Boletín UISG 188/2025

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VIVIR

MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

Número 188 - 2025

Boletín UISG

VIVIR EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

Número 188, 2025

Para salvar al mundo Dios se hace humano. ¿Habrá otro camino para nosotros?

P. Carlos del Valle, SVD

Pobreza sufrida y pobreza elegida: Una aproximación teológica al voto de pobreza a partir de la experiencia de los muy pobres

Hna. Marie Desanges Kahindo Kavene, SM

Escuchar la llamada del silencio, para una vida consagrada sinodal consciente de su origen y de su destino

P. Mauro-Giuseppe Lepori, Ocist

Una forma de crear vínculos. Intentamos reflexionar sobre una característica específica de la vida religiosa hoy

Hna. Dr. Britta Müller-Schauenburg, CJ

La teología conciliar y postconciliar sobre la Vida Consagrada y propuestas de futuro

Hna. Ianire Angulo Ordorika, ESSE

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PRESENTACIÓN

En este año jubilar de la esperanza, entre los miles de peregrinos que han cruzado la Puerta Santa, también las consagradas y los consagrados han celebrado su jubileo en el pasado mes de octubre.

¡Ha sido una gran fiesta! Peregrinos entre los peregrinos, testimonios del misterio de Dios con nosotros , que vive y obra en el mundo, los consagrados y consagradas se han convertido en mensajeros de una palabra de Vida y Esperanza para la humanidad herida de nuestro tiempo.

Como humanidad, todos tenemos la necesidad de aprender a amar y a dejarse amar, y el amor de Dios solo espera ser acogido en nuestro corazón. Nadie está excluido de este amor misericordioso. Siguiendo los pasos de Jesús, contemplando su Rostro y su Palabra, que transforma los corazones y deseos, las consagradas y los consagrados se esfuerzan en dar testimonio de este amor y hacerse sacramento de escucha, de cuidado, de hermandad hacia todos, de forma concreta, hacia los más frágiles, los últimos, los pobres.

La cercanía a los pobres nos ayuda a descubrir la humanidad de Dios y a permanecer en sintonía con su Reino, manteniendo la mirada fija en Jesús, que por amor “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres ;” ( Fil 2,7), y en sus hermanos y hermanas que encontramos a lo largo del camino. Una mirada que, como decía Simone Weil, “Se trata, en primer lugar, de una mirada atenta con la que el alma se vacía completamente de su propio contenido para acoger en sí al ser que mira tal como es, en toda su verdad.” (Simone Weil , in Attesa di Dio, Rusconi, Mi,1991, p. 84).

Para salvar al mundo Dios se hace humano. ¿Habrá otro camino para nosotros?

P. Carlos del Valle, SVD

Jesús asume la naturaleza humana y la condición humana, la debilidad. No se hace genéricamente hombre; se hace concretamente hombre débil (Flp 2, 6-11). Ante la debilidad de Dios no hay palabras, solo pasión de amar como Él. En la vida cristiana la debilidad es buena noticia; lleva a estar juntos, a tener necesidad de otros, nos acerca a

Vivir el misterio de la Encarnación

los pobres, nos evangeliza. En la misión, ¿tememos a la debilidad o al poder? “No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo…” (Hch 3, 1-10). El problema está cuando sí tengo oro, como apoyo en la misión, y me falta lo otro.

Pobreza sufrida y pobreza elegida: Una aproximación teológica al voto de pobreza a partir de la experiencia de los muy pobres

Hna. Marie Desanges Kahindo Kavene, SM

Partiendo de la experiencia de las personas que se enfrentan a la pobreza extrema, el desafío consiste en redescubrir la dimensión profética de la vida consagrada en un mundo donde el deseo de tener el control de las personas, sus bienes y su vida parece prevalecer sobre las relaciones sanas y justas. Vivir el voto de pobreza hoy es elegir remar contracorriente, ver las relaciones interpersonales como un poder de dominación.

De hecho, aunque la pobreza aquí es escogida libremente, la pobreza religiosa sigue siendo un lugar de prueba en las relaciones interpersonales, pues se enfrenta al riesgo constante de apoderarse del otro para poseerlo. «Poseer al otro es más que dominar: es considerar al otro como un objeto de manipulación. Entonces, el voto de pobreza podría tener un reverso diabólico: como yo no poseo bienes materiales, entonces intento poseer al otro».

Escuchar la llamada del silencio, para una vida consagrada sinodal consciente de su origen y de su destino

P. Mauro-Giuseppe Lepori, Ocist

Necesitamos un silencio como el de Jesús, que en la Pasión, en medio del odio de la multitud, encontró su relación eterna con el Padre; encontró la conciencia de sí mismo como Hijo engendrado eternamente por el Padre. También nosotros, por gracia, estamos llamados a esta vida, a ser hijos e hijas engendrados eternamente del Padre. Si tuviéramos esta conciencia, si fuésemos conscientes de la Redención, de nuestro Bautismo, cada instante de nuestra vida, el peor, el más triste, el más oscuro, el momento de nuestra muerte, nos llenaría de silencio ante este misterio en el que estamos inmersos, de silencio ante la gracia, inmersos en la gracia como en el agua del bautismo.

Una forma de crear vínculos. Intentamos reflexionar sobre una característica específica de la vida religiosa hoy Hna. Dr. Britta Müller-Schauenburg, CJ

La vida religiosa está construida sobre la expectativa de crear vínculos comunitarios con otras personas que anteriormente no se conocían entre ellas. Cristo llamó a sus discípulos a ser uno con los demás como Él y el Padre son uno. Esta conexión o vínculo, que es uno de los objetivos de la vida religiosa, no es idéntica al vínculo que se da en la familia o en los grupos de amigos. Si bien el uso mismo de la palabra ‘vínculo’ plantea preguntas, aquí es usado conscientemente para describir el sentido de conexión que

se establece a lo largo del tiempo entre los miembros de las comunidades religiosas. Esta reflexión estudiará los vínculos en la vida religiosa desde una perspectiva jurídica, discursiva y emocional como una forma crucial de vínculo humano que se desarrolla lentamente, no como respuesta a un acontecimiento. Este vínculo significa relación entre personas, textos y forma de vida cotidiana, que conduce hacia Dios

La teología conciliar y postconciliar sobre la Vida Consagrada y propuestas de futuro

Hna. Ianire Angulo Ordorika, ESSE

Es inegable que el Concilio Vaticano II ha sido un notable punto de inflexión en la reflexión teológica católica. A pesar de ello, no todas las temáticas llegaron a la asamblea capitular con el mismo nivel de inquietud ni, sobre todo, con el mismo recorrido teológico previo al Concilio. El modo en que se trató la cuestión de la Vida Consagrada (VC) muestra que este no era un tema central que inquietara especialmente a los asistentes al Concilio, sino, más bien, un tema que se abordó de manera tangencial. Lo que se afirma sobre la Vida Consagrada parece ser, más bien, el resultado de ciertas intuiciones importantes, pero sin haber podido desarrollarlas con cierta hondura en la asamblea conciliar ni extraer de ellas todas las consecuencias que se derivan.

PARA SALVAR AL MUNDO DIOS SE HACE HUMANO ¿HABRÁ OTRO CAMINO PARA NOSOTROS?

P. Carlos del Valle, SVD

Padre Carlos del Valle es Misionero del Verbo Divino. Es doctor en Teología Moral. Fue director de la revista “Testimonio” en Chile y Rector del Pontificio Colegio San Pedro en Roma.

1. “Jesús pasó haciendo el bien y sanando” (Hch 10, 38)

Todos conocemos personas buenas, hombres y mujeres de Dios. Son bendición en nuestros ambientes; sus vidas reflejan vida de Dios. Uno no se aleja de una persona buena sin llevarse algo de Dios. Miras a esas personas y sientes ganas de ser mejor. Aprendes evangelio, porque su vida es un comentario al evangelio, una carta de Dios para nosotros. Ahí aparece Jesús en otras palabras que reflejan las suyas, en otras vidas que tocan las nuestras.

Lo importante no es ser buen religioso, sino buena persona. En la vida consagrada también hay personas muy piadosas y muy desagradables. Personas religiosas y egoístas, centradas en sí mismas. Hay personas como el aceite hirviendo: cae una cota de agua y viene la explosión.

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El Papa Francisco afirma que el pueblo de Dios se evangeliza a sí mismo (EG 139). Las personas buenas nos están evangelizando. Necesitamos crecer en sensibilidad para acoger evangelio que descubrimos en personas, y no taparlo con nuestras ideas, prejuicios, miedos, insensibilidad. Dice Jacob ante Esaú: “He visto a Dios en el rostro benévolo y complaciente de mi hermano” (Gn 33, 10). Ve el rostro de Dios en el hermano que perdona. Tu vida es el evangelio que más lee la gente a tu alrededor.

El hijo menor de la parábola encuentra vivo lo que no pudo malgastar: la bondad del padre. Lo salva haber sido amado con un amor que nunca perdió. La parábola del samaritano conecta bondad con envío en misión: Vete y haz tú lo mismo. Dar bondad y recibir bondad nos hace vivir contentos. En la misión la persona que no vive contenta no puede ser pastor bueno. Para saber si uno es buen religioso, hay que fijarse en si vive contento, porque cuando uno está contento, hace el bien, es amable y acogedor.

Lo vemos en el perro que se acerca y mueve la cola, está contento, no va a morder. Cuando estoy triste o enfadado, hiero, respondo mal, muerdo. Trata de vivir contento y alegre, en lugar de ser perfecto. La persona contenta agradece, es buena, hace el bien y el Dios que predica es bueno. La mejor noticia en una comunidad religiosa es encontrar a las hermanas o hermanos contentos. Nuestra misión es ser gaudium et spes para otros.

Pantokrator (omnipotente) aparece solo en el Apocalipsis. Para hablar de la grandeza de Dios, la Biblia dice que es “Santo”; significa bueno total. El evangelio muestra que Dios no es para los buenos, sino para los que tienen necesidad de que sea bueno. La grandeza de Dios no está en su poder, sino en su bondad. Pero en nuestra liturgia repetimos “Dios todopoderoso y eterno”. Destacamos el poder, no la bondad.

Jesús no permite entrar en el Reino con poder y honor, que implican ser más que otros. Nos deja el servicio como característica del discípulo, apoyado en Él mismo: “he venido a servir”= soy servidor. La más extraña definición de Jesús. Y su palabra está unida al ejemplo: “se levantó de la mesa, se quitó el manto”. Se aleja de lugares de privilegio. Ante la confesión de Pedro “Tú eres el Mesías” , Jesús les prohíbe decirlo a otros. No quiere que den una imagen falsa de Él. Todavía no habían tocado lo más importante de Jesús: un jueves lava los pies y un viernes va a la cruz.

La bondad está en la humildad. Nos gusta vivir con una persona humilde. Bondad es humildad, no querer sobresalir. En contraposición al sacerdote o la religiosa que merecen un respeto al que otros no tienen derecho. Sé tan humilde que otros quieran estar contigo. Queremos a alguien si vemos gratitud y alegría; son semillas de humildad.

Miramos a una persona buena y nos toca su humanidad. Bondad es humanidad. Quien encarna bondad es humano, porque ser humano es mostrar solidaridad y ternura. Encarnación de Dios es humanización de Dios. De ahí que cuanto más profundamente humano, más de Dios. Para los que no viven la encarnación, lo divino está en lo religioso, y lo humano, en lo profano. El misterio de la encarnación no permite: “sagrado y presencia de Dios”, “profano y ausencia de Dios”. En la encarnación Dios quiere ser humano, y nosotros, espirituales.

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Nuestro pecado es el espiritualismo, espiritualidad no encarnada. Somos espirituales, solo si somos humanos. En mi humanidad profunda vivo el encuentro con Dios. El Papa Francisco pone el centro en lo humano: la bondad y misericordia, porque son encarnación de lo sagrado, para quien vive la fe. Bondad y misericordia son vínculo con quien está en necesidad. Misericordioso con el otro, también cuando conozco sus defectos. Dios se hace presente en corazones de misericordia. Quiere formar en ti el corazón de su Hijo: “Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2, 5). ¿Pero cuáles son esos sentimientos? Para los maestros de la Ley, lo importante es dar gloria a Dios con la Ley, el sábado y el culto. Para Jesús, es la vida de los seres humanos lo importante. Juan Bautista lava pecados; Jesús sana enfermos. Jesús fija su primera mirada en el sufrimiento de las personas. Su misión es reaccionar ante el sufrimiento: “He venido para que tengáis vida” (Jn 10, 10). Sus sentimientos: que los otros no sufran, que tengan vida. También a las personas les preocupa la vida, el dolor, y a las religiones les preocupa el pecado. Hay divorcio entre los deseos humanos (vida feliz) y las preocupaciones de las religiones (pecado).

El evangelio acentúa la sensibilidad de Jesús ante el sufrimiento. El grado de su humanidad se refleja en la reacción al sufrimiento de los demás. Somos humanos cuando hacemos nuestro el sufrimiento de otras personas. Nos hacemos más humanos estando con los débiles. Jesús nos dice: “sed misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6, 36). Sustituye a: “sed santos como Dios es santo” (Lv 19, 2). En Mt. 5, 48 “sed perfectos”. En

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Lucas, “sed misericordiosos”. “Misericordioso” equivale a bueno del todo, es lo mismo que perfecto.

Parece que nosotros evangelizamos cuando extendemos lo religioso. Nos dejamos evangelizar poco desde lo humano, la bondad de otros. Nos evangeliza poco la humanidad de Jesús. Hay que tomar en serio el vivir su humanidad, orándola y descubriéndola en otros seres humanos. “Ecce homo” es la palabra más profunda de Pilato. Pero vivimos más preocupados por la doctrina y la religiosidad que por la humanidad de Jesús. Y Dios se muestra en la humanidad de Jesús.

En Chile una mujer sencilla me dijo: “¿Por qué tengo que escuchar a ese sacerdote que es menos humano que yo?” Refleja una intuición de que evangelio es modo de vida humana, es encarnación de relaciones que humanizan. La espiritualidad de Jesús se centra en cómo nos relacionamos con otros, cómo amamos al otro. Parece que con amigos es más fácil ser hombre o mujer de Dios. De hecho, lo que nos cambia la vida son los encuentros, no las ideas. Si cambiamos poco, es porque nos encontramos poco. Jesús muestra en el evangelio tres preocupaciones fundamentales: salud, alimento compartido y relaciones humanas que nos hacen buenos, hermanos. Para Él hay salvación en el pan compartido, el vestido al desnudo, el vino y aceite en las heridas. La persona de fe no se detecta en cómo habla de Dios (lo hacían los fariseos), sino en cómo habla de las cosas del mundo desde Dios (Jesús en parábolas). Es lo que la sociedad espera de nosotros. Una vida cristiana es una vida experta en humanidad, en ternura y sensibilidad. Lleva a constatar que cambiar no es ser otro; es hacer experiencia profunda de uno mismo. Es hacerse más humano, creciendo en sensibilidad y ternura.

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Juan da el fundamento de nuestra humanidad: “Hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (1Jn 4, 16). En el amor podemos creer todos, creyentes y no creyentes, ante todo los jóvenes. Creer en el amor es plataforma evangélica de sintonía en nuestras relaciones con los jóvenes.

Me quedó grabada una experiencia en Santiago de Chile. Como párroco, yo estaba en el despacho, atareado y sin ganas de interrupciones. Llega un joven drogadicto y amigo, me pide dinero. Le di unas monedas para que me dejara en paz. Pero, mirándome a los ojos, me dijo: “¿Usted me quiere ayudar o me quiere?”. Me dejó sin palabras. Solo acerté a darle un abrazo. Fui evangelizado por un drogadicto que murió antes de tiempo, por ser pobre. Hizo que el evangelio me resonara al vivo. Jesús acoge pecadores porque los quiere, no porque quiere convertirlos.

Evangelizar no las ideas, sino la sensibilidad, lleva a encarnar a Cristo en el corazón. Lleva a vivir en profundidad, alimentando nuestra atención y deseos. La sensibilidad creyente nos lleva a evangelizar nuestros deseos, para que entren en sintonía con los deseos de Dios. El discernimiento es oración, nos mete en el deseo de Dios. Cuando oro, me llegan deseos de Dios. Cuando oro por una persona, alimento buenos deseos hacia ella. Si Jesús se acerca en tu vida, te cambia los deseos. Religioso/a es quien trata de descubrir deseos de Dios y hacerlos propios. Los podemos descubrir en el Padrenuestro, las Bienaventuranzas, el Magnificat, el himno en la carta a los Filipenses 2, 5-11. El Padre quiere hacer de ti y de mí una persona lo más parecida a Jesús. Que nuestro gran deseo en la misión sea mirar la vida desde Dios, mirar a otros como los mira Dios: con alegría y misericordia. Si logras eso, eres de corazón puro.

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2. Espiritualidad de Jesús: Alegría de vivir para otros

Es la espiritualidad encarnada de la madre o el padre. “Tú, sígueme”: es lo que nos da identidad. Somos seguidores de Jesús. En el noviciado cultivamos el ser discípulo, y con el tiempo nos vamos dedicando a ser maestros. A quien vive el clericalismo (no hace falta ser clérigo para ser clerical) le cuesta sentirse discípulo. Y quien no vive el discipulado se dedica a predicar y enseñar.

Nuestra identidad es ser seguidores, amigos, antes que trabajadores. Nos vacuna escuchar a los niños. En la catequesis un pequeñín me dijo: “Usted habla mucho de Jesús, ¿es amigo de él o solo compañero de trabajo?” Podemos estar en las cosas de Dios sin estar en Dios. Es lo propio del funcionario de lo sagrado, que se comporta como un vendedor asalariado de joyas, que no siente cariño por lo que tiene entre manos, ni por el dueño para quien trabaja.

No preguntes ¿quién es Jesús? Ya lo sabes: tu modelo como hombre, tu fuerza como Dios. Pregúntate ¿quién es Jesús para mí? Alguien a quien tomo en serio o solo me toca la piel. Un cantante cuenta su experiencia: Cuando cantas, al inicio uno se enamora de sí mismo. Después, te enamoras del público. Solo serás buen cantante si logras enamorarte de la canción. La canción en tu vida es Jesús. El seguidor se juega tomar a Jesús en serio o poco en serio. Y seguir a Jesús implica:

- Vocación : sentirnos llamados, responder a la llamada

- Fraternidad: vivir con él y con los suyos

- Bienaventuranzas : vivir como él

- Servicio : vivir para los demás.

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¿Será que otras personas pueden ver evangelio en el modo como nosotros nos relacionamos? Da la impresión de que en las relaciones no hay gran diferencia entre creyentes y no-creyentes. En las comunidades también existe venganza, indiferencia, negar la palabra. Significa que el evangelio es débil en nuestras relaciones. No tomamos a Jesús muy en serio. Puede ser que en las ideas, Jesús sea el centro, y en experiencias de vida hay otras cosas en el centro. Podemos tener claros los valores y vivir según los intereses y necesidades.

Nuestra identidad como seguidores no está en el rol o el status. Ser seguidores lleva a recuperar el gusto por ser hermanos, por ser pueblo, sin buscar privilegios o apoyarnos en distinciones. No somos funcionarios de lo sagrado; somos hombres y mujeres de Dios, que transmiten vida de Dios. Con lecciones de espiritualidad no se contagia experiencia de Dios. Somos mujeres y hombres desde Dios, amando, porque amar es tener la vida orientada hacia Él. El versículo más importante de la Biblia: “El que no ama no tiene idea de Dios, porque Dios es amor” (1Jn. 4, 8). El seguidor es discípulo, amigo. Si no hay relación en el seguimiento, puede haber entusiasmo, entrega loca al trabajo, fanatismo.

Hace unas décadas solíamos distinguirnos entre conservadores o progresistas. Es una distinción ideológica, que divide y separa, no une e integra. En el evangelio la distinción está en que unos viven centrados en sí mismos, su interés, y otros viven centrados en

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el bien de los demás. Pensemos en la madre centrada en la vida del hijo o el pastor en el rebaño, en contraposición del asalariado.

El evangelio ofrece el espejo del Samaritano, que se acercó; otros pasan de largo. Se siente tocado por el herido y responsable de su situación. Cambia sus planes, interrumpe el camino. Para él es más importante la vida del otro. Muestra lo mejor del corazón: un yo liberado de sí mismo. El sacerdote y el levita son litúrgicamente correctos, precisos, como el tren de alta velocidad que no se detiene. Centrados en ellos mismos, con la preocupación: ¿Qué me sucede si me detengo y ayudo al herido?

El Samaritano piensa en el otro, le preocupa: ¿Qué le sucede al herido si yo no me detengo? La misión centrada en nosotros da comodidad, pero a los jóvenes les tira para atrás. ¿No será una de las raíces de sequía vocacional?

Los ríos no beben su agua, los árboles no comen sus frutos, las flores ofrecen su perfume. Parece que vivir para otros es regla de la naturaleza. También lo nuestro es dar vida en el servicio. Entre más vacío de ego, más vida de otros cave en mí. Si disponibilidad es el rostro de la madre; protección, el del padre, el rostro del religioso/a es voluntario a tiempo completo.

No es que unas personas sean egoístas y otras generosas. Somos egoístas que vivimos centrados en nosotros mismos o egoístas que luchamos por salir de nosotros mismos. Espiritualidad en Jesús es pasar del ego al amor. Es vivir para que otros lo pasen bien, renunciando a ser el centro. En el centro se está tan a gusto. Viviendo llenos de ego y vacíos de Dios, alumbra la estrella y la misión desaparece. En la IV plegaria eucarística

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pedimos: “a fin de que no vivamos ya para nosotros mismos”. No olvidemos que servir es el verbo que usa Jesús para describir la identidad del discípulo. Jesús les da a los apóstoles autoridad para “expulsar demonios y sanar enfermos” (Mt 10, 1). Les transmite la misión de dar vida. No los envía a los pecadores para que se conviertan, sino a los enfermos para sanarlos. Hoy se detecta una fuerte sensibilidad ante las víctimas; lo vemos en el voluntariado y ONGs. Ocuparse del sufrimiento está venciendo a la obsesión por el pecado. Corremos el peligro de estar lejos de lo que le interesa a la gente.

La espiritualidad nos suele formar en prácticas religiosas, más que en sensibilidad ante el sufrimiento. De ahí el peligro de convertir el evangelio en bellas palabras que almacenamos en el cerebro sin que nos toque la vida. Nos detenemos en algunos ejemplos para vivir evangelio:

Tu vida misionera no vende pan; es levadura, sal que se pierde dando sabor. La misión es humildad, no protagonismo. Quizá tenemos humildad para servir la mesa a pobres (con cierto protagonismo). ¿Pero tendremos humildad suficiente para sentarnos a la mesa con ellos? (en más igualdad).

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Quien sufre necesita ayuda. El que ayuda está en relación de superioridad sobre el ayudado, que se siente más débil de quien le ayuda. En la relación de ayuda, doy algo de lo que el otro tiene necesidad. En la relación de amistad, me doy a mí mismo. Dar algo no me complica la vida. Una relación de amor no se sabe hasta dónde puede llevar (madre con el hijo). El amor al pobre me lleva a hacer mía su vida. Quien recibe y da afecto puede tocar la raíz del sufrimiento. Se toca desde abajo, desde el necesitado, compartiendo sus sentimientos, como hizo Jesús. Alivia al que sufre quien hace suyo su dolor. Es lo que hace Dios: entra en el dolor de los seres humanos. Eso es misericordia, como contribución preciosa de la vida consagrada en la historia de la humanidad. Un mundo sin compasión no es habitable para seres humanos.

Jesús, “amigo de publicanos”. ¿Cómo podemos hablar de divorciados y homosexuales, sin un amigo o hermano divorciado, homosexual? La amistad con los pobres nos hace semejantes a Jesús. El misionero deberá tener como amigo al menos a un pobre, para vivir la misericordia evangélica.

¿Creemos en Jesús o creemos como Jesús? ¿Tenemos fe en Jesús o tenemos la fe de Jesús? Si creo como Jesús soy evangelio encarnado. ¿Somos personas de religión o de fe? Puede que haya mucha religión y poca fe. No hay que dar por descontado que todo religioso sea creyente. Vivir como consagrado en misión no es fácil, porque no se trata de hablar del evangelio, sino de ser evangelio vivido, no solo predicado. Es el único modo de ayudar a otros para que su vida sea evangelio. El mensajero tiene autoridad cuando se identifica con el mensaje. Para ser coherentes con lo que decimos, el mejor desinfectante es el contacto con niños, jóvenes y gente sencilla.

Seguramente los religiosos aparecemos honrados, trabajadores, organizados, austeros, disponibles, serviciales, con prácticas de piedad, pero quizá sin mucha pasión por el evangelio, y hasta con escasez de humanidad y sin entusiasmo. Podemos vivir como elegidos, privilegiados, encerrados en nosotros mismos. Y Jesús espera de ti y de mí fe, entusiasmo, pasión, porque vivir apasionado es ser santo. La santidad no es pasión apagada, es pasión convertida.

A nosotros nos gusta subir; a Dios le gusta bajar: a un seno, un pesebre, una cruz. En el evangelio hay tres verbos malditos: poseer, subir, mandar. Jesús opone tres benditos: compartir, bajar, servir. Para acercarse a Jesús, Bartimeo arroja el manto (su seguridad). Tenemos mantos que nos dan seguridad y no logramos arrojar para acercarnos a él: nuestras ideas y verdades excluyentes, el prestigio y protagonismo, las comodidades y refugio en el status.

3. Discípulos fieles y creativos

¿A qué estamos siendo fieles, al pasado o a lo que Dios quiere hoy? La fidelidad a la tradición, ¿nos lleva a adorar cenizas o a ser fuego? La sociedad hoy tiene menos necesidad de nuestras obras. Pero ¿le ofrecemos aquello de lo que más necesidad tiene? Ser personas diversas, con otros valores, que no buscan el bienestar, dinero, carrera, fama, seguridad, consumo, poder, prestigio, honor. La sociedad necesita una voz del Espíritu, que apunta a otro estilo de vida en personas que transmiten energía

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de evangelio. La gente espera que le comuniquemos experiencia de Dios. La sociedad necesita religiosos sanos, hombres y mujeres de Dios, apasionados por Jesús, mujeres y hombres de fe, y fe es vivir el evangelio.

Vivimos en un mundo que necesita ser contagiado por nuestro carné de identidad: la fraternidad. Los religiosos estamos para ser familia de hermanos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Pero el problema es vivir pegados a una espiritualidad mundana, siendo más funcionarios de lo sagrado y menos testigos de Jesús, más maestros y menos discípulos, más líderes y menos hermanos. Si Jesús nos pide “estar en el mundo sin ser del mundo” , eso no es huida del mundo, es encarnación del evangelio. Es sentirnos convocados a transformar la vida según el corazón de Dios. Para ello, hay que descubrir a Dios en lo humano, sabiendo que el mundo es secular y no nos muestra a Dios; es nuestra fe la que descubre a Dios en el mundo. Si con sensibilidad creyente contemplamos las cosas desde Dios, todo es sacramento, todo revela a Dios.

Consagrados para la misión, con identidad bien definida y motivación bien alimentada. Queremos fortalecer nuestra identidad. Somos discípulos-hermanos y misionerostestigos. El evangelio que más lee la gente que nos rodea es nuestra propia vida. De ahí que también al hablar, tenemos que ser más discípulos que maestros. No hay misión sin discípulos-hermanos y misioneros-testigos. Si un misionero no es testigo, se engaña a sí mismo. Mi vida es mi mensaje; en misión no se trata de hablar, sino de ser la Palabra. Uno puede ir a otro país, pero si no es testigo, no es misionero. Puede hacer

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un safari temporal y se va de la misión sin haber llegado. Tres elementos son esenciales en la vida del misionero: experiencia de relación con Cristo, de la que brota un mensaje , con el lenguaje del servicio

Misión es lo que soy y lo que hago desde Jesús y para bien de otros. Se necesita todo el árbol para hacer un fruto; para evangelizar, es necesario todo lo que soy. De ahí que no tenemos una misión; somos misión, somos desde Otro y para otros. Vivimos con Jesús en el corazón, para que entre en el corazón de otras personas, no solo por la puerta del templo. Si no sentimos el evangelio como buena noticia, es porque lo hemos hecho código de moral. María camina con prisa a visitar a Isabel. Es la custodia en la procesión del Corpus: María con Dios dentro. Se queda sin prisa, llevando servicio y alegría. Esa es nuestra misión: caminar con Dios dentro, ser portadores de Dios, llevando servicio y alegría.

La vida del misionero es como la llama ante tabernáculo: recuerda la presencia de Jesús. La misión ofrece un modo de entender la vida desde el evangelio. Para convivir los seres humanos tenemos la economía, política, cultura, ética y religión. Misión es configurar todo eso desde el evangelio. Pero hay que comenzar por nosotros mismos, siendo solidarios, compasivos, serviciales, abiertos al misterio, humanos, hermanos. En el evangelio hay varios mandatos misioneros: “Haced discípulos míos” (Mt. 28, 18ss). “Sed mis testigos” (Hch 1, 8). “Amaos” (Jn 15), “Sed samaritanos”, “Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10), “Todos sois hermanos” (Mt 23, 8).

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Vivir el discipulado da igualdad entre sacerdotes y hermanos, hombres y mujeres, clérigos y laicos. Todos hermanos. Pero los clérigos viven poco preocupados de ser discípulos. Ponen su identidad en el ministerio y olvidan el bautismo. Se sienten distintos de los demás, porque se identifican con el rol, el status y la dignidad sacerdotal. Eso, además de no vivir la fraternidad, esconde la propia debilidad. De ahí los abusos de todo tipo en la Iglesia. Parece que en la Iglesia lo más difícil es que sus representantes vivamos el evangelio.

Nuestra misión es ser discípulos para hacer discípulos. La comunidad religiosa es una familia de discípulos que escuchan la Palabra y la ponen en práctica. Una comunidad es escuela de discipulado. Pero tenemos el peligro de vivir un seguimiento funcional, más que personal, más en la tarea que en la relación. Nos identificamos con lo que hacemos. Al presentarnos ante un nuevo grupo solemos decir: “Me llamo… y trabajo en…” Me presento con lo que hago, que suelen ser plumas de pavo real. Creernos que somos lo que hacemos. Eso refuerza la tendencia a ser protagonistas en la misión.

Viviendo de este modo, seremos como bomberos que van a apagar un incendio y cuando llegan se dan cuenta que sus estanques están vacíos. ¿Estamos en cosas de Dios o estamos en Dios? ¿Somos funcionarios o somos testigos? Pablo invita a construir identidad en Jesús con el himno de Flp 2, 6-11. Nuestra identidad, siempre hacia dentro y hacia abajo

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4. Nuestra vida cambia si Jesús está en ella

La vida consagrada en misión sufre anemia evangélica. De ahí la irrelevancia y falta de vocaciones. No se trata de crecer en número, porque podría ser repetición de lo mismo. También las células cancerígenas crecen. Sufrimos anemia evangélica porque al corazón le llega poca sangre, y caemos en mediocridad, satisfechos con una vida light. Ante las palabras de Jesús, permanecemos como estamos. Esto les sucede también a personas muy religiosas. Sin pasión y entusiasmo, permanecemos como estamos, estancados, instalados, sin alegría. Nos refugiamos en prácticas religiosas y pasamos a ser consumidores de cosas sagradas, que nos dan seguridad. De ahí una vida consagrada light en la oración, la comunidad, la misión centrada en obras. Podemos caer en ateísmo práctico, cuando lo que pensamos y lo que hacemos no son encarnación del Verbo.

Mi vida cambia si Jesús está en ella. Cambiar no significa abandonar algo, es abrazar algo: vida de Dios. En la vida hay fe si hay seguimiento, y hay seguimiento si hay encuentro con Jesús. Fe no es creer que Dios existe; lo creen hasta los demonios. Fe es vivir el evangelio. Es mirar el mundo y hablar de las cosas del mundo desde Dios, desde el evangelio. Vivimos con el peligro de ser ideólogos, más que testigos. La mayoría de creyentes tienen creencias, son practicantes. Las prácticas religiosas nos dan seguridad, no siempre nos ayudan a vivir el evangelio.

Propio del religioso es amar y orar. Lo que hacemos en la misión debe ser reflejo de oración y ternura. Somos seres humanos apasionados por Jesús, la fraternidad humana y los pobres. Lo demás es comentario, medio secundario. En la misión los pobres no los únicos, pero sí los primeros.

El problema para la fe no es reconocer que Jesús es el Hijo de Dios, es reconocer que el Hijo de Dios es Jesús, hombre, encarnado, débil, como los demás. Descubrimos a Dios en la generosidad del que da, y cuesta verlo en dignidad de quien pide. Es en la debilidad donde Dios se encarna. Con sensibilidad creyente podemos descubrir a Dios en la dignidad del que pide y en la generosidad del que da. El mismo Dios que extiende la mano en la dignidad del que pide, la alarga en la generosidad del que da.

Quizá vivimos fracturando el evangelio, cuando consideramos a los espirituales en el templo y los comprometidos en la sociedad. Es desencarnación del Verbo. Espiritualidad, más que hablar de Dios, es hablar desde Dios. Pecado clerical se da cuando uno predica el evangelio sin haberlo hecho antes oración. ¿Somos especialistas en experiencia de Dios y en contagiarlo a otros? Si no, somos sal sin sabor, inútiles ante los desafíos de la sociedad. Para ser especialista en experiencia de Dios, el encuentro con Jesús ha de ser como fuego y leño, que se hacen uno: leño ardiendo.

Una vida mediocre implica entrega parcial, individualismo, consumismo, búsqueda de espacios afectivos que compensen soledad, sin ilusión. Sin evangelio, terminamos en hedonismo, haciendo lo que nos gusta y vendiendo superficialidades. El apego a los bienes endurece el corazón. Pregúntate, no solo ¿qué haces con tu dinero?, sino ¿qué ha hecho tu dinero de ti?, ¿te hace más humano? Los sarmientos no están atentos a los frutos, sino a la unión con la vid. Y si vives instalado, piensa que el pájaro herido no puede volar; pero el pájaro que se apega a una rama, tampoco.

P. Carlos del Valle, SVDPara salvar al mundo Dios se hace humano ¿Habrá otro camino para nosotros?

Discípulo es ser como las ostras, con la tarea de buscar a Dios hasta que llegue a ser perla, para otros. Jesús es un apasionado de lo que el Padre desea. Sin pasión por Dios, la vida se hace rutina. Necesitamos vitaminas, no condimentos: nutrir el espíritu, no solo dar gusto al paladar. En nuestro estilo de vida, enamorarse es vitamina, para evitar la enfermedad de ser funcionario, estando en la misión como Pilato en el Credo.

Moisés baja del Sinaí con las tablas de piedra bajo el brazo. Los apóstoles salen del Cenáculo con el Espíritu en el corazón. Necesitamos el Espíritu, para evangelizar nuestros deseos, la sensibilidad, no solo las ideas. Cuando Jesús se acerca a tu vida, te cambia los deseos. Por eso, orar no es buscar un estado de ánimo; es un acto de fe. No oro para sentirme bien, sino para entrenar mi fe, para que sea más fuerte. Orar es amar, acoger a Jesús, para que sus deseos y sus gustos entren en mí. La oración no está para pensar a Dio, ni para sentir a Dios (emociones), sino para alimentar nuestro deseo de Dios. En la práctica de la lectio divina, acogemos luz y fuerza de la Palabra, al hacer exégesis más de la propia vida que de la Palabra. De lo contrario, sufriremos anemia de vida espiritual, perdiendo pasión por Jesús. Y nos quedará el refugio en piedades, que dan tranquilidad y alimentan el sentimiento de haber cumplido.

UISGBoletín n. 188, 2025 P. Carlos del Valle, SVDPara salvar al mundo Dios se hace humano ¿Habrá otro camino para nosotros?

Lo importante en la misión es la vida de los demás, el sufrimiento de otros. “Siento compasión por la muchedumbre” (Mc 8, 2), dice Jesús. No son ideas, es sensibilidad. Tenemos ideas claras, pero le ponemos anestesia a la sensibilidad. Las ideas no cambian la vida. La grandeza del evangelio está en la sensibilidad de Jesús. No se trata solo de evangelizar nuestras ideas, sino la sensibilidad. Una sensibilidad evangelizada en el discípulo lleva a responsabilizarse de la vida de otros. En el Samaritano, Jesús muestra su sensibilidad, que lo lleva a cuidar. Muestra su humanidad en la sensibilidad ante el sufrimiento de la persona en necesidad. Y encarna la ternura, la mejor expresión de la sensibilidad. Una sensibilidad creyente lleva a una mirada buena sobre mis debilidades y las de otros. Lo contrario es indiferencia, dureza de corazón, con una mirada agresiva.

El religioso es experto en sensibilidad, en atención a los sencillos que contagian evangelio. Si logras ver buenos a otros, eres de corazón puro. Trata de mirar a la otra persona con alegría y misericordia. Cultiva esa mirada de bendición. Ora el deseo que los que viven en el sufrimiento y la pobreza puedan vivir en la bendición.

¿Qué es para ti la bendición? ¿Éxito, subir, afecto de muchos, deseos cumplidos? Sería una bendición entorno a ti mismo, alejada de las Bienaventuranzas. Pero bendición no siempre implica vida sin sufrimiento. Al dolor le debemos lo mejor, nos lleva al amor. Una madre puede decir que lo mejor de su vida ha sido fruto del dolor. No hay amor verdadero que no madure en una cruz.

Jesús asume la naturaleza humana y la condición humana, la debilidad. No se hace genéricamente hombre; se hace concretamente hombre débil (Flp 2, 6-11). Ante la debilidad de Dios no hay palabras, solo pasión de amar como Él. En la vida cristiana la debilidad es buena noticia; lleva a estar juntos, a tener necesidad de otros, nos acerca a los pobres, nos evangeliza. En la misión, ¿tememos a la debilidad o al poder? “No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo…” (Hch 3, 1-10). El problema está cuando sí tengo oro, como apoyo en la misión, y me falta lo otro.

Es difícil sentirse necesitado. Nos sentimos más cómodos dando que recibiendo, más dispuestos a dar ayuda que a pedirla, a enseñar que a aprender. Pero dejarse ayudar implica un nivel espiritual superior al de ayudar. Sin debilidad, no hay persona humana y no hay Dios-con-nosotros. Dios no te dice simplemente: “Te amo”; te dice: “Te amo en tu debilidad”. Donde uno se puede sentir más seguro es siempre en la misericordia de Dios. La perla preciosa nace del dolor, si la ostra es herida. Si no es herida, no puede producir perlas, que son heridas cicatrizadas. En la misión he palpado que, ante todo, en muchas mujeres pobres la santidad del sufrimiento tiene una lógica más primaria que la santidad de la virtud. Nos dice Bonhoeffer: “Debemos aprender a considerar menos a la gente por lo que hacen o dejan de hacer, y más por lo que sufren” .

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