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Miré por la ventana. ¡Que ganas tenía de poder ir a visitar a mi abuela! Aunque no la conocía, papá había dicho que fue una mujer valiente y una excelente persona. La abuela Yamina

había nacido en una humilde

familia de Argelia. Mi padre se crió allí, pero cuando cumplió 20 años quiso irse a probar suerte a España. La abuela se negó a acompañarle y cambiar de vida, pues decía que ella pertenecía a ese lugar y que alejarse de allí sería muy duro, a pesar de las dificultades que había vivido en ese país. Después, el tiempo pasó y papá y la abuela perdieron el contacto, por eso cuando recibimos carta de la abuela preguntándonos si queríamos ir a visitarla, mi hermano Víctor, mi prima Verónica y yo nos alegramos mucho. La pena era que papá no nos podía acompañar pues por su trabajo de juez debía asistir a un caso de


Madrid. Así que mi hermano, mi prima y yo en tres días viajaríamos en barco de Málaga a Argel. Cuando llegó el esperado día y ya estábamos a bordo del barco Verónica exclamó entusiasmada: -Eva, ¡que bonito tiene que ser Argelia! Me pregunto si será tan colorido cómo Las Vegas… -No lo sé, pero seguro que si.- Respondí. Transcurridas muchas horas de viaje, llegamos al puerto de Argel, “Algiers”. Allí, una señora desconocida nos saludó y gritó: - ‫( مرحبا‬hola). Soy Yamina, vuestra jaddah. -¡Debe de ser la abuela! –Exclamó Víctor. Y corrieron todos hacia ella. -¡Hola chicos! Bienvenidos a Argel. Que ilusión veros aquí. -Hola abuela –Dije yo. La abuela era una mujer mayor, de pelo blanco, recogido en un moño y ojos grises. Su piel era morena y algo arrugada. Parecía una persona agradable y de fiar. En ese momento dijo: -Vamos, no nos quedemos aquí. Iremos a casa. No os separéis de mi. En el camino le hablamos de nosotros, de Málaga, de papá… y ella escuchaba asombrada.


Luego empezamos a fijarnos en la ruta por la que la abuela Yamina nos llevaba. El suelo era arenoso y personas hambrientas y delgadas pululaban por las calles. Las “casas” estaban hechas de adobe u otros materiales. -Abuela… ¿Todas las casas son así? –Preguntó Verónica con cara de asombro. -Bueno, pequeña, hay peores y mejores casas. No todas son iguales. Por suerte, la nuestra es bastante mejor que estas. Aunque se encuentra en el desierto –Aclaró la abuela. Caminaron durante diez minutos hasta llegar a los campos de Saharauis. La abuela les fue explicando. -Esta zona tiene una pequeña escuela con una profesora. –Les dijo la abuela. – Aquí las viviendas están bastante mejor que las de antes, pero, por lo que me estabais diciendo de vuestras casas, no se parecen en nada a la mía… Pero la abuela no siguió hablando pues un hombre de su edad la saludó. Parecía que se conocían: -¡ ‫( مرحبا‬hola) Yamina! -¡Oh! Mourad, no te había visto. Estos son mis nietos, han venido de España. ¿Qué tal están Rachid y Ali?


-Bien, gracias por preguntar. Rachid se está recuperando de su corte en el brazo. -Bueno, nos tenemos que ir. Dale recuerdos a Fatma. Cuando se alejaron, la abuela dijo: -Es Mourad, uno de mis mejores amigos. -¿Cómo se cortó Rachid? –Inquirió Verónica. -Rachid, el hijo mayor de Mourad y Fatma, estaba cortando leña cuando se arañó el brazo con una rama afilada. Pero bueno, ya está mejor. Para sus nueve años es un chico muy fuerte. -¿Rachid trabaja? – Dijo Víctor asombrado. -Si, los niños trabajan aquí desde los siete años. – Aclaró la abuela. Eso nos sorprendió a todos. En España todo es mucho más fácil y los niños no tenemos que trabajar. Me sentí afortunada de vivir allí. Llegamos a la casa de la abuela. Si que era mejor que las otras, pero de todas formas seguro que por la noche hacia mucho frío. Estuvimos allí durante dos semanas. Aprendimos algunas palabras en árabe como: la (no), aiwa (si), fel al massa (esta noche)… también a pescar, jugamos con los niños de allí y nos hicimos muy


amigos de Rachid y Ali. Tanto, que les regalamos los juegos y muñecos que llevamos a Argel. Cuando nos teníamos que volver a Málaga, y ya estábamos en el barco, le dijimos a la abuela: -Ma salaama (adiós). Nunca te olvidaremos ni a ti ni a Argel. ¡Prometemos volver! -Ma salaama chicos. ¡Yo tampoco os olvidaré! –Les contestó la abuela con una gran sonrisa. Cuando el barco zarpó, me asomé a la cubierta y pensé en todos los buenos ratos que habíamos pasado allí, en lo buena que era la abuela, en los juegos con los niños… aunque esa era la mejor cara del país. Allí los niños trabajan y reina una gran pobreza. Pensando en eso me hice un propósito. Cuando sea mayor crearé una ONG y ayudaré a la gente pobre del mundo. Mientras tanto, cada vez que visite Argel llevaré juguetes y ropa para la gente de allí. Y Verónica y Víctor me querrán ayudar. Si todos colaboramos un poco, podemos hacer un mundo mejor.

Viaje a Argel ,Valle y Ainhoa  

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