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Sheila y las nuevas escuelas de Nemba


EL DÍA A DÍA EN LA VIDA DE SHEILA

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omo todas las mañanas, Sheila despertó antes del amanecer, cuando comenzaron los gritos de los ibis y todo indicaba ya que empezaba un nuevo día. Desde el viejo contenedor de plástico amarillo, que todavía sobrevivía a la época en la que los abuelos y los padres vivieron en los campos de refugiados de Congo, vertió una pequena cantidad de agua en una jofaina de barro, se lavó la cara y las manos y las pasó, todavía humedas, por su cabeza rapada y cubierta sólo por pequeños y espesos brotes rizados de pelo.

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“Cuando sea mayor y gane dinero –pensó– me pondré unas extensiones muy largas, como las que lleva la tía Raimunda. Ella trabaja en Kigali y conoce bien todos los sitios donde lo hacen. Seguro que me dirá en que “salón” me lo harán mas barato. La tía Raimunda sabe mucho y conoce a mucha gente. Yo también quiero vivir en Kigali. No quiero seguir aquí en las colinas, como han hecho mis padres desde que nacieron” –se decía a si misma–. Dejando volar su imaginación, Sheila despertó a dos de sus hermanos pequeños, Preciosa y Alfonso, de siete y cinco años. Todavía quedaba uno mas pequeño, casi recién nacido, que dormía y vivía pegado a la madre que lo trasportaba allá donde fuere. De él no tenía que ocuparse. A Preciosa y a Alfonso les tocaba, como todos los días, ir a buscar agua antes de salir para la escuela. Así su madre tendría suficiente para preparar la comida de la tarde, porque hoy, martes, bajará al mercado de Gakenke para tratar de vender un saco de patatas o, al menos, cambiarlo por otro tipo de alimentos. Su padre ya había salido muy temprano a trabajar en la obra. Se estaban edificando nuevos edificios en el hospital y había encontrado trabajo como peón de albañil. Antes de abandonar la casa todavía tuvo tiempo y fuerzas para cargar en la cabeza un atado de tejas, que pesaba más de veinte kilos, y así poder trasportarlas hasta los alrededores del mercado. Con este trabajo ganaba unos 50 francos por viaje. Tampoco olvidó

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coger un trozo grande de caña de azúcar, para masticar y calmar el hambre, que tanto aprieta a mediodía. Sabía que sólo al atardecer, después de una larga jornada y ya de regreso a casa, tomaría una comida caliente y sólida, que su madre, tras regresar del mercado, habría cocinado para toda la familia. Con su uniforme azul, ya muy ajado por el tiempo, sus chanclas de plástico de color rosa, las que su madre compró en el mercado cuando se prohibió ir descalzos a todos los habitantes, y una bolsa para llevar los cuadernos, el lápiz, y una goma de borrar, salió hacia el camino que descendía por las colinas hasta la parroquia. Allí, al lado de la iglesia, estaban las viejas escuelas. Sheila había nacido hacía trece años en las colinas de Nemba. Era la mayor y vio el mundo por primera vez en la propia casa donde ahora vive. Su madre no podía pagar unos pocos francos que le hubieran permitido nacer en el hospital, como les ocurrió a sus hermanos. Pero ella nació mucho antes de que, desde la oficina del distrito, anunciaran que era necesario ir al hospital para dar a luz. Sheila envidiaba a sus hermanos por lo que consideraba una gran suerte, aunque de todos modos no se hubiera acordado de aquellos momentos. Recordaba muy bien cuando fue a verlos, recién nacidos, a aquella casa tan grande y tan limpia, llena de personas vestidas de blanco. No pudo olvidar nunca las ventanas con cristales, las paredes y los techos, todo tan blanco y tan cuidado.

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uándo nació Juan Bautista, el más pequeño, fue la ultima vez que vio en las colinas a su tía Raimunda, con sus extensiones en el pelo, elegante y con ese aspecto de persona con dinero que tanto la diferenciaba de la imagen de su madre. Recordaba con claridad el olor del hospital, diferente al de su casa.

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ara Sheila el mundo no se extendía mas allá de donde alcanzaba su vista y, aunque algunas veces su padre la llevó a una ciudad a treinta kilómetros, Ruhengeri, donde había un gran mercado y muchas tiendas, su mundo no se había agrandado y estas rápidas visitas se habían transformado, poco a poco, en una imagen casi irreal, que sólo servía para alimentar sus sueños. “Decididamente, cuando sea mayor abandonaré las colinas” –pensó de nuevo mientras caminaba bajo el peso de las tejas.

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l entrar en la escuela encontró a los estudiantes y a los maestros muy agitados. Parecía que algo importante iba a pasar y que los “abazuûngu”, venidos de España, iban a tirar los viejos edificios para construir unas escuelas nuevas y modernas, y que las casas que iban a hacer serían tan buenas como las del hospital, que fueron hechas por el “pàadîri” Miguel y el “pàadîri” Felipe, que como todos saben, tienen mucho dinero. Se hablaba mucho de cómo serían las nuevas escuelas y todos decían que sólo el director sabía con seguridad en que consistiría el cambio. Pero poco a poco la paz regresó al patio de la escuela y, de forma ordenada y bajo el estricto control de los profesores, todos los alumnos entraron en sus clases. Sheila estaba pensativa. Hasta hoy no se había dado cuenta de lo viejas que estaban las clases si las comparaba con el hospital, que era su mejor referencia. En el hospital los techos eran de madera y no se veían las vigas, ni la tejas, ni la paja del tejado. Las paredes eran blancas y en algunos sitios, incluso, estaban forradas con unos cuadrados blancos y brillantes, que parecían de cristal aunque no lo eran, pero que los podías lavar como a los cristales. Ella sabía que la casa donde vive es mucho mas pobre que las escuelas, pero eso no tenía nada que ver, una escuela es una escuela, es algo distinto, como lo es el hospital o la oficina del distrito, o la iglesia.

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ensaba que tal vez ahora las cosas podrían cambiar en su vida y que podría hacer los años de primaria y secundaria en las nuevas escuelas de Nemba. Después, si encontrara el dinero necesario, trataría de hacer los estudios de tercer nivel, enfermería, contabilidad o incluso ir a la universidad. Todo era posible. Tal vez ahora su nivel de conocimientos le permitiría obtener una buena calificación en los exámenes de acceso a secundaria y seguir en las escuelas de Nemba, si éstas tienen calidad suficiente, o incluso marcharse a estudiar lejos, donde la secundaria fuera muy buena y se encontrara una plaza para ella.

Sheila estaba distraída y ausente. Pensaba en su madre que, en ese momento, tal vez con suerte, habría vendido ya su saco de patatas en el mercado de Gakenke, o al menos habría podido cambiarlo por caña de azúcar, que tanta falta les hacía. Pensaba también en su padre, que no sabía leer ni escribir y que trasportaba una y otra vez ladrillos sobre su cabeza, para ganar quinientos o seiscientos francos diarios. Ella no querría ser pobre. Querría ser, por lo menos, como su tía Raimunda, que cuando venía de Kigali, siempre vestía con ropas muy bonitas, sin ese olor que deja la miseria.

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uerría tener una casa de ladrillo y no de adobe. Ese adobe que hace el vecino mezclando la paja y el barro de las colinas y que nunca pierde el olor. Tal vez querría casarse, pero no con un chico de las colinas, que heredaría una minúscula parte de las tierras de su padre. Eso lo tiene muy claro. Para ella quiere a alguien con estudios, que trabaje en una oficina o en una ONG y cobre del dinero de los abazuûngu, que pagan muy bien, porque son ricos.

“Cuando tenga dinero –pensaba– ayudaré a mis padres y podré pagar los estudios a mis hermanos”. Sheila pensaba y pensaba, hasta que la profesora le llamó la atención por no responder directamente a una pregunta que se le había formulado. Sheila volvió a la realidad y, con su lápiz y su cuaderno, se concentró en copiar las matemáticas que la maestra escribía, con perfectos números, sobre la gran pizarra negra. Después del mediodía habría examen.

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urante el examen le resultó difícil concentrase. Las imágenes de un futuro lleno de bienestar la invadían, y la acompañaron de vuelta a casa, por el camino de las colinas.

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l llegar a casa, ya caída la tarde, se encontró con su madre y sus hermanos. Su padre no había regresado todavía, pero no tardaría en hacerlo. Tal vez hoy no se entretuviera de regreso a casa tomando cerveza de plátano. De ser así, no habría gritos ni discusiones. Cuando por fin llegó, algo más tarde, en la oscuridad, compartieron el mismo plato: una mezcla de patatas, judías y otras verduras. Terminado el día, ya no quedaba mucho tiempo para más. La noche cayó de nuevo, precedida por los gritos de los ibis que despedían el día. En escueta conversación, el padre contó algunas historias de la familia y la madre se quejó de las dificultades de la vida. Después todos se tumbaron en sus camas. Los más pequeños compartían una pero Sheila tiene una propia que, sólo en ocasiones, comparte con Preciosa. Sin luz eléctrica la oscuridad era total. Sólo se escuchaba una pequeña radio que el padre compró a los chinos, y suele escuchar antes de dormir. Así transcurría la vida de Sheila, día a día y semana a semana. El

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trabajo en la casa y el estudio en la escuela se mezclaban indisolublemente. Apenas quedaba tiempo para jugar o para hablar con las amigas de los alrededores. El domingo le ofrecía la posibilidad de asistir a misa y relacionarse, pero después tendría que ayudar a sus padres en el cultivo del pequeño terreno que rodea la casa y que produce parte de la comida que consumen o venden. También había que lavar la ropa y hacer algunos de los escasos deberes que los maestros ponen a los alumnos para los fines de semana, conscientes de las dificultades que éstos tienen para realizarlos. A Sheila sólo le queda la esperanza.

LAS ESCUELAS DE LAS COLINAS

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heila, como los demás niños que asisten a las distintas escuelas, viven dispersos por las colinas, separados en ocasiones por muchos kilómetros de caminos empinados y abruptos. Los encuentros en la escuela y en la iglesia son los dos únicos me-

dios que tanto niños como adultos tienen para relacionarse. A pesar de que Rwanda tiene algunas concentraciones urbanas, éstas no agrupan a más de una pequeña parte de la población del país, que mayoritariamente vive dispersa en las colinas.

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as casas sencillas, y muy frecuentemente de adobe, constan de tres a cuatro habitaciones y de un pequeño terreno que las rodea, en el que se desarrolla una economía de subsistencia. Los tejados, en ocasiones de tejas, han sido sustituidos por las planchas metálicas, mas fáciles de instalar, pero mas frágiles. Planchas que son ruidosas bajo la lluvia y poco aislantes del calor y del frío. La orografía de Rwanda, que hace

de este país uno de los más bellos del mundo, “el país de las mil colinas”, representa un severo problema para su desarrollo. Los niños se ven obligados a recorrer grandes distancias para acudir a las escuelas. Nuestra protagonista, Sheila, tarda hora y media en llegar a su escuela y lo mismo para regresar a su casa ya que su juventud le permite mantener un paso ligero, que pocos deportistas podrían seguir.

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heila come una vez al día, caída ya la tarde y se sostiene durante muchas horas con la caña de azúcar, que muerde y exprime en su boca, para después escupir la fibra restante. Sólo en algunas ocasiones dispone de algo de comida que la madre puede darle antes de partir. Sheila no tiene libros. Todo debe ser copiado en su cuaderno para después memorizarlo y repetirlo, muchas veces sin comprender bien lo que estos contenidos significan. Sheila no ve la televisión. No puede comentar con nadie sus dudas. No puede hablar por la noche con sus amigas. Una vez que abandona la escuela y se adentra en las colinas, entra en un mundo de oscuridad y silencio, que sólo se romperá cuando de nuevo regrese a la escuela, ya en un nuevo día. Es difícil para nosotros, desde nuestro mundo bien comunicado, repleto de ofertas culturales y tan lleno de posibilidades, poder valorar la problemática de la formación en África. Problemática que alcanza también a los niveles superiores, si bien éstos han mejorado en los últimos años mucho más que los niveles de enseñanza primaria y secundaria. Los estudiantes viven en una total ausencia de información cultural. Carecen de libros, e Internet es accesible únicamente en los escasos centros urbanos del país. Desgraciadamente, incluso la gran mayoría de aquéllos que tienen acceso a este medio, sólo lo utilizan para comunicarse a través de e-mail. En muy escasas ocasiones utilizan Internet para buscar información. El precio de un ordena-

dor representa de 7 a 15 veces el salario medio de un africano, haciéndolo inalcanzable. Tener Internet en casa, en las ciudades, representa una suma equivalente a 120 € mensuales. Esta cantidad es inalcanzable incluso para muchos profesionales. En las colinas esa posibilidad ni tan siquiera existe. Es una realidad que en África la mitad de los africanos son analfabetos y, entre éstos, dos de cada tres son mujeres. Pero es también una realidad que el 30% de los africanos formados a nivel superior ha abandonado su país en los últimos años. La razón de esta diáspora no está sólo en los salarios, está también en el aislamiento cultural y en la falta de medios. Estas carencias, profundamente desmoralizadoras, se ven agudizadas por el contacto visual e informativo que tienen con el mundo desarrollado a través de los medios de comunicación. Saben de la existencia de los avances tecnológicos y de la capacidad adquisitiva de los ciudadanos de Europa o Estados Unidos. Todos los jóvenes quieren marcharse y sólo mantienen en su memoria las historias de aquellos conocidos que triunfaron y consiguieron sobrevivir en ese mundo tan lleno de posibilidades. Los teléfonos móviles, la televisión, una cámara digital, un coche y un sinfín de objetos más, forman las estrellas de ese universo que relacionan con la felicidad. ¿Podrá la pequeña Sheila alcanzar sus objetivos? No es fácil. En este contexto sus posibilidades son escasas y sólo una gran tenacidad, inteligencia y mucha suerte, le permitirán realizar sus sueños, salir de la pobreza y dejar la colina.

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os fríos datos que reflejan los números nos dicen que sólo el 10% de los alumnos que cursan primaria llega a estudiar secundaria. Y entre los alumnos de secundaria sólo algo más del 20% son mujeres. Muchas causas se unen para dificultar el éxito de Sheila. Hay causas económicas y causas culturales. Tanto en primaria como en secundaria los padres tienen que pagar una parte de los gastos, que el ministerio de educación no puede financiar. Estos gastos se multiplican si, para estudiar, deben residir lejos del domicilio familiar. Sostener a una niña en sus estudios de secundaria, lejos de la familia, con el problema añadido de la pérdida de mano de obra, en este caso de la mayor de las hijas, es difícil y en ocasiones materialmente imposible. A esto se añade el problema de ser mujer, a la que se le atribuye un papel secundario en el mundo profesional.

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na vez terminada la educación primaria, que comenzó a los siete años de edad y tras seis años de estudios, tendrá que realizar un examen nacional, que le permitirá calificarse para acceder a secundaria y de acuerdo con la nota obtenida será asignada a un centro o a otro. La diferencia de nivel de conocimientos entre un alumno de la escuela rural y un alumno de la escuela de la ciudad es considerable. Los maestros más cualificados, al igual que los médicos de los hospitales y otros profesionales, tratan por todos los medios de abandonar el campo y situarse en una ciudad, donde hay más posibilidad para ellos y para sus hijos. En las colinas queda lo que no puede partir hacia la ciudad, siendo su cualificación en ocasiones muy baja.

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o hay prácticas como tal, o son muy escasas, porque no hay medios, a pesar de que las directrices del ministerio indican a la perfección los materiales que una escuela de secundaria debe poseer. No hay un proyector de imágenes del tipo que sea y sólo hay algunos libros en servicio de préstamo.

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uando entramos en una escuela africana, de las que se encuentran en el mundo rural, hay muchos hechos que nos llaman poderosamente la atención. La forma de dar las clases, la disposición de los alumnos y la de los profesores. En medio del silencio, el maestro escribe en la pizarra con una perfecta caligrafía. Copia de un libro todos los contenidos teóricos, ya sean matemáticas o ciencias naturales. Es una pi-

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zarra grande y de color negro que cubre de lado a lado la clase. Los alumnos copian lo escrito. Estos escritos se acompañan a su vez de unos excelentes dibujos, que los alumnos copian, de igual modo, añadiéndolos a su cuaderno de apuntes. Este cuaderno se transforma, poco a poco, en una enciclopedia construida a mano. En estos cuadernos podemos encontrarlo todo, matemáticas, geografía, lengua etc.

El alumno memoriza y acumula conocimientos que en muchos casos están tan fuera de la vida real, que tardarán mucho tiempo en poder relacionarlos con el mundo. En todo caso, si hay algo que caracteriza a este aprendizaje, es el uso de la memoria como única arma y como único método.


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n los años próximos esta diferencia se verá aumentada por la imposición del inglés como lengua para estudiar secundaria. En Rwanda, por decisión gubernamental, es obligatoria la enseñanza en inglés a partir de secundaria. El francés ha sido ancestralmente la lengua oficial con el Ikinyarwanda, pero ahora son las tres lenguas oficiales. El gran problema que conlleva esta decisión, es que se ha puesto en marcha cuando todavía la mayoría de los docentes desconoce la lengua inglesa. De nuevo nos en-

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contramos con otra gran diferencia entre las escuelas de la capital y las del campo. En la capital no es difícil encontrar maestros que hablan inglés, incluso muchos de ellos, procedentes de Uganda, sólo hablan inglés, pero en las colinas se cuentan con los dedos de la mano los que lo entienden. Esta realidad puede marcar una diferencia importante entre los alumnos procedentes de las colinas y los procedentes de las capitales, en especial de Kigali o de Butare, donde el inglés es una lengua muy utilizada.

¿POR QUÉ LO HICIMOS?

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urante muchos años, Medicus Mundi y la Universidad Miguel Hernández han trabajado codo con codo en el desarrollo y mejora del Hospital de Nemba. Durante este largo periodo hemos evolucionado en nuestras estrategias a medida que la realidad nos ha ido enfrentando a nuevas situaciones.

Hemos vivido de forma directa la evolución de la cooperación, como si de un laboratorio experimental se tratara. La historia del Hospital de Nemba, podría ser la historia de la cooperación internacional. Desde su creación hasta nuestros días, se ha vivido la paz y la guerra. Hemos pasado de la asistencia pura y dura y

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totalmente dependiente, a una autosuficiencia parcialmente hipotecada. Hemos construido edificios y hemos formado a los cuadros sanitarios, de médicos y enfermería, para darles a ellos toda la responsabilidad. El hospital de Nemba, unido indisolublemente a la figura de Medicus Mundi Navarra y a la figura de Miguel Ángel Argal, fue también el terreno donde la Universidad Miguel Hernández ha trabajado durante los últimos años. En él hemos formado cuadros de médicos en el ámbito de las distintas especialidades, radiología, ecografía, cardiología, etc. Y hemos dado un impulso económico a la zona, con los trabajos de construcción y la creación del embrión de una escuela de formación profesional. Cuando en algunos atardeceres nos aventuramos a subir por las colinas de los alrededores, la vista del hospital y de sus terrenos adyacentes nos muestra esta realidad de desarrollo. Al lado de los edificios del hospital, han crecido muchas casas que antes no existían. Son las casas de los trabajadores. Pero también hay pequeñas tiendas y negocios que se desarrollan a la sombra de este progreso. La existencia del hospital ha sido determinante para que en la nueva administración territorial, la zona fuera considerada como un distrito independiente dentro de la, también nueva, provincia Norte. En medio de esta imagen de progreso, las viejas escuelas construidas por los Padres Blancos en los años veinte, sobresalían por su abandono. Los edificios se ennegrecían y las ventanas eran poco a poco clausuradas. La

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solidez de las vigas de madera era dudosa y varias aulas habían sido cerradas. Los alumnos ya no cabían en las clases. Todos estábamos de acuerdo, Medicus Mundi Navarra, Medicus Mundi Extremadura, la Universidad Miguel Hernández y Fontilles, recientemente adherida al conjunto de entidades comprometidas en la zona: todos. ¡Había que renovar las escuelas! Fue en este caso la Generalitat Valenciana la que materializo económicamente nuestros sueños. La Generalitat, a través de Fontilles, inyectó el dinero necesario para la mayor parte de la construcción, después otras ayudas completaron el presupuesto. Empresas privadas como ASISA y por supuesto la Universidad Miguel Hernández, aportaron importantes sumas de dinero. La obra comenzó en julio del 2009 y termino en Febrero del 2010. El que escribe estas líneas hizo de director de la construcción, que se realizó en un periodo de tiempo muy corto, ayudados por el clima y otras circunstancias favorables. Hubo momentos en los que había más de 240 trabajadores realizando su labor al unísono. Todo se desarrolló sin incidentes, sin una sola baja por lesiones laborales. Ahora las escuelas, que hoy inauguramos, son una realidad llena de futuro. Con ellas pretendemos subsanar o al menos atenuar esa diferencia tan dramática entre el campo y la ciudad. Con ellas buscamos dar una oportunidad a Sheila.

Las nuevas escuelas están dotadas de veinte salas de clases, salas de prácticas, aseos, espacios de administración y dirección y además están dotadas de un centro de prevención de enfermedades, que controlará la salud de todos los escolares. Al lado de las escuelas y construida ya con una idea premeditada y clara, hay una residencia para profesores y voluntarios que acudirán de forma ordenada para trabajar en las nuevas escuelas. La construcción de las escuelas no es el final de un proyecto, es el comienzo del proyecto real, el proyecto que transformará a Sheila en una niña de la capital. De forma sistemática la Universidad Miguel Hernández y todas las organizaciones comprometidas en la zona, enviarán a su personal, en el que se incluye a personal docente y no docente, además de estudiantes y voluntarios, para reforzar al profesorado local. Se trata de un gran proyecto de formación y voluntariado en el que tanto los maestros como los escolares recibirán formación suplementaria, prácticas de laboratorio, cur-

sos de inglés para el profesorado y para los escolares, y todo un conjunto de enseñanzas técnicas de las cuales carecen, ya sea por falta de medios o por desconocimiento teórico de los profesores. Este atractivo proyecto, que ahora comienza, está abierto a todos. A voluntarios de Fontilles, a voluntarios de Medicus Mundi, a voluntarios de las Universidades y a todas las personas que necesiten y quieran comprometerse con la educación de Sheila. M. Pérez Arroyo RWANDA 13-04-2010

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Mariano Pérez Arroyo

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s Director del Centro de Cooperación al Desarrollo y Voluntariado y profesor titular de la Universidad Miguel Hernández de Elche. Su trayectoria profesional y personal destaca por su compromiso y dedicación en los proyectos de cooperación al desarrollo que realiza desde la Universidad en el ámbito de la enseñanza y la sanidad.

Desde hace catorce años trabaja en Rwanda donde reside largas temporadas para poder llevar a cabo esta labor, coordinando un equipo de recursos humanos, ayudando a transformar algunas realidades para intentar mejorar las condiciones de vida del pueblo ruandés.

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Entre los últimos proyectos a los que ha contribuido, están las Escuelas de Nemba, que albergan a 1.500 niñas y niños de todas las edades. Con la colaboración de la Generalitat Valenciana y Fontilles se ha logrado un centro escolar con 20 aulas, laboratorios, aseos, salas de reuniones y área deportiva, calificadas por el Ministro de Educación ruandés como “las mejores escuelas del país” Gran aficionado a la fotografía y a la escritura, ha realizado tanto los textos como las fotos de este catálogo, donde ha querido transmitir como es el día a día de las niñas y niños de un país africano.


PUBLICACIONES DE LA SALA DE EXPOSICIONES DEL EDIFICIO RECTORADO Y CONSEJO SOCIAL 1. Juan Fuster: El aire que nos desgasta. 2006 2. A. Baeza, M. Blanco, S. Coves, J. M. L. Serrano, A. Soler, L. Soler: Variaciones. 2007 3. Mario Simón: Páramos. 2007 4. Javier Guijarro, Eduardo Martínez, Paco M. Pastor, Teresa Pomares, Adolfo Rodríguez, Paco Valverde, Salvador Vivancos: Rastros, huellas, sombras. 2007 5. Jover Calvo: Una Trayectoria. 2007 6. Rafael Calbo: Embalum. 2007 7. Xavi Carbonell: b/n. 2008 8. Bartolomé Ferrando: Fòssils de veu. 2008 9. Vicente Clavel: Exposición antológica. 2008 10. Mª Dolores Mulá: Agua congelada, mujeres invisibles. 2008 11. Moisès Gil: Murs oberts. 2008 12. Grupo de investigación “Figuras del Exceso y Políticas del cuerpo”: Figuras del Exceso y políticas del cuerpo. 2009 13. Emilio Roselló, Rocío Cifuentes, Elpidio del Campo, Mario Paul Martínez, Antonio Navarro: Seda de Araña “Bitácora del deseo”. 2009 14. Alfonso Sánchez Luna, Joan Llobel, Victoria Díaz Auñón: El vínculo poético. 2009 15. Manuel López Puerma: Gentes. 2009 16. José Manuel Carratalá: Sáhara Occidental, arenas de soledad. 2009 17. J.M. Calleja: Nocturns. 2010 18. Santiago Mollà: Cartes 6. 2010 19. Alumnos de la titulación de Experto Universitario en Artes Visuales: Fotografía y Acción Creativa de la Universidad Miguel Hernández: UMH. Imágenes de un espacio. La Universidad habitada. 2010 20. Carrasco: Siempre volver. 2010 21. Juan Llorens: Comunicació. 2011



Una escuela en áfrica