la comunión. Nos libera tanto del «machismo» como del «feminismo» que tensionan las relaciones; evoca una forma madura de estar en el mundo, de relacionarse el hombre y la mujer sin hacer del otro un objeto sexual, sino un sujeto de comunión. Nos enseña a respetar a la otra persona, su misterio, el plan de Dios sobre ella, retirándonos con temor venerativo cuando sea necesario. La exhortación de Juan Pablo II «Redemptoris Custos» es, por ello, una llamada a un nuevo equilibrio en nuestra espiritualidad.

54

1 Cor 7,4. Eclo 6, 7-14. 56 Cant 4,12. 55


29. Una clave profética en los comienzos de la «modernidad» Muchas veces se ha dicho y repetido que somos los herederos de la «ilustración» y que nos encontramos todavía en proceso de «ilustración». Kant definía la ilustración como la libertad para hacer uso público de la propia razón en todo momento y la lucha para instituir aquellos presupuestos socio-políticos que hacen posible ese tipo de libertad. El objetivo de la ilustración consiste en hacer surgir un hombre, una mujer «con mayoría de edad» en la sociedad. La ilustración es un largo camino de lucha de libertades: lucha en contra del poder político absolutista, lucha en contra del pensamiento tradicional, lucha en contra de las religiones dogmáticas, especialmente lucha contra la Iglesia. Este proceso tuvo su estallido a finales del siglo XVIII. Hoy sigue presente entre nosotros, aunque con notables correctivos, hasta tal punto que hay quienes hablan ya de la «pos-ilustración» o de la «pos-modernidad». Justamente en los orígenes de la modernidad ilustrada está Alfonso de Ligori (1696-1787). «Su imagen sufrió indebidamente en el siglo XIX una distorsión conservadora y rigorista de la que todavía no se ha liberado» (M.Vidal). Su intuición espiritual, sin embargo, hizo de él un verdadero humanista y un profeta de una modernidad no-burguesa. Alfonso no rechazó la «luz» de la razón. Ahí están sus escritos con más de 21.000 ediciones. Pero no la sobrevaloró. Ante ella reconoció el primado de la praxis y una praxis de amor. En el amor subrayó mas su fontalidad «afectiva» que sus manifestaciones «efectivas». En el fondo era consciente de que el amor-afecto es a la larga el más efectivo, el creador de una mística en la actuación. Alfonso no rechazó el intento moderno de salir de la minoría edad para conseguir una humanidad «mayor de edad». Su gran obra, la «Teología Moral» sólo pretende constituir al hombre o la mujer como «sujeto ético». Los esfuerzos de la modernidad por una humanidad de hombres o mujeres libres fueron sometidos a un reduccionismo individualista: surgió el liberalismo burgués y la lucha obsesiva por la «propia libertad», olvidando que, mientras tanto, miles y millones de seres humanos permanecían en la más deplorable «minoría de edad»: los pobres, los marginados, los que son considerados como la escoria de la sociedad. Alfonso de Liguori puso en ellos sus ojos y sus preocupaciones. En su iniciativa de las «capelle serotine» pretendía la autorregeneración de los más degenerados de la sociedad; que ellos mismos se autoformasen, se autogestionasen. Alfonso fue un hombre apasionado por el pueblo humilde, el auténtico pueblo. Su pensamiento está muy lejos del «encanto burgués». Alfonso todo lo socializó: ausumió la lengua, la dialéctica, la miseria, la cultura, los sentimientos, la forma de rezar del pueblo. Por eso, el pueblo lo entendió tan bien. Y lo convirtió en su gran director espiritual. Ni la espiritualidad, ni la moral, ni las iniciativas de Alfonso de Liguori son para burgueses. Aquí está su gran intuición y su aportación profética para el momento actual. El aggiornamento de la Iglesia y de la vida religiosa dentro de ella nos ha dis-


tanciado bastante de sus escritos, de su forma de pensar. Hay aspectos que lógicamente son «inactuales» en la forma de pensar de san Alfonso. Pero hay otros cuya «inactualidad» nace de nuestro presente aburguesado y falto de radicalismo en el seguimiento de Jesús. Una vida religiosa que no valore el vivir en la presencia de Dios, la lectura espiritual, la oración frecuente, una vida espiritual llena de afecto y devoción, la práctica del amor y, al mismo tiempo, una vida religiosa, alejada del pueblo humilde, elitista, deseos de novedades burguesas, nunca conectará con Alfonso de Liguori. Nunca vera en él un inspirador. El aggiornamento de la vida religiosa necesita correctivos. No se trata de restauración, sino de superación de las contradicciones de la modernidad burguesa. La vida religiosa necesita una pos-modernidad, una pos-ilustración; tiene que recuperar el rostro alegre y misericordioso del cristianismo popular. Evocar la memoria de san Alfonso María de Liguori puede ser un estímulo para todos los religiosos y religiosas que, en su inquieto presente, buscan esa «otra mayoría de edad» de todo el pueblo de los humildes que el Evangelio de Jesús proclamó e instauró.


30. La opción por los jóvenes o cómo soñar el futuro Hace más de cien años moría en Turín-Valdocco uno de los hombres que han suscitado e inspirado más iniciativas en favor de los jóvenes: san Juan Bosco. Este hombre, apasionado por la juventud, dejó tras de sí una inmensa familia espiritual que sigue haciendo realidad su pasión y sus sueños: más de 18.000 salesianos presentes en más de 95 naciones, más de 18.000 Hijas de María auxiliadora, presentes en 69 naciones, cooperadores/as salesianos y voluntarias de don Bosco con 1.2000 miembros, que están en 25 naciones y otras instituciones fundadas por los mismos salesianos. La fuerza expansiva del carisma de san Juan Bosco ha sido impresionante. A través de don Bosco el Espíritu ha narrado una de sus parábolas, uno de sus sueños. A los nueve años descubrió don Bosco su vocación de «misionero de los jóvenes», especialmente de la juventud pobre y abandonada: soñó en una juventud distinta, una juventud conquistada por la gracia y la pureza del Nuevo Adán, una juventud creadora de una nueva humanidad. Al final de su vida, durante la celebración de una Eucaristía, lloraría emocionado y agradecido al ver cómo su sueño había concitado a tantos y tantas en la Iglesia. Le horrorizaba el espectáculo de una juventud desperdiciada, dirigida por sórdidos intereses, manipulada e instrumentalizada. Quiso hacer de los jóvenes los protagonistas de la naciente sociedad-industrial. Optó inequívocamente por ellos, porque deseaba pre-figurar y pre-formar la sociedad del mañana. Para ello aprovechó todos los recursos para que emergiera en la sociedad una juventud entusiasta, soñadora, creadora. El sabía que durante la juventud se forma intensivamente la persona y se identifica con los valores y las actitudes que constituirán el punto de referencia ineludible de su existencia posterior. El Espíritu Santo encontró en don Bosco, un instrumento dócil para re-crear, desde la juventud pobre y abandonada, el rostro de la tierra. Don Bosco planteó su misión entre los jóvenes desde cuatro claves: el juego, el trabajo, el estudio y la oración. En medio de una Iglesia con tendencias jansenistas, habituada a una cierta formación espartana, intuyó la importancia antropológica y formativa del juego, del humor, de la fiesta. Esa es la infraestructura antropológica para captar la «gracia» de la Gracia y el humus donde la vida se re-crea, se vuelve creativa. Don Bosco entendió asimismo que el trabajo y el estudio son los ámbitos en los que la creatividad juvenil se expresa. Supo integrar en un único proyecto educativo la teoría y la praxis, lo intelectual y lo productivo. Y, como fundamento y contexto de todo, propuso a los jóvenes una vivencia honda de la fe cristiana. La propuesta es integral. La juventud se convierte para don Bosco en el «laboratorium possibilis salutis mundi» (E.Bloch), en el campo donde se experimenta la posiblefactible salvación del mundo. El sueño de don Bosco encontró su primicia, su realización prototípica en Domingo Savio, su discípulo preferido. Domingo no fue ese joven dulzón, espiritualista que hemos contemplado en las estampitas. Este muchcado se caracterizó por su admi-


rable elegancia espiritual, su señorío y seguridad interior, su lucidez intelectual, por su sublime sencillez y por su audacia relajada. Domingo Savio fue como un acróbata precoz, que realiza un peligrosísimo salto mortal con una bella sonrisa en su rostro. Fue la pureza, la fortaleza, la gracia: linaje de la Mujer, expresión del Nuevo Adán. La «opción por los jóvenes» sigue siendo un gran desafío para nuestra misión. Esa debe ser una gran opción que ha de hacerse más efectiva en el inmediato futuro. No es principalmente una opción que debamos realizar interesadamente para obtener nuevos discípulos para nuestra carisma congregacional. Es una opción auténticamente misionera porque estamos llamados a evangelizar el futuro y a seguir sembrando el Reino. La opción por los jóvenes, sin embargo, conlleva una modificación notable de la misma vida religiosa. El acercamiento, la presencia y la inserción en medio de los jóvenes nos resulta desestabilizadora, inquietante. No nos dejará envejecer en paz. Los jóvenes siempre estarán interpelándonos. Desenmascaran nuestra tendencia a la hipocresía farisáica, a la incoherencia entre lo que decimos y somos, a la atonía y falta de radicalidad. Los jóvenes nos evangelizan. Necesitan de nosotros para madurar, pero también nosotros necesitamos de ellos para no envejecer en el espíritu. Cerrarse a los jóvenes, cerrarles nuestras puertas, es una forma solapada de suicidio, de desesperación misionera. Necesita la Iglesia una vida religiosa que sepa jugar, hacer fiesta, soñar. Un poco antes de morir, don Bosco exclamó: Dite ai miei ragazzi che li aspetto tutti in Paradiso («Decid a mis chicos que los espero a todos en el Cielo»). El soñó no solo en una sociedad mejor... A través de la transformación de la sociedad sabía que se abocaba al gran sueño de la humanidad: el Paraíso.


31.éItinerario secreto hacia la unidad mística La experiencia espiritual de san Juan de la Cruz, plasmada en sus escritos, manifiesta que existe un camino interior, un intinerario que puede ser recorrido por cada uno de nosotros, para llegar a la identificación con Cristo. El gran místico carmelita nos pide que no nos resignemos al estancamiento, o a recorrer un camino circular, exento de sorpresas y de transformaciones. Con su palabra seductora, con sus símbolos de belleza entusiasmante, nos estimula a recorrer ese camino. Es un regalo que está ahí, como oferta permanente. Es un camino virgen que nos ha abierto Dios a cada uno de nosotros. «Al todo por la nada» es el lema de la ascensión; ¡que nada nos fatigue hacia arriba!, ¡que nada nos oprima hacia abajo! El monte Carmelo es un lugar elevado de acceso difícil. Se requiere esfuerzo para llegar a él. Allí, en la cumbre, Dios se revela. Su cima es espaciosa y llena de luz. Mas para llegar es necesario recorrer un camino de purificación: un camino estrecho, angosto; en él no hay nada, pero conduce al todo. Hay otros caminos anchos que tiene de todo, pero no conducen a nada; por ellos se va desviado. Dios se nos acerca gradualmente y se nos comunica con mayor intimidad. El hombre pasa del sentido al espíritu. Primero se produce la purificación del sentido, después la del espíritu (entendimiento, memoria y voluntad). Ese es el camino de liberación y de acercamiento progresivo al Dios que transforma. Y son las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) las que ejercen la función purificativa y unitiva. Dios es el principio y fin de la Subida. Sube quien ha recibido de El el talento y la gracia. ¡Lástima que haya personas que se pierden porque no saben responder a esa gracia recibida y no tienen a nadie que les oriente! Dios actúa en nosotros como el sol en la vidrieda. Lo único que nos hace falta es esforzarnos por limpiar el cristal para que brille. En nosotros hay tendencias afectivas negativas. Para superarlas hay que negarse a sí mismo. Negarse no consiste en cortar las relaciones con los demás, con la naturaleza, sino establecer una comunión personal en un nivel más profundo. La negación es la actitud de amor. No es rechazo, ni menosprecio. Es un proceso de transformación, como tránsito hacia el hombre nuevo, divinizado en su ser y actuar. El gran motor de la Subida es el amor apasionado, el amor esponsal. Es una huída en busca del que se ama. A falta de otras luces, uno se siente guiado por el amor. Después se produce el encuentro. Después tiene lugar la comunión y la quietud... el silencio de la plenitud.


Un largo Amanecer