Issuu on Google+

La trilogĂ­a de los Protectores La Protectora

VICTORIA TUTTI


Medianoche No lograba pegar ojo esa noche Con cuidado me limité a ponerme mis pantuflas y bajar las escaleras en dirección a la cocina. Toda la casa estaba silenciosa. Los grillos sonaban quedos y suaves en la noche. Giré por el pasillo y entré en la cocina, impecable, brillante. Miré el reloj: faltaba un minuto para la medianoche. Me acerqué a la impecable pileta que mi madre insistía en fregar seis veces al día y tomé un vaso descartable que ella dejaba siempre a un costado. Mientras me servía agua en el vaso, mi mirada se dirigió hacia la ventana, mirando más allá, en dirección al parque. Algo me llamó la atención. Las luces, que abarcaban toda la extensión del terreno y brindaban su luz en todas direcciones, estaban apagadas. Agucé la vista, pero no logré ver nada en la impenetrable oscuridad. Un escalofrío me recorrió y tirité. Me acerqué hacia la ventana y mis ojos dorados me devolvieron la mirada. Parpadeé sorprendida. A mi madre le daría un ataque cuando se enterara que su costosa instalación lumínica ya no funcionaba. Eché una mirada hacia el centro de iluminación, que se encontraba junto a la cocina. Estaba encendido. De pronto, el reloj comenzó a sonar, suavemente al principio, pero cada vez más estrepitosamente. Al primer sonido, sentí una sensación muy extraña, como si algo hubiera despertado en mi cerebro. Al segundo, un fuerte dolor comenzó dentro de mi cabeza, como si me martillearan la cabeza con inusitada fuerza. Jadeé, y mis piernas empezaron a temblar mientras el dolor crecía con cada campanada hasta que ya no pudieron sostenerme y caí de rodillas en el impecable embaldosado, sosteniendo mi cabeza entre mis manos y boqueando como un pez fuera del agua. Las campanadas sonaron y sonaron y lágrimas de dolor comenzaron a resbalar por mis mejillas al suelo. Hundí los dedos en mi enrulado cabello rubio, apreté los dientes y luché por aguantar el dolor que me invadía. Varias veces estuve a punto de perder la conciencia. Y, exactamente en la última campanada, el dolor desapareció como por arte de magia y en su lugar un vació quedó en mi cerebro. Permanecí arrodillada en el suelo, temblado, hasta que reparé en que las campanadas habían cesado y el dolor se había ido. Aún así, me quedé unos minutos muy quieta, hasta que las lágrimas y el dolor del recuerdo se esfumaron en gran medida. Con cuidado, me levanté y, con las piernas como gelatina me dirigí hacia mi habitación. Mi garganta estaba más seca que nunca, pero aún así no estaba dispuesta a volver a la cocina en busca de agua. Mientras luchaba por subir las escaleras, mi mente volvió hacia las luces que permanecían apagadas y prendidas al mismo tiempo… 2


Me hubiera preocupado mucho más si hubiera sabido que en ese mismo momento una cadena de acontecimientos había empezado a funcionar, cuando ya no se podía parar…

3


1

El despertador sonó muy cerca de mi oído. Me sacudí y debatí entre las sábanas y lancé un manotazo en dirección al reloj, sin rozarlo siquiera. Abrí mis ojos, adormilada. Estaba oscuro y mi cama, calentita. Sin embargo, debía levantarme. “El colegio me espera” pensé con sarcasmo. Caminé con paso lento en dirección al baño y dejé correr el agua mientras me miraba al espejo. Mi pequeña cara (¿se debía a que yo misma era pequeña?) estaba muy pálida, a excepción de mis mejillas, que parecían pequeñas manzanas rojas. Mi cabello, de color dorado y levemente enrulado, estaba desordenado y muy revuelto. Mis ojos parecían pegados con pegamento, y podría haber pasado por algún zombi de Resident Evil con la cara que tenía en ese momento. Ahogué otro bostezo mientras me lavaba la cara y me cambiaba. Quince minutos después, bajaba con un aspecto mucho mejor, peinada y vestida, en dirección a la cocina. Mi madre estaba revisando los impuestos a pagar y resoplando sobre el aumento en ellos. Ella siempre estaba quejándose. Mora Rivero había nacido para eso. Para eso y para limpiar. Cuando bajé, mamá levantó la mirada con rapidez y farfulló un “hola” antes de comenzar a disparar protestas contra todo: -¿Has visto? ¡Nos han cortado la luz! No hay derecho. Nosotros somos gente honesta y responsable. Pagamos todos los meses todos esos estúpidos impuestos, que nos cobran hasta el aire que respiramos. ¡¡ Y nos cortan la luz!! Inmediatamente llamaré para quejarme. Sin dejar de protestar, se levantó y se dirigió al teléfono, que descolgó con un manotazo feroz. Haciendo caso omiso de mi madre fui a servirme algo para desayunar. Mientras devoraba una tostada tras otra, escuché que mi madre ladraba por teléfono: -¡¡Ustedes no tienen derecho!! Somos ciudadanos que cumplimos cada una de sus estúpidas reglas… ¡¡Y nos cortan la luz!! Voy a hacer una denuncia ya mismo, si no arreglan el problema de inmediato ¿escucharon? ¡¡DE INMEDIATO!! Sin esperar más respuesta, Mora colgó con un bufido y soltó una serie de palabrotas que hubieran avergonzado a un camionero. Sin embargo, cuando se volvió hacia mí, su voz fue mucho más suave. -¿Tienes ya tus cosas listas, Leila? No podré llevarte hasta el colegio hoy porque tengo una importante reunión y no me puedo permitir faltar. Tendrás que tomarte el colectivo. -En realidad, pensaba ir caminado. 4


El rostro de mi madre se volvió serio. -Es peligroso ir por ahí, cariño. No es segura la calle actualmente. -Mamá, he vivido aquí desde que nací. Conozco perfectamente las calles y sé cómo protegerme. Después de todo, tú fuiste la que me mandó a Karate desde los cinco años ¿recuerdas? Sin embargo, el rostro de Mora parecía dudar. -No lo sé. Es peligroso. Suspiré. Mamá siempre había sido un poco… paranoica con el tema de la seguridad, pero desde que había cumplido los dieciséis, pensaba que ya lo había superado. Después de todo, ya era una adulta. O casi. -Mamá- intenté de nuevo, en un último esfuerzo para convencerla-. Elena se reunirá conmigo en la calle siguiente. Iremos juntas y nada pasará. Ya soy mayor. -No tan mayor- murmuró ella con la vista perdida en el parque. Habló tan bajo que tuve que hacer un esfuerzo para escucharla. Me pregunté por qué mi madre sería así. Comenzaba a sospechar que algo raro pasaba. Ella siempre había sido brusca con casi todo el mundo, me había protegido de casi cualquier cosa, siempre había sido una madre presente en mi crianza, a pesar del trabajo como Jefa de algo que nunca me había molestado en averiguar. Y me había enseñado a tocar el piano. Era un poco particular, pero yo la amaba. Pensé que quizás mamá no hubiera sido así desde el principio. Lo aparentaba, pero yo no podía saberlo. Nunca habíamos tenido una charla entre madre e hija. Quizás se había vuelta más brusca aún desde que se divorció, cuando estaba embarazada de mí. Mi madre me había contado que las cosas entre mi padre y ella habían ido mal cuando esperaban su segundo hijo, un varón que murió a las pocas semanas. Cuando después mi madre se embarazó de mí, mi padre la dejó. O quizás, ahora que lo recordaba, mi madre se había agriado desde que su hija mayor, mi hermana, se había casado con un médico de la ciudad, bastante importante y que se daba aires de grandeza, llamado Adán Rogue. Ni Mora ni yo lo soportábamos y yo, de niña lo había llamado el Idiota Oloroso Rogue. Mi madre no me había retado nunca por eso y sospechaba que estaba de acuerdo conmigo en lo odioso que era. Desde que Elizabeth se había casado, su estúpido esposo sólo la dejaba ir a vernos tres veces al año: en el cumpleaños de mamá, en el mío y en Navidad. Para el cumpleaños de Elizabeth, íbamos a la enorme casa donde vivía ella y el Idiota Oloroso Rogue, con sus autos importados y amigos ricachones. Sí, ahora que lo pensaba quizás mi madre se había vuelto brusca desde el casamiento. 5


La voz de Mora me hizo volver de mis pensamientos. -De acuerdo. Ve. Pero ten mucho cuidado y corre si ves algo sospechoso ¿de acuerdo? -Si mamá. Mientras me encaminaba fuera de la casa, recordé que había olvidado decirle sobre la excursión al Museo que se realizaba ese día. “Bueno, ya se enterará” me consolé, sin saber lo ciertas que serían mis palabras más tarde.

-Cambia la canción- pedí con aburrimiento, mirando por las ventanillas del colectivo. -¿Qué te parece “Rock that body” de los Black Eyes Peas? La música comenzó a sonar con fuerza y eché un vistazo a la revista que Elena leía con fruición. -Ese número es viejo. -Ya lo sé. Pero mi madre no pudo comprarme el siguiente número, por lo que tuve que traer éste. La familia de Elena era bastante numerosa y muy pobre, además. Tenía tres hermanos menores, dos de ellos gemelos y que para mí era imposible distinguir, y dos hermanos mayores. Ambos padres trabajaban todo el día y los hermanos se turnaban para cuidar a los más pequeños, pero el señor y la señora Alwer eran muy amables y agradables. Por otra parte, inculcaban la virtud del esfuerzo en sus hijos y éste daba sus frutos: Elena era una chica muy dedicada e inteligente, y los profesores le tenía mucho cariño. El colectivo chirrió cuando se detuvo frente al Museo. Uno a uno los chicos fueron bajando, mientras que los profesores los contaban al hacerlo, para corroborar que ninguno faltara. El Museo era una construcción antigua e imponente, con paredes de piedra y un enorme cartel que anunciaba la exposición de dinosaurios más grande del lugar. El interior del edificio, por otra parte, olía fuertemente a cerrado y, como siempre pasaba, cada uno de los chicos se dirigió al lugar que más les llamaba la atención, lo que ocasionó que los profesores comenzaran a gritarles lo más bajo que podían. Por fin, el orden se reinstauró y comenzamos el largo recorrido por el Museo. Elena estaba exultante y no 6


paraba de parlotear, como todos los chicos, pero yo me sentía un poco mareada. ¿Por qué me sentía así? Me llevé una mano a la cabeza y me la froté despacio. Por un momento, un fogonazo de lo sucedido la noche anterior se me vino a la cabeza. Había intentado olvidarlo, pero había vuelto a la superficie en ese momento. Hice una mueca, pero no sentí dolor alguno. Sin embargo, no me relajé. Elena pareció advertir algo en mí, ya que volvió la cabeza de una extraña roca del Neolítico y me miró con preocupación. -Leila, ¿estás bien? Asentí con la cabeza y continué la marcha sin mirar hacia adelante y haciendo un esfuerzo por relajarme. Tenía los hombros en tensión. Por fin, luego de un par de charlas aburridas y varias salas que habrían llamado mi atención si no me sintiera tan mal, el profesor nos hizo sentarnos y nos dio vía libre para ir al baño, a comprar algo de recuerdo o para comer, o simplemente para andar por ahí, con la condición de que en media hora debían estar todos listos para irse frente al colectivo. Al oír esto, Elena saltó del banco y se volvió hacia mí: -Leila, ¿Qué te parece si vamos a recorrer la parte de la exposición de los dinosaurios? La verdad, hubiera deseado estar en cualquier otro lugar que no sea demasiado lejos, pero accedí para disimular mi tensión y no levantar, tenía que admitirlo, la bastante insoportable preocupación de Elena. La sala de exposiciones de los dinosaurios estaba bastante tranquila, ya que el horario de cierre se aproximaba y nadie quería quedarse último. Me imaginé quedándome encerrada allí, mientras todos los esqueletos de dinosaurio comenzaban a moverse, al mejor estilo “Una noche en el museo”. Deseché tales ideas con un movimiento de cabeza, pero me arrepentí de inmediato al sentir como si una punzada estuviera a punto de tocar en mi cabeza. Al cabo de unos momentos me obligué a levantar la cabeza y descubrí que Elena se encontraba observando detenidamente al esqueleto de un estegosaurio. El único otro visitante era un hombre gordo vestido con un traje sencillo y un bastón a su lado, sentado en un banco y disfrutando de una hamburguesa bastante grande. Decidí sentarse en el banco junto al gordo, ya que sentía las piernas cansadas, aunque no habíamos caminado tanto. El gordo me ignoró cuando me senté, y yo hice lo mismo. Hice una mueca cuando una punzada azotó mi cabeza por un momento y reprimí una palabrota. No hubiera sido muy femenino y después de todo el tipo que estaba sentado a mi lado, un perfecto desconocido, no me vería con buenos ojos. Si es que me veía, ya que 7


parecía enormemente concentrado en la hamburguesa, de la que ya quedaba poca. Comía con bastante ferocidad y se me antojó un poco grosero el modo en que comía aquel tipo. Un vistazo disimulado me hizo percatarme, con repulsión, que el borde del traje del tipo estaba manchado con algo rojo oscuro. Estaba a punto de apartar la vista cuando el gordo eructó. Di un respingo y volví a mirar al tipo, esta vez intencionalmente, para hacerle saber lo maleducado que era aquello, cuando vi, con horror, que en lugar de carne, la hamburguesa estaba hecha a partir de pedazos de rata. Las colitas de los animales colgaban del pan y se balanceaban cuando el gordo movía la mano. Lo que tenía salpicado en el traje no era ningún aderezo, era sangre de rata, si es que no era algo peor. Me levanté como un rayo, cuando el gordo se volvió a mí. Vi sus ojos, que se habían vuelto rojizos e inyectados en sangre, y su boca, del que brotaban colmillos y estaba llena de hamburguesa-rata. Ahogué un grito y escuché la voz de Elena, desde detrás de algún esqueleto: -¿Leila? ¿Dónde estás? Pero no podía responderle. El gordo se había parado ahora, y se había tragado lo que quedaba de su horrible comida. De improviso, el gordo comenzó a crecer más y más, hasta que midió al menos dos metros y medio de alto. La piel se había agrietado y mostraba un color amarronado, su ropa desapareció y en su lugar, en vez de ropa había un cuerpo enorme, del mismo color marrón que la cara y envuelto en un burdo taparrabos. El gordo que ahora parecía un monstruo gruñó y, aunque había sido un sonido bajo, me temblaron las piernas. La cabeza me golpeteaba y me sentía a punto de desfallecer. -No, no- murmuré, intentando mantener el equilibro. Mis piernas no me sostuvieron y caí al piso, al mismo tiempo que Elena brotaba de detrás de una cabeza a tamaño natural de un tiranosaurio. Se quedó quieta por un momento, con la cara muda de sorpresa. El gordomonstruo también la miró y se encaminó hacia Elena con pasos tan largos que en dos zancadas llegó junto a ella. Quise gritarle que corriera, pero Elena se limitó a ver como el monstruo se paraba frente a ella y alzaba una mano que parecía una garra. Al ver ese movimiento, mi amiga pareció reaccionar y tomó aire para gritar, al parecer demasiado asustada para correr. El terrorífico gordo la tomó del brazo con fiereza y Elena lanzó un chillido antes de que el monstruo le cubriera la boca con otra mano. Ella se debatió y de improviso mordió la mano de la criatura, que la soltó con un gruñido de dolor y disgusto. Elena puso cara de asco, pero comenzó a debatirse y de pronto le gritó al monstruo: 8


-¡Suélteme! Si el hecho de que le gritara simplemente suélteme a un monstruo de casi tres metros que tenía colmillos y un taparrabos era raro, aún más raro fue el hecho de que se dirigió con fiereza al abdomen del gordo-monstruo. -¡¡ Le he dicho que me suelte!!- le chilló Elena a la panza del tipo. El monstruo gruñó irritado y la sacudió con un brusco movimiento. Intenté levantarme, pero aquella cosa se volvió hacia mí y me gruñó con voz ronca e inhumana: -A ti te busco. Debes venir conmigo. Las piernas me flaquearon y luché por pararme, cuando una flecha brillante salió disparada desde algún lugar y fue a clavarse en el pecho del monstruo. Éste gruñó de dolor y sorpresa y dio un paso atrás, soltando a Elena, que se tambaleó hacia atrás y luego se desplomó en el suelo. Luché por ir en su ayuda, pero las piernas no me respondieron. El gordomonstruo volvió a gruñir y toda mi atención se centró en la pelea que estaba teniendo lugar en el centro de la sala. El monstruo se había quitado la flecha como quien se quita una espina del dedo, y tom�� su bastón, que de pronto se había convertido en una cachiporra de un tamaño lo suficientemente grande para que la criatura lo pudiera usar correctamente. Y ante el monstruo había aparecido un muchacho. Calculé que debía tener mi edad, y estaba vestido con botas, pantalones y una chaqueta de color negro opaco. De su espalda colgaba un carcaj lleno de flechas, de su mano derecha, un cuchillo largo y afilado, de la izquierda, el arco. Se había agazapado igual que un gato, y sus movimientos semejaban a los de una pantera. Tenía el cabello de un naranja furioso, con mechones que le caían por delante de la cara, y pude ver su perfil recortado contra el ocaso. Nunca había visto tanta dureza en un rostro. Sin embargo, el muchacho no se quedó quieto mucho tiempo, ya que de improviso saltó con una sorprendente velocidad y embistió al monstruo, que se tambaleó y perdió pie, con el muchacho encima. Éste no perdió ni un minuto, empuñando el arma con maestría y hundiéndola en el pecho del monstruo con fuerza. Sentí un nudo en el estómago y náuseas crecientes al ver cómo el muchacho retiraba la espada y saltaba del cadáver de la criatura como si fuera una loma. El rostro del joven era una máscara de satisfacción, hasta que sus ojos, de un color celeste cielo muy hermoso, se posaron sobre mí. Frunció el ceño. -¿Estás bien?

9


Su voz sonó preocupada y no percibí la dureza ni la brusquedad que esperaba de él. Luché por tercera vez por incorporarme y el chico se acercó y me ayudó a pararme. -Gracias- murmuré, pero lamenté haber abierto la boca cuando una oleada de náuseas me envolvió. El chico miró hacia atrás. -Parece que tu amiga se ha desmayado. ¿Tienes algún número para llamar a sus padres? Sacudí la cabeza, incapaz de hablar, hasta que de pronto solté: -¿Qué era ese monstruo? Sentí contra mi cuerpo como el muchacho se tensaba y dejaba de respirar. -¿Qué…qué viste?-. Su voz sonó sorprendida y prudente. -Un monstruo-. Paré para tomar aire y despejar la cabeza y continué-. Estaba… en taparrabos y… tenía una cachiporra-. Me detuve, agotada y mareada. Por un momento todo fue silencio, hasta que el muchacho me tomó con cuidado y me dijo: -Ven conmigo. Aquellas palabras me hicieron acordar al monstruo que sólo minutos antes acababa de decir lo mismo. Sin embargo, me dejé llevar hasta donde Elena yacía tirada, inconsciente. -Es mejor que esté así- murmuró el chico, arrodillándose junto a ella y revisando sus bolsillos. Al fin sacó algo que parecía un encendedor y lo activó con un rápido movimiento. El aparato, en lugar de encender una llama, comenzó a largar una especie de humo, como un incienso. Me erguí al ver que él acercaba el encendedor a la cara de mi amiga, pero el muchacho me ignoró y murmuró algo ininteligible, mientras el humo volaba hacia la cara de la joven inconsciente. Luego se guardó nuevamente el encendedor y se volvió hacia mí. -También tendría que hacértelo a ti, pero si viste al troll… No me sentía con fuerzas para hablar, pero al escuchar la palabra “troll” levanté la cabeza con extrañeza. El muchacho percibió el movimiento, pero se limitó a decir: -Sí, un troll. Ahora necesitamos salir de aquí. ¿Eran parte de una excursión? Asentí. -Lo imaginé. De acuerdo, pondré un hechizo protector para evitar que nos vean, pero me temo que las buscarán, a ambas.

10


Observé como mi salvador sacaba una especie de piedra y la colocaba junto a nosotros. Luego toco con la punta del dedo la superficie pulida del objeto y éste comenzó a brillar. -Listo. No nos verán. Ahora… Se calló mientras sacaba un celular del bolsillo y presionaba los botones. Se llevó el aparato al oído y cuando atendieron, comenzó a hablar en forma baja y apresurada. Hice un esfuerzo por escuchar, pero no lo logré. Desistí del intento y me acomodé en el piso, con la cabeza dándome vueltas. Miré en dirección hacia donde el monstruo había caído, pero ya no había nada. Me pregunté qué habría pasado con el cuerpo. El muchacho dejó de hablar y cerró el teléfono, mientras me echaba una mirada curiosa y preocupada. -No tardarán en venir a buscarnos. Quise preguntar quién nos vendría a buscar, pero no pude. El joven se encogió de hombros y volvió a hablar. -A propósito, me llamo Ajax. Quise preguntar también qué clase de nombre era ése, pero un graznido salió de mi boca por toda respuesta. El muchacho me miró preocupado. -Descansa un poco y no te preocupes, estamos a salvo ahora. No tardarán en venir a buscarnos. No dijo nada más y me dediqué a mirar al joven que nos había rescatado de aquél monstruo. Era alto y delgado, de músculos fuertes y mandíbula cuadrada, lo que indicaba determinación. Parecía pensativo y me pregunté por qué no me miraba. Es que, aquel muchacho tan singular, era muy, muy, muy atractivo. No había reparado en eso antes, pero ahora lo notaba. Cuando se volvió hacia mí, volví inmediatamente la cabeza, deseando que no se hubiera percatado de que lo estaba mirando. Sin embargo, Ajax se limitó a decir: -Debemos irnos. Han llegado por nosotros. Me quedé mirándolo. Se me vino a la mente la voz de mi madre, que tantas veces me repetía que no debía juntarme con extraños. Después de todo, aquel muchacho de nombre tan peculiar era un desconocido. Sentí que un escalofrío me recorrió la columna. También había pensado eso del gordo, y había resultado ser un troll. Sin embargo, aquél joven me había salvado la vida. No, me dije a mí misma, ¿y si era sólo para secuestrarme él? Y después de todo ¿porqué alguien querría secuestrarme? ¿Qué tenía yo? Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando Ajax tomó a la inconsciente Elena en brazos y se volvió hacia mí. -¿Pueden caminar?- su voz mostró dudas.

11


-Eso creo- murmuré, levantándome con dificultad. Me retumbaba la cabeza, pero estaba bien. -Sígueme entonces. Seguí al joven en dirección a la salida de emergencia y éste le propinó una patada a la puerta. Ésta vibró y luego se desplomó como si fuera papel. Lo miré alarmada, mientras muchas preguntas se me venían a la cabeza. ¿Cómo había abatido una puerta de hierro de una simple patada? Mi miedo se acrecentó y me planteé seriamente la huida. Sin embargo, el muchacho no vio mi mirada, o bien la ignoró y se encaminó al exterior, seguida por mí. Entrecerré los ojos por la luz del crepúsculo en mis ojos dorados, pero cuando éstos se acostumbraron y vislumbraron que estaba junto al cordón de la calle, estuve a punto de caerme de la sorpresa. Un carruaje negro y de aspecto antiguo se encontraba entremedio de dos autos estacionados. El vehículo era de estilo gótico, pero muy bien cuidado. Tiraban de él cinco caballos negros y relucientes, emparejados a excepción del primero, que parecía ser el guía y era ligeramente más grande que los demás. Ajax caminó directamente hacia la puerta, que se abrió sin hacer ruido y depositó a la inconsciente Elena a lo largo en uno de los asientos. Luego se volvió a mirarme y me indicó que me sentara con un gesto de la mano. Dudé un momento, recordando las palabras de mi madre “Nunca subas a un vehículo con extraños” pero, ciertamente aquella no era una situación normal y de todos modos, no podía abandonar a Elena. Y, también, sentía que podía confiar en aquel muchacho pelirrojo de rostro perfecto y mirada preocupada. No sabía a qué se debía aquello. Era casi un sentimiento primitivo. Por eso, caminé hasta el carruaje y me senté frente a Elena. Enfrente, había una pequeña ventana donde veía a los caballos, que piafaban y resoplaban una y otra vez. Ajax entró justo detrás de mí y se sentó a mi lado con tanta rapidez y silencio que me sobresalté. Sin embargo, él me ignoró y cerró la portezuela con suavidad. Acto seguido se inclinó y dijo con voz suave y firme: -Al Punto. Como si un cochero hubiera acatado la orden, los caballos comenzaron a trotar por la calle, esquivando los automóviles que circulaban con velocidad. Me incliné por la ventanilla del vehículo y vi la transitada calle principal, llena de conductores y peatones esperando para cruzar. Me pregunté cómo nadie se extrañaba por la aparición de un carruaje de aquellas características que, además, no eran conducidos por nadie. Como si hubiera leído mis pensamientos, Ajax explicó: 12


-Ellos pueden vernos, pero creen que somos una atracción o algo así. Ya se han visto demasiadas cosas raras en esta ciudad. Por otra parte, nuestra falta de cochero es algo insignificante que a nadie le importa. Se detuvo cuando el carruaje giró y continuó en dirección a una calleja paralela completamente desierta. Me puse tensa. ¿Por qué parábamos allí, en esa calle solitaria? Abrí la boca para preguntar, cuando el carruaje pareció tomar mayor velocidad y miré por la ventana delantera hacia los caballos, que parecían de pronto muy excitados. Y cuando parecía que mi corta vida iba a terminar gracias a un cartel de Coca-Cola gigante, de repente los caballos del carruaje comenzaron una extraña transformación: de sus hombros comenzaron a brotar, y me costó creerlo, alas emplumadas semejantes a las de una paloma, pero de un tamaño lo suficientemente grande como para elevar tranquilamente a un caballo adulto. Y eso fue lo que hicieron, ya que los animales comenzaron a batir las alas, suavemente al principio pero más furiosamente luego. El carruaje sufrió una última sacudida y los caballos se elevaron hacia el cielo, seguido por el carruaje, al mejor estilo Papa Noel y sus renos mágicos. Mi pulso se disparó y ahogué un grito. ¿¿¿Pero qué era aquello??? ¿Un carruaje tirado por… caballos voladores? Ajax permanecía impasible sin apartar la vista de la ventana, como si volar en un carruaje fuera lo más natural del mundo. Quise hablar y mi desayuno estuvo a punto de salir de mi estómago. El simple hecho de imaginarme eso me tuvo al borde de la catástrofe mientras el carruaje planeaba sobre la ciudad y se dirigía hacia las afueras, unas diez cuadras del centro. Sí, el centro era enorme, y la ciudad, aún más. Me obligué a apartar la mirada de la ventanilla para no marearme más y miré el interior del carruaje con curiosidad. Estaba alfombrado completamente en bordó, con cojines cómodos del mismo color en el asiento, que daban un aspecto muy confortable pero que a la vez oscurecían el interior. Me hundí en el asiento. Elena continuaba inconsciente ocupando todo el asiento de enfrente, respirando pausadamente. Miré por el rabillo del ojo a Ajax, y me percaté de que me estaba mirando. Mis palpitaciones, de por sí muy elevadas debido al descubrimiento de que me encontraba en un carruaje volador, se dispararon con violencia. Sin embargo, él se limitó a preguntar: -¿Cuál es tu nombre? La seguridad y el tono aterciopelado de su voz me reconfortaron. -Leila, Leila Rivero. Él se acercó un poco hacia mí y sentí su fuerte perfume masculino. Imaginé un termómetro con mis pulsaciones que se ponía rojo en aquel momento. 13


-¿Cómo eres capaz de ver un troll? Hay muy pocos humanos que lo logran. No me gustó como pronunció humanos. Como si él… no lo fuera. -Yo… no lo sé. Frunció el ceño y pareció pensativo de nuevo. No dijo nada hasta que el carruaje sufrió una sacudida y comenzó a descender. Sentí un tirón en el estómago y mi vértigo (mi gran debilidad) me mareó. -No te preocupes- la voz de Ajax me llegó a través de mi mareo, tranquilizadora-. Estamos llegando. Me hubiera gustado preguntar adónde habíamos llegado exactamente, pero no abrí la boca. Finalmente, el carruaje tocó tierra con un suave chirrido y los caballos resoplaron. Estaba a punto de abrir la puerta cuando Ajax me detuvo. -Aún no. Los caballos trotaban dócilmente ahora, y no había ni rastro de sus alas. Ahora parecían tan normales como cualquier animal. El carruaje se adentró en una calle atestada de vehículos y actuó como uno más. Percibí la mirada de curiosidad de los conductores y el regocijo de niños al ver los caballos, pero nadie dijo nada y nos dirigimos a una calle alternativa hasta un enorme edificio de aspecto abandonado. Un cartel inmenso rezaba “EN VENTA”. Ajax abrió su puerta y bajó a Elena en brazos. Luego cerró la puerta con el pie mientras yo bajaba desde el otro lado. Un frío vientecillo barrió la calle solitaria. Las luces de la calle se habían prendido a pesar de que aún era de mañana. Ajax se encaminó hacia la puerta del edificio. Para mi sorpresa, estaba bien mantenida y limpia. Entré yo también y me quedé parada allí dentro. El contraste entre el aspecto exterior e interior del edificio era increíble. Dentro, una chimenea calentaba una espaciosa estancia pintada de color claro, con mullidos sillones blancos, mesitas con revistas apiladas ordenadamente, plantas en jarrones hermosos y un piso bien lustrado. Parecía la recepción de un hermoso hotel. Como apoyando mis pensamientos, un mostrador en madera oscura descansaba a un lado, vacío a excepción de un teléfono, una lámpara pequeña y varios papeles en blanco. Una araña colgante estaba situada sobre los sillones, pero estaba apagada. La única luz provenía de la chimenea. Ajax dejó cuidadosamente a Elena en uno de los sillones y sacó su teléfono, ignorándome completamente. Me quedé parada mientras tecleaba con el aparato, pero antes de que hubiese terminado, se oyeron pasos bajando apresuradamente de la escalera con bastante ferocidad y 14


una muchacha unos dos o tres años mayor que yo irrumpió en la estancia furiosa, rompiendo la tranquilidad reinante. -¡¡Ajax Szyslak!! Te hemos buscado por TODAS partes ¿¿Dónde te habías metido?? Tu misión era ir hasta la Plaza Central para rastrear un pixie, no para que te vayas por ahí vaya uno a saber qué. ¡¡Nos tenías muertos de preocupación!! Pensábamos que te habían atrapado o algo peor. ¡¡Y tienes la desfachatez de aparecer una hora más tarde!! ¿Qué se cruzó por tu pelirroja y hueca cabeza? Si Kade no te hubiera presentido, tendría que haberle dicho a Homes… Se calló de golpe al verme parada junto a un macetero y a Elena tirada inconsciente en el sillón. Aprovechando su silencio asombrado, pude verla mejor. Era muy alta y delgadísima. Llevaba unos pantalones camuflados, una remera sin mangas, blanca y muñequeras. Tenía el pelo rubio corto, lacio y con ondas muy suaves, ojos azules que brillaban furiosos y un rostro que podría ser bonito si no fuera por la nariz levemente filosa. La muchacha boqueó una vez y su asombro paso a furia contenida. -Ajax, ¿puedes explicarme eso? Me hubiera puesto furiosa si me hubieran llamado “eso” en otra ocasión, pero lo cierto es que estaba desconcertada y mareada. No entendía nada y eso era algo que no me había pasado nunca. Ajax, casi a mi lado, habló tranquilamente: -He encontrado un troll en el Museo, a punto de atacar a estas chicas. Logré derrotarlo y una se desmayó, pero Leila fue capaz de ver al troll- se volvió a mirarme y mis palmas cosquillearon. La rubia pareció salir de su estupefacción y añadió con tono poco convincente: -Puede haber mentido. -No miento- las palabras me salieron con rabia contenida. Estaba enojada. Jamás me habían acusado de mentirosa, yo jamás mentía. Mi madre me había enseñado que eso estaba mal. -Está bien- intentó tranquilizarme Ajax, pero yo estaba cansada de no entender nada. -No, no lo está. ¿Qué es este lugar? ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen con… un carruaje volador? No pienso irme hasta que no me respondan eso. La expresión de la rubia era irritación e indignación, pero las comisuras de la boca de Ajax se elevaron casi imperceptiblemente y me guiñó uno de sus ojos. Mis pulsaciones se volvieron a disparar. -Yo opino que deberíamos explicarle- intercedió él y le sonreí agradecida-. Quizás sea uno de nosotros. 15


La rubia se tensó y yo sentí que contenía el aire. ¿Uno de nosotros? ¿Una qué? Ni siquiera sabía qué eran ellos precisamente. Yo era normal, o al menos me consideraba normal. ¿Por qué estaba tan nerviosa? No, nerviosa no, ansiosa. Algo se agitaba en mi interior, tratando de salir. Un golpecito dentro de mi cabeza me sobresaltó y recordé la noche anterior con disgusto. ¿Tenía que dolerme justo ahora? Mis pensamientos se interrumpieron cuando la rubia sacudió los hombros, rindiéndose y dijo: -Está bien. Cuéntale. Quizás sea una de nosotros. Lo necesitamos, cada vez somos menos. Está bien. Pero si resulta no ser, bórrale la memoria. Abrí la boca para replicar, pero Ajax me lanzó una mirada de advertencia y ella continuó: -Y espero que a la otra le hayas borrado la memoria-. Ajax asintió y la chica suspiró- Está bien. Entonces será mejor de que me encargue de lo del Museo. Ya habrán empezado a preocuparse. -Afuera esta el carruaje- gritó Ajax cuando ella ya salía. Me quedé en silencio. La verdad es que no se me había pasado por la mente lo desesperados que estarían los profesores y mi mamá. Mi mamá. Oh oh. Tenía asegurada una reprimenda, de las buenas. Ajax se aclaró la garganta para llamar mi atención y cuando lo logró, habló con su voz suave: -No te preocupes por tu madre. Paris lo arreglará todo. No te atormentes, era mejor que vinieras conmigo. Ahora- añadió, con un tono más serio- viene la explicación. Nosotros somos Protectores. Nos encargamos de proteger a las criaturas mágicas de otras fuerzas que deseen utilizarlos y de ocultarlos de la humanidad. Se calló cuando levanté una mano. Necesitaba procesar eso. -Vayamos por partes. ¿Son humanos? Se encogió de hombros. -Sí lo somos, pero aún así somos diferentes. Tenemos más resistencia, más velocidad y mayor fuerza que un humano normal. ¿Nunca has sentido algo así antes? Me callé. Sí lo había sentido. Ahora sabía por qué era la más rápida del curso y porqué no me cansaba demasiado en Educación Física y en las competencias. Pero… yo no podía ser “uno de ellos” ¿o sí? Al ver la corroboración en mi mirada, Ajax pareció casi satisfecho. Él apostaba a que era uno de ellos. -¿Qué criaturas mágicas?- alcancé a preguntar. Él se encogió de hombros.

16


-Bueno, hay muchísimas. Cuanto más grande es la ciudad, más atrae a las criaturas. Ésta ciudad es enorme, por lo tanto estamos obligados a tener un cuartel aquí. Los humanos no deben verlos. -Entonces, pueden- dije, sintiendo que algo no encajaba-. ¿Cómo Elena no vio al troll si los humanos pueden ver a las criaturas y ustedes las ocultan? ¿Por qué fue tan importante que yo sí lo vi tal cual era? Ajax se puso serio. -La mayoría de las criaturas entienden que no deben mostrarse. Los troll son estúpidos, por lo que están hechizados para crear una ilusión sobre los humanos. Ellos no lo perciben, pero nosotros sí. E incluso algunos humanos lo hacen. -¿No podría ser yo uno de esos humanos? -No lo creo. La determinación de su voz me dejó algo sorprendida. Le presté atención por primera vez a que no estaba desconcertada por lo que me contaba, ni tampoco dudaba de sus palabras. Aquella cosa que se revolvía dentro de mí lo hizo con mayor fuerza. Ahora lo entendía. Era un sentimiento de familiaridad, similar al sentimiento de seguridad que experimenté cuando Ajax me llevó consigo. Un sentimiento de que podía confiar en él, de que yo pertenecía allí. -Sí- dijo el muchacho, como leyéndome los pensamientos-. Los Protectores reconocemos a uno de nosotros apenas los vemos, y eso nos da una sensación de seguridad. También reconoces a las criaturas mágicas, incluso ocultas por magia o disfraces. -¿Por qué se ocultan las criaturas? O mejor dicho, ¿por qué las ocultan? Él volvió a encogerse de hombros por tercera vez. -Es más seguro para todos. ¿Qué pensarías si de golpe apareciesen cientos de criaturas que se supone no existen? Algunas no son muy buenas de ver, como los troll. Además, mantenemos a raya a las criaturas potencialmente peligrosas, como establece el código 25 párrafo 2… Se detuvo al ver mi expresión desconcertada y exhaló todo el aire. -Si los humanos se enteran de la existencia de criaturas como las que viste hoy, éstas se tornan más poderosas. La credibilidad de la gente los mantiene vivos. Es algo raro, pero algunos se alimentan del miedo o la creencia de que son reales. Realmente lo son, pero los humanos no lo saben. Y las criaturas mágicas, así como los brujos, vampiros, hombres lobo y demás se alimentan de ellos. De la civilización y los pensamientos de la gente. No creo haberlo entendido todo, pero creía saber de qué iba la cosa.

17


-Y… ¿qué hace a los protectores más poderosos, aparte de la fuerza física y todo eso? Quiero decir, un hombre más fuerte que la media también podría ser Protector, ¿no? Por primera vez su tono se volvió dudoso y a la vez interesado, aunque también pareció ofendido, como si le hubiera pedido que se disfrazase de Blancanieves y bailase por ahí. -No cualquiera puede hacerlo. Fuimos entrenados toda la vida para luchar y mantener el orden. Nos entrenan física e intelectualmente desde jóvenes. Pero lo que realmente te señala como un Protector es tu Don. -¿Tu Don?- pregunté con interés. -Así es- daba la sensación de estar diciendo algo muy importante que merecía respeto, y presentí que así era-. Los Protectores nacen con un Don que te caracteriza como tal. En los cuarteles te enseñan a controlarlo. Siempre es algo útil para una misión. -¿Cuál puede ser una misión? -Puede ser cualquier cosa, desde instaurar el orden en un bar mágico, a rastrear criaturas desaparecidas, perseguir criminales y cosas así. Y acabar con Mitra. Fue el odio y también el respeto que imprimió en el nombre que me picó la curiosidad. Además, había dicho “acabar”, algo que generalmente no era sinónimo de “mejores amigos”. Abrí la boca para preguntar, cuando Paris entró como una ráfaga y cerró la puerta tras ella. Parecía cansada, pero satisfecha. -Todo arreglado- dijo mientras se acercaba-. Las autoridades se han calmado y ya no te buscan y tu madre está más tranquila. O quizás tranquila no era la palabra. Advertí por su tono que mi madre estaría sopesando la posibilidad de estrangularme apenas me viera. Se me hizo un nudo en la garganta. Me pregunté qué habría dicho Paris para “calmar a las autoridades”. -Tengo que volver- dije preocupada-. O voy a morir de la peor forma. -Tranquila- me dijo Ajax-. Nadie va a matarte y primero debes hablar con Homes. -¿Con quién? Ajax se encogió de hombros. -Es miembro del Gran Consejo, como todos los Protectores más experimentados. También es el director del Punto. Debió de ver mi cara de desconcierto, porque me levantó con un rápido movimiento y me acompañó hacia las escaleras. Advertí que las paredes estaban forradas de paneles de madera oscura. La escalera no hacía ni un

18


ruido a medida que subíamos. No tardamos en llegar al segundo piso y me detuve, dubitativa, pero Ajax se limitó a sacudir la cabeza. -Un piso más. Por lo tanto, me encontré en el último piso del edificio y… era magnífico. El techo era una gigantesca cúpula de vidrio que te permitía ver el cielo sin luces o cualquier indicio de actividad humana. Las nubes se desplazaban perezosamente por un cielo algo encapotado. -Es precioso- se me escapó. Ajax no pareció escucharme, sino que pasó a mi lado y me rozó suavemente. Sentí un escalofrío. El pasillo también tenía paneles oscuros de madera, como las escaleras, y un delicioso aroma a rosas inundaba el lugar. Unas luces ornamentadas adornaban las paredes y estaban encendidas. Era un lugar cálido y me saqué la bufanda ya que hacía calor allí arriba. Ajax me esperaba a la vuelta del pasillo y me hizo un gesto para que pasara delante de él. Lo hice y casi dejo escapar un grito de miedo cuando crucé. Una bestia del tamaño de un poni pequeño descansaba en la alfombra del piso. Tenía pelaje gris oscuro con vetas más claras, una cola peluda y podría haber pasado por un lobo de no ser por aquél tamaño. Alguien me puso la mano en el hombro e inmediatamente reaccioné con un veloz puñetazo directo al estómago. Sin embargo, mi puño no llegó a destino ya que una mano me detuvo en seco y sentí un perfume masculino cerca de mi cara. -Tranquila, soy yo- protestó Ajax con un bufido, haciéndome avanzar. Al comprender lo que quería me debatí débilmente. -No, por favor. -No va a hacerte daño- me replicó-. Si realmente fueras una amenaza, ya te habría matado. Se me revolvió el estómago, aunque también me hizo sentirme inútil. No me consideraba una amenaza. Bah. El lobo gigante se agitó y levantó perezosamente. Abrió su bocaza en un bostezo y pude ver todos y cada uno de sus colmillos. Qué miedo. El animal me miró y percibí dos cosas. Una, que su mirada era la más inteligente que hubiera visto jamás en un animal, y otra que tenía un ojo celeste y el otro verde. -Weimberg- le saludó Ajax al pasar a su lado-. Hola muchacho. Weimberg sacudió la cola como haría un perro de 200 kilogramos con su dueño y gruñó suavemente en respuesta. Ajax me miró, animándome a que pasase, y yo rogué que el Don de Ajax fuera calmar a las fieras que deseaban comerte. Caminé lo más lejos que pude del lobo gigante y éste 19


me miró con curiosidad. Me quedé helada cuando se me acercó y pegó su húmedo hocico en mi pantalón. Sentí que me temblaban las manos. Sabía que no había que demostrarles miedo a los animales, pero no pude evitarlo ¡¡ Era tan terrorífico!! Sin embargo, para mi alivio, Weimberg perdió el interés en mí y fue a sentarse sobre sus ancas, con la boca entreabierta y su larga lengua roja colgado de un lado. Casi parecía estar sonriendo. Ajax sonreía. -Sí que eres una Protectora, de lo contrario ya te habría atacado. Arqueé las cejas y traté de convencerme de que la idea de golpearlo no era buena. -¿Ah, sí?- inquirí con tono mordaz-. ¿Y si no lo era? ¿Te arriesgaste? Él se encogió de hombros y la idea de golpearlo ya no me pareció tan mala. -Creía que ya lo eras, pero ésta es la comprobación. Espero que no te ofendas. Enarqué las cejas y un sentimiento de furia me inundó. ¿Con que era un experimento? Ya iba a ver. Mi vista se posó en un jarrón y, sin reparar en lo que hacía dirigí mi enojo hacia él. Deseé golpearlo por poner en peligro mi vida sin pedirme permiso. Sin embargo, mi furia se transformó en sorpresa al ver que el jarrón se sacudía primero, y luego se elevaba lentamente al principio, para luego lanzarse con metódica precisión contra la cabeza de Ajax. Éste soltó un gruñido de sorpresa y dolor e incluso dio un respingo. Por desgracia, el jarrón no se rompió con el golpe, pero sí lo hizo cuando toda mi furia se desvaneció y desconcierto y miedo me inundaron. El carísimo y orgulloso portador de una planta del pasillo estalló en mil pedazos cuando cayó al suelo como cualquier objeto que alguien haya soltado. Mi mirada y la de Ajax se cruzaron, con sentimientos varios, hasta que una voz al final del pasillo habló: -¿Ajax? Tuve la suficiente lucidez como para bromear: -¿Escuchan un ruido de algo que se rompe y piensan en ti? Él se limitó a sacudir la cabeza y habló en voz alta: -Sí, vamos en un segundo-. Se volvió hacia mí-. Ven. Lo seguí hacia la voz, o mejor dicho, hacia una pesada puerta de roble de donde había salido la voz. Ajax golpeó suavemente tres veces y cuando escuchamos un “adelante”, entramos. Se trataba de un despacho que más parecía una continuación del pasillo, con alfombra bordó, paneles en las paredes y un pesado escritorio 20


ordenado pulcramente. La pared de detrás del escritorio estaba rebosante de antiguos tomos de vaya uno a saber de qué. Había dos sillas frente al escritorio y nos sentamos allí. Enfrente nuestro se encontraba un hombre de alrededor de cuarenta años, quizás más, de pelo negro azabache cuidadosamente peinado con raya al costado y traje impoluto. A su lado me sentía una vaga. Todo en aquel hombre irradiaba respeto y sabiduría. “Podría ser mi padre” pensé, y luego aparté esa idea de mi mente. El hombre sonrió, mostrando unos dientes perfectos y blancos y dijo: -Podría, pero no tengo hijos. De la sorpresa estuve a punto de caerme de la silla y Ajax enarcó las cejas, pero sólo por curiosidad. Por su mirada adiviné que ya sabía que aquél hombre podía… podía… -¿Puede… leer la mente?- inquirí con voz temblorosa, y a la vez avergonzada. -Así es, pero con los Protectores es más difícil. A veces bloquean totalmente sus pensamientos y mi Don no sirve de mucho. -Su Don- susurré, asintiendo débilmente, y supe quién era aquél hombre. -Así es- repitió él-. Mi nombre es…. -Homes- Sin saber por qué, sonreí. Me gustaba aquél hombre. Me recordaba a un antiguo profesor cuando era chica, al que había tomado mucho cariño. Incluso no me había retado cuando intenté patearle la cara con mis conocimiento de karate a la malvada Iona, la abusona de cuarto grado que siempre molestaba a todos, especialmente a mí. Homes sonrió. -Ya veo que te han hablado de mí. ¿Y tú eres…? -Leila Rivero, señor. -Leila- respondió el hombre asintiendo una sola vez-. Así que… ¿Eres una Protectora, por lo que tengo entendido? Me quedé callada, cavilando, hasta que Ajax dijo: -Lo es. Me lanzó un jarrón a la cabeza sin tocarlo siquiera. Ella tiene un Don. Weimberg lo ha presentido y pudo ver al troll del Museo. -¿Troll del Museo?- inquirió Homes con interés, sin quitarme la vista de encima-. Cuéntame todo, Ajax. Él así lo hizo y cuando finalizó, Homes me miraba más intensamente que nunca. Me sentí como si esperara algo de mí, como si me fuera a transformar en un dragón de ocho cabezas vestido con tutú. -Bueno, Leila- me dijo, sin sacarme la vista de encima-. Entonces tienes un Don, ¿sabes lo que es eso? -¿Algo que te hace diferente? 21


-En cierto modo- concedió él, con un gesto-. Los Protectores nacemos con un Don que nos diferencia de los humanos normales. Generalmente es algo mental que influye en el mundo físico. Tu Don, por ejemplo, es mover objetos sin tocarlos, sólo con la fuerza de tu mente. Probablemente uses más cerebro de lo que usa generalmente la gente. Normalmente un ser humano usa sólo el 10% del cerebro. Nosotros activamos otras partes del mismo. Miré a Ajax sin proponérmelo. -¿Cuál es tu Don? El sacudió la cabeza. -Es de mala educación preguntarle a un Protector sobre su Don- me amonestó, para luego decir, en tono bajo-. Puedo crear visones -Ah- contesté, sin saber si lo decía en serio. Ajax pareció molesto. -Ya te dije que no debes preguntar eso. -Está bien- le conteste con aspereza, molesta por su tono-. Entonces, ¿qué debo hacer? ¿Misiones? Homes asintió. -Los Protectores son entrenados en los centros que se aplican a ello. Éste es uno de ellos. Aquí se entrenan Protectores física y mentalmente para cumplir al máximo nuestro deber. -¿Qué es…? -Ocultar a las criaturas mágicas, mantener el orden entre ellas y controlarlas. -¿Cómo si fueran policías? Ajax hizo una mueca y Homes contestó: -Algo así. -¿Y qué hay de Mitra?- inquirí. Un silencio mortal cayó sobre la sala y casi percibí la tensión en el ambiente. -¿Qué sucede?- pregunté, preocupada. Busqué a Ajax con la mirada, pero éste me esquivó. Cobarde. -¿Qué sabes de ella?- me preguntó Homes. Estaba mortalmente serio. Me encogí de hombros y la tensión se disolvió. -Una vieja enemiga, nada más- me respondió el más adulto de los tres-. Nada de que debas preocuparte... por ahora. -Mmm… ok. Gracias. Entonces, ¿me llamarán cuando haya una… misión?- indagué, mientras me proponía investigar todo cuanto pudiera sobre aquél enigmático nombre. Ni de lejos mi curiosidad había sido saciada. 22


Homes me miró, un poco sorprendido. -Claro que no. Vendrás a vivir aquí. -Pero… mi mamá…- estaba tan sorprendida que me trabé con las palabras. -Ella lo entenderá. Después de todo, tu naturaleza no debe haber pasado desapercibida todo este tiempo. Y estará más segura si te alejas un poco, ya que tu presencia atrae a las criaturas mágicas, ellas vendrán a pedirte ayuda todo el tiempo. Podrás visitarla, naturalmente, pero estudiarás y te entrenarás aquí. Dime, ¿sabes equitación, natación, artes marciales o algo así? Sonreí, sintiéndome en mi campo. -Todas ellas. Homes me devolvió la sonrisa. -Entonces tu madre te preparó muy bien. No entendí del todo lo que quiso decir, pero asentí y, junto con Ajax, nos dirigimos fuera. Los restos del jarrón roto aún reposaban en la alfombra y un sentimiento de culpabilidad me invadió. -Esto… lo siento. No quise romperlo. -Está bien- me tranquilizó Homes desde su despacho, ni siquiera me había dado cuenta que se había vuelto-. Todos podemos tener accidentes. -Lo pagaré- prometí. Sin embargo Ajax me tomó del hombro (me estremecí con su contacto) y me acompañó de vuelta a la recepción. Mientras bajábamos de las escaleras, Ajax me dijo: -Tendrás que hacer el equipaje para mudarte aquí. Te daremos una habitación pero será mejor que no te olvides nada, ¿ok? Asentí sin muchas ganas. Como cualquier adolescente, muchas veces había soñado con mudarme sola o con una amiga, pero tan pronto, con solo dieciséis años… sinceramente no estaba preparada. Y también iba a extrañar terriblemente a mi madre. Imaginármela sola en mi casa me hizo sentirme desgraciada. Ella parecía fuerte por fuera, con su poderoso trabajo y su séquito de insultos, pero yo sabía lo frágil que era por dentro y que lo único que impedía que se volviera loca era yo. No podía soportar tantas cosas ella sola: su apestoso cuñado, el abandono de su marido, su trabajo demandante y lo poco que veía a su hija mayor. Y ahora yo me iba. Era una hija malvada, no tenía nada que envidiarle a las hermanastras de Cenicienta. La recepción nos recibió con el cálido resplandor de la chimenea y una tranquilidad que agradecí. Sin embargo, no duró mucho ya que unos pasos sonaron desde algún lado a mi izquierda y una puerta se abrió, revelando 23


a Paris, que se encaminó hacia nosotros con un bolso en una mano y unas llaves en la otra, que tintineaban demasiado estruendosamente. Sus ojos azules, levísimamente rasgados, nos miraron inquisitivamente. -¿Y bien? -Es una Protectora- dijo Ajax, y creí ver una satisfacción en su mirada-. Eso significa que YO tenía razón. La rubia Protectora frunció el ceño y su aspecto algo indiferente pareció desaparecer, por uno más irritado. -Yo jamás he dicho que no lo fuera. Y ahora- prosiguió antes de que alguien pudiese agregar algo más-. ¿Debemos llevarla a su casa? Estuve a punto de soltarle que estaba allí y no tenía ningún motivo para hablar como si fuera la huella de un difunto, pero me callé. -Eso debemos hacer- contestó Ajax, yendo hacia el mostrador y sacando una llave de allí-. Yo manejo. -¡De eso ni hablar!- saltó Paris. Me dio la impresión de que estaba esperando ese momento-. Manejo yo. -¿Y desde cuándo vienes tú? - Tengo que ir hasta la Plaza Central. Yo los llevo. -No iremos en tu auto. Vamos en el mío y cuando llegamos te lo llevas hasta la Plaza. -No- rebatió ella-. Llegaremos más rápido si manejo yo. -Claro que no. Tu auto es demasiado…- se detuvo, como buscando una palabra. Paris parecía capaz de apuñalarlo, a juzgar por su mirada. -¿Si?- preguntó fríamente. -Bueno, yo diría llamativo. -¿Y qué?- protestó ella, y me pregunté qué clase de automóvil era “llamativo”. ¿Uno volador? -Y no pienso subirme a él, seré la burla del mundo. Paris se acercó a Ajax con tanta rapidez que casi no la vi. Era tan alta como él y parecía amenazante. -Si te atreves a insultar a mi auto, Ajax Szyslak, es probable que un día tu querido vehículo sufra un accidente, ¿Me has oído? Los miré asustada, pero entonces ellos sonrieron y supe que esa amenaza no era ni de lejos cierta. Había en la mirada que cruzaron tanta confianza, como si fueran capaces de poner la vida de uno en las manos del otro, y quizás ya lo habían hecho. Me dio cierta envidia, la verdad. Yo jamás había tenido alguien en quien confiar de esa manera. Seguramente habían llevado a cabo cientos de misiones juntos. Y si, me di cierta envidia eso también, envidié a Paris por eso. 24


-Tu auto es maravilloso- dijo Ajax con burla-. ¿Satisfecha? Un brillo travieso apareció en los ojos de la rubia Protectora. -Ni de lejos. Pero iremos en tu auto, y después me lo darás. Ajax se encogió de hombros. -Por mí, de acuerdo. Por lo tanto, nos dirigimos hacia el garaje, que era subterráneo, enorme y estaba ocupado por varios autos. Me gustó un Mini Cooper rojo de techo negro y rayas en el capó, pero seguimos de largo hasta un auto negro, que debía tener más o menos cinco o seis años de antigüedad. Estaba bien cuidado y era muy lindo, pero se notaba que no era nuevo. Paris resopló. -Este auto es una cochinada. Ajax le lanzó una mirada burlona. -Es que yo no voy llamando la atención por ahí. -Lo dices por envidia- contraatacó ella. -¿Cuál es tu auto?- le pregunté con curiosidad. Paris pareció enormemente satisfecha por la pregunta y sospeché que me había ganado su simpatía por eso. -Está allí. Me di vuelta, siguiendo su dedo y casi me tropiezo al ver el auto más… bueno, el más extravagante de todos los que había allí. Se trataba de un convertible, con el techo echado hacia atrás y la parte delantera similar a un Ferrari, con luces alargadas. El interior era de cuero y el vehículo descansaba flamante con su brillante pintura… rosa chicle. Era tan llamativo que incluso dolía la vista. -Eh… ¡¡Es genial!!- dije, apartando la vista. Paris no pareció entender mi tono, pero Ajax soltó una risita y abrió la puerta del acompañante de su auto. -Vamos. Paris, deja de mirar tu auto o te dejamos aquí. La aludida lanzó una mirada enfadada al interior del auto, pero lo vidrios polarizados no le dejaban ver el interior. Me apresuré a subir detrás mientras Paris arrancaba el motor y nos poníamos en marcha. Mi alivio por regresar a casa se transformó en terror cuando nos encontramos en la calle. Paris manejaba, por decir de manera suave, como una saeta. Tenía una habilidad especial en esquivar vehículos de todo tipo y parecía que su pie estaba pegado al acelerador. Mi madre siempre había sido cuidadosa cuando me llevaba al colegio y me maree de sólo ver las figuras borrosas que pasaban a nuestro lado.

25


A tal velocidad no tardamos en llegar al centro e intenté distraerme con un poco de conversación. -¿Qué es el Gran Consejo? - Es el grupo de Protectores más experimentados y sabios que se encargan de dirigir los asuntos de los demás Protectores. Algo así como un gobierno- contestó Ajax casi automáticamente. -¿Y Homes pertenece a ese Consejo? -Sí- esta vez fue Paris quien respondió, y se me encogió el estómago al ver que apartaba la vista de la calle para mirarme, sin bajar la velocidad ni un momento-. Él trajo a Weimberg aquí y pidió la dirección del Punto para entrenar Protectores más jóvenes. La mención del lobo gigante me trajo varias dudas más, así que pregunté: -¿Qué es Weimberg exactamente? -Un lobo muy crecido- dijo Ajax seriamente, pero Paris le pegó en el brazo con su codo y me explicó: -Es un lobo que mantiene un vínculo con Homes. Es por eso que adquirió… aspectos mágicos, por así decirlo. -Es mucho más inteligente que cualquier animal, incluso puede entender el idioma humano. También percibe a los Protectores. Y se hizo más fuerte, más veloz y resistente que un lobo normal. Y más grande, por supuesto- añadió Ajax. -¿Una especie de Protector animal?- pregunté. -Exactamente. Me quedé callada un segundo, para luego preguntar: -¿De dónde sacaron un carro volador? -¿De dónde sacas tantas preguntas?- contraatacó Ajax. Le lancé una mirada ofendida. -Bueno, generalmente las personas que conozco no tienen caballos voladores de mascotas. - Pegasos- dijo Paris automáticamente. La miré desconcertada. -¿Disculpa? -No son caballos voladores- me explicó ella-. Son Pegasos, hijos de Pegaso y yeguas comunes. Por eso, a pesar de tener la apariencia de un caballo normal, tiene alas y la capacidad de volar, así como una mayor inteligencia y velocidad. Todos los cuarteles los crían como medio de transporte mágico. -Algunos crían hipogrifos- añadió Ajax. -Eso sólo en los países del norte- rebatió Paris. 26


Me hundí en el asiento, un poco mareada. Era demasiado. El centro pronto dio lugar a los barrios que ya conocía y supe que estábamos llegando. ¿Cómo sabía Paris dónde vivía?, me pregunté. -¿De dónde proviene mi Don?- inquirí, de repente-. ¿Alguno de mis padres lo tenía? -No necesariamente- respondió Ajax, volviéndose hacia mí-. En realidad, casi nunca. Aunque sí puede ocurrir que en tu familia, muy atrás en el pasado, haya alguien que sí haya tenido un Don. El Don nos hace diferentes. -¿Mejores o peores?- pregunté. Él se encogió de hombros. -Ni mejores ni peores. Sólo diferentes. Fruncí el ceño. -No me gusta cómo suena eso. -No es una maldición- respondió él-. Es algo que nos permite ayudar a las criaturas mágicas. Mozart también era un Protector. Le miré seriamente. -Eso sí que no me lo creo. -Claro que es verdad- intercedió Paris-. Fue capaz de escribir pequeñas obras a los cuatro años. ¿Cuántas personas que conoces lo logran? Tenía un Don que lo hacía muy inteligente. Sacudí la cabeza, pero ya no estaba tan segura. -Ya llegamos- anunció Paris con jovialidad. Me encontraba delante de mi casa. Sentí una sensación de nostalgia, ya que no volvería a ella. Me bajé casi de mala gana y tuve buen cuidado de vigilar que mi madre no estuviera escondida en los arbustos preparándose para apuñalarme en cuanto pasara por su lado. Ajax abrió la marcha hasta la puerta delantera y se detuvo un momento para esperarme. Llegué a su lado y levanté la mano para golpear, cuando la puerta se abrió de un tirón y mi madre se abalanzó fuera. Lancé un grito ahogado de sorpresa, pero me detuve a medio camino cuando mi madre me envolvió en sus brazos y me dio un feroz abrazo. Su cuerpo se movía espasmódicamente y creí que estaba llorando. -Leila- dijo suavemente en mi oído-. Al fin, mi pequeña, pensé que… Se detuvo y me apartó un poco para verme mejor. En cualquier otra circunstancia me hubiera avergonzado que me llamase “mi pequeña”, pero la desesperación de mi madre me detuvo. Ajax me miraba con una expresión entre curiosa y preocupada. -Mamá- dije pacientemente- Estoy bien. No llores, no me ha pasado nada. 27


Ella asintió varias veces, murmurando “sí, si” sin cesar. -Será mejor que pasen- dijo, haciéndose a un lado-. Necesito que me expliquen todo. Nos adentramos en mi casa, y me sentí reconfortada, segura, tranquila y… no tardó en pasar. Ahora sólo me sentía a gusto en mi casa, pero no era ese sentimiento que esperaba cuando crucé el umbral, incluso a pesar del enojo de mi madre. Miré a Ajax y me percaté de que me observaba atentamente. Se acercó hasta mí y me dijo en un susurro: -Ésta ya no es tu casa. Ya no perteneces aquí. En el Punto es donde te sentirás realmente segura. No dije nada. No quería pensar en eso. Me limité a sentarme en los sillones del living mientras mi madre preparaba café. Ajax se sentó junto a mí, tan cerca que percibía el calor de su cuerpo. Intenté frenar los temblores de mi cuerpo cuando mi madre depositó tres tazas humeantes en la mesita y se sentaba frente a nosotros, alisándose la ropa con rápidos movimientos nerviosos. -Mamá- le dije suavemente-. No estés preocupada. Estoy bien, ya lo ves. Miré significativamente a Ajax y él dijo: -Señora Rivero, mi nombre es Ajax Szyslak y estoy aquí en nombre del Gran Consejo para… explicarle un asunto un poco delicado. Me pregunté si delicado era la palabra. Mi madre levantó la vista de su café y me sorprendió ver su mirada comprensiva. Ni un asomo de asombro apareció en su cara. -Tú también tienes poderes, ¿verdad? Casi me caí de puro asombro. Ajax abrió sus ojos como platos y me lanzó una mirada rápida. Mi madre no se había inmutado por eso. Se pasó una mano por sus cortos y ondulados cabellos castaños y nos miró más atentamente. -Sí- logró decir Ajax por fin, mientras yo miraba a mi madre con nuevos ojos. -¿Cómo…? Me sentía tan confundida. No entendía nada. Parecía que eso ya se tornaba una costumbre. Mi madre me miró. -No sé exactamente qué es, Leila, pero sé… fui testigo de varios… accidentes muy extraños. -¿Cómo cuáles?- mi voz fue un susurro. -Una vez, cuando una niñera cuidaba de ti… ella te maltrataba, pero yo nunca lo supe hasta que Elizabeth se animó a contármelo. Tenía 28


muchísimo miedo. Una vez, intentó golpear a tu hermana y tú… le arrojaste un jarrón. Ni siquiera lo tocaste. Estabas en tu cuna, era imposible que pudieses salir. Te limitaste a arrojárselo sin tocarlo. -¿Cómo sabes eso? -Tu hermana me lo contó. Pero yo la convencí de que se había equivocado… para que esté tranquila. Hablaba de fantasmas. Creo que no puedo describir lo que sentí en ese momento… Como si mi vida fuera una mentira. Bueno, tampoco para tanto pero era… extraño. Así que no era la primera vez que golpeaba a alguien con un jarrón en la cabeza. Ya era una costumbre. -Mamá…- intenté decir, pero la voz me falló. -Señora Rivero- dijo Ajax en mi lugar-. Leila… tiene un Don, el de mover objetos con la única fuerza de su mente. Ahora ella es una Protectora, debe controlar criaturas mágicas, como todos los Protectores. Será entrenada en el Punto, el cuartel general en ésta ciudad. No es seguro que ella viva aquí. Imaginaba a mi madre levantándose y, al mismo tiempo que señalaba con un dedo acusador a mi acompañante, exclamaba algo como “¡¡Nunca!!”. Pero sólo se limitó a quedarse sentada, muy pálida y con la vista fija en sus manos. Yo no sabía que decir, por lo que también mantuve la vista fija en mi café. Luego de un momento de silencio, Ajax se levantó. -Yo… las dejo un momento a solas. Advertí su incomodidad y desconcierto. Al parecer, esperaba que mi madre reaccionara y tenía previsto que la conversación durara varias horas. Cuando nos quedamos a solas, mi madre no dijo nada durante tanto tiempo que creí que no diría nada. Pero finalmente, con la cabeza gacha murmuró: -Te extrañaré. -¿Qué?- aquello me tomó por sorpresa. -Que te extrañaré- Su mirada se posó sobre mí, una mirada triste. -¿No estás… sorprendida? -No. Sabía que tenías algo especial, Leila. Que eras… diferente. Otra vez esa palabra. Odiaba lo que podía significar. Me hacía sentir como un extraterrestre. -No mamá. No soy diferente. Ella me miró con comprensión. -Diferente no es algo malo. Y tú no eres una mala persona. Estoy segura de que vas a ser una buena Protectora, hija. Estoy orgullosa. Mi pecho se hinchó de pronto y una ráfaga de furia me inundó. 29


-¡¡Pues no lo estés!!- exclamé-. No estés orgullosa. Yo no pedí esto. No quiero ser diferente. Quiero mi antigua vida. Y no quiero dejarte. Mi madre suspiró. -¿Qué tenía de bueno tu antigua vida? Hice una pausa. -Que estaba segura de quién era y dónde pertenecía. Nuestras miradas se cruzaron y mamá pareció envejecer de golpe. -Leila, aún sigues siendo tú. Naciste con ese Don, por lo tanto no cambiaste. Sólo… no sabías que lo tenías. No cambiaste. Y perteneces con los demás Protectores. No aquí. Y te voy a extrañar, pero nos visitaremos. Asentí sin mucha convicción. Parte de mí quería iniciar una aventura, pero otra parte añoraba lo que nunca iba a regresar. -Yo haré las formalidades necesarias para que ya no vayas al colegio. Te instruirás en… en… ¿Cómo se llamaba ese lugar? -El Punto- dije, con una media sonrisa. -Eso es. Me levanté y ambas nos fundimos en un abrazo. Luego ella me dijo: -Será mejor que no te olvides de armar tu bolso con todas tus cosas necesarias. -Sí mamá. Por lo menos estaba tan pesada como cualquier madre. Era un alivio tranquilizador. Me dirigí hacia mi cuarto y ahogué un grito al descubrir a Ajax leyendo uno de mis libros. -¡¡Eh!!- exclamé enojada, sacándole el libro de un manotazo-. ¿Quién te dio permiso para entrar aquí? Espero que en el Punto los demás Protectores no sean como tú. Ajax esbozó una sonrisa de suficiencia y apoyó los pies contra mi mesa de luz, para sacarlos cuando amagué un golpe. -Claro que no, nadie es como yo. Soy el mejor. Hice una mueca. -Como tú digas. -Ha sido fácil, ¿eh?- me dijo. -¿Eh?- le pregunté, volviéndome del armario, donde estaba sacando ropa. -Quiero decir que tu madre se lo tomó muy bien. Algunas se ponen a llorar, o nos acusan de mentirosos y de ensuciarles la mente a sus hijos con historias fantasiosas. Nada de lo cual es cierto, por supuesto. Me detuvo a medio camino de doblar una blusa y lo miré. -¿Cómo sabes que mi madre no explotó luego? 30


-Lo escuché- me confesó sin una pizca de arrepentimiento. Furiosa, le lancé un almohadón con todas mis fuerzas y él lo frenó en el aire. -Fallaste. Me encogí de hombros y continué guardando todo. Tomé mi libro favorito, “Mujercitas”, y lo guardé con cariño en el bolso. A mi espalda oí un bufido. -Ése libro debe ser más viejo que Colón. -Era de mi abuela- le dije, cansada de que meta las narices-. Ella se lo dio a mi madre y ella me lo dio a mí cuando cumplí doce años. -Ah- dijo él, distraído con una muñeca Barbie totalmente despeinada y semidesnuda-. Mi padre también me regaló algo cuando cumplí doce años. Una daga traída de un viaje a Rusia. Y a mi hermana le regaló la gemela. -¿La gemela? ¿Tu padre…? ¿Tienes una hermana?- pregunté, interesada y curiosa. Ajax se encogió de hombros. -Sí, mi padre me trajo una daga rusa y la pareja de ésa daga fue para mi hermana. Ése fue el último viaje que hizo antes de morir. -Ah, lo siento- murmuré, incómoda-. No sabía que… había muerto. -Fue hace mucho- dijo él sin darle importancia, peinando a la Barbie con dos dedos-. Fue cuando tenía cuatro años. En ese momento no te detienes a pensar. Y Déborah tenía tres años. Fuimos a parar al Punto. Hemos vivido siempre allí, desde que tengo memoria. -¿Y tu madre?- pregunté, aunque me arrepentí inmediatamente de haberlo preguntado. -Murió al nacer Deb. -Lo siento- murmuré. -No tengo ninguna imagen de ella, por lo que no la extraño. Sí, puede sonar cruel, pero es la verdad. Sólo tengo una foto de ella. Y de mi padre ninguna, sólo mis recuerdos. Él nos dejó las dagas como herencia al cumplir los doce. -Debe ser terrible- dije, compasiva. -Sólo un poco- me respondió, dejando la Barbie donde estaba-. ¿Y qué hay de ti?- me preguntó. -Yo… tengo una hermana mayor que vive con su marido. Es odioso y casi nunca la veo. Y mi padre dejó a mi madre cuando estaba embarazada de mí. No sé por qué. Ajax se había situado contra la ventana, con la vista fija en la calle. -Lo que no te mata, te hace más fuerte- murmuró. 31


Me quedé quieta un momento y sacudí la cabeza.

Veinte minutos más tarde entraba en la cocina, acompañada de Ajax y mis pertenencias. Mi madre parecía haberse recompuesto totalmente e incluso sonreía. Me alivió pensar que estaba bien. Ella intentó ayudarme, pero Ajax, galantemente dijo que él sólo podía. Mi madre quedó encantada y me susurró: -Tu novio es todo un caballero. Supe que me había vuelto roja, y esto empeoró al ver que Ajax esbozaba una sonrisita. -Él no es mi novio- dije, lo bastante alto como para que él escuchara. -Ah- mi madre pareció decepcionada, pero luego me abrazó muy fuerte y me dijo-. Te quiero muchísimo, hija. Tal demostración de afecto no era común en ella y me sorprendió gratamente. Devolviéndole el abrazo, le dije al oído: -Yo también, mami. No la llamaba “mami” desde que tenía siete años, y pude ver como se mostraba complacida. Cuando salimos afuera, parecía haber oscurecido muchísimo. Hacía frío y me asaltó la idea, de pronto, de que esa misma mañana mi vida era completamente normal. ¿Cómo podía algo tergiversarse de esa manera? -¿Quieren que los lleve?- preguntó mi madre, pero Ajax sacudió la cabeza. -Gracias señora, pero tenemos nuestro propio vehículo. Mi madre nos saludó desde la puerta de mi casa y sentí impulsos de llorar. Me restregué un ojo y le devolví el saludo. Luego nos encontramos en la vereda. -¿Y ahora qué?- pregunté. -Vamos a casa- me dijo él. -No veo a Paris por ningún lado. -No es con Paris con quien nos volvemos- me respondió, y acto seguido silbó. Por espacio de un par de minutos nada pasó, y abrí la boca para preguntar cuando oí un relincho y un batir de alas. “Otra vez el carruaje no” pensé, pero ante mi sorpresa dos Pegasos aterrizaron frente a 32


nosotros en la calle, sacudiendo sus crines y colas. Uno era blanco y negro, y el otro de color castaño, con las crines y cola negras. Le lancé a Ajax una mirada incrédula. -No vamos a ir en eso ¿verdad? Como protesta el caballo pardo me golpeó el codo con el morro. Ajax sonrió. -Claro que sí, porque sabes andar a caballo ¿verdad? -Sí, pero no en un Pegaso. -Es lo mismo, incluso más fácil. Los Pegasos son muchísimo más seguros e inteligentes. Yo dudaba. -Vamos- me animó mi acompañante-. Es divertido. Y tendrás que acostumbrarte, así que está es una buena manera de comenzar. -¿Cayéndome al vacío desde un caballo volador? -Muy graciosa- me contestó, conduciéndome hacia el Pegaso pardo-. Ella es Kimberley. En el Punto tendrás que entrenar a tu propio Pegaso, pero Kimberley siempre fue utilizada para nuevos Protectores, por su experiencia y su docilidad. Buena chica- dijo, mientras acariciaba la cabeza del animal y le ataba el equipaje por el lomo. La miré a los ojos. Eran castaños y muy cálidos y me dieron seguridad. Me hacían recordar a mi madre. Sin pensarlo me subí a ella y sentí la reconfortante sensación de la silla debajo de mí. Sin embargo, no había riendas donde agarrarme, así que eché un vistazo disimulado hacia Ajax, que acababa de subir de un salto a su Pegaso. Él se percató de mi mirada y me explicó: -Tienes que apretar tus piernas con fuerza y apoyar las manos en el cuello. No te sujetes de las crines ni tires, porque no le va a gustar. La voz me tembló cuando dije: -Ok. Ajax se volvió hacia su Pegaso y le dijo: -Al Punto, chica. Sentí el movimiento debajo de mí con una mezcla de terror y ansiedad. El corazón me golpeaba en el pecho e intenté alejar la idea de que volaría a lomos de un caballo alado con muchas probabilidades de caer al vacío. El estómago se me hizo un nudo. Ya está. Lo había pensado. Kimberley, ajena a mis pensamientos, comenzó a galopar detrás de Ajax. La calle estaba oscura y desierta. Hacía mucho frío, además. Abrí la boca paras comentar algo, cuando las alas de mi Pegaso comenzaron a batirse cada vez con mayor fuerza. Me pegaba en las piernas y me ponía cada vez más nerviosa. Ni siquiera se me planteó bajarme de un salto (aunque 33


habría sido un suicidio) o gritar que pararan. Así que me limité a transpirar (sí, a pesar del frío) mientras ganábamos altura. Los techos de las casas se hicieron lejanos bajo mis pies e hice un esfuerzo por no mirar abajo. Intenté cerrar los ojos, pero eso ocasionó que casi cayera por el costado. No, no servía. Soporté estoicamente bastante tiempo, hasta que oí un fuerte batir de alas y una ráfaga de viento que me hizo ahogarme en mi propio pelo. Escupiendo mechones rubios, abrí los ojos a través del viento y me sorprendí de ver a Ajax, montado en su Pegaso, volando de acá para allá, dando vueltas en el aire y haciendo firuletes. En medio de un de esas piruetas se situó a mi lado, sonriente. Advertí que tenía un diente ligeramente partido. Me dio cierta envidia que ni siquiera se sostuviera del cuello, que pudiera hacer tantas vueltas en el aire y sobre todo, que no tuviera miedo. Él pareció advertir lo que pensaba, porque me dijo: -Tienes que tener confianza en tu Pegaso. Sólo aprieta tus rodillas, es lo más seguro que hay. Kimberley no te dejará caer. Está entrenada para eso. Mantente firme en tu silla y confía en ella. Y en ti, claro. Con un poco de práctica vas a poder hacer cuasi cualquier cosa sobre ella. -Tú tienes muchos años de práctica- mascullé, con los dientes apretados. -Así es- me dijo con una sonrisa de autosuficiencia-. Pero los Protectores aprenden rápido. Intenté cerrar los ojos nuevamente, pero fracasé. Tenía que abrirlos. Me pareció una eternidad el tiempo en las alturas hasta que comenzamos a descender en círculos hasta posarnos en la desierta calleja del Punto. No entendía cómo se sentía tan cerca del centro y al mismo tiempo como un mundo aparte. Nos apeamos y una vez que mis pies tocaron el suelo y sacado el equipaje, ambos Pegasos alzaron el vuelo y se dirigieron sobrevolando el techo lejano del Punto. -Van a las caballerizas- dijo Ajax. Me volvía hacia él. -El Pegaso que llevabas, ¿era el tuyo? Una expresión casi de ternura apareció en los ojos del muchacho. -Sí, desde los siete años que me acompaña. Yo mismo lo adiestré. Eleazar es mi compañera. -Ese… eh… ¿no es un nombre de varón?- pregunté-. Eleazar, quiero decir. Él sacudió la cabeza. -Para mí, no. -Ah. 34


No supe qué decir por lo que nos dirigimos hacia el Punto. Ajax llego primero y me sostuvo galantemente la puerta abierta. No pude evitar una sonrisa. Una vez dentro nos recibió la cálida sala de espera, donde descubrí una niña muy pequeña sentada en uno de los sillones, leyendo la revista People con algo de desinterés. Tenía el pelo tan anaranjado como Ajax, le llegaba hasta el hombro y estaba compuesto por diminutos ricitos pelirrojos, a excepción de la parte superior de su cabeza, donde se había agarrado el pelo de forma tirante. Parecía tan delicada y bonita como una muñeca de porcelana, pálida y pequeña. Estaba vestida por unos vaqueros y una camiseta negra estampada con el logo de Simple Plan. Sin levantar la vista, comentó: -Paris te estaba buscando. Estaba preocupada porque no llegabas de tu misión en busca del pixie. Le dije que estabas bien y que eras muy capaz de cuidarte, pero ella se puso loca y se fue a buscarte, diciendo algo así como que te iba a arrancar la cabeza y dársela a Weimberg. Levantó la vista y reparó en mí. Tenía una cara pequeña y delicada, de grandes ojos celeste cielo que no mostraron el menor signo de sorpresa. Ajax se adelantó. -Ya lo sé, pero ya hablé con Paris, incluso con Homes. Está todo solucionado- hizo una pausa y me indicó con un gesto que me adelantara-. Ella es Leila Rivero., la nueva Protectora. Los ojos de la niña pelirroja brillaron con interés. -¿Nueva Protectora? Ya era hora de que apareciera otra- sonrió y pude advertir que tenía los caninos puntiagudos y afilados, algo que contrastaba terriblemente con su aspecto de muñequita-. Yo soy Déborah Szyslak. Claro, la hermana de Ajax. Eran muy parecidos, ¿cómo no me había dado cuenta? Él me había hablado de ella en mi casa. -Deb- llamó él-. ¿Por qué no acompañas a Leila a su habitación? Ayúdale con el equipaje. Tengo que hablar con Homes. Ella asintió con la cabeza, y tomando el equipaje se dirigió a las escaleras. La seguí, preguntándome cómo haría para subir con aquella carga, pero lo descubrí muy pronto al ver que en la pared había un rectángulo con botones a un lado, similar a un pequeño ascensor. La muchacha manipuló los botones y el compartimiento se abrió. Luego colocó el bolso y volvió a cerrarla. Yo me quedé mirándola, hasta que se volvió hacia mí y me dijo: -Por aquí.

35


La seguí en silencio hasta el segundo piso y una vez estuvimos en el pasillo, ella se volvió hacia mí con tanta rapidez que me asusté. Por un momento incluso no vi su sonrisa. -Bienvenida. Serás casi mi compañera de habitación. Estarás al lado de la mía. -Gracias- dije, un poco azorada. Ella seguía sonriente y empezó a caminar con mayor rapidez. -Será genial. El ala de las chicas está casi vacía. -¿Hay pocas chicas? -Además de mí, están Paris, Katy y Kim. -Ah. ¿Y qué hay de chicos? Déborah sacudió la cabeza. -También muy pocos. Sólo cinco. Me concentré en las paredes, pensando cómo nueve personas podrían mantener el orden de una ciudad llena de criaturas mágicas. Déborah pareció saber qué pensaba (¿era tan obvia siempre?) y me dijo: -Hay más Protectores. Aquí se alojan los que están en fase de entrenamiento. Los adultos… generalmente llevan una vida normal. A excepción de ciertas misiones, claro. -Y… ¿nosotros podremos llevar una vida normal cuando seamos adultos? Ella lo pensó un momento. -Sí, no los retendrían, pero una vez que te acostumbras aquí, se hace muy difícil el alejarte. Una vez que eres Protector, lo eres para siempre. Incluso los adultos cumplen sus misiones, esperan ardientemente que los llamen, y participan de las opiniones del Gran Consejo. No dije nada. No creía acostumbrarme. Había dejado atrás prácticamente toda mi vida, a mi mamá, a mi mejor amiga, a mi casa, e incluso sentía que extrañaría mi colegio. Déborah, sin embargo, parecía muy entusiasmada porque estuviera allí, y habló sin cesar todo el camino hasta mi habitación. Intenté prestarle atención, pero hablaba tanto que me perdía una y otra vez. Y no es que le prestara demasiada atención. Estaba agotada. Ni siquiera podía creer que cuando me había levantado aquella mañana, era un día normal como cualquier otro. No. El pensamiento me llegó como un rayo. Siempre había tenido esos poderes, pero ocultos. Mi madre me lo había dicho. Y además estaba aquél dolor en mi cabeza la noche pasada (¿había sido hacía tan poco?) que me había hecho llorar. -Eh… Deb- dije, interrumpiendo su parloteo. Ella se volvió en redondo, haciendo que sus rizos pelirrojos ondearan hacia un lado. 36


-¿Sí? Sin darme tiempo a pensar demasiado, le relaté el episodio de la noche anterior y le pregunté qué pensaba acerca de ello. Ella se quedó un momento en silencio, pero luego asintió comprensiva. -Es normal en los Protectores. A todos les pasa, tarde o temprano. Es el signo de que sus poderes se activan. Aunque… me pregunto qué habrá sido eso de las luces apagadas. -Un detalle sin importancia. A veces nos cortan la luz. Ella frunció el ceño y sacudió la cabeza. -Será mejor que entres y te acomodes. Puedes decorar la habitación como más te guste, es tuya. Yo vendré enseguida, no me tardo. -¿Adónde vas?- pregunté, temerosa de quedarme sola. -Intentaré… hay que verificar que el corte de luz no haya sido intencional… y no precisamente hecho por los de la empresa. -¿Qué quieres decir?-. Estaba entre asustada y confusa. Pero Déborah ya se alejaba por el pasillo. Desde lejos me llegó su voz. -Qué quizás estén acechando tu casa.

37


2

La habitación era pequeña. Sólo había una cama, un escritorio y una silla, y dos cómodos sillones frente a una chimenea. Ah, y un armario en la pared. Comencé a ordenar mi ropa para distraerme, pero ¿quién podía pensar en otra cosa cuando te enteras de que quizás tu casa esté acechada por cosas que hasta veinticuatro horas atrás no creías que existían, y donde tu mamá podría estar en peligro? Imposible. Cuando terminé, me quedé sentada mirando la pared, retorciéndome las manos y estrujando el acolchado. ¿Dónde habría ido Deb? ¿Cuándo volvería? Estaba tan concentrada que me sobresaltó el golpe en la puerta. Sin pensar casi corrí y abrí la puerta, donde me encontré con nada más ni nada menos que con Homes. Lo sorpresivo de la visita casi me hizo cerrar la puerta en la cara del Director. Él me sonrió con disculpa. -Yo… eh… Sólo venía a buscarte. ¿Te importaría acompañarme? -¿Mi madre está bien?- pregunté de inmediato. -Sí, por ahora. Hemos puesto vigilancia. -¿Por qué? -Si vamos a mi despacho, responderé con gusto tus inquietudes. Me callé la boca, pero lo seguí. En la entrada del despacho esperaba Weimberg, echado cuan largo era, pero que agitó la cola alegremente al vernos. Homes no le prestó atención y me hizo un gesto para que entrara y me sentara en el sillón. Luego él se situó en su sitio correspondiente. -Bueno, debes saber que Déborah se comunicó conmigo luego de escuchar tu relato de la noche anterior, cuando tus poderes se activaron. Asentí. -Entonces, hemos decidido investigar. Tu madre nos recibió esta tarde y nos contó que no sólo estaba cortada la luz, sino también el teléfono y el agua. Di un respingo. -¿El teléfono? Ay, no. Eso es malo. ¿Cómo… cómo se comunicará si…?me detuve al ver la mano levantada de Homes. -Tu madre tiene teléfono celular, y aún funciona. Hemos rastreado su casa, tanto por dentro como por fuera. Me sonó extraño que dijera “su casa”, pero recordé que ya no vivía allí ni era mi hogar. -¿Y qué encontraron?- pregunté en un susurro. 38


-Indicios de que “algo” había estado rondando tu casa… y faltaban algunos efectos personales tuyos. Tu madre fue testigo y ella fue la que se dio cuenta de que había desaparecido algunas de tus pertenecías. No sabía qué pensar. ¿Quién querría mi ropa, o algo así? Me había llevado lo más importante de allí. Homes pareció despertar. -No te preocupes, estamos vigilando. Tu madre está a salvo. Los fines de semana puede venir a visitarte todo el tiempo que quiera. Y ahora será mejor que te dé tus horarios. Mañana empiezas aquí. Por las mañanas tendrás tus estudios y por la tarde tus entrenamientos. Abrió un cajón y me entregó un horario. -Gracias- le dije, tomándolo. El Director me acompañó hasta la puerta. -Si tienes alguna pregunta, puedes venir aquí. Los demás alumnos también podrán ayudarte. Estaba a punto de cruzar, cuando me volví de nuevo hacia él. -Señor, ¿tienen alguna idea… de quién podría haber sido? El rostro de Homes estaba serio. -Estamos averiguando lo que podamos. Por ahora no tenemos pistas claras. Pero presentí que estaba mintiendo.

Estaba revisando el horario por quinta o sexta vez, cuando un gong resonó por todo el edificio y me hizo saltar en la cama. Me levanté, agitada, mientras mi mente giraba como un torbellino con la idea de un ataque. ¿Ésa era la señal de que nos atacaban? ¿Qué podía hacer yo? Casi me caigo de la cama cuando alguien golpeó la puerta. El “adelante” que brotó de mi boca pareció más un graznido de un pájaro que una voz humana. La puerta se abrió y Déborah se asomó, preocupada. -¿Estás bien? Me sentí como una idiota, así que intenté disimular, asintiendo. -Homes te ha contado lo que ha pasado hoy ¿verdad?- me dijo, acercándose. -Sí. Ella me miró un momento, pero luego dijo: 39


-Será mejor que te cambies. El gong de la cena acaba de sonar. Imposible no escucharlo. Tenemos media hora desde que suena para presentarnos en el comedor. ¿El gong de la cena? Ahora sí que me sentía idiota. Casi me dieron ganas de reírme. Reparé en que ella se había puesto una especia de vestido sencillo y muy bonito de color verde, que le llegaba hasta las rodillas y tenía un cinturón más oscuro. Le quedaba muy bien. -Hay que vestirse elegante- me explicó, mientras abría mi armario y revisaba las prendas. Dejé a un lado el horario mientras ella sacaba una falda blanca y una blusa del mismo color. -Esto está bien. Te quedará genial- me dijo, alegremente. Se dio vuelta mientras me cambiaba, y se concentró en mi horario. -Por fin no seré sólo yo la que deba estudiar. Odiaba ser la única. -¿La única?- pregunté, extrañada. -Sí. Los demás ya han terminado el colegio. -¿Ah, sí?- pregunté, aturdida. Me había imaginado las clases con todos aquellos chicos tan raros, (la mayoría que ni siquiera conocía). Incluso había imaginado las clases con Ajax como compañero. Me sentí decepcionada, pero me contuve. Ajax era mayor que yo. Seguramente había terminado el colegio. -Yo terminaré este año- dije, para romper el silencio. -También yo- añadió Deb desde mis espaldas. Me detuve, con la blusa a medio poner. ¿Era Déborah una niña súper inteligente? ¿O enseñaban muy rápido aquí? -¿Cuántos años tienes?- pregunté. -Dieciséis. Ay, no. Tenía mi edad. ¡¡Y yo la había tomado como una niña!! Cierto, cierto, Ajax me había dicho que su hermana era dos años más joven que él. ¿Cómo me había olvidado? Tendría que haberme extrañado. No cualquier niña era tan madura como Déborah. Deseé que su Don no fuera leer la mente. Me moriría de vergüenza. Dios. -¿Ya terminaste? - la voz de Déborah me hizo salir de mis pensamientos y me apresuré a arreglarme la blusa. -Sí. Ella me miró con ojo crítico. -Estás muy bien así. Pero, si me permites, te peinaré. Me encogí de hombros mientras ella tomaba mi peine y cepillaba mis rulos. Aún me carcomía el miedo de que hubiera leído mis pensamientos. Un momento, ni siquiera sabía si ese era su Don. Es que… Déborah daba 40


una ilusión de niña delicada y angelical, sin mirarle los dientes, claro. A decir, verdad, era bastante alta, me llegaba a la altura de mis orejas. Claro que yo no era ninguna Gulliver en Liliput, pero… me interrumpí cuando Deb me dijo, satisfecha: -Ya está. Me volví para mirarme en mi espejo… y me quedé con la boca abierta. Déborah me había sujetado todos mechones sobre la cabeza con una flor negra que había pertenecido a mi madre, y había dejado caer los rizos rubios a los costados de mi cara. Jamás me había hecho ese peinado antes, y me encantaba. Estaba casi irreconocible. Pero Deb no había terminado. Me delineó los ojos y me prestó unos aros enormes y elegantes de su colección. No podía dejar de mirarme en el espejo. -Bueno, ya hemos terminado. Ahora será mejor que bajemos porque es casi la hora. Por lo tanto nos dirigimos hacia el último piso, pero en la dirección opuesta hacia donde se encontraba el despacho de Homes. Al final del pasillo había una enorme puerta doble de madre y vidriada, y cuando la cruzamos nos encontramos en una larga estancia, con el techo en forma de cúpula mostrándonos el cielo estrellado y con las paredes decoradas con plantas que dejaban caer sus tallos llenos de hojas de varios colores sobre las paredes, como si éstas estuvieran hechas de verde. El suelo era de linóleo encerado y brillante, y había dispuesta una mesa larga con silla acolchonadas. Una cascada artificial vertía sus aguas entre las piedras y una suave música de fondo armonizaba el lugar. Los platos y cubiertos estaban dispuestos y había un mostrador con varios platos para elegir. Justamente eligiendo en ese momento se encontraba dos chicos. Ambos eran de la altura de Ajax y debían tener su edad. Uno de ellos era de complexión musculosa, piel tostada y pelo negro cortado al ras. El otro, era mucho más delgado, de piel muy blanca y pelo rubio con un abundante flequillo, al menos que ella pudiera ver, ya que ambos estaban de espaldas. Tenían pantalón de vestir y camisas, el rubio de color celeste y el moreno de color verde. Me quedé mirándolos, hasta que Déborah me tocó el brazo para llamar la atención. -Ven. La seguí hasta la mesa de comidas, donde aún continuaban ambos muchachos. Ni siquiera repararon en nuestra presencia hasta que Deb carraspeó. Entonces pude ver sus caras. El moreno tenía mandíbula cuadrada y unos ojos castaños cálidos e inteligentes. El rubio tenía los ojos tan claros que eran casi blancos, y una cara más alargada. 41


-Hey chicos, ella es nuestra nueva colega, Leila Rivero. Leila, ellos son Kade Bartra y Rasmus Poulsen. Les sonreí tímidamente, mientras murmuraba un “hola” algo bajo. Sin embargo, ellos me sonrieron ampliamente y me devolvieron el saludo con fuertes acentos extranjeros. Luego se fueron con sus respectivos platos. Nos apresuramos a elegir los nuestros y volvimos a la mesa. Allí se había congregado un pequeño grupo de gente. Nos sentamos una junto a otra, mientras observaba disimuladamente a los demás. Ajax había ido a juntarse con Rasmus y Kade, y charlaban animadamente. Paris conversaba con una muchacha pálida, de negros y lustrosos cabellos negros, que a todas luces era asiática. Del otro lado se encontraba una joven de pelo lleno de tirabuzones hasta el hombro de color negros, a excepción de un mechón de color fucsia. Tenía cara ovalada y bonita, con ojos celestes y dientes puntiagudos. Todos. Algo en esa chica me dio escalofríos. También había dos chicos tan iguales que estaba segura de no reconocerlos por separado. Tenían el pelo rubio algo largo, ojos castaños y pecas, caras redondas y narices respingonas. Comían en silencio, pero se notaban que estaban atentos a las conversaciones. Acababa de finalizar mi análisis en la mesa cuando Deb se levantó y palmeó un par de veces. -Atención, por favor- dijo, disfrutando su papel de profesora en una clase-. Les presento a nuestra nueva Protectora, Leila Rivero. Leila, levántate. Hice lo que me pedían un poco nerviosa. Nueve pares de ojos se posaron en mí. Me sudaron las manos y no se me ocurrió mejor cosa que decir que: -Hola. Bien, ahora había quedado como una imbécil delante de todos los Protectores. Sin embargo, para mi sorpresa, todos al mismo tiempo aplaudieron tres veces y dijeron: -¡¡Bienvenida!!

La cena resultó deliciosa. Y no solo por la comida. Hablé con todos los Protectores y me enteré de muchas cosas. Kade había nacido en Egipto y desde hacía cinco años vivía aquí. Decía que extrañaba a sus hermanitos y a sus padres, pero se mantenían comunicado por Internet y tres veces al 42


año viajaban al Punto. Kade viajaba a su país dos veces por año. Me impresionaba su forma de hablar y las palabras que empleaba, como si fuera un profesor de Harvard y era un chico tan tranquilo que me hizo sentir relajada. Rasmus provenía de Dinamarca. Me contó que aún no se acostumbraba a las temperaturas de aquí aunque hacía ya cuatro años que se alojaba en el Punto. Su mamá y su hermanita lo visitaban muy seguido. A pesar de que no me lo dijo, advertí que su familia debía tener dinero. Kim era de China. Tenía diecisiete años y un hermano mayor que estaba casado y trabajaba en su país. Si tuviera que recalcar algo de Kim, en todo el tiempo que pasamos juntas, podría haber dicho, y me lo demostró esa noche, que era una persona paciente, amable y pacífica. Además sabía mucho de Karate, ya que lo había aprendido muchísimo antes de entrar aquí, hacía tres años y medio, y nos entretuvimos hablando de las diversas técnicas de esa disciplina. Nikolay y Sergey Pávlov era rusos, e idénticos, además. Al principio se mostraron tímidos, pero una vez que comenzaron a hablar demostraron que tenía un gran sentido del humor y que hablaban por turnos para completar una misma frase. De Katy no pude averiguar gran cosa. Acercarme a ella me daba escalofríos, especialmente al ver su sonrisa de dientes afilados. Había algo en ella que me incomodaba. Es por eso que la evité todo lo que pude. La cena terminó cuando el gong sonó nuevamente y todos nos pusimos en pie. Todos me saludaron afectuosamente y luego se retiraron a sus habitaciones. Deb me acompañó a mi cuarto y mientras me vestía, mi mente vagó sobre lo que vendría y lo que dejaba atrás. El despertador sonó junto a mi oreja y lancé un manotazo para apagarlo. Era un sonido tan familiar que creí por un momento que estaba en mi casa. Me desconcerté al ver la pared de color blanco enfrente mío y aquella habitación que no me pertenecía. Luego recordé donde estaba. Mientras me bañaba y preparaba, escuchaba la melodía de “What if”, de Simple Plan, hasta que se cortó y unos golpes en la puerta me condujeron hacia allí. No me sorprendió ver a Deb en la puerta, con vaqueros y una camisa rosada, esperándome. Me sonrió al verme y dijo: -Me alegra que estés lista. En media hora debemos presentarnos en la biblioteca- Evidentemente debía haber visto mi expresión, porque agregóNo te preocupes, yo te ayudaré. 43


Bajamos a desayunar, Deb parloteando sobre lo que eran las clases en el Punto, y yo trataba de seguirla lo máximo que podía. En el comedor estaba casi vacío, a excepción de Kade y Rasmus, que parecían muy concentrados viendo una carrera de… Pegasos. Me quedé en mi lugar, sin apartar la vista del televisor. Los animales galopaban por la pista agitando sus alas para aumentar su velocidad, pero sin levantar los cascos del suelo. Sus crines y colas volaban al viento. Un Pegaso gris mantenía la delantera, pero otro de color blanco se mantenía muy pegado a él. Tanto Rasmus como Kade parecían muy entusiasmados con la carrera, pero cuando el Pegaso blanco se puso a la delantera y ganó, Rasmus soltó una palabra que, a pesar de que no la entendí, hubiera jurado que su madre le hubiera lavado la boca si lo hubiera oído. Estaba tan interesada por esto, que Deb tuvo que llamarme desde la mesa, y cuando lo hice, enseguida le pregunté: -¿Qué es eso de una carrera de Pegasos? Ella sacudió la cabeza. -Carreras, ya saben, campeonatos y demás. Algo que sólo a los hombres puede interesarle. -¿Ah, sí?- le pregunté, arqueando las cejas-. ¿Y cuál es el programa que miras? Ella sonrió, animada. -Te enterarás esta noche. Es genial. Me encogí de hombros y me concentré en mi desayuno, hasta que Deb me avisó que debíamos subir si no queríamos llegar tarde. Por lo tanto nos apresuramos a ir hasta la biblioteca, entre pasillos que me imagine, tardaría siglos en recordar. La biblioteca, debo confesarlo, me maravilló. La cúpula de vidrio sobre nuestras cabezas nos mostraba un día apacible, con algunas nubes y con aspecto de ser muy frío. Sin embargo, allí dentro el ambiente era cálido, y todas las paredes estaban forradas de estantes con tomos y tomos de libros. Sobre la alfombra rojo oscuro había mesas para estudiar, y cientos de estantería sin orden ni concierto aparente, con libros en los estantes. En el centro del lugar, había un escritorio circular con computadoras y sillones, y una chimenea encendida, de la que reparé luego, se encontraba en un esquina, decorada con piedras grises. -Es lindo ¿eh?- me dijo Deb, reparando en mi mirada. -Es maravilloso- dije, medio hipnotizada todavía, hasta que una voz detrás de mí me sobresaltó: -Bueno, me alegra que te guste, ya que aquí estudian los Protectores en edad escolar, actualmente tú y Déborah. 44


Me volví hacia Homes con una sonrisa algo de disculpa. -Sí, me gusta mucho. Él nos hizo un gesto hacia la mesa para que nos sentemos y una vez que nos acomodamos, comenzó su clase. Empezó explicando geografía. Generalmente en el colegio me aburría o cansaba mucho, y no cesaba de consultar en reloj para saber cuánto faltaba para irnos. Sin embargo, esta vez nada de eso sucedió. Homes sabía muchísimo, y su clase era rápida y agradable, sin hacerla pesada. Explicó muchísimas cosas, y admito con orgullo que comprendí perfectamente todo lo que dijo. Tomamos apuntes y él me ayudó cuando me perdía. En cambio, Deb parecía seguir aún más rápido la clase que yo, no se equivocó ni una sola vez y levantaba la mano cada vez que Homes hacía una pregunta. Además me ayudaba tanto como Homes cuando iba demasiado rápido para mí. Cuando la clase terminó, al mediodía, salí con una sonrisa y ganas de otra clase más. -Eso tendrá que esperar hasta mañana- me dijo Deb cuando le pregunté si tendríamos otra clase-. Sólo hay estudios de mañana. Por la tarde nos entrenamos, cuidamos a los Pegasos y nos ocupamos de nosotros un poco. No creas que exigimos sobremanera aquí, también hay tiempo de ocio y, créeme, después de un tiempo te gustará vivir aquí. Los demás chicos son geniales, y con un poco de suerte entrarán algún Protector nuevo. -Por lo que veo, eso no ocurre a menudo- deslicé como al pasar. Ella pareció abatida mientras entrábamos al comedor. -Por desgracia, somos demasiado pocos. Fue toda una sorpresa para nosotros tu llegada.

Luego de la comida, nos dirigimos al, como lo llamaba Deb, “centro de entrenamientos”. Se trataba de un lugar inmenso como una cancha de fútbol, donde al parecer constaba de ciertas partes: en un costado se veían varias colchonetas apiladas, de las cuales algunas estaban siendo desparramados por el piso por Ajax y Rasmus. Kade, Sergey y Kim charlaban a un costado, subidos a una mesa que se encontraba contra la pared. Katy estaba en el piso, con aspecto aburrido. En un de las esquinas se encontraba un inmenso armatoste de madera, de varios metros de altura, del cual colgaban sogas anudadas. Hacía recordar los juegos de los 45


salones infantiles donde los niños subían, bajaban, escalaban y saltaban. Aquél tenía un aspecto similar, pero mucho más serio y complicado. Parecía un auténtico recorrido para soldados. También había otros recorridos igual de complicados, e intenté no pensar demasiado en lo que se quejarían mis huesos más adelante. -Aquí estamos- saludó Deb alegremente-. Buenas tardes, muchachos. Todos respondieron con un “buenas tardes” muy familiar, y luego nos dirigimos hacia el centro de las colchonetas. Ajax trajo varios bastones de maderas y los colocó en el piso. -Creo que, por ser el primer entrenamiento de Leila, deberíamos practicar los golpes y movimientos básicos- declaró el muchacho. Todos estuvieron de acuerdo y cada uno eligió un bastón. Yo los miré con expectación, intentado disimular que no tenía idea de lo que iban a hacer. Rasmus tomó otro bastón y me lo tendió. -Creo que este será bueno para tu altura y peso. Le sonreí y tomé el bastón. Era algo pesado. Mientras tanto, Ajax se había colocado en el centro y los demás Protectores a su alrededor. -Será mejor que hagamos una demostración nosotros mismo- declaró el joven-. Luego, Leila podrá practicar con quien quiera. ¿Qué opinas, Leila? -Me parece bien- contesté, mandando al traste mi intento de parecer tranquila y confiada. Me moría de miedo de pensar que pasaría vergüenza en el centro de las colchonetas. Mis prácticas de karate no iban a servir demasiado. Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando Ajax preguntó: -¿Algún compañero voluntario? -Yo- respondió inmediatamente una voz. No me costó demasiado imaginar a quien pertenecía la voz. Efectivamente, Paris salió del grupo, bastón en mano, y se enfrentó a Ajax. Él sonrió burlonamente, y comprendí que estaba esperando eso. -Muy bien- luego se volvió hacia mí-. EL entrenamiento consiste en golpear con el bastón la zona del abdomen y los puntos débiles del rival. Finaliza cuando uno de los rivales cae o se rinde. -¿Solo así?- pregunté, ya imaginando mi cadáver apaleado. -Solo así. Me hice a un lado cuando ambos contrincantes se colocaron duros protectores en varias partes del cuerpo y se enfrentaban.

46


Lo que siguió es difícil de explicar. Ajax y Paris se movían a tal velocidad que resultaba difícil seguir la pelea, pero ambos atacaban con saña y vigor. Me sorprendía que ninguno cayera, pero lo cierto es que era muy difícil que se golpearan, ya que se movían con demasiada rapidez. La pelea duró alrededor de diez, minutos, momento en que los demás interrumpieron alegando que ellos también querían practicar y que la pelea era interminable. -Una pelea entre ustedes siempre termina así- se quejó Deb. -Ahora será tu turno, dulce hermanita- le respondió Ajax con burla-. Y podrás golpear a quien tú quieras. -Yo creo que deberíamos dejar que Leila tenga su clase, y que elija a su rival de entre nosotros- intercedió Kade. Sentí como me abrasaba el pecho. ¿Yo? Me iban a hacer papilla. Por Dios. No quería ni imaginármelo. Sin embargo, avancé a paso lento mientras mi mirada recorría el círculo de Protectores. ¿A cuál elegir de entre los Protectores? Debían tener mil años luz de experiencia, y yo… nada. Abrí la boca para nombrar a Deb, pero me contuve. Ella era capaz de golpearme hasta el cansancio hasta que aprendiera a bloquearla. Así que en su lugar, dije: -Elijo a Ajax. No sabía por qué nombré precisamente a él. No era porque tenía la esperanza de que estuviera cansado de su reciente pelea. Tampoco era porque prefería luchar contra él antes de que Deb me aplastara. Yo quería que él sea mi rival. Ajax pareció un tanto sorprendido de que lo hubiese elegido, pero ingresó en el círculo sin decir una palabra. Me planté en el piso y tomé el bastón con mis dos manos, dejando un espacio entre ambas. Ajax sonrió levemente al ver mi postura. -Después de todo, no eres una principiante. Nos mentiste. No pude evitar sonreír. -Ya estoy lista. Él asintió y, de pronto, saltó hacia adelante y con la punta roma del bastón golpeó mi pecho y me tumbó hacia atrás. Hubo un silencio de muerte mientras recorría la estancia con mirada confundida. Ajax me miró triunfal. -No estabas lista. No debes bajar la guardia nunca, ni entretenerte, ¿de acuerdo? -¡¡Estábamos hablando!!- jadeé, indignada. 47


-Eso es precisamente una distracción. Cualquier rival puede distraerte, y no precisamente hablando. Debes estar atenta. Me levanté algo avergonzada, pero furiosa también. -No volverás a derribarme tan fácil- le previne. Sentía la adrenalina que me daba la furia dentro de mí, pero me recordé calmarme, o comenzaría a hacer estupideces. Ajax ni siquiera me respondió esta vez: se lanzó nuevamente hacia adelante. Con el bastón en alto. Con un rápido movimiento logré bloquearlo y él se apartó con igual rapidez. Sin embargo, no tardó en aparecer otro ataque, esta vez destinado a mis pies. Casi por instinto, salté para esquivarlo y blandí mi bastón. Ambas armas chocaron en el aire y se oyó un crujido. Luego fue un empujar y tirar entre nosotros hasta que nos apartamos. Esta vez decidí atacar yo. Amagué un golpe al pecho, pero inmediatamente lo dirigí hacia su pecho. Para mi desilusión, Ajax logró frenar el golpe sin mucho esfuerzo, y apartó mi bastón. Realmente esperaba, no, deseaba derrotarlo. Me imaginaba sonriendo triunfalmente y todos me miraban con admiración, especialmente Ajax, que se me acercaba, me felicitaba y rodeaba con un brazo… ¡¡ZAS!! Algo se enredó en mis piernas y de un fuerte tirón me hizo caer. Mi cuerpo golpeó con dureza el suelo y me cortó la respiración. Cuando conseguí enfocar la vista, descubrí a Ajax mirándome burlonamente: -Te desconcentraste. Gané. Lo fulminé con la mirada, pero tuve que admitir (por supuesto, en mi interior), que tenía razón. Me reprendí por eso, y me concentré en masajearme la dolorida espalda. -¿Estás dispuesta para otra lección?- me preguntó socarronamente Ajax. Casi le gruñí, antes de que Kade respondiera: -Será mejor que le des un pequeño descanso de unos minutos. Luego entrenará toda la tarde los golpes básicos. A juzgar por la expresión de Paris, adiviné que iba a decir que no estaba de acuerdo, pero Deb me dijo: -Siéntate, Leila. Descansa unos minutos. Yo personalmente te enseñaré luego. Lancé una mirada suplicante al techo y me senté. Por turnos, los demás Protectores acudieron en parejas para practicar golpes, bloqueos y maniobras espectaculares. Lo cierto es que me divertí viéndolos, mientras trataban de aprender sus movimientos, con la esperanza de copiarlos luego. Cuando desfilaron todas las parejas, Deb se volvió hacia mí con una sonrisa. 48


-¿Estás lista? -No- le respondí sinceramente. Ella sonrió. -Muy graciosa. No vas a escapar. Ven. Me levanté muy a mi pesar, mientras los demás Protectores se dirigían hacia uno de los recorridos del lugar. -Debes sostener bien el bastón- me reprendió Deb de inmediato-. Pon tu mano izquierda aquí y tu derecha… aquí- explicó, mientras me ayudaba. Hice lo que me pedía y ella me dijo cómo pararme. -Iremos despacio, practicarás los movimientos de defensa básicos y, a medida que más aprendas, más te iré explicando. Lo que siguió fue unas dos horas de entrenamientos riguroso sin un solo descanso. Deb era una maestra dura y persistente, que me gritaba cuando algo me salía mal y me golpeaba con el bastón en el hombro cuando intentaba rendirme. Sin embargo, era paciente al explicarme una y otra vez los movimientos que no me salían, me repetía una y otra vez mis errores y se alegraba cuando lograba corregirlos. Cuando Deb dio por finalizado el entrenamiento, me dolía todo el cuerpo, especialmente los dedos y el hombro magullado. Deb se me acercó muy contenta. -Vas muy bien, Leila. Eres muy buena. En unos días lograrás manejarte tan bien como cualquiera de nosotros. -¿Dónde están los demás?- pregunté, algo aturdida. -Aún siguen con la práctica. Generalmente dura de cuatro a cinco horas, pero como es la primera vez que vienes, sólo entrenaremos dos horas. Me sentí un poco decepcionada de que me consideraran débil, por lo que tomé el brazo de Deb, deteniéndola: -Espera. Una hora más. Tuve que reunir todo el valor que quedaba en mi cuerpo magullado al decir estas palabras, pero mi orgullo pudo más. La siguiente hora pasó para mí casi como un martirio, pero tuve buen cuidado de no decir nada. Cuando Deb finalmente dio por terminada la práctica, yo estaba al borde del desmayo, sudorosa y jadeante. -Eso ha sido excelente- declaró mi compañera de entrenamientos con una ancha sonrisa. Ni siquiera pude responderle, pero me obligué a permanecer en pie. -Vamos- me dijo Deb, compasiva al fin-. Podrás bañarte y cambiarte, y luego iremos a los establos. Podremos ver al Pegaso que será tuyo. Aunque, por ahora, usarás a Kimberley. -¿Entrenaré a mi propio Pegaso?- pregunté, entusiasmada. 49


-Así es, pero no todavía. Lo harás cuando estés preparada. Hice caso y me dirigí a bañarme. El agua caliente casi hizo que mi piel gritara, y me imaginé los dolores que tendría mañana en el cuerpo. Cuando bajé, Deb me esperaba en la recepción del edificio, ojeando una revista. Ni siquiera se había bañado, ni había hecho el menor intento por subir la escalera, y la verdad es que me había costado lo mío encontrar mi habitación. Pero lo había hecho y me había sentido orgullosa de mi sentido de orientación y mi memoria. -¿Estás lista?- me preguntó, y al escuchar mi asentimiento, añadió-. Entonces, vamos. Me conduje hacia el interior del edificio, en dirección opuesta hacia la puerta por la que había entrado ayer por la mañana con Elena y Ajax. Caminamos a lo largo del edificio, por uno de los laterales, donde a mi izquierda se encontraban puertas y puertas, y del otro lado, vidrio espejado. De este modo, podía ver todo el costado del lugar, con algunas plantas de lo más extrañas. Me extrañó tantos vidrios, así que, más por curiosidad que por otra cosa, pregunté: -¿No es inseguro tanto vidrio alrededor del lugar? Deb sonrió maliciosamente al escuchar mi pregunta. -Dudo mucho que alguien quisiera entrar aquí por su propia voluntad. La forma en que lo dijo hizo que me quedase helada. Finalmente, luego de unos cinco minutos, nos encontramos en un pequeño patio embaldosado, con una cerca blanca que delimitaba el lugar, y árboles alrededor que dejaban caer sus ramas al patio. Enfrente, se encontraban unas hermosas caballerizas de maderas, con techo de tejas, levemente inclinado y… -¿Una chimenea?- pregunté sorprendida. Es que cada box tenía una chimenea de unos tres metros, muy ancha, que apuntaba al cielo. Era tan extraño que me puse a contemplarlo. Ante mi pregunta la que pareció sorprendida fue Deb. -¿Por dónde piensas que los Pegasos salen de sus boxes? Mi boca articuló un “ah” de comprensión, mientras me acercaba a las cuadras. Eran amplias, con paja fresca y bebederos. Y cinco de ellas estaban ocupados por Pegasos, de diferentes características. Uno era completamente negro, otro pardo claro, aquél grisáceo y blanco, y el último, palomino. Reparé que ni Kimberley ni Eleazar se encontraban en sus boxes. Deb se encaminó hacia un lado y otro, y finalmente se volvió hacia mí.

50


-El proceso de elección de Pegasos es muy sencillo. Se tienen varios potrillos, se los suelta y debes esperar hasta que uno se te acerque y coma algo de tu mano. Ése será tu Pegaso. -¿Sólo así?- pregunté, sorprendida. -Sólo así. Muy fácil. -Y… ¿cuándo tendré que elegir mi propio Pegaso? -Eso lo decidirá Homes. Asentí mientras volvíamos. -A partir de mañana, comenzarán tus clases de vuelo. Usarás a Kimberley. Yo misma te enseñaré. Aquella idea tampoco me hizo gracia, pero me la guardé para mí.

Ocupé un rato de la tarde en hablar con mi madre. Luego de bañarme (de nuevo) sonó el gong de la cena. Esta vez no me costó llegar al comedor y me sentí pagada de mí misma. Allí se encontraban los demás Protectores, que me recibieron afectuosamente. Durante la cena los demás hablaron muchísimo, pero jamás perdieron los buenos modales en la mesa. Me enfrasqué en una larga charla con Kade, que me contó mucho sobre su infancia y familia. A su vez, yo le relaté mi camino hasta encontrarme allí. Cuando finalmente la comida finalizó, todos se levantaron de un salto y Deb me incitó a hacer lo mismo. Dudé sólo un momento, pero la seguí. Se dirigió hacia el televisor de la estancia, junto a Paris, Kim, los mellizos Pávlov, Kade y Rasmus. Al vernos sentados frente a la pantalla, Ajax rezongó: -No es justo. ¿De nuevo con ese estúpido programa? Pensé que haríamos algo más interesante. -Cállate- le retrucó su hermana-. Si tú apuestas a que gane Eve. Pareció como si el muchacho fuera apuñalar a su hermana, pero sólo se limitó a encogerse de hombros y a derrumbarse en el apoyabrazos de sillón, junto a mí, mientras murmuraba: -Ella merece ganar. Se me escapó una sonrisa, que oculté mirando hacia abajo. Deb encendió la tele y un sonido atronador ocupó el comedor. 51


La imagen que mostraba la pantalla era una pista de baile, de la cual volaban papeles brillantes por todas partes. Un enorme cartel anunciaba que el programa se llamaba “Bailando con los pixies” y un acercamiento de la cámara me reveló que en realidad no eran papeles los que volaban por el aire, sino pequeñas hadas luminosas. Me quedé boquiabierta. Deb, interpretando mi asombro como entusiasmo, me codeó suavemente: -Genial ¿verdad? No le respondí. En la pantalla apareció una criatura semejante a un humano, aunque dudo que una persona posea tanta belleza y orejas puntiagudas. -Bienvenidos- saludó la criatura, indudablemente el anfitrión del programa-. Bienvenidos a todos a la anteúltima gala de “Bailando con los pixies”. El ritmo de hoy será kuimmondale y tanto nuestros jueces como ustedes, espectadores, podrán decidir quiénes serán los concursantes que llegarán a la final. Y ahora, con ustedes, ¡¡Eve y Hrfritri!! Del cartel trasero brotaron dos figuras: una mujer hermosa, de cabello rojo como el fuego y sonrisa radiante, vestida con un deslumbrante vestido rojo y llena de purpurina, y una criatura muy baja, que se mantenía a la altura de su bailarina gracias a sus alas transparentes. - Eve es genial- declaró Kim con un suspiro-. Es muy talentosa. -¿Eve es una humana?- aunque sabía que no era así, me di cuenta que lo había dicho en voz alta. -Claro que no- me respondió Ajax-. Ella es una elfa, las criaturas más hermosas y sabias del planeta. -Si es tan sabia, ¿por qué va a bailar a un programa llamado “Bailando con los pixies”? -No te metas con el programa- me dijo Deb, riéndose. -A los elfos no les gusta exhibirse, prefieren estar escondidos. Tampoco hablan con los Protectores, los evitan. Pero siempre hay elfos deseosos de mostrarse y bailar. Quieren fama. No sé por qué, la idea me hizo gracia. -¿De qué te ríes? Los humanos hacen exactamente lo mismo. Sacudí la cabeza, intentado parecer seria. -Tienes razón. -Cállense- nos regañó Paris-. Ya van a empezar. No tenía idea qué ritmo era el kuimmondale, pero cuando lo escuché, me pareció una mezcla de hip-hip y música clásica. ¿Raro no? Pero lo me dejó muda fue la gracia y velocidad con que Eve bailaba. Era perfecta. Cualquier bailarían mataría por tener a alguien que bailase como ella. El 52


pixie la acompañaba magníficamente, pero sin duda la que se llevaba las miradas y aplausos era la elfa. Estaba tan hipnotizada mirando, que me sorprendió cuando la música cesó y los bailarines terminaron la coreografía. -Ha sido genial- dije sin aliento. -Aún faltan tres participantes más- me recordó Deb, con una sonrisa. Pero justo antes de que el anfitrión (otro elfo, por cierto), anunciara a la siguiente pareja, una voz grave habló detrás de nosotros: -Sospecho que Eve será la ganadora. Di un respingo, mientras todos nos volvíamos. Homes estaba detrás de nosotros sonriendo. -Homes- suspiró Paris, sacudiendo la cabeza- no vuelvas a asustarnos así jamás. El Protector sonrió más ampliamente, pero luego se puso serio y nos mostró una hoja.- Tenemos una misión que cumplir. Ha desaparecido un gnomo joven cerca de la Plaza Central- su expresión de preocupación se trasladó a Kade- Será mejor que vayas tú, dado tu Don. Y sugeriría que vayan dos voluntarios más. Hubo un gran revuelo, ya que todos querían ir. Homes levantó una mano para calmarlos. -Basta, basta. Tranquilos. Sólo dos acompañaran a Kade, no todo el Punto. -¿Por qué son necesario tres Protectores?- inquirió Ajax, elevando las cejas. El rostro de Homes se oscureció significativamente. -Han desaparecido muchas criaturas mágicas en la Plaza Central y sus alrededores. Sospecho que algo ocurre allí y no me parece buena idea que vayan pocos de nosotros por si una trampa acecha. Hubo un silencio prolongados, roto finalmente cuando Sergey preguntó: -¿Mitra…? Noté que algunas miradas se dirigían a mí, y me sentí enrojecer. -No lo sé- dijo Homes finalmente. -Puede ser una trampa- declaró Ajax de inmediato-. Una emboscada. Iríamos hacia la boca del lobo. -¿Qué sugieres, entonces?- preguntó Kim, preocupada. -Si me permiten opinar… Nos volvimos de inmediato para ver a Katy en la puerta, sonriente, revelando sus colmillos. -No creo que sea necesario que tantos Protectores vayan a la Plaza Central. Cuantos más vayamos, más morirán. 53


-¿Cómo lo sabes?- inquirió Kade. -Porque- replicó ella, astutamente-. Si hay verdaderamente una emboscada allí, no matarán a dos Protectores, sino a tres. Hubo otro silencio más largo aún que el anterior. -Yo iré- se ofreció Ajax de pronto. -Y yo- añadió Paris. -¿Es que no me han oído?- refunfuñó Katy. -Perfectamente- respondió Ajax, sin mirarla, mientras se dirigía a la puerta-. Y creo que debo ir. Voy a prepararme. Katy puso mala cara, y vi que verdaderamente estaba molesta y preocupada de que no vayan más de dos Protectores. -Paris- llamó Homes. La rubia Protectora se volvió-. No creo que sea prudente que vayas. Creo que Rasmus debería ir. La chica pareció un poco decepcionada, pero asintió. Homes le colocó una mano en la espalda y la palmeó suavemente. Rasmus se levantó, seguido de Kade, y sin decir palabra se encaminaron hacia la puerta y desaparecieron por ella.

Caminaba por el agua. No, por el agua no: los pies se hundían en ella. El sol llegaba a través de las ramas de altísimos árboles hasta mí. El lugar era como un pantano, pero no era gris, ni deprimente. Había garzas blancas cerca mío, alimentándose. No parecían tener miedo. Al ver que no se alejaban, me acerqué. Pero no llegué muy cerca, ya que las aves extendieron sus alas y se alejaron volando. Me sentía decepcionada. ¿Acaso tenían miedo de mí? Pero cuando me volví, comprendí que no era de mí de quién se escondían. Había un lobo a unos pasos de donde me encontraba. No lo había oído acercarse, pero me dio miedo. Era casi tan grande como Weimberg, pero no era el lobo del Punto. Éste tenía ojos celestes, fieros y asesinos. Quise correr, pero me había quedado paralizada. ¡¡El lobo iba a atacarme!! La bestia se agazapó y supe que llegaba mi fin. Pude oír cuando saltaba y me preparé para morir… Me desperté bañada en sudor. Manoteé a mi lado y encendí la lámpara. Había sido un sueño tan vívido que aún tenía la piel de gallina. Miré el reloj, jadeando aún. Las cuatro de la mañana. 54


Aún perturbada, me puse mi salto de cama y me calcé. Quería agua. Pero cuando abrí la puerta, me di cuenta de dos cosas: La primera, que no tenía ni idea de dónde estaba la cocina. La segunda, que me hizo olvidar la primera, fue que presentí agitación en el edificio. Sin pensarlo, salí al pasillo y me dirigí hacia… bueno, no sabía hacia dónde exactamente, sólo seguí mi instinto. Los pasillos oscuros y fríos me parecían interminables y me hicieron tiritar. Incluso tropecé una vez, al no ver por dónde iba, y me quedé quieta un momento, asustada. Todas las puertas estaban cerradas y la idea de que detrás de ellas estén habitaciones como las mías, pero vacías y oscuras como la negrura más infinita, me hacían apurar el paso. Incluso mi mente comenzó a jugarme malas pasadas, y a imaginarme que de repente, una puerta junto a la que pasaba se abría y una calavera se asomaba, sonriéndome, y abría más la puerta, hasta que… No. Basta. Tenía que controlarme, tenía que concentrarme, aunque no tuviera ni idea de dónde estaba ni de adónde iba. ¿Y si de repente aparecía en el sótano, y lo que fuera que acechaba en la Plaza Central me atacaba? En ese momento una pelusa tuvo la idea de engancharse en mi pie, y sin pensarlo, presa del terror, lancé un grito, que reverberó en los pasillos. Y, como si de una pesadilla se tratara, una de las puertas se abrió y una luz blanca se derramó sobre el pasillo. Me preparé para luchar contra el esqueleto, muerta de miedo, hasta que una voz familiar llamó: -¿Quién está ahí? -¡¡Deb!! El alivio convirtió mis piernas en gelatina. Me dirigí hacia las dobles puertas con cortinaje blanco donde Deb me esperaba preocupada. -¿Leila?- parecía sorprendida-. ¿Qué haces aquí? Sacudí la cabeza. -Es una larga historia. Pero, ¿qué es este lugar? Me encontraba en una habitación enorme, totalmente blanca, con dos hileras de camas enfrentadas, al estilo de hospital. Una camilla se encontraba junto a la puerta, detrás de un escritorio con su respectiva silla. Tres camas estaban ocupadas por figuras arropadas e inmóviles. -Es la enfermería. En ese momento reparé en lo débil que sonaba la voz de la muchacha, y su aspecto desprolijo y cansado, despeinada y vestida con un salto de cama de color anaranjado, con sus iníciales bordadas. -Deb, ¿qué ha pasado?- mi voz sonó baja y tan preocupada como de verdad me sentía. 55


Ella sacudió la cabeza. -La llamada de anoche era realmente una emboscada. Los estaban esperando seis Kumers, mujeres-serpiente. Me llevé una mano a la boca, horrorizada. -¿Y qué pasó luego? -Bueno, lograron destruirlas a todas, pero… bueno, son criaturas muy difíciles de matar, y los duplicaban en número. -Pero están vivos, ¿verdad?- pregunté, echando una mirada hacia las figuras inmóviles de las camas. -Sí. Pero llegaron aquí en terribles condiciones y han perdido el conocimiento prácticamente delante de la puerta del Punto. Y desde entonces han permanecido inconscientes, los tres. Me encaminé hacia la cama más cercana. No me sorprendió que fuera la de Ajax. Parecía plácidamente dormido, si no fuera porque tenía múltiples heridas en la cara. Todas ellas tenían puntos y habían sido lavadas. -Homes estuvo aquí y se encargó de ellos. Él los ha curado. Miré nuevamente a Ajax. Jamás lo había visto así al chico que me había salvado del troll en el Museo, dos días atrás. Su expresión no era dura, ni arrogante, ni preocupada, sólo… plácida. El pelo anaranjado era una masa desordenada y revuelta, y sólo hacía contrastar más lo pálido del rostro. -¿Por qué alguien querría hacerles algo así a los Protectores?- pregunté en un susurro. Noté que Deb desviaba la mirada. Pero un segundo antes, vi el brillo en sus ojos, y supe que sabía algo que no iba a contarme. -Hay muchas criaturas que no desean ocultarse. Otras creen que son superiores y que deberían dominar sobre las otras. -Pero, ¿ustedes… digo, nosotros, no somos la raza dominante, o algo así? Ella se volvió muy rápido hacia mí y habló con tono duro. -Eso…-percibí un titubeo muy breve en la voz de la muchacha, que siguió-. No es cierto. Nosotros no somos ni pretendemos ser superiores a ninguna criatura existente. Cuando hay un conflicto, jamás damos un veredicto sin conocer antes qué tienen para contar las partes implicadas. No damos juicios injustos, escuchamos a las criaturas y las protegemos. Esa es nuestra misión. Y jamás un Protector debe olvidarse de ella. Nuevamente en la última frase hubo una flaqueza en la voz, pero cuando la miré, su rostro era casi inexpresivo. -Será mejor que te vayas a dormir, Leila. No es bueno que estés despierta. Mañana debes practicar mucho, y un buen descanso te ayudará.

56


Como no había más que decir, me despedí y me encaminé a mi habitación. No sé como encontré mi puerta, pero transcurrieron varias horas hasta que me durmiera.

La mañana siguiente, luego del desayuno, transcurrió veloz. Luego de las clases, nos dirigimos al almuerzo y nos recibió la buena noticia de que los tres muchachos de la enfermería habían recuperado el conocimiento. Todos estaban exultantes, e incluso nos permitimos pasar una hora de los entrenamientos en la enfermería. Homes, que estaba en medio de una curación en el brazo a Rasmus, frunció el ceño al vernos entrar a la enfermería. -Tanta gente no es buena en una enfermería. Los pacientes pueden sentir molestias con tanto ruido y charla. -Entonces vendremos en grupo- sentenció Paris. Homes abrió la boca, pero una voz apagada desde una cama dijo: -No. Que todos se queden. Homes se volvió sorprendido, pero los Protectores nos agrupamos alrededor de las tres camas. Deb se acercó hasta la cama de Ajax y lo abrazó. Mientras los demás visitantes saludaban a los tres pacientes, me quedé a un lado mirando la escena. Parecía una numerosa familia, algo bulliciosa. Me percaté del abrazo que Paris y Ajax se proporcionaban, y me obligué a sonreír, cosa que, increíblemente, casi me hizo bizquear. Y, por si fuera poco, Ajax me vio mientras se separaba de la rubia Protectora. -¿Estás bien?- me gustó como sonó la voz del muchacho, como la de siempre. -Sí- alcancé a decir, y por fin pude sonreír-. Me alegro que estén bien. Todos. El me lanzó una mirada triste. -¿No hay abrazo para el mejor Protector de todos? Por un momento, me costó procesar lo que me dijo. ¿Un… abrazo? Abrí la boca, pero inmediatamente la cerré y me dirigí hacia él, que abrió los brazos con una sonrisa de complacencia. No supe cómo, pero cuando lo abracé… Nunca lo había tocado directamente, mucho menos abrazado, así que el contacto que se estableció entre nosotros me produjo electricidad. Era la sensación más 57


placentera e indescriptible que nunca había conocido. El cuerpo de Ajax se ajustaba al mío de una manera increíble. Aspiré suavemente y sentí olor mezcla de perfume masculino, cuero y cenizas muy particular y nada desagradable. Un mechón anaranjado me hizo cosquillas en la nariz. Cuando él se apartó un poco, me separé de mala gana. Sólo me percaté de que Paris había visto todo cuando se largó a reír. -Ustedes sí que hacen una buena pareja. Sentí que me ponía roja, pero Ajax se limitó a sonreír y a decir cortésmente: -Gracias. Y luego me guiñó un ojo. Casi tuve que obligar a mis pies a caminar mientras saludaba a Rasmus y Kade, aún turbada. -¿Y bien?- preguntó Paris cuando me puse a un lado-. ¿Qué ha pasado exactamente? -Una emboscada- fue Rasmus el que habló-. Nos estaban esperando. Eran seis Kumers, y nos costó lo nuestro derrotarlas. Pero hay algo peor. Sabían exactamente nuestros movimientos de batalla, y nuestros puntos débiles. Me pregunté qué puntos débiles tendrían, pero enseguida mi pensamiento cambió cuando advertí que había un silencio tenso. -¿Quieres decir… que sabían cómo nos entrenamos? Rasmus asintió. -Nuestro entrenamiento es secreto- oí que Deb me susurraba. Todos parecían preocupados, pero Homes se levantó y nos pidió que nos retirásemos para que los pacientes descansaran. Uno por uno nos despedimos y dirigimos al pasillo, donde nuevamente se formó un corro de susurros, sólo disuelto cuando Homes se asomó con expresión adusta fuera de la enfermería. Mientras nos dirigíamos a los entrenamientos, Deb me dijo al pasar: -Ahora lo ves, esto no es un juego.

A medida que transcurrían las semanas llegué a acostumbrarme al ritmo del Punto y todas sus actividades. Por la mañana iba a clases y luego del almuerzo nos entrenábamos de tres a cuatro horas. Nos bañábamos y comenzaban mis clases de vuelo…en Pegaso. Al principio fue bastante 58


aterrador, ya que, a pesar de que muchas veces me había caído del caballo en equitación, nunca lo había hecho desde veinte metros de altura. Daba miedo, pero con el tiempo me acostumbré al viento bajo mis pies y que me revoloteaba el cabello. Y a la altura, por supuesto. Ajax, Rasmus y Kade se recuperaron a las dos semanas del ataque y se incorporaron a los entrenamientos con total naturalidad. Me alegró volver a ver a Ajax, y que viera mis progresos. No pude evitar sonreír de satisfacción al ver su sorpresa por mi avance en los entrenamientos. Deb estaba casi tan contenta como yo, pero con el condimento de que se lo refregaba a su hermano. -Ya has visto que Leila es una excelente Protectora ¿eh?- le decía-. Ahora ya no es tan fácil vencerla. Aunque me halagaba su entusiasmo, también me daba un poco de vergüenza. Y más vergüenza me daba saber que Ajax se daba cuenta de ello. Pero también advertí que parecía pensativo y animado, por lo que sospeché que se le había ocurrido una idea. No me equivoqué.

-Vendrás en una misión conmigo- me informó Ajax durante el desayuno. Casi me atraganté con el vaso de leche. -¿Qué?- farfullé, escupiendo, lamentablemente, hacia él. Por suerte, lo ignoró caballerosamente. -Hoy tendremos una misión. Tu primera misión- respondió, recalcando las palabras lentamente. Por un momento, me quedé procesando la información. Luego le asesté una patada a Ajax por debajo de la mesa, lo que ocasionó que soltara un gruñido de sorpresa. -¿Por qué hiciste eso?- gruñó mientras se frotaba el dolorido tobillo. -Por hablarme como a un bebé- le respondí.

59


Confieso que no pude concentrarme en las lecciones del día. Me temblaban las manos y no podía estarme quieta. Y para colmo, la misión era con Ajax. No iba a quedar como una estúpida, eso seguro. Deb se mostró insoportablemente consejera con todo y sólo hizo que me pusiera más nerviosa aún. Homes, en cambio, se mostró comprensivo y no me exigió mucho. Cuando la clase terminó, me dio una palmada tranquilizadora. Ya en el comedor, me pareció estar en el centro de todas las miradas. Rasmus y Kade me saludaron alegremente y nos hicieron señas para que nos sentemos junto a ellos. -Así que… tu primera misión ¿verdad?- me preguntó Kade cuando nos sentamos. Tragué la comida como si fuera una piedra y respondí: -Sí. -No estés nerviosa- me dijo Rasmus, sonriéndome-. Yo también lo estaba, pero sólo la primera vez. Luego te acostumbras y lo disfrutas. Después de todo, para eso nos preparamos. Forcé una sonrisa, que terminó en un bizqueo terrible. -Gracias. Fue cuando la comida terminó cuando sentí un hormigueo en los dedos. Incluso me castañeaban los dientes. Sentía como si estuviera a punto de dar un examen de matemáticas. Que terrible. Deb me acompañó hasta la recepción, donde Ajax me esperaba vestido con una camisa y pantalones azules marino. Llevaba sólo una daga pequeña y advertí que sus bolsillos estaban levemente abultados, por que lo llevaría algo. Levantó la vista al vernos entrar y sonrió. -¿Preparada?- me preguntó. -No- respondí sinceramente, e inmediatamente me maldije por ello. Él sonrió aún más, lo que me dieron ganas de abofetearlo, y luego se levantó. -Ven- me dijo. Deb me despidió alzando los pulgares, y yo seguí a Ajax hasta una puerta que daba a un salón enorme, lleno de armas. Se me abrió la boca de asombro. -¿Usaremos algo de esto?- pregunté, acercándome a una espada con puño de oro (me pregunté si sería realmente oro). -Claro que no. La misión es bastante simple, en realidad. Se ha extraviado un duendecillo cerca del Banco Municipal. Debemos buscarlo. Me decepcionó un poco que sea algo “bastante simple”, pero me lo guardé. 60


-¿Iremos vestidos así?- pregunté, escéptica, señalando su ropa. -Claro que no- respondió él, mirándome como si hubiera preguntado si la mesa era un centauro disfrazado. -Pero… ¿Cómo nos reconocerán las criaturas mágicas? Decididamente Ajax me estaba mirando como si hubiera dicho que la mesa era un centauro oculto. -No- contestó-. Las criaturas mágicas te reconocerán lleves lo que lleves. Y esto no es un uniforme, sino mi ropa. Sentí que enrojecía. Había vuelto a quedar como una estúpida. Me obligué a articular un “ah” y esperé mientras Ajax rebuscaba en una caja. Me sorprendí cuando me alcanzó un cuchillo. -No tendré que usarlo ¿verdad?- pregunté, tomando el cuchillo entre dos dedos como si fuera algo que mordiera. Era realmente grande y afilado… -No seas tonta- dijo él sin mirarme, revolviendo aún-. Puesto que aún no sabes usar el arco, lo dejaremos así. No es algo peligroso, pero no está de más llevar un arma. Por la dudas… -Ah, claro, como no se me ocurrió- le solté, sarcástica-. Cuando voy a visitar a mi madre, siempre llevo un lanzallamas. Por las dudas, claro. No quisiera que el gato de la vecina me matara. Ajax se dio vuelta, sorprendido, y pensé que quizás se había molestado. Entonces él largó la carcajada y mi desconcierto y furia se elevaron a niveles altísimos. -¿Qué es tan gracioso?- espeté, furiosa. -Nada- me dijo, aún sonriendo. Casi gruñí: -Sabes perfectamente que podría lanzarte cualquier arma de esta habitación sin mover ni un dedo. Así que no me provoques. A pesar de mi amenaza de muerte, digna de un terrorista, no pareció asustado. Se encogió de hombros y se encaminó hacia la puerta, para detenerse en el umbral y hacer una caballerosa reverencia. -Las damas primero- me dijo, con voz educada. Me obligué a sonreír, mientras me dirigía hacia el recibidor, no sin antes tener buen cuidado de pisarle el pie fuertemente a mi compañero.

61


3

Seguí a Ajax hasta la calle, donde se encontraba su Toyota esperando. No esperé a que me dijera nada y abrí la puerta, para sentarme en su interior. Estaba cálido y nuevamente ese olor a cuero viejo y perfume de hombre me invadió. Era un olor fantástico, que me gustaba cada vez más, pero no pensaba decirlo. Ajax se sentó a mi lado y encendió el motor. Nos pusimos en marcha con bastante rapidez, y comenzamos a zigzaguear con agilidad entre otros vehículos. Eché un disimulado vistazo a Ajax, preguntándome si era consciente de la velocidad. Parecía completamente concentrado en el tráfico, así que me sobresalté cuando dijo con seguridad. -No vamos a estrellarnos. -¿Ah, sí?- solté, incapaz de quedarme callada luego de que un camión estuviera a punto de estrellarse contra nosotros-. Bueno, no eres Schwarzenegger. Él sonrió levemente y pegó un volantazo que nos mando contra otro vehículo. Chillé y a un segundo de estrellarnos Ajax volvió a ponerse nuevamente en el medio de la calle. El miedo no tardó en dar paso a la rabia y ésta explotó cuando él dijo con suficiencia: -¿Ahora sí? Estuve a punto de abalanzarme sobre él y golpearlo con algo, o clavarle el puñal que llevaba, pero me limité a decir con toda la calma de que fui capaz (y fracasando desastrosamente: -Puedes irte al cuerno. Eres un…- no encontré palabras lo suficientemente insultantes y me limité a sacudir la cabeza. Maldito masoquista. Ajax soltó una risita y estuve a punto de golpearlo nuevamente. Decidí quedarme callada hasta que fue él quien rompió el silencio: -Extrañas a tu amiga ¿verdad? La pregunta me sorprendió tanto que lo único que salió de mi boca fue un: “¿Eeeeh?” Él suspiró. -La chica con la que estabas en el Museo. -Elena- le dije de manera algo brusca, y mencionar su nombre en voz alta me hizo fruncir los labios. -Ok. Elena. La extrañas. No era una pregunta. Sí. La extrañaba. Homes me había dicho que aunque podía continuar nuestra amistad, mientras me entrenara no era 62


bueno que nos viéramos por su seguridad, y la mía. Me dijo que debía escribirle por carta. Le mande un e-mail. Al cabo de dos días, me respondió. No recordaba nada del Museo, y estaba preocupada por mí, y enfadada. Pero me perdonó. Y me pidió reunirnos para encontrarnos de nuevo. Pero yo no podía. Lloré mientras le contestaba. Dolía. Desde ese entonces nos escribimos varias veces, pero sentí que nada era como antes. Ajax debió percibir mis pensamientos, porque no preguntó más. Finalmente llegamos a las afueras de la ciudad, a una calle desierta llena de antiguos locales abandonados. Pilas de basura se agrupaban a montones y un olor terrible inundaba el ambiente. Me pregunté cuántas personas usarían este lugar como baño. -¿Vamos a buscar aquí?- pregunté, disgustada-. Este lugar es terrible. -Deja de llorar- me respondió Ajax, mientras se corría la manga del abrigo. Me acerqué, curiosa. Parecía un reloj, pero en lugar de números, había puntos cardinales. La aguja giraba lentamente, como si fuera realmente un reloj. Si no supiera realmente que era imposible que Ajax se pusiera a mirar la hora en ese lugar que olía a baño público, podría haberme engañado. Al cabo de unos minutos, se corrió la manga nuevamente y señaló calle abajo. -El duendecillo está por allí. -¿Eso es algo así como una brújula?- inquirí, siguiéndolo. Él no contestó, demasiado ocupado siguiendo y controlando el rumbo con el reloj-brújula. Nos dirigimos calle abajo, y me apresuré para ponerme a su lado. -¿Qué pasa si nos atacaran? ¿Usaríamos nuestros poderes? Él me miró con el ceño fruncido. -No debemos usar nuestros poderes así como así, Leila. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Seguramente ya oíste esta frase antes. No debes usar tu Don por cualquier cosa. -¿Así que si una bestia me ataca, no debo una mi Don? Después de todo, mi muerte no es algo muy irrelevante- repliqué, sarcástica. Creí que me iba a responder de modo sarcástico, o que iba a enojarse, pero sólo se limitó a reír. -A veces eres tan interesante- me dijo, y sentí que las mejillas me ardían. Lo odié por ello.

63


Estaba pensando si soltarle uno de los insultos preferidos de mi madre o simplemente mandarlo a mudar cuando un grito lejano y agudo hizo que diera un salto. Ajax se detuvo tan de repente que irremediablemente choqué contra él. Sin embargo, no pareció advertirlo. Me hizo un gesto para que lo siguiera y lo hice, lo más silenciosamente que pude. Nos dirigimos hacia un callejón tan lleno de basura y con un hedor tan terrible que incluso dudé de entrar o no. Pero mi orgullo pudo más que mi olfato y mi sentido común, y me adentré en ese paraíso de las ratas. El callejón estaba oscuro y era aún peor de lo que me esperaba. Ajax se encontraba agachado junto a una pila de escombros, mirando incisivamente su brújula buscadora. Me dirigí hacia él, pero no había podido hacer más de un par de pasos cuando un gruñido bajo reverberó en el pasillo y una forma oscura se abalanzó sobre mí. Lancé un grito y retrocedí tan rápido que tropecé con algo y me fui al piso de espaldas. Aquella cosa negra se cernió sobre mí y por un momento lo vi. Un perro negro, monstruoso, de colmillos largos como dagas, un cuerpo musculoso y enorme, y alas negras de murciélago. Sin embargo, fueron sus ojos los que captaron mi atención y lo que hizo que me olvidara de todo lo demás. Eran rojos y sin pupila, cargados de odio y furia. Me hacía sentir como un ratón atrapado por un gato cruel y astuto, que no sólo quería mi muerte, sino también mi sufrimiento. Me encogí, presa del terror, pero aquella cosa pareció volverse menos corpórea y me atravesó como un fantasma, para disolverse más allá. Me quedé quieta, intentado normalizar la respiración, si mucho éxito. Me di cuenta que estaba temblando de forma frenética. Ajax corrió hacia mí y me ayudó a pararme con una expresión grave en el rostro. -¿Estás bien?- me preguntó. No le contesté. El recuerdo era muy vívido aún en mi mente, y mis esfuerzos por calmarme eran inútiles. Él esperó pacientemente hasta que mis temblores disminuyeron. -¿Qué era eso?- ni siquiera me sorprendió que mi voz sonara débil y apagada. -Un perro infernal- me respondió, y no supe si lo decía en serio. No me importó. Bien podría aquella cosa ser un perro infernal. Inspiré profundamente y pregunté: -¿Encontraste al duendecillo? Ajax me miró con patente asombro y luego se echó a reír. -¿Qué es tan gracioso?- le gruñí-. ¿Lo encontraste o no?

64


-No puedo creer que después de un ataque de un perro infernal te preocupes de si hago mi trabajo o no. Le miré con odio. -Si no lo encontraste, entonces vamos. -Tu profesionalidad me impresiona- contestó él, pero me siguió. Le tendí una mano hacia él. -Dame la brújula. -No es una brújula. Es un Buscador. -Lo que sea- respondí, y le arrebaté el bendito aparato de su mano. Éste inmediatamente comenzó a girar y girar, y cuando estaba segura de que pararía, comenzó de nuevo. Miré a Ajax, extrañada. Él se acercó y observó el aparato unos segundos. Luego frunció el ceño y lo tomó entre sus manos. Inmediatamente la brújula se calmó, y señaló hacia el fondo del callejón. Ajax me lanzó una mirada enarcando las cejas, y luego se dirigió hacia donde indicaba el Buscador. Me apresuré a seguirle, confundida aún. ¿Qué había pasado? Pensé que quizás el perro infernal tenía algo que ver, pero en lugar de tranquilizarme de que yo no fuera el problema, sólo me inquieté aún más. Ya no estaba tan segura de hacer misiones. Me situé junto a Ajax, acobardada. En realidad, para ser sinceras, estaba bastante asustada. Cuando una rata apareció chillando junto a mí, lancé un grito ahogado e instintivamente tomé la mano de Ajax en un fuerte apretón. Juro que no era mi intención. Fue la cosa más terrible que pude haber hecho. Su mano era suave y cálida, fuerte y segura, y por un momento nuestras miradas asombradas se cruzaron. Sus ojos celeste marino me inundaron y me olvidé del frío. Él ni siquiera había estrechado mi mano. Entonces, más rápido aún de lo que me llevó tomarle la mano, se la solté y la restregué contra mi chaqueta, como si me limpiara. Sentía que me estaba poniendo roja como un tomate y apenas pude farfullar un: -Lo lamento. Él pareció sorprendido unos minutos más, pero luego soltó una risita de suficiencia. -Si quieres algo más conmigo, sólo tenías que decírmelo primero. Ya está, ahora estaba verdaderamente como un tomate, pero además de vergüenza hervía de furia y decepción. Había arruinado ese momento. -Ya te he dicho que lo siento- le gruñí, y aceleré el paso. -Espera. Me detuve, pero no porque me lo hubiera pedido, sino porque me había sujetado del brazo con una suave presión.

65


Me volví lentamente. Su mirada era muy intensa, y pensé que el medio de la nada, lleno de montones de bolsas de basura y un olor espantoso no era el lugar más romántico del mundo. -Era una broma- me dijo, con una expresión de disculpa. -Ahhhh- fue todo lo que salió de mi boca. Él pareció a punto de echarse a reír, pero antes de que pudiera enojarme, hizo un gesto con la cabeza. -Vamos. Los seguí hasta la siguiente calle, que se encontraba, como yo esperaba, llena de basura. -¿Es que nunca limpian este lugar?- protesté, tapándome la nariz. -Los humanos tratan de evitar este lugar. En otros tiempos fueron grandes almacenes, pero ahora están abandonados hace tiempo. Es por eso que las criaturas mágicas buscan refugio aquí. Nadie las molesta. Asentí, sin decir palabra, pero pensando cómo hacían los habitantes mágicos de allí para aguantar la peste. Quizás no tenían sentido del olfato. Ajax se detuvo un brevísimo instante para echar un vistazo a su Buscador y luego señaló un amontonamiento de basura putrefacta y especialmente horrorosa unos cuantos metros más allá. -El duendecillo está allí. No pregunté nada más, pero observé con horror como, a medida que nos acercábamos, las moscas y el olor se volvieron de irritantes a simplemente asquerosos. Me tapé la nariz, con expresión horrorizada. -No puedo acercarme allí. Simplemente no puedo. Ajax puso los ojos en blanco y respondió: -No tenemos que revisar la basura. Y acto seguido se volvió hacia la pila de desechos, sacándose del bolsillo una especie de pequeño trípode donde se erguía un diamante. Pensé que, para ser una imitación de diamante, era bastante patética. Me decepcionaba lo avaros que eran los Protectores. Ajax colocó el aparato en el suelo y éste comenzó a silbar suavemente, mientras una tenue luz azul salía del diamante. Por un momento, nada pasó. Ambos nos quedamos mirando el trípode con cara de conejos alumbrados por las luces de un vehículo. Luego, con tanta rapidez que me sobresalté, una pequeña figura, no más alta que mi rodilla, salió de entre la basura y se acercó hacia nosotros, donde se detuvo. Era una especie de humanito de dedos largos, cuerpo lampiño y de color amarronado, y parado como un mandril al acecho, con las manos 66


extendidas en el suelo y las rodillas dobladas. No tenía ropa, y su cara estaba caracterizada por una gran nariz aguileña, unos pocos pelos en la barbilla y una gruñona cara de pobladas cejas oscuras. Su pelo estaba erizado y de él salían pequeñas florecitas rosadas, lo que le daban un aspecto de gnomo obligado a disfrazarse de muñeca. Contrastaba enormemente con su expresión gruñona y ermitaña. Di un paso atrás, indecisa si aquella criatura era peligrosa o no, pero Ajax se acuclilló junto a la criaturita y le habló: -No estés alterado. Somos Protectores. Estás a salvo. El duendecillo arrugó el ceño y pareció procesar lo que había dicho mi compañero, pero luego habló con voz gutural y gruñona: -¿Ya vienen? Enarqué las cejas, pero Ajax no me hizo caso. -¿Quiénes? El duendecillo lo observó con desconfianza, evaluando si le estaba tomando el pelo o no, y luego dijo, resignado: -Ellos. Hubo algo en el tono de su voz, en la forma en que pronunció esa simple palabra, que hizo que un escalofrío me recorriera el cuerpo y me obligara a arrebujarme en la chaqueta. Ajax pareció considerar la respuesta. Estaba mortalmente serio. -No- dijo por fin-. No los hemos visto, pero yo habría sentido su presencia. Luego de unos momentos, la criatura pareció aceptar la respuesta y asintió. -¿Por qué estás aquí?- preguntó Ajax. -Me perseguían- fue la escueta respuesta. Quería saber más, quiénes eran los perseguidores, pero Ajax cambió el rumbo de sus preguntas. -¿Dónde han comenzado a perseguirte? -Cerca del refugio. -¿Los has visto?- pregunté yo, intentando averiguar más. El duendecillo pareció enfadarse. -No eres la única que puede presentir a los enemigos. Ni tú ni los Protectores- escupió-. Nosotros también somos fuertes, y tenemos lo nuestro. No son superiores a nosotros. -Es cierto- dijo Ajax, lanzándome una mirada de reproche-. No lo somos. Me enfadé en cierta forma. No podía creer que no me apoyara en lo que había preguntado. Yo tenía derecho a saber más. Y también me

67


avergonzaba que me hubiera respondido de esa manera una criaturita de sólo diez centímetros de altura. Qué día. -Bueno, será mejor que te llevemos de vuelta- dijo Ajax, levantándose-. Ya no hay peligro. Por ahora. Así que te llevaremos al refugio nuevamente. El duendecillo asintió y comenzó a trotar a nuestro lado. -De acuerdo. Lo observé mientras se adelantaba más allá y luego más, y Ajax pareció advertir mi preocupación. -No te preocupes, no se irá ni escapará. No quiere que lo capturen y confía en nosotros. -Lo disimula muy bien- repliqué, todavía ofuscada con él. Sin embargo, pareció divertirlo mi comentario, para luego parecer resignado. -Ya ves que las criaturas mágicas no son sólo lindos unicornios ni hadas buenas, ¿verdad? Son muy independientes y la mayoría desconfía de nosotros. Después de todo, estamos en medio de dos mundos: el suyo y el de los humanos. Ralenticé mi paso. -¿A qué te refieres? -Tenemos ciertos… pequeños poderes de las criaturas mágicas. No sólo el Don, sino también, por ejemplo, la capacidad de percibir a seres vivos que intentan hacernos daño. Una especie de instinto de supervivencia. Divisé al duendecillo persiguiendo una rechoncha rata parda que buscaba desesperadamente refugio. -¿Quién hace esto?- me escuché preguntando. -¿Qué cosa?- me devolvió Ajax la pregunta. Lo miré enojada. -Ya sabes qué. Esto. Perseguir a las criaturas mágicas. Hacerlas desaparecer. Ajax guardó silencio un momento. -Debes saber- dijo lentamente, con la vista clavada en el suelo-. Que la lucha de poder entre especies siempre existió. Y no sólo los Protectores lo hacen. También las criaturas mágicas. Intentan dominarse entre sí, incluso esperar destruir a los Protectores. Para las criaturas mágicas, los Protectores somos una aberración. Como te expliqué antes, tenemos parte humana y parte mágica. Ellos no toleran eso. De hecho, no toleran a los humanos en general, y creen que nosotros queremos parecernos a ellos. -Pero… Homes dijo que nuestro Don era simplemente que utilizábamos más cerebro que el resto de los humanos- recordé con voz débil. 68


Me negaba a pensar que era medio mágica. Se me venía a la mente una y otra vez una imagen mía con cuerpo de caballo, como si fuera un centauro, galopando por una llanura. Patético. -Ésa es la respuesta que suelen dar algunos Protectores. Pero las criaturas mágicas la rechazan. Y yo me fío de ellas por dos razones. Una, un Protector no es ni la mitad de instintivo ni mágico que un duende, por ejemplo. Ellos saben qué es mágico y qué no, pero, por supuesto, los Protectores más adultos se niegan a aceptarlo, y esa es la versión que se les da a los demás de los nuestros. Y se la creen, Leila. -¿Y la otra razón?- pregunté. Me sentía entre fascinada y llena de sensaciones de vomitar. -La otra es más simple aún. Si todos utilizáramos más cerebro, ¿no tendríamos que tener los mismos poderes? De hecho, hay Protectores que tienen dones similares, pero ninguno es igual al otro. Es como la personalidad. Me quedé pensativa hasta que me di cuenta de que Ajax no había respondido a mi pregunta anterior. -Entonces, ¿quién está detrás de todo eso? Ajax hizo una mueca y supe que esperaba que yo me hubiera olvidado. Por dentro me felicité como si hubiera ganado el premio a la mejor alumna de Matemáticas de la escuela. “Un punto para Leila Rivero”, pensé, satisfecha. -Bueno-respondió mi compañero cuidadosamente, e inmediatamente volví a la Tierra-. Como ya te he dicho, las guerras de poder nunca acaban, y… bueno… hay personas…alguien…que está dispuesto a hacer lo que sea para ganar. Como aliándose, por ejemplo. -Un segundo- pedí, intentando procesar aquello-. ¿Me estás diciendo que son los Protectores los que… Una urgencia me invadió de repente. Mi nuca me escocía como si me hubieran puesto allí un hierro al rojo vivo. Ni siquiera necesité mirar a Ajax para saber que él estaba sintiendo lo mismo. El duendecillo llegó corriendo en ese momento, jadeante. -¡¡Ya vienen!! Antes de que pudiera reaccionar, Ajax tomó mi mano y de un tirón me sacó de mi enfriamiento. Echamos a correr en dirección a unas grandes puertas oxidadas de entrada a los almacenes, mientras aquella sensación se extendía por todo mi cuerpo.

69


El interior del almacén era oscuro e inmenso, era frío y estaba lleno de sacos llenos de carbón viejo y restos de madera y chatarra. Vehículos quemados y destruidos abundaban por todas partes, la mayoría amontonados sin orden ni concierto. Entonces oí un aullido. Sentí que se me helaba la sangre en un sentido muy literal, y un sudor frío me envolvió. Sentí una garra de terror que me atenazaba el pecho. Mis ojos se encontraron con los de Ajax, que se tapaba los oídos y movía los labios. Pero no entendí lo que me decía, o quizás el aullido me lo impedía. Ajax corrió hacia mí y, tomándome de los hombros, me dio una sacudida. Mi cuerpo se movió espasmódicamente un momento, pero mi mente estaba en blanco. Una pequeña parte de mi conciencia me gritaba que despertara, pero no podía. No quería. Tenía que quedarme allí. Contemplé con indiferencia al muchacho pelirrojo que me sacudía y gritaba, el que, con desesperación, levantaba la mano y… Sentí como si me golpearan un costado de la cara, la mejilla para ser más exactos, y un ardor se extendió por toda la cabeza. Mi conciencia dio un salto y parpadeé dolorida. -¡¡Ay!!- gruñí, llevándome la mano a la mejilla, con dolor-. ¿Por qué hiciste eso? Me detuve al ver la expresión de alivio de Ajax al ver que le respondía. Pero ésta cambió inmediatamente por una de apremio mientras me decía: -Tápate los oídos. No escuches nada. El aullido de los perros infernales te paraliza y permite que las presas se queden en su lugar, sin huir, hasta que te encuentran. Y luego mueres. Hice lo que me pedía, un poco aturdida todavía, pero ya completamente dueña de mí misma. Nos fuimos desplazando de vehículo en vehículo, arrastrándonos a veces, corriendo en otras. No tenía ni idea de adónde íbamos, pero Ajax no paraba de consultar su Buscador para ver si nos perseguían. En ningún momento me destapé los oídos ni miré por encima de la chatarra, hasta que en un momento me picó la curiosidad y, con sumo cuidado, me asomé. Observé con horror que una criatura que más que un perro parecía un lobo monstruoso estaba agazapado unos cuantos vehículos más allá, sobre el capó de lo que en un tiempo parecía haber sido un camión. Tenía el pelaje negro y alas coriáceas, semejantes a las de un murciélago, entreabiertas y feroces. El hocico del perro estaba abierto, revelando unas fauces babeantes y llenas de dientes como dagas. Y sus ojos… eran iguales a los del perro infernal que me había atacado en el callejón sólo un rato antes. Debía haber sido una especie de detector, y se había activado 70


cuando pasé por allí y aquella cosa semejante a un perro me atravesó. O quizás el propio perro era el detector. Se me erizó la piel al ver otro perro infernal que se subía de un salto al techo del camión y olfateaba el aire. Sentí el sudor nuevamente y de forma instintiva me apreté los oídos hasta que me dolieron. Como si hubiera sabido de antemano que aquella bestia iba a aullar. Y lo hizo. Alzó el hocico y aulló. A pesar de que no lo escuché, sentí un ligero embotamiento y cerré los ojos con fuerza. Cuando los volví a abrir, el perro había dejado de aullar y, extendiendo sus negras alas, alzó el vuelo. Sin pensarlo dos veces, me lancé debajo del vehículo donde me ocultaba. El hecho de que no escuchara nada hizo que tampoco supiera cuando la criatura alada volara sobre mí y cuándo aterrizara. Por eso me sobresalté cuando unos pies pasaron a mi lado. Me aplasté contra el piso, como si quisiera unirme con él, y miré por entre las dos ruedas delanteras. El dueño de los pies se había plantado lo suficientemente cerca como para verlo de pies a cabeza, y me llevé una sorpresa al ver que no era más que un muchacho de la edad de Ajax, aproximadamente. Tenía el cabello de un rubio deslumbrante, llevaba el pelo de punta, y vestía todo de negro. Contuve el aliento al ver el contraste en aquél rostro. Era un rostro perfecto, tan hermoso que cualquier pintor habría querido plasmar su belleza en un cuadro. Pero una belleza cruel, porque aquél muchacho tenía los ojos azules más duros que había visto nunca. “Claro”, pensé. “Sólo alguien con aquella expresión puede estar de parte de aquellas bestias aladas babeantes”. El muchacho se apoyó contra una puerta desvencijada y oxidada y adoptó una actitud de indiferencia. Parecía un modelo posando en un chiquero. Esperé allí en el piso (respirando el polvillo debajo de mí) cuando un ruido de zarpas se escuchó a mi derecha y uno de aquellos perros apareció llevando en la boca una pequeña figura desmadejada de color marrón. Casi se me escapa un grito ahogado al darme cuenta de que aquella figura era el duendecillo que habíamos venido a rescatar. Miraba al frente sin ver y tenía la boca entreabierta. Adiviné que había escuchado el aullido de esa endiablada bestia y se había quedado simplemente parado allí, esperando que lo localicen. El chico, al ver lo que traía el perro, adoptó una expresión de irritación. -Esto no es lo que quiero- dijo, para mi sorpresa, con voz suave y aterciopelada, que lo único que consiguió fue que se encendieran todas las alarmas en mi cerebro -. Quiero a los Protectores. No a un estúpido duendecillo. 71


Para mi horror, un ruido sordo y el consiguiente balanceo del vehículo hicieron que me percatara de que el otro perro infernal acababa de decidir que el capó de mi escondite era el sitio para acomodarse. El chico abrió la boca para decir algo, sin el menor miedo de que dos bestias del mismísimo infierno estuvieran casi rodeándole, pero luego pareció cambiar de opinión y se acercó al duendecillo. Éste aún estaba con una boba sonrisa en el rostro antes ceñudo. El muchacho se acuclilló frente a él y me recordó a Ajax cuando hizo ese mismo gesto, un rato antes. Lo contempló de un lado y de otro y luego colocó el índice sobre el pulgar, como si hiciera un círculo. Luego soltó el índice y le pegó al duendecillo en medio de la nariz, haciendo que cayera hacia atrás. Éste no tardó en recuperar la conciencia, se levantó de un salto y pareció darse cuenta de que se hallaba rodeado. Pude ver cómo palidecía incluso a la distancia y a su color amarronado. El muchacho sonrió y Leila sintió que se le erizaba el vello nuevamente. -Duendecillo- le dijo-. Seguramente me conoces, pero déjame presentarme: me llamo Alex y me parece que tienes varias cosas interesantes que contarnos ¿verdad? El duendecillo escupió en el suelo. -Vete al diablo- gruñó. Los perros gruñeron, pero la expresión de Alex no cambió. -¿Sabes quién soy?- susurró en su lugar, suavemente, tan bajo que debí hacer un esfuerzo por escucharlo. La criatura mágica miró el piso fijamente y por un segundo creí que no respondería. Luego murmuró: -Sí. Alex pareció complacido. -Entonces espero que no vuelvas a hacer algo así de nuevo, porque puedo asegurarte que tu tormento será mucho más duro y largo de lo que imaginas. Ahora, será mejor que me escuches bien y respondas con la verdad, o tu destino será muy similar a estar en el infierno. El duendecillo arrugó el ceño y pareció a punto de lanzarse sobre el muchacho, pero en su lugar bajó la cabeza. Alex sonrió nuevamente. -Así me gusta. Ahora, vas a decirme dónde están los Protectores que fueron a buscarte. Se me formó un nudo en el estomago y sentí que me abrasaba el pecho. Me estaban buscando. A mí y a Ajax. ¿Qué querrían de nosotros? ¿Quién era ese misterioso y peligroso chico? El duendecillo tomó aire y sentí que el alma se me iba a los pies. Ajax había dicho que las criaturas mágicas no 72


querían a los Protectores y no les importaba lo que les pasara. El duendecillo podía decir dónde estábamos y librarse, sin remordimientos. ¿Y si no sabía dónde estábamos exactamente? ¿Y si sabía que yo estaba allí abajo? No podía salir corriendo, ni siquiera me habría podido arrastrar unos metros que me atraparían. Sentí que transpiraba. Para mi sorpresa, lo que el pequeño prisionero dijo fue, con amargura y odio: -Podrás hacerme lo que quieras, maldito bastardo, pero mi pueblo no se rendirá. Tendrás que matarnos a todos, uno por uno, hasta que nos extingamos. La sonrisa de Alex se hizo más fría. -Y eso haré -su voz quedó flotando como una amenaza horrible y el muchacho se volvió hacia los perros-. Hagan lo suyo. Supe lo que iba a pasar cuando vi el perro que tenía enfrente (y sentí al que estaba justo arriba mío) que se agazapaban con las fauces babeantes y miradas que parecían estar disfrutando por adelantado lo que pensaban hacer. Cerré los ojos, incapaz de soportar viendo más, mientras lágrimas corrían por mi cara. A pesar de todo, aquel duendecillo había sido valiente, no nos había delatado (sin importar si no sabía dónde estábamos o de si quería morir con honor) y se había animado a plantarle cara a ese chico tan escalofriante y sus horribles mascotas infernales. Estaba decidida a no ver, pero un ruido sibilante y un gruñido de dolor, seguido por un terrible golpe contra mi escondite, hicieron que abriera los ojos de golpe y me percatara de que uno de los perros había sido alcanzado por una daga y se había estrellado contra mi vehículo. Sin esperar más, aproveché ese momento para salir de allí abajo y rodé fuera. Un rugido furioso sonó casi enfrente de mí y descubrí al duendecillo mirándome fijamente. Abrí la boca para gritarle que corriera cuando una risa que me heló la sangre sonó con fuerza cerca del duendecillo. Éste se volvió rápidamente y echó a correr. Un batir de alas me hizo saber que uno de los perros infernales lo perseguía, pero me acerqué furtivamente y espié a través del capó. Ajax había aparecido del lado opuesto al mío. Estaba sucio y despeinado, pero su aparición fue para mí algo tan milagroso que su aspecto me importó muy poco. Sostenía una daga en su mano izquierda, la que siempre usaba para lanzar cuchillos, y parecía a punto de atacar al rubio. Éste lo miró sin preocupación. Sostenía una espada en una mano, pero ni siquiera apuntaba a mi compañero. Más bien parecía estar pasándoselo en grande.

73


-Así que al fin van apareciendo. ¿Dónde está tu amiguita? También quiero conocerla- se burló Alex. Ajax entrecerró los ojos de furia y con un rápido movimiento lanzó la daga en dirección al cuello de su enemigo. Pensé que le iba a dar, pero él sólo se limitó a mover la espada con mayor rapidez aún y detuvo el arma. Antes de que siquiera tocara el piso, el muchacho sostenía la daga en sus manos con una sonrisa de suficiencia. Ajax levantó una ceja. -La ventaja de ser mitad Sombra, supongo. Por un momento, la expresión de Alex pareció congelarse. -Será mejor que cierres el pico, o yo mismo haré tu sufrimiento tu mayor pesadilla. Ajax hizo una mueca. -Dicen que esa es tu especialidad. Alex sonrió aún más. -Así es. -Entonces- Ajax suspiró. Me sorprendía lo tranquilo que parecía. Yo hace rato que me hubiera ido corriendo como alma que lleva el diablo- ¿me darás mi daga y pelearemos como hombres? Perdón, lo diré de nuevo ¿Me das mi daga y peleamos como hombre y semi-humano? Alex entrecerró los ojos. -Veremos si con la espada eres tan hábil como con la lengua. Antes siquiera de que pudiera reaccionar, Alex lanzó la daga hacia el cuello de Ajax. No, me corregí cuando el muchacho pelirrojo la tomó con rapidez, se la dio para pelear. Tuve que admirar el honor de Alex. Ambos muchachos se lanzaron hacia el frente y el acero chispeó cuando ambas armas se pusieron en contacto. Ajax lanzó una estocada a las piernas de Alex, que lo esquivó y blandió la espada con una finta elegante. Ajax se agachó e intentó alcanzar a su enemigo, pero éste ya estaba preparado y saltó con rapidez. Los contrincantes atacaron al mismo tiempo y ambas armas se encontraron nuevamente con otro chispazo. Cerré los ojos por puro nerviosismo, pero cuando lo abrí ambos estaban forcejeando con fuerza, sosteniendo sus respectivas armas filo contra filo. Incluso pude ver que Alex sonreía. -Eres bueno ¿eh? -La verdad es que sí. Y tú eres lo suficientemente humano como para que pueda derrotarte, Alekey. Supuse que Alekey era el verdadero nombre de Alex, pero éste se puso a reír y añadió:

74


-Así que me conoces. Me siento halagado. Soy muy famoso en las filas enemigas, algo que no puedo decir de ti. ¿Tú eres…? -Ajax, ni más ni menos. Un brillo de reconocimiento apareció en los azules ojos de Alex. -Ahhhh, conozco de alguien que estará muy contenta de saber de ti, Ajax. ¿Te imaginas quién puede ser? Fue como si la expresión de Ajax se enfriara y todos rastro de ansia de pelea se esfumara. En su lugar, parecía abatido y contrariado. -No…- murmuró. -Sí- dijo Alex, feliz de su victoria, y de un empujón apartó a Ajax de sí-. Ella se pondrá muy contenta de oír tu nombre. ¿Ella…? Entonces no pude soportarlo. No pude soportar la voz altanera de Alex, ni sus palabras hirientes, ni la expresión dolorida de Ajax, ni nada más. Furiosa, tomó el cuchillo que se escondía en la bota (consejo de Paris) y sin pensarlo más, lo lancé contra Alex. El cuchillo pasó silbando junto al rostro del muchacho y éste se volvió con rapidez. Advertí dos cosas: una, que le había hecho un corte en diagonal desde la mejilla hasta un poco más allá de la ceja de un rubio casi blanco que se estaba llenando de sangre negra. Y dos, que estaba parada como una idiota junto a un vehículo quemado y destrozado con la mano aún extendida como si acabara de liberar a la paloma de la paz. El rostro de Alex se tornó ceñudo un momento, pero luego se iluminó. -Ya aquí está la otra Protectora. ¿Cómo es tu nombre? Sentía la adrenalina fluyendo frente a mí y estuve a punto de soltarle un insulto, pero me callé. La expresión ceñuda de su rostro me sonó vagamente familiar. -Leila- dije sin pensarlo, y enseguida me tapé la boca, horrorizada. Alex sonrió aún más. “Me imagino que será muy dado a sonreír”, fue el pensamiento estúpido que se me cruzó por la mente. Él no había hecho ningún movimiento para limpiarse el corte y se estaba manchando no solo la cara, sino también la ropa que llevaba puesta. Me sorprendió lo negra que era su sangre, tanto que se camuflaba con la ropa oscura que llevaba. -Aléjate de Ajax- le solté. Alex hizo una mueca por mi tono y se pasó la mano por la cara. Se le quedó oscura, y la mejilla presentaba un manchón negro. Se la miró atentamente unos segundos y aproveché para mirar a Ajax. Parecía haber despertado de su sorpresa y su rostro mostraba alarma pero también determinación cuando me miró. Yo sabía lo que quería: que me escape, que corra. Pero no quería abandonarlo. 75


-Supongo- dijo suavemente Alex, y me sobresalté por la tranquilidad que transmitía su voz- que no me reconoces. Y que por las expresiones que cruzan tu rostro que no sabes ni siquiera la mitad de lo que deberías sobre lo que tus queridos Protectores hicieron hace unos años. Eché un rápido vistazo a Ajax, pero él sólo miraba a Alex con furia. Éste tomó mi silencio como un asentimiento y continuó: -Piensas que los Protectores son personas leales y nobles, que siempre han estado unidos frente a la adversidad- a medida que hablaba, Alex parecía escupir las palabras. Yo lo escuchaba. Era imposible no hacerlo. Su voz aterciopelada tenía un magnetismo y un misterio irresistibles- Esas son mentiras. Te han mentido, Leila, y tú caíste como un conejo en una trampa-.Se volvió hacia Ajax y preguntó- ¿Por qué no le cuentas a Leila que pasó con los demás Protectores que vivían en el Punto? ¿Por qué su número bajó drásticamente un otoño hace dieciséis años atrás? Ajax hizo una mueca. -Cállate. Alex pareció satisfecho con la reacción. -Oblígame. -Yo lo haré- dijo una voz familiar a mi izquierda. Incluso a pesar de estar bajo la hechizante influencia de Alex, me di vuelta inmediatamente. Paris se encontraba sobre el techo del camión destruido, sosteniendo una ballesta que apuntaba al chico rubio con determinación. La muchacha sonrió ferozmente. -Ni siquiera toda tu sangre de Sombra te va a ayudar para salir con vida de ésta- y disparó. Entonces todo ocurrió muy rápido. Alex desapareció en una mancha borrosa y Paris me gritó: -¡¡Corre!! Dudé por un breve instante y Ajax se precipitó hacia mí y tiró de mi brazo. Corrimos fuera de los almacenes con toda la rapidez de la que fuimos capaces, pero fuera nos esperaba un perro infernal que parecía entretenido en algo que no alcancé a ver, que se abalanzó contra nosotros. Paris blandió su daga y el perro se disolvió con un pequeño estallido. Tropecé y caí frente a lo que sea que el perro estaba atacando. Cuando vi lo que era, chillé aterrorizada y me levanté tan rápido como pude. Ajax me condujo fuera de aquél horrible lugar hasta su auto, estacionado a un lado de la desierta calle. Entramos y Paris encendió el motor, mientras respirábamos agitadamente y nos largábamos de allí a toda velocidad. 76


El miedo y el shock de todo lo vivido las dos horas anteriores aún estaban en mi cuerpo, pero necesitaba saber algo antes de llegar al Punto. -¿Quién era ese chico?- exigí, con voz temblorosa. Paris y Ajax cruzaron una mirada y sentí que la furia me invadía. -No crean que no sé cuando se miran así- exploté, temblando de ira-. Dicen que soy una Protectora, pero no confían en mí y me ocultan cosas. No sé nada de lo que está pasando. ¿Quién es ese chico? ¿Qué quería decir con eso de que los Protectores disminuyeron su número hace dos años? Estuve a punto de agregar ¿Y quién es ella? Pero pensé que sería tentar demasiado la suerte. Ambos dudaron y sentí como un volcán explotaba en mi pecho. La ira me inundó de una manera que jamás habría imaginado. Mis manos temblaron y me aferré al asiento, estrujándolo con mis manos. Cuando grité, mi voz sonó más como un rugido que como una voz humana: -¡¡ Ya estoy cansada de esto!! ¡¡Ya estoy cansada de que me dejen de lado, que hagan esas miradas, que me ignoren!! Cuando tomé aire para continuar, me di cuenta, con horror, de que el asiento se había roto donde mis manos habían apretado, y que temblaba como un flan. El volcán que rugía en mi pecho desapareció de pronto y en su lugar dejó vacío y cansancio. Abrí la boca, asombrada, pero no dije nada, sintiendo, de pronto, miedo de mí misma. Ajax me miraba con asombro y percibí la misma mirada de Paris desde el espejo retrovisor. Inspiré profundamente y musité con voz débil: -Lo siento. Sin embargo, Ajax pareció darse por vencido y contestó: -Alekey es un híbrido, mitad humano, mitad Sombra, o demonio. De hecho, no creo que sea muy humano. Por eso es tan rápido y fuerte, y ha sido entrenado como un asesino desde joven. Es el encargado de… cazar criaturas mágicas y Protectores que se opongan a su objetivo. -¿Y nosotros lo somos?- pregunté, sintiéndome repentinamente como si envejeciera cien años. -Sí. Nosotros nos oponemos a su… plan. Abrí la boca, pero Ajax se volvió a Paris y le dijo: -Gracias por llegar a tiempo. -Si hubieras mandado el aviso un momento antes, podría haberme preparado mejor-rezongó la muchacha, pero adiviné que estaba aliviada y contenta de habernos salvado-. A Jay no le hizo mucha gracia que haya tenido que sacarlo del establo en su hora de comer. Me froté la cabeza. 77


-¿Qué aviso? -Cuando estabas hablando con Alekey, aproveché ese momento de distracción para avisar al Punto de que teníamos problemas. -Era la única que estaba de guardia- explicó Paris-. Los demás salieron en diferentes misiones y Homes tuvo que viajar a la Capital por asuntos del Consejo. Me hundí en el asiento y me di cuenta de mi aspecto despeinado y sucio. Ajax señaló un lugar junto a un bosquecillo. -Para ahí. Me limpiaré e iré al refugio. Sí, Leila, tú me acompañarás. No hace falta que te quejes. Esta misión aún no terminó. Cerré la boca de golpe y Paris preguntó: -Pero… ¿dónde está el duendecillo? Por la mirada de Ajax, supe que había visto lo mismo que yo, cuando me caí en nuestra huida, y sentí nuevamente que un frío me inundaba. -No logró escapar- fue todo lo que dijo.

78


4 Mi mirada siguió a Ajax mientras se internaba en un edificio algo derruido pero céntrico con un enorme cartel de “EN VENTA” muy similar al del Punto. Decidí sentarme en un banco a esperar. Me di vuelta y me choqué contra una chica que pasaba detrás de mí, haciendo que cayera al piso. -Lo siento- le dije, tendiéndole la mano. Pero la chica me miró alarmada a través de su oscurísimo pelo que le tapaba la cara luego de la caída. Tenía los ojos verde botella y parecía asustada. Sin reparar en mi mano, se levantó y se pasó con rapidez junto a mí, sin volverme a mirar ni una sola vez. Me quedé extrañada, pero decidí sentarme. Quizás se había asustado por mi apariencia. A pesar de que me había limpiado y peinado como había podido, parecía que me hubieran atropellado y arrastrado por un barrial como en la película de Troya arrastran a Héctor. El sol frío me daba en la cara y me arrebujé lo más que pude. Me encontraba en esa tarea cuando unas voces me hicieron levantar la vista. Dos chicas de aproximadamente mi edad se acercaban, deteniéndose ocasionalmente frente a alguna vidriera que les llamara la atención. Un sentimiento de nostalgia me invadió. Eso era lo que solía hacer con Elena de camino a casa, o los fines de semana, para luego ir a tomar algo juntas, charlando animadamente, riéndonos… Me sentí triste. Había tenido que sacrificar mi vida para ser algo que nunca había pedido. Había perdido mi vida anterior, a mi mejor y única amiga, la posibilidad de ver a mi madre todos los días. Las chicas se detuvieron casi junto a mí mientras parloteaban de cualquier cosa que se les venía a la mente. En realidad, la que parecía llevar la voz cantante era la más baja, que llevaba unos vaqueros y una camisa a cuadros, y tenía la cara redonda y de sonrisa amplia. Hablaba tan alto que podía escucharla desde lejos. La más alta, que era muy delgada y bronceada, la escuchaba con expresión divertida. Tenía el pelo largo y lacio, teñido de color rojo oscuro y sonreía tímidamente. En cambio, la más baja parecía ser muy extrovertida, con una larga y pesada melena negra y un flequillo de lado. Estaba mirándolas disimuladamente cuando ésta última me vio y se dio cuenta de que estaba allí. -¡Hola! ¿Estás sola?- me preguntó, acercándose. -Si quieres, puedes venir con nosotras- me ofreció la pelirroja, con voz suave y tímida. 79


Sonreí agradecida. -Gracias, pero estoy esperando a un amigo. -¿Amigo?- la palabra hizo que la bajita se sentara más erguida junto a mí y que sus ojos color castaño oscuro brillaran. -Tina- la reprendió la chica más alta con el ceño fruncido. Luego me dedicó una sonrisa de disculpa-. Perdona, es un poco impulsiva y no sabe mantenerse callada. -Es mentira- replicó Tina obstinadamente-. Por supuesto que pienso lo que digo. Sonreí y la chica pelirroja me tendió la mano. -Soy Charlotte, pero todos me conocen como Charlie. Y ella es Tina. -Un placer- contesté, mientras les estrechaba las manos-. Soy Leila. -Es un nombre genial- sonrió Tina-. Me encantaría llamarme Leila. Es tan romántico. No pude evitar reírme. Animada por mi disposición, Charlie me preguntó: -¿Vives por aquí? -Más o menos- respondí, pensado en el Punto. Me pregunté qué dirían si les dijera dónde vivía exactamente. Después de todo, era un edificio abandonado y en venta. -Nosotros somos vecinas- dijo Tina, dispuesta a participar en la conversación-. A un par de cuadras de aquí. También somos compañeras de colegio- Se detuvo y miró hacia uno y otro lado, y preguntó- ¿Dónde está tu amigo? ¿Se habrá ido sin ti? Charlie intentó disimular el codazo y la mirada dirigida a Tina y yo me imaginé a Ajax escabulléndose por la parte trasera del edificio y escapando en su auto. La escena me dio ganas de reír. -No- contesté-. Él sería incapaz de una cosa así. -¿Ah, sí?- preguntó Tina-. Entonces debe ser muy atento y caballeroso. -No lo creo- contesté, tratando de imaginar a mi compañero abriéndome la puerta de un carruaje, ambos engalanados, él con traje y yo con un vestido. Hay que decir que no me desagradó la idea, pero si omitía la parte del vestido. Odiaba los vestidos de princesa por lo cursis que eran. -¿Dónde estudias?- me preguntó Charlie, cambiando d tema. Se me cayó el alma a los pies. -Yo… estudio en mi casa- ni siquiera sabía qué responder si me decían cómo lo hacía. Tina se animó. -Eso es simplemente genial.

80


Abrí la boca para decirle que no era cierto, porque en el colegio había muchos chicos de tu edad y podías hacer nuevas amistades, pero Ajax eligió ese momento para salir del edificio y se quedó mirándome asombrado al ver que estaba hablando con dos chicas. Carraspeé y antes de que llegara les pedí sus e-mails y teléfonos. Había decidido que quería empezar una amistad con aquellas chicas que me habían calmado del horror por el que acababa de pasar. -Disculpen. La voz de Ajax llegó hasta nosotros con educación y algo de frialdad. Le sonreí, desafiante. Esperaba que se mostrara enfadado después, pero no me importaba. Me volví para presentarlo a mis nuevas amigas, pero ambas se habían quedado mirando a Ajax con una adoración semejante a la de un perro con su amo. Especialmente Tina. Sentí un cosquilleo de celos en los dedos, pero los rechacé moviéndolo rápidamente y obligándome a hablar. -Ajax, ellas son Charlie y Tina. Chicas, él es Ajax. Charlie extendió la mano, sonriendo como hipnotizada, y supliqué que yo no hubiera tenido esa expresión la primera vez que vi a Ajax. Era difícil, teniendo en cuenta que acababa de ser atacada por un Troll. Mi compañero pareció pagado de sí mismo por tanta atención y me dieron ganas de lanzarle a la cara los pochoclos que una niña pasó comiendo por mi lado. Él pareció darse cuenta y aquello sólo lo divirtió aún más. -Un placer- dijo él, mientras tomaba la mano de las dos chicas y las besaba. No pude evitar poner los ojos en blanco y decidí que tenía que sacar a Ajax de allí. Tomándolo de un brazo, tiré de él mientras me despedía de mis nuevas amigas. Ellas me saludaron y se marcharon cuchicheando. Supe qué era lo que iban a decirme cuando volviera a verlas.

-¿Y bien? ¿Qué ha pasado en el “refugio”?- pregunté, moviendo dos dedos de arriba hacia abajo. Estábamos en su auto, conduciendo de regreso al Punto. Paris nos había dejado frente al edificio ruinoso donde vivían los duendecillos y se había ido en su pegaso, Jay. Ajax frunció los labios. 81


-Estaban muy enojados, la verdad. Me acusaron de no cumplir con mi deber. Incluso amenazaron con cortar todo lazo con nosotros y prohibirnos la entrada a su refugio o al cualquier lado donde se reunieran. -¿Y eso es malo? Ajax suspiró, pero no apartó la vista del frente. -Malo para ellos, en realidad. Pero las criaturas mágicas son orgullosas y jamás pedirían nuestra ayuda una vez que cortaran lazos con nosotros. Preferirían morir peleando, solos. Sentí un escalofrío y Ajax aprovechó mi silencio para cambiar de tema. -No deberías hablar con esas chicas. Ya sabes lo que dijo Homes sobre eso. Es peligroso. -Basta- le corté, cansada-. Déjame tener algo, por lo menos. ¿No te basta con alejar a mi mejor amiga? O, mejor dicho, a mi ex mejor amiga, que probablemente me odie por no volver a verla. Ajax me miró enojado. -Ya sabes cómo es esto. No quieres ponerlas en peligro. -Soy una adolescente- repliqué, furiosa-. Quiero tener amigos. Necesito tener amigos. -Nos tienes a nosotros- murmuró Ajax por lo bajo. Lo miré asombrado y él gruñó. -¿Y para qué quieres amigos? La mayoría te abandona o traiciona. Abrí más la boca. -Pero Kade y Rasmus… Paris… -Ellos no son mis amigos. Son mis compañeros y nos llevamos muy bien, pero no son realmente amigos. Eso es algo muy cercano. Si tienes amigos, corres el peligro de que tus enemigos los usen para obtener algo de ti. O los tomen de rehenes. Debes depender sólo de ti. -¿Y tu hermana?- le pregunté-. A ella también pueden usarla contra ti. Hizo una mueca de dolor y supe que le había dolido. -Ella sabe protegerse. Pero esas dos chicas son tan normales y corrientes como cualquier otra. No saben defenderse si algo los atacara. Reza para que Alekey no sepa alguna vez de su existencia. El nombre del atractivo y peligroso muchacho rubio hizo que se me erizara de nuevo el vello y la calidez que me habían proporcionado Charlie y Tina desapareciera. -Yo necesito amigos- murmuré. Sabía que estaba siendo egoísta, pero la soledad no me dejaba pensar demasiado. Ajax volvió a suspirar y se quedó tan callado que pensé que había dado por zanjado el asunto. Pero luego dijo: 82


-Está bien. Puedes hablar con ellas, puedes reunirte, pero en lugares seguros como tu casa, que está vigilada. Nada de salir a la calle ¿entendido? Lo miré sorprendida y luego sonreí. -Sí, lo entiendo. Gracias. Me dieron ganas de besarlo de contenta, pero me contuve.

Los Protectores se mostraron muy preocupados cuando se enteraron de la noticia. Me figuré que a Alex lo conocían demasiado bien. Los susurros me seguían a todos lados. Estaba segura de que hablaban de aquello que yo desconocía, de algo referente a los Protectores. A ella. Sin embargo, decidí no preguntar. Estaba cansada de que esquivaran mis preguntas. El Punto vivía momentos de máxima tensión. Todos estaban serios y las misiones comenzaron a ser más seguidas y más prolongadas. Parecían esperar algo. Me recordaba a la calma que precede a una tormenta. Incluso Deb parecía más seria y ya no hablaba hasta por los codos en las horas de estudio. Homes debió ausentarse varias veces y nos encargaba el trabajo que debíamos hacer. Nadie parecía estar tranquilo ni me llevaba demasiado el apunte. Por eso decidí concentrarme en mis estudios, mis entrenamientos y en pasar el tiempo con mi madre y mis nuevas amigas, Charlie y Tina. Adopté la costumbre de pasar el fin de semana exclusivamente en casa de mi madre y mis amigas me visitaban todos los sábados. Allí, con mi madre, me sentía segura. Ella parecía presentir que algo no iba bien, pero no me abrumaba con preguntas. Cuando debía volver al Punto, me sentía hundida. Se me hacía insoportable el ambiente, por lo que trataba de conseguir alguna misión o simplemente me encerraba en mi cuarto tratando, sin éxito, de leer algún libro. Generalmente terminaba lanzándolo de pura frustración. Todas las noches soñaba con Alex y su magnética voz, que me llamaba. A veces me despertaba en medio del pasillo, como una sonámbula. Una de esas noches acabé en la cocina y estaba a punto de darme la vuelta, desalentada y exhausta, cuando escuché que una voz susurraba:

83


-Ahora no puedo ¿entiendes? Bueno, entonces búscate a otra. No me importa. Ya te dije que ese no es mi problema, tengo otras cosas que hacer aquí. Me detuve sorprendida de lo brusco del tono de voz y en ese momento apareció Katy en el umbral. Ambas dimos un respingo de sorpresa al encontrarnos. -¿Leila?- Katy parecía levemente alarmada. Me dieron ganas de romper algo. Seguramente estaba hablando de ese estúpido tema de los Protectores con otro habitante del Punto y no les había caído bien que yo escuchara. Bueno, me importaba una mierda. -Sí- dije, intentando mostrar indiferencia-. Sólo venía a buscar un vaso con agua. Ya me iba. Me pareció ver un destello en los ojos celestes, pero inmediatamente desapareció. -Sí, yo también me voy a la cama. Esperé a que los pasos se alejaran y luego me dirigí a mi habitación. Mientras me metía en la cama, se me ocurrió algo.

-Deb- llamé suavemente. La muchacha parecía absorta en su libro de texto y por un momento creí que no me había escuchado. Homes nuevamente había tenido que viajar a la Capital de urgencia y nos había dejado los deberes. Finalmente Deb levantó la vista. -¿Sí? Eché un vistazo a la gigantesca biblioteca para asegurarme de que estábamos solas. Al comprobar que efectivamente era así, me acerqué a ella y pregunté en voz baja: -¿Qué es Katy exactamente? La pregunta pareció causar gran impresión en Deb, que parpadeó sorprendida y murmuró: -No sé de qué estás hablando. Contemplé cómo mi amiga volvía a su libro de texto y me enfadé. Sabía perfectamente que estaba mintiendo. -Ey- llamé, cerrándole el libro de un golpe. Inspiré profundamente para calmarme y proseguí-. No me mientas. Ella… es extraña. ¿Qué es? Puedo sentirlo, puedo verlo en sus ojos. ¿Cuál es el Don de Katy? 84


Deb me miró a los ojos. -Es raro que te hayas dado cuenta. La mayoría no lo hace. Fruncí el ceño. Desde el primer día que conocí a Katy, supe que algo raro ocurría con ella, pero jamás me había atrevido a preguntar. Mi amiga suspiró, resignada y comenzó a hablar en voz baja, sin mirarme: -Katy es… diferente al resto de nosotros, los Protectores. Quiero decir… su Don…- se detuvo un momento, y luego me miró-. El Don de los Protectores jamás es causar daño a nadie. Pero el Don de Katy es diferente. Ella puede causar daño, puede lastimar a cualquiera que se lo proponga. Me sacudió un escalofrío. -Entonces, ¿no es una Protectora? Ella sacudió la cabeza. -Sí lo es… pero es algo muy extraño. Ha tenido preocupado a todo el Consejo. Es algo nunca visto. Y no le encuentran una explicación. Respiré hondo. -¿Y qué es exactamente lo que hace? Deb se mordió el labio y fijó la vista en su libro. -Bueno, provoca dolor, pero es sólo algo mental, quiero decir, no te golpea. No es un dolor físico. Me estremecí. -Suena horrible. -Y lo es. Pero… no podemos dejarla así. Su Don es todo un dolor de cabeza para los Protectores más experimentados. Ha tenido que trabajar duro para controlarlo. Viaja muy seguido a la Capital para aprender a mantener el control con un maestro. Hace tiempo, cuando se enojaba, solía utilizar su Don contra aquél con el que se enfurecía. Me quedé boquiabierta y Deb se encogió de hombros. -No lo hacía a propósito. Simplemente… se enfadaba. Y su Don se descontrolaba. -¿Alguna vez te enojaste con ella?- pregunté, asustada. Deb se permitió una breve sonrisa. -Nunca fui tan estúpida.

En ese tiempo también elegí mi propio pegaso. Homes dispuso varios potrillos recién nacidos, de varios colores, para que uno se acercara a mi 85


mano y comiera de ella. Estaba tan nerviosa que casi le lancé el alimento a la cara al pequeño pegaso que se acercó a mí. La espera fue lo que me puso en alerta, ya que durante una hora, ninguna criaturita se acercó a mí. Presentí que algo iba mal, que los Pegasos se acercaban a los Protectores con facilidad. Pude ver cómo Homes fruncía el ceño. Por eso, cuando un potrillo se acercó a mí y finalmente comió de mi mano, el alivio fluyó por mi cuerpo. Fue un momento casi mágico, donde mi mirada se encontró con la clara y pura del pequeño, y sentí que dentro de mí explotaba un volcán de ternura y conexión con aquél pegaso que me había elegido. Era completamente negro, con algunas plumas de sus alas de color metálico, y de intensos ojos celestes. Cuando vi que tenía una mancha en forma de estrella de color blanco en su frente, comprendí qué nombre era el adecuado para él. -Azabache- murmuré, sonriendo-. Ahora eres Azabache. El pequeño recién nombrado relinchó suavemente y frotó su húmedo hocico contra mi mano, y nuevamente no pude resistir ese torrente de ternura ni ignorar aquella conexión que parecía unirnos.

-Prepárate- me dijo Ajax-. Tenemos otra misión que hacer. Levanté la cabeza del libro que tenía en mis manos. -¿Adónde iremos? Ajax se adentró en el salón de armas, volviendo con pequeñas dagas. Me lanzó una a mí y la cacé al vuelo. -A la Ribera. Fruncí el ceño. Conocía la Ribera porque mi mamá solía llevarme allí de pequeña. Era el único lugar donde no estaban contaminadas las aguas. -¿Y quiénes necesitan nuestra ayuda?- pregunté, levantándome. Ajax resopló. -Deja de hacer preguntas. Estuve tentada de responderle, pero me encogí de hombros. No iba a quedar como una curiosa. Fuera nos esperaban Eleazar y Kimberley. Por un momento imaginé que en vez de la pegaso parda que me esperaba tranquilamente en el patio era mi propio pegaso, ya adulto, orgulloso y magnífico, de color noche cerrada y poderosas alas. Pero Azabache era sólo un potrillo, y apenas había comenzado a entrenarlo. Así que monté en Kimberley y pronto nos 86


encontramos sobrevolando la inmensa Ribera. Ajax señaló un punto algo alejado y descendimos allí. Contemplé lo lejos de la orilla que estábamos y resoplé, resignada. -Tenemos que descender lejos, de lo contrario no se acercarán a nosotros- dijo Ajax, como si me hubiera leído el pensamiento-. Y teníamos que venir volando, ya que odian a los humanos y todo tipo de contaminación. -¿Y quiénes son ellos?- pregunté, curiosa-. ¿Una ONG ambiental? Ajax me lanzó una mirada de reproche. -No hagas bromas sobre eso. Además, tienen razón. -Lo siento. Ajax sonrió un momento, pero luego volvió a ponerse serio. -Son Gente del Mar. Los humanos las llaman sirenas. Me detuve en seco. -¿Si… sirenas?- tartamudeé. Ajax asintió. Una pregunta se me pasó por la cabeza. -¿Son tan hermosas como dicen? Ajax esbozó una sonrisita. -Sólo para los hombres humanos. -Y tú no entras en esa categoría- le animé a seguir hablando. -Claro que no. Como Protectores, las veremos en su verdadera forma-¿Ah, sí?- pregunté-. Entonces, ¿no atacaban barcos para seducir a los marineros con su canto? Ajax lo pensó un momento. -Es verdad lo de su canto. Su belleza es falsa, pero no el poder de su voz. -¿Y pueden hipnotizarte? ¿A ti? Ajax frunció el ceño. -No lo sé. -¿Cómo que no lo sabes?- pregunté, sorprendida-. ¿Y vas a un lugar donde hay sirenas, que como sé no aceptan a los Protectores, sin saber si el canto de esas criaturas tiene poder sobre ti? Me impresiona tu valentía. Mi compañero sonrió burlonamente. -Sigue burlándote, pero para que sepas, la Gente del Mar hizo un pacto donde no debían utilizar ese poder, mientras los Protectores no utilizaran sus Dones contra ellos. -Ah. Mientras bajábamos por la escalera de piedra, Ajax se volvió hacia mí y me susurró: -Ten cuidado, Leila. La Gente del Mar son astutos y traicioneros. No hables si no se dirigen especialmente a ti. 87


Asentí. En cualquier otro momento, lo habría mandado a mudar si me ordenaba hacer de poste a un costado, pero las sirenas eran otra cosa, y las palabras de Ajax me habían impresionado. Cuando llegamos a la orilla, mi acompañante lanzó un pequeño dispositivo luminoso y pulsante al agua. Lo miré con curiosidad y me explicó: -Una llamada. Mi mirada de pronto descubrió un torbellino de burbujas en el agua, y de pronto una mujer se acercó nadando a la orilla y se acodó en ella. La miré con asombro. Al principio parecía sólo una hermosa mujer de cabello rubio y brillante, de profundos ojos castaños y bellas facciones. Un encanto fluía a su alrededor como un aura, pero algo en ella me hizo ponerme en máxima alerta. Y entonces lo vi. Aquella apariencia no era más que una ilusión, y la criatura que se encontraba delante de nosotros tenía la piel verde, el pelo formado de algas y los ojos amarillos y astutos. Todo su cuerpo estaba formado por escamas y algo más atrás de ella se agitaba algo que supuse sería su cola de pez. -Sirenas- murmuré, asombrada aún. La sirena se volvió de pronto hacia mí, furiosa, y soltó un siseo. -Nosotras no somos sirenas, somos Gente del Mar. Las sirenas son criaturas crueles y no tenemos trato con ellas. Di un paso atrás, atemorizada. -Lo siento. Ajax suspiró largamente y se volvió hacia aquella cosa que-no-era-unasirena. -Tú nos has llamado. ¿Qué es lo que quieres? La criatura se alejó un poco de la orilla, para volver con expresión pensativa. -Tenemos…información que podría interesarles. Casi sentí la tensión de Ajax cuando preguntó: -¿Qué quieren a cambio? La no-sirena sonrió, y pude ver sus caninos afilados al estilo vampiro. -Que respondas a una pregunta. Ajax dudó. -¿Qué pregunta? La no-sirena me lanzó una mirada y pude ver cómo entrecerraba los ojos. La contemplé a su vez, incapaz de apartar la mirada, mientras sentía que mis miembros cosquilleaban y sentía una especie de sonda en mi mente, buscando… 88


Sentí un tirón y la sonda desapareció. Ajax apuntaba a aquella criatura con su daga, acercándose a mí en actitud protectora, pero la bajó cuando la no-sirena emitió un chillido ahogado. Inmediatamente se lanzó hacia atrás en el agua y retrocedió, sin quitarme la vista de encima. Sentí que se congelaba mi interior. -Tú…tú- gruñía la criatura, mirándome con furia y miedo en sus ojos amarillos. Sentí que se me secaba la garganta y el corazón me latía con fuerza. -¿Qué pasa con ella?- inquirió Ajax, desconcertado. La no-sirena lo miró. -Ella… ella… ¡No es de fiar! Ella es maligna. -¿Qué?- jadeé, sorprendida. La criatura me miro. -Aléjate, aléjate de mi río. Trastabillé y tropecé con mis propios pies. Me golpeé contra el piso dolorosamente, pero apenas le di importancia. Ajax avanzó, con la daga en alto. -No vuelvas a decirle algo así a Leila. Ella apostó una expresión para nada asustada por su arma, y en cambio replicó: -No sabes qué tienes como compañera, Protector. Ella no es de fiar… y lo comprobarás muy pronto. -Cállate- gruñó Ajax, con voz de acero-. No vuelvas a decir eso. La no-sirena gruñó por lo bajo y se hundió hasta que sólo sus ojos asomaron sobre la superficie del agua. -Entonces váyanse- gruñó-. Y no vuelvan. Ajax le dio la espalda a la orilla y se volvió hacia mí. Había estado tan absorta que ignoré por un momento su mano, pero luego la tomé, insegura. Él me ayudó a pararme y me rodeó con un brazo. En otras circunstancias habría disfrutado del contacto, pero un intensó frío por dentro me congelaba. Un autentico tsunami de sentimientos me enturbiaba la mente y me sentía ida. Apenas supe dónde pisaba hasta que Ajax silbó para llamar a los Pegasos. -Espera- dije, sosteniendo el brazo de mi compañero-. No te ha dicho la información que querías. Ajax pareció sorprendido, pero luego me volvió a rodear con un brazo. -No importa. Sea lo que sea, te ha insultado y eso no puedo permitírselo. Mis ojos se encontraron con los suyos y percibí la ternura que había en ellos. Por un segundo, Ajax no me miró enfadado, ni de forma misteriosa, 89


no me estaba ocultando algo, sino mostrándomelo. Me quedé sin respiración. No me había dado cuenta que algo frío se expandía por mi cuerpo hasta que éste se derritió y una calidez inundó mi ser. Sonreí como una estúpida (exactamente como había deseado no sonreír cuando vi a Tina mirando a Ajax) y deseé que ese momento no se terminara jamás. Pero un batir de alas destrozó esa esperanza y pronto nos dirigimos hacia el Punto.

Contemplé la hoja un momento, pensativa. Estaba tan escrita que apenas quedaba margen en blanco. Había anotado todas las dudas que asaltaban mi mente desde que mi Don se había despertado completamente. Me mordí el labio y volví a leerlo: ¿Quién soy? ¿Por qué aquella no-sirena dijo que no era de fiar? ¿Qué era lo que los Protectores me ocultaban? ¿Qué había pasado dieciséis años atrás? ¿Quién era ella (esto subrayado varias veces)? ¿Quién era Alex y quién lo mandaba? ¿Qué había estado hablando Katy aquella noche? Y sobre todo, ¿quién era la misteriosa Mitra? Hundí la cabeza en mis brazos. Eran demasiadas preguntas. ¿Y respuestas? Cero. Nada. Mi madre me llamó para cenar. Gruñí, mareada. ¿Quién era yo?

90


5 El ruido de platos y cubiertos había disminuido mientras comíamos y la charla se desvanecía. Mi madre parecía cansada y tenía la vista clavada en la pared detrás de mí. Me pregunté por qué no me miraba directamente y esquivaba mi mirada. Me armé de valor para preguntar lo que estaba a punto de decir y lo solté: -Mamá, ¿Dónde crees que esté? Mi padre- expliqué al ver la mirada de desconcertada de mi madre. Ambas hicimos una mueca. Mi madre, por aquella palabra que era tabú para ella, y yo, porque era la primera vez que la utilizaba y pensaba en aquella persona desconocida como mi padre. Mi madre pareció incómoda. -No lo sé. Sabes que no he tenido contacto con él desde que me dejó. Percibí dolor en su voz, pero necesitaba saber. -¿Por qué te dejó? Escuché el crujido que hizo el vaso cuando mi madre lo apretó, pero ella murmuró, con la vista en el plato y voz mecánica: -Las cosas no iban bien. Cuando quedé embarazada de mi segundo hijo, empecé… a estar mal. -¿Mal?- pregunté, interesada y preocupada. Mi madre asintió, y percibí que ya no se encontraba aquí, sino en algún lugar muy lejano, perdida en sus recuerdos. -No dormía bien por las noches. Tenía pesadillas. Me despertaba gritando y empapada en sudor. Cada vez que llegaba la noche, me aterrorizaba dormir. Sabía que las pesadillas aparecerían, y así era. Vomitaba casi todos los días, perdí el apetito. Adelgacé casi veinte kilos en pocas semanas. Tuve un cuadro de anemia. Me sentía débil y abatida, cuando sabía que en realidad debía estar feliz con la llegada de un hijo. Me volví irritable, me enojaba por cualquier cosa. Intentaba levantarme y no podía. Cuando comí, inmediatamente expulsaba todo. Tu…padre estaba muy preocupado. Perdió su trabajo por cuidarme. Tampoco él dormía, debido a mis gritos. Ni él ni Elizabeth. Ella se volvió muy miedosa e insistía en dormir con nosotros, pero no se lo permitimos, debido a que solía revolverme en mis pesadillas y podía terminar lastimada. Con tu padre discutíamos mucho. Y cuando el bebé finalmente nació…- mi madre se detuvo y comprendí que intentaba contener las lágrimas, que ya resbalaban por su nariz. Ella se cubrió la cara con las manos y sollozó. Su voz salió ahogada de entre sus manos-. Las enfermeras me dijeron a los pocos minutos que había nacido muy débil. Sólo tenía cinco meses de 91


gestación. Murió allí mismo. Ni siquiera pude verle el rostro. Jamás supe cómo era. Había estado tan absorta en la historia que no me di cuenta que yo también estaba llorando. Aquella historia había sido muy dura, y casi me arrepentía de habérselo preguntado. Era un golpe duro para ella. Y mi corazón sangraba por aquella historia. No tenía ni idea de que todos hubieran sufrido tanto. Era espantoso. -Y lo peor de todo- murmuró mi madre, aún cubierta con las manos-. Fue que una parte de mí, se alegró de no haber visto al niño. Porque si lo hubiera hecho, habría recordado lo mucho que había sufrido. Me estremecí por aquella confesión. Mi madre volvió a hablar, casi en un susurro: -Era una parte muy pequeña de mí, pero lo pensé. Me sequé las lágrimas y me mordí el labio. Mi madre separó las manos y su rostro pareció envejecido cien años. -Cuando quedé embarazada de ti, pensé que me volvería loca al pensar que tendría que pasar por toda esa pesadilla otra vez. Pero no fue así, Leila. Mi embarazo fue casi normal. -Casi- recalqué, sintiendo un frío interior. Mi madre se mordió el labio. -No voy a negar que me desperté un par de veces gritando, pero sólo fue al principio y luego naciste tú- Mi madre extendió la mano para acariciarme la mejilla y me sorprendió que una parte de mí quisiera apartarse de golpe-. Eres hermosa, Leila. Tan hermosa como tu hermana, y apuesto que como tu hermano también, si hubiera sobrevivido. Aparté la vista para huir del dolor de sus ojos, y ella retiró la mano. -Será mejor que te vayas a acostar, querida. Ya es tarde. Asentí, aún turbada por todo lo que mi madre me acababa de contar, y me dirigí hacia las escaleras. Mi madre murmuró: -Las cosas con tu padre empezaron a ir mal con mi segundo embarazo, y él no quería pasar por lo mismo de vuelta. Por eso se fue. Ojalá te viera ahora, y supiera lo equivocado que estaba. Inspiré con fuerza para contener las lágrimas. Cuando me estaba por meter en la cama, reparé en que el papel que había escrito un rato antes ya no estaba.

-Habrá una fiesta el próximo sábado por la noche - me comunicó Tina mientras hojeaba un libro antiguo de mi habitación. 92


-¿Ah, sí?- pregunté, acostada en la cama. -Sí, y espero que vayas con nosotras. Fruncí el ceño. Estaba aburrida de estar los fines de semana en mi casa, encerrada, sin posibilidad de salir a ningún lado. Tina y Charlie me visitaban todos los sábados y domingos casi religiosamente, y eso era un consuelo para mí. Si hubiera estado sola, me habría vuelto loca. Y no ayudaba que mi madre estuviera algo distante e ida desde aquella conversación sobre su embarazo. Pero lo de la fiesta era otra cosa. No me gustaba ese tipo de eventos sociales, pero incluso eso me parecía algo interesante ahora. Meneé la cabeza. -Lo siento. No puedo irme de aquí. Esta vez fue Tina la que frunció el ceño y dejó el libro a un lado. -¿Qué es lo que sucede, Leila? ¿Por qué no puedes salir de esta casa? Sólo vas de aquí a… bueno, tampoco sé adónde vas en la semana. ¿Quién no te deja salir al afuera? ¿Tienes una enfermedad? ¿O estás con arresto domiciliario? Me percaté de la mirada curiosa y preocupada de Charlie, que bajó los hombros al ver que la miraba. Me froté la cara con las manos y de pronto sentí impotencia y le lancé un golpe a la almohada. Ambas chicas pegaron un salto. -¿Leila? ¿Estás bien?- me preguntó Charlie con gesto asustado. -No- murmuré, abrazando mi almohada y mirando por la ventana-.No, no estoy bien. Estoy cansada de estar aquí encerrada. Quiero irme de aquí. Pero… no puedo. Es una cuestión de vida y muerte, y no puedo contárselo- agregué, al ver que Tina abría la boca, seguramente para preguntar-. Perdónenme, no es mi intención ocultar secretos, pero no puedo, de verdad. Y en la semana voy a un instituto, estudio y duermo allí. Tina miró a Charlie, y ella me dirigió una suave sonrisa. -Está bien. No te preguntaremos. Pero queremos que sepas que puedes contar con nosotras. De verdad. Sonreí, agradecida de que no siguieran preguntándome. Sabía que se morían de saber que pasaba, naturalmente, pero respetaron mi decisión. Tina se echó a reír. -Es una lástima que no puedas venir a la fiesta. Conocerías mucho chicos. Charlie rió también. -No es necesario. Leila ya tiene uno: ese chico pelirrojo tan atractivo. Le lancé la almohada, avergonzada pero secretamente complacida. -Cállate.

93


-Es verdad- se animó Tina-. Tienes mucha suerte. Ey- exclamó de repente-. Se me ha ocurrido una idea. ¿Y si le preguntas a él si te acompaña? Así no irías sola. Abrí la boca, pero me di cuenta de que quizás no era tan mala idea. Sonreí. -Le diré. Ambas parecieron satisfechas y comenzaron a comentar de la fiesta y de lo llevarían puesto. Pensé en lo que Tina me había dicho. Si Ajax me acompañaba, no habría problemas. Ambos podríamos defendernos. Volví a sonreír y me uní a la conversación. Cuando volví al Punto aquella tarde y Ajax me recibió, le dediqué mi mejor sonrisa mientras le decía: -Prepárate. El próximo sábado iremos de fiesta.

-Tiene que ser una broma- me quejé. -No vamos a ir de fiesta porque sí. Es una excelente oportunidad para intentar localizar a la Kumer que buscamos. -Pero es una fiesta- repetí por décima vez-. Vamos a divertirnos, no a cazar. Pensé que los fines de semana eran para disfrutar. Ajax me miró muy serio. -Es en serio Leila. Ya sabes que no puedes ir por ahí donde se te dé la gana, ningún Protector puede. Así que esto es una misión más informal, pero una misión al fin y al cabo. Sabes que estamos casi en guerra, y no hay que distraerse ni arriesgarse. Si podemos conseguir información de la Kumer que estamos buscando, daremos otro paso más para detenerlos. -¿Detenerlos?-pregunté, pero Ajax ya se había ido. Resoplé, enojada, y me encaminé a mi habitación.

-Parezco…- hice una mueca y me callé. Estaba frente al espejo, con un vestido corto de color negro que realzaba mi pelo y mis ojos dorados, y Deb me había maquillado y peinado de tal 94


manera que apenas me reconocía. Y eso que había logrado que usara tonos naturales y un peinado acorde a él. Pero incluso así, me sentía… como si aquella chica frente al espejo no fuera yo. Fruncí el ceño. No me gustaban los vestidos. Solía usar vaqueros y alguna camisa o remera estampada, y no estaba segura de si aquella apariencia me gustaba. -No mientas- me reprochó Deb, mirándome como si fuera su retoño a punto de ir al colegio por primera vez. Sólo me faltaba que me sacaran fotos y se las mostraran a toda mi familia-. Estás preciosa. Suspiré y me encogí de hombros.

Apenas traspasé el umbral de la puerta, una avalancha de luces y olores me paralizó. El lugar era enorme, más enorme de lo que imaginaba. Cientos de chicas y chicos bailaban en la gigantesca pista, gritando, agitando los brazos y entonando las canciones que un chico con lentes de sol de color verde chillón pasaba desde la cabina del DJ sin dejar de bailar. La barra estaba a rebosar. Las luces cambiaban de color y se apagaban y prendían tan rápido que tuve que entrecerrar los ojos. Mi mirada se encontró con Ajax, que me estaba hablando, pero yo no podía escucharlo sobre el ruido infernal que había allí. Sacudí la cabeza y él se acercó a mí. Tuve un escalofrío cuando se colocó junto a mí y, a pesar del olor a comida y sudor del ambiente, sentí su perfume. Se inclinó hacia mí y me estremecí cuando sus labios casi tocaron mi oreja. -Iré a la barra en busca de algún rastro. Asentí para hacerle saber que estaba enterada y descubrí a Charlie, que me estaba esperando y alzó los pulgares al verme así con Ajax. Él se alejó y sentí que me ponía roja. Seguí a Charlie entre la multitud y recibí tantos empujones como nunca recibiría en mi vida alguna vez. Tengo que admitir que contraataqué a codazos a diestra y siniestra para abrirme paso, hasta que un desgraciado me pisó el pie. Solté tal insulto que el chico se dio vuelta, sorprendido. Así que me volví cojeando, en busca de Charlie, sólo para darme cuenta de que la había perdido. Sentí desesperación por un segundo, pero luego se me ocurrió que podría localizar a la mujer-serpiente que se encontrara por allí. Moví la cabeza, disgustada. Había venido a esa fiesta a divertirme, no a cazar. Entonces me acordé que si alguna vez me perdía, debía ir al baño de chicas a esperar al resto. 95


Por lo tanto me enfoqué en encontrar el baño y luego de unos cuantos empujones y codazos más lo encontré. Me sentí como Colón cuando descubrió América. El baño estaba todo lo limpio que puede estar el baño de una fiesta, pero estaba lleno de chicas, la mayoría mirándose al espejo, retocándose el maquillaje y parloteando sin parar. Mientras esperaba, me dirigí a mirarme en el espejo (después de todo, soy una chica) y decidí esperar a Charlie junto a la puerta. Luego de un momento de decisiones, llegué a la conclusión de que el lado de dentro del baño era mejor para esperar que el de fuera, más oscuro. Me encontraba esperando cuando el DJ anunció la nueva canción de moda y, como abejas a la miel, todas las chicas salieron en tropel bailando y cantando. Me quedé en mi lugar, escuchando la música que llegaba más apagada hasta allí, pero que me importó bien poco ya que dudaba de que pudiera aguantar mucho tiempo la música destruyendo mis tímpanos. Estaba en eso cuando escuché pasos que se detenían del lado exterior de la puerta del baño, y casi inconscientemente agucé el oído. -Tranquilízate, Raq- dijo una voz masculina, suave y preocupada. -Suéltame- resolló otra voz, esta vez femenina y débil. Sonaba como si hubiese estado llorando y me avergoncé de escuchar a escondidas lo que parecía una pelea de pareja hasta que la chica, Raq, sollozó. -Ha sido tan horrible- farfulló la chica-. Cómo gritaba y se retorcía. -No era un humano, Raquel- dijo el chico como si eso justificara todo, pero no sonó convencido. -¡No vuelvas a decir eso, Adam!- explotó Raquel-. ¡Cállate! Adam guardó silencio y los sollozos volvieron. Me asomé disimuladamente, picada por la curiosidad. “¿Se retorcía y gritaba?” “¿No era humano?”. No creía que hubiesen estado torturando una babosa. ¿De qué hablaban? ¿Quiénes eran esas dos personas? Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude ver a un chico un poco mayor que yo, con el pelo castaño claro en punta y ojos claros y preocupados (agobiados, más bien, pensé), que rodeaba con sus brazos a una chica que había apoyado la frente en su hombro y lloraba. Tenía el pelo largo, lacio y del color más negro que había visto nunca, muy brillante y echado totalmente sobre su hombro derecho. Sentí un picor en la nuca y me pasé la mano sin pensar por el cuello. Había algo familiar en ellos. La chica, entonces, se apartó y pude verla. Debía ser un año mayor que yo, era muy delgada y extremadamente pálida, y sus ojos verdes estaban rodeados de abundante maquillaje negro. 96


Me quedé mirando su rostro, delicado y bello, hasta que se volvió con rapidez hacia mí. Era la muchacha con la que había chocado el día que conocí a Tina y Charlie. Sólo tuve un segundo para ocultarme y sentí como el corazón saltaba en mi pecho. Algo en mi interior me advertía que no era bueno que aquellos dos me vieran. Entonces Adam murmuró: -Es estar cerca del Punto lo que te pone así. No pienses en ello. Un silencio cayó sobre ellos y la cara de Raquel se contrajo en una mueca de pena y angustia. -Cállate, por favor. Pero Adam levantó la vista, pensativo, mientras decía: -¿Qué haría Homes si nos viera ahora? Aquella pregunta cayó como una maza sobre mí, y sentí que las piernas me flaqueaban. Entonces volví a ocultarme cuando Raquel se frotó la nuca y se volvió hacia donde me encontraba. Contuve el aliento hasta que me animé a asomarme. Ambos me daban la espalda y se estaban alejando. Aliviada, salí del baño y divisé a Tina, que me hizo exagerados gestos al verme y chilló sobre el ruido: -¡¡Leila!! Como movidos por un resorte, Adam y Raquel se volvieron, con la alarma pintada en el rostro. Ambos pares de ojos se fijaron en mí. Los de Adam, más alarmados y preocupados que nunca; los de Raquel, lanzando destellos, entrecerrados. Mi propia alarma comenzó a sonar dentro de mi cabeza, hasta que Tina llegó y frunció el ceño al ver mi expresión. -¿Estás bien? Asentí, mientras mi mente iba a toda velocidad y hablaba casi sin pensar: -Sí, estoy bien. Necesito que encuentres a Charlie, y luego a Ajax, por favor. Ella frunció el ceño y abrió la boca, pero le solté un “Por favor” tan desesperado que se alejó, desconfiada y confusa. Apenas se perdió entre la multitud, me dirigí nuevamente al baño (aún vacío, milagrosamente) y marqué el número de Ajax. Esperé mientras sonaba, mordiéndome las uñas. Por el rabillo del ojo divisé a una mujer joven que se contemplaba al espejo. Me mordí el labio. No quería público para mi conversación, y le di la espalda. -Atiende- le susurré al teléfono. Escuché el clic de la llamada y la voz de Ajax, que atendió: -¿Hola?

97


Abrí la boca para responder, cuando algo me golpeó la mano y el celular cayó al piso. Lo miré, confusa, cuando un zapato lo pisó con furia y el aparato estalló en mil pedazos. Me di vuelta, a la velocidad de la luz, pero algo se lanzó contra mí y me estampó contra la pared. No me costó ver qué era. La mujer joven. Llevaba gafas de sol oscuras y tenía los labios rojos retorcidos en una horrible mueca. Aquella mujer me sostenía los brazos contra la pared, y gruñía de una forma espantosa. No, aquello no era una mujer, estaba segura. Sin pensarlo, le asesté un rodillazo en el abdomen y la mujer se apartó de mi lado tan rápido que apenas pude seguirla con la mirada. Pero no tardó en lanzarse nuevamente sobre mí. Sin embargo, esta vez ya estaba preparada, y pateé furiosamente la cara de mi enemiga, que se retorció y me tomó del tobillo con manos de hierros. Intenté mantener el equilibrio, pero ahogué un grito cuando descubrí que el tacto de aquellas manos era helado y escamoso. Sin embargo, yo no las veía así. Desesperada, lancé un manotazo a la cara y los anteojos negros salieron despedidos. Por un horrible momento, me encontré mirando unos ojos rojos y violetas, malvados y astutos, que me lanzaron una mirada furiosa. Luego, mi otro pie se despegó del suelo mientras la mujer me lanzaba varios metros más allá. Golpeé con fuerza contra el piso y me quedé sin respiración. La mujer me miraba, con el desprecio pintado en la cara. -¿Y tú eress una Protectora? No lo parecess. Me estremecí por el sonido de su voz, siseante. La mujer sonrió, y reveló unos colmillos largos y afilados. Su figura ondeó un momento y cuando volvió a estabilizarse, pude ver que su piel estaba cubierta de escamas verdes. Las manos parecían garras, y de entre los colmillos brotó una larga lengua bífida cuando la Kumer rió. -No te preocupes, tu muerte será rápida. Aquellas palabras me hicieron despertar, y me imagine aquella cosa persiguiendo a Ajax, a Deb, a mi madre… Un odio genuino me inundó, y a toda velocidad saqué la daga de mi bota y la lancé contra la criatura. Ésta sibiló sorprendida y dolorida cuando el arma se le hundió en el abdomen. Si no se hubiera movido en el último segundo habría alcanzado su corazón. Aquella cosa sacudió su larga lengua y se arrancó la daga sin más miramientos. La contempló por un segundo, sonriendo, mientras un asqueroso líquido negro chorreaba del arma. Luego se volvió hacia mí y en un parpadeo estuvo a mi lado. Una parte de mí se congeló al verla tan cerca, armada con un cuchillo goteante, pero la otra se armó de valor y le sostuve la mirada, desafiante. Ella sonrió al verme así.

98


-Debo reconocer que eres valiente, aún así. Y tienes buena puntería. Pero no es tan fácil matarme. Lanzó un golpe, pero lo bloqué con rapidez. Ella sonrió aún más y amagó un golpe, para luego atacar por arriba. Logré frenarlo de vuelta. La Kumer sacó la lengua y reparé en que ya no sonreía. Me volvió a lanzar un golpe, más rápido y fuerte que los anteriores. Sin pensármelo siquiera, me agaché para esquivarlo y le lancé un golpe al estómago lastimado de la mujer-serpiente. Ésta bufó, se retorció, pero se lanzó hacia mí. Ahora estaba furiosa. Pero de pronto me sentía más viva y despierta que minutos antes, como si me hubieran enchufado a un cargador. Resistí el golpe y la empujé para apartarla, pero ella volvió a atacar y ambas caímos al suelo con un golpe sordo. La Kumer intentó inmovilizarme, pero me resistí. Inexplicablemente, me sentía como un volcán a punto de estallar. Sabía que podía hacerlo mejor incluso. Así que me desembaracé de la mujer-serpiente y ella se levantó con la daga en alto. Me preparé para esquivarla, e incluso, un pensamiento que se me cruzó por la mente y me pareció completamente natural en ese momento, atrapar el arma al vuelo y devolver el golpe. Una sonrisa torcida cruzó mi rostro. Mi oponente alzó el brazo, pero de pronto emitió un gorgoteó y su cabeza salió disparada hacia adelante. El cuerpo decapitado cayó al suelo, y alguien me tomó del brazo. Con rapidez, lancé un golpe, alerta, pero me interceptó una mano. Comprendí que aquél que me había sujetado había detenido mi ataque, y escuché su voz cuando me dijo: -Buenos reflejos. Nunca había visto semejante batalla en un baño de mujeres. Sólo una vez, en una cárcel de Alemania… La voz se interrumpió, pensativa, y contemplé a la persona que había matado a la Kumer y aún me sujetaba. Se trataba de un muchacho de pelo rubio y brillantes ojos castaños, alto y atractivo, que se rascaba la cabeza, recordando aún una batalla en la cárcel de Alemania. Me sacudí levemente, dándole a entender que me soltara y él lo hizo, saliendo de su ensimismamiento. Me volví hacia el cuerpo de la Kumer, pero había desaparecido. Me sentí levemente desilusionada. De pronto, el volcán dentro de mí se apagó. -¿Por qué la mataste?- murmuré, aún con la vista fija en donde había estado en cuerpo. El chico me miró un momento. -No creo que el baño de mujeres de una fiesta sea el mejor lugar para una pelea. En cualquier momento vendrá alguien y no creo que le guste lo que estaba pasando aquí.

99


Abrí la boca, pero la cerré enseguida. Tenía razón. Entonces reparé en algo. -¡¡No puedes estar aquí!!- exclamé, algo indignada-. ¿Qué hacías en un baño de mujeres? El chico esbozó una sonrisa. -De nada. Lo miré furiosa. -Hablo en serio. Él se encogió de hombros. -He presentido a la Kumer desde que entró, pero no suelo meterme en los asuntos suyos, ni en el de los Protectores. Pero por nada del mundo podía dejar que una chica tan linda y buena luchadora como tú muriera a manos de una criatura como aquella. Abrí la boca nuevamente, esta vez para mandarlo a mudar, pero me callé al comprender sus palabras. Había dicho Kumer, y Protectores. -¿Quién eres tú?- pregunté, mirándolo fijamente. La nuca me volvió a picar, y supe que aquél chico no era un muchacho normal y corriente, pero tampoco un Protector, sino algo diferente que no podía interpretar. Él miró a uno y otro lado y me indicó que saliéramos de allí. Entendí lo que me dijo y nos dirigimos hacia el VIP del lugar, no sin antes arreglarme como pude frente al espejo y tirar los restos de mi celular a la basura. Nos sentamos en unos cómodos sillones, pero me mantuve en alerta todo el tiempo. Él lo notó y se echó a reír. -No te preocupes. Como ya he dicho, no me meto en los asuntos de los demás. Por otro lado, si quisiera matarte ya podría haberlo hecho, o dejar que la Kumer continuara luchando contra ti. O podría hacerlo en cualquier momento. Me erguí, desafiante. -¿Y cómo puedes estar tan seguro? Él volvió a reír y llegué a la conclusión de que me gustaba el sonido de su risa y de su voz, suave y persuasiva, tranquilizante. -Me llamó Kisten, pero todos aquí me conocen como Kist. Levanté una ceja y resoplé. -¿Todos? Él pareció herido en su orgullo por mi pregunta. -Claro. Siempre vengo aquí y a cualquier fiesta que se celebre en esta ciudad. ¿En qué planeta vives? Sacudí la cabeza. -Ok, Kisten. 100


-Kist… -Ok, Kist, escucha. Necesito comunicarme con un amigo, por favor. Necesito un teléfono. Él me tendió uno, con gesto de grandilocuencia y traté de ignorarlo. Marqué los números y esperé. La voz de Ajax sonó desesperada cuando atendió, y una mezquina parte de mí se sintió complacida por su preocupación: -¿Hola? -Hola. Soy yo, Leila. Mi teléfono se rompió y… -¡¡Leila!!- la voz de Ajax sonó aliviada-. ¿Dónde estás? ¿Por qué se cortó la llamada? -Me atacó una Kumer. Pero estoy bien, y la Kumer ha muerto-. Me apresuré a explicar al escuchar el silencio de muerte al otro lado de la línea-. Estoy en el VIP. Será mejor que vengas. Cuando corté, Kisten me miró. -Se ha preocupado ¿no? Será mejor que le prepares una excusa o se va a enojar. La mayoría de los Protectores son unos gruñones. Se toman todo demasiado en serio. Y dicho esto, se recostó en el sillón y subió los pies a la mesilla. Advertí que tenía Converse blancas. Lo miré más atentamente. -¿Quién eres? -Kisten. -En serio- me enojé-. ¿Qué eres? Él rezongó y lanzó un suspiro de irritación. -Siempre las mismas preguntas. Típico de los Protectores. ¿Quieres saber quién soy? Soy uno de los pocos de mi raza que aún quedan con vida. No somos humanos, ni Protectores. Tampoco somos criaturas mágicas. No seguimos las leyes de nadie, ni tenemos un amo. Tampoco esclavos. Somos libres e independientes. -Eres un cambiaforma- murmuré, comprendiendo. Kist sonrió, una sonrisa cálida. -Así nos llaman. Nosotros no tenemos nombres. Y tú- añadió, mirándome más fijamente-. Eres una Protectora, aunque un poco peculiar, lo admito. Pareces… diferente. Siento algo en ti. Me removí inquieta y recordé las palabras de la Mujer del Mar: “Ella… ella… ¡No es de fiar! Ella es maligna”. Me recorrió un escalofrío. Los ojos verdes de Kist brillaron y pensé que sabía lo que había cruzado por mi mente. Fruncí el ceño y volví a mirar a mi acompañante. Kisten tenía los ojos castaños. Pero cuando me lanzó una mirada divertida, supe que

101


cambiaba su color de ojos, y me obligué a recordarme que era un cambiaforma. Carraspeé. -Así que… no mataste a la Kumer con esta forma… tu forma humana ¿verdad? Él me lanzó una mirada curiosa. -No. -¿Qué eras?- inquirí, interesada. Sin embargo, antes de que Kisten pudiera responder, Ajax llegó acompañado detrás por Tina y Charlie. Por la expresión del muchacho pelirrojo, él no quería que mis amigas lo acompañaran, y estaba deseando tener una conversación a solas conmigo. Imaginé lo que iba a decirme y ensayé varias respuestas, la mayoría algo violentas. Kist entrecerró los ojos al ver a los recién llegados. -Aquí está Leila, Protector. Sana y salva. Como ves, no estoy aquí para causar problemas. Creí detectar un leve tono burlón en la voz del cambiaforma, pero Ajax lo ignoró. -Me alegro. Ahora, si no te importa, prefiero que nos vayamos. Kist se encogió de hombros y se percató de las miradas que le dirigían Tina y Charlie. Inclinó la cabeza y dijo: -No, no me molesta. Pero- añadió, cuando nos íbamos, y se volvió hacia mí-. Será mejor que te cuides, rubia. Porque Mitra te quiere viva, pero eso no se aplica a tus amigos, y puede ser que los use contra ti. Así que cuídalos también a ellos. Mi corazón golpeteó con fuerza en mi pecho y Ajax pareció enfadado. -Ya nos vamos- dictaminó, tirando de mí para irnos. Me volví hacia el muchacho rubio y le sonreí. -Gracias por salvarme. Él me devolvió la sonrisa e hizo una reverencia. -De nada, preciosa.

-No puedo creerlo- murmuró Deb, sorprendida. Nos encontrábamos en el Punto, esa misma noche, en la biblioteca. Luego de despedirnos de Tina y Charlie, Ajax insistió en que nos reuniéramos en el Punto. Al principio había pensado en negarme, pero 102


había llegado a la conclusión de que era una excelente oportunidad para descubrir finalmente la verdad y no pensaba desaprovecharla. Así que no dije nada mientras les relataba a Ajax, Deb, Kim y Rasmus lo sucedido aquella noche. Sólo me guardé las palabras de Kist sobre aquello que parecía haber en mí, y sobre mi furia inexplicable cuando luché contra la Kumer. No hacía falta entrar en detalles. -Es verdad- suspiré, y me dejé caer en una de las sillas giratorias de la biblioteca. Ajax se frotó la cara, cansado. Parecía que hubiera envejecido mil años. Especialmente después del episodio de Adam y Raquel. -¿Quiénes eran esos chicos?- abrí fuego-. ¿Cómo conocían a Homes? Me detuve de pronto, comprendiendo. Aquellos chicos, Adam y Raquel, era Protectores. Por eso esa picazón en la nuca, por eso Raquel había sentido esa sensación también, y se había vuelto hacía mí en dos ocasiones. El sexto sentido de los Protectores, que les avisaba cuando Protectores y criaturas mágicas estaban cerca. Inspiré profundamente antes de soltar la siguiente frase: -Ellos vivieron en el Punto. El silencio siguiente confirmó mis palabras. -Es verdad- murmuré, derrumbándome en la butaca acolchonada. Ajax me daba la espalda, con la frente apoyada en el vidrio de la ventana, y había comenzado a caer gotas del cielo. Deb se mordió el labio, pero asintió. -Sí, es verdad. Hace dieciséis años, los Protectores se separaron en dos bandos. Uno, el que pertenecemos, siguió leal a su tarea. El otro se había cansado de esta lucha de poder con las criaturas mágicas y decidió tomar el poder en sus manos. Raquel y Adam, los que viste en la fiesta de esta noche, fueron los últimos en abandonarnos, hace tres años. Inspiré profundamente. Deb parecía triste. Kim le puso una mano en el hombro, dándole apoyo. Rasmus fue el que habló en esa ocasión. -Cómo sabrás, nuestro número disminuyó drásticamente. Y algunos continuaron abandonándonos con el paso de los años. Hace ya tiempo que ningún Protector ha aparecido en el Punto. O no hay más o… -Se han ido al otro bando- murmuré. Aquello me parecía un poco irreal. Mi corazón golpeteaba en mi pecho, pero sabía que aún no estaba todo aclarado. -¿Y no han tomado comunicación con ellos nunca? Rasmus sacudió la cabeza. -No. Ellos nos consideran traidores por no unirnos a su causa. No sabemos nada de ellos. 103


Me mordí el labio. -Ellos ¿son muchos? -No lo sabemos. Rasmus dejó caer los hombros, resignado y, y fue Deb la que tomó la palabra nuevamente: -Por eso estábamos tan felices de que aparecieras. No hemos tenido más Protectores desde hace un par de años. -¿Y qué hay de Mitra? La temperatura de la sala pareció descender varios grados de pronto, y se hizo el silencio. En eso la puerta se abrió y Paris entró, con el ceño fruncido. -¿Se puede saber qué están haciendo aquí a esta hora de la noche? Se detuvo al ver que estábamos reunidos y resopló. -¿Qué pasa ahora? -Leila ya lo sabe- murmuró Rasmus, y bajó la vista. Paris se detuvo a medio camino y soltó un “¿Qué?” algo desagradable. -Lo que escuchas. Me sorprendió que sea Ajax el que había hablado. Se volvió hacia Paris mortalmente serio y sin ningún rastro de emoción en la voz. Paris los miró uno por uno, y finalmente sus ojos azules se posaron en mí. Cerró la puerta y se apoyó en ella. -Ya era hora. Sus palabras me dejaron con la boca abierta. Los demás parecieron algo desconcertados, a excepción de Ajax, que asintió una vez. -Entonces… ¿me contarán quién es Mitra?- pregunté. Paris me lanzó una mirada amenazante. -Cierra el pico, por el amor de Dios, o estaremos muertos entonces. Abrí la boca, desconcertada, y Paris replicó, más rápida que yo: -Si te callas y dejas de hablar, te lo contaré. Me callé inmediatamente y la Protectora empezó a hablar. -Luego de que los Protectores se dividieran, el grupo que se había alejado de nosotros decidió aliarse con Mitra. ¿Qué quién es ella? La hija de la mismísima Medusa. -¿Qué?- solté, incapaz de quedarme callada-. ¿La hija de quién? -Medusa, ya sabes, la de las serpientes en lugar de cabellos. La mirada que le dirigí fue suficiente para darle a entender lo que pensaba de todo eso. Paris se volvió exasperada hacia los demás. -Ya sé que te niegas a aceptarlo, pero es la verdad, te guste o no. Como debes saber, Medusa murió a manos de Perseo, uno de los Protectores más poderosos del mundo. De la cabeza decapitada nació Pegaso. Éste, en 104


agradecimiento por haberlo creado, decidió dar a su descendencia para servir a los Protectores. Y Mitra es su hija. Odia a los Protectores desde que su madre fue asesinada por uno de nosotros, miles de años atrás. Pero descuida. No puede convertirte ni con la mirada, ni con nada. Pero sí puede hipnotizar y petrificarte si la miras directamente a los ojos. Tampoco tiene serpiente como cabellos, pero esas criaturas se siente atraídas por ella y la obedecen. Es una enemiga muy peligrosa y astuta, y hemos luchado contra ella desde siglos anteriores. Es inmortal, pero puede morir en la batalla. La única forma que tiene para morir, por desgracia para nosotros. Es nuestra enemiga ancestral, con la que mantenemos batalla desde que tenemos memoria. Cuando Paris calló, no dije nada. Mi cerebro aún procesaba toda aquella información, y mi razón me pedía a gritos que abandonara esa sala y escapara de aquellos locos. Pero otra parte de mí, mi parte Protectora, me decía que lo que Paris me estaba contando era cierto. Volví a repasar lo que acababa de escuchar y Paris se reclinó en la butaca con un suspiro desesperado. -Leila- fue Deb la que habló, y me giré hacia ella-. No esperamos que lo aceptes así como así. Te daremos tiempo. Iba a responder que lo pensaría, pero en su lugar dije: -¿Cómo pueden… ellos? Aliarse con Mitra, quiero decir. Ella odia a los Protectores. La expresión de todos pasó al desprecio, mal disimulado, pero también al desconcierto. -Las ansias de poder a veces pueden más que el odio- murmuró Paris, con algo de rencor. -Y eso no es todo- murmuró Ajax, con gesto sombrío-. Mitra es muy poderosa, pero no está sola. Tienen un aliado muy valioso. -¿Los Protectores?- pregunté, pero él negó con la cabeza. -La Quimera. Todos adoptaron expresiones similares a las de Ajax y Kim se estremeció ligeramente. Se me secó la boca, sin saber por qué. -¿Quién? -La Quimera- repitió Ajax, como si estuviera revelando los secretos del universo-. Seguramente la conoces de las clases de historia. -Pero…- mi réplica murió apenas salió de mis labios. Deb se levantó y adiviné que no quería continuar allí. -Las cosas cambiaron, Leila. Lo que antes pensaba que eran mitos, se han vuelto realidad. Debes acostumbrarte a ello. En cada misión nos 105


estamos jugando la vida y todos lo tenemos claro. Espero que también tú lo hagas. Y dicho esto se marchó, con expresión sombría en el rostro.

Era un día algo más primaveral que los anteriores. El invierno acabaría en un par de semanas, pero el frío aún se mantenía. Me senté en el banco de la Plaza, y me dediqué a contemplar a los demás. Había decidido ir sola a la plaza, a pesar de las advertencias, porque necesitaba estar sola un rato, y no tenía ganas de estar dentro de cuatro paredes. Nadie se enteraría, y podría regresar a casa sin problemas y sin ser vista. Contemplé a una niña y un niño, evidentemente hermanos, que se peleaban para subir primero a un juego. Se me escapó una sonrisa. Solía pelear con mi hermana del mismo modo, pero ella siempre me ganaba. Recordé con añoranza cómo nos peleábamos, pero también cómo jugábamos juntas, nos disfrazábamos e imaginábamos que éramos mujeres importantes, como mamá. Cómo interpretábamos obras imaginarias, donde ella era la princesa y yo, el príncipe o el malvado secuestrador, a pesar de mis enojos para que alguna vez yo sea la chica. Volví a sonreír, pero mi expresión cambió cuando vi que los dos niños que había estado observando iban a reunirse con sus padres en una suerte de picnic sobre el pasto. Reían, charlaban, hacían bromas… La alegría que me había inundado dio paso a una profunda tristeza. No añoranza, porque no se podía añorar algo que jamás se había tenido. Y nunca, pensé con amargura, podría tener una familia como aquella. No tendría un padre feliz, que jugaba a la pelota con su hijo, que se reía y jugaba con ellos, ni una madre despreocupada y contenta, que peinaba a su hija dulcemente. Mi padre había abandonado a mi madre cuando estaba embarazada de mí, mi hermana estaba casada con un tipo arrogante y que la apartaba de nuestro lado una y otra vez, y mi madre y yo nos habíamos tenido la una a la otra. Pero eso también había terminado. Ahora, mamá vivía sola en una casa demasiado grande para ella, oscura y solitaria. Y yo era una Protectora, tenía una misión que cumplir y una enemiga con quien pelear. Sólo iba a casa durante el fin de semana, no podía ir por ahí sola. No era algo muy feliz. -¿Algo te preocupa?- preguntó una voz junto a mí. Di un salto y casi me caigo del banco. 106


Mi mirada se tropezó con unos ojos azules brillantes y divertidos. -¿Kist?- pregunté, intentando evitar aparentar que casi pierdo la vida con un estúpido banco de plaza-. ¿Qué haces aquí? Él se encogió de hombros. Una brisa desordenó sus cabellos dorados y él sonrió. Contuve el aliento debido a lo atractivo que estaba. ¿De dónde salían chicos así? -Sólo… estaba pensado- dije. -Algo me dice que no tendrías que estar aquí ¿me equivoco? Hice una mueca. -No dirás nada ¿verdad? Él se rió. Fue un sonido muy hermoso. -No. Me relajé un poco y me dediqué a mirarlo de reojo. Él esbozó una sonrisa. -No disimules. Me gusta que me admiren. Sentí que me ponía roja y miré hacia abajo. Entonces un pensamiento cruzó por mi mente y pregunté: -Kist, ¿conociste alguna vez a Mitr…? Antes de que pudiera terminar la frase, el cambia-forma me tapó la boca con la mano. -Por todos los dioses, Leila, ¿es que no tienes un poco de respeto por tu vida? Si hubieras terminado esa frase, lo más probable es que hubiésemos tenido un “encuentro casual” con un centenar de perros infernales comandados por Alekey… o a la mismísima Quimera. Me saqué de encima su mano. -Está bien. Lo siento- lo volví a mirar-. ¿La conoces? El muchacho desvió la vista y supe que no me respondería. -¿Y qué hay de Alex? Alekey- añadí rápidamente. Aquél chico, que aparecía en mis sueños luego del encuentro en un almacén abandonado, ejercía una extraña fascinación en mí. Kisten asintió, sombrío. -Sí, lo conozco. Por suerte, nunca tuve trato con él. -¿Tan peligroso es?- pregunté, pero ya sabía la respuesta. Mi mente evocó al muchacho rubio que había despertado algo familiar en mí y que me atraía misteriosamente. Pero también se me erizaba el vello de la nuca al recordar su fría mirada. El cambia-formas se quedó pensativo unos minutos. -Es altamente peligroso, no me cabe duda. Cualquier criatura huye de él. Es un asesino… por entrenamiento y naturaleza. Me incliné hacia adelante, interesada. 107


-¿Quién lo entrenó? ¿Qué es? Kisten me miró, frunciendo el ceño. -De verdad te interesa- no era una afirmación. De repente, me puse colorada. -Sí, y quiero saber a qué me enfrento. Es mitad demonio, ¿no es cierto? Kist asintió. -No conozco exactamente su procedencia, pero sí. Tiene una parte humana, no obstante, aunque no creo que la utilice a menudo. Pero su parte demonio es fuerte, es verdad. Lo hacen más veloz de reflejos, más perceptivo-. Inmediatamente recordé al muchacho frenando en el aire la daga de Ajax-. Y muy astuto. Engañoso. Ten cuidado, porque sabrá como confundirte. Es lo que los Sombras hacen. -Las Sombras- murmuré. El muchacho me lanzó una rápida mirada con un brillo extraño en sus ojos, pero cuando volví a mirarlo, sus ojos eran tan azules y curiosos como siempre. Pensé que serían imaginaciones y me miré las manos, confundida. -Las Sombras- dijo Kist con voz queda-. Criaturas del Infierno. No poseen forma fija, pueden poseer cuerpos y manipular mentes. Por suerte, no suelen recorrer la tierra. Los Protectores contribuyen a mantenerlos fuera, junto con las criaturas mágicas y otros…seres. Pero hay quien no aprueba eso. Fruncí el ceño. -¿Quién? -¿Quién crees tú?- me devolvió la pregunta Kisten. Asentí. Claro que lo sabía. Y el mismo Alex trabajaba para ella. Apreté los dientes. -Entonces, debemos matarla. Kisten se encogió de hombros. -Eso es tema suyo. Los cambia-forma no nos metemos en esos asuntos. Me volví a mirarlo. -¿Por qué no? Acabas de decir que odias a los Sombras. -Y los odio. -¿Y qué sucede si uno de ellos te manipula o posee? -No lo harán. Los Sombras son inteligentes y si no los enfrentas, te perdonan la vida. Lo miré, disgustada. -Entonces ¿prefieres esconderte? Kist se encogió de hombros.

108


-No nos escondemos. Nunca fuimos de tomar partido. No es nuestra guerra. Resoplé y me levanté para irme. -Está bien. Ya escuché lo que quería. -Espera- me retuvo Kisten, sosteniéndome de la manga-. No te vayas todavía. Sólo déjame decirte algo- Inspiró profundamente y dijo-. Contrólate. -¿Qué?- pregunté, desconcertada. -Contrólate- repitió él. Abrí la boca para preguntar a qué se refería con eso, pero él ya se alejaba. Parpadeé, sorprendida, pero finalmente di media vuelta y me dirigí a casa.

La pantalla de la computadora titilaba suavemente mientras tecleaba a toda velocidad. Lo primero que busqué fue “Mitra”, pero no obtuve los resultados que buscaba. Lo que salió en su lugar fue el mito del dios solar persa Mitra. Fruncí el ceño y pasé a la siguiente búsqueda. Lo siguiente fue “Quimera”. En la pantalla apareció un monstruo gigante y amenazador, con tres cabezas: una de león, otra de serpiente y la última de cabra. La página que abrí aseguraba que la Quimera había muerto acribillada por Belerofonte a lomos del propio Pegaso. Rechacé esa información y continué hasta donde hablaba de la capacidad de la Quimera de echar fuego y de su rapidez. Me quedé contemplado la pantalla. Mi mente invocó una imagen donde varios Protectores luchaban contra un hercúleo monstruo que echaba fuego, y que uno por uno destrozaba a sus contrincantes. Sentí el estómago revuelto y apagué la pantalla. No quería seguir viendo eso, no hoy. Abrí la ventana para que el aire fresco acariciara mi rostro y miré la Luna. Me quedé apoyada en el marco, pensando que mañana volvería al Punto para otra semana de estudios, misiones y entrenamientos. Inspiré profundamente. Decidí abrir la puerta que daba al balcón y me adentré en la suave semioscuridad. Era una noche agradable y agradecí el suave frescor del viento. Cerré los ojos un momento, disfrutando de la sensación, cuando una voz detrás de mí, dijo: -Será mejor que disfrutes de esta noche. Mañana será mucho más fresco. 109


Di un salto y casi me despeñé del balcón. Allí, sentado sobre la mesa que mi madre colocaba afuera para disfrutar del día, se encontraba una figura vestida de negro, familiar y a la vez misteriosa, de pelo rubio encrespado y expresión despreocupada, que hizo que me pusiera en máxima tensión. “Por Dios, me ha encontrado” pensé, con el corazón latiendo a mil en mi pecho. Los inquisitivos ojos azules de Alex se clavaron en mí con una fuerza demoledora y sentí que se me paralizaban los miembros. -No te muevas. Sólo quiero hablar. -No parece que quieras “sólo hablar” inmovilizándome de esta manera. El muchacho alzó una ceja y preguntó: -¿No puede soltarte? -Deja de burlarte- le solté, asustada y furiosa a la vez. Una peligrosa combinación que generalmente sacaba a la luz lo peor de mí. Pero en ese momento no me importó. Alex no pareció percatarse de mi tono de voz, porque se acercó lentamente y se plantó delante de mí. -No estoy burlándome. Y sí puedes soltarte. Concéntrate. Seguramente una persona razonable no hubiera obedecido, pero una parte de mí, más grande de lo que quisiera admitir, le hizo caso. Y pronto todo mi ser se debatía por volver a moverse. Escuché junto a mi oído que Alex me susurraba: -Concéntrate. Busca las cadenas que te atan y libéralas. Obedecí, sin saber por qué. Mi mente sondeó aquí y allá, buscando las ataduras, hasta que me topé con una pared invisible y resistente. Contuve el aliento mientras la aporreaba una y otra vez, cada vez con mayor fuerza, pero la pared no cedió. Agotada, abrí los ojos y me sorprendí al ver a Alex tan cerca de mí. EL muchacho frunció el ceño y sacudió la cabeza, y su voz sugerente y acariciadora llegó hasta mí como una suave brisa. -No te estás esforzando. Apreté los puños, frustrada, y volví a la carga. A medida que aumentaba mi furia, la pared comenzó a sacudirse, hasta que finalmente explotó y me sentí maravillosamente libre. Esbocé una sonrisa de autosuficiencia y miré a Alex, que se había recostado contra la pared. -Lo hice. -Es verdad- coincidió él. Inspiré profundamente y traté de serenarme. -¿Por qué hiciste eso? Él me miró. 110


-¿Qué cosa? -Lo de inmovilizarme. Y luego explicarme como soltarme. Hubo un silencio y observé cómo el muchacho recorría con un dedo la mesa y observaba la capa de polvo que se había posado en él. -Porque- dijo suavemente- lo necesitarás. Aunque me temo que, llegado el caso de que un Sombra completo te inmovilizara, no podrás escapar tan fácilmente. Los Protectores no pueden escapar de la hipnosis que ejercemos. Muy pocos apenas pueden debatirse. -¿Y tú me enseñaste a protegerme? El muchacho esbozó una sonrisa enigmática. -Sí, es eso exactamente lo que hice. Algo en mi interior se debatió nuevamente. -¿Por qué has venido aquí?- pregunté. No sabía por qué, pero no me sentía intranquila, ni muy asustada. No había bajado las defensas ni pensaba bajarlas, pero el sentimiento de familiaridad era tan fuerte que era imposible ignorarlo. -Sólo quería verte- murmuró él y volvió a acercarse. Estiró una mano para rozarme la mejilla y una parte de mí lo deseó con más fuerza de la que me gustaría admitir. Pero la bajó con un brillo extraño en los ojos. -¿Quieres verme…a pesar de que te haya lanzado una daga?- mis ojos se dirigieron hacia su ceja izquierda, donde aún se advertía una pequeña cicatriz. Él se encogió de hombros y se apartó. -No soy alguien que le moleste ese tipo de cosas. -¿Entonces no me llevarás contigo?- pregunté, y me arrepentí al advertir el tono de desilusión que había en mi voz. ¿Qué me estaba pasando? Alex se volvió, con una media sonrisa, y pensé que estaba más atractivo que nunca. -Me temo que hoy no. Pero espero que algún día cambies de opinión y te unas a nosotros, o será demasiado tarde y no podré hacer nada para salvarte. La sola mención de aquella idea me hizo despertar. Me eché atrás bruscamente, como si me hubieran puesto delante un pañal usado. -No voy a abandonar a mis amigos- repliqué, ofuscada. Alex sacudió la cabeza y sonrió. -Ya sabía que dirías eso. Pero quizás cambies luego de opinión. Piénsalo. ¿Son realmente tus amigos? Te alejan de tu madre, desaprueban tu amistad con humanas, te mantienen encerrada en un edificio y te entrenan para servir en una guerra que quizás no sea la tuya. No permiten que pienses siquiera en irte de allí. Te retienen. Te ocultan secretos. 111


Hablan a tus espaldas, hacen planes, y tú sólo puedes obedecerlos. ¿Esos son realmente amigos? Un fogonazo pasó por mi cabeza y varios recuerdos inundaron mis pensamientos. Katy hablando por teléfono una noche, las miradas que todos cruzaban cuando preguntaba algo, su cautela al explicarme la verdad de los Protectores, el silencio que reinaba cuando preguntaba quién era Mitra… Me mordí el labio, furiosa de pronto. Deseé cambiarme de bando, sólo para castigarlos por todo lo que me ocultaban. Pero entonces otras imágenes aparecieron en mi mente: Ajax sonriéndome, Deb peinándome antes de la cena, Homes dándome una palmada, Rasmus y Kade alentándome por mi primera misión, Ajax defendiéndome de la Mujer del Mar, Ajax guiñándome un ojo. Ajax. Volví a la realidad cuando Alex suspiró y se dejó caer sobre una silla, poniendo los pies sobre la mesa. -Los Protectores son criaturas de costumbres y muy celosos de sus secretos. Por eso no te cuentan demasiado. Lo miré fijamente. -Pero yo podré hacerme valer, y me ganaré mi puesto. Él me devolvió la mirada. -Puede ser. Resoplé, frustrada, y decidí que no quería seguir manteniendo esa charla. -¿Por qué eres así? Alex entornó los ojos. -¿Así cómo? -Tan… frío. Indiferente. La vida de los demás no te importa en absoluto. -Es cierto. No me importa. -¿Por qué?- susurré. El se levantó con tanta rapidez que casi no lo vi. Había vuelto a acercarse, más cerca que nunca, y percibí una profunda e inescrutable oscuridad en sus ojos. El azul eléctrico de su mirada se tornaba oscuridad por momentos, como la marea en la playa. -Soy así, Leila- me susurró al oído, y me estremecí-. Es lo que soy, mi naturaleza. Y la acepto como es. Tú también deberías hacerlo. -Yo me acepto- murmuré, pero una sombra se cernió sobre mi corazón. Él negó con la cabeza, suavemente. -No es verdad- dijo, con voz aterciopelada-. He visto las dudas de tu corazón.

112


Ante mis ojos atónitos, sacó una hoja. La hoja que había escrito la noche que mi madre contó su problemático embarazo, la hoja donde había escrito todas mis dudas. Furiosa, lancé un manotazo, pero él retiró la hoja y esquivó hábilmente otra arremetida. -¿Cómo has podido invadir así mi intimidad, maldito…? – gruñí, cansada de intentar sacársela. Él sacudió la cabeza. -Tengo más derecho a estar aquí del que crees, Leila. Lo miré, furiosa, y antes siquiera de percatarme de lo que estaba haciendo utilicé mi Don para lanzarle una maceta en la cabeza. Alex la esquivó con insultante facilidad y me tendió la hoja. Se la arranqué de la mano con una mirada venenosa, pero sabiendo que ya lo había leído y sintiéndome herida en mi interior. -Eres un maldito bastardo- siseé. Él alzó una ceja. -¿Eso crees? Es bastante curioso que digas eso, precisamente tú. Levanté la cabeza y sentí como el volcán interior amenazaba erupcionar. -¿Cómo me has llamado? – rugí. Pero él dio media vuelta y se dirigió al balcón, donde emitió un suave silbido. Luego se volvió hacia mí. -No es tan malo, eso de ser un bastardo- pronunció la última palabra con ironía-. Tengo lo mejor de un Sombra y lo mejor de un humano. Puedo hacer lo que quiera sin sentir remordimientos. Abrí la boca para decir algo, pero entonces me acordé de algo que había dicho. -Tú no tienes derecho a estar en esta casa. De hecho- dije, algo alarmada- se supone que ni siquiera tendrías que estar aquí. Este lugar está protegido por los Protectores. El muchacho me mostró una sonrisa torcida. -No soy tan debilucho como para que sus Dones infantiles me impidan hacer lo que quiera. Por otra parte- añadió, volviéndose hacia mí con interés, y sentí que mi corazón comenzaba a latir con fuerza-. Aún no te has dado cuenta quién soy en realidad, ¿verdad? Abrí la boca para decir algo, pero las palabras de mi mamá se colaron en mi mente: “Las enfermeras me dijeron a los pocos minutos que había nacido muy débil. Sólo tenía cinco meses de gestación. Murió allí mismo. Ni siquiera pude verle el rostro. Jamás supe cómo era” Parpadeé y otra frase apareció en mi cabeza: “No dormía bien por las noches. Tenía pesadillas. Me despertaba gritando y empapada en sudor”. 113


-No- susurré, aterrorizada de repente. Me faltó la respiración y mi corazón se desbocó, como si hubiera corrido un maratón. Ningún bebé podría despertar semejantes sentimientos en su madre, a no ser… a no ser… No pude terminar la frase, porque me flaquearon las piernas y tuve que apoyarme en la pared. Miré a Alex como si lo viera por primera vez. Se había cruzado de brazos y su rostro estaba impasible. -No puede ser, no es posible- repetí, pero mis palabras quedaron ahogadas por un batir de alas. Un pegaso aterrizó suavemente en mi balcón. Apenas pude verlo en la oscuridad debido a su color negro azabache, pero supe que no era un pegaso normal. Éste tenía escamas y alas de murciélago, y su cola y crines estaban formadas por cadenas que sonaban cuando entrechocaban entre sí. La criatura se volvió para mirarme, curiosa, y vi que sus ojos eran completamente amarillos, con destellos en rojo. Alex sonrió. -Pegasos del Infierno. ¿O creías que sólo los Protectores tenían pegasos? Luché por salir de mi estado, mientras el muchacho montaba al pegaso y éste extendía sus alas. Cuando alzó el vuelo, dejándome en un estado casi congelado, escuché la voz de Alex, aterciopelada y suave, que me decía: -Adiós, hermana.

114


6

-Leila, Homes ha llamado a una reunión y debemos ir- repitió por décima vez Deb, mientras intentaba, sin éxito, levantarme de la cama. No le hice ningún caso. Desde aquella charla con Alex, hacía una semana, me había encerrado en mi habitación del Punto y no había querido salir. Me marché esa misma noche, dejándole una carta a mi madre, porque no me creía capaz de volver a verla a los ojos y saber que el hijo que creía muerto era un asesino mitad demonio, mitad humano, astuto y seductor. No podría. -Leila- repitió Deb, exasperada-. Debemos irnos, quieras o no. Tendré que llevarte a la fuerza sino. Levanté la vista para mirarla. El hecho de no haber comido ni dormido mucho toda la semana me había convertido en una zombie. -Déjame- repliqué con voz ronca. Era la primera vez que hablaba desde hacía siete días. Deb miró hacia el techo, a punto de perder la paciencia. Desde que me había auto encerrado, los demás me habían dejado en paz y no me habían presionado para que saliese, a excepción de Paris, que me soltó algunos gritos hasta que alguien se la llevó. Supuse que sería Ajax. Ajax. Me hice una bola y cerré los ojos. Cuando supieran que su enemigo mortal era nada más y nada menos que mi hermano, o mi medio hermano, me odiaría. Me había jurado a mí misma esa misma noche que no le contaría a nadie aquello. No soportaría las miradas de desprecio de los demás Protectores si lo sabían. Abrí la boca para decirle por última vez que se vaya a mudar, pero alguien entró sin golpear y divisé a Ajax, que se había apoyado en el marco y fruncía el ceño. -¿Se puede saber qué estás haciendo? Le lancé una mirada irritada desde la cama. -Nada. Sólo quiero quedarme aquí. Déjenme. -No quiere moverse- replicó Deb, y, molesta, se dejó caer en una silla con los brazos cruzados. Ajax sonrió. -Pero resulta que los Protectores somos muy insistentes y no nos damos por vencidos. Y dicho esto pasó sus brazos por mi espalda y mis piernas y me alzó de la cama. Lancé una exclamación ahogada y pataleé para soltarme, sin éxito. Ajax se encaminó a la biblioteca y Deb nos siguió, sonriente. 115


Cuando irrumpimos en la biblioteca, todos los presentes se volvieron para mirarnos. La mayoría mostró desconcierto por la patética escena que mostraba como una muñeca de trapo que era transportada de un lado a otro, pero fue Paris la que rompió el silencio, siseando: -¿Qué es esto? Ajax me dejó en el suelo y respondió: -He conseguido traer a Leila. No por voluntad propia, claro- murmuró, con el ceño fruncido. Paris me fulminó con la mirada y, enfurruñada, me senté junto a Deb en uno de los asientos. -Está bien- dijo Homes, saliendo de entre las sombras. Di un respingo, porque no lo había notado antes-. Basta de peleas. Creo que tenemos algo que discutir ¿verdad?- añadió, mirando significativamente a Paris. Ésta asintió y tomó la palabra. -Ataque sorpresa- explicó-. He averiguado dónde se encuentra Alekey en la ciudad, su refugio. Siguiendo el plan trazado, no sólo lo mataremos a él, sino a unos cuantos perros infernales y le daremos un buen golpe a Mitra en la cara. Desvié inmediatamente la mirada hacia el piso. Se me formó un nudo en el estómago y presione la silla contra mis dedos. Querían matar a Alex. Si era nuestro enemigo y un asesino por naturaleza y entrenamiento ¿por qué sentía aquella horrible sensación de no querer perderlo? Me removí, inquieta, y percibí la mirada de Ajax sobre mí. -¿No es muy arriesgado?- inquirió Rasmus, frunciendo el ceño-. No sabemos cuántos perros del Infierno hay allí, ni tampoco cómo es aquel refugio. -No hay problema- replicó Paris, satisfecha-. Sé exactamente cómo es el lugar y con qué nos vamos a encontrar. Lo que buscamos es un boliche abandonado y allí habrá aproximadamente cinco perros infernales y, con un poco de suerte, Alekey. Hice una mueca, sin poder evitarlo. -No creo que sea prudente- murmuró Kim, incómoda. -He trazado un plan infalible, y sólo necesito a algunos Protectores. -¿Quiénes irán?- preguntó Ajax, alzando una ceja. -Necesito a Katy, Kade, Deb y tú, Ajax. Y yo, por supuesto. Mi mente comenzó a trabajar frenéticamente. Me levanté con precipitación. -Yo también voy- dije, con determinación. Paris frunció el ceño. -Lo siento, no necesito más Protectores, pero te agradezco, Leila. 116


Le lancé una mirada fría. -De nada, pero iré igual. Ajax me miró atentamente y Paris abrió la boca para replicar. Me preparé para una discusión, pero Ajax intervino. -Deja ir a Leila, Paris. La chica pareció molesta. -No necesito más Protectores, ni nadie más a quien poner en peligro, Ajax. -No te preocupes- repliqué, mordaz-.Sé cuidarme por mí misma. Y dicho esto di media vuelta y me marché.

Tres días después, nos dirigíamos hacia un bar abandonado en las afueras, la “guarida secreta”, como llamaba Paris a aquél lugar, de Alekey. Ya era noche cerrada, pero habían decidido poner las luces bajas del automóvil de Ajax para no terminar dentro de alguna vivienda, a ciegas. Me volví para ver las sombras de las calles que ya nadie transitaba y de los contornos de las fábricas abandonadas más allá. -El bar adonde nos dirigimos era un lugar donde los obreros solían venir en sus descansos, cuando las fábricas funcionaban, alrededor de cuarenta años atrás. -Paris- replicó Ajax, haciendo una mueca sin soltar el volante-. Ya cállate. Paris le lanzó una mirada ofendida, pero Deb habló antes que ella. -Si el plan es tan infalible cómo dicen, ¿por qué siento que hay algo que nos vigila? Un escalofrío recorrió mi espalda. Yo también me sentía vigilada. Katy echó la cabeza hacia atrás, alerta, y luego sacudió la cabeza. -Yo no siento nada. -Yo tengo frío- acotó Kade, y para probarlo lanzó un suspiro, que se transformó en un vaho blanco. -Basta de hablar- susurró Paris, algo irritada-. Ya llegamos. Ajax frenó en un callejón que quedaba oculto a la vista de los demás y todos nos bajamos. Nos agrupamos en silencio, mientras Paris sacaba un mapa del bolsillo y lo desplegaba ante nosotros. En realidad, era un boceto de bar donde íbamos a colarnos. Contemplamos la estructura: dos pisos, un sótano. No parecía algo interesante. Pero Paris había remarcado unos pasadizos que parecían conectar con las oficinas de la fábrica 117


gigantesca que se erguía detrás. Mi mirada se alzó, inconscientemente. La mole de cemento de la fábrica proyectaba una fría oscuridad, misteriosa, y su abandono era patente incluso desde aquella distancia. Sentí un escalofrío. Había alguien observándonos. Me removí, nerviosa, y vi a Kade, mirando hacia uno y otro lado, inquieto. Paris también lo vio, y susurró: -¿Qué sucede? El muchacho tardó un poco en responder: -Siento que alguien está vigilándonos, pero no logró percibir esa presencia-Se mostró confundido. Me mordí el labio. El Don de Kade, tan sensible para detectar personas desde gran distancia, era muy apreciado por los demás, pero el hecho de que no pareciera funcionar correctamente en ese momento tan importante nos desmoralizó un poco. -Basta de misterios- cortó Katy antes de que siguiéramos pensando en ello-. No hay tiempo que perder y tenemos un bastardo que matar. Miró a Paris interrogativamente y ésta reaccionó. -Iremos por esa puerta de atrás- dijo, señalando una desvencijada y casi oculta puerta de madera- Quizás esté cerrada, y seguramente vigilada por un perro infernal, por lo que debemos actuar rápido y matarlo antes de que dé la alarma. Kade- llamó, y el muchacho alzó la cabeza. Aún parecía desconcertado-. ¿Percibes algo detrás de la puerta? Kade cerró los ojos por toda respuesta, y su expresión mostró una profunda concentración. Cuando abrió los ojos, parecía algo cauteloso. -Hay algo detrás de esa pared, pero no puedo asegurar que sea un perro infernal. Quizás sí- añadió, despacio. Comprendí su cautela. No estaba acostumbrado a que su Don le fallase, y no quería que por su culpa la misión se fuera al traste. Fruncí el ceño. Me pregunté si mi Don funcionaría en un momento clave de la misión. Pero no había tiempo para preocuparse, porque cuando me volví nuevamente, me topé cara a cara con el mismísimo Alex. Abrí la boca para lanzar un grito de advertencia y asombro, pero alguien me cubrió la boca por detrás. Luché para zafarme y descubrí a Ajax. Me quedé helada. ¿Cómo…? Pero él sólo me dijo: -Cálmate, Leila. Me desembaracé de él y me miré a Alex con cautela. Era tal y como lo recordaba, atractivo y misterioso, letal y oscuro. Pero sus ojos no me miraban con aquella chispa de reconocimiento que había experimentado en otras ocasiones, sino un destello irritado. -Cállate por favor, o de lo contrario tendremos una horda de perros del infierno sobre nosotros en un parpadeo. 118


Parpadeé, confundida, y una loca idea pasó por mi mente. Alex traicionaba a su Señora y se había aliado con los Protectores. No, eso era absurdo. Alex odiaba a los Protectores y ellos a él. Abrí la boca para preguntar algo, cuando un halo iluminó un momento al medio Sombra y en su lugar apareció Paris. Al ver mi expresión, me lanzó una mirada de reproche y soltó: -Ya sabía que no debías venir. Sacudí la cabeza, confusa, mientras los demás se acercaban con cautela a la puerta trasera. Deb pasó a mi lado y me susurró al oído: -Paris puede cambiar su aspecto. No era el verdadero Alekey. Ahora me sentía como una idiota. Pero, agregué en mi defensa, el disfraz era muy bueno. Perfecto, en realidad. Así que no tenía por qué saber que era Paris utilizando su Don cambia-forma. Cuando llegué a la puerta, Paris volvió a cambiar y adoptó nuevamente la apariencia de Alex. Fruncí el ceño, disgustada. Ahora que lo veía mejor, aquél no era Alex. Mi Alex. Si no hubiera sido por la sorpresa, me habría percatado de que la adrenalina de mi cuerpo no se había disparado, que aquél magnetismo suyo estaba ausente, que cuando me miró a los ojos no sentí aquella sensación de seguridad. No, aquél Alex no era el verdadero. Pero Paris/Alex ya abría la puerta y entraba con cuidado. La seguimos en silencio, a una distancia prudencial, ocultos en las sombras. Al principio, sólo era un pasillo algo sucio lleno de recovecos, pero de pronto Paris se detuvo en seco y nos hizo señas de que retrocediéramos. Luego, se adelantó y la perdimos de vista. -¿Y ahora qué?- bisbiseé, disgustada. No veíamos nada desde allí. Advertí la mirada de Ajax, que me guiñó un ojo. -Ya verás. No comprendía cómo podía estar tan tranquilo en una misión así, y fruncí el ceño. Sin embargo, él se limitó a sonreír enigmáticamente y alzó ambas manos en forma de cuenco. Inspiró profundamente y un destello brotó de sus manos, que poco a poco fue transformándose en una esfera de luz que mostró una habitación con paredes de pintura desvaída y aspecto triste. Había pocos muebles, todos ellos viejos y en estado deplorable, y en uno de ellos se erguía, amenazante, un perro infernal de expresión furiosa. Sin embargo, pareció calmarse cuando una figura entró en la habitación. La reconocí de inmediato. Era Paris, con su disfraz de Alex. Su rostro no mostraba ningún signo de miedo delante de aquella bestia, y la admiré por eso. 119


El perro se relajó visiblemente al verla, e incluso mostró una expresión similar a la de una mascota cuando ve a su dueño. Paris/Alex sonrió, complacida, y chasqueó los dedos. Otra figura apareció en la habitación. Se trataba de una joven alta y delgada, descalza, que vestía con un vaporoso vestido celeste. Tenía la cara pequeña y hermosa, orejas puntiagudas y un espectacular cabello, larguísimo y lacio, de color dorado, adornado por flores de colores. -¿Un hada?- pregunté, entre confusa y preocupada. Las criaturas mágicas podían ver entre los Dones de los Protectores, y aquella joven podía muy bien descubrirlos. -Una mestiza- replicó Kade, frunciendo el ceño. No dijo nada más, y en ese momento la mestiza inclinó la cabeza y sonrío. Advertí que tenía colmillos, y que me estremecí. -Al fin ha aparecido- le dijo a Paris/Alex, con voz melosa, sin dejar de sonreír-. ¿Dónde ha estado? Paris alzó la cabeza. -No creo que eso sea de tu incumbencia- replicó, cortante. El hada frunció el ceño, pero asintió. -Es cierto, señor. No es de mi incumbencia. ¿Puedo hacer algo por usted? -Sí- asintió Paris-. Necesito que vayas en busca de un pequeño silfo que se encuentra actualmente cerca de la Ribera, y que lleva un mensaje hacia la Gente del Mar. Necesito que te encargues de él y lo destruyas ¿has entendido? El hada pareció algo desconcertada por el pedido. -Pero, mi señor…- balbuceó-. Yo no…hago eso… -Pues ahora sí- cortó Paris, sin piedad-. Vete, y apresúrate. No quiero que ese silfo llegué a su destino. El hada asintió, temerosa de enojar a su señor, y con un chasquido desapareció. Paris se volvió al perro infernal, que se había mantenido quieto en todo momento. -Ve con ella- fue lo único que dijo. El perro gruñó suavemente en señal de asentimiento y alzó el vuelo. Cuando hubo desaparecido, Ajax disolvió la esfera y nos indicó que avanzáramos. Nos encontramos con Paris en la habitación que habíamos estado mirando anteriormente. -¿No te ha descubierto?- le pregunté a la muchacha. Ella negó con la cabeza. -Los mestizos no pueden reconocer los Dones de los Protectores. Ni los perros infernales. 120


-¿A dónde los han mandado?- inquirí, curiosa. Ajax sonrió ladinamente. -A cualquier lado lo suficientemente lejos como para que no molesten. Continuamos por el pasillo, en alerta, con Paris a la cabeza. El lugar olía a humedad y estaba oscuro, pero la joven Protectora nos guió sin titubear hasta un tapiz que mostraba un hombre borracho que alzaba una cerveza como si de la antorcha olímpica se tratara. Ajax la corrió y reveló una puerta bastante maltratada. La abrieron, con algo de esfuerzo, y nos encontramos con un pasillo en horizontal que desembocaba a su vez en pasillos verticales llenos de puerta. Parecía el mapa de las calles. -Está bien- proclamó Paris, volviendo a su aspecto habitual. Me sentí agradecida por ello, aunque no supe por qué-. Vamos a dividirnos en grupos de dos y patrullaremos los pasillos. Si se encuentran con algún enemigo, mátenlo lo más rápido y silencioso posible. Esperaba poder patrullar con Ajax, pero éste se unió a Paris mientras Kade y Katy se internaban por uno de los pasillos. -Ven conmigo- dijo Deb, mientras tironeaba de mí. Comenzamos patrullando el pasillo más alejado de la gigantesca estancia. Deb caminaba sin hacer ruido y yo le imitaba. La Protectora llevaba el Buscador en la mano. Internamente sentía una gran tensión, y tenía leves retortijones en el estómago sin saber por qué. Sentía que algo pasaría muy pronto. Y sucedió. Un grito ahogado llegó hasta nosotros y un tumulto y ruidos de batalla llegaron hasta nosotras. Bastó una sola mirada para que echáramos a correr hacia ellos, con las armas desenvainadas. Al doblar la esquina, una horda de perros infernales se nos echó encima, y, para mi horror, también Kumers. Deb gritó y saltó adelante, lanzándose de lleno a la lucha, pero yo dudé y eso logró que un perro infernal se me echara encima. Lancé un mandoble con la daga y el animal batió sus alas para esquivar el golpe. Pero otro se colocó de inmediato en su lugar y me encontré rodeada de pronto. Desesperada, lanzó golpes a diestro y siniestro mientras cosquilleos recorrían todo mi cuerpo. Ya sentía los colmillos de aquellas bestias en mi piel. Y de pronto, una Kumer se lanzó hacia mí y me tomó del cuello de la chaqueta con brutalidad. Lancé un jadeo ahogado mientras pataleaba con todas mis fuerzas, luchando por soltarme. Escuché a lo lejos el fragor de la batalla, pero estaban muy lejos y no los veía. Y entonces la mujer-serpiente me arrastró hasta el final del pasillo, sin hacer

121


caso a mi lucha por liberarme, y abrió la última puerta. Sin miramientos, me lanzó al interior y cerró. Continué revolcándome un segundo más, hasta que me percaté de que podía respirar y me quedé quieta, luchando por recuperar el aliento. Me di cuenta que había perdido mi daga y gruñí. -Levántate Leila. Pareces un trapo de piso furioso allí abajo. La voz, familiar y lenta, hizo que todos mis sentidos se dispararan violentamente. Sentí ganas de correr, sin importar a dónde. Alcé la vista y allí estaba. Alex me contemplaba desde una vieja silla giratoria, con los pies sobre el desvencijado escritorio y aspecto aburrido. Me levanté, cautelosa y lo miré. -En realidad, sí estoy furiosa. Pero no concuerdo con lo de trapo de piso. Alex esbozó una media sonrisa. -Está bien. Y ahora- frunció el ceño, como si algo lo molestase- quizás puedas explicarme qué hacen tus amiguitos en mi “refugio”- dijo, moviendo los dedos como si fueran comillas. Lo miré atentamente. -Entonces, tú eras el que nos vigilabas hoy. El muchacho sonrió. -Veo que has heredado también un poco de inteligencia, como tu hermano. Pero en realidad- añadió, tumbándose en la silla- los he estado espiando desde hace bastante tiempo, pero no yo personalmente, claro. Sería algo denigrante esconderme por ahí. -¿Quién, entonces? -¿En serio crees que te lo diré, sólo para que se lo vayas a contar a Ajax y los demás? Pero sí te he traído aquí porque quería hacerte una propuesta. Mi pulso de aceleró de forma meteórica, pero me esforcé en controlarme. -¿Qué propuesta? Alex sonrió, satisfecho, y bajó los pies de la mesa. Luego se acercó hasta mí. Las piernas comenzaron a temblarme y sentí retortijones de puros nervios. -Sabes Leila- murmuró él, mirándome con… ¿nostalgia?-. Nunca fue mi intención hacerte daño. No tengo nada contra ti. Eres mi hermana. Y sé… titubeó unos instantes, como poniendo orden a sus pensamientos-. Sé que has pasado momentos malos. Siento como si hubiera una conexión entre nosotros. Algo fuerte. Le he mencionado esto a Mi Señora, y está dispuesta a perdonarte la vida. Pero para eso, necesito que te unas a

122


nosotros… a mí. Ya sabes que no eres muy bien recibida en el Punto. ¿Y qué sucedería si descubriesen que eres mi hermana? Sentí un escalofrío. -Me juré no decirle a nadie la verdad. Él bajó la cabeza para mirarme a los ojos y pude ver el color zafiro que brillaban en ellos, pero también la oscuridad que se desplazaba como una marea por el azul, hacia delante y hacia atrás. -Tarde o temprano, lo descubrirán. Me aparté de él con algo de brusquedad. -Sé que mis amigos me respaldarán. -Amigos- replicó él con sarcasmo-. Sí, claro. Tú eres alguien muy cercano a uno de sus mayores enemigos. Saben perfectamente que yo soy la única persona que impide que puedan acercarse más a Mitra y destruirla. Y cuando descubran quién eres ¿crees que no te usarán de rehén para que me rinda? -¿Y lo harás?- pregunté yo. Alex sonrió, como si le hubiera contado un gran chiste. -Claro que no. Sacudí la cabeza. -Soy una Protectora, y mi lugar no está aquí. -¿Una Protectora? Es cierto, pero no eres sólo eso ¿verdad? Lo miré más atentamente. -¿Qué quieres decir? Sentí como si me encontrara junto a un libro, el libro con los mayores secretos del universo. Si lo leía, sabría quién era sin dudas. Era algo que deseaba desde hacía mucho tiempo. Pero justo ahora, no estaba tan segura de querer abrirlo. -Ya lo sabes- contestó Alex, decidiendo por mí-. ¿Jamás has sentido como si dentro de ti habitara un volcán? Un volcán que erupcionara cuando estás enfadada. Y cuando te enfadas… te vuelves fuerte, muy fuerte. Te sientes violenta. Rompes cosas. Mi mente evocó todas aquellas veces que el volcán casi había erupcionado. Cuando rompí el asiento del auto de Ajax. Cuando me enfrenté a la Kumer en el baño de la fiesta. Las recomendaciones de Kisten. Fue como si una piedra cayese desde un acantilado hasta mi estómago. Mi mente se negaba a creerlo. Pero mi razón opinaba diferente. “No voy a negar que me desperté un par de veces gritando”, había dicho mi madre. En ese momento lo atribuí a una secuela de su anterior embarazo, pero ahora no estaba tan segura. Podría haber dicho que me sentí abrumada 123


por aquella revelación, pero lo cierto es que una parte de mí se lo esperaba. -No pareces sorprendida- hizo notar Alex. Al parecer, no era el único que lo notaba. -No lo estoy… tanto- murmuré, pensativa. Sabía que tenía que estar aterrorizada, pero incluso lo aceptaba. ¿Qué me estaba pasando? Una sombra se cernió entonces sobre mi corazón. Si los Protectores desconfiarían de mí por ser la hermana de Alex, el hecho de que tuviera sangre Sombra, por mínima que fuera, haría que me cortaran la cabeza y la exhibieran por ahí, al mejor estilo bárbaro. Aquello hizo que mi anterior seguridad flaqueara. Alex también lo notó. -Ahora más que nunca debes venir con nosotros, Leila. Tú sabes que tu lugar no es con ellos. -No puedo traicionarlos- dije, abatida. -Ya lo estás haciendo- replicó Alex, indiferente, y se volvió para sentarse en la silla. Intenté ordenar mis pensamientos, pero el fragor de la batalla que provenía del pasillo hizo que me olvidara completamente. Deb. Ajax. Estaban luchando a brazo partido allí fuera, intentando sobrevivir, y yo sólo hablaba con mi medio hermano Sombra, que, a propósito, era su enemigo mortal. Sin pensarlo, di la vuelta y eché a correr en dirección a la puerta. Alex se volvió con rapidez, pero yo me precipité al exterior sin más y me lancé hacia la batalla, sin saber muy bien qué era lo que hacía. Las Kumers dudaron un instante al verme, pero eso era todo lo que necesitaba. Capté la atención de todos los Protectores y todos comprendieron que debíamos huir. Echamos a correr por el pasillo, perseguidos por perros infernales y Kumers furiosas. Mi mente trabajaba a toda velocidad, pero mi mirada se concentraba en la puerta que daba al bar abandonado. Mi Don actuó por mí; la puerta salió despedida como un rayo, pero hacia nosotros. Escuché que Paris vociferaba “¡¡Abajo!!” y todos nos agachamos mientras la puerta pasaba sobre nosotros a enorme velocidad. Detrás de nosotros escuchamos gritos y gruñidos, y supuse que había alcanzado a nuestros perseguidores. -¿Los has hecho tú?- me preguntó Ajax mientras nos precipitábamos dentro del bar y echábamos a correr por los pasillos. -Sí, pero no era mi intención que volara hacia nosotros. De hecho, sólo quería que se abriera. Ajax dejó escapar una risotada.

124


-Pero si has retrasado a nuestros perseguidores, y has bajado a unos cuantos. Hice una mueca, pero no respondí. Paris nos guió hasta la puerta de salida e irrumpimos en el callejón donde aguardaba el auto de Ajax. -Todos adentro, rápido- ordenó Paris, mientras se plantaba frente a la puerta y sacaba una daga-. Los entretendré mientras tanto. Ajax abrió la puerta del conductor y nos apresuramos a entrar. Iba asentarme en el asiento de atrás, pero Ajax me abrió la puerta del acompañante. -Estamos listos- avisó Deb, sacando la cabeza por la ventanilla. Paris corrió hasta el auto, donde Kade sostenía la puerta abierta para que entrase. Enseguida Ajax arrancó y nos salimos del callejón. Me volví justo para ver como varios perros infernales brotaron de la puerta furiosos, y alzaron el vuelo con mortífera precisión. -Ya vienen- murmuró Katy desde el asiento trasero. Ajax aceleró y huimos por las calles abandonadas, seguidos por una horda de perros que parecían murciélagos gigantes. Íbamos a toda velocidad, pero los perros eran veloces en el aire y pronto nos alcanzaron. El primer ataque ocurrió segundos después. El auto se sacudió y un perro aterrizó en el capó, mostrando las fauces babeantes. Mi vidrio explotó en millones de pedazos y grité cuando varias esquirlas se clavaron en mi piel. Ajax soltó una palabrota y giró el volante dando una vuelta de campana. Escuché el chirrido de las ruedas en el asfalto y el perro del capó perdió el equilibrio y cayó por el costado, luchando por aferrarse a la chapa negra, sin éxito. El motor volvió a rugir y nos internamos en la oscuridad, pero nuestros perseguidores volvieron a abatirse sobre nosotros. De mi vidrio brotó un perro que intentó morderme el brazo y sus colmillos rozaron mi piel. -¡¡Cuidado!!- gruñó Paris, y se abalanzó con la daga alzada. El perro despareció, no sin antes lanzar una mirada de odio tan fiera que me erizó la piel. Intenté desesperadamente quitarme las esquirlas, pero Ajax debió haber hecho otro giro porque golpeé contra la puerta. Se me escapó un gruñido de dolor cuando sentí pinchazos por todo el brazo y lágrimas de dolor se escurrieron de los ojos.

125


Entonces una llanta explotó, y Ajax perdió el control del vehículo. Giramos en círculos varios metros más, y nos detuvimos. Paris se apresuró a abrir la puerta, pero Ajax las trabó. -No, Paris- gruñó Ajax. Advertí que tenía el rostro crispado de preocupación-. No podemos bajar. Los perros no tardarán en alcanzarnos y al descubierto no podemos vencer. Paris apretó tanto los dientes que todos escuchamos su crujido. -Aún debemos recorrer un kilómetro hasta la ciudad. Mientras tanto, no estaremos a salvo. Si nos quedamos aquí, moriremos. No hubo tiempo para decir nada más. Un golpe hizo que el techo del auto se combara. Paris forcejeó, furiosa, para abrir la puerta y Deb contempló el techo con el ceño fruncido. Acto seguido clavó el puñal en el techo. Para mi asombro, lo perforó, y escuchamos un agónico aullido cuando alcanzó al perro que se había posado encima. -¿Cómo…?- pregunté, anonadada. -Puñales especiales y nuestra fuerza- replicó Deb, mientras me alcanzaba unos de esos puñales-. Toma. Apuñala si es necesario. Hice una mueca, preguntándome si era capaz de matar con esa sangre fría. Probablemente no. Lo máximo que había matado en mi vida había sido un sapo. Y no era mi culpa que el muy estúpido se hubiera puesto a dormitar sobre mi silla. Tampoco es que mirara cuando me senté. Mi mente volvió a la realidad cuando las puertas se destrabaron y todos se precipitaron al exterior. Apenas salí, una sombra se cernió sobre mí. Me preparé para apuñalarla, pero una mano detuvo mi acometida y percibí su aroma a cuero y perfume masculino. -Tranquila, gata montesa, soy yo. Peleemos espalda contra espalda. Así será más fácil. Asentí, y le di la espalda. A medida que luchábamos, nos fuimos acercando cada vez más hasta que nuestras espaldas chocaron. Sentir su calor tan cerca de mí y sus músculos moviéndose al ritmo de la pelea me dieron una gran seguridad, y acompasé mis movimientos a los suyos. Sin embargo, la situación no duró mucho. Escuché a Paris gritando que debíamos replegarnos, y luchamos para tener una salida. Pero los perros infernales no eran estúpidos, y nos cerraban el paso una y otra vez. Frustrada, atacaba sin parar, pero mis esfuerzos parecían vanos y empecé a cansarme. Miré a Paris, que luchaba espalda contra espalda con Kade, y más allá Deb y Katy intentando abrirse paso a través de sus atacantes. 126


Escuché nuevamente a Paris, esta vez gritando algo que al principio no comprendí, pero que me llegó muy claro. Sin pensarlo, tomé a Ajax de la muñeca y lo arrastré conmigo, sin importar los perros del infierno, detrás del auto bastante maltratado que descansaba en la calle. -¿Qué pasa? – farfulló Ajax, casi cayendo por el camino. -Paris va a soltar una bomba – casi grité, jadeante. Vi su mirada celeste, al principio confundido, luego entendiendo, y nos protegimos detrás del vehículo. -Muy propio de Paris- murmuró él, algo distraído. Me asomé por las ventanillas y advertí a Paris, que arrojaba algo al centro de los perros infernales y se reunía junto a los demás. Luego, todos echaron a correr. Los perros también comprendieron la situación perfectamente. Con ladridos feroces, alzaron el vuelo frenéticamente, buscando cobijo. -Agáchate- dijo Ajax, a último momento. Ambos nos inclinamos, pero la bomba explotó entonces y salimos despedidos. En realidad, salí despedida y caí encima de algo, que gimió. Tardé sólo un segundo en darme cuenta que Ajax había sido mi amortiguador del impacto. -Lo siento- murmuré, pero me aplasté contra él cuando el auto de Ajax explotó literalmente en mil pedazos y saltó del suelo. Millones de pequeñas partes automotrices y tierra del piso salieron despedidos en todas direcciones, incluyendo la nuestra. No pude evitar toser cuando el polvo se me metió en los pulmones y escuché que Ajax se estremecía con cada espasmo mío. Cada vez que tosía, le sacaba el aire de los pulmones al chocar contra él. -Para- gruñó él, con voz estrangulada. Luché por controlar los espasmos, pero al ver que era inútil, giré hasta salir de encima de Ajax y tosí allí. Ajax se levantó y me dio suaves palmadas hasta que me calmé. -Gracias- murmuré, con la misma voz de ultratumba que había usado él antes. Eso le provocó una risa entre dientes. Yo también me reí débilmente, hasta que la risa se me congeló al ver a un perro infernal plantado frente a nosotros, peligroso y amenazador. Ajax intentó levantarse, pero volvió a sentarse con un bufido. Advertí con horror que un objeto filoso, proveniente de su auto, se había incrustado en su costado, y su camisa estaba roja. Me llevé la mano a la espalda inconscientemente. Seguramente me había manchado yo también. Aparté esos pensamientos de mi cabeza y contemplé como el 127


perro se agazapaba para saltar. Entonces, sin pensarlo, grité, con voz autoritaria y desesperada al mismo tiempo: -¡¡Quieto!! El animal quedó congelado como si de pronto se hubiera vuelto de piedra. Ambos lo observamos con incredulidad. -¿Pero qué has hecho?- preguntó Ajax, extrañado. -No lo sé- respondí, sorprendida. -Lo has paralizado completamente- hizo notar él. -Sí, así es- dije. La criatura nos miraba furiosamente, pero no se movió ni un centímetro. Ajax me miró con extrañeza, pero no le estaba prestando atención. Mi mirada estaba atrapada con la del perro. Su odio hizo que el volcán que había en mí comenzara a entrar en actividad, y deseé acabar con aquella criatura. Me imaginé atacándola una y otra vez, hasta que desaparecía. En cualquier otro momento, me hubiera horrorizado con esta idea, pero en ese momento bebía de ella como si de un río en un desierto se tratara. El perro aulló de manera aterrada, y volutas de sombras comenzaron a envolverlo. Antes de que me percatara de lo que estaba pasado, la bestia se disolvió en una nube de sombras. Me quedé quieta en el lugar, asombrada y aterrada a la vez. Sentía temblores en todo el cuerpo y un sudor frío en la nuca. Percibí la mirada de Ajax sobre mí, pero la ignoré. No dije nada ni siquiera cuando los pegasos vinieron a buscarnos y nos marchamos al vuelo.

128


7 El viento soplaba frío en las caballerizas, pero no me importaba. Sólo quería escapar del horror de aquél día y aquél era el mejor lugar. Ahora comprendía las palabras de la Mujer del Mar, sabía por qué la brújula se había vuelto loca en mi primera misión cuando la tomé. Señalaba los peligros, y yo era uno. La luna bañaba el lugar, y se respiraba tranquilidad. Los pocos pegasos que había en los boxes apenas hacían ruido. Me quedé contemplando a Azabache, que masticaba tranquilamente la avena de su pesebre. Había crecido bastante en esos meses, pero aún no podía volar conmigo sobre su lomo. Mi mente vagó al momento en que me había elegido, siendo un potrillo. Los pequeños se habían mostrado cautos a la hora de acercarse a mí, y eso había preocupado a Homes. Se me hizo un nudo en el estómago. Ahora sabía por qué. Las criaturas mágicas no apreciaban a los Sombras; los temían y odiaban. “Pero yo no soy una Sombra”, me recordé con pesar. “Sólo tengo pequeños rastros de esa sangre”. Suficiente como para que lo notaran. Evoqué lo que la Mujer del Mar me había dicho: “Ella es maligna”. La palabra se repetía en mi cerebro una y otra vez. Ahora comprendía las miradas de Kist. Sentí náuseas. -¿Preocupada? La voz hizo que diera un salto y me volviera bruscamente, aunque ya había reconocido la voz. -Sólo… quería estar sola. Ajax dudó. -¿Debería irme?- preguntó, dubitativo. Sacudí la cabeza. -No si no quieres. El muchacho se sentó junto a mí y por espacio de varios minutos ninguno habló. Fue Ajax quien rompió el silencio. -Mi padre era un hombre extraordinario. Quizás suene como un niño adorando a un adulto, ya que tenía cuatro años cómo murió, pero era verdaderamente un héroe. A veces miró las estrellas y suelo pensar si él estará en algún lado. Hubo un corto silencio. -Lo siento- murmuré con voz triste y apagada-. Cuando un ser querido se nos va, siempre habrá un vació que jamás se podrá llenar, digan lo que digan. 129


Ajax asintió, pero no hizo ningún comentario. Finalmente me armé de valor y lo miré atentamente. -No has venido a hablar aquí de tu padre, ¿verdad? ¿Qué quieres? Ajax me devolvió la mirada. -He venido a decirte que no te preocuparas. Por lo que te pasa- añadió, al ver mi expresión. -¿Qué me pasa?- pregunté. Me sentía molesta e irritada-. Creo que los Protectores han dejado en claro qué opinan de esto. -Eh, no somos tan malos- se defendió Ajax-. Te comprendo. Lo miré directamente a los ojos. -¿Sabes lo que hice apenas llegué aquí? Corrí al espejo para ver si mis ojos no tenían una marea negra de oscuridad. -No la tienen- contestó Ajax, imperturbable. Puse los ojos en blanco, cada vez más enfadada. -Ya lo sé. Pero eso no me hace sentir mejor, lo creas o no- repliqué, dejándome caer con un suspiro cansado. Ajax se inclinó hacia adelante y se tapó la cara con las manos, apoyando los codos en las rodillas. Me quedé contemplándolo hasta que se levantó, y advertí dos cosas: que parecía preocupado y que se había despeinado terriblemente con las manos. Lo contemplé, preguntándome si debía reírme, cuando Ajax habló, muy serio: -No quieres que los demás se enteren ¿verdad? Toda la gracia que pudiera causarme su peinado que parecía agarrado por una aspiradora se esfumó. -No, y te agradecería que esto quede entre nosotros. Ajax frunció el ceño. -¿Por qué? -Es obvio- repliqué, cansada-. Son demasiado prejuiciosos y perderé toda la confianza que tenían en mí. Creerán que los delataré, o que ya lo hice. Ajax pareció pensar unos minutos. -Hay un espía en el Punto- dijo, al fin. Me levanté de un salto, hecha una furia. Lo único que me faltaba era que él también desconfiara de mí. Estuve a punto de abalanzarme sobre él cuando se levantó y alzó las manos en gesto apaciguador. -No estaba hablando de ti, Leila- dijo, conciliador-. Sólo digo que es cierto que desconfíen de ti, pero sé que no nos traicionarás. Se me hizo un nudo en el estómago y la imagen de Alex se apareció ante mí, incitándome a que abandonara a los demás. Y Ajax había sido quien me había salvado, de alguna manera. -¿Tu madre no lo sabe?- murmuró Ajax. 130


El recuerdo de mi madre me inundó, y en ese momento me pregunté qué diría al respecto. La noticia de que su hijo estaba vivo sería para ella una sorpresa, pero no estaba segura de si sería una buena. -No- dije, lentamente-. Y prefiero que no lo sepa aún. No está preparada. Ajax frunció el ceño, y supe que presentía que había algo que le ocultaba. Sacudí la cabeza y volví a sentarme. El muchacho me rodeó con un brazo y me dio un abrazo cálido. Esa sensación fue como un bálsamo para mi cansancio, preocupación y miedo. Me sentí cobijada y a salvo, y me permití relajarme como no lo había hecho desde hacía bastante tiempo. Ambos nos quedamos unidos, hasta que pregunté: -¿No me temes? -¿Por qué tendría que hacerlo?- preguntó él. -No lo sé, pero quizás, ya sabes, todos desconfían de los Sombras, incluso de los que tienen una pequeña porción de ella en su sangre. Ajax se volvió para mirarme y me sobrecogió la intensidad de su mirada. Parecía despedir chispas azules. Aparté la vista, incapaz de mirarlo, pero él me tomó la cara entre sus manos y me obligó a mirarlo. -Leila Rivero- me dijo, y percibí la ternura de sus ojos y su voz-. Jamás, jamás de los jamases dejaré que nadie te haga daño ni te haga sentir mal por lo que eres. Porque yo te conocí así como eres, y así como eres, con tu sangre de Sombra y tu parte Protectora también, me caíste bien y me enamoré de ti. Contuve el aliento al oír sus palabras, incapaz de creerlas, pero él parecía totalmente sincero. Al ver que no respondía, soltó un suspiro y me soltó, y advertí que estaba decepcionado de que no sintiera lo mismo. -Espera- dije, incapaz de contenerme-. Yo… Me detuve, incapaz de seguir, pero Ajax había captado lo que quería decir y avanzó hasta situarse delante de mí en dos zancadas. -Entonces no hay más que hablar- dijo y acto seguido me besó. Fue como si un millar de fuegos artificiales se encendieran detrás de mis ojos cerrados y me iluminaran. El contacto con Ajax era suave y cálido, y me sentí mejor que en muchísimo tiempo. Una brisa alborotó mi cabello, pero no nos separamos. Finalmente lo hicimos, mirándonos intensamente y sin poder creérnoslo. -Vaya- dije, incapaz de hablar-. Pero si besas muy bien. Ajax sonrió burlonamente. -¿Y a cuántas personas has besado para saber si beso bien o no? Me ruboricé, sin admitir que era mi primer beso.

131


Él pareció comprenderlo, porque se acercó y me tomó de la mano, enlazando mis dedos con los suyos. -Feliz cumpleaños, Leila Rivero- me dijo, con una sonrisa.

A pesar de lo distantes que habían estado todos últimamente, cuando me desperté al otro día todos me recibieron amistosamente por mi cumpleaños, e incluso Deb había preparado deliciosos brownies. O al menos aseguró que los había hecho, pero creo que eran comprados. Aún así aprecié el gesto y me entretuve bastante más tiempo del necesario charlando con Kade y Rasmus, mientras Deb no paraba de rondarme alegremente a mi alrededor. Confiaba en que no sacarían el tema de nuestra misión fallida de ayer. Homes también me saludó afectuosamente en nuestras horas de estudio, y me casi me sentí como si nada hubiera pasado. Como era viernes, ese mismo día iría a casa, y mi mamá me había prometido una sorpresa. Deb insistió en querer acompañarme antes a ir de compras al centro, pero Ajax la mandó a mudar e insistió en ser él el que me acompañara a mi casa. Acepté, encantada por su caballerosidad. Disfruté mucho del paseo, en incluso me permití fantasear con que había conocido a Ajax en el colegio y que mi vida era totalmente normal, donde no había Protectores, ni criaturas mágicas, ni tenía un sexy hermano medio Sombra que era considerado un psicópata por los demás. Cuando entré a mi casa, una lluvia de papeles nos asaltó y del susto di un salto. -¡¡Sorpresa!!- me chilló alguien en mi oído. No pude evitar una sonrisa al ver a mi madre, a Charlie y Tina sonriéndome como idiotas. Mis dos amigas se cohibieron un poco al ver a Ajax lleno de papeles, pero mi madre me lanzó una sonrisa cómplice. -Te ves muy ridículo- le susurré a Ajax mientras me alejaba. -Mira quién habla- me respondió él, sacándose papelitos de la cabeza-. Pareces una piñata. Le lancé más papeles y me uní a mis amigas, riéndome. -Feliz cumpleaños- me chilló Tina con una enorme sonrisa. -Tina, sólo hará falta que grites cuando la hayas dejado sorda- me sonrió Charlie tímidamente y me abrazó-. Feliz cumpleaños. -Gracias. A las dos- dije, feliz. 132


Me percaté de que Ajax estaba manteniendo una conversación con mi madre en privado, y me pregunté de qué estarían hablando. Sin embargo, no tuve ocasión de preguntar ya que sonó el timbre y mi madre se apresuró a abrir. Se me abrieron los ojos como platos al ver quién era la que había llamado. -¿Elena?- exclamé, atónita. Sin embargo, me percaté de lo maleducada que estaba siendo y me apresuré a sonreír dejándole paso-. Me alegro mucho de verte… de nuevo. -También yo- sonrió la muchacha, tendiéndome un regalo-. Feliz cumpleaños. -Gracias- dije, sintiéndome extraña. Había una especie de tensión entre nosotras difícil de explicar. Di gracias mentalmente a Tina y Charlotte por el recibimiento amistoso que le prodigaron, pero también fui consciente de la sonrisa de mi madre y la tensión en los ojos de Ajax. Me acerqué hasta él y le susurré: -No se acuerda de nada de lo que pasó aquella noche. Y aún así siempre me ha preguntado qué fue lo que pasó el día del Museo. -Lo sé. Pero no puedes decirle, ¿entiendes? Suspiré y meneé la cabeza. -Han cambiado tanto las cosas. ¿Por qué siento que ya no es la misma Elena de antes? -Es la misma Elena. La que ha cambiado eres tú. Me quedé callada unos momentos y cerré los ojos con fuerza. No quería pensar en ello. Cambié el tema de la conversación. -Tina y Charlie quieren ir al centro a ver tiendas. Quiero acompañarlas. Ajax abrió la boca, pero me apresuré a tapársela con una mano. -Voy a estar bien. No te preocupes. Él frunció el ceño, pero no aparté mi mano. -Por favor- susurré, y retiré la mano para darle un rápido y suave beso. Él suspiró y dejó caer lo hombros. -Está bien. Sonriente, le apreté la mano para hacerle saber lo contenta que estaba. Ajax se alejó con paso taciturno y me volví, para percatarme de que Tina, Charlie y Elena me miraban con ojos como platos. -Ahora sí que te envidio- explotó Tina, riéndose-. Yo también quiero un chico así. Sentí que me ponía roja como un tomate e intenté cambiar el tema de conversación. -¿Vamos al centro o no? 133


-Claro- asintió Charlie, levantándose-. Vamos.

-Este vestido es muy lindo. Aunque un poco caro- dijo Tina, frunciendo el ceño. Charlie asintió y se volvió para probarse otro. Yo estaba sentada, mirando cómo las chicas se probaban el vestido, con Elena sentada lo más lejos que el banco lo permitía. Se había mostrado callada e incómoda, como si no supiera qué hacer. No es que yo supiera qué decir tampoco. No sabía qué hacer con las manos y no paraba de moverlas de un lado a otro. Hice un gesto para acercarme, pero ella pareció levemente incómoda, así que me levanté, incapaz de soportarlo. -Ya vuelvo- murmuré, pero no creí que alguien me hubiera escuchado. Quizás Elena, pero no diría nada, ni creía que le importara. Hasta se sentiría aliviada. Me escurrí hasta un rincón del local y fingí que buscaba chaquetas sin mirarlas en absoluto. Sentía un nudo irreprimible en la garganta y tenía ganas de romper algo o hacerme un ovillo y echarme a llorar. -Esa es linda- murmuró una voz susurrante detrás de mí. Casi me caí del susto y me volví con rapidez. -Alex- susurré. Él me miraba sonriente. Llevaba ropa casual, con una chaqueta de cuero negro encima y las manos en los bolsillos lo hacían ver casi como un chico normal. Casi. -¿Qué haces aquí?- pregunté, intentado reprimir la felicidad que sentía por verlo. Alex se encogió de hombros. -Vine a hacerte compañía. Pareces un poco sola- frunció el ceño al ver mi desaliento y cambió de tema-. Da igual. Parece que descubriste algunos de tus poderes. Abrí la boca, pero una joven vendedora se acercó con sonrisa radiante. Advertí de inmediato que esa sonrisa no iba dirigida a mí. -¿Necesitan algo?- se volvió hacia Alex-. ¿Caballero? Él sonrió, y pude ver su mirada… ¿hambrienta? -Claro, linda- respondió-. Hay algo que necesito. ¿Te molestaría darme tu número? 134


La chica casi se desmaya de felicidad, pero se apresuró a anotar su número de teléfono rápidamente en una hoja y tendérselo. -Gracias- murmuró ella, radiante. Él hizo un gesto de despedida, tan humano que me chocó, y luego se rió entre dientes. -Qué malo eres- gruñí. Me daban ganas de perseguir a esa chica y hacerle un tackle. -No te pongas celosa, hermanita. Sólo quiero divertirme un rato con ella. Fruncí el ceño, pero entonces recordé lo que habíamos estado hablando. -¿Qué poderes…?- comencé, cuando se corrió la ropa y Tina y Charlie hicieron su aparición, seguidas por Elena. -¿Pero qué…?- dijo Tina, antes de reparar en Alex. Se le salieron los ojos de las órbitas a las tres. Lancé un suspiro. No podía culparlas. Alex era perfecto y guapísimo. Su lado Sombra se había ocupado de ello, para conseguir presas más fáciles. -Chicas- dije, adelantándome-. Él es Alex, mi…amigo. Alex, ellas son Tina, Charlie y Elena. Todas extendieron la mano al mismo tiempo, intentando ser las primeras en estrecharle la mano a Alex. Él parecía divertido con la situación. -Yo...-murmuró Tina-. Conseguimos nuestros vestidos. ¿Tú también? -Esto… sí- dije, pero era obvio que no era así. Pero ya había perdido la atención de mis amigas, que hablaban con Alex unas sobre otras sin parar. Puse los ojos en blanco y me acerqué. -Lo siento Alex- le dije, tomando a Tina y Charlie por el brazo y arrastrándolas hacia la caja-. Las chicas deben pagar los vestidos. Y después irnos a casa. -En realidad- empezaron Tina y Charlie al unísono, y les apreté el brazo con fuerza. Alex se rió y tuve que hacer el doble del esfuerzo para arrastrarlas. Mientras la vendedora nos cobraba, sin dejar de hacerle ojitos a Alex, éste se apoyó contra el mostrador y me dijo en voz baja: -Controla tu ira, Leila. No puedes hacer que mis perros infernales se desvanezcan todo el tiempo. No puedo reclutar tantos tan rápido. -Después de dio dolor de cabeza- me defendí. Él me miró asombrado, luego se echó a reír. -Ahora nos vamos- dije, dando por zanjado el asunto. Tomé a mis amigas y nos dirigimos hacia fuera. Él nos saludó desde adentro, y se volvió para continuar charlando con la vendedora, que parecía a punto de explotar de felicidad. Puse los ojos en blanco y todas se 135


volvieron para ver lo que estaba viendo. Charlie soltó una palabrota tan fuerte que si su madre la hubiera escuchado le hubiera metido la cabeza en una pileta de jabón. -Maldita tramposa- protestó Tina-. No vale. ¿Por qué nos sacaste de allí, Leila? Resoplé. -Porque ya es hora de volvernos. Tina sacudió la cabeza, tristemente, y Charlie se quejó. -¿Pero de dónde sacas esos chicos tan lindos? Ese comentario me hizo gracia. -No quieres saber el precio que pago por conocer chicos así- respondí. Pero aunque lo dije como burla, en realidad era algo muy en serio.

Faltaban unas pocas cuadras para llegar a casa, cuando a Tina se le voló la boleta del vestido y se apresuró a seguirla. -No- protesté, saliendo detrás de ella. Doblé la esquina de la zona de quintas y vi a Tina sacando la boleta enredada en un cerco. -La tengo- me avisó, jadeante y contenta. Asentí, aliviada, cuando algo saltó sobre ella. Una mancha borrosa que reconocí muy bien. -¡¡No!!- grité, saltando hacia adelante. Como si se lo hubiera invocado, sentí mi Don fluyendo en mí y sin esfuerzo lancé un enorme contenedor de basura, que salió despedido en dirección al perro infernal, golpeándolo con fuerza y casi barriéndolo de la faz de la Tierra. Tina lanzó un grito ahogado y echó a correr en mi dirección, pero luego se detuvo, dudando. Llevé mi mano al botón de emergencia, algo que todos los Protectores llevábamos ocultos, en mi caso en una pulsera con una gema engarzada. Sin embargo, sentí cómo alguien me sujetaba por detrás e intentaba sostenerme los brazos. Me debatí furiosa, pero las manos eran como garras de acero. -¡¡Tina, corre!!- chillé, mientras me revolvía y trataba de alcanzar a mi atacante. Éste se resistió a su vez, y me incliné hacia adelante con brusquedad, haciendo que saliera volando por encima de mí. Cuando cayó al suelo, pude verle la cara. -¿Tú?- pregunté, asombrada. 136


Adam me devolvió la mirada, algo asombrado. -Vaya- murmuró, sacudiéndose la cabeza. Una risa brotó detrás de mí. -Derrotado por una chica- dijo otra voz, que reconocí de inmediato. Raquel. La chica apareció desde las sombras, con el largo pelo oscurísimo cubriendo su cara pálida con forma de corazón. -Cállate- replicó Adam, levantándose. Aproveché ese momento para prepararme para pelear. Raquel advirtió mi actividad y me sonrió. -No creerás que te irás a algún lado ¿verdad? Apreté los dientes, pero no dije nada. -La Señora quiere verte- dijo Adam, adelantándose-. Tendrás que venir con nosotros. -Sí, claro- dije, con sarcasmo. Rápidamente invoqué mi Don, levantando restos de escombros que había al final de la calle. Escuché que el perro del infierno gruñía. Mierda. Me había olvidado de él. Sin embargo, no parecía el único que había reparado en ello. Adam esbozó una sonrisa desagradable. -Deja de jugar, Leila. No tienes chances de escapar. -Sí las tiene- dijo una voz detrás de mí. Casi me muero de alivio al reconocer la voz de Ajax. Como movidos por un resorte, todos se volvieron. -Ajax- musitó Raquel, con los ojos desencajados. No pude precisar su reacción, pero parecía triste y confusa, pero a la vez esperanzada. Jamás había visto una mirada como aquella. Ajax la evitó deliberadamente. -Déjenla ir- dijo, con voz firme. Adam se adelantó un par de pasos. -Ajax, por favor…- comenzó, pero él sacudió ofuscadamente la cabeza y dijo: -Ahora no, Adam. No quiero discutir contigo, ni tener ninguna clase de trato de ningún tipo. Con ninguno- aclaró, con un deje apesadumbrado en la voz. Me sorprendió lo herida que sonó su voz. -Ajax, por favor- susurró Raquel, adelantándose. Pero Ajax se apartó. -Déjame. Leila, vámonos- repitió Ajax. Avancé un par de pasos, pero Adam se colocó delante de mí. 137


-Si no quieres hablar, me temo que tendremos que llevarnos a Leila por la fuerza. -Eso ni lo sueñes- gruñí, y acto seguido lancé los escombros directos hacia él. Adam lanzó una exclamación de sorpresa y tanto Raquel como Ajax se volvieron hacia él. Me aparté hacia un lado de inmediato, mientras los restos de cemento y ladrillo volaban a toda velocidad hacia el muchacho. Sin embargo, no llegaron a destino. Cuando faltaban poco menos de dos metros, los escombros chocaron contra una pared invisible. Al parecer estaba desde hacía unos segundos, pero cuando los proyectiles impactaron contra ella, se iluminó brevemente, mostrando una cúpula semiinvisible, surcada por líneas de color violeta. Apenas se perdió el contacto, la pared desapareció. Volví mi cabeza y percibí a Raquel, que cerraba ambas manos. Así que creaba campos de fuerza. Interesante. Adam se volvió hacia mí con cara de pocos amigos, pero antes de que pudiera decir nada, lo aparté de un empujón y me dirigí hacia Ajax, que se mantenía quieto en el lugar. Raquel intentó detenerme colocando una mano sobre mi hombro con fuerza, y ya no pude aguantarme. Me volví con rapidez y le lancé un empujón furioso. -Aléjate de mí- le gruñí. Ella se apartó y sentí el volcán burbujeando en mi interior con fiereza. No sabía por qué estaba enojada; porque quisieran atraparme todo el tiempo sin dejarme en paz, por mis sentimientos hacia Alex, por sentir que estaba traicionando a los Protectores al hablar con él, por Raquel, por la mirada lastimosa que le dirigía, por la pesadumbre que sentía en Ajax, o por no saber quién era. Pero estaba furiosa, y eso era un hecho. Sentí como buscaba cosas del piso, como levantaba todo tipo de objetos del piso y los arrojaba hacia Raquel y Adam, una y otra vez con toda la violencia de que era capaz. Quería destruirlos. Raquel extendió sus manos y los proyectiles chocaron contra el campo de fuerza, protegiéndola a ella y a Adam. Sin embargo, el perro infernal no tuvo tanta suerte, y despareció cuando un ladrillo chocó contra él en su intento de huida. Estaba desahogándome con tanta rapidez y fuerza que no escuché a Ajax llamándome hasta que me tomó del hombro. -Leila- dijo, y escuché su tono de voz firme y determinado-. Basta. Sentí que me vaciaba como un tanque, con tanta rapidez como había explotado. Ajax era un punto seguro en toda aquella confusión, y me aferré a él con todas mis fuerzas.

138


Todo a mi alrededor cesó, y me refugié contra Ajax, sintiendo un nudo en la garganta. -No sé qué me pasa- murmuré, y no pude reprimir algunas lágrimas que corrieron mejilla abajo. -Está bien- me susurró Ajax, rodeándome con sus brazos. Levanté la vista un momento y sentí que me congelaba. Ajax advirtió el cambio en mí y se apartó, mirando lo mismo que yo. Elena miraba todo con una mezcla de terror y gesto sombrío, como si hubiera confirmado sus sospechas, que hizo que un escalofrío me recorriera. Ajax se adelantó unos pasos. -Elena- empezó, pero mi ex mejor amiga se volvió, aterrorizada de repente, y huyó. Me volví, pero no había rastros de Raquel ni de Adam por ninguna parte. Sólo quedaba la calle desierta, llena de ramas cortadas, escombros, restos de construcción y toda la basura que había lanzado. Me mordí el labio, enfadada por perder el control. ¿Cómo es que los demás no usaban sus Dones nunca? -Se ha ido- dijo Ajax lentamente. Mis labios dibujaron una línea. -Ha visto todo. Y sabe que le hemos mentido. Que le he mentido. Ajax abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró. -No le harás olvidar ¿verdad?- murmuré, con la vista fija en el piso. -No puedo- contestó él-. Sólo funciona una vez. -No importa- dije, encogiéndose de hombros-. Odio esto de mentirles a las personas que me importan. Entonces mi mente recordó a Tina, y eché a correr hacia la calle donde mi amiga había perdido la boleta. Encontré a Tina y Charlie sentadas junto a una enorme casa señorial, algo confundidas. Al verme, ambas se pararon. -¿Estás bien? -me preguntó Charlie, preocupada. Me detuve en seco, con lo que Ajax casi choca contra mí. Tina no parecía asustada por el ataque del perro infernal, ni recelosa. -¿Qué…?- empecé, pero Tina me interrumpió. -¿Qué fue lo que pasó Leila? Creo que algo intentó atacarme. Lo siento mucho por dejarte ahí, pero tú dijiste que corriera y fui en busca de ayuda. Me permití un suspiro de alivio. -Sí, estoy bien. Un ladrón intentó robarme, pero Ajax apareció y logramos hacer que huyera. -¿Lo has visto? Podemos hacer la denuncia- empezó Charlie, pero se calló al ver que negaba con la cabeza. 139


-No lo vi- dije, encogiéndome de hombros. No sólo lo había visto, sino que lo había reconocido y había hablado con él, pero contarle a la policía todo aquello era lo último que quería. Habría sido un boleto directo al manicomio. Charlie bajó los hombros, desalentada, y Ajax suspiró. -Será mejor que nos vayamos.

La biblioteca estaba tranquila en cuanto entré; Deb hojeaba una revista distraídamente mientras Kim se sentaba a su lado, pasando el dedo una y otra vez por el borde de un vaso con agua. Ninguna levantó la vista cuando entré, pero Deb dijo sin mirarme: -Te has encontrado de nuevo con Raquel y Adam. No era una pregunta. -Sí. La muchacha suspiró y dejó la revista a un lado. -Supongo que tienes muchas preguntas sobre ellos ¿verdad? No creo que te haya satisfecho la información que te contamos anteriormenteNegué con la cabeza y ella suspiró-. Prefiero que me lo preguntes a mí antes de que lo hagas con Ajax. -¿Por qué?- inquirí, sintiendo revolverse algo en mí. -Porque- Deb eligió sus palabras con cuidado-. Adam y Raquel han sido muy amigos míos, y aún más de mi hermano. Creo que fue el más afectado cuando se fueron. -No era algo que nos hubiésemos esperado- suspiró Kim a su lado, sin dejar de juguetear con el vaso. -No lo fue- admitió Deb-. Ajax y yo nos criamos aquí, como supongo que él ya te habrá contado. No había muchos Protectores aquí, por lo menos no de nuestra edad. Raquel y Adam fueron los primeros en venir, las primeras personas de nuestra edad con las que podríamos compartir juegos, charlas, aventuras. Incluso cuando creciéramos, haríamos las misiones acompañándonos. La perspectiva de entrenarnos juntos era muy alentadora. “Aunque al principio Ajax y Adam no se llevaron muy bien, luego se convirtieron en grandes amigos. Solían gastar muchas bromas tanto a mí como a Raquel. Yo me encargaba de que no volvieran a molestarnos por un gran período de tiempo.” -¿Cuánto tiempo vivieron aquí, solos? 140


-Muchos años. No sé exactamente cuántos. Homes nos educaba. Algunos miembros del Gran Consejo solían hacer visitas al Punto, y lo que más nos gustaba era escuchar a escondidas. Con el Don de Ajax incluso podíamos ver el interior. -Pero- interrumpí cuando una idea se abrió paso en mi mente- si Ajax es capaz de crear visiones de esa forma, ¿por qué no crea una visión de la Quimera o...? “O de Alex”, pensé, pero no lo dije en voz alta. Deb sacudió la cabeza. -Quizás, pero generalmente los lugares están hechizados para que personas con Dones como los de Ajax los encuentren. También las personas pueden hacer eso. Nuestros enemigos utilizan esos hechizos, del contrario ya habríamos logrado encontrarlos. Ya lo hemos intentado, créeme. “Aunque sí había una forma de lograr ver esas reuniones, que por supuesto estaban protegidas al ser una reunión del Consejo; Adam tenía gran facilidad para escurrirse en lugares pequeños y colarse en rutas prohibidas. Entonces, creaba un lazo con Ajax, así lográbamos ver lo que Adam veía.” -¿Creaban un lazo? Deb suspiró, exasperada, y Kim se adelantó para explicarme con su suave voz. -Adam es capaz de crear visiones, no siempre verdaderas, e introducirlas en cerebros ajenos. Mandaba imágenes de lo que veía, en este caso reales, a Ajax, y él lograba crear un puente para que podamos ver qué sucedía allí. -Vaya- murmuré, asombrada. Pero entonces una idea se me formó en la mente-. ¿No es posible, entonces, que Adam pueda espiar cualquier reunión del Consejo y luego crear un lazo con cualquier Protector que posea un Don similar al de Ajax? Deb sacudió la cabeza. -Ajax confesó lo que hacía una vez que Adam se marchó, y el Consejo ha reforzado los hechizos para proteger sus reuniones. La Sala del Consejo, en la Capital, es prácticamente impenetrable. Me froté la cara, intentado absorber la información. -Raquel y Adam… ¿por qué se fueron? El rostro de Deb se ensombreció. -Bueno, ellos nunca tuvieron… bueno, no tuvieron nada, prácticamente. Eran pobres y su madre los abandonó de jóvenes debido a sus Dones. Se criaron aquí. Y aunque han estado protegidos, descubrieron que las 141


personas normales no nos aceptan… por nuestros Dones. Creen que somos peligrosos. Y cuando por fin creyeron que aquí era realmente dónde pertenecían, otros Protectores jóvenes llegaron, algunos de familias ricas, y los trataron con desprecio. La vida de Raquel y Adam es triste: siempre han sido rechazados. Es lo único que conocen. -Pero entonces- dije, lentamente-. ¿Por qué se han ido, siendo que tú y Ajax los han tratado tan bien? Era el único lugar seguro que conocían. Kim adoptó una expresión compasiva. -Tuve la oportunidad de conocer a Raquel y Adam, si bien por poco tiempo. Siempre han tenido un carácter fuerte e incluso un poco vengativo. Eran orgullosos y no les agradaba que se burlaran d ellos. Especialmente Raquel. Su aspecto frágil se contradecía con su fuerza interior. -Ella es vulnerable en cierto punto- admitió Deb, inclinando la cabeza-. No soporta la muerte de inocentes. Una vez un niño frente al Punto maltrataba un perro callejero. Ella se enfureció tanto que se enfrentó al niño y de un puñetazo lo lanzó varios metros por el suelo. Recuerda nuestra fuerza. Luego utilizó su Don para encerrar al niño en una cúpula y lo mantuvo así por un día entero. Cuando el niño Salió, estaba hambriento, debilitado y estaba muy asustado. Dudo que volviera a lastimar algún otro animal alguna vez. Así que ya ves. Es sensible, pero también es muy fiera cuando se lo propone. Recordé a la muchacha que lloraba por la tortura de una criatura mágica en aquella fiesta, y luego la determinación con la que había protegido a Adam cuando le lancé proyectiles utilizando mi Don. Tuve que darle la razón. -¿Y Adam?- pregunté. -Adam- respondió Deb con tranquilidad-. Era muy travieso. Un Protector brillante, algo callado, y eso provocaba que los demás creyeran que podrían aprovecharse de él y molestarlo. Adam no respondía, pero luego se vengaba. Un Protector llamado Jonah lo molestó demasiado, llamándolo “huérfano vagabundo” una vez delante de todos. Él no respondió, pero esa noche implantó en su cerebro una visión. Jonah abandonó el Punto al otro día. Me recorrió un escalofrío. -¿Qué le hizo? Deb sacudió la cabeza. -Nunca nadie lo supo. “Realmente Raquel y Adam son personas que no se pueden tomar a la ligera”, pensé, estremeciéndome. 142


Kim me sonrió débilmente. -No hace falta que te mortifiques con ellos. No creo que se atrevan a molestarte por un período de tiempo. Le sonreí también, pero por dentro dudaba. Deb lanzó un sonoro suspiro y se levantó. -Me duele la cabeza. Creo que me voy a dormir. Kim asintió y miró el vaso, moviendo el dedo por el borde con más insistencia. Por un momento nada pasó, y luego el agua que contenía el vaso se elevó en el aire con una floritura y formó un círculo. Kim dejó de mover el dedo y el agua volvió a precipitarse dentro del recipiente. Al ver mi expresión, Kim se limitó a reír. -Sí, puedo controlar el agua. Por lo menos en pequeñas cantidades. -Como una Maestra de la Tribu Agua- dije, maravillada. Kim me lanzó una mirada interrogante, y Deb me miró como si hubiera dicho que había visto un extraterrestre. -¿Cómo qué?- inquirió. Sacudí la mano, desechando la pregunta. -Nada. Deb arqueó las cejas, pero no dijo nada y se escurrió por la puerta. -No te preocupes- me dijo Kim, levantándose también y llevándose el vaso con ella-. Deb es así. Supongo que estarás hablando de un libro o serie de televisión. -Bueno, sí- contesté, pensado cómo no podían conocer aquella serie-. Es una serie de televisión que solía mirar cuando…-“Cuando era una persona normal”, pensé, pero entonces recordé las palabras de Ajax sobre que mi Don había nacido conmigo-. Cuando aún no me había despertado mi Donterminé. Kim asintió y me saludó con una inclinación de cabeza, para luego irse. Imité el movimiento y me marché a mi habitación.

Los pasillos del Punto estaban tranquilos mientras caminaba por ellos, mirando hacia el techo acristalado, donde se veía el cielo. Había efectuado algunas exploraciones anteriormente, por lo que no tuve ningún problema en encontrar la larga galería que rodeaba el edificio, hasta el punto donde el cual se abrían grandes ventanas que daban hacia un lado de la ciudad, más específicamente el centro. Me apoyé en el marco y me dediqué a contemplar la ciudad sintiendo una gran nostalgia y tristeza. Me sentía extraña por todo lo que había pasado. Me contemplé en el vidrio y no me 143


sorprendió ver una cara con profundas ojeras que me devolvía la mirada. No había dormido demasiado los últimos días, debido a la culpabilidad y la impotencia que sentía. Me sentía como si mi vida fuera manejada con hilos por otra persona, y yo no podía hacer nada para evitarlo. -¿No puedes dormir, gata montesa?- preguntó una voz detrás de mí. Me encogí de hombros. -¿Qué te sucede?- volvió a preguntar Ajax. Me volví para mirarlo. Sus ojos celeste cielo lucían preocupados y tristes, como los míos. -Es por de lo esa chica. Elena- comprendió él. Sentía un nudo en la garganta e hice un esfuerzo para tragarlo. -Hoy fui a su casa. Deb me acompañó hasta la esquina. Nadie salió a abrirme. Cuando estaba volviendo- esta vez el nudo de la garganta se agrandó tanto que estuve algunos segundos intentando hablar-. Volvía a su casa con una chica. Una chica que no era yo- mi voz se calló-. Cuando me vio, se asustó muchísimo e intentó evitarme. Estaba muy asustada, pero también parecía enfadada. No puedo reprochárselo. Ajax resopló. -No es tu culpa Leila. De hecho, es mi culpa. Lo miré para ver si estaba bromeando o no. -¿Qué?- pregunté. -Yo te dije que no podías ser su amiga ¿verdad? Así que es mi culpa. O de los Protectores, como quieras. Me invadió la furia. -Sí, la culpa la tiene los Protectores. ! Es su culpa ¡- estallé, furiosa-. Manejan mi vida, pero no es así. Ya tengo diecisiete años, puedo tomar mis decisiones por mí misma. Me detuve, resoplando, y la voz de Alex se me vino a la cabeza: “¿Y qué sucedería si descubriesen que eres mi hermana?”. Me recorrió un escalofrío. Si lo Protectores eran muy celosos de sus miembros, y todavía no me habían aceptado completamente, no quería imaginarme lo que harían cuando se enteraran quién era yo. Lo más suave seguramente sería que me tiraran a las sirenas, que con gusto me torturarían hasta morir. Miré a Ajax, tan tranquilizante y preocupado, y estuve a punto de soltarle la verdad. Pero me mordí el labio justo a tiempo. No. No podía, no en ese momento. Sería arruinar aún más las cosas, y ya estaban lo suficientemente mal como para que yo ayude. -Ajax- pregunté en su lugar-. Los mestizos… ¿cómo…? -¿Cómo se crean?- me preguntó. Advertí que parecía aliviado de que mi curiosidad despertara y que no me dieran ganas de tirarme por la ventana 144


en medio de mi depresión-. Bueno, no lo sé muy bien. Al ser uno de sus progenitores una criatura mágica, poseen ciertas habilidades y poderes, limitados por su parte humana. En ese momento se calló, un poco consternado. Supe enseguida lo que pensaba. -No preguntaba por…- dejé la frase en el aire a propósito, porque no me sentía capaz de mencionar a mi medio hermano de nuevo. Él se quedó callado un momento más, y luego asintió. -Ya has visto a la mestiza de su refugio- Al parecer, tampoco quería nombrarlo. Asentí. -Era mitad hada-dije. -Así es. Y los mestizos son tratados por parias por igual. Por supuesto, no pueden vivir entre humanos por que sus poderes son imposibles de ocultar, y las criaturas mágicas las desprecian por su ascendencia humana y repudian a su progenitor mágico por haberlo creado así. Medité sobre ello. Debía resultar horrible. Quizás Alex sufría esa discriminación también. Lo pensé bien. Pero quizás se había ganado el respeto de los demás a la fuerza, a base de amenazas y acciones no muy agradables. Alex era perfectamente capaz de hacer todas esas cosas. Suspiré. Eso era también lo que me harían a mí cuando supieran qué era. Los Protectores no eran muy diferentes de las criaturas mágicas en ese sentido. -Y… -intenté encarar el tema como mejor pude-. Los Protectores que vimos… Raquel y Adam… Me callé cuando vi la mirada glacial y vacía de Ajax y me quedé mirándolo. -Los conocías- hice notar como deslizando el asunto. En realidad, sospechaba que era algo más que eso-. ¿Eran tus amigos? La boca de Ajax era una fina línea. Cuando lo miré, sus ojos esquivaron mi mirada rápidamente. -¿Raquel era tu novia?- me salió forzadamente. Ya está. Lo había dicho. Tenía que saberlo. Él dio un pequeño respingo de sorpresa por la pregunta y frunció el ceño. -No- fue todo lo que dijo, pero supe que no había sido un “no” lo suficientemente categórico. -Mm- fue todo lo que dije, dándole a entender que sabía que no era completamente sincero, pero sin presionarlo-. ¿Son hermanos?- pregunté de repente. 145


-¿Eh?- el cambio de tema tomó a Ajax desprevenido. -Si Raquel y Adam son hermanos- repetí. -Ah- contestó Ajax, frunciendo el ceño-. Creo que son hermanastros. Eran muy unidos cuando los conocí. Eran buenas personas… Su voz se apagó y se quedó en silencio. -Creo que todo ha cambiado- dijo entonces, encogiéndose de hombros. La frase me sonó conocida, y a pesar de lo mal que sentía, sonreí desganada. -Dímelo a mí.

El invierno había dado paso a la primavera lentamente, y poco a poco los días comenzaron a ser soleados, calurosos y largos. Sin embargo, mi ánimo no concordaba con aquellos días. Las misiones habían disminuido mucho y ya casi no había actividad en el Punto. Termine mis estudios sin pena ni gloria, junto con Deb. Quiero decir, nadie hizo una fiesta ni nada por el estilo. Me sentía sola, triste y, contradictoriamente, con ganas de que nadie me molestase. Sólo practicaba con Ajax cuando no había nadie por el centro de entrenamientos. Generalmente me quedaba en los establos, haciéndole compañía a Azabache, pensativa.

-Uff- bufé una mañana, mientras me alejaba del centro. Por fortuna, los Protectores habían dejado de intentar encerrarme en el Punto todo el tiempo, por lo que podía ir y venir a mi antojo. Bueno, no es que me hubieran dejado ir sin más, pero luego de una pelea con Paris, lo había logrado. Ni siquiera sabía cómo se había echado atrás tan fácilmente, pero me alegraba de volver a ser independiente. Alejé aquellos pensamientos de mi mente mientras me dirigía hacia la Plaza Central. Era muy temprano, y la plaza estaba casi vacía, con excepción de una anciana sentada en una punta dándole de comer a unas palomas, que se arremolinaban a su alrededor muy excitadas. Me senté 146


en el banco de la plaza, apoyé los codos en las piernas y a su vez la cabeza en mis manos, y me quedé contemplando el lugar inspirando una y otra vez lentamente. Me gustaba la quietud del lugar, sin los ruidos molestos de la ciudad. Sonreí a mi pesar. -¿Vienes muy seguido a la plaza? La pregunta hizo que diera un salto y me apartara rápidamente, pero luego reconocí la voz y me calmé. -¿Kist? ¿Dónde estás? Miré hacia todos lados, dubitativa, pero no vi a nadie. Empecé a preocuparme de que estuviera imaginando voces. -Aquí- repitió la voz de Kist. Miré hacia todos lados, hasta que una sombra rojiza brotó de detrás del banco y se posó sobre él de un brinco. Me quedé boquiabierta al ver delante de mí un hermoso zorro rojo, de pelaje color fuego y pecho blanco como la nieve. Tenía una gran cola peluda, patas negras y era enorme, tanto que el banco crujía bajo su peso. -¿Kist?- pregunté, asombrada. Miré hacia uno y otro lado, esperando ver a alguien que había descubierto al enorme zorro y corría gritando algo sobre zorros mutantes-. ¿Qué haces…? ¿Por qué siempre tienes que asustarme así?- cambié la pregunta, de mal humor. El zorro sonrió, y ladeó una de sus grandes orejas. Sus ojos brillaban con una inteligencia muy humana. -Vengo siempre de visita a la plaza, algo que al parecer tú también haces. Desistí de mirar hacia todos lados, convencida de que no había nadie por los alrededores, y me senté en el banco junto a él. -¿Estás bien?- me preguntó Kist, rozándome con sus largos bigotes al hablar. Sonreí, porque la visión de un enorme zorro hablando era algo gracioso. Pero entonces reparé en la pregunta y dudé. -No muy bien- susurré al fin. Kisten ladeó la cabeza, como intentando comprender. -¿Algún problema con los Protectores? Me encogí de hombros. -En realidad, es con una amiga. Ex amiga- me corregí de inmediato. Kist sacudió una oreja, frunciendo el ceño. -Bueno, me temo que no tengo idea de qué hablas. Pero tú me caes bien. Sonreí sin ganas. -Gracias. Tú también me caes bien. El zorro asintió una vez y luego preguntó suavemente. 147


-Me he enterado de su incursión en el refugio de Alekey hace algún tiempo. Vaya lío armaron. El comentario hizo que lo mirara sorprendida. -¿Cómo sabes eso? Él pareció divertido. -Todos los seres mágicos lo saben. Al ver mi cara horrorizada, pareció preocuparse. -¿Qué sucede? Inspiré hondo y solté. -Ajax ya conoce mi naturaleza…. Mi naturaleza- dije, incapaz de decir la palabra “Sombra”-. Se reveló durante la lucha. Logré dominar a un perro infernal con mi voz y lo deshice. En ese momento no era completamente yo misma. Eso… ¿lo sabías? Kist se había quedado callado, pero cuando terminé simplemente respondió: -No. Lo miré atentamente, buscando signos de mentira en su rostro y ojos, pero él me miraba sin pestañear. -Supongo que es mejor así. No quiero que todo el mundo se entere y me juzgue por eso. Kist suspiró y me colocó una zarpa peluda sobre el brazo. -Leila, tarde o temprano tus poderes habrían salido a la luz. Y no podrías haberlos evitado, así como tampoco puedes ocultar tu naturaleza de Protectora. Eres así y tienes que aceptarlo. Ya eras así desde que naciste, así que no tienes que preguntarte que ha cambiado en ti. La respuesta es nada. -Pero tengo miedo- dije con voz entrecortada, y el admitir eso hizo que me corazón se liberara como si hubiera estado bajo una pesada piedra todo ese tiempo-. Cuando me enojo, pierdo el control de mí misma. El odio me llena y me cuesta mucho evitar que lastime a alguien. Cambio completamente. Ni siquiera me reconozco a mí misma. Sólo Alex me comprende. Me callé de improviso al mencionar a Alex. Nadie sabía de mis encuentros secretos con mi hermano, y no quería que nadie lo supiera nunca. Kisten frunció el ceño ante el nombre y abrió la boca para preguntar algo, pero luego la cerró y se encogió de hombros. -Desde luego no es asunto mío esto. Pero como me agradas, te diré que debes aprender a controlarte. Tampoco es fácil ser un cambiaformas. Nos criamos solos, porque somos un peligro para nuestras familias humanas. 148


Cuando somos chicos podemos transformarnos y herir a alguien si querersu voz se apagó de pronto, y sus ojos parecían vacíos-. Podemos herir sin saberlo. Me estremecí ante el tono de voz de Kisten, y supe que estaba recordando algo. Pero el movimiento de mi cuerpo hizo que volviera en sí, y se alzó en sus cuatro patas, haciendo que el banco chirriara y crujiera. -De todas formas, ya me iba. Tengo algunas cosas que hacer- se volvió y me sonrió-. Ah, por cierto. Tengo una cierta información que quizás les interese a los Protectores. La Señora Oscura planea capturar un pegaso dorado esta noche, en las afueras. Los bosques, más precisamente- se corrigió, y luego saltó detrás de un arbusto. Me quedé sentada, intentando ver dónde iba, pero no volvió a salir. Cuando me asomé, me llevé una sorpresa al ver que no había ningún zorro gigante oculto, o una madriguera. Simplemente había desparecido. Entonces caí en la cuenta de lo que Kisten acababa de decirme y eché a correr en dirección al Punto, mientras marcaba a toda velocidad. -¿Diga?- la voz de Ajax al otro lado del teléfono sonó firme e inquisitiva. -Ajax, soy yo, Leila. Prepárense. Hoy tenemos una gran misión.

149


8 Cuando llegué al Punto, el edificio bullía de actividad. Se había corrido la voz luego de mi conversación con Ajax por teléfono y se había llegado a la conclusión de que serían necesarios todos los Protectores posibles para la misión de aquella noche. La recepción estaba llena de bolsos y cosas tiradas por todos lados. Rasmus y Kade entraban y salían de la sala de armas con diferentes modelos de arcos, dagas y hoces. Apenas me dirigieron un saludo amistoso rápido, ya que parecían muy ocupados. Subí las escaleras a toda velocidad, mientras escuchaba ruido de discusión en el piso de las habitaciones. -No me importa- decía la voz de Paris, airada y furiosa-. Es necesario que detengamos a esa vieja bruja antes de que capture al pegaso. Es una emergencia nacional. -No tenemos que precipitarnos- contestó la voz de Ajax, cansada y paciente-. Sólo digo que necesitamos la opinión de Homes ¿está bien? Debemos llamarlo y realizar la misión cuando él ya esté aquí. -Sería esperar demasiado tiempo- rebatió Paris-. Homes está en la Capital. -¡¡Entonces llámalo!! – se enojó Ajax, enfadado. -¿Crees que no lo he intentado?- gruñó Paris, completamente iracunda-. Homes no contesta el teléfono, y nos hemos quedado sin señal. Apenas anda la electricidad. Como una llamada de Paris, las luces titilaron un momento y se apagaron. Fuera, retumbó un trueno. Llegué al piso superior para encontrarme enfrentados a Ajax y Paris, mirándose furiosamente, mientras Deb esperaba con aspecto cansado apoyada contra la pared a que se callaran. Al verme, se levantó como impulsada por un resorte. -Leila- dijo, con sonrisa cansada-. ¿Preparada para la misión? Sonreí sin ganas, mientras los otros dos muchachos se volvían hacia mí. -Hola- dije, con voz algo vacía. Paris se dio vuelta, furiosa, y se marchó escaleras abajo. Ajax se volvió hacia mí. -¿Estás bien?- me preguntó. Asentí. -Sí. ¿Dónde está Homes? El rostro de Ajax se nubló. Deb contestó en su lugar. -Ha ido a la Capital con Katy. Ya sabes, los tratamientos- agregó, encogiéndose de hombros. 150


Asentí, mientras echaba una mirada a donde se había ido Paris. -Está muy enfadada ¿verdad? -Antes era peor. Cuando le conté lo que me habías dicho, se mostró escéptica. Pero luego le dije que quien te lo había dicho era un cambiaformas y se calmó. Los cambiaformas no pueden mentir- explicó, al ver mi cara de desconcierto. Mi asombro se hizo patente. -¿En serio? -En serio- contestó Deb, arrastrándome por la manga-. Y ahora será mejor que vayas a arreglarte. Pero yo me resistí un poco. Una duda surgía en mi mente. -¿Por qué Mi… por qué tomarse tantas molestias en un pegaso dorado? Tanto Ajax como Deb contuvieron la respiración un momento y supe que era algo importante. -Leila ¿recuerdas que dijimos que Pegaso nació de la cabeza decapitada de Medusa? Nació de su sangre. Y se dice que también es posible realizar el proceso contrario. -De la sangre de Pegaso brotará Medusa- susurré, horrorizada. Ajax asintió. -Y por eso Mitra lleva buscándolo milenios enteros, sin éxito. Ha sabido esconderse bien. Sin embargo, Pegaso ha tenido miles de hijos con yeguas normales, de las cuales conocemos muy bien. Asentí. -Pero de todos los pegasos que existen, los dorados son extremadamente raros. En realidad, sólo hay doce de esas criaturas. Se dice que poseen más sangre del propio Pegaso que de un caballo normal. Y que su sangre tiene… poderes, por decirlo de alguna manera. Incluso aseguran que con su sangre es posible hallar a Pegaso. Si alguien lograra capturar un ejemplar y matarlo… -Encontraría a Pegaso- terminé la frase, pasmada. Deb suspiró, exasperada. -Sí, pero eso es sólo una leyenda. Y si no queremos comprobarlo, debes ir a prepararte o será demasiado tarde- dijo, tirando de mí con fuerza. Accedí a sus esfuerzos y eché a andar tras ella, aún pensativa. Mientras me llevaba por el pasillo, me fijé en su ropa de combate, en un intento de distraerme, y me sorprendió ver que no era la habitual de las misiones. -Y… ¿cuándo nos iremos?- pregunté, para cambiar de tema mientras entraba a mi habitación y Deb sacaba mi uniforme del armario. -Yo no iré- contestó ella sin volverse. 151


La afirmación me sorprendió tanto que dejé de hacer lo que estaba haciendo. -¿Qué? Deb se volvió con un suspiro y me alcanzó el uniforme. -Que yo no voy. Alguien tiene que quedarse a vigilar el Punto. Vísteteme indicó, saliendo de la habitación-. Se acerca una tormenta y comienza a hacerse de noche, por lo tanto deberán salir en un rato. Me quedé mirando la puerta cerrada hasta que procesé las palabras de Deb y me cambié a toda prisa. Me recogí el pelo y eché a andar a la recepción, donde esperaban Kade, Rasmus, Kim, Deb, Sergey y Nikolay. -¿Lista?- me preguntó Kade con una sonrisa que intentó ser tranquilizadora. Asentí de puros nervios y sonreí forzadamente. Por supuesto que no estaba lista. Rasmus miraba hacia fuera atentamente, a la calle solitaria. Parecía tremendamente concentrado. -¿Dónde están Ajax y Paris?- pregunté para romper el silencio. Fue Kim la que contestó. -Ultimando el plan. -¿Y Homes?- pregunté, comenzando a sentir pánico. Kim sacudió la cabeza. -No logramos contactarlo. Por lo que sabemos, aún sigue en la Capital. Sentí un nudo en el estómago y advertí que ninguno de los Protectores parecía contento con la perspectiva de realizar una misión sin la guía del director del Punto. Pasos resonaron por las escaleras y Paris y Ajax aparecieron llevando mapas y dagas, completamente vestidos. Dejaron las cosas en una mesa y repartieron las armas. Me tocaron dos dagas curvas, que enrollé en mi cinturón, y un arco con algunas flechas. Todos se prepararon en silencio. Finalmente, con algo de malhumor generalizado, nos dirigimos fuera del Punto, donde nos aguardaban los pegasos. Kimberly sacudió levemente la cabeza al verme y la acaricié distraídamente. Extrañamente, no me sentía tan nerviosa como cuando íbamos a entrar al refugio de Alex, y me pregunté por qué. Quizás era porque no iba a enfrentarme a mi hermano en esa misión, o al menos esperaba que no.

152


9

Los pegasos aterrizaron suavemente en el suave prado. Algunos bosquecillos salpicaban levemente el paisaje. Nos encontrábamos cerca de uno de ellos. Desmont�� de un salto, pero me quedé quieta, dudando. Sentía dentro de mí una sensación de nerviosismo que me oprimía el estómago. Sabía que hoy pasaría algo grande. Los rayos de antes del atardecer me quemaban los ojos. Inspiré profundamente y busqué la mirada de Ajax. Éste me sonrió para darme confianza y echó a andar junto con los demás hacia el bosquecillo. Más allá el paisaje se transformaba en un bosque en toda regla. Me despedí de Kimberley con una suave palmada y la yegua me tocó suavemente con el hocico. Luego alzó el vuelo junto a los demás. Me quedé contemplándolos. -No te preocupes- me dijo Ajax, mientras tomaba mi mano para alejarme de allí-. No se irán muy lejos. Estarán aquí por si debemos escapar por alguna emergencia. Esperemos que hoy no suceda nada de eso. Tuve que hacer un esfuerzo para no llevarme la mano al estómago e inspiré profundamente. -¿Estás bien?- me preguntó suavemente Ajax, estrechándome contra sí, algo difícil teniendo yo el arco en una mano y una de las dagas en la otra. -Sí- murmuré, inspirando profundamente. Ok, ahora sí estaba muy nerviosa. El bosquecillo se había transformado en un campamento improvisado donde todos estaban sentados aguzando el oído y la vista, esperando. Eché un vistazo en dirección al campo que se extendía más allá, hasta donde otro bosquecillo, más espeso, cortaba la vista. Me senté junto a Ajax sobre un tronco y procuré calmarme. La lluvia caía con fuerza, pero los árboles daban algo de protección. Algo. -Rasmus- pidió Paris entornando los ojos-. ¿No podrías…?- dejó la frase sin terminar y señaló al cielo repetidas veces. No entendí el gesto, pero Rasmus asintió y cerró los ojos un momento. Para mi asombro, la lluvia casi cesó a nuestro alrededor, pero advertí que no en todos los demás sectores. -¿Cómo…?- pregunté, asombrada. Rasmus sonrió brevemente. -Mi Don se manifestó cuando tenía siete años. Era un día de rayos y tormentas, y me había escapado de mi casa para ir a jugar al parque. Un 153


chico de mi clase me vio y amenazó con contarle todo a mi madre. Le lancé un rayo. -¿Qué le hiciste qué?- exclamé, con la boca abierta. Rasmus se encogió de hombros. -Se olvidó completamente del accidente luego del rayo. Ya sabes, los rayos hacen que pierdan la memoria sobre algunas cosas. Luego de eso me entrené en el centro de entrenamiento de Dinamarca hasta que llegué aquí. -¿Y puedes hacer…?- moví la mano, sin saber cómo seguir la pregunta. Él asintió. -Puede crear microclimas y cambiar tenuemente el clima alrededor de donde estoy. Es muy útil en misiones. -También puede crear niebla- dijo Ajax, que había estado escuchando. -¿En serio?- pregunté, volviéndome a Rasmus. Éste asintió. -Genial- murmuré. A medida que se volvía todo más oscuro, mi nerviosismo aumentaba más y más, hasta que por fin Kade se levantó de un salto. -Ya vienen- fue todo lo que dijo. Nos levantamos todos como si nos hubiésemos sentado sobre hormigas. Mis manos parecían gelatina. Casi se me cae la daga y me gané una mirada irritada de Paris. Me asomé hacia el prado y divisé una forma dorada que se desplazaba a gran velocidad por él. Entrecerré la vista y reconocí a un pegaso salvaje, adulto y enorme, que galopaba ferozmente alejándose del bosquecillo que tenía detrás. El pegaso dorado. Agitaba una de sus gigantescas alas, pero no lograba volar ya que la otra se arrastraba por el piso en una extraña posición. Unos aullidos brotaron de los árboles y una jauría de perros infernales se alzó en el cielo y se lanzó sobre su presa. Contuve el aliento mientras seguía el galope desenfrenado del pegaso hasta que mis ojos se posaron en un enorme montículo de rocas más adelante. Sentí que alguien tiraba de mí y oí la voz de Ajax susurrándome al oído: -Aléjate de la cola de la Quimera. Los colmillos son venenosos. Antes de que lograra encontrarle un sentido a la frase, mi mirada volvió al montículo. Todo el aliento que pudiera contener en ese momento se escapó de mis labios, y el poco valor y determinación que había podido juntar se esfumó. Porque una sombra gigantesca se erguía en el 154


montículo, una sombra que de un salto se plantó frente al pegaso, deteniendo su carrera y haciendo que éste se alzara en dos patas, relinchando aterrorizado. Inspiré profundamente. El miedo y la desesperación de la criatura eran palpables. -No puede ser- escuché que susurraba Sergey, incrédulo, mientras todos los Protectores alzaban los arcos. Me apresuré a hacer lo mismo. -¡¡Ahora!!- aulló Paris, con un grito casi inhumano. Todos soltamos las flechas al mismo tiempo, que fueron a impactar contra los perros infernales. Se escucharon aullidos y algunos explotaron en una nube negra cuando fueron alcanzados por los proyectiles. Pero Paris había apuntado directamente a la sombra negra, que con un veloz movimiento la esquivó. El pegaso intentó huir desesperadamente, pero dos figuras humanoides enlazaron su cuello y tiraron hacia atrás. El relincho del pegaso al saberse capturado fue casi un grito de terror. Eché a correr hacia allí, mientras todos se dispersaban. Sabía que podíamos usar nuestros Dones en situaciones claves, y ésta era una de ellas. Sentí mi Don a mi alrededor cuando invoqué a todas las piedras del suelo que encontré y las lancé hacia las Kumers que intentaban llevarse al pegaso. Entonces un gruñido sonó desde un costado y me volví justo para ver una criatura que parecía salida de mis pesadillas. Era tan alta que me miraba directamente, con unos ojos verdes increíblemente inteligentes, astutos e inhumanos. De la cintura hacia adelante, era un león, o una leona, para más detalles, ya que no poseía melena. Tenía una cabeza enorme, con filosos colmillos que se revelaban en su largo hocico. Su musculoso cuerpo estaba forrado de pelaje dorado y brillante a la luz de la luna. De la cintura hacia atrás era un lagarto, con patas igualmente musculosas y largas que terminaban en filosísimas garras negras. Allí, su cuerpo estaba cubierto de escamas verdes que brillaban como esmeraldas. La cola se alargaba, escamosa, hasta terminar en la cabeza de una serpiente de colmillos descubiertos, que siseaba peligrosamente. Y de la cintura brotaba un cuello y cabeza de cabra, de pelaje pardo y cuernos retorcidos. Del susto casi me patiné sobre el pasto, y a duras penas logré sostenerme, mientras retiraba mis dagas. La Quimera alzó las comisuras, en una horrible parodia de sonrisa, y desapareció tan rápido que no pude seguirla. Cuando me volví hacia las Kumers, éstas habían atado al pegaso a un árbol. Eché a correr hacia allí, mientras sentía como el miedo, como si de una garra se tratase, se extendía por mi pecho. Las Kumers se volvieron hacia mí gruñendo, y sin pensarlo lancé una daga desesperadamente. Escuché un chillido y contemplé con la daga 155


alcanzaba a una de las Kumers y ésta se evaporaba. La sorpresa casi detiene mi carrera. ¿Pero desde cuándo tenía tanta puntería yo? La Kumer superviviente se volvió hacia mí siseando, pero advertí que parecía atemorizada. Dudé, sosteniendo la otra daga en alto. La mujer-serpiente volvió a sisear y esta vez oí claramente aullidos procedentes de la zona de batalla que tenía atrás. Me quedé en mi sitio, sabiendo, según el protocolo de los Protectores, que lo primordial en las misiones era llevar ésta a buen puerto. Y me habían hecho entender antes de partir que dejar en libertad al pegaso dorado era algo primordial. Así que comencé a avanzar hacia la Kumer, que se replegó, gruñendo, pero sin alejarse del pegaso. Ella también tenía la misión primordial de no dejar escapar a su presa.. Escuché que alguien gritaba mi nombre y Ajax apareció junto a mí. Mi alivio se transformó en tensión cuando vi una horda de perros infernales que batían sus alas en dirección a nosotros, en ordenada formación. Abrí la boca para gritar algo cuando Ajax sacó el arco y comenzó a disparar una flecha tras otra, derribando a los perros infernales. Me volví hacia la Kumer con la que me había enfrentado, y advertí que había pulsado un botón rojo de un pequeño aparato, mientras sostenía la cuerda desde donde el pegaso aún intentaba zafarse pateando y relinchando de terror. Al advertir mi mirada, me sonrió salvajemente y sacudió los dedos en una terrible parodia de un saludo. Los contornos de su figura comenzaron a difuminarse y comprendí lo que estaba haciendo. Se estaba tele transportando. -¡¡No!!- chillé, embistiéndola. La Kumer soltó un grito de sorpresa al verme abalanzándome contra ella y ambas chocamos con fuerza, saliendo despedidas. El volcán que había en mí comenzó a rugir de venganza, de ganas de destruir a aquella criatura que me había mirado burlonamente, que había intentado evadirme, que entorpecía mi misión. Gruñendo, cerré las manos alrededor de su cuello y apreté con fuerza. La Kumer abrió los ojos como platos al advertir mi fuerza, pero comenzó a debatirse furiosamente, arañando mis brazos en un intento de soltarse. Resoplé enfurecida y apreté más. Mi mente era un torbellino, un auténtico tornado de emociones, la mayoría de venganza. -Ya verás, maldita…- gruñí, cuando un grito de Ajax me llegó. Fue como si en una tormenta se abriera el camino a la luz. Mi mente se aclaró de repente al oír la voz de Ajax, y el volcán involucionó tan rápido que no tuve tiempo para más. Me volví con rapidez, sólo para ver como al menos seis perros del infierno se abalanzaban contra mí con ferocidad. El

156


resto obligaba a Ajax a permanecer en su lugar, luchando para no ser mordido por aquellos canes furibundos. La Kumer tosía descontroladamente debajo de mí, intentando recuperar el aliento, pero mis ojos no se volvieron hacia ella. Mi instinto actuó por mí. -¡¡Alto!!- rugí, sintiendo una seguridad que no era propia de mí. Como si una pared invisible se hubiera alzado de pronto, los perros se detuvieron de inmediato, mirándome inquisitivamente. Me quedé boquiabierta ante ese gesto de servicial sumisión. Supe que aquellos perros harían lo que les ordenase. Mi mente recordó aquella vez en la que había esfumado a un perro infernal por puro odio. Pero ahora era diferente. No quería que se esfumaran. Los necesitaba. Aclarándome la garganta, dije: -Necesito que despejen la zona ¿entendido? Maten a los demás perros y Kumers que encuentren. Cuiden a los Protectores. Uno de los perros ladeó la cabeza y temí que no hicieran lo que les ordenaba. Pero entonces alzaron el vuelo con aullidos y se lanzaron de lleno contra los perros que atacaban a Ajax. Éste se detuvo, confuso, al ver lo que sucedía y se acercó a mí. -¿Qué has hecho?- preguntó, echando una mirada a las criaturas que se atacaban unas a otras. Me encogí de hombros. -Les he pedido una ayudita- contesté, sonriendo fríamente. Él me miró cautamente, pero luego sonrió. -A partir de ahora se lo pensarán antes de volver a echarnos a los perros. No pude evitar sonreír. El alivio de que Ajax no me rechazara me hacía sentirme bien, protegida y más segura de mí misma. Un gorjeo ahogado sonó debajo de mí y recordé a la Kumer, de la que me había olvidado completamente. Abrí la boca para decir algo cuando advertí que tenía mi daga en su mano. Me la había sacado mientras estaba distraída. Solté un insulto mientras me echaba atrás y ella se levantaba con una sonrisa triunfal. La Kumer alzó el brazo, mirándome con cruel venganza, y cuando me preparé para el lanzamiento, una flecha pasó volando con un silbido y se clavó con un crujido en el pecho de la mujerserpiente. Ésta soltó una exclamación, y se esfumó con un pequeño estallido. Nos volvimos para ver a Paris, que corría hacia nosotros. Por primera vez advertí la batalla campal que se estaba llevando a cabo detrás de mí. Los perros del infierno luchaban entre ellos, aullando furiosos, y oscurecían el cielo con sus musculosos cuerpos y alas de murciélago. Sin embargo, las 157


Kumers aún luchaban a brazo partido con los Protectores. Sergey y Nikolay peleaban espalda contra espalda mientras repelían el ataque de tres Kumers. Kim se había refugiado detrás de un grupo de troncos y lanzaba flechas desde allí, pero una Kumer había aparecido por detrás y forcejeaban con fuerza. Kade y Rasmus se había subido a unas elevaciones rocosas desde las cuales rechazaban el ataque de las mujeres serpientes con dagas y flechas. -¡¡Cuidado!!- escuché gritar a Nikolay. Ambos gemelos se tomaron del brazo y apuntaron hacia un grupo de furiosas Kumers. Ante mis asombrados ojos, un rayo salió de cada uno de los brazos de los muchachos e impactaron sobre sus atacantes. Se escuchó un chillido y luego de un estallido de luz, las Kumers desaparecieron. Los gemelos chocaron las palmas, pero continuaron con la tarea de lucha. Ajax frunció el ceño. -Son demasiadas, no podremos con todas. Debemos irnos cuanto antes. Me apuesto a que han pedido refuerzos. Y ya somos suficiente pocos. Nos volvimos en dirección al pegaso dorado, que se había quedado muy quieto en el lugar, como escuchando nuestra conversación. -Vamos a sacarte de aquí-murmuró Ajax adelantándose. Entonces una sombra se abalanzó contra el muchacho. Y todo sucedió muy rápido. La sombra resultó ser la Quimera, que embistió con fiereza a Ajax, colocándolo entre sus patas. Él lanzó una exclamación de sorpresa y el pegaso se encabritó, lanzando patas y relinchando de tal forma que parecían gritos humanos. Ajax intentó levantarse, pero la Quimera colocó una zarpa de león sobre su pecho, aplastándolo contra el suelo. Paris había levantado el arco, pero lo mantenía a un lado. Podía sentir su miedo con respecto a Ajax, y yo misma temblaba. No había ni rastro del volcán ahora. Sólo fuego, el fuego del nerviosismo y el miedo. Ajax resopló bajo la Quimera y ésta se volvió hacia mí. Me sobrecogió la intensidad de su mirada. Todo en aquella criatura despedía fiereza letal y tenía un aura de poder. Inspiré hondo. Y entonces la Quimera habló, con una voz con toque elegante y femenino, pero irritado. -Así que tú eres la niña medio Sombra que controla a mis perros infernales. Paris se volvió para mirarme con ojos como platos, pero la ignoré. No me sentía capaz de mirarla. -Sí, yo soy- le contesté, con una valentía sacada de vaya uno a saber dónde. La Quimera entrecerró los ojos y resopló. 158


-Te pareces a tu hermano. A esta altura Paris no logró quedarse callada. -¿Hermano?- preguntó, confundida, sin saber a quién dirigirse. No miré a Ajax y él se quedó callado. No sería capaz de soportar su mirada entonces. Al ver mi silencio, la Quimera frunció el ceño. -Si has estado en contacto con tu hermano entonces sabrás de la propuesta que la Señora ha tenido la gentileza de hacerte. Tu propio hermano intercedió para que ésta se lleve a cabo. ¿Cuál es la respuesta? Comprendí que Alex no les había comunicado mi negativa a dicha propuesta. Tardé muy poco en comprender por qué. Lo hacía para salvarme. Si me negaba ahora, la Quimera nos mataría a todos. Miré a aquella majestuosa criatura, que aguardaba mi respuesta, y luego, por fin, me obligué a mirar a Ajax. Estaba tendido en el piso, inmovilizado, pero aquella postura no evitaba que pudiera mirarme directamente. Y lo hacía. Su mirada estaba cargada de… dolor. No hacía falta ser un genio para saber cuál era el motivo: había encajado todas las piezas y se había dado cuenta de que Alex era mi hermano, y que me había mantenido en contacto con él sin habérselo dicho a nadie. Sin habérselo dicho a él. Se sentía herido por la traición. Paris también encajó las piezas, pero reaccionó de otra manera. -Maldita bestia, pelea como corresponde- chilló, presa de la furia, y acto seguido se abalanzó contra la Quimera. Ésta se agazapó, pero advertí que parecía sorprendida por la reacción de la chica. Muy a su pesar liberó a Ajax, lanzándose de lleno contra la Protectora. Paris lanzó una estocada con una daga alargada, pero la Quimera la esquivó hábilmente y de un fuerte golpe en la cabeza lanzó a Paris varios metros más allá. Ésta bufó por el golpe y se quedó quieta. Ajax se había quedado sentado, aturdido. La Quimera se volvió hacia mí. -¿Y bien? No tengo todo el día, así que decídete. Evité la mirada de Ajax y respiré hondamente. Había tomado una decisión. -No lo haré. La Quimera frunció el ceño por un momento, pero luego su rostro se tornó inexpresivo. -Es una pena entonces que deba matarte-. Y acto seguido se lanzó contra mí. Mi mente procesó en pocos milisegundos que la Quimera me estaba atacando y que moriría. Seguramente tendría que haber luchado o haber

159


echado a correr, pero no lo logré. Me limité a mirar cómo la muerte se acercaba a la velocidad de la luz. Y entonces la muerte se detuvo. Lancé un chillido, pero entonces descubrí que la Quimera había detenido su embestido cuando una daga se había clavado en su costado. Mis ojos se toparon con Ajax que de un salto se apartó del camino de la Quimera y alzó su otra mano, donde empuñaba otra daga. La Quimera se miró la daga enterrada en su cuerpo y luego miró a Ajax. Acto seguido se lanzó contra él. Fue como si el mundo se detuviera. -¡¡No!!- aullé, sintiendo que el volcán dentro de mí se despertaba con una velocidad aterradora. La fuerza de mi desesperación y furia me dejaron sin aliento. Sin embargo, logré contener mi poder, mientras sentía como éste vibraba dentro de mí, ansioso por salir. La Quimera embistió contra Ajax, que agitó valerosamente su cuchillo. La hoja chocó contra las escamas de la criatura y rebotaron, sin causar ningún daño. Apreté los labios mientras oleadas de poder me sacudían. Todo mi cuerpo comenzó a temblar. Ajax golpeó contra el piso y permaneció tendido. Su pecho se movía muy levemente, pero él aún se debatió en un intento de protegerse. La Quimera colocó una enorme zarpa en su brazo que se agitaba furiosamente, y presionó. Se oyó un crujido totalmente desagradable y mi estómago se revolvió. Ajax gritó de dolor, pero continuó debatiéndose. La Quimera lanzó un zarpazo en dirección a la cara de Ajax y pude ver cómo la sangre saltaba de su rostro. Una exclamación ahogada brotó de mi garganta. El volcán era tan inmenso dentro de mí que no sabía cómo contenerlo. Sentí bajo mis pies la tierra resquebrajarse, y la Quimera se volvió hacia mí. Casi vi como arqueaba sus cejas al verme. Yo apenas podía respirar con mi pelo revoloteando a mi alrededor. La Quimera se acercó hasta mí sin dar muestras de temor. -Tus poderes comienzan a despertar, Protectora. Después de todo, es cierto lo que dijo Alekey de ti. Eres una criatura muy poderosa. Le devolví la mirada, mordiéndome los labios con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de la sangre. Moví ligeramente los dedos y me preparé para soltar mi poder. La Quimera hizo un ligerísimo movimiento y solté toda la energía contenida dentro de mí con un grito desgarrador.

160


10 Fue como si me vaciaran por dentro. Como si una aspiradora gigante absorbiera cada centímetro, cada gramo de mi cuerpo. El dolor era tan fuerte que no podía dejar de gritar, sabiendo, sin embargo, que eso sólo aceleraba el proceso de vaciamiento. Las piernas me fallaron y caí de rodillas, mientras la cabeza me daba vueltas. Mi visión se emborronó y puntos negros aparecieron en mi campo de visión. -Ajax…- jadeé, pero no logré completar la frase porque otro grito brotó de lo más profundo de mi pecho. Como si me arrancaran el corazón por la boca. Caí completamente, sintiéndome extrañamente débil. Sólo una serie de pensamientos se había mantenido fresco en mi mente. O mejor dicho, una hilera de imágenes de personas. Mi madre. Mi hermana. Ajax. Elena. Tina. Charlie. Deb. Kade. Rasmus. Kim. La lista seguía, pero se interrumpió bruscamente cuando la imagen de Alex, sonriéndome burlonamente apareció ante mí. Parpadeé cuando mis ojos se abrieron y la luz los inundó. Jadeando, me incorporé con dificultad, pero tuve que desistir de pararme o al menos arrodillarme porque el esfuerzo me habría matado. Parpadeé nuevamente, con más fuerza. Y entonces vi lo que había hecho. Un enorme círculo de la pradera, de al menos cien metros de diámetro, se había consumido por lo que parecía un feroz fuego que había destruido la hierba. Sólo había cinco círculos perfectamente redondeados dentro del círculo gigantesco. Uno me rodeaba a mí. El otro a Ajax, que permanecía aún en la posición en la que la Quimera lo había atacado. El siguiente círculo, más alejado, pertenecía a Paris, que estaba doblada como una muñeca rota. Me recorrió un escalofrío al verla, y mis manos sudaron. Otro correspondía al pegaso dorado, que estaba inmóvil de terror. Su árbol se resquebrajaba por el fuego destructor de mi poder. Y el último, para mi horror, correspondía a la Quimera. La criatura se había plantado firmemente en la tierra y no parecía haber sufrido ningún daño. Sus comisuras se elevaron para formar una sonrisa. -¿De verdad creíste que tu poder iba a destruirme? Eso jamás pasará, porque yo puedo controlar muchos más elementos que tú, y soy invulnerable a tus poderes. El fuego también forma parte de mí.

161


Como si quisiera darme una demostración, exhaló su aliento sobre la tierra. Una bola de fuego de brillante color rojizo brotó de sus fauces y calentó la tierra, que se chamuscó aún más, si eso es posible. La Quimera me miró, pero como no hice ningún gesto sacudió la cabeza con desaprobación. -Por otro lado, tu muestra de poder no ha sido una maniobra inteligente. Podrías alertar a los Sombras, ya sabes, los demonios puros. No es conveniente que se les ocurra dar un paseíto por la Tierra. Inspiré profundamente y la Quimera avanzó hasta situarse junto a mí. Su mirada (la del león) se clavó en mí con una fuerza demoledora. Pude sentir el calor y el frío que emanaba de su cuerpo, mitad mamífero, mitad reptil. La serpiente de su cola se agitó suavemente y se volvió hacia mí, enseñándome los colmillos y siseando. La Quimera sonrió. -Temo que haya llegado tu momento. Una lástima que te hayas negado, Protectora. Realmente serías útil con nosotros. No se me ocurrió otra cosa que escupir. Lo había visto hacer una vez a un hombre en la televisión y sabía que significaba repudio hacia lo que ella me decía. Mala idea. La expresión de la Quimera se tornó fría y peligrosa de pronto, pero yo lo agradecí. Era más terrorífica cuando se mostraba controlada. Ahora podía ver sus emociones perfectamente. -Respuesta equivocada. La cabeza de serpiente se echó atrás, con un brillo hambriento en su mirada. Me pareció escuchar a Ajax gritar, pero aunque hubiera sido cierto no había esperanza para mí. La Quimera era demasiado veloz. La serpiente se lanzó hacia adelante, como una espada hendiendo el aire. Cerré los ojos con fuerza, esperando la mordida fatal. Y no llegó a tocarme. Un chillido totalmente inhumano me destrozó los tímpanos y abrí los ojos, aterrorizada. Me costó un momento entender lo que sucedía frente a mis ojos, pero cuando lo hice grité de angustia. Kimberly se había plantado justo entre mí y la Quimera, y la serpiente había clavado en su cuello sus colmillos venenosos. La pegaso se retorció, y sus patas le fallaron, cayendo cuan larga era al piso. La Quimera se retiró, bufando. Logré quitarle la vista de encima a la yegua para ver su expresión. Parecía profundamente disgustada. Otro chillido quedo llegó a mis oídos y me devolvió a la realidad. Kimberly gemía, con violentas sacudidas que recorrían su cuerpo. Mi mente comenzó a trabajar a toda velocidad. Rememoré la primera vez que había visto a Kimberly. Todas las veces que me había transportado cuando lo necesitaba. El último toque de hocico que me había prodigado. 162


El volcán dentro de mí revivió con furia, rugiendo venganza. Sin detenerme a pensarlo, dejé actuar mis instintos. Me lancé hacia delante, y golpeé con la daga con una velocidad de la que no me creía capaz. La Quimera reaccionó a tiempo y el aire a su alrededor se volvió denso cuando se apartó con la misma velocidad alarmante de la que había hecho gala anteriormente. Sin pensarlo, lancé con toda mi furia la daga, en un desesperado intento por herirla y hacerle sufrir, y me quedé atónita cuando la daga voló a gran velocidad y con una puntería anormalmente certera, y rebanó limpiamente la cabeza de cabra de la Quimera. Un silencio se instaló en el claro. La Quimera me miró boquiabierta, incapaz de dar crédito a sus ojos, y luego una mirada de profundo dolor inundó sus ojos. Bufando, vomitó fuego alrededor de sus patas y éste la envolvió. Una vez que el fuego se apagó, la Quimera ya no estaba. Me quedé un momento quieta, respirando agitadamente. El claro daba vueltas alrededor dentro de mi campo de visión y noté la camiseta pegada al cuerpo por un frío sudor. Unas manos seguras y cálidas me tomaron de los hombros e hicieron que coloque la cabeza entre las piernas. Luché por controlar la agitación, hasta que el mundo se estabilizó, pero aún me recorrían sendos escalofríos. -Ya está- murmuró Ajax detrás de mí. Me eché hacia atrás hasta que quedé sentada en el piso y entonces mi mirada se encontró con el cuerpo tendido de Kimberly, que aún sufría temblores. Mi estómago se embarcó en una travesía de montaña rusa de nuevo y noté más sudor frío. Tenía un nudo en la garganta y sentía los ojos vidriosos por las ganas de llorar. Coloqué la cabeza de la yegua en mi tembloroso regazo. Estaba ardiendo de fiebre, pero no la aparté. Le acaricié la cabeza levemente. -Haz algo por ella- musité, tomando a Ajax de la manga y sacudiéndola con fuerza. Él me lanzó una mirada triste. -Sólo hay algo que puedo hacer. Antes de que pudiera decir otra cosa, tomó un arco del suelo, colocó una flecha en él, y disparó directamente al pegaso. Ésta se estremeció un momento y se quedó quieta. Sus alas titilaron un momentos, y entonces de deshicieron en un polvo dorado. Mi mirada se inundó de pronto y no logré contener el torrente de lágrimas que brotaron como un río de miedo, tristeza y angustia.

163


Ajax se acercó a mí y me tomó de la mano cariñosamente. Vi cómo se inclinaba debido a sus costillas rotas, y advertí el terrible arañazo que cruzaba casi toda su mejilla derecha, algo que me provocó escalofríos. -No había otro modo de salvarla. El veneno de la Quimera es letal y está preparado para hacer sufrir a su víctima antes de la muerte. Era necesario acabar con su sufrimiento ahora. Me estremecí, pero sus palabras apenas llegaron a mis oídos. Ajax se alejó y me desahogué en silencio hasta que ya no quedaron lágrimas. Cuando Ajax volvió y me tendió una mano, la acepté sintiéndome mejor. Era como si las lágrimas me hubieran limpiado un poco del horror que acababa de suceder. Advertí que Paris se acercaba a nosotros. Ajax debía de haberla ayudado a levantarse. Tenía un enorme chichón en la cabeza, donde había caído, pero me sonrió al verme. -Leila- dijo con una voz espantosamente débil. Inspiró profundamente y adoptó una expresión que quiso ser seria, pero donde también se reflejaba el alivio y la aprobación-. Deberíamos entregarte al Gran Consejo luego de los que nos has ocultado todo este tiempo. Un castigo horrible. Pero no puedo pasar por alto tu decisión de enfrentarte a la Quimera, y desde luego no puedo ignorar que decapitaste a esa maldita criatura. Bien hecho. Sonreí, pensando qué extraño que alguien te felicite por decapitar a un ser vivo, pero aliviada, orgullosa y complacida por las palabras de Paris. Ajax me apretó suavemente contra él. -Yo sabía parte de su secreto- dijo, pero entonces pareció recordar algo y se apartó un poco. No tuve problemas en saber qué era. Acababa de asumir que Alex, su enemigo acérrimo, era mi hermano. Suspiré y le apreté la mano, pero como parecía perdido en sus pensamientos me acerqué a Paris. -¿Dónde están los demás? Paris suspiró y aprecié que tenía cientos de pequeños cortes abiertos por la cara y el cuello. Debían dolerle horrores, pero se lo aguantaba heroicamente. Pensé que se merecía un monumento. “El monumento al no-dolor”, pensé, antes de darme cuenta que mi mente vagaba en cualquier lugar y me concentré en el presente. -Se han dispersado. Una trampa para que la Quimera nos acorralara. O mejor dicho, te acorralara a ti. Me recorrió un escalofrío y me abrigué más. -¿Puedes llamarlos? Paris asintió y se arremangó, revelando un reloj. Me pregunté qué pretendía, hasta que ella pulsó el botón. Una luz parpadeante de color 164


rojo se encendía y apagaba de manera intermitente, y Paris volvió a cubrirla. -¿Les estás avisando de tu posición? Ella asintió. -Les manda una llamada con mi posición. Así sabrán que deben reunirse aquí y dónde me encuentro. Me pregunté por qué no me había dado uno así a mí y una parte maliciosa de mi cerebro me susurró que aún no confiaban en mí. Como si adivinara mis pensamientos, Paris añadió: -Iba a darte uno, pero Ajax me aseguró que te protegería y no te lo di. Un gran error. Lo lamento. Sacudí la cabeza. -No importa. Unas exclamaciones llegaron hasta nosotros y los demás Protectores aparecieron a la vista. Golpeados, lastimados, sucios de su propia sangre (después de todo, las Kumers y los perros infernales explotaban en polvo cuando los mataban y no sangraban), pero satisfechos. Me sentía aliviada de ver que estaban todos. Maltrechos, pero vivos. A medida que veían el enorme círculo de pasto quemado y el cadáver de Kimberly, su curiosidad se disparó. Sin embargo, Paris alzó una mano y todos callaron. -¿Han acabado con todos?- preguntó la muchacha, dirigiéndose a Kade. El muchacho asintió, satisfecho. -No queda ninguno. Paris asintió con aprobación. -Está bien. Debemos llamar a nuestros pegasos y avisarle a Homes lo sucedido. Miembros del Gran Consejo deben encargarse de todo esto. A ti te pediré un pegaso, Leila- agregó, antes de ponerse seria-. Ahora… Todos nos volvimos hacia el pegaso dorado, que había permanecido muy quieto, pegado al árbol donde lo había atado. Nos devolvió la mirada asustado, pero adiviné que no de nosotros. Un sexto sentido le avisaba de que éramos Protectores, y nuestra misión era protegerlo. Paris se acercó hasta el pegaso y lo miró directamente a los ojos. Todos conteníamos el aliento. Sabía que ningunos de los Protectores había visto un pegaso dorado antes, y eso hacía que el momento fuera algo mágico e irreal. El pegaso despedía majestuosidad. -Y pensar- dijo Kim quedamente- que esta criatura puede llevarnos al mismísimo Pegaso. -Si es cierto lo que dice la leyenda- respondió Kade secamente. Advertí que no creía en tal cosa. 165


Nadie más habló mientras Paris desataba la cuerda y liberaba al pegaso. -Sé libre- fue todo lo que dijo. La criatura nos miró un momento, uno a uno, como si quisiera agradecernos a todos, y luego extendió sus enormes alas del color del oro y comenzó a galopar por el prado, batiendo las alas cada vez más furiosamente. Luego se elevó en el aire y desapareció en el firmamento. Los pegasos nos dejaron frente al Punto. El mío era un ejemplar blanco que no recordaba haber visto antes. Cuando nos apeamos, dirigí la mirada al edificio. Comenzaba a amanecer, pero me parecía que la última vez que habíamos llegado al Punto había sido hace meses. Estábamos a medio camino cuando Kade dijo: -Esperen. A pesar de la distancia, todos le oímos perfectamente. Nos congelamos en el lugar, y poco a poco nos volvimos hacia él. El rostro del muchacho estaba ceñudo. -¿Qué sucede?- inquirió Ajax, preocupado. Kade cerró los ojos un momento, sin contestarle, y se masajeó la frente. -Homes no ha llegado aún. Pero no presiento a nadie en el edificio- al ver que Ajax abría la boca para hablar, el muchacho alzó una mano-. Presiento a Weimberg. Está encerrado en el sótano. Como si sus palabras hubieran activado un botón, todos echaron a correr hacia el Punto. Me quedé contemplando el edificio, sintiendo la presencia de Kade a mi lado. Cuando escuché un alboroto dentro, decidí entrar. Mis pisadas no hacían ruido mientras subía hasta los dormitorios. El ruido provenía de la habitación de Deb, junto a la mía. Escuché la voz de Ajax diciendo algo sobre sus pertenencias y que la puerta no estaba cerrada con llave, pero yo caminé hacia mi habitación sin detenerme, guiada por un terrible presentimiento. La puerta estaba cerrada, tal como la había dejado, pero yo sabía que eso poco tenía que ver. Saqué la llave de mi bolsillo y la abrí. La habitación se reveló ante mí, en la semipenumbra. Todo estaba silencioso o quieto, y encendí la lámpara. El lugar se bañó de una suave luz, pero me dirigí hacia el escritorio. La ventana estaba levemente entornada, signo de que alguien había ingresado a la habitación por ese medio. Una ligera brisa sacudió un papel encima del escritorio, atrayendo mi atención. Encima del papel se encontraba mi ejemplar de “Mujercitas”, que servía de ancla para evitar que éste saliera volando. Lo tomé con manos temblorosas y lo leí. A medida que pasaba de una frase a otra, 166


sentí que el labio inferior me temblaba. Ni siquiera reaccioné cuando Ajax me sacó el papel de la mano y lo leyó en voz alta para Paris, que se encontraba detrás: Querida Leila: Cuando leas esto, ya estaré lejos. Eso quiere decir también que he logrado engañar a todos los Protectores de este lugar. No te confundas, yo también soy como ustedes, pero quizás me han modificado genéticamente de alguna manera para ser como soy. Si te preguntas dónde está tu amiguita Deb, no te preocupes, Está conmigo. No le haremos daño… por lo menos de momento. También he tenido que encerrar a ese lobo infernal, pero confío en que Kade lo encontrará. Siempre fue bueno para eso. Por otra parte, confío en que algún día cambies de idea y te unas a nosotros. Es donde te corresponde estar. Espero que me perdones por haberte mandado aquella Kumer en el baño de esa fiesta, pero lo arreglé al crearte un encuentro con Alex durante la emboscada que intentaron tenderle. Ah, y si se preguntan por Homes, se ha quedado en la Capital. Piensa que he vuelto, y no tiene ni idea de adónde han ido esta noche. Quizás sea una buena idea que vayan contándoselo al Gran Consejo ¿verdad? PD: me han dicho que te envíe este mensaje: tu naturaleza se está despertando. Debes tener cuidado. Creo que sé lo que significa, pero supongo que ya lo descubrirás por tu cuenta. Con mis mejores deseos, Katy

167


Captura Dos chicas caminaban por el bordillo de la calle, aprovechando la creciente oscuridad y las pocas personas que rondaban por el lugar. Una de ellas, una joven con el pelo castaño y largo, se detuvo y miró hacia atrás aprensivamente. La otra, de pelo casi blanco, de detuvo también, pero para preguntarle a su amiga: -¿Qué sucede? La muchacha tardó un tiempo en responder. -Creo… que nos siguen. Se instaló un quedo silencio, roto por las bocinas de los autos en la lejanía. -Yo no veo ni escucho nada- replicó la otra. -Es cierto- aseguró la joven de pelo castaño, pero volvió a darse la vuelta. Sin embargo, no había recorrido más que unos metros cuando la misma chica volvió a detenerse. -Esta vez estoy segura de que es cierto. La otra muchacha abrió la boca, pero entonces puso los ojos como platos y comenzó a resoplar, llevándose la mano a la cabeza.

168


-¿Qué sucede?- gimió su amiga, aterrorizada. Miró hacia uno y otro lado, en busca de ayuda, pero el lugar estaba desierto-. ¿Qué te sucede?repitió de modo histérico. La muchacha, sin embargo, se limitó a revolverse en el piso, con espasmos de dolor. -¿Qué sucede?- repitió su compañera. -Sus poderes están despertando- dijo una voz detrás suyo, sobresaltándola. La joven se volvió y vio un muchacho saliendo de la sombra. Debía tener entre diecisiete y dieciocho años, y era tan atractivo que la muchacha contuvo la respiración. Los ojos azules del recién llegado se clavaron en ella y no pudo evitar un escalofrío. -¿Poderes?- se obligó a preguntar, pero una parte de ella rememoró un suceso ocurrido un par de meses atrás. El muchacho sonrió, aumentando aún más su belleza, y se pasó una mano por el pelo rubio y corto, peinado en punta. Se acercó hasta la figura tendida en el piso, que había quedado súbitamente inmóvil y la tocó con el pie. No hubo ningún movimiento. -Está desmayada. A veces el dolor es tan fuerte que pierden el conocimiento. -¿Quién?- se obligó a preguntar la joven, indecisa entre gritar pidiendo ayuda y echar a correr. -Los Protectores- explicó el adolescente, con un resoplido. -¿Tú eres uno de ellos? La mirada que le lanzó el muchacho despejó cualquier duda que pudiera tener. Él, sin embargo, se acercó a la inconsciente joven y la alzó en sus brazos. Luego se volvió hacia su amiga. Ésta sintió una punzada de celos al ver a su mejor amiga en brazos de un chico tan apuesto, pero se acercó, renuente, a su salvador. -¿Cómo te llamas?- inquirió, pensando que por lo menos se merecía saber el nombre del muchacho. Éste se detuvo a medio camino y le regaló una media sonrisa torcida. -Puedes decirme Alex. Y ahora sígueme, Elena.

Fin

169


La Protectora