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política

ciencia política

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COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT LO BLANCH Manuel Asensi Pérez

Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada Universitat de València

Ramón Cotarelo

Catedrático de Ciencia política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo Catedrática de Lengua Española Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria

Catedrático de Teoría e Historia de la Educación Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba

Catedrático de Ciencia Política y de la Administración Universitat de València

Joan Romero

Catedrático de Geografía Humana Universitat de València

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web: www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales


Nuevas teorías en la Filosofía Política: Republicanismo, liberalismo y comunitarismo

ABRIL USCANGA BARRADAS

Ciudad de México, 2016


Copyright ® 2016 Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito del autor y del editor. En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant lo Blanch México publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com/mex/

Directores de la Colección:

ISMAEL CRESPO MARTÍNEZ Catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad de Murcia

PABLO OÑATE RUBALCABA Catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad de Valencia

© Abril Uscanga Barradas

© EDITA: TIRANT LO BLANCH DISTRIBUYE: TIRANT LO BLANCH MÉXICO Río Tiber 66, PH Colonia Cuauhtémoc Delegación Cuauhtémoc CP 06500 MÉXICO D.F. Telf: (55) 65502317 infomex@tirant.com www.tirant.com/mex/ www.tirant.es ISBN: 978-84-9119-869-7 MAQUETA: Tink Factoría de Color

Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: atencioncliente@tirant.com. En caso de no ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa nuestro Procedimiento de quejas.


A mis estudiantes, con todo mi cariĂąo y agradecimiento.


PRÓLOGO Juan Antonio García Amado1 En cuanto filosofía política de nuestro tiempo (aunque con antecedentes claros en otras épocas), el republicanismo ocupa un lugar sumamente interesante, pues se halla en un terreno intermedio entre las dos grandes alternativas filosófico-políticas dominantes, el liberalismo individualista y el comunitarismo. Para el liberalismo, la sociedad está compuesta por individuos autointeresados, cada uno de los cuales tiene como supremo y racional objetivo la maximización de su bienestar o felicidad, y que respetan las reglas del juego común solamente en la medida en que les conviene, sea porque de la cooperación de todos bajo esas regla sacan ventaja, sea porque tales reglas son eficazmente impuestas y resultaría dañino para el interés propio el padecer la sanción resultante de su vulneración. Para el comunitarismo, en cambio, ese individuo en el que piensa el liberalismo es una entelequia sin sustancia, un constructo teórico tan vacío como imposible. Los comunitaristas piensan que, más allá de nuestra dimensión corporal, empírica, todo lo que somos lo somos por razón de la comunidad cultural en la que nacemos y nos socializamos y de la que formamos parte al modo de elementos de un ente superior. Mientras que los liberales operan con el modelo de un ser humano que es autónomo porque en sí mismo, en tanto que sujeto individual, lleva los ideales, el modo de ser y la vocación que configuran su personalidad peculiar y distinta de la de cada uno de los otros, los comunitaristas estiman que es la sociedad la que imbuye a los sujetos de esos caracteres (ideales, modo de ser, vocación…) que hacen que parezca diverso cada uno, pero que, en verdad, sirven para que todos compartan las notas identitarias de una comunidad. Así como para los liberales cada sujeto viene a ser como un papel en el que desde el origen de cada cual está escrito un guion o una partitura

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Catedrático de Filosofía del Derecho. Universidad de León (España)


Juan Antonio García Amado

particular, para los comunitaristas cada cual es, en sí y al margen de la aculturación, como un papel en blanco, y es cada sociedad, cada comunidad cultural, la que graba sobre ese papel de cada uno un guion común y con pequeñas variantes de persona a persona. Según los liberales, la materia prima del mundo social está en los individuos mismos, y la sociedad es mero agregado de sujetos que, por razones de autointerés, prefieren coorganizarse y cooperar. Por consiguiente, toda sociedad es coyuntural y está aleatoriamente constituida, no hay esencias sociales que antecedan al azar de la convivencia de tales o cuales personas ni ontología que señale ninguna prioridad constitutiva de lo colectivo sobre lo individual. Por el contrario, para el comunitarismo el sujeto individual, tomado en sí y aisladamente, no es nada, puro recipiente vacío, cuerpo sin espíritu, animal simple que carece de los instrumentos para explicarse a sí mismo o para organizarse con otros. Es el grupo, como grupo cultural, con sus usos y sus reglas, el que nos crea y nos configura, por lo que toda explicación individual, toda preferencia individual o toda valoración individual son, en el fondo, explicaciones, preferencias o valoraciones sociales, ya que están hechas con el lenguaje y las pautas comunes y son mera aplicación de lo común a casos particulares o sucesos concretos. Vemos, pues, como para el liberalismo no puede haber sociedad sin la previa dimensión o decisión social de los individuos, mientras que para los comunitaristas lo que no cabe es que haya en puridad individuos sin la previa socialización de los mismos, sin la integración de cada uno en el grupo que a través de la red de sus referencias, usos, explicaciones y normas los dota de sentido y les permite entenderse a sí mismos. La comunidad política es, conforme al liberalismo, esencialmente artificiosa, siempre provisional, estructuralmente inestable, pues depende del consentimiento de los que de ella forman parte, consentimiento que es alcanzado en razón de un cálculo de conveniencia, más o menos consciente, pero siempre unido a un riesgo de anomia o resistencia. Para los comunitaristas la comunidad política es una dimensión o una de las caras de esa comunidad sustantiva que es antes que nada comunidad cultural, pero que, derivadamente, como comunidad política se afirma y se defien-


Prólogo

de, en su peculiar identidad, frente a las otras. De acuerdo con el comunitarismo, el riesgo mayor no está en la desafección por conveniencia de los integrantes de la comunidad, sino en las otras comunidades, en las comunidades rivales que se configuran a base de visiones distintas del mundo y del ser humano y que se estructuran de conformidad con un sistema alternativo de reglas y hábitos. A tenor del liberalismo político, el supremo imperativo moral es un cierto amor propio, si bien con el límite de aceptar que cada uno de los demás es también un individuo legitimado para buscar su propio bien, razón por la que convivir es ceder una parte del interés propio inmediato para conjuntamente lograr un bienestar de grado mayor y más duradero. Para el comunitarismo, el mandato moral más alto es el de la solidaridad con la tribu, el de la lealtad a esa comunidad que nos hace como somos y que permite que en común nos identifiquemos quienes aisladamente nada seríamos. Entre esos dos polos del liberalismo y el comunitarismo, el republicanismo ocupa un genuino término medio. La vida humana fructífera y razonable no puede entenderse sin comunidad, y la comunidad no es una mera suma inestable y artificiosa de individuos egoístas y siempre recelosos frente a lo comunitario. Pero tampoco es la comunidad republicana esa especie de cuerpo místico, ese organismo vivo del que cada individuo viene a ser una partícula carente de autonomía y de razón de ser por sí misma. La comunidad en la que piensa la teoría republicanista no es la comunidad cultural densa ni es ninguna agrupación de tintes metafísicos, aglutinada en las nieblas de la historia o la tradición o en ideas metafísicas como la del destino común o el espíritu del pueblo. Es una comunidad meramente política. La comunidad política republicana es, en primer lugar, una comunidad de ciudadanos libres, no de células de un organismo o de ladrillos de un edificio o de miembros de un rebaño. Esos individuos constitutivamente libres se agrupan y cooperan por algo más que por egoísta autointerés en el bienestar o la riqueza, y por algo menos que un instinto gregario o una pulsión asociativa. Sabiéndose cada uno dueño de sí mismo, el ciudadano republicano se solaza intelectual y moralmente con los resultados de la vida en común y bajo un poder que es de todos por igual y que a todos por igual


Juan Antonio García Amado

sirve. No es simplemente porque sea más rentable la cooperación que el hacer cada cual la guerra por su cuenta, sino que también hay un elemento esencial de placer intelectual y de disfrute moral. El ciudadano descubre que es mayor y de más calidad la libertad que entre todos se guarda y que en común se regula, que son más firmes los frutos del grupo que se autogobierna con participación de cada uno de sus miembros y bajo reglas que todos respaldan porque entre todos las han construido. La política recobra su prestigio y su razón de ser. No es el poder emanación cuasinatural de un grupo con vida propia ni mal necesario al que hayan de entregarse a ratos individuos que ningún interés profundo guardan por lo colectivo, sino que es la política, para el republicanismo, el lugar en que se dan la mano lo individual y lo colectivo, la libertad de cada cual como mejor libertad cuando es libertad de todos. Es la política, en cuanto actividad a la que cada conciudadano entrega una parte de su tiempo y de su esfuerzo, lo que traduce la coacción de las normas a expresión y garantía de la libertad, en un nivel más profundo. En el centro de la vida social está la política y el resultado primero de la política son las reglas del juego común. El ciudadano republicano vive la política y participa de la política porque acepta las reglas del juego compartido como reglas buenas para él y reglas razonables entre individuos libres; y porque asume el compromiso moral con esas reglas, sabe también que solo entre ciudadanos políticamente activos tales reglas podrán mantenerse y ser eficaces. La libertad que no sea de consuno por todos defendida, será opresión en nombre de una libertad imaginaria en boca de tiranos y manipuladores. No hay libertad ni seguridad para mí si no es en una comunidad política en la que entre todos velamos porque haya seguridad y libertad para todos. Y porque somos políticamente iguales, nada más que podemos contar como iguales a todos los efectos, empezando por igualmente merecedores todos de libertad y seguridad. Las reglas comunitarias, las normas constitucionales de esa comunidad política republicana son artificiales, no naturales como las ve el comunitarista; pero no son artificiosas o enteramente contingentes, como el liberal las contempla. Las reglas constitucionales que resguardan la libertad, los derechos y las seguridades son


Prólogo

el producto de los acuerdos más razonables y, por eso, por ser razonables y por salvaguardar para cada uno lo que a cada uno más importa, son por igual queridas por todo ciudadano racional y conforman el núcleo de la comunidad política, como comunidad de ciudadanos en libertad bajo normas compartidas. No aceptamos esas constituciones de la libertad por ser coactivas ni por ser las de nuestras patrias, sino porque son las únicas que son nuestras sin oprimirnos y nos hacen sentirnos libres aunque sea coactivo el mecanismo de su imposición a los reticentes. Entre las nociones de la filosofía moral y política que se creían perdidas y que en las últimas décadas han sido recuperadas, está la de virtud. El republicanismo la retoma, como virtud cívica y virtud política. Tanto el ciudadano del liberalismo como el del comunitarismo acatan las reglas por una especie de obligación, el uno porque no puede sustraerse al interés egoísta que le lleva a preferir que haya normas y el otro porque no puede evadirse de su condición de peón de esa superior empresa que es la comunidad. Pero el ciudadano del republicanismo acata las reglas buenas por su convicción de que son buenas y de que su vida buena, la de cada uno, solo lo será plenamente en una comunidad regida por reglas así, reglas valiosas que preserven la libertad y los espacios para la deliberación autónoma sobre lo común. Ese ciudadano que no obedece por falta de alternativas, sino por convicción, ha de ser el ciudadano virtuoso que es capaz de sobreponerse a impulsos más básicos, el ciudadano maduro que puede reflexionar y obrar en consonancia con su razón. La política en libertad, que es la política de la libertad, nada más que resulta viable entre ciudadanos virtuosos, entre ciudadanos que reflexivamente asumen en libertad su compromiso con lo colectivo y se avienen a renunciar a una parte de su interés elemental para que siga siendo posible una vida colectiva con esa calidad. El beneficio para la ciudadanía republicana no es el beneficio primario del ciudadano liberal, que piensa en acumular riqueza y placeres inmediatos, ni el beneficio puramente emocional del ciudadano comunitarista, que hasta disfrutaría inmolándose por la salvación de ese ente abstracto que llama pueblo, nación o patria. El beneficio para el ciudadano republicano es también un beneficio intelectual, en forma de orgullo,


Juan Antonio García Amado

de íntima satisfacción por formar parte de una comunidad política con libertad y sin opresión ni manipulación, sin esclavos económicos ni siervos de las ideologías manipudoras. Por eso la teoría comunitarista, a partir de ese énfasis en la virtud política como condición de subsistencia de las constituciones políticas de libertad, pone su énfasis en la educación, educación como formación de ciudadanos, educación para hacer ver que el ciudadano que más se quiera a sí mismo será el que a una parte de sí mismo renuncia para ser él más plenamente dentro de la comunidad política con todos los que, buscando ser libres, asumen las reglas para ser libres todos por igual. Una educación que no vaya dirigida ni a proporcionar nada más que instrumentos para imponerse a los otros en una competición que es antes que nada económica, una educación que no se oriente tampoco a acrecentar la dependencia de la tribu a base de actuar sobre los mecanismos sentimentales y primitivos de atadura a los próximos, sino una educación que enseñe que de vivir bajo la ley de la selva o de vivir como anónimo y fungible miembro de un rebaño nada más que nos libra el compromiso con ciertas reglas de juego y el orgullo de que, gracias a ellas, no somos aviesamente dominados. Sirva lo anterior como testimonio de una cierta simpatía con las tesis del republicanismo, o, al menos, con sus hermosas intenciones. Para entender a fondo esas tesis y conocer sus antecedentes, nada mejor que este libro de Abril Uscanga que tengo el honor de prologar. Antes de poner punto final, sí me gustaría preguntarme qué puede aportar la filosofía política republicana a países como México, que es el de la autora de esta obra, y España, que es el mío. Como tal vez sonaría a atrevimiento excesivo que pontificara yo sobre México y la sociedad mexicana, me permitiré únicamente interrogarme acerca de cuánto habrá o podrá haber de republicanismo en la sociedad española, y en especial en la comunidad política que en España formamos. Nunca se llegó a asentar en plenitud el espíritu liberal en España y me temo que seguimos teniendo más de tribu que de comunidad política de personas libres y celosas de su autonomía. Pero, curiosamente, tampoco hay una identificación intensa con


Prólogo

una comunidad cultural o política, llámese pueblo, nación o como se quiera. Pensemos en la corrupción, tan abundante. La corrupción político-económica no es mera maniobra de individuos ansiosos por enriquecerse por vía ilícita y prevaliéndose de su poder político y jurídico. Esa corrupción que beneficia a esos sujetos es posible, ante todo, porque prospera en un determinado ambiente social en el que no se enjuicia negativamente, bien al contrario, al que en un concurso de méritos favorece al amigo o el recomendado, o al que en una concesión pública amaña los procedimientos y condiciones a fin de que salga con ventaja el socialmente más cercano, sea el familiar, el coterráneo, el amigo o el compañero de partido. Entre el individualismo liberal y el comunitarismo, ciertas sociedades se aglutinan en torno a entidades intermedias, como familia, vecindario, partidos o sindicatos, y la fidelidad a esas instancias grupales bloquea tanto la meritocracia a la que propende el liberalismo, como el imperio de la comunidad político-cultural que es grata a los comunitaristas. Lo que en otro contexto debería ser la sociedad civil o el movimiento asociativo haciendo de contrapeso a los organigramas político-institucionales, en ciertas sociedades latinas es la vía para que la política, el derecho y las instituciones sean recolonizados y desactivados por grupos cuyo predominio tendría, en la modernidad, que haber sido desplazado por los esquemas formales y procedimentales que traen su causa jurídica de las constituciones. Son esas lealtades político-institucionales informales las que en determinados estados bloquean el juego de las instituciones y los procedimientos constitucional y legalmente establecidos, a la vez que se usan las instituciones estatales como pura herramienta para aquellos objetivos espurios. Y todo ello es posible porque culturalmente no hay un rechazo a las viejas fidelidades, fidelidades de sangre, corporativas, vecinales o ideológicas, y hasta delincuenciales, sino que lo que la sociedad sigue viendo con desconfianza y enorme distanciamiento es el Estado y su entramado de órganos y normas. Y se cae en un perfecto círculo vicioso, ya que la reticencia ante el Estado resulta ratificada de resultas de la instrumentalización de todo el aparato estatal por esos cuerpos intermedios a


Juan Antonio García Amado

los que se sienten más cercanos esos ciudadanos con vocación de súbditos, esos vecinos que aprecien más la cálida atadura feudal que la fría condición del individuo libre en el Estado de Derecho. A partir de esa colonización del aparato jurídico y político por un entramado grupal de lealtades, fidelidades y corruptelas, la política participativa y de deliberación ciudadana en libertad es desplazada por mecanismos manipulativos y demagógicos. El lenguaje de los derechos se usa nada más que para impulsar una política de reivindicaciones que mantenga el aparato estatal en vilo e impida consolidar el necesario dominio de lo jurídico en un real Estado de Derecho; los mecanismos de participación institucional se manejan para respaldar una política interna de privilegios y blindaje de la irresponsabilidad; las instituciones de control y garantía son tomadas por grupos de presión y falsos movimientos asociativos y sindicales que no pretenden otra cosa que no sea la defensa de ventajas y la consolidación de prebendas. Por poner un ejemplo de esto último y para que no se diga que este es un discurso abstracto en exceso, bástenos pensar en el dato sorprendente de que hace poco, en España, se comprobó que gran parte del personal funcionarial del Tribunal de Cuentas estaba formada por parientes del presidente y los magistrados de ese tribunal, todos los cuales habían obtenido sus plazas en concursos perfectamente amañados. Paradójicamente, en sociedades y estados así los ciudadanos moral y políticamente más virtuosos, los intelectualmente más comprometidos con los fundamentos mismos del Estado de Derecho y de la sociedad democrática, se retiran a los cuarteles de invierno, llenos de escepticismo, cansados y sabedores de que tendrán siempre las de perder en ese entramado de falsedad y fingimiento. Lo que la filosofía política republicanista nos enseña es que la vivencia y práctica real de la democracia, la libertad y la igual oportunidad de los ciudadanos solamente pueden darse en un marco cultural determinado, en el contexto de una cierta evolución social y una vez que se hayan alterado las lealtades de los individuos a los viejos patrones tribales y de clan, pero sin terminar en esas sociedades desvertebradas de solitarios sin esperanza, de “solos en la bolera”. Ese mensaje del republicanismo, visto desde algunos países, empezando por el mío, apunta una salida cierta


Prólogo

a tantos fracasos que la modernidad ya suma, pero no sé si será suficiente para sacarnos de la desesperanza y conseguir que algo cambie antes del fracaso definitivo y la reacción temible. En cualquier caso, libros como este de Abril Uscanga nos ilustran y nos dotan de conocimientos que habrán de ser bien útiles para que la reflexión continúe y la acción política se cargue de nuevas y mejores razones. Tengo la satisfacción personal de haber conocido a la autora cuando, apenas al comienzo de su investigación, llegó a mi Universidad de León, en España, y me dio oportunidad de asistir al surgimiento de este libro, que es parte de su tesis de doctorado. Pronto supe de su inteligencia, su tesón y su capacidad de trabajo. Confío en que esas cualidades de Abril Uscanga harán que este sea nada más que un primer fruto, y en que pronto vengan nuevas aportaciones que nos animen, en países como México o España, a perseverar en la senda de las democracias auténticas y de las sociedades decentes. Que así sea. León (España), 5 junio de 2016.


INTRODUCCIÓN El conocimiento de las teorías e ideologías nos ayudarán a entender desde distintos enfoques los diferentes elementos y conceptos desde los que se puede entender la estructuración social, organizativa, política y jurídica de un Estado. Con la presente obra se intenta brindar una introducción sistemática a filosofías teóricas analizadas y revaloradas desde un enfoque actual, por lo que podríamos indicar que el producto refleja una introducción sistemática a teorías e ideologías filosófico-políticas que brindan en la actualidad nuevos y diferentes paradigmas de análisis de temas relevantes como: la función del Estado contemporáneo, la sobreposición de los derechos individuales sobre los derechos colectivos, o viceversa, el origen de la fuente de la obligación política, la necesidad de participación política, la pugna entre las obligaciones morales y las obligaciones políticas, el papel que debe jugar el mercado, el peso que debe otorgarse a la justicia universal, la prioridad que se brinda al concepto patriotismo, la determinación del bien común, el debate entre los términos de sociedad y comunidad, entre otros. El estudio de las teorías e ideologías es muy amplio, por lo que nos remitiremos a agrupar, distinguir y desarrollar específicamente tres de los más recientes aportes teóricos, consistente en la teoría (neo) republicana1, liberal y comunitarista. Dentro de estas teorías se puede encuadrar el pensamiento de varios autores quienes se han cuestionado con respecto a los nuevos modelos que brindan soluciones a diversos problemas y deficiencias que provienen de la inconformidad con la democracia, la forma de estado o de gobierno imperante, la mala actuación del Estado, la falta de visión para la conformación de las instituciones, el débil Estado de Derecho, la apatía ciudadana, entre otras.

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Es importante mencionar que cuando hablamos de republicanismo actual nos referimos a lo que se conoce como neo republicanismo. Es necesario hacer la precisión para lograr diferenciarlo del republicanismo clásico, el cual debe ser reconocido como el antecedente remoto del republicanismo actual.


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La teoría hegemónica que presentamos como eje rector es la filosofía liberal, ya que ésta ha sido considerada como uno de los más robustos modelos políticos en la historia moderna de Occidente, pero también ha sido un modelo tan poderoso que nos ha hecho especular si debemos de conformarnos con las soluciones que plantea la ideología liberal. Aunque la teoría liberal no se puede encasillar únicamente a partir de conceptos negativos, sí es de comentarse que son sabidas sus deficiencias e inconsistencias. Lo anterior ha traído como consecuencia que se presenten teorías alternativas al liberalismo, como el (neo) republicanismo y el comunitarismo, las que brindan diferentes postulados y enfoques. Tanto el (neo) republicanismo como el comunitarismo brindan un enfoque diferente como sistema de pensamiento, explican los mecanismos sociales, políticos, económicos e incluso psicológicos que permiten que los hombres vivan en sociedad2. El debate entre estas teorías permite entender la división que existe entre los ámbitos teóricos que metafóricamente dividen lo público y lo privado, así como los aspectos que atañen a la organización social, cultural, política y jurídica de cualquier Estado, por lo que el presente estudio nos llevará a repreguntarnos acerca de la existencia y conveniencia teórica de diferentes corrientes de pensamiento, pero también acerca de los beneficios que éstas aportan. Podemos resaltar que en el desarrollo del presente libro se desprende una explicación histórica de las teorías políticas contemporáneas en la que se exhibe, en general, la descripción de tres corrientes básicas que colindan y presentan límites teóricos, y en especial se exponen distintas visiones del mundo que han dominado en nuestro siglo: liberalismo, (neo) republicanismo y comunitarismo. Dentro del desarrollo de dichas teorías, se realiza una exposición de las principales ideas del republicanismo clásico, la manifestación de los rasgos del liberalismo, la presentación del neo republicanismo y una breve explicación de los componentes

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Curzio, Leonardo, Para entender el liberalismo, México, Nostra ediciones, 2007, p. 7.


Introducción

comunitaristas. En general realizaremos un recuento de los antecedentes, desarrollo, consolidación, características principales, deficiencias, declive y, en su caso, resurgimiento de las corrientes anteriormente indicadas. Finalmente, a pesar de lo anteriormente expuesto en relación a la relevancia de las teorías mencionadas, no sería prudente aseverar que alguno de los modelos proporcione de forma pura las condiciones y características de un ideal de Estado, instituciones, democracia, economía o ciudadanía. Por esta razón, al centrarnos en las ideas liberales, republicanas o comunitaristas no se pretende indicar que éstas sean la fórmula única decisiva para determinar la vida jurídica, política y social o económica, sino que sostenemos que las ideologías pueden ejercer influencia en los modelos de pensamiento, los cuales determinan la existencia, naturaleza, desarrollo y funcionamiento del actuar ciudadano y de las instituciones.


CAPÍTULO PRIMERO

LOS ANTECEDENTES DEL REPUBLICANISMO Y LIBERALISMO 1. EL REPUBLICANISMO Y SUS IDEAS PRINCIPALES: PRESENTACIÓN DEL REPUBLICANISMO EN EL DEBATE FILOSÓFICO Para definir cuáles han sido las aportaciones del republicanismo en el debate filosófico, hemos considerado pertinente ubicarlo dentro del debate historiográfico de la filosofía política; lo que nos permitirá visualizar la vida del republicanismo y cómo se acompaña de dos fuertes corrientes que lo estrechan por cada extremo: liberalismo y comunitarismo; lo que provoca que se impregne de matices diversos. Sin embargo, a pesar de que el republicanismo es el tema central del presente estudio, no se debe perder de vista que éste no dirige el debate central de la filosofía contemporánea, sino que actúa como vigilante y acompañante de la corriente hegemónica. Así también, es preciso comentar que las ideologías que se presentarán como parte de teorías políticas no son falsas o verdaderas, sino efectivas o no para justificar, cuestionar o transformar las creencias, actitudes y valores dominantes3.

1.1. Inicios del republicanismo En este punto es necesario precisar que no es una tarea fácil el establecer la definición, características, ni fechas definitivas de las corrientes del pensamiento filosófico-político, toda vez que éstas se han visto en algún punto influenciadas entre ellas y, en muchas

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Velasco Gómez, Ambrosio, Republicanismo y multiculturalismo, México, Siglo XXI, 2006.


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ocasiones, existen diferentes matices en diferentes autores o incluso en un mismo autor. Como señala Félix Ovejero “no resulta sencillo encontrar caracterizaciones inequívocas de ideas políticas que sean algo más que conjeturas académicas”4. El republicanismo tiene connotaciones diversas, por lo que lo dividiremos, en un primer momento, en dos grandes bloques: el primero correspondiente al pensamiento político conocido como republicanismo clásico; y el segundo relativo a la más reciente corriente conocida como neo republicanismo. A efectos de la presente investigación se concebirá al republicanismo clásico como una tradición y un conjunto de principios y prácticas en el pensamiento; mientras que, por su parte, el neo republicanismo se entenderá como una doctrina política actual5.

1.2. Rasgos del republicanismo clásico Entre estas dos corrientes del pensamiento político, el republicanismo clásico se remonta a la antigua Grecia y la Roma clásica. Fue la ideología más consolidada del mundo antiguo y la que más perduró en los años, hasta la llegada del liberalismo. Su desarrollo y práctica fue impulsada por las aportaciones de varios teóricos, filósofos y políticos de diferentes siglos como, por ejemplo, Polibio, Cicerón, Aristóteles, Jerónimo Savonarola, Maquiavelo, Milton, Harrington, Sidney y Montesquieu6, entre otros. Esta tradición acentuaba rasgos como el honor, la importancia de las virtudes cívicas, la participación política, el peligro de la corrupción, los beneficios de las constituciones mixtas y la sustitución del imperio del hombre por el imperio de la ley7, la infravalo-

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Ovejero Lucas, Félix, Incluso un pueblo de demonios: democracia, liberalismo, republicanismo, Madrid, Katz, 2008, p. 47. Ibídem, p. 128. Algunos de estos autores, en especial los últimos mencionados, han sido adoptados como parte tanto en la corriente liberal como en la corriente neo republicana. Lovett, Frank, “Republicanism”, Stanford Encyclopedia of Philosophy, winter 2014; Cruz Prados, Alfredo, “Republicanismo y democracia liberal: dos conceptos de participación”, Anuario Filosófico, Navarra, Universidad de Navarra,


Nuevas teorías en la filosofía política: republicanismo, liberalismo...

ración de lo privado con respecto a la polis, el sometimiento de las mujeres, la aceptación de la esclavitud, la propensión a la guerra, la vulnerabilidad a las luchas civiles, la exhortación a la virtud, la solidaridad, la piedad, la sospecha del comercio y la exaltación de la vida pública8. El republicanismo clásico tuvo sus primeras manifestaciones en Atenas con la aportación de Solón9, Clístenes10, Efialtés y Pericles11. Posteriormente se nutrió de las ideas de Polibio, Heródoto, Platón y Aristóteles, quienes estudiaron las formas de gobierno, la tendencia de las formas de gobierno a degenerarse o viciarse y la necesidad de un gobierno mixto, respectivamente. Estas aportaciones áticas no llegaron a consolidarse en la práctica debido a la conquista de la polis griega por las tropas de Filipo II de Macedonia, quien convirtió a las ciudades griegas en las grandes monarquías absolutas helénicas12. Fue a partir de la conquista de Grecia cuando el pensamiento republicano dejó de desarrollarse para posteriormente expandirse en la República13 romana, donde encontró seguidores y se puso en práctica en la aldea de Lacio, la cual contaba con un gobierno

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2003, XXXVI/1, p. 84; González, Ana Marta, “Republicanismo. Orígenes historiográficos y relevancia política de un debate”, Revista de Occidente, 2001, núm. 247, diciembre 2001, p. 3; Pettit, Philip, Republicanismo: una teoría sobre la libertad y el gobierno, trad. de Toni Domènech, España, Paidós, 1999, pp. 38 y 39. González, Ana Marta, op. cit., p. 3. Solón hizo una distribución de las obligaciones y derechos políticos de los ciudadanos de la polis ática de acuerdo a los ingresos de la misma distribuyendo las obligaciones y derechos políticos de los ciudadanos de acuerdo a las cuatro divisiones o clases formadas. Clístenes perfeccionó la Constitución Soloniana a partir de la re-organización de distritos electorales atenienses, logrando una democracia atemperada debido a la conciliación que existía entre libertad y autoridad libremente aceptada. Estos dos últimos autores fueron parte de los líderes atenienses que promovieron las reformas contra los elementos aristocráticos —conservadores de la polis ática que tenían por objetivo darle mayor poder al pueblo llano y construir algo llamado democracia radical—. Ruiz Ruiz, Ramón, La tradición republicana, Madrid, Dykinson, 2006, p. 56. La palabra república es un anglicismo del latín res pública, que implicaba que el campo de lo público era un asunto que la gente tenía en común fuera de la vida familiar, es decir, la estructura institucional de la vida pública, lo que se conoce en la actualidad como el Estado. Haakonssen, Knud, “Republicanism”, A com-


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