¿Era yo? ¿Esa era yo?
Feed me when I’m hungry Drink me till I’m dry The dream of yesterday becomes another lie You feed me lies, distortion, the english disaster No ones free from love for one master. Tricky, “Feed me”
En un territorio básico, en una cama, en un colchón naranjo, ella sueña con yeguas blancas que lamen y buscan dónde parir. Pero al despertarse piensa en él, en su amo, en un brusco intento de querer que permanezca. Piensa en él, en un montón de imágenes torpes que irrumpen transmutadas en artefactos sin color sin rabia sin daño ni penetración. Es entonces cuando irrumpen voces, coros, chirridos de cuerdas, óperas y canciones de rock; es entonces cuando su figura o la mujer de la que hablábamos cae rendida a los pies de la cama o podría ser de rodillas en el baño, murmurando una sola frase una sola oración: hace un mes que no jodo con nadie. Y luego entre el bullicio se escucha la letra de una canción: “this bed has seen it all / from the first time to the last”. Y ella sigue bajando de peso. Y ella sigue bajando de peso, diciendo, recitando, diciendo: aunque me coma todo aunque me lo coma. Las yeguas pastan, patean felices. Las yeguas en la cama naranja, que es el territorio básico, el rictus de su boca cuando se alimenta, que es otro territorio básico; o la pena, el descalabro, el espanto. Que no son básicos, que no lo son.
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La perla suelta
Imagina que caen las cuencas de los ojos en las paredes y las formas. Imagina que de a poco siente que va surgiendo una pereza bélica de la cual no es posible sustraerse. Imagina que se quiere correr con el dorso de la mano. Imagina que le da flojera masturbarse sola. Imagina que camina por el espacio minúsculo del baño, que no hay ventana, que se toma el pelo y se mira al espejo. Se mira el corazón de oro que le cuelga en la mitad del pecho. Las yeguas. Pastan. Eso es. Las yeguas y esos ojos redondos, el sueño, la canción, la cama naranja, el rezo. Es así. De la manera que tú quieras, de la manera más rota y simple. Imagina que se mira al espejo y pronuncia una oración. Que lentamente se le cae la saliva porque se ha quedado un buen rato con la boca abierta. Piensa en él, en el eunuco, en sus cabellos tiesos, en sus músculos blandos. Luego se la limpia con un gesto meticuloso, con papel higiénico, con la toalla. Está sentada, luego. Está sentada en la taza del baño y vuelve a decir la misma oración, pero esta vez agrega: Hace un mes que no jodo con nadie. Hace un mes que no me salta la liebre, que no se me prenden los cachetes; hace un mes que no veo la luz. Lo dice de la manera más rota y simple. Eso es. Un porcentaje breve, tenso de infecciones la ronda. Parece que una de las yeguas parirá esta tarde. Al hacerlo la cama comenzará a crujir, la cama y las formas que se estiran en la pared cuando el sol entra a través de las cortinas, sin que ella lo quiera, por supuesto. El sol molesta en los granos que le han salido esa mañana, unos granos en el coxis. Eso es nefasto, pues cuando los siente en su cuerpo, ella comienza a decir o a balbucear: 16
Paula Ilabaca Núñez
“feed me when i’m hungry / drink me till i’m dry”. Luego pregunta en voz baja, mirándose en la pantalla del televisor apagado, llevándose a la cara un antifaz: mi amo, ¿dónde quedó mi amo?
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Primera persona singular o la configuración la voz de la suelta
The first cut won’t hurt at all the second only makes you wonder the third will have you on your knees You start bleeding I start screaming. Propaganda, “Duel”
Es así mismo. Me toman del cuello y observan mi pera. Examinan lo que ya saben, la mueca de la suelta, el sabor de la que ya regresó. Hoy volveré a comer. El amo ya lo sabe. Hoy comienza una nueva tirada, hoy y después, hasta que ya no queden estupideces por recordar. Me veo a mí misma en el polvo del baño, el polvo de la pieza y el polvo que me gustaría en el sillón. Esta casa está llena de desidia, esta casa y la sombra de un miembro perturbándolo todo; esta casa, sus rincones limpios, el ruidito de la canción famosa de los picos gemelos.
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La perla suelta
Recuerdo una fotografía, en una revista, luego en mi pared, después en mi cabecera. Recuerdo cuando una de las yeguas me miró en un cruce, recuerdo esa vez que tomé una decisión, cuando aposté; la vez que fui afortunada, la vez que se me permitió amar. Pero esta vez, sólo esta vez, a mí no se me permitió elegir. Esta vez me quedo en la cama naranja, naranja a como huelo, a como apesta mi cuerpo. A como hiede la piel que se vuelve blanca, que se vuelve mate, que se torna piel quemada; eso parezco, frente al espejo, cuando todos se han ido, cuando yo comienzo.
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Paula Ilabaca Núñez
No estoy enamorada. Una yegua no se enamora. Es sólo que hay momentos en que una voz que está muy dentro mío y que a veces circula entre los rincones de esta casa, entre la sangre de mi montura blanca, me dice que llame, que busque, que hostigue. Pero luego todo sigue igual, las mismas noches, las mismas batallas, las mismas rutinas, el mismo espejo que me devuelve la imagen de quien soy yo en concreto, de quien soy en la mitad de mi corazón de oro, ese que regaló, ese que no me dejó sacar más. O yo entre el maquillaje que pocas veces uso, para que no se vea el rostro de la enfermedad, el rostro del amor. No estoy enamorada no lo estoy, ya no me enamoro; una yegua no puede estarlo. Entonces pienso en mi amo, en mi señor. Elaboro mi rostro en el espejo, un rostro fiero, terso, de dientes alargados y amarillos. Pienso cuando como sin lograr saciarme; cuando pasan por esta cama y no se encuentran, y yo, y yo no. Luego pienso que quizás debiera tener la mitad de un corazón de oro para el reinicio, para intentar olvidar.
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La perla suelta
Intoxicada con el veneno que dejó su olvido y su desgano. Intoxicada de mi amo, mi señor, el que se mueve sin mí, el que busca acontecimientos en otros barrios, otros cuerpos, otras latitudes, otras bermas. Intoxicada porque esta es la última gota que se derrama en mi delantal, en mi caricatura, en mi desliz gemelo, en el sonido del color blanco, en el prurito que produce una mota en el ojo, o el sarpullido del coxis, la sarna que hace poco apareció en la mano que escribe, el vello de una pierna vuelto blanco, canoso. Todo por un corazón de oro que se quedó sin su mitad.
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Paula Ilabaca Núñez
Se acaba la fiesta, se acaba, y no importa cuán brilloso era el vestido ni el maquillaje, tampoco cuántos quisieron joder o intentar agarrar, siempre queda el mismo rostro, el mismo desgano y la idea del vacío a un alto voltaje. Es por eso que hay un espejo en la improvisada pista de baile, para que me recuerde la cara de la desidia, lo voluptuosa que puede ser la maldad o mejor aún, lo bella que se ve una mujer cuando ha pasado la noche en la tirantez de los que no conoce, en el hastío de las veces que se pierde y no hay hacia dónde, no hay.
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La perla suelta
Cuando el instrumento suyo se volvió flácido y no había cómo empinarlo; cuando una vez la sentí blanda, desanimada, minusválida casi, y lloré y lloré. Cuando no entendía que no quisiera un beso de buenas noches, cuando no tuvo el valor de decirme que no. Cuando engañó, cuando dijo que me amaba, cuando todo lo que quería era salir a agarrar. Ahora todo tiene un sentido, ahora es mucho más simple: debo asumir la resurrección. Y esto es mucho decir, es mucho dedicar líneas a uno que no se le paraba y que había que aguantarlo todo el día toda la noche con sus maneras mustias, su desprecio, su follón triste, sus idas rápidas. Como diciendo, como esa canción: ligero iba de prisa, pensaba sólo en llegar. Porque o si no decaía rápido, y con una mentira daba la vuelta y seguía ordenando.
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Paula Ilabaca Núñez
Cansada ya de las palabras, me recuesto a pensar en los últimos acontecimientos. ¿Soy bella? ¿Se acordará de mí? Y luego les gritaría a ellos, al amo, a los que saben: nunca más dejaré que me encadenen al amor. Ni que me tengan comiendo de la mano, en esta ciudad de noche, ni en ninguna otra ciudad.
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