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I De Herodoto a Maquiavelo Alan Ryan Traducción: Ramón Cotarelo

I De Herodoto a Maquiavelo

El tratamiento de Ryan es riguroso, pero no excesivamente especializado. No se concentra en cuestiones de interpretaciones controvertidas que pueden ser de interés para los eruditos, pero no para círculos más amplios, sino que trata los autores y escuelas de forma sistemática y atendiendo a aquellos factores que dan persistencia a las cuestiones doctrinales y las hacen pertinentes para la contemporaneidad. De la máxima importancia asimismo la vinculación que establece entre los debates teóricos y filosóficos y las cuestiones prácticas de la gobernación en las sociedades contemporáneas. A este respecto, la historia de Ryan supone material de estudio precioso para los especialistas, lectura obligada para lectores bien informados y obra de amena consulta para el público en general.

pensamiento político contemporáneo

La obra de Ryan, modestamente titulada Sobre la política, hace justicia a las consideraciones anteriores y se erige ya como el texto de referencia para el estudio de la historia de las ideas políticas de este siglo. En el XX se impuso por sus indudables méritos la aguda obra de George Sabine, Historia de la teoría política. El libro de Ryan, que lo sustituye, continúa esta tarea brillantemente, incluye los debates más actuales de la disciplina y la proyecta sobre un futuro de preocupaciones hoy vigentes y que no existían en el siglo pasado.

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Una historia de las ideas políticas, que viene a ser una especie de historia de la filosofía en la vertiente política, es una tarea que solo cabe abordar como coronación de una intensa vida dedicada al estudio y al trato frecuente de los grandes pensadores del pasado y el presente. Es un empeño ambicioso, que trata de presentar en una equilibrada visión de conjunto un evolución milenaria del pensamiento y solo cabe enfocarla con el desapasionamiento y la serenidad de juicio que otorga una larga experiencia.

Alan James Ryan

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Alan Ryan

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(Londres, 1940), miembro de la Academia Británica (1986) es profesor de teoría política de la Universidad de Princeton. A lo largo de su carrera académica también lo ha sido en las universidades de Oxford, Essex, Keele, Virginia y Nacional de Australia, entre otras muchas. Su principal campo de especialización es la historia y la filosofía poítica desde una perspectiva histórica. Es reconocido especialista en la obra de John Stuart Mill y el auge del pensamiento liberal. Asimismo ha hecho aportaciones importantes en el campo de la metodología de las ciencias sociales y la teoría de la propiedad. Su libros más importantes son: The Philoshpy of John Stuart Mill (1970); The philosophy of the Social Sciences (1970); J. S. Mill (1975); Property and Political Theory (1984); Russell: A Political Life (1995). Además de su labor docente e investigadora, Ryan mantiene una presencia continua en los medios. Ha sido ccolaborador frecuente de la BBC (Radio) a través de la Open University, en donde ha desarrollado temas como la Ciencia Política estadounidense, las corrientes del marxismo, la filosofía de Russell o la historia del pensamiento político desde 1600 (que tuvo gran eco en el servicio chino de radio). Sus trabajos aparecen en publicaciones académicas de alta calidad, como Mind, The Philosophical Quarterly, Political Studies, Political Theory, The Historical Journal, The English Historical Review, The American Historical Review, The American Political Science Review, The Journal of Politics, The Times Higher Education Supplement, y en prensa diaria como The Sunday Times, The Sunday Telegraph, The Guardian, The Observer, The Washington Post, New York Times. Su obra crítica en New York Review of Books y London Review of Books.


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES

Manuel Asensi Pérez Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València Ramón Cotarelo Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València Pablo Oñate Rubalcaba Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València Joan Romero Catedrático de Geografía Humana Universitat de València Juan José Tamayo Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


De la Política I

Libro primero de Herodoto a Maquiavelo

ALAN RYAN

Traducción

RAMÓN COTARELO

tirant humanidades Valencia, 2019


Copyright ® 2019 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com. Original English language edition first published by Penguin Books Ltd, London Copyright © 2012 by Alan Ryan The author has asserted his moral rights All rights reserved Colección dirigida por

Ramón Cotarelo

Catedrático emérito de Ciencia política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

© Alan Ryan

© TIRANT HUMANIDADES EDITA: TIRANT HUMANIDADES C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-17508-57-9 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


SOBRE EL AUTOR Alan Ryan nació en Londres en 1940 y profesó durante muchos años en Oxford en donde fue miembro del New College y lector de Política . Fue profesor de Política de 1988 a 1996 en Princeton y después regresó a Oxford para convertirse en Warden del New College y profesor de Teoría Política hasta su retiro en 2009. Sus libros anteriores comprenden The Philosophy of John Stuart Mill, Bertrand Russell: A Political Life y John Dewey and the High Tide of American Liberalism. Es miembro de la Academia Británica.


Para Yuri Simonovich


ÍNDICE

Introducción: reflexión sobre la Política..................................................... 13 LIBRO PRIMERO DE HERODOTO A MAQUIAVELO Parte I La concepción clásica Capítulo 1. ¿Por qué Herodoto?................................................................ 33 Capítulo 2. Platón y la antipolítica............................................................ 61 Capítulo 3. Aristóteles: la política no es filosofía........................................ 103 Capítulo 4. Visiones romanas: Polibio y Cicerón....................................... 145 Capítulo 5. Las dos ciudades de Agustín.................................................... 185 Parte II El mundo cristiano Prefacio a la parte II.................................................................................. 225 Capítulo 6. Entre Agustín y Tomás de Aquino.......................................... 231 Capítulo 7. La síntesis de Tomás de Aquino.............................................. 263 Capítulo 8. El interregno del siglo XIV..................................................... 297 Capítulo 9. El humanismo........................................................................ 333 Capítulo 10. La reforma............................................................................ 365 Capítulo 11. Maquiavelo........................................................................... 399 BIBLIOGRAFÍA....................................................................................... 437


Introducción: reflexión sobre la Política Este es un libro extenso que he tardado mucho en escribir. Al principio me resistía a abordar la tarea, pues sé cuánto tiempo llevan estos proyectos. En 1892 los hermanos R. W. y A. J. Carlyle comenzaron a escribir una obra sobre la teoría política medieval. Los seis volúmenes aparecieron entre 1903 y 1936 y para cuando vio la luz el último & de Historia de la Teoría Política Medieval, Sir Robert Carlyle llevaba dos años muerto. Y no fue una muerte prematura, pues falleció a los 75 años, retirado tras una larga carrera en el Departamento de la India. La obra sigue siendo una fuente indispensable para los estudiosos de la materia, pero hoy sería el resultado del trabajo de un equipo de autores y sus ayudantes de investigación. Cuando hace treinta y cinco años, un amigo editor propuso que escribiera la continuación de la Historia de la Teoría Política, de George Sabine, me acordé de los Carlyle y me acongojé. No se trataba solamente de que careciera de un hermano que me ayudara. Robert Carlyle estaba ocupado a tiempo completo gestionando los asuntos de la India y la mayor parte del trabajo recayó sobre su hermano, historiador en Oxford. Más importante era que no estaba seguro de qué podría dar a la obra su unidad intelectual. Si la historia es, como dijo con escasa elegancia Henry Ford, un puñetero asunto detrás de otro, ¿no sería la historia del pensamiento político meramente la de un puñetero pensador detrás de otro o una puñetera idea detrás de otra? ¿O, incluso, como suponía Macbeth de forma más elegante aunque más desesperada, un cuento lleno de ruido y de furia que no significa nada, un crónica de peleas verbales al final de las cuales no somos más sabios que al principio? Pero, mientras tanto, apareció una serie de trabajos interesantes sobre autores y periodos históricos concretos: Fundamentos del pensamiento político moderno, de Quentin Skinner, por ejemplo, o el trabajo de Sir John Pocock sobre la historia del pensamiento republicano, El momento maquiavélico. El argumento se había dibujado sin enterarme yo. Comienzo con Herodoto pues la cuestión en realidad era qué hubiera pasado si los persas hubieran derrotado a los griegos y estos no hubieran podido hacer nada. Quizá el mundo moderno, la política moderna y el Estado moderno sean la venganza en diferido del imperio persa sobre


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los vencedores de Maratón y Salamina. Los griegos, y especialmente los atenienses luchaban para proteger una forma política de vida distinta y propia. En su opinión, los súbditos del gran rey de Persia eran esclavos a todos los efectos, incluso aunque no tuvieran estatus servil. Como dijo Hegel más tarde, en el despotismo oriental solo un hombre era libre. Sin embargo, Persia era un Estado que funcionaba, recaudaba impuestos, administraba justicia, reclutaba ejércitos y sus súbditos eran más prósperos que los griegos. No es caprichoso considerar Persia como el prototipo de moderno Estado-nación y no solamente porque el servicio estadounidense de correos sea tan partidario de su descripción de los mensajeros del gran rey, de quienes escribió: “Ni la lluvia, ni la nieve, ni el calor, ni la oscuridad de la noche detienen a estos correos en el cumplimiento de su misión”. La esencia de un Estado moderno es la autoridad central, la administración burocrática y la eficiente prestación de los servicios públicos que solamente puede proporcionar un Estado. Persia prestaba menos servicios que un Estado moderno y “externalizaba” gran parte de sus tareas en el trabajo de los funcionarios de entidades políticas semiautónomas, pero el principio era el mismo. En cuanto a los primeros Estados modernos, de los que son herederos los nuestros, Louis XIV puede haber dicho L’état c’est moi pero sabía lo que era un Estado: una persona jurídica antes que física. Su mayestática persona incorporaba una autoridad que todo lo abarcaba. Su obsesión por saber todo lo que pudiera saberse acerca de los recursos de su reino y las vidas de sus súbditos se manifestaba en nombre del Estado, para que pudiera administrar mejor las vidas de aquellos, así como sus recursos. La oposición entre el Estado persa —y, de igual forma, el bajo imperio romano, el bismarckiano o el Estado europeo moderno— y la polis griega no es en modo alguno el único tema que domina esta historia. Hay un conocido contraste entre las nociones ateniense y romana sobre la libertad y la ciudadanía. Los atenienses practicaban una forma de democracia directa inmediata que los romanos consideraban una fórmula para el caos. Los romanos otorgaban a los ciudadanos varones libres una función en la política, pero estaba cuidadosamente articulada y vigilada. La libertad romana era, en lo esencial, cosa de no ser esclavo; en segundo lugar era poseer un estatus jurídico que le permitiera ejercer sus derechos ante los tribunales; y en tercer lugar acarreaba derechos y deberes políticos, cuidadosamente graduados según las posibilidades financieras de cada cual. También era un


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estatus que convertía a cualquier individuo libre en sujeto de gravamen y de reclutamiento militar, siempre, según su capacidad financiera. Cuando Roma creció, se extendió la ciudadanía a las ciudades conquistadas aunque sin reconocerles el derecho de sufragio que tenían los ciudadanos romanos. No obstante, el civis sine sufragio, esto es, el ciudadano sin derecho de voto, era un hombre libre. Podía decir civis romanus sum, “soy ciudadano romano”, lo cual significaba algo real, particularmente si comparecía ante un tribunal o temía que un funcionario ordenara que lo azotasen o que lo detuvieran sin derecho a juicio justo. La obsesión ateniense con el derecho a participar y votar en la asamblea excluía la idea de que un cives sine suffagio fuera un hombre libre por entero y también excluía la idea de que un ciudadano con derecho de voto, pero no a ejercer ningún cargo judicial, fuera un hombre enteramente libre. Los atenienses asociaban la libertad con una igualdad política incuestionada, la isegoria o igualdad de derechos en la asamblea, y hubieran considerado que las restricciones romanas al acceso a los cargos judiciales y políticos eran oligárquicas. Las variaciones de este debate entre los ciudadanos de Atenas y Roma han dominado el pensamiento político europeo y americano desde la guerra civil inglesa de 1640 en adelante. En qué medida podemos o, incluso, debemos intentar seguir a los atenienses a la hora de asegurar la igualdad política de todos los ciudadanos teniendo en cuenta las diferencias en riqueza, educación, conciencia cívica, competencia o espíritu público es algo que está abierto a discusión. Generalmente esta cuestión no se plantea en las democracias liberales prósperas, como Gran Bretaña o los Estados Unidos porque la mayoría consideramos que la igualdad política se acaba en la fórmula de “una persona, un voto” y no vamos más allá. Sabemos que la máxima de una persona un voto convive con el hecho de que los más ricos o mejor organizados consigan mayor influencia por medio de los grupos de presión, las aportaciones a las campañas electorales y el empleo de los medios de masas, pero no conseguimos equilibrar la creencia de que todo el mundo tiene derecho a emplear sus recursos para influir en el gobierno —que ciertamente es una forma de igualdad política— con nuestra convicción de que una desigualdad excesiva en los recursos políticos falsea la democracia. Tampoco tenemos que considerar con sentimentalismo el pasado lejano cuando nos preguntamos si los más afortunados no tienen demasiado poder. Aunque


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a menudo se volvían contra ellos y los expulsaban casi al momento, los atenienses estaban dirigidos por hombres de “buena familia”. Ni debemos pensar que la única fuente de desigualdad política en el mundo moderno sea la capacidad de los más afortunados de convertir el dinero en influencia a base de comprar la lealtad de los políticos. Si los menos favorecidos económicamente se organizan quizá aprovechando la pertenencia a los sindicatos o a través de una identidad étnica o religiosa también tendrán mucha fuerza. Las diferencias en la efectividad política en las sociedades industriales se da entre quienes están organizados y quienes no lo están. El dinero es el fluido vital de la organización, pero no solo el dinero. ¿Pueden las democracias proteger al público en general —compuesto por individuos sin organizar contra intereses particulares bien organizados? La cuestión afecta a todas las democracias contemporáneas. Ni intelectual ni institucionalmente hemos avanzado gran cosa desde que Rousseau identificara el problema en El Contrato Social hace dos siglos y medio. Aunque los romanos desautorizaron la democracia ateniense hay muchos argumentos “romanos” a favor de que los ciudadanos se impliquen en la vida política tan a fondo como sea posible. A Maquiavelo no le gustaba la democracia ateniense, pero prefería los ejércitos de ciudadanos a las tropas mercenarias y, al igual que los autores romanos antes de él y muchos otros después de él, pensaba que si se daban los acuerdos pertinentes, el pueblo ordinario e incorrupto podría contrarrestar la tendencia de los ricos a subvertir las instituciones republicanas. Se trata de una idea común del pensamiento republicano anti-aristocrático de la Europa de los siglos XVIII y XIX y es un tema recurrente del populismo americano. Muchos autores de la izquierda se han acogido a una visión simplificada de la necesidad de participación popular. Es antigua la convicción de que a menos que los más desfavorecidos se valgan de su fuerza numérica para contrarrestar las ventajas de los más favorecidos, llevarán la parte del perdedor en la distribución de los beneficios económicos que puede proporcionar una sociedad industrial moderna. Se trata del argumento más evidente en favor del sufragio universal: a menos que los más desfavorecidos tengan voz suficiente en cuanto a las normas que regulan la economía en la que se ganan la vida, resultarán explotados. La historia de la legislación en materia sindical en Gran Bretaña y los Estados Unidos es un verdadero manual que ilustra este asunto tan elemental. Sin embargo, no todos los argumentos en favor de


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una mayor participación son igualmente útiles. Muchos autores de todas las convicciones políticas sostienen que es moralmente mejor ser un ciudadano activo que un mero consumidor de cualesquiera beneficios se deriven del hecho de ser un miembro ordinario y económicamente productivo de la sociedad. Todos los republicanos, ya sean de inspiración ateniense o romana coinciden en esto, incluso aunque tengan serias dudas acerca de quién podía ser un ciudadano activo. Las mujeres, sin duda, no. ¿Y los trabajadores ordinarios? El gran interés actual acerca de la participación en la vida política tiene una larga historia, pero adopta una forma propia. Las ciudades-Estado griegas estuvieron atormentadas por la guerra civil entre oligarcas y demócratas. Los últimos cien años de la República romana se caracterizaron por los conflictos entre populares y optimates, esto es, los supuestos defensores del pueblo y de las clases altas. En los doscientos últimos años se ha debatido mucho sobre la función política de las élites y las masas. “Las masas” es un término relativamente moderno, tanto si se emplea de modo optimista, al considerar que el despertar de las masas proletarias hará posible la revolución que traerá el milenio socialista como despreciativo al afear la falta de gusto de las masas incultas o considerado, como cuando recibimos a las masas apiñadas que anhelan poder respirar en libertad o escuetamente de modo descriptivo, al referirnos simplemente a una gran cantidad de gente. El término apareció durante la revolución industrial, en una época de rápido crecimiento demográfico y urbanización acelerada, pero el contraste entre la élite y la gente del montón es antiguo. La idea de que los hábiles practicantes de las artes políticas pueden hacer casi todo lo que quieran con las masas es tan vieja como las críticas a la democracia ateniense y también lo es su relativamente benigna réplica, la visión platónica del gobernante como un pastor, del que el ciudadano ordinario no tiene por qué sospechar como tampoco se supone que las ovejas hayan de sospechar del suyo. Desde Maquiavelo hasta la actualidad, los pensadores vienen distinguiendo entre una élite competente y los muchos incompetentes. Podemos pensar que quien establezca esta distinción y en tales términos no puede ser un amigo de la democracia, pero no es verdad. Si estamos convencidos de que en todas las sociedades únicamente solo una pequeña porción de gente tendrá una función real en la tarea de gobernar la sociedad, resulta


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decisivo averiguar cómo la élite se asegura y conserva la obediencia de los muchos. Una élite totalitaria se vale de la policía secreta; una élite democrática emplea encuestadores y consultorías. Las élites totalitarias, las juntas militares y otras parecidas pretenden conservar el poder de por vida; las élites democráticas toleran que el electorado las substituya por otras. Quizá hagan todo lo posible por seducir, persuadir o, incluso, embaucar al elector; pero no corrompen los tribunales, politizan el ejército o envían a la policía secreta a las mesas electorales. Los desilusionados comentaristas de las democracias contemporáneas describen estas por lo general como el gobierno de élites en competencia. La competencia da lugar a una mejor forma de gobierno que el de la élite sin competencia o que el gobierno de las masas o cualquier forma de democracia directa que quiera emplearse. Estamos destinados a ser gobernados por élites, pero la “circulación de las élites” garantizará que las incompetentes sean reemplazadas por élites más competentes. Es posible que la ciudadanía solo pueda elegir entre una u otra élite, pero la competencia irrestricta y las elecciones libres garantizarán el buen gobierno. No obstante, la cuestión de quién consigue acceder a la élite o élites políticas sigue siendo controvertida. Hasta en las democracias occidentales puede darse una dura competencia entre políticos, pero el sistema de reclutamiento en las filas de los competidores es restrictivo. El procedimiento estadounidense de elecciones primarias pretendía resolver este problema pero solo ha tenido un éxito parcial. La llamada democracia elitista o gobierno de élites competitivas que acceden al poder mediante elecciones suele describirse como “gobierno de políticos profesionales”. No debemos precipitarnos a despreciar a los políticos profesionales pues hay muchos sistemas peores que las democracias liberales contemporáneas. El hecho de que, en muchos aspectos interesantes los políticos profesionales no se parezcan en gran medida a la población que representan no es en sí mismo objeto de preocupación. Los médicos no se parecen gran cosa a los pacientes de los que se cuidan. Si los políticos no son muy buenos a la hora de atender a los mejores intereses de la gente a la que representan, quizá se deba menos por un lado a su mera incompetencia que a las presiones conflictivas que han de soportar y a la práctica imposibilidad de cumplir las tareas que se les encomiendan por otro. En todo caso, aquellos que anhelan algo más ateniense que un gobierno de políticos profesionales ponderan si no cabría disminuir la importancia de


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estos políticos para dar mayor relevancia al ciudadano normal. A continuación consideramos este asunto. El pensador político francés Benjamin Constant aportó otra forma de plantear la cuestión a comienzos del siglo XIX. Su interpretación de la diferencia entre las concepciones clásica y moderna de la libertad es un texto sagrado del liberalismo. Para los ciudadanos de las antiguas repúblicas como Esparta o Atenas la libertad consistía en participar en la autoridad soberana. Se trataba de algo esencialmente público y político. Su precio era muy elevado. Estas sociedades no solo dependían de la existencia de esclavos que permitieran a los ciudadanos dedicarse a sus deberes cívicos, sino que estaban basadas en la vigilancia mutua ya que cada ciudadano estaba sometido al escrutinio minucioso de los demás. Por el contrario, la libertad moderna es esencialmente privada y consiste en la facultad de ocuparnos de asuntos privados económicos, literarios o religiosos sin tener que dar cuenta a nadie. Es la libertad frente a la esfera política antes que la libertad en la esfera política. El ciudadano de una democracia liberal moderna se beneficia de su carácter liberal disfrutando del pleno uso de la libertad moderna, de carácter ocupacional, educativo o religioso. Es más, cuando la mayoría de la gente habla hoy de democracia son estas las libertades en las que más claramente piensa antes que en el ejercicio de unos derechos concretos de sufragio, cosa nada sorprendente dado que apenas la mitad ejerce el derecho de voto en elecciones nacionales de importancia y muchos menos en las elecciones locales. Quienes ven la participación con escepticismo insistirán en que lo que importa es la responsabilidad antes que la cuantía de la participación ya que votar por un partido o candidato concretos es menos importante que la posibilidad de votar en contra de ellos. Este es el aspecto democrático de la “democracia liberal” y no puede manifestarse en ausencia de las libertades liberales. En lo que antaño se llamaban “democracias populares” —en realidad Estados de un solo partido, el comunista— o “democracias guiadas” —en realidad dictaduras— había niveles muy altos de participación, así como frecuentes ocasiones de manifestar entusiasmo por el partido gobernante y sus políticas. Lo que no se daba era la posibilidad de defender alternativas, presionar a favor de políticas diferentes o diferentes líderes políticos sin correr el riesgo de encarcelamiento, tortura o muerte. Por muy imperfecta que sea la democracia liberal, proporciona un grado de responsabilidad ante el público que


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la experiencia de los últimos cien años muestra como algo indispensable para tener un gobierno decente y un Estado de derecho. Si abandonamos por un momento la política, podemos observar que, cuando hablamos de democracia muy a menudo nos referimos a algo social antes que político, a lo que Alexis de Tocqueville llamaba la igualdad de condiciones. En lo que sigue no celebraré especialmente el compromiso con unas formas de inclusividad del mundo occidental contemporáneo que hubieran asombrado a nuestros antepasados porque son evidentemente tan dignas de encomio que el hecho de añadir mi voz al coro parece ocioso. Estas sociedades se consideran a sí mismas insólitamente “democráticas” pues se enorgullecen de su carencia de clasismo o de que las mujeres ocupen cargos de responsabilidad en las empresas o en el Estado, o de que han conseguido integrar a grandes cantidades de inmigrantes o de que han reducido las desigualdades económicas de carácter racial o de otros tipos. Son democráticas en el sentido de que han removido muchas, sino todas, las razones aceptables con anterioridad para reclamar algún tipo de privilegio, en particular, la raza, el nacimiento o el género. Llamar a esta concepción “socialdemocracia” induce a confusión porque los partidos socialistas marxistas y postmarxistas de Europa occidental se llamaban y siguen llamándose socialdemócratas siendo así que la democracia entendida en el sentido que hemos expuesto se adapta más al capitalismo y los mercados libres. Si se rechazan las pretensiones basadas en la raza, el nacimiento y el género, solo quedan las basadas en la aportación que hagamos al bienestar de otras personas o de la sociedad en su conjunto. Estas aportaciones pueden variar ampliamente, oscilando entre el humilde trabajo manual y cualquier cosa que las personas célebres puedan aportar a nuestras vidas y la forma más evidente de descubrir el valor de nuestras aportaciones es ver cómo les va en el mercado. Por supuesto, todas las sociedades reales mantienen estos valores de forma imperfecta, como notoriamente imperfectos son también los mercados. En todo caso la idea de que los valores esenciales de las sociedades liberales contemporáneas son sociales antes que políticos está lejos de ser un disparate. Este libro presupone que el proyecto de entrar en el pensamiento de autores desaparecidos hace mucho e interpretarlos para nuestros propósitos es posible y útil. Este punto de vista plantea la cuestión de si suscribimos


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la idea de que no hay nada nuevo bajo el sol o, con mayor prudencia la de Tucídides y Maquiavelo, entre muchos otros, de que, pues la naturaleza humana es la misma en todo tiempo y lugar, podemos extraer conclusiones morales sobre lo que quizá nos acaezca a partir de lo que nuestros antecesores han pensado y han hecho. La respuesta es “no por entero”. La quinta y última parte de este libro toma en serio la idea de que en los dos siglos y medio últimos, algunas revoluciones han cambiado radicalmente el mundo que la política trata de explicar. Sin establecer orden alguno y sin asignar prioridades a uno u otro aspectos de un proceso interconectado, la verdad es que la revolución industrial, la demográfica, la educativa y la de comunicaciones y las revoluciones políticas de fines del siglo XVIII y tiempos posteriores han creado un mundo que es muy distinto en innumerables aspectos a los mundos antiguo, medieval y moderno temprano. Las formas más importantes de estas vías reflejan nuestras capacidades tecnológicas muy avanzadas. Para expresarlo de modo brutal: podemos mantener más gente viva que nunca y también podemos matar a mucha más gente que nunca. Los adelantos en la agricultura nos permiten alimentarnos de forma sana y segura, el acceso al agua potable y sistemas de tratamiento de aguas residuales hacen que suframos menos infecciones y los avances en medicina nos permiten tratar enfermedades y males que antes no tenían tratamiento. Y durante el siglo XX, dos guerras mundiales mostraron cuán eficaces somos en la tarea de matarnos unos a otros a millones. Para decirlo menos bruscamente: nuestra capacidad para producir mucho más que nuestros antepasados supone que, además de las muchas cosas útiles que producimos, producimos muchas otras que no deseamos, por ejemplo, la contaminación de todo tipo con todos sus efectos destructivos en el medio ambiente. Como quiera que esto se da en una escala global, las tareas que deben realizar los Estados modernos no solamente son más numerosas y complejas de lo que nuestros predecesores pudieran imaginar sino que también amenazan con originar males en una escala mucho mayor de la que también pudieran imaginar. Terminamos así con algunas reflexiones angustiadas sobre la política de un planeta interconectado y cada vez más poblado. Puede que la demografía no sea un destino pero gestionar los problemas de un planeta con más de siete mil millones de habitantes es una empresa muy diferente de la de asegurar que una ciudad-Estado de dos


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o trescientos mil pueda alimentarse, protegerse de sus enemigos y cultivar aquella rica vida cívica que aún hoy contemplamos con envidia.

Reflexión sobre la Política Existe mucha gente que, como yo, ha pasado toda su vida profesional enseñando lo que habitualmente se llama “pensamiento político” o “teoría política” y escribiendo sobre ello. Sin embargo, hay muy escaso acuerdo acerca de lo que sea el “pensamiento político”. No es exactamente historia, aunque se ocupe de las ideas de pensadores muertos hace mucho tiempo. No es exactamente filosofía, aunque estudia los argumentos de pensadores vivos y muertos. Tampoco es exactamente sociología, aunque suele ser correcta la queja de que quienes escriben de política saben muy poco de sociología. Un colega describió a los teóricos políticos en cierta ocasión como gente obsesionada con dos docenas de libros. Después de medio siglo de habérmelas con el ensayo de Mill Sobre la libertad y el Leviatán de Hobbes, a veces he pensado que dos docenas quizá sea demasiado. Incluso aunque los teóricos políticos tienen mucha dificultad en entenderse unos a otros, no dudan de que se dedican a un intercambio productivo, aunque a veces frustrante, a lo largo de los siglos con sus predecesores largo tiempo difuntos y con sus contemporáneos. Insisten en que cualquiera que esté interesado en escuchar estos intercambios se sume a ellos. Somos intrusos en los Campos Elíseos en donde esperamos escuchar al cínico Maquiavelo criticando que Sócrates viva en otro mundo o ver a Jefferson admitir que Alexander Hamilton previó el futuro americano mejor que él. No hay manera de proceder así sin correr el peligro de imponer nuestros puntos de vista a unos muertos que no pueden resistirse. Es el riesgo obvio de intentar conversar con grandes pensadores ausentes que no pueden advertirnos de que decimos tonterías. Soy un gran admirador de Isaiah Berlin, cuyo ensayo sobre la historia de las ideas constituye un modelo de lo que yo pretendo hacer aquí; sin embargo, hay momentos en su trabajo que nos hacen preguntarnos si quien habla es Montesquieu o Berlin o si Maquiavelo sostendría las causas a las que Berlin lo apunta. El filósofo e historiador de comienzos del siglo XX, R. G. Collingwood sostenía que la explicación histórica es cuestión de volver a pensar pensamientos pasados


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