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FANTASMAS FUTUROS

FANTASMAS FUTUROS

Ana Verástegui Claudia Scargglioni Karen Silva Ponce Xavier Alvarado

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Dedicado a: Nuestros padres y amigos, motivos de nuestro esfuerzo diario en los avatares de la vida.

- Ana, Claudia, Karen y Xavier.

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INDICE

El ángel .................................................................

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La avaricia engaña ..............................................

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El placer de las mancuernas ...............................

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No de esa manera ................................................

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Entrevista a un asesino de amor ........................

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ÉL ÁNGEL

Benito era un niño de tres años, ignorante de muchas cosas, ignorante de la felicidad e ignorante de la tristeza. Lo único que tenía eran sus juguetes y las ganas de asistir al colegio inicial, siempre acompañado de Vanessa, una de sus hermanas mayores. Ella tenía veintidós años y era la más bella de todas. El colegio quedaba lejos, muy lejos, tenían que caminar cerca de veinte minutos por un camino de tierra hasta llegar a la avenida panamericana para después cruzarla y llegar al fin a su destino. Vane era muy buena con él, le consentía en todo, si por allí había una vendedora ambulante no dudaba en comprarle una golosina, siempre iban por el camino conversando y jugando; ella lo miraba dulcemente mientras se recogía el cabello de la frente que el viento se encargaba de revolotear. Pero el día en que ocurrió el accidente él estaba más inquieto de lo normal, corría por todo el lugar salpicando el polvo y haciendo amargar a Vanessa. - Ven aquí Benito, no seas malcriado- le decía mientras se recogía el cabello de la frente y corría a su alcance. Él corría sin dirección, saltando y riendo.

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- ¡No me atrapas, no me atrapas!- le gritaba desde lejos. Mientras ella seguía corriendo sin tener suerte, cuidando de que su vestido blanco no se manchara con el polvo que levantaba al perseguirlo. - Ahora vas a ver, cuando te atrape, ya nunca más te compraré nada. Al llegar a la carretera panamericana ella siempre le tendía su mano, pues era peligroso cruzarla ya que no había puente peatonal y siempre tenían que esperar que la pista esté despejada para cruzar con total seguridad. Pero ese día, Benito seguía jugueteando e imprudentemente se atrevió a cruzar la pista sin tomar precauciones. De repente un enorme camión que se acercaba acelerado, Benito no se percató de su presencia y cuando recién lo notó ya era tarde, casi estaba sobre él. Alcanzó a escuchar un grito que no pudo entender y luego sintió la fuerza de unas manos que empujaron su cuerpo hacia adelante, cayó de cara sobre el asfalto y pasó largo rato inconsciente. Luego de largas horas despertó y pudo ver a su alrededor un enorme alboroto que se había gestado, ya los paramédicos poblaban el lugar, también los policías y también entre lo poco que podía ver, pues estaba muy mareado, vio a su madre llorando sobre la pista. –8–


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Benito despertó en los brazos de un paramédico que con ahincó intentaba hacer que huela un algodón con alcohol. Su instinto lo hizo desprenderse del paramédico, entonces fue corriendo a los brazos de su madre, pero sus brazos no esperaban por él. Ella no lo vio llegar y siguió llorando sobre el suelo, no comprendía porque lo hacía si él ya se encontraba bien. Pero ella seguía lamentándose, fue entonces que se acordó de la escena y de su hermana Vanessa, había muerto para salvar su vida. Recuerda que el cuerpo seguía allí, no sabía qué hacer, pues un niño de cuatro años, que no conoce la alegría y no conoce la tristeza no sabe qué hacer en esos casos. Seguía allí parado sin saber cómo actuar hasta que llegó su hermano Patricio y le cubrió los ojos. - Todo está bien Benito, no pasó nada, vamos a la casa, ahorita mi Mami nos da el alcance- Le dijo. Aún no sabía de la gravedad del hecho. Todos en su casa tenían una actitud muy extraña, lo abrazaban y besaban como nunca lo habían hecho y al mismo tiempo lloraban. Benito seguía sin entender nada y preguntaba inocente cuando vendría su mamá junto con Vane. Lo único que obtenía como respuesta eran más besos, más abrazos y más lágrimas. –9–


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Una de sus hermanas, Erika, que llegaba recién de su trabajo abrió la puerta y corrió hacia él lo abrazó tan fuerte que él luchó para salir de sus brazos, pero no lo consiguió porque ella también empezó a llorar. Su hermano Patricio se le acercó y le dijo: - Cálmate Erika vas a asustar al bebe- claro que él ya no era un bebe, pero lo trataban como tal. Nunca se hizo justicia sobre el accidente, Benito no recuerda al camión estacionado cuando despertó luego de estar inconsciente y nunca nadie quiso preguntar sobre el paradero. Años después su hermana Marcela le explicó que el culpable de tal desgracia huyo, de él no quedó rastro y esa sensación de injusticia fue la que debilito la relación que tenían sus padres, pues casi llegaron a divorciarse. La muerte de Vanessa afectó bastante a la familia, a su madre especialmente. Benito sentía que perdía su cariño, pues ella estimaba mucho a su hermana que tenía un futuro prometedor, nunca concibió la idea de que se halla sacrificado para salvar su vida. Aparte de eso casi enloquece, pues creía ver a Vanessa en todos lados. Se encerraba en su cuarto a hablar con Vanessa, cuando en realidad hablaba solo. –10–


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Los problemas en su casa se sucedieron de tal forma que se hicieron eternos. Los métodos que siguieron sus hermanos y su padre para curar a su madre fueron muchos, pero la única cura fue el tiempo y el olvido. De ella solo queda un cuadro que cuelga de una de las columnas de la sala de su casa. Benito ya con diecisiete años, porta una lista innumerable de sentimientos y situaciones que puede traer la muerte de un ser cercano, él nunca pudo asimilar tal hecho. Ahora cada vez que se cumple un año más de la muerte de Vanessa y ve los rostros de sus parientes que le dicen que tan solo es un día más, que no ha pasado nada. Se siente pésimo, preguntándose cómo se puede olvidar a una heroína, porque Vanessa lo fue para él luego del sacrifico que hizo. Benito piensa que su familia no la ha olvidado, solo que prefieren no recordar para no sentirse tristes. Benito pienso que la tristeza es un sentimiento inevitable del que no se puede escapar y que su final feliz en todo este cuento es estar aquí en este mundo, tratando de ganar un lugar porque alguien dio su vida para que él esté. Y ese alguien es Vanessa, su ángel.

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Ana Verástegui

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LA AVARICIA ENGAÑA

Era una noche más de decepción, Janesi se ponía la pijama mientras pensaba en todas las hermosas prendas que vio en el centro comercial, ya estaba harta de no tener dinero para comprarlas, peor aún no podía conseguir un empleo sin que intervenga en el horario de sus clases en el colegio, y a sus quince años necesitaría un permiso de sus padres para trabajar. Permiso que nunca le darían, pues sus padres jamás aprobarían que trabajara a su corta edad. ─En el colegio todos los chicos mueren por Daniela, ¿Qué tiene ella que no tenga yo? -gritó Janesi dentro de su habitación. Doblando su ropa vieja y pasada de moda en sus gavetas entendió que Daniela siempre vestía a la moda, muy pocas veces repetía sus prendas, sus accesorios eran novedosos y envidiables.─ ¡Ella tiene dinero para gastar! -volvió a gritar revoloteando su ropa con coraje. Encendió la computadora con afán de distraerse un poco, ingreso a Messenger, estaban conectados los mismos de siempre, chateó un rato sin vencer su aburrimiento, hasta que Carlita le habló, ella era una antigua amiga de la primaria que Janesi no veía hace cinco años porque se mudó, era uno de sus –13–


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contactos de Messenger pero nunca pensó que todavía se acordara de ella. Hace mucho tiempo que no sostenían una conversación, sin embargo Carlita se porto muy amable, juntas recordaron muchas travesuras de su niñez. Janesi sentía envidia al ver las fotografías de Carlita, lucia como una estrella de rock, “Ojala yo tuviera dinero para comprar ropa así”, pensó. ─ En este país como te vistes, te tratan, hay que invertir en la apariencia -dijo Carlita. ─ Lo sé -respondió Janesi totalmente abatida. Pronto Janesi le contó su drama con la ropa y el dinero, Carlita pensó que eso no era problema, y le pregunto si estaba libre el sábado, Janesi respondió que sí. El primo de Carlita que vivía en España estaba de vacaciones en Lima. Carlita tenía que asegurarle toda la diversión, Por eso invito a Janesi para que salieran, pero como a ella no le gustan las citas a ciegas, no aceptó. Carlita insistió, ─ Si quieres, te pago, a si le sacas provecho. ─ ¿Qué? ¡Me quieres pagar, yo no soy puta! -Le replicó Janesi. ─ No, no, no he dicho eso ¡tranquila mujer! -indicó Carlita ─ ¿Y entonces? ─ Tan solo saldrías con mi primo, yo te pagaría pero mi primo no estaría enterado del pago. –14–


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─ No sé que pensar -murmuró Janesi. La pantalla del monitor hipnotizaba a Janesi, “Recibir dinero por salir con alguien, era fácil y sucio, No podría hacerlo”, pensó. Carlita insistió, le mencionó las direcciones de todos los lugares donde podría encontrar las prendas de la última temporada a bajo costo, le contó que ya había invitado a otras de sus amigas a salir con su primo, pero que los planes salieron mal porque se emborracharon. Carlita afirmó que su primo no tenía ganas de enamorar a nadie, que había tenido una decepción amorosa, por eso ella le conseguía citas con sus amigas para tratar de animarlo, pero esta seria la primera vez que le pagaría a alguien por hacerlo. ─ ¿De cuánto estamos hablando? -Preguntó, Janesi. ─ Ochenta Euros -respondió Carlita rápidamente. Janesi multiplicó ochenta por cuatro, eran 320 nuevos soles, había sido atrapada por el dinero. ─Pero solo voy a salir con él ¿no? ¡Otra cosa no me pidas! -Indicó alarmada. ─ ¡Claro! No te estoy pidiendo que te acuestes con él, pero sí que seas cariñosa, besos, abrazos, caricias, -tú sabes a lo que me refiero. –15–


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─ ¿Y después qué?, le digo, dame los ochenta euros. Que vergüenza, ni loca. ─ ¡No pues! No te digo que mi primo no sabe lo del dinero, yo te voy a pagar, te encuentras con él y al final de la cita, tú y yo nos vemos en otro lugar y te entrego el dinero. No creas que a mi primo le gusta estar pagándoles a las mujeres. Sí se entera que te estoy pagando se muere de la vergüenza. ─A ver, mándame una foto de tu primo. ─ahí esta es el de la derecha. ─ ¡Ah, que payasa! No se le ve muy bien la cara. ─ Es que no tengo muchas fotos de él. ─ Seguro tu primo es horrible por eso tus amigas se emborracharon -indicó Janesi. ─ ¡Mujer! Yo no te engañaría pues, mi primo no es un cucu, yo también soy mujer no te haría salir con alguien horrible. Janesi cubría la desconfianza imaginando todas las cosas que podría comprar con el dinero. Ella y Carlita intercambiaron números telefónicos, y acordaron que la cita con Esteban, su primo, sería el sábado a las cinco de la tarde en una tienda de artefactos en la avenida La Marina, en San Miguel. Apagó la computadora, se acurrucó en su cama y segundos después quiso negarse a todo lo que había acordado, Intento llamar a Carlita para decirle que ya no quería ir a la cita pero el celular estaba ocupado. –16–


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El sábado Janesi despertó con un sentimiento de culpa, quería cancelar la cita, pero tampoco quería despedirse de su oportunidad de comprar todo lo que quería. ”Además seguro que Carlita ya le había contado a su primo sobre la cita, pobrecito no puedo plantarlo”, pensó. Sin pensarlo más se vistió lo más provocativa que pudo, exageró en su maquillaje, invento una mentira para salir de su casa, y tomó el primer bus a San Miguel, todo el camino imaginó toda la ropa que podría comprarse al día siguiente, jamás pensó que diría para explicar como pudo comprar todas esas cosas. “Ya se me ocurrirá algo”, pensó entusiasmada.

Janesi había llegado veinte minutos antes de lo pactado a la cita, el viento agitado y sus prendas ligeras la hicieron ingresar a la tienda de artefactos en busca de calor. Una vez dentro, disimuló, se interesó por las ofertas, leyó todos los folletos de publicidad, converso con otros clientes y ya cuarenta minutos después de su llegada se sintió desesperada. ─Seguro me vio y no le gusté, pensó mientras miraba su reflejo en la puerta de un refrigerador. Bajó las escaleras respirando bruscamente, sonó su celular, ella se detuvo, era una llamada de número restringido, tragó saliva y contestó cabizbaja. –17–


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─ ¿Janesi? ─ Sí. ─ ¿Estas en la tienda? ─ Sí, Estoy adentro ¿estas aquí? ─No. ─ ¿Te vas a demorar? ─No, estoy afuera. ¿Podrías salir, por favor? Es que no quiero entrar. ─Esta bien, me pararé frente a los artefactos de la vitrina que están en la calle para que puedas reconocerme. ─Está bien. Ninguna de las películas de terror que había visto en el cine la habían causado tanto suspenso, salió de la tienda y se paró en la vereda mirando la vitrina, arreglaba su cabello intentando secar el sudor de sus manos, caminó de lado a lado esperando alguna señal, “¿Qué le pasa?, ¿otra vez me esta haciendo esperar?”, pensó iracunda. Por momentos quiso cruzar la calle y tomar el bus de regreso a su casa para ponerle fin a todo. De pronto sintió una presencia detrás de ella, mordió sus labios cuando escucho una voz ronca preguntar “¿Janesi?” Ella volteó lentamente con una sonrisa enorme y una mirada fuera de órbita. –18–


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─ Hola -respondió, manteniendo los ojos desorbitados pero con la sonrisa aplacada. Él no era ni la sombra de las fotografías dudosas que le había enviado, tenia el rostro abultado, el cutis graso, ojos caídos, con ojeras espantosas, no era tan alto y hasta estaba subido de peso. Al ver su aspecto poco agraciado ella entendió porque él hacia todo ese arreglo. Janesi respiro profundamente. ─ ¿Eres amiga de Carlita? Pregunto Esteban. ─ SÍ, vamos -respondió Janesi mentalizando el dinero que recibiría. Caminaron un par de cuadras, él quiso tomar un taxi ella no acepto por temor a que la llevara a otro sitio, lo convenció de seguir a pie, se hizo de noche. Lejos de la avenida se dirigieron hacia los vecindarios, donde las calles lucían oscuras y deshabitadas, ella jamás había caminado por ahí, estaba segura que nadie la reconocería. Él parecía relajado, hablaba como si no estuviera pagando por el encuentro, ella actuó natural también, tanto que cuando menos se dieron cuenta, hablaron de sus pasatiempos, sueños y encontraron que tenia varias cosas en común. –19–


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─ Estoy sorprendido, es difícil encontrar a una mujer bonita e inteligente a la vez. Para ser amiga de mi prima eres bien centrada -le dijo admirado. Ella olvidó lo feo que él era y aceptó sonriente su cumplido. Cuando llegaron al parque muy cerca del centro comercial, la luz blanca de los faros aumentaba los defectos en el rostro de Estaban, mientras favorecía al maquillaje de Janesi, él caminaba muy junto a ella, parecían dos enamorados tímidos. Mientras buscaban una banca para sentarse en el parque, Janesi notó la mirada atónita de las otras parejas de enamorados que dejaban de besarse para observarlos y los vecinos que por ahí pasaban murmuraban, otros simplemente emitían sonrisas cómplices, ella se ruborizó─ Este tipo es tan feo que nadie puede creer que yo este saliendo con él, seguro ya todos saben que me van a pagar. Pensó avergonzada. Las miradas de los hombres que se sentían capaces de conquistarla parecían preguntarle “¿Qué haces con ese feo?” Ella fingió jugar con su celular hasta que Esteban encontró una banca, se sentaron uno frente al otro.

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Ella que durante todo el camino había evitado mirarle el rostro, ya no podría hacerlo más. Él hablaba pero Janesi no podía escuchar su voz pues tenia en mente todas las recomendaciones que Carlita le había dado, sabía que tenía que mandarse, dar el primer paso y hacérsela más fácil, ese era su trabajo. Él movía los labios pero ella no entendía lo que decía. “¡Esto no es una cita normal!, pensó. Imaginó las cosas que se compraría con el dinero, se acercó frente al él, puso sus manos en sus mejillas, lo acercó hacía ella, cerró fuertemente los ojos y lo besó ligeramente en los labios. Esteban lanzo una mirada perdida. ─ ¿Qué haces? -le preguntó. Janesi estaba completamente confundida. “¿Acaso no es eso lo que quería?”, pensó mientras lo miraba asustada. ─ Espera un poco, me agarraste de sorpresa, dijo Esteban, no pensé que eras así. ─ Bueno yo… debería agradecerme -murmuró Janesi. Buscaron otro lugar, ella estaba feliz porque a pesar del beso sin sabor que le había dado, él no la tomó de la mano, ya era bastante con que caminaran juntos, más aún tener que soportar las miradas y risas burlonas de los transeúntes que los observaban. El la dirigió a un callejón, ella sabía lo que le espe–21–


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raba, aunque sentía su estomago revolverse, siempre supo que ese era el propósito de todo el encuentro. Era eso o despedirse del dinero. La oscuridad ocultó sus rostros, Esteban la tomo por la cintura, la besó fuertemente, Janesi agradeció la oscuridad del lugar, le siguió el juego, se dejó besar y acariciar contra la pared. Siempre mantuvo los ojos cerrados pensando en su actor favorito. Por segundos reflexionaba “¿Me estoy prostituyendo? Voy cobrar por lo que estoy haciendo. ¡No me estoy acostando con él! Apenas y me estoy dejando acariciar. ¡No soy una puta!”, se respondió a sí misma. Estaban vestidos pero él quería tocarla por todas partes. Ella lo detenía cuando sentía que quería agarrarla más allá de lo pactado, se sentía segura al estar en la calle pensó que en cualquier momento podía salir huyendo. Esteban disfrutaba cada beso como si fuera el último, Janesi quería que todo terminara pronto, por momentos quiso ir a otro lugar, pero él tomó las riendas se colocó detrás de ella como diciendo “Si no quieres verme ¡está bien! Pero seguiremos con lo acordado”. Continuó besándola en el cuello y los hombros, jugaba con su cabello, en esa posición ella ya no podía besarlo, se sentía un poco aliviada por eso, ahora solo era un títere dejándose –22–


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tocar. Se sintió sin vida, sin voluntad. Giró frente a él y le dijo “Mejor regresemos al parque otra ves”, a él no le quedó más remedio que regresar. Intentaron seguir conversando pero Janesi parecía desconcentrada, jamás se imaginó hacer lo que hizo. ¡Jamás! ─ Mujer ¿en qué piensas? -le preguntó Esteban. ─ Bueno, tengo mucha tarea estos días –respondió -como si no supieras lo que me pasara -murmuró. En la banca estaban distanciados, uno en cada extremo del asiento, Esteban se aprovecho de la situación y le pidió que se sentara encima de él, ella comprendió que no podía rechazarlo. Se sentía humillada, ahí cualquiera podría verla. Resistió unos minutos, hasta que no aguantó más las miradas y se paro rápidamente y dijo: “¡No quiero sentarme encima de ti, me incomoda que todos me miren!” ─No te enojes por favor yo nunca quise hacer algo para incomodarte, mejor sigamos hablando como antes -le suplicó Esteban. El rostro de Janesi estaba desencajado, pronto serían las diez de la noche y lo más importante era encontrarse con Carlita, y el dinero que le daría por aguantar todo esto ¡claro esta! Esteban noto su impaciencia y aburrimiento en la conversación.

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─ Si te quieres ir, está bien por mí -dijo Esteban. ─ Si ya me voy, no quiero llegar tarde a mi casa, se despidió sin siquiera darle un beso. Ella cruzó la avenida imaginando que Esteban la veía alejarse hasta ya no poder verla más, se paró frente al restaurante de comida rápida, pronto llegaría carlita como habían quedado. “No le voy a reclamar que me mintió. Su primo es horrible, me conformo con que me pague”, pensó mientras cruzaba los brazos. Parada en la esquina, el viento era muy fuerte, sentía frio y Carlita tenia una hora de retraso, siempre que veía la sombra de una figura femenina a lo lejos se emocionaba creyendo que era Carlita, pasaba una y otra vez, cuando pensó que vendría caminando. Luego imagino que llegaría en auto, no perdía de vista ningún taxi, ni a los pasajeros que de estos bajaban. Los hombres que por ahí pasaban al verla sola le coqueteaban con descaro, la señora que vendía golosinas la miraba intrigada. Ya era media noche.─ ¿Te llevo? Le preguntó un taxista con mirada lujuriosa. ─ ¡No!, respondió rabiosa. No pudo controlarse más, sus lágrimas inundaron sus ojos, Carlita nunca tuvo intención de venir, pensó. En ese momento Janesi no tenía un espejo para verse pero estaba segura que se veía horrible. Se –24–


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sentía la más puta del mundo pero le dolía más no haber recibido el dinero que haber sido utilizada. La gente pasaba sonriente frente a ella, nadie sabia lo que le pasaba, Janesi había sido timada y no tenia nadie a quien reclamarle. Pensaba en todo lo que fue capaz de hacer por ese dinero y sentía vergüenza de sí misma. Poco a poco fue perdiendo las fuerzas para mantenerse de pie, sus rodillas temblaban, se sentó en la vereda e inclinó su cabeza sobre la pared, intentando olvidar todo lo que había pasado.

Karen Silva Ponce.

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EL PLACER DE LAS MANCUERNAS La comunicación era un verdadero fastidio para cualquier persona nacida en Morsaña. Esto se debía a que sus habitantes se habían acostumbrado ya, a realizar sus quehaceres con buena voluntad y sin necesidad de interacción. No había órdenes por parte de los que tendrían que ordenar. Tan efectiva y buena era esta situación, que muchos obreros pudieron obtener las cosas que querían gracias a sus empleos. Por esto mismo no hubo muchos viajes por parte de ellos ni incluso tenían sueños de grandeza. Era en esta clase de estado, algo normal que los sentimientos se trasladasen a un segundo plano. Estos hombres se unían al sexo opuesto mediante matrimonios arreglados. Los padres de familia establecían precios para sus hijas, y los pretendientes sólo necesitaban esa suma para abandonar la soledad. Morsaña se ubicaba bajo un gris que muchos llamaban cielo, a pesar de todo lo mencionado Morsaña sólo era conocida dentro de Morsaña y eso se mantuvo así desde la última vez que llegó un extranjero, hace tiempo ya, y que llegó a convertirse en alcalde. ¿Podríamos describir a Morsaña como una ciudad? ¿o como un pueblo? Tal vez era algo más evolucionado, o hasta –27–


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una combinación de las dos cosas. Las costumbres allí eran productivas en su totalidad, y ya que se habían olvidado de los sentimientos y emociones, no optaban por ninguna religión. La organización estaba tan bien ensimismada, que los pobladores dejaron de hablarse paulatinamente, hasta que al final se fueron olvidando poco a poco de los nombres de los demás, así como de nombrar en general. No era necesario ser tan inteligente para saber que el pueblo estaba condenado a la extinción. Pero no ocurrió aquello, aunque ya no existía la cortesía, por lo contrario las actividades siguieron iguales hasta la tarde en que la hija del alcalde decidió concluir su existencia. Los días de luto llegaron junto a un silencio que nadie había oído antes. Todo se volvió mecánico, los drenajes se encontraban por doquier y se hacían notar por el sonido de sus líquidos al recorrerlos. Los jóvenes eran los más preocupados, porque aunque lamentaban la pérdida de una señorita tan guapa, estaban asustados de que una ciudad muda tome sus vidas. Más preocupante era también la tradición que seguía vigente mientras la comunicación verbal se estaba diluyendo, la de arreglar parejas para unirlas en matrimonio. Los hogares seguían y estaban basados en la ley de las mancuernas. Los implicados en estas, tanto varones como damas no protestaban, ni apostaban por ideas tan desca–28–


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belladas como la libre elección. El amor o enamoramiento eran palabras que habían quedado poco a poco en el olvido. Quedaban solo en las páginas antiguas de las historias provenientes de tierras foráneas. Eran, sobretodo, famosas aquellas historias en las que el personaje principal vencía cualquier obstáculo, ya sea junto a su amada o sin ella, con el propósito de ser feliz al final. Eran también conocidas las denominadas “tragedias”, aquellas historias cuyo final es menos esperanzador por no decir sin esperanza alguna. Comenzó como muestra de rebeldía entre la juventud de Morsaña, a ser contada la historia de los amantes que decidieron morir por culpa de que sus padres se oponían a su relación. O la del chico que no fue correspondido y de tanto sufrir murió natural y violentamente, a la vez, de amor. Obviamente que para los habitantes todas estas historias representaban irrealidades o ficciones, pues los sentimientos no tenían ni espacio ni lugar en este lugar. La hija del alcalde fue la primera joven en optar por la auto desaparición; la primera de una serie de jóvenes faltos de algún pasatiempo o faltos tal vez de aquella cualidad que conocían sólo mediante obras del exterior. A escondidas, todos ellos empezaron a consumir con gusto excesivo y enfermizo todo producto en el que se describía –29–


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o mostraba temas relacionados al amor. Las más melifluas novelas románticas y las más degeneradas películas pornográficas eran disfrutadas tanto por hombres como por mujeres. Creían pues, que ambos completaban ese círculo del amor; que así de esa manera los procesos o etapas del amor se complementaban. Entendieron luego de pocas tertulias, rápidamente, que necesitaban aquel sentimiento en su vida. Aceptaban oponerse a las tradiciones y leyes de Morsaña, por eso decidieron albergar y guardar amor y palabras en secreto. Lo que no esperaban era que el hecho de incentivar o cultivar un sentimiento tan noble y sincero como ese, conllevaría a sembrar también su sentimiento opuesto: el odio. El nacimiento del odio se fecha desde aquel momento en que uno de los más antiguos habitantes descubrió lo que los jóvenes habían hecho. Este era un viejo decrepito y rencoroso, ya había olvidado su nombre y casi todas las leyes de la comunicación. Al pie del bosque se encontraba su cabaña, y fue allí donde vio huellas que entraban al bosque. Siguiéndolas se encontró en un camino en que los arboles empezaban a portar dibujos tallados, como estandartes del sentimiento que había florecido.

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Corazones sin concluir, con punta filosa o chueca, con flechas cruzadas y con algo delatador en ellos: nombres escritos. …

Fue difícil para el viejo poblador dar a conocer las nefastas noticias. Aquel descubrimiento afectó su rutina, su vida muda era lo que siempre había querido. Por esa misma razón fue uno de los más entusiastas cuando la ciudad empezó a quedarse muda. El silencio de Morsaña era único y sagrado, por eso los vándalos debían de recibir castigo. El viejo llevó a las autoridades al medio del bosque y los apresaron.

Las cabezas de familia estaban presentes aquel horroroso día, el día del juicio que haría historia aunque sea sólo para la propia comunidad. Cabizbajos, los acusados estaban adelante sin entender muy bien por qué eran culpables, sin entender por qué no podían escoger los amores que quisieran. El juez no necesitaba oírlos, por eso no se inmutaba cuando pedían que reflexionase, llorando, besándose entre ellos. Aquel último recurso fue el detonante que hizo al juez tomar la más extrema sanción. La condena a muerte en 24 horas. –31–


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Ni siquiera por ser la última noche de sus vidas, permitieron los custodios encerrarlos juntos para que tuviesen sexo entre amantes. Uno de los muchachos, tenía la descabellada idea de escaparse. Pero antes de decírselo a los demás para convencerlos, tenía que convencerse a sí mismo. Pensó así en la antigua ciudad reina que su memoria guardaba, la que le habían contado sus padres cuando los adultos todavía hablaban. Lo que tenía que hacer entonces, le quedó bien en claro. Escapar, escapar, correr, correr y finalmente subir. … Los aguerridos guardias, se preguntaban mirando al suelo y con la vista perdida: ¿Qué se sentía tener autonomía? De repente el odio que les profesaban a estos jóvenes, a estos vándalos enamorados, se convirtió en curiosidad. Transcurridas las horas, el prófugo ya sabía como llevar a cabo su plan, tanto así que se la pudo comunicar a sus amigos. Al comienzo se mostraron reacios pero al final decidieron llevarla a cabo. El planificador de la fuga empezó a convulsionar –32–


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en el suelo, todos los demás también empezaron a gemir, como pidiendo perdón ante un acto de justicia divina sobre Morsaña. Los guardias más próximos entraron siendo golpeados en la cabeza de inmediato. El gestor de todo el plan se apoderó de las llaves, los demás lo siguieron. Y lo que sigue es nebuloso de entender. Vencieron a todos los opositores de paso. ¿El lenguaje los hizo más salvajes o más astutos? En este contexto se comprobó que ambas cosas. Onomatopeyas destilaron en momentos precisos en los que la valentía colectiva era necesaria. Todos lograron salir. Se querían dirigir al lugar donde tenían encerradas a sus compañeras del sexo opuesto. Pero de nuevo se pronunció el mismo muchacho que planificó todo, por quien ahora todos estaban libres. Él sabía a donde debían ir, les gritó para qué desistan, sería muy peligroso, podrían no tener tanta suerte como antes, o tanta fortaleza al tratar de defender a alguien más. Pero la mayoría votó: irían. Él decidió dejarlos, y los abandonó sin que se diesen cuenta. Y así se fue sólo. Después de todo ¿por qué habría que arriesgarse? Corrió y corrió, y caminaba rápido cuando quería descansar, hasta que por fin llegó. Luego de confundirse con otros tubos y grifos, la escalera estaba allí. –33–


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Se disponía a poner manos y pies sobre ella, pero el relámpago de una bala sobre el metal alumbró sus sudores. Volteó, y allí estaba el viejo poblador que los había acusado a todos. Parado allí, con su escopeta con la mira apuntándolo. Y en su rostro estaba ese gesto que no necesitaba de palabra alguna, si no volvía con él le dispararía. El prófugo le habló, le pidió que se calmara. El viejo le quiso decir muchas cosas, pero si hablaba sería una derrota, no sólo para él sino para todo Morsaña. El prófugo dio un grito que hizo asustar a su atacante. Aprovechó para arrancar uno de los tantos tubos oxidados en la pared y le pegó con el en la cabeza privándolo. El joven prófugo volvió a ver la escalera, cada vez su respiración era más fuerte. Subió la escalera y cuando llegó al final golpeó con gran esfuerzo la pesada tapa redonda, una vez retirada, abandonó Morsaña saliendo por el orificio hacía lo que hace muchísimos años se conocía como la ciudad de Lima.

Xavier Alvarado

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No de esa manera

Había decidido acabar con todo de una vez, no podía continuar al lado de una persona con la que ya no me era cómodo estar, con la que me sentía presionada, ¿porqué atarme a esta persona que me hace tanto daño?, lo mejor es terminar, dije, pero tal vez no fue el momento ni el lugar, llegué al edificio donde vivía, decidida por completo a encararlo, entré y el portero de una manera muy amable me recibió, como ya me conocía me dejó continuar el camino hacia el octavo piso, 802, departamento de Mariano.

Toqué la puerta, toqué el timbre, y al no recibir respuesta volví a tocar, pero con más fuerza, espere aproximadamente dos minutos, decidí irme, presioné el botón del ascensor, y lo escucho llamarme por mi nombre, Claudia, estoy aquí, volteo inmediatamente y fui hasta el, lo salude con un beso en la mejilla, y pasamos a su sala, me senté en su sillón de cuero y me ofreció un trago, pero obviamente no lo acepté, pude percibir que estaba tomado, habían latas de cerveza tiradas en el piso, una botella de whisky detonada en el piso, mojado por el derrame, era un ambiente bastante deplorable, como si hubiera ha–37–


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bido una parranda de aquellas a las que solíamos asistir juntos, pero no, no hubo ninguna fiesta, fue él quien ocasionó todo eso.

Sin fijarme más en el alrededor, me dispuse a conversar con él, mientras más rápido fuera, más rápido me iría, no sabía como comenzar, estaba borracho, pero no podía esperar más, tenia que desligarme de él ya, mientras pensaba todo esto, dijo, ¿qué pasa muñeca? ¿Porqué no quieres tomarte un trago conmigo?, y le dije que no lo buscaba para tomarnos un trago sino para conversar sobre nuestra situación y comencé sin más; Mariano, esto ya no funciona más, no puedo continuar a tu lado, necesito alejarme de ti para poder continuar, te tengo demasiado cariño pero no es suficiente, has dañado demasiado la relación y lo mejor es que…, no me dejó terminar y dijo: crees que vas acabar conmigo así por que se te da la gana, ¿con quién te estás acostando? Seguro que tienes otro perra, pero ¿sabes qué? Antes de verte con otro, estarás muerta, y empecé a ponerme nerviosa, sabía de lo que sería capaz, no soportaba la idea de verme con él, así que continué con mi posición y termine diciéndole que se acabó y no me busques más, me volteé rápidamente con dirección hacia la puerta, y en mi mente no dejaba de pensar en que fue una mala a idea venir a hablar con –38–


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él sola, sabiendo a lo que me arriesgaba. Di unos cuantos pasos y me sorprendió anudando su brazo en mi cuello, con el fin de retenerme, de amenazarme una vez más, tenía una botella de vidrio roto, rozando mi cara, comenzó a decirme un sin fin d cosas horribles que desataban lágrimas de miedo en mí. Cuando empezó a besarme la oreja, lo empujé tan fuerte que cayó contra su mueble lo que me dio oportunidad de meterme al baño y encerrarme, tenía poco tiempo, me encerré y el la empujaba y más, saqué mi móvil de el pequeño bolso que tenía colgado en el cuerpo, no se me venía a la mente el número de la policía, golpeaba más fuerte la puerta, y me ponía más nerviosa aún, busqué en la lista e llamadas recientes y tenía el número de mi mejor amiga, Fernanda, la llamé, no me contestaba, lo intenté de nuevo, y entró, sin dejarla hablar le dije estoy en el departamento de Mariano, por favor ven a buscarme, llama a la policía, me esta amenazando con matarme, por favor vente lo más rápido no puedo más me revienta la puerta, y Fernanda contestó de manera inmediata diciendo que no me preocupara que me mantenga a salvo que llegaba en 15 minutos o menos, colgué y había dejado de golpear la puerta, de pronto escucho un disparo, contra la puerta, reventó la cerradura y de una patada tumbó la puerta, me arrastró de los pelos, hacia su cuarto, –39–


FANTASMAS FUTUROS

entramos, echó llave y la lanzó por la ventana, corrí hacia la puerta golpeándola, pero era imposible, giré a verlo, me estaba apuntando con la pistola, y empezó a gritarme, que me odiaba por hacerle esto, que tendría que estar muerta para que lo deje, me siguió diciendo más barbaridades, intenté calmarme porque sabía que la policía estaba en camino, empezó a llorar, y llegó la policía, fue un cambió de lágrimas a enfurecimiento, me cogió del cuello nuevamente, la policía gritaba que me abran la puerta, y él se negaba, estaba furioso, porque llamé a la policía, sin esperar más acabaron con la puerta y lograron entrar, buscaron por el departamento hasta descubrir gracias a mi gritos que estábamos encerrados en el cuarto, no dudaron en ningún momento en derribar la puerta del cuarto también, y los teníamos al frente, la policía obligaba a Mariano que me deje libre pues tendría graves problemas si no lo hacía pero de pronto dejó de apuntarme para que la pistola la localice en su sien, me soltó y corrí inmediatamente a al bando policíaco, me cubrieron, e intentaron alejarme, decidí quedarme, pidiéndole a Mariano que aleje esa pistola, que no lo haga, de igual manera lo hizo la policía pero, cuando uno de ellos intentó a acercarse, ví como si fuera cámara lenta cómo Mariano presionó el gatillo y se asesinó, enfrente de todos, estaba tirado en la alfombra, pintando el piso –40–


FANTASMAS FUTUROS

de rojo, los oficiales atinaron a sacarme del cuarto y tranquilizarme, fuera del departamento me esperaba Fernanda, quien me acompañó a la comisaría para dar la declaración.

Quería darle fin a una etapa de mi vida pero no de esa manera.

Claudia Scargglioni

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FANTASMAS FUTUROS

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FANTASMAS FUTUROS

Entrevista a un asesino del amor

Es incierta la medida de que tan lejos se puede llegar cuando se ama, ese sentimiento tan profundo y hermoso, puede convertirse en el más despreciable sentir que tiene una persona, cuando el amor cruza el límite que separa a la razón de la locura ya no hay vuelta atrás. Marco Ferro asesinó en un momento de euforia y drogas, a Micaela, pareja con la que convivía por más de un año. Luego de haber vivido entre lujos, ahora pasa sus noches acompañado de la penumbra que guardan las cuatro frías paredes de su celda. No es fácil entablar palabras con él, está seca su alma, si alguna vez sintió amor, ahora es rencor, rencor a todo momento en que no evitó esta situación, rencor a el momento en que Mica, como solía llamarla, dejó de amarlo.

Sé que es difícil hablar de Micaela, pero déjame intentar entenderte, ¿me dejas hacerlo?, le pregunté con temor a que me mandara a rodar con una sola palabra, peor fríamente me contesto: Me volví loco por ella, no soporté la idea de que sintiera –43–


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algo por otro, comentó. Solo tenía en mente en que ella tenía que ser para mí, y si no era así, pues lo siento, Micaela era mía, y sí, lo era, la maté y no hay vuelta atrás, no la puedo resucitar.- contestó crudamente moviendo la cabeza de un lado al otro y alzando los hombros como si no le importara no hacerlo si tuviera esa capacidad.

Notaba que siempre buscaba el momento adecuado para decirme que esto ya no daba más, sí, algunas veces la trate mal, incluso la hice llorar, la hice sufrir, la engañé, en realidad era una chica fuerte. Bueno… le robé solo por conseguir más droga, pero yo sí la amé de verdad y es por eso que no quería que esté con nadie más.

Pero Marco, ambos se hacían daño, ¿no lo notabas?¿no te hacías daño también? Haz arruinado tu vida en un solo día, cuéntame todo puedes confiar en mí, sería estúpido juzgarte…

¡Ya!…Llegué a la casa luego de una noche de rolas y de haberme tirado a una puta de esas que encuentras en las fiestas que duran hasta el amanecer, Micaela entre lágrimas me decía que no podía más, lloraba, lloraba con dolor, lo sentía, y –44–


FANTASMAS FUTUROS

empezamos a gritarnos, ella decía que la olvide, que se acabó y que había encontrado refugio a todo el tormento que soy yo, en otro amor. Discutimos, empecé a tirar al piso todo lo que estaba en mi camino, le arrebaté las maletas de un jalón, las tiré con tal fuerza que rompí una foto nuestra, y ella fijó su mirada en la puerta y avanzó, quería irse y dejarme, dejarme después de todo, no lo permití, la tomé por el brazo le di vuelta a mí y le di tantas bofetadas que empezó a sangrar por la nariz, la tiré contra un mueble, ella lloraba y me pedía que al dejara ir, yo la gritaba pero a la vez le pedía que me perdonara, me empujó contra el piso y quiso safar, la pude agarrar de los pies, y ella cayó; me levante y la tomé de los cabellos la encerré en el baño, no dejaba de gritar, fui a mi cuarto, por alguna razón se me vino a la mente sacar la pistola que me dieron a guardar unos conocidos que me vendían cocaína, la tomé le abrí la puerta, e inmediata mente ella se topó con la imagen de la pistola apuntando a mi cabeza, la tenía pegada a la cien, y amenacé con matarme si ella se iba, ella apostó a que no lo haría, pero jalé el gatillo, ella se inundó de temor y me pidió que no lo haga, alejé la pistola y empecé a decirle que no podía dejarme, eres mía y no serás de nadie más, ella no dejaba de decirme que se acabó y empecé a enfurecerme de nuevo, ella se movió muy rápido –45–


FANTASMAS FUTUROS

hacia la puerta, ví que me dio la espalda y casi cuando llega a escaparse, mis manos tenían apuntando con la pistola en dirección a ella, sudaba como nunca lo había hecho, mi corazón latía más fuerte que nunca, le disparé mi mente se nubló y volví a dispararle hasta tres veces, ví su espalda rebalsada de sangre y grité tan fuerte que sentí que perdía mi voz, lloré con su cuerpo al lado, lloraba y pasaban las horas, mi dolor era silencioso, tenía mi cabeza sobre su cuerpo, lágrimas inundaban mis ojos, que me perdone esté donde esté ahora, me enamoré, locamente me enamoré de alguien que me amó pero me dejó de amar. Habrían pasado horas, me quedé dormido, ya había amanecido, la veo y el suelo estaba pintado de rojo. Ví sus maletas, tomé una de ellas, saqué su ropa. Aún tenían su olor impregnado, la acomodé dentro de la maleta, la cerré y la llevé hacia mi auto, solo pensé en deshacerme del cuerpo para que así nadie sospeche en que fui yo, fui hacia el sur, tiré al maleta, en una especie de acequia, y solo quise desaparecer, todo salió mal, encontraron el cuerpo de Micaela, mi gran amor, estoy aquí porque la mate, la mate por amor, realmente la amé y aún la sigo amando, solo Dios sabe que tan grande fue mi amor, que hasta me volví loco y aquí estoy y ahora soy un asesino.

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FANTASMAS FUTUROS

Claudia Scargglioni

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Fantasmas futuros  

Cuentos de agonía.

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