Skip to main content

El Sanador de la Serpiente—Capítulo 2—

Page 1

1


Victoria Leal

EL SANADOR DE LA SERPIENTE. PRIMERA PARTE—CAPÍTULO 2—

Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o trasmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: 303864

2


2. Las memorias tras el velo. El Palacio Real tuvo nombre alguna vez pero fue olvidado por todos quienes en inconsciente acuerdo terminaron por llamarle de esta sencilla manera. Mas lo que escapaba de ser sencillo era la construcción del edificio, ni siquiera los más antiguos de los sirvientes conocían los pasadizos ocultos tras estanterías o esculturas siendo un desafío para cualquier memorión incluyendo las ratas que se colaban en verano pues muchas de ellas perdían la vida tratando de salir por algún agujero o escurridizo pasillo. El detalle en común de todos los cuartos de este palacio era la fina y delicada decoración que los Altos heredaron pues para ellos, sólo aquello capaz de sublimar el espíritu ha de permanecer en nuestras viviendas. Sabiendo esto, todos los sirvientes del palacio concuerdan que la más fina belleza alabando al espíritu residía en el Salón Álgido, donde cada persona acudía allí en busca de relajo, contemplación o mera diversión. O, en ocasiones, para discutir asuntos importantes como ese día en que los reyes participaban de un momento frágil junto al sanador y su ayudante, quienes servían frías bebidas a sus amos acalorados por el término de la primavera y la entrada al verano. Adalgisa fue la primera en beber del zumo frutal, revisando sus memorias en busca de su sueño, la pesadilla que le atormentó toda la noche. —Me resulta complicado describir exactamente cómo era su rostro pues estaba envuelto todo en bruma, excepto mi ser. El rey Albert posó su mano sobre la de su esposa, mirándole tiernamente. —Puedes comentar tu sueño una vez que yo lo haga, tendrás tiempo para recordar. —Hazlo, cariño mío. Albert carraspeó sin soltar a su mujer, sabiendo que el sanador y su ayudante siempre encapuchado y mudo serían capaces de interpretar la pesadilla. —Äweldüile, sanador de nuestra infinita confianza, escucha y dime sin titubeos lo que piensas. Anoche, tu rey avanzó por una escalera resquebrajada, llegando a un dormitorio lleno de luz donde dormía un niño. Aquella criatura era delgada, sentí deseos de estrujar sus huesos y quebrarlos pero fui incapaz. Sus ojos eran limpios, tan puros que caí a sus pies pidiendo perdón por mis maquinaciones… pero nunca solté la daga en mis manos. Y yo… pobre desgraciado… —Qué fue lo que hizo, Majestad… —Desvestí al niño. Arrojé sus atavíos azules a un foso y le empujé por la ventana. Desnudo le arrojé a las espinas. Entonces, la bruma me envolvió y yo estaba ahí, solo con mi daga ensangrentada sin saber cómo regresar a casa. Ese fue el sueño, esa es la tortura que anoche embistió mi descanso. El sanador bebió del zumo frutal, sentándose frente al diván donde los reyes sujetaban sus manos, entrelazando sus dedos. —Terribles acontecimientos, no hay duda.

3


—Me acongoja pues se han repetido por semanas. Siento que algo les llama, un espíritu en el aire susurra en el idioma sagrado… puedo escuchar la palabra “Breugash” todas las mañanas… —Asevera usted, Majestad, que el espíritu en el aire le llama mentiroso… —Con todas sus letras, mi querido Äweldüile. Adalgisa dejó su copa vacía sobre la mesa en el centro, alojando en su pecho el escalofrío eterno que provocaba el idioma de los Altos, declarado sagrado y hablado por nadie excepto la Reina, el Rey, su hijo el Heredero y sus sirvientes Benedikt y Fritz. —Mi dulce señora—El sanador mimó la mejilla de la reina— ¿Sería tan amable de relatarnos su historia para así cotejarla y tener un espectro más amplio de la situación? La reina se sumergió en la profunda mirada parda del sanador quien permanecía sereno. —Äweldüile, yo he soñado lo mismo. —Increíble… —Sólo que anoche vi a ese niño con la corona de hojas y peonías de oro, la heredada a mi hermosa criatura. Aquel en mi pesadilla interpretaba una melodía en un instrumento musical aún no creado por los hombres… Pero yo no escucho al espíritu del aire susurrarme, es mi mente la que intenta hacerme recordar un nombre: la identidad de aquel niño al que arrojamos por la ventana a las espinas. O tal vez le hicimos algo diferente, lo desconozco, mas mi certeza es que le hicimos daño, una herida tan grande que aún no puede sanarla. El sanador inclinó su larga y puntuda oreja enjoyada hacia los labios de su ayudante encapuchado quien deletreaba vocablos silentes, como si su voz hubiese sido raptada siglos atrás. Äweldüile contuvo una sonrisa de confianza antes de servir más refresco a las majestades. —Mis queridos reyes a quienes sirvo con alegría. Mi ayudante y yo estamos de acuerdo en la interpretación de su pesadilla. —Habla entonces, buen hombre, libera a mi esposa y a tu rey de la angustia. —¿Nunca han pensado, mis buenos señores, que ese sueño tan reiterativo no se trata de un recuerdo? —¿Recuerdos? —¡Jamás le haría daño a una criatura de corazón inocente! Es sólo una pesadilla, Äweldüile, una pesadilla… —Oh, mi dulce señora, nadie conoce la verdadera naturaleza del hombre. Tenemos una imagen que enseñamos al mundo, una segunda que enseñamos a quienes confían en nosotros y una tercera, aquella que a nadie mostramos: nuestro verdadero ser, mi dulce señora. Tal vez esa pesadilla le está gritando lo que lleva en su corazón y digo “tal vez” para mantener nuestra amistad porque, siendo sincero… El ayudante del sanador sacó un objeto de la alforja en su cadera, entregándolo a su maestro. El alargado objeto envuelto en rústica arpillera fue dejado en la mesa de centro siendo liberado por las manos del rey, quien dio un respingo. Fue Adalgisa quien sostuvo el abrecartas en sus manos, notando un toque de sangre seca en el filo. —Qué ve en el reflejo, Majestad.

4


—Yo veo… me veo a mí misma. La reina arrojó el abrecartas a la mesa, escondiendo su rostro en el cuello de su esposo, quien le abrazó sin dudar. El ayudante envolvió el abrecartas, regresándolo a su alforja. —Äweldüile, ese abrecartas de oro… —Pertenecía a un niño muy querido por nosotros, Majestad. Un niño al cual no recuerdan pues algún diestro compadecido le arrojó al Bosque del Olvido en vez de asesinarle. —¿Es el mismo de nuestro sueño? —No lo sé, no me han dicho cómo es él. —De largo cabello cobre hasta las rodillas, ojos grandes y como las hojas del bosque, de piel manchada y… y… —¿Y? —Por todos los cielos, no… —Veo que ya le ha recordado, Majestad—Äweldüile llenó la copa con zumo helado, ofreciéndola—Beba, tranquilícese. Es el Mes del Sol y celebraremos la entrada del verano y el antiguo arribo de los Altos a este mundo. Debe sonreír, debe verse contento y firme, Majestad. Hoy por la noche le entregaré la variación más fuerte de su medicina para que pueda continuar sus labores sin el agobio propio de la tos. —Gracias… Adalgisa apretó la delicada mano del sanador sin mirarle, el temor del recuerdo le acechaba pero sin decirle el nombre del niño. —Quiero que vigilen a Wilhelm. Quiero que esté siempre bajo los ojos de alguien, que no salga del castillo hasta que culmine el Mes del Sol. —Si ese es su deseo, dulce señora, ¿qué más puede hacer este siervo? —Gracias Äweldüile. A ti y a tu ayudante… —Nuestros agradecimientos a ustedes por la confianza entregada. Sepan ustedes que este es un secreto, nuestro amado secreto. —Ese niño ¿alguna vez se escribió de él en las crónicas? —Oh, señora, preguntas extrañas me hace. Ojalá pudiera responderle con certezas y no con más dudas. —Su nombre, necesito su nombre para borrarle como hicimos con tantos otros… Älmandur es nuestro y un niño no vendrá a quitarnos nuestro amado reino. —¿El Reino? Señora, yo creía que su hijo era más valioso que todas las riquezas del mundo. —Lo es… Wilhelm es… es mi carne, mi retoño mi… nadie me lo quitará. Los sanadores se pusieron de pie sincronizando una profunda venia de gran respeto antes de abandonar el Salón Álgido siempre adornado de porcelanas y esculturas de oro en las paredes. Murmuraban entre ellos pero sólo la voz de Äweldüile era audible. Desaparecieron entre cortinajes y puertas incrustadas de perlas y palabras en Sgälagan. Albert y Adalgisa se abrazaron, buscaban esconderse de las memorias aflorando contra las voluntades. —Albert, amor mío…

5


—Dime, Ada. —Aún conservo ese libro que encontramos en el dormitorio del niño… —¿Ya le recordabas? —Ahora que vi ese abrecartas, las piezas del puzle se han acomodado. —¿Qué harás con ese libro? —Le pertenece al único Alto de la Familia Real, amor mío. Se lo entregaré como prueba de nuestro arrepentimiento. —Ada, dicen que los Altos tienen memorias desde antes de su nacimiento, ¿crees que nuestro pequeño Wilhelm…? —No, yo sé que no. Si recordara tanto hacia atrás él… él nos odiaría. Los reyes estrecharon el abrazo cerrando sus ojos para intentar borrar la memoria que acudía feroz como el lobo acechando tras los matorrales. —Mi niño… nos costó tanto tenerle que la idea de imaginarlo lejos me asesina con lentitud. El único consuelo era pensar en las fiestas y la comida, la música y la danza pues los reyes no deseaban recibir las memorias que Wilhelm no poseía. ¿Tal vez las ignoraba porque la lectura afanosa de textos antiguos o novedosos no le dejaban espacio para los recuerdos? El pequeño príncipe sujetaba la hoja esculpida en fina lámina de oro observando cada minúsculo rincón con una sonrisa amplia. A su lado se encontraba Benedikt, de rodillas en el suelo para quedar a la altura de su joven amo. —Si Frauke tiene joyas como esta puede que no sea tan sosa. —Modere su lenguaje, Alteza. —¿Crees que pueda devolverle esto sin que nadie me…? Fritz jaló el cabello rizado de Benedikt para ponerle de pie, tomando la delicada joya cual trozo de basura guardándola en un bolsillo a la altura de su pecho, bajo la túnica gris. —Alteza, han comenzado los preparativos para la fiesta. Le rogaría se reuniera con su Majestad en este momento. Esperan por su presencia en el Salón Álgido. —¡Devuélveme eso! —Se lo daré cuando cumpla sus deberes diarios. Le prometo que, al caer la noche, esta joya regresará a sus manos y dispondrá de ella como quiera. Benedikt rascó su cabeza antes de señalar el pasillo llevando al salón mencionado por su colega quien cerró al puerta ajustada a su lado, puerta que daba al salón donde Frauke bordaba un cojín en compañía de Lotus. Ambas escucharon el crujir del cierre pero no vieron al hombre que les dejó en completo hermetismo, utilizando un postigo para sellar el área. Con el gesto de su índice derecho, Fritz atrajo a un guardia juvenil de torpe andar, quien enseñó sus respetos al hombre huesudo con un saludo estoico. Su rostro permanecía cubierto por una bufanda azul como la túnica sobre su cota de malla. —Quédate aquí. No dejes que el amo se acerque a las doncellas. Mucho menos a la señorita Klotzbach. —¡Sí, señor! —¿Dónde están los demás?

6


—En conversaciones con sus Majestades, señor. —Muy bien… ¿por qué te cubres el rostro? —Señor, me encuentro ligeramente resfriado, despreocúpese. —A nadie le gusta confiar en un hombre que no enseña su identidad. El muchacho bajó la bufanda de lana enseñando un rostro enrojecido por la tos y la irritación. El muchacho imberbe enseñaba demasiada juventud según los parámetros de Fritz. Sin embargo, las gruesas cejas cobrizas compensaban la falta de vello facial. —El actual Älmandur abusa de sus niños. Terminada su tarea, el hombre de gris y cejas que caían como un pequeño alero sobre sus ojos aceleró el paso, alcanzando a su colega y al joven heredero quien se detuvo en seco al llegar frente al pórtico de madera blanca. La figura de un hombre de capa y un bastón con una esmeralda en lo alto recordaban al curandero que vivía en la torre del palacio. El príncipe recorría la textura de las joyas del hombre tallado en el pórtico cuando Benedikt empujó las maderas. Con pasos contados ingresó el joven, mirando en todas direcciones porque el salón estaba vacío. Un giro rápido de cabeza movió la melena de quien parecía confundido. —Fritz, ¿es una broma? —Sólo espere un momento. Benedikt retrocedió lentamente quedando tras su colega cerrando las puertas. El pequeño príncipe vestido de azul examinaba el decorado de las cortinas, el olor añejo de algunos manuscritos sobre un escritorio, las pelusas a contraluz que flotaban cerca de la ventana… Wilhelm notó que la gran mesa en el centro del salón tenía un mantel de tela pesada adornado con borlas de plomo. El mantel dorado se encontraba ligeramente deslizado hacia la izquierda, hecho que molestó la vista del joven, quien se acercó para corregir el descuadre de la tela. Al intentar mover el mantel, Wilhelm notó que la mesa tenía un tallado muy complejo y adornado con esmeraldas. Los delgados dedos sonrosados en las yemas se deslizaron sobre la escultura en madera, topándose con un metal dorado y reluciente que cerraba la capucha del hombre con el bastón, el mismo personaje tallado en la puerta del salón. —Es la misma hoja que Fritz me quitó… En aquel momento, una mujer ataviada en lino blanco se acercó corriendo al muchacho, quien recibió un abrazo intenso que le sacó el aire del interior. —¿Dónde está mi preciosura? —¡Madre! —El joven dio media vuelta, sonrojándose hasta el punto de sentir ardor en las mejillas— ¿No se supone que debería estar…? —¿Vestida? —Em… sí. La mujer se arrodilló en el suelo, acomodando unas arrugas en la ropa de su hijo y girándole para hablarle a la cara, notando que el pequeño mostraba sangrado nasal. —Tengo tiempo, no hay problema. Y mírame que no estoy desnuda, es sólo un vestido blanco.

7


—¿Usted me ha citado? Adalgisa usó un pliegue oculto de su vestido pálido para frenar la hemorragia de su pequeño. —Sí, mi amor… por todos los cielos, tu nariz de nuevo, ¿no puedes sonrojarte como todo el mundo lo hace al avergonzarse? —Perdón, no es que pueda controlarlo—Wilhelm sujetaba la tela contra su tabique nasal, mirando a su madre atentamente—¿Puedo saber porqué me ha citado? —Quiero regalarte algo muy importante y no tengo otro momento para dártelo. —¿Un regalo? —Sí, de cumpleaños… adelantado. —Madre, si existiera alguna manera de compensarle sus desvelos y dedicación, créame que saldaría aquel compromiso. Mas un regalo adelantado en tres meses me parece… —¡Toma! El niño recibió un libro que cabía en la palma de la mano, envuelto en seda verde y que olía a almendras en vez de páginas añejas. La seda fue puesta en la mesa. Las tapas también eran verdes y muy rígidas, adornadas con filamentos dorados y páginas en blanco. —Oh, vaya… ¿es un diario? —Más o menos. —No lo capto, ¿podría ser más explícita? Se lo suplico porque ya llevo un diario y comenzar otro me haría perder la constancia… —¿Fritz y Benedikt te han hablado de nuestros ancestros? —Sólo me han dado pequeñas pistas sobre el asunto. Supongo que el relato de anoche estuvo mucho más interesante de lo que ellos me han enseñado. —Ay, este par… de seguro Benedikt le dijo algo a Fritz para disuadirle. Está bien, no importa, hablaré con ellos para que te lean el libro adecuado y después, entenderás este otro. —Muy bien. —Mi amor—La mujer mimó la suave y rosada mejilla del niño— Tengo tanto por decirte, espero lo entiendas algún día. —Escucho los pasos de mi padre… —Sí, tiene que hablar contigo pero yo le dije a Fritz que te trajera un ratito antes —La mujer besó las mejillas del joven— Ay, pero tan lindo que estás, todo un galán en miniatura. —¿Miniatura? Pero si ya soy un hombre… —Eso dicen por aquí pero algo me dice que te demorarás un poquito en crecer. —¿Los Altos demoramos en crecer? Yo pensaba que se relacionaba únicamente con las orejas, eso explica porqué parezco un bebé al lado de mi primo… Oiga, pero si los niños de Alto lucen igual que los niños de este mundo, ¿cómo se pueden diferenciar? —Pues… —Se supone que nosotros somos Altos pero… Helmut no lleva tu sangre y es más Alto que un Alto de su edad y es muy bueno en batalla y le va bien con las doncellas porque todas suspiran al verle y... Ya ni sé que dije. Perdóneme.

8


— Te darás cuenta luego, nubecita. —Madre, ¿cómo diferencio a un recién nacido que es un humano? ¿Los Altos tenemos alguna marca al nacer? ¿Por qué sus orejas son redondas y pequeñas como las mías si ya debería enseñar las largas y puntiagudas propias de la familia? —Bueno me voy, tengo que arreglarme. —Hasta pronto, querida madre. Rápidamente la mujer enrolló su cabello alrededor del brazo corriendo hacia la puerta blanca que estaba totalmente contraria a la que usó el rey para ingresar al salón. El pequeño se encogió de hombros y apretó los labios, viendo como su madre desaparecía risueña, sujetando su vestido blanco. Una vez cerrada la puerta, la reina soltó su cabello y sus vestidos, levantando la cabeza y mirando despreciativa a Benedikt y Fritz, quienes tenían la vista pegada al suelo. —¿Qué están esperando, par de holgazanes? —Su aviso, dulce señora… —Silencio, Benedikt. Los años te han vuelto blando y ridículo. Y tú, Fritz, ¿cuál es tu excusa? —Ninguna, dulce señora. —Más te vale. —En realidad es un simple hecho. La mujer acomodó los mechones de cabello que cubrían sus orejas, cuidando del peinado recién hecho por su mucama. Sus ojos de marrón oscuro se clavaron en los ojos grises de Fritz, quien alzó la vista del suelo. —De qué hecho me estás hablando. —El joven no está listo, mi dulce señora. Aún es muy pequeño. Sería cruel ponerle al corriente de tamañas atrocidades y, si me permite opinar… —Qué piensas, sé sincero. —¿No cree que es mejor decirlo en persona? Mis emociones pueden influir el relato. La reina apretó los labios, soltando el aire que le constreñía el corazón. —Es mejor que lo sepa a través de todos nosotros. ¿Cuándo empezarás? —Tal vez… cuando cumpla los quince años. Si tenemos suerte y madura un poco. —Quince años… —Sí, majestad. —Fritz, ¿en verdad crees que Albert aguantará dos años? —El rey… —Sí, está grave. —¿Qué dolores aquejan a nuestro soberano? La mujer suspiró, enseñando una preocupación que le constipaba el pecho. —Si tan sólo vieras los pañuelos sabrías que la sangre mana de su garganta cada vez que tose. El sanador a puesto todos los esfuerzos pero no consigue dar con la cura. Todo lo que ha hecho a servido únicamente para palear los males y extender su vida lo suficiente. —Para la ceremonia de coronación de su Alteza Real.

9


—Wilhelm debe asumir su deber, así sea muy joven o inmaduro, para asistirle están ustedes. Cómo quisiera hacer algo más por él sólo puedo convertirme en su mano derecha y guiarle en sus deberes como rey. Benedikt alzó la vista del suelo, mimando la mejilla de la reina. —Majestad, ¿no cree que, durante un tiempo, podemos designar a Hagen como soberano? La mujer cuyo cabello apenas expresaba un pálido almendra sujetó fuertemente la mano de quien intentaba consolarle. Pensar en su cuñado le revolvía los interiores. —No. Wilhelm es el escogido por los Altos, descendiente directo de la extirpe de Älmandur. Esta tierra es suya… dejarle esta legítima corona es una manera de expiar nuestro crimen. Ni se les ocurra insinuar a Hagen como alguien de confianza, tampoco se atrevan a proponer a Helmut como un buen sustituto, ¿está claro? —Disculpe mi atrevimiento. —Deben comenzar AHORA con la instrucción. La boda de mi pequeño Wilhelm será celebrada en dos meses desde hoy, ¿está claro? Al unísono y utilizando el mismo tono en las voces cansadas, Benedikt y Fritz bajaron la mirada, respondiendo. —Sí, dulce señora. La mujer de regio porte atravesaba el corredor raudamente. Casi posaba sus pies en el siguiente salón cuando Fritz tocó su hombro, dejando la hoja de oro en manos de su señora, quien repasó la figura cautelosamente. —¿Lo reconoce? La reina analizó la escultura de fino oro, levantando las cejas al recordar al propietario de tal joya. —Es de ese niño, su madre ha esculpido esta maravilla… esa mujer… Täioiane. —¿Señora? —¿Acaso está vivo? No, no puede estarlo. Cuiden a mi hijo. No quiero indeseables en su camino. —Así será, mi señora. —Fritz, imagino que te encargaste de ese joven tal y como lo pidió el rey. —¿Qué joven, dulce señora? —No recuerdo su nombre. Por alguna extraña razón no puedo siquiera dar con su faz. Pero siento en mi pecho su juventud, sus ganas de vivir. Algo me dice que está cerca. —Señora mía, despreocúpese. —¡No puedo hacerlo! Cuiden a Wilhelm, nada ni nadie debe apartarlo de nosotros. ¡Nada ni nadie debe sacarle de la capital de Älmandur o será nuestra perdición! Y aléjenle de la biblioteca del ala sur, aún no borramos suficientes nombres. Quedan historias por modificar y nuestros escribas apenas gozan de tiempo. Wilhelm ha de estar lejos de aquellos textos, ¿está claro? Benedikt y Fritz quedaron a oscuras en el salón de alfombras rojas, mirando como la joya reflejaba la escasa luz que traspasaba los cortinajes. Fritz sostenía la hoja de oro entre sus dedos, alejándose lentamente de su amigo.

10


—¿En verdad esta fue la única opción viable de proteger el trono de Älmandur? Benedikt, respóndeme desde tu corazón: ¿acaso nuestro amo merecía lo que le hicimos? ¿Crees que alguna vez nos perdonará? Benedikt tenía las manos cruzadas tras la espalda, daba pasos lentos y silentes hasta quedar junto a Fritz, quien le cedió la fina artesanía en metal brillante. —Conociendo al amo, es probable que no se digne siquiera a hablarnos. Si es que está vivo, claro está. —Algo me dice que nuestro amo está en este mundo. Esta joya es una prueba. Seguramente ha venido a disfrutar del Festival, a comer y beber, a danzar y tocar su música… él es así. Cuanto más triste se encuentra, más desea reír. —Efectivamente, esta joya es la prueba, mi querido Örnthalas. Sólo él tiene las joyas de la diestra señora Täioiane. Somos indignos de su mirada, lo tenemos ganado. —Pero Fritz, le haz dicho a la dulce señora que te hiciste cargo del niño. —Y eso hice, le abandoné en el Bosque del Olvido. Por ello, nadie recuerda su nombrem ni siquiera nosotros que fuimos sus siervos desde su luminoso nacimiento. Pero su rostro estará siempre en mí memoria, su temor, su ira al verse traicionado, sus duras palabras clavadas en mi corazón. —Pero tu deber no era dejarle en el bosque… —Mi deber era cortarle la garganta—La voz profunda y áspera de Fritz se quebró, pero mantuvo su compostura negándose a aceptarse como hombre débil— No creas que no lo intenté, su sangre se deslizó por mis manos… —Mi querido Älthidon, ¿crees que llevamos mucho tiempo fingiendo ser quienes no somos? —Yo te pregunto, Örnthalas, ¿serías capaz de quitarle la vida a un niño que fija sus ojos en los tuyos aún sabiendo que una daga rebana su vida? —Älthidon… —Dime Fritz, soy Fritz ahora. No se diga más del asunto. Los compañeros en crimen abandonaron el corredor donde las dudas carcomían sus pechos, avanzaron a tranco pesado por las alas del palacio hasta arribar al sitio donde se les requería. Entre sus vueltas se vieron obligados a recorrer el pasillo donde los retratos familiares adornaban la galería de ancestros. El cuadro actualizado del joven amo estaba listo mas su presentación ocurriría en la ceremonia de coronación, momento en que se añadiría a su lado la pintura de su joven esposa. Fritz y Benedikt notaron la ausencia de varios retratos bajo la excusa de restauración o cambio de marco. Los hombres notaron que cuatro retratos yacían en la oscuridad del pasillo siendo iluminados por una veta de juguetona luz cruzando el cortinaje. Fritz levantó el velo que les cubría, reconociendo los rostros de dos matrimonios antiguamente amados por súbditos actualmente desmemoriados, como si un hechizo hubiese caído sobre las tierras. Bajo los rostros finamente bellos se esculpían los nombres de cada uno. —Äntalmärnen, Täioiane… Orophël, Lïnawel…

11


—Fritz, deja el velo en su sitio—Benedikt bajó la mano de su amigo, volviendo a cubrir los retratos con la tela hecha de estrellas de cielo invernal—Es hora de revisar los últimos preparativos. Fritz obedeció el consejo de su amigo alargando sus zancadas para arribar al salón correcto lo antes posible, encontrándose con sirvientas agolpándose entre bandejas y manjares corriendo impacientes por finiquitar los arreglos en la sala. Wilhelm ingresó vistiendo apenas una camisa blanca y grebas maltratadas. Se deleitó con los adornos florales y los gallardos hombres en cota de malla dispuestos en los rincones y puertas. Sonreía complacido bajo las luces de las grandes velas cuando Benedikt posó su mano en el hombro. —Altecita, ¿por qué está vestido como pordiosero? —Estas son mis ropas de entrenamiento, dudo que un pordiosero tenga la oportunidad de conseguir una tenida tan útil. —Hoy no iremos a ensayar con la espada. Tiene tierra en los hombros y rasgadas las rodillas de su pantalón ¿dónde ha estado? Tiene el cabello revuelto y le ha sangrado la nariz ¿Me va a confesar que estuvo entrenando con su primo? ¡Él podría matarle! —Beni, ¡qué lindo está todo!—Wilhelm giró con rapidez sonriendo, abriendo los brazos e ignorando a su sirviente—Me complace ser espectador de tanta belleza. —¿Podría hacerme el INMENSO favor de venir conmigo y vestirse para la ocasión? Necesita más de un baño. Altecita, ¿acaso fue con Helmut a que le zamarrearan por el suelo? —Sí, eso hice. Me ha dejado morados en la espalda porque caí mal pero nada serio. Otra vez se dejó ganar, fingió dolor en su costado pero yo sé que no le hice ni cosquillas. —Altecita, el amo Helmut está convaleciente de una herida de hacha, debería estar reposando en cama, no practicando. Ay, ese muchacho quiere morir joven. El séquito de atareadas sirvientas dio lugar a que Fritz se acercara a su amo momento en que Wilhelm le miró feliz. —¡Fritz! ¿tú crees que ese Escudero suyo le haya insistido? Cuando llegué al área praticaban un ataque conjunto. —Yo diría que fue al revés, Nikola es un poco más sensato que Helmut—Fritz revisó al príncipe con la vista sin encontrar heridas o golpes de importancia—Le pediré no insista en dichas actividades, si desea la salud de su pariente. —¡Discúlpenme, lo olvidé por completo! —Ha de ofrecer esa disculpa a su lastimado primo. —Rayos, entonces de verdad sintió dolor cuando le di con mi espada de madera, no actuaba… —¿Le ha golpeado a pesar de que se encuentra convaleciente? —Obvio, estábamos practicando ¡pero él es muy fuerte! ¡Te juro que se ha dejado ganar! —Ay, eso explica la raspadura en su brazo, ¿ya fue a que Äweldüile limpie ese desastre de sangre y tierra? Venga conmigo, usted tiene que cambiarse de ropa AHORA. Por los Altos, no se le puede descuidar un segundo. —¡Beni, hay uvas en la mesa y pancitos dulces!

12


Wilhelm se mezclaba con las sirvientas intentando averiguar lo que sucedía. En el instante que estiró la mano para disfrutar de unas uvas, Fritz le tomó de la muñeca,. —Estos niños de hoy que no respetan a nadie—Fritz giró ignorando los caprichos de su amo, sonriendo a escondidas conversando con su colega— Benedikt, necesito afinar unos detalles con su Majestad, hazte cargo del trámite. —Yo me encargo de nuestra Altecita. —Toma—El hombre de gris sacó una alpargata escondida en uno de los bolsillos de su larga túnica— Por si te hace falta. —A la orden. —¿Otra vez? Ya estoy bastante crecido para aguantar alpargatazos, ¡Tras las batidas de Helmut, aguanto cualquier cosa! —Oh sí, eso cree usted, Altecita. Benedikt agarró al niño estirando la mano hacia la mesa, llevándole hacia el otro extremo del salón. —Beni, ya voy a darme un baño y a cambiarme, ¿por qué me jalas? —Por que si usted no está listo somos nosotros los que recibimos los castigos, Altecita. El niño reía forcejeando con su sirviente para que le arrastraran con más fuerza. Benedikt tiraba del brazo insistentemente pero cedía cuando el niño usaba algún mueble para jalar en sentido contrario. El hombre de rojo carcajeaba cuando la alfombra comenzó a doblarse al tirar del brazo del heredero quien insistía en jugar hasta que Benedikt le soltó sólo para verle derrotado en el suelo. La sonrisa de Wilhelm desapareció al verse volar por el corredor golpeándose contra una persona, quien cayó estrepitosamente. El príncipe se encontraba en el suelo agarrándose la panza entre risas cuando Benedikt arribó para levantarle, observando al pobre muchacho del otro lado. —Joven señor, discúlpenos. Wilhelm se puso de pie e intentaba acomodar su camisa cuando Benedikt ayudó al muchacho a incorporarse. —¿Es habitual divertirse de esta manera en el palacio? —Am… señor, disculpe mi… —¿Disculpar? Me encantaría vivir aquí si de esta forma pasaremos las jornadas. Mi palacio es bastante sombrío, la sonrisa de Lotus es la única luz en nuestros días. Wilhelm sonreía estirando la mano para saludar. Ante él se encontraba el hermano mayor de Lotus, un joven de expresión amable y rasgos finos, cabello meloso siempre trenzado y atado con una cinta de brillante púrpura, mismo color utilizado en sus vestiduras. De contextura frágil, el joven compensaba su apariencia afeminada con la potencia de una espada coreada de una daga peligrosa. Wilhelm recordó que ese hombre ante él también era un Caballero a su servicio. —Mi queridísimo Marqués Sebastian Klotzbach, es un inmenso honor recibirle en mi humilde morada. Lamento saludarle de forma tan poco digna de su estampa. —Alteza, el honor de ser empujado por usted no tiene nombre, el morado en mi cabeza tendrá nombre propio.

13


El príncipe constipó una risotada dejando que Benedikt le sujetara de los hombros. —Nos has atrapado en juegos que me atrasan en mis labores. Ahora me toca disculparme por este momento, en el que debo retirarme. —Disponga de su tiempo como le plazca, Alteza. Sebastian hizo una venia sonriendo con amabilidad antes de que Wilhelm relajara la espalda, dando un paso al frente. —Esto... Marqués… —A su servicio, Alteza. —¿Podríamos ser menos formales para nuestro trato fuera de la fiesta? Es que me resulta agotador. El joven en ropajes púrpura dio un respingo notando la naturaleza frágil de un príncipe con cabello revuelto y tierra pegada en las mejillas. Al examinarle con cuidado y disimulo encontró rastros de sangre en el brazo izquierdo, evidencia de una mala defensa contra un enemigo rápido. —¿Cómo me dirijo a usted, mi señor? —Tú. —¿No desea que le recuerde que…? —No, no, no… si ya sé quien soy, no necesito que me lo recuerden cada dos pasos. ¿Te parece bien, Sebastian? —Em… claro, como quieras. Entonces, yo sólo soy Seba. —Muy bien, ya que estamos en confianza—Wilhelm se arremangó la camisa, afirmando las manos en la cadera—¿Puedo saber qué carajos haces en este pasillo? Benedikt levantó una ceja al escuchar a su amo apretándole el hombro derecho, susurrando en el oído del muchacho. —Amo, ¿por qué tan severo? —Es mi ala del palacio y no le he invitado. Sebastian carraspeó, afinando la voz. —Mi querida hermana ha estado conversando con la señorita Frauke y sospecho que se encuentran en su biblioteca. Estoy en busca de ambas. —Podrías haber enviado a alguien, ¿no? El joven de púrpura mantuvo una firme posición admirado del cambio en el desplante del muchacho frente a sí, quien a pesar de estar sin gala y desgreñado, emanaba la autoridad merecida. —Disculpa por irrumpir de esta manera en tu morada. —Yo di permiso para que las señoritas estén en mi biblioteca. Es más, pueden revolver todo el palacio si así lo desean. Déjales divertirse un rato. —Me parece bien. —Ahora, ándate, por favor. Wilhelm meneó la mano en el aire señalando la puerta que llevaba a un pasillo que enlazaba con el ala sur. Sebastian repitió la venia, marchándose en silencio. Benedikt retrocedió un par de pasos, admirando a su amo cuando retomó sus pasos hacia el sitio donde las mucamas le aguardaban con los atavíos correctos para la celebración nocturna. —Beni, abre bien esas orejas.

14


—Le escucho. —No quiero a Sebastian bajo mi techo. El hombre de rojo seguía a su amo, sonriendo malicioso. —Alteza, ¿puedo saber sus razones tras la molestia? —Simplemente no quiero verle. —¿No será que se encuentra celoso porque el joven Klotzbach ve a la señorita Lotus todos los días de su vida? Wilhelm se detuvo en seco usando su largo y fino índice para callar a su sirviente. —No vuelvas a decir eso. Ellos son hermanos. —Estoy seguro que usted querría tener un lazo así de profundo con la señorita. —¡Claro que sí! Pero no como su hermano, precisamente. —¿Cómo amigo? —Ni que fuera tonto. —Alteza, si quiere acercarse a la señorita, le recomiendo que se lleve bien con Sebastian. Si hay una frontera por cruzar no es don Estuardo, padre de nuestra queridísima Lotus… —Ya entendí el mensaje. —Me alegra escuchar eso, amo. —¿Será por eso que la pobre sigue sin compromiso? —Me atrevería a decir que… sí. —Qué locuras dices, lo dije en broma. —Sebastian no es alguien para tomar en broma, Alteza… y su primo tampoco. —Está bien, no forzaré a Helmut a practicar. —No me refería a eso, mi joven amo. Ambos son letales, mantenga buenas relaciones con ellos. Les desea como aliados, Altecita. Wilhelm clavó sus ojos en los de Benedikt, quien sonreía plácido escondiendo la malicia del conocimiento. —Beni… —Usted ha dicho estar “crecido”. Pues bien, ya que se designa como adulto, sepa usted que su primo está interesado en la señorita Klotzbach. Y, según mis observaciones, ese interés es perfectamente correspondido. Es sólo cuestión de tiempo para que… —¡Basta! Hablaré con ellos y comprobaré esos rumores tuyos. —Bueno, como usted prefiera, Altecita. Sólo recuerde que su compromiso está pisando sus talones y, si desea hablar con la señorita Klotzbach o su primo, sea rápido. Sólo le advierto que eso no cambiará su situación, continuará siendo el prometido de la señorita Frauke Von Freiherr así caiga una estrella del cielo. El niño apretó los puños manteniendo la espalda erguida y firme ganada a pulso por la práctica. En su mente revoloteaban las ideas confusas sobre los protocolos, las fiestas, cuando hablar y qué hablar, cómo sonreír y a quienes. Suspiró sin mirar a Benedikt, quien escondía las manos ente sus mangas notando que su pequeño efectivamente crecía ante sus ojos. —Beni—Wilhelm se detuvo en seco, dando la espalda a su fiel amigo de rojo— ¿Tú escogiste esta vida?

15


—Perdone mi torpeza, ¿a qué se refiere? —Desde muy temprana edad se me ha enseñado compostura, guardar mis comentarios, mesurar mis gestos, hablar con este o con aquel pero en lo profundo, siento que no estoy hecho para esto. Mentir, conspirar, escuchar murmullos y suponer es horrible, una carga pesadísima que no deseo cargar. —Querido mío—Benedikt quiso mimar el hombro del niño a cuatro zancadas de distancia pero se detuvo, dubitativo— Eso es parte de ser rey. Efectivamente es un deber muy grande para sólo un hombro, por ello estamos aquí, somos los pilares que refuerzan la techumbre de su futuro gobierno, Altecita. Guíenos como usted crea. —En el fondo yo sé que no fui hecho para esa corona—Benedikt levantó sus largas orejas ocultas en la maraña de cabello crespo, tragando sus palabras—No lo sé, es como un susurro lejano, el eco en una caverna sin luz. Hay alguien dentro y ese alguien es… es… alguien olvidado. —Alteza, comprendo su malestar y duda pues se le han otorgado muchos deberes últimamente—Benedikt instó al niño a continuar el avance por los corredores, afirmando su mano en el codo del joven amo—Pero pierda cuidado. De un paso a la vez. Wilhelm asintió silente al verse reflejado en unos cántaros adornando la esquina por la que debían avanzar, jarros dorados decorados con rubíes y esmeraldas que también se hallaban en la cocina, más pequeños claramente pero igual en belleza y brillo. Estaban repletos de dulce mosto, fueron puestos en bandejas y llevados al mostrador donde un hombre de azul cielo servía un poco del licor en una copa. Cada jarrón fue inspeccionado por el hombre quien percibía los aromas con todos sus sentidos, arrojando el contenido a una barrica al dar su aprobación. Sin embargo, uno de los jarrones fue apartado por el hombre. —Descártalo. Tras él, un sirviente anotaba apuntes en un libro de actas admirando la tenacidad de su amo en inspeccionar hasta los manjares a punto de ser puestos en la mesa. El jarrón desechado fue tomado por una sirvienta, quien lanzó el mosto por el desagüe. —Amo, es usted increíble. —Es mi trabajo. —Sólo para fines del acta, mi señor, ¿por qué ha descartado aquel licor y no los demás? —De aquel jarrón beben las Majestades. Alguien añadió una porción del hongo Sin Afán. —Vaya, no sabía que podía ser detectado tan fácilmente. —No lo es—El hombre de azul cielo y larga cabellera alba hasta la cintura se aseguraba de que el nuevo mosto en el jarrón estuviera limpio al observar a la sirvienta—Doy gracias a los Altos por agudizar mis sentidos. El sirviente anotó lo necesario en el libro de tapas granates antes de que su amo inspeccionara las carnes asadas dispuestas en perfecto corte de medallón sobre bandejas de plata adornadas con joyas traslúcidas. La cocinera cortó un trozo de carne de cerdo acercándola a la esculpida nariz del hombre, quien detestaba el aroma de la carne.

16


—Señor, le ruego no haga muecas a mi comida. —Disculpa, es sólo que detesto el olor a cadáver. Mi nariz se ha arrugado involuntariamente, estoy seguro de que su bendecida mano a cocinado una estupenda cena. Ignore mi gesto y no se aflija, todo está en orden. —¡Por supuesto que lo está! —No se ofenda pero una de sus doncellas tiene Sin Afán en sus bolsillos y ha osado en contaminar la bebida de mi querido rey. Así es que, sin más reparos, le pediré que reúna a todas sus subordinadas porque mi lacayo les auscultará hasta el último bolsillo. La cocinera dejó el cuchillo de carnes en el mostrador aplaudiendo en el aire para convocar a todas las mujeres encargadas de organizar los manjares en la mesa, reuniéndoles en perfecta fila un hombro con otro. Las jovencitas de ropajes uniformados en amarillo pálido permanecieron cabizbajas, en silencio. De vez en cuando alguna miraba a su compañera de reojo, haciendo alguna morisqueta sospechosa pero nada serio, se trataba de la simple curiosidad principiante. El sirviente del Senescal alargó la mano donde sostenía su libro de actas, tomando aire e hinchando el pecho para verse más imponente o gallardo, quién sabe. Se plantó frente a las sirvientas asustadas por la mirada fría del Senescal cruzado de brazos, quien no emitía voz alguna. Finalmente, el sirviente carraspeó, hablando con grande tono. —Señoritas, señoras. Mi amo, el Senescal Ritter zum Neuenthurm, fiel a la corona de Älmandur, tiene una misión: la de proteger la integridad de nuestras Majestades. Para ello, se le ha solicitado… —Menos pompa, por favor. Al punto. —Em… sí, señor. Discúlpeme. Como les decía, el amo zum Neuenthurm tiene la misión de… —Alguien busca crear un sueño profundo a nuestras Majestades al utilizar una gran porción de Sin Afán en la bebida—El sirviente escudó su pecho con el libro, retrocediendo hasta quedar tras su amo—La doncella que confiese su crimen será perdonada e interrogada para conocer a la mente tras la idea. Si en este momento deciden guardar silencio, a todas se les cortará la mano derecha. La cocinera abrió grandes ojos, agarrando su cuchara de madera para batirla ante la mirada sin brillo del Senescal. —¡Pobre de ti que hagas algo como lo que acabas de decir, niñito engreído! —Señora, baje su arma—Ritter tomó la cuchara y, suavemente, la acomodó de regreso en el mesón— Si desea conservar su mano sólo debe instar a sus subordinadas a comportarse como las buenas muchachas que son. Mi lacayo se encargará de ello, yo tengo labores más nobles. —Típico de ustedes, encargando el trabajo sucio al resto. —Mi querida cocinera, sabemos que eres muy diestra en tu trabajo. Un dolor muy grande nos causaría tu ausencia en palacio. —¿Planea cortarle la mano a mis niñas?

17


El Senescal tenía las manos cruzadas tras la espalda, avanzó lentamente hacia el aparador que guardaba los machetes para carnes. El mueble fue abierto, siendo tomado aquel cuchillo con mayor peso y filo. —Se equivoca, nadie le hará daño a nadie si hay buena disposición. Mi lacayo sólo registrará el incidente y me entregará un reporte. Me gusta ocuparme de mi trabajo de la forma más diligente posible. Si no amara mi labor, no estaría en la cocina, impregnándome con los hedores propios de tal sitio. La fila de sirvientas permanecía silente y ordenada, incluso cuando el Senescal avanzó hacia una niña en delantal blanco. El hombre de azul cielo agarró la mano derecha de aquella niña, analizando la estructura de los finos huesos. —Una exquisitez de piel. Sería una lástima. Mas pierda cuidado, esto será tan rápido que no podrá sentirlo. La niña desviaba su mirada hacia el lado contrario, apretando los dientes mientras su amiga le abrazaba. El Senescal hundía el filo del cuchillo cuando una doncella dio un paso al frente, siempre cabizbaja. El lacayo miró el rostro de la sirvienta, anotando el nombre de esta en el libro de actas. —Estoy encantado por su honestidad—Ritter entregó el machete a la abrumada cocinera, quien aceptó el objeto en silencio—Háganos el favor de acompañarnos. En silencio, la sirvienta asintió, siendo tomada por el lacayo hacia una sala escaleras abajo. —Agradezco la inmensa cooperación, son ustedes muy gentiles. Haré que se les premie la honestidad y fidelidad. Tienen mi palabra—El Senescal hizo una profunda venia, posando su mano en el centro de su pecho, sonriendo—Al final de este día recibirán un incentivo que sus familias agradecerán. Hasta entonces, espero que su amable destreza se mantenga. Coordinadas, las mujeres de uniforme amarillo pálido respondieron la venia con el mismo gesto. Las mujeres quedaron reunidas alrededor de un punto invisible, cuchicheando crueldades contra la atrevida contaminando los alimentos y, al mismo tiempo, lamentando no haber sido lo suficientemente diestras para obtener un hongo tan eficaz que les librara del yugo palaciego. El grupo fue disperso cuando la cocinera azotó su cuchara de madera contra le mesón, vociferando la lentitud para disponer las bandejas en las mesas ya adornadas con manteles. El alboroto permitió que el Senescal siguiera un camino escaleras abajo, escondido tras un armario repleto de platería movido por el fiel sirviente quien jamás descuidó a la doncella traicionera. El pasadizo se construía en caracol perdiendo luz a medida que se avanzaba por los roídos escalones de piedra humedecida y con gusto a moho que ni las ratas disfrutaban pues se alejaban por cada paso que el Senescal daba, arrugando la nariz ante el espectáculo tan desagradable a sus sentidos. Una marcha breve de unos cinco antipáticos minutos culminó frente a una puerta de madera sujetada por antiguos pernos de hierro ya ennegrecido, sitio donde la sirvienta se afirmó, como si supiera el destino que le esperaba tras aquel pórtico mas no enseñó temor.

18


—Señor, es usted formidable. Hemos conseguido al primer intento que la traidora se delatara, le felicito por su táctica inesperada. —Procura premiar a la chiquilla que no lloró al sentir el filo de aquel cuchillo en su hermosa piel inocente. Es valiente, registra su nombre. —Sí señor, eso haré…y, si me lo permite, reservaré una ganancia especial para la Jefa de Cocina, siempre nos ayuda pero ahora ha demostrado un aplomo excelente. —La señora es buena actriz, debería contratarle para mi compañía. —Disculpe mi atrevimiento, mi señor—El lacayo abrió el pórtico revolviendo entre un manojo de llaves cobrizas y trizadas, empujando al interior a la doncella de amarillo— pero, ¿alguna vez ha pensado en un posible fallo? —¿Fallo? ¿Insinúas que, en alguna extraña situación, una doncella dejaría que le corten la mano o la lengua? —Sí, señor, eso mismo digo. —Puede ser. Alguien con una fidelidad tan arraigada es comprensible, yo mismo dejaría que me lo hicieran si con ello logro proteger al rey y su mujer. Si alguna vez se me diera castigo por traición yo lo aceptaría honorablemente, así se tomara mi vida como pago. —Señor, usted me sorprende pero… —¿Cuál es tu duda? —Una cosa es decir lo que se puede hacer y otra muy diferente es hacerla. Ahora usted me dice que aceptaría la muerte pero, ¿en verdad lo haría, estando bajo el filo de la espada? El lacayo notó la dura expresión de su amo silencioso y de ojos azules como su vestidura, tragando saliva al conocer la respuesta honesta de un hombre implacable. Encendió la única vela disponible en el cuarto donde la doncella se escudaba contra un muro de piedra. A su lado colgaban implementos de hierro y parecían sucios con costras granates mas ningún artefacto conseguía quebrantar su rostro pálido, parecía que un embrujo le mantenía estoica como la roca golpeada por la potencia de la cascada. Manchas en la pared evidenciaban una vida anterior en aquella celda, el hedor mostraba la crueldad de un salvaje interrogador, esta extraña mezcla de circunstancias doblegó la voz del joven lacayo y su libro, el cual fue puesto sobre la mesa. —Mi señor, yo hablaré con la doncella, pierda cuidado. —Muy bien. Me corresponde alistarme para la fiesta, sé que harás lo correcto. Por favor, avísame si requieres de mi asistencia. Notifícame de todo. —No me atrevería a interrumpir su diversión, mi querido amo… confíe en mi, por favor. —Pues, ¿qué más por decir? Éxito. —Hasta pronto señor, disfrute de la cena—El sirviente estiro la mano para detener a su amo al tocarle el hombro sutilmente— Una última pregunta, señor. —Pues habla. —¿Está seguro que el jarrón de mosto envenenado pertenecía a los reyes? Yo juraría por mi familia recién formada que se trataba del jarrón de nuestro príncipe.

19


—Soy custodio de la familia real. El príncipe es nuestro futuro, doy mi cuello por ese niño. Ahora, te suplico detengas tus preguntas o te dejo sin trabajo, lo cual sería una lástima para tu mujer e hija. —Sí, señor. Mis disculpas. El hombre de anchos hombros dio la vuelta subiendo las escaleras mientras el lacayo cerraba el pórtico, sentándose en una silla frente a la mesa que podría romperse por la mera brisa que pudiera colarse hasta aquel sótano. Del otro lado se encontraba la doncella, entre lágrimas contenidas y ojos de fuego, apretaba sus faldones, clavando su mirada en el joven sirviente. —Oye, a mí tampoco me gusta esto. Pero es mejor que lo haga yo porque mi amo es un poco… es poco delicado. Habla y te aseguro que te perdona la vida.

20


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook