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Tras haber andado por estos recorridos liminares, valientes y modestos, el camino por recorrer se le muestra propicio y hasta glorioso. Alejandro Llano

humanidades

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Kratos. Política, ética y humanismo

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humanidades Kratos. Política, ética y humanismo

JOSÉ ANTONIO LOZANO DÍEZ / VÍCTOR ISOLINO DOVAL

En este libro, los autores buscan la verdad y la belleza, y éstas se les otorgan por el escarpado camino en el que les han precedido sus mejores maestros. Este avanzar suyo no es copia rastrera, sino amistad enriquecedora, henchida en una bellísima tradición que le exige y le enriquece.

CIUDAD Y BELLEZA JOSÉ ANTONIO LOZANO DÍEZ VÍCTOR ISOLINO DOVAL

José Antonio Lozano Díez. Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra. Profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad Panamericana, campus México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Conacyt). Es rector general UP-IPADE. Víctor Isolino Doval. Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra. Maestro en Gobierno y Políticas públicas por la Universidad Panamericana. Profesor-investigador de la Universidad Panamericana, campus México.

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La colección Kratos. Política, ética y humanismo es una iniciativa académica y editorial con dos objetivos: por un lado, pensar las cuestiones centrales y siempre presentes de la realidad política y del gobierno bajo una mirada contemporánea; y a la par de lo anterior, asomarse a los retos actuales a los que se enfrenta la legitimidad de las instituciones públicas y los actos de gobierno, recuperando la perspectiva que se basa en las categorías clásicas a partir de las cuales se entiende al ser humano, así como el carácter racional de la política. Al ofrecer esta colección, la Universidad Panamericana y Tirant lo Blanch esperan que los títulos en ella publicados sean catalizadores de la reflexión, constructores de ágoras y en definitiva insumos para pensar juntos sobre aquello que dota de sentido a la colaboración y al compromiso en el espacio público.


CIUDAD Y BELLEZA


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


Director de la colección

José Antonio Lozano Díez COMITÉ EDITORIAL DE LA COLECCIÓN KRATOS. POLÍTICA, ÉTICA Y HUMANISMO Alfredo Cruz Prados

Universidad de Navarra, (España)

José González Morfín

Universidad Panamericana, (México)

Jaime Rodríguez Arana

Universidad de La Coruña, (España)

Héctor Ghiretti

Universidad Nacional de Cuyo, (Argentina)


CIUDAD Y BELLEZA

JOSÉ ANTONIO LOZANO DÍEZ VÍCTOR ISOLINO DOVAL

Kratos. Política, ética y humanismo Ciudad de México, 2019


Copyright ® 2019 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de los autores y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades México publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com/mex/

© José Antonio Lozano Díez y Víctor Isolino Doval

© EDITA: TIRANT HUMANIDADES DISTRIBUYE: TIRANT LO BLANCH MÉXICO Río Tiber 66, Piso 4 Colonia Cuauhtémoc Delegación Cuauhtémoc CP 06500 Ciudad de México Telf: +52 1 55 65502317 infomex@tirant.com www.tirant.com/mex/ www.tirant.es ISBN: 978-84-17069-28-5 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares. La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo y en estas mismas casas encanecerás. Siempre llegarás a esta ciudad. CONSTANTIN CAVAFIS

Se hace lo feo porque no se atiende lo bastante a lo bello JEAN-AUGUSTE-DOMINIQUE INGRES


Índice Una dedicatoria a modo de presentación.................................................... 13 I. Vivir prendados de lo bello....................................................................... 17 II. ¿Por qué la felicidad?............................................................................... 23 FELICIDAD Y VIRTUD: LA FINALIDAD DEL HOMBRE.......................... 25 LA TENSIÓN DE LA FELICIDAD: ETERNIDAD Y TEMPORALIDAD.. 30

II. ¿Por qué la ciudad?.................................................................................. 37 EL LUGAR DE LO COMÚN: CIVILIDAD Y RETÓRICA............................ 43 ¿ESPACIO PÚBLICO O ESPACIO COMÚN?................................................. 45 CIUDAD: EL ESPACIO COMÚN DEL LOGOS........................................ 52

IV. ¿Por qué la belleza?................................................................................. 67 DE CUALIDAD DE LA NATURALEZA A INSTRUMENTO MERCANTIL. 68 LA BELLEZA COMO ATRIBUTO..................................................................... 73

IV. El τόπου κοινωνεῖν como símbolo político............................................ 79 Nunca demasiado*........................................................................................ 93 Bibliografía................................................................................................. 107 Agradecimientos........................................................................................ 111


Una dedicatoria a modo de presentación No consigo dejar de emocionarme cuando un joven universitario me pide que lea y comente un libro que ha escrito recientemente. Más que en ningún otro caso, esta creación presenta una índole sorprendente, casi misteriosa, porque súbitamente se ha producido la emergencia de algo radicalmente nuevo, que por eso mismo es un acontecimiento gratuito e inesperado. En este caso, el libro de José Antonio Lozano Díez y Víctor Isolino Doval merece especial atención, porque anuncia que va a tratar de la belleza tal como en la ciudad acontece. Todo el anuncio es novedad en este encabezamiento. Porque la belleza nunca tiene antecedentes, y una ciudad es la creación humana por excelencia. De ahí que tome sus páginas entre mis manos y me deje emocionar por lo que precisamente leo. Los autores quedan fascinados por la cercanía de su primero modelo. José Antonio y Víctor Isolino le roban, de entrada, a Victor Hugo la primera frase de toda la obra: «La luz de la razón es necesariamente la luz del arte». Como toda expresión poética, ésta resulta bellamente redundante. Feliz se siente el lector al que la primera línea de un libro tan contundente le ofrece una promesa de libertad. Y, desde este momento inaugural, el amigo del escritor —de ambos—, porque ya lo es, se promete un viaje en el que la sencillez le guiará por senderos de belleza. Pero el lector, que no es particularmente contentadizo, comienza a percibir que el gozo —como sucede tantas veces— no puede excluir el temor. Porque la proclamación de la belleza resulta casi siempre sospechosa. Ni de palabra ni por escrito es fácil mantener la tensión innovadora y fascinante. ¡Tantas veces defrauda el lento y pausado transcurrir de un libro! Pero esta vez no, no al menos tan pronto como en otras ocasiones, en las que —casi al comienzo del transcurso literario— la dulzura del bello comienzo va pronto a agriarse con la insidiosa quemazón de un


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pacto amargo —apenas evocado— que amenaza con teñir el papel blanco con vetas cárdenas, evocadoras de tristeza. Afortunadamente, los aguafiestas no llegan solos. Tan cuitados se acercan que —al menos de entrada— pueden con ellos los creyentes de la belleza. En el caso de nuestro lector —ya inquieto— le salva la afirmación del sabio Sándor Márai que aporta un llamamiento de prudencia y salva de este riesgo, por la minar tal vez más peligroso. Dice en estos comienzos el prudente Márai: «Hay que aceptar la felicidad así, en su estado imperfecto». Modestia se llama esa figura, que echa una gota de agua al denso saber de la utopía. Por si el auxilio requerido sonara a humilde retroceso, no hay duda alguna en la fortaleza en la que este juego literario se enclava. El anticipado rescate viene esta vez del más grande: Aristóteles. Y reza así: «Todo el que es capaz de vivir según su propia voluntad debe proponerse algún fin de vivir bien, como el honor, la gloria, la riqueza o la cultura; fijando en él sus ojos, ejecutará todos sus actos, toda vez que es signo de una gran demencia no ordenar uno su vida en relación a un fin». El avance poético se logra en estos inquietantes pasos primeros. El poeta —los dos autores— avanza casi impertérrito, pero no de manera regalada o gratuita. Algunas zarzas del camino quedan ya puntadas de rojo. Ha sido cuando han saltado —peligrosas he inevitables— palabras como gloria y riqueza, que duelen al escritor en su carne, porque preferiría no tener que ver con ellas, aunque bien sepa que el camino hacia la plenitud poética está tupido de abrojos. La agridulce amargura comienza a entreverarse con la felicidad primera. Bien lo saben los autores, hijos de un México valiente y doloroso al tiempo. Y ya había aprendido el joven poeta que no hay en su discurrir felicidad perfecta, porque ello sería señal clara de andadura falsa o, al menos, peligrosa. Y él prefiere sacrificar honra que triunfo con engaño. En su andar por estos caminos de Dios, el pensador ya ha aprendido que «hay quienes han perecido por riqueza y otros por valentía». En esta materia, por tanto, y partiendo de tales premisas, hemos de contentarnos con mostrar en nuestro discurso —concede el sabio Aristóteles— la verdad en general y con cierta terquedad.


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Y es que José Antonio y Víctor Isolino buscan la verdad y la belleza, y éstas se les otorgan por el escarpado camino en el que les han precedido sus mejores maestros. Este avanzar suyo no es copia rastrera, sino amistad enriquecedora, henchida en una bellísima tradición que le exige y le enriquece. Tras haber andado por estos recorridos liminares, valientes y modestos, el camino por recorrer se le muestra propicio y hasta glorioso. Así se los deseamos sus entrañables amigos que gozamos de su cercanía en la España dolorida y fecunda. Alejandro Llano Pamplona, 8 de marzo de 2017


I. Vivir prendados de lo bello La luz de la razón es necesariamente la luz del arte. París alumbra en dos sentidos: por un lado, la vida real, por otro, la vida ideal. ¿Por qué esta ciudad vive prendada de lo bello? Porque está prendada de lo verdadero. VICTOR HUGO

Las ciudades son en la medida de su belleza. Dicho radicalmente, no puede haber ciudad sin belleza. No se malentienda; la belleza le pasa por encima a la guapura de ocasión y a los vaivenes de la pasarela: belleza no es escaparate, sino cierto orden e, incluso, limpieza; una especie de armonía que algo tiene de inefable y sublime. Cuando las proporciones conjuran en favor de la maestría en el pentagrama, por ejemplo, la belleza es música y cuando el ámbito que alcanzan es el del espacio, en buena medida hablamos de urbanismo, de arquitectura y, también, de política: un amplio humanismo. ¿Una ciudad que ha renunciado a la belleza condena a sus habitantes al fracaso y los lanza hacia un abismo donde prevalecerá el desánimo? Por más entrado que estuviera el siglo XIX, hacia 1850 París seguía siendo un conglomerado humano agrícola —rural— poco preparado para enfrentar los años por venir: higiene, movilidad y sustentabilidad se presentaban como retos impostergables. Napoleón III encargó el itinerario parisino hacia la urbanización a Georges-Eugène Haussmann quien, no exento de duras y constantes críticas de toda índole, dejó su trabajo como encargado de la prefectura del Sena para iniciar las reformas estructurales que, a la postre, encaminarían a la capital francesa hacia la nueva centuria. Uno de sus objetivos principales fue darle a la ciudad, no sólo la eficacia que exigía la modernidad, sino el esplendor que demandaba una capital que pretendía ser el polo intelectual, cultural y político de Europa. Haussmann ensanchó los asfixiantes callejones de aquel París atrasado y los convirtió en cómodos y eficaces bulevares —los que hoy conocemos—, expropió predios enteros y levantó edificios de


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departamentos, revivió el contaminado río Sena, perforó la tierra y construyó drenajes, desvió afluentes y llevó agua a donde faltaba. Pero, además, encargó a renombrados arquitectos, como Charles Garnier, el diseño de edificios emblemáticos, la creación de plazas, parques y fuentes. En el minucioso relato que hace Jung Chang de los excesos de la dictadura comunista, la celebrada autora de Cisnes salvajes dedica varias páginas a un detalle: en el límite de su poder, Mao Tse-tung prohibió los jardines públicos y mandó retirar las flores de todo Pekín y otras ciudades importantes en China. Prohibir las flores en 1964 por considerarlas el bastión de la burguesía es signo del despotismo de Mao, del sistema tiránico y de terror fundado con el destierro de la belleza. Los propagandistas de la burocracia maoísta lo sabían: sin flores ni parques, los chinos vivirían siempre para el régimen, sin soñar en banalidades. La fórmula, infalible, ya antes había ayudado al nazismo y colaborado con Stalin: a la enajenación opresora del trabajo mecánico, agréguese la fealdad de la estética propagandística. Y, aunque en el extremo opuesto al ideal activista y sin arte, subsisten ejemplos de entornos floridos, parecería que estos espacios promueven la frivolidad y lo accesorio, espacios donde sólo brilla lo superficial. Pensamos, por otro lado, que la terrible y evidente descomposición del tejido social en un país como México halla una de sus múltiples causas en la falta de educación dentro de los registros de la virtud, un modelo propuesto durante el esplendor griego como ideal pedagógico. Separar lo bueno de lo bello, como propusieron —y proponen— ciertos modelos educativos y políticos en aras de la diferencia entre teoría y práctica —también, por supuesto, entre ἔρως y ἀρετή— supone romper lo humano; dicha dislocación atenta, por ello, contra la plenitud de nuestra propia condición. Con estas páginas intentamos suscitar la reflexión alrededor de una pregunta: ¿los entornos bellos pueden provocar actos buenos? Es decir, ¿un espacio bello es capaz de detonar un mejor comportamiento de sus ocupantes? La base de nuestra reflexión es, decíamos,


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la educación en virtudes, cuyo eje es la noción de καλοκαγαθία1. Nos separamos, así, de la manida y vigente concepción de belleza —fruto de cánones mercantiles y, por ende, masificada— y optamos por un concepto clásico, a partir de la tradición de la Antigüedad griega; la pregunta podría ser más profunda: ¿hay una ruptura en la entraña humana? Es decir, a fuerza de empeñarnos en separar lo privado de lo público, ¿se ha quebrado el mismo corazón del hombre? Entrevemos una posible respuesta en la concepción aristotélica de la felicidad y su relación con la vida política, a partir de la definición que el mismo Aristóteles propone: la ciudad es el lugar humano por antonomasia. ¿Es posible atender a una afirmación de tales dimensiones? ¿Es la ciudad el espacio natural para la felicidad humana? Encontramos algunas pistas en conceptos desarrollados por Hannah Arendt y Martha Nussbaum; se trata de nociones que podrían ayudarnos a reformular el término «espacio público». Sin embargo, hay otra pregunta que subsiste: ¿qué es una ciudad bella y en qué medida podría concretarse? No nos hemos propuesto hacer un tratado sobre la belleza —ni pretendemos sumarnos a esa labor de la tradición del pensamiento occidental—; tan sólo queremos esbozar un marco general que nos permita entender un concepto elemental de lo bello. Con eso en mente, hemos seguido encontrado oportuno acudir a Platón y a Kant, apoyados en la extraordinaria Historia de la belleza, de Umberto Eco, y en las consideraciones que al respecto de la καλοκαγαθία ha hecho el profesor Werner Jaeger. Como es evidente, quedan abiertos varios frentes y, sueltos, otro tanto de cabos; no somos capaces de hacer aquí un exhaustivo análi-

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Una contracción de καλὸς —belleza— y ἀγαθός —bien— que aludía originalmente a la nobleza de los guerreros, que les impedía rendirse, traicionar o corromperse. Podríamos traducirla por «excelencia moral» o «gallardía de espíritu». Herodoto, Jenofonte, Tucídides e, incluso, Lucas en su evangelio, ya lo usaban en ese sentido de perfección ética. En su momento, ahondaremos en la noción basados, sobre todo, en la Paideia de Werner Jaeger.


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sis urbano desde el cual lanzar proyecciones para la administración pública ni, tampoco, un estudio estético que explique las causas de la belleza ni un discurso ontológico al respecto. Queremos insistir en que el lector no tiene en sus manos un tratado de urbanismo utópico, sino, más bien, un catálogo de preguntas de raíz filosófica. Ninguna política pública puede construirse al margen de una propuesta esencial en el ámbito de lo idóneo: entre lo deseable y lo factible no hay tanta distancia y, estamos seguros, una política pública que menosprecie la posibilidad de alcanzar lo idóneo no vale la pena ni siquiera pensarse. Nuestra pretensión con este pequeño libro no es invitar a un debate en México al respecto del destino de nuestras ciudades, sino a preguntarnos por los motivos del debate mismo, a mirar qué hay detrás de una megalópolis sin escala humana, rendida ante la falta de soluciones a desafíos como la movilidad, el abasto o la seguridad. Pensamos que tras la disolución del barrio como unidad política elemental o el tormento que supone trasladarse en varias de nuestras ciudades hay motivos no tan evidentes y nos vemos obligados a sugerir que el problema urbano exige detenerse a pensar seriamente, no sólo en otras posibilidades, sino en las preguntas fundamentales. Nuestra intención, en cualquier caso, es advertir los posibles efectos —señalados por nuestro admirado Alejandro Llano— al anular el ἦθος en la ciudad: La vida humana queda encerrada en esta autorreferencialidad circular: necesidades, satisfacción, cálculo de lo útil, relación con el mercado (único lugar en el que tales necesidades pueden entrar en un juego funcional) (…) No hay racionalidad sustantiva alguna que se plantee el problema de la verdad, que se abra a la posibilidad de que esto sea bello y aquello sea bueno. El bien, la belleza y la verdad han desaparecido del horizonte de una racionalidad que se ha transformado en un cálculo, en un procedimiento2.

Pensamos que hoy no debemos escatimarle a nuestras ciudades esta tríada trascendental propuesta por la Antigüedad griega —bon-

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LLANO Alejandro. Humanismo cívico. Ariel. Barcelona, 1999. Pág. 206.


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