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Abril 2026 - NO 004

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Contenido

Frida Hinijosa: La resiliencia en la danza

Pag. 9 - 16

Joyeria

Reporte de joyeria usada en la sesión de portada

Pag. 27 - 28

Film Talk

Project Hail Mary: un maestro en el espacio y una mision imposible.

Pag. 3 - 4

SCREAM 7: entre el legado y el desgaste

Pag. 23 - 24

Nunca mientas: la verdad también asfixia

Pag. 17 - 18

La Canción de Aquiles: donde florecer se vuelve eterno

Pag. 25 - 26

En Portada Book Club On Repeat Plan VELISSE

La incomodidad de pertenecer: lo humano en La Oficina

Pag. 7 -8

School Spirits: lo que se queda con nosotros

Pag. 33 - 34

Grammys 2026: la noche que redefinió el panorama musical

Pag. 19 - 22

Moda

Zendaya y el arte del storytelling

Pag. 5 - 6

Bridgerton: el vestuario también cuenta la historia

Pag. 29 - 32

Carta de la EDITORA

En Portada

La bailarina y estudiante, Frida Hinojosa nos habla sobre el arte de sostenerse en movimiento.

Hay momentos en los que crecer no se siente como avanzar, sino como sostener. Sostener lo que amas, lo que te cuesta, lo que aún no entiendes del todo. Esta edición nace desde ahí: desde la idea de que florecer no siempre es bonito, ni inmediato, ni evidente. A veces es silencioso, incómodo, incluso contradictorio. Marzo nos llevó naturalmente a pensar en el crecimiento desde otro lugar. No como una meta que se alcanza, sino como un proceso que se vive. Uno que implica soltar, cambiar, equivocarse y, muchas veces, empezar de nuevo sin saber exactamente hacia dónde vas. Velisse sigue siendo un espacio en construcción. Este tercer número no busca tener respuestas, sino abrir preguntas. Sobre quiénes somos cuando nadie nos está mirando. Sobre cómo nos sostenemos en momentos difíciles. Sobre lo que significa elegirnos, incluso cuando no es fácil. Nuestra portada, Isabela Aceves, encarna esa conversación de una forma muy honesta. Desde su experiencia entre la actuación y la psicología, nos recuerda que crecer también implica incomodidad, límites y mucha introspección. Que no siempre se trata de encontrar paz, sino de aprender a vivir dentro del conflicto sin perderte a ti. En esta edición también exploramos historias que hablan de lo mismo desde distintos lugares: el cine, la danza, las relaciones, los procesos personales. Porque al final, todo se conecta en una sola idea: seguir. Gracias por seguir aquí. Por leer, por sentir, por acompañar este proyecto que, como todos nosotros, también está aprendiendo a crecer.

Project Hail Mary: un maestro en el espacio y una misión imposible

Existen películas del espacio que te impresionan por lo grandes que son. Y luego están las que te sorprenden por lo humanas que se sienten. Project Hail Mary entra perfectamente en esa segunda categoría. La nueva película de Ryan Gosling, estrenada el 19 de marzo en México, nos presenta una premisa que, en papel, suena casi absurda: un maestro de primaria solo en el espacio intentando salvar al sol. Pero funciona. Y funciona muy bien. La historia sigue al Dr. Grace, quien despierta en una nave espacial sin recordar cómo llegó ahí. Poco a poco descubre la realidad: formaba parte de una misión de tres personas enviada para investigar una amenaza que literalmente está “apagando” el sol. El problema es que sus compañeros están muertos. Y él está completamente solo. Y eso es lo que hace que la película se sienta distinta desde el inicio. Porque no es solo ciencia. Es aislamiento. A través de la narrativa, la película intercala el presente en el espacio con flashbacks en la Tierra, mostrándonos cómo alguien que era, literalmente, maestro de primaria termina siendo la última esperanza del planeta. Y ese contraste es de lo más interesante: no es un astronauta perfecto ni un genio inalcanzable. Es alguien normal enfrentando algo completamente extraordinario. Visualmente, la película es preciosa. Y eso no es menor. Las películas del espacio necesitan ese tipo de cuidado visual para funcionar, y aquí se logra. Los planos, la escala, la sensación de vacío… todo está construido de una forma que te hace sentir pequeño, pero también completamente dentro de la historia. No es solo espectacular, es envolvente. Pero lo que realmente sostiene la película es el tono. Porque aunque la situación es desesperanzadora, está solo, no recuerda todo, probablemente no vuelva a la Tierra, el personaje de Grace tiene algo muy particular: es naturalmente optimista, naturalmente ligero. No en el sentido de ignorar la gravedad de lo que pasa, sino en la forma en la que enfrenta el absurdo de su situación. No es como The Martian, donde el protagonista nunca pierde la esperanza de

regresar. Aquí es distinto. Grace sabe, en el fondo, que probablemente no va a volver. Y aun así, sigue adelante. Sigue intentando entender, resolver, avanzar. No desde la certeza, sino desde la personalidad. Y eso hace que la película tenga un balance muy bien logrado: humor cuando lo necesita, seriedad cuando importa y momentos de tensión que no se sienten forzados. Además, hay algo que la película hace especialmente bien: explicar. Porque siendo una historia profundamente científica, podría ser fácil perderse. Pero no pasa. Logra traducir conceptos complejos en algo comprensible sin simplificarlos de más. Entiendes lo suficiente para seguir la historia sin sentir que te están hablando en otro idioma. Y luego está Rocky. El extraterrestre que Grace conoce en el espacio, que está en exactamente la misma situación: su tripulación murió y él también está intentando salvar su propio sistema solar. Rocky, una especie de “roca” sin rostro humano, completamente ajena a nosotros, podría haber sido un personaje frío o distante. Pero no lo es. Y eso es uno de los mayores logros de la película. Porque logras conectar con él. Y gran parte de eso es gracias a la actuación de Gosling. La forma en la que construye esa relación, ese vínculo entre dos seres completamente distintos, es lo que le da corazón a la historia. Hace creíble algo que, en cualquier otra película, podría sentirse ridículo. Al final, Project Hail Mary no es solo una película sobre salvar el mundo. Es una película sobre cómo las personas, incluso las más inesperadas, enfrentan lo imposible. Sobre cómo el humor puede coexistir con el miedo. Sobre cómo la conexión puede surgir incluso en el lugar más vacío del universo. No es perfecta. Pero es inteligente, es emocional y está muy bien hecha. Y sobre todo, es una de esas películas que te recuerda que, incluso cuando todo parece perdido, siempre hay algo muy humano que te empuja a seguir intentando. Y eso, en una historia sobre el espacio, es lo que la hace sentirse tan cercana.

Zendaya y el arte del storytelling

Escrito por Ana Sofía Goytortúa

En una industria donde cada aparición pública puede convertirse en un momento viral, hay quienes entienden la moda como estética… y hay quienes la entienden como lenguaje. Zendaya pertenece, sin duda, al segundo grupo. En el reciente press tour de The Drama, la nueva película de Zendaya junto a Robert Pattinson y producida por A24, algo ha llamado especialmente la atención: sus elecciones de vestuario no son casuales. Son narrativas. En la película, Zendaya interpreta a una futura novia. Y fuera de la pantalla, en alfombras rojas y apariciones públicas, esa historia continúa. Durante el tour, hemos visto lo que muchos fans han interpretado como una referencia directa a la tradición nupcial de “something old, something new, something borrowed, something blue”. Un vestido nuevo, siluetas que evocan lo nupcial; piezas que remiten a archivos o estilos previamente usados; un look completamente prestado (incluyendo referencias a piezas de archivo que otras actrices como Cate Blanchett han llevado antes); y finalmente, un vestido azul, ligero, casi etéreo, que muchos

identificaron como ese “algo azul” simbólico.

Más allá de si cada referencia fue intencional o interpretativa, lo importante es esto: la conversación existe. Y eso es precisamente lo que convierte a la moda en storytelling. Porque Zendaya no está solo “vistiéndose para un evento”. Está extendiendo el universo de la película. Y no es algo nuevo. Si miramos hacia atrás, este lenguaje ha sido constante en su carrera, especialmente desde que trabaja con su stylist Law Roach, una de las mentes creativas más influyentes de la moda contemporánea. En el press tour de Challengers, por ejemplo, cada look parecía dialogar con el mundo del tenis: siluetas deportivas reinterpretadas, cortes limpios, referencias sutiles a uniformes y movimiento. No eran disfraces, eran evocaciones.

En Dune, la narrativa fue completamente distinta. Tonos tierra, estructuras más rígidas, una estética casi futurista pero orgánica que se alineaba con el universo visual de la película. Zendaya no solo promocionaba Dune, parecía pertenecer a él incluso fuera de pantalla.

Y si retrocedemos aún más, incluso en premieres como las de Spider-Man, sus elecciones seguían esa lógica: guiños al personaje, a la historia, al tono de la película. Esto es lo que diferencia a Zendaya. No se trata solo de “verse bien”, aunque lo hace, sino de entender que cada aparición pública es una extensión del relato. Y en una industria donde la mayoría de los actores participan en ruedas de prensa y premieres como una obligación promocional, esto cambia completamente el enfoque. Porque, al final, muchos actores quieren ser actores por una sola razón: contar historias. La pregunta es: ¿qué pasa cuando también puedes contar esa historia sin decir una sola palabra? Ahí entra la moda. Zendaya y Law Roach han logrado construir una relación creativa donde la ropa no es un complemento, sino una herramienta narrativa. Y eso también habla de evolución. Porque llegar a ese punto implica ensayo, error, experimentación.

Zendaya no siempre fue la Zendaya que conocemos hoy. Ha tenido distintas etapas, distintos estilos, momentos más acertados que otros. Pero precisamente ahí está la clave: en probar, en equivocarse, en entender qué funciona y qué no.

Hoy, su imagen está completamente consolidada. Es clara, es intencional y, sobre todo, es coherente. Y aunque no es la única actriz que ha explorado este tipo de storytelling a través de la moda, un ejemplo muy evidente es Margot Robbie durante el press tour de Barbie, donde reinterpretó looks icónicos de la muñeca, Zendaya lo hace desde un lugar particularmente refinado. Más sutil. Más conceptual. Más suyo. Lo interesante es cómo esto impacta también en la forma en que consumimos cine. Porque de pronto, la promoción deja de ser un trámite y se convierte en parte de la experiencia. Genera expectativa, construye universo, te involucra antes incluso de entrar a la sala. Ahora, pensar en The Drama no es solo pensar en una película. Es pensar en imágenes, en siluetas, en referencias visuales que ya forman parte de su identidad. Y eso es poder. En un momento donde todo se consume rápido, donde las imágenes duran segundos, Zendaya logra algo difícil: hacer que miremos dos veces. Que pensemos. Que conectemos. Porque al final, el buen styling no solo viste. Cuenta una historia.

La incomodidad de pertenecer: lo humano en La Oficina

La Oficina nos muestra un ambiente laboral real, con esa dualidad que vaga entre la incomodidad y la pertenencia, desde un jefe con intereses egoístas y una perspectiva irreal sobre lo que es un trabajo, hasta la importancia del trabajo en equipo para completar la tarea más sencilla. La serie logra conectar con el público porque expone aquello que normalmente se evita decir en voz alta dentro de un entorno laboral. Las conversaciones incómodas, los silencios largos después de un comentario fuera de lugar y las dinámicas pasivo-agresivas no solo construyen el humor, sino que reflejan una realidad cotidiana. En este sentido, aquellos que somos espectadores no solo encontramos risa dentro de situaciones que, si nos tocara vivir, nos llevarían a un momento de tensión, sino que también nos ponemos en su lugar, nos llevan a esa memoria colectiva que los mexicanos compartimos.

Aquí entra uno de los elementos más interesantes: su humor políticamente incorrecto. Lejos de intentar suavizar los conflictos o presentar personajes “correctos”, la serie apuesta por mostrar lo inapropiado tal como sucede y convertirlo en el centro de la narrativa. Y aunque esto podría resultar problemático en otros contextos, en realidad funciona porque no glorifica estas conductas, sino que las exhibe. En el contexto mexicano, este tipo de humor resulta aún más identificable. Muchas oficinas operan bajo dinámicas similares: jerarquías rígidas, bromas incómodas entre compañeros, favoritismos y una cultura laboral donde lo personal y lo profesional constantemente se mezclan. La serie no exagera tanto como parece; más bien, revela lo que ya existe, pero con un filtro de comedia. En el contexto mexicano, esta humanidad imperfecta resulta especialmente reconocible. Estamos acostumbrados a convivir con personas que, al igual que nosotros, son contradictorias: capaces de generar vínculos genuinos mientras reproducen dinámicas incómodas o incluso injustas, como el jefe “buena

onda” pero abusivo o compañeros con mal genio pero que siempre te echan la mano cuando necesitas ayuda. El humor funciona como un mecanismo para sobrellevar estas tensiones, suavizando lo que de otra forma sería difícil de confrontar. Así, la serie no solo muestra personajes profundamente humanos, sino también una forma de relacionarnos que, aunque imperfecta, resulta familiar. Nos muestra personajes que no son héroes ni villanos absolutos, son simplemente personas con las que nos topamos en nuestro día a día: la chismosa de relaciones públicas, los edecanes incómodos que bailan en los semáforos, el compañero que lleva ahí 30 años y se sigue peleando con la computadora y el jefe que no sabe distinguir entre amistad y trabajo. Todos son profundamente humanos: inseguros, torpes, a veces egoístas, pero también capaces de generar vínculos genuinos.

Es precisamente esta ambigüedad la que permite que el espectador empatice con ellos, incluso cuando se comportan de manera cuestionable. Al final, La Oficina no solo trata sobre trabajar, sino sobre coexistir. Sobre encontrar pequeños momentos de pertenencia en medio de la incomodidad. Y quizás ahí radica su mayor acierto: en recordarnos que el trabajo no es solo productividad, sino un espacio donde, para bien o para mal, también se construyen relaciones humanas. Porque sí, el trabajo puede ser absurdo, incómodo y hasta frustrante, pero también es donde compartimos chistes malos, complicidades inesperadas y pequeños rituales que hacen el día más llevadero. Y tal vez por eso nos resulta tan cercana: porque, de alguna forma, todos hemos estado ahí, porque, en el fondo, no recordamos los pendientes terminados ni los correos enviados, sino las miradas cómplices, los silencios incómodos y las conversaciones que nunca debieron ocurrir. Es en esos detalles donde se revela lo verdaderamente humano, la necesidad de conectar, incluso en los lugares menos ideales.

LA RESILIENCIA EN LA DANZA

Frida Hinojosa no se presenta como “perfecta”. Se presenta como alguien que ha aprendido a quedarse. A seguir, incluso cuando el cuerpo se cansa, cuando la mente duda y cuando el camino se vuelve incierto. Su historia no habla de llegar, sino de resistir. En la danza, Frida encontró no solo una disciplina, sino una forma de entenderse. Nos habla de la resiliencia como algo cotidiano: volver después de una pausa, reconstruirse tras una caída, aprender a escuchar el cuerpo sin dejar de exigirle. En un mundo que aplaude lo impecable, Frida apuesta por lo real: el proceso, el esfuerzo invisible y la constancia. Frida nos recuerda algo esencial: resistir también es avanzar.

Están las disciplinas que se aprenden. Y hay otras que se vuelven parte de ti. Para Frida Hinojosa, la danza no es solo una actividad dentro de su vida: es

un lugar al que siempre regresa. Una constante en medio del cambio. “No podría vivir sin bailar”, dice con una naturalidad que no necesita explicación. Tiene 18 años y está en una etapa que, como muchas, no se define por certezas, sino por transición. Un momento de decisiones, de preguntas, de experimentar cosas nuevas y descubrir hacia dónde quiere ir. Y aun así, hay algo que no cambia: la danza. Frida describe su presente como un momento de cambio. No uno abrupto, sino uno que se va construyendo poco a poco: nuevas metas, nuevas responsabilidades, nuevas formas de entenderse a sí misma. Habla de universidades, de exámenes, de todo lo que implica empezar a tomar decisiones reales sobre el futuro. Pero también habla de algo más importante: la capacidad de adaptarse. Porque crecer no siempre es avanzar hacia adelante. A veces es aprender a moverte distinto dentro del mismo lugar. Y ahí es donde la danza se convierte en un refugio. “Cuando bailo… si tengo problemas, ya no los pienso. Me enfoco en lo que estoy sintiendo en ese momento”. En un mundo que constantemente te empuja a pensar en lo que sigue, en lo que falta, en lo que no has logrado, encontrar un espacio donde solo existe el presente es casi un lujo. Y también una forma de resistencia. Desde fuera, la danza suele percibirse como algo estético. Ligero. Hermoso. Pero Frida la describe desde un lugar mucho más honesto.

una relación exigente. De una disciplina que no siempre es amable. De días buenos, pero también de días en los que nada sale como esperas. Y aún así, decide quedarse. Porque la resiliencia en la danza no está en la perfección, sino en la constancia. En volver incluso cuando estás cansada. En seguir incluso cuando dudas. En sostenerte incluso cuando todo se siente más difícil de lo normal. También habla del reto de equilibrarlo todo: la escuela, las calificaciones, las expectativas. Ese intento constante de no soltar ninguna parte de su vida. “Siempre he querido la danza… y trato de motivarme para poder llevar las dos cosas”. Ese balance, aunque imperfecto, también es una forma de fortaleza. Hay algo en la forma en la que Frida habla de la danza que la aleja completamente de lo superficial. No la describe sólo como movimiento, sino como lenguaje. Un lenguaje propio. “Siento que hay cosas que no logro expresar… y esa forma de expresarlo la he encontrado en la danza”. Y en ese punto, la danza deja de ser disciplina y se convierte en espacio emocional. Un lugar donde lo que no cabe en palabras encuentra salida. Donde lo interno se vuelve visible. Donde el cuerpo sostiene lo que la mente todavía está procesando. En medio de una rutina llena de actividad, escuela, baile, responsabilidades, Frida también ha aprendido algo que muchas veces se olvida: descansar. Pero no desde la culpa. Desde la elección. Para ella, “tomar un respiro” significa cerrar pendientes, detenerse y permitirse simplemente estar. Quedarse en casa, no hacer nada, disfrutar su propio espacio. Y eso, en un entorno donde siempre parece haber algo más que hacer, es verdaderamente valioso. Porque la resiliencia no solo está en seguir. También está en saber cuándo parar.

Frida se describe como una persona sociable, empática, alguien que puede adaptarse a distintos entornos y convivir con muchas personas. Pero más allá de eso, hay algo más importante: está aprendiendo a no perderse en el proceso. A seguir siendo ella, incluso mientras cambia. Porque crecer no es dejar atrás todo lo que eras. Es aprender a integrar nuevas versiones sin perder tu esencia. Es aceptar que no siempre vas a reconocerte en cada etapa, que hay momentos en los que dudas de quién eres o hacia dónde vas, pero aun así decides no soltarte. Es entender que cambiar no significa traicionarte, sino permitirle evolucionar sin dejar de escucharte, sin dejar de regresar a ti cuando todo se siente confuso. Y eso implica algo muy difícil: sostenerte en medio de la incertidumbre. Aceptar que no tienes todas las respuestas. Que no todo está resuelto. Que a veces estás construyéndose mientras caminas, mientras improvisas, mientras intentas entenderlo en tiempo real. Hay días en los que te sientes segura y otros en los que no tanto, y aun así eliges continuar. Y eso, aunque no siempre sea fácil, también es parte del proceso. Cuando piensa en el futuro, Frida no habla de resultados perfectos ni de metas idealizadas. No habla de llegar rápido ni de hacerlo todo bien a la primera. Habla del esfuerzo. Habla de las noches sin dormir. Del cansancio acumulado. De los días en los que el cuerpo no responde como quieres. De los momentos en los que la motivación no está, pero decides seguir de todos modos. Habla de todo lo que implicó llegar hasta aquí. De lo que nadie ve. De todo ese trabajo silencioso que no se aplaude, pero que sostiene todo lo demás. Y de una sola cosa: que haya valido la pena. No desde la perfección, sino desde la verdad. Desde poder mirar atrás y reconocer el camino recorrido, incluso con sus errores, sus pausas, sus momentos difíciles. Desde saber que cada paso, por pequeño que parezca, la acercó un poco más a quien está siendo hoy. Desde entender que incluso lo que no salió como esperaba también tuvo un propósito. Porque al final, no se trata solo de llegar. Se trata de sostener el proceso sin abandonarte. De no perderte en la presión, en la comparación, en la prisa por ser algo más. La resiliencia en la danza no siempre es visible.

No siempre está en el escenario ni en los aplausos. No siempre se mide en resultados, en logros o en reconocimiento. A veces está en lo cotidiano. En levantarte y volver a intentarlo. En repetir una y otra vez hasta que algo encaje. En sostenerte cuando el cuerpo está cansado y la mente también. En atravesar la frustración sin dejar que te defina, sin dejar que te detenga. Está insistiendo. En no soltar. Encontrar equilibrio entre todo lo que eres, incluso cuando parece que todo se mueve al mismo tiempo. En aprender a escucharte. En respetar tus propios tiempos. No compararte con procesos que no son los tuyos. Confiar en que tu ritmo también es válido. En no rendirte contigo misma. Y en eso, Frida no solo baila. No solo interpreta, no solo se mueve. Se construye. Paso a paso. Día a día. Con todo lo que implica crecer de verdad, incluso cuando nadie está mirando.

Nunca mientas: la verdad

también asfixia

“Tricia y Ethan acaban de casarse y están en búsqueda de la casa de sus sueños. Pero cuando visitan la remota mansión que una vez perteneció a la doctora Adrienne Hale, una reconocida psiquiatra que desapareció sin dejar rastro hace cuatro años, una feroz tormenta los deja atrapados…”

Hay historias que no solo se leen… se sienten en el cuerpo. Nunca mientas es una de ellas. Desde las primeras páginas, el libro te envuelve en una atmósfera inquietante donde el silencio pesa tanto como las palabras y cada espacio parece guardar algo que no debería salir a la luz. No es un thriller construido a base de sobresaltos evidentes, sino de una tensión constante, casi imperceptible, que se instala lentamente y ya no se va. Esa incomodidad sutil, que no sabes explicar del todo, es precisamente lo que lo hace tan efectivo.

La historia de la doctora Adrienne Hale y Tricia no solo se cruza: se entrelaza en una narrativa donde la verdad no es un punto fijo, sino algo que se deforma, se oculta y, muchas veces, se reescribe. Freida McFadden construye una trama que juega con la percepción del lector de forma inteligente, llevándote a cuestionar constantemente lo que crees entender, lo que das por hecho y lo que decides creer. Hay una sensación constante de desconfianza, como si la historia misma te estuviera observando, esperando el momento exacto para cambiar de dirección.

Desde una mirada psicoterapéutica, el libro trasciende el thriller y toca algo mucho más profundo: la relación entre la verdad, el miedo y los vínculos humanos. Porque no solo mentimos cuando decimos algo falso. Mentimos cuando callamos, cuando evitamos, cuando decidimos no ver.

El silencio no es neutral: tiene peso, tiene consecuencias y, muchas veces, distorsiona más que cualquier mentira explícita. Adrienne, como psiquiatra, representa ese espacio donde las verdades ajenas salen a la superficie, pero también deja ver lo frágil que puede ser esa línea entre quien observa y quien también tiene algo que ocultar. Y ahí es donde la historia se vuelve profundamente humana.

Uno de sus mayores aciertos es cómo utiliza la mente como escenario principal. No se trata solo de lo que pasa, sino de cómo lo interpretamos. De cómo construimos narrativas internas para sostenernos, incluso si no son del todo reales. Esa sensación de que “algo no está bien” aparece constantemente, pero nunca de forma obvia, y eso la vuelve aún más potente. Más que un thriller, Nunca mientas es una invitación a cuestionar lo que ocultamos y el costo emocional de sostener ciertas historias. Es una lectura adictiva, sí, pero también inquietante. Porque al final, la pregunta no es solo qué es verdad dentro de la historia. La pregunta es: ¿Cuántas cosas en nuestra propia vida elegimos no ver?

Grammys 2026: la noche que redefinió el panorama musical

La edición 2026 de los Grammy Awards volvió a confirmar por qué la ceremonia sigue siendo una de las noches más importantes de la industria musical. Entre victorias históricas, discursos memorables y momentos que dominaron la conversación global, la gala de este año no solo premió a los artistas más destacados del momento, sino que también reflejó la evolución sonora y cultural que ha marcado los últimos años.

El triunfo de Bad Bunny fue, sin duda, el momento más comentado de la noche. Su álbum Debí Tirar Más Fotos logró imponerse en una categoría altamente competitiva, superando a figuras como Lady Gaga, Kendrick Lamar y Justin Bieber. La victoria representó mucho más que un premio individual. Fue una confirmación del lugar que ocupa la

La gran noticia de la noche fue el triunfo de Bad Bunny, quien hizo historia al llevarse Álbum del Año con Debí Tirar Más Fotos, convirtiéndose en el primer álbum completamente en español en ganar la categoría más importante de la premiación. Este reconocimiento no solo consolidó su impacto global, sino que marcó un momento simbólico para la música latina dentro de la industria internacional.

música en español dentro del mercado global y un reflejo del crecimiento que ha tenido el urbano latino durante la última década. El discurso del artista, centrado en la representación cultural y el valor de la identidad latina, fue recibido con una ovación que rápidamente se convirtió en uno de los momentos más compartidos en redes sociales.

Bad Bunny y una victoria histórica

Billie Eilish: la fuerza de la composición

En una de las categorías más esperadas, Billie Eilish y Finneas O’Connell obtuvieron Canción del Año por “Wildflower”. La pieza fue reconocida por su composición, profundidad emocional y calidad lírica, consolidando nuevamente al dúo como uno de los equipos creativos más sólidos de la industria. Este premio reafirmó la capacidad de Billie para moverse entre lo comercial y lo artístico, manteniendo una identidad sonora clara.

Kendrick Lamar y SZA dominan la noche

Otro de los grandes protagonistas fue Kendrick Lamar, quien junto a SZA se llevó Grabación del Año por “luther”. La canción, reconocida por su fuerza lírica y producción, destacó como una de las piezas más influyentes del año. Además, Kendrick sumó otros reconocimientos en categorías de rap, consolidando una de las noches más exitosas de su carrera. La crítica especializada destacó que su triunfo reafirma la vigencia del hip-hop como uno de los géneros más importantes dentro de la música contemporánea.

Olivia Dean: el rostro de la nueva generación

La categoría de Mejor Artista Nuevo fue para Olivia Dean, quien se consolidó como una de las voces emergentes más importantes del momento. Su victoria fue celebrada tanto por la crítica como por el público, especialmente después de un año marcado por crecimiento artístico y gran presencia internacional. Su triunfo también fue leído como una apuesta por una nueva generación de artistas que priorizan autenticidad, narrativa personal y propuestas musicales más íntimas.

Por su parte, Lady Gaga volvió a demostrar su relevancia dentro de la industria al llevarse premios en categorías pop y dance. Su presencia en la ceremonia, tanto en la alfombra roja como en el escenario, fue uno de los momentos más comentados de la noche. Gaga confirmó, una vez más, que su capacidad para reinventarse sigue siendo uno de sus mayores atributos.

Lady Gaga y la permanencia del pop

Una ceremonia que reflejó diversidad

Más allá de los ganadores, los Grammys 2026 dejaron claro que la industria atraviesa un momento de enorme diversidad sonora. Pop, urbano, hip-hop, música latina y propuestas alternativas convivieron dentro de las categorías principales, reflejando un panorama cada vez más plural. La ceremonia mostró que las fronteras entre géneros son cada vez menos rígidas y que la música global continúa ampliando sus espacios de representación.

SCREAM 7: entre el legado y el desgaste

Hay franquicias que se vuelven eternas. Y luego están las que simplemente no saben cuándo terminar. Scream es, sin duda, una de las grandes del cine de terror. Desde la primera película en 1996, dirigida por Wes Craven, redefinió el género slasher: lo volvió inteligente, autoconsciente e irónico. No solo daba miedo, también entendía las reglas del miedo… y jugaba con ellas. Y eso es justo lo que se siente en Scream 7. No es una mala película. De hecho, la primera parte funciona. Es entretenida, es “palomera”, tiene ese ritmo que te mantiene ahí. Pero llega un punto donde empiezas a notar las grietas. Pero en Scream 7 regresan a una fórmula demasiado conocida: la hija de la protagonista original, de la misma edad que ella tenía en la primera película. Y sí, funciona en teoría. Por algo tantas franquicias lo hacen. El problema es que aquí se siente más como un recurso de nostalgia que como una evolución real. Y es ahí donde empieza a pesar otra cosa: los personajes. Hay demasiados. Y no todos aportan. De hecho, varios se sienten… prescindibles. Personajes que están ahí solo para cumplir una función narrativa muy básica: ser sospechosos o posibles víctimas. Y eso le quita peso a la historia, porque cuando llega el momento de preocuparte por ellos, no lo haces del todo. No hay suficiente desarrollo, no hay suficiente conexión. Y en una saga como Scream, donde el “quién” importa tanto como el “cómo”, eso se nota. Hay algo más que pesa: las pérdidas. La muerte de Dewey marcó un antes y un después. Y personajes como Gale Weathers (interpretada por Courteney Cox), que siempre habían sido pilares, aquí se sienten… diluidos. Y duele decirlo, porque Gale es icónica. Es incómoda, intensa, a veces desesperante, pero siempre relevante. Aquí no tanto. Sin spoilers, pero sí opinión: cuando se revela quién está detrás de la máscara, no impacta como debería. Parte del encanto de la franquicia siempre ha sido ese juego de sospecha, de teorías, de “¿quién es?”. Pero aquí, los Ghostface no se sienten lo suficientemente construidos. No pesan. No sorprenden. Ahora, algo que sí hay que reconocer: las escenas de persecución funcionan.

Scream siempre ha entendido cómo generar tensión a través del espacio, del silencio, del tiempo que se estira antes del ataque. Y aquí hay momentos donde eso regresa. Las secuencias de escape, las llamadas, los movimientos dentro de la casa… sí logran ese nervio clásico de la saga. Son de las partes más sólidas de la película porque, por un momento, te recuerdan por qué Scream funcionaba tan bien desde el inicio. Y dentro de todo eso, hay algo que realmente me gustó: Sidney. Sidney Prescott sigue siendo una de las mejores final girls del cine. Punto. Pero lo interesante aquí es cómo está construida. No es la misma de antes, y no debería serlo. Después de todo lo que ha vivido, sería absurdo que actuara igual. Aquí vemos a una Sidney que ha aprendido. Que toma precauciones. Que vive con esa conciencia constante del peligro. Tiene un cuarto seguro en su casa. Tiene rutas de escape. Sabe cómo moverse, cómo reaccionar, cómo anticiparse. Incluso hay detalles como la idea de escapar por las paredes que refuerzan algo muy importante: el trauma no desaparece, se transforma en estrategia. Y eso es lo más coherente que hace la película. Si ya iban a apostar por esta nueva generación, había una oportunidad mucho más interesante: romper completamente la fórmula. Por ejemplo, ¿y si la hija fuera Ghostface? ¿Y si viéramos la historia desde su perspectiva? ¿Y si en lugar de repetir el ciclo, lo cuestionaran? Porque justo ahí es donde Scream siempre había sido brillante: en entender el género lo suficiente como para romperlo. Scream 7 no es un desastre. Pero tampoco es necesaria. Y ese es el problema. Hay franquicias que necesitan reinventarse para sobrevivir. Y hay otras que necesitan saber cuándo detenerse. En mi opinión, Scream está justo en ese punto donde tiene que decidir: o cambia por completo… o se convierte en una copia de lo que alguna vez fue. Porque el terror no debería ser predecible. Y mucho menos una franquicia que nació burlándose de lo predecible.

La Canción de Aquiles: donde florecer se vuelve eterno

Escrito por H. A. Silva

Regresamos con Madeline Miller, porque su forma de contar historias tiene algo muy particular: te mete en un mundo que se siente vivo, cálido, casi como si pudieras tocarlo. En La canción de Aquiles, todo se siente como primavera.

No una primavera perfecta, sino esa que apenas empieza, donde el aire cambia y algo dentro de ti también. Patroclo y Aquiles no se enamoran de golpe. Lo suyo crece poco a poco, casi sin que se den cuenta. Empieza con compañía, con confianza, con esa sensación de que estar con el otro es fácil. Y de pronto, sin hacer ruido, ya es algo más. Su relación tiene esa calidez tranquila de los días largos, donde todo parece ligero y el tiempo no importa tanto.

Hay algo muy bonito en cómo florecen juntos. No es un amor dramático desde el inicio, es más bien como aprender a respirar en el mismo ritmo. Se acompañan, se entienden, se eligen en lo cotidiano. Y justo por eso se siente tan real, tan cercano, como si fuera algo que podría pasarle a cualquiera.

Pero la primavera en esta historia no dura para siempre. Poco a poco, sin romper del todo la luz, empieza a entrar una sensación distinta, como cuando sabes que el clima va a cambiar.

La guerra no llega como un golpe seco, sino como una sombra que se va colando entre los días, como cuando sabes que se avecina una tormenta. Y entonces todo lo que antes se sentía ligero empieza a doler un poco más, comienza a irse con el fuerte viento de la tragedia. Lo que hace especial a la novela es cómo conecta ese florecer con la pérdida. Aquí, la muerte no borra lo vivido, lo vuelve más intenso. Es como si todo lo que creció entre ellos se quedara suspendido, intacto, incluso después.

Como si la primavera no desapareciera, sino que se quedara guardada en la memoria, en lo que fueron, porque esta historia tal y como dijo Patroclo, esta hecha de recuerdos. La canción de Aquiles se siente así: cálida, hermosa, y un poco triste, como esos días en los que el sol sigue brillando pero sabes que algo está por terminar. Porque hay amores que, aunque se acaben, siguen floreciendo en lo que recuerdas de ellos.

Bridgerton: el vestuario

también cuenta la historia

Hay series que se recuerdan por su trama. Otras por sus personajes. Y luego está Bridgerton, donde cada vestido, cada peinado y cada detalle de maquillaje forma parte esencial de la narrativa. Algo que no siempre es evidente a primera vista, y que ha generado conversación, especialmente tras la tercera temporada, es esto: la estética de cada temporada no es arbitraria. Está completamente definida por su protagonista femenina. No importa si el Bridgerton central es un hombre. La mujer es quien marca el tono visual de la historia. Y cuando entiendes eso… todo hace sentido.

Temporada 1: Daphne Bridgerton y el ideal romántico

La primera temporada, centrada en Daphne Bridgerton y el Duque de Hastings, es probablemente la más “Bridgerton” en el imaginario colectivo. Y eso no es casualidad. Daphne representa el ideal romántico de la época: inocencia, dulzura, elegancia y una visión casi de cuento de hadas del amor. Y eso se traduce directamente en la estética. Aquí vemos una paleta dominada por tonos pastel: baby blue, lavandas, rosas suaves. Telas ligeras, siluetas fluidas, plumas delicadas, diamantes. Todo se siente etéreo, casi como si flotara. Un detalle clave: las tiaras. En eventos como el primer baile en casa de Lady Danbury, prácticamente todas las mujeres llevan tiara. Es una temporada donde lo “princesa” no solo está

presente, sino que define el universo visual completo. Pero Bridgerton siempre juega con contrastes. Simon Basset y Lady Danbury se mueven en una gama completamente distinta: negros, vinos, tonos profundos que representan poder, historia y cierta distancia emocional. Y luego están los extremos: Las Featherington con sus amarillos y rosas saturados, casi excesivos, diseñados para resaltar, y chocar, con la sobriedad elegante de los Bridgerton. Incluso personajes como Siena o la modista utilizan tonos más oscuros o neutros, marcando la diferencia entre la alta sociedad y quienes viven fuera de ella. Esta temporada no solo construye una estética. Construye un sistema visual.

Con la llegada de Kate Sharma, todo cambia… sutilmente. Aunque se mantienen elementos de la primera temporada, como los tonos Bridgerton y ciertas siluetas, la estética se vuelve más intensa, más definida, menos fantasiosa.

Kate no es Daphne. Y su mundo tampoco lo es. Aquí comienzan a desaparecer poco a poco las tiaras y la ornamentación excesiva. El maquillaje se vuelve más marcado, las telas más estructuradas, los colores más profundos. Kate introduce una nueva paleta: azules marinos,

naranjas, violetas, tonos inspirados en su herencia india. Su presencia redefine lo que significa elegancia dentro de este universo. Y algo muy interesante: cuando Kate intenta adaptarse a la estética “correcta”, colores claros, más suaves, se siente fuera de lugar. Porque no es ella. En contraste, Edwina Sharma mantiene esa estética tipo Daphne: delicada, pastel, romántica. Es un reflejo visual de lo que la sociedad espera… y de lo que Kate no es. Esta temporada pierde algo de la fantasía, pero gana en profundidad. La moda deja de ser solo hermosa… y se vuelve inteligente.

Temporada 2: Kate Sharma y la intensidad emocional

Temporada 3: Penelope Featherington y el exceso como identidad

La tercera temporada es donde ocurre la ruptura más evidente, y donde más críticas surgieron. Pero también es donde la lógica del vestuario es más clara. Penelope Featherington es la protagonista.

Y Penelope no es sutil. Aunque evoluciona, dejando atrás ciertos tonos amarillos más estridentes, nunca deja de ser una Featherington. Y eso significa una cosa: exceso. Más brillo. Más textura. Más maquillaje. Más presencia. Todo es más. Incluso personajes que regresan, como Kate, adoptan

ligeramente este nuevo lenguaje visual. El mundo entero se intensifica porque la protagonista lo es. Sí, hay decisiones debatibles, como las uñas acrílicas, que rompen completamente con la época, pero incluso esas decisiones hablan de intención: Penelope no encaja del todo. Nunca lo ha hecho. Un contraste precioso dentro de esta temporada es el de los vestidos de novia. El de Penelope: romántico, sedoso, cargado de emoción y presencia. El de Francesca: mucho más sobrio, estructurado, contenido. Y ahí está la clave: a

Temporada 4: Sophie y el contraste entre dos mundos

La tercera temporada es donde ocurre la ruptura más evidente, y donde más críticas surgieron. Pero también es donde la lógica del vestuario es más clara. Penelope Featherington es la protagonista.

Y Penelope no es sutil. Aunque evoluciona, dejando atrás ciertos tonos amarillos más estridentes, nunca deja de ser una Featherington. Y eso significa una cosa: exceso. Más brillo. Más textura. Más maquillaje. Más presencia. Todo es más. Incluso personajes que regresan, como Kate, adoptan

ligeramente este nuevo lenguaje visual. El mundo entero se intensifica porque la protagonista lo es. Sí, hay decisiones debatibles, como las uñas acrílicas, que rompen completamente con la época, pero incluso esas decisiones hablan de intención: Penelope no encaja del todo. Nunca lo ha hecho. Un contraste precioso dentro de esta temporada es el de los vestidos de novia. El de Penelope: romántico, sedoso, cargado de emoción y presencia. El de Francesca: mucho más sobrio, estructurado, contenido. Y ahí está la clave: a

School Spirits: lo que dejamos atrás y lo que se queda con nosotros

Hay historias que empiezan con una desaparición. School Spirits empieza ahí… pero no se queda ahí. Disponible en Paramount+, la serie protagonizada por Peyton List y Milo Mannheim nos presenta a Maddie, una adolescente atrapada en el más allá dentro de su propia escuela, intentando resolver el misterio de qué le pasó. Pero lo que parece un thriller juvenil pronto se transforma en algo mucho más complejo. Porque Maddie no es el único fantasma. Dentro de la escuela existe toda una comunidad de espíritus, cada uno perteneciente a una época distinta, atrapados en el mismo lugar donde murieron. Hay personajes que llevan décadas ahí, otros incluso más tiempo, todos con historias inconclusas, con versiones de sí mismos detenidas en un momento específico. Y lo más interesante: no están solos entre ellos. Han construido una especie de vida dentro de la muerte. Se conocen, se acompañan, crean dinámicas, amistades e incluso cierta normalidad dentro de lo que claramente no lo es. Hay reglas, hay límites, como no poder salir del perímetro de la escuela, y también hay algo que todos buscan entender: cómo avanzar. Porque sí existe una forma de “ir más allá”. Pero nadie sabe exactamente cómo. Esa idea atraviesa toda la serie: ¿qué te ata a un

lugar? ¿Qué te impide soltar? ¿Qué necesitas para seguir? A través de personajes como Wally Clark o Rhonda, la serie construye un universo donde cada fantasma representa una manera distinta de quedarse. Algunos aceptan, otros se resisten, otros simplemente… siguen existiendo. Y en medio de todo eso está Maddie, que además de intentar adaptarse a este nuevo mundo, tiene que enfrentarse a algo aún más duro: ver cómo la vida de los demás continúa sin ella. Ver a sus amigos seguir adelante. Ver cómo su ausencia se acomoda en la vida de otros. Ver cómo poco a poco deja de ser parte del presente. Confieso que los primeros episodios pueden sentirse lentos. No es una serie que te atrape desde el primer minuto. Pero si le das tiempo, el ritmo cambia.

El misterio se vuelve más profundo, los personajes más interesantes y la historia empieza a enganchar de verdad. Y cuando lo hace, ya no te suelta. Porque School Spirits no trata solo de descubrir qué pasó. Trata de entender qué significa quedarse, qué significa soltar y qué partes de nosotros siguen existiendo incluso cuando todo cambia. Es una serie sobre fantasmas, sí. Pero también es una serie sobre lo difícil que es dejar ir. Y sobre todo, sobre cómo incluso en los lugares donde creemos estar completamente solos… siempre hay alguien más intentando entender lo mismo que tú.

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