SEMANAS SANTAS Imรกgenes y palabras de liturgia y tradiciรณn
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
M.ª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
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SEMANAS SANTAS Imรกgenes y palabras de liturgia y tradiciรณn
MANUEL ALCARAZ RAMOS
tirant
humanidades
Valencia, 2019
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Índice
CONVOCATORIA, CRUZ DE GUÍA, TAMBORES, LLAMADOR E INCIENSO.. 13 DIÁLOGO DE LA LUZ Y LAS TINIEBLAS................................................................. 43 LITURGIA DE LAS PREGUNTAS.................................................................................. 65 SEMANAS SANTAS, CIUDADES SANTAS................................................................. 87 CREER O NO CREER......................................................................................................... 109 ¿TE PUEDE GUSTAR LA SEMANA SANTA SI ERES DE IZQUIERDAS?...... 133 SEMANA SANTA: ESPECTÁCULO DE ESPECTÁCULOS..................................... 159
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A Ramiro Muñoz y a Adrián López, amigos impenitentes y capataces de la memoria
Trenta diners, a Sepharad, són una grossa quantitat. Et venc per ells, i fins per res, no sols aquest despullat pres, sinó la nostra dignitat, el cel, els camps, les deus, el blat, tot el país, de mar a mar, llengües, costums, passat, futur, el pensament, la llei, el fur. És un bon preu, no et costa car. (Salvador Espriu. Setmana Santa, XX)
Muerto ya Jesús, Pablo iba perdiendo la emocionada ilusión de la Semana Santa. Otra vez el colegio de la Oleza contemporánea: oficio parvo, pláticas, examen de conciencia, liturgia menuda, desaromada; liturgia de diario. Para esta criatura, como para los más doctos padres de la Iglesia, el origen y la cúspide del año litúrgico residían en las conmemoraciones de la Semana Santa (Gabriel Miró. El obispo leproso)
Y estos pasos pasaban por la rúa comunal, familiar. Era la misma procesión de antaño. El anciano cree ver la que vio de niño, y el niño, aun sin darse de ello cuenta, espera ver la misma cuando llegue a anciano, si llega... Y no ha pasado más, ni monarquía, ni dictadura, ni revuelta, ni república. Pasan los pasos. Y los llevan los mozos. Los más pesados los iban a llevar el viernes, también santo, los socialistas, los de la Casa del Pueblo. Casa del pueblo es la ciudad toda, ¿y por qué han de resistirse a la secular tradición si en nada se opone a la reciente tradición socialista? Acaso el Traidor, el tesorero de los Apóstoles, expusiera las razones económicas que leemos que expuso en el capítulo XII del Cuarto Evangelio, el mismo en que se nos cuenta cómo los sacerdotes querían matar a Lázaro resucitado para que no atestiguase. (Miguel de Unamuno, “Jueves Santo en Rioseco”, El Sol, 27 de marzo, 1932)
Textos literarios
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CONVOCATORIA, CRUZ DE GUÍA, TAMBORES, LLAMADOR E INCIENSO
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e entre la multitud de anécdotas más o menos verosímiles que colman las celebraciones de la Semana Santa, quizá mi favorita sea esta: en el paso de la “Sentencia”, que acompaña a la “Macarena”, figura un Poncio Pilato meditabundo, sentado en un trono tras el Cristo que, humildemente, escucha la lectura de su destino, rodeado de otros personajes. Junto a él, en actitud suplicante, su esposa, Claudia Prócula, ruega clemencia, pues ha tenido un sueño que augura grandes males si se ajusticia a aquel hombre. Lo dice sucintamente el Evangelio de Mateo, aunque buena parte de las implicaciones se deben a piadosos añadidos apócrifos. Pues bien, en cierta ocasión un sevillano, perplejo ante la inusual escena, le preguntó a otro: “¿Y quién es esa?”, para recibir por respuesta: “Esa es la desgraciada que casi nos deja sin Semana Santa”. (Lutero Ya había escrito que, sin duda, Satán era el inspirador de aquella pesadilla, pues perdonar al Hijo de Dios hubiera significado impedir la Redención: la Resurrección reclama la muerte, y muerte de cruz. Algún personaje de Borges intuyó un papel igualmente necesario y sublime para Judas). ¿Qué podemos pensar de todo esto? ¿Qué clase de locura rodea estos hechos para que, por centurias, gentes extravagantes o sensatas hasta el paroxismo hayan decidido celebrar, festejar, sufrir o aplaudir a la sombra de la primera luna llena de la primavera. Sólo hay una respuesta posible: un mismo origen, una multiplicidad de significados que tienden a acumularse, contradecirse, fragmentarse. Intentos innumerables de reducir todo esto, la Semana Santa, a una explicación unidimensional muestran fracaso y condenan a tales intérpretes al hastío. Sea esta una primera conclusión: si alguna enseñanza cultural nos da la Semana Santa es la aceptación tranquila de una diversidad constituyente, justamente en aquello en que la ortodoxia soñó alguna vez plantar las semillas de la unidad. La lección rebasa lo religioso, sirve para otros comportamientos festivos, para otros análisis de lo tradicional. Y aun para algunas pesquisas de la imaginación en los asuntos posmodernos, políticos y comunicativos. Raro es. Pero es que la Semana Santa, a Dios gracias, es rara. Razonablemente rara.
2 Sobre estos asuntos versa este libro, que quizá sólo sea un divertimento, resultado de ocios y extraviados pensamientos. Libro sin pretensiones, aunque, como todo libro Convocatoria, cruz de guía, tambores, llamador e incienso
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–miente el autor que diga otra cosa–, espera, con adecuada dosis de ansiedad, las opiniones benévolas de sus visitantes. Sin embargo, en este caso, el autor es consciente de la extrañeza que ha de provocar, en sus circunstancias, esta obra. O, mejor dicho, que su autor sea alguien como yo, al que no se le conocen apetencias religiosas –lo que digo sin pena y sin orgullo– y cuya vida ha transitado entre la militancia cívica y política, la enseñanza de la Constitución y las incursiones esporádicas en la gestión cultural. Nada en mi biografía natural conducía a interesarme por la Semana Santa según los esquemas habituales. Y, menos, a perpetrar un libro sobre ella. Más bien al contrario. Es obvio, sin embargo, que son muchos los años de interés inequívoco, y no alcanzo a decir de amor por no deslizarme demasiado pronto al empalagoso lenguaje de los cantores de glorias pasionarias. Muchas veces me han preguntado por las razones de esta afición. Una respuesta clara no tengo: ni en mi familia ni en su círculo de amigos hubo precedente de implicación cofradiera en los años de formación del espíritu. A la pregunta sobre si alguna vez he salido en una procesión diré que a malas penas: a los 13 años el padre Larrañaga me pidió que llevara un alto candelabro junto a la cruz que abría la procesión de la Santa Cena, de los salesianos de Alicante. Para tal ocasión me atavié con una túnica blanca. Y ya está. Nunca he vuelto a sentir el deseo de salir. En esto, definitivamente, soy un voyeur. En el archivo de mi mente no asocio esa experiencia a recuerdos genuinamente relacionados con la Semana Santa, precisamente porque desde dentro de la procesión ésta no se ve. Pero esta evocación no puede eludir hechos precedentes. Aunque debo decir que mi memoria ya no es la que recuerdo que fue, así que las parvas historias que ahora rememoraré, a buen seguro, deben estar reelaboradas por la mano invisible de mi química cerebral, buscando algún ajuste cuya intención se me escapa. Tanto da, dadas las circunstancias. Un primer recuerdo. Mi tía Luisa residía en Cartagena y a menudo acudíamos allí a pasar algunos días en Semana Santa. Vivía en un gran caserón; no era difícil, a los 5 ó 6 años, sentir miedo si te quedabas solo en una de sus estancias. Y solo estaba en una habitación, esperando la hora de una procesión, cuando sonó un ruido: el cohete que anunciaba, a las 9 de la noche, la salida del cortejo. El susto se convirtió en inquietud, prisa, deseo ferviente de estar en la calle, por no llegar tarde a esta novedad. Y la rememoración concluye con mi madre llamándome y abrigándome para dar satisfacción a mi espera… En cierto modo ahí está todo: presentimiento de belleza, como definición de la estética, ansiedad, turbación en esas noches plagadas de encapuchados. Y eso en el marco de un viaje. Semana Santa casi siempre ha significado para mí viajar, encajar los rituales en un marco distinto del habitual. Como digo, Cartagena fue para mí, en la infancia y luego –vuelvo muchos años alguna noche–, el país del inicio, con su trasiego de marrajos y californios, con sus pasacalles de judíos y granaderos, con unas marchas que, en gran medida, siguen siendo la banda sonora de mi Semana Santa. También recuerdo un Encuentro en la madrugada que propiciaba redobles de tambor toda la noche, que se infiltraban en mi sueño porque no me dejaban acudir, 14
Manuel Alcaraz Ramos | Semanas Santas
Semana Santa Marinera, Valencia. Lunes Santo. 2016.
Niños granaderos. Cartagena. Sábado Santo, 2018.
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hasta que los mayores consideraron que tenía edad suficiente: ese amanecer viví un rito de paso. De alguna manera todo lo que vino luego está depositado sobre la plantilla de estas Semanas Santas. En confusa mezcla también habita mi memoria la procesión de la Virgen de la Caridad en mi barrio de la infancia alicantina, Benalúa: recorría sus calles y, luego, la imagen era embarcada en un camión que, superando “el barranco” –ahora rutilante avenida–, y rodeado de penitentes en anárquica tropilla, acudía al centro urbano, a la carrera oficial. Este hecho me provocaba una profunda extrañeza, un triste desasosiego. Otro año vi, en ese centro, la llegada de la Procesión del Silencio y descubrí la primera paradoja de la Semana Santa: los tambores iniciales eran la voz infinita del silencio. Muchos años tuvieron que transcurrir para conocer otras expresiones de la Semana Santa alicantina: en mi juventud, con mis amigos, llegó el aprecio sin restricciones por Santa Cruz, esa procesión vertical en la tarde más dulce del año: inicio de vacaciones en aquel vértigo de sensaciones. A veces mi familia hacía pequeñas excursiones, en autobús, como era propio de la época, a lugares cercanos como Lorca o Murcia. En esta ciudad asistí a tres frustraciones que pudieron acabar con mi afición. Un año, tras dormir muy poco, fui a ver la descomunal procesión “de los Salzillos”, que debía arrancar con el primer rayo de sol que no llegó: aquí se constituyó el odio a la lluvia en los días pasionarios, que luego me ha regresado en Úbeda, Baeza, Sevilla, Córdoba…, por no hablar por la nieve o granizo en Medina del Campo o en Medina de Rioseco. Otro año, advirtiendo que los nazarenos de Murcia no me daban golosinas, como a otros críos, se me explicó que sería porque, forastero, no me conocían: ni corto ni perezoso me subí a la silla de la terraza del bar en que desayunaba y afirmé reiteradamente, a gritos, mi nombre y dos apellidos; no sé si me dieron algo, pero fue mi primer mitin. El tercer recuerdo es más profundo. Y es que en una de estas dos ocasiones, más tarde, acudimos a visitar la catedral y mi madre me dijo que allí estaba el Señor Obispo y que si quería besarle su anillo. Ignoraba qué era un obispo –resultó ser un cura peripuesto– y, desde luego, por qué había que besarle la sortija. Mas no me revelé porque en el fondo siempre he sido muy disciplinado, y curioso. Mi madre trasladó la petición a Su Eminencia y Su Eminencia, dulcemente –quiere mi memoria que acariciándome la cabeza– le dijo que lo sentía mucho, pero que los Viernes Santos son el único día en que los obispos no llevan anillo. No he investigado el tema, pero supongo que siguen haciéndolo en señal de duelo, pero el caso es que ahí aprendí que en Semana Santa pasan cosas muy destacadas por particulares. El último viaje que retengo con mis padres fue más largo: recorrimos, como turistas apresurados, casi toda Andalucía, de nuevo en autocar: los recuerdos son dispersos y nebulosos. El más penetrante: ese año se había quemado El Cachorro, lo que ocurrió en febrero de 1973, por lo que yo tenía 15 años. O sea: aprendí a recordar una ausencia. Retengo la sensación de haber visto pasar La Macarena y El Gran Poder. Y al Cristo de los Estudiantes en Málaga. Parva cosecha. Y es que la degustación de estas cosas no debe comenzar con multitudes, apremios y agobios. Dele tiempo al tiempo el visitante curioso. 16
Manuel Alcaraz Ramos | Semanas Santas
ProcesiĂłn de Las Palmas, Elx. Domingo de Ramos. 2018.
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Todo lo que vino después es glosa a estos asombros precoces. Convocatoria al deseo de conocer nuevas cosas, que, paulatinamente, se fue convirtiendo en la planificación con tiempo del próximo desplazamiento. Y así hasta ahora. Casi 50 Semanas Santas habré probado. Aunque es más justo decir que he visitado casi 50 pueblos o ciudades durante Semana Santa. De algunas de ellas encontrará el lector testimonio.
3 Por supuesto, tanta experiencia puede propiciar temprano, y casi sin auxilio de la voluntad, el camino de la comparación y, con ella, del análisis. En un primer momento se aprecia, sobre todo, aquello que más sorprende, lo novedoso, lo que se aleja de lo esperado –y mira que hay tópicos y prejuicios en la cosa…–. Después empecé a documentarme. Pero no había mucho donde mirar –ahora la cosa ha mejorado: bendita wikipedia, webs cofrades, estudios universitarios y editoriales especializadas–. Si acaso, encontraba revistas o prospectos recolectores de horarios, elogios turísticos y anécdotas. Pero, poco a poco, descubrí que la Semana Santa soportaba otras miradas desde la antropología y la etnología, o desde una historia más global y menos apegada a la crónica anecdótica –aunque nunca he abandonado la afición por ese género–. Curiosamente, y no por estas cosas, hubo un tiempo en que deseé estudiar antropología, pero la economía familiar no soportaba los gastos de estancias prolongadas en universidades lejanas. Así que, por esta vía, retomé la afición. Reconozco que, para mí, el primer gran hallazgo fue el número 23 de la revista “Demófilo”, editado en 1997 por la Fundación Machado y dedicado a “Fiesta y Cultura: la Semana Santa de Andalucía”, con artículos seminales y un anexo documental que me descubrió una profundidad histórica increíble. E, inmediatamente, dos obras capitales de Isidoro Moreno: “Las hermandades andaluzas. Una aproximación desde la antropología” y “La Semana Santa en Sevilla. Conformación, mixtificación y significado”. Aquello fue una revelación en la que se basó una profunda admiración por el compromiso intelectual del antropólogo sevillano: pasados los años le conocí personalmente, me ayudó a organizar algún ciclo de conferencias y me concedió el privilegio de invitarme a presentar una ponencia en un Congreso en su Facultad de Sevilla. Luego he perseverado, armado con el instrumental teórico que por ahí fui descubriendo, en buscar obras adecuadas: recuerdo, y revisito con placer lecturas de calado sobre el Bajo Aragón, Valladolid, los pueblos de Castilla-León, la región de Murcia, ritos valencianos antiguos y muchos sobre Sevilla y otras celebraciones andaluzas o, en fin, estudios comparativos sobre las culturas tradicionales españolas. Algún lejano artículo de Caro Baroja me ha producido una satisfacción especial. De igual manera ese enfoque no complaciente me permitió releer la literatura tópica encontrándole otras interpretaciones así como algunos textos antiguos que se están reeditando últimamente y que permiten apreciar cómo, en esto, también la herida fiera de las décadas franquistas lastró la apreciación de esta modalidad de diversidad festiva. 18
Manuel Alcaraz Ramos | Semanas Santas
Descendimiento (detalle). Valladolid, 2016.
Cartagena, SĂĄbado Santo, 2018
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Tanto descubrí que di en pensar en preparar un Doctorado sobre esto y hasta empecé a sistematizar y trasegar citas sobre un asunto particular del que el lector encontrará vestigio más adelante: la interacción entre los ritos pasionarios y el espacio público. Pero pronto advertí que esa profesionalización de lecturas y miradas me privaban de parte del placer de la visita. Porque éstas tienen una innegable parte lúdica: el descubrimiento desordenado –aunque informado– de los lugares, de los momentos, de las luces más propicias para apreciar las imágenes o el andar y desandar de los hermanos, supone un abrirse a la sorpresa que es lo que hace de la Semana Santa una experiencia cultural y sensorial compleja, wagneriana a veces en su teatralidad desbocada y que le arrastra casi siempre a contradecir su propio afán de trascendencia, al menos en nuestra época, como luego trataré de argumentar. La oficialización me hubiera limitado, conduciéndome a una parte del espectáculo, en detrimento de otras.
4 O sea, que asumí gozosamente el conocimiento que mejora la percepción, el que me permite intuir lo que está pasando… pero me negué a convertirlo en un proyecto de estudio sostenido. O sea, que me reclamo como un mero y despreocupado aficionado. Y de aficionado es este libro: apuntes dispersos, asistemáticos en la exposición, casi siempre sin referencia a fuentes, sin el uso de los trucos que los profesionales universitarios sabemos emplear para entender, hacernos entender y, de paso, diferenciarnos con fervor. Aquí no es necesario. Sin embargo ese reivindicado y cultivado estatuto de amateur no ha sido incompatible con algunas aventuras menores. Así, algunas conferencias divulgativas, un par de artículos interpretativos para “Pasión”, la revista Oficial de la Semana Santa alicantina –sobre los empalaos de Valverde de la Vera y sobre Zamora–, varios artículos breves, circunstanciales, para revistas de hermandades y una larga colección de artículos, casi siempre publicados en Domingo de Ramos en el diario “Información” de Alicante: los artículos aquí recogidos obedecen a esta serie, prolongada durante casi dos décadas, con algún descanso; aunque haya omitido la mayoría por diversas razones. Mi gratitud con “Información” es perdurable: no sólo porque mi ego pasionista se ha visto reconfortado con su confianza, sino porque esa persistencia me ha obligado –sin caer en los excesos a los que renuncié– a plantearme preguntas y hacer acopio de datos, algo con lo que siempre he disfrutado en esta justa escala a la que aludo. Este libro, pues, menos esta introducción, incluye artículos lejanos, lo que explica que existan algunas reiteraciones –de las que pido perdón– y, al mismo tiempo, dejen de tratarse aspectos muy sugerentes. Con todo he introducido en esos textos algunas modificaciones, para evitar las molestas redundancias o para aportar datos o argumentos ignorados o improcedentes en el momento de su publicación. No estoy seguro de 20
Manuel Alcaraz Ramos | Semanas Santas