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CONVERSACIÓN CON ANTÔNIO AUGUSTO CANÇADO TRINDADE REFLEXIONES SOBRE LA JUSTICIA INTERNACIONAL

EMILIA BEA

México D.F., 2013


Copyright ® 2013 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito de la autora y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch México publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com (http:// www.tirant.com).

© Emilia Bea

© TIRANT LO BLANCH MÉXICO EDITA: TIRANT LO BLANCH MÉXICO Avda. General Mariano Escobedo, 568 y Herschel, 12 Colonia Nueva Anzures Delegación Miguel Hidalgo CP 11590 MÉXICO D.F. Telf.: (55) 5000 5000 Email:tlb@tirant.com http://www.tirant.com Librería virtual: http://www.tirant.es ISBN: 978-84-9033-777-6 MAQUETA: PMc Media Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.


Índice PRESENTACIÓN................................................................... 9

I. LOS PRIMA PRINCIPIA.............................................

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II. LOS AÑOS DE FORMACIÓN.................................. 21

III. EL DRAMA DEL DESARRAIGO.............................. 31

IV. PAZ Y JUSTICIA, LOS GRANDES TEMAS.............. 39

V. EN EL PASO DEL SIGLO: ABANDONO, VIOLENCIA Y DAÑO ESPIRITUAL....................................... 47

VI. LA RELACIÓN ENTRE EL TIEMPO Y EL DERECHO........................................................................... 55 VII. HACIA LA CONSOLIDACIÓN DE LA HUMANIZACIÓN DEL DERECHO INTERNACIONAL........ 69 VIII. JURISDICCIONES INTERNACIONALES ANTE EL IMPERATIVO DE LA REALIZACIÓN DE LA JUSTICIA.................................................................... 83 IX. EL ACCESO DIRECTO DE LA PERSONA HUMANA A LA JUSTICIA INTERNACIONAL................... 97


PRESENTACIÓN “La justicia es la eterna fugitiva del campo de los vencedores” (Simone Weil, Cuadernos)

Antônio Augusto Cançado Trindade, nacido en Belo Horizonte, Brasil, el 17 de septiembre de 1947, es desde 2009 magistrado del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, tras un largo periodo como miembro y presidente —entre 1999 y 2004— de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, «en los momentos seguramente más dramáticos de toda la historia todavía no-escrita del Tribunal»1. Su actividad en diversos organismos internacionales, su participación en varias Conferencias Mundiales de Naciones Unidas, sus ingentes y notables publicaciones y su tarea como profesor de Derecho Internacional en la Universidad de Brasilia y en otras prestigiosas instituciones2, lo han convertido en uno de los juristas más relevantes y reconocidos del panorama mundial, destacando su figura y su obra por un férreo

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CANÇADO TRINDADE, A. A., El ejercicio de la función judicial internacional. Memorias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Del Rey, Belo Horizonte, 2011, p. 1. En esta misma editorial se publicó en 2006 su libro A humanizaçao do direito internacional y en 2012 ha aparecido la quinta edición, revisada, actualizada y ampliada, de Direito das organizaçoes internacionais. Sería imposible ofrecer una semblanza de su actividad académica así como de las otras facetas de su presencia en la vida internacional. Me permito destacar su Aula Magna como Honorary Professor de la Universidad de Utrecht, pronunciada el 10 de noviembre de 2011 con el título “State Responsability in Cases of Massacres: Contemporary Advances in International Justice”, Utrecht University, Faculty of Law, Economics and Governance, School of Law, SIM 2011.


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compromiso con los derechos humanos y a favor de la humanización y universalización del derecho internacional. Como se indica en el prólogo al libro de Cançado Trindade, titulado de modo elocuente Le Droit International pour la personne humaine, «el autor nos obliga a mirar de otra forma el Derecho Internacional contemporáneo, retomando ciertas nociones jurídicas del pasado que constituyen una verdadera reserva de sentido y producen nuevas interpretaciones en cuanto a la naturaleza y finalidad del Derecho Internacional y en cuanto al papel del juez internacional. En esta línea, el autor realiza una auténtica deconstrucción del pensamiento jurídico dominante en aras de una comprensión del Derecho Internacional concebido como un Derecho Internacional para la persona humana. Se trata de defender la idea sencilla, aunque muy controvertida, según la cual el Derecho Internacional ya no es aquel Derecho basado en la voluntad de los Estados soberanos, al que la doctrina positivista a menudo lo ha querido reducir, pues está irremisiblemente en vías de llegar a ser aquello que siempre debió ser: un Derecho universal de la humanidad del que la persona humana es el último beneficiario»3. En palabras de Antônio A. Cançado: «A lo largo de las últimas seis décadas, el nuevo paradigma del Derecho Internacional contemporáneo se ha transformado gradual y profundamente y ha consolidado de manera especial el acceso de los individuos a la justicia internacional. Esta conquista ha marcado el fin de la vieja dimensión puramente interestatal del Derecho Internacional público. En una perspectiva histórica, la dimensión

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JOUANNET, E., «Préface» de CANÇADO TRINDADE, A. A., Le Droit International pour la personne humaine, A. Pedone, Paris, 2012, p. 3.


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interestatal —ahora superada— solo ha correspondido a una etapa de la evolución del Derecho Internacional, la de la ‘personificación’ del Estado en el siglo XIX y de su pretendido monopolio de la personalidad jurídica internacional. Esta desfiguración del derecho de gentes en un derecho interestatal ha tenido consecuencias desastrosas para los seres humanos. Las atrocidades sucesivas de las que millones de personas han sido víctimas en el curso del siglo XX y en los inicios del siglo XXI son las tristes ilustraciones de este fenómeno». Frente a esta situación, «la reacción de la conciencia jurídica universal, que constituye la fuente material última del derecho internacional, y en definitiva de todo el Derecho», se ha desarrollado de manera alentadora creando «el vasto corpus juris de protección de los derechos de la persona humana existente en nuestros días»4. El conjunto de toda la obra de Cançado Trindade, y muy en especial los Votos emitidos durante años en su calidad de Presidente de la Corte Interamericana y ahora como miembro del Tribunal Internacional de Justicia, son el resultado de una sólida formación, de largas horas de trabajo y de la voluntad decidida e infatigable de agotar todos los resortes posibles y abrir nuevos caminos para la protección de los derechos de todos los seres humanos y, en particular, de los más vulnerables. Sus Votos «abordan la totalidad de las cuestiones esenciales del Derecho Internacional de los Derechos Humanos en la actualidad, desde los principios generales del Derecho hasta las bases de la competencia de la Corte en materia tanto contenciosa como consultiva, desde la personalidad

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CANÇADO TRINDADE, A. A., Evolution du droit international au droit des gens. L’accès des individus à la Justice Internationale. Le regard d’un juge, A. Pedone, Paris, 2008, p. 7. Véase también The Access of Individuals to International Justice, Oxford University Press, New York, 2011.


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y capacidad jurídica internacionales de la persona humana hasta la justiciabilidad de todos los derechos humanos, desde los más distintos aspectos de la responsabilidad internacional de los Estados hasta la garantía colectiva de las obligaciones convencionales y el ordre public internacional, desde el acceso directo (latu sensu) del ser humano a la justicia internacional hasta las convergencias entre el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, el Derecho Internacional Humanitario y el Derecho Internacional de los Refugiados, desde el crimen de Estado hasta el sentido y las formas de la reparatio»5. La confianza en el Derecho como factor de transformación social y la preocupación por el sufrimiento humano que causa el poder y la violencia cuando ganan la partida, son los ejes centrales en torno a los que gira la vida y la actividad pública de Antonio A. Cançado Trindade, pero desde la convicción de que el horizonte de la justicia requiere una óptica abierta a otros campos pues «el Derecho no es autosuficiente y el jurista tiene mucho que aprender de otras áreas del conocimiento humano. Para realizar la Justicia hay que dar oportunidad a las partes de exponer todos sus argumentos. Y para restaurar la dignidad de las víctimas, hay que dejarlas expresarse libremente, hay que oírlas atentamente, incluso como forma de reparación». La filosofía, la literatura, la psicología, la criminología, la sociología e, incluso, la teología, son convocadas en esta tarea pues «la propia jurisprudencia debe reflejar la interdisciplinariedad en la atención y las reparaciones a las víctimas»6.

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CANÇADO TRINDADE, A. A., Derecho Internacional de los Derechos Humanos. Esencia y trascendencia (Votos en la Corte Interamericana de derechos Humanos, 1991-2006), Porrúa, México, 2007, p. IX. Parágrafos 30 y 31 del Voto Razonado en el Caso Del Penal Miguel Castro Castro Vs. Perú. Interpretación de la Sentencia de Fondo, Reparaciones y Costas. Sentencia de 2 de agos-


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La visión humanista del Derecho Internacional propugnada por el jurista brasileño entronca con su interés por todas las manifestaciones del patrimonio cultural universal al tiempo que con su adhesión a lo mucho que América Latina ha aportado a esta riqueza común. Gracias a su amistad con el Catedrático de Derecho Internacional Público, Jorge Cardona Llorens, tuve la suerte de conocer a Antônio Augusto Cançado Trindade cuando vino a la Universidad de Valencia a impartir en 2010 la lección inaugural del Máster en Derechos humanos, Paz y Desarrollo sostenible. Su aspecto apacible, su inteligente mirada y su extraordinaria cordialidad y sencillez nos cautivaron a todos. Su actitud nada presuntuosa resultaba admirablemente coherente con su pensamiento y acción en pro de las causas justas pendientes —nunca aceptadas por él como causas perdidas— y con su preocupación constante por rescatar del olvido a los que han quedado apartados en la cuneta de la historia. Una coherencia que compartía con una autora que para mi sorpresa él había citado más de una vez en sus Votos particulares: Simone Weil, la filósofa sobre la que hice mi Tesis Doctoral y de la que a lo largo de los años he ido localizando referencias en los lugares más inesperados de la literatura contemporánea pero que nunca pensé encontrar citada en una sentencia de un tribunal internacional. El intercambio epistolar que surgió de aquel encuentro ha dado lugar a esta conversación, que no pretende recorrer toda su trayectoria profesional ni dar cuenta de las polifacéticas dimensiones de su obra, sino que se presenta tan solo como un diálogo abierto sobre algunos de los problemas de nuestro tiempo y sobre el papel que puede jugar

to de 2008 Serie C No. 181. Web de la Corte Interamericana de Derechos Humanos: http://www.corteidh.or.cr/casos. cfm (consultado el 18/XI/2012).


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el Derecho a la hora de afrontarlos, con la mirada puesta especialmente en aquellas situaciones que golpean violentamente a las personas más indefensas, ante cuyo sufrimiento no podemos ser indiferentes ni permanecer impasibles. Un mensaje humanista, utópico e idealista, en la mejor acepción de estos términos, que se ha encarnado en la realidad, consiguiendo traspasar los espesos muros con los que el pragmatismo dominante preserva los propios privilegios y se protege de los riesgos del contacto con los otros, a expensas de una mentalidad que tiende a descalificar cínicamente todo discurso capaz de aportar algún tipo de esperanza. Y este aliento esperanzado no ha desfallecido en nuestro interlocutor ni siquiera al tener que enfrentarse a los testimonios directos de las más terribles masacres, precisamente porque para él toda posibilidad de confiar en la reparación y rehabilitación de las víctimas comienza por la escucha atenta, y el reconocimiento público, de su experiencia. Las palabras de Antônio A. Cançado Trindade destilan lucidez y destellan chispas de verdad que a buen seguro iluminarán las conciencias tanto de los juristas como del resto de ciudadanos. En ellas late la heroica e inveterada capacidad humana de resistir al mal y de seguir adelante en medio del dolor del mundo, a sabiendas de que el sufrimiento nos sitúa ante un misterio sin respuesta, del que solo podemos hacernos cargo a través de un exigente ejercicio de solidaridad y atención. Las ideas expresadas constituyen un antídoto contra la barbarie, conformado por elementos civilizatorios que han exigido poner en juego un gran esfuerzo intelectual y grandes dosis de entrega personal y de lucha colectiva. Las renuncias y los riesgos que estas tareas han requerido a lo largo de los siglos nos obligan a preservar este legado humanizador y a tratar de transmitirlo al futuro. Esta llamada a la responsabilidad y al compromiso, desde el clamor por la justicia, es el hilo conductor que articula el presente libro.


I. LOS PRIMA PRINCIPIA Emilia Bea Profesor Antônio A. Cançado Trindade, cuando pensamos en la realidad actual, el primer término que nos viene a la mente es el de globalización. Usted ha caracterizado este fenómeno como un proceso de concentración de la renta y aumento de la exclusión social, que genera un sentimiento general de inseguridad humana y una fractura social entre unos pocos “globalizantes” y una mayoría aplastante de “globalizados”. Pero si, como sabemos, el Estado moderno por sí solo es incapaz de dar respuesta a esta situación, querría preguntarle qué debemos hacer para dar realmente el salto hacia una auténtica responsabilidad internacional como la que usted siempre ha reclamado y está contribuyendo a crear. Usted ha reiterado en sus escritos que este nuevo paradigma requiere abandonar las categorías del positivismo jurídico voluntarista, cuyo criterio predominante era el consentimiento o voluntad del Estado, y crear o repensar un universo conceptual que permita abordar el orden legal sin hacer abstracción del orden moral, prestando una mayor atención a los principios, valores y fines del Derecho. ¿Qué perspectivas nos pueden iluminar en esta búsqueda? ¿Cuáles son los medios más idóneos para una implicación real de los actores tanto estatales como no-estatales en la protección de los derechos humanos? ¿Se trataría de una actualización de la vieja doctrina del derecho de gentes? ¿Qué prima principia dotarían de contenido a este renacer del jus gentium?


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A.A. Cançado Trindade En mi Curso General de Derecho Internacional Público impartido en la Academia de Derecho Internacional de La Haya, en julio-agosto de 2005, sostuve mi entendimiento, sedimentado a lo largo de los años, en el sentido de que los principios generales del Derecho forman el substratum del propio ordenamiento jurídico, mostrándose indispensables (el jus naecessarium, distinto y bien más allá del mero jus voluntarium), y expresando la idea de una “justicia objetiva” (propia del iusnaturalismo), de alcance universal. A mi juicio, los principios generales del Derecho se encuentran ineludiblemente ligados a los propios fundamentos del derecho de gentes, informan y conforman sus normas y reglas, y conllevan su evolución. Estos principios son una manifestación de la conciencia jurídica universal. En el jus gentium en evolución, las consideraciones básicas de humanidad ejercen un papel importante. Son los principios generales del Derecho (que los positivistas han intentado en vano minimizar), los que han inspirado no solo la correcta interpretación y aplicación de sus normas, sino también el propio proceso de formación o creación del Derecho. Hay principios generales del Derecho (tales como los principios de humanidad y de la dignidad de la persona humana) que son verdaderamente fundamentales, identificados con los propios fundamentos del sistema jurídico, y que conforman el substratum de este último. Han estado siempre presentes en la búsqueda de la justicia. Hay prima principia comunes al derecho de gentes como un todo, y otros que son propios de determinados dominios del mismo, como el Derecho Internacional de los Derechos Humanos (principio de la inalienabilidad de los derechos humanos, principio de su universalidad e indivisibilidad), el Derecho Internacional Humanitario (principios de proporcionalidad y de distinción, en-


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tre otros), y el Derecho Internacional de los Refugiados (principio del non-refoulement, entre otros). Su aplicación es inter gentes así como intra gentes, y han sido siempre reafirmados; su validez jamás ha sido cuestionada. A pesar de los intentos en vano del pensamiento iuspositivista de minimizar su papel, la verdad es que, sin estos prima principia, no hay sistema jurídico alguno, nacional o internacional. Ellos dan expresión a la idea de una justicia objetiva, expresión de la conciencia jurídica universal (en mi entendimiento la fuente material última del Derecho Internacional), y abren camino para el Derecho Internacional universal, el nuevo jus gentium, el Derecho Internacional para la humanidad (como sostengo en mi libro International Law for Humankind-Towards a New Jus Gentium, Leiden/The Hague, Nijhoff/The Hague Academy of International Law, 2010, pp. 1-726). La formación y evolución del jus gentium en nuestros días van mucho más allá de la consideración de sus “fuentes” formales, las cuales jamás pretendieron ser exhaustivas; el apego estricto y literal a las mismas no es nada más que un ejercicio de positivismo analítico ultrapasado, que nunca ha presentado una explicación convincente de la validez de las normas jurídicas internacionales. Dichas “fuentes” formales corresponden a los medios por los cuales se ha formado el derecho de gentes. En mi percepción, la formación del Derecho Internacional contemporáneo constituye un proceso mucho más amplio que el de la formulación y aserción de sus “fuentes” formales, buscando además la legitimidad de las normas internacionales mediante la expresión de la opinio juris communis (más allá del elemento subjetivo de la costumbre), así como la satisfacción del interés público y la realización del bien común de la comunidad internacional como un todo. Dicho proceso histórico se orienta en


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definitiva hacia un Derecho Internacional universal, el nuevo jus gentium, emanando en última instancia de la referida conciencia jurídica universal, muy por encima de la “voluntad” de los sujetos de derecho (entre ellos los Estados). No se consigue alcanzar este Derecho Internacional universal a partir de una óptica iuspositivista, que sólo logra divisar el jus inter gentes, conformado por la multiplicidad de ordenamientos jurídicos nacionales. En cambio, el iusnaturalismo nos permite vislumbrar el jus gentium dotado de universalidad. La atención se dirige hacia la propia validez de su normativa, al substratum de las normas jurídicas (creencias, valores, ética, ideas, aspiraciones humanas), menoscabado por el positivismo jurídico. En definitiva, no es posible considerar el ordenamiento jurídico haciendo abstracción de la ética. Los fundamentos de la validez de la normativa jurídica se sitúan en un plano ineludiblemente metajurídico (ejemplificado, v.g., por el principio pacta sunt servanda). De ahí la necesidad —como la identifico— de examinar las “fuentes” formales juntamente con la supracitada fuente material última del Derecho Internacional, inclusive para capacitar al ordenamiento jurídico internacional a la hora de enfrentar los desafíos de nuestros tiempos. La recta ratio se encuentra profundamente arraigada en el pensamiento humano (como en las enseñanzas, a lo largo de los siglos, de Aristóteles, Cicerón, Tomás de Aquino, Francisco de Vitoria, Francisco Suárez, Hugo Grocio, entre otros). Además, invocaciones reiteradas de la misma (mucho más allá del positivismo jurídico) pueden ser encontradas, para la identificación de una communis opinio juris, por ejemplo, en la elaboración de tratados y en el corpus de los mismos, en la cláusula Martens, en los procedimientos judiciales y en la jurisprudencia internacional, en las resoluciones de Naciones


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Unidas y otras organizaciones internacionales, así como en una corriente consolidada de la doctrina jurídica internacional. La conciencia jurídica universal orienta la construcción corriente de un nuevo jus gentium, afirmando la idea de una justicia objetiva. El Derecho Internacional contemporáneo, mediante su humanización y universalización, pasa a ocuparse más directamente de la identificación de valores y la realización de metas comunes superiores, que atañen a cada ser humano en particular así como a la humanidad como un todo. Más allá del voluntarismo estatal, la concienciación de esta evolución requiere que actores estatales y no-estatales se comprometan con la salvaguardia de los derechos humanos.


II. LOS AÑOS DE FORMACIÓN Emilia Bea Antes de seguir avanzando en las diferentes dimensiones de este proceso abierto de humanización del Derecho Internacional, y en relación con los referentes filosóficos y literarios que recorren su obra, querría que nos hablara de su formación, es decir, de los medios que más han influido en este enraizamiento en la tradición humanista y de la impronta que supongo le habrá dejado su paso por la Universidad de Cambridge, donde se doctoró en Derecho Internacional Público. ¿Quiénes han sido sus maestros? ¿Qué ambientes han nutrido su pensamiento? ¿Qué lecturas han marcado su itinerario vital?

Antônio A. Cançado Trindade Pertenezco a la última generación que estudió latín antes de ingresar en la Universidad pública en Brasil, lo que me ha sido muy útil. Mi generación universitaria, de la segunda mitad de los años sesenta, tenía además inquietudes culturales. Yo buscaba seguir numerosos cursos de extensión para mantenerme actualizado en relación con los últimos desarrollos doctrinales en el ámbito de las humanidades. No estábamos contaminados por el pragmatismo ni por la obsesión de seguir una carrera profesional tout court, como ocurriría a las generaciones siguientes. El conocimiento no era tan especializado o fragmentado como llegó a ser en las décadas posteriores. Los horizontes parecían más amplios. A lo largo de los años, conocí personalmente a algunos grandes maestros, en países distintos. De todos modos, siempre me impresionaron más las cualidades


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personales que las intelectuales; el mundo parece estar repleto de personas brillantes (o que se consideran como tales), pero son raros los generosos e íntegros. Y poco frecuentes los que mantienen una coherencia entre lo que enseñan en la Universidad y lo que practican en la vida profesional. De estos pocos (sin citar nombres), guardo los mejores recuerdos. En la carrera de Derecho en Brasil (1964-1971), el método didáctico que prevalecía era el deductivo, buscando aplicar los principios de derecho a los hechos. En 1971, poco antes de concluir la referida carrera, visité Estrasburgo por primera vez, donde seguí los cursos del (entonces) recién creado Instituto Internacional de Derechos Humanos, y conocí personalmente a René Cassin, Premio Nobel de la Paz (que ejerció un papel importante en la redacción de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948) y a su asesor, Karel Vasak (quien después sería Consultor Jurídico de la UNESCO). De las conversaciones que sostuve allí, emergió el tema que elegí para mi doctorado en Cambridge. En 1974, después de presentarme a exámenes escritos y orales, recibí, en Estrasburgo, de las manos de René Cassin, el diploma del Instituto. Viajé a La Haya, para seguir su curso en la Academia, poco antes de su fallecimiento. Permanecí dos meses en la ciudad, donde concluí un proyecto sobre la erosión del “dominio reservado de los Estados” en el Derecho Internacional, en el Centre de Recherches de la Academia de La Haya; allí me hice amigo, para toda la vida, de Daniel Bardonnet, quien años después asumiría la Secretaría General de la Academia, sucediendo a R.J. Dupuy. En compañía de D. Bardonnet, recorrí varios países como expositor de las sesiones externas de la Academia. En 1987, por invitación del Curatorium de la Academia, impartí mi primer curso en su sede en La Haya, publicado poco después; cuando lo vi figurando en


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el tomo 202 del Recueil des Cours de la Academia, experimenté algo así como un muy grato reencuentro conmigo mismo. Volviendo a mis años de formación, en realidad de la literatura llegué al Derecho y, paralelamente a los estudios de Derecho en Brasil, concluí también la Licenciatura en Letras, en 1969. Seguía los cursos de extensión sobre “cine nuevo”, sobre “existencialismo”, sobre “personalismo”, tan comunes en los años sesenta. Me encantaba leer algunos clásicos universales de la poesía y prosa, y desde temprano encontré en la música la forma de expresión artística que más me tocaba, y que más consuelo me daba. Fueron muchos los libros que me causaron impresión, comenzando por los antiguos griegos, quienes me parecían haber pensado todo, o casi todo. La Apología de Sócrates, de Platón, me pareció atemporal, lectura obligatoria para todas las generaciones; lo mismo que el Fedón. Las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides me parecieron otra guía valiosa, con su sabia advertencia (en Sófocles) de no esperar mucho de esta vida, pues a nadie le cabe considerarse verdaderamente feliz hasta que traspase su límite extremo (la muerte), libre del dolor. La tensión del chiaroscuro (como en la sucesión de noche y día), de los avances mezclados con retrocesos, es propia de la condición humana, y constituye, a mi juicio, uno de los legados más preciosos del pensamiento de los antiguos griegos (siempre tan contemporáneos) a la evolución del pensamiento humano, que ha penetrado en la conciencia humana a lo largo de los siglos. La alegoría platónica de la caverna, por ejemplo, (otra lectura obligatoria para todas las generaciones), revela, con toda lucidez y con su gran densidad existencial, la precariedad de la condición humana, y, por consiguiente, la necesidad de la trascendencia, más allá de la supuesta “realidad” cruda de los hechos.


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También me impresionaron mucho las bellas obras completas de Séneca y Cicerón, que lograron escribir, con perenne actualidad, en medio de circunstancias de adversidad. Además, siempre me atrajo la dramaturgia: leía las piezas de Bertolt Brecht, Bernard Shaw, Arthur Miller y Henrik Ibsen, entre otros; me llamaba la atención la manera en que Ionesco, a través de su teatro, se investía contra los totalitarismos (como en el mensaje final de El Rinoceronte); la obra de Shakespeare me impresionaba por el conocimiento íntimo de la naturaleza humana, y por retratar con tanta claridad los grandes dilemas de la existencia humana (como en el célebre soliloquio de Hamlet). A ese respecto, también atrajeron mi atención las obras de otros maestros de la literatura universal, como M. Cervantes y L. Camões, Rubén Darío y Fernando Pessoa, F. Dostoievski y Machado de Assis, entre otros. Me encantaba leer los exponentes de la Ilustración, además de los grandes ensayos de autores de épocas distintas [como la Ciudad del Sol de Campanella, los Ensayos de Montaigne, de Pascal, de F. Bacon y de Voltaire, la Paz perpetua y demás escritos de Kant)]. Tras leer el ensayo La vida intelectual, de A. D. Sertillanges (escrito en 1920), me discipliné en mis estudios, aún más en mis años de Cambridge (1972-1978). Allí, a la par de mis estudios de Derecho Internacional, ingresé voluntariamente en la Philosophical Society. Me impresionó ver el pequeño cuarto, en el Queens College, dónde Erasmo de Rotterdam escribió parte de su Elogio de la locura, que yo había leído y releído años antes, juntamente con la Utopía de su contemporáneo y amigo Tomás Moro. Volviendo al ambiente de Cambridge, leí prácticamente toda la obra filosófica (partiendo de su magistral Autobiografia) de un librepensador como Bertrand Russell, además de los ensayos penetrantes de Isaiah Berlin (quien residía en Oxford) y de Karl Popper (quien impartía en


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Cambridge algunas conferencias todos los años). En mis visitas anuales a Estrasburgo, me gustaba pasar frente a la casa (en el barrio de la Petite France) en que Fustel de Coulanges escribió La ciudad antigua. Las célebres sátiras y alegorías de A. Huxley y G. Orwell me parecían un ejercicio de lúcida premonición, de anticipación de la realidad, del mundo masificado en que vivimos, del pensamiento dirigido, de los ordenadores y de la llamada “realidad virtual” (una contradictio in terminis); trascurridas algunas décadas, Un mundo feliz y 1984 son más actuales que nunca. Tanto es así que, en los últimos años, G. Sartori retomó el tema, en su crítica contundente (Homo Videns) a la sociedad contemporánea teledirigida. Otros pequeños grandes libros, cuya lectura conservo en la memoria, fueron Del sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno y La porte étroite de A. Gide; este último me mostró que el camino a recorrer no siempre es el más fácil y que a veces hay que pasar por la puerta estrecha (parafraseando al evangelista Lucas). En los años sesenta, llegué a escribir, por el solo placer de hacerlo, un ensayo sobre el Retrato del artista adolescente de James Joyce. También me interesé por la historia universal, consultando a menudo los tomos de A. Toynbee, M. Crouzet, H. G. Wells, además de los estudios de E. Hobsbawm. En cuanto a la historia de las ideas, me interesé, como ya he dicho, por los perspicaces escritos de Isaiah Berlin, sobre todo por su atención al conventional wisdom, en su Against the Current. Como el sufrimiento humano siempre me pareció envuelto en misterio, leía con particular atención muchos de los escritos alegóricos de A. Camus, en los cuales vislumbraba un cierto espíritu de compasión humana. Lo mismo con los escritos de C. G. Jung, al alertar sobre los riesgos o peligros del inconsciente colectivo. No me cabía duda de que aprendemos mucho con el sufrimiento (como señalaban A. Schopenhauer y M. Scheler).


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