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Llegaron sin mirar / They Arrived Without Looking

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Dolió mucho ese día. Fuimos a la escollera y dejamos caer las migas de una persona muerta como pan duro al mar. Los peces nadaban a escondidas bajo una espesa y oscura quietud. Apreté su mano y clavé mis uñas en su palma. Ella dejó que sangraran. Ambas queríamos sentir algo. Manifestar el dolor en el cuerpo, transformarlo en algo tangible, visible, enfermarse de dolor para que entiendan cuánto, cuánto hay, 38, 40, 42 grados de angustia. Que se cuente. Creíamos que solo así sería posible restar. En la escuela aprendimos a sumar. Yo pensaba en las olas, en la cantidad de brotes moviéndose como hijos bajo la tormenta. ¿Cuántos muertos habrá bajo la inmensidad del océano? Adela estaba roja, los ojos rojos, los cachetes, se aguantaba. Sus labios estaban rotos, paspados o quemados y sin embargo me besaban, tanto más que antes. Estábamos solas ahí, mi hermana y yo, y a la vez, una multitud de vecinos nos rodeaba y las embarcaciones hacían algún tipo de ritual. Mi garganta era un pozo vacío recubierto de cal. No podía hablar, sentía arcadas, náuseas: la asfixia. Una nada que se vuelve todo, que remueve la mugre, la inmundicia desde adentro hasta vomitar. Como - 13 -


el mar que trae a la orilla la basura que dejan los terrestres. Mi hermana mayor me alzó, yo pesaba igual que un perro grande que ladra y ella me cobijó como una casa. Un cuento que narra la historia de un hogar me durmió. Recuerdo el olor de su pelo, el calor del llanto y el pan recién horneado de María, su gran amiga. Desperté con el vapor de un té, mirando una taza de greda vacía, recordándola. Yo entendí todo enseguida. La resta, la línea de tiempo, el antes y el después de una era. Entendí que quedaríamos solas. Lo escribí en la escuela, en la clase de matemáticas, en historia y lenguaje. Al margen de la hoja y dentro del mapa del cuaderno. Lo escribí para que todos contaran las veces en que escribía la palabra mamá y que vieran que la palabra es solo un recuerdo repetido. Lila

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Adela Lila corrió escaleras abajo en busca de la caja. Vio por la ventana el camión de la encomienda y supo, en ese instante, que había llegado el día. La cinta envolvía el paquete tantas veces como un ovillo de lana, las tijeras estaban perdidas y la desesperación muy cerca. -¡Lila, más despacio que la vas a romper! -¡Pero para qué le ponen tanto! -refunfuñó enojada. Venía de lejos el objeto y venía transformado en otra cosa. Una pieza más de su mamá, pequeñas escenas de su memoria. Adela dejó a Lila luchar, sacar su ansiedad, su necesidad de romper todo. Volaron las cintas, los dientes magullaron al paquete. Estaba feliz, al fin tocaba algo que le pertenecía. -¡Mira Adela! ¡Mira! ¡Ahí están mis quitapenas!, si yo los recuerdo, chiquitos y mordidos por Tori. ¡Son ellos! Yo les pedí esa noche, les pedí tan fuerte no venir y los dejé bajo la almohada. Se me quedaron, se me quedaron ¡y ahora están aca! Y revolvió. -¿Esto es tuyo no? no me acuerdo - 15 -


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-La muñeca fue mía pero después tuya, ¿te acordás que le decías Tita? la pintaste con plumón, le hiciste hasta bigotes y le pintaste el pelo, no te gustaba que fuera calva. Mientras Lila revolvía, Adela notó al costado un cuaderno verde, marca Rivadavia, forrado con ese papel araña que tanto usaban en el otro país. Tuvo que abrirlo y leer al principio su nombre para darse cuenta. Adela no lo reconoció y, sin embargo, era su letra la que empapaba las hojas. ¿Cómo podría ser? Su memoria se sentía como una ventana cerrada, vista desde afuera. Era su casa, pero no podía entrar. Hizo el esfuerzo con la mente, olió, tocó, leyó algunas partes. Mientras tanto Lila seguía desde el piso recorriendo los objetos de una caja platanera que contenía fragmentos de una vida que ella desconocía casi por completo. El tío había dejado una carta llena de buenos deseos. Su letra se parecía a la de mamá, pensó Adela. -Pidamos una pizza -propuso Lila. Adela no reía, sin embargo, su débil sonrisa mostraba emoción. Como una estufa que recién prende su llama.

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La carta Queridas sobrinas: Las saludo con la alegría infinita del reencuentro ¡Todavía no me lo creo! Están ahí, tan lindas, tan grandes. Yo sé que dirán qué antiguo escribir a mano, pero así es como lo hacíamos antes. ¿Qué cursi el tío no? Y sí, han sido ocho años. Muchas cosas ¿no? En ocho años se puede viajar a la Luna y volver no sé ¿cuántas veces ya? Me acuerdo Lila que querías ser astronauta la última vez que te vi. No sé, ahora tal vez ni sepas qué querés ser, a tu edad yo tampoco lo sabía. Y Adela. Festejamos tus quince juntos ¿te acordás? Con torta y todo. Pepo sacó el anillo y casi se muere de la vergüenza. Ay, es tan emocionante escribirles que se me mojó la hoja. Yo sé que pronto nos veremos. Les dejo en esta caja lo prometido. Todo lo que pude guardar de ustedes y de su mamá. A veces hay decisiones que no se entienden hasta que se entienden. Por eso les pido perdón. Las amo. Lo que necesiten me dicen. Su tío Marcos

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Una noche La noche negra sobre el cielo es estar escondida bajo la cama, y arriba el colchón blando y vulnerable al universo de una casa sitiada. Una noche Adela -la pequeñadurmió en el piso, escondida y temerosa del viento, la lluvia, el grito de alguien grave y caudaloso, el llanto, el aullido de un perro. Ella durmió y no la encontraron hasta el día siguiente cuando entró Marcos y le preguntó qué hacés, y nunca le preguntó otra cosa, y Adela se siguió escondiendo muchas veces. Marcos se rio y contó la anécdota entre los comensales del desayuno y su mamá, seria, no miraba a nadie, se incrustaba contra la pared de la cocina esperando que hirviera el agua, que las tostadas se endurecieran para ponerlas en la panera y agregarles mantequilla, palta, mermelada, lo que fuera, hacer algo con las manos que proyectara vitalidad. Alicia llevó a Adela al colegio y la abrazó, la despidió con un beso. Siempre la despedía con un beso enorme cuando se escondía, un beso mojado casi congelado de dolor.

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Adela -la grande- recordó que sentía que la noche no tenía ventanas cuando se escondía. Recordó con las cosas Adela. Las cosas le recordaron algo.

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Los quitapenas La tradición cuenta que hay unos seres pequeños que cuidan a quienes sufren y que, si tus penas son profundas, ellos las beberán y la tristeza se irá con su magia diminuta. Solo debes susurrarles tu dolor y ponerlos bajo la almohada. Eso le decía Alicia a sus hijas, que tenían sobre el velador sus quitapenas en una caja de fósforos decorada. Adela dejó de creer y las penas se agrandaron en esa casa, la que mira desde afuera en su recuerdo. No quiere regresar y sin embargo los destellos de las paredes rojas, del piso dañado, le llegan en los sueños. Aún hoy sufre de insomnio porque sabe que, al dormir, la llevan de vuelta, la raptan, y eso le da miedo. El doctor le ha recetado unas pastillas, pero ella sabe que a pesar de no recordar sus sueños, allí va todas las noches. Como un ritual oscuro y malévolo. Despierta agitada, envuelta en ese hechizo. Entre los escombros de una casa lejana pero íntima. Adela y Lila por las noches tienen su propio ritual de protección. Invocan aún a su ángel protector, ninguna de las dos es creyente pero el deseo les da tranquilidad. Como cuando chicas la abuela les decía sana sana y dejaba de doler. Adela y Lila duermen juntas, así se protegen y se salvan. - 21 -


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Llegaron sin mirar / They Arrived Without Looking by VLP_Agency - Issuu