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El manantial, rodada en 1949 sobre una novela escrita en 1943, durante la guerra mundial, condensa el imaginario esencial del neoliberalismo. Tiene, a día de hoy, una influencia decisiva en los movimientos conservadores de factura tradicional, de derecha extrema (tipo Tea Party) o de carácter religioso. Pero también tiene concomitancias con el anarcocapitalismo. El manantial, novela y película, es la punta de lanza ideológica de un movimiento, fundado por la autora, el objetivismo. En parte un credo filosófico y, en parte, una secta, es una fuerza activa, aunque discreta, en el mundo industrial, financiero y político anglosajón. La película contiene las claves para interpretar la teoría política y económica dominante hoy en occidente. Desde el punto de vista cinematográfico la valoración oscila entre la reprobación indignada y la más ditirámbica alabanza, lo que demuestra su interés. De hecho, se sigue comercializando y hay intentos continuos de rodar una nueva versión. Es una historia dramática que seduce a la gente en general y constituye un reto para estudiosos y especialistas, en particular politólogos y juristas. Su contenido consiste en justificar el derecho del héroe randiano o superhombre nietzscheano a ir contra la ley en nombre de un ideal superior. Algo imposible política y jurídicamente, pero real, porque es la justificación de la dictadura del tipo que sea, incluida, sobre todo, la del mercado.

EL MANANTIAL. LA BIBLIA DEL NEOLIBERALISMO

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EL MANANTIAL LA BIBLIA DEL NEOLIBERALISMO

RAMÓN COTARELO

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EL MANANTIAL La biblia del neoliberalismo


COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH

María José Añón Roig

Javier de Lucas Martín

Ana Cañizares Laso

Víctor Moreno Catena

Catedrática de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia Catedrática de Derecho Civil de la Universidad de Málaga

Jorge A. Cerdio Herrán

Catedrático de Teoría y Filosofía de Derecho. Instituto Tecnológico Autónomo de México

José Ramón Cossío Díaz

Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y miembro de El Colegio Nacional

Eduardo Ferrer Mac-Gregor Poisot

Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM

Owen Fiss

Catedrático emérito de Teoría del Derecho de la Universidad de Yale (EEUU)

José Antonio García-Cruces González

Catedrático de Derecho Mercantil de la UNED

Luis López Guerra

Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III de Madrid

Ángel M. López y López

Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla

Marta Lorente Sariñena

Catedrática de Historia del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid

Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de la Universidad de Valencia Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Carlos III de Madrid

Francisco Muñoz Conde

Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla

Angelika Nussberger

Catedrática de Derecho Constitucional e Internacional en la Universidad de Colonia (Alemania) Miembro de la Comisión de Venecia

Héctor Olasolo Alonso

Catedrático de Derecho Internacional de la Universidad del Rosario (Colombia) y Presidente del Instituto Ibero-Americano de La Haya (Holanda)

Luciano Parejo Alfonso

Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid

Tomás Sala Franco

Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Valencia

Ignacio Sancho Gargallo

Magistrado de la Sala Primera (Civil) del Tribunal Supremo de España

Tomás S. Vives Antón

Catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia

Ruth Zimmerling

Catedrática de Ciencia Política de la Universidad de Mainz (Alemania)

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


EL MANANTIAL La biblia del neoliberalismo

Ramรณn Cotarelo

CINE Y DERECHO

cinemateca tirant lo blanch Valencia, 2020


Copyright ® 2020 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

Codirectores de la Colección:

Javier de Lucas

Catedrático de Filosofía del Derecho

Fernando Flores

Profesor Titular de Derecho Constitucional

© Ramón Cotarelo

© TIRANT LO BLANCH EDITA: TIRANT LO BLANCH C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia TELFS.: 96/361 00 48 - 50 FAX: 96/369 41 51 Email:tlb@tirant.com www.tirant.com Librería virtual: www.tirant.es ISBN: 978-84-1378-117-4 MAQUETA: Tink Factoría de Color Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor lea, en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro procedimiento de quejas. Responsabilidad Social Corporativa: http://www.tirant.net/Docs/RSCTirant.pdf


ÍNDICE

EL MANANTIAL........................................................................................... 9 ADVERTENCIA........................................................................................... 9 I. LA AUTORA..................................................................................................

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II. LA NOVELA..................................................................................................

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1. El impacto.............................................................................................. 19 2. La doctrina............................................................................................. 23 3. La trama................................................................................................. 27 4. La reacción feminista.............................................................................. 34 5. La actualidad.......................................................................................... 36 III. LA PELÍCULA...............................................................................................

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1. Sinopsis.................................................................................................. 41 2. La producción......................................................................................... 43 3. La recepción........................................................................................... 45 4. El contenido........................................................................................... 46 A. Revelaciones................................................................................... 46 B. Ocultaciones................................................................................... 49 C. El patriarcalismo............................................................................. 52 D. La prensa........................................................................................ 54 E. La arquitectura................................................................................ 58 F. El “alma americana”........................................................................ 64 G. El colectivismo................................................................................ 68 H. La propaganda................................................................................ 70 5. El impacto posterior............................................................................... 73 BIBLIOGRAFÍA.......................................................................................................

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EL MANANTIAL La biblia del neoliberalismo Ramón Cotarelo

ADVERTENCIA Antes de ser película, El manantial (1949) fue una novela de Ayn Rand. Eso pasa con muchísimas películas. El cine se ha nutrido en muy gran medida de la literatura de todos los tiempos. Novelas clásicas, novelas contemporáneas, obras de teatro, poemas, leyendas, epopeyas. El cine ha hecho un volcado de la literatura universal en imágenes. En la mayoría de los casos, bien por tratarse de obras universalmente conocidas o, por el contrario, desconocidas, no es frecuente pararse a considerar el fundamento literario de las películas, salvo para enjuiciar, en el caso de las obras clásicas, si lo rodado se compadece con el texto y cómo lo hace o comparar unas interpretaciones con otras. En el caso de El manantial no es posible atenerse a este uso y es obligado hablar sobre la novela por tres razones. En primer lugar, porque está muy presente en el film. De hecho, el primer plano es la portada de la primera edición del libro. Cierto que era práctica socorrida en las producciones de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Títulos consagrados en la memoria general como Los tres mosqueteros, Lo que el viento se llevó, Guerra y paz etc. prestaban su majestad a la versión rodada. En el caso de El manantial, que no era título famoso, aunque llegaría a serlo a su manera, también porque había tenido una historia controvertida. En segundo lugar, porque esa historia controvertida de la novela se entrelazó después con la de la película, que no lo fue menos. En los debates actuales sobre Rand y sus ideas y prácticas, unos hablan de la película, otros


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de la novela y muchos, de las dos al mismo tiempo, como si fuera la columna salomónica que, a modo del palo del almiar, sostiene el templo de la doctrina objetivista de la autora. Desde este templo que es, al mismo tiempo, un think tank neoliberal y centro de una intensa actividad mercantil, el Ayn Rand Institute (ARI), se coordinan actividades comerciales, editoriales, comunicativas, educativas que atienden a la red de seguidores de Rand en todo el mundo. Situado en la soleada California, el ARI está dirigido por un discípulo y albacea de Rand que goza de especial legitimidad y unción, pues alcanzó a conocer a la mítica fundadora e incluso escribió un ensayo sobre ella. Viene a ser una especie de gran de gran sacerdote que oficia los ritos del culto a Rand que se basa en esa columna de doble espiral, El manantial novela y película. En tercer lugar, porque se da la circunstancia decisiva de que la propia autora fue la guionista del film, condición que había puesto a la Warner Bros. para la cesión de los derechos. Y no fue una guionista cualquiera, ya que parte de la condición era que no se cambiara ni una sola palabra de su propuesta. Hay una anécdota al respecto. Cuando el director, King Vidor, se quejó a Rand de la dificultad de rodar el alegato final del protagonista, que dura cinco minutos, y le pidió abreviarlo, ella se negó diciendo que el texto era tan intocable como la Biblia. Traigo el caso al caso por si algún lector puntilloso encontrara objetable el empleo del nombre de la Biblia en el título de este librito. ¿Por qué Rand se empeñó en escribir el guión y en hacerlo de modo tan exigente? Porque había aprendido el oficio de guionista en Hollywood. Y ¿cómo había aprendido el oficio de guionista en Hollywood una joven rusa recién desembarcada en los Estados Unidos tras huir de la Rusia soviética en 1926? Si la película obliga a hablar antes de la novela, la novela obliga a hablar antes de la autora.


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Portada de la primera ediciĂłn de El manantial, 1943, que abre la pelĂ­cula.

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I. LA AUTORA

Alisa Zinovievna Rosenbaum, hija de un farmacéutico judío acomodado, nació en San Petersburgo en 1905, el año de la primera revolución rusa. Esta, que duró hasta 1906, movida por la derrota en la guerra ruso-japonesa de 1905, indujo las reformas del zar Nicolás II, la conversión de la autocracia en una forma de monarquía constitucional más monarquía que constitucional, una Duma imperial con muy limitados poderes, elegida con un sistema de voto desigual que privilegiaba a los terratenientes, y una constitución que no pasaba de ser una carta otorgada. Después, llegó la revolución bolchevique de 1917 y Alisa vivió en su adolescencia y primerísima juventud la implantación del comunismo en Rusia, cuya consecuencia inicial en lo que a ella tocaba, fue la confiscación del negocio paterno y la reducción de su acomodada familia a unas condiciones de vivienda penosas. La revolución permitió que las mujeres y los judíos estudiaran en las universidades y Alisa se licenció en historia en 1924. Después, cursó un año en una institución de artes escénicas en Leningrado. A sus veinte años, la ciudad en la que nació había cambiado dos veces de nombre, de San Petersburgo a Petrogrado y, luego, Leningrado, como lo había hecho el país, que pasó de ser Rusia a ser la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. A sus ventiuno, aprovechando un permiso para visitar familiares, marchó a los Estados Unidos para no retornar. En 1926, después de pasar unos meses con los familiares en Chicago, y de ver docenas de películas en una sala de un primo, siguió su viaje a Hollywood, en donde, nada más llegar y, por casualidad, conoció al productordirector Cecil Blount de Mille, que le dio un papel de extra en Rey de Reyes y un año después la contrató como guionista para mejorar el guión de una película premonitoriamente titulada Rascacielos. La propuesta de Rand, que cambiaba la versión primera y convertía en arquitectos a los protagonistas, no se aceptó, pero influyó decisivamente en El manantial.


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Tres años después, en 1929, se casaba con Frank O’Connor, un aspirante a actor, y conseguía el estatus de residente permanente y, después, el de ciudadana estadounidense en 1931. Durante estos años, la pareja vivía de la actividad de una granja en California que gestionaba Frank, del trabajo de guionista de Rand y los derechos de autora de algunas publicaciones de cierto éxito como Los que vivimos, una novela semiautobiográfica sobre la vida en los primeros años de la Unión Soviética y una huida del comunismo no como fue la suya, sino mucho más accidentada. Incluso estrenó una obra de teatro que llegó a representarse en Broadway y también tuvo muy buena acogida, La noche del 16 de junio. Finalmente, el matrimonio decidió mudarse a Nueva York. Frank, que nunca hizo carrera como actor, la cambió por la de pintor, en la que avanzó tanto como en la de actor. Ni aunque su esposa, ya en los años de esplendor, obligara a las editoriales de libros de bolsillo a imprimir portadas con sus cuadros consiguió hacerse un nombre artístico. Y en cuanto las editoriales decidieron por su cuenta acudieron a cubiertas alegóricas de carácter arquitectónico o a pintores/as de más empaque, como Tamara de Lempicka. El matrimonio fue duradero; cincuenta años, hasta la muerte de Frank en 1979, tres antes que su esposa. No tuvieron hijos y, como pareja, no era convencional. Durante algún tiempo fue un mènage a trois entre el matrimonio Rand y un discípulo de la esposa, veinticinco años menor que ella, a su vez casado con otra discípula que consentía la relación extramatrimonial de su marido. Rand los había convencido de que esta era la forma de vida adecuada a quienes profesaban el objetivismo, una especie de filosofía práctica que llegó a estar y sigue estando muy extendida en los Estados Unidos y otros países de lengua inglesa y de la que hablaremos en este ensayo por cuanto constituye el fundamento filosófico del neoliberalismo más extremo y más corto de miras. Una forma de vida objetivista, consagrada al culto al frío egoísmo racional al tiempo que a la pasión heroica, por contradictorio que pueda parecer. Rand llegó a decir a su joven amante que tendría que amarla con la misma pasión cuando tuviera ochenta años y aunque estuviera en silla de ruedas. En principio, no es imposible, ya que el amor es ciego. Lo que parece algo más improbable hasta para un objetivista de recta doctrina es lo de la “misma pasión”. El equilibrio objetivista


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saltó hecho añicos de pasión cuando Rand descubrió que su amante tenía otra amante más joven que ella y, para mayor descaro, no era su esposa. Rand, escapada de la tiranía comunista, había organizado en Nueva York una especie de secta de fieles incondicionales, muy parecida en su dinámica interna a los partidos comunistas de obediencia estalinista a la que, con una ironía muy de notar, dadas las circunstancias, llamaba “El colectivo”, lo cual no deja de tener gracia si se recuerda que, en su alegato final, ante el jurado, el héroe, el arquitecto Howard Roark, define el conflicto eterno entre los genios creadores y la masa de mediocres y parásitos como “la lucha del individuo contra lo colectivo”. Hay quien señala que casi todos los miembros del “colectivo” eran judíos, pero no parece que esto haya tenido relevancia alguna en su comportamiento; ni en el colectivo ni en el individual. El desprecio de Rand por toda forma de religión abarcaba también la mosaica, pues es el dios de la Biblia el que rechaza. Y no solo discursivamente sino simbólica e icónicamente. Su ateísmo militante la lleva a adorar a Mammon, al becerro de oro. Recuérdese que, a la vista del becerro de oro, la ira de Jehová se enciende a través de Moisés y este, furioso, rompe las tablas de la ley, razón por la cual son necesarias unas segundas tablas, que dan nombre al Deuteronomio. El descarado becerro de oro de Ayn Rand era el símbolo del dólar que llevaba siempre engastado en oro como prendedor. Y, por si había alguna duda, mantuvo su reto a Jehová y su fe en Mammon hasta el umbral de la otra vida, pues, la lápida que preside su tumba, al lado de la de su marido, Frank, luce el símbolo del dólar picado en el granito encima de su nombre y fechas de nacimiento y muerte, 1905-1982. La lucha contra la idea de Dios hasta en la muerte. Y muchos dicen que Rand se había liberado de la influencia de Nietzsche. Otra cosa es que la entendiera en todo su alcance. En el grupo cerrado de fieles se profesaba el objetivismo y se seguían reglas estrictas de carácter arbitrario, muy útiles, como suele suceder en las sectas, para garantizar una obediencia ciega a las decisiones de la fundadora. Era obligatorio pasarse el día fumando porque Rand —que murió de un cáncer de pulmón— sostenía que un cigarrillo encendido era una metáfora de la inteligencia humana.


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Cuando se produjo la huracanada expulsión del amante infiel, Nathaniel Branden, Rand obligó a todos los miembros de “El colectivo” a abominar públicamente del expulsado como en las típicas purgas de Stalin. Uno de los miembros que repudió a Branden y juró lealtad a Rand, consumida por los celos y el despecho, fue Alan Greenspan, más tarde gobernador de la Reserva Federal, el banco central de los Estados Unidos. Una posición sorprendente para quien sostenía que no debía de haber bancos centrales. Esta turbulenta historia se haría pública en el mundo objetivista a través de una declaración oficial de Rand que decretaba la expulsión de Branden de la organización, acusado de todo tipo de errores y malas prácticas y sin una sola palabra sobre el conflicto amoroso que la había provocado. Muy humano, desde luego, pero escasamente objetivista, sobre todo teniendo en cuenta que esta tempestad amorosa tuvo consecuencias económicas deplorables para todos los implicados. Nathaniel y Barbara Branden eran un joven matrimonio de psicólogos canadienses que, fascinados por la lectura de El manantial, se presentaron a Ayn Rand y se convirtieron en sus primeros y más fieles discípulos. La vida de ambos giraría en torno a la escritora desde entonces, cosa habitual en las sectas. Barbara llegó a escribir un libro, La pasión de Ayn Rand, en un tono casi de arrebato místico y su marido pasó a ser el amante oficial de la novelista y, como tenía un sentido especial para los negocios, el gestor de la sociedad mercantil que se montó para difundir por todos los medios el objetivismo. Tales medios incluían una suscripción a una publicación periódica, edición de libros, folletos, organización de conferencias, cursos, programas de radio, etc., una actividad casi frenética que se organizaba desde una oficina en el Empire State Building. El emporio se vino abajo con la ruptura sentimental entre la fundadora y su sacerdote. Branden se recicló posteriormente elaborando una doctrina más o menos plagiada del objetivismo, que ponía el acento en las facultades taumatúrgicas de la auto-estima, y publicando libros de vulgarización. Pero todo esto pasaría mucho más tarde, cuando la judía rusa inmigrada llegara a ser una figura pública relevante, gracias a El manantial, novela y película, que la convirtieron en un icono de la derecha estadounidense; referencia intelectual de círculos financieros y empresariales; objeto de in-


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numerables asociaciones y círculos de profesionales, especialmente arquitectos, dado el tema de la historia de El manantial; y musa encendida de generaciones de adolescentes y jóvenes universitarios. Tanto llegó a ser su prestigio que, en 1974, el ejército estadounidense la invitó a pronunciar la alocución inaugural en la academia de cadetes de West Point en la que tuvo un éxito inenarrable. La academia editó el texto en forma de folleto con el imprimatur del gobierno y ella misma lo publicó como parte de su último libro en vida, Filosofía ¿Quién la necesita? Ninguna de ambas publicaciones incluye una transcripción de un coloquio posterior a la alocución que se encuentra en la red (https://historynewsnetwork.org/article/160896) en la que Rand expone que los indios nativos de América no tenían derecho ni a su tierra y que cualquier potencia que llegara trayendo la civilización podía y debía conquistarla. Insisto en que esto ocurriría mucho más tarde. De momento estamos escarbando en la vida de esta joven Ayn Rand, que a sus treinta y tantos años decide entrar en política y hacer campaña por el candidato republicano Wendell Wilkie en las elecciones de 1940. Franklin Delano Roossevelt, el candidato demócrata, las ganó (eran las terceras que ganaba) gracias al New Deal, que palió algo los desastres de la crisis de 1929 y, sobre todo, gracias al boom de la economía norteamericana durante la guerra que por entonces ya era mundial. La campaña republicana fue contra el New Deal y el sedicente exceso de actividad del gobierno, el big government, dispuesto a meterse en donde no le llamaban. Rand identificó el enemigo socialdemócrata, el reformista, como un colectivista disfrazado. Se empapó de la doctrina neoliberal de Ludwig von Mises a través de su amistad con Henry Hazlitt, un publicista de la escuela austriaca y con Isabel Paterson, musa luminaria del neoliberalismo individualista con The God of the Machine. Un universo político radical de combate contra el colectivismo rampante en nuestros días. Por aquel entonces, la joven Rand llevaba unos años trabajando en una novela que pretendía dar forma literaria a su ideal del genio, el creador, el superhombre nietzscheano con el que se había solazado en sus años mozos en San Petersburgo junto con lecturas de cómics repletos de héroes y nobles hazañas. Era su motivación inicial y siguió siéndolo mucho después. En


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el prólogo que escribió para la edición conmemorativa de los 25 años de publicación de El manantial dejó dicho, repitiendo palabras de 1963, que “este es el motivo y objeto de mi literatura: la proyección de un hombre ideal. La pintura de un ideal moral como mi última meta literaria, como un fin en sí mismo frente al cual todos los valores didácticos, intelectuales o filosóficos de la novela son solo medios”. (Rand, 1971, vii). El ideal se personificaría en un artista. Pero la brega político-ideológica y el descubrimiento del individualismo neo-liberal en la lucha contra el sórdido colectivismo de los mediocres le hizo cambiar la perspectiva. El artista se concretó en un arquitecto, una profesión de carácter híbrido, mitad arte y mitad industria. El enemigo ya no era la mediocridad de la masa amorfa, manipulada por unos medios de comunicación al servicio de innobles intereses, sino la del reformismo socialista, disfraz del colectivismo más atroz que ella había padecido de muchacha en la Rusia soviética. El proyecto de novela da un giro y se convierte en un alegato contra el keynesianismo de la administración Roosevelt. De hecho, Rand, por aquel entonces, tenía el New Deal por una forma de fascismo. La implantación del big government, del dominio de los mediocres, los parásitos, los que viven de saquear el trabajo de los mejores y quieren obligarlos a servir a la colectividad. El reino del colectivismo que en todo este periodo ha de entenderse como preparación hacia el comunismo, del que no se habla expresamente por los escrúpulos de la diplomacia de guerra. Precisamente el desenlace del drama, el anticlímax de El manantial se condensa en un conflicto por un proyecto de viviendas colectivas a bajo precio, una medida típica del Estado del bienestar. La solución que se hace a mayor gloria del héroe constructor/destructor contiene, condensado en un discurso de ocho páginas en mi edición compacta, el núcleo moral del individualismo neoliberal. Pero esto nos obliga ahora a hablar de la novela.


II. LA NOVELA

1. El impacto Rand terminó de escribir El manantial en 1943, cuando hacía dos años que los Estados Unidos habían entrado en la guerra, tras el ataque japonés a la flota en Pearl Harbor. En aquel tiempo patriótico de movilización social por la contienda, su novela había de ser un canto al ideal de libertad del individualismo y el capitalismo en lucha contra el colectivismo que estaba devorando el mundo. Los Estados Unidos, un país al que Roark define como “el país más noble de la tierra”, encabeza la lucha planetaria contra la hidra colectivista, pero, a su vez, lleva en su seno la semilla del diablo, los programas de intervencionismo estatal, el fascismo del New Deal. Era necesario denunciar el peligro larvado, el enemigo interior, adelantarse a sus planes y frustrarlos. El libro tenía que estar en la calle cuanto antes y, sin embargo, los editores neoyorquinos, por diferentes razones, no mostraban interés en el proyecto. Rand se quejaba de que hasta doce editoriales se hubieran negado a publicar el manuscrito. Lo que no suele añadir es que el manuscrito que presentaba estaba sin terminar. Lo aceptó finalmente Bobbs-Merril Co., que le pagó un adelanto para que lo concluyera en un plazo breve. Rand trabajó durante meses acelerándose a base de bencedrina. Según parece, mantuvo toda su vida una adicción a las anfetaminas, cosa que se echa de ver en las interminables tiradas ideológicas de El manantial y, sobre todo, en La rebelión de Atlas. Entregada la obra, y por diversas consideraciones, al editor le asaltaron dudas sobre su éxito en el mercado y, pretextando el racionamiento del papel de imprenta a causa de la guerra, hizo una tirada modesta de 7.500 ejemplares (modesta para los EEUU, claro es) y prácticamente no le dio soporte publicitario alguno. Pero, como los libros tienen siempre su destino y nunca se sabe cuál será, el de este, que parecía arrastrarse hacia el


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olvido, resultó ser inesperado. Las escasas críticas que recibió fueron muy negativas. El gremio de las letras nunca ha reconocido mérito literario en las novelas de Rand como, tampoco el cinematográfico a la película El manantial, cuando se estrenó en 1949. El ámbito académico prefirió ignorar su filosofía objetivista, situación que ha mejorado algo a comienzos del siglo XXI, aunque no mucho. A pesar de lo reducido de la tirada y la ausencia de aparato publicitario, la fama de la novela fue creciendo sin parar por circuitos informales y privados, a base de informaciones pasadas de boca en boca. En 1945, a los dos años de la publicación, se vendieron 100.000 ejemplares (Robin, 2010) y en agosto de ese mismo año ocupaba el sexto puesto en la lista de best-sellers del New York Times.

Foto de promoción de la novela. Ayn Rand en Nueva York, 1943.

Poco después, en diciembre, El manantial se publicaba en versión abreviada de treinta entregas sindicadas en treinta y cinco periódicos de los Estados Unidos. Probablemente fue este éxito inesperado el que movió a la productora cinematográfica Warner Bros. a comprar los derechos a instancias de Barbara Stanwyck, quien aspiraba a interpretar el papel protagonista femenino de Dominique Francon. La producción habría de demorarse aun seis años, hasta 1949, en parte por consideraciones de conveniencia política.


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