Los cuentos ayudan y a crear puentes intergeneracionales Paz Loica • Izabella Figueroa Viviana Torres • Javiera Villarroel
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Los cuentos ayudan a crear puentes intergeneracionales Proyecto Colaborativo de Vinculación con el Medio ID: 4686 Universidad San Sebastián
Autoras: Paz Loica Izabella Figueroa Viviana Torres Javiera Villarroel
Vicerrectoría de Vinculación con el Medio y Proyectos Institucionales Universidad San Sebastián vcm@uss.cl Diciembre 2025
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Índice Presentación
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Prólogo
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El gran jugador
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La dragona cóndor El arquitecto cósmico El espíritu importal de un viejo piano El río Manideem La búsqueda de Chechita
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Presentación
Los cuentos ayudan a crear puentes intergeneracionales Esta publicación nace de un gesto simple y profundo: sentarse a escuchar. El segundo semestre del 2025, estudiantes de la Licenciatura en Literatura de la Universidad San Sebastián, en el marco de la asignatura Literatura Fantástica, visitaron distintas sedes de la Fundación Las Rosas para conversar con personas mayores y recoger, con respeto y asombro, fragmentos de sus vidas. A partir de esas conversaciones, las estudiantes escribieron relatos inspirados en las historias de Ernestina Jorquera, Enrique Sánchez, Patricio Larios, Ismael Cabello, María Eugenia Burdo y Juan Ignacio Huencho. Estos cuentos fueron creados con un propósito profundamente humano: ser leídos y contados a niños y jóvenes en contextos de protección de la Fundación Misión de María, ofreciéndoles historias que abrigan y conectan. Este proyecto fue posible gracias al compromiso y dedicación de las estudiantes de la Licenciatura en Literatura, apoyadas por sus docentes Magdalena Palacios Bianchi, Emilio Morales de La Barrera y Vinka Moyano Yugovic, quienes acompañaron el proceso creativo, formativo y humano que dio vida a este texto. Deseamos reconocer especialmente a las estudiantes creadoras, cuyas voces, sensibilidad y talento literario dieron forma a estos relatos: Viviana Torres Sepúlveda, Paz Loica, Izabella Figueroa Saavedra y Javiera Villarroel Rivera. Extendemos un agradecimiento especial a Fundación Las Rosas, y en particular a Juan Carlos Silva y Egnis Ubillo, cuyo apoyo constante, generosidad y guía hicieron posible este puente intergeneracional. Agradecemos igualmente a Fundación Misión de María, por recibir estos relatos y abrir espacios de lectura y contención para niños y jóvenes que más necesitan de historias que acompañen y fortalezcan. Asimismo, expresamos nuestro reconocimiento a Maite Cereceda, Pilar Calderón y Alejandro Ramírez, de la Universidad San Sebastián, por su colaboración, disposición y apoyo en las gestiones que permitieron que este proyecto avanzara con solidez y sentido. Finalmente, agradecemos al equipo de Vinculación con el Medio USS: José Rivas, Claudio Domínguez, Magdalena Meza y Jesús Lanas, cuyo acompañamiento fue fundamental para que esta iniciativa creciera y encontrara un lugar significativo en la comunidad. “Los cuentos ayudan a crear puentes intergeneracionales” es más que un proyecto: es un encuentro entre voces. Una invitación a reconocer que la literatura no solo entretiene o enseña, sino que también acompaña, sana y transforma. En estas páginas, las vidas de quienes han caminado mucho se entrelazan con la sensibilidad creativa de quienes recién comienzan a andar. Y en ese cruce todos descubrimos algo nuevo.
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Prólogo En el marco del Proyecto Colaborativo de Vinculación con el Medio ID: 4686. “Los cuentos ayudan a crear puentes intergeneracionales”, un grupo de estudiantes de Licenciatura en Literatura tuvieron la oportunidad de relacionarse con adultos mayores residentes en hogares de la Fundación las Rosas en distintas comunas de la Región Metropolitana y en Talcahuano, de manera que pudieron conocer las experiencias, sueños, emociones y esperanzas que marcaron sus vidas y que la gran mayoría de ellos atesora en su ocaso. Son historias que se van tejiendo desde la infancia; memorias que, con la perspectiva del tiempo transcurrido, se presentan como ejes vitales y van llenando de humanidad esos rostros que muchas veces pueden pasar inadvertidos para los jóvenes y la sociedad en general. De estos encuentros y entrevistas surgieron los cuentos que presentamos a continuación, los cuales, en su mayoría, transmiten una especial conexión que de alguna forma une la infancia y los últimos años de la vida, pues hay algo de la imaginación o la visión infantil que sobrevuela las experiencias y vicisitudes relatadas y que transforma las pérdidas o el sufrimiento a través de la imaginación. Son historias que, en general, tienen finales felices o tal vez en conformidad con los caminos recorridos. Hay consciencia de que muchas veces hubo decisiones personales involucradas, y otras, en que fueron la única alternativa a seguir; en fin, son historias de vida que, como en las memorias que estamos acostumbrados a leer, pasan por la mirada compasiva y esperanzada de sus propios protagonistas. En cada uno de estos cuentos, los nombres de los verdaderos protagonistas fueron cambiados por sus autoras, en un primer ejercicio que revela los efectos que sus historias tuvieron en las jóvenes, de modo que nos encontraremos con Atlas, Kina o Jerry, por ejemplo, muy en consonancia con los relatos que protagonizan. Se suele atribuir a Leonardo da Vinci la conocida frase “No se puede amar lo que no se conoce ni defender lo que no se ama”, la que, más allá de su evidente actualidad, sintetiza uno de los propósitos de este proyecto y, al mismo tiempo, la experiencia que significó para las jóvenes y los adultos mayores que participaron de él. Así, Paz Loica nos presenta dos historias que rescatan los sueños cumplidos en la juventud: en “El gran jugador” nos encontramos con Atlas y su camino para convertirse en seleccionado nacional de vóleibol y representar al país en distintas competencias por el continente. En “La dragona cóndor”, en cambio, nos lleva, a través de imágenes sugerentes y poéticas que juegan con la imaginación, a conocer la historia de Kina, una precursora de la aviación civil y de la incursión de las mujeres en ámbitos laborales masculinos. Javiera Villarroel, por su parte, con “El arquitecto cósmico”, nos transporta a la transfiguración de las memorias infantiles, en donde la experiencia de la pérdida y el desarraigo encuentra el alivio de
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la imaginación y la voluntad de reparación en la vida adulta, a través del ejercicio de la profesión como servicio a los demás. Viviana Torres, en “El espíritu inmortal de un viejo piano”, reconstruye la historia de Jerry a partir de su relación con el instrumento que lo hizo conocer y amar la música, y que se transformó también en consuelo al final de una vida que lo ha despojado de todo, menos de ella y la posibilidad de entregarla a los demás. Izabella Figueroa, también a través de dos historias, nos cuenta, en “El río Manideem”, el recorrido vital del señor Juanito, quien, desde niño estuvo íntimamente ligado a un pequeño río de su localidad, y que, a la vuelta de los años y la enfermedad, va a encontrar en el cariño de los que fueron sus alumnos y en el recuerdo del río, el estímulo necesario para volver a ponerse de pie y recuperar su salud física y espiritual. Asimismo, en una historia llena de serena esperanza, “La búsqueda de Chechita”, nos lleva a conocer el largo peregrinar de una niña tras las huellas de la madre que la abandonó, lo que la va a llevar a encontrarse a sí misma y a una forma de paz y felicidad que nunca imaginó. Finalmente, no queda más que felicitar a las autoras de estos relatos, pues lograron plasmar el espíritu de las experiencias compartidas por los adultos mayores con ellas, y agradecer a los gestores y ejecutores de este proyecto, el que cumplió con creces sus objetivos planteados, tal como lo demuestra el texto que el lector tiene en sus manos. Emilio Morales de La Barrera Profesor Titular Académico Escuela de Humanidades Facultad de Psicología y Humanidades Universidad San Sebastián
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El gran jugador Autora: Paz Loica.
La cálida arena bajo los pies de Atlas era parte fundamental de su normalidad, junto con el sonido del animoso mar de las costas de Chile, las gaviotas y los gritos de los pescadores. Si bien Atlas no había nacido en la playa, pasaba ahí todas sus vacaciones, sin importar el clima. Era un niño pequeño en esas épocas y aún no sabía lo que era entretenerse con otros, por lo que se dedicaba a sumergirse en el agua. Era un gran nadador. Un verano, un pescador muy cercano a su familia le regaló una pelota liviana y lo invitó a jugar con los otros niños del litoral. Quisieron jugar fútbol, pero la pelota era demasiado liviana, por lo que empezaron a tirarla con sus manos. Uno de los que estaba ahí comentó que lo que hacían se llamaba vóleibol. Atlas se hizo muy cercano a los chicos que jugaban con él, seis niños y tres niñas. Ninguno vivía en el lugar, por lo que solo se veían en las vacaciones. El resto del año se mandaban cartas y comentaban sobre el deporte que jugaban. Con el tiempo, todos se hicieron buenos con la pelota, buscaron las reglas del vóleibol y se inventaron una red con ayuda de los pescadores. Llevaban años de amistad. Una tarde, un joven los vio jugar y se fijó en Atlas. Cuando terminaron se le acercó para ofrecerle unirse al equipo de su universidad. Atlas, muy emocionado, aceptó la invitación y se convirtió en el jugador más joven del equipo de vóleibol de la universidad del país: tenía 15 años. Se pasó años jugando con su equipo hasta que tuvo un accidente. Con 17 años se cayó andando en moto. Atlas quedó con una pierna rota. Estuvo un tiempo en la clínica, luego se fue a casa para recuperarse, pero se quedó en la cama… No se quería mover, tenía miedo del dolor y le apenaba no poder estar con sus compañeros. Ellos fueron a verlo, le llevaron remedios y consuelo; lo llevaron a sus sesiones con el doctor; lo hacían jugar
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sentado, hasta que se atrevió a jugar como lo hacía antes. Se esforzó mucho y logró volver a integrarse a su equipo. Todo el esfuerzo que habían puesto él y sus compañeros en recuperarse dio frutos y fue incluso mejor jugador que antes, ya que los lazos de amistad lo habían fortalecido. El equipo se volvió excelente y logró ser el primero del país, por lo que empezó a viajar a otros lugares del mundo. Conocieron África, pero allá los jugadores eran extremadamente altos y buenos y el sol era muy fuerte, por lo que volvieron a jugar a nuestro continente. Conocieron Paraguay, Argentina, Bolivia, Perú y Brasil. El querido Atlas era un gigante, se sentía un titán. Las pelotas eran asteroides y él protegía su país, su tierra. Le hacía honor a su nombre y en cada partido daba la pelea como si de detener el fin del mundo se tratara, porque para él en su sueño de grandeza, efectivamente eso era su deporte. La pelota iba hacia él y la debía desviar. El asteroide se iba a estrellar contra su planeta y él se tiraba a recibirla. Otros seres nos mandaban un meteorito y nuestro Atlas la devolvía el triple de fuerte. Los años pasaron y en un día de práctica, ya sobre sus 30, se dio cuenta de que no estaba alcanzando a tiempo la pelota y sintió cómo su planeta se llenaba de heridas estelares, por lo que decidió dejar de jugar. Ya no estaba al nivel de lo excelente, por lo que decidió ser recordado así. Pero no dejó de amar el vóleibol y tampoco quería dejar su equipo, por lo que se quedó de entrenador, ayudando, enseñando y acompañando a los nuevos jugadores que llegaban con él, preparando a aquellos que protegerían su mundo.
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La dragona cóndor Autora: Paz Loica.
Kina nació en un cercano sur, hija de una amable familia, hija de un amable padre, hija de descendientes de dragones. No solemos creer que en nuestro sur habitaban dragones, pero es la verdad y Kina era uno de ellos. Alrededor de sus doce años su vida cambió y la familia viajó, no muy al norte del mundo, pero sí muy al norte de nuestro país: a la tierra de los campeones. Se llevaron la tele vieja, dos pares de zapatos por persona, los colchones plegados, las ollas colgando, dos perros pastores y un pato llamado “Pato”. Se instalaron en el nuevo hogar, en la nueva ciudad y ahí Kina terminó de estudiar en un internado muy hermoso, donde todas sus estudiantes egresadas eran queridas y prósperas. Al terminar el internado, Kina sintió el llamado de ser dragón, pero al no estar en el sur no podía alzar el vuelo, había mucha gente observando los cielos. Su fuego le ardía en la garganta y sus alas no podían salir, sus uñas se esforzaban en crecer y ella se esforzaba por mantenerlas cortas, le dolía no poder llegar al cielo con sus propios medios. Hasta que un día se cruzó con un aviador de perfecto uniforme y lentes de sol. Ella nunca se había sentido llamada por los aviones, pero por ese hombre sí. Ella lo supo: él la ayudaría y se dispuso a hablarle. La amistad entre ellos fue rápida y firme, él le contaba sobre el norte y ella sobre el sur; ella de los animales y él de los viajes; él de los aviones y ella de los dragones. Coincidían en que ella no podía volar como dragona, por lo que la invitó a ser aviadora. Kina tuvo miedo y los cielos la llamaban, pero su espíritu era muy libre como para servir a un país como aviadora. Quiso huir de su amigo y volver al sur, a su nido de dragones y le dijo a su amigo que hablaran al día siguiente de su idea. Pensó toda la noche y dormir no fue una opción, se sentía llamada y al mismo tiempo rechazada por la idea de los aviones. A la mañana siguiente llegó y ella, con mucha pena, fue a decirle que no al aviador, pero
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cuando lo vio, él la estaba esperando con un pequeño avión de juguete y le dijo: — Kina, no es necesario que seas militar, solicité abrir una escuela de aviación para civiles, por tu sueño, para ti. No puedo dejar que te pierdas de tocar el cielo, por lo que serás la primera recluta de los cóndores de fuego. Y así fue: con ayuda de su amigo y el apoyo de su familia, empezó a entrenar. En esa época los aviones eran ligeros y de lona; Kina tenía que usar unos pantalones bombachos y lentes especiales. Voló muchas veces acompañada de su amigo y de otros aviadores, quienes le enseñaron todo lo que necesitaría saber. Hizo un gran esfuerzo, incluso aprendió mecánica para reparar los aviones a los que se subía. Uno de ellos se llamaba “Pato”, en honor al patito que ella había tenido de pequeña. El hangar era un lugar de hermandad y cariño genuino: ahí todos amaban el cielo. Cuando llegó el día en que pudo volar sola, su avión se elevó entre las nubes y dejó de verse desde tierra; Kina trancó los controles. El viento le golpeó el rostro al ponerse de pie y, sin pensarlo más, dejó salir a su dragón. Voló junto a su pequeño avión, libre al fin y rió en el cielo como nunca antes. Entonces lo vio: un cóndor enorme apareció entre las nubes y se llevó a su dragón con él. Kina lloró, pero no de pena. Supo que esa parte de ella quedaba a salvo. Regresó al avión, aterrizó con precisión y fue recibida entre aplausos. Cuando su amigo se acercó, ella solo dijo: —Mi dragón se quedó en el cielo. Él sonrió. Kina también. Sabía que volvería a volar.
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El arquitecto cósmico Autora: Javiera Villarroel R.
“Estrellita, estrellita, sé mi compañía y mantén todo en armonía”, pensó por última vez antes de sumergirse en un sueño profundo, dejando su cuerpo flotar dentro del cohete que se había convertido en su hogar durante los largos meses. Anka era un niño que a muy temprana edad se tuvo que ir a vivir con sus abuelos y primos mayores a una casita en medio de muchos árboles. Desde muy pequeño, Anka sabía que su vida estaba conectada con el dibujo. Cada día, después de clases, se dedicaba a crear las distintas obras que adornaban las paredes de su cuarto. Lo que más le gustaba dibujar eran las estrellas y constelaciones que le habían enseñado sus primos la noche anterior, mientras observaban desde un viejo telescopio que se encontraba olvidado en el patio. Cuando no se hallaba dibujando, le gustaba visitar la biblioteca de su abuelo, para leer los cuentos que había heredado de sus primos, soñando que él era el protagonista de todas esas aventuras galácticas. Una tarde, mientras jugaba entre la alfalfa con sus primos, vieron llegar a dos hombres con unos trajes extraños, como los astronautas que solían aparecer en los cuentos que leía. Se escondieron entre las hierbas, viendo la situación entre sus abuelos y los sujetos invasores y el final de charla había dejado a los abuelos entre lágrimas y gritos de enojo. Los invasores habían dejado la zona. Ese día una mala noticia había llegado al hogar: tendrían que mudarse y abandonar todo lo que habían construido. Cuando cerraba su antigua habitación antes de partir, observó por última vez los dibujos que decoraban sus paredes, aquellas naves y estrellas que en algún momento fueron su propio viaje espacial. Ese día, prometió convertirse en uno de aquellos astronautas. Pasaron los años y aquel niño que cerró su habitación llena de constelaciones creció sin olvidar la costumbre de mirar el cielo, imaginando que viajaba entre las nubes y las estrellas. Cuando el pequeño Anka se convirtió en adulto, había conseguido el trabajo soñado: su misión era viajar a través de los planetas ayudando a construir los hogares de muchos ciudadanos interestelares. El momento había llegado, el cohete estaba a punto de despegar y Anka se encontraba en su primer viaje
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al espacio. En una de sus primeras paradas, llegó a un pequeño planeta cubierto de luces destellantes y distintos juegos que lo cautivaron. Los habitantes de este mundo estaban hechos por partículas doradas. Apenas puso un pie en el planeta se sintió atraído hacia los parques de diversiones, subiendo en los juegos más veloces que jamás había probado. No pudo evitar querer visitar las pastelerías y probar cada bocadillo que vendían en aquel lugar; el aroma de chocolate que circulaba por todo el planeta lo estaba hipnotizando por completo. Unos gritos despertaron a Anka de su sueño: un grupo de criaturas brillantes lloraba al ver cómo uno de sus hogares se derrumbaba frente a sus ojos. En ese momento Anka recordó su misión: él no había viajado de tan lejos ni por dulces ni por diversión; debía trabajar. Corrió a su nave buscando los materiales necesarios para ayudar a los extraterrestres, sus hojas y lápices para iniciar el proyecto de construcción. En unas cuantas horas, Anka había conseguido elaborar un dibujo adecuado para las necesidades del mundo, entregándolo al jefe de obra y observando cómo se hacía realidad su idea. Una vez terminada la construcción del hogar, se devolvió a la nave para viajar de vuelta a casa. El cohete había estado teniendo fallas y con las distracciones que había tenido en el último planeta se le había olvidado chequear eso. La alarma de la gasolina estaba sonando. Anka corrió de un lado a otro pensando qué podía hacer. ¡El manual de la nave se había perdido! Pasaron las horas y el cuerpo de Anka decaía, sus ojos se cerraban. Lo último que vio fue una estrella titilar, como si le estuviera hablando. “Estrellita, estrellita, sé mi compañía y mantén todo en armonía”, pidió antes de cerrar los ojos y caer en el sueño profundo. Al abrir sus ojos, vio un rostro conocido. De pie, junto a él, se encontraba Elanna, amiga que conoció estudiando sobre el dibujo y el arte de las casas. Anka sonrió con nostalgia a su amiga y le expresó: “gracias Elanna por ser mi compañera y llenar la nave de armonía”. Elanna había escuchado el ruego de Anka. Ella le respondió: “¿Listo para volver a casa, querido amigo?”.
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El espíritu inmortal de un viejo piano Autora: Viviana Torres S.
En un viejo teatro de un colegio público de Talcahuano, se encontraba lleno de polvo y telarañas, un piano con muchos años de vida. Sus teclas blancas ya estaban amarillentas por la falta de cuidado, sus cuerdas ya no tenían la juvenil tensión del pasado e incluso varias ya se habían cortado. Hasta una madriguera de ratones se habían acomodado entre sus martillos interiores. Nada hacía recordar su pasado lleno de aplausos y éxitos acompañando a conocidos pianistas. Nadie lo miraba, nadie lo tocaba, nadie parecía recordarlo. Hasta que un bello y asoleado día de septiembre llegó un niño reconocido como muy curioso, quien desde su más tierna infancia siempre se sintió muy cercano a la música. Era como una magia que le llenaba toda su alma de paz y felicidad. Mientras sus compañeros corrían al estadio del colegio a practicar algún deporte, él prefería acercarse al teatro para observar el piano. Se sentía en particular muy atraído por el teclado y se imaginaba las melodías que debieron salir de él cuando era acariciado con respeto por virtuosos pianistas. Cada vez que llegaba, lo saludaba: —Hola, ¿como estás, mi amigo piano?— susurraba cada vez que llegaba—. No te preocupes por responderme, yo te prepararé limpiando tus teclas y ya me responderás sonando como los ángeles. Con el tiempo, el teatro se convirtió en su lugar secreto, íntimo. Allí Jerry creaba melodías que hablaban de todas sus vivencias juveniles. También recordaba a su abuelito que siempre lo hacía cantar viejos tangos, aunque a veces era tarde-noche y Jerry estuviera con sueño. Una mañana de mayo de 1960, una tremenda desgracia cambió todo para Jerry. En la zona de Concepción ocurrió un gran terremoto y una parte importante del colegio se derrumbó. El piano quedó en el suelo destruido, imposible de restaurar. Por seguridad, Jerry no entró al teatro, miró los restos del piano desde la puerta, con el alma apretada. Sin embargo, aunque el instrumento ya no estaba, algo había quedado despierto dentro de él: una chispa encendió su espíritu y pensó: “Mi amigo no ha desaparecido, él está en mi alma”.
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Pasaron los años y Jerry, inspirado y perseverante, fue creciendo en virtudes, estudió con profesoras estrictas que le enseñaron a leer partituras y a no mirar el teclado al momento de tocar. Trabajó en radios, grabó piezas de publicidad, viajó por el país y acompañó conocidas orquestas. Pero, al mismo tiempo que Jerry era todo felicidad en lo artístico, su vida personal se vio impactada en forma negativa por sus continuos viajes dentro del país y ausencias del hogar. Perdió más de un matrimonio y tuvo un par de hijos, los cuales no le dieron nietos. Esto sin duda le generó un cierto vacío familiar. Ya muy adulto, cuando su cabello se volvió plateado y caminaba con paso cortito y cansino, llegó a un hogar de paz y tranquilidad donde vivían otras personas mayores. Un día, fruto de una donación de un pariente de un abuelito, llegó un piano para la capilla del hogar. Él, con una sonrisa cómplice, se acercó despacio al piano. —Yo conozco el lenguaje de los pianos—, dijo, acomodándose en la banqueta enfrente al instrumento. A partir de dicho día y cada domingo, Jerry les regalaba melodías que recordaba de niño. En algún momento pensó: ¿no será mi viejo amigo que se ha materializado en otro piano para reencontrarse conmigo? Después pensaba que eso no podía ser… una tarde, mientras el sol entraba tibio por la ventana y había un ambiente de mucha paz y amor en el hogar, pensó y tocó una melodía increíblemente bella. Todos se quedaron extasiados, sus compañeros del hogar y las hermanas cuidadoras. Esta melodía es para mi primer piano —dijo—. Ese piano me enseñó a escuchar los sueños y alegrías del mundo y crear con este maravilloso lenguaje musical.
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El río Manideem Autora: Izabella Figueroa S.
El señor Juanito siempre fue muy activo. El campo era su hogar y la pesca su afición. Cuando era pequeño, veía a los pescadores en el río Manideem y los admiraba. Era muy independiente y aprendía observando y amando el río. Cuando cumplió la mayoría de edad decidió incursionar en la educación, trabajando en una escuela militar. Los jóvenes que enseñaba eran muy traviesos, pero querían al señor Juanito a pesar de hacerlo rabiar. Todos los días los otros profesores reclamaban al señor Juanito por el comportamiento de sus alumnos, pero él entendía que los niños solo estaban jugando. Un día lo llamaron de la inspectoría reclamándole de que sus alumnos se estaban comportando peor que nunca. Cuando él caminó hacia la sala para llamarles la atención, sus alumnos más inquietos tenían preparada una torta por su cumpleaños. El señor Juanito no podía detener la risa. Él los llevaba a pescar al mismo río donde él mismo aprendió años atrás, compartiendo con ellos la belleza y la tranquilidad que transmitía. Le encantaba acampar y pescar en cerros y montes, y lo que más le gustaba era compartir estos conocimientos con sus alumnos. También les contaba historias de sus múltiples trabajos; casi parecía fantástico que un hombre a su edad hubiera tenido tantos empleos distintos: fue bombero, minero, guardaparque, granjero y pescador. Los niños no se lo podían creer, pensaban que les estaban tomando el pelo y que todo era una clase de historia inventada. Fue un día lamentable cuando el señor Juanito enfermó; él, que parecía tan independiente, necesitaba ayuda hasta para caminar. Lo que más le afectó no fue la enfermedad en sí misma, sino el no poder ir al río Manideem. Su ruido calmaba sus penas, pero en ese momento se encontraba solo.
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El señor Juanito se encontraba sin motivación para hacer nada. Sentía que sus sueños se habían acabado. Su deseo de trabajar de guardabosque y así cuidar el pequeño río Manideem se escapaba entre sus dedos sin forma de detener su fluir. Un hombre que no acostumbra a pedir ayuda se encontraba siendo visitado diariamente por personas que no lograba reconocer, lo cual le molestaba. Pero sus alumnos lo sorprendieron de nuevo. Lo visitaban diariamente y le compraban las cosas que necesitaba, lo hacían sentir acompañado. Fue gracias a ellos que el señor Juanito tomó la motivación de mejorar, de ir a un lugar donde podrían cuidar de él, una vez que pudo caminar por su cuenta lo primero que quería hacer era visitar el río. Aún no se sentía preparado para ir, así que decidió mejorar, esta vez con ayuda. Con decisión, empezó a trotar cada día alrededor del lugar donde se hospedaba para regar las plantas. En un principio, apenas podía caminar hacia las flores, pero a medida que los días pasaban, se volvía más fácil, de cojear a caminar y de caminar a trotar. Su motivación seguía siendo la misma, volver al río como si el propio lugar lo llamara. Sentía sus pies ir más y más rápido cada día que pasaba, como si estuviera volando. Sabía que el río Manideem estaría donde siempre estuvo para cuando él se recuperase por completo, que el pequeño río esperaría cuando estuviera listo para volver.
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La búsqueda de Chechita Autora: Izabella Figueroa S.
La Chechita era una niña que, para su época, era algo especial. Disfrutaba de las películas de pistoleros y luchadores. Incluso a su perro le puso el nombre “Rocky”. Ella bordaba y horneaba, pero solo sabía hornear queques usando los tarros de salsa de tomate como molde. Incluso llegó a aprender la firma de su papá y firmaba los trabajos del colegio. Sentía que era una luchadora como Rocky, que cada vez que la vida la botara al suelo, ella se levantaría. Pero todo eso cambió el día que su madre partió. Estando sola, únicamente deseaba ver a su madre otra vez. No deseaba nada más, así que salió a buscarla. Viajó por todo el país, saltando de lugar en lugar buscando a su mamá. Empezó por el lugar donde nació, después buscó en la arena, ya que a su mamá le gustaba la playa; en el cerro, por las vistas que su mamá amaba y finalmente, en el puerto. Imaginando que su madre pudo tomar un barco y partir, ella buscaba en cada lugar que podía pensar. Así un día, habiendo llegado a un pequeño pueblo detuvo la búsqueda sintiéndose abandonada y sola. Pedía a su madre que la hubiera llevado con ella. Fue en aquel pueblo donde se quedó, cansada de tanto viajar. Allí el aire se sentía más ligero y las plantas florecían con un color único, pero se sentía incompleta. Ella regaba las plantas, tomando gusto de ello. Le gustaba ser responsable de una nueva vida en esas flores, pero igualmente la belleza de las flores solo le recordaba la belleza de las vistas que dejó atrás y de la hermosura de su madre.
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Cuando todo se sentía perdido a ella le llegó una oportunidad: en el lugar donde se quedaba las niñas necesitaban ayuda para hacer guantes para los abuelitos. Ella tomó esta oportunidad, haciendo guantes con sus propias manos. Y mientras más trabajos hiciera, más oportunidades le llegaban: de unirse a un grupo de danza, a un taller de teatro, incluso a un curso de macramé… pero eso no quitaba la soledad que ella sentía. En aquel hogar, un día la Chechita conoció a otro abuelito, al que le decían Vique. A ella le hacía muy feliz cuando jugaban dominó y se regalaban cosas, por lo que decidió pedirle salir. Vique aceptó con gusto. Él la llevó a su casa, presentándole a su hermana que la esperaba con humitas. Ella sabía que quizás no encontró a su mamá en aquel pueblo, pero ahora conocía a muchas personas: a las niñas que la cuidaban, a sus amigas en el hogar y a su pareja Vique. Ella podría buscar a su mamá más tarde, ahora quería pasar sus días con las personas que quería. Lo que ella no sabía es que su mamá siempre estaba con ella, acompañándola en todo su viaje y en esta paz, el propio amor que su madre tenía por ella se reflejaba en el amor que ella tenía por otros. Nunca había estado sola y ahora, por cierto, no lo estaba.
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