NUESTRO TIEMPO
NÚMERO 724 DICIEMBRE 2025
¡Muerte a Peter Pan! Un ensayo sobre convertirse en adulto
No era rosa El mapa de la vida de Jane Austen
Gregorio Luri Conversamos sobre una educación abierta al riesgo y la esperanza

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NÚMERO 724 DICIEMBRE 2025
¡Muerte a Peter Pan! Un ensayo sobre convertirse en adulto
No era rosa El mapa de la vida de Jane Austen
Gregorio Luri Conversamos sobre una educación abierta al riesgo y la esperanza

¿Podrá esta generación saharaui regresar a un hogar que nunca tuvo?

Rosalía, en una entrevista con Ràdio Noia


Si no me preguntan, lo sé; si me preguntan, no lo sé. ¿Qué es el tiempo?
En La montaña mágica, Hans Castorp insiste en la distinción entre el tiempo exterior, el de «allá abajo» (él está internado en un sanatorio en los Alpes suizos) y el tiempo interior, el de «aquí arriba». Seis semanas en el Berghof, con sus grandes comidas, sus paseos tranquilos por el valle, sus horas de descanso en terrazas palaciegas, son apenas un suspiro. En cambio, los siete minutos que debe sostener en la boca, cada día, un termómetro de mercurio son una eternidad.
Si se abriera una madriguera y apareciera en el sanatorio el conejo de Carroll, no desentonaría. «Llego tarde, llego tarde, llego tarde». Conozco a un artista que tiró todos sus relojes: un radical.
Un clarinetista toca en una sala de conciertos en Japón la quinta sinfonía de Mahler y, de pronto, rompe a llorar. Ha comprendido qué es la música. Dos años después me lo contará. Será de noche, será la primera brisa que sopla en todo el día, se escucharán solamente algunos bichos que se queman a lo bonzo en la bombilla de la terraza. (Cuando es de noche no importa mucho qué hora es: es todo la misma hora, es la noche). «Asistir a un concierto de música clásica es lo más fácil del mundo —me dirá en nuestra lengua materna—. Solo tienes que sentarte en una silla y escuchar una hora y media. ¿Por qué la gente es incapaz?». Será verano, que es como decir que será en otra galaxia.
Querido lector:
Victoria De Julián, colaboradora reincidente de Nuestro Tiempo, ha sido premiada con un Teobaldo —que otorga la asociación Periodistas de Navarra— por
Una niña de pie frente al mar. La playa está vacía. (La Mar Océana). La niña se acerca y la mar le besa los deditos. Se alejan una de la otra, tímidas, y vuelven otra vez a buscarse. Dos infinitos enfrentados.
Miguel de Unamuno reza el rosario en Hendaya. En la posada Almayer, un científico determina dónde se acaba el océano. Suena tu despertador lejos del verano, a años luz (delicadísima sinestesia), y se hace la luz antes del alba (endiablado milagro eléctrico). Empiezas con tu arritmia diaria y te vas precipitando como un compuesto químico por un agujero de gusano, bajo tierra. Te pesa en los hombros la bandeja de entrada, el autobús tenía que haber pasado hace un minuto, respondes una llamada mientras bañas a los niños, terminas el trabajo de ayer con cargo de conciencia y por fin te descerrajas sobre un sofá que levanta acta de tu defunción (y ni siquiera es París con aguacero). Te juzgan Thomas Mann y aquel poeta, D’Ors, cuyo verso te condena: «Y tú aquí, traidor, en un escalafón y un horario».
Sabes que, en estas veinticuatro horas, a otro ritmo, otro hombre habrá besado unos labios de mujer; habrá desentrañado en el silencio de una biblioteca un arcano precolombino; habrá paseado por la selva de Irati conociendo los nombres de las plantas; habrá saboreado, en fin, la urgencia del presente.
El abismo entre el endecasílabo y la prosa ordinaria se llama tempo
su reportaje «Epidemia de desesperación», publicado en el 716. Es el tercer reconocimiento que reciben artículos de la revista en el último año y medio, lo que, naturalmente, nos pone
muy contentos. Igual que nos alegra anunciar que el próximo título de la colección «Temas de Nuestro Tiempo» será Habitar el mundo, de Raquel Cascales, y ampliará el ensayo del 723.

Hay ciudades que existen dos veces en el mapa. Entre ambas, un muro minado y medio siglo de guerra congelada en el desierto. ¿Habrá, por fin, una solución para el Sáhara Occidental, el último territorio africano pendiente de descolonizar? Asier Aldea Página 8
Cuando dicen que se acabó el amor
Mercedes Honrubia y María Álvarez de las Asturias creen que la chispa se puede recuperar. Las crisis son oportunidades.
Lucía M. Alcalde
Página 68
Página 68
Entrevista a Gregorio Luri
Uno de los pensadores educativos más incómodos de España. Reivindica el esfuerzo, desconfía de las modas pedagógicas y cree que la gran revolución es sentarse a empalabrar el mundo.
Victoria De Julián y Andre Quispe
Página 28

Jane Austen: un clásico sin habitación propia
No escribió novelas rosas: exploró el amor, el dinero y los dilemas morales con una lucidez que Woolf comparaba con Shakespeare. 250 años después, Jane Austen sigue malinterpretada.
Lucía M. Alcalde Página 38

Hijos. Todos hijos
Nadie se siente extraño en las escenas de «The Family of Man» (1955) de Steichen. En ellas palpita un corazón universal. «La mayor exposición fotográfica de todos los tiempos» cumple su misión: explicar el hombre.
Ana Eva Fraile Página 50
Somos
Nuestro Tiempo es la revista cultural y de cuestiones actuales de la Universidad de Navarra. Intentamos tomarle el pulso a la vida contemporánea desde 1954. Redacción
Teo Peñarroja [Fia Com 19], editor. Ana Eva Fraile [Com 99], redactora jefe. Lucía Martínez Alcalde [Fia 12 Com 14] y Maria Domingo [Fia Com 25].
La gran epidemia del siglo XXI
Las nuevas generaciones heredan una relación insana con las pantallas. El doctor Miguel Ángel Martínez, catedrático de Salud Pública, propone algunas soluciones.
Juan G. Tizón
Página 74

Entrevista a Charo Marcos
En 2017 parecía una locura: ¿otro email más? Charo Marcos acaba de pasar el testigo de Kloshletter, la primera newsletter independiente española de información general.
Manuel De La-Chica Página 80
Escuela de periodistas
Adriana Chiriboga [Com 27], Andrés Toro [Fia Com 28], Covadonga Molina [Fia Com 30], Cristina Casado [Med 27], Valentina Valdez [Com 26] y Mariana Villalobos [ISSA 27].
Fotografía
Asier Aldea Esnaola [Com 23], portada; Ingrid Ribas [Com 12], José Juan Rico Barceló, Manuel Castells [Com 87] y Samuel De Román. Ilustración
María Expósito, Diego Fermín y Pedro Perles. Diseño Errea.
Impresión Gráficas Jomagar S. L.
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AHORA BIEN
El optimismo nos va a matar
Enrique G.-Máiquez Página 36
FIRMA INVITADA
A titular escandaloso, reforma cosmética
Jaime Gómez-Obregón
Página 60
MIND THE GAP
Relativo a la raíz Íñigo Fernández de Mesa
Página 66
FUGAS Y CONTRAPUNTOS
La paciencia de los libros
Daniel Capó
Página 86
HISTORIAS MÍNIMAS
Lianta
Ignacio Uría
Página 104
VAGÓN-BAR
Garabatos prehistóricos
Paco Sánchez
Página 112
Edita Universidad de Navarra Web nuestrotiempo.unav.edu
Atención al lector
Palmira Velázquez T 948 425 600 (Ext. 80 2590) pvelazquez@unav.edu
CINE
Carla Simón y su Romería
Página 94
Críticas de cine
Ana S. de la Nieta Página 96

SERIES
El nuevo enigma del yo
Alberto Nahum García Página 98

LIBROS
WILLIAM SAROYAN, DE NUEVO
Joseluís González Página 88
Reseñas de libros
Joseluís González, Ana G. de Pareja, Andre Quispe, Lucía M. Alcalde, Adolfo Torrecilla, Pepe Marí-Olano, Teo Peñarroja, Enrique G.-Máiquez, Maria Domingo, Juan G. Tizón, Marisabel Isabel Díaz y Beatriz Leopardi.
Página 90

Reservados todos los derechos. Está prohibida la reproducción de esta obra, su incorporación a un sistema informático y su transmisión sin autorización previa y por escrito de la Universidad de Navarra.
DL: NA 10-58 / SP-ISSN-0029-5795

La revista no comparte necesariamente las opiniones de los artículos firmados. 6010 ejemplares/ número (2024)
MÚSICA
Royel Otis o el viaje de 180 segundos
Alberto Bonilla Página 100

ARTE
Los ciento diez rostros de Marguerite
Esteban Garay Página 102
¡MUERTE A PETER PAN!
Ser adulto no significa lo mismo que hace una generación. ¿Basta con cumplir años, pagar facturas y sostener un empleo? La adultez se presenta hoy como una realidad dura e inevitable. Quizás ha llegado el momento de mirarla como una forma de estar en el mundo al servicio de algo más grande que uno mismo.
Cecilia Serrano Página 106
Member of CASE

PEFC/14-38-00073
El papel sobre el que se ha impreso esta revista proviene de bosques gestionados de forma sostenible.
DISPAROS AL AIRE
A PESAR DE TODO. Hay dignidad y una forma humilde de heroísmo en este niño que acudió a clase en una ciudad en ruinas, todavía cuatro años después de los bombardeos sobre Alemania en 1945. Cabría objetar que a santo de qué estudiar cuando el mundo está en guerra. Se le podría decir que cuando el presente es acérrimo y tumultuoso queda expropiado el derecho al futuro. Y, sin embargo, la esperanza es tozuda, un punto fijo, declaración de intenciones. Mañana habrá que reconstruir Gaza y tal vez los cimientos de un Occidente que se desmembra de contradecirse a sí mismo. Cuando todos gritan, hay derecho a no tomar partido, a darse tiempo, a trabajar lo minúsculo para cuando llegue el futuro y los furores de hoy sean abono para nuestras margaritas. El derecho al gris y al matiz es patrimonio de los resistentes, a pesar de todo. El trabajo bien hecho. Las virtudes pequeñas. No son caprichos de bonanza: son una forma de heroísmo.
De la exposición



En el mundo hay dos Dajlas. En una ondea la bandera del Sáhara Occidental; en otra, la de Marruecos. También hay dos El Aaiún, Bojador, Auserd y Smara, cinco nombres que responden a un recuerdo —la tierra del pueblo saharaui— y a una reivindicación —recuperarla—. El funesto eje de simetría en este mapa es un muro de 2700 kilómetros, flanqueado por siete millones de minas, con el que el Ejército magrebí amputó una nación. Tras quince años de batalla entre el Frente Polisario y el reino alauí, la guerra se congeló en el desierto con el alto al fuego de 1991. Pero el conflicto se reavivó en noviembre de 2020, y el muro empezó a escupir drones de combate y proyectiles. Algunos de los que resisten en el último territorio africano por descolonizar fueron un día españoles. Otros les dijeron luego que eran marroquíes. Desde hace medio siglo continúan rebelándose para defender, amparados por los principios fundacionales de las Naciones Unidas, su verdadera identidad: son saharauis.
texto y fotografía Asier Aldea Esnaola [Com 23] colaboradora Ana Eva Fraile [Com 99]


queda poco para que llegue la noche y Beinifa Mohamed Zergou observa la segunda Auserd sentada en una duna. Desde lo alto, la wilaya parece una cola famélica de luces que se extiende por la llanura antes de enroscarse con la oscuridad. Los saharauis llevan medio siglo asentando paradojas en la provincia de Tinduf, al suroeste de Argelia. Allí habitan 173 600 personas, según el censo que ACNUR elaboró en 2018. Los campamentos de refugiados se han convertido, con el paso de las décadas, en una alegoría de la vida. Cada jaima, la carretera, las escuelas, los hospitales… representan la huella humana que la arena no ha enterrado. Para los árabes, el peor de los infiernos: «Que Alá te condene a vivir en la hamada». Pero no fue Alá quien los desterró a este lugar. El éxodo saharaui comenzó en noviembre de 1975, cuando el entonces rey de Marruecos, Hasán II, inició la conquista de la colonia española. La invasión, conocida como Marcha Verde, obligó a más de 40 000 personas a huir de sus hogares, en la costa atlántica del Sáhara Occidental. Tuvieron que sortear quinientos kilómetros de desierto y una tormenta de bombas de napalm.
Aquella Marcha no solo desencadenó la guerra. También truncó el referéndum de libre determinación que España había anunciado en 1974 para cerrar el proceso de descolonización. Adquirió ese compromiso en 1963, cuando la ONU reconoció al Sáhara Occidental como «territorio no autónomo». Sin embargo, el último Gobierno franquista se desentendió de su responsabilidad de potencia administradora y, vulnerando la legalidad internacional, transfirió su gestión a Marruecos.
Como guardiana del estatus jurídico del Sáhara, la ONU asumió un papel relevante en la etapa que siguió al alto al fuego, suscrito en 1991 por Marruecos y el Frente Polisario. En 2025, la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO) cumplió treinta y cuatro años en activo y, a pesar de las conjeturas y fracasos, continuará «ocupándose de la cuestión» hasta el 31 de octubre de 2026.
Por primera vez, la votación sobre la prórroga del mandato de la Misión no fue un mero trámite. Como explica Salvador Sánchez Tapia, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Navarra, los días previos se especuló sobre el contenido del borrador: «La incertidumbre afectaba tanto a la pervivencia de la MINURSO como al modo en que reflejaba los propósitos de los antagonistas».
Si hasta ahora el Consejo de la ONU le solicitaba al secretario general que informase sobre la situación dentro de los seis meses siguientes a la prórroga, la resolución 2797 introduce un cambio: António Guterres
debe presentar, para finales de abril de 2026, un examen estratégico sobre el futuro mandato de la Misión, teniendo en cuenta el resultado de las negociaciones. No es el único malabarismo diplomático que encierra el dictamen. Llama la atención su ambigüedad. Por un lado, apunta a un desenlace con arreglo a los principios de la Carta de la ONU, incluido el de libre determinación. Por otro, toma como base negociadora la propuesta de autonomía que Marruecos presentó en 2007. Igualmente desconcierta la falta de imparcilidad del documento. Aunque pretende alcanzar una salida justa, duradera y aceptable para las partes, omite las aspiraciones del Frente Polisario y antepone el plan marroquí, «que podría ser la solución más factible».
También resulta novedoso el rol que otorga a Estados Unidos, dispuesto a ser anfitrión de las negociaciones; que esquive la palabra referéndum, incluso opta por la sigla para referirse a la Misión —una particularidad que sugiere, según Sánchez Tapia, que la consulta es cada vez menos posible—; o el hecho de que recalque «la urgencia de materializar una solución».
A la espera de que las partes se reúnan, nada parece haber cambiado sobre el terreno. Diferendo, contencioso, disputa, controversia… Estos tecnicismos intentan levantar acta de la realidad, pero solo la palabra guerra araña el drama que se vive en el Sáhara Occidental desde hace ya medio siglo. La represión en los territorios que Marruecos ocupó por la fuerza (teñidos de rojo sobre el mapa); la lucha por la causa en la porción de desierto que, al otro lado del muro, gobierna el Frente Polisario (en verde); las penurias en los campamentos donde se refugian más de 170 000 personas (en dorado).
En el viaje de oeste a este que proponen estas páginas, se retrata el principal rasgo de identidad saharaui, la resistencia, encarnada en los jóvenes protagonistas de esta crónica: tres estudiantes de Derecho que se preparan para desencadenar una revolución; el hijo de un pastor nómada que mece a su primogénita con relatos sobre su abuelo, cuyo cadáver yace en coordenadas desconocidas; y un cocinero que procura que sus compatriotas pasen el exilio con dignidad.
Sidi Omar, que representa al Frente Polisario ante la ONU, habló en hasaní, un dialecto árabe, durante su comparecencia el 31 de octubre, al término de la 10030.ª sesión del Consejo de Seguridad. «Que nos escuche el ocupante marroquí y quienes lo apoyan, el pueblo saharaui no renunciará a su derecho inalienable a la independencia ni hoy ni mañana ni nunca», sentenció.
Esa «porfiada voluntad de ser libres, que sobra en esos lugares donde todo falta», como recordó el escritor Eduardo Galeano en 2010, contrasta con el aire victorioso del rey Mohamed VI: «Estamos viviendo un momento crucial en la historia de Marruecos». No obstante, aunque el documento insta a aprovechar
Territorio ocupado por Marruecos
Territorio liberado por el Frente Polisario
Campamentos de refugiados saharauis
Muro Capital
Minas de fosfatos
Minas de metales preciosos
Explotaciones de petróleo
ISLAS CANARIAS

MARRUECOS
Agadir [Capítulo 1]
El Aaiún
Dajla [Capítulo 1]
Tifariti Mehaires
Bir Lehlu [Capítulo 2]
Entre 7 y 10 millones de minas rodean los 2700 km del muro defensivo levantado por Marruecos. SÁHARA OCCIDENTAL
El Aaiún
Rabuni
ARGELIA
173 600 saharauis habitan en los campamentos de refugiados.
Auserd [Capítulo 3]
Provincia de Tinduf
Guerguerat
Puesto fronterizo
Cabo Blanco
esta oportunidad sin precedentes, Staffan de Mistura, enviado especial de la ONU, puntualizó que «ahora comienza el verdadero trabajo hasta lograr un consenso».
Para fortalecer sus posturas, ambas partes han intensificado su campaña exterior. Una gira en la que el derecho internacional se supedita a una trama de intereses geoestratégicos y comerciales. Entre las riquezas del Sáhara, destaca la mayor reserva mundial de fosfatos, uno de los mejores caladeros de pesca del Atlántico, un cercano yacimiento submarino de telurio, hidrocarburos, minerales como cobalto y níquel, metales preciosos…
Línea de tiempo
Págs. 16-17
Glosario
Pág. 27
En el último lustro, el plan marroquí ha sumado el apoyo de EE. UU., España, Israel, Francia y Reino Unido. Y con el Frente Polisario se alinean China, Rusia, Pakistán y Argelia, a la que ha tendido la mano el rey alauí.
Mientras Marruecos refrenda su legitimidad a través de la política de hechos consumados, una nueva generación de saharauis, que aprendió a gatear entre las jaimas de Tinduf, ha heredado el afán de sus padres y abuelos.
70 %
616 540
Gracias a la ocupación del Sáhara Occidental, Marruecos controla el 70 % de las reservas globales de fosfatos. Más de 616 540 personas pueblan el Sáhara Occidental.
«Nací en un campo de refugiados, pero moriré en un Sáhara libre», se lee en el cartel que sostiene una joven manifestante. Luchan con empeño por salir de la espiral necropolítica, un concepto del historiador camerunés Achille Mbembe para designar la soberanía que asfixia la vida del vencido en señal de poder. Mbembe consideraría los campamentos como un no-lugar —donde la población se encuentra confinada y subsiste en condiciones precarias— o un tiempo de muerte —en el que la existencia se estanca despojada de horizonte—.
Sin embargo, esta no es una crónica de muertos vivientes, sino de una comunidad que intenta adueñarse de su futuro. «Así como llegamos, saldremos», dice Beinifa, cocinera y activista, que no aparta la mirada de la wilaya donde se crio. Cinco décadas después de que detonara el conflicto, el anhelo del pueblo saharaui permanece inquebrantable: recuperar su lugar en el mundo. El país de unos, las provincias del sur de otros y el último territorio africano por descolonizar.

CAPÍTULO I
y 17 de febrero de 2025
Se escuchan risas, alboroto y un incesante traqueteo de camareros en esta cafetería de Agadir, al sur de Marruecos. El local se sitúa en una de las calles céntricas de la ciudad. En la planta de arriba, dos extraños se reúnen en el baño. Se miran como si esperasen una señal. El primero en entrar, con gafas redondas, abre la boca y amaga con decir algo. «¿Coliga?», se adelanta el periodista.
Bajan las escaleras y salen hasta la terraza. En dos mesas apartadas en un rin-
cón les esperan otros dos varones. Hace varios minutos que una furgoneta gris se oculta estacionada enfrente, al doblar la esquina. Hafed Berman, el joven de gafas, se sienta. A su lado, Brahim Babia, de cara huesuda y perilla morena, mueve la cabeza de un lado a otro. Y Jafet Abdel Bashir, el más callado, inclina el cuerpo hacia la mesa para escuchar mejor las preguntas. Los tres veinteañeros nacieron en la mitad del Sáhara Occidental que Marruecos ocupó hace medio siglo y se instalaron en esta ciudad costera para estudiar. En «su país» hay un campus universitario, el de Tifariti, pero se encuentra al otro lado de un muro infranqueable. Por eso Berman, Babia y Bashir se han visto obligados a dirigirse al norte. Esta frontera sí pueden cruzarla sin arriesgar su vida, porque esta parte del Sáhara es, a efectos prácticos, una provincia más del reino magrebí.
El proyecto del «Gran Marruecos» se propagó hace más de ocho décadas como repulsa al régimen colonialista. Su
ideólogo, Allal al-Fasi, fundó el Partido Istiqlal (Partido de la Independencia) en 1943. De acuerdo con su doctrina, la identidad marroquí debía expandirse hacia territorios vecinos «usurpados». El mapa del nuevo Estado reivindicaba el Sáhara Occidental, Mauritania y regiones de Argelia y Mali.
Pese a que el 16 de octubre de 1975 la Corte Internacional de Justicia había negado mediante un dictamen consultivo cualquier derecho soberano de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, la ambición de Hasán II no retrocedió. Tres semanas después, el 6 de noviembre, 350 000 civiles marroquíes arengados por su rey invadieron el país, en la conocida como Marcha Verde.
En Madrid, Franco agonizaba. El 14 de noviembre, seis días antes de su fallecimiento, el último Gobierno de la dictadura, presidido por Carlos Arias Navarro, firmó una declaración de principios tripartita que incluía la retirada española y entregaba el Sáhara a Marruecos
—Silencio. La familia de Lahbib Ahmed Aghrish se manifiesta todas las semanas en Dajla para denunciar su desaparición. La tienda de Lahbib, a su espalda, fue precintada por la Policía. 2
—Omnipresente. Las imágenes del rey de Marruecos, Mohamed VI, en el trono desde 1992, se extienden por la ciudad de Dajla en el territorio ocupado. 1
y Mauritania. El acuerdo quebrantaba la legalidad internacional. Según recoge la Resolución 2072 de las Naciones Unidas, España, como potencia administradora de la colonia, tenía solo dos caminos: celebrar un referéndum que salvaguardara el derecho a la libre autodeterminación del pueblo saharaui o transferir su responsabilidad a la ONU.
Tras la avanzadilla civil, columnas del Ejército marroquí, unos 25 000 soldados, penetraron en el territorio. Los militares españoles habían recibido la orden de replegarse. La noche del 19 de diciembre de 1975, el capitán Jaime Perote, al mando de la última unidad que quedaba en El Aaiún, capital de la provincia, acudió a la casa del gobernador general del Sáhara, Federico Gómez de Salazar. Como relata el periodista Tomás Bárbulo en el libro La historia prohibida del Sáhara español (Ediciones Península, 2021), su conversación se produjo tras doce semanas de mandatos contradictorios: primero debían encañonar a los miembros del Polisario, después a los marroquíes y de nuevo a los guerrilleros saharauis.
«Mi general —dijo Perote—, yo ya no sé quién es el enemigo. [...] Me siento desconcertado y manipulado». Y el general respondió: «¿No crees que a mí me pasa igual que a ti? ¿Crees que no pienso que España podía haber escrito una página de justicia, de integridad y de prestigio? ¿Crees que no estoy convencido de que, si hubiese sido necesario, nuestro Ejército habría derramado una de las sangres más puras de su historia?».
desapariciones y cárcel. La retirada española tardó poco en sellarse con un bautismo de otra sangre. Desde entonces, la relación entre las autoridades marroquíes y el pueblo saharaui es la del martillo y el clavo. «Siempre estamos en guerra», asegura Babia. «Lo único que nos une es la represión», añade Berman. El ocupante, además de ostentar el con-

trol económico, embiste contra derechos civiles, políticos, sociales y culturales. La abogada Cristina Navarro Poblet resume esta indefensión jurídica en el libro Sáhara Occidental: Persistencia de las violaciones de los derechos de un pueblo (Gakoa, 2008). La autora advierte de que a cualquier saharaui, incluso menor de edad, se le enjuicia —y condena con penas de prisión— por sus ideas políticas sin garantías procesales; en ausencia de pruebas de cargo, se admiten pruebas ilícitas.
En 2024, se registraron un centenar de vulneraciones, según el dosier anual que elabora el Grupo de Trabajo sobre Derechos Humanos en los Territorios Ocupados junto con la Asociación Catalana de Amigos del Pueblo Saharaui y el Instituto Novact de Noviolencia. También han constatado un «agravio progresivo», con especial ensañamiento en las mujeres activistas, que sufren «violencia sexualizada y otras formas de violencia física, difamación, ataques a la integri-
dad y al derecho al honor o privaciones económicas».
Por encima de todo, un saharaui es un resistente y la diana a la que apunta el servicio de inteligencia marroquí. Siempre con un ojo encima, hablar sobre esta cara oculta con cualquier persona —más si es reportero— les pone en riesgo.
Un hombre de unos treinta años que viste una cazadora negra entra en la cafetería y parece buscar algo. Amaga con acercarse. O eso interpretan varios en la mesa del rincón. Silencio. El desconocido se marcha. Babia es el más nervioso y observa a su alrededor cada poco. Por su seguridad, las reuniones entre ellos y, en especial, con los extranjeros se llevan a cabo en secreto, y muchas veces con una contraseña para identificarse. Coliga.
En el caso de los periodistas de El Mundo María José Llerena y Leonardo Faccio, fue «la Complutense no es igual que La Laguna». Con aquella clave viajaron a El Aaiún, al norte de Dajla, en 2004 «enfundados en piel de turista» para Agadir Dajla
desenterrar testimonios de muerte, tortura y desapariciones.
La Prisión Civil de Kenitra, Derb Mulay Cherif en Casablanca, la Prisión Sidi Said en Meknes… Ninguna espanta como la Prisión Civil de El Aaiún. La llaman la Cárcel Negra y representa el último piso del infierno saharaui. Aunque tiene capacidad para doscientos reclusos, en 2002 malvivieron hacinados 554, como se recoge en el libro Sáhara Occidental. ¿Hasta cuándo? (Tercera Prensa, 2005). Los años pasan y la Cárcel Negra sigue tragando personas. Imposible saber cuántas. En 2022, la Asociación de Familiares de Presos y Desaparecidos Saharauis informó de que 43 activistas políticos saharauis estaban repartidos en once cárceles.
asedio a los activistas. El silencio es el mejor colaborador con el que cuenta la Policía marroquí. Los arrestos y desapariciones se producen en circunstancias borrosas que nunca terminan de esclarecerse. En este punto ciego, los seres queridos de las víctimas no solo tienen que afrontar el duelo, sino vivir sin saber
—Resistencia. Jafet Abdel Bashir, Hafed Berman y Brahim Babia son tres jóvenes activistas saharauis que estudian de la Universidad de Agadir mientras se preparan para la revolución. 1
dónde está o cuál es su destino. En 2021, la República Árabe Saharaui Democrática —un Estado al que solo reconocen 84 países— urgió a Marruecos a que revelara el paradero de más de 500 saharauis.
Uno de los casos más sonados es el de Lahbib Ahmed Aghrishi en Dajla, península sureña que las páginas web turísticas describen como una puerta al paraíso, un remanso de paz, entre las aguas del Atlántico y las arenas del Sáhara.
Hace más de tres años desde que se supo algo de él, pero su hermano Naama todavía mantiene la esperanza de encontrarlo, «vivo o muerto». Dos veces por semana, su familia se reúne delante de la tienda que regentaba —ahora precintada por la Policía— para denunciar la desaparición y exigir una respuesta de las autoridades marroquíes. Desde aquel lunes 7 de febrero de 2022, provistos de carteles con su rostro, pancartas y un megáfono, aplacan la angustia, el vacío, la duda.
Por delante de ellos desfilan decenas de turistas, más desde que a principios de 2025 Ryanair estrenó el vuelo directo Madrid-Dajla. La mayoría parece ignorar

—Cortina. Desde hace varias décadas, Marruecos ha emprendido un proyecto nacional de turismo: surf, amaneceres en el desierto, restaurantes y bazares. 3
la protesta. Avanzan con los ojos puestos en la otra punta de la ciudad. El resort vacacional en el que tantos dírhams ha invertido Mohamed VI oculta la trastienda. A lo largo de la ruta, distintos símbolos acentúan la marroquinidad de facto de la zona: banderas rojas, pasquines que exhiben un mapa al que le falta una frontera, las avenidas bautizadas con los nombres de los reyes de la dinastía alauí…
Acaban de aterrizar en la nueva meca del surf, pero Salamu Hamudi, responsable de Asuntos Políticos del Frente Polisario en España, invita a los viajeros a ver más allá del reclamo de playas idílicas y ostras exquisitas. «Les aconsejamos que no se queden en esa cortina de humo, sino que hablen con los ciudadanos de a pie, que visiten las tiendas más humildes. Así descubrirán —explica— que esto es un territorio ocupado militarmente y que ellos mismos forman parte de un gran teatro. En cierta medida, son cómplices».
Babia y Berman animan a Bashir a que participe. Se inclina más hacia la mesa. «El año pasado arrestaron a dos de nuestros compañeros», dice, y calla mientras el camarero deja los refrescos. «Los atacaron dentro del campus», continúa ya sin testigos. Babia muestra el móvil con el rostro de los dos estudiantes. «Les sometieron a torturas que nunca deberían haber ocurrido y los condenaron a diez años de prisión», lamenta. Sus facciones se exageran y mantiene una mueca de asco. «A pesar de los ataques, seguiremos adelante hasta la última gota de sangre», asegura con timidez. Berman se suma con solemnidad: «Podrán detenernos, continuar con las ejecuciones, pero lo que todavía no ha comprendido el régimen marroquí es que los saharauis haremos todo lo necesario por la liberación de nuestra tierra». Berman tiene los pómulos acentuados y la cabeza pequeña en comparación con las gafas, que le cubren buena parte de la cara. Chapurrea inglés y traduce las respuestas de sus compañeros, que res-

ponden en hasaní, una variante del árabe. Cuando habla sobre la resistencia de su pueblo, adopta una pose regia —la mesa ahora parece un púlpito— y recita de carrerilla sus objetivos políticos. Su paso por el sistema educativo marroquí pretende funcionar como caballo de Troya.
«Vinimos para completar nuestra educación y formarnos en el ámbito político y sindical hasta que estemos preparados para desencadenar una revolución dentro del Sáhara Occidental —subraya Berman—. No hay miedo, no hay retroceso, no hay derrota hasta la victoria del pueblo saharaui». Babia quiere intervenir: «El único miedo que tenemos es no alcanzar nuestra causa». Aclaran que su lucha es contra el Gobierno, no contra la población, porque consideran que les unen lazos históricos.
Las manifestaciones son su principal —y casi única— herramienta para enfrentarse al Estado marroquí. Las imágenes de
cargas de los gendarmes contra jóvenes saharauis a lo largo de los años, que abundan en las redes, logran que Occidente dirija su atención a esta parte del mundo, aunque sea un vistazo fugaz.
Estos jóvenes han aparcado cualquier aspiración que los aleje del propósito final. «Claro que tengo sueños, pero pensar de manera egoísta va en contra de los principios del Frente Polisario. Para nuestro pueblo —remarca Berman— lo primero es la causa». A Babia le gustaría encontrar una solución al desempleo que sufren. Un título universitario es papel mojado. Bashir quiere trabajar, pero incide en que no hay lugar fuera de la causa. «Nuestro futuro está condicionado por la independencia del Sáhara Occidental», proclama. Medio siglo de vidas en pausa entre dos cauces: el del río Saguía el-Hamra, al norte, y el río de Oro, al sur, los dos límites naturales de la tierra del pueblo saharaui.
Los tres estudiantes insisten en pagar la cuenta. Acuerdan que primero unos se marchen por una puerta secundaria, y el resto, tras unos minutos, por la principal. La furgoneta estacionada ha desaparecido. El primer grupo camina varios pasos y una luz les sorprende por detrás. El interior del coche, ahora a apenas cinco metros, se oculta bajo un negro impenetrable. Los vigilados titubean y salen hacia una calle más céntrica. La furgoneta se pone en marcha.
nota: Las fuerzas de seguridad marroquíes arrestaron el 26 de septiembre a siete activistas saharauis en la Universidad de Agadir. Horas más tarde, tres salieron en libertad. A los otros cuatro estudiantes, entre los que se encuentran Brahim Babia y Hafed Berman, el Tribunal de Primera Instancia de Agadir los condenó el 16 de octubre a un mes y medio de prisión y sentencia condicional de tres meses, respectivamente, según informó Sahara Press Service.
1859, 22 de octubre. Estalla la Guerra de África entre España y Marruecos. La victoria española, respaldada en 1860 por el Tratado de Wad-Ras, consolidó su presencia en el norte del continente.

1884, 15 de noviembre. Se inaugura la Conferencia de Berlín, en la que España reclama la región costera entre los cabos Bojador y Blanco. Un mes después, anuncia su soberanía sobre este

1934. Los líderes tribales firman un acuerdo de «sometimiento amistoso» a las autoridades españolas.
1945, 26 de junio. Se suscribe la Carta de las Naciones Unidas. Este documento fundacional establece los principios para el mantenimiento de la paz, la cooperación internacional y el respeto a los derechos humanos.

1958. El 10 de enero, el Gobierno español declara el Sáhara Occidental como una más de sus provincias, la número 53, en un intento de legitimar su presencia y de que el territorio deje de considerarse una colonia. El 1 de octubre, Marruecos se une a la Liga Árabe.

1960. Para erradicar el colonialismo, la ONU aprueba la «Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales» (Resolución 1514).
1962. La ONU protege el derecho de los pueblos a disponer de los recursos de sus territorios en beneficio del desarrollo nacional. La «Soberanía permanente sobre los recursos naturales» (Resolución 1803) se entiende como un factor clave de la libre determinación.



1965. La ONU «pide encarecidamente» al Gobierno de España que adopte de inmediato las medidas necesarias para liberar al Sáhara de la dominación colonial (Resolución 2072).
1966, 16 de diciembre. Se adoptan el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Ambos amparan los derechos del Sáhara Occidental.

1968. El nacionalismo saharaui cristaliza en el Movimiento de Liberación de Saguía el-Hamra y Río de Oro. Su líder, Mohamed Sidi Brahim Basir, alias Basiri, que en árabe significa profeta, desapareció el 17 de junio de 1970 tras ser detenido por las autoridades españolas con motivo de unos disturbios en El Aaiún. El paradero del primer mártir, como lo consideran los saharauis, es una incógnita.
1974, 20 de agosto. Ante las presiones, España comunica al entonces secretario general de la ONU su intención de celebrar un referéndum de autodeterminación durante los primeros seis meses de 1975. Como paso previo, realiza un censo que registra a 95 019 personas. De ellas, 73 497 son saharauis autóctonos, 20 126 tienen origen europeo y 1396 proceden de otros países de África.

1975. El 16 de octubre, la Corte Internacional de Justicia niega mediante un dictamen consultivo cualquier derecho soberano de Marruecos sobre el Sáhara Occidental. El 6 de noviembre, Marruecos emprende la Marcha Verde, una invasión civil y militar en la que más de 300 000 marroquíes cruzan la frontera. El Consejo de Seguridad de la ONU condena la ocupación e insta a Marruecos a que se retire del territorio. El 14 de noviembre, se firma el Acuerdo Tripartito de Madrid por el que España cede la administración del Sáhara a Marruecos y Mauritania. Un pacto nulo según los asesores jurídicos de la ONU. Ese mismo mes, se produce el éxodo saharaui. Los primeros refugiados llegan a los campamentos de Tinduf, en el suroeste de Argelia.
1955, 14 de diciembre. España ingresa en la ONU.
1956. El 2 de marzo, Marruecos recupera su independencia y reclama el Sáhara Occidental. El 12 de noviembre, el reino alauí se incorpora a la ONU.
1963. El Sáhara Occidental se incluye en la lista de «Territorios no autónomos» de la ONU. Como potencia administradora, España adquiere el compromiso de garantizar su autodeterminación. El 25 de mayo, una treintena de países, entre ellos Marruecos, funda la Organización para la Unidad Africana (OUA).

1973, 10 de mayo. Nace el Frente Polisario (Frente Popular para la Liberación de Saguía el-Hamra y Río de Oro). El enfrentamiento armado entre saharauis y españoles se intensifica.

1976. El 26 de febrero, España da término a su presencia en el Sáhara y se considera desligada en lo sucesivo de toda responsabilidad de carácter internacional con relación a este territorio. El 27 de febrero se proclama la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) en el exilio. Estalla la guerra. El pueblo saharaui se enfrenta a Marruecos y Mauritania, que se retira del conflicto en 1979.
1980. Marruecos comienza a levantar un muro defensivo para reforzar su posición en los territorios ocupados. La construcción, abordada en varias fases, finaliza en 1987.

1981. El 26 de junio, Marruecos anuncia ante la OUA su disposición a celebrar un referéndum para decidir el futuro del Sáhara Occidental. La Organización exhorta a cesar el fuego. El rey Hasán II comunica que no escatimará esfuerzos para facilitar el regreso de la paz, pero se opone a negociar con el Frente Polisario. En agosto, la OUA notifica a la RASD su admisión.
1984, 12 de noviembre. Marruecos abandona la OUA en protesta por la incorporación de la RASD como miembro de pleno derecho. Aunque el apoyo a uno u otro bando divide al continente, este foro juega un papel activo a favor de la pacificación del Sáhara.

1988, 30 de agosto. Después de trece años en guerra, Marruecos y el Frente Polisario aceptan las «propuestas de arreglo» presentadas de forma conjunta por la ONU y la OUA.
1991. El 29 de abril, se establece la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO) con un presupuesto de 200 millones de dólares (Resolución 690). El 6 de septiembre, el Frente Polisario y Marruecos acuerdan un alto al fuego y se abre un pe-
riodo de transición refrendaria supervisado por la ONU.
1992. El 26 de enero era el día fijado para celebrar el referéndum en el Sáhara Occidental, pero no se lleva a cabo por dificultades en la elaboración del censo electoral. El 23 de julio, Mohamed VI sucede a Hasán II, su padre, en el trono de Marruecos desde 1961.

1997, 17 de marzo. El nombramiento del norteamericano James Baker como enviado especial de la ONU para el conflicto del Sáhara pretende desbloquear las negociaciones. Tras el fracaso de su tercer plan, dimite el 11 de junio de 2004.

2004. Estados Unidos designa a Marruecos como «Aliado principal no miembro» de la OTAN. El 15 de junio, ambas naciones firman un tratado de libre comercio.
2007, 11 de abril. Marruecos presenta un «plan de autonomía» limitada para el Sáhara Occidental. Por su parte, el Frente Polisario defiende un referéndum libre con la independencia como opción.
2008, 13 de octubre. La Unión Europea, ocho años después de la entrada en vigor del Acuerdo de Asociación con Marruecos, le otorga el Estatuto Avanzado. Esta condición amplía las relaciones bilaterales en materia política, económica, comercial y financie ra. La primera cumbre, pionera en el marco de la Política Euro
pea de Vecindad, tiene lugar en Granada el 7 de marzo de 2010. Con el fin de ayudar a Marruecos, la UE prevé aumentar hasta 2013 la asignación de fondos del periodo anterior, que ascendió a 654 millones de euros.


2016, 31 de mayo. Muere Mohamed Abdelaziz, líder histórico y presidente de la RASD desde 1982. Le sucede Brahim Gali, figura de peso dentro de la vieja guardia del Frente Polisario.
2017. El 30 de enero, la Unión Africana (antes OUA) readmite a Marruecos después de tres décadas ausente de este foro. Las partes compartieron mesa por primera vez el 3 de julio, durante la 29.ª cumbre panafricana.
2020. La pandemia agrava la crisis humanitaria entre la población saharaui. El 30 de marzo, Marruecos amplía sus fronteras marítimas por la costa del Sáhara de manera que se solapan con las españolas, frente a Canarias. El 14 de noviembre, Gali anuncia la ruptura del alto al fuego y se reactiva el conflicto armado con Marruecos tras un incidente en una carretera fronteriza en el que se vieron implicados el Ejército real y manifestantes saharauis. El 10 de diciembre, Donald Trump, a punto de concluir su mandato, comunica mediante un tuit el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y su apoyo a la propuesta de autonomía de 2007, como «la única base para una solución justa y duradera» del conflicto. Segundos después anuncia también la normalización de relaciones entre Marruecos e Israel.
2021, 18 de abril. El presidente de la RASD, que sufre cáncer digestivo, ingresa en un hospital público español aquejado de covid-19. La llegada de Brahim Gali, que tiene causas judiciales pendientes desde 2016 (imputado por presuntos delitos de genocidio, torturas y desapariciones contra la población saharaui disidente refugiada en los campamentos de Tinduf), pone en riesgo las relaciones diplomáticas con Marruecos.
2022, 14 de marzo. El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, envía una carta a Mohamed VI en la que valora el plan de autonomía de 2007 como «la opción más seria, creíble y realista para la resolución de este diferendo».
2023, 17 de julio. Marruecos anuncia que el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, ha reconocido la soberanía de Marruecos sobre el territorio saharaui.
2024. El 9 de julio, Francia respalda la propuesta marroquí de autonomía. El 4 de octubre, dos sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea confirman la ilegalidad de los acuerdos de pesca y agricultura entre la UE y Marruecos suscritos en 2019.

2025. El 1 de junio, Reino Unido hace público su apoyo al plan marroquí de autonomía. El 31 de octubre, el Consejo de Seguridad de la ONU decide renovar un año más el mandato de la MINURSO. La Resolución 2797, cuyo borrador redactó EE. UU., incluye la propuesta de autonomía defendida por Marruecos como base de la negociación posterior.

y 3 de abril de 2024
Mientras Omar Hilale , embajador de Marruecos ante las Naciones Unidas, negaba el 13 de junio de 2022 la existencia de una guerra en el Sáhara Occidental, los restos de Hamdi Salek descansaban desde hacía casi cinco meses en una coordenada remota de Bir Lehlu, la quinta región de los territorios liberados, en la frontera sur con Mauritania.
Cuatro días antes de que lo mataran, Salek, sexagenario, se encontraba en la casa de su hijo Salek Hamdi —se llama así en honor a su abuelo y, como marca la tradición, su apellido es el nombre de su progenitor—, para disponer el recinto donde guarecerían las cabras. Planeaba trasladar el rebaño de la zona liberada por el Frente Polisario a los campamentos de refugiados saharauis, quizá en busca de un sitio más seguro que aquellas tierras que son pasto para los drones marroquíes.
El primero de los dos documentos de identificación que de él conserva su hijo se expidió en marzo de 1991. La fotografía muestra a un hombre cercano a la cuarentena, aunque aquí las personas aparentan ser más viejas. Bigote oscuro y frondoso. Cara enjuta, afilada. Melena negra, con entradas. Nariz prominente. Mirada estrábica. Solo tres líneas completan su ficha personal.
Nombre: Ahmedi Salec Labeidi
Fecha de nacimiento: 22 de abril de 1961 Lugar de nacimiento: Bir-Ganduz
En el segundo carnet, de su cabellera solo quedan dos motas plateadas sobre las orejas. Misma nariz de púgil. El bigote ha mudado en un candado blanco. Y sus pupilas dibujan rectas secantes.
Nombre: Hamdi Salec
Fecha de nacimiento: 1 de junio de 1961 Lugar de nacimiento: Zemur
Debido a la falta de Registro Civil formal durante décadas, estas imprecisiones son frecuentes en algunos países africanos. Cuando Salek nació, el Sáhara

—Identidad. Estos dos carnets y algo de ropa son las únicas pertenencias que Salek Hamdi conserva de su padre. 0
Occidental era una provincia española y la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) no existía. Cumplidos los treinta, había vivido una invasión y una guerra. Demasiadas turbulencias políticas y administrativas para que tuviera una biografía documentada de forma nítida. Pero hay un dato irrefutable: Salek era pastor. Siempre volcado en su rebaño. Y una fecha: 26 de enero de 2022. Los que presenciaron los hechos aquel miércoles recuerdan un pinchazo. Las versiones varían respecto al número de personas que viajaban en caravana. Algunos dicen que eran dos niños, cinco hombres y seis mujeres; otros, que eran siete familias, sin entrar en más detalles. Trasladaban sus rebaños cerca de la frontera con Mauritania. El vehículo se detuvo a cambiar la rueda. Los pasajeros se apearon y hubo quien aprovechó para preparar té. Alguien escuchó algo. Creyó que era un avión. Preguntó al resto si también lo oían. A otro le pareció un fusil. Todos corrieron. Una ráfaga de metralla cayó sobre la camioneta. Varios trozos de metal seccionaron el hígado y el corazón de Salek. Fue la única víctima mortal del ataque.
la no guerra. Después de casi tres décadas de brasas encendidas, el 14 de noviembre de 2020 Brahim Gali, que preside la RASD desde 2016 y lidera el Frente

Polisario, se reavivó la guerra abierta contra Marruecos. Que las tropas del rey expulsaran a un grupo de manifestantes saharauis del paso fronterizo de Guerguerat, el principal puesto de control hacia Mauritania, dinamitó el alto al fuego firmado en 1991. Al referirse a la contienda, prefieren no hablar de segunda parte, porque para ellos ha sido siempre la misma guerra. Solo hay una. La reacción del Polisario no tardó en llegar: aseguró que había bombardeado cuatro bases militares del enemigo y causado bajas y pérdida de material. Marruecos respondió con silencio. Solo en apariencia.
«Lejos de las elucubraciones fantasiosas y engañosas de algunos, no hay guerra ni conflicto en el Sáhara marroquí», aseguró el diplomático marroquí
Omar Hilale en la comparecencia de junio de 2022. Sin embargo, al cabo de cinco meses, Nasser Bourita, ministro de Asuntos Exteriores de Marruecos, admitió la existencia de «unas milicias armadas que golpean diariamente posiciones marroquíes». Era la primera vez que un representante magrebí reconocía el choque militar desde la ruptura del alto al fuego.
Mientras que el Frente Polisario bombea con regularidad noticias sobre supuestas ofensivas a través del Sahara Press Service, el periódico digital Le360, uno de los más importantes de Marruecos, contrarresta con una batería de titulares oficialistas sobre alianzas económicas, apoyos al plan de autonomía y campañas turísticas. Karim Serraj
—Sin ira. Salek Hamdi, de 23 años, recuerda los buenos consejos que le daba su padre. No alberga odio por su asesinato, pero reclama justicia. 0
encabezó así su columna dominical el 21 de septiembre de 2025: «Cuando el Polisario libra una guerra ficticia contra Marruecos».
¿Cómo se lucha contra un enemigo que niega pelear, pero, a la vez, devuelve por dos cada golpe? Un asalto directo al muro es un suicidio. El Ejército Real custodia los más de 2700 kilómetros de esta frontera de arena y piedra dividida en ocho sectores. Marruecos la levantó entre 1980 y 1987 y, para completar la obra, sembró


—Soterrados. En la oficina de SMACO se conservan restos de artefactos explosivos extraídos al oeste del muro. 0
—Irrecuperable. Imágenes de víctimas y daños materiales registrados por ataques de drones marroquíes. 0
más de siete millones de explosivos que han provocado heridas, mutilaciones o asesinatos. El Servicio de Acción Contra Minas de las Naciones Unidas calcula al menos 2500 personas damnificadas.
La desigualdad de fuerzas ha empujado al Ejército saharaui a la guerra de guerrillas. De un lado, el despliegue de Marruecos ronda los 100 000 soldados; del otro, aunque no existe información precisa, entre 5000 y 7000 efectivos, según el blog saharaoccidental.es.
El arsenal del Frente Polisario casi no ha variado: mantiene las armas con las que combatió entre 1975 y 1991, traídas de Cuba, Argelia y Libia. Entre ellas, como estiman los analistas holandeses Stijn Mitzer y Joosr Oliemans, alrededor de cien carros de combate, la mayoría tanques soviéticos. Sin embargo, hay un abismo entre las Fuerzas marroquíes de 1991 y 2025.
Para disputar la hegemonía a la vecina Argelia, que posee uno de los ejércitos más grandes del continente, Rabat emprendió una carrera militar tras la pandemia. Cuenta con el apoyo de sus aliados tradicionales —Estados Unidos y Francia— y de un Israel desbocado, que, en apenas un lustro se ha convertido en el tercer socio que más armas exporta al país magrebí. En 2024, Marruecos anunció un nuevo incremento del presupuesto de Defensa que alcanza los 12 300 millones de euros, más del 10 por ciento del PIB. Según el Stockholm International Peace Research Institute, la lista de la compra de los últimos años incluye 600 misiles Stinger, 36 helicópteros de combate AH-64E Apache; 4 drones MQ-9; 25 aviones de combate F-16, 162 carros de combate Abrams; 150 drones WanderB y ThunderB; 1 sistema antiaéreo y 3 fragatas.
más de 160 víctimas. El 2 de abril de 2024, Gaici Nah, jefe de Operaciones de la Oficina Saharaui para la Coordinación de Actividades Relativas a las Minas
(SMACO), está sentado en su despacho en Rabuni, la capital administrativa de los campos de refugiados de la provincia de Tinduf, en el suroeste de Argelia. Nah ha pasado media vida sumergido entre archivos e informes y otra media limpiando zonas minadas en el desierto. Es uno de los mayores conocedores del conflicto del Sáhara Occidental y uno de los pocos empeñados en registrar y cuantificar todas las víctimas por explosión de minas.
En 2020, una nueva amenaza le hizo levantar la vista del suelo. Nah ha sido testigo de un cambio de paradigma desde el alto al fuego de 1991: la mina, hasta entonces la principal guadaña para pastores, nómadas y buscadores de tesoros en los territorios liberados, dejó paso al dron. Más sofisticado. Más mortal. «Ayer se produjo un nuevo ataque», informa. Están pendientes de la localización exacta y se desconoce el número de víctimas. El lugar: Miyek, al sur. «La ONG de desminado humanitario está pendiente de la autorización de la MINURSO», dice con calma desde su asiento.
Esta serenidad se la han dado los años. Nah explica que, cada vez que reciben un aviso, la Oficina, antes de enviar un contingente de rescate, da parte a la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO). Pero la Misión necesita el permiso de las autoridades marroquíes para trasladarse. Y no tienen prisa: «A veces tardan varias horas, incluso días, en aceptar».
La lentitud burocrática remata a las víctimas del dron. En 2024 se contabilizaron 120 saharauis muertos durante esta segunda etapa de la guerra, señalaba Franciso Carrión en El Independiente Esta cifra le confiere la categoría de un conflicto de baja intensidad. La falta de grandes ofensivas apenas ha merecido varios minutos en los telediarios. Una realidad que dificulta también el acceso a los datos. En esa pequeña brecha se cuelan Nah y su equipo.
—Cuantificar. Gaici Nah, jefe de SMACO, posa en la sede con el mapa del Sáhara Occidentlal de fondo, uno de los lugares del planeta más minados con artefactos explosivos. 1

SMACO publicó el 31 de diciembre de 2023 un informe sobre los efectos de los ataques con aviones no tripulados marroquíes contra civiles en el Sáhara Occidental. Se habla de «un uso sin precedentes de drones por parte del Ejército marroquí en toda la región», y de que se han registrado 160 víctimas civiles de diferentes nacionalidades: saharauis, argelinos y mauritanos. El 49 por ciento fueron asesinadas, el 23,6 por ciento sufrieron lesiones y el 13,4 por ciento lograron salir indemnes. Sin embargo, no se ha podido verificar las consecuencias en el 14 por ciento restante. Nah insiste durante el encuentro con el periodista en que estos asaltos se producen contra no combatientes: «Todos tuvieron lugar en áreas desérticas, abiertas, áridas, vacías de vegetación, donde resulta muy fácil distinguir entre civiles o militares».
Más del 95 por ciento de las víctimas son hombres, la mayoría menores de 40 años. En el 58,4 por ciento de los casos, viajaban por las diferentes rutas del Sáha-
ra Occidental, un 36,3 por ciento buscaban oro y un 5,3 por ciento eran pastores —como Hamdi Salek— o estaban en sus casas y jaimas.
el compromiso eterno. En El Aaiún bajo ocupación marroquí, se encuentra la sede de la MINURSO, liderada desde 2021 por el ruso Alexander Ivanko. Este organismo internacional nació en 1991 con el propósito de celebrar un referéndum en el que los saharauis decidieran el futuro de su pueblo. En 2025, la Misión ha contado con un profuso despliegue humano: 245 militares, 226 civiles, 140 expertos, 2 policías, 5 oficiales de personal, 20 tropas y 13 voluntarios. Unas cifras que contrastan con sus resultados en 34 años: cero. Ninguno de los quince jefes ha sido capaz de resolver el conflicto enquistado del Sáhara y garantizar la estabilidad.
La MINURSO elabora un informe anual en el que da cuenta de la situación. En el difundido en octubre de 2024, se refiere
a «las tensiones y las hostilidades de baja intensidad» entre Marruecos y el Frente Polisario. Y también reconoce las dificultades para «avanzar en el proceso político, a pesar de los esfuerzos constantes» del enviado personal del secretario general de la ONU para el Sáhara Occidental, cargo que asumió el diplomático italosueco Staffan de Mistura en noviembre de 2021.
El documento refleja diferentes actividades en las regiones en disputa, y registra ataques de ambos bandos y acontecimientos políticos, como la reunión que se celebró en Dili (Timor Oriental) el 31 de agosto de 2024 con el secretario general del Frente Polisario. El acta describe cómo Brahim Gali subrayó que «el pueblo saharaui continúa esperando la oportunidad de experimentar la democracia, expresó su preocupación por los informes de expropiación de tierras y propiedades al oeste de la berma [el muro], y reiteró la importancia de la MINURSO sobre el terreno». Por parte de la ONU, Ivanko reafirmó su compromiso de «encontrar una solución política justa,
duradera y mutuamente aceptable que contemple la libre determinación del pueblo saharaui».
algún día. El coche en el que viajaba Maluma Bujamma no se detuvo. Otro de los vehículos del convoy se había parado para cambiar una rueda pinchada, pero el suyo continuó. Bujamma es una mujer de más 90 años y alterna temporadas en Mehaires y Bir Lehlu, dos localidades al noroeste del Sáhara Occidental libre, cerca de la frontera con Mauritania. Hace años que enviudó y su hijo se ocupaba de ella. Solía dar paseos y visitar a sus vecinas. Aquel día, mientras acompañaba a un grupo de jóvenes en el tránsito de ganado, recibió una llamada del Ministerio de Defensa. Su hijo Hamdi Salek había muerto.
Dos años más tarde, Bujamma vive en una habitación de la que casi no sale en la wilaya de Auserd. La guerra no solo le arrancó a su hijo, sino que también la escupió de su hogar. Porque este conflicto que no existe ha hecho que entre 2020 y 2024 se hayan desplazado de manera

forzada más de 3000 personas de los territorios al este del muro hacia Tinduf, en Argelia, en busca de refugio, según la Media Luna Roja Saharaui. Su llegada ha desbordado la capacidad de los campamentos para acoger a tantas familias, y han tenido que improvisar centenares de casas, donde apenas disponen de recursos básicos como agua o luz.
En una de ellas quema sus días Bujamma, ya muy frágil de salud. La voz se le rasga, pero su tono se fortalece cuando interviene en conversaciones. Sus hijas la cuidan. Nunca se despidió de Salek y lo que pudo recuperar de él, tan solo la documentación y algo de ropa, se lo entregó a su nieto. Hamdi, el hijo del mártir —como llaman a sus muertos en el conflicto—, acaba de ser padre por primera vez. La niña lleva el nombre de la abuela materna: Marian. «Ha nacido bien, estoy feliz —sonríe cortado—. Pero, no sé cómo explicarlo, ahora siento que tengo una responsabilidad». A punto de cumplir los 24, Hamdi empieza a comprender a su progenitor, el espejo en el que se mirará para educar a su pequeña. Aunque es difícil sacar a Salek de los márgenes de las fotos, su hijo lo describe como alguien generoso y educado, un hombre ejemplar, que siempre le dio buenos consejos. De haber tenido un varón, le habría llamado Salek. El próximo, tal vez.
—Duelo. Maluma Bujamma perdió a su hijo Hamdi Salek el 26 de enero de 2022, asesinado durante un ataque de dron. 2

III
y 11 de febrero de 2024
Banani Salamtu, con una chaqueta deportiva remangada que muestra el tatuaje en su muñeca izquierda —el cuchillo de cocina de su padre—, se detiene frente a la escuela. «Esto es lo más desmotivante», dice con acento cordobés a la vez que apunta al metro y medio de arena que rodea la entrada. En octubre de 2022, Erik de Pedro y él levantaron los cimientos
de Cocina por el Cambio. Esta iniciativa busca mejorar la nutrición en los campamentos de refugiados de Tinduf, en Argelia. Dos años y medio después, se afanan en los últimos detalles.
Una nueva tormenta de siroco, la tercera del mes, ha paralizado las obras durante dos días. Erik, segoviano, amigo y cofundador, barre las habitaciones, que todavía huelen a pintura fresca, mientras suena la canción Lagô, de la artista marfileña Dobet Gnahoré. «Junto a la
—Raíces. Banani Salamtu ideó el proyecto Cocina por el Cambio en esta habitación, donde hace diez años compartía este sueño con sus amigos. 0
entrada —muestra Banani— pondremos una terraza con unas mesas para que los vecinos tengan un nuevo espacio de encuentro».
Cocina por el Cambio se sitúa en la daira de Bir-Ganduz, que pertenece a la wilaya de Auserd. Banani nació y se crio aquí. A pocos metros de la escuela, quedan los restos de su antigua casa. Esta zona se siente olvidada. Debido a la menor presencia de asociaciones humanitarias, los recursos escasean. Por
—Éxodo. Vista general de una parte del campamento de refugiados de Bojador en Tinduf, en el suroeste de Argelia. 1

este motivo, la noticia de su proyecto ha subido el ánimo de la gente, que sigue con atención cualquier avance. La academia formará cada curso a quince mujeres y pondrá en marcha un servicio de restaurante, para que puedan aspirar a la autonomía económica.
Banani compartió este sueño con Erik mientras estudiaban un grado medio de Cocina en Granada. Para conseguir el dinero necesario, han hecho casi de todo. «Hemos llegado a vender chatarra», menciona Banani. En una ocasión, un grupo de estudiantes de Periodismo de la Universidad Complutense entrevistó a varios refugiados y él tradujo la conversación. Escuchar esos testimonios alimentó su convicción de que había
que esforzarse para cambiar las cosas. La pandemia pospuso los avances tangibles de Cocina por el Cambio, pero arraigó de manera definitiva una idea que nace de una necesidad.
Según ACNUR, 173 600 personas sobreviven en los campamentos de refugiados saharauis. La cesta básica de alimentos que la Media Luna Roja Saharaui distribuye se redujo un 30 por ciento a partir de noviembre de 2023, como consecuencia de la inflación mundial y el desinterés progresivo de organismos internacionales, y ahondó el camino de privaciones que siguió a la pandemia. Ocho kilos de harina, dos de arroz, dos de cebada, dos de legumbre, medio kilo de azúcar y un litro de aceite por persona
y mes. Esta ayuda es clave, puesto que casi el 90 por ciento de la población padece inseguridad alimentaria. A finales de febrero de 2024, Yahya Buhobeini, presidente de la entidad, confirmó los efectos de esta crisis humanitaria: tres de cada cuatro mujeres embarazadas y lactantes sufren anemia crónica y un tercio de los niños presentan malnutrición.
una alternativa durante el exilio. En este contexto, Banani y Erik entienden como un imperativo aprender a conservar los alimentos y a sacar partido a sus nutrientes, que pueden malperderse según la cocción. Su programa contribuirá además a reducir enfermedades e incentivará la economía
—Ilusión. Erik de Pedro posa en la puerta que da al patio interior de Cocina por el Cambio, que ha iniciado su programa formativo con quince alumnas. 6
circular. El proyecto aspira a autogestionarse. Entre las alumnas de la primera promoción, Banani y Erik seleccionarán a varias formadoras. Durante cuatro o cinco años, ellos supervisarán la labor del nuevo equipo y, una vez cumplida esa transición, la escuela quedará solo en sus manos.
Cocina por el Cambio revoluciona también un pensamiento extendido en las wilayas: muchos de los que sueñan con su regreso al Sáhara Occidental se resisten a procurar vivir mejor. Bajo su lógica, construir una casa más habitable implicaría reconocer que se preparan para asentarse en una tierra que nunca considerarán su hogar. Banani quiere volver, pero, hasta que eso suceda, se guía por criterios prácticos y prefiere que su pueblo pase el exilio con dignidad.
A media mañana, aparece Beinifa Mohamed, a la que todo el mundo llama Boni, y se sienta junto a Erik para ayudarle a lavar la vajilla. Aparte del impacto del proyecto en el desarrollo de las mujeres, a esta cocinera de 32 años le atrajo la idea de poner en valor la gastronomía saharaui. La urgencia de asegurar la comida relega cuestiones como el valor nutricional o el tratamiento más adecuado para cada producto.
Banani se encamina al baño para comprobar su estado tras la tormenta. La arena revela las patas de un animalillo. «Seguro que es un jerbo», adivina. Su imaginación siempre ha sido contagiosa. De pequeño, no perdía detalle de las historias que le contaba su abuela sobre el río Saguía el-Hamra, el gran afluente que recorre el noreste del Sáhara Occidental. En busca de aquel cauce, encabezaba una patrulla de niños con los que recorría los campamentos. Cuando llegaban a su destino, en realidad, no había más que un chorro esquelético consumido por el sol y arrugado como un dátil. Pero las ilusiones de Banani desafiaban la lógica de la hamada argelina.
co…, ber…, tu…, ra. Al mediodía, Banani les sirve a Erik y Boni dos platos de cuscús con carne de camello. Él no tiene prisa por comer y aprovecha para llamar a su familia. «Co…, ber…, tu…, ra», bromea subido a un barril con los brazos estirados hacia el cielo para que la conexión funcione.
Conoció a Sonia en 2018 en Ibiza, donde él trabajaba, y en poco tiempo se enamoraron. «Nos casamos a lo saharaui. Pagamos un cordero en una mezquita de Cádiz», ríe. Habla con ella y con su hijo, Ayün, siempre que puede. Por la mañana les manda un mensaje y hacia las dos intenta una llamada breve, si el pequeño, de año y medio, no se ha quedado dormido al salir de la guardería. Ayün apunta maneras de chico perspicaz y soñador. «Su madre teme que haya salido a mí», se carcajea Banani.
Durante su estancia en los campamentos —de varias semanas o incluso meses—, Banani y Erik se hospedan en casa de una tía del primero, al lado de la escuela. Los jóvenes apuran las últimas horas del día compartiendo reflexiones. Después de cenar, dan un paseo por el barrio. «Aquí es donde planeamos cómo

MARRUECOS
SÁHARA OCCIDENTAL
Auserd ARGELIA MAURITANIA
cambiar el mundo», confiesa Banani, que no aparta la vista de las estrellas. Cuando era niño, la Vía Láctea se observaba en plenitud —en medio del desierto, la contaminación lumínica también empaña el cielo nocturno— y se convertía en una fuente de fábulas: «Nos contaban que las constelaciones eran las marcas del camino de un hombre que había robado harina». Banani quiere darle a Ayün todo lo que alcanza su vista.
vuelta al origen. Por la mañana, poco antes de las nueve, Banani pone la tetera en el fuego y sale a fumar. Se olvida del tiempo más allá del propio cigarro consumiéndose. De repente, oye un chirrido y corre para evitar que el agua se derrame. Luego visita su antigua casa. Suele cobijarse en la que fue su habitación. La luz entra por tres saeteras a la altura de la tibia. Paredes corroídas, entrañas de arena semidesnudas. Un tablón central, y un par más delgados en los extremos, soportan el techo. «Todavía resiste», comenta. Este espacio le ayuda a aclarar ideas y a no alejarse de aquello que lleva soñando desde hace más de una década. En 2006, sus padres residían justo al lado. Pero las fuertes lluvias dejaron su hogar inhabitable y, con el tiempo, se transformó en la montañita de arena y ladrillos sueltos que es hoy. En 2010, Banani recuperó algunos de estos materiales para la actual casa, ya también desvencijada.
Con la mirada pegada al techo de su habitación, pasaba horas bosquejando el mañana. Sobre los tabiques, Banani tatuó con una piedra negra los bocetos de la escuela de cocina. Aquí se reunía con sus amigos bajo la luz de una única bombilla, que alimentaba la batería del coche de uno de los colegas. Debían racionarla para no quedarse sin vehículo al día siguiente. Hablaban de mil cosas. También de la injusticia que sufría su pueblo. «Joder, humanamente nos merecemos más», se

decían entonces. Entre paredes ajadas, aquel recuerdo se mantiene fresco.
La pasión por la cocina le viene de su padre, a quien recuerda tratando de innovar a pesar de la escasez de alimentos. Los sabores que aprendió de él son la semilla del recetario saharaui que Banani ha creado, a la espera de mostrárselo al mundo.
Ahora que tiene su propia familia, le cuesta pasar largas temporadas lejos de su mujer y su hijo, que viven en Andalucía. «Echo de menos abrazar a Sonia, y jugar con Ayün. Me tengo que conformar con una puñetera videollamada, si la línea lo permite. Miro una pantalla pixelada y escucho “Eh, eh, eh” [Imita el sonido entrecortado], pero no cuelgo porque no sé si ellos me ven», rabia.
A sus 29 años, sabe de distancias. Durante la niñez tuvo que separarse de sus seres queridos. Su familia, como tantas saharauis, confió su hijo a otra madre y otro padre con la esperanza de que viviera mejor. Desde los años noventa, los refugiados tienen la oportunidad de aliviarles los veranos a sus chavales, que, gracias al
programa Vacaciones en Paz, son acogidos por familias españolas.
«Somos un pueblo que se ha criado en jaimas y hemos visto cómo los adultos hacían lo imposible por salvarnos —cuenta Banani —. Se nos ha inculcado eso, y a veces nos toca hacer sacrificios para poder ayudar a los demás». No obstante, haber asumido esa realidad no aligera el dolor. «Dedicar tantas horas al futuro de los hijos de otros es una carga que hace que te cuestiones muchos aspectos. Mi hijo también se merece mi tiempo. Pero, al comenzar todo esto —sonríe mientras mira la habitación—... Creo que había algo antes incluso de ser padre».
Banani siente que el esfuerzo vale la pena: este sueño que ahora no le deja dormir alimentará otros. «Por aquí hay muchas ilusiones que se han desvanecido y no tendría por qué ser así —reconoce—. La vida nos ha puesto en este lugar y eso no implica que nuestras aspiraciones sean inalcanzables. Nosotros vamos a demostrar que se puede».
El 12 de noviembre de 2024, la escuela abre sus puertas. La fachada está ador-

nada con un mural y en el centro del patio han plantado dos arbolitos. Las horas de construcción se sustituyen por otras tantas de clases para las quince alumnas. «Hemos empezado con lo básico: higiene alimentaria, mantenimiento de cocinas sin baterías, cómo evitar la contaminación cruzada, dietas para celíacos, diabéticos o personas con colesterol alto», explica Boni. También están confeccionando un menú de catering. De esta forma, podrán ofrecer un servicio que hasta el momento solo existe fuera de los campamentos y generar sus propios ingresos.
Cocina por el Cambio es una realidad, pero Banani no ha tenido tiempo de degustar la meta conquistada. No piensa en celebraciones, sino en cómo asegurarse de que todo vaya bien. De vez en cuando, por las mañanas, continúa visitando su antigua casa. De nuevo, la familia lejos. «Tengo muchísimas ganas de estar con Ayün, pero quiero que este proyecto sea un ejemplo para él. Quiero darle el mensaje de que, si tiene sueños, debe luchar por ellos». Nt

—Sueños. Banani Salamtu anota ideas en la pared de su antigua habitación. Le gusta visitar este lugar que le trae tantos recuerdos. 4
—Relevo. Varias alumnas de la primera promoción de Cocina por el Cambio serán las próximas formadoras de la escuela, que abrió en noviembre de 2024. 0
—Enseñar. Erik de Pedro y Beinifa Mohamed, durante una clase práctica de un programa que mejorará la nutrición de los refugiados. 1

Wilaya: Término árabe que significa una provincia o gobernación. En el caso de los campamentos de población refugiada saharaui, se refiere a las cinco unidades administrativas que los conforman: El Aaiún, Smara, Bojador, Dajla y Auserd. Actúan como provincias independientes con sus respectivos gobiernos. Toman el nombre de las ciudades del Sáhara Occidental ocupadas por Marruecos.
Daira: Categoría administrativa inferior a la wilaya y se traduce como municipio
· En El Aaiún (6 dairas): Guelta, Amgala, Dcheira, Bucraa, Hagunía, Daura.
· En Smara (7 dairas): Farsia, Mahbes, Echederia, Hausa, Bir Lehlu, Tifariti, Mheiri.
· En Bojador (3 dairas): 27 de Febrero, Akti, Lemsid.
· En Dajla (7 dairas): Argoub, Yreifia, Um-draiga, Tiniguir, Gleibat-El Fula, Ain-El Beida, Bir Enzaran.
· En Auserd (6 dairas): Zug, Agüenit, Tichla, Miyek, La Güera, Bir-Ganduz.
Baladiyat: Cada uno de los cuatro barrios en los que se dividen las dairas. Se traduce como ayuntamiento.
Jaima: Tienda de campaña típica de los pueblos nómadas del norte de África. Durante siglos, fue la vivienda de los saharauis. Se trata de un símbolo cultural y todavía muchas familias en los campamentos mantienen viva esta tradición y disponen de una.
Hamada: Paisaje desértico llano y monótono. En este territorio pedregoso y árido, que los pueblos nómadas del Sáhara consideran hostil, las temperaturas pueden superar los cincuenta grados en verano. En medio de la hamada argelina se ubican los campamentos de refugiados.
Es uno de los pensadores educativos más lúcidos e incómodos de España. Propone una vuelta del riesgo a la infancia, la exigencia como muestra de respeto al alumno y una reconciliación con la mediocridad. Defiende que los humanos debemos continuar empalabrando el mundo, a pesar del miedo al futuro, y que las máquinas deben servir como prótesis, no como gerentes. En esta conversación, el filósofo, pedagogo y, ante todo, maestro, reflexiona sobre la esperanza, la libertad y la dignidad. Y propone soluciones a pequeña escala.

Ggregorio luri (azagra, navarra, 1955) lleva toda una vida pensando sobre cómo preparar a sus alumnos para la verdad en tiempos de ruido. No concibe la educación como un sistema: es una forma de belleza que brota del orden, de la disciplina y la gratitud. Habla con humor, serenidad y una fe inquebrantable en la capacidad humana para aprender. Defiende la inteligencia con la misma naturalidad con que otros defienden causas perdidas.
Hoy se le considera uno de los principales referentes en el pensamiento educativo español, pero pasó su infancia soñando con hacerse adulto cuanto antes para no tener que volver a la escuela. A pesar de aquel rechazo temprano, ingresó en Magisterio en la extinta Escuela Universitaria Huarte de San Juan de Pamplona gracias a una beca y a los turnos de camarero con los que se costeaba los estudios. Descubrió el gusto por su profesión ejerciéndola, y todavía hoy se siente más a gusto cuando lo califican simplemente de «maestro de escuela».
Conoció a su mujer en Pamplona, en sus años de estudiante, y se mudó con ella a El Masnou, un municipio al norte de la Ciudad Condal, al licenciarse, en 1979. En la Universidad de Barcelona estudió Ciencias de la Educación y defendió una tesis doctoral en Filosofía.
Al mismo tiempo, fue profesor de EGB y bachillerato durante treinta años. Es autor, entre otros títulos, de Mejor educados (2014), Elogio de las familias sensatamente imperfectas (2017), La imaginación conservadora (2019) y La escuela no es un parque de atracciones (2020). Su libro más reciente es La dignidad del mediocre (Encuentro, 2025). Pero su relación con los libros no es solamente la de autor.
En 2023, Luri y dos amigos fundaron Rosamerón. «Procedemos de tradiciones ideológicas, religiosas, generacionales e incluso culturales muy distintas —explican en la web de la editorial—. Pero a los tres nos gusta celebrar nuestra amistad discutiendo de cualquier asunto humano o divino». En cuanto lanzaron el proyecto, Luri se encargó de seleccionar reflexiones del pensador catalán Jaume Balmes (1810-1848) y darles la forma de un libro: Los muchos callan y los pocos gritan. Sacerdote, filósofo y teólogo, Balmes buscó encontrar una alternativa entre el liberalismo y el absolutismo de su época. Fundó El Pensamiento de la Nación en 1844, un semanario quincenal católico.
Nunca había oído hablar de él. El pensamiento conservador español es muy timorato, muy pacato. Coges un pensador inglés, francés o estadounidense, aunque sea de tercera categoría, y no te importa proclamar que lo sigues. Y no tenemos ningún sentido de nuestra propia herencia cultural, como peso ideológico fuerte. Sin embargo, Balmes es el primero que en España ve claro que los debates han cambiado de lugar y que hay que participar en los medios de comunicación. Sin complejos.
Un personaje inclasificable. Como usted.
En eso consiste ser conservador. Siempre he defendido el fondo anarquista.
¿Qué tiene usted de conservador y qué de anarquista?
De conservador, el respeto a la naturaleza. Creo que el hombre no es un artificio que puedas gestionar de acuerdo con tu ideología; que la naturaleza nos marca límites y al mismo tiempo nos da orientaciones sobre la vida buena. Tengo conciencia de que, si algo ha permanecido mucho tiempo, antes que tacharlo como una imposición, es probable que cumpla una función válida. Diría que al conservador —y ahí voy a la segunda cuestión— le gusta mucho la velocidad, pero revisa los frenos. Con respecto al anarquismo, la decisión de pensar por tu cuenta sabiendo que no es ninguna garantía de que llegarás a la verdad. El hecho de que lo hayas pensado tú no le da ningún valor extraordinario a nada. Estás obligado a ponerte a prueba a ti mismo.
Es mucho más divertido ser conservador. En estos momentos, si tú dices que eres de izquierda, ya puedes hacer la lista de todas tus convicciones. Si dices que eres conservador, no tienen ni idea de por dónde vas a salir. El conservadurismo español ha sido más potente cuando prevalecía la voluntad de tomar el pulso al propio tiempo.
¿En qué cree la izquierda?
Si tuviera que resumir la diferencia entre conservadores y lo otro —la palabra progresista me parece que ha perdido el sentido porque ahora le temen al futuro—, diría que el «progresista» cree más en la historia que en la naturaleza. Sin embargo, lo más reciente no tiene necesariamente más valor. De ser así, todos escribiríamos mejor que Cervantes por el hecho de ser posteriores. Tampoco lo antiguo tiene ningún privilegio por ser antiguo.

¿Por qué razón se opone un conservador como usted a la eugenesia, a la eutanasia o al transhumanismo?
Porque lo humano no puede reducirse a tecnología: hay que preservar incluso lo que no entendemos de lo humano y defender hasta las propias miserias. En pedagogía se ha puesto de moda la idea de que conviene utilizar métodos basados en evidencias. Y la gente que dice eso no se da cuenta de que el ser humano no es evidente ni para sí mismo.
¿La ciencia no avanza para resolver ese misterio?
La reducción tecnológica del humano me asusta.
¿Por qué?
Cuando imaginamos al ser humano como un mecanismo en el que sabes cuál va a ser el output una vez establecido cierto input, el misterio desaparece y nos convertimos en seres con complejo de
inferioridad. La inteligencia artificial nos ha puesto ante dos posibilidades de lo humano. Unos son los que solo quieren respuestas con el mínimo esfuerzo, y otros los que entendemos que lo maravilloso de la verdad es su búsqueda; que no solamente estás haciendo camino, sino que te vas haciendo a ti mismo. Dicho de otra manera: hay a quienes les gusta comer y a quienes nos gusta cocinar. Esos dos tipos humanos han existido siempre, aunque ahora te encuentras con que la tecnología magnifica las posibilidades de unos y otros.
Dice Byung-Chul Han que la inteligencia artificial no es capaz de pensar porque no tiene amigos ni amantes, no anhela lo distinto.
Cuando Ortega y Gasset dice: «Yo soy yo y mi circunstancia», lo que está diciendo es que somos la y. Y que yo ahora, ante ti, me vivo de manera distinta a como me vivo ante mi nieto o mi madre porque soy
responsable de vivirme a mí mismo. Esa no es una preocupación de la máquina, de la IA. Te da respuestas, y las respuestas que te da están ahí en función de una lógica. Las interacciones humanas son otra cosa, en ellas aparece la posibilidad de una comprensión profunda. Eso me parece que nos otorga la dignidad de la libertad.
¿Qué opina de la tecnología en la educación?
Yo creo que se han equivocado quienes prohíben el uso de los smartphones en la escuela, porque es el único lugar en el que intentamos insistir en que controlen su acceso. A veces nos faltan perspectivas amplias para ver las cosas. El ser humano es un ser tecnológico. No podemos prescindir de ella.
Toda la cultura es tecnología. Claro, hasta el lenguaje es tecnología. Yo la defino como prótesis antropológicas
«La historia no tiene más valor que la naturaleza, porque, si no, todos escribiríamos mejor que Cervantes por el hecho de ser posteriores»
que amplifican lo que somos. Es cierto que cuanto más poderosas, más ambivalentes. Sin embargo, no podemos decir «no» a las tecnologías en la escuela. Los problemas están para encararlos, no para eludirlos. Si además añades que, según el último informe PISA, los jóvenes menores de 15 años en los que más ha repercutido el uso del móvil en sus resultados escolares son los que llevan el móvil a su dormitorio… No hay que dejarles, claro, pero, para eso, el padre tampoco tiene que llevarlo. El órgano educativo fundamental, tanto de pequeños como de adultos, no es el oído, sino el ojo; no son los consejos, sino los ejemplos. Por eso, yo recomiendo a las familias no hablar de valores y virtudes, sino decir: «Esto los Fernández no lo hacemos».
Ni tú, ni yo.
Para mí, es el principio moral básico. Si alguien pregunta, es así porque somos raritos. Recuerdo que Zapatero, cuando era presidente del Gobierno, decía a propósito de la edad mínima para abortar: «Los padres no debemos interferir en
las decisiones de nuestras hijas». Yo, sin embargo, pienso que la familia es una unidad de interferencia mutua.
Dice usted que el momento presente es más de perplejidad que de complejidad. ¿Qué le preocupa del mundo de hoy?
No saber si lo que estoy viviendo es el fin de una época o el fin de una imagen del mundo. Me preocupa mucho que el temor se esté instalando en las nuevas generaciones. En las mismas escuelas los están educando en el miedo al futuro. El caos, el desastre ecológico, el futuro se ve oscurecido. Ya no nos asustan los bárbaros que están en las fronteras, sino nosotros mismos.
La verdad es que somos malos gestores del mundo y de nosotros mismos, pero precisamente por eso somos libres. Aparece entonces la duda, ¿por qué no ponernos en manos de una máquina más inteligente que nosotros? En estos momentos deberíamos disponer de virtudes, como la serenidad, lo suficientemente fuertes como para combatir ese miedo. Porque
si te enfrentas calmado a un problema, ya tienes una parte de la respuesta en ti.
¿Por qué antes no teníamos miedo y ahora sí?
Siempre ha habido problemas graves, aunque se mantenía vigente la esperanza de que los hijos iban a vivir en un mundo mejor que el nuestro. Eso se ha roto. Parece que el hombre se hubiera demostrado absolutamente incapaz de gestionar nada. No acabamos de entender que la inteligencia disponible para gestionarnos a nosotros mismos siempre ha sido escasa. Por eso necesitamos a los demás y algún tipo de convicción que funcione, como la estrella polar, para orientarnos.
Nietzsche escribió que la esperanza es como una mujer embarazada, que vela por lo que aún no existe. ¿Padecemos una falta de apertura a lo nuevo?
Me gusta la visión que aparece en Hesíodo de la esperanza, cuando Pandora abrió aquella caja y, al ver los males expandirse, la cerró y dijo: «Spes sola remanent». Solo permanece la esperanza. Por lo tanto, es un mal, porque los dioses no necesitan esperanza. Esa virtud forma parte del equipamiento humano. Decía Ortega que somos seres futurizadores. Si no tuviésemos confianza en que el futuro va a responder a nuestras expectativas, nos quedaríamos sin posibilidades de narración de nuestro mundo. En definitiva, la esperanza fundamental es la que nos permite confiar en que lo que hacemos ahora... mañana tendrá un sentido, por lo general positivo. Me parece que el mundo contemporáneo ha sustituido la esperanza por conceptos tecnológicos de gestión del futuro.
¿Por ejemplo?
Planificaciones, proyectos, programas… Vamos a someter el futuro a la tecnología, vamos a controlarlo. Pero si no tie-
nes confianza en el hombre, en realidad tampoco la tendrás en sus proyectos. Y estamos ahí, en esa situación. Pero ¿sabes qué? Cada vez veo más importante que intentemos reconstruir las cosas a pequeña escala. Por eso el libro de nuestros días es el Decamerón. Florencia está padeciendo una peste, y ¿qué hace un grupo de amigos? Se van al campo a contarse historias. Cuando las grandes estructuras flaquean, se necesita que la gente sencilla se reúna a contarse historias, porque en la conversación se acepta al otro como un ser razonable, dotado de esperanza. Pero tampoco nos pongamos demasiado dramáticos. Puede ser que no se desmorone el mundo, sino una imagen del mundo.
También el aula es, a su manera, una conversación, parte de esa pequeña escala que menciona. Pero no siempre se dan tan felices. Con frecuencia, el alumno no hace caso al profesor, por ejemplo.
Estuve en un congreso de educación que parecía un monumento a la hipocresía: todos hacían bien las cosas, con resultados geniales. Me gustaría asistir a un evento en el que nos atreviésemos a hablar de nuestros límites. ¿Por qué no accedemos a ese alumno? ¿Por qué te echa esa mirada retadora? ¿Por qué le da un bajón a esa persona a la que estabas ayudando? Cuesta mucho pensar en eso, porque cada fallo que tenemos en clase queda grabado en la memoria de los alumnos. La educación es una práctica clínica. Como un médico en su consulta, tienes que comprender el lenguaje de tu alumno —que no tiene por qué ser preciso ni comprenderse a sí mismo— y transformarlo en síntomas, y con eso plantear un diagnóstico y un tratamiento. Los docentes tendemos a llevar el fracaso como algo que hay que ocultar a nuestros propios compañeros. En una jornada con profesores, empecé diciendo lo siguiente:

hacéis muy bien en escucharnos a todos, pero casaos únicamente con vuestra experiencia.
¿En qué fracasa la educación? Estamos intentando hacer una pedagogía sin antropología. No hay detrás una visión coherente del hombre. La Comisión Europea convocó hace algunos años a un grupo de expertos para encargarles la misión de definir qué era una buena educación. La conclusión fue: no podemos responder, porque lo que funciona en un sitio puede no funcionar en otro.
Aunque no haya recetas, al hacer una pedagogía basada en antropología, ¿cuál es el primer punto? ¿La inteligencia? ¿El lenguaje?
Primero, la libertad. Hemos de asumir la obligación de situar al alumno como un ser libre y, por lo tanto, responsable. Ahí está su dignidad.
¿En qué más nos tendríamos que fijar? Insisto en la afirmación de la dignidad de ese niño, que está por encima de todo. A mí me parece impresionante. La dignidad moral te la ganas tú con tus
propios actos. Tienes el deber de situar al alumno, por pequeño que sea, ante sus propias obras. Por alguna extraña razón parece un discurso anticuado: libertad, dignidad, responsabilidad. Si lo parece es porque es permanente.
Veo que, en España, la educación por competencias mina esta reivindicación. Ahora tienen que ser competentes para resolver problemas. ¡Naturalmente! Nadie quiere alumnos incompetentes, pero antes de tratarlos como sujetos competentes, plantea su valor como persona. Esa es la gran cuestión. Y después, cada vez veo más importante una didáctica del error. Porque todos nos equivocamos. Aprender a vivir con él. No de una manera fatalista, sino como algo que está ahí y que es un reto. La escuela no es solo el lugar al que vas a alimentar tu intelecto, sino donde libre y responsablemente te enfrentas a la posibilidad de mejora de ti mismo.
¿Debería concebirse como una ciudad para niños, como sostiene en sus
libros el conocido pedagogo italiano Francesco Tonucci?
Cuando digo que la escuela no es un parque de atracciones es porque al parque vas a pasártelo bien. Tampoco es que la escuela sea un lugar para pasarlo mal. Pero es, sobre todo, un lugar para aprender, para elevarse por encima de uno mismo, para ganar horizonte. La educación es la trascendencia de los límites que uno tiene ahora. Hay un tipo de disfrute que no tiene que ver con pasárselo bien y que es más intenso: es el del descubrimiento, ese caer en la cuenta. Me gusta mucho aquello de Camus cuando habla de sus maestros. Dice: «Nos consideraban dignos de descubrir el mundo». Aparece la dignidad de nuevo.
Es disfrutar como sacar fruto. Disfrutas como disfruta un pintor cuando descubre un nuevo color. Esa es la voluntad de poder nietzscheana, no mi capacidad para dominar a otros, sino mi capacidad para descubrir en mí mismo nuevas posibilidades. Es subirte por en-
«Cuando las grandes estructuras flaquean, más que grandes revoluciones, se necesita que la gente sencilla se reúna a contarse historias»
cima de ti mismo. Se trata de tensionar la propia vida de tal manera que te dé de sí sus posibilidades. Y ahí hay un placer profundo, todos lo sabemos, en enfrentarte con tus límites y vencer.
¿Por eso defiende el riesgo?
Defiendo el juego libre y arriesgado porque en el riesgo hay un conocimiento de tus límites. Eso es la escuela experiencial, poner a prueba tus límites no por temeridad, sino para sacarle jugo a la vida. El ejercicio intelectual no es otra cosa que llevar la experiencia a la idea. En el parque de atracciones te quedas solo con la experiencia.
Habla también del síntoma de las rodillas de los niños, tan inmaculadas ahora, a pesar de que jugar implica arriesgarse.
Están aumentando de una manera escandalosa los diagnósticos de trastornos socioafectivos. Cuando envuelves al niño en un vocabulario psicoafectivo, al final tus propias experiencias las vives de acuerdo con ese vocabulario. Eso no quita que esos trastornos sean reales. Yo hace mucho tiempo que me vengo preguntando si esos malestares de nuestros alumnos no tendrán que ver con la falta de sueño y con la reducción de experiencias aventureras, personales, de irte a pescar como Huckleberry Finn al río Ebro a ver, caerte y sostenerte de una rama… y pelarte las rodillas.
Conocer el peligro, conocer el límite. Aquella infancia ha sido sustituida, por una parte, por el vocabulario psicoafectivo y, por otra parte, por unos padres sobreprotectores. Yo no dejo de insistir en que sobreproteger es una forma de maltrato.
¿Qué hay en el fondo? ¿Miedo al dolor?
Todos estamos mal hechos, y no pasa nada. Todos llevamos nuestras heridas. Creo que ha llegado el momento de querer las heridas así, como queremos la salud. He notado algo muy curioso. Todo el vocabulario relacionado con el esfuerzo, el trabajo bien hecho y la autoexigencia lo han desterrado de las escuelas y ha entrado en los gimnasios. Están ahí, ves a gente luchando y esforzándose. La explicación es en ambos casos el miedo a nosotros mismos. Por un lado, intentamos construir imágenes muy ideales. To-
dos queremos tener un cuerpo perfecto, lucir, que se note nuestra presencia. Por otro lado, solo somos humanos. Debemos aceptar nuestra mediocridad. La etimología de esa palabra es maravillosa: literalmente, estar en la mitad del ascenso. Me gusta mucho ser normal.
Un poco tibio.
No es tibio. A mitad del camino es cuando el cansancio se hace notar, cuando has tropezado dos veces con una raíz, cuando ves los valles abajo, el terreno ondulado,
es cuando tienes que decidir qué hacer: la foto o volver con las rodillas peladas. ¿Lo que nos empuja es la belleza? Lo maravilloso es conquistarse a uno mismo. Y en eso ya vale de dar consejos a nadie. Tenemos que manifestarlo con nuestro ejemplo. También está la belleza, que es tanto más bella cuando sabes que es efímera en su forma. La saboreas con más intensidad. Todo eso tenemos que disfrutarlo de manera natural, sin pretender dar lecciones a nadie, sin ir por la vida de pedantes, sin ir de mejores. Nt


Menos mal que el optimismo nos permite ver el lado bueno incluso del optimismo, que, objetivamente, es agotador y, a menudo, peligroso.
QUIÉN FUESE PESIMISTA! Pesimista perdido, qué qué ganancia. Pasarme el día tranquilo, quejándome, maldiciendo mi suerte, descansadamente. En cambio, el optimismo me va a matar: me zarandea de aquí para allá. Y encima tiene mucho menos prestigio intelectual. Firme partidario de sir Roger Scruton, leí Usos del pesimismo (2020) a ver si se me pegaba la utilidad, con una gran ilusión, y ese fue el fallo: la ilusión. El pesimismo es elegante, gris marengo. Lo veo tan atractivo que, si alguna vez casi lo consigo, de verme tan exquisito, por fin, acabo cayendo de nuevo en el optimismo. Y ya me quedo ahí por defecto. Y no hay paz. Los optimistas pensamos que las cosas tienen remedio y nos ponemos, qué remedio, manos a la obra. Creemos en el matrimonio indisoluble y, por tanto, hay que avivar el fuego sin solución de continuidad, echando leña a la hoguera, más y más. El optimista cree que los saludados y conocidos, aunque no sean sus amigos, pueden serlo, a poco que él ponga de su parte. Basta un… esfuerzo. Otro. Y entonces se parte para estar en todas partes. No hay llamada que no trate de atender, porque, detrás de cualquiera, se agazapa un amigo o —más— alguien que necesita un amigo. El optimista no llega, pero lo intenta, y acaba hecho trizas.
En el trabajo, lo mismo. El optimista no da ninguna bola por perdida, como Carlitos Alcaraz, pero sin llegar, aunque qué importa. «A la próxima, seguro», se dice. El
futuro de cada alumno (en mi caso) puede depender de una atención individualizada: «A ver, cuéntame…». Han pasado veinticinco años dando clases, pero la esperanza no cede a la experiencia.
En política no podemos bajar los brazos porque pensamos que con un poco de dedicación todo mejoraría. España nos espera en esta hora decisiva. Mientras que un buen pesimismo, quién lo pillara, te convence de que eres inútil, el optimismo, ingenuo, incansable, todavía te insiste en que de tu comportamiento, aunque sea por el efecto mariposa —qué capullo, con perdón— pueden derivarse grandes efectos. Recuerda el efecto dominó y te insta a que te pases el día tirando ficha, por si arranca la cadena.
Y luego están los problemas a los que el optimista no llega, la gente que no conoce, los conflictos en países lejanos, las enfermedades serias. Cualquiera diría que ante ellas ya descansa, aunque sea por la fuerza de la lógica y de la física. Qué va. Si el optimista, además, es creyente –como suele–, conoce el poder de la oración, que no sabe de fronteras ni de silogismos ni de cálculo de probabilidades ni de mecánica de los cuerpos. El optimista vuelve a encontrarse desgarrado porque rezar se puede siempre, y siempre más, y uno se queda corto. Ay, ay, se lamenta, tristísimo, el optimista.
Un poema de W. H. Auden que explica a la perfección este vaivén que nos marea. Se llama «Felix culpa» y su primera parte reza así, muy esperanzada, a pesar de los pesares: «El tiempo te ha enseñado / la mucha inspiración / que trajeron tus vicios, / cuánta imaginación / pudo la tentación / producir, / la cantidad de versos / expresivos, perfectos / que hoy no existirían / si hubieses resistido… / Como poeta, tú / sabes bien que es así. / Y aunque en la iglesia / con frecuencia has rezado / por sentirte contrito, / no funciona. / Felix culpa, te animas, / puede que con razón».
¿No resulta sospechosamente confortable ser pesimista y, por tanto, estar inmunizado a la decepción y excusado de los esfuerzos? @NTunav Opina sobre este asunto en X.
Sin embargo, el optimista fetén está condenado a la desesperación por pura dicha. Qué suerte que la misericordia del Señor condone y saque un bien de nuestros defectos, pero ¿qué no sacaría de nuestras virtudes, eh? Auden lo dice mejor: «Esperas, desde luego, / que tus libros te justifiquen, / te salven del infierno. / Y, sin embargo, / sin que parezca triste, / sin que de ningún modo / Dios te culpe de nada […] / Él puede reducirte / en el Día del Juicio / a un llanto de vergüenza / al recitarte de memoria / los poemas que tú / habrías escrito, si / tu vida hubiese sido buena».
El optimista, convencido de que él podría ser mucho mejor y de que eso tendría consecuencias extraordinarias, vive con la lengua fuera. Siempre por debajo de su visión del mundo y por detrás de las magníficas posibilidades.
Enrique García-Máiquez [Der 92] es poeta y ensayista. @EGMaiquez

Doscientos cincuenta años después de su nacimiento, Jane Austen sigue siendo la escritora más malinterpretada de la literatura inglesa. Esta autora, a la que Woolf comparaba con Shakespeare, nunca escribió novelas rosas, sino que exploró complejos dilemas morales. Para celebrar este aniversario, Nuestro Tiempo dibuja el mapa de los lugares donde Jane Austen vivió, amó, dejó de escribir y creó seis novelas que aún hoy nos hablan del amor, el dinero y la búsqueda de uno mismo.
texto Lucía Martínez Alcalde [Fia 12 Com 14] ilustración María Expósito

«Tengo miedo de decirte cómo nos comportamos mi amigo irlandés y yo. Imagina las cosas más libertinas en la manera de bailar y de sentarnos uno junto al otro»
jane austen, a la que algunos tenían por guapa y otros no tanto, inteligente y dependiente del dinero de sus hermanos tras la muerte de su padre, con un hogar cómodo en Chawton Cottage y un carácter alegre, cariñoso y lleno de ingenio, había vivido casi treinta y cuatro años en el mundo atravesando distintas vicisitudes, cuando se mudó con su madre viuda, su hermana Cassandra y su amiga Martha Lloyd a esta sencilla construcción en el centro de la campiña inglesa de Hampshire.
Edward —el tercer hermano de Jane, al que habían adoptado los Knight, unos parientes ricos y sin hijos— la había heredado, y la ofreció a su madre y hermanas para poder proveerles de un hogar estable, del que no disfrutaban desde el fallecimiento del reverendo Austen en Bath. Menos de media milla separaba el cottage (desde 1949, casa-museo dedicada a la autora) de la casa grande, donde Edward y su numerosa familia pasaban algunas temporadas, aunque su residencia principal se encontraba en Godmersham Park. Era un edificio modesto de dos plantas, con un jardín que aislaba la casa de la calle principal con una valla alta y un seto.
doce lados para seis novelas. Cassandra madre se ocupaba del jardín, Cassandra hija se encargaba de la gestión doméstica, Martha ayudaba con la cocina y Jane tenía asignadas tareas más ligeras para que pudiera escribir. Por las mañanas, preparaba el desayuno a las 9, tras tocar un rato el piano. Hervía el agua para el té y tostaba el pan en la chimenea del salón comedor.
Junto al ventanal del comedor se sentaba a escribir, en una mesa de doce lados de proporciones muy pequeñas. Desde ahí, compuso tres de sus seis novelas y revisó y editó antes de su publicación las tres primeras, con la poca privacidad que implicaba carecer de «una habitación propia». Curiosamente,
Virginia Woolf, en su ensayo así titulado, a la par que defiende la necesidad de ese espacio para que las mujeres puedan escribir novelas, alaba las obras de Austen —«con menos genio literario que Charlotte Brontë, logró decir muchísimo más»—, y afirma que era una mujer que escribía «sin odio, sin amargura, sin temor, sin protestas, sin sermones. Así es como escribió Shakespeare». De Orgullo y prejuicio apunta: «No pude encontrar señal alguna de que las circunstancias en que escribió el libro hubieran afectado en absoluto a su trabajo. Este es, quizá, el mayor milagro de todos». Las historias familiares hablan de cierta puerta en el cottage que chirriaba al abrirse y que Jane siempre pidió que no la engrasaran: le servía de aviso cuando llegaban los criados o las visitas, para tener tiempo de ocultar sus trabajos. En ese reducido espacio revisaría Sentido y sensibilidad, su primera novela publicada, en 1811, a los 36 años. En ella, tras la muerte del señor Dashwood, su viuda y sus hijas se mudan a Barton Cottage, una casa humilde dentro de las propiedades de un primo rico, donde «un pasillo estrecho atravesaba directamente la casa hasta el jardín trasero. A cada lado de la entrada había una sala de estar de unos cinco metros cuadrados; y más allá estaban las dependencias y las escaleras». Estas líneas podrían estar describiendo Chawton Cottage. Aquí Jane y Cassandra compartieron habitación, como llevaban haciendo toda la vida. Al ver su dormitorio, resulta fácil imaginar a Elinor y Marianne desgranando sus secretos antes de apagar de un soplo la vela. Aunque la historia de esas páginas se remonta dieciséis años atrás, a unas quince millas de allí.
en la rectoría de steventon. Jane Austen tenía 20 años cuando escribió Elinor and Marianne, una novela epistolar que llegaría a ser Sentido y sensibilidad. La familia vivía desde 1768 en Steventon,
Orgullo y prejuicio fue la única novela de la que vendió los derechos al editor, decisión de la que se arrepintió, ya que resultó ser la más popular
de cuya parroquia George Austen era rector. Jane nacería el 16 de diciembre de 1775. La precedían James, quien heredó la rectoría; George, que vivió al cuidado de una familia de acogida; después venía Edward, quien les ofrecería Chawton Cottage; seguido de Henry, agente literario de Jane y tal vez su hermano varón favorito. El quinto vástago fue la primera niña: Cassandra. Y antes y después de Jane, los dos marinos de la familia: Frank y Charles. Si en Barton Cottage podemos vislumbrar el hogar de Chawton, la relación entre las dos hermanas protagonistas de Sentido y sensibilidad rezuma el cariño, la admiración y la complicidad de Cassandra y Jane. Cassandra estuvo prometida con Tom Fowle, un discípulo de su padre, que falleció en un viaje para lograr el dinero de la dote. Después de esa tragedia, nunca se casó.
Su madre solía comentar que si le fueran a cortar la cabeza a Cassandra, Jane insistiría en compartir el mismo destino. Cuando en 1783, sus padres decidieron mandar a la mayor a un internado en Oxford, la Jane de siete años dijo que Cassy no se iría sin ella. La escuela para niñas se trasladó poco después a la ciudad portuaria de Southampton, pero una «fiebre pútrida» se extendió por la localidad, las hermanas enfermaron y regresaron a casa. Entre 1785 y 1786, acudieron al Abbey House School en Reading, donde les enseñaban francés, historia, geografía, costura, dibujo, música y baile.
Los siguientes años recibieron una educación informal en casa. El hogar de los Austen contaba con una biblioteca de quinientos libros. También era un centro de formación, ya que su padre enseñaba a un grupo de chicos que vivían como internos en la rectoría. El gusto por la escritura no fue un talento cultivado únicamente por Jane: su madre disfrutaba rimando versos, su hermano James fundó una publicación durante sus años en Oxford, y entre
todos producían representaciones teatrales y se inventaban juegos de palabras para las tardes del invierno inglés.
Antes de cumplir veinte años y de redactar Elinor and Marianne, Jane había escrito Lady Susan, una novela también epistolar más corta que se publicaría póstumamente. Contaba entonces con una obra extensa fruto de la primera adolescencia, que agrupó en tres cuadernos y que ahora se conoce como Juvenilia. Sus primeros relatos datan de 1787, cuando tenía doce años.
Entre los escritos adolescentes, Historia de Inglaterra recoge de manera cómica cortas semblanzas de la monarquía del país. Sus escuetas biografías estaban acompañadas por los dibujos de Cassandra. A ella le debemos los dos retratos más fidedignos que se conservan de Jane, aunque uno es un boceto sin terminar y en el otro aparece de espaldas. Elinor, la hermana mayor de Sentido y sensibilidad, también era una gran aficionada al dibujo.
Dos años después de la primera versión epistolar de esta historia, Jane la reescribió en prosa. Presenta aquí temas que van a aparecer en sus otras obras: las dificultades de las mujeres desprotegidas ante tragedias familiares (muerte del padre o del marido), el encuentro con hombres irresponsables y egoístas, aunque también con gentlemen auténticos, el papel del dinero y la codicia, la manera de navegar entre las emociones y la capacidad para poner en diálogo mente y corazón.
primeras impresiones, primeras decepciones. Aunque no queda duda de quién es el sentido y quién la sensibilidad en esta primera novela, menos claro está quién representa el orgullo y quién el prejuicio en su segunda, comenzada en octubre de 1796 y acabada menos de un año después. Se cree que, como la anterior, empezó siendo una obra epistolar,

que luego transformó en prosa (aunque la presencia de cartas en ella sigue siendo muy significativa: se mencionan más de cuarenta). También su título era otro: Primeras impresiones. Justamente el libro que lee absorta Keira Knightley mientras avanza por la campiña al amanecer en los primeros segundos de la adaptación dirigida por Joe Wright en 2005. Fue la primera obra de Jane que intentó ver la luz, de la mano de su padre, que la envió a un editor londinense. También fue el primer rechazo de este tipo de muchos que vendrían hasta conseguir ver sus títulos impresos. Orgullo y prejuicio lo consiguió tras Sentido y sensibilidad, en 1813.
En una carta a Martha Lloyd, en noviembre de 1812, le decía: «O. & P. está vendido. Egerton me ha dado 110 libras por ella [equivalente a 16 500 libras actuales]. Habría preferido 150, pero no podíamos quedar los dos perfectamente satisfechos». Fue la única novela de la que vendió los derechos al editor, decisión de la que se arrepintió, ya que resultó ser la más popular. Los otros libros fueron publicados «a comisión», algo similar a lo que sería la autoedición de ahora: ella asumía los riesgos y los costes, pero conservaba los derechos. El editor cobraba un pequeño porcentaje.
Unos meses antes de tomar la pluma para su segunda novela, Tom Lefroy había entrado en escena. Un joven irlandés de ojos azules y sonrisa simpática,
de la misma edad que Jane, que estaba estudiando leyes en Londres y viajó a Ashe, a unas tres millas de Steventon, a visitar a sus tíos, amigos de los Austen. Coincidieron en tres bailes y poco más, y lo que sabemos de Tom viene principalmente por la correspondencia que Jane mantenía con Cassandra esas semanas, en las que su querida hermana se encontraba fuera: «Casi tengo miedo de decirte cómo nos comportamos mi amigo irlandés y yo. Imagina las cosas más libertinas y escandalosas en la manera de bailar y de sentarnos uno junto al otro. Sin embargo, [...] se marcha inmediatamente del país después del viernes próximo, día en que, por fin, se celebrará un baile en Ashe. Es cierto que se trata de un joven muy galante, apuesto y agradable».
Este tono juguetón continúa en otra carta a Cassy al hablar de la marcha de Tom, y es difícil saber hasta qué punto la autora usa el sarcasmo para protegerse de una cierta decepción: «Finalmente ha llegado el día en el que coquetearé por última vez con Tom Lefroy, y, cuando recibas esta carta, todo habrá terminado. Me brotan las lágrimas mientras escribo».
La joven Jane Austen , protagonizada por Anne Hathaway y James McAvoy, tira del hilo de estos encuentros e imagina una relación romántica que no se deduce de las cartas (aunque de las tres mil misivas que escribió Jane, solo se conservan 160. Su hermana quemó el resto). En la misma en que

habla de su último encuentro con Lefroy, Jane dice que espera «recibir una propuesta» a lo largo de la noche, «sin embargo, pienso rechazarlo, a menos que prometa regalar su abrigo blanco».
Fuera como fuera, la cinta sí recoge una realidad: ese matrimonio habría sido imposible. Tom era el varón mayor de once hermanos en una familia sin dinero y sobre él pesaba la responsabilidad de mantenerlos. Para eso necesitaba casarse con una chica con buena dote. Jane no era esa chica. ¿Recuerda un poco su historia a la del Willoughby de Sentido y sensibilidad?
Aunque el tema de casarse por amor y los problemas de dinero por las dependencias económicas en las familias vuelve a estar presente en Orgullo y prejuicio, no parece que podamos ver a Tom Lefroy en Darcy. De esta novela —«su hijo querido», como se refirió a ella su autora—, Natalia Sanmartín Fenollera destaca, en el curso «Educar a los jóvenes en el amor y la amistad a través de los clásicos», tres enseñanzas: para que una persona sea amable tiene que ser amada primero; solo se conoce lo que se ama; y la necesidad del amor para un matrimonio feliz, huyendo de dos extremos que Austen critica: el matrimonio por conveniencia y la mera pasión. Para estas primeras novelas, Jane Austen bebería de su vida en la campiña inglesa, los bailes, la observación de la gentry (la mediana aristocracia
rural) y de sus visitas a familiares y amigos. Algunos estudiosos ven en las mansiones de su hermano Edward la inspiración para las grandes casas de Orgullo y prejuicio. Además, la famosa Pemberley, residencia del señor Darcy, parece presentar similitudes con una casa que tal vez visitó, Chatsworth House. Esta mansión se convierte, de hecho, en Pemberley, en la adaptación cinematográfica de 2005.
El viaje de las novelas de Austen a la pantalla ha tenido mucho que ver con la popularidad de la autora en las últimas décadas. En 1995 coincidieron cuatro adaptaciones: Persuasión, Clueless (una versión moderna de Emma), la serie de la BBC de Orgullo y prejuicio y la película Sentido y sensibilidad, dirigida por Ang Lee. Estos dos últimos títulos en concreto permanecen como clásicos ineludibles entre los austenitas. No era la primera vez que unos personajes de Austen daban el salto al celuloide, pero la última vez que había ocurrido había sido en 1940.
La última obra que escribió en Steventon entre 1798 y 1799 fue Susan (que luego sería Catherine y, finalmente, La abadía de Northanger, título que eligieron sus hermanos Henry y Cassandra antes de su publicación póstuma en 1817). Con un tono muy diferente de las otras dos, aunque con su inconfundible ironía, Jane creó una obra satírica sobre las novelas góticas, donde gran parte de la trama sucede en Bath. En 1801, después de que James heredara
«Para Emma voy a crear una heroína a la que casi nadie, salvo yo misma, apreciará»
la rectoría de Steventon, el matrimonio Austen y sus dos hijas se trasladaron a esta ciudad balneario. El sello de Bath en su corazón no tendría un tinte positivo tras los cinco años que residió allí.
En Steventon dejaba los paisajes de su amado Hampshire, la biblioteca de su padre y multitud de buenos recuerdos. Su casa natal fue demolida unas décadas después. Lo único que queda de aquellos años es un tilo plantado por James.
el silencio creativo en la ciudad de moda. «¿Quién podría cansarse alguna vez de Bath?». Lo escribió Jane Austen, pero ¿lo pensaba? Esta frase, ya célebre, la pone en boca de uno de sus personajes de La abadía de Northanger. También hace decir a su protagonista, Catherine Morland: «Creo sinceramente que, cuando esté de vuelta en casa, no dejaré de hablar de Bath».
En la actualidad, Bath acoge el Jane Austen Centre, que, entre otras actividades, organiza cada septiembre un encuentro en el que durante diez días la ciudad se vuelve un escenario de una de sus novelas, con austenitas de todo el mundo ataviados con sus trajes de Regencia y reuniéndose en el Royal Crescent, la elegante y característica calle en semicírculo, con las casas adosadas con fachadas de piedra color miel.
Otra calle de renombre es Great Pulteney Street, al otro lado del río Avon, la más amplia de todo Bath, con sus treinta metros de ancho y más de trescientos de longitud. Al llegar al final, a la izquierda, se encuentra 4 Sydney Place, la primera residencia de los Austen en esta ciudad, una elegante casa georgiana, justo enfrente de los Sydney Gardens, un lugar de moda entonces. Durante esos años pasó a limpio La abadía de Northanger y tuvo intención de publicarla. En 1803, un editor le pagó 10 libras por ella (el equivalente a 1500 libras actuales), pero, al final,
todo quedó en nada. Un año después, se mudaron a otra casa, seguramente por dinero. Allí comenzó a escribir The Watsons. Dedicó casi dos años a avanzar en ella hasta que la dejó en 1806 y nunca más volvió a retomarla.
La muerte de su padre, en 1805, fue un golpe duro para las tres mujeres. El reverendo fue enterrado en Bath, en la misma iglesia en la que se había casado. Como si de las Dashwood de Sentido y sensibilidad se tratara, se vieron de repente con sus ingresos mermados y sin un sitio donde ir. En los siguientes años fueron sucediéndose mudanzas, alquilando habitaciones en diferentes lugares de Bath: primero 25 Gay Street, que ahora es una clínica dental; luego Trim Street, una zona de prostitutas y ladrones. No duraron mucho allí. En el otoño de 1806, Frank, uno de los hermanos marinos, les invitó a vivir en su casa en Southampton. Martha Lloyd, gran amiga de los años de Steventon, que tras perder a su madre se había unido al grupo de las mujeres Austen, las acompañó en esta nueva mudanza. En 1828, ya viudo, Frank se casaría con Martha
solteras, formidables y con cofia. Entre las amarguras del período de Bath se encuentra el episodio en el que estuvo prometida durante menos de veinticuatro horas. En diciembre de 1802, Jane y Cassandra fueron a visitar a los Bigg, en Manydown Park, no lejos de Steventon. Ambas eran muy amigas de las dos hijas. En la casa también se encontraba el hermano de estas, Harris, seis años menor que Jane. Ella, a sus 27, se alejaba de ser considerada una joven casadera. Según la Enciclopedia visual de Jane Austen, de Gwen Giret y Claire Saim, Harris era «simple y torpe. Tartamudeaba y carecía de confianza en sí mismo, pero era el heredero de la fortuna familiar». No parece el tipo de hombre del que se enamoran las heroínas de sus novelas, pero cuando
Desde que dejaron Steventon, no volvió a escribir una obra completa hasta que se instalaron en Chawton y disfrutó de la estabilidad de un hogar
él le pidió matrimonio, ella aceptó… hasta que a la mañana siguiente, después de lo que podemos imaginar como una noche llena de deliberaciones, se retractó.
La charlatana señorita Bates y su madre, en Emma; Charlotte Lucas aceptando a la desesperada la propuesta matrimonial del señor Collins para no ser una carga para su familia, en Orgullo y prejuicio… La amenaza de acabar siendo una solterona pesaba en la época. No era simplemente el miedo a quedarse sola: una mujer que no conseguía un buen partido dependía para vivir de las ayudas de sus familiares.
A su vez, los hijos segundones, que no heredaban debido a la primogenitura, tenían que buscarse la vida (para las clases altas y la gentry, esto significaba la milicia, el estado clerical, algún empleo liberal… o un matrimonio con una buena dote). Así que la idea de casarse por amor no era algo común. Sin embargo, Jane Austen la defendió en sus libros, en su vida y en su correspondencia. A su sobrina Fanny Knight aconseja, en noviembre de 1814: «Cualquier cosa es preferible o soportable antes que casarse sin afecto», y unos días más tarde: «Nada puede compararse con la desdicha de estar atada sin amor».
Y un par de años más tarde, en una carta que podría haber escrito Lizzy Bennet, con su dosis de ironía: «Las mujeres solteras tienen una terrible propensión a ser pobres, lo cual es un argumento muy sólido a favor del matrimonio; pero no necesito insistir en tales argumentos contigo, querida. Te diré, como te he dicho muchas veces antes: no tengas prisa; el hombre adecuado llegará al fin. En el transcurso de los próximos dos o tres años conocerás a alguien [...] que te amará con la mayor ternura posible y que te atraerá de tal modo que sentirás que nunca habías amado de verdad antes».
Fanny Knight se casó con un baronet viudo unos años después de la muerte de su tía. La promesa no
llegó, sin embargo, para la propia autora, a pesar de que otros hombres desfilaron por su vida (conocidos de amigos y familiares, un amor de verano, encuentros esporádicos en bailes y el abogado de su hermano Henry).
Parece que tanto Cassandra como Jane asumieron bastante pronto su papel de solteras. La casa-museo recoge en uno de sus carteles explicativos que se vestían como mujeres de más edad y comenzaron a llevar cofias antes que otras. Jane se refería a sí misma y a Cassandra como «las formidables».
Aunque Jane no se casó, las heroínas de sus seis grandes novelas llegan, al final de sus historias, a matrimonios felices. Jane y Elizabeth Bennet, Elinor y Marianne Dashwood, Emma Woodhouse, Fanny Price, Catherine Morland, Anne Elliott. Eso sí, antes de alcanzar ese happy ending, tendrán que pasar por diversos obstáculos y dificultades, y no solo externos, sino también desde su propio interior: pasiones descontroladas, prejuicios y orgullo que no dejan ver con claridad, visión ingenua de la vida o un —a veces largo— camino de conocerse a sí misma...
Que sus historias terminen en bodas no implica una visión ingenua o mermada del matrimonio. A través de sus páginas desfilan ejemplos y contraejemplos de matrimonios más o menos veteranos que muestran tanto relaciones poco envidiables (los Bennet, los Musgrove, los Bertram…) como ejemplos de felicidad conyugal (los Gardiner, los Weston —a pesar del famoso «¡Pobre señorita Taylor!»—, los Croft, los Harville…). Y en Mansfield Park, además de plasmar la importancia de rechazar un casamiento que, a vistas de todos los demás personajes, es sumamente conveniente y ventajoso (un rechazo que, como señala el filósofo Alasdair MacIntyre en Tras la virtud, implica un acto de gran valor y una defensa de la propia coherencia),

también ilustra el peligro de casarse solo por amor, sin tener en cuenta otros aspectos, no solo económicos sino de conocimiento real del temperamento y el carácter del futuro cónyuge.
ni romántica ni rosa. El papel pivotal que tiene el amor en sus novelas ha llevado a calificar a Jane como una escritora romántica. No lo es. En su época, romántico se refería a un tipo de literatura fantástica. Un subgénero de esta corriente serían las novelas góticas. Tampoco es romántica como Goethe o Byron. En Jane no tenemos una exaltación de los sentimientos y del yo, ni el rechazo a la razón ni la predominancia de lo trágico. Muchos estudiosos la encuadran más bien dentro del clasicismo costumbrista.
Ante la pregunta de si Austen es «literatura romántica cursi», en una entrevista en Código Cine, Miguel Ángel Jordán, doctor en Filología Inglesa y vicepresidente de la Jane Austen Society en España, expone que esta concepción se debe, por una parte, a que las versiones cinematográficas han puesto el foco en la trama romántica y obvian otras. También añade que «algunos lectores [...] no se dan cuenta de que las obras de Jane Austen son novelas de personajes. Para poder mostrarlos en profundidad, la autora los pone en diversas situaciones. El romance es una parte muy importante de la vida, pero su en-
foque no es nada empalagoso. Hay mucho realismo, mucha ironía y mucho sentido práctico».
Ya en un ensayo de 1878, el crítico literario León Boucher la defendía como recoge Catalina León en El ideal masculino en Jane Austen: «Los críticos superficiales le han reprochado a veces la monotonía de sus cuadros. Y, sin embargo, en esta larga galería de retratos, no hay dos tan parecidos como para tentarnos a confundirlos. Son figuras familiares, rápidamente reconocibles al pasar, pero cada una se distingue por sus propias características [...]. Si nos interesan, no es porque nos provoquen admiración, horror o lástima, es sencillamente porque cuando los vemos saludamos a unos semejantes».
El escritor W. Somerset Maugham, en su libro Ten Novels and their Authors, justifica la selección de Orgullo y prejuicio en su lista de diez mejores novelas de la literatura universal: «Lo que hace que algo sea un clásico no es que sea alabado por los críticos, expuesto por los profesores y estudiado en las clases universitarias, sino que los lectores, generación tras generación, hayan encontrado placer y provecho espiritual en su lectura».
Hasta la década de 1940, las obras de Jane Austen no se habían considerado literatura para mujeres. En un artículo en Yorokubu, la investigadora Janine Barchas, de la Universidad de Texas, explica que, en aquel momento, empezaron a publicarse sus libros

en España con cubiertas rosas y ediciones poco cuidadas, lo que llevó a esta etiqueta. En una entrevista para el pódcast Radiografía de un lector, el filósofo David Cerdá afirmaba: «Un hombre que no ha leído a Jane Austen ha perdido una perspectiva del amor que solamente una mujer te puede dar». Y añadía que lo interesante en las obras de la autora es que plasma cómo la gente consideraba el amor unido a lo moral, en el sentido de dar tu palabra y cumplirla. Esto, en el mundo de hoy, que entiende que «todo lo que no sea dar cumplimiento a mis impulsos inmediatos es una convención», parece una condena. Si los hombres no leen a Austen, escribe Catalina León en su libro antes mencionado, «algo falla, y me temo que la educación sentimental de “ellos” tiene muchos huecos que rellenar». Aunque las protagonistas de sus novelas sean mujeres, los personajes masculinos tienen un papel clave. Defiende León que Austen «no buscaba colocar soldaditos de plomo al lado de sus bien pertrechadas mujeres, sino, por el contrario, necesita hallar el verdadero contrapunto, el que estuviera a la altura de ellas». Así vemos esos diálogos inteligentes y agudos entre Darcy y Lizzy; o las conversaciones francas entre Emma y Knightley, que implican una confianza en la que hay espacio también para que él pueda reprocharle su actitud en un momento determinado de la trama y ella acoger la crítica, aunque no sin esfuerzo.
Además de estos dos personajes masculinos, que suelen acaparar las preferencias de los austenitas, otro que merece especial atención es el capitán Wentworth, de Persuasión. Fue la última novela que Jane completó, en agosto de 1816, aunque no llegó a verla impresa. Sus hermanos Henry y Cassandra la publicaron junto a La abadía de Northanger, y, como a esta, le dieron un nuevo nombre (el original era The Elliots). Es considerada una novela de madurez, no solo por cuándo fue escrita sino por la historia que cuenta: no estamos frente a un primer amor que deslumbra ni ante unas inquietudes de juventud.
Anne Elliot tiene veintisiete años —la misma edad que Jane cuando rechazó la propuesta de Bigg-Wither, y la que tiene Charlotte Lucas cuando acepta el casamiento por conveniencia, en Orgullo y prejuicio— y parece que ha tirado por la borda sus posibilidades de un matrimonio feliz al rechazar persuadida por lady Russell— la propuesta de un joven Wentworth. Pero en el transcurso de la trama, aparecerá la esperanza de una segunda oportunidad. Jane narra una historia de amor maduro, que resiste el paso del tiempo, en el que la constancia aparece como virtud.
En Persuasión, Bath es el escenario de gran parte de la historia. La escribió en Chawton, nueve años después de su mudanza. Como sucede también en Emma, Austen vincula el gusto por Bath con
«¿Quién podría cansarse alguna vez de Bath?». Lo escribió Jane Austen, pero ¿lo pensaba?
personajes más bien frívolos. Al comienzo de la novela se dice que a Anne Elliot, «no le gustaba Bath y creía que no le sentaría bien» y, más adelante: «Continuaba sintiendo una silenciosa pero segura antipatía por Bath». No hay consenso sobre si los verdaderos pensamientos de Jane sobre Bath están más plasmados en la ingenua Catherine Morland o en la madura Anne Elliott. Está claro que no le fue indiferente. Un dato objetivo es la sequía literaria durante esa estancia. Desde que dejaron Steventon, Jane Austen no volvió a escribir una obra completa hasta que se instalaron en Chawton y disfrutó de la estabilidad de un sitio al que poder llamar hogar. Pero antes vendrían unos meses en Bristol y casi tres años en Southampton. años fecundos de una dama. Southampton es una ciudad rodeada por el mar en tres de sus lados. En 1806, Frank Austen, entonces oficial de la Royal Navy, invitó a sus hermanas, su madre y Martha Lloyd a mudarse con él y su mujer, Mary. Así también podrían acompañar a Mary en los períodos en los que él se encontrara navegando. Jane tenía 31 años cuando llegaron, Cassandra 33 y su madre 67. Se instalaron en Castle Square, a diez minutos caminando del puerto. Allí, Jane cosía, pasaba tiempo entre libros, jugaba a las cartas y, por las noches, las mujeres se turnaban para leer en voz alta. También disfrutaba del jardín. Aunque la vivienda no se conserva en la actualidad, una placa conmemorativa explica dónde se podría haber encontrado con bastante exactitud y cuenta que «el jardín de los Austen se extendía hasta las murallas de la ciudad, ofreciendo amplias vistas del New Forest». Tenía unos arbustos que bordeaban el sendero de grava, algunos de ellos rosales silvestres. Por indicación de Jane, el jardinero plantó lilas y laburno, y dedicaron una parte a las grosellas y las frambuesas.
Podemos imaginar que Cassandra madre cuidaba del jardín, ya que era una de sus aficiones y fue su principal tarea cuando se trasladaron a Chawton. El de Chawton Cottage era más grande en 1809 de lo que es ahora. Parterres de flores, un huerto frutal, un paseo entre arbustos y un amplio huerto de hortalizas. En mayo florecían las peonías al pie del abeto, y comenzaban a despuntar los colores de los claveles y las lilas.
La primera novela escrita entre sus muros fue Mansfield Park. La comenzó en febrero de 1811, cuando ya sabía que le iban a publicar Sentido y sensibilidad. Desde entonces hasta su muerte se fueron entrelazando revisiones de manuscritos de las novelas redactadas en Steventon y la creación de los títulos que conforman «la trilogía de Chawton».
Mansfield Park es la favorita de Lizzie Dunford, la directora de la casa-museo. Catalina León comenta que se trata de «una novela difícil, oscura, llena de matices, en un registro diferente, incluso en un escenario radicalmente opuesto». Por su parte, en la guía de lectura para las novelas de Austen, Sofia Cuddeback la describe como «una novela sobre disposiciones morales: cómo se forman —y qué ocurre cuando no se forman—, lo que se requiere para cambiar la propia disposición moral (y si es posible), y el papel del amor en el deseo moral».
Aunque para MacIntyre tanto su heroína, Fanny Price, como la Anne de Persuasión son un ejemplo de constancia —una virtud sin la cual, según escribe el filósofo, todas las demás pierden su objetivo hasta cierto punto—, señala que justamente ambas protagonistas suelen ser consideradas por los críticos como las menos atractivas entre las novelas de Austen. Beatrice Scudeler, máster en la Universidad de Oxford en literatura inglesa y experta en la autora británica, escribe en Seen and Unseen una defensa de Fanny. Desaprueba que su insistencia en
En el prólogo de sus obras póstumas, su hermano la identifica como autora de las novelas anteriores. Fue la primera vez que «Jane Austen» apareció en letra impresa
que debe seguir su conciencia y sus principios hayan conformado la idea de que es un personaje aburrido: «Nuestra cultura lectora está profundamente incómoda ante la bondad, y la piedad de Fanny nos hace sentir muy incómodos». Frente a los hermanos Crawford, pura fachada que intenta ocultar su falta de educación moral, Scudeler comenta que, si miramos más allá de la superficie, «Fanny surge no como un personaje pasivo o mojigato, sino como alguien valiente y resiliente. Puede que no sea ingeniosa, pero no es débil ni manipulable».
No sabemos si Jane preveía que su Fanny iba a ser tan mal comprendida, aunque recogió opiniones diversas sobre el personaje entre su propia familia. De quien sí sospechaba que no iba a caer bien era de su Emma: «Voy a crear una heroína —dijo— a la que casi nadie, salvo yo misma, apreciará», según cuenta su sobrino en sus memorias. Aunque no acertó del todo en su predicción. Unos meses después de que Emma se publicara, el escritor sir Walter Scott reseñaba en The Quaterly Review: «El conocimiento del mundo que posee la autora y el peculiar tacto con que presenta personajes que el lector no puede dejar de reconocer recuerdan, de algún modo, las virtudes de la escuela flamenca de pintura. Sus temas [...] están representados con fidelidad a la naturaleza y con una precisión que encanta al lector».
Hacía cuatro meses que había finalizado Persuasión y ya contaba con cuatro novelas publicadas cuando se puso a escribir Sanditon (The Brothers, en su título original), en enero de 1817. No pudo avanzar en el manuscrito más de tres meses. En abril apenas salía de la cama e hizo testamento dejando casi todo lo que tenía a su «queridísima hermana Cassandra». Los síntomas de una enfermedad sobre la que los expertos no se ponen de acuerdo habían aparecido ya el año anterior: dolor reumático (en especial en la espalda y las rodillas), un sarpullido cutáneo, episo-
dios de fiebre, ataques biliosos… En mayo se trasladó con Cassy a Winchester, a 17 millas de su hogar, para estar más cerca del doctor que podía tratarla. No volvería a Chawton Cottage, ni a sus peonías ni a su mesa de doce lados. Su última creación son unos versos dictados a Cassandra. Murió en los brazos de su hermana el 18 de julio de 1817, a los 41 años.
El entierro fue seis días después, en la catedral de Winchester, y solo acudieron sus hermanos Henry, Edward y Frank, y su sobrino James Edward. En esa época, las mujeres no asistían a estos actos. Cassandra había escrito a su sobrina Fanny, tras el fallecimiento: «He perdido un tesoro, una hermana y una amiga que jamás podrá ser igualada. Era el sol de mi vida, la que iluminaba cada placer, la que aliviaba cada pena; no le ocultaba ningún pensamiento, y es como si hubiera perdido una parte de mí misma». Además de la lápida en el suelo, de mármol negro, una segunda placa se añadió en la pared, financiada con los beneficios de las ventas de las memorias publicadas por su sobrino: «Jane Austen, conocida de muchos por sus escritos, amada por su familia por los variados encantos de su carácter, y ennoblecida por la fe cristiana y la piedad, nació en Steventon, en el condado de Hampshire, el 16 de diciembre de 1775, y fue enterrada en esta catedral el 24 de julio de 1817». Seguido de una cita de Proverbios: «Abre su boca con sabiduría, y la ley de la bondad está en su lengua». Esta inscripción se añadió en 1872. Para entonces, los lectores de la escritora ya sabían que tras el «By a lady» con el que aparecen firmadas las primeras cuatro novelas publicadas, se encontraba el nombre de Jane Austen. En el prólogo a los cuatro volúmenes donde se reunieron La abadía de Northanger y Persuasión, su hermano Henry la nombra y la identifica como la autora de las novelas anteriores. Esa fue la primera vez que «Jane Austen» apareció en letra impresa, aunque la propia escritora no llegó a verlo. Nt
Nadie se siente un extraño entre las escenas que Edward Steichen eligió para «The Family of Man» (1955-). Porque en ellas palpita un corazón universal. Con 503 imágenes de 68 países, se postuló como «la mayor exposición fotográfica de todos los tiempos». Aquel profético subtítulo presenta hoy una dimensión legendaria.
Siete décadas después, continúa siendo la más visitada del mundo. Una realidad que evidencia el dinamismo de esta disciplina artística para cumplir la que Steichen consideraba su misión: explicar el hombre.
texto Ana Eva Fraile [Com 99]
— Lo que harías por amor. Cuba, 1954. La ternura de la escena esconde un drama: esta familia de pescadores rogó a la fotógrafa que adoptara a su hija para salvarla de la pobreza.
© EVE ARNOLD/MAGNUM PHOTOS/CONTACTOPHOTO


su despacho en el moma se le quedó pequeño. Cada día durante tres meses y medio, los carteros de la oficina de Radio City, en Manhattan, entregaban varias sacas de correo de un metro de altura. Todas con un mismo destinatario: «Exposición “The Family of Man”, Museo de Arte Moderno de Nueva York. Apartado postal n.º 368». Edward Steichen (1879-1973), al frente del departamento de Fotografía desde hacía siete años, anunció el 31 de enero de 1954 a la prensa «el proyecto más ambicioso que la fotografía haya abordado jamás»: retratar la unidad esencial de los seres humanos a través de los aspectos universales de las emociones.
Para responder al desafío, invitó a fotógrafos de renombre y noveles a que presentaran imágenes reveladoras tomadas en todo el mundo. A mediados de abril, habían remitido sus candidaturas más de mil autores, y la institución resolvió ampliar el plazo hasta el 15 de mayo. En realidad, el rastreo de esos testimonios gráficos había arrancado tres años atrás. Con la ayuda de su asistente, Wayne Miller, y de su amiga Dorothea Lange, comenzó a indagar en la historia cotidiana del hombre que, como el propio Steichen formuló el día del estreno —el 26 de enero de 1955—, se espeja en «sus aspiraciones, sus esperanzas, sus amores, sus debilidades, su grandeza, su crueldad, su compasión, su relación con el prójimo dondequiera que viva».
En un primer momento, la búsqueda les llevó a sumergirse en los archivos de la agencia Magnum y de las revistas Life y Time. Luego se precipitó el aluvión de fotografías procedentes de particulares y colecciones. Steichen y Miller examinaron cerca de cuatro millones de instantáneas. Diez mil pasaron el primer filtro. Pero aún debían encarar la fase más abrumadora, «casi insoportable», describió Steichen en la introducción del catálogo conmemorativo: reducirlas a quinientas.
Decidieron enclaustrarse en un apartamento de alquiler. Allí trabajaron día y noche, al ritmo de las sesiones de la discoteca que vibraba justo debajo, según contó Life. Con las heridas de la segunda Gran Guerra aún abiertas, mientras se cernía la sombra inquietante de la bomba de hidrógeno, se obsesionaron con armar un ensayo fotográfico que devolviera la fe en la humanidad.
Steichen ya había mostrado los combates en toda su crudeza en tres exposiciones en el MoMA: «Camino a la victoria» (1942), «Poder en el Pacífico» (1945) y «Corea: El impacto de la guerra» (1951). Pese a la buena acogida del público, no cosechó la repercusión que él esperaba. «Algunas imágenes
resultaron repugnantes, otras profundamente conmovedoras. Incluso hubo lágrimas —reconoció—. Pero no llegó más lejos. Abandonaron la exposición y la olvidaron enseguida». Su propósito era otro: espolear a los ciudadanos para que hicieran frente común contra la guerra. Al reflexionar sobre este fracaso concluyó que, en lugar de un enfoque negativo, necesitaba un manifiesto que celebrase lo maravilloso de la vida y enfatizara las semejanzas entre las personas en cualquier rincón del planeta. La primera lección de igualdad la aprendió en la niñez. Hacía ocho años que su familia, originaria de Luxemburgo, había emigrado a Norteamérica con la esperanza de prosperar. Se establecieron en Hancock, Míchigan. Su padre trabajaba en una mina de cobre y su madre abrió un pequeño negocio de sombreros. Edouard solía pasar por la tienda al volver de clase. Una vez, cuando tenía diez años, al abrir la puerta se giró hacia la calle y gritó: «¡Sucio judío!». Su madre le pidió que se acercara al mostrador y le preguntó qué había voceado. Tras disculparse con los clientes, acompañó a su hijo al piso de arriba, donde residían. «Durante un buen rato me explicó que todas las personas eran iguales, sin importar su raza, credo o color. Me habló de los males de la intolerancia y el fanatismo», recordó Steichen en una ocasión. Aseguraba que este episodio no solo había marcado su camino hacia la madurez, sino que sembró en él la semilla de «La familia del hombre».
Al cabo de veinte semanas largas de encierro creativo, el comisario y su ayudante finalizaron la selección de fotografías. Entonces —relató Life— Steichen, que tenía 75 años, bajó hasta la acera y, ante la mirada incrédula de los transeúntes, se puso a bailar un alegre jig
El proyecto cumbre de su carrera no solo batió récords de afluencia en el MoMA, también recorrió el globo durante ocho años y atrajo a diez millones de visitantes. En 1964, clausurada la gira, Estados Unidos donó la colección a Luxemburgo. Cumpliendo el deseo de su progenitor, esta numerosa familia se exhibe de modo permanente en el castillo de Clervaux desde 1994. Nueve años más tarde, la Unesco incorporó la exposición al Registro de la Memoria del Mundo. A salvo de la fugacidad que tanto le frustró, el legado de Edward Steichen resuena en nuestro tiempo. Experimentó con la fotografía para dar forma a las ideas, y su discurso —tan universal como este lenguaje artístico— ha traspasado las fronteras del dónde y del cuándo para recordar a las generaciones venideras su ascendencia común. Nt

— Exploradores. Nueva York, 1946. Juanita y Patrick, hijos del fotógrafo, caminan de la mano entre arbustos hacia un claro. Esta icónica imagen del siglo xx, titulada «El camino al Jardín del Paraíso», simboliza la salida de la oscuridad de la Gran Depresión y la guerra.
© W. EUGENE SMITH/MAGNUM PHOTOS

— Bienvenida. Nueva York, 1953. Detrás de la cámara, un padre primerizo observa a Lucy, su entonces esposa, que contempla embelesada a su primera hija. Esta imagen, que relata la llegada de un recién nacido a la familia, es un buen exponente de la fotografía humanista.
© ELLIOTT ERWITT/MAGNUM PHOTOS/CONTACTOPHOTO

— A salvo. Jamaica, 1951. Un abuelo abraza a su nieto tras el paso del huracán Charlie. Aquel fatídico 17 de agosto, la tormenta tocó tierra con categoría 3 y vientos cercanos a los 220 kilómetros por hora rugieron sobre la isla. Las zonas rurales quedaron devastadas y más de 150 personas fallecieron.
© GEORGE SILK/THE LIFE PICTURE COLLECTION/SHUTTERSTOCK

— Nudo de brazos. Londres, 1944. Durante la Segunda Guerra Mundial, uno de los lugares favoritos de las tropas estadounidenses destinadas en Inglaterra era Hyde Park. Pocos días antes del desembarco de Normandía, los soldados buscaron refugio en los brazos de sus novias.
© RALPH MORSE/THE LIFE PICTURE COLLECTION/SHUTTERSTOCK

— Reír en tiempos difíciles. Connecticut, 1940. La vida rural norteamericana atravesó una situación crítica tras la Gran Depresión y muchos agricultores, como el matrimonio Lyman, de origen polaco, pudieron beneficiarse de ayudas públicas que gestionó la agencia Farm Security Administration.
JACK DELANO © LIBRARY OF CONGRESS, PRINTS AND PHOTOGRAPHS DIVISION, FSA/OWI COLLECTION (LC-USF346-041573-D-A)
— Cumbre. Nueva York, 1955. Steichen durante los preparativos de «The Family of Man». Fue el proyecto más importante de su carrera y una de las iniciativas con las que el MoMA celebró su veinticinco aniversario.
WAYNE MILLER / MAGNUM PHOTOS / CONTACTOPHOTO
— Ayer y hoy
Esta serie de imágenes muestra cómo el montaje actual de la exposición en el castillo de Clervaux (Luxemburgo) respeta la idea original presentada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1955.



LA VISIÓN DE STEICHEN
Un jovencísimo Steichen descubrió el poder de la periferia de las imágenes al albor del siglo xx. Acababa de estrenar centuria e identidad —en su veintiún cumpleaños Edouard se nacionalizó estadounidense con el nombre de Edward— cuando ayudó a Fred Holland Day a organizar en Londres la exposición «The New School of American Photography», como señala el historiador Olivier Lugon en el artículo «Kodakoration».
Del 10 de octubre al 8 de noviembre de 1900, el público europeo admiró por primera vez los logros artísticos del estilo pictorialista, un movimiento que difuminó la frontera entre fotografía y pintura. En las salas de la Royal Photographic Society, mientras colgaba algunas de las 375 obras —entre ellas cinco propias—, Steichen experimentó cómo el espacio que rodea a la imagen puede determinar su significado y su recepción. El modo en que se encuadran y escenifican las fotografías constituye, según había manifestado Day dos años antes, «más de la mitad de la batalla».
Durante cinco décadas, Steichen profundizó en aquel aprendizaje iniciático hasta sublimarlo en «La familia del hombre» (1955) al servicio de un
mensaje trascendente. La propuesta resultó disruptiva. El curador despojó de su contexto a las más de quinientas imágenes tomadas por 273 autores. Para componer su discurso, obvió el título y la fecha, alteró el encuadre, yuxtapuso tamaños, agrupó las impresiones en polípticos y las secuenció con precisión cinematográfica. Porque el relato no emanaba de la imagen individual, sino del diálogo que, al integrarlas en esa narrativa, establecían entre sí y con el espectador.
En su recorrido por la instalación, que abarcó todas las galerías de la segunda planta del Museo de Arte Moderno de Nueva York, los visitantes quedaban impactados por el collage de fotografías. Sin marco. Sobre la pared. En el suelo. En el centro de una sala. Levitando por un cortinaje semicircular. O pendiendo del techo. Dispuestas en diferentes niveles y con formatos dispares —algunas las amplió a escala natural—, entre las luces y las sombras de una cuidada atmósfera teatral, las imágenes mantenían en alerta al público.
Un fotomural de un arroyo que desemboca en el océano y uno de los escasos paneles de texto marcaban el compás del viaje: «Flow, flow, flow, the

current of life is ever onward». Nada debía frenar la corriente de la multitud, siempre hacia delante. En la continuidad de su propio movimiento por los pasillos del MoMA, apunta Lugon, la audiencia interiorizaba el fluir perpetuo del tiempo al que aluden las palabras del monje budista Kobo Daishi
Si hasta entonces la atención prolongada había constituido el canon al contemplar fotografía, la puesta en escena que ideó Steichen junto con el arquitecto Paul Rudolph exploró otro camino. «Se prefiere la suma de impresiones efímeras a la reflexión específica», continúa el historiador suizo, para quien no pasa desapercibida la confluencia de dos mareas de observadores: ese breve instante en el que los recién llegados —aún fríos y vírgenes— y los que cierran su itinerario cruzan miradas. Por un momento sienten la brecha emocional que los separa «y la capacidad de una exposición de este tipo para transformarte».


«Solo la liberación sin ambages de los datos públicos y el escrutinio ciudadano con la ciencia de datos y la inteligencia artificial pueden desmontar las redes de opacidad que alimentan la corrupción»
EL ESPAÑOL MÁS emprendedor no es portada de las revistas económicas de moda. Aunque encontré su nombre 6742 veces en el Boletín Oficial del Registro Mercantil (BORME), Ramón Cerdà sigue siendo un desconocido para el gran público. Este abogado y novelista consta en una miríada de cargos de una retahíla inabarcable de sociedades «a la carta», que luego vendía a administradores, reales o simulados. La Audiencia Nacional lo condenó en 2017 a más de quince años de prisión en varias causas por fraude fiscal y falsedad documental, pero constituir sociedades vacías para venderlas después no es, en sí mismo, ilegal.
De hecho —otro hallazgo—, solo en un discreto despacho del barcelonés carrer de l’Avenir descubrí dos mil referencias: es el domicilio social que se menciona con mayor frecuencia en el BORME. Para un empresario, dar de alta una sociedad no es la prueba más dura de la yincana administrativa. Ni la más urgente. Mucho menos la más frecuente. Basta una cuenta bancaria, un nombre inédito, una visita al notario y cursar el trámite en la Agencia Tributaria. Entonces, ¿qué sentido encuentra el acopio de sociedades de Cerdà y otros despachos especializados?
La respuesta quizá esté relacionada con cierta voluntad de discreción: el alumbramiento de una empresa, el nombre de sus administradores y el capital que han aportado se publican en el Boletín. Una compraventa posterior, en cambio, pasa desaperci-
bida al ojo público. El lector sagaz advertirá aquí la paradoja: los mecanismos de publicidad y transparencia anuncian los movimientos societarios de quien nada quiere ocultar, pero no ponen trabas a quien busca ocultarse.
En un registro domiciliario, la Guardia Civil localizó en junio un contrato privado que situaría a Santos Cerdán, un influyente diputado y en ese momento secretario de organización del PSOE, como propietario del 45 por ciento de Servinabar, una constructora implicada en licitaciones públicas amañadas. Hay altos cargos, asesores y hasta un exministro imputados.
En mayo de 2020, el Gobierno de Cantabria aceptó una donación de 200 000 euros de una sociedad desconocida. La empresa, llamada Dunoon Investment Trading, no constaba en ningún registro público, el domicilio social publicado en el Boletín autonómico era incompleto y, a preguntas de los periodistas, el presidente autonómico, Miguel Ángel Revilla, declaró que «no revelará jamás» el nombre del empresario. No cabe reproche a quien dona dinero al Gobierno, pero tampoco a quien se pregunta en voz alta por qué se hace —como parece que se hizo— a través de una sociedad pantalla en una jurisdicción opaca.
El Tribunal Supremo investiga desde abril la financiación de la campaña electoral de un controvertido candidato al Parlamento Europeo, Alvise Pérez. Parte de los fondos, dice El País, vendrían de Sport Gamala, «una sociedad instrumental que no lleva a cabo actividad real económica que genere valor añadido alguno».
Estas historias provocan ríos de tinta, abren informativos y ocupan tertulias, pero nada cambia. Nadie aporta soluciones para el sistema. ¿Cómo salir entonces del bucle de titulares escandalosos y reformas cosméticas? Pienso que solo la liberación sin ambages de los datos públicos y el escrutinio ciudadano con la ciencia de datos y la inteligencia artificial pueden desmontar las redes de opacidad que alimentan la corrupción.
LA PREGUNTA DEL AUTOR
¿Por qué crees que las instituciones no publican en abierto todos los datos mercantiles?
Los empresarios tienen la obligación de depositar anualmente sus cuentas en el Registro Mercantil. La función primordial de la institución es publicitar los actos de las compañías para que sean conocidos. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que, simplemente, publicarlos en formatos abiertos, accesibles y reutilizables? Así podrían cruzarse con información fiscal, electoral o de contratos públicos.
Los datos y la informática son la llave para detectar sociedades pantalla que financian campañas políticas, adjudicaciones millonarias a empresas sin empleados o marañas societarias tejidas para el fraude. Tenemos la tecnología. Pero nos faltan los datos. Están atrapados en la transparencia de Schrödinger: públicos, pero no publicados.
@NTunav
Opina sobre este asunto en X.
Jaime Gómez-Obregón es ingeniero especialista en datos y Administración pública. @JaimeObregon

Periodista y jefa de prensa de la ONG Mary’s Meals

[09.10.25 FORUN] «La clave del diálogo es la cordialidad. Cordialidad viene del latín cor, cordis, que significa corazón».
Así, Paloma García Ovejero inauguró el FORUN 2026, el congreso de estudiantes que este año ahonda en cómo tender puentes mediante «el arte del diálogo». García Ovejero, primera mujer vicedirectora de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, dirige hoy la comunicación internacional de Mary’s Meals, que ofrece comidas a más de tres millones de escolares en dieciséis países. En la apertura de la convención, y basándose en su experiencia, subrayó que abrirse a los demás exige esfuerzo, humildad y reconocer nuestras limitaciones.
Frente a la polarización ideológica, señaló que reconocer la propia vulnerabilidad ayuda a comprender la del otro, «y así se pueden entender incluso dos ideologías opuestas».
Obispo emérito de Minas (Uruguay)

[15.09.25 Colegio Mayor Belagua] Como una pluma blanca (EUNSA, 2025) recoge las memorias de monseñor Jaime Fuentes [Com 67], obispo emérito de Minas (Uruguay). De manera cercana, el libro narra cómo su curiosidad periodística y su sensibilidad para escuchar se convirtieron en su modo de guiar a las personas en el camino de la fe. Durante la presentación del libro en Belagua lo acompañaron su paisano don. Eduardo Terrassa y el matrimonio de Javier Callejón y Lola de Lara, que conocieron a Fuentes durante una estancia en Uruguay.
En estas memorias comparte encuentros, aprendizajes y momentos de gracia, desde sus años de estudiante en la Universidad de Navarra hasta su labor pastoral en Uruguay. También incluye anécdotas entrañables con san Josemaría Escrivá, con quien pasó unos años en Roma.
países, como Tanzania, Perú, China y Hungría, acogieron el verano pasado a más de un centenar de estudiantes de la Universidad para cubrir sus prácticas profesionales y voluntariados.
JOSEPH E. STIGLITZ
Premio Nobel de Economía en 2001

[20.10.25 Instituto Cultura y Sociedad] ¿Qué sucede cuando el crecimiento económico se olvida del desarrollo humano?
Poner a la persona en el centro sin dejar atrás el progreso fue uno de los puntos clave del congreso internacional The Roads to Development. Work, Markets and Institutions, celebrado en el campus de Pamplona.
Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía y profesor en Columbia, expuso su teoría, que reconcilia humanismo y mercado: «La economía debe servir a la sociedad, no al revés». Durante su intervención, subrayó que el desarrollo sostenible requiere instituciones democráticas sólidas, educación de calidad y un compromiso ético constante. Señaló que el avance de las sociedades requiere apertura al diálogo, confianza en la ciencia y la capacidad de aprender de la experiencia para transformar la realidad.
Periodista y corresponsal en Rusia

[25.09.25 Facultad de Comunicación] Marc Marginedas [Com 90], Premio Brajnovic 2019, presentó su libro Rusia contra el mundo en una de las aulas de la Facultad de Comunicación, su alma mater El encuentro discurrió bajo el lema «El periodismo, más necesario que nunca».
Rodeado de alumnos, Marginedas relató su experiencia como corresponsal de guerra y comparó la caída de AlÁsad con la vulnerabilidad de regímenes sin legitimidad como el de Putin, para quien, según el periodista, ganar en Ucrania es cuestión de legado político.
Denunció el aparato de propaganda ruso y la primacía del imperio sobre el ciudadano. Su libro, explicó, es su «seguro de vida» frente a las consecuencias de exponer verdades incómodas, aun a costa de la seguridad propia.

ALFOMBRA ROJA
alumnos han participado en el Programa de Grandes Libros, inaugurado por el Instituto Core Curriculum en 2014. Cada clase reúne a alumnos de distintas facultades y, a partir de la lectura de obras relevantes en la historia, discuten y aprenden a redactar y exponer ensayos argumentativos.

La Universidad ha presentado su estrategia para el próximo lustro.
La rectora, María Iraburu, enmarcó las líneas de trabajo hasta 2030 dentro de un contexto de madurez institucional. Una combinación de «novedad y continuidad» —sostuvo en una carta a los profesionales del centro— es lo que el Rectorado busca promover.
El título del plan es «Una universidad para todos: talento, ciencia y compromiso», los tres cimientos que sustentará los esfuerzos de este periodo.
En lo que se refiere al talento, el plan incluye diversas áreas. Por ejemplo, se espera ampliar significativamente las becas Alumni para poder atraer a los estudiantes más cualificados con independencia de la renta familiar. Lo mismo se hará para las becas de doctorado, de las
que depende, según Iraburu, «el talento académico que necesitamos». Mejores alumnos, mejores profesores.
El segundo eje de la Estrategia 25-30 responde al deseo de impulsar la investigación, de un modo particular en aquellas áreas que revisten mayor interés social y humano. Los proyectos que se propiciarán van desde la biomedicina hasta la teología.
Por último, bajo el epígrafe «Compromiso», la Universidad agrupa cuatro proyectos de relevancia social en los que un centro de educación superior puede colaborar. Son la integración de la inteligencia artificial en la docencia, el impulso de la ética de las profesiones, la educación de la ciencia y, además, la comunicación de la investigación.
EFEMÉRIDE
La Facultad de Filosofía y Letras se viste de gala para su 70.º aniversario Fueron once los alumnos de la primera promoción de la entonces Escuela de Historia en 1955. 4500 estudiantes y setenta años después, la Facultad de Filosofía y Letras ha celebrado el acontecimiento con una exposición y un encuentro, el 4 de octubre en el Aula Magna, del claustro con los alumni. La exposición, en formato digital, recorre los hitos de estas siete décadas con imágenes y documentos.

NOVEDAD
La reputación de universidades ya se puede estudiar
El congreso Building Universities Reputation (BUR) ha alcanzado su primera década de vida. Esta reunión, que desde 2015 congrega a líderes y expertos del área, celebra su décimo aniversario con un Curso Ejecutivo en Dirección de Reputación Universitaria, que acogerá el campus de Madrid del 3 al 5 de junio de 2026. El programa combinará talleres prácticos, análisis de casos internacionales y la elaboración de un plan estratégico de posicionamiento institucional.
La Universidad es la mejor de España para los empleadores según el QS World University Rankings 2026. Al mismo tiempo, ocupa el lugar número 262 en el mapamundi, lo que la sitúa en el 17 por ciento superior. También destaca esta lista la cantidad de alumnos internacionales y lo variado de su procedencia. Es el tercer centro más internacional del país.

Doce másteres de la Universidad en el top de El Mundo. El clásico ranking del diario ha valorado de forma particularmente positiva cuatro de las titulaciones: I+D+I de Medicamentos, Comunicación Política y Corporativa, Fashion Business Administration y el Máster en Intervención Educativa y Psicológica.
Times Higher Education sitúa a la Universidad en el cuarto puesto nacional, por detrás de la de Barcelona, la Pompeu Fabra y la Autónoma de la capital catalana. A nivel global, este listado coincide con el QS, ya que encaja a Navarra en la horquilla de las 250-300 mejores universidades del mundo.







1. En Montaña: luz y oscuridad de camino a la cumbre, el periodista Óscar Gogorza [Com 95] ejerce por escrito su segundo oficio —guía de alta montaña— y conduce al lector a través de las grandes y pequeñas historias del alpinismo y, en última instancia, a la pregunta crucial de por qué los humanos tenemos ese empeño de buscar la cima.
2. Comunicando ciencia con ciencia es una guía para, precisamente, comunicar la ciencia. Cuesta que se comprenda la importancia de cuanto sucede en el laboratorio. En este volumen colaborativo han participado los catedráticos Bienvenido León e Ignacio López-Goñi.
3. No fueron tiempos tan oscuros, después de todo. La editorial Rosamerón acaba de publicar Legado de Gigantes, un ensayo del catedrático Jaume Aurell en el que propone un decálogo de valores medievales que bien podrían resucitar la sociedad actual, como el hábito contemplativo o el respeto por el misterio.
4. Palestina, la tierra estrecha, de Beatriz Lecumberri [Com 96], destila el oficio de una corresponsal que ha seguido el conflicto palestino-israelí desde hace más de veinte años. Estremece leer las historias de carne y hueso que recoge en este volumen.
5. Hay dos formas de vivir: una nos hace infelices y la otra dichosos, a nosotros y a los demás. Eso sostiene el psiquiatra y antiguo profesor de la Universidad Fernando Sarráis en Una mente positiva, una felicidad plena , donde desgrana las imbricaciones entre pensamientos, sentimientos, acciones... y felicidad.
6. El quinto volumen de la colección Cuenta reúne a veinte autores jóvenes y en formación que se enfrentan al cuento con frescura y valor. Con ilustraciones originales, los relatos cuestionan, juegan e intentan buscar un sentido en lo cotidiano. Lo edita parte del profesorado de la Facultad de Comunicación.


Raúl Antón es el nuevo vicerrector de Profesorado desde este curso 2025-26. Isabel Olloqui ha sido nombrada vicerrectora de Desarrollo y Teresa Sádaba, que hasta la fecha dirigía ISEM, se ha incorporado como adjunta a la rectora y directora de Relaciones Institucionales.

La Clínica y el Cima han creado una nueva Unidad de Genómica. La genómica nutre muchos de los avances médicos recientes más importantes. Permite predecir el desarrollo de enfermedades, obtener diagnósticos más rápidos y precisos y diseñar tratamientos adaptados a cada paciente. La novedad no es tanto su estudio, sino su aplicación práctica. La nueva unidad coordinará el estudio y la aplicación clínica de la genómica, que hasta ahora se realizaba a través de distintos departamentos de la Clínica, del Cima y de Cima Lab Diagnostics.

Los doctores Carlos Centeno y Vilma Tripodoro han encabezado la creación del Mapa Mundial de los Cuidados Paliativos, del observatorio ATLANTES. Por primera vez, este atlas incluye un ranking que revela un escenario preocupante: más de la mitad del planeta no tiene un acceso ni siquiera básico a los cuidados paliativos. España queda en 28.ª posición, por detrás de Uganda. El caso de este país africano, como el de Tailandia, muestra que «con estrategia, liderazgo y modelos comunitarios adaptados es posible avanzar aun sin los recursos de los países de altos ingresos», señala el estudio.
Cinco graduados de la Facultad de Ciencias y de Tecnun han sido galardonados con los Premios Nacionales de Fin de Carrera que otorga el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Son Mariana Serres [Bioq 25], Carlos Luri [Bio 25], Asier Andonegui [Tecnun 25], Pablo Sacristán [Ing Biom 25] y Juan José Torres [Tecnun 25].
LAPIDARIUM

concepción naval durán, catedrática de teoría e historia de la educación «En el desarrollo de la educación cívica, lo importante es la práctica colectiva de la virtud. Todo lo demás son sucedáneos»
De la lección magistral en la apertura de curso el 12 de septiembre.

mercedes medina, catedrática de periodismo
«Cuando la información deja de estar al servicio de la ciudadanía, se convierte en un arma peligrosa que amenaza las libertades»
Del artículo «Sin periodismo no hay democracia», en Diario de Navarra el 1 de octubre.

ana marta gonzález, catedrática de filosofía
«La convivencia no es posible sin civilizar las emociones, procurando transformar los gritos que dividen en palabras que podemos compartir»
Del artículo «La manipulación de la ira», en El País el 3 de noviembre

«Radical —entiéndase— etimológicamente, de raíz. No es que prefiramos este o aquel programa electoral: es una manera de ver al ser humano y la sociedad. Si procuramos no basar el sentido de la vida en un carpe diem salvaje estaremos siendo radicales, aunque a algunos les parezca extremista»
RECUERDO MUY BIEN la primera vez que fui a una boda. En realidad, no es muy complicado: en los veinte años de mi vida he asistido a dos. Tendría diez u once años y se casaba mi prima. En Madrid. Cientos de invitados. Comida a mansalva. Platos que no sabía que existían. Solo en el aperitivo, vi reunida sobre las decenas de mesas del salón más comida que toda la que se acumuló en la cocina de mi casa durante años. Para mí, las expectativas de ese día estaban por las nubes. Mi objetivo era comer hasta reventar. Y no comer lechuga, precisamente. Mi padre me avisó cuando, nada más entrar al salón después de la ceremonia, me vio correr hasta la mesa, agarrar el primer plato que vi y comenzar a llenarlo de lo que se me antojaba: «No comas con los ojos, ten cuidado, que te puede sentar mal». Tendría que haberle hecho caso. Así somos los jóvenes, radicales por naturaleza. O eso dicen. Visto con perspectiva, aquello era más impulso ciego que radicalidad. Ya entrado en la adolescencia, el sentido común se me fue a dormir, como a todos. Tomaba esa falta de criterio, de nuevo, por radicalidad: con los sentimientos, con las opiniones, con las relaciones sociales…
En la segunda boda a la que fui ya tenía dieciséis años. También de otra prima. Esta vez fue en La Coruña. Pero acudí con las expectativas igual de altas que la anterior, aunque no las mismas. En vez de comer hasta explotar, mi intención fue beber hasta que saliera el sol. El resultado fue igual de nefasto. Aún tenía mucho que aprender. Cualquier madre puede dar una lista extensa de ejemplos de errores adolescentes.
Pero ¿qué es un radical? Las acepciones negativas de hoy no se ajustan a la etimología. La palabra radical proviene del latín radicalis, que significa «relativo a la raíz». En la lengua latina medieval, y también en la castellana, ya se empleaba este término en un sentido más figurado: «fundamental, esencial». A partir del siglo xviii, en política empezó a usarse para describir a quienes proponían reformas profundas, «de raíz». ¿En qué momento ha tomado esta palabra su carácter negativo de hoy?
Hace unos meses, el presidente del Gobierno de España dijo con mucha preocupación que los jóvenes de su país nos estamos radicalizando. Lo hizo pocos días después de que el CIS publicara una encuesta que revelaba que preferimos opciones conservadoras. ¿Los que nos identificamos con unos valores más añejos somos unos rígidos? Quizá, después de aquella falsa radicalidad de la adolescencia, estemos llegando a una radicalidad verdadera.
Radical —entiéndase— etimológicamente, de raíz. No es que prefiramos este o aquel programa electoral: es una manera de ver al ser humano y la sociedad. Si procuramos no basar el sentido de la vida en un carpe diem salvaje, si defendemos que no todo es relativo, que existen verdades objetivas y tradiciones valiosas como la familia, estaremos siendo radicales… Aunque para algunos esa manera de vivir parezca extremista. En el fondo, la familia es la raíz que sostiene todo lo demás. Y empieza —ya que estamos hablando de bodas— en el matrimonio.
La próxima boda a la que acudiré será dentro de poco; tengo muchas primas. Otra vez en la capital. Para esta, espero llegar lo suficientemente radicalizado como para no arrepentirme al día siguiente
LA PREGUNTA DEL AUTOR
¿En qué momento ser un radical se ha convertido en algo malo?
@NTunav
Opina sobre este asunto en X.
Íñigo Fernández de Mesa [Com 28] es coruñés. Sus padres le contagiaron su pasión por el cine y la literatura. Él le enseñó a John Wayne y ella a J. R. R. Tolkien. Aunque lo que realmente le hace feliz es el Deportivo de La Coruña. Tiene un blog, Ya lo decía mi padre


MERCEDES HONRUBIA Y MARÍA ÁLVAREZ DE LAS ASTURIAS, FUNDADORAS DEL INSTITUTO COINCIDIR

«¿Cómo puede ser amor si cuesta tanto?». «Merezco una segunda oportunidad». «Tengo derecho a ser feliz y a rehacer mi vida». María Álvarez de las Asturias y Mercedes Honrubia, que llevan veinte años acompañando relaciones, no se desalientan ante esos comentarios que han escuchado tantas veces. Creen que las crisis pueden ser una oportunidad para mirarse con más realismo y, sobre todo, con más amor.
en casa dormían separados y no hablaban. Se habían hecho mucho daño. Cuando llegaron al Instituto Coincidir, el centro de acompañamiento personal y familiar que fundaron en 2012 María Álvarez de las Asturias y Mercedes Honrubia, se sentaban en los asientos más alejados del despacho y no se miraban. Ella necesitaba expresarse, pero la actitud fría de él hundía sus raíces en una vida complicada. «Tuvimos que dar espacio a ese dolor, sacar lo que cada uno llevaba dentro», cuenta Mercedes Honrubia. Fueron entendiendo muchas de las reacciones del otro. Y llegó el pedirse perdón, con lágrimas y abrazos. Honrubia salió del despacho para respetar la intimidad de la pareja y, cuando volvió a entrar, le dijeron: «Hacía tiempo que no nos mirábamos. ¡Ahora nos hemos reencontrado!».
En Coincidir, Honrubia se dedica a la mediación preventiva y a la resolución de conflictos, una actividad que ha ejercido durante veinte años, además de la asistencia letrada en tribunales civiles y eclesiásticos. Por su parte, Álvarez de las Asturias [Máster de Matrimonio y Familia 08] se enfoca en la formación de jóvenes y novios y es jueza del tribunal eclesiástico de Madrid, donde ya fue, durante dos décadas, defensora del vínculo. Ambas están felizmente casadas —han celebrado sus respectivas bodas de plata— y son profesoras en la Facultad de Derecho Canónico en la Universidad de Navarra.
Se aproximan a cada historia conscientes de la responsabilidad que implica bucear en los corazones heridos. Acaban de publicar Crisis, no ruptura. Conocer, prevenir y superar las crisis de pareja (Palabra, 2025).
¿Por qué tenemos tanto miedo a la palabra crisis?
Mercedes Honrubia: Creo que asociamos crisis con una dificultad, con un tsunami, y por eso nos echamos a temblar al escucharla. Pero una crisis solo es una alteración en el equilibrio de la pareja. Cuando llega, hay que buscar cómo reajustarse. Eso implica explorar un modo distinto de hacer las cosas, que conlleva a su vez una oportunidad para crecer.
María Álvarez de las Asturias: Hay crisis provocadas por algo negativo, pero también existen las que vienen de algo positivo. Por ejemplo: el comienzo de la convivencia, la llegada del primer hijo, un cambio de trabajo, una mudanza… La crisis no es el problema. Las relaciones vivas evolucionan. Lo que nos puede preocupar es que, al alterarse el equilibrio de la relación, nos distanciemos.
¿Cómo se gestionan las crisis?
M. H.: Hay un ingrediente básico: hablar, hablar, hablar. En ocasiones llegan matrimonios cuyo problema parece muy grave, pero, al analizar esa coyuntura, descubrimos la falta de comunicación.
Muchas veces en la comunicación es donde nos vamos a reencontrar cuando se ha creado distancia entre nosotros. Y ahí podemos actualizar otra vez el amor. Vienen parejas que me dicen: «Es que se nos acabó el amor». Pero, al indagar, ves que se han conformado con «ir tirando». Y todos necesitamos la chispa, volver a incluir la ilusión, actualizar el amor en el día a día.
Entonces, la comunicación en pareja no es solo un conjunto de técnicas.
M. H.: Si no hay amor —sin esa disposición de entrada—, da igual que te enseñen a ser asertivo o cualquier otra estrategia. Yo siempre hablo de las cinco ces: comunicación, complementariedad, coordinación, confianza y compromiso. Si las tenemos claras, somos capaces de superar juntos lo que nos traiga la vida.
¿Qué importancia tiene el grado de compromiso de la pareja a la hora de atravesar una crisis?
M. H.: Todos partimos de un mismo denominador común: el anhelo de amar y ser amados. He visto parejas que muestran que el amor puede atravesar montañas. En esto el compromiso resulta un factor importante. Si piensas que con la persona que tienes delante quieres compartir el resto de tu vida, te comprometes con ella pase lo que pase. Cuando la gente viene a pedir ayuda a Coincidir es porque necesita querer. Saben que el amor que les ha unido es mucho más fuerte que el deseo de dejar morir la relación. Tener un proyecto común les permite no solo transitar la crisis, sino además ajustar expectativas. Logran conjugar una base muy sólida con la flexibilidad de un junco.
También es verdad que nos encontramos compromisos de tipos muy distintos. No es lo mismo trabajar con alguien que tiene claro que hay un «para siempre» que con una persona que piensa «Oye, yo lo voy a intentar. Si lo solucionamos rápidamente, bien; pero, si no, lo dejo».
MARÍA ÁLVAREZ DE LAS ASTURIAS
«Si al final llega una ruptura, al menos te gustará saber que pusiste todo de tu parte por lo que creías desde el principio que era algo bueno, que valía la pena»
MERCEDES HONRUBIA
«Muchas veces en la comunicación es donde nos vamos a reencontrar cuando se ha creado distancia entre nosotros. Y ahí podemos actualizar otra vez el amor»
cluso cuando se dan encontronazos: no hay que tener miedo a esos momentos. Un choque entre los dos quiere decir que nos mostramos como somos, síntoma de que tenemos una capacidad de intimidad bastante buena. Si el otro me recibe en esa conexión, en ese compartir más racional, lo emocional sube. En cambio, si el otro no me acoge de manera adecuada, mi parte emocional va a ir bajando. Pero cuando hemos decidido casarnos es porque los dos elementos, emoción y razón, están en un buen equilibrio. Entonces la voluntad elige y se pone a trabajar para cuidar que esos elementos estén siempre presentes, maduren y evolucionen. Por eso la boda no es el final, sino el principio del camino juntos.
¿Cómo se cultivan esos dos aspectos?
M. A. A.: Hay parejas que no se casan porque dicen «No necesito un papel», pero no porque rechacen de manera frontal el compromiso para siempre. Sin embargo, hay otras que no dan el paso al matrimonio porque parten de una duda sobre su capacidad de continuar en el tiempo o sobre el potencial de la relación de satisfacerles; y ahí el vínculo está viciado de origen, porque se construye sobre el pesimismo: «No estoy seguro de que esto vaya a funcionar». Y entonces, si no funciona, dirán: «¿Ves? Ya lo sabía yo».
Pero no se trata de durar por durar, ¿no?
M. A. A.: El matrimonio es una unión de amor y no hay que conformarse con una unión a medias, con ir tirando, sino trabajar para llevarla a su plenitud. Para eso, lo primero es quererse y estar contentos de estar juntos. Aquí se ponen en juego las emociones y la razón, que se influyen mutuamente: te encuentras a gusto, y entonces empiezas a compartir tus cosas con el otro; entra la razón, que valora, piensa, escucha…, te sientes acogido... In-
M. A. A.: La parte emocional se nutre mediante gestos de cariño: cuidarse, hablarse bien, no echarse cosas en cara, dialogar teniendo en cuenta al otro, y, por supuesto, los gestos físicos de ternura. Una actitud arisca acarrea un desgaste muy grande. Y para el plano racional: aprender a comunicarnos para saber poner en común lo que cada uno piensa, quiere o teme, y también cuando consideramos que hay algún aspecto en la relación que sería bueno recolocar.
Cuando un matrimonio está en crisis, ¿por qué seguir luchando?
M. A. A.: Si al final llega una ruptura, al menos te gustará saber que pusiste todo de tu parte por lo que creías desde el principio que era algo bueno, que valía la pena. También se debe valorar que hay más personas implicadas, incluso si la pareja no tiene hijos: un matrimonio no es una célula aislada de la sociedad. Por otro lado, seguir intentándolo es pelear por algo que has elegido: tu proyecto personal. Igual que cuando emprendes un proyecto profesional: no tiras la toalla ante las dificultades, intentas sacarlo adelante. En el caso del matrimonio, no se trata de caer en el voluntarismo, sino de poner la razón y la voluntad a trabajar para avivar
el cariño. Estos tres ingredientes hay que cultivarlos siempre.
Uno de los motivos de crisis puede ser la llegada de los hijos, ¿por qué?
M. A. A.: En el matrimonio se dan etapas agotadoras, y cuando estás cansado es normal estar más vulnerable y todo se hace cuesta arriba. Es el caso de la época con hijos muy pequeños y dependientes, que suele coincidir además con años de mucha demanda profesional. También ahí pueden surgir diferencias de criterio entre los padres, porque habernos casado no nos anula nuestra individualidad. Y los hijos forman parte de nuestro amor, pero también son personas distintas.
¿Qué se puede hacer en esos casos?
M. A. A.: Sentido del humor, paciencia, no hacer un drama de lo que no lo es, no perder de vista la centralidad de la pareja y esforzarse por tener un rato tranquilos de vez en cuando. Aquí, de nuevo, la comunicación es clave. Por ejemplo: a veces expresamos una queja —«Es que no tenemos tiempo para nosotros»— que en el fondo parte de un deseo —«Me gustaría vernos más y con más calma»—, pero es importante verbalizar los deseos como deseos y no como reproches, porque entonces se favorece el diálogo con el que encontrar una solución, si la hay. Si no existe alternativa, al haberlo hablado y valorado juntos hemos tomado una decisión de afrontarlo desde la unidad, no como enemigos. Por otra parte, los momentos de «intendencia» además se convierten en ocasión de compartir, podemos transformarlos en momentos de unión.
El mayor número de divorcios en 2023 en España se produjeron en la franja de 40 a 49 años y, en un contexto de descenso de los divorcios, las disoluciones matrimoniales en mayores de 50 años han aumentado un 40 por ciento en la última década. Los expertos apuntan al síndrome del nido vacío, la jubilación… como momentos

críticos que hacen que el matrimonio se pueda resentir.
M. A. A.: Hay quien asegura que, si tienes síndrome de nido vacío, tu matrimonio no va bien. Ojo con esto. Creo que es una barbaridad afirmarlo, porque cuando llega el momento del nido vacío confluyen muchos cambios: no solo tus hijos comienzan a independizarse, sino que uno mismo se está haciendo mayor y son más frecuentes los problemas de salud, y las mujeres capeamos además con los cambios hormonales de la menopausia. La generación anterior ya no está ahí para cuidarte: o está desapareciendo o está ne-
cesitando que tú los cuides. Se acerca el final de la vida laboral y de repente parece que el horizonte se estrecha. También se empieza a ver más cercana la muerte. Ahí hay muchas cosas: no solamente que los hijos se vayan y el matrimonio se quede solo. Y eso es una crisis, sin duda. No tiene por qué ir mal, hay gente que disfruta muchísimo del «Por fin solos». A otros les cuesta más. O puedes disfrutar del «Por fin solos» pero que todo lo demás sí que te cueste.
M. H.: Cada vez vienen más parejas de estas edades, y en ocasiones en una si-
tuación ya muy deteriorada, porque han dejado pasar mucho tiempo sin comunicarse, sin cuidarse, tal vez cada uno metido en su vorágine laboral. Vi hace unos meses a un matrimonio que aún no están en la fase del nido vacío, sino un paso previo: tienen niños pequeños y ambos cultivan muchísimo su desarrollo profesional, pero… no se encontraban. Se dieron cuenta de que, si seguían así, dentro de diez años no iban a continuar juntos. Y vinieron a pedir ayuda.
¿Cómo se ayuda en una situación así?
M. H.: Yo tiro mucho del pasado para buscar un anclaje a partir del cual poder empezar a trabajar, porque con esa base se puede empezar a recuperar la ilusión, que es lo que veo que les falta muchas veces a matrimonios ya veteranos. Vienen con las mochilas cargadas de reproches, conflictos, incomunicación, silencios… (que a veces son más atronadores que un reproche). Para poder detectar qué es lo que ha pasado, para reconducir la situación, deben querer trabajar en su relación, aunque eso suponga remover ciertas cosas: ahí entra la libertad de la persona. Al empezar a hablar con ellos te das cuenta de que hay muchas heridas que se han quedado como tapadas y que no las quieren tocar para no sufrir más. Pero por eso es tan importante aprender a comunicarse y aprender a pedir perdón, y así volver a reilusionarse, aceptando la etapa que viene y actualizando el amor.
¿Cómo se actualiza ese amor y cómo se recupera la ilusión, cuando has llegado a un punto de tanto desgaste? ¿Es algo que pueda hacer, sin ayuda, el matrimonio?
M. H.: Es difícil, porque suelen estar metidos en una rueda de la que no consiguen apearse. En ocasiones están ya muy heridos. Por eso les resulta muy útil acudir a este tipo de acompañamiento, estar en un espacio neutral donde poder expresarse sin miedo a que no les dejen terminar o a que les interrumpan con reproches. Un lugar donde poder comu-
MARÍA ÁLVAREZ DE LAS ASTURIAS
«No siempre hablamos para solucionar algo, a veces no hay una solución rápida o posible, pero sí necesitamos conversar para poner sobre la mesa lo que llevamos en el corazón»
MERCEDES HONRUBIA
«La cicatriz queda, pero ahora son felices. Fueron capaces de identificar qué les había llevado a esa situación y pudieron reconstruir su matrimonio»
Si alguien no es capaz de empatizar con el otro, resulta muy difícil llegar a una comunicación en positivo. Entonces lo normal es que te encuentres con una relación de dependencia con mucho sufrimiento y con alguien que no es capaz de ver más allá de sí mismo. He visto cambios en historias así, pero después de mucho trabajo con especialistas y con intervención más clínica.
¿Todas las parejas que pasan por vuestro gabinete se recomponen?
nicarse desde el corazón, decir en voz alta lo que les ha hecho daño. Cuando empiezan a verbalizar ese tipo de situaciones, comienzan a entender muchos porqués de las acciones y de las reacciones o incluso de los silencios. Y en ese cambio de mirada es donde ya se puede empezar a intervenir, porque ahí comienzan a reconocerse.
Aparte de las situaciones de violencia, ¿hay crisis irresolubles?
M. H.: Sí. Por ejemplo, algunas patologías pueden impedir gestionar la solución de la crisis y muchas veces, además, originan adicciones. En los casos de personas con rasgos narcisistas, que lo veo con frecuencia, es muy difícil integrar bien esa relación porque no se da una igualdad: el otro cónyuge está constantemente sometido. Cuando uno pretende siempre imponer su criterio, tener razón, quedar por encima, se hace complicado trabajar en terapia la complementariedad, la comunicación, la coordinación, porque no se parte de la misma línea.
M. H.: No, no todas. Creo que los casos de infidelidad son especialmente duros. Recuerdo a una mujer a la que su marido le había sido infiel desde el primer minuto. Ella tenía una relación de dependencia muy fuerte y era capaz de perdonar y olvidar todo y volver con él. Él tenía un trastorno narcisista de la personalidad, a lo que se unía una adicción, y había mentido en todo. Era una relación inviable. Ella era consciente de que tenía una oportunidad de vivir de otra manera, pero le estaba costando soltar y sufría mucho. La derivé a un psicólogo, porque yo hago acompañamiento, pero hay situaciones en las que hace falta contar además con otros profesionales. Lo que tenemos claro es que este proceso de acompañamiento les permite crecer a nivel individual para tomar las mejores decisiones, porque a veces, la mejor decisión es no continuar una relación. El haber aprendido herramientas en el durante, nos va a permitir comunicarnos de manera diferente, sobre todo cuando hay hijos comunes.
En el libro tratan dos situaciones graves: la infidelidad y la «muerte súbita del matrimonio». Escribís que la infidelidad es «una de las heridas más graves que se puede hacer a la unión matrimonial porque destruye completamente la confianza del otro: “Te he dado mi vida y la has dejado caer”». ¿Es posible que un matrimonio se recomponga después de algo así?
M. H.: Sí, con tiempo y paciencia. Hemos visto muchos casos. Por ejemplo, la his-
toria de Cris y Jaime [los nombres son ficticios]. Llevaban más de dos décadas casados, él se había empezado a fijar en una compañera de trabajo más joven que su mujer y había acabado yéndose de casa. No sabían muy bien cómo resolverlo, pero decidieron pedir ayuda. Trabajé con ellos por separado y luego fui alternando esas sesiones con otras en común. Aún queda trabajo por hacer, pero quieren recorrer este camino fortaleciendo su matrimonio de manera pausada y firme, asentando las bases. Hay otra historia parecida en la que él también tuvo una relación con una compañera más joven. Su mujer había dicho que jamás perdonaría una infidelidad. Pero acabó perdonando y, tras unas cuantas sesiones, me decía: «Nunca pensé que pudiera superar algo así, ni que fuera a disfrutar como lo estoy disfrutando ahora». La cicatriz queda, pero ahora son felices. Fueron capaces de identificar qué les había llevado a esa situación, aprendieron a trabajar el perdón y desde ahí pudieron reconstruir su matrimonio.
De la «muerte súbita del matrimonio» explicáis que se da cuando, a pesar de haberse casado felices y enamorados, las cosas van cambiando en la relación y, llegado un momento, hay uno que no aguanta más y abandona el barco, sin que el otro lo haya visto venir. ¿Hay solución para estos casos?
M. A. A.: Casi nunca. Porque el que coge la maleta y se va de casa lo tiene completamente meditado, decidido: «He hecho lo que podía, he cumplido, y aun así no soy feliz. Me marcho». Generalmente, el que se queda tiene una sensación de «Por qué no lo dijo». Y a veces no es tan fácil, porque a lo mejor el otro sí lo dijo pero no estaba siendo escuchado.
¿Se podría decir entonces que la manera de prevenir la muerte súbita del matrimonio es la comunicación?
M. A. A.: Sí, pero si la comunicación se interrumpe porque el otro no acoge…, si la comunicación no avanza, no es eficaz, eso es el inicio de un problema importan-

Crisis, no ruptura es el primer libro conjunto de Honrubia y Álvarez de las Asturias.
te y la solución no es darlo por imposible. Hay que pedir ayuda. Cuanto antes se pongan los medios para desatascar, más fácilmente se puede solucionar sin dejar que la situación se enquiste. Se trata de evitar llegar al «Mira, me da igual», a la indiferencia.
¿Cuándo aconsejarían recurrir a terapia de pareja?
M. A. A.: Cuando hay alguna dificultad pero también cuando se detecta algún aspecto a mejorar. Puede que todo lo demás vaya muy bien, pero hay un punto que chirría y no conseguís solucionarlo solos. ¿Cuánto tiempo hay que esperar? Depende. Para algunos estar mal tres días en la relación se hace un mundo, otros pueden tomárselo con más paciencia y estirar a dos o tres meses, pero yo no lo alargaría demasiado en el tiempo. Estar mal con tu cónyuge más de un año me parece muchísimo. Luego, hay circunstancias extraordinarias de situaciones que no puedes cambiar, o al menos no tan fácilmente, por ejemplo, si por exigencias de trabajo o estudio hay unos meses en la distancia… A veces hay que aguantar el tirón y ya está. Pero no alargarlo sin necesidad, porque te puedes acabar
quemando. Y, aunque las circunstancias sean las que sean, no dejar de hablar. No siempre hablamos para solucionar algo, a veces no hay una solución rápida o posible, pero sí necesitamos conversar para poner sobre la mesa lo que llevamos en el corazón, que sepamos las preocupaciones del otro, y así poder compartir y querernos desde ahí, que no haya distancia en la pareja.
¿Con qué herramientas se construye un matrimonio que no solo dura sino que dura feliz?
M. A. A.: Además de lo que hemos ido diciendo, creo que es muy importante cultivar siempre la admiración y el agradecimiento: «Qué bueno que existas, qué bueno que te he encontrado, qué suerte tenemos de estar juntos».
M. H.: Y también sentirnos protagonistas de nuestra propia historia. No somos meros transeúntes, y las comparaciones con otros hacen daño: hay que dejar de perder el tiempo viendo las historias de los demás y vivir la nuestra como queremos vivirla. Creernos que nuestra historia juntos es la más bonita nos da un plus. Necesitamos ilusionarnos. Nt
Instagram aumenta la depresión y la ideación suicida en adolescentes. La empresa lo sabía, lo ocultó y siguió ofreciendo su producto. «Captúralos a los trece y los tendrás para toda la vida», ese es el lema de la industria. Miguel Ángel Martínez-González, catedrático de Salud Pública en la Universidad de Navarra, catedrático visitante en Harvard, investigador y autor de varios libros de divulgación científica, lleva años denunciando lo que considera el mayor escándalo sanitario del siglo. En 12 soluciones para superar los retos de las pantallas explica por qué hay que actuar ya.
texto Juan G. Tizón [Com 24] fotografía Manuel Castells [Com 87]
«cámara de gas». con estas tres palabras, el doctor Miguel Ángel MartínezGonzález trata de escenificar un momento de su etapa universitaria. Era 1977 en la Universidad de Granada y el ahora conocido epidemiólogo era entonces un alumno de cuarto de Medicina. Pudo ver —y sufrir— el humo que despedían los cigarrillos de la mayoría de sus casi doscientos compañeros de clase a las ocho de la mañana. También el profesor fumaba mientras impartía su lección magistral. La materia del día: cáncer de pulmón. «Ahora nos suena esquizofrénico, pero esto pasó, y cosas peores —asegura Martínez-González—. Matronas que, antes de sacar al niño, dejaban el cigarro apoyado en algún lado».
El doctor utiliza el imaginario colectivo de la industria tabacalera para crear pa-

ralelismos con uno de los problemas que más le angustia desde hace un lustro: la relación de los adolescentes con los móviles. Ha dado más de cien conferencias por toda España y en Estados Unidos sobre el tema. «Colegios, asociaciones de padres, universidades… La gente quiere más información», argumenta. Desde joven se ha sentido cómodo nadando en bases de datos, planteando propuestas cuantitativas, diagnósticos de sociedades enteras.
Como el resto de su gremio, MartínezGonzález es un profesional que busca centrarse en la calidad de vida, y no solo en la cantidad: nuestros propósitos, nuestro ánimo, relaciones interpersonales, autocontrol. Él utiliza el término environmental mastery. Controlar mejor el entorno, nuestro ambiente. Resilien-
cia. «El astronauta que pasa seis meses en el espacio pierde el diez por ciento de la masa ósea del fémur. ¿Por qué? Porque ha dejado de combatir la gravedad», ejemplifica. Habla con Nuestro Tiempo sobre la vulnerabilidad de los niños, la importancia de una medicina preventiva sólida y el poder sanador de la tribu.
¿Cómo intervienen en la comunidad?
Al igual que en el sector clínico, lo primero es desarrollar un diagnóstico. Recoges una serie de síntomas (datos, estadísticas, tendencias), los mides (distribución, frecuencia, magnitud) y profundizas hasta que estables una causalidad. La epidemiología busca, con ese manejo inmenso de cifras, dar respuesta a las preguntas imprescindibles: ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? Luego viene el tratamiento,
que solo permite una forma de abordarlo: la educación de la sociedad a través de la divulgación. Por eso hablamos tanto con los medios, intervenimos en actos, damos charlas, presionamos a los dirigentes. En nuestro centro de investigación tenemos gente que dedica todos sus días a la educación sanitaria, fundamentalmente a través de teleconferencias: dietistas, psicólogos, enfermeras, médicos… todo el día. Por último, promovemos medidas regulatorias.
¿Piden legislación?
Exacto. Las llamo «medidas estructurales» y es la fase que más se parece al tratamiento quirúrgico. Conseguir que se prohíba, por ejemplo, fumar en espacios públicos, el uso de la grasa trans, los smartphones a menores de dieciocho
REGULACIONES EFICACES
«Una vez los miembros de la salud pública fijamos un objetivo común, somos imparables»
años, o que se les pongan impuestos a las bebidas azucaradas. Dentro de unos días viajaré al Parlamento de una comunidad autónoma que me ha invitado para conversar sobre móviles, salud mental en adolescentes y por qué deberían prohibir las pantallas antes de la mayoría de edad. Hay peticiones que ya tienen decenas de miles de firmas. Influir en los Gobiernos para llegar a la gente y cambiar la salud pública es nuestro poder y nuestra responsabilidad.
¿Suelen ser ustedes eficaces?
Tardamos, es un tratamiento a largo plazo, pero, en cuanto los miembros de la salud pública fijamos un objetivo común, somos imparables. Sin embargo, lo difícil no es legislar. En este país se legisla por todas partes y no creo que la solución sea ponerse a hacer leyes para todo, sino lograr que se cumplan, con firmeza y con (este término inglés me encanta) enforcement. Dichos muy conocidos en España como «Hecha la ley, hecha la trampa» son impensables en el mundo anglosajón. Tenemos que cambiar esa mentalidad. La ley, las medidas son nuestra ingeniería social, y no nos las tomamos en serio.
¿Se les escucha más que antes?
Sí, sobre todo desde el Covid-19. Fue una situación que puso en evidencia tanto a los buenos como a los malos gestores de la crisis sanitaria. Hablo de esto en mi libro La sanidad en llamas (Planeta, 2021) y pongo de ejemplo a Taiwán, que tiene poco más de la mitad de habitantes que
REDES SOCIALES
«Las redes sociales son el factor más perjudicial. Algunas deberían prohibirse directamente, como hizo la India con TikTok»
PREDICAR CON EL EJEMPLO
«Los padres son los primeros educadores, y si ellos no dan ejemplo, los hijos estarán perdidos»
España. Aquí murieron 60 000 personas a lo largo de 2020; allí, 7. El vicepresidente de Taiwán, Chen Chien-jen, era catedrático en Epidemiología. Se identificó la causa, se actuó con rapidez y eficacia y, por supuesto, se salvaron miles de vidas. Otro ejemplo más de la potencia de esta rama de la medicina.
En 12 soluciones para los retos con las pantallas menciona 2020 como el inicio de su interés sobre el problema digital en adolescentes.
Durante la pandemia leí un estudio del Center for Disease Control and Prevention de Atlanta, quizá la entidad de prevención sanitaria más solvente de Estados Unidos. El estudio, que buscaba representar a la población norteamericana, señalaba que una cuarta parte de las personas de entre dieciocho y veinticuatro años había considerado suicidarse en los treinta días anteriores. Me parecía algo imposible: el país más desarrollado del mundo, la mayor riqueza y, además, un grupo con tanta vitalidad como es el de los jóvenes. Seguí buscando, hablé con varios psiquiatras y aseguraban tener las consultas repletas.
Otro evento fue el estreno de The Social Dilema en Netflix, que cuenta, entre otras cosas, que empresarios como Tristan Harris abandonaron sus trabajos en las redes sociales porque se dieron cuenta de que estaban mintiendo. La ingeniera y científica de datos Francis Haugen dejó al mundo digital en evidencia con los Facebook Files publicados en The Wall Street Journal. Zuckerberg y compañía
sabían de sobra lo nocivas que eran sus aplicaciones: archivos enteros donde se demostraba que las redes sociales aumentaban la ideación suicida, la depresión —especialmente en las chicas—, trastornos de la conducta alimentaria… Lo estudiaron y pagaron, lo negaron ante el público y se lo dieron a los niños, los más vulnerables de todos. Hay un paradigma que solemos usar para hablar de adicción en la salud pública, y es que los tiburones de esta área tienen un lema: «Captúralos a los trece años y los tendrás para toda la vida».
¿Qué les pasa a los trece?
Su cerebro no está preparado para combatir las adicciones. No tienen bien desarrollada la capacidad de autocontrol. Los sistemas de recompensa —inmediatos y gratificantes— dominan la capacidad de autocontrol. Se vuelven todavía más vulnerables porque el cerebro no está plenamente mielinizado. [La mielina es la grasa que rodea las vainas de los axones]. El impulso nervioso va más despacio. No tienes tanto autocontrol porque el cerebro no ha madurado lo suficiente. No se ha hecho la poda neuronal.
¿Qué es la poda neuronal?
Tenemos unos cien mil millones de neuronas, aproximadamente. Cada una de ellas se comunica con otras siete mil de media. Pero cuando nos desarrollamos en la adolescencia no se generan neuronas nuevas, sino que las ya existentes, conectadas a lo loco, empiezan a organizarse. Dependiendo de nuestros intereses, de
a qué le dediquemos nuestro esfuerzo y a qué no, qué actividades prioricemos y cuánto tiempo dediquemos a cada una, el cerebro establece conexiones preferentes. Las descartadas se podan. La mente se configura. Es lo que se conoce como «plasticidad cerebral». El cerebro adolescente se amolda a sus intereses y habilidades. Esta programación termina entre los dieciocho y veinte años, y es la que determinará la capacidad de autocontrol, la calidad de nuestros propósitos a largo plazo. Si tú introduces el móvil cuando tantos cambios importantes están sucediendo en el cerebro de tu hijo, lo puedes echar todo a perder. Esta plasticidad se puede ver de forma muy clara en el aprendizaje de idiomas nuevos. Si un chico de trece años se va a vivir a Alemania, cuando tenga veinticinco nadie podrá distinguir su acento del de un alemán nativo. Pero si te vas con cuarenta, siempre se te notará la diferencia.
Toda esta ingeniería viene de Silicon Valley y es un problema global. ¿Por qué propone abordarlo desde casa?
Los padres son los primeros educadores, y si ellos no dan ejemplo, los hijos estarán perdidos. Se pueden ver hoy en día generaciones enteras de jóvenes que han dejado de dormir bien. Se despiertan cada día un poco más cerca de ser zombis. Llenan las consultas. Si los Gobiernos no cumplen su responsabilidad y les paran los pies a las tecnológicas —que no lo están haciendo—, habrá que cubrir esa primera línea tan básica y fundamental que es la adolescencia. Siempre se lo digo a los padres: hay que decir no a los smartphones antes de los dieciocho.
¿Se puede llegar a tener una relación sana con una herramienta que es por naturaleza insana?
Estamos hablando de dispositivos y aplicaciones diseñadas por los mejores ingenieros informáticos, testadas por psicólogos y profesionales que han volcado todos sus conocimientos en hacer del móvil y sus sistemas un objeto tan adictivo que no te deje ni un minuto libre.

Martínez-González confía en los avances científicos y en una mayor conciencia social sobre el impacto de los teléfonos inteligentes.
Es difícil. Mucho. Requiere de corteza prefrontal, capacidad de autodominio, disciplina… pero se puede, claro que se puede. Al igual que no es fácil llevar una dieta sana cuando los supermercados están repletos de ultraprocesados, que son el alimento más barato, cómodo y nocivo que puedas poner en tu despensa.
La población española no sigue la dieta mediterránea. Pues lo mismo pasa con el móvil. Eso sí, toda esta dificultad que afronta una persona adulta resulta una tarea imposible para un niño. Ellos no pueden adaptarse al ritmo del teléfono.
Un miedo muy común entre los adolescentes que no tienen acceso al móvil es el de quedarse fuera, no formar parte del grupo, de sentirse analfabetos digitales.
Esto lo explica muy bien Michel Desmurget en su libro La fábrica de cretinos digitales: la idea de que un joven se convertirá en paria social o en analfabeto de internet por no tener móvil es una leyenda urbana. Lo dice Desmurget y yo me sumo: reto a cualquiera a que encuentre un solo estudio epidemiológico que sustente esa idea. Sin embargo, sí
LÍMITES SALUDABLES
«Es necesario establecer un toque de queda digital. A partir de una hora, los móviles apagados»
OPTIMISMO
«Creo que las cosas van a cambiar para bien. Son tantísimos los que empiezan a darse cuenta...»
existen cientos que sustentan lo contrario: que darle a un chaval el teléfono móvil a los trece, catorce o quince años es un factor de riesgo potentísimo para sufrir depresión, ansiedad, déficit de atención, anorexia nerviosa, bulimia, autolesiones y tendencias suicidas. O ciberbullying , que es un tema gravísimo. Hace unos años el acoso escolar terminaba cuando sonaba el timbre del colegio, pero hoy dura las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana. El número de acosadores es potencialmente infinito y anónimo. En muchos casos, la crueldad es extrema. Y ya si entramos en el tema de la pornografía…
¿Qué tiene que ver la pornografía con el acoso escolar o la violencia?
Es de lo más adictivo que ofrecen las pantallas. Y su escalada tiende siempre a una depravación más violenta. Como en el resto de adicciones, la persona aprende a tolerar y se acostumbra con cada subida de dosis. En medicina, a esta tolerancia le llamamos taquifilaxia. Al que antes le iluminaba una cerilla, ahora necesita una bomba de napalm. Chicos y chicas en edad escolar que acaban, pasado el tiempo, frente a la pantalla viendo escenas que ningún ser humano debería haber visto jamás: incestos, violaciones, zoofilia, pornografía infantil, orgías. Conozco casos de niños que han empezado a los nueve o diez años y han llegado a los veinte cerebralmente destrozados. En mi libro Salmones, hormonas y pantallas hablo de un estudio muy interesante hecho por dos epidemiólogas, Belén Sanz y Carmen Vives, que analizan la escalada de la
violencia sexual en adolescentes durante la pandemia, publicado en la revista British Medical Journal.
¿Por qué es tan fácil empezar?
El porno es superpasivo. Elimina al instante todo lo que la sexualidad tiene de reto: conquistar al otro, querer ser mejor, sonreír, apasionarse, intentar seguirle el ritmo a la pareja, escuchar, entender. En internet, lo que encuentran los jóvenes es un harén entero disponible sin ningún tipo de exigencia.
A muchos padres les resulta engorroso abordar este tema.
Aunque no lo parezca, creo que aún no se ha dicho lo suficiente. Hay que hablarlo más. Mucho más. Siguen acercándose a este asunto con cierta timidez o vergüenza, como si fueran a pervertir a sus hijos hablando de estas cosas. Pero es importante que lo encaren cuanto antes porque se juegan muchísimo en esa anticipación, no han de esperar hasta la adolescencia. Ha de hablarse con naturalidad, sin alterarse, razonablemente y con cariño. Hay que ponerse en sus zapatos. Los hijos han de sentir la confianza suficiente para plantearles a sus padres las primeras dudas. Si no, cuando empiecen a hacerse preguntas, buscarán las respuestas en fuentes peligrosas.
¿Qué pasa si los niños ya son mayores y no se ha intervenido como es debido? Una forma muy socorrida de empezar es hacer muchas preguntas. Esforzarse por entender cómo ven el mundo, cómo piensan sus compañeros de clase: «¿Qué
PORNOGRAFÍA
«Los padres tienen que ser valientes preguntando; si no, los hijos casi seguro no serán valientes para responder»
opinan tus amigos de este asunto? ¿Tú cómo lo ves?». Nunca juzgándoles, sino facilitándoles el camino. Siendo impositivo, la sinceridad es imposible. Han de querer hablar, y para eso hay que generar confianza. Y, en cuanto el hijo empiece a enganchar, se tiene que tirar del hilo e ir tocando los temas esenciales. Los padres tienen que ser valientes preguntando; si no, los hijos, casi seguro, no serán valientes para responder.
¿Qué responsabilidades les pediría a los Gobiernos respecto a la pornografía?
Todo el mundo se ahorraría muchísimos problemas si se estableciera un sistema efectivo de verificación de edad. Y que haya que pagar por entrar. Precios elevados. Si se incumple: multa. Pero multa de verdad. Toda la pornografía tendría que estar señalada: nada de extensiones como .com, .es o .org. Todas con la extensión .xxx. Este tipo de barreras, aunque a alguno le puedan parecer inútiles, suelen dar buenos resultados. En salud pública es bien conocido que en las ciudades que tienen pasos elevados, puentes, miradores…, si no hay barandillas o son muy bajas, suele haber muchos más suicidios. Y cuanto más altas, menos. La gente reacciona ante las barreras.
¿Y respecto a las pantallas en general?
Creo que las redes sociales son el factor más perjudicial. Algunas deberían prohibirse directamente, como hizo la India con TikTok. Demasiado nociva. Y los smartphones , demostrada su capacidad adictiva y quiénes son los que
andan detrás de la industria, deberían prohibirse hasta la mayoría de edad, al igual que votar. Hasta que el cerebro esté más configurado. Sobre este tema es muy interesante el libro La generación ansiosa, de Jonathan Haidt
En el caso de que sí se les den móviles a los hijos antes de los dieciocho, ¿qué mínimo recomienda?
En 12 soluciones para superar los retos con las pantallas hablo de poner límites temporales y físicos a un objeto que no entiende ni de tiempo ni de espacio. En cuanto al tiempo, la franja más importante es la noche. Cuando termina el día, la hormona del cortisol está por los suelos y estamos más vulnerables. Es necesario establecer un toque de queda digital. A partir de una hora, los móviles apagados. El riesgo de que un niño se enganche por la noche es enorme. Respecto a las zonas de la casa, establecer reglas. Que no se vayan con los aparatos a la habitación, que no entren con ellos al baño. Utilizar despertadores normales: es un gran error acostarse y levantarse con el teléfono al lado, que mirar el móvil sea lo primero y lo último que hace un joven —o cualquier persona— en su día a día. Priorizar las zonas comunes. El factor de estar en público hace que los niños se comporten de otra forma. Y nunca poner en riesgo los momentos en familia: cenas, paseos, el cara a cara, el ponerse al día.
¿Esto podría generar nomofobia, miedo irracional a estar sin el teléfono?
Lo que planteo es todo lo contrario: algo así como una nomofilia. Debemos sentir alivio con el rechazo, comodidad de estar un rato sin dispositivos digitales. Decir: «Por fin me puedo concentrar y hacer otra cosa». Esto es salud mental.
¿Llegar a acuerdos y pactar con los hijos no podría poner en peligro la autoridad de los padres?
Todo lo contrario. Los padres tienen que razonar y ver que, si algo les está

suponiendo un esfuerzo a sus hijos, ellos también deben demostrar esfuerzo. Yo, por ejemplo, llevo muchos años dando clases y establezco acuerdos con mis alumnos todo el tiempo. Si llegan a la hora y desaparecen las pantallas durante mi lección, yo me comprometo a hacerles resúmenes y esquemas de cada clase como guías docentes. Todo esto me requiere un esfuerzo extra, pero estoy dispuesto a hacerlo si cumplen con su parte. El que algo quiere algo le cuesta. Esto es ir a contracorriente.
¿Como un salmón?
Es un concepto que hay que explicarles también a los niños. La importancia de no siempre ir con las modas, con la masa, con la corriente. Adaptarse a una sociedad que está profundamente enferma no es señal de salud, sino de enfermedad. La película Wall-E (2008) me encanta y me parece un ejemplo magistral de este problema. Perfecta para un cinefórum familiar con los pequeños.
¿Hasta qué punto se siente optimista? Muy optimista. Y podría no parecerlo, lo
sé, después de todos los problemas que hemos planteado, pero es así.
¿Por qué?
Porque pienso que hay una serie de personas muy inteligentes que están metidas en los temas de salud pública. Porque no paran de salir estudios que demuestran la causa de muchos malestares modernos. Creo que las cosas van a cambiar para bien. Son tantísimos los padres que empiezan a darse cuenta del panorama... Hay una demanda enorme de información porque los móviles se sienten cada vez más como un problema.
¿Pendulazo?
El tema de ir a la contra no es nada fácil, pero, a medida que nuestra presión crezca, estaremos más cerca del conocido tipping point; el punto de inflexión del que habla el sociólogo canadiense Malcom Gladwell. Cuando tú consigues convencer a un veinticinco o treinta por ciento de la población respecto a un tema, es muy probable que la opinión social experimente un vuelco repentino en favor de ese peso. Nt

A las cinco de la mañana, cuando todos duermen, Charo Marcos del Río [Com 98 MEGEC 21] ya está frente a su ordenador revisando treinta y tantos medios para enviar a las siete lo que 35 000 personas abren todos los días: Kloshletter, la primera newsletter independiente de información general en España. A lo que en 2017 parecía una locura —¿otro email más?— se le sumó en 2020 un pódcast diario, A:M, el primero original de Spotify en nuestro país. A partir de noviembre de 2025, Carlos Molina, de Multiversial, tomó el relevo a Marcos al frente de Kloshletter. Repasamos con ella estos ocho años.
texto Manuel De La-Chica [Fia Com 19 PhD 24] fotografía Samuel De Román
hubo una clase de historia que toda la promoción de Charo Marcos del Río recuerda perfectamente. Fue el 25 de enero de 1995, a primera hora de la tarde, en el aula 35 del edificio Central. La impartió don Gonzalo Redondo, un profesor «con una personalidad muy fuerte, muy alto y con voz ronca». Aquel día anunció
un cambio en el temario. Don Gonzalo habló del movimiento de liberación vasco y de cómo surgió la banda terrorista ETA, y terminó su lección con una sentencia que a los estudiantes, que no habían escuchado las noticias esa tarde, se les quedaría grabada para siempre: «Hoy esos individuos han matado a un
alumno mío, al que di clase en esta aula, Gregorio Ordoñez». «Fue, de verdad, escalofriante», recuerda Charo Marcos. Ella nació en 1975 en Santoña (Cantabria), un pueblo de 13 000 habitantes, y la vida universitaria le abrió los ojos: «Descubrí que en el mundo pasaban muchas cosas y que yo no me quería perder nada». Al licenciarse, empezó a trabajar en La Razón. De ahí saltó a Antena 3 y, más tarde, al diario El Mundo. «En la planta de arriba —cuenta— había unos tipos muy raros. Los comandaba Mario Tascón y hacían “el digital”, pero a mí no me interesaba nada, porque yo visionaria nunca he sido».
En ese periódico disfrutó de un equipo que estaba inventando la manera de hacer periodismo en línea en nuestro país, con grandes coberturas como el 11S o el 11M. En 2007 se incorporó al departamento digital de RTVE, donde dirigió el área de informativos y lanzó el Laboratorio de Innovación Audiovisual. Tuvo un papel relevante en la migración a internet del periodismo, pero la alegría de ese logro exigió también muchas renuncias y horas de más. Entre 2007 y 2015, tuvo tres hijos. «Estaba agotada —explica—. Había
sido un proceso durísimo y superexigente desde el punto de vista profesional y personal. Me marché a Santoña a pasar un tiempo con mi familia y con mis hijos para recomponerme un poco». Pero su año sabático se truncó. El día de 2015 en que se bajó del coche en Cantabria sonó su teléfono. Era un viejo conocido, Mario Tascón, uno de los padres del periodismo digital en España. Tascón había fundado una agencia de comunicación, Prodigioso Volcán, que estaba creciendo mucho, y quería contratar a Marcos. «Y entonces pensé: “Si me llama Mario, pues tengo que decirle que sí”».
Y pasó allí los siguientes cuatro años. ¿Qué aprendió?
Recuerdo esa etapa como una aventura, porque ocurrían cosas constantemente. Fue la palanca para mi creatividad. Hasta entonces siempre había sido una persona que trataba de hacer su trabajo lo mejor posible, pero nunca se me había ocurrido que yo podía poner en marcha un proyecto.
En cambio, lo hizo: envió el primer número de Kloshletter en 2017, la primera newsletter independiente de España, estando en Prodigioso Volcán. Mario Tascón me animó. Al principio la escribía de madrugada. En un momento tuve que apostar por seguir adelante con mi proyecto o cerrarlo. Eran ya 4000 suscriptores y me dije: «4000 amigos no tengo, ni 4.000 conocidos. Aquí ya hay gente a la que, si le he de pedir disculpas, se me va a hacer todo un poco más cuesta arriba». Necesitaba poner toda mi atención en ellos y por eso decidí dejar Prodigioso en 2019.
¿Cómo nació este proyecto suyo?
Kloshletter surgió de mi propia experiencia. Cuando llegué a Prodigioso, mi oficio ya no consistía en la última hora, sino en atender clientes, ir a reuniones, preparar
PUNTO DE NO RETORNO
«En un momento tuve que apostar por seguir adelante con mi proyecto o cerrarlo. Eran ya 4000 suscriptores»
CURACIÓN DE CONTENIDO
«Seleccionar los mejores contenidos se convirtió en un modelo de negocio y una visión del servicio periodístico»
PENSANDO EN EL PÚBLICO
«Me preguntaba cuándo se informarían las madres del cole. Entonces pensé: “¿Y si hago un producto que ayude a estas personas?”»
MEDIOS TRADICIONALES
«Confiar a las redes sociales la manera de distribuir sus noticias ha hecho que los medios pierdan el control de lo que lee su público»
Al principio, Charo Marcos trabajaba sola, de madrugada. Ahora la ha relevado Carlos Molina, con quien ha colaborado los últimos dos años. 3
proyectos. Así me di cuenta de que estar bien informado es complicadísimo. Empecé a tirar de las newsletters de los medios anglosajones, porque en España no había una estrategia de boletines. En cambio, en Estados Unidos, especialmente The New York Times, habían descubierto que era una manera de fidelizar a sus audiencias. Además, cuando los periódicos empezaron a cobrar por el contenido de sus webs, las newsletters les permitieron mostrar a sus lectores que esas noticias que estaban viendo por redes sociales las habían escrito ellos. Al mismo tiempo, descubrí que en los mercados anglosajones también había newsletters que no se publicaban bajo la cabecera de nadie.
O sea, que eran independientes. Exacto: habían logrado crear comunidades. Seleccionar los mejores contenidos se convirtió en su modelo de negocio y su visión del servicio periodístico.
En 2017, según el Digital News Report, el 82 por ciento de los españoles estaba muy interesado en las noticias. Ese porcentaje ha caído hasta el 50 por ciento. ¿A qué lo achaca?
Hay un factor relacionado con la situación política. La polarización ha afectado a los medios, y eso ha contribuido al descrédito de la prensa, porque la gente solo se cree a los de su lado y niega a los del otro. Eso genera desconfianza.
El mismo estudio confirma que la desconfianza en los medios ha aumentado del 24 al 40 por ciento.
Que los medios de comunicación confiaran a las redes sociales la manera de distribuir sus noticias les ha hecho perder el control de lo que lee su público. Me incluyo en esta crítica porque, como directora de informativos en la web de RTVE también tomé esa decisión. La distribución quedó en manos del algoritmo y eso desacreditó a los medios.

¿Y no hay nada en el propio trabajo periodístico que haya contribuido a esa desconfianza?
Las apps de los periódicos envían notificaciones a sus lectores a las once de la noche con cosas que no tienen ningún sentido. Los periodistas hemos perdido el respeto a qué es urgente y qué importante. Venimos de una carrera frenética en busca de un modelo de negocio que todavía no hemos terminado de consolidar —pasamos de las grandes audiencias a la economía de la atención—. Como ese modelo funciona regular, los medios nos hemos hecho dependientes del poder de financiación de las grandes empresas o del Estado, lo que a su vez contribuye a que la gente no confíe en nosotros. No hemos sabido transmitir que hacemos un producto por el que merece la pena pagar.
Sin embargo, usted nunca ha cobrado a los lectores de Kloshletter. Me lo planteé en varias ocasiones, pero con los datos que tenía de conversión de medios gratuitos en medios de pago no
me salían las cuentas. Por eso siempre he preferido que pagaran los anunciantes a que pagaran los lectores. En cualquier caso, mi pelea ha sido otra: romper con las dinámicas que comercializaban las newsletters como un producto residual y tratar de que se convirtieran en un modelo de negocio propio, en un soporte que pudiera aguantar la publicidad. Además, no tiene sentido que Kloshletter sea una newsletter de pago porque, en el fondo, descubre al lector medios cuyo trabajo merece una suscripción.
A veces redirige a contenidos que sí son de pago.
Y a la gente no le gusta, pero es que estoy convencida de que hay mucho contenido de calidad que hacen medios de pago. No creo que los medios gratuitos hagan un producto malo. El modelo es diferente: los gratuitos van más a la última hora, a la actualización, y eso es muy útil. Los medios de pago tienen que buscar diferenciarse precisamente para que pagues por ese producto. Buscan la exclusividad para retener a sus lectores, y eso hace que
cuenten algunas cosas que no cuentan los demás.
¿Cómo se informa una informadora? Para mí es muy importante leer información de todo el espectro político que reflejan los medios y, además, análisis y temas de mayor profundidad. La clave está en leer todo lo posible —justo lo que no les podemos exigir a los lectores de a pie— para poder contar la información de la mejor manera posible. Consulto diariamente treinta y tantos medios: tengo una rutina de revisar toda la prensa de ámbito nacional, algunos medios especializados, varios internacionales y algunos regionales. Y luego hay sitios en los que busco cosas concretas. Si estoy hablando de algo que ha ocurrido en un territorio específico, voy a buscar la prensa local. Entre todos, estoy suscrita a una decena de medios de pago.
¿Cómo ha conseguido sostener Kloshletter?
Al principio fue durísimo, porque crecer de la nada es mucho más complicado
de lo que yo pensaba. Kloshletter se hizo grande por el boca a oreja. En 2020, me salvó la propuesta de Spotify de hacer un pódcast diario, el primer sostén financiero. Conocían Kloshletter, nos sentamos a hablar y nos encajó. Luego se amplió la audiencia y por fin llegaron los anunciantes. Es un medio pequeño, con necesidades básicas. Me las he ido apañando.
¿Cuántos suscriptores tiene?
35 000. No es nada sencillo evolucionar en un modelo como el mío, en el que solo funciona la recomendación personal. La ventaja ha sido un crecimiento muy sólido y que, de esos 35 000 suscriptores, el 64 por ciento de la audiencia abre la newsletter. [La media del sector es del 20 por ciento]
¿Cómo definiría su propuesta de valor?
Cuando conocí a las madres del cole, me sorprendía ver que eran unas tías estupendas, y me preguntaba cuándo se informarían. Es que es imposible estar al día, porque la información es muy demandante. Entonces pensé: «¿Y si yo trato de hacer un producto que ayude a todas estas personas?». Cuando un lector llega a una última hora superimportante, no se entera, porque se ha perdido treinta minutos de noticias y no sabe de qué va. Muchos suscriptores de Kloshletter estaban muy desconectados de la actualidad y han encontrado una herramienta para engancharse a ella, aunque al principio hubiera que acostumbrarse al formato. Una amiga mía, abogada, de las primeras a las que les conté el proyecto, me dijo que me había vuelto loca. Ella recibía todos los días setecientos correos y le parecía un horror que le llegase otro. Ahora, después de ocho años, una newsletter parece muy guay, pero de verdad que la gente creía que se me iba la pinza porque yo quería hacer un boletín todos los días.
EN AUDIO
«El
pódcast me permite dar rienda suelta a la creatividad: puedes hacer productos informativos variados de una forma bastante fácil»
COMUNIDAD
«Estoy al frente de una comunidad que es como si me conociera. Me encanta que se sientan con el derecho a escribirme»
La newsletter incluye la sección de «Apuntes para el ascensor» y una agenda cultural. ¿Son esas las noticias que interesan?
En realidad son esas secciones —la apertura, el cierre, los «Apuntes para el ascensor» y el «Cuerpo de viernes»— las que marcan la personalidad de Kloshletter. Además de las cinco noticias del día que intento contar con un enfoque objetivo, claro y explicativo, descubro algo nuevo. Eso le da su color, porque, si no, sería un resumen de prensa.
La newsletter se extendió a otros formatos. ¿Qué le hizo entrar en el mundo de los pódcast?
A:M, la versión pódcast de Kloshletter, nació en 2020, porque en ese momento Spotify buscaba un producto informativo diario diferencial, y les encajó la idea que les planteamos. A raíz de ahí entré en un mundo nuevo que permitía informar de modos muy variados.
¿Cómo son sus lectores?
Les interesa la información y también muchos otros asuntos. No les gusta que les griten, ni que les adoctrinen, ni que les cuenten ruido. Les gusta que les expliquen las cosas, por qué suceden y por qué son importantes. En ocasiones, los medios de comunicación escribimos sobre nuestros intereses, que no coinciden con los del público. Creo que por eso he conseguido conectar tan bien con mi público, aunque sea un público de nicho.
El tono de Kloshletter es muy particular. Empieza con una noticia alegre, el Pss, pss…
Eso fue un intento de suavizar. Dios mío, es que esta gente me lee todos los días y la actualidad es deprimente. Intento entresacar algunas buenas noticias dentro de tanto ruido y desgracias. Buscar, entre todo eso, algo que ilumine el día con un poco de esperanza o de ánimo.
También hizo otros pódcast colaborativos.
Sí, el primero que surgió fue Geopolítica Pop, con el equipo de El Orden Mundial Ellos hacían unos reportajes que me gustaban mucho sobre geopolítica internacional desde el lado de la cultura popular y les propuse hacer algo juntos. Luego hicimos juntos Geópolis para Radio Televisión Española.
¿Qué le ve al pódcast?
Me permite dar rienda suelta a la creatividad: puedes hacer productos informativos de lo más variado de una forma bastante fácil. No necesitas grandes medios audiovisuales. Lo difícil es que llegue al público. Es un canal que, en general, está creciendo muchísimo y, debido al aumento de la producción, lo difícil es que el público te descubra. Hay gente que hace pódcast desde su casa con muchísimo talento y luego no tiene un equipo
detrás que lo pueda empujar. Por eso en A:M nos asociamos con The Voice Village, una productora que nos ayudó a que fuese un éxito.
¿Por qué decidió dejar de publicar la edición diaria de Kloshletter en septiembre?
La intención era crear una sinergia entre pódcast y newsletter: a mí me parecían dos complementos perfectos. Es decir, que la información diaria estuviera en el pódcast y que Kloshletter quedara como una revista más reposada.
¿Cómo se tomaron sus lectores el cambio de ir dándoles más —el pódcast, una edición especial los fines de semana— a quitarles el producto original?
Su respuesta siempre ha sido fabulosa. Estoy al frente de una comunidad en la que la comunicación es bastante fluida. Es como si me conocieran. Me cuentan si algo no les gusta, si les gusta, si no se ha entendido... Me encanta que se sientan con el derecho a escribirme. Esto me hace sentir muy orgullosa y, al mismo tiempo, todos los días me cuestiono las decisiones que tomo, porque no tengo la verdad absoluta de las cosas. Pero es cierto que, en septiembre, cuando retiré la newsletter diaria, mucha gente me la reclamó.
¿Le hicieron replantearse volver?
La newsletter ha mantenido a su público fiel, pero yo recibía llamadas constantes de atención de los suscriptores pidiendo que volviera la edición diaria. Probablemente, no haya sabido dar con la tecla exacta del formato semanal. Como la persona que gestiona una comunidad, mi papel es escucharles. Y, tras escucharles, lo suyo era retomar el diario. Nunca he tenido miedo a rectificar, a pedir disculpas cuando las cosas no salían bien o como yo quería. Y en este caso hubiese sido
La personalidad de Kloshletter se basa en una selección de contenido y algunas secciones que le dan un tono optimista al día a día. 1

absurdo no escuchar a la comunidad. El día que lo anuncié parecía mi cumpleaños, porque me llamó muchísima gente. Ha sido muy bonito volver.
¿En las mismas condiciones?
Después de casi nueve años dedicada a Kloshletter quería seguir emprendiendo otras aventuras profesionales que me apetecen, sin que eso signifique sustraer a los lectores de Kloshletter de su edición de lunes a viernes. Por eso hemos buscado la complicidad de un equipo con el que estoy trabajando precisamente para poder mantener el diario. Digamos que esto nace de un error de concepto por mi parte, que es no haber buscado ayuda. No creía que nadie pudiera hacerlo como yo, pero lo cierto es que no encontré el equipo o no lo busqué en el lugar correcto. Ahora sí he dado con las personas que necesitaba. Carlos Molina, de Multiversial, ha tomado el relevo de Kloshletter el 24 de noviembre, después de dos años colaborando conmigo.
Kloshletter no fue sostenible hasta 2020, cuatro años después del primer número. ¿Qué ha sido lo más duro de su experiencia como emprendedora?
Trabajar sola hasta ahora ha sido lo peor de todos estos años. Yo siempre había pertenecido a grandes equipos, y la soledad te encierra en tus esquemas, mata la creatividad. Nunca habría podido alumbrar Kloshletter en mi casa.
¿Y lo que más valora?
Haber sido dueña de mi tiempo en unos años muy importantes de mi vida. Haber hecho un producto periodístico en el que creo firmemente y haber podido levantar una comunidad desde cero. Para mí eso es lo fundamental: conectar con 35 000 personas que entienden la información como yo. Nt
Daniel Capó

«María Pombo parece no querer entender que es el hombre mismo —nuestra humanidad— lo que está en juego. La cultura nos ha hecho capaces de reconocer en el otro a un compañero en la búsqueda de lo eterno»
HACE UNOS AÑOS, visitó la Universidad de Navarra Zena Hitz, profesora del St. John’s College de Annapolis, en Maryland. Acababa de escribir su fascinante ensayo Lost in Thought, cuya versión española, publicada en 2022 con el título de Pensativos, tuve la fortuna de prologar. Sin saberlo, Hitz había escrito la mejor respuesta posible a unos comentarios despectivos sobre la lectura que lanzó en verano la influencer María Pombo. Los buenos libros no nos hacen superiores, es cierto, pero sí nos mejoran en un sentido muy concreto: ensanchan nuestro mundo interior. Quiero decir que, sin la lectura, nuestro mapa íntimo sería más pobre.
En su ensayo, Zena Hitz reivindica la vida intelectual como un camino de plenitud que se gesta en el trato cotidiano con los grandes clásicos. De Platón a los Evangelios, de Homero a Virgilio, de Cervantes a Shakespeare, y de Jane Austen a Juan Ramón Jiménez, la lectura pausada, atenta a los matices y a los silencios, nos arranca del vértigo de la dispersión digital invitándonos a habitar el silencio interior de la auténtica cultura: aquella capaz de delimitar el paisaje escrito que conforma la humanidad misma.
De este modo, la lectura lenta supone ante todo una escuela de atención situada en la médula de toda experiencia educativa digna de ese nombre. Para Michael Oakeshott, seguramente el filósofo político inglés más importante del siglo xx, la enseñanza
no radica tanto en incorporar un corpus de conocimientos —por crucial que sea la memoria en el acto de pensar—, como en la adquisición de un método que nos ayude a descubrir con asombro que la verdad existe y opera en nosotros.
La profesora Hitz no escribió Pensativos al modo de un ensayo de gabinete. Al contrario, el libro nació como el resultado de una experiencia hecha carne. Su alma mater, el St. John’s College, se ha distinguido a lo largo de la historia por ofrecer un currículum universitario que se sustenta en el diálogo con los grandes libros. Su método no dista mucho del utilizado durante siglos por la tradición monástica —la llamada lectio divina—, que consiste en sumergirse en un texto, leerlo y meditarlo con paciencia, hasta que la misma escritura empiece a revelar sus secretos. El trabajo del lector se asemeja así al del jardinero que cuida sus flores o a la del agricultor que dispone el campo para la siembra. Todo lo valioso exige esfuerzo para fructificar. Lo decisivo, por eso, es saber que la vida intelectual, en su sentido más pleno, nos prepara para enfrentarnos con las grandes verdades, aquellas que tocan e interpelan nuestro corazón.
La pregunta que se plantea entonces no sería tanto saber si la lectura lenta tiene cabida en un tiempo vertiginoso como el nuestro, sino indagar si contamos con un hogar al que acudir en un mundo meramente extrovertido. María Pombo parece no querer entender que es el hombre mismo —nuestra humanidad— lo que está en juego. La cultura nos ha hecho capaces de reconocer en el otro a un compañero en la búsqueda de lo eterno. Nos ha dotado de un instrumento preciso para nombrar el dolor y la alegría, para cartografiar el alma en sus recovecos más ocultos y para tejer una mirada, un hilo de luz que aúne la herencia del pasado con la esperanza del futuro.
LA PREGUNTA DEL AUTOR
¿No será la cultura, antes que un lujo elitista, el lugar donde aprendemos a reconocernos a nosotros mismos?
La defensa de la lectura en los colegios y en la universidad, como fundamento vital, no responde a una nostalgia decimonónica ni a una tentación elitista, sino a la conciencia de que necesitamos encontrar fuera de nosotros mismos, en la belleza y en la verdad, un sentido que oriente nuestro camino. Los buenos libros nos recuerdan que el tiempo del hombre es un tiempo de espera atenta, de promesa y de maduración. «Me preguntas —escribió una vez el premio Nobel Czesław Miłosz, en una cita que me gusta recordar— qué utilidad tiene leer los Evangelios en griego. Te respondo que es bueno dejar que nuestro dedo índice nos vaya guiando por letras más perdurables que las grabadas en piedra y que, al pronunciar lentamente sus sonidos, reconozcamos la verdadera dignidad del lenguaje». Aprender esa humilde dignidad es lo que nos concede la gran literatura.
@NTunav
Opina sobre este asunto en X.
Daniel Capó [Der 96] es ensayista y editor. Columnista en The Objective y en los periódicos del grupo Prensa Ibérica. También ejerce de crítico literario en La Lectura de El Mundo. Forma parte del Consejo Asesor de la editorial Libros del Asteroide desde su fundación.

NÚMEROS
años hace que nació el poeta Antonio Machado en Sevilla.
El narrador y dramaturgo californiano de raíces armenias William Saroyan (1908-1981) conoció pronto el éxito. En plena Gran Depresión, su literatura, distinta, llevaba optimismo y piedad. Pero también conciencia del presente y de la vida. Saroyan vuelve.
texto Joseluís González [Filg 82], profesor y escritor @dosvecescuento
Traduzco: «Pocos minutos después de la medianoche del último día de 1940, William Saroyan bajó al despacho que tenía en el sótano de su nueva casa —una que su oficio de escritor le había permitido comprarse— y empezó a teclear una obra de teatro que quería titular, con el espíritu de esas fechas navideñas, Una taza de bondad, A Cup of Kindness».
»La acción, según había decidido, iba a desarrollarse en una vieja vivienda de madera de Red Rock Hill, cerca de Quintara Woods, en el Distrito Sunset de San Francisco. Era el vecindario donde Saroyan se había asentado, donde fumaba cigarrillos Chesterfield uno tras otro, sin parar, escribiendo a máquina repiqueteando rápidas ráfagas».
»A diferencia de la vieja casa infestada de ratones que se imaginaba para sus personajes —la familia Webster—, la de Saroyan era sólida y moderna, una de las
años del nacimiento de grandes cuentistas: O’Connor, Aldecoa, Fraile, Matute...

El mejor escritor del mundo, según su biografía. foto: library of congress, p. d.
muchas de Sunstream Homes que había construido el promotor Henry Doelger, a pesar de la Depresión, en las últimas colinas bajas de San Francisco, no lejos del mar».
»En un primer momento, se pensó que la zona resultaría inhabitable a causa de las nieblas densas y pertinaces, pero aho-
ra era un bastión de la clase media, y la casa de Saroyan estaba destinada a convertirse en el hogar permanente para su madre y su hermana soltera, que se encargaba de contestar el teléfono, guardaba los recortes de prensa sobre Willie y que sabía suavizar con su presencia tranquila y sosegada los vaivenes de una





familia con rencores bruscos y pasiones directas».
Así comienza la insólita —y dolorosa—
A Biography de Saroyan que compusieron el narrador y guionista de largometrajes Barry Gifford —Perdita Durango, por ejemplo— y el periodista Lawrence Lee (1941-1990). La pieza de teatro construida esa Navidad acabaría siendo La hermosa gente (The Beautiful People). La hermana que no contrajo matrimonio, Colette. La ruidosa máquina de escribir pudo ser una cara Royal que solía alquilar y por fin adquirió. Con originalidad, Gifford y Lee no empiezan por el nacimiento del escritor sino cuando era un hombre maduro y de éxito, en 1940. Se nutren de testimonios y confidencias de personas que lo conocieron de cerca. Era Willie para su familia, Bill para sus amigos y William para el público. Y los autores de esa biografía dejan al aire la parte menos luminosa de Saroyan, sus esclavitudes y sus carencias. Sus nieblas propias. Ya se sabe: «Todo santo tiene pasado, y todo pecador, futuro». Esas primeras páginas biográficas llevan el escueto encabezamiento de «Saroyan», adaptación, al parecer, del apellido persa Sarou-Khan. Y debajo, una rúbrica demasiado grandilocuente: «El mejor escritor del mundo».
William Saroyan no fue el mejor escritor del mundo. Pero sí el hijo pequeño de un matrimonio emigrante de origen armenio. Como muchos de los que se establecieron en Estados Unidos. En la agrícola y próspera California. El padre
murió a los treinta y pocos —Willie tenía tres—, y la joven viuda, sin recursos monetarios, se vio obligada a dejar —cinco años difíciles— a sus cuatro hijos en un orfanato no muy separado del domicilio donde tuvo que ponerse a trabajar de asistenta. La familia se reagrupó, y todos redondeaban ingresos con tareas ocasionales. Los chicos vendieron diarios y repartieron telegramas.
Aprender mecanografía le sirvió de mucho a William, que no estudió demasiado. Se puso a crear narrativa, espoleado por la lectura de Maupassant, rápido y amoldando sus peripecias y las de sus vecinos y parientes, y pronto, en 1934, resonó «The Daring Young Man on the Flying Trapeze». Un cuento novedoso de estilo y símbolos sobre las horas finales de un joven escritor, que se muere de hambre literalmente. Un éxito en aquellos amargos tiempos de la Depresión. Meses después, su primer libro triunfó también. Podía ganarse la vida escribiendo. Y no paró. Cuentos personales y finos, con los que al corazón le cuesta muy poquico reaccionar. Teatro —al que acusan de ternura pegajosa— lleno de héroes normales y a la vez disparatados. Novelas encantadoras que buscan ser sinceras…
Saroyan celebra la vida cotidiana, se fija en las maravillas que afloran de la plana realidad, refleja vicisitudes de inmigrantes y testimonia el desarraigo. Y descubre la alegría y el optimismo hermanados con las dificultades. Y la felicidad de volver. Porque el secreto estaba en el amor que se pone. De nuevo. Restaurado. Nt
tú es que estás loco, papá Interesadamente —porque la he traducido—, aconsejo una novela no muy larga, «bonita» y apenas conocida de Saroyan: Papa, You’re Crazy (1957), traducida, con consciente anacoluto, Tú es que estás loco, Papá (Eunsa, 2025). La cuenta Pete, un niño de nueve años. Su padre, escritor, cuarenta y tantos, que arrastra una crisis creativa, financiera y matrimonial, se lleva al chico con él a una casa modesta. Los hijos pueden ayudar a quienes los trajeron a la vida. Y de paso descubrir con conversaciones lo esencial para escribir: mirar libremente, averiguar en qué consiste vivir y reflexionar. Soñarse. Buscar la dignidad y lo mejor de todo y todos. Saroyan le hizo un año antes el mismo regalo a su hija, Lucy: otra novela —Mama, I Love You— de lo que más le gustaba, ser actriz.

La pregunta 7
Richard Flanagan
Libros del Asteroide, 2025 296 páginas · 18,90 euros
El título de este libro de memorias proviene de un relato de Chéjov, donde unos escolares deben resolver una pregunta matemática incongruente: la número 7. Ese cuento sirve al ruso (y a Richard Flanagan) para explicar que la literatura plantea interrogantes sin respuesta única. Así, en el libro se pregunta sobre sus raíces, su tierra y sus padres, e indaga sobre el valor de la memoria.
Flanagan enlaza historias dispares y recurrentes, como la estancia de su padre en un campo de concentración japonés o la creación de la bomba atómica, lo que acabó liberando a su padre. También señala la influencia de H. G. Wells y el papel de Leo Szilard en el Proyecto Manhattan. Todos estos elementos provocan, como las bombas, una poderosa reacción en cadena.
Con ingenio, profundidad y reflexiones metaliterarias, el autor controla la narración para ofrecer un testimonio con recuerdos perplejos e insólitos.
Adolfo Torrecilla


Señales
Tim Gautreaux
La Huerta Grande, 2025
536 páginas · 25 euros
Tras sus dos novelas ambientadas en las primeras décadas del xx en Luisiana, su tierra natal —plantaciones, esclavitud, tensiones raciales y fervientes bautizados—, Tim Gautreaux (1947) corrobora su maestría para el cuento en Señales, su última colección. Reúne una docena de títulos nuevos, publicados en revistas, y nueve de sus libros anteriores.
Vuelven sus rasgos característicos: mirada minuciosa y original, historias ingeniosas a veces sombrías, y la sabiduría de destacar objetos que sugieren simbolismo (una radio, un piano…). El buen humor se asoma tras los infortunios, y la emotividad bambolea entre lo ridículo y lo sublime. A los personajes, cotidianos, les sobrevienen problemas y posibles soluciones: tendrán que decidir o entender, arrepentirse, cambiar… Ellos verán.
Cada veinticinco años vienen tres cuentistas perfectos. Gautreaux está en ese pódium, aunque no besa su medalla.
Joseluís González
El libro de las hermanas
Amélie Nothomb
Anagrama, 2025 176 páginas · 18,90 euros
El adagio latino nomen omen ya sabía que en el nombre está nuestro destino. En la última novela de Amélie Nothomb, El libro de las hermanas, la onomástica es tragedia. Cuenta la vida de Tristane, una niña con unos padres tan sumidos en su pasión mutua que no dejan espacio para ella. Los días de Tristane transcurren tristes. No llora, porque en la cuna le enseñaron que molesta.
Su existencia se alegra cuando su hermana pequeña, Laetitia, llega al mundo. Tristane, aún niña, la alimenta y protege, y ambas forman una relación inquebrantable a pesar de unos padres ausentes. La contraposición de esos dos amores (padres, hijas) se desarrolla con los años.
La historia es una maravillosa fábula sobre la educación emocional contemporánea y el precio de la visibilidad. Para Nothomb, los nombres cargan con una herencia invisible: Tristane y Laetitia son, en su contraste, dos formas de nombrar el mundo.
Ana Gil de Pareja

El buen mal
Samanta Schweblin
Seix Barral, 2025
201 páginas · 19,90 euros
Lo bueno de la buena literatura radica en que, por mucho que se recontrarrecomiende, ningún crítico exime del placer del descubrimiento.
El buen mal agrupa thrillers donde lo prosaico se vuelve amenaza y lo bizarro, verosímil. Uno se queda rumiando si las niñas realmente existieron o quién diantres llama por las noches al fijo.
La crítica señala la precisión quirúrgica de sus frases y lo difícil que es dejar de leer. Sus finales iluminan sin aclarar del todo y piden relectura, seguramente lo mejor que puede decirse de un texto. Sorprende la construcción de personajes, tan vivos y distintos. Samanta Schweblin tiene sus temas —ausencia paterna, suicidio frustrado, divorcio—, pero no se repite, gracias a su detallismo y su respeto por la inteligencia del lector.
El buen mal demuestra que Schweblin es una autora elegante y respetuosa, que huye de efectismos y se la juega en cada texto.
Teo Peñarroja


Un pájaro se eleva de un semáforo Inmaculada Morenot Númenor, 2025 64 páginas · 15 euros
Inmaculada Moreno (Puerto de Santa María, 1960) ha ido construyendo una poesía sólida, interior y coherente. Un pájaro se eleva de un semáforo es su quinto libro. Esta vez el lector encontrará poemas más duros, que miran de frente el sinsentido de la modernidad. No ha cambiado, sin embargo, su exquisito oído para la música del verso ni para los matices de la realidad. Valga este ejemplo ante un intérprete callejero de Ámsterdam: «Un saxofón mendigo [por lo que pide]/ o dadivoso [por lo que regala]». Aun así, nunca se olvida del mundo en el que vive: «Un cableado inmenso nos circunda».
Pero la poeta o la poesía o ambas encuentran resquicios. Del semáforo se levanta el pájaro. La luz agónica se resiste a ser ahogada. Los candados en un puente muestran que «todavía/ los que aman eligen/ desafiar al abismo». Moreno no regala un milímetro al entusiasmo, pero no cierra ningún lucernario a la esperanza. Enrique García-Máiquez
¿Gestar hijos para otros?
Mark Frost Palabra, 2025
176 páginas · 9,40 euros
Legislar sobre seres humanos exige jerarquizar valores: o prevalece la vida como bien jurídico esencial, o la libertad de quien pide eutanasia, aborto... o gestar para otro. La gestación subrogada no es un caso aparte.
El argumento de la explotación de la mujer gestante no basta para rechazarla, porque esas condiciones podrían desaparecer: por ejemplo, si alguien decidiese altruistamente gestar para otro.
Los autores ejercen de humanistas y, a través de historias de la literatura universal, tocan el tuétano de lo humano: ¿Qué significa nacer?
¿Cuál es el sentido de la paternidad y la filiación?
Concluyen que la gestación subrogada atribuye la filiación a quien no gestó ni parió. Esto siempre ha amenazado la identidad humana: la gestación es inseparable de la maternidad; el hijo es preeminente al padre; somos engendrados, no producidos. Nadie tiene derecho al regalo.
Pepe Marí-Olano


El ideal masculino en Jane Austen
Catalina León Rialp, 2025
324 páginas · 22 euros
Catalina León publica El ideal masculino en Jane Austen coincidiendo con el 250 aniversario del nacimiento de la escritora británica. Tras Las mujeres en Austen (2023), donde exploraba a sus heroínas, ahora centra la mirada en los hombres que desfilaron por su vida y obra.
Según León , Austen «no buscaba colocar soldaditos de plomo al lado de sus bien pertrechadas mujeres, sino hallar el verdadero contrapunto, el que estuviera a la altura de ellas, y, si no estaban a la altura, entonces había que decirlo». Por eso, rechaza que se tilden sus libros de «femeninos».
León entreteje un ensayo que disfrutarán los amantes de Austen, aunque puede ser un buen aperitivo para quienes aún no se hayan sumergido en su mundo. Eso sí: se trata de una lectura para quienes no temen los spoilers. Como afirma Enrique García-Máiquez: «A los clásicos no les exigimos que nos sorprendan, porque juegan en otra liga».
Lucía Martínez Alcalde
Luna Park
Marina Perezagua Páginas de Espuma, 2025 125 páginas · 17 euros
Termina Luna Park con pena quien no es ni será madre, y ese sentimiento le ha sido escondido sin disimulo a lo largo de los diez relatos del libro. Madres huérfanas, ansiosas, neuróticas, con hijos que luchan por su vida o por hacerse oír. No se siente lo mismo por no haber pisado nunca Nueva York, escenario de la mayoría de los cuentos, porque la sombra del individualismo, el movimiento woke y la vigilancia vecinal se extiende más allá de la metrópolis.
Marina Perezagua cita a Colson Whitehead: «Nueva York es una recompensa por todo lo que te permitirá alcanzar, y un castigo por todos los crímenes que te forzará a cometer». La urbe cataliza la normalización de los suicidios o la degeneración académica.
Luna Park es una cartografía psicológica de los claroscuros neoyorquinos donde Perezagua explora entre fracturas y bifurcaciones: madres e hijos, pertenencia y enajenación, anécdota y ensayo.
Andre Quispe


El hogar consciente
Dia Boyle · 2025 268 páginas · 15,90 euros
En estos tiempos, la casa cumple mil funciones a la vez: puede ser oficina, gimnasio, guardería. Y, aun así, sigue habiendo libros, como el de Dia Boyle, que nos invitan a encender de nuevo el hogar. El hogar consciente, traducido por Rafael Hurtado, no es un manual de decoración ni una apología nostálgica, sino una defensa lúcida del lugar donde aprendemos a cuidar, a pertenecer y a florecer como seres humanos.
Boyle escribe con la naturalidad de quien ha vivido lo que cuenta, recordándonos cuál es la primera escuela de todo lo que importa. En diálogo con autores como G. K. Chesterton o Rafael Alvira, este libro ilumina una profundidad: sin hogares conscientes no hay personas plenas ni sociedades estables. Una lectura cálida y necesaria para quienes quieren volver a lo que importa. Para quienes busquen alumbrar sus casas, por dentro y para siempre.
Beatriz Leopardi
Tú es que estás loco, papá
William Saroyan · 2025 212 páginas · 15,90 euros
Al asomarse a Tú es que estás loco, papá, uno se siente intruso; la dedicatoria de Saroyan a su hijo anticipa una profunda intimidad: «Tu voz y tus andares son el cuerpo de este libro. El estilo, tu manera de mirar». El narrador, un niño de diez años, se marcha a vivir con un padre enfrascado en la escritura de un libro de cocina en el que deposita todas sus esperanzas profesionales.
Los capítulos —«Desayuno», «Diente», «Dios»— parecen los ingredientes de la vida. Construyen una convivencia peculiar y divertida. Una vida de contemplación, de preguntas y respuestas, de paseos por la playa. Se pelean, juegan, pasan hambre, viajan —un solo y crucial viaje a San Francisco—, sueñan y tratan de entenderse. Saroyan deposita en los ojos de su primogénito una reflexión fortísima sobre lo que hace que una vida merezca vivirse. Este álbum de recuerdos es un tratado sobre la mirada.
Juan G. Tizón


Una estrella fugaz
I. Guerrero y Á. Carreras · 2025 172 páginas · 13,90 euros
Ágata Carreras e Ignasi Guerrero demuestran, con Una estrella fugaz, que la peor pesadilla puede ser también la más preciosa historia de amor. El matrimonio tiene seis hijos. El segundo, Pep , nació con síndrome de Down y una cardiopatía que solo le permitió vivir durante cuatro meses. Atravesó sus vidas dejando una estela de luz, corta pero radiante. Efímera y eterna.
Así lo recuerdan sus padres, que escriben con una sola voz; de la misma manera en la que sufrieron y amaron a su pequeño. Esperaban una buena noticia. Un milagro que llegó. No una curación, sino un encuentro con el sentido de la vida y de la muerte de Pep
No es la primera vez que cuentan su testimonio. En 2024 estrenaron en cines un documental, pero aquí, con una generosidad y apertura colosales, logran una conversación íntima con el lector. Un tú a tú que constata el privilegio de leerlos y respirar tanta humanidad.
Maria
Domingo
El método de la vida buena M. Sullivan y P. Blaschko · 2025 248 páginas · 17,90 euros
Primero las preguntas de supervivencia; luego las trascendentales, y luego, como dice Harmut Rosa, la «aceleración social» que nos impide pensar qué hacer para vivir con sentido. El método de la vida buena nació de un curso que imparten los profesores Meghan Sullivan y Paul Blaschko en la Universidad de Notre Dame. Una pregunta a sus alumnos: ¿qué es importante para llevar una vida buena? El libro incluye las respuestas, a las que llama apologías En ellas, alumnos y maestros narran cómo han encontrado plenitud en el dinero, la ética, el trabajo, las ambiciones, la familia, la espiritualidad y la muerte. El método que proponen consiste en plantearse una batería de preguntas incómodas que exigen candor y compromiso. Esas listas proporcionan una guía para responder a cuestiones cruciales: virtud, moralidad, propósito, fe… Todo hilvanado de la mano de filósofos que han tejido la historia del pensamiento. Marisabel Díaz


Un día en la vida de Iván Denísovich Alexandr Solzhenitsyn Tusquets, 2015 133 páginas · 11,30 euros
Algunos monstruos se perpetúan décadas en el poder. Un ejemplo vergonzoso fue Stalin. Entre sus aportaciones a la maldad destacó haber creado los gulags, recrudecer las purgas y especializarse en «muertes prematuras» instigadas por su cobardía. Su sucesor, Jrushchov, lo aborrecía sin fin. Para ensuciar la imagen de Stalin autorizó publicar —aunque no íntegra— esta novela, Un día en la vida de Iván Denísovich, testimonio escalofriante de las penalidades y vejaciones que soportaron en esos campos de concentración de la Siberia soviética sus presidiarios. Pero, en octubre de 1964, Jruschov cayó, y los nuevos mandatarios prohibieron en la prensa cualquier referencia a los gulags. Las últimas novelas de Solzhenitsyn salieron en editoriales extranjeras y circularon clandestinas, ilegalmente, por las rendijas del régimen. En 1969, lo expulsaron de la Unión de Escritores Soviéticos. Al año siguiente le concedieron el Nobel. La edición española de Tusquets traduce completo el original verdadero del autor. Solzhenitsyn pagó su pena en el norte de Kazajistán y cuenta en una sola gota de sangre, en
una migaja de ADN, en media esquirla de hueso, los años y la devastación que sufren los presos. Aunque existen niveles y clases, como en todas las penurias. Al único recluso que lleva bigote no le han afeitado porque estaba con mostacho en la foto de ingreso.
Iván Denísovich Sujov, aunque inocente, lleva en campos de concentración ocho años de los diez a los que lo sentenciaron, por espionaje. A trabajos forzados. Construyen una central térmica y hay por ahí una fábrica de maquinaria. Esa mañana helada de la novela, Sujov se despierta indispuesto. Antes de las diez no se concilia el sueño, y a las cinco —inútiles los relojes— diana. Levantarse. En un barracón anidan cuatrocientos hombres. Pasar frío, hambre. Durar ahí dentro. La sopa es todos los días la misma: desde septiembre hasta junio, este año sólo lleva lombarda (zanahorias saladas el anterior). En julio cambia: caldo de ortigas troceadas. De noche, los focos de vigilancia impiden reconocer la condición de las estrellas. No se redondea la luna, sino «el sol de los lobos». El sol de injusticia. Un sol capaz de morir.
Joel Eguíloz Sanz
NÚMEROS


mil espectadores ha congregado en las salas la nueva película de Alauda Ruiz de Azúa, Los domingos. 462
756,4

Un fotograma de Romería, la película que cierra el círculo autobiográfico de Carla Simón.
La cineasta ha concluido una autobiografía de memoria y celuloide en tres partes que la confirma como una de las grandes de su generación. Después de Verano 1933 y Alcarràs, Romería explora la ausencia paterna y el estigma de quienes murieron de sida en los ochenta.
texto y críticas
Ana Sánchez de la Nieta
Tuve la suerte de entrevistar a Carla Simón al inicio de su carrera, en mayo de 2017. Su primera película, Verano 1993, acababa de ganar los premios a la mejor ópera prima en el Festival de Berlín y a la mejor película en el Festival de Málaga. Me encontré a una mujer muy cercana, muy natural, absolutamente alejada del cliché de cineasta estrella o de «autora». Hablaba de la pérdida de sus padres —fallecidos de sida cuando ella era muy pequeña— con emoción pero sin dramatismos. Con una serenidad madura y una conciencia de lo que significa contar desde dentro. Su cine nacía de ahí: de una herida personal transformada en memoria compartida.
Verano 1993 me sigue pareciendo hoy una de las películas españolas más hermosas de lo que llevamos de siglo. Y con uno de los finales más emocionantes. La protagonista —magnífico descubrimiento de Laia Artigas— era la propia Carla Simón: una niña que tiene que crecer de golpe. Aquella historia era autobiográfica, sí, pero también profundamente universal. Porque universal es la experiencia de la fragilidad, el desconcierto e incluso la fortaleza ante el drama que uno saca no sabe bien de dónde cuando la vida obliga. Carla Simón me contó que tenía una familia extensa, muchos tíos y primos, y muchas historias que contar. Lo recordé millones de dólares recaudó la película Wicked, con un prespuesto cinco veces menor.



cuando, en 2022, vi Alcarrás. Su segunda película ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín, un reconocimiento que el cine español no recibía desde La colmena de Mario Camus, en 1983. Fue la constatación de una directora con voz propia, capaz de elevar lo local a categoría universal. Alcarràs no era solo una historia de una familia de agricultores catalanes enfrentados a la pérdida de sus tierras, también hablaba del desarraigo, del fin de una forma de vida, del duelo por lo que desaparece sin remedio. Una vez más, la infancia y la pérdida. Y la familia. Y, otra vez, una cámara que captaba la humanidad de los personajes, que se detenía en los gestos mínimos, silencios y miradas.
Si Verano 1993 es la infancia, y Alcarràs la familia, Romería es la memoria. O, mejor dicho, la ausencia de ella. Carla Simón se atreve a entrar en un territorio aún más íntimo: la reconstrucción de la figura de un padre ausente, al que apenas recuerda. La protagonista, Marina, es una estudiante de cine que viaja de Barcelona a Galicia para formalizar unos trámites administrativos y conocer a su familia paterna. Marina es, de nuevo, Carla Simón Romería arriesga y cierra una trilogía que, vista en conjunto, resulta uno de los proyectos más personales y logrados del cine español reciente.
La película bucea en un tiempo marcado por la droga y el sida, en los silencios y las pérdidas que acompañaron a la generación de los ochenta. Habla del miedo, del rechazo social, del estigma, de las familias que no supieron o no pudieron afrontar aquel dolor. Y lo hace desde un delicado equilibrio: sin victimismos ni exaltaciones, sin juzgar ni justificar. Como si el objetivo fuera entender antes que narrar, utilizar el celuloide como herramienta de la memoria. Quizá por


eso, Romería sea menos emotiva que las anteriores: porque no busca emocionar sino abrir espacio a la reflexión. Y porque —quizás sin buscarlo— hay mucho de elaboración cinematográfica de la idea, mucha teoría del séptimo arte.
Carla Simón ha construido un tríptico íntimo, familiar, que, sin embargo, trasciende su biografía. Lo que cuenta no es solo suyo: todos nos vemos reflejados en la fragilidad de la memoria, en la importancia de las raíces, el intento de recomponer lo que falta, en el dolor que exige, algunas veces, enfrentarse a la verdad.
Al terminar Romería, uno tiene la sensación de que se cierra un ciclo, pero no una filmografía. Al contrario. Si con solo tres películas Carla Simón, a sus 38 años, ha logrado situarse como una de las grandes cineastas españolas de su generación, el futuro promete traernos más alegrías. Ya ha anunciado que está rodando un musical con el flamenco como protagonista. Un cambio y un reto.
Y aunque esto da para otro artículo, hay que destacar que pertenece a una generación donde brilla con luz propia el talento femenino. En mi primer diálogo con Carla Simón, hablamos de la importancia de que hubiera más directoras mujeres, para ampliar la mirada del cine y abarcar más temáticas y puntos de vista. Simón creía que era pura cuestión de tiempo. Ocho años después de aquella entrevista, Simón ha dejado de ser una rara avis Hoy, nombres como Pilar Palomero , Alauda Ruiz de Azúa, Paula Ortiz, Celia Rico o Eva Libertad, y títulos como Los destellos, Cinco lobitos, La virgen roja, La buena letra, Sorda o, por supuesto, Los domingos, confirman que dirigir películas en España ha dejado de ser una cosa solo de hombres. Nt
san sebastián brilla
La 73.ª edición del Festival de San Sebastián confirmó el auge del cine español. Títulos patrios destacados, como la ganadora Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa, recibieron aplausos en la Sección Oficial. En contraste, las grandes estrellas de Hollywood asistieron solo de paso a la alfombra roja.
nuevas reglas para los óscar Entre otras medidas, ahora obliga a sus votantes a ver todas las películas nominadas antes de emitir su voto. Además, introdujo reglas sobre IA, cineastas refugiados y una nueva categoría de dirección de casting, mientras mantiene debates sobre su impacto en la nominación internacional.
hulu llega a disney+
A partir del 8 de octubre de 2025, Disney+ estrenará en España la marca Hulu, que reemplazará el icono «Star» sin aumentar los precios. Este cambio unifica la oferta global de Disney e incluye estrenos destacados para adultos, como la serie española La Suerte. Una serie de casualidades, de Paco Plaza y Pablo Guerrero

¿En qué he fallado?
Jugar con fuego
Dirección: D. Coullin, M. Coullin
Guion: D. Coullin, L. Petitmangin, M. Coullin · Francia, 2025
Si te gusta un buen debate.
Pierre acaba de quedarse viudo. Tiene dos hijos adolescentes y el mayor entra en contacto con grupos violentos de extrema derecha. Vicent Lindon ganó la Copa Volpi en el último festival de Venecia por su composición de un personaje obligado a lidiar con el duelo de la pérdida de su esposa y con una situación que amenaza con desestabilizar absolutamente al resto de la familia. Estamos ante una película de personajes donde todo se juega en el arco de transformación de cada uno de los protagonistas, en unos diálogos con indudable fuerza —a veces hasta la violencia— y en una planificación que subraya el conflicto principal de la cinta: la difícil tarea de educar en una sociedad muy polarizada y con escasos referentes morales.
Una muestra de buen cine francés y una de esas películas que exigen después un largo y jugoso fórum. Se sufre en el visionado, por la dureza de la situación que muestra. Pero eso, en el fondo, es la catarsis.


Los domingos
Dirección y guion: Alauda Ruiz de Azúa España, 2025 Cine para pensar y dialogar.
Después de emocionar con Cinco lobitos y sobrecoger con Querer, Alauda Ruiz de Azúa ha conseguido que la gente vaya al cine y que se ponga a hablar de religión. Ruiz de Azúa se atreve a filmar el proceso de discernimiento de una chica de 17 de años que manifiesta tener vocación de monja de clausura. Es una joven normal, con una familia normal, imperfecta, creyentes unos, ateos otros, y que tiene unos amigos normales. Son normales hasta las monjas y eso resulta extraño en un cine, el español, que siempre ha basculado entre Sor Citroen y la Hermana Muerte de Paco Plaza
Los Domingos es sobre todo una magnífica película. Y lo es porque tiene un lenguaje cinematográfico sobresaliente y un guion que dosifica con sabiduría el conflicto y los arcos dramáticos.
La cineasta bilbaína ha demostrado que, con respeto, se pueden abordar temas conflictivos sin polarizar, desde el deseo de entender.
Recién nacidas
Dirección y guion: Jean Pierre y Luc Dardenne
Bélgica, 2025
No te la pierdas si te gustó la de 1978.
Los hermanos Dardenne
Jean Pierre y Luc— son, además de los directores más premiados en Cannes, los representantes por antonomasia del cine social francés. Suyas son Rosetta , El Niño o Dos días, una noche, todas ellas películas que se acercan al ser humano que habita en los márgenes y sin las seguridades de una red económica solvente. En Recién nacidas , toman como punto de partida las historias de cinco adolescentes que tienen que bregar con una maternidad antes de tiempo.
Al contrario que el tono documental de La maternal, de Pilar Palomero, una cinta con gran paralelismo, hay más cocina de guión y menos espontaneidad y frescura pero, a pesar de todo, la película aborda cuestiones de interés y subraya la importancia de apoyar la maternidad y especialmente a la madre joven, en primer lugar, desde la familia pero también desde la sociedad y la política.

Frankenstein
Dirección y guion: Guillermo del Toro EE. UU., 2025
Romanticismo y tinieblas.
Si hay un mito que uno podría identificar con el autor de El laberinto del fauno o La forma del agua es Frankenstein. Y, efectivamente, el mexicano Guillermo del Toro llevaba décadas declarando que era su personaje favorito y que a él le debía el deseo de hacer cine. El miedo es que hay amores que matan… pero no ha sido el caso y Del Toro ha rodado su mejor película a partir del texto de Mary Shelley Visualmente, la cinta es un espectáculo (y es una pena que haya saltado tan pronto de la gran pantalla a Netflix), pero además el cineasta se ha mantenido fiel al original y ha sabido mezclar con acierto lo tenebroso con lo romántico, lo oscuro con la aspiración a la trascendencia. Y, con el peaje de un exceso de gore en algunos pasajes, este Frankenstein, al contrario que una gran parte del cine de Del Toro, se abre a la esperanza y termina siendo luminoso.

Enemigos
Dirección: D. Valero
Guion: D. Valero, A. Amador España., 2025
Si te gusta un cine diferente.
Después de años de rivalidad, Chimo y el Rubio se reencuentran. Las circunstancias han cambiado y la enemistad también podría mudar de signo.
El alicantino David Valero debuta en el largometraje con esta película que conecta con el cine quinqui de los ochenta, pero que aporta, a pesar de su violento y oscuro arranque, una perspectiva más esperanzadora. Enemigos es, en el fondo, una historia de redención que refleja bien los retos de una juventud muy vapuleada pero con recursos para salir adelante.
La película sobresale por un guion muy trabajado en el que destacan la naturalidad de unos diálogos absolutamente creíbles y por las interpretaciones de todo el reparto, desde los jovencísimos Christian Checa y Luna Pamiés hasta los más veteranos Hugo Welzel, Estefanía de los Santos y José Manuel Poga.

Un like de Bob Trevino
Dirección y guion: Tracie Laymon

Un fantasma en la batalla Dirección y guion: A. Díaz Yanes España, 2025 Si te gusta que el cine que ayuda a entender la Historia.

Mi postre favorito
Dirección y guion: Behtash Sanaeeha, Maryam Moghadam Irán, 2024
Para espectadores sin prejuicios.
No es frecuente encontrar películas verdaderamente humanas, que conecten con el espectador y se alejen del cinismo que es un poco marca de la cultura posmoderna. Por eso una cinta como esta supone todo un descubrimiento. Basada en la experiencia real de Tracie Laymon, directora y guionista del film, narra la entrañable amistad entre una joven con sobrepeso, abandonada por su padre, y un hombre que al que conoce a través de Facebook.
La dirección de Laymon es precisa —sabe adónde quiere ir— y el guion sumamente emotivo. Las interpretaciones de John Leguizamo y Barbie Ferreira son brillantes. La película explora con lucidez la soledad y el egoísmo contemporáneos, sin perder la esperanza esperanza en la naturaleza humana ni en el potencial positivo de todo aquello que pueda suponer contactar con el otro —y ahí entran las denostadas redes sociales—.
Amaia es una agente de la Guardia Civil que se infiltrará en ETA para descubrir los zulos que utiliza la banda terrorista. El cineasta español Agustín Díaz Yanes regresa a la pantalla grande después de una larguísima pausa, y lo hace con una película construída con mimbres muy similares a los de La infiltrada, de Arantxa Echevarría
Pero, mientras que la cinta de Echevarría se centraba en los personajes, Díaz Yanes se centra en los acontecimientos que marcaron los años del plomo. En ese sentido, la película es un valioso —y triste— resumen de la acción de la banda terrorista en los ochenta y noventa, de cómo afectó a la sociedad española —y sobre todo, vasca— y de la importancia que tuvo la acción de los cuerpos de seguridad del Estado en lo que más tarde sería la desarticulación de ETA.
Todo ello narrado con ritmo, un buen manejo del suspense y un magnífico apoyo documental.
Si les planteo ver una película iraní sobre el amor entre dos ancianos, probablemente saltarían de página… o de pantalla. Y es entendible. Sin embargo, Mi postre favorito tiene muchos elementos para conquistar a un espectador mayoritario. No es cine de minorías.
En el guion, encontramos las redes sociales, un tema recurrente en el séptimo arte, porque lo es también en la vida real. Aquí las utiliza Mahin, una mujer que, tras años de viudez, busca rehacer su vida, y Faramarz, un taxista de su edad.
El romance está narrado con muchísimo humor e ironía. Es una comedia que transcurre con ritmo, apoyándose en unos diálogos agilísimos y en la química de la pareja protagonista. El final, muy arriesgado, pues implica cambiar radicalmente de género, puede sorprender e incluso decepcionar, pero también mueve a reflexionar sobre la soledad de muchas personas mayores.
por ciento de aprobación de los críticos del agregador Rotten Tomatoes recibió All’s Fair. por ciento más de suscriptores en Apple TV+ tras estrenarse la segunda temporada de Severance.

Julia Roberts ayuda a soldados traumatizados a regresar a la vida civil en Homecoming
La identidad vuelve a ser uno de los grandes interrogantes de las series. Desde Severance hasta Alien, Black Mirror o Dark, el viejo «quién soy yo» se ramifica en laberintos de tecnología, espejos y traumas.
texto Alberto N. García [Com 00 PhD 05], profesor titular de Comunicación Audiovisual y crítico cultural
Sí, por supuesto, una de las exploraciones recurrentes de las historias —desde Grecia o la Biblia— ha sido la del protagonista descubriéndose a sí mismo. El viaje interior —el oráculo de Delfos o el regreso a Ítaca—; ese conflicto del que uno salía más sabio y autoconsciente… o descendía a los infiernos de por vida.
Si traemos esta pulsión a la última edad dorada de la tele, el movimiento más interesante fue aquel del «yo soy nosotros»: los Dexter, Walter White, Don Draper, Nancy Botwin, Jackie Peyton o el matrimonio Jennings de The Americans extrayendo vitamina dramática de la doble
vida. Forense de día y asesino de noche, profe convertido en narco, enfermera adicta… De hecho, parte de la grandeza que exhibieron aquellos años seriéfilos vino de las fértiles grietas que se abrían entre una vida pública y una privada, generando misterios narrativos, contradicciones morales y exponiendo múltiples zonas de sombra que propulsaban los relatos hasta la excelencia.
¿Qué hay de nuevo, pues? Las posibilidades tecnológicas, un clásico de la ciencia ficción, que se han deslizado por teleseries recientes de postín. Dado el cataclismo que está suponiendo la IA, es de esperar


que muchas más historias de los próximos años examinen esa intersección entre el yo real y el virtual, entre el hombre y la máquina, entre la conciencia y el software. Aquí, la serie más paradigmática está siendo Severance, con esa peripecia que escinde al yo personal del empleado, convirtiendo el trauma subjetivo y la alienación corporativa en una suerte de sci-fi de la existencia.
En paralelo, recuperando un clásico, la mayor novedad de Alien: Planeta Tierra radica precisamente en un tipo de híbridos que no terminan bien de saber quiénes (o qué) son. En ambos casos, el misterio principal se desliza del clásico «quién lo hizo» al posmoderno «quién soy yo»; la identidad es el mayor interrogante.
Las derivadas de este conflicto en los últimos años son estimulantes. Si el yo se parte, la memoria se deja intervenir. La tantas veces visionaria antología Black Mirror ofrece varios episodios sobre recuerdos hackeados, posvidas digitales y realidades proyectadas que se sienten más auténticas que la propia vida. Algoritmos y archivos aplicados al alma. En un frente similar, Mr. Robot, Undone, Legion o Maniac exploran un sujeto confuso y paranoico, donde la identidad se erige en laboratorio narrativo. ¿Quién es, entonces, el auténtico yo de todos esos protagonistas?
Una pregunta similar espolea el relato en propuestas donde los mundos espejo y los doppelgängers [dobles] vertebran la trama. Ahí nos topamos con el ego —una especie de agente aduanero de la conciencia— deslizándose por una frontera porosa de clones, biopolítica o futuribles. El reflejo ya no es metáfora, sino realidad tangible propiciada por la tecnología. Pensemos en la infravalorada Counterpart, donde la identidad de Howard Silk depende de sí mismo… en un universo


paralelo. O en las múltiples posibilidades vitales que interpreta Tatiana Maslany en la enrevesada Orphan Black, heredera, en este sentido, de la seminal Fringe. Cuando el espejo se queda opaco, otra sabrosa vertiente explora el enigma del yo desde posiciones audaces que discurren de la amnesia a los bucles identitarios. La alemana Dark compone un rompecabezas narrativo muy sofisticado, al hilo de una de las frases que abre la serie: «La distinción entre el pasado, el presente y el futuro no es más que una ilusión». Ahí, los saltos temporales abren múltiples versiones de los protagonistas, lo que añade capas de complejidad a ese yo dilatado a lo largo de los años. Desde una corteza aparentemente más simpática, la estupenda Russian Doll abraza el bucle —al estilo de Atrapado en el tiempo— para que la estrafalaria Nadia depure un ajuste de cuentas con sus movidas de infancia. Viajar al corazón del dolor para conocer mejor quién soy: esa podría ser la síntesis. Ese ping-pong dramático entre olvido y secuela también puede encontrarse, con variaciones complementarias, en la intrigante Homecoming, interpretada por Julia Roberts, o en la acción australiana de la entretenida The Tourist, con un Jamie Dornan obligado a descifrar quién es. Estas dos propuestas emparentan, de nuevo, con la Severance que partía este artículo. Porque en ambas late la diabólica sentencia que el personaje Harmony Cobel entona en el quinto episodio de la distopía laboral de Apple: «La manera más segura de domar a un prisionero es hacerle creer que es libre». Esa es la línea de sombra de estas ficciones: no solo averiguar quién fuimos, sino cuánto de nuestra autonomía permanece cuando memoria e identidad ya son editables. Nt
vuelve el japón feudal
No es una jugada inédita: tras cosechar un éxito rotundo, una ficción concebida originalmente como miniserie se amplía. En este caso lo hará Shōgun, la epopeya nipona que arrasó en los premios Emmy de 2024. El riesgo es cargarse una historia redonda, cerrada, casi perfecta. ¿Necesario?
carano en las vegas
Las denominadas guerras culturales llegaron a la pequeña pantalla hace años, en una controversia sonada: el despido de la actriz Gina Carano de The Mandalorian por sus tuits políticos. Tiene, por fin, nuevo proyecto: Logan Reign, donde ejerce de abogada de día y justiciera de noche. ¿Triunfará?
matar a un oso
Los hermanos Alberto y Jorge Sánchez-Cabezudo (Crematorio, La zona) regresan a Movistar con una historia ambientada en el valle de Arán. Partiendo de un suceso violento relacionado con un plantígrado, narra una investigación donde el choque entre lo global y lo atávico puede estallar en cualquier momento. Curiosa.
DURACIÓN
La mayoría de las canciones de Royel Otis apenas superan los tres minutos. Cabría pensar que no hay mejor planteamiento para estos tiempos de consumo rápido, pero en su caso no parece estrategia sino metodología.
Impulsados por un éxito de cosecha ajena, la banda australiana se ha consolidado como referente del estribillo inmediato y de un claroscuro melódico que proyecta un futuro de progresión.
texto Alberto Bonilla [Com 12]
Royel Otis, el dúo de Sídney compuesto por Otis Pavlovic y Royel Maddell, ha alzado su identidad en tan solo cuatro años sobre dos pilares: canciones que contagian al instante y un relato de camaradería forjado en paralelo a su trayectoria profesional. «Nuestras familias eran amigas, pero nunca pasábamos mucho tiempo juntos; eso desmonta la idea romántica de dos chavales que desde pequeños hacían música en un garaje», confesaban en una entrevista a The Harvard Crimson Antes de recibir la atención de la crítica a nivel global, la banda atravesó una fase de rodaje con tres pequeñas píldoras que marcaron el ritmo de su despegue. De ahí surgieron los EP Campus (2021), Bar & Grill (2022) y un tercero algo más largo, Sofa Kings (2023), con el que lograron afinar el pulso entre el jangle pop —ese eco de los ochenta a lo The Byrds— y la inercia melódica del indie de los 2010. Nada sucede por casualidad; el método estaba claro desde el principio. «Yo traigo

un trozo, él trae otro, y los combinamos», confesaban a Crimson. De ese engranaje afloraron la dulzura melódica, las guitarras primitivas y esa pulsión de playlist que, por amable que resulte, no deja de ser sincera y explica, en buena medida, el lugar que ocupan hoy.
Ahora bien, su salto al gran público tuvo un detonante: «Murder on the Dancefloor», su versión para la radio australiana
Triple J en 2024 del clásico contemporáneo de Sophie Ellis-Bextor; un tema que Maddell reconoce haber escuchado a menudo durante la infancia. Su propuesta se viralizó y, aunque el dúo se había prometido no hacer covers por respeto a las canciones originales, el tiro les salió por la culata, en el mejor sentido: más público, más giras y la sensación de estar subidos a una ola imposible de detener.



Ese impulso también afianzó su estatus mediático como fenómeno popindie fuera de Australia. The Guardian les dedicó un amplio reportaje cuando encabezaban en 2024 las nominaciones a los premios ARIA de la industria musical australiana —fueron ocho— y ya llenaban salas en Europa y Estados Unidos. «Un sonido con ecos de The Smiths y The Cure pasados por el filtro del sonido más actual de Phoenix o MGMT», concretaba el artículo.
Asimismo, ese viento de cola de su «Asesinato en la pista de baile» acabó por coincidir con el lanzamiento de su primer largo, Pratts & Pain (2024), producido por Dan Carey (Fontaines D.C., Tame Impala, Kylie Minogue). La recepción de la crítica dibujó entonces un mapa útil para entender lo que es Royel Otis. Porque, si se recomponen las piezas, emerge un patrón que ayuda a explicar su éxito. Primero, el anhelo —y la maestría— a la hora de diseñar el single pegajoso: «Oysters in My Pocket», «If Our Love is Dead» o «Sofa King» encajan en esa herencia de la canción de tres minutos que tan bien funciona en estos tiempos de fugacidad. Segundo, la elasticidad de la marca Royel Otis cuando se adentra en la versión: «Murder on the Dancefloor» o «Linger», de The Cranberries, activaron una nostalgia transversal que los medios detectaron pronto y que el dúo ha asumido sin complejos. Y, por último, los márgenes en los que más brilla la banda: cortes que cambian el paso —«Molly», «Foam», «Always Always»— y bajan las
pulsaciones por minuto, ensanchando su espectro musical sin perder su inmediatez.
En Royel Otis encontramos algunas certezas. Pocas bandas han logrado en los últimos años que el indie guitarrero vuelva a sonar actual sin pedir disculpas, y, al mismo tiempo, envuelto en un carisma desacomplejado sin discursos grandilocuentes.
Pero también es verdad que no despiertan muchos consensos. Para algunos pueden ser the new best thing; para otros, una banda «sin memorabilidad», como la tildó Far Out Magazine, o «una perfección de cartón piedra», así definidos en su última crítica en Mondosonoro. De cualquier modo, con Hickey (2025), han dado otro paso en clave de consolidación global gracias al reconocimiento de buena parte de la esfera musical y a su presencia en escenarios de medio mundo. La crítica puede sospechar, pero los números les acompañan: cien millones de escuchas de su último disco en Spotify.
Lo que venga a partir de hoy determinará si Royel Otis se acomoda como unos excelentes orfebres del estribillo instantáneo o si acaba por abrir las ventanas del estudio para que entre más eclecticismo y riesgo en su propuesta. A juzgar por su todavía corta trayectoria, los claroscuros le sientan bien: cuando afloja el acelerador propio de una banda joven, aparece el dúo que podría trascender modas. Y eso, terminado este 2025 musical, no es poca cosa. Nt
amistad y admiración
El debut en largo del grupo, Pratts & Pain, recibe su nombre por el pub Pratts & Payne de South London, donde se escapaban a escribir sus letras regadas con unas pintas de Guinness.
unos amateurs bien asentados Royel Otis ha conseguido cifras impropias de una banda con tan solo cuatro años a sus espaldas. Más de mil millones de escuchas de sus canciones en todas las plataformas, cien mil entradas vendidas en su gira de 2024 y una legión de trece millones de oyentes mensuales dan una idea del fenómeno.
la mina de oro australiana
Junto con Royel Otis, Parcels, Tame Impala, King Gizzard & The Lizard Wizard o Empire of The Sun son solo algunas de las formaciones contemporáneas con mayor popularidad a escala internacional. Su nexo de unión: todas se han incubado en el criadero musical australiano.
líneas y rostros
«Descubro entre las líneas de un rostro aquellas que sugieren la profunda gravedad que persiste en todo ser humano. Una obra de arte debe cargar en sí misma su significancia completa, imponerla sobre el espectador antes, incluso, de que reconozca el tema»
Henri Matisse en Notas de un pintor










Marguerite escribió en 1970 que la familia vivía la pintura como un drama. © imágenes cortesía del musée d’art moderne, 2025
Algunas veces es una mirada escondida entre los árboles. Otras, una amalgama de rectángulos y trapecios. O un charco de colores. En cualquier caso: el rostro de Marguerite evocado por su padre. El Musée d’Art Moderne de París ha reunido, por primera vez, esta colección de retratos de Henri Matisse.
Cielo encapotado. Fachada cenicienta, desaturada. La llovizna empaña el pórtico del Musée d’Art Moderne. Fuentes secas. Frisos neoclásicos ilustran leyendas indescifrables. Jóvenes skaters se balancean entre escaleras de piedra (grises) y saltan en las rampas (grises). En el interior estalla el morado chispeante de Raoul Dufy, el verde intenso de Sonia Delaunay y el rosado danzarín de Henri Matisse
Al traspasar aquellas salas, aquellas explosiones de color, el final del pasillo desemboca en «Marguerite y Matisse. La mirada de un padre», la muestra que el museo inauguró a principios de abril. La idea troncal aparenta nimiedad: reunir ciento diez retratos que Henri Matisse
(1869-1954) hizo de su primogénita. Un rostro formado por muchos rostros. La historia de dos vidas, en imágenes. La pregunta de quiénes fueron ambos a través de los días, los años, las mudanzas. «¿Quién es Manet sino el instrumento azaroso de una especie de metamorfosis?», reflexionó el escritor y antropólogo Georges Bataille en un libro dedicado al artista. La pregunta salta a la biografía de Matisse. Niñez en Le Cateau, juventud en París, vejez en Niza, viajes a Tánger y a Collioure, estudiante de Leyes, aprendiz de Moreau, compañero-rival de Picasso, muralista, fauvista, expresionista, iconoclasta, clásico, desnudos, esculturas, découpés, abstracciones. Los métodos de

Matisse, sentenció el crítico Roger Fry, «parecen destinados a causar confusión por la violencia de sus paradojas». Paradojas violentas implican sucesiones violentas. Cambios. ¿Qué permanece ahí? Permanece Marguerite, sugiere la exposición. Permanece el ímpetu por retratarla de forma «tajantemente franca e intensa». Matisse —prosiguen las curadoras— no buscó en Marguerite una musa (etérea, idealizada) o una modelo (sustituible). No. «Pareció ver en ella un espejo de sí mismo», acotan. Porque ella también acarrea su metamorfosis. Hija ilegítima, prisionera de la Gestapo, modista, adolescente callada, voluntaria en la guerra, pintora efímera, responsable del legado paterno. Permanece una cicatriz en el cuello, resto de una traqueotomía. Y la venda negra que la encubre.
En 1906 Marguerite es un remanso en un huracán. Lee un libro a solas. Quieta. Una mancha verde, como fuego, como lava, asedia su figura. Verde luminoso. Verde transparente. Lee imperturbable, anclada; alrededor la estabilidad se derrite, se deforma, se estira. En La lectura sorprende esa ebullición, pero también una sutil unidad. Ella apenas tiene doce años, empieza a vivir con Matisse, toma su apellido. Él lleva a la familia al pueblo pesquero de Collioure, en busca de la luz del Mediterráneo, de otras luces. En la gran ciudad le despreciaron, le llamaron «bestia salvaje». Prueba, indaga. Encuentra.
En 1915 Marguerite es un mosaico de geometrías. Fragmentos coloridos en un fondo opaco. Un montón de grietas que forman una Cabeza blanca y rosa. Dos ojos hondos desafían, penetrantes. Ojos que, solitarios en ese bosque de rectas espinosas, recuerdan a ciertos versos de Octavio Paz en Hacia el comienzo: «Te meces en
retratos
«Cuando yo pinto un retrato, vuelvo y vuelvo una y otra vez a mi estudio, y en cada momento es un nuevo retrato lo que estoy pintando: no uno que improviso, sino uno distinto que comienzo continuamente; en cada momento yo extraigo de la misma persona un diferente ser»
Henri Matisse en su ensayo Mirando a la vida con los ojos de un niño (1953), escrito un año antes de su muerte.
el trapecio del miedo / los terrores de tu infancia / me miran / desde tus ojos de precipicio». Una venda oscura cubre el cuello (también oscuro). A ella la rechazan de profesora y vuelve con sus padres. Él abraza la abstracción y la austeridad, le niegan su postulación al servicio militar. Viven en el Quai Saint-Michel, en París. Coinciden. En 1945 Marguerite es una línea sobre un papel blanco. Un boceto parco. Cejas, cabellos y ojos. Casi nada más. Ella tiene un hijo, cincuenta años y su futuro comprometido en La Resistencia. Va, prisionera, rumbo a Alemania. A una muerte segura. Consigue escapar y reunirse con Matisse en la Costa Azul, su última morada. Él, después de meses de silencio —lo ignoraba todo—, titula la litografía El rostro del regreso a manera de respuesta. Superviviente de cáncer, en silla de ruedas, ya célebre, en gestación de los découpés y la capilla de Vence, intenta no repetirse a sí mismo. Sus fuerzas físicas decaen, pero su espíritu creativo persiste. O lucha por persistir.
Él la marcó y ella le marcó. También en un sentido literal. Es 1901, cuando la familia vuelve a Le Cateau, incapaz de sostenerse en la capital francesa. Ella, víctima de difteria, tose sin parar, pierde la respiración. Ningún médico en la calle. Ninguna respuesta a los gritos. Él —relata la biógrafa Hilary Spurling en Becoming Matisse— se ve obligado a lo inimaginable. Dañarla para salvarla. Escoger un cuchillo de la cocina y abrirle la tráquea porque, de otra forma, hubiera muerto.
Afuera, la llovizna escala a lluvia. Unos se refugian bajo las columnas del Palais de Tokyo, al frente. Las gotas pintan la piedra. Otros esperan. Un padre y una hija se demoran en la librería del museo, silenciosos. Nt
lo inagotable
En 2019, a ciento cincuenta años del nacimiento de Matisse, el mundo lo celebró con júbilo. Las exposiciones incluyeron «Como una novela» (Centre Pompidou, 2020), «El estudio rojo» (MoMA, 2022), «Vértigo del color» (MET, 2023), «MiróMatisse. Más allá de las imágenes» (Fundació Joan Miró, 2024), entre otras. «Chez Matisse. El legado de una nueva pintura» abrió en Madrid el 29 de octubre, fruto de una colaboración entre CaixaForum y el Centre Pompidou. La posibilidad de nuevas lecturas delata una herencia inagotable.
Parte de la ola expansiva, la muestra del Musée d’Art Moderne señala una pulsión por entender al pintor desde su intimidad, no como líder de un movimiento histórico. «Incluso si alguien apila juntos los treinta libros publicados sobre Matisse jamás podría conseguir una visión completa de su obra», escribió Alfred Barr, el primer director del MoMA, en su voluminoso estudio acerca del pintor.

«La cría puede mirarte de frente o de soslayo, pero en ambos casos captará tu atención. Si es de frente, para interrogarte con pericia de policía viejo; si es de reojo, peligro, porque la sentencia volará como una flecha»
NACIÓ CON PRISA un 11 de abril, el mes de los locos, y algo loca está, no puede negarse. Con ocho meses empezó a hablar y, con nueve, ya caminaba, descubriendo así que había un mundo por recorrer y poco tiempo para hacerlo. También tenía prisa por reír, por salir a la calle y por comer chocolate —el chocolate es una pasión irrefrenable—, dispuesta a robarlo de la despensa sin el menor remordimiento. «Es que estaba ahí», dijo una vez como explicación al hurto.
Pipa tiene unos ojos grandes y negros, con unas pestañas que se asoman a la vida y una nariz que, de niña, parecía un botón. Pipa viene de piparra, que significa guindilla en euskera, y el sobrenombre le va al pelo. Su carácter es enérgico; su alma, eléctrica. Por eso a veces se enciende, como en aquella ocasión en la que su abuela le afeó que gritase a sus hermanos y ella se rebeló diciendo: «No me riñas, Abu, que ya no les pego». Inapelable.
La cría puede mirarte de frente o de soslayo, pero en ambos casos captará tu atención. Si es de frente, para interrogarte con pericia de policía viejo; si es de reojo, peligro, porque la sentencia volará como una flecha. Por ejemplo, cuando su madre pacificaba una riña apelando al cariño familiar y ella soltó: «Mamá, decir que “nos queremos” no es suficiente para dejar de pelear». Claro que sí, discutir es compatible con quererse.
Pipa tiene iniciativa desde siempre. En casa la llamaban Señorita Money porque no
dejaba de abrir negocios: una peluquería, una cafetería (solo con reservas por teléfono), un supermercado o una librería. En esta última, revendía libros birlados a sus padres y su progenitor, cartesiano, le preguntó: «¿Por qué voy a comprar algo que ya es mío?». Ella lo miró extrañada y le dedicó una caída de ojos que ni Liz Taylor en Cleopatra: «Porque te gustan y, además —concluyó, mientras enseñaba unos dientes de ardilla—, querrás recuperarlos». Algo mafioso se esconde ahí o, quizá, simple capitalismo.
Esto del capitalismo lo padeció uno de sus hermanos cuando quiso hacerle la competencia. Sin calcular los riesgos, Yago abrió una tienda donde se podía encontrar, entre otros tesoros, un lápiz mordido a diez céntimos; un balón desinflado por treinta, y, atención, un iPad que no funcionaba a dos euros. Aquello fue demasiado para ella y, con siete años y ninguna piedad, hizo su oferta: «Te-lo-compro-todo». Pienso en la escena y surge Mafalda negociando con Manolito en el colmado porteño. «¿Qué? ¿Cómo que todo?», dijo el pequeño. «Todo por cuatro euros, pero tienes que dármelo ahora». El niño aceptó y, con el botín, se fue a comprar chuches dando saltos de alegría. La felicidad le duró hasta que volvió a casa y vio el nuevo bazar de su hermana donde un lápiz mordido costaba veinte céntimos; un balón desinflado, sesenta, y el iPad, ¡cuatro euros! La sensación de haber sido estafado le dura hasta hoy.
Ha pasado media vida —de la suya— y aquella revoltosa ha crecido. Ahora acarrea libros de Economía y madruga rumbo a la facultad. Le gusta socializar y debatir (ha salido a madre). El chocolate, por supuesto, sigue en la lista de caprichos y ha desarrollado una curiosa facilidad para dar titulares. Por ejemplo, el celebrado «Me miro y me admiro» o el amenazador «En mi casa no se van a comer cosas caducadas». Ay, las familias numerosas.
LA PREGUNTA DEL AUTOR
¿Qué travesura de la infancia te parece que mejor define quién eres hoy?
Todavía mantiene su afición al lío, pero de otra manera. Ahora sabe que no hay nada más noble que ser una persona para los demás. Comprometida con mejorar el mundo sin renunciar a sus raíces, que son profundas y, por católicas, universales. Dispuesta a conocerlo todo de inmediato y a ser muy buena en lo suyo, aunque aún no sepa exactamente qué significa «lo suyo». Sus padres la miran perplejos, como el primer día, dispuestos a apoyarla y, si fuera necesario, a frenarla. Tampoco es cuestión de que se lleve por delante el mundo en el que vivimos, aunque ella, como buena lianta, estaría encantada de hacerlo.
@NTunav Opina sobre este asunto en X.
Ignacio Uría [Der 95 PhD His 04] es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá.

ENSAYO Ser adulto ya no es lo que era

Ser adulto no significa hoy lo mismo que hace una generación. ¿Basta con cumplir años, pagar facturas y sostener un empleo? En tiempos de precariedad laboral y vínculos frágiles, la adultez se presenta como una realidad inevitable y dura. Quizás ha llegado el momento de mirarla no como un lastre sino como una forma de estar en el mundo al servicio de algo más grande que uno mismo.

CECILIA SERRANO
es investigadora en el grupo «Jóvenes en transición» del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra.
juan, 40 años. tiene empleo estable, pero no pareja ni hijos. Vive con sus padres. Laura, 28. Madre de dos niños. Dejó la carrera y trabaja a media jornada. Carlos, 35. Grado y máster. Inestable en lo laboral y en sus relaciones. Marta, 23 años. Independiente económicamente, dedica su tiempo al activismo y a cuidar a su abuela. ¿Quién de ellos es un adulto?
La respuesta se complica cuando trascendemos los criterios puramente legales o biológicos. Estos perfiles revelan la complejidad de un fenómeno que trasciende el estereotipo del Peter Pan que se niega a crecer: muchos jóvenes no rechazan la adultez por capricho, sino porque sus coordenadas tradicionales se han vuelto inaccesibles o incoherentes. En el grupo de investigación en el que trabajo, «Jóvenes en transición», del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra, encuestamos a más de mil jóvenes de entre 18 y 32 años y tuvimos con ellos conversaciones a fondo para explorar sus percepciones y experiencias de la vida adulta. Tres años después, en 2024, recontactamos a más del 20 por ciento de ellos para analizar sus trayectorias profesionales y familiares con el objetivo de entender qué significa hoy ser adulto y por qué importa.
Vivimos en una época en la que los marcadores tradicionales de la adultez —como casarse, tener hijos, independizarse o conseguir estabilidad la-

boral— han perdido su carácter normativo, se han vuelto inestables, se retrasan e incluso se rechazan.
Sin embargo, seguimos esperando de algunas personas, y no de otras, cierta madurez, una forma de responsabilidad, una capacidad de responder por sí mismos y por otros.
¿Qué hace que consideremos adulto a alguien?
¿Por qué este reconocimiento tiene todavía peso, aunque ya no sepamos muy bien en qué consiste?
¿Y por qué hay determinadas experiencias —como criar a un hijo o cuidar a alguien— que nos hacen madurar más rápido que años de estudio o una profesión?
Algunas teorías del desarrollo plantean la vida adulta como el resultado del desarrollo cognitivo y la maduración biológica. Esta etapa sería un periodo fisiológico después de la adolescencia, en la que el individuo alcanza su completo desarrollo físico. Por otro lado, un enfoque social-funcionalista reduciría la discusión al papel que una persona mayor de edad desempeña en la esfera pública, sus deberes civiles o su rol productivo.
No obstante, no puede comprenderse solo como una etapa del desarrollo físico ni como una construcción histórica arbitraria. Más allá de las dimensiones biológicas o psicológicas, la madurez importa por una razón fundamental: dependemos unos de
ILUSTRACIONES: PEDRO PERLES
otros y alguien debe hacerse cargo. En un mundo que siempre necesita sostenerse, repararse, trasmitirse, la figura del adulto representa a la persona que asume su responsabilidad ante otros.
Pero hoy ese rol está en crisis. Si ser adulto comporta la existencia de un otro que me reconozca como tal, ¿qué pasa cuando las transiciones que más alteridad implican —como el matrimonio, la paternidad, el cuidado— son las que más se posponen o se rechazan? ¿Cómo cambia la experiencia cuando el trabajo no garantiza continuidad ni sentido? ¿Es posible proponer una nueva comprensión de la adultez, no como cumplimiento de hitos biográficos sino como una posición relacional en el mundo?
desarrollo biológico, madurez cognitiva. Un adulto es alguien que ya no es joven. Este acuerdo tácito permite que la sociedad funcione, pero también encubre una falta de claridad que influye en cómo nos vemos y en el lugar que ocupamos en relación con los demás. Estudiar la juventud como una etapa delimitada —con sus vivencias, conflictos y aspiraciones— lleva a preguntarse por su fin, tanto en el sentido de término como de propósito. ¿A qué se llega, o se debe llegar, cuando se deja de ser joven?
Las teorías del desarrollo dividen la vida en etapas marcadas por cambios biológicos. La adultez se

caracteriza por la madurez corporal y sexual. Alrededor de los veinte años alcanzamos la plenitud física, el periodo de máxima capacidad y fertilidad. Si se piensa en una línea continua, el joven se convierte en adulto al alcanzar el punto más alto de su rendimiento biológico. Es una etapa caracterizada por cierta estabilidad, seguida por un declive progresivo.
Ahora bien, la maduración corporal va acompañada de transformaciones cognitivas. Desde la psicología evolutiva, autores como el suizo Jean Piaget —uno de los teóricos más influyentes del desarrollo cognitivo infantil— han descrito cómo los seres humanos progresan por diferentes estadios del pensamiento. Al abandonar la infancia, el joven pasa de una inteligencia más concreta a un razonamiento abstracto. Durante esta etapa, se afianzan habilidades como la planificación a largo plazo, la autorreflexión y el pensamiento crítico, que permiten una mayor autonomía en la toma de decisiones y que, cuando están plenamente desarrolladas, dan paso a la adultez. Un adulto, pues, sería alguien capaz de hacer juicios sobre cuestiones morales más complejas. Pero este desarrollo no ocurre en el vacío: se enmarca dentro de un entramado de relaciones que, a su vez, influyen en el individuo.
roles y reconocimiento social. Desde una mirada sociológica, ser adulto no puede entenderse solo como una cuestión de edad o madurez biológica, sino como una posición social estructurada por expectativas compartidas. Distintas teorías destacan que la identidad —es decir, cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás— se construye en gran medida a través de las funciones sociales que desempeñamos: estudiante, trabajador, progenitor, ciudadano. Estos papeles actúan como guiones normativos y ofrecen marcos de acción que orientan el comportamiento y otorgan sentido a la experiencia individual. El compromiso con determinados roles y la capacidad de sostenerlos en el tiempo con cierta coherencia contribuyen a la formación de una identidad relativamente estable. No obstante, las expectativas asociadas a cada rol cambian con el tiempo y varían entre sociedades, comunidades o niveles socioeconómicos. Hoy en día, en algunos contextos occidentales modernos, se presupone que una persona de un nivel socioeconómico más alto terminará los estudios universitarios antes de empezar a trabajar (el 75 por ciento de los hijos de familias con estudios superiores también los completa), pero un joven con menos recursos
suele incorporarse al mercado laboral antes de llegar a la educación superior (solo el 32 por ciento los termina). ¿Es uno más adulto que otro? Durante buena parte del siglo xx, en diversas sociedades industrializadas, como Europa occidental o Estados Unidos, se consideraba que un adulto era alguien capaz de mantener una familia, encontrar un empleo estable y adquirir una vivienda sin ayuda de sus padres. En la actualidad, a pesar de que las condiciones materiales han cambiado, continúan vigentes las expectativas heredadas. Por esta razón, es comprensible que tanto la sociedad como sus propios miembros experimenten una sensación de inadecuación o de adultez incompleta.
En consecuencia, la adultez es una categoría relacional y dinámica, construida en referencia a otros y moldeada por normas sociales contingentes. Pero que haya cambiado a lo largo de la historia no significa que sea arbitraria o irrelevante. Si a los adultos se les siguen atribuyendo ciertas propiedades, derechos y obligaciones —como la responsabilidad legal, la autonomía económica o el deber de cuidado—, es legítimo preguntarse qué fundamentos sustentan ese reconocimiento. A lo largo de los siglos, esta transición ha estado vinculada a umbrales biológiENSAYO Ser

cos, psicológicos y sociales que, juntos, marcaban una transición hacia nuevas formas de responsabilidad y reconocimiento. Por eso, como han propuesto algunos teóricos de la identidad como el psicólogo Erik Erikson, la identidad adulta no puede comprenderse solo como un proceso individual: es también el resultado de un desarrollo psicosocial, en el que lo interno (autoimagen, madurez) y lo externo (reconocimiento, roles, instituciones) se entrelazan.
el trabajo como eje identitario. Históricamente, dar ciertos pasos —irse de casa, incorporarse al mundo laboral, formar una pareja estable, tener hijos— no solo significaba cumplir con exigencias externas, también estructuraba el sentido del crecimiento personal. El adulto no era simplemente quien cruzaba esas etapas, sino quien lo hacía como expresión de su capacidad para tomar decisiones, asumir responsabilidades y mantener compromisos duraderos. En cierto modo, en las últimas décadas se ha producido una desvinculación progresiva entre las experiencias de transición y el desarrollo subjetivo. Se ha desplazado el foco: ya no importa tanto si alguien ha pasado por estas etapas sino si demuestra ser alguien responsable, comprometido, autónomo.
Estos cambios responden a un proceso social de modernización mucho más amplio. Factores sociodemográficos como el aumento de la esperanza de vida o la drástica disminución de la natalidad han expandido y transformado los hitos que estructuraban la vida adulta. Al mismo tiempo, la expansión masiva de la educación superior, la incorporación de las mujeres al mercado laboral y la inestabilidad de los sistemas económicos han diversificado trayectorias vitales que eran relativamente homogéneas a finales del siglo xx. Todo lo anterior refleja una transformación cultural, donde cada persona se ve impelida a construir su propia biografía, marcada por la libertad y la autorrealización, sin guion. A primera vista, este giro parece liberador: ya no se impone una secuencia única de pasos para alcanzar la adultez. Pero, en la práctica, este énfasis casi exclusivo en la madurez interna ha tomado una deriva problemáticamente individualista.
Cuando las transiciones dejan de tener un valor social, la madurez aparece como una meta indefinida, un proyecto individual sin puntos de anclaje claros. Queda reducida entonces a una carga que no vale la pena: obligaciones económicas, gestión del tiempo, ansiedad constante por no llegar a todo. Según nuestros datos, aunque muchos jóvenes entre 18 y 30 años no se consideran todavía adultos, esto significa, más que una especie de síndrome de Peter Pan, una vivencia ambivalente: la adultez se acepta como inevitable, pero sin sentido. Más que una meta deseable, se percibe como una zona de incertidumbre que agota y que, además, hay que afrontar solo. Por ejemplo, en una de las entrevistas de 2021, un hombre de 26 años dijo que ser adulto era «tener que mantenerse uno mismo y tomar decisiones». Y después de dudar un momento, añadió: «Tampoco sabes muy bien por dónde tirar, digo yo. Me refiero a... en cualquier ámbito estás más solo».
A pesar de estas experiencias, algunas de las transiciones siguen estructurando la vida adulta de manera significativa. La esfera profesional se convierte en el punto de anclaje para la construcción de la identidad y de los proyectos personales. Las decisiones familiares se subordinan, y muchas veces se contradicen con las exigencias del mercado laboral como la disponibilidad, la movilidad y la flexibilidad. El tiempo que pasamos, los recursos que invertimos, las relaciones que construimos giran alrededor del trabajo. Así, se vuelve el ámbito de autorrealización por excelencia. Pero ¿qué pasa si las condiciones del mercado laboral no ofrecen lo que prometen?
ENSAYO Ser adulto ya no es lo que era
Si los que rondan la treintena se ven obligados a cambiar de trabajo con frecuencia —España lidera la rotación laboral europea— y llegan con dificultad a fin de mes —ganan un 20 por ciento menos que sus padres a su edad—, si las dimensiones del sentido y encuentro se dejan de lado, ¿cómo construir una identidad adulta sólida en un mercado laboral precario?
Ya en La corrosión del carácter (1998), el famoso sociólogo estadounidense Richard Sennett advertía sobre los efectos destructivos que tiene componer la propia identidad en un mundo laboral flexible, inestable y a tiempo parcial. El nuevo capitalismo demanda al trabajador que se adapte, que esté siempre disponible y que no se apegue a ninguna trayectoria definida. Este entorno impide desarrollar elementos fundamentales de una identidad adulta: la coherencia biográfica, el sentido de responsabilidad a largo plazo, el compromiso con otros. La paradoja es que, aunque se espera del individuo que se defina por su oficio, no se le ofrece un entorno que le favorezca edificar una trayectoria significativa.
A pesar de la precariedad de las transiciones profesionales, el incorporarse al mercado laboral señala socialmente cierta independencia propia de un adulto. De los jóvenes cuya trayectoria hemos estado siguiendo, los que empezaron a trabajar durante el estudio han aumentado su nivel de identidad adulta. Pero también hemos notado que este proyecto profesional, privado de trascendencia y comunidad, no basta para garantizar una transición satisfactoria.
el repliegue de las transiciones relacionales. Si la independencia económica y las responsabilidades laborales se aceptan como marcadores relativos de adultez, no pasa lo mismo en el ámbito familiar. Ese tipo de transiciones se rechazan de modo más directo. Casarse —o convivir con una pareja de manera estable— y tener hijos ni siquiera forman parte de los proyectos vitales de muchos de los jóvenes en nuestros estudios en el contexto español. De hecho, España se encuentra entre los países con la tasa de natalidad más baja. La salida del hogar parental se retrasa de manera indefinida. Y el matrimonio, como institución social, ha perdido relevancia. Aunque hombres y mujeres forman parejas desde edades tempranas e incluso viven juntos antes de lo que les gustaría (en promedio a los 21,7 años, en contraste con los 26 años que consideran la edad
ideal para cohabitar), nuestras entrevistas reflejan cierta incertidumbre respecto a la estabilidad y los compromisos que implican estas relaciones. Como este hombre entrevistado de 27 años que entiende el compromiso en una relación «como que hay unas normas que… A ver, no son normas, no son estrictas, pero es eso. Es como una regla de convivencia y cada pareja, al final, las adapta a su gusto y a lo que entienden que son capaces de aceptar...».
En cambio, la vida familiar, la pareja y los hijos son las transiciones que, en cierta medida, exigen un desarrollo madurativo más fuerte, pues conllevan un gran sentido de responsabilidad hacia el otro, compromiso, estabilidad, cuidado. Estas relaciones, en especial la parental, constituyen vínculos irreversibles y profundamente asimétricos, en los que el adulto se ve llamado a sostener, guiar y proteger. A diferencia del mundo laboral —donde uno puede ser sustituido—, en el vínculo afectivo y familiar hay una experiencia de unicidad e irremplazabilidad que opera como catalizador de la madurez.
En parte, el rechazo a estas transiciones se debe a estas exigencias y la incertidumbre emocional que las rodea. Esto ha modificado por completo lo que significa ser adulto hoy en día. Si no hace falta establecer vínculos afectivos y familiares duraderos, esta etapa se convierte en una etapa más individualista, centrada en el desarrollo propio y desvinculada de la responsabilidad relacional, lo que puede acarrear una dificultad para encontrar un sentido a los obstáculos de la vida adulta. Como apuntaba un joven entrevistado, «ser adulto es asumir una cantidad de problemas impresionante». Cuando no hay un propósito que sobrepase a uno mismo y que otorgue una dirección a esas responsabilidades, lo esperable es que se intente retrasar lo más posible o evitar el adquirir estos roles y sus consecuencias.
humanos generativos. ¿Se puede ser de verdad adulto sin referencia a otros? Todo lo expuesto en este ensayo —desde los cambios biológicos y psicológicos hasta los roles y expectativas sociales— se orienta hacia lo mismo: la adultez es siempre una posición en relación. No basta con crecer, madurar o adquirir habilidades: el desarrollo individual, aunque necesario, es insuficiente si no se proyecta hacia fuera, si no se traduce en una disposición hacia los demás.
En este sentido, ser adulto no equivale simplemente a haber cumplido una serie de etapas vitales o haber alcanzado cierta autonomía. Más bien es

quien asume su responsabilidad frente a los demás: quien acepta el peso de sostener, cuidar, transmitir, y —en palabras de Erikson— generar. A todos nos tocará, en algún momento, hacernos cargo de nuestro entorno. Esto no es solo una exigencia moral externa. Es la culminación de un proceso de maduración que no puede completarse sin el encuentro con el prójimo.
En la teoría del desarrollo psicosocial de Erikson, la generatividad aparece como la tarea central de la adultez: la preocupación por guiar, proteger, enseñar y formar a la siguiente generación. Una vez que el adulto ha consolidado su identidad y ha establecido vínculos de intimidad en la amistad o el matrimonio, está psicosocialmente preparado para comprometerse con la sociedad en su conjunto y su continuidad, incluso su mejora, a través de la siguiente generación. Aunque suele asociarse con la paternidad o la maternidad, va mucho más lejos: implica dejar una huella en el mundo y contribuir al bien común.
Esta idea la han ampliado autores como Pierpaolo Donati, que ha investigado la juventud como una categoría relacional. Para él, la transición a la adultez requiere la experiencia de ser «generación» en dos sentidos. Primero, el sentirse generados, reconocerse como herederos o parte de lo que se me ha dado,
moldeados socioculturalmente por generaciones anteriores. Y, segundo, el sentirse capaz de generar, de moldear la sociedad del futuro. Sin embargo, no basta con que un individuo quiera ser generativo; hace falta una estructura relacional y una serie de instituciones que lo hagan posible.
La adultez implica una posición de responsabilidad con respecto a los demás. La eterna juventud no es deseable ni sostenible. Si admitimos que la realidad sigue más allá de nosotros mismos, ser adulto permite sostener el lazo social, asumir la transmisión y comprometerse con su continuidad. Con el peso propio de la responsabilidad, sí, pero un peso que tiene un significado porque sabemos que no estamos solos y los otros nos recuerdan el sentido.
Quizás ha llegado el momento de rescatar la adultez y dar por amortizado el mito de Peter Pan. De entenderla no como un lastre, ni como un conjunto de cargas que hay que esquivar o retrasar, sino como una posición de alteridad y un compromiso con sentido. No es únicamente una etapa biográfica, ni una posición jurídica o económica. Es, ante todo, una forma de estar en el mundo: en relación con otros, al servicio de algo más grande que uno mismo. En un tiempo hiperindividualista, reivindicar la adultez es una apuesta por fortalecer vínculos frágiles y asumir el cuidado como tarea principal. Nt

«Pues ya está: ya han comparecido casi todos los elementos para organizar una polarización extrema. La mirada que no ve, el oído que no escucha, la resistencia convertida en inercia»
LA ESCUCHÉ DECIR: «Es que esta mañana me sentía tonta, y decidí que no quería sentirme también fea». Alguien había ponderado su buen aspecto. Faltó el silbido ondulante y admirativo que solía rubricar esa clase de asombro, pero ya nadie, ni en broma, se atreve a emitirlo. Me volví atraído por la aguda levedad del comentario y casi inmediatamente lo anoté en un papel suelto. Me pareció que podría reutilizarlo algún día en unos diálogos, pero lo perdí pronto y ahora lo recupero en esta memoria mía cada año más tiritona y huidiza. Conocía a la chica. Le había dado clase. El comentario le sentaba, aunque quizá lo había tomado de una película. Pero la frase no figura en ninguna parte, así que debe de ser original. Me pareció una intuición cierta: un intento de compensar lo verdadero con lo bello, como si una cosa se espejara en la otra. Desconozco si se pronunció alguna vez la frase contraria: «Como me sentía fea, decidí no sentirme también tonta». Parece improbable, pero tendría tanto sentido como la otra. O más, porque la bondad y la inteligencia producen belleza casi en automático. Atraen de manera más estable y duradera, sin emborrachar al principio, pero también sin caducar al final.
Me estoy liando. Escribí hace poco algo brevísimo sobre la polarización de nuestras sociedades supuestamente tan avanzadas. Se habla mucho de diálogo, pero abundan los que se dedican a achicarle espacios a la razón, para regalarle toda la cancha al sentimiento. Reinan los likes y los emoticonos.
¿Para qué hablar, si el esfuerzo racional de la palabra puede sustituirse con ventaja por un dibujito que expresa
una sensación? Un «me gusta» o un «no me gusta» son incontestables. En realidad, dicen poco o nada. No discuten: clausuran. Carecen de la energía necesaria para activar un diálogo y apenas se pueden responder con otro garabato igual de inane.
Esa gramática elemental, con efluvios de cueva prehistórica, está muy bien para quitarse a alguien de encima, pero no para dialogar, para llegar juntos a un parecer o a una creencia.
Esos elementos operan muy eficazmente como aceleradores del odio. No solo porque suprimen la razón o la reducen a mínimos, sino porque omiten al otro: su presencia física, su mirada, todo lo que pueda hacerlo humano y amable. Somos capaces de querer a alguien a quien no entendemos o que no nos comprende. Cuando vemos que ya no hay por dónde avanzar, cerramos la conversación con un abrazo o dos, pese a que apenas hemos conseguido acuerdo en una cosa: «Tenemos que tomar pronto otra caña».
Pero, si esa presencia se convierte en un avatar al que zurras desde un teclado que lo aguanta todo y no siente ni padece, la guerra escala.
Una periodista brillante me confesó que tenía muchos haters. Lo decía con una satisfacción juguetona y descarada, para darle una alegría a un profesor de hace ya tantos años. Como si el número de haters marcara un nivel de éxito. De hecho, sí. A Samuel Johnson le complacían los ataques virulentos a sus escritos. Necesitaba sentir esa resistencia para asegurarse de que había dado con el martillo en el clavo. De un clavo que no encuentra resistencia en la pared no se puede colgar nada. Cierta vez pedí a alguien que razonara sus afirmaciones, algo insultantes. Contestó: «¿Razonar en Twitter?».
Pues ya está: ya han comparecido casi todos los elementos para organizar una polarización extrema. La mirada que no ve, el oído que no escucha, la resistencia convertida en inercia. Si esa masa se hornea bien, queda endurecida y resulta dificilísimo, cuando no imposible, cualquier intento de ablandarla.
Se pierde la costumbre más preciada: la de la amistad. La presencia real se vuelve cargante, incluso por teléfono. Se admiten mensajes, siempre que no sean de voz. Y si lo son, que se puedan escuchar a velocidad x2. Los chicos se cortan el pelo en silencio. Y las chicas evitan los mercados, para escapar de las explicaciones y regateos de las placeras.
Todo el mundo coincide en que sin diálogo se termina en la violencia. La peor manera de reiniciar un sistema enloquecido y bloqueado. Pero la que terminamos usando a lo bestia una o dos veces por siglo.
Paco Sánchez [Com 81 PhD 87] es periodista y profesor titular de la Universidade da Coruña. @pacosanchez


