JOAN DEL ALCÀZAR
¿QUÉ FUE DE LAS GRANDES ALAMEDAS? CHILE, 1970-2020. DE LA VICTORIA DE ALLENDE A LA ACTUAL CRISIS DE ESTADO
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humanidades
plural
¿QUÉ FUE DE LAS GRANDES ALAMEDAS? Chile, 1970-2020. De la victoria de Allende a la actual crisis de Estado
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
¿QUÉ FUE DE LAS GRANDES ALAMEDAS?
Chile, 1970-2020. De la victoria de Allende a la actual crisis de Estado
JOAN DEL ALCÀZAR
tirant humanidades Valencia, 2020
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“Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Salvador Allende, 11.09.1973
Índice 50 AÑOS DESPUÉS. A MODO DE INTRODUCCIÓN........................ 11 Capítulo I LA UNIDAD POPULAR EN SU CONTEXTO HISTÓRICO INTERNACIONAL............................................................................................. 25 Capítulo II LA FIGURA DE SALVADOR ALLENDE................................................. 41 Capítulo III LA IZQUIERDA CHILENA, DEL SUEÑO A LA PESADILLA........... 71 Capítulo IV EL IMPACTO INTERNACIONAL DEL GOLPE DE AUGUSTO PINOCHET...................................................................................................... 101 Capítulo V CONTINUAR VIVIENDO JUNTOS DESPUÉS DEL HORROR........ 117 Capítulo VI UNA DEMOCRACIA DE MALA CALIDAD........................................... 127 Capítulo VII MEMORIAS EN CONFLICTO EN UNA REALIDAD SOCIAL ESCINDIDA.................................................................................................... 141 Capítulo VIII CHILE, EL PAÍS GANADOR AL QUE YA VENÍA LA ALEGRÍA, TREINTA AÑOS DESPUÉS......................................................................... 173
50 AÑOS DESPUÉS. A MODO DE INTRODUCCIÓN Se cumplen en 2020 los cincuenta años de la victoria electoral de la Unidad Popular chilena, la coalición encabezada por Salvador Allende Gossens, médico de profesión y socialista de militancia, quien fue el piloto de aquella nave que buscaba una nueva ruta de navegación hacia la sociedad socialista. La llamada Vía chilena al Socialismo era, vista con nuestros ojos de hoy, una aventura tan ilusionante para la izquierda política mundial como imposible en un mundo polarizado al máximo, como era el de aquellas décadas de la Guerra Fría. Viajé a Chile por primera vez en 1992, hace casi esos treinta años de los que habla la consigna que se ha hecho mundialmente popular desde los días iniciales de las protestas de 2019: “No es por 30 pesos, es por 30 años”. Tras aquella primera estancia he mantenido fuertes lazos con ese país, al que profeso una estima muy especial. Después de aquella primera visita vinieron otras y, en paralelo, Chile se convirtió en una de mis prioridades profesionales. Libros y artículos sobre su historia reciente forman parte de mi currículum, y el momento más honorable de mi vida académica fue mi participación en calidad de perito de la acusación —de la mano del abogado Joan Garcés— ante el juez Baltasar Garzón en la Audiencia Nacional, quien entonces instruía el Sumario 19/97 Terrorismo y Genocidio ‘Chile-Operativo Cóndor’, contra Augusto Pinochet Ugarte y otros. Más adelante hablaremos de ello. Chile acababa de salir de la dictadura en 1992. Patricio Aylwin era el presidente de la República, tras la victoria de la Concertación de Partidos por la Democracia en las elecciones de diciembre de 1989, pero el general Pinochet era en esa nueva etapa Comandante en Jefe del Ejército y sus partidarios aún no acababan de digerir la derrota en el Plebiscito de 1988, que le había obligado a abandonar el Palacio de la Moneda. Tal y como estaba previsto en la Constitución de
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1980, promulgada durante el período militar, el dictador al dejar la presidencia de la república pasaba a comandar las fuerzas armadas, y en 1998 pasaría a convertirse en Senador Vitalicio. Poco después de acceder al Senado, cometió el gravísimo error de viajar a Londres, donde fue detenido por orden del juez Garzón. 500 días más tarde, el dictador chileno volvió a Santiago, pero entonces era ya un cadáver político. En aquel tiempo inicial de la década de los noventa, Chile era un país traumatizado por las violaciones masivas de los derechos humanos que se habían producido durante los diecisiete años del régimen militar y por una política económica rabiosamente neoliberal, con durísimos efectos sociales. Era, o así lo percibí, un país gris, triste y, sobre todo, cruel con los más débiles y vulnerables. Por fin había llegado a aquel país que había formado parte de mi crecimiento político, que me había acompañado desde la primera juventud a través de sus poemas y sus canciones, y con sus himnos y sus marchas después. Violeta Parra y Víctor Jara me acompañaron en mi juventud y jamás han dejarlo de hacerlo. Como Pablo Neruda de quien leí y releí su Confieso que he vivido, y con quien gocé y lloré junto a sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Como a tantos hombres y mujeres de mi generación, la de la última hornada de la clandestinidad antifranquista, Chile nos marcó. Primero nos abrió los poros de las ilusiones de libertad que el régimen del general Franco quería que mantuviéramos sellados; luego nos causó un inmenso dolor cuando supimos del golpe de Estado dirigido y comandado por el general Augusto Pinochet; más tarde alimentó nuestras fiestas políticas con las emblemáticas canciones del Inti Illimani o de Quilapayún. Igualmente, Chile y su dolorosa pena nos emocionó hasta la lágrima con aquel Yo volveré a pisar las calles nuevamente que cantaba el enorme cantor cubano Pablo Milanés. De hecho, así titulé un pequeño libro que publiqué en Chile en 20091. 1
Alcàzar, J. (2009): Yo pisaré las calles nuevamente. Chile, revolución, dictadura, democracia (1970-2006). Santiago, Editorial Universidad Bolivariana.
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Si bien para los investigadores peninsulares Chile no era un país de referencia importante, ello no fue obstáculo para que a comienzos de la década del setenta se pudiera hablar de una pequeña nómina de chilenólogos , entre los que cabe destacar a Raúl Morodo, Rafael López Pintor, Joan Garcés o el actual ministro de universidades del gobierno de España Manuel Castells. No obstante, lo que marcó un punto y aparte en el interés por Chile fue el Golpe de Estado militar de septiembre de 19732. A partir de ese momento, lo que más tarde será conocido mundialmente como la Experiencia chilena o la Vía chilena al socialismo, pasó a adquirir una presencia activa y especialmente relevante para la izquierda política española3.
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Hay que reconocer que la oposición chilena en el exterior fue activísima y brillante. Desde Patricio Guzmán y La Batalla de Chile, a la memoria viva y militante de Víctor Jara con su Amanda, que cantó con éxito y en lengua catalana el valenciano Raimon, el gran cantautor antifranquista. De la poética de la ya entonces desaparecida Violeta Parra —Santa Violeta, que dijera Neruda— [“Lo que puede el sentimiento no lo ha podido el saber,/ni el más claro proceder ni el más ancho pensamiento/todo lo cambia el momento cual mago condescendiente,/nos aleja dulcemente de rencores y violencias/solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes”. Parra, Violeta, “Volver a los diecisiete”, 1966]. Ayudaron, claro, los himnos que acompañaron toda fiesta antifranquista de los años setenta: Venceremos, venceremos,/mil cadenas habrá que romper,/venceremos, venceremos,/la miseria sabremos vencer./Campesinos, soldados, mineros,/la mujer de la patria también,/estudiantes, empleados y obreros,/cumpliremos con nuestro deber”. Inti Illimani, “Venceremos”, 1973. La Muralla, de Quilapayún que aquí también cantó con éxito Ana Belén [“Al corazón del amigo:/abre la muralla;/al veneno y al puñal:/cierra la muralla;/ al mirto y la yerbabuena:/abre la muralla;/al diente de la serpiente:/cierra la muralla;/al corazón del amigo:/abre la muralla;/al ruiseñor en la flor… “La Muralla”, Quilapayún, 1975]. O esa delicia de canción de Pablo Milanés que aprendimos de memoria: “Yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue Santiago ensangrentada, y en una hermosa plaza liberada, me detendré a llorar por los ausentes”. Hace ya años que escribí sobre esto junto al historiador chileno Gonzalo Cáceres. Vid. Cáceres, G. y Alcàzar, J.: “Allende i la Unitat Popular. Cap a una deconstrucció dels mites politics xilens”, Revista el Contemporani, Afers/Centre
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En enero de 1971, la prestigiosa revista española Triunfo, de obligada lectura para toda la oposición antifranquista, reiteradamente perseguida y castigada por el régimen, publicaba una entrevista con el recién elegido presidente Allende, quien declaraba “Tenemos que estar conscientes de que nuestros enemigos van a utilizar todos los resortes y todos los recursos para arrebatar al pueblo su legítimo derecho a ser gobernado”4. Uno de los más importantes y emotivos artículos aparecidos en Triunfo, fue el firmado en marzo de 1973 por el prestigioso académico antifranquista Enrique Tierno Galván, quien años más tarde se convertiría en alcalde de Madrid, y sigue siendo recordado por todos como “el viejo profesor”. Para Tierno Galván, Chile había entrado “en la historia universal como ejemplo primero de una situación hasta ahora inédita […] la posibilidad de una transición política al socialismo”. A ojos de Tierno Galván, el pueblo chileno había puesto en marcha “la revolución más renovadora entre cuantas revoluciones ha habido: la revolución que impone la ley sobre la violencia”5. Pese al optimismo que transpiraba el artículo del futuro alcalde madrileño, otras firmas de la redacción de Triunfo ofrecían una visión más preocupada. Ya en 1972, había aparecido un artículo de Eduardo Haro Tecglen, con un premonitorio anuncio del golpe militar que se produciría el año siguiente. Pese a todo, y contrariamente a lo que podría pensarse, la experiencia de la Unidad Popular chilena entra en las páginas de la histo-
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d´Estudis Historics Internacionals de la Universitat de Barcelona, vol. 15, pp. 33-41, 1999. Además, retomamos aquí, ampliándolas, algunas de las ideas expresadas en el Prólogo al libro de Edison Ortiz El socialismo chileno: de Allende a Bachelet (1973-2005), Valencia, FIADELSO, 2007. Ezcurra, José Ángel, “Crónica de un empeño dificultoso”, en Alicia Alted y Paul Aubert (eds.), Triunfo en su época, Madrid, École des Hautes Études Hispaniques-Casa de Velázquez-Ediciones Pléyades, 1995, p. 512. Triunfo, nº 544, 3-III-1973, cfr. Plata, Gabriel, La razón romántica. La cultura política del progresismo español a través de Triunfo (1962-1975), Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, p. 219.
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ria mundial más por su dramático desenlace que por su relativamente breve, pero intenso desarrollo. La violencia de los acontecimientos, verificados a partir del 11 de septiembre, generarán una inmediata solidaridad internacional donde se unirán la repulsa por el avance de un militarismo ultraderechista y una compleja maraña de sentimientos respecto de un nuevo fracaso de avanzar hacia el socialismo. La conclusión de la Europa progresista es clara: pese a su carácter excepcional, Chile no pudo escapar del trágico destino autoritario latinoamericano. Mientras la Junta Militar encabezada por Augusto Pinochet latinoamericaniza a Chile, —como diría Jacobo Timmerman—, haciendo añicos su pax republicana, la muerte de Allende, ascendido a la categoría de líder internacional, representa el fin de una esperanza que como escribiera Edward P. Thompson, “lastima nuestros corazones”6. En España, el impacto de las noticias de Chile fue tremendo. De hecho, recuerdo perfectamente dónde y quién puso ante mis ojos el ejemplar número 573 de Triunfo, que había salido a la calle el 22 de septiembre y presentaba una estremecedora portada negra con un único título de cinco grandes letras blancas: CHILE. El ejemplar recogía artículos de Haro Tecglen (“Fascismo en Chile”), Jorge Timossi (quien más adelante sería el autor del libro en el que se recogería la edulcorada y cinematográfica versión cubana de la muerte guerrillera de Allende, bajo el título de “Las últimas horas de La Moneda”), junto a documentos relativos a las vísperas del golpe, intervenciones de Allende en el Congreso, y un repaso a la historia de Chile. En el artículo de Haro Tecglen, amargo y triste, se deslizaba una sutil crítica a Salvador Allende, aduciendo que el error del presidente chileno había sido el mantener contra toda lógica un inexplicable apego a la legalidad burguesa. Según Haro Tecglen, ese marco legal no era sino el conjunto de normas que se daba la clase dominante 6
Thompson, E. P. “Homage to Salvador Allende”, en History Workshop Journal, Número 34, 1992, pp. 177-178.
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para impedir los cambios estructurales y perpetuarse en el poder, por lo que cuando se producía un cambio de clase dominante había de producirse un cambio de la legalidad. Allende debería haber utilizado, según el periodista, “la legalidad del cambio de legalidad”, sintonizando así con su propio partido y, especialmente, con las tesis de su correligionario Altamirano. El artículo finalizaba insinuando que, quizá, el fracaso del doctor Allende estaba implícito en su propia doctrina. Un mes después, en el mismo número en el que se daba cuenta de la muerte de Neruda, y se publicaba el texto que Allende le había dedicado cuando obtuvo el premio Nobel, aparecía un amplio reportaje de Jean Francis Held bajo el título de “Chile, el terror”, en el que se daba cuenta de la sistemática y brutal represión que estaban practicando los militares. Ya he dicho más arriba que para los antifranquistas en general la esperanza inicial de 1970 transmutó en dolor y rabia en 1973. Para quienes dejamos atrás la adolescencia en sincronía con las llamas de La Moneda y nos incorporamos a la lucha contra nuestro dictador como militantes clandestinos, el golpe de Estado en Chile significó un impacto tan duro que, pensamos ahora, muchos no supimos ni entender ni asimilar. Más tarde hemos sido conscientes de cuánta enseñanza podía encontrarse tras los sucesos de Chile, a poco que uno dejara las anteojeras y se hiciera preguntas incómodas. En aquel momento, seguramente porque la juventud es propicia a las verdades rotundas, entendimos más bien poco de lo ocurrido. Hay que decir, en nuestro descargo, que hasta los analistas soviéticos tardaron bastante en emitir un dictamen valorativo de lo ocurrido. Quizá, sólo los italianos del PCI, Enrico Berlinguer en particular, fueron conscientes del calado de lo ocurrido en el país andino. Como escribió Alfredo Riquelme7, el líder del más grande e importante partido comunista
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Riquelme, A. (2015): “La vía chilena al socialismo y las paradojas de la imaginación revolucionaria”, Araucaria Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, Año 17 Número: 34 (2), pp. 203-230.
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occidental estableció el origen de lo que se conoció como eurocomunismo, una visión marxista y gramsciana, a la vez que democrática del cambio social. Il Partito abandonaba así la tesis leninista que ponía el foco en la necesidad táctica de una correlación de fuerzas favorable en cada etapa del camino al socialismo. La propuesta italiana pivotaba sobre la necesidad de unir a una muy amplia mayoría ciudadana para avanzar hacia un socialismo que se apartase explícitamente de sus versiones totalitarias. Un socialismo que mantuviera un inequívoco compromiso con la democracia pluralista, con las libertades y con los derechos humanos, concebidos estos como valores universales y conquistas permanentes de la humanidad8. En nuestro caso, por el contrario, si el raciocinio político fue sencillamente el que pudo ser, sin estas profundidades teóricas, dadas las circunstancias y las limitaciones personales y colectivas en una España como la de aquellos años, en la esfera de los afectos Chile se incorporó con fuerza y para siempre. Al fortalecimiento de los afectos con tantos que padecían el horror de la dictadura chilena ayudó la insoportable imagen del odioso dictador, parapetado tras su bigote franquista y sus oscuras gafas de pasta. El magistral cartelista valenciano Josep Renau inmortalizó una composición –que todavía hoy se encuentra en lugar preminente de mi despacho académico-, en la que el dictador, enfurruñado y con los brazos cruzados, con su edecán tras él, y con una bandera de Chile hecha harapos, tiene ante sí una calavera de la que chorrea sangre. Es imposible no conmoverse a la vista de ese cuadro famoso. Nuestro dictador murió en 1975, y la lucha por impedir un franquismo sin Franco nos llevó a la Reforma Política y de allí a la culminación de la Transición con la que recuperamos la democracia que habíamos perdido en la década de los treinta, guerra civil mediante. Cuarenta años de dictadura, de silencio, de miedo, de represión, de
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A. Gramsci, P. Togliatti, E. Berlinguer, El compromiso histórico, Barcelona, Crítica, 1978, p. 266.
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beatería, de incultura, quedaban atrás pero no podíamos olvidarnos de Chile. Y Chile permaneció en nuestro corazón. Como escribí años después de que Chile entrara en mi vida, ya en la década de los noventa, el escenario político chileno se caracterizó por una inequívoca tranquilidad, pero, también, por un incremento de los decepcionados por la democracia. Estos, a los que Alfredo Riquelme llamó “los electores de nadie” (los que votaron nulo en las elecciones), subieron hasta el 18 por ciento entre los inscritos en el censo. Esta desafección en cuanto a la participación democrática tuvo, lógicamente, diversas causas. Por un lado, la autocomplaciente actitud de los gobiernos de la Concertación, que hicieron alarde de sus innegables logros económicos (la reducción de los parámetros de pobreza y los elevados niveles de crecimiento), pero que eludieron cualquier atisbo de autocrítica. Por otra, el inmovilismo político del país y la creciente despolitización de amplios sectores de la ciudadanía: aquellos a quienes el sociólogo Tomás Moulian denominó “ciudadanos weekend” y “ciudadanos credit card”, dos modelos conservadores, instalados en el individualismo y el consumismo, muy convencionales en el Chile de estos años. Sin embargo, toda la responsabilidad de las debilidades democráticas no se puede cargar en la cuenta del centro y de la izquierda reformista chilena que gobernaron tras la dictadura. El sociólogo Juan Enrique Vega se preguntaba a finales de la década de los noventa si existía una derecha democrática en Chile. Vega fue muy contundente en su valoración. Enfatizó el hecho de que mientras los partidos progresistas habían sido autocríticos respecto a sus errores del pasado, —errores que debilitaron el sistema democrático chileno durante el período de la Unidad Popular-, la derecha en ningún momento dio señales de reconocimiento ni de los errores ni de los horrores del período de la dictadura. Esta derecha vivía —y vive, a la luz de lo que está ocurriendo ahora, en 2020— una aparentemente cómoda esquizofrenia vital. Cosmopolita y mundana en materia económica, era y es provinciana y decimonónica en materia política, y en materia social y cultural. Tan
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partidarios como siempre han confesado ser de la globalización económica y financiera y de la integración capitalista mundial, siempre se han negado de forma obstinada a aceptar que no sólo circulan las mercancías, sino que también las ideas viajan y que, además del derecho de propiedad, otros derechos aún más importantes también deben ser protegidos. Ahora, ante el estallido de protestas y violencia que se ha producido en Chile desde finales de octubre de 2019, podemos evaluar aquellos treinta años a los que se alude en la consigna que afirma que el estallido no ha sido por el aumento de 30 pesos en el billete del metro. El 14 de diciembre de 2019 se cumplieron, por cierto, tres décadas de aquellas elecciones de la recuperación de la democracia, tras la cruenta dictadura terrorista de Pinochet. El politólogo Manuel Antonio Garretón calificaría poco después aquella democracia recuperada como una democracia de baja calidad. El propio Garretón había tipificado cuatro fases en las dictaduras de seguridad nacional latinoamericanas, un esquema que sirve espléndidamente para la comandada por Pinochet. En la segunda de las fases, la que él llama fundacional, es en la que se pone en marcha lo que se conoce como el modelo chileno. Un nuevo tipo de economía de mercado implantado por la dictadura que significó una ruptura radical con el modelo de desarrollo que había estado vigente antes del golpe del 11 de septiembre de 1973. Se produjo una refundación del país, una revolución capitalista que tendrá enormes repercusiones sobre los diversos planos de la realidad chilena. En términos generales, el programa aplicado durante diecisiete años de dictadura significó la híper apertura de la economía al capital internacional, la reorientación de la producción hacia el mercado mundial y la adopción de un enfoque de libre empresa mediante la masiva privatización de los medios de producción, paralela a una drástica reducción de los gastos públicos. Ahora, los analistas se apresuran a explicar qué está pasando estos días en el país andino; cómo es que se ha producido un estallido como el que se está desarrollando en Chile.
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Son seis los problemas que los especialistas han advertido: el sistema de pensiones de capitalización privada, que implica miseria para la mayoría de los jubilados; un sistema de salud dual y de muy distinta calidad según el status social de los ciudadanos; los déficits de todo tipo en el transporte en ciudades tan extensas como Santiago; los graves problemas en el sector de la educación, en el que se potencian los condicionantes de clase de los estudiantes; las privatizaciones de servicios básicos como el agua, absolutamente insoportables; y un largo listado de abusos y corrupción que afecta a la mayoría de las instituciones chilenas, desde los partidos políticos a los militares o a Carabineros de Chile, la policía militarizada. Aunque rectificó balbuceando una especie de tímida disculpa, nunca podrá olvidarse el diagnóstico inicial que el actual presidente Sebastián Piñera hizo en una comparecencia ante la prensa: “Estamos en guerra contra un enemigo poderoso e implacable que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia sin límite, incluso cuando signifique la pérdida de vidas humanas, con el único propósito de producir el mayor daño posible”9. Unas declaraciones que responsabilizaban a los que protestaban al igual que la dictadura de los años setenta y ochenta hablaba del “enemigo interior”, o de los “comunistas infiltrados al servicio de Moscú”, que no tenían más objetivo que “convertir a Chile en una nueva Cuba”. Es imposible no enlazar esta intervención de Sebastián Piñera con otra muy conocida de Augusto Pinochet en 1985, durante la conmemoración del golpe de 1973. El general se dirigía a un público entregado en una magna concentración que quería conectar la independencia del país, en 1810, con el inicio del régimen militar en 1973. El general, con su inconfundible prosodia, elevó mucho la voz para decir: “el único país del mundo, el único que puede levantar la cabeza, que puede decir que sacamos a los cuba… [Ha sido un lapsus y rectifica], los comunistas 9
[En línea] Disponible en https://www.eldiario.es/politica/Pinera-guerra-enemigo-poderoso-implacable_0_955054507.html