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Prólogo de Jung e Introducción

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PRÓLOGO DE CARL G. JUNG

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l autor me ha solicitado escribir un prólogo para este libro que ofrezca unas cuantas palabras de introducción, a lo que he accedido de muy buena gana porque encontré que su trabajo era notable en una medida superior a lo común. Éste empieza justo donde yo, también, si tuviera una segunda oportunidad en la vida, comenzaría a recoger los disjecta membra de mis propios escritos, y a seleccionar todos aquellos “comienzos sin continuaciones” para darles la forma de un conjunto cohesionado. Mientras leía el manuscrito de este libro pude ver con mucha claridad cuán grandes son las desventajas del trabajo del pionero: uno va tropezando a través de regiones desconocidas; las analogías lo llevan por el camino equivocado, con lo que pierde para siempre el hilo de Ariadna; uno es avasallado por nuevas impresiones y nuevas posibilidades, y la peor desventaja de todas es que el pionero sólo conoce con posteridad lo que debió saber al inicio. La segunda generación tiene la ventaja de contar con una visión más clara, si acaso aún incompleta; ciertos puntos de referencia que por lo menos están situados en las fronteras de lo esencial se convierten en temas con lo que se está familiarizado, y ahora uno sabe lo que debe saberse si lo que hará será explorar el territorio recientemente descubierto. De este modo, prevenido y premunido, un representante de la segunda generación podrá detectar las conexiones más lejanas; podrá desenmarañar problemas y proporcionar una explicación coherente de la totalidad del campo de estudio, cuya extensión el pionero sólo puede contemplar hacia el final del trabajo de su vida. El autor ha conseguido este difícil y meritorio objetivo con notorio éxito. Ha hilvanado sus argumentos dentro de un patrón y creado una totalidad unificada, que ningún pionero habría podido lograr ni siquiera si lo hubiese intentado. Como si fuera la confirmación de esto, el presente trabajo empieza en el preciso lugar donde yo sin querer toqué tierra del nuevo continente hace mucho tiempo, a saber, la esfera del simbolismo matriarcal; y, como marco conceptual de sus descubrimientos, utiliza un símbolo cuyo significado apareció por vez primera ante mí en mis recientes escritos sobre la psicología de la alquimia: el Uróboros. Sobre este fundamento ha tenido éxito en construir una historia original de la evolución de la conciencia, y al mismo tiempo en representar el cuerpo de estos mitos como la fenomenología de esta misma evolución. De esta manera, llega a conclusiones e insights que se encuentran entre los más importantes jamás alcanzados en este campo. Naturalmente para mí, como psicólogo, el aspecto más valorable en esta obra es la contribución fundamental que realiza para una psicología del inconsciente. El autor ha situado los conceptos de la Psicología Analítica –que para muchas personas es sumamente desconcertante- sobre una firme base evolutiva, y ha erigido sobre ella una estructura coherente en la cual las formas empíricas del pensamiento encuentran su justo lugar. Ningún sistema puede prescindir jamás de una hipótesis englobante

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que a su turno no dependa del temperamento y supuestos subjetivos del autor así como de los datos objetivos. Este factor es de la mayor importancia en la psicología, ya que la “ecuación personal” colorea el modo de observación. La verdad última, si tal cosa existe, demanda el concierto de muchas voces. Sólo puedo felicitar al autor por su logro. Que este breve prólogo le transmita mi más sentido agradecimiento. Marzo 1, 1949 C.G.Jung

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INTRODUCCIÓN

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l siguiente intento de esbozar las etapas arquetípicas en el desarrollo de la conciencia está basado en la moderna psicología profunda. Se trata de una aplicación de la Psicología Analítica de C.G. Jung y de una tentativa de amplificación de la misma, lo que en ocasiones nos llevará a cruzar de manera especulativa sus fronteras. A diferencia de otros métodos posibles y necesarios de investigación que consideran el desarrollo de la conciencia en relación a factores ambientales externos, nuestra investigación está más referida a lo interno, lo psíquico, y a los factores arquetípicos que determinan el curso de tal desarrollo. Los elementos estructurales del inconsciente colectivo son denominados por Jung “arquetipos” o “imágenes primordiales”. Estos constituyen las formas pictóricas de los instintos, los autorretratos a través de los cuales el inconsciente se revela a la mente conciente mediante imágenes, ya sea en sueños o fantasías, que inician el proceso de reacción y asimilación concientes. Estas imágenes de la fantasía sin duda encuentran su analogía más cercana en los tipos mitológicos. Debemos, por lo tanto, asumir que corresponden a ciertos elementos estructurales colectivos (y no personales) de la psique humana en general, y que, al igual que los elementos morfológicos del cuerpo humano, son heredadas1. Los elementos estructurales arquetípicos de la psique son órganos psíquicos de cuyo funcionamiento depende el bienestar del individuo, y cuya perturbación tiene consecuencias desastrosas: Más aún, constituyen las causas indefectibles de los desórdenes neuróticos e incluso psicóticos, y se comportan exactamente igual que los órganos físicos o sistemas orgánicos funcionales maltratados o desatendidos.2

Es el propósito de este libro mostrar que los componentes principales de la mitología son una serie de arquetipos que mantienen entre ellos una relación orgánica y cuya sucesión por etapas [stadial sucession3] determina el crecimiento de la conciencia. En el curso de su desarrollo ontogenético, la conciencia del Yo individual tiene que pasar a través de las mismas etapas arquetípicas que determinaron la evolución de la conciencia en la vida de la humanidad. El individuo tiene que transitar en su propia vida el mismo camino que la humanidad transitó antes que él, un viaje cuyas huellas quedaron en la secuencia arquetípica de las imágenes mitológicas que examinaremos a continuación. Normalmente las etapas arquetípicas son vividas sin

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perturbaciones, y el desarrollo de la conciencia transcurre durante éstas de modo tan natural como transcurre el desarrollo físico durante las etapas de la maduración corporal. Como órganos de la estructura de la psique los arquetipos se articulan entre ellos autónomamente, al igual que los órganos físicos, y determinan la maduración de la personalidad en una manera análoga a los componentes hormonales biológicos de la constitución física. Además de poseer importancia “eterna”, el arquetipo también posee un aspecto histórico igualmente legítimo. La conciencia del Yo se desarrolla mientras atraviesa una serie de “imágenes eternas”, y el Yo, transformado en este tránsito, experimenta constantemente una nueva relación con los arquetipos. Esta relación con la eternidad de las imágenes arquetípicas es un proceso de sucesión en el tiempo, es decir, se produce por etapas. La habilidad para percibir, entender e interpretar estas imágenes cambia con el curso de la historia filogenética y ontogenética del hombre; en consecuencia, la relatividad de la imagen eterna con respecto a la conciencia del Yo en desarrollo se vuelve cada vez más pronunciada. Los arquetipos que determinan las etapas del desarrollo conciente forman sólo un segmento de la totalidad de la realidad arquetípica. Pero aprovechándonos de la visión evolutiva o sinóptica podremos contar con el hilo conductor que nos llevará a través del ilimitado simbolismo del inconsciente colectivo, lo que nos ayudará a orientarnos en la teoría y en la práctica de la psicología profunda. Una investigación de las etapas arquetípicas también permite una mejor orientación psicológica en gran número de temas adicionales, por ejemplo, historia de las religiones, antropología, psicología de los pueblos, entre otros. Todos ellos podrán reunirse sobre una base psicoevolutiva que ofrecerá una comprensión más profunda. No es sorprendente que estas ciencias especializadas no permitan verse enriquecidas con la psicología profunda, mucho menos con la psicología junguiana. A pesar de ello, el punto de partida psicológico de estas disciplinas resulta cada vez más evidente, y comienza a ser obvio que la psique humana es la fuente de todos los fenómenos culturales y religiosos. De allí que el encuentro final con la psicología profunda no pueda ser evadido durante mucho más tiempo. Debemos enfatizar que nuestra exposición del mito no está basada en ninguna rama especializada de la ciencia, ya sea arqueología, religiones comparadas o teología, sino simple y llanamente en el trabajo práctico de la psicoterapia, cuyo interés principal es el trasfondo psíquico del hombre moderno. La conexión entre su psicología y las capas más profundas de la humanidad aún vivas en él es, por tanto, el verdadero punto de partida y el objeto de este trabajo. El método deductivo y sistemático de exposición aquí adoptado podría oscurecer al inicio el significado corriente y terapéutico de nuestros descubrimientos, pero cualquier persona que esté familiarizada con los eventos psíquicos que ocurren en los niveles más profundos

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reconocerá la importancia y relevancia de estas conexiones, cuya detallada ilustración por medio de materiales empíricos modernos está reservada para un examen posterior. Como es bien conocido, el método “comparativo” de la Psicología Analítica coteja los materiales simbólicos y colectivos encontrados en los individuos con los correspondientes productos de la historia de las religiones, psicología de los primitivos y similares, y de este modo obtiene una interpretación al establecer el “contexto”. Este método lo complementamos con la aproximación evolutiva, que considera el material desde el punto de vista de la etapa alcanzada por la conciencia en desarrollo, y por lo tanto por el Yo en sus relaciones con el inconsciente. De este modo, nuestro trabajo se vincula con aquella temprana obra fundamental de Jung, La Psicología de lo Inconsciente, aunque nos veremos en la obligación de realizar ciertas enmiendas. Mientras que en el psicoanálisis freudiano la aproximación evolutiva conduce solamente a una teoría personalista de la libido, concretista y estrecha, asimismo la Psicología Analítica hasta ahora no ha profundizado en esta línea de investigación. El surgimiento del trasfondo colectivo humano como una realidad transpersonal nos ha forzado a reconocer la relatividad de nuestra propia posición. La multiplicidad de formas y fenómenos en que se expresa la infinita diversidad de la psique humana, la riqueza de culturas, valores, patrones de conducta y cosmovisiones producidas por la vitalidad de la estructura psíquica del hombre, debe contar con una tentativa de orientación general aunque parezca, al principio, una peligrosa aventura. Aún así debemos realizar dicha tentativa, incluso sabiendo que nuestra específica orientación occidental es sólo una entre muchas. La evolución de la conciencia como una forma de evolución creativa es el peculiar logro del hombre occidental. La evolución creativa de la conciencia del Yo significa que, a través de un continuo proceso que se extiende durante miles de años, el sistema conciente ha absorbido más y más contenidos inconscientes y que ha expandido progresivamente sus fronteras. Aunque desde la antigüedad hasta los tiempos más recientes hemos visto que un nuevo y diferente canon o patrón cultural ha suplantado continuamente al anterior, Occidente ha tenido éxito, sin embargo, en lograr una continuidad histórica y cultural en la cual cada canon ha sido integrado gradualmente. La estructura de la conciencia moderna descansa sobre esta integración, y en cada periodo de su desarrollo el Yo tiene que absorber porciones esenciales del pasado cultural que le han sido transmitidos por el canon de valores encarnados en su propia cultura y sistema de educación. El carácter creativo de la conciencia es un elemento central del canon cultural de Occidente. En la cultura occidental, y parcialmente también en lejano Oriente, podemos hacer el seguimiento del continuo, aunque a veces irregular, desarrollo de la conciencia ocurrido durante los últimos diez mil años. Sólo aquí el canon de desarrollo por etapas, encarnado colectivamente en proyecciones mitológicas, se ha convertido en un modelo para el desarrollo del ser humano; sólo aquí los comienzos

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creativos de la individualidad han sido asumidos por lo colectivo y presentados como el ideal de todo desarrollo individual. Dondequiera que este tipo de conciencia del Yo se haya desarrollado, o esté desarrollándose, las etapas arquetípicas de la evolución de la conciencia tienen plena vigencia. En culturas inmovilizadas, o en sociedades primitivas donde las características originales de la cultura humana están aún preservadas, las etapas más tempranas de la psicología del hombre predominan en tal grado que los rasgos individuales y creativos no han sido asimilados por lo colectivo. De hecho, los individuos creativos que poseen una conciencia más fuerte son incluso tachados por lo colectivo como antisociales4. La creatividad de la conciencia puede verse amenazada por totalitarismos religiosos o políticos, debido a que cualquier fijación autoritaria del canon conduce a la esterilidad de la conciencia. Dichas fijaciones, sin embargo, sólo pueden ser provisionales. En lo que respecta al hombre occidental, la vitalidad asimilativa de su conciencia del Yo está más o menos asegurada. El progreso de la ciencia y la creciente y obvia amenaza obvia contra la humanidad por parte de las fuerzas inconscientes exigen a su conciencia, desde dentro y desde afuera, un continuo autoanálisis y expansión. El individuo es el portador de esta actividad creadora de la mente y por lo tanto permanece como el factor decisivo en todos los futuros desarrollos en Occidente. Esto es cierto a pesar del hecho de que los individuos cooperan y determinan mutuamente la democracia espiritual en la que viven. Cualquier intento de esbozar las etapas arquetípicas desde el punto de vista de la Psicología Analítica debe comenzar por señalar la distinción fundamental que existe entre los factores psíquicos personales y los transpersonales. Los factores personales son aquellos que pertenecen a una personalidad individual y no son compartidos con ningún otro individuo, sin importar que dichos factores sean concientes o inconscientes. Los factores transpersonales, por otro lado, son colectivos, Wo extra personales, y deben ser considerados no como condiciones externas de la sociedad, sino como elementos estructurales internos. Lo transpersonal representa un factor que es completamente independiente de lo personal, debido a que lo personal, tanto colectiva como individualmente, es un producto tardío de la evolución. Toda investigación histórica –y toda aproximación evolutiva es en este sentido histórica- debe comenzar, por lo tanto, con lo transpersonal. En la historia de la humanidad así como en el desarrollo del individuo existe una preponderancia inicial de los factores transpersonales, y sólo en el curso del desarrollo la esfera personal surge a la vista y cobra independencia. El hombre con conciencia individualizada de nuestra época es un hombre tardío cuya estructura se levanta sobre tempranas etapas preindividuales, de las cuales la conciencia individual se ha separado por sí misma paso a paso. La evolución de la conciencia por etapas es tanto un fenómeno humano colectivo como un particular fenómeno individual. El desarrollo ontogenético debe por lo tanto

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considerarse como una recapitulación modificada del desarrollo filogenético. Esta interdependencia de lo colectivo y lo individual tiene dos concomitantes psíquicos. Por un lado, la historia temprana de lo colectivo está determinada por las imágenes primordiales internas cuyas proyecciones aparecen en el mundo circundante como factores poderosos –dioses, espíritus o demonios- que se convierten en objeto de adoración. Por otro lado, los simbolismos colectivos del hombre también aparecen en el individuo, y el desarrollo psíquico, o el mal desarrollo, de cada individuo es gobernado por las mismas imágenes primordiales que determinan la historia colectiva del hombre. Dado que hemos emprendido la exposición del canon completo de las etapas mitológicas, sus secuencias, interconexiones y simbolismos, resulta no sólo permisible sino imperativo presentar el material relevante de diferentes esferas de la cultura y de distintas mitologías, al margen de que todas las etapas estén presentes o no en determinada cultura5. No afirmamos por lo tanto que todas las etapas del desarrollo de la conciencia estén presentes siempre, donde sea, y en toda mitología, no más de lo que la teoría de la evolución afirma acerca de que las etapas evolutivas de todas las especies animales se repiten en la evolución del hombre. Lo que sí afirmamos es que estas etapas de desarrollo se organizan solas y siguiendo una secuencia ordenada, y que esto determina todo desarrollo psíquico. Igualmente afirmamos que estas etapas arquetípicas son determinantes inconscientes y que podemos encontrarlas en la mitología, y que sólo viendo la estratificación colectiva del desarrollo humano junto con la estratificación individual del desarrollo conciente podemos arribar a una comprensión del desarrollo psíquico en general y del desarrollo individual en particular. Nuevamente, la relación entre lo transpersonal y lo personal –que desempeña un rol decisivo en cada vida humana- está prefigurada en la historia humana. Pero el aspecto colectivo de esta relación no significa que los eventos históricos únicos o recurrentes sean heredados, ya que hasta el momento no hay pruebas científicas de la herencia de las características adquiridas. Por esta razón la Psicología Analítica considera que la estructura de la psique está determinada a priori por determinantes transpersonales –los arquetipos- que, al ser componentes esenciales y órganos de la psique desde un comienzo, moldean el curso de la historia humana. El tema de la castración, por ejemplo, no es el resultado de la herencia de una amenaza de castración repetida interminablemente por un padre primordial, ni por una infinidad de padres primordiales. La ciencia no ha descubierto nada que pueda brindar soporte a dicha teoría, que además presupone la herencia de características adquiridas. Cualquier reducción de la amenaza de la castración, parricidio, la “escena primigenia” de la relación parental, y similares, a datos históricos o personales, que presume de describir la historia de la humanidad como si fuera el retrato de una familia patriarcal burguesa del siglo diecinueve, es científicamente imposible.6

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Es uno de los objetivos de este libro el mostrar que, en lo que respecta a estos y a similares “complejos”, en realidad estamos tratando con símbolos, formas ideales, categorías psíquicas, y patrones estructurales básicos cuyos infinitamente variados modos de operación gobiernan la historia de la humanidad y del individuo7. El desarrollo de la conciencia en etapas arquetípicas es un hecho transpersonal, una autorevelación dinámica de la estructura psíquica, que domina la historia de la humanidad y del individuo. Incluso las desviaciones del sendero de la evolución, su simbología y sintomatología, deben ser entendidas en relación al patrón arquetípico que les es anterior. En la primera parte de nuestra exposición –Las Etapas Mitológicas en la Evolución de la Conciencia- el énfasis descansa en la amplia distribución del material mitológico, y en la demostración de las conexiones existentes entre los símbolos y los distintos estratos del desarrollo de la conciencia. Sólo contra este trasfondo podemos entender el desarrollo normal de la psique, y bajo esta luz deben ser entendidos los fenómenos patológicos en que los problemas colectivos constantemente aparecen como los problemas básicos de la existencia humana. Además de desvelar las etapas evolutivas y sus conexiones arquetípicas, nuestra investigación también tiene un objetivo terapéutico, que es tanto colectivo como individual. La integración de los fenómenos psíquicos personales con los correspondientes símbolos es de fundamental importancia para el desarrollo futuro de la conciencia y para la síntesis de la personalidad8. El redescubrimiento de los estratos humanos y culturales de donde estos símbolos derivan corresponde al sentido original de la palabra “bildend” –“ponerse al corriente”. De este modo la conciencia adquiere imágenes (Bilder) y educación (Bildung), amplía sus horizontes, y se carga de contenidos que constelan un nuevo potencial psíquico. Aparecen nuevos problemas, pero también nuevas soluciones. En la medida en que los datos puramente personales entran en asociación con lo transpersonal, y en que el aspecto colectivo humano es redescubierto y comienza a cobrar vida, nuevos insights, nuevas posibilidades de vida, se agregan a la rígida personalidad del hombre moderno, estrechamente personalista y poseedor de un alma enferma. Nuestro objetivo no se reduce a señalar la relación correcta entre el Yo y el inconsciente, ni de lo personal con lo transpersonal. También tenemos que darnos cuenta de que la falsa y personalista interpretación de todo lo psíquico es la expresión de una ley inconsciente que en todo lugar ha obligado al hombre moderno a malinterpretar su verdadero rol e importancia. Sólo cuando hayamos aclarado hasta qué grado la reducción de lo transpersonal a lo personal surge de una tendencia que alguna vez tuvo un significado muy profundo, pero que la crisis de la moderna conciencia ha vuelto carente de sentido e importancia, nuestro objetivo habrá sido logrado. Sólo cuando hayamos reconocido que lo personal se desarrolla a partir de

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lo transpersonal, separándose a sí mismo de éste pero, a pesar del rol crucial de la conciencia del Yo, siempre permaneciendo enraizado en él, podremos devolver a los factores transpersonales su peso y significado originales, cuya carencia hace imposible una vida sana, tanto individual como colectivamente. Esto nos lleva a un fenómeno psicológico que será discutido por completo en la Parte II, bajo el título de “ley de la personalización secundaria”. Esta ley afirma que los contenidos que son ante todo transpersonales y que originalmente aparecieron como tales, son, en el curso del desarrollo, llevados a ser personales. La personalización secundaria de los contenidos originalmente transpersonales es en cierto sentido una necesidad evolutiva, pero constela peligros que para el hombre moderno son demasiado grandes. Es necesario para la estructura de la personalidad que los contenidos que originalmente tomaban la forma de deidades transpersonales, acaben experimentándose finalmente como contenidos de la psique humana. Pero este proceso deja de ser un peligro para la salud psíquica sólo cuando la psique se reconoce a sí misma como suprapersonal, como un mundo numinoso de hechos transpersonales. Si, por otro lado, los contenidos transpersonales son reducidos a los datos de una psicología puramente personalista, el resultado no es sólo un atroz empobrecimiento de la vida individual –que podrá permanecer solamente como un asunto privado-, sino también una congestión del inconsciente colectivo que a la larga tendrá consecuencias desastrosas para la humanidad. La psicología, al haber penetrado en las capas colectivas en su investigación de los niveles más profundos de la psique individual, se encuentra con la obligación de desarrollar una terapia colectiva y cultural adecuada para enfrentar el fenómeno de masas que hoy devasta la humanidad. Uno de los objetivos más importantes de cualquier psicología profunda en el futuro es su aplicación a lo colectivo. Debe corregir y prevenir la dislocación de la vida colectiva, del grupo, mediante la aplicación de sus específicos puntos de vista9. La relación del Yo con el inconsciente y de lo personal con lo transpersonal decide el destino no sólo del individuo, sino también el de la humanidad. El teatro de este encuentro es la mente humana. En el presente trabajo, una parte sustancial de la mitología es vista como la autodelineación inconsciente del crecimiento de la conciencia en el hombre. La dialéctica entre la conciencia y el inconsciente, su transformación, su autoliberación, y el nacimiento de la personalidad humana a partir de esta dialéctica conforman el tema de la Parte I.

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