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Ana María Marañon Bolivia Esp

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Cochabamba.

Fernando y Ana María se llevan bien.

NOMINADA

Ana María Ana María Marañón de Bohorquez abraza a Fernando. El nació en la calle, hijo de drogadictos, y empezó a esnifar pegamento cuando tenía dos años. Ana María se hizo cargo de Fernando cuando tenía cuatro años y desde entonces ha vivido en el hogar que tiene para niños de la calle, El Arca de Rescate de los Niños.

¿Por qué nominan a Ana María? Ana María Marañón de Bohorquez es nominada para el WCPRC 2005 (Premio de los Niños del Mundo) por sus años de trabajo desinteresado por los niños de la calle en Cochabamba, Bolivia. Muchos niños allí son hijos de niños de la calle. Su vida está llena de violencia y drogas. La mayoría esnifa pegamento para olvidar el mundo duro y sin corazón que les rodea. Pero Ana María lucha para darles a los niños la oportunidad de una vida mejor. Tiene un hogar para niños, El Arca, y un hogar para niñas, Rosa de Sarón. Ahí los niños viven con adultos que les dan cariño y seguridad. Pueden ir a la escuela y les ayudan a adquirir una profesión.

brasil

perú

Bolivia

Lago Titicaca

LA PAZ COCHABAMBA

Océano Pacífico

paraguay

chile argentina

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P

epe, ¿estás listo? Ve por la olla de la sopa. Ya nos vamos, grita Ana María desde la cocina. Ana María se enfermó de polio cuando tenía dos años y ha estado en silla de ruedas toda su vida. Pero a pesar de estar paralítica, hace ya casi treinta años que lucha para ayudar a los niños de la calle. Y cuenta siempre con la ayuda de Pepe, que antes era drogadicto. La sopa de mamá Anita – ¡Frena! pide Ana María. Dos niños, cada uno con su lata de pegamento en la mano, van por la carretera. Ana María saca la cabeza. – ¡Hola! ¿Cómo están? Vamos a repartir sopa ahora, ¡vengan! A los niños se les ilumina la cara y empiezan a correr. Un momento después reina un caos total. Llega gente de todas partes con ollas y recipientes oxidados. Todos quieren abrazar a Ana María. – ¡Mamá Anita, la he extrañado! Una joven se le echa al cue-


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Ana María hace las compras para la sopa de los niños de la calle.

llo a Ana María. Está drogada y de pronto ríe y de pronto llora. – Marielita, ¿cómo estás? la consuela Ana María. – Todos los niños me dicen mamá Anita, explica. Le dicen Anita de cariño. – Vengo varias veces a la semana. Repartir comida es una manera de entrar en contacto con los niños. Trato de hacer que vayan a alguno de nuestros hogares, dice Ana María. Aquí en La Coronilla, en

una ladera arriba de Cochabamba, ciudad con un millón de habitantes, vive gente que la sociedad prefiere olvidar. Muchos están arruinados por esnifar pegamento y tomar alcohol. Sobreviven asaltando, mendigando o prostituyéndose. A punto de ser quemado Raúl Martínez Corani, de 14 años, ha vivido en la calle durante cuatro años. – Me escapé de la casa, dice. Raúl aprendió rápido a

golpean a los niños y los obligan a darles lo que robaron. Cuenta también de un niño que agarraron cuando había entrado en un automóvil a robar. – La gente del pueblo le cortó las manos con un hacha y lo colgaron de un árbol. Tres generaciones de niños de la calle La sopa se empieza a terminar y Ana María saca bolsas de ropa.

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Raúl ha vivido en la calle cuatro años, pero ya se hartó.

TEXTO: SOFIA KLEMMING FOTO: KIM NAYLOR

esnifar y a robar. – La vida de la calle es terrible. Hay mucha violencia y mucha gente nos trata mal. Hace un tiempo, a Raúl le pasó algo que lo asustó de verdad. – Había robado en el mercado y me descubrieron. Entonces, hombres y mujeres me ataron las manos y los pies y me querían quemar. Tenían un tanque de gasolina listo y estaban a punto de encenderlo cuando llegó la policía, cuenta. – Lloré muchísimo, tenía harto miedo. Desde entonces dejé de robar a la gente. Raúl trabaja de lustrabotas y gana 20 bolivianos (2,5 dólares) al día. – Pero estoy decidido. El lunes voy a ir a casa de mi familia otra vez. Ana María dice que en Bolivia tratan a los niños de la calle peor que animales. La policía es de los peores, Muchos de los niños de la calle vienen a abrazar a Ana María.

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Muchos niños de la calle tienen padres que fueron niños de la calle y tienen niños propios que también viven en la calle.

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– ¡Tranquilos! De uno por uno, primero ropa para los niños chiquitos, dice. Una joven mamá, Marcela, y sus dos hijos, Carolina, de un año y Eric, de tres, comen con las manos

de un tazón de sopa. Carolina y Eric son la tercera generación de niños de la calle. Mamá Marcela saca una lata de pegamento e inhala entre bocado y bocado. – ¿Qué futuro tienen estos niños? Muchos de los que nacen en la calle mueren de enfermedades, desnutrición y maltrato, dice Ana María.

Bolivia es el país más pobre de América del Sur. La pobreza es la razón por la que cada vez hay más niños de la calle. – No hay trabajo. La pobreza hace que la gente se desespere y los padres mitigan su angustia con drogas y descuidan a sus hijos, dice Ana María. Los niños, a su vez, hacen lo mismo con sus propios hijos. No quieren ayuda El suelo está cubierto de basura. Hiede a orina. Perros corren por todos lados. En La

Coronilla niños y adultos viven en casuchas hechas de sacos de plástico, sin agua ni electricidad. – Dormimos con nuestros perros, dice José Miguel Guzmán, de 12 años. Los perros ayudan a los niños a mantener el calor. José abraza a su perro. Huele a pegamento. – Me fui de la casa porque mi padrastro me pegaba. José ha vivido en la calle dos años y Ana María trata de que vaya al hogar El Arca. Pero José no quiere. – No tengo ganas, dice. Ana María suspira. Muchos niños de la calle no

José abraza su perro. Huele al pegamento que ha esnifado. Ha vivido en la calle dos años y no quiere ayuda para salir de allí.

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Los niños juegan en El Arca, el hogar para niños de la calle, que Ana María abrió hace diez años.

Algunos niños del Arca.

quieren dejar ni el pegamento ni la libertad de la calle, a pesar del horror que ellos viven ahí. – Sólo los que están motivados y que de verdad quieren cambiar su forma de vivir pueden ir con nosotros. Si no, malogran las cosas para los otros, dice Ana María. Cariño y educación – ¡Mamá Anita! Un muchacho abraza a Ana María camino a su trabajo. Octavio ha vivido en El Arca la mitad de su vida y ahora trabaja en una escuela para niños con autismo. Ha estudiado para profesor especial, pero quiere estudiar para doctor. – Nuestra meta es darles a los niños una profesión para que puedan mantenerse en el futuro, dice Jimena, hija de Ana María y responsable del Arca. Ana María fundó El Arca con su marido Santi hace diez años. En la actualidad viven 40 chicos ahí que reciben cariño y educación para poder romper con la vida de la calle.

Madres jóvenes – ¡Mamá Anita! Un grupo de niñas corre hacia Ana María cuando llega a Rosa de Sarón, el hogar para niñas de la calle que fundó hace dos años. Ana María había visto hace mucho tiempo la gran necesidad que tenían las niñas. Ahí reciben ayuda para superar sus duras experiencias. – Me escapé de un orfanato cuando tenía diez años y me empecé a prostituir, dice Jhovana. Tuvo su primer hijo a los 11 años y su segundo a los 13. Pero nada más su hija de dos años vive con ella en Rosa de Sarón, su hijo fue dado en adopción. – Las niñas que tienen a sus hijos en la calle no los pueden cuidar. Ellas mismas son niñas. Aquí aprenden a ser mamás, dice Ana María.

Cuando Ana María va a Rosa de Sarón, su hogar para niñas que han vivido en la calle, las niñas van corriendo. Se le echan al cuello a Ana María y le dan la bienvenida.

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TEXTO: SOFIA KLEMMING FOTO: KIM NAYLOR

Fernando da una voltereta en el aire.

Fernando recibe una úl t Fernando nació en la calle. Su papá le dio a esnifar pegamento cuando tenía dos años y le enseñó a robar. Es difícil dejar de vivir así. Después de robar hasta del Arca, Fernando recibe una última oportunidad.

– ¡Muévanse que ahí voy yo! Fernando corre y da un salto mortal sobre un colchón que está en el suelo. Su hermano menor, Bryan, y otros niños lo miran. Las volteretas son la especialidad de Fernando, nadie más intenta imitarlo. Una nube de polvo acompaña a un jeep que llega a El Arca. La gran casa está en el campo, rodeada de cultivos y granjas. – ¡Hola abuelito! Ana María llama a Fernando, que se acerca y la Fernando abraza a su hermano Bryan, que también vive en El Arca.

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abraza. Fernando tiene 12 años pero todos le dicen ”abuelito”. – No sé por qué. Creo que mi papá empezó a decirme así, dice. Mi papá es drogadicto. Yo nací en la calle y mi mamá vivía de vender “clefa” (pegamento). Hasta que mi papá la denunció a la policía y la pusieron presa. Inhalaba pegamento y robaba – Empecé a clefear (esnifar) cuando tenía dos años. Mi papá me daba clefa en vez de comida. A veces él iba preso y yó tenía que ir con él porque no teníamos casa. Dormíamos en la calle con


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Fernando juega al fútbol en El Arca.

l tima oportunidad cartones y sacos. El papá de Fernando le enseñó a robar cuando tenía tres años. – Me dijo que robara ropa y zapatos en la cárcel de mamá. Él me esperaba afuera. Cuando mamá se enteró de que había robado me pegó. No sabía que papá me había pedido que lo hiciera y no me atrevía a decírselo. La mamá de Fernando le pegaba porque robaba y su papá le pegaba si no robaba. Ana María vio lo mal que la pasaba Fernando y quiso salvarlo. Cuando Fernando tenía cuatro años llegó al Arca junto con su hermano mayor, Elmer. A Elmer se le

Fernando Pinto, 12 Me gusta: La gimnasia. No me gusta: Mi papá. Música favorita: Requetón (hiphop sudamericano). Sueño con: Ser piloto y vivir con mi mamá y mis hermanos Escucha la música favorita de Fernando en www.childrensworld.org

hizo más fácil adaptarse porque había vivido con su tío. Para Fernando, que había vivido en la calle con su papá, ha sido difícil dejar de ser delincuente. – Al principio iban bien las cosas pero después, cuando empece la escuela, me saltaba las clases. Iba a robar a la ciudad, porque tenía ganas de molestar a la gente, dice Fernando. Los problemas empeoraron cuando dos chicos nuevos llegaron al Arca. – Fumábamos y clefeábamos en la escuela. Luego salíamos y robábamos. Con el dinero comprábamos cuchillos.

– Yo fingía que me portaba bien, pero en la calle hacía lo que quería. Luego se empezaron a dar cuenta de lo que hacíamos y nos pidieron que termináramos con eso. Pero Fernando y sus dos amigos empezaron a planear un robo en la oficina del Arca. – Una noche nos metimos por una ventana. Un chico tomó 470 bolivianos de una

El robo en El Arca En El Arca Ana María y el personal no tenían idea de lo que Fernando hacía. 39

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Después del robo del Arca, Fernando deber ganarse los derechos que tienen los otros niños. Por eso no tiene cama, sino que duerme en un colchón en el piso. También perdió su ropero y tiene su ropa en una maleta.

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caja (unos 60 dólares) y luego entramos a escondidas al baño y discutimos qué íbamos a hacer con el dinero. En la mañana fueron a la escuela como siempre. – Luego nos fuimos a comprar pilas, casettes y cuchillos. Pero cuando regresaron al Arca había una gran conmoción. Alguien había descubierto el dinero faltante y obviamente sospechaban de Fernando y de sus amigos. Los directores, Jimena y Javier, tuvieron una reunión 40

grande con todos los educadores y con los niños. – Nos encerraron en un cuarto del segundo piso. En la noche, los otros dos chicos se escaparon por la ventana con ayuda de sábanas amarradas. Tomaron su ropa y sus cuchillos y me dejaron solo. La última oportunidad ¿Qué iba a pasar con Fernando? Los educadores que habían trabajado con él varios años no querían para nada que se quedara. Ya

David ayuda a Fernando con la tarea.

estaban cansados de su manera de ser y lo cambiaron a otro lugar para niños de la calle. Ese cerró y lo cambiaron a un tercer hogar. Ahí lo maltrataban y se sentía mal. Cuando la mamá de Fernando se enteró de lo que había pasado se desesperó. Fue al nuevo lugar y lo retiró. Estaba furiosa con Fernando por lo que había hecho. Después les rogó y les suplicó a los directores, Jimena y Javier, que dejaran que Fernando regresara al Arca.

– Estuvimos sin dormir una semana, dice Jimena. Conocemos a Fernando desde que era chiquito y lo queremos mucho. Al mismo tiempo, ha recibido tantas oportunidades y los educadores se negaban firmemente. – Fue terrible, dice Javier. Fernando es líder y puede ser una mala influencia para los demás. Pero al final decidimos darle una última oportunidad de todas maneras.


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A Fernando no le permiten sentarse a la mesa sino que se sienta en un banquito con una caja como mesa. Su plato es un paquete de margarina vacío y su vaso una botella de plástico cortada. Pero Fernando piensa que es justo.

Pienso lograrlo E

n el comedor, Fernando anda limpiando el piso con un trapeador después del almuerzo. Lleva puestos unos audífonos conectados a

un teléfono celular que le asoma del bolsillo de los jeans. – Me lo prestó un amigo mientras está en la escuela, dice Fernando.

Desde que regresó al Arca perdió todo lo que él antes había dado por obvio, como ir a la escuela. En vez de eso trabaja junto con su educador, David. ”Es justo” – ¡Ven! ¡Vamos a limpiar este cuarto también! David llama a Fernando. Juntos limpian el salón de clase del segundo piso. David es el que mejor conoce a Fernando. – Me he encargado de Fernando y de su hermano

mayor desde que llegaron al Arca. Por eso me puse muy triste cuando Fernando entró a robar a la oficina. Sentí como si hubiera fracasado en mi trabajo, dice David. Cuando Fernando regresó al Arca les pidió perdón a David y a los otros educadores. – Les dijo: ”perdón, voy a cambiar”. Y de verdad lo ha hecho. Antes, nunca hacía lo que le decían, pero ahora escucha y ayuda con lo que le piden. Fernando ayuda a David a limpiar, ayuda en la cocina y 41

TEXTO: SOFIA KLEMMING FOTO: KIM NAYLOR

– ¿Listos chicos? El educador David llama a los chicos que se han puesto el uniforme escolar, lustrado los zapatos y lavado los dientes. Al final, David les da un poco de crema de manos para que se unten las manos antes de irse. Pero a un chico, a Fernando, todavía no lo dejan ir a la escuela…

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Fernando espera para limpiar que los otros hayan terminado de comer. Lucha por recobrar sus derechos.

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limpia la alcantarilla. David, por su parte, le da clases para que se ponga al día en la escuela. No habrá escuela hasta que demuestre que puede. – Tampoco me puedo sentar a la mesa cuando comemos sino que me siento en un banquito con una cajita de mesa al lado, dice Fernando y los señala. Mi plato es un paquete de margarina vacío y mi vaso es una botella de plástico cortada. También muestra la maletita con su ropa y sus cosas en el cuarto donde duerme su grupo. – No puedo tener la ropa en el ropero y duermo en el suelo en un colchón aquí. Me van a devolver mi cama 42

cuando me porte mejor. – Pienso que es justo. Estoy feliz que he podido volver. He cambiado y voy a recuperar todo lo que tenía antes. Quiere ser piloto David cree que Fernando lo logrará esta vez. – Lo escucho y trato de comprenderlo, al mismo tiempo lo educo. No se puede ser solamente estricto, si no, se va de inmediato, dice David. – Si aprovecha esta oportunidad tiene grandes posibilidades para el futuro. Fernando es un chico a quien la gente escucha, puede hacer lo que quiera si tiene el apoyo adecuado.

También Ana María espera que Fernando aproveche su última oportunidad. – Con Fernando hemos visto qué difícil es cambiar una conducta delictiva. Eso de esnifar pegamento y robar cuando uno tiene dos años, claro que lo daña a uno. Pero nunca nos damos por venci-

dos, dice Ana María y abraza a Fernando. – Sueño con ser piloto y vivir con mamá y mis hermanos otra vez, dice Fernando.


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¿Bueno para la escuela? Bryan, el hermanito de Fernando, va a una escuela cerca del Arca. Al principio, los niños de la calle no eran bien recibidos porque tienen mala reputación. El director temía que fueran a causar problemas. Por eso, en El Arca preparan muy bien a los niños antes de que puedan empezar a ir a la escuela. Cuando llegan de la calle, primero les dan clases los profesores del Arca. Si se portan bien pueden empezar a ir a la escuela después de medio año.

Aprende quechua En Bolivia el idioma principal es el español, pero sólo dos tercios de los habitantes hablan español. Fuera de las grandes ciudades, la mayoría habla alguna de las tres lenguas de los indios: quechua, aymará o guaraní. El quechua era la lengua de los incas, pero todavía está viva en lugares como los alrededores de Cochabamba. Muchos de los niños de la calle, que vienen de los pueblos cercanos a Cochabamba, sólo hablan quechua.

¡Hola! ¡Qué tal! ¿Cómo estás? Bien ¿Cómo te llamas? Me llamo… Adiós Sí No 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

¡Napaykullayki! ¡Raphi! ¿Imaynalla? Sumaj ¿Ima sutiiki? Sutii… K’allakama Ari Mana u’ iskai quinsa tahua phiska so’gta khanchis pusa’g iskon chuncha

En el mercado de La Cancha, en Cochabamba, donde Ana María compra los ingredientes para la sopa de los niños de la calle, hay por lo menos treinta diferentes tipos de papa. Todas son de apariencia y sabor diferentes. La pequeña, color amarillo rojizo, la “papalisa” se usa para sopas y guisados. La ”huaico”es negra y se cuece con cáscara.

Mil nombres para la papa A los niños de la calle, que reciben sopa de Ana María, les encanta la papa. Hace 8000 mil años los indios de la cordillera de los Andes cultivaba papas. Era uno de los pocos cultivos que sobrevivían el clima árido allí. Los indios aimaras tenían más de 200 tipos de papa en el altiplano del Titicaca, a más de 3 000 metros sobre el nivel del mar. En la época de esplendor

de los incas, 1476–1534, la papa valía su peso en oro y se rendía homenaje y se rogaba al "dios de la papa". Se dice que los indios quechuas, descendientes de los incas, tienen más de mil nombres para la papa. La papa llegó a Europa en los principios del siglo XVII, cuando los exploradores europeos volvieron de América del Sur.

Papas petrificadas En el mercado se ven muchos sacos de algo que parece como piedritas. Es el ”chuño”, papas secas. Hace 8.000 años era difícil conservar la comida. Por eso, los indios desarrollaron un método para secar las papas en frío. Hoy se siguen preparando así. Se extienden las papas en el suelo en las noches heladas. Durante el día se cubren con paja para protegerlas del sol. Después de algunos días, las mujeres y los niños las pisan para sacarles el líquido y que les salga la cáscara. Después, se dejan en agua corriente durante algunas semanas para quitarles el sabor amargo. Finalmente se ponen a secar durante dos semanas y luego se pueden almacenar hasta por cuatro años.

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El regalo de cumpleaños Después de una hora de juegos llega el punto culminante: el reparto de regalos. Edson cumplió nueve años y se ruboriza cuando recibe su regalo. Rompe el papel. ¡Un auto! – En mi familia no nos daban regalos, dice. Edson se escapó de su casa porque su papá lo maltrataba. Vivía en la calle antes de que lo salvaran en El Arca.

Hora de comer la enorme torta de cumpleaños de Ana María.

Por fin un cumpl Es de mañana en El Arca y Bryan, de diez años, y algunos amigos cuelgan globos y serpentinas del techo. De la cocina sale un olor a maní tostado y a rosetas de maíz. Bryan está excitado, ¡por fin una fiesta de cumpleaños!

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n El Arca se celebra el cumpleaños de los niños cada tres meses. Festejan a todos los niños que han cumplido años en ese tiempo. Los preparativos duran varios días. Jimena les compra regalos a los festejados. Los profesores y Ana María hacen pasteles y galletas. Los niños preparan sus actuaciones. 44

– ¡Pepe! ¡Ayúdame! Como de costumbre, Ana María ha hecho la torta más grande del mundo y necesita ayuda para bajarla del jeep. Hacen falta dos personas para hacerlo. Ahora hay que decorar la torta con crema rosa y azul. Una señora con sombrero para el sol ayuda a Ana María. Es Norah Rodríguez,

mamá de Bryan, Fernando y Elmer. Vendía clefa – Acostumbro visitarlos una vez al mes y siempre trato de estar en las fiestas de cumpleaños y en Navidad, dice Norah. – Me alegro cuando viene mamá. Quiero vivir con ella, pero dice que no se puede porque apenas tiene para comprar comida, dice Bryan. Norah unta la crema en el pastel con una cuchara de madera. – Quisiera hacerme cargo de mis hijos pero me escapé

de la cárcel, dice. Sentenciaron a Norah a diez años de cárcel por vender pegamento para esnifar. El papá de Fernando y de Bryan la denunció. Después de cumplir media sentencia se escapó y desde entonces la busca la policía. – No soy santa, pero quiero a mis hijos, dice Norah. Cuando tenía 13 años empezó a vivir en la calle. Esnifaba pegamento, tomaba alcohol y se embarazó muy joven. – Primero llegó Elmer. Su papá me pegaba mucho así que lo dejé. Luego conocí al


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TEXTO: SOFIA KLEMMING FOTO: KIM NAYLOR

– ¡Bienvenidos al cumpleaños! dice Javier en el micrófono del escenario. Luego, un grupo de niños presenta una pieza sobre la vida en la calle. Bryan y Fernando participan en diferentes actuaciones y Norah parece orgullosa. En el último número actúa el grupo musical del Arca. Cantan y tocan guitarra, charango, tambor y zampoña.

pleaños padre de Fernando y de Bryan, que era peor. Me cortaba con un cuchillo cuando estaba borracho. Les pegaba a sus hijos Norah confiesa que ella, a su vez, maltrataba a sus hijos. – Les pegaba, especialmente a Bryan cuando estaba conmigo en la cárcel, dice y empieza a llorar. Ana María consuela a Norah y le dice. – Hacías cosas malas antes, pero ahora demuestras que realmente quieres a tus hijos. ¡Tú eres la única mamá que viene de visita!

Bryan se acerca y abraza a su mamá. Ella le sonríe. – Sueño con que mis hijos tengan una profesión y que podamos vivir juntos un día, dice Norah. Lo que más le preocupa es cómo le va a ir a Fernando, después del último robo en la oficina. – ¡Cómo luché para que pudiera volver aquí! Espero que aproveche esta oportunidad, dice Norah.

Abandonados por sus padres Todos los niños del Arca tienen algo en común. Fueron abandonados por sus padres. Norah, la mamá de Bryan, Fernando y Elmer es especial, ninguna otra mamá viene a visitar a sus hijos. – Lo más duro es que no podemos darles a los niños lo que más necesitan, el cariño de sus padres, dice David, el educador de Fernando. – A pesar de eso nunca he oído a algún niño llorar por sus padres. Los odian. ”¿Por qué nos dejaron?” preguntan. Acostumbro contestarles que no depende de ellos sino de otras causas como el desempleo y las drogas. – Un niño quería que lo acompañara a casa de su mamá. No la había visto en mucho tiempo, pero cuando llegamos la mamá dijo: “¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres?” Entonces el niño me miró y dijo llorando: “Vámonos, ya no quiero estar aquí”. Escucha al grupo musical del Arca en www.childrensworld.org

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– ¡Mamita! ¡Mamita! María se le echa al cuello a Ana María, que apenas tiene tiempo de cruzar la verja de Rosa de Sarón antes de que las niñas lleguen corriendo de todas partes. – Nunca he sentido el amor de madre. Desde que era chica mi mamá siempre me decía que sería mejor si me muriera, dice María.

Las niñas ayudan en Rosa de Sarón.

María se escap M

aría se agacha y le dice a Ana María algo al oído. – Sí, cómo no, dice y le da un abrazo a María que tiene la cara resplandeciente. Nadie más se entera de lo que se trata el secreto. Ana María lleva guardados miles de secretos y nunca falta a su palabra. Por eso María la quiere tanto. María nació en la capital, La Paz. Cuando tenía dos años, sus padres se divorciaron y la mamá se mudó a Cochabamba con sus hijas. Maltrataba a María regularmente y la situación empeoró cada vez más. 46

– Mamá me echaba la culpa de todo y me pegaba. Perdí la confianza en mí misma y las cosas me salían mal. – Un día llegó papá para vivir con nosotros otra vez, pero mamá le dijo que no y me prohibió que tuviera cualquier contacto con él. Yo lloraba y no entendía por qué. – Me escapé de la casa y me fui con algunas chicas de la escuela, pero eran amigas ”malas”. Me enseñaron a clefear, a tomar, a fumar. Fuimos a fiestas. Para tener dinero nos prostituíamos. Yo no sabía nada sobre sexo

pero me iba con ellas. María tenía sólo diez años y se volvió cada vez más adicta al pegamento. – A veces comía, a veces no. No tenía hambre, sólo quería clefear. La salvación A María le ofrecieron una plaza en un hogar para niños de la calle, pero ahí los niños podían hacer lo que querían. Dormía en el hogar por las noches, pero por los días seguía con su vida en la calle. – Tenía un novio mayor que me amenazaba y me maltrataba. Le tenía miedo y traté de escapar pero me

encontró y me cortó en la espalda con una navaja de rasurar. Al final llegó la salvación de un lugar inesperado. Su mamá había oído que María la pasaba mal y la llevó a Rosa de Sarón. – Descubrí que aquí era

Los zapatos favoritos de María.


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Me gusta: Cantar y saltar la cuerda.

Lo que más quisiera: Conocer a mi papá.

Quiero ser: Enfermera.

María juega liga-liga.

apó a la calle diferente. Los educadores tenían mucha paciencia y amor, dice María. María estaba negra de mugre cuando llegó, pero se negaba a lavarse. Igual que muchos niños de la calle tuvo que aprender hábitos de higiene: bañarse, lavarse los dientes, ir al baño, lavar la ropa. Es el primer paso para todos los que llegan a Rosa de Sarón. – María era rebelde de verdad, pero ha cambiado mucho en un año. En un tiempo estará madura para empezar a ir a la escuela de nuevo, dice Ana María.

Muchas peleas María salta la cuerda con algunas niñas cuando la educadora Betty les dice que se reúnan para conversar. Tres veces al día se reúnen todas las niñas para hablar sobre diferentes temas o sobre lo que ha pasado durante el día. En Rosa de Sarón viven once niñas y seis niños pequeños. Todos los días, el más mínimo detalle da lugar a grandes peleas. Hoy Julia y Gabriela han peleado y Julia grita: – ¡Te odio, Gabriela! – Y yo a ti te quiero, Julia, responde Gabriela y sonríe. Las niñas deciden que el

María estaba muy enojada al principio, pero ahora se ha calmado y quiere mucho a Ana María.

tema de la semana será el odio. ¿Por qué uno odia? ¿Qué quiere decir en realidad odiar y qué hay que hacer para dejar de odiar? Durante la conversación, las niñas reciben ayuda para resolver los problemas que tienen entre sí. Al igual que María, todas pasaron por cosas terribles antes de llegar aquí. Todas fueron abandonadas por sus padres. La mayoría ha sido maltratada y violada en la calle. Ahora necesitan ayuda para superar el dolor y la ira que llevan dentro. – Ningún conflicto se puede resolver con odio, dice

Ana María. Aquí en Rosa estamos todas en la misma situación. Vivimos juntas y tenemos que aprender a vivir unas con las otras. Mostrar cariño mutuo en vez de odio. Las niñas asienten, algunas miran el suelo. Después, en su cuarto, María dice: – Yo estaba muy agresiva al principio. En la calle aprendí a pelear y a defenderme. Era difícil seguir reglas y siempre peleaba con las otras chicas. – Había días en que ya no quería vivir. Pero aquí he aprendido a creer en mí misma.

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TEXTO: SOFIA KLEMMING FOTO: KIM NAYLOR

María Marlene Luque Zabaleta, 13


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Jhovana quiere cam

Jhovana con su hija Solveig. Jhovana ha vivido en Rosa de Sarón dos años, pero todavía extraña la vida de la calle.

Jhovana nunca pudo ser niña. Quedó huérfana a los cuatro años. A los diez empezó a esnifar pegamento y a los once nació su primer hijo en la calle. Quiere cambiar su vida pero a veces no tiene fuerzas para hacerlo. TEXTO: SOFIA KLEMMING FOTO: KIM NAYLOR

– ¡Mamá! ¡Mamá! Solveig, de dos años, es impaciente. Quiere más vuelo en el columpio y su mamá no la oye. Mamá Jhovana juega al liga-liga con las otras niñas y prefiere seguir con eso. Va a donde está Solveig sin ganas. – Ya, ya mi niña. ¡Ahora sí! Jhovana sonríe, pero en el fondo, está cansada de siempre tener que jugar con su 48

hija. Jugar, cambiar pañales, dar de mamar, dar comida, consolar. La niña ocupa todo su tiempo y nunca puede estar en paz. Jhovana tiene 16 años y Solveig es su segunda hija. Empezó a oler pegamento – Me quedé huérfana a los cuatro años. Mis padres eran alcohólicos. Mis hermanos y yo acabamos en distintos

orfanatos. A los diez años empecé a prostituirme y a tomar alcohol. Después de un tiempo Jhovana probó esnifar pegamento (clefear). – Conocí a un chico, Miguel, y me enamoré. Clefeábamos juntos. Después de un tiempo quedé embarazada. Tenía 11 años. Jhovana dio a luz a un hijo pero no sabía cómo cuidar al bebé. – Estaba nerviosa y le pegaba cuando gritaba. Vivíamos en la calle. Miguel también le pegaba. Al final decidí dejarlo en un orfanato. Una familia lo adoptó.

Después de eso, Miguel y yo peleábamos mucho. Me pegaba porque había dado a nuestro hijo en adopción. Se escapó

Jhovana le ha hecho juguetes a su hija.


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ambiar su vida Jhovana Rojas Gonzales, 16 Hijos: Un hijo, 4 años, una hija, 2 años. El hijo fue dado en adopción. Lo peor de la calle: Las humillaciones y la violencia.

Lo más difícil en Rosa de Sarón: Las reglas y llevarse bien. Me gusta: Dibujar y escribir. Sueño con: Estudiar y trabajar con niñas de la calle. Jhovana y Solveig disfrutan de la libertad en el parque. Una vez al mes, las niñas de Rosa de Sarón van de excursión con los profesores.

Jhovana dejó la vida de la calle y se fue a vivir con una tía por un tiempo. Trató de dejar de esnifar pegamento, pero la adicción era muy fuerte. – Me junté con Miguel otra vez, y él quería tener otro hijo. Yo no quería para nada, pero quedé embarazada otra vez cuando tenía 13 años. Jhovana dio a luz a una hija y esta vez Ana María y otros profesores de Rosa de Sarón la ayudaron a cuidarla. – Al principio todo iba bien, pero cuando Solveig

tenía seis meses, me escapé para ver a Miguel y clefear. Me prostituía para comprarle a Solveig pañales, leche y comida. Después de un mes no pude más y regresé. Entonces Solveig estaba enferma. Estaba desnutrida y se había quemado por el sol. Jhovana pidió perdón y dijo que iba a cambiar, pero se ha escapado otras dos veces después de eso. – Es difícil. Me siento encerrada y extraño la libertad de la calle. Hacer lo que quiero – clefear, robar, ver a mi novio – sin reglas.

ras, le dice a Jhovana. En Rosa viven tres chicas que tienen niños y una que está embarazada. Aquí aprenden a ser mamás. – Las chicas son muy violentas con los niños, dice Ana María. Ellas mismas son niñas cuando tienen hijos. Lo único que conocen es una vida de violencia. A todas les han pegado sus papás de

chicas. Por eso tenemos que enseñarles que en lugar de eso eduquen a sus hijos con palabras. – Yo quiero cambiar de verdad, dice Jhovana. Está sentada con Solveig dándole de mamar. – Quiero luchar por las dos. Luego quiero estudiar y Todas las niñas de Rosa de Sarón.

Quiere lograrlo Ana María conoce a Jhovana desde hace muchos años y lucha para que pueda romper con su vida antigua. – He ayudado a muchas niñas en tu situación. Es posible cambiar, pero se necesita que tú misma quie49


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unque todavía no dan las siete, hay mucha actividad en Rosa de Sarón. Se hacen maletas, las niñas corren de un lado para otro para encontrar sus cosas. Daniela mete un par de shorts y una camiseta, en vez de traje de baño. Pronto llegará el autobús que llevará a todo el grupo a la piscina: – ¿Todas listas? grita el educador Frederico. ¡Vámonos! Daniela está sentada al lado de su hermanita de cuatro años, Ángela. Llegaron a Rosa de Sarón hace cinco semanas. – Mi mamá y mi papá están divorciados y mi mamá no podía encargarse de nosotros, dice Daniela. Daniela de excursión con su hermanita Ángela.

De excursión puede ser niña otra vez

Daniela Loaiza, 9 Me gusta: Armar rompecabezas y hacer pulseras. Lo mejor de Rosa de Sarón: Jugar.

Lo más difícil: No decir malas palabras.

Quiero ser: Policía. Sueño con: Vivir de nuevo con mi propia familia.

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Éramos nueve hermanos pero tres bebés murieron. Mi hermanito más querido murió hace dos años. Se pegó en la cabeza una lámina de vidrio. Después murió en brazos de mi hermano mayor. Estábamos solos en casa y mi hermano se asustó. Así que le cerré los ojos y le di un beso en la frente. Lo quería tanto, tenía sólo un año. Luego lo lavé y le puse ropa limpia y lo puse en una caja pequeña. Las lágrimas le corren en la mejilla a Daniela cuando lo cuenta. Ahora tiene que cuidar a Ángela. – Antes le pegaba, porque estaba muy enojada. Daniela tuvo que crecer antes de tiempo.

– Teníamos que ayudar en casa con todo. Mi mamá nos pegaba a veces. Pero la quiero, luchaba por nosotros. En Rosa de Sarón Daniela puede ser niña y jugar. – Me siento bien aquí. A veces me enojo con las otras, pero se me pasa. Lo más difícil es no decir malas palabras, todavía se me salen alguna vez.


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Baila mi trompo… Edson juega con su trompo. El cordón se enrolla alrededor del trompo y se lo lanza como un latigazo para que gire. Los chicos más hábiles lo atrapan con la mano antes de que siquiera toque el suelo.

…y mi trompo de eucalipto De los eucaliptos que crecen junto al Arca caen unos ”sombreritos” que los chicos utilizan como trompos. Eligen los mejores del suelo. No es fácil hacerlos girar. Los chicos cuentan hasta tres y cada cual echa a bailar su sombrerito. El que lo hace girar más tiempo gana.

La adivinanza de Ramiro Sus habitantes son granos de café. La tierra es roja y el universo verde. ¿Qué es?

Selina, Ángela y Daniela tienen el mismo corte de pelo cortito. Les cortaron el cabello cuando llegaron a Rosa de Sarón porque tenían piojos.

Sandalias de neumáticos La zampoña se escucha en los Andes Ricardo, profesor en El Arca, enseña a los chicos a tocar y a hacer sus propias zampoñas, que es uno de los instrumentos más típicos de los Andes. Las zampoñas se hacen de caña de azúcar que se corta, se lava, se seca y se alisa con lija. Después las cañas se amarran en dos hileras. La hilera superior siempre debe tener una caña más que la inferior. Luego se tiene que afinar con una herramienta especial. Respuesta: La sandía

Casi todos los niños del Arca tienen sandalias de neumáticos usados. Son más baratas y mucho más resistentes que los zapatos.

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Nada de piojos aquí


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”¡Tac! ¡Tac!” – ¡Abre Pepe! grita Ana María desde la cocina donde está picando cebolla. En casa de Ana María todos son bienvenidos. Como sabe Fernando, niño de la calle, quien llegó ahí por primera vez cuando tenía cuatro años.

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fuera está una señora con un niño para ver al doctor Lucas. El papá de Ana María, de 90 años, todavía trabaja de doctor. Aquí, a la casa de la familia en el centro de Cochabamba, han venido durante años los pobres y los enfermos a recibir ayuda. – En Bolivia, si no tienes dinero te mueres. A los niños de la calle ni siquiera los dejan entrar en el hospital si están enfermos, dice Ana María. Por eso su familia siempre ha ayudado a los que tienen dificultades. Aquí pueden recibir un plato de sopa, una curación después de una

Flori y Ana María preparan la sopa para los niños de la calle.

¡Todos son bien pelea o un abrazo para consolarse. En el patio crecen limoneros y algunos loros parlotean en sus jaulas. Aquí vive Ana María con su marido Santi, su hijo de doce años Christian y los padres

TEXTO: SOFIA KLEMMING FOTO: KIM NAYLOR

Fernando, que antes era niño de la calle, y Christian, el hijo de Ana María, son como hermanos.

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de Ana María, Lucas y Adriana. También son de la familia la empleada Flori, una india que no tiene familia, Pepe, un ex drogadicto que ayuda constantemente a Ana María, y Marco y Fernando, dos ex niños de la calle que ahora son como hijos de la familia. Le pegaban ”¡Tac! ¡tac!” Todo el tiempo tocan a la puerta. Fernando llega de la escuela. Entra y le da un beso en la mejilla a Ana María. – ¡Hola mamá Anita! – A mamá Anita le digo mamá. Mi mamá de verdad se llama Andrea pero ya no es mi mamá. A veces viene a visitarme pero no siento nada por ella. Una mamá no es sólo la que trae los hijos al mundo. Una mamá es alguien que te cuida, que te

ayuda, que te dice lo que está bien y lo que está mal. Fernando llegó con Ana María cuando tenía cuatro años. Entonces era un niño pequeño, desnutrido, sucio y asustado que sólo hablaba quechua. – Vengo de la ciudad de Potosí, lejos de aquí. Mi papá murió cuando tenía dos años y mi mamá no podía hacerse cargo de todos nosotros, nueve hijos. Mi hermana mayor me llevó a una familia en Cochabamba. Ahí me pegaban y no me daban de comer. Así que un día me escapé. Tenía nada más cuatro años y no sabía que iba a hacer. Mi hermana se enteró de que me había escapado y me encontró. Me llevó a la iglesia donde Ana María va normalmente y preguntó si se podía encargar de mí.


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Fernando Chuncho, 14

Los niños de la calle saben dónde vive Ana María y van a su casa cuando tienen problemas.

Me gustan: Los trabajos manuales en tela y madera. No me gustan: Las burlas. Sueño con: Un trabajo para poder cuidar a Ana María en su vejez.

envenidos! Amenazas por los juguetes Fernando se quedó la primera noche en casa de Ana María. – Jugaba con Christian y él me prestaba sus juguetes. Somos amigos desde entonces. Al día siguiente la acompañó al Arca. Pero seguía pasando los fines de semana y las vacaciones en casa de Ana María. Fernando era un niño sensible y por eso la vida en El Arca fue difícil. – Yo era el menor y no entendía lo que los otros decían porque yo sólo ha blaba quechua. Los mayores me molestaban y me pegaban mucho. Desafortunadamente, pasar tiempo en casa de Ana María causaba problemas para Fernando. – Se burlaban de mí porque iba a casa de Ana María los fines de semana. Me decían

”niño adoptivo” y ”gordo”, porque creían que ahí se comía harto. Me decían que llevara los juguetes de Christian al Arca, si no me iban a pegar. Así que pregunté a Christian si podía prestarme cosas. No me atrevía a decirle nada a Ana María porque entonces me iban a pegar mucho más. Quiere ayudar a Ana María Un día, cuando Fernando tenía 11 años e iba de regreso al Arca después de las vacaciones, Christian le preguntó a su papá si Fernando no se podía quedar con ellos para siempre. – No, dijo Santi. No tenemos dinero, tenemos que poder darle a Fernando las mismas cosas que a ti. – ¡Pero yo no quiero nada, quiero que le compren cosas a Fernando! dijo Christian

Ana María con su marido Santi, su hijo Christian, sus padres Lucas y Adriana, Pepe, el constante ayudante de Ana María, la sirvienta Flori y Marco y Fernando, que habían sido niños de la calle los dos.

llorando. Al final Santi cedió. Fue un día fantástico para Fernando – el principio de una nueva vida. Empezó a ir a otra escuela, sus notas mejoraron y encontró a nuevos amigos. – Ahora estoy feliz. Mi meta es tener trabajo reparando televisiones y radios

para poder ayudar a mamá Anita cuando ella sea ya mayor. Quiero dar gracias a lo que ha hecho por mí. A veces, cuando voy a la escuela veo a chicos que están cantando en la calle para que les den dinero. Pienso que podría haber sido yo, si no hubiera venido aquí.

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Enrique está estudiando para mecánico. Quiere trabajar al extranjero y ganar dinero para ayudar a su familia.

Enrique tuvo un buñuelo y un futuro TEXTO: SOFIA KLEMMING FOTO: KIM NAYLOR

Era Nochebuena cuando Enrique llegó al Arca por primera vez. Era un niño de diez años que devoró con hambre los dos buñuelos de Navidad que le dieron. Quizá fue esa noche cuando empezó a pensar en luchar por una vida mejor. Ahora ha terminado la escuela y está estudiando para mecánico.

Y

a es de noche cuando Enrique y sus amigos regresan en el autobús del instituto. Camino a su cuarto Enrique saluda a Lucito, el conserje del Arca. 54

– Le digo papá Lucito. Él y mamá Anita (Ana María) son las personas más importantes para mí. Han hecho que me sienta bien. Enrique tiene 21 años y ha

vivido en El Arca la mitad de su vida. En dos años habrá terminado de estudiar para mecánico y le hace ilusión mudarse. – Pensaba que iba a ser arquitecto pero ¡descubrí que me gusta estar bajo los autos! Algunos chicos menores se acercan a hablar con Enrique. Los chicos mayores del Arca son los modelos. –Recuerdo el respeto que les tenía a los mayores cuando llegué aquí. Hablaban diferente, decían ”por favor”, y eso me gustaba. Quería ser como ellos, dice Enrique.

Nochebuena mágica – Llegué aquí de diez años. Era Nochebuena y fue genial. ¡Me dieron dos panetones (buñuelos) de Navidad! Muy distinto a los otros orfanatos donde había estado. Pero después de tres semanas me fui de todas maneras. Así hacía siempre, me escapaba. Pero al final me quedé aquí. Fue porque vi los privilegios que tenían los chicos mayores. Ahora él es uno de los que admiraba antes. Hay cuatro grupos en El Arca y, para cambiarse a la siguiente etapa, no se trata sólo de la edad sino de cómo se porta


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Enrique Sehuenca, 21 Modelos: Ana María y papá Lucito (conserje del Arca). Dan cariño y son las personas más geniales del mundo. Me gusta: Tocar la guitarra. Odio: Las drogas. Quiero ser: Mecánico y trabajar en el extranjero para poder ayudar a mi familia.

Enrique toca la guitarra en la orquesta del Arca.

uno y cómo se desarrolla. – Así uno sigue luchando por conseguir lo que otros tienen, dice Enrique. Él y sus amigos tienen un cuarto más bonito que lo demás. También tienen más libertad. – Podemos salir los fines de semana, siempre y cuando regresemos a cierta hora. Tenemos novias. Anduve con una chica durante un año pero rompí con ella hace poco. Cuando te enamoras hay riesgo de que todo lo que has logrado se vaya al diablo. Tu novia puede quedar embarazada, por ejemplo. Papá me pegaba Enrique ha luchado mucho por llegar aquí – para ir a la escuela y poder aprender una oficio. Es el primero de su familia que ha tenido esas oportunidades. – Vengo de Mina Asientos, una ciudad minera. Mi papá trabajaba en la mina pero perdió su trabajo y nos mudamos a Cochabamba. Papá empezó a tomar cada vez más. Mis padres pelea-

ban todo el tiempo. Mi papá le pegaba a mi mamá. Tratábamos de defenderla pero entonces nos pegaba a nosotros, dice Enrique. – Una vez, cuando tenía ocho años, pelearon tanto que me asusté y salí corriendo a la calle. Fue el último día que estuve en casa. No me atreví a volver por miedo a que me pegaran. Enrique vivió en la calle durante dos años. Conoció a otros niños de la calle, empezó a asaltar y a esnifar pegamento. – Era como volar, no pensaba ni en comer ni en dormir. Nada importaba. Lo más difícil para Enrique, durante los diez años en El Arca, ha sido romper con su adicción. Aquí las drogas están totalmente prohibidas pero afuera hay drogas en todas partes. – En el instituto hay muchos que esnifan clefa o toman cocaína. Yo he caído en eso varias veces. Pero ya me he decidido, con la ayuda de Dios. Veo a mis amigos de la calle que están destruídos

ahora y estoy agradecido por la ayuda que he recibido aquí. Un querido hermano mayor – Nuestra meta es preparar a los chicos para una vida fuera del Arca. Queremos darles confianza en sí mismos, buenos hábitos y una educación para que puedan ganarse la vida cuando se vayan de aquí, dice Jimena, que junto con su marido Javier, es directora del Arca. – El primer paso es que los chicos estudien una profesión técnica, pero soñamos con que algunos de nuestros chicos puedan ir a la universidad en el futuro, dice Javier. Un chico, Octavio, ha estudiado para profesor especial y trabaja en una escuela para niños con autismo. Su meta es ser médico y El Arca le va a ayudar a que Enrique es un maestro tejiendo pulseras.

empiece a ir a la universidad. – Sueño con trabajar de mecánico en el extranjero y ganar muchísimo dinero para poder ayudar a mi familia, dice Enrique. Después quiero tener esposa e hijos, pero sólo cuando los pueda mantener. No quiero que mis hijos pasen lo mismo que yo. Cuando tenía 16 años se armó de valor y fue a casa de su familia por primera vez en ocho años. – No estaban tan alegros de verme como yo esperaba. Papá toma todavía y mi mamá se mata vendiendo refrescos. Pero mi hermano mayor se puso bien feliz. Él mantiene a toda la familia ahora y me dijo: ”como no nos has olvidado a lo mejor nos puedes ayudar”. Lo quiero mucho.


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