LA CRISIS DE LA OPINIÓN PÚBLICA LIBERAL (1915-1930)
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
M.ª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
LA CRISIS DE LA OPINIÓN PÚBLICA LIBERAL (1915-1930)
HUGO AZNAR LEOPOLDO GARCÍA RUIZ (editores)
tirant humanidades Valencia, 2021
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PRESENTACIÓN. EL MODELO CANÓNICO DE LA OPINIÓN PÚBLICA LIBERAL Y SU CRISIS. Hugo Aznar y Leopoldo García Ruiz.......... 11
Capítulo 1
SANTAYANA CONTRA LA UNANIMIDAD César García Muñoz 1. Introducción................................................................................................... 31 2. La inexistente opinión pública..................................................................... 33 3. La opinión pública como mordaza.............................................................. 35 4. La fascinación humana por la unanimidad............................................... 37 5. La fuerza de la moda: influencias europeas............................................... 39 6. El contexto norteamericano......................................................................... 41 7. Conclusiones.................................................................................................. 44 Bibliografía............................................................................................................. 46
Capítulo 2
LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y SEGURIDAD PÚBLICA EN ESTADOS UNIDOS: ANÁLISIS DE LA ESPIONAGE ACT DE 1917 Y DE SU APLICACIÓN INICIAL Leopoldo García Ruiz 1. La entrada de EE.UU. en la Primera Guerra Mundial y la promulgación de la Espionage Act................................................................................ 49 2. La Espionage Act ante la libertad de expresión: análisis crítico............... 53 3. Aplicación inicial de la Espionage Act (1917-1920): jurisprudencia de los Tribunales Federales................................................................................ 63 3.1. Tribunales de distrito y de apelación................................................. 64 3.2. Tribunal Supremo................................................................................. 67 4. Reflexiones finales......................................................................................... 74 Bibliografía............................................................................................................. 77
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Capítulo 3
WALTER LIPPMANN Y LA CRISIS DE LA CONCEPCIÓN DECIMONÓNICA LIBERAL DE LA OPINIÓN PÚBLICA Hugo Aznar 1. Introducción................................................................................................... 81 2. «A Test of the News»...................................................................................... 84 2.1. Un estudio pionero sobre la cobertura periodística de la Revolución rusa................................................................................................ 84 2.2. Hallazgos concluyentes y propuestas de mejora.............................. 90 2.3. Algo más en juego: la crisis del ideal tradicional de opinión pública................................................................................................... 95 3. Libertad y prensa........................................................................................... 99 3.1. Libertad e información........................................................................ 99 3.2. Prensa, propaganda y democracia: la manufactura del consenso.. 106 4. Esperanzas en retroceso: las obras de Lippmann en los siguientes años.................................................................................................................. 113 4.1. Tiempos complicados para la democracia........................................ 113 4.2. Hacia una salida tecnopolítica............................................................ 119 4.3. Otro camino posible............................................................................ 124 Bibliografía............................................................................................................. 127
Capítulo 4
PROPAGANDA ALIADA Y GUERRAS DE PODER EN ESPAÑA, SEMANARIO DE LA VIDA NACIONAL (1915-1916) Dolores Thion Soriano-Mollá 1. Una guerra de opiniones también para una España neutral....................... 134 2. El semanario España y “el no ser” de la neutralidad................................. 138 3. Cálculos estratégicos: la agitada entrada del agente Luis Araquistáin a España............................................................................................................. 141 4. Primera crisis de España, un escenario idóneo para las campañas de propaganda..................................................................................................... 150 5. Bajo la égida del Foreign Office.................................................................... 159 Archivos públicos consultados............................................................................ 170 Bibliografía............................................................................................................. 170
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Capítulo 5
LA OPINIÓN PÚBLICA ESPAÑOLA ANTE LA GRAN GUERRA: IDEALES POLÍTICOS Y REPRESENTACIÓN GRÁFICA Manuel Menéndez Alzamora y Katia Esteve Mallent 1. Introducción. En los orígenes de la Edad de Oro del dibujo político........ 177 2. La evolución estética del dibujo político.................................................... 180 3. Los dibujantes del semanario España......................................................... 182 4. La revolución de Luis Bagaría...................................................................... 193 Bibliografía............................................................................................................. 203
Capítulo 6
ORTEGA Y EL LIBERALISMO REFORMADO EN LA PRENSA ESPAÑOLA DE 1920-1930 Cristina Barreiro Gordillo 1. Introducción. La situación de la prensa española en 1920....................... 207 2. Ortega en el cambio de década: hacia una redefinición política............. 213 3. La dictadura y el liberalismo cuestionado.................................................. 218 4. Polémica con Romanones (1925): vieja y nueva política......................... 223 5. Ortega, ¿ideólogo de un futuro Estado? Hacia una nueva política......... 226 6. El viaje a América y el final de la dictadura............................................... 231 7. Conclusiones.................................................................................................. 236 Bibliografía............................................................................................................. 238 SOBRE LOS AUTORES........................................................................................... 243
PRESENTACIÓN. EL MODELO CANÓNICO DE LA OPINIÓN PÚBLICA LIBERAL Y SU CRISIS Hugo Aznar Leopoldo García Ruiz De un tiempo a esta parte se recuerda con frecuencia la cita de Mark Twain según la cual la historia no se repite, pero rima. Y lo cierto es que, aunque dos momentos de la historia nunca sean totalmente iguales –y menos aún en sociedades altamente tecnologizadas como las nuestras, donde inventos y novedades se suceden sin cesar– sin duda pueden albergar acontecimientos, aspectos y fenómenos notablemente parecidos entre sí. Mientras redactamos estas líneas nos llegan diversas invitaciones para publicar en revistas del ámbito de la comunicación y el pensamiento político sobre cuestiones y temas muy afines a los que se abordan en estas páginas. La terminología y las referencias tecnológicas obviamente son diferentes, pero los problemas de 1920 resultan llamativamente similares cien años después, o al menos riman mucho entre sí. Hoy en día se nos propone abordar cuestiones urgentes como la posverdad o el impacto de la desinformación o la manipulación, especialmente en un mundo globalizado, así como los riesgos políticos que acompañan estos fenómenos. Se nos invita a preguntarnos si la ética o la formación del público pueden ser suficientes para confrontar estos retos, o si la solución ha de venir de la autorregulación o de las leyes. Cuestiones todas ellas que ponen sobre la mesa la importancia de la adecuada formación de la opinión pública y de su papel en el buen funcionamiento e incluso en la estabilidad del orden democrático; algo en lo que parece innecesario insistir si traemos a la mente las elecciones presidenciales de 2016 y 2020 en EE.UU., el referéndum del Brexit o la desinformación a
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la que estamos asistiendo durante la actual pandemia. Se trata, en todos estos casos, de retos relacionados con avances tecnológicos de nuestro tiempo, como Internet, las redes sociales, los bots, las nuevas capacidades tecnológicas de alterar imágenes y voces, etc. Pero no es difícil ponerlos en continuidad con los avances que a lo largo del último siglo y medio provocaron cambios en esta misma línea, quizás no tan sofisticados pero igual de disruptivos y sorprendentes en su momento –desde la fotografía al cine o la radio, pasando por las tiradas millonarias de los periódicos o el impacto de la ilustración gráfica en el periodismo, la publicidad o la propaganda–, y también con efectos sociales y políticos similares. A la hora de examinar y tratar de solucionar esos retos de hoy no nos es dado aprender del futuro, ya que es precisamente ese futuro el que desconocemos y tratamos de encauzar. Sólo nos queda pues aprender del pasado, volver la mirada sobre épocas y fenómenos que puedan servirnos como referencia a la hora de evaluar y confrontar el presente. Es en este sentido que ciertos acontecimientos de hace justo un siglo –y las reflexiones que al hilo de ellos se hicieron, así como las decisiones o cursos de acción que inspiraron– pueden resultarnos útiles: precisamente por parecerse a los que ahora vivimos, porque riman con los nuestros. Aquellos acontecimientos, ocurridos en el marco de una sociedad que comenzaba a percibirse a sí misma como compleja y (así se diría por entonces) mundializada, llevaron a cuestionarse, como lo hacemos ahora, el paradigma y los supuestos heredados de la concepción moderna, ilustrado-liberal, de la opinión pública y su papel en democracia. De hecho, algunos de esos sucesos resultaron comparativamente incluso más traumáticos, y terminaron por trastocar el orden heredado de manera definitiva, como ocurrió con la Gran Guerra o la Revolución rusa. Como hoy, también el papel de la propaganda en esos acontecimientos y en la vida diaria de aquellas sociedades, donde el bienestar material y el consumismo comenzaban a despuntar, puso la cuestión de la verdad de la información en el orden del día. Ello unido al impacto causado por unos medios –entonces la prensa, a la que pronto seguirían el cine y la radio– que, con tiradas multimillonarias y magnates
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todopoderosos, suscitaban la cuestión de su influencia, su poder y su (falta de) responsabilidad, al tiempo que hacían preguntarse por la capacitación y la formación de quienes los elaboraban. Los innovadores recursos gráficos y psicológicos de aquellas publicaciones suponían también una nueva forma de atracción y de potencial manipulación del público masivo. Como las nuestras, las sociedades de aquella época conocieron la emergencia de formas políticas de corte populista, con mensajes y prácticas que llegarían a poner contra las cuerdas la tradición liberal de libertades, el naciente orden democrático y los principios de la convivencia pacífica incluso dentro de las propias naciones. Las circunstancias recién aludidas ponían sobre la mesa algo que ya venía dejándose sentir desde algunas décadas atrás, pues, en efecto, la segunda fase de la Revolución Industrial y la progresiva democratización de las naciones occidentales ya parecían apuntar en la dirección del cuestionamiento de la concepción ideal de la opinión pública ilustrado-liberal. Con todo, esos cambios, experimentados a lo largo del último tercio del XIX, habían ido produciéndose más progresivamente, y sus consecuencias no se habían dejado notar por tanto de forma tan disruptiva, rápida y definitiva como los que se produjeron en las primeras décadas del siglo XX. Será entonces cuando la concepción canónica de la opinión pública liberal entre definitivamente en crisis.
Un ideal heredado La concepción liberal de la opinión pública era una herencia de los supuestos que habían dado forma a la Ilustración e incluso, antes que ésta, a la lucha de la Modernidad contra la sociedad cerrada, la intolerancia religiosa y el poder absoluto de los reyes. Su formulación como paradigma histórico de referencia había sido obra fundamentalmente de filósofos y hombres de pensamiento. Cuando estos pensadores formulaban la idea de libertad de imprenta la imaginaban en gran medida en relación con su propia experiencia como escritores y
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lectores de libros, como protagonistas de las aportaciones que hacían unos y otros a ese intercambio común. Todos ellos formaban parte de lo que se imaginó –y se llegó a denominar– como una República de las Letras: probablemente la primera comunidad ‘virtual’ de la historia. Esta comunidad descansaba sobre el intercambio de publicaciones y cartas, de ideas y comentarios mutuos. Tenía como enseña la máxima libertad de expresión de las ideas dentro de un marco de confrontación pacífica de opiniones basado en el respeto mutuo, aunque no faltaban recelos, envidias, polémicas y tensiones –a veces muy duros y ácidos, pero siempre dentro de un marco de cortesía o politeness, propio de personadas formadas–. Y su norte era el triunfo de la verdad. Para los promotores de esta República de las Letras, la producción libre de –y el acceso libre a– cualquier material impreso no podía tener otro efecto final que el triunfo de la razón y la verdad. La concepción del liberalismo decimonónico sobre la libertad de prensa y la opinión pública, y sobre el papel de ambas en las sociedades democráticas, consistió en una simple traslación de ese modelo desde el debate filosófico-científico hasta al terreno de la política. Si el referente anterior habían sido los libros ahora lo eran los periódicos, tránsito éste que pudo hacerse sin demasiada dificultad al ser por entonces los segundos todavía un producto muy asociado a las élites y a sus redes de influencia. La formulación probablemente más ejemplar de esta concepción la encontramos en el texto sobre la libertad de prensa escrito por James Mill para la edición de la Encyclopaedia Britannica de 18231. Era una reflexión relativamente breve, con las ideas formuladas de manera muy clara y distinta, y aplicadas a un sistema en el que tanto las elecciones como la vigilancia y la crítica de los cargos públicos ya ocupaban un lugar clave en la vida política del Reino Unido. La fe en el triunfo de la razón se mantenía incólume en aquel texto, y se
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James Mill ([1819-1823] 1997): Government, Jurisprudence, Liberty and the Press and Prisions Discipline, London: Supplement to the Encyclopaedia Britannica. Trad. esp.: Ensayos sobre Derecho y Política. Granada, Comares.
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trasladaba sin solución de continuidad a la formación de la opinión pública y a su papel en un orden político democrático. Precisamente por esa fe que Mill manifestaba en el triunfo final de la razón y de la verdad en un marco de libertad de prensa irrestricta, su propio hijo John Stuart diría de él que había sido ‘el último de los ilustrados’. James Mill afirmaba que el debate de las opiniones, en la medida en que fuera libre, abierto y plural, con independencia de lo que afirmara cada uno, conduciría finalmente a la opinión más acertada, a la verdad. La garantía de este resultado final era para él una “certeza moral” que estaba basada en una ley de la naturaleza. Se trataba de algo evidente, universal y fuera de toda duda; como lo había sido para los autores modernos e ilustrados. A la hora de aportar pruebas en apoyo de semejante certeza, Mill no hacía otra cosa que citar en su respaldo las opiniones de los autores que habían configurado dicha tradición ilustrada y dado forma a este paradigma. De modo que no había otro sustento o prueba –ni parecía necesitarse– más allá de la reiterada afirmación de esta idea a lo largo de la misma tradición que le había dado forma. Por esos mismos años, incluso las tempranas señales de la industrialización y la naciente concentración urbana eran percibidas no como una amenaza para esta concepción sino todo lo contrario: ambas circunstancias llevarían a un aumento de la clase media, íntimamente vinculada al nacimiento y a la expansión de este modelo de opinión pública, junto con el comercio, a lo largo de todo el orbe naciente. Tales fueron las ideas expresadas en el primer libro que llevó en su título el término “opinión pública” y que por ello mismo contribuyó también a dar forma definitiva al paradigma decimonónico liberal: el que publicó el parlamentario inglés William A. Mackinnon en 18282, apenas un lustro después del texto de James Mill. Según Mackinnon, el desarrollo producido por la primera tecnología industrial maquinista produciría un aumento de la riqueza, y ésta a su vez un crecimiento de la clase media. El aumento de la clase me-
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William A. Mackinnon (1828): On the Rise, Progress and Present State of Public Opinion, in Great Britain, and other Parts of the World. London: Saunders and Otley.
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dia en peso e importancia iría unido al de una de sus contribuciones más distintivas a la civilización: la opinión pública; y también al de su importancia en los gobiernos constitucionales liberales y su régimen de libertades. Mackinnon estaba convencido de que este triunfo de la clase media y de su opinión pública dejaría atrás las lealtades estamentales del mundo medieval y arrinconaría a su otra contraparte, el “clamor popular”, propio de las clases desposeídas.
Cambios imprevistos Sin embargo, conforme fue avanzando el impacto de las transformaciones impulsadas por la Revolución industrial a lo largo del siglo XIX fueron también surgiendo aspectos de la nueva sociedad que ya no casaban con el modelo canónico de esta tradición ilustrado-liberal. La concentración urbana e industrial llevó a una experiencia nueva que iba a marcar la segunda mitad del siglo: la aparición de las muchedumbres, hecho que constituía –como explicará después Ortega– la novedad social más llamativa de aquel tiempo. Una experiencia sintomática que acabaría dando lugar a un paradigma alternativo al del inicio de siglo, con sus propias implicaciones culturales y políticas: el de la sociedad de masas. Si el público ilustrado había sido caracterizado por su capacidad para, mediante el uso de su razón y a través del debate de la opinión pública, trasladar al espacio público un discurso racional, la caracterización del público en la sociedad de masas acabó por ser justo la opuesta. Lo que caracterizaría a las masas serían los fenómenos irracionales de contagio de las conductas basadas en impulsos primarios básicos, tal y como gustaban de señalar las nuevas disciplinas de la psicología y la sociología, contando a su favor con el prestigio de su aparente cientificismo. Y al trasladar estas concepciones al espacio público político, el resultado era completamente diferente al del ideal ilustrado liberal. En el caso de las masas, la irracionalidad y los fenómenos colectivos de contagio las hacían víctimas fáciles y hasta predispuestas a
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sucumbir a los mecanismos de sugestión y manipulación colectivas. Bastaría mejorar las técnicas propagandísticas que iban despuntando poco a poco –tanto en el ámbito comercial como en el propiamente político– para inducir estados de ánimo colectivos que desatasen las respuestas básicas de sus integrantes, cuya voluntad quedaría así a merced de quien manejara dichas técnicas y tuviera los medios para difundirlas. Para que este nuevo paradigma emergente tomara su forma definitiva faltaba una transformación más, la que producirían las nuevas formas de producción industrial aplicadas al campo de la prensa, un camino que se iría recorriendo también a lo largo del siglo XIX. El primero de estos pasos se dio pronto, con la introducción del vapor en 1814 en las prensas de The Times londinense, si bien no produjo todavía una modificación sustancial del modelo de prensa dirigida a las élites dominante por entonces. El segundo paso tuvo lugar en la década de 1830, justo cuando, como hemos señalado, la versión de la concepción ilustrado-liberal había adoptado su forma canónica. Esta vez el cambio se produjo en Estados Unidos, inicialmente en Boston pero sobre todo en la gran metrópolis emergente de este período: Nueva York. Fue aquí donde se combinarían definitivamente los factores que darían nacimiento a un nuevo tipo de periódicos que revolucionaría el mundo de la prensa e inauguraría un nuevo modelo de periodismo cuya tirada, beneficios, influencia y poder no dejaría de crecer ya hasta el siglo siguiente. En efecto, la aplicación del vapor a las prensas y el significativo aumento de la tirada que hacía posible se combinaba ahora con un precio bajo –que daría nombre a este tipo de prensa, la penny press– y que la hacía asequible a las clases populares. Lo que llevó a otra transformación: el cambio de los contenidos de los periódicos, pensados ahora para atraer a esas masas urbanas, ansiosas más de historias y entretenimiento que de un debate culto y sereno3.
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Para los datos históricos y las citas que siguen sobre la penny press, v. Anthony R. Fellow (2010): American Media History. Boston, Wadsworth, 2ª ed., pp. 85 y ss.
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Fue Benjamin Day con el lanzamiento de The New York Sun en 1833 el que inició esta transformación radical de la fisionomía tradicional de los periódicos hasta entonces. Day imprimió un nuevo estilo al periodismo, con un lenguaje más directo, vívido y accesible a las clases menos formadas; y más importante aún, con noticias de interés humano, cuyos protagonistas eran los hombres y mujeres comunes de la metrópoli a los que iba dirigido el medio: empleados, trabajadores e inmigrantes que iban llegando a la ciudad y tenían en este medio un recurso útil para aliviar las penas del trabajo y sentirse más integrados en el día a día de su ciudad. Este nuevo tipo de prensa dejaría de distribuirse por suscripción entre las élites que articulaban la idea tradicional de la opinión pública; ahora se vendía en las calles y los ‘chicos de la prensa’ tenían que atraer la atención del público voceando titulares llamativos y noticias de sucesos, crímenes y otras historias similares, como reflejaba el motto del periódico: “It shines for all”, y ya no para las élites. En esta búsqueda de la venta masiva, la fuente principal de ingresos iba a comenzar a gravitar hacia un nuevo polo: el de la publicidad comercial que comenzaba a dar sus primeros pasos al mismo tiempo que aparecía la naciente sociedad consumista. De este modo, la prensa inauguraba el modelo distintivo del periodismo y la comunicación de masas que iba a dominar el tiempo por venir: tiradas masivas para llegar a grandes cantidades de público, a un precio muy bajo y con un estilo que captase la atención para aumentar así los ingresos por la vía de la publicidad. Pronto otros medios siguieron la estela de Day: The New York Herald, de James Gordon Bennett, lanzado en 1835 también en Nueva York; o La Presse de Émile de Girardin en el París de 1836; probablemente los dos primeros magnates de la prensa en el sentido que acabaría haciéndose icónico en el siguiente cambio de siglo. Bennett expresó con claridad esta nueva concepción empresarial del periodismo: “había más dinero para ingresar con el periodismo recogiendo los cotilleos que interesaban en los bares, las tiendas, las carreras de caballos y las casas de huéspedes, que consultando los gustos de los salones y las librerías”. El éxito de este nuevo modelo de prensa
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fue inmediato, en respuesta a una demanda creciente en las primeras metrópolis emergentes de la sociedad contemporánea. A poco de lanzarse sus tiradas superaban los 30.000 ejemplares. Una cifra que sin embargo se quedaría ridícula en comparación con las tiradas millonarias que se alcanzarían a finales de siglo, con la incorporación de otros tantos nuevos avances tecnológicos: la electricidad en las prensas, el telégrafo para recibir informaciones de otros lugares, y el uso de ilustraciones y más tarde fotografías para hacer aún más atractivo el producto final. El vínculo de clase de la prensa tradicional, por la que ésta se convertía en manifestación –y a la vez articulación– de los gustos, las opiniones y los intereses de una determinada élite intelectual, política y económica, basada en un vínculo de servicio e identidad de grupo y vendida por suscripción, iba a quedar ahora arrinconada en la historia. Pero era también el tipo de prensa que había permitido transitar de la libresca república de las letras a la opinión pública de estos primeros periódicos. Algo que ya no casaba con la nueva prensa popular, vendida en la calle, con contenidos informativos, historias, recursos gráficos y publicidad comercial pensados para atraer a las masas urbanas. El público de los periódicos tradicionales –propio de una élite bien conocida e identificada en sus límites, gustos y criterios– pasaba así a ser sustituido ahora por una masa desconocida, de gustos y opiniones cambiantes, fácilmente moldeables por los periodistas que hacían y los magnates que editaban estos nuevos periódicos. Y sin ese sustento la concepción decimonónica liberal de la opinión pública estaba a la larga condenada. Como sentenciaría la primera obra de referencia sobre la sociedad de masas, la de Gustave Le Bon, ya en el cambio de siglo (1895): “Por lo que se refiere a la prensa, que era antes la que dirigía a la opinión, ha debido, al igual que los gobiernos, doblegarse al poder de las masas. (…) Los viejos órganos solemnes e influyentes de antaño, cuyos oráculos escuchaba piadosamente la generación anterior a la nuestra, han desaparecido o se han convertido en hojas informativas encuadradas en crónicas divertidas, chismes
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mundanos y reclamos financieros”4. Una denuncia de la nueva cultura periodística a la que se había ido sumando desde mediados del XIX un buen número de los grandes pensadores y literatos. De este modo, a lo largo del siglo XIX se produjo una singular combinación: mientras adquiría su forma canónica la concepción ilustrado-liberal de la opinión pública, poco a poco se iban forjando los elementos que iban a poner en crisis esta misma concepción y a conducir en el siglo posterior a un nuevo paradigma social, cultural y político: el de la sociedad y la comunicación de masas. Sin embargo, pese a que las primeras andanadas comenzaban a hacerse realidad, el modelo canónico era todavía dominante y se mantenía como el ideal de referencia para pensar la opinión pública y su papel en las sociedades democráticas. Una buena prueba de ello lo encontramos en el propio testimonio de uno de los mayores magnates de la prensa de comienzos de siglo XX, Joseph Pulitzer, quien, al mismo tiempo que estaba contribuyendo a cambiar el viejo modelo, reafirmaba el papel de la prensa según el modelo canónico liberal, con sus vínculos con la tradición ilustrada que le había dado forma. En 1904 podía suscribir sin aparente problema los supuestos todavía poco cuestionados de esta tradición: La opinión pública como poder político y moral tiene su inspiración y expresión en la prensa y la tribuna. Gutenberg fue el fundador de la opinión pública moderna. La imprenta ha sido uno de los factores más importantes en la difusión de las ideas religiosas propugnadas por los reformistas y la creación de una opinión pública que las apoyara. Las palabras pronunciadas por Lutero solo llegaron a unos pocos, pero una vez impresas les llegaron a muchos. Miles de folletos y panfletos que contenían las semillas de las nuevas ideas religiosas se esparcieron por Alemania. Con el advenimiento del periódico, en el mundo se empezó a sentir una fuerza nueva, “la más poderosa que se ha conocido para la creación, el Desarrollo y el control de la más importante de las fuerzas modernas: la opinión pública mayoritaria”5.
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Gustave Le Bon (2005 [1895]): Psicología de las masas, Madrid, Ed. Morata, p. 110. Joseph Pulitzer ([1904] 2011): “El poder de la opinión pública”, en J. Pulitzer, Sobre el periodismo. Madrid, Gallo Nero, p. 113.