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COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES

Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


LA RENOVACIÓN PENDIENTE

Valencia, 2015


Copyright ® 2015 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

Director de la colección:

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

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© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-160556-01-4 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia por favor lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.


¿Cambio en la Iglesia? ¿Qué cambio? DIEGO TOLSADA PERIS … el zumbador telar del tiempo… ROBERT MUSIL, El hombre sin atributos.

Iniciamos hoy un nuevo curso, el XXXIV, de la Cátedra de Teología Contemporánea “José Antonio Romeo”, dedicado a recordar los muchos e importantes movimientos de renovación que desde el siglo XIX se han producido en la Iglesia. La comisión organizadora de la Cátedra ha considerado oportuno abordar este tema, pues podría contribuir a iluminar y mejor comprender las circunstancias históricas que estamos viviendo en la Iglesia, al menos desde una determinada manera de leerlas e interpretarlas. ¿Por qué el fenómeno “Francisco”?, ¿por qué, de repente, unos gestos sencillos y cercanos, pero profundamente cargados de humanidad, han sido capaces nada menos que de reanimar la esperanza de tantos creyentes?… ¿No es cierto que se ha tenido la sensación, en amplios sectores de la Iglesia, que se empezaba a terminar un largo periodo de invierno, iniciado ya muy a comienzos de los años 70, que había llevado a la Iglesia oficial a encastillarse, a sucumbir a la tentación, muy beligerante por otra parte, del gueto?1 ¿No hemos tenido muchos la sensación de que, mirando la otra cara de la moneda, empezaban a florecer las mimosas en pleno febrero?2 En una palabra, ¿no hemos visto que algo estaba cambiando y que ese cambio era bueno?

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J. PEREA, J. I. GONZÁLEZ FAUS, A. TORRES QUEIRUGA, J. VITORIA CORMENZANA, Clamor contra el gueto. Textos sobre la crisis de la Iglesia. Madrid, Trotta, 2012. 2 J. GARMILLA, Vivir en invierno. La fe a la intemperie. Madrid, PPC, 2010; D. TOLSADA, “Recuperar el Concilio. ¿Por qué?”, en AA.VV., Por una iglesia, por fin, conciliar. Valencia, Tirant Humanidades-Fundación Universitaria Chaminade, 2011, p. 46.


Ese cambio no surge por generación espontánea. Tiene detrás, aunque escondidas, profundas raíces, que se hunden en el humus de la vida de la comunidad cristiana desde hace ya mucho tiempo (algunas de ellas, unos dos siglos). Y esta situación sirve de base a la pregunta que da título a esta primera charla del ciclo: ¿puede y debe cambiar la Iglesia? Una pregunta tan breve encierra, sin embargo, problemas importantes. Puede recibir distintas respuestas, llenas de matices, pero que pueden también reducirse a tres: sí, no y iuxta modum. La respuesta depende de qué visión y qué concepto tengamos de la Iglesia y, yendo más allá, de qué visión y qué concepto tengamos de la historia, del ser humano y de Dios, es decir, de la realidad. En una viñeta reciente, José Luis Cortés le hacía decir a una mujer: “Cuánta razón tendría la Iglesia, si no fuera por la realidad”3. Para muchos creyentes sinceros, la Iglesia, en la medida en que es la depositaria de la única revelación y salvación universal, ofrecida por un Dios omnipotente e inmutable, no podría cambiar o, en todo caso, solo en casos y cosas muy superficiales y accidentales. Aquí se va a mantener precisamente la tesis contraria: la misma esencia de la Iglesia, como sacramento de Dios en el mundo, le pide cambiar constantemente, si quiere llevar a cabo su tarea de liberación en el mundo al que ha sido enviada. No es solo que pueda cambiar, sino que debe hacerlo para ser fiel a sí misma y al Dios que la habita. Pero es que además, de hecho, más allá de determinadas presentaciones y pretensiones por fijarla en un momento determinado de su historia, de absolutizar una de sus figuras históricas, ha cambiado a lo largo del tiempo y cambiado profundamente. A recorrer los movimientos, que desde hace ya casi dos siglos han querido contribuir a ese cambio necesario, está dedicado el curso. Son numerosos y abarcan todos los campos de la vida de la Iglesia: la Biblia, la liturgia, la cuestión social, el ecumenismo, la evangelización, la figura del laico, la espiritualidad cristiana, la vivencia eclesial, la pastoral…

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J. L. CORTÉS, “Universículo 267”, en Religión Digital del 24.09.2014. Diego Tolsada Peris


1. UNA IGLESIA INMUTABLE 1.1. ¿Estabilidad o cambio? El cambio es complejo; lo es en sí mismo y lo es también aceptarlo. Algo hay en el espíritu humano que le lleva a preferir lo estable. Ante la alternativa de estabilidad o cambio, el pensamiento occidental se decantó muy pronto por Parménides y no por Heráclito. Era más claro, más aceptable el aserto del primero, “el ser es, el no ser no es”, que el complicado y enigmático “todo fluye” o “nadie se baña dos veces en el mismo río” del segundo. A favor del primero está la pretendida evidencia, lo diáfano, lo sólido, lo siempre igual, lo esférico, lo apolíneo. Las cosas son como son. Platón era más de fiar que el paciente y atento investigador de la naturaleza que era Aristóteles. Hubo que esperar veintidós siglos para que Hegel nos abriera de nuevo al hecho —porque es un hecho— del cambio y nos proporcionara una explicación plausible de él. ¿Por qué esta tendencia tan humana? Tal vez simplemente porque habitamos mejor lo conocido, lo estable, lo fijo, lo que dura… Porque las realidades que revisten estos caracteres ofrecen seguridad, dan confianza; son, en este sentido, “salvadoras”. Y esto tanto en el nivel individual como, sobre todo, en el colectivo. El “siempre se ha hecho así” permite estar tranquilos, especialmente a aquellos a los que les va bien en la vida; que son los que, por otra parte, controlan normalmente los resortes y las posibilidades del cambio. Valgan como ejemplo las palabras pronunciadas el 2 de julio pasado en el marco de los Cursos de Verano de la Universidad Complutense celebrados en El Escorial, por el cardenal Rouco, en una conferencia sobre “La fe cristiana en la España de hoy”: La constitución de 1812, [es] la primera constitución del moderno estado democrático. Se reconoce a Dios como autor y supremo legislador de la sociedad y se afirma en su artículo 12 que las antiguas leyes fundamentales de la monarquía podrían llenar debidamente el gran objetivo de promover la gloria, la prosperidad y el bien de toda la nación. Es un lenguaje que no está mal oírlo ahora. Si bien, dice el texto, acompañadas de las oportunas precauciones que aseguren de un modo estable y permanente su entero

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cumplimiento. Las constituciones son para mantenerlas, no para cambiarlas de cuando en cuando4.

Por el contrario, el cambio, sobre todo si es rápido o inesperado, descoloca, exige crear respuestas nuevas; no vale con lo acumulado culturalmente para hacerle frente; muchas veces deja a la intemperie mental y físicamente, o simplemente es difícil encontrarle sentido a lo que es contingente, a lo que cambia, como le ocurre a ese niño-viejo que es Pierre Anthon, el protagonista de la novela Nada de Janne Teller5, que decide subirse a un ciruelo para ver desde allí el río fluyente de la vida, desde las alturas a las que esta no llega y en las que no puede afectarle. Perfecta imagen esta, bajo el ropaje tan infantil de un niño subido en un ciruelo, de todos los idealismos e idealistas que en la vida han sido y, curiosamente, de su contrario, el sinsentido de la realidad. Hace ya casi un siglo, ¡en 1930!, Trotsky decía: Hoy, en la época de los trajes baratos y de confección, a nadie se le ocurre vestirse con las prendas de sus abuelos; en cambio, en el terreno del espíritu abundan todavía los vestidos y modas del pasado6.

El problema es que, buscando lo estable, no hay más remedio que moverse en el campo de lo universal, de lo ideal, en las nubes o en el cielo… Y lo que sale perdiendo es el ser humano concreto, su vida real y cotidiana, hecha de contingencia, accidentalidades, cosas y personas concretas…

1.2. La negación del cambio en la Iglesia No debe extrañarnos que también esta tendencia haya afectado a la Iglesia y con más poderosas razones, dadas sus características.

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Con mucho sentido común, uno de tantos “comentadores” de nuestras redes, le respondía: “Mire, Sr. Rouco, las instituciones deben estar al servicio de la sociedad y por ello deben modificarse y desaparecer si es preciso. Todo nace y muere; lo que antes sirvió para algo, ahora puede no servir”. J. TALLER, Nada. Barcelona, Seix Barral, 2011. Cf. F. TORRALBA, ¿Por qué Pierre Anthon debería bajar del ciruelo? Interioridad y sentido. Madrid, Khaf, 2013. L. TROTSKY, Mi vida. Memorias de un revolucionario. Madrid, Akal, 1979. Diego Tolsada Peris


1.2.1. El hecho sociológico: la tendencia a la institucionalización La historia nos enseña que todos los movimientos que nacen con pretensión de cambio y consiguen salir adelante, lo consiguen porque más temprano que tarde acaban emprendiendo el camino de la institucionalización. Es lo que ocurrió con las dos grandes revoluciones de la época contemporánea: la burguesa de 1789 en Francia, uno de cuyos mejores hijos legítimos fue el código napoleónico, y la del proletariado, desembocada en el sistema socialista soviético. Y es también lo que ocurrió con el cristianismo, en el que —sin necesidad de remedar a Loisy—, el movimiento de Jesús tuvo su continuidad en la Iglesia, o con tantos movimientos carismáticos dentro de ella; por ejemplo el franciscanismo. Parece una ley más que un hecho más o menos frecuente. Y las razones pueden ser las ya apuntadas: no se puede vivir siempre de puntillas, como en el ballet. O al menos eso es lo que se nos dice.

1.2.2. La justificación teórica de ese hecho (¿teología o ideología?) Junto a esta primera constatación histórica, la tendencia a lo fijo, el miedo y el rechazo del cambio se apoyan en la Iglesia en razones pretendidamente más profundas, pues se basarían en el supuesto carácter especial que posee la institución eclesial, por ser de institución divina. La Iglesia no es sino un instrumento en manos de Dios, el instrumento más acabado y querido por Dios mismo para la salvación del género humano. Por ello, participa de la misma santidad de Dios y, en consecuencia, participaría, aunque solo fuera analógicamente, de muchas de sus notas o propiedades; entre ellas la inmutabilidad, necesaria para desempeñar con garantía su función de depositaria de la revelación y la gracia divinas. Es así como durante siglos se nos ha presentado como sociedad perfecta7 o más recientemente como cuerpo místico de Cristo; no por sí misma,

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J. A. ESTRADA, “De La sociedad desigual a la comunidad de bautizados”, en AA.VV., Retos de la Iglesia ante el nuevo milenio. Madrid, PPC-Fundación Santa María, 2001, pp. 46-50.

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sino por voluntad de Dios, y en cuanto tal dotada de todas las propiedades y características necesarias para que su esencia no se desvirtúe a pesar del pecado de los que la componen. Son ellos los pecadores, y los defectos e incluso el pecado viene de ellos, no de ella, que es santa. Esta estrecha vinculación con Dios le garantiza la santidad y la impecabilidad. Todavía en 1960 se podía afirmar que “la Iglesia no se halla sin pecadores, se halla sin embargo sin pecado”, pues es inmaculada y santa8. Es innegable, en primer lugar, que detrás de esta visión hay un profundo amor a la institución eclesial, respaldado por la vida seriamente cristiana de muchos creyentes, como la misma historia se encarga de recordarnos, hayan sido canonizados o no. Y también es innegable que esta forma de vivir la Iglesia sirvió para articular durante siglos la cultura, al menos la europea, con sus sombras, desde luego, pero también con sus importantísimas aportaciones al progreso social y espiritual de la humanidad.

1.2.3. La insuficiencia de esta pretensión Pero también es cierto que esta visión tiene hoy serias dificultades para ser recibida. Entre otras, señalemos algunas: 1) En un mundo plural y secularizado no se aceptan fácilmente privilegios que reposen en bases religiosas: la sacralización de realidades humanas, por muy espirituales que sean, se rechaza de entrada si esas realidades no se someten como otras a los criterios de coherencia y plausibilidad que la cultura exige. Lo religioso ha dejado de funcionar entre nosotros como algo que, de por sí, está al margen y a salvo de las pretensiones de la razón9.

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CH. JOURNET, Teología de la Iglesia. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1960, p. 256 y, más en general, todo el capítulo VII, dedicado a la santidad de la Iglesia (pp. 255286). En este sentido, hemos caído en la falacia naturalista (Hume) al pretender que es una cuestión de hecho, una característica objetiva y real de la institución eclesial, lo que, sin quitarle nada de la importancia que tiene, es una valoración moral y teológica hecha por parte de las personas que a ella pertenecen. Evidentemente no es lo mismo presentarse ante un auditorio plural diciendo: “En nuestra comprensión de nuestra realidad, nosotros los implicados creemos que somos así”, Diego Tolsada Peris


2) Por otra parte, esa sacralización le hace daño a la misma institución. A veces, lo mejor es enemigo de lo bueno. Cuando, para evitar el relativismo, se acentúa en el discurso cristiano, sin ningún tipo de matiz ni mediaciones, el carácter absoluto y único de Jesucristo como Salvador universal, se entra en serias dificultades con el papel del Espíritu Santo en la historia de la salvación más allá de las fronteras de la Iglesia y, en el campo más práctico, en el campo del diálogo y las relaciones interreligiosas10. 3) El pensamiento de la sospecha nos ha habituado a intuir que detrás de los grandes discursos teóricos hay realidades e intereses muy prosaicos que defender… Las razones sagradas que se invocan se descubren para un olfato fino como encubridoras de un mantenimiento del status quo por los beneficios que reporta a los que están al frente de él. No son sino ideología, tal como Marx nos dijo hace ya casi dos siglos. 4) Percibimos que esa expresión teórica de la Iglesia carece de vida, no es histórica como lo somos nosotros. Nos produce la sensación de planear en el cielo platónico de las ideas, donde todo es perfecto e inmutable, pero donde solo puede llegar el alma (y solo las más selectas), un mundo inhabitable para el ser humano temporal y contingente, amasado por las circunstancias y el devenir.

2. UNA IGLESIA EN PERMANENTE PROCESO DE CAMBIO 2.1. De hecho la Iglesia ha cambiado y cambia Un primer argumento puramente empírico consiste en echar una mirada objetiva a la realidad histórica de la Iglesia. La Iglesia ha cambiado y sigue cambiando. Se dirá que solo en cosas accidentales y muy secundarias,

que decir: “Nuestra realidad es así objetivamente para todos”. No es lo mismo una cuestión de hecho que una proposición de fe. 10 Es el caso de las dos obras colectivas coordinadas por G. AUGUSTIN, El problema de Dios, hoy. Santander, Sal Terrae, 2012; Jesús es el Señor. Cristo en el centro. Maliaño, Sal Terrae, 2013. ¿Cambio en la Iglesia? ¿Qué cambio?

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pero no en su esencia y en lo fundamental. Es algo que hay que matizar: indudablemente nadie niega el cambio de las formas externas en muchos campos, como el de la expresión litúrgica, por citar el más claro. Pero, sabiendo que la Iglesia es sacramento y presencia salvadora del Dios de Jesús para la humanidad (y esto sería lo permanente), un recorrido por su historia nos muestra su prodigiosa capacidad de adaptación de hecho a las diferentes situaciones históricas. Basta con citar dos ejemplos: 1) En el campo doctrinal nadie negará las profundas diferencias que, ya desde el principio de la Iglesia, se puede apreciar en los mismos textos fundacionales entre la imagen del Jesús de Mateo y la de Juan; y la muy distinta manera de entender la figura de Jesús que hay entre el Nuevo Testamento o el Cristo de la formulación de Calcedonia… Y lo mismo cabría decir de la celebración de la Eucaristía como Cena del Señor en las primeras comunidades y la interpretación del sacramento que hace el concilio de Trento. O cómo se entiende el ministerio petrino en las primeras comunidades y la formulación dogmática del papado en el Vaticano I11. No se puede decir sin más que son cambios accidentales. Afectan a realidades muy importantes, muy centrales de la vivencia de la fe en la comunidad cristiana. 2) Cuando miramos el desarrollo histórico de la institución, nos hemos acostumbrado a hablar con toda naturalidad de cristianismo o Iglesia antigua, medieval, moderna, barroca, romántica, actual…, dando por descontado que la única institución ha ido cambiando en función de las épocas y que esos cambios son perfectamente distinguibles. Así se puede apreciar en la clasificación que de la historia de la Iglesia hacen todos los manuales de historia. Y es lo que ha elevado a modelo interpretativo Hans Küng12 al leer esa larga historia de dos mil años desde la categoría de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn13, detectando seis paradigmas, seis modelos sucesivos en ella:

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Para este último tema ver D. TOLSADA (coord.), El papado en la Iglesia y el mundo de hoy. Madrid, PPC, 2014. 12 H. KÜNG, El cristianismo. Esencia e historia. Madrid, Trotta, 1997. 13 TH. S. KUHN, Las estructuras de las revoluciones científicas. Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1975.

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el paradigma judeo-apocalíptico del protocristianismo, el ecuménicohelenista de la Antigüedad cristiana, el católico-romano de la Edad Media, el evangélico-protestante de la Reforma, el moderno-ilustrado y el “transmoderno” contemporáneo. Esta amplia y documentada visión de la realidad eclesial le permite afirmar que modelos que nos parecen eternos han sido históricos, han surgido en determinadas circunstancias que los justificaron en su momento tal vez, pero no son extrapolables como “la” realización definitiva y perfecta de la comunidad: El sistema romano, el tradicionalismo ortodoxo y el fundamentalismo protestante son manifestaciones históricas del cristianismo. No han existido siempre y un día llegarán a desaparecer. ¿Por qué? ¡Porque no forman parte de la esencia del cristianismo!14

Parece evidente, pues, que es un hecho que la Iglesia ha cambiado y sigue cambiando.

2.2. Pero es que debe cambiar por fidelidad a su Señor Aquí el argumento de hecho se trasforma en argumento de derecho. La Iglesia no solo cambia, sino que debe cambiar, y no por oportunismo o simple eficacia, sino por algo que pertenece a lo más profundo de su realidad: la fidelidad no a sí misma, sino al Señor que está en su origen y en el centro de su vida. Esto nos lleva ante todo a vencer la tentación tan fuerte de creer que no es posible otra realidad que la que tenemos, que la comunidad cristiana ni debe ni puede cambiar a estas alturas de su historia. Sebastián Mora, Secretario general de Cáritas, hablando de evangelizar a los pobres y dejarnos evangelizar por ellos, pero perfectamente aplicable a nuestro tema, lo acaba de decir en la LXVII Semana de Misionología de Burgos: No podemos contentarnos con el mal que tenemos, porque nos digan que la situación no se puede cambiar. El pensamiento único ha logrado convencernos de que somos impotentes, de que no somos capaces de transformar el mundo. Es la construcción social de la impotencia, introyectada

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H. KÜNG, op. cit., p. 12.

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también entre los cristianos. […] Los cristianos podemos, porque la fuerza del Evangelio nos llama a transformar el mundo15.

¿Por qué este deber de cambio de la Iglesia? Como decíamos hace un momento, para ser fiel a su Señor. En su origen está un Dios de la historia que hace alianza con el pueblo de Israel, para ser “el que será, estará y vivirá con ellos” (Éx 3,14) y un Dios que, en la plenitud de los tiempos (Gál 4,4) nace de mujer y se hace humano, para realizar su ofrecimiento de salvación a través de los caminos del tiempo, sometiéndose él mismo al cambio y a la contingencia. No hemos recibido una revelación puramente doctrinal y celeste (como el Corán), sino una revelación encarnada, primero en los acontecimientos históricos que fueron componiendo lo más santo de Israel y luego en uno de nosotros mismos, Jesús de Nazaret, ser humano situado en un momento y en un lugar precisos del siglo I. O, mejor que una revelación encarnada, lo que hemos recibido es un ser humano vivo, concreto, que en su vida, y no en otro espacio y tiempo, es la revelación definitiva de Dios. Es enormemente llamativo cómo el pueblo judío fue capaz de relativizar sus instituciones religiosas en función de lo que les pareció siempre lo fundamental: la elección como pueblo de Dios. Si la anfictonía y el régimen de los jueces se quedan obsoletos, se pasa al sistema de la monarquía (a pesar de sus riesgos, tal como los profetas denunciaron). Si la monarquía termina con el gigantesco y conmocionante fracaso del exilio, se pasa a un nuevo sistema, el del segundo Templo, liderado por el sacerdocio. Y cuando Roma destruye el templo en el año 70 de nuestra era, se reestructura toda la vinculación con el Señor a través de la diáspora y de la ley. ¿Podríamos hacer un esfuerzo de imaginación los cristianos de algo parecido: imaginarnos sin templos, sin culto, sin sacerdocio…? Da que pensar esta historia del pueblo judío en su relación con Dios: ¿qué es lo importante? La salvación se ha hecho historia, y la historia de la salvación es salvación en la historia16 y de la historia del ser humano. Esta es la ori-

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S. MORA, “Evangelizar a los pobres y dejarse evangelizar por ellos”, en LXVII Semana de Misionología de Burgos (julio de 2014). 16 Sigue siendo fundamental sobre el tema I. ELLACURÍA, “Historicidad de la salvación cristiana”, en I. ELLACURÍA/J. SOBRINO, Mysterium liberationis, Concep-

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ginalidad judeo-cristiana. La relación Dios-mundo no puede pensarse ya en ella como si el mundo tuviera que ponerse en función de una imagen metafísica y trascendente de un Dios inmutable. Es lo contrario, es como si Dios hubiera querido marchar al ritmo de la evolución del mundo, y especialmente de la del ser humano, y fuera él el que ha querido ponerse en función de nuestro devenir. Desde entonces la relación entre Dios y el mundo no es que el mundo tenga que ponerse en función de una imagen y un concepto metafísicos de un Dios inmutable y lejano, sino la de un Dios que, por misericordia y amor, ha querido marchar al ritmo de la evolución de sus criaturas. Decimos que Dios es un Dios de vida y no de muerte. Pues bien, la vida es cambio, evolución, crecimiento, tanteo, marcha hacia adelante en medio de los muchos fracasos y de los muchos esfuerzos con los que nos empeñamos en coartarla e incluso eliminarla. Teilhard tiene aún mucho que enseñarnos en este sentido. Y la vida de fe no es una vida al margen, por encima o alejada de la vida a secas, sino fe vivida en la única vida que tenemos, esta de aquí abajo; lo mismo que, como ya hemos dicho, la historia de la salvación es salvación en la historia única de nuestra humanidad o no es salvación nuestra. Es lo que esperanzada y gozosamente dijo el Vaticano II en uno de sus textos más esplendorosos y programáticos: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia. […] Tiene, pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que esta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias (GS 1 y 2).

tos fundamentales de la teología de la liberación. Madrid, Trotta, 1990, tomo I, pp. 323-372. También, J. I. GONZÁLEZ FAUS, Fe en Dios y construcción de la historia. Madrid, Trotta, 1998. ¿Cambio en la Iglesia? ¿Qué cambio?

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Y por eso, ya en 1974, Karl Rahner pedía, con su enorme clarividencia, un profundo cambio estructural de la Iglesia17 si se quería aplicar el Concilio Vaticano II; aplicación que ya por entonces empezaba a ver seriamente amenazada. Insistía en que la Iglesia es un medio para los hombres y estos son su fin18. ¿Cómo puede pretender no sentirse afectada en su realidad más profunda por esa realidad? ¿Cómo puede pretender erigir un momento concreto de su larga historia, uno de los varios paradigmas por los que ha atravesado en el cumplimiento de su misión, en concreto el modelo tardo-barroco surgido de Trento y reafirmado en el Vaticano I, que no fue, por otra parte, en muchas cosas ni el más feliz ni el más evangélico de los que ha vivido, en el modelo válido al margen del tiempo y del cambio? ¿Qué le permite a algunos de sus representantes querer fijar ese momento como el momento privilegiado y punto de referencia de la vivencia de la fe en todo tiempo y lugar? Es el riesgo, en el que se ha caído, de lo que González Faus ha llamado “el monofisismo pneumatológico”19. “Monofisismo” significa literalmente “una sola naturaleza”, y en la historia del dogma es la herejía que consiste en subrayar de tal manera la dimensión divina de Jesús que prácticamente se termina diciendo que no era ni podía ser hombre: que en él la naturaleza divina había absorbida y anulada la condición, la naturaleza humana. Pues bien, es posible y se da de hecho un monofisismo, pero aplicado al Espíritu y a la Iglesia: lo mismo que en Jesús la divinidad no anuló su humanidad, lo mismo el Espíritu no anula en la Iglesia (especialmente en el Magisterio) ninguno de los condicionamientos y de las propiedades humanas; lo que entre otras cosas le impide creerse al margen de la realidad de cada día y del funcionamiento humano de cualquier institución. La realidad es tozuda, la historia sigue, la vida crece y avanza, y las pretensiones de hacer de un momento concreto el absoluto están

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K. RAHNER, Cambio estructural de la Iglesia. Madrid, Cristiandad, 1974. Dada su actualidad, PPC acaba de publicar una nueva edición de esta obra. 18 Ibíd., p. 77. 19 J. I. GONZÁLEZ FAUS, La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico. Santander, Sal Terrae, 22006, pp. 229-233.

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condenadas al fracaso, se quiera o no. La misma historia se encarga de ello, como estamos viendo, desde el famoso “atado y bien atado” hasta el movimiento de esperanza y renovación que ha suscitado Francisco frente al poderosamente orquestado movimiento involucionista posconciliar. Pero todo ello no por oportunismo, por mirar hacia donde en cada momento el viento sopla, ni por debilidad o fatalismo. Si la Iglesia se embarca en la difícil tarea de acompañar a los seres humanos de cada momento histórico en su caminar, es porque esa es la misión que le ha venido de su Señor y de él ha recibido. Es su mismo núcleo evangelizador, la llamada a predicar el Reino que la constituye y le da su única razón de ser, la fuente de su permanente vigilancia, de su mantener despierta y viva su sensibilidad a los acontecimientos de cada día. O dicho a contrario, el día que deje de ser y vivir así, será todo menos la Iglesia o la comunidad de los seguidores de Jesús; a lo mejor muy vistosa, muy segura de sí misma, muy clara en sus doctrinas y sus posturas, incluso exitosa entre los poderosos… pero no será lo que está llamada a ser. Gustavo Gutiérrez ha sabido decirlo con toda claridad: En una perspectiva cristiana, la historia tiene su centro en la venida del Hijo, en la Encarnación, sin que esto quiera decir que la historia humana avanza ineluctablemente siguiendo cauces trazados y dominados por un férreo pensamiento rector. Jesucristo, como centro de la historia, es igualmente el Camino (cf. Jn 14,6) hacia el Padre, andadura que da sentido a la existencia humana y a la que todos estamos llamados. Esa vocación da su plena densidad al presente, al hoy20. La espiritualidad cristiana no se mueve en un ámbito etéreo, sino que dice siempre —debe decir— relación con lo cotidiano y la solidaridad con los otros21.

No es una tarea fácil, sino difícil por compleja y por exigente. Hace ya muchos años Moltmann22 ponía de relieve la tensión dialéctica que soporta una Iglesia que quiera a la vez mantener su identidad y ser también significativa para el mundo de hoy. La relación entre estos dos

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G. GUTIÉRREZ/G. L. MÜLLER, Del lado de los pobres. Teología de la liberación. Madrid, San Pablo, 2013, p. 148. 21 Ibíd., p. 159, nota 63. 22 J. MOLTMANN, El Dios crucificado. Salamanca, Sígueme, 1975, pp. 17-49. ¿Cambio en la Iglesia? ¿Qué cambio?

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polos es inversamente proporcional: si se acentúa mucho la identidad, se pierde relevancia y plausibilidad, se deja de ser significativos para la sociedad (es lo que hemos comprobado con el largo periodo del invierno eclesial). Si se acentúa el polo de ser significativo, el peligro —y los años posconciliares también nos lo han enseñado dolorosamente— de acabar diluyéndose, y no aportar nada específico es no solo una posibilidad, sino una realidad que está ahí. Otro testigo admirable de nuestro tiempo lo ha dicho con sencillez y fuerza. José María Diez Alegría señala: La Iglesia no nace solo del Espíritu, sino también de lo que aportan los hombres en las cambiantes circunstancias de la historia y de la vida. Y esa aportación humana, ya desde el principio, desde el Pentecostés que simbólicamente nos presenta san Lucas (Hch 2,1-21), va impulsada de verdad por el Espíritu, pero también va plasmada, y a veces deformada, a través de los tiempos y de los avatares históricos, en una complicada dialéctica a favor y en contra del Espíritu y de la genuina herencia de Jesús23.

Vivir esa dialéctica no es fácil tampoco. Siempre ha existido la tentación del eterno punto medio en una realidad que no se rige por el principio de identidad, sino por la polaridad, por la tensión entre dos puntos. En el campo de la física, la muerte térmica del universo se producirá cuando se instale la entropía en todos los puntos. Entonces desaparecerá la energía. Y si es así en el nivel general de la realidad física, con mayor razón lo es en el campo de la vida. Hay vida mientras hay fluencia, paso de un estado a otro, cambio, el proceso del nacer-vivir-morir, pero siempre buscando formas más diferenciadas y más acabadas de realización y perfección… Pero nuestra tendencia es a buscar el punto de reposo, el punto medio. Hay especialistas en denunciar sistemáticamente el riesgo de abandonarlo, cuando en realidad es imposible situarse de modo permanente en él. Y también la tensión es constitutiva de las parejas más básicas de la vida de fe: Dios-ser humano, natural-sobrenatural, carne-espíritu, conciencia-norma, individuo-institución, carisma-jerarquía… El punto medio no existe, porque significa y conlleva la muerte por inmovilismo.

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J. M. DÍEZ ALEGRÍA, Yo todavía creo en la esperanza. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1999, p. 61.

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Lo sabían muy bien los profetas, que siempre hicieron sus denuncias no desde el cómodo punto medio de los falsos profetas aúlicos, sino desde posturas muy cercanas a los extremos. Y esto exige de la Iglesia tener que estar continuamente preguntándose, por ejemplo, no qué liturgia, sino qué liturgia para este tiempo; no qué pastoral, sino qué pastoral para las necesidades de los hombres y mujeres de hoy… y así en todos los campos de la existencia humana. Es un continuo tener al mismo tiempo la mirada en su Dios y Señor y en los problemas y posibilidades de cada tiempo y lugar; un continuo ajustar las respuestas que da a las preguntas reales que nos hacemos, para que no sea verdad que la teología (y en general la fe) son respuestas que dan unos personajes misteriosos a preguntas que nadie se hace. Es esta intuición la que le ha permitido al papa Francisco decirnos a todos: Sueño con una opción misionera [una Iglesia, podíamos decir nosotros aquí] capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación24.

La Iglesia ha sabido ser fiel, a pesar de sus limitaciones y pecados, a esta misión. Gracias al Espíritu nunca han faltado discípulos y seguidores de Jesús que incansablemente, siempre, y contra viento y marea en muchas ocasiones, han apostado y arriesgado sus cualidades, su tiempo, sus ilusiones y su misma vida por encontrar los caminos más adecuados para el Evangelio en cada momento de nuestra historia humana. Con esto no haríamos sino recuperar de verdad la mejor tradición de la Iglesia. Heikki Räisänen cierra su denso estudio sobre El nacimiento de las creencias cristianas25, con estas palabras, que también podemos adaptar a nuestro propósito: El futuro del cristianismo estuvo completamente abierto durante los dos primeros siglos… Estoy muy impresionado por la rica diversidad, rela-

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FRANCISCO, Evangelii gaudium, n. 27. H. RÄISÄNEN, El nacimiento de las creencias cristianas. Salamanca, Sígueme, 2011, p. 484.

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¿Cambio en la Iglesia? ¿Qué cambio?

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cionada con y alimentada por las distintas tradiciones, situaciones vitales, experiencias e ideas de los diferentes grupos e individuos que contribuyeron al origen de las ideas cristianas. Cualquiera que se enfrente a la tradición cristiana desde un punto de vista u otro intentando buscar su sentido —o sinsentido— hará bien en reflexionar sobre esta diversidad. Si es cierto que puede ofrecer munición para los críticos, también lo es, desde mi convicción basada en la experiencia, que el reconocimiento de la diversidad original también puede ser un estímulo para interpretaciones nuevas y creativas, y para aplicaciones constructivas de esta tradición.

El curso que hoy iniciamos está dedicado a recordar algunos de los intentos más cercanos a nosotros, de los que aún vivimos. Por eso, este curso tiene que ser un acto de memoria, de recuerdo, de anámnesis; un mirar atrás para recuperar fuentes que aún siguen manando y alimentando nuestra vida cristiana. Pero también y sobre todo debe ser un acto de esperanza, porque, si miramos al pasado para recuperar lo más nuevo que ha surgido en él, es para trabajar por hacer presente ya, aquí y ahora, un futuro mejor para la comunidad cristiana y para todos nuestros hermanos con los que compartimos el camino, porque, como dice el viejo adagio, salus animarum suprema lex. Y ya puestos con el latín, si la salvación de los seres humanos es la suprema ley de la Iglesia, eso le obliga a estar en perpetuo proceso de reforma, es decir, y como desde el siglo XIV se viene diciendo, Ecclesia semper reformanda, y cuando deja de someterse a sí misma a su continua, atenta y profunda revisión y reforma deja de ser aquello a lo que ha sido llamada.

3. ¿REFORMA, RENOVACIÓN O REVOLUCIÓN? MEJOR CAMBIO DE PARADIGMA No quisiera ser tan descortés como para dejar sin decir unas palabras muy breves sobre el primitivo título de la conferencia. Con el recorrido hecho hasta aquí, es menos difícil hacer una propuesta entre estas tres palabras. Creo que lo que necesita nuestra Iglesia a estas alturas no es una reforma, porque ha habido varias con resultados siempre ambiguos. La reforma gregoriana, la llevada a cabo por Gregorio VII entre 1703 y 1085 produjo un renacer de la Iglesia, uno de cuyos principales frutos 28

Diego Tolsada Peris


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