LA ORATORIA EN LA ANTIGUA ROMA Marco Tulio Cicerón Primer discurso contra Catilina En defensa del poeta Aulo Licinio Arquias
ESTEBAN BÉRCHEZ CASTAÑO JORGE TÁRREGA GARRIDO
tirant
humanidades quadriga
LA ORATORIA EN LA ANTIGUA ROMA Marco Tulio Cicerรณn Primer discurso contra Catilina En defensa del poeta Aulo Licinio Arquias
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES
Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
LA ORATORIA EN LA ANTIGUA ROMA Marco Tulio Cicerón Primer discurso contra Catilina En defensa del poeta Aulo Licinio Arquias
Esteban Bérchez Castaño Jorge Tárrega Garrido
tirant humanidades Valencia, 2019
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© Esteban Bérchez Castaño y Jorge Tárrega Garrido © TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-17973-61-2 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/ politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf
Índice 1. INTRODUCCIÓN........................................................................... 9 2. PROBLEMAS DEL ESTUDIO DE LA ORATORIA ROMANA....................................................................................................... 11 3. LA ORATORIA DESDE LA FUNDACIÓN DE ROMA HASTA CATÓN (DEL S. VIII AL S. III AC)............................................ 17 4. LA ORATORIA DE CATÓN Y EL INICIO DE LA RETÓRICA (SS. III-II AC)................................................................................. 25 5. LA ORATORIA ROMANA A LA LUZ DE LA RETÓRICA GRIEGA: LOS HERMANOS GRACO (S. II AC).......................... 31 6. LA ORATORIA JUSTO ANTES DE CICERÓN: ANTONIO, CRASO Y LA RETÓRICA ROMANA (SS. II-I AC)...................... 33 7. LOS ORADORES CONTEMPORÁNEOS DE CICERÓN: HORTENSIO Y JULIO CÉSAR (S. I AC)........................................ 37 8. MARCO TULIO CICERÓN (106-43 AC): EL CULMEN DE LA ORATORIA ROMANA................................................................ 41 9. LA DECADENCIA DE LA ORATORIA DESPUÉS DE CICERÓN........................................................................................................ 59 10. ORADORES DEL S. I DC............................................................ 61 11. LAS DECLAMACIONES: UNA ACTIO DIFERENTE............ 63 12. EL ENSALZAMIENTO DE LOS PODEROSOS: LOS PANEGÍRICOS.......................................................................................... 65
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13. LA ORATORIA DEL SIGLO II DC: FRONTÓN Y APULEYO........................................................................................................ 67 14. CONCLUSIÓN............................................................................... 69 15. COMENTARIO BIBLIOGRÁFICO............................................ 71 16. NOTA A LAS TRADUCCIONES............................................... 75 MARCO TULIO CICERÓN. PRIMER DISCURSO CONTRA CATILINA.............................................................................................. 77
Introducción................................................................................ 77 1. Catilina y la «Primera Conjuración».................................... 77 2. La trama de la principal conjuración de Catilina: Las Catilinarias........................................................................................ 79 3. La conjuración de Catilina con otros ojos: Salustio........... 82 4. La conjuración de Catilina con los ojos de Cicerón........... 85 5. Las Catilinarias y su trascendencia en la oratoria romana................................................................................................... 86 PRIMER DISCURSO CONTRA CATILINA............................. 88
MARCO TULIO CICERÓN. EN DEFENSA DEL POETA AULO LICINIO ARQUIAS............................................................................. 103
Introducción 1. La trama................................................................................... 103 2. La adquisición de la ciudadanía en Roma y las motivaciones jurídicas............................................................................ 104 3. Motivaciones políticas........................................................... 105 4. Motivaciones literarias........................................................... 107 5. Estructura del discurso.......................................................... 108 EN DEFENSA DEL POETA AULO LICINIO ARQUIAS........ 110
Índice de nombres propios.................................................................. 121
1. Introducción Aquiles, el gran héroe griego, había muerto ante las murallas de Troya en la guerra más famosa de la Antigüedad. Después de las honras fúnebres, dos caudillos de su mismo ejército, Áyax y Ulises, alzaron la voz para reclamar las armas del Pelida, aquellas que forjara el propio dios Hefesto y que, en consecuencia, no tenían parangón. Se determinó que para resolver la disputa cada uno de los héroes hiciera un alegato. Áyax, uno de los guerreros más valientes y fuertes, se sabía en desventaja, pues carecía del don de la palabra y por él tan solo hablaban sus gestas bélicas. Justo lo contrario que Ulises, poseedor de una astucia sin igual y una gran capacidad oratoria. El poeta romano Ovidio (s. I aC) recrea en su celebérrima obra Metamorfosis los discursos de ambos héroes y, tras la intervención de Ulises, concluye: «El grupo de caudillos quedó impresionado y se hizo evidente el poder de la elocuencia. Las armas del valiente héroe se las llevó el orador» (Ovidio, Metamorfosis XIII 382-383). La oratoria es precisamente esto que hizo Ulises, el arte de hablar bien en público con el triple objetivo de informar, agradar y convencer, lo que en latín se decía docere, delectare et movere animos. Ulises mostró sus argumentos con palabras agradables y al final hizo que la voluntad de los oyentes se decantara por él. La Guerra de Troya, narrada entre otros por Homero (s. VIII aC) y Virgilio (s. I aC), está ambientada en torno al siglo XIII aC y, como toda leyenda, está conformada por partes ficticias y alguna que otra real. Ignoramos si hubo una disputa por las armas de Aquiles, pero sí sabemos a ciencia cierta que se pronunciaron discursos, pues la oratoria ha existido prácticamente desde que el hombre tiene voz. Como dijo el gran político y orador romano del s. I aC Cicerón (Bruto 40): «Homero no habría dado tanta importancia, ya en los tiempos de la Guerra de Troya, a la forma de hablar de Ulises y Néstor […] si entonces la elocuencia no gozara de estima». En todo caso, la referencia de Homero a esta contienda verbal (Odisea XI 541-567) es uno de los testimonios más antiguos que poseemos de un discurso en la literatura occidental.
2. Problemas del estudio de la oratoria romana Al trazar una historia de la oratoria en Roma cabe tener bien presentes las siguientes premisas: 1) La oratoria y la retórica: El estudio de la oratoria está estrechamente ligado a la retórica, es decir, a la disciplina que estudia la confección de discursos. No obstante, y esto es importante subrayarlo, la retórica, la teorización del arte de hablar, es posterior a la oratoria en sí. LA RETÓRICA La retórica la define Aristóteles como «la capacidad de teorizar sobre lo adecuado en cada caso para persuadir» (Retórica I 2,1) y para tal fin se confeccionaron innumerables manuales en lengua griega que sirvieron después de modelo a los tratados romanos. Sabemos que Catón (ss. III-II aC) escribió unos preceptos sobre retórica para su hijo Marco y que Sobre la elocuencia (De ratione dicendi) de Marco Antonio (ss. II-I aC) gozó de mucha fama, pero ninguno de los dos se nos ha conservado. Hay que esperar hasta principios del siglo I aC para hallar los primeros estudios romanos sobre retórica: La Retórica a Herenio (Rhetorica ad Herennium), de autor desconocido, y Sobre la invención (De inventione) de un jovencísimo Cicerón. En esta disciplina se abordan varios aspectos que tienen que ver con la oratoria, tales como el tipo de discurso, el estilo o la estructura interna del mismo. 1) Los genera causarum o tipos de discursos se clasificaban en judiciales (genus iudiciale), si buscaban la condena o absolución de un acusado; políticos (genus deliberativum) —también llamados deliberativos—, si se pretendía la aprobación o derogación de una ley, ganar votos a favor de algo o, simplemente, convencer o disuadir a alguien de algo; y demostrativos (genus demonstrativum), epidícticos o laudatorios, si tenían como finalidad el ensalzamiento o vituperio de determinada persona y contenían tanto elogios fúnebres como arengas militares, panegíricos, discursos de boda, de triunfo… (Retórica a Herenio I 2; Cicerón, Sobre la invención I 7; Quintiliano, La formación del orador III 4).
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2) El discurso se conformaba siguiendo unos pasos y técnicas (oratoris officia): 1) Primero estaba la inventio, es decir, la búsqueda de argumentos y materiales; 2) luego la dispositio u ordenación de los materiales obtenidos; 3) después la elocutio, consistente en el embellecimiento del discurso con las diferentes figuras estilísticas; 4) la memoria era el momento en el que el orador asentaba el discurso en su cabeza; 5) finalmente en la actio el orador estudiaba cómo iba a ejecutar públicamente su discurso (Retórica a Herenio I 2; Cicerón, Sobre la invención I 9; Quintiliano, La formación del orador III 3). 3) De la misma forma, dependiendo del objetivo buscado y del público al que se dirigiera el orador, el estilo podía cambiar; de ahí que los tratados de retórica hablen de los genera dicendi: grandiloquens sive sublime, es decir, un estilo elegante, serio, vehemente y con un léxico rico y variado; tenue sive humile, un estilo sobrio, sin ornamentos, con palabras sencillas; y medium o estilo intermedio entre los dos anteriores (Cicerón, Orador 20-21). 4) Por último, creemos importante marcar la diferencia entre tres tendencias: Asianista (Asiatica dictio), que implica un discurso barroco, a veces recargado, con alardes retóricos; Aticista (Attice dicere), llamado así porque es el propio de los atenienses, sencillo, conciso, sin ampulosidades innecesarias; y Rodia, que busca el equilibrio entre las dos tendencias anteriores y recibe su nombre por Molón de Rodas, uno de los maestros de Cicerón (Cicerón, El orador 23-32).
2) Publicar los discursos: Debido al carácter oral solo permanecen aquellos discursos cuyos autores consideraron dignos de ser recordados, con la particularidad de que muchos de ellos —si no todos— fueron o bien puestos por escrito después de ser pronunciados, o bien retocados por sus autores antes de ser publicados y, por tanto, no reproducen con exactitud las palabras que se dijeron (Cicerón, Bruto 91-93). Hay incluso discursos que nunca llegaron a pronunciarse y cuya publicación se debe a alardes retóricos o a una intención política y propagandística, como el segundo discurso ciceroniano contra el corrupto Verres. Además, tal y como cuenta Isidoro (Etimologías I 22,1), era habitual que varios escribas (librarii) se organizaran para tomar nota de cuanto se decía en los juicios y en las asambleas. Esta transcripción
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seguramente serviría a los oradores para rehacer sus discursos más tarde. Los discursos fragmentarios: Pese a lo dicho en el punto anterior, no se conserva ningún discurso completo de nadie que no sea Cicerón en todo el período republicano (a excepción de los incluidos en otros géneros literarios) y en época imperial solo se conservan el Panegírico a Trajano de Plinio el Joven (100 dC) y la Apología de Apuleyo (158-159 dC). Pronunciar discursos de otro: En Roma no todos los oradores componían sus propios discursos, sino que en no pocas ocasiones se recurría a oradores ya consolidados para tal fin, sobre todo en los discursos judiciales. Esta costumbre ya venía de Grecia y, más en concreto, de Antifonte (s. V aC), de quien se decía que fue el primero en escribir discursos para que otros ciudadanos pudieran defenderse en sus pleitos ellos mismos ([Plutarco], Vida de los diez oradores 832c). La importancia de la actio: La oratoria no tiene en cuenta solo la palabra, sino también los gestos, las pausas, la entonación, las subidas y bajadas de tono… lo que la retórica llama actio. Los textos que reproducen discursos pocas veces aluden a estos aspectos, ya que carecen de las acotaciones tan usadas en el teatro contemporáneo y hemos de deducir los matices dramáticos a partir de particularidades lingüísticas como las exclamaciones, los deícticos o el léxico. Discursos en otros géneros literarios: Algunos de los discursos son reproducidos o incluso inventados con fines históricos o estéticos e insertados en otros géneros, como el historiográfico o el épico. Tal es el caso, por ejemplo, de los numerosos discursos que incluye Tito Livio en Historia de Roma desde su fundación, como veremos más adelante, de los pronunciados por Julio César y Catón en la Conjuración de Catilina de Salustio o los incluidos en epopeyas como las Metamorfosis de Ovidio (XIII 1-381) o la Farsalia de Lucano (I 296-391; VII 235-384…); por no hablar
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de las cuantiosas arengas militares. En la literatura griega fue Tucídides el primero en incluir discursos en su narración y en la romana fue Catón el Censor en su obra Orígenes. 7) Importancia del lugar y el público: Los discursos están contextualizados en un lugar y en un momento concretos y siempre ante un auditorio. A diferencia de las obras teatrales que se representan en un escenario y tienen un texto predefinido, el orador debe modificar su discurso atendiendo a las reacciones de los oyentes, las condiciones climáticas si están al aire libre, el ruido, las interrupciones etc. El lugar donde un discurso se pronunciaba tenía también una gran relevancia. Normalmente los juicios se celebraban en la basilica, un gran edificio que se equipararía a nuestros juzgados. Las deliberaciones políticas se realizaban en la curia, es decir, el lugar donde se reunía el Senado; y los discursos laudatorios y las contiones o asambleas del pueblo se llevaban a cabo en los rostra, la tribuna de oradores llamada así por los espolones de los barcos (en latín rostra) que la decoraban. Frontón, orador y rétor del s. II dC, recuerda cómo cambian el tono los oradores dependiendo del público al que se dirijan y el lugar en el que estén (Sobre la elocuencia 2,46 Haines): «Catón habla ante el pueblo de forma hostil, Graco apasionadamente, Cicerón con cierta petulancia. En los juicios ese mismo Catón se encoleriza, Cicerón triunfa, Graco alborota, Calvo discute». También se pronunciaron discursos desde muchos otros lugares, como el Capitolio, el Circo Flaminio o determinados templos. Muchas veces la elección del escenario podía hacer inclinar la balanza hacia un lado u otro. No fue casual, por ejemplo, que el primer discurso que pronunció Cicerón contra Catilina —y que se recoge traducido en este libro— lo hiciera en el templo de Júpiter, ante la estatua del dios, en vez de en la curia, pues buscaba de ese modo que su discurso fuera avalado por el mismísimo padre de los dioses.
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8) El discurso como pieza literaria: La oratoria y los alardes retóricos cobraron en la Antigüedad entidad literaria y, por ese motivo, se publicaron discursos, panegíricos e incluso, ya desde época imperial, ejercicios retóricos como suasorias y controversias. En la actualidad tenemos varios inconvenientes a la hora de juzgar los discursos. Por un lado, sobre todo los judiciales, no son considerados literatura. Por otro, la inmediatez y la ocasión de su pronunciación adquieren una relevancia mayor que el propio discurso, e importa más lo que se dice en ese momento concreto que cómo se dice; de ahí que, cuando el evento ya ha perdido interés público (como un mitin o una intervención en el Senado o Parlamento), el discurso no perdure o solo queden fragmentos que sintetizan lo esencial. Hay célebres excepciones que han pasado a la historia sobre todo por lo emotivo y relevante de su mensaje, como el discurso pronunciado en las cortes por Clara Campoamor en 1931 para conseguir el derecho a voto de las mujeres; o el proferido por Charles Chaplin al final de El Gran Dictador (1940) apelando a la humanidad de la gente; o el que pronunció Martin Luther King en agosto de 1963 por la concordia entre personas de distinto color y que contenía la famosa frase «Tengo un sueño» (I have a dream); o el más reciente de Oprah Winfrey en la gala de los Globos de Oro (2018), en el que criticaba el abuso de poder que ejercen determinados hombres.
3. La oratoria desde la fundación de Roma hasta Catón (del s. VIII al s. III aC) No hallamos hasta finales del siglo III aC, con la figura de Catón, el primer testimonio escrito de oratoria romana. No obstante, gracias a los autores antiguos, principalmente historiógrafos y el ya nombrado Cicerón, sabemos que la historia de Roma desde su fundación hasta Catón está llena de discursos que, aunque desconozcamos si realmente se pronunciaron o no, denotan que la oratoria tuvo un peso decisivo para el desencadenamiento de determinados hitos históricos. Al final el desarrollo de la oratoria —como el de muchos géneros literarios— acaba reduciéndose a una enumeración de personas que la han cultivado, pues las propias fuentes antiguas así lo han hecho, quizá porque, como bien recuerda Cicerón (Sobre el orador I 6), son pocos los que consiguieron despuntar en este arte. Durante el período monárquico, que tradicionalmente abarca desde el 753 aC hasta el 509 aC, la oratoria se empleó en momentos muy concretos, como en elogios fúnebres y arengas militares. A modo de ejemplo, curiosa es la leyenda, de la que los propios historiadores antiguos dudan, según la cual Rómulo desapareció en medio de una tormenta —arrebatado acaso por su divino padre Marte— mientras exhortaba a sus tropas (Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma II 56,2). La oratoria judicial y política, en cambio, apenas tuvo cabida en la monarquía, pues las decisiones recaían sobre el rey y no había, por tanto, posibilidad de apelar las decisiones ni necesidad de convencer a nadie. «El deseo de hablar — dice Cicerón (Bruto 45)— no suele nacer en la formación de un Estado ni en las guerras, ni en el sometimiento o encadenamiento del pueblo por la tiranía de los reyes. La elocuencia es compañera de la paz, aliada del sosiego y, por así decirlo, como una hija de una ciudad ya bien organizada».
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LOS DISCURSOS FÚNEBRES El historiador griego Dionisio de Halicarnaso (Historia antigua de Roma V 17) afirma que en Roma se instauró la costumbre de entonar elogios fúnebres (laudationes mortuorum sive funebres) a partir de que lo hiciera el cónsul Valerio en honor a Junio Bruto, quien derrocó la monarquía y fue el primer cónsul de Roma (509 aC). Tras fallecer Bruto en la guerra que entablaron los romanos contra los tirrenos, Valerio expuso el cuerpo del difunto en el foro y, ataviado con ropajes oscuros, subió a la tribuna y entonó el elogio fúnebre ante el pueblo, repasando las virtudes y las gestas más relevantes de su vida. Este modo de encomio es, en opinión de este historiador, invención de los romanos, pues los griegos para rendir honores a los difuntos celebraban competiciones gimnásticas y ecuestres, como las que organizó Aquiles para honrar a Patroclo. La función de estos cantos fúnebres era doble, por un lado servir de recuerdo y ensalzamiento del difunto y, por otro, generar un modelo digno de imitación para los jóvenes. Posteriormente se confeccionaba una máscara de cera del muerto y se exponía en casa junto con las máscaras de los antepasados (imagines maiorum) y las familias archivaban los discursos como testimonio de la dignidad gentilicia (Cicerón, Bruto 62; Sobre el orador II 341-349; Polibio, Historia de Roma VI 53-54). Sírvanos de ejemplo de este tipo de discursos el inicio de la loa que, según el biógrafo Suetonio (Vida de César 6,1), pronunció Julio César en honor de su tía Julia, la esposa del general Mario que se enfrentó a Sila en la guerra civil (69 aC): «El linaje de mi tía Julia desciende de reyes por línea materna y por línea paterna está emparentada con los dioses inmortales. Pues de Anco Marcio son los reyes Marcios, que fue el nombre de su madre. De Venus provienen los Julio, que es nuestra familia. Confluyen, por tanto, en este linaje el carácter sagrado de los reyes, que tienen el mayor poder entre los hombres, y la veneración a los dioses, a quienes están sometidos los propios reyes». Al parecer, el primero en recitar una laudatio funebris desde los rostra a una mujer fue el político y poeta Lutacio Cátulo en honor de su madre Popilia en el año 102 aC (Cicerón, Sobre el orador II 44), lo cual se fue haciendo poco a poco habitual en las familias nobles. Estos elogios fúnebres se pueden considerar una amplificación de los epitafios y la inspiración para el género literario que proliferó en época imperial de las consolationes, siendo las más famosas las de Séneca el Joven a Polibio, Marcia y Helvia.
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En la época republicana la elocuencia encontró su razón de ser y se alzó como una eficaz arma con la que convencer, persuadir e, incluso, manipular. Ya desde el acontecimiento que en el año 509 aC provocó el fin de la Monarquía y el comienzo de la República, la oratoria jugó un papel decisivo. Tal y como cuenta el historiador Tito Livio (s. I aC), la joven Lucrecia se suicidó tras haber sido violada por Sexto Tarquinio, el hijo del rey. Junio Bruto, amigo fiel del marido de Lucrecia, extrajo el puñal del cuerpo de la noble romana y llevó el cadáver al foro para que todo el pueblo pudiera contemplar la atrocidad que la familia real había perpetrado. Allí convenció a sus conciudadanos de tomar las armas para vengar el ultraje contra Lucrecia y expulsar al tirano. La elocuencia de Bruto —aderezada con un fuerte efecto de dramatismo— hizo su papel. Pero Tito Livio, tan dado a reproducir o recrear discursos, no transmite las palabras de Bruto. Sí, en cambio, introduce otros discursos —como es costumbre en la historiografía— a lo largo de toda su obra titulada Historia de Roma desde su fundación, que vertebran la historia de Roma y le dan una especial relevancia a la elocuencia a la par que una atractiva vivacidad a la narración. Se erige así el historiador como uno de los mejores testimonios de la oratoria antes del siglo III aC. Tito Livio, además de otros historiógrafos como Dionisio de Halicarnaso (Historia antigua de Roma VI 83-86), reproduce el que se ha considerado el primer discurso en estilo directo en la historia de Roma, ya que se remonta unos años después de la instauración de la República, a la llamada Secesión de la Plebe (494 aC). El pueblo llano, formado por campesinos, artesanos, obreros y un largo etcétera, se harta de ver cómo los nobles —en apariencia ociosos— se aprovechan y abusan de ellos y decide retirarse al monte Sacro, a unos pocos kilómetros de Roma. Los plebeyos se niegan a volver hasta que cambie la situación. Los nobles, preocupados, deciden enviar a Menenio Agripa, «un hombre elocuente y querido por el pueblo por sus orígenes humildes», con el fin de convencerlos para regresar: Este, tras haber sido conducido dentro del campamento, se dice que en un estilo austero y llano contó lo siguiente: «En el tiempo en que en el ser humano no mar-
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chaban todas sus partes formando una unidad como ahora, sino que cada miembro tenía su opinión y su propio lenguaje, las restantes partes se indignaron por procurar de todo al estómago con su cuidado, su esfuerzo y su trabajo, mientras que el estómago disfrutaba tranquilo en medio de los placeres que se le ofrecían. Entonces conspiraron para que las manos no llevaran la comida a la boca, ni la boca recibiera lo que se le daba, ni los dientes masticasen lo que recibían. Con este enfado, al querer dominar al estómago por medio del hambre, cada uno de los miembros y el cuerpo entero cayeron en una extrema enfermedad. Entonces se hizo evidente que la función del vientre tampoco era inactiva, y que era alimentado de la misma forma que alimentaba, devolviendo a todas las partes del cuerpo esta sangre con la que vivimos y nos hace fuertes, repartida por igual por las venas después de elaborarla al digerir la comida». Dando a entender, entonces, que la sedición interna del cuerpo era similar a la de la airada plebe contra los senadores, les hizo cambiar de opinión (Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación II 32,8-12).
Este discurso lo trascribe Tito Livio más de cuatrocientos años después de que en teoría se pronunciara y, por tanto, su veracidad es dudosa. Pero lo importante es hacer notar el poder que se le daba a la elocuencia: la plebe regresó a Roma, aunque cabe pensar que no solo gracias al discurso pronunciado por Menenio, sino también —y sobre todo— por los acuerdos que se tomaron con el fin de estrechar la brecha que separaba a patricios y plebeyos. Tomar una difícil o radical decisión, como es esta de equiparar derechos, siempre produce desavenencias que pueden resolverse bien con las armas, bien con la palabra. Claro ejemplo es la historia del noble apodado Coriolano. Este fue considerado un héroe tras haber derrotado al pueblo vecino de los Volscos en el año 493 aC; sin embargo, debido a su fervoroso odio hacia el vulgo tomó una serie de medidas impopulares que le acarrearon el destierro. Indignado, regresó al frente del ejército volsco que había derrotado antes, para asediar Roma. El Senado, no sabiendo qué hacer, decidió —¡cosa insólita!— mandar a la esposa y a la madre de Coriolano para que lo hicieran recapacitar y gracias a la elocuencia de Veturia, la madre del insurrecto, que apeló a la pietas, sus ansias de atacar Roma desaparecieron. De nuevo es Tito Livio quien recuerda el decisivo poder de las palabras, pero esta vez las pone en boca de una mujer: